REALIDADES-Milagros de Dios Hoy
REALIDADES-Milagros de Dios Hoy
REALIDADES
de M.Basilea Schlink
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REALIDADES, MILAGROS DE DIOS HOY
ISBN 978-3-87209-926-6
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Hermandad Evangélica de María
Casilla de Correo 2436
Asunción 1209, Paraguay
www.canaan.org.py
www.kanaan.org
Traducido en 45 idiomas.
Printed in Paraguay
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ÍNDICE
Prólogo
Prefacio
Dios escucha la oración hecha con fe
1. Dios busca adoradores. ¡Surge una capilla de la nada!.....................
Dios responde a la oración perseverante
2. Las palabras de la Biblia se cumplen hoy ....................
Dios quiere la oración ferviente
2.El arrepentimiento abre el camino, hasta para un permiso de
construcción ........................
La oración de fe mueve el brazo de Dios
4. ¡Doce cestas llenas!.....................
Dios quiere que se le pida en toda necesidad
5. La tienda de oración: tienda de milagros ....................
Dios está obligado a cumplir su palabra
6. Cuota inicial al instante.....................
Dios espera nuestra purificación
7. La vagoneta descarrilada.....................
Dios espera que nos arrepintamos
8. Culpables por la lluvia.....................
Dios escucha la oración de confianza
9. Esa ridícula fe.....................
Dios ayuda a quien se arriesga en la incertidumbre
10. “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” ....
Dios ayuda de un modo admirable
11. ¿De dónde venía realmente el dinero? .......
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12. Señales cumplidas: arrepentimiento de los pecados ............
A Dios le agrada la oración candorosa
13. El devocional del 20 de junio.....................
14. ¡Abba, Padre querido!.............
15. Caramelos en la noche del sábado.....................
Dios se glorifica en nuestras necesidades más urgentes
16. ¡Él está a nuestro favor! Una celebración para
examinar la construcción...........
Dios responde a la fe obediente
17. “¡Yo soy el Señor, tu sanador!” “¡No se dormirá
el que te guarda!”................
Dios busca arrepentimiento y una reanudada entrega
18. El tapón de la botella.....................
Dios espera que la oración sea sincera y continua
19. El huerto de las ciruelas.....................
Dios quiere que dependamos de Él
20. Una imprenta... por la fe.....................
Dios busca la oración de fe
21. Matemáticas celestiales.....................
22. El autobús azul.....................
23. Las medidas: 11 metros y 80 centímetros ................
24. Rodeado de ángeles.....................
Dios quiere que creamos en su Palabra
25. Jesús hoy, en el Mar de Galilea.....................
Dios escucha la oración de los pobres
26. Pequeñas pruebas de fe: mediante un pepino y otras cosas .................
27. No se preocupen.....................
5
28. El cuidado del Padre en la cocina y en la casa ........
29. 5 B 3 = 300 .................
30. Cómo el Padre celestial amuebla una casa ......
El amor inventa nuevos caminos
31. Una herencia prematura ..............
Dios espera confianza absoluta
32. Las provisiones vienen únicamente de la mano del Padre .................
A Dios le gusta la oración de fe hecha con confianza
33. Salchichas para las vacaciones y un almuerzo ..................
34. La vaca de Canaán .................................
Dios fortalece mediante la experiencia de sus milagros
35. Él da alimento a los cuervos pequeños ............
Dios interviene en el último momento
36. ¡Y no como esperamos!..........................
A Dios le gusta la oración osada
37. Una cuenta de ahorros intocable .......................
Dios responde a la oración que brota de un corazón contrito
38. El “Rey Baltasar” del año 1959 .............................
Con Dios nada es imposible
39. La ley que rige a las gasolineras ...........................
Dios responde la oración del que se arriesga a tener fe
40. La ocupación de la “Tierra de Canaán” cerca de Eberstadt
41. “Estoy dispuesto a hacer milagros”: Historia de la construcción de
una capilla de alabanza
6
Epílogo.....................
Obstáculos para la oración
La oración de fe
La oración candorosa
La oración perseverante
La oración eficaz
El camino a la oración
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PRÓLOGO
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PREFACIO
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en el reino de Dios. ¡También habla de los milagros en
nuestros asuntos económicos, que desconciertan a
cualquier sistema normal de contabilidad! En los terrenos
de la Hermandad de María existe hoy un conjunto de
edificios que da testimonio de la ayuda de Dios en nuestros
asuntos económicos y de que Él efectivamente contesta la
oración. Estos edificios costaron grandes sumas de dinero.
No teníamos reservas, ni recibíamos ningún subsidio
oficial. Se construyeron y se pagaron sólo gracias a la
oración y la fe en la ayuda de Dios. Por eso resuena a lo
largo de este libro este testimonio: ¡Tenemos un Dios que
hace milagros, que ayuda! (ver Salmos 68:20; 72:18).
Con el corazón lleno de gozo y gratitud compartimos esta
realidad: El que confía en Dios no depende de los cambios
políticos ni económicos, ni de una catástrofe que se
avecina. Su porvenir depende sólo de Dios, en cuyas manos
están todas las cosas. Pues Él dice una palabra y con ella,
todo lo que pudiera producirnos daño o infortunio desde el
punto de vista humano, se reduce a la nada. Sí, aunque las
cosechas y las aguas llegaran a estar envenenadas,
podemos contar literalmente con esta promesa de Jesús:
“... y si beben algo venenoso, no les hará daño” (Mr 16:18).
Tal es el “cantar de los cantares” que se entona en este
libro: una vida dependiente del Padre celestial, libre de las
muchas seguridades de esta vida, unida a Dios con una
confianza infantil y absolutamente fundada en la oración.
Al reunir estos relatos para publicarlos, me volví a sentir
sobrecogida por la certeza y seguridad de tal clase de vida,
a pesar de las luchas y dificultades que se presentaron en
los continuos proyectos de construcción, de la necesidad
diaria de provisiones para muchas personas y del
establecimiento y mantenimiento de varias ramas de
nuestra obra sin contar con ninguna clase de seguridad
financiera.
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Estos relatos, de incidentes reales ocurridos en nuestro
tiempo, confirman que Dios aún es fiel a sus palabras,
pronunciadas hace miles de años: El que espera en Dios no
será avergonzado; al que busca primeramente el reino de
Dios y su justicia, todo lo demás le vendrá por añadidura;
el que da, recibirá en abundancia. En pocas palabras, el
que confiando en Dios, en su amor y en su poder, arriesga
todo, heredará todo. La persona que, en fe, aprende la
disciplina de la obediencia, al presentarle algo a Dios y
esperar en Él, entregándole ese asunto por entero para que
Él obre, heredará todas las cosas aun aquí en la tierra. Así,
en tiempo de necesidad, experimentará que no le falta
ninguna buena cosa. Pues es un hijo, completamente
dependiente de su Padre, un hijo que confía totalmente en
Él por lo que todo le será dado por añadidura. Dios tiene
compasión de los pequeños y necesitados. Como Padre que
es, Él se hace cargo de las necesidades de éstos.
De modo que el tema de este libro es verdaderamente la
alabanza a Dios. Permita el Señor que sirva para estimular
a sus lectores, con el fin de que lleguen a ser verdaderos
hijos de Dios, pues a sus hijos les pertenece el reino de los
cielos. Los hijos creen en lo que piden, porque confían en
su Padre. No tienen otro pensamiento diferente a que el
Padre los ama y que, por esa razón, los educa y los
disciplina como un verdadero Padre. Sin embargo, siempre
los auxilia y los atiende cuando se lo piden. Así nosotros,
como hijos, experimentamos que Dios es amor y que hace
bien a los que en Él confían. Dios permite que sus hijos
tengan la experiencia de sus milagros, de tal modo que
disfruten del cielo anticipadamente aquí en la tierra.
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Dios escucha la oración hecha con fe
14
Con el fuego que ardía en nuestros corazones, comenzamos
a orar con gran sinceridad por la capilla. Lo primero que
pedimos fue que el Señor nos concediera la tierra donde
debía ser edificada. La mayor parte del tiempo orábamos en
grupos. Pedíamos que el Señor nos concediera el terreno,
aunque no teníamos nada en perspectiva. Cuanto más
imposible parecía la situación, tanto más fervorosa e
insistente era nuestra oración.
Una mañana resonó la campana que llamaba a las
hermanas. La madre Martyria y yo habíamos regresado de
un paseo y nuestras hermanas nos rodearon. El sol
iluminaba la habitación y hacía resplandecer una llave de
hierro que yo agitaba feliz en la mano.
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comprender que Dios había oído nuestra petición y había
tocado el corazón de aquel padre para que nos diera la
tierra donde podríamos construir la capilla. Llenas de
alegría, comenzamos a cantar juntas:
Ahora, a Dios demos las gracias
con corazón, manos y voces;
Él ha hecho maravillas,
y el mundo en Él se goce.
Entonces oré al Padre celestial. Si Él nos había dado esta
tierra como una promesa de que podríamos edificar allí, sin
dinero, sin subsidio y sin ningún recurso previsible, nos
daría alguna confirmación bíblica. Eso sería una base sobre
la cual podríamos afirmarnos, una nota de garantía de que
teníamos la facultad de llevar ante Él toda necesidad, para
que Él hiciera los pagos. El versículo que saqué del
tarjetero fue éste:
“La ayuda nos viene del Señor, creador del cielo y de la
tierra” (Sal. 124:8).
Ante esto, irrumpimos con un nuevo canto de alegría y
alabanza. Mediante este pasaje bíblico, Dios nos había
dado una promesa que incluía todo. Valía mucho más que
el dinero. ¿Sería más difícil para Dios crear la capilla, y
luego la casa matriz, que crear el cielo y la tierra?
¡Ciertamente, no! En ese momento, la convicción llegó
hasta lo más profundo de nuestros corazones. ¡Cuán fácil
tenía que ser para un Dios tan poderoso, que hizo el cielo y
la tierra, llevar a cabo la construcción de este edificio! ¡Para
nosotras podía parecer algo grande, pero para Él era algo
pequeño!
En realidad, el estímulo de la Palabra de Dios nos fortaleció
mucho en ese momento, y ni siquiera pensamos en el
estado de nuestras reservas económicas: ¡sólo teníamos 30
marcos!
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Con la imprevista obtención gratuita de este terreno,
aprendimos que Dios oye la oración de fe, cuando ésta se
hace con absoluta sinceridad.
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comprendí: Este hombre es el alto funcionario de la ciudad,
al cual se refería la Escritura. Y en efecto, lo era. ¡Nada
menos que el alcalde de la ciudad! En los cinco minutos de
camino le presenté nuestra petición.
“Esta vez, cuando llegué a la Ingeniería Municipal, mi visita
no terminó en una antesala sin respuesta. El ingeniero
municipal interrumpió una reunión para atenderme. Ya
conocía nuestra situación, pues el alcalde se la había
expuesto. El alcalde había cumplido su promesa de
mencionar el asunto al ingeniero municipal, cuando se le
presentara la oportunidad. Y había hecho aun más:
interrumpió sus múltiples responsabilidades para llamar de
inmediato al ingeniero municipal. ¿Y qué ocurrió? ¡Lo que
parecía imposible, de repente se hizo posible! Las montañas
de dificultades se derritieron como cera delante de Dios, el
Señor de señores. Allí mismo, el ingeniero me dio su
palabra de que obtendríamos el permiso para construir en
el terreno que nos habían regalado.
“Al llegar a la casa, encontré una carta de la Ingeniería
Municipal, en la cual se nos negaba una vez más el
permiso. La carta había sido enviada por correo el día
anterior. Cristo, cabeza de todos los príncipes y
autoridades, escribió ese día con caracteres indelebles en
nuestros corazones, que Él en verdad es la Cabeza de todo
principado y potestad. La negativa de las autoridades tenía
el propósito de probar nuestra fe. Para Dios significaba que
no debíamos desanimarnos, sino aferrarnos con fe, pues
cuando llegó su hora, actuó decisivamente y con poder.”
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Dios quiere la oración ferviente
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tiene que esperar como todos los demás; no podemos estar
todo el tiempo presionando a otras personas”.
La hermana Eulalia, que para entonces tenía a su cargo
todo lo relacionado con la construcción, recuerda
especialmente esta situación:
“Después de una seria conversación con las madres
directoras, comprendí que nuestro afán no se debía a la
impaciencia humana, sino que era una respuesta interna
de obediencia a la urgencia de Dios. Pero, si las hermanas
nos oponíamos a Dios, al pensar que lo más apropiado era
esperar, ¿entonces cómo podía intervenir Él? Fue entonces
cuando Dios me llevó a un profundo arrepentimiento por
mi resistencia. Clamé de nuevo a Él, con la confianza de
que su poder y su ayuda nos redimirían de nuestra
situación desesperada. Pocas horas después, el 25 de julio
de 1950, yo estaba en aquella oficina a la que había ido
muchas veces en vano, pero ahora con un corazón
cambiado, rogándole al Señor con arrepentimiento y
firmeza que interviniera. Sin embargo, como antes, vi el
mismo movimiento negativo de la cabeza: -Eso no es tan
urgente. Seis meses es el tiempo mínimo para procesar un
permiso de construcción y, en realidad, a menudo se
requiere de un año entero.
“Luego, se abrió por un momento la puerta de la oficina
principal. El jefe del Departamento de Construcciones pasó
algunos papeles. Al cerrar la puerta de nuevo, casi por
completo, preguntó:
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“Dígale a la hermana que pase un momento... Si ustedes
quieren comenzar la construcción a toda costa, yo no
quiero ser el impedimento”, fue la respuesta.
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Oré y presenté ante el Padre celestial esta gran necesidad.
El arquitecto nos instaba a que compráramos de una vez
los ladrillos para la construcción, pero no teníamos dinero.
A pesar de suplicarle mucho al Señor durante esos días,
casi no habíamos tenido ingresos. Por lo tanto, vimos
claramente que Dios quería ayudarnos de otro modo. Él
deseaba darnos los ladrillos de una manera especial. Yo no
sabía cómo, pero estaba convencida de que lo haría; porque
después de orar sinceramente al Padre celestial, pidiéndole
que ayudara a sus hijas en esta situación, recibí el
siguiente versículo bíblico:
“¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas
que el Señor te ha dicho!” (Lc 1:45).
En espíritu sentí que Él nos había bendecido al comenzar a
proveer los ladrillos y que continuaría, hasta que el edificio
estuviera terminado. Un gran gozo brotó en mi corazón por
esta promesa de la Palabra de Dios, y con él también sentí
la inspiración de un cántico que escribí en ese momento, y
que llegó a ser nuestra canción cotidiana mientras duró la
construcción:
La fe es fuerza divina
que rompe duras rocas.
Mediante su real poder
cantamos de victoria.
Las puertas todas se abrirán,
pues nada puede detener
¡al Dios omnipotente!
Las hermanas que habían estado recogiendo ladrillos en los
escombros, recuperaron la esperanza de que Dios haría un
milagro. Gracias a la oración recibieron nuevas fuerzas,
pues ahora se sentían impulsadas por aquella clase de fe
que puede mover montañas, según la palabra de Jesús.
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Pocos días después, en nuestra lectura bíblica diaria nos
correspondió leer el pasaje que se refiere a la alimentación
de cinco mil personas; el milagro en que lo poco se convirtió
en mucho. Esto le dio un gran gozo a mi corazón y un
nuevo ánimo para creer, con certeza, que nosotras
experimentaríamos una multiplicación similar de ladrillos y
de los demás materiales de construcción. A la hora del
almuerzo fui al sitio de la construcción y, a las hermanas
que laboraban allí, les dije que yo tenía un gran regalo y
que lo abriría en presencia de ellas, que trataran de
adivinar lo que era. Una de ellas lo adivinó. Se trataba de la
siguiente promesa:
“Todos comieron hasta quedar satisfechos, y todavía
llenaron doce canastas con los pedazos sobrantes” (Mt
14:20).
Les dije que debíamos aplicar con fe esa promesa a los
materiales de construcción y, cuando estuviera terminada
la capilla, con toda seguridad habría como material
sobrante cestas llenas de ladrillos por todos los lados. En
esa ocasión, sin embargo, esto les pareció algo imposible a
las hermanas. Por ninguna parte parecía que pudiéramos
obtener materiales de construcción. A pesar de esto, su fe y
ánimo fueron muy fortalecidos por estas palabras.
Nadie podía imaginar que esta “lluvia de piedras”, esta
multiplicación de ladrillos pudiera ocurrir. Pero Dios
siempre cumple su Palabra, en el sentido de que nada hay
imposible para la oración de fe. Al regresar en tranvía, un
caballero se sentó frente a mí “por casualidad”. Me
preguntó acerca de las hermanas que estaban trabajando
en la construcción, y sobre toda la situación. Le manifesté
acerca de nuestras circunstancias. Pocos días después
alguien llamó. El que llamaba se presentó como arquitecto.
Dijo que el día anterior la municipalidad se había reunido y
había sugerido la demolición de algunos cuarteles que
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quedaron quemados después de los bombardeos. De
repente se le había ocurrido proponer: “Podríamos dar estos
cuarteles a las Hermanas de María. Están construyendo y
estoy seguro de que podrán aprovechar los materiales”. La
moción fue aceptada. Nos dieron el permiso para derribar
los cuarteles y quedarnos con los materiales de
construcción. Hallamos algunos ladrillos muy buenos para
las paredes de nuestra capilla y con los restos que sobraron
pudimos cubrir los pisos de todos nuestros sótanos.
Con este milagro, Dios nos mostró que Él ciertamente
responde a la oración de fe que se hace con valentía. Y,
además, que Él retiene su promesa hasta que la fe esté lista
para “ver” su cumplimiento. Aprendimos que, como Dios es
grande, se manifiesta en forma majestuosa. Nuestros
corazones tienen que ver su grandeza, y esperar de Él
grandes cosas en oración.
Desde entonces, cantamos con gran fervor y certeza:
La fe penetra el reino celestial,
de Dios mueve la mano;
huye ante Dios la escasez,
Él suple en abundancia.
Aquello que pueda faltar
sabemos que proveerá
¡el Dios omnipotente!
5. La tienda de oración:
tienda de milagros
La hermana que estaba encargada de la albañilería en
nuestra construcción nos cuenta:
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“En julio de 1950, la madre Martyria acudió al sitio de la
construcción y nos habló de la historia bíblica de Nehemías
cuando construyó los muros de Jerusalén. Nos dijo que
todos los eventos de la Biblia debían expresarse en tiempo
presente, pues las leyes bíblicas todavía son válidas hoy.
Así, sentimos que debíamos erigir una tienda (carpa) de
oración junto al sitio de la construcción y hacer la casa del
Señor tanto con oración como con las herramientas. Desde
entonces tuvimos una tienda dedicada a la oración en
nuestro terreno. Se levantaba como una señal de la
realidad del poder de la oración, la realidad de un Dios
viviente que contesta las peticiones y hace milagros hoy,
dondequiera que las personas crean y oren.
“En esta tienda, las hermanas se turnaban cada cuarto de
hora, para presentar constantemente delante de Dios sus
necesidades y su fe, tal como lo hicieron los israelitas.
Oraban por todo lo que se necesitaba en la obra de la
construcción. Constantemente le recordaban a Dios quién
es Él: el Todopoderoso, quien con sólo decir una palabra,
las cosas se hacen; quien ordena y así sucede. Cuando
salían de la tienda les recordaban, a las otras hermanas
que estaban trabajando, la Palabra de Dios que fortalece la
fe.
“El fortalecimiento de nuestra fe era fundamental, pues
carecíamos casi de todo. Tan pronto como se comenzó la
construcción, el Señor permitió que se produjera una gran
escasez de materiales, pues a causa de la guerra de Corea,
tenían gran demanda para propósitos militares. De modo
que ahora, no sólo teníamos que pedirle al Señor el dinero
para pagar las cuentas cuando se vencieran, sino también
cemento, vigas de acero y, en realidad, todo lo necesario
para la construcción de nuestro edificio.
“Un día, por ejemplo, se nos acabó el cemento. Eso quería
decir que pronto tendríamos que suspender los trabajos.
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Ninguna firma comercial podía vendernos siquiera un poco.
En la tienda de oración le pedimos a Dios durante muchos
días que nos enviara el cemento. Todos los días nos
reuníamos a las once de la mañana en dicha tienda. Ese
día nos encontrábamos angustiadas, cuando de repente se
apoderó de nosotras un espíritu de fe completamente
nuevo. Comenzamos a cantar un himno de alabanza, con la
certeza de que el Señor no permitiría que se detuviera la
construcción. Repetidas veces, Él nos había manifestado la
urgencia que tenía de esta capilla y sobre todo, había
puesto un ardiente deseo en nuestros corazones de que su
nombre se hiciera grande ante el pueblo, por medio de este
edificio, de que Él fuera conocido como el Dios vivo que
hace milagros hoy.
“¿Qué sucedió? Precisamente cuando nos disponíamos a
salir, pues la construcción se detendría definitivamente al
día siguiente, ¡un gran camión con 40 bultos de cemento
atravesó nuestro portón! Aunque acabábamos de orar por
esa necesidad, no podíamos creer lo que veíamos, y hasta
pensamos que pudiera ser una equivocación. La carga de
cemento era, sin embargo, para nosotras. Inesperadamente,
la compañía distribuidora de cemento halló estos bultos en
un depósito de emergencia, y decidió enviárnoslos.
`Pidan, y Dios les dará´ dijo Jesús. Experimentamos esto en
ese momento, pues Dios actúa conforme a su Palabra. Él se
siente obligado a cumplirla. Con nuestros corazones llenos
de gratitud y gozo, cantamos:
La mano fuerte del Señor
se mueve para bendecir
como respuesta a la oración.
Pues el que hizo tierra y mar
también se alegra en contestar
la súplica de sus hijos.
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“En esta crisis económica descubrimos que Dios, casi
diariamente respondía a las oraciones que elevábamos
desde la tienda de oración, y nos enviaba su auxilio.
Recibimos todos los materiales necesarios para la
construcción, sin aumento de precios y en corto tiempo,
aun cuando los buenos clientes tenían que esperar hasta
un mes para recibirlos. Incluso gran cantidad de este
material, que estaba tan escaso, lo recibimos
gratuitamente. Especialmente recordamos los bloques de
concreto, las vigas de acero, los tubos para el gas y para el
agua. Todo nos llegó a tiempo, de tal modo que no se perdió
ni un día de trabajo.”
¡Qué increíble fue ver que aquella pequeña obra de
construcción de un pequeño grupo pobre de hermanas
jóvenes, que no tenían recursos normales, no tuvo que
suspenderse, como entonces les tocó a muchas otras obras!
¿Cuál era el secreto? La oración que se elevaba desde la
tienda. El Señor nos mostró que la oración hace más que el
aprovechamiento de todas las posibilidades humanas, las
cuales estaban a disposición de muchos de los que estaban
construyendo. La oración lo puede todo y debe ser la base
de toda actividad. Nuestros esfuerzos en el trabajo no
hubieran prosperado en ese tiempo de crisis económica. El
trabajo físico debe combinarse con la oración. Se dedicaba
el mismo tiempo a la oración como el que se destinaba al
trabajo diario. El trabajo sin oración es completamente
inútil. La oración que va unida al trabajo cuenta con la
promesa de Dios. Esto fue lo que el Señor nos enseñó
durante el tiempo de construcción.
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Dios está obligado a cumplir su Palabra
32
Dios espera nuestra purificación
7. La vagoneta descarrilada
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La madre Martyria y yo tratamos de convencer a nuestras
hijas espirituales, de que ésta era una manifestación de
Dios. Pero las hermanas que trabajaban en la construcción,
afirmaban lo siguiente:
“En ese tiempo no estábamos dispuestas a aceptar eso. No
queríamos que se nos echara la culpa de todo. Le
asignábamos a la lluvia las razones naturales, lo cual
satisfacía nuestra razón; aunque la Escritura declara a
menudo que Dios gobierna el tiempo, las nubes, las ondas
y las tormentas; que Él cierra y abre los cielos; que Él da o
retiene la lluvia en determinada región, según quiere
reprenderla o no. Por supuesto, nuestras oraciones
pidiendo que la lluvia cesara no tenían respuesta debido al
estado de nuestra mente.
“Un día, otra vez estaba lloviendo fuertemente y corrimos
hacia la tienda para orar juntas. De repente, una hermana
confesó su pecado: el resentimiento que tenía contra Dios.
Dijo que ella era la culpable de la lluvia. Y luego, una tras
otra se inclinaron arrepentidas ante Dios, en tanto que el
Espíritu Santo las movía a reconocerse culpables. Cuando
la última terminó de confesar su falta, la lluvia se detuvo.
Esto se repitió después en varias ocasiones. Así,
experimentamos algo de la siguiente verdad bíblica:
También hice que les faltara la lluvia durante tres meses
antes de la cosecha. En una ciudad hice llover y en otra no;
en un campo llovió y otro se secó... (Am 4:7). Si siguen mis
leyes, y cumplen mis mandamientos y los practican, yo les
enviaré la lluvia a su tiempo... (Lv 26:3-4).”
Por medio de estas experiencias con la lluvia, el Señor nos
dio algo en qué pensar. Sólo las manos limpias y las
oraciones que brotan del humilde corazón del cristiano, son
aceptables delante de Él y por lo tanto recibirán respuesta.
¿Comprenderían los dos albañiles que instruían a las
hermanas, lo que había sucedido? Nos preguntábamos eso.
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En todo caso, cuando comenzaban a caer las gotas y las
hermanas se dirigían hacia la tienda, ellos se decían los
unos a los otros: “No te preocupes. Tan pronto como las
hermanas se reúnan en la tienda, la lluvia se detendrá”.
9. Esa ridícula fe
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para que llegaran a tiempo; por lo que todas nuestras
oraciones parecían vanas. El día en que se terminó el cielo
raso y necesitábamos urgentemente los bloques, éstos no
habían llegado. Las hermanas que trabajaban en la
construcción y sintieron esta apremiante solicitud cuentan:
“Esperamos hora tras hora. Uno de los albañiles que dirigía
nuestra obra dijo: BEsto es lo que sucede cuando uno no es
práctico. Mañana habrá que parar el trabajoB. Una de las
hermanas, para animar su fe, respondió: BEsta vez también
nuestro socorro está en el nombre del Señor B. El hombre
sólo se rió con sus compañeros. Hacia el mediodía, ya todas
las herramientas estaban limpias y colocadas en su lugar,
pues no podíamos hacer otra cosa sin los bloques. Los dos
albañiles nos dijeron que tendrían el día siguiente libre, a
expensas de nosotras, ya que habían estado dispuestos a
trabajar, pero no había materiales disponibles. Nos
llenamos de desesperanza. ¿Dios dejaría nuestras
peticiones sin respuesta y permitiría que su nombre fuera
deshonrado entre estos albañiles sin fe?
“De repente oímos un fuerte sonido de un carro. Era un
gran camión con los bloques que tanto habíamos esperado.
Lo recibimos con himnos de alabanza y gratitud. `Todos te
alaben, omnipotente Dios...´, era el cántico que resonaba
por el campo, en gratitud a Dios. Una vez más, Dios
escuchó nuestras oraciones y demostró que era el Señor, el
Sí y el Amén. Rodeamos el camión como si se tratara de un
querido huésped que esperábamos durante mucho tiempo.
Los dos albañiles presenciaron esto. Uno de ellos, que se
encontraba alejado de la iglesia, parecía sentirse
avergonzado ante esta maravillosa obra de Dios: BUn
hombre puede aprender algo acerca de la fe, por medio de
esto- murmuró.”
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¿Por qué nos había mantenido el Señor en estos aprietos
hasta el último momento? ¿Por qué no intervino, sino hasta
después de que los albañiles guardaron las herramientas?
La reacción de ellos nos dio la respuesta. Dios intervino en
el momento en que parecía no haber esperanza. De modo
que la llegada de los bloques fue más que una entrega
común y corriente de materiales. Para los albañiles, lo
ocurrido fue una prueba poderosa de que Dios había
actuado. Cuando Dios actúa en una situación imposible, se
hace más grande ante nosotros. Cuanto más difícil sea una
situación, más grande es la honra que Él recibe. Por eso, a
pesar de nuestras oraciones, Él espera a menudo hasta el
último momento. Así, nos enseña a perseverar en la fe.
Ese día, las hermanas que estaban en la construcción y las
que nos encontrábamos en la casa matriz provisional,
tuvimos que perseverar en la fe una vez más, pues
súbitamente nuestra alegría se vio empañada. El conductor
del camión sacó de su bolsillo la cuenta del transporte: 136
marcos. Cuando las hermanas salieron por la mañana a
trabajar, sabían que sólo había ocho marcos en la caja.
Pero, confiando en el Señor, la hermana Eulalia envió al
conductor hacia el sitio que nos servía de casa matriz. Nos
estremecimos cuando llegó la factura. ¿Qué podíamos
hacer?
En ese mismo instante, las hermanas de la construcción le
suplicaban a Dios, confiando en que Él no haría milagros a
medias. En ese momento llegó el cartero. Dentro de las
cartas había algunas donaciones en dinero. Sumamos las
donaciones: ¡precisamente 136 marcos para pagarle al
chofer y un poco más de un marco para nuestra caja! ¡Qué
Señor tan grande! Su socorro fue perfecto. No nos faltó
nada de lo que había prometido.
Los albañiles incrédulos fueron adquiriendo gradualmente
la fe en Dios y en sus poderosas obras. Comprendieron que
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las oraciones que se hacían en la tienda, movían el brazo de
Dios. Dios oye las súplicas de los necesitados y les presta
su ayuda maravillosa en el tiempo oportuno. Sí, Dios nos
ayuda en las situaciones imposibles como ningún otro
hombre puede hacerlo.
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¿Debíamos poner un precio a nuestro servicio, como se
suele hacer?
A los padres de nuestras hermanas teníamos que darles
alguna respuesta, en vista de su sostén material, así como
en cuanto a su protección y seguridad. Sobre todo,
nosotras las madres, como las responsables de nuestras
hijas espirituales, debíamos hallar una respuesta que nos
diera tranquilidad. En mi mente, se había formado una
imagen muy clara, al estilo del Sermón del Monte, según la
cual, los que buscan el reino de Dios “... recibirán también
todas estas cosas” (Mt 6:33). Un nombre comenzó a resonar
en mi corazón: “Padre”. Él proveería y probaría que es un
Padre para sus hijos, que les manifiesta su amor y su
poder. Pero eso significaba que, como hijas suyas, teníamos
que darle la oportunidad para que lo hiciera, dejar el
camino libre para que manifestara su poder y bondad. Esto
le daría a Él la gloria. Dios puso esta convicción en mi
corazón como un fuego ardiente: Él tenía que ser
glorificado.
Pero, ¿cómo tenía que realizarse todo esto? Entonces vi con
claridad: si renunciamos a nuestras seguridades, a
nuestros deseos, y nos entregamos a la dependencia total
del Padre celestial, le otorgamos a Él la posibilidad de que
se preocupe por nosotras y de que manifieste sus
maravillas. Pero esto suponía “prescindir” de la seguridad
de unos ingresos fijos, para poder recibir todo de Él por el
camino de la fe y de la oración, según su Palabra: “Den a
otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una
medida buena, apretada, sacudida y repleta” (Lc 6:38a).
El superintendente Riedinger tenía, sin embargo, una idea
un poco diferente, de acuerdo con su práctica y
experiencia. Debíamos reunirnos para orar y buscar
claridad y unidad de propósito, en este asunto decisivo. El
Espíritu de Dios se movió poderosamente y nos condujo a
41
una completa unidad de convicción. Después de haberle
rogado que nos indicara el buen camino, nos dio la misma
respuesta bíblica dos veces sucesivamente: “El que trate de
salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por
causa mía, la salvará...” (Mt 10:39).
Así, Dios nos indicaba que debíamos abandonar toda
seguridad terrena, como ganancias y ahorros. No
conseguimos ningún seguro por enfermedad, invalidez o
vejez. No le pusimos precio a nuestros servicios. No
pedíamos ninguna remuneración por nuestras obras
literarias, de arte y manualidades; lo cual significaba que
ahora dependíamos del Padre celestial. Así, andaríamos
mucho mejor por el camino de fe y oración, esperando que
todo el socorro llegara de Él.
En este punto comenzamos a seguir ese camino que ha
hecho de nosotras una comunidad de oración. Al iniciar
cada día, no contábamos con nada de carácter material y,
por esto, desde el punto de vista humano nos
encontrábamos ante verdaderas montañas de
preocupaciones que era necesario remover por medio de la
oración. Así teníamos incontables oportunidades de
recordarle a Dios las muchas promesas de la Escritura,
presentárselas como un pagaré y pedirle que las cumpliera.
Y con la misma frecuencia se nos daba la ocasión para
darle gracias por su ayuda paternal.
Pronto cumpliremos dos décadas de estar recorriendo este
camino de fe, en el cual no ha habido ingresos fijos, ni
seguros; un camino de fe y oración, especialmente de
milagros y de ayuda divina, un camino que nos permite
afirmar que nunca dejaremos de alabar a Dios. ¡Cuán
maravillosa y generosamente nos ha sostenido el Señor
diariamente, en lo mucho y en lo poco! En este camino de
“perder la vida”, Él no ha dejado de proveer todo lo que la
hermandad ha necesitado. Cuando, por ejemplo, en caso de
42
enfermedad Él no interviene directamente para sanar
mediante la imposición de las manos, entonces estimula a
muchos corazones para que nos donen medicamentos;
también nos han sido dados gratuitamente cuidados
médicos, hospitalizaciones, e intervenciones quirúrgicas.
Después de muchos años de experiencia, nos hemos
convencido de algo: nunca se confiará demasiado en el
Señor; su amor y poder sobrepasan nuestras más
fervorosas oraciones y esperanzas.
Por medio de esta experiencia hemos aprendido lo que
significa “perder la vida” y vivir según el principio: “Ustedes
han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”.
Eso significaba que cada día teníamos que dejar de lado la
dependencia humana y contar sólo con Dios; que Él
llenaría a su modo nuestra caja y mantendría su obra.
Pronto experimentamos dichas palabras, al hacer una
pequeña exposición de nuestra literatura. Hicimos un
contrato con un tipógrafo para que imprimiera algunas
conferencias que yo había dictado. En eso, habíamos
gastado todo el dinero de que disponíamos. No les pusimos
precio a los folletos, ni a las manualidades que las
hermanas habían realizado con mucho esfuerzo, tales como
textos bíblicos, cuadros y pequeñas carpetas.
La madre Martyria cuenta lo que ocurrió:
“Pasó un joven que era vendedor de folletos cristianos. Él
había oído decir que podría llevar lo que quisiera. Todo era
gratuito. Nunca olvidaré su gran maleta negra con esquinas
de cuero, en la cual desapareció nuestra literatura. El
hombre se fue con su maleta y yo me quedé consternada.
¿No llegaríamos de ese modo a la bancarrota? Me aferré a
nuestro lema: “perder la vida”, para evitar decir algo, y le
pedí al Señor que obrara según su promesa de que el que
pierde su vida la hallará. Si seguíamos por esa dirección,
no nos dejaría perecer”.
43
Y en realidad, Dios ha cumplido su promesa. ¿A dónde nos
ha llevado esta forma de vivir? Hoy, cuando les mostramos
a nuestros visitantes nuestra “tierra de Canaán”, ¿qué es lo
que ven? La casa matriz con su capilla, el Taller de Jesús,
la gran capilla del Llamado de Jesús, la casa de retiro para
huéspedes, llamada El Gozo de Jesús, el pequeño hogar de
ancianos de San Francisco y, además, nueve hectáreas que
conforman los terrenos que rodean nuestros edificios.
También descubren que tenemos una casa propia en Israel.
¿Cómo pudo ocurrir todo esto? No se debe a nuestros
méritos, no lo logramos con grandes contribuciones, ni
capital, ni hipotecas; sino con la más profunda pobreza, por
medio de la fe y de la oración. Dios ha demostrado que
cumple su Palabra: “Den a otros, y Dios les dará a
ustedes...; ...pongan toda su atención en el reino de Dios;
...todo lo que ustedes pidan en oración, crean que ya lo han
conseguido, y lo recibirán” (ver Lucas 6:38; Mateo 6:33;
Marcos 11:24).
Durante todos estos años pudimos pagar las cuentas de los
edificios a tiempo, de modo que todos están libres de
deudas. ¿Por qué? Porque, sin que nosotras hiciéramos
solicitudes ni colectas, Dios mismo movió los corazones
para que ofrecieran donaciones e hicieran sacrificios a favor
de su obra.
Todo el que ve los milagros de este camino de fe tiene que
admirarse de la pura realidad de la Palabra de Dios e
inclinarse para adorarlo. Él ha demostrado que puede
derramar abundantemente sus dones sobre sus hijos y en
efecto, lo hace. Pero primero, tiene que quitar de nosotros el
deseo de asegurarnos y asegurar a nuestra gente, según los
cálculos humanos. Sobre todo, Él nos persuade a que
esperemos todo de Él por la fe, y nos dediquemos sin
reservas a su reino.
44
Dios ayuda de un modo admirable
45
Precisamente en esas semanas tuve que ofrecer una
conferencia en una ciudad grande. Durante el período de
angustia habíamos clamado al Padre celestial para que Él
resolviera la crisis económica. Después de la conferencia, se
acercó una señora que deseaba hablar conmigo. Yo pensé
que ella quería algún consejo espiritual. La señora, sin
embargo, me relató una experiencia extraña. La semana
anterior, ella sintió que Jesús le decía repetidamente: “Da
tus ahorros a las Hermanas de María”. Ella había
respondido: “Eso no lo haré. En primer lugar, porque ni
siquiera conozco a esas hermanas y, en segundo término,
porque los necesito para cualquier emergencia”. Al día
siguiente, sintió fuertes dolores en las piernas y casi no
podía caminar. Se preguntó, entonces, si tales dolores
podrían estar relacionados con la negativa que ella le había
dado a Dios. Le pidió al Señor que le quitara los dolores, si
esa era la causa, y que de esta manera ella se desprendiera
del dinero. Los dolores desaparecieron al instante. Después
de esta experiencia, ella fue a escuchar mi charla.
Cuando la señora me contó lo sucedido, sacó el dinero de
su cartera y me lo entregó para nuestra construcción. Eran
800 marcos, una gran suma, si se tiene en cuenta la
situación en que nos encontrábamos.
Me emocioné mucho por esta respuesta de Dios a nuestras
oraciones. La manera como Dios nos ayudó, en este caso,
me permitió vislumbrar su gran corazón lleno de amor y su
modo de obrar. Nos mostró su cuidado paternal para la
terminación de la capilla, pero también nos mostró que lo
que Él provee llega a ser una bendición, tanto para el que
da como para el que recibe. En este caso, personal y
amorosamente había motivado a una de sus hijas, para que
hiciera un sacrificio en honor a Él, lo cual le dio bendición
a ella y, por otra parte, fue utilizado para el avance de su
reino.
46
En los meses que siguieron tuvimos que volver a andar por
caminos oscuros. Según los cálculos humanos no había
salida. Pero esta pequeña experiencia llegó a ser un canto
de fortaleza para nosotras.
Tú eres más que Padre
para mí que soy tu hijo.
Siempre hallas caminos y medios
de obrar tus maravillas.
51
“Un día fui al pueblo a comprar lo más necesario. En el
camino se me ocurrió visitar a una señora que vivía
completamente sola y era muy pobre. ¿Qué ocurrió? En el
momento de despedirme, me preguntó si nosotras
podíamos usar algunas frutas enlatadas y algo de verduras.
Allí estaban y eran demasiadas para ella sola. ¡Había tanto
que tuvimos que ir a recogerlas, con un carrito de mano!
“Al siguiente día al abrir las ventanas, vi que había una
bolsa en la puerta. Estaba llena de espinacas frescas.
Luego supimos que las había dejado allí un granjero.
“Y eso no fue todo. Por la tarde, un horticultor de la
vecindad preguntó si nosotras podíamos ir a recoger
algunos puerros. Él quería renovar sus sembrados y
nosotras podíamos aprovechar toda la provisión que había
en ese momento.
“¡Los adultos nos sentíamos asombrados y llenos de
gratitud! También los niños, que habían presentado
sinceramente sus pequeñas oraciones a Dios, pidiéndole
todo lo que necesitábamos, ahora tenían sus caritas
radiantes al ver estas pilas de provisiones. Ninguno de ellos
olvidará jamás la pequeña celebración de acción de gracias
que tuvimos. Cada niño supo que él era un hijo amado y
cuidado, especialmente por el Padre celestial. Batían las
manos y cantaban con nosotras: `¡Padre mío, qué bueno
eres!´ Después de esto, era conmovedor ver la confianza tan
grande con que estos pequeñitos presentaban sus
peticiones al Padre celestial.
“En otra ocasión se nos acabó el hilo para zurcir calcetines
y chaquetas. Escasamente teníamos suficiente dinero para
comprar alimentos. Siempre vacilaba en adquirir cualquier
otra cosa. Una tarde, sin embargo, pensé que no podía
esperar más. Después de haber ido a la panadería, me
detuve en una pequeña tienda para comprar el hilo. `Una
caja pequeña no me costará tanto´, me decía para
52
persuadirme a mí misma. Había bastante gente delante de
mí. Mientras esperaba, otra voz hablaba conmigo: `Has
debido orar más. Tal vez el Padre todavía te va a ayudar.
Debes esperar´. Antes de que me tocara el turno para que
me atendieran, me fui.
“El domingo siguiente, me encargué de cuidar a los niños
de una familia muy pobre, mientras la madre iba a la
iglesia. Cuando ella regresó, sacó de la habitación contigua
un paquetico. Hacía poco ella había hecho unos calcetines,
y le había sobrado un poco de lana. Ella pensó que
podíamos utilizarla.
“ Abba, mi amado Padre, era una exclamación que resonaba
constantemente en mi corazón. Me avergonzaba de mi
propia falta de fe. El amor de Dios me asombraba. Él era,
en realidad, un Padre que se preocupaba por las más
pequeñas necesidades y dificultades de sus hijos. Me di
cuenta que mi propia relación de amor y confianza, como la
de un niño hacia su Padre celestial, se había robustecido
grandemente.”
54
Dios se glorifica en nuestras
necesidades más urgentes
55
ladrillos que permiten que el agua se filtre libremente. Si
llovía, no podríamos realizar nuestra celebración en el
sótano.
La noche anterior a la celebración se produjo una horrible
tormenta. ¡Fue tan intensa que pensamos más en el fin del
mundo que en nuestra celebración! Al día siguiente por la
mañana, las apesadumbradas hermanas se dirigieron al
lugar de la construcción. Todavía estaba lloviendo. ¿Qué
podíamos hacer? Los ladrillos que cubrían el sótano
estaban empapados de agua. Aunque se detuviera la lluvia,
continuarían goteando durante días. Las hermanas
trataron de hallar alguna solución, pero todo fue en vano.
¿Debíamos cancelar las invitaciones? Ya era tarde para
hacerlo. Secaron los ladrillos con paños, pero siguieron
destilando. Nada servía.
Nos sentimos absolutamente desconcertadas. Lo único que
podíamos hacer era orar. Ésta iba a ser nuestra primera
celebración en el lugar de la construcción. Habíamos
experimentado tantos milagros de Dios en este lugar y
ahora esperábamos que Él estuviera a nuestro lado,
dirigiendo las nubes. Pero parecía que se había escondido.
Mientras arreglábamos las mesas, le pedíamos
fervientemente, pero nos sentíamos desesperadas. Seguía
goteando. Pronto llegarían los invitados.
Cubrimos las mesas con lienzo y pusimos los vasos hacia
abajo para que los invitados no los hallaran llenos de agua
llovida. Adornamos cada mesa. En el cuarto adjunto
colocamos paraguas sobre las tortas. Esperamos, pues, a
nuestros invitados, todavía con la esperanza de que Dios
interviniera, pero sin saber qué clase de ayuda nos daría.
En ese momento no comprendíamos una verdad espiritual
básica: Entre más grande sea nuestra necesidad e
impotencia, Dios está más cerca con su ayuda. Ciertamente
el que oye el clamor de los polluelos de los cuervos, también
56
oirá los clamores de sus hijos. Habíamos sentido que Dios
estaba distante, pero en realidad permanecía cercano. Él
permitió que nuestra necesidad llegara hasta el punto
máximo, de tal modo que reconociéramos la imposibilidad
humana desde todo punto de vista, para salir de esta
situación. Así clamaríamos a Dios como nunca antes, y a la
vez experimentaríamos que contamos con un Dios que hace
milagros, que contesta la oración y envía socorro.
Fue entonces cuando ocurrió el milagro. Al llegar los
invitados, la lluvia se detuvo, y no volvió a llover hasta que
ellos regresaron a sus casas. Pero el verdadero milagro
consistió en que, en el lugar donde estaban arregladas las
mesas en el sótano, no cayó ni una gota del cielo raso
durante la celebración. En los otros cuartos del sótano
continuó destilando, tanto del techo como de las paredes.
¡Fue un milagro físico para nosotras y nuestros amigos! Y a
todas nos pareció que la presencia del Señor fue más
poderosa en este pobre sótano, que lo que hubiéramos
sentido en cualquier otra parte. ¡Qué contraste con la
terrible tormenta de la noche anterior! En el sótano, que
todavía no tenía piso, nos sentimos como una congregación
que estaba de fiesta. Era como si el cielo se hubiera abierto
para nosotras. Uno de los honorables invitados que estuvo
presente en esa ocasión, después nos dijo que esa había
sido una de las horas más inolvidables de su vida.
Cuando recordamos aquella celebración, sentimos asombro
en nuestros corazones: “¡Cuán grande eres, oh nuestro
Dios! Sé que puedes hacer cualquier cosa, y que nada de lo
que te has propuesto hacer es demasiado para Ti. ¡Aun en
medio de aguas profundas, Tú abres camino!”.
En cosas pequeñas, hemos experimentado muchas veces
que cuando parece que Dios está en contra nuestra,
realmente está obrando en nosotras y planeando hacer
grandes cosas que nos favorecen. Cuando pensamos en
57
aquella celebración, con todas las pruebas y disciplinas que
la precedieron, sentimos que ese “a favor nuestro” es el
milagro de los milagros.
58
confiando sólo en Él. De acuerdo con lo que el Señor nos
había iluminado, no contratamos ningún seguro contra
accidentes, ni de otra clase. ¿Permitiría Dios que sucediera
algún accidente?
Una vez, una hermana se resbaló en el cemento aún fresco
del segundo piso. El suelo cedió y, para empeorar las cosas,
cayó sobre el cantón de una viga. La llevamos al hospital.
La radiografía indicó doble fractura de la pelvis.
Esto nos humilló delante de Dios. ¿Qué había en nuestra
hermandad para que Él nos castigara y juzgara de ese
modo, hasta el punto de poner en peligro su propio
Nombre? La madre Martyria y yo ordenamos que se hiciera
un día de ayuno, arrepentimiento y oración. Luego de una
noche de oración, llena de las peores tentaciones, luché
hasta llegar a una clara convicción: el accidente no había
ocurrido para someternos a un largo período de
sufrimiento, sino para que Dios fuera glorificado por medio
de la sanidad.
Era, pues, un asunto de obediencia al orden Divino; por lo
que llevamos a casa a la hermana. Sin embargo, lo hicimos
temblando, pues era una gran responsabilidad. En
nuestras mentes había una horrible pregunta: ¿Qué
pasaría si queda paralítica el resto de su vida? Según
indicación médica, ella tendría que permanecer enyesada
durante varias semanas. Sin embargo, nosotras la
estábamos llevando a casa, sólo dos días después del
accidente. Tuve que firmar para que la dejaran salir del
hospital y aceptar toda la responsabilidad, por lo que
pudiera ocurrirle. El médico que estaba de guardia me
habló seriamente: -La enfermedad mental tal vez pueda
curarse con oración, pero ésta nunca podrá reparar un
hueso fracturado-. Eso me lo dijo insistentemente.
59
En la casa, la madre Martyria y yo pusimos las manos
sobre la hermana y oramos. Algunas de las hermanas nos
rodearon, alabando el nombre victorioso de Jesús:
Traes sanación, Jesús,
cuando invocamos tu Nombre:
alma, cuerpo, espíritu
de dolencias son curados.
Nombre cuyo gran poder
obra sanación total.
La hermana, que antes no podía ni siquiera moverse en la
cama sin agudos dolores, se puso de pie. Por un rato no
pudimos apartar nuestra mirada de ella. Luego, nos
inclinamos con asombro y adoración ante Dios, ¡el Dios que
en verdad hace milagros! A las dos semanas, la hermana ya
estaba completamente restablecida. Ella misma se presentó
ante los médicos. Este suceso se difundió por todas partes,
como un incendio en la selva; magnificando la gloria de
Dios, mucho más que si nos hubiera protegido de
accidentes todo el tiempo. Nuestros corazones rebosaban
de acción de gracias con este cántico:
¿Dónde hay un Dios como Tú
que hace milagros?
Habíamos aprendido que cuando Dios da una orden exige
una respuesta de obediencia. Ésta es la “oración de fe”, y
muchas cosas dependen de la obediencia. Dios pudo
glorificarse ante el pueblo por medio de este milagro,
porque nosotras actuamos obedientemente de conformidad
con su orden y llevamos a casa a la hermana. Este acto de
obediencia nos costó mucho, debido a la gran
responsabilidad que suponía. No experimentamos los
milagros que magnifican el Nombre de Dios, por senderos
baratos de fe; sino por caminos de obediencia que le
pueden costar a uno la vida. Así nos habló Dios por medio
de esta experiencia. ¿Por qué tenía que ser por caminos tan
60
difíciles? Porque así tenemos que humillarnos hasta el
polvo, y sólo entonces será grande la gloria de Dios.
Hemos experimentado otras sanidades durante estos años
y Dios nos ha protegido en muchas circunstancias. Varias
veces cayeron pesados ladrillos sobre los pies de las
hermanas, pero no les pasó nada. Una vez, comenzó a
deslizarse un montón de bloques de concreto, los cuales
pesaban 12 kilogramos y le cayeron en la cabeza a una
hermana. Ella le dio las gracias a Dios Padre y a sus
ángeles, y continuó trabajando. No fue afectada en lo más
mínimo.
En otra ocasión, una hermana que estaba colocando el piso
de cemento en la segunda planta del edificio, perdió el
equilibrio y se fue de cabeza por una abertura. Cayó a
pocos milímetros de donde estaba un trozo de tabla con
clavos oxidados; pero no sufrió ninguna lesión ni
conmoción cerebral.
En cierta oportunidad, otra hermana estaba nivelando un
piso de cemento cuando se encontró con una piedra que
tenía una apariencia rara. La piedra estaba muy incrustada
en el piso, de tal forma que la hermana tuvo que golpearla
con el martillo y, finalmente, la levantó con la palanqueta.
Cuando la sacó, descubrió que era una granada que
todavía estaba cargada. Aparentemente había estado en la
pila de arena que fue utilizada para mezclar el cemento. A
pesar de los martillazos, la bomba no explotó.
Otra vez, a una hermana se le quedó la mano atrapada
debajo de una vagoneta. La vagoneta pesaba centenares de
kilogramos. El médico movió la cabeza para expresar su
sorpresa, al comprobar que no se habían roto todos los
tendones, ni la mano había quedado horriblemente
destrozada como era de esperarse. Sólo sufrió una leve
herida que pronto sanó. Quizás lo que sucedió fue que los
ángeles pusieron sus manos entre la mano de la hermana y
61
la vagoneta. Estos son sólo unos pocos ejemplos
sobresalientes de lo que ocurrió durante ese tiempo.
Nuestros amigos y nosotras habíamos orado mucho,
pidiéndole a Dios para que nos diera ejemplos de la manera
como sus ángeles nos ayudan, “para que no tropieces con
tu pie en piedra”. Él cumplió su palabra: “Por todos lados
me has rodeado; tienes puesta tu mano sobre mí” (Sal
139:5).
No debemos mirar los peligros, sino al Dios vivo. En
nuestras oraciones debemos contar firmemente con su
ayuda. Debemos permanecer firmes en la promesa según la
cual Él envía a sus ángeles para servir a los creyentes en
Cristo (ver Hebreos 1:14). Esto fue lo que claramente nos
enseñó el Señor durante la construcción.
62
comprender que Él ha cambiado su plan, el hombre cedería
inmediatamente.
Dios quería ver esta clase de fe en nosotras y por eso nos
puso en el camino de la fe. Pero cada nuevo trecho nos
hacía comprender, dolorosamente, que estábamos muy
atadas a nuestra manera humana de pensar y reaccionar.
Las primeras reacciones inmediatas entre nosotras,
estaban definidas por el “sentido común” y por el raciocinio
de los hechos conocidos o de las imposibilidades. La pereza
y la indiferencia de nuestra naturaleza humana no quieren
estar constantemente perturbadas por la inquietud de la fe.
Habíamos terminado la primera fase de nuestra
construcción. Después de dos años y medio, ya estaban
terminadas la capilla y la casa matriz. Alrededor de mil
personas habían llegado para presenciar la ceremonia de
inauguración. En nuestros corazones había un himno de
alabanza. Ahí estaban los edificios, sin hipotecas y libres de
deudas, para que todos los vieran. Según cálculos
humanos, nunca debería haberse autorizado esa
construcción, puesto que el aspecto económico estaba en
tela de juicio. Sin embargo, estos edificios se erguían entre
las construcciones nuevas de nuestra ciudad
bombardeada. Los gastos se habían pagado con mayor
rapidez que en la mayoría de las otras construcciones. La
campana de nuestra torre resonó por todo el campo
circundante. Parecía “que estábamos soñando” (ver Salmo
126) y pudimos dar testimonio de que, a pesar de nosotras,
el Señor había hecho grandes cosas. Las firmas comerciales
de construcción anhelaban trabajar con nosotras en
nuestro siguiente proyecto. En la comunidad comercial de
Darmstadt se corrió este dicho: “¡al fin y al cabo, el Señor
tiene buen crédito!”.
Algo se había conseguido: la capilla de la casa matriz se
erguía allí, con su campana que llamaba al pueblo para la
63
adoración y oración. Se había terminado la casa matriz con
sus dormitorios, el comedor y una sala para reuniones.
Pero la campana debía servir, tanto para nuestros
huéspedes como para nosotras, y nuestros huéspedes
todavía vivían en la ciudad, en una casa alquilada, a 45
minutos de la casa matriz. El número de huéspedes iba
aumentando, de modo que dicha casa alquilada ya casi no
tenía espacio para acomodarlos. Nuestra casa matriz había
sido construida en un espacio muy pequeño; por lo que
pronto nos sentimos apiñadas, debido a la expansión de
nuestro ministerio. En los pequeños cuartos del ático ya no
cabían el papel y las máquinas de nuestra creciente
imprenta. Eso, sin mencionar los cuartos que
necesitábamos para la editorial. Las hermanas escultoras
tenían que hacer sus grandes crucifijos de arcilla al aire
libre y cada vez que llovía se arruinaba su trabajo.
Debido a que el creciente número de nuestras
responsabilidades no se podía restringir, había que hacer
ampliaciones. Nos pareció muy claro que Dios necesitaba
más espacio para continuar su obra entre nosotras.
Muchas hermanas, sin embargo, pensaron que era
completamente imposible levantar un edificio adyacente a
nuestra casa matriz.
¿Imposible? Sí, doblemente imposible. El Gobierno nacional
había planificado una autopista importante que iba a pasar
por esos terrenos, la cual era estratégica para
descongestionar el tránsito en nuestra ciudad. Además,
teniendo en cuenta la extraordinaria localización de estos
terrenos y la futura red vial que pasaría por allí una
compañía gasolinera los había alquilado y el contrato no se
podía anular. La ubicación perfecta para poner una
gasolinera en el futuro. Descubrimos que allí también se
había planeado construir un restaurante y otras estaciones
de servicios.
64
Las dificultades parecían insuperables. La mayoría de las
hermanas no quería ni siquiera comenzar a luchar contra
los obstáculos. Luego de investigar bien la situación,
querían ceder. Después de todas las batallas relacionadas
con la construcción de la capilla y nuestra casa matriz,
francamente estábamos cansadas de creer, de orar, de
construir. No comprendíamos que nos encontrábamos en
gran peligro, el mayor de los peligros de la vida cristiana: el
de la complacencia y la frialdad. Estábamos dispuestas a
echarnos sobre los laureles de nuestra fe. Lo que
deseábamos era paz y quietud para el cuerpo, el alma y el
espíritu, y no luchar más. Olvidamos que sin lucha no
puede haber victoria, y sólo cuando se sufre inicialmente
por algo, se experimenta su gozo después.
En aquella época yo viajaba bastante. En una carta les
pregunté acerca de cómo marchaba lo del terreno
adyacente. Me contestaron que la compra de los terrenos
era imposible por causa de las razones ya mencionadas, y
que por el momento no había esperanzas de que cambiara
la situación. Luego, el Espíritu de Dios me iluminó como un
relámpago, haciéndome entender que esto no era sino pura
incredulidad y que detrás de ella estaba nuestra
indiferencia. Éramos culpables de traicionar la misma
comisión que Dios nos había dado. Entonces les escribí
una carta muy seria a mis hijas, la cual llegó
profundamente a sus corazones.
Después la madre Martyria me informó:
“Cada una de nosotras sintió de inmediato que el Señor era
quien nos estaba sacudiendo y levantándonos del letargo,
con un gran sonido de trompeta. ¿Cómo podía Dios hacer
un milagro en esta situación imposible, si nosotras nos
negábamos a creer y a entrar en una batalla de oración?
Era como si nos hubieran caído escamas en los ojos.
Nuestra indiferencia y nuestro cansancio constituían el
65
‘tapón de la botella’. Eso era lo único que impedía que
adquiriéramos el terreno adyacente. Si no quitábamos el
corcho, ni siquiera podíamos aventurarnos a ir a la
Ingeniería Municipal para iniciar los trámites.
“Esta vez no fue suficiente una reunión con las hermanas.
La hermandad oró hasta altas horas de la noche, buscando
el espíritu de verdad y arrepentimiento. Las hermanas
pedían que Dios revelara cualquier cosa que se interpusiera
en el camino de la intervención Divina. El Espíritu de Dios
llegó, y nos hizo comprender y confesar nuestros pecados.
Oímos que se pronunció contra nosotras el juicio que el
Señor profirió contra el `mayordomo infiel´ en la Biblia.
Ahora, estábamos alegremente dispuestas a hacer
cualquier cosa para construir una casa para Él, si una vez
más tendría misericordia de nosotras.
“Luego de esta noche de oración y lágrimas, procedentes de
corazones arrepentidos; a la mañana siguiente me aventuré
a llamar a la Ingeniería Municipal. El ingeniero municipal
siempre estaba ocupado. Normalmente había que esperar
algunas semanas para lograr una entrevista con él. Pero al
llamarlo esa mañana, dijo que estaba dispuesto a
recibirnos de inmediato.
“Al principio de la conversación, ordenó que se le llevaran
todos los documentos relacionados con esta propiedad. Nos
explicó la condición en que se hallaba este terreno y dijo
que para nosotras no había esperanza, pues el Gobierno
nacional ya había entregado los fondos para la
construcción de la autopista. Luego, sin embargo,
completamente aparte de la explicación, llamó a su
secretaria y le dictó una carta dirigida a la compañía
gasolinera que tenía contrato para tomar aquellos terrenos
en arrendamiento. Descartando los planes anteriores, les
anunció que la autopista se desviaría unos 100 metros
hacia el sur. De esta manera se eliminaban los planes que
66
ellos tenían para establecer gasolineras. El ingeniero
continuó diciendo que no se concederían permisos de
construcción en este terreno, excepto a la Hermandad de
María. La compañía gasolinera aceptó dicha decisión, sin
discutir. De un solo golpe se habían desvanecido los
obstáculos.”
¿Qué había ocurrido? Algo que era inconcebible; por lo que
la Ingeniería Municipal y el Consejo Municipal estuvieron
discutiendo este asunto varios años después. Cuando el
ingeniero municipal revisó lo que había hecho, se asombró
de su propia audacia. En aquel momento y sin saberlo, él
fue un instrumento de Dios. Más tarde se sintió muy feliz
por haber tomado tal determinación.
Nuestro Señor Jesús dijo: “...si tuvieran fe, aunque sólo
fuera del tamaño de una semilla de mostaza, le dirían a
este cerro: ‘Quítate de aquí y vete a otro lugar, y el cerro se
quitaría´. Nada les sería imposible” (Mt 17:20). Luego de
esta experiencia pudimos decir: si no tienes fe, ni meta
para tu fe, debido a tu complacencia e indiferencia, los
montes permanecerá ahí. Las cosas que obstaculizan la
victoria y la edificación del reino de Dios, sólo pueden
removerse mediante una fe que lucha. Dios quería que le
construyéramos una casa. Cuando ese deseo de Dios se
encontró con nuestra fe, la casa fue construida. Nosotras le
pusimos a la casa el nombre de Taller de Jesús. Allí están
ubicados nuestra imprenta, nuestro estudio de arte y otros
departamentos de trabajo. De este lugar sale el mensaje de
que “Dios puede”. Sí, Él puede mover montañas o
autopistas, si nosotros sentimos celo por su reino y
creemos. Éste es el sermón que el Taller de Jesús nos
predica, cuando entramos y salimos de él cada día.
67
Dios espera que la oración
sea sincera y continua
70
Dios quiere que dependamos de Él
72
Señor nos permitió comenzar con una máquina pequeña,
para que aprovecháramos el tiempo al máximo.
¿Qué podía hacer esta hermana, que no tenía ningún
entrenamiento, al hallarse en frente de la nueva máquina?
No había sino una salida: clamar al Señor. La necesidad
nos enseña a orar. Ella tuvo esta experiencia, por ejemplo,
la primera vez que trató de imprimir algo en color dorado.
Se metió en toda clase de dificultades. En respuesta a sus
suspiros y peticiones, el Señor envió ese mismo día a un
huésped no esperado. Era un profesional de la imprenta y
había operado una máquina similar. Con gusto trabajó con
ella hasta bien entrada la noche y le enseñó el manejo
exacto de la máquina.
Dios, que es celoso, quería que dependiéramos totalmente
de Él, que hiciéramos todo con Él y estuviéramos unidos a
Él en amor. El Señor nos mostró, una vez más, lo bien que
marchan las cosas, cuando ponemos en Él toda nuestra
confianza, buscando y esperando su ayuda. Dios no sólo no
desilusionó a las hermanas de la imprenta, sino que se
manifestó como el mejor maestro posible. Los productos
impresos salían tan bien que el vendedor que
promocionaba estas máquinas, tomó algunas muestras y
las puso en su maletín de pruebas con propósitos de
propaganda.
Sin embargo, esta pequeña máquina no fue suficiente para
atender la creciente demanda de folletos y, en fe,
encargamos una prensa de tipografía Heidelberg. Hicimos
un convenio con el vendedor de que haríamos
puntualmente los pagos en cada cuota. Por supuesto, nadie
sabía de dónde vendría el dinero. Y así sucedió también con
las demás máquinas que adquirimos después. La prensa
Heidelberg había sido objeto de oración durante muchos
meses; cuando llegó, nos reunimos para cantar alabanzas y
acción de gracias, y también himnos de fe, pues ahora
73
teníamos que creer que tendríamos a tiempo el dinero para
las cuotas. También debíamos orar para que las hermanas
pudieran operar estas máquinas, las cuales requerían de
una mayor habilidad técnica que la máquina Rotaprint.
Pero Dios había pronunciado su amén para este camino de
fe y hasta el día de hoy nos ha permitido experimentar
milagro tras milagro.
De vez en cuando alguna máquina se dañaba o dejaba de
funcionar. La hermana Débora, que usualmente maneja la
Heidelberg Offset, nos informó que un día se produjo un
sonido horrible que retumbó por todo el taller y la máquina
se detuvo.
“Nos pusimos tan blancas como un papel. Dos puentes
metálicos saltaron del armazón de la máquina y se
deslizaron hacia la rueda. Este incidente indicaba un daño
grave que costaría miles de marcos. Generalmente, todas
las máquinas de una imprenta están aseguradas; si pasa
algo, la compañía de seguros paga la cuenta. Nosotras, sin
embargo, no teníamos ninguna póliza de seguros.
Descubrimos que el puente se había hecho pedazos y si un
fragmento de metal hubiera caído sobre la rueda dentada,
mientras la máquina estaba en movimiento, todo el cilindro
se hubiera arruinado. Estuvimos cerca de esta catástrofe,
pero no ocurrió nada como esto.
“Recogimos todos los fragmentos de metal que estaban en
diversas partes de la máquina durante algunas horas.
Estos fragmentos habían sido lanzados con tal fuerza que
saltaron la pintura de la máquina en varias partes. Con
temblor y oración a nuestro Padre nos reunimos en torno al
cilindro. Finalmente, nos arriesgamos a poner en
movimiento la máquina para ver si los ángeles...
Efectivamente, la máquina comenzó a funcionar con sus
sonidos normales y rítmicos; no hubo más estruendos y
quedó totalmente arreglada. Cuando contamos esto a otros
74
impresores, les pareció difícil creer que escapamos a este
daño, sin gastar por lo menos mil marcos en la reparación”.
Simplemente, el Señor obró. Él oye las oraciones de los que
no tienen ninguna ayuda, sino la suya. Nuevamente nos
alegramos por nuestra pobreza y nuestra dependencia del
Padre. Estas aflicciones nos llevaban a Él en oración.
Luego, Dios nos permitía experimentar su poder, su ayuda
y su amor paternal. En realidad, en caso de haber tenido la
preparación técnica, el conocimiento, el talento y el dinero,
hubiéramos sido verdaderamente pobres, porque de esta
manera no estaríamos en condición de experimentar la
bendición del amor del Padre. Precisamente, llegamos junto
a su corazón al comprobar su provisión en las muchas
dificultades de la obra.
¡Bienaventurados los pobres,
bienaventurados serán los pobres,
que como hijos de un Padre bondadoso
todo lo reciben de Él!
Todo lo que hay en nuestra imprenta nos cuenta la misma
historia. Los hijos desamparados reciben del Padre todo lo
que necesitan en respuesta a sus peticiones, y aun en lo
más pequeño experimentan milagros. Sobre una de las
prensas cuelga una vieja pieza de la máquina Rotaprint, la
cual tiene un significado especial para nosotras, pues nos
muestra esa relación directa que tenemos con el Dios
viviente, en los más íntimos detalles de nuestro trabajo
diario. El gran Dios omnipotente se interesa en nuestras
pequeñas angustias, así como un padre terrenal se
preocupa por los juguetes estropeados de sus hijos. Tal vez
esto puede ser un consuelo para los que pasan día tras día
frente a una máquina, como ocurre con nuestras
hermanas, pues es fácil perder de vista la relación entre el
cielo y una ocupación de carácter mecánico.
75
La hermana Beate nos contó lo siguiente: “Una vez, la
prensa Rotaprint nos hizo perder todos los cálculos de
tiempo. Estábamos en los días anteriores a la Navidad de
1961, y todo iba de prisa. Llegaba el día en que teníamos
que despachar un pedido por barco a Tierra Santa. El daño
ocurrió un viernes. Todos saben que el sábado no se puede
conseguir un mecánico, incluso desde el viernes por la
mañana ya están comprometidos. Eso significaba que
tendríamos que perder por lo menos dos días completos de
trabajo. Llamamos al superintendente de servicios en
Francfort, pero fue inútil: todos los técnicos habían salido a
cumplir sus asignaciones. No podíamos hacer nada. Ya
estaba a punto de colgar el teléfono, cuando escuché algo.
¿Estaba oyendo bien? Era la voz del superintendente:
76
El arrepentimiento trae la respuesta de Dios
77
de llamar al técnico, oran juntas: “¿Hay algo entre nosotras
o dentro de nosotras que entristece al Señor?”.
81
siempre este autobús, y eso aparte de los gastos que
supone mantenerlo. Tenemos que pedir una señal. Si nos
llega un número extraordinario de donaciones entre este
momento y el miércoles, ese será el sí de Dios para que
compremos el autobús; si no, no lo compraremos. En tal
caso, el Señor proveerá otro modo de resolver la situación’.
“En los siguientes días oramos muchísimo con todas
nuestras fuerzas. Antes del miércoles se recibió gran
cantidad de donaciones como nunca lo hubiéramos
esperado. Después del miércoles se detuvo de repente la
corriente de ayudas. La señal fue clara. A causa de la
confianza infantil de nuestras oraciones, Dios escuchó y
nos dio lo que necesitábamos. Contentas fuimos a buscar el
autobús azul. Nos fuimos manejando hasta el barrio de la
ciudad donde se realizaban las clases bíblicas de niños, con
el fin de mostrárselo. Muchos se impresionaron tanto que
no sabían qué era lo que estaban viendo. Uno de ellos
preguntó: ‘Hermana, ¿incluirán ahora esta historia en la
Biblia?’”.
Desde entonces comenzaron a formarse grupos de oración,
aun entre los niños más pequeños. Porque habían
experimentado personalmente quién es el Padre celestial y
que Él quería ser su Padre. Desde entonces, cualquier
pequeño detalle relacionado con el autobús se convirtió en
motivo de sus oraciones. Pedían que alguien diera el dinero
para reparar cualquier ruido, que recibiéramos lo necesario
para comprar gasolina, que no ocurriera ningún accidente y
cosas por el estilo. Y Dios respondía a estas oraciones de
una forma específica y literal para que los niños pudieran
entender; ¡así como había considerado cuidadosamente la
petición de ellos, en cuanto a que el color del autobús no
fuera otro diferente del azul!
82
Dios busca la oración de fe
83
“Al fin, llegamos a este acuerdo: mediríamos la tela, si ésta
medía 11 metros con 80 centímetros de largo, pertenecía al
autobús, pues ésa era la medida de las ventanas. Si medía
más o menos, pertenecía a las hermanas que trabajaban en
la costura, ya que ellas no habían medido sus ventanas.
Con gran ansiedad buscamos el metro y comenzamos a
medir la tela. Al principio parecía que las hermanas del
autobús estábamos perdiendo. Pero... no. ¡Ahí estaba la
medida: precisamente 11 metros con 80 centímetros!”.
¿El Padre celestial había asignado las cortinas al autobús,
porque no quería que los niños se sintieran desilusionados?
Sabemos que Él tiene especial preocupación por los pobres
y los pequeños. La Escritura dice que Jesús pronunció una
vez un “¡ay!” contra el que haga tropezar a los pequeñitos.
Junto con los niños, nos quedamos admiradas de la obra
del Señor. El Dios todopoderoso se había preocupado de
cada centímetro de la cortina, puesto que era muy
importante para el ministerio del Mensajero de Jesús. Al
contestar esta oración, el Padre nos convirtió a nosotras,
las grandes, en niñitas. Nos enseñó de nuevo a confiar en
Él, inclusive para las cosas más pequeñas y a amarlo
tiernamente.
84
castigos por los atracos y cosas por el estilo. Estos
buscapleitos ni siquiera nos respetaban. En efecto, algunos
malhechores adultos se unían a ellos en sus maldades.
Trataban de asustarnos diciéndonos que iban a incendiar el
autobús, otras veces le sacaban el aire a las ruedas, movían
el bus haciendo amague de volcarlo o hacían cosas
parecidas. De modo que nunca fuimos a este suburbio para
dar nuestras lecciones, sin primero pedir la oración de
todas las hermanas en la casa matriz.
“Un día habíamos pedido especial intercesión antes de
salir. Y justo ese día los cabecillas de la banda habían
planeado atacarnos, según lo supimos después. Un
muchacho, a quien era imposible mantener callado,
durante la clase en el autobús, fue a buscar a sus
compañeros de aventura. Llegó una pandilla de diez
hombres que se distinguían por sus riñas y revueltas. Sin
embargo, se mantuvieron a cierta distancia del autobús y
no ocurrió nada. Era como si algún poder los hubiera
retenido. Cuando llegó la noche, todos se fueron.
“Al regresar a la Casa Matriz les dimos las gracias a
nuestras hermanas por sus oraciones. Habíamos
comprobado que realmente hay poder en la oración. La
oración mueve los corazones humanos y cambia las
situaciones. Cuando volvimos en el Mensajero de Jesús a
ese lugar, sentimos nuevo valor. ¡Estábamos firmemente
convencidas de que no estamos indefensas contra estos
ataques planeados! ¡El poder de la oración es más fuerte
que el poder de las tinieblas! Los ataques de las tinieblas se
reducen a la nada. ¡Jesús tiene la victoria!
“Y en realidad, cuando llegamos, el cabecilla de la pandilla
se me acercó y me dijo tranquilamente: ‘Hermana, ¿por qué
siguen viniendo ustedes aquí? Uno de estos días podríamos
atacarlas’.
85
“Este hombre había estado varias veces en la cárcel por
atraco y robo. Pero, antes de que alguna de nosotras
pudiera contestarle, agregó, como empujado por un
impulso: ‘Nadie puede hacerles nada. ¿Es verdad que Dios
está con ustedes?’ ”
87
espectacular. Entonces le pedí al Señor que me hiciera la
misma pregunta que en ese momento les hizo a sus
discípulos: “Hijitos, ¿tienen algo de comer?”. Porque ahora
nosotras éramos también sus discípulas y confiábamos en
su cuidado y protección. Si nuestro Señor Jesús no
intervenía en ese momento, estaríamos en gran necesidad.
Además, si después alguien nos preguntara que, si alguna
vez estuvimos en necesidad, no podríamos contestar: “¡No,
nunca!”
¿Este mismo Jesús podía actuar ahora, de forma diferente?
Para gloria de su Nombre, sería imposible, porque ¿cómo
responderíamos cuando nos preguntaran: “¿Alguna vez les
ha faltado el dinero necesario para su ministerio, en este
camino de fe?” Tendríamos que contestar: ¡Sí, a menudo; o
por lo menos, algunas veces nos ha hecho falta el dinero
necesario”.
De modo que confronté a Jesús en el sitio donde Él satisfizo
maravillosamente la necesidad de sus discípulos. Le
pregunté si Él es el mismo hoy, el que nunca traiciona la fe
de los suyos y cumple su palabra: “Yo haré cualquier cosa
que en mi nombre ustedes me pidan” (Jn 14:14). En esa
hora en que nuestra pobreza y nuestra aflicción habían
llegado al extremo, ¿satisfaría Él también nuestra
necesidad?
Las hermanas en casa no sabían nada acerca de la hora
que pasé sobre el mar de Galilea. Pero cuando regresé poco
después, casi no podían contener la alegría al contarme lo
que había ocurrido. Al día siguiente, comenzaron a entrar
grandes sumas de dinero a nuestra caja y continuó
sucediendo hasta el fin de mes, de modo que pudimos
pagar a tiempo todas nuestras deudas. No sólo pudimos
pagar la casa de retiros de Canaán, El Gozo de Jesús, sino
que al final del año siguiente, empezamos la construcción
de la gran capilla que lleva por nombre Capilla del Llamado
88
de Jesús. De igual forma pagamos otros terrenos que
habíamos adquirido.
Dios había escuchado en verdad la oración que le hice en el
Mar de Galilea. No nos había decepcionado. Él no puede
hacer eso.
89
construcción. Era como un milagro cada vez que podíamos
volver a servir comida en la mesa. Yo me había sentido feliz
por este gran pepino que había guardado para la comida
del domingo. Los pepinos eran algo especial para nosotras
en ese tiempo; de ahí el horror que sentí cuando vi que ella
lo hacía pedazos ante mis ojos. ¿Qué les serviría a mis
huéspedes? Entonces, pensé en las palabras que le
acababa de decir a esa joven: Dios es un Padre que cuida
de nosotros y hace milagros hoy. Decidí no hacer nada para
rescatar el pepino.
“Mis compañeras de la casa de huéspedes y yo oramos para
que el Padre se encargara de esta pequeña dificultad. ¿No
había aprovechado Él la falta de vino en las bodas de Caná
para hacer su primer milagro?.
“El domingo, al prepararnos para ir a la iglesia, nos
sentíamos un poco acongojadas pues no sabíamos qué se
les serviría a los huéspedes en el almuerzo. En ese
momento llegó un muchacho en una bicicleta, agitando
una canastilla en la mano, la cual estaba llena de frijoles
frescos procedentes de la huerta de su madre. ¡Cuán
gustosos eran!”.
En la casa matriz tuvimos una experiencia similar. Una vez
estábamos preparando un gran festival al que habíamos
invitado a 180 visitantes. Las hermanas que trabajaban en
la cocina tenían que preparar sándwiches para este gran
grupo. Sin embargo, la noche que precedió al festival no
teníamos el queso para hacerlos, ni dinero para comprarlo.
Se trataba del “Festival de Acción de Gracias”. Quisimos
atender a nuestros invitados con dones recibidos de la
mano del Padre, como prueba de su bondad paternal. Las
hermanas de la cocina buscaron la colaboración de todas
las demás y durante el día estuvieron enviando “flechas de
oración” al cielo para que el Padre enviara el queso que
faltaba. Ya era tarde aquella noche y la situación se
90
tornaba desesperante. Entonces, llegó uno de los invitados
de Dinamarca, el cual trajo consigo un ¡gran queso danés
de la mejor calidad!
En otra ocasión, una hermana sufrió una grave
enfermedad, que la dejó sin deseos de comer. La hermana
de la cocina no tenía dinero para comprar alimentos
especiales, pero le presentó esta necesidad al Padre
celestial. Esa misma noche, el Señor envió tomates frescos
en una época en que no se conseguían en ninguna parte, y
de otro lugar, mandó unos pequeños peces muy aptos para
abrir el apetito.
“Nuestro Padre sabe lo que necesitamos”. “Nuestro
Padre...”. Estas palabras resonaban alegremente en nuestro
corazón. Tales experiencias nos llenaban, cada vez, de
ánimo para continuar en el camino de la fe, confrontando
cada día la necesidad de alimento y confiando sólo en la
oración de fe. En realidad, después de estas experiencias,
nos movíamos por este camino de fe llenas de gozo. En
aquellas vivencias fuimos testigos del amor y el cuidado del
Padre. Y cuando las avecillas cantaban afuera, la Palabra
de Dios hacía eco en nuestros corazones: “...ustedes valen
más que muchos pajarillos”. Sí. ¡Luego de dichas
experiencias, hasta los pájaros podían predicarnos un
sermón! Verdaderamente, Dios hizo mucho más por
nosotras que por ellos, pues tenemos una gran ventaja: se
nos permite orar y creer.
Y así, continuamos felizmente por este sendero, como hijas
bendecidas por Él. Como los pajarillos del cielo, vivimos de
su mano, confiando solamente en su amor y cuidado
paternal.
91
Dios escucha la oración de los pobres
27. No se preocupen
94
sentado a su escritorio: ciertos aspectos como sus firmas,
órdenes, dictados, llamadas telefónicas, visión global del
negocio y manejo de personal nos convencen de su
inteligencia y habilidad. Pero supongamos que la puerta se
abre de repente, y entra corriendo su hijito, triste por algo
que le ha ocurrido o porque tiene hambre. En medio de
todas las actividades comerciales, el padre sacará tiempo
para atender a su hijo. Entonces nos convencemos de su
grandeza, por cuanto se basa en el amor. Tendríamos una
falsa imagen de Dios si sólo lo viéramos como Creador y
Gobernador del universo. “Dios es amor”. Es un Padre que
quiere que sus hijos acudan a Él, aun en sus más
pequeñas necesidades. Ciertamente, por encima y más allá
de todas las cosas, Él es amor.
95
tiempo”. La hermana recepcionista se sorprendió un poco,
ya que no teníamos el hábito de comprar esas cosas. Pero
la respuesta de la hermana de la oficina se refería a la
petición que le habían hecho al Padre celestial. En efecto,
posteriormente se descubrió que así fue, pues no nos llegó
factura de ninguna parte. Quedó claro que se trataba de un
donante desconocido y amable que las había enviado por
orden del Padre celestial.
Hay que tener en cuenta que las cosas que se reciben
mediante la oración, no siempre han de reservarse para
uno mismo. La hermana Matilde, supervisora de la oficina
de la casa matriz, se convenció de que debía compartir los
cinco archivadores con las hermanas de la oficina de la
casa de retiros; así que les dio tres a ellas y guardó sólo dos
para su oficina. De igual forma, siguió pidiéndole a Dios
que le mandara los archivadores que todavía le hacían
falta, con la convicción de que el Padre se las enviaría.
Pocos días después vimos que, en la mesa de regalos del
comedor, había dos cajas de cartón, dirigidas a la oficina de
la casa matriz. En las cajas había 300 archivadores para
archivar, de distintas clases y tamaños. Era la respuesta de
Dios para la hermana Matilde, por haberse desprendido de
los tres archivadores que entregó a la casa El Gozo de
Jesús, pues Dios nunca le debe nada a nadie.
Posteriormente, supimos que un cliente de una firma
comercial había devuelto las cajas de archivadores a tal
firma y, como estorbaban en el almacén, se les ocurrió un
día poner en ellas nuestra dirección, “porque ellas pueden
usar casi cualquier cosa”. Los 300 archivadores llegaron
precisamente en esa ocasión, con el fin de comprender que
la oración respaldada con un sacrificio, aunque sea
pequeño, tiene la promesa del Padre celestial de que será
contestada.
96
30. Cómo el Padre celestial amuebla una casa
97
crecimiento que nos hace continuar construyendo, nos
mantiene así mismo en este estado de dependencia.
Tan pronto como amoblamos las 15 habitaciones, no fue
difícil imaginarnos de dónde vendrían los otros muebles.
Muy alegremente les dije a mis hijas: “Estoy deseosa de ver
si el Padre permitirá que celebremos la bendición del
edificio, en junio, sin que estén completamente amobladas
todas las habitaciones. No creo que esté dispuesto a tolerar
eso. Pero tenemos que orar por cada uno de los muebles
que hace falta”.
Así que, mientras todas emocionadas esperábamos ver la
manera como el Padre celestial nos ayudaría en esta
situación, continuamos pidiendo con gran fervor e
insistencia. Gradualmente, las habitaciones fueron
adquiriendo su mobiliario. Los envíos llegaban de todas
partes, de nuevo sin que hubiéramos anunciado la fecha en
que nos mudaríamos. La última cama llegó el día anterior a
la consagración. ¿Quién puede describir el gozo y la
gratitud con que recibimos cada cama, cada mesita, cada
silla? Cada una de ellas fue la respuesta a una oración. Lo
que se recibe como respuesta a la oración trae un gozo muy
especial. Es un saludo del Padre celestial; nos recuerda que
Él piensa en nosotros, que se da cuenta de nuestras
necesidades y oye nuestras oraciones. De modo que nos
colmó de gozo el hecho de que se nos evitó salir a comprar
los muebles para la casa de retiros El Gozo de Jesús,
únicamente tuvimos que esperar a que todo nos llegara por
medio de la oración.
Ahora, toda la casa se ha convertido en un testimonio de su
bondad paternal. La casa fue amoblada, habitación por
habitación, con dádivas de amor. El mismo Padre obró en
los corazones de quienes dieron el mobiliario. Nos parece
que ningún estilo, de ninguna época, puede llegar a
98
igualarse, ni siquiera aproximadamente, con “el estilo del
amor de Dios” en su calidez y belleza.
103
tipo de salchicha ha sido muy apreciada en su negocio y su
venta ha sido extraordinaria. Debido a esta experiencia, el
carnicero aprendió que uno recibe bendición cuando da,
por lo que esas seis salchichas no fueron las últimas
primicias dejadas en nuestra puerta. El hecho de que este
regalo hubiera llegado justamente el primer día de
vacaciones de la casa matriz ¿no es asombroso y
maravilloso, pues revela el tierno y amoroso cuidado de
nuestro Padre?
Un buen padre procura tener comida especial para los días
de fiesta. Debido a que Dios nos permite adorarle como
Creador y Padre, tengo la firme convicción de que Él desea
manifestarse como Padre en nuestro pan de cada día. Él se
deleita en hacer el bien a sus hijos, en darles bendiciones
especiales y estimularlos a lo largo del camino de la cruz.
De esta manera, en la víspera de mi cumpleaños, les
anuncié lo siguiente: “Mañana tendrán un desayuno festivo
y un buen almuerzo. Le he rogado al Padre celestial que así
sea, he orado para que mañana al mediodía haya ensalada
de frutas como postre”. Esa misma noche llegó todo lo
necesario para el almuerzo, incluso el jamón y nadie supo
de dónde vino. Pero, ¿qué pasaría con la ensalada de
frutas? Al día siguiente, al mediodía, no había llegado nada.
Al sentarnos a la mesa alguien llamó a la puerta para
entregarnos una bandeja grande con ensalada de frutas, de
parte de una tienda local. Un cliente había hecho el pedido
hacía varias semanas; y los propietarios del establecimiento
sentían mucho no haberla podido preparar antes. El
donante deseaba permanecer anónimo.
Al comenzar la noche, con frecuencia, tocaba el armonio y
cantaba una de mis frases preferidas de la Biblia: “Yo me
alegraré de hacerles bien” (Jr 32:41). Para mí y para todas
nosotras, esas palabras describen claramente el corazón
paternal de Dios. ¡Sin embargo, cuando recibimos
104
literalmente su provisión para nuestras propias
necesidades corporales, apenas logramos comprender ese
derroche de amor! Dios, de verdad, se regocija en hacernos
bien y en que seamos felices. Entonces, levantamos
nuestros corazones y nuestras voces con un cántico de
acción de gracias: “Padre mío, ¡cuán bueno eres!”.
En la Hermandad de María nos hemos consagrado a seguir
el sendero de la cruz. Hemos tomado para nosotras las
palabras de Jesús: “Renunciar a todo”, “perder nuestra
vida”. Pero tal vez muchas de nosotras habíamos pensado
muy poco en que, además del segundo artículo del Credo
de los Apóstoles que habla de Jesús, está el primero, que
habla de Dios Padre: “Creo en Dios Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra”. Él es el Creador y el Padre.
Y como Padre, cuida de los que dejan su “casa, o hermanos,
o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o terrenos, por mi
causa y por causa del mensaje de salvación”. Ellos recibirán
“ahora en este mundo cien veces más” (Mr 10:29-30).
Puesto que Él es un Padre amante, nos permite probar
anticipadamente las bendiciones del cielo, mientras
estamos aquí en la tierra, aunque nos vengan “con
persecuciones” por el sendero de la cruz.
Una vez más, el Padre nos había mostrado su bondad, su
bendición y nos había hecho felices. Esto encendió en
nuestros corazones un gran gozo, un verdadero anhelo por
estar en el cielo, en la casa del Padre. Comencé, pues, a
hablarles a mis hijas sobre las glorias del cielo. Si, para
nuestras pequeñas celebraciones aquí en la tierra, el Padre
manifestaba tal amor y preocupación, derramando su
bondad sobre nosotras, ¡cuánto más experimentaríamos en
las celebraciones celestiales! ¡Qué bendiciones celestiales,
como pruebas del amor del Padre, nos esperarían allí!.
Porque allí, entonces, Él nunca detendrá su deseo de
hacernos el bien. Los pecados que Él tuvo que juzgar y
105
castigar aquí en la tierra, ya no serán obstáculo en el
camino de sus bendiciones. Verdaderamente, nunca
podremos escribir lo suficiente sobre el amor paternal de
Dios, ni lograremos exaltarlo con la frecuencia que
debiéramos en nuestras oraciones: “¡Dios es nuestro Padre
y nos ama!
106
“Sí, es muy cierto”, contestó el pastor.
“Entonces, ¡pueden llevarse la nuestra!”.
¡Increíble, pero cierto! Quería regalarnos su única vaca, que
pronto iba a tener cría. La familia entera había estado
pensando en eso durante toda la semana. Hasta la
abuelita, que quería mucho a la bonita vaca blanca y negra,
estuvo dispuesta a desprenderse de ella; dijo que se la
regalaran a las hermanas, por amor a Dios. La hermana
Divina no podía creerlo, ni nosotras cuando nos lo contó.
No la queríamos aceptar, pues era la única vaca de aquel
hombre y la quería mucho; pero él insistió en que Dios
deseaba que fuera así.
Así, pues, nuestra “vaca de Canaán” se mudó a su nuevo y
lindo establo. Todas las hermanas la recibieron con
cánticos de alegría y acción de gracias. Poco después, la
gente de aquella iglesia rural se reunió en torno al establo.
Llegaron en autobús para ver una de nuestras
“representaciones bíblicas”, y para compartir nuestra
alegría y acción de gracias. Nos sentimos sobrecogidas
porque Dios había contestado también esta oración. No
recordamos ni una sola petición que el Señor no haya
contestado, desde el pan cotidiano hasta la vaca. Nuestro
Padre todo lo ha enviado desde el cielo. ¡Qué bendición más
grande hemos recibido al poder orar!
107
Dios fortalece mediante la experiencia
de sus milagros
111
regresó de su viaje pocos días después, pudimos pagarle
también.”
¿Por qué escogió Dios esta extraña forma de que el dinero
llegara a tiempo, aun después de que llegara el último
momento? Quería mostrarnos que tiene muchos modos de
obrar y ayudarnos. No debemos desanimarnos si la ayuda
no nos llega en la forma como la esperamos. Sobre todo,
Dios quería probar nuestra fe. Esa fe de la cual el apóstol
Pedro pudo dar testimonio por su propia experiencia, “es
como el oro: su calidad debe ser probada por medio del
fuego” (1 Pe 1:7).
De modo que lo que estuvo detrás de esta prueba de fe fue
el amor de Dios. Por su preocupación paternal, Él quiso
dirigirnos de esta manera particular. Dios desea que
nuestra fe llegue a ser “preciosa” por medio de la prueba.
Entonces, nuestro gozo y nuestra corona en el cielo serán
mayores. Dios siempre tiene en mente nuestro destino para
la eternidad; sabe que cuanto más sea probada nuestra fe
aquí, tanto más se nos permitirá ver allá. La fe que
tengamos aquí corresponderá directamente a lo que allí
contemplaremos.
113
dormiré un solo instante, mientras no encuentre casa para el
Señor, el Poderoso de Jacob” (Sal 132:3-5).
Sin embargo, mientras estuviéramos pagando las cuentas
de la casa de retiros El Gozo de Jesús, era imposible
comenzar un proyecto como éste. Nos costaría cerca de un
cuarto de millón de dólares. Sin embargo, este mandato de
Dios era como el fuego que no puede extinguirse mediante
la razón, ni los cálculos más exactos. Me forcé a mí misma
a dar el siguiente paso de fe. Una noche dije: “Abriremos
una nueva cuenta de ahorros para la Capilla del Llamado
de Jesús. Será un fondo intocable, destinado a pagar la
cuota inicial de la capilla, cuya construcción comenzará
pronto”.
Las hermanas hicieron algunas preguntas, diciendo: Con
seguridad muchas personas darán dinero para esta capilla,
pero recibiremos a la vez menos ofrendas para el fondo
general y los pagos de nuestra casa de huéspedes.
A pesar de todo, yo estaba convencida de que el mismo
Dios era la fuerza que impulsaba la construcción de la
Capilla del Llamado de Jesús. Si Él quería que se
construyera pronto, entonces se preocuparía de que los
demás pagos se hicieran a tiempo, sin contar con el dinero
que iba destinado a la nueva cuenta de ahorros. Esto tocó
el corazón de todas las hermanas. El día de mi cumpleaños
me obsequiaron la libreta en que se llevaría dicha cuenta.
Varios días antes, durante las oraciones en comunidad, yo
le había presentado esta necesidad al Padre celestial en
“versos de fe”. Si éste habría de ser un regalo de
cumpleaños, entonces la cuenta de ahorros no podía estar
vacía ni medio llena, debía estar llena completamente. No
sabía, sin embargo, que esa libreta de ahorros tiene espacio
para 78 depósitos. ¡Así que, si el Padre quería cumplir este
deseo, en un sólo día tendrían que llegar 78 donaciones!
Cuando se terminó la celebración de mi cumpleaños, y se
114
habían recibido ya todas las donaciones, el último de los 78
espacios de la libreta se llenó. Ingresaron como tres mil
dólares ese día, para dicho fin, a pesar de que ninguno de
los amigos sabía de nuestro pequeño convenio con el cielo.
¡Ahí estaba la piedra angular de la casa del Señor! Dios
mismo se había comprometido. En los meses siguientes, la
cuenta de ahorros siguió aumentando, y pudimos hacer
frente a todas nuestras obligaciones regulares.
Naturalmente, hubo momentos de aflicción para la
hermana tesorera, pues ésta era una prueba especial para
ella. Por primera vez sintió la tentación de tomar un
“préstamo” de la cuenta de ahorros. En otras situaciones
eso es posible, pero en este caso no se permitiría, puesto
que esta cuenta había sido santificada para el Señor de un
modo especial, y no podía tocarse.
Llegó el día de poner en marcha nuestros planes.
Conseguimos el permiso para la construcción y discutimos
un plan de financiación con el constructor. La cuota inicial
que él exigía era exactamente la suma de dinero que para
entonces teníamos en nuestro fondo intocable. Desde
entonces, cantamos aún con mayor convicción: “Él nos
hace osadas en la fe. Nos hace creer en algo que contribuya
a su reino”. Vimos cómo Dios espera dicha fe en la oración.
Él respondió a nuestra petición de que la cuenta de ahorros
se llenara hasta el depósito 78. Nos permitió formar
nuestro fondo especial sin tener que tocarlo para otros
gastos. Nos proveyó con la cuota inicial cuando llegó el
momento de comenzar la construcción. En realidad,
tenemos un Dios grande a quien le encanta concedernos
grandes dones y que, por lo tanto, se regocija cuando nos
damos cuenta de que quiere darnos algo. Si lo honramos
con nuestra fe y nuestra oración, confiando en su poder y
en su amor, Él manifestará su grandeza.
115
Dios responde a la oración que brota
de un corazón contrito
118
que hablaba de los reyes magos y de los regalos que ellos le
llevaron al niño Jesús. Luego, una de las hermanas agitó
un incensario, pero de él no salió el humo del incienso,
puesto que dentro de él había un sobre valioso. ¿Cuál era
ese regalo para el niño Jesús? Realmente, el día anterior
había venido uno de los “reyes”, a quien llamamos el “rey
Baltasar”, y nos había dejado un cheque cuya suma era
casi 10.000 dólares, para la construcción de la Casa de
Francisco.
Las palabras no pueden describir lo maravilladas que nos
sentíamos al ver que el Padre celestial había contestado
exactamente nuestra petición de Navidad. Era demasiado
para creerlo. Durante esos días navideños, el “rey Baltasar”
había llegado hasta el pesebre que teníamos en nuestra
sala de reuniones y ésta fue la manifestación viviente de lo
que dice la Palabra: “Antes que ellos me llamen, yo les
responderé; antes que terminen de hablar, yo los escucharé”
(Is 65:24). El “mayordomo”, de este hombre era amigo de
nuestra comunidad; por lo tanto, lo trajo a nosotras. No lo
conocíamos anteriormente; pero este amigo nuestro le
habló de la obra que llevábamos y de los planes que
teníamos para la Casa de San Francisco. Durante la
celebración que hicimos en torno al niño Jesús, el “rey
Baltasar” sintió en su corazón la profunda convicción de
que la Casa de Francisco debía construirse de inmediato.
Así que él quiso darnos lo que faltaba para que erigiéramos
una casa prefabricada sueca. Los pobres y los enfermos
necesitaban un hogar agradable, ¡y debía construirse
rápidamente!
La bella casita prefabricada se armó en dos semanas. Para
el siguiente otoño ya estaba lista, y una pequeña y feliz
“familia” de ancianos y enfermos se mudó a ella. Así, Dios
nos concedió que tuviéramos una Navidad como nunca
antes, un verdadero festival de amor. Nos permitió a
119
nosotras, grandes pecadoras, saborear y disfrutar de la
compasión de Dios sin que lo mereciéramos. Él escuchó
nuestras oraciones, dándonos la Casa Franciscana. Con
ese regalo nos mostró que Él tiene misericordia de los
pecadores que se arrepienten y se someten a Él; que Él
acepta la oración de un corazón contrito y humillado.
120
El propietario del terreno inició, entonces, un litigio contra
la ciudad, con el objetivo de conseguir el permiso para
construir la gasolinera. Los funcionarios públicos
inmediatamente se dieron cuenta de que el propietario
podía ganar el pleito; puesto que las objeciones de ellos no
eran suficientemente válidas. Algunos amigos cercanos que
tenían experiencia en cuestiones legales nos decían que la
situación era imposible. No había esperanza de solución a
favor de la Capilla.
En ese “callejón sin salida”, clamamos al Señor día y noche.
El contratista estaba dispuesto a llevarse sus máquinas a
otra parte para comenzar otro edificio. Tal vez regresaría en
el término de seis meses, si teníamos todo arreglado.
Comprendimos que nuestra falta de arrepentimiento tenía
que ser, otra vez, la razón por la cual Dios había puesto en
peligro su capilla. Una gran gasolinera en medio de nuestra
tierra de Canaán sería un monumento a nuestros pecados.
No podíamos siquiera vislumbrar una solución, y Dios
guardaba silencio.
Entre tanto, llegó el día del proceso judicial del propietario
de las tierras. Ahora bien, el Estado de Hesse, en el cual
vivimos, había aprobado una ley según la cual “en las
zonas residenciales no se construirán más gasolineras”.
Después supimos que esta ley estaba lista hacia varios
años, pero no había entrado en vigor. “Por casualidad”
comenzó a tener vigencia el día anterior al proceso. El
resultado fue que la demanda del propietario se declaró
nula; por lo que ya no había nada que se opusiera a la
construcción de la Capilla del Llamado de Jesús.
Tres años después le compramos esos terrenos al
propietario. El milagro fue que entre él y nosotras no quedó
ninguna enemistad, ningún resentimiento. Dios, con su
intervención, nos había enseñado algo nuevo: para seguir el
camino del Sermón de la Montaña, tenemos que renunciar
121
a los derechos legales y al uso del poder; nunca debemos
iniciar un proceso legal. Ciertamente, todo aquel que
conoció esta situación particular llegó a la conclusión de
que esa propiedad jamás se hubiera podido obtener
mediante el apoyo de alguien o un proceso legal. Sin
embargo, la obtuvimos sólo porque nuestro acudiente,
abogado, gerente, padre y consejero es el mismo Dios
Todopoderoso.
124
el Señor me había confirmado este nuevo deseo, con las
siguientes palabras:
“... no se detengan ustedes aquí. Vayan tras el enemigo y
atáquenlo por la retaguardia (...) porque el Señor y Dios de
ustedes los ha entregado en sus manos” (Jos 10:19).
Esto se confirmó más tarde cuando Dios le dio a la madre
Martyria la misma convicción. Debíamos aferrarnos a esta
meta de fe y no permitirnos descansar hasta que se
cumplieran las promesas de Dios y surgiera allí una tierra
para el bien de su reino, una verdadera Canaán en la que
Él fuera glorificado.
Con estas palabras recibimos la consigna para entrar en
una batalla de fe y oración. Nunca antes habíamos
encontrado tan fuertes barreras. Jamás había sido tan
larga la batalla, tanto que parecía interminable. Los
obstáculos parecían invencibles. Los años que siguieron
resultaron incontables. Cada vez que vencíamos un
obstáculo, surgía otro, con frecuencia más grande que el
primero. Hasta entonces, la perseverancia en la oración y la
fe había dado resultado por unos días o semanas, quizá por
algunos meses a lo sumo. Pero no fue así en la conquista
de nuestra tierra de Canaán. Tuvimos que caminar durante
largos años por este sendero de fe.
La Sagrada Escritura nos mostró, como ejemplo, la travesía
de los hijos de Israel hacia Canaán: un camino largo por el
desierto en el que Dios tenía el propósito de probar su fe y
hacer que se humillaran (ver Deuteronomio 8:2). El objetivo
de fe que teníamos ante esta comisión era tremendo: una
tierra de Dios en la cual un “pueblo de Israel” debía
presentarse como un pueblo santo, como una luz que
iluminara a muchos pueblos. La meta no podía lograrse
con una lucha menor que la suya. Y Dios aprovecharía este
camino de fe por el desierto, para prepararnos y
disciplinarnos, como Él mismo lo dijo: “Dense cuenta de que
125
el Señor su Dios los ha corregido del mismo modo que un
padre corrige a su hijo” (Dt 8:5). Porque Canaán es la tierra
de Dios, Él mismo desea brillar en sus habitantes y por
medio de ellos, con lo cual la convierte verdaderamente en
una tierra santa.
Dios guió a su pueblo con estas leyes, que son válidas para
todas las épocas. No podíamos esperar otra cosa. Nuestra
travesía por el desierto sería una sombra, en pequeña
escala, de la travesía de Israel. Solamente mediante la
prueba y la corrección nuestra tierra de Canaán
manifestaría parte de su reino de amor.
¿Pero, cómo empezó la travesía del pueblo por el desierto
hacia Canaán? ¡Con un milagro! Cruzaron el mar Rojo
sobre un camino seco. El Señor también había permitido
bondadosamente que comenzáramos con un milagro, el
cual se produjo después de una noche de oración, y nos
lanzó a caminar por el desierto. En los días oscuros que
siguieron, este primer milagro nos estimuló una y otra vez a
creer que Dios completaría lo que había comenzado
maravillosamente. Después de haber viajado por ese duro
camino de la fe a través del desierto, Él nos permitiría ver y
poseer la tierra de promisión.
126
gran mesa de conferencias y nuestros ojos se abrieron y el
corazón nos pesaba, al ver sobre la mesa una maqueta del
proyecto para un conjunto residencial con edificios de
apartamentos, viviendas unifamiliares, prados,
estacionamientos y en el centro algo que parecía una
autopista. Enseguida comprendimos que la maqueta
pertenecía a la tierra que llamábamos “Canaán” y que
estábamos allí para pedir permiso de obtener y desarrollar
esta tierra. Sin embargo, con la maqueta veíamos que la
suerte ya estaba echada.
Apenas pudimos recuperarnos del impacto. Cuando regresó
el ingeniero municipal, le presentamos nuestra petición. En
ese momento oímos de sus propios labios la realidad
demoledora que ya sabíamos: la Ingeniería Municipal se
disponía a utilizar esas tierras, como podíamos verlo en la
maqueta. El ingeniero nos explicó el plan; al lado de la casa
matriz tendríamos un conjunto residencial para oficiales
norteamericanos. La Ingeniería Municipal se había
comunicado con los norteamericanos, explicándoles en 16
páginas el por qué podían construir en ese lugar, y no en
otra parte. El mismo ingeniero había hecho los planos y,
por lo tanto, tenía especial interés en que se desarrollaran.
Además de esta urbanización, la Ingeniería Municipal había
parcelado “nuestra” tierra de Canaán para otro proyecto de
vivienda de clase media que se necesitaba urgentemente.
En efecto, la inauguración de la construcción para la
colonia norteamericana se iba a celebrar dos semanas
después. Todos los arreglos para la construcción estaban
definidos. Además de todo, se tenía planeada una gran
autopista que pasaría por todo el centro de estas tierras; lo
cual no estaba bajo la jurisdicción de la ciudad de
Darmstadt, sino bajo la del gobierno federal de Bonn. El
plan ya estaba determinado.
127
Estas circunstancias indicaban que tendríamos que salir
sin nada. Sin embargo, no podíamos, ya que Dios nos había
dado una misión y una promesa, y por ellas debíamos
luchar con fe. A esa misma hora se libraba una batalla de
oración en la casa matriz. Esas oraciones le dieron libertad
a mi lengua y a mi elocuencia para presentar de nuevo
nuestros planes al ingeniero: Dios deseaba tener esa Tierra
de Canaán. En efecto, Él ya había puesto su mano sobre
ella y, por lo tanto, tenía que ser nuestra a toda costa. A
pesar de todos los obstáculos que se habían presentado,
caminé alrededor de la gran maqueta e hice hincapié en
que debíamos obtener toda la tierra sin ninguna
restricción, atendiendo las numerosas y variadas misiones
que Dios nos había dado.
¿Y qué ocurrió? Mientras hablaba, el ingeniero tomó un
papel y un lápiz negro e hizo un bosquejo de las primeras
casas para nuestra tierra de Canaán. ¡Dios demostró la
verdad de que para Él nada es imposible! ¡Había tocado el
corazón de este hombre! El funcionario nos aseguró que no
se arriesgaría a oponerse a un plan como el nuestro; y
aunque era un plan revolucionario y casi imposible, él
consideraba que las oraciones y la fe son poderes muy
grandes.
¡Había sucedido un milagro! Dios cambió la manera de
pensar de la persona más influyente en la Ingeniería
Municipal, pues a pesar de los planes establecidos, se
había convencido de que Dios quería que se levantara un
“Canaán” sobre estos terrenos. En realidad, Dios había
utilizado a este hombre para trastornar los planes que se
tenían y para intervenir ante las autoridades en favor de
Canaán, aun en contra de sus propios intereses.
Luego vino el inolvidable 6 de junio, un día radiante.
Durante seis semanas, el ingeniero casi no estuvo
disponible, ni siquiera para una breve llamada telefónica.
128
Sin embargo, ese día nos visitó en nuestra casa. Nos
reunimos en el patio y rodeado por todas las Hermanas de
María, el profesor Grund sacó de su bolsillo un papel
pergamino. Al desenrollarlo nos mostró un dibujo que él
había hecho, después de la última vez que nos vimos: era
un diseño más elaborado de las instalaciones de la “Tierra
de Canaán”. Un bello camino de árboles conducía hacia el
lugar en donde presentaríamos nuestras obras de teatro.
Este espacio tenía un impresionante escenario al aire libre,
en la parte frontal. Todas las casas que imaginamos para
Canaán y de las cuales le habíamos hablado, estaban allí
delante de nuestros ojos. Con sólo unos trazos, el ingeniero
dio forma a nuestra fe. ¡El dibujo era verdaderamente tan
real que muchas de las hermanas comprendieron las dudas
que habían tenido antes! ¡Era como un sueño! ¡Casi no
podíamos creerlo!
Sin embargo, a pesar de nuestro regocijo, un espectro de
temor se levantó ante nosotras. Durante nuestra
conversación con el ingeniero municipal, notamos que Dios
había transformado favorablemente su corazón. ¿Pero, el
Concejo Municipal daría su consentimiento? El ingeniero
municipal señaló una y otra vez que el Concejo Municipal
tendría que aprobar nuestra solicitud; pero ésta era
inaudita, pues pedíamos que se nos concediera permiso
para negociar y urbanizar terrenos que ya estaban
destinados para otros fines. Desde el punto de vista
humano, parecía no haber esperanza. Las decisiones con
respecto al futuro de la Tierra de Canaán ya estaban
tomadas, y el mismo ingeniero no podía planear nada para
esos terrenos, sin el consentimiento del Concejo Municipal.
Con esta prueba había comenzado la travesía por el
desierto.
129
Inmensos obstáculos por la grandeza
de los planes de Dios
Teníamos ahora que visitar a los concejales. La madre
Martyria y yo comenzamos una serie de visitas a cada uno
de ellos para darles un informe, por separado, antes de que
se celebrara la reunión del Concejo. El Señor nos dio dos
mensajes bíblicos:
“Los que el Señor bendice heredarán la tierra...” (Sal 37:22).
“No tengan miedo ni se asusten ante ese gran ejército,
porque esta guerra no es de ustedes sino de Dios” (2 Cr
20:15).
Las visitas que hicimos a estos concejales, sin embargo, no
salieron bien. La mayoría de ellos no se interesaron por
nuestro plan, pues ciertamente era incomprensible desde
su punto de vista. En realidad, se mostraron algo
disgustados por atrevernos a presentar tal solicitud. Nos
sentimos muy humilladas. Pero esto fue sólo el comienzo -
que duró cuatro semanas- de una batalla de fe que
persistió durante siete u ocho años. La poderosa mano de
Dios estuvo sobre nosotras, actuando por intermedio de los
hombres, para enseñarnos la paciencia y la humildad. Esa
era una disciplina necesaria en nuestro viaje hacia Canaán,
con el fin de que cuando ya todo se hubiera logrado, no
presumiéramos de que por nuestro brazo o por nuestra
propia fe lo habíamos alcanzado, sino que, humilladas y
quebrantadas, le diéramos la gloria sólo a Dios.
¡Cuántos “hijos de Anac” (ver Números 13:33;
Deuteronomio 9:2) tuvieron que intervenir para
quebrantarnos, con el único propósito de que
aprendiéramos a tener fe en las pruebas de Dios! La
Ingeniería Municipal tenía una opción de compra sobre
estos terrenos; por lo tanto, nadie más podía comprarlos ni
construir algo en ellos, a menos que la ciudad cediera su
130
opción. Por otro lado, también estaba el problema del
Estado de Hesse, que poseía las dos terceras partes de la
tierra y tenía sus propios planes de construcción. Además,
unas 20 personas eran propietarias privadas de las
parcelas; pero ninguno de ellos tenía el título de propiedad
que les permitiera vender libremente, ya que en algunos
casos se trataba de la posesión conjunta de algún pequeño
terreno, dentro de sociedades hereditarias. En estos casos,
normalmente, había que esperar toda una generación para
que los herederos se reunieran y se pusieran de acuerdo en
vender. El área total era de unas diez hectáreas. El último y
más difícil obstáculo era el plan que tenía el gobierno
federal de Bonn, de construir una congestionada autopista
que pasaría justo por la mitad de nuestra “tierra
prometida”.
Las personas que conocían esta situación se reían de
nosotras y de nuestras “aventuras insignificantes”. -Las
Hermanas de María -dijo sonriente un oficial de Darmstadt
-piensan que por fe pueden remover hasta las autopistas
federales-. Cada vez le dábamos mayor reconocimiento a
esta meta de fe: adquirir la tierra que nos rodeaba y
convertirla en una “Tierra de Canaán”. Sentíamos que este
proyecto requería de una fe audaz, tenaz, paciente y que no
se debilitara ante la oposición. Era una verdadera escuela
de fe cuyo aprendizaje era terriblemente difícil. Sin
embargo, nos fortalecía la certeza de que entre más
escarpado fuera el camino de fe, mayores serían los
milagros de Dios. Así, el honor para su nombre sería mayor
y Él sería glorificado. Éste era el auténtico propósito bajo el
cual debíamos adquirir la tierra de Canaán.
El viaje del pueblo de Israel a través de las tentaciones fue
un estímulo constante. Este ejemplo bíblico nos demostró
que el sendero por el que estábamos caminando era el
correcto. La historia del pueblo de Israel nos decía que
131
sucederían grandes cosas en medio del desierto en
nuestras jornadas de fe. Seríamos purificadas y preparadas
para vivir en su tierra, de conformidad con su Espíritu.
Después, el reino del amor derramaría generosamente su
luz. Esto nos estimuló para no debilitarnos en la fe; puesto
que a veces el camino se oscurecía. Recibíamos una
negativa tras otra y en algunas ocasiones parecía que el
mismo Dios peleaba contra nosotras, mientras recorríamos
el sendero. Pero Él tenía en su corazón este plan para
nuestra disciplina y crecimiento.
135
bendición. Si esta obra se hacía grande, se tornaría ineficaz
e infructífera; lo cual se podía ver en muchas obras
similares. Y la lucha fue aún más fuerte, al ver que este
argumento tuvo gran impacto. Las voces de la oposición
comenzaron a aumentar. Aun nuestros amigos comenzaron
a preguntarse si no estábamos “tentando a Dios”.
Pero ellos no sabían la magnitud de la tentación que
estaban atizando con este nuevo argumento. Nada hubiera
complacido más a nuestra vieja naturaleza. ¡Qué
maravilloso es permanecer pequeño!, y con esta decisión
nuestra batalla por Canaán se hubiera terminado. Las
donaciones de nuestros amigos serían más que suficientes
para cubrir los gastos fijos de los servicios que ofrecíamos.
¿No habíamos, simplemente, establecido una meta
demasiado elevada? ¿Debíamos perseverar en la lucha? Sin
embargo, Dios habló de un modo distinto al de estas voces
que nos rodeaban. Él había dado a nuestra hermandad este
mensaje bíblico para el año de 1957: “yo les he entregado el
país; vayan y tomen posesión de la tierra que yo, el Señor,
juré dar a los antepasados de ustedes...” (Dt 1:8). Estas
palabras fueron una promesa que brilló como una estrella
en la noche oscura de la tentación. Era una letra firmada
por Dios que repetidas veces tenemos que presentársela a
Él, con fe y oración.
Al comienzo del año, sin embargo, parecía poco probable
que estas palabras se cumplieran. En febrero de 1957, todo
lo relacionado con Canaán estaba más oscuro que nunca.
De hecho, las palabras que habíamos recibido de la
Escritura parecían una burla del enemigo. Durante tres
días seguidos recibimos noticias desconcertantes. Cada
informe que llegaba era peor que el anterior, y cada nervio
espiritual estaba sensible y expuesto. Nos dijeron que la
ciudad aprovecharía la opción que tenía sobre la tierra de
Canaán y que no se nos permitiría comprar nada allí. Ni
136
siquiera consentirían que nos vendieran las propiedades
privadas. Además, los contratos de compra que ya
habíamos negociado con gran dificultad debían cancelarse.
Bajo ninguna circunstancia lograríamos la posesión de un
área mayor de terreno, ni mediante la compra ni en alquiler
ni en permuta. La mano de Dios pesaba fuertemente sobre
nosotras también en otros aspectos. Hasta las hermanas
más alegres y optimistas parecían semiparalizadas por el
dolor.
¿Esto quería decir que la negativa de las autoridades
significara también el no de Dios? ¿Vendría finalmente
mucha gente a visitar o a vivir en Canaán? Fueron días y
semanas oscuros para nosotras, a medida que nos llegaban
las desconcertantes noticias.
Durante ese tiempo de gran tribulación y tentación, le pedí
al Señor: “Muéstranos tu camino. Éste es nuestro único
deseo: ¡marchar por tu camino!”.
¿Quería Él realmente que ampliáramos nuestras
instalaciones? Y el Señor nos dio una asombrosa respuesta
por dos versículos bíblicos:
Haré que aumenten en ustedes los hombres y los animales,
y que se hagan muy numerosos (Ez 36:11).
“En efecto, voy a estar atento a que mis palabras se
cumplan” (Jr 1:12).
Así que continuamos nuestro viaje por el desierto. Ya había
durado casi dos años. Únicamente la oración y la fe nos
mantuvieron en esta dura y aparentemente inútil lucha. En
realidad, mientras más imposible se hacía la conquista de
Canaán, toda la hermandad oraba más. Grupos de
hermanas, y a veces toda la hermandad, luchaban en
oración todo el día, y muchas veces durante la noche.
137
Siempre había nuevo arrepentimiento y purificación. Dios
continuó disciplinando a nuestra hermandad.
139
que haya otro Dios fuera de ti que haga tales cosas en favor
de los que en Él confían” (Is 64:4).
En nuestro diario quedó escrito que el gozo experimentado
era de tal magnitud que estábamos fuera de nosotras,
profundamente emocionadas por el hecho de que el Padre
celestial hubiera pensado preparar esta gran alegría,
justamente para el décimo aniversario de la Hermandad de
María. Los cantos de adoración al amor del Padre brotaban
de corazones rebosantes, lo cual nos conmovía
profundamente.
Con la reubicación de la autopista se había superado el
primer obstáculo para la ocupación de Canaán. Ahora, el
segundo obstáculo estaba derribado. Así, Dios nos había
dado la cuota inicial de su promesa que está en la
Escritura: “He aquí que yo pongo la tierra delante de ti...”. Y
“cuota inicial” significaba también que el pago completo
llegaría a su debido tiempo.
El viaje de Israel por el desierto duró 40 años. ¿Cuánto
duraría el nuestro? No iba a terminar con estos dos años.
Nuestra fe no había sido suficientemente probada. No
estábamos completamente humilladas ni preparadas. No
era adecuado que el gran objetivo de la Tierra de Canaán se
lograra con una jornada de fe tan corta.
142
tendrían jamás la convicción de marchar por tales caminos
de fe en su propia vida.
Para entonces toda esperanza había desaparecido. Pero, el
Señor nos dio una nueva señal de aliento: tocó el corazón
del señor Daechert, supervisor del distrito de Eberstadt,
quien había estado de nuestro lado en ocasiones anteriores,
contactando a los altos funcionarios públicos. En medio de
esa etapa de profunda aflicción, el señor Daechert sintió un
nuevo ardor en su corazón, a favor de la causa de Dios y
nuestra solicitud llegó a ser la suya. Desde entonces, él se
refería a “nuestra lucha” e hizo todo lo posible para que
Canaán fuese nuestra.
Además, el Señor despertó el interés de uno de los pastores
que desde hacía tiempo había celebrado entre nosotras los
cultos del domingo, el pastor Rathgeben, supervisor de la
obra educativa y de bienestar de la Iglesia Evangélica de
Hesse. Un día, el pastor se interesó en nuestras dificultades
y se dedicó, de modo generoso, a ayudarnos con Canaán en
la medida de lo posible. De esta manera, habló con el
presidente de nuestra organización eclesiástica, el doctor
Martín Niemoeller, quien a su vez conversó personalmente
con el gobernador de Hesse sobre nuestro proyecto.
A pesar de estas luces de esperanza, los meses pasaban y
los obstáculos no se superaban. El Señor nos mostraba de
esta forma que debíamos continuar en el camino de la fe, y
que en el momento oportuno lograríamos nuestro objetivo;
pues, “Lo que Dios ha emprendido y desea debe llegar
inevitablemente a su propósito y su meta”.
Luchamos con renovados ánimos para permanecer firmes
en las promesas de Dios. Él nos había concedido sus
promesas a lo largo del camino de la fe. A pesar de todas
las desilusiones, nos empeñábamos en mantener dichas
promesas delante de Él, con una fe perseverante.
143
El “fin último” de la misericordia de Dios
La hora de Dios se acercaba; el alto funcionario del
gobierno, cuyo “no” rotundo constituía el principal
obstáculo para nuestra entrada en Canaán, había sido
cambiado a otro cargo.
A mediados del mes de febrero de 1959, nos
encontrábamos próximas a celebrar un nuevo aniversario
de la Hermandad de María, el décimo segundo. El último
día laborable antes de la Pascua de Resurrección fue el 29
de marzo. Dicho día llamó un funcionario del gobierno,
preguntando por la hermana encargada de manejar las
negociaciones de la propiedad. La hermana portera relató
más tarde: “Mi corazón palpitaba de emoción cuando fui a
buscarla, me paré junto a ella y la hermana Anita hizo una
señal, cubrió el micrófono del teléfono por un momento y
exclamó: ‘¡Que toquen las campanas! ¡El gobernador ha
firmado el permiso para que procedamos con el contrato de
compra!’”
Con esta acción, toda Canaán era nuestra. ¡Qué regalo de
cumpleaños nos había enviado el Padre celestial, y otra vez
en el aniversario de la Hermandad de María!
La decisión se había tomado en el último momento, antes
del día siguiente, que era festivo. Aquella propiedad estatal
de Canaán, por la cual oramos, sufrimos y luchamos
durante tanto tiempo, ya era nuestra. Dios había cumplido
su palabra. En las horas más oscuras, ésta fue mi ancla de
fe: Dios guía en el desierto, “...para humillarlos y ponerlos a
prueba, y para bien de ustedes al fin de cuentas” (Dt 8:16).
Apenas podíamos mantenernos en pie, pues temblábamos
al escuchar la noticia. Era la mayor sorpresa, el milagro
más grande que habíamos experimentado desde el 30 de
marzo de 1957. Pasó un tiempo antes de que pudiéramos
recobrar nuestros sentidos y gritar con júbilo: “Ahora,
144
demos todas gracias a Dios”. Hasta el día de hoy, a todos
los que siguieron, aunque sea un pequeño tramo de este
viaje a Canaán, se les dificulta comprender lo que sucedió,
¡lo que Dios había hecho!
Luego se produjeron otros milagros. Casi todos los
propietarios privados, que al principio no podían decidir la
venta, la aceptaron. Durante meses y años parecía que
nuestras peticiones no eran escuchadas, pero ahora Dios
estaba interviniendo. Un gran número de propietarios
privados acudieron a nosotras, por su propia iniciativa,
para ofrecernos sus parcelas. Así, toda la “Tierra de
Canaán” es hoy verdaderamente nuestra.
148
maravillados su gloria y sus actos de bondad; así como
lograremos más frutos para su Reino.
¡Canaán, reino de amor! Sí, que esta tierra sea realmente
un reino de amor y llegue a serlo, aún más en estos días
angustiosos de nuestra era, para la gloria del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo.
149
Dios manifiesta su poder en las cosas imposibles,
cuando se le pide con fe.
150
hospital. Así que nos pidió que oráramos por él tal como lo
habíamos hecho por la capilla.
La construcción de la capilla tiene su historia. El camino de
fe comenzó en 1956. Durante mi estadía en Aeschi, le
escribí a mis hijas para comunicarles el dolor que me
causaba la poca alabanza a nuestro Padre y Creador. Este
comentario conmovió los corazones de las hermanas hacia
la necesidad de que se le diera alabanza y gloria al Creador
en este lugar donde su acción y magnificencia creadoras se
habían derramado tan grandemente. De esta manera, se
entusiasmaron con la idea de construir una capilla de
alabanza. ¡Qué difícil era esto para nosotras! Pero se hizo
realidad. En 1961, se invitó a las hermanas de nuestras
representaciones bíblicas para presentarlas en varias
ciudades de la Suiza, y al terminar su gira, fueron a Aeschi
como coro de alabanza. En el otoño del mismo año, se
dieron los primeros pasos para la compra de un terreno
destinado a la capilla, con ardientes deseos de que Dios
fuera glorificado.
Y Dios respondió. Después de algunos intentos,
encontramos el terreno, al igual que conocimos a un
arquitecto competente y amable, quien también
entusiasmado con la idea de alabar a Dios, nos hizo los
planos desinteresadamente y estuvo siempre de nuestro
lado. Según él, la consagración de la capilla podía tener
lugar el día de la Ascensión, del año de 1962. Una persona
influyente ante las autoridades competentes nos había
asegurado, verbalmente, que no había obstáculo alguno
para la construcción de la capilla en dicho terreno. A
finales de 1961, y llenas de alegría le comunicamos a
nuestros amigos, en una carta circular la fecha de la
consagración para que planearan sus vacaciones.
151
Prueba tras prueba.
Las dificultades ponen los cimientos.
153
Triunfo final de la fe. ¿Seguir con
firmeza en la fecha de Ascensión?
Como respuesta a nuestras oraciones y nuestra fe,
recibimos del arquitecto la noticia de cancelar la fecha de la
consagración, porque solamente con examen minucioso de
los propósitos de tal proyecto o con la financiación por
parte de un grupo de amigos suizos de las Hermanas de
María, se podría lograr el permiso para construir la capilla
en Aeschi. Tendrían que pasar, entonces, varios meses
hasta que se decidiera, y en esas condiciones era
totalmente imposible contar con la fecha de la Ascensión.
¿Debíamos seguir, apoyadas en la fe, con esta fecha o
renunciar a ella? Renunciar significaría perder un año de
alabanza a Dios en esta capilla, y un año, ante la
inminencia de una guerra atómica que destruiría la
naturaleza, era demasiado tiempo. Por esto, seguíamos
orando intensamente y Dios nos daba la certeza de que
deseaba que la capilla estuviese terminada para el día de la
Ascensión. Él nos lo confirmó con estas palabras:
“Señor, Señor, poderoso de Jacob, acuérdate de David y de
sus aflicciones; acuérdate del firme juramento que te hizo:
`No me pondré bajo techo ni me acostaré a descansar, no
cerraré los ojos ni dormiré un solo instante, mientras no
encuentre casa para el Señor, el Poderoso de Jacob´” (Sal
132:1-5).
Así nos animaba Dios a poner empeño en la terminación de
su pequeño santuario, antes de la Ascensión; todas las
hermanas entablaron una lucha con duplicados esfuerzos,
ateniéndose con firmeza a la promesa de Dios.
Y efectivamente en marzo llegó la fundación “Asociación de
Amigos Suizos de las Hermanas de María”. “Has cambiado
en danzas mis lamentos” (Sal 30:11). Ésta fue la consigna
que dio el Señor para esta fundación. Con ella brilló una
154
luz de esperanza. Pero, desde el punto de vista humano, un
“demasiado tarde” se reía irónicamente de nosotras;
demasiado tarde para que la capilla estuviera terminada el
31 de mayo. Esto por supuesto no era lo que Dios quería
decirnos con las noticias que recibimos durante las últimas
semanas: se retrasaba la aprobación del contrato de
compra del terreno, porque la persona encargada de
efectuarla estaba de viaje; la única empresa constructora
que se había comprometido, se había arrepentido; una
persona influyente de nuestra asociación tenía que
retirarse de nuestro grupo, por una orden superior, con lo
cual quedaban estancadas otras decisiones.
Con todo esto, estábamos ya a mediados de abril, seis
semanas antes de la fecha fijada para la consagración de la
capilla. Cada semana que pasaba y que nos acercaba a la
fecha determinada la terminación de la misma se hacía
más “imposible” y nuestra fe tambaleaba. Por esos días
teníamos que enviar la carta circular de Pascua a todos
nuestros amigos. ¿Debíamos, entonces, renunciar a la
fecha anunciada en el otoño anterior y comunicar esta
decisión a todos? Eso nos parecía lo más razonable. Sin
embargo, una certeza mayor se apoderaba de nuestros
corazones, era Dios quien nos la daba: el Señor haría que,
gracias a su milagrosa intervención, la capilla estuviese
terminada para entonces. En medio de estas dudas y
pruebas, nos dirigimos a Dios y recibimos su respuesta:
“Pero ustedes sean valientes y no se desanimen, porque sus
trabajos tendrán una recompensa” (2 Cr 15:7).
“...plenamente convencido de que Dios tiene poder para
cumplir lo que promete” (Ro 4:21).
Dios deseaba inculcarnos algo: creer se define como esperar
de Dios lo que es humanamente imposible; la fe significa no
contar con los datos e imposibilidades humanas, sino con
la acción de un Dios vivo. Creer es perseverar teniendo la
155
seguridad de su Palabra, por más que nuestra razón nos
diga que no, a la luz de las realidades que nos rodean. Por
último, creer implica confiar, a pesar de todo, en sus
promesas para la gloria de Dios. Porque de lo que se trata
es de dar efectivamente gloria a Dios ¿A cuántos no
habíamos asegurado de palabra y por escrito que Dios es
fiel a sus promesas, que escucha oraciones y que, por
tanto, la capilla estaría terminada para la Ascensión? Todas
esas personas llegarían a dudar si no perseverábamos en
su palabra.
Así, apoyadas en la fe, conscientes de la gran
responsabilidad que recaía sobre nosotras, enviamos la
carta circular invitando a la consagración de la capilla, a
nuestros 6.000 amigos e intercesores en Alemania y en el
extranjero, seis semanas antes de la Ascensión, aunque
aún no habíamos obtenido la aprobación para comprar el
terreno y mucho menos para construir la capilla.
Poco después recibimos la noticia de que el gobierno de
Berna había aprobado el contrato de compra por parte de la
asociación suiza, y que había decidido que no era justo
concederle al amigo suizo la compra del terreno, pues nos
había inculpado injustamente. De esta forma cualquier día
nos llegaría la aprobación.
¿Promesas sepultadas?
Casi de manera impaciente, hora tras hora, esperábamos el
anhelado telegrama: “La construcción puede comenzar”. Lo
esperábamos firmemente, contando con la palabra y
garantía de Dios: “Haré lo que he prometido”. Él haría que,
como un milagro de su gracia, se terminara la capilla en las
seis semanas que quedaban. Pero no llegaba el telegrama.
En medio de esta grandísima necesidad, Dios nos
respondió con estas palabras: “El Señor dijo: `Pongan
156
atención: yo hago ahora un pacto ante todo tu pueblo. Voy a
hacer cosas maravillosas que no han sido hechas en
ninguna otra nación de la tierra, y toda la gente entre la que
ustedes se encuentran verá lo que el Señor puede hacer,
pues será maravilloso lo que yo haré con ustedes´” (Ex
34:10).
Pero, a pesar de esta promesa, no llegó noticia alguna de
Suiza en los días siguientes; la tentación amenazaba con
tragarnos. ¿Nos habríamos equivocado? ¿Era improcedente
seguir aferradas a las promesas? Por otra parte, ya
habíamos comunicado la fecha de consagración a muchas
personas, con la carta circular de Pascua, y en la iglesia lo
habíamos dicho públicamente. Además, el autobús estaba
reservado para un grupo de Alemania, así como el
alojamiento para 70 personas, con motivo de la
consagración. Faltaban tan sólo cinco semanas para dicha
fecha y no habíamos recibido aún la aprobación para la
construcción de la capilla, ni mucho menos excavado
absolutamente nada.
El 30 de abril, sólo cuatro semanas antes llegó una noticia.
Éste fue un día de inolvidable tristeza para nosotras.
Recibimos de Suiza la comunicación de que todo había
concluido desfavorablemente para nosotras. Sentimos como
si hubiéramos enterrado a un ser querido, pues
efectivamente sepultamos una promesa de Dios. Nuestro
arquitecto nos comunicó, por escrito, que no se podía
contar por ahora con la aprobación para la construcción, y
le dirigió una carta a una empresa constructora, diciéndole
que las obras no comenzarían hasta finales de mayo, fecha
para la que estaba prevista la consagración.
Dios estaba dispuesto a hacer de esa capilla un pequeño
recinto de milagros, como hizo con Gedeón, al que, contra
toda previsión humana, fue quitando trozo a trozo. Quería
lograr su objetivo: magnificar su gloria. Del mismo modo
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nos privó de todas las posibilidades humanas, con la
finalidad de que, en la oración y en la fe, esperáramos todo
únicamente de Él. Así mismo, mediante estas dificultades
el Señor permitió que manifestáramos ante todos los
hombres que Él fue el único que hizo posible la terminación
de la capilla, para que sólo a Él se le diera gloria y
alabanza. Éste era el objetivo de la misma y por lo que
nosotras pedíamos ardientemente.
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media después; pero para Dios no hay nada imposible. Él
estaba decidido a cumplir sus promesas: “Yo estoy
dispuesto a hacer milagros: todo el pueblo verá las obras
del Señor”.
Repentinamente, una empresa constructora estaba
dispuesta a comenzar la obra, e incluso a trabajar horas
extras; nos dijeron que en lo poco que quedaba hasta la
Ascensión era posible terminar la capilla. Una fábrica, que
normalmente tardaba dos o tres meses en enviar las tejas,
se comprometió a hacerlo en las próximas semanas; y un
carpintero estuvo plenamente dispuesto a hacer
rápidamente el techo. Parecía como si todos estuvieran
esperando el encargo de hacer algo para la capilla de
alabanza; en comparación con lo que sucedió unas pocas
semanas antes de la Ascensión, cuando otra empresa
constructora se negó debido al tiempo que quedaba escaso
para reunir lo necesario.
El entusiasmo nuestro era indescriptible, porque Dios
Padre había cumplido todas sus promesas, a pesar de la
situación tan desesperada en que habíamos estado. Se
cumplió su palabra: “...Dios tiene poder para cumplir lo que
promete” (Ro 4:21); “... que se haga tal como has creído” (Mt
8:13). Y “Purifíquense, porque mañana verán al Señor hacer
milagros” (Jos 3:5). Los muros de la capilla -con la ayuda
de dos hermanas- se terminaron en pocos días y para el día
de la Ascensión estuvo preparada y adornada.
Desde ese día acuden personas de todas partes. Comenzó a
cumplirse el propósito de la capilla: levantar a Dios una
alabanza perpetua. Oh. qué atraiga mucha gente. Porque
ella hablará, como Jesús dijo, que las piedras lo harían, si
nosotros callamos y no damos gloria y alabanza a Él, o si
no lo hacemos de modo suficiente o, si en lugar de darle la
gloria a Dios, se la damos a los hombres. Ella dirá cuán
grande y poderoso es el Señor, que escucha las oraciones y
159
cumple su palabra. De igual forma dirá que es Creador,
pues la capilla se levantó por la palabra poderosa de Dios,
el cual “habló, y todo fue hecho; Él ordenó, y todo quedó
firme” (Sal 33:9). Esta es una palabra que hemos tenido
como consigna, incluso en las horas más oscuras. Ahora, la
capilla puede ser testimonio de la omnipotencia de Dios y
pregonera de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo
para todos los que la visiten.
Sí; la capilla de Aeschi está ahí como testimonio de los
prodigios de Dios. Él ha hecho brotar la alabanza y el júbilo
hasta las lágrimas y brillar su gloria en el camino de la
calumnia. A pesar de todas las imposibilidades, ha hecho
que se construya la capilla para demostrar quién es Él. Así,
el simple hecho de su existencia es un testimonio de la
manera milagrosa en que Dios dirige y obra
poderosamente. También, en el interior de esta capilla que,
por sí misma, habla a todos los que vienen a visitarla,
podemos ver a este Dios que obra maravillas.
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EPÍLOGO
162
Jesús en el Sermón del Monte. En general, estas
transgresiones son: no querer perdonar (ver Mateo 6:15); la
ira y la duda (1 Timoteo 2:8); toda conducta sensual y
apasionada (1 Pedro 3:7; 4:7-8a); no querer confesar
nuestros pecados unos a otros (Santiago 5:16); la
mezquindad y la avaricia, por cuanto está escrito: “Den a
otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una
medida buena, apretada, sacudida y repleta” (Lc 6:38); la
preocupación por las cosas mundanas, pues dice la Palabra
de Dios: “Por lo tanto, pongan toda su atención en el reino de
Dios y en hacer lo que exige, y recibirán también todas estas
cosas” (Mt 6:33).
Pero también surge una pregunta: ¿quién puede orar y ser
escuchado? ¿Quién puede decir: “...y él nos dará todo lo que
le pidamos, porque obedecemos sus mandamientos y
hacemos lo que le agrada”? (1 Jn 3:22). ¿Quién puede decir
que es uno de los justos de quienes la Sagrada Escritura
dice: “Los ojos del Señor están atentos a los justos, sus
oídos, a sus gritos de auxilio” (Sal 34:15)? La palabra
“justos” no se refiere a personas sin pecado, pues no
existen. Por el contrario, se refiere a pecadores que,
doloridos por sus pecados, se arrepienten, para recibir el
perdón de Jesús y su ayuda para un nuevo rumbo. Tales
individuos no continuarán viviendo en amargura, ni su
espíritu se negará a perdonar, sino que se reconciliarán; no
seguirán en el pecado ni en la concupiscencia, por el
contrario, se apartarán de ellos; no retendrán todo lo que
tienen, sino que estarán dispuestos a dar, “y les será dado”.
Un obstáculo decisivo para la oración lo constituye el
pecado no confesado y sin arrepentimiento, porque la
persona no quiere dejarlo. Sin embargo, cuando se perdona
un pecado y oramos con corazón humilde y arrepentido,
podemos hacer nuestra la promesa que se le hizo al
publicano (ver Lucas 18:13,14). Esta verdad se hace
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evidente en muchas de las historias de este libro.
Aparentemente los oídos de Dios se habían cerrado a
nuestras oraciones; pero luego, de repente, lo que pedimos
fue concedido. ¿Qué produjo dicho cambio? Lo provocó el
hecho de que las hermanas que no habían sido bondadosas
ni habían perdonado a otras, cambiaron su actitud. Dios
nos concede exactamente lo que prometió en su Palabra.
Sin embargo, Dios cumple su Palabra no sólo con respecto
a los obstáculos de la oración, sino también en relación con
las promesas especiales que ha hecho ante ciertas clases de
oración. Entonces, es importante conocer los diferentes
tipos de oración que Dios promete contestar. Si
aprendemos a aprovechar esas oportunidades de oración,
tendremos una posición privilegiada en su trono.
La oración de fe
La primera clase de oración que Dios ha prometido
contestar es la oración de fe. Jesús nos muestra que la
concesión de una petición depende en realidad de si ésta se
hace con una fe firme. La Palabra dice: “Que se haga
conforme a la fe que ustedes tienen” (Mt 9:29). Dios espera
una fe audaz que mueva montañas. Sin embargo, las
aventuras de una fe osada sólo pueden emprenderse en
obediencia a Dios. Abraham se atrevió a salir y emigrar a
Canaán sin saber a dónde iba, y esto lo hizo porque Dios se
lo había ordenado. Él creyó en la orientación de Dios y fue
obediente, aun en la incertidumbre. Varias de las historias
que se narran en este libro dan testimonio de esta misma
verdad. Nosotras nos lanzamos a una aventura de fe en
obediencia al mandato de Dios; entonces, Él respondió y su
nombre fue glorificado.
Estos relatos nos muestran, mediante la experiencia
práctica, de qué forma debe hacerse la oración de fe. Dios
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no quiere que nuestra fe sea vaga y sin una meta. Nuestra
fe debe basarse en su Palabra. Esa es la fuerte ancla a la
cual debe estar atada la fe. El creyente que ha recibido una
promesa de Dios, tiene en su mano un pagaré que puede
presentarle una y otra vez: “Padre, tú dijiste: `Pidan y se les
dará´. No serán avergonzados cuantos en Ti confían”.
Dicha promesa puede ser algunas veces un mensaje
bíblico, que Dios comunica de manera personal en un
momento de dificultad o de decisión. En la oración de fe, es
importante que alabemos, demos gracias y adoremos a
Dios, el Todopoderoso; que cantemos una alabanza aun en
situaciones que parecen no tener solución, pues mediante
la acción de gracias, recibimos bendición. Cuando
alabamos el poder maravilloso del Señor, Él mueve su
brazo; al levantar cánticos, proclamando su amor paternal,
su corazón se inclina amorosamente hacia nosotros.
La oración candorosa
La oración candorosa tiene una promesa especial. Una y
otra vez, Jesús nos invita a que seamos como niños, porque
de ellos es el reino de los cielos; para ellos está abierto el
corazón paternal de Dios. Ellos conquistan el corazón del
Padre al acudir a Él, de modo infantil, con sus necesidades
más pequeñas y pedir hasta por las cosas más
insignificantes. Jesús dice: “¿Acaso alguno de ustedes sería
capaz de darle a su hijo una piedra cuando le pide pan?” (Mt
7:9). Y agrega: “...¡cuánto más su Padre que está en el cielo
dará cosas buenas a quienes se las pidan!” (Mt 7:11).
Somos sus hijos los que acudimos a Él, pidiéndole con una
actitud ingenua de amor y confianza. Si tal oración se hace
conforme a su voluntad, ésta no quedará sin respuesta; sin
embargo, puede suceder que Él retenga la respuesta si hay
obstáculos específicos que la impidan, como los ya
mencionados. Con esta demora, Dios nos dará una
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enseñanza para después conceder nuestras peticiones en
abundancia.
La Escritura dice: “No consiguen lo que quieren porque no se
lo piden a Dios” (Stg 4:2). ¿No es a esta falta de oración
infantil a la que se refiere la Escritura? Nos mantenemos
pobres y con muchas necesidades; pero no podemos hablar
de la respuesta a nuestra oración, debido a que no tenemos
una actitud como de un niño cuando oramos. O tal vez
somos tan ricos y estamos tan satisfechos que no nos
encontramos en la situación de tener que acudir al Padre.
Dios, sin embargo, quiere ser nuestro Padre. Desea que
acudamos a Él con cada una de nuestras necesidades, así
como espera que sus hijos le pidan una y otra vez, porque
como un Padre amoroso, siente gozo en hacernos bien y
darnos regalos. Muchas de las historias de este libro dan
testimonio de ello, demostrando que el corazón del Padre
celestial, que es puro amor, se preocupa por las más
pequeñas necesidades de su pueblo y que Él contesta sus
oraciones.
La oración perseverante
La Escritura también nos anima a ser constantes en la
oración (ver Romanos 12:12). Nuestras oraciones no deben
ser ni ocasionales ni flojas, pues también hay promesa para
la oración perseverante. Esta oración no se cansa ni se
desalienta, aunque aparentemente no tenga respuesta. La
oración perseverante tiene la capacidad de persistir
tranquilamente y esperar. Requiere humildad para esperar
y pedir repetidamente: ¿cuál es la razón por la cual no
puedes contestar mi oración? ¿Hay acaso una barrera de
pecado en mi vida?
Estas historias demuestran que el resultado de la oración
perseverante produce por lo general una respuesta
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milagrosa de Dios. Él se manifiesta de tal modo que su
grandeza y poder se magnifiquen delante de los hombres.
Por lo tanto, la oración perseverante también tiene su
promesa especial: permite que sucedan grandes cosas a
quien pide y se deja purificar en los caminos de la espera;
le permite experimentar las poderosas obras de Dios.
Mediante la oración perseverante, Dios nos llama a un
esfuerzo, a una lucha como la que vemos en el caso de la
mujer fenicia o de la viuda insistente. Es una lucha real
con Dios, como la que tuvo Jacob en Peniel. Jacob dijo: “Si
no me bendices, no te soltaré” (Gn 32:26). Tal oración le
agrada a Dios, pues Jesús dice que Dios contestará esta
oración, por ser “inoportuna”. Hay que destacar, sin
embargo, que Dios da seguridad y responde a estas luchas
de oración, sólo si las peticiones se pronuncian en el
nombre de Jesús, y de acuerdo con su propósito y su
voluntad. Las oraciones obstinadas, como en aquellas en
que se pide que un ser querido no muera, no tienen
promesa de respuesta.
Para tal lucha de oración es especialmente importante que
tomemos nuestra posición en relación con la seguridad y
las promesas que Dios nos ha dado, y entonces
perseveremos hasta el fin. Las historias narradas en este
libro nos cuentan cómo se adquirió Canaán; la promesa de
Dios en este caso fue una piedra fundamental en una
situación que parecía no tener esperanza durante muchos
años. Tenemos promesas similares para las peticiones
relacionadas con el reino de Dios, la salvación y la
santificación de las almas. Siempre hay que hacer dichas
oraciones en el nombre de Jesús, ya que Él las escuchará y
las responderá, pero siempre a su debido tiempo. El celo
por el reino de Dios y por su gloria, prepara el camino para
la venida de su reino y su victoria. Por lo tanto, tales
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oraciones siempre están en concordancia con su voluntad y
su promesa.
La oración eficaz
La oración eficaz también tiene una gran promesa. La
Escritura dice que esta clase de oración logra mucho
(Santiago 5:16). En realidad, Dios promete contestarla en
especial medida; puesto que como la Palabra lo indica, esta
oración no es palabrería; tiene un énfasis especial; posee
algo que la destaca. De igual forma, se puede fortalecer y
anticipar con pequeños sacrificios, regalos de nuestro
tiempo, energía, bienes y cosas similares. Nuestros relatos
muestran de manera impresionante que, en las situaciones
más desesperadas y en las necesidades más apremiantes
por las que tuvimos que pasar día y noche sin obtener
respuesta, estas oraciones fueron atendidas cuando se
hicieron con fuerza, enfatizando en ellas mediante
sacrificios y entregas. ¡Cuántas veces nuestras oraciones no
logran mucho con Dios, porque Él no las puede tomar en
serio, ya que tampoco nosotros lo hacemos! Si lo
hiciéramos, las reforzaríamos de cierta manera, dándole así
mayor peso a nuestra petición.
El camino a la oración
¿Cómo llegar, entonces, a la fe osada, que confía como un
niño, que persevera y es intensa, y que a su vez sale de un
corazón arrepentido? ¿Sólo las personas especialmente
bendecidas pueden orar de ese modo? No. Dios revela estas
formas de oración a todos los creyentes. Todas ellas se han
manifestado en nuestro Señor Jesucristo. Eso quiere decir
que sólo tenemos que dar el siguiente paso en la vida real:
no debo afligirme, tengo que permanecer firme en las
promesas que el Señor me ha hecho mediante su Palabra o
168
que me ha dado personalmente, en momentos de
necesidad. Ciertamente, el don de la fe existe como una
gracia procedente del Espíritu Santo, en la cual hay
grandes compromisos con el Reino de Dios. Jesús dijo: “Por
eso les digo que todo lo que ustedes pidan en oración, crean
que ya lo han conseguido, y lo recibirán” (Mr 11:24). Y esta
promesa le pertenece a todo cristiano para su vida de
oración.
Luchar para que nuestra oración sea confiada e ingenua
como la de un niño, no es difícil. Lo único que tenemos que
hacer es acudir al Padre con todas nuestras carencias,
presentarle nuestras angustias y peticiones, y tener la
confianza de que Él nos concederá lo que le pedimos.
Descubriremos que Él sabe lo que necesitamos y que
responde a nuestras peticiones.
Podemos aprender y recibir también la clave para la oración
perseverante y seria, si damos el siguiente paso; es decir, si
respaldamos la oración con algún compromiso indicado por
el Espíritu Santo, en la forma de un pequeño sacrificio.
Nuestro Señor Jesús dijo: “Pero este género no sale sino con
oración y ayuno” (Mt 17:21). Con esta palabra nos muestra
un camino hacia la oración eficaz, con la ayuda del ayuno,
el cual significa abstenerme de cualquier cosa que
represente un placer físico, espiritual o mental.
Es importante haber confesado previamente nuestros
pecados en la oración que brota de un corazón purificado, y
que ninguna falta sin perdonar se interponga entre Dios u
otras personas y yo. Lo anterior significa que debo dar el
paso de purificar mi vida de todo aquello que Dios me
señale, -pedir perdón a Dios y a los hombres y apartarme
de esto o aquello-. Y así dejaré el camino libre para el paso
de la oración efectiva.
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Los testimonios relacionados con oraciones contestadas
describen a Dios como a un Padre y nos demuestran que Él
sólo espera poder responder a nuestras oraciones. Nos
indican cuán grande es su amor hacia nosotros, sus hijos,
y la inmensidad de su poder para cambiar las situaciones
de desesperación e impotencia. El hecho de que Jesús,
repetidas veces, nos invite a orar es una indicación de su
promesa amorosa de darnos la gracia de la oración. Porque
Jesús no nos exige nada que no nos dé al mismo tiempo.
¿No nos prometió Él, acaso, la ayuda del Espíritu Santo
para darnos la gracia de la oración? Cuando nos parezca
difícil orar, debemos decir: “Creo en el Espíritu Santo”.
Debemos invocarlo y Él hará de nosotros hombres y
mujeres de oración.
En nombre del amor del Dios Padre, Dios Hijo y Dios
Espíritu Santo, esta Trinidad que nos ha dado el don de la
oración, permita que estos testimonios nos estimulen a
descubrir las diversas clases de oración o a practicarlas
aún más. Este modo de orar ha demostrado ser confiable y
nos conducirá a la meta. Cada uno de nosotros puede, por
lo tanto, experimentar que tenemos un Dios que responde a
la oración y que hace milagros.
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