TMPG
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TABLA DE CONTENIDOS.
Introducción.
I) Planteo de hipótesis. 11
Primera Parte.
Capítulo Primero: Cuestiones fenomenológicas.
I) Planteo. 26
II.1) Los modelos de violencia colectiva: Top-down y Bottom-up.29
II.2) Generalidades de cada modelo. 31
II.2.a) Sobre el modelo Top-down. 31
II.2.b) Sobre el modelo Bottom-up. 35
II.3) Las características comunes a ambos modelos de violencia colectiva y sus
causas. 37
II.3.a) La personalidad y psicopatologías de los líderes. 39
II.3.b) Políticas (ingeniería social) de deshumanización, subhumanización u
objetivación (cosificación) de las víctimas. 41
II.3.c) El fenómeno de la neutralización. 51
II.3.d) El vínculo existente entre las normas sociales y las normas de conducta. 57
II.3.e) La banalidad del mal. El nuevo paradigma sobre la maldad y crueldad
humanas. 61
Capítulo Segundo: Comprobaciones científicas. Asch, Milgram,
Zimbardo y las causas de la violencia colectiva desde una óptica
científico-experimental.
I) Los aportes de Solomon Asch. 72
II) Stanley Milgram y el estudio sobre la obediencia a la autoridad. 76
II.1) La fundamentación de Milgram. 79
II.1.a) El método cibernético. 80
II.1.b) Las condiciones antecedentes mediatas, las condiciones
antecedentes inmediatas, el estado de agencia. 86
II.1.c) Sobre la tensión y la desobediencia. 95
II.2) Las conclusiones derivadas de la experiencia Milgram. 102
II.2.a) La inhumanidad como efecto de la distancia social. 104
II.2.b) El efecto de complicidad que causa la sobrepujanza de
los actos crueles. 106
II.2.c) Los efectos de la burocratización sobre el accionar de
los subordinados. 106
II.2.d) Los diez aspectos metodológicos para generar la obediencia
a la autoridad. 111
III) Las experiencias de Zimbardo: o cómo despertar el demonio en
una persona normal. 114
III.1) Sobre la des-individuación. 116
III.2) Acerca de la deshumanización de la desconexión moral. 118
Segunda Parte.
Capítulo Primero: Las estructuras de pecado.
I.1) Introducción. 124
I.2) La dimensión social del hombre: la condición de natalidad y
la condición de pluralidad. 139
I.3) Delimitando el concepto de institución. 151
I.3.a) El proyecto que habita en toda institución. 154
I.3.b) Respecto de la organización del poder como estructuración de
un campo de acción y como reparto de roles. 155
I.3.c) La apropiación de la finalidad común, así como del rol individual.
El proceso de interiorización. 160
I.4) A modo de resumen. 165
I.5) Las particularidades de las estructuras de pecado. 167
2
Capítulo Segundo: Las respuestas doctrinarias y jurisprudenciales a
la fenomenología de la criminalidad colectiva.
I.1) Los sistemas de injusto. Sistemas de injusto constituidos: la agrupación
criminal, los Estados criminalmente pervertidos. El injusto de los sistemas
sociales. 186
I.2) La responsabilidad jurídico-penal correspondiente a los sistemas de
injustos constituidos. 198
I.3) System criminality en el Derecho penal internacional. 206
I.3.a) Los orígenes: la Teoría de la criminalidad colectiva de Bernays. 206
I.3.b) Las derivaciones conforme a la Ley del Consejo de Control Aliado
nº 10: Membership liability y Common design. 215
I.3.c) Puntos de conexión: Membership liability, Common design theory,
e injusto de sistema. 227
I.4) La Joint Criminal Enterprise. 233
I.4.a) Preliminares. Orígenes del instituto. Modalidades de “
Empresa Criminal Conjunta”. 233
I.4.b) Sobre los elementos objetivos de la Joint Criminal Enterprise. 242
I.4.c) Sobre los elementos subjetivos de la Joint Criminal Enterprise. 252
I.4.c.i) Sobre los elementos subjetivos de la Joint Criminal Enterprise I. 253
I.4.c.ii) Sobre los elementos subjetivos de la Joint Criminal Enterprise II. 255
I.4.c.iii) Sobre los elementos subjetivos de la Joint Criminal Enterprise III. 258
I.4.d) La distorsión de los fundamentos de la teoría de la Joint Criminal
Enterprise al nivel del liderazgo. 274
I.4.d.i) Estado de situación tras la sentencia de Segunda Instancia del
ICTY en el caso Tadic: la configuración de la Joint Criminal Enterprise
y sus diferencias con el régimen de Núremberg y Tokio. 277
I.4.d.ii) Estado de situación de la teoría de Joint Criminal Enterprise tras
el fallo en Segunda Instancia en caso Stakic (ICTY). 280
I.4.d.ii.a) Las posiciones doctrinarias. 285
I.4.d.ii.a.i) La posición de Cassese. 286
I.4.d.ii.a.ii) La posición de Gustafson. 288
I.4.d.ii.a.iii) La posición de van der Wildt. 293
I.4.d.ii.b) Las respuestas jurisprudenciales. 299
I.4.d.ii.b.i) La recepción de la posición de Cassese: la sentencia
3
en Primera Instancia del caso Brdanin. 299
I.4.d.ii.b.ii) La recepción (parcial) de la posición de Gustafson:
la sentencia en Segunda Instancia del caso Brdanin. 302
I.4.d.ii.b.iii) La recepción de la posición de van der Wildt:
la sentencia en Segunda Instancia del caso Krajinsnik. 306
I.5) La autoría mediata a través de aparatos organizados de poder,
el desarrollo dogmatico de Claus Roxin de los fundamentos de la
sentencia del Tribunal de Jerusalén en el caso Eichmann. 310
I.5.a) El caso Eichmann. 310
I.5.b) La teoría de Roxin de autoría mediata a través de aparatos
organizados de poder. Planteo. 313
I.5.c) La recepción de la teoría de Roxin por Jurisdicciones nacionales. 318
I.5.c.i) El juicio a las Juntas Militares argentinas por la Cámara
Federal de Apelaciones de Buenos Aires, de 9 de Diciembre de 1985. 319
I.5.c.ii) El juicio contra los ex miembros del Consejo Nacional de Defensa
por los tiradores del Muro de Berlín, por el Tribunal Supremo Federal de
Alemania. 322
I.5.d) Análisis de la teoría de autoría mediata a través de aparatos
organizados de poder. 326
I.5.d.i) La exisencia de una organización jerárquica de naturaleza
u origen estatal y el poder de mando de quienes imparten órdenes. 331
I.5.d.ii) La desvinculación de la organización respecto del Derecho
(Ordenamiento Jurídico). 338
I.5.d.iii) La fungibilidad de los ejecutores directos. 345
I.d.iv) La predisposición del autor directo a la realización del hecho. 353
I.5.d.v) Los (nuevos) aportes dados por Ambos. 354
I.5.e) La recepción por los Tribunales Internacionales de la autoría
mediata de dominio por intermedio de aparatos organizados de poder. 357
I.5.e.i) Estado de situación. 357
I.5.e.ii) El caso de la ICC contra Omar Al-Bashir. 359
I.5.e.iii) El caso de la ICC contra Abdullah Al-Senussi. 362
I.5.f) Críticas a la teoría de la autoría mediata por intermedio de aparatos
organizados de poder. 365
I.5.f.i) La ausencia de un marco empírico real respecto de la
4
estructura de poder. 365
I.5.f.ii) La ausencia de un marco empírico real respecto de los
ejecuores directos o inmediatos y de los mandos medios. 371
I.5.f.iii) Crítica a la posición sostenida por Ambos respecto de la
autoría mediata a través de aparatos organizados de poder. 382
I.5.f.iv) La (verdadera) naturaleza subjetiva de la teoría de autoría
mediata mediante aparatos organizados de poder de Roxin. 387
I.6) La organización criminal como estado (institucional) de cosas
favorecedor de la comisión de delitos concretos. 396
Capítulo Tercero: Toma de posición. Las ventajas que presenta el
modelo basado en las estructuras de pecado frente a las demás
doctrinas.
I.1) Preliminares. 403
I.2) Las cuestiones relativas a la responsabilidad de la institución
u organización criminal en sí misma considerada. 404
I.3) La imposibilidad de extender el reproche ético-social de las
instituciones inicuas (que fundamenta su disolución u otras sanciones
a las mismas) respecto de los miembros integrantes de las mismas. 409
I.4) La responsabilidad individual de los sujetos que intervienen en
el delito a través de una institución inicua. 417
I.4.a) Planteo. 417
I.4.b) La fundamentación de la responsabilidad: la constitución de
la intervención. 424
I.4.c) La valoración del grado de intervención en el delito. 436
Tercera Parte.
Capítulo Primero: La responsabilidad jurídico-penal del estamento
infra-estatutario.
I) Delimitando el estamento infra-estatutario. 440
I.1) Planteo. 440
I.2) Los efectos de la estructura de pecado: alienación y sometimiento
sobre el estamento infra-estatutario. 441
5
I.2.a) La asimilación de los efectos de la alienación y el sometimiento
por parte de la doctrina y jurisprudencia penal. 451
1.2.b) Delimitando nuestra posición. 459
I.3) La responsabilidad común objetiva y subjetiva. Su aplicabilidad
al régimen penal del estamento infra-estatutario. 463
I.3.a) La responsabilidad común objetiva. 463
I.3.b) La responsabilidad común subjetiva. 469
I.4.) La concepción sobre el sistema penal seguida en esta investigación. 476
II) Efectos sobre el merecimiento de la pena:relativos a la obediencia debida. 478
II.1) Planteo. Panorama doctrinario y jurisprudencial hasta
la II Guerra Mundial. 478
II.2) Delimitando el concepto de “obediencia debida” en el marco
del Derecho penal interno. 482
II.3) Delimitando el concepto de “obediencia debida” en el marco
del Derecho penal internacional con posterioridad a la II Guerra Mundial. 485
II.4) El conflicto de normas: cuando el ordenamiento jurídico interno
fomenta la perpetración de delitos internacionales. 493
II.5) Conclusión final: la inaplicabilidad a la subespecie de la defence
de “Superior order” u “Obediencia debida”. 494
III) Efectos sobre la necesidad de pena: la ubicación de la fenomenología
propia de las estructuras de pecado dentro de la Teoría del delito.
La imputación personal. 497
III.1) La fenomenología propia del estamento infra-estatutario dentro
de una estructura de pecado: su incidencia respecto de la imputación personal. 497
III.2) Los factores Socio-psicológicos y culturales que influyen sobre
el juicio de imputación personal. 504
III.2.a) El distanciamiento de las víctimas. 505
III.2.b) Los factores vinculantes. 509
III.2.c) La moralización de la función. 516
III.2.d) Aplicación práctica: el Batallón de Reserva Policial 101. 523
III.3) Conclusiones finales: sobre la atenuación de la pena correspondiente
a los intervinientes infraestatutarios, como principio general. 537
III.3.a) ¿Cómo se han de presentar los factores socio-psicológicos y culturales,
para que se verifique una atenuante sobre el juicio de imputación personal? 537
6
III.3.b) ¿Dónde ubicar la subespecie dentro del Código penal español?
y ¿dentro del Estatuto de la Corte Penal Internacional? 540
III.4) Las situaciones de inexigibilidad. 549
III.4.a) Situaciones de inexigibilidad fuera de los casos de compulsión. 550
III.4.b) Situaciones de inexigibilidad por compulsión: el estado
de necesidad disculpante. 557
Capítulo Segundo: La responsabilidad jurídico penal del estamento
supra-estatutario. La relación ética con el Otro, como fundamento de
la posición de garante de los líderes que crean ingeniería social.
II.1.1. Planteo. 558
II.1.2. Los integrantes del estamento supra-estatutario. 587
II.1.3. Ejemplo de ingeniería social propia de una estructura de pecado:
la Alemania nacionalsocialista. 591
II.2.1. Fundamentos de la posición de garante: la relación entre
Derecho penal internacional y la Moral. 600
II.2.2. Los fundamentos de la posición de garante: la relación entre
Derecho penal internacional y la Moral, la posición de Zygmunt Bauman. 606
II.2.3. Buscando una explicación ius-filosófica a la capacidad moral,
así como a la posición de garante de todo ingeniero social: la ética de la
alteridad de Emmanuel Lévinas. 612
II.3.1. Concretando la posición de garante y su violación. 628
Conclusiones. 644
Índice de bibliografía. 652
7
Lista de siglas y abreviaturas.
8
ICC: International Criminal Law (Corte Penal Internacional).
ICCRPE: Reglas sobre procedimiento y evidencias de la Corte Penal Internacional.
ICTR: International Criminal Tribunal for Rwanda (Tribunal Penal Internacional
para Ruanda).
ICTSL: International Criminal Tribunal for Sierra Leone (Tribunal Penal
Internacional para Sierra Leona).
ICTY: International Criminal Tribunal for the (prosecution of persons responsable
for serious violations of International Humanitarian Law committed in the territory
of) Former Yugoslavia (Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia).
ILC: International Law Comission (Comisión Internacional de Legislación).
IMT: International Military Tribunal (Tribunal Militar Internacional de
Nüremberg).
IMTFE: International Military Tribunal for the Foreign East (Tribunal Militar
Internacional para el Lejano Oriente, Tokio).
JA: Juristische Arbeitsblätter (Revista alemana).
Jb: jahrbuch (anuario).
JCE: Joint Criminal Enterprise (Empresa Criminal Conjunta).
JICJ: Journal of International Criminal Justice (revista Universidad de Oxford).
JR: Juristische Rundschau (revista alemana).
Jura: Juristische Ausbildung (revista alemana).
JuS: Juristische Schulung (revista alemana).
JZ: Juristen Zeitung (revista alemana).
KGB: Komitet Gosundarstwennoj Besopasnosti (Servicio Secreto de la Unión
Soviética).
LG: Landgericht (Tribunal del estado).
MonKrim: Monatschrift für Kriminologie and Strafrechtsreform.
NDP: Nueva Doctrina Penal (revista argentina).
NJ: Neue Justiz (revista alemana).
NJW: Neue Juristische Wochenschrift (revista alemana).
NStZ: Neue Zeitschrift für Strafrecht (revista alemana).
NStZ-RR: Neue Zeitschrift für Strafrecht –Rechtsprechungs-Report (revista
alemana).
NVwZ: Neue Zeitschrift für Verwaltungsrecht (revista alemana).
OGH: Oberster Gerichtshof (Tribunal Supremo Alemán).
9
OGHBrZ: Obester Gerischtshof für die Britische Zone (Tribunal Superior para la
Zona de Ocupación Británica).
OLG: Oberlandesgerischt (Tribunal Superior del estado/Land).
ONU: Organización de las Naciones Unidas.
Pág.: página.
Par.: parágrafo.
PIDCP: Pacto Internacional para los Derechos Civiles y Políticos de las Naciones
Unidas.
RDA: República Democrática Alemana.
RFA: República Federal Alemana.
RG: Reichsgerichts (Tribunal Supremo del Reich Alemán).
RGSt: Entscheidungen des Reichsgerichts in Strafsachen (Resoluciones en materia
penal del Tribunal Supremo del Reich Alemán).
RP: Revista Penal (España).
RSHA: Reichssicherheitshauptamt (Oficina Central de Seguridad del III Reich).
ss.: subsiguientes.
Sic: Sicut (textualmente).
Slg.: Sammlung (antología).
SS: Schutzstaffeln der NSDAP (Escuadrones de protección del Partido de los
Trabajadores Nacionalsocialista de Alemania).
StGB: Strafgesetzbuch (Código penal alemán).
TEDH: Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
T.: tomo.
TWC: Juicios de Criminales de Guerra ante los Tribunales Militares de Nuremberg
bajo la Ley del Concejo de Control Aliado Nº 10
(US-GPO General Printing
Office).
UNWCC: United Nations War Crimes Commission (Comisión de Crímenes de
Guerra de las Naciones Unidas).
Vs.: versus.
Vol.: volumen.
VStGB: Völkerstrafgesetzbuch (Código penal internacional alemán).
ZNR: Zeitschrift für neuere Rechtsgeschichte (revista alemana).
ZRP: Zeitschrift für Rechtspolitik (revista alemana).
ZStW: Zeitschrift für die gesamte Strafrechtswissenschaft (revista alemana).
10
INTRODUCCIÓN.
I) Planteo de hipótesis.
La siguiente investigación trata sobre aspectos concretos de un determinado tipo de
delitos: genocidio y de lesa humanidad. Intento explicar el hecho colectivo que subyace
a las dos especies típicas más lesivas que recoge el Derecho penal (concretamente el
Derecho penal internacional); no solamente por el tipo de bienes jurídicos que
involucran –vida, integridad física, libertad, libertad sexual, propiedad, etc.- sino
también por los efectos colaterales que producen: familias destruidas, profundas
fracturas sociales, inestabilidades políticas y económicas que, generalmente, trascienden
al propio Estado o región en donde se perpetraran los crímenes, etc.
Es motivado por los efectos señalados, que un sobreviviente del Holocausto del pueblo
judío europeo como Primo Levi advirtiera sobre el peligro de tratar de comprender a los
asesinos del Holocausto: puesto que –como ha sentenciado- entenderlos podría ser
equivalente a justificarlos. Todos (y cada uno) de los asesinos actuaron con libre
albedrío, sin temor de represalia alguna en el caso de negarse a participar en tales
hechos. Por lo que de ningún modo podría sustentarse una disminución de la terrible
culpabilidad de los asesinos. Como así tampoco, intentarse una explicación de tales
hechos, para, a su través, pretender matizar la gravedad de los hechos.
El sobreviviente de Auschwitz y premio nobel, Elie Wiesel, rebatió a los académicos
que intentaran explicar las causas del Holocausto del siguiente modo: “Ustedes son
afortunados, debería de envidiarles, pero yo no. Yo prefiero permanecer en el lado
correspondiente al del niño y su madre que fueran asesinados antes de que pudieren
comprender las fórmulas y fraseologías que son las bases de vuestra ciencia.”1
Podemos perfectamente comprender las razones (fundamentalmente subjetivas) en
virtud de las cuales los sobrevivientes de tan nefastos y terribles hechos se nieguen a
aceptar que puedan existir “razones” que expliquen lo que ellos sufrieran. Esto puesto
que, generalmente, hallar razones se interpreta como que los hechos fueron, en sí
mismos, “razonables” o al menos “justificados conforme a una determinada lógica o
pautas racionales”. Empero, ello no necesariamente ha de ser así. El buscar las
1
Wiesel, Elie. “Plea for the Dead” en “Legends of our time”, Halt, Rinehart & Winston, New York
1968, págs. 181 y ss.
11
“razones” entendidas como las “causas” de determinado fenómeno, no lo convierte en
algo racional, lógico, justificado; ni mucho menos disminuye la carga negativa de la
valoración que tengamos sobre el mismo. Se trata de entender, y no de justificar; de
comprender por qué sucedió, y no de maquillar o encubrir la gravedad intrínseca de lo
que ocurrió.
En adición a lo anterior, se ha señalado que la gente también tiende a evitar dar o
buscar explicaciones sobre los fenómenos criminales como el Holocausto, puesto que al
tratarse de eventos particularmente horripilantes e inhumanos, se teme lo que pueda
surgir de todo aquello acerca de nosotros mismos. Es decir, se teme llegar a la
conclusión de que gente como nosotros pueda cometer tal tipo de delitos.2
Por lo que, sin perjuicio de comprender perfectamente la carga emocional que
conlleva la frase de Wiesel, desde un punto de vista jurídico-penal –y prestando especial
atención a la función preventiva de la pena- no podemos adherir al sentido y efectos
literales de tal expresión. Lo dicho, salvo que nos ubiquemos dentro de una lógica de un
Derecho penal internacional cuya pena observe una función meramente retributiva.
Fuera de dicho caso, menester resultará siempre conocer la realidad empírica
subyacente a los hechos imputados; puesto que sólo así se podrá individualizar dicha
pena atendiendo a las (verdaderas) necesidades preventivas tanto generales, como
especiales. Lo que significa, a fin de cuentas, adherir a una concepción del Derecho
penal afín a un normativismo atemperado por la realidad empírica subyacente, esto es,
a una valoración jurídico penal basada, fundada y concorde con la realidad física,
material/ontológica y también cultural de las hechos sometidos a juicio.3
Pues bien, atendiendo a su fenomenología, ¿qué es lo que tienen en común todos los
delitos de genocidio y de lesa humanidad que se han producido desde la Primera Guerra
Mundial hasta el día de hoy? Está claro que desde el punto de vista de sus móviles,
relaciones causales, ideologías imperantes, y otras cuestiones similares, los distintos
delitos de genocidio y de lesa humanidad que podamos analizar no presentarán mayor
identidad entre sí. No teniendo mucho en común respecto a tales extremos, del mismo
modo que no existen dos homicidios iguales respecto de los móviles o siquiera del
modo o manera en que se ejecutan.
2
McMillan, Daniel. “How could this happen. Explaining the Holocaust”, Basic Books, New York, 2014,
pág. 209.
3
Cfe. Mir Puig, Santiago. “Estado, pena y delito”, B de F, Montevideo-Buenos Aires, 2006, págs. 341 y
ss..
12
Así, por ejemplo, si comparáramos en tales términos al Holocausto de un lado, y al
genocidio de los Tutsis en Ruanda, por el otro, veríamos con claridad que no se tratan
de los mismos móviles, ni de las mismas condiciones socio-políticas e ideológicas las
involucradas en uno y en otro genocidio.
Así, en el caso del Holocausto, hallamos como factores o causas del mismo: (i) los
efectos generados por la I Guerra Mundial sobre la población alemana, en donde la
enorme cantidad de muertos y de heridos que dejara como consecuencia dicha
contienda produjera un desprecio por el valor de la vida humana a la par que un
enaltecimiento de ciertos valores como la dureza emocional y la fortaleza física; (ii) la
crisis económica generada por el crack de la Bolsa de Nueva York de 1929, que hiciera
estragos sobre las finanzas públicas de la República de Weimar y sobre el valor del
marco alemán; (iii) la corta vida de la democracia en Alemania (existente desde 1918),
no llegando a calar hondo sobre la identidad política del alemán medio. Por el contrario,
seguía siendo una sociedad que desde la unificación conducida por Bismarck, recurría al
nacionalismo y al antisemitismo como permanentes herramientas a la hora de
fundamentar políticas o de justificar fracasos; (iv) el acceso de Hitler y su partido
nacionalsocialista al poder, tras haber ganado con casi un 35% en las elecciones
parlamentarias nacionales de 1933, representando ellos a las líneas más fanáticas y
recalcitrantes del nacionalismo y del antisemitismo; (v) el auge de las “ciencias
racistas” de corte Mendeliano y Darwinista que pretendían hallar en la sangre o en la
herencia biológica, las razones en que fundamentar tanto una falsa superioridad racial
de los arios, como la “degeneración” racial y biológica de los judíos, gitanos, eslavos,
etc. Extremos estos que llevaran a elaborar políticas de “higiene racial” donde la
eliminación de los individuos “biológicamente degenerados” se justificaba como una
legítima defensa de la “sanidad racial” y como una política sanitaria social de profilaxis
(i.e.: eugenesia).
En el caso de Ruanda, las causas del genocidio (entendiendo por “causas” a los
móviles, relaciones causales e ideologías o fundamentaciones) resultan muy distintas a
las correspondientes al Holocausto: (i) así hallamos las fuertes rivalidades existentes
entre dos grupos sociales (los hutus que eran la enorme mayoría de la población, y la
minoría étnica de los tutsis), rivalidad que se remontaba a tiempos pretéritos y que se
centraba en el temor de la población hutu a verse desprovista de todos sus derechos
cívicos y económicos como en el siglo XVI (tras las victorias del ejército tutsi sobre los
hutus y la constitución de una sociedad feudal de preeminencia tutsi) y como en la etapa
13
colonial, donde los tutsis detentaban todo el poder por gozar de mayor confianza por
parte de la metrópoli belga; (ii) la profunda influencia de las potencias extranjeras
durante los siglos XIX y XX –especialmente de Bélgica y de Francia, pero también por
parte de los países limítrofes- que no hicieron otra cosa más que explotar las diferencias
y los conflictos entre ambos grupos sociales; (iii) el proceso descolonizador generado
por el debilitamiento de los Imperios europeos tras las dos guerras mundiales, y por el
que se lograra –entre otras- la constitución de un país independiente, arrojó la
institucionalización de un partido único a manos de los hutus y el exilio forzado de gran
parte de la minoría tutsi. Creándose un régimen a cuyo frente se hallaba el dictador
Juvenal Habyarimana, y caracterizado por la inexistencia de una sociedad plural y
fundada en la necesidad de alcanzar consensos sociales. A diferencia, de otras
sociedades con tendencia hacia el autoritarismo, la sociedad ruandesa careció de
cualquier tipo de oposición política institucionalizada, así como de una penetración de
ideas políticas, filosóficas o económicas; caracterizándose por una fuerte presencia del
analfabetismo y del misticismo propio de las sociedades tribales; (iv) la fuerte
inestabilidad política existente en el país desde mediados de la década de los ochenta
del Siglo pasado, provocada por la decadencia económica generada por la caída del
precio internacional del café (principal producción del país), y por la aparición de
partidos Hutus contrarios al régimen de Habyarimana, así como por la invasión de un
grupo guerrillero de ascendencia tutsi desde la vecina Uganda.
Sin perjuicio de lo anteriormente expuesto, y fuera de todas las cuestiones referentes
a los móviles o a las causas más visibles, existen dos líneas consustanciales (líneas
comunes subyacentes) a estos hechos que sí se repiten tanto en uno como en otro caso.
De hecho, estas dos líneas subyacen a todo delito de lesa humanidad y a todo delito de
genocidio, y explican el por qué en situaciones o contextos tan dispares (con pueblos de
tan disímil nivel cultural, organización política, situación económica, organización
territorial, etc.) se pueden producir los hechos descritos de manera abstracta en los tipos
penales señalados.
Más allá de las distintas denominaciones que los sociólogos, psiquiatras sociales
y antropólogos han hecho a su respecto, podemos delimitar a las señaladas líneas
comunes subyacentes en: (i) una referente a aquellos que actúan dentro de un espacio
institucional pre-determinado y que se corresponde con los ejecutores mediatos e
inmediatos de los delitos analizados; y (ii) otro referente a aquellos que crean o generan
14
tales espacios institucionales direccionándolos hacia el perfeccionamiento de tales
delitos.
La primera de las mentadas líneas (i), se concreta en la descripción del talante moral
y de comportamiento correspondiente a los ejecutores mediatos e inmediatos de estos
delitos.
Talante moral y de comportamiento que se resume perfectamente en el concepto
arendtiano de la “banalidad del mal”. Concretándose dicha
personalidad/comportamiento con lo que los psicólogos sociales denominan
“comportamiento con tendencia ambivalente”, esto es: aquella pronunciada tendencia a
concebir las cosas de un modo unidimensional, excesivamente simplista; como
comúnmente decimos “ver todo en blanco o negro”. Se trata de individuos que
presentan una gran ineficacia para resolver los conflictos sociales cotidianos u
ordinarios; con una marcada incapacidad interna de introspección, análisis y resolución.
A la vez de observar (en cierta medida también, como consecuencia de lo anterior) una
fuerte dependencia de los criterios exógenos así como del funcionamiento de las
estructuras sociales (como guía para resolver los conflictos sociales en que puedan verse
inmersos). Concretando todo lo expuesto, podríamos resumir todo lo dicho en tres
palabras: una personalidad sugestionable.
A su respecto, casualmente en estos días el mundo está siendo testigo de un
fenómeno cultural que –en su respectiva esfera- ha llamado a grandes sectores de la
intelectualidad europea y norteamericana a extensos debates: me refiero a la exhibición
del documental “The act of killing” del director norteamericano Joshua Oppenheimer.
Se trata de un documental filmado en Indonesia, en donde –astutamente- el Director y
guionista convencen a una serie de cinco o seis ex miembros de escuadrones de la
muerte del régimen de Suharto (grupos paramilitares denominados públicamente como
“gánsteres” encargados de asesinar a todo aquel sospechoso de tener simpatías por el
partido comunista), para asesorar en la dirección, casting, vestuario, efectos, etc., así
como también para actuar, en una –supuesta- película sobre el modo en que llevaban a
cabo tales masacres.
Recuérdese a este respecto, que estos “gánsteres” a lo largo de la década de los
sesenta del Siglo pasado, fueron responsables directos de la muerte de más de un millón
de ciudadanos indonesios, chinos, y occidentales acusados de pertenecer a los
“movimientos sediciosos del partido comunista”. Entrando dentro de dicha categoría,
todos aquellos sospechosos de sentir simpatías o afiliación a ideologías marxistas,
15
socialistas, liberales, o bien de expresar ideas propias, realizar reclamos sociales,
oponerse a la intromisión de potencias extranjeras en el gobierno dictatorial, o bien –y
principalmente- pretendieran democracia.
La decadencia física y moral de dichos individuos, que al no sentirse
directamente interpelados ni cuestionados por la cámara, se presentan al desnudo con
toda su bajeza moral, y por sobre todas las cosas con un profunda e incuestionable
estulticia; dejan al descubierto el sentido de aquella frase que elaborara Arendt como
subtítulo de la segunda edición de su libro sobre el juicio en Jerusalén contra Adolf
Eichmann: la banalidad del mal.
Concretamente, en el documental Oppenheimer pide a varios de estos individuos
(extremadamente populares a la par que temidos en Indonesia) que recrearan escenas de
tales ejecuciones, grabando lo que sería (si el pretendido filme hubiese sido verdadero)
el footage y el making of del mismo. La meta del director era el lograr un documental
que enfocase el obrar, el pensar y el sentir de aquellos que realizaran los asesinatos,
omitiendo expresamente toda participación de víctimas directas o indirectas, así como
de organizaciones de Derechos Humanos. Al respecto ha señalado el Director:
“Esperaba retratar asesinos, y me topé con gente ordinaria, común, a la que puedes
incluso llegar a querer y con la que puedes empatizar”. Personas comunes u ordinarias
como Anwar Kongo, principal protagonista y verdadero “motor” de la historia.
Al comenzar dicho documental, Kongo se nos presenta como un sujeto
simpático, fanfarrón, con un toque de extravagancia en su vestir y en sus andares, mas
no por ello particularmente anormal.
Empero, a medida que avanza el documental, Kongo empieza poco a poco a relatar
(y representar) el modo en que ejecutaba a sus víctimas (que se cuentan por cientos,
sino miles): atándoles de pies y manos, rodeando un alambre de acero fino alrededor de
sus cuellos, atando un extremo del alambre a un poste y el otro a una pequeña tabla de
madera sobre la cual el ejecutor jalaba (dejando caer el peso de su cuerpo sobre la
misma) tensando así el alambre y degollando a la víctima. Si bien es cierto que ya en
este estadio temprano del documental, Kongo no intenta presentar todo ello como
proezas o hazañas personales, empero, manifiesta una gran serenidad, tranquilidad, en
fin: una neutralidad emocional respecto de las consecuencias de sus actos. Traducido
todo ello en una seguridad fundada (¡cuando no!) en el estricto cumplimiento del
deber/de las órdenes de sus superiores.
16
Ahora bien, a medida en que el filme avanza, y se confiesa la mecánica de las
torturas y de las matanzas, la empatía que el espectador sentía respecto del personaje de
marras, se va tornando en un sentimiento de estupor y contrariedad. Asimismo, aquéllas
seguridad y neutralidad emocionales que expresaban los asesinos, se van
resquebrajando hasta el punto que comienzan a exhibir tanto un arrepentimiento, como
dudas sobre el verdadero alcance de su responsabilidad individual. Confiesan la
necesidad de agotar sus pensamientos y energías en cualquier cosa o substancia
(alcohol, ansiolíticos, marihuana, etc.) con la finalidad de, justamente, no pensar: no
enjuiciarse a sí mismos y a sus actos de cincuenta años atrás.
Esto último, sin embargo no alcanza para que un perturbado y titubeante
Kongo, exprese a la cámara (tras exhibirle el director el montaje de la recreación de la
masacre que aquellos hicieran en un pueblo indonesio que fuera exterminado): “La
verdad, lo que lamento… es que nunca pensé que iba a parecer todo esto tan
horrible…” Teniendo que suspender el rodaje tras haber recreado una sesión de
“confesión, tortura y ejecución” de un comunista –representado en la escena por el
propio Kongo- y que este sufriere una descompensación al no poder soportar que le
rodearan su cuello con el alambre (del modo en que solían matar ellos a sus víctimas).
Viendo luego dicha escena, un titubeante y apesadumbrado Kongo se rompe a llorar y
confiesa al director: “¿He pecado… y todo esto se puede volver ahora contra mí?...
Espero que no”… y agrega: “Pude sentir lo que esas personas sintieron, pude
experimentar cómo les despojamos de su dignidad”. Es que Kongo, quizás por primera
vez, se había dado cuenta que sus víctimas no eran “comunistas”, “enemigos” o
“alimañas”, sino seres humanos, como él mismo.
Sin perjuicio de lo anterior, y –probablemente haciendo caso de un colega asesino
que le recomendara ante la propia cámara que el modo de “superar” las pesadillas y
cualquier sentimiento de culpa era “buscarse una excusa y creerla”, remata Kongo el
documental con la frase: “Sé que estaba equivocado, pero tenía que hacerlo… era mi
obligación”; pero declarando ahora todo ello entre fuertes convulsiones y un llamativo
ataque de tos, quedando de tal manera lejana aquella escena –al inicio del film- donde el
propio Kongo bailaba en ese mismo sitio contando cómo hacía las ejecuciones.
17
(que crean, organizan, o bien modifican) los espacios institucionales sobre los que
actuaran los ejecutores mediatos e inmediatos. Conforme a dicha “bipolaridad social”,
las víctimas son nucleadas dentro de un determinado grupo considerado anti-social,
desposeídos de todos sus derechos, y acusados de todos los males sociales.
Estas dos líneas: la banalidad del mal y la ingeniería social, presentes en todos los
casos documentados de genocidio o de crímenes contra la humanidad, surgen de un
análisis de los mismos hechos -de los propios acontecimientos típicos- no siendo el
fruto de los postulados de una teoría general previa –que condicione el análisis-.
Siguiendo, pues, un método de corte fenomenológico del tipo que propusiera Arendt:
“Fue ese criterio, más que el método, que le permitió llegar a conclusiones tan obvias –
que sacarían a la sazón de sus casillas a tirios y troyanos- como la de que la situación
totalitaria es la base del totalitarismo –sea éste nazi o bolchevique, o de otra suerte
imaginable, tal vez futura- al margen de cuáles sean las diferencias entre ellos, o el
contenido de sus ideologías hostiles. Para Arendt, uno debe partir del campo de
concentración, de la policía secreta, de la persecución política, para construir luego su
teoría, sus hipótesis y sus explicaciones.”4
Así, Arendt construye una concepción unitaria y simultánea del mal, reconociéndole
sin embargo dos dimensiones: el mal radical, y el mal banal. La primera de las citadas
dimensiones, refiere a los estudios que Arendt hiciera en su reconocida obra “Los
orígenes del totalitarismo”5 y se relaciona con lo antedicho acerca de la ingeniería
social y la creación de espacios institucionalizados direccionados al perfeccionamiento
de delitos del tenor del genocidio o de lesa humanidad. La segunda dimensión –el mal
banal-, analizado en profundidad en “Eichmann en Jerusalén”, es la expresión ordinaria,
4
Giner, Salvador. “Historia del pensamiento social” 13ª edición, Ariel, Barcelona, 2013, pág. 726. Y
agrega: “La teoría debe serlo siempre ex post facto. Predica así con el ejemplo: Arendt no parte de una
teoría –la del imperialismo capitalista y nacionalista o la del anarquismo libertario- para comprobar
luego cómo se comportan sus representantes o cómo funcionan sus instituciones, sino al revés. Lo crucial
es el fenómeno a captar, entender y explicar. Cuando se le identifica en otro tiempo y lugar, se hace
posible la generalización, con lo cual se soslaya toda fragmentación de la realidad. Aunque lleve
nombres diversos en lugares y tiempos diferentes. Es eso lo que le permite afirmar sin rodeos que
fascismo y estalinismo ‘son lo mismo’ sin negar que sean diferentes entre sí en no pocos sentidos.”.
5
Arendt, Hannah. “Los orígenes del totalitarismo”, Alianza, Madrid, 2010.
18
funcionarial, burocratizada: “la aplicación racionalizada y mecánica de lo irracional”
que emana directamente de la anterior dimensión (“mal radical”).
Una concepción pues, que muchos han catalogado como político-moral, aunque
personalmente considero que su sitio más correcto sea dentro de la ética. Ello dado el
espacio primordial que en sus planteos asume el concepto del mal (o de pecado, ya que
los utiliza indistintamente), aunque siempre ello despojado de toda consideración y
contenido teológico/sobrenatural. Así se ha expresado:
“Hay pues, en Arendt una reinstauración del mal en el núcleo del pensamiento moral
y político del Siglo XX y por extensión en el XXI. El creciente descrédito del pecado
durante los tiempos modernos constituye la raíz de la desaparición del mal y de la
maldad del discurso moral filosófico (…) Por su parte, en el mundo de la ciencia hay
aún menos lugar para el demonio que para los dioses. Restaurar el mal –radical,
banal, o de otra índole- en la esfera del discurso filosófico moral sin caer en el
oscurantismo ni en la fe sobrenatural tenía que ser por fuerza una proeza intelectual.
La que llevó a cabo Hannah Arendt.
Esta se consolida , en su caso, mediante la eliminación paradójica de toda maldad
de parte del sujeto. La insistencia de los magistrados que juzgaban al funcionario
Eichmann en considerarlo culpable, es decir, responsable según su consciencia, según
la tradición más acrisolada de la jurisprudencia occidental, era el mayor yerro de todo
el proceso, según Arendt. El hecho esencial era que Eichmann no pensaba. Cumplía. Al
igual que, más tarde, cumplirían los torturadores que en la Argentina, Chile u otros
países víctimas de dictaduras a lo largo del Siglo XX, alegaban ‘obediencia debida’
para cometer sus tropelías. El funcionario de la muerte Adolf Eichmann, sostenía
Arendt, era un probo ejecutor. La producción industrial de la muerte y la
racionalización (en el sentido de productividad maximizada) de la desolación y la
inhumanidad eran también lo que banalizaba el mal. Eichmann era sin duda un ser
abyecto y un pobre hombre, bastante inteligente para ciertas cosas, y no muy brillante
para otras, salvo en su minuciosidad destructiva y metódica, pero no era el monstruo
de maldad que los jueces imaginaban. Con Hannah Arendt entra el mal de nuevo –en
sus dos dimensiones, la radical y la banalizada- en la teoría política.”6
Lo anterior, desde una óptica jurídico-penal, no debe extrapolarse hacia una
justificación ni una excusa de la responsabilidad de quienes observan un
6
Giner, Salvador. “Historia del pensamiento social…” cit., pág. 728.
19
comportamiento propio del mal banal (ello sin perjuicio de –como veremos infra- sí de
mérito a una atenuación de la pena a individualizarse). Ello puesto que lo que
caracteriza a toda intervención jurídico-penalmente relevante en un delito de genocidio
o de lesa humanidad es el tratarse de un hecho colectivo, más concretamente: una
interacción institucional.
Interacción institucional, que como tal tiene características propias. No se trata de
una serie de actos individuales concatenados causalmente; sino de una interacción
donde cada individuo realiza su aporte dentro de un campo estructurado común
direccionado hacia el perfeccionamiento de la finalidad última (la consumación de un
delito de genocidio o de lesa humanidad).
No se trata de un hecho externo al sujeto, que no le pertenece –al menos no en
su totalidad- pero que de todos modos (mediante un normativismo divorciado de la
realidad subyacente) se le imputa. Lejos de ello, se trata de un hecho colectivo, y como
tal, le pertenece a cada interviniente –a cada uno de los que participaran dentro del
campo estructurado de la interacción-. Les pertenece de modo directo en su totalidad;
siendo ello consustancial a la propia dimensión plural o social/colectiva que tiene todo
individuo de la especie humana.7 Claro que, jurídico-penalmente, tal pertenencia se
traducirá en responsabilidades individuales de distinto grado: según sean aquellos que
crearan la estructura institucional, o aquellos que la integraran sujetándose a un estatuto
colectivo e individual pre-determinado.
Asimismo, el reconocer en cada delito de genocidio o de lesa humanidad la
existencia de una interacción institucionalizada, conlleva reconocer la existencia de
efectos específicos sobre cada uno de los integrantes de la misma. Especialmente ello
respecto de aquellos sometidos a un estatuto y a un campo estructurado de la acción pre-
determinado (a los que llamaremos: estamento infra-estatutario). Individuos, estos, que
observan sendos efectos de alienación y de sometimiento a la estructura
institucionalizada. Efectos que explican en gran medida las razones de esa modalidad
“banal” del mal que causan o producen a través de su actividad delictiva.
Dichos extremos, tal como se verá en la fundamentación de esta investigación, han
sido largamente estudiados ya desde la década de los cincuenta del Siglo pasado,
especialmente por parte de sociólogos y psiquiatras sociales anglo-americanos. Siendo
particularmente significativos los aportes (y experimentos) desarrollados por Solomon
7
Arendt, Hannah. “La condición humana”, Paidós, Barcelona, 2010, págs. 23 y ss..
20
Asch, Stanley Milgram y Philip Zimbardo, acerca de la conformidad del individuo
respecto de la opinión y valoración (preponderantes) del grupo, la tendencia al
cumplimiento de las órdenes que se consideran provenientes de una legítima autoridad,
y los factores exógenos (situacionales) que condicionan en mayor medida al
comportamiento de los individuos sometidos a una determinada estructura de poder;
respectivamente.8
Como se acreditará en esta investigación, todos estas cuestiones fenomenológicas
que componen la realidad empírica subyacente a los delitos de lesa humanidad y
genocidio, no se hallan reflejados en las estructuras de imputación de responsabilidad
individual más utilizadas por la doctrina y por la Jurisprudencia penal internacional. Me
refiero, claro está, tanto a la teoría de la autoría mediata mediante aparatos organizados
de poder de Roxin, así como a la teoría de la Empresa criminal común o conjunta (Joint
criminal enterprise) en sus tres modalidades.
Lo anterior explica la razón fundamental por la que consideramos que dichas teorías
no serían de recibo (además de por otras razones que expondremos oportunamente); y
de allí también que recurramos como parámetro interpretativo de los referenciados
extremos fenomenológicos/empíricos y su posterior traslado al ámbito de la teoría del
delito, a la llamada “teoría de las estructuras de pecado”.
Como se explicará, dicha teoría de raigambre teológica, en nuestra opinión
constituye la aproximación teórica (moral y ética) más profunda y acabada que se tenga
conocimiento acerca de los fenómenos de la violencia y maldad colectivas
consustanciales a todo delito de lesa humanidad y de genocidio. Ello puesto que trata de
aquellos “pecados” realizados por colectividades humanas enteras y no ya por
determinado o determinados sujetos concretos. Refiere, pues, a aquellas instituciones
sociales que, lejos de seguir los postulados propios de las relaciones sociales naturales
(aquellas consustanciales a una estricta observancia del Derecho Natural) lo que
persiguen es la destrucción o degeneración de tales relaciones, deviniendo pues, en
actos de “maldad”. Pero también, la referida teoría no se queda allí, sino que determina
también los criterios para imputar las distintas responsabilidades individuales dentro del
contexto de una interacción institucionalizada (conforme a las responsabilidades
8
Rock, Irvin. “The legacy of Solomon Asch. Essays in cognition and social psychology”, Psychology
Press, London, 1990, pág. 124 y ss.. Milgram, Stanley. “Obedience to authority. An experimental view”,
Pinter&Martin, London, 2010. Zimbardo, Philip. “El efecto Lucifer. El porqué de la maldad”; Paidós,
Barcelona, 2008.
21
colectivas objetiva y subjetiva, que se verán oportunamente). Cuestión ésta última
fundamental dentro del marco teológico de la teoría indicada, ya que sólo mediante la
atribución de la responsabilidad individual, y la purga de dicho pecado a través de la
debida penitencia, es que el individuo podrá hallar su salvación.
Claro que dichos postulados, que hallan su origen en los pensamientos estampados
por San Agustín de Hipona (sobre quien Arendt construyera sus principios político-
filosóficos, ya desde la redacción de su tesis doctoral), despojados de toda
consideración y finalidad teológica/sobrenatural pueden perfectamente reconducirse al
ámbito del Derecho penal internacional, a los efectos de cumplimentar la referenciada
finalidad interpretativa. Así, lo relevante ya no será el alcanzar la salvación del alma,
sino la determinación del merecimiento y de la necesidad de la pena de la conducta
desarrollada por el sujeto, conforme ello a su verdadera dimensión a los efectos de
lograr así una función (verdaderamente) preventivo-limitada o preventivo-ponderada de
la pena.
Así resultarán de gran utilidad (y de enorme claridad) concebir las interacciones
institucionales propias de los delitos aquí analizados, como estructuras de pecado: con
su propio campo estructurado de la acción, delineando en el mismo los distintos
estatutos y correlativos roles a cumplimentar por el estamento supra-estatutario (esto es:
aquellos sometidos a un estatuto pre-determinado), y todo ello dirigido al cumplimiento
de una finalidad efectiva de naturaleza inicua -aunque “disfrazada” a través de un
discurso legitimador que se conoce como finalidad formal-. Asimismo, conceptos como
el de la “interiorización” del estatuto/rol y del campo estructurado de la interacción, así
como el de la función mimética (en el sentido de la determinación mental por parte del
sujeto del modo en que mejor pueda desempeñar su rol en atención a la finalidad real-
efectiva del precitado campo estructurado de la interacción); resultarán de gran interés y
practicidad para atender a su través a los fenómenos sociológicos y psicológicos
relevados por la ciencia.
De tal guisa, si bien por respeto y consideración a la teoría que tomaremos como
principal herramienta interpretativa de toda la fenomenología que subyace a estos
delitos mantendremos su designación “teoría de las estructuras de pecado”; cabe indicar
de forma categórica (y tal como quedará manifiestamente estampado en los desarrollos
que oportunamente haremos a su respecto) que la misma se aplicará aquí despojada de
toda concepción, contenido y finalidad teológicas. Haciendo a su respecto un
22
permanente ajuste a las finalidades, funciones y principios del Derecho penal
internacional.
Así pues, será en atención a todos estos extremos que postularemos dos hipótesis
cuya demostración será la finalidad de esta investigación, siendo ellas:
23
“interiorizado” por el sujeto. Sufriéndose allí la incidencia de una serie de factores
psicosociales y culturales consustanciales a toda estructura de pecado –y que se
corresponden con el concepto de la “banalidad del mal” de Arendt y de los estudios
científicos de Asch, Milgram, Zimbardo et Al.-, y que confluyen en la generación de
sendos estados de alienación y sometimiento sobre el individuo perteneciente al
estamento infra-estatutario. Dichos estados -por las razones que oportunamente
indicaremos- si bien en la generalidad de los casos no serán de una entidad tal que
fundamenten (respecto del comportamiento de cada individuo) un estado de
inculpabilidad; sí serán determinantes de una atenuación del grado o quantum de dicha
responsabilidad/culpabilidad.
24
humanos a través de estos delitos). Por lo tanto, la fundamentación y demostración de
estos extremos, no se reducirá solamente al propio ámbito de la teoría de las estructuras
de pecado, sino que acreditarán (demostrarán) desde las bases tanto del existencialismo
francés del Siglo XX, como de la sociología crítica tanto de la modernidad como de la
postmodernidad.
25
PRIMERA PARTE.
Capítulo Primero: Cuestiones Fenomenológicas
I. Planteo.
9
Cfe. Waller, James. “Becoming evil: How ordinary people commit genocide and mass killing” 2ª
edición; Oxford University Press, New York, 2007.
10
Así, ha señalado: “Not withstanding the progress in the last few decades, International Criminal
Law continues to lay behind the needs of the international community to enhance its goals of peace,
security, justice, and the protection of human rights. This is due to International Criminal Law’s
unavoidable linkage to state’s strategic, economic, and political interest, which has historically
hampered its development.” Bassiouni, Mahmoud. “Crimes against humanity. Historical evolution
and contemporary application.” 1ª edición, Cambridge University Press, New York, 2011, pág. 52.
26
mayor parte- observado una conducta conforme a Derecho, y no se habrían abocado
al frenesí colectivo, o al cumplimiento estricto de la voluntad de la masa.
Estas observaciones, aunque básicas y nada nuevas para las ciencias que estudian
el comportamiento humano, tal como avanzáramos, raramente han tenido
relevancia en el campo del Derecho. Bien sea ello a la hora de legislar, bien sea a la
hora de interpretar y/o aplicar la ley por el Juez, o bien sea (incluso) por la doctrina
a los efectos de hacer proposiciones de lege ferenda. Por el contrario, tales
segmentos y fuentes del Derecho penal internacional siguen realizando sus aportes
atendiendo a un modelo de conducta individual respecto del cual los factores
sociales y colectivos son tenidos –en el mejor de los casos- como fenómenos
exógenos que –muy eventualmente- influyen en alguna medida sobre el individuo;
más nunca como cuestiones inherentes al propio comportamiento individual (esto
es: como factores o características endógenas al quehacer de cada persona).11
Atendiendo a tales extremos de corte empírico -y a los efectos de desarrollar una
correcta política criminal a su respecto- hemos de atender a la existencia de dos
tipos de violencia colectiva: aquella propiciada y desempeñada por agentes
estatales; y aquella perteneciente a agentes no estatales.
Ahora bien (y en contra de lo que se suele sostener sin fundamentación científica
alguna) las características fenomenológicas de la violencia colectiva presentan
profundas similitudes, tanto cuando se desarrollan por agentes estatales, como por
no-estatales. Entre tales similitudes se cuentan (no taxativamente): significativos
daños materiales y humanos; la falla de los mecanismos sociales y legales de
prevención y/o control de la violencia colectiva; así como un paradigma común que
explica la génesis y el desarrollo de tal modalidad de violencia.
En adición a lo anterior se ha manifestado:“En el contexto de conflictos
puramente internos, no internacionales, los actores no estatales suelen
comportarse de modo muy similar a como lo hacen los actores estatales en
referencia al abuso de poder contra la población civil. Ello incluye la comisión, o
la participación en la comisión de genocidios, delitos de lesa humanidad, crímenes
de guerra, tortura, piratería, esclavitud y demás prácticas relacionadas con la
esclavitud. De allí que actores no estatales que observan varias de las
características de los agentes estatales, tales como el ejercicio, control y dominio
11
En tal sentido, vide: Bassiouni, Mahmoud. “Crimes against humanity…” cit., págs. 60 y ss.
27
de un determinado territorio y su correspondiente población, y sean capaces de
desarrollar políticas organizativas, han de ser considerados pasibles del mismo
grado de responsabilidad que los mentados agentes estatales.”12
Las manifestaciones de violencia colectiva, tanto las iniciadas o generadas desde
las altas esferas del poder hacia las bases sociales (en adelante: top-down), como las
que se originan desde las bases sociales hacia las altas esferas (en adelante: bottom-
up), presentan ciertas características fenomenológicas que son relevantes para el
Derecho penal internacional; concretamente, para el efectivo cumplimiento de su
finalidad preventiva tanto positiva como negativa, y tanto respecto de la norma
primaria como de la secundaria.
Veamos: Respecto de la norma penal primaria, ya que no se podría identificar el
tipo de conducta antijurídica sin analizar previamente dónde, cómo, y cuándo se
generan los riesgos que se concretan en los resultados atroces propios de los macro
delitos de marras. Una construcción de la norma primaria (y la interpretación
posterior de la misma) que no atienda a la realidad empírica subyacente está
destinada a cualquier cosa menos a resolver –previniendo- tales tipos de conflictos
sociales. Respecto de la norma penal secundaria, ya que la delimitación del
efectivo daño al bien jurídico, la imputación personal, así como la debida atención a
razones de política criminal, jamás podrá hacerse de modo correcto (al momento de
determinarse la pena) si previamente y durante todo ese análisis, no se atiende
debidamente a la fenomenología propia de este tipo de violencia colectiva.
Resumiendo lo anterior, consideramos que entender cómo ocurren las cosas,
resulta indispensable para comprender cómo hacerse cargo de ellas. De allí la
relevancia de desentrañar la fenomenología de la violencia colectiva; ya no sólo a
los efectos de la construcción de las normas penales, sino también a los efectos de
delimitar los modos de imputación de la responsabilidad jurídico-penal, así como
las posibles condiciones objetivas de punibilidad o de procedibilidad. Todo ello, sin
perjuicio de los efectos sobre el proceso penal, como la admisibilidad y valoración
de la prueba, la prisión preventiva, etc.
Ahora bien, las carencias de conocimiento, tanto del legislador (nacional e
internacional) como del intérprete, acerca de la fenomenología propia de estos
conflictos queda en evidencia desde el momento en que se define a los “macro-
12
Bassiouni, Mahmoud. “Crimes against humanity…” cit; pág. 52.
28
delitos” atendiendo fundamentalmente a los resultados que –directamente- se
producen. Es decir, atendiendo a la cantidad de muertes o heridos –causalmente-
provocados por la conducta. Dichas carencias se enquistan en importantes
deficiencias del sistema. Así, hemos de referirnos primeramente a la falta de
previsiones en cuanto a tipificar conductas de corrupción interna de los Estados que
fortalecen y perpetúan a regímenes totalitarios que, tarde o temprano, terminan
afectando a la seguridad internacional. Asimismo, la falta de previsiones respecto
de delitos medio ambientales que pueden ser causa de hambrunas, desplazamientos
de poblaciones, etc. y que causan –inevitablemente- inestabilidades regionales.
También la falta de una tipificación internacional precisa y completa sobre el
tráfico de armas, especialmente de las armas de destrucción masiva. Finalmente, la
falta de toda previsión respecto de la delimitación de la imputación y de las
modalidades de persecución procesal (fundamentalmente, la delimitación de
jurisdicción) de los modernos mercenarios.13
Yendo a cuestiones de lege lata, y a los efectos de interpretar cabalmente los tipos
penales ya existentes, resulta también menester atender a la realidad empírica
subyacente; tanto desde el punto de vista general, como respecto al caso concreto.
Desde el mentado punto de vista general, podemos distinguir dos modelos básicos
de violencia general que desemboca en delitos propios del Derecho penal
internacional: así tenemos el que responde propiamente a los “delitos de Estado”,
que en lo personal prefiero identificar como violencia colectiva propiciada desde
las altas esferas del poder hacia las bases sociales; y el que responde a la violencia
colectiva propiciada desde las bases sociales y proyectada hacia los estamentos
sociales jerárquicos (que obvio resulta decir, dicha “jerarquía” será, meramente
formal). Son las ya referenciadas modalidades de violencia colectiva top-down y
bottom-up, respectivamente, y a cuyo análisis procederemos a continuación.
13
Schabas, William. “Unimaginable atrocities. Justice, politics, and rights under war criminal
tribunals”, Oxford University Press, Oxford, 2012, págs. 25 y ss.; Bassiouni, Mahomoud. “Crimes
against humanity…” cit., págs.. 80 y ss..
29
Atendiendo a la doctrina14, se pueden delinear una serie de diferencias (que
nosotros enumeraremos en ocho) entre estas dos tipologías de violencia colectiva, a
saber:
En primer lugar, en el modelo top-down la violencia emerge desde las altas capas
o altos círculos del poder social, e involucra al menos a una estructura estatal bien
organizada. El modelo bottom-up, por el contrario, se caracteriza por el hecho de
que la violencia colectiva surge de la propia dinámica relacional entre grupos
sociales que actúan en las bases de la sociedad, y desde allí se eleva a los sectores
sociales que detentan formalmente el poder. Este último modelo no involucra, en
sus inicios, a ninguna estructura social (al menos, no en su plenitud), aunque sí la
existencia de ciertas organizaciones burocratizadas (por mucho que presenten
estructuras endebles y poco desarrolladas).
En segundo lugar, la violencia colectiva direccionada a través de estructuras
estatales (top-down) tiende a ser sistemática, así como direccionada hacia objetivos
concretos (violencia colectiva y discriminada). Por el contrario, en el modelo
bottom-up, la violencia tiende a ser indiscriminada.
En tercer lugar, ambos modelos se caracterizan por el hecho de que la violencia
generalizada que producen tiende a abarcar grandes espacios geográficos; aunque
en el caso del modelo Bottom-up tiende a asentarse en puntos geográficos más
limitados (concretamente en regiones de países).
En cuarto lugar, la intervención estatal, tanto a nivel interno como internacional,
resulta mucho más eficiente en el caso de violencia Bottom-up que respecto al otro
modelo.
En quinto lugar, de hecho, y concatenado con lo anterior, la única forma –
esencialmente- de enfrentar la violencia causada y gestionada por un modelo Top-
14
Así vide: Cassese, Antonio. “International Criminal Law” 2ª edición, Oxford University Press,
Oxford, 2008, págs.. 11 y ss.; Bassiouni, Mahmoud. “Crimes against humanity…” cit.., págs.. 80 y
ss.; Jones, Adam. “Genocide and structural violence: charting the terrain” in “New directions in
Genocide research” (Adam Jones, ed.), Routledge, Oxon, 2012, págs.. 132 y ss.; Luizzi, Vincent.
“New balance, evil, and the scales of justice” in “Evil, law and the state. Perspectives on state
power and violence” (John T. Parry, ed.), Amsterdam, 2006, págs. 173 y ss.; Olásolo Alonso,
Héctor. “Ensayos de Derecho penal y procesal penal”, Tirant lo Blanch, Valencia, 2013, págs. 347 y
ss.; Schabas, William. “Unimaginable atrocities…” cit., págs.. 99 y ss.. Van der Wolf, W./ de
Ruiter, D. “Genocide on trial”, International Courts Association/ Wolf legal publishers, La Haya,
2011.
30
down es mediante la intervención de otra u otras potencias extranjeras. Ello puesto
que, por lo general, se tratará de una violencia generada y administrada por un
gobierno por lo que la posibilidad de que sea el Estado dirigido por dicho gobierno,
el que subsane (y solucione) la violencia colectiva, resulta, cuanto menos,
quimérica.
En sexto lugar, toda violencia patrocinada por el Estado (Top-down) produce (por
regla general) más muertes y destrucción que la desembocada por la dinámica de
grupos violentos (Bottom-up).
En séptimo lugar, la violencia patrocinada por el Estado constituye una traición a
la confianza depositada en los agentes estatales, puesto que éstos últimos se dedican
a violar los derechos fundamentales de aquellos que confiaron en su protección. De
tal guisa, el abuso de poder de parte de los agentes estatales deja a un grupo de
civiles aún más desprotegidos, ya que sus atacantes resultan ser, justamente,
aquellos a los que se les encomendase (por ley) a su protección. Esto resultará
particularmente relevante a los efectos de fundamentar una responsabilidad sobre la
base de una infracción de deber, y no sobre bases de dominio sobre cursos causales
riesgosos.
En octavo lugar, tenemos que si bien ambas formas de violencia colectiva tienen
el potencial de generar daños colaterales, lo cierto es que la correspondiente al
modelo Top-down suele resultar más gravosa en términos de violencia regional,
perturbación de la paz y seguridad mundiales, así como causar grandes costos para
el mantenimiento de la paz y de la reconstrucción económica.
31
lo anterior sin desatender a la existencia (empírica) de un organigrama las más de
las veces extraordinariamente complejo; con competencias superpuestas; y donde la
propia responsabilidad de cada individuo tiende a diluirse o dispersarse.
Como bien se ha dicho, las atrocidades masivas perpetradas por Estados tienden a
ser el producto de una actividad colectiva, sistemática y burocratizada, hecha
posible gracias a la colaboración de complejas y masivas organizaciones, en la
ejecución de las políticas criminales generadas en los más altos niveles del
gobierno. De allí la dificultad de localizar, limitar y definir dentro de tan vasto
aparato burocrático las responsabilidades individuales.15
La estructura organizativa del Estado se halla bajo el control de un líder tiránico o
de una determinada élite o partido que observan, también, un carácter totalitario. En
ellos la nota en común se da en el abuso de poder, tanto hayan llegado a detentar el
mismo por uso de la fuerza o hayan sido -originalmente- democráticamente electos.
Desde tal dominio sobre el aparato del Estado, detentan un férreo control de toda la
sociedad; de allí que puedan generar violencia sobre grandes cantidades de víctimas
sin que exista una oposición interna capaz de prevenirla o de frenarla.
Los líderes (se trate tanto de un individuo, como de una determinada élite) suelen
observar altos niveles de carisma que les facilita el que grandes sectores de la
sociedad empaticen con ellos. Y una particularidad que se visualiza en estos casos,
es que tal carisma no se agota con la llegada al poder sino que se perpetúa y, en
ocasiones, potencia, una vez se detenta tal poder estatal.
Esto último se puede comprobar en el caso de la Alemania nacionalsocialista. Así
se ha expresado respecto del carisma desplegado por Hitler que, después de su
victoria electoral, rehusó ajustarse al orden racionalizado e institucionalizado del
Estado y, por el contrario, perpetuó un movimiento carismático dentro del marco
del gobierno del mismo tipo que desplegara dentro de su Partido. En parte logró
esto manteniéndose en el centro de todas las decisiones, a la vez que,
simultáneamente, rehusaba tomar decisiones específicas:
“(…) En este universo carismático, el cuartel general era un hato de pequeños
Hitlers que se inclinaban ante el gran Hitler pero que se trataban con indiferencia
o con recelo. Cada cual estaba librado a su suerte… en aras del Partido. El poder
15
Cohen, David. “Beyond Nüremberg: individual responsability for war crimes” en “Human Rights
in political transitions Nº53” (Carla Hesse and Robert Post, eds.), 1999.
32
y la influencia no provenían de la eficiencia, ni del respeto racional por las reglas,
ni de la posición en una estructura burocrática, sino únicamente de ganar el
antojadizo favor de Hitler. Esto también aumentaba su poder, pues no era sólo la
cabeza de una jerarquía, sino la expresión y encarnación del movimiento mismo.
Como ámbito final, el que podía unir las fuerzas opuestas a través de su autoridad
intrínseca, Hitler era la piedra basal del frágil edificio del nazismo; sin él, esa
estructura se descompondría en sus dispares elementos.”16
Así se constataba un verdadero “ciclo de auto-corroboración”, en virtud del cual
la magnitud del carisma de Hitler se acrecentaba, dada la calidad que detentaba de
sumo y único mediador entre las rivalidades que él mismo fomentaba entre sus
súbditos. De allí que el contenido de las órdenes pasara a ser algo irrelevante, y lo
único realmente importante fuera la lealtad absoluta al Führer como único
elemento de cohesión.
Sin perjuicio de lo indicado ut-supra, el modo en que Hitler detentaba su papel de
líder máximo también acrecentaba su carisma respecto del pueblo (logrando una
inmensa empatía de parte de la gente hacia él). Ello se explica puesto que al
mantenerse al margen de los asuntos político-sociales y económicos, y al detentar la
cualidad de “componedor” o “árbitro”, se mantenía al margen de las críticas que
las decisiones tomadas por sus subordinados del Partido o del Gobierno pudiesen
acarrear. Concretamente, se ha señalado que su actitud distante no sólo protegía su
estatura política ante el vulgo, sino que más bien la aumentaba. “Esto ya que la
gente buscaba en el ‘conductor’ la salvación ante las injusticias y crueldades
impuestas por sus matarifes (‘¡Si tan sólo el Führer supiera esto!...’).” Como bien
señala Lindholm, esto se verifica en el hecho probado de que el Partido Nazi fuera
perdiendo sus índices de popularidad (particularmente al comenzar los reveses de la
Guerra), y no obstante Hitler mantuviera enormes índices de popularidad y lealtad
más que considerable hasta el propio final del régimen.17
El modo en que Hitler desempeñó su liderazgo carismático conllevó transformar a
Alemania en una gigantesca y permanente reunión de masas que aguardaban su
aparición hipnótica. Como el propio Dictador propusiera: “No habrá licencia ni
16
Lindholm, Charles. “Análisis del fenómeno carismático y su relación con la conducta humana y
los cambios sociales”, 3ª edición, Gedisa, Barcelona, 2001, págs. 151 y ss..
17
Lindholm, Charles. “Análisis del fenómeno carismático y su relación con la conducta humana y
los cambios sociales…” cit., pág. 154.
33
espacio libre donde el individuo pertenezca a sí mismo (…) El día de la dicha
individual ha pasado. En cambio, sentiremos una dicha colectiva. ¿Puede haber
dicha más grande que una reunión nacionalsocialista donde los oradores y el
público sientan como uno? Es la dicha del compartir. Sólo las comunidades
cristianas primitivas pudieron sentirla con igual intensidad. Ellos también
sacrificaban la dicha personal por la dicha superior de la comunidad.”18
Esto conlleva la formación de una estructura político-social alejada de la realidad
natural de las relaciones sociales, reconfigurando las instituciones societales
secundarias de espalda a dicha realidad primigenia. Resultando de ello una
sociedad incoherente, con una escala axiológica impuesta desde la élite detentadora
del poder. Deviniendo en una organización política amorfa con decenas o cientos
de departamentos burocráticos con competencias super y sobrepuestas, detentando
diferentes grados de poder, y todos ellos compitiendo por la obtención del favor (o
el cariño) del máximo líder.
Por otra parte –aunque en la misma línea de lo anteriormente expuesto- se verifica
en la Alemania nacionalsocialista, ya desde 1934, la destrucción de toda institución
societal independiente y/o autónoma del poder hitleriano. Ello por más locales e
insignificantes que tales organizaciones (micro-institucionales) pudieren ser:
asociaciones de caza, baile, culturales, deportivas; en definitiva, toda institución
que ofreciere un sentido de identidad, actividad y pertenencia, y que de tal modo
preservara la individualidad y recordara el verdadero sentido de las relaciones
sociales (considerar al otro como un igual sujeto de Derecho).19
A lo anterior, hay que adicionar como factores que generalmente caracterizan a
este modelo de violencia colectiva: el uso abusivo y monopólico de la propaganda,
así como el control de los medios de comunicación; y la creación a través de una
mendaz retórica, de falsos hechos, pruebas, datos históricos, destinado todo ello a
sembrar el odio hacia cierto sector determinado de la población (los llamados
“chivos expiatorios”). No siendo ello otra cosa más que las herramientas
fundamentales (al menos desde el siglo XX en adelante) de las políticas de
ingeniería social destinadas a de-socializar, marginar, en fin: deshumanizar, a
18
Adolf Hitler citado en: Rauschning, Hermann. “The voice of destruction”; Putnam, New York,
1940, págs. 191-192.
19
Cfe.: Allen, William. “The Nazi seizure of power”; Franklin Watts, New York, 1984.
34
sectores enteros de su población. Ello como primer estadío de un itinerario dirigido
a su aislamiento social y posterior destrucción física e histórica.
35
Sin perjuicio de lo anterior, y sin significar con esto que detenten el poder para
generar per se stante tal violencia colectiva, algunos miembros del gobierno
(particularmente si se trata de un tirano o de una élite de poder) pueden facilitar,
azuzar, o bien colaborar en “encender la mecha” de tales fenómenos de violencia.
De hecho, en casos paradigmáticos que se han dado sobre este tipo de violencia
colectiva (la guerra del Congo y el genocidio de Darfur) nos encontramos con la
existencia de ciertas estructuras de poder (concretamente: partidos políticos,
milicias) que se aproximan bastante a la especie de organización estatal propia del
modelo top-down. Empero, tales organizaciones o estructuras estatales carecen del
grado de jerarquización propio del mentado modelo.
Es que, en el fondo, la cuestión pasa por la constatación (reitero que en la
generalidad de los casos) de que la violencia que se genera dentro de este modelo
tiene una vida propia, puesto que se halla bajo el dominio de muchas personas que
no obedecen a la condición de agentes estatales o para-estatales y, por ende, no son
capaces –per se stante- de guiar o encausar dicha violencia. En el caso de la
Camboya de Pol-Pot, por ejemplo, gran parte de las masacres llevadas a cabo en
los distintos “campos de reeducación” se debió más al celo de los gerifaltes locales
del Khmer Rouge (en su afán por dar cumplimiento a las vagas directrices
provenientes del Consejo Central encabezado por el propio Pol Pot, o bien como
modo de resolver viejas disputas personales que tuvieren con las víctimas) que por
hallarse sujetos a una estricta obediencia respecto de directivas o lineamientos
específicos dictados por el líder.21
En adición a lo anterior, hemos de considerar que estos actores o agentes no
estatales, por lo general -y con el devenir de los acontecimientos- terminan siendo
agentes estatales. Lo dicho, ya que, o bien uno de los grupos sociales enfrentados
termina accediendo al poder estatal (mediante revoluciones armadas o golpes de
Estado), o bien como en el caso de los procesos descolonizadores antiguos
movimientos guerrilleros se convierten en los nuevos gobernantes de los nuevos
themselves.” Aukerman, Miriam. “Extraordinary evil. Ordinary crime: a framework for
understanding transitional justice” in “Harvard Human Rights Review” Nº 15, Cambridge, 2002,
pág. 92.
21
Así, vide: Etcheson, Craig. “After the killing fields: lessons from the Cambodian genocide”;
Simon & Schuster, New York, 2005, págs. 84 y ss..
36
Estados.22 Pasando muchas veces a desarrollar (a partir de entonces) el tipo de
violencia propia del modelo anterior; viniendo a demostrar ello que, lejos de
presentarse estos esquemos de violencia colectiva en sus formas puras,
empíricamente obedecen a formas asimiladas, cuando no mutan de una modalidad a
otra. De allí la importancia de determinar aquellas características comunes a ambos
regímenes, puesto que será allí donde podremos desentrañar aquel cerne o núcleo
duro, que explique el fenómeno de la violencia colectiva.
22
Bassiouni, Mahmoud. “Crimes against humanity…”cit., pág. 59. Este autor agrega otra categoría
a las indicadas ut-supra, que responde al modelo en el que una sustantiva parte de la sociedad se
convierte en ejecutora voluntaria de las políticas genocidas de un líder, élite o grupo social. Tal
modelo (o categoría como en lo personal creo más conveniente catalogar) responde a la tesis del
historiador norteamericano Daniel Goldhagen, sita en su obra “Los verdugos voluntarios de Hitler.”
Desde el momento en que las pruebas y fundamentos históricos, sociológicos y antropológicos en
los que se basara dicho autor para sustentar la demostración de su hipótesis sobre la existencia de un
“antisemitismo eliminacionista” esparcido y generalizado entre la sociedad alemana de mediados del
Siglo pasado se han demostrado falsos (cuando no, derechamente manipulados al antojo del autor)
en lo personal considero prescindible mayor comentario (y menos aún, análisis) a su respecto. Así,
vide: Eley, Geoff et Al. “The Goldhagen effect. History, memory, nazism. Facing the German past”,
The University of Michigan Press, Ann Arbor, 2010. Y muy especialmente: Finkelstein, Norman;
Birn, Ruth. “L’Allemagne en procès. La thèse de Goldhagen et la vérité historique”, éditions Albin
Michel, Paris, 1999.
37
y Bottom-up). Ahora bien, a los efectos –fundamentalmente- preventivos de las
normas penales, resulta menester en esta primera aproximación que hacemos al
fenómeno de la violencia colectiva, el atender a las características comunes a
ambos modelos, así como a las causas que explican (a veces unilateralmente) por
qué surgen tales fenómenos sociales.
Lo antedicho se fundamenta en que a las Convenciones internacionales, al crear
los estatutos de los diferentes tribunales, o al tipificar delitos internacionales, no
siempre les resulta posible hacerlo sobre una base diferenciadora entre los modelos
referidos. Es decir que, por lo general, no se puede determinar de forma previa,
general y abstracta (como es propia de la tipología jurídico-penal) si la casuística
concreta que será objeto de análisis corresponderá a una violencia colectiva propia
de un modelo u otro. De allí la importancia de los elementos comunes, ya que en la
medida en que puedan ser bien identificados, se podrá trabajar mejor a los efectos
de prevenir los –eventuales- delitos (bien sea legislando, bien sea juzgando).
Así, podemos ya de entrada identificar dos características que siempre se hallan
presentes (en mayor o menor grado) en cada caso concreto de delitos de genocidio
o de lesa humanidad (crimes against humanity). Siendo ellas: (i) Por un lado, la
existencia en la mayoría de la sociedad (tanto perpetradores directos como
indirectos, y refrendatarios o bystanders) de una apatía, indiferencia o pasividad
respecto de la suerte del sector social víctima de la violencia. (ii) Por otra parte, la
existencia de un previo proceso de deshumanización o cosificación y degradación
de las víctimas. Pues bien, estas características obedecen (en mayor medida) a la
existencia de una serie de causas que, atendiendo a la casuística, suelen
generalmente concurrir.
Como bien se ha sostenido, la violencia colectiva es el producto de una
combinación de, por un lado, difíciles condiciones de vida causadas por una crisis
socio-económica, y por otro lado, de ciertos preconceptos/prejuicios culturales que
hacen probable el que emerjan enfrentamientos de un grupo social contra otro. Pero
también hace probable que a los actos iniciales de daño, les sigan nuevas etapas de
violencia, que se continuarán en una progresión de destrucción (continuum of
destruction).23 En este marco, asimismo, importa la conducta desplegada por los
23
Cfe. Staub, Ervin. “Overcoming evil. Genocide, violent conflict, and terrorism”, Oxford
University Press, New York, 2013. Capítulo 3.
38
Bystanders, que nosotros denominaremos, por entenderse mejor su traducción:
refrendatarios, más que testigos o terceros. Ello, en la medida en que son ellos
quienes pueden facilitar o inhibir la señalada escalada de violencia.
Lo expuesto anteriormente nos explica que la esencia de la violencia colectiva, no
obedece a un único factor causal, sino a varios que, integrándose de diversa manera
en el transcurso del tiempo, componen tal situación de conflicto social (bien
pudiéndose, a su respecto, aplicar las premisas básicas de la Gestalt). Empero, la
razón que dispara la violencia colectiva es el convencimiento, inducido por
políticas de ingeniería social, de que un sector o grupo social impide o perjudica la
felicidad o el progreso colectivo.24
Identificaremos pues, y de modo general, cinco causas de la violencia colectiva
teniendo cada una de ellas mayor o menor relevancia causal. Siendo ellas: la
personalidad y psicopatologías de los líderes; las políticas de deshumanización; el
fenómeno de la neutralización; el vínculo existente entre las normas sociales y las
normas de conducta; y por último (y al que dedicaremos un mayor análisis) el
fenómeno de la banalidad del mal. Veamos:
39
mismos como líderes y, por otro lado, en que son los factores sociales existentes al
momento en que se dispara el continuum de violencia colectiva los que la explican
más y mejor que las psicopatologías y las experiencias infanto-juveniles de los
líderes políticos o revolucionarios.
Lo más trascendente a los efectos preventivo-funcionales de la pena no ha de estar
tanto en el carisma del máximo líder o en la efervescencia que causare su prédica
en sus seguidores, sino en las razones por las cuáles una buena parte de la sociedad
se vuelca a seguir una ideología de odio que conlleva la eliminación de personas
que, hasta hacía pocos días atrás, eran sus parientes, vecinos, conocidos, perfectos
desconocidos, etc., mas no sus enemigos. El tratar el carácter psíquico del o de los
líderes como el cerne de la investigación penal es un error recurrente de los
tribunales penales internacionales desde el Tribunal Militar Internacional de
Nüremberg, y se sustenta en la concepción de la “personalidad autoritaria” de
Theodor Adorno. Esta última concepción explicaba la “maldad” propia de los nazis
como el producto de una inmoralidad intrínseca de ciertos individuos (lunáticos,
fanáticos, etc.) que por razones coyunturales y especiales se habían hecho con el
poder en Alemania, embarcando así a toda la población hacia la tragedia que
terminó siendo el nacionalsocialismo.
Concretamente, Adorno y sus seguidores catalogaron tales características
psíquicas dentro de lo que llamaron “la personalidad autoritaria” o “escala F”.
Conforme a la misma, ciertas personas potencialmente facistas o autoritarias
reaccionan a la propaganda antidemocrática desplegando una conducta violenta
poco habitual en el común denominador de los seres humanos (siendo los mismos
“autoseleccionados” mediante los estándares de las instituciones nacionalsocialistas
para integrar sus filas). Los rasgos que aglutina esta personalidad autoritaria, serían
–sic Adorno-: una rígida adhesión a los valores tradicionales; una sumisión a la
autoridad; una actitud agresiva ante los out-groups; incapacidad de introspección y
creatividad; tendencia hacia la superstición; catalogación conforme a esteretipos;
preocupación por el poder y la fortaleza de carácter; cinismo; disposición a creer
que en el momento actual ocurren graves peligros y salvajismos en la sociedad; una
preocupación compulsiva por la sexualidad de los demás.” Asimismo concluía que
el individuo antidemocrático alberga fuertes impulsos agresivos en su interior, los
40
cuales son dirigidos y tolerados hacia los grupos ideológicamente sindicados como
enemigos o peligrosos por parte de los gobiernos autoritarios.25
Habiendo sido -hoy en día- más que superadas tales tesis psicológicas, lo
realmente relevante es el investigar (y comprender) el fenómeno del seguimiento:
qué es lo que hace que un grupo social siga las directivas de determinados líderes a
pie juntillas.
41
Los procesos psicológicos normales y corrientes, ciertos modos básicos de pensar
y/o procesar información del medio, así como sensaciones y sentimientos básicos
tales como la “devaluación o cosificación de los otros” constituyen la esencia de
esta causal de la violencia colectiva. Se trata de procesos psicológicos corrientes y
elementales de todo ser humano, que como tales son básicos mas no inevitables:
son aquellos dispositivos de conducta primarios que provienen desde los tiempos de
nuestra condición de animales recolectores y cazadores (es decir, en los albores de
nuestra evolución).27
Conforme a tales patrones genéticos de conducta, cuando un individuo se halla
sujeto a unas situaciones de vida desesperadas (v.gr. desempleado, sin crédito, sin
esperanzas de mejorar sus situaciones de vida, etc.) ello le lleva a un estado de
inseguridad que propicia que se vuelva en contra de otros miembros de la sociedad.
Son estos sujetos a quienes, conforme a la prédica de políticas de ingeniería social,
se les culpa de tal situación (los llamados “chivos expiatorios”). Dándose, así,
inicio al continuum de violencia propio de los genocidios o delitos de lesa
humanidad.
Este tipo de políticas de ingeniería social, en vez de propiciar una evolución
individual y cultural hacia la empatía, la solidaridad, y la unidad social (propio todo
esto de un nivel de funcionamiento social más avanzado y evolucionado) se dirigen
hacia un enfrentamiento social, polarizando la sociedad en grupos (in-groups; out-
groups) y exacerbando así las respuestas de conducta más primitivas y primarias.
No es raro que los casos de violencia colectiva que derivan en delitos de
genocidio y de lesa humanidad tengan lugar en aquellos Estados que sufren
penurias y conflictos socio-económicos y políticos. Y no es raro ya que, cubiertos
por el manto de la “ideología”, los regímenes violentos (tanto desde la esfera
estatal, como no estatal) obtienen gran parte del apoyo popular (y
consecuentemente, de su poder) a través de las promesas recurrentes y persistentes
de no solamente regresar a los momentos gloriosos del pasado, sino de incluso
mejorarlos, alcanzando su mayor gloria. Mas lo cierto es que tales promesas de
renovación y futura gloria conllevan una línea maestra de acción consistente en
generar una estructura de poder autoritaria, que tiende a acentuar las divisiones
27
Cfe. Tooby, John; Cosmides, Leda. “The adapted mind. Evolutionary psychology and the
generation of culture”; Oxford University Press, New York, 1992, págs. 20 y ss..
42
sociales. Como dijéramos, culpando a determinado sector o grupo social de todos
los problemas, despojándoles de la calidad de iguales, de seres humanos -de “Otro”
al decir de Lévinas-, y legitimando de tal modo la violencia colectiva
(canalizándola en contra de tal grupo victimizado).28
Se pueden verificar dentro de esta causal ciertos pasos que congloban (en la
casuística) lo anterior y que generalmente se verifican en los procesos que derivan
en violencia colectiva. Veamos:
Primariamente se procede a la individualización del grupo o colectividad social
perseguida, ello mediante una serie de definiciones que ponen énfasis en
(pretendidas) características perennes, inmutables y, por supuesto, todas denotativas
de un carácter negativo. Luego de ello, todos los reclamos y quejas sociales han de
ser redireccionados hacia el grupo o colectividad perseguida (como si se tratara de
los gérmenes que propagan una enfermedad).
Asimismo, aquellos individuos que adopten la ideología propuesta por tal política
de ingeniería social se verán recompensados, mientras que aquellos que pretendan
oponerse se verán tarde o temprano engrosando las líneas del grupo o colectividad
perseguidos.29
Finalmente, el Estado (así como su equivalente en el caso del modelo Bottom-up:
partido, grupo, milicia, ejército revolucionario, etc.) crea una polaridad social que
se traduce en la existencia de dos grupos: el de los “buenos” (in group) que
28
Ilustra al respecto Laban Hinton, tomando como base el Holocausto: “(…) as the nazis came to
power in the wake of enormous socioeconomic turmoil. Much of their popular appeal arose from
Hitler’s charismatic pledge to usher in a new era of glory for the German race. In the Nazi
diagnosis, Jews were portrayed as a “disease” that gave rise to social illness and woes. After this
process of “genocidal priming” is underway, the states initiates genocide by introducing policies
that further stress social divisions and facilitate violence (The Nuremberg Laws), altering the social
contexts in which violence takes place (placing Jews in Ghettos and concentration camps),
establishing policies that enable its minions to kill the regime’s “enemies” and giving such orders
(Hitler’s authorization of “the final solution to the Jewish problem”), and diseminating an ideology
of hate that legitimates and promotes the destruction of these victim groups (the Nazi regime’s
extreme anti-semitic rethoric, notions of “blood and honor”).” Laban Hinton, Alexander. “Why did
they kill? Cambodia in the shadow of genocide”; University of California Press, Los Angeles, 2005,
pág, 129.
29
Así, por ejemplo, no es raro ver que cierto tipo de personas con un historial delictivo o de
violencia más que relevante, se vean beneficiados con ascensos o incorporaciones a los centros de
poder. Ejemplo de ello es, v.gr., Ernest Röhm, o Rudolph Höss, en la Alemania nazi.
43
comulgan con sus ideas y se conforman con el dictado de las nuevas políticas; y el
de los “malos” (out-group) que nuclea a todos aquellos sectores de la población
“etiquetados” por la propaganda de odio como los causantes de todos los males
sociales y, por ello, destinados a ser perseguidos, expulsados, cuando no
derechamente destruidos o exterminados. La pasividad, conformidad, así como el
pánico a ser considerado dentro del out-group, es lo que impulsa paulatina (y
constantemente) a los bystanders o refrendatarios a aproximarse cada vez más a los
perpetradores (directos o indirectos) de los delitos de Derecho penal internacional.
De allí que, tal como se ha constatado, tal categoría de individuos [bystanders o
refrendatarios] obedece a un estado transitorio, y nunca a uno fijo o inmutable.30
44
Habyarimana, en esta propaganda anti-tutsi. Junto a la radio, había otros agentes de propaganda.
Entre los más famosos se encuentra León Mugesera, vicepresidente del MRND para la prefectura
de Gisenyi y profesor de la Universidad Nacional de Ruanda, que publicó dos panfletos acusando a
los tutsi de preparar un genocidio contra los hutu. Durante una reunión del MRND, en noviembre
de 1992, el mismo León Mugesera hizo un llamado al exterminio tutsi y al asesinato de los hutu
opuestos al Presidente. Hizo referencia al hecho de que los tutsi vendrían de Etiopía y que sería
necesario, después de haberlos asesinado, lanzar sus cuerpos a los afluentes ruandeses del Nilo, de
modo de que retornaran al lugar de donde supuestamente venían. Exhortó a los que lo escuchaban
a evitar los errores de las anteriores masacres tutsis; los niños habían sido excluidos.”31
Las políticas de ingeniería social, que en el citado fallo (siguiendo a Desforges) se
denominan como la “política de espejo”, no se limitan únicamente a un conjunto de
actos y decisiones gubernamentales teleológicamente direccionados a condicionar
y/o predeterminar las conductas de terceros, sino que también pueden provenir de
otros sectores sociales con poder de generar, modificar o extinguir instituciones
societales secundarias. Conforme a esto último (y siguiendo con el caso de Ruanda)
podemos atender a las incriminaciones que se hicieran por parte del Tribunal Penal
Internacional de Ruanda a los dueños y directivos de la estación de radio-televisión
Libre des Mille Colines (RTLM), así como del periódico “Kangura”. Esta claro que
no estamos hablando en la subespecie de agentes gubernamentales, sino de
particulares que utilizaron los medios de comunicación más importantes de Ruanda
(en algunos lugares de dicho país: los únicos medios de comunicación existentes) y
todo ello a los efectos de causar y cristalizar en la población estereotipos negativos
de corte étnico respecto de la población “tutsi”; promover el descontento y odio
generalizado hacia dicha minoría racial; hacer un llamamiento a tomar las armas y
aniquilar a los miembros de dicha etnia; así como perseguir y matar a aquellos
“hutus” que se negasen a colaborar en el exterminio tutsi.32
31
Tribunal Penal Internacional para Ruanda. “El fiscal contra Jean-Paul Akayesu” Fallo 2 de
septiembre de 1998. Traducción no oficial realizada por Marcela Ivonne Mantilla Martínez a partir
de la versión en francés. En: “Akayesu. El primer juicio internacional por genocidio” (Rafael A.
Prieto Sanjuán, Director); Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Biblioteca Jurídica Diké,
Medellín, 2006, págs. 220 y ss..
32
“The Prosecutor v. Ferdinand Nahimana, Jean-Bosco Barayagwiza, Hassan Ngeze”, Juicio de
Primera Instancia, ICTR-99-52-T. Así se expresó en los fundamentos de la mentada sentencia:
“63.The Chamber has found that RTLM boradcasts engaged in ethnic stereotyping in a matter that
promoted contempt and hatred for the tutsi population and called on listeners to seek out and take
up arms against the enemy. The enemy was defined to be the tutsi ethnic group and hutu opponents.
45
Asimismo, estas políticas de ingeniería social se suelen vestir de “ideologías” que
prometen cambios fundamentales sobre la vida socio-política y una modificación
de los modelos culturales de la sociedad. Estos modelos culturales, por su parte,
son las estructuras de conocimiento que se van forjando paulatina y
constantemente, puesto que van siendo refrendados, permanentemente, a través del
acceso de nuevos miembros a la sociedad (fenómenos de “natalidad” y de
“pluralidad” que determinan las instituciones “profundas” de la sociedad). Tales
estructuras de conocimiento, asimismo, se hallan distribuidas de distinta manera
entre los miembros de la sociedad, y median en la interpretación que ellos hacen
sobre cada contexto o fenómeno social.
La razón por la que se hallan distribuidos de distinta manera es que tales
fenómenos culturales se constituyen como síntesis de una relación dialéctica entre
la psicología de cada individuo y las concepciones sociales (es decir: entre los
campos intra y extra personales). De tal guisa, Bradd Shore señala que los modelos
culturales tienen dos “nacimientos”: uno como modelos institucionales –
socialmente producidos-, y el otro (cronológicamente posterior) como modelo
mental. Esto último entendido como las apropiaciones subjetivas de aquellas
convenciones públicas, en virtud de las cuales cada individuo configura su
significado y actúa en consecuencia.33
Empero lo expuesto anteriormente, también es cierto lo señalado por Anthony
Giddens al hablar del fenómeno de la “dualidad de estructura” en virtud del cual,
en la medida en que cada individuo desarrolla una interpretación propia (modelo
mental) de cada modelo cultural, y posteriormente actúa en consecuencia de ello en
cada una de las distintas relaciones sociales que tenga, en alguna medida va
influyendo y alterando tal modelo institucional. Pudiendo incluso llegar a
compatibilizar plenamente la concepción individual o mental con la (nueva)
These broadcasts called explicity for the extermination of the tutsi ethnic group. In 1994, both
before and after 6 April, RTLM broadcast the names of tutsi individuals and their families, as well
as hutu political opponents who supported the tutsi ethnic group. In some cases these persons were
subsequently killed. A specific causal connection between RTLM broadcasts and the killng of these
individuals –either by publicly naming them or by manipulating their movements and directing that
they, as a group, be killed- has been established.
33
Shore, Bradd. “Culture in mind: cognition, culture, and the problem of the meaning”; Oxford
University Press, New York, 1996, pág. 122.
46
concepción social. 34 Éste fenómeno, por su parte se verifica entre las macro
(“profundas”) y las micro instituciones sociales. Así, las micro instituciones se
forman a partir de las regulaciones que, previamente, hacen de tal campo de acción
las macro instituciones sociales (i.e.: el Estado, el mercado, la cultura). Pero a su
vez la manera en que éstas (micro-instituciones) instituyen y regulan sus propios
campos de acción ratificarán o enmendarán (modificarán) la percepción que se
tenga de aquellas (macro instituciones o “instituciones profundas”).35
47
Rey impone sobre el Gobernador y sus parientes (absolutamente inocentes de los
eventos constitutivos de la desobediencia). Empero, desde el reinado de Norodom,
que tuviera lugar a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, se procedió a
enseñar a todos los jóvenes camboyanos las “virtudes y justicia” de la pena
señalada en la historia. Es decir, que a partir de entonces se la tomó como un
elemento normal, natural; de hecho –y como señalara anteriormente- se consideró
“un castigo ejemplarizante”, símbolo de lo que debe ser considerado una pena
justa. Siendo, desde ese entonces, enseñado en las escuelas, en las familias, en
representaciones teatrales, reproducciones literarias, etc.
Ahora bien, cuando Pol-Pot y sus seguidores empezaron a pregonar entre los
campesinos camboyanos los postulados maoístas y marxistas-leninistas, se
aprovecharon justamente de este concepto de “venganza desproporcional” de Tum-
Teav, para explicar por qué la lucha de clases irremediablemente debía desembocar
en la destrucción y aniquilación del desobediente: el capitalista o reaccionario. Pese
a que los referenciados postulados doctrinales (propios del comunismo del Siglo
XX) se hallaban perfectamente inscritos en un modelo institucional, fue empero a
través de su fusión con elementos propios de la idiosincrasia de los camboyanos
(especialmente aquellos que carecían de mayor educación) por lo que se logró su
mayor difusión e interiorización.
De hecho, siempre podemos verificar la existencia de un baremo que va desde la
casi plena identidad con el modelo institucional o público, a la formación de
modelos mentales con fuertes componentes idiosincráticos. Ello se explica por la
interferencia mayor o menor de factores situacionales. Es decir, factores que
fortalecen o debilitan la fuerza motivacional de los modelos culturales o
institucionales respecto de los individuos. Así, extremos como los orígenes socio-
económicos, experiencias de vida, cultura general, sexo, riqueza, etnia, área de
residencia, educación, religión, ocupación, etc, que un individuo pueda tener,
influirán sobre la comprensión e interpretación que (éste ) haga de los modelos
culturales o institucionales. Estos “factores situacionales”, en definitiva,
constituyen verdaderos ejes sociales que pueden alterar el acceso de una persona a
la comprensión de un modelo cultural o institucional.
Por ello, como ejemplifica Laban-Hinton sobre Camboya, el modelo de venganza
desproporcional del Khmer Rouge resultaba ser (originalmente) más motivante, y
por ende, más determinante de la conducta de un campesino que estuviera huérfano
48
y desplazado de su aldea de origen por motivo de los bombardeos norteamericanos
o que se hallara sometido a un régimen de semi-esclavitud por parte del dueño de
las tierras, que respecto a un maestro o a un operario industrial residente en la
capital Phnom Penh.
Otro factor influyente sobre la idiosincrasia de cada individuo y que facilita el
fenómeno de la interiorización de las políticas de ingeniería social, es lo que Levi-
Strauss denomina como el fenómeno del “bricolaje”. Este fenómeno explica que el
modo en que ciertos conceptos, ideas o fenómenos culturales se forjan, consiste en
valerse de un montón de “materiales”: ontológicos, deontológicos, sociales,
históricos, literarios, míticos, etc. Estos extremos facilitan su comprensión e
interiorización por parte de los receptores. Ello, en gran medida, por hallarse
vinculado a una serie de conceptos y fenómenos culturales que le resultan
familiares al individuo en muchos casos, desde su más tierna infancia.
Al vincular las ideologías deshumanizantes y letales con una serie de conceptos o
fenómenos culturales preexistentes, las políticas de ingeniería social proveen a los
ejecutores (directos e indirectos) de un conjunto de discursos e imágenes
convincentes que serán empleados (consciente o inconscientemente) en la
confección de su propio “bricolaje” genocida.
Los ejecutores directos e indirectos de los delitos de genocidio o de lesa
humanidad no son autómatas (ni admitiremos aquí a su respecto una lectura
absolutamente determinista acerca de su comportamiento). Es más: las respuestas
de comportamiento a nivel individual, no necesariamente seguirán exactamente el
camino delimitado por las políticas de ingeniería social impresas por el Estado, o
por los líderes del grupo. Todo ello, dada la dualidad dialéctica indicada ut-supra
acerca del conocimiento cultural: siempre existirán interferencias entre los modelos
ideológicos institucionalizados y los conocimientos o comprensión individuales, y
que refieren tanto a la propia idiosincrasia, como a los efectos de los llamados
factores situacionales. Al decir de Laban-Hinton:
“Incluso los perpetradores o ejecutores directos cuando
son puestos en situación de matar, son creadores de conductas con sentido;
tomando sus decisiones a un nivel individual basándose en la situación concreta,
sus experiencias previas, sus propios modelos mentales; así como en los marcos de
interpretación de significados que se hallen a su alcance, y sus sentimientos y
metas inmediatas; sin perjuicio de que todos estos factores estén fuertemente
49
influenciados por las iniciativas/políticas de nivel estatal y las restricciones
situacionales.”36
Los extremos relevados en este apartado son extremadamente importantes a los
efectos de la comprobación de dos de las hipótesis planteadas en esta investigación:
la de la existencia de una imputación personal atenuada como principio general en
lo que respecta a la conducta de los ejecutores directos e indirectos37 de este tipo de
delitos; y la relativa a la responsabilidad penal de los “superiores” entendiendo por
éstos a aquellos que se encuentran en la posición de crear, modificar o extinguir
instituciones sociales que desvirtúen las relaciones sociales primigenias (esto es:
aquellos que generan o coadyuvan [con] políticas de ingeniería anti-social).
Así, primeramente, hemos de verificar a través del fenómeno de la “dualidad”
referenciado ut-supra, que no existe una plena identidad entre los modelos
institucionales y los modelos mentales. De allí que el comportamiento de cada
persona, de cara a un determinado modelo institucional, variará según la cantidad
de factores intra y extra-personales que estén en juego. Concretamente, lo que
viene a demostrar esto es la falencia de toda construcción psico-sociológica que
explique el comportamiento tanto de ejecutores directos como indirectos, como así
también de los refrendatarios; y la identificación plena (interiorización) por parte
del individuo respecto de determinada política de ingeniería social pergeñada por
aquellos que detentan el poder. Estas explicaciones sociológicas que se han dado en
llamar “fax models of socialization” y que se inscriben dentro de un determinismo
fatalista, no se ajustan a la realidad de las cosas, puesto que todo individuo
interiorizará determinada micro-institución/institución social, conforme a una
pléyade de factores situacionales e idiosincráticos que le son propios.
Esta participación efectiva del sujeto concreto en la interpretación e
interiorización de los modelos culturales compone el sustrato sobre el que se ha de
36
Hinton-Laban, Alexander. “Why did they kill?…” cit., pág. 246. Traducción es nuestra. V.O.:
“Even perpetrators are active meaning-makers who, when put in a position to kill, make their own
“individual level response” bases on the situation, their prior experiences and personal mental
models, the meaningful interpretive frames available to them, and their immediate feelings and
goals, although all of the factors may be strongly influenced by State-level initiatives and situational
constraints.”
37
Por “ejecutor indirecto” entiéndase aquí a los comúnmente denominados por la doctrina como
“mandos intermedios”.
50
fundamentar todo juicio de imputación personal. Ello, ya que el sujeto no es un
mero receptor de un modelo, orden, o idea; sino que le aporta un plus a ello que le
es propio. Ello, bien por tratarse de cuestiones de su propia idiosincrasia –aunque
de raigambre cultural-; o bien por tratarse de factores situacionales que le son
exógenos pero que le influyen de una determinada manera a él (y sólo a él).
Estos últimos factores situacionales que denotan una mayor presencia y fuerza en
aquellos regímenes pautados por una fuerte burocratización y una fuerte
jerarquización (top-down) que en los otros (bottom-up) son justamente los que
hacen que ese campo de la auto-interpretación conforme a las propias concepciones
idiosincráticas sea menor o mayor. No obstante, y en todo caso, es importante
recalcar que la presencia de estos factores situacionales, si bien no impide una
fundamentación de la imputación personal, sí que articula la fundamentación de
una afección a la igualdad de condiciones respecto de la motivabilidad conforme a
la norma penal. Propiciando, así, la configuración de un régimen de atenuantes (tal
como nos explayaremos al respecto, más adelante).
51
de asegurar la auto-preservación (evitando así ser catalogado dentro del grupo de
las potenciales víctimas).
Otra modalidad de neutralización se verifica en las políticas de incentivos o
desincentivos. Los incentivos provienen de la obtención de ventajas económicas:
hacerse de bienes inmuebles y muebles de las víctimas a precios de ganga, cuando
no resultan ser “atribuidos” por obra y gracia de las jerarquías del poder, o en favor
de ciertos sectores populares adictos al régimen; el hacerse de los medios de
producción pertenecientes al grupo perseguido; el hacerse de mano de obra esclava
mediante la explotación forzada de aquellos individuos perteneciente al grupo
social perseguido, etc. 38 Los desincentivos, por su parte, fundamentalmente se
reducen al riesgo de ser incluidos en el grupo de los perseguidos; ello en el caso de
no ser funcional respecto de las políticas (al menos refrendándolas, esto es, no
oponiéndose activamente a aquellas).
Esto
se
puede
apreciar
con
nitidez
tanto
en
los
casos
del
modelo
top-‐down
como
la
Alemania
nacionalsocialista
(recuérdese
que
el
primer
campo
de
concentración
creado
en
Alemania
fue
para
los
opositores
políticos);
como
para
el
caso
del
genocidio
de
Ruanda
(que
se
adapta
mejor
a
la
estructura
del
modelo
bottom-‐up)
donde
se
alentaba
por
los
medios
de
comunicación
orales
y
escritos
a
la
eliminación
tanto
de
los
tutsis
como
de
los
hutus
moderados.
El ya visto uso de la propaganda, especialmente a partir del enorme desarrollo
tecnológico (y su consecutivo alcance masivo) facilita la combinación de datos
ciertos con falsedades o mentiras (que de tal modo se “revisten” de cierta
credibilidad) y que sirven al propósito de crear climas de miedo fundados en la
percepción de (supuestas) amenazas o peligros internos y/o externos. Así se facilita
la predisposición de gran parte de la sociedad a permanecer pasiva, meramente
contemplativa, ante el despliegue de la violencia colectiva contra aquellos que son
denunciados como causa o colaboradores de tales amenazas o peligros.
Por otra parte, y dentro de este fenómeno de la neutralización, tal como indican
Staub39 y Waller40, negar la realidad, aunque exige el consumo de mucha energía
psicológica, permite a los ejecutores directos e indirectos eludir los sentimientos de
culpa y responsabilidad; pero también les permite a las víctimas eludir todo
38
Sobre la importancia de los incentivos económicos a la población alemana, a través del expolio a
los judíos, vide: Aly, Götz. “La utopía nazi. Cómo Hitler compró a los alemanes”; Crítica,
Barcelona, 2008 (especialmente el Capítulo XII).
39
Staub, Ervin. “The roots of evil…” cit., pág, 29.
40
Waller, James. “Becoming evil..” cit., pág. 110.
52
sentimiento de inseguridad y temor por su condición. Esto último explica, en gran
medida, la posición incrédula que mostraron muchos judíos alemanes respecto de
las intenciones genocidas del nacionalsocialismo; la serenidad de los armenios
antes del genocidio por parte de los turcos; o del colectivo homosexual ante la
prédica y política discriminatoria conducida por Putin en Rusia.
Así, señala Arendt: “(…) Al proclamarse las leyes de Nüremberg, los judíos
creyeron que al fin tenían unas leyes a las que atenerse, y que, por ende, ya no
eran personas fuera de la ley, y que si no se salían de los límites establecidos, tal y
como ya anteriormente habían sido obligados a hacer, podrían vivir en paz. Según
el Reichsvertretung de los judíos alemanes (organización de alcance nacional de
todas las comunidades y organizaciones, fundado en Septiembre de 1933, a
iniciativa de la comunidad judía de Berlín, y en modo alguna organizada por las
autoridades nazis), el propósito de las leyes de Nüremberg era ‘establecer una
cierta zona en la que fuera posible la existencia de unas tolerables relaciones entre
los alemanes y los judíos’, a lo cual un miembro de la comunidad de Berlín,
sionista radical, añadió: ‘La vida es siempre posible bajo el imperio de las leyes,
cualquiera que sea su contenido. Sin embargo no se puede vivir cuando se da la
total ignorancia de lo que está permitido y lo que está prohibido’.” 41
Ahora bien, resumiendo, hay tres cuestiones que son esenciales para comprender a
cabalidad el fenómeno de la neutralización:
(i) Primeramente, hay que prestar especial atención al fenómeno de la “psicología
de las masas”, tal como fuera pioneramente estudiado por LeBon y por Sigmund
Freud.42 Así, Freud detalló cuáles serían las características del comportamiento de
los individuos cuando actúan en grupos, individualizando a su respecto la
disminución (en la persona) de la conciencia individual; la canalización de los
pensamientos y sentimientos hacia una única dirección (la común); el predominio
de la emoción y del inconsciente por sobre la razón y el buen juicio; y la
41
Arendt, Hannah. “Eichmann y el Holocausto”; Taurus great ideas, Madrid, 2012, págs. 11-12.
42
LeBon, Gustave. “Psicología de las masas” traducción al español al cuidado de Alfredo Guerra
Miralles, 5ª edición; ediciones Morata, Madrid, 2005. Freud, Sigmund. “Group psychology and
analysis of the ego”, Harvard University Press, New York, 1995.
53
inclinación a la inmediata satisfacción de los deseos o intenciones primarias una
vez que se manifiestan.43
Si bien es cierto que hoy en día estas apreciaciones hechas por Freud se hallan en
gran medida contradichas y superadas por parte de la psicología social, hay empero
una base argumental que se sostiene aún en pie y es la que se refiere a la relajación
del estado de consciencia por parte de cada individuo cuando actúa dentro de un
grupo. Extremo éste que conlleva primaria y consecuentemente un menor grado de
reprochabilidad de las respectivas conductas individuales en el momento de
determinar la imputación personal (o el grado de blameworthiness conforme al
modelo anglo-americano).
Las mentadas políticas de ingeniería social van orientadas a actuar sobre el grupo
social: ésta ha sido una de las claves del éxito del manejo mediático del
nacionalsocialismo.44 Dentro de dicho marco, incluso autores como Staub, que
consideran similares (si no idénticas) las razones que conllevan a la violencia tanto
43
Así, uno de los más importantes psiquiatras sociales de hoy en día, el Profesor Luc Ciompi,
respecto del manejo de las masas por parte de Hitler señala: “Ein ganz anderer Aspekt von Hitlers
Umgang mit Affekten muss abschliessend noch hervorgehoben werden: Es ist seine eigene Reflexion
über die Wirkung von kollektiven Gefühlen und die Art, wie er seine Einsichten in die Praxis
umsetzte. Vermutlich vorwiegend aufgrund der Leitideen in Gustave Le Bons Buch zur
Massenpsychologie hat er offensichtlich schon frühzeitig manches intuitiv erfasst, was die moderne
Wissenschaft und speziell die Affektlogik heute zum Zusammenspiel von Fühlen und Denken
postuliert. So war ihm durchaus bewusst, dass das kollektive Denken weitgehend von der kollektiven
emotionalen Stimmung abhängt und jede wirksame Propaganda sich primär an das Gefühl der
“Massen” und erst sekundär auch an den Verstand zu richten hat. In “Mein Kampf” schreibt er
beispielsweise über die “wahrhaft fürchterliche Waffe der feindlichen Propaganda:
“An dieser feindlichen Kriegspropaganda habe auch ich unendlich gelernt […] Sie hat sich ewig
nur an die Masse zu richten. […] so muss ihr Wirken auch immer mehr auf das Gefühl gerichtet hat
volkstümlich zu sein und ihr geistiges Niveau einzustellen nach der Aufnahmefähigkeit des
Beschränktesten unter denen, an die sie sich zu richten gedenkt.
“Das Volk ist in seiner überwiegenden Mehrheit so feminin veranlagt und eingestellt, dass weniger
nüchterne Überlegung, vielmehr gefühlsmässige Empfindung sein Denken und Handeln bestimmt.”
Ciompi, Luc; Endert, Elke. “Gefühle machen Geschichte. Die Wirkung kollektiver Emotionen –von
Hitler bis Obama”, Vandenhoeck & Ruprecht, Göttingen, 2011, págs. 65-66.
44
Vide: Kershaw, Ian. “El mito de Hitler. Imagen y realidad en el Tercer Reich”, Crítica, Barcelona,
2012., págs. 73 a 143.
54
individual como colectiva45, reconocen que las limitaciones y auto-contenciones
morales son menos eficaces y potentes cuando se actúa grupalmente, que cuando se
actúa individualmente. De hecho, en los mismos autores se verifica un fenómeno de
difusión de la responsabilidad que se explica porque, al actuar en forma grupal,
cada individuo sirve a los intereses del grupo (a los miembros de él, como un todo),
sin sentir ni percibir ninguna obligación moral respecto de terceros ni de algún
miembro del grupo como identidad única (independiente). Así, cada individuo al
actuar grupalmente abdica toda autoridad y control a favor del líder o líderes del
grupo; desarrollándose así un compromiso que, en casos extremos, bien puede
llevarles hasta el sacrificio de sus propias vidas.46
De allí que sea absolutamente lógica la siguiente sentencia de Staub: “Esto puede
conducir tanto al auto-sacrificio altruista, como a unirse a aquellos que se vuelven
contra otro grupo. Combinado con el poder del grupo para reprimir el disenso, el
abandono de uno mismo aumenta el potencial para la maldad.” 47
(ii) En segundo lugar hemos de atender al fenómeno de la fuerte división del
trabajo o actividad (compartimentalisation) que explica también la neutralización
de los factores inhibidores que pesan sobre la consciencia de cada individuo. Claro
que aquí no se trata de cualquier tarea o trabajo que permite ser dividida en varios
actos, sino de la comisión o perfeccionamiento de un delito de Derecho Penal
Internacional. Y la finalidad de dicha subdivisión de las tareas no está dirigida
(principalmente) a una mejora de la productividad o a un aseguramiento del
resultado, sino a mantener al mayor número posible de individuos (aquellos que no
ejecutan las “últimas partes” de la labor) ajenos a la consumación de los delitos. De
tal modo, la mayor parte de los individuos que integran el aparato estatal (o lo que
haga sus veces) se mantienen (involuntaria, e incluso, voluntariamente)
45
Señala Staub: “Like individuals, groups can develop characteristics that créate a great and
persistent potential for evil. But they can also develop values, institutions, and practices that
promote caring and connection.” Staub, Ervin. “The roots of evil…” cit., págs. 27-28.
46
Wallach, M; Kagan, N. “Group influences on individual risk taking” in Journal of abnormal and
social psychology; New York, 1962, págs.. 75-86. Latane, B; Darley, J. “The unresponsive
Bystander: why doesn’t he help?”; Appleton Century Craofts, New York, 1970. Staub, Ervin. “The
roots of evil…” cit., pág. 28, 261 y ss.. Niebuhr, Robert. “Moral man and inmoral society: a study in
ethics and politics”, Charles Scribner’s Sons, New York, 1960, págs. 115-134.
47
Staub, Ervin. “The roots of evil…” cit., pág. 128.
55
funcionalmente ajenos a la consumación de la actividad colectiva que desarrollan.
Concentrándose en su tarea concreta, se produce un efecto disociativo del sujeto
respecto de la finalidad criminal: tanto porque no pueda, como porque no quiera
“unir los puntos” que conllevan a vincular su quehacer dentro de la estructura con
los de los demás, y de allí vislumbrar el resultado final con total nitidez.48
(iii) La tercera cuestión a tener presente dentro del análisis de este fenómeno de la
“neutralización” es la referente a su relación con la dogmática jurídico-penal.
Concretamente, el resaltar que, aunque se verifique una persistente desatención de
parte del legislador internacional y nacional sobre estos efectos a la hora de legislar
penalmente, ello no impide su aplicación al caso concreto por parte del intérprete a
la hora de resolver la responsabilidad jurídico-penal de cada interviniente. Así, esta
cuestión influirá en la imputación subjetiva; ello ya que –prima facie- se ajustaría a
las particularidades propias del instituto de la willful blindness, que una buena parte
de la doctrina continental europea emparenta con el dolo eventual.49 De ser ello así,
se nos presentaría de lege lata un problema en el ámbito del Estatuto de la Corte
Penal Internacional, puesto que en su artículo 30, tal Instrumento internacional no
reconocería otra modalidad de tipicidad subjetiva que no fuera la del dolo directo
(tanto de primer, como de segundo grado).50 Asimismo, tendría efectos (conforme
acreditaremos infra pág. 499 y ss.) sobre la imputación personal, en el sentido de
que estos extremos podrían configurar una desigualdad de condiciones a los efectos
48
Así, respecto al régimen Nazi se ha indicado: “(…) The Nazi regime’s organizational structure, in
a perverse sense, is the effectiveness, to produce such a high level of human harm with as Little or
no resistance from the rest of society. Through the compartamentalization of the execution of mass
atrocities, by means of apportioning and preassigning tasks, the state apparatus as a whole and
society can be kept relatively unknowing of the overall plan and how it is executed, if nothing else, it
facilitates the task of those who prefer to ignore the facts by allowing them not to connect the dots –
the dissociative effect. This approach also contributes to the neutralization of posible opposition or
obstacles by certain segments of the state’s apparatus or society. Concealing the overall scheme
also gives other states the opportunity to claim political, plausible deniability in connection with
their failure to act.” Bassiouni, Mahmoud. “Crimes against humanity…” cit., pág. 61.
49
Si bien considera el dicente que lo expuesto refleja la opinión de gran parte de la Doctrina
continental europea e iberoamericana, cabe indicar que este extremo no está exento de discusión
dentro de ésta.
50
A tales efectos vide: Ragués i Vallés, Ramón. “La ignorancia deliberada en Derecho penal”,
Atelier, Barcelona, 2007.
56
de ajustar la propia conducta al mandato o prohibición contenido en la norma penal
primaria.
51
Fletcher, Laurel; Weinstein, Harvey. “Violence and social repair: rethinking the contribution of
justice to reconciliation” in Human Rights Review Nº 24, 2002, pág. 573.
57
Si bien este fenómeno será objeto de un pormenorizado análisis infra (pág. 518 y
ss.), podemos manifestar desde ahora el efecto que esta causa de violencia colectiva
produce respecto de cada individuo. Al identificarse (al grado de “fusionarse”) la
actuación del sujeto con la actuación de la estructura de poder (ello en la medida en
que se considera, él mismo, un agente de la voluntad de la legítima autoridad), se
produce una vía de escape respecto de los frenos inhibitorios o bloqueos éticos
internos (de la consciencia) del sujeto. El sujeto parte de la base de que no le
compete a él hacer una evaluación de los hechos, globalmente considerados. Por el
contrario, parte del supuesto de que tal evaluación y valoración es competencia del
superior jerarca.
(ii) El otro fenómeno se expresa en el castigo y persecución penal de la
disconformidad, oposición y negativa a cumplimentar las órdenes emitidas por los
superiores jerárquicos. Como se ha manifestado, en una sociedad ordenada la
disconformidad por lo general se congloba y manifiesta (a través de) los delitos
tradicionales o clásicos. Por el contrario, en una sociedad en donde la comisión de
delitos de Derecho penal internacional se valora como un hecho positivo, el
paradigma anterior no sólo cambia, sino que se invierte: la disconformidad que se
cristalizará en la actuación delictiva será, justamente, el no matar, lesionar, torturar,
violar, etc. En definitiva, la comisión de atrocidades será la norma fomentada por el
Estado o el Grupo social que detente el poder real.
Las razones que llevan a que un determinado grupo social sea más o menos
proclive hacia las respuestas de tipo violento dependerán, a su vez, de dos
extremos: la evolución de las dificultades de vida y de los sentimientos,
pensamientos, motivaciones y acciones sociales de cariz negativo en tales tiempos
(lo que hemos indicado como el continuum de destrucción o violencia colectiva); y
las características socio-culturales del grupo que acrediten pre-condicionamientos
hacia las respuestas violentas ante conflictos sociales. 52 Dentro de este último
punto, podemos identificar con bastante nitidez cinco que se hallan por lo general
(y no de manera total) en todos los conflictos sociales que degeneraron en
genocidios o delitos de lesa humanidad. Son ellos:
52
“Most cultures have some predisposing características for group violence, and certain cultures
possess a constant potential for it. Also, when life problems are more intense, a weaker pattern of
cultural-societal preconditions will make group violence probable.” Staub, Ervin. “The roots of
evil…” cit., pág. 18.
58
(i) La exacerbación de sentimientos nacionalistas: las personas físicas, como los
grupos sociales, suelen actuar con violencia cuando creen (con, o sin razón) que
están siendo atacadas. Los sentimientos propios del nacionalismo extremo
conllevan una peligrosa mezcla de sentimientos de superioridad y grandeza de una
parte, y de profundos auto-cuestionamientos y complejos de inferioridad, de otra.
De dicho oxímoron emerge no ya el deseo de extender su territorio y de extender su
sistema de valores y creencias culturales a terceros; sino un deseo por alcanzar el
mayor grado posible de pureza y de limpieza étnica. Las dudas y cuestionamientos
–sostienen- surgen de las disfunciones sociales que causan aquellos integrantes de
la sociedad que no pertenecen a la “raza pura” o “al pueblo”. De allí que se
sostenga que estas minorías raciales son “enemigos” del pueblo, ya que, con su
mera existencia, limitan las posibilidades de bienestar y desarrollo del pueblo puro;
es decir de su destino de grandeza. No resulta extraño, por otra parte, que estos
infundados e irracionales sentimientos (como todo nacionalismo, en definitiva, no
deja de serlo) se exacerben en momentos de dificultades económicas y penurias
sociales tales que generan traumas, humillaciones y sufrimientos sociales que
alimentarán a los auto-cuestionamientos referenciados.
(ii) El pensar en términos de “nosotros” y “ellos”. Íntimamente vinculada con las
(ya vistas) políticas de ingeniería social, señalan tanto Staub, como Waller53, que
estas categorías del pensamiento hallan sus raíces en lo más profundo del edificio
genético humano (propio de nuestra etapa como animales cazadores-recolectores);
y constituyen una de las fuentes de la devaluación cultural de todo un sector o
grupo social. Dicha devaluación se alcanza mediante una larga y profunda
propaganda llena de estereotipos y de imágenes negativas respecto al grupo de
marras, y que se extiende a todo lo largo y ancho de la sociedad. Así, la literatura,
la historia y hasta actividades de entretenimiento (música, cine, teatro) se ven
deformadas en aras de ratificar permanentemente esa caricaturización negativa del
grupo víctima. De allí cabe un solo paso para que, ante el continuum propio de toda
crisis económica y social, sea dicho grupo el chivo expiatorio preferido. Así, se les
identifica como el enemigo que excluye el bienestar de la mayoría “oprimida”;
53
Staub, Ervin. “The roots of evil…” cit., pág. 67 y ss. Waller, James. “Becoming evil…” cit., pág.
196.
59
siendo un verdadero obstáculo que debe ser suprimido en aras de la seguridad y
sobrevivencia de la sociedad (léase: del grupo dominante/mayoritario).
(iii) Un fuerte respeto por la autoridad y una fuerte tendencia hacia la obediencia.
Estos extremos son de primordial importancia a los efectos de comprender las
causas de la violencia colectiva (máxime respecto de los perpetradores o ejecutores
directos e indirectos en los delitos de genocidio y lesa humanidad). Como ya hemos
indicado, son dos los efectos de estas características socio-culturales respecto de la
violencia colectiva: por un lado facilitan que el sentido de responsabilidad
individual se diluya en la responsabilidad del grupo o estructura de poder; por el
otro lado, todo esto conlleva la generación de una confianza y un seguimiento
incuestionable a aquellos que se vislumbran como los legítimos líderes sociales. En
una situación de crisis socio-económica (dentro del multi-referido continuum de
destrucción) las sociedades que están acostumbradas a ser dirigidas por
autoritarismos, generan que los individuos se sientan impotentes de sostenerse por
sí mismos (el individualismo y la solidaridad social son fuertemente despreciados),
expresando un fuerte deseo de tutelaje, entregándose por entero a su grupo y a sus
líderes.
(iv) Otro pre-condicionamiento dentro de las sociedades autoritarias es su carácter
monolítico. En ellas, los valores como las perspectivas de vida de cada integrante se
hallan rígidamente establecidas y admiten muy poco cambio. De hecho, el planteo
de cualquier cambio social es inmediatamente atisbado como una agresión a la
tranquilidad y seguridad de la sociedad toda. De allí que se tiende a la imposición
de una uniformidad de pensamiento y comportamiento, promovida por aquellos que
detentan el poder.
Como contrapartida al fenómeno descrito anteriormente, existe un fuerte poder
(real) de parte de las autoridades, que en su afán de alcanzar tal conformidad les
permite “reconstruir” la realidad social, regulando la forma en que serán percibidos
ciertos elementos de la sociedad, facilitando la discriminación y devaluación
propias del pensamiento en clave de “nosotros” y “ellos” ya visto.
(v) La indiferencia social. A diferencia de la anterior, esta precondición es más
propia de las sociedades plurales o abiertas que de las monolíticas. En ella se
estudia la respuesta que la mayoría de los individuos presta a las manifestaciones de
violencia colectiva desatadas por aquellos más proclives aésta. Me explico: en la
mayoría de la sociedades existen ciertos grupos (más o menos numerosos)
60
portadores de ideologías violentas (potencialmente destructivas) que se hallan listos
para agredir y atacar a aquellos grupos o sectores sociales que, siempre conforme a
la mentada ideología, entienden “culpables” o “responsables” de todas sus penurias.
Ahora bien, la mayor parte de la población, inicialmente, no pertenece ni al grupo
de los agresores, ni al grupo de los agredidos. Empero, su actuación como grupo
será determinante a los efectos de frenar el continuum de destrucción, o, por el
contrario, para alimentarlo. Pues bien, cuando tales terceros permanecen impasibles
ante las agresiones o persecuciones que sufren las víctimas, inevitablemente
refrendan con su pasividad la violencia colectiva así como las razones que arguyen
los violentos.
Si a los inicios del despliegue de los comportamientos violentos (continuum), los
causantes de ello se ven sin un apoyo social de entidad, temerán los efectos que
tales conductas podrían acarrearles en el futuro. De tal guisa se mostrarán más
cautos, y preferirán transitar por una vía más moderada (en lo que a violencia
respecta). La temprana oposición de parte de la mayoría de la población puede
causar sobre los violentos, incluso, una modificación de perspectivas respecto de la
moralidad de su comportamiento (esto es: respecto de la justificación del empleo de
la violencia).54
61
extraordinariamente únicas, cuando no se recurría a explicaciones basadas en una
común, homogénea y a su vez extraordinaria personalidad. Estas explicaciones –
hasta el día de hoy- generan en las personas un sentido de tranquilidad. Ello en la
medida en que sólo cuando se verificaba la existencia de patrones de conductas
extraordinarios, por ser efectos de personalidades extraordinariamente depravadas o
maliciosas, podría tener lugar un evento criminal de la magnitud de un genocidio o
de un delito de lesa humanidad.
Todas estas explicaciones (la mayoría de ellas posteriores a los tristes
acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial) vinieron a ser sacudidas por las
aseveraciones y valoraciones que Hannah Arendt hiciera en una serie de artículos
para la revista The New Yorker, con ocasión del juicio a Adolf Eichmann en la
ciudad de Jerusalén en 1961. En dichos comentarios (luego reunidos en su conocido
libro “Eichmann in Jerusalem”), Arendt sentó la premisa de la “banalidad del
mal”, en virtud de la cual se demostraba cómo el perfil del que la prensa de aquel
entonces calificaba como el “criminal más peligroso de la historia” no era sino el
correspondiente a un sujeto vulgar, irrelevante y carente de cualquier traza de
demoníaco. En definitiva, sostuvo que aquellos que perpetraron los delitos del
Holocausto, en su gran mayoría, no presentaban una personalidad sádica ni asesina,
sino personalidades obedientes, indiferentes, simples y comunes.
En el caso particular de Adolf Eichmann, éste había comenzado su larga
trayectoria dentro de la administración nacionalsocialista como cabo de las SS en el
campo de concentración de Dachau, llegando hasta los más altos puestos
administrativos dentro del Departamento para Asuntos judíos en la Gestapo (cargo
que ocupara desde 1941 hasta el final de la guerra). Desde dicho cargo, Eichmann
fue responsable de la implementación de las políticas nazis sobre los judíos en los
territorios ocupados (especialmente del este de Europa), llevando adelante la
deportación de millones de judíos a los campos de concentración y de exterminio.
Ahora bien, lejos del monstruo sádico que solemos imaginar cuando pensamos en
quien llevara adelante semejante tarea, Arendt acreditó en su obra que se trató de un
individuo que cumplió sus funciones con persistencia, considerable ingenuidad y
una inmortal e imperecedera lealtad hacia la visión de sus superiores acerca de la
llamada “solución final al problema judío”. Y es justamente tal tipo de
mentalidades y de comportamientos (base fundamental sobre la que se erige el
62
concepto de la “banalidad del mal”) la razón por la cual –entiende Arendt- tuvo
lugar el Holocausto.
El porqué del holocausto, lo halla Arendt en la naturaleza de la mente
burocratizada: generadora de un mundo sin consecuencias, portadora de
información sin conocimiento (pleno); perpetradores descuidados que hacen
aquello que se les ordena hacer y que lo hacen sin envolverse ni involucrarse
personalmente en las consecuencias, sin compromiso ni atención a la terrible
destrucción que están ejecutando. Arendt manifiesta que lo que resulta aterrador
sobre Eichmann no es una naturaleza inusual o monstruosa que explique por qué
hizo lo que hizo, sino lo extremadamente común, llana y elemental que era su
personalidad. Le califica como un individuo común, carente de móviles salvo por lo
que respecta a su extraordinaria diligencia para ascender en su empleo, carente de
imaginación y de pensamiento abstracto, con una enorme facilidad para aceptar el
autoengaño así como las mentiras de la sociedad alemana de su tiempo. Habiendo
llegado a expresar que fue el descubrir que no había nada que descubrir en la
personalidad de Eichmann, lo que la transformó (para ella) en tan terrible y
perturbadora experiencia. El problema con Eichmann era, precisamente, el que
hubiese y haya tantos como él; y que tales tantos no sean ni sádicos ni perversos,
sino, bien por el contrario, terrible y aterradoramente comunes.55 Así se ha dicho:
“En
su
forma
de
ser,
presentaba
muy
poco
en
común
con
el
arraigado
antisemitismo
o
aquel
colorido
deseo
de
matar,
que
presentaban
otros
líderes
nazis.
Él
no
era
la
maldad
personificada.
Tampoco
era
un
depravado
asesino
de
Judíos.
De
hecho,
media
docena
de
psiquiatras
le
habían
calificado
en
sus
certificaciones
de
“normal”
–‘más
normal,
de
hecho,
de
lo
que
me
encuentro
yo
tras
haberle
examinado’,
habría
manifestado
uno
de
ellos
-‐.
Conforme
a
la
visión
de
Arendt,
Eichmann
fue
un
monótono
formalista,
comprometido
con
la
productividad
y
eficiencia;
un
funcionario
corriente
particularmente
atento
a
obedecer
y
llevar
a
cabo
las
tareas
y
órdenes
que
se
le
asignaren.”56
55
Véase: Arendt, Hannah. “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal”, De
Bolsillo, Barcelona, 2003, pág. 417 y ss..
56
Waller, James. “Become evil (How ordinary people commit genocide and mass killing)” 2 edition;
Oxford University Press, New York, 2007, pág. 100.
63
Mediante el concepto de la “banalidad del mal”, Arendt no se propuso minimizar
el alcance del Holocausto, ni la magnitud (causal) de las acciones de Eichmann
respecto del resultado (extremos éstos que le fueran injustamente reprochados,
entre otros, por el reconocido historiador Raul Hilberg). Por el contrario, lo que
Arendt pretendió estampar mediante dicha expresión es el carácter vano,
intrascendente de las personalidades (carácter) de los ejecutores de la “solución
final”, lo común y ordinario que se generaliza en sus personalidades.
Dentro de dicho marco, ha señalado el Profesor de Historia de la University of
Chicago, Peter Novick: “El
fenómeno
de
los
actos
malignos
cometidos
a
gran
escala,
no
es
rastreable
en
ningún
particularismo
de
maldad,
patología
o
convicción
ideológica
del
perpetrador,
cuya
única
distinción
personal
sea
quizás,
una
extraordinaria
superficialidad.
Empero
lo
monstruoso
de
los
actos,
el
hacedor
ni
es
monstruoso,
ni
demoníaco.
[La
maldad]
puede
ser
esparcida
sobre
el
mundo
como
un
hongo,
asolándole,
precisamente
porque
no
está
enraizado
en
ninguna
parte.
Fueron
los
motivos
más
banales
y
no
precisamente
los
más
malignos
(como
el
sadismo,
o
el
deseo
de
humillar,
o
el
ansia
de
poder)
los
que
hicieran
de
Eichmann
tan
temible
malhechor.”57
El concepto de “banalidad”, por lo tanto, no se refiere a la naturaleza o esencia del
mal que se causa (en la especie: el Holocausto del pueblo Judío).58 Por el contrario,
consiste en una descripción de la naturaleza o esencia de la personalidad o el
carácter de la persona (el hombre o la mujer de carne y hueso) que realiza o ejecuta
los actos delictivos propios de un genocidio. De tal guisa, Arendt considera
“banal”, por común u ordinaria, la malicia de Eichmann, y ello ya que su maldad
57
Novick, Peter. “The Holocaust in american life”, Houghton Mifflin, New York, 2000, pág. 135.
58
Este error suele ser cometido por muchos autores, algunos de ellos de sobrada trayectoria jurídica
como es el caso del prestigioso ex Juez del ICTY, y actual Profesor de la Universidad DePaul,
Bassiouni, quien señala en su última obra: “In her observations on the Eichmann trial in Jerusalem,
1961, Hannah Arendt described certain aspects of the Holocaust as representing the ‘banality of
evil’. Another way of putting it is that evil is frequently done under the appearance of banality, so
lacking in originality as to be obvious and banal. Thus banality is the outer appearance of evil. In
all cases, banality is intended to make evil not appear as such. Consequently, many can commit evil
acts with greater ease. This is especially evident in postconflict situations, where a society trying to
recover from mass atrocities looks with tired eyes upon everyday violent crimes, such as domestic or
gang violence, as ordinary, instead of exceptional.” Bassiouni, . “Crimes against humanity…” cit..,
págs. 64-65.
64
era normal, prosaica, carente de la realidad desfigurada de la cosmovisión Nazi; así
como también su maldad era (auto) racionalizada como buena, por ser obediente a
un propósito superior: el demarcado por (sus) jerarcas del Partido.
Un
similar
análisis
sobre
el
carácter
de
otro
prominente
Nazi,
puntualmente
el
Director
del
campo
de
exterminio
de
Auschwitz,
el
Comandante
Rudolf
Höss,
ha
realizado
recientemente
el
Profesor
de
Neurociencia
de
la
Universidad
Autónoma
de
Barcelona,
Dr.
Ignacio
Morgado.
En
dicho
análisis
concluye:
“Höss,
en
definitiva,
fue
un
hombre
inteligente,
con
un
cerebro
emocional
suficientemente
reactivo
para
ser
educado
en
cualquier
fanatismo,
aunque
el
de
su
tiempo
y
su
mundo
fue
el
nazi.
En
su
juicio
de
Nuremberg
no
tuvo
reparos
en
declararse
un
hombre
profundamente
religioso
–religión
nazi,
pudo
haber
dicho-‐
,
siendo
el
mejor
ejemplo
de
cómo
una
determinada
educación
ideológica,
cuando
cae
en
el
terreno
predispuesto
por
la
biología,
es
decir,
en
individuos
con
acusada
reactividad
emocional,
puede
originar
comportamientos
criminales
que
incluyen
el
miserable
derecho
de
liquidar
a
otros
seres
humanos.”59
Volviendo a Eichmann, y como concluye Waller, más que tratarse de un monstruo
sádico se trataba de una persona fuertemente comprometida a cumplir con sus
obligaciones personales y sus metas profesionales dentro de su carrera burocrática.
En definitiva, un simple y ambicioso burócrata que hizo su trabajo y siguió a pies
juntillas sus órdenes. Asimismo, cabe resaltar que, al contrario de lo esperado,
Eichmann no era un hombre carente de un sentido de conciencia; de hecho se debió
a su “buena conciencia” (una que, por cierto, no apreciaba como valor superior a
las vidas humanas) el sentirse compelido a seguir con el cumplimiento de sus
deberes para con sus superiores. Su conciencia trabajaba “al revés”, como señala
Arendt: no habiendo organizado las matanzas porque él –particularmente- odiase a
los judíos, o porque se viere forzado por las circunstancias fácticas a ello. Por el
contrario, lo hizo porque se trataba lisa y llanamente de su trabajo, y porque
comprendía como su deber el llevarlo a cabo del modo más eficaz posible, por ser
ello conforme al sentido del deber para con la jerarquía social-administrativa
(comprometida con tal extraordinaria maldad).
59
Morgado, Ignacio. “Psicobiología de la maldad”, en Revista “Claves de razón práctica”, Nº 216,
Octubre de 2011, Madrid, págs. 78 y ss..
65
De manera insuperablemente clara, ha señalado el Profesor Waller como
conclusiones sobre el concepto de la “banalidad del mal”: “En
síntesis,
quizás
la
adopción
por
parte
de
Arendt
de
la
frase
‘banalidad
del
mal’
fuera
desafortunada.
Su
falta
de
claridad
sin
dudas
ha
llevado
a
variopinta
interpretación.
Mas
pese
a
todos
sus
críticos,
su
concepción
de
la
banalidad
del
mal
y
la
ordinariez
de
los
perpetradores
de
hechos
de
extraordinaria
maldad
ha
sobrevivido
al
examen
del
tiempo.
Su
durabilidad
es
especialmente
notable
porque
contradice
directamente
nuestro
tenaz
deseo
de
creer
en
la
extraordinariedad
de
la
gente
que
perpetra
tales
hechos.
Preferimos
mantener
tal
extraordinariedad
individual
(tan
diferente
a
usted
y
a
mí)
de
los
que
cometen
tales
hechos
de
extraordinaria
maldad.
Podemos
así
tomar
distancia
de
ellos,
y
descansar
en
la
confirmación
de
que
tal
maldad
no
puede
ser
duplicada
en
grupos
‘comunes’
o
culturas,
o
individuos
con
semejantes
capacidades
humanas
normales.
Como
el
novelista
Leslie
Epstein
ha
escrito
en
1987:
‘El
escándalo…
que
observa
la
tesis
de
Arendt
aplicada
a
Adolf
Eichmann
indica
la
profundidad
de
nuestra
necesidad
de
pensar
de
dicho
burócrata
como
diferente
a
nosotros.
De
concebirle
como
el
típico
personaje
del
Holocausto
tal
como
se
lo
ha
reflejado
en
el
cine
–como
una
bestia,
un
pervertido,
o
un
monstruo-‐.”60
La banalidad del mal de Eichmann nos deja ante la posibilidad real de que el
potencial para cometer genocidios o asesinatos masivos existe en cada uno de
nosotros. Arendt, desde mi punto de vista correctamente, nos recuerda que los
perpetradores de genocidios y asesinatos masivos no son fundamentalmente
diferentes de nosotros. Ella sugiere que la comisión de tal maldad trasciende
grupos, ideologías, psicopatologías y personalidades. En definitiva: Arendt nos deja
a nosotros con el reconocimiento introspectivo de que la gente común, en
extraordinarias circunstancias, puede llevar a cabo actos malignos.
Pero sobre todo, el extremo fundamental que se halla presente en todo el trabajo
de Arendt es el que se refiere a que la culpabilidad individual de cada uno de los
perpetradores de dichos delitos de genocidio o de lesa humanidad, desde una
óptica jurídica, moral y metafísica, jamás puede ser desatendida en aras de una
fundamentación de responsabilidad colectiva o social. Así, pues, mientras que
60
Waller, James. “Become evil…” cit., pág. 106.
66
para la defensa de Eichmann (dirigida por el abogado Servatius) éste no habría sido
otra cosa más que una mera ruedecilla en la maquinaria de la Solución Final, así
como para la Acusación (dirigida por el Fiscal Hausner) Eichmann habría sido uno
de los principales motores de dicha maquinaria asesina, para Arendt lo relevante no
sería la magnitud de la función adjudicable a la “rueda” o “motor” Eichmann, sino
el transformar tales “ruedas y motores” en autores, en seres humanos de carne y
hueso.
Para las Ciencias Políticas y Sociales lo esencial de todo gobierno totalitario
(derivado del fenómeno propio de la burocratización) consiste en transformar a los
hombres en funcionarios. En meras y simples ruedecillas o motores dentro de la
maquinaria administrativa o burocrática, que son analizados, en lo que a su
comportamiento respecta, conforme a una suerte de funcionalismo sistémico. Para
el Derecho penal, en cambio, sólo tiene valor el análisis de la conducta de las
personas físicas, prestando atención a los factores señalados ut-supra únicamente a
los efectos de sopesarlos como circunstancias modificativas de tal responsabilidad
penal (individual).
Para Arendt, la grandeza de los procedimientos judiciales (así como de los juicios
morales) consiste en que incluso una pieza de un engranaje vuelva a ser una
persona.61 De allí que, aunque el reo sea un miembro de la Mafia, de la SS, de la
Gestapo o de la Wehrmacht, o de cualquier otro tipo de organización política,
militar, social o criminal, por más que se sostenga que era un simple eslabón de una
larga cadena, habiendo actuado en virtud de las órdenes emitidas por sus
superiores, y habiendo hecho lo que cualquier otro hubiera hecho de haber estado
en su lugar, en el mismísimo momento en que comparece ante un Tribunal de
justicia, comparece como una persona, y ha de ser juzgada como tal: como persona
y por lo que como persona efectivamente ha hecho.
De tal guisa, si el acusado fuere considerado culpable o inocente como
representante de un sistema, se le estaría tratando como un chivo expiatorio.
Asimismo, si el acusado pretendiera excusarse de sus actos u omisiones (realizados
por él) en el hecho de haber sido, dentro de la organización criminal, no otra cosa,
más que un mero engranaje, ruedecilla, o similar, la pregunta a formularle por el
61
Arendt, Hannah. “Responsabilidad personal bajo una dictadura” in “Responsabilidad y juicio”,
Paidós, Barcelona, 2007, pág. 59.
67
Tribunal de Justicia sería: “¿por qué se convirtió Ud. en pieza del engranaje?”, y
agrega Arendt: “Entonces, Eichmann, o el encargado de la sección IV-B4 de la
Jefatura de Seguridad del Reich, sería transformado en hombre.” 62
Ahora bien, del análisis de la referenciada autora sobre el caso Eichmann se
desprenden ciertos rasgos o particularismos de la responsabilidad jurídico-penal.
Así tenemos que la inocencia, como la responsabilidad, tienen un carácter
eminentemente objetivo. Así es que ante la excusa presentada por la Defensa de
Eichmann de que, de no haber actuado él, lo mismo hubiese sido realizado por otro
u otros que ocuparan su puesto, Arendt contesta que así hubiesen hecho los ochenta
millones de alemanes lo mismo que él hizo (o estuviesen deseosos de haberlo
hecho), no por ello se vería Eichmann eximido de su responsabilidad. Puesto que se
trata de una responsabilidad por lo que se hizo, y no (en principio) por los móviles
del sujeto 63(ello, sin perjuicio de la referencia subjetiva del tipo distinta del dolo
que se exige en el tipo de genocidio conforme al art. 6 del Estatuto de la Corte
Penal Internacional –que recoge las previas definiciones de la Convención de
Naciones Unidas contra el genocidio y los estatutos de los Tribunales
Internacionales Ad Hoc-).64
Por otra parte, y derivado de lo anterior, se sustenta el hecho de que la irreflexión,
propia del burócrata a la hora de cumplimentar con su tarea, es la que perfecciona
el daño (en la especie: la muerte de seis millones de seres humanos). Como señala
Prior Olmos, es posible hacer el mal aun cuando falten motivos reprensibles,
incluso cualquier tipo de motivos. Ahora bien, ello no significa que no hubiera
dolo, bien por el contrario, el funcionario era consciente de la acción u omisión que
estaba perfeccionando con su conducta, y el resultado final de toda la empresa (la
muerte de los Judíos que habitaban sobre el suelo dominado por la Alemania Nazi).
Hablar a su respecto de falta de conocimiento es sencillamente atentar contra la
62
Arendt, Hannah. “Responsabilidad personal bajo una dictadura.” cit., págs. 60-61.
63
Arendt, Hannah. “Eichmann en Jerusalén” cit., pág. 403. En el mismo sentido, aunque
limitándolo solamente al injusto: Roxin, Claus. “Autoría y dominio del hecho en Derecho penal” 7ª
edición; Marcial Pons, Madrid, 2000, págs. 273 y ss.
64
La referencia consiste en: “(…) la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional,
étnico o religioso como tal”; lo que no se refiere forzosamente a los móviles (odio, conquista,
expolio, temor, etc.) sino únicamente a la finalidad última que conlleva la acción desplegada por el
agente.
68
verdad histórica perfectamente documentada (incluso confesada por el propio
Eichmann ante el Tribunal hebreo).65 Otra cosa es que Eichmann, como cualquier
otro burócrata en su misma posición o por debajo, en la Alemania Nazi, fuera
indiferente (hasta el grado de la indolencia) respecto del sufrimiento generado por
su empresa “Solución final” y solamente concentrara su atención e interés en el
estricto cumplimiento de sus funciones conforme a las órdenes y directivas
recibidas (cuando no, actuando como una especie de autómata). Lo que está claro,
en todo caso, es la existencia de un dolo directo respecto del resultado de toda la
actividad colectiva, a la que él sumaba un aporte (es decir, conocimiento pleno del
resultado).
Asimismo, un factor decisivo a la hora de determinar la culpabilidad penal de
Eichmann (así como de la mayoría de los perpetradores de los crímenes de la
Alemania Nazi, tanto de mandos medios como de ejecutores inmediatos) lo
constituía el extremo de que él tuvo la posibilidad de negarse a cumplimentar las
órdenes recibidas, solicitando un nuevo destino dentro de la administración.
Cuando Eichmann señaló ante el Tribunal que “su única alternativa era el
suicidio”, no se refería a las consecuencias que una eventual renuncia al
cumplimiento de sus tareas le hubiera acarreado, la muerte por las presiones de sus
jerarcas, por tener que enfrentarse a un juicio, a una pena de muerte, a un envío al
frente del este, etc. Lo que en realidad quería significar era que, conforme a su
“conciencia” (tal como señaláramos ut supra), tal actitud de abandono e
incumplimiento de sus deberes se le presentaba como inadmisible, incorrecto
conforme a su –peculiar- código de ética. Ello conforme le había sido impuesto (e
interiorizado por él) por las instituciones secundarias (culturales) de la sociedad
alemana del tiempo del kaiser Guillermo II.
Arendt echa por tierra toda consideración jurídica atendiendo al análisis histórico-
filosófico hegeliano. Concretamente, es patente su oposición al Zeitgeist, aquella
concepción de que, en determinadas circunstancias históricas y valoraciones
conforme a las corrientes político-filosóficas historicistas, resulta imposible
comportarse de una manera distinta a la preconfigurada por el fatalismo histórico.
Teorías tanto fundadas en ideas abstractas como la del “complejo de Edipo”, la
65
Vide: Muslich, Harry. “Criminal case 40/61, the Trial of Adolf Eichmann. An eyewitness
account”; University of Pennsylvania Press, Philadelphia, 2005, págs. 121 y ss..
69
“mentalidad del gueto”, hasta aquellas fundadas en la tragedia experimentada por el
pueblo Judío europeo en la Segunda Guerra Mundial, no dejan de presentar un hilo
conductor permanente: el carácter superfluo de la emisión de todo juicio, y la
consiguiente remisión a la opinión pública. Es decir, el juzgar colectividades o
tendencias grupales, en detrimento de juzgar a individuos concretos.66
Como señalara Arendt a este respecto: “Todos estos clichés tienen en común la
nota de dar carácter superfluo a la emisión de juicios, así como la de poder utilizar
tales clichés sin correr el menor riesgo. Y aun cuando podemos comprender muy
bien la resistencia de los afectados al desastre –judíos y alemanes- a examinar con
demasiada detención el comportamiento de grupos o personas individuales que
parecen haberse salvado del total colapso moral –es decir, el comportamiento de
las iglesias católicas, de los dirigentes judíos, o de quienes atentaron contra Hitler
el 20 de Julio de 1944-, esta comprensible resistencia no es suficiente para
justificar la evidente renuncia de todos los demás a emitir juicios centrados en
responsabilidades individuales.”67
De lo anterior se desprende que, cuando se habla de culpa colectiva, o de culpa de
la sociedad, no se está sustentando otra cosa, más que el diluir las responsabilidades
jurídico-penales (individuales) de aquellos que perpetraran tales atrocidades; y esto
puede conllevar dos grandes riesgos de injusticia propiamente dicha:
(i) O bien el que nadie termine pagando por sus crímenes (tal como señala
Arendt), indicando que la decisión de hablar en términos de culpa e inocencia
colectiva reposaría en la ingenua creencia de que tentación y coacción son una
misma cosa y que a nadie puede pedírsele que resista la tentación. Agregando: “En
vista de que, actualmente, estas cuestiones son a menudo tratadas como si existiera
una ley, nacida de la misma naturaleza humana, que obligara a todos a perder la
dignidad al producirse un desastre, sería oportuno recordar la actitud que
adoptaron los excombatientes judíos franceses cuando su gobierno les ofreció
idénticos privilegios.”68
(ii) O bien que, ante la dificultad (no imposibilidad) de delimitar las
responsabilidades individuales, se termine responsabilizando políticamente a todo
66
Cfe. Prior Olmos, Ángel. “Voluntad y responsabilidad en Hannah Arendt…” cit., pág. 43 y ss..
67
Arendt, Hannah. “Eichmann en Jerusalén” cit., pág. 430.
68
Arendt, Hannah. “Eichmann en Jerusalén” cit, pág. 192.
70
un grupo o colectividad, para posteriormente distribuirse conforme a diferentes
criterios políticos, la más de las veces divorciados de la realidad empírico-histórica
respecto a lo que cada persona concretamente hiciera. Todo ello bajo el “ropaje” de
una responsabilidad jurídico penal, y recayendo sobre algunas personas físicas
vinculadas (miembros) a dicho grupo o colectividad.
Esto último no es otra cosa sino la raíz estructural de las construcciones
dogmáticas de las Joint Criminal Enterprise en sus modalidades I, II, y III, como
así también de la autoría mediata por intermedio de aparatos organizados de poder
sustentada por Claus Roxin. Extremos éstos –así como las ventajas del modelo
basado en “las estructuras de pecado”- que se acreditarán en la Segunda Parte de
esta investigación.
71
PRIMERA PARTE.
Capítulo Segundo: Asch, Milgram, Zimbardo y las
causas de la violencia colectiva desde una óptica
científico-experimental.
72
El experimento consistía en un estudio sobre la percepción visual: juzgar el
tamaño relativo de unas líneas. Para ello se reunían grupos de ocho personas
(compuesto por siete actores entrenados por Asch y uno que era el verdadero objeto
examinado, quien por supuesto creía que los otros siete eran voluntarios como él).
A dichos grupos se les exhibían, por vez, una tarjeta conteniendo tres líneas de
diferentes longitudes a la vez que, en la otra mano, una tarjeta que contenía una sola
línea. A continuación, en voz alta, se solicitaba a los miembros del grupo que, cada
uno fuera diciendo cuál de las tres líneas de la primera tarjeta se mostraba de
idéntica longitud que la que estaba estampada en la segunda tarjeta.
Las diferencias de longitudes entre las tres líneas de la primera tarjeta no eran
mínimas, sino, bien por el contrario, notoriamente diferentes. No llamaba para nada
la atención de los sujetos examinados que sus respuestas fueran en las primeras
series de exhibición de tarjetas, idénticas a las de los otros siete miembros del
grupo. Por ello, más que probablemente se sintieron profundamente desorientados
cuando empezaron a notar que sus respuestas –en las siguientes series- divergían de
las de los demás, y, ¡para colmo!, las respuestas de los otros siete eran entre sí
idénticas. No solamente así (es decir, de manera uniforme), sino además
mostrándose absolutamente seguros de sí mismos y mirando de forma perpleja
(cuando no airada) al sujeto examinado cuando éste daba una respuesta diferente
(de conformidad con lo que realmente estaba percibiendo).
Como resultado del experimento, tenemos que, de los 127 participantes (sin
contar, obviamente, a los siete actores que siempre se repetían), cedieron a la
presión del grupo (dando respuestas acorde a lo que decían los actores y en contra
de lo que le indicaban sus propias percepciones) el 70% de ellos. Y dentro de dicho
70%, un 30% de ellos (es decir, poco menos que un tercio) cedió de forma
completa, esto es: nunca dieron una respuesta diferente a la que decían sus
compañeros de grupo.
Asimismo, y una vez entrevistados tras la realización del experimento, cuando se
les ponía al tanto de la calidad de actores de los otros miembros del grupo, y de
cómo estos habían acordado previamente dar respuestas erróneas, la gran mayoría
del 70% que había cedido a las presiones del grupo (dando como respuesta la
misma –errónea- que decían los demás) recordaban haber cedido muchas menos
veces de las que en realidad lo habían hecho. Así, y aunque los hechos demostraban
todo lo contrario, sostenían haberse mantenido independientes la mayor parte de las
73
veces que habían voceado como correctas las erróneas respuestas que habían –a su
vez- voceado sus compañeros de grupo.
Explicando los referenciados resultados, se ha señalado que una de las
aportaciones más valiosas a nuestra comprensión de la conformidad con el grupo
procede de la investigación de dos de los mecanismos básicos que contribuyen a
ella: las necesidades informativas, y las necesidades normativas.69
Así, mostramos conformidad con el grupo por necesidades informativas: en la
medida en que frecuentemente otras personas tienen ideas, puntos de vista,
perspectivas y conocimientos que nos ayudan a conocer mejor nuestro mundo, en
especial aquellas cuestiones que nos son, a priori, desconocidas.
También mostramos conformidad con el grupo por necesidades normativas: dada
la mayor probabilidad de que otras personas nos acepten si estamos de acuerdo con
ellas, cedemos ante su visión del mundo. Así, fundados en una poderosa necesidad
de formar parte de algo (grupo, colectividad, comunidad, etc.) solemos cambiar las
diferencias por similitudes (aun cuando ello vaya contra las propias convicciones
derivadas de las propias experiencias).
Las experiencias desarrolladas por Asch terminaron demostrando cómo
individuos sanos son capaces de auto-engañarse al punto de negar como válidas las
interpretaciones de los sucesos que han presenciado y aprehendido mediante sus
propios sentidos. Y todo ello a los efectos de “encajar” mejor en el grupo, de
ganarse la aceptación de sus pares (lo que se extiende a fenómenos propios de
mayorías sociales).
Asimismo, estas experiencias han servido de base para una serie de experimentos
sociales desarrollados en la década de los setenta en los EE.UU. y que tuvieron su
origen en los trágicos sucesos que rodearon la muerte de una joven neoyorkina de
nombre Kitty Genovese en 1964. Esta chica fue brutalmente violada y asesinada
por su ex pareja en los bajos de su casa de apartamentos en Queens, Nueva York.
Todo ello, a la vista de treinta y ocho de sus impasibles vecinos que no hicieron
nada para ayudarla (quienes incluso llegaron a ver cómo el asesino, tras haberse
retirado dejándola mal herida, volvió sobre sus pasos y terminó de ultimarla
asestándole varias puñaladas más). La impasividad de los vecinos, que se
catalogara bajo el fenómeno de la “bystander apathy” se explicó en los siguientes
69
Zimbardo, Philip. “El efecto Lucifer. El porqué de la maldad”; Paidós, Barcelona, 2008, pág. 355.
74
términos: toda persona que vive en una gran ciudad tiende a ayudar e intervenir en
apoyo de un tercero desconocido siempre que éste último se lo solicite
directamente, y siempre que se halle solo o rodeado de un grupo pequeño de
personas (dos o tres). Por el contrario, cuantas más personas en condiciones de
prestar auxilio se hallen presentes se supondrá -por parte de cualquiera de nosotros-
que alguien más será quien dé un paso al frente y preste el auxilio requerido,
haciendo que nos mantengamos al margen de la acción, sin correr ningún riesgo
personal.70
Ahora bien, más que insensibilidad, lo que explica el fenómeno de marras es
(amén del temor por nuestras propias vidas e integridad física) el miedo a
equivocarnos y hacer el ridículo; máxime cuando la mayoría del grupo de gente que
se halla en el contexto espacio-temporal observa una conducta de inacción.
Así, concluye al respecto Zimbardo: “Las situaciones sociales las crean personas,
y las personas mismas las pueden modificar. No somos autómatas que actúen
siguiendo unos programas dictados por una situación: podemos cambiar cualquier
situación mediante unos actos creativos y constructivos. El problema es que
aceptamos demasiado la definición que hacen otros de la situación y de sus normas
en lugar de arriesgarnos a poner en duda las normas y abrir nuevas opciones
conductuales. Una consecuencia interesante de la línea de investigación de los
circunstantes pasivos y activos ha sido la aparición de un campo relativamente
nuevo de investigación en la psicología social dedicado a la ayuda y al altruismo.
Al intentar entender casos en los que la gente no presta ayuda a quien la necesita,
70
Al respecto explica Steven Pinker:“People take their cues on how to behave from other people.
(…) The psychologists suspected that groups of people might fail to respond to an emergency that
would send an isolated person leaping to action because in a group, everyone assumes that if no one
else is doing anything, the situation couldn’t be all that dire.” Pinker, Steven. “The better angels of
our nature. The decline of violence in history and its causes”, Allen Lane/ Penguin Books, London,
2011, pág.558. Allí hace referencia expresa a los experimentos sociales desarrollados por los
Psicólogos norteamericanos John Darley y Bibb Latané (gestados a partir de las secuelas del caso
Genovese); y relata uno de tales experimentos: “In one experiment, as a participant was filling out a
questionnaire, he or she heard a loud crash and a voice calling out behind a partition: ‘Oh… my
foot… I… can’t move it; oh… my ankle… I can’t get this thing off me.” Believe it or not, if the
participant was sitting with a confederate who continued to fill out the questionnaire as if nothing
was happening, 80 percent of the time the participant did nothing too. When the participants were
alone, only 30 percent failed to respond.”
75
no debemos preguntarnos quién ayuda o deja de ayudar, sino cuáles son las
características sociales y psicológicas de la situación.” 71
También influye demasiado el deseo de pertenecer al grupo, de ser un miembro
más, debiendo para ello comportarse como el resto. Esto explica también por qué
ciertas personas, en determinados contextos situacionales, prestan su apoyo
incondicional a las ideologías imperantes en determinada sociedad, llegando a
realizar actos inhumanos e inmorales conforme a su moral autónoma, mas
bloqueando tales valoraciones individuales en pos de las valoraciones sociales
mayoritarias (el discurso legitimante o ideologías de la muerte).72 Cuestiones éstas
que serán radicalmente analizadas en la experiencia desarrollada por Philip
Zimbardo en los sótanos de la Universidad de Stanford, reconvertidos en una
improvisada cárcel (y a cuyo análisis nos avocaremos ad infra).
Pero lo que Asch no previó ni podía prever era que sus experimentos iban a ser la
inspiración de las experiencias desarrolladas por Milgram una década más tarde
acerca del fenómeno de la obediencia a la autoridad.
76
actuando de una manera agresiva con otra persona, como por ejemplo
administrándole unas descargas eléctricas cada vez más fuertes. Pero para
estudiar el efecto del grupo […] antes habría que saber cómo actuaría el sujeto sin
la presión de éste. En ese mismo instante, mi pensamiento se centró en este aspecto
del control experimental. ¿Hasta dónde llegaría una persona siguiendo las órdenes
de un experimentador?”74
De tal modo, el Profesor de Yale, bajo el pretexto de estar realizando un
experimento que ayudaría a la pedagogía a encontrar formas de mejorar el
aprendizaje y la memoria de las personas a través del empleo del castigo corporal,
ofreció mediante sendos avisos publicitarios en diarios el pago de cuatro dólares
por una hora del tiempo de todos aquellos que, por lo demás, quisieran colaborar
con dicha actividad científica. Contestaron a la convocatoria quinientas personas,
todas ellas personas de entre veinte y cincuenta años y con trabajo, yendo estos
desde empleados de fábricas, empresarios, empleados de la construcción,
comerciales, ayudantes, vendedores, profesionales liberales, telefonistas,
costureras, etc.
Una vez se presentaban en el Departamento de Psicología Científica de Yale (lo
que de por sí ya impresionaba por la magnitud de sus instalaciones), los
colaboradores eran introducidos por quien se presentaba a sí mismo como “el
experimentador” (que no era otro que el propio Milgram utilizando una bata de
médico blanca), ante otro colaborador (que no era otro más que un actor contratado
por Milgram). Hechas las presentaciones, el “experimentador” realizaba un sorteo
(obviamente amañado) en virtud del cual se resolvería quién de los dos
colaboradores ocuparía el lugar de “maestro” y quien de “aprendiz” dentro del
experimento. Viniendo a recaer siempre la calidad de “maestro” sobre el incauto
colaborador.
Pues bien, la experiencia era realizada de la siguiente manera: el “maestro” daba
al “aprendiz” una serie de pares de palabras para que éste último las memorizara.
Durante la prueba, el “maestro” iba diciendo en voz alta las palabras claves, y el
“aprendiz” sito en una habitación conjunta, y comunicado a través de un interfono,
debía responder con la palabra correcta correspondiente al par.
74
Citado por Zimbardo, Philip. “El efecto Lucifer…” cit., pág. 363.
77
En caso de errar, el “maestro” debía suministrarle al “aprendiz” una descarga
eléctrica como “castigo” por su error. Ello mediante el oprimir un interruptor en un
enorme aparato ubicado en frente al “maestro” y cuyos cables atravesaban dicha
habitación, entrando hasta la habitación donde se hallaba el “aprendiz” y cuyo
borne se ubicaba sobre el brazo derecho de éste último (claro que desconociendo el
“maestro” en todo momento que en realidad ninguna corriente eléctrica transitaba
por dicho cable y que, por ende, ninguna llegaba al brazo del “aprendiz”).
A los efectos de dotar a la experiencia de mayor realismo, así como para que el
“maestro” tomara conciencia y se representara lo que habría de sufrir el
“aprendiz”, se le aplicaba al primero a modo de demostración una descarga de 45
volts. Asimismo, dicha máquina constituía un generador eléctrico de imponente
tamaño con treinta interruptores que leían cada uno la potencia de la descarga que
ocasionaban, yendo desde los 15 voltios hasta los 450 volts (caso éste en donde se
apreciaba debajo del interruptor una etiqueta que leía “XXX”).
El “experimentador” indicaba al “maestro” que cada vez que el “aprendiz” se
equivocara, debía proceder a pulsar el interruptor del siguiente voltaje más alto al
último que hubiese oprimido: así, al primer error debía oprimir el correspondiente a
15 volts; al segundo error el de 30 volts; y así sucesivamente hasta llegar al
trigésimo que suponía una descarga de 450 volts.
Una vez que se ponía en marcha la experiencia, el actor que hacía las veces de
“aprendiz” decía las respuestas correctas a las preguntas que le formulaba el
“maestro”. Ahora bien (y conforme a lo que tenían planeado con Milgram), en
determinado momento “el aprendiz” comenzaba a dar respuestas incorrectas, y a
recibir las (supuestas) descargas eléctricas por parte del “maestro”. A medida que
seguía equivocándose, y (supuestamente) recibiendo mayores descargas, “el
aprendiz” (ubicado en la habitación contigua a aquella en la que se hallaban “el
maestro”, “el experimentador” y el aparato generador) comenzaba a gritar cosas
como: “¡no aguanto el dolor!, ¡sacadme de aquí!, ¡no tenéis derecho a retenerme
aquí!, ¡no voy a contestar más!, ¡el corazón me va a fallar!” Y todo ello antes de
caer en un total y absoluto silencio ante las preguntas que le seguía formulando “el
maestro”. Ante el silencio del “aprendiz”, y la desorientación que empezaba a
demostrar “el maestro”; “el experimentador” expresaba órdenes como:
“¡continúe!”: así como indicaciones del tenor de: “si el aprendiz no responde en un
78
plazo razonable de cinco segundos, tenga la respuesta por incorrecta y proceda a
pulsar el interruptor correspondiente”.
Pues bien, antes de realizar las experiencias del tenor de las relatadas ut-supra, el
propio Milgram relevó entre colegas de diferentes universidades norteamericanas
una encuesta en la cual preguntaba el porcentaje de sujetos que ellos creían que
llegarían a pulsar hasta el último de los treinta interruptores.
La predicción que arrojó la referenciada encuesta, indicaba que tan solamente el
1% de los sujetos que fueran objeto de tal experiencia llegarían hasta el final de
ella; representando ese porcentaje el nivel de sádicos propio de la sociedad
norteamericana. Asimismo, indicaban que la enorme mayoría de “maestros”
abandonarían al llegar hasta el punto de administrarle a la víctima una descarga de
150 volts. Más la realidad demostró que dicha predicción no pudo ser más
equivocada: el 65% de los sujetos que actuaron como “maestros” llegaron a pulsar
los treinta interruptores, alcanzando la bestial administración de un choque de 450
volts –al menos eso era lo que creían- a una persona que, ya hacía rato, no daba
señales de conciencia alguna.
79
Ahora bien, dentro de tal marco la capacidad de obediencia deviene un
prerrequisito básico. Por lo que puede entenderse que los hombres obedecen porque
tienen un instinto de obediencia, surgido el mismo tras miles de años de evolución.
Pues la verdad es que, en efecto, hemos nacido con un potencial de obediencia que
interacciona con influencias provenientes de la sociedad. En este sentido sucede
con la capacidad de obediencia lo mismo que con la capacidad de lenguaje: es
preciso que determinadas estructuras mentales altamente específicas se hallen
presentes si queremos que tenga el organismo un potencial de lenguaje y, sin
embargo, para crear al hombre parlante es necesario que se lo coloque en un medio
social. De tal guisa, para explicar las causas de la obediencia es preciso que nos
fijemos tanto en las estructuras internas como en los influjos que actúan en la vida
social.
creature struggling for survival to technical mastery of the planet.” Milgram, Stanley. “Obedience
to authority. An experimental view.” Pinter & Martin Ltd., London, 2010, pág. 126.
76
Milgram, Stanley. “Obedience to authority. An experimental view…” cit., pág. 127.
80
“Pues bien, consideremos un grupo de autómatas “a”, “b”, “c”, ..., diseñado
cada uno de ellos para funcionar de forma aislada. Cada uno de dichos autómatas
queda caracterizado como un sistema abierto, que para el funcionamiento correcto
de su estado interno necesita obtener cierta cantidad de energía de entrada
(alimento o nutrientes) que obtiene de su entorno. Así, para el cumplimiento de
tales necesidades de energía de entrada, se les proveerá de un aparato para la
búsqueda, ingesta y conversión de parte de su entorno (alimento).
Ante la necesidad de energía de entrada, comienza la búsqueda de energías
externas nutritivas, que devuelven todo el sistema a un estado de funcionamiento
viable.77
Ahora bien, hasta este punto del análisis cibernético, partimos del objeto de
estudio: autómata omnívoro autorregulado y aislado de otros de su misma especie
(otros autómatas). Llegados a este punto, hemos de indagar qué cambios
habríamos de practicar sobre el autómata para permitir dar lugar a una forma –
primitiva e indiferenciada- de organización social. Menester será, pues, proveer a
nuestros autómatas de un inhibidor, cuya función sea tratar a los otros autómatas
(sus prójimos) no como una parte más del entorno, sino como un valor en sí mismo
que ha de ser respetado.
De ahí que haya de añadirse al diseño un nuevo rasgo crítico: un inhibidor que
impida que los autómatas actúen unos contra otros. Añadiendo este inhibidor
general, serán capaces de ocupar el mismo espacio geográfico sin peligro de
destrucción mutua. Cuanto mayor sea el grado de mutua dependencia entre los
autómatas, más ampliamente ordenados y más efectivos habrán de ser estos
mecanismos inhibidores.”78
77
El más que clásico modelo homoestático de Cannon (1932) ya señala la omnipresencia de
sistemas restauradores de estado como el descrito en los organismos vivientes. Cannon, W. B.. “The
wisdom of the body”; WW Norton, New York, 1932.
78
Milgram, Stanley. “Obedience to authority. An experimental view…” cit., págs.. 121 y ss. Y
agrega: “More generally, when action is initiated by tensions originating within the individual, some
mechanisms internal to the individual must inhibit that expression, if only to prevent its being
directed against kindred members of the species in question. If such an inhibitory mechanism does
not evolve, the species perishes, and evolutionary processes must come up with a new design
compatible with survival”.
Como al respecto nos recuerda Ashby: los organismos que hoy contemplamos se ven
profundamente marcados por la acción selectiva de dos mil millones de años de desgaste. Toda
81
Se pregunta Milgram en este punto si se da en los seres humanos algo que se
corresponda a los mentados mecanismos inhibitorios. Problema que a priori
reconoce como bastante retórico, ya que todos somos conscientes de que el impulso
de satisfacer instintos destructivos respecto a los otros se halla frenado por una
parte de nuestra naturaleza. Extremos que reconocemos por conciencia o Super-
ego.
De ahí que la presencia de la conciencia en los hombres pueda ser contemplada
como una especialidad dentro de un principio más general: el que todo autómata
autorregulador ha de tener un inhibidor que refrene sus acciones contra sus
congéneres, toda vez que sin semejante inhibidor no les sería posible a diversos
autómatas ocupar un mismo territorio. 79
Llegados a este punto Milgram se pregunta qué sucede cuando tratamos de
organizar diversos autómatas de suerte que puedan funcionar en común. La unión
de elementos para que actúen de manera concertada puede ser lograda de la mejor
manera por la creación de una fuente externa de coordinación para tres o más
elementos. El control dimana del punto emisor hacia cada uno de los autómatas.
Luego pueden ser logrados mecanismos sociales más poderosos, haciendo que cada
elemento subordinado sirva como supra-ordenado a elementos que se hallen en un
nivel inferior. El diagrama revestiría una forma piramidal, típica de la organización
jerárquica. Ahora bien, esta organización no puede ser lograda con los autómatas
tal cual los hemos descrito. Será preciso que sea alterado el diseño interno de cada
uno de los elementos.80
Hay que renunciar al control a nivel de cada elemento local, en favor de un
control a partir de un punto supra-ordenado. Los mecanismos inhibitorios, que son
vitales cuando funciona autónomamente el elemento individual, se han de convertir
forma defectuosa de alguna manera en su capacidad de supervivencia ha quedado eliminada; y en
nuestros días los rasgos de casi toda forma llevan las marcas de una adaptación para asegurar la
supervivencia más bien que para otra finalidad cualquiera. Ojos, raíces, pestañas, caparazones y
garfios, se hallan modelados de suerte que acrezcan de la mejor manera las posibilidades de
supervivencia. Y cuando estudiamos el cerebro, estamos una vez más estudiando un medio de
supervivencia. Ashby, W. R. “Introductions to cybernetics”, Chapman and Hall Ltd., Londres, 1999,
pág. 196.
79
Milgram, Stanley. “Obedience to authority. An experimental view…” cit., pág. 130.
80
Cfe. Milgram, Stanley. “Obedience to authority. An experimental view…” cit., pág. 132.
82
en secundarios (ello ante la necesidad de transferir el control al componente de
coordinación). Está claro que siempre que se inserten elementos que funcionan de
modo autónomo dentro de un sistema de coordinación jerárquica, será necesario
realizar cambios en la estructura interna de los primeros. Dichos cambios
necesarios para el correcto funcionamiento del sistema consisten en una supresión
del control local en favor de la coherencia del sistema. Tal coherencia del sistema,
justamente, se logra cuando todas las partes del sistema funcionan armónicamente y
no en líneas encontradas. De tal modo (y siempre considerándolo desde un punto de
vista evolutivo) vemos que uno de los elementos que funcionan de manera
autónoma ha de verse regulado frente a la prosecución ilimitada de los apetitos (de
los que el elemento individual es el principal beneficiario). El Super-ego,
conciencia (u otros mecanismos semejantes), que imponen los ideales morales
contra toda expresión incontrolada de impulsos, cumplen con dicha función.
De todas maneras, en el modo organizativo es crucial para la operación del
sistema que dichos mecanismos de inhibición no entren de un modo significativo
en conflicto con las direcciones que los componentes del nivel superior imprimen.
De allí que, cuando trabaja el individuo por su cuenta, aparezca en acción la
conciencia, mas cuando funciona de manera organizada las direcciones que
provienen del componente de nivel superior no puedan ser bloqueadas en atención
a las normas corrientes internas del juicio moral autónomo. Únicamente los
impulsos que de una manera autónoma son generados dentro del individuo pueden
quedar regulados y refrenados de dicha manera.
En lo que a la jerarquía respecta, hemos de decir que la misma se halla construida
sobre módulos, cada uno de los cuales consta de un Jefe con varios seguidores (A,
B, C). Cada uno de estos seguidores puede, a su vez, ser superior de otros que se
hallan a un nivel inferior al suyo (por ejemplo: B, D, E), de suerte que toda la
estructura quede edificada sobre estas unidades conectadas entre sí. Ahora bien,
cabe desde ya remarcar que la psicología de la obediencia no depende de la
ubicación del módulo dentro de la jerarquía: los ajustes psicológicos de un sumiso
General de la Wehrmacht a Adolf Hitler son paralelos a los de un simple soldado de
infantería a su capitán o teniente, y así, a lo largo de todo el sistema.
Cuando los individuos entran en una relación sujeta a un control jerárquico queda
suprimido el mecanismo que regula ordinariamente sus impulsos individuales,
83
siéndole tal función cedida al componente de nivel superior. 81 La razón
fundamental de que suceda esto se halla, no en las necesidades individuales, sino en
las necesidades organizativas: las estructuras jerárquicas pueden funcionar
únicamente si poseen la cualidad de coherencia y ésta sólo puede ser lograda
mediante la supresión de los controles a nivel local (esto es, de cada componente
subordinado).
En este punto del análisis, hemos de reproducir (a los efectos de resultar
sintéticos, así como por su manifiesta claridad) lo que Milgram denominara “los
seis pasos” hacia la obediencia:
a) La vida social organizada presta beneficios de supervivencia a los individuos
que forman parte de la misma, así como al grupo;
b) Todos los rasgos de comportamiento y los rasgos sociológicos que han sido
necesarios para producir la capacidad de una vida social organizada han sido
forjados por las fuerzas evolutivas;
c) Desde el punto de vista del método cibernético, la necesidad más general
para la inclusión de los autómatas autorregulados dentro de una jerarquía
coordenada consiste en suprimir la dirección individual y su control en favor de un
control ejercido por un componente de nivel superior;
d) Generalmente, las jerarquías pueden funcionar únicamente cuando tiene
lugar una modificación interna en los elementos (subordinados de los que se hallan
compuestas);
e) Las jerarquías funcionales dentro de la vida social se hallan caracterizadas
por cada uno de estos rasgos; y
f) Los individuos que entran en dichas jerarquías se ven necesariamente
modificados en su funcionamiento.
Este análisis importa sobremanera ya que nos indica los cambios que tienen que
darse en una unidad que funciona independientemente cuando la misma pasa a
integrarse como parte de un sistema. Y esto tiene especial relevancia con respecto a
las experiencias de Milgram. ¿Cómo es que una persona que habitualmente se
comporta moral y cortésmente actúa tan salvajemente contra otra persona en el
81
Freud afirmaba claramente este mecanismo: “(…) el individuo renuncia a su ego idealista,
sustituyéndole por un cúmulo ideal incorporado en el líder”. Freud, Sigmund. “Group Psychology
and the analysis of the Ego”, Bantam Books, New York, 2002, pág. 81. La traducción es nuestra.
84
experimento? Pues bien, conforme a lo aquí analizado lo haría porque su
conciencia, que regula la acción impulsiva agresiva, se ve forzosamente disminuida
–cuando no bloqueada- en el momento en que entra en una estructura jerárquica.
Hemos llegado a la conclusión de que se requiere una modificación interna en la
operación de todo elemento que pueda funcionar con éxito en una jerarquía, y que
en el caso de los autómatas auto-dirigidos esto incluye una supresión del control
local en favor de una regulación por un componente de nivel superior. El diseño de
semejante autómata, si ha de ser paralelo a la función humana, habrá de ser lo
suficientemente flexible para posibilitar dos modos de operación: el modo auto-
dirigido (o autónomo), cuando funciona por sí mismo y para satisfacción de sus
propias necesidades internas; y el modo sistemático, cuando queda el autómata
integrado en una estructura organizativa más amplia. Su comportamiento dependerá
de en cuál de los dos estados se halla.
La persona que entra en un sistema de autoridad no se considera ya a sí misma
como actuando a partir de sus propios fines, sino que se considera a sí misma más
bien como un agente ejecutando los deseos de otra persona. Observa, por ende,
profundas alteraciones, tanto en su comportamiento como en su funcionamiento
interno. Señala Milgram que tan pronunciadas son dichas alteraciones, que se
puede sostener que semejante actitud alterada coloca al individuo en un estado
diferente de aquél en el cual se encontraba con anterioridad a su integración en la
jerarquía; denominando a dicho estado “estado de agencia” (the agentic state).
Esto es, la condición en que se encuentra una persona cuando se considera a sí
misma como un agente que ejecuta los deseos de otra persona. Tal término opuesto
al de autonomía, es decir, cuando una persona se considera a sí misma como
actuando por propia iniciativa.
Desde el punto de vista del análisis cibernético, “el estado de agencia” tiene lugar
cuando una entidad autorreguladora es modificada internamente de suerte que
permita su funcionamiento dentro de un sistema de control jerárquico. Desde un
punto de vista subjetivo, se halla una persona en dicho estado cuando se define a sí
misma en una situación social sujeta a la regulación emanada por una persona de
superior estatus. En esta situación el individuo prefiere considerarse a sí mismo
como irresponsable de sus propias acciones, asumiendo un discurso por el que se
explica a sí mismo como un instrumento de ejecución de los deseos de otros.
85
II.1.b) Las condiciones antecedentes mediatas, las condiciones
antecedentes inmediatas, el estado de agencia.
Entrando a analizar en detalle el fenómeno de la obediencia, nos encontramos con
los siguientes extremos: las condiciones antecedentes mediatas e inmediatas de la
obediencia, y, posteriormente, el ya indicado “estado de agencia”. Atendamos,
pues, a ello:
Las condiciones antecedentes mediatas de obediencia: En primer término, es
preciso que consideremos las fuerzas que actuaban en la persona ab initio y que
modelaran su orientación fundamental al mundo social y las bases de la obediencia.
Así encontramos primeramente a la familia: el sujeto crece en medio de
estructuras de autoridad. Ya desde sus primeros años, se halla expuesto al
reglamento de los padres, en el cual se le inculca un sentido de respeto por la
autoridad de los mayores. También los preceptos de los padres constituyen una
fuente de imperativos morales.
De cualquier manera que sea, cuando indica un padre a su hijo que siga un
imperativo moral, está de hecho haciendo dos cosas: en primer lugar, presenta un
contenido ético específico que es preciso seguir; en segundo lugar, va educando al
niño a someterse a los preceptos de autoridad sin más.82
Asimismo, hallamos al llamado marco institucional: la escuela es un sistema
institucional de autoridad; aquí aprende el niño no únicamente unas asignaturas
específicas, sino también cómo ha de funcionar dentro de un cuadro organizativo.
Sus acciones quedan reguladas en un grado significativo por sus profesores, pero
puede ir dándose cuenta de que estos mismos profesores se hallan a su vez
sometidos a la disciplina y a las exigencias de un director. El estudiante observa
que la arrogancia no está bien vista por la autoridad, sino más bien severamente
82
De esta manera, sostiene Milgram que cuando dice un padre: “no les pegues a los que son
menores que tú”, está de hecho proporcionándole no uno sino dos imperativos. El primero se refiere
al modo en que quien recibe ese precepto habrá de conducirse con los niños menores (prototipo de
quienes son inocentes e indefensos). El segundo imperativo, implícito, es “¡Y obedéceme!” De esta
manera, la génesis misma de nuestros ideales morales no puede separarse de la inculcación de una
actitud obediente. Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit., pág. 137.
86
rechazada, y que la deferencia es la única y más cómoda respuesta en su relación
con la autoridad.83
Otra condición antecedente se nuclea en las llamadas recompensas: se explican
como aquella experiencia continuada de una estructura en la que el sometimiento a
la autoridad queda recompensado y el no sometimiento a la misma, castigado. Así
sostiene Milgram: “Aun cuando se den muchas formas de recompensa por esa
relación de sometimiento, la más ingeniosa es la siguiente: el individuo es ubicado
en un grado superior dentro de la jerarquía, con lo que se da una motivación para la
persona, y al mismo tiempo una perpetuación de la estructura.”84
Tal forma de recompensas consistente en la “promoción” conlleva una profunda
gratificación emocional para el individuo, pero su efecto más relevante es el hecho
de que asegura (concomitantemente) la continuidad de la estructura jerárquica. El
efecto que todas estas cuestiones producen al nivel personal es la internalización
del orden social o la internalización del conjunto de axiomas en virtud del cual la
vida social es conducida. El principal de los cuales es: haz aquello que el hombre
que está a cargo ordena.
Indica Milgram que así como nosotros internalizamos las reglas gramaticales, y de
allí podemos entender y producir nuevas oraciones, asimismo nosotros
internalizamos las reglas axiomáticas de la vida social que nos habilitan a poder
interactuar ante situaciones sociales nuevas. Ahora bien, en todo caso, en toda
jerarquía de normas la más relevante (the one that assumes a paramount position)
es aquella que reclama acatar las órdenes de la legítima autoridad.
83
Otro sistema institucional de autoridad, según Milgram, es el trabajo; en el mismo se va
aprendiendo que, aun cuando se permita un cierto grado de disenso discretamente expresado, se
requiere, no obstante, para un funcionamiento armónico con los superiores, una postura de base de
sumisión. Por más que pueda serle permitida al individuo una gran libertad de detalle, queda la
situación definitiva como una situación en la que va a realizar una tarea que le ha sido prescrita por
otra persona. Milgram, Stanley. “Obedience to authority …” cit., pág. 138.
84
Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit., págs. 139-140.
87
percibimos como que se halla en una posición de control social, dentro de una
determinada situación.
La autoridad se halla sostenida por la norma, la gente parte del supuesto de que
determinadas situaciones tienen de ordinario una figura que las controla
socialmente. Asimismo, la autoridad no tiene por qué poseer un estado superior en
el sentido de “prestigio”. Así, por ejemplo, el ujier de un teatro es una fuente de
control social, a la que de ordinario nos sometemos de buen grado. El poder de una
autoridad no tiene su origen en determinadas peculiaridades personales, sino en la
posición suya (que percibimos) dentro de una estructura social. Es la apariencia de
autoridad, no la autoridad de hecho, a lo que responde el sujeto (por lo que basta
con la auto-designación salvo que surjan informaciones contradictorias o hechos
notoriamente anómalos que contradigan tal posición de poder).
También hemos de atender a la llamada “Entrada en el sistema de autoridad”:
una ulterior condición que provoca el paso al estado de agencia es el acto de definir
a la persona como parte del sistema de autoridad. No basta con que percibamos una
autoridad, es preciso que se trate de una autoridad que tiene relevancia para
nosotros.
Respecto del experimento, importa el hecho de que el ingreso en el campo de la
autoridad del experimentador es voluntario, que ha sido asumido por la libre
voluntad de los participantes. La consecuencia psicológica de este ingreso
voluntario es que crea un sentido de compromiso y obligación, los que
desarrollarán un papel importantísimo a la hora de mantener al sujeto dentro de su
rol.
Si fueran introducidos al experimento de una manera violenta, es muy probable
que cedieran ante la autoridad, mas los mecanismos psicológicos serían totalmente
diferentes de los observados en la experiencia de Milgram. En general, y siempre
que es ello posible, la sociedad trata de crear un sentido de ingreso voluntario en
sus diversas instituciones. Cuando una persona que nos apuntaba con su arma se
marcha, se acaba también la obediencia; cuando se trata de obediencia voluntaria a
una autoridad legítima, las principales sanciones por la desobediencia brotan del
interior de la persona: “Ellos no dependen de una imposición, sino que hallan su
origen en el sentido que el individuo posee de su compromiso por el papel que
88
desempeña. En tal sentido, existe una fuente internalizada que explica su
obediencia, y no tan sólo una fuente externa.”85
Otro punto que hemos de atender dentro de las condiciones antecedentes
inmediatas es la Coordinación de la orden con la función de la autoridad: derivada
de la autoridad se define como la única fuente de control social dentro de un
contexto sistémico específico. El contexto define la serie de órdenes que son
consideradas como apropiadas para la autoridad de que se trata. De allí que ha de
observarse un vínculo lógico-racional entre la función de la persona que controla y
el tenor de las órdenes que de ella emanan.86
En general, se juzga que las autoridades saben más que la persona a la cual
ordenan; sea o no esto verdad, queda la ocasión definida cual si lo fuera. Incluso
cuando un subordinado posee un grado superior de conocimiento técnico al de su
superior, no ha de presumir que está por encima del derecho que la autoridad tiene
de dar órdenes, sino que ha de presentar este conocimiento al superior a fin de que
disponga de él conforme a sus deseos.
Un tema que, si bien Milgram lo trata en un apartado separado, en lo personal lo
encuentro completamente vinculado con éste, es el de la ideología justificativa:
“La percepción de estar ante una legítima fuente de control social, en ocasión de
una determinada relación social, es un requisito necesario para activar el estado
de agencia. Más tal legitimidad en la ocasión, dependerá de su vinculación para
con una ideología justificante. Así, cuando los sujetos entraban al laboratorio y se
les decía qué debían hacer, ninguno de ellos afirmó sorprendido: ‘¿Qué quiere Ud.
decir por ciencia? ¡Nunca he escuchado de semejante cosa!’ dentro de tal ocasión,
la idea de ciencia y su aceptación, obraron como una legítima justificación para el
experimento. Tales instituciones como los negocios, la Iglesia, el gobierno, las
instituciones educativas, proveen otros marcos de actividad legitimada, cada una
justificada por los valores y necesidades de la sociedad, y también, desde el punto
85
Milgram, Stanley. “Obedience to authority. An experimental view…” cit, pág, 142.
86
No es preciso que se halle perfectamente elaborada dicha conexión, basta que ofrezca sentido de
una manera más general “Así dentro de una situación militar, puede un capitán ordenar a un
subordinado que lleve a cabo una acción sumamente peligrosa, pero lo que no puede ordenar a
dicho subordinado es que abrace a su novia. En el primer caso el precepto se halla lógicamente
relacionado con la función general de la vida militar, cosa que no sucede en el segundo caso.”
Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit., pág. 134.
89
de vista del ciudadano común, aceptables porque existen como parte del mundo en
el que han nacido y crecido. La obediencia podría ser asegurada fuera de tales
instituciones, más no se trataría de una forma de obediencia voluntaria en la cual
la persona cumple y acepta con un fuerte sentido de estar haciendo lo correcto.”87
La justificación ideológica es vital cuando se trata de conseguir una obediencia
voluntaria, ya que permite que la persona vea su propio comportamiento como algo
que sirve para alcanzar una meta deseable. Únicamente cuando queda contemplada
a esta luz, puede ser fácilmente exigida la obediencia. Así, se concluye que el
experimentador adquiere su capacidad de influir sobre la conducta de los otros, no
en virtud del ejercicio de coacción o coerción alguno, sino en virtud de la posición
que ocupa dentro de una estructura social determinada (estatus).
Existe, por tanto, un acuerdo general en que no sólo puede influir sobre las
conductas de los (socialmente) subordinados, sino en que debe poder hacerlo. De
allí que su poder provenga (en gran medida) del consentimiento de aquellos a los
que preside. Mas una vez que dicho consentimiento se concede, retirarlo no resulta
nada sencillo, sin un gran coste en vidas y económico.88
Respecto del anteriormente mentado estado de Agencia hemos de decir que al
ingresar en el mismo, la persona se convierte en algo diferente de lo que era:
observa nuevas propiedades, distintas a su personalidad habitual.89 Indica Milgram
que todas las actividades desarrolladas por el sujeto quedan penetradas por su
relación para con “el experimentador”, es decir, la autoridad. De tal guisa, el sujeto
desea obrar de modo competente y ofrecer una buena apariencia ante tal figura
central: prestando atención a las instrucciones; concentrándose en las exigencias
técnicas requeridas para administrar las descargas; sintiéndose absorbido por las
tareas técnicas que tiene a su cargo.
El castigo sufrido por “el aprendiz” se convierte en una parte insignificante de la
experiencia total; en una “mera glosa dentro de las actividades tan complejas de
laboratorio.” Se va generando en el sujeto (“el maestro”) un proceso de
receptividad máxima respecto de las emisiones de la autoridad (léase: órdenes); ello
87
Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit., pág. 143. Traducción es nuestra.
88
Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit., pág. 144.
89
Señala Milgram: “Moved into the agentic state, the person becomes something different from his
former self, with new properties not easily traced to his usual personality.” Milgram, Stanley.
“Obedience to authority…” cit., pág, 145.
90
al extremo de no atender siquiera a los gritos del “aprendiz” (hallándose las señales
de éste último alejadas en la psiquis del primero). El “aprendiz”, por su parte, actúa
bajo la traba de que el “maestro” no está armonizado con él, ya que los
sentimientos y percepciones del mismo se hallan dominados por la presencia del
“experimentador”. Para muchos sujetos, el aprendiz se convierte en un incómodo
obstáculo que se interpone en la consecución de una relación satisfactoria con el
experimentador; para con quien observa toda empatía en detrimento del otro.
Dentro de este contexto, uno de los extremos más relevantes es el relativo a la
redefinición del significado de la situación social (redefining the meaning of the
situation), atendiendo para ello a la máxima: “controla el modo como interpreta un
hombre su mundo, y has dado un gran paso en pos del control de su
comportamiento.” Así, toda situación posee una cierta ideología, a la que podemos
llamar la “definición de la situación”, y que es la interpretación del sentido de una
determinada situación social: nos aporta la perspectiva a través de la cual adquieren
coherencia los elementos de tal situación. Por ejemplo, un acto contemplado desde
una perspectiva puede parecer atroz, y tal misma acción, considerada desde otra
perspectiva, puede parecer totalmente justificada.
Ahora bien, en toda sociedad organizada se da en el pueblo una propensión a
aceptar “definiciones de situación” brindadas por la autoridad legítima. Al decir de
Milgram: aun cuando sea el sujeto quien ejecuta la acción, le permite a la autoridad
que defina el sentido de la misma. Esta sumisión ideológica ante la autoridad es lo
que constituye la base cognoscitiva principal de la obediencia.
La consecuencia de mayor alcance de esta “mutación agéntica” es que un hombre
se siente responsable frente a la autoridad que le dirige, pero no siente
responsabilidad alguna respecto del contenido de las acciones que le son prescritas
por la autoridad. No significa esto que desaparezca toda valoración moral por parte
del sujeto; lo que sí significa es una nueva manera de entender y sentir la situación:
la persona subordinada siente vergüenza u orgullo conforme al modo como ha
ejecutado las acciones que la autoridad le ha impuesto.
Señala Milgram que en el
lenguaje nos encontramos con numerosos términos para señalar este tipo de
moralidad: lealtad, deber, disciplina, términos todos ellos que se hallan fuertemente
saturados de un significado moral y que se refieren al grado en que cumple una
persona sus obligaciones respecto de la autoridad. No se refieren a la bondad de la
91
persona en sí, sino a la perfección con que cumple un subordinado el rol que le ha
sido definido socialmente90
Por eso no ha de sorprendernos que la defensa más frecuente por parte de un
individuo que ha llevado a cabo una acción de lesa humanidad por mandato de una
autoridad, sea la de que “(se) ha limitado a cumplir sencillamente con su deber”.
Ello no es una coartada que el sujeto inventa para intentar defenderse ante la
acusación, sino que se refiere “a la verdadera actitud psicológica” que el sujeto ha
hecho suya por su sumisión ante la autoridad.
Desde el punto de vista del análisis psicoanalítico, podemos decir que las
funciones del Super-ego pasan de una evaluación de la bondad o maldad de los
propios actos, a la afirmación de lo bien o mal que se está actuando en el sistema de
autoridad. Teniendo en cuenta que las fuerzas inhibitorias que impiden al individuo
que actúe de una manera cruel contra otros individuos por su propia cuenta se
hallan bloqueadas, las acciones no quedan ya limitadas por la conciencia.
Las acciones no tienen su origen en el sistema motivacional del sujeto, y por ello
no queda reprimido por las fuerzas inhibitorias de su sistema psicológico interno. A
medida que va creciendo, el individuo normal va aprendiendo a refrenar la
expresión de impulsos agresivos; empero la cultura ha fracasado en inculcar
controles internos sobre las acciones que tienen su origen en la autoridad. De allí se
deriva por qué constituyen estas últimas acciones un peligro mucho más grave para
la supervivencia de los hombres.
El ego ideal de una persona puede constituir una fuente importante inhibitoria
interna. Movida a llevar a cabo una acción cruel, puede tomar conciencia de las
consecuencias de la misma para la imagen que la persona tiene de sí misma, y
frenarse por dicha razón (frenos inhibitorios). Mas, una vez que una persona ha
pasado al estado de agencia, indica Milgram que se hallará totalmente ausente tal
mecanismo evaluatorio. La acción, al no tener su origen en las motivaciones de la
misma persona, no será ya el reflejo de la imagen que ésta tenga de sí misma; y por
lo tanto no observará relación alguna para con la manera de concebirse a sí
misma.91
90
Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit., pág. 148.
91
De hecho, el individuo discierne con frecuencia una oposición entre lo que él quisiera por una
parte, y lo que se le exige por otra. Ve que una acción, aun cuando la esté él ejecutando, es extraña a
su naturaleza. Por esta razón, las acciones que son ejecutadas bajo mandato, desde el punto de vista
92
Una vez que han sido integradas las personas en una jerarquía social, habrá de
darse un mecanismo unificante que dote a la estructura de una estabilidad por lo
menos mínima. Esos mecanismos son los llamados: factores mantenedores del
estado de agencia. Milgram ejemplifica este fenómeno, señalando que si bien
varios sujetos “maestros” dentro del marco de la experiencia, habrían mentalmente
resuelto que no deberían aplicar más descargas eléctricas sobre el “aprendiz”,
fueron muy pocas las veces en que se vieron capaces de llevar a los hechos tales
pensamientos. Así, manifiesta que al contemplar a estos sujetos en el laboratorio, se
puede uno representar la intensa lucha interior para evadirse de las exigencias de la
autoridad mientras unos lazos (mal definidos pero sumamente poderosos) los
ataban al generador de descargas.92
Milgram explica las razones que fuerzan a una persona a cumplir con su rol
conforme a las órdenes recibidas, y lo hace, mediante: la naturaleza secuencial de
la acción, las obligaciones de circunstancia, y la ansiedad. Veamos:
La naturaleza secuencial de la acción, surge nítidamente de la experiencia
desarrollada por Milgram, consistente en un proceso de desarrollo en el que cada
acción está influyendo en la siguiente. El acto de obediencia es perseverante, tras
las instrucciones iniciales el experimentador no ordena al sujeto que inicie un
nuevo acto (despliegue una nueva conducta) sino sencillamente que prosiga
haciendo lo que estaba haciendo. Es tal naturaleza periódica de la acción que se
exige del propio sujeto lo que genera las fuerzas de unión: a medida que administra
descargas cada vez más dolorosas, tratará de justificarse ante sí mismo.
Justificación ésta que sólo se sostiene si prosigue hasta el final; ya que (y como
señala el propio Milgram) si interrumpe las descargas habrá de verse obligado a
reconocer que cuanto ha hecho hasta el momento de la interrupción del
experimento ha sido completa e inequívocamente malo.
del sujeto, se hallan libres de toda culpa, por más inhumanas que puedan ser. Y cuando se trate de
confirmar este valor, el sujeto se volverá hacia la autoridad.
92
“(…) One subject tells the experimenter: ‘He can’t stand it. I’m not going to kill that man in
there. You hear him hollering in there. He’s hollering. He can’t stand it.’ Although at the verbal
level the subject has resolved not to go on, he continues to act in accord with the experimenter’s
commands. Many subjects make tentative movements toward disobedience but then seem
restrained, as if by a bond.” Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit., pág. 150.
93
Sobre las obligaciones de circunstancias, hemos de reconocer que en el cerne de
toda actividad social hallamos una “etiqueta situacional”, la que desempeña un
papel en la regulación del comportamiento. A fin de interrumpir el experimento, el
sujeto se ve obligado a romper con una serie implícita de convenciones sociales que
derivan en convicciones, y que conforman las expectativas propias de la mentada
etiqueta situacional. Así, el “maestro” hizo al principio la promesa de ayudar al
experimentador, y ahora se ve en el intríngulis de romper tal compromiso, es decir,
de violentar las convenciones sociales involucradas en el rol de quien presta su
colaboración a la Ciencia. Al respecto argumenta Milgram que habida cuenta de
que el negarse a obedecer al experimentador equivale a rechazar su pretensión de
competencia y autoridad, en dicha acción se ve envuelta una falta social grave. Así,
el sujeto teme que si interrumpe el experimento aparecerá como arrogante,
refractario y grosero. Toda esta perspectiva de volverse contra la autoridad
experimental, con su lógico quebrantamiento de una situación social bien definida,
constituye una incertidumbre a la cual muchas personas se sienten incapaces de
enfrentarse. En un esfuerzo por eludir un suceso tan embarazoso más de un sujeto
considera la obediencia como una alternativa menos dolorosa o complicada.
De allí que Milgram concluya que las relaciones sociales (elementos sobre los
cuales se funda la sociedad) se mantienen unidas por obra de cierta etiqueta
situacional, en la que cada persona respeta la definición de la situación presentada
por la otra, con lo que elude el conflicto, la turbación, el quebrantamiento
embarazoso de la relación social. El aspecto más básico de esta etiqueta no se
refiere al contenido de lo que se trasluce de una persona a otra, sino más bien al
mantenimiento de las relaciones estructurales entre las mismas. Estas relaciones
pueden ser las de igualdad o de jerarquía. Cuando queda la ocasión definida como
una relación de jerarquía, todo intento de alterar la estructura definida será
experimentado como una transgresión moral y de allí que cause ansiedad,
vergüenza, y un sentimiento de desvalor personal.
Finalmente, sobre la ansiedad diremos que los temores relacionados con lo
anteriormente visto son en gran medida anticipados por la propia naturaleza (esto
es: el sistema nervioso central) a través del fenómeno de las aprensiones ante lo
desconocido, o lo que es igual a decir, la ansiedad. Las causas de tal ansiedad se
hallan en la larga historia de socialización del hombre, a lo largo del paso de
criatura biológica hasta persona civilizada, ha internalizado las reglas básicas de la
94
vida social. Y la más básica de todas ellas es el respeto a la autoridad. Los signos
emocionales observados en el laboratorio –temblor, incomodidad- son prueba de la
desatención a tales reglas. No bien contempla el sujeto la posibilidad de tal ruptura,
brota en él la ansiedad, indicándole que ha de volver atrás en su acción prohibida y
creando por ende una barrera emocional a través de la cual habrá de pasar, para
poder estar en condiciones de desafiar a la autoridad.
95
Las fuentes de tensión dentro del experimento van desde la repugnancia autonóma
primitiva de hacer daño a otra persona, hasta los cálculos sofisticados de posibles
repercusiones legales. Así, y a modo de ejemplo: los gritos de dolor emitidos por el
aprendiz afectaron profundamente a varios de los participantes, observando una
reacción inmediata y surgiendo así una tensión. Otro
ejemplo
de
esto
se
verifica
en
el
hecho
de
provocar
dolor
a
un
individuo
inocente,
lo
que
viola
los
valores
sociales
y
morales
que
ha
hecho
suyo
el
sujeto
desde
su
infancia.
Se
trata
de
creencias
profundamente
internalizadas
o
conocimientos
de
las
normas
humanas
de
conducta
que
profesa
toda
su
sociedad.
Asimismo,
la
implícita
amenaza
de
represalia
que
experimentan
los
sujetos
al
momento
de
administrar
el
castigo
al
“aprendiz”.
Pueden
algunos
de
ellos
tener
la
impresión
de
que
están
enojando
de
tal
forma
al
“aprendiz”
que
éste
tratará
de
vengarse
una
vez
cese
el
experimento.
A
veces
el
temor
a
represalias
se
circunscribe
a
posibles
acciones
judiciales
por
parte
del
“aprendiz”.
Y
todas
estas
formas
de
represalia
(potencialmente
reales
u
objeto
de
la
pura
imaginación),
provocan
tensión.
El sujeto recibe directivas tanto del “aprendiz” como del “experimentador”: las
directivas del “aprendiz” van en sentido de que el sujeto debiera detenerse. La
tensión brota ya que al mismo tiempo están influyendo en él exigencias
contradictorias (de seguir conforme a la voluntad del “experimentador”).
El hecho de administrar descargas a la víctima es incompatible con la imagen que
muchos sujetos tienen de sí mismos. No les gusta considerarse a sí mismos como
individuos insensibles, capaces de hacer daño a otra persona. Empero, ello es
precisamente lo que están haciendo, de suerte que la incongruencia de su acción
constituye una fuente poderosa de tensión.
Asimismo, se han de considerar los llamados por Milgram “amortiguadores”, esto
es, circunstancias que sirven para reducir el nivel de tensión. Uno de ellos lo
compone la cercanía psicológica entre la acción del sujeto y la consecuencia de
dicha acción: así, el hecho de crear una distancia física entre el sujeto y la víctima
reduce la tensión. Repárese, por ejemplo, en el generador eléctrico: dentro del
experimento constituía un muy importante amortiguador, como instrumento
preciso, científico e impersonal, que creaba una clara discontinuidad entre la
facilidad que se requiere para apretar uno de sus treinta interruptores, y las
96
descargas eléctricas que –supuestamente- sufrieran las víctimas. Si, en vez de
contar con el generador, hubieran tenido que golpear a su víctima con sus propios
puños, más que probablemente tales personas no hubiesen estado (tan fácilmente)
dispuestos a cumplir con los mandatos del “experimentador”.
De hecho, cuando Milgram introdujo la variante de tener que coger el brazo del
“aprendiz” y apoyarlo sobre una plataforma que (se suponía) daba las descargas
eléctricas, el índice de “maestros” cumplidores con las órdenes cayó a menos de un
10%. Por ello concluye que nada hay tan peligroso para la supervivencia humana
como la combinación de una autoridad malévola con los efectos deshumanizantes
de los amortiguadores. Asimismo explica que se da aquí un contraste entre la
lógica y la psicología: desde un punto de vista puramente cuantitativo es más
perverso matar a diez mil personas disparando obuses sobre una ciudad, que matar
a un solo hombre aporreándolo con una piedra; y sin embargo, esta última acción es
con mucho más difícil de acometer desde el punto de vista psicológico.93
En último término de este acercamiento a la teoría de Milgram cabe referirnos,
siquiera someramente, a las maneras de resolución de la tensión.Así, primeramente
hemos de reconocer que la desobediencia constituye el último de los medios por los
que se soluciona la tensión. Mas no constituye un acto del que puedan disponer
muchas personas de idéntica forma, ya que las fuerzas que mantienen al estado de
agencia la dejan fuera del alcance de muchos. En vista del hecho de que los sujetos
experimentan la desobediencia como una forma radical (incluso extrema) de
reacción dentro de este tipo de relaciones sociales, es posible que recurran a medios
de reducir la tensión que resulten menos drásticos.
97
palabras pares con un tono alto de voz, casi gritando, para así acallar las protestas
de la víctima; en definitiva los sujetos retiraron su atención de la víctima, y ello
mediante una restricción consciente de la atención dirigiéndola únicamente al
mecanismo del proceso experimental. Tal como concluye Milgram, de esta manera
se elimina psicológicamente a la víctima como fuente del malestar, “quedamos con
la impresión de un mero burócrata ocupado en barajar papeles, apenas consciente
de lo que en torno a él sucede”.
Otro extremo que hemos de analizar es el correspondiente a la negación: la que
consiste en reducir la tensión por medio del mecanismo intelectual de rechazar la
evidencia aparente, a fin de llegar de esta manera a una interpretación más
dulcificada de los acontecimientos. De allí que en el experimento algunos sujetos
negaban que las descargas por ellos administradas fueran dolorosas, o incluso que
la víctima sufriera lo más mínimo. Semejante negación hacía más simple la tensión
causada por obedecer al “experimentador”, eliminando el conflicto entre el hacer
daño a una persona y obedecer. Ahora bien, entre sujetos obedientes lo más
corriente es que nos hallemos no ante una negación de los hechos, sino ante una
negación de la responsabilidad por tales hechos.
También hallamos lo que Milgram clasifica como “subterfugios”: maniobras que
llevan algunas personas para socavar los aspectos crueles del experimento. Así
algunos “maestros” señalaban a la víctima la respuesta correcta por una
pronunciación vocalizada perfectamente, cuando leían en voz alta las diversas
respuestas posibles. De tal guisa, actuaban a la manera de un apuntador, impidiendo
así que se llegara al punto de administrar las descargas eléctricas. Estos sujetos se
mostraban deseosos de boicotear el experimento, mas sin causar por ello un abierto
desafío a la autoridad. Trataban de ayudar al aprendiz, mas sin desobedecer
abiertamente a la autoridad. Asimismo, ha de señalarse que la mayor parte de las
veces estos subterfugios no generaron ningún beneficio al aprendiz; mas ello no
obstó a que los sujetos preservaran una imagen de ellos mismos como de hombres
benignos.
Véase lo que relata el propio Milgram dentro de este marco, y referido a un
diálogo entre el sujeto y el experimentador cuando se ha llegado al momento de
suministrar una descarga de 375 voltios al aprendiz:
98
“Sujeto: Yo creo que a ese hombre le ha pasado algo. No percibo respuesta
alguna; con menor voltaje ya se encontraba gritando; ¿no podría comprobar
y verificar que todo se halla en orden? Por favor.
Experimentador: (manteniendo el mismo tono calmo) No, una vez que hemos
comenzado no corresponde. Continúe por favor Maestro.
Sujeto: (se sienta e inhala profundamente). “Frío-guía; sombra; agua;
pintura” Conteste por favor. ¿Oiga se encuentra bien ahí dentro? ¿Oiga,
está Ud. bien?
Experimentador: Continúe por favor, Maestro. Debe seguir, por favor. (el
sujeto pulsa el interruptor).
Sujeto (girando en su silla hacia el experimentador): Algo le ha sucedido a
esa persona ahí dentro (girando de nuevo). La próxima: “Bajo-dólar; collar,
luna, pintura” (dándose de nuevo media vuelta) A este sujeto le ha pasado
algo. Es mejor que mire Ud., no responde nada…
Experimentador: Prosiga, continúe por favor.
Sujeto: ¿Acepta Ud. toda la responsabilidad de esto?
Experimentador: La responsabilidad es mía. Correcto. Por favor, continúe.
(El sujeto vuelve a su listado, comienza a leer las palabras lo más rápido que
puede y llega a administrar 450 voltios).
Sujeto: Listo.”
Véase que una vez que el experimentador le brinda al sujeto la certeza de que él se
hace responsable de todas las consecuencias que las descargas pudieren causarle al
aprendiz, se produce una casi inmediata reducción de la tensión.
Otro efecto que hemos de atender es el llamado desvío hacia la víctima. Así, no
son pocas las veces que, dentro del marco de la utilización de los llamados
“subterfugios” en el experimento, el sujeto termine desviando la culpa de las
descargas a la propia víctima; siendo achacable a su torpeza y su falta de atención a
sus “ayudas” lo que causara su propio castigo. Concluyéndose en que si la víctima
es una persona indigna, no tiene uno por qué preocuparse de los sufrimientos que se
le inflijan.
Emparentada con la anterior, tenemos la conversión física. Así, dentro de las
experiencias conducidas por Milgram, se pudo constatar en muchos de los sujetos
muestras de tensión psíquica que era absorbida por síntomas físicos: sudores,
temblores, risas ansiosas, etc. Semejantes expresiones indican la presencia de
99
tensiones que, de tal modo, son reducidas. La tensión, en lugar de tener como
resultado la desobediencia, se ve desviada a una expresión física con lo que queda
la tensión disipada.
El penúltimo paso en la escala lo determina la disensión: consiste en la falta de
acuerdo. Es la expresión de la falta de acuerdo del sujeto con el cariz que el
experimento está tomando conforme a las órdenes del experimentador. Ahora bien,
no necesariamente es la disensión un camino que –irremediablemente- culmina en
la desobediencia.
Es que, tal como enseña Milgram, la disensión está al servicio de una función
doble y conflictiva: puede constituir el primer paso hacia la producción de una
grieta que progresivamente se va abriendo entre el sujeto y el experimentador
(conllevando una prueba de las intenciones del experimentador y un intento de
persuadirle de que altere su rumbo de acción). Pero de manera paradójica puede
asimismo servir de mecanismo que reduzca la tensión, como una válvula que
permite al sujeto que deje escapar su vapor sin alterar su plan de acción.
Es constatable tanto dentro del marco de las experiencias desarrolladas por
Milgram, como en ciertos ámbitos (v.gr. el laboral), que la existencia de disidencia
por parte de un subordinado no conlleva que esté dispuesto a quebrar por ello el
orden jerárquico imperante. Esto es, que seguirá cumpliendo con las ordenes, por
más que objete el tenor de las mismas. De hecho, tal disidencia le permitirá, de
alguna manera, acallar a su consciencia.94
Finalmente, y en el tope de la escala, hallamos a la desobediencia. La
desobediencia constituye el último medio para poder superar la tensión; y como tal
no resulta fácil recurrir a ella. Ello ya que, no solamente significa la negativa por
parte del individuo a cumplir con la orden, sino que también constituye toda una
reformulación, de facto, de la relación social subyacente de jerarquía.95 Ahora bien,
94
Así, indica Milgram: “(…) en cuanto mecanismo que reduce la tensión, la disensión es una fuente
de consuelo psicológico para el sujeto respecto del conflicto moral que está en el tablero. El sujeto
se define públicamente como contrario a administrar descargas eléctricas sobre el aprendiz, con lo
que configura una imagen aceptable de sí mismo. Pero al mismo tiempo, sostiene su relación de
subordinación a la autoridad, continuando con su obediencia.” Milgram, Stanley. “Obedience to
authority…” cit., pág. 158.
95
Así, Milgram define este fenómeno, comparándolo con una anomia a pequeña escala: “It is tinged
with apprehension. The subject has found himself locked into a well-defined social order. To break
100
el fenómeno de la desobediencia, de darse, se verifica tras un prolongado itinerario,
interno y externo, que el sujeto ha de transitar: duda interna, luego externalización
de la duda, luego disentimiento, luego amenazas de abandonar el cumplimiento de
las órdenes, para, finalmente, desobedecer. Un camino difícil, que no toda persona
está preparada para transitar hasta su final.
Asimismo explica que la secuencia comienza con la duda interna, esto es, aquella
que se genera en la mente del sujeto “maestro” ante los gritos o el malestar del
“aprendiz” y que no hace otra cosa más que actualizar aquel estado de tensión del
que habláramos ut-supra. Tras ello, viene la externalización, donde el “maestro”
manifiesta sus dudas al “experimentador” acerca de la conveniencia de seguir con
el experimento, ante las quejas del “aprendiz”; y todo ello con la sana expectativa
de que el “experimentador” tome consciencia de la situación de la víctima e
inmediatamente proceda a elaborar una decisión acorde con el pensamiento del
“maestro”, es decir, decida poner fin al experimento. Cuando el “maestro” verifica
que el “experimentador”, lejos de tomar semejante decisión, le indica que siga
adelante, y que él asume todas las responsabilidades por ulteriores consecuencias,
entonces sólo algunos de los “maestros” manifiestan su disenso con las órdenes que
reciben (de continuar), aunque no necesariamente tal expresión de disentimiento se
traduzca en actos: es decir, no dejan de cumplir con las órdenes.
De hecho, sólo algunos amenazan al “experimentador” con dejar de cumplir con
sus tareas de pulsar el interruptor; y solamente algunos (pocos) de éstos últimos
concretan en hechos tales amenazas. Y tal estrecho margen de sujetos que llegan a
cumplir sus amenazas, esto es, que llegan a ejecutar actos de desobediencia, se
explica ya que se requiere para ello una profunda movilización de las fuentes
internas de autodeterminación en concomitancia con un bloqueo de aquellos
factores internos que reconocen a la autoridad como único intérprete válido de la
bondad o maldad de sus actuaciones. 96 De allí que Milgram concluya, a este
out of the assigned role is to create, on a small scale, a form of anomie. The future of the subject’s
interaction with the experimenter is predictable as long as he maintains the relationship in which he
has been defined, in contrast to the totally unknown character of the relationship attendant upon a
break.” Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit., pág. 164.
96
Así, señala: “The act of disobedience requires a mobilization of inner resources, and their
transformation beyond inner preoccupation, beyond merely polite verbal exchange, into a domain of
101
respecto, que el coste que hemos de pagar por desobedecer consiste en un
sentimiento que nos corroe: el no haber sido leal o fiel.97 Ello, a pesar de haber
escogido hacer lo moralmente correcto. El sujeto no puede evitar sentirse
desorientado, aturdido, por haber quebrantado el orden social en el que se hallaba –
voluntariamente- inserto, por haber incumplido (es más, por haber traicionado)
aquella causa en virtud de la cual había prestado su consentimiento (i.e.: en el caso
de los experimentos: el avance de la ciencia; en el caso del Holocausto: la
salvaguarda y gloria de Alemania y su raza aria; en el caso de Pol-Pot: la creación
de una nueva sociedad más justa y el retorno a las glorias del pasado camboyano).
action. But the psychic cost is considerable.” Milgram, Stanley, “Obedience to authority …” cit.,
pág. 165.
97
Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit., pág. 165.
102
Arendt sobre la banalidad del mal, vieron en las experiencias de Milgram una
demostración empírica de aquello que se sostenía.
Y es que eso que se sostenía, era justamente lo que molestaba a los críticos de
Milgram. Concretamente, que a diferencia de las tesis de Adorno y otros filósofos
de referencia, el nazismo no era un fenómeno meramente alemán, producto de un
atado de mentalidades perversas e hijo de un momento socioeconómico específico
(y como tal irrepetible). Asimismo, que tampoco el nazismo y su perversidad contra
los judíos era el producto de un historicismo que, conforme a una fatalidad
predeterminada, venía a repetir, una vez más -aunque con inusitada violencia-, el
fenómeno del antisemitismo.98 No. El nazismo y el Holocausto no se explican
conforme a ninguna de estas posiciones: y mucho menos atendiendo al extremo que
se repite en ambas, esto es, al declive de las instituciones sociales y de la
civilización.
Bien por el contrario, lo que Milgram vino a comprobar es que los actos de
extrema crueldad no necesariamente son desarrollados y ejecutados por personas
crueles, sino por hombres normales (con vidas normales, con pensamientos
normales, con formación cultural normal) que buscan alcanzar el éxito en sus tareas
normales; y que se explican por una fuerte conexión con su relación para con la
autoridad, esto es, con nuestra normal y cotidiana estructura de poder y obediencia.
Como indicara Bauman, hasta Arendt (y especialmente hasta las conclusiones de
Milgram) eramos proclives a creer que los actos de inhumanidad como los
genocidios, o los delitos de lesa humanidad, sólo podían ocurrir en aquellos
momentos en que las personas dejaban de pensar y de actuar dentro del marco de
las instituciones propias de la civilización: “en aquellos casos en que se levanta la
tapadera de la racionalidad de la caldera de las pasiones humanas pre-sociales y
no civilizadas.”99 Pero lo que Milgram descubrió (y antes Arendt teorizó) es la
falsedad de ese esquema que ve la humanidad del lado del orden racional, y a la
inhumanidad del lado de las irrupciones sobre el referenciado orden de la razón. La
inhumanidad propia del Holocausto no es el producto de un atavismo de las
personas (individualmente consideradas) que, ante el declive de la vigencia de las
98
Teoría esta sostenida últimamente en el best seller del historiador Daniel Goldhagen: “Los
verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el holocausto”, editorial Taurus, Madrid,
2008.
99
Bauman, Zygmunt. “Modernidad y Holocausto”, Equitur, Madrid, 2010, pág. 183.
103
instituciones sociales de las comunidades civilizadas, vuelven a cobrar vigencia.
Bien por el contrario, la inhumanidad propia del Holocausto tiene que ver con las
relaciones sociales y, en la medida en que éstas estén racionalizadas y técnicamente
perfeccionadas, también lo estará la capacidad y eficiencia de la producción social
de inhumanidad. 100 De allí que sólo puedan tener lugar en comunidades
101
civilizadas , con instituciones sociales, que determinen con claridad y
contundencia una jerarquía funcional, y en donde los individuos se sientan
obligados a cumplir con lealtad y eficiencia con las órdenes provenientes de sus
legítimos superiores o autoridades.
100
Bauman, Zygmunt.”Modernidad y Holocausto…” cit., pág. 184.
101
Atendiendo a este extremo, no sorprende por qué el Holocausto nació en el pueblo alemán.
Después de todo, el primero de los doce mandamientos con los que se adoctrinaban a las Juventudes
Hitlerianas era: “El Führer siempre está en lo correcto, siempre tiene razón.” Así como un
compilado de fábulas utilizada con mayor frecuencia para educar a los niños es la de
“Struwwelpeter”, cuyas moralejas consisten en que el desobedecer a la autoridad siempre conlleva
drásticas y violentas consecuencias. Así por ejemplo, tenemos la fábula de 'Die Geschichte vom
Daumenlutscher' (La Historia del Pequeño Chupa-dedo), en la cual, habiendo sido un pequeño
advertido por su madre de que no debía chuparse el dedo, al desobedecer es llevado por su madre a
un sastre, quien le corta los dedos. Recordemos que, con estas historias, se educaba a los niños de
cuatro a seis años.
104
intenciones. Cuanto más racional sea la organización de la acción, más fácil será
causar sufrimientos y quedar en paz con uno mismo.”102
Las razones que explican el porqué del distanciamiento respecto de la víctima,
facilitando la perpetración de actos crueles sobre ella, van desde razones
psicológicas personales, a razones psicológicas sociales:
Las razones psicológicas personales suelen nuclearse en: i) ahorrarse el presenciar
la agonía o el sufrimiento de la víctima; ii) facilitar el autoengaño (de hecho es su
presupuesto) y otras modalidades de resolución de la tensión suscitada por la moral
autónoma (excluyendo, obviamente, la desobediencia).
Las razones psicológicas sociales, por su parte, consisten en dejar a la víctima
aislada, en soledad, lo que conlleva a la integración entre el subordinado y el
jerarca en una unidad sólida. Así, señala Milgram que el situar a la víctima en otra
habitación no sólo la aleja del sujeto, sino que acerca al sujeto y al experimentador.
Existe una incipiente función de grupo entre el experimentador y el sujeto de la que
se excluye a la víctima. En su condición remota, la víctima es realmente un extraño
que está, física y psicológicamente, solo.
102
Bauman, Zygmunt.”Modernidad y Holocausto…” cit., pág. 185.
105
por otro. Esto facilita enormemente la transformación de los actores en
perseguidores y de los objetos en víctimas.”103
106
tareas. Así se potencia la distancia para con la víctima, ya que el sujeto cumple sólo
con una parte de la ejecución del delito, y sin participar (sin tener la obligación
funcional de hacerlo) en los efectos finales de la acción en la que colabora. Como
señala Milgram, es fácil cerrar los ojos ante la responsabilidad cuando uno es sólo
un eslabón intermedio en una cadena de acciones dañinas, encontrándose a
considerable distancia de los efectos finales de la acción. Estos extremos, por otra
parte, no son sino la verificación del fenómeno de la “neutralización”, causa de la
violencia colectiva, examinada en el Capítulo Primero ut supra. Por otra parte, y
como hemos también relevado, este fenómeno ocurre tanto en los casos del modelo
Top-Down (de hecho, es absolutamente consustancial al mismo), como también (en
menor grado de desarrollo y en mayor simplicidad sistémica) en los casos que caen
dentro del modelo Bottom-up.
Así, el efecto inmediato de las acciones de Eichmann eran otras tareas técnicas:
elaborar listas de prisioneros y ubicarlos en los distintos campos de exterminio,
organizar los transportes ferroviarios necesarios para su traslado, etc. Allí no habrá
un nexo causal inmediato entre su acción y el asesinato de millones de seres
humanos en las cámaras de gas; por lo que se facilitan los efectos de los
denominados mecanismos psicológicos de reducción de la tensión producida por la
moral autónoma. Lo que conllevaría –tal como se argumentará- un déficit de
culpabilidad (cuando no, excepcionalmente, la extinción de tal juicio de
reprochabilidad).
Pero también –y fundamentalmente en los casos conglobados bajo el modelo top-
down- la burocratización actúa sobre la moral de otra manera diferente a la de
facilitar los mecanismos psicológicos de reducción de la tensión; y tal actuación se
verifica en una reformulación de la propia esencia del comportamiento moral.
Siendo esto especialmente notable dentro de estructuras jerárquicas propias de un
modelo top-down (aunque sin por ello descartar su ocurrencia dentro de un modelo
bottom-up). De tal guisa, la burocracia sacraliza o moraliza a la tecnología, no
dejando margen ni sitio para ninguna otra sustancia que no sean cuestiones de
estricto tenor técnico. De allí que se sentencie: “Es la tecnología de la acción, no
su sustancia, lo que se valora como bueno o malo, apropiado o inapropiado,
correcto o incorrecto. La consciencia del actor le dice que actúe bien y le incita a
107
medir su diligencia por la precisión con que obedece las normas organizativas y
por su dedicación en las tareas tal y como las definen sus superiores.”105
Lo que, al momento en que el sujeto subordinado pone en marcha el curso causal,
le limita o bloquea a su moral autónoma es la “conciencia sustitutiva” proveniente
de la autoridad y fundada en el discurso legitimador de la ideología o finalidad en
que la autoridad justifica sus órdenes. Al hallarse el subordinado en el denominado
“estado de agencia”, la formulación y comprensión de las razones morales que
legitiman la bondad de sus acciones, lo deja en manos del superior/ de la autoridad.
Es competencia de la autoridad, y no de él; es el superior/autoridad quien se halla
en mejores condiciones y con mayores conocimientos para ello. Por lo que la moral
autónoma sólo se limita (de allí su reformulación material o sustancial) a cumplir
de la forma más precisa, más eficiente, y más fiel, las órdenes recibidas.
Ahora bien, ya iniciado por el subordinado el cumplimiento de las órdenes, y tal
como argumenta Bauman, la burocratización la más de las veces produce el
fenómeno de la “responsabilidad flotante”. Cuando el sujeto ya comienza a tomar
verdadera conciencia de lo que está haciendo, y sin perjuicio de lo que
sostuviéramos como efectos del aislamiento o distancia respecto de la víctima (y
los mecanismos psicológicos para reducir la tensión), se genera también una
limitación de la moral autónoma fundada en la completa y monopólica
responsabilidad de la autoridad por todo lo que él (como subordinado suyo) realiza.
Se trata, pues, de un mecanismo de “responsabilidad trasladada”, generada, como
todo lo anterior, en el llamado “estado de agencia”, y en virtud del cual el
subordinado se siente como un simple medio que ejecuta los deseos del
superior/autoridad.
De tal guisa, se afirma: “En el estado de agencia, el actor está en plena armonía
con la situación tal y como ésta viene definida y controlada por la autoridad
superior: esta definición de la situación incluye la descripción del actor como
agente de la autoridad.
El traslado de responsabilidad es, sin embargo, tan sólo un acto elemental, una
unidad o ladrillo de un proceso muy complejo. Es un fenómeno que se produce en
105
Bauman, Zygmunt. “Modernidad y Holocausto…” cit., pág. 190.
108
el estrecho margen que existe entre un miembro del sistema de autoridad y otro, un
actor y su inmediato superior.”106
Pero dicho “traslado de responsabilidad” asume efectos más que relevantes
cuando se le considera en todos los niveles de la jerarquía (es decir, entre cada uno
de los eslabones de la cadena respecto a aquél que se ubique inmediatamente
encima). Allí es donde toma lugar la llamada “responsabilidad flotante”,
consistente en una situación en la que todos y cada uno de los miembros de la
organización están realmente convencidos de estar –legítimamente- sometidos a la
voluntad de un superior, responsable éste de sus quehaceres. A la vez, aquél
señalado como superior/autoridad, estará convencido de estar –también
legítimamente- sometido a la voluntad de una autoridad.
Este esquema se complicará sobremanera, cuanto más compleja sea la estructura
funcional de la organización. Piénsese, a tales efectos, en la Alemania Nazi, donde
existían varias organizaciones dependientes de distintos Ministerios, con
competencias sobrepuestas, y en las que ciertos subordinados en determinadas
circunstancias (por ejemplo: en el aislamiento del campo de batalla) pasaban a
gozar (de facto et de iure) de una amplia libertad de acción –aunque sujetos a
control posterior por organismos no superiores sino de igual jerarquía (distribución
horizontal, como, v.gr., los generales que integran una Corte Marcial). Así es que
no resulta tan sencillo –desde un punto de vista empírico- el determinar quién es la
autoridad o jerarca en la casuística.
Véase el caso de un fusilamiento durante el sitio de Stalingrado de 25 soldados
rusos hechos prisioneros por tres agentes inferiores de las SS, actuando bajo un
Comando integrado por la Wehrmacht. Estando, a su vez, dicho comando nazi
incomunicado con el Cuartel General del General Paulus. En el esquema roxiniano,
sería relativamente sencillo resolverlo: además de los ejecutores inmediatos que
responderían como autores materiales, respondería el máximo jerarca, que siempre
sería Adolf Hitler y, como tal, autor mediato (cúspide de la pirámide). Asimismo,
todos los ubicados en los eslabones intermedios (Alfred Jodl, Keitel, Paulus, etc)
serían también autores mediatos por observar una cuota de dominio sobre el aparato
organizado de poder, y lo mismo podría argumentarse respecto al capitán o teniente
al frente del Comando.
106
Bauman, Zygmunt.”Modernidad y Holocausto…” cit.., pág. 209.
109
Ni qué decir tiene que, conforme a las doctrinas de las Joint Criminal Enterprises,
o empresas criminales conjuntas, todos, absolutamente todos los integrantes del
Estado Nacionalsocialista serían autores en la medida en que hayan compartido el
plan o propósito criminal de la asociación y hayan participado “suficientemente” en
los hechos o bien hayan podido preveer estos resultados como una consecuencia
natural de la acción criminal conjunta. Reservándose, en tal caso, a la
incriminación procesal penal por parte del Ministerio Fiscal, y a la
individualización de la pena, las instancias de delimitación del alcance de las
responsabilidades penales concretas (con las consabidas precariedades dogmáticas
que dicho esquema presenta, amén de su permeabilidad a intencionalidades o
finalidades políticas).
Aquí lo que –empíricamente- sí queda de manifiesto, es que los sujetos actúan
siempre con la certeza de estar trasladando la responsabilidad de sus quehaceres a
la autoridad de la que (ellos creen legítimamente) derivan las órdenes. Y toma muy
importante relevancia en este contexto de responsabilidad trasladada el que, en el
marco de la organización burocrática criminal, los vínculos causales de las acciones
coordinadas se enmascaran, se tergiversan, mediante el discurso ideológico,
respecto a aquellos que se ubican en los eslabones intermedios –y que,
personalmente, no hayan tomado parte en los efectos últimos y criminales de la
actividad desempeñada por la organización-. Así, un sujeto que se hallaba
cumpliendo funciones técnicas en la Sección IVB4, por ejemplo, relevando listados
de judíos que habrían de ser evacuados de Budapest, entendía estar cumpliendo
órdenes legítimas provenientes de sus jerarcas: Eichmann, Sauckel, Heydrich,
Himmler, Hitler. No tenía duda alguna de que responsables de los efectos de lo que
se hiciera una vez obtenidas las listas de marras eran ellos, sus jerarcas; ya que a él
no le interesaba saber, cuál era el alcance real de la llamada “solución final” –el
aniquilamiento de millones de judíos en los campos de exterminio-.
Por ello, si tal individuo hubiese sido sentado ante un Tribunal y manifestase
como defensa “yo sólo cumplí con mi deber” no estaría expresando una mera
excusa como coartada para no ser responsabilizado. Estaría, por el contrario,
diciendo lo que él –realmente- creía en el momento de realizar su acción. Y lo
mismo alegarían Eichmann, Heydrich, Sauckel, etc; mientras que Himmler podría
llegar a sostener –y no sin fundamentos reales- que ni remota idea tenía de que
alguien estuviera haciendo listados de judíos para poder calcular y disponer del
110
transporte necesario, para conducir a tales judíos a los campos de exterminio. Ya
que ello competía a otros, y que él solo cumplió con las órdenes de Hitler de que se
construyeran campos de concentración y exterminio que observaran ciertas
características. De lo expuesto se deduce un cuestionamiento serio a la tesis de
Roxin: el hecho de hallarse encima de la pirámide de organización funcional no
conlleva forzosamente el dominio del hecho propio de la calidad de autor mediato,
o un dominio funcional propio de la calidad de co-autor.
111
ejecutadas de manera arbitraria e impersonal. De ese modo, como puntualiza
Zimbardo, se alcanza el fin de justificar una conformidad irreflexiva: los sistemas
controlan a la gente haciendo que las normas sean ambiguas y cambiándolas
cuando lo creen necesario, aunque insistiendo en que “las normas son las normas y
se han de cumplir”.107
Aquí hallan sitio las causas de violencia colectiva de las políticas de
deshumanización de las víctimas, de neutralización (especialmente en lo referente
al fenómeno de la fragmentación de las tareas) y de vínculo entre normas sociales y
normas de conducta. Estos extremos, especialmente en lo que refiere al rol
“compartimentalizado”, exige a su vez por parte del intérprete: (i) el tener que
atender, en la valoración del injusto, no sólo a la “parte” o “eslabón” de la
actividad criminal que él –efectivamente- desempeñara, sino a toda la cadena. Es
decir, al resultado de toda la actividad que surge del acopio de todas y cada una de
las acciones de los sujetos intervinientes. (ii) El comprender la existencia de una
serie de extremos que facilitan la indiferencia del reo respecto del resultado lesivo
para las víctimas (esto es: la existencia de una voluntad deprimida respecto del
cumplimiento de la norma penal –internacional- primaria).
En cuarto lugar, tenemos el hacer uso (cuando no, abuso) de los eufemismos:
reemplazando la realidad desagradable mediante un discurso edulcorado,
distorsionando aquella esencia maligna. Así, en vez de “torturar a una persona”, se
le dice “castigar al aprendiz en aras del progreso de la ciencia”; en vez de
“masacre de civiles”, se le dice “daños colaterales”, etc.
En quinto lugar, ofrecer medios para que los sujetos puedan liberar la “tensión”
que el cumplimiento de las órdenes puedan generar respecto de su propia moral
(moral autónoma de cada sujeto). Ello mediante la declaración de asunción de la
responsabilidad por parte del jerarca. Así por ejemplo, en los experimentos de
Milgram, el jerarca asumía la responsabilidad por lo que le pudiere suceder al
“aprendiz”.
En sexto lugar, tenemos el lograr que el primer paso del sujeto subordinado hacia
el fin delictivo (“hacia la maldad final”) se trate de un acto sin mayores incidencias
sobre la víctima; una “especie de poner el pie en la puerta que abre el paso a
presiones posteriores y más intensas para mostrar conformidad que conducen a
107
Zimbardo, Philip. “El efecto Lucifer ..” cit., pág. 365.
112
una pendiente resbaladiza.” 108 Así, en el experimento de Milgram, esto se
verificaba en el hecho de que las primeras descargas eran prácticamente inocuas, de
15 volts.
El séptimo paso consiste en hacer de la actividad del sujeto subordinado una de
carácter perseverante, a la vez de sobrepujante, en lo que a su lesividad respecto a
la víctima respecta. Más dicho carácter sobrepujante no ha de ser drástico, sino
moderado, leve, casi imperceptible. Así, en el experimento, el grado de incremento
de la intensidad de las descargas era apenas de 15 volts., por lo que el “maestro”
podía auto-engañarse (negación) bajo el razonamiento de que no existía mayor
diferencia entre la conducta a realizar y la anteriormente realizada.
En octavo lugar, tenemos que así como dijéramos respecto de la finalidad de las
órdenes que prima facie debían parecer lógicas y serias, pues lo mismo ha de
acontecer respecto del talante del Superior o Jerarca. Siempre ha de parecer, a
priori, como un sujeto razonable y justo; sin perjuicio de devenir luego en una
auténtica bestia irracional. Ello provoca una conformidad inicial de parte del
subordinado y una posterior confusión, ya que se espera de su parte no otra cosa
más que coherencia (y es lógico que así sea, dadas las expectativas generadas ab
initio de la relación social). El hecho de no reconocer que esta transformación se ha
producido, da origen a un fenómeno de obediencia irreflexiva, similar al que le
ocurre a las víctimas de violencia de género.
En noveno lugar hallamos el admitir la discrepancia, o el disentimiento verbal,
mas insistiendo en el mantenimiento de la observación de las órdenes; a la vez, de
dificultarle al subordinado que pueda salirse del sistema.
En décimo y último lugar, encontramos el aportar un marco ideológico, en virtud
del cual se justifiquen las acciones delictivas (como medios necesarios para
alcanzar el fin ideológico). En el experimento Milgram, tal marco ideológico se
verifica en el avance de la ciencia. Otro ejemplo, tristemente recurrente, ya no en el
campo de la investigación sino en el de la casuística penal resulta ser el de la
“seguridad interna, o seguridad ciudadana” en virtud del cual se justificó el uso y
abuso de poder por parte de Hitler, de Stalin, de Pol-Pot, de Mao, y tantos otros
genocidas. 109 Cobrando aquí especial relevancia lo visto respecto del llamado
108
Zimbardo, Philip. ”El efecto Lucifer…” cit., pág. 365.
109
Al respecto, vide: Fromm, Erich. “El miedo a la libertad”, Paidós, Barcelona, 2008.
113
“efecto bricolaje” como políticas de ingeniería social dirigidas a la
deshumanización de las víctimas.110
Como se aprecia, los puntos cuarto al décimo, tienen por fin deprimir la voluntad
del sujeto respecto del cumplimiento de la norma penal (internacional) primaria – la
que, al erigirse fundamentalmente sobre una norma de Ius Cogens, presenta una
naturaleza eminentemente moral-.
114
los prisioneros de cumplir con todo aquello que les exigieran los carceleros; así
como la obligación de ambos grupos de vestir de cierta –específica- manera: los
prisioneros unas ridículas batas, mientras que los carceleros, uniforme y lentes
oscuros (para evitar cualquier tipo de contacto visual directo).
Pero además, Zimbardo eliminó el factor que en la experiencia de Milgram
proyectaba el marco ideológico arriba señalado: no se hallaba aquí presente ningún
“experimentador” ni autoridad alguna que asumiera la responsabilidad por lo que
los sujetos pudieren hacerse entre ellos, ni que denotara una finalidad que
legitimase cualquier trato inhumano por parte de los carceleros.
Zimbardo dió inicio al proceso colocando a cada sujeto en una posición dentro de
una pauta codificada de interacción. 111 Y ello, dado que lo que pretendía era
demostrar cómo el comportamiento agresivo e inhumano es producto de ciertas
características contextuales que define como “variables situacionales”.
Circunstancias estas que guardan un gran parecido con el “estado de agencia”
definido por Milgram, sólo que, en este caso, la presencia efectiva de la autoridad
no se muestra necesaria.
Pues bien, una vez puesta en funcionamiento la experiencia se llegó a verificar en
pocos días tal grado de crueldad en el trato dispensado por los carceleros hacia los
prisioneros (así como un grado máximo de sometimiento de éstos) que tuvo que
llegarse a interrumpir la misma para evitar que dejase secuelas irreparables o de
difícil reparación psicológica. Jóvenes que respondían a los parámetros normales de
la sociedad norteamericana, habían devenido, ante determinado contexto
situacional, en verdaderas emulaciones de los carceleros de Treblinka o
Auschwitz.112
111
Bauman, Zygmunt. “Modernidad y holocausto..” cit., pág. 196.
112
Al respecto señala Steven Pinker: “(…) within two days some of the guards took their roles too
seriuosly and began to brutalize the prisioners, forcing them to strip naked, clean toilets with their
bare hands, do push-ups with the guards standing on their backs, or simulate sodomy. After six days
Zimbardo had to call off the experiment for the prisioners safety. Decades later Zimbardo wrote a
book that analogized the unplanned abuses in his own faux prision to the unplanned abuses at Abu
Ghraib prison in Iraq, arguing that a situation in which a group of people is given authority over
another group can bring out barbaric behaviour in individuals who might never display it in other
circumstances.” Pinker, Steven. “The better angels of our nature…” cit., pág. 559.
115
Del análisis de tal experiencia, si bien de modo bastante desorganizado, Zimbardo
constata la existencia de dos variables situacionales que, en conjunto, explican lo
que sucedió dentro de su improvisada cárcel: la des-individuación, y la
deshumanización y desconexión moral. Veamos:
113
Haciendo uso del eslogan de los hippies, Zimbardo expresa que: “(…) si el anonimato de la
situación sólo transmite una reducción del egocentrismo y fomenta la conducta pro-social, la gente
estará dispuesta a “hacer el amor” (el anonimato de varias fiestas suele contribuir a que haya más
contacto social)”. Zimbardo, Philip. “El efecto Lucifer…” cit, pág. 400.
116
y representar a su personaje- lo que fomentaba ese sentimiento de anonimato. Esta
circunstancia o variable situacional es asociada por Zimbardo al uso de uniformes.
Concretamente, comprende que existen dos grandes estrategias a los efectos de
lograr la transformación hacia la des-individuación: la reducción de la
responsabilidad social del actor (dado que nadie sabrá quién es él, ni le importará
saberlo); y la reducción del interés del actor en auto-evaluarse (conforme a su
propio canon moral).
La primera estrategia supone una supresión de la preocupación por las
evaluaciones, o aprobaciones, que la sociedad pudiere realizar sobre la conducta del
actor. De tal modo, y como consecuencia, el sujeto (actor) se siente anónimo, des-
individualizado de tal conglomerado social. Así, actuamos en un entorno que
transmite anonimato y diluye nuestra responsabilidad individual.
La segunda estrategia, por su parte, acaba con el control de uno mismo y de la
propia coherencia, recurriendo a métodos que alteran nuestro estado de conciencia.
Ahora bien, por intermedio de cualquiera de las mentadas estrategias se llega a la
des-individuación, fenómeno que transforma nuestra naturaleza fundada en la
represión y la inhibición del deseo (lo que Zimbardo llama “rasgo apolíneo”) en
una cuyos rasgos fundamentales son la liberación y el deseo desinhibido (lo que
llama “rasgo dionisíaco”). De tal modo, las personas pueden tornarse en seres
malvados, cuando se enredan en situaciones en las que los controles cognitivos que
normalmente guían sus conductas de una forma social y personalmente aceptable,
se bloquean, suspenden o distorsionan.
Tales efectos de pérdida del control cognitivo tienen múltiples consecuencias,
que van desde la suspensión de la conciencia en general y de la conciencia sobre
uno mismo, al sentido que se tiene de la responsabilidad personal, de la obligación,
del compromiso, de la moralidad, de la culpa, de la vergüenza y del miedo. Así
como también tienen consecuencias sobre el análisis de los propios actos en
función de sus costes y beneficios.114
114
Así, señala Zimbardo: “La des-individuación crea un estado psicológico especial en el que la
conducta se somete a las exigencias inmediatas de la situación y a los deseos biológico-hormonales.
El estado de excitación (aquél en que la acción sustituye al pensamiento, la búsqueda del placer
inmediato se impone a la dilación de la gratificación y las decisiones refrenadas de una manera
consciente dan paso a respuestas emocionales irreflexivas); suele ser tanto un precursor, como –
propiamente- un estado de des-individuación. Sus efectos se amplifican en situaciones nuevas o no
117
De las conclusiones de Zimbardo emerge que en el estado de des-individuación el
sujeto carece de consciencia respecto del sentido del bien y del mal, careciendo de
sentido de culpa alguna por sus actos ilegales o inmorales. Ello se explica dado que,
cuando los controles internos se suspenden, la conducta se halla por completo bajo
el control externo de la situación. Así, los influjos exteriores se imponen con plena
facilidad a los influjos interiores; lo que es posible y está disponible se impone a lo
correcto y a lo justo.
Los frenos inhibitorios, que solemos emplear para limitar nuestra crueldad, y
nuestros impulsos libidinosos, desaparecen en un estado de des-individuación: tal
como si se produjera una especie de cortocircuito en el cerebro, como si cesaran
totalmente las funciones de planificación y de toma de decisiones de la corteza
cerebral frontal, y tomaran el mando las partes más primitivas del sistema límbico
del cerebro, sobre todo el centro de la emoción y la agresividad que se encuentra en
la amígdala.115
estructuradas en las que se anulan los hábitos de respuesta y los rasgos habituales del carácter. La
vulnerabilidad de la persona a los modelos sociales y a las indicaciones situacionales se intensifica;
en consecuencia, es tan fácil hacer el amor como hacer la guerra: todo ello depende de lo que la
situación exija o suscite.” Zimbardo, Philip. ”El efecto Lucifer…” cit., pág. 399.
115
Zimbardo, Philip. “El efecto Lucifer…”cit., pág. 238.
118
sus peticiones y súplicas, usarlos para nuestros propios fines, incluso destruirlos si
nos irritan.”116
En lo que al fenómeno de la desconexión moral respecta, señala el autor que parte
del supuesto de que la mayoría de las personas, durante su formación, incorporan
en su conciencia una serie de preceptos morales. Ello a través de los procesos de
socialización normales: familia, escuela, trabajo, grupo de pares, etc. Ahora bien,
dichos preceptos -y principios que fundamentan aquellos- favorecen y alientan la
conducta pro-social, así como forman y favorecen el funcionamiento de los
llamados “frenos inhibitorios” respecto de las conductas anti-sociales. Todo ello
resulta conforme a la valoración que el sujeto extrajo de las diferentes instituciones
sociales a las que perteneció y pertenece.
Concomitantemente a lo anteriormente expuesto, tales principios morales externos
impuestos por los padres, por los educadores, jefes, sacerdotes, etc, se interiorizan
en formas de códigos personales de conducta. De tal guisa, la persona termina
desarrollando una serie de controles personales sobre sus propios pensamientos y
actos; favoreciendo tales extremos (que, a mi juicio, no dejan de ser los llamados
frenos inhibitorios) que el sujeto desarrolle una mayor autoestima por verse capaz
de convivir en armonía con sus prójimos y de adaptarse a las reglas de
funcionamiento y a los valores imperantes dentro de la sociedad en la que se
integra.
Claro que tales mecanismos de autorregulación o frenos inhibitorios no son (como
se creía por la Escuela Clásica de Derecho penal) fijos y estáticos. Bien por el
contrario, al estar relacionados con los principios morales que rigen a la persona, se
hallan determinados por un proceso dinámico, en el que la autocensura moral puede
ser activada o desactivada de forma selectiva por parte del sujeto. Así, en principio,
para actuar de manera más aceptable, más acorde a la realidad social coyuntural.
116
Agrega Zimbardo al respecto: “(…) el genocidio Nazi de los Judíos empezó mediante la
creación, por medio de películas y carteles de propaganda, de una imagen a escala nacional de
aquellos seres humanos que los presentaban como formas inferiores de vida animal, como
alimañas, como ratas voraces. Los muchos linchamientos de personas de color protagonizados por
turbas de blancos en ciudades de todos los Estados Unidos tampoco se consideraban crímenes
contra la humanidad porque se estigmatizaba a las víctimas diciendo que eran “simples negros.”
Zimbardo, Philip. “El efecto Lucifer…” cit., pág. 273.
119
Empero, a veces, tal funcionamiento selectivo puede devenir en una autocensura
moral desconectada de la conducta reprobable.
Al respecto, aclara Zimbardo: “Las personas y los grupos pueden mantener su
sensación de tener unos principios morales (…) simplemente desconectando su
actuación moral habitual en ciertas ocasiones, en ciertas situaciones, para ciertos
fines. Es como si pusieran su moralidad en punto muerto y se deslizaran sin
preocuparse por si atropellan a algún peatón hasta que vuelven a poner en marcha
y regresan a una posición moral más elevada.”117
En el referido contexto, el aludido científico social reconoce cuatro mecanismos
cognitivos que permiten -a cualquiera de nosotros- desconectarse moralmente de
cualquier conducta maliciosa o cruel que realicemos:
(i) El primer mecanismo, es la definición (mejor: redefinición) de nuestra
conducta dañosa como éticamente correcta y moralmente honorable. Ello, mediante
la creación de justificaciones morales, conjuntamente con la adopción de
imperativos morales que santifiquen la violencia; o bien mediante la creación de
comparaciones (muchas de ellas descontextualizadas) que contrasten nuestra
“rectitud” respecto de la conducta “malvada, cruel, inhumana, indecente, etc.” de
nuestros enemigos. De allí que hallemos justificaciones del tenor de: “sí, nosotros
torturamos, pero ellos decapitan a los nuestros”. Otra vía consiste en el empleo de
eufemismos como “daño colateral”, “fuego amigo”, etc., todos ellos destinados a
aportar una imagen ascética de la verdadera naturaleza de nuestros actos e
intenciones.
(ii) El segundo mecanismo consiste en la minimización de la percepción de la
relación existente, de forma más o menos directa, entre nuestras conductas y los
resultados perjudiciales que padecen ciertas personas. Ello se realiza, generalmente,
mediante el procedimiento de “difuminación de la responsabilidad personal”, o
mediante el “desplazamiento a terceras personas” –físicas o jurídicas- de nuestras
responsabilidades (por tales actos inhumanos).
(iii) El tercer mecanismo se verifica mediante la modificación de la manera en que
es percibido el daño que causáramos a las víctimas; o bien, derechamente, a través
del instituto de la negación.
117
Zimbardo, Philip. “El efecto Lucifer…” cit.; pág. 456.
120
(iv) Finalmente, el cuarto mecanismo consiste en la reconstrucción de la imagen
que tenemos de las víctimas, pasando a considerarlas responsables de sus propios
tormentos. Es la vieja receta de que “cada uno tiene su merecido”, de culpar a la
propia víctima por las consecuencias que pudieren sufrir por nuestra propia
conducta (por ser merecedoras del castigo). Tales procederes conllevan una
innegable deshumanización de la víctima, considerándola por debajo del nivel
moral que reservamos a nuestros prójimos “verdaderamente humanos”.
121
móvil que fundamente o bien la configuración de una circunstancia modificativa de
la responsabilidad; o bien la verificación del elemento subjetivo distinto del dolo,
en caso de existir tal requisito en el tipo objetivo).
Empero (y siempre atendiendo a una construcción normativista atemperada por
los datos empíricos subyacentes) en el marco de los delitos de genocidio y de lesa
humanidad perpetrados a través de organizaciones burocratizadas, no se pueden
obviar las referenciadas circunstancias extrínsecas al sujeto (los factores
situacionales) y ello a los efectos de imputar personalmente el quehacer antijurídico
de los ejecutores directos y mediatos.
Sencillamente no se pueden obviar, ya que, conforme a lo que enseñan (y han
comprobado experimentalmente) las ciencias cognitivas y del comportamiento
humano, en ellas radica la explicación de por qué las personas se prestan a realizar
tales actos de extrema crueldad, de extrema maldad.
No es lo mismo comprender por qué una persona mata a su suegra o a su enemigo
personal, que comprender por qué una persona se presta a fusilar y masacrar a
cientos de personas que no conoce, que no odia, y que le resultan –en lo que a su
personal vida ordinaria respecta- absolutamente neutrales o inocuos. De allí que
emplear un mismo instrumental normativo sea, a todas luces, un craso error,
destinado a generar no otra cosa más que soluciones injustas y alejarse así de las
finalidades preventivas de la pena.
Claro que, y se reafirma el concepto: comprender por qué la persona se convierte
en un verdugo de masas no es equivalente –en ningún caso- a justificar sus
actuaciones. Solamente se propone conocer el verdadero funcionamiento del
material empírico (en este caso: el comportamiento y la psiquis humana) para poder
ajustar el instrumental normativo propio de la Teoría del delito (en la especie: en la
teoría de la culpabilidad o de la imputación personal).119
De allí que sean plenamente compartibles las consideraciones del referenciado
científico, acerca de que el sistema de justicia penal se basa demasiado en la noción
119
Como observa Zimbardo: “En lugar de arrogarnos de inmediato una autoridad moral que nos
distancie de esos malvados porque somos buenas personas y nos haga rechazar de plano cualquier
análisis de la situación, el enfoque situacional concede a esos ‘otros’ el beneficio de la
‘benevolencia atributiva’. Predica la lección de que cualquier acto, para bien o para mal, que haya
llevado a cabo cualquier ser humano, también lo podríamos llevar a cabo cualquiera de nosotros
frente a las mismas fuerzas situacionales.” Zimbardo, Philip. “El efecto…” cit, pág. 496.
122
(también compartida por la opinión pública) de que lo que lleva a alguien a
cometer un delito, ha de estar relacionado con la motivación y la personalidad.
Empero, en la medida en que el sistema judicial tenga en cuenta las muchas pruebas
aportadas por las ciencias del comportamiento sobre la influencia que ejerce el
contexto social en la conducta, extremos como las variables situacionales, o el
estado de agencia, etc, pasarán a tener extrema importancia a los efectos de
fundamentar sus juicios normativos de reprochabilidad.
123
SEGUNDA PARTE.
Capítulo Primero: Las estructuras de pecado.
I.1º) Introducción.
120
Sobre el concepto de estructuras de pecado, vide: Benedicto XVI. “Caritas in veritate” Carta
Encíclica de 29 de Junio de 2009. Benedicto XVI. “El elogio de la conciencia. La verdad interroga
al corazón”, Palabra, Madrid, 2010. Chenu, Michel. “Liberté chrétienne et libération. Instruction de
la congrégation pour la doctrine de la foi”; CERF, París, 1986. Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano. “La Iglesia en la transformación actual de América Latina a la luz
del Concilio Vaticano II: conclusiones de Medellín”, ediciones de la Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, 1986. Comisión Teológica Internacional. “Memoria y reconciliación:
la Iglesia y las culpas del pasado”, 2000. Congregación para la Doctrina de la Fe. “Libertatis
nuntius” de 6 de agosto de 1984. Crozier, M.; Friedberg, E. “L’acteur et le système”, París, 1977.
Frankemölle, H. “Sünde und Erlösung im Neuen Testament”, Friburgo, 1996. Juan Pablo II.
“Reconciliatio et penitentia” de 2 de Diciembre de 1984. Juan Pablo II. “Sollicitudo rei socialis” de
30 de Diciembre de 1987. Juan Pablo II. “Tertio millennio adveniente” de 10 de Noviembre de
1994. Juan Pablo II. “Incarnationis mysterium” Bula convocante del Gran Jubileo del año 2000, de
29 de Noviembre de 1998. Mauro, Umberto. “Peccato sociale”; Roma, 1986. McFayden, A.
“Bound to sin: abuse, holocaust and the Christian doctrine of sin”; Cambridge University Press,
Londres, 2000. Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural. Ensayo de teología
sistemática.”, Trotta, Madrid, 2011. Ricoeur, Paul. “Historia y verdad”; Ediciones Encuentro,
Madrid, 1990. Ricoeur, Paul. “Sí mismo como otro”, ediciones Siglo XXI, Madrid, 1996. Ricoeur,
Paul. “Finitud y culpabilidad”, Trotta, Madrid, 2010.
124
detallado a continuación, entiendo menester hacer ahora una referencia global a su
respecto, a modo de introducción.
Primero que nada, pese a su obviedad, he de recalcar que el modelo de referencia
es uno esencialmente moral, surgido del Magisterio Universal de la Iglesia Católica
Romana (entre los años 1982 y 2000) como forma de corregir, enmendar,
enriquecer, y a su vez, normativizar, ciertos conceptos que sobre el pecado social se
habían delineado principalmente en América Latina.121
Ahora bien, será en atención (particularmente) a la fuerte vinculación existente
entre el Derecho penal Internacional y las Normas Morales122 que consideramos a
este sistema de imputación, aplicable a la especie jurídico-penal. Mas ello, claro
está, con ciertas matizaciones de orden estrictamente jurídico, propias de los
principios de Derecho penal recogidos en las fuentes del Derecho penal
internacional (y sistematizados en el Estatuto de la Corte Penal Internacional), así
como de las finalidades de la pena.
Aproximándonos al concepto de estas “estructuras de pecado”, constatamos que
su principal característica recae en una incapacidad que padecen quienes se hallan
sometidos a las mismas para valorar en su justa medida el mal que cometen, o que
contribuyen a cometer mediante sus conductas.123 Se trata de una incapacidad para
121
Como se nos recuerda por parte de Mathias Nebel: “Libertatis nuntius y Libertatis conscientia –
dos textos relativos a la teología de la liberación, publicados por la Congregación para la Doctrina
de la Fe- muestran una aproximación soteriológica, en la que el tema del pecado se inscribe en una
relectura de la redención en tanto que liberación. Reconciliatio et paenitentia aborda la cuestión del
pecado social en el marco de la reflexión sinodal y pretende ser esencialmente pastoral. La encíclica
Solicitudo rei socialis, en la línea de los grandes documentos de la Iglesia, sitúa la problemática de
las “estructuras de pecado” en el marco de una reflexión sobre la dimensión moral del desarrollo.
Por último (…) las peticiones de perdón formuladas por Juan Pablo II con ocasión del gran Jubileo y
el comentario teológico que hizo de ello la Comisión Teológica Internacional.” Nebel, Mathias. “La
categoría moral de pecado estructural. Ensayo de teología sistematica”; Trotta, Madrid, 2011, págs.
36-37.
122
Fundamentalmente ello a través de la fundamentación de la vigencia del primero por intermedio
de las Normas de Ius Cogens.
123
Así se ha advertido recientemente por Silva Sánchez: “Obviamente, en la génesis de estructuras
sociales que producen criminalidad hay, a su vez, una sucesión de hechos de sujetos individuales.
Ocurre, mutatis mutandis, lo mismo con las que la Teología moral conoce como estructuras de
pecado. Las estructuras de pecado –se dice- resultan de la acumulación y concentración de pecados
personales. Existen porque unos individuos deciden deliberada, reiterada y sucesivamente buscar su
125
apreciar la malignidad del resultado común: aquel producto directo o indirecto de la
interacción con los otros miembros de la estructura. En definitiva, se trata de una
incapacidad para comprender el mal cometido mediante su colaboración activa en
la interacción, así como, concomitantemente, del mal cometido en común por la
interacción misma.
Todo lo anterior es producto de una voluntad dirigida a disimular o a ignorar la
verdad subyacente (o parte de ella). Como se ha indicado, se trata de una
mitomanía muy eficaz, puesto que observa una (aparente) legitimidad conferida por
el alto número de integrantes y una (aparente) racionalidad institucional interna.124
Por “estructuras de pecado” se ha de entender, pues, una situación social creada
por una institución cuya finalidad formal o real (efectiva) resulta inicua, contraria a
los valores fundamentales del orden social (concretamente el reconocimiento de la
naturaleza y valoración dual perteneciente a todo ser humano: individual y social) y
de los derechos humanos. 125 Una “estructura de pecado” es básicamente ello:
estructurar un mal social, que se verifica a través del quehacer de sus miembros.
Quehaceres que son comunes, personales y actuales.
Decimos que son comunes, puesto que la actividad que desempeña cada sujeto
resulta indisociable de la cooperación de todos los demás. Como se ha denunciado,
es el mismo resultado atribuible a todos, puesto que se trata de una única y misma
interacción (de un mismo y único campo de acción estructurado que informa a la
acción de todos y cada uno de los agentes).
También son personales, puesto que el que sean todos ellos intervinientes en el
delito no significa que lo sean en el mismo grado conforme al principio de
culpabilidad. Habrá que estar, para ello, al grado de intervención de cada uno de
ellos respecto del resultado delictivo.
Decíamos también que los quehaceres son actuales y ello se relaciona con la
llamada “responsabilidad común subjetiva”. Veamos: del carácter común del
pecado estructural emergen dos tipos de responsabilidad: la común objetiva y la
propia ventaja a costa de otros. (…) una vez establecidas, tales estructuras incentivan el
comportamiento injusto creando un aura de normalidad y legitimidad.” Silva Sánchez, Jesús María.
“Responsabilidad penal y/o responsabilidad estructural” (Editorial), InDret Penal, 3/2011.
124
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit.; pág, 356.
125
En el mismo sentido, vide: Bauman, Zygmunt. “Modernidad y Holocausto…” cit.,
(especialmente, Capítulo VIIº).
126
común subjetiva. La responsabilidad común objetiva se le imputa al sujeto como
condición de su participación en una institución de la cual emerge un deber de
responsabilizarse por la historia (común) perteneciente a la institución que integra.
Se trata de una verdadera responsabilidad social o colectiva que, a su vez, se
desdobla en el deber de reparación de las injusticias pasadas y en el deber de
abocarse a la transformación de la propia institución (abandonando la finalidad
inicua por una ajustada a las relaciones sociales naturales y conforme a los
Derechos Humanos). Responsabilidades éstas que, cabe recalcar, se hallan –en
principio- fuera del marco del Derecho penal (sin perjuicio de tener ciertos efectos
sobre la imputación personal, como se verá ad infra).
La responsabilidad común subjetiva, a diferencia de lo anterior, no se refiere al
pasado, sino al presente (de allí su carácter de actualidad). Se refiere, pues, a la
interacción y a la finalidad efectiva de la interacción. De allí que se le impute al
sujeto el resultado lesivo, por prestar su potencia de acción para la consecución del
proyecto común; ello sin perjuicio de que su gravedad variará (tal como
señaláramos) conforme al modo de participación de cada uno.
Hacíamos mención anteriormente a la situación social pergeñada por la estructura
de pecado, señalando que la misma responde a una finalidad inicua. Pues bien, cabe
hacer a su respecto un par de puntualizaciones a los efectos de aclarar tales
extremos. Primeramente, y fundándonos en Arendt, hemos de sostener que todo
ejercicio de poder conlleva una finalidad específica propia de las relaciones sociales
naturales: la de asegurar una convivencia entre los hombres pacífica y próspera.
Cuando dicho ejercicio de poder se hace constante (se cristaliza) en el tiempo y en
el espacio, nos hallamos frente a una institución. Así, hemos de hallar dentro de
cada sociedad instituciones profundas como la cultura, la política y el mercado, e
instituciones menores (micro-instituciones) que se apoyan en las anteriores, y que a
la vez las refuerzan. Lo último, bien reafirmando su vigencia, bien mejorándolas
muy paulatinamente (en siglos). A su vez, cada institución delimita un campo de
acción propio, respecto del cual se conformarán distintos estatutos que, por su
parte, determinarán el rol a desempeñar por cada miembro.
Ahora bien, la estructura de pecado constituye una institución social que crea un
campo de acción sobre la base de contravalores de las relaciones sociales naturales.
Es decir, en su esencia consiste en una destrucción del vínculo social mediante una
progresiva desaparición de las condiciones que posibilitan las relaciones con los
127
otros. Para ser claro, consiste en la destrucción de la confianza, de la benevolencia,
de la justicia y del bien común; extremos esenciales para que se desarrollen las
relaciones sociales naturales (pre-institucionales).126 Se trata, en definitiva, de la
destrucción de aquellas relaciones sociales preexistentes a las micro-instituciones y
que se resumen en la expresión de “querer vivir y actuar conjuntamente”.
De lo anterior se deriva una nota común de las estructuras de pecado: la
sustitución de la relación de poder (entendida como aquella cuya función es la de
organizar y hacer efectiva la voluntad de convivir y de actuar conjuntamente) por
una relación de dominio e imposición (el ejercicio de una violencia que impone y
mantiene la institucionalización inicua de la convivencia).
En una institución tal, sólo algunos se hacen con los beneficios de la interacción
(de todos), despojando a otros tantos de sus derechos fundamentales (en particular
de sus propiedades, de sus libertades, y de sus vidas). Así, se ha descrito esta
situación de la siguiente manera: “Se puede ver cómo una persona o un grupo de
personas se aseguran, por medio de su estatuto, un control sobre el campo
estructurado de acción y cómo imponen, gracias a este, finalidades contrarias al
pleno desarrollo de la dignidad humana.” 127
Como producto de lo anterio se dice que dentro de tales estructuras institucionales
–y con salvedad de aquellos que detentan el control- las personas se hallan en una
situación de desgracia. Por efecto de la estructura, las personas a ella sometidas
pierden la capacidad real de realizarse plenamente de acuerdo a su dignidad
personal. Se verifica, pues, un verdadero proceso que parte de una alienación, que
se refuerza por una ceguera facilitada por el propio modo de ejecutar el rol, y que
se perpetúa en un “endurecimiento en el mal” del sujeto que se encuentra atrapado
en ellas. 128 Tales extremos se pueden visualizar y comprobar a través de la
126
Entendemos por relaciones sociales naturales a aquellas que son consustanciales a la naturaleza
humana y que hacen que el hombre sea un ser gregario y social. Serían el conglomerado de
características propias del ser humano que explican la creación de las asociaciones políticas, luego
cristalizadas en instituciones profundas: la empatía, la solidaridad social, la división del trabajo, etc.
Conglobado todo ello en la feliz expresión de Hannah Arendt de “querer vivir y actuar juntos”.
127
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., pág. 354.
128
Milgram, Stanley. “Obedience to authority…” cit. Nebel, Mathias. “La categoría moral de
pecado estructural…” cit., pág. 357.
128
experiencia de Milgram, especialmente en lo que respecta al fenómeno del “estado
de agencia”.
Hablamos de una alienación del sujeto sometido a una estructura de pecado, ya
que las acciones que desempeña conforme a su estatuto le resultan contrarias a los
valores que fundamentan su propia humanidad. Ello hasta el punto de verificarse la
forma más depurada o perfecta de alienación, aquella que se denomina
“endurecimiento del mal”, a través de la cual el sujeto ya no sólo no experimenta
(interiormente) ninguna contradicción entre su rol y aquellos valores fundamentales
sino que pierde toda conciencia de la existencia de tal contradicción. Como se ha
dicho, la alienación más profunda y terrible es la de aquel que ni tan solo sabe que
está alienado, o que se complace en la alienación.129
Las razones de lo anterior, tal como hemos venido indicando desde el Capítulo
Segundo de la Parte Primera supra,serían las siguientes:
En primer lugar, la ambigüedad y la finitud de la acción concreta desempeñada en
la institución. Estos extremos se corresponden al llamado fenómeno de la
“neutralización”.
En segundo lugar, la cotidianeidad de las actividades que se desempeñan día a día,
que suelen denotar la cualidad de banales; esto se corresponde con lo indicado
como banalidad del mal conforme a Arendt.
Por otra parte, hallamos la aceptación generalizada de algunas prácticas
antisociales, tal como lo releváramos ut-supra como “vínculo entre normas sociales
y normas de conducta”, y que facilitan la eficacia de discursos legitimadores de las
actuaciones injustas.
Por último, encontramos los diferentes mecanismos de disimulación y de
justificación que genera una institución inicua (por lo que se embauca a los actores
individuales sobre el valor moral de la acción en la que participan), que se
corresponden plenamente con las Políticas de ingeniería social.
Llegados a este punto, hemos de constatar la existencia –dentro de una estructura
de pecado- de dos grupos o estamentos: el integrado por aquellos que la componen,
creándola y/u organizándola estatutariamente; y el integrado por aquellos que
ejecutan las diversas tareas que no son más que las partes o fases de la actividad
delictiva (dirigida a la obtención del resultado delictivo). Desde el punto de vista
129
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., pág. 355.
129
normativo, ambos grupos se distinguen en atención al estatuto correspondiente a
cada sujeto; estatuto del cual emerge la responsabilidad específica de cada uno, esto
es, su rol.
Así, están los que configuran (y de tal modo se auto-imponen) su propio estatuto
dentro de la estructura, y aquellos a los que se les impone su estatuto. Llamaremos
a los primeros “estamento supra-estatutario”, y a los segundos, “estamento infra-
estatutario”.
Lo anteriorpermite advertir inmediatamente una cuestión pocas veces observada,
y que resulta menester resaltar a los efectos de imputar correctamente la
responsabilidad jurídico penal individual: que no se puede construir la imputación
del merecimiento y de la necesidad de pena del mismo modo para los miembros de
ambos grupos. Así, respecto de los sujetos cuyo estatuto les viene impuesto, su
situación se explica a través de las premisas de Arendt, que a su vez hallan sus
raíces en el pensamiento de San Agustín de Hipona. Conforme a tales premisas el
mal radicaría en el interior de cada uno de nosotros (en nuestra voluntad) y se hace
sentir nublando la razón y dificultando que se piense claramente (impidiendo que se
vea la verdad). De tal guisa emerge un doble efecto. Por un lado, que el mal es
siempre la postura por defecto, esto es, todo aquello que no es activamente bueno;
no habiendo espacio para conductas neutrales o “grises”. Por ello –entiende San
Agustín- los más peligrosos no son aquellos que saben perfectamente lo mal que
actúan, sino aquellos que erróneamente creen hallarse en una zona neutral.
Asimismo –como segundo efecto-, el poner la mirada crítica en el interior del
sujeto (en su conciencia y voluntad) genera un desplazamiento de los males
públicos y políticos cometidos por los reos, hacia sus vidas privadas y personales.
Estos efectos, a mi juicio muy mal comprendidos, han suscitado las más duras
críticas de los detractores del pensamiento arendtiano, sobre todo desde el ámbito
jurídico (Derecho penal y Filosofía del Derecho). Así, recientemente se ha señalado
que “[el error de Arendt era el olvidar que] El hombre [Eichmann] era juzgado
por las muertes que había causado, no por la vida que llevó.”130 Así se señala que
en su análisis del caso de Eichmann, Arendt siguió los lineamientos de San
130
Wolfe, Alan. “La maldad política. Qué es y cómo combatirla”; Galaxia Gutemberg/Círculo de
Lectores, Río de Mouro, 2013, pág. 87.
130
Agustín131 de colocar los males que tenían lugar en el mundo político como dato
secundario, y las particularidades internas del reo en primer plano. Y se resalta
asimismo que en “Eichmann en Jerusalén” Arendt (al contrario de lo que hiciere en
“Los orígenes del totalitarismo”) trató a los campos de muerte y a la “Solución
Final” no como fines, sino como los medios para comprender qué pensaban
individualmente los nazis sobre sí mismos y sobre sus actos. Afirmando, de tal
manera, cómo concebía Eichmann lo que significaba ser respetuoso con la Ley, y
como concebía su deber; y sentenciando que “no fue su fanatismo sino su propia
conciencia lo que llevó a Eichmann a adoptar una actitud inflexible durante el
último año de la guerra.”
Ahora bien, es cierto que en su análisis Arendt, siguiendo a San Agustín, concluye
que la maldad de Eichmann no radicaba en una decisión política activa de cometer
delitos de lesa humanidad o genocidio, sino en su negativa (pasiva) a sobresalir de
la multitud y actuar conforme a una buena conciencia. Se trataría de una maldad
más indirecta que intencionada, situable en ese supuesto margen neutro, o gris, de
aquellos que no son enteramente conscientes de la malignidad de sus actos, y no
por ello inculpables. Ello simbolizaría lo que –a su través- puede ocurrir cuando los
individuos no consiguen estar a la altura de las normas morales básicas de
pensamiento, juicio y voluntad, connaturales a los humanos en sus relaciones
sociales.
El concluir que se pone énfasis en las particularidades del reo por encima del
mundo político o social en que aquel actúa no resulta una lectura ajustada al
pensamiento de Arendt. Ello, puesto que serán las particularidades (sobre todo
funcionales) del medio social y político (campo estructurado de acción de la
institución) en el que actúa, las que afectarán y moldearán tal
personalidad/consciencia del reo. En atención a esto Arendt concluye que
Eichmann quedó atrapado en un mundo de conformidad burocrática y, por tanto,
incapaz de seguir desarrollando sus propias capacidades intelectuales. La maldad de
Eichmann era banal porque la vida cotidiana es banal; el que su maldad produjese
unos resultados tan dramáticos resultó ser algo incidental y no fundamental.
Es esa falta de diálogo consigo mismo, es decir con su consciencia (valores
sociales genuinos en los que se fundamenta la deontología de la norma penal
131
Agustín de Hipona. “La ciudad de Dios”; Tecnos, Madrid, 2010, pág. 356 y ss.
131
internacional primaria), lo que fundamentará la imputación personal del injusto
penal. Mas ello no podría hacerse (desde una óptica de un normativismo
atemperado por la realidad subyacente) si no se reconoce una limitación, o una
complicación, en las posibilidades de dicho diálogo. Sin llegar a sostenerse (como
principio general) una obnubilación total de tal consciencia, sí ha de reconocerse
una perturbación/complicación o dificultad que –menester resulta- limitará tal
imputación personal. O lo que es lo mismo, decir que conlleva acreditar la
existencia de un atenuante.132
Ahora bien, también nos advierte Arendt que no se ha de caer en el simplismo de
catalogar el comportamiento de estos reos como “anormal” o “patológico”. Ello, ya
que cuando se reconstruye el mundo desde su punto de vista (inmersos en la
estructura de pecado), ejercer la violencia ya no deviene algo tan ilógico e
incomprensible. No hemos de realizar una interpretación de la violencia ejercida
durante los sucesos típicos descontextualizada de su medio social; así no
comprenderemos qué condiciones se requieren para que los hombres de psique
perfectamente normal, en determinadas circunstancias, hagan cosas que nunca
realizarían en circunstancias distintas. Desde una perspectiva exterior, es frecuente
que parezca ser completamente irracional aquello que, desde la perspectiva interior
de los agentes, posee una cualidad insuperablemente racional; por cuanto se trata de
algo lógico y evidente (claro que ello siempre –recuérdese- desde la óptica que
suscita la propia estructura de pecado).
En adición a lo anterior, también hemos de considerar –respecto de los efectos que
sobre la conducta produce el contexto- que los seres humanos no son como los
perros de Pavlov. Es decir, no reaccionan a los estímulos con reflejos
condicionados. 133 Entre el estímulo y la reacción en el hombre existe una
interpretación de lo que percibe; y sobre ello comprende, resuelve y actúa. De allí
que las críticas al supuesto desplazamiento de la valoración desde el exterior al
132
A tales asertos apunta Silva Sánchez, cuando afirma: “(…) no parece que pueda renunciarse,
como en el caso de las estructuras de pecado, a una responsabilidad personal, por muy atenuada que
ésta resulte.” Silva Sánchez, Jesús-María. “¿Responsabilidad penal y/o responsabilidad
estructural?, in Editorial InDret 3/11 (www.indret.com).
133
De allí que conceptos como los de la “indefensión aprendida” sostenida por Zimbardo no han
sido considerados como fundamentación de este trabajo. Vide: Zimbardo, Phillip. “El efecto
Lucifer… “ cit., pág. 274 y ss..
132
interior del hombre carezcan de real sentido, así como de coherencia científica. El
cerne de toda valoración jurídico-penal ha de estar siempre ubicado en el hombre
(a diferencia de Hegel: el hombre como epicentro, y luego, sus circunstancias).
El ser humano no actúa ni sobre la base de condiciones objetivas (tal como
postulara el marxismo), ni en respuesta a un análisis de costes y beneficios (tal
como sostuviera la teoría de la “elección racional” en las ciencias sociales y
económicas). Tampoco el ser humano actúa sólo por efecto de mentalidades pre-
establecidas, sin perjuicio de que tales efectos psíquicos influyen en cómo actúa.
Esto es: si bien las mentalidades preceden a las decisiones y/o resoluciones del
actuar, empero no determinan completamente tales decisiones o resoluciones.
Recordemos una vez más: el ser humano es, esencialmente, y por principio
general, libre al momento de decidir interactuar con terceros.134
De allí que a los efectos de poder interpretar y resolver sus acciones, todo hombre
necesita de dos extremos: orientación y conocimiento. Todo ello respecto de
aquello con lo que se relaciona en ese momento y de qué consecuencias se
derivarían de cada decisión.
La orientación es lo que proporciona una “matriz de directrices” interpretativas,
de ordenación y organización: los marcos de referencia. Tales “marcos de
referencia” comportan una fuerte economía de acción, ya que la gran mayoría de lo
que le ocurre al sujeto lo puede clasificar en una matriz que le resulta conocida.135
Es decir, ante una determinada acción, no debe la persona “empezar de cero”,
respondiendo a la pregunta “¿qué está ocurriendo aquí?” En su inmensa mayoría las
respuestas a esta pregunta se construyen mediante datos por defecto, recuperables:
se hallan almacenadas en una suerte de depósito mental de saber y orientación
cultural, que despeja gran parte de las tareas de la vida al presentarlas como rutinas,
costumbres o certezas, que nos alivian [a cada uno de nosotros] en gran medida a la
hora de tomar decisiones.
De allí que, cuando queremos esclarecer el comportamiento de determinadas
personas, menester resulta reconstruir los marcos de referencia en cuyo seno han
actuado, y que han ordenado sus percepciones y sugerido sus conclusiones. Tales
134
Al respecto vide: Churchland, Patricia. “El cerebro moral.”, Paidós, Barcelona, 2012, págs.135 y
ss..
135
Neitzel, Sönke; Welzer, Harald. “Soldados del Tercer Reich. Testimonios de lucha, muerte y
crimen”; Crítica, Barcelona, 2012.
133
marcos, institucionalmente, se delinean en campos de acción (sobre los que, a su
vez, se constituyen los diferentes estatutos con sus respectivos roles). De tal modo
se responde a la pregunta de cómo las “ideologías” y las “concepciones del mundo”
influyen sobre las percepciones e interpretaciones particulares, y desde allí se
reconstruye el efecto que ellos tienen en la acción individual.
Así se ha dicho que las ataduras culturales habituales y las obligaciones que
culturalmente se dan por sentadas, representan una parte considerable de los marcos
de referencia; justamente esta es la razón de que tengan tanta eficacia y puedan
llegar a resultar obligatorias. A veces el sujeto no llega a alcanzar el plano total de
la reflexión; es más, la propia forma de vida cultural es la que dificulta que se
puedan observar determinadas cosas o se puedan alterar costumbres perniciosas y
estrategias carentes de sentido (y en casos excepcionales, incluso, se lleguen casi a
excluir tales funciones mentales).136
En atención a lo expuesto, no podremos comprender las interpretaciones y
acciones de una persona sin reconstruir –previo a dicho análisis- cuál era la
concepción del mundo que ésta tenía: dentro de qué modelo de interpretación, de
qué ideas y relaciones percibían las situaciones, y de cómo interpretaban tales
percepciones. En todo caso, de lo que debe huir el intérprete es de la tentación de
tomar como base para la intelección del reo sus propias medidas y concepciones
normativas de su comunidad y tiempo.
El marco de referencia, como ya adelantamos, también importa respecto de la
institución o estructura de pecado, en la que se verá cristalizada como su campo de
acción. Sobre éste se efectuará toda imputación de las acciones que dependan, a su
vez, de la efectuación de los roles (esto es, el conjunto de acciones que verifica
cada uno de los actores individuales, de conformidad con la esfera de
responsabilidad asignada en su respectivo estatuto). Acciones éstas que la propia
institución reconoce como relevantes de su propia iniciativa; que se esperan de
dicho actor, aunque se dejen (en su efectiva verificación) librados a su iniciativa.
Lo último dicho verifica el presupuesto de la libertad autónoma del sujeto: se
afirma que el sujeto es capaz de actuar libremente, de inscribirse en el ser a través
136
Scheff, Thomas. “Emotions, the social bond, and human reality. Part/whole analysis”;
Cambridge University Press, New York, 2006. Turner, Jonathan; Stets, Jan. “The sociology of
emotions”; Cambridge University Press, 2009.
134
de su acción (reconociéndose el vínculo existente entre el sujeto y su acción, como
expresión de dicha autonomía). Todo esto es fundamental en el análisis, puesto que
significa partir de la imputabilidad plena de la interacción al sujeto; y todo ello
antes de contemplar los extremos que -atendiendo a la realidad empírica
subyacente- reduzcan tal vínculo normativo.137
De allí que la responsabilidad individual en el seno de una institución se atribuye
y se restringe a su estatuto y a la iniciativa que concede y reconoce en el sujeto. Las
acciones puestas o consideradas por el actor en el marco de este estatuto son suyas.
Dependen directamente de su iniciativa. Le pertenecen y debe responder por ellas.
Ello (reiteramos una vez más) porque, aunque las ponga o las considere en un
campo de acción estructurado –coordinadas en un proyecto común-, al sujeto se le
reconoce un auténtico margen de libertad y de iniciativa.
Estos últimos extremos que ya nos van advirtiendo de las diferencias
irreconciliables que este modelo presenta con respecto a la construcción normativa
de Roxin 138 (del dominio por intermedio de un aparato organizado de poder),
específicamente en lo que refiere al carácter de la “disponibilidad
considerablemente elevada del autor directo (ejecutor) a la realización del hecho”,
tal como fuere delimitado (para otra constelación de delitos) por F.C. Schroeder.139
Así, y siguiendo lo indicado por Kai Ambos respecto de la “disponibilidad
elevada del autor directo…”, hay que entender por ello que el ejecutor del delito
“(…) deja de actuar como ente individual y pasa a ser parte del todo estratégico,
operativo e ideológico que integra la organización jerárquica”.
Para nosotros, en cambio, los efectos obnubilantes que la estructura de poder
pueda generar sobre los individuos que la integran, podrán afectar su capacidad
mimética (esto es, la posibilidad de evaluar correcta y razonablemente los posibles
efectos de su acción conforme a su estatuto) mas difícilmente podrá llegar a anular
137
Scheff, Thomas. “Emotions, the social bond, and human reality. Part/whole analysis”, cit, caps.
3y 4. Turner, Jonathan; Stets, Jan. “The sociology of emotions”, cit., caps. 1 y 5.
138
Vide: Roxin, Claus. “Apuntes sobre la sentencia Fujimori de la Corte Suprema del Perú”, en “La
autoría mediata” (Kai Ambos, Iván Meini; editores); ARA Editores, Lima, 2010, págs. 93 y ss.
139
Schroeder, Friedrich Christian. “Der Täter hinter dem Täter. Ein Beitrag zur Lehre von der
mittelbaren Täterschaft”, Berlín, 1965. Pág. 150. También, vide: Ambos, Kai. “Trasfondos políticos
y jurídicos de la sentencia contra el ex Presidente peruano Alberto Fujimori”, en “La autoría
mediata” (Kai Ambos, Iván Meini; editores) cit., pág. 87.
135
completamente el acceso del sujeto a las instituciones profundas de la sociedad ni,
mucho menos, a las relaciones sociales preexistentes a toda institucionalización
(aquellos que constituyen las bases del “querer vivir y actuar conjuntamente”) y del
respeto de los derechos humanos.140 Por lo que no podríamos considerar como
principio general el que los sujetos integrantes de una institución inicua pierdan
todo vestigio de su individualidad (de su capacidad de interpretar y resolver su
conducta) fundiéndose así con el todo de la institución.
Ante una aporía constituida sobre la doble afirmación de, por una parte, una
libertad que se encuentra condicionada por las características del medio o del
mundo en que se halla inserto el sujeto y, por otra parte, del carácter incondicional
de la libertad, nosotros advertimos que lo que se condiciona no es jamás el libre
albedrío del sujeto sino –y en todo caso- la acción en sí. Pero además, y como
criterio general, siempre hemos de partir de un hecho evidente en la vida cotidiana
(y sin embargo contradicho en la mayoría de las construcciones normativas), y es
que las relaciones sociales no son –repetimos: en general, y como principio-
relaciones de dominio sino interacciones libres de seres humanos. La interacción es
anterior a cualquier relación de dominio, así como la libertad es anterior a la
obediencia. En definitiva: la efectuación del rol requiere que se suponga una plena
responsabilidad individual para aquello que se escoge y se hace.
Empero, dicha responsabilidad deberá ponderarse con las oportunidades reales de
acción posible que atribuya tal estatuto concreto (esto, repetimos, respecto de la
acción). Así, este puede llegar a determinarse de tal manera que –
excepcionalmente- una persona no tenga verdaderas opciones; ello en términos de
competencias y de posibilidades reales. De tal guisa, la autonomía individual de
acción puede verse tan reducida por un campo estructurado de acción, que el sujeto
ya no tenga, en sentido estricto, esfera de iniciativa propia de acción. Un caso más
que ilustrativo de ello son las situaciones de inexigibilidad como las que debieron
sufrir los llamados Sonderkommandos, judíos seleccionados en los campos de
exterminio para trabajar en las cámaras de gas (conduciendo a las víctimas hasta las
supuestas “duchas”; retirando los cuerpos; arrojando los mismos a los hornos
crematorios, etc.).
140
Lo último conforme Bauman, Zygmunt. “Modernidad y Holocausto…” cit., Capítulo VII.
136
No obstante (y fuera, obviamente, de casos similares a los de los
Sonderkommandos), en la casuística general, por minúsculas que sean, suelen
existir esferas de iniciativa que quedan preservadas. La responsabilidad puede
disminuir mucho, mas sólo excepcionalmente el poder de la obligación la eliminará
completamente.
Ahora bien, tras lo anterior resulta importante agregar que la conducta del
individuo no puede analizarse (ni mucho menos, valorarse jurídico-penalmente)
abstrayéndola de la finalidad real (efectiva) que se propone la interacción de todos
los miembros de la institución injusta o inicua (estructura de pecado). Así por
ejemplo, si lo único que valoráramos de Eichmann fuesen sus acciones concretas
conforme al rol que estatutariamente tenía adjudicado, habríamos de concluir en su
inocencia respecto del Holocausto. Se trataría meramente de delimitar horarios y
listas de pasajeros de trenes que transitaban por toda la Europa ocupada por los
nazis. Prima facie, el intérprete desprevenido podría considerar que se trataría
propiamente de una conducta jurídico-penalmente neutral, conforme la
categorización que (al respecto) hace la doctrina más recibida. No obstante, al
considerar –dentro del análisis de su conducta- también la finalidad de la
interacción (puesto que en ella se integra la conducta conforme al rol), podemos
valorar correctamente el juicio de antijuridicidad de dicha conducta. Así, el
compartir la finalidad real o efectiva (criminal) de la interacción de todos los
miembros de la institución/estructura, como el cumplir (a través de una conducta
comisiva u omisiva) con su rol, hace del agente un interviniente en el delito.
Pero es que, fundamentalmente, Eichmann no hubiese podido determinar cómo
cumplir con su rol (los posibles de la acción conforme a la función mimética), sin
conocer el campo de acción estructurado por la institución en atención a la finalidad
efectiva de la institución. Sólo conociendo lo que les pasaba a los judíos al llegar a
los campos de exterminio, podía calcular la cantidad de judíos que podían llegar a
tales patíbulos sin sobrepasar la cantidad de víctimas que podían ser gaseadas y
cremadas por hora; de modo tal de tenerlos viajando por medio continente europeo
(calculando una media de muertos por las espantosas condiciones de hacinamiento
del viaje) y llegando a los centros de exterminio para ser inmediatamente
“procesados” sin desbordar así las instalaciones. Por tanto, no se trataba meramente
de realizar listas, sino de organizar un flujo constante de “materia prima” para la
industria nazi de exterminio y genocidio.
137
De allí que tal “compartir” la finalidad criminal requiere de un previo
conocimiento sobre ella. Conocimiento que, asimismo, resulta indispensable para
delimitar “los posibles de la acción”, es decir, las posibles formas de cumplir con el
rol específico que le corresponde al sujeto (conforme al estatuto de la institución).
Dentro de este marco, las conductas “jurídico-penalmente neutrales” quedarían
reducidas a aquellas en las que, para la normal y efectiva realización de su rol
dentro de la institución, el agente no precise para nada conocer la finalidad efectiva
de aquella. Es decir, que para la elaboración del pensamiento mimético (imaginarse
las distintas maneras de realizar la acción para alcanzar su fin inmediato, esto es, el
cumplimiento de su rol conforme a las expectativas de la institución) no requiera el
conocimiento del fin criminal que se propone la institución como proyecto. Que
tenga o no dicho conocimiento, resulta indiferente, puesto que la conducta no se
podrá considerar disvaliosa por no excederse del marco de iguales libertades
recíprocamente reconocidas.
Ahora bien, volviendo a la situación de los intervinientes en el delito, cabrá
realizar en un segundo momento la valoración del grado de intervención (así: autor,
partícipe necesario, instigador, cómplice). Para ello habrá que volver a atenderse a
su estatuto dentro de la institución 141 y al rol que el sujeto (específica e
individualmente) efectivamente haya cumplido dentro de la acción colectiva (la
interacción).
Recapitulando, lo que se postula en definitiva es lo siguiente: cuando se actúa
dentro de una institución, se actúa dentro de un campo estructurado, en el que la
acción individual se coordina con las de los otros actores o agentes. Todas ellas se
ordenan hacia la realización de un fin común (en el caso, una finalidad inicua: la
comisión de un genocidio o de un delito de lesa humanidad). Se trata, pues, de una
responsabilidad común, puesto que se trata de la imputación de una interacción (“de
una responsabilidad cuya primera característica es la de ser compartida”).142 No se
trata de una obra individual, sino de una obra de varios; donde toda acción en dicho
campo estructurado (de la institución) se conforma a él y lo actualiza. De allí que
haya de concluirse que, en atención a la participación y actualización del hecho
institucional, se produce –de facto- una igualdad entre todos los actores. Todos
141
Estatuto que podrá estar formalizado en actos jurídicos solemnes o consensuales.
142
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…”cit., pág. 327.
138
participan y todos actualizan el hecho institucional. Como se ha indicado: “(…) en
tanto que comunidad de personas congregadas por y en la interacción, todas juntas
comparten la responsabilidad de esta realización. Por consiguiente, la
particularidad de esta responsabilidad común es la de ser acarreada a la vez,
conjunta e individualmente, por cada una de las personas que concurren en la
interacción (…)”.143
Empero, y por los extremos que se analizarán ad infra, tal responsabilidad común
será mayor en aquellos sujetos que determinan el campo de acción y sus respectivos
estatutos (personal supra-estatutario), y será menor respecto de aquellos sometidos
a dichos estatutos (personal infra-estatutario).
Ahora bien, conforme a lo expuesto, posteriormente a la imputación de la
interacción, habrá de atenderse a una diferenciación de esa participación y
actualización del hecho institucional, lo que se hará en atención a la finalidad
inmediata de la acción individual. Es decir, aquella que el actor diera a su conducta
en atención a su estatuto (rol) conforme a los posibles de la acción. De tal guisa, la
esfera de responsabilidad del rol delimita la relevancia de la contribución personal
respecto del proyecto común. Así, la responsabilidad, aun siendo común, se
acarreará (en su magnitud) de distinta manera, conforme a la naturaleza de su
participación en la interacción. Lo primero será determinante de su calidad de
interviniente en el delito común, lo segundo determinará el grado de
responsabilidad dentro de la escala del concurso de delincuentes (autoría,
participación, complicidad).
A continuación, veamos detalladamente todos los extremos aquí relacionados.
143
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…”cit., pág. 330.
139
y social. Esta afirmación halla su sustento (dentro del pensamiento de Arendt) en
las llamadas condición de natalidad y condición de pluralidad, que corresponden a
todos y cada uno de los seres humanos.
La llamada condición de natalidad se refiere al reconocimiento de la aparición de
un principio absoluto: la persona humana (ser cuya acción es capaz de innovación).
El recién nacido es un nuevo ser-en-el-mundo que se define por su libertad
expresada en actos y en palabras. Actos y palabras, mediante las cuales se inserta
en el mundo (se fusiona con él) y se adueña de la historia que le precede.144
Ahora bien, esta novedad, que es el nuevo ser humano (el recién nacido), a su vez
se halla precedida de la existencia de otros seres humanos, viniéndose a encontrar
en medio de ellos. Es decir, entonces, que la irrupción del recién nacido se da en
un mundo que le sitúa y le acompaña. Un mundo que se halla ya constituido, y que
le precede: de allí que la comunidad que el recién nacido encuentra cuando nace
siempre le pre-existe.
Este medio humano, la comunidad, es suya (“le pertenece”) por el mero hecho del
nacimiento e incluso ello de forma previa: desde la concepción. Empero, se halla a
su respecto en un estado de dependencia absoluta, tanto para su supervivencia,
como para su pleno desarrollo como hombre. Por eso se indica que, si bien ese
mundo (la comunidad en la que nace) le pertenece, le es suyo, a su vez le resulta
ajena (por ser él mismo nuevo). De allí que tenga que “hacerlo suyo”: y ello lo
logra a través de la educación, esto es, el proceso que permite la eclosión de una
responsabilidad individual.145
Así, se habla de la transmisión al recién nacido de una herencia, en virtud de la
cuál éste puede desarrollarse en hombre. Herencia que se recibe de la comunidad
particular que le es propia: “herencia de una memoria” compuesta de la historia
común, del saber, de la ciencia, de los símbolos y de una escala axiológica;
“herencia de las estructuras del mundo” compuesta de las instituciones políticas,
económicas, culturales, y religiosas; y “herencia de los objetos del mundo”
compuesta de los bienes y riquezas del mundo.146
144
Arendt, Hannah. “Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política”;
Península, Barcelona, 2003.
145
Arendt, Hannah. “Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política”; cit.;
págs. 285-295.
146
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., pág. 123.
140
A lo expuesto hay que adicionar la presencia de la llamada “condición de
pluralidad”, la que expresa que la existencia individual se halla siempre precedida
por una comunidad, estando situada (desde el nacimiento) en la interacción con los
demás.147 Como recuerda Arendt, en latín (idioma de los romanos, “probablemente
el pueblo más político que conozcamos”) se empleaban las expresiones “vivir” y
“estar entre hombres” (inter homines esse) o “morir” y “cesar de estar entre
hombres” (inter homines esse desinere) como sinónimos.
Al argumento anterior agrega Arendt: “Pero en su forma más elemental, la
condición humana de la acción está implícita incluso en el Génesis (“y los creó
macho y hembra”), si entendemos que esta historia de la creación del hombre se
distingue en principio de la que nos dice que Dios creó originalmente el Hombre
(Adam), a “él” y no a “ellos”, con lo que la multitud de seres humanos se
convierte en resultado de la multiplicación. La acción sería un lujo innecesario,
una caprichosa interferencia en las leyes generales de la conducta, si los hombres
fueran de manera interminable repeticiones reproducibles del mismo modelo, cuya
naturaleza o esencia fuera la misma para todos y tan predecible como la
naturaleza o esencia de cualquier otra cosa. La pluralidad es la condición de la
acción humana, debido a que todos somos lo mismo, es decir, humanos, y por tanto
nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá.”148
El hecho de nacer nos sitúa en una condición de pluralidad149; y esto es un dato
importantísimo ya que señala que, dada su propia naturaleza, no se puede concebir
al hombre solo (en sí mismo), sino siempre inscripto en una relación con otro u
otros hombre/s. Así, se sentencia que del mismo modo que el “yo” no puede
147
“La acción, única actividad que se da entre los hombres sin la mediación de cosas o materia,
corresponde a la condición humana de la pluralidad, al hecho de que los hombres, no el Hombre,
vivan en la Tierra y habiten en el mundo. Mientras que todos los aspectos de la condición humana
están de algún modo relacionados con la política, esta pluralidad es específicamente la condición –
no sólo la conditio sine qua non, sino la conditio per quam- de toda vida política.” Arendt, Hannah.
“La condición Humana”; Paidós, Barcelona, 2010, págs. 21 y ss.
148
Arendt, Hannah. “La condición humana…” cit., pág. 22.
149
“La convivencia es la expresión de esta apertura fundamental hacia el otro. Como el Otro me
precede, la comunidad de los hombres es anterior a mí; como me descubro abierto al Otro, solo vivo
en relación con otro; como debo reconocer y aceptar el don que es mi libertad autónoma, debo
reconocer y aceptar que esta libertad autónoma solo puede actualizarse gracias a la organización del
mundo.” Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural… “cit., pág. 124.
141
entenderse verdaderamente sin el otro, así también este “yo” no existe al margen de
una comunidad.150 El Hombre nunca está sólo, sino que siempre está “con” y
“entre” otros. Hete allí la dimensión social de la persona.
Tal dimensión social no observa una naturaleza secundaria, que se añade a una
naturaleza ya completa (en sí misma). No se trata de una naturaleza ajena a la
propia naturaleza humana sino que es una parte integrante de la misma. Este es un
extremo muchas veces desatendido o incomprendido por las construcciones
dogmáticas, probablemente ello por el influjo de la impostura de la Modernidad que
ha tendido a valorar la aprehensión del yo, regulando en un segundo tiempo o en
segundo lugar el encuentro y relacionamiento con los Otros. Por el contrario, la
realidad nos indica que no hay humanidad sin apertura de cada uno hacia los Otros;
lo que es igual que decir que, si negamos la humanidad, entonces la persona, en
tanto que persona humana, resulta asimismo negada.
Aquí se puede apreciar con toda claridad la falacia del idealismo trascendental:
jamás el conocimiento del Otro se ha de alcanzar desde el yo (desde las categorías
del pensamiento que captan, reproducen, y aprehenden a la categoría) ya que tanto
la aprehensión del yo como el conocimiento (o reconocimiento) del Otro son
fenómenos concomitantes, que se retroalimentan el uno al otro, y viceversa.151
Ahora bien, tanto la condición de natalidad, como la condición de pluralidad, no
surgen del orden ideal, sino del campo de la experiencia. Se trata de un hecho
comprobado y experimentado cotidianamente por cada uno de nosotros: la
omnipresencia de la comunidad en nuestras vidas. Vivir significa desplegar en la
convivencia la vida propia: tomar parte en esa convivencia insertándose en ella.152
Al respecto cabe distinguir dos lugares sobre los que se da esta experiencia de
convivencia: en los “objetos-del-mundo”, y en “la-red-de-relaciones humanas”.
Así, y respecto de los “objetos-del-mundo”, decíamos ut-supra que el niño al
nacer “hereda” un mundo que ya (al tiempo de su nacimiento) se halla constituido.
150
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., pág. 128.
151
Estos extremos serán retomados en el Capítulo II de la Tercera Parte, como fundamentación de la
posición de garante del personal supra-estatutario, todo ello conforme a la filosofía moral de
Lévinas. Al respecto, vide: Lévinas, Emmanuel. “Totalidad e infinito”, ediciones Sígueme,
Salamanca, 2012, págs. 27 y ss..
152
Arendt, Hannah. “La condición humana…” cit.; pág. 156. Nebel, Mathias. “La categoría moral
de pecado estructural…” cit., pág. 126.
142
Dentro de tales extremos que “hereda” se encuentran estos objetos, que se definen
como “el conjunto de los objetos creados por el hombre para su uso”153; aquellos
que transforman el entorno natural convirtiéndolo en un lugar ajustado a las
necesidades y al hábitat del hombre. Pero fundamentalmente (hete aquí su carácter
principal), constituyen el artefacto humano que le permite al hombre inscribir en el
tiempo y en el espacio la especificidad de su humanidad: se trata de objetos
pensados para resistir el uso y el paso del tiempo.154 De tal guisa, los “objetos-del-
mundo” expresan (en parte) el vínculo que une a cada persona física en la
convivencia, y ello a través de una función mnésica. No solo son portadores de un
sentido, sino de un sentido desprendido, voluntaria y conscientemente separado de
su fuente de vida, que no es otra más que la actividad del pensamiento: “Todo
objeto lleva consigo la memoria de la actividad que ha estado en su origen, y a su
vez, recuerda algo de su creador, del designio que tenía a su respecto.”155
Este creador que muchas veces resulta ser la comunidad toda. Así -y como bien se
ha indicado- los objetos más utilizados y los más duraderos, como la apropiación y
fragmentación del suelo, el trazado de caminos, la delimitación de unidades de peso
y de medida, la moneda, la fragmentación del tiempo en un calendario, la selección
de las letras del alfabeto, etc., son creados por toda la comunidad, no pudiendo
reducirse tal “memoria” a determinados actores y a determinados hechos
individuales. De allí que tal “memoria” sea compleja, pues se halla ligada a la
comunidad toda; entendida ésta como conjunto de la vida económica, política y
religiosa. “Memoria”, en definitiva, que se asienta sobre la convivencia, siendo a
través de ésta como será conocida, guardada y transformada. Estos extremos–en
adición- se inscriben perfectamente en los llamados “hechos institucionales”
descritos por Searle, y que refiriéramos anteriormente.
Por ello, cada recién nacido se encuentra con un mundo ya estructurado o
constituido: es decir, lleno de objetos (con sus respectivas “memorias”) que
heredará. Así la relación con el Otro en la convivencia pasará –en parte- por la
153
Arendt, Hannah. “La condición humana…” cit., pág. 157.
154
“Por ello, los objetos están pensados para resistir al uso y al paso del tiempo. Duran, y esta es su
característica principal. Su diversidad es innumerable, tan grande como usos hay. De este modo,
tanto una mesa como un libro o una estatua son objetos-del-mundo.” Nebel, Mathias. “La categoría
moral de pecado estructural…” cit., pág. 126.
155
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., pág. 127.
143
mediación de estos “objetos-del-mundo”. Y advertíamos anteriormente que esa
relación con el Otro en la convivencia pasa sólo en parte por los “objetos-del-
mundo” ya que también se verifica a través de la experiencia de la acción y de la
palabra (“red-de-relaciones-humanas”). Así, la acción y la palabra insertan al
hombre en el mundo, a la vez que le garantizan su reconocimiento y su
participación (su interacción) dentro de la convivencia. Reconocimiento, puesto
que la acción y la palabra inevitablemente han de revelar el quién del agente ante
el resto de los integrantes de la comunidad (o, al menos, de los que integren la
interacción concreta).156 Como se ha indicado, tal reconocimiento constituye un
momento ético esencial que garantiza la humanidad de la convivencia; una estima
por el Otro como un “yo mismo”. Reconocimiento que se puede concretar en la
fórmula: “tú también eres capaz de comenzar algo en el mundo, de actuar por
razones, de jerarquizar tus preferencias, de estimar los fines de tu acción y, de este
modo, estimarte a ti mismo como yo me estimo a mí mismo.” 157
Ahora bien, así como el reconocimiento opera en el marco de la libertad del
hombre en su acción y en su palabra, la participación en la convivencia opera tanto
en el marco de la acción como de la interacción, esto es, de la experiencia del poder
de la acción. De tal guisa, por poder hemos de comprender la capacidad humana
para emprender y ejecutar un proyecto: capacidad de iniciativa para proponerse
algo nuevo y capacidad para dirigir su acción para ejecutarlo (realización efectiva
del proyecto). Extremos éstos que se ubican dentro de la concepción arendtiana que
señala que con la creación del hombre: “(…) el principio del comienzo entró en el
propio mundo, que, no es más que otra forma de decir que el principio de la
libertad se creó al crearse el hombre, no antes.”158
Por ello es que el privarle a cualquier persona física de su capacidad de acción y
de palabra, equivale empíricamente a negarle su lugar en el mundo humano, su
humanidad. Ello ya que significa impedirle insertarse en él, participar en él, y tomar
en él el lugar que le corresponde (aprehenderlo, “hacerlo suyo”). Buen análisis de
estos extremos surge del siguiente pasaje de la obra de Klemperer:
156
Arendt, Hannah. “La condición humana…” cit., pág. 224 y ss..
157
Ricoeur, Paul. “Si mismo como otro”; Siglo XXI, Madrid, 1996, pág. 202.
158
Ricoeur, Paul. “Si mismo como otro…” cit., pág. 200.
144
“(…) En ella reside gran parte de su fortaleza, pues lo relaciona con la masa
popular más embrutecida, que en la era de la máquina no está integrada por el
proletariado industrial, ni siquiera por sectores de la población rural, sino más
bien por la multitud de la pequeña burguesía hacinada. Para ella, quien viste de
otra manera, quien habla de otra manera, no es el otro ser humano, sino otro
animal de otro establo, con el que no puede haber acuerdo, al que es preciso odiar
y expulsar a mordiscos. La raza como concepto de la ciencia y de la pseudociencia
sólo existe desde mediados del siglo XVIII. Sin embargo, como sentimiento de un
rechazo instintivo al extraño, de una hostilidad de sangre hacia él, la conciencia
racial pertenece al grado más bajo de la humanidad, que se supera en la misma
medida en que la horda humana aprende a no ver en la horda vecina una manada
de animales diferentes.”159
Ahora bien, retomando el concepto de poder también podemos comprender el
poder de interacción, esto es, la capacidad de sumarse a la acción del Otro, u
oponerse a ella. Analizada desde su positividad se trata de una capacidad para
integrar una acción que se hace común, es decir, que entra en una sinergia
organizada con Otro; y ello con la finalidad de concretar un proyecto que les resulta
común. Esta concepción del poder de la acción considerada en el plano de una
comunidad (y ya no en el plano individual) es la que toma Arendt a la hora de
definir su concepto de “poder”.160
La interacción, por su parte, se caracteriza por dos aspectos importantes: la
ambigüedad y su fragilidad. Así, hablamos de ambigüedad, ya que aunque una
persona puede empezar una acción y proponerse un fin, su realización se le escapa
en parte, ya que el orden de los medios y la finalidad efectiva de su acción
dependen de la acción de otras personas. Personas éstas que o bien cooperarán con
el proyecto (implicándose en el mismo), o bien se opondrán al mismo, o bien se
mostrarán indiferentes. De tal guisa, resulta que aunque mi acción tenga un
proyecto claramente determinado en términos de fines y medios, en la medida en
que el mismo se ha de ejecutar en medio de Otros, no puedo asegurar que la
reacción de éstos al mismo [proyecto] no afecte a la finalidad propuesta, ni
159
Klemperer, Victor. “LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo”; editorial
Minúscula, Barcelona, 2010, págs. 252-3.
160
Arendt, Hannah. “La condición humana…” cit.; págs. 218-219. Nebel, Mathias. “La categoría
moral de pecado estructural…” cit., pág. 130.
145
modifique los medios elegidos. Ello básicamente porque no puedo prever
completamente la reacción de los demás respecto de mi acción. “Parafraseando a
Kant, podríamos decir que en la trayectoria de mi acción, el otro no puede ser
reducido nunca al rango de un medio, sino que siempre debe ser considerado como
un sujeto capaz de actuar, que, o bien colaborará con mi proyecto, o bien se
opondrá a él, o bien se mostrará indiferente. Pero en ningún caso la indiferencia
de otros puede ser postulable a priori. Al contrario, generalmente una acción
provoca una reacción, especialmente si es innovadora y si el sujeto se involucra en
su acción.”161
Habíamos señalado más arriba que el segundo carácter de la interacción era el de
su fragilidad. Ello se explica ya que la acción es efímera: al contrario de los –
objetos-del-mundo, está destinada a desarrollarse de modo inmediato (en un “aquí y
ahora”). Empero, para perdurar (es decir: para superar tal carácter efímero), se ha
de institucionalizar. Solamente mediante la organización se pueden superar los
problemas de duración y de distancia. Ello, aunque conlleve el riesgo de que, al
estructurarse, la interacción pierda su espontaneidad (por la formalización del
proyecto común, así como del compromiso individual de cada uno de sus
integrantes). Así, la finalidad pretendida se suele obscurecer en atención a los
medios que suelen acaparar la máxima atención y la mayor parte de los esfuerzos.
De este modo se conforman instituciones que pierden el sentido de sus acciones en
la extraordinaria complejidad de los engranajes administrativos y en la disolución
de las responsabilidades.162
Lo anterior nos lleva de nuevo al concepto de poder que construye Arendt
(atendiendo para ello a la naturaleza humana, tanto en su dimensión individual
como social), así, “el poder corresponde a la capacidad, no simplemente para
actuar, sino para actuar concertadamente.”163 Conforme a esta concepción, hemos
161
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., pág. 130. En el mismo
sentido, vide: Arendt, Hannah. “La condición humana…” cit., pág. 218.
162
Cfe. Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., págs.. 130-131.
Asimismo, vide: Crozier, M. “El fenómeno burocrático: ensayo sobre las tendencias burocráticas
de los sistemas de organización modernos.” Volumen I; Buenos Aires, 1999. Arendt, Hannah. “La
condición humana…” cit., pág. 217.
163
Arendt, Hannah. “Crisis de la república”, Taurus, Madrid, 1991, pág. 146. Asimismo, vide:
Arendt, Hannah. “Sobre la violencia”, Alianza editorial, Madrid, 2010, págs. 9 y ss..
146
de concluir que el poder no es (no puede ser) propiedad de ningún individuo, sino
que es un fenómeno que pertenece (siempre) a un grupo o colectividad y que
seguirá existiendo en la medida en que el grupo o comunidad permanezca unido.
De allí que sea un concepto opuesto al de dominio, al de violencia y al de opresión.
Donde reina la violencia, el poder ha desaparecido; así como donde el poder está
establecido, la violencia o la dominación no tienen nada que hacer.
El poder no descansa de modo alguno en la violencia (capacidad de coerción) que
sólo produce una obediencia forzada, no querida e ineficaz. Por el contrario, se
funda en la capacidad de acciones coordinadas que resultan del querer vivir y actuar
juntos. La violencia no es menester, puesto que el compromiso pende de la libre
iniciativa (libertad de acción fundada en el reconocimiento y la participación). Los
gobiernos que se basan en la violencia (las dictaduras o los totalitarismos –
comunismo, fascismo-) no tienen ningún poder (ni siquiera lo detentan) y se
caracterizan, fundamentalmente, por su fragilidad. Por ello, Ricoeur –siguiendo a
Arendt- descubre que en la convivencia de toda comunidad histórica existe un
“poder” que ha de ser movilizado al servicio de la comunidad. “Poder” que, por
otra parte, sería incomprensible sin una referencia a un querer que se sintetiza en
aquel “vivir y actuar juntos” quintaesencia ésta de las relaciones sociales naturales
(pre-institucionales).
Como se ha indicado al respecto: “Este paso es capital, porque, contrariamente a
muchas reflexiones de filosofía política, no se da ninguna hipóstasis del poder en
ninguna institución pública. El querer vivir y actuar juntos es el de las personas, y
su resultado no es la suma ni un sistema, sino una serie de interacciones que
descansan sobre la ‘aptitud para actuar de manera concertada’. Así pues, el estado
no tendrá ninguna necesidad de ser elevado al rango de ‘sujeto’ para estar dotado
de un querer eficaz. Al contrario, es la estructuración, la institucionalización de un
querer vivir y actuar juntos, lo que le precede.”164
Ese querer vivir y actuar juntos, que define a la categoría del poder (y que
observa una naturaleza pre-institucional) resulta ser un querer complejo. Ello, ya
que es en parte “heredado” por estar basado en la comunidad histórica (convivencia
o recibida en un mundo que heredamos al nacer), y en parte “vivido” como
interacción de los agentes que componen en el tiempo presente a la comunidad de
164
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., nota nº 35, pág. 132.
147
referencia. El poder, pues, deriva de la interacción, esto es, de la capacidad de
actuar de manera concertada que tienen todos los hombres. Capacidad ésta que se
halla siempre en toda comunidad, y que se ubica potencialmente en la convivencia
mientras ésta dura. Mas dicho poder no se hará efectivo hasta que tal convivencia
no sea organizada. Fenómeno éste que conlleva la institucionalización del poder.
No es que el poder necesite institucionalizarse para poder existir; empero resulta
consustancial a la vida de toda comunidad el hecho de que tal poder se organice
conforme a las necesidades relativas al tiempo y al entorno de cada comunidad.
Toda institución, al estar fundada sobre una interacción (y sin importar la actividad
de la misma: se trate de un Estado, de la cultura, o de un club deportivo) siempre
efectuará y hará efectivos los fenómenos del reconocimiento y de la participación
(están ellos, si se me permite la metáfora, en su ADN).
Ahora bien, dentro de la diversidad de instituciones que podemos hallar, podemos
distinguir dos categorías: las instituciones profundas y las microinstituciones.
i) Las “instituciones profundas”: Sobre este punto, cabe advertir que nos
permitimos distanciarnos un poco del concepto dado por Nebel, y apoyarnos más
en el concepto de relaciones sociales naturales sostenido por Bauman.165 De tal
modo diremos que son aquellas que se refieren a la comunidad en su totalidad y que
buscan la institucionalización de la convivencia de conformidad con la naturaleza
propia (es decir, de las relaciones sociales naturales, pre-institucionales).166
La más representativa de ellas resulta ser el Estado (entendido como persona
jurídica pública mayor) que se ocupa de la convivencia mediante su función de
gobierno. No obstante, también existen otras instituciones profundas que denotan
una finalidad globalizante del “querer vivir y actuar juntos” preexistente. Así, todas
aquellas que refieren al ámbito de la Cultura –la lengua, las tradiciones, las
técnicas, la sabiduría, las artes, el ocio-, es decir todo aquello que se transmite y se
renueva en una reinvención constante del pasado en función del futuro. De tal
modo, hallamos instituciones encargadas de la educación (de la transmisión del
mundo) tales como la familia, la escuela, los centros de formación, la universidad,
los centros de arte, las galerías, los museos, etc. También hallamos instituciones
encargadas del presente de la convivencia, es decir, de las necesidades cotidianas
165
Bauman, Zygmunt. “Modernidad y Holocausto…” cit., Capítulo VI.
166
Vide, Bauman, Zygmunt. “Modernidad y Holocausto…” cit., págs. 210 y ss..
148
de las interacciones: el Mercado. Las instituciones profundas de la convivencia (lo
político, lo cultural, y lo económico) se ubican dentro de lo que llamáramos “lo
heredado” o “lo dado”. Las mismas emergen y se estructuran muy lentamente desde
la convivencia, así como también evolucionan muy despacio (más por el paso de
los siglos, que por el paso de las décadas).
Dicha evolución (lenta, mas sostenida) que sufren las instituciones profundas, se
debe a que la convivencia no es un sistema, es decir, una realidad instituida de
forma absoluta y definitiva. Lejos de ello, la convivencia es un denso entretejido
de interacciones de los seres humanos que integran una comunidad, quienes –a
través de ellas- van re-instituyendo permanentemente tal mundo. Al decir de Nebel,
la convivencia es vida, un hervidero constante que hace surgir, aquí y allá, según
las iniciativas y las necesidades de diversos colectivos o grupos de personas,
múltiples proyectos infinitamente diversificados.167
ii) Atendiendo a dicha realidad subyacente, hallamos a las micro-instituciones.
Ellas no se refieren a la totalidad de la convivencia, sino a una parte o sector de
ella. Siendo en ellas donde las personas actúan, se movilizan, constituyendo “la
textura viva” de la convivencia.168 Pero también hemos de advertir que las micro-
instituciones, en principio, no se oponen a las instituciones profundas. Al contrario,
suelen apoyarse en ellas para desarrollar su actividad propia. Así por ejemplo,
podemos advertir una micro-institución en todas y cada una de las distintas
empresas que existan en el seno de una comunidad. Dichas empresas, para poder
existir y desarrollarse, requieren del marco legal y moral que aporta la institución
profunda del Mercado. De tal ejemplo se desprende cómo las instituciones
profundas aportan el marco y las condiciones de posibilidad de existencia y
desarrollo de las micro-instituciones.
Mas hete aquí, que a su vez, el respeto que observen las micro-instituciones
respecto de las instituciones profundas constituye un reconocimiento (espontáneo)
de su autoridad; una confirmación de aquellas instituciones que “se nos dan”, que
“heredamos”. Como se ha indicado, y desde un punto de vista conceptual, tal
consentimiento en el que se fundamenta el poder de tales instituciones “profundas”
se verifica y renueva constantemente en el reconocimiento espontáneo de su
167
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., pág. 134.
168
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., pág. 134.
149
autoridad por parte de las micro-instituciones.169 Mas también es cierto que, por
obra y efecto de estas micro-instituciones, en la medida en que se opongan
directamente (desconociendo) o indirectamente (tergiversando el verdadero
alcance) a las instituciones profundas, se irá verificando una paulatina
transformación de éstas. Y ello es, justamente, lo que ocurre con las estructuras de
pecado.
Ellas se oponen a las relaciones naturales sociales, constituyéndose en
instituciones societales que socavan el alcance de tales relaciones naturales,
convirtiéndose en relaciones de dominio (cuando no derechamente de exterminio)
de gran parte de los componentes de la comunidad.170 Así, cuando nos hallamos
ante un régimen de violencia colectiva (tanto perteneciente al modelo top-down,
como bottom-up) forzosamente estaremos ante la presencia de micro-instituciones
que socavarán las instituciones profundas de la comunidad correspondiente, ello
hasta llegar a un punto en el que se logre distorsionar aquel mundo que se “hereda”,
o que “se tiene por dado”. Esto es: hasta el punto de modificar sustantivamente las
condiciones de natalidad y de pluralidad. Afectando, así, la dimensión social de los
integrantes de dicha sociedad.
Será a través de dichas micro-instituciones que se desplegarán las políticas de
ingeniería social a las que hiciéramos referencia en la primera parte de esta obra;
afectando así las relaciones sociales naturales emergentes de las instituciones
profundas (y, de forma mediata, las demás micro-instituciones).171 De tal guisa, es
que propiciarán la conformación de políticas de in y out-groups, así como la
indiferencia social (considerando a parte de los individuos ajenos a la interacción
social), la deshumanización o subhumanización de las víctimas.172
169
Nebel, Mathias. “La categoría moral de pecado estructural…” cit., pág. 135.
170
En un sentido similar, tal como se analizará ad infra, vide: Bauman, Zygmunt. “Modernidad y
Holocausto…” cit., pág. 215 y ss..
171
Recuérdese que, dentro del marco del derecho penal Internacional, hemos de considerar tales
“relaciones sociales naturales”, codificadas en sus mínimos a través de la Declaración Universal de
Derechos Humanos, del Pacto Universal de Derechos Civiles y Políticos, y del Pacto Universal de
Derechos Económicos y Sociales.
172
Así, y a modo de ejemplo, se puede citar la fundamentación del fallo del Tribunal alemán que
juzgara las “marchas de la muerte” que tuvieran lugar en los últimos días del régimen Nazi (cuando
fueron evacuando los campos de exterminio y de concentración a medida que iban avanzando los
ejércitos aliados):
150
Pero es que también afectarán a la propia idiosincrasia de cada uno de los sujetos
que se vean alcanzados por ellas; alterando la correcta comprensión o interpretación
que tales hombres hacen del modelo cultural, político o económico “dado” o
“heredado” (fenómeno éste que Levi-Strauss designara “bricolaje”). Por supuesto
que, a la hora de considerar todos estos extremos, habremos de considerar los
fenómenos de la “conformidad con el grupo”, “estado de agencia”, y “factores
situacionales”, comprobados por Asch, Milgram y Zimbardo, respectivamente.173
“The goal of the evacuation was unknown to [the prisioners] as well as to the members of the
guarding group, except, that is, to the accused. The accused saw in the prisioners not only enemies
of the state, saboteurs, destroyers of the [German] people, anti-socials and criminals, but also
creatures whose humanity was hardly to be considered. Accordingly, it was all the same to him in
his mind whether a matter concerned Jewesses on non-Jewesses, whether Poles, Czechs, Russians,
Hungarians, French, Dutch, or members of other nations.”