Pon tu fe en acción
Desde los días de los apóstoles Pablo y Santiago, que parecían estar en
contradicción, los cristianos han luchado por definir la tensión adecuada entre
la fe y las obras.
La salvación, enfatiza Pablo, “no es por obras, para que nadie se gloríe”
(Efesios 2:8, 9), pero Santiago argumenta: “Sin embargo, alguno dirá: ‘Tú
tienes fe, y yo tengo obras’. ¡Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré
mi fe por mis obras!” (Santiago 2:18).
En términos claros y convincentes, el exitoso autor John MacArthur
reconcilia estos dos conceptos aparentemente divergentes de la verdad bíblica
y trata directamente las preguntas difíciles:
- ¿Qué es la gracia barata?
- ¿Han adoptado algunos cristianos la teología de la negación del señorío?
- ¿Qué debe hacer una persona para ser considerada justa ante Dios?
- ¿Tienen tus obras algún efecto en tu salvación?
“El evangelio según los Apóstoles es el mismo que Jesús predicó”, dice el
pastor MacArthur, pero “difiere drásticamente del mensaje diluido que hoy
en día se ha hecho tan popular entre muchos… que este libro te sirva de
ánimo a fin de ponerte manos a la obra en lo que respecta a tu propia fe”.
John MacArthur, uno de los principales maestros bíblicos de nuestros
tiempos, es autor de numerosos éxitos de ventas que han tocado millones de
vidas. Además de ser el pastor maestro de Grace Community Church en Sun
Valley (California) y rector de The Master’s College and Seminary, también
es el presidente de Gracia a Vosotros, un ministerio que produce el programa
radial del mismo nombre y diferentes recursos impresos, audiovisuales y de
internet que siguen su popular estilo de enseñanza versículo por versículo. Es
asimismo el autor de las notas de la Biblia de Estudio MacArthur, que ha sido
premiada con la Medalla de Oro ECPA y ha vendido más de medio millón de
ejemplares. John y su esposa Patricia tienen cuatro hijos adultos y trece
nietos.
Para Lance Quinn,
a quien considero un Timoteo en todos los sentidos,
pues cumple mi meta al ir más allá que su maestro.
PORQUE LA GRACIA SALVADORA DE DIOS
SE HA MANIFESTADO A TODOS LOS HOMBRES
ENSEÑÁNDONOS A VIVIR DE MANERA PRUDENTE,
JUSTA Y PIADOSA EN LA EDAD PRESENTE,
RENUNCIANDO A LA IMPIEDAD Y A LAS PASIONES
MUNDANAS, AGUARDANDO LA ESPERANZA
BIENAVENTURADA, LA MANIFESTACIÓN DE LA
GLORIA DEL GRAN DIOS Y SALVADOR NUESTRO
JESUCRISTO.
—TITO 2:11-13
El Señor sabe cuánto le debo a Phil Johnson por este libro (y no solo
yo, sino cada lector del mismo). Es un estimado amigo y el
complemento perfecto para mí en todo lo que se refiere a mis libros,
pues atrapa mi voz en el aire con sumo cuidado y habilidad para
después transformarla en tinta. No podría haberlo hecho sin él.
CONTENIDO
Introducción
1. Prólogo
2. Manual básico sobre la controversia en cuanto a la “salvación de
señorío”
¿De verdad es un tema tan importante?
¿En qué consiste la “salvación de señorío”?
¿Radicalidad u ortodoxia?
¿Qué enseña el “evangelio de la negación del señorío”?
¿Qué hay en realidad en el corazón del debate sobre el señorío?
3. Sin fe es imposible agradar a Dios
¿Qué es la fe?
¿Cómo obra la fe?
4. ¿Gracia barata?
¿Qué es la gracia?
Dos clases de gracia
La gracia soberana
Por gracia son salvos
5. La necesidad de predicar el arrepentimiento
El arrepentimiento en el debate del señorío
El arrepentimiento en la Biblia
El arrepentimiento en los Evangelios
El arrepentimiento en la predicación apostólica
6. Justos por la fe
¿En realidad qué es lo que cambia cuando somos declarados justos?
Diferencias entre la justificación y la santificación
La justificación en la doctrina católica romana
La justificación en las enseñanzas de la Reforma
La justificación en el debate del señorío
La justificación en el Nuevo Testamento
7. Libres del pecado, esclavos de la justicia
¿Una espiritualidad de “segunda bendición”?
¿Qué es la santificación?
¿Obrar o no obrar?
Análisis detallado de Romanos 6
8. La lucha a muerte contra el pecado
El mito del cristiano carnal
¿Hasta qué punto pueden llegar a pecar los cristianos?
El primero de los pecadores
¡Miserable de mí!
9. La fe que no obra
¿Solamente oidores?
Profesión vacía
Ortodoxa demoníaca
Fe muerta
10. Un anticipo de la gloria
La seguridad en la Reforma
¿Es la seguridad objetiva o subjetiva?
¿Cuáles son los fundamentos bíblicos de la seguridad?
Para que sepan...
El peligro de la falsa seguridad
11. Guardados por el poder de Dios
Salvos por completo
¿Salvo una vez, salvo para siempre?
El resultado de tu fe
El problema de la cuantificación
12. ¿Qué debo hacer para ser salvo?
El decisionismo y el credulismo fácil
¿Cómo puedo hacer un llamado a la fe?
¿Dónde encajan las buenas obras?
¿Cómo hay que compartir el evangelio con los niños?
Una última palabra
Apéndice 1: Una comparación de tres perspectivas
Apéndice 2: ¿Qué es el dispensacionalismo y cuál es su relación con la
salvación de señorío?
Apéndice 3: Voces del pasado
Glosario
INTRODUCCIÓN
Esta no es una típica secuela, sino más bien una precuela, un material que
explica desde el principio el tema del que trata y que desarrolla el cuerpo
doctrinal al que apenas se aludía en su predecesor El evangelio según
Jesucristo: ese libro fue un análisis del ministerio evangelístico de Jesús que
contrastaba los métodos de predicación, enseñanza y ministerio personal del
Señor con los de los evangélicos del siglo XX, pero este se refiere a la
doctrina de la salvación presentada por los Apóstoles y muestra que el
evangelio según Jesucristo es el mismo que el evangelio según los Apóstoles.
Todo el mensaje del Nuevo Testamento, por tanto, se presenta en marcado
contraste con respecto al evangelio superficial que muchos están
proclamando hoy en día.
Es posible que estés pensando: “No, gracias. Voy a dejar los estudios
doctrinales a los teólogos profesionales. Mejor dame un buen libro
devocional”.
Pero por favor, continúa leyendo, porque esto no es un estudio técnico ni un
tratado académico, ni tampoco un libro de texto para teólogos, sino un
mensaje que ha hecho arder mi corazón a lo largo de todos mis años de
ministerio. Lejos de ser una árida disertación, constituye una apasionada
mirada a la más esencial de las verdades cristianas. Si la salvación es
importante para ti (¿y qué cosa podría ser más importante?) no te puedes dar
el lujo de eludir los asuntos a los que se refiere este libro. Si tienes tendencia
a pensar que un libro “doctrinal” es lo contrario a un libro “devocional”,
espero lograr que cambies de opinión.
Estoy convencido de que los cristianos de nuestro tiempo tienen hambre de
contenido doctrinal, un asunto que comenzó a ocupar mis pensamientos hace
cinco años, cuando estaba escribiendo El evangelio según Jesucristo. Varios
editores me advirtieron de que ese libro era “demasiado doctrinal” como para
venderse bien, pues su tema principal era responder a una controversia
doctrinal que se había ido gestando bajo la superficie por varios años entre
los evangélicos. No me hubiera sido posible escribir ese libro sin profundizar
en la doctrina, pero cuando finalmente lo completé tuve que admitir que se
parecía bastante a un libro de texto: utilizaba la terminología teológica que
uno puede encontrar en una escuela bíblica o en un seminario, pero que no
resulta muy familiar a muchos laicos; el tipo de letra era pequeño y contaba
con muchas notas al pie, además de comenzar con una apreciación crítica de
ciertas soteriologías dispensacionalistas. No era el tipo de obra que una
persona laica normal quiere para sus devocionales diarios. Al final ese libro
fue publicado como un estudio académico, editado y comercializado por la
división de libros de texto de la editorial.
Naturalmente yo tenía la esperanza de que esa obra llegara a un público
más amplio, pero reconozco que quedé muy impresionado cuando se
convirtió en uno de los libros cristianos más leídos de los ochenta, el primero
de tema “doctrinal” en muchos años que había logrado ser un éxito de ventas.
Era obvio que El evangelio según Jesucristo había hecho sonar una alarma o
tocado una fibra sensible, dependiendo del lado del debate en que uno se
coloque.
Casi inmediatamente después de la publicación del libro comencé a recibir
cartas de líderes laicos pidiéndome más acerca de ese tema y buscando
consejos prácticos (“¿Cómo podemos explicar el evangelio a los niños?”,
“¿Qué tratados hay que presenten el camino de salvación de una manera
completa y bíblica?”). Querían ayuda para comprender sus propias
experiencias espirituales (“Conocí a Cristo cuando niño y no me consagré a
él como Señor hasta pasados varios años. ¿Invalida eso mi salvación?”),
buscaban consejo espiritual (“He estado luchando con el pecado y la falta de
seguridad por años. ¿Puede ayudarme a comprender la fe genuina y cómo
puedo hacer para tenerla?”), querían aclaraciones (“¿Qué pasó con Lot y los
corintios, que vivieron en desobediencia? Aun así fueron redimidos, ¿no?”) y
querían explicaciones más sencillas (“No me resulta fácil comprender
términos teológicos como ‘dispensacionalismo’ y ‘soteriología’. ¿Podría
explicarme la controversia del señorío en lenguaje claro?”).
Este libro es para esas personas, pues su presentación es más sencilla, algo
apropiado porque el propio evangelio es simple. Es más, estoy convencido de
que los conceptos bíblicos que se encuentran en el corazón de la controversia
del señorío son también muy sencillos y que no hace falta ser un teólogo
consumado para discernir el sentido de pasajes difíciles como 1 Juan 2:3, 4:
“En esto sabemos que nosotros lo hemos conocido: en que guardamos sus
mandamientos. El que dice: ‘Yo lo conozco’ y no guarda sus mandamientos
es mentiroso y la verdad no está en él”.
He vuelto a utilizar notas sobre todo para documentar las citas requeridas
por un libro como este, además de incluir de nuevo una sección dedicada al
dispensacionalismo porque quería explicar con más detalle lo que es y su
relación con la controversia del señorío. Sin embargo, este es un libro para
todos los cristianos y no ha sido diseñado como un estudio avanzado. Cada
uno de los términos importantes es definido la primera vez que lo utilizo y he
incluido un glosario, pues mi objetivo era explicar cada tema de manera que
hasta una persona nueva en la fe pudiera comprender de lo que estoy
hablando.
Lamentablemente, la controversia del señorío se ha visto innecesariamente
envuelta en complicados argumentos expresados con jerga teológica, lo cual
tiende a intimidar a los que quieren comprender sinceramente estas
cuestiones. Muchos cristianos laicos (además de algunos líderes cristianos)
han llegado a la conclusión de que estos asuntos son demasiado profundos
como para ser comprendidos, mientras que otros se han dejado desviar por
argumentos simplificados en exceso o distraer por una retórica con una gran
carga emocional, en lugar de meditar cuidadosamente en estas cuestiones por
sí mismos. Espero que este libro ayude a proveer un antídoto para la
confusión y la lógica ininteligible que ha regido sobre la controversia del
señorío durante los últimos cinco años.
No me propongo responder a los críticos. Tengo un estante lleno de reseñas
de El evangelio según Jesucristo (la mayoría de las cuales ha sido positiva,
un ánimo y aceptación que aprecio mucho), pero también he leído con mucha
atención todas las reseñas negativas (y ha habido bastantes) y las he
estudiado con un corazón abierto: le pedí a mi equipo y a los profesores del
Master’s Seminary que evaluaran cada crítica, mientras yo regresaba a las
Escrituras para estudiar en oración los problemas bíblicos, un proceso que me
ha ayudado a agudizar mis ideas y por el cual me siento agradecido. Algunos
lectores han notado que las últimas ediciones del libro han incluido algunos
cambios en los términos que aclaran o pulen lo que yo estaba diciendo.
Tengo que confesar, sin embargo, que en general me he sentido
profundamente desilusionado con la calidad de las respuestas de los críticos,
pues la inmensa mayoría de sus críticas no tienen nada que ver con los
asuntos bíblicos: algunos de ellos se han quejado de que el tema del señorío
es demasiado controvertido, de que el mensaje es demasiado duro o de que
mi posición es demasiado dogmática; otros han criticado mi semántica o se
han opuesto a mi terminología; algunos se han mostrado indignados porque
consideran que El evangelio según Jesucristo es un injusto ataque personal en
contra de ellos mismos, de sus amigos o de sus organizaciones; unos pocos
críticos insistentes han declarado que el libro es desequilibrado, me han
acusado de allanar el camino de regreso a Roma, han afirmado que estoy
abandonando el dispensacionalismo, me han tachado de ultracalvinista, me
han acusado de ser demasiado arminiano o (aún peor) me han denunciado
como un maestro de la salvación por obras.
A todos los que me han pedido que responda a esos argumentos lo único
que les he dicho es que lean el libro por sí mismos y que juzguen si esas
quejas están justificadas, pues creo que todas ellas han sido tratadas en El
evangelio según Jesucristo.
El problema con esas críticas es que ninguna de ellas hace frente a los
detalles bíblicos. Como ya dije en ese primer libro, no me preocupa si lo que
enseño se opone al cuadro dispensacional de alguien, pues lo que más me
importa no es si el pensamiento es compatible o no con determinado sistema
teológico. Tampoco me propongo promover algún esquema teológico nuevo,
porque mi única meta es discernir y enseñar lo que dicen las Escrituras, algo
por lo que no me voy a disculpar. Si vamos a discutir cuestiones doctrinales,
permitamos que la Biblia despeje las dudas.
Muchos cristianos estaban ansiosos por condenar la “salvación de señorío”
porque llama a los pecadores a una consagración total, pero nadie se tomó la
molestia de explicar por qué razón el propio Jesús dijo a las multitudes sin
salvación: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su
cruz y sígame” (Marcos 8:34). Algunos me llamaron legalista por enseñar
que una vida transformada es la consecuencia inevitable de la fe genuina,
pero ninguno de ellos ofreció otra explicación posible para 2 Corintios 5:17:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas
pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Muchos estaban ansiosos por
discutir minucias teológicas, casos hipotéticos, ramificaciones lógicas,
premisas racionales, diferencias semánticas y cosas por el estilo, pero casi
nadie ha estado dispuesto a referirse a la pertinencia de los textos bíblicos.
El movimiento evangélico moderno parece no estar preparado para manejar
controversias como la referente al asunto del señorío, pues hemos sido
condicionados para escuchar solamente breves e insípidas “expresiones
memorables”, y cuando consideramos asuntos de esta magnitud, necesitamos
escuchar, razonar y pesar cuidadosamente los argumentos antes de llegar a
una resolución y un acuerdo. Muchos parecen pensar que la controversia del
señorío debería solucionarse con una exposición pública similar a los debates
presidenciales: he sido desafiado reiteradamente a confrontarme en un foro
público con los defensores más importantes de la negación del señorío, pero
me he negado sistemáticamente a ello y quiero explicar la razón.
Mi experiencia con tales debates me ha convencido de que no resultan
particularmente edificantes: el público sale pensando que comprende
profundamente el tema, pero el formato típico del debate solo concede el
tiempo suficiente como para referirse a la superficie del asunto. Los aspectos
más importantes de la discusión no van a ser arreglados en sesiones de una o
dos horas y en la práctica difícilmente se trata lo más importante de la
discusión.
En lugar de eso, los debates públicos tienden a dar mayor importancia a
asuntos secundarios, así que a fin de cuentas simplemente ofrecen a los
participantes más inteligentes un foro en el que ganarse unos puntos. Lo peor
de todo es que estos debates contribuyen a una percepción de hostilidad
personal.
Una competencia de discursos no es capaz de solucionar las diferencias en
esta controversia, además de ser una manera de enfrentar el problema que
carece de garantías bíblicas. No conozco ningún caso en las Escrituras en que
se utilizara la metodología del debate para alcanzar una comprensión y un
consenso adecuados respecto a un asunto doctrinal.
En El evangelio según Jesucristo expresé mi deseo de que ese libro pudiera
ser un catalizador para la discusión y la resolución adecuada de estos
desacuerdos. Desde su lanzamiento me he encontrado en privado con cierto
número de líderes cristianos relevantes del bando contrario, y mi puerta
permanece abierta porque no veo a ninguno de ellos como enemigos ni
estimo nuestros desacuerdos como un asunto personal: si tenemos en cuenta
el conjunto de nuestras respectivas creencias, son más las coincidencias que
los desacuerdos, pero no existe manera de negar que estos asuntos referentes
al evangelio son fundamentales, por lo cual nuestro desacuerdo al respecto
resulta ser algo serio. Seguramente todos los implicados estarán de acuerdo
en que no podemos limitarnos a actuar como si no estuviera en juego nada
importante.
En última instancia, el mejor foro en el que ventilar este tipo de disputa
doctrinal es mediante un cuidadoso diálogo basado en el razonamiento
bíblico, preferentemente por escrito. Cuando uno escribe resulta más fácil
medir con cuidado las palabras que utiliza, así como ser comprensivo y evitar
el espíritu divisivo que a todos nos preocupa, y con razón. Necesitamos
aclarar conceptos en lugar de acrecentar el nivel emocional de nuestros
desacuerdos.
Mi deseo es presentar el asunto de manera bíblica y clara, con gracia y
justicia, y en términos comprensibles para todo cristiano. La forma en que
pretendo hacerlo es examinando algunos de los pasajes clave de las epístolas
y del libro de Hechos que revelan la manera en que los Apóstoles
proclamaron el evangelio y desarrollaron las verdades de la salvación ante la
iglesia primitiva. Existe tanta revelación clara acerca de este tema que uno
puede sentir que está recibiendo lo mismo una y otra vez (y, de hecho, así es)
porque la comunicación del tema de la salvación es tan vital para el Espíritu
Santo que estas verdades aparecen entretejidas en la trama de varias epístolas.
Supongo que estarás de acuerdo en que el evangelio según los Apóstoles es
el mismo evangelio que predicó Jesús; y creo que también estarás convencido
de que su evangelio difiere drásticamente del mensaje diluido que hoy en día
se ha hecho tan popular entre muchos. Mi oración es que este libro te sirva de
ánimo a fin de ponerte manos a la obra en lo que respecta a tu propia fe.
Capítulo 1
PRÓLOGO
Mi mente encuentra más satisfacción en el evangelio que en ninguna otra parte...
No existe ningún problema de mi vida que el evangelio no confronte y responda,
pues en él encuentro descanso intelectual y respuestas a todas mis preguntas.
Y, gracias a Dios, mi corazón y mis deseos también son satisfechos pues
encuentro completa satisfacción en Cristo. No hay deseo ni nada que mi corazón
pueda anhelar que él no pueda satisfacer con creces. Toda la inquietud del deseo
es apagada por él cuando envía el aliento de su paz para aplacar mis dificultades,
problemas e inquietudes...
Así pues, se me otorga descanso a pesar de mis circunstancias. El evangelio me
permite decir con el apóstol Pablo: “Por lo cual estoy convencido [es decir, estoy
seguro] de que ni la muerte ni la vida ni ángeles ni principados ni lo presente ni lo
porvenir ni poderes ni lo alto ni lo profundo ni ninguna otra cosa creada nos podrá
separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 8:38,
39). Tal es el descanso perfecto e independiente de las circunstancias; en esto
consiste permanecer en calma en medio de la tormenta.
D. MARTIN LLOYD-JONES1
Mientras escribía este libro de repente cambió toda mi vida.
Una tarde, mientras esperaba a mi hijo en la cancha de golf, recibí una
llamada telefónica en la que se me informaba de que mi esposa Patricia y mi
hija menor Melinda se habían visto involucradas en un grave accidente
automovilístico; Patricia había resultado herida de gravedad y estaba siendo
trasladada vía aérea a un hospital que quedaba como a una hora de distancia
de donde yo estaba. No me dieron más detalles. Sin darme cuenta dejé los
palos de golf en el campo, me subí de inmediato a mi auto y me dirigí al
hospital.
Aquella larga hora de conducción hasta el hospital quedará grabada para
siempre en mi memoria. Mil pensamientos diferentes inundaron mi mente:
me di cuenta, por supuesto, de que quizás ya no volviera a ver a Patricia con
vida y pensé en el vacío que representaría su ausencia en mi vida; reflexioné
en el papel esencial que ella había desempeñado en mi vida y ministerio a lo
largo de los años; me pregunté de qué manera podría arreglármelas sin ella;
recordé cuando nos conocimos, cómo nos fuimos enamorando y cientos de
otros detalles de nuestra vida en común. Daría cualquier cosa por retenerla,
pero me di cuenta de que esa decisión ya no estaba en mis manos.
Una paz sobrenatural inundó mi alma y mi dolor, tristeza, incertidumbre y
temores fueron envueltos por la tranquilidad y el descanso. Sabía que tanto
Patricia como yo estábamos en manos de nuestro Señor y, dadas las
circunstancias, ese era el único lugar en el que podía concebir la existencia de
algún sentido de seguridad. No sabía cuál sería su voluntad, no podía ver sus
propósitos ni tampoco comprender lo que había ocurrido ni por qué, pero
podía descansar en el conocimiento de que su plan para nosotros era, por
encima de todo, para nuestro bien y para su gloria.
Cuando llegué a la sala de emergencias me enteré de que Melinda había
sufrido raspones y cortes importantes, pero no estaba herida de gravedad.
Estaba muy afectada por lo sucedido, pero fuera de peligro.
Un doctor salió a explicarme las heridas de Patricia: su cuello estaba
quebrado y tenía dos vértebras seriamente dañadas justo por encima de los
nervios vitales de la espina dorsal que controlan la respiración. En la mayoría
de esos casos, la víctima muere de inmediato, pero nuestro Señor había
salvado su vida de manera providencial.
También había recibido un fuerte golpe en la cabeza y el impacto del techo
al golpearla después de volcarse el auto había sido tan fuerte que la podría
haber matado. Le estaban dando grandes dosis de una nueva medicina
formulada para detener la inflamación cerebral, aunque al cirujano le
preocupaba que la herida en la cabeza acabara siendo fatal. Le habían dado
más de cuarenta puntos para cerrar la herida en su cuero cabelludo, además
de que su mandíbula y varios huesos de su rostro estaban quebrados. Su vida
correría peligro por varios días.
El personal de urgencias estaba a punto de trasladar a Patricia al quirófano,
donde los médicos asegurarían un aro de acero a su cabeza mediante cuatro
pernos taladrados directamente a su cráneo. Este aparato mantendría su
cabeza suspendida y estabilizaría su cuello mientras sus vertebras sanaban,
así que utilizaría ese aro por varios meses y luego tendría que soportar un
agotador programa de rehabilitación física.
En los siguientes días, los doctores encontraron otras heridas: la clavícula
derecha de Patricia estaba quebrada, pero lo que era peor, su brazo derecho
estaba paralizado y aunque podía mover los dedos y agarrar cosas su brazo
colgaba inerte y no tenía sensibilidad: además su mano izquierda estaba
quebrada y necesitaba yeso, lo cual significaba que Patricia no podía utilizar
ninguna de sus manos.
Todo esto me proveyó de una inmejorable oportunidad para servir a mi
esposa. Durante toda nuestra vida juntos, ella siempre había atendido mis
necesidades, había servido a la familia y nos había ministrado de
innumerables maneras, pero ahora me ha tocado a mí y he disfrutado de la
oportunidad. Mi amor por ella y mi aprecio por todo lo que hace han crecido
sin medida.
Al momento de escribir estas palabras, Patricia sigue utilizando el aro, que
es un aparato respetable: un inmenso yugo de acero que suspende su cabeza
mientras sostiene el peso con cuatro ganchos de acero que salen de un
chaleco plástico, algo que debe llevar puesto a fin de mantener su cabeza y
cuello inmóviles.
Me alegra poder compartir que ahora está fuera de peligro y que, si Dios en
su gracia lo permite, para cuando este libro sea publicado se habrá librado ya
del aro. Ha recuperado algo del uso de su brazo derecho y los doctores dicen
que podría estar en camino hacia una recuperación completa.
Toda esta experiencia ha resultado ser el trauma más difícil que hemos
enfrentado en toda nuestra vida como pareja, pero a través de ella tanto
Patricia como yo hemos vuelto a aprender (de una manera muy práctica) que
la fe sí funciona. Nuestra fe en Cristo (la misma fe de cuando confiamos en
que él fuera nuestro Señor) ha permanecido firme y nos ha permitido confiar
en él a través de esta prueba.
Hemos comprendido como nunca antes la dulzura de la invitación del
Señor en Mateo 11:28-30: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y
cargados, y yo los haré descansar. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan
de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su
alma. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Hemos descubierto una y
otra vez que, aunque el yugo no siempre parece fácil ni la carga ligera, vivir
bajo la preciosa realidad del señorío de Cristo ofrece la única alternativa para
una vida en la que hay descanso, ocurra lo que ocurra.
Ese es, a fin de cuentas, el corazón del evangelio según Jesucristo. Los
Apóstoles conocieron esta verdad tanto por medio de las enseñanzas del
Señor como por su propia experiencia: fue el corazón de su mensaje a un
mundo perdido. Predicaron que la fe obra, que no puede fracasar ni
permanecer pasiva, sino que se pone inmediatamente en acción en la vida del
creyente. Obra por nosotros, en nosotros y por medio de nosotros. La fe es
sostenida y nos sostiene en medio de las pruebas de la vida, nos motiva al
enfrentar las dificultades de la vida y nos ayuda a superar las tragedias. Al
obrar la fe nos permite disfrutar un descanso espiritual sobrenatural.
Nuestra experiencia durante los momentos difíciles de Patricia me ha
otorgado un nuevo vigor a la hora de escribir este libro, pues no puedo dejar
de recordar que mi confianza en el señorío de Jesucristo es el fundamento y
el apoyo de mi vida y que la inmensa provisión de su gracia salvadora nos da
la fuerza necesaria para perseverar.
El señorío de Cristo no es un abstracto tema doctrinal, seco y mohoso, ni el
evangelio es tampoco un asunto académico, así como la fe no es una
propuesta teórica ni la gracia de Dios es una realidad apoyada en conjeturas.
Nuestra comprensión de las verdades del evangelio es lo que determinará
finalmente la manera en que vivamos nuestras vidas. Todos estos temas son
dinámicos, intensamente prácticos y sumamente relevantes en nuestra vida
diaria. Por favor, ten esto en mente mientras estudias estas páginas.
1. D. Martyn Lloyd-Jones, The Heart of the Gospel (Wheaton, IL: Crossway,
1991),165-66.
Capítulo 2
MANUAL BÁSICO SOBRE LA
CONTROVERSIA EN CUANTO A LA
“SALVACIÓN DE SEÑORÍO”
Amados, mientras me esforzaba por escribirles acerca de nuestra común salvación
me ha sido necesario escribir para exhortarles a que contiendan eficazmente por la
fe que fue entregada una vez a los santos.
JUDAS 3
P
“¿ or qué quieres escribir otro libro acerca de la ‘salvación de señorío’?”,
me preguntó hace poco un amigo. “¿No se ha tratado ya el tema hasta la
saciedad?”.
Reconozco que una parte de mí refleja ese mismo sentimiento. Al principio
no tenía intenciones de escribir una secuela de El evangelio según Jesucristo
porque ese libro había llevado varios años de preparación y cuando por fin lo
terminé ya estaba deseando pasar a otra cosa. Aunque seguía sintiendo que
quedaba mucho más por decir, estaba satisfecho porque el libro cubría el
tema debidamente y no pretendía situarme en el centro de un debate sin fin.
Por encima de todo, no quería que la controversia de “la salvación de
señorío” se transformara en el punto principal de mi ministerio.
Eso fue hace cinco años, y hoy siento algo similar a lo que Judas debió
haber sentido cuando puso por escrito el versículo citado más arriba: un
urgente impulso en lo más profundo de mi alma me empuja a decir más.
¿De verdad es un tema tan importante?
Uno de los motivos principales para mi preocupación tiene que ver con
algunos errores populares que enturbian toda la controversia. La “salvación
de señorío” se ha transformado en el tema teológico del que más se habla
pero que menos se comprende en el cristianismo evangélico: casi todos
parecen conocer el debate, pero pocos comprenden realmente sus contenidos.
Aunque es fácil encontrar fuertes opiniones en ambos sentidos, llegar a
encontrar personas con una comprensión genuina ya es otro asunto. Muchos
consideran que todo se trata de un conflicto superficial y que la iglesia se
haría un favor a sí misma si la cuestión se diera por olvidada. Un líder
cristiano muy conocido me dijo que había evitado deliberadamente leer todo
libro referente al tema porque no quería verse forzado a elegir un bando; otro
me comentó que este asunto promovía una división innecesaria.
Sin embargo, no se trata de una superficialidad teológica, pues la manera en
que proclamamos el evangelio tiene ramificaciones eternas para los no
cristianos y define quiénes somos como cristianos. La cuestión del señorío
tampoco es un problema teórico ni hipotético, pues plantea preguntas
fundamentales que tienen repercusiones en el nivel más práctico de la vida
cristiana.
¿De qué manera deberíamos proclamar el evangelio? ¿Presentaremos a
Jesús a los no creyentes como Señor o solamente como Salvador? ¿Cuáles
son las verdades esenciales del mensaje del evangelio? ¿Qué significa ser
salvo? ¿Cómo puede una persona saber si su fe es real? ¿Podemos tener
seguridad absoluta en cuanto a nuestra salvación? ¿Qué tipo de
transformación se produce al nacer de nuevo? ¿De qué manera explicamos el
pecado en la vida cristiana? ¿Hasta qué punto puede llegar a pecar un
cristiano? ¿Cuál es la relación entre la fe y la obediencia? Cada área de la
vida cristiana se ve afectada por una o más de estas preguntas.
Por supuesto eso no significa que la discusión en cuanto al señorío sea
absolutamente pragmática, ya que cierto número de doctrinas cruciales han
surgido del debate: el dispensacionalismo, la elección, el ordo salutis (“orden
de la salvación”), la relación entre la santificación y la justificación, la
seguridad eterna, la perseverancia de los santos, etc.
No te dejes intimidar porque posiblemente no reconozcas inmediatamente
algunos de estos términos o no seas capaz de definirlos todos, pero si eres
cristiano cada uno de ellos es importante para ti, de modo que deberías tener
una comprensión básica de lo que significan y de qué relación tienen con la
Biblia y con el mensaje del evangelio. La sana doctrina no es algo de dominio
exclusivo de los profesores de seminario, sino que todos los cristianos
verdaderos deben preocuparse por comprenderla. La doctrina es la disciplina
de discernir y digerir lo que Dios nos está diciendo para que nuestras vidas lo
glorifiquen, además de conformar el sistema de convicciones que controla e
impulsa el comportamiento. ¿Qué cosa podría ser más práctica o importante?
Tengamos esta perspectiva en mente al considerar este tema tan
controvertido. ¿Tenemos desacuerdos acerca de asuntos doctrinales?
Fijémonos juntos en lo que dice la Palabra de Dios. Los sistemas teológicos,
las polémicas, las retóricas elegantes o la grandilocuencia y la bravuconería
pueden ser capaces de persuadir a algunos, pero no a los que procuran
conocer la mente de Dios, cuya verdad es revelada en su Palabra, y es allí
donde debemos encontrar solución para este o cualquier otro asunto doctrinal.
¿En qué consiste la “salvación de señorío”?
El llamado a la fe del evangelio presupone que los pecadores deben
arrepentirse de sus pecados y someterse a la autoridad de Cristo. Eso es lo
que enseña, en una sola oración, la “salvación de señorío”.
No me gusta la expresión “salvación de señorío” y rechazo la connotación
que quisieron darle quienes la acuñaron, pues insinúa que un corazón sumiso
es algo ajeno o suplementario a la fe salvadora. Aunque he utilizado la frase a
regañadientes para expresar mi punto de vista, se trata de una concesión al
uso popular. La sujeción al señorío de Jesús no constituye un apéndice a las
condiciones bíblicas para la salvación, sino que la invitación al sometimiento
se encuentra en el corazón de la invitación del evangelio a lo largo de toda la
Biblia.
A los críticos de la salvación de señorío les gusta acusarnos de enseñar un
sistema de justificación basada en las buenas obras, pero nada más lejos de la
verdad. A pesar de haberme esforzado por dejar este concepto lo más claro
que fuera posible en El evangelio según Jesucristo, aún existen críticos que
continúan lanzando esa acusación. Otros se han imaginado que estoy
promoviendo una doctrina nueva o modificada de la salvación que desafía las
enseñanzas de los reformadores o redefine radicalmente la fe en Cristo,
aunque por supuesto mi propósito es todo lo contrario.
Así que permíteme intentar expresar los puntos cruciales de mi posición de
la manera más clara posible. Estos artículos de fe son fundamentales para
toda la enseñanza evangélica:
La muerte de Cristo en la cruz hizo efectivo el pago completo por
nuestros pecados y compró la salvación eterna. Su sacrifico expiatorio
permite que Dios justifique a los pecadores libremente, sin
comprometer la perfección de la justicia divina (Rom. 3:24-26). Su
resurrección de entre los muertos declara su victoria sobre el pecado y
la muerte (1 Cor. 15:54-57).
La salvación es por gracia, por medio de fe únicamente en el Señor
Jesucristo, nada más ni nada menos (Efe. 2:8, 9).
Los pecadores no pueden ganarse la salvación ni el favor de Dios
(Rom. 8:8).
Dios no exige obras preparatorias ni mejoras personales como
prerrequisito para la salvación (Rom. 10:13; 1 Tim. 1:15).
La vida eterna es un regalo de Dios (Rom. 6:23).
Los creyentes son completamente salvos y justificados antes de que su
fe llegue a producir una sola obra justa (Efe. 2:10).
Los cristianos pueden pecar, y de hecho lo hacen (1 Jn. 1:8, 10). Hasta
los cristianos más fuertes experimentan una lucha constante e intensa
contra el pecado en la carne (Rom. 7:15-24). Los verdaderos
cristianos algunas veces cometen terribles pecados, tal como David
hizo en 2 Samuel 11.
Además de estas verdades, creo que la Biblia enseña asimismo que:
El evangelio llama a los pecadores a la fe al mismo tiempo que al
arrepentimiento (Hech. 2:38; 17:30; 20:21; 2 Ped. 3:9), el cual
consiste en apartarse del pecado (Hech. 3:19; Luc. 24:47). El
arrepentimiento no es una obra sino una dádiva de la gracia de Dios
(Hech. 11:18; 2 Tim. 2:25), un cambio de corazón que cuando es
verdadero también va a producir un cambio de comportamiento (Luc.
3:8; Hech. 26:18-20).
La salvación es toda obra de Dios, de modo que los que creen son
salvos sin absolutamente ningún esfuerzo por su parte (Tito 3:5).
Hasta la fe es un don de Dios y no obra del hombre (Efe. 2:1-5, 8), así
que la fe verdadera no puede ser defectuosa ni de corta duración, sino
que permanece para siempre (Fil. 1:6, cf. Heb. 11).
El objeto de la fe es el propio Cristo, no un simple credo o promesa
(Juan 3:16), de modo que la fe implica un compromiso personal con él
(2 Cor. 5:15). En otras palabras, todos los creyentes verdaderos siguen
a Jesús (Juan 10:27, 28).
La fe verdadera produce inevitablemente una vida transformada (2
Cor. 5:17) y la salvación incluye la transformación del ser interior
(Gál. 2:20). La naturaleza del cristiano es diferente y nueva (Rom.
6:6) porque el inquebrantable patrón del pecado y la enemistad contra
Dios no continúan cuando una persona es nacida de nuevo (1 Juan 3:9,
10).
El “don de Dios”, la vida eternal (Rom. 6:23), incluye todo lo
referente a la vida y la santidad (2 Ped. 1:3; Rom. 8:32), no se reduje a
un pasaje al cielo.
Jesús es el Señor y la fe que demanda implica una consagración
absoluta (Rom. 6:17, 18; 10:9, 10), por eso no les otorga vida eterna a
aquellos cuyos corazones perseveran en su actitud en contra de él
(Stg. 4:6).
Los que verdaderamente creen amarán a Cristo (1 Ped. 1:8, 9; Rom.
8:28-30; 1 Cor. 16:22) y por tanto anhelarán obedecerlo (Juan 14:15,
23)
La conducta es una prueba importante de la fe de una persona y la
obediencia es una evidencia de que esta es auténtica (1 Jn. 2:3). Por
otra parte, aquellos que siguen adelante sin querer obedecer a Cristo
no demuestran una fe verdadera (1 Jn. 2:4).
Los verdaderos creyentes pueden tropezar y caer, pero perseverarán
en la fe (1 Cor. 1:8). Los que después se alejen del Señor demuestran
que en realidad nunca habían nacido de nuevo (1 Jn. 2:19).
Esta es mi posición en cuanto a la “salvación de señorío”, de modo que
cualquier persona que suponga que me motivan otros propósitos habrá
malinterpretado lo que digo.
¿Radicalidad u ortodoxia?
Muchos cristianos reconocerán que los puntos que he mencionado no son
ideas nuevas ni radicales. La mayoría de cristianos que creen en la Biblia ha
establecido a través de los siglos estos principios como básicos para la
ortodoxia: son, por ejemplo, preceptos doctrinales comunes y corrientes
presentes en todos los grandes credos reformados y calvinistas; aunque
nuestros hermanos wesleyanos pueden estar en desacuerdo con unos pocos
puntos, la mayoría de ellos afirmaría rápidamente que el señorío de Cristo se
encuentra en el corazón del mensaje del evangelio1. Ningún movimiento
ortodoxo de importancia en la historia del cristianismo ha enseñado jamás
que los pecadores pueden despreciar el señorío de Cristo y aun así
proclamarlo como Salvador.
En realidad, el evangelio del no señorío es algo que se desarrolló hace
relativamente poco y aunque la mayoría de los que defienden la perspectiva
del no señorío escriben y hablan como si sus enseñanzas representaran el
flujo evangélico histórico, esto no es así. Exceptuando un círculo de pastores,
autores y conferencistas norteamericanos, prácticamente no existen líderes
eclesiásticos en el mundo que defiendan la doctrina del no señorío como
ortodoxa. Hasta hace poco tiempo, en Europa Oriental y la antigua Unión
Soviética, por ejemplo, a una persona ser cristiano le podía llegar a costar
todo; allí la idea de la fe sin compromisos es impensable. En Inglaterra y el
resto de Europa, los líderes cristianos que he conocido condenan la enseñanza
del no señorío como una aberración americana, algo que también se aplica a
otros puntos del planeta con los que estoy familiarizado.
Esto no quiere decir que la enseñanza del no señorío no represente un
desafío fuera de los Estados Unidos, pues durante las últimas tres décadas los
tratados evangelísticos, los manuales que enseñan cómo dar testimonio, los
programas radiales y televisivos y otros medios de comunicación han
transmitido el mensaje del no señorío hasta los últimos rincones del planeta.
El llamado “evangelio de la fe simple” (sin arrepentimiento, consagración,
compromiso o vida transformada) ha tenido una influencia muy negativa en
el vocabulario del evangelismo. Como la terminología del no señorío
(“acepte a Jesús como Salvador” ahora, “hágalo Señor” más adelante) se ha
vuelto familiar y cómoda, las ideas de muchos cristianos acerca del
evangelismo se han vuelto confusos. ¿Supone sorpresa alguna que los
cristianos auténticos se confundan si hay tantos promotores de la salvación
del no señorío que lanzan descaradamente acusaciones de cargos por herejía
contra los que se oponen a sus enseñanzas? ¿Qué sistema representa la
ortodoxia verdadera?
¿Qué enseña el “evangelio de la negación del señorío”?
Elaboré una lista de dieciséis creencias de la salvación de señorío y las
primeras siete son principios que todo defensor importante del no señorío
también sostendría:
La muerte de Cristo nos compró la salvación eterna.
Los salvos son justificados por medio de fe únicamente en Cristo.
Los pecadores no pueden ganarse el favor divino.
Dios no exige obras preparatorias ni una reforma previa a la salvación.
La vida eterna es un don.
Los creyentes son salvos antes de que su fe produzca obra justa
alguna.
Los cristianos pecan, algunas veces de manera terrible.
Hasta aquí todos estamos de acuerdo. Los que apoyan la posición del no
señorío, sin embargo, difieren dramáticamente de la salvación de señorío en
los siguientes nueve puntos, enseñando en su lugar lo siguiente:
El arrepentimiento es un cambio de mente acerca de Cristo (USTG)2.
En el contexto de la invitación del evangelio, arrepentimiento es
simplemente un sinónimo de fe (USTG). Volverse del pecado no es un
requisito para la salvación (USTG).
Todo lo referente a la salvación, incluyendo la fe, es un don de Dios
(USTG), pero puede ocurrir que la fe no dure mucho o que un
verdadero cristiano deje de creer por completo (USTG).
La fe salvadora consiste simplemente en ser convencido por la verdad
del evangelio o en darle crédito (USTG). Es la confianza en que Cristo
puede eliminar la culpa y otorgar vida eterna, no un compromiso
personal con él (USTG).
Es inevitable que haya cierto fruto espiritual en la experiencia de cada
cristiano. Este, sin embargo, podría no resultar visible para los demás
(USTG). Los cristianos incluso pueden caer en un estado de
esterilidad espiritual permanente (USTG).
En esta vida los creyentes solo tienen garantizados los aspectos
judiciales de la salvación, como la justificación, la adopción, la
justicia imputada y la santificación posicional (USTG). La
santificación práctica y el crecimiento en gracia requieren de un acto
de dedicación posterior a la conversión3.
El sometimiento a la suprema autoridad de Cristo como Señor no es
inherente a la transacción de la salvación (USTG), como tampoco lo
es la consagración o la disposición de consagrarse a Cristo (USTG).
Las nuevas de que Cristo murió por nuestros pecados y se levantó de
entre los muertos constituyen el evangelio completo y para la
salvación no hace falta creer en nada más (USTG).
Los cristianos pueden caer en un estado de carnalidad vitalicia, toda
una categoría de “cristianos carnales” (personas nacidas de nuevo que
viven continuamente como personas no salvas) que existe en la iglesia
(USTG).
La desobediencia y el pecado prolongado no son motivos para dudar
de la realidad de la fe de una persona (USTG).
Un creyente puede rechazar a Cristo por completo y llegar al punto de
no creer. Dios ha garantizado que no desconocerá a aquellos que
abandonen la fe (USTG) y que los que una vez creyeron están seguros
para siempre, aún si se apartan (USTG).
Algunos de los defensores más radicales de la doctrina del no señorío no se
detienen aquí, sino que además estipulan que:
El arrepentimiento no es esencial al mensaje del evangelio ni tiene
relación alguna con la fe que salva (CL)4.
La fe es un acto humano, no un don de Dios (CL). Sucede en un
momento decisivo, pero no continúa necesariamente (CL). La fe
verdadera puede desviarse, superarse, desmoronarse o aun convertirse
en incredulidad (CL).
“Creer” para salvación es creer en los hechos del evangelio (CL).
“Confiar en Jesús” significa creer en los “hechos salvadores”
referentes a él (CL), y creer en esos hechos es apropiarse del don de la
vida eterna (CL). Los que añaden alguna sugerencia de compromiso
se han apartado del concepto neotestamentario de salvación (CL).
El fruto espiritual no está garantizado en la vida cristiana (CL), por
eso algunos cristianos pasan sus vidas en un territorio estéril de
fracaso, confusión y toda forma de maldad (CL).
A los creyentes se les garantiza el cielo (CL) pero no la victoria
cristiana (CL): se podría llegar a decir que “los salvos” siguen
necesitando salvación (CL). Cristo ofrece una amplia gama de
experiencias de liberación posteriores a la conversión a fin de suplir lo
que les falta a los cristianos (CL), pero estas otras “salvaciones”
necesitan además obras humanas como la obediencia, el sometimiento
y la confesión de Jesús como Señor (CL). Así pues, Dios depende
hasta cierto punto del esfuerzo humano para producir la liberación del
pecado en esta vida (CL).
La sujeción no es en ningún sentido una condición para la vida eterna
(CL). “Invocar al Señor” significa apelar a él, no someterse a él (CL).
Nada garantiza que el verdadero cristiano ame a Dios (CL). La
salvación ni siquiera coloca necesariamente al pecador en una buena
relación armoniosa de compañerismo con Dios (CL).
Si las personas están seguras de que creen, su fe debe ser auténtica
(CL). A todos los que invocan a Cristo por la fe como Salvador (aun
aquellos involucrados en pecados serios y prolongados) se les debe
asegurar que pertenecen a Dios sin importar lo que suceda (CL).
Cuestionar la salvación de los cristianos que la profesan es peligroso y
destructivo (CL); los escritores del Nuevo Testamento nunca
cuestionaron la realidad de la fe de sus lectores (CL).
Es posible experimentar un momento de fe que garantice el cielo y la
eternidad (CL) y luego alejarse permanentemente y vivir una vida
completamente estéril de todo fruto espiritual (CL). Los verdaderos
creyentes incluso podrían dejar de pronunciar el nombre de Cristo o
confesar el cristianismo.
El Apéndice 1 es un cuadro en el que se muestran en paralelo las
diferencias y similitudes de estos diferentes puntos de vista.
¿Qué hay en realidad en el corazón
del debate sobre el señorío?
Debería ser obvio que estas son diferencias doctrinales reales y que la
controversia del señorío no es un desacuerdo semántico: los participantes en
este debate sostienen perspectivas ampliamente diferentes.
Sin embargo, los conceptos a menudo se han visto complicados por
distracciones semánticas, interpretaciones distorsionadas de la enseñanza del
señorío, lógica corrupta y una retórica que apela a las emociones. Muchas
veces resulta más fácil tergiversar un punto que responder a él, y
lamentablemente ese es el estilo al que muchos han recurrido, a pesar de que
lo único que se ha logrado ha sido confundir los verdaderos conceptos.
Permíteme por favor tratar algunas de las falacias más problemáticas que
han ensombrecido la comprensión y resolución de la cuestión del señorío.
La controversia del señorío no es una disputa sobre si la salvación es
solamente por la fe o por la fe más obras
Ningún cristiano verdadero sugeriría que las obras tienen que ser añadidas a
la fe para asegurar la salvación, ningún intérprete coherente de la Biblia
propondría que los esfuerzos humanos o las obras de la carne puedan ser
meritorias, dignas de honor o recompensa de parte de Dios5.
La controversia del señorío es un desacuerdo acerca de la naturaleza de la
fe verdadera. Los que quieren eliminar el señorío de Cristo del evangelio ven
la fe como una simple confianza en una serie de verdades acerca de él y la fe,
tal como la describen, es una mera apropiación personal de la promesa de la
vida eterna. La Biblia describe la fe como algo más que eso: una confianza
personal de todo corazón en Cristo (por ej., Gál. 2:16; Fil. 3:9) que no es
simplemente fe sobre él, sino fe en él. Fíjate en la diferencia: si yo digo que
creo alguna promesa que me hayas hecho, estaría diciendo mucho menos que
si dijera que confío en ti. Creer en una persona implica necesariamente algún
grado de compromiso, de modo que confiar en Cristo supone ubicarse bajo su
custodia, tanto para vida como para muerte; supone apoyarse en su consejo,
confiar en su bondad y entregarse por el tiempo y la eternidad a su cuidado.
La fe verdadera, la fe que salva, es todo lo que soy (mente, emociones y
voluntad) aferrándose a todo lo que él es (Salvador, Abogado, Proveedor,
Sustentador, Consejero y Señor Dios).
Las personas que tienen esa fe amarán a Cristo (Rom. 8:28; 1 Cor. 16:22; 1
Jn. 4:19) y, por tanto, querrán hacer su voluntad. ¿Cómo podría alguien que
cree en Cristo continuar desafiando su autoridad y buscando lo que él
aborrece? En este sentido, así pues, el asunto crucial de la salvación de
señorío no es simplemente la autoridad y la sumisión sino los sentimientos
del corazón. Jesús, como Señor, es mucho más que una mera figura de
autoridad: también es nuestro tesoro más valioso y nuestra compañía más
preciosa, y le obedecemos por puro deleite.
Así que el evangelio exige sometimiento no solamente por una cuestión de
autoridad, sino porque este sometimiento es el supremo gozo del creyente; no
es un añadido ajeno a la fe, sino que es la misma esencia de nuestra
convicción.
La salvación de señorío no enseña que los verdaderos cristianos sean
perfectos ni libres de pecado
El hecho de que nos comprometamos con Cristo de todo corazón no quiere
decir que nunca desobedeceremos o que tendremos vidas perfectas, pues los
vestigios de nuestra carne pecaminosa hacen inevitable que muchas veces
hagamos lo que no queremos (Rom. 7:15). Sin embargo, el compromiso con
Cristo significa que la obediencia, más que la desobediencia, será nuestra
marca distintiva; Dios lidiará con el pecado en nuestras vidas y nosotros
responderemos a su castigo amoroso volviéndonos más santos (Heb. 12:5-
11). Me esforcé para que este punto quedara claro en El evangelio según
Jesucristo, al escribir por ejemplo lo siguiente (p. 239): “Los que tienen
verdadera fe caen, y en algunos casos con frecuencia, pero un creyente
auténtico, como norma de vida, confiesa sus pecados y acude al Padre en
busca de perdón (1 Jn. 1:9)”.
Sin embargo, unos pocos críticos han intentado presentar la salvación de
señorío como una forma de perfeccionismo mal disimulada. Un estimado
hermano (muy conocido en el mundo de la radio cristiana) me escribió para
sugerirme que los comentarios calificativos del libro como el que acabo de
citar son, en realidad, inconsistentes con la posición que siempre he
mantenido y asumió que eran “descargos de responsabilidad” añadidos por
un editor que intentaba “bajarle el tono” a mi libro. Es evidente que su
conjetura era que mi verdadera intención consistía en enseñar la perfección
libre de pecado como prueba de la salvación genuina: no había entendido
para nada el concepto.
Por supuesto que los cristianos pecan, desobedecen y fallan: todos nos
hemos quedado sin alcanzar la perfección en esta vida (Fil. 3:12-15); “Todos
ofendemos en muchas cosas” (Stg. 3:2); hasta los cristianos más maduros y
espirituales ven “oscuramente por medio de un espejo” (1 Cor. 13:12);
nuestras mentes necesitan una renovación constante (Rom. 12:2). Sin
embargo, eso no invalida la verdad de que la salvación, en un sentido real,
nos hace justos en la práctica: la misma epístola que describe el
aborrecimiento y la batalla del cristiano con el pecado (Rom. 7:8-24) dice
primero que los creyentes son libres del pecado y esclavos de la justicia
(6:18); el mismo apóstol que escribió que “si decimos que no tenemos
pecado, nos engañamos a nosotros mismos” (1 Jn. 1:8), más adelante escribió
que “Todo aquel que permanece en él no continúa pecando” (3:6); en un
lugar dice que “si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso y
su palabra no está en nosotros” (1:10) y en otro que “Todo aquel que ha
nacido de Dios no practica el pecado porque la simiente de Dios permanece
en él” (3:9).
Existe una verdadera paradoja (mas no inconsistencia) en esas verdades, ya
que todos los cristianos pecan (1 Jn. 1:8), pero todos los cristianos también
obedecen: “En esto sabemos que nosotros lo hemos conocido: en que
guardamos sus mandamientos” (1 Jn. 2:3). El pecado y la carnalidad siguen
estando presentes en las vidas de todos los creyentes (Rom. 7:2), pero no
pueden ser el distintivo del carácter de la persona (Rom. 6:22).
La Biblia confirma clara y reiteradamente el punto de vista del señorío a
este respecto: “Amado, no imites lo que es malo sino lo que es bueno. El que
hace lo bueno procede de Dios, pero el que hace lo malo no ha visto a Dios”
(3 Jn. 11). Aunque esto habla de dirección y no de perfección, establece
claramente la conducta como una prueba de la realidad de la fe.
El papel del pecador en la salvación no es el tema principal de la
controversia del señorío
El corazón del debate tiene que ver con cuánto hace Dios para redimir a los
elegidos.
¿Qué sucede en la regeneración? ¿De verdad nace de nuevo el pecador que
cree (Juan 3:3, 7; 1 Ped. 1:3, 23)? ¿Está realmente muerto nuestro viejo yo,
“crucificado... a fin de que ya no seamos esclavos del pecado” (Rom. 6:6)?
¿Son los creyentes realmente “participantes de la naturaleza divina” (2 Ped.
1:4)? ¿Es cierto que “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas
viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17)? ¿Podemos
decir de verdad que “una vez libertados del pecado, [hemos] sido hechos
siervos de la justicia” (Rom. 6:18)?
La salvación de señorío dice que sí.
Este es, al fin y al cabo, el verdadero sentido de la redención: “A los que
antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la
imagen de su Hijo” (Rom. 8:29). ¿Comienza en esta vida esa obra
conformadora de Dios, la santificación? Una vez más, la salvación de señorío
dice que sí.
Las Escrituras manifiestan su acuerdo: “Todos nosotros, mirando a cara
descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de
gloria en gloria en la misma imagen” (2 Cor. 3:18). Aunque “aún no se ha
manifestado lo que seremos”, sigue siendo absolutamente cierto que “cuando
él sea manifestado, seremos semejantes a él... Y todo aquel que tiene esta
esperanza en él se purifica a sí mismo, como él también es puro” (1 Jn. 3:2,
3).
Es más: “Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a
estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó” (Rom.
8:30). Fíjate que la participación de Dios en la salvación comienza con la
elección y culmina en la gloria y que entre ambas cada aspecto del proceso
redentor es obra suya, no del pecador. Dios no pondrá fin al proceso ni
omitirá ninguno de sus aspectos.
Tito 3:5 es claro: la salvación es (toda ella) “no por las obras de justicia que
nosotros hubiéramos hecho”; es la obra de Dios, hecha “según su
misericordia”. No se trata de una mera transacción declaratoria que nos
asegura un lugar en el cielo, aunque deja al pecador cautivo del pecado, sino
que implica la transformación de la disposición, de la naturaleza misma,
también “por medio del lavamiento de la regeneración y de la renovación del
Espíritu Santo”.
La cuestión no es si somos salvos por gracia, sino la manera en que la
gracia obra en la salvación
A los defensores del no señorío les encanta mostrarse como los máximos
defensores de la gracia, aunque la caracterizan como algo anémico, lo cual
contradice su razón de ser: la gracia de Dios es una dinámica espiritual que
opera en las vidas de los redimidos, “enseñándonos a vivir de manera
prudente, justa y piadosa en la edad presente, renunciando a la impiedad y a
las pasiones mundanas” (Tito 2:12); la verdadera gracia es mucho más que
una inmensa liquidación de temporada que nos abre la puerta del cielo para el
dulce mañana, pero que nos deja nadando en el pecado aquí y ahora; la gracia
es Dios mismo actuando en este momento en nuestras vidas, y es por ella que
“somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras
que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efe. 2:10);
por gracia él “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda
iniquidad y purificar para sí mismo un pueblo propio, celoso de buenas
obras” (Tito 2:14).
Esa obra continuada en la vida del cristiano es al mismo tiempo tanto
certidumbre como justificación, glorificación o cualquier otro aspecto de la
obra redentora: “Estando convencido de esto: que el que en ustedes comenzó
la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Fil. 1:6). La
salvación es enteramente obra de Dios, quien finaliza lo que comienza. Su
gracia es suficiente y potente, no puede ser ineficaz en sentido alguno. Una
“gracia” que no afecta el comportamiento de la persona no es la gracia de
Dios.
El arrepentimiento no es gravitante para el evangelio
¿Qué es el evangelio, a fin de cuentas, sino un llamado al arrepentimiento
(Hech. 2:38; 3:19; 17:30)? En otras palabras, exige que los pecadores decidan
un cambio, que dejen de transitar en un sentido para darse la vuelta y dirigirse
en sentido opuesto (1 Tes. 1:9). Las invitaciones evangelísticas de Pablo
siempre exigen arrepentimiento: “Dios... manda a todos los hombres, en
todos los lugares, que se arrepientan” (Hech. 17:30). Así es como Pablo
describió su propio ministerio y mensaje: “No fui desobediente a la visión
celestial. Más bien, primeramente a los que estaban en Damasco, y en
Jerusalén y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, les he proclamado que
se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras dignas de
arrepentimiento” (Hech. 26:19, 20, énfasis añadido). El arrepentimiento es lo
que conduce a la vida (Hech. 11:18) y al conocimiento de la verdad (2 Tim.
2:25), así que la salvación es imposible sin él.
Los defensores de la posición del no señorío a menudo sugieren que la
predicación del arrepentimiento le agrega algo a la doctrina bíblica de la
salvación por gracia solamente por medio de la fe.
Pero la fe presupone el arrepentimiento. ¿Cómo podrían los enemigos
mortales de Dios (Rom. 5:10) creer sinceramente en su Hijo sin arrepentirse?
¿De qué manera podría alguien aferrarse a la verdad de la salvación del
pecado y sus consecuencias a menos que también entienda de verdad y
aborrezca lo que este es? El sentido de la fe es que confiamos en que Cristo
nos libra del poder y el castigo del pecado, así que los pecadores no pueden
llegar a la fe sincera sin pasar por un completo cambio de corazón, un giro de
ciento ochenta grados del entendimiento, los sentimientos y la voluntad. En
eso consiste el arrepentimiento: no se trata de un añadido a la invitación del
evangelio, sino que es precisamente lo que demanda el evangelio. Nuestro
propio Señor describió su misión más importante como la de llamar a los
pecadores al arrepentimiento (Mat. 9:13).
Muchas veces hablamos de la experiencia de salvación como “conversión”,
que es terminología bíblica (Mat. 18:3; Juan 12:40; Hech. 15:3). La
conversión y el arrepentimiento son términos muy relacionados: la
conversión sucede cuando un pecador se vuelve a Dios en fe y
arrepentimiento, es un giro completo, un cambio absoluto de dirección moral
y volitiva. Este cambio radical es la respuesta a la que llama el evangelio,
independientemente de que la invitación a los pecadores sea a “creer”,
“arrepentirse” o “convertirse”: lo uno involucra lo otro.
Si alguien se está alejando de ti y le dices “ven acá”, no es necesario
aclararle “da la vuelta y ven” porque el giro está incluido en la dirección
propuesta. De igual manera, cuando el Señor dice “ven a mí” (Mat. 11:28) la
media vuelta del arrepentimiento está incluida. En ninguna parte de la Biblia
aparece un llamado evangelístico que no implique al menos la necesidad de
arrepentimiento. Nuestro Señor no le ofrece nada a los pecadores
impenitentes (Mat. 9:13; Mar. 2:17; Luc. 5:32).
Otra vez, el arrepentimiento no es una obra humana: Jesús dijo que “Nadie
puede venir a mí a menos que el Padre que me envió lo traiga” (Juan 6:44),
de modo que Dios es el que provoca el arrepentimiento (Hech. 11:18; 2 Tim.
2:5). El arrepentimiento no es una mejora personal previa a la salvación, una
cuestión de expiación por el pecado o de hacer restitución antes de volverse a
Cristo por fe, sino un giro interno para alejarse del pecado y dirigirse hacia
Cristo. Aunque no es en sí misma una “obra” realizada por el pecador, el
arrepentimiento auténtico ciertamente producirá como fruto inevitable buenas
obras (Mat. 3:8).
La controversia de la salvación de señorío no afecta a toda la iglesia
Dada la publicidad otorgada al debate acerca del señorío durante los
últimos cinco años, podría darnos la impresión de que el movimiento
evangélico mundial se encuentra dividido en cuanto a estos temas. Aunque,
como ya he señalado antes, la teología moderna del no señorío es más que
nada un fenómeno norteamericano, es cierto que ha sido exportada a algunas
partes del mundo a través de misioneros y otras personas que han sido
educadas en instituciones estadounidenses, pero no conozco líderes cristianos
relevantes fuera de los Estados Unidos que se hayan dedicado a defender la
perspectiva del no señorío con argumentos doctrinales.
Para ser aún más específicos, la controversia moderna en cuanto al señorío
es más que nada una disputa entre dispensacionalistas (el Apéndice 2 explica
el dispensacionalismo y la razón por la que se encuentra en el corazón del
debate por el señorío). Sin entrar ahora mismo en una discusión técnica sobre
teología, permíteme simplemente observar que una de las ramas del
movimiento dispensacionalista ha desarrollado y defendido la doctrina del no
señorío y que su influencia en el mundo evangélico ha sido muy amplia.
Como la controversia del señorío ha sido debatida en programas de radio y
otros medios populares, ha comenzado a parecer un conflicto monumental
que amenaza con dividir gravemente el protestantismo cristiano, pero lo
cierto es que solo hay una rama del dispensacionalismo que se ha levantado
para defender la perspectiva del no señorío.
¿Quiénes son los defensores del dispensacionalismo del no señorío? Casi
todos pertenecen a la tradición que tiene sus raíces en las enseñanzas de
Lewis Sperry Chafer (en el Apéndice 2 voy a mostrar que el doctor Chafer es
el padre de la enseñanza moderna del no señorío) y casi todas las figuras
prominentes de este bando descienden de su linaje espiritual. Aunque Chafer
no inventó ni originó ninguno de los elementos clave de la enseñanza del no
señorío, codificó el sistema dispensacionalista sobre el que se apoya toda la
doctrina contemporánea de la misma. Ese sistema es el nexo que une a
aquellos que intentan defender la doctrina del no señorío con argumentos
doctrinales.
Las epístolas del Nuevo Testamento no presentan un evangelio diferente del
predicado por el mismo Jesús
Una de las características del tipo de dispensacionalismo del doctor Chafer
fue la manera en que dividió el Nuevo Testamento y determinadas
enseñanzas de Cristo. Como veremos en el Apéndice 2, Chafer creía que
muchos de los sermones e invitaciones evangelísticos de nuestro Señor
fueron dirigidos a personas de otra dispensación, por eso contrastó las
“enseñanzas del reino” de Jesús y sus “enseñanzas de la gracia”: según
Chafer, solamente las “enseñanzas de la gracia” pueden ser aplicadas
legítimamente a la era presente.
Muchos dispensacionalistas han abandonado esta línea de pensamiento,
pero algunos siguen sin creer que el evangelio según Jesucristo sea relevante
para la discusión de la salvación de señorío. “Claro que Jesús enseñaba el
mensaje del señorío”, me escribió un hermano dispensa- cionalista de la vieja
guardia, “estaba predicándoles a personas bajo la ley. Bajo la gracia debemos
ser cuidadosos de predicar un mensaje de gracia, tenemos que predicar el
evangelio según los Apóstoles”.
Así que en el resto de este libro nos concentraremos en la predicación y
enseñanza de los Apóstoles, fijándonos especialmente en las enseñanzas del
apóstol Pablo, a fin de examinar lo que los Apóstoles enseñaron acerca de los
asuntos doctrinales clave en el debate del señorío: la fe, la gracia, el
arrepentimiento, la justificación, la santificación, el pecado, las obras, la
seguridad, la perseverancia y el mensaje del evangelio. Un hecho muy claro
va a salir a la luz: que el evangelio según Jesucristo es el mismo que el
evangelio según los Apóstoles. La fe que exige no es inactiva sino dinámica;
es una fe arrepentida, sometida, confiada y perseverante que obra.
1. Los wesleyanos creen, por ejemplo, que los creyentes verdaderos pueden
apartarse de la fe, pero por lo general enseñan que los que lo hacen pierden la
salvación. Su sistema no deja espacio alguno para “cristianos” que viven en
continua rebeldía contra Cristo.
2. A lo largo de este libro estaré utilizando la abreviatura USTG en referencia
al libro de Charles Ryrie So Great Salvation (Wheaton, IL: Victor, 1989),
publicado en español como Una salvación tan grande (Puebla: Eds. Las
Américas, 1990).
3. Charles C. Ryrie, Equilibrio en la vida cristiana, trad. José Flores Espinosa
y R. Mercedes de la Rosa (Grand Rapids, MI: Portavoz, 1996).
4. CL se refiere a “Completamente libre”, en referencia al libro de Zane
Hodges Absolutely Free! (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1989).
5. Sin embargo, curiosamente, la doctrina de la negación del señorío muchas
veces es asociada a la perspectiva que considera las obras posteriores a la
salvación como meritorias. Zane Hodges, por ejemplo, que es uno de sus
defensores, enseña que la vida eterna puede ser obtenida gratuitamente por la
fe, pero que la vida abundante de Juan 10:10 es una recompensa que puede
ser adquirida solamente por obras (CL).
Capítulo 3
SIN FE ES IMPOSIBLE AGRADAR A
DIOS
La fe es la aceptación de un don de manos de Cristo... Es algo maravilloso que
implica un cambio integral en la naturaleza del hombre, así como un nuevo
aborrecimiento del pecado y una nueva hambre y sed de justicia. Un cambio tan
maravilloso no es obra del hombre; la propia fe nos es dada por el Espíritu de
Dios. Los cristianos nunca se hacen cristianos a sí mismos, sino que es Dios quien
los hace así.
...Es bastante inconcebible que a un hombre se le dé esta fe en Cristo, que
acepte el don que él ofrece, y que todavía siga satisfecho en el pecado. Porque lo
que Jesús nos ofrece es justamente la salvación del pecado, no solamente la
salvación de la culpa por el pecado sino también la salvación del poder de este. Lo
que hace el cristiano entonces es guardar la ley de Dios, algo que no hace como
una manera de ganarse la salvación (porque la salvación le ha sido dada
gratuitamente por Dios) sino que la cumple con gozo como parte importante de la
propia salvación. La fe de la que habla Pablo es, como dice él mismo, una fe que
obra por medio del amor, el cual es el cumplimiento de la ley... La fe a la que se
refiere Pablo cuando habla de la justificación solamente por la fe es una fe que
obra.
J. GRESHAM MACHEN1
En el corazón del error de negar el señorío está la desastrosa confusión en
cuanto a la naturaleza de la fe, pues en esa enseñanza la fe es descrita como
algo inherentemente inerte y hasta antiético con respecto a las obras, la
obediencia y la sujeción a la voluntad de Dios. Los discípulos de la doctrina
de la negación del señorío tienen mucho que decir acerca de la fe, pues a fin
de cuentas la “fe sencilla” es el fundamento de todo su sistema.
Lamentablemente, la mayoría se apoya en definiciones incompletas de fe
(“estar convencido o dar crédito a algo o alguien”, USTG) y de creer
(“sostener que algo es verdadero”, USTG) y muchos son completamente
renuentes a explicar esos términos. Uno de ellos escribió: “En cualquier
esfera de la vida, excepto en la religión, no nos confundimos a nosotros
mismos con preguntas introspectivas acerca de la ‘naturaleza’ de nuestra fe...
Nosotros afirmamos rotundamente que las palabras españolas como ‘creer’ o
‘fe’ funcionan como equivalentes completamente adecuados para los
términos griegos correspondientes. No existe ningún residuo oculto de
significado en las palabras griegas, nada que no sea transmitido en sus
versiones normales en español”.
De ahí se deduce que un lector griego que encuentre las palabras “el que cree en
mí tiene vida eterna” comprenderá el término “creer” exactamente igual que
nosotros. Sin duda alguna el lector no entendería que esta palabra implica
sumisión, sujeción, arrepentimiento o alguna cosa semejante. Para estos lectores,
igual que para nosotros, “creer” significa “creer”.
Se trata sin duda de una de las presunciones de la teología moderna, al
presuponer que podemos redefinir términos como “creer” e “incredulidad” y
reemplazar sus significados con complicadas derivaciones. La confusión
producida por este tipo de proceso tiene una influencia generalizada en la iglesia
de nuestro tiempo (CL).
Estas declaraciones resumen la tesis del capítulo titulado “¡Fe significa ni
más ni menos que fe!”.
De acuerdo, supongamos que “fe” y “creer” sean equivalentes satisfactorios
de los términos griegos pistis (“fe, fidelidad”) y pisteuo (“creer, confiar”).
¿Qué dicen los diccionarios ingleses sobre la palabra fe?
El Oxford American Dictionary dice que la fe es “1. Dependencia o
confianza en una persona o cosa; 2. Creencia en una doctrina religiosa; 3. Un
sistema de creencias religiosas, la fe cristiana; 4. Lealtad, sinceridad”.
¡Espera un momento! ¿Lealtad, sinceridad? ¿Estaría la enseñanza de la
negación del señorío dispuesta a afirmar que esos son componentes de la fe
verdadera? ¿No quedaron esos conceptos específicamente excluidos de la
definición de fe según la negación del señorío?
Si nos fijamos ahora en el prestigioso Oxford English Dictionary (OED),
que contiene más de una página llena de significados para fe, esta se define
como “creencia, seguridad, confianza”; “creencia procedente de la confianza
en un testimonio o autoridad”; “deber de cumplir con la confianza de la
persona; lealtad debida a un superior, fidelidad; la obligación de una promesa
o compromiso; y “la cualidad de corresponder la confianza de alguien;
fidelidad, compromiso, lealtad”. El OED incluye incluso una definición
teológica:
Esa clase de fe (llamada específicamente fe salvadora o justificadora) por la cual
un pecador es justificado ante los ojos de Dios, según las enseñanzas del NT. La
definición difiere según el teólogo consultado (ver citas), pero el consenso general
es que se trata de una convicción que en la práctica está actuando en el carácter y
en la voluntad, y que está por tanto opuesta al mero asentimiento intelectual de
una fe religiosa (lo que a veces se conoce como fe especulativa).
¿Estaría de acuerdo con esas definiciones la doctrina de la negación del
señorío? Seguramente no, porque los defensores de la salvación con negación
del señorío redefinen fe precisamente para despojar a este término de
cualquier noción de lealtad, fidelidad, compromiso, sumisión, deber,
sometimiento, rendimiento y “cosas por el estilo”.
Así pues, los partidarios de la negación del señorío no encuentran apoyo
alguno al ampararse bajo el significado de la palabra fe en el idioma inglés
corriente. ¿Qué podríamos decir en cuanto a creer?
Según el OED, creer es un verbo que significa “tener confianza o fe en
(una persona) y, por consiguiente, depender de o confiar en (ella)”. Ese
diccionario observa que creer es un término derivado de raíces que significan
“tener en alta estima, valorar, considerar agradable o satisfactorio, estar
satisfecho”2.
Estar satisfecho con Cristo
Como viene casi directamente del diccionario, esa es honestamente una
mejor definición de “creer” que las propuestas por los partidarios de la
salvación con negación del señorío, ya que separa explícitamente el creer de
una mera aceptación de datos académicos y describe una fe que no puede
contraponerse al compromiso, la sumisión, el arrepentimiento, el deleite en el
Señor y “cosas por el estilo”.
En última instancia, sin embargo, donde tenemos que buscar la definición
de fe no es en el diccionario sino en la Biblia, donde se nos ha dado un
capítulo del Nuevo Testamento (Hebreos 11) con el expreso propósito de
definirla y describirla. El escritor de Hebreos nos dice precisamente qué es y
qué hace la fe, y con ello descubrimos que la fe expresada por la enseñanza
de la negación del señorío guarda poca similitud con aquello de lo que hablan
las Escrituras.
¿Qué es la fe?
Hebreos 11 comienza diciendo: “La fe es la constancia de las cosas que se
esperan, la comprobación de los hechos que no se ven. Por ella recibieron
buen testimonio los antiguos. Por la fe comprendemos que el universo fue
constituido por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo
que no se veía” (vv. 1-3).
Todo el capítulo trata de la supremacía y superioridad de la fe, además de
confrontar el fariseísmo del judaísmo del siglo I, el cual enseñaba que la
justicia, el perdón de los pecados y finalmente la salvación podían solamente
ser obtenidos por medio de un riguroso sistema de obras meritorias. La
tradición judía había desvirtuado la ley de Dios de tal manera que la mayoría
de los judíos la veían como la manera de ganarse el favor de él, por eso aún
después de que se les presentaran las verdades básicas acerca de Cristo,
algunos de los hebreos todavía no estaban dispuestos a abandonar su religión
basada en la justicia por obras.
La salvación por las obras es y siempre ha sido rechazada por Dios (cf.
Rom. 8:3; Gál. 2:16; Fil. 3:9; 1 Tim. 1:9), quien nunca ha redimido a una
persona por sus obras, sino siempre por su fe (cf. Gén. 15:6). “El justo por su
fe vivirá” (Hab. 2:4) no es una verdad confinada al Nuevo Pacto, tal como
deja claro Hebreos 11: comenzando con Adán el instrumento de Dios para la
salvación ha sido la fe, no las obras, las cuales son un subproducto de esta
pero nunca un medio para obtener la salvación.
Habacuc 2:4 es citado en el Nuevo Testamento en tres ocasiones (Romanos
1:17, Gálatas 3:11 y Hebreos 10:38): Romanos 1:17 explica el significado de
“el justo”; Gálatas es una especie de comentario acerca de la palabra “vivirá”;
y Hebreos 11 se sumerge en las profundidades de la frase «por su fe».
Habacuc 2:4 establece un puente desde Hebreos 10 y su gran tema de la
justificación por la fe. Los santos mencionados en el capítulo 11 son ejemplos
de personas que fueron justificadas por la fe y que vivieron por la fe, que es
tanto el camino a la vida como el camino para vivir. La fe es el único camino
y sin ella nadie puede agradar a Dios (v. 6).
¿Qué es la fe? “La fe es la constancia de las cosas que se esperan, la
comprobación de los hechos que no se ven” (11:1). Este versículo es un
pareado típico de la poesía hebrea que define la fe en dos frases paralelas y
prácticamente idénticas. No se propone ser una definición teológica
completa, aunque todos los elementos cruciales que resumen la doctrina
bíblica de la fe son sugeridos tanto por este versículo como por los ejemplos
de fe que se mencionan a continuación.
La fe es la constancia de las cosas que se esperan
La fe transporta las promesas de Dios al tiempo presente; en otras palabras,
la auténtica fe le toma la Palabra a Dios implícitamente. La fe es una
confianza sobrenatural en (y por tanto dependencia de) Aquel que hizo las
promesas y no una esperanza incierta en algo que podría llegar a ocurrir en
un vago e indefinido mañana. Es una confianza que trae una absoluta certeza
aquí y ahora de “las cosas que se esperan”.
La palabra traducida como “constancia” (del griego hypostasis), aparece en
Hebreos en dos ocasiones más: en 1:3 se traduce como “naturaleza” en la
frase “la expresión exacta de su naturaleza” al hablar de la semejanza de
Cristo con el Padre; en 3:14 la palabra es “confianza” (algo parecido a lo que
encontramos en 11:1) y se refiere a la esencia, la substancia, el contenido real
(la realidad a diferencia de las meras apariencias). Hypostasis es una palabra
que se compone de stasis (“estar de pie”) y hypo (“debajo”) que se refiere al
fundamento o terreno sobre el que algo es edificado. Un diccionario griego
observa que la palabra hypostasis era utilizada en la literatura griega antigua
como un término legal para referirse a “los documentos que garantizaban que
una persona era dueña de una propiedad, los cuales eran depositados en
archivos y constituían la evidencia de esta”. Ese es el sentido de Hebreos
11:1. El mismo diccionario griego ofrece esta traducción: “La fe es el título
de propiedad de las cosas que se esperan”3.
La traducción que la Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy hace de
Hebreos 11:1 es asimismo adecuada: “Ahora bien, la fe es la certeza
(sustancia) de lo que se espera, la convicción (demostración) de lo que no se
ve”. La fe, lejos de ser algo ambiguo o inseguro, es una convicción concreta.
Es la confianza actual de una realidad futura, “la comprobación de los hechos
que no se ven”.
La comprobación descrita en este versículo no es la seguridad de la
salvación personal sino una absoluta certeza en lo que respecta al mensaje del
evangelio. Es decir, aunque la fe es una convicción forjada por Dios en
cuanto a la verdad de las promesas bíblicas y la confiabilidad de Cristo, el
versículo no dice que la fe garantice automáticamente la seguridad absoluta
de la salvación personal de cada uno.
Una pregunta que ha surgido a raíz del debate del señorío es si la esencia de
la fe salvadora es una seguridad personal. La doctrina radical de la negación
del señorío enseña que la fe es seguridad y que la seguridad es fe, pues “Una
persona que nunca ha estado segura de su vida eterna, nunca ha creído en el
mensaje salvador de Dios” (CL); además, “es totalmente imposible dar
crédito al mensaje del evangelio antes de saber que somos salvos” (CL). Por
otra parte, si estás seguro de tu salvación, entonces eres salvo: “La gente sabe
si cree en algo o no, y ese es el asunto importante en lo que respecta a Dios”
(CL). Esta enseñanza no deja lugar alguno para la posibilidad de una falsa
seguridad.
En el capítulo 10 nos referiremos a este tema con más detalle, pues como
veremos la seguridad de la salvación consiste en mucho más que una simple
creencia en las promesas objetivas de la Biblia, así como la fe es mucho más
que un sentido de seguridad. Hebreos 11:1 simplemente significa que la fe es
una seguridad sobrenatural acerca de la verdad del evangelio y la
confiabilidad de Cristo4.
Esta fe segura debe ser la obra de Dios en nosotros. Aunque la verdad del
evangelio es confirmada por muchas evidencias, la naturaleza humana está
predispuesta a rechazar la verdad acerca de Cristo, así que sin la obra del
Espíritu en nosotros nunca podríamos llegar a creer tal como se describe en
este versículo.
La fe de Hebreos 11:1 no es como la fe normal y corriente de la que
solemos hablar: tomamos del agua del grifo porque creemos que es segura;
conducimos nuestros automóviles por la autopista porque confiamos en que
los frenos funcionarán; nos ponemos al alcance del bisturí del cirujano y del
torno del odontólogo por fe; cuando vamos a una tienda a imprimir
fotografías confiamos en que estarán listas a la hora convenida (cf. USTG);
creemos en la integridad básica de los miembros del gobierno (CL). La
capacidad para ese tipo de fe es intrínseca a la naturaleza humana, pero esa
no es la fe descrita en Hebreos 11:1.
Para empezar, la fe natural se apoya sobre objetos que no son
necesariamente confiables: el agua podría estar contaminada; los frenos
quizás fallen; los cirujanos cometen equivocaciones; puede que la tienda no
tenga las fotos a tiempo; es posible que el presidente no cumpla con algunas
de sus promesas de campaña. Cuando creemos para vida eterna, sin embargo,
confiamos en algo más real y en Alguien más digno de confianza que
cualquier cosa o persona que pudiéramos percibir con nuestros sentidos
naturales: nuestros sentidos pueden mentir, Dios no (Tito 1:2); las personas
fallan, Dios no (Núm. 23:19); las circunstancias cambian, Dios nunca lo hace
(Mal. 3:6). Así pues, la fe descrita en Hebreos 11:1 se concentra en un objeto
infinitamente más digno de dependencia que cualquiera de las variables
cotidianas de fe.
Al mismo tiempo, la naturaleza de la fe es diferente en el ámbito espiritual.
La fe natural descansa en los sentidos físicos y tendemos a creer solamente en
lo que nosotros u otras personas han visto, oído, gustado o sentido. Cuando
confiamos en el agua, en los frenos, en el cirujano, en la tienda o en el
presidente, lo hacemos porque nuestros sentidos y la experiencia humana nos
dicen que esas cosas son generalmente dignas de nuestra confianza. La fe de
Hebreos 11:1, no obstante, es una convicción sobrenatural, una sólida e
inconmovible seguridad contraria a la naturaleza humana que implica la
capacidad de aferrarse a una realidad espiritual imperceptible para el hombre:
“Pero el hombre natural no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios,
porque le son locura; y no las puede comprender, porque se han de discernir
espiritualmente” (1 Cor. 2:14). Hebreos 11:27 presenta la fe de Moisés de esa
manera: “se mantuvo como quien ve al Invisible”.
La clara implicación de todo esto es que esa fe es un don de Dios, porque si
fuera una simple decisión humana no habría seguridad alguna y podría
tratarse de una mala decisión. Si la fe fuera una mera función de la mente
humana no sería digna de confianza ya que esta puede ser burlada,
confundida, engañada o mal informada. La fe real, sin embargo, es una
seguridad implantada divinamente que emerge por encima del
funcionamiento natural de la mente humana. A fin de cuentas, el hombre
natural no puede ver al Invisible (v. 27).
Sin embargo, ver al Invisible es la naturaleza de la fe.
La fe es la comprobación de los hechos que no se ven
Esta frase paralela lleva esta misma verdad todavía más lejos, pues
comprobación implica una manifestación más profunda de la seguridad
interior. La gente de fe está preparada para poner en acción sus convicciones
y sus vidas reflejan un compromiso con lo que sus mentes y corazones están
convencidos de que es verdad. Están tan convencidos de las promesas y
bendiciones que aún permanecen en el futuro, que se comportan como si
estas ya se hubieran hecho realidad (Heb. 11:7-13; cf. Rom. 4:17-21).
“La comprobación de los hechos que no se ven” refleja la descripción que
hace el apóstol Pedro de la fe verdadera (1 Ped. 1:8, 9): aunque no lo veamos
ahora, creyendo en él (estando comprometidos con él) nos alegramos con
gozo inefable y glorioso, obteniendo así el fin de nuestra fe: la salvación de
nuestras vidas. Esta fe es inexpugnable, e independientemente de lo que la
pruebe o de cuál sea el costo, persevera. De hecho, todos los ejemplos de
Hebreos 11 muestran a personas cuya fe fue severamente probada pero cuya
fe permaneció fuerte en cada caso. A esos ejemplos podríamos añadir el de
Job, cuya fe Satanás intentó destruir con los tipos más severos de tragedia
personal, y el de Pedro, a quien Satanás sacudió como a trigo, pero cuya fe no
falló (Luc. 22:32). Jesús oró por Pedro por este motivo y ora con la misma
eficacia por todos los salvados (Rom. 8:34; Heb. 7:25; 1 Jn. 2:2). No importa
lo que ataque a esta fe porque no puede ser destruida.
¿Cómo podría semejante fe no cambiar la vida? Esta fe es una convicción
firme y sobrenatural que gobierna el comportamiento del creyente, como
también lo demuestran los ejemplos de Hebreos 11. Las personas de fe
obedecen, adoran, perseveran, sacrifican y actúan por fe. Nuestras obras no
son esfuerzos carnales sino el subproducto inevitable de una convicción
sólida como la roca de que “las cosas que no se ven” son, sin embargo,
reales. Obedecemos porque nos comprometemos con el objeto de nuestra fe.
El compromiso es el elemento disputado de la fe alrededor del que gira la
controversia del señorío. La teología de la negación del señorío rechaza que
creer en Cristo implique algún elemento de compromiso personal con él. Sin
embargo, es imposible armonizar esa perspectiva con la fe de Hebreos 11, un
capítulo cuyo propósito es destacar los ejemplos de personas que estaban
comprometidos con aquello en lo que creían, más específicamente,
comprometidos con el Dios en el que creían, incluso hasta la muerte.
La teología sistemática generalmente reconoce tres elementos en la fe: el
conocimiento (notitia), el asentimiento (assensus) y la confianza (fiducia).
Tanto Augustus H. Strong como Louis Berkhof se refieren a la notitia como
el “elemento intelectual” de la fe, mientras que el assensus sería el “elemento
emocional” y la fiducia el “elemento voluntario”5. La fe verdadera, por tanto,
se refiere a la persona completa (mente, emociones y voluntad): la mente se
aferra al conocimiento, el reconocimiento y comprensión de la verdad de que
Cristo salva; el corazón da su asentimiento, es decir, la seguridad y
afirmación establecida de que la salvación de Cristo es aplicable al alma de la
persona; y la voluntad responde con confianza, el compromiso personal con
Cristo y la apropiación de este como la única esperanza para la salvación
eterna.
Esta “confianza” o fiducia (el componente volitivo de la fe) es el elemento
culminante del acto de creer, pues involucra el sometimiento al objeto de la fe
y es una apropiación de Cristo como Señor y Salvador, algo que la teología
convencional afirma universalmente. Strong definió fiducia como “la
confianza en Cristo como Señor y Salvador o, en otras palabras, la distinción
de sus dos aspectos: a) El sometimiento del alma, por ser culpable y corrupta,
al gobierno de Cristo y b) La recepción y apropiación de Cristo como fuente
de perdón y de vida espiritual”6. Berkhof coincide con Strong en este punto,
prácticamente palabra por palabra7. B. B. Warfield, además de observar que
la confianza implica cierto elemento de compromiso con su objeto, escribió:
“No se puede decir que creemos en algo en lo que no confiamos lo suficiente
como para comprometernos con ello”8.
La fe salvadora, entonces, es todo mi ser aferrándose a Cristo, por eso la fe
no puede ser separada del compromiso.
La teología radical de la negación del señorío descarta todo lo anterior
como un “psicoanálisis” innecesario de lo que debería ser un concepto
sencillo: “Nadie necesita ser un psicólogo para comprender lo que es la fe”,
escribió Zane Hodges, así que “necesitamos todavía menos recurrir a la
‘psicología popular’ para explicarla. La utilización de esas categorías
populares (intelecto, emociones o voluntad) es una improductiva pérdida de
tiempo como manera de analizar la mecánica de la fe. Tales discusiones están
muy por fuera de las fronteras del pensamiento bíblico” (CL).
Sin embargo, estos tres elementos de la fe aparecen claramente implicados
en nuestro texto: conocimiento (“Por la fe comprendemos’, v. 3),
asentimiento (“la fe es la constancia de las cosas que se esperan”, v. 1) y
confianza (“la fe es... la comprobación de los hechos que no se ven”, v. 1).
Todos los hombres y mujeres presentados en esta gran galería de la fe estaban
completamente comprometidos (en mente, corazón y alma) con el objeto de
su fe. ¿Cómo podría alguien familiarizado con este capítulo proponer siquiera
una noción de fe a la que le falte el compromiso personal?
La fe es creer lo que Dios es
Hebreos 11:6, un versículo emblemático, arroja todavía más luz en cuanto a
la naturaleza de la fe: “Y sin fe es imposible agradar a Dios, porque es
necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que es galardonador
de los que le buscan”.
No hay absolutamente nada que nosotros podamos hacer que pueda
complacer a Dios, excepto este tipo de fe, sin la cual es imposible agradarle.
La religión, el linaje racial, las obras meritorias (todo lo que los hebreos
consideraban que complacía a Dios) son absolutamente fútiles separados de
la fe.
La fe comienza simplemente creyendo que Dios es, una certeza que supone
mucho más que creer en un ser supremo innominado y desconocido. Los
hebreos conocían el nombre de Dios como YO SOY (Éxo. 3:14) y la frase
“es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe” es un llamado a
la fe en el único Dios que se ha revelado en las Escrituras. Este versículo no
ratifica la creencia en alguna deidad abstracta (tal como “la razón del ser”, “el
hombre de arriba”, Alá, “el dios desconocido” de los filósofos griegos en
Hechos 17:23 o cualquiera de los otros dioses hechos por los hombres) sino
que habla de la fe en el único Dios de la Biblia, cuya mayor revelación de sí
mismo sucede en la persona de su Hijo, el Señor Jesucristo.
Está claro que la fe verdadera cuenta con substancia objetiva y que nuestra
fe tiene un componente intelectual, de manera que el creer no es un salto
irracional al vacío ni una manera etérea de confianza ajena al conocimiento:
hay una base factual, histórica e intelectual para nuestra fe, que si no se apoya
en esta verdad objetiva no es fe en absoluto. Creo que en cuanto a eso están
de acuerdo todos a ambos lados de la cuestión del señorío.
La enseñanza de la negación del señorío, no obstante, se inclina en este
punto hacia dos errores serios: primero despoja a la fe de todo menos del
aspecto objetivo y académico, haciendo del ejercicio de la fe una mera
cuestión intelectual; en segundo lugar, tiende a reducir el contenido objetivo
de la fe al mínimo, haciendo que su fundamento sea tan escaso que la persona
apenas si necesita saber algo acerca de quién es Dios o de lo que Cristo ha
hecho. Es una perspectiva minimalista de lo que es creer que no tiene base en
las Escrituras.
¿Hasta qué punto llegarán los apologistas de la negación del señorío en su
tarea de despojar al evangelio de su contenido esencial? Un artículo de la
publicación mensual de la fraternidad más importante de la negación del
señorío sugirió que “una persona puede depositar su fe en Jesucristo y
solamente en él sin llegar a comprender de qué manera libra del pecado”. Por
tanto, declara el artículo, “es posible creer en Cristo y recibir la salvación sin
comprender la realidad de su resurrección”9. El autor de este artículo sostenía
que ni la muerte ni la resurrección de Cristo son esenciales al mensaje
evangelístico, sino que según él basta con “presentar solamente la verdad
central del evangelio, es decir, que quien cree en Jesucristo tiene vida
eterna”10. Evidentemente cree que las personas pueden ser salvas sin haber
escuchado que Cristo murió por sus pecados.
Pero el apóstol Pablo dijo “que si confiesas con tu boca que Jesús es el
Señor y si crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás
salvo” (Rom. 10:9). La resurrección era un asunto vital en el evangelio
paulino: “Además, hermanos, les declaro el evangelio que les prediqué... que
Cristo murió por nuestros pecados... que fue sepultado y que resucitó al tercer
día, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:1-4). Existen muchos falsos
“cristos” (Mat. 24:24) y el único que garantiza la vida eterna es el que se
levantó de entre los muertos para hacer posible la salvación, así que
cualquiera que adore a un cristo menor no puede ser salvo: “Si Cristo no ha
resucitado, vana es nuestra predicación; vana también es la fe de ustedes” (1
Cor. 15:14).
La crucifixión y la resurrección son los aspectos más esenciales del
evangelio (1 Cor. 15:1-4). Cuando Hebreos 11:6 invita a creer “que él existe”
está requiriendo que creamos en el Dios de la Biblia, el que entregó a su Hijo
para que muriera y resucitara. Obviamente los santos del Antiguo Testamento
no tuvieron una revelación completa en cuanto a la muerte y resurrección de
Cristo, sino que fueron salvos por la fe basada en lo que Dios les había
revelado. Sin embargo, desde el primer domingo de resurrección nadie ha
sido salvo sino por medio de la expiación de sus pecados realizada por Cristo
y su posterior resurrección.
Así que la frase “crea que él existe” habla de la fe en el Dios de la Biblia,
basada en la comprensión de las verdades cruciales a su respecto; es decir, el
conocimiento o notitia, el lado objetivo de la fe. Pero como vemos, la fe
salvadora incluye más.
La fe es buscar a Dios
No es suficiente creer que el Dios de la Biblia existe, ni tampoco conocer
sus promesas o creer intelectualmente en la verdad del evangelio: para
agradarle es además necesario creer “que es galardonador de los que le
buscan”. Esta expresión conecta el asentimiento (assensus) y la confianza
(fiducia) para completar el cuadro de la fe: el asentimiento va más allá de la
desapasionada observación de quién es Dios, pues el corazón que asiente
afirma la bondad de su carácter como galardonador; la confianza aplica este
conocimiento de manera personal y práctica al encomendarse a Dios con fe
sincera como buscador de él.
No alcanza con postular nada más a un ser supremo ni tampoco es
suficiente con aceptar al Dios correcto, pues la fe verdadera no consiste
simplemente en saber de Dios: hay que buscar a Dios. De hecho “buscar a
Dios” se utiliza muchas veces en la Biblia como sinónimo de fe: Isaías 55:6
es un llamado a la fe (“¡Busquen al SEÑOR mientras puede ser hallado!
¡Llámenlo en tanto que está cercano!”) y el propio Dios le dijo a Israel “Me
buscarán y me hallarán, porque me buscarán con todo su corazón” (Jer.
29:13), “Porque así ha dicho el SEÑOR a la casa de Israel: “¡Búsquenme y
vivirán!” (Amós 5:4), y “Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y
su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (Mat. 6:33).
Tal vez alguien quiera objetar que Hebreos 11:6 dice simplemente que
debemos creer que Dios recompensa a los que lo buscan, pero no que
debamos ser buscadores de él. ¿Entonces por qué galardona Dios a los que lo
buscan? ¿Por sus obras? No, porque “Todas nuestras obras justas son como
trapo de inmundicia” (Isa. 64:6). Él recompensa solamente a los que tienen fe
ya que sin fe es imposible agradarle, así que este versículo identifica la
búsqueda de Dios como un epítome de la fe verdadera.
Buscar a Dios lleva a encontrarlo revelado completamente en la persona del
Señor Jesucristo (Mat. 7:7; Luc. 11:9).
La actitud descrita aquí es la antítesis de la justicia basada en las buenas
obras: en lugar de intentar ganarse el favor de Dios, la fe persigue a Dios
mismo; en lugar de negociar por la aprobación de Dios, la fe lo sigue a él
como el supremo placer del alma. Lejos de convertir a la fe en una obra
humana, esta definición enfatiza que esta es la renuncia a buscar complacer a
Dios por medio de las obras y del compromiso con él, quien manifiesta lo que
le agrada por medio de sus obras a través de sus hijos.
La fe, entonces, consiste en buscar y encontrar a Dios en Cristo, en desearlo
y, finalmente, en ser llenos de él. Otra manera de decirlo es afirmar que la fe
consiste en apoyarse plenamente en Cristo para redención, justicia, consejo,
comunión, sustento, dirección y socorro; para su señorío y para todo lo que
hay en la vida y es realmente satisfactorio.
Fíjate que hemos completado el círculo de la definición de fe sugerida por
el diccionario inglés: la fe es estar satisfecho en Cristo. Jesús mismo dijo:
“Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que en
mí cree no tendrá sed jamás” (Juan 6:35). No hay manera en que un creyente
verdadero pueda quedar insatisfecho con Cristo, pues, a fin de cuentas, el
mismo Dios ha declarado que encuentra completa satisfacción en su Hijo
(Mat. 3:17; 17:5). ¿Cómo podría la fe sincera reducirlo a algo menor?
¿Cómo imaginas que se comporta este tipo de fe? El resto de Hebreos 11
nos proporciona una respuesta inequívoca a esa pregunta.
¿Cómo obra la fe?
La fe obedece
Esa, en tres palabras, es la enseñanza clave de Hebreos 11, donde vemos a
personas de fe alabando a Dios (v. 4), caminando con él (v. 5), trabajando
para él (v. 7), obedeciéndole (vv. 8-10), superando la esterilidad (v. 11) y
prevaleciendo numéricamente a la muerte (v. 12).
La fe capacitó a estas personas para perseverar hasta la muerte (vv. 13-16);
para confiar a Dios lo que más querían (vv. 17-19); para descansar en él en
cuanto al futuro (vv. 20-23); para abandonar los tesoros terrenales en busca
de una recompensa celestial (vv. 24-26); para ver al invisible (v. 27); para
recibir milagros de la mano de Dios (vv. 28-30); para tener valor al enfrentar
grandes peligros (vv. 31-33); para conquistar reinos, hacer justicia, alcanzar
promesas, tapar bocas de leones, sofocar la violencia del fuego, escapar del
filo de la espada, sacar fuerzas de la debilidad, hacerse poderosos en batalla y
poner en fuga los ejércitos de los extranjeros (vv. 33, 34). Esta fe ha superado
la muerte, ha soportado la tortura, ha sobrevivido a cadenas y prisión, ha
resistido a la tentación, ha sufrido el martirio y ha sobrevivido a todo tipo de
penuria (vv. 35-38).
Y la fe persevera
Si hay algo cierto en cuanto a la fe de Hebreos 11, es que no puede ser
exterminada, ya que persevera y soporta sin importar lo que ocurra,
aferrándose a Dios con amor y fortaleza sin importar el tipo de luchas que el
mundo o las fuerzas del maligno presenten en su contra.
La teología de la negación del señorío promueve un tipo de fe
completamente diferente: esa fe es frágil, a veces transitoria, a menudo
inactiva, y consiste solamente en estar convencido de algo o dar crédito a
ciertos hechos históricos (USTG); la fe que niega el señorío es confianza,
crédito, aferrarse a algo como cierto pero sin ningún compromiso con el
objeto de esa fe (USTG); la fe que niega el señorío es la convicción interna
de que lo que Dios nos dice en el evangelio es verdad, ni más ni menos (CL);
la fe que niega el señorío es “una apropiación única, de una sola vez, del don
de Dios” y no le sigue necesariamente el creer (CL); de hecho, la fe que niega
el señorío incluso puede llegar a convertirse en una hostil incredulidad
(USTG).
¿Es la fe meramente la iluminación de la razón humana o llega a
transformar todo el ser de la persona que cree? Algunos de los defensores de
la perspectiva de la negación del señorío se ofenden porque se los acusa de
que su fe es una mera actividad mental, pero nunca llegan a definir el creer
como algo más que una función cognitiva, pese a que muchos utilizan la
palabra confianza, pero cuando la definen en realidad están describiendo el
asentimiento.
Charles Ryrie, por ejemplo, cita con aprobación la sección de Berkhof
sobre la notitia, el assensus y la fiducia, incluyendo su definición de este
último término (confianza): “una confianza personal en Cristo como Salvador
y Señor, incluyendo un sometimiento del alma como culpable y corrupta ante
Cristo, además de la recepción y apropiación de Cristo como fuente del
perdón y de la vida espiritual” (USTG, énfasis añadido). En el mismo
párrafo, sin embargo, Ryrie hace la curiosa afirmación de que “Berkhof no
incluye al asunto de la autoridad de Cristo sobre la vida de la persona ni se
refiere al mismo”, y cuando continúa con su explicación sobre qué es la
“confianza”, queda claro que lo que quiere es reducir a Berkhof a esto: la
fiducia es “una confianza personal en Cristo como Salvador... y... como
fuente del perdón y de la vida [eterna]”. Lo cierto es que cuando Ryrie
continúa explicando a lo que se refiere al mencionar una “confianza personal
en Cristo”, recurre una y otra vez a un lenguaje que se refiere solamente a
creer en hechos: “Creer en Cristo para salvación significa tener confianza en
que él puede eliminar la culpa del pecado y otorgar la vida eterna” (USTG).
Eso, no obstante, es asentimiento y no confianza: el asentimiento es la
aceptación de la verdad sobre Cristo; la confianza es volverse a él en una
consagración personal completa (cf. Deut. 30:10; 2 Rey. 23:25; 1 Tes. 1:9).
Eso era a lo que se refería Berkhof.
Esta es la manera típica en que la negación del señorío atrae a los
pecadores: “confía en el evangelio” (USTG), “cree en las buenas nuevas”
(USTG), “cree que Cristo murió por nuestros pecados” (USTG), “cree que él
es Dios y tu Mesías quien murió y se levantó de entre los muertos” (USTG),
“cree que Cristo puede perdonar” (USTG), “cree que su muerte pagó por
todos tus pecados” (USTG), “confía en la verdad” (USTG), “cree que
Alguien... puede quitar el pecado” (USTG).
La doctrina de la negación del señorío convierte inevitablemente en el
objeto de fe al mensaje del evangelio, en lugar de al propio señor Jesús.
Contrastemos los llamados de la negación del señorío con el lenguaje bíblico:
“Cree en el Señor Jesús y serás salvo” (Hech. 16:31); los pecadores son
llamados a creer en él, no solamente en los hechos a su respecto (Hech.
20:21; 24:24; 26:18; Rom. 3:22, 26; Gál. 2:16, 20; 3:22, 26; Fil. 3:9). La fe
ciertamente incluye el conocimiento y el asentimiento de la verdad acerca de
Cristo y de su obra salvadora, pero la fe que salva debe ir más allá del
conocimiento y del asentimiento, y ser una fe personal en el Salvador. El
llamado del evangelio es a confiar en él (cf. Juan 5:39, 40)11, lo cual implica
necesariamente cierto grado de amor, compromiso y sometimiento a su
autoridad.
¿Está esto mezclando la fe con las obras, tal como a algunos les gusta
afirmar? Para nada, que no haya confusión en cuanto a esto. La fe es una
realidad interna con consecuencias externas, por eso cuando decimos que
también implica obediencia nos referimos a la actitud de obediencia otorgada
por Dios, pero sin intentar hacer a las obras parte de su definición. Él
convierte el corazón creyente en un corazón obediente, es decir, un corazón
que anhela obedecer, pero la fe en sí misma está completa antes de que haya
sido concretada siquiera una obra de obediencia.
Pero no te equivoques: la fe verdadera siempre produce obras de justicia
porque es la raíz y las obras son el fruto. Como Dios mismo es el labrador el
fruto está garantizado, por eso la Biblia presenta ejemplos de la fe (como el
de Hebreos 11) en los que esta es vista inevitablemente como obediente,
eficaz y activa.
La teología de la negación del señorío razona que, para ser totalmente libres
de la justicia por las obras, la fe debe ser libre de toda obediencia, incluyendo
la actitud de obediencia; según este pensamiento es inaceptable requerir que
la fe incluya siquiera la voluntariedad de obedecer12, aunque eso es
precisamente lo que distingue a la fe genuina de la hipocresía. Warfield
escribió: “Podría discutirse justamente que la ‘preparación para actuar’
provee una prueba muy buena de la autenticidad de la fe, ‘el creer’. Una
supuesta ‘fe’ o ‘creencia’ a partir de la cual no estemos preparados para
actuar dista mucho de ser una ‘fe’ o ‘creencia’ verdadera. Aquello de lo que
estamos convencidos es aquello en lo que debemos confiar, y si hay algo en
lo que no estemos dispuestos a confiar parecería que no estamos seguros de
ello, es algo en lo que no parecemos del todo creer o tener fe”13.
La fe y la incredulidad son estados del corazón, pero impactan
necesariamente la conducta14. Jesús dijo: “El hombre bueno, del buen tesoro
de su corazón presenta lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su
corazón presenta lo malo. Porque de la abundancia del corazón habla la boca”
(Luc. 6:45). El estado del corazón de una persona quedará revelado
inevitablemente por su fruto: esa es la lección clave que tenemos que
aprender de Hebreos 11 y de su crónica de fidelidad.
Llegados a este punto, debemos destacar un punto crucial: las obras
descritas en Hebreos 11 son obras de fe, no esfuerzos carnales para ganarse el
favor de Dios ni obras meritorias en sentido alguno; son la expresión pura de
corazones creyentes. Por la fe Abel ofreció un mejor sacrificio (v. 4); por la fe
Enoc caminó con Dios (v. 5). Por la fe Noé construyó el arca (v. 7); por la fe
Abraham obedeció (v. 8); por la fe vivió en tierra extranjera (v. 9); por la fe
ofreció a Isaac (v. 17); por la fe Isaac, Jacob y José perseveraron hasta el final
de sus vidas (vv. 20-22); por la fe los padres de Moisés lo ocultaron (v. 23);
por la fe Moisés rechazó Egipto y se quedó con el oprobio de Cristo (vv. 24-
26); por la fe abandonó Egipto sin temor (v. 27); por la fe celebró la Pascua
(v. 28); por la fe todo Israel cruzó el Mar Rojo (v. 29); por la fe conquistó
Jericó (v. 30); por la fe Rajab recibió a los espías en paz (v. 31).
¿Qué más diré? Me faltaría el tiempo para contar de Gedeón, de Barac, de Sansón,
de Jefté, de David, de Samuel y de los profetas. Por la fe, estos conquistaron
reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, sofocaron
la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, sacaron fuerzas de la
debilidad, se hicieron poderosos en batalla y pusieron en fuga los ejércitos de los
extranjeros. Mujeres recibieron por resurrección a sus muertos. Unos fueron
torturados, sin aceptar ser rescatados, para obtener una resurrección mejor. Otros
recibieron pruebas de burlas y de azotes, además de cadenas y cárcel. Fueron
apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a espada. Anduvieron de un lado
para otro cubiertos de pieles de ovejas y de cabras; pobres, angustiados,
maltratados. Andaban errantes por los desiertos, por las montañas, por las cuevas
y por las cavernas de la tierra.
HEBREOS 11:32-38 (ÉNFASIS AÑADIDO)
¿Justicia por obras? No, ya que “todos estos... recibieron buen testimonio
por la fe” (v. 39). Hebreos 12:1 identifica a estas personas como una “grande
nube de testigos”. ¿Testigos, en qué sentido? Porque dan testimonio de la
validez, el gozo, la paz, la satisfacción, el poder y la continuidad de la fe que
salva. El escritor nos convoca entonces a todos a correr la carrera de la fe (vv.
1, 2).
A pesar de este monumental testimonio de obras de fe, los apologistas de la
negación del señorío muchas veces afirman que ver las obras como expresión
inevitable de la fe es el equivalente al establecimiento de un sistema de
salvación por obras. Zane Hodges lo argumenta de esta manera:
La salvación de señorío no puede evadir las acusaciones de mezclar la fe con las
obras, pero su forma de hacerlo se resume en la siguiente afirmación de
MacArthur: “La obediencia es la manifestación inevitable de la fe que salva”.
Pero eso es lo mismo que decir: “Sin obediencia no existe justificación ni
tampoco cielo”. Visto desde esa perspectiva, la “obediencia” es en realidad una
condición para la justificación y el cielo... Si el cielo verdaderamente no puede ser
alcanzado aparte de la obediencia a Dios (que es lo que enseña la salvación de
señorío) entonces lo lógico es que la obediencia sea una condición para llegar a él
(CL).
Sin embargo, lo disparatado de esa línea de pensamiento queda
inmediatamente en evidencia, pues decir que las obras son un resultado
inevitable de la fe no es lo mismo que hacer obras como una condición para
la justificación. El propio Hodges cree sin duda que todos los cristianos serán
finalmente glorificados (Rom. 8:30). ¿Aceptaría el cargo de que está
haciendo de la glorificación una condición para la justificación?
Presuntamente tanto la perspectiva del señorío como la de la negación del
mismo están de acuerdo en que todos los creyentes serán conformados
finalmente a la imagen de Cristo (Rom. 8:29), solo diferimos en cuanto al
momento: la salvación de señorío sostiene que el proceso de llegar a ser
como Cristo comienza en el momento de la conversión y continúa durante
toda la vida; la perspectiva de la negación del señorío abre la puerta a la
posibilidad de que la santificación práctica nunca alcance su meta o ni
siquiera comience hasta que termine esta vida en la tierra.
Las obras meritorias no tienen nada que ver con la fe, pero las obras de fe sí
que tienen mucho que ver con ella. Como veremos en el capítulo 9, la fe que
no produce obras está muerta y es ineficaz; la fe que permanece ociosa no es
mejor que la que manifiestan los demonios (Stg. 2:19).
Debemos concluir este capítulo hacienda una clara diferenciación: las obras
de fe son una consecuencia de la fe, no un componente de la misma. Como ya
hemos observado, la fe es una respuesta completamente interna y por tanto
está completa antes de producir la primera obra. Al momento de producirse la
salvación, la fe no hace sino recibir la provisión de Cristo, y el propio
creyente no aporta nada meritorio al proceso de salvación. Como dijo J.
Gresham Machen en la cita con la que comencé este capítulo, “La fe es la
aceptación de un don de manos de Cristo”, o lo que es mejor: la fe se aferra al
propio Cristo. No es, en ningún sentido, cuestión de obras o de méritos.
La fe verdadera, no obstante, jamás permanece inactiva, pues comienza a
obrar desde el momento de la regeneración. No obra para ganarse el favor
divino ni tampoco en oposición a la gracia de Dios, sino de acuerdo a esta.
Conforme nos ocupamos en nuestra salvación con temor y temblor (Fil.
2:12), descubrimos que “Dios es el que produce en [nosotros] tanto el querer
como el hacer para cumplir su buena voluntad” (v. 13). La fe verdadera
mantiene los ojos puestos en Jesús, el autor y el perfeccionador de toda fe
genuina (Heb. 12:2).
1. J. Gresham Machen, What Is Faith? (New York: Macmillan, 1925), 203-4.
Publicado en español como ¿Qué es la fe?, trad. Valentín Alpuche (San José,
Costa Rica: Editorial Clir).
2. N. del T.: Como podrá observar el lector, aquí se hace un análisis de las
definiciones de los términos “fe” y “creer” de acuerdo a los diccionarios más
respetados del idioma inglés original. Al consultar la palabra “fe” en los
principales diccionarios en español (Diccionario de la Real Academia
Española y Diccionario Espasa-Calpe) no encontramos el mismo énfasis en el
compromiso, ni mención alguna a la lealtad o fidelidad, así como tampoco
referencias a conceptos teológicos (excepto una alusión a la religión católica
en el DRAE). Algo semejante ocurre con el verbo “creer”, donde sus
definiciones apuntan más al asentimiento intelectual que al compromiso y la
lealtad (exceptuando alguna referencia a la confianza en otra persona).
3. James Hope Moulton y George Milligan, The Vocabulary of the Greek
Testament (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1930), 660.
4. Hebreos 11:1 ciertamente afirma que en el corazón de la propia fe se
encuentra un elemento de seguridad. Como veremos en el capítulo 10, la fe
salvadora en Cristo es el fundamento de toda seguridad. El sentido personal
de seguridad se vuelve más profundo y fuerte con la madurez espiritual, pero
la semilla de la seguridad está presente aún al comienzo de la fe salvadora.
5. Augustus H. Strong, Systematic Theology (Philadelphia: Judson, 1907),
837-38; Louis Berkhof, Teología sistemática (Grand Rapids, MI: Libros
Desafío, 2005), 635-7.
Zane Hodges afirma que he “distorsionado seriamente las definiciones de
Berkhof (CL) y protesta que el “assensus no es un ‘elemento emocional’”,
pero esas son, después de todo, las propias palabras de Berkhof. Fíjate que
Strong, por ejemplo, defendía una perspectiva idéntica y aún Ryrie está de
acuerdo (USTG). Al referirse al “elemento emocional”, Strong y Berkhof
querían decir que el assensus va más allá de la consideración del objeto de la
fe de una manera des conectada y desinteresada. Berkhof escribió: “Cuando
uno abraza a Cristo por la fe, lo hace con profunda convicción de la verdad y
de la realidad del objeto de la fe, siente que esa fe satisface en la propia vida
una necesidad importante, y tiene conciencia de que en ello le va un interés
absorbente, eso es… el característico distintivo del conocimiento de la fe
salvadora” (Berkhof, 637).
Juan Calvino definió el assensus como algo que “radica en el corazón más
que en el cerebro; más en el afecto que en el entendimiento” y equiparó el
asentimiento con el “buen afecto”; ver Juan Calvino, Institución de la
religión cristiana, trad. Cipriano de Valera (Rijswijk: Fundación Ed. de
Literatura Reformada, 1999), 413.
6. Strong, Systematic Theology, 338-39.
7. Berkhof, Teología sistemática (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2005),
636.
8. Benjamin B. Warfield, Biblical and Theological Studies (Philadelphia:
Presbyterian & Reformed, 1968), 402-3.
9. Bob Wilkin, “Tough Questions About Saving Faith”, The Grace
Evangelical Society News (junio de 1990), 1.
10. Ibíd., 4.
11. Ryrie habla ocasionalmente de Cristo como el objeto de la fe, pero define
inevita blemente sus enseñanzas de una manera que anula toda la cuestión.
Por ejemplo, cuando dice “el objeto de la fe o la confianza es el Señor
Jesucristo”, inmediatamente se contradice al decir que “la razón por la que
confiamos en él es su capacidad para perdonar nuestros pecados y llevarnos
al cielo” (USTG).
12. Charles C. Ryrie, Equilibrio en la vida cristiana, trad. José Flores
Espinosa y R. Mer cedes de la Rosa (Grand Rapids, MI: Portavoz, 1996),
185.
13. Warfield, Biblical and Theological Studies, 379.
14. El hecho de que la fe produce necesariamente resultados morales puede
verse en las declaraciones de causa-efecto de Juan 8:36-47 (énfasis añadido):
Así que, si el Hijo los hace libres, serán verdaderamente libres. Sé que son
descendientes de Abraham; no obstante, procuran matarme porque mi
palabra no tiene cabida en ustedes. Yo hablo de lo que he visto estando con
el Padre, y ustedes hacen lo que han oído de parte de su padre.
Respondieron y le dijeron:
–Nuestro padre es Abraham.
Jesús les dijo:
–Puesto que son hijos de Abraham, hagan las obras de Abraham. Pero
ahora procuran matarme a mí, un hombre que les he hablado la verdad que oí
de parte de Dios. ¡Esto no lo hizo Abraham! Ustedes hacen las obras de su
padre.
Entonces le dijeron:
–Nosotros no hemos nacido de inmoralidad sexual. Tenemos un solo padre,
Dios.
Entonces Jesús les dijo:
–Si Dios fuera el padre de ustedes, me amarían; porque yo he salido y he
venido de Dios. Yo no he venido por mí mismo sino que él me envió. ¿Por
qué no comprenden lo que digo? Porque no pueden oír mi palabra. Ustedes
son de su padre el diablo, y quieren satisfacer los deseos de su padre. Él era
homicida desde el principio y no se basaba en la verdad porque no hay
verdad en él. Cuando habla mentira, de lo suyo propio habla porque es
mentiroso y padre de mentira. Pero a mí, porque les digo la verdad, no me
creen. ¿Quién de ustedes me halla culpable de pecado? Y si digo la verdad,
¿por qué ustedes no me creen? El que es de Dios escucha las palabras de
Dios. Por esta razón ustedes no las escuchan, porque no son de Dios.
Una clave para este pasaje es el versículo 42: “Si Dios fuera el padre de
ustedes, me amarían”. El hecho de que dijeran que eran hijos de Dios no los
convertía en tales, pues su conducta y sus sentimientos reflejaban la verdad
espiritual.
Capítulo 4
¿GRACIA BARATA?
La gracia barata es la gracia considerada como una mercancía que hay que
liquidar.
...no es el perdón de los pecados el que nos separa del pecado. La gracia barata
es la gracia que tenemos por nosotros mismos.
La gracia barata es la predicación del perdón sin arrepentimiento, el bautismo
sin disciplina eclesiástica, la eucaristía sin confesión de los pecados, la absolución
sin confesión personal. La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la
gracia sin cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado.
DIETRICH BONHOEFFER1
Gracia barata. El mismo término resulta ofensivo.
“¿Por qué utilizas esa expresión?”, me preguntó un amigo. “No parece sino
denigrar la gracia de Dios. Después de todo no es barata, ¡es absolutamente
gratis! ¿No es la perfecta gratuidad la propia esencia de la gracia?”.
Pero “gracia barata” no se refiere a la gracia de Dios, sino a una gracia
autoimpartida o pseudogracia: es “barata” en cuanto a su valor, pero no en
cuanto a su costo; es una gracia en rebajas, con defectos, desteñida, comida
por las polillas, de segunda mano; una gracia sintética que recuerda a las
indulgencias que Roma vendía en tiempos de Martín Lutero. ¿Barata? El
costo es en realidad muy superior a lo que el comprador podría imaginar si
tenemos en cuenta que esta “gracia” no tiene nada de valor.
La frase “gracia barata” fue acuñada por Dietrich Bonhoeffer, un pastor
luterano alemán detractor del nazismo. Aunque Bonhoeffer fue ahorcado en
1945 por oficiales de la SS, sus escritos ya habían dejado huella. Su
perspectiva teológica era neoortodoxa y por eso los evangélicos rechazan con
razón muchas de sus enseñanzas, pero Bonhoeffer se manifestó con
contundencia en contra de la secularización de la iglesia al analizar
correctamente los peligros de su actitud frívola respecto a la gracia. Si
dejamos de lado las enseñanzas neoortodoxas de Bonhoeffer, haremos bien
en prestar atención a su discurso contra la gracia barata:
La gracia barata es la gracia como doctrina, como principio, como sistema, es el
perdón de los pecados considerado como una verdad universal, es el amor de Dios
interpretado como idea cristiana de Dios. Quien la afirma posee ya el perdón de
sus pecados. La Iglesia de esta doctrina de la gracia participa ya de esta gracia por
su misma doctrina. En esta Iglesia, el mundo encuentra un velo barato para cubrir
sus pecados, de los que no se arrepiente y de los que no desea liberarse. Por esto,
la gracia barata es la negación de la palabra viva de Dios, es la negación de la
encarnación del Verbo de Dios.
La gracia barata es la justificación del pecado y no del pecador. Puesto que la
gracia lo hace todo por sí sola, las cosas deben quedar como antes. “Todas
nuestras obras son vanas”. El mundo sigue siendo mundo y nosotros seguimos
siendo pecadores “incluso cuando llevamos la vida mejor”. Que el cristiano viva,
pues, como el mundo, que se asemeje en todo a él y que no procure, bajo pena de
caer en la herejía del iluminismo, llevar bajo la gracia una vida diferente de la que
se lleva bajo el pecado2.
La gracia barata sigue sin perder su mundano poder de convocatoria desde
que Bonhoeffer escribió estas palabras y, en todo caso, la tendencia a abaratar
la gracia se ha ido haciendo un hueco en el corazón del cristianismo
evangélico. El movimiento de la negación del señorío ha marcado el camino
hacia la legitimación e institucionalización de la gracia barata en el
fundamentalismo americano. La enseñanza de la negación del señorío
malinterpreta y aplica erróneamente la doctrina bíblica de la gracia y aunque
elogia las maravillas de la gracia de palabra, está reemplazando el objeto real
con una mala copia. Esta técnica engañosa ha confundido a muchos cristianos
sinceros.
La teología de la negación del señorío ignora absolutamente la verdad
bíblica de que la gracia “[nos enseña] a vivir de manera prudente, justa y
piadosa en la edad presente” (Tito 2:12). En su lugar la presenta como una
“carta blanca” sobrenatural, un pase ilimitado y sin compromiso alguno de
amnistía, benevolencia, indulgencia, paciencia, caridad, clemencia,
inmunidad, aprobación, tolerancia y privilegio autoadjudicado, separados de
cualquier exigencia moral.
La supergracia se está transformando rápidamente en la tendencia más
popular dentro de las modas evangélicas y los que juran fidelidad a un
señorío de Cristo opcional están a la cabeza de esta corriente; han comenzado
a llamar incluso “teología de la gracia” a sus enseñanzas y se refieren a sí
mismos como “El movimiento de la gracia”.
Sin embargo, la “gracia” de la que hablan altera la posición de los creyentes
sin afectar su estado: es una gracia que llama a los pecadores a venir a Cristo,
pero no los invita a someterse a él. De hecho, los teólogos de la negación del
señorío afirman que la gracia se diluye si el pecador que cree debe someterse
a Cristo, pues cuanto más se sujeta una persona tanto más se supone que la
gracia es rebajada (USTG). Está claro que esta no es la gracia de Tito 2:12.
¡Con razón los cristianos están confundidos! Con tantas enseñanzas
contradictorias y obviamente antibíblicas que están adquiriendo popularidad,
podríamos empezar a cuestionarnos el futuro del cristianismo bíblico.
¿Qué es la gracia?
Gracia es un término terriblemente malinterpretado y cuya definición sucinta
es notoriamente difícil. Algunos de los libros de teología más detallados no
ofrecen ninguna definición concisa del término, mientras que alguien ha
propuesto un acrónimo (GRACIA son las Grandes Riquezas de Dios
Abastecidas por Cristo en su Inmenso Amor) que no es una mala manera de
caracterizar la gracia, pero no resulta suficiente para una definición teológica.
Una de las definiciones de gracia más aceptadas consta de cuatro palabras:
favor inmerecido de Dios, algo que A. W. Tozer explicó un poco mejor al
decir que “La gracia es el beneplácito de Dios que lo inclina a concederles
beneficios a quienes no los merecen.”3.
Berkhof se muestra más concreto: la gracia es “la operación inmerecida de
Dios en el corazón del hombre, efectuada mediante la agencia del Espíritu
Santo”4.
En el corazón del término gracia está la idea del favor divino. La palabra
hebrea para “gracia” es chēn (que se utiliza por ejemplo en Génesis 6:8, “Noé
halló gracia ante los ojos del SEÑOR”) con la cual está estrechamente
relacionada el verbo chānan, que significa “mostrar favor”. En el Nuevo
Testamento, “gracia” es la traducción del término griego cáris, que se refiere
a algo agraciado o agradable, a un favor o gratitud; las ideas intrínsecas a su
significado son el favor, la bondad y la buena voluntad.
La gracia es todo eso y más: no es un simple favor inmerecido, sino el favor
otorgado a los pecadores que merecen ira. Mostrarle favor a un extraño es un
“favor inmerecido”, pero hacer bien a los enemigos refleja aún más el espíritu
de la gracia (Luc. 6:27-36).
La gracia no es una cualidad latente o abstracta, sino un principio dinámico,
activo y operativo: “Porque la gracia salvadora de Dios se ha manifestado...
enseñándonos” (Tito 2:11, 12). No se trata de una forma de bendición etérea
que permanece inactiva hasta que nos la apropiamos, sino que es la iniciativa
soberana de Dios para los pecadores (Efe. 1:5, 6). La gracia no es un
acontecimiento de una sola vez en la experiencia cristiana, pues estamos
firmes en ella (Rom. 5:2), que dirige y da fuerza a toda la vida cristiana:
“...bueno es que el corazón haya sido afirmado en la gracia; no en comidas”
(Heb. 13:9); Pedro dijo que debíamos crecer “en la gracia y en el
conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Ped. 3:18).
Así que podríamos definir correctamente la gracia como la influencia libre
y benevolente de un Dios santo que obra soberanamente en las vidas de los
indignos pecadores.
La misericordia es uno de los atributos de Dios porque otorgar gracia es su
naturaleza: “él es clemente, misericordioso y justo” (Sal. 112:4); “Él es
clemente y compasivo, lento para la ira, grande en misericordia y desiste del
castigo” (Joel 2:13); él es “el Dios de toda gracia” (1 Ped. 5:10) y su Hijo es
“lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14); su Espíritu es “el Espíritu de
gracia” (Heb. 10:29). Berkhof observó: “Aunque algunas veces hablamos de
gracia como de una cualidad inherente, es en realidad la comunicación activa
de las bendiciones divinas mediante el trabajo interno del Espíritu Santo
procedentes de la plenitud de Aquel que está ‘lleno de gracia y de verdad’ “5.
Cáris aparece en el texto griego en ciento cincuenta y cinco ocasiones, cien
de ellas solamente en las epístolas paulinas. Es interesante que el término en
sí nunca es utilizado como una referencia a la gracia divina en ninguna de las
palabras registradas de Jesús, aunque la gracia impregnó todo su ministerio y
sus enseñanzas (“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son hechos
limpios, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres se les
anuncia el evangelio”, Mat. 11:5; “Vengan a mí, todos los que están fatigados
y cargados, y yo los haré descansar”, Mat. 11:28).
La gracia es un don6 y Dios “da mayor gracia... da gracia a los humildes”
(Stg. 4:6), “Porque de su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia sobre
gracia” (Juan 1:16). Se dice que los cristianos deben ser “buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Ped. 4:10), lo cual no
significa que esta haya sido puesta a nuestra disposición: no somos sus
dueños ni controlamos su funcionamiento, así que nosotros estamos sujetos a
la gracia, nunca al revés.
Pablo contrasta frecuentemente la gracia con la ley (Rom. 4:16; 5:20; 6:14,
15; Gál. 2:21; 5:4), aunque afirmó con cuidado que la gracia no anula las
demandas morales de la ley de Dios y que, por el contrario, cumple la justicia
de la ley (Rom. 6:14, 15). En cierto sentido, la gracia es a la ley lo que los
milagros son a la naturaleza, pues se levanta por encima de esta y logra lo
que ella no puede hacer (cf. Rom. 8:3). A pesar de no anular las justas
demandas de la ley, las cuales confirma y valida (Rom. 3:31), la gracia tiene
su propia ley, que es más alta y liberadora: “Porque la ley del Espíritu de vida
en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom. 8:2;
cf. Stg. 1:25). Fíjate que esta nueva ley nos emancipa tanto del pecado como
de la muerte, algo sobre lo cual Pablo fue claro: “¿Qué, pues, diremos?
¿Permaneceremos en el pecado para que abunde la gracia? ¡De ninguna
manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos todavía
en él?” (Rom. 6:1, 2). La gracia reina por medio de la justicia (Rom. 5:21).
Hay dos extremos que deben evitarse en lo referente a la gracia: tenemos
que evitar anular la gracia por medio del legalismo (Gál. 2:21) y corromperla
por medio del libertinaje (Jud. 4).
Dos clases de gracia
Los teólogos hablan de la gracia común y la gracia especial. La gracia
común es entregada a la humanidad en general, es la gracia que restringe la
expresión completa del pecado y mitiga sus efectos destructivos en la
sociedad humana. La gracia común impone restricciones morales al
comportamiento de las personas, mantiene la apariencia de orden en los
asuntos humanos, impone un sentido de lo que es correcto e incorrecto por
medio de la conciencia y el gobierno civil, permite que los hombres y
mujeres aprecien la belleza y la bondad, e imparte bendiciones de todo tipo
sobre todos los pueblos. Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace
llover sobre justos e injustos” (Mat. 5:45): esa es la gracia común.
La gracia común no es redentora, no perdona el pecado ni purifica a los
pecadores. No renueva el corazón, no estimula la fe ni permite la salvación.
Puede convencer de pecado e iluminar el alma con la verdad de Dios, pero la
gracia común por su cuenta no conduce a la salvación eterna porque los
corazones de los pecadores están tan firmemente establecidos contra Dios
(Rom. 3:10-18).
La gracia especial, o mejor dicho gracia salvadora, es la obra irresistible de
Dios que libera a los hombres y mujeres del castigo y el poder del pecado,
renovando su ser interior y santificando al pecador por medio de la obra del
Espíritu Santo. Cuando el Nuevo Testamento utiliza el término gracia por lo
general se está refiriendo a la gracia salvadora, al igual que yo he hecho a lo
largo de este libro a menos que especifique lo contrario.
La gracia salvadora reina “por la justicia para vida eterna” (Rom. 5:21); la
gracia salva, santifica, y lleva el alma a la gloria (Rom. 8:29, 30). Cada etapa
del proceso de salvación es gobernada por la gracia soberana. De hecho, el
término “gracia” es utilizado muchas veces en el Nuevo Testamento como
sinónimo del proceso completo de salvación, particularmente en las epístolas
paulinas (cf. 1 Cor. 1:4; 2 Cor. 6:1; Gál. 2:21). Pablo veía la redención tan
como un producto tan completo de la obra de la gracia de Dios que muchas
veces utilizaba la palabra “gracia” como un término general para referirse a la
totalidad de la salvación. La gracia abarca toda la salvación, de principio a
fin, por eso nunca se detiene hasta concluir su obra ni fracasa en lo que hace.
Lo que en realidad estamos diciendo es que la gracia es eficaz, es decir, la
gracia seguro que producirá los resultados previstos. La gracia de Dios
siempre es eficaz, esa es una verdad que está arraigada a las Escrituras y que
constituyó un tema importante dentro de las enseñanzas de Agustín de
Hipona. La doctrina de la gracia eficaz es el fundamento de la soteriología
reformada (la enseñanza acerca de la salvación)7 y Charles Hodge la definió
como “el omnipotente poder de Dios”.
La teología de la negación del señorío es fundamentalmente una negación
de la gracia eficaz, pues no es seguro que la “gracia” descrita en sus
enseñanzas pueda cumplir con sus propósitos (y al parecer a menudo no lo
hace). Bajo la gracia que niega el señorío, hay partes claves del proceso
(entre ellas el arrepentimiento, el compromiso, la sumisión y aun la santidad)
que se convierten en aspectos opcionales de la experiencia cristiana y se
dejan en manos del propio creyente (cf. USTG). Aunque la fe del creyente
incluso podría llegar a tener un abrupto final, la gracia que niega el señorío
nos dice que no debemos suponer que “él o ella nunca había sido creyente de
verdad” (USTG). Bueno, ¿entonces a qué conclusión deberíamos llegar?
¿Que la gracia salvadora es ineficaz? Es la única conclusión razonable a la
que podemos llegar a partir de la teología de la negación del señorío: “El
milagro divino de la salvación en nuestras vidas, logrado por gracia mediante
la fe sin obras, hace una generosa provisión para toda esa vida de buenas
obras para la cual él nos creó,pero no garantiza que esto ocurra (CL, énfasis
añadido).
Podríamos caracterizar legítimamente la controversia de la negación del
señorío como una disputa alrededor de la eficacia de la gracia, pues cada
punto de la discusión acaba por volver a lo mismo: ¿Es inevitable que la
gracia salvadora de Dios produzca los efectos deseados? Si todas las partes
pudieran llegar a un consenso acerca de esta pregunta, el debate quedaría
solucionado.
La gracia soberana
Con todo esto queda claro que la soberanía de Dios en la salvación se
encuentra en el centro del debate del señorío. La ironía es que el llamado
“Movimiento de la gracia” niega completamente la esencia de la misma: Dios
es quien efectúa la obra completa de la salvación de los pecadores; la
redención es totalmente obra suya. Dios es plenamente soberano en el
ejercicio de su gracia y no está sujeto a la voluntad humana: “Porque dice a
Moisés: Tendré misericordia de quien tenga misericordia, y me compadeceré
de quien me compadezca. Por lo tanto, no depende del que quiere ni del que
corre sino de Dios quien tiene misericordia” (Rom. 9:15, 16).
No me entiendas mal: no nos quedamos estancados mientras todo esto
sucede, además la gracia salvadora tampoco obliga a las personas a creer en
contra de su voluntad, pues eso no es lo que gracia irresistible significa. La
gracia no es coerción, pero al transformar el corazón hace que el creyente esté
completamente dispuesto a confiar y obedecer.
La Biblia deja claro que todos los aspectos de la gracia son obra soberana
de Dios, quien conoce de antemano y ordena previamente a los escogidos
(Rom. 8:29), llama al pecador a sí mismo (Rom. 8:30), acerca el alma de este
a Cristo (Juan 6:44), logra el nuevo nacimiento (Juan 1:13; Stg. 1:18),
concede el arrepentimiento (Hech. 11:18) y la fe (Rom. 12:3; Hech. 18:27),
justifica al creyente (Rom. 3:24; 8:30), santifica al redimido (Efe. 2:10) y
finalmente lo glorifica (Rom. 8:30)8. En ninguna de las etapas de este proceso
la gracia se ve distorsionada por los errores humanos, depende de los méritos
humanos o queda sujeta a los esfuerzos humanos. “Y a los que predestinó, a
estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que
justificó, a estos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos frente a estas cosas?
Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no eximió ni a su
propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará
gratuitamente también con él todas las cosas?” (Rom. 8:30-32, énfasis
añadido). Eso es la gracia.
Muchas personas luchan con el concepto de la gracia soberana, pero si Dios
no fuera soberano en el ejercicio de su gracia, entonces esta no sería lo que
debe ser. Si sus propósitos dependieran de alguna respuesta autogenerada de
fe o de méritos humanos, entonces él mismo no sería soberano y la salvación
tampoco sería plenamente obra suya. Si ese fuera el caso, los redimidos
tendrían algo de lo que enorgullecerse y la gracia no sería gracia (Rom. 3:27;
Efe. 2:9).
Además, a causa de la depravación humana no existe nada en un pecador
caído y reprobado que desee a Dios o sea capaz de responder en fe. Pablo
escribió: “No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se
apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay
ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Hay
veneno de serpiente debajo de sus labios” (Rom. 3:11-13). Fíjate en las
metáforas referentes a la muerte, que es el estado de todos los que están en
pecado. Como veremos en breve, la Biblia enseña que la humanidad pecadora
está muerta en sus delitos y pecados (Efe. 2:1), “sin Cristo, apartados de la
ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, estando sin
esperanza y sin Dios en el mundo” (v. 12). No hay escapatoria de esta
situación tan desesperada, excepto la intervención soberana de la gracia
salvadora de Dios.
Por gracia son salvos
El texto clásico sobre la salvación por gracia es Efesios 2:8, 9: “Porque por
gracia son salvos por medio de la fe; y esto no de ustedes pues es don de
Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe”. Consideremos estos
versículos en su contexto e intentemos comprender mejor la manera en que la
Biblia describe la salvación por gracia por medio de fe en el Señor Jesucristo.
En Efesios 1, el punto central de Pablo era la soberanía de Dios para salvar
por la gracia a los escogidos: escribió que Dios nos escogió (v. 4), nos
predestinó (v. 5), garantizó nuestra adopción (v. 5), nos dio su gracia (v. 6),
nos redimió (v. 7), nos perdonó (v. 7), nos cubrió con las riquezas de su
gracia (v. 8), nos dio a conocer su voluntad (v. 9), obtuvo una herencia para
nosotros (v. 11), nos salvó (v. 13) y nos selló con su Espíritu (vv. 13, 14); en
pocas palabras, “nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en
los lugares celestiales” (v. 3). Todo esto fue la obra de su gracia soberana,
realizada no porque hubiera algo bueno en nosotros, sino simplemente “según
el beneplácito de su voluntad” (v. 5; cf. v. 9) y “según el propósito de aquel
que realiza todas las cosas conforme al consejo de su voluntad” (v. 11).
Aquí, en los primeros diez versículos de Efesios 2, Pablo desarrolla el
proceso de la salvación de nuestra vida pasada:
En cuanto a ustedes, estaban muertos en sus delitos y pecados, en los cuales
anduvieron en otro tiempo conforme a la corriente de este mundo y al príncipe de
la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los hijos de desobediencia. En
otro tiempo todos nosotros vivimos entre ellos en las pasiones de nuestra carne,
haciendo la voluntad de la carne y de la mente; y por naturaleza éramos hijos de
ira, como los demás. Pero Dios, quien es rico en misericordia, a causa de su gran
amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en delitos, nos dio vida
juntamente con Cristo. ¡Por gracia son salvos! Y juntamente con Cristo Jesús, nos
resucitó y nos hizo sentar en los lugares celestiales para mostrar en las edades
venideras las superabundantes riquezas de su gracia, por su bondad hacia nosotros
en Cristo Jesús. Porque por gracia son salvos por medio de la fe; y esto no de
ustedes pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe. Porque
somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que
Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.
La única preocupación de Pablo en estos versículos es la obra de Dios para
salvarnos, porque no existe una obra humana que pueda ser considerada parte
del proceso de salvación (vv. 8, 9). Este pasaje describe nuestro pasado,
presente y futuro como cristianos (lo que fuimos, vv. 1-3; lo que somos, vv.
4-6, 8, 9; y lo que seremos, vv. 7, 10), y puede ser leído como un tratado de la
salvación de señorío. El apóstol menciona seis características de la salvación:
es salvación del pecado (vv. 1-3), por amor (v. 4), para dar vida (v. 5), para la
gloria de Dios (vv. 6, 7), por fe (vv. 8, 9) y para buenas obras (v. 10).
Somos salvados del pecado. Pablo escribe: “En cuanto a ustedes, estaban
muertos en sus delitos y pecados, en los cuales anduvieron en otro tiempo
conforme a la corriente de este mundo y al príncipe de la potestad del aire, el
espíritu que ahora actúa en los hijos de desobediencia. En otro tiempo todos
nosotros vivimos entre ellos en las pasiones de nuestra carne, haciendo la
voluntad de la carne y de la mente; y por naturaleza éramos hijos de ira, como
los demás” (2:1-3). Quizás esta sea la descripción más breve posible de la
completa depravación y condición perdida de la humanidad en pecado.
Dado que nacimos en pecado, nacimos para muerte “porque la paga del
pecado es muerte” (Rom. 6:23). Las personas no mueren espiritualmente por
causa de sus pecados, sino que son pecadores “por naturaleza” (v. 3) y, por
tanto, nacidos sin vida espiritual. Al estar muertos para Dios estábamos
muertos a la verdad, la justicia, la paz, la felicidad y toda otra cosa buena, sin
más capacidad para responderle a Dios que la que tendría un cadáver.
Una tarde, al principio de mi ministerio en la Iglesia de Gracia (Grace
Church), escuché unos golpes intensos en la puerta de mi oficina. Al abrirla
me encontré con un muchachito sin aliento y llorando, quien con una voz
llena de pánico preguntó: “¿Usted es el pastor?”. Cuando le dije que sí, me
replicó: “¡Apúrese! Por favor, venga conmigo”. Era obvio que estaba
ocurriendo algo muy malo, así que corrí con él hasta su casa, que se
encontraba a media cuadra de la iglesia al otro lado de la calle.
La madre del niño, que estaba llorando dentro inconteniblemente, dijo:
“¡Mi bebé está muerto! ¡Mi bebé está muerto!”. Me llevó rápidamente hasta
una habitación, donde yacía en la cama el cuerpo inerte de un pequeño bebé
que evidentemente había fallecido mientras dormía. El cuerpo se veía azulado
y ya estaba frío al tacto, y a pesar de que la madre había estado haciendo
desesperados intentos por revivirlo, ya no se podía hacer nada: el niño había
fallecido, ya no había signos vitales. La madre abrazaba tiernamente su
pequeño cuerpo, lo besaba, tocaba suavemente su rostro, le hablaba y lloraba
por él, pero el niño no respondía. Llegó un equipo de paramédicos e intentó
hacer que el niño volviera a respirar, pero era demasiado tarde y nada le hizo
efecto. No hubo respuesta, porque ya no había vida y ni siquiera el poderoso
amor de aquella madre quebrantada pudo provocar reacción alguna.
La muerte espiritual es exactamente igual: los pecadores no regenerados no
tienen una vida con la que responder ante el estímulo espiritual, así que no
hay amor ninguno, ruegos ni verdades espirituales que puedan provocar una
reacción. Las personas separadas de Dios son muertos ingratos, zombis
espirituales o muertos vivientes incapaces de comprender la gravedad de su
situación. Carecen de vida, aunque fingen muy bien como si la tuvieran, pero
no es así: están muertos aún mientras viven (cf. 1 Tim. 5:6).
Antes de ser salvo todo cristiano estuvo precisamente en la misma
situación; ninguno de nosotros reaccionaba a Dios o su verdad porque
estábamos “muertos en [nuestros] delitos y pecados” (Efe. 2:1), “muertos en
delitos” (v. 5). Los “delitos y pecados” de los que se habla aquí no son una
referencia a actos específicos, sino una descripción de la esfera de la
existencia de la persona separada de Dios, del ámbito en el que viven los
pecadores. Es la noche eterna de los muertos vivientes y sus habitantes son
absolutamente depravados.
La depravación total no significa que el estilo de vida de todas las personas
manifieste el mismo nivel de corrupción y maldad ni que los pecadores
actúen siempre con toda la maldad posible, sino que la humanidad es corrupta
en todo sentido: los no redimidos son depravados en sus mentes, corazones,
voluntades, emociones y cuerpos físicos, así que son absolutamente incapaces
de hacer cualquier cosa sino pecar; aun cuando puedan desarrollar acciones
humanitarias, filantrópicas o religiosas, las hacen para su propia gloria, no la
de Dios (cf. 1 Cor. 10:31). Los pecadores no siempre pecan de las maneras
más grotescas, pero no pueden hacer nada para complacer a Dios o ganarse
su favor ya que el pecado ha manchado todos los aspectos de su ser. Este es
el significado de la muerte espiritual.
Puede haber un centenar de cadáveres en la morgue en un centenar de fases
de descomposición diferentes, pero todos estarán igualmente muertos. La
depravación, al igual que la muerte, se manifiesta de diferentes maneras; sin
embargo, así como para la muerte no puede haber diferentes grados de
intensidad, la depravación siempre será absoluta. No todas las personas se
muestran tan malas como pudieran ser, pero todas están igualmente muertas
en sus pecados.
¿Cómo se comportan las personas en este estado de muerte espiritual?
Andan “conforme a la corriente de este mundo y al príncipe de la potestad del
aire, el espíritu que ahora actúa en los hijos de desobediencia” (Efe. 2:2).
Satanás es “el príncipe de la potestad del aire” que gobierna sobre el reino del
pecado y la muerte (“este mundo”) en que se mueven los que no han sido
redimidos. Es un ámbito en el que aparentemente compiten muchas
religiones, sistemas morales y patrones de comportamiento diferentes, pero
en realidad todo se encuentra bajo el control y el dominio del diablo: “El
mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19).
Por tanto, los que no han sido redimidos (se den cuenta o no de ello) tienen
un señor en común, “el príncipe de la potestad del aire”. Satanás es el arkōn,
el “el príncipe de este mundo” que reinará hasta ser echado fuera por el Señor
(Juan 12:31). Los que viven en ese reino del pecado y la muerte lo hacen bajo
su dominio, comparten su naturaleza, son conspiradores en su rebelión contra
Dios y responden naturalmente a su autoridad. Están en la misma longitud de
onda espiritual. Jesús llega a llamar al diablo como el padre de quienes viven
bajo su señorío (Juan 8:44).
Fíjate que los que no han sido salvos son “por naturaleza... hijos de ira”
(Efe. 2:3), de modo que no todas las personas son “hijos de Dios” como
algunos dicen. Los que no han recibido la salvación por medio de Jesucristo
son enemigos de Dios (Rom. 5:10; 8:7; Stg. 4:4), no solamente “hijos de
desobediencia” sino por consiguiente “hijos de ira” (es decir, objetos de la
eterna condenación de Dios).
El propósito de Pablo en Efesios 2:3 no es mostrar la manera en que viven
las personas sin salvación aunque su enseñanza en cuanto a eso es valiosa),
sino recordar a los creyentes de qué manera vivían antes: “En otro tiempo
todos nosotros vivimos entre ellos en nuestras pasiones de nuestra carne,
haciendo la voluntad de la carne y de la mente; y por naturaleza éramos hijos
de ira, como los demás” (v. 3, énfasis añadido). El reino del pecado y de la
muerte es una experiencia del pasado para los creyentes: estábamos sin
esperanza, sometidos al mundo, a la carne y al diablo (vv. 2, 3); andábamos
como hijos de desobediencia (v. 2); estábamos muertos en delitos y pecados
(v. 1). Ahora todo eso ha quedado en el pasado.
Aunque solíamos ser como el resto de la humanidad, por la gracia de Dios
ya no somos así. Como resultado de su obra salvadora en nuestras vidas
somos —ahora y eternamente— redimidos. Hemos sido librados de la muerte
espiritual, el pecado, la separación de Dios, la desobediencia, el control
demoníaco, la lujuria y el juicio divino (vv. 1-3). Eso es lo que logra la gracia
salvadora.
La salvación es por amor
“Pero Dios, quien es rico en misericordia, a causa de su gran amor con que
nos amó, aun estando nosotros muertos en delitos, nos dio vida juntamente
con Cristo” (vv. 4, 5). La misericordia de Dios es “rica”, inconmensurable,
superabundante, generosa, ilimitada. Hay quienes luchan con el concepto de
la gracia soberana de Dios y creen que es injusto que él escoja a algunos y no
salve a todos, pero eso es exactamente lo contrario del pensamiento correcto.
Lo cierto es que todos merecemos el infierno, pero Dios en su gracia escoge
salvar a algunos; nadie sería salvo si no fuera por su soberana gracia. Lo que
evita que los pecadores se reconcilien con Dios no es una deficiencia en la
misericordia o en la gracia en el lado de la ecuación correspondiente a Dios,
sino el pecado, y el pecado es un problema. La rebelión y el rechazo se
encuentran en la naturaleza de todo pecador.
Las dos palabras “pero Dios” afirman que la iniciativa de salvar es
enteramente suya. Como es rico en misericordia hacia nosotros, y por causa
del gran amor con que nos amó, intervino y proveyó un camino por la gracia
para que retornemos a él.
Dios es intrínsecamente amable, misericordioso y amoroso; el amor es algo
tan integral a su naturaleza que el apóstol Juan escribió: “Dios es amor” (1 Jn.
4:8, 16). Es en su amor que extiende su mano a los seres humanos pecadores,
empobrecidos, condenados y espiritualmente muertos, a fin de bendecirlos
con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo (Efe. 1:3).
Dios no solo ama lo suficiente como para perdonar, sino que nos amó tanto
que entregó a su Hijo para morir justamente por aquellos que lo habían
ofendido: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda mas tenga vida
eterna” (Juan 3:16); “Nadie tiene mayor amor que este: que uno ponga su
vida por sus amigos” (Juan 15:13). El amor de Dios por los que no lo
merecen hace posible la salvación y llena esta de su misericordia: es el
epítome de la gracia soberana.
La salvación es para vida
“Aun estando nosotros muertos en delitos, [Dios] nos dio vida juntamente
con Cristo” (Efe. 2:5). La transacción de la salvación comienza en el
momento en que Dios le da vida espiritual a una persona muerta; el primer
movimiento lo hace él. Jesús dijo: “Nadie puede venir a mí a menos que el
Padre que me envió lo traiga” (Juan 6:44). ¡Por supuesto! Las personas sin
salvación están muertas y son incapaces de toda actividad espiritual, por eso
no tenemos la capacidad para responder a Dios en fe hasta que él nos
despierta.
Cuando los pecadores son salvos dejan de estar separados de la vida de
Dios y están espiritualmente vivos gracias al milagro divinamente forjado de
la unión con Cristo. Por primera vez se vuelven sensibles a Dios, algo a lo
que Pablo llama “novedad de vida” (Rom. 6:4). Ahora comprenden la verdad
espiritual y desean las cosas espirituales (1 Cor. 2:10-16), se convierten en
participantes en la naturaleza divina (2 Ped. 1:4) y pueden buscar las cosas
espirituales (las cosas de arriba”) en lugar de “las de la tierra” (Col. 3:2).
Esta vida nueva está “con Cristo Jesús” (Efe. 2:6), quien es nuestra vida
(Col. 3:4): “viviremos con él” (Rom. 6:8) en la semejanza de su resurrección
(6:5). Nuestra nueva vida es en realidad su vida vivida en nosotros (Gál.
2:20), que es absolutamente diferente a nuestra vida anterior y la
manifestación suprema de la gracia soberana de Dios.
La salvación es para la gloria de Dios
“[Dios] juntamente con Cristo Jesús, nos resucitó y nos hizo sentar en los
lugares celestiales para mostrar en las edades venideras las superabundantes
riquezas de su gracia, por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús” (Efe.
2:6, 7). La salvación tiene un propósito definido: que podamos disfrutar y
mostrar su gloria, dando a conocer las riquezas de su gracia (cf. Rom. 9:23).
Nuestra nueva ciudadanía está en los cielos (Fil. 3:20), por tanto Dios nos
levanta con Cristo y nos sienta con él en los lugares celestiales. Ya no
pertenecemos al mundo presente ni a su esfera de pecaminosidad y rebeldía
porque hemos sido rescatados de la muerte espiritual y de las consecuencias
de nuestros pecados. Eso es gracia pura.
Fíjate que el apóstol describe la vida celestial como si ya hubiera sido
alcanzada por completo. Aunque todavía no estamos en total posesión de
todo lo que Dios tiene para nosotros en Cristo, vivimos en su dominio, así
como antes vivíamos en el reino del pecado y de la muerte. “Lugares
celestiales” claramente implica el sentido completo del dominio de Dios y es
una expresión que no puede ser leída de manera que haga de su señorío algo
opcional. Habitar en el dominio celestial significa disfrutar de comunión
completa con Dios y morar en ese ámbito es lo que nos permite disfrutar de
su protección, de su provisión diaria y de todas las bendiciones de su favor.
Sin embargo, allí no habita nadie que todavía ande conforme a los caminos
de este mundo y del príncipe de la potestad del aire, bajo el control del
espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia. Ya no somos “hijos de
ira” sino “hijos de Dios” (Juan 1:12; 1 Jn. 3:1) y ciudadanos del cielo (Efe.
2:19).
Tal como estábamos sujetos al príncipe de la potestad del aire en el antiguo
reino del pecado y la muerte (v. 2), así seguimos a un nuevo Señor en este
nuevo reino; tal como “por naturaleza éramos hijos de ira” (v. 3) e “hijos de
desobediencia” (v. 2), así ahora “nos dio vida juntamente con Cristo” por
naturaleza (v. 5, 6).
El propósito supremo de Dios en nuestra salvación es exaltar su gracia
soberana “para mostrar en las edades venideras las superabundantes riquezas
de su gracia, por su bondad hacia nosotros en Cristo” (v. 7), de modo que
nuestro Padre amoroso se glorifica a sí mismo aún mientras nos bendice: su
gracia es el eje central de su gloria. Desde el primer momento de la salvación
hasta “las edades venideras” nunca dejaremos de beneficiarnos de su gracia y
de su bondad para con nosotros, ya que en ningún momento se terminará la
gracia porque los esfuerzos humanos asuman el control9.
La salvación es por medio de la fe
“Porque por gracia son salvos por medio de la fe; y esto no de ustedes pues
es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe” (2:8, 9). La fe es
nuestra respuesta, no la causa de la salvación; incluso la fe es “no de
nosotros”, sino que está incluida en el “don de Dios”.
Algunos de los defensores de la negación del señorío se oponen esta
interpretación10, señalando que “fe” (pistis) es femenino mientras que “esto”
(touto) es neutro, de modo que gramaticalmente ese pronombre no tiene un
antecedente claro y no se refiere al sustantivo “fe”, sino más bien al
(comprendido) acto de creer, o posiblemente a la salvación como un todo.
De una u otra forma el significado es inevitable: la fe es un don de Dios por
su gracia, una verdad que Jesús afirmó directamente: “Nadie puede venir a mí
a menos que le haya sido concedido por el Padre” (Juan 6:65). También se
dice que la fe es un don divino en Hechos 3:16 (“Y la fe que es despertada
por Jesús le ha dado esta completa sanidad en la presencia de todos ustedes”),
en Filipenses 1:29 (“Se les ha concedido a ustedes, a causa de Cristo, no
solamente el privilegio de creer en él sino también el de sufrir por su causa”)
y en 2 Pedro 1:1 (“Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que han
alcanzado una fe igualmente preciosa como la nuestra”)11.
“No por obras” no significa contrastar la fe con el arrepentimiento, el
compromiso o la sujeción. De hecho, la cuestión en juego no es tan sencilla
como fe contra circuncisión o fe contra bautismo, pues lo que se contrasta es
la gracia divina con los méritos humanos.
Los esfuerzos humanos no pueden producir la salvación; somos salvos
solamente por gracia y por fe únicamente en Cristo. Cuando renunciamos a
toda esperanza que no sea la fe en Cristo y su obra completa a nuestro favor,
estamos obrando por la fe que Dios provee en su gracia. Creer es, por tanto,
la primera acción de un cadáver espiritual resucitado; es el nuevo hombre que
experimenta su primera bocanada de aire. Como la fe es infalible el hombre
espiritual continúa respirando.
Evidentemente, si la salvación se produce enteramente por la gracia de Dios
no puede ser resultado de las obras y los esfuerzos humanos no tienen nada
que ver con obtenerla o conservarla (cf. Rom. 3:20; Gál. 2:16); nadie debería
gloriarse como si hubiera hecho algo para obtenerla (cf. Rom. 3:27; 4:5; 1
Cor. 1:31).
No podemos detenernos ahora, sin embargo, porque existe otro punto
crucial en la línea de razonamiento de Pablo que es la tesis principal a la que
ha ido apuntando.
La salvación es para buenas obras
“Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las
buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”
(2:10). Este es un versículo que la teología de la negación del señorío no
puede terminar de explicar, por eso varios de sus libros simplemente lo han
ignorado. Los versículos 8 y 9 parecen encajar fácilmente en el sistema de la
negación del señorío, pero sin el versículo 10 no contamos con el cuadro
completo de lo que Pablo está diciendo sobre nuestra salvación.
No podemos dejar de enfatizar que las obras no desempeñan papel alguno
en la obtención de la salvación, pero las buenas obras sí que tienen mucho
que ver con vivir la salvación. Ninguna obra buena puede ganarnos la
salvación, pero la salvación auténtica tiene como resultado muchas buenas
obras, las cuales no son necesarias para convertirse en discípulo, aunque son
las marcas necesarias de todo discípulo verdadero. A fin de cuentas, Dios ha
ordenado que andemos en ellas.
Fíjate que antes de que podamos hacer cualquier obra buena para el Señor,
él hace su buena obra en nosotros. Por la gracia de Dios llegamos a ser
“hechura [suya], creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras”. La
misma gracia que nos dio vida en Cristo y nos resucitó con él nos capacita
para que hagamos las buenas obras para las cuales nos ha salvado.
Puedes notar además que Dios es quien “preparó” estas buenas obras y que
nosotros no recibimos crédito por ellas. Incluso nuestras buenas obras (a las
que en el capítulo anterior nos referimos como “obras de fe”) son obras de su
gracia (así que también sería apropiado llamarlas “obras de gracia”). Estas
obras son la evidencia que corrobora la verdadera salvación y, como los
demás aspectos de la salvación divina, son producto de la gracia soberana de
Dios.
Las buenas acciones y las actitudes justas son intrínsecas a nuestro ser
como cristianos y proceden de la propia naturaleza de quienes viven en el
reino celestial. Tal como los que no tienen la salvación son pecadores por
naturaleza, así los redimidos son justos por naturaleza. Pablo dijo a los
corintios que la gracia abundante de Dios proveyó una suficiencia
superabundante que los equipó “para toda buena obra” (2 Cor. 9:8), y le dijo
a Tito que Cristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda
iniquidad y purificar para sí mismo un pueblo propio, celoso de buenas
obras’ (Tito 2:14, énfasis añadido).
Recuerda que el mensaje fundamental de Pablo aquí no es evangelístico,
pues está escribiendo a creyentes, muchos de los cuales habían venido a
Cristo hacía varios años. Lo que se propone no es decirles cómo ser salvos,
sino recordarles cómo fueron salvos para que pudieran ver de qué manera se
espera que obre la gracia en las vidas de los redimidos. La frase “somos
hechura de Dios” es la clave de todo este pasaje.
El término griego para “hechura” es pōiema, del cual deriva la palabra
poema: nuestras vidas son como un soneto escrito por Dios, una obra de arte
literaria. Dios nos ha creado desde la eternidad para que seamos conformes a
la imagen de su Hijo (Rom. 8:29). Todos seguimos siendo imperfectos, obras
de arte sin terminar que están siendo cuidadosamente elaboradas por el
Maestro divino. Él todavía no ha terminado con nosotros y su obra no cesará
hasta que nos haya hecho a la perfecta imagen de su Hijo (1 Jn. 3:2). La
energía que utiliza para realizar su obra es la gracia. Algunas veces el proceso
es lento y difícil, pero en ocasiones es de inmediato victorioso. Sea como
fuere, “[estoy] convencido de esto: que el que en ustedes comenzó la buena
obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Fil. 1:6).
¿Gracia barata? De ninguna manera. En lo que se refiere a la gracia
auténtica, nada es barato: le costó a Dios su Hijo; su valor es inestimable y
sus efectos eternos, pero es gratuita (“nos dio gratuitamente en el Amado”,
Efe. 1:6) y “[abundó] para muchos” (Rom. 5:15), elevándonos al reino
celestial donde Dios ha establecido que deberíamos caminar.
1. Dietrich Bonhoeffer, El perdón de la gracia: El seguimiento (Salamanca:
Ediciones Sígueme, 2004), 15, 16.
2. Ibíd., 15-16.
3. A. W. Tozer, El conocimiento del Dios Santo, trad. Andrés Carrodeguas
(Deerfield, FL: Editorial Vida, 1996), 101.
4. Louis Berkhof, Teología sistemática (Grand Rapids, MI: Libros Desafío,
2005), 531.
5. Ibíd.
6. Esto contradice las sorprendentes afirmaciones de Zane Hodges: “Aquí es
inherentemente contradictorio hablar de la ‘gracia’ como el ‘don de Dios’. El
otorgamiento de un don es un acto de ‘gracia’, pero cuando esta es vista
como un principio o base para la acción divina nunca se dice que sea un ‘don’
ni parte de un don” (CL). La Biblia está llena de declaraciones que
contradicen esta afirmación: “gracia y gloria dará el SEÑOR. No privará del
bien a los que andan en integridad” (Sal. 84:11); “…a los humildes concederá
gracia” (Prov. 3:34); “él da mayor gracia” (Stg. 4:6); “Dios resiste a los
soberbios pero da gracia a los humildes” (1 Ped. 5:5; cf. también Rom. 15:15;
1 Cor. 1:4; 3:10; Efe. 4:7).
7. Esto explica por qué los teólogos reformados apoyan universalmente la
salvación de señorío. La mayoría de ellos consideran un poco tontos los
argumentos de la negación del señorío, porque comprenden correctamente
que tanto la fe como el arrepen timiento, la sumisión y la santidad son partes
de la obra salvadora de la gracia de Dios.
8. No estoy sugiriendo explícitamente un ordo salutis, un orden de salvación,
un tema acerca del cual se ha escrito, pero que va más allá de mis propósitos
con este libro. Uno de los materiales que mejor considera la cuestión es el
libro de Anthony A. Hoekema, Saved by Grace (Grand Rapids, MI:
Eerdmans, 1989), 14-27.
Hoekema muestra que la salvación no consiste tanto en una serie de pasos
sucesivos sino en la aplicación simultánea de varios aspectos de la gracia
salvadora. El ordo salutis debe ser primeramente un arreglo lógico y no
cronológico, ya que en el mismo momento en que somos regenerados nos
convertimos, nos arrepentimos, creemos, somos justificados, somos
santificados y nos embarcamos en la vida de fe y obediencia en la que
perseveraremos hasta la glorificación.
En un sentido amplio, regeneración (o nuevo nacimiento) es un término
utilizado como acrónimo para la salvación (Tito 3:5; cf. Juan 3:3, 5, 7; 1 Ped.
1:23); en su sentido específico y teológico, es la obra del Espíritu Santo que
imparte nueva vida al pecador. La palabra nunca se utiliza en el Nuevo
Testamento para referirse a algún acto limitado de Dios previo a la fe que
pueda ser diferenciado como un acontecimiento autónomo o un producto
independiente. Desde el punto de vista de la razón, la regeneración por lógica
tiene que dar inicio a la fe y al arrepentimiento, pero la operación de la
salvación es un acontecimiento único e instantáneo.
El punto crucial que debe aclararse a este respecto es que descarta la idea
de convertir la santificación, la consagración, el bautismo del Espíritu o
cualquier otro aspecto de la conversión en una experiencia de segundo nivel.
Ninguna etapa de la conversión es postergada u ofrecida como una segunda
obra de la gracia.
9. Un defecto muy importante de la teología de la negación del señorío es su
tendencia a considerar que la gracia funciona solamente en la justificación y
hacer de las obras el fundamento de la santificación. Zane Hodges enseña que
“el don de vida otorgado por Dios” y el “potencial” para la santificación son
dones de la gracia “absolutamente gratuitos”, “pero de allí en adelante” el
crecimiento, el fruto y la santificación en la práctica requieren un arduo
esfuerzo humano (CL).
10. Charles Ryrie puede ser una excepción a la regla en este punto, ya que en
uno de sus escritos reconoce que “toda la salvación, incluyendo la fe, es don
de Dios” (USTG). Lamentable mente menciona esta realidad crucial solo
como “una aclaración intere sante” y no trata las implicaciones de la misma
en su sistema.
11. Contrasta la declaración de Hodges: “La Biblia nunca afirma que la fe
salvadora es un don en sí misma” (CL).
Capítulo 5
LA NECESIDAD DE PREDICAR EL
ARREPENTIMIENTO
Nuestros oídos se han acostumbrado a escuchar que se les diga a los hombres que
“reciban a Jesús como su Salvador personal”, un juego de palabras que no se
encuentra en la Biblia y que se ha transformado en una frase vacía. “Salvador
personal” quizás sean palabras preciosas para el cristiano, pero resultan
completamente inadecuadas a la hora de instruir a un pecador en el camino hacia
la vida eterna, ya que ignoran completamente uno de los elementos esenciales del
evangelio, el arrepentimiento, un ingrediente necesario para la predicación de las
buenas nuevas que se está evaporando rápidamente de los púlpitos evangélicos, a
pesar de que el Nuevo Testamento está lleno de él.
Pablo confrontó a los intelectuales del areópago de Atenas predicando que
“[Dios] en este tiempo manda a todos los hombres, en todos los lugares, que se
arrepientan” (Hech. 17:30). Esta no era una nota opcional para la trompeta
apostólica, sino la melodía, el tema de sus instrucciones para los pecadores. Hablar
simplemente de “recibir a un Salvador personal” elimina este imperativo crucial.
WALTER CHANTRY1
Durante más o menos los últimos cinco años he tenido oportunidades de
ministrar en muchas de las naciones a las que nos solíamos referir como
países tras la “cortina de hierro”, y allí encontré una iglesia evangélica
sorprendentemente vigorosa, sólida en la Biblia, doctrinalmente ortodoxa y
viva. Los cristianos occidentales por lo general no comprenden o no aprecian
la vitalidad de las iglesias de Europa Oriental si no las visitan personalmente.
Estas iglesias están llenas (a menudo tan a rebosar que uno está incómodo), la
gente incluso se queda de pie por fuera del templo y mira por las ventanas.
Son personas que se toman muy en serio su compromiso con Cristo, de una
manera poco común entre los cristianos occidentales: sus cultos están llenos
de adoración y consagración, y aun así son intensamente apasionados; el
llanto espontáneo es tan común como la risa; la oración por los perdidos y el
evangelismo personal están en el corazón de estas personas más que las
actividades sociales o los deportes; el énfasis de su mensaje al mundo es un
claro llamado al arrepentimiento.
El cristianismo europeo oriental se refiere por lo general a los cristianos
nuevos como “arrepentidos”, pues cuando alguien viene a Cristo los demás
cristianos dicen que este se ha “arrepentido” y es común que a los nuevos
creyentes se les dé la oportunidad de ponerse de pie ante la iglesia y expresar
su arrepentimiento. En casi todos los servicios en los que participé en la
antigua Unión Soviética, por lo menos un convertido hizo su confesión
pública de arrepentimiento.
Es algo enteramente bíblico que la iglesia haga del arrepentimiento la
característica más importante de su mensaje para el mundo perdido, ya que, a
fin de cuentas, el evangelio invita a las personas a venir a Aquel que los
puede liberar del pecado. Quienes no se sientan culpables, pero quieran ser
liberados del poder y del castigo por el pecado ni siquiera van a querer una
liberación.
¿Te has dado cuenta de que la Gran Comisión de nuestro Señor demanda
que prediquemos el arrepentimiento? Lucas es el único de los evangelios que
registra el contenido del mensaje que Jesús ordenó a sus discípulos que
predicaran: “El arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las
naciones” (Luc. 24:47). Como veremos en breve, el arrepentimiento fue la
sustancia del mensaje de la iglesia a un mundo hostil a lo largo del libro de
Hechos.
La Biblia es clara: el arrepentimiento se encuentra en el corazón del
llamado del evangelio y si no lo predicáramos no estaríamos predicando el
evangelio que el Señor nos confió. Si fracasamos en nuestra tarea de invitar a
la gente a que se aparte de sus pecados, no estaremos comunicando el mismo
evangelio que los Apóstoles proclamaron.
La iglesia occidental ha cambiado sutilmente la idea fundamental del
evangelio, pues en lugar de exhortar a que los pecadores se arrepientan, los
evangélicos de nuestra sociedad invitan a los perdidos a “aceptar a Cristo”.
Esto convierte a los pecadores en soberanos y pone a Cristo a su disposición;
de hecho, somete a este a juicio y entrega a las personas la investidura y el
martillo de juez, justo lo contrario de lo que debería ser. Es irónico que
quienes deberían preocuparse de si Cristo los acepta o no estén recibiendo de
los cristianos el mensaje de que es prerrogativa de los pecadores “recibir a
Cristo”. Este evangelio modificado presenta la conversión como una
“decisión por Cristo” en lugar de una transformación vital del corazón que
involucre la fe genuina, el arrepentimiento, la sujeción y el nuevo nacimiento
para una vida nueva.
A. W. Tozer escribió:
Por eso la fórmula “Acepta a Cristo” se ha convertido en una panacea de
aplicación universal. Y creo que esto ha sido algo fatal para muchos... El problema
consiste en que la entera actitud de “Aceptar a Cristo” puede estar mal. Muestra a
Cristo recurriendo a nosotros más que nosotros a Él. Hace que Cristo esté
sombrero en mano esperando nuestro veredicto respecto de Él, más que a nosotros
arrodillándonos ante El con corazones quebrantados esperando Su veredicto de
nosotros. Puede permitirnos a nosotros aceptar a Cristo por un impulso de nuestra
mente o nuestras emociones, sin mayor pena o dolor, sin pérdida para nuestro ego
y sin que afecte en ninguna manera nuestro modo de vida.
Podríamos pensar en ciertos paralelos que ilustrarían lo que es una mala manera
de tratar algo tan importante. Por ejemplo, pensar de Israel “aceptando” el valor de
la sangre del cordero pero permaneciendo esclavo de Egipto. O el hijo pródigo,
“aceptando” el perdón del padre, pero siguiendo hundido entre los puercos del
chiquero en el país lejano. ¿No es lógico pensar que si “aceptar” ha de tener algún
significado, debe haber una actitud moral de acuerdo con ello?2
La “acción moral” a la que se refiere Tozer es el arrepentimiento.
El arrepentimiento en el debate del señorío
El arrepentimiento no es una obra meritoria, así como tampoco lo es su
contraparte la fe, sino una respuesta interna. El genuino arrepentimiento le
ruega al Señor perdón y liberación de la carga del pecado y el temor del
juicio y el infierno; es la actitud del publicano que, aun con temor de elevar la
vista al cielo se golpeaba el pecho y clamaba: “Dios, sé propicio a mí, que
soy pecador” (Luc. 18:13). No es una mera reforma de conducta, pero como
el arrepentimiento verdadero implica un cambio de corazón y de propósitos
es inevitable que resulte en un cambio de comportamiento.
Así como la fe, el arrepentimiento tiene ramificaciones intelectuales,
emocionales y volitivas. Berkhof describe el elemento intelectual del
arrepentimiento como “un cambio de opinión, un reconocimiento del pecado
con la culpa personal, la corrupción y la incapacidad que envuelve”; el
elemento emocional es “un cambio de sentimiento que se manifiesta en
tristeza por el pecado cometido en contra de un Dios santo y justo”; el
elemento volitivo es “un cambio de propósito, un íntimo volverse del pecado,
y una disposición a buscar el perdón y la pureza”3. Cada uno de estos tres
elementos es insuficiente separado de los demás. El arrepentimiento es una
respuesta de la persona completa, por eso algunos se refieren a él como una
entrega total.
Es obvio que esta perspectiva del arrepentimiento es incompatible con la
teología de la negación del señorío. ¿Qué es lo que los maestros que niegan el
señorío tienen que decir acerca del arrepentimiento? No están totalmente de
acuerdo entre ellos.
Algunos protagonistas radicales de la negación del señorío simplemente
niegan que el arrepentimiento tenga algo que ver con el mensaje del
evangelio: “Aunque el arrepentimiento verdadero puede preceder a la
salvación... no hace falta que sea así. Y como no es esencial para la
transacción salvadora como tal, no es de ninguna manera una condición para
la misma” (CL). Esta perspectiva se apoya en hacer de la “transacción
salvadora” una simple justificación forense (la misericordiosa declaración de
Dios de que todas las exigencias de la ley se cumplen por medio de la justicia
de Jesucristo en nombre del pecador que cree), algo monofacético que ni
siquiera brinda al pecador una relación sana con Dios. Así que la perspectiva
radical de la negación del señorío presenta la siguiente fórmula: “Si la
cuestión es simplemente ‘¿Qué debo hacer para ser salvo?’, la respuesta es
creer en el Señor Jesucristo (Hech. 16:31). Si el problema es más amplio
(‘¿De qué manera puedo restaurar mi relación con Dios?’) la respuesta es
‘arrepentimiento ante Dios y fe en el Señor Jesucristo’ (Hech. 20:21)” (CL).
Las insinuaciones ocultas bajo estas declaraciones son sorprendentes.
¿Cómo o por qué plantearía la pregunta de qué debe hacer para ser salva una
persona que no se haya arrepentido? ¿De qué estaría buscando salvarse esa
persona? ¿En qué sentido es la salvación un asunto separado de la
restauración de la relación con Dios? ¿Es posible obtener la salvación eterna
sin tomar conciencia de la gravedad del pecado personal y de la separación de
Dios? Esas son las implicaciones de las enseñanzas de la negación del
señorío radical.
Sin embargo, la perspectiva predominante de la negación del señorío en
cuanto al arrepentimiento consiste simplemente en redefinirlo como un
cambio de opinión, no en un abandono del pecado o un cambio de propósitos.
Esta perspectiva declara: “Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento
arrepentimiento significa ‘cambiar de opinión’” (USTG); “¿Es el
arrepentimiento una condición para recibir la vida eternal? Sí, si es un
arrepentimiento o cambio de mentalidad acerca de Jesucristo, pero no si
significa lamentar haber pecado o decidirse a dejar atrás el pecado” (USTG).
El arrepentimiento conforme a esa definición es simplemente un sinónimo de
la definición de fe de la negación del señorío, un mero ejercicio intelectual4.
Fíjate que la definición de arrepentimiento de la negación del señorío niega
explícitamente tanto el elemento emocional como el volitivo de la descripción
de Berkhof sobre este concepto. El arrepentimiento de la negación del señorío
no es “lamentar el pecado y resolver darle la espalda”, sencillamente significa
“cambiar de opinión en cuanto a nuestro concepto anterior de Dios y nuestra
incredulidad sobre Dios y sobre Cristo” (USTG 98). Es decir, podríamos
experimentar ese tipo de “arrepentimiento” sin llegar a comprender la
gravedad del pecado o la severidad del juicio de Dios contra los pecadores,
pues sería un pseudoarrepentimiento hueco y libre de remordimientos.
El arrepentimiento en la Biblia
¿Encaja esta definición del arrepentimiento de la negación del señorío dentro
de la Biblia? Está claro que no. Es cierto que lamentar el pecado no es
arrepentimiento (Judas no se arrepintió a pesar de sentir remordimientos,
Mat. 27:3), pero el arrepentimiento no consiste solamente en decidir hacer las
cosas mejor; todos los que alguna vez hemos hecho resoluciones de Año
Nuevo sabemos lo fácil que es quebrantar la determinación humana. El
arrepentimiento ciertamente no es penitencia ni una actividad desarrollada
para intentar redimirse por los pecados que uno haya cometido.
Sin embargo, tampoco se trata de una cuestión puramente intelectual, pues
seguramente hasta Judas cambió de opinión, pero eso no lo hizo darle la
espalda al pecado y encomendarse al Señor en busca de misericordia. El
arrepentimiento no es solamente un cambio de opinión sino también un
cambio de corazón; es un giro espiritual, una media vuelta completa. En el
contexto del nuevo nacimiento, el arrepentimiento significa darle la espalda
al pecado para acudir al Salvador. Es una respuesta hacia el exterior y no una
actividad externa, pero su fruto será evidente en la conducta del creyente
verdadero (Luc. 3:8).
Se ha dicho muchas veces que el arrepentimiento y la fe son dos caras de
una misma moneda que se llama conversión. El arrepentimiento desecha el
pecado para encomendarse a Cristo, mientras que la fe se aferra a él como la
única esperanza de salvación y justicia. En pocas palabras, en eso consiste la
conversión.
La fe y el arrepentimiento son dos conceptos separados, pero no pueden
suceder independientemente el uno del otro, de modo que el arrepentimiento
genuino es siempre la otra cara de la fe y la fe verdadera acompaña al
arrepentimiento: “los dos son inseparables”5.
Isaías 55:1-13, el clásico llamado a la conversión del Antiguo Testamento,
muestra ambos lados de la moneda, pues el pasaje menciona la fe de
diferentes maneras (“¡Vengan a las aguas! ...Vengan, compren sin dinero y
sin precio vino y leche”, v. 1; “Coman del bien, y su alma se deleitará con
manjares”, v. 2; “¡Busquen al SEÑOR mientras puede ser hallado! ¡Llámenlo
en tanto que está cercano!”, v. 6), pero incluye el arrepentimiento: “Deje el
impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos. Vuélvase al
SEÑOR...” (v. 7).
Como demuestra este versículo, el arrepentimiento es un asunto moral y no
meramente intelectual, ya que exige no solo un “cambio de opinión” sino
también un repudio del amor al pecado. Un diccionario del Nuevo
Testamento muy importante enfatiza que el concepto neotestamentario del
arrepentimiento no es predominantemente intelectual: “Más bien se enfatiza
la decisión de que el hombre completo da un giro de ciento ochenta grados.
Queda claro que no nos importa un giro puramente superficial ni un mero
cambio de ideas intelectual”6. Otro diccionario teológico importante define el
arrepentimiento así:
Una conversión radical, una transformación de la naturaleza, un abandono
definitivo del mal, una entrega resuelta a Dios en total obediencia (Mar. 1:15; Mat.
4:17, 18:3) ... Esta conversión sucede de una sola vez y no puede haber una vuelta
atrás, sino solamente el avance con un movimiento responsable por el camino
ahora tomado. Afecta a la persona completa, primero y básicamente el centro de
su vida personal y luego su conducta en todo momento y situación, sus
pensamientos, palabras y acciones (Mat. 12:33 ss.; 23:26; Mar. 7:15 par.). Toda la
proclamación de Jesús... es la proclamación de una entrega incondicional a Dios,
de un abandono incondicional de todo lo que esté en contra de él, no solamente de
lo que es evidentemente malo sino de aquello que dada la situación hace imposible
una entrega completa. Se dirige a todos sin distinción y es presentado con total
severidad a fin de indicar que es la única manera de recibir la salvación. Exige una
entrega y un compromiso absolutos para con la voluntad de Dios... Abarca todo
aquello en lo que ande el nuevo hombre reclamado por el señorío divino y se
acompaña del fundamento para una nueva relación personal del hombre con Dios.
Despierta una obediencia gozosa para una vida conforme a su voluntad7.
El arrepentimiento en los Evangelios
Un argumento contra el arrepentimiento que aparece invariablemente en los
libros a favor de la negación del señorío es más o menos el siguiente: el
Evangelio de Juan, tal vez el único libro de la Biblia cuyo propósito es
explícitamente evangelístico (Juan 20:31), no menciona el arrepentimiento ni
una sola vez. ¿No te parece que Juan hubiera incluido un llamado al
arrepentimiento si el arrepentimiento fuera tan crucial para el mensaje del
evangelio?
Lewis Sperry Chafer escribió: “Asimismo, el Evangelio según S. Juan,
escrito expresamente para presentar a Cristo como esencial objeto de la fe
para vida eterna, no usa ni una sola vez la palabra arrepentimiento”8. Chafer
sugirió que el cuarto evangelio “quedaría[n] incompleto[s] y engañoso[s] si
se concediese al arrepentimiento un lugar aparte, o independiente del creer.
Ninguna persona sensata se atrevería a defender [el arrepentimiento como
condición para la salvación] contra un testimonio tan gigantesco; y cuantos lo
han intentado, sin duda que lo han hecho sin prestar atención a esta evidencia
ni considerar la debilidad de la posición que mantenían”9.
Más recientemente, Charles Ryrie escribió:
Es impactante recordar que el Evangelio de Juan, el evangelio del creer, no utiliza
ni una sola vez el término “arrepentimiento”, aunque él tuvo muchas
oportunidades para hacerlo en los acontecimientos que registró sobre la vida del
Señor. Hubiera sido muy apropiado utilizar arrepentirse o arrepentimiento en el
relato de la conversación del Señor con Nicodemo, pero la palabra utilizada es
creer (Juan 3:12, 15). Así que, si Nicodemo necesitaba arrepentirse, creer debe ser
sinónimo de ello. ¿Si no cómo podría ser que el Señor olvidara utilizar la palabra
arrepentimiento al hablar con él? Jesús no le dijo a la prostituta samaritana que se
arrepintiera, sino que pidiera (Juan 4:10); cuando el testimonio de esta sobre el
Señor alcanzó a los otros samaritanos, Juan no registró que se arrepintieran, sino
que creyeron (vv. 39, 41, 42). Creer o fe aparecen además unas cincuenta veces
más de en el Evangelio de Juan, pero arrepentirse no se encuentra ni una sola vez.
El punto álgido es Juan 20:31: “Pero estas cosas han sido escritas para que ustedes
crean. y para que creyendo tengan vida en su nombre” (USTG).
Pero nadie aferrarse a este concepto con más intensidad que Zane Hodges:
Uno de los hechos más impactantes de la doctrina del arrepentimiento es su
ausencia absoluta en el evangelio de Juan. ¡No existe ni siquiera una referencia a
ella en los veintiún capítulos del Evangelio de Juan! No obstante, un escritor del
señorío escribe: “Ninguna evangelización que omita el mensaje de arrepentimiento
puede llamarse con propiedad evangelio, porque los pecadores no pueden acudir a
Jesucristo sin un cambio radical de corazón, mente y voluntad”10.
Esa es una declaración impactante. Dado que el Evangelio de Juan omite el
mensaje del arrepentimiento, ¿tenemos que llegar a la conclusión de que su
evangelio no es entonces bíblico?
La misma idea arrastra su propia refutación: el cuarto evangelista declara
explícitamente estar haciendo evangelismo (Juan 20:30, 31). Lo deficiente no
es la teología del evangelio de Juan, sino la teología que encontramos en la
salvación de señorío. De hecho, los desesperados esfuerzos de los maestros
del señorío por encontrar el arrepentimiento en el cuarto evangelio
demuestran claramente que han identificado su propia debilidad fundamental.
Está claro que el mensaje del evangelio de Juan está completo y es adecuado
a pesar de no tener referencias de ninguna clase al arrepentimiento (CL).
Hodges sugiere que el apóstol Juan estaba evitando deliberadamente el
asunto del arrepentimiento (CL), pues en su evangelio encuentra:
...una sola palabra (ni una sílaba) acerca del arrepentimiento, pese a que este sería
el lugar perfecto para que el evangelista ubicara una nota al respecto.
¡Pero su silencio es ensordecedor!...
El silencio del primer capítulo persiste hasta el mismo final del libro: el cuarto
evangelio no dice nada en absoluto acerca del arrepentimiento, y mucho menos lo
conecta de manera alguna con la vida eterna.
Este hecho es la sentencia de muerte de la teología del señorío. Solamente una
obstinada ceguera puede resistirse a la conclusión evidente: Juan no consideraba
el arrepentimiento como una condición para la vida eterna. Si así hubiera sido, lo
hubiera dicho. Después de todo este libro trata exactamente de eso, de la obtención
de la vida eterna (CL).
¿Qué debemos pensar sobre esta sugerencia? ¿Es el “silencio” del apóstol
Juan en cuanto al arrepentimiento realmente una sentencia de muerte para la
defensa del señorío?
Difícilmente. H. A. Ironside ofreció una respuesta hace más de cincuenta
años cuando escribió lo siguiente:
La disposición de los cuatro evangelios es perfectamente armónica: en los
sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) el llamado es al arrepentimiento, pero en Juan
lo que se enfatiza es el creer. Algunos han pensado que aquí hay una
inconsistencia o una contradicción, pero tenemos que recordar que Juan escribió
años después de los otros evangelistas, con el definido propósito de demostrar que
Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que creyendo tendríamos vida eterna en su
nombre. No se dedica a recorrer un camino ya transitado, sino que añade y
suplementa los registros anteriores, incitando a la confianza en el testimonio que
Dios ha dado acerca de su Hijo. No ignora el ministerio del arrepentimiento al
enfatizar la importancia de la fe, por el contrario, les muestra a las almas
arrepentidas la simplicidad de la salvación o de la recepción de la vida eterna por
medio de la confianza en aquel que, como la luz, alumbra a todo hombre,
poniendo así de manifiesto la condición caída de la humanidad y la necesidad de
un cambio completo de actitud hacia el ego y hacia Dios11.
Se puede demostrar que la afirmación de Zane Hodges de que “el cuarto
evangelio no dice nada en absoluto acerca del arrepentimiento” (CL 148) es
falsa. Es cierto que Juan no utiliza la palabra arrepentimiento, pero como
hemos observado en el capítulo anterior, nuestro Señor tampoco utilizó la
palabra gracia. Podemos suponer que los teólogos de la negación del señorío
rechazarían cualquier sugerencia de que la doctrina de la gracia estuvo
ausente en las enseñanzas de Jesús.
El arrepentimiento se encuentra entretejido en la propia esencia del
evangelio de Juan, aunque la palabra en sí nunca fuera utilizada: en el relato
de Nicodemo, por ejemplo, el arrepentimiento fue claramente sugerido en el
mandato de Jesús a nacer de nuevo (Juan 3:3, 5, 7); el arrepentimiento fue el
centro de la ilustración del Antiguo Testamento que nuestro Señor le
compartió a Nicodemo (vv. 14, 15); en Juan 4 la mujer junto al pozo se
arrepintió, como lo demuestran sus acciones en los versículos 28 y 29.
¿No está incluido por implicación el arrepentimiento en las siguientes
descripciones juaninas de la fe salvadora?
Juan 3:19-21: Y esta es la condenación: que la luz ha venido al mundo, y los
hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas. Porque
todo aquel que practica lo malo aborrece la luz y no viene a la luz para que sus
obras no sean censuradas. Pero el que hace la verdad viene a la luz para que sus
obras sean manifiestas que son hechas en Dios.
Juan 10:26-28: Pero ustedes no creen porque no son de mis ovejas. Mis ovejas
oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. Yo les doy vida eterna (énfasis
añadido).
Juan 12:24-26: De cierto, de cierto les digo que a menos que el grano de trigo
caiga en la tierra y muera, queda solo, pero si muere lleva mucho fruto. El que
ama su vida la pierde; pero el que odia su vida en este mundo, para vida eterna la
guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estoy allí también estará mi
servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará.
Decir que Juan promovió una fe que excluía el arrepentimiento constituiría
una malinterpretación exagerada de lo que significa ser un creyente para el
apóstol. Aunque Juan nunca utiliza “arrepentir” como verbo, los verbos que
sí utiliza son todavía más fuertes: Juan enseña que todos los creyentes aman
la luz (3:19), vienen a la luz (3:20, 21), obedecen al Hijo (3:36), practican la
verdad (3:21), adoran en espíritu y verdad (4:23, 24), honran a Dios (5:22-
24), hacen buenas obras (5:29), comen de la carne de Jesús y beben de su
sangre (6:48-66), aman a Dios (8:42, cf. 1 Jn. 2:15), siguen a Jesús (10:26-
28) y guardan sus mandamientos (14:15). Estas ideas difícilmente encajan
con la salvación de la negación del señorío, pues todas ellas presuponen el
arrepentimiento, el compromiso y el deseo de obedecer.
Como esos términos sugieren, el apóstol tuvo cuidado de describir la
conversión como un giro completo. Para Juan, llegar a ser un creyente
significaba resucitar de muerte a vida, pasar de la oscuridad a la luz,
abandonar la mentira para aferrarse a la verdad, cambiar el odio por el amor,
y rechazar el mundo para seguir a Dios. ¿Qué son esas sino imágenes de una
conversión radical?
La expresión que Juan utiliza con más frecuencia para referirse al
comportamiento del creyente es “amar a Dios”. ¿Cómo pueden los pecadores
comenzar a amar a Dios sin un arrepentimiento verdadero? ¿Y qué es lo que
implica ese amor?
Finamente, recuerda que el Evangelio de Juan es lo que acentúa el
ministerio del Espíritu Santo para traer convicción al mundo que no cree
(Juan 16:8-11). ¿De qué convence a los no creyentes el Espíritu Santo? “De
pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). ¿No da la impresión de que la
obra del Espíritu Santo para convencer a las personas del pecado y sus
consecuencias tiene el propósito específico de colocar las bases para el
arrepentimiento?
El arrepentimiento es un concepto subyacente en todos los escritos de Juan,
por eso se entiende, pero no es necesariamente explícito. Sus lectores estaban
tan familiarizados con el mensaje apostólico que no necesitaban
sobreabundar en el concepto del arrepentimiento, y Juan estaba enfatizando
facetas del mensaje del evangelio diferentes a las presentadas por Mateo,
Marcos y Lucas. ¡De lo que podemos estar seguros es de que no estaba
escribiendo para contradecirlos! Desde luego no se proponía desarrollar una
doctrina de la salvación que negara el señorío.
De hecho, el propósito de Juan era exactamente el opuesto: estaba
mostrando que Jesús es Dios (por ej. 1:1-18; 5:18; 12: 37-41) y sus lectores
entendían claramente la implicación de eso: si Jesús es Dios y debemos
recibirle como tal (Juan 1:12), nuestro primer deber para acercarnos a él es el
arrepentimiento (cf. Luc. 5:8).
El arrepentimiento en la predicación apostólica
Incluso el estudio más elemental de la predicación en el libro de Hechos
muestra que el evangelio según los Apóstoles era un llamado de atención al
arrepentimiento. En Pentecostés, Pedro concluyó su sermón (un claro
mensaje del señorío) con estas palabras: “Sepa, pues, con certidumbre toda la
casa de Israel, que a este mismo Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios le ha
hecho Señor y Cristo” (Hech. 2:36). Este mensaje penetró en el corazón de
sus oyentes, quienes preguntaron a Pedro qué respuesta se esperaba de ellos,
a lo que él les dijo claramente: “Arrepiéntanse y sea bautizado cada uno de
ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados” (v. 38).
Fíjate que no mencionó la fe, la cual estaba implicada en el llamado al
arrepentimiento. Pedro no estaba convirtiendo al bautismo en una condición
para la salvación, simplemente señaló el primer paso de obediencia que debía
venir a continuación de su arrepentimiento (cf. 10:43-48). El público de
Pedro, familiarizado con el ministerio de Juan el Bautista, entendía que el
bautismo era una comprobación externa del arrepentimiento sincero (cf. Mat.
3:5-8) y que Pedro no estaba pidiéndoles que realizaran una acción meritoria
(algo que toda la enseñanza bíblica deja claro).
Sin embargo, el mensaje que les transmitió aquel día fue un llamado directo
al arrepentimiento. Como muestra el contexto de Hechos 2, los que
escucharon a Pedro comprendieron que estaba demandando una entrega
incondicional al Señor Jesucristo.
En Hechos 3 encontramos una escena similar en la que Pedro y Juan fueron
utilizados por el Señor para sanar a un paralítico a la puerta del templo (vv. 1-
9). Cuando se reunió la multitud, Pedro comenzó a predicarles recordándoles
que la nación judía había asesinado a su propio Mesías. Su conclusión fue
precisamente la misma que había dado en Pentecostés: “Por tanto, para que
sean borrados sus pecados, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, a fin de que
vengan tiempos de descanso de parte del Señor, enviándoles el Mesías que ya
había sido preparado para ustedes, el cual es Jesús. Es necesario que él
permanezca en el cielo hasta que llegue el tiempo de la restauración de todas
las cosas, como Dios lo ha anunciado desde hace siglos por medio de sus
santos profetas” (vv. 19-21, NVI, énfasis añadido). La Reina-Valera
Actualizada 2015 dice: “Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse para que sean
borrados sus pecados”. Una vez más las intenciones de Pedro no dejan lugar
a dudas: estaba llamando a un giro radical de ciento ochenta grados para
alejarse del pecado. Eso es el arrepentimiento.
En Hechos 4 Pedro y Juan, un día después de ser utilizados en la sanidad
del paralítico, fueron llevados ante el Sanedrín (la autoridad judía). Pedro dijo
valientemente: “Sea conocido a todos ustedes y a todo el pueblo de Israel,
que ha sido en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien ustedes
crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos. Por Jesús este
hombre está de pie sano en su presencia. Él es la piedra rechazada por ustedes
los edificadores, la cual ha llegado a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro
hay salvación, porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los
hombres, en que podamos ser salvos” (Hech. 4:10-12). Aunque no hay
mención alguna de la palabra arrepentimiento, el mensaje de Pedro para estos
dirigentes era obvio: habían rechazado y dado muerte a su justo Mesías, y
ahora necesitaban un cambio radical a fin de darle la espalda al horrible
pecado que habían cometido y volverse a aquel contra quien habían pecado,
pues solamente él podía otorgarles la salvación.
Cuando Pedro fue llamado por Dios para proclamar el evangelio a Cornelio
y su familia, el mensaje tuvo un énfasis diferente: “Todo aquel que cree en él
recibirá perdón de pecados por su nombre” (Hech. 10:43).
¿Entonces Pedro pasó por alto el asunto del arrepentimiento en su
ministerio a Cornelio? De ninguna manera, ya que es evidente que Cornelio
se arrepintió. Cuando Pedro relató más tarde el incidente a la iglesia en
Jerusalén, los líderes respondieron: “¡Así que también a los gentiles Dios ha
dado arrepentimiento para vida!” (Hech. 11:18, énfasis añadido).
Obviamente, toda la iglesia de Jerusalén consideraba al arrepentimiento como
un equivalente al testimonio de salvación.
Los defensores de la negación del señorío por lo general recurren a Hechos
16:30, 31 para respaldar su perspectiva de que el arrepentimiento no es
esencial en el llamado a la fe salvadora. Allí el apóstol Pablo responde la
famosa pregunta del carcelero de Filipo: “Señores, ¿qué debo hacer para ser
salvo?”. ¿Qué fue lo que Pablo le dijo? Simplemente “Cree en el Señor Jesús
y serás salvo, tú y tu casa”. Es evidente que Pablo no llamó al carcelero al
arrepentimiento.
¡Pero espera! ¿Es esa una conclusión justa que podemos extraer de este
pasaje? Claro que no.
El carcelero conocía muy bien el costo de ser cristiano (vv. 23, 24), además
de estar evidentemente preparado para arrepentirse: estaba a punto de quitarse
la vida cuando Pablo lo detuvo (vv. 25-27) y resulta evidente que estaba en
las últimas; es más, Pablo le hizo una presentación más extensa del evangelio
de la que aparece registrada para nosotros en Hechos 16:31 (el versículo 32
dice que “le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su
casa”). El carcelero acabó por arrepentirse y sus acciones demostraron ese
arrepentimiento (vv. 33, 34). Este pasaje no puede ser utilizado para
demostrar que Pablo predicara el evangelio sin llamar a los pecadores al
arrepentimiento.
El arrepentimiento siempre fue el corazón de la predicación evangelística
de Pablo. Cuando confrontó a los filósofos paganos de Atenas proclamó:
“Por eso, aunque antes Dios pasó por alto los tiempos de la ignorancia, en
este tiempo manda a todos los hombres, en todos los lugares, que se
arrepientan” (Hech. 17:30). En su famoso mensaje a los ancianos de Éfeso,
Pablo les recordó: “Y saben que no he rehuido el anunciarles nada que les
fuera útil, y el enseñarles públicamente y de casa en casa, testificando a los
judíos y a los griegos acerca del arrepentimiento para con Dios y la fe en
nuestro Señor Jesús” (Hech. 20:20, 21, énfasis añadido). Más adelante,
cuando fue llevado ante el rey Agripa, Pablo defendió su ministerio con estas
palabras: “No fui desobediente a la visión celestial. Más bien... y a los
gentiles, les he proclamado que se arrepientan y se conviertan a Dios,
haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hech. 26:19, 20).
Queda claro que en el libro de Hechos se puede observar de principio a fin
que el arrepentimiento era el concepto central del mensaje apostólico. El
arrepentimiento que predicaban no era un mero cambio de opinión acerca de
quién era Jesús, sino que consistía en darle la espalda al pecado (3:26; 8:22) y
volverse a Jesucristo (20:21); era el tipo de arrepentimiento que resulta en un
cambio de conducta (26:20). El mensaje apostólico no se parecía en nada al
evangelio que niega el señorío y que se ha hecho popular en nuestro tiempo.
Me preocupa profundamente lo que está ocurriendo en la iglesia actual: el
cristianismo bíblico ha perdido su voz; la iglesia está predicando un
evangelio diseñado para apaciguar a los pecadores en lugar de confrontarlos;
las iglesias se han convertido en negocios dedicados al entretenimiento y al
espectáculo con tal de intentar ganar al mundo. Esos métodos parecen atraer a
las multitudes por un tiempo, pero no son los métodos de Dios y por tanto
están destinados a fracasar. Entretanto, aquellos que se confiesan como
creyentes pero nunca se han arrepentido y apartado del pecado (y, por tanto,
nunca se han aferrado a Cristo como Señor o Salvador) se están infiltrando en
la iglesia para corromperla.
Debemos retornar al mensaje que Dios nos ha llamado a predicar,
necesitamos confrontar el pecado y llamar a los pecadores al arrepentimiento
(es decir, a una ruptura radical con el amor al pecado y a una búsqueda de la
misericordia del Señor). Debemos levantar a Cristo como Salvador y Señor,
que libera a su pueblo del castigo y del poder del pecado. Ese es, a fin de
cuentas, el evangelio que él nos ha llamado a predicar.
1. Walter Chantry, Today’s Gospel: Authentic or Synthetic? (Edinburgh:
Banner ofTruth, 1970), 48-49. Publicado en español como El evangelio de
hoy en día: ¿auténtico o sintético? (Carlisle, PA: El estandarte de la verdad,
1995).
2. A. W. Tozer, Ese increíble cristiano, trad. Dardo Bruchez (Harrisburg, PA:
Editorial Alianza, 1979), “Qué significa aceptar a Cristo”.
3. Louis Berkhof, Teología sistemática (Grand Rapids, MI: Libros Desafío,
2005), 611.
4. Aunque se puede contar a favor de Ryrie que reconoce que el
arrepentimiento “produce algunos cambios en el individuo” (USTG), se
esfuerza tanto por describirlo como una actividad únicamente intelectual que
parece contradecirse a sí mismo.
5. Berkhof, Teología sistemática, 613.
6. The New International Dictionary of New Testament Theology, ed. Colin
Brown (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1967), bajo la entrada “conversion”
(1:358).
7. Theological Dictionary of the New Testament, ed. Gerhard Kittel (Grand
Rapids, MI: Eerdmans, 1967), bajo la entrada “metanoia” (4:1002-3, énfasis
añadido).
8. Lewis Sperry Chafer, Teología Sistemática, trad. Evis Carballosa, Rodolfo
Mendieta, M. Francisco Liévano (Dousman, WI: Publicaciones Españolas),
tomo I, vol. 3, 1204.
9. Ibíd.
10. Aquí Hodges está citando mi libro El evangelio según Jesucristo, trad.
Rafael C. de Bustamante (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2015), 205.
11. H. A. Ironside, Except Ye Repent (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1937),
37-38.
Capítulo 6
JUSTOS POR LA FE
La diferencia entre Roma y la Reforma puede ser vista en estas fórmulas sencillas:
Perspectiva romana
Fe + obras = justificación
Perspectiva protestante
Fe = justificación + obras
Ninguna de estas dos perspectivas descarta las obras. La perspectiva protestante
elimina los méritos humanos y reconoce que, aunque las obras son la evidencia o
el fruto de la fe verdadera, no contribuyen ni añaden nada como méritos para
nuestra redención. El debate actual sobre salvación y señorío debe esforzarse
mucho por proteger dos frentes: por un lado, es importante enfatizar que la fe
verdadera produce fruto; por otra parte, es fundamental destacar que el único
mérito que nos salva es el de Cristo, recibido solamente por la fe.
R. C. SROUL1
En el siglo XVI, un monje escrupuloso que en sus propias palabras “odiaba
a Dios”, estaba estudiando la epístola a los Romanos. No pudo ir más allá de
la primera mitad de Romanos 1:17: “Porque en él [el evangelio] la justicia de
Dios se revela por fe y para fe”. Escribió:
Con ardiente anhelo ansiaba comprender la Epístola de Pablo a los Romanos y
sólo me impedía una expresión: “la justicia de Dios”, pues la interpretaba como
aquella justicia por la cual Dios es justo y obra justamente al castigar al injusto.
Mi situación era que, a pesar de ser un monje sin tacha, estaba ante Dios como un
pecador con la conciencia inquieta y no podía creer que pudiera aplacarlo con mis
méritos. Por eso no amaba yo al Dios justo que castiga a los pecadores, sino que
más bien lo odiaba y murmuraba contra él. Sin embargo, me así a Pablo y
anhelaba con ardiente sed saber qué quería decir2.
Una simple verdad bíblica cambio la vida de aquel monje y encendió la
Reforma Protestante: el descubrimiento de que la justicia de Dios podía llegar
a ser la justicia de los pecadores y de que eso podía suceder solamente a
partir de la fe. Martín Lutero encontró la verdad en el mismo versículo con el
que había tropezado, Romanos 1:17: “Porque en él la justicia de Dios se
revela por fe y para fe como está escrito: Pero el justo vivirá por la fe”
(énfasis añadido). Lutero siempre había visto “la justicia de Dios” como un
atributo por medio del cual el Señor soberano juzgaba a los pecadores, pero
no como un atributo que los pecadores pudieran llegar a poseer. Así describió
el momento que puso fin al oscurantismo:
Vi la conexión entre la justicia de Dios y la afirmación de que “el justo vivirá por
la fe”. Entonces comprendí que la justicia de Dios es aquella por la cual Dios nos
justifica en su gracia y pura misericordia. Desde entonces me sentí como renacido
y como si hubiera entrado al paraíso por puertas abiertas de par en par. Toda la
Sagrada Escritura adquirió un nuevo aspecto, y mientras antes la “justicia de Dios”
me había llenado de odio, ahora se me tornó inefablemente dulce y digna de amor.
Este pasaje de Pablo se convirtió para mí en una entrada al cielo3.
La justificación por la fe fue la inmensa verdad revelada a Lutero que alteró
dramáticamente la iglesia, pero es también la doctrina que provee equilibrio a
la posición del señorío. Los críticos suelen afirmar que la salvación de
señorío es salvación por obras, así que la justificación por la fe es la respuesta
a esa acusación.
Dado que los cristianos son justificados nada más por fe, su posición ante
Dios no tiene nada que ver con sus méritos personales, de modo que las
buenas obras y la santidad práctica no proveen base alguna para ser aceptados
por Dios. Él recibe a los que creen como justos, no por ver en ellos algo
bueno (ni siquiera por su propia obra de santificación en sus vidas), sino
solamente a partir de la justicia de Cristo, considerada a su favor: “Pero al
que no obra sino que cree en aquel que justifica al impío, se considera su fe
como justicia” (Rom. 4:5). Eso es la justificación.
¿En realidad qué es lo que cambia
cuando somos declarados justos?
En el sentido teológico, “justificación” es un término forense o puramente
legal que describe lo que Dios declara acerca del creyente, no lo que hace
para cambiar a este; de hecho, la justificación no realiza ningún cambio
práctico en la naturaleza o el carácter del pecador. La justificación es un
edicto judicial divino que solamente cambia nuestro estado, aunque acarrea
ramificaciones que garantizan cambios posteriores. Los decretos forenses
como este son bastante comunes en la vida cotidiana.
Cuando me casé, por ejemplo, Patricia y yo nos presentamos ante el
ministro (mi padre) y recitamos nuestros votos. Hacia el final de la ceremonia
mi padre declaró: “Por la autoridad que me ha sido otorgada por el estado de
California, yo los declaro marido y mujer”. Nos convertimos al instante en
esposo y esposa; aunque segundos antes habíamos sido una pareja
comprometida, ahora estábamos casados. En realidad, nada había cambiado
en nuestro interior cuando aquellas palabras fueron pronunciadas, pero
nuestro estado cambió ante Dios, ante la ley y ante nuestros familiares y
amigos. Las implicaciones de aquella simple declaración cambiaron nuestra
existencia y han sido para toda la vida (algo por lo cual estoy agradecido),
pero cuando mi padre pronunció aquellas palabras se trataba solamente de
una declaración legal.
De la misma manera, cuando el vocero de un jurado lee el veredicto, el
demandado deja de ser “el acusado” para, legal y oficialmente, transformarse
inmediatamente en culpable o inocente, dependiendo del veredicto. Nada
cambia en su naturaleza, pero si es declarado inocente saldrá de la corte como
un hombre libre ante la ley, completamente justificado.
En términos bíblicos la justificación es un veredicto divino de “inocente”
(es decir, “completamente justo”), la revocación de la actitud de Dios hacia el
pecador: al que antes condenó, ahora lo declara libre de culpa; aunque el
pecador vivió una vez bajo la ira de Dios, ahora como creyente se encuentra
bajo su bendición. La justificación es más que un simple indulto, pues este
por si solo todavía dejaría al pecador sin méritos ante Dios. Así pues, cuando
Dios justifica también le imputa la justicia divina al pecador (Rom. 4:22-25)
y los méritos infinitos de Cristo se vuelven entonces la base sobre la cual
descansa el creyente ante Dios (Rom. 5:19; 1 Cor. 1:30; Fil. 3:9). La
justificación, por tanto, eleva al creyente a una esfera de aceptación completa
y de privilegio divino en Jesucristo.
Por tanto, por causa de la justificación, los creyentes no solamente quedan
absolutamente libres de cargos de culpabilidad (Rom. 8:33) sino que también
cuentan con todos los méritos de Cristo atribuidos a su cuenta personal (Rom.
5:17). En la justificación somos adoptados como hijos e hijas (Rom. 8:15),
nos transformamos en coherederos de Cristo (v. 17), somos unidos a Cristo
para ser uno con él (1 Cor. 6:17) y de allí en adelante estamos “en Cristo”
(Gál. 3:27) y él está en nosotros (Col. 1:27). Todas estas son realidades
forenses que fluyen de la justificación.
Diferencias entre la justificación y la santificación
La justificación es diferente de la santificación, porque en la justificación
Dios no hace justo al pecador, sino que declara que la persona es justa (Rom.
3:28; Gál. 2:16). La justificación atribuye la justicia de Cristo al pecador
(Rom. 4:11b), la santificación imparte justicia al pecador personal y
prácticamente (Rom. 6:1-7; 8:11-14); la justificación ocurre fuera de los
pecadores y afecta a la posición de estos (Rom. 5:1, 2), la santificación es
interna y cambia el estado del creyente (Rom. 6:19); la justificación es un
acontecimiento, la santificación es un proceso. Las dos cosas deben
distinguirse una de otra, pero nunca pueden separarse, pues Dios no justifica
a quien no santifica, ni tampoco santifica a quien no justifica: ambos son
elementos esenciales de la salvación.
¿Por qué diferenciar entre ambas cosas? Si la justificación y la santificación
están tan estrechamente relacionadas que no se puede tener una de ellas sin la
otra, ¿por qué molestarse en definirlas de manera diferente?
Esa pregunta, crucial para el debate del señorío, también fue el principal
problema entre Roma y los reformadores en el siglo XVI.
La justificación en la doctrina católica romana
El catolicismo romano mezcla las doctrinas de la santificación y la
justificación: la teología católica ve la justificación como una infusión de
gracia que convierte al pecador en justo, de modo que en ella la base de la
justificación es algo que se convierte en bueno dentro del pecador, no la
atribución de la justicia de Cristo.
El Concilio de Trento, la respuesta de Roma a la Reforma, declaró anatema
a cualquiera que dijera que “el pecador se justifica con sola la fé [sic],
entendiendo que no se requiere otra cosa alguna que coopere á [sic] conseguir
la gracia de la justificación”4. Este concilio católico decretó que “la
justificación... no solo es el perdón de los pecados, sino también la
santificación y renovación del hombre interior por la admisión voluntaria de
la gracia y dones... de donde resulta que el hombre de injusto pasa á [sic] ser
justo”5. De modo que la teología católica confunde los conceptos de
justificación y santificación, además de reemplazar la justicia de Cristo con la
justicia del creyente.
Esta diferencia entre Roma y los reformadores no consiste en simples
sutilezas teológicas, ya que la corrupción de doctrina de la justificación
provoca otros errores teológicos graves. Si la santificación está incluida en la
justificación, entonces la justificación es un proceso, no un acontecimiento, lo
cual hace de ella algo progresivo en lugar de completo. La posición de la
persona ante Dios se basa entonces en una experiencia subjetiva que no está
asegurada por una declaración objetiva, según lo cual la justificación puede
experimentarse y luego perderse. La garantía de la salvación en esta vida se
convierte en algo prácticamente imposible, porque su seguridad no puede ser
garantizada. El fundamento de la justificación es, en última instancia, la
virtud continua presente en el pecador y no la perfecta justicia de Cristo y su
obra redentora.
Estos temas fueron vehementemente debatidos en la Reforma y se
marcaron unos límites muy claros. La teología reformada se aferra hasta
ahora a la doctrina bíblica de la justificación por la fe, en oposición a la
perspectiva romana de la justificación por obras o méritos.
La justificación en las enseñanzas de la Reforma
Los defensores de la teología de la negación del señorío muchas veces
sugieren que la salvación de señorío tiene más en común con el catolicismo
romano que con las enseñanzas de la Reforma. Uno de los defensores más
francos de la perspectiva radical de la negación del señorío ha expresado
repetidas veces su inquietud porque la salvación de señorío no está “abriendo
el camino de regreso a Wittenberg, sino más bien de regreso a Roma”6.
Tal sugerencia ignora tanto la historia de la iglesia como los verdaderos
temas en discusión en el debate contemporáneo sobre el señorío. Ningún de
los defensores de la doctrina del señorío que yo conozco niega la doctrina de
la justificación por la fe, sino que, por el contrario, su teología representa una
negativa a separar la justificación y la santificación. En eso estamos en
completo acuerdo con todos los reformadores importantes.
La enseñanza de la Reforma fue muy clara en este aspecto. Calvino, por
ejemplo, escribió:
Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van
siempre unidas, y no se pueden separar ni dividir, de tal manera que a quienes El
ilumina con su sabiduría, los redime; a los que redime, los justifica; y a los que
justifica, los santifica.
Mas como nuestra discusión versa solamente acerca de la justificación y la
santificación, detengámonos en ellas. Y si bien distinguimos entre ellas, sin
embargo Cristo contiene en si a ambas indivisiblemente. ¿Queremos, pues,
alcanzar justicia en Cristo? Debemos primeramente poseer a Cristo. Mas no lo
podemos poseer sin ser hechos partícipes de su santificación; porque Él no puede
ser dividido en trozos. Así pues, comoquiera que el Señor jamás nos concede
gozar de estos beneficios y mercedes sino dándose a sí mismo, nos concede a la
vez ambas cosas, y jamás da la una separada de la otra. De esta manera se ve
claramente cuán grande verdad es que no somos justificados sin obras, y no
obstante, no somos justificados por las obras; porque en la participación de Cristo,
en la cual consiste toda nuestra justicia, no menos se contiene la santificación que
la justicia7.
En otra parte, al hablar de Santiago 2:21, 22 (“¿No fue justificado por las
obras nuestro padre Abraham, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?
Puedes ver que la fe actuaba juntamente con sus obras y que la fe fue
completada por las obras”), Calvino añade:
Claramente se ve que habla de la declaración y manifestación de la justicia, y no
de la imputación; como si dijera: los que son justos por la verdadera fe, dan prueba
de su justicia con la obediencia y las buenas obras, y no con una apariencia falsa y
soñada de la fe. En resumen: él no discute la razón por la que somos justificados,
sino que pide a los fieles una justicia no ociosa, que se manifieste en las obras. Y
así como Pablo pretende probar que los hombres son justificados sin ninguna
ayuda de las obras, del mismo modo en este lugar Santiago niega que aquellos que
son tenidos por justos no hagan buenas obras.
Esta consideración nos librará de toda duda y escrúpulo. Porque nuestros
adversarios se engañan sobre todo al pensar que Santiago determina el modo como
los hombres son justificados, siendo así que no pretende otra cosa sino abatir la
vana confianza y seguridad de aquellos que para excusar su negligencia en el bien
obrar, se glorían falsamente del nombre y del título de la fe. Y así, por más que
den vueltas y retuerzan las palabras de Santiago, no podrán concluir otra cosa que
estas dos sentencias: que la vana imaginación de fe no justifica; y que el creyente
declara su justicia con buenas obras8.
Martín Lutero defendió la justificación por la fe tan apasionadamente como
cualquier otro reformador. ¿Creía que la santificación era opcional? De
ninguna manera. Cuando algunos de los compañeros de Lutero comenzaron a
enseñar el antinomianismo (la idea de que la conducta no se relaciona con la
fe, o que los cristianos no se sujetan a ninguna ley moral), se opuso a ellos y
llamó a estas enseñanzas “el más craso error”, diseñadas para “pisotearme y
hacer que el evangelio quede sumido en la confusión”. Tal enseñanza, según
Lutero, “echa por tierra” la obra salvadora de Dios9.
Alguien informó a Lutero que uno de estos hombres, Jacob Schenck, “había
predicado el libertinaje carnal y había enseñado lo siguiente: ‘Haz lo que te
plazca. Solamente cree y serás salvo’”10.
Lutero respondió: “Esta es una malvada disyuntiva. Le dan la vuelta al asunto:
‘Amado, cree en Dios y después, cuando hayas nacido de nuevo y seas un nuevo
hombre, etc., haz lo que te venga en gracia’. Los necios no saben lo que es la fe,
suponen que es solo una idea sin vida... Es imposible que una persona sea renacida
de Dios y siga pecando [sin cesar], porque estas dos cosas se contradicen”11.
Aunque podrían ser ofrecidos muchos ejemplos adicionales, solamente
mencionaré uno más: la Fórmula de la Concordia, la declaración de fe
luterana por excelencia (escrita en 1576), trató extensamente la relación entre
la justificación y la obediencia del creyente. Este documento revela que los
reformadores también tenían en mente las mismas preguntas que hoy son el
centro de la controversia del señorío. La Fórmula de la Concordia se negó a
separar la justificación de la santificación igual que los demás credos
protestantes de importancia, aunque destacaba la diferencia entre ambas.
Este credo habla de “la renovación del hombre, a diferencia de la
justificación por la fe”. La fórmula declara explícitamente que “si bien la
contrición que precede a la fe, y las buenas obras que la siguen, no
pertenecen al artículo de la justificación ante Dios”12.
Pero inmediatamente añadió: “Sin embargo, nadie debe imaginarse una fe
que pueda existir y permanecer junto con y además de una mala intención de
pecar. Una vez que el hombre ha sido justificado por la fe, esta fe verdadera y
viva obra por el amor, Gálatas 5:6, de modo que así, la fe justificadora
siempre va seguida y acompañada de buenas obras, si en realidad es una fe
verdadera y viva; pues nunca existe sola, sino en unión con el amor y la
esperanza13.
La Fórmula de la Concordia repudió la enseñanza de que justificar significa
“llegar a ser en toda obra justo ante Dios”. Pero también condenó el concepto
de que “la fe es una confianza tal en la obediencia de Cristo que puede existir
y permanecer en el hombre aun cuando este carece de verdadero
arrepentimiento y tampoco evidencia frutos del amor, sino que persiste en
pecar aun en contra de su propia conciencia”14.
El conocido epígrafe de la Reforma es “Solo la fe justifica, pero la fe que
justifica nunca permanece sola”, a lo que F. W. Robertson agrega: “Solo el
rayo cae, pero ese rayo nunca viene sin un trueno”15. Los reformadores más
importantes estuvieron de acuerdo en cuanto a estos asuntos, solo los
antinomianos enseñaban que la verdadera fe podría no traer buenas obras
como resultado.
La justificación en el debate del señorío
La doctrina contemporánea de la negación del señorío no es otra cosa que un
antinomianismo moderno. Aunque la mayoría de los defensores de esa
doctrina se oponen a ese término16, es una justa caracterización de su
doctrina.
Zane Hodges se equivoca al referirse al antinomianismo como “la ‘mala
palabra’ favorita de la teología reformada”17. Dice al respecto:
Podríamos definir “antinomianismo” como lo hace el American Heritage
Dictionary (2a edición para universitarios, 1985): “afirmar que solamente la fe es
necesaria para la salvación”. Si ese fuera el significado del término, me sentiría
muy cómodo con él, pero lamentablemente “antinomianismo” implica para
muchas mentes la indiferencia hacia los asuntos morales, así que debo rechazar tal
designación. Animo a mis homólogos reformados a que rechacen este término por
sus connotaciones y sugerencias peyorativas y muchas veces injustas. ¡Pero no
tengo grandes esperanzas de que lo hagan!18.
Es importante comprender el término antinomianismo en su sentido
teológico. No estoy utilizando esta palabra en sentido despectivo, de modo
que decir que alguien es antinomiano no implica necesariamente considerar
que desprecia la santidad o excusa la impiedad. La mayoría de antinomianos
apela enérgicamente a que los cristianos vivan de una manera digna de su
llamado, pero al mismo tiempo minimiza la relación entre la obediencia y la
fe. Los antinomianos por lo general creen que los cristianos deberían
someterse al señorío de Cristo; lo único que no creen es que la sujeción sea
un requisito absoluto en el llamado del evangelio a la fe. Los antinomianos
no desprecian necesariamente la ley de Dios, simplemente creen que es
irrelevante para la fe salvadora y sugieren que la obediencia a las justas
demandas de la fe puede no convertirse en un patrón de la conducta cristiana
(cf. Rom. 8:4; 10:4). Para resumir, el antinomianismo es la creencia que
permite que exista justificación sin santificación.
El antinomianismo hace de la obediencia algo optativo. Mientras que la
mayoría de los antinomianos aconsejan firmemente que los cristianos
obedezcan (y aún los urgen a obedecer), no creen que la obediencia sea una
consecuencia necesaria de la fe verdadera. Zane Hodges, por ejemplo,
incluye un capítulo acerca de la obediencia titulado: “La decisión es tuya”
(CL). El teólogo líder del movimiento de la negación del señorío escribió:
“La persona no salva tiene sólo un camino de operación, servir al pecado y a
sí mismo, o dejar a Dios fuera de su vida, en tanto que el creyente tiene una
opción. Puede servir a Dios, y mientras esté en su cuerpo humano puede
también decidir dejar a Dios fuera y vivir según su vieja naturaleza”19. Está
claro que la teología de la negación del señorío hace de la obediencia algo
opcional. Y eso es lo que hace que la doctrina de la negación del señorío sea
antinomiana.
Este tipo de antinomianismo tiende a ver la justificación por la fe como el
todo de la obra salvadora de Dios, hasta el punto que los antinomianos
minimizan la santificación o incluso la consideran como algo que no es
obligatorio. Las discusiones antinomianas sobre la salvación suelen omitir
toda consideración de la santidad práctica, mientras que enfatizan la
justificación por la fe y la libertad cristiana, a tal extremo que pierden el
equilibrio por temor a hablar de la justicia personal, la obediencia, la ley de
Dios o cualquier cosa que no sean los aspectos puramente forenses de la
salvación.
La teología de la negación del señorío es antinomianismo clásico y no hay
manera de negarlo. Como es importante comprender la perspectiva de la
negación del señorío en el contexto de la enseñanza de la Reforma, no
podemos evitar el término antinomianismo, aunque los defensores de la
negación del señorío lo encuentren ofensivo. Su perspectiva, después de todo,
está arraigada en la tradición del antinomianismo histórico20.
Debemos mencionar además otra cosa en cuanto a la tendencia dentro de la
negación del señorío a restarle importancia a la santificación. La mayoría de
los defensores de la negación del señorío reconocen la necesidad de cierto
grado de santificación. El doctor Ryrie concede que “todo cristiano producirá
fruto espiritual (en algún lugar, en algún momento, de alguna manera), pues
de no ser así la persona no sería creyente. Todos los individuos nacidos de
nuevo darán fruto, ya que no dar fruto significa carecer de fe y por tanto de
salvación” (USTG).
Hasta Zane Hodges ha afirmado recientemente que “en realidad, alguna
medida o grado de santificación resultará de la justificación [y] que la
santificación final es un resultado inevitable de la justificación”21.
Esos descargos de responsabilidad, sin embargo, tienen que ser
comprendidos en su contexto. Ryrie, por ejemplo, añade rápidamente que el
“fruto” de algunos creyentes será tan pobre y fugaz que resultará invisible
para todos los que los rodean (USTG). En otra parte parece sugerir que no
existe manera de garantizar la santificación práctica y cita Romanos 8:29, 30
(“Sabemos que a los que antes conoció, también los predestinó para que
fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo a fin de que él sea el
primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también
llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a
estos también glorificó”). “Pero, ¿qué hay de la santificación?”, pregunta
Ryrie.
No aparece en la lista de Romanos 8:29, 30, solo la predestinación, el llamado, la
justificación y la glorificación. ¿Será que Pablo no quería basar nuestra garantía de
glorificación suprema en nuestra santificación personal? Seguramente no se apoya
en eso, porque los diferentes hijos que sean glorificados manifestarán diferentes
grados de santidad durante sus vidas. Pero todos, desde el carnal hasta el más
maduro, serán glorificados (USTG).
Ryrie desarrolla tres aspectos de la santificación (USTG): la santificación
posicional (“una posición real que no depende del estado de crecimiento o
madurez de la persona”), la santificación progresiva o santidad práctica y la
santificación suprema (la perfecta santidad que se concretará en el cielo. Está
claro que Ryrie considera garantizados el primer y tercer aspecto de la
santificación, pero evidentemente cree que la santificación práctica puede
perderse o pasarse por alto, ya que hace un hueco para los “creyentes” que
caen en la carnalidad extrema y la incredulidad permanente (USTG).
Hodges sostiene una perspectiva similar y, en todo caso, su tendencia a
despreciar el aspecto práctico de la santificación es más pronunciado que el
de Ryrie. Su libro más extenso sobre el debate del señorío, Completamente
libre, omite toda discusión de la santificación como doctrina22, y en él
Hodges deja claro de principio a fin que no se puede garantizar ninguna
medida de santidad práctica en la vida de un hijo de Dios.
Aunque la doctrina de la negación del señorío habla acerca de la necesidad
de santificación, parece seguro que la mayoría de sus partidarios en realidad
no creen que la santificación práctica vaya de la mano con la justificación.
Eso es, de hecho, lo que los defensores de la negación del señorío quieren
destacar y para ello han desmembrado la doctrina bíblica de la salvación,
separando la justificación de la santificación23. Lo que les queda es un
antinomianismo mutilado que no puede garantizar ningún grado de santidad
en la experiencia cristiana, así que no han podido llegar a entender la doctrina
bíblica de la justificación por la fe en cuanto que se encuentra íntimamente
relacionada con la santificación.
La justificación en el Nuevo Testamento
La justificación es el alma y corazón de la soteriología del Nuevo
Testamento. Al darse cuenta de ello, un amigo me preguntó por qué en mi
libro El evangelio según Jesucristo prácticamente no hay discusiones al
respecto: la razón es que Jesús mismo tuvo muy poco que decir
específicamente acerca de la justificación por la fe; esa doctrina fue expuesta
completamente en primer lugar por el apóstol Pablo y es uno de los temas
principales de su epístola a los Romanos.
La primera mitad de Romanos se divide naturalmente en tres partes: Pablo
comienza mostrando que todos los hombres y mujeres han pecado contra la
justicia perfecta de Dios y ese es su tema para los primeros capítulos del libro
(“No hay justo ni aun uno”, 3:10); del 3:21 hasta el final del capítulo 5
explica en detalle la doctrina de la justificación por la fe (“Justificados, pues,
por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”,
5:1); y en los capítulos 6-8 expone la doctrina de la santificación (“para que
la justa exigencia de la ley fuese cumplida en nosotros que no andamos
conforme a la carne sino conforme al Espíritu”, 8:4).
Así pues, Pablo habla del pecado, de la fe salvadora y de la santificación, o
como dijo un amigo mío, Romanos 1:1-3:20 habla de la justicia de Dios
desafiada por un mundo en pecado, Romanos 3:21- 5:21 muestra la justicia
de Dios provista para los pecadores que creen y los capítulos 6-8 se
concentran en la justicia de Dios aplicada a las vidas de los santos.
La justificación por la fe es el medio por el cual la justicia de Dios es
provista a favor de los pecadores que creen. Desearía que hubiera espacio
suficiente en este libro para una exposición completa de estos capítulos tan
cruciales (Romanos 3-5) que constituyen el corazón de la verdad bíblica
acerca de la justificación, pero eso requeriría varios capítulos, así que en su
lugar nos concentraremos solamente en una parte: la ilustración más
importante de Pablo sobre la justificación por la fe (Abraham) que se
encuentra en Romanos 4:1-5. Ahí Pablo escribe:
¿Qué diremos, pues, que ha encontrado Abraham, nuestro progenitor según la
carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras tiene de qué gloriarse, pero
no delante de Dios. Pues ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios, y le fue
contado por justicia.
Al que obra, no se le considera el salario como gracia sino como obligación.
Pero al que no obra sino que cree en aquel que justifica al impío, se considera su
fe como justicia.
ROMANOS 4:1-5
De este texto surgen varias verdades fundamentales.
La verdadera salvación no se puede ganar por obras
Después de todo, solo existen dos tipos de religión en el mundo. Todas las
religiones falsas que han sido concebidas por la humanidad o por Satanás son
religiones basadas en los méritos humanos, una categoría en la que entrarían
las religiones paganas, el humanismo, el animismo y aun el falso
cristianismo, que se concentran en lo que las personas deben hacer para
obtener la justicia o complacer a la deidad.
El cristianismo bíblico es la única religión de cumplimiento divino:
mientras que las otras religiones dicen “Haz esto”, el cristianismo dice que
“Ya está hecho” (cf. Juan 19:30); las demás religiones exigen que el devoto
presente algún tipo de mérito para redimirse por su pecado, apaciguar a la
deidad u obtener la meta de la aceptación, pero la Biblia dice que los méritos
de Cristo son provistos a favor del pecador que cree.
En tiempos de Pablo los fariseos habían transformado el judaísmo en una
religión basada en logros humanos. La propia vida del apóstol antes de ser
salvo consistió en un largo e ineficaz esfuerzo por complacer a Dios mediante
méritos humanos: se había empapado de la tradición farisea y era “fariseo,
hijo de fariseos” (Hech. 23:6), “hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo;
en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la ley,
irreprensible” (Fil. 3:5, 6).
Pablo comprendía la cultura religiosa de su tiempo mejor que nadie, por eso
sabía que los fariseos reverenciaban a Abraham como padre de su religión
(Juan 8:39) y lo escogió para demostrar que la justificación ante Dios es por
la fe en lo que él ya ha logrado.
Al presentar a Abraham como ejemplo supremo de justificación por la fe,
Pablo estaba contrastando la doctrina cristiana con siglos de tradición
rabínica; al apelar a pasajes del Antiguo Testamento, estaba mostrando que el
judaísmo se había apartado de las verdades más básicas expresadas por todos
los judíos creyentes a partir del propio Abraham. Se estaba esforzando
porque la iglesia echara anclas y no siguiera la corriente de Israel.
La fe de Abraham era el fundamento de la nación judía y la base del pacto
de Dios con el pueblo que escogió, de modo que para la tradición de los
fariseos era impensable estar en contradicción con Abraham. Sin embargo,
como Pablo estaba a punto de demostrar, Abraham no practicó la religión de
méritos de los fariseos.
La jactancia está excluida
Si las personas pudieran ganarse la justificación por medio de las obras
tendrían algo de lo que jactarse, por eso la doctrina de la justificación por la
fe es una verdad que humilla. No nos merecemos la salvación ni podemos ser
lo suficientemente buenos como para complacer a Dios, pues en su plan
redentor no queda espacio para el orgullo humano. Tampoco Abraham, el
padre de la fe, tuvo razones para gloriarse en sí mismo: “Porque si Abraham
fue justificado por las obras tiene de qué gloriarse, pero no delante de Dios.
Pues ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios, y le fue contado por
justicia” (Rom. 4:2, 3).
Pablo estaba citando Génesis 15:6 (“[Abraham] creyó al SEÑOR, y le fue
contado por justicia”), un simple versículo del Antiguo Testamento que es
una de las declaraciones más claras de toda la Biblia acerca de la
justificación. El verbo contar muestra la naturaleza forense de la
justificación: en Romanos 4 “le fue contado” es una traducción del término
griego logizomai, que se utiliza con fines contables y legales, y se refiere aquí
a algo depositado en una cuenta.
Este depósito fue una transacción unilateral: Dios decidió depositar la
justicia en la cuenta espiritual de Abraham, quien no había hecho nada para
ganárselo; ni siquiera su fe fue meritoria. Nunca se dice que la fe sea la base
para la justificación, solo el canal por el que es recibida la gracia
justificadora. Abraham creyó a Dios y por eso este le atribuyó la justicia a su
cuenta.
Una vez más, la naturaleza forense de la justificación queda claramente en
evidencia: “Al que obra, no se le considera el salario como gracia sino como
obligación. Pero al que no obra sino que cree en aquel que justifica al impío,
se considera su fe como justicia” (vv. 4, 5). Los que intentan ganarse la
justificación haciendo algo encontrarán una inmensa deuda en su libro
contable, pero los que reciben el don de Dios por gracia por medio de la fe
contarán con un activo infinitamente suficiente acreditado a su cuenta.
La fe, así pues, supone el final de todo intento de ganarse el favor de Dios
por medio del mérito personal, pues él salva solamente a aquellos que no
confían en sí mismos, a los que confían en “aquel que justifica al impío”. Por
tanto, la persona no puede ser salvada hasta que confiese su impiedad, ya que
sigue confiando en su propia bondad. Eso es a lo que Jesús se refería cuando
afirmó: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores al arrepentimiento”
(Luc. 5:32). Los que son justos ante sus propios ojos no tienen parte en la
obra redentora de la gracia de Dios y, en consecuencia, los que son salvos
saben que no tienen nada de lo que alardear.
La justificación trae la bendición del perdón
En Romanos 4:6-8, Pablo menciona a David para apoyar el concepto de la
justicia por imputación: “De igual manera, David también proclama la
felicidad del hombre a quien Dios confiere justicia sin obras, diciendo:
Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos
pecados son cubiertos. Bienaventurado el hombre a quien el Señor jamás le
tomará en cuenta su pecado”. Pablo está citando Salmos 32:1, 2, donde la
bienaventuranza a la que David se refiere es la salvación.
Fíjate que David habla de un estado de cuentas tanto positivo como
negativo: al individuo se le atribuye la justicia y el perdón de sus pecados, el
cual no sería posible si nuestro pecado no hubiera sido pagado con la sangre
del sacrificio de Cristo. Su muerte pagó el precio, así que en la factura
espiritual del creyente se puede escribir “PAGADO” (cf. Col. 2:14).
Como nuestro pecado le fue atribuido a Cristo (1 Ped. 2:24), así su justicia
es atribuida al creyente, por eso no se requiere de ningún otro pago ni
reembolso.
Abraham no fue justificado por su circuncisión
Pablo anticipó la pregunta que los judíos debían estar haciéndose a estas
alturas de su argumento: “Si Abraham fue justificado solamente por su fe,
¿por qué exigió Dios que tanto él como sus descendientes se circuncidaran?”.
La mayoría de judíos en tiempos del Nuevo Testamento estaban
profundamente convencidos de que la circuncisión era la única marca que los
señalaba como pueblo escogido por Dios y también creían que había sido el
medio por el que habían llegado a ser aceptables ante sus ojos. De hecho, la
circuncisión era considerada una señal del favor de Dios hasta tal punto que
muchos rabinos enseñaban que ningún judío podía ser enviado al infierno a
no ser que Dios primero revirtiera su circuncisión.
Génesis 17:10-14 registra las instrucciones de Dios según las cuales la
circuncisión sería la señal del pacto de Dios con Abraham y sus
descendientes. Los rabinos enseñaban a partir de este pasaje que la
circuncisión en sí misma era el medio para reconciliarse con Dios. Sin
embargo, como Pablo es cuidadoso en señalar, Abraham no fue declarado
justo por su circuncisión, pues cuando Dios le ordenó que se circuncidara él
ya había sido declarado justo.
Luego, ¿es esta felicidad solamente para los de la circuncisión, o también es para
los de la incircuncisión? Pues decimos: A Abraham le fue contada su fe por
justicia. ¿Cómo le fue contada? ¿Estando él circuncidado o incircunciso? No fue
en la circuncisión sino en la incircuncisión. Él recibió la señal de la circuncisión
como sello de la justicia de la fe que tenía estando aún incircunciso para que fuera
padre de todos los creyentes no circuncidados —para que también a ellos les fuera
conferida la justicia—; y padre de la circuncisión, de los que no solamente son de
la circuncisión sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre
Abraham antes de ser circuncidado.
ROMANOS 4:9-12
La cronología de Génesis demuestra que Abraham fue declarado justo
mucho antes de que obedeciera el mandato de Dios de ser circuncidado:
Abraham fue circuncidado a los noventa y nueve años, e Ismael a los trece
(Gén. 17:24, 25), pero cuando Abraham fue justificado (15:6), Ismael ni
siquiera había sido concebido (16:2-4); Abraham tenía ochenta y seis años
cuando Ismael nació (16:16). Así que Abraham fue justificado por lo menos
catorce años antes de su circuncisión y cuando Abraham fue declarado justo,
en realidad no era diferente a un gentil incircunciso.
La circuncisión y otros ritos externos (entre ellos el bautismo, la penitencia,
la ordenación, el matrimonio, el celibato, la extremaunción, el ayuno, la
oración, etc.) no son medios para la justificación. Abraham estaba en pacto
con Dios y bajo su gracia mucho antes de ser circuncidado, mientras que
Ismael, aun siendo circuncidado, nunca fue parte del pacto. La circuncisión,
una muestra de la necesidad del hombre de purificación espiritual, fue
solamente una señal de la relación de pacto entre Dios y su pueblo.
Pablo ya había declarado en Romanos 2:28, 29: “Porque no es judío el que
lo es en lo visible, ni es la circuncisión la visible en la carne sino, más bien,
es judío el que lo es en lo íntimo, y la circuncisión es la del corazón, en
espíritu y no en la letra. La alabanza del tal no proviene de los hombres sino
de Dios”. Solamente la justificación por la fe convierte a una persona en un
hijo de Abraham (4:12).
Abraham no fue justificado por la ley
“Porque la promesa a Abraham y a su descendencia, de que sería heredero
del mundo, no fue dada por medio de la ley sino por medio de la justicia de la
fe. Porque si los herederos son los que se basan en la ley, la fe ha sido hecha
inútil y la promesa invalidada. Porque la ley produce ira; pero donde no hay
ley tampoco hay transgresión” (4:13-15).
Una vez más, la cronología de las Escrituras apoya indudablemente el
argumento de Pablo. Es tan evidente que la ley no fue revelada a Moisés
hasta más de medio milenio después de la vida de Abraham, como obvio que
Abraham no llegó a ser justo por medio de la ley.
La justificación nunca se produjo por medio de un ritual o una ley. La ley
de Dios “es santa; y el mandamiento es santo, justo y bueno” (Rom. 7:12; cf.
Gál. 3:21), pero la ley nunca ha sido el medio para la obtención de la
salvación. “Porque todos los que se basan en las obras de la ley están bajo
maldición, pues está escrito: Maldito todo aquel que no permanece en todas
las cosas escritas en el libro de la Ley para cumplirlas’ (Gál. 3:10): la ley
exige perfección, pero la única manera de obtener la perfecta justicia es por
medio de la imputación, es decir, siendo justificados por la fe.
El propósito de la ley es revelar los patrones perfectos de la justicia de Dios
y, al mismo tiempo, establecer un patrón conforme al que es imposible que
vivan los seres humanos pecadores. Eso debería mostrarnos nuestra
necesidad de un Salvador y conducirnos a Dios en fe, ya que la ley es
“nuestro tutor para llevarnos a Cristo, para que seamos justificados por la fe”
(Gál. 3:24).
Dios nunca ha reconocido otra justicia que no sea la que se obtiene por la
fe. La ley no puede salvar porque lo único que hace es producir ira: cuanto
más procura una persona alcanzar la justicia por medio de la ley, tanto más
demuestra su pecaminosidad y más juicio e ira son debitados de su cuenta
personal (cf. Rom. 4:4).
Entonces llega el punto culminante.
Abraham fue justificado por la gracia de Dios
“Por esto, proviene de la fe a fin de que sea según la gracia, para que la
promesa sea firme para toda su descendencia. No para el que es solamente de
la ley sino también para el que es de la fe de Abraham, quien es padre de
todos nosotros —como está escrito: Te he puesto por padre de muchas
naciones— delante de Dios, a quien él creyó, quien vivifica a los muertos y
llama a las cosas que no existen como si existieran” (4:16, 17).
El quid de todo este pasaje se expresa en el versículo 16 (énfasis añadido):
“Proviene de la fe a fin de que sea según la gracia”. La dinámica de la
justificación es la gracia de Dios. La fe de Abraham no fue justa en sí misma,
porque la fe solamente es contada por justicia. La justificación es
íntegramente obra de la gracia de Dios.
Una vez más, vemos aquí la naturaleza puramente forense de la
justificación: Dios “llama a las cosas que no existen como si existieran”, lo
cual constituye una declaración fascinante sobre él.
Si tú o yo fuéramos a “llama[r] a las cosas que no existen como si
existieran”, estaríamos mintiendo. Dios puede hacerlo porque es Dios y sus
decretos acarrean todo el peso de la soberanía divina. Él habló y el mundo fue
creado: “Lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Heb. 11:3). Habló de
cosas que no eran y he aquí estas fueron creadas. Puede llamar a existencia a
personas, lugares y acontecimientos solamente por obra de sus decretos
divinamente soberanos; puede declarar justos a los pecadores, aunque no lo
sean, si estos creen. Eso es la justificación.
Pero la justificación nunca ocurre sola en el plan de Dios, siempre va
acompañada de la santificación. Dios no declara a los pecadores como
legalmente justos sin hacerlos justos en la práctica. La justificación no es
ficción jurídica, por eso cuando Dios declara justa a una persona, es
inevitable que obre para que eso se concrete: “A los que justificó, a estos
también glorificó” (Rom. 8:30). Cuando se da la justificación, comienza el
proceso de santificación, y la gracia siempre abarca a ambas.
Como veremos en el capítulo 7, Pablo enseñó claramente ambas verdades.
No terminó con una discusión acerca de la justificación, y olvidó la cuestión
de la santificación. La salvación que describió en su epístola a la iglesia
romana no fue un ajuste de cuentas monofacético y meramente forense,
aunque el elemento forense (la justificación) era sin duda el punto de apoyo
sobre el que Pablo basaba toda la experiencia cristiana.
1. R. C. Sproul, “Works or Faith?”, Tabletalk (mayo de 1991), 6.
2. Citado en Roland Bainton, Lutero, trad. Raquel Lozada de Ayala Torales
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1978), 26.
3. Ibíd.
4. El Sacrosanto y Ecuménico Concilio de Trento, trad. Ignacio López de
Ayala (Barcelona: Benito Espona, 1845), 68.
5. Ibíd., 52
6. Earl Radmacher, “First Response to ‘Faith According to the Apostle
James’ by John MacArthur, Jr.”, Journal of the Evangelical Theological
Society, 33/1 (marzo, 1990), 40.
7. Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, trad. Cipriano de Valera
(Rijswijk: Fundación Ed. de Literatura Reformada, 1999), I:619.
8. Ibíd., 635, 636.
9. Martín Lutero, “Table Talk” en Luther’s Works, ed. Helmut T. Lehman,
trad. Theodore Tappert, 55 vols. (Philadelphia: Fortress, 1967), 54:248.
Publicado en español como “Charlas de sobremesa” en Obras, ed. Teófanes
Egido (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2006).
10. Ibíd., 54:289-90.
11. Ibíd., 54:290.
12. El libro de Concordia, ed. Andrés San Martín Arrizaga, 312-314
(“Fórmula de Concordia”, art. III).
13. Ibíd. (énfasis añadido).
14. Ibíd.
15. Citado en Augustus H. Strong, Systematic Theology (Philadelphia:
Judson, 1907), 875.
16. J. Kevin Butcher, “A Critique of the Gospel According to Jesus”, Journal
of the Grace Evangelical Society (primavera de 1989), 28. Butcher cree que
al describir a Chafer, Ryrie y Hodges como antinomianos estoy implicando
“que a estos hombres (así como a la perspectiva que representan) solo les
importa aumentar la población del cielo, aunque muestran desprecio por la
santidad y el comportamiento cristiano consistente”. Sin embargo, como lo
muestra la discusión en estas páginas, ese no es el significado del término
antinomiano.
17. Zane Hodges, “Calvinism Ex Cathedra”, Journal of the Grace
Evangelical Society (otoño de 1991), 68.
18. Ibíd., 69.
19. Charles C. Ryrie, Equilibrio en la vida cristiana, trad. José Flores
Espinosa y R. Mercedes de la Rosa (Grand Rapids, MI: Portavoz, 1996), 38.
El contexto de esta cita es una sección que argumenta que los creyentes
tienen dos naturalezas. Ryrie sugiere que la carnalidad puede ser un estado
continuo de la existencia para el cristiano, ya que cuando habla de los que
“[deciden] dejar a Dios fuera y vivir según su vieja naturaleza”, está claro que
se está refiriendo a algo más que un fracaso temporal.
20. Existen muchos paralelismos entre la teología moderna de la negación del
señorío y otras formas de antinomianismo que han ido emergiendo a lo largo
de la historia del cristianismo (entre ellas, por ejemplo, las enseñanzas de
Johannes Agricola, a quien Lutero condenó, y la secta sandemaniana, que
floreció en Escocia en el siglo XVIII.
21. Hodges, “Calvinismo Ex Cathedra” 67. En una nota al pie, Hodges
reconoce que expresó esta misma perspectiva en (CL), pero allí nunca
aparece tal afirmación. Cuando vamos a la sección de ese libro citada por
Hodges, encontramos que, irónicamente, comienza condenándome por
escribir que “La obediencia es la manifestación inevitable de la verdadera fe”
(CL) y concluye con esta incongruente declaración: “Debemos agregar que
no hay necesidad de discutir con la perspectiva de los reformadores de que
donde está la fe que justifica no cabe duda de que también existirán las
obras” (CL). ¡Pero esa es justamente la perspectiva que Hodges está
combatiendo! Concluye que asumir que las obras vendrán a continuación de
la fe es solamente “una suposición razonable” y que podrían ser invisibles
para un observador humano: “Solo Dios puede ser capaz de detectar los
frutos de la regeneración en algunos de sus hijos” (CL).
22. Al leer Absolutely Free! no pude encontrar ni una sola mención de las
palabras santificar o santificación, excepto por una cita de mi libro. La
santificación tampoco es tratada en ninguno de los otros libros importantes de
Hodges sobre la cuestión del señorío, El evangelio bajo sitio (Dallas:
Redención Viva, 1985) y Grace in Eclipse (El eclipse de la gracia) (Dallas:
Redención Viva, 1985). Es evidente que las perspectivas de Hodges acerca de
la santidad práctica y el crecimiento en la gracia se basan puramente en la
obra del creyente (CL). Trataremos el tema de la santificación con más
detalle en el capítulo 7.
23. R. T. Kendall, a quien Hodges cita frecuentemente como apoyo, es muy
explícito en cuanto a esto: “Es verdad que la santificación no era un
prerrequisito para la glorificación, si no Pablo la hubiera colocado en línea
con el ‘llamamiento’ y la ‘justificación’ (Rom. 8:30)”, R. T. Kendall, Once
Saved, Always Saved (Chicago: Moody, 1983), 134. Fíjate en la similitud
entre la declaración de Kendall y el párrafo de Ryrie citado anteriormente
(USTG).
Capítulo 7
LIBRES DEL PECADO,
ESCLAVOS DE LA JUSTICIA
No puedes recibir a Cristo solamente como tu justificación, y entonces decidir
después rechazar recibirlo como tu santificación. Él es único e indivisible, y si lo
recibes, de una sola vez es hecho para ti “sabiduría, justificación, santificación y
redención”. No puedes recibirlo solamente como tu Salvador y luego decidir
aceptarlo o rechazarlo como Señor, porque el Salvador es el Señor que por su
muerte nos ha [comprado] y por tanto es nuestro dueño. En ninguna parte del
Nuevo Testamento se enseña u ofrece la santificación como cierta experiencia
adicional disponible para el creyente, sino que, por el contrario, es presentada
como algo que ya está en nuestro interior, algo de lo que debemos tomar cada vez
más conciencia y en lo que debemos crecer progresivamente.
D. MARTYN LLOYD-JONES1
Uno de mis queridos amigos sirvió una vez en una iglesia en la que conoció
a un laico retirado que se consideraba a sí mismo un maestro de la Biblia.
Este hermano aprovechaba toda oportunidad disponible para enseñar o
testificar públicamente, y su mensaje era siempre el mismo: contaba que la
“verdad posicional” le había dado nuevo entusiasmo a su fe cristiana.
La “verdad posicional” a la que se refería incluía la justicia perfecta de
Cristo que les ha sido atribuida a los creyentes por medio de la justificación.
A este hombre también le encantaba señalar que todos los cristianos se
encuentran sentados con Cristo en los lugares celestiales (Efe. 2:6) y
escondidos con Cristo en Dios (Col. 3:3), y siempre estaba dispuesto a
recordar a sus hermanos cristianos que todos nos presentamos ante Dios
como “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido” (1
Ped. 2:9). Esas realidades “posicionales” son verdad para todos los cristianos
verdaderos, sin importar nuestro nivel de madurez espiritual.
Nuestra posición inexpugnable en Cristo es una de las verdades más
preciosas de nuestra doctrina cristiana.
Pero este hombre en particular, obsesionado con la “verdad posicional”,
tenía una vida deplorable: era alcohólico y adicto a los cigarrillos, una
persona malhumorada y arrogante que no manifestaba amor a su esposa;
había provocado división y contiendas en varias iglesias a lo largo de los años
y era absolutamente indisciplinado en casi todos los aspectos de su vida. Mi
amigo lo visitó una vez, y las señales de su estilo de vida impío se
encontraban por toda la casa.
Era evidente que para este hombre “verdad posicional” significaba una
verdad sin repercusiones prácticas, por haber concluido equivocadamente
que, dado que nuestra posición en Cristo no se ve alterada por nuestra
práctica, los cristianos en realidad no tienen por qué preocuparse por sus
pecados; sin duda creía que podía contar con las promesas de la vida
cristiana, aunque ninguno de los frutos prácticos de la fe fuera evidente en su
andar. En resumen, le encantaba la idea de la justificación, pero parecía darle
muy poca atención a la santificación. Mi amigo, con gran acierto, lo animó a
examinar si realmente estaba en Cristo (2 Cor. 13:5).
En ninguna parte de la Biblia se enfrenta la justicia posicional al
comportamiento justo, como si ambas realidades estuvieran naturalmente
desconectadas. De hecho, las enseñanzas del apóstol Pablo eran
absolutamente contrarias al concepto de que la “verdad posicional” significa
que somos libres para pecar. Luego de dos capítulos y medio dedicados a
enseñar acerca de asuntos “posicionales”, Pablo escribió: “¿Qué, pues,
diremos? ¿Permaneceremos en el pecado para que abunde la gracia? ¡De
ninguna manera!” (Rom. 6:1, 2). A diferencia del hombre que consideraba
que pecar no era incorrecto porque nuestra práctica no alteraba nuestra
posición, Pablo enseñó que nuestra posición sí marca una diferencia en
nuestra práctica: “Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos
todavía en él?” (v. 2).
¿Qué es la teología de la negación del señorío sino la enseñanza de que
quienes han muerto al pecado todavía pueden vivir en él de todas maneras?
En cuanto a esto, la enseñanza de la negación del señorío descansa en el
mismo fundamento de que la doctrina del zelote de la “verdad posicional” a
quien acabo de describir: separa la justificación de la santificación.
¿Una espiritualidad de “segunda bendición”?
La teología de la negación del señorío exige una consideración de la
experiencia cristiana en dos niveles: debido a la presuposición de que la fe no
tiene nada que ver con la sujeción, la enseñanza de la negación del señorío
sobre la obediencia y la madurez espiritual debe comenzar con una
experiencia posterior a la conversión de consagración personal a Dios. Esto
es semejante a la teología de la “vida más profunda”, la cual refleja a su vez
la idea wesleyana de una “segunda bendición” o segunda obra de la gracia.
Charles Ryrie es sincero en cuanto a la perspectiva de la espiritualidad de la
negación del señorío:
Antes de que ningún progreso perdurable pueda llevarse a cabo en el camino de la
vida espiritual, el creyente ha de ser una persona dedicada. Aunque esto no es
requerimiento para la salvación, sí es el fundamento básico para la santificación.
Como hemos indicado, la dedicación es una entrega completa, de crisis, del yo
durante todos los años de la vida. Tal dedicación la puede estimular algún
problema o decisión que uno haya de afrontar, pero concierne a una persona, al
hijo de Dios, no a una actividad o ambición o plan para el futuro. Una persona
dedicada tendrá planes y ambiciones dedicadas, pero los planes dedicados no
requieren necesariamente ni garantizan la dedicación del que los planea.
La dedicación es un rompimiento del control propio sobre la misma vida y una
entrega del control al Señor. Ello no soluciona todos los problemas
inmediatamente ni automáticamente, pero sí suministra la base para la solución,
que es el crecimiento y el progreso en la vida cristiana2.
El doctor Ryrie incluye un diagrama que ilustra la forma en que concibe el
progreso típico en la vida cristiana: es una línea que se eleva y cae para
mostrar los picos y valles de la vida cristiana, siempre con una tendencia
ascendente. Lo significativo del diagrama es que la línea entre el punto de
conversión y la “crisis” de la dedicación es recta, lo cual indica que no hay
crecimiento alguno. La santificación práctica solo comienza después de la
consagración.
Según la teología de la negación del señorío, parece que la conversión sola
no “provee la base para el crecimiento y el progreso en la vida cristiana” o “el
fundamento básico para la santificación”, por eso es necesaria una
experiencia de segundo nivel antes de que la santificación práctica pueda
siquiera empezar. Así pues, esta teología divide a los cristianos en dos
categorías: los que tienen y los que no. La terminología es sutilmente
diferente, pero esta doctrina no es sino una reedición de la santificación de la
segunda bendición que lanza a los cristianos en una búsqueda vacía de una
experiencia que les provea lo que ya poseen, si es que son creyentes
verdaderos.
Hace más de un siglo, J. C. Ryle analizó correctamente la terrible falacia de
todo método de espiritualidad en dos pasos:
Lo que no veo en la Biblia son saltos repentinos e instantáneos de la conversión a
la consagración. ¡Ciertamente, dudo que exista la menor base para decir que
alguien puede convertirse sin consagrarse a Dios! Es indudable que puede estar
más consagrado, y lo estará a medida que vaya creciendo en gracia; pero si no se
consagró a Dios en el mismísimo día en que se convirtió y nació de nuevo,
desconozco qué otra cosa puede significar la conversión... he tenido la impresión
al leer el enérgico lenguaje que utilizan muchos acerca de la “consagración”, de
que su idea con respecto a la “conversión” que la antecede había de ser
particularmente pobre e inapropiada, si es que tenían alguna idea de la conversión
en absoluto. En resumen, ¡casi he tenido la sospecha de que cuando se
“consagraban” en realidad se estaban convirtiendo por primera vez!
...Enseñemos a toda costa que se puede alcanzar más santidad y disfrutar de más
Cielo en la tierra de lo que la mayoría de los creyentes experimentan en la
actualidad. Pero me niego a decirle a ningún converso que precisa de una segunda
conversión3.
Toda la enseñanza de la negación del señorío gira en torno a una teoría de
una vida cristiana en dos etapas: la primera (la conversión) consiste en recibir
a Cristo como Salvador, mientras que la segunda (la consagración) se trata de
someterse a él como Señor; entre ambas generalmente se encuentra un
período de tiempo durante el cual el “cristiano carnal” vive como pagano
antes de tomar la “decisión” de convertirse en “discípulo”4. Basta con
escuchar algunos testimonios para ver la influencia de esta enseñanza en el
evangelicalismo americano: “Recibí a Cristo como mi Salvador a los siete
años, pero no lo hice mi Señor hasta pasados los treinta”.
Estoy convencido de que esos testimonios reflejan la equivocación de las
personas con respecto a sus propias experiencias. Existen muchos grados de
santificación, así como de compromiso con Cristo, pero ninguna persona que
haya confiado sinceramente en él para su salvación carece de compromiso en
principio con su señorío, y nadie que viva consciente y deliberadamente en
rebelión contra él puede declarar honestamente su confianza en él.
Como he señalado, Dios no justifica a ninguna persona a la que no
santifica, así que no hace falta ninguna segunda obra de la gracia para los que
han nacido de nuevo. El apóstol Pedro no podría haberlo formulado con más
claridad: “Su divino poder nos ha concedido todas las cosas que pertenecen a
la vida y a la piedad por medio del conocimiento de aquel que nos llamó por
su propia gloria y excelencia” (2 Ped. 1:3, énfasis añadido). La santificación
no es una experiencia de segundo nivel que tenga lugar en algún momento
posterior a la conversión: Pablo se dirigió a los corintios como “los
santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, con todos los que en
todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y
nuestro” (1 Cor. 1:2, énfasis añadido), y les recordó que “Por [Dios] están
ustedes en Cristo Jesús, a quien Dios hizo para nosotros sabiduría
justificación, santificación y redención” (v. 30); dijo además a los
Tesalonicenses que “Dios los [ha] escogido desde el principio para salvación,
por la santificación del Espíritu y fe en la verdad” (2 Tes. 2:13).
Si los aspectos posicionales de la verdad de Dios son aplicables a una vida,
su obra práctica de santificación también será operativa en la misma vida.
¿Qué es la santificación?
La santificación es la obra continua del Espíritu Santo en los creyentes, la
cual nos hace santos al conformar nuestro carácter, nuestros sentimientos y
nuestro comportamiento a la imagen de Cristo. La justificación es un
acontecimiento de una sola vez y la santificación es un proceso en marcha; la
justificación nos libera de la culpa del pecado y la santificación de la
corrupción del pecado. Como podemos ver, la una es una parte tan necesaria
de la obra salvadora de Dios como la otra.
Fíjate en esta distinción crucial: en la justificación renunciamos al principio
del pecado y del autogobierno; en la santificación desistimos de la práctica de
los pecados específicos mientras maduramos en Cristo. La rendición
completa al señorío de Cristo no significa que hagamos de todas las
decisiones de la vida un prerrequisito para la conversión (cf. USTG), ni
tampoco exige que dejemos todos nuestros pecados antes de ser justificados.
No se trata de “un compromiso de todos los años que a uno le corresponda
vivir en la tierra” (USTG), sino que significa que cuando confiamos en Cristo
para salvación resolvemos el asunto de quién está a cargo. Al salvarnos nos
sometemos a Cristo en principio, pero como cristianos nos someteremos en la
práctica una y otra vez: este desarrollo práctico de su señorío es el proceso de
santificación.
Existe un aspecto inmediato de la santificación que es simultáneo a la
justificación: “Y esto eran algunos de ustedes, pero ya han sido lavados, pero
ya son santificados, pero ya han sido justificados en el nombre del Señor
Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor. 6:11). Este aspecto de una
vez y para siempre de la santificación es indudablemente lo que el apóstol
tenía en mente cuando se dirigió a los corintios como “a los que han sido
santificados” (1:2, NVI). A este aspecto inicial e inmediato algunas veces se
le llama “santificación posicional” (USTG).
No obstante, la santificación, a diferencia de la justificación, no es una
declaración legal de una vez y para siempre, sino una separación
experimental del pecado que comienza con la salvación y continúa
aumentando el grado de santidad práctica en la vida y conducta de la persona.
Sin embargo, no es algo opcional ni separado del resto de los aspectos de
nuestra salvación.
Probablemente sea el escritor de la carta a los Hebreos quien expresó de
manera más resumida nuestra necesidad de santificación en la práctica:
“Procuren la paz con todos, y la santidad sin la cual nadie verá al Señor”
(Heb. 12:14). El contexto muestra que este versículo se refiere al
comportamiento santo y a la justicia práctica, no solamente a una santidad
posicional o forense (vv. 11, 12, 13, 15, 16).
¿Obrar o no obrar?
En Romanos 4:5 (“Pero al que no obra sino que cree en aquel que justifica al
impío, se considera su fe como justicia”) Pablo señala que la justicia de Dios
es atribuida a las personas que creen, no a quienes intentan ganarse el favor
divino por medio de un rito religioso o de buenas obras. No estaba
sugiriendo, como hacen muchos hoy en día, que el creyente que ha sido
declarado justo pueda llegar a no producir buenas obras. Este versículo de
ninguna manera levanta una barrera (ni siquiera sugiere una separación) entre
la justificación y la santificación.
De hecho, si uno sigue el desarrollo del argumento de Pablo en Romanos 3-
8, encontramos que trata precisamente este tema, como observamos en el
capítulo 6: Romanos 3 y 4 describen el aspecto legal de la justificación, la
obra de Dios por la cual el pecador que cree es declarado completamente
justo; Romanos 5 explica la manera en que la culpa o la justicia pueden ser
atribuidas a una persona por causa de la obediencia o desobediencia de otro.
En Romanos 6 el Apóstol pasa a considerar el aspecto práctico de la justicia
de Dios, la santificación, al enseñar que la justicia divina, concedida por la fe
a todo creyente, tiene implicaciones legales y prácticas. No existen dos tipos
de justicia sino solamente dos aspectos de la justicia divina, de modo que la
justicia es un paquete único y Dios no declara justo a alguien a quien no haya
hecho también justo: el proceso que comienza lo continúa hasta la completa
glorificación (Rom. 8:29, 30; cf. Fil. 1:6).
El doctor B. B. Warfield vio esto como la enseñanza central de Romanos 6:
Todo el capítulo seis de Romanos... fue escrito sin otro propósito que afirmar y
demostrar que la justificación y la santificación se encuentran indivisiblemente
entrelazadas; que no se puede tener una sin la otra; que, para utilizar su propio
lenguaje figurado, morir con Cristo y vivir con él son elementos integrales de una
sola e inseparable salvación. Apartar una cosa de la otra y convertirlas en dones
separados de la gracia pone en evidencia una confusión en cuanto al concepto de
la salvación de Cristo, que no deja de ser portentosa. Nos conduce al grito
angustiado (“¿Está Cristo dividido?”) y nos empuja a señalar una vez más la
verdad primaria de que no obtenemos los beneficios de Cristo aparte de su
persona, sino en él y con él, y que cuando lo tenemos a él, lo tenemos todo5.
La santificación es una parte tan esencial de la salvación que el término es
normalmente utilizado en la Biblia como un sinónimo de salvación (cf. Hech.
20:32; 26:18; 1 Cor. 1:2, 30; 6:11; 2 Tes. 2:13; Heb. 2:11; 10:14; 1 Ped. 1:2).
Análisis detallado de Romanos 6
Cuando Pablo terminó su discusión en cuanto a la justificación, exaltó la
gracia de Dios: “La ley entró para agrandar la ofensa, pero en cuanto se
agrandó el pecado sobreabundó la gracia para que, así como el pecado reinó
para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna por
medio de Jesucristo nuestro Señor” (Rom. 5:20, 21). Si la mayor presencia
del pecado significa que la gracia abunde más y más, surge una pregunta
obvia: “¿Permaneceremos en el pecado para que abunde la gracia?” (Rom.
6:1). Después de todo, si la justificación significa que somos declarados
perfectamente justos instantáneamente, ¿qué más da en realidad que
pequemos o no? Si nuestro pecado solo acentúa la gracia de Dios, ¿por qué
no pecar aún más? Pablo anticipó que surgirían estas preguntas y las
responde en profundidad al señalar varios puntos clave sobre el
funcionamiento de la santificación.
La santificación está vinculada inseparablemente a la justificación
Pablo ataca el concepto de que la justificación es la suma de la obra de Dios
para la salvación: “Qué, pues, diremos? ¿Permaneceremos en el pecado para
que abunde la gracia? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al
pecado, ¿cómo viviremos todavía en él? ¿Ignoran que todos los que fuimos
bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Pues, por el
bautismo fuimos sepultados juntamente con él en la muerte para que, así
como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así
también nosotros andemos en novedad de vida” (Rom. 6:1-4).
Es evidente que Pablo ya había enfrentado una considerable oposición a la
doctrina de la justificación por la fe. Seguramente su público judío habría
sido incapaz de concebir el concepto de complacer a Dios por otro medio que
no fuera el estricto cumplimiento de la ley rabínica, pues en su sistema el
legalismo era la personificación de la espiritualidad (cf. Hech. 15:1-29). A los
judíos legalistas la justificación por la fe les sonaba a antinomianismo, por
eso enseñar que la salvación es obra de Dios y no nuestra suponía una afrenta
a sus egos arrogantes; el concepto de que la gracia de Dios abunda donde
prospera el pecado desestabilizaba el corazón de su sistema (cf. Luc. 18:11,
12). Como no comprendían la gracia solo podían pensar en una alternativa
para el legalismo: el antinomianismo. Razonaban que, si la salvación era
absolutamente por gracia, que esta glorifica a Dios y que él se complace en
justificar a los injustos, ¿entonces por qué no pecar más? Después de todo lo
único que hace la injusticia es permitir que Dios demuestre su gracia en
mayor medida.
Esa, dicho sea de paso, era precisamente la teología de Rasputín, el
consejero religioso de la familia real de Rusia hace más o menos un siglo,
quien enseñaba que el pecado del hombre glorificaba a Dios: cuanto mayor
fuera el pecado del hombre, mayor sería la gloria de Dios al otorgarle la
gracia, así que animaba a la gente a pecar liberalmente porque, según él, los
que reprimieran su pecado estaban limitando la capacidad de Dios para
mostrar su gloria. Estas enseñanzas suyas contribuyeron a la caída de Rusia.
A mediados del siglo XVII, una secta inglesa conocida como los Ranters
defendió una doctrina similar: promovían la inmoralidad y la indulgencia
porque creían que Dios sería glorificado al mostrar su gracia. El puritano
Richard Baxter se opuso a sus enseñanzas.
El propio Pablo ya había confrontado ideas parecidas: en Romanos 3:5, 6
citó el argumento de los que afirmaban que Dios era injusto al castigar el
pecado, ya que nuestra injusticia demuestra su justicia; después condenó a los
que habían acusado a los Apóstoles de enseñar el antinomianismo pragmático
(“Hagamos lo malo para que venga lo bueno”, Rom. 3:8).
Podemos ver que el antinomianismo constituyó una amenaza en los
primeros tiempos de la iglesia. Judas escribió: “Porque algunos hombres han
entrado encubiertamente, los cuales desde antiguo habían sido destinados
para esta condenación. Ellos son hombres impíos, que convierten la gracia de
nuestro Dios en libertinaje, y niegan al único Soberano y Señor nuestro,
Jesucristo” (Jud. 4). Estaba describiendo a los primeros antinomianos.
En Romanos 6, Pablo dice que la justificación por la fe no deja lugar al
antinomianismo y ataca a sus defensores sin ceder ni un centímetro de terreno
a los legalistas: no abandonaría la gracia de Dios para dar cabida al legalismo
ni abandonaría la justicia de Dios para dar lugar al libertinaje. Según Pablo, la
verdadera santidad es un don de Dios, así como lo es el nuevo nacimiento y
la vida espiritual que produce. Una vida carente de santidad no tiene derecho
alguno a la justificación.
“¿Permaneceremos en el pecado para que la gracia abunde?”. El término
griego para “permanecer” se refiere a una persistencia habitual. Pablo no
estaba preguntando si los creyentes podían caer en pecado, sino que estaba
descartando el pecado intencional, deliberado y constante como una rutina de
la vida.
Puesto en términos teológicos, esta es la pregunta que resume el tema: ¿La
justificación puede realmente existir aparte de la santificación? La respuesta
de Pablo es un “no” rotundo.
Estar vivos en Cristo es estar muertos al pecado
“¡De ninguna manera!” es una traducción correcta, pero la Biblia Versión
Moderna de H. B. Pratt (1929) capta la fuerza de la exclamación de Pablo:
“¡No lo permita Dios!” (6:2). La mera sugerencia de que el pecado en la vida
del cristiano pueda glorificar a Dios de alguna manera era repulsiva para
Pablo: “Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en
él?”.
Los cristianos hemos muerto al pecado y por ello es inconcebible para
Pablo que continuemos viviendo en el pecado del que fuimos liberados por
medio de la muerte. Solamente una mente corrupta y que siga una lógica
perversa podría argumentar que continuar en pecado incremente la gracia de
Dios. Es evidente que la muerte da por terminada la vida; es igualmente
obvio que la muerte al pecado debe terminar con una vida de transgresión
constante.
“Muerto al pecado” (del griego apothnēskō) se refiere a un hecho histórico
relativo a nuestra muerte en la muerte de Cristo. Como estamos “en Cristo”
(6:11; 8:1) y él murió en nuestro lugar (5:6-8), somos considerados muertos
con él y estamos, por tanto, muertos para el castigo por el pecado y su
dominio. La muerte es permanente y esta y la vida son incompatibles, así que
la persona que ha muerto al pecado no puede seguir viviendo en la iniquidad.
Claro que podemos cometer pecados, pero ya no vivimos en la dimensión del
pecado ni bajo su autoridad (cf. 8:2-4) porque este es contrario a nuestra
nueva situación: “Todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado”,
enseña Juan, “porque la simiente de Dios permanece en él, y no puede seguir
pecando porque ha nacido de Dios” (1 Jn. 3:9). No se trata simplemente de
que no deberíamos seguir viviendo continuamente en pecado, sino que ya no
podemos hacerlo.
Morir al pecado implica una ruptura abrupta, irreversible y masiva con el
poder del mismo. Esta separación del pecado es el aspecto inmediato de una
vez y para siempre de la santificación del cual hablamos anteriormente; es el
tiempo pasado de la santificación del cual procede toda la santidad práctica.
La frase “los que hemos muerto al pecado” no describe a un tipo avanzado
de cristianos, sino que Pablo está hablando aquí de todos los creyentes y lo
que quiere enseñar es que una vida justificada debe ser una vida santificada.
La santidad práctica es obra de Dios, al igual que el resto de elementos de la
redención. Cuando nacemos de nuevo, Dios no solamente nos declara justos,
sino que también comienza a cultivar la justicia en nuestras vidas, de modo
que la salvación no es solamente una declaración forense sino también un
milagro de conversión y de transformación. No existen convertidos
verdaderos a Cristo que no estén siendo santificados ni hay una pausa entre la
justificación y la santificación. El doctor Donald Grey Barnhouse escribió:
Aunque la justificación no es santificación, tiene el propósito de producir esta
última, la cual debe ser la piedra de toque de la vida cristiana. Cristo vino para
salvar a su pueblo de sus pecados (Mat. 1:21), pero estos no fueron salvados en
sus pecados para ser dejados allí en medio de ellos. Aunque los hombres intentan
pervertir el evangelio, los cristianos no deben ser desviados hacia ninguna otra
posición sino aquella que exija santidad y conduzca a ella.
La justificación y la santificación son tan inseparables como el torso y la cabeza,
pues no puedes tener uno sin el otro. Dios no otorga “justicia gratuita” aparte de la
nueva vida. Aunque la justificación no tiene nada que ver en su acción con la
santificación, eso no quiere decir que esta última no sea necesaria: “la santidad sin
la cual nadie verá al Señor” (Heb. 12:14). La santidad comienza donde termina la
justificación y si no comienza, tenemos el derecho de sospechar que la
justificación tampoco se haya iniciado6.
Así como la persona en pecado y sin regenerar no puede evitar poner de
manifiesto su verdadera naturaleza, tampoco puede hacerlo la persona
regenerada.
Así pues, es imposible tener vida en Cristo y seguir estando vivos para el
pecado.
Nuestra unión con Cristo garantiza una vida transformada
La muerte al pecado es el resultado de la unión del creyente con Cristo:
“¿Ignoran que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos
bautizados en su muerte? Pues, por el bautismo fuimos sepultados juntamente
con él en la muerte para que, así como Cristo fue resucitado de entre los
muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de
vida. Porque así como hemos sido identificados con él en la semejanza de su
muerte, también lo seremos en la semejanza de su resurrección” (vv. 3-5,
énfasis añadido).
En otra parte Pablo señala que “en Cristo” nos transformamos en nuevas
criaturas (2 Cor. 5:17), refiriéndose a que nuestra unión con Cristo es la base
para nuestra santificación, algo que señala tanto el final de lo antiguo como el
comienzo de lo nuevo.
“En Cristo” es una de las frases favoritas de Pablo (cf. Rom. 8:1; 12:5;
16:7; 1 Cor. 1:2; Col. 1:28): como estamos “en Cristo Jesús”, él se ha
transformado en nuestra “sabiduría, justificación, santificación y redención”
(1 Cor. 1:30); nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3);
somos sepultados con él en el bautismo para muerte (Rom. 6:4; Col. 2:12);
somos un cuerpo con él (Rom. 12:5); Cristo es nuestra vida (Col. 3:4); Cristo
es en nosotros la esperanza de gloria (Col. 1:27). Estos versículos describen
la identificación absoluta con Cristo como la característica esencial de los
escogidos. Estamos unidos indivisiblemente en la esfera espiritual de la
nueva vida.
Esa verdad insondable es la razón por la cual Pablo rechazó firmemente la
inmoralidad sexual de algunos en la iglesia de Corinto: “¿No saben que sus
cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo para
hacerlos miembros de una prostituta? ¡De ninguna manera!” (1 Cor. 6:15).
Estar “en Cristo” no consiste solamente en creer en algunas verdades sobre
él, sino también en estar unidos a él inseparablemente como la fuente de
nuestra vida eterna, como “el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:2,
énfasis añadido). Estar “en él” es estar en un proceso de santificación.
Estamos unidos a Cristo específicamente en su muerte y resurrección
(Rom. 6:3-10). Aunque esta verdad es demasiado maravillosa como para que
podamos comprenderla completamente, la idea principal que Pablo quiere
comunicar aquí es que hemos muerto con Cristo para que podamos tener vida
por medio de él y vivir como él. Pablo no está enfatizando la inmoralidad de
seguir viviendo de la manera en que lo hacíamos antes de ser salvos, sino la
imposibilidad de que suceda. Si el propósito de nuestra unión en la muerte y
resurrección con Cristo es que “también nosotros andemos en novedad de
vida” (v. 4), ¿cómo podríamos permanecer en el reino del pecado?
Así pues, la consecuencia segura de nuestra unión en la muerte de Cristo al
pecado y su resurrección a la vida es que vamos a compartir su andar en
santidad: “Porque así como hemos sido identificados con él en la semejanza
de su muerte, también lo seremos en la semejanza de su resurrección”.
Cuando nuestro viejo ser murió, nació una nueva criatura (cf. 2 Cor. 5:17). El
obispo Handley Moule escribió: “No se debe pensar que el pecador reciba la
justificación y luego viva para sí mismo. Es una contradicción moral del tipo
más profundo y no puede ser considerada sin traicionar un error inicial en el
credo espiritual de la persona”7.
En Cristo no somos las mismas personas que éramos antes de la salvación:
“Y sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para
que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que ya no seamos esclavos
del pecado” (Rom. 6:6). En otra parte, Pablo escribió: “Con Cristo he sido
juntamente crucificado; y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que
ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios quien me amó y se
entregó a sí mismo por mí” (Gál. 2:20). Nuestra nueva vida como cristianos
no es un remiendo de nuestra vida anterior, sino una nueva vida otorgada por
Dios que tiene la misma naturaleza que la del propio Cristo. A esto se refería
nuestro Señor cuando prometió vida abundante (Juan 10:10).
Pablo no está describiendo un cristiano dual y esquizofrénico. El viejo
hombre (la persona no regenerada que estaba “en Adán”, cf. 1 Cor. 15:22;
Rom. 5:14, 15) está muerto, por tanto debemos despojarnos de ese viejo ser
crucificado, muerto y corrupto (Efe. 4:22), y vestirnos “del nuevo hombre
que ha sido creado a semejanza de Dios en justicia y santidad de verdad” (v.
24). El hecho de que nuestro viejo ser esté muerto es verdad para todos los
creyentes verdaderos, “porque los que son de Cristo Jesús han crucificado la
carne con sus pasiones y deseos” (Gál. 5:24); si no lo está, la conversión no
habrá tenido lugar. Pablo recuerda a los Colosenses que ellos ya se habían
“despojado del viejo hombre con sus prácticas y... vestido del nuevo, el cual
se renueva para un pleno conocimiento conforme a la imagen de aquel que lo
creó” (Col. 3:9, 10).
Como veremos en el capítulo 8, los cristianos pecan a causa de los vestigios
de la carne pecaminosa, no porque tengan activa la misma naturaleza
pecaminosa. No hay duda de que pecamos, pero cuando lo hacemos es en
contra de nuestra naturaleza, no porque tengamos dos disposiciones, una
pecadora y otra que no lo es: “Y sabemos que nuestro viejo hombre fue
crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido a
fin de que ya no seamos esclavos del pecado” (Rom. 6:6).
Eso no significa que nuestras tendencias pecaminosas sean exterminadas.
El término griego para “ser destruido” significa literalmente “impedir el
funcionamiento, anular”: el pecado ha perdido su control dominante sobre
nosotros. Evidentemente luchamos con la propensión al pecado porque la
muerte del yo pecaminoso no significa la muerte de la carne y sus corruptas
inclinaciones, de modo que a menudo pecamos por causa de los placeres del
pecado y de la debilidad de nuestros residuos carnales.
La tiranía y el castigo del pecado han sido anulados, pero el potencial del
pecado para expresarse todavía no ha sido eliminado por completo. Nuestra
debilidad humana y nuestros instintos nos hacen capaces de sucumbir a la
tentación (como veremos en el capítulo 8 cuando estudiemos Romanos 7:14-
25). En resumen, somos nuevas criaturas santas y redimidas, pero envueltas
en las vestiduras fúnebres de nuestra carne sin redimir; somos como Lázaro
cuando salió de la tumba todavía envuelto de la cabeza a los pies con los
lienzos fúnebres. Jesús instruyó a los que estaban cerca diciéndoles:
“Desátenlo y déjenlo ir” (Juan 11:44).
Así pues, los Apóstoles exhortan a los creyentes a que “ya no seamos
esclavos del pecado” (Rom. 6:6). La traducción hace que el significado sea
un tanto ambiguo: ¿está Pablo sugiriendo que vivir o no como esclavos del
pecado es opcional? ¿Está implicando que contamos con la alternativa de
seguir siendo esclavos del pecado? Los versículos 17 y 18 responden esa
pregunta sin ambigüedades: “Pero gracias a Dios porque, aunque eran
esclavos del pecado, han obedecido de corazón a aquella forma de enseñanza
a la cual se han entregado y, una vez libertados del pecado, han sido hechos
siervos de la justicia” (énfasis añadido). Cada verbo en esos dos versículos
subraya la verdad de que nuestra esclavitud al pecado ya ha sido abolida por
Cristo y es cosa del pasado, lo cual se confirma en el versículo 22: “Pero
ahora, libres del pecado y hechos siervos de Dios, tienen como su
recompensa [literalmente “fruto”] la santificación y, al fin, la vida eterna”.
De modo que la frase “ya no seamos esclavos del pecado” del versículo 6
claramente significa que los creyentes ya no pueden ser esclavos del pecado
porque ningún cristiano verdadero vive sujeto a él y los que han muerto en
Cristo son libres de tal esclavitud (v. 7). Pablo incluso utiliza la analogía del
matrimonio (Rom. 7:1-4) para señalar que el primer marido ha muerto y por
eso ya no estamos obligados por él, sino que hemos sido liberados y unidos al
nuevo marido (es decir, Cristo “a fin de que llevemos fruto para Dios” (v. 4).
Pedro enseñó precisamente lo mismo: “Puesto que Cristo ha padecido en la
carne, ármense también ustedes con la misma actitud. Porque el que ha
padecido en la carne ha roto con el pecado para vivir el tiempo que le queda
en la carne, no en las pasiones de los hombres sino en la voluntad de Dios” (1
Ped. 4:1, 2).
La fe es el medio por el que conquistamos el pecado
La serie de verbos en Romanos 6 (“saber”, vv. 3, 6, 9; “considerar”, v. 11;
y “presentar”, v. 13) habla sobre la fe y, de hecho, es el paralelo perfecto de
los tres elementos de la fe mencionados en el capítulo 3: conocer (notitia),
asentir (assensus) y confiar (fiducia). Pablo está desafiando a los romanos a
aplicar su fe con más diligencia, a despojarse de las viejas vestiduras fúnebres
y a vivir plenamente la nueva vida de la justicia y la gloria de Cristo: “Así
también ustedes, consideren que están muertos para el pecado pero que están
vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en su cuerpo
mortal de modo que obedezcan a sus malos deseos. Ni tampoco presenten sus
miembros al pecado como instrumentos de injusticia sino, más bien,
preséntense a Dios como vivos de entre los muertos, y sus miembros a Dios
como instrumentos de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de
ustedes, ya que no están bajo la ley sino bajo la gracia” (6:11-14). Eso
resume la vida de fe.
Nuestra muerte espiritual al pecado y nuestra resurrección a una nueva vida
con Cristo son los fundamentos de nuestra santificación. Necesitamos saber y
creer que ya no somos lo que solíamos ser; tenemos que ver que no somos
pecadores remodelados sino santos renacidos; debemos captar la verdad de
que ya no estamos bajo la tiranía del pecado. El amanecer de la fe es el
conocimiento de estas realidades espirituales: “Mi pueblo es destruido porque
carece de conocimiento. Porque tú has rechazado el conocimiento yo te
echaré del sacerdocio; y porque te has olvidado de la ley de tu Dios yo
también me olvidaré de tus hijos” (Ose. 4:6).
Considerar lleva la respuesta del creyente un paso más adelante: “Así
también ustedes, consideren que están muertos para el pecado pero que están
vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rom. 6:11). El “considerar” de este
versículo viene del mismo verbo griego que vimos en Romanos 4:3,
logizomai (“Y creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia”), un
término contable que significa “calcular” o “figurarse”. En este contexto lleva
la fe del creyente más allá del mero conocimiento, pues “considerar” aquí
significa tener una confianza sin reservas o afirmar una verdad de corazón en
lugar de conocerla intelectualmente.
Presentar va todavía más allá e implica la voluntad del creyente. Pablo
escribe: “No reine, pues, el pecado en su cuerpo mortal de modo que
obedezcan a sus malos deseos. Ni tampoco presenten sus miembros al pecado
como instrumentos de injusticia sino, más bien, preséntense a Dios como
vivos de entre los muertos, y sus miembros a Dios como instrumentos de
justicia” (Rom. 6:12, 13).
El pecado sigue siendo una fuerza respetable, pero ya no es el amo de los
cristianos. Es como un monarca depuesto pero airado, determinado a volver a
reinar sobre nuestras vidas, que sigue ocupando algo de territorio, pero no la
capital. Pablo dice que no tenemos que presentarnos al pecado sino a Dios, lo
cual supone un acto de confianza (“Esta es la victoria que ha vencido al
mundo: nuestra fe”, 1 Jn. 5:4), de modo que hasta nuestra santificación es por
la fe.
La gracia nos garantiza la victoria sobre el pecado
Como la salvación es para siempre, nuestras almas inmortales quedan
eternamente más allá del alcance del pecado, aunque este pueda atacar a los
cristianos en sus cuerpos mortales. Llegará el día en el que aun nuestros
cuerpos serán glorificados y quedarán fuera del alcance del pecado, pero
mientras dure esta vida estamos sujetos a la corrupción y a la muerte:
“Porque es necesario que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y que
esto mortal sea vestido de inmortalidad” (1 Cor. 15:53). Hasta entonces
nuestros cuerpos mortales seguirán sujetos al pecado y por eso “gemimos
dentro de nosotros mismos aguardando la adopción como hijos, la redención
de nuestro cuerpo” (8:23).
Así pues, Pablo dice “Ni tampoco presenten sus miembros al pecado como
instrumentos de injusticia sino, más bien, preséntense a Dios como vivos de
entre los muertos, y sus miembros a Dios como instrumentos de justicia”
(Rom. 6:13), lo cual tiene su paralelo en Romanos 12:1 (“Así que, hermanos,
les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como
sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es el culto racional de ustedes”,
énfasis añadido) y 1 Corintios 9:27 (“pongo mi cuerpo bajo disciplina y lo
hago obedecer; no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo
venga a ser descalificado”, énfasis añadido).
Muchos intérpretes han encontrado tropiezo en los tiempos verbales de
Romanos 6:12, 13, ya que los verbos en “No reine, pues, el pecado” y “Ni
tampoco presenten” están en imperativo de presente activo, lo cual contrasta
con el imperativo de aoristo en “Preséntense a Dios”. A primera vista parece
como si el apóstol estuviera diciendo: “Dejen de permitir que reine el pecado
y dejen de presentar sus miembros al pecado, y sométanse a Dios”,
implicando que estas personas eran cristianos que nunca se habían sometido
al señorío de Cristo, aunque el contexto indica claramente lo contrario: Pablo
también les recuerda que “han obedecido de corazón” (v. 17), que “han sido
hechos siervos de la justicia” (v. 18) y que “[han sido hechos] libres del
pecado y hechos siervos de Dios” (v. 22). Estas no son personas que nunca se
habían consagrado, sino que aquí y en Romanos 12:1, 2 Pablo simplemente
los estaba animando a seguir sometiéndose en la práctica a lo que ya se
habían sometido en principio; estaba invitándolos en aquel preciso momento
a una consagración decisiva y deliberada en sus vidas.
¿Está en duda el resultado? Ciertamente que no. En el versículo 14, Pablo
ofrece estas palabras de ánimo: “Porque el pecado no se enseñoreará de
ustedes, ya que no están bajo la ley sino bajo la gracia”. El cristiano ya no
está bajo el poder de la condenación de la ley de Dios sino bajo el poder
redentor de su gracia. El Señor ahora los llama a vivir en el poder de su
gracia, por la fe.
La libertad del pecado nos convierte en esclavos de la justicia. Pablo
regresa al tema del antinomianismo en Romanos 6:15-18:
¿Qué, pues? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia? ¡De
ninguna manera! ¿No saben que cuando se ofrecen a alguien para obedecerlo
como esclavos son esclavos del que obedecen; ya sea del pecado para muerte o de
la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios porque, aunque eran esclavos del
pecado, han obedecido de corazón a aquella forma de enseñanza a la cual se han
entregado y, una vez libertados del pecado, han sido hechos siervos de la justicia.
ROMANOS 6:15-18
La libertad de la ley significa libertad del poder del pecado y del castigo de
la ley, pero no libertad de las restricciones morales. La gracia no significa que
tengamos permiso para hacer lo que se nos antoje, sino que tenemos el poder
para hacer lo que le complace a Dios. La mera sugerencia de que su gracia
nos da licencia para pecar es contradictoria, porque el propósito de la gracia
es libertarnos del pecado. ¿Cómo podríamos nosotros, los receptores de la
gracia, permanecer en el pecado?
“¡De ninguna manera!” es la misma negación poderosa e inequívoca que
Pablo ofreció en el versículo 2. Esta verdad no necesita pruebas porque es
evidente por sí misma: “¿No saben...?” implica que todos deberíamos
comprender algo tan básico. ¿Qué podría ser más obvio? Cuando te presentas
ante alguien como esclavo para obedecer, ¡eres esclavo de aquel al que
obedeces! Hay solamente dos alternativas: si nuestras vidas se caracterizan
por el pecado entonces somos esclavos del pecado, pero si nos
caracterizamos por la obediencia entonces somos esclavos de la justicia (vv.
16-18). De una u otra manera, no somos nuestros propios amos.
Es igualmente cierto que “nadie puede servir a dos señores; porque
aborrecerá al uno y amará al otro, o se dedicará al uno y menospreciará al
otro. No pueden servir a Dios y a las riquezas” (Mat. 6:24). No puedes servir
a Dios y al pecado, así que los que piensan que son cristianos pero están
esclavizados por el pecado están tristemente engañados. No podemos tener
dos naturalezas contradictorias al mismo tiempo, vivir simultáneamente en
dos reinos espirituales diferentes o servir a dos señores. O somos esclavos del
pecado por nuestro nacimiento natural, o somos esclavos de la justicia por
nuestra regeneración, pero no podemos estar al mismo tiempo en el Espíritu y
en la carne (cf. Rom. 8:5-9).
Pablo no está enseñando a los romanos que deberían ser esclavos de la
justicia. Les está recordando que son esclavos de la justicia. Le dijo lo mismo
a los colosenses: “A ustedes también, aunque en otro tiempo estaban
apartados y eran enemigos por tener la mente ocupada en las malas obras,
ahora los ha reconciliado en su cuerpo físico por medio de la muerte para
presentarlos santos, sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1: 21,
22). Para el cristiano, la vida de injusticia y hostilidad contra Dios quedó en
el pasado. Ningún creyente verdadero continuará indefinidamente en
desobediencia, porque el pecado es diametralmente opuesto a nuestra nueva
naturaleza santa. Los verdaderos cristianos no pueden permanecer viviendo
perpetuamente en pecado.
Así pues, Pablo les recuerda a los romanos que ya no están esclavizados por
el pecado: “Pero gracias a Dios porque, aunque eran esclavos del pecado, han
obedecido de corazón a aquella forma de enseñanza a la cual se han
entregado” (v. 17). Pablo no se está refiriendo a una muestra legalista o
mecánica de la justicia: “han obedecido de corazón”. La gracia transforma el
ser interior de las personas, de modo que aquellos cuyo corazón no haya sido
cambiado no son salvos. El corazón obediente es el sello de la gracia.
Debemos ser claros una vez más: la obediencia no produce ni conserva
nuestra salvación, pero es la característica inevitable de los que son salvados.
El deseo de saber y obedecer la verdad de Dios es una de las marcas más
seguras de la autenticidad de nuestra salvación. Jesús dejó claro que los que
obedecen su palabra son los verdaderos creyentes (cf. Juan 8:31; 14:21, 23,
24; 15:10).
Los esclavos del pecado (los no creyentes) son libres de la justicia (Rom.
6:20), pero los cristianos, por el contrario, son libres del pecado y esclavos de
Dios por medio de la fe en Jesucristo (v. 22) El beneficio inevitable es la
santificación, y el resultado supremo, la vida eterna (v. 22). Esta promesa
resume toda la enseñanza de Romanos 6: Dios no solamente nos libera del
castigo del pecado (justificación), sino también de la tiranía del pecado
(santificación).
A pesar de eso, aunque ya no estamos sujetos al dominio del pecado, todos
nosotros luchamos desesperadamente contra este en nuestras vidas. La razón
por la cual esto ocurre y lo que nosotros podemos hacer al respecto será el
tema del capítulo 8.
1. Citado en Iain H. Murray, D. Martyn Lloyd-Jones: The First Forty Years
(Edinburgh: Banner ofTruth, 1982), 375.
2. Charles C. Ryrie, Equilibrio en la vida cristiana, trad. José Flores Espinosa
y R. Mercedes de la Rosa (Grand Rapids, MI: Portavoz, 1996), capítulo 18
(énfasis añadido).
3. J. C. Ryle, La santidad: su naturaleza, obstáculos, dificultades y raíces
(Moral de Calatrava, Ciudad Real: Peregrino, 2013), Introducción, punto 6.
4. De ahí que Zane Hodges escriba: “El joven rico no estaba listo para una
vida [de dependencia del señorío de Jesús], pero los discípulos nacidos de
nuevo del Hijo de Dios sí lo estaban” (CL).
5. Benjamin B. Warfield, Perfectionism (Philadelphia: Presbyterian &
Reformed, 1958), 356-57. Warfield continuó diciendo: “Esta separación tan
equivocada entre la santificación y la justificación, como si la primera fuera
un simple don adicional de la gracia a ser buscado u obtenido por cuenta
propia (en lugar de ser como es un componente inseparable de la salvación de
la persona que pertenece a todos los creyentes) establece el fundamento, por
supuesto, para ese círculo de ideas que se resume en la expresión “la segunda
bendición” y que están lejos de ser sanas. Entre ellas podrían mencionarse,
por ejemplo, la creación de dos diferentes tipos de cristianos, de menor o
mayor calidad” (Ibíd. 357-58). Por supuesto, el error de los dos tipos de
cristianos subyace en toda la enseñanza de la negación del señorío. Ver una
discusión más amplia al respecto en el capítulo 8.
6. Donald G. Barnhouse, Romans, 4 vols. (Grand Rapids, MI: Eerdmans,
1961), 3:2; 10-12.
7. Handley Moule, The Epistle to the Romans (London: Pickering & Inglis,
s.f.), 160-61. Publicado en español como Exposición de la Epístola de San
Pablo a los Romanos (Terrassa, Barcelona: CLIE, 1987).
Capítulo 8
LA LUCHA A MUERTE CONTRA EL
PECADO
La santificación toma la forma de conflicto contra el pecado que nos asalta
continuamente en nuestro interior. Este conflicto, que dura toda la vida, implica
tanto la resistencia a los ataques del pecado como el contraataque de la
mortificación, por lo cual procuramos dejar sin vida a este problemático enemigo.
J. L. PACKER1
Uno de los hombres que ha defendido por mucho tiempo la doctrina de la
negación del señorío me escribió para refutar mis enseñanzas sobre el
evangelio. Lo invité a almorzar, pensando que una conversación personal
podría ayudarnos a entendernos mejor. Era el pastor de una iglesia grande,
por eso creí que tendríamos mucho en común, a pesar del desacuerdo a un
nivel tan básico.
Nos encontramos y sentí que nuestro diálogo estaba siendo beneficioso.
Aunque ninguno de los dos cambió su perspectiva del evangelio, pudimos
aclarar malentendidos de ambas partes.
Varios meses después de nuestro almuerzo, me entristeció leer un reporte
de las noticias donde se informaba que su iglesia le había pedido que
renunciara por ser culpable de inmoralidad sexual. Había estado viviendo una
doble vida por más de diez años y ahora sus pecados e infidelidad habían sido
expuestos vergonzosamente.
¿Sería su tolerancia hacia aquel pecado lo que trajo como resultado su
teología? Tal vez no. También se han visto descalificados moralmente otros
pastores que no apoyan los argumentos de la negación del señorío y, por el
contrario, muchos de los que defienden esa perspectiva evitan caer en
pecados sórdidos.
Ahora vamos a darle la vuelta a la pregunta: ¿sería su teología una manera
de acomodar un estilo de vida pecaminoso? Claro que podría haber sido así,
pero si de algo no queda duda, es de que la teología de la negación del
señorío tendría un efecto anestésico en alguien que profesara ser cristiano
pero estuviera intentando racionalizar la inmoralidad a largo plazo. En lugar
de someter la conciencia y el comportamiento al autoexamen más intenso, la
persona encontraría consuelo en la idea de que, después de todo, hay muchos
cristianos permanentemente “carnales”. Seguramente la convicción de que el
arrepentimiento es opcional animaría a alguien que quiere invocar a Cristo
pero a la vez justificar una vida de pecado sin arrepentimiento; el hecho es
que la predicación que pregona constantemente la “gracia” pero nunca
presenta la ley podría ayudar a alguien así a encontrar consuelo mientras
sigue pecando. La doctrina de la negación del señorío resulta perfecta para
cualquiera que procure justificar la religión fría.
No es mi intención aquí implicar que todos los que apoyan la doctrina de la
negación del señorío tienen vidas inmorales, pues obviamente ese no es el
caso. Tampoco estoy diciendo que estas personas apoyen una vida inmoral,
ya que no conozco a un solo maestro de la negación del señorío que tolere
abiertamente la conducta pecaminosa. De hecho, es lo contrario: los
predicadores de la negación del señorío apelan firmemente en favor de la
santidad y una de las metas principales de su predicación es convencer a los
“creyentes carnales” de que se conviertan en “creyentes espirituales”. Así
pues, los llamados a la obediencia y la sumisión son bastante comunes en la
predicación de la negación del señorío, excepto en los mensajes
evangelísticos. Afortunadamente, la mayoría de los maestros de la negación
del señorío viven una teología mejor de la que dicen creer.
Sin embargo, creo que muchas personas que toleran deliberadamente el
pecado sin arrepentimiento ni confesión en sus vidas también adoptan la
doctrina de la negación del señorío porque les permite contar con el consuelo
de la “seguridad” en medio de su rebelión pecaminosa.
Creo además que la teología de la negación del señorío tiende a subestimar
la santidad (aunque esa no sea la intención de sus maestros) al ofrecer la
salvación del infierno sin la salvación del pecado, al retirar las ramificaciones
morales de la fe y el arrepentimiento, al convertir la obediencia a Dios en
algo opcional y al prometer seguridad aun a las personas que viven una
carnalidad perpetua.
El mito del cristiano carnal
Casi toda la teología de la negación del señorío depende en gran extremo de
la noción de que existen tres clases de personas: los incrédulos, los cristianos
espirituales y los cristianos carnales. Este fue uno de los argumentos de la
plataforma de la doctrina de la negación del señorío establecida por Lewis
Sperry Chafer, quien popularizó la idea del cristiano carnal en su libro de
1918 El hombre espiritual2. C. I. Scofield, amigo de Chafer, incluyó un
esquema similar en una de sus notas en la Biblia de estudio Scofield.
En los últimos años, la idea del cristiano carnal se ha diseminado por medio
de una serie de tratados y folletos publicados por Cruzada Estudiantil y
Profesional para Cristo. Estas publicaciones presentan un diagrama con tres
círculos que representan las tres clases de personas y en cuyo centro hay un
trono: el no cristiano tiene a su “yo” en el trono, y Cristo está fuera del
círculo; el cristiano carnal ha “invitado” a Cristo al círculo, pero permanece
en el trono; el cristiano espiritual coloca a Cristo en el trono y el “yo” se
encuentra al pie del mismo. El tratado anima a los cristianos carnales a
volverse espirituales. Los últimos treinta años se han distribuido por todo el
mundo millones de estos folletos, los cuales son, sin dudas, la publicación
sobre la negación del señorío que ha tenido más difusión y ha sido de
influencia para que muchísima gente acepte la dicotomía del cristianismo
carnal como bíblica.
Sin embargo, toda esta idea se basa en una interpretación equivocada de 1
Corintios 2:14 a 3:3:
Pero el hombre natural no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le
son locura; y no las puede comprender, porque se han de discernir espiritualmente.
En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no es juzgado por
nadie. Porque, ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién lo instruirá?
Pero nosotros tenemos la mente de Cristo. Y yo, hermanos, no pude hablarles
como a espirituales, sino como a carnales, como a niñitos en Cristo. Les di a beber
leche y no alimento sólido, porque todavía no podían recibirlo, y ni aún ahora
pueden; porque todavía son carnales. Pues en tanto que hay celos y contiendas
entre ustedes, ¿no es cierto que son carnales y andan como humanos?
En este pasaje el apóstol Pablo estaba reprendiendo a los corintios por su
comportamiento anticristiano, pues la iglesia se estaba dividiendo en
pequeños grupos, con algunos diciendo “Yo soy de Pablo” y otros “Yo soy
de Apolos” (1 Cor. 3:4). Pablo les dijo que su comportamiento divisivo era
indigno de los cristianos “todavía son carnales [gr. sarkikos, ‘referente a la
carne, carnal’]. Pues en tanto que hay celos y contiendas entre ustedes, ¿no es
cierto que son carnales y andan como humanos?”.
Pablo estaba acusando a los corintios de comportarse como si no fueran
cristianos, pero las divisiones no eran el único problema en Corinto: los
creyentes estaban tolerando la relación incestuosa de uno que “[que se
llamaba] hermano” (5:11) con la esposa de su padre; algunos se
emborrachaban y participaban desordenadamente en la celebración de la
comunión (11:17-22); los cristianos se estaban llevando a juicio unos a otros
(6:1-8), estaban abusando del don de lenguas (14:23) y las mujeres eran
irrespetuosas en los servicios (14:33).
En 1 Corintios 2:14—3:3, no obstante, es seguro que Pablo no estaba
definiendo dos clases de cristianos ni tres tipos de personas, ya que él
diferenciaba claramente entre “el hombre natural” y “el hombre espiritual”
(2:14, 15), es decir, entre la persona sin salvación y el cristiano. Reconocía
que todos los cristianos son capaces de tener un comportamiento carnal, pero
los Apóstoles nunca se refirieron en ninguna de sus epístolas a dos tipos de
cristianos.
En Romanos 8 Pablo establece el contraste entre “la intención de la carne”
(los no cristianos) y “la intención del Espíritu” (v. 6) (los cristianos), entre
“los que viven según la carne” (v. 8, no cristianos) y los que “viven según el
Espíritu” (v. 9, los cristianos). No hay manera de confundirse en cuanto a lo
que se refiere porque lo expresa explícitamente en el versículo 9: “Ustedes no
viven según la carne sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora
en ustedes. Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”.
Así pues, según Pablo todos los cristianos son espirituales, aunque como
veremos también reconoció que en ocasiones todos los creyentes se
comportan como carnales, de ahí que estuviera reprendiendo a los corintios.
Estos cristianos corintios eran obviamente inmaduros y que por eso Pablo
los llamó “niñitos en Cristo” (3:1), pero a diferencia de muchos a los que se
denomina cristianos carnales hoy en día, ellos no eran indiferentes a las cosas
espirituales. De hecho, su lealtad a determinados líderes y su abuso de los
dones reflejaba un celo fuera de lugar, así que es evidente que estos cristianos
tenían deseos espirituales, sin importar cuán imperfectamente los procuraran.
Fíjate también que Pablo no animó a los corintios a buscar una experiencia
de segundo nivel: no les aconsejó que “recibieran a Jesús como Señor” ni que
se consagraran de una vez por todas, sino que, por el contrario, les dijo que
no les faltaba “ningún don, mientras esperan la manifestación de nuestro
Señor Jesucristo. Además, él los confirmará hasta el fin, para que sean
irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo” (1:7, 8).
Aun así, Pablo no tenía tolerancia para los que obraban deliberadamente en
la carne. Cuando se enteró del pecado del hombre en incesto, por ejemplo,
instruyó a los corintios a que lo “entreguen... a Satanás para la destrucción de
la carne, a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor” (5:5). Observa
cómo habló Pablo de los que estaban en la iglesia pero eran inmorales,
avaros, idólatras, calumniadores, borrachos o estafadores: no los llamó
“cristianos carnales”, sino que los acusó de obrar “llamándose hermanos”
(5:11) e instruyó a los corintios a que ni siquiera comieran con esas personas.
Obviamente sabía que aquellos pecados (pecados de estilo de vida,
persistentes, deliberados, empedernidos) ponían en tela de juicio la profesión
de fe de la persona. Pablo corrigió la actitud indulgente de la iglesia hacia
este pecador y otros como él a los cuales los corintios sin duda aceptaban
regularmente tal vez como cristianos de segunda clase, tal como hacen hoy en
día los evangélicos. Pablo, sin embargo, ordenó a la iglesia que los
disciplinara (5:9-13), lo cual arrojaría luz sobre si eran personas naturales sin
redención que se habían asociado con creyentes, o bien personas espirituales
que estaban actuando como carnales.
¿Hasta qué punto pueden llegar a pecar los cristianos?
Recientemente leí un libro acerca de los cristianos y el pecado que
comenzaba con un relato fuera de lo común: el autor de este libro conocía a
un pastor que había sido enviado a prisión, ¡por robar catorce bancos para
financiar sus relaciones con prostitutas! Como estaba completamente
convencido de que este mujeriego ladrón de bancos era un cristiano
verdadero, el autor escribió este libro para investigar cómo era posible
semejante cosa.
Llámame anticuado, pero creo que es justo cuestionarse si alguien que roba
bancos regularmente para pagar por sexo ilícito es realmente salvo. El pecado
de aquel hombre era su estilo de vida secreto y todas las evidencias apuntan a
que hubiera seguido haciéndolo hasta la fecha si no hubiera sido atrapado.
¿Podríamos decir que este “que se hacía llamar hermano” es un cristiano
verdadero solo porque en algún momento fue un pastor evangélico?
Es cierto, no podemos juzgar el corazón de la persona, pero debemos juzgar
su conducta (1 Cor. 5:12): “¿No saben que los injustos no heredarán el reino
de Dios? No se engañen: que ni los inmorales sexuales, ni los idólatras, ni los
adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los
avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores, heredarán el
reino de Dios” (1 Cor. 6:9-11). En estos versículos el apóstol Pablo estaba
describiendo pecados de conducta crónica, que influyen en todo el carácter de
la persona y cuya preferencia refleja un corazón no regenerado. Pablo les
recordó a los cristianos: “Y esto eran algunos de ustedes, pero ya han sido
lavados, pero ya son santificados, pero ya han sido justificados en el nombre
del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios’ (v. 11, énfasis
añadido).
Pero espera... ¿Acaso la Biblia no tiene ejemplos de creyentes que
cometieron pecados graves? ¿No cometió David homicidio y adulterio y
estuvo por lo menos un año sin confesar su pecado? ¿No se caracterizó Lot
por su compromiso con el mundo en medio de pecados horribles? David y
Lot, sin embargo, no pueden ser contados como ejemplos de cristianos
“carnales” cuyo estilo de vida y apetitos no eran diferentes a los de las
personas que no han sido regeneradas.
David, por ejemplo, se arrepintió profundamente de su pecado cuando
Natán lo confrontó y aceptó de buena gana la disciplina del Señor (2 Sam.
12:1-23); Salmos 51 es una expresión del arrepentimiento de David al cabo
de este sórdido episodio de su vida. El hecho, a fin de cuentas, es que este fue
simplemente un episodio en la vida de David, quien no estaba predispuesto
para este tipo de pecado. En 1 Reyes 15:5 dice: “Porque David había hecho lo
recto ante los ojos del SEÑOR y no se había apartado en todos los días de su
vida de nada de lo que le había mandado, excepto en el asunto de Urías el
heteo”(énfasis añadido).
Lot es un caso diferente, pues no se sabe mucho acerca de él por su historia
en el Antiguo Testamento, pero lo que sí se registra al respecto es lamentable
ya que fue un patético ejemplo de transigencia y desobediencia: en vísperas
de la destrucción de Sodoma, “se detenía” cuando debería haber huido de la
ciudad (Gén. 19:16), de modo que los mensajeros angelicales tuvieron que
tomarlo de la mano y llevarlo fuera de la ciudad; casi al final de su vida, sus
dos hijas lo emborracharon y cometieron incesto con él (Gén. 19:30-38). Lot
sí parecía ser proclive a los pecados de transigencia y mundanalidad.
No obstante, el inspirado escritor del Nuevo Testamento nos dice que “este
hombre justo habitaba en medio de ellos y afligía de día en día su alma justa
por los hechos malvados de ellos” (2 Ped. 2:8): aborrecía el pecado y deseaba
la justicia; le tenía respeto a los santos ángeles, lo cual es evidencia de su
temor de Dios (Gén. 19:1-14); obedeció a Dios al no mirar atrás hacia
Sodoma cuando cayó el juicio de Dios (cf. v. 26).
No hay duda de que Lot no era “carnal” en el sentido de que le faltaran
deseos espirituales, pues a pesar de vivir en un lugar malvado, él mismo no lo
era. Su alma estaba atormentada, incómoda, entristecida y torturada por el
dolor a la vista del mal que lo rodeaba. Evidentemente, su conciencia no se
endureció, sino que se “afligía día en día su alma justa” por el
comportamiento malvado de quienes lo rodeaban y aunque vivió en Sodoma,
nunca se convirtió en un sodomita. Los que lo utilizan como ejemplo de una
persona que es salva pero tremendamente carnal se pierden la enseñanza de 2
Pedro 2:8.
¿Cuál es la lección de la vida de Lot, tal como lo veía Pedro? El versículo 9
lo resume así: “El Señor sabe rescatar de la prueba a los piadosos y guardar a
los injustos para ser castigados en el día del juicio”.
En el caso de Lot uno de los medios que el Señor utilizó para rescatarlo de
la tentación fue el castigo severo: Lot perdió su hogar; su esposa cayó víctima
del juicio divino; sus propias hijas lo desgraciaron y degradaron; pagó un
precio terrible por su pecado y fue afligido “de día en día”. Si hay algo que
Lot demuestra es que los creyentes verdaderos no pueden pecar
impunemente.
Dios siempre castiga y disciplina a sus hijos cuando pecan, pues si no
experimentaran el castigo no serían verdaderamente sus hijos, sino bastardos
espirituales. Hebreos 12:7, 8 declara explícitamente: “Porque, ¿qué hijo es
aquel a quien su padre no disciplina? Pero si están sin la disciplina de la cual
todos han sido participantes, entonces son ilegítimos, y no hijos”. El
propósito por el que nos disciplina es “para bien a fin de que participemos de
su santidad” (Heb. 12:10).
Todo eso se opone al concepto de millones de cristianos que viven en un
estado de carnalidad. ¿Por qué se encuentran constantemente bajo la
disciplina de Dios si de verdad son sus hijos?
El primero de los pecadores
Tal vez el ejemplo clásico de un creyente que peca es el del apóstol Pablo.
¿Pablo? Sí. Cuanto más maduraba en Cristo, más conciencia tomaba de su
propia pecaminosidad. Al escribir la primera epístola a los Corintios se refirió
a sí mismo como “el más insignificante de los Apóstoles, y no soy digno de
ser llamado Apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios” (1 Cor. 15:9).
Unos pocos años después, al escribir Efesios, se llamó a sí mismo “menos
que el menor de todos los santos” (Efe. 3:8). Cerca del final de su vida, al
escribir a Timoteo, Pablo habló de sí mismo como “el primero [de los
pecadores]” (1 Tim. 1:15).
Pablo no se estaba dando aires de suficiencia, pues era extremadamente
sensible al pecado en su vida y dolorosamente honesto acerca de su propia
lucha con este. A pesar de lamentarlo y de luchar constantemente en su
contra, fue uno de los más grandes santos que jamás hayan vivido.
¿Cómo es eso posible? ¿No te parece que alguien de la talla de Pablo sería
un ejemplo de la victoria contra el pecado? Lo fue. ¿A pesar de haberse
llamado a sí mismo “miserable” y “el primero de los pecadores”? Sí. ¿Es
posible que ambas cosas sean ciertas al mismo tiempo? Desde luego que sí.
De hecho, cuanto más santos nos volvamos, más sensibles al pecado
llegaremos a ser.
Martín Lutero notó la paradoja del pecado en la vida de todo creyente y
acuñó una expresión en latín: simul justus et peccator (“justo y pecador al
mismo tiempo”), un dilema con el que lucha todo creyente verdadero.
Nuestra justificación es completa y perfecta, por tanto nuestra posición ante
Dios es impecable, pero nuestra santificación no llegará a la perfección hasta
que seamos glorificados porque es el premio de nuestro supremo llamamiento
en Cristo (Fil. 3:14). Pablo escribió: “No quiero decir que ya lo haya
alcanzado ni que haya llegado a la perfección, sino que prosigo a ver si
alcanzo aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús” (v. 12).
Aquí en la tierra nuestra práctica nunca se equiparará con nuestra posición,
independientemente de la intensidad con que procuremos nuestra
santificación.
No obstante, si hemos nacido de nuevo sí la procuraremos, porque Dios
mismo garantiza nuestra perseverancia en la justicia: “Y el mismo Dios de
paz los santifique por completo; que todo su ser —tanto espíritu, como alma
y cuerpo— sea guardado sin mancha en la venida de nuestro Señor
Jesucristo” (1 Tes. 5:23); él “es poderoso para guardarlos sin caída y para
presentarlos irreprensibles delante de su gloria con grande alegría” (Jud. 24).
El pasaje clásico sobre la lucha personal de Pablo contra el pecado es
Romanos 7:14-25:
Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la sujeción
del pecado. Porque lo que hago no lo entiendo, pues no practico lo que quiero; al
contrario, lo que aborrezco, eso hago. Y ya que hago lo que no quiero, concuerdo
con que la ley es buena. De manera que ya no soy yo el que lo hace sino el pecado
que mora en mí. Yo sé que en mí —a saber, en mi carne— no mora el bien.
Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que
quiero sino, al contrario, el mal que no quiero, eso practico. Y si hago lo que yo no
quiero, ya no lo llevo a cabo yo sino el pecado que mora en mí. Por lo tanto, hallo
esta ley: Aunque quiero hacer el bien, el mal está presente en mí. Porque según el
hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo en mis miembros una ley
diferente que combate contra la ley de mi mente y me encadena con la ley del
pecado que está en mis miembros. ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de
este cuerpo de muerte? ¡Doy gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro
Señor! Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios; pero con la carne, a
la ley del pecado.
¡Miserable de mí!
Muchos expositores se han preguntado por qué este pasaje puede seguir con
lógica a las declaraciones de Romanos 6, donde dice que los creyentes están
muertos al pecado (Rom. 6:2), han sido crucificados con Cristo para que el
cuerpo de pecado sea destruido, fueron liberados del pecado (v. 7), ya no
están bajo la ley sino bajo la gracia (v. 14), y son esclavos de la justicia (v.
18).
Algunos han propuesto que en Romanos 7 Pablo estaba describiendo su
vida antes de Cristo y sugieren que el versículo 14 es la clave: “Yo soy
carnal, vendido a la sujeción del pecado”.
Otros creen que Pablo estaba describiendo su vida como cristiano carnal
antes de someterse al señorío de Cristo y destacan cuando dice: “Según el
hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo en mis miembros una
ley diferente...” (v. 22, 23). Creen que las numerosas referencias en primera
persona del pasaje revelan que este es el conflicto interno de una persona
egoísta y justa ante sus propios ojos, alguien que procura llegar a ser justo en
el poder de su propia carne. A menudo los maestros de la “vida profunda”
citarán este pasaje para animar a los cristianos a “salir de Romanos 7” y pasar
a “Romanos 8” en su relación con Dios.
El estudio del texto, sin embargo, revela que esta no es la experiencia de un
no creyente ni la expresión de un cristiano “carnal”3, sino la experiencia de
Pablo en el momento en que escribió. Aunque fue uno de los santos más
espirituales que hayan existido, luchó con el pecado personal igual que
cualquiera de nosotros; aunque fue poderosamente utilizado por Dios, luchó
contra el pecado y la tentación: “Así que, el que piensa estar firme, mire que
no caiga. No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana” (1
Cor. 10:12, 13).
¿Cómo sabemos que Pablo era salvo cuando experimentó lo descrito en
este pasaje? El cambio en los tiempos verbales entre los versículos 13 y 14
nos da la primera pista: en Romanos 7:7-13 Pablo estaba relatando su vida
antes de la conversión y recordando la convicción que sintió cuando se
enfrentó cara a cara con la ley de Dios y en esos versículos todos los verbos
están en pasado; en los versículos 14-25, sin embargo, los verbos están en
tiempo presente y describen la batalla con el pecado que para Pablo era su
experiencia actual.
Además, Pablo escribe “Porque según el hombre interior, me deleito en la
ley de Dios” (Rom. 7:22) y en el versículo 25 añade que “Yo mismo con la
mente sirvo a la ley de Dios”, una declaración que no haría alguien que no
fuera cristiano. “Pues la intención de la carne es enemistad contra Dios;
porque no se sujeta a la ley de Dios ni tampoco puede” (Rom. 8:7).
Pablo describe más su deseo de obedecer a Dios, muchas veces
desvirtuado: “Porque lo que hago no lo entiendo, pues no practico lo que
quiero; al contrario, lo que aborrezco, eso hago... Yo sé que en mí —a saber,
en mi carne— no mora el bien. Porque el querer el bien está en mí, pero no el
hacerlo... Por lo tanto, hallo esta ley: Aunque quiero hacer el bien, el mal está
presente en mí” (Rom. 7:15, 18, 19, 21). Sin embargo, en Romanos 3 ya
había dicho que la persona sin Cristo no tiene el deseo de hacer la voluntad
de Dios: “No hay justo ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien
busque a Dios... no hay temor de Dios delante de sus ojos” (vv. 11, 12, 18).
La persona descrita en Romanos 7:14-25 no puede ser sino un redimido.
Esto no se está refiriendo a un cristiano carnal ni tampoco a una persona
con un nivel menor de santificación. El uso reiterado que Pablo hace del
pronombre personal en este contexto enfatiza que esta era su propia
experiencia personal y los tiempos verbales muestran que consideraba haber
superado esta etapa. El conflicto que describe aquí era uno que conocía muy
bien, aun siendo un cristiano avanzado, pues la obra santificadora de Dios en
su corazón es muy evidente: dice que aborrece el pecado (v. 15), ama la
justicia (vv. 19, 21), se deleita de corazón en la ley de Dios (v. 22) y le
agradece a Dios por la liberación que hay en Cristo (v. 25). Todas estas son
respuestas que daría un cristiano maduro y, en este caso, un apóstol
experimentado, no alguien que se debate agónicamente en un estado
desesperado de carnalidad establecida. De hecho, se trata de la descripción de
un hombre espiritual que siente su pecado ocasional como algo constante
cuando tiene como telón de fondo sus anhelos de santidad.
Romanos 7:14-25 describe por tanto el lado humano del proceso de
santificación, por eso no debemos contrastarlo con Romanos 8, como hacen
algunos, al imaginar que estos capítulos describen dos etapas separadas del
crecimiento cristiano. Simplemente proveen dos perspectivas diferentes de la
santificación: Romanos 7 es la perspectiva humana y Romanos 8 es la
perspectiva divina. Romanos 7 es el testimonio personal de Pablo sobre lo
que supone vivir como un creyente controlado por el Espíritu, espiritualmente
firme. Amaba la ley de Dios con todo su corazón, aunque se encontraba
revestido de carne humana y era incapaz de cumplirla en el nivel de lo que su
corazón anhelaba. ¿Existen en alguna parte cristianos tan espirituales que
puedan demostrar estar viviendo por encima de este nivel, o bien cristianos
tan carnales que estén viviendo por debajo del nivel de Romanos 8?
Todos los creyentes verdaderos deberían estar viviendo precisamente a este
nivel, luchando con la tensión descrita por Pablo entre la creciente hambre de
justicia por un lado y la creciente sensibilidad ante el pecado por el otro.
Aunque el grado de pecado puede variar dependiendo del nivel de madurez
espiritual de la persona, el pecado en el creyente auténtico siempre le hará
sentir el conflicto que Pablo describe en estos versículos.
Aunque algunos han tratado de afirmar que viven por encima de Romanos
7, lo único que hacen es revelar su propia insensibilidad a los efectos
generalizados del pecado en la carne. Si se compararan honestamente con los
estándares justos de Dios, podrían darse cuenta de lo lejos que se encuentran
de la meta, pues cuanto más nos acercamos a él más vemos nuestro pecado.
Solamente las personas inmaduras, carnales y legalistas pueden vivir bajo la
ilusión de que están a la altura de los estándares de Dios. El nivel de
reflexión, quebrantamiento, contrición y humildad que caracterizan a la
persona descrita en Romanos 7 son las marcas del creyente espiritual y
maduro, el cual no confía en su bondad y logros ante Dios.
Así que Romanos 7 no es el clamor de un cristiano carnal al que no le
importa la justicia, sino el lamento del cristiano espiritual que, en la cúspide
de su madurez espiritual, se encuentra de todas maneras incapaz de vivir
conforme a las demandas divinas. También es la experiencia de todo creyente
verdadero en cada etapa de su desarrollo espiritual.
Soy carnal, pero la ley es buena
Fíjate detenidamente en el lamento de Pablo: “Porque sabemos que la ley es
espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la sujeción del pecado. Porque lo que
hago no lo entiendo, pues no practico lo que quiero; al contrario, lo que
aborrezco, eso hago. Y ya que hago lo que no quiero, concuerdo con que la
ley es buena. De manera que ya no soy yo el que lo hace sino el pecado que
mora en mí” (Rom. 7:14-17).
La justificación por la fe aparte de las obras de la ley no implica que esta
sea mala: la ley es espiritual, viene del Espíritu de Dios y es un reflejo de su
naturaleza santa, justa y buena (v. 12).
Sin embargo, existe una barrera que evita que el creyente obedezca siempre
a la ley de Dios: nuestra naturaleza carnal. Fíjate que Pablo dice “yo soy
carnal” en lugar de “estoy en la carne”. El término “carne” aquí (sarx en
griego) no es una referencia al cuerpo físico ni tampoco a una “parte” de
nuestra persona como el cuerpo, sino al principio de la fragilidad humana
(especialmente nuestro egoísmo pecaminoso) que permanece con nosotros
luego de la salvación hasta que llegamos a ser glorificados: “Los que viven
según la carne no pueden agradar a Dios” (8:8). “En la carne” es la
descripción de la condición no regenerada (7:5), por eso los cristianos no
están “en la carne”.
Sin embargo, la carne sigue estando en nosotros porque fuimos hechos “de
carne” (es decir, somos humanos), y ese es el problema: “Yo sé que en mí —
a saber, en mi carne— no mora el bien... yo mismo con la mente sirvo a la ley
de Dios; pero con la carne, a la ley del pecado” (7:18-25). La palabra carne,
utilizada en este contexto, se refiere a nuestra condición caída y contamina
cada aspecto de la persona, entre ellos nuestra mente, nuestras emociones y
nuestro cuerpo. Estos restos de nuestra naturaleza caída (la carne) son lo que
nos empuja reiteradamente al pecado, aunque lo aborrezcamos o
despreciemos.
A eso es a lo que Pablo se refería cuando dijo en el versículo 14: “Yo soy
carnal, vendido a la sujeción del pecado”. La expresión “vendido a la
sujeción al pecado” en principio parece plantear un problema, al igual que
una declaración similar en el versículo 23: “Me encadena con la ley del
pecado que está en mis miembros”. ¿Está Pablo contradiciendo lo que dijo en
Romanos 6:14, “Porque el pecado no se enseñoreará de ustedes, ya que no
están bajo la ley sino bajo la gracia”? No, ya que “vendido a la sujeción al
pecado” no significa que se comprometiera a pecar, solo que estaba
reconociendo que su carne seguía arrastrándolo a cometer los mismos
pecados que aborrecía.
Este es el estado de todo creyente verdadero: ya no tenemos relación con
nuestro padre anterior, el diablo (Juan 8:44), ya no amamos al mundo (1 Jn.
2:15) y ya no somos esclavos del pecado, pero nuestra carne sigue estando
sujeta al engaño del pecado y se sigue sintiendo atraída por muchas de sus
tentaciones. Como cristianos, sin embargo, no nos podemos alegrar con
nuestro pecado, porque es contrario a quienes somos en Cristo y sabemos que
entristece a nuestro Señor.
El pecado entristece al Espíritu Santo (Efe. 4:30), deshonra a Dios (1 Cor.
6:19, 20), evita que nuestras oraciones sean respondidas (1 Ped. 3:12),
provoca que seamos privados de cosas buenas de parte de Dios (Jer. 5:25),
nos roba el gozo de nuestra salvación (Sal. 51:12), inhibe el crecimiento
espiritual (1 Cor. 3:1), atrae el castigo del Señor (Heb. 12:5-7), impide que
seamos vasos útiles para el uso del Señor (2 Tim. 2:21), contamina el
compañerismo cristiano (1 Cor. 10:21) y hasta puede poner en riesgo nuestra
vida física y nuestra salud (1 Cor. 11:29, 30). No es de sorprender que los
cristianos verdaderos aborrezcan el pecado.
Alguien que no es creyente comentó lo siguiente después de escuchar la
verdad de la justificación por la fe: “Si yo creyera que la salvación es gratuita
solo por la fe, creería y entonces me hartaría de pecar”. Quien le estaba dando
testimonio le respondió sabiamente: “¿Cuánto pecado piensas que haría falta
para que un cristiano se quedara satisfecho?”. Una persona que no ha perdido
nada de su apetito por el pecado (y que ha adquirido en su lugar hambre por
las cosas de Dios) no se ha convertido genuinamente. “¿Cuáles son nuestros
gustos, nuestras elecciones, nuestras preferencias y nuestras inclinaciones?
Esa es la prueba de fuego”4.
Aquí Pablo confirma que los apetitos y deseos del hombre interior en el
verdadero creyente son gobernados por la ley de Dios: “Porque según el
hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo en mis miembros una
ley diferente que combate contra la ley de mi mente y me encadena con la ley
del pecado que está en mis miembros” (7:22, 23).
El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo
Todo cristiano verdadero puede sentirse reflejado en el lamento de Pablo,
porque estamos de acuerdo en que la ley es buena y que deseamos
obedecerla, pero no podemos librarnos del pecado: estamos atados de manos
y pies por nuestra propia debilidad humana; el pecado está en nuestros
propios miembros. Los que se justifican a sí mismos se engañan al pensar que
son correctos y buenos, pero Romanos 7 muestra que un cristiano verdadero
dirigido por el Espíritu no lo hará ya que los cristianos más espirituales son
mucho más conscientes del pecado en su interior. El pecado en nuestros
miembros no puede ganar todo el tiempo y finalmente dejará de derrotarnos,
pero frustra perpetuamente nuestros intentos de obedecer a Dios
perfectamente.
Pablo dice: “Yo sé que en mí —a saber, en mi carne— no mora el bien” (v.
18). Existe una inmensa diferencia entre el pecado que sobrevive y el que
reina: aunque el pecado ya no reina sobre nosotros (Rom. 6:18, 19),
sobrevive en nosotros (7:20). En Gálatas 5:17 dice: “Porque la carne desea lo
que es contrario al Espíritu, y el Espíritu lo que es contrario a la carne.
Ambos se oponen mutuamente para que no hagan lo que quisieran”.
Romanos 7 simplemente describe los detalles desagradables de esa batalla,
pero Gálatas 5:16 nos dice cómo ganarla: ‘Anden en el Espíritu, y así jamás
satisfarán los malos deseos de la carne”. El Espíritu Santo nos da la victoria.
Esa victoria, no obstante, parece venir con una frustrante incomodidad,
como Pablo escribe en los versículos 18 y 19: “Porque el querer el bien está
en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero sino, al
contrario, el mal que no quiero, eso practico”. No está diciendo que sea
incapaz de hacer algo bueno, sino que su deseo de obedecer siempre es
mayor que su propia capacidad para hacerlo. Este es el patrón de crecimiento
espiritual: a medida que aumenta nuestro aborrecimiento por el pecado y
nuestra capacidad de victoria sobre él se incrementa, nuestra frustración con
lo que queda del mismo en nuestra carne también se intensifica. En otras
palabras, nuestra sensibilidad al pecado que nos habita es inversamente
proporcional a nuestra experiencia de victoria, de modo que cuanto más
derrotamos al pecado en nuestras vidas, más conscientes de su presencia
llegamos a estar.
Este es el punto crucial: Pablo no estaba diciendo que tuviera una
inclinación al pecado, sino todo lo contrario, que su inclinación era hacia la
justicia, pero simplemente se sentía frustrado por la influencia de su carne
pecaminosa.
Una vez más, este no es el testimonio de una persona que vive en un estado
de descuido “carnal”. Pablo anhelaba en su corazón la justicia, tenía hambre
de obedecer a Dios, amaba la ley de Dios y quería hacer lo bueno. Esa es la
dirección a la que apunta todo cristiano verdadero, independientemente de
nuestro desarrollo dentro del proceso de santificación.
Me deleito en la ley de Dios
“Por lo tanto, hallo esta ley: Aunque quiero hacer el bien, el mal está
presente en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;
pero veo en mis miembros una ley diferente que combate contra la ley de mi
mente y me encadena con la ley del pecado que está en mis miembros” (vv.
21-23).
Lo que a Pablo le molestaba no era su conciencia, pues no estaba
lamentando algún pecado olvidado ni describiendo una desafiante negación a
seguir al Señor; lo que lo incomodaba era su hombre interior, recreado a la
imagen de Cristo y habitado por su Espíritu. Esa persona interior, habiendo
visto algo de la verdadera santidad, bondad y gloria de la ley de Dios, se
entristecía ante la menor infracción o expectativa sin cumplir. En marcado
contraste con la autosatisfacción previa a su conversión (cf. Fil. 3:6), Pablo
ahora sabía lo terriblemente alejado que vivía de la ley de Dios, aun siendo
un creyente habitado por el Espíritu y un apóstol de Jesucristo.
Ese espíritu de humilde contrición es la señal de todo verdadero discípulo
de Cristo, que clama: “Señor, no puedo ser todo lo que tú quieres que sea.
Soy incapaz de cumplir con tu perfecta, santa y gloriosa ley”. En gran
frustración y remordimiento, debemos confesar tristemente con Pablo: “No
siempre estoy poniendo en práctica lo que me gustaría hacer”.
Pablo se deleitaba en la ley de Dios. La expresión “según el hombre
interior” podría ser traducida como “desde lo más profundo de mi corazón”:
Pablo tenía un gran amor por la ley de Dios que emanaba de lo más profundo
de su alma. Su hombre interior, la parte que “se va renovando de día en día”
(2 Cor. 4:16) y es fortalecida con poder por el Espíritu de Dios (Efe. 3:16), se
identificaba con la ley de Dios. La fuente de sus problemas era el principio de
fragilidad y de la condición caída inherente a la naturaleza humana.
El autor del Salmo 119 experimentó el mismo conflicto que Pablo, pues su
salmo refleja un profundo anhelo por las cosas de Dios. Estos son algunos
ejemplos de las expresiones del deseo del salmista por la ley de Dios:
Versículos 81-83: “Desfallece mi alma en espera de tu salvación; en tu
palabra he puesto mi esperanza. Desfallecen mis ojos en espera de tu palabra
diciendo: ‘¿Cuándo me consolarás?’. Aunque he sido como un odre en medio
del humo, no me he olvidado de tus leyes”.
Versículo 92: “Si tu ley no hubiera sido mi delicia ya habría perecido
yo en mi aflicción”.
Versículo 97: “¡Cuánto amo tu ley! Todo el día ella es mi
meditación”.
Versículo 113: “Aborrezco a los de doble ánimo pero amo tu ley”.
Versículo 131: “Mi boca abrí y suspiré porque anhelaba tus
mandamientos”.
Versículo 143: “Aflicción y angustia me han alcanzado pero tus
mandamientos han sido mi delicia”.
Versículo 163: “La mentira aborrezco y abomino pero amo tu ley”.
Versículo 165: “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para
ellos tropiezo”.
Versículo 174: “Anhelo tu salvación, oh SEÑOR, y tu ley es mi
delicia”.
El grado de espiritualidad expresado por el salmista es intimidante. Se
encuentra claramente cautivado por un inmenso amor por las cosas de Dios,
por eso el ultimo versículo del Salmo 119 es tan sorprendente: “He andado
errante como oveja extraviada; busca a tu siervo, porque no me he olvidado
de tus mandamientos” (v. 176). Podríamos pensar que una persona con un
amor tan intenso por la ley de Dios no experimentaría el fracaso de la
desviación espiritual, pero ese es el conflicto que experimentan todos los
creyentes.
¿Por qué pecamos? ¿Porque Dios no hizo un trabajo lo suficientemente
bueno cuando nos salvó? ¿Porque nos dio una nueva naturaleza que todavía
está incompleta? ¿Porque todavía no estamos preparados para el cielo y aun
necesitamos ganarnos nuestro derecho a entrar?
No, es porque el pecado sigue estando presente en nuestra carne.
Por un lado... pero por el otro...
“¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
¡Doy gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! Así que yo
mismo con la mente sirvo a la ley de Dios; pero con la carne, a la ley del
pecado” (Rom. 7:24, 25).
De este modo, Pablo profiere un lamento final de angustia y frustración,
haciéndose eco una vez más del salmista: “De lo profundo de mi ser clamo a
ti, oh SEÑOR. Señor, escucha mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi
súplica. Oh SEÑOR, si tienes presente los pecados, ¿quién podrá, oh Señor,
mantenerse en pie? Pero en ti hay perdón para que seas reverenciado. Yo
espero en el SEÑOR; mi alma espera. En su palabra he puesto mi esperanza”
(Sal. 130:1-5).
Pablo seguramente se encontraba en un estado de ánimo similar cuando
dijo “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”, aunque respondió a su
propia pregunta: “¡Doy gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro
Señor!” (v. 25). Se le había asegurado el triunfo final sobre el pecado en su
propia carne: “Porque considero que los padecimientos del tiempo presente
no son dignos de comparar con la gloria que pronto nos ha de ser revelada.
Pues la creación aguarda con ardiente anhelo la manifestación de los hijos de
Dios” (Rom. 8:18, 19). La última etapa de nuestra salvación está garantizada:
“A los que justificó, a estos también glorificó” (8:30); “Porque es necesario
que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y que esto mortal sea
vestido de inmortalidad... Pero gracias a Dios, quien nos da la victoria por
medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor. 15:53, 57); “Porque los que
estamos en esta tienda gemimos agobiados, porque no quisiéramos ser
desvestidos sino sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida”
(2 Cor. 5:4); “Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también
esperamos ardientemente al Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará
nuestro cuerpo de humillación para que tenga la misma forma de su cuerpo
de gloria” (Fil. 3:20, 21). ¡Tenemos una esperanza de victoria!
Por ahora, sin embargo, la batalla continúa. La completa liberación espera
por la glorificación, pues la victoria aquí y ahora solamente es posible paso a
paso, mientras hacemos morir las obras del cuerpo por medio del poder del
Espíritu Santo: “Por lo tanto, hagan morir lo terrenal en sus miembros:
inmoralidad sexual, impureza, bajas pasiones, malos deseos y la avaricia, que
es idolatría” (Col. 3:5); “Porque si viven conforme a la carne, han de morir;
pero si por el Espíritu hacen morir las prácticas de la carne, vivirán” (Rom.
8:13).
Es inevitable que nos sintamos frustrados por nuestra incapacidad de
experimentar la santidad al grado que desearíamos. Esa es la inevitable
experiencia de todo santo verdadero de Dios: por causa de nuestra carne en
esta vida nunca podemos alcanzar el nivel de santidad al que aspiramos
(“Nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de
nosotros mismos aguardando la adopción como hijos, la redención de nuestro
cuerpo”, Rom. 8:23), pero esta esperanza solo logra enardecer nuestras
aspiraciones de santidad.
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que
seremos. Pero sabemos que, cuando él sea manifestado, seremos semejantes a
él porque lo veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en
él se purifica a sí mismo, como él también es puro” (1 Jn. 3:2, 3).
1. J. I. Packer, Hot Tub Religion (Wheaton: Tyndale, 1987), 172.
2. Lewis Sperry Chafer, El hombre espiritual (Grand Rapids, MI: Editorial
Portavoz, 1973). En El evangelio según Jesucristo describí el libro de Chafer
y la crítica de B. B. Warfield al respecto. El artículo de Warfield en The
Princeton Theological Review (abril de 1919), 322-27, estaba lleno de
razonamientos adecuados y reflexiones bíblicas y parecía como si fuera una
crítica moderna a la teología de la negación del señorío. Si Chafer y los que
fueron influenciados por él hubieran debatido seriamente con Warfield sobre
estos temas, tal vez el evangelicalismo estadounidense del siglo XX se
hubiera librado de mucha confusión y falsas enseñanzas.
3. “Los mejores comentaristas de todas las épocas de la Iglesia han aplicado
casi invariablemente Romanos 7 a los creyentes maduros. Con algunas
escasas excepciones de renombre, los comentaristas que no han adoptado esta
tesis han sido los romanistas, los socinianos y los arminianos. En contra de
ellos se alinea el juicio de la práctica mayoría de los reformadores, de casi
todos los puritanos y de los mejores teólogos evangélicos modernos. Pero, si
bien no pido a nadie que llame ‘maestros’ a los reformadores y los puritanos,
sí que pido a mis lectores que lean lo que dicen al respecto y que intenten
refutar sus argumentos si pueden. ¡Esto no se ha hecho aún! ...recordemos
que existe un gran hecho que no podemos pasar por alto: por un lado están las
opiniones y la interpretación de los reformadores y los puritanos y por el otro
las opiniones y la interpretación de los romanistas, los socinianos y los
arminianos. Entendamos eso claramente” J. C. Ryle, La santidad: su
naturaleza, obstáculos, dificultades y raíces (Moral de Calatrava, Ciudad
Real: Peregrino, 2013), Introducción, punto 4.
4. Ryle, Santidad, capítulo 2, punto 3.
Capítulo 9
LA FE QUE NO OBRA
La santificación es, pues, el resultado invariable de esa unión vital con Cristo que
proporciona la fe genuina al cristiano. “El que permanece en mí, y yo en él, éste
lleva mucho fruto” (Juan 15: 5). El pámpano que no da fruto no es un pámpano
vivo de la vid. La unión con Cristo que no produce un efecto en el corazón y en la
vida no es más que una mera unión formal carente de valor ante Dios. La fe que
no tiene una influencia santificadora en el carácter no es mejor que la fe de los
demonios. Es una “fe muerta porque está sola”. No es el don de Dios, no es la fe
de los elegidos de Dios. En resumen, donde la vida no está santificada no existe
una verdadera fe en Cristo. La fe verdadera obra por medio del amor. Constriñe a
un hombre a vivir para el Señor desde un profundo sentimiento de gratitud por la
redención. Le hace sentir que nunca puede hacer lo suficiente por quien murió por
él. Al habérsele perdonado mucho, ama mucho. Aquel que ha sido limpiado por la
sangre, anda en la luz. Aquel que tiene una esperanza viva y genuina en Cristo, se
purifica a sí mismo así como él es puro (Santiago 2:17-20; Tito 1:1; Gálatas 5:6; 1
Juan 1:7; 3:3).
J. C. RYLE1
Un tratado escrito por los defensores más extremos de la salvación que
niega el señorío procura explicar la redención: “Aun haciendo lo mejor,
nunca podrás ganarte ni merecer una relación con Dios. Solamente el objeto
de tu fe, Jesucristo, cuenta con los méritos”. Estoy de acuerdo con esto
porque es la enseñanza clara de las Escrituras (Tito 3:5-7).
No obstante, el mismo tratado también dice: “Tus pecados personales no
son un problema para Dios”. Cuando el autor intenta explicar la fe en
términos prácticos, dice lo siguiente: “Tú le respondes a Dios el Padre
simplemente formando íntimamente en tu mente las palabras ‘Creo en
Cristo’”2.
Todo esto lleva al concepto de que la fe es poco más que una estrategia
mental. La “fe” descrita en ese tratado no es mucho más que un rápido
asentimiento con la cabeza, un asentimiento intelectual básico.
Como señalé en el capítulo 3, muchos apologistas lamentan ser acusados de
reducir la fe a una mera actitud mental. El doctor Ryrie, por ejemplo, lo
califica de argumento tergiversador:
Estar convencidos de algo o poner la confianza en el evangelio difícilmente podría
decirse que consista en su aceptación casual. Cuando una persona otorga crédito a
los hechos históricos de que Cristo murió y se levantó de entre los muertos, y al
hecho doctrinal de que esto sucedió por sus pecados, está confiando su destino
eterno a la confiabilidad de esas verdades... No te equivoques: la gente que niega
el señorío no dice lo que [esta] tergiversación... alega que dice (USTG).
Sin embargo, muchos de los defensores de la negación del señorío dicen
precisamente lo que Ryrie niega que dicen. Zane Hodges, por ejemplo,
prácticamente concede que “asentimiento intelectual” es una descripción
adecuada para su concepto de la fe y aunque le incomodan las
“connotaciones perjudiciales” de la frase, defiende su punto obstinadamente.
Hodges señala que asentimiento sencillamente significa “acuerdo
significativo” y sugiere que el matiz negativo es provocado por las palabras
mental o intelectual, las cuales, a pesar de significar “nada más que ‘del
intelecto o perteneciente a él’”, según él muchas veces se asume que implican
“indiferencia y falta de interés personal” (CL). “En este contexto podemos
descartar del todo las palabras mental o intelectual”. Hodges añade: “La
Biblia no sabe nada sobre una fe intelectual en comparación con algún otro
tipo de fe (por ejemplo, emocional o volitiva). ¡Lo que la Biblia reconoce es
la diferenciación lógica entre la fe y la incredulidad!” (CL).
¿Cómo describe Hodges la fe? “La fe, en lenguaje bíblico, es recibir el
testimonio de Dios. Es la convicción interior de que lo que Dios nos dice en
el evangelio es cierto. Eso (y solamente eso) es la fe salvadora” (CL, énfasis
en el original)3.
¿Es esa una caracterización adecuada de lo que significa creer? ¿Es la fe
algo pasivo? ¿Es cierto que las personas saben intuitivamente si su fe es
auténtica? ¿Todas las personas verdaderamente salvas cuentan con una
seguridad absoluta? ¿No podría ocurrir que alguien sea engañado y piense
que es un creyente cuando en realidad no lo es? ¿Puede una persona pensar
que cree pero en realidad no hacerlo? ¿Existe o no algo como la fe falsa?
La Biblia responde directa y reiteradamente estas preguntas. Los Apóstoles
vieron la falsificación de la fe como un peligro real, de ahí que muchas de las
epístolas, aunque estaban dirigidas a diferentes iglesias, contuvieran
advertencias que revelan la preocupación de estos por los miembros de la
congregación sospechosos de no ser creyentes auténticos. Pablo, por ejemplo,
escribió a la iglesia en Corinto: “Examínense a ustedes mismos para ver si
están firmes en la fe; pruébense a ustedes mismos. ¿O no conocen en cuanto a
ustedes mismos que Jesucristo está en ustedes, a menos que ya estén
reprobados?” (2 Cor. 13:5). Pedro dijo: “Por eso, hermanos, procuren aun con
mayor empeño hacer firme su llamamiento y elección, porque haciendo estas
cosas no tropezarán jamás” (2 Ped. 1:10).
Evidentemente existían algunas personas en la iglesia primitiva que
coqueteaban con el concepto de que la fe pudiera ser algún tipo de
asentimiento estático, inerte e inanimado a los hechos4. El libro de Santiago
(probablemente la epístola más antigua del Nuevo Testamento) confronta
específicamente este error y casi parece como si el apóstol estuviera
escribiendo a los defensores de la negación del señorío del siglo XX, ya que
dice que las personas pueden ser engañadas y llevadas a pensar que creen
cuando en realidad no lo hacen, y que el único factor que distingue la fe falsa
de la verdadera es el comportamiento justo producido por la fe auténtica.
Estas son las preguntas que el debate por el señorío, más que nada, debe
responder: ¿Basta con conocer, comprender y asentir a los hechos del
evangelio hasta tener la “convicción interna” de que estas verdades se me
aplican personalmente, pero sin evitar el pecado ni someterme al Señor
Jesús? ¿Se le garantiza la vida eterna a la persona que expresa este tipo de
convicción? ¿Constituye una esperanza así la fe tal como la Biblia se refiere
al término?
Santiago enseña expresamente que no, pues según él la fe verdadera
producirá sin dudas una conducta correcta y el verdadero carácter de la fe
salvadora puede ser examinado a la luz de las obras del creyente, lo cual es
consistente con la soteriología del Antiguo y el Nuevo Testamento: uno
recibe la salvación por la gracia, por medio de la fe (Efe. 2:8, 9), la cual es,
por naturaleza, inclinada y tonificada hacia la obediencia (Hech. 5:32; Rom.
1:5; 2:8; 16:26), de modo que las buenas obras son inevitables en la vida del
que realmente cree; estas obras no influyen de ninguna manera para que la
persona reciba la salvación (Efe. 2:9; Rom. 3:20, 24; 4:5; Tit. 3:5), pero
muestran que la salvación en realidad está presente (Efe. 2:10; 5:9; 1 Jn. 2:5).
“Es evidente que una cosa es la fe y otra LA FE”, escribió Roy Aldrich en
referencia a Santiago 2. “Existe la fe nominal y la fe auténtica, la fe
intelectual y la fe del corazón, la fe sensual y la fe espiritual, la fe muerta y la
fe vital. Existe la fe tradicional, que quizás no alcance a transformar la fe
personal. Existe una fe que podría ser elogiada por su ortodoxia, pero que
quizás no tenga más valor para la salvación que la fe de los demonios”5.
Santiago ataca todos los tipos de “fe” que no cumplen con los requisitos
bíblicos. Lo que otras personas y yo mismo algunas veces hemos
denominado “conformidad mental” o “asentimiento intelectual”, Santiago lo
caracteriza como solamente oír, profesión vacía, ortodoxia demoníaca y fe
muerta.
¿Solamente oidores?
Santiago escribió “Pero sean hacedores de la palabra, y no solamente oidores
engañándose a ustedes mismos” (1:22), pero utilizó un sustantivo para
“hacedores de la palabra” u “obradores de la palabra” (poietai) en lugar de un
imperativo directo (“hagan la palabra”). Está describiendo una conducta
característica y no una actividad ocasional: una cosa es luchar, pero otra muy
diferente es ser soldado; una cosa es construir un establo, pero ser constructor
es algo diferente. Santiago no solo está desafiando a sus lectores a hacer la
Palabra, sino que les está diciendo que los verdaderos cristianos son
hacedores de la Palabra, lo cual describe la disposición básica de los que
creen para recibir la salvación.
Escuchar es importante, tal como Santiago ha enfatizado en 1:19-21.
Aunque la fe viene por el oír (Rom. 10:17), la fe verdadera debe ser algo más
que un mero escuchar porque oír es el medio y no el fin (el cual es la fe, que
resulta en la obediencia).
Los creyentes verdaderos no pueden ser solamente oidores. La palabra
griega para “oidor” (v. 22) es akroates, un término utilizado para describir a
los estudiantes que participaban como oyentes en una clase: un oyente por lo
general se dedica a escuchar las clases, pero se le permite considerar las
tareas y los exámenes como opcionales. Hoy en día hay muchas personas en
la iglesia que tratan la verdad espiritual con la mentalidad de un oyente,
recibiendo la Palabra de Dios nada más de manera pasiva. No obstante, el
punto de Santiago (aclarado por sus ilustraciones de los versículos 23 al 27)
es que solamente oír la Palabra de Dios resulta en vana religión (v. 26); en
otras palabras, el mero oír no es mejor que la incredulidad o el rechazo
directo y, de hecho, ¡es peor! El mero oyente es iluminado pero no
regenerado. Santiago está reiterando la verdad que probablemente haya
escuchado de primera mano del propio Señor, pues Jesús advirtió
severamente contra el error de escuchar sin hacer (Mat. 7:21-27), tal como lo
hizo también el apóstol Pablo (Rom. 2:13-25).
Santiago dice que el escuchar sin obedecer es un autoengaño (v. 22). El
término griego para “engañar” (paralogizomai) significa “razonar contra
(algo o alguien)” y se refiere a una lógica torcida: aquellos que crean que
basta con escuchar la Palabra sin obedecer cometen un terrible error de
cálculo y se están engañando a sí mismos. Robert Johnstone escribió:
Aun sabiendo que el estudio de la verdad divina (por medio de la lectura de la
Biblia, de la participación de las ordenanzas públicas de la gracia y de otras cosas)
es un deber muy importante (es, de hecho, el camino que conduce a las puertas de
la vida eterna), se permiten, por medio de la aversión natural del hombre hacia
toda espiritualidad verdadera, ser persuadidos por el maligno de que esa es la
suma de todos los deberes cristianos y la puerta de la vida en sí misma, de modo
que entran en el mero oír y para ellos todo está bien. El descansar satisfechos con
los medios de la gracia sin someter nuestros corazones a su poder como tales para
recibir la gracia y exhibir sus obras en nuestras vidas, es un engaño tan evidente
como el de un trabajador que tuviera que conformarse con poseer herramientas sin
utilizarlas, una locura de la misma clase que la del hombre pereciendo de hambre
que debiera regocijarse por tener pan en sus manos pero sin comer de él, pero un
engaño y una locura tan inconmensurables como estos, conforme la “obra de
Dios” (Juan 6:29) va trascendiendo en importancia la obra de un artesano terrenal,
y la “vida con Cristo en Dios”, la existencia finita en la tierra6.
Santiago presentó dos ilustraciones que contrastan a los meros oidores con
los oyentes obedientes.
El espejo
“Porque cuando alguno es oidor de la palabra y no hacedor de ella, este es
semejante al hombre que mira su cara natural en un espejo. Se mira a sí
mismo y se marcha, y en seguida olvida cómo era. Pero el que presta
atención a la perfecta ley de la libertad y persevera en ella sin ser oidor
olvidadizo sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace”
(1:23-25)
“No hacedor” es literalmente el que no hace, alguien con disposición para
escuchar pero no para hacer. En contraposición a lo que afirman algunos
comentaristas, “mira... en un espejo” no describe una mirada apresurada o
casual, pues ese verbo (katanoeō) significa “mirar detenidamente,
cuidadosamente, observando”: el hombre estudia cuidadosamente su rostro y
llega a familiarizarse con sus rasgos; escucha la Palabra, aparentemente no
por un momento sino prolongadamente, a fin de entender lo que escucha;
sabe qué es lo que Dios espera de él. La ausencia de respuesta no puede ser
atribuida a la falta de comprensión7. Lo que Santiago quiere señalar no es que
este hombre no haya mirado el tiempo suficiente ni con suficiente atención o
sinceridad, sino que se dio la vuelta sin haber hecho nada y “en seguida
olvida cómo era” (v. 24). Este pasaje nos recuerda a los terrenos
improductivos de Mateo 13, donde la persona que escucha la Palabra no tiene
la respuesta de corazón adecuada y por eso lo que ha sido sembrado no puede
producir fruto.
La enseñanza es doble. Primero, Santiago está ilustrando la urgencia de
obedecer activamente la Palabra. Si no te enfrentas a lo que ves cuando estás
frente al espejo, luego te olvidarás de ello: el lunes por la mañana te habrás
olvidado del impacto del sermón del domingo; las lecturas de esta mañana
podrían ser vagos recuerdos esta tarde. Si no llevas a cabo las acciones
necesarias mientras Dios está convenciendo tu corazón, es probable que no
llegues a hacerlo porque la imagen reflejada en el espejo de la Palabra de
Dios pronto desaparecerá.
Segundo, y más deliberadamente, Santiago está ilustrando la completa
inutilidad de la recepción pasiva de la Palabra. El versículo 21 hablaba de
cómo tenemos que recibir la Palabra: “Por lo tanto, desechando toda suciedad
y la maldad que sobreabunda, reciban con mansedumbre la palabra
implantada la cual puede salvar su vida”. La conjunción pero al comienzo del
versículo 22 es equivalente a además o ahora, lo cual supone que lo que
sigue no es un contraste sino una ampliación del mandato en el versículo 21.
En otras palabras, Santiago está diciendo que es maravilloso que seamos
receptivos a la Palabra (escuchar con aprobación y estando de acuerdo), pero
que eso no es suficiente: debemos recibirla como quienes van a ser
hacedores, porque los no hacedores no son creyentes verdaderos.
Santiago provee un ejemplo contrastado. Este es el hacedor eficaz: “El que
presta atención a la perfecta ley de la libertad y persevera en ella sin ser oidor
olvidadizo sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace”
(1:25). La palabra traducida como “presta atención” es parakuptō, la misma
utilizada en Juan 20:5 para describir cómo se asomó Juan a mirar dentro de la
tumba vacía de Jesús y que también aparece en 1 Pedro 1:12 al hablar sobre
los ángeles que anhelan contemplar las cosas referentes al evangelio. Esta
palabra se refiere a una mirada profunda y absorbente, como cuando alguien
se inclina para mirar más de cerca. Hiebert dice que parakupto “representa a
un hombre inclinado sobre el espejo que hay en una mesa para examinar más
detalladamente lo que le está siendo revelado allí”8. Lo que se implica es un
anhelo por comprender razones que van más allá de lo académico.
Esta es una descripción del verdadero creyente, quien, a diferencia del mero
oidor, “se inclinó ante el espejo e impresionado por lo que vio continuó
mirando y obedeciendo sus preceptos. Esta característica marca su diferencia
crucial con el otro hombre”9. Este hombre está mirando “la perfecta ley de la
libertad” (v. 25), lo cual se refiere al evangelio en su sentido más completo: el
completo consejo de Dios, la palabra implantada que salva (v. 21). Burdick
escribe:
No se trata simplemente de la ley del Antiguo Testamento, ni de que la ley
mosaica haya sido pervertida para convertirse en un sistema legalista a fin de
ganarse la salvación por medio de las buenas obras. Cuando Santiago la llama “la
perfecta ley” lo que tiene en mente es la suma total de la verdad revelada de Dios:
no solo la porción preliminar que se encuentra en el Antiguo Testamento, sino
también la revelación final concretada por medio de Cristo y sus Apóstoles que
pronto formaría parte del Nuevo Testamento. Así pues es completa, a diferencia
de lo que es preliminar y preparatorio. Es además “la ley de la libertad” (según la
expresión en griego), según lo cual Santiago se refiere a que no esclaviza. No es
obligatoria por una compulsión externa, sino que, por el contrario, es aceptada
libremente y cumplida con alegre devoción bajo la capacitación del Espíritu de
Dios (Gál. 5:22, 23)10.
Santiago no está hablando de la ley en contraste con el evangelio. “La
perfecta ley de la libertad” es la Palabra implantada (v. 21), así que los que
entienden esa expresión como algo diferente al evangelio no están
entendiendo a qué se refiere Santiago, quien al describir al hombre que mira a
la Palabra, que continúa en ella y que es bendecido, está representando los
efectos de la verdadera conversión11.
¿Significa esto que los creyentes son hacedores de la Palabra? Sí. ¿Y que
siempre ponen en práctica la Palabra? No. Si fuera así, la tarea de un pastor
sería relativamente fácil. Los creyentes fallan, y algunas veces lo hacen de
manera espantosa, pero aun en esos casos los creyentes verdaderos no dejarán
repentinamente de tener la disposición y la motivación del hacedor. Santiago,
entonces, presenta estas palabras como un recordatorio para los verdaderos
creyentes (el “hacedor de la obra”, v. 25), además de como un desafío para
los no creyentes que se han identificado con la verdad pero no son obedientes
a ella (los “oidores olvidadizos”).
La lengua desenfrenada
Santiago sigue ilustrando la naturaleza engañosa del escuchar sin obedecer:
“Si alguien parece ser religioso y no refrena su lengua sino que engaña a su
corazón, la religión del tal es vana. La religión pura e incontaminada delante
de Dios y Padre es esta: cuidar a los huérfanos y a las viudas en su aflicción,
y guardarse sin mancha del mundo” (1:26, 27).
La palabra traducida como “religioso” en el versículo 26 es thrēskos, una
palabra utilizada a menudo como referencia a la adoración ceremonial en
público: es la palabra que usó Josefo, por ejemplo, cuando describió la
adoración del templo; thrēskeia (“religión”, vv. 26, 27) es la misma palabra
que Pablo utilizó en Hechos 26:5 para referirse a la tradición de los fariseos.
Este término enfatiza las ceremonias externas, el ritual, la liturgia, etc., cosas
que, según Santiago, carecen de sentido cuando se dan separadas de la
obediencia significativa.
Todos luchamos con el control de nuestras lenguas. Fue Santiago el que
escribió: “Porque todos ofendemos en muchas cosas. Si alguno no ofende en
palabra, este es hombre cabal, capaz también de frenar al cuerpo entero”
(3:2). Sin embargo, la lengua de este hombre es como un caballo desbocado
al que da rienda suelta mientras engaña a su propio corazón (1:26). No se está
enfrentando a un desliz transitorio en el control de su lengua, sino que se ve
dominado por un patrón que caracteriza su misma naturaleza. Aunque profesa
ser religioso, su carácter no concuerda con lo que dice y pese a considerarse
justo, está equivocado en cuanto a la eficacia de su propia religión.
A pesar de la religión externa de este hombre, su lengua constantemente
desenfrenada y fuera de control pone de manifiesto un corazón engañado e
impío, porque “lo que sale de la boca viene del corazón” (Mat. 15:18); “El
hombre bueno, del buen tesoro de su corazón presenta lo bueno; y el hombre
malo, del mal tesoro de su corazón presenta lo malo. Porque de la abundancia
del corazón habla la boca” (Luc. 6:45). Nuestro Señor advirtió: “Porque por
tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado” (Mat.
12:37).
Kistemaker señala la importancia de la expresión “engaña su corazón”:
Esta es la tercera vez que Santiago le dice a los lectores que no deben engañarse a
sí mismos (1:16, 22, 26). Como buen pastor que es, se da cuenta cabal de que hay
una falsa religión que no es más que un formalismo exterior. Sabe que mucha
gente sólo aparenta servir a Dios, pero su lengua la delata. Su religión tiene un
sonido hueco. Y aunque estas personas no se den cuenta, por medio de sus
palabras y acciones —o la falta de las mismas—, se engañan a sí mismas. Su
corazón no está en relación correcta ni con Dios ni con su prójimo, y su esfuerzo
por esconder esta falta de amor sólo aumenta su autoengaño. Su religión es vana12.
Esta religión vana es lo opuesto de la verdadera religión, que es “pura e
incontaminada delante de Dios y Padre... cuidar a los huérfanos y a las viudas
en su aflicción, y guardarse sin mancha del mundo” (v. 27). Santiago no está
intentando definir la religión, sino establecer una ilustración concreta del
principio con el que comenzó: la verdadera religión implica más que el mero
oír, de modo que la verdadera fe salvadora producirá inevitablemente el fruto
de las buenas obras.
Profesión vacía
Los primeros trece versículos de Santiago 2 continúan desarrollando el
argumento de Santiago de que los creyentes son por disposición hacedores de
la Palabra, no meros oidores, además de confrontar el problema del
favoritismo, que evidentemente había surgido en la iglesia o iglesias a las que
estaba escribiendo. Teniendo en mente que este es el contexto, pasamos a
Santiago 2:14, donde después de advertir a sus lectores que serían juzgados
por su comportamiento impío y falto de misericordia (v. 13), Santiago se
centra en la cuestión esencial: su aparente confusión en cuanto a que la fe es
un ingrediente inerte en la fórmula de la salvación. Su desafío no podía ser
más claro:
Hermanos míos, si alguno dice que tiene fe y no tiene obras, ¿de qué sirve?
¿Puede acaso su fe salvarle? Si un hermano o una hermana están desnudos y les
falta la comida diaria, y alguno de ustedes les dice: “Vayan en paz, caliéntense y
sáciense” pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la
fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma. Sin embargo, alguno dirá: “Tú
tienes fe, y yo tengo obras”. ¡Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe
por mis obras! Tú crees que Dios es uno. Bien haces. También los demonios creen
y tiemblan. Pero, ¿quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No
fue justificado por las obras nuestro padre Abraham, cuando ofreció a su hijo Isaac
sobre el altar? Puedes ver que la fe actuaba juntamente con sus obras y que la fe
fue completada por las obras. Y se cumplió la Escritura que dice: Y creyó
Abraham a Dios, y le fue contado por justicia; y fue llamado amigo de Dios.
Pueden ver, pues, que el hombre es justificado por las obras y no solamente por la
fe. De igual manera, ¿no fue justificada también la prostituta Rajab por las obras
cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? Porque tal como el
cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.
SANTIAGO 2:14-26 (ÉNFASIS AÑADIDO)
Santiago repite su tesis en este pasaje en al menos cinco ocasiones (vv. 14,
17, 20, 24, 26): la fe pasiva no es una fe eficaz, sino un ataque frontal contra
la profesión vacía de aquellos cuya esperanza está en una fe inactiva.
Reicke escribe: “Debe señalarse que la discusión es sobre una persona que
lo único que hace es decir que tiene fe, aunque la fe de esa persona no es real
porque no se manifiesta en sus acciones. El autor no tiene problemas con la fe
en sí misma, sino con la concepción superficial de esta, que la reduce a ser
una concesión formal, y desea señalar por ello que un cristianismo de meras
obras no conduce a la salvación”13. De igual manera, Cranfield observa: “La
clave para la comprensión de este pasaje es el hecho muchas veces ignorado
de que en el versículo 14. el autor no dijo ‘si alguno tiene fe’ sino ‘si alguno
dice que tiene fe’. Deberíamos permitir que ese hecho controlara nuestra
interpretación de todo el párrafo... La carga de este pasaje no es (como
muchas veces se supone) que seamos salvos por fe más obras, sino que
somos salvos por la fe genuina, en oposición a la fe falsa”14.
Santiago no puede estar enseñando que la salvación se gana por medio de
las obras, pues ya ha descrito la salvación como una “buena dádiva” y un
“don perfecto” que nos fue entregada cuando “Por su propia voluntad, él
[Dios] nos hizo nacer por la palabra de verdad para que fuéramos como
primicias de sus criaturas” (1:17, 18). La fe es parte integrante de ese don
perfecto que es otorgado sobrenaturalmente por Dios, no concebido
independientemente en la mente o voluntad del creyente individual.
Como hemos observado en el capítulo 3, la fe no es una nostálgica
añoranza, una confianza ciega o ni siquiera una “convicción interior”, sino
una certeza sobrenatural, una comprensión de las realidades espirituales “que
ojo no vio ni oído oyó, que ni han surgido en el corazón del hombre, son las
que Dios ha preparado para los que lo aman. Pero a nosotros Dios nos las
reveló por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las cosas
profundas de Dios” (1 Cor. 2:9, 10). La fe es un don de Dios, no algo
conjurado por el esfuerzo humano, a fin de que nadie se gloríe, ni siquiera
por su fe (cf. Efe. 2:8, 9).
Los verbos de la frase “si alguno dice que tiene fe y no tiene obras” (v. 14)
están en presente y describen a la persona que rutinariamente declara ser
creyente, pero sin embargo carece continuamente de toda evidencia externa
de su fe. La pregunta “¿Puede acaso su fe salvarle?” utiliza la partícula griega
negativa me, lo cual indica que se asume una respuesta negativa, y podría ser
traducida literalmente como “La fe no puede salvarlo, ¿verdad?”: Santiago,
como el apóstol Juan, cuestiona la autenticidad de una profesión de fe que no
produce frutos (cf. 1 Jn. 2:4, 6, 9). El contexto indica que las “obras” de las
que habla no son el intento de la persona para ganarse la vida eterna, sino
actos de compasión (v. 15).
La fe en este contexto es, evidentemente, la fe que salva (v. 1). Santiago
está hablando de la salvación eterna. En 1:21 se ha referido a “la palabra
implantada la cual puede salvar su vida” y aquí tiene en mente la misma
salvación. No está discutiendo si la fe puede salvar; al contrario, se opone al
concepto de que la fe pueda ser un ejercicio intelectual pasivo y estéril y aun
así salvar. Donde no hay obras, debemos asumir que tampoco existe fe, algo
en cuanto a lo cual Santiago se limita a reflejar a Jesús, quien dijo: “Por sus
frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los
abrojos? Así también, todo árbol sano da buenos frutos, pero el árbol podrido
da malos frutos. El árbol sano no puede dar malos frutos, ni tampoco puede el
árbol podrido dar buenos frutos” (Mat. 7:16-18). Sin obras no hay fe, pues la
fe auténtica produce inevitablemente obras de fe.
En lo que a esto respecta, aun Charles Ryrie parece defender la “salvación
de señorío”:
¿Podrá una fe improductiva, muerta, espuria, salvar a una persona? Santiago no
está diciendo que seamos salvos por obras, sino que una fe que no produce buenas
obras es una fe muerta...
Una fe improductiva no puede salvar, porque no es una fe genuina. Fe y obras
pueden compararse a un vale, cupón, billete o “ticket” para el cielo, impreso en
dos mitades con perforación de puntos en el centro. La parte del cupón
perteneciente a las obras no sirve, no es buena, para el viaje al cielo, pero la parte
que corresponde a la fe no es válida si se le arranca de la que pertenece a las
obras15.
Santiago presenta a continuación una ilustración en la que compara la fe sin
obras con la compasión hipócrita, con las palabras sin acción: “Si un hermano
o una hermana están desnudos y les falta la comida diaria, y alguno de
ustedes les dice: ‘Vayan en paz, caliéntense y sáciense’ pero no les da lo
necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?” (2:15, 16). La fe de un falso
profesante es igualmente inútil: “Así también la fe, si no tiene obras, está
muerta en sí misma” (v. 17).
Santiago concluye con un desafío para las personas cuya profesión de fe
está bajo sospecha: “Sin embargo, alguno dirá: ‘Tú tienes fe, y yo tengo
obras’. ¡Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras!”
(v. 18). Los comentaristas no se ponen de acuerdo en cuanto a si “alguno” se
refiere a un objetor ni cuánto del discurso que sigue se le debería atribuir a
este “alguno” en oposición al propio Santiago16. Independientemente de la
manera en que lo leamos, el punto principal que Santiago está aclarando es
este: la única evidencia posible de la fe son las obras. ¿Cómo puede alguien
mostrar su fe si no tiene obras? No se puede hacer.
Barnes sintetiza el sentido de este pasaje:
Santiago no estaba cuestionando la fe auténtica y genuina ni su importancia en la
justificación, sino la suposición de que la mera fe era lo único necesario para
salvar a un hombre, estuviera o no acompañada de buenas obras. Lo que él afirma
es que la fe genuina siempre estará acompañada de buenas obras y que solo esa fe
puede justificar y salvar. Si no conduce a una vida de santidad práctica... carece de
todo valor17.
Ortodoxa demoníaca
Santiago continua su asalto a la fe pasiva con esta impactante declaración:
“Tú crees que Dios es uno. Bien haces. También los demonios creen y
tiemblan” (v. 19).
La doctrina ortodoxa por sí sola no es evidencia de la salvación por la fe,
pues los demonios afirman que Dios es uno y tiemblan ante las implicaciones
de esa verdad, pero no son redimidos. Mateo 8:29 habla de un grupo de
demonios que reconoció a Jesús como el Hijo de Dios e incluso manifestaron
temor. Los demonios a menudo reconocen la existencia y la autoridad de
Cristo (Mat. 8:29, 30; Mar. 5:7), su deidad (Luc. 4:41) y aún su resurrección
(Hech. 19:15), pero su naturaleza diabólica no cambia por lo que saben y
creen. Su temerosa afirmación de la doctrina ortodoxa no es lo mismo que la
fe salvadora.
Santiago implica que la fe demoníaca es mayor que la fe fraudulenta del
falso profesante, porque la fe de los demonios produce temor, mientras que
para las personas que no son salvas “no hay temor delante de sus ojos” (Rom.
3:18). Si los demonios creen, tiemblan y no son salvos, ¿qué podemos decir
de los que profesan creer y ni siquiera tiemblan? (cf. Isa. 66:2, 5)18.
El puritano Thomas Manton resume perfectamente la sutil naturaleza
engañosa de la ortodoxia estéril que constituye la fe demoníaca:
[Es] un sencillo asentimiento vacío a cosas tales como las propuestas en la Palabra
de Dios, que permite a los hombres saber más pero sin ser mejores, más santos o
más celestiales. Los que la tienen creen en las promesas, las doctrinas y los
preceptos, además de en las historias... pero aun así, no es la fe viva que salva,
porque el que la tiene encuentra que su corazón se compromete con Cristo y cree
tanto en las promesas del evangelio referidas al perdón de sus pecados que las
busca como su felicidad; cree tanto en los misterios de nuestra redención por
medio de Cristo que toda su esperanza, paz y confianza provienen de ello; y cree
tanto en las amenazas, ya sea de plagas temporales o de maldición eterna, que en
comparación con ellas todas las cosas intimidantes del mundo son como nada19.
Fe muerta
Santiago pronuncia su reprensión más fuerte hasta ahora: “Pero, ¿quieres
saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (2:20). Califica al objetor
de “vano”, en el sentido de “vacío, defectuoso”, pues se trata de una persona
hueca debido a que le falta la fe viva: su confesión de fe es un fraude y su fe
es puro fingimiento.
Hiebert escribe: “’¿Quieres saber?’ (theleis gnonai), implica una falta de
disposición por parte del objetor a enfrentar el asunto. Esta falta de
disposición a aceptar la verdad revelada no es debida a la ambigüedad del
asunto sino a su resistencia a reconocer la verdad. El infinitivo de aoristo
traducido como ‘saber’ también puede significar ‘reconocer’ o ‘asumir’ y
exige un acto de reconocimiento por parte del objetor, cuya negativa a
hacerlo implicaría una perversidad interior en su voluntad”20.
En el versículo 20 tanto “fe” como “obras” llevan artículos definidos en
griego (“la fe sin las obras”). “Muerta” es argē, que significa “estéril,
improductivo” y cuyo sentido parece ser que es improductiva para la
salvación. Aunque otras versiones lo traducen como “estéril” o “inútil”,
“muerta” es sin duda el sentido adecuado aquí (cf. vv. 17, 26), pues la
ortodoxia muerta no tiene poder para salvar e incluso podría ser un obstáculo
para la fe verdadera y viva. De modo que Santiago no contrasta los dos
métodos de salvación (fe y obras), sino más bien dos tipos de fe: una que
salva y otra que no.
El Apóstol está simplemente confirmando la verdad expuesta en 1 Juan 3:7-
10:
Hijitos, nadie los engañe. El que practica justicia es justo, como él es justo. El que
practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Para esto
fue manifestado el Hijo de Dios: para deshacer las obras del diablo. Todo aquel
que ha nacido de Dios no practica el pecado porque la simiente de Dios permanece
en él, y no puede seguir pecando porque ha nacido de Dios. En esto se revelan los
hijos de Dios y los hijos del diablo: Todo aquel que no practica justicia no es de
Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.
El comportamiento justo es un resultado inevitable de la vida espiritual, por
tanto la fe que no produce esta conducta está muerta.
Para no extendernos demasiado, debemos seguir adelante sin examinar de
cerca los ejemplos de la fe viva en las vidas de Abraham y Rajab (2:21-25)21.
Sin embargo, lo que sigue es una declaración resumida de la enseñanza de
Santiago en este pasaje: tanto Abraham como Rajab, a pesar de provenir de
extremos opuestos del espectro social y religioso, tuvieron una actitud de
disposición a sacrificar lo más importante para ellos por causa de su fe, y esa
sumisión fue la prueba de la autenticidad de la fe de ambos.
El problema más serio que presentan estos versículos es la cuestión del
significado del versículo 24: “Pueden ver, pues, que el hombre es justificado
por las obras y no solamente por la fe”. Hay quienes imaginan que esto
contradice lo que dice Pablo en Romanos 3:28: “Así que consideramos que el
hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley”. Juan Calvino explicó
esta aparente dificultad:
Claramente se ve que [Santiago] habla de la declaración y manifestación de la
justicia, y no de la imputación; como si dijera: los que son justos por la verdadera
fe, dan prueba de su justicia con la obediencia y las buenas obras, y no con una
apariencia falsa y soñada de fe. En resumen: él no discute la razón por la que
somos justificados, sino que pide a los fieles una justicia no ociosa, que se
manifieste en las obras. Y así como san Pablo pretende probar que los hombres
son justificados sin ninguna ayuda de las obras, del mismo modo en este lugar
Santiago niega que aquellos que son tenidos por justos no hagan buenas obras... Y
así, por más que den vueltas y retuerzan las palabras de Santiago, no podrán
concluir otra cosa que estas dos sentencias: que la vana imaginación de fe no
justifica; y que el creyente declara su justicia con buenas obras22.
Santiago no está en desacuerdo con Pablo: “No son antagonistas
enfrentados cruzando sus espadas, sino que están espalda con espalda a fin de
enfrentar diferentes enemigos del evangelio”23. Como hemos visto, en 1:17 y
18 Santiago afirmó que la salvación es un don otorgado conforme a la
voluntad soberana de Dios, pero ahora está enfatizando la importancia del
fruto de la fe (la conducta justa que la fe genuina siempre produce). Pablo
también vio las obras justas como la prueba necesaria de la fe.
Los que imaginan una discrepancia entre Santiago y Pablo rara vez
observan que fue este segundo quien escribió “¿Qué, pues? ¿Pecaremos
porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera!”
(Rom. 6:15), así como “Una vez libertados del pecado, han sido hechos
siervos de la justicia” (v. 18). Pablo, por tanto, condena el mismo error que
Santiago está exponiendo aquí, y nunca defendió ningún concepto de fe
inactiva.
Cuando Pablo escribe: “Porque por las obras de la ley nadie será justificado
delante de él” (Rom. 3:20),
está combatiendo el legalismo judío que insistía en la necesidad de las obras para
ser justificado, mientras que Santiago insiste en la necesidad de obras en las vidas
de los que han sido justificados por la fe. Pablo insiste en que nadie puede ganarse
la justificación por su propio esfuerzo; Santiago exige que la persona que ya
declara estar en una relación sana con Dios por medio de la fe debe demostrar, por
medio de una vida de buenas obras, que se ha convertido en una nueva criatura en
Cristo, algo con lo que Pablo estuvo totalmente de acuerdo. Pablo estaba
erradicando las “obras” que excluían y destruían la fe salvadora; Santiago estaba
estimulando una fe adormecida que minimizaba los resultados de la fe salvadora
en la vida diaria24.
Tanto Santiago como Pablo reflejan la predicación de Jesús: el énfasis de
Pablo nos recuerda al espíritu de Mateo 5:3 (“Bienaventurados los pobres en
espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”), mientras que la enseñanza
de Santiago tiene el tono de Mateo 7:21 (“No todo el que me dice ‘Señor,
Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi
Padre que está en los cielos”); Pablo representa el comienzo del Sermón del
monte y Santiago el final. Pablo declara que somos salvos por la fe sin las
obras de la ley, y Santiago declara que somos salvos por la fe que se pone de
manifiesto por medio de las obras. Tanto Santiago como Pablo vieron las
buenas obras como una prueba de la fe, no como un camino hacia la
salvación.
Santiago no pudo ser más explícito, pues está confrontando el concepto de
la “fe” pasiva, falsa, vacía de frutos de la salvación. No está discutiendo sobre
las obras además de la fe o aparte de esta, sino que está mostrando por qué y
cómo obra siempre la fe viva, además de luchar contra la ortodoxia muerta y
su tendencia a abusar de la gracia.
El error al que ataca Santiago sigue de cerca la enseñanza de la salvación
que niega el señorío: es una fe sin obras, la justificación sin santificación, la
salvación sin una nueva vida.
Una vez más, Santiago recuerda al propio Maestro, quien insistió en una
teología del señorío que implicaba obediencia en lugar de mera palabrería.
Jesús reprendió a las personas desobedientes que se le habían acercado solo
nominalmente: “¿Por qué me llaman: ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que
digo?” (Luc. 6:46). La lealtad de palabra, según él, no llevará a nadie al cielo
(Mat. 7:21).
Eso está en perfecta armonía con Santiago: “Pero sean hacedores de la
palabra, y no solamente oidores engañándose a ustedes mismos” (1:22); “Así
también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma” (2:17)25.
1. J. C. Ryle, La santidad: su naturaleza, obstáculos, dificultades y raíces
(Moral de Calatrava, Ciudad Real: Peregrino, 2013), capítulo 2, punto 1.
2. R. B. Thieme, Jr., “A Matter of Life [and] Death: The Gospel of Jesus
Christ” (Houston: Thieme Bible Ministries, 1990), 10-12. Publicado en
español como “Cuestión de vida o muerte: el evangelio de Jesuchristo [sic]”
(Houston: Ministerio Bíblico de R. B. Thieme, Jr., 1993).
3. Al enfatizar las palabras “convicción interior” y subrayarlas con la frase
“Eso (y solamente eso)”, Hodges está rechazando explícitamente el concepto
de que la fe produce inevitablemente una conducta justa. En contraste, los
reformadores tenían un dicho: “La fe sola salva, pero la fe que salva nunca
está sola”.
4. “Probablemente como reacción ante la justificación por las obras de la ley,
había surgido entre los cristianos judíos una falacia que sugería que la fe en
Cristo existente como un principio inactivo o una creencia meramente
especulativa sería suficiente sin las obras. Santiago muestra lo imposible de
semejante posición”. Arthur Carr, “The General Epistle of St. James”,
Cambridge Greek Testament for Schools and Colleges (Cambridge:
Cambridge University Press, 1896), 35.
5. Roy L. Aldrich, “Some Simple Difficulties of Salvation”, Bibliotheca
Sacra 111/442 (abril- junio de 1954), 167.
6. Robert Johnstone, Lectures, Exegetical and Practical on the Epistle of
James (reimpr., Minneapolis: Klock & Klock, 1978), 144.
7. Donald W. Burdick, “James”, en The Expositores Bible Commentary, ed.
Frank E. Gaebelein (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1981), 11:175.
8. D. Edmond Hiebert, The Epistle of James (Chicago: Moody, 1979), 135-
36.
9. Ibíd.
10. Burdick, “James”, 176
11. La declaración de Santiago de que el hacedor de la Palabra será
bendecido refleja las palabras del propio Jesús en Juan 13:17 (“Si saben estas
cosas, bienaventurados son si las hacen”) y en Lucas 11:28 (“Más bien,
bienaventurados son los que oyen la palabra de Dios y la guardan”). La
“bienaventuranza” de la que hablan estos versículos es el derecho por
nacimiento de todos los redimidos.
12. Simon J. Kistemaker, Comentario al Nuevo Testamento: Exposición de
Santiago y de las Epístolas de Juan (Grand Rapids, MI: Desafío, 2007), 84.
13. Bo Reicke, “The Epistles of James, Peter and John”, The Anchor Bible
(Garden City, NY: Doubleday, 1964), 37:32.
14. C. E. B. Cranfield, “The Message of James”, The Scottish Journal of
Theology 18/3 (septiembre de 1965), 338.
15. Charles C. Ryrie, ed., Biblia de Estudio Ryrie - Versión Reina-Valera
1960 (Grand Rapids, MI: Portavoz, 1991), 1743.
16. Hiebert, The Epistle of James, 182-85; ver también Zane C. Hodges,
“Light on James Two”, Bibliotheca Sacra 120/480 (octubre-diciembre de
1963), 341-50.
17. Albert Barnes, Notes on the New Testament (reimpr., Grand Rapids, MI:
Baker, 1983), 13:50.
18. Lenski escribe: “‘Bien haces’ es ciertamente una ironía, porque a
continuación dice: ‘También los demonios creen y tiemblan’. El verbo
temblar denota un terror que hace que a uno se le erice el cabello. Esto cae
como un trueno porque nunca antes se ha presentado una ilustración de la fe
muerta tan impactante como esta. Sí, hasta los demonios tienen fe. ¿Les dirá
esta “persona” que es suficiente? ¿Sugerirá que los demonios son salvos por
su fe, que el cristiano al que le dice ‘Has [profesado] tu fe’ no necesita una fe
mejor?” R. C. H. Lenski, The Interpretation of the Epistle to the Hebrews and
the Epistle of James (Minneapolis: Augsburg, 1966), 585.
19. Thomas Manton, The Complete Works of Thomas Manton (London:
Nisbet, 1874), 17:113-14.
20. Hiebert, The Epistle of James, 188.
21. Estos versículos son estudiados detalladamente en John MacArthur, Jr.,
True Faith (Chicago, Moody, 1989), 123-31.
22. Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, trad. Cipriano de Valera
(Rijswijk: Fundación Ed. de Literatura Reformada, 1999), II:636.
23. Alexander Ross, “The Epistles of James and John”, The New
International Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI:
Eerdmans, 1954), 53.
24. Hiebert, The Epistle of James, 175.
25. Vale la pena señalar que Zane Hodges ha publicado un folleto acerca de
Santiago 2 que desafia más de cuatro siglos de erudición protestante. Como
reconoce que sus perspectivas son inusuales, sugiere que todas las
interpretaciones convencionales de Santiago 2 están fundamentalmente
equivocadas y se propone corregirlas en un tratado de treinta y dos páginas.
Hodges escribe: “No solamente no existe una interpretación comúnmente
aceptada de Santiago 2:14-26 en el protestantismo posterior a la Reforma,
sino que de hecho todas las maneras más importantes de leer este texto están
equivocadas. Y no solamente equivocadas, sino muy equivocadas. Tan
incorrectas son estas perspectivas que si el propio Santiago las escuchara, ¡se
sorprendería y horrorizaría!” Zane D. Hodges, Dead Faith: WhatIs It?
(Dallas: Redención Viva, 1987), 7 (énfasis en el original). Otro profesor
evalúa las declaraciones de Hodges con escepticismo: “Tal vez una de las
características más intrigantes (y desconcertantes) del libro de Zane C.
Hodges... es que hasta donde yo sé no existe otro intérprete en toda la historia
de la iglesia que apoye la interpretación de los pasajes que él considera. Eso
no significa necesariamente que Hodges esté equivocado, pero sin duda
significa que probablemente lo esté, y probablemente signifique que no ha
reflexionado con la suficiente seriedad sobre la serie de falacias conectadas
con [insertar las presuposiciones personales en el texto bíblico]”. D. A.
Carson, Exegetical Fallacies (Grand Rapids, MI: Baker, 1984), 137.
Menciono el folleto del profesor Hodges porque su voz tiene mucha
influencia entre los convencidos por la posición de la negación del señorío.
Le he respondido en el artículo “Faith According to the Apostle James”,
Journal of the Evangelical Theological Society, 33/1 (marzo de 1990), 13-34.
Gran parte de este capítulo ha sido adaptado de ese artículo.
Capítulo 10
UN ANTICIPO DE LA GLORIA
Los creyentes no pueden perder los hábitos, las semillas o la raíz de la gracia, pero
sí la seguridad, que es la belleza y la fragancia, la corona y la gloria de esta (1 Jn.
3:9; 1 Ped. 1:5). Estos dos amantes, la gracia y la seguridad, no están lo
suficientemente unidos por Dios como para no poder separarse por causa del
pecado de nuestra parte o la justicia de parte de Dios. Si estos dos amantes, la
gracia y la seguridad, se mantienen juntos, el alma recibirá dos cielos: uno de gozo
y paz aquí y uno de felicidad y bienaventuranza más allá. La separación de estos
dos amantes, sin embargo, colocará al alma en el infierno aquí, aunque escape de
él más adelante. Esto lo sabía bien Crisóstomo, quien declaró que el deseo del
gozo de Dios sería para él un infierno mucho peor que el sentimiento de cualquier
castigo.
THOMAS BROOKS1
E
¿ s posible tener completa seguridad de nuestra salvación? ¿Puede un
cristiano descansar en la confianza firme y establecida de que es redimido y
que le espera la eternidad en el cielo?
La Biblia responde con un sí rotundo, pues no solamente enseña que la
seguridad es posible para la vida cristiana, sino que el apóstol Pedro dio
además este mandato: “Por eso, hermanos, procuren aun con mayor empeño
hacer firme su llamamiento y elección” (2 Ped. 1:10). La seguridad no es
solamente un privilegio, sino también un derecho de nacimiento y la sagrada
confianza de todo verdadero hijo de Dios. Se nos ordena cultivar la
seguridad, no darla por sentado.
La verdadera seguridad es una muestra del cielo en la tierra, una verdad que
Fanny Crosby expresó en un conocido himno:
Grata certeza; ¡soy de Jesús!
Hecho heredero de eterna salud.
El puritano Thomas Brooks observó la misma realidad y tituló su libro
acerca de la seguridad Heaven on Earth (El cielo en la tierra). Poseer una
auténtica seguridad es experimentar un poco de la dicha divina a este lado del
cielo, por eso cuanto mayor sea nuestro sentimiento de esta más
saborearemos esa gloria en nuestra vida terrenal.
Los críticos muchas veces alegan que la salvación de señorío considera que
la seguridad personal es imposible, algo que no es cierto, pero la controversia
del señorío ciertamente tiene serias implicaciones en cuanto al tema de la
seguridad, por lo que esta se ha convertido en uno de los principales puntos
de discusión. Aunque apenas si toqué el tema en mi libro anterior2, el diálogo
posterior pareció converger inevitablemente en la cuestión de si los cristianos
pueden estar seguros de que están en la fe y, en caso afirmativo, cómo
podrían hacerlo.
Estoy convencido de que es bueno que la discusión vaya por esos
derroteros, pues en el cristianismo contemporáneo es frecuente que la
seguridad sea ignorada o reclamada por personas que no tienen derecho a
ella. Son demasiados los que creen que son salvos solamente porque alguien
les dijo que lo eran, pero no se examinan personalmente, no prueban su
seguridad conforme a la Palabra de Dios. Se les enseña que las dudas acerca
de su salvación solo serán perjudiciales para su salud espiritual y crecimiento,
aunque muchos de ellos no manifiestan evidencia alguna de salud o
crecimiento espiritual.
La seguridad en la Reforma
Una vez más, la controversia moderna del señorío toca un tema que estuvo en
el corazón de la Reforma Protestante. La Iglesia Católica Romana negaba (y
niega hasta el día de hoy) que alguna persona sobre esta tierra pueda contar
con la seguridad de su salvación. Como la teología de la Iglesia Católica
considera la salvación como un esfuerzo conjunto entre Dios y el pecador, el
resultado debe permanecer en duda hasta el final; si la persona fracasa
espiritualmente antes de que la salvación se complete, pierde la vida eterna.
Dado que nadie puede saber con certeza si va a contar con la fortaleza para
perseverar hasta el fin, en realidad nadie puede estar seguro del cielo3.
Los reformadores, por el contrario, enseñaron a los creyentes que pueden y
deberían contar con la completa seguridad de su salvación. Los primeros
reformadores incluso llegaron a definir la fe de manera que incluyera la
seguridad. La definición de Calvino, que es citada con frecuencia, dice: “Es
un conocimiento firme y cierto de la voluntad de Dios respecto a nosotros,
fundado sobre la verdad de la promesa gratuita hecha en Jesucristo, revelada
a nuestro entendimiento y sellada en nuestro corazón por el Espíritu Santo”4.
Calvino enfatizaba la fe como conocimiento, en contraste con la idea de los
eruditos católicos de que la fe es una confianza ingenua antitética al
conocimiento, de ahí que incluyera el concepto de la seguridad en su
definición de fe.
En otras palabras, Calvino enseñaba que la seguridad es parte de la esencia
de la fe, lo cual significa que en cuanto una persona confíe en Cristo para
recibir la salvación, tendrá algún sentido de seguridad. Como hemos señalado
en el capítulo 3, Hebreos 11:1 dice “La fe es la constancia de las cosas que se
esperan, la comprobación de los hechos que no se ven”, por tanto a partir de
las Escrituras parece claro que una medida de seguridad es inherente al creer.
Muchas veces, sin embargo, la seguridad de la fe es oscurecida por la duda.
Calvino también reconoció que esta puede coexistir con la convicción
verdadera al escribir lo siguiente: “Cuando nosotros enseñamos que la fe ha
de ser cierta y segura, no nos imaginamos una certidumbre tal que no sea
tentada por ninguna duda, ni concebimos una especie de seguridad al abrigo
de toda inquietud; antes bien, afirmamos que los fieles han de sostener una
ininterrumpida lucha contra la desconfianza que sienten en sí mismos. ¡Tan
lejos estamos de suponer a su conciencia en una perfecta tranquilidad nunca
perturbada por tempestades de ninguna clase!”5.
La Biblia está claramente del lado de Calvino. Aunque cierta seguridad
pertenece a la esencia de la fe, el hecho de creer no se acompaña
necesariamente de una completa seguridad. “¡Creo! ¡Ayuda mi
incredulidad!” (Mar. 9:24) es la sincera expresión del corazón de todo
creyente nuevo. Hasta los Apóstoles clamaron a Jesús: “Auméntanos la fe”
(Luc. 17:5).
Los teólogos reformados posteriores, reconociendo que los verdaderos
cristianos muchas veces carecen de seguridad, negaron que existiera
seguridad implícita alguna al creer, un punto en el cual estaban en
desacuerdo con Calvino, quien en sus argumentos en contra de Roma
procuraba enfatizar la posibilidad de la inmediata seguridad. Los
reformadores posteriores, al enfrentarse contra las tendencias antinomianas
dentro de su propio movimiento, querían enfatizar la importancia de la
evidencia práctica en las vidas de los creyentes.
En la Confesión de Fe de Westminster (redactada en 1646), que
diferenciaba entre la fe y la seguridad, se incluyó lo siguiente:
[Capítulo 18] Sección III. Esta seguridad infalible no corresponde completamente
a la esencia de la fe, sino que un verdadero creyente puede esperar mucho tiempo
y luchar con muchas dificultades antes de ser participante de tal seguridad; (1)
sin embargo, siendo capacitado el creyente por el Espíritu Santo para conocer las
cosas que le son dadas gratuitamente por Dios, puede alcanzarlas sin una
revelación extraordinaria por el uso correcto de los medios ordinarios; (2) y por
eso es el deber de cada uno ser diligente para asegurar su llamamiento y elección
(énfasis añadido).
En otras palabras, la Confesión enseñaba que la seguridad es algo diferente
a la fe, de manera que alguien puede convertirse en un creyente auténtico,
pero sin estar seguro de su salvación. Para los eruditos de Westminster, la
seguridad era posible (e incluso sumamente deseable) pero no automática,
pues creían que algunos cristianos necesitaban “esperar mucho tiempo” y
luchar con Dios antes de que él les concediera la seguridad, una opinión
compartida por la mayoría de los puritanos (reformadores ingleses del siglo
XVII).
Así que, por un lado, Calvino tendía a sentar las bases para una seguridad
completamente objetiva, animando a los creyentes a considerar las promesas
de las Escrituras a fin de obtener un sentido de seguridad personal; pero por
otro, los puritanos tendían a enfatizar medios subjetivos para establecer la
seguridad, aconsejando a las personas que examinaran sus vidas y conductas
en busca de evidencias de su elección6.
De hecho, algunos puritanos llevaron sus enseñanzas sobre la seguridad a
extremos imposibles. Tendían a mistificar el asunto, implicando que la
seguridad era algo que Dios otorga sobrenaturalmente en su momento y en
medidas especiales a los santos escogidos, casi como una visión celestial con
la que uno pudiera ser alcanzado, o una nueva obra de la gracia. La mayoría
de los puritanos enseñaban que los creyentes no podían esperar experimentar
la seguridad hasta mucho tiempo después de la conversión, y solamente
después de una vida de fidelidad continuada7; tendían a considerar que la
seguridad dependía de la capacidad del creyente para vivir a un nivel
prácticamente inalcanzable de santidad personal. Aunque la lectura de sus
obras me ha resultado sumamente beneficiosa, muchas veces me pregunto
cuántos de ellos fueron capaces de vivir conforme a sus propias exigencias.
Como era de esperar, la exigente prédica de los puritanos condujo a una
falta de seguridad generalizada entre sus rebaños: a los cristianos les
obsesionaba tanto saber si se encontraban de verdad entre los escogidos que
muchos cayeron en una introspección morbosa y una profunda desesperación.
Eso explica por qué gran parte de la literatura puritana fue escrita para
personas que tenían problemas con esta cuestión de la seguridad.
La seguridad hoy en día, en cambio, muy pocas veces resulta ser un
problema. Entre los que se confiesan como cristianos son pocos los que
parecen carecer de seguridad, porque la predicación evangelística muchas
veces está vacía de todo llamado a la santidad. Los evangelistas y consejeros
por lo general procuran descartar las dudas acerca de la salvación afirmando
que no tienen sentido o enseñando a los convertidos a ver todo como un
ataque del enemigo.
Los predicadores tienen tanto temor de sacudir la confianza de alguien que
parecen olvidar que la falsa seguridad es un problema más serio que no
tenerla en absoluto (cf. Mat. 7:21-23).
Seguramente existe un punto medio. Las Escrituras animan a los creyentes
verdaderos con la promesa de la seguridad completa, incomodando al mismo
tiempo a los falsos profesantes y procurando destruir su falso sentido de
seguridad. El sentido de seguridad de un creyente verdadero no aumentará y
disminuirá con las emociones pues la seguridad tiene que ser un ancla aun en
medio de las dificultades de la vida, pero un falso profesante no tiene derecho
a la seguridad. ¿No son estos dos énfasis algo que nuestra predicación debería
reflejar? ¿Podremos recuperar una comprensión bíblica de la seguridad?
Debemos hacerlo, ya que aquí es donde el debate por el señorío toca a casi
todos los cristianos al nivel más práctico. Si confundimos el asunto de la
seguridad tendremos, por una parte, multitudes cuyas vidas espirituales se
verán paralizadas por la duda y, por otra, multitudes que esperarán ser
recibidas en el cielo pero que un día serán quebrantadas cuando escuchen al
Señor decir: “Nunca les he conocido. ¡Apártense de mí, obradores de
maldad!” (Mat. 7:23).
¿Es la seguridad objetiva o subjetiva?
La diferencia entre Calvino y los puritanos plantea una pregunta que apunta
al corazón del debate por el señorío: ¿Deberían los cristianos buscar la
seguridad aferrándose solamente a las promesas objetivas de la Biblia o bien
por medio del autoexamen subjetivo? Si optamos solamente por las promesas
objetivas, los que profesan fe en Cristo mientras lo niegan con sus obras (cf.
Tito 1:16) pueden reclamar una seguridad a la que no tienen derecho, pero si
decimos que la seguridad solo puede ser alcanzada por medio del autoexamen
subjetivo convertimos la seguridad en algo prácticamente imposible y la
transformamos en una cuestión completamente mística.
Los defensores de la perspectiva subjetiva señalarán que la Biblia invita
claramente al autoexamen, ya que se nos ordena examinarnos regularmente,
al menos con tanta frecuencia como cuando participamos de la Cena del
Señor (1 Cor. 11:28). Pablo también presenta este desafío a la iglesia en
Corinto: “Examínense a ustedes mismos para ver si están firmes en la fe;
pruébense a ustedes mismos. ¿O no conocen en cuanto a ustedes mismos que
Jesucristo está en ustedes, a menos que ya estén reprobados?” (2 Cor. 13:5).
Evidentemente, Pablo está tratando aquí el asunto de la seguridad, dado que
los corintios tenían que examinarse a sí mismos para ver si estaban “firmes
en la fe”.
Pero, ¿qué tipo de autoexamen está pidiendo Pablo? ¿Cuál era la “prueba”
que los corintios tenían que aprobar? ¿Les estaba aconsejando el apóstol que
miraran en su interior y apoyaran su seguridad en su propia bondad? ¿Los
estaba desafiando a mirar atrás y recordar algún momento de fe en el que
pudieran fijar su esperanza? ¿O les estaba sugiriendo que deberían considerar
sus obras y tener confianza en sus logros espirituales?
Ninguna de estas sugerencias resuelve la cuestión de manera adecuada. Las
obras en sí mismas no pueden garantizar la verdadera seguridad, así como no
pueden ser la base para la salvación eterna, pues a fin de cuentas las obras
externas pueden ser hechas aun por los no cristianos. Por otra parte, como
hemos visto, hasta los cristianos más espirituales descubren pecados cuando
miran a su interior, así que las obras de ninguna persona están a la altura de
los patrones de perfección de Dios. A este respecto, los maestros de la
negación del señorío tienen razón: aquellos que solamente miren en su
interior para establecer su seguridad lo único que se estarán asegurando será
una vida caracterizada por la frustración. La seguridad no puede ser
alcanzada por muchas obras que se hagan, de modo que si tuviéramos que
basar nuestra seguridad únicamente en algo en nuestro interior o en nuestra
experiencia, nuestra confianza estaría descansando en unos cimientos
inadecuados8. Esta perspectiva de la seguridad es demasiado subjetiva.
No obstante, la enseñanza de la negación del señorío ofrece esta alternativa:
Las promesas de Dios son suficientes para nuestra seguridad. Aunque nuestras
obras pueden tener valor para confirmar, no son esenciales para la seguridad. Todo
creyente puede estar seguro al cien por cien de su salvación solo con fijarse en las
promesas que la Palabra de Dios tiene para el creyente.
Se puede tener una firme seguridad de la salvación y aun así andar en pecado, el
cual, a pesar de ser algo horrible, no necesariamente debilita la seguridad. El
pecado solamente sería capaz de debilitar la seguridad si provocara que la persona
apartara sus ojos de las promesas de Dios9.
Así que, conforme a las enseñanzas de la negación del señorío, mientras
una persona se aferre a las promesas objetivas de la Palabra de Dios, por
mucho que peque no pondrá en peligro su seguridad. Alguien que decide
“andar en pecado” puede hacerlo con la completa seguridad de su fe10.
Sin embargo, ese extremo no puede ser sostenido ni en la práctica ni
bíblicamente. Hebreos 10:22 dice específicamente que para poseer la “plena
certidumbre de fe” debemos tener “purificados los corazones de mala
conciencia”. 2 Pedro 1:5-10 hace una lista de varias virtudes esenciales para
la salvación: fe, virtud, conocimiento, dominio propio, perseverancia,
devoción, afecto fraternal y amor. “El que no tiene estas cosas es ciego y
tiene la vista corta, habiendo olvidado la purificación de sus pecados
pasados” (v. 9, énfasis añadido).
Los que “andan en pecado” pueden estar convencidos en sus mentes de que
su salvación es segura, pero a menos que su corazón y conciencia estén
tremendamente endurecidos tendrán que admitir que el pecado echa a perder
su seguridad. La perspectiva de la negación del señorío acerca de la seguridad
es demasiado objetiva.
¿Cuáles son los fundamentos bíblicos de la seguridad?
La Biblia sugiere que una seguridad con fundamento tiene tanto un
fundamento objetivo como uno subjetivo11: el objetivo es la obra completada
por Cristo a nuestro favor, incluyendo las promesas bíblicas que son sí y
amén en él (2 Cor. 1:20), mientras que el subjetivo es la obra progresiva del
Espíritu Santo en nuestras vidas, incluyendo su obra de convicción y
santificación. Romanos 15:4 menciona ambos aspectos de la seguridad:
“Pues lo que fue escrito anteriormente fue escrito para nuestra enseñanza a
fin de que, por la perseverancia [subjetiva] y la exhortación de las Escrituras
[objetiva], tengamos esperanza”.
Tanto el fundamento objetivo de nuestra seguridad como el subjetivo son
aplicados por el Espíritu Santo, quien “da testimonio juntamente con nuestro
espíritu de que somos hijos de Dios” (Rom. 8:16).
La base objetiva de nuestra seguridad incluye la justificación por la fe, la
promesa de que Cristo nunca nos dejará ni nos desamparará (Heb. 13:5), la
garantía de nuestra seguridad en Cristo (Rom. 8:38, 39) y todas las verdades
objetivas de la Palabra de Dios sobre las que se apoya nuestra fe. La base
objetiva pregunta: “¿Crees?” y si realmente es así, puedes estar seguro de que
eres salvo (Juan 3:16; Hech. 16:31).
La base subjetiva pregunta: “¿Es tu fe auténtica?”, igual que lo hizo Pablo
en 2 Corintios 13:5.
Aquí retornamos a la pregunta que surgiera anteriormente pero que aún no
hemos respondido: ¿qué tipo de autoexamen estaba pidiendo Pablo en ese
versículo? Sabemos que no estaba sugiriendo que los cristianos pudieran
encontrar la seguridad en sí mismos o en sus obras. ¿Cuál es entonces la
prueba que tenemos que superar?
Pablo había insinuado la respuesta siete capítulos antes en la misma
epístola, al escribir en 2 Corintios 3:18: “Por tanto, todos nosotros, mirando a
cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados
de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.
Cuando los cristianos verdaderos se miran en el espejo de la Palabra de Dios
(cf. Stg. 1:23) deberían ver el reflejo de su gloria de Dios, aunque obviamente
este será tenue: “Ahora vemos oscuramente por medio de un espejo, pero
entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces
conoceré plenamente, así como fui conocido” (1 Cor. 13:12). Sin embargo,
ese pálido reflejo de su gloria es lo que constituye la base subjetiva de nuestra
seguridad (no algo inherente a nuestra persona).
Incluso Calvino reconoció el fundamento subjetivo de la seguridad, aunque
no fuera uno de los puntos más importantes de su enseñanza. Aunque
enfatizó que ninguna de nuestras obras es meritoria, dijo que las buenas obras
de los creyentes con “dones de Dios, por los cuales [los creyentes] reconocen
su bondad, y como señales de su vocación, que les sirven para recordar su
elección”12; son la obra de Dios en nosotros, no nuestros propios logros. En
este mismo contexto, Calvino cita una oración de Agustín: “Yo no alabo las
obras de mis manos, porque me temo que cuando Tú, Señor, las hayas
mirado, halles muchos más pecados que méritos. Esto solamente es lo que
digo; esto es lo que ruego; esto es lo que deseo: que no menosprecies las
obras de tus manos. Mira Señor en mi tu obra, no la mía. Porque si miras mi
obra, Tú la condenas; mas si miras la tuya, Tú la condenas. Porque todas
cuantas buenas obras yo tengo, son tuyas, de ti proceden (Agustín en
Conversaciones sobre los Salmos, Sal. CXXXVII, 18)”13.
Si somos creyentes verdaderos lo que veremos en el espejo es la gloria de
Dios, aunque será un pálido reflejo de la misma. Esta es la prueba que Pablo
presentó a los corintios: ¿Pueden ver la gloria de Dios reflejada en ustedes,
aunque sea oscuramente? “Examínense a ustedes mismos para ver si están
firmes en la fe; pruébense a ustedes mismos. ¿O no conocen en cuanto a
ustedes mismos que Jesucristo está en ustedes, a menos que ya estén
reprobados?” (2 Cor. 13:5, énfasis añadido). La imagen de Cristo en nosotros
provee el fundamento subjetivo para nuestra seguridad. En otras palabras,
Cristo en ti es la esperanza de gloria (cf. Col. 1:27).
Para que sepan...
Las epístolas del Nuevo Testamento están llenas de material suficiente acerca
de la seguridad como para llenar una buena cantidad de comentarios, de ahí
que en un libro como este no sea posible hacer una presentación completa
sobre la doctrina neotestamentaria de la seguridad. Aun la primera epístola de
Juan, escrita para lidiar precisamente con el asunto de la seguridad, es tan rica
en material que no podemos hacerle justicia en estas pocas páginas, pero
quiero subrayar algunos puntos destacados de esta apreciada epístola y su
clara enseñanza en cuanto a este tema, pues seguramente ningún otro pasaje
de la Biblia confronta con más fuerza la teología de la negación del señorío
que esta breve pero potente carta.
La declaración del propósito de Juan es muy explícita en 1 Juan 5:13:
“Estas cosas les he escrito a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios
para que sepan que tienen vida eterna” (énfasis añadido). Ahí es donde el
apóstol expresa su intención: no está intentando hacer que los creyentes
duden, sino que quiere que tengan una completa seguridad. Lo que tiene que
decir no sacudirá a los creyentes genuinos, aunque sin duda alarmará a
quienes tengan un falso sentido de seguridad.
Fíjate que el apóstol presupone la fe en Cristo como la piedra fundamental
de toda seguridad: “Les he escrito a ustedes que creen...”. No hay lugar para
la introspección fuera de la fe en Cristo, así que todo lo que dice Juan acerca
de la seguridad es predicado a partir de la fe en Cristo y de las promesas de
las Escrituras14.
A lo largo de la epístola, Juan conserva un cuidadoso equilibrio entre los
fundamentos objetivo y subjetivo de la seguridad: la evidencia objetiva
constituye la prueba doctrinal y la evidencia subjetiva no es una prueba de
obras sino una prueba moral. Juan va y viene entre estos dos tipos de
pruebas. Estas son las evidencias que según él estarán presentes en todo
creyente auténtico:
Los verdaderos creyentes andan en la luz
“Si decimos que tenemos comunión con él y andamos en tinieblas,
mentimos y no practicamos la verdad. Pero si andamos en luz, como él está
en luz, tenemos comunión unos con otros y la sangre de su Hijo Jesús nos
limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:6, 7). En la Biblia la luz es utilizada como
una metáfora para representar la verdad, tanto intelectual como moral.
Salmos 119:105 dice “Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi
camino” y el versículo 130 agrega “La exposición de tu palabra alumbra;
hace entender a los ingenuos”; Proverbios 6:23 dice: “Porque el
mandamiento es antorcha y la instrucción es luz”. Esos versículos hablan de
la verdad como algo que puede ser conocido y obedecido, que es tanto
doctrinal como moral. La luz de toda la verdad es encarnada en Cristo, quien
dijo: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue nunca andará en tinieblas
sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).
Andar en tinieblas es lo contrario a seguir a Jesús, pues todas las personas
sin la salvación andan en la oscuridad mientras que los cristianos han sido
liberados y llevados a la luz: “En otro tiempo eran tinieblas, ahora son luz en
el Señor. ¡Anden como hijos de luz!” (Efe. 5:8); “Pero ustedes, hermanos, no
están en tinieblas” (1 Tes. 5:4); “Andar en la luz” significa vivir en el reino
de la verdad. Así pues, todos los creyentes verdaderos caminamos en la luz,
aun cuando pecamos, pero cuando eso sucede “la sangre de su Hijo Jesús nos
limpia” (1 Jn. 1:7). El tiempo verbal indica aquí que la sangre de Cristo nos
limpia continuamente y que cuando pecamos ya hemos sido limpiados para
que la oscuridad nunca oculte la luz en la que permanecemos (cf. 1 Ped. 2:9).
“Andar en la luz” describe una realidad tanto posicional como práctica para
el creyente: confiar en Jesucristo es andar en la luz y andar en la luz es prestar
atención a esta y vivir de acuerdo con ella. Entonces, en esta primera prueba
el apóstol nos señala tanto el fundamento objetivo como el subjetivo de la
seguridad, de modo que para determinar si andamos en la luz además de la
pregunta objetiva “¿Creo?”, también debemos responder la pregunta
subjetiva “¿Es mi fe real?”.
Los verdaderos creyentes confiesan su pecado
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y
la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y
justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Pero si
decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso y su palabra no
está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas les escribo para que no pequen. Y
si alguno peca, abogado tenemos delante del Padre, a Jesucristo el justo” (1
Jn. 1:8—2:1).
La palabra “confesar” (gr. homologeō) significa “decir lo mismo”, de modo
que “confesar nuestros pecados” se refiere a ponernos de acuerdo con Dios
acerca de ellos. Ponerse de acuerdo con Dios acerca de los pecados propios
es una característica de todo cristiano verdadero; supone aborrecer el pecado
en lugar de amarlo, reconocer que somos pecadores, pero también que hemos
sido perdonados y tenemos un abogado delante del Padre (2:1).
Aquí parece que el apóstol está sugiriendo una prueba objetiva de la
seguridad: “¿Crees?”, es decir, “¿Estás de acuerdo con lo que Dios ha dicho
acerca de tu pecado?”.
La verdadera seguridad de la salvación siempre va de la mano de la
conciencia de nuestra propia pecaminosidad y, de hecho, cuanto más seguros
estamos de nuestra salvación, más profunda será la conciencia de nuestro
pecado. John Owen escribió: “Un hombre, entonces, puede tener un profundo
sentido de pecado todos sus días, caminar continuamente bajo ese sentido,
aborrecerse a sí mismo por su ingratitud, incredulidad y rebelión contra Dios,
sin descrédito alguno para su seguridad”15. Esto podría parecer paradójico,
pero es lo único que impide que los cristianos caigan en la más absoluta
desesperación: sabemos que somos pecadores^ en eso estamos de acuerdo
con Dios; no nos sorprende descubrir pecado en nuestras vidas, pero de todas
maneras lo aborrecemos; sabemos que somos perdonados y limpiados, y que
Cristo es nuestro abogado. Lejos de utilizar ese conocimiento para justificar
nuestros pecados, sin embargo, lo vemos como una motivación para
mortificar al pecado lo más posible: “Estas cosas les escribo para que no
pequen” (2:1, énfasis añadido).
Los verdaderos creyentes guardan sus mandamientos
“En esto sabemos que nosotros lo hemos conocido: en que guardamos sus
mandamientos. El que dice: ‘Yo lo conozco’ y no guarda sus mandamientos
es mentiroso y la verdad no está en él” (2:3, 4); “En esto sabemos que
amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios y guardamos sus
mandamientos. Pues este es el amor de Dios: que guardemos sus
mandamientos. Y sus mandamientos no son gravosos” (5:2, 3).
Aquí el apóstol se concentra en el fundamento subjetivo de la seguridad,
pues nos está estimulando a hacer la pregunta: “¿Mi fe es real?”. La manera
en que podemos estar seguros de que lo conocemos es si guardamos sus
mandamientos, ya que se trata de una prueba de obediencia. La palabra griega
traducida como “guardar” en 2:3 y 4 refleja la idea de una obediencia celosa
y perspicaz, no de algo que se produce solo como resultado de la presión
externa. Es la obediencia anhelante de aquel que “guarda” los mandamientos
divinos como si fueran algo valioso que debe ser protegido.
En otras palabras, se refiere a una obediencia motivada por el amor, algo
que el versículo 5 declara: “Pero en el que guarda su palabra, en este
verdaderamente el amor de Dios ha sido perfeccionado. Por esto sabemos que
estamos en él”.
Los que profesan conocer a Dios pero desprecian sus mandamientos son
mentirosos (v. 4): “Profesan conocer a Dios pero con sus hechos lo niegan;
son abominables, desobedientes y reprobados para toda buena obra” (Tito
1:16).
Los creyentes verdaderos aman a sus hermanos
Esta prueba y la anterior están estrechamente relacionadas: “En esto se
revelan los hijos de Dios y los hijos del diablo: Todo aquel que no practica
justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano” (1 Jn. 3:10);
“El que dice que está en la luz y odia a su hermano, está en tinieblas todavía.
El que ama a su hermano permanece en la luz y en él no hay tropiezo. Pero el
que odia a su hermano está en tinieblas y anda en tinieblas; y no sabe a dónde
va porque las tinieblas le han cegado los ojos” (2:9-11); “Nosotros sabemos
que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que
no ama permanece en muerte. Todo aquel que odia a su hermano es
homicida, y ustedes saben que ningún homicida tiene vida eterna
permaneciendo en él” (3:14, 15); “En esto sabemos que amamos a los hijos
de Dios, cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos” (5:2).
La razón para que estas dos pruebas tengan esta relación tan estrecha es que
el amor es el perfecto cumplimiento de la ley: “No deban a nadie nada salvo
el amarse unos a otros, porque el que ama al prójimo ha cumplido la ley”
(Rom. 13:8). Amar a Dios y al prójimo cumple toda la ley moral. “Jesús le
dijo: —Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con
toda tu mente. Este es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es
semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos
mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mat. 22:37-40).
El amor por los hermanos en la fe es una evidencia particularmente
importante de la fe auténtica, aunque lo cierto es que ese amor no es
intrínseco a nosotros ni algo que brota de nuestra propia bondad: “Amados,
amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Y todo aquel que ama ha
nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn. 4:7, énfasis añadido). El amor que es
evidencia de la fe verdadera es el amor de Dios, que está siendo
perfeccionado en nosotros: “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en
nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros” (4:12). Una vez más, es
un pálido reflejo de la gloria de Dios en nosotros que provee el fundamento
subjetivo para nuestra seguridad.
Los creyentes verdaderos declaran la sana doctrina
Aquí regresamos al fundamento objetivo: “Pero ustedes tienen la unción de
parte del Santo y conocen todas las cosas. No les escribo porque desconozcan
la verdad sino porque la conocen y porque ninguna mentira procede de la
verdad. ¿Quién es mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es
el anticristo: el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo
tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo tiene también al Padre” (2:20-
23); “En esto conozcan el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que
Jesucristo ha venido en carne procede de Dios... Nosotros somos de Dios, y el
que conoce a Dios nos oye; y el que no es de Dios no nos oye. En esto
conocemos el Espíritu de verdad y el espíritu de error” (4:2, 6).
Juan estaba escribiendo para oponerse a una forma temprana de la herejía
gnóstica, la cual negaba que Jesucristo fuera completamente Dios y
completamente hombre. A lo que se refiere es a que ninguna persona
verdaderamente salva puede caer en errores o herejías tan serias como para
negar a Cristo. ¿Por qué? Porque “ustedes tienen la unción de parte del Santo
y... la unción que han recibido de él permanece en ustedes, y no tienen
necesidad de que alguien les enseñe. Pero, como la misma unción les enseña
acerca de todas las cosas, y es verdadera y no falsa, así como les enseñó,
permanezcan en él” (2:20, 27). Una vez más es la obra divina en nosotros, no
nuestras propias capacidades o logros, lo que provee una base firme para
nuestra seguridad.
¿Y qué pasa con los que se apartan completamente de la sana doctrina?
Juan responde explícitamente esa pregunta: “Salieron de entre nosotros pero
no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros habrían permanecido
con nosotros. Pero salieron para que fuera evidente que no todos eran de
nosotros” (2:19). La enseñanza de la negación del señorío contradice
descaradamente las Escrituras con respecto a este punto (cf. USTG, CL), ya
que los que se apartan y niegan a Cristo solamente demuestran que su fe
nunca fue auténtica, desde el principio, una idea que examinaremos
cuidadosamente en el capítulo 11.
Los verdaderos creyentes buscan la santidad
“Si saben que él es justo, sepan también que todo aquel que hace justicia es
nacido de él” (2:29); “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él se purifica
a sí mismo, como él también es puro. Todo aquel que comete pecado también
infringe la ley, pues el pecado es infracción de la ley” (3:3, 4); “Todo aquel
que permanece en él no continúa pecando. Todo aquel que sigue pecando no
lo ha visto ni le ha conocido. Hijitos, nadie los engañe. El que practica
justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo,
porque el diablo peca desde el principio. Para esto fue manifestado el Hijo de
Dios: para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que ha nacido de Dios
no practica el pecado porque la simiente de Dios permanece en él, y no puede
seguir pecando porque ha nacido de Dios” (3:6-9).
Estos versículos han hecho tropezar a muchos. La clave de su significado es
la definición de pecado en 3:4: “el pecado es infracción de la ley”. El término
griego para “infracción de la ley” es anomia, que literalmente significa “sin
ley” y describe a los que desarrollan vidas inmorales, impías e injustas como
una práctica continua. Estos odian la justicia de Dios y viven
permanentemente como si fueran soberanos sobre la ley de Dios, de modo
que no pueden ser cristianos verdaderos.
Está muy claro que el apóstol no está haciendo de la perfección sin pecado
una de las señales de la salvación, pues después de todo comenzó su epístola
diciendo: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros
mismos y la verdad no está en nosotros” (1:8).
Tampoco está discutiendo sobre la frecuencia, duración o magnitud de los
pecados, pues como hemos observado en el capítulo 8, todos los cristianos
pecan. La cuestión a la que Juan se está refiriendo aquí tiene que ver con
nuestra actitud en cuanto al pecado y la justicia, la reacción de nuestro
corazón cuando pecamos y la dirección general de nuestro caminar.
La prueba es esta: ¿Cuál es el objeto de tu afecto, el pecado o la justicia? Si
el pecado es lo que más amas, entonces eres “del diablo” (3:8, 10), pero si
amas y practicas la justicia eres nacido de Dios (2:29). ¿Cuál es la dirección
de tus sentimientos? Como escribió acertadamente John Owen: “Tu estado no
es medido de ninguna manera por cuanto se te opone el pecado, sino por
cuanto te opones tú a él”16.
Los que se aferran a la promesa de la vida eterna pero sin preocuparse por
la santidad de Cristo no tienen nada de lo que estar seguros porque tales
personas en realidad no creen: o profesaron tener “fe” en Cristo como una
absoluta farsa, o simplemente viven engañados. Si realmente tuvieran su
esperanza en Cristo se purificarían, así como él es puro (3:3).
Los creyentes verdaderos tienen el Espíritu Santo
Esta es la prueba general que abarca todas las demás: ¿Vive el Espíritu
Santo en ti?17 Juan escribe: “En esto sabemos que permanecemos en él y él en
nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu” (4:13); “El que cree en el Hijo
de Dios tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios lo ha hecho
mentiroso porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de
su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida
está en su Hijo” (5:10, 11).
Estos versículos se hacen eco de la teología paulina, pues Pablo escribió:
“El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que
somos hijos de Dios” (Rom. 8:16). La Biblia dice que “Por el testimonio de
dos o tres testigos se decidirá un asunto” (Deut. 19:15; cf. Mat. 18:16; 2 Cor.
13:1) y Romanos 8:16 señala que el Espíritu Santo añade su testimonio al de
nuestro espíritu, confirmando así nuestra seguridad.
Esto despeja completamente la idea de que el autoexamen equivalga a
depositar la fe en las obras que uno hace. La evidencia que buscamos por
medio del autoexamen no es otra cosa que el fruto del Espíritu (Gál. 5:22,
23), la prueba de que él vive en nuestro interior: ese es el testimonio mediante
el cual se confirma nuestra seguridad.
El peligro de la falsa seguridad
Antes de pasar al siguiente capítulo debemos tratar brevemente el asunto de
la falsa seguridad. A lo largo de 1 Juan, el apóstol ataca la profesión falsa de
los que no tienen derecho a la seguridad: “El que dice: ‘Yo lo conozco’ y no
guarda sus mandamientos es mentiroso y la verdad no está en él” (2:4); “Pero
el que odia a su hermano está en tinieblas y anda en tinieblas; y no sabe a
dónde va porque las tinieblas le han cegado los ojos” (2:11); “Todo aquel que
niega al Hijo tampoco tiene al Padre” (2:23); “El que practica el pecado es
del diablo” (3:8); “Todo aquel que odia a su hermano es homicida, y ustedes
saben que ningún homicida tiene vida eterna permaneciendo en él” (3:15);
“El que no ama no ha conocido a Dios” (4:8); “Si alguien dice: ‘Yo amo a
Dios’ y odia a su hermano, es mentiroso. Porque el que no ama a su hermano
a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto” (4:20).
Uno de los peligros de la enseñanza radical de la negación del señorío es
que ignora el peligro de la falsa seguridad. ¿Cómo? En primer lugar, esta
perspectiva considera la seguridad y la fe salvadora prácticamente como
sinónimos: “En pocas palabras, el mensaje [del evangelio] trae consigo la
seguridad de la salvación... Cuando una persona cree, tiene la seguridad de la
vida eterna. ¿Cómo podría ser de otra manera? ...Dudar de la garantía de la
vida eterna es dudar del propio mensaje. En resumen, si no creo que soy
salvo, no creo en lo que Dios me ha ofrecido... La persona que nunca ha
estado segura de su vida eterna nunca ha creído el mensaje salvador de
Dios” (CL).
Entonces, conforme a esta perspectiva, una convicción de la seguridad en la
mente de la persona es a todos los efectos la mejor evidencia de la salvación:
“Las personas saben si creen en algo o no, y eso es lo que importa en lo que a
Dios concierne” (CL). Es obvio que en esta perspectiva no queda espacio
para una falsa seguridad, de ahí que se anime a todos los que profesan confiar
en Cristo a declarar “cien por ciento de seguridad”. Todos los que profesan
seguridad son aceptados como creyentes genuinos aun si el estilo de vida de
esa persona se opone a todo lo que Cristo representa.
¡La conciencia clama ante semejante doctrina! Promete una “seguridad”
que el corazón nunca afirmará y no le ofrece una paz auténtica al alma, sino
que en lugar de ello hace de la seguridad toda una propiedad intelectual. La
doctrina de la negación del señorío está obligada, por tanto, a negar el
fundamento subjetivo de la seguridad, porque el autoexamen revelaría
inmediatamente el vacío de la esperanza sin fundamento de todo falso
profesante. A pesar de establecer solo la mitad del fundamento, esta doctrina
declara que el edificio está completo. La prueba objetiva es todo lo que puede
tolerar: si la mente está convencida, no existe necesidad de involucrar a la
conciencia. Ese es el epítome de la falsa seguridad.
John Owen llamó falsa seguridad a la “aprensión conceptual del perdón del
pecado”18. El efecto de tal seguridad, según creía Owen, es que “prefiere
insinuarle secretamente al alma palabras de ánimo para continuar en [el
pecado]”; “No existe nadie en el mundo que se relacione peor con Dios que
los que tienen una persuasión infundada del perdón... El atrevimiento carnal,
la formalidad y el desprecio de Dios son problemas comunes en tal concepto
e ideología”19; “Cuando la conciencia acusa, [la falsa seguridad] debe suplir
el defecto”20. Owen no temía señalar que los que transforman la gracia de
nuestro Dios en libertinaje son, a fin de cuentas, impíos (Jud. 4): “Que
confiesen lo que quieran”, escribió Owen, “son impíos”21.
La teología de la negación del señorío dice obstinadamente a los impíos que
pueden descansar seguros de la esperanza del cielo, aunque esa no sea una
seguridad auténtica. La verdadera seguridad brota de la fe que obra y nos
permite mirarnos en el espejo y ver, más allá de nuestro ser pecaminoso, un
reflejo pálido de la gloria de Dios, pero que se va volviendo cada vez más
brillante: “Por tanto, todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un
espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la
misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18)22.
1. Thomas Brooks, Heaven on Earth: A Treatise on Christian Assurance
(reimpr., Edinburgh: Banner ofTruth, 1982), 49.
2. Un editor publicó un “comentario” sobre El evangelio según Jesucristo
que empezaba diciendo “El libro de MacArthur toca cuatro temas principales:
la seguridad, la fe, el arrepentimiento y la relación entre la salvación y el
discipulado”, aunque en mi libro no existían tales divisiones (la seguridad
ciertamente no era uno de los temas principales; mencioné la falsa seguridad
solo incidentalmente, cuando mucho en tres o cuatro ocasiones). Sin
embargo, este comentario continuaba diciendo: “Aunque nunca lo dice con
todas las letras, MacArthur no cree en la seguridad”. Por supuesto, eso no
tiene sentido y al mismo tiempo es un buen ejemplo de por qué son tantas las
personas que no comprenden en qué consiste el debate del señorío. El
comentario en cuestión fue publicado en el periódico de una organización
cuyo fin es defender la teología de la negación del señorío y contenía otras
inexactitudes y falsedades absolutas. El editor no respondió a las cartas en las
que se le pedía que corrigiera sus distorsiones.
3. Es obvio que existe un problema semejante en la teología wesleyana y
arminiana, así como en cualquier otro sistema de creencias que abra espacio a
los cristianos para que caigan y pierdan su salvación.
4. Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, trad. Cipriano de Valera
(Rijswijk: Fundación Ed. de Literatura Reformada, 1999), I:412.
5. Ibíd., I:422.
6. Zane Hodges le concede mucha importancia a esta divergencia entre
Calvino y los que vinieron más adelante. ¡Hasta intenta utilizar a Calvino
para defender la posición de la negación del señorío! (CL). Sin embargo,
Hodges va mucho más allá que Calvino en cuanto a este tema al convertir la
seguridad en la suma y la substancia de la fe salvadora (CL) y negar toda
necesidad de autoexamen en cuanto al asunto de la seguridad (CL). Según
Hodges, la seguridad es la fe y viceversa y no es necesaria ninguna otra
evidencia de la regeneración. Asume que el gran reformador enseñó lo
mismo.
Sin embargo, independientemente de cuáles fueran las perspectivas de
Calvino en cuanto a la fe, lo seguro es que no habría apoyado este tipo de
soteriología que niega el señorío. Calvino escribió: “Debemos tener cuidado
de no separar lo que el Señor une perpetuamente. ¿Entonces qué? Que a los
hombres se les enseñe que es imposible que sean considerados justos por los
méritos de Cristo sin ser renovados por su Espíritu para una vida santa. Dios
no recibe a nadie en su favor si al mismo tiempo no lo convierte en
verdaderamente justo” Henry Beveridge y Jules Bonnet, eds., Selected
Works of John Calvin, 7 vols. (reimpr., Grand Rapids, MI: Baker, 1983),
3:246 (énfasis añadido).
Calvino agregó: “[La fe] no es un mero conocimiento que revolotea por la
mente, [sino que] viene acompañada de un vivo sentimiento que encuentra su
asiento en el corazón” Ibíd., 250.
7. Los escritos de John Owen acerca de la seguridad son una refrescante
excepción a esta regla. Cf. Sinclair B. Ferguson, John Owens on the
Christian Life (Edinburgh: Banner of Truth, 1987), 99-124.
8. “La fe... si dependiese de las obras carecería de todo valor, puesto que ni el
más santo hallaría en ella de qué gloriarse”. Juan Calvino, Institución de la
religión cristiana, trad. Cipriano de Valera (Rijswijk: Fundación Ed. de
Literatura Reformada, 1999), I:568.
9. Bob Wilkin, “Putting the Gospel Debate in Sharper Focus”, The Grace
Evangelical Society News (mayo de 1991), 1.
10. La seguridad separada de la santificación es la esencia del
antinomianismo, el cual es muchas veces resultado de un énfasis exagerado
en la seguridad como esencia de la fe. Ya a principios del siglo XIX, Charles
Hodge observó esa tendencia: “Los que hacen de la certidumbre la esencia de
la fe por lo general reducen la fe a un mero asentimiento intelectual. A veces
son rígidamente severos, rehusando reconocer como hermanos a los que no
están de acuerdo con ellos; y a veces son antinomianos” Charles Hodge,
Teología Sistemática, vol. II (Terrassa, Barcelona: CLIE, 1991), 325.
Berkhof, a pesar de reconocer el peligro del antinomianismo, vio sin
embargo que se podía asumir la posición de que la seguridad es de la esencia
de la fe, pero conservando esa perspectiva en equilibrio. Escribió: “En contra
de Roma debe mantenerse que este conocimiento seguro pertenece a la
esencia de la fe; y en oposición a teólogos como Sandeman, Wardlaw,
Alexander, Chalmers y otros, que una mera aceptación intelectual de la
verdad no es el todo de la fe” Louis Berkhof, Teología sistemática (Grand
Rapids, MI: Libros Desafío, 2005), 635.
11. “En su contexto del Nuevo Testamento, la palabra [seguridad] tiene
referencias tanto objetivas como subjetivas. Las objetivas denotan el apoyo
de la confianza y la certeza del creyente... Como apoyo objetivo, la seguridad
hace referencia a la experiencia del creyente... La seguridad interna puede ser
probada por señales morales y espirituales (cf. p. ej. 1 Cor. 6:9; Efe. 4:17; 1
Jn. 2:3-5, etc.) mediante las cuales sabemos que estamos en la verdad y que
nuestros corazones están seguros delante de Dios (1 Jn. 3:19)” H. D.
McDonald, “Assurance”, The New International Dictionary of the Christian
Church (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1978), 79.
12. Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, trad. Cipriano de Valera
(Rijswijk: Fundación Ed. de Literatura Reformada, 1999), I:608.
13. Ibíd, I:608-609.
14. “Los fundamentos de la seguridad son más objetivos que subjetivos; no
están tanto dentro de nosotros como sin nosotros. Por tanto, la base de la
seguridad debe descansar sobre suficiente evidencia objetiva” Robert F.
Boyd, “Assurance”, Baker’s Dictionary of Theology (Grand Rapids, MI:
Baker, 1960), 70.
15. John Owen, The Works of John Owen, 16 vols. (reimpr., London: Banner
of Truth, 196), 6:549.
16. Ibíd., 6:605.
17. La prueba que Juan está sugiriendo aquí es virtualmente idéntica al
autoexamen al que Pablo estaba invitando en 2 Cor. 13:5: ¿Vive Jesucristo en
ti?
18. Owen, The Works of John Owen, 6:397.
19. Ibíd., 6:396.
20. Ibíd., 6:398.
21. Ibíd., 6:397.
22. Para una discusión más completa acerca de la seguridad, ver John
MacArthur, Salvos sin lugar a dudas, trad. Nancy S. Fernández (Grand
Rapids, MI: Portavoz, 2015).
Capítulo 11
GUARDADOS POR EL PODER DE
DIOS
A fin de ubicar la doctrina de la perseverancia en su perspectiva correcta, es
necesario conocer lo que no significa. No significa que todo aquel que profesa fe
en Cristo y que es aceptado como creyente en la comunión de los santos esté
seguro por toda la eternidad y que pueda mantener la certidumbre de la salvación
eterna. El Señor mismo, cuando estuvo en la tierra, advirtió a sus seguidores
acerca de aquellos judíos que creían en él: “Si se mantienen fieles a mis
enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los
hará libres” (Juan 8:31, 32). Estableció un criterio mediante el cual se debían
distinguir los verdaderos discípulos, y este criterio consiste en mantenerse fieles a
las enseñanzas de Jesús.
JOHN MURRAY1
Si existe algún personaje del Nuevo Testamento propenso al fracaso, ese era
Simón Pedro, pues a juzgar por el registro bíblico, ninguno de los discípulos
de nuestro Señor (excluyendo a Judas, el traidor) tropezó con más frecuencia
o más miserablemente que él. Pedro era el discípulo que más metía la pata y
parecía tener la rara habilidad de decir lo peor en el momento más
inadecuado. Era impetuoso, errático, vacilante; unas veces cobarde y otras
débil, aún otras extremista. En varias ocasiones se mereció reprensiones de
parte del Señor, aunque ninguna tan severa como la registrada en Mateo
16:23: “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo porque no
piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”. Eso ocurrió casi
inmediatamente después del punto culminante en la experiencia de Pedro con
Cristo en el que confesó “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!”
(Mat.16:16).
La vida de Pedro ilustra otra verdad bíblica más importante: el poder
protector de Dios. En la noche en que fue traicionado, Jesús le dejó entrever a
Pedro la batalla espiritual entre bastidores por el alma de este: “Simón,
Simón, he aquí Satanás me ha pedido para zarandearte como a trigo. Pero yo
he rogado por ti, que tu fe no falle. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus
hermanos” (Luc. 22:31, 32, énfasis añadido).
Pedro confiaba en su disposición a permanecer con Jesús sin importar cuál
fuera el costo, por eso le dijo al Señor: “Señor, estoy listo para ir contigo aun
a la cárcel y a la muerte” (v. 33). Jesús, sin embargo, conocía la verdad, y
tristemente le dijo a Pedro: “Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes
de que tú hayas negado tres veces que me conoces” (v. 34).
¿Falló Pedro? Rotundamente. ¿Fue derribada su fe? Nunca. El propio Jesús
estaba intercediendo a favor de Pedro y sus oraciones fueron respondidas.
¿Sabías que nuestro Señor intercede de esa misma manera por todos los
creyentes auténticos? Podemos entrever la forma en que ora en Juan 17:11:
“Ya no estoy más en el mundo pero ellos están en el mundo, y yo voy a ti.
Padre santo, guárdalos en tu nombre que me has dado, para que sean uno así
como nosotros lo somos” (énfasis añadido). Y continúa diciendo:
No ruego que los quites del mundo sino que los guardes del maligno. No son del
mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es
verdad. Así como tú me enviaste al mundo, también yo los he enviado al mundo.
Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en
la verdad. Pero no ruego solamente por estos sino también por los que han de
creer en mí por medio de la palabra de ellos; para que todos sean uno así como tú,
oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos lo sean en nosotros; para que el
mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me has dado para
que sean uno, así como también nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para
que sean perfectamente unidos; para que el mundo conozca que tú me has
enviado, y que los has amado como también a mí me has amado
JUAN 17:15-23, ÉNFASIS AÑADIDO.
Fíjate por qué estaba orando el Señor: para que los creyentes fueran
protegidos del poder del maligno y santificados por la Palabra, para que
compartieran su santificación y su gloria y fueran perfeccionados en la
unidad con Cristo y unos con otros. Estaba orando para que perseveraran en
la fe.
¿Estaba nuestro Señor orando solamente por los once discípulos fieles? No,
ya que incluye explícitamente a todos los creyentes de generaciones
posteriores: “Pero no ruego solamente por estos sino también por los que han
de creer en mí por medio de la palabra de ellos” (v. 20). ¡Eso incluye a todos
los cristianos verdaderos, incluso en nuestros días!
El propio Señor continúa con su ministerio intercesor por los creyentes, aun
mientras lees estas palabras: la Reina-Valera 1960 traduce Hebreos 7:25
como “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se
acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”; y la Reina-
Valera 2015 como “Por esto también puede salvar por completo a los que por
medio de él se acercan a Dios, puesto que vive para siempre para interceder
por ellos” (énfasis añadido).
Salvos por completo
Todos los creyentes verdaderos serán salvos por completo porque el
ministerio de Cristo como Sumo Sacerdote lo garantiza. Hemos sido
justificados, estamos siendo santificados y seremos glorificados, y ningún
creyente verdadero se perderá etapa alguna del proceso, aunque en esta vida
nos encontraremos en diferentes puntos del camino.
Esta verdad ha sido conocida históricamente como la perseverancia de los
santos, y ninguna doctrina ha sido tan atacada por la teología de la negación
del señorío. Era de esperar, porque la doctrina de la perseverancia es
antitética a todo el sistema de la negación del señorío. ¡De hecho, lo que ellos
peyorativamente han etiquetado como “salvación de señorío” no es sino esta
misma doctrina!
Perseverancia significa que “los que tienen fe verdadera no la pueden
perder ni completa ni finalmente”2, lo cual refleja la promesa de Dios por
medio de Jeremías: “Haré con ellos un pacto eterno; no desistiré de hacerles
bien. Pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí”
(32:40, énfasis añadido).
Esto contradice categóricamente el concepto dentro de la negación del
señorío de que la fe puede evaporarse dejando a “creyentes” que ya no creen
(cf. USTG), además de oponerse a la enseñanza radical de la negación del
señorío de que los cristianos auténticos pueden decidir “abandonar” el
proceso de crecimiento espiritual (CL) y “dejar de confesar el cristianismo”
(CL). Es el polo opuesto del tipo de teología que convierte la fe en un
“momento histórico”, una “acción” de una sola vez que asegura el cielo, pero
no ofrece ninguna garantía de que la vida terrenal del “creyente” será
transformada (CL).
La perseverancia fue definida por la Confesión de Fe de Westminster de
esta manera: “A quienes Dios ha aceptado en su Amado, y que han sido
llamados eficazmente y santificados por su Espíritu, no pueden caer ni total
ni definitivamente del estado de gracia, sino que ciertamente han de
perseverar en él hasta el fin, y serán salvados eternamente” (capítulo 17,
sección I).
La verdad no niega la posibilidad de fallas miserables en la experiencia
cristiana. La Confesión también declara:
No obstante esto, es posible que los creyentes, por las tentaciones de Satanás y del
mundo, por el predominio de la corrupción que queda en ellos, y por el descuido
de los medios para su preservación, caigan en pecados graves; y por algún tiempo
permanezcan el ellos; por lo cual atraerán el desagrado de Dios; contristarán a su
Espíritu Santo; se verán excluidos en alguna medida de sus gracias y consuelos;
tendrán sus corazones endurecidos; y sus conciencias heridas; lastimarán y
escandalizarán a otros, y atraerán sobre sí juicios temporales (sección III).
En el capítulo 8 ya tratamos la realidad del pecado en la experiencia del
creyente, así que debería estar claro que la teología del señorío no incluye la
idea del perfeccionismo. Sin embargo, las personas que se han adentrado en
la enseñanza de la negación del señorío muchas veces están confundidos en
lo que respecta a la perseverancia.
Un laico cristiano que había aceptado la enseñanza de la negación del
señorío me escribió una carta de diecisiete páginas, redactada con mucha
educación, explicando su rechazo a la doctrina del señorío. Su queja es que la
teología del señorío “no parece admitir otra cosa que no sea una vida cristiana
altamente exitosa”.
Zane Hodges hace una acusación semejante:
La convicción de que todo cristiano vivirá hasta el fin una vida básicamente
exitosa es una ilusión que no está respaldada por la instrucción y las advertencias
del Nuevo Testamento. No es de sorprender que los que no perciben este aspecto
de la revelación del Nuevo Testamento hayan empobrecido su capacidad para
motivarse tanto a sí mismos como a otros creyentes. Trágicamente, con frecuencia
vuelven a caer en la técnica de cuestionar la salvación de aquellos cuyas vidas no
parecen alcanzar los estándares bíblicos, pero al hacerlo están debilitando el
fundamento para la seguridad del creyente y tomando parte (aunque de manera
involuntaria) en el acoso al evangelio3.
Ningún defensor de la salvación de señorío que yo conozca enseña “que
todo cristiano vivirá hasta el fin una vida básicamente exitosa”, así que el
profesor Hodges está en lo correcto al afirmar que el Nuevo Testamento no
apoya tal concepto.
John Murray, al defender la doctrina de la perseverancia, reconoció las
dificultades que esta plantea: “La experiencia, la observación, la historia
bíblica y ciertos pasajes de la Escritura parecen proveer argumentos muy
convincentes contra la doctrina que ha sido llamada ‘la perseverancia de los
santos’. ¿No está el registro bíblico, así como la historia de la iglesia, lleno de
ejemplos de los que naufragaron de la fe?”4.
Sin duda la Biblia parece estar llena de advertencias a la gente de la iglesia
para que no caiga (cf. Heb. 6:4-8; 1 Tim. 1:18, 19; 2 Tim. 2:16-19), lo cual
según Zane Hodges prueba que los cristianos pueden caer: “Si alguien piensa
que los verdaderos cristianos no pueden renunciar, no ha estado prestando
atención a la Biblia. Necesita volver a el Nuevo Testamento, esta vez con los
ojos abiertos” (CL).
Dios, sin embargo, no se contradice, de ahí que los pasajes de advertencia
no nieguen las muchas promesas que afirman que los creyentes perseverarán:
“Pero cualquiera que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed sino
que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida
eterna (Juan 4:14, énfasis añadido)5; “Yo soy el pan de vida. El que a mí
viene nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás” (6:35);
“Hasta no faltarles ningún don, mientras esperan la manifestación de nuestro
Señor Jesucristo. Además, él los confirmará hasta el fin, para que sean
irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por medio
de quien fueron llamados a la comunión de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor”
(1 Cor. 1:7-9, énfasis añadido); “Y el mismo Dios de paz los santifique por
completo; que todo su ser —tanto espíritu, como alma y cuerpo— sea
guardado sin mancha en la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que
los llama, quien también lo logrará” (1 Tes. 5:23, 24, énfasis añadido);
“Salieron de entre nosotros pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido
de nosotros habrían permanecido con nosotros. Pero salieron para que fuera
evidente que no todos eran de nosotros” (1 Jn. 2:19, énfasis añadido); “Y a
aquel que es poderoso para guardarlos sin caída y para presentarlos
irreprensibles delante de su gloria con grande alegría; al único Dios, nuestro
Salvador por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea la gloria, la majestad, el
dominio y la autoridad desde antes de todos los siglos, ahora y por todos los
siglos. Amén” (Jud. 24, 25, énfasis añadido).
Charles Horne observó: “Es notable que cuando Judas nos exhorta a
mantenernos en el amor de Dios (v. 21) concluya con una doxología dirigida
a aquel que es poderoso para guardarnos sin caída y presentarnos sin mancha
ante la presencia de su gloria (v. 24). Los pasajes de advertencia son medios
utilizados por Dios en nuestra vida a fin de cumplir los propósitos de su
gracia”6.
Podríamos añadir que los pasajes de advertencia como el versículo 21 de
Judas revelan que los escritores de la Biblia siempre estuvieron muy
dispuestos a alertar a aquellos cuya salvación podría estar fundamentada en
una fe espuria. Evidentemente, los autores apostólicos no se hacían ilusión
alguna de que cada una de las personas en las iglesias a las que estaban
escribiendo fueran convertidos auténticos (cf. CL).
¿Salvo una vez, salvo para siempre?
Es vital que comprendamos lo que la doctrina bíblica de la perseverancia no
significa: no significa que las personas que “reciben a Cristo” puedan vivir de
la manera que les plazca sin temor al infierno. La expresión “seguridad
eterna” se utiliza muchas veces en este sentido, y lo mismo pasa con “salvo
una vez, salvo por siempre”. R. T. Kendall, en su defensa de esta última
expresión, define así su significado: “La persona que cree verdaderamente
una vez que Jesús se levantó de los muertos y que lo confiesa como Señor, va
a ir al cielo cuando muera, pero eso no es todo: esa persona irá al cielo
cuando muera independientemente de las obras (o falta de las mismas) que
acompañe esa fe”7. Kendal declara: “Espero que nadie tome esto como un
ataque a la Confesión de Westminster porque no lo es”8. ¡Pero si es
precisamente eso! Kendall está atacando específicamente la afirmación de
Westminster de que la fe no puede fallar, pues cree que esta puede ser
descrita como una mirada única: “Solo tenemos que ver al que carga con el
pecado una vez para ser salvos”9.
Este es un asalto a gran escala a la doctrina de la perseverancia defendida
por la Confesión de Westminster, pero lo que es peor, pervierte la misma
Escritura. Lamentablemente, se trata de una perspectiva que ha llegado a
tener una aceptación generalizada entre los cristianos de nuestro tiempo.
John Murray, al fijarse en esta tendencia hace cerca de cuarenta años,
defendió la expresión “perseverancia de los santos”:
No conviene que esta doctrina se la reemplace con la designación “La seguridad
del creyente”, no porque esta última esté equivocada, sino porque la primera
fórmula ha sido redactada de una manera mucho más cuidadosa e inclusiva. No es
cierto decir que el creyente está seguro de su salvación por más que peque y sea
infiel.
¿Por qué no es cierto? No es cierto porque declara una combinación imposible.
Es cierto que el creyente peca; puede cometer un grave pecado y andar errante por
un largo tiempo. Pero también es cierto que un creyente no puede abandonarse al
pecado; no puede quedar bajo el dominio del pecado; no puede hacerse culpable
de ciertas clases de infidelidad. Por ello, es absolutamente erróneo decir que un
creyente está seguro de su salvación independientemente de su posterior vida de
pecado e infidelidad. La verdad es que la fe en Jesucristo es siempre dependiente
de la vida de santidad y fidelidad. Y, por ello, nunca es apropiado pensar en un
creyente aparte de sus frutos de fe y santidad. Decir que un creyente está seguro,
sea cual fuere el grado de su adicción al pecado en su vida como creyente, es robar
la fe en Cristo de su misma definición, y promover aquel abuso que convierte la
gracia de Dios en libertinaje. La doctrina de la perseverancia es aquella que afirma
que los creyentes perseveran. No se trata de que vayan a ser salvos aparte de su
perseverancia o continuidad, sino que su perseverancia será algo seguro. Por
consiguiente, la seguridad que poseen es inseparable de su perseverancia. ¿No es
esto lo que Jesús dijo? “pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo”
(Mat. 24:13).
No nos refugiemos entonces en nuestra pereza ni promovamos nuestra
naturaleza pecaminosa basándonos en la perspectiva distorsionada de la doctrina
de la seguridad del creyente. Más bien, apreciemos dicha doctrina y reconozcamos
que podemos mantener nuestra seguridad en Cristo siempre y cuando nos
mantengamos firmes en la fe y la santidad10.
Cualquier doctrina de la seguridad eterna que deje de lado la perseverancia
estará distorsionando la doctrina misma de la salvación. El cielo sin santidad
ignora todo el propósito para el que Dios nos escogió y redimió:
Dios nos escogió para este mismo propósito: “Asimismo, nos escogió en él
[Cristo] desde antes de la fundación del mundo para que fuéramos santos y sin
mancha delante de él” (Efe. 1:4). Fuimos predestinados para ser hechos conforme
a la imagen de Cristo en toda su inmaculada pureza (Rom. 8:29), una decisión
divina que asegura que seremos como él cuando venga (1 Jn. 3:2). A partir de este
hecho, Juan deduce que todo el que tiene esta esperanza se purifica a sí mismo así
como Cristo es puro (1 Jn. 3:3). Su uso de la frase “todo aquel” asegura que los
que no se purifiquen no verán a Cristo ni llegarán a ser como él, ya que por su
falta de santidad demuestran que no estaban predestinados para eso. De esta
manera, el apóstol le asesta un golpe mortal al antinomianismo11.
Así pues, la propia santidad de Dios requiere que perseveremos: “La gracia
de Dios asegura nuestra perseverancia, pero eso no hace que esa
perseverancia deje de ser nuestra”12. No podemos alcanzar “el premio del
supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” a menos que prosigamos “a la
meta” (Fil. 3:14), pero al ocuparnos de nuestra “salvación con temor y
temblor” (Fil. 2:12) descubrimos que “Dios es el que produce en [nosotros]
tanto el querer como el hacer para cumplir su buena voluntad” (v. 13).
El resultado de tu fe
Tal vez ningún apóstol haya comprendido el poder protector de Dios en la
vida de un creyente inconsistente tanto como Pedro, a quien Dios había
preservado y ayudado a madurar a través de todo tipo de meteduras de pata y
fracasos (entre ellas pecados graves y concesiones) ¡incluso la negación
repetida del Señor acompañada de maldiciones y juramentos! (Mat. 26:69-
75). Pedro, sin embargo, fue mantenido en la fe por el poder de Dios a pesar
de sus propios errores, por eso resulta apropiado que él fuera el instrumento
utilizado por el Espíritu Santo para poner por escrito esta gloriosa promesa:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su grande
misericordia nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva por medio de la
resurrección de Jesucristo de entre los muertos; para una herencia incorruptible,
incontaminable e inmarchitable reservada en los cielos para ustedes, que son
guardados por el poder de Dios mediante la fe para la salvación preparada para ser
revelada en el tiempo final. En esto se alegran, a pesar de que por ahora, si es
necesario, estén afligidos momentáneamente por diversas pruebas, para que la
prueba de su fe —más preciosa que el oro que perece, aunque sea probado con
fuego— sea hallada digna de alabanza, gloria y honra en la revelación de
Jesucristo. A él lo aman sin haberlo visto. En él creen y, aunque no lo vean ahora,
creyendo en él se alegran con gozo inefable y glorioso, obteniendo así el fin de su
fe: la salvación de su vida.
1 PEDRO 1:3-9
Pedro estaba escribiendo a los creyentes dispersos por el Asia Menor,
quienes estaban enfrentando una horrible persecución que había empezado en
Roma y se estaba extendiendo por todo el Imperio romano. Después del
incendio de la ciudad de Roma, Nerón culpó a los cristianos por el desastre y
de pronto los creyentes se transformaron en el objeto de una tremenda
persecución en todas partes. Estas personas temían por sus vidas y tenían
temor al fracaso si su fe era puesta a prueba.
Pedro les escribió esta carta para animarlos, por eso les recordó que eran
extranjeros en este mundo, ciudadanos del cielo, una aristocracia real, hijos
de Dios, residentes de un reino que no es de este mundo, piedras vivas, un
sacerdocio santo y el pueblo adquirido por Dios. Les dijo que no tenían que
temer a las amenazas ni intimidarse, que no tenían que perturbarse por la
hostilidad del mundo y que no tuvieran miedo cuando sufrieran.
¿Por qué? Porque los cristianos son “guardados por el poder de Dios
mediante la fe”. En lugar de darles dosis de comprensión y conmiseración,
Pedro les señaló su absoluta seguridad como creyentes. Sabía que podrían
acabar perdiendo todas sus posesiones terrenales y aun sus vidas, pero quería
que supieran que jamás perderían lo que tenían en Cristo y que su herencia
celestial estaba garantizada. Estaban siendo guardados por el poder divino y
su fe lo soportaría todo, de modo que perseverarían a través de sus pruebas y
al final serían encontrados dignos: su amor por Cristo permanecería intacto.
Aun ahora, en medio de sus dificultades, Dios proveería la liberación
espiritual que necesitaban, de acuerdo con su plan eterno. Los seis medios de
la perseverancia que siguen resumen la manera en que Dios sostiene a cada
cristiano.
Somos nacidos de nuevo para una esperanza viva
“Dios... nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva por medio de
la resurrección de Jesucristo de entre los muertos; para una herencia
incorruptible, incontaminable e inmarchitable reservada en los cielos para
ustedes” (vv. 3, 4). Todo cristiano es nacido de nuevo para una esperanza
viva, es decir, una esperanza que vive para siempre, una esperanza que no
puede morir. Pedro parece estar haciendo un contraste con la mera esperanza
humana, que siempre es una esperanza moribunda o muerta. Las esperanzas y
los sueños humanos se disipan inevitablemente y terminan
decepcionándonos, de ahí que Pablo les dijera a los corintios: “¡Si solo en
esta vida hemos tenido esperanza en Cristo, somos los más miserables de
todos los hombres!” (1 Cor. 15:19). Esta esperanza viva en Cristo no puede
morir y Dios garantiza que finalmente llegará a un cumplimiento completo,
total, glorioso y eterno: “Tenemos la esperanza como ancla de la vida, segura
y firme” (Heb. 6:19).
Eso tiene claras implicaciones más allá del concepto antinomiano de
seguridad eterna. Una vez más la cuestión no es solamente si los cristianos
son salvos para siempre y están a salvo del infierno “sin importar lo que
pase”, sino que significa más que eso: nuestra esperanza no muere y nuestra
fe no va a fracasar. Este es el corazón de la doctrina de la perseverancia.
Este pasaje, no obstante, sí que enseña asimismo la seguridad eterna, pues
se nos garantiza “una herencia incorruptible, incontaminable e inmarchitable
reservada en los cielos” (v. 4). A diferencia de todo lo que hay en esta vida,
que puede corromperse, echarse a perder, envejecer, oxidarse, corroerse, ser
robado o perder su valor, nuestra herencia celestial está reservada para
nosotros donde permanece incorruptible, incontaminable e inmarchitable.
Nuestra herencia completa, que será un día la culminación de nuestra
esperanza viva, está “reservada en los cielos”, “no como una reservación de
hotel que pueda ser cancelada inesperadamente, sino como algo permanente,
que no puede cambiar”13.
¿Te has dado cuenta de que ya hemos recibido parte de esa herencia?
Efesios 1:13, 14 dice: “Habiendo creído en él, fueron sellados con el Espíritu
Santo que había sido prometido, quien es la garantía de nuestra herencia para
la redención de lo adquirido, para la alabanza de su gloria” (cf. 2 Cor. 1:22;
5:5). La palabra “garantía” del versículo 14 viene del término griego arrabōn,
que significa “depósito, adelanto”: cuando una persona cree por primera vez,
el Espíritu Santo se traslada a su corazón y se convierte en el depósito o
adelanto que garantiza nuestra salvación eterna. Es un adelanto de la herencia
cristiana, así como la garantía de que Dios culminará la obra que ha
comenzado: “Y no entristezcan al Espíritu Santo de Dios en quien fueron
sellados para el día de la redención” (Efe. 4:30, énfasis añadido).
Somos guardados por el poder del propio Dios
“[Somos] guardados por el poder de Dios mediante la fe para la salvación
preparada para ser revelada en el tiempo final” (v. 5). Esa es una declaración
muy rica que garantiza la consumación de la salvación eterna de todo
creyente. La expresión “la salvación para ser revelada en el tiempo final” se
refiere a la salvación completa y final de la maldición de la ley, del poder y la
presencia del pecado, de toda corrupción, de cada mancha de iniquidad, de
toda tentación, tristeza, dolor, muerte, castigo, juicio e ira. Dios ya ha
comenzado la obra en nosotros y la completará hasta el final (cf. Fil. 1:6).
Si examinamos de cerca esta oración nos encontraremos con la frase “Son
guardados por el poder de Dios mediante la fe”: somos guardados por el
poder de un Dios supremo, omnipotente, soberano, omnisciente y
todopoderoso. El tiempo verbal se refiere a una acción continua, de modo que
aun ahora estamos siendo guardados: “Ni la muerte ni la vida ni ángeles ni
principados ni lo presente ni lo porvenir ni poderes ni lo alto ni lo profundo ni
ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en
Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom. 8:38, 39); “Si Dios es por nosotros,
¿quién contra nosotros?” (Rom. 8:31); “[Él] es poderoso para guardarlos sin
caída y para presentarlos irreprensibles delante de su gloria con grande
alegría” (Jud. 24).
Es más, somos guardados mediante la fe. Nuestra perseverante fe en Cristo
es el instrumento de la obra protectora de Dios, quien no nos salvó separados
de ella ni nos mantiene alejados de ella. Nuestra fe es un don de Dios que él
preserva y nutre por su obra protectora. La preservación de nuestra fe es su
obra, igual que cualquier otro aspecto de la salvación. Nuestra fe es iniciada,
dirigida, conservada y fortificada por la gracia de Dios.
Sin embargo, decir que la fe es un don de la gracia de Dios que él conserva
no significa que esta funcione aparte de la voluntad humana, pues es nuestra
fe: nosotros creemos y nosotros permanecemos firmes porque no somos
agentes pasivos en este proceso. Los medios por los que Dios conserva
nuestra fe exigen nuestra participación completa. No podemos perseverar
aparte de la fe, sino solamente mediante la fe.
Somos fortalecidos por la prueba de nuestra fe
“En esto se alegran, a pesar de que por ahora, si es necesario, estén
afligidos momentáneamente por diversas pruebas para que la prueba de su fe
—más preciosa que el oro que perece, aunque sea probado con fuego— sea
hallada digna de alabanza, gloria y honra en la revelación de Jesucristo” (1
Ped. 1:6, 7). Aquí descubrimos el medio más importante que Dios utiliza para
conservar nuestra fe: la somete a pruebas.
La breve expresión “en esto se alegran” puede tomar desprevenido al lector
distraído. Recuerda que los destinatarios de esta epístola estaban enfrentando
persecuciones que amenazaban sus propias vidas y temían por su futuro, pero
Pedro dice: “En esto se alegran”. ¿Cómo podían alegrarse?
Las pruebas producen gozo porque fortalecen nuestra fe. Santiago dijo
exactamente lo mismo: “Hermanos míos, tengan por sumo gozo cuando se
encuentren en diversas pruebas sabiendo que la prueba de su fe produce
paciencia” (Stg. 1:2, 3). Las tentaciones y pruebas (que en griego son la
misma palabra) no debilitarán ni sacudirán la fe verdadera sino todo lo
contrario, la fortalecen. Las personas que pierden la fe durante una prueba
demuestran que nunca llegaron a tener fe verdadera, pues la fe auténtica
surge de las pruebas más fuertes en la vida.
Las pruebas en sí no son nada de qué alegrarse y Pedro lo reconoce: “A
pesar de que por ahora, si es necesario, estén afligidos momentáneamente por
diversas pruebas” (v. 6). Llegan como un fuego para quemar la escoria del
metal, pero de eso se trata, ya que la fe resultante es mucho más gloriosa.
Una vez que ha pasado el fuego lo que queda es una fe más pura, brillante y
fuerte.
¿Para quién prueba Dios nuestra fe? ¿Para él mismo? ¿Está tratando de
averiguar si es real? Por supuesto que no, porque ya lo sabe. Prueba nuestra
fe para nuestro propio beneficio, para que sepamos que nuestra fe es
auténtica; la prueba para refinarla, fortalecerla y hacerla madurar. Lo que sale
del crisol es “más precioso que el oro” (v. 7), porque, a diferencia de este, la
fe probada tiene un valor eterno. El oro quizás llegue a sobrevivir al fuego del
refinador, pero no pasa la prueba de la eternidad.
Pedro no estaba llenando los oídos de estos cristianos de palabras vacías,
pues él mismo había probado el gozo acumulado resultado de la prueba de la
persecución: Hechos 5:41 dice que los Apóstoles “partieron de la presencia
del Sanedrín, regocijándose porque habían sido considerados dignos de
padecer afrenta por causa del Nombre” (énfasis añadido). ¿Hace falta que
agregue que partieron también con una fe más fuerte? Habían sufrido, pero su
fe había superado la prueba. La gran confianza del creyente consiste en saber
que su fe es real, así que las pruebas producen esa fe madura por medio de la
cual Dios nos guarda.
Somos preservados por Dios para la gloria suprema
“La prueba de su fe... sea hallada digna de alabanza, gloria y honra en la
revelación de Jesucristo” (v. 7). He aquí una promesa sorprendente: el
resultado final de nuestra fe probada será la alabanza, la gloria y el honor ante
la aparición de Cristo. ¡Esta alabanza va dirigida de parte de Dios hacia el
creyente, no al revés! Pedro no está hablando de que nosotros vayamos a
alabar, glorificar y honrar a Dios, sino de su aprobación a nuestro favor.
1 Pedro 2:20 dice: “Si lo soportan cuando hacen el bien y son afligidos,
esto sí es aceptable delante de Dios”. Como el señor del siervo fiel, Dios dirá:
“Bien, siervo bueno y fiel... entra en el gozo de tu señor” (Mat. 25:21, 23).
Romanos 2:29 dice: “Es judío el que lo es en lo íntimo, y la circuncisión es la
del corazón, en espíritu y no en la letra. La alabanza del tal no proviene de
los hombres sino de Dios” (énfasis añadido). La fe verdadera, examinada y
probada, recibe alabanza de parte de Dios.
Fíjate en 1 Pedro 1:13, donde el apóstol escribe: “Por eso, con la mente
preparada para actuar y siendo sobrios, pongan su esperanza completamente
en la gracia que les es traída en la revelación de Jesucristo”. ¿Qué es esa
gracia? “Alabanza, gloria y honra”. En 4:13 dice: “Antes bien, gócense a
medida que participan de las aflicciones de Cristo, para que también en la
revelación de su gloria se gocen con regocijo”. Pablo dice: “Porque considero
que los padecimientos del tiempo presente no son dignos de comparar con la
gloria que pronto nos ha de ser revelada” (Rom. 8:18).
Algunas personas malinterpretan 1 Pedro 1:7 y piensan que afirma que
nuestra fe tiene que esperar hasta la segunda venida para manifestarse como
auténtica; “La prueba de su fe... sea hallada digna... en la revelación de
Jesucristo”, como si el resultado fuera incierto hasta ese día. Sin embargo, lo
que ese versículo dice en realidad es que nuestra fe, ya examinada y probada
como verdadera, está esperando su recompensa eterna. Aquí no hay
inseguridad, sino que, en realidad, es todo lo contrario: podemos estar
seguros del resultado final, porque Dios mismo nos está guardando por medio
de la fe hasta aquel día.
Somos motivados por el amor al Salvador
“A él lo aman sin haberlo visto. En él creen y, aunque no lo vean ahora,
creyendo en él se alegran con gozo inefable y glorioso” (v. 8). Esta es una
profunda declaración acerca del carácter de la fe auténtica. Estoy convencido
de no equivocarme al afirmar que los dos factores clave que garantizan
nuestra perseverancia, desde el punto de vista humano, son nuestro amor y
nuestra confianza en el Salvador. Pedro sabía esto mejor que nadie.
Luego de negar a Cristo, Pedro tuvo que encontrarse cara a cara con él y
enfrentar el cuestionamiento de su amor. Jesús le preguntó en tres ocasiones
si lo amaba, y eso lo entristeció profundamente (Juan 21:17), ya que por
supuesto amaba a Cristo, por eso regresó a él y fue restaurado: la fe de Pedro
fue purificada por medio de esta prueba. Aquí en 1 Pedro veo una hermosa
humildad cuando Pedro elogia a estos creyentes en sufrimiento y les dice: “A
él lo aman sin haberlo visto. En él creen, aunque no lo vean ahora”. Debía
estar recordando que cuando negó a Cristo se encontraba lo suficientemente
cerca como para que sus miradas se cruzaran (Luc. 22:60, 61). Seguramente
el dolor debido a su propio fracaso seguía siendo muy real en su corazón, aun
después de tantos años.
Una relación normal implica amor y confianza por alguien a quien
conocemos cara a cara, pero los cristianos aman a alguien a quien no pueden
ver, escuchar o tocar. Es un amor sobrenatural, otorgado por Dios: “Nosotros
amamos porque él nos amó primero” (1 Jn. 4:19).
Los cristianos que carezcan de este amor no existen. Pedro está diciendo
categóricamente que amar a Jesucristo es la esencia de lo que significa ser
cristiano (de hecho, no existiría una manera mejor para describir la expresión
esencial de la nueva naturaleza que decir que es un amor continuo por
Cristo). Recuerda que 1 Pedro 2:7 dice “De manera que para ustedes que
creen es de sumo valor”, y considera lo que Pablo dijo en el último versículo
de Efesios: “La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo
con amor incorruptible” (6:24). Romanos 8:28, uno de los pasajes más
conocidos de la Biblia, se refiere a los creyentes como “los que lo aman [a
Dios]”, pero Pablo hace su declaración más fuerte a este respecto en 1
Corintios 16:22: “Si alguno no ama al Señor, sea anatema”.
La teología de la negación del señorío ignora esta verdad crucial, por
consiguiente hoy en día a muchas personas a las que lamentablemente les
falta el amor por el Señor Jesucristo se les está transmitiendo una falsa
esperanza del cielo. Los verdaderos cristianos aman a Cristo porque su amor
por nosotros produce nuestro amor por él (1 Jn. 4:19), lo cual es una de las
garantías de que perseveraremos hasta el fin (Rom. 8:33-39). Jesús dijo “Si
me aman, guardarán mis mandamientos” (Juan 14:15) y “El que tiene mis
mandamientos y los guarda, él es quien me ama” (v. 21), pero en cambio “El
que no me ama no guarda mis palabras” (v. 24).
Los que se han consagrado a Cristo anhelan promover su gloria y servirle
con el corazón, el alma, la mente y sus fuerzas; se deleitan en su belleza y les
encanta hablar y leer acerca de él, además de tener comunión con él; desean
conocerlo mejor y con más profundidad porque sus corazones los impulsan a
querer ser como él. Quizás, como Pedro, tropiecen a menudo y caigan
patéticamente cuando la carne pecaminosa ataca sus deseos de santidad, pero
al igual que él, los verdaderos creyentes perseverarán hasta que la meta sea
finalmente alcanzada14: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha
manifestado lo que seremos. Pero sabemos que, cuando él sea manifestado,
seremos semejantes a él porque lo veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2).
Robert Leighton dijo lo siguiente en un excelente comentario sobre 1 Pedro
escrito en 1853:
Cree y amarás; cree mucho y amarás mucho; insiste en las fuertes y profundas
convicciones sobre las cosas gloriosas de las que nos habló Cristo, y eso decretará
más amor. Si los hombres realmente creyeran en su valor, de verdad lo amarían
conforme al mismo, porque la criatura razonable no puede evitar afectar a todo
aquello en lo que cree firmemente para que sea digno de sus afectos. ¡Oh, esta
traviesa incredulidad es lo que hace que el corazón se vuelva frío y muerto para
con Dios! Procura, entonces, creer en la excelencia de Cristo en sí mismo, en su
amor por nosotros y en nuestro interés en él, y esto encenderá un fuego tal en tu
corazón que lo hará ascender en un sacrificio de amor por él15.
Así pues, nuestro amor por Cristo es otro de los medios que Dios utiliza
para asegurar nuestra perseverancia y ese amor y la fe que lo acompañan son
una fuente de gozo inexpresable, lleno de gloria (1 Ped. 1:8).
Somos salvos por medio de una fe que obra
“Obteniendo así el fin de su fe: la salvación de su vida” (1:9): aquí Pedro
está hablando de una liberación presente. “Obteniendo” es un verbo en
presente de voz media que podría ser traducido literalmente como
“recibiendo en el presente para ustedes mismos”. Esta salvación presente es
“el fin” de nuestra fe, una fe que obra. En términos prácticos significa una
liberación en tiempo real del pecado, la culpa, la condenación, la ira, la
ignorancia, la angustia, la confusión, la desesperanza (todo lo que deshonra).
Pedro no se está refiriendo a la perfecta consumación de la salvación que
mencionó en el versículo 5.
La salvación presentada aquí en el versículo 9 es una salvación constante,
en tiempo presente. El pecado ya no tiene dominio sobre nosotros (Rom.
6:14), por eso no hay manera de que no logremos perseverar.
Claro que existirán momentos en que desfalleceremos porque no siempre
saldrá todo bien. De hecho, parecerá que algunas personas experimentan más
fracasos que éxitos, pero ningún creyente verdadero puede caer en una
incredulidad establecida ni en reprobación permanente. Permitir esa
posibilidad es una desastrosa malinterpretación del poder protector de Dios
en las vidas de sus escogidos.
Pedro inicia así su primera epístola y al final de la misma retoma el tema de
la perseverancia, escribiendo entonces: “Y cuando hayan padecido por un
poco de tiempo, el Dios de toda gracia, quien los ha llamado a su eterna
gloria en Cristo Jesús, él mismo los restaurará, los afirmará, los fortalecerá y
los establecerá” (5:10).
¿Puedes comprender la magnitud de esta promesa? El propio Dios restaura,
afirma, fortalece y establece a sus hijos. Aunque sus propósitos para el futuro
implican algo de dolor en el presente, no obstante él nos dará gracia para
soportar y perseverar. Aun cuando somos atacados personalmente por el
enemigo, estamos siendo perfeccionados personalmente por Dios (lo está
haciendo él mismo). Él cumplirá sus propósitos en nosotros, tras llevarnos a
la plenitud, asentarnos en tierra segura, hacernos fuertes y establecernos sobre
un fundamento firme: todos estos términos hablan de fortaleza, firmeza.
El problema de la cuantificación
Es inevitable que surja esta pregunta: ¿Con cuánta fidelidad debemos
perseverar? Charles Ryrie escribió:
Así que leemos una afirmación como esta: “Un momento de fracaso no invalida
las credenciales de un creyente”. Mi reacción inmediata ante ella es desear
preguntar si dos momentos sí lo harían. ¿Y una semana de deserción, o un mes, o
un año? ¿O dos? ¿Cómo tiene que ser de seria una falla y cuánto tiempo debe
durar antes de que debamos concluir que esa persona en realidad no era salva? La
enseñanza del señorío reconoce que “nadie va a obedecer perfectamente”, pero la
pregunta crucial es sencillamente cuán imperfectamente puede uno obedecer y aun
estar seguro de haber “creído”...
...Se nos ha dicho que un momento de deserción no significa una invalidación o
que “el verdadero creyente nunca se va a apartar completamente”. ¿Podría
apartarse casi completamente, o un noventa por ciento, o bien un cincuenta por
ciento y aun así estar seguro de que ha sido salvado?...
A decir verdad, toda esta relatividad me deja sumido en confusión e
incertidumbre. Toda deserción, especialmente si es continua, me haría sentir
inseguro de mi salvación; todo pecado serio o falta de disposición tendrán el
mismo resultado. Si llego a un cruce de caminos en mi experiencia cristiana donde
escojo el camino equivocado y sigo por él, ¿significa eso que en realidad nunca
estuve en el camino cristiano? ¿Por cuánto tiempo puedo andar sin fruto antes de
que aparezca un defensor del señorío para concluir que yo nunca fui realmente
salvo? (USTG, énfasis añadido).
Ryrie sugiere que si no podemos definir precisamente cuánto fracaso es
posible para un cristiano, la seguridad verdadera se vuelve imposible. Quiere
que los términos sean cuantificados: “¿Podría apartarse casi completamente,
o un noventa por ciento, o bien un cincuenta por ciento?”. Dicho de otra
manera, Ryrie está sugiriendo que las doctrinas de la perseverancia y la
seguridad son incompatibles y sorprendentemente, quiere una doctrina de la
seguridad que permita que los que se han apartado de Cristo se sientan
seguros de su salvación.
No hay respuestas cuantificables a las preguntas propuestas por Ryrie. Es
cierto que algunos cristianos persisten en pecado por extensos períodos de
tiempo, pero los que lo hacen pierden su derecho a la auténtica seguridad. “El
pecado serio o la falta de disposición” ciertamente deberían hacer que la
persona contemplara cuidadosamente la pregunta de si realmente ama al
Señor. Los que se apartan completamente (y no casi completamente, ni un
noventa o cincuenta por ciento) demuestran que nunca tuvieron fe verdadera.
La cuantificación también plantea un dilema para la enseñanza de la
negación del señorío. Zane Hodges habla de la fe como un “momento
histórico”. ¿Cuán breve ha de ser ese momento? Alguien que escuche un
debate entre un cristiano y un ateo podría creer por un instante cuando
escuche hablar al cristiano, pero ser inmediatamente empujado de regreso a la
duda o al agnosticismo por los argumentos del ateo. ¿Clasificaríamos a esa
persona como un creyente? Se podría sospechar que algunos de los
defensores de la negación del señorío responderían que sí, aunque esa
perspectiva va contra todo lo que la Palaba de Dios enseña acerca de la fe.
Jesús nunca cuantificó los términos de sus demandas, pues siempre las hizo
absolutas: “Así, pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todas las cosas
que posee, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:33); “El que ama a padre o a
madre más que a mí no es digno de mí, y el que ama a hijo o a hija más que a
mí no es digno de mí” (Mat. 10:37); “El que ama su vida la pierde; pero el
que odia su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).
Aunque estas condiciones son imposibles en términos humanos (Mat.
19:26)16, eso no altera ni mitiga la verdad del evangelio y desde luego
tampoco es excusa como para irse al otro extremo y deshacerse de toda
necesidad de un compromiso con Cristo.
Los comentarios de Ryrie expresan otro tema que vale la pena considerar,
la cuestión de si la enseñanza del señorío es inherentemente crítica: “¿Cuánto
tiempo puedo andar sin fruto antes de que aparezca un defensor del señorío
para concluir que yo nunca fui realmente salvo?”. Zane Hodges hace
comentarios similares: “La enseñanza del señorío se reserve el derecho de
despojar a los que profesan ser cristianos de su profesión de fe e
incorporarlos a las filas de los perdidos” (CL).
Está claro que ningún individuo puede juzgar el corazón de otro, pues una
cosa es desafiar a las personas a examinarse a sí mismas (2 Cor. 13:5) y otra
muy diferente que uno se coloque en la posición de ser el juez de otro
cristiano (Rom. 14:4, 13; Stg. 4:11).
Sin embargo, aunque los cristianos nunca deben ser críticos, el cuerpo de la
iglesia en conjunto tiene sin duda la responsabilidad de mantener la pureza
poniendo en evidencia a los que viven en pecado constante o abandono de la
fe y apartándolos de ella. Nuestro Señor dio instrucciones muy específicas
sobre cómo manejar la situación de un hermano creyente que caiga en tal
pecado: primero tenemos que tratar con él o ella privadamente (Mat. 18:15),
pero si se niega a escuchar entonces hay que “decirlo a la iglesia” (v. 17); si
el pecador persiste en su falta de arrepentimiento habrá que “[tenerlo] por
gentil y publicano” (v. 17). En otras palabras, se debe alcanzar con el
evangelio a esa persona para Cristo como si fuera completamente incrédula.
Este proceso de disciplina es la manera en que Cristo manifiesta su
gobierno sobre la iglesia. Después afirmó: “De cierto les digo que todo lo que
aten en la tierra habrá sido atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra
habrá sido desatado en el cielo. Otra vez les digo que, si dos de ustedes se
ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, les será
hecha por mi Padre que está en los cielos” (Mat. 18:18, 19). El contexto
muestra que nuestro Señor aquí no está hablando de “atar a Satanás” ni de la
oración en general, sino que se estaba refiriendo al asunto del pecado y el
perdón entre los cristianos (cf. v. 21ss.). Los tiempos verbales en el versículo
18 significan literalmente “cualquier cosa que aten en la tierra habrá sido
atada en los cielos; y cualquier cosa que desaten en la tierra habrá sido
desatada en el cielo”, así que nuestro Señor está diciendo que él mismo obra
personalmente en el proceso disciplinario: “Porque donde dos o tres están
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (v. 20).
De ahí que el proceso de disciplina en la iglesia, cuando se sigue
debidamente, responde todas las preguntas del doctor Ryrie. ¿Cuánto tiempo
puede una persona continuar en pecado antes de que “concluyamos que
nunca había sido realmente salva”? Durante todo el tiempo que dure el
proceso de la disciplina. Una vez que el asunto haya sido comunicado a la
iglesia, si la persona todavía se niega a arrepentirse, tenemos instrucciones
del propio Señor de considerar al pecador como “gentil o publicano”.
El proceso de disciplina en la iglesia que nuestro Señor explicó en Mateo
18 está basado en la doctrina de la perseverancia. Los pecadores reincidentes
solamente demuestran su falta de fe verdadera, pero los que responden a la
reprensión y regresan al Señor dan la mejor evidencia posible de que su
salvación es auténtica y pueden estar seguros de que si su fe es real
perseverarán hasta el fin, porque Dios mismo lo garantiza.
“Estando convencido de esto: que el que en ustedes comenzó la buena obra,
la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Fil. 1:6); “Por esta razón
padezco estas cosas, pero no me avergüenzo porque yo sé a quién he creído,
y estoy convencido de que él es poderoso para guardar mi depósito para aquel
día” (2 Tim. 1:12).
1. John Murray, La redención: consumada y aplicada (Grand Rapids, MI:
Libros Desafío, 2007), 147-148.
2. Anthony A. Hoekema, Saved by Grace (Grand Rapids, MI: Eerdmans,
1989), 234.
3. Zane Hodges, The Gospel Under Siege (Dallas: Redención Viva, 1981),
113. Publicado en español como El evangelio bajo sitio, trad. Thomas
Whitehouse (Dallas: Redención Viva, 1985).
4. Murray, La redención: consumada y aplicada, 147.
5. Irónicamente, Zane Hodges construye todo su sistema sobre las palabras de
Jesús a la mujer junto al pozo en Juan 4, pero descuida la verdad de la
perseverancia incluida en esta promesa.
6. Charles Horne, Salvation (Chicago: Moody, 1971), 95.
7. R. T. Kendall, Once Saved, Always Saved (Chicago: Moody, 1983), 19
(énfasis en el original). Más adelante, Kendall agrega: “Por tanto yo declaro
categóricamente que la persona que es salva (que confiesa que Jesús es el
Señor y cree en su corazón que Dios lo levantó de los muertos) irá al cielo
cuando muera, sin importar cuál sea la obra (o falta de ella) que acompañe tal
fe. En otras palabras, no importa qué pecado (o ausencia de obediencia
cristiana) pueda acompañar a tal fe” Ibíd., 52-53.
8. Ibíd., 22.
9. Ibíd., 23. La retórica similar de Hodges en cuanto a este mismo tema es
directamente ofensiva: “Las personas no son salvas por mirar a Cristo, sino
por mirarlo con fe” (CL).
10. Murray, La redención: consumada y aplicada, 149-151.
11. Richard Alderson, No Holiness, No Heaven! (Edinburgh: Banner ofTruth,
1986), 88.
12. Horne, Salvation, 95.
13. Hoekema, Saved by Grace, 244.
14. Aquí no pretendemos sugerir que todos los creyentes experimentarán el
mismo grado de éxito espiritual, solo que ninguno de ellos se apartará de
Cristo porque se rinda ante la incredulidad.
15. Robert Leighton, Commentary on First Peter (reimpr., Grand Rapids, MI:
Kregel, 1972), 55.
16. Ni siquiera aquellos que quieren hacer que estas declaraciones de Cristo
se apliquen a un paso de discipulado posterior a la conversión resuelven el
dilema de lo absolutas que son.
Capítulo 12
¿QUÉ DEBO HACER PARA SER
SALVO?
Si uno fuera a sugerir que llegaría el momento en que un grupo de cristianos
evangélicos discutiría la salvación sin el arrepentimiento, sin un cambio de
conducta o de estilo de vida, sin un auténtico reconocimiento del señorío y de la
autoridad de Cristo, sin perseverancia, sin discipulado, además de una salvación
que no resulta necesariamente en obediencia y obras y con una regeneración que
no le cambia necesariamente la vida a la persona, la mayoría de los creyentes de
hace varias décadas habrían considerado que sería absolutamente imposible. Pero
lo crea o no, ese momento ha llegado.
RICHARD P. BELCHER1
Q
¿ ué es el evangelio? Aquí nos ponemos prácticos. La pregunta que
estamos haciendo en realidad es “¿Cómo puedo evangelizar a mis amigos,
familiares y vecinos?”. Para los padres, una pregunta todavía más importante
es “¿Cómo tengo que presentar el evangelio a mis hijos?”.
El cristianismo del siglo XX ha tendido a abordar el tema del evangelio
desde una perspectiva minimalista, ya que, lamentablemente, el deseo
legítimo de expresar claramente el corazón del mismo ha dado lugar a una
empresa menos completa, a una campaña para destilar lo más esencial del
mensaje a fin de reducirlo a unos términos lo más breves posibles. El glorioso
evangelio de Cristo (al que Pablo llamó “poder de Dios para salvación a todo
aquel que cree”, Rom. 1:16) incluye toda la verdad acerca de Cristo, pero el
evangelicalismo estadounidense tiende a considerar el evangelio como un
“plan de salvación”, de ahí que haya reducido el mensaje a una lista de
hechos expresados en la menor cantidad posible de palabras (y estas van
siendo cada vez menos). Probablemente hayas visto estos “planes de
salvación” prediseñados: “Seis pasos para la paz con Dios”, “Cinco cosas que
Dios quiere que sepas”, “Cuatro leyes espirituales”, “Tres cosas sin las que
no puedes vivir”, “Dos problemas que debes resolver” o “Un camino al
cielo”.
Hoy en día a los cristianos muchas veces se les propone que no digan
demasiado a los perdidos, pues hay ciertos asuntos espirituales etiquetados
como tabúes al hablar con inconversos (la ley de Dios, el señorío de Cristo, el
rechazo al pecado, la consagración, la obediencia, el juicio y el infierno) que
no se mencionan, no sea que “añadamos algo a la oferta del don gratuito de
Dios”. Los propulsores del evangelismo de la negación del señorío han
llevado la tendencia del reduccionismo al último extremo, pues al aplicar
erróneamente la doctrina reformada de la sola fide (“solamente la fe”), hacen
que la fe sea el único tema aceptable al hablar con los no cristianos sobre su
deber ante Dios. La convierten así en algo desprovisto de todo significado
porque la despojan de todo excepto de sus aspectos conceptuales.
Algunos consideran que esto preserva la pureza del evangelio.
Sin embargo, lo que ha logrado en realidad es mutilar el mensaje de
salvación, además de llenar la iglesia de “convertidos” cuya fe es falsa y cuya
esperanza depende de una promesa fraudulenta: a pesar de repetir
aturdidamente que “reciben a Cristo como Salvador”, rechazan
descaradamente sus justas exigencias como Señor; aunque lo reconocen
superficialmente de labios para afuera, lo desprecian completamente en su
corazón (Mar. 7:6); lo confiesan informalmente con sus bocas, pero lo niegan
deliberadamente con sus acciones (Tito 1:16); aunque se dirigen a él
superficialmente como “Señor, Señor”, se niegan obstinadamente a hacer su
voluntad (Luc. 6:46). Tales personas encajan en la trágica descripción de los
“muchos” en Mateo 7 que un día escucharán sorprendidos cómo el Señor les
dice: “Nunca les he conocido. ¡Apártense de mí, obradores de maldad” (v.
23, énfasis añadido).
El evangelio no consiste principalmente en noticias sobre un “plan”, sino en
un llamado a confiar en una Persona. No es una fórmula que deba ser
prescrita a los pecadores como una serie de pasos ni un llamado a tomar una
mera decisión intelectual, sino el sometimiento de corazón, mente y voluntad
(la persona completa) a Cristo. Tampoco es un mensaje que pueda ser
encapsulado, condensado y reducido a fin de ser ofrecido entonces como un
remedio genérico para todo tipo de pecador: los pecadores ignorantes
necesitan ser instruidos acerca de quién es Jesucristo y por qué él tiene el
derecho de exigir obediencia; los pecadores que se creen justos necesitan que
sus pecados queden expuestos por las exigencias de la ley de Dios; los
pecadores temerosos necesitan escuchar que Dios en su misericordia ha
provisto un camino hacia la liberación. Todos los pecadores deben
comprender la sublime santidad de Dios y las verdades básicas de la muerte
sacrificial de Cristo y del triunfo de su resurrección, además de necesitar ser
confrontados con la exigencia divina de abandonar su pecado para aferrarse a
Cristo como Señor y Salvador.
La forma del mensaje diferirá en cada caso, pero el contenido siempre
deberá comunicar la realidad de la santidad de Dios y la desesperada
condición del pecador, para entonces dirigir a los pecadores a Cristo como
Señor soberano pero misericordioso que ha pagado por la completa redención
de todos los que se encomiendan a él en fe.
El evangelicalismo del siglo XX parece obsesionado con la idea de que a
los que no son salvos nunca se les debe comunicar otro deber que no sea el
creer. Lewis Sperry Chafer, por ejemplo, sugirió que “en toda predicación
propiamente evangelística, se evite lo más posible el hacer referencia a la
conducta que han de observar los ya regenerados”2, además de afirmar que
decirles a los pecadores que deben “arrepentirse y creer”, “creer y confesar a
Cristo”, “creer y bautizarse”, “creer y someterse a Dios” o “creer y confesar
los pecados” hacía que el evangelismo fuera defectuoso3. ¡Pero en la Biblia
se usan todas esas expresiones! El propio Jesús predicó: “¡Arrepiéntanse y
crean en el evangelio!” (Mar. 1:15); Pablo escribió “que si confiesas con tu
boca que Jesús es el Señor y si crees en tu corazón que Dios lo levantó de
entre los muertos, serás salvo” (Rom. 10:9); en Pentecostés
Pedro predicó “Arrepiéntanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el
nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del
Espíritu Santo” (Hech. 2:38); Juan escribió que “El que desobedece al Hijo
no verá la vida sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Juan 3:36); el
escritor de Hebreos dijo que Cristo “llegó a ser Autor de eterna salvación
para todos los que le obedecen” (Heb. 5:9); Santiago escribió “Sométanse,
pues, a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes. Acérquense a Dios, y
él se acercará a ustedes. Limpien sus manos, pecadores y purifiquen su
corazón, ustedes de doble ánimo” (Stg. 4:7, 8, énfasis añadido). ¡Jesús
respondió predicándole la ley y el señorío al hombre que le preguntó qué
podía hacer para tener la vida eterna! (Mat. 19:16-22).
¿Tenemos que creer que las Escrituras inspiradas están compuestas por una
teología mal redactada?
Estoy de acuerdo en que la terminología es importante, por eso no nos
atrevemos a confundir el mensaje del evangelio ni a añadir algo a los
términos bíblicos para la salvación, pero debería ser obvio que Jesús y los
Apóstoles no se quejaron de la fraseología de las invitaciones evangelísticas
de la misma manera que muchos cristianos hoy en día lo hacen.
Tampoco evitaron mencionar la ley de Dios, sino todo lo contrario:
¡comenzaron por la ley! (cf. Rom. 1:16-3:20). La ley revela nuestro pecado
(Rom. 3:20) y es un tutor que nos conduce a Cristo (Gál 3:24), además de ser
el medio utilizado por Dios para que los pecadores vean su propio
desamparo. Es evidente que, al entender de Pablo, había un lugar clave para
la ley en los contextos evangelísticos, pero hoy en día muchos creen que la
ley, con sus inflexibles exigencias de santidad y obediencia, es contraria al
evangelio e incompatible con este.
¿Por qué deberíamos hacer tales diferenciaciones donde la Biblia no las
hace? Si las Escrituras nos advirtieran contra predicar el arrepentimiento, la
obediencia, la justicia o el juicio a los no creyentes, todo sería diferente, pero
la Biblia no contiene tales advertencias sino todo lo contrario: si queremos
seguir el modelo bíblico no podemos ignorar estos temas. “Pecado, justicia y
juicio” son justamente los asuntos de los que el Espíritu Santo convence a los
que no han sido salvos (Juan 16:8) ¿Podemos nosotros omitirlos del mensaje
y que aun así siga siendo el evangelio? El evangelismo apostólico concluía
inevitablemente con un llamado al arrepentimiento (Hech. 2:38; 3:19; 17:30;
26:20). ¿Podemos decir a los pecadores que no hace falta que renuncien a su
pecado y llamar a eso “evangelismo”? Pablo ministró a los no creyentes
proclamando “que se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras
dignas de arrepentimiento” (Hech. 26:20). ¿Podemos reducir el mensaje a un
simple “recibir a Cristo” y seguir creyendo que estamos ministrando
bíblicamente?
Es más, en todas las oportunidades en que Jesús y los Apóstoles
evangelizaron (ya fuera ministrando de manera individual o bien a grupos
grandes) no existen dos incidentes en los que presentaran el mensaje con la
misma exacta terminología. Sabían que la salvación es una obra soberana de
Dios y que el papel de ellos consistía en predicar la verdad, la cual Dios
mismo aplicaría individualmente en el corazón de sus escogidos.
El nuevo nacimiento es una obra soberana del Espíritu Santo: “Lo que ha
nacido de la carne, carne es; y lo que ha nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan
3:6), por eso él elige soberanamente dónde, cómo y en quién hará la obra: “El
viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido pero no sabes ni de dónde
viene ni a dónde va. Así es todo aquel que ha nacido del Espíritu” (Juan 3:8).
La proclamación clara de la verdad es el medio por el que obra el Espíritu,
no una metodología creativa o el carisma humano (1 Cor. 1:21; 2:1-5).
El decisionismo y el credulismo fácil
Existen dos falacias que contaminan gran parte de lo que se considera como
evangelismo en el cristianismo contemporáneo: el decisionismo y el
credulismo fácil. El decisionismo es la idea de que se puede obtener la
salvación eterna a partir de un gesto del propio pecador hacia Cristo. La
“decisión por Cristo” suele ponerse de manifiesto por medio de algún acto
físico o verbal (una mano alzada, un paso al frente, la repetición de una
oración, una firma en una tarjeta, el recitado de una promesa o algo parecido),
de modo que, si el pecador realiza la actividad prescrita, por lo general es
declarado salvo y se le instruye a reclamar su seguridad. El “momento de la
decisión” se transforma en la base para la seguridad de la persona.
El decisionismo se utiliza a menudo cuando se evangeliza entre niños: se
pide a jóvenes en grandes grupos que levanten la mano, que se pongan de pie,
que pasen al frente, que inviten a Jesús a entrar en sus corazones o cosas por
el estilo, todo lo cual se supone que indica una respuesta positiva al
evangelio. Sin embargo, como los niños son tan susceptibles a la sugestión y
tan sensibles a la presión de grupo, y además desean con tanta intensidad
ganarse la aprobación de sus líderes, es bastante fácil que un grupo grande de
ellos profese fe en Cristo cuando se utilizan dichos medios, aun si no han sido
en nada conscientes del mensaje. Lamentablemente muchas personas van por
la vida sin que les importe en nada Cristo, a pesar de que creen ser cristianos
porque respondieron con una “decisión” infantil. Su esperanza del cielo
depende solamente del recuerdo de aquel acontecimiento, pero me temo que
en muchos casos se trata de una esperanza vana y condenatoria.
He aquí una técnica familiar para aconsejar a quienes no estén seguros de
su salvación: “Decídete por Cristo aquí y ahora, anota la fecha, entonces ve y
clava una estaca en el jardín de tu casa y escribe en ella esa fecha. Cada vez
que dudes de tu salvación, sal fuera y busca la estaca, que será un
recordatorio de la decisión que tomaste”. Pero eso equivaldría a decirle a la
gente que debe tener fe en su propia decisión. El doctor Chafer incluso se
atrevió a aconsejar a las personas que tuvieran problemas con su falta de
seguridad:
El único remedio eficaz para la incertidumbre es ponerle fin con la certidumbre.
Que el pecador que carece de la seguridad de la salvación considere su propio
estado pecaminoso y su falta de mérito a la luz que emana de la cruz de Cristo y
descubra, como es menester hacerlo, que no hay esperanza en sí mismo y eche
mano, de una vez por todas, de las provisiones de la gracia divina para toda alma
condenada por su pecado. Si fuere necesario, apúntese el día y la hora exacta de
dicha decisión, y luego confíese en la decisión hecha de tal manera que se pueda
dar gracias a Dios por su gracia salvadora y su fidelidad; y después de esto en cada
pensamiento, palabra y hecho, considérese la decisión como verdadera y final4.
Lo irónico es que Chafer denuncia al mismo tiempo las tendencias dentro
del evangelismo masivo que estaban basadas en las mismas presuposiciones
decisionistas reflejadas en ese párrafo. En otro libro criticó a los evangelistas
de su tiempo por requerir que los convertidos “pasaran al frente”
públicamente como un acto externo para recibir a Cristo (“tales actos, si se
insiste en ellos, deben ser presentados de tal manera que ningún individuo
pudiese pensar que estos forman parte de la única condición para la
salvación”5), pues creía que tales métodos podían conducir a una falsa
seguridad: “La base de la seguridad de todos esos convertidos es haber hecho
algo que el orador les mandó”6. Ese es precisamente el problema con el
“decisionismo”, que ofrece una falsa esperanza basada en una premisa
equivocada, dado que la salvación no puede ser obtenida por seguir un plan
prescrito de acción externa: “Porque por gracia son salvos por medio de la fe;
y esto no de ustedes pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se
gloríe” (Efe. 2:8, 9).
El decisionismo y la doctrina de la negación del señorío no siempre van de
la mano, pues, de hecho, casi todos los defensores más agresivos de la
enseñanza moderna de la negación del señorío reconocen la falacia del
“decisionismo” manifiesto y reconocerían como nosotros que nadie es salvo
por levantar la mano, pasar al frente, hacer una oración o cualquier otro acto
físico.
La mayoría, sin embargo, cree que la fe salvadora depende de la iniciativa
humana. En su sistema la fe comienza con una respuesta humana, no con la
obra de Dios en el creyente, de ahí que deban limitar su definición de fe a fin
de lograr que el creer se convierta en algo que los corruptos pecadores sean
capaces de hacer. En esto consiste el credulismo fácil.
Aun aquellos que están dispuestos a aceptar que la fe es un don de Dios
caen algunas veces en el credulismo fácil. El doctor Chafer, por ejemplo,
parece confundido a estas alturas, pues por una parte condenó rotundamente a
quienes dicen que los pecadores deben “creer y someterse”, ya que según él
eso supone una exigencia excesiva para los pecadores. ¿Cómo van a poder
los no creyentes rendirse ante Dios si están muertos en sus delitos y pecados?
“Imponer la necesidad de dedicar a Dios la vida, como una condición más
para salvarse, es una de las mayores sinrazones”, escribió7.
Por otra parte, Chafer evidentemente se dio cuenta de que si los que no son
salvos están muertos en delitos y pecados, no pueden siquiera creer sin la
iniciativa de Dios. Es extraño que hiciera esta observación en el mismo
párrafo que la cita anterior: “La fe salvífica no es patrimonio de todos los
hombres, sino un don específico de Dios a los que creen (Efe. 2:8)”8. Chafer
estaba en lo cierto al notar que solamente Dios puede provocar la fe en un
corazón incrédulo, pero por alguna razón no podía aceptar la idea de que la fe
que él imparte viniera con una actitud intrínseca de sometimiento y abandono
de uno mismo, así que la definió en términos que no suponen desafío alguno
para la depravación humana.
En el fondo el credulismo fácil es una malinterpretación de la profundidad
de la pecaminosidad humana. Si los pecadores impíos, depravados y
espiritualmente muertos son capaces de creer por su propia iniciativa,
entonces la fe debe ser algo carente de exigencias morales o espirituales, de
ahí que la teología de la negación del señorío haya desmitificado el acto de
creer y hecho de la fe un ejercicio ajeno a la moral. Eso es el credulismo fácil.
La lógica del credulismo fácil está expresada de manera muy clara en un
recorte de periódico que recibí de un oyente radial. Un pastor escribió lo
siguiente en una columna que había publicado criticando mi oposición a esa
doctrina: “Creo que Dios quiso que el acto de la salvación fuera fácil... Dios
nos facilitó que lo recibiéramos porque sabía que en nuestro estado de
pecaminosidad la única manera en que podríamos ser salvos era si resultaba
así de fácil’9.
Esa teología, no obstante, es incorrecta y antibíblica, porque creer no es
fácil10 ni tampoco difícil11, sino que es imposible en términos humanos, algo
que el propio Jesús reconoció (Mat. 19:26): nadie puede venir a Cristo a
menos que le sea dado por el Padre (Juan 6:65); los que no han sido
regenerados no aceptan las cosas que son del Espíritu de Dios porque para
ellos las cosas espirituales son locura, no pueden ni empezar a comprenderlas
y mucho menos creerlas (1 Cor. 2:14); solamente Dios puede abrir el corazón
y encender la fe (cf. Hech. 13:48; 16:14; 18:27).
La fe que Dios otorga tiembla ante él (Luc. 18:13), pues es una fe que
provoca la obediencia de corazón y hace del pecador un esclavo de la justicia
(Rom. 6:17, 18), ya que obra por medio del amor (Gál. 5:6). No tiene nada
que ver con la fe estéril del credulismo fácil.
¿Cómo puedo hacer un llamado a la fe?
Existen muchos libros útiles sobre cómo dar testimonio con consejos
prácticos e instrucciones12, pero en este breve capítulo quiero concentrarme
en algunos temas vitales relativos al contenido del mensaje que hemos sido
llamados a compartir con los no creyentes. ¿Cuáles son los puntos específicos
que deben quedar claros si queremos articular el evangelio de la manera más
precisa posible?
Enséñales acerca de la santidad de Dios
“El principio de la sabiduría es el temor del SEÑOR” (Sal. 111:10; cf. Job
28:28; Prov. 1:7; 9:10; 15:33; Miq. 6:9), algo que la teología de la negación
del señorío no logra entender en absoluto. En realidad, gran parte del
evangelismo contemporáneo se dedica a promover cualquier cosa menos el
temor de Dios. “Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida” suele
ser el rompehielos en las invitaciones evangelísticas actuales, pero la teología
de la negación del señorío va incluso más allá: Dios te ama y te salvará del
infierno sin importar de quién sea el plan que elijas para tu vida.
El remedio para tales ideas es la verdad bíblica sobre la santidad de Dios.
Dios es absolutamente santo, y por tanto su ley demanda perfecta santidad:
“Porque yo soy el SEÑOR su Dios, ustedes se santificarán; y serán santos,
porque yo soy santo... Serán santos, porque yo soy santo” (Lev. 11:44, 45);
“No podrán servir al SEÑOR, porque él es un Dios santo y un Dios celoso. Él
no soportará sus rebeliones ni sus pecados” (Jos. 24:19); “No hay santo como
el SEÑOR, porque no hay ninguno aparte de ti; no hay roca como nuestro
Dios” (1 Sam. 2:2); “¿Quién podrá estar delante del SEÑOR, este Dios
santo? ¿Y a quién irá desde nosotros?” (6:20).
Aun el evangelio exige esta santidad: “Porque escrito está: Sean santos
porque yo soy santo” (1 Ped. 1:16); “Sin [santidad] nadie verá al Señor”
(Heb. 12:14).
Dios aborrece el pecado porque él es santo: “Yo soy el SEÑOR tu Dios,
un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la
tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen” (Éxo. 20:5).
Los pecadores no pueden estar de pie ante él: “Por tanto, no se levantarán
los impíos en el juicio ni los pecadores en la congregación de los justos” (Sal.
1:5).
Muéstrales su pecado
“Evangelio” significa “buenas noticias”, pero lo que hace que sean noticias
verdaderamente buenas no es que el cielo sea gratuito, sino que el pecado ha
sido conquistado por el Hijo de Dios. Lamentablemente, se ha puesto de
moda presentar el evangelio como algo diferente al remedio contra el pecado:
la “salvación” se ofrece como una escapatoria del castigo, el plan de Dios
para una vida maravillosa, un medio para la plena satisfacción, una respuesta
a los problemas de la vida y una promesa de perdón gratuito. Todas esas
cosas son ciertas, pero son subproductos de la redención, no el beneficio
principal. Cuando el pecado no es encarado, las promesas de bendiciones
divinas como estas abaratan el mensaje.
Algunos de los maestros de la negación del señorío incluso se atreven a
decir que el pecado no es un problema a considerar en la invitación del
evangelio. El pecado, según ellos, es algo que se debe tratar después de la
salvación; otros creen que confrontar a los pecadores con su pecado es
opcional. El editor de una de las publicaciones dedicadas a la negación del
señorío respondió así a la pregunta de uno de sus lectores: “No, no creo que
se deba reconocer que se es pecador para ser salvo. La palabra clave es deber.
Es concebible que una persona pueda ignorar el hecho de que es pecador y
sin embargo saber que va camino al infierno y que solo puede ser salvado
confiando en Cristo. Algunos niños pequeños se encuentran dentro de esta
categoría”13.
No hizo ningún intento de explicar cómo pueden saber que van camino al
infierno las personas que no comprenden su propia pecaminosidad, pero uno
se pregunta qué tipo de salvación hay disponible para quienes ni siquiera
reconocen sus pecados. ¿No dijo Jesús “Los sanos no tienen necesidad de
médico sino los que están enfermos. No he venido para llamar a justos sino a
pecadores” (Mar. 2:17)? Ofrecer salvación a alguien que ni siquiera
comprende la gravedad del pecado es cumplir con Jeremías 6:14: “Y curan
con superficialidad el quebranto de mi pueblo, diciendo: ‘Paz, paz’. ¡Pero no
hay paz!”.
El pecado es lo que hace que la verdadera paz sea imposible para los
pecadores: “Pero los impíos son como el mar agitado que no puede estar
quieto y cuyas aguas arrojan cieno y lodo. ‘¡No hay paz para los malos!’, dice
mi Dios” (Isa. 57:20, 21).
Todos han pecado:
No hay justo ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios.
Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no
hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Hay
veneno de serpiente debajo de sus labios; su boca está llena de maldiciones y
amargura. Sus pies son veloces para derramar sangre; hay ruina y miseria en sus
caminos. No conocieron el camino de paz; no hay temor de Dios delante de sus
ojos.
ROMANOS 3:10-18
El pecado hace que el pecador merezca la muerte: “El pecado, una vez
llevado a cabo, engendra la muerte” (Stg. 1:15); “Porque la paga del pecado
es muerte” (Rom. 6:23).
Los pecadores no pueden hacer nada para ganarse la salvación: “Todos
nosotros somos como cosa impura, y todas nuestras obras justas son como
trapo de inmundicia. Todos nosotros nos hemos marchitado como hojas, y
nuestras iniquidades nos han llevado como el viento” (Isa. 64:6); “Porque por
las obras de la ley nadie será justificado delante de él” (Rom. 3:20); “Ningún
hombre es justificado por las obras de la ley. por las obras de la ley nadie será
justificado” (Gál. 2:16).
Los pecadores, por tanto, están en un estado de desamparo: “Está
establecido que los hombres mueran una sola vez, y después el juicio” (Heb.
9:27); “Porque no hay nada encubierto que no haya de ser revelado, ni oculto
que no haya de ser conocido” (Luc. 12:2); “Dios [juzgará] los secretos de los
hombres por medio de Cristo Jesús” (Rom. 2:16); “Pero, para los cobardes e
incrédulos, para los abominables y homicidas, para los fornicarios y
hechiceros, para los idólatras y todos los mentirosos, su herencia será el lago
que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apoc. 21:8).
Instrúyelos acerca de Cristo y de lo que él ha hecho
El evangelio es la buena nueva sobre quién es Cristo y lo que ha hecho por
los pecadores. La doctrina de la negación del señorío tiende a enfatizar su
obra y a quitarle importancia a su persona, en particular al aspecto de su
autoridad divina, pero la Biblia nunca presenta a Jesús como alguien menos
que Señor en la salvación. El concepto de que su señorío es algo añadido al
evangelio es absolutamente desconocido para las Escrituras.
El es Dios eternamente: “En el principio era la Palabra, y la Palabra era con
Dios, y la Palabra era Dios. Ella era en el principio con Dios. Todas las cosas
fueron hechas por medio de ella, y sin ella no fue hecho nada de lo que ha
sido hecho. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y
contemplamos su gloria, como la gloria del unigénito del Padre lleno de
gracia y de verdad” (Juan 1:1-3, 14); “Porque en él habita corporalmente toda
la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9).
El es el Señor de todo: “Él es Señor de señores y Rey de reyes, y los que
están con él son llamados y elegidos y fieles” (Apoc. 17:14); “Por lo cual,
también Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que es sobre todo
nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están
en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese para
gloria de Dios Padre que Jesucristo es Señor” (Fil 2:9-11); “Él es el Señor de
todos” (Hech. 10:36).
Se hizo hombre: “Existiendo en forma de Dios, él no consideró el ser igual
a Dios como algo a que aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando
forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Fil. 2:6, 7).
Es absolutamente puro y sin pecado: “Él fue tentado en todo igual que
nosotros pero sin pecado” (Heb. 4:15); “Él no cometió pecado, ni fue hallado
engaño en su boca. Cuando lo maldecían, él no respondía con maldición.
Cuando padecía, no amenazaba sino que se encomendaba al que juzga con
justicia” (1 Ped. 2:22, 23); “Y ustedes saben que él fue manifestado para
quitar los pecados y que en él no hay pecado” (1 Jn. 3:5).
El que no tenía pecado se transformó en un sacrificio por nuestro pecado:
“Al que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que
nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21); Él “se dio a sí
mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí
mismo un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).
Derramó su propia sangre como expiación por el pecado: “En él tenemos
redención por medio de su sangre, el perdón de nuestras transgresiones,
según las riquezas de su gracia que hizo sobreabundar para con nosotros”
(Efe. 1:7, 8); “Nos ama y nos libró de nuestros pecados con su sangre”
(Apoc. 1:5).
Murió en la cruz para proveer un camino para la salvación de los
pecadores: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero a
fin de que nosotros, habiendo muerto para los pecados, vivamos para la
justicia. Por sus heridas ustedes han sido sanados” (1 Ped. 2:24); “Por medio
de él, reconciliar consigo mismo todas las cosas, tanto sobre la tierra como en
los cielos, habiendo hecho la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:20).
Se levantó triunfante de entre los muertos: Cristo “fue declarado Hijo de
Dios con poder según el Espíritu de santidad por su resurrección de entre los
muertos” (Rom. 1:4). “[Él] fue entregado por causa de nuestras
transgresiones y resucitado para nuestra justificación” (4:25). “Porque en
primer lugar les he enseñado lo que también recibí: que Cristo murió por
nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó
al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3, 4).
Diles lo que Dios exige de ellos
El requisito es la fe arrepentida, que no consiste en una mera “decisión” de
confiar en Cristo para recibir vida eterna, sino en renunciar por completo a
todo aquello en lo que confiamos y en encomendarse a Jesucristo como Señor
y Salvador.
Arrepiéntete: “Arrepiéntanse y vuelvan de todas sus transgresiones” (Eze.
18:30), “yo no quiero la muerte del que muere, dice el SEÑOR Dios.
¡Arrepiéntanse y vivan!” (v. 32); “[Dios] en este tiempo manda a todos los
hombres, en todos los lugares, que se arrepientan” (Hech. 17:30), “Que se
arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras dignas de
arrepentimiento” (26:20).
Abandona de corazón todo lo que sabes que deshonra a Dios:
“[Conviértanse] de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero” (1
Tes. 1:9).
Sigue a Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día y sígame” (Luc. 9:23), “Ninguno que ha puesto su
mano en el arado y sigue mirando atrás es apto para el reino de Dios” (v. 62);
“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estoy allí también estará mi
servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará” (Juan 12:26).
Confía en él como tu Señor y Salvador: “Cree en el Señor Jesús y serás
salvo” (Hech. 16:31); “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y si
crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo”
(Rom. 10:9).
Aconséjales que consideren cuidadosamente el costo
La salvación es absolutamente gratuita, al igual que enlistarse en el ejército:
no necesitas costearte la entrada porque te será provisto todo lo que te haga
falta. Sin embargo, hay un sentido en el que seguir a Cristo (como unirse al
ejército) te va a salir muy caro, ya que podría costarte la libertad, la familia,
los amigos, la autonomía y posiblemente aun la vida. El trabajo del
evangelista (como la del reclutador del ejército) consiste en informar a los
candidatos de todos los detalles. Esa es la razón por la que el mensaje de
Jesús muchas veces estaba lleno de elevadas exigencias:
Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos,
hermanas y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y cualquiera que no
toma su propia cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque ¿cuál
de ustedes, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos,
a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después de haber puesto
los cimientos, y al no poderla terminar, todos los que la vean comiencen a burlarse
de él diciendo: ‘Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar’. ¿O qué rey,
que sale a hacer guerra contra otro rey, no se sienta primero y consulta si puede
salir con diez mil al encuentro del que viene con veinte mil? De otra manera,
cuando el otro rey está todavía lejos, le envía una embajada y pide condiciones de
paz. Así, pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todas las cosas que posee,
no puede ser mi discípulo.
LUCAS 14:26-33
No piensen que he venido para traer paz a la tierra. No he venido para traer paz,
sino espada. Porque yo he venido para poner en disensión al hombre contra su
padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos de
un hombre serán los de su propia casa. El que ama a padre o a madre más que a mí
no es digno de mí, y el que ama a hijo o a hija más que a mí no es digno de mí. El
que no toma su cruz y sigue en pos de mí no es digno de mí.
MATEO 10:34-38
El enigma de la gratuidad-costo y de la muerte-vida es expresado con la
mayor claridad posible en Juan 12:24, 25: “De cierto, de cierto les digo que a
menos que el grano de trigo caiga en la tierra y muera, queda solo, pero si
muere lleva mucho fruto. El que ama su vida la pierde; pero el que odia su
vida en este mundo, para vida eterna la guardará”.
La cruz es fundamental para el evangelio, precisamente a causa de su
mensaje gráfico, el cual incluye la magnitud del pecado, la profundidad de la
ira de Dios contra este y la eficacia de la obra de Jesús al crucificar al viejo
hombre (Rom. 6:6). A. W. Tozer escribió:
La cruz de Cristo es lo más revolucionario que haya aparecido entre los hombres.
La cruz de los antiguos tiempos romanos no conocía ningún compromiso; nunca
había concesiones. Ganaba todos sus argumentos matando a su contrincante y
silenciándolo para siempre. No perdonó a Cristo, sino que lo mató al igual que a
todos los demás. Jesús estaba vivo cuando Le colgaron en la cruz y
completamente muerto cuando Le bajaron seis horas más tarde. Esa fue la primera
vez que la cruz apareció en la historia Cristiana.
La cruz efectúa sus propósitos y logra sus fines destruyendo el modelo
establecido, el de la víctima, y creando otro modelo, el suyo propio. Por eso
siempre sale con la suya. Gana derrotando a sus opositores y contrincantes, e
imponiendo su voluntad sobre ellos. Siempre domina. Nunca hace compromisos,
nunca regatea ni da lugar a componendas, ni concede un argumento o punto para
salvar la paz. A la cruz no le interesa ni preocupa la paz; únicamente le interesa
terminar la oposición a la brevedad posible.
Con conocimiento perfecto de todo esto, Cristo dijo: “Si alguno quiere venir en
pos de Mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). Por esta
razón, la cruz no sólo le puso fin a la vida de Cristo, sino que termina con la vida
vieja de cada uno de Sus verdaderos seguidores. La cruz destruye el antiguo
modelo, el modelo de Adán, en la vida del creyente, y lo trae a su fin. Entonces el
Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos resucita al creyente y comienza
una vida nueva.
Esto, y nada menos, es el verdadero Cristianismo...
Es preciso que hagamos algo con respecto a la cruz, y solamente podemos hacer
una de estas dos cosas: huir de la cruz, o morir sobre ella14.
“Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida
por causa de mí y del evangelio la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre
ganar el mundo entero y perder su vida? Porque, ¿qué dará el hombre en
rescate por su vida?” (Mar. 8:35-37).
Ínstalos a confiar en Cristo
“Conociendo, entonces, el temor del Señor, persuadimos a los hombres;
pues a Dios le es manifiesto lo que somos, y espero que también lo sea a sus
conciencias” (2 Cor. 5:11), “Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo
consigo mismo, no tomándoles en cuenta sus transgresiones y
encomendándonos a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos
embajadores en nombre de Cristo; y como Dios los exhorta por medio
nuestro, les rogamos en nombre de Cristo: ¡Reconcíliense con Dios!” (v. 19,
20); “¡Busquen al SEÑOR mientras puede ser hallado! ¡Llámenlo en tanto
que está cercano! Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus
pensamientos. Vuélvase al SEÑOR, quien tendrá de él misericordia; y a
nuestro Dios, quien será amplio en perdonar” (Isa. 55:6, 7); “Si confiesas con
tu boca que Jesús es el Señor y si crees en tu corazón que Dios lo levantó de
entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y
con la boca se hace confesión para salvación” (Rom. 10:9, 10).
¿Dónde encajan las buenas obras?
En ninguna parte del Antiguo ni del Nuevo Testamento encontramos una
invitación a que los pecadores crean ahora y obedezcan después: el llamado a
confiar y obedecer se resume en uno solo. La palabra obedecer algunas veces
es utilizada incluso para describir la experiencia de la conversión: “Llegó a
ser Autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Heb. 5:9).
¿A alguien se le ocurre que sea posible creer, profundizar realmente en
todo lo que hizo Jesús al sufrir y morir por el pecado, aceptar la oferta del
perdón de su mano para después alejarse sin exaltarlo con la vida entera y
aun llegar a despreciarlo, rechazarlo y no creerle exactamente como aquellos
que lo entregaron a muerte? Esta clase de teología es grotesca.
Lo cierto es que nuestro sometimiento a Cristo nunca es tan puro como el
momento en el que nacemos de nuevo. En ese sagrado instante estamos
totalmente bajo el soberano control del Espíritu Santo, unidos a Cristo y
recibiendo un nuevo corazón. Entonces, más que nunca, la obediencia no es
negociable, y ningún auténtico convertido desearía que así fuera (cf. Rom.
6:17).
La conversión del apóstol Pablo aporta la ilustración arquetípica, pues en su
conversión queda claro que lo importante era el señorío de Cristo. ¿Cuáles
fueron sus primeras palabras como creyente? “¿Qué haré, Señor?” (Hech.
22:10). Años más tarde, Pablo escribió sobre todo a lo que renunció en el
camino a Damasco:
Aunque yo tengo de qué confiar también en la carne. Si alguno cree tener de qué
confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la
tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto al
celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprensible. Pero
las cosas que para mí eran ganancia las he considerado pérdida a causa de
Cristo. Y aún más: Considero como pérdida todas las cosas, en comparación con
lo incomparable que es conocer a Cristo Jesús mi Señor. Por su causa lo he
perdido todo y lo tengo por basura a fin de ganar a Cristo y ser hallado en él; sin
pretender una justicia mía, derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo; la
justicia que proviene de Dios por la fe.
FILIPENSES 3:4-9 (ÉNFASIS AÑADIDO)
¿Podemos mirar honestamente la conversión, la vida y el ministerio de
Pablo y creer que alguna vez hubiera aceptado un evangelio que enseñara que
las personas podían ser salvadas sin someterse a la autoridad de Cristo?
La salvación de señorío muchas veces es caricaturizada como si enseñara a
las personas que deben cambiar sus vidas para poder ser salvas15, pero ningún
partidario que yo conozca de esa teología ha enseñado jamás tal cosa; no hay
en ninguna parte ni un solo maestro legítimo de la doctrina del señorío que le
enseñaría a un no creyente que necesita “‘demostrar’ que califica para la
salvación”16. Como hemos visto una y otra vez en nuestro estudio, las obras
meritorias no tienen lugar en la salvación.
Las obras de la fe, sin embargo, tienen mucho que ver con la razón por la
que somos salvados, pues el propósito de Dios al escogernos es “redimirnos
de toda iniquidad y purificar para sí mismo un pueblo propio, celoso de
buenas obras” (Tito 2:14, énfasis añadido). Este es el propósito de Dios
desde la eternidad: “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús
para hacer las buenas obras que Dios preparó de antemano para que
anduviésemos en ellas” (Efe. 2:10, énfasis añadido).
El primer mandato para todo cristiano es el bautismo, el cual, según ya he
mencionado, era a veces incluido por los Apóstoles en su llamado a la fe
(Hech. 2:38; cf. Mar. 16:16). El bautismo no es una condición para la
salvación, sino un paso inicial de obediencia para el cristiano. La conversión
está completa antes de que el bautismo tenga lugar y este es solamente una
señal externa que da testimonio de lo que ha ocurrido en el corazón del
pecador. El bautismo es un ritual, precisamente el tipo de “obra” que Pablo
declara que no puede ser meritoria (cf. Rom. 4:10, 11)17.
No obstante, uno difícilmente puede leer el Nuevo Testamento sin notar el
intenso énfasis que la iglesia primitiva hacía en el bautismo. Ellos
simplemente asumían que todo creyente verdadero se embarcaría en una vida
de obediencia y discipulado porque eso no era negociable, de modo que para
ellos el bautismo era un punto de inflexión. Solo aquellos que eran bautizados
eran considerados cristianos, por eso el eunuco etíope estaba tan ansioso por
ser bautizado (Hech. 8:36-39).
Lamentablemente la iglesia de nuestros tiempos le da menos importancia al
bautismo y no resulta extraño conocer a personas que han sido cristianos
profesos por años pero que nunca han sido bautizados, algo que resultaría
inaudito para la iglesia del Nuevo Testamento. Es una pena que hayamos
descuidado esa perspectiva de nuestra obediencia inicial.
Spurgeon escribió: “Si alguien profesa ser convertido y declara abierta y
claramente que conoce la voluntad de su Señor, pero que no piensa hacerle
caso, no deben consentir en su presunción, sino decirle sin rodeos que no es
salvo”18.
¿Cómo hay que compartir el evangelio con los niños?
¿Debemos adaptar o abreviar el mensaje cuando les enseñamos el evangelio a
los niños? No existen bases bíblicas para eso. Por supuesto tenemos que
utilizar terminología que ellos puedan captar y ser pacientes al comunicar el
mensaje, pero cuando la Biblia habla de enseñarles a los niños la verdad
espiritual el énfasis está en la minuciosidad: “Estas palabras que yo te mando
estarán en tu corazón. Las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas sentado en
casa o andando por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes”
(Deut. 6:6, 7). La simplificación exagerada es al parecer un peligro mayor
que el de abundar en detalles.
Los niños no pueden ser salvos antes de ser lo suficientemente mayores
como para comprender claramente el evangelio y aferrarse a él con una fe
genuina, así que deben ser lo suficientemente maduros como para distinguir
entre el bien y el mal, el pecado y el castigo, el arrepentimiento y la fe. Sin
duda deben ser lo suficientemente mayores como para comprender la
gravedad del pecado y la naturaleza de la santidad de Dios. ¿Cuál es esa
edad? Eso seguramente varía entre un niño y otro porque cada niño madura a
su propio ritmo. Parte de nuestra tarea al enseñarles estos asuntos es
ayudarles a desarrollar una comprensión de los mismos.
No suavices las partes del mensaje que suenen desagradables: la sangre de
Cristo, la cruz y la expiación por los pecados son el corazón del mensaje, de
modo que si pasamos por alto esos puntos no les estamos presentando el
evangelio completo. No minimices la exigencia de consagración, ya que el
señorío de Cristo no es demasiado difícil de comprender para los niños y
cualquiera que tenga la edad suficiente como para comprender lo básico del
evangelio también será capaz por la gracia de Dios de confiar completamente
en él y responder con el tipo más puro y sincero de sujeción: “Jesús llamó a
un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: —De cierto les digo que si no se
vuelven y se hacen como los niños, jamás entrarán en el reino de los cielos.
Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el más importante
en el reino de los cielos” (Mat. 18:2-4).
Recuerda que el factor principal en cualquier persona que viene a Cristo no
es cuánta doctrina conoce, sino que lo realmente importante es el alcance de
la obra que Dios está haciendo en su corazón. Hasta el más maduro de los
creyentes no comprende plenamente la verdad de Dios, pues en nuestra vida
presente apenas podemos comenzar a percibir las riquezas de su Palabra. Lo
cierto es que la comprensión completa de todos los aspectos del evangelio no
es un requisito para la salvación; a fin de cuentas, el ladrón en la cruz junto a
Jesús solo supo que él era culpable y que Jesús, quien era el Señor y el
verdadero Mesías, no había hecho nada malo (Luc. 23:40-42). ¿Cómo sabía
tanto? Como Jesús le dijo a Pedro: “no te lo reveló carne ni sangre, sino mi
Padre que está en los cielos” (Mat. 16:17). El clamor del ladrón fue muy
sencillo (“Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”, Luc. 23:42),
pero a pesar de la insignificante cantidad de doctrina que conocía, nuestro
Señor le aseguró: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”
(v. 43).
Ofrecer seguridad le corresponde al Espíritu Santo, no a nosotros (Rom.
8:14-16), así que no enfatices en exceso la seguridad objetiva con los niños.
Como he señalado antes, hay demasiadas personas cuyos corazones están
absolutamente fríos para las cosas del Señor pero que creen que irán a cielo
simplemente por haber respondido positivamente a una invitación
evangelística de niños, aunque después de “invitar a Jesús a entrar en su
corazón” nunca se les enseñó a examinarse a sí mismos ni tampoco a dudar
en nada respecto a su salvación.
Por supuesto, no podemos asumir que cada profesión de fe refleja la obra
auténtica de Dios en el corazón, algo que es particularmente cierto en lo que
se refiere a los niños, quienes muchas veces responden positivamente a las
invitaciones del evangelio por diferentes razones (muchas de las cuales no
tienen relación alguna con una conciencia del pecado y tampoco con una
verdadera comprensión de la verdad espiritual). Si empujamos a los niños a la
“fe” utilizando presión externa su “conversión” resultará falsa, ya que solo
los que comprenden y son impulsados por el Espíritu a creer nacen realmente
de nuevo (Juan 3:6).
Recuerda que una respuesta temprana en la niñez no garantiza
necesariamente que la cuestión de la salvación eterna haya sido resuelta para
siempre. Aunque muchas personas hacen un compromiso auténtico con
Cristo siendo pequeños, muchos otros (tal vez la mayoría) no llegan a una
comprensión adecuada del significado del evangelio hasta su adolescencia, y
aun algunos que profesan a Cristo en su infancia se apartan. Es exactamente
por eso que debemos evitar la respuesta rápida y fácil y enseñarles paciente,
consistente y fielmente a nuestros hijos durante toda esa etapa de desarrollo.
Estimula cada paso de fe a medida que vayan creciendo.
Debemos ser extremadamente cuidadosos, no sea que inoculemos a los
niños contra cualquier compromiso con Cristo cuando lleguen a una edad en
la que su comprensión sea completa.
Enseña el evangelio a los niños (en su totalidad), pero comprende que
puedes estar plantando semillas para una cosecha que quizás no llegue a
madurar hasta muchos años después. Si siegas el campo tan pronto como
brota nunca podrás recolectar una cosecha completa.
Una última palabra
El primer credo de la iglesia primitiva fue “Jesús es el Señor” (cf. Rom. 10:9,
10; 1 Cor. 12:3). El señorío de Cristo estuvo tan presente en la predicación
apostólica como lo está en el Nuevo Testamento. Este fue el punto
culminante del primer sermón apostólico, el mensaje de Pedro en
Pentecostés:
¡A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos! Así que,
exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del
Espíritu Santo, ha derramado esto que ustedes ven y oyen. Porque David no subió
a los cielos, pero él mismo dice: El Señor dijo a mi Señor: “Siéntate a mi diestra,
hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, con
certidumbre toda la casa de Israel, que a este mismo Jesús a quien ustedes
crucificaron, Dios le ha hecho Señor y Cristo”.
HECHOS 2:32-36 (ÉNFASIS AÑADIDO)
El contexto no deja lugar a dudas acerca de lo que Pedro quiso decir: este
era un mensaje acerca de la absoluta autoridad de Cristo como el bendito y
único soberano Rey de reyes y Señor de señores (cf. 1 Tim. 6:15, 16).
El señorío absoluto de Jesús es un tema recurrente a lo largo del libro de
Hechos. Cuando Pedro abrió el ministerio del evangelio a los gentiles en la
casa de Cornelio volvió a declarar: “Él es Señor de todos” (Hech. 10:36).
Solamente en el libro de Hechos, el título de “Señor” es utilizado para
referirse Jesús cincuenta veces más que el de “Salvador”. La verdad de su
señorío fue la clave de la predicación apostólica, el señorío de Cristo es el
evangelio según los Apóstoles.
T. Alan Chrisope escribe en su excelente libro Jesus Is Lord (Jesús es el
Señor) que “No existe un elemento más prominente en la predicación
apostólica que la resurrección, la exaltación y el señorío de Jesús”19, a lo cual
agrega:
La confesión “Jesús es el Señor” es la confesión cristiana más predominante del
Nuevo Testamento. No solamente aparece en varios pasajes que enfatizan su
carácter distintivo como la confesión cristiana (por ej. Fil. 2:9-11; Rom. 10:9; 1
Cor. 12:3; 8:5, 6; cf. Efe. 4:5), sino que también aparece en muchas ocasiones en
la variante “nuestro Señor”, una referencia a Jesús tan ampliamente utilizada que
se transformó en la confesión cristiana distintiva y universalmente reconocida,
conocida y asumida por todos los creyentes20.
“Todos los conceptos básicos de la historia del evangelio están implícitos
en esta simple y breve confesión: ‘Jesús es el Señor’”21.
El apóstol Pablo dijo: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos sino a
Cristo Jesús como Señor; y a nosotros como siervos de ustedes por causa de
Jesús” (2 Cor. 4:5). El señorío de Jesús es el mensaje apostólico.
Terminé mi libro anterior acerca del evangelio con estas palabras, que
resultan una conclusión adecuada también para esta obra:
Él es Señor, y quienes lo rechazan como tal no pueden utilizarlo como Salvador.
Todo el que le recibe debe someterse a su autoridad, porque decir que recibimos a
Cristo cuando estamos rechazando su derecho a reinar sobre nosotros es
completamente absurdo, es un intento inútil de asirse al pecado con una mano
mientras tomamos a Jesús con la otra. ¿Qué clase de salvación es esta si todavía
nos mantenemos en la esclavitud del pecado?...
Este, pues, es el evangelio que nuestro Señor nos envía a proclamar: que
Jesucristo, quien es Dios encarnado, se humilló a sí mismo para morir por
nosotros, convirtiéndose así en el sacrificio sin pecado que pagó el precio de
nuestra culpa; se levantó de entre los muertos para declarar con poder que él es
Señor sobre todo y que ofrece vida eterna sin reservas a los pecadores que
humildemente se entreguen a él en fe y arrepentimiento. Este evangelio no
promete nada al rebelde altivo, pero para los pecadores quebrantados,
arrepentidos, ofrece en misericordia todo lo que pertenece a la vida y a la piedad
(2 Ped. 1:3)22.
1. Richard P. Belcher, A Layman’s Guide to the Lordship Controversy
(Southbridge, MA: Crowne, 1990), 71.
2. Lewis Sperry Chafer, Teología Sistemática, trad. Evis Carballosa, Rodolfo
Mendieta, M. Francisco Liévano (Dousman, WI: Publicaciones Españolas),
tomo I, vol. 3, 1216.
3. Ibíd, tomo I, vol. 3, 1199, 1206, 1209, 1213, 1216.
4. Lewis Sperry Chafer, La salvación, trad. Emilio Antonio Núñez (Miami,
FL: Spanish Publications, 1968), 43 (énfasis añadido).
5. Lewis Sperry Chafer, Evangelismo verdadero, trad. Evis Carballosa
(Miami, FL: Spanish Publications, 1971), 7.
6. Ibíd., 8.
7. Chafer, Teología Sistemática, tomo I, vol. 3, 1213.
8. Ibíd.
9. Stephen Kern, “It is Easy to Receive Salvation from God”, The Idaho
Statesman, 29 de junio de 1991, 3D (énfasis añadido).
10. Hodges parece estar argumentando que, después de todo, se supone que
creer sea fácil. Respondiendo a la expresión “credulismo fácil” escribe: “Es
presumible que lo contrario sea el ‘credulismo difícil’, y si existe algún
sistema de pensamiento que enseñe esto es la salvación de señorío. Pero la
salvación es de verdad sencilla y, en ese sentido, ¡es fácil! Después de todo,
¿qué podría ser más sencillo que ‘tomar gratuitamente del agua de la vida’?”
(CL).
11. Ryrie incluye un capítulo titulado “No es fácil creer” (USTG).
12. Un recurso particularmente útil es el libro de Will Metzger Guía práctica
para el evangelismo (Miami Gardens, FL: Editorial Patmos, 2012). Además
de dar información muy práctica, Metzger también censura la tendencia
reduccionista en el evangelismo a la que me he referido e incluye una sección
muy reveladora que contrasta el evangelismo centrado en Dios con el
centrado en el hombre. Un tratado útil es “ALTO ¿Quién dices que soy Yo?”
(Panorama City, CA: Gracia a Vosotros).
13. Bob Wilkin, “Letters to the Editor”, The Grace Evangelical Society News
(agosto de 1990), 3.
14. A. W. Tozer, La raíz de los justos (Terrassa, Barcelona: CLIE, 1994), 74-
75.
15. J. Dwight Pentecost, “A Christian Perspective”, Kindred Spirit (invierno
de 1988), 3.
16. Ibíd. Este es un excelente ejemplo de la manera en que la salvación de
señorío muchas veces es exagerada, parodiada y convertida en una caricatura
fácil de desprestigiar, algo que lamentablemente confunde y perjudica a las
personas pero sin lograr tratar los verdaderos problemas.
17. Si el bautismo fuera necesario para la salvación, Pablo ciertamente no
hubiera escrito “Doy gracias a Dios que no bauticé a ninguno de ustedes, sino
a Crispo y a Gayo. Porque Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el
evangelio” (1 Cor. 1:14, 17).
18. Charles Haddon Spurgeon, El ganador de almas, trad. José María Blanch
(Carlisle, PA: El Estandarte de la Verdad, 2013), 36.
19. T. Alan Chrisope, Jesus Is Lord (Hertfordshire, England: Evangelical
Press, 1982), 57.
20. Ibíd., 61.
21. Ibíd., 63.
22. John MacArthur, Jr., El evangelio según Jesucristo (El Paso: Editorial
Mundo Hispano, 2015), 260, 268.
Apéndice 1
UNA COMPARACIÓN DE TRES
PERSPECTIVAS
El cuadro que aparece en las páginas siguientes es una comparación en
paralelo de los puntos más importantes dentro de la controversia del señorío.
Puedes referirte al capítulo 2 para más información.
A los lectores interesados en un análisis más profundo de los temas clave
dentro de la controversia del señorío les resultará de mucha ayuda la lectura
del excelente libro de Robert Lescelius Lordship Salvation: Some Crucial
Questions and Answers (La salvación de señorío: algunas preguntas y
respuestas cruciales) (Asheville, NC: Revival Literature, 1992). Otro recurso
muy útil es la obra de Richard P. Belcher A Layman’s Guide to the Lordship
Controversy (Guía para laicos sobre la controversia del señorío) (Soutbridge,
MA: Crowne Publications, 1990).
Señorío Negación del señorío Negación del señorío radical
La cruz La muerte de De acuerdo. De acuerdo.
Cristo en la cruz
pagó por la pena
completa por
nuestros pecados
y el precio por la
salvación eterna.
Su sacrificio
expiatorio permite
a Dios justificar a
los pecadores
gratuita mente sin
comprometer la
perfección de su
justicia divina. Su
resurrección
declara su victoria
sobre el pecado y
la muerte.
Justificación La salvación es De acuerdo. De acuerdo.
por la fe por la gracia
mediante la fe
solamente en el
Señor Jesucristo,
ni más ni menos.
Buenas obras Los pecadores no De acuerdo. De acuerdo.
pueden ganarse la
salvación ni el
favor de Dios.
Prerrequisitos Dios no exige a De acuerdo. De acuerdo.
para la los salvos obras
salvación preparatorias ni
mejoras
personales
previas.
Vida eterna La vida eterna es De acuerdo. De acuerdo.
un don de Dios.
Justificación Los creyentes son De acuerdo. De acuerdo.
inmediata salvos y
completamente
justificados antes
de producir
siquiera una sola
obra justa.
Los creyentes Los cristianos De acuerdo. De acuerdo.
y el pecado pueden pecar y
pecan. Incluso los
cristianos más
fuertes viven
luchando
constante e
intensamente
contra el pecado
en la carne. Los
creyentes
verdaderos a
veces cometen
pecados horribles.
Arrepen- El evangelio El arrepentimiento es De acuerdo.
timiento llama a los un cambio de opinión
pecadores a la fe acerca de Cristo. En
al mismo tiempo el contexto de la
que al invitación del
arrepentimiento. evangelio,
Arrepentirse arrepentimiento es
significa darle la simple mente un
espalda al pecado. sinónimo de fe. No
No es una obra hace falta darle la
sino una gracia espalda al pecado
otorgada por Dios. para obtener la
Es un cambio de salvación. El
corazón, pero el arrepentimiento no es
verdadero algo esencial para el
arrepentimiento mensaje del evangelio
producirá también ni se relaciona de
un cambio de manera alguna con la
conducta. fe salvadora
Fe La salvación es Toda la salvación, La fe es una obra humana, no
enteramente obra incluyendo la fe, es un don de Dios. Sucede en un
de Dios y los que un don de Dios, pero momento decisivo, pero no
creen son salvos la fe quizás no dure. necesariamente permanece. La
sin ningún Un cristiano fe verdadera puede ser
esfuerzo por su verdadero puede dejar derrotada, derribada, colapsar
parte. Incluso la fe de creer por y aún convertirse en
es un don de Dios, completo. incredulidad.
no una obra del
hombre, así que la
fe auténtica no
puede tener fallas
ni ser transitoria,
sino que
permanece para
siempre.
El objeto de El objeto de la fe La fe que salva “Creer” para salvación consiste
la fe es el propio consiste simplemente en creer en los hechos del
Cristo, no solo un en estar convencido evangelio. “Confiar en Jesús”
credo o una de la verdad del significa creer en los “hechos
promesa. La fe, evangelio o dar salvadores” sobre él y creer en
por tanto, implica crédito a esta. Es la estos es apropiarse del don de
un compromiso confianza de que la vida eterna. Aquellos que
personal con él. Cristo puede eliminar añadan sugerencia alguna de
En otras palabras, la culpa y dar vida compromiso se han apartado
los creyentes eterna, pero no de la idea neotestamentaria de
verdaderos siguen supone un la salvación.
a Jesús. compromiso personal
con él.
Efectos de la La verdadera fe Es inevitable que El fruto espiritual no está
fe produce haya algún fruto en garantizado en la vida
inevitablemente toda experiencia cristiana. Algunos cristianos
una vida cristiana, el cual, sin pasan sus vidas en un estéril
transformada. La embargo, podría no desierto de fracasos, con fusión
salvación incluye ser visible para los y todo tipo de mal.
la transformación demás. Los cristianos
del ser interior. La pueden caer en un
naturaleza del estado de esterilidad
cristiano es espiritual permanente.
diferente, nueva.
El patrón
inquebrantable de
pecado y
enemistad contra
Dios no
continuará cuando
una persona nace
de nuevo.
Alcance de El “don de Dios”, Solo los aspectos A los creyentes se les garantiza
la salvación la vida eterna, judiciales de la el cielo pero no la victoria; se
incluye todo lo salvación (como la podría incluso decir que “los
concerniente a la justificación, la salvos” siguen necesitando
vida y la santidad, adopción, la justicia salvación. Cristo ofrece toda
no solamente un imputada y la una gama de experiencias de
pasaje al cielo. santificación liberación posteriores a la
posicional) están conversión para suplir lo que
garantiza dos para el les falta a los cristianos, pero
creyente en esta vida. estas “salvaciones” requieren
La santificación que se añadan obras humanas
práctica y el como la obediencia, la
crecimiento en la sumisión y la confesión de
gracia requieren de Jesús como Señor. Así que
un acto de dedicación Dios depende, hasta cierto
posterior a la punto, del esfuerzo humano
conversión. para alcanzar la liberación del
pecado en esta vida.
Señorío de Jesús es el Señor La sumisión a la La sumisión no es, en ningún
Cristo de todo y la fe que suprema autoridad de sentido, una condición para
exige implica el Cristo como Señor no tener la vida eterna. “Clamar al
sometimiento tiene nada que ver Señor” significa apelar a él, no
incondicional. No con la transacción de someterse a él.
les otorga la vida la salvación, así como
eterna a aquellos tampoco la
cuyos corazones consagración o la
siguen estando en disposición a
su contra. consagrarse tienen
que ver con ella. La
noticia de que Cristo
murió por nuestros
pecados y se levantó
de entre los muertos
es el evangelio
completo y no es
necesario creer nada
más para ser salvo.
Deseos de Los que creen de Los cristianos pueden Nada garantiza que un
santidad verdad amarán a caer en un estado de cristiano verdadero ame a
Cristo y, por carnalidad vita licia. Dios. La salvación no
tanto, anhelarán En la iglesia existe necesariamente coloca al
obedecerle. toda una categoría de pecador en una buena relación
“cristianos carnales”: de comunión armónica con él.
personas nacidas de
nuevo que viven
continua mente como
los no salvados.
Seguridad El La desobediencia y el Si las personas están seguras
comportamiento pecado prolongado no de que creen, su fe debe ser
es una prueba son razones para auténtica. Todos los que
importante de que dudar de la realidad reivindican a Cristo como
la fe de la persona de la fe de una Salvador por fe (incluso los
es real. Por otra persona. que están cometiendo pecados
parte, la persona serios y prolongados) pueden
que continúa sin estar seguros de que le
disposición alguna pertenecen a Dios
de obedecer a independientemente de lo que
Cristo no suceda. Cuestionar la salvación
evidencia la fe de los que profesan ser
genuina. cristianos es peligroso y
destructivo. Los escritores del
Nuevo Testamento nunca
cuestionaron la realidad de la
fe de sus lectores.
Perseverancia Los creyentes Un creyente puede Es posible experimentar un
verdaderos podrán dejar a Cristo por momento de fe que garantice el
tropezar y caer, completo y llegar al cielo por la eternidad y luego
pero perseverarán punto de la apartarse permanente mente y
en la fe. Los que incredulidad. Dios ha vivir una vida absolutamente
se aparten del garantizado que no carente de todo fruto espiritual.
Señor por rechazará a los que Los creyentes verdaderos
completo más abandonen la fe. Los pueden incluso dejar de
adelante estarán que una vez han sido mencionar a Cristo o de
demostrando que salvos están seguros confesar ser cristianos.
en realidad nunca por siempre, aun si se
habían nacido de apartan.
nuevo.
Apéndice 2
¿QUÉ ES EL DISPENSACIONALISMO
Y CUÁL ES SU RELACIÓN CON LA
SALVACIÓN DE SEÑORÍO?
Uno de los elementos más confusos en toda la controversia del señorío tiene
que ver con el dispensacionalismo. Algunos han supuesto que mi ataque a la
teología de la negación del señorío es una lucha sin cuartel contra el
dispensacionalismo, pero ese no es el caso. A algunos lectores les puede
sorprender saber que la cuestión del dispensacionalismo es un área en la que
Charles Ryrie, Zane Hodges y yo compartimos cierto terreno en común:
todos somos dispensacionalistas.
Es comprensible que muchos estén confundidos por el término
dispensacionalismo; he conocido a graduados de seminario y a muchos
líderes cristianos que no tienen la menor idea de cómo definirlo. ¿En qué
difiere de la teología del pacto? ¿Qué tiene que ver con la salvación de
señorío? Tal vez podamos responder a esas preguntas con sencillez y sin
mucha jerga teológica.
El dispensacionalismo es un sistema de interpretación bíblica que ve una
diferencia entre el programa de Dios para Israel y su trato con la iglesia. De
verdad, es así de simple.
Una dispensación es el plan de Dios por medio del cual él administra su
gobierno dentro de una etapa determinada de su programa eterno. Las
dispensaciones no son períodos de tiempo, sino diferentes administraciones
en el desarrollo eterno del propósito de Dios. Es especialmente crucial notar
que el método de salvación (por la gracia, mediante la fe) es el mismo en
cada dispensación. El plan redentor de Dios permanece inalterado, pero la
forma en que lo administra variará entre una dispensación y otra. Los
dispensacionalistas observan que Israel fue el foco del plan redentor de Dios
en una dispensación; la iglesia, compuesta por los redimidos, incluyendo a
judíos y gentiles, es el foco en otra. Todos los dispensacionalistas creen que
queda al menos una dispensación por cumplirse en el futuro, durante el reino
milenario de Cristo en la tierra (conocido como el milenio), en el cual Israel
tendrá una vez más un papel esencial.
El dispensacionalismo enseña que el resto de promesas de pacto de Dios a
Israel se cumplirán literalmente, incluyendo las promesas de bendiciones
terrenales y del reino mesiánico terrenal: Dios le prometió a Israel, por
ejemplo, que poseerían la tierra prometida para siempre (Gén. 13:14-17; Éxo.
32:13); las Escrituras declaran que el Mesías gobernará sobre los reinos de la
tierra desde Jerusalén (Zac. 14:9-11); la profecía del Antiguo Testamento
dice que todo Israel un día será restaurado a la tierra prometida (Amós 9:14,
15), el templo será reedificado (Eze. 37:26-28) y que el pueblo de Israel será
redimido (Jer. 23:6; Rom. 11:26, 27). Los dispensacionalistas creen que todas
esas bendiciones prometidas se cumplirán tan literalmente como sucedió con
las maldiciones prometidas.
La teología del pacto, por otra parte, normalmente considera que tales
profecías ya se han cumplido alegórica o simbólicamente. Los teólogos del
pacto creen que la iglesia (no literalmente Israel) es la receptora de las
promesas del pacto, pues según ellos esta ha sustituido a Israel en el
programa eterno de Dios, de modo que sus promesas a Israel se cumplen en
las bendiciones espirituales recibidas por los cristianos1. Dado que su sistema
no permite el cumplimiento literal de las bendiciones prometidas a la nación
judía, los teólogos del pacto alegorizan o espiritualizan esos pasajes
proféticos de la Palabra de Dios.
Soy dispensacionalista porque el dispensacionalismo por lo general
comprende y aplica la Biblia (en particular los pasajes proféticos) de una
manera más consistente con la perspectiva normal y literal que considero que
Dios ha determinado para la interpretación de su Palabra2. Por ejemplo, los
dispensacionalistas pueden interpretar literalmente Zacarías 12—14,
Romanos 11:25-29 y Apocalipsis 20:1-6, mientras que los teólogos del pacto
no.
Así pues, estoy convencido de que la distinción dispensacionalista entre la
iglesia e Israel es una interpretación acertada del plan eterno de Dios revelado
en las Escrituras. No he abandonado el dispensacionalismo ni tengo
intenciones de hacerlo.
Fíjate, dicho sea de paso, que la descripción que hace el doctor Ryrie del
dispensacionalismo y de sus razones para adoptar ese sistema son muy
parecidas a lo que acabo de decir aquí. Hace algunos años escribió: “La
esencia del dispensacionalismo, entonces, es la distinción entre Israel y la
Iglesia. Esto proviene del uso que el dispensacionalista hace de un sistema de
interpretación normal y llano”3. En cuanto a esto, parece que el doctor Ryrie
y yo estamos fundamentalmente de acuerdo, pero en lo que diferimos es en la
aplicación práctica del dispensacionalismo. El sistema del doctor Ryrie
resulta ser de alguna manera más complejo de lo que su propia definición
parece sugerir.
El debate del señorío ha tenido un efecto devastador en el
dispensacionalismo. Dado que la teología de la negación del señorío está tan
estrechamente relacionada con el dispensacionalismo, muchos han imaginado
una relación de causa y efecto entre ambos. En El evangelio según Jesucristo
afirmé que algunos de los primeros dispensacionalistas establecieron los
fundamentos para la enseñanza de la negación del señorío; manifesté mi
desacuerdo con los dispensacionalistas extremos que relegan secciones
completas de la Biblia (incluyendo el Sermón del monte y el Padrenuestro) a
una era del reino futuro; critiqué la manera en que algunos
dispensacionalistas han manipulado la predicación y enseñanza de Jesús hasta
anular la intención evangelística de algunas de sus invitaciones más
importantes; desacredité la metodología de los dispensacionalistas que
procuran aislar la salvación del arrepentimiento, la justificación de la
santificación, la fe de las obras y el señorío de Cristo de su papel como
Salvador, de manera que están separando lo que Dios ha unido.
Varios antidispensacionalistas declarados elogiaron el libro como un golpe
importante contra el dispensacionalismo: querían declarar la muerte del
sistema y organizar la celebración de su funeral.
Para ser sincero, considero que ciertos híbridos del dispensacionalismo
deberían morir y me encantaría unirme a ese cortejo fúnebre, pero es una
equivocación descartar todo el dispensacionalismo como si fuera
completamente inválido. Mi propósito no es atacar sus raíces, sino apelar por
una aplicación más pura y bíblica del principio de interpretación literal,
histórica y gramatical. El método hermenéutico subyacente del
dispensacionalismo es sólido y no debería ser abandonado: ese no es el punto
del debate del señorío.
¿Quiénes son los dispensacionalistas? Prácticamente todos los
dispensacionalistas son evangélicos de teología conservadora: nuestra
perspectiva de las Escrituras es por lo general muy alta, nuestro método de
interpretación es consistentemente literal y nuestro celo por las cosas
espirituales se ve exacerbado por la convicción de que estamos viviendo en
los últimos días.
¿De qué manera influye el dispensacionalismo en nuestra perspectiva
teológica general? Obviamente, la cuestión fundamental en todo sistema es la
escatología (el estudio de la profecía): todos los dispensacionalistas son
premilenialistas; es decir, creen que en el futuro Cristo reinará sobre la tierra
por mil años porque eso es lo que decreta una perspectiva literal de la
profecía (cf. Apoc. 20:1-10). Los dispensacionalistas pueden no ponerse de
acuerdo en cuanto al momento del rapto, la cantidad de dispensaciones u
otros detalles, pero su posición en cuanto al reino milenario en la tierra queda
establecida por su método de interpretación bíblica.
El dispensacionalismo también tiene implicaciones para la eclesiología (la
doctrina de la iglesia) a causa de la diferenciación entre la iglesia e Israel.
Muchos dispensacionalistas, entre los cuales me incluyo, están de acuerdo en
que existe alguna continuidad entre el pueblo de Dios del Antiguo y del
Nuevo Testamento en cuanto a que compartimos la misma salvación
comprada por Jesucristo y apropiada por la gracia mediante la fe, pero los
dispensacionalistas no aceptan la enseñanza de la teología del pacto de que la
iglesia es el Israel espiritual. La teología del pacto ve una continuidad entre el
ritual judío y los sacramentos del Nuevo Testamento, por ejemplo, de ahí que
en su sistema el bautismo y la circuncisión tengan una significación similar
(de hecho, muchos teólogos del pacto utilizan la analogía de la circuncisión
como argumento a favor del bautismo infantil). Los dispensacionalistas, por
otra parte, tienden a ver el bautismo como un sacramento exclusivo para
creyentes diferente del rito judío.
Así pues, el dispensacionalismo determina la escatología y la eclesiología
de la persona, pero eso es todo. El dispensacionalismo puro no tiene
repercusiones para las doctrinas de Dios, del hombre, del pecado o de la
santificación y, lo que es más importante, el dispensacionalismo no hace
ninguna contribución relevante a la soteriología (doctrina de la salvación).
Por decirlo de otra manera, no hay nada en una perspectiva de la Biblia
dispensacionalista legítima que decrete que definamos el evangelio de una
manera única o diferente. De hecho, si el mismo celo por la hermenéutica
literal que se aplica a la distinción entre Israel y la iglesia fuera seguido
consistentemente en el tema de la salvación, no existiría nada parecido a la
teología de la negación del señorío.
¿Cuál es la conexión entre el dispensacionalismo y la
doctrina de la negación del señorío?
No obstante, el hecho de que prácticamente todos los defensores de la
doctrina de la negación del señorío son dispensacionalistas sigue
prevaleciendo. Ningún teólogo del pacto defiende el evangelio de la negación
del señorío. ¿Por qué?
Primero que nada, tienes que comprender que el dispensacionalismo no
siempre ha sido bien representado por sus partidarios más entusiastas. Como
he señalado, lo que distingue al dispensacionalismo es que vemos en la Biblia
una diferenciación entre Israel y la iglesia y esa perspectiva singular que
todos los dispensacionalistas tienen en común los diferencia de los no
dispensacionalistas. Por cierto, es el único elemento dentro de la enseñanza
del dispensacionalismo tradicional que surge de una interpretación literal de
los textos bíblicos, además de ser el único principio que prácticamente todos
los dispensacionalistas apoyan unánimemente (esa es la razón por la que lo
distinguí como la característica que define al dispensacionalismo). Cuando
hablo de dispensacionalismo “puro” me refiero a este común denominador: la
diferenciación entre Israel y la iglesia.
Hay que reconocer, sin embargo, que la mayoría de dispensacionalistas
cargan con mucho más bagaje en sus sistemas que este único punto. Los
dispensacionalistas originales solían atiborrar su doctrina con sistemas
complejos y esotéricos ilustrados por complicados diagramas; saturaban su
repertorio de ideas extrañas y enseñanzas nuevas, algunas de las cuales
perduran hasta nuestros días en diferentes ramas de este movimiento. Entre
los primeros voceros influyentes del dispensacionalismo estaban J. N. Darby,
fundador de los Hermanos de Plymouth y considerado por muchos como el
padre del dispensacionalismo moderno; Cyris I. Scofield, autor de la Biblia
Anotada de Scofield; Clarence Larken, cuyo libro de cuadros
dispensacionalistas no ha dejado de ser imprimido y vendido desde 1918; y
Ethelbert W. Bullinger, un clérigo anglicano que llevó el dispensacionalismo
hasta extremos sin precedentes (algo que comúnmente se conoce como el
ultradispensacionalismo4). Muchos de estos hombres aprendieron teología
por sí mismos y eran profesionales en ocupaciones seculares (Darby y
Scofield, por ejemplo, eran abogados, y Larkin era proyectista mecánico);
fueron laicos cuyas enseñanzas obtuvieron enorme popularidad, en gran
medida gracias al entusiasmo popular.
Lamentablemente, algunos de estos primeros expositores del
dispensacionalismo no fueron tan precisos o entendidos como lo hubieran
sido en caso de haber contado con el beneficio de una formación teológica
más completa. C. I. Scofield, por ejemplo, incluyó en su Biblia anotada una
referencia que contrasta la “obediencia legal como condición para la
salvación [en el Antiguo Testamento]” con “la aceptación... de Cristo” como
la condición para la salvación en la dispensación presente5. Los críticos no
dispensacionalistas con frecuencia han atacado al dispensacionalismo por
enseñar que las condiciones para la salvación difieren entre una dispensación
y otra, críticas a las cuales aquí por lo menos Scofield se expuso, aunque en
otros contextos pareció reconocer que la ley nunca fue un medio para la
salvación de los santos del Antiguo Testamento6.
La maduración del dispensacionalismo, por tanto, ha consistido sobre todo
un proceso o refinación, destilación, aclaración, equiparación y recorte de lo
que es extraño o erróneo. Los dispensacionalistas posteriores (entre ellos
Donald Grey Barnhouse, Wilbur Smith, Allan MacRae y H. A. Ironside)
fueron cada vez más cautelosos con las falacias que salpicaban muchas de las
enseñanzas del dispensacionalismo anterior. Los escritos de Ironside
demuestran su determinación por confrontar el error dentro del movimiento:
atacó el ultradispensacionalismo de Bullinger7; criticó la enseñanza del
arrepentimiento relegado a alguna otra época8; condenó la teología del
“cristiano carnal” que ayudó a preparar el camino para la enseñanza de la
negación del señorío radical de nuestros días9. Sus escritos están repletos de
advertencias contra el antinomianismo10.
Los no dispensacionalistas han tendido a caricaturizar el
dispensacionalismo mediante el énfasis en sus excesos, y, a decir verdad, el
movimiento ha producido una cuota bastante generosa de enseñanzas
abominables. Aunque los dispensacionalistas han sido forzados muchas veces
a reconocer que algunos de los argumentos de sus críticos han estado en lo
cierto11, la diferenciación bíblica entre Israel y la iglesia permanece
irrebatible como la esencia del dispensacionalismo puro.
En los últimos años, el dispensacionalismo ha sido golpeado con una feroz
embestida de críticas, principalmente dirigidas a su fascinación con el
evangelio de la negación del señorío, algunas de cuyas evidencias se han
visto en Wrongly Dividing the Word of Truth: A Critique of
Dispensationalism (Dividiendo equivocadamente la Palabra de Verdad: Una
crítica al dispensacionalismo), de John Gerstner12, quien ataca correctamente
los elementos del antinomianismo y la soteriología de la negación del señorío
en algunas de las enseñanzas dispensacionalistas. Sin embargo, asume
equivocadamente que esos conceptos son inherentes a todo el
dispensacionalismo, rechazando así el movimiento completo debido a la
teología desprolija que encuentra en varios de los dispensacionalistas más
importantes.
Asumir que el antinomianismo está en el corazón de la doctrina
dispensacionalista es un craso error. Es más, resulta injusto presentar a todos
los dispensacionalistas como si fueran teólogos carentes de sofisticación o
descuidados, pues muchos estudiantes hábiles e inteligentes de las Escrituras
han adoptado el dispensacionalismo y han logrado evitar el antinomianismo,
el extremismo y otros errores. Todos mis profesores del seminario eran
dispensacionalistas, pero ninguno de ellos habría defendido la doctrina de la
negación del señorío13.
Sin embargo, nadie puede negar que el dispensacionalismo y el
antinomianismo muchas veces han sido defendidos por las mismas personas.
Las discusiones recientes presentadas en defensa de la teología de la negación
del señorío están arraigadas en ideas popularizadas por los
dispensacionalistas y los principales defensores de la teología contemporánea
de la negación del señorío son dispensacionalistas. La controversia del
señorío es la punta del iceberg en lo que se refiere a las tensiones que siempre
han existido en la comunidad dispensacionalista y alrededor de esta, un punto
que es esencial para la clara comprensión de la discusión en su totalidad.
Así pues, para apreciar algunos de los conceptos clave del evangelio de la
negación del señorío debemos comprender su relación con la tradición
dispensacionalista.
¿Dividiendo la Palabra sin criterio?
Para algunos dispensacionalistas la diferenciación entre Israel y la iglesia es
solamente el comienzo, pues su teología está llena de contrastes similares: la
iglesia y el reino, los creyentes y los discípulos, la vieja y la nueva naturaleza,
la fe y el arrepentimiento. Está claro que hay muchas distinciones importantes
y legítimas en la Biblia y en la teología sólida (el antiguo y el nuevo pacto, la
ley y la gracia, la fe y las obras, la justificación y la santificación), pero los
dispensacionalistas muchas veces tienden a llevar demasiado lejos aun los
contrastes legítimos. La mayoría de los dispensacionalistas que se han
plegado a la doctrina de la negación del señorío se imaginan, por ejemplo,
que la ley y la gracia son opuestos mutuamente excluyentes, o que la fe y las
obras son de alguna manera incompatibles.
Algunos dispensacionalistas aplican 2 Timoteo 2:15 (“Esfuérzate por
presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse y
que interpreta rectamente la palabra de verdad” NVI, énfasis añadido) como
si la palabra clave fuera “interpretar” en lugar de “rectamente”. La tendencia
dispensacionalista a interpretar y contrastar ha llevado a ciertas exégesis un
tanto imaginativas: algunos dispensacionalistas, por ejemplo, enseñan que “el
reino de los cielos” y “el reino de Dios” son referencias a ámbitos
diferentes114 aunque ambos términos son claramente sinónimos en las
Escrituras, tal como muestra una comparación de Mateo y Lucas (Mat. 5:3 y
Luc. 6:20; Mat. 10:7 y Luc. 10:9; Mat. 11:11 y Luc. 7:28; Mat. 11:12 y Luc.
16:16; Mat. 13:11 y Luc. 8:10; Mat. 13:31-33 y Luc. 13:18-21; Mat. 18:4 y
Luc. 18:17; Mat. 19:23 y Luc. 18:24). Mateo es el único libro de toda la
Biblia que utiliza la frase “reino de los cielos”, pues el apóstol estaba
escribiendo a un público en su mayoría judío y como comprendía la
sensibilidad de estos al uso del nombre de Dios, simplemente utilizó el
eufemismo común cielos; así que el reino de los cielos es el reino de Dios.
Esta tendencia a contraponer verdades paralelas está en el corazón de la
teología de la negación del señorío: el señorío de Jesús y su papel como
Salvador son distanciados el uno del otro, haciendo posible proclamarlo
como Salvador y al mismo tiempo rechazarlo como Señor; la justificación es
apartada de la santificación, legitimando el concepto de la salvación carente
de una transformación; los simples creyentes son distinguidos de los
discípulos, estableciendo dos clases de cristianos, el carnal y el espiritual; la
fe es puesta en contaste con la obediencia, anulando el aspecto moral del acto
de creer; la gracia se convierte en la antítesis de la ley, proveyendo la base
para un sistema inherentemente antinomiano.
La dicotomía gracia-ley merece examen más profundo. Gran parte de los
sistemas de los primeros dispensacionalistas no eran claros en cuanto al papel
de la gracia en la economía mosaica y el lugar de la ley en la dispensación
presente. Como he señalado, Scofield dejó la desafortunada impresión de que
los santos del Antiguo Testamento fueron salvos por el cumplimiento de la
ley. Su discípulo más conocido, Lewis Sperry Chafer (cofundador del
Seminario Teológico de Dallas y un prolífico autor), escribió la primera
teología sistemática condensada del dispensacionalismo y su sistema se
convirtió en la norma para varias generaciones de dispensacionalistas
educados en Dallas. Sin embargo, Chafer repitió el error de Scofield. En su
resumen sobre la justificación escribió:
Según el Antiguo Testamento, los hombres eran justos porque eran honestos y
fieles al guardar la ley mosaica. Miqueas define una vida así de esta manera: “¡Oh
hombre, él te ha declarado lo que es bueno! ¿Qué requiere de ti el SEÑOR?
Solamente hacer justicia, amar misericordia y caminar humildemente con tu Dios”
(6:8). Así que los hombres fueron justificados por sus propias obras para Dios,
mientras que la justificación del Nuevo Testamento es la obra de Dios para el
hombre en respuesta a su fe (Rom. 5:1)15.
Aunque Chafer negó en otros escritos que enseñaba múltiples formas de
salvación, está claro que abrió una inmensa brecha entre la gracia y la ley. Si
bien para él la ley del Antiguo Testamento imponía “una obligación de hacer
méritos” ante Dios16, por otra parte creía que la gracia libra al hijo de Dios
“de todos los aspectos de la ley: como una regla para la vida, como una
obligación de llegar a ser aceptable ante Dios, como una dependencia de la
carne impotente”17: “Las enseñanzas de la gracia no son leyes; son
sugerencias. No son exigencias; son ruegos”, escribió18.
En el sistema de Chafer Dios parece fluctuar entre las dispensaciones de la
ley y la gracia: la gracia era lo que gobernó la vida desde Adán hasta Moisés
y la “ley pura” asumió la autoridad cuando comenzó la nueva dispensación
en el Sinaí; en la dispensación presente la “pura gracia” es la regla y el reino
milenario será otra dispensación de “pura gracia”. Es evidente que Chafer
creía que la gracia y la ley no podían coexistir, por lo que procuró eliminar
una o la otra de cada dispensación. Escribió:
Tanto en la era anterior a la cruz como la que seguirá al regreso de Cristo
representan el ejercicio de la ley pura, mientras que el período entre ambas
representa el ejercicio de la pura gracia. Es imperativo, por tanto, que no se
produzca una mezcla descuidada de estos grandes elementos característicos de
cada era, no sea que se pierdan las diferenciaciones más importantes en las
diferentes relaciones entre Dios y el hombre, y que se oscurezca el reconocimiento
de la verdadera fuerza de la muerte de Cristo y de su venida19.
Nadie niega que la Biblia contrasta claramente la ley y la gracia. Juan 1:17
dice que “La ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos
han llegado por medio de Jesucristo” y Romanos 6:4 que “No están bajo la
ley sino bajo la gracia”, así que la diferenciación entre la ley y la gracia es
obvia en las Escrituras.
No obstante, la gracia y la ley operan en todas las dispensaciones. La gracia
siempre ha sido el único medio para la salvación eterna. El punto clave de
Romanos 4 es que Abraham, David y otros santos del Antiguo Testamento
fueron justificados por la gracia mediante la fe, no porque guardaran la ley20.
¿Creía el apóstol Pablo que podemos anular la ley en esta era de la pura
gracia? Su respuesta a esa pregunta fue inequívoca: “¡De ninguna manera!
Más bien, confirmamos la ley” (Rom. 3:31).
Para ser justos, es importante observar que cuando fue presionado al
respecto, Chafer reconoció que la gracia de Dios y la sangre de Cristo eran la
única provisión para que los pecadores de cualquier época pudieran ser
salvos21. Hay que enfatizar, sin embargo, que Chafer, Scofield y otros de sus
seguidores han establecido mucha de la diferenciación entre las
dispensaciones del Antiguo y el Nuevo Testamento. Como quería evitar lo
que consideraba una “mezcla descuidada” de la ley y la gracia, Chafer
terminó con la “era de la ley”, que es legalista y la “era de la gracia”, que
huele a antinomianismo.
Chafer en realidad era un hombre piadoso, comprometido con la santidad y
con altos estándares de vida cristiana, que en la práctica nunca habría
consentido la carnalidad, pero su sistema dispensacionalista (con las fuertes
dicotomías que introdujo, con sus “enseñanzas de la gracia” que son
“sugerencias” y no exigencias, y con su concepto de la “pura” gracia que se
oponía a la ley de cualquier tipo) abrió el camino para un estilo de
cristianismo que ha legitimado el comportamiento descuidado y carnal.
Chafer podría haber sido considerado con razón el padre de la teología de la
negación del señorío del siglo XX, pues señaló al arrepentimiento y al
sometimiento como dos “de los aspectos más comunes de responsabilidad
humana que, con demasiada frecuencia, son erróneamente añadidos a este
solo requisito de la fe o creencia”22. Escribió: “el imponer la necesidad de
dedicar a Dios la vida, como una condición más para salvarse, es una de las
mayores sinrazones. Nunca se nos dice que el llamamiento de Dios a los
inconversos tenga por objeto hacerlos súbditos del Señor, sino a que sean
objeto de Su gracia salvadora”23; “Después de la atención debida que ha de
prestar a la doctrina, la obligación más importante del predicador es predicar
exclusivamente a los que ya son cristianos su deber de someterse al Señorío
de Cristo, y a los inconversos la necesidad de creer en Cristo como su
Salvador”24.
Es importante observar que cuando Chafer escribió estas cosas estaba
argumentando contra el Movimiento de Oxford, una herejía popular pero
peligrosa que estaba empujando a los protestantes de regreso al legalismo y la
justicia por las obras del Catolicismo Romano. Chafer escribió:
[Es] desastroso el error de impedir a los inconversos la idea del Señorío de Cristo,
una destructora herejía bajo el nombre del Movimiento de Oxford, la cual se ha
especializado en este calamitoso error, con la agravante de que los promotores de
este Movimiento omiten por completo la idea de la necesidad de creer en Cristo
para salvarse e intiman únicamente la obligación de someterse a Dios; por
consiguiente, confunden la conversión con la consagración, la fe con la fidelidad,
y la fe para vida eterna con la pulcritud de la vida cotidiana. Como puede
observarse fácilmente, el objetivo de este Movimiento es dejar a un lado la
necesidad de la muerte de Cristo como base de la regeneración y del perdón, y
promover la ruinosa herejía de que importa muy poco lo que uno crea con respecto
al poder salvador de Cristo, con tal de que la vida cotidiana esté dedicada al
servicio de Dios... Lo trágico de todo esto es que los que se acogen a semejante
engaño, parecen incapaces de por vida de salir de semejante enredo mediante una
auténtica fe en Cristo como Salvador; así que ningún ejemplo mejor que este
Movimiento se puede presentar hoy para testificar de lo que significa “un ciego
guiando a otro ciego”25.
Pero Chafer prescribió el remedio equivocado para las falsas enseñanzas
del Movimiento de Oxford, ya que para responder a un movimiento que
“omite[n] por completo la idea de la necesidad de creer en Cristo para
salvarse e intima[n] únicamente la obligación de someterse a Dios” desarrolló
un concepto de fe que despoja al creer de todo indicio de sometimiento.
Aunque el movimiento al que se oponía era de verdad un error insidioso,
Chafer lamentablemente estableció el fundamento para el error opuesto, con
resultados igualmente devastadores.
La idea de la fe sin arrepentimiento encaja bien con el concepto de Chafer
de una era de “pura gracia”, así que fue asimilado y ampliado por aquellos
que desarrollaron su teología a partir del modelo de Chafer, que al día de hoy
sigue siendo la base de toda enseñanza sobre la negación del señorío.
Otro resultado especialmente lamentable de la rígida división de Chafer
entre “la era de la ley” y “la era de la gracia” es su efecto en la perspectiva de
este sobre la Biblia. Chafer creía que “las enseñanzas de la ley, las
enseñanzas de la gracia, y las enseñanzas del reino son sistemas de reglas
divinas, separadas y completas”26, de ahí que relegara al Sermón del monte y
al Padrenuestro a una era del reino todavía por venir y concluyera que la
única Escritura directamente aplicable a esta era de la gracia “se halla en
porciones de los Evangelios, en porciones del Libro de Los Hechos, y en las
Epístolas del Nuevo Testamento”27: las “enseñanzas de la gracia”. ¿Cómo
podemos saber qué porciones de los Evangelios y de Hechos son “enseñanzas
de la gracia” designadas para esta era? Chafer fue ambiguo:
Las enseñanzas de la gracia no están aisladas en el Texto Sagrado. Los tres
sistemas aparecen en los cuatro Evangelios. Las enseñanzas de la gracia se
identifican más bien por su carácter intrínseco dondequiera que se hallan.
Porciones grandes del Nuevo Testamento son totalmente revelaciones de la
doctrina de la gracia. Al estudiante, así como a Timoteo, se le encarga estudiar
para ser aprobado de Dios en cuanto a trazar bien la Palabra de verdad28.
En otras palabras, en el Nuevo Testamento hay mucha mezcla entre las
enseñanzas de la ley y las del reino, y como no están explícitamente
identificadas para nosotros, podemos cometer errores si intentamos aplicarlas
equivocadamente a la era presente. De modo que la Biblia es como un
rompecabezas en el cual debemos discernir y categorizar qué porciones se
aplican a la era presente a fin de clasificarlas adecuadamente, algo que solo
podemos hacer por “su carácter intrínseco”.
Si de algo estaba seguro Chafer, era de que muchas de las enseñanzas de
Cristo, si no todas, no son aplicables al cristiano de esta era:
Corre en el mundo un sentimiento peligroso y totalmente sin base que supone que
cada enseñanza de Cristo es una obligación aplicarla en esta edad sencillamente
porque Cristo la pronunció. Se olvida el hecho de que Cristo, mientras vivía bajo
la ley de Moisés, guardándola y aplicándola, también enseñó los principios de su
reino futuro, y, al final de su ministerio y en relación a su cruz, también anticipó
las enseñanzas de la gracia. Si no se reconocen estas tres divisiones de las
enseñanzas de Cristo, no podrá haber sino confusión mental y, como
consecuencia, una contradicción de la verdad29.
Los dispensacionalistas que siguen a Chafer en este punto dividen
equivocadamente la Palabra de verdad, asignando secciones completas del
Nuevo Testamento a alguna otra dispensación, anulando la fuerza de
fragmentos importantes de los evangelios y de las enseñanzas de nuestro
Señor para hoy30.
¿Qué evangelio deberíamos predicar hoy en día?
No hace mucho tiempo recibí un artículo que ha sido ampliamente difundido
por un conocido dispensacionalista, quien escribió: “El doctor MacArthur
estuvo muy acertado al titular su libro El evangelio según Jesucristo, pues el
evangelio que Jesús enseñó en su humillación previa a la cruz, como Mesías
de Israel y para el pueblo del pacto bajo la ley era, a todos efectos, la
salvación de señorío”. Sin embargo, agregó: “La salvación de señorío está
basada en el evangelio según Jesucristo, Juan el Bautista y los primeros
discípulos, el cual está dirigido a la nación del pacto de Israel... El evangelio
del reino del Señor Jesús no tiene nada que ver con los cristianos ni con la
iglesia”.
La nota incluye muchas citas de los escritos del doctor Chafer en un intento
por demostrar que el evangelio de Jesús “estaba al nivel de la ley y del reino
terrenal” y que no tiene nada que ver con la gracia o la dispensación presente.
El autor del artículo observa que yo escribí “El evangelio que se anuncia
hoy en una inquietante cantidad de frentes no es el evangelio según
Jesucristo”, a lo cual responde: “¡Qué bendita verdad! Hoy somos ministros
del evangelio ‘por la gracia, por medio de la fe’ de Pablo, no del evangelio
del Señor Jesús relacionado con el reino teocrático orientado hacia la ley”.
Continúa diciendo: “El convertido por el evangelio según Jesucristo se ha
convertido en un hijo del reino [no en cristiano]. Y la autoridad divina
siempre será la fuerza impulsora de su corazón (el Espíritu que mora en él y
escribe la ley en su corazón a fin de hacer posible que se someta a la ley
teocrática del reino, bajo su Rey, [Pero el cristiano] no está bajo autoridad, no
busca obedecer) a menos que esté bajo la ley, como se describe en Romanos
7. Para él vivir es Cristo, y esa vida no está bajo autoridad... Pablo estaba
ofreciendo una salvación completamente diferente”.
Aquí, expresadas lo más claramente posible, están todas las locuras que
alguna vez han manchado el dispensacionalismo sintetizadas en un solo
sistema: el antinomianismo descarado (“El cristiano... no está bajo autoridad,
no busca obedecer”); múltiples maneras de alcanzar la salvación (“Pablo
estaba ofreciendo una salvación completamente diferente”); una perspectiva
fragmentada de las Escrituras (“el evangelio del Señor Jesús relacionado con
el reino teocrático orientado hacia la ley”); y la tendencia a dividir y
desconectar ideas relacionadas (“Hoy somos ministros del evangelio... de
Pablo... no del evangelio del Señor Jesús”).
Pon mucha atención: este hombre reconoce que el evangelio de Jesús exige
sometimiento a su señorío, pero según él el mensaje de Jesús no tiene
relevancia para esta era presente, por eso cree que los cristianos de hoy deben
proclamar un evangelio diferente al que Jesús predicó. Como se imagina que
la invitación de Jesús a los pecadores era de una naturaleza diferente a la del
mensaje que la iglesia es llamada a proclamar, cree que debemos predicar un
evangelio diferente.
Ninguna de esas ideas es nueva ni inusual dentro de la comunidad
dispensacionalista, ya que todas ellas pueden remontarse a uno o más de los
primeros representantes del dispensacionalismo, pero ya es hora de
abandonarlas.
En honor a la justicia deberíamos señalar que la nota que he citado expresa
algunas perspectivas bastante extremas. Aunque la mayoría de los principales
defensores del evangelismo de la negación del señorío probablemente
estarían en desacuerdo con el tipo de dispensacionalismo de este hombre, la
doctrina de la negación del señorío que defienden es precisamente un
producto de ese tipo de enseñanzas. No basta con abandonar las formas
rígidas del dispensacionalismo extremo, debemos abandonar además las
tendencias antinomianas.
La cuidadosa disciplina que ha marcado la mayor parte de nuestra tradición
teológica posterior a la Reforma debe ser guardada celosamente. Los
defensores de la salvación que niega el señorío dependen en exceso de las
presuposiciones de un sistema teológico predeterminado; a menudo se
apoyan en distinciones dispensacionalistas presupuestas (salvación y
discipulado, creyentes carnales y espirituales, evangelio del reino y evangelio
de la gracia, fe y arrepentimiento); se dejan enredar por conjeturas e
ilustraciones; tienden a depender del análisis racional en lugar del análisis
bíblico; cuando manejan la Biblia lo hacen demasiado dispuestos a permitir
que su sistema teológico les dicte la comprensión del texto. Como resultado,
adoptan regularmente interpretaciones novedosas de las Escrituras para
hacerlas adecuarse a su teología.
Tenemos que recordar lo siguiente: nuestra teología debe ser bíblica antes
de poder ser sistemática. Debemos comenzar con una interpretación adecuada
de la Biblia y basar en ella nuestra teología, en lugar de buscar en la Palabra
de Dios el fundamento para nuestras presuposiciones injustificadas. La Biblia
es el único patrón adecuado según el cual deberíamos medir en última
instancia la exactitud de nuestra doctrina.
El dispensacionalismo se encuentra en un cruce de caminos: la controversia
del señorío representa el cartel que marca la bifurcación, con una flecha
señalando en dirección a la ortodoxia bíblica y la otra (marcada “negación del
señorío”) apuntando hacia el camino del antinomianismo subcristiano. Los
dispensacionalistas que están pensando dirigirse en esa segunda dirección
harían bien en detenerse y volver a mirar el mapa.
El único mapa confiable es la Biblia, no los diagramas dispensacionalistas
que alguien haya elaborado. El dispensacionalismo como movimiento debe
alcanzar un consenso basado solamente en la Palabra de Dios. No podemos
seguir predicando evangelios diferentes a un mundo de por sí sumido en la
confusión.
1. Esta es la mayor inconsistencia que veo en la perspectiva del pacto: todos
reconocemos que las promesas del juicio de Israel fueron cumplidas
literalmente, pero la teología del pacto coloca a la iglesia como receptora de
las bendiciones prometidas que después deben ser espiritualizadas a fin de
aplicarse a la iglesia. A mí me parece que la consistencia requeriría que, si las
promesas del juicio fueron cumplidas literalmente, las bendiciones deberían
también tener un cumplimiento literal.
2. Ver el capítulo “¿Cómo debiéramos interpretar la Biblia?” en mi libro Los
Carismáticos: una perspectiva doctrinal, trad. Francisco Almanza (El Paso,
TX: Casa Bautista de Publicaciones, 1994), 85-105.
3. Charles C. Ryrie, Dispensacionalismo hoy, trad. Evis L. Carballosa
(Barcelona: Publicaciones Portavoz Evangélico, 1974), 26.
4. El ultradispensacionalismo es rechazado por la mayoría de los
dispensacionalistas (cf. ibíd., 110-116).
5. The Scofield Reference Bible (New York: Oxford, 1917), 1115. Publicado
en español como Biblia de estudio Scofield (Nashville, TN: Holman Bible
Publishers, 2012).
6. En una nota sobre Éxodo 19:3 donde se le está entregando la ley a Moisés,
Scofield escribió: “La ley no se propone como un medio de vida, sino como
un medio por el que Israel podría llegar a ser un ‘pueblo especial’ y un ‘reino
de sacerdotes’” (Ibíd.).
7. John Gerstner, Wrongly Dividing the Word ofTruth (New York: Loizeaux,
s.f.).
8. H. A. Ironside, Except Ye Repent (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1937).
9. H. A. Ironside, Eternal Security of Believers (New York: Loizeaux, 1934).
10. Ver, por ejemplo, Full Assurance (Chicago: Moody, 1937), 64, 77-87;
publicado en español como Seguridad absoluta, trad. Rhode Flores (Terrassa,
Barcelona: CLIE, 1986). También Holiness: The False and the True
(Neptune, N.J.: Loizeaux, 1912), 121-26; publicado en español como
Santidad: la falsa y la verdadera (Terrassa, Barcelona: CLIE, 1990).
11. Ryrie, por ejemplo, admitió en Dispensacionalismo hoy que Scofield
había hecho “declaraciones descuidadas” acerca de la soteriología del
dispensacionalismo y que los dispensacionalistas con frecuencia dan una
impresión equivocada acerca del papel de la gracia durante la era del Antiguo
Testamento (66-68).
12. Brentwood, TN: Wolgemuth & Hyatt, 1991. Cf Richard L. Mayhue,
“Who Is Wrong? A Review of John Gerstner’s Wrongly Dividing the Word
of Truth”, Master’s Seminary Journal 3:1 (primavera de 1992), 73-94.
13. Además, todos los profesores del Master’s Seminary somos
dispensacionalistas. Ninguno de nosotros apoya ninguna de las posiciones
antinomianas que el doctor Gerstner afirma que son comunes entre los
dispensacionalistas.
14. Scofield, The Scofield Reference Bible, 1003.
15. Lewis Sperry Chafer, Systematic Theology, 8 vols. (Dallas: Seminary
Press, 1948), 7:219 (énfasis añadido).
16. Ibíd.
17. Lewis Sperry Chafer, Grace (Wheaton, IL: Van Kampen, 1922), 344.
18. Ibíd.
19. Ibíd., 124 (énfasis añadido).
20. Gálatas 3 también aclara que nunca fue la intención de Dios que la
justicia viniera por medio de la ley ni que la salvación pudiera ser ganada por
medio de la obediencia (ver especialmente vv. 7, 11). La ley actuó como un
tutor para traer las personas a Cristo (v. 24), por eso aun en el Antiguo
Testamento las personas fueron salvas por medio de la fe, no por causa de la
obediencia a la ley (cf. Romanos 3:19, 20).
21. Lewis Sperry Chafer, “Dispensational Distinctions Denounced”,
Bibliotheca Sacra (julio de 1944), 259.
22. Chafer, Teología sistemática, III:1199.
23. Ibíd., III:1213.
24. Ibíd., III:1216.
25. Ibíd., III:1214.
26. Ibíd., IV:229.
27. Ibíd., IV:210.
28. Ibíd., IV:189.
29. Ibíd., IV:228-229.
30. Los ultradispensacionalistas llevan la metodología de Chafer un paso más
adelante. Al observar que el apóstol Pablo dijo que la iglesia era un misterio
que “en otras generaciones no se dio a conocer... a los hijos de los hombres,
como ha sido revelado ahora a sus santos Apóstoles y profetas por el
Espíritu” (Efe. 3:5), concluyen que la era de la iglesia no comenzó hasta este
punto en el ministerio de Pablo, así que abrogan todo el Nuevo Testamento
exceptuando las cartas de Pablo desde la prisión.
Apéndice 3
VOCES DEL PASADO
Zane Hodges afirma que la salvación de señorío está empujando a la iglesia
de regreso a la Edad Media. Hace este alegato:
Podría incluso decirse que la salvación por el señorío arroja un velo de oscuridad
sobre toda la revelación del Nuevo Testamento y al hacerlo la maravillosa verdad
de la justificación por la fe, aparte de las obras, retrocede hacia las sombras, algo
semejante a lo que hicieron aquellos que oscurecieron los días previos a la
Reforma. Lo que sustituye esta doctrina es cierto tipo de síntesis fe-obras que
difiere apenas insignificantemente del dogma Católico Romano (CL).
En otra parte, Hodges escribe: “Digámoslo claramente: la salvación por el
señorío sostiene una doctrina de la fe salvadora que está en conflicto con la
de Lutero y Calvino, y lo que es más importante, con la Palabra de Dios”
(CL, énfasis en el original).
Los maestros de la negación del señorío afirman con frecuencia ser los
herederos de la Reforma y muchos, haciéndose eco de la reiterada acusación
de que la salvación por el señorío está “pavimentando el camino de regreso a
Roma”, mencionan citas seleccionadas de los grandes reformadores sobre los
temas de la fe y la seguridad para luego hacer la ilógica sugerencia de que la
teología de la negación del señorío está “cómodamente alineada con Calvino,
Lutero y muchos de sus sucesores”1.
Es extremadamente difícil comprender como alguien familiarizado con la
literatura de la Reforma podría hacer semejante declaración. Los escritos de
Lutero y Calvino están llenos de material que argumenta explícitamente
contra muchos de los mismos errores que la teología de la negación del
señorío ha adoptado. En ninguna parte de sus escritos encontramos apoyo
para la idea de que una persona justificada pueda permanecer sin
santificación. Ese es un asunto sobre el que los reformadores tenían mucho
que decir. ¿Por qué no dejamos que hablen por sí mismos?
Lo que Lutero dice sobre la justificación por la fe
El descubrimiento de Martín Lutero de la verdad bíblica acerca de la
justificación por la fe dio inicio a la Reforma. Fíjate en la manera en que
Lutero combate la noción de que la fe verdadera pueda coexistir con un
patrón permanente de vida en pecado:
La fe verdadera de la que hablamos no puede ser manufacturada por nuestros
propios pensamientos, porque es solamente una obra de Dios en nosotros, sin
ninguna asistencia por nuestra parte. Como Pablo dice a los Romanos, es un don y
una gracia de Dios, obtenida por un hombre, Cristo. Así que la fe es algo muy
poderoso, activo, dinámico, efectivo, que renueva de una vez a una persona y la
vuelve a regenerar, la dirige a un nuevo estilo de vida y un nuevo carácter para
que sea imposible no hacer el bien sin cesar.
Porque así como es natural que un árbol produzca fruto, lo es igualmente que la
fe produzca buenas obras. Y así como es innecesario ordenarle al árbol que
produzca fruto, de igual manera no hay orden dada a los creyentes como dice
Pablo [1 Tes. 4:9], ni se hace necesaria una exhortación para que hagan el bien,
porque lo harán por sí mismos, libremente y sin limitaciones (así como por sí
mismos duermen, comen, beben, se ponen la ropa, escuchan, hablan, van y
vienen).
Quien no tiene esta fe habla, aunque vanamente, acerca de la fe y las obras y no
se permite a sí mismo saber lo que dice o a dónde se dirige porque no la ha
recibido. Les da vueltas a sus mentiras y aplica las Escrituras que hablan de la fe y
las obras a sus propios sueños y falsos pensamientos (lo cual es pura obra
humana), mientras que las Escrituras atribuyen tanto la fe como las buenas obras
no a nosotros sino solamente a Dios.
¿No es esta gente pervertida y ciega? Enseñan que no podemos hacer una buena
obra por nosotros mismos y luego en su presunción se ponen a obrar y se
atribuyen la más importante de todas las obras de Dios, la fe, para producirla ellos
mismos a partir de sus propios pensamientos perversos. Es por eso que he dicho
que deberíamos dejar de esperar en nosotros mismos y orar a Dios por fe tal como
hicieron los Apóstoles en Lucas 17:5. Cuando tenemos fe no necesitamos nada
más porque esta trae consigo el Espíritu Santo, que entonces no solamente nos
enseña todas las cosas, sino que también nos establece firmemente en ella y nos
conduce a través de la muerte y el infierno al cielo.
Presten atención ahora a que hemos dado estas respuestas de que las Escrituras
contienen estos pasajes referentes a las obras en consideración a estos soñadores y
su fe inventada: el hombre no puede convertirse en bueno por sus obras, sino que
debe comprobar y ver la diferencia entre la fe falsa y la verdadera, porque donde
la fe es correcta produce el bien, pero si no hace lo bueno entonces será
ciertamente un sueño y una idea falsa. Por tanto, así como el fruto en el árbol no
hace que el árbol sea bueno, pero sin embargo demuestra externamente y testifica
que el árbol es bueno, como Cristo dijo: “Por sus frutos los conocerán”. Así que
debemos también aprender a conocer la fe por sus frutos.
Gracias a esto verán ustedes que existe una gran diferencia entre ser bueno y ser
conocido como bueno, o bien entre llegar a ser bueno y demostrar y mostrar que
se es bueno: la fe hace el bien, pero las obras muestran que la fe y la bondad son
correctas. Así pues, las Escrituras hablan directamente, como prevalece entre la
gente común, igual que cuando un padre le dice a su hijo: “Ve y sé misericordioso,
bueno y amigable con tal o cual persona”. No le ordena que sea misericordioso,
bueno y amigable, pero como ya es bueno y misericordioso le requiere que debería
además mostrarlo y probarlo externamente hacia el pobre con su acción, para que
la bondad que tiene en sí mismo también le sea conocida a otros y les sea de
utilidad.
Deberíamos explicar todos los pasajes de las Escrituras referidos a las obras
(que Dios desea por tanto dejar que la bondad recibida en fe se exprese y se
demuestre, y se convierta en un beneficio para otros) a fin de que la fe falsa llegue
a ser expuesta y desarraigada del corazón. Dios no otorga su gracia a nadie para
que esta permanezca inactiva y no produzca nada bueno, sino para que produzca
resultados, y al ser conocida públicamente y probada externamente, atraiga a
todos hacia Dios, como dice Cristo: “Así alumbre la luz de ustedes delante de los
hombres, de modo que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en
los cielos” (Mat. 5:16). Si no fuera así, no sería sino un tesoro enterrado y una luz
escondida. ¿Pero qué provecho hay en ellos? Sí, la bondad entonces no solamente
llega a ser conocida por los demás, sino que nosotros mismos nos aseguramos de
ser honestos, como dice Pedro: “Por eso, hermanos, procuren aun con mayor
empeño hacer firme su llamamiento y elección” (2 Ped. 1:10). Donde las obras no
se manifiestan, un hombre no puede saber si su fe es la correcta; sí, podría estar
seguro de que su fe es un sueño y de que no es tan correcta como debiera. Así fue
como Abraham llegó a tener certeza de su fe y de su temor a Dios, cuando ofreció
a su hijo. Como Dios le dijo a Abraham por medio del ángel: “Ahora conozco que
temes a Dios, ya que no me has rehusado tu hijo, tu único” (Gén. 22:12).
Permanezcan entonces en la verdad: el hombre es justificado internamente
solamente por la fe sin obras en espíritu ante Dios, pero es justificado por las obras
externa y públicamente delante de los hombres y de él mismo, siendo así un
creyente honesto y piadoso de corazón. Eso que podrían ustedes llamar
justificación pública o externa es solamente el fruto, el resultado y la prueba de la
justificación en el corazón, porque el hombre no se convierte así en justo ante
Dios, sino que debe ser previamente justo delante de él. Así pues, pueden llamar
fruto del árbol al bien público o externo del mismo, el cual es solo el resultado y la
prueba de su bondad interna y natural.
A eso se refiere Santiago cuando dice en su epístola: “La fe sin obras está
muerta” (2:26). Es decir, si las obras no se manifiestan es una señal segura de que
allí no hay fe, sino un pensamiento vacío y un sueño al que falsamente se llama
fe... En la medida en que las obras siguen naturalmente a la fe, como he dicho, no
es necesario ordenarlas, para que aprendamos a distinguir entre la fe falsa y la
verdadera2.
Lo que Calvino dice sobre la naturaleza de la fe
Juan Calvino se defendió vigorosamente contra aquellos que “[procuraban]
hacer odiosa” la doctrina de la justificación por la fe diciendo que los que la
enseñaban “[condenaban] las buenas obras... y que [apartaban] a los hombres
de las mismas”3. Escribió: “nosotros [admitimos] que la fe y las buenas obras
están necesariamente unidas entre sí y van a la par”4. Calvino debatió con un
cardenal católico sobre este mismo tema:
Por lo cual si quieres comprender cómo la fe y las buenas obras son cosas
inseparables, mira a Cristo... donde no existe deseo alguno de santidad e
inocencia, no pueden estar ni Cristo ni su Espíritu. Y donde Cristo no está,
tampoco hay justicia, ni siquiera fe, la cual no puede tomar a Cristo como justicia
sin el Espíritu de santificación5.
Calvino atacó la definición de fe del movimiento escolástico de la Iglesia
Católica Romana, pues, según los escolásticos, existe un tipo de “fe” que no
tiene un efecto transformador en los afectos o la conducta de los que “creen”
y que existe en las personas que no tienen deseos de santidad ni tampoco
amor por Dios. Calvino se sintió claramente ofendido por esta explicación y
escribió la siguiente diatriba contra este error:
En primer lugar hemos de refutar la vana distinción tan común en las escuelas de
teología, según la cual hay dos clases de fe, una formada y otra informe. Porque
ellos se imaginan que los que no se conmueven por ningún temor de Dios, ni
tienen sentimiento alguno de piedad, no por eso dejan de creer todo cuanto es
necesario para conseguir la salvación. ¡Como si el Espíritu Santo, al iluminar
nuestro corazón para que crea, no nos fuera testigo de nuestra adopción! Sin
embargo ellos, contra la autoridad de toda la Escritura, muy orgullosos dan el
nombre de fe a esta persuasión vacía de todo temor de Dios. No hay por qué
disputar más sobre su definición de fe; basta simplemente definirla tal cual nos es
presentada en la Palabra de Dios. Con ello se verá con toda claridad cuán
neciamente, más que hablar gruñen al tratar de la fe.
Ya he tratado una parte; el resto lo expondré en su lugar oportuno. De momento
sólo afirmo que no se puede imaginar mayor disparate que éste su desvarío. Ellos
pretenden que se tenga por fe un consentimiento por el cual se admita como
verdad cuanto se contiene en la Escritura sin hacer para nada caso de Dios.
Ahora bien, primeramente se deberá considerar si cada uno alcanza la fe por su
propio esfuerzo y diligencia, o si es el Espíritu Santo el que nos da testimonio de
nuestra adopción. Y así ellos no hacen más que balbucir como niños, cuando
preguntan si la fe informada por la caridad que se le añade es una misma fe o una
fe diferente y nueva. Por aquí se ve que ellos al hablar de esta manera, nunca han
considerado debidamente el singular don del Espíritu Santo, por el cual la fe nos
es inspirada. Porque el principio del creer ya contiene en sí la reconciliación con
la que el hombre se acerca a Dios. Si ellos considerasen bien lo que dice san
Pablo: “con el corazón se cree para justicia” (Rom. 10:10), dejarían de fantasear
con esa vana cualidad que, según ellos, compone la fe. Aunque no tuviésemos
otras razones, sería suficiente para poner fin a esta distinción, saber que el
asentimiento que damos a Dios radica en el corazón más que en el cerebro; más en
el afecto que en el entendimiento. Semejante asentimiento no puede darse sin
buena disposición afectiva; por lo menos como la Escritura lo muestra.
Pero existe aún otro argumento más claro. Como quiera que la fe llega a
Jesucristo, según el Padre nos lo presenta, y él no nos es presentado únicamente
para justicia, remisión de los pecados y reconciliación, sino también para
santificación yfuente de agua viva, nadie podrá jamás conocerlo y creer en él
como debe, sin que alcance a la vez la santificación del Espíritu. O bien, de una
manera más clara: lafe sefunda en el conocimiento de Cristo, y Cristo no puede ser
conocido sin la santificación de su Espíritu; por tanto se sigue que de ninguna
manera se puede separar la fe de la buena disposición afectiva...
Aunque concedemos, por razón de enseñanza, que hay muchas clases de fe
cuando queremos demostrar el conocimiento que de Dios tienen los impíos, no
obstante reconocemos y admitimos con la Escritura una sola fe para los hijos de
Dios.
...De Simón Mago se dice que creyó, bien que enseguida dejó ver su
incredulidad (Hech. 8:13,18). El testimonio que se nos da de su fe no lo
entendemos, como algunos, en el sentido de que simplemente fingió creer de
palabra, sin que tuviera fe alguna en su corazón; más bien afirmamos que Simón,
conmovido por la majestad del Evangelio, hasta cierto punto le dio crédito, y de
tal manera reconoció a Cristo como autor de la vida y la salvación, que
voluntariamente lo aceptó como tal.
Asimismo se dice en el evangelio de San Lucas que por algún tiempo creyeron
aquellos en los cuales la semilla de la Palabra fue sofocada antes de que llegase a
dar fruto, o bien, que se secó y se echó a perder antes de haber echado raíces (Luc.
8:7, 13,14). No dudamos que estos, movidos por un cierto gusto de la Palabra, la
desearon, y sintieron su divina virtud; de tal manera que no solamente engañan a
los demás con su hipocresía, sino también a su propio corazón. Porque ellos están
convencidos de que la reverencia que otorgan a la Palabra de Dios es igual que la
piedad, pues creen que la única impiedad consiste en vituperar o menospreciar
abiertamente la Palabra.
Ahora bien, esta recepción del Evangelio, sea cual sea, no penetra hasta el
corazón ni permanece fija en él. Y aunque algunas veces parezca que ha echado
raíces, sin embargo no se trata de raíces vivas. Tiene el corazón del hombre tantos
resquicios de vanidad, tantos escondrijos de mentira, está cubierto de tan vana
hipocresía, que muchísimas veces se engaña a sí mismo. Comprendan, pues, los
que se glorían de tales apariencias y simulacros de fe, que respecto a esto no
aventajan en nada al diablo (Stg. 2:19) ... Sin embargo, hay que advertir a los
fieles que se examinen a sí mismos con diligencia y humildad para que, en lugar
de la certidumbre que deben poseer, no penetre en su corazón un sentimiento de
seguridad carnal.
Los réprobos sólo tienen un sentimiento confuso y temporal de la gracia. Hay
además otra cosa, y es que los réprobos jamás experimentan más que un
sentimiento confuso de la gracia de Dios, de suerte que más bien perciben la
sombra que el cuerpo o sustancia de la cosa. Porque el Espíritu Santo no sella
propiamente más que en los elegidos la remisión de los pecados, a fin de que
tengan una particular certidumbre y se aprovechen de ello. No obstante, se puede
decir con toda razón que los réprobos creen que Dios les es propicio, porque ellos
aceptan el don de la reconciliación, aunque de una manera confusa y sin una recta
resolución. No que sean partícipes de la misma fe y regeneración que los hijos de
Dios, sino que bajo el manto de la hipocresía parece que tienen el mismo principio
de fe que ellos. No niego que Dios ilumine su entendimiento hasta el punto de
hacerles conocer la gracia; sin embargo distingue este sentimiento que les da del
testimonio que imprime en el corazón de los fieles, de tal manera que aquéllos
nunca llegan a disfrutar de la firmeza y verdadera eficacia de que éstos gozan. De
hecho no se muestra por ello propicio a los réprobos, como si los hubiera librado
de la muerte tomándolos bajo su protección, sino que únicamente les muestra al
presente su misericordia. Pero solamente a los elegidos otorga la merced de
plantar la fe viva en su corazón para que perseveren hasta el fin6.
Los puritanos y la teología de la Reforma
Zane Hodges cree que los reformadores ingleses alteraron y corrompieron la
doctrina de la justificación por la fe, según él, al ampliar la definición de fe
de los primeros reformadores. A la enseñanza de los puritanos sobre la fe y la
seguridad la llama “una mancha trágica en la historia de la iglesia cristiana”
(CL) y dice que es la base de “la salvación por el señorío”: “En el mundo de
habla inglesa, este concepto radicalmente alterado de la fe que salva puede
ser descrito con cierta justicia como teología puritana. La salvación por el
señorío, en su forma contemporánea más conocida, simplemente populariza
el puritanismo del que es heredera” (CL).
En una nota con respecto a este punto, Hodges señala que una lista de citas
que yo incluí en El evangelio según Jesucristo como apéndice se apoya
fuertemente en fuentes puritanas y reitera su acusación de que “la teología
puritana, especialmente en el área de la fe y la seguridad, no refleja en
absoluto la doctrina del propio Calvino, además de constituir un marcado
alejamiento del pensamiento de la Reforma” (CL).
Pero como ya he sugerido anteriormente (ver capítulo 10, nota 6), Hodges
está exagerando la diferencia entre Calvino y los puritanos. Ningún grupo de
teólogos defendió la justificación por la fe con más intensidad que los
reformadores ingleses y, como demuestran las citas que ya he presentado,
nadie estaba más convencido de las obras de la fe auténtica que Lutero y
Calvino.
Aunque Lutero, Calvino y los puritanos podrían haber expresado
diferencias en cuanto a la manera de describir la fe y de obtener la seguridad,
todos estuvieron de acuerdo en que es inevitable que la santificación suceda a
continuación de la justificación. Ninguno de ellos hubiera tolerado el
concepto de que los verdaderos creyentes no perseveraran en la justicia o de
que la fe auténtica pueda caer en la inactividad o la incredulidad permanente.
En cuanto a esto, los defensores de la teología de la negación del señorío
moderna están bastante engañados.
Lo que J. C. Ryle dice sobre
la justificación y la santificación
El obispo J. C. Ryle, aunque vivió en el siglo XIX, fue un clérigo inglés de
tradición puritana. En su época reconoció todas las tendencias incipientes que
llegado nuestro tiempo han conducido a la teología de la negación del
señorío, a las cuales respondió con su emblemática obra La santidad (1879).
Hoy en día sigue siendo una respuesta efectiva al error de la negación del
señorío y, en varios sentidos, es la obra definitiva sobre este tema.
Ryle, en armonía con toda la teología puritana y reformada, despreciaba el
concepto de que la justificación y la santificación pudieran separarse, o de
que la santificación pudiera ser opcional en la experiencia del creyente
verdadero. Consideraba la justificación y la santificación como diferentes
pero inseparables. Escribió:
¿En qué se parecen la justificación y la santificación?
a. Ambas provienen por igual de la libre gracia de Dios: los creyentes son
justificados o santificados exclusivamente como un don suyo.
b. Ambas forman parte de la gran obra de salvación que Cristo llevó a cabo por
su pueblo merced al pacto eterno: Cristo es la fuente de vida, de la que brotan el
perdón y la santidad; Cristo es la raíz de todo ello.
c. Ambas se hallan en las mismas personas: quienes han sido justificados están
siempre santificados y a la inversa. Dios las ha unido y es imposible separarlas.
d. Ambas comienzan de forma simultánea: en el momento que alguien empieza
a ser una persona justificada empieza también a ser una persona santificada. Quizá
no lo sienta así, pero es un hecho.
e. Ambas son igualmente necesarias para la salvación: jamás hubo nadie que
llegara al Cielo sin un corazón renovado —además de haber recibido el perdón—,
sin la gracia del Espíritu —además de la sangre de Cristo—, sin una conformidad
con la gloria eterna, además de la acreditación para ella. La una es tan necesaria
como la otra.
Tales son los puntos en los que coinciden la justificación y la santificación.
Invirtamos ahora el sentido y veamos en qué se diferencian.
a. La justificación es el acto de considerar a una persona justa en virtud de otra;
esto es, del Señor Jesucristo. La santificación es el acto de convertir a una persona
en justa interiormente, aunque sea en un grado muy leve.
b. La justicia que obtenemos por nuestra justificación no nos pertenece, sino que
es la justicia perfecta y eterna de Cristo nuestro Mediador, que se nos imputa y de
la que nos apropiamos mediante la fe. La justicia que obtenemos mediante la
santificación nos corresponde a nosotros: impartida y obrada en nosotros por el
Espíritu Santo pero entremezclada con una fuerte dosis de debilidad e
imperfección.
c. En la justificación, nuestras obras no tienen lugar alguno, y lo único necesario
es la pura fe en Cristo. En la santificación, nuestras obras son de inmensa
importancia, y Dios nos pide que luchemos, vigilemos y oremos, que nos
esforcemos y trabajemos por ella.
d. La justificación es una obra completa y terminada, y la persona queda
plenamente justificada en el instante en que cree. La santificación es, en términos
comparativos, una obra imperfecta que jamás alcanzará la perfección hasta que
lleguemos al Cielo.
e. La justificación no deja lugar para el crecimiento: una persona está tan
justificada en el momento en que acude por vez primera a Cristo por fe como lo
estará durante toda la eternidad. La santificación es una obra eminentemente
progresiva y deja lugar para un crecimiento continuo mientras viva la persona.
f. La justificación hace especial referencia a nuestras personas, nuestra posición
a los ojos de Dios, y nuestra liberación de la culpa. La santificación hace especial
referencia a nuestras naturalezas y a la renovación moral de nuestros corazones.
g. La justificación nos acredita para el Cielo, y nos proporciona el denuedo para
entrar en el mismo. La santificación nos prepara para el Cielo y para disfrutar de
este cuando lo alcancemos.
h. La justificación es el acto de Dios con respecto a nosotros, y resulta difícil
para los demás discernirla. La santificación es la obra de Dios en nosotros, y es
imposible ocultarla a los ojos de los hombres en su manifestación exterior.
Presento estas distinciones a la consideración de todos mis lectores, y les pido
que las ponderen con detenimiento. Estoy convencido que una de las grandes
causas de la penumbra y el malestar que sienten muchas personas
bienintencionadas en cuestiones religiosas es su costumbre de confundir y no
diferenciar la justificación y la santificación. Nunca se puede recalcar lo suficiente
que se trata de dos cosas distintas. Está claro que son inseparables, y todo el que
participa de una de ellas debe participar por fuerza de la otra; pero nunca, nunca,
debemos confundirlas, y jamás debemos olvidar la distinción entre ellas7.
Lo que Charles Spurgeon dice sobre la santidad
Charles Spurgeon fue un bautista inglés en la tradición puritana. Nadie
predicó más poderosamente que él contra el concepto de “recibir a Cristo
como Salvador” y al mismo tiempo despreciar su señorío. “De cierto les digo,
no pueden tener a Cristo como su Salvador a menos que también lo reciban
como Señor”, dijo Spurgeon8. Podrían ser citadas páginas de material de la
predicación de Spurgeon para desenmascarar la enseñanza de la negación del
señorío.
Spurgeon se suma a los puritanos y los reformadores en cuanto al concepto
de que la santificación práctica es una evidencia esencial de la justificación.
Predicando acerca de Mateo 22:11-14, Spurgeon dijo:
La santidad siempre está presente en los leales invitados del gran Rey, porque “sin
santidad nadie verá al Señor”. Demasiados profesantes se consuelan con la idea de
que poseen la justicia imputada, aunque permanecen indiferentes a la obra
santificadora del Espíritu. Se niegan a vestir el atuendo de obediencia y rechazan
el lino blanco que es la justicia de los santos, con lo cual revelan su voluntad
propia, su enemistad contra Dios y su falta de sumisión delante de su Hijo. Tales
hombres pueden decir lo que quieran con respecto a la justificación por la fe y la
salvación por la gracia, pero en su corazón son rebeldes, no llevan puesto el
vestido de bodas mucho más que los jactanciosos a los que tan intensamente
condenan. El hecho es que si anhelamos las bendiciones de la gracia debemos
someternos de corazón a las reglas de esta sin poner tantos reparos9.
En otro contexto, Spurgeon dijo:
Cristo no vino para que continúen en pecado y escapen de su castigo; no vino para
evitar que la enfermedad fuese mortal sino a eliminarla por completo. Muchas
personas piensan que cuando predicamos la salvación nos referimos a salvarnos de
ir al infierno. No nos referimos [solamente] a eso, sino a mucho más: predicamos
la salvación del pecado; decimos que Cristo puede salvar al hombre, y con eso nos
referimos a que es capaz de salvarlo del pecado y hacerlo santo, hacer de él una
nueva persona. Nadie tiene el derecho de decir “Soy salvo” si continúa en el
pecado como antes. ¿Cómo puedes ser salvo del pecado si todavía vives en él? El
hombre que se está ahogando no puede decir que se ha salvado del agua mientras
se siga hundiendo en ella; el que padece en medio del frío del invierno no puede
decir que se ha salvado del frío mientras siga congelándose en el viento helado.
No, hombres, Cristo no vino a salvarlos en sus pecados, sino a salvarlos de sus
pecados; no vino a tratar su enfermedad para que no llegue a matarlos, sino a
permitir que siga siendo una enfermedad mortal y, sin embargo, apartarla de
ustedes y a ustedes de ella. Cristo Jesús vino a sanarnos de la plaga del pecado, a
tocarnos con su mano y decir “Quiero, sé limpio”10.
Spurgeon atacó una incipiente variedad de la doctrina de la negación del
señorío en un sermón de 1872:
Existen algunos que desean recibir a Cristo como Salvador, pero no lo quieren
aceptar como Señor. No comunicarán sus intenciones tan claramente, pero como
las acciones son más elocuentes que las palabras, eso es lo que su conducta está
prácticamente diciendo. ¡Qué triste es que algunos hablen de su fe en Cristo, pero
que esta no se demuestre en sus obras! Algunos incluso hablan como si
comprendieran a qué nos referimos cuando hablamos del pacto de la gracia, pero
desgraciadamente en sus vidas no aparece ninguna evidencia buena de la gracia
sino pruebas muy evidentes del pecado (y no de la gracia) en abundancia. No
puedo concebir que sea posible para nadie recibir a Cristo como su Salvador pero
no como Señor. Uno de los primeros instintos del alma redimida es caer a los pies
del Salvador y clamar con gratitud y adoración: “Bendito Maestro, me compraste
con tu preciosa sangre, ahora soy tuyo; solamente tuyo, completamente tuyo, tuyo
para siempre. Señor, ¿qué quieres que haga?”. El hombre que realmente es salvo
por la gracia no necesita que le digan que se encuentra bajo la solemne obligación
de servir a Cristo porque la nueva vida en su interior ya se lo dice. En lugar de
considerarlo una carga, se somete voluntaria y alegremente, de cuerpo, alma y
espíritu, al Señor que lo ha redimido, pues considera que este es su servicio
razonable. En lo que a mí concierne, puedo decir honestamente que el momento en
que supe que Cristo era mi Salvador, estuve listo para decirle:
Tuyo soy, solamente tuyo,
Cumplo mi deber con orgullo,
Y en todas mis caminos y mis obras
Solo tu alabanza veré ahora.
Ayúdame a confesar tu nombre,
A cargar con tu cruz y vergüenza por el hombre.
Seguirte será mi único anhelo,
Aunque solo reciba reproches y no consuelo.
No es posible que aceptemos recibir a Cristo como nuestro Salvador a menos que
también se convierta en nuestro Rey, porque gran parte de la salvación consiste en
que seamos salvados del dominio del pecado, y la única manera en que podemos
ser liberados de la autoridad de Satanás es sujetarnos al señorío de Cristo... Si
fuese posible que el pecado fuera perdonado y que el pecador siguiera viviendo tal
como antes, no sería realmente salvado11.
El evangelicalismo estadounidense
y la teología de la negación del señorío
En el capítulo 2 declaré mi convicción de que el movimiento contemporáneo
de la negación del señorío es un fenómeno que tiene lugar sobre todo en los
Estados Unidos, pero también añadiría que la teología de la negación del
señorío representa una desviación radical de las convicciones
fundamentalistas y evangélicas históricas de ese país (las convicciones
protestantes norteamericanas que tienen sus raíces, por supuesto, en el
movimiento puritano inglés). Tanto los grandes avivamientos de los siglos
XVIII y XIX como el movimiento metodista y el auge del reavivamiento a
comienzos del siglo XX tenían en común que el señorío de Cristo se hallaba
en el corazón del evangelio que proclamaban. Jonathan Edwards, tal vez la
mayor autoridad teológica de todos los tiempos en Estados Unidos, escribió:
En cuanto a la pregunta de si reconocer a Cristo en su oficio real es la esencia de
la fe justificadora, diré que aceptarlo como tal es, sin duda, la condición adecuada
de tener un interés en este, así como en la salvación que él otorga en el ejercicio de
ese oficio; en cuanto a la recepción del perdón de los pecados, es la condición
adecuada del perdón de los pecados. Cristo, en su oficio real, otorga la salvación
y, por tanto, aceptarlo como tal, con la disposición de dejar todo y sufrir todo por
el deber para con Cristo, además de darle el respeto y el honor que le corresponde,
es la condición para la salvación, tal como es manifiesto en Hebreos 5:9: “Y
habiendo sido perfeccionado, llegó a ser Autor de eterna salvación para todos los
que le obedecen”12.
Por supuesto, la fuerte tradición reformada del Seminario de Princeton, en
la que se educaron Charles Hodge, B. B. Warfield y J. Gresham Machen,
presentaba un mensaje claro sobre el señorío. Hodge escribió:
El hecho de que las buenas obras son el efecto necesario de la fe queda incluido en
la doctrina de que somos santificados por la fe. Porque es imposible que haya
santidad interior, amor, espiritualidad, amor fraternal y celo sin una manifestación
externa de estas gracias en toda la vida exterior. Por tanto, la fe sin obras está
muerta. Somos salvos por la fe. Pero la salvación incluye la liberación del pecado.
Por ello, si nuestra fe no nos libra del pecado, no nos salva. El antinomianismo
involucra una contradicción lógica13.
Solamente una línea evangélica estadounidense ha aceptado y propagado la
teología de la negación del señorío, y esa es la rama del dispensacionalismo
que se describe en el Apéndice 2.
Lo que D. L. Moody dice sobre el arrepentimiento
D. L. Moody, evangelista y fundador del Instituto Bíblico Moody, presentó
en su predicación un claro llamado al arrepentimiento:
Hay bastante confusión entre la gente respecto a qué es realmente el
arrepentimiento. Si le preguntas a cualquiera, te dirá: “Es sentirse apenado”. Si le
preguntas a un hombre si se arrepiente, te dirá: “Claro que sí, normalmente me
siento apenado por mis pecados”. Eso no es arrepentimiento, porque se trata de
algo más que sentirse apenado. El arrepentimiento consiste en darle la espalda al
pecado y dejarlo atrás. El domingo quería hablar de ese versículo de Isaías que
dice: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos”. De eso se
trata. Si un hombre no les da la espalda a sus pecados no será aceptado por Dios, y
si la justicia no produce un cambio (un abandono del mal para encomendarse al
bien) no será justicia verdadera14.
Moody declaró:
No transitamos por el mismo camino que antes de convertirnos. El hombre o la
mujer que profesa ser cristiano y sigue por el camino antiguo no ha nacido de
nuevo. Cuando nacemos de nuevo, lo hacemos en un nuevo camino, el cual es
precisamente Cristo. Renunciamos a nuestro antiguo camino y tomamos este. El
camino antiguo conduce a la muerte y el nuevo a la vida perdurable; Satanás nos
guía en el viejo camino, pero en el nuevo quien reina sobre nosotros es el Hijo de
Dios. El nos guía, pero no a la esclavitud o la oscuridad, sino por un camino de
paz y gozo15.
Lo que R. A. Torrey dice sobre el señorío
R. A. Torrey, el primer presidente del Instituto Bíblico Moody, enseñó a sus
estudiantes a conducir a las personas a Cristo:
Muéstrales a Jesús como Señor.
No basta con conocer a Jesús como Salvador, también debemos conocerlo como
Señor. Un versículo adecuado para este propósito es Hechos 2:36:
“Sepa, pues, con certidumbre toda la casa de Israel, que a este mismo Jesús a
quien ustedes crucificaron, Dios le ha hecho Señor y Cristo”.
Cuando la persona haya leído este versículo, pregúntale qué es lo que Dios hizo
de Jesús, e insiste en ello hasta que responda: “Le ha hecho Señor y Cristo”.
Entonces dile: “¿Estás dispuesto a aceptarle como tu divino Señor, a quien
someterás tu corazón y todos tus pensamientos y acciones?”.
Otro versículo adecuado para este propósito es Rom. 10:9:
“Que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y si crees en tu corazón que
Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo”.
Cuando la persona haya leído el versículo pregúntale cómo tenemos que
confesar a Jesús. Debería responder: “Como Señor”. Si no responde de esa
manera, hazle otras preguntas hasta que responda así. Entonces pregúntale:
“¿Realmente crees que Jesús es el Señor, que es el Señor de todo, que es
legítimamente el Señor y Dueño de tu vida y persona?”. Tal vez sería bueno
utilizar Hechos 10:36 para arrojar algo de luz adicional en cuanto a este punto:
“Dios ha enviado un mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la
paz por medio de Jesucristo. Él es el Señor de todos”16.
Lo que James M. Gray dice sobre la salvación
James M. Gray, el segundo presidente del Instituto Bíblico Moody, escribió:
El designio de la expiación es declarado en las palabras: “Habiendo muerto a los
pecados, vivamos para la justicia”, un doble designio, como vemos, pues la
intención de Dios no fue solamente punitiva sino curativa: dio a su Hijo no
solamente para que se llevara nuestra culpa sino también para cambiar nuestras
vidas...
El momento en que recibimos a Cristo por la fe, también recibimos al Espíritu
Santo en nuestro interior para que nos regenere y cree en nuestro interior un
espíritu recto a fin de que seamos “muertos a nuestros pecados”, no solamente en
el sentido judicial o el de la imputación... sino también en el práctico y
experimental. Eso no quiere decir que el pecado sea erradicado de nuestros
corazones y que ya no esté latente dentro de nosotros (1 Jn. 1:8), sino que su poder
sobre nosotros es quebrantado. Llegamos a aborrecer de verdad los pecados que
solíamos amar y a amar la santidad que solíamos aborrecer.
...Cristo murió, no solamente para que estemos muertos judicial y
experimentalmente sino para que “vivamos para la justicia” igual que nuestro
substituto y representante murió y se volvió a levantar...
Ahora Pablo nos dice también en el sexto capítulo de Romanos ya citado que si
estamos unidos con Cristo en la semejanza de su muerte también lo estamos en la
semejanza de su resurrección y que si morimos con él también viviremos con él.
No se trata nada más de que vayamos a vivir con él en algún momento en un
estado físico de gloria de resurrección, sino que vivimos con él ahora en un estado
espiritual de gloria de resurrección. La muerte que él murió, para el pecado murió
una vez por todas, pero en cuanto vive, vive para Dios. Aun así, nosotros no solo
tenemos que considerarnos muertos al pecado, como ya lo hemos mencionado,
sino vivos para con Dios en Cristo Jesús (6:11), vivos ahora...
Tampoco es que esto sea verdad solamente en el sentido de la imputación, sino
que (igual que en la otra mitad de esta declaración) lo es también en un sentido
experimental. Como acabamos de ver, el Espíritu Santo que está en el hombre
regenerado no solo lo habilita para aborrecer el pecado, sino también para amar la
santidad y seguirla. Ya no presenta sus “miembros como instrumentos de la
injusticia y a la iniquidad para iniquidad”, sino como “siervos de la justicia para la
santidad”. Crucifica su carne con sus deseos y sus pasiones. No solo se aparta de
toda “Ira, enojo, malicia, blasfemia y palabras groseras de su boca”, sino que,
como elegido de Dios, se viste de “compasión, de benignidad, de humildad, de
mansedumbre y de paciencia, y sobre todas estas cosas de amor, que es el vínculo
perfecto”.
Es así que “por sus llagas somos sanados”, perfectamente sanados. Dios,
habiendo comenzado en nosotros la buena obra, la perfecciona hasta el día de
Jesucristo (Fil. 1:6). El hombre que recibe a Cristo como su Salvador y lo confiesa
como Señor, no necesita temer si “será capaz de resistir”17.
Lo que W. H. Griffith Thomas dice sobre la sumisión
W. H. Griffith Thomas, cofundador del Seminario Teológico de Dallas,
escribió:
Dios le dice al hombre “Heme aquí”, y entonces el hombre lo recibe y le responde
diciendo “Aquí estoy” a Dios.
Esas palabras implican sometimiento. Cuando el creyente le dice a Dios “Aquí
estoy”, se está poniendo a su disposición. Esta respuesta de todo corazón es el
resultado natural de la recepción de la revelación de Dios para el alma, una verdad
que podemos ver en cada página del Nuevo Testamento. Dios viene al alma, entra
al corazón y a la vida, y entonces el hombre se presenta enteramente a Dios como
perteneciéndole. “Ya no se pertenecen, fueron comprados”: ese es el significado
de la gran palabra traducida como “presentar” en Romanos 6:13, 19 y 12:1. En
este último pasaje el apóstol basa su exhortación en “las misericordias de Dios”,
en la revelación de Dios diciendo “Heme aquí” al hombre, y luego de urgirle a sus
lectores a presentar sus cuerpos como un sacrificio a Dios, habla del “culto
racional”, el resultado racional, lógico y necesario de “las misericordias de Dios”.
El evangelio no llega al alma solamente para el disfrute personal, sino también
para despertar en ella un sentido de su vida verdadera y de sus maravillosas
posibilidades. Consecuentemente, cuando Dios le dice al creyente “Soy tuyo”, el
creyente responde “Tuyo soy” (Sal. 119:94), “Yo soy del Señor” (Isa. 44:5). Esta
fue una parte de la obra redentora de nuestro Señor, “que él sea Señor” y ahora
“somos del Señor” (Rom. 14:8, 9). Esta respuesta del corazón debe darse desde el
primer momento de aceptación a Cristo en sí: “Cristo es todo” para nosotros desde
el comienzo y nosotros debemos ser “todo para él”, por eso no debería haber
ningún espacio, brecha o intervalo entre la aceptación de Cristo como Salvador y
nuestro sometimiento a él como Señor. Su título completo es “Jesucristo nuestro
Señor” y su significado completo (aunque, por supuesto, no en toda su
profundidad) tiene el propósito de cumplirse desde nuestra primera experiencia
con su presencia y poder salvadores...
Este acto inicial de sometimiento, sin embargo, es apenas el comienzo de una
vida de sujeción, de ahí que deba transformarse en una actitud, algo que ha sido
reconocido por los verdaderos hijos de Dios en todas las épocas como su “deber y
servicio ineludible”18.
Lo que H. A. Ironside dice sobre la seguridad
El doctor H. A. Ironside, pastor de la Iglesia Moody Memorial en Chicago,
escribió:
Tal vez alguien pueda preguntar: “¿Pero a Dios no le importa lo que yo soy?
¿Puedo vivir en mis pecados y aun así ser salvo?”. ¡No, te aseguro que no! Pero
esto nos lleva a otra línea de la verdad: tan pronto como una persona cree en el
evangelio, nace de nuevo y recibe una vida y una naturaleza nuevas, una
naturaleza que aborrece el pecado y ama la santidad. Si has venido a Cristo y
confiado en él, ¿no te das cuenta de que esto es verdad? ¿No te sucede que ahora
aborreces y detestas las maldades que en algún momento te habían dado cierto
grado de placer? ¿No encuentras en ti mismo un nuevo anhelo por la bondad, un
anhelo de santidad y una sed por la justicia? Todo esto es evidencia de una nueva
naturaleza y, a medida que camines con Dios, descubrirás que el poder del Espíritu
Santo que mora en ti te concederá cada día la liberación práctica del dominio del
pecado19.
Ironside escribió lo siguiente sobre 1 Juan 3:9:
Observa como las dos familias, la no regenerada y la regenerada, son
representadas aquí. Los que no han sido salvos practican el pecado e
independientemente de lo bueno que pueda haber en su carácter (a juicio de los
patrones del mundo) se deleitan en hacer las cosas a su manera. Esta es la esencia
del pecado: “El pecado es desenfreno”, que es una traducción más correcta de “El
pecado es infracción de la ley” según están de acuerdo todos los eruditos
respetables. Se nos dice que “antes de la ley el pecado estaba en el mundo”, y
aunque el pecado no era imputado como transgresión porque aún no había sido
entregado un patrón escrito, se manifestó sin embargo como una voluntad propia y
desenfreno que fue visto por todas partes entre la humanidad caída. El desenfreno
es la negativa de la persona a someter su voluntad a otro, ni aún al propio Dios,
quien tiene el derecho de reclamar su obediencia completa. En este sentido, los
hijos del diablo muestran con toda claridad la familia a la que pertenecen.
No obstante, con el creyente las cosas son diferentes, pues cuando se
encomienda a Cristo es nacido de arriba, como hemos visto, y posee por tanto una
nueva naturaleza, la cual aborrece el pecado y domina sus deseos y pensamientos
a partir de ese momento. El pecado se vuelve detestable para él, que se aborrece a
sí mismo por las locuras y maldades de su pasado y anhela la santidad. Energizado
por el Espíritu Santo, transforma su estilo de vida y practica la justicia. Aunque
muchas veces es consciente de sus fracasos, toda la tendencia de su vida es
alterada porque la voluntad de Dios es su gozo y su deleite. A medida que aprende
más y más la belleza de permanecer en Cristo, crece en gracia y conocimiento y se
da cuenta de que se le ha otorgado un poder divino para que siga por el camino de
la obediencia. Su nueva naturaleza se goza en someterse a Jesús como Señor, de
modo que el pecado deja de ser la característica de su vida y carácter20.
Lo que A. W. Tozer dice sobre seguir a Cristo
A. W. Tozer escribió mucho en cuanto al tema del señorío, pues comenzó a
ver los peligros del evangelio de la negación del señorío hace casi medio
siglo e hizo sonar varias alarmas de advertencia para la iglesia. He aquí
algunas muestras:
Si aceptamos que la expresión “Aceptar a Cristo” significa un esfuerzo honesto de
decir en breve lo que no se podría expresar bien de otra manera, miremos un poco
lo que significa, o lo que debería significar, cuando la usamos. Aceptar a Cristo es
unirse a la Persona del Señor Jesús en una forma que es única en la experiencia
humana. Esta unión, o adhesión es intelectual, volitiva y emocional. El creyente es
convencido intelectualmente de que Jesús es Señor y Cristo; ha puesto su voluntad
en seguirle a cualquier costo, y pronto su corazón está disfrutando la dulzura
exquisita de Su compañerismo.
Esta adhesión es inclusiva en que acepta a Cristo alegremente, en todo lo que El
es y significa. No hay diferencia entre aceptarlo como Salvador hoy, y postergar
aceptándole como Señor para mañana. El verdadero creyente posee a Cristo como
su Todo en Todo, sin reserva ninguna. También él se entrega a Cristo en posesión
completa, sin dejar nada de su persona sin el efecto de esta transacción
revolucionaria.
Además, esta adhesión a Cristo excluye todo lo demás. El Señor viene a ser no
como uno más entre varios intereses rivales, sino la única y exclusiva atracción
para siempre. El creyente se pone en órbita alrededor de Cristo, así como la tierra
gira alrededor del sol, retenido por la fuerza irresistible de su amor, recibiendo
toda su vida, y luz y calor de Él. En este estado feliz el creyente posee otros
intereses también, por supuesto, pero estos intereses son derivados de su nueva
relación con Cristo.
Que aceptemos a Cristo en esta manera absoluta, tanto inclusiva como
exclusiva, es el imperativo divino. En este punto la fe salta dentro de Dios por
medio de la Persona y la obra de Cristo, pero nunca divide la obra de la Persona.
Nunca trata de creer en la sangre aparte de Cristo mismo, o de su “obra cumplida”
o de su cruz. Cree en el Señor Jesucristo, todo el Señor Jesús sin modificaciones ni
reservas, y así recibe y disfruta todo lo que Él ha hecho en su obra de redención,
todo lo que Él está haciendo ahora en los cielos por los suyos, y todo lo que hace
en y a través de ellos.
Aceptar a Cristo es conocer el significado de las palabras “Como él es, así
somos nosotros en el mundo” (1 Juan 4:17).
Aceptamos Sus amigos como nuestros amigos. Sus enemigos como nuestros
enemigos. Sus caminos como nuestros caminos, Su vituperio como nuestro
vituperio. Su cruz como nuestra cruz, Su vida como nuestra vida y Su futuro como
nuestro futuro. Si esto es lo que queremos significar cuando le decimos a la gente
que “acepte a Cristo”, debemos explicárselo claramente. Si no lo hacemos
podemos colocarlos en profundos problemas espirituales21.
Tozer escribió: “El cristiano ha sido salvado de sus pecados pasados. Con
esos pecados él ya no tiene nada más que ver. Se cuentan entre las cosas que
deben ser olvidadas, así como la noche es olvidada cuando llega el día”22.
Este ensayo toca varios temas que Tozer enfatizó una y otra vez:
En estos días estamos bajo la constante tentación de sustituir al Cristo del Nuevo
Testamento por otro, una substitución a la cual apunta toda la corriente de la
religión moderna.
Para evitarlo debemos aferrarnos firmemente al concepto de Cristo que fue
presentado tan clara y directamente en la Palabra de verdad. Aunque un ángel del
cielo predicara algo menos que el Cristo de los Apóstoles, que sea abiertamente
descartado y rechazado sin temor.
El mensaje revolucionario de la iglesia primitiva fue que aquel hombre llamado
Jesús que había sido crucificado ahora había sido levantado de entre los muertos y
exaltado a la derecha de Dios: “Sepa, pues, con certidumbre toda la casa de Israel,
que a este mismo Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios le ha hecho Señor y
Cristo”...
La salvación no se produce por “aceptar la obra completa” ni “decidirse por
Cristo”, sino que ocurre al creer en el Señor Jesucristo, el Señor completo, vivo y
victorioso que como Dios y hombre peleó nuestra guerra y ganó, aceptó nuestra
deuda como suya propia y la pagó, tomó nuestros pecados y murió por ellos, y
resucitó para liberarnos. Este es el verdadero Cristo, y nada menor será suficiente.
Sin embargo, hay algo menor entre nosotros y haremos bien en identificarlo a
fin de poder repudiarlo. Ese algo es una ficción poética, un producto de la
imaginación romántica y de la religión sensiblera: es un Jesús tierno, soñador,
tímido, dulce, casi afeminado y maravillosamente adaptable a cualquier sociedad
en la que se encuentre; es arrullado por las mujeres desafortunadas en el amor,
frecuentado por las celebridades transitorias y recomendado por los psiquiatras
como modelo de una personalidad bien integrada; es utilizado como medio para
casi cualquier fin carnal, pero nunca es reconocido como Señor. Estos
semicristianos siguen a un semicristo, porque quieren su ayuda pero no su
interferencia. Lo halagarán, pero nunca le obedecerán23.
Tozer llamó a la enseñanza de la negación del señorío “la doctrina
desacreditada” que divide a Cristo. Describió la enseñanza a la que se opuso:
Esta lleva a que Cristo es tanto Señor como Salvador. Un pecador puede ser
salvado por aceptarlo como Salvador sin rendirse a él como Señor. La práctica de
esta doctrina es presentada por los evangelistas y los buscadores aceptan a un
Cristo dividido...
Ahora, se ve raro que ninguno de estos maestros haya percibido que el solo
objeto de verdad que salva, la fe, no es otro sino Cristo mismo, ni la “salvación”
de Cristo ni su “señorío”, sino Cristo mismo. Dios no ofrece la salvación para
alguien que cree en solo uno de los oficios de Cristo, ni ningún oficio de Cristo
representa el objeto de la fe. Tampoco nosotros exhortamos a creer en la
expiación, ni en la cruz, ni en el sacerdocio del Salvador. Todos estos encarnan la
persona de Cristo, pero ninguno está separado o aislado del resto. Mucho menos
permitimos aceptar al Cristo de un ministerio y rechazar al de otro. Las nociones
que lo permiten son una herejía moderna. Repito, y como toda herejía tiene
consecuencias malignas entre los cristianos. La herejía no es sino entretenimiento
con impunidad. Pagamos en la práctica por las fallas de nuestros errores teóricos.
Sin duda cualquier hombre puede ser salvado al venir a Cristo por ayuda, pero
debe tener la intención de obedecerle. La salvación de Cristo está por siempre
unida a su señorío. “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu
corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo... el mismo que es Señor
de todos es rico para con todos los que le invocan, porque todo aquel que invoque
el nombre del Señor será salvo” (Rom. 10:9-13). El Señor es el objeto de la fe para
salvación. Cuando el carcelero filipense preguntó el camino para ser salvo, Pablo
dijo “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hech. 16:31). No le dijo que
creyera en el Salvador con la idea de él podría después pensar en el asunto de su
señorío y acomodarlo a su conveniencia. Para Pablo no había divisiones de
oficios; Cristo debería ser el Señor o no sería el Salvador24.
Este penetrante análisis de la fe muestra cuán profundamente había pensado
Tozer en los peligros de la doctrina de la negación del señorío.
Hace varios años que mi corazón está perturbado por la doctrina de la fe tal como
está siendo recibida y enseñada entre los cristianos evangélicos de todas partes. Se
le concede un gran énfasis a la fe en los círculos ortodoxos, lo cual es bueno, pero
me sigo sintiendo perturbado. Mi temor, específicamente, es que esta concepción
moderna de la fe no es bíblica, que cuando los maestros de nuestros días usan esa
palabra no significa lo mismo a lo que los escritores bíblicos se referían cuando la
utilizaron. Las causas de mi incomodidad son estas:
1. La falta de fruto espiritual en las vidas de muchos de los que declaran
tener fe.
2. Lo inusuales que son los cambios radicales en la conducta y la vida en
general de las personas que profesan su nueva fe en Cristo como su
Salvador personal.
3. El fracaso de nuestros maestros al definir o aun describir la cosa a la que
la palabra fe se supone que se refiere.
4. El fracaso desgarrador de multitudes de buscadores, a pesar de tomárselo
tan en serio, en hacer algo como resultado de la doctrina o recibir alguna
experiencia satisfactoria por medio de ella.
5. El peligro real de que una doctrina tan repetida y recibida sin críticas por
tantos sea falsa así como la están comprendiendo.
6. He visto la fe presentada como un substituto de la obediencia, un escape a
la realidad, un refugio ante la necesidad de pensar seriamente, un
escondite para la debilidad de carácter. He visto a gente que le llama fe
equivocadamente al espíritu de los animales superiores, al optimismo
natural, a las grandes emociones y a los tics nerviosos.
7. El propio sentido común debería decirnos que lo que no produce un
cambio en la persona que lo profesa tampoco debe producir un cambio en
Dios, y es un hecho fácilmente observable que para un incontable número
de personas el cambio de la incredulidad a la fe produce una diferencia
práctica en la vida.
Toda profesión de fe en Cristo como Salvador personal que no coloque la vida
bajo la plena obediencia a Cristo como Señor es inadecuada y al final terminará
traicionando a su víctima.
El hombre que cree tiene que obedecer; la falta de obediencia es la prueba
convincente de que no hay una fe verdadera presente. Para intentar lo imposible,
Dios debe dar la fe o no habrá ninguna, y él le da fe solo al corazón obediente.
Donde hay arrepentimiento real, allí hay obediencia, porque el arrepentimiento no
es solo lamentar los errores y pecados pasados, es también una determinación de
comenzar ahora a hacer la voluntad de Dios como él nos la revela25.
Lo que Arthur Pink dice sobre
el evangelismo de la negación del señorío
Arthur W. Pink fue un teólogo reformado clásico en gran parte autodidacta.
Escribió y distribuyó estudios cortos sobre temas bíblicos por medio de la
revista mensual Studies in the Scriptures (Estudios sobre las Escrituras). Su
comprensión de la Biblia y su capacidad para expresarse por escrito son
legendarios.
Sin embargo, Pink escribía a menudo con mordacidad y reservó algunas de
sus críticas más duras para aquellos que según él estaban corrompiendo el
mensaje del evangelio con el credulismo fácil. Es justo decir que sentía un
sumo desprecio por la doctrina de la negación del señorío: “El evangelismo
de nuestros días no solamente es superficial hasta la exageración, sino
también radicalmente defectuoso”, escribió Pink26.
Ya en los años treinta, décadas antes de que el debate por el señorío se
convirtiera en un tema familiar, Pink vio claramente los grandes problemas
que surgirían de la doctrina de la negación del señorío:
La fe salvadora consiste en la completa sumisión de todo mi ser y mi vida ante lo
que Dios quiera de mí: “Y superando lo que esperábamos, se dieron primeramente
ellos mismos al Señor y a nosotros, por la voluntad de Dios” (2 Cor. 8:5).
Es la aceptación de Cristo como mi Señor absoluto, sin reservas, inclinándome
ante su autoridad y recibiendo su yugo. Es posible que alguien quiera objetar
“¿Entonces por qué son exhortados de esa manera los cristianos en Romanos
12:1?”, a lo cual respondemos que todas esas exhortaciones son simplemente un
llamado a continuar con lo que empezaron: “Por tanto, de la manera que han
recibido a Cristo Jesús el Señor, así anden en él” (Col. 2:6). Sí, fíjate bien, Cristo
es “recibido” como Señor. ¡Ay, cuán por debajo del patrón del Nuevo Testamento
está la manera moderna de rogar a los pecadores que reciban a Cristo como su
propio “Salvador” personal! Si el lector consultara su concordancia encontraría
que en cada pasaje en que se aparecen juntos los dos títulos, siempre es como
“Señor y Salvador” y nunca al revés (ver Lucas 1:46, 47; 2 Pedro 1:11; 2:20;
3:18)27.
Denunció el desastre que se iba formando a medida que el evangelismo de
la negación del señorío se volvía cada vez más popular:
Lo terrible es que sean tantos los predicadores de nuestro tiempo que, bajo la
pretensión de magnificar la gracia de Dios, han presentado a Cristo como el
ministro del pecado, como uno que por medio de su sacrificio expiatorio ha
procurado conseguir una indulgencia para que los hombres continúen gratificando
sus pasiones carnales y mundanas. Si un hombre declara que cree en el nacimiento
virginal y la muerte vicaria de Cristo y declara confiar solamente en él para su
salvación, hoy día podría pasar por cristiano verdadero casi en cualquier lado,
aunque su vida diaria quizás no sea diferente a la moral mundana del que no hace
ningún tipo de profesión. El diablo está anestesiando a miles y los está enviando al
infierno gracias a este engaño. El Señor Jesús pregunta “¿Por qué me llaman:
‘Señor, Señor’, y no hacen lo que digo?” (Luc. 6:46) e insiste en que “No todo el
que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la
voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 7:21)28.
Pink dio este consejo sobre la manera de lidiar con los propulsores de la
doctrina que para él estaba corrompiendo a la iglesia:
El deber de todo cristiano es no tener nada que ver con la monstruosidad
“evangelística” de este tiempo: negarle todo apoyo moral y económico, no asistir
a ninguna de sus reuniones, no distribuir ninguno de sus tratados. Esos
predicadores que les dicen a los pecadores que pueden ser salvos sin abandonar
sus ídolos, sin arrepentirse, sin someterse al señorío de Cristo, están tan
equivocados y son tan peligrosos como los otros que insisten en que la salvación
es por obras y que el cielo puede ser ganado por el esfuerzo personal29.
Alarmantes palabras, pero Pink sentía que un error tan serio como la
negación del señorío exigía la advertencia más fuerte posible. Uno se
pregunta qué reacción hubiera tenido si hubiera visto la doctrina radical de la
negación del señorío que ha emergido en los últimos años.
Resumen
La soteriología de la negación del señorío se aparta de la corriente evangélica
ortodoxa. El hecho es que antes de este siglo y del surgimiento del
dispensacionalismo de Chafer y Scofield, ningún teólogo o pastor prominente
había adoptado los principios de la doctrina de la negación del señorío30.
La iglesia en conjunto necesita estudiar cuidadosamente este asunto.
Ninguno de nosotros disfruta de la controversia, pero los temas que estamos
tratando aquí son más importantes que nuestras meras preferencias porque lo
que está en juego es el evangelio; debemos comprender bien el mensaje ya
que no se trata de una mera cuestión académica. Estas son las mismas
cuestiones por las cuales muchos grandes hombres de Dios dieron sus vidas
en el pasado.
No podemos continuar concediendo, tolerando y barriendo el error debajo
de la alfombra, pues ese tipo de reacción ante la controversia solo ha
contribuido al debilitamiento del evangelio bíblico y al deterioro de la iglesia
de nuestra generación.
El “cristianismo” actual se encuentra en estado de confusión y desintegración, y su
condición se va deteriorando año tras año. La verdad de la Palabra de Dios ha sido
rebajada y comprometida a fin de alcanzar un denominador común que apele y
acomode al mayor número posible de participantes. El resultado es un cristianismo
híbrido esencialmente centrado en el hombre, materialista, mundano y
vergonzosamente deshonroso para nuestro Señor Jesucristo. Esta vergonzosa
degeneración se debe en gran medida al evangelio equivocado que es presentado
hoy en día por muchos alrededor del mundo31.
Escudriñemos las Escrituras, hagamos las preguntas difíciles y lleguemos a
un acuerdo con respecto al evangelio.
1. Thomas G. Llewellen, “Has Lordship Salvation Been Taught Throughout
Church History?”, Bibliotheca Sacra (enero-marzo de 1990), 59.
2. Martin Luther, “Justification by Faith” en Classic Sermons on Faith and
Doubt, ed. Warren W. Wiersbe (Grand Rapids, MI: Kregel, 1985), 78-83
(énfasis añadido).
3. Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, trad. Cipriano de Valera
(Rijswijk: Fundación Ed. de Literatura Reformada, 1990), I:618.
4. Ibíd., I:619.
5. Juan Calvino, Respuesta al Cardenal Sadoleto (Rijswijk: Fundación
Editorial de Literatura Reformada, 1990), “No se rechazan las buenas obras”.
6. Calvino, Instituciones, 412-416 (énfasis añadido).
7. J. C. Ryle, La santidad: su naturaleza, obstáculos, dificultades y raíces
(Moral de Calatrava, Ciudad Real: Peregrino, 2013), capítulo 2, sección 3.
8. C. H. Spurgeon, The Metropolitan Tabernacle Pulpit, vol. 47 (reimpr.,
Pasadena, TX: Pilgrim, 1986), 570.
9. C. H. Spurgeon, The Metropolitan Tabernacle Pulpit, vol. 17 (London:
Passmore & Alabaster, 1894), 99.
10. C. H. Spurgeon, The Metropolitan Tabernacle Pulpit, vol. 11 (reimpr.,
Pasadena, TX: Pilgrim, 1979), 138.
11. C. H. Spurgeon, The Metropolitan Tabernacle Pulpit, vol. 56 (reimpr.,
Pasadena, TX: Pilgrim, 1979), 617.
12. Citado en John Gerstner, The Rational Biblical Theology of Jonathan
Edwards (Orlando: Ligonier, 1991), 301.
13. Charles Hodge, Teología Sistemática, vol. II (Terrassa, Barcelona: CLIE,
1991), 327.
14. D. L. Moody, “True Repentance”, en The Gospel Awakening (Chicago:
Fairbanks, Palmer, 1883), 417.
15. “Signs of the New Birth”, ibíd., 658.
16. R. A. Torrey, How to Work for Christ (Old Tappan, N.J.: Revell, s.f.), 37-
38.
17. James M. Gray, Salvation from Start to Finish (Chicago: Moody, s.f.),
39-44.
18. W. H. Griffith Thomas, The Christian Life and How to Live It (Chicago:
Moody, 1919), 46-49.
19. H. A. Ironside, Full Assurance (Chicago: Moody, 1937), 33. Publicado en
español como Seguridad absoluta, trad. Rhode Flores (Terrassa, Barcelona:
CLIE, 1986).
20. Ibíd., 22-23.
21. A. W. Tozer, Ese increíble cristiano, trad. Dardo Bruchez (Harrisburg,
PA: Editorial Alianza, 1979), “Qué significa aceptar a Cristo”.
22. Ibíd., “Somos salvados tanto de como para”.
23. A.W. Tozer, Man: The Dwelling Place of God (Camp Hill, PA: Christian
Publications, 1966), 140—43. Publicado en español como El hombre, la
morada de Dios (Terrassa, Barcelona: CLIE, 1994).
24. A. W. Tozer, La raíz de los justos (Terrassa, Barcelona: CLIE, 1994),
101-103.
25. Tozer, Man: The Dwelling Place of God, 30-33.
26. Arthur Pink, Studies on Saving Faith (Swengel, PA: Reiner, s.f.), 5.
27. Arthur Pink, Practical Christianity (Grand Rapids, MI: Baker, 1974), 20.
28. Ibíd., 24-25.
29. Pink, Studies on Saving Faith, 14.
30. Puede ser posible, gracias a citas escogidas, encontrar comentarios de
teólogos respetables que parezcan apoyar algunas de las ideas presentadas
por varios de los maestros de la negación del señorío. Sin embargo, no
encontrarás figuras importantes de la Reforma o posteriores a esta ni
movimientos evangélicos que alguna vez hayan apoyado el sistema de la
soteriología de la negación del señorío que el doctor Ryrie defiende, y mucho
menos la variedad más extrema representada por el profesor Hodges.
Entre los verdaderos pioneros históricos de la enseñanza de la negación del
señorío se encuentran los antinomianos sandemanianos (también conocidos
como “glasitas”) del siglo XVIII en Escocia, un movimiento que fue
duramente condenado por los puritanos. D. Martyn Lloyd-Jones presenta un
panorama general de la secta sandemaniana y su doctrina en The Puritans:
Their Origins and Successors, (Edinburgh: Banner of Truth, 1987), 170-90;
publicado en español como Los Puritanos: sus orígenes y sucesores, trad.
David Cánovas Williams (Barcelona: Editorial Peregrino, 2013).
31. Jeffrey E. Wilson, The Authentic Gospel (Edinburgh: Banner of Truth,
1990), 1.
GLOSARIO
Antinomianismo: La idea de que el comportamiento no está relacionado con
la fe o de que los cristianos no están sujetos a ninguna ley moral. El
antinomianismo separa radicalmente la justificación de la santificación y
hace que la santidad práctica sea algo opcional.
Arrepentimiento: Un cambio de corazón que implique el abandono del
pecado para aferrarse a Jesucristo. El arrepentimiento y la fe son elementos
distintivos que se unifican en una obra compuesta por la gracia de Dios y
motivan la conversión genuina.
Asentimiento (assensus): Uno de los tres elementos de la fe verdadera. Es la
confianza establecida y la afirmación de que la salvación de Cristo es
aplicable al alma de la persona (ver Conocimiento y Confianza).
Assensus: ver Asentimiento.
Carne: Principio de la fragilidad humana (especialmente nuestra
pecaminosidad y nuestro egoísmo) que permanece con nosotros luego de la
salvación hasta que seamos finalmente glorificados.
Confianza (fiducia): Uno de los tres elementos de la fe verdadera;
compromiso personal y apropiación de Cristo como única esperanza para la
salvación eterna (ver Asentimiento y Conocimiento).
Conocimiento (notitia): Uno de los tres elementos de la fe verdadera; el
reconocimiento o la comprensión de la verdad de que Cristo salva (ver
Asentimiento y Confianza).
Conversión: Encomendarse a Dios en arrepentimiento y fe.
Credulismo fácil: Perspectiva de que la fe salvadora es un acto puramente
humano cuyos seguidores reducen la definición de la fe a fin de que creer
sea algo que esté al alcance de los pecadores depravados.
Decisionismo: La idea de que la salvación eterna puede ser asegurada por el
movimiento del pecador hacia Dios, una “decisión por Cristo” que por lo
general se manifiesta por medio de alguna acción física o verbal, como
levantar la mano, pasar al frente, recitar una oración, firmar una tarjeta,
repetir una promesa o algo similar.
Depravación total: Corrupción del pecado en todos los aspectos del ser. Los
pecadores sin redención son totalmente depravados, es decir, están
espiritualmente muertos, son incapaces de responder a Dios ni complacerle
y se encuentran absolutamente necesitados de la gracia de Dios.
Dispensación: El plan de Dios según el cual administra su gobierno dentro de
una era determinada en su programa eterno.
Dispensacionalismo: Sistema de interpretación bíblica que ve una distinción
entre el programa de Dios para Israel y su relación con la iglesia.
Eclesiología: La doctrina de la iglesia.
Escatología: La doctrina de las cosas futuras; profecía.
Fe: ver Fe salvadora.
Fe espuria: Fe falsa o defectuosa. La enseñanza radical del no señorío niega
la posibilidad de la fe espuria en Cristo como Salvador. Esa perspectiva
afirma que si el objeto de la fe es digno de confianza, el carácter de la
propia fe no será desafiado.
Fe salvadora: la apropiación del alma y el sometimiento al Señor Jesucristo
como la única esperanza para la vida eterna y la liberación del pecado. Esta
fe es obra de Dios en el corazón del pecador que cree.
Fiducia: ver Confianza.
Gracia: La influencia gratuita y benevolente del Dios santo que obra
soberanamente en las vidas de los indignos pecadores.
Gracia barata: Gracia autoimpartida que promete el perdón sin necesidad de
arrepentimiento; pseudogracia que no produce un cambio en el carácter de
quien la recibe.
Gracia común: Gracia divina otorgada a la humanidad en general. La gracia
común refrena al pecado, mitiga sus efectos destructivos en la sociedad
humana e imparte bendiciones de todo tipo a las personas. Esta gracia no es
redentora (ver Gracia especial).
Gracia eficaz: Gracia que seguramente produce el efecto deseado. La gracia
de Dios siempre es eficaz.
Gracia especial: La obra irresistible de Dios que libera a hombres y mujeres
del castigo y del poder del pecado, además de renovar la persona interior y
santificar al pecador por medio de la obra del Espíritu Santo (también
conocida como Gracia salvadora y Gracia irresistible).
Gracia irresistible: Gracia que transforma el corazón y por tanto hace que el
creyente esté enteramente dispuesto a confiar y obedecer. La gracia
salvadora siempre es irresistible.
Gracia salvadora: ver Gracia especial.
Justificación: Acto de la gracia de Dios por el cual él declara que todas las
exigencias de la ley son cumplidas a favor del pecador que cree por medio
de la justicia de Jesucristo. La justificación es la revocación de la actitud de
Dios hacia el pecador: donde antes condenaba ahora considera libre de
culpa, no por alguna cosa buena que haya sido encontrada en el propio
pecador sino por causa de la justicia imputada de Cristo. Como resultado de
la justificación, los creyentes no solamente son perfectamente libres de toda
acusación de culpabilidad, sino que también los méritos de Cristo son
atribuidos a su cuenta personal. Tanto la justificación como la santificación
son elementos esenciales de la salvación (ver Santificación).
Legalismo: La enseñanza de que las personas pueden ganarse el favor de
Dios por hacer ciertas cosas. Algunos legalistas enseñan que la salvación
debe ser ganada por medio de las obras, mientras que otros practican
rituales extremos o viven según rígidos códigos de conducta. Aun los
cristianos pueden caer en el legalismo si se concentran demasiado en lo
externo y descuidan el cultivo de las actitudes correctas del corazón (cf.
Rom. 2:29).
Notitia: ver Conocimiento.
Obras meritorias: Ritual o conducta que gana méritos ante Dios o es digno
de sus recompensas u honor. La Biblia es clara en cuanto a que las obras
humanas nunca pueden ser meritorias (Isa. 64:6; Rom. 6:23; 8:8; Tito 3:5).
No es necesaria ninguna obra meritoria para la salvación, pero la gracia
producirá obras por medio de la fe como manifestaciones de la obra
salvadora de Dios en la vida de todo creyente.
Ordo salutis: El orden de la salvación, un arreglo lógico de diferentes
aspectos de la gracia salvadora. Un ordo salutis típico de la teología
Reformada sería: elección, llamamiento, regeneración, conversión,
arrepentimiento, fe, justificación, santificación, perseverancia y
glorificación. Obviamente, la parte de la secuencia de la regeneración hasta
la santificación es lógica y no cronológica ya que esos acontecimientos
tienen lugar en el mismo momento.
Penitencia: Actividad realizada para intentar expiar los pecados propios.
Premilenialismo: La creencia de que Cristo volverá y entonces dará inicio a
un reinado de mil años sobre la tierra.
Puritanos: Reformadores ingleses del siglo XVII.
Regeneración: El nuevo nacimiento; obra del Espíritu Santo que imparte
nueva vida al pecador.
Salvación de señorío: Convicción de que el llamado del evangelio a la fe
presupone que los pecadores deben arrepentirse y sujetarse a la autoridad
de Cristo.
Santificación: La labor continuada del Espíritu Santo en los creyentes que
nos hace santos al conformar nuestro carácter, nuestros afectos y nuestro
comportamiento a la imagen de Cristo.
Soteriología: Doctrina de la salvación.
Ultradispensacionalismo: Variante del dispensacionalismo extremo que
ubica el inicio de la iglesia en diferentes momentos posteriores a Hechos 2.
Muchos ultradispensacionalistas rechazan el bautismo y la Cena del Señor
como ordenanzas diseñadas para otra era, y creen que las únicas Escrituras
aplicables para la era presente son las contenidas en las epístolas paulinas.