República Bolivariana de Venezuela
Ministerio del Poder Popular para la Educación
U.N.E. Simón Rodríguez
Araure, 24-05-2021
El Proceso Salud - Enfermedad
Integrantes:
Verónica Almao C.I: 17.363.912
Samuel Escorcia C.I: 29.629.778
Cristian García C.I: 26.273.538
José Rivero C.I: 29.715.616
Fabiola Silva C.I: 30.668.421
Facilitadora: Judith Duarte
Fisioterapia. Sección “B”
Araure-Acarigua
Proceso Salud-Enfermedad
Antes de la era Cristiana, la salud se le adjudicaba al poder sobre la vida y la
muerte que ha estado vinculada a los dioses.
El Binomio Salud-Enfermedad era el resultado del ingreso en el cuerpo de ciertos
espíritus o maldiciones que producían la enfermedad.
Pero los avances tecnológicos, la ciencia y el paso del tiempo nos han dado
conceptos muy amplios sobre lo que es la Salud, aunque aún se conserve la parte
espiritual.
Algunos de esos conceptos son:
OMS (1946) Definió la salud como: El estado de completo bienestar
físico, mental, social y espiritual, no solamente la ausencia de
enfermedades.
Terris Milton (1980): La salud es un estado físico, mental y social, con
capacidad de funcionamiento y no solo la ausencia de afecciones y
enfermedades.
Gol J. (1977): La salud es una forma de vivir libre, gozosa y solidaria.
R. Dubós: La salud es el estado de adaptación al medio y a la capacidad
del funcionar en las mejores condiciones para este medio.
Perkins: La salud es un estado de equilibrio de la forma y función corporal,
que resulta del ajuste dinámico del organismo ante las fuerzas que tienden
a alterarlo.
Hernán San Martín: La salud se define como un estado de variable
fisiológico de equilibrio y de adaptación de todas las posibilidades humanas.
Todos estos conceptos han evolucionado y hoy se entiende que la salud es un
recurso para la vida y no el objetivo de la vida en el cual, estar sano es “La
capacidad para mantener un estado de equilibrio apropiado a la edad y a las
necesidades sociales.”
Conocer el estado de salud de los individuos es estudiar los diferentes
determinantes relacionados:
Biología
Medio ambiente
Sistema de Salud
Estilos de vida
Cultura
La enfermedad (del Latín (infimitas), “no firme”, “falto de firmeza”) es un proceso y
el Status consecuente de afección de un ser vivo, caracterizado por una alteración
de su estado ontológico de salud.
La 4ta edición de Ciencias de la Salud (2001) definió la enfermedad como
cualquier estado que perturba el normal funcionamiento físico o mental de una
persona y afecta su bienestar.
Características del Proceso
Salud-Enfermedad
Se dividen en:
Multidimensional del Proceso: Donde interviene lo físico, psíquico, mental
y social.
Variabilidad: Son Características como el lugar, tiempo, cultura y religión.
Evolución de los Diferentes Modelos para Abordar el Proceso
Salud-Enfermedad
El análisis de modelos teóricos que abordan como mismo objeto de estudio y
desde diferentes disciplinas el proceso salud-enfermedad, incluyó once
propuestas. Es necesario aclarar que no se trata de describir cada modelo, sino
que para fines de análisis se trató de delimitar las hipótesis de trabajo, variables,
ventajas, desventajas, época y representantes de cada modelo, mismas que se
plantean explícitamente a continuación.
Modelo Mágico-Religioso
Para esta propuesta, la enfermedad resulta de fuerzas o espíritus; representa un
castigo divino, o bien se trata de un estado de purificación que pone a prueba la fé
religiosa. Las fuerzas desconocidas y los espíritus (benignos y malignos)
constituyen las variables determinantes y condicionantes del estado de salud-
enfermedad que priva en un individuo o en una sociedad. Este modelo facilita la
aceptación de la muerte inminente pero también circunscribe la prevención a la
obediencia de normas y tabúes, y la curación a la ejecución de ritos. Su principal
desventaja es que impide el avance cognoscitivo a la vez que fomenta la actividad
pasivo-receptiva del hombre. Como seguidores de este modelo podemos nombrar
a las sociedades primitivas, desde la edad media hasta la actualidad, teniendo
como representantes a chamanes, brujos, curanderos, sacerdotes y espiritistas
(Piña, 1990).
Modelo Sanitarista
Para este modelo, la salud-enfermedad es consecuencia de las condiciones
insalubres que rodean al hombre, en este sentido, las condiciones ambientales
son los determinantes primarios, promoviendo la introducción de medidas de
saneamiento contra los índices de morbi- mortalidad. La principal limitante de este
modelo, es el hecho de que no contempla los factores sociales que determinan la
prevalencia de condiciones de vida insalubres para las diferentes clases sociales.
Su época y representantes lo constituyen la revolución industrial europea con la
penetración capitalista en las colonias, y Smith y Pettenkofer, respectivamente
(Piña, 1990).
Modelo Social
El elemento central de análisis que propone este modelo, es que la salud-
enfermedad se genera en las condiciones de trabajo y de vida del hombre y de
cada conjunto poblacional. Introduce como variables determinantes el estilo de
vida, factores del agente y factores del ambiente. Privilegia a lo social como el
factor más importante, factor que explica la aparición y el rol de otros factores
participantes. Su problema fundamental es que en su aplicación como herramienta
de análisis, se corre el riesgo de reducir la complejidad real del proceso salud-
enfermedad a la problemática de las relaciones sociales. Se puede considerar que
los máximos representantes de este modelo son: Peter Frank, Virchow y
Ramazzini (siglo XIX) (Piña, 1990).
Modelo Unicausal
La salud-enfermedad es la respuesta a la presencia activa de agentes externos.
Constituye un fenómeno dependiente de un agente biológico causal y de la
respuesta del individuo, donde se busca el agente patógeno o el factor causal de
cada enfermedad. Este modelo permitió la investigación de medidas de control y
de fármacos que revolucionaron el tratamiento individual del enfermo; no obstante
no explica por qué el mismo agente no produce siempre enfermedad por lo que
descifra de manera parcial las causas de la enfermedad sin aclarar el rol de otros
factores. El surgimiento de este modelo se dió en la segunda mitad del siglo XIX y
a principios del XX, teniendo como máximos representantes a Pasteur y a Koch
(Pasteur, 1946).
Modelo Multicausal
La influencia simultánea de factores que corresponden al agente, al huésped y al
ambiente, son en primera instancia los condicionantes del estado de salud que
guarda el individuo o un conjunto poblacional. A través del análisis de las variables
que incluye este modelo se pueden conocer más de un factor participante en el
fenómeno de estudio, sobre los cuáles se puede actuar preventivamente. Como
principal desventaja, aparece el hecho de que no establece el peso específico de
cada factor y continúa un énfasis sobre lo biológico e individual, mientras que lo
social aparece incluido en el entorno. La segunda mitad del siglo XX fue la época
de aparición de esta propuesta y sus representantes pudieran ser Leavell y Clark
(Leavell & Clark, 1953; Noble, 1988).
Modelo Epidemiológico
Incorpora el modelo multicausal para el estudio de la salud-enfermedad colectiva
e introduce la red de causalidad, donde el elemento central de análisis es la
identificación de los factores de riesgo, elemento que constituye su mayor ventaja.
Su limitación fundamental es de acuerdo a esta propuesta, es que el valor de
cada factor de riesgo depende de la distancia y del tamaño del efecto en la red de
causalidad, además de que lo biológico y lo social aparecen como factores
indiferenciables. Este modelo se generó en la segunda mitad del siglo XX y sus
representantes fueron: MacMahon y Pugh (1975).
Modelo Ecológico
Para el modelo ecológico, teniendo como principal representante a Susser (70s),
la salud- enfermedad resulta de la interacción agente-huésped-ambiente en un
contexto tridimensional que descubre tanto las relaciones de factores causales
entre sí, como las relaciones directas con el efecto. Si bien es cierto, este modelo
retoma el análisis de las mismas variables que incluye el modelo multicausal,
también es cierto que su abordaje permite asignar un valor específico a cada
factor involucrado en el proceso de estudio. Esta propuesta no explica la génesis
de perfiles diferenciales de salud-enfermedad ya que carece de conceptos y
métodos adecuados para abordar lo social (Susser, 1972).
Modelo Histórico-Social
Desde la perspectiva de esta propuesta, existen perfiles diferenciales de salud-
enfermedad que guardan una estrecha relación con el contexto histórico, el modo
de producción y las clases sociales. Todos los factores causales se permean por
lo social-histórico. Introduce cinco variables fundamentales para el análisis del
objeto de estudio: la dimensión histórica, la clase social, el desgaste laboral del
individuo, la reproducción de la fuerza de trabajo y la producción del individuo. Su
aporte especial es que incorpora la dimensión histórica-social al análisis
epidemiológico, a la vez que aporta nuevas categorías de análisis y cuestiona la
eficacia de la prevención y control de la salud-enfermedad manteniendo intactas
las relaciones de explotación que la generan. Al igual que el modelo social, en su
aplicación existe el riesgo de reducir la complejidad real a la problemática de las
relaciones sociales y de la dimensión histórica. Sus representantes son:
Berlinguer, Laurell y Breilh (70s) (Breilh & Grand, 1988; Laurell, 1985; Bloch, 1985;
Laurell & Noriega, 1987; Martins et al., 1987; Ciari & Siqueira, 1976).
Modelo Geográfico
La enfermedad resulta de la interacción de factores patológicos y factores propios
del ambiente geográfico (factores geógenos); privilegia el ambiente geográfico
como factor determinante del proceso salud-enfermedad. Aunque contempla el
factor social como parte de los factores geógenos no da la suficiente importancia
como determinante del proceso. Este modelo se generó en el presente siglo (50s)
y sus principales representantes son: Jaques May y Voronov (May, 1977).
Modelo Económico
Incorpora la teoría del capital humano en los determinantes de la salud
enfermedad y conceptualiza a la salud como un bien de inversión y de consumo
para estar alerta ante la enfermedad. Para esta propuesta el ingreso económico,
los patrones de consumo, los estilos de vida, el nivel educativo y los riesgos
ocupacionales son las variables que entran en juego en el análisis de los
determinantes de la salud y la enfermedad. Incorpora y justifica el valor económico
en el estudio del proceso en cuestión y da una visión más amplia del determinante
social. Bajo esta perspectiva existe el riesgo de tomar una posición reduccionista
hacia lo económico, ya que se plantea un exceso de racionalidad en el análisis de
los determinantes. Esta propuesta de análisis es paralela al surgimiento de la
economía de la salud en años recientes (1970-80) y sus principales
representantes son Anne Mills, Gilson y Muskin (Mills & Gilson, 1988; Muskin,
1962).
Modelo Interdisciplinario
El estado de salud-enfermedad, tanto a nivel individual como social, resulta de la
interacción de factores que se abordan de manera interdisciplinaria y que operan
jerárquicamente en diferentes niveles de determinación. Existen determinantes
básicos a nivel sistémico (ambiente, genoma, etc.), determinantes estructurales a
nivel socio-estructural (estratificación social, mecanismo de redistribución de la
riqueza, etc.), determinantes próximos a nivel institucional-familiar (estilos de vida,
sistemas de salud, etc.) y, a nivel individual el propio estado de salud. La principal
ventaja de esta propuesta es que intenta proponer un enfoque integral para el
estudio de los determinantes del proceso de estudio (factores demográficos,
epidemiológicos, económicos, sociales, políticos, etc.); su principal desventaja es
que al igual que otros modelos, no desagrega la influencia de los factores que
considera y por lo tanto parece ser que no pondera el valor específico de cada
determinante. Este modelo surgió a principio de los 90s y sus representantes son
Julio Frenk y col. (Frenk et al., 1991; Arredondo, 1992)
Retos de la Seguridad Social
En el Siglo XXI
El servicio público de la seguridad social es sin duda una de las estrategias
políticas, económicas y sociales más importantes para cualquier país del orbe,
más allá del tipo de gobierno o del perfil ideológico de sus gobernantes; no
obstante, hoy día el servicio público de la seguridad social contemporánea parece
más un mero postulado de corte político rayano en entelequia, al no entenderse a
cabalidad la trascendencia de lo que ella significa e implica, olvidándose casi
siempre que se trata de un derecho humano y social inalienable e irrenunciable a
cargo del Estado, como responsable primario y final del mismo, si atendemos a lo
previsto en los artículos 22 y 25 de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos.
En efecto, se aduce por sus críticos (casi siempre sin razón) que la seguridad
social contemporánea es un catálogo de loables intenciones irrealizables que
termina provocando efectos sociales adversos a los originalmente perseguidos;
una utopía que resulta casi imposible materializar en la práctica debido a su
elevado costo, aduciéndose su supuesta incosteabilidad futura como si el
problema de la protección social fuese susceptible de reducirse a cuestiones
económico-financieras. A pesar de ello, todos sabemos que dinero siempre ha
habido y habrá, que lo único que hace falta es aprender a jerarquizar las
prioridades nacionales para atender lo importante en vez de lo urgente. Ante este
inquietante escenario, la primera interrogante clave a formularnos sería: ¿por qué
la seguridad social es considerada más como una utopía en vez de ser una
palpable realidad en este mundo riesgoso que habitamos? Para hallar una
respuesta fiable deberemos comenzar a desentrañar este enigma, partiendo de un
diagnóstico situacional claro y objetivo, realizando luego algunas consideraciones
académicas pertinentes que nos ubiquen mejor y nos permitan luego plantear
algunas propuestas viables de solución. Pues bien, transcurrida ya la primera
década del siglo XXI, muchas cosas de nuestra realidad política, económica,
social nacionales nos han quedado en Iberoamérica. Cuatro de ellas son de
capital importancia porque nos permiten efectuar un diagnóstico situacional
objetivo del tipo de problemas con los que cotidianamente debemos lidiar los
juslaboralistas y los segurólogos sociales:
1) La reciente crisis financiera mundial ha demostrado, la fragilidad de
nuestras economías, que es falsa la tesis economicista de que el mercado
se regula eficazmente a sí mismo. Con mucho dolor y empobrecimiento
palpable, hemos podido constatar en carne propia que la globalización
económica no persigue como objetivo principal el bienestar social; por el
contrario, sus perniciosos efectos abren todavía más las enormes brechas
existentes entre ricos y pobres, pues Estado y mercado persiguen objetivos
muy distintos. Es necesario -así a los economistas neoliberales no les guste
la idea- que el Estado intervenga siempre de manera racional y oportuna en
aras de regular al mercado, atándoles de manera eficaz las manos a
quienes se intentan pasar de listos para lucrar, aprovechándose de las
circunstancias y las necesidades del prójimo.
2) Las nuevas formas laborales que ha adoptado el mundo del trabajo, junto al
fenómeno de la precariedad laboral -que por desgracia se ha vuelto regla y
no excepción en el mundo entero-, han puesto en jaque a las políticas
públicas de empleo subordinado tradicional y de suyo al sindicalismo, el
cual es rebasado ante la ausencia de sintonía con la realidad y, para colmo,
cada día se atomiza más. Así, ha declinado inevitablemente la magnífica
negociación colectiva en tiempos pasados, capaz de conseguir conquistas
laborales para los operarios subordinados sindicalizados, logros que por
cierto parecían permanentes, pero que la cruda realidad nos demuestra con
hechos que no lo son, pues todo es negociable hoy día; todo, se dice, hasta
las propias indemnizaciones legales por despido laboral injustificado, que
son irrenunciables e inalienables. Tratando de evitar liquidaciones laborales
onerosas, en todo el orbe el empleo precario se convierte en la única
alternativa confiable en materia de empleo (si es que lo hay, claro).
3) El fantasma del desempleo recorre el mundo como resultado de la gran
crisis económica y financiera global, agudizada a partir de 2008, en una
situación que se fue gestando calladamente debido al notorio desinterés de
los Estados en ponerle freno a las feroces reglas del mercado, sin rostro
humano; la crisis ha terminado por desnudar otro problema mayúsculo que
ni los políticos ni los académicos supieron detectar a tiempo: el palpable
incremento del autoempleo (también llamado auto-ocupación o trabajo
autónomo e informal), un enorme y complejo problema que nos demuestra
con hechos notorios y datos irrefutables que los derechos laboral y de la
seguridad social atraviesan ahora por momentos difíciles, y que es verdad
lo que sostienen los múltiples críticos del derecho social: pese a las
políticas injerencistas del Estado para nivelar las desigualdades naturales
de los seres humanos, la realidad es más sabia que el derecho.
4) Que por factores atribuibles a falta de previsión e inadecuada reacción ante
el hecho irrefutable de la palpable deslaboralización de la seguridad social
contemporánea, los países de Iberoamérica -muy en especial los de
América Latina, cabría acotarlo- adolecen de políticas públicas de largo
aliento, correctamente planificadas e instrumentadas, que brinden servicios
efectivos de seguridad social básica dirigidos a dos de los sectores sociales
más sensibles y por desgracia tradicionalmente no amparados por el manto
protector de la seguridad social:
a) Los trabajadores migrantes que se internan o salen del territorio nacional
debido a las tendencias actuales del imparable fenómeno de la migración
laboral -sin perder de vista el flujo de la migración interna nacional, que en
los países del área de la América morena es mayor a la emigración
externa-
b) Los trabajadores en la economía informal e incluso subterránea,
individuos que, salvo excepciones, a duras penas sobreviven del
autoempleo o trabajo informal, fenómeno éste que crece exponencialmente
día tras día de manera incontenible, mientras que el llamado empleo
decente decae de forma espectacular.
Desde luego que al diagnóstico general efectuado pueden añadirse un sinnúmero
de causas y efectos perniciosos que inevitablemente inciden en recrudecer la
problemática nacional y regional; no obstante, con lo anotado queda ya
establecida la problemática social cotidiana que resienten tanto el empleo formal
como la seguridad social en la región iberoamericana.
Ante tan ominoso escenario, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha
enfocado sus mayores esfuerzos desde hace años en efectuar un diagnóstico
situacional de causa-efecto, tanto regional como global, haciendo propuestas
diferenciadas de solución a tan preocupantes asuntos. A manera de ejemplo,
recientemente y tratando de avanzar en lo que atañe al reto de la universalización
de la cobertura de la población, la OIT ha propuesto el concepto de “piso de
protección social” como una herramienta útil para la búsqueda de una mayor
cobertura social.
Llama poderosamente la atención que el máximo organismo mundial del empleo
se avoque a la ingente tarea de promover que los países miembros de dicha
Organización analicen internamente las razones del crecimiento exponencial tanto
del empleo como de la economía informales, tratando de regular de mejor manera
el problema si acaso no es posible resolverlo, asumiendo compromisos serios ante
los movimientos humanos trasnacionales y la constante migración humana laboral
tanto interna como externa. No pasa desapercibido que la OIT trabaje en la
compleja temática de la protección social, haciendo especial énfasis en los
servicios nacionales de seguridad social porque, a pesar de los notorios avances
en la materia y los grandes esfuerzos desplegados por ampliar su cobertura,
todavía no se ampara ni tan siquiera a la mitad del total de la población mundial; lo
cual, por sí mismo, constituye todo un reto y un colosal desafío para esta
generación en activo en relación con la venideras, asumiendo un franco
compromiso solidario intergeneracional que es a todas luces impostergable. Sin
embargo, consideramos pertinente establecer que existe un enorme problema que
al aparecer no se ha visualizado -o de plano no se ha querido reconocer,
suponemos que por motivos políticos- lo que la OIT no ha terminado de entender
es lo complicado que resulta, para el rubro de la protección social, luchar contra
los inquietantes problemas referidos en el apartado anterior, especialmente
cuando sostenemos que sin duda el mayor problema que afronta hoy día la
seguridad social contemporánea tiene que ver con su identidad. La pregunta a
plantear es simple y de su respuesta acertada depende en gran medida la
solución: ¿Qué es hoy la seguridad social contemporánea del siglo XXI? Esa es la
pregunta clave que debemos respondernos.
No hay duda de que la búsqueda de la genuina identidad de la seguridad social es
un quehacer primordialmente académico, una tarea compleja que no debemos
dejar en manos de los políticos -ni en los economistas, quienes han hecho propia,
de unos lustros a la fecha, la misión de ser los “gurús” de la protección social en
general, con resultados cuestionables-. A mi parecer, el mayor desafío consiste
ahora en encontrar la verdadera identidad de este servicio público, entendiendo no
sólo qué es, sino para qué nos sirve, más que por el simple afán de definirle y
encasillarle teóricamente, para entender la imperiosa necesidad de que la
vayamos construyendo conforme a nuestras necesidades y posibilidades, de
manera responsable y siempre a partir del eje en el cual ineluctablemente gravita
este magnífico manto protector: la solidaridad, porque sin ella de plano no puede
haber seguridad social.