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Año 2020, Vol. 5, N°5, 14-29
PSICOANÁLISIS Y LAZO SOCIAL EN LA ACTUALIDAD
CARREÑO, IGNACIO; GASTALDI, EMANUEL y PANERO, JULIETA.1
1
Facultad de Psicología, Cátedra de Psicopatología I, Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba,
Argentina
Palabras claves Resumen
PSICOANÁLISIS El presente escrito surge a partir del décimo aniversario de la promulgación de la Ley
Nacional de Salud Mental, año en que se declara la pandemia global del Covid-19,
LAZO SOCIAL acompañada en Argentina del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio. Partimos de
la hipótesis de que el campo de la Salud Mental no es indiferente ante ambos sucesos y
VIRTUALIDAD
el Psicoanálisis tampoco. En el escenario actual, donde se pone en jaque la
presencialidad del dispositivo clínico tal como venía siendo, y en que existe una Ley que
regula las actividades y el campo psi, el ejercicio clínico del Psicoanálisis debe pensarse
desde adentro. Metodología: A fin de este análisis, se procederá a realizar una revisión
bibliográfica tomando en cuenta los cuatro discursos desarrollados por Lacan (1969) en
el Seminario XVII, su relación con la Ley de Salud Mental, y la modalidad de tratamiento
Información de contacto de goce que en ella se lleva a cabo. También se desarrollan las nociones de cuerpo en la
enseñanza lacaniana, el lugar que este ocupa siendo o no un partícipe necesario o
ignacarre99@[Link] esencial en la clínica, o si podría haber un cuerpo presente en la sesión a distancia, de
acuerdo a la conceptualización del cuerpo que Lacan establece. Objetivos: El objetivo
general es reflexionar sobre la posibilidad de un psicoanálisis a la altura de la
subjetividad actual. A nivel específico interrogar acerca de los cuatro discursos
planteados por Lacan y la Ley de Salud Mental en relación a modos de hacer lazo, y
también indagar sobre las nociones de cuerpo del Psicoanálisis lacaniano y su necesidad
en la clínica. Resultados: Se concluye que el discurso que introduce la Ley de Salud
Mental puede ir a la par del discurso psicoanalítico, ambos productores de lazo social,
lazo también posible en la modalidad terapeútica online.
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1. Introducción
La Ley Nacional de Salud Mental sancionada en el 2010 confluye con un cambio en la concepción
de la Salud Mental, entendida ahora como “un proceso determinado por componentes históricos,
socio-económicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica
una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales
de toda persona”.
Esta nueva concepción confluye con un cambio de paradigma de la Salud, entendiendo paradigma
en el sentido que Kuhn (1962) le atribuye, entendiéndolo así: "Considero que éstos [los
paradigmas], son logros científicos universalmente aceptados que durante algún tiempo
suministran modelos de problemas y soluciones a una comunidad de profesionales" (pp. 14-15).
Esta definición pretende hacerle frente a los discursos hegemónicos que parten de una visión
objetivante y medicalizante de la salud que se reproducen en todas las esferas de la vida social.
En lo que respecta a dichas concepciones, es el profesional quien detenta un saber acabado sobre
quien le consulta, posicionando al otro como un enfermo mental, que no tiene voz sobre su propio
padecimiento, reduciendo al sujeto a una concepción sindrómica (Muñoz, 2015), “según la cual
cada síndrome (entendido como un conjunto de signos y síntomas) posee un número limitado de
síntomas que pueden servir para el diagnóstico”, evidenciando un fuerte sesgo neopositivista y del
orden de lo biológico. Este discurso des-subjetivante tiene efectos prácticos no solo en quienes se
presentan como conocedores e instruidos en Salud Mental, sino en los mismos usuarios y
población, sembrando un tipo de representación e imaginario social en donde se cristalizan
sentidos múltiples (Fernandez, 1993).
De este modo, una de las ideas rectoras plasmadas en la Ley es la del tratamiento de las personas
usuarias de servicios de salud mental, que pasan de ser objetos de estudio a sujetos de derecho,
cuya salud debe ser promovida a partir del rol activo en su tratamiento, y del lazo y la reinserción
con la comunidad de la cual son parte. Por lo tanto, se plantea la necesidad de un progresivo
proceso de desmanicomialización, en el cual deberían generarse dispositivos intermedios y
espacios de atención en hospitales generales que permitan la asistencia de los usuarios, sin perder
sus vínculos ni el ejercicio de su propia voz en el tratamiento. Este proceso pretendía culminar en
el 2020, año al que se llegaría sin manicomios.
Hoy, a 10 años de la sanción de la Ley, la situación prevista no puede ser más lejana. La presencia
de los dispositivos asilares continúa en muchos casos siendo una realidad, lo que nos interpela
como profesionales de la salud y nos compromete a seguir librando la lucha por la correcta
aplicación de la Ley. A esta situación se suma el aislamiento histórico que nos encuentra este año y
que puede llegar a implicar un cambio rotundo en los modos en que concebimos la salud. La
pandemia mundial del COVID-19 arrasó con todo tipo de cotidianeidad, y nos vemos actualmente
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protegiéndonos del virus a partir del encierro. Hoy, la salud es algo que se resguarda por medio de
la reclusión y el distanciamiento del otro, ahora entendido como lo peligroso.
Frente al aislamiento que la situación actual implica, surgen los interrogantes sobre la posibilidad
del Psicoanálisis en los dispositivos online, elementos que, por más que manifestaron una
aparición importante en los últimos años, no habían estado tan presentes hasta el día de hoy.
Desde los acelerados cambios tecnológicos que introdujo la modernidad, se han llevado a cabo
discusiones a favor y en contra sobre el Psicoanálisis a distancia, manifestando como principal
motivo para su no realización la importancia fundamental de la presencia del cuerpo en el análisis.
Sin embargo, cuestionamos estas posturas y nos posicionamos desde una lectura crítica del
ejercicio del Psicoanálisis, considerando que este tiene un rol fundamental para desempeñar en la
época más allá de la distancia social que la caracteriza.
Por lo tanto, a partir de las problemáticas que el campo de la Salud Mental presenta, tomando la
Ley 26657 como eje, y desde la actualidad que caracteriza el aislamiento social y obligatorio,
investigamos qué respuestas puede dar el Psicoanálisis a partir de las lógicas del discurso y del
cuerpo que están presentes en su teoría y práctica. Para esto, retomaremos los cuatro discursos
que Jacques Lacan postula en su enseñanza, y las formas en que se promueve o coarta el lazo
social, como modalidad indispensable para entender las terapéuticas dentro de la Salud Mental en
general y del Psicoanálisis en particular.
Lazo social y cuatro discursos.
En “El malestar en la cultura” (Freud, 1930) queda planteado que no es que haya malestar porque
hay cultura, sino al contrario: debido a que existe un resto de malestar irreductible es que hay
cultura. ¿Para qué se necesita? Para poder darle un tratamiento a lo pulsional, ya que su meta es
la satisfacción (Freud, 1915). Entonces, la labor del aparato psíquico será anudar energía a
representaciones psíquicas, significantes, tal como dice Zelmanovich (2014), tramitar aquella parte
de la pulsión que puja por satisfacerse ligándola al significante.
“El trabajo de ligar la energía pulsional a representaciones psíquicas requiere siempre para el
sujeto de un lazo en tanto que el ser humano solo, librado a las exigencias de la pulsión se ve
llevado a la muerte. Hablar, amar, escribir, pintar, estudiar, jugar, resultan tratamientos simbólicos
de la pulsión, modos de regular y encauzar ese empuje constante que, sin ese tratamiento,
conduce irremediablemente a los desbordes y a los excesos, que no son producidos por fuera de
los lazos.” (Zelmanovich, 2014)
En 1970, Lacan dicta el Seminario XVII, en donde plantea cuatro discursos, dejando en claro que la
pulsión encuentra su lugar en los lazos sociales, y los discursos son instancias en donde se ligan
significantes y pulsiones. Así, los discursos constituyen modalidades de tratamiento del goce, y
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determinan formas de lazo social (Lacan, 1970). Entendemos por goce a lo que Freud denomina
satisfacción pulsional.
Lacan, para dar cuenta de los discursos, utiliza cuatro lugares fijos y cuatro términos que varían en
función de la posición del lazo social en la que se ubique un sujeto. Los lugares fijos son: Agente,
Verdad, Producción y Otro (Figura 1). Agente refiere al lugar donde se establece la dominancia
(Greiser, 2012) y al mismo tiempo es el lugar de la apariencia, del semblante. Otro refiere al tesoro
de los significantes de la cultura, y a quien se dirige el Agente. La Verdad es el lugar en que se
sostiene el agente, donde se aloja lo que se quiere decir. Por último, la Producción es el lugar
ocupado por aquello que es efecto de lo que el Otro produce en un tipo de lazo en particular
(Zelmanovich, 2014).
Figura 1: los cuatro lugares fijos en los discursos.
Por otro lado, los términos que varían son cuatro. El S1, que es la función del significante en que se
apoya la esencia del Amo; S2, que es el campo de significantes llamado “el saber’’. Ambos
términos son elementos significantes, y de esta relación surge $, sujeto barrado, tercer término
móvil, por efecto de la incidencia de S1 sobre S2. El último término es el objeto a, producto de la
operación significante sin ser un elemento significante (Greiser, 2012).
Los discursos son cuatro, y posteriormente, Lacan ubicará un pseudodiscurso, el capitalista.
Adquiere este carácter precisamente porque no es capaz de hacer lazo. A los fines de este trabajo,
desarrollaremos estos discursos de forma introductoria.
En primer lugar, el Discurso del Amo (Figura 2) es el reverso del psicoanálisis, el discurso del
inconsciente (Lacan 1970). En este discurso, el Amo se sitúa como dominante a la Ley, sosteniendo
una legalidad que va a trascender a la persona que la ocupa, pero que se encarga de hacer que las
cosas marchen, y cuando efectivamente esto pasa, se pone en marcha un saber-hacer.
Zelmanovich (2014) plantea:
“La ley que es la dominante en el discurso del Amo es la ley articulada, entre cuyos muros
habitamos, son las leyes del lenguaje que habilitan la constitución de un sujeto a partir de
localizarse de algún modo articulado en esa estructura, en la que un significante lo representa
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ante otro significante [...] A su vez ese régimen de representaciones singulares que constituyen a
cada sujeto, se inscribe en un modo de producción de subjetividades con los significantes que
predominan en cada época, y en cada contexto socio-cultural”. Su estructura sería:
Figura 2: “Discurso del amo”
El discurso del Amo es el Discurso del Amo Antiguo, pero existe un cambio hacia el Amo Moderno,
lo que implica un cambio en el estatuto del saber, así entra en escena el Discurso Universitario
(Figura 3). En este, se pretende un saber pre-establecido sobre lo que necesita el sujeto
(Zelmanovich, 2014). Por lo tanto, el saber ocupa el lugar del Agente, y el Otro es alguien
desposeído de su saber, que se ha tornado inútil, y es relegado a una condición de objeto a, objeto
de goce del Agente. “Este otro, ubicado en este discurso en el lugar del goce, queda reducido a un
producto que sólo consume y en esa dinámica también es consumido (en su condición de sujeto),
bajo la figura ‘tienen que entender’” (Zelmanovich, 2014).
La producción que resulta de esta operación es un sujeto dividido, que tiene que entender. Por lo
tanto, la disposición de los matemas es la siguiente:
Figura 3: “Discurso universitario”
El tercero de estos discursos es el Discurso de la histeria (Figura 4). Aquí, el sujeto barrado ($) se
dirige a un Amo (S1) que ocupa el lugar del Otro, orientado por el deseo del saber (Zelmanovich,
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2014). El dominio del $ se caracteriza por hacer desear al S1, cuya respuesta nunca va a satisfacer
a $. Este mismo pone al Amo en posición de producir un saber.
Figura 4: “Discurso de la histeria”
El último de los discursos es el Discurso del analista (Figura 5). Lo que se produce en este discurso
es un S1, un significante Amo, pero de lo que se trata es que se produzca otro tipo de significante
Amo (Lacan, 1970). En este discurso el objeto a ocupa el lugar de Agente, como causa de deseo, y
por ello es el reverso al Discurso del Amo. Y en el lugar de la verdad, está el saber-hacer, un S2.
Figura 5: “Discurso del Analista”
Por último, en 1970 Lacan va a desarrollar el último de sus discursos, más precisamente un
pseudodiscurso, titulado Discurso Capitalista, cuya característica dirá Colette Soler (2007) es la de
deshacer los lazos sociales. Si bien la parte derecha del discurso permanece idéntica a la del
Discurso del Amo, se producen cambios en la izquierda, quedando sobre S1, $ (Figura 6). Se
produce, al mismo tiempo, un circuito cerrado, en donde se eliminan todas las disimetrías propias
de los lugares. Lo que hay es “un sujeto que nombra la cadena, la cadena que nombra a la
producción de los objetos, pero los objetos mandan al sujeto” (Soler, 2007). Así, el sujeto de este
discurso es alguien que tiene una apetencia por los gadgets, los plus de goce, pero no los explota,
sino que es explotado por ellos.
En este discurso, no se produce una pareja como ocurre con los anteriores (Amo-esclavo; quien
detenta el saber-quien lo recibe; sujeto-significante amo; analista-analizante) sino que el lazo se
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produce con el plus de goce, una fracción del mismo. Así, el plus de gozar pasa a ocupar un lugar
determinante en el sujeto.
Figura 6: Discurso capitalista
D’Alonso y González (2001) presentan la idea de que la condición de existencia del lazo social
entre los sujetos se da a partir de la presencia de una Ley: Ley que no solo pacifica desde un marco
prohibitivo, sino que también prescribe e inscribe un límite desde la positividad.
Es en este marco que pensamos la Ley de Salud Mental, promulgada en el año 2010, como
pacificadora, ordenadora y creadora de las relaciones de lazo entre los distintos sujetos que
constituyen la sociedad. Un lazo social distinto al que en otro tiempo se construyera, que está
signado por las características que la misma Ley expresa: igualdad de Derechos Humanos para
todos los usuarios de los servicios de Salud Mental, sin distinción, en condiciones favorables para
el tratamiento de los padecimientos mentales.
La Ley de Salud Mental entonces, en tanto Ley, la entendemos en base al discurso del Amo como
un S1, significante Amo que ordena y regula las prácticas psi, que crea lazo social a partir de una
prohibición y una orden. El S1, de acuerdo a Lacan (1970) se presenta como un imperativo puro, el
cual da la orden con el interés y el objetivo, no de saber, sino simplemente de que las cosas
marchen. En este sentido, la Ley en tanto Amo sostiene una legalidad que pone en marcha un
saber-hacer, el cual va a atravesar todo el campo de la salud y a moldear las subjetividades de la
época.
Sin embargo, en este proceso de subjetivación, cabe preguntarse sobre las implicancias que la Ley
introduce y establece. La Ley de Salud Mental incide en un cambio de posición de los profesionales
de la salud y de los usuarios de servicios de la Salud Mental; es parte de un nuevo paradigma de la
salud y del modo en que entendemos que debe llevarse a cabo su promoción.
Frente a las prácticas y posturas que tienden a considerar al individuo como enfermo mental,
pasivo y silencioso ante su propio malestar, la Ley entiende al sujeto como activo e inalienable de
la sociedad de la cual es parte, y despoja la categoría de enfermedad mental para referirse al
padecimiento subjetivo o sufrimiento psíquico, a su vez que parte de la presunción de capacidad
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de todas las personas. Esta noción desestigmatiza al sujeto usuario de los servicios de Salud
Mental, desencializando el padecimiento al darle una dimensión de transitoriedad más que del
nivel del ser, y ubicándonos a todos como posibles y potenciales padecientes (Costa, 2016), lo que
permite resaltar el campo de la Salud Mental como una cuestión de salud pública que debe
abordarse desde una perspectiva de Derechos Humanos y de igualdad.
Las prácticas y posturas a las que nos referimos como aquellas a las que la Ley desafía, son las
perspectivas tradicionales de la salud, representadas comúnmente por el saber médico,
psiquiátrico, manicomial y asistencial, pero que en realidad calan en todas las esferas de la
sociedad. Constituyen de este modo una visión que considera al “loco” como enfermo, que no
posee un saber válido y que debe ser recluido y segregado, tratado en base al voto único del saber
médico legitimado. Estas posturas implican nada más y nada menos que la reproducción del
Discurso Universitario, en tanto el Agente se sitúa como un todo saber, dirigiéndose a un Otro que
está ubicado y relegado a la posición de objeto, desubjetivizado y desposeído de su saber.
Es importante aclarar que esta no es una visión que corresponda únicamente al saber médico, sino
que inunda los espacios sociales, los saberes disciplinares y los vínculos, de tal modo que a veces
no nos es sencillo reconocerlo y puede de forma muy sutil hacer que hasta el profesional más
comprometido y crítico, coloque al otro en la posición de quien no sabe nada.
En este sentido, Alicia Stolkiner plantea que “todo acto en salud invoca una intervención
disciplinaria o técnica, potencialmente objetivante” (2013, pp. 18), de tal modo que a veces hasta
el Psicoanálisis, práctica que tiene potenciales subjetivantes y se plantea la subjetividad como uno
de sus nudos teóricos centrales, puede caer en posturas objetivantes cuando por ejemplo,
confunde las nociones de “estructura” con las de “enfermedad mental”, o la de “sujeto” con la de
“individuo” (Stolkiner, 2013).
Dicho esto, la nueva dimensión que introduce la Ley de Salud Mental, en tanto regulación del
campo de la salud en general y de las prácticas psi en particular, es una inversión del lugar en que
se ubican los usuarios y los profesionales de la Salud Mental. La Ley implica un nuevo
ordenamiento de la práctica, de modo que el profesional ya no se posiciona en el lugar de un Amo,
ni en el de aquel que ostenta el saber. El discurso que la Ley reproduce, promueve que los agentes
se dirijan a un otro que ya no está puesto en la posición de objeto, sino en la de sujeto, sujeto de
derechos con un saber válido y legitimado. Y en este encuentro, puede producirse un saber nuevo.
Entendemos, por lo tanto, que el ordenamiento que promueve la Ley no está muy alejado de lo
que en psicoanálisis buscamos a través del Discurso del Analista. Al contrario, ambos resaltan la
necesidad de devolverle la palabra al sujeto sobre su propio padecimiento, frente al
silenciamiento promovido por los modelos tradicionales y hegemónicos.
Entonces, a partir del año 2010 y desde esta Ley que es tan importante, notamos un cambio en
cuanto a la referencialidad del saber psicológico y psicoanalítico en el paradigma que ordena las
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relaciones que tienen las distintas teorías y conceptualizaciones del ser humano respecto a la
Salud Mental.
¿Qué preguntas nuevas surgen desde el psicoanálisis desde la instauración de la Ley de Salud
Mental?
El pensamiento psicoanalítico debe tener en cuenta la Ley y sus implicancias a la hora de abordar a
los usuarios de los servicios de Salud Mental, y esto se vislumbra y demuestra explícitamente en el
libro que Eric Laurent titula, transparentemente, ‘Psicoanálisis y Salud Mental’(2000), donde habla
del retorno que los analistas deben realizar desde una posición aislada, meramente crítica e
intelectualizada hacia la reinserción en los dispositivos de Salud Mental; es decir, pasar a ser
analistas ciudadanos, en palabras de Laurent.
Entonces, el paradigma vigente, el que la Ley forma, no debe ser desatendido desde el
Psicoanálisis, como tampoco los contextos y las situaciones actuales a las que el sujeto se integra
en el devenir constante que la historia representa. Lacan, afirma desde este punto que:
"Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues
¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que
lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? Que conozca bien la espira a la que su época
lo arrastra en la obra continuada de Babel, y que sepa su función de intérprete en la discordia de
los lenguajes." (Lacan, 1966)
¿Qué lengua debería hablar el analista si no es una lengua que lleve las marcas e incorpore los
saberes, dificultades y síntomas actuales? Para pasar de analistas críticos, desde la soledad de la
teoría descontextualizada, a analistas ciudadanos, es menester para el psicoanálisis considerar la
Ley de Salud Mental como una forma actualizada del saber sobre el padecer y el vivenciar
subjetivo.
Emiliano Galende (1994) en su libro ‘Psicoanálisis y Salud Mental: Para una crítica de la razón
psiquiátrica’, comenta que el rol del psicoanalista que integra a su discurso los parámetros de la
Salud Mental, que en este caso la Ley 26.657 invoca, debe actuar e intervenir desde una postura
crítica. Esta postura, apunta a los criterios de salud y enfermedad que la psiquiatría se aboga,
subvirtiendo las concepciones medicalizantes (con una relación fundamental con la causalidad
biológica), y totalizantes desde la farmacología también, advirtiendo una alternativa que el
psicoanálisis presenta ante tales paradigmas. “Su inclusión en la Salud Mental deviene así un polo
"desmedicalizante" y más "culturalizante" de la comprensión de la enfermedad y de las prácticas
terapéuticas’’ (Galende, 1994).
Sin embargo, concebir la actualidad como variable necesaria a la hora de pensar el dispositivo
analítico hace indispensable hablar de lo que en algún momento era opción, pero hoy se muestra
casi como obligación: el Psicoanálisis a distancia, on-line. Es importante tener en cuenta que el
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aislamiento social y obligatorio hace necesario repensar el análisis a distancia, como instancia
necesaria para continuar o comenzar con el tratamiento.
¿Qué problemas y qué soluciones aporta la virtualidad, el Psicoanálisis a distancia? ¿Podría la
virtualidad ser un medio para el Psicoanálisis para permitir el lazo social, en confluencia con lo que
plantea la LSM?
Psicoanálisis y virtualidad
La cuestión del psicoanálisis a distancia es una discusión que se viene gestando en el campo del
psicoanálisis desde los acelerados cambios tecnológicos de los últimos años y las nuevas
demandas que aparecen en la clínica. Hasta este año, la virtualidad parecía una herramienta de la
que podíamos prescindir en la práctica, o utilizar sólo en casos excepcionales. Sin embargo, hoy,
pese a muchos argumentos que se declaraban en contra del psicoanálisis virtual, debido entre
otras cosas a la ausencia del cuerpo (ausencia que, no obstante, deberemos poner en duda), la
pandemia ha obligado a muchos psicoanalistas a utilizar los dispositivos tecnológicos para
continuar e incluso comenzar análisis con quienes así lo demandaban. Frente a esto, nos
preguntamos sobre la posibilidad del psicoanálisis en la virtualidad, y más aún, si eso que se lleva a
cabo en la virtualidad es o no psicoanálisis, ante lo imprescindible de la presencia del cuerpo que
encontramos en diversos autores.
Dentro de los argumentos en contra del psicoanálisis online, podemos situar un extracto muy
conocido de uno de los representantes más importantes del psicoanálisis lacaniano, Jacques-Alain
Miller, quien mencionaba:
“Siempre nos planteamos la pregunta: ¿Por qué no hacer un análisis por escrito pues también se
puede hacer descifrar un escrito, interpretarlo? ¿Por qué no hacer un análisis por teléfono, puesto
que al menos se cuenta con la voz, y además un día de estos tendremos la imagen? ¿Por qué no
hacer un análisis en videoconferencia, por qué no un videopsicoanálisis? Ocurre que es necesario
que el analista ponga el cuerpo para representar la parte no simbolizable. La tecnología, este es el
aspecto anticipador del milenio, nos permite estar allí sin el cuerpo, es cierto. Pero estar allí sin el
cuerpo, no es estar allí, no es la verdad verdadera. Sin duda le van a decir: se puede dar la voz, la
imagen, mañana se ofrecerá el olor, ¡y hasta quizás se aporte el clon! Pero aun así habrá en el
próximo milenio una parte no simbolizada del goce y ello requiere la presencia del analista.”
(Miller, 2004, pp. 23)
Este comentario, a pesar de tener poco más de veinte años, posee un enorme valor predictivo en
relación a la tecnología en la actualidad, y ha sido retomado por diversos autores con el fin de
desacreditar la virtualización de la práctica analítica. Entre ellos, Palomera (2017) agrega en
relación a la pulsión en la transferencia que:
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“(...) la pulsión exige un Otro encarnado, un otro presente de carne y hueso. La pulsión maniobra
para obtener un complemento del Otro. La pulsión no pide, no demanda, pero intenta obtener del
otro una satisfacción, un beneficio al nivel del ser, un beneficio de un cierto gozar de ser visto,
oído, rechazado, etc.”.
A su vez Lacan en el Seminario XIX (1972), señala que “es porque el analista en cuerpo instala el
objeto en el lugar del semblante, que hay algo que existe y que se llama el discurso analítico” (pp.
226).
Esto nos inclinaría a pensar que es el cuerpo del analista el que, para Lacan, da sentido al
psicoanálisis; y una ausencia del cuerpo implicaría la ausencia del discurso analítico. Lo dicho
podría hacernos tomar una posición bastante firme de rechazo a una práctica psicoanalítica que
implique una no presencia del cuerpo y un reemplazo de éste por la imagen en una pantalla. Sin
embargo, podríamos preguntarnos si esa no presencia es tal, y si el cuerpo al que se refiere Lacan
como aquel que instala el objeto a, resultando ordenador del análisis (Bacile y Cura, 2015), es
necesariamente el cuerpo real, de la realidad, el cuerpo biológico en carne y hueso.
Colette Soler en “El cuerpo en la enseñanza de Jacques Lacan” (1988) plantea como una constante
en su enseñanza la distinción entre el organismo viviente, y aquello a lo que se denomina cuerpo.
La autora desarrolla que el cuerpo es una realidad, pero no realidad en el sentido de lo tangible,
sino en el sentido de que la realidad tiene un estatuto subordinado, es algo que se construye, es
secundario. Por más que la diferenciación del organismo viviente con el cuerpo haya sido una
constante en Lacan, esta se va modificando a lo largo de las tres épocas de su enseñanza, al igual
que Lacan modifica los acentos de los tres registros enfocándose primero en lo imaginario, luego
en lo simbólico y por último en lo real (aunque siempre hablando de un triple anudamiento de los
registros).
En el primer período de las enseñanzas, según Conde Soto, el cuerpo es ante todo una imagen
unitaria, pensada como “principio ordenador y estructurante” (2017, pp. 10). La imagen del
cuerpo no coincide con el conjunto de órganos, sino que otorga una unidad, una identidad gracias
a una identificación con la propia imagen. Esto Lacan lo explica con la teoría del estadio del espejo,
donde la imagen en el otro le permite al niño una anticipación del control que aún no posee, quien
hasta ese momento vivía en un cuerpo fragmentado, un amasijo de órganos sin orden (Conde
Soto, 2017). La imagen del cuerpo permite darle consistencia a esa fragmentación, lo que tiene
claros efectos en la realidad y que Lacan ejemplifica de varias maneras, con la teoría del miembro
fantasma, los sueños, las fantasías esquizofrénicas, ejemplos que muestran la diferencia entre el
cuerpo imaginado y el organismo biológico.
En un segundo momento de su enseñanza, el cuerpo es el resultado de la organización que sobre
el organismo pone en marcha el lenguaje (Conde Soto, 2017). En este momento Lacan pone
énfasis en el registro de lo simbólico, dentro del cual aparece todo lo que pueda tener efectos de
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significación. El cuerpo es tal en tanto cuerpo hablado, del que se dicen cosas, atravesado por los
dichos y deseos que impactan sobre él. Si no fuese gracias a los significantes que se inscriben
sobre él, el cuerpo no sería en realidad más que una especie de vacío intangible. De este modo,
Lacan se separa de la concepción de Freud “la anatomía es el destino”. El destino es el discurso y la
anatomía aparece como una operación que el lenguaje lleva a cabo sobre el cuerpo a
consecuencia de la cual este es organizado en unos peculiares objetos que ya no coinciden con lo
orgánico y que Lacan acabará llamando objetos-causa del deseo. La relación de un sujeto con su
cuerpo es una relación con estos peculiares objetos. Por lo tanto, el cuerpo no es anterior al
lenguaje, sino que está organizado y limitado por este. “El cuerpo, si es Uno, el nuestro, es porque
nosotros lo decidimos, porque le atribuimos una singularidad” (Soler, 1988, pp. 3).
La cuestión simbólica del cuerpo se ejemplifica con los síntomas histéricos, donde aparecen
malestares en el cuerpo pero que no están determinados únicamente por lo orgánico. Hay una
operación simbólica en el cuerpo que lo organiza y delimita el síntoma, ya que en la histeria nos
encontramos con un cuerpo que ya ha pasado por el filtro del lenguaje.
Finalmente, en el último período de su enseñanza Lacan desarrolla lo real del cuerpo, en tanto no
todo lo referente al cuerpo puede ser captado por lo simbólico. “En el paso del organismo al
cuerpo hay algo que se pierde y queda más allá o más acá” (Conde Soto, 2017, pp. 15). Hay un
agujero que el sujeto quiere tapar inútilmente con la palabra o el deseo, pero que siempre está
funcionando en un nivel inferior. Lacan articula el concepto de goce para hablar de satisfacción de
la pulsión. La relación del sujeto con su cuerpo desde el punto de vista de lo real/imposible es una
relación de pérdida, de desencuentro con su goce, puesto que la única herramienta que tiene para
acceder a él -el lenguaje-, no es todo lo apropiada que debiera ser. La recuperación parcial del
goce se produce con las llamadas zonas erógenas, zonas que actúan como condensadoras de goce.
Conde Soto plantea que estas no son las zonas naturales del cuerpo, sino que cualquier objeto
puede ejercer la función de aquellas zonas correspondientes a las pulsiones que menciona Lacan
(oral, anal, fálica, escópica e invocante), y a su vez que cualquier objeto puede ser objeto de la
pulsión. Así pues, en palabras de Colette Soler, lo único abordable mediante el psicoanálisis es este
objeto que nosotros podemos llamar real. Real, pero no porque tenga la materialidad de un
cuerpo, es real precisamente, según la definición de Lacan, en la medida en que no puede ser
aprehendido por el significante (1988).
De este modo, las nociones de cuerpo a las que nos hemos referido no nos permiten detectar la
obligatoria necesidad de la presencia del cuerpo en tanto carne y hueso a la que aludían autores
como Miller y Palomera, sino más bien a interrogarla. La constante diferenciación que establece
Lacan entre cuerpo y organismo, nos consiente a pesquisar la posibilidad de un cuerpo presente
en la pantalla o en la voz del analista en el teléfono, ya que el cuerpo no estaría limitado a lo
biológico. El cuerpo, por lo tanto, podría estar presente en lo virtual en tanto imagen del cuerpo,
en tanto cuerpo que habla, y en tanto goza.
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2. Metodología
Para el presente trabajo se utilizará un diseño de tipo cualitativo, debido a que, como plantea
Sautu (1997:73) “es útil para investigar la construcción social de significados, las perspectivas de
los actores sociales, los condicionantes de la vida cotidiana o brindar una descripción detallada de
la realidad.” Y como dirá Valles (1999) “la investigación cualitativa habilita el estudio de las
relaciones sociales, la diversidad y pluralidad de estilos y modos de vida, para estudiar nuevos
contextos y perspectivas sociales, como así también conceptos sensibilizadores.”
Dorado, Ortúzar y Ulla (2009) plantean que en estas investigaciones no sólo se pretende medir
variables sino estudiar las relaciones de influencia entre ellas, para conocer la estructura y los
factores que intervienen en los hechos sociales y su dinámica (2009:63).
2.1. Técnicas de Recolección de Datos
Con el fin de llevar adelante esta investigación, la técnica a utilizar será la revisión bibliográfica
(Gomez-Luna, et. al. 2014; González de Dios, J; Muñoz, M; Alonso-Arroyo, A; Aleixandre-Benavent,
R 2013). Esto se debe a que dicha técnica
“Puede ser aplicada a cualquier tema de investigación para determinar la relevancia e
importancia del mismo y asegurar la originalidad de una investigación. Además, permite que otros
investigadores consulten la fuentes bibliográficas citadas, pudiendo entender y quizá continuar el
trabajo realizado.”
3. Conclusión
A lo largo de este trabajo hemos desarrollado el lugar del Psicoanálisis en relación a elementos
que atraviesan la actualidad, para reflexionar sobre su rol y su importancia como práctica
generadora de un tipo particular de lazo. En base a la Ley Nacional de Salud Mental, entendemos
que, junto con el Psicoanálisis, confluyen como dos discursos que van en oposición con otros
discursos Amos que hoy en día desubjetivizan y ontologizan el padecimiento de los usuarios de
Salud Mental. Consideramos de enorme relevancia destacar el lugar que ocupan estos saberes y
por lo tanto la importancia de seguir insistiendo por la correcta aplicación de la Ley y por la
reproducción de prácticas de Salud Mental que le devuelvan la palabra al sujeto sobre su propio
padecimiento, rol que el Psicoanálisis destaca y desempeña desde sus inicios.
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La revisión bibliográfica realizada da cuenta de que en relación a la conceptualización del cuerpo
que hace Lacan, la ausencia de éste en tanto carne y hueso no sería excluyente para hacer lazo a
partir del Psicoanálisis a distancia, ya que lo propio del discurso del analista no es el cuerpo, sino la
modalidad de lazo que el mismo establece.
Lejos de pretender un saber hermético, acabado, el presente escrito deja abiertas las puertas para
la emergencia de nuevos interrogantes, y nuevas búsquedas que refieran a la actualidad de la
práctica psicoanalítica y la revisión conceptual.
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