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REALIDADES-Milagros de Dios Hoy

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1

REALIDADES

Milagros de Dios hoy

de M.Basilea Schlink

Hermandad Evangélica de María


Darmstadt, Alemania

2
REALIDADES, MILAGROS DE DIOS HOY

© Verlag Evangelische Marienschwesternschaft,


Darmstadt, Alemania, 2007
Todos los derechos reservados.
Título original en alemán:
REALITÄTEN - Gottes Wirken heute erlebt

Primera edición en alemán: 1962


Primera edición en español: 1970
Esta versión revisada: 2007

ISBN 978-3-87209-926-6

Todos los derechos están protegidos por las leyes internacionales del
Derecho de Autor. Los contenidos y/o portada no pueden ser
reproducidos total ni parcialmente por sistemas, impresión,
audiovisuales, grabaciones o cualquier medio, sin permiso del dueño del
copyright.

Distribuidora:
Hermandad Evangélica de María
Casilla de Correo 2436
Asunción 1209, Paraguay

www.canaan.org.py
www.kanaan.org

Traducido en 45 idiomas.

Printed in Paraguay

3
ÍNDICE

Prólogo
Prefacio
Dios escucha la oración hecha con fe
1. Dios busca adoradores. ¡Surge una capilla de la nada!.....................
Dios responde a la oración perseverante
2. Las palabras de la Biblia se cumplen hoy ....................
Dios quiere la oración ferviente
2.El arrepentimiento abre el camino, hasta para un permiso de
construcción ........................
La oración de fe mueve el brazo de Dios
4. ¡Doce cestas llenas!.....................
Dios quiere que se le pida en toda necesidad
5. La tienda de oración: tienda de milagros ....................
Dios está obligado a cumplir su palabra
6. Cuota inicial al instante.....................
Dios espera nuestra purificación
7. La vagoneta descarrilada.....................
Dios espera que nos arrepintamos
8. Culpables por la lluvia.....................
Dios escucha la oración de confianza
9. Esa ridícula fe.....................
Dios ayuda a quien se arriesga en la incertidumbre
10. “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” ....
Dios ayuda de un modo admirable
11. ¿De dónde venía realmente el dinero? .......

4
12. Señales cumplidas: arrepentimiento de los pecados ............
A Dios le agrada la oración candorosa
13. El devocional del 20 de junio.....................
14. ¡Abba, Padre querido!.............
15. Caramelos en la noche del sábado.....................
Dios se glorifica en nuestras necesidades más urgentes
16. ¡Él está a nuestro favor! Una celebración para
examinar la construcción...........
Dios responde a la fe obediente
17. “¡Yo soy el Señor, tu sanador!” “¡No se dormirá
el que te guarda!”................
Dios busca arrepentimiento y una reanudada entrega
18. El tapón de la botella.....................
Dios espera que la oración sea sincera y continua
19. El huerto de las ciruelas.....................
Dios quiere que dependamos de Él
20. Una imprenta... por la fe.....................
Dios busca la oración de fe
21. Matemáticas celestiales.....................
22. El autobús azul.....................
23. Las medidas: 11 metros y 80 centímetros ................
24. Rodeado de ángeles.....................
Dios quiere que creamos en su Palabra
25. Jesús hoy, en el Mar de Galilea.....................
Dios escucha la oración de los pobres
26. Pequeñas pruebas de fe: mediante un pepino y otras cosas .................
27. No se preocupen.....................

5
28. El cuidado del Padre en la cocina y en la casa ........
29. 5 B 3 = 300 .................
30. Cómo el Padre celestial amuebla una casa ......
El amor inventa nuevos caminos
31. Una herencia prematura ..............
Dios espera confianza absoluta
32. Las provisiones vienen únicamente de la mano del Padre .................
A Dios le gusta la oración de fe hecha con confianza
33. Salchichas para las vacaciones y un almuerzo ..................
34. La vaca de Canaán .................................
Dios fortalece mediante la experiencia de sus milagros
35. Él da alimento a los cuervos pequeños ............
Dios interviene en el último momento
36. ¡Y no como esperamos!..........................
A Dios le gusta la oración osada
37. Una cuenta de ahorros intocable .......................
Dios responde a la oración que brota de un corazón contrito
38. El “Rey Baltasar” del año 1959 .............................
Con Dios nada es imposible
39. La ley que rige a las gasolineras ...........................
Dios responde la oración del que se arriesga a tener fe
40. La ocupación de la “Tierra de Canaán” cerca de Eberstadt
41. “Estoy dispuesto a hacer milagros”: Historia de la construcción de
una capilla de alabanza

6
Epílogo.....................
Obstáculos para la oración
La oración de fe
La oración candorosa
La oración perseverante
La oración eficaz
El camino a la oración

7
PRÓLOGO

¿Cómo surgió este libro? Yo les había comentado a mis


hijas espirituales en la Hermandad de María que me
gustaría que nuestras experiencias sobre oraciones
contestadas se escribieran. Eso nos ayudaría a recordar las
maravillosas intervenciones de Dios entre nosotras, para
que siempre le diéramos gracias y alabanzas, y no
olvidáramos nunca su bondad. Ellas estuvieron de acuerdo
conmigo. El día de mi cumpleaños me obsequiaron un libro
en el que habían escrito muchas de las experiencias de
oración que Dios nos había respondido.
Algún tiempo después, llegó la petición de una señora de
los Estados Unidos. Nos preguntaba si, de algún modo,
podíamos reunir tales experiencias en un libro. Ella sabía
acerca de nosotras por medio de nuestros libros y, además,
había venido a visitarnos en una ocasión. Ella nos escribió:
“Un libro para la alabanza de Dios, con los testimonios de
su ayuda maravillosa, sería muy útil para las almas
vacilantes e inseguras, y para todo aquel que quiera
aprender a orar como debe hacerlo el verdadero creyente”.
Me acordé, entonces, del regalo que me habían dado mis
hijas. El material reunido por ellas sirvió como punto de
partida para este libro, en el cual les contaremos acerca de
las maravillosas obras de Dios.
Quiero dar las gracias al Señor. ¡Su nombre es “admirable”!
También quiero expresar las gracias a mis hijas por el
material que prepararon. Gracias, especialmente, a la
madre Martyria y a las hermanas Benedicta y Ruth por su
colaboración en la preparación de este libro
M. Basilea Schlink

8
PREFACIO

Vivimos en una época totalmente diferente de las otras. El


mundo se mueve rápidamente hacia la cumbre de su
desarrollo tecnológico. En todos los campos, el ser humano
busca los instrumentos de poder y dominio y, al mismo
tiempo, marcha hacia una catástrofe increíble. Un temor
por el futuro, tal vez hasta cierto punto inconsciente, se ha
apoderado de la humanidad. La amenaza de la guerra
atómica esparce un temor paralizante en muchas personas.
La humanidad se queda perpleja ante el futuro. ¿Qué o
quién ayudará, cuando se produzca la catástrofe? Los
científicos y los hombres de Estado no han hallado la
solución.
Sin embargo, para los creyentes, la oscuridad de la noche
futura está iluminada por una brillante estrella: la bondad
de Dios, el Padre. En este tiempo de angustia hay palabras
que alientan al creyente: “Alégrense siempre en el Señor”.
Sí, alegrémonos, precisamente en el comienzo de la era
atómica, los que creemos en un Dios vivo, que es nuestro
Padre por medio de nuestro Señor Jesús. Porque en
nuestro tiempo, Dios, el Padre nos dará su ayuda y
manifestará sus milagros como nunca antes, si clamamos,
confiamos y realmente contamos con Él para nuestras
necesidades. Dios está dispuesto a ayudar a los que creen
en su amor, a los que confían en su omnipotencia, a los
que creen que hoy también puede hacer milagros. Él puede
protegernos del día de la catástrofe, sostenernos en medio
de los horrores de una guerra atómica. Cuando realmente
contemos con este Dios Todopoderoso, el Padre de amor,
nos sentiremos llenos de fortaleza y gracia en medio del
temor.
Somos una pequeña comunidad en Alemania, no muy
antigua, hemos experimentado realmente el amor y el poder
9
del Dios que hace milagros. Nuestra comunidad surgió a
través de la experiencia de la guerra y el juicio que cayó
sobre nuestra nación, especialmente por el horrible
bombardeo a nuestra ciudad de Darmstadt, en 1944. El
que hayamos experimentado la realidad de Dios, de su
santidad, pero también de su amor misericordioso, provocó
un sentimiento de arrepentimiento y avivamiento espiritual
en las clases bíblicas para muchachas, que realizábamos
entonces. Esto condujo en los tres años siguientes y por el
profundo amor a Jesús, a la fundación de la Hermandad de
María.
Desde los primeros días, el Señor nos ha permitido
experimentar sus milagros. Él hizo esto, al llevarnos a
situaciones que eran humanamente imposibles, tanto
interior como exteriormente. Nos enseñó a esperar
pacientemente en Él, con la certeza de que cuanto más
difíciles fueran los tiempos y mayores las necesidades,
tanto más se manifiesta su amor y su poder. Nunca nos
cansaremos de alabarlo y glorificarlo por sus poderosas
obras.
Aquí no se intenta, por lo tanto, hablar teóricamente de un
Dios que hace milagros, sino presentar un relato de lo que
el Dios viviente ha hecho realmente. Este libro habla de
cuándo y cómo Dios contestó la oración, de qué manera
nos “abrió camino en las muchas aguas”, de qué forma nos
salvó y nos protegió, cómo intervino en situaciones
imposibles y cambió decisiones humanas y alteró
situaciones y relaciones en respuesta a la oración. No sólo
comenta sobre las oraciones que Dios contestó en
situaciones cotidianas, sino también demuestra la
maravillosa intervención de Dios en tiempos de crisis y de
abrumadora angustia, aparentemente insoportables, como
cuando las disposiciones oficiales parecían cerrar todas las
puertas de los proyectos necesarios para nuestro servicio

10
en el reino de Dios. ¡También habla de los milagros en
nuestros asuntos económicos, que desconciertan a
cualquier sistema normal de contabilidad! En los terrenos
de la Hermandad de María existe hoy un conjunto de
edificios que da testimonio de la ayuda de Dios en nuestros
asuntos económicos y de que Él efectivamente contesta la
oración. Estos edificios costaron grandes sumas de dinero.
No teníamos reservas, ni recibíamos ningún subsidio
oficial. Se construyeron y se pagaron sólo gracias a la
oración y la fe en la ayuda de Dios. Por eso resuena a lo
largo de este libro este testimonio: ¡Tenemos un Dios que
hace milagros, que ayuda! (ver Salmos 68:20; 72:18).
Con el corazón lleno de gozo y gratitud compartimos esta
realidad: El que confía en Dios no depende de los cambios
políticos ni económicos, ni de una catástrofe que se
avecina. Su porvenir depende sólo de Dios, en cuyas manos
están todas las cosas. Pues Él dice una palabra y con ella,
todo lo que pudiera producirnos daño o infortunio desde el
punto de vista humano, se reduce a la nada. Sí, aunque las
cosechas y las aguas llegaran a estar envenenadas,
podemos contar literalmente con esta promesa de Jesús:
“... y si beben algo venenoso, no les hará daño” (Mr 16:18).
Tal es el “cantar de los cantares” que se entona en este
libro: una vida dependiente del Padre celestial, libre de las
muchas seguridades de esta vida, unida a Dios con una
confianza infantil y absolutamente fundada en la oración.
Al reunir estos relatos para publicarlos, me volví a sentir
sobrecogida por la certeza y seguridad de tal clase de vida,
a pesar de las luchas y dificultades que se presentaron en
los continuos proyectos de construcción, de la necesidad
diaria de provisiones para muchas personas y del
establecimiento y mantenimiento de varias ramas de
nuestra obra sin contar con ninguna clase de seguridad
financiera.

11
Estos relatos, de incidentes reales ocurridos en nuestro
tiempo, confirman que Dios aún es fiel a sus palabras,
pronunciadas hace miles de años: El que espera en Dios no
será avergonzado; al que busca primeramente el reino de
Dios y su justicia, todo lo demás le vendrá por añadidura;
el que da, recibirá en abundancia. En pocas palabras, el
que confiando en Dios, en su amor y en su poder, arriesga
todo, heredará todo. La persona que, en fe, aprende la
disciplina de la obediencia, al presentarle algo a Dios y
esperar en Él, entregándole ese asunto por entero para que
Él obre, heredará todas las cosas aun aquí en la tierra. Así,
en tiempo de necesidad, experimentará que no le falta
ninguna buena cosa. Pues es un hijo, completamente
dependiente de su Padre, un hijo que confía totalmente en
Él por lo que todo le será dado por añadidura. Dios tiene
compasión de los pequeños y necesitados. Como Padre que
es, Él se hace cargo de las necesidades de éstos.
De modo que el tema de este libro es verdaderamente la
alabanza a Dios. Permita el Señor que sirva para estimular
a sus lectores, con el fin de que lleguen a ser verdaderos
hijos de Dios, pues a sus hijos les pertenece el reino de los
cielos. Los hijos creen en lo que piden, porque confían en
su Padre. No tienen otro pensamiento diferente a que el
Padre los ama y que, por esa razón, los educa y los
disciplina como un verdadero Padre. Sin embargo, siempre
los auxilia y los atiende cuando se lo piden. Así nosotros,
como hijos, experimentamos que Dios es amor y que hace
bien a los que en Él confían. Dios permite que sus hijos
tengan la experiencia de sus milagros, de tal modo que
disfruten del cielo anticipadamente aquí en la tierra.

12
Dios escucha la oración hecha con fe

1. Dios busca adoradores: ¡surge


una capilla de la nada!

En Darmstadt, entre Fráncfort y Heidelberg, sobre la


carretera estatal número tres, hay una capilla. No se
diferencia de muchas otras. Sin embargo, es distinta. ¿Por
qué?
A un lado de su entrada flamea un gran estandarte, en el
cual están escritas las siguientes palabras: “Edificada sólo
con la ayuda del Señor, que hizo el cielo y la tierra, por la fe
en Jesucristo”. Esta capilla, como ven, fue levantada en el
nombre del Señor cuyo nombre es “Maravilloso”, no según
el modo humano de hacer un contrato con un profesional y
estipular el financiamiento, sino de conformidad con los
principios de la fe y la oración.
La historia es la siguiente:
En mayo de 1949, el Señor me dio la convicción interna de
que se debía construir una capilla para su gloria, en la cual
Él sería adorado. ¡Qué idea tan extraña! ¿No debía pensar
yo primero, en alguna forma en que la Hermandad de María
pudiera obtener una casa? En ese tiempo, 26 hermanas
estaban viviendo en la casa de mis padres y junto con ellos,
algunos inquilinos, cuyas viviendas habían sido
bombardeadas. Todo estaba ocupado, hasta el último metro
cuadrado, incluyendo el desván. Era imposible recibir a
nuevas hermanas por falta de espacio. En todas partes
había colchones y bolsas de paja. Pero el Señor no nos
había dicho: “A causa de su estrechez y aparente situación
imposible, les ayudaré a construir una casa matriz”. Al
contrario, el Señor no me habló acerca de nuestra casa,
13
sino de la suya. Él encendió en mi corazón el dolor que
sentía, por tener tan pocos y verdaderos adoradores.
Poco después, la idea de construir una capilla fue puesta
en duda por alguien. La madre Martyria y yo le pedimos al
Señor una confirmación en la Biblia. Teníamos una
colección de cerca de mil pasajes bíblicos en tarjetas.
Después de algún tiempo de oración, cada una sacó una
tarjeta*. Los siguientes son los versículos que estaban
escritos en las tarjetas que sacamos:
“Ten ahora presente que el Señor te ha escogido para que
construyas un edificio que será su santuario. Por tanto,
¡ánimo y manos a la obra!” (1 Cr. 28:10).
“Y háganme un santuario para que yo habite entre ellos”
(Éx. 25:8).
Aunque tan claramente confirmaba el Señor nuestra
comisión de construir una capilla, el deseo de rendir
verdadera adoración al Señor ardía sólo levemente. Esto se
evidenció de forma dolorosa en la Navidad de 1949.
Ciertamente, los corazones debían estar inflamados y las
lenguas libres, para unirse a los pastores y a los sabios en
la adoración al Niño del pesebre. Pero fue una Navidad
triste. El Niño Jesús esperó en vano nuestra adoración.
Después, las hermanas sintieron un gran dolor por haberse
mostrado tan apáticas ante la presencia del amor del Niño
Jesús. De sus corazones arrepentidos brotó una petición:
“Concédenos que la capilla sea construida”.
________________
* De manera similar, la Escritura siempre nos dio orientación clara en
cuanto al camino que debíamos seguir, algo parecido a la práctica
seguida por la Comunidad Herrnhut, cuyo Losungen (selecciones de
lecturas bíblicas diarias para todo el año) es muy conocido.

14
Con el fuego que ardía en nuestros corazones, comenzamos
a orar con gran sinceridad por la capilla. Lo primero que
pedimos fue que el Señor nos concediera la tierra donde
debía ser edificada. La mayor parte del tiempo orábamos en
grupos. Pedíamos que el Señor nos concediera el terreno,
aunque no teníamos nada en perspectiva. Cuanto más
imposible parecía la situación, tanto más fervorosa e
insistente era nuestra oración.
Una mañana resonó la campana que llamaba a las
hermanas. La madre Martyria y yo habíamos regresado de
un paseo y nuestras hermanas nos rodearon. El sol
iluminaba la habitación y hacía resplandecer una llave de
hierro que yo agitaba feliz en la mano.

“¿Para qué será esta llave?”, preguntó una de las


hermanas.

“Es la llave del terreno”, contestó otra inmediatamente.


“¡Sí, es la llave de nuestro terreno!”, exclamé.
Entonces les expliqué: “Está en la carretera estatal número
3, cerca de un bosque. Se encuentra próximo a la ciudad,
sin embargo, tiene praderas y campos aledaños. Cubre tres
cuartos de hectárea, y ¡nos lo han regalado! La tierra no
está cultivada, podemos sembrar algo. Ya tiene algunos
árboles frutales y hasta una casita en el jardín. ¿De dónde
vino el terreno? Nos lo regaló el padre de una de nuestras
hermanas.
Después de semanas de pedir, ahí estaba el terreno. Había
llegado la respuesta. Parecía que Dios esperaba, hasta que
estuviéramos entusiasmadas con el deseo de construir la
capilla donde le alabaríamos y adoraríamos. Nuestros tibios
corazones tuvieron que ser inflamados con el entusiasmo
del reino de Dios, antes de que nuestra oración pudiera ser
sincera y efectiva. Allí estábamos, conmovidas al

15
comprender que Dios había oído nuestra petición y había
tocado el corazón de aquel padre para que nos diera la
tierra donde podríamos construir la capilla. Llenas de
alegría, comenzamos a cantar juntas:
Ahora, a Dios demos las gracias
con corazón, manos y voces;
Él ha hecho maravillas,
y el mundo en Él se goce.
Entonces oré al Padre celestial. Si Él nos había dado esta
tierra como una promesa de que podríamos edificar allí, sin
dinero, sin subsidio y sin ningún recurso previsible, nos
daría alguna confirmación bíblica. Eso sería una base sobre
la cual podríamos afirmarnos, una nota de garantía de que
teníamos la facultad de llevar ante Él toda necesidad, para
que Él hiciera los pagos. El versículo que saqué del
tarjetero fue éste:
“La ayuda nos viene del Señor, creador del cielo y de la
tierra” (Sal. 124:8).
Ante esto, irrumpimos con un nuevo canto de alegría y
alabanza. Mediante este pasaje bíblico, Dios nos había
dado una promesa que incluía todo. Valía mucho más que
el dinero. ¿Sería más difícil para Dios crear la capilla, y
luego la casa matriz, que crear el cielo y la tierra?
¡Ciertamente, no! En ese momento, la convicción llegó
hasta lo más profundo de nuestros corazones. ¡Cuán fácil
tenía que ser para un Dios tan poderoso, que hizo el cielo y
la tierra, llevar a cabo la construcción de este edificio! ¡Para
nosotras podía parecer algo grande, pero para Él era algo
pequeño!
En realidad, el estímulo de la Palabra de Dios nos fortaleció
mucho en ese momento, y ni siquiera pensamos en el
estado de nuestras reservas económicas: ¡sólo teníamos 30
marcos!
16
Con la imprevista obtención gratuita de este terreno,
aprendimos que Dios oye la oración de fe, cuando ésta se
hace con absoluta sinceridad.

Dios responde a la oración perseverante

2. Las palabras de la Biblia


se cumplen hoy

Nuestra hermandad era pequeña, pues sólo tenía tres años


de fundada. La mayoría de las hermanas eran muy jóvenes.
Ya habíamos encontrado oposición desde diversos ángulos,
y no teníamos ningún contacto con personas de influencia,
ni tampoco contábamos con dinero, experiencia en la
construcción o alguien que nos aconsejara en el aspecto
legal. Teníamos pocos amigos. ¿Se podía construir la capilla
en estas condiciones? Teníamos una montaña de
problemas, incertidumbres e imposibilidades. Además,
pocas semanas antes había muerto el cofundador y padre
espiritual de nuestra hermandad. ¿Se manifestaría el Padre
celestial como “Padre de huérfanos y defensor de viudas”?
¿Nos guiaría en forma clara? ¿Nos hablaría? ¿De qué
manera?
Una de las primeras dificultades era conseguir el permiso
municipal para construir. Hicimos la solicitud para el
permiso. Resultado: “Por ningún motivo se puede conceder
permiso para construir una capilla y habitaciones (para
nuestra casa matriz) en este terreno. Allí no hay
alcantarillado a disposición y el terreno no se presta para
un sistema de desagüe. Sin embargo, hay un lote dentro de
17
los límites de la ciudad, que fue parcialmente
bombardeado, pero es parecido y pueden comprarlo. En
efecto, la casa vieja probablemente se pueda incluir en el
negocio, y así tendrán cuatro metros cuadrados de vivienda
por persona”.
Es cierto que “nada hay imposible para Dios”. ¿Pero, los
creyentes deben ceder inmediatamente y dejarse dirigir por
otros? ¿Deben renunciar a lo que han comenzado?
¿Debíamos perseverar en oración de fe, hasta que las
autoridades cambiaran la decisión? ¿Teníamos que poner a
disposición de otros, el terreno que Dios nos había dado y
que en el diario de la hermandad habíamos descrito como
“maravilloso”? ¿No nos lo había concedido Dios
directamente, en respuesta a nuestras oraciones? ¿No
había en nuestros corazones la certidumbre de que “éste
tiene que ser el terreno”?
Invocamos el nombre del Señor para que, si este
convencimiento interno era de Él, nos lo confirmara. Su
Palabra podía iluminarnos en esta situación. Y Él nos
respondió: “Neftalí, saciado de favor y colmado de la
bendición del Señor, toma posesión del oeste y del sur” (ver
Deuteronomio 33:23).
Entre el “oeste y el sur” está el suroeste. Nos asomamos a
la ventana. Nuestro lote de terreno estaba exactamente en
el suroeste. El terreno que las autoridades nos habían
ofrecido se halla exactamente en la dirección opuesta.
Estas palabras nos animaron a todas las hermanas a orar
por este motivo durante una semana. Nuestro Padre
celestial ya sabía que iba a necesitar, para nosotras, más
de 7.000 metros cuadrados; mucho más, diez veces más,
todo Canaán (Véase pág…). De modo que Él no esperaba
que sus hijas renunciaran al plan que tenían y se
sometieran al de otras personas. Él aguardaba nuestra fe,
que lucharía para lograr lo que Él nos había prometido.
18
Pero nuestras oraciones no parecían tener esperanza. Las
autoridades municipales recibían muchas solicitudes para
construir, y especialmente peticiones para que se hicieran
nuevos alcantarillados. Todas las peticiones, las solicitudes
y las llamadas telefónicas resultaron en vano. No podíamos
hablar personalmente con el ingeniero municipal. Nuestras
inquietudes sólo llegaban hasta la oficina general de
recepción. Nunca conseguiríamos un permiso para
construir en ese terreno. La mano de Dios pesaba sobre
nosotras; no podíamos ni avanzar, ni retroceder y sus
promesas nos obligaban a estar firmes. Él quería probar
nuestra fe y enseñarnos la oración perseverante. Al fin llegó
el día en que Dios se las ingenió para contestar nuestra
oración. El milagro ocurrió a fines de marzo de 1950. La
madre Martyria nos lo cuenta:
“Tenía el plan de acudir una vez más a la Ingeniería
Municipal. Esa mañana me preparé con mucha oración, le
pedí al Señor que interviniera. Luego, extraje el siguiente
versículo bíblico: ‘...Cristo es cabeza de todos los seres
espirituales que tienen poder y autoridad’ (Col. 2:10). Les
dije esto a las hermanas durante las devociones de la
mañana y agregué: Tiene que ser que hoy el Señor, va a
poner a un alto funcionario de la ciudad en mi camino,
para demostrarme que Jesús es la cabeza de todas las
autoridades. Jesús cambiará el corazón de ese funcionario
para que comprenda que nuestra petición es un asunto
relacionado con el reino de Dios.
“Desde nuestra antigua casa matriz hasta la Ingeniería
Municipal había que caminar unos 45 minutos. Mientras
hacía este recorrido, rechinaron unos frenos detrás de mí.
Era una moto que estuvo a punto de ocasionar un
accidente. Un carro se detuvo junto a mí. El caballero que
lo conducía se ofreció amablemente a llevarme el resto del
camino, pues todavía estaba lejos de la ciudad. En seguida

19
comprendí: Este hombre es el alto funcionario de la ciudad,
al cual se refería la Escritura. Y en efecto, lo era. ¡Nada
menos que el alcalde de la ciudad! En los cinco minutos de
camino le presenté nuestra petición.
“Esta vez, cuando llegué a la Ingeniería Municipal, mi visita
no terminó en una antesala sin respuesta. El ingeniero
municipal interrumpió una reunión para atenderme. Ya
conocía nuestra situación, pues el alcalde se la había
expuesto. El alcalde había cumplido su promesa de
mencionar el asunto al ingeniero municipal, cuando se le
presentara la oportunidad. Y había hecho aun más:
interrumpió sus múltiples responsabilidades para llamar de
inmediato al ingeniero municipal. ¿Y qué ocurrió? ¡Lo que
parecía imposible, de repente se hizo posible! Las montañas
de dificultades se derritieron como cera delante de Dios, el
Señor de señores. Allí mismo, el ingeniero me dio su
palabra de que obtendríamos el permiso para construir en
el terreno que nos habían regalado.
“Al llegar a la casa, encontré una carta de la Ingeniería
Municipal, en la cual se nos negaba una vez más el
permiso. La carta había sido enviada por correo el día
anterior. Cristo, cabeza de todos los príncipes y
autoridades, escribió ese día con caracteres indelebles en
nuestros corazones, que Él en verdad es la Cabeza de todo
principado y potestad. La negativa de las autoridades tenía
el propósito de probar nuestra fe. Para Dios significaba que
no debíamos desanimarnos, sino aferrarnos con fe, pues
cuando llegó su hora, actuó decisivamente y con poder.”

20
Dios quiere la oración ferviente

3. El arrepentimiento abre el camino –


hasta para un permiso de construcción
No nos formemos un falso concepto con respecto a los
milagros. La respuesta a una oración no se produce
mecánicamente, como cuando uno coloca la segunda
moneda en el teléfono público. Experimentar milagros
significa ponernos en contacto con el Dios viviente y santo,
ese fuego consumidor que es incompatible con nuestros
pecados. Puesto que entramos al reino de este maravilloso
Dios gracias a una vida de discipulado, descubrimos que su
gloriosa intervención casi siempre está precedida por
juicios dolorosos y correcciones. Esto también ocurrió antes
de comenzar a construir la capilla y la casa matriz.
“El Señor está cerca”“. Esta declaración nos sirvió para
prepararnos interiormente en ese tiempo que transcurrió
entre el inicio del proyecto y el comienzo de la construcción.
Nos quedaba poco tiempo para el trabajo, y la demora en
empezar el edificio nos resultaba una carga pesada. En
nuestra época que muestra las señales de los “últimos
tiempos”, ¿no es necesario realizar en días, lo que antes se
hacía en meses y años?
Luego de recibir el permiso para construir, presentamos los
planos para la aprobación. Todas las gestiones tenían que
seguir, naturalmente, los mismos trámites de las demás.
Siempre faltaba algo o algo interfería, de tal manera que
nos impedía avanzar. Durante estas visitas continuas a las
oficinas del gobierno, algunas hermanas comenzaron a
desanimarse. Nuestros espíritus habían perdido el
optimismo inicial. Ya decíamos algo así: “Simplemente uno

21
tiene que esperar como todos los demás; no podemos estar
todo el tiempo presionando a otras personas”.
La hermana Eulalia, que para entonces tenía a su cargo
todo lo relacionado con la construcción, recuerda
especialmente esta situación:
“Después de una seria conversación con las madres
directoras, comprendí que nuestro afán no se debía a la
impaciencia humana, sino que era una respuesta interna
de obediencia a la urgencia de Dios. Pero, si las hermanas
nos oponíamos a Dios, al pensar que lo más apropiado era
esperar, ¿entonces cómo podía intervenir Él? Fue entonces
cuando Dios me llevó a un profundo arrepentimiento por
mi resistencia. Clamé de nuevo a Él, con la confianza de
que su poder y su ayuda nos redimirían de nuestra
situación desesperada. Pocas horas después, el 25 de julio
de 1950, yo estaba en aquella oficina a la que había ido
muchas veces en vano, pero ahora con un corazón
cambiado, rogándole al Señor con arrepentimiento y
firmeza que interviniera. Sin embargo, como antes, vi el
mismo movimiento negativo de la cabeza: -Eso no es tan
urgente. Seis meses es el tiempo mínimo para procesar un
permiso de construcción y, en realidad, a menudo se
requiere de un año entero.
“Luego, se abrió por un momento la puerta de la oficina
principal. El jefe del Departamento de Construcciones pasó
algunos papeles. Al cerrar la puerta de nuevo, casi por
completo, preguntó:

“¿Qué desea la hermana?”


“La hermana quiere comenzar la construcción a toda
costa”, contestó la secretaria.

22
“Dígale a la hermana que pase un momento... Si ustedes
quieren comenzar la construcción a toda costa, yo no
quiero ser el impedimento”, fue la respuesta.

“Siguieron unas cuantas llamadas telefónicas y de


inmediato tuve en mi mano el permiso. Eso fue algo
incomprensible para mí. En la casa matriz celebramos este
acontecimiento en forma espontánea, con alegría y acción
de gracias. ¡Cómo se regocijaron nuestros corazones!
Alabamos al Dios que hace milagros. Él sólo había esperado
que nosotras, como Cristo, entregáramos ese razonamiento
humano a la muerte, el cual nos hace desviar; y
mantuviéramos un lugar para el amor que se esfuerza y
cree en la causa del Señor.
“Después, oímos lo que se dijo entre los ingenieros de obras
públicas. Tal cosa no había ocurrido nunca en Darmstadt,
desde que existía el Departamento de Construcciones en la
Ingeniería Municipal: ¡que se concediera el permiso para
construir, sin inspeccionar los planos por completo, y en
forma tan rápida!”

Naturalmente no teníamos un plan financiero para


someterlo a consideración, como es normal en toda nueva
construcción. Sólo podíamos dar testimonio de lo que había
llegado a ser una certidumbre en nuestros corazones: el
mismo Señor se encargaría del financiamiento. En este
caso, eso significaba que el Padre celestial tendría que
proveer 249.970 marcos de los 250 mil que costaría la
construcción. ¡Qué torrentes de problemas sin solución
pusimos ante las autoridades! Desafortunadamente para
dicho departamento, tampoco constaba en ninguna parte
que el Padre celestial también podía ser el fiador.
Desde esta ocasión, sin embargo, debían haber llegado a un
reglamento no escrito. Terminamos la casa matriz y la
23
capilla, y fueron dedicadas al Señor, libres de toda deuda.
Comenzamos a tramitar la solicitud para construir el Taller
de Jesús y, cuando llegamos al asunto del financiamiento,
sólo nos preguntaron si tendríamos el mismo fiador de la
vez anterior. Entonces, inmediatamente aprobaron la
solicitud, sin vacilación. En realidad, corrió el comentario:
“Con un fiador como ese, ¿cómo pueden fallar? ¡La
construcción estará en las mejores manos!”.
Si hubiéramos continuado oyendo la voz del razonamiento
humano, Dios nunca se hubiera glorificado ante los ojos de
las autoridades de la construcción y los contratistas. En
caso de no haber persistido en nuestra meta de fe y de no
haber clamado al cielo con nuestras oraciones, el Dios vivo
no habría realizado sus milagros. Esta experiencia grabó
profundamente en nuestros corazones la responsabilidad
de perseverar en la fe, en cualquier circunstancia
desesperada; pues es ahí donde el nombre del Señor se
glorificará ante muchas personas.

La oración mueve el brazo de Dios

4. ¡Doce cestas llenas!

¡Agosto, qué calor sofocante! Nuestras hermanas


regresaban del lugar de los escombros, pues las
autoridades les habían permitido recoger ladrillos de las
casas que estaban destruidas, debido a los bombardeos. Me
asusté al verlas. No sólo estaban físicamente agotadas, sino
también desanimadas y tristes. Luego de buscar a fondo,
apenas si habían hallado un ladrillo entero. Al mismo
tiempo comprendí que las hermanas que estaban en medio
de la construcción, esperaban urgentemente una carga de
ladrillos para poder continuar con las paredes. ¿Qué hacer?

24
Oré y presenté ante el Padre celestial esta gran necesidad.
El arquitecto nos instaba a que compráramos de una vez
los ladrillos para la construcción, pero no teníamos dinero.
A pesar de suplicarle mucho al Señor durante esos días,
casi no habíamos tenido ingresos. Por lo tanto, vimos
claramente que Dios quería ayudarnos de otro modo. Él
deseaba darnos los ladrillos de una manera especial. Yo no
sabía cómo, pero estaba convencida de que lo haría; porque
después de orar sinceramente al Padre celestial, pidiéndole
que ayudara a sus hijas en esta situación, recibí el
siguiente versículo bíblico:
“¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas
que el Señor te ha dicho!” (Lc 1:45).
En espíritu sentí que Él nos había bendecido al comenzar a
proveer los ladrillos y que continuaría, hasta que el edificio
estuviera terminado. Un gran gozo brotó en mi corazón por
esta promesa de la Palabra de Dios, y con él también sentí
la inspiración de un cántico que escribí en ese momento, y
que llegó a ser nuestra canción cotidiana mientras duró la
construcción:
La fe es fuerza divina
que rompe duras rocas.
Mediante su real poder
cantamos de victoria.
Las puertas todas se abrirán,
pues nada puede detener
¡al Dios omnipotente!
Las hermanas que habían estado recogiendo ladrillos en los
escombros, recuperaron la esperanza de que Dios haría un
milagro. Gracias a la oración recibieron nuevas fuerzas,
pues ahora se sentían impulsadas por aquella clase de fe
que puede mover montañas, según la palabra de Jesús.

25
Pocos días después, en nuestra lectura bíblica diaria nos
correspondió leer el pasaje que se refiere a la alimentación
de cinco mil personas; el milagro en que lo poco se convirtió
en mucho. Esto le dio un gran gozo a mi corazón y un
nuevo ánimo para creer, con certeza, que nosotras
experimentaríamos una multiplicación similar de ladrillos y
de los demás materiales de construcción. A la hora del
almuerzo fui al sitio de la construcción y, a las hermanas
que laboraban allí, les dije que yo tenía un gran regalo y
que lo abriría en presencia de ellas, que trataran de
adivinar lo que era. Una de ellas lo adivinó. Se trataba de la
siguiente promesa:
“Todos comieron hasta quedar satisfechos, y todavía
llenaron doce canastas con los pedazos sobrantes” (Mt
14:20).
Les dije que debíamos aplicar con fe esa promesa a los
materiales de construcción y, cuando estuviera terminada
la capilla, con toda seguridad habría como material
sobrante cestas llenas de ladrillos por todos los lados. En
esa ocasión, sin embargo, esto les pareció algo imposible a
las hermanas. Por ninguna parte parecía que pudiéramos
obtener materiales de construcción. A pesar de esto, su fe y
ánimo fueron muy fortalecidos por estas palabras.
Nadie podía imaginar que esta “lluvia de piedras”, esta
multiplicación de ladrillos pudiera ocurrir. Pero Dios
siempre cumple su Palabra, en el sentido de que nada hay
imposible para la oración de fe. Al regresar en tranvía, un
caballero se sentó frente a mí “por casualidad”. Me
preguntó acerca de las hermanas que estaban trabajando
en la construcción, y sobre toda la situación. Le manifesté
acerca de nuestras circunstancias. Pocos días después
alguien llamó. El que llamaba se presentó como arquitecto.
Dijo que el día anterior la municipalidad se había reunido y
había sugerido la demolición de algunos cuarteles que
26
quedaron quemados después de los bombardeos. De
repente se le había ocurrido proponer: “Podríamos dar estos
cuarteles a las Hermanas de María. Están construyendo y
estoy seguro de que podrán aprovechar los materiales”. La
moción fue aceptada. Nos dieron el permiso para derribar
los cuarteles y quedarnos con los materiales de
construcción. Hallamos algunos ladrillos muy buenos para
las paredes de nuestra capilla y con los restos que sobraron
pudimos cubrir los pisos de todos nuestros sótanos.
Con este milagro, Dios nos mostró que Él ciertamente
responde a la oración de fe que se hace con valentía. Y,
además, que Él retiene su promesa hasta que la fe esté lista
para “ver” su cumplimiento. Aprendimos que, como Dios es
grande, se manifiesta en forma majestuosa. Nuestros
corazones tienen que ver su grandeza, y esperar de Él
grandes cosas en oración.
Desde entonces, cantamos con gran fervor y certeza:
La fe penetra el reino celestial,
de Dios mueve la mano;
huye ante Dios la escasez,
Él suple en abundancia.
Aquello que pueda faltar
sabemos que proveerá
¡el Dios omnipotente!

Dios quiere que se le pida en toda necesidad

5. La tienda de oración:
tienda de milagros
La hermana que estaba encargada de la albañilería en
nuestra construcción nos cuenta:

27
“En julio de 1950, la madre Martyria acudió al sitio de la
construcción y nos habló de la historia bíblica de Nehemías
cuando construyó los muros de Jerusalén. Nos dijo que
todos los eventos de la Biblia debían expresarse en tiempo
presente, pues las leyes bíblicas todavía son válidas hoy.
Así, sentimos que debíamos erigir una tienda (carpa) de
oración junto al sitio de la construcción y hacer la casa del
Señor tanto con oración como con las herramientas. Desde
entonces tuvimos una tienda dedicada a la oración en
nuestro terreno. Se levantaba como una señal de la
realidad del poder de la oración, la realidad de un Dios
viviente que contesta las peticiones y hace milagros hoy,
dondequiera que las personas crean y oren.
“En esta tienda, las hermanas se turnaban cada cuarto de
hora, para presentar constantemente delante de Dios sus
necesidades y su fe, tal como lo hicieron los israelitas.
Oraban por todo lo que se necesitaba en la obra de la
construcción. Constantemente le recordaban a Dios quién
es Él: el Todopoderoso, quien con sólo decir una palabra,
las cosas se hacen; quien ordena y así sucede. Cuando
salían de la tienda les recordaban, a las otras hermanas
que estaban trabajando, la Palabra de Dios que fortalece la
fe.
“El fortalecimiento de nuestra fe era fundamental, pues
carecíamos casi de todo. Tan pronto como se comenzó la
construcción, el Señor permitió que se produjera una gran
escasez de materiales, pues a causa de la guerra de Corea,
tenían gran demanda para propósitos militares. De modo
que ahora, no sólo teníamos que pedirle al Señor el dinero
para pagar las cuentas cuando se vencieran, sino también
cemento, vigas de acero y, en realidad, todo lo necesario
para la construcción de nuestro edificio.
“Un día, por ejemplo, se nos acabó el cemento. Eso quería
decir que pronto tendríamos que suspender los trabajos.
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Ninguna firma comercial podía vendernos siquiera un poco.
En la tienda de oración le pedimos a Dios durante muchos
días que nos enviara el cemento. Todos los días nos
reuníamos a las once de la mañana en dicha tienda. Ese
día nos encontrábamos angustiadas, cuando de repente se
apoderó de nosotras un espíritu de fe completamente
nuevo. Comenzamos a cantar un himno de alabanza, con la
certeza de que el Señor no permitiría que se detuviera la
construcción. Repetidas veces, Él nos había manifestado la
urgencia que tenía de esta capilla y sobre todo, había
puesto un ardiente deseo en nuestros corazones de que su
nombre se hiciera grande ante el pueblo, por medio de este
edificio, de que Él fuera conocido como el Dios vivo que
hace milagros hoy.
“¿Qué sucedió? Precisamente cuando nos disponíamos a
salir, pues la construcción se detendría definitivamente al
día siguiente, ¡un gran camión con 40 bultos de cemento
atravesó nuestro portón! Aunque acabábamos de orar por
esa necesidad, no podíamos creer lo que veíamos, y hasta
pensamos que pudiera ser una equivocación. La carga de
cemento era, sin embargo, para nosotras. Inesperadamente,
la compañía distribuidora de cemento halló estos bultos en
un depósito de emergencia, y decidió enviárnoslos.
`Pidan, y Dios les dará´ dijo Jesús. Experimentamos esto en
ese momento, pues Dios actúa conforme a su Palabra. Él se
siente obligado a cumplirla. Con nuestros corazones llenos
de gratitud y gozo, cantamos:
La mano fuerte del Señor
se mueve para bendecir
como respuesta a la oración.
Pues el que hizo tierra y mar
también se alegra en contestar
la súplica de sus hijos.

29
“En esta crisis económica descubrimos que Dios, casi
diariamente respondía a las oraciones que elevábamos
desde la tienda de oración, y nos enviaba su auxilio.
Recibimos todos los materiales necesarios para la
construcción, sin aumento de precios y en corto tiempo,
aun cuando los buenos clientes tenían que esperar hasta
un mes para recibirlos. Incluso gran cantidad de este
material, que estaba tan escaso, lo recibimos
gratuitamente. Especialmente recordamos los bloques de
concreto, las vigas de acero, los tubos para el gas y para el
agua. Todo nos llegó a tiempo, de tal modo que no se perdió
ni un día de trabajo.”
¡Qué increíble fue ver que aquella pequeña obra de
construcción de un pequeño grupo pobre de hermanas
jóvenes, que no tenían recursos normales, no tuvo que
suspenderse, como entonces les tocó a muchas otras obras!
¿Cuál era el secreto? La oración que se elevaba desde la
tienda. El Señor nos mostró que la oración hace más que el
aprovechamiento de todas las posibilidades humanas, las
cuales estaban a disposición de muchos de los que estaban
construyendo. La oración lo puede todo y debe ser la base
de toda actividad. Nuestros esfuerzos en el trabajo no
hubieran prosperado en ese tiempo de crisis económica. El
trabajo físico debe combinarse con la oración. Se dedicaba
el mismo tiempo a la oración como el que se destinaba al
trabajo diario. El trabajo sin oración es completamente
inútil. La oración que va unida al trabajo cuenta con la
promesa de Dios. Esto fue lo que el Señor nos enseñó
durante el tiempo de construcción.

30
Dios está obligado a cumplir su Palabra

6. Cuota inicial al instante

Las paredes de nuestras habitaciones del sótano estaban


casi terminadas. Esto nos causaba gran gozo, pues seis
hermanas por primera vez habían colocado ladrillos allí y
lograron terminar el trabajo. Pero nuestro gozo disminuyó
cuando el arquitecto nos dijo que los materiales para
terminar el sótano, y ponerle el cielo raso costarían 6.000
marcos. Además, tendríamos que pagar esa suma de
contado. No teníamos dinero. El cielo raso para el sótano
pesaba sobre nosotros como un espectro.
Estando yo fuera de la ciudad, en una conferencia, el
arquitecto llamó para decirnos que le habían hecho una
excelente oferta para el cielo raso, y que debíamos
aprovecharla a toda costa. Eso significaba que tendríamos
que pagar los 6.000 marcos en el término de seis semanas.
La madre Martyria pidió que le permitieran pensar un poco.
Sentía un gran peso sobre su corazón. ¿De dónde vendrían
los 6.000 marcos en sólo seis semanas? Las donaciones
que recibíamos diariamente eran de cinco o diez marcos,
sólo una vez recibimos más de 50. Ella sola tenía que tomar
la decisión y asumir la responsabilidad de pagar esa suma.
Su único refugio era la oración. Ella se aferró al pasaje
bíblico que habíamos recibido para todo el tiempo de
construcción:
“La ayuda nos viene del Señor” (Sal 124:8).

Luego, ella le pidió al Señor que le diera una confirmación


bíblica adicional, y recibió el siguiente pasaje: “En efecto,
voy a estar atento a que mis palabras se cumplan” (Jr
1:12b). De inmediato, la Madre Martyria comprendió
31
claramente que de ese modo Dios había fortalecido su
promesa. Accedió a que se encargaran los materiales para
el cielo raso, ¡aunque le temblaba el corazón! Al mismo
tiempo tenía la confianza de que esta gran suma de dinero
llegaría a tiempo. Las hermanas comenzaron a orar
fervientemente por este motivo.
Al día siguiente por la mañana, la madre recibió una
tarjeta postal que yo le había enviado, en la cual le decía
que había recibido sorpresivamente un sobre con 1.000
marcos, de uno de los participantes en la conferencia, como
ofrenda anónima de un caballero. Al regresar supe que el
sobre me lo habían entregado exactamente a la misma hora
en que la madre Martyria le estaba pidiendo a Dios con
profunda angustia, que nos enviara el dinero en forma
milagrosa.
Esta experiencia nos causó gran alegría por el hecho de
tener un Dios que cumple lo que promete. ¡Y cuánto
promete Dios a sus hijos, aunque seamos obstinados
pecadores!
Apenas podíamos comprender el privilegio de vivir y
construir con la garantía del Señor. En esos días cantamos
con nuestros corazones y labios:
¡El que confía en el Señor no será avergonzado!
Efectivamente, no fuimos avergonzadas en este asunto de
los materiales para el cielo raso. Dios, que nos había dado
los primeros 1.000 marcos también iba a proveer el resto
para pagar a tiempo.

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Dios espera nuestra purificación

7. La vagoneta descarrilada

No sólo experimentamos milagros positivos, también


muchos negativos. A largo plazo uno ve el camino abierto
para un proyecto de fe. Pero luego, parece que Dios crea los
obstáculos donde no los hay, cierra las puertas que están
ampliamente abiertas para otros y levanta barreras. Esto lo
hemos experimentado repetidamente hasta hoy. La razón
de ello es que, como Dios nos ama, a menudo quiere darnos
algo más grande de lo que pedimos. El amor paternal de
Dios quiere llenarnos de su propia gloria para que su
imagen pueda ser expresada nuevamente a través de
nosotros; para esto Él nos creó y redimió. Por lo tanto, tiene
que corregirnos, porque somos pecadores. Esta disciplina
suya llega a ser parte de la experiencia cotidiana.
Las hermanas que trabajaron en la construcción de la
capilla cuentan lo siguiente:
“Teníamos una pesada vagoneta que rodaba sobre un
pequeño carril. A pesar de que estábamos cumpliendo los
turnos en la tienda de oración, un día la vagoneta comenzó
a salirse del carril. Nosotras le pedíamos a Dios que nos
bendijera y nos hiciera rendir el trabajo; pero como la
vagoneta pesaba varios centenares de kilogramos, era un
trabajo agotador para nosotras y una pérdida de tiempo
colocarla en su carril cada vez que se descarrilaba. Esto
continuó ocurriendo y así se interrumpía el trabajo, y se
debilitaba la energía de las hermanas. -Esto no puede
seguir así. Vamos todas a orar- dijo la hermana que estaba
encargada. En la tienda, todas oramos y le pedimos a Dios
que nos revelara la causa por la cual nos había retirado su
bendición en nuestro día de trabajo. Descubrimos que
33
había hermanas que tenían problemas entre sí, que
estaban disgustadas unas con otras. Por ejemplo, una
había trabajado muy despacio o muy de prisa, sin
acoplarse a la otra; o había tirado un poco de arena
descuidadamente y le había caído en el ojo a la otra
hermana; o no había limpiado bien las herramientas, o
cosas por el estilo. Estos asuntos no se habían arreglado
adecuadamente; por el contrario, las hermanas permitieron
malos pensamientos y se molestaron unas con otras, de tal
modo que surgieron tensiones serias entre ellas. Estos
pecados se habían interpuesto entre nosotras y Dios. Como
consecuencia, nuestras oraciones no pasaban del techo.
“Nos dimos cuenta de nuestra culpa y de nuestro pecado
contra el amor, al juzgarnos unas a otras. Nos pedimos
perdón y, como pobres pecadoras, acudimos a Dios para
recibir de nuevo su bondadoso perdón. Regresamos a
nuestro trabajo y... ¡la vagoneta no volvió a descarrilarse ni
una vez más!
“Otro día se paró la mezcladora de cemento. No logramos
ponerla en marcha de nuevo. Fracasaron los intentos de las
hermanas que sabían algo sobre el funcionamiento de la
máquina. Quedó parada un día y medio. El Señor nos
había permitido comprender que en la construcción de esta
capilla, el tiempo era precioso. Entendimos que el Señor
tenía que estar entristecido con nosotras, por lo cual no nos
daba la ayuda que le pedíamos. Entonces, el Señor nos
mostró que no habíamos expresado una actitud correcta
hacia un obrero que nos ayudó temporalmente. Todas
tratábamos de evitar trabajar con él. Le confesamos este
pecado al Señor y le pedimos su ayuda. La mezcladora
comenzó a trabajar de nuevo, a pesar de que no se le hizo
ninguna reparación externa.
Nos dimos cuenta de que la base para que Dios oiga la
oración se halla en la Biblia: “Porque el Señor cuida a los
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justos y presta oídos a sus oraciones, pero está en contra de
los malhechores” (1 Pe 3:12).
Esta disciplina paternal nos avergonzó y nos humilló. De
ahí en adelante, cuando Dios no contestaba nuestras
oraciones, toda la hermandad aprendió a preguntarse de
una vez: “¿Qué es lo que hay en nosotras que obstaculiza
nuestras oraciones?”. En esos días habían sido inútiles
nuestras peticiones en la tienda dedicada a la oración, por
cuanto no habíamos tomado en serio lo que Jesús dice con
respecto a las condiciones. Así que Dios tuvo que
enseñarnos, por medio de la experiencia, que Él sí toma en
serio su propia Palabra. Él no acepta las oraciones de los
corazones que no están dispuestos a perdonar y a vivir en
el amor.

Dios espera que nos arrepintamos

8. Culpables por la lluvia

Era el otoño de 1950. En medio de la construcción, todos


los días llovía a cántaros. No recordábamos un año similar
a éste. Aunque no llovía en la ciudad que estaba cerca,
parecía que todas las nubes se vaciaban sobre nuestro sitio
de construcción. No sólo nuestras hermanas se empapaban
completamente, sino que no se pudieron construir las
paredes, porque los ladrillos se movían para allá y para acá
sobre la argamasa, y no se podía avanzar. Sólo los
domingos dejaba de llover, pero los días de trabajo la
copiosa lluvia volvía.

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La madre Martyria y yo tratamos de convencer a nuestras
hijas espirituales, de que ésta era una manifestación de
Dios. Pero las hermanas que trabajaban en la construcción,
afirmaban lo siguiente:
“En ese tiempo no estábamos dispuestas a aceptar eso. No
queríamos que se nos echara la culpa de todo. Le
asignábamos a la lluvia las razones naturales, lo cual
satisfacía nuestra razón; aunque la Escritura declara a
menudo que Dios gobierna el tiempo, las nubes, las ondas
y las tormentas; que Él cierra y abre los cielos; que Él da o
retiene la lluvia en determinada región, según quiere
reprenderla o no. Por supuesto, nuestras oraciones
pidiendo que la lluvia cesara no tenían respuesta debido al
estado de nuestra mente.
“Un día, otra vez estaba lloviendo fuertemente y corrimos
hacia la tienda para orar juntas. De repente, una hermana
confesó su pecado: el resentimiento que tenía contra Dios.
Dijo que ella era la culpable de la lluvia. Y luego, una tras
otra se inclinaron arrepentidas ante Dios, en tanto que el
Espíritu Santo las movía a reconocerse culpables. Cuando
la última terminó de confesar su falta, la lluvia se detuvo.
Esto se repitió después en varias ocasiones. Así,
experimentamos algo de la siguiente verdad bíblica:
También hice que les faltara la lluvia durante tres meses
antes de la cosecha. En una ciudad hice llover y en otra no;
en un campo llovió y otro se secó... (Am 4:7). Si siguen mis
leyes, y cumplen mis mandamientos y los practican, yo les
enviaré la lluvia a su tiempo... (Lv 26:3-4).”
Por medio de estas experiencias con la lluvia, el Señor nos
dio algo en qué pensar. Sólo las manos limpias y las
oraciones que brotan del humilde corazón del cristiano, son
aceptables delante de Él y por lo tanto recibirán respuesta.
¿Comprenderían los dos albañiles que instruían a las
hermanas, lo que había sucedido? Nos preguntábamos eso.
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En todo caso, cuando comenzaban a caer las gotas y las
hermanas se dirigían hacia la tienda, ellos se decían los
unos a los otros: “No te preocupes. Tan pronto como las
hermanas se reúnan en la tienda, la lluvia se detendrá”.

Dios escucha la oración de confianza

9. Esa ridícula fe

Otra vez requeríamos ladrillos. Se estaba construyendo el


cielo raso del sótano y pronto necesitaríamos bloques de
concreto para las paredes externas de la casa matriz. Como
siempre, presentamos al Señor esta petición. Toda la
hermandad suplicó a una: “Padre nuestro, tú no das una
piedra en vez de pan; ni tampoco darás nada ahora que
necesitamos piedras”. Y Dios respondió.
Un día nos visitó una señora y nos dijo que desde que oyó
acerca de nuestro proyecto de construcción, ella había
estado orando a favor de nosotras. También estuvo
pensando que las Hermanas de María pronto necesitarían
bloques de concreto para las paredes, ¡era verdad! Todo
encajó bien. Ella prometió visitar a una amiga suya, cuyo
esposo tenía una fábrica de bloques, para presentarle esta
solicitud.
Nos regocijamos por el hecho de que Dios escucha la
oración. Él había hallado un instrumento para sus
propósitos. Y verdaderamente, poco después, se nos
informó que este fabricante de bloques quería donar parte
de los que necesitábamos.
Día tras día esperábamos que llegaran los bloques. Habían
transcurrido muchas semanas desde el día en que oramos

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para que llegaran a tiempo; por lo que todas nuestras
oraciones parecían vanas. El día en que se terminó el cielo
raso y necesitábamos urgentemente los bloques, éstos no
habían llegado. Las hermanas que trabajaban en la
construcción y sintieron esta apremiante solicitud cuentan:
“Esperamos hora tras hora. Uno de los albañiles que dirigía
nuestra obra dijo: BEsto es lo que sucede cuando uno no es
práctico. Mañana habrá que parar el trabajoB. Una de las
hermanas, para animar su fe, respondió: BEsta vez también
nuestro socorro está en el nombre del Señor B. El hombre
sólo se rió con sus compañeros. Hacia el mediodía, ya todas
las herramientas estaban limpias y colocadas en su lugar,
pues no podíamos hacer otra cosa sin los bloques. Los dos
albañiles nos dijeron que tendrían el día siguiente libre, a
expensas de nosotras, ya que habían estado dispuestos a
trabajar, pero no había materiales disponibles. Nos
llenamos de desesperanza. ¿Dios dejaría nuestras
peticiones sin respuesta y permitiría que su nombre fuera
deshonrado entre estos albañiles sin fe?
“De repente oímos un fuerte sonido de un carro. Era un
gran camión con los bloques que tanto habíamos esperado.
Lo recibimos con himnos de alabanza y gratitud. `Todos te
alaben, omnipotente Dios...´, era el cántico que resonaba
por el campo, en gratitud a Dios. Una vez más, Dios
escuchó nuestras oraciones y demostró que era el Señor, el
Sí y el Amén. Rodeamos el camión como si se tratara de un
querido huésped que esperábamos durante mucho tiempo.
Los dos albañiles presenciaron esto. Uno de ellos, que se
encontraba alejado de la iglesia, parecía sentirse
avergonzado ante esta maravillosa obra de Dios: BUn
hombre puede aprender algo acerca de la fe, por medio de
esto- murmuró.”

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¿Por qué nos había mantenido el Señor en estos aprietos
hasta el último momento? ¿Por qué no intervino, sino hasta
después de que los albañiles guardaron las herramientas?
La reacción de ellos nos dio la respuesta. Dios intervino en
el momento en que parecía no haber esperanza. De modo
que la llegada de los bloques fue más que una entrega
común y corriente de materiales. Para los albañiles, lo
ocurrido fue una prueba poderosa de que Dios había
actuado. Cuando Dios actúa en una situación imposible, se
hace más grande ante nosotros. Cuanto más difícil sea una
situación, más grande es la honra que Él recibe. Por eso, a
pesar de nuestras oraciones, Él espera a menudo hasta el
último momento. Así, nos enseña a perseverar en la fe.
Ese día, las hermanas que estaban en la construcción y las
que nos encontrábamos en la casa matriz provisional,
tuvimos que perseverar en la fe una vez más, pues
súbitamente nuestra alegría se vio empañada. El conductor
del camión sacó de su bolsillo la cuenta del transporte: 136
marcos. Cuando las hermanas salieron por la mañana a
trabajar, sabían que sólo había ocho marcos en la caja.
Pero, confiando en el Señor, la hermana Eulalia envió al
conductor hacia el sitio que nos servía de casa matriz. Nos
estremecimos cuando llegó la factura. ¿Qué podíamos
hacer?
En ese mismo instante, las hermanas de la construcción le
suplicaban a Dios, confiando en que Él no haría milagros a
medias. En ese momento llegó el cartero. Dentro de las
cartas había algunas donaciones en dinero. Sumamos las
donaciones: ¡precisamente 136 marcos para pagarle al
chofer y un poco más de un marco para nuestra caja! ¡Qué
Señor tan grande! Su socorro fue perfecto. No nos faltó
nada de lo que había prometido.
Los albañiles incrédulos fueron adquiriendo gradualmente
la fe en Dios y en sus poderosas obras. Comprendieron que
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las oraciones que se hacían en la tienda, movían el brazo de
Dios. Dios oye las súplicas de los necesitados y les presta
su ayuda maravillosa en el tiempo oportuno. Sí, Dios nos
ayuda en las situaciones imposibles como ningún otro
hombre puede hacerlo.

Dios ayuda a quien se arriesga


en la incertidumbre

10. “Ustedes han recibido gratuitamente,


den también gratuitamente”

¡Qué aventura de fe ha sido el desarrollo de nuestro


ministerio en el aspecto económico! Esto sólo se ve
claramente al considerar la posición económica en que Dios
nos había colocado.
En 1949, un año después de la reforma monetaria,
nuestros primeros productos de la casa editora y nuestras
primeras obras de arte estaban listos para la venta. Pero,
¿realmente debemos vender nuestros productos? El
cofundador de la Hermandad de María, Paul Riedinger,
superintendente de la Iglesia Metodista, había muerto a
fines de 1949. Él tenía gran experiencia en cuanto a
negocios, pues había servido como consejero en las casas
matrices de su propia iglesia, durante décadas. En sus
últimos meses, nos ayudó a buscar la dirección del Señor
sobre este particular: ¿cómo debían las Hermanas de María
manejar este asunto? ¿Debíamos obtener pólizas de
seguros por enfermedad e invalidez, como otros grupos?

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¿Debíamos poner un precio a nuestro servicio, como se
suele hacer?
A los padres de nuestras hermanas teníamos que darles
alguna respuesta, en vista de su sostén material, así como
en cuanto a su protección y seguridad. Sobre todo,
nosotras las madres, como las responsables de nuestras
hijas espirituales, debíamos hallar una respuesta que nos
diera tranquilidad. En mi mente, se había formado una
imagen muy clara, al estilo del Sermón del Monte, según la
cual, los que buscan el reino de Dios “... recibirán también
todas estas cosas” (Mt 6:33). Un nombre comenzó a resonar
en mi corazón: “Padre”. Él proveería y probaría que es un
Padre para sus hijos, que les manifiesta su amor y su
poder. Pero eso significaba que, como hijas suyas, teníamos
que darle la oportunidad para que lo hiciera, dejar el
camino libre para que manifestara su poder y bondad. Esto
le daría a Él la gloria. Dios puso esta convicción en mi
corazón como un fuego ardiente: Él tenía que ser
glorificado.
Pero, ¿cómo tenía que realizarse todo esto? Entonces vi con
claridad: si renunciamos a nuestras seguridades, a
nuestros deseos, y nos entregamos a la dependencia total
del Padre celestial, le otorgamos a Él la posibilidad de que
se preocupe por nosotras y de que manifieste sus
maravillas. Pero esto suponía “prescindir” de la seguridad
de unos ingresos fijos, para poder recibir todo de Él por el
camino de la fe y de la oración, según su Palabra: “Den a
otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una
medida buena, apretada, sacudida y repleta” (Lc 6:38a).
El superintendente Riedinger tenía, sin embargo, una idea
un poco diferente, de acuerdo con su práctica y
experiencia. Debíamos reunirnos para orar y buscar
claridad y unidad de propósito, en este asunto decisivo. El
Espíritu de Dios se movió poderosamente y nos condujo a
41
una completa unidad de convicción. Después de haberle
rogado que nos indicara el buen camino, nos dio la misma
respuesta bíblica dos veces sucesivamente: “El que trate de
salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por
causa mía, la salvará...” (Mt 10:39).
Así, Dios nos indicaba que debíamos abandonar toda
seguridad terrena, como ganancias y ahorros. No
conseguimos ningún seguro por enfermedad, invalidez o
vejez. No le pusimos precio a nuestros servicios. No
pedíamos ninguna remuneración por nuestras obras
literarias, de arte y manualidades; lo cual significaba que
ahora dependíamos del Padre celestial. Así, andaríamos
mucho mejor por el camino de fe y oración, esperando que
todo el socorro llegara de Él.
En este punto comenzamos a seguir ese camino que ha
hecho de nosotras una comunidad de oración. Al iniciar
cada día, no contábamos con nada de carácter material y,
por esto, desde el punto de vista humano nos
encontrábamos ante verdaderas montañas de
preocupaciones que era necesario remover por medio de la
oración. Así teníamos incontables oportunidades de
recordarle a Dios las muchas promesas de la Escritura,
presentárselas como un pagaré y pedirle que las cumpliera.
Y con la misma frecuencia se nos daba la ocasión para
darle gracias por su ayuda paternal.
Pronto cumpliremos dos décadas de estar recorriendo este
camino de fe, en el cual no ha habido ingresos fijos, ni
seguros; un camino de fe y oración, especialmente de
milagros y de ayuda divina, un camino que nos permite
afirmar que nunca dejaremos de alabar a Dios. ¡Cuán
maravillosa y generosamente nos ha sostenido el Señor
diariamente, en lo mucho y en lo poco! En este camino de
“perder la vida”, Él no ha dejado de proveer todo lo que la
hermandad ha necesitado. Cuando, por ejemplo, en caso de
42
enfermedad Él no interviene directamente para sanar
mediante la imposición de las manos, entonces estimula a
muchos corazones para que nos donen medicamentos;
también nos han sido dados gratuitamente cuidados
médicos, hospitalizaciones, e intervenciones quirúrgicas.
Después de muchos años de experiencia, nos hemos
convencido de algo: nunca se confiará demasiado en el
Señor; su amor y poder sobrepasan nuestras más
fervorosas oraciones y esperanzas.
Por medio de esta experiencia hemos aprendido lo que
significa “perder la vida” y vivir según el principio: “Ustedes
han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”.
Eso significaba que cada día teníamos que dejar de lado la
dependencia humana y contar sólo con Dios; que Él
llenaría a su modo nuestra caja y mantendría su obra.
Pronto experimentamos dichas palabras, al hacer una
pequeña exposición de nuestra literatura. Hicimos un
contrato con un tipógrafo para que imprimiera algunas
conferencias que yo había dictado. En eso, habíamos
gastado todo el dinero de que disponíamos. No les pusimos
precio a los folletos, ni a las manualidades que las
hermanas habían realizado con mucho esfuerzo, tales como
textos bíblicos, cuadros y pequeñas carpetas.
La madre Martyria cuenta lo que ocurrió:
“Pasó un joven que era vendedor de folletos cristianos. Él
había oído decir que podría llevar lo que quisiera. Todo era
gratuito. Nunca olvidaré su gran maleta negra con esquinas
de cuero, en la cual desapareció nuestra literatura. El
hombre se fue con su maleta y yo me quedé consternada.
¿No llegaríamos de ese modo a la bancarrota? Me aferré a
nuestro lema: “perder la vida”, para evitar decir algo, y le
pedí al Señor que obrara según su promesa de que el que
pierde su vida la hallará. Si seguíamos por esa dirección,
no nos dejaría perecer”.
43
Y en realidad, Dios ha cumplido su promesa. ¿A dónde nos
ha llevado esta forma de vivir? Hoy, cuando les mostramos
a nuestros visitantes nuestra “tierra de Canaán”, ¿qué es lo
que ven? La casa matriz con su capilla, el Taller de Jesús,
la gran capilla del Llamado de Jesús, la casa de retiro para
huéspedes, llamada El Gozo de Jesús, el pequeño hogar de
ancianos de San Francisco y, además, nueve hectáreas que
conforman los terrenos que rodean nuestros edificios.
También descubren que tenemos una casa propia en Israel.
¿Cómo pudo ocurrir todo esto? No se debe a nuestros
méritos, no lo logramos con grandes contribuciones, ni
capital, ni hipotecas; sino con la más profunda pobreza, por
medio de la fe y de la oración. Dios ha demostrado que
cumple su Palabra: “Den a otros, y Dios les dará a
ustedes...; ...pongan toda su atención en el reino de Dios;
...todo lo que ustedes pidan en oración, crean que ya lo han
conseguido, y lo recibirán” (ver Lucas 6:38; Mateo 6:33;
Marcos 11:24).
Durante todos estos años pudimos pagar las cuentas de los
edificios a tiempo, de modo que todos están libres de
deudas. ¿Por qué? Porque, sin que nosotras hiciéramos
solicitudes ni colectas, Dios mismo movió los corazones
para que ofrecieran donaciones e hicieran sacrificios a favor
de su obra.
Todo el que ve los milagros de este camino de fe tiene que
admirarse de la pura realidad de la Palabra de Dios e
inclinarse para adorarlo. Él ha demostrado que puede
derramar abundantemente sus dones sobre sus hijos y en
efecto, lo hace. Pero primero, tiene que quitar de nosotros el
deseo de asegurarnos y asegurar a nuestra gente, según los
cálculos humanos. Sobre todo, Él nos persuade a que
esperemos todo de Él por la fe, y nos dediquemos sin
reservas a su reino.

44
Dios ayuda de un modo admirable

11. ¿De dónde venía


realmente el dinero?

“¿Pero ustedes no recibieron créditos, ni hipotecaron nada,


ni tenían dinero?”. Esta pregunta se nos ha hecho muchas
veces. Tal vez algunos ejemplos sobresalientes ayudarán a
explicar cómo ocurrió.
En la primavera de 1951, estábamos construyendo la casa
matriz y la capilla. Las cuentas aumentaban y nos vimos en
severas necesidades económicas. Los ingresos que
recibíamos, representados en donaciones, oscilaban entre
los 60 y los 100 marcos por día, y las cuentas se elevaban a
varios miles. En este proyecto, no sólo habíamos arriesgado
nuestro nombre, sino también sentíamos muy
profundamente que estaba en juego el honor de Dios. Los
establecimientos comerciales, las autoridades locales, la
prensa y el público en general sabían en nombre de quien
se estaban levantando estos edificios. Por lo tanto, se
interesaban por saber cómo íbamos a salir adelante con el
proyecto. Nos contaban que por la mañana, cuando los
tranvías pasaban atestados de trabajadores soñolientos que
veían nuestra construcción, se levantaba un murmullo en
el vagón. Los que iban medio dormidos se despertaban por
los codos de los demás, y todos se fijaban para ver si la
obra seguía adelante. Para no manchar la gloria de Dios,
uno no podía pensar que el aumento de las deudas
detendría la construcción. En esa época de gran estrechez
económica, clamábamos realmente al Padre celestial para
que nos diera el dinero necesario. Y Él respondía en forma
admirable.

45
Precisamente en esas semanas tuve que ofrecer una
conferencia en una ciudad grande. Durante el período de
angustia habíamos clamado al Padre celestial para que Él
resolviera la crisis económica. Después de la conferencia, se
acercó una señora que deseaba hablar conmigo. Yo pensé
que ella quería algún consejo espiritual. La señora, sin
embargo, me relató una experiencia extraña. La semana
anterior, ella sintió que Jesús le decía repetidamente: “Da
tus ahorros a las Hermanas de María”. Ella había
respondido: “Eso no lo haré. En primer lugar, porque ni
siquiera conozco a esas hermanas y, en segundo término,
porque los necesito para cualquier emergencia”. Al día
siguiente, sintió fuertes dolores en las piernas y casi no
podía caminar. Se preguntó, entonces, si tales dolores
podrían estar relacionados con la negativa que ella le había
dado a Dios. Le pidió al Señor que le quitara los dolores, si
esa era la causa, y que de esta manera ella se desprendiera
del dinero. Los dolores desaparecieron al instante. Después
de esta experiencia, ella fue a escuchar mi charla.
Cuando la señora me contó lo sucedido, sacó el dinero de
su cartera y me lo entregó para nuestra construcción. Eran
800 marcos, una gran suma, si se tiene en cuenta la
situación en que nos encontrábamos.
Me emocioné mucho por esta respuesta de Dios a nuestras
oraciones. La manera como Dios nos ayudó, en este caso,
me permitió vislumbrar su gran corazón lleno de amor y su
modo de obrar. Nos mostró su cuidado paternal para la
terminación de la capilla, pero también nos mostró que lo
que Él provee llega a ser una bendición, tanto para el que
da como para el que recibe. En este caso, personal y
amorosamente había motivado a una de sus hijas, para que
hiciera un sacrificio en honor a Él, lo cual le dio bendición
a ella y, por otra parte, fue utilizado para el avance de su
reino.

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En los meses que siguieron tuvimos que volver a andar por
caminos oscuros. Según los cálculos humanos no había
salida. Pero esta pequeña experiencia llegó a ser un canto
de fortaleza para nosotras.
Tú eres más que Padre
para mí que soy tu hijo.
Siempre hallas caminos y medios
de obrar tus maravillas.

12. Señales cumplidas:


arrepentimiento de los pecados

Tuvimos que enfrentarnos al siguiente problema: ¿podemos


atrevernos a encargar un órgano para la capilla de la casa
matriz o debemos esperar? Ciertamente, ese era el deseo de
nuestro corazón, pues la capilla sería usada para la
adoración diaria. Así que le pedimos fervientemente a
nuestro Padre celestial que nos lo diera. Humanamente, sin
embargo, era imposible. No sólo no teníamos el dinero para
eso, sino que nuestras grandes deudas estaban todavía sin
pagar. Entonces le pedí al Señor una señal: si en la semana
siguiente lo inesperado pasaba y recibíamos una donación
excepcionalmente grande, digamos 1.000 marcos, entonces
esa sería una señal de la cuota inicial por parte de Dios.
Así, Él nos estaría permitiendo encargar el órgano y
también se encargaría de proveer los otros miles. Esto
ocurrió en enero, un domingo por la tarde. Acababa de
pasar la Navidad, y con ella la esperanza de regalos
especiales.

Al día siguiente llegó a nuestra casa de retiro, -que para


entonces era un apartamento por el cual pagábamos
alquiler en Darmstadt- una señora de Wurtemberg. La
hermana que tenía a su cargo la casa de retiro pensó:
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“Quizá a nuestra visita le gustaría que le preparara un
plato típico de la parte del país a la que ella pertenece: un
spaetzle de Suabia”. Se requiere, sin embargo, mucha
destreza para prepararlo, la cual sólo suelen tener los
nativos de esa región. De modo que a la hermana no le salió
bien. A la hora del almuerzo, la señora movió
repetidamente la comida en el plato, hasta que al fin
preguntó: “¿Es esto spaetzle?” La hermana se sintió
ofendida y le contestó ásperamente.
Mientras la señora estaba sentada a la mesa, y
especialmente después, la hermana se sintió avergonzada
por la respuesta que le había dado, y con profundo
arrepentimiento se dirigió a la puerta de la huésped para
pedirle perdón. Entre tanto, la señora también estaba
preocupada por su actitud. Ambas se reconciliaron y
consolidaron una amistad que ha durado años. ¡Esta
señora al despedirse, sacó de su cartera 1.000 marcos y los
puso en la mano de la asombrada hermana!
Estábamos sentándonos para comer en la casa matriz,
cuando entró nuestra hermana con un rostro radiante y
moviendo en su mano un fajo de billetes. ¡Era la cuota
inicial para el órgano! Dios había contestado nuestra
oración. Unos pocos meses antes, al estar viviendo días
oscuros, marcados por la necesidad urgente de dinero, Él
había movido a una señora por medio de un dolor en las
piernas para que nos ofreciera una donación. Ahora, había
actuado en forma diferente.
Dios no tiene un modelo establecido. Él tiene muchas y
variadas respuestas a la oración, aun a la misma
necesidad. Nos quedamos admiradas de sus maravillosos y
milagrosos métodos de actuar; pues están fuera de nuestra
humana comprensión. Verdaderamente, su nombre es
“¡Admirable!” Hasta nuestros pecados los puede utilizar
como medios para contestar nuestras oraciones cuando nos
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arrepentimos de ellos. Desde entonces, cantamos con aun
más confianza:
No sé cómo ayudarás
¡aleluya, aleluya!,
pero gloriosa tu ayuda será,
¡aleluya, aleluya!

A Dios le agrada la oración candorosa

13. El devocional del 20 de junio

Nuestros problemas económicos seguían aumentando, a


medida que se incrementaban las cuentas. Parecía que
Dios guardaba silencio. ¡No nos llegaba ninguna ayuda!
Nuestra hermana Angélica, que ahora ya está con el Señor,
tuvo que descansar mucho en ese tiempo, por causa de su
enfermedad. En ese tiempo de gran angustia, ella hojeaba
el libro de devociones de la Comunidad Herrnhut, cuando
se encontró con la lectura devocional para el 20 de junio de
1951:
“¿quién quiere contribuir voluntariamente haciendo un
donativo para el Señor?” (1 Cr 29:5)
“...pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para
vivir” (Mr 12:44).
De repente, le llegó este pensamiento: “Oraré para que
alguno que lea lo que corresponde al 20 de junio, en este
devocionario, ofrezca una gran contribución para la
construcción de la capilla”. Luego, tomó esto como motivo
de oración para cada día. Muchas otras hermanas se
49
unieron a ella para pedir lo mismo. Otras, sin embargo,
dudaron en tomar aquella lectura devocional,
correspondiente a ese día, como una promesa para nuestra
capilla.
Y según cuenta la hermana Estéfana, que entonces estaba
encargada de la caja: “Llegó el 20 de junio de 1951. Por
supuesto, nada sucedió. Pero inmediatamente me dije que
se necesitaba algo de tiempo, para que nos llegara el
dinero. Esperé ansiosa el correo del 21, creyendo que en
alguna carta pudiera venir un cheque. No llegó nada. Unos
pocos días después llegó algo, y apenas pude creer lo que
veían mis ojos: un cheque por 500 marcos, cantidad
extraordinaria para nosotras en ese momento. Con el
cheque había una nota: `Ver la lectura devocional
correspondiente al 20 de junio. ¡Saludos afectuosos! ´.
“¡Qué regocijo el que nos inundó! Tocamos la campana y
llamamos a las hermanas que estaban trabajando en la
casa matriz. La bondad de nuestro Padre celestial nos llenó
de emoción. Entonamos cánticos de alegría, alabanza y
acción de gracias. Este donativo nos llegó en un tiempo
oscuro de tentaciones y lágrimas. Nos parecía que nuestro
Padre estaba más en contra de nosotras que a favor. Por
tanto, la donación procedente del devocionario fue recibida
como un saludo del cielo, enviado por Dios.
“La hermana Angélica se deleitó, especialmente, por el
hecho de que el Señor había escuchado su plegaria.
Verdaderamente parecía que a Él le había agradado la
oración, por el hecho de que ella no le pidió el dinero en
forma general, sino como una verdadera hija le pide a su
Padre celestial algo específico. ¿No le gusta al padre
terrenal, cuando su hijo acude a él continuamente con
alguna necesidad? Entonces, mucho mayor debe ser el gozo
del Padre celestial, pues la paternidad terrenal sigue el
modelo del Padre celestial. `Cuando lleguen a ser como
50
niños en vuestras oraciones, entonces el reino de los cielos
será de ustedes, con todos sus dones y tesoros´”.
Más tarde recibimos una carta de la maestra de escuela
que nos había enviado esa donación. Cuando ella leyó las
devociones correspondientes al 20 de junio, se sintió
impulsada a actuar de conformidad con la Palabra de Dios;
es decir, donar todos los ahorros que tenía para la
construcción de nuestra capilla. Al principio vaciló y trató
de dedicarse a sus quehaceres. Pero le parecía que nada le
salía bien, hasta que fue al escritorio y firmó el cheque a
nuestro favor. Entonces, se sintió feliz.

A Dios le agrada la oración candorosa

14. ¡Abba, Padre querido!

Durante unos pocos años nos encargamos de un pequeño


hogar para niños, ubicado en la calle Bergstrasse. La
hermana Jocabed nos habla acerca de este período:
“En la primavera de 1951, nuestro grupo de niños había
aumentado considerablemente. Muchos de ellos no podían
pagar nada. Tuvimos que alimentarlos y vestirlos, mediante
los métodos de fe y oración que Dios estaba enseñando a
nuestra hermandad. Eso significaba que había que
alimentar muchas boquitas cada día, y eso no era fácil en
ese tiempo. Las verduras estaban muy caras y nuestro
huerto no había producido nada todavía. Innumerables
peticiones de socorro se elevaban a nuestro Padre celestial.
Muchas veces, durante el día, deteníamos la labor para
suplicar a favor de estos pequeños.

51
“Un día fui al pueblo a comprar lo más necesario. En el
camino se me ocurrió visitar a una señora que vivía
completamente sola y era muy pobre. ¿Qué ocurrió? En el
momento de despedirme, me preguntó si nosotras
podíamos usar algunas frutas enlatadas y algo de verduras.
Allí estaban y eran demasiadas para ella sola. ¡Había tanto
que tuvimos que ir a recogerlas, con un carrito de mano!
“Al siguiente día al abrir las ventanas, vi que había una
bolsa en la puerta. Estaba llena de espinacas frescas.
Luego supimos que las había dejado allí un granjero.
“Y eso no fue todo. Por la tarde, un horticultor de la
vecindad preguntó si nosotras podíamos ir a recoger
algunos puerros. Él quería renovar sus sembrados y
nosotras podíamos aprovechar toda la provisión que había
en ese momento.
“¡Los adultos nos sentíamos asombrados y llenos de
gratitud! También los niños, que habían presentado
sinceramente sus pequeñas oraciones a Dios, pidiéndole
todo lo que necesitábamos, ahora tenían sus caritas
radiantes al ver estas pilas de provisiones. Ninguno de ellos
olvidará jamás la pequeña celebración de acción de gracias
que tuvimos. Cada niño supo que él era un hijo amado y
cuidado, especialmente por el Padre celestial. Batían las
manos y cantaban con nosotras: `¡Padre mío, qué bueno
eres!´ Después de esto, era conmovedor ver la confianza tan
grande con que estos pequeñitos presentaban sus
peticiones al Padre celestial.
“En otra ocasión se nos acabó el hilo para zurcir calcetines
y chaquetas. Escasamente teníamos suficiente dinero para
comprar alimentos. Siempre vacilaba en adquirir cualquier
otra cosa. Una tarde, sin embargo, pensé que no podía
esperar más. Después de haber ido a la panadería, me
detuve en una pequeña tienda para comprar el hilo. `Una
caja pequeña no me costará tanto´, me decía para
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persuadirme a mí misma. Había bastante gente delante de
mí. Mientras esperaba, otra voz hablaba conmigo: `Has
debido orar más. Tal vez el Padre todavía te va a ayudar.
Debes esperar´. Antes de que me tocara el turno para que
me atendieran, me fui.
“El domingo siguiente, me encargué de cuidar a los niños
de una familia muy pobre, mientras la madre iba a la
iglesia. Cuando ella regresó, sacó de la habitación contigua
un paquetico. Hacía poco ella había hecho unos calcetines,
y le había sobrado un poco de lana. Ella pensó que
podíamos utilizarla.
“ Abba, mi amado Padre, era una exclamación que resonaba
constantemente en mi corazón. Me avergonzaba de mi
propia falta de fe. El amor de Dios me asombraba. Él era,
en realidad, un Padre que se preocupaba por las más
pequeñas necesidades y dificultades de sus hijos. Me di
cuenta que mi propia relación de amor y confianza, como la
de un niño hacia su Padre celestial, se había robustecido
grandemente.”

A Dios le agrada la oración candorosa

15. Caramelos en la noche del sábado


Realizábamos una escuela bíblica de vacaciones en nuestra
casa. De todos los alrededores llegaron niñas para asistir a
las clases. En las clases bíblicas habían oído hablar acerca
del “Dios que oye la oración y hace milagros hoy”. Querían
ver pequeños milagros.
Una mañana, durante la oración, una de las niñas pidió
golosinas. En ese tiempo, los caramelos eran caros; muchas
niñas no los habían probado durante varios años. De modo
que las demás se unieron a ella para pedirle al Padre
53
celestial que les enviara caramelos, en alguna forma
maravillosa.
Los días pasaban, sin que hubiera ni un caramelo y ya era
sábado por la tarde. Las niñas iban a volver a sus casas el
lunes en la mañana. Ya no se esperaban más paquetes. La
hermana que estaba encargada de la escuela bíblica de
vacaciones se sentía abatida. Para algunas de estas niñas,
la petición de los caramelos era el primer intento en la vida
de oración.
A las nueve de la noche sonó el timbre de la puerta. El
gerente de un negocio de venta al por mayor vino
personalmente para traernos una entrega. Llevaba un balde
y una gran bolsa de papel.
“Por favor, discúlpeme”, nos pidió muy cortésmente. “Siento
mucho por haber olvidado completamente su pedido de
mermelada para la casa de huéspedes. Espero no haberles
causado inconvenientes. Y para compensar...”, extendió la
bolsa de papel que estaba llena de caramelos.
Este pequeño “olvido”, que trajo una donación de caramelos
exactamente el sábado por la noche, dejó asombradas a las
niñas. Experimentaron realmente el hecho de que Dios es
un Dios vivo, que oye hasta nuestras más pequeñas
oraciones. Ciertamente, el Señor se hizo más grande y más
maravilloso para todas nosotras por medio de este pequeño
milagro, que si hubiera manifestado su poder en alguna
forma espectacular. El “milagro de los caramelos” habla del
grande y tierno amor de Dios Padre, que se preocupa por
sus hijos. Nos mostró la grandeza de su amor. Él reina
sobre cielos y tierra; pero, al mismo tiempo, cuenta los
cabellos que tenemos en nuestras cabezas. Oye las
peticiones más pequeñas de sus hijos y escucha las más
breves.

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Dios se glorifica en nuestras
necesidades más urgentes

16. ¡Él está a nuestro favor!


Una celebración para examinar
la construcción

Las vigas para el techo de la casa matriz estaban colocadas


en su sitio el 2 de diciembre de 1950. Todo estaba listo
para poner los cimientos de la capilla. Le debíamos gratitud
a muchas personas. Decidimos, pues, invitarlas a una
celebración para que inspeccionaran la construcción. Así
tendrían la oportunidad de ver lo que se había logrado
hasta ese momento. Teníamos que invitar a muchos
buenos amigos nuestros, al arquitecto, al ingeniero
municipal y a sus colaboradores, a los dos albañiles, a los
conductores de los camiones, a los representantes del
gobierno y de varias compañías distribuidoras de
materiales.
No teníamos espacio suficiente para acomodar a tantos
invitados, excepto en el gran sótano de la casa nueva. En
este lugar los podríamos atender en forma bastante
adecuada. Queríamos preparar la celebración con mesas y
bancos improvisados con tablas y tablones de construcción.
Cubriríamos las mesas con lienzo y las decoraríamos, para
servirles allí. Destinaríamos suficiente tiempo para alabar
conjuntamente a Dios.
Tradicionalmente se celebra la fiesta de inspección de las
obras, cuando se colocan las vigas para el techo, pero antes
de que éste se haya puesto. Nuestro sótano no estaba
todavía protegido contra la lluvia. Una parte de él ya estaba
cubierto con cemento, pero la otra tenía esa clase de

55
ladrillos que permiten que el agua se filtre libremente. Si
llovía, no podríamos realizar nuestra celebración en el
sótano.
La noche anterior a la celebración se produjo una horrible
tormenta. ¡Fue tan intensa que pensamos más en el fin del
mundo que en nuestra celebración! Al día siguiente por la
mañana, las apesadumbradas hermanas se dirigieron al
lugar de la construcción. Todavía estaba lloviendo. ¿Qué
podíamos hacer? Los ladrillos que cubrían el sótano
estaban empapados de agua. Aunque se detuviera la lluvia,
continuarían goteando durante días. Las hermanas
trataron de hallar alguna solución, pero todo fue en vano.
¿Debíamos cancelar las invitaciones? Ya era tarde para
hacerlo. Secaron los ladrillos con paños, pero siguieron
destilando. Nada servía.
Nos sentimos absolutamente desconcertadas. Lo único que
podíamos hacer era orar. Ésta iba a ser nuestra primera
celebración en el lugar de la construcción. Habíamos
experimentado tantos milagros de Dios en este lugar y
ahora esperábamos que Él estuviera a nuestro lado,
dirigiendo las nubes. Pero parecía que se había escondido.
Mientras arreglábamos las mesas, le pedíamos
fervientemente, pero nos sentíamos desesperadas. Seguía
goteando. Pronto llegarían los invitados.
Cubrimos las mesas con lienzo y pusimos los vasos hacia
abajo para que los invitados no los hallaran llenos de agua
llovida. Adornamos cada mesa. En el cuarto adjunto
colocamos paraguas sobre las tortas. Esperamos, pues, a
nuestros invitados, todavía con la esperanza de que Dios
interviniera, pero sin saber qué clase de ayuda nos daría.
En ese momento no comprendíamos una verdad espiritual
básica: Entre más grande sea nuestra necesidad e
impotencia, Dios está más cerca con su ayuda. Ciertamente
el que oye el clamor de los polluelos de los cuervos, también
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oirá los clamores de sus hijos. Habíamos sentido que Dios
estaba distante, pero en realidad permanecía cercano. Él
permitió que nuestra necesidad llegara hasta el punto
máximo, de tal modo que reconociéramos la imposibilidad
humana desde todo punto de vista, para salir de esta
situación. Así clamaríamos a Dios como nunca antes, y a la
vez experimentaríamos que contamos con un Dios que hace
milagros, que contesta la oración y envía socorro.
Fue entonces cuando ocurrió el milagro. Al llegar los
invitados, la lluvia se detuvo, y no volvió a llover hasta que
ellos regresaron a sus casas. Pero el verdadero milagro
consistió en que, en el lugar donde estaban arregladas las
mesas en el sótano, no cayó ni una gota del cielo raso
durante la celebración. En los otros cuartos del sótano
continuó destilando, tanto del techo como de las paredes.
¡Fue un milagro físico para nosotras y nuestros amigos! Y a
todas nos pareció que la presencia del Señor fue más
poderosa en este pobre sótano, que lo que hubiéramos
sentido en cualquier otra parte. ¡Qué contraste con la
terrible tormenta de la noche anterior! En el sótano, que
todavía no tenía piso, nos sentimos como una congregación
que estaba de fiesta. Era como si el cielo se hubiera abierto
para nosotras. Uno de los honorables invitados que estuvo
presente en esa ocasión, después nos dijo que esa había
sido una de las horas más inolvidables de su vida.
Cuando recordamos aquella celebración, sentimos asombro
en nuestros corazones: “¡Cuán grande eres, oh nuestro
Dios! Sé que puedes hacer cualquier cosa, y que nada de lo
que te has propuesto hacer es demasiado para Ti. ¡Aun en
medio de aguas profundas, Tú abres camino!”.
En cosas pequeñas, hemos experimentado muchas veces
que cuando parece que Dios está en contra nuestra,
realmente está obrando en nosotras y planeando hacer
grandes cosas que nos favorecen. Cuando pensamos en
57
aquella celebración, con todas las pruebas y disciplinas que
la precedieron, sentimos que ese “a favor nuestro” es el
milagro de los milagros.

Dios responde a la fe obediente

17. “¡Yo soy el Señor, tu sanador!”


“¡No se dormirá el que te guarda!”

Nunca faltaron escépticos, burlones y adversarios hacia


nuestra obra de fe. Sentíamos la preocupación especial de
no escandalizar a esos ojos que estaban fijos en nosotras,
durante todo el tiempo de la construcción. Los escépticos
decían que nuestro modo de edificar era una negligencia
imperdonable y que estábamos tentando a Dios. Además,
se comentaba que usar a las jóvenes para hacer tal trabajo
era una absoluta irresponsabilidad. Pero, decían ellos,
probablemente no recobraríamos la cabeza hasta que no
ocurriera algún accidente. Y eso sucedería muy pronto...
Terribles accidentes podían ocurrir en otras construcciones
y no despertaban comentarios. Pero en nuestra
construcción estaba en juego el honor de Dios, y la simple
herida de una mano sería catastrófica. ¡Cuántas oraciones,
especialmente de parte de nosotras las madres, se elevaron
al cielo para que Dios nos diera nueva fortaleza y
protección! Nosotras no participamos directamente en la
construcción, aunque la madre Martyria se dedicó a la obra
dos veces por semana, durante una larga enfermedad mía
en 1951. Sin embargo, la responsabilidad última de este
duro trabajo físico, pesaba fuertemente sobre nosotras, la
madre Martyria y yo. Habíamos empezado esta
construcción en obediencia a Dios y para su gloria,

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confiando sólo en Él. De acuerdo con lo que el Señor nos
había iluminado, no contratamos ningún seguro contra
accidentes, ni de otra clase. ¿Permitiría Dios que sucediera
algún accidente?
Una vez, una hermana se resbaló en el cemento aún fresco
del segundo piso. El suelo cedió y, para empeorar las cosas,
cayó sobre el cantón de una viga. La llevamos al hospital.
La radiografía indicó doble fractura de la pelvis.
Esto nos humilló delante de Dios. ¿Qué había en nuestra
hermandad para que Él nos castigara y juzgara de ese
modo, hasta el punto de poner en peligro su propio
Nombre? La madre Martyria y yo ordenamos que se hiciera
un día de ayuno, arrepentimiento y oración. Luego de una
noche de oración, llena de las peores tentaciones, luché
hasta llegar a una clara convicción: el accidente no había
ocurrido para someternos a un largo período de
sufrimiento, sino para que Dios fuera glorificado por medio
de la sanidad.
Era, pues, un asunto de obediencia al orden Divino; por lo
que llevamos a casa a la hermana. Sin embargo, lo hicimos
temblando, pues era una gran responsabilidad. En
nuestras mentes había una horrible pregunta: ¿Qué
pasaría si queda paralítica el resto de su vida? Según
indicación médica, ella tendría que permanecer enyesada
durante varias semanas. Sin embargo, nosotras la
estábamos llevando a casa, sólo dos días después del
accidente. Tuve que firmar para que la dejaran salir del
hospital y aceptar toda la responsabilidad, por lo que
pudiera ocurrirle. El médico que estaba de guardia me
habló seriamente: -La enfermedad mental tal vez pueda
curarse con oración, pero ésta nunca podrá reparar un
hueso fracturado-. Eso me lo dijo insistentemente.

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En la casa, la madre Martyria y yo pusimos las manos
sobre la hermana y oramos. Algunas de las hermanas nos
rodearon, alabando el nombre victorioso de Jesús:
Traes sanación, Jesús,
cuando invocamos tu Nombre:
alma, cuerpo, espíritu
de dolencias son curados.
Nombre cuyo gran poder
obra sanación total.
La hermana, que antes no podía ni siquiera moverse en la
cama sin agudos dolores, se puso de pie. Por un rato no
pudimos apartar nuestra mirada de ella. Luego, nos
inclinamos con asombro y adoración ante Dios, ¡el Dios que
en verdad hace milagros! A las dos semanas, la hermana ya
estaba completamente restablecida. Ella misma se presentó
ante los médicos. Este suceso se difundió por todas partes,
como un incendio en la selva; magnificando la gloria de
Dios, mucho más que si nos hubiera protegido de
accidentes todo el tiempo. Nuestros corazones rebosaban
de acción de gracias con este cántico:
¿Dónde hay un Dios como Tú
que hace milagros?
Habíamos aprendido que cuando Dios da una orden exige
una respuesta de obediencia. Ésta es la “oración de fe”, y
muchas cosas dependen de la obediencia. Dios pudo
glorificarse ante el pueblo por medio de este milagro,
porque nosotras actuamos obedientemente de conformidad
con su orden y llevamos a casa a la hermana. Este acto de
obediencia nos costó mucho, debido a la gran
responsabilidad que suponía. No experimentamos los
milagros que magnifican el Nombre de Dios, por senderos
baratos de fe; sino por caminos de obediencia que le
pueden costar a uno la vida. Así nos habló Dios por medio
de esta experiencia. ¿Por qué tenía que ser por caminos tan
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difíciles? Porque así tenemos que humillarnos hasta el
polvo, y sólo entonces será grande la gloria de Dios.
Hemos experimentado otras sanidades durante estos años
y Dios nos ha protegido en muchas circunstancias. Varias
veces cayeron pesados ladrillos sobre los pies de las
hermanas, pero no les pasó nada. Una vez, comenzó a
deslizarse un montón de bloques de concreto, los cuales
pesaban 12 kilogramos y le cayeron en la cabeza a una
hermana. Ella le dio las gracias a Dios Padre y a sus
ángeles, y continuó trabajando. No fue afectada en lo más
mínimo.
En otra ocasión, una hermana que estaba colocando el piso
de cemento en la segunda planta del edificio, perdió el
equilibrio y se fue de cabeza por una abertura. Cayó a
pocos milímetros de donde estaba un trozo de tabla con
clavos oxidados; pero no sufrió ninguna lesión ni
conmoción cerebral.
En cierta oportunidad, otra hermana estaba nivelando un
piso de cemento cuando se encontró con una piedra que
tenía una apariencia rara. La piedra estaba muy incrustada
en el piso, de tal forma que la hermana tuvo que golpearla
con el martillo y, finalmente, la levantó con la palanqueta.
Cuando la sacó, descubrió que era una granada que
todavía estaba cargada. Aparentemente había estado en la
pila de arena que fue utilizada para mezclar el cemento. A
pesar de los martillazos, la bomba no explotó.
Otra vez, a una hermana se le quedó la mano atrapada
debajo de una vagoneta. La vagoneta pesaba centenares de
kilogramos. El médico movió la cabeza para expresar su
sorpresa, al comprobar que no se habían roto todos los
tendones, ni la mano había quedado horriblemente
destrozada como era de esperarse. Sólo sufrió una leve
herida que pronto sanó. Quizás lo que sucedió fue que los
ángeles pusieron sus manos entre la mano de la hermana y
61
la vagoneta. Estos son sólo unos pocos ejemplos
sobresalientes de lo que ocurrió durante ese tiempo.
Nuestros amigos y nosotras habíamos orado mucho,
pidiéndole a Dios para que nos diera ejemplos de la manera
como sus ángeles nos ayudan, “para que no tropieces con
tu pie en piedra”. Él cumplió su palabra: “Por todos lados
me has rodeado; tienes puesta tu mano sobre mí” (Sal
139:5).
No debemos mirar los peligros, sino al Dios vivo. En
nuestras oraciones debemos contar firmemente con su
ayuda. Debemos permanecer firmes en la promesa según la
cual Él envía a sus ángeles para servir a los creyentes en
Cristo (ver Hebreos 1:14). Esto fue lo que claramente nos
enseñó el Señor durante la construcción.

Dios busca arrepentimiento y


una reanudada entrega

18. El tapón de la botella

La Biblia habla acerca de la fe que puede mover montañas.


Esto va mucho más allá del hecho de creer que algo es
cierto o posible. Es como un huracán divino que llena
totalmente al hombre, impidiéndole pensar o desear otra
cosa distinta a lo que Dios quiere que él logre. Para
obtenerlo, el que está poseído por el espíritu de la fe da
todo y está dispuesto a cualquier sacrificio. Su voluntad
está unida a la del poderoso Dios. No puede dar un paso
atrás, mientras esté actuando de conformidad con la
Palabra de Dios. Sin embargo, si Dios le diera a

62
comprender que Él ha cambiado su plan, el hombre cedería
inmediatamente.
Dios quería ver esta clase de fe en nosotras y por eso nos
puso en el camino de la fe. Pero cada nuevo trecho nos
hacía comprender, dolorosamente, que estábamos muy
atadas a nuestra manera humana de pensar y reaccionar.
Las primeras reacciones inmediatas entre nosotras,
estaban definidas por el “sentido común” y por el raciocinio
de los hechos conocidos o de las imposibilidades. La pereza
y la indiferencia de nuestra naturaleza humana no quieren
estar constantemente perturbadas por la inquietud de la fe.
Habíamos terminado la primera fase de nuestra
construcción. Después de dos años y medio, ya estaban
terminadas la capilla y la casa matriz. Alrededor de mil
personas habían llegado para presenciar la ceremonia de
inauguración. En nuestros corazones había un himno de
alabanza. Ahí estaban los edificios, sin hipotecas y libres de
deudas, para que todos los vieran. Según cálculos
humanos, nunca debería haberse autorizado esa
construcción, puesto que el aspecto económico estaba en
tela de juicio. Sin embargo, estos edificios se erguían entre
las construcciones nuevas de nuestra ciudad
bombardeada. Los gastos se habían pagado con mayor
rapidez que en la mayoría de las otras construcciones. La
campana de nuestra torre resonó por todo el campo
circundante. Parecía “que estábamos soñando” (ver Salmo
126) y pudimos dar testimonio de que, a pesar de nosotras,
el Señor había hecho grandes cosas. Las firmas comerciales
de construcción anhelaban trabajar con nosotras en
nuestro siguiente proyecto. En la comunidad comercial de
Darmstadt se corrió este dicho: “¡al fin y al cabo, el Señor
tiene buen crédito!”.
Algo se había conseguido: la capilla de la casa matriz se
erguía allí, con su campana que llamaba al pueblo para la
63
adoración y oración. Se había terminado la casa matriz con
sus dormitorios, el comedor y una sala para reuniones.
Pero la campana debía servir, tanto para nuestros
huéspedes como para nosotras, y nuestros huéspedes
todavía vivían en la ciudad, en una casa alquilada, a 45
minutos de la casa matriz. El número de huéspedes iba
aumentando, de modo que dicha casa alquilada ya casi no
tenía espacio para acomodarlos. Nuestra casa matriz había
sido construida en un espacio muy pequeño; por lo que
pronto nos sentimos apiñadas, debido a la expansión de
nuestro ministerio. En los pequeños cuartos del ático ya no
cabían el papel y las máquinas de nuestra creciente
imprenta. Eso, sin mencionar los cuartos que
necesitábamos para la editorial. Las hermanas escultoras
tenían que hacer sus grandes crucifijos de arcilla al aire
libre y cada vez que llovía se arruinaba su trabajo.
Debido a que el creciente número de nuestras
responsabilidades no se podía restringir, había que hacer
ampliaciones. Nos pareció muy claro que Dios necesitaba
más espacio para continuar su obra entre nosotras.
Muchas hermanas, sin embargo, pensaron que era
completamente imposible levantar un edificio adyacente a
nuestra casa matriz.
¿Imposible? Sí, doblemente imposible. El Gobierno nacional
había planificado una autopista importante que iba a pasar
por esos terrenos, la cual era estratégica para
descongestionar el tránsito en nuestra ciudad. Además,
teniendo en cuenta la extraordinaria localización de estos
terrenos y la futura red vial que pasaría por allí una
compañía gasolinera los había alquilado y el contrato no se
podía anular. La ubicación perfecta para poner una
gasolinera en el futuro. Descubrimos que allí también se
había planeado construir un restaurante y otras estaciones
de servicios.

64
Las dificultades parecían insuperables. La mayoría de las
hermanas no quería ni siquiera comenzar a luchar contra
los obstáculos. Luego de investigar bien la situación,
querían ceder. Después de todas las batallas relacionadas
con la construcción de la capilla y nuestra casa matriz,
francamente estábamos cansadas de creer, de orar, de
construir. No comprendíamos que nos encontrábamos en
gran peligro, el mayor de los peligros de la vida cristiana: el
de la complacencia y la frialdad. Estábamos dispuestas a
echarnos sobre los laureles de nuestra fe. Lo que
deseábamos era paz y quietud para el cuerpo, el alma y el
espíritu, y no luchar más. Olvidamos que sin lucha no
puede haber victoria, y sólo cuando se sufre inicialmente
por algo, se experimenta su gozo después.
En aquella época yo viajaba bastante. En una carta les
pregunté acerca de cómo marchaba lo del terreno
adyacente. Me contestaron que la compra de los terrenos
era imposible por causa de las razones ya mencionadas, y
que por el momento no había esperanzas de que cambiara
la situación. Luego, el Espíritu de Dios me iluminó como un
relámpago, haciéndome entender que esto no era sino pura
incredulidad y que detrás de ella estaba nuestra
indiferencia. Éramos culpables de traicionar la misma
comisión que Dios nos había dado. Entonces les escribí
una carta muy seria a mis hijas, la cual llegó
profundamente a sus corazones.
Después la madre Martyria me informó:
“Cada una de nosotras sintió de inmediato que el Señor era
quien nos estaba sacudiendo y levantándonos del letargo,
con un gran sonido de trompeta. ¿Cómo podía Dios hacer
un milagro en esta situación imposible, si nosotras nos
negábamos a creer y a entrar en una batalla de oración?
Era como si nos hubieran caído escamas en los ojos.
Nuestra indiferencia y nuestro cansancio constituían el
65
‘tapón de la botella’. Eso era lo único que impedía que
adquiriéramos el terreno adyacente. Si no quitábamos el
corcho, ni siquiera podíamos aventurarnos a ir a la
Ingeniería Municipal para iniciar los trámites.
“Esta vez no fue suficiente una reunión con las hermanas.
La hermandad oró hasta altas horas de la noche, buscando
el espíritu de verdad y arrepentimiento. Las hermanas
pedían que Dios revelara cualquier cosa que se interpusiera
en el camino de la intervención Divina. El Espíritu de Dios
llegó, y nos hizo comprender y confesar nuestros pecados.
Oímos que se pronunció contra nosotras el juicio que el
Señor profirió contra el `mayordomo infiel´ en la Biblia.
Ahora, estábamos alegremente dispuestas a hacer
cualquier cosa para construir una casa para Él, si una vez
más tendría misericordia de nosotras.
“Luego de esta noche de oración y lágrimas, procedentes de
corazones arrepentidos; a la mañana siguiente me aventuré
a llamar a la Ingeniería Municipal. El ingeniero municipal
siempre estaba ocupado. Normalmente había que esperar
algunas semanas para lograr una entrevista con él. Pero al
llamarlo esa mañana, dijo que estaba dispuesto a
recibirnos de inmediato.
“Al principio de la conversación, ordenó que se le llevaran
todos los documentos relacionados con esta propiedad. Nos
explicó la condición en que se hallaba este terreno y dijo
que para nosotras no había esperanza, pues el Gobierno
nacional ya había entregado los fondos para la
construcción de la autopista. Luego, sin embargo,
completamente aparte de la explicación, llamó a su
secretaria y le dictó una carta dirigida a la compañía
gasolinera que tenía contrato para tomar aquellos terrenos
en arrendamiento. Descartando los planes anteriores, les
anunció que la autopista se desviaría unos 100 metros
hacia el sur. De esta manera se eliminaban los planes que
66
ellos tenían para establecer gasolineras. El ingeniero
continuó diciendo que no se concederían permisos de
construcción en este terreno, excepto a la Hermandad de
María. La compañía gasolinera aceptó dicha decisión, sin
discutir. De un solo golpe se habían desvanecido los
obstáculos.”
¿Qué había ocurrido? Algo que era inconcebible; por lo que
la Ingeniería Municipal y el Consejo Municipal estuvieron
discutiendo este asunto varios años después. Cuando el
ingeniero municipal revisó lo que había hecho, se asombró
de su propia audacia. En aquel momento y sin saberlo, él
fue un instrumento de Dios. Más tarde se sintió muy feliz
por haber tomado tal determinación.
Nuestro Señor Jesús dijo: “...si tuvieran fe, aunque sólo
fuera del tamaño de una semilla de mostaza, le dirían a
este cerro: ‘Quítate de aquí y vete a otro lugar, y el cerro se
quitaría´. Nada les sería imposible” (Mt 17:20). Luego de
esta experiencia pudimos decir: si no tienes fe, ni meta
para tu fe, debido a tu complacencia e indiferencia, los
montes permanecerá ahí. Las cosas que obstaculizan la
victoria y la edificación del reino de Dios, sólo pueden
removerse mediante una fe que lucha. Dios quería que le
construyéramos una casa. Cuando ese deseo de Dios se
encontró con nuestra fe, la casa fue construida. Nosotras le
pusimos a la casa el nombre de Taller de Jesús. Allí están
ubicados nuestra imprenta, nuestro estudio de arte y otros
departamentos de trabajo. De este lugar sale el mensaje de
que “Dios puede”. Sí, Él puede mover montañas o
autopistas, si nosotros sentimos celo por su reino y
creemos. Éste es el sermón que el Taller de Jesús nos
predica, cuando entramos y salimos de él cada día.

67
Dios espera que la oración
sea sincera y continua

19. El huerto de las ciruelas

Teníamos el plan de construir el Taller de Jesús en el


terreno adjunto a la casa matriz. Parte de la tierra
pertenecía a una gasolinera que estaba al lado de la casa
matriz, y el resto consistía en tres campos. La adquisición
de estos campos suponía muchas dificultades.
Santiago nos da un sano consejo en su epístola: “La oración
fervorosa del hombre bueno tiene mucho poder” (St 5:16).
¿Qué implica la palabra “fervorosa”? Significa que uno
persevera en esperar algo, lo apoya, lo destaca, invierte en
ello. Por ejemplo, si voy a enviar una carta especial, no
trato de economizar en el franqueo postal. La envío por
correo aéreo, certificada, urgente, entrega especial; y
probablemente coloco adentro del sobre las estampillas,
para que me la contesten.
En la vida cristiana hay también ciertos modos de destacar,
de apoyar nuestra oración. Se constituyen en expresiones
externas definidas que le demuestran a Dios lo mucho que
significa para nosotros su respuesta. Cuando esto procede
de un corazón humilde no tiene ninguna relación con el
deseo de imponer nuestra voluntad, ni tampoco con el
esfuerzo propio o con la intención de querer obligar a Dios.
Sólo ayuda a demostrarle al Señor que uno sólo tiene
puesta la esperanza en Él. Entre las maneras de insistir y
de apoyar nuestra oración se pueden incluir ofrendas
especiales, ayunos, vigilias y el renunciar a algo que nos
cueste, dentro de nuestra vida cotidiana.
Uno de los tres campos mencionados al principio de este
capítulo pertenecía a una anciana. Era un pequeño terreno
68
situado donde íbamos a construir nuestro Taller de Jesús.
Durante semanas y meses habíamos orado para que Dios
moviera la voluntad de la anciana para que cambiara su
terreno por otro, o nos lo vendiera.
La hermana Eulalia escribió: “Visité a la señora muchas
veces, y también a su hermano y a su cuñada. Pero era
inútil. Ella insistía en que, por ninguna circunstancia, una
persona debía desprenderse de lo que había heredado de
sus padres.
“En una de mis visitas, la anciana no estaba en casa. Un
sobrinito de ella estaba allí y me permitió entrar. Él me
llevó a la habitación de su tía abuela. Yo no había visitado
este lugar antes. Una mirada a dicho entorno me hizo
comprender que, mientras ella viviera, no cambiaría ni
vendería su tierra. La habitación estaba llena de muebles
suficientes para llenar una casa entera; la mayoría de ellos
estaban deteriorados. En el rincón había una cama. El
muchacho me llevó allí, y me explicó que la tía tenía que
subir a la cama con la ayuda de una escalera pequeña,
pues había amontonado todos los colchones heredados de
sus antepasados, y dormía sobre todos ellos. El muchacho
confirmó mi percepción, diciéndome: BMi tía no se ha
desprendido jamás de algo que haya heredado.
“Regresé a la casa con el informe. Las madres dijeron que
una persona tan atada a las cosas de este mundo,
solamente podía liberarse de ellas mediante la oración
`fervorosa´. Sentimos que no sólo nuestro campo estaba
involucrado en esto, sino también un alma que vivía atada
a las cosas de este mundo. Jesús dijo: “Esta clase con nada
puede ser arrojada sino con la oración y el ayuno” (Mc 9:29).
Ayuno no sólo significa dejar el alimento del cuerpo;
también puede ser la entrega de algo que tiene especial
significado para el alma y el espíritu. En algunos casos,
esto puede ser más difícil que el ayuno físico. De modo que
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todas las oraciones de las dos semanas siguientes
estuvieron respaldadas con ayuno. Eso nos dio la
oportunidad de considerar a qué cosas o situaciones podían
estar atadas nuestras almas. En nuestro caso, no tenemos
propiedades; sin embargo, nuestra posesión puede ser un
pequeño crucifijo, una tarjeta bonita, cierta necesidad
personal a la cual nos aferramos. O tal vez sentimos miedo
de una entrega espiritual y pensamos: ¡Espero que nunca
llegue el día en que Dios me pida esto a mí! En resumen,
fuimos llamadas a una semana de entrega, en la cual cada
una renunció en secreto a aquello a lo cual estaba atada.
“Transcurrida esta semana, volví a visitar a la anciana
dueña del campo. No podía creer lo que le oí decir: BLa
tierra no me produce nostalgia, lo que me preocupa son los
ciruelos. No quiero desprenderme de ellosB. Dicho de otro
modo, ella quería dejarnos la tierra, pero mantener los
ciruelos como suyos. De modo que tuvimos que hacer un
contrato en el que se estipulara que todas las ciruelas
serían para ella; todos los años le enviábamos las ciruelas
que se producían en esa parte de tierra”.
Verdaderamente, Dios había hecho un milagro. Había
cumplido con su Palabra, pues se probó que: “La oración
fervorosa del justo tiene mucho poder” cuando se hace con
sinceridad y constancia. Experimentamos que la oración
del justo, tal como el Señor lo promete, hace que un
tremendo poder esté a su disposición, cuando la oración es
sincera y continua. Él, realmente, libró el alma de la
anciana de la esclavitud, de tal modo que ella pudo
desprenderse de su campo. Además, Dios se había
propuesto producir una renovación en nuestros corazones.
Eso era más importante para Él que la rápida respuesta a
nuestra oración. Por eso permitió que al principio
encontráramos muchos inconvenientes.

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Dios quiere que dependamos de Él

20. Una imprenta... por la fe

En la Hermandad de María tenemos una alegre canción que


expresa la felicidad y bienaventuranza de los “pobres”. Una
de sus estrofas es la siguiente:
A los que tienen pocos dones
y necesitan más la ayuda de Dios,
reciben de su gran abundancia
dones y sabiduría sin cesar.

Algunas veces entonamos esta canción a los visitantes


cuando los llevamos a ver nuestra imprenta. Las máquinas
que hay allí forman un verdadero concierto: la prensa
Heidelberg Offset, la prensa de tipografía Heidelberg, la
máquina Rotaprint Offset, la cortadora, la plegadora y la
encuadernadora. Nuestros visitantes se sorprenden por los
logros de las hermanas y, a menudo, dicen que ciertamente
están bien entrenadas en su oficio. Sin embargo, no es así
realmente. Todo lo relacionado con la imprenta se basa en
el principio secreto que expresa esta canción. La hermana
Beate, encargada de la imprenta, y sus doce colaboradoras
no tuvieron formación profesional para este trabajo.
Al principio, la hermana Beate visitaba una imprenta de
Darmstadt por las tardes. Esto le ayudó a adquirir algo de
información básica y aprender los procedimientos más
importantes para este trabajo. Luego comenzó la escuela de
la gran dependencia a Dios y a la oración. Cualquier falta
de conocimiento, preparación y experiencia debía ser
superada por medio de la fe y la oración. Dicha
dependencia nos hacía humildes y pequeñas, llevándonos
por el camino de la oración. Así nos hemos sentido muy
71
felices de ser las “no especializadas” casi en cualquier
aspecto; por ejemplo, en las artes gráficas, en publicaciones
o en dramas bíblicos. Esta renuncia a la formación
especializada no es para nosotras un “principio”, sino la
dirección de Dios para el camino de nuestra hermandad.
Cuando hice un trabajo de la Misión para los Musulmanes,
preparé algunas lecciones bíblicas. En los primeros años de
la hermandad, nos pedían estas lecciones con bastante
frecuencia. Decidimos dar un paso de fe y encomendar las
primeras impresiones tipográficas de estas lecciones a una
imprenta. Esto significaba que teníamos que tener fe en
que el Padre nos proveería varios miles de marcos. La
primera edición se agotó pronto, pero fue claro que no
pudimos pagar una nueva impresión profesional. Entonces,
mi corazón recibió una inspiración: Tenemos que pedir al
Señor nuestra propia imprenta y creer que nos la dará. Esto
ampliaría las posibilidades para nuestra misión. Así que, en
medio de la mayor escasez económica en que nos
hallábamos por la construcción, oramos insistentemente
para que el Señor moviera el corazón de alguien y así nos
regalaran una prensa. Y el Padre nos contestó. Llegó el día
en que tuvimos una máquina Rotaprint delante de nosotras.
Nos la regaló un matrimonio que sabía acerca de nuestra
labor.
Consideramos que teníamos que ponerla a funcionar de
inmediato. Siempre hemos sido conscientes de que vivimos
en “los tiempos del fin”, de que la venida del Señor está
cerca. No podíamos esperar a que llegara una hermana que
entendiera el proceso de impresión, ni tampoco estábamos
en capacidad de enviar a una de nuestras hermanas a
adquirir la técnica en un curso de varios años.
Indudablemente, esto hubiera sido necesario para manejar
algunas máquinas que adquirimos posteriormente. Pero el

72
Señor nos permitió comenzar con una máquina pequeña,
para que aprovecháramos el tiempo al máximo.
¿Qué podía hacer esta hermana, que no tenía ningún
entrenamiento, al hallarse en frente de la nueva máquina?
No había sino una salida: clamar al Señor. La necesidad
nos enseña a orar. Ella tuvo esta experiencia, por ejemplo,
la primera vez que trató de imprimir algo en color dorado.
Se metió en toda clase de dificultades. En respuesta a sus
suspiros y peticiones, el Señor envió ese mismo día a un
huésped no esperado. Era un profesional de la imprenta y
había operado una máquina similar. Con gusto trabajó con
ella hasta bien entrada la noche y le enseñó el manejo
exacto de la máquina.
Dios, que es celoso, quería que dependiéramos totalmente
de Él, que hiciéramos todo con Él y estuviéramos unidos a
Él en amor. El Señor nos mostró, una vez más, lo bien que
marchan las cosas, cuando ponemos en Él toda nuestra
confianza, buscando y esperando su ayuda. Dios no sólo no
desilusionó a las hermanas de la imprenta, sino que se
manifestó como el mejor maestro posible. Los productos
impresos salían tan bien que el vendedor que
promocionaba estas máquinas, tomó algunas muestras y
las puso en su maletín de pruebas con propósitos de
propaganda.
Sin embargo, esta pequeña máquina no fue suficiente para
atender la creciente demanda de folletos y, en fe,
encargamos una prensa de tipografía Heidelberg. Hicimos
un convenio con el vendedor de que haríamos
puntualmente los pagos en cada cuota. Por supuesto, nadie
sabía de dónde vendría el dinero. Y así sucedió también con
las demás máquinas que adquirimos después. La prensa
Heidelberg había sido objeto de oración durante muchos
meses; cuando llegó, nos reunimos para cantar alabanzas y
acción de gracias, y también himnos de fe, pues ahora
73
teníamos que creer que tendríamos a tiempo el dinero para
las cuotas. También debíamos orar para que las hermanas
pudieran operar estas máquinas, las cuales requerían de
una mayor habilidad técnica que la máquina Rotaprint.
Pero Dios había pronunciado su amén para este camino de
fe y hasta el día de hoy nos ha permitido experimentar
milagro tras milagro.
De vez en cuando alguna máquina se dañaba o dejaba de
funcionar. La hermana Débora, que usualmente maneja la
Heidelberg Offset, nos informó que un día se produjo un
sonido horrible que retumbó por todo el taller y la máquina
se detuvo.
“Nos pusimos tan blancas como un papel. Dos puentes
metálicos saltaron del armazón de la máquina y se
deslizaron hacia la rueda. Este incidente indicaba un daño
grave que costaría miles de marcos. Generalmente, todas
las máquinas de una imprenta están aseguradas; si pasa
algo, la compañía de seguros paga la cuenta. Nosotras, sin
embargo, no teníamos ninguna póliza de seguros.
Descubrimos que el puente se había hecho pedazos y si un
fragmento de metal hubiera caído sobre la rueda dentada,
mientras la máquina estaba en movimiento, todo el cilindro
se hubiera arruinado. Estuvimos cerca de esta catástrofe,
pero no ocurrió nada como esto.
“Recogimos todos los fragmentos de metal que estaban en
diversas partes de la máquina durante algunas horas.
Estos fragmentos habían sido lanzados con tal fuerza que
saltaron la pintura de la máquina en varias partes. Con
temblor y oración a nuestro Padre nos reunimos en torno al
cilindro. Finalmente, nos arriesgamos a poner en
movimiento la máquina para ver si los ángeles...
Efectivamente, la máquina comenzó a funcionar con sus
sonidos normales y rítmicos; no hubo más estruendos y
quedó totalmente arreglada. Cuando contamos esto a otros
74
impresores, les pareció difícil creer que escapamos a este
daño, sin gastar por lo menos mil marcos en la reparación”.
Simplemente, el Señor obró. Él oye las oraciones de los que
no tienen ninguna ayuda, sino la suya. Nuevamente nos
alegramos por nuestra pobreza y nuestra dependencia del
Padre. Estas aflicciones nos llevaban a Él en oración.
Luego, Dios nos permitía experimentar su poder, su ayuda
y su amor paternal. En realidad, en caso de haber tenido la
preparación técnica, el conocimiento, el talento y el dinero,
hubiéramos sido verdaderamente pobres, porque de esta
manera no estaríamos en condición de experimentar la
bendición del amor del Padre. Precisamente, llegamos junto
a su corazón al comprobar su provisión en las muchas
dificultades de la obra.
¡Bienaventurados los pobres,
bienaventurados serán los pobres,
que como hijos de un Padre bondadoso
todo lo reciben de Él!
Todo lo que hay en nuestra imprenta nos cuenta la misma
historia. Los hijos desamparados reciben del Padre todo lo
que necesitan en respuesta a sus peticiones, y aun en lo
más pequeño experimentan milagros. Sobre una de las
prensas cuelga una vieja pieza de la máquina Rotaprint, la
cual tiene un significado especial para nosotras, pues nos
muestra esa relación directa que tenemos con el Dios
viviente, en los más íntimos detalles de nuestro trabajo
diario. El gran Dios omnipotente se interesa en nuestras
pequeñas angustias, así como un padre terrenal se
preocupa por los juguetes estropeados de sus hijos. Tal vez
esto puede ser un consuelo para los que pasan día tras día
frente a una máquina, como ocurre con nuestras
hermanas, pues es fácil perder de vista la relación entre el
cielo y una ocupación de carácter mecánico.

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La hermana Beate nos contó lo siguiente: “Una vez, la
prensa Rotaprint nos hizo perder todos los cálculos de
tiempo. Estábamos en los días anteriores a la Navidad de
1961, y todo iba de prisa. Llegaba el día en que teníamos
que despachar un pedido por barco a Tierra Santa. El daño
ocurrió un viernes. Todos saben que el sábado no se puede
conseguir un mecánico, incluso desde el viernes por la
mañana ya están comprometidos. Eso significaba que
tendríamos que perder por lo menos dos días completos de
trabajo. Llamamos al superintendente de servicios en
Francfort, pero fue inútil: todos los técnicos habían salido a
cumplir sus asignaciones. No podíamos hacer nada. Ya
estaba a punto de colgar el teléfono, cuando escuché algo.
¿Estaba oyendo bien? Era la voz del superintendente:

‘Dígame, ¿Ustedes han orado de nuevo?’


“Me quedé sorprendida por su pregunta, y sólo pude
confirmar: Sí, hemos estado orando, ¡y mucho!

‘Imagínese, uno de nuestros mecánicos que ya habíamos


despachado acaba de regresar a buscar unos repuestos.
Dice que va a terminar más pronto de lo esperado y
entonces irá a su imprenta’.
“Hasta esta empresa comercial secular tuvo que reconocer
el papel de la oración. Así, pudieron compartir con nosotras
la bendición que se recibe al ser hijo de Dios, por medio de
Jesucristo. Él oye las peticiones de sus hijos y les ayuda,
hasta en situaciones en las que una máquina se daña. Fue
entonces cuando colgamos la pieza de la máquina
Rotaprint del cielo raso, como una señal de acción de
gracias”.

76
El arrepentimiento trae la respuesta de Dios

Esta es la experiencia de una hermana que trabaja en la


imprenta:
“Un día, la prensa Heidelberg Offset comenzó a fallar y no
podíamos descubrir por qué. Ésta fue otra oportunidad en
la que Dios nos enseñó a confiar en Él. Pero, esta vez, Él
quiso enseñarnos algo más también.
“Les dije a mis colaboradoras: ‘Esta dificultad debe
significar que algo no anda bien dentro de nosotras’. No
podíamos hallar otra explicación. Todas recibieron la
sugerencia en silencio.
“Luego, llegó la hora del almuerzo. A la 1:30 p.m., la
máquina comenzó a trabajar perfectamente. Después, una
de las hermanas se detuvo cerca de la máquina, y vio que
estaba funcionando muy bien.

‘¿Desde cuándo?’, preguntó con alegría en sus ojos.


“Se lo dijimos, y todo se puso al descubierto. Desde el día
anterior había ciertas fricciones entre ella y otra hermana.
Ninguna quería ceder. Pero no las dejaba tranquilas el
hecho de que la máquina se había detenido. Después del
almuerzo, hablaron con la madre Martyria. Confesaron
todo, hubo perdón y reconciliación: precisamente en ese
instante la máquina comenzó a funcionar otra vez.”
Dios había dado a toda la hermandad una lección por
medio de este suceso. Su palabra sigue firme: “...si al llevar
tu ofrenda al altar... ve primero a ponerte en paz con tu
hermano” (Mt 5:23,24). Si violamos los mandamientos de
Dios, nuestras oraciones no pueden ser contestadas.
Cuando sufre una avería una máquina en la imprenta, lo
primero que tienen en cuenta las hermanas es esto. Antes

77
de llamar al técnico, oran juntas: “¿Hay algo entre nosotras
o dentro de nosotras que entristece al Señor?”.

Dios busca la oración de fe

21. Matemáticas celestiales

Junto a la imprenta están las salas de nuestra casa


editorial. Un día alguien nos dijo: “¡Estoy contento de que
ustedes ya tengan una editorial! Así, ustedes tendrán los
mismos problemas nuestros: impuestos, propaganda,
ganancia. ¿No es verdad? ¿No tienen que pensar en estos
puntos comerciales?”.
Por supuesto, es cierto que no podemos evitar todas las
dificultades relacionadas con nuestro trabajo, la falta de
personal, las exigencias en las entregas, las muchas horas
extras, la necesidad de mantener una contabilidad exacta y
cosas como esas. Pero, nuestra editorial también funciona
de conformidad con los caminos de la fe. Podemos publicar
cualquier cantidad de cosas: folletos, libros, carteles,
prospectos, tratados, hojas de canciones. El asunto no es si
tenemos fondos disponibles para ello o si obtendremos
ganancias. Nuestra primera consideración es si hemos
recibido un mandato expreso de Dios para publicar algo, y
si ha de ser una bendición para las personas que lo lean.
Dios nos ha permitido adoptar esta maravillosa forma de
operar, que cuenta siempre con Él. Eso nos crea una
atmósfera de gran tranquilidad y confianza. Sólo tenemos
que preocuparnos de que el mensaje de Dios llegue a
muchos, de proclamar su Palabra, de hacer todo el esfuerzo
posible por publicar tantos libros y folletos como se pueda,
para que muchas personas estén preparadas y se salven. El
78
Señor mismo se encarga del dinero y de los trabajadores
necesarios. Sólo tenemos que arriesgarnos por fe. De modo
que todos los impresos, menos los encargos de parte de las
librerías, se hacen y distribuyen gratuitamente. Cada cual
puede dar lo que quiera, y cuanto quiera, con toda libertad.
Parte de esta literatura va a países de donde no es posible
recibir nada. Se distribuyen pequeños folletos por millares.
Nuestro trabajo editorial y de imprenta sólo está
comenzando. Un programa de expansión requiere grandes
sumas de dinero para conseguir más espacio, más
máquinas y más materiales.
No es, pues, de extrañarse que este negocio opere con
pérdidas. Sin embargo, lo extraño es que siempre pagamos
puntualmente todas las facturas. Además, hemos visto
cómo se han levantado las casas una tras otra, y hemos
adquirido nuestra tierra de Canaán.
¿Cómo es posible todo esto? Un profesor de matemáticas de
nuestra ciudad siguió este sistema de imposibilidades
financieras con gran interés. Lo llamaba “matemáticas
superiores” o simplemente “matemáticas celestiales”. El
cálculo humano siempre se basa en las ganancias. Pero, en
las “matemáticas celestiales” ocurre todo lo contrario: “Den
a otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una
medida buena, apretada, sacudida y repleta” (Lc 6:38). Los
principios que rigen las “matemáticas celestiales” son más
confiables que la aritmética humana y son eternamente
válidos. Esto significa que quien entra por el camino del
dar, como dijo Jesús, recibirá todo en abundancia.
Así es como hemos podido llevar a cabo esta obra editorial,
en una medida cada vez mayor. El dinero necesario no nos
llega conforme a los cálculos humanos usuales: por
ejemplo, mediante una buena promoción o cartas
estimulantes para conseguir los fondos. Esto no sucede así,
el dinero llega por medios sobrenaturales, contando con
79
Dios, cuyo poder y autoridad se extienden también con el
dinero. Él dice: “Míos son la plata y el oro” (Hag 2:8).

Dios busca la oración de fe

22. El autobús azul

La hermana Benedicta nos informó lo siguiente:


“Los niños se apiñaban en torno a un pequeño establo de
cabras vacío, donde dictábamos las clases bíblicas para
ellos. Eran niños pobres, con diversos matices de limpieza,
algunos bastante sucios. Se dibujaba en sus caras un
doloroso complejo de inferioridad. Desde los primeros años
de su infancia habían padecido necesidades y dificultades.
Sus ojos tristes reflejaban la lucha que habían tenido que
librar todos los días, pues no hallaban alivio ni victoria.
“En el establo teníamos, a lo sumo, espacio para diez niños.
Los demás gritaban y molestaban afuera, mientras les
llegaba su turno para entrar a recibir una hora de clase.
Comprendimos que, si no conseguíamos un lugar más
amplio, no podríamos llevar a cabo nuestra obra con tantos
niños. La zona tenía pocas casas y nunca se nos pasó por
la cabeza que allí vivieran tantos niños. ¿Dónde
hallaríamos un lugar adecuado? ¿Debíamos construir una
cabaña?
“Un día dibujé un autobús antiguo en el pizarrón con tiza
azul. Les dije a los niños: -Ahora vamos a pedirle al Padre
celestial que nos dé este autobús. No borraremos el dibujo
hasta que lo recibamos-. En ese momento nos pareció que
un aula rodante era la única solución para nuestro
problema. Así, podríamos ir de un lugar a otro, visitando a
80
esta pobre gente y dando las clases. Muchas de las
hermanas se pusieron de acuerdo para orar por el autobús.
“Entre los niños hubo una división inmediata. La mayoría
apenas sabía lo que era orar. Muchos aprendieron la
oracioncita por el ‘autobús azul’ y la recitaban en su
sencilla fe. Las madres de los niños nos contaban que
oraban por la noche y por la mañana al Padre celestial. Los
otros niños, la mayoría de ellos de más edad, se burlaban.
Ellos sabían que Dios no iba hacer descender un autobús
del cielo.
“De modo que esto se convirtió en una verdadera prueba de
fe para nosotras también. ¿Oiría el Señor nuestra oración y
actuaría en esta situación? En realidad, le preguntamos a
algunas empresas alemanas y norteamericanas de venta de
vehículos, para ver si había algún autobús desechado que
estuviera disponible, pero no tuvimos éxito. El dibujo que
estaba en el pizarrón ya tenía tres semanas, y no había
sucedido nada. Entonces, ocurrió algo que no nos
podíamos explicar y ante lo cual sólo pudimos exclamar:
B¡Eso sólo puede ser obra del Padre celestial!
“Un hombre llegó a preguntar si era cierto que
necesitábamos un autobús. Él vendía uno y estaba
interesado en saber si queríamos ir a verlo. Hasta ese
punto no había nada raro. Ciertamente hay muchos
autobuses viejos que están para la venta. ¡Pero cuando
fuimos a verlo nos dimos cuenta de que era de color azul,
exactamente igual al que yo había pintado, un Opel-Blitz,
modelo 1937.
“El precio era realmente económico: 1.200 marcos, con la
batería. Sin embargo, ésta era una gran suma de dinero
para nosotras. La madre Basilea dijo: ‘Incluso si costara un
peso, hay que considerar otros puntos. Será una gran
responsabilidad que ustedes, las hermanas, manejen

81
siempre este autobús, y eso aparte de los gastos que
supone mantenerlo. Tenemos que pedir una señal. Si nos
llega un número extraordinario de donaciones entre este
momento y el miércoles, ese será el sí de Dios para que
compremos el autobús; si no, no lo compraremos. En tal
caso, el Señor proveerá otro modo de resolver la situación’.
“En los siguientes días oramos muchísimo con todas
nuestras fuerzas. Antes del miércoles se recibió gran
cantidad de donaciones como nunca lo hubiéramos
esperado. Después del miércoles se detuvo de repente la
corriente de ayudas. La señal fue clara. A causa de la
confianza infantil de nuestras oraciones, Dios escuchó y
nos dio lo que necesitábamos. Contentas fuimos a buscar el
autobús azul. Nos fuimos manejando hasta el barrio de la
ciudad donde se realizaban las clases bíblicas de niños, con
el fin de mostrárselo. Muchos se impresionaron tanto que
no sabían qué era lo que estaban viendo. Uno de ellos
preguntó: ‘Hermana, ¿incluirán ahora esta historia en la
Biblia?’”.
Desde entonces comenzaron a formarse grupos de oración,
aun entre los niños más pequeños. Porque habían
experimentado personalmente quién es el Padre celestial y
que Él quería ser su Padre. Desde entonces, cualquier
pequeño detalle relacionado con el autobús se convirtió en
motivo de sus oraciones. Pedían que alguien diera el dinero
para reparar cualquier ruido, que recibiéramos lo necesario
para comprar gasolina, que no ocurriera ningún accidente y
cosas por el estilo. Y Dios respondía a estas oraciones de
una forma específica y literal para que los niños pudieran
entender; ¡así como había considerado cuidadosamente la
petición de ellos, en cuanto a que el color del autobús no
fuera otro diferente del azul!

82
Dios busca la oración de fe

23. Las medidas: 11 metros y 80 centímetros

Ahí estaba el autobús azul que era un don del cielo. Le


pusimos por nombre Mensajero de Jesús. Lo estacionamos
en medio de las cabañas. Los niños se apretujaban en
frente del autobús, esperando entrar en él por grupos
sucesivos. La disciplina era imposible. Los que estaban
adentro miraban hacia afuera, y los de afuera, miraban
hacia adentro. Algo era cierto: ¡Nuestro autobús azul
necesitaba cortinas!
Una de las hermanas que trabajaba en el autobús cuenta
cómo oraron:
“Pensamos que lo mejor sería colocar cortinas de color
castaño oscuro, pues darían al interior del vehículo un
ambiente abrigado y agradable. El Padre celestial había
convenido en que el color del autobús fuera azul. ¿No
podría volver a ponerse de acuerdo con nosotros? Oramos
para que nos diera ese tipo de cortinas. Los niños oraron
con nosotras. Las ventanas del vehículo medían 11 metros
con 80 centímetros de largo. Por supuesto, no teníamos el
dinero para comprar dicha cantidad.
“Llegó la Nochebuena... y con ella un paquete de un gran
negocio que nunca nos había dado nada: ¡era tela para
cortinas de color castaño oscuro! Con gran deleite apreté el
paquete contra mi corazón. Pero algunas de las otras
hermanas dijeron: ‘Este material es demasiado bueno para
el autobús. Durante mucho tiempo le hemos pedido al
Señor tela para cortinas.’
‘Pero nosotras le pedimos cortinas de color castaño oscuro’,
dijeron a coro las hermanas que trabajaban en el autobús.

83
“Al fin, llegamos a este acuerdo: mediríamos la tela, si ésta
medía 11 metros con 80 centímetros de largo, pertenecía al
autobús, pues ésa era la medida de las ventanas. Si medía
más o menos, pertenecía a las hermanas que trabajaban en
la costura, ya que ellas no habían medido sus ventanas.
Con gran ansiedad buscamos el metro y comenzamos a
medir la tela. Al principio parecía que las hermanas del
autobús estábamos perdiendo. Pero... no. ¡Ahí estaba la
medida: precisamente 11 metros con 80 centímetros!”.
¿El Padre celestial había asignado las cortinas al autobús,
porque no quería que los niños se sintieran desilusionados?
Sabemos que Él tiene especial preocupación por los pobres
y los pequeños. La Escritura dice que Jesús pronunció una
vez un “¡ay!” contra el que haga tropezar a los pequeñitos.
Junto con los niños, nos quedamos admiradas de la obra
del Señor. El Dios todopoderoso se había preocupado de
cada centímetro de la cortina, puesto que era muy
importante para el ministerio del Mensajero de Jesús. Al
contestar esta oración, el Padre nos convirtió a nosotras,
las grandes, en niñitas. Nos enseñó de nuevo a confiar en
Él, inclusive para las cosas más pequeñas y a amarlo
tiernamente.

Dios busca la oración de fe


24. Rodeado de ángeles

Este es el testimonio de la hermana Sara, quien


posteriormente trabajó en el Mensajero de Jesús.
“Uno de los suburbios a los cuales llevábamos el autobús
era el sitio favorito de adolescentes rufianes y peleadores.
La policía rondaba el área para arreglar pleitos, imponer

84
castigos por los atracos y cosas por el estilo. Estos
buscapleitos ni siquiera nos respetaban. En efecto, algunos
malhechores adultos se unían a ellos en sus maldades.
Trataban de asustarnos diciéndonos que iban a incendiar el
autobús, otras veces le sacaban el aire a las ruedas, movían
el bus haciendo amague de volcarlo o hacían cosas
parecidas. De modo que nunca fuimos a este suburbio para
dar nuestras lecciones, sin primero pedir la oración de
todas las hermanas en la casa matriz.
“Un día habíamos pedido especial intercesión antes de
salir. Y justo ese día los cabecillas de la banda habían
planeado atacarnos, según lo supimos después. Un
muchacho, a quien era imposible mantener callado,
durante la clase en el autobús, fue a buscar a sus
compañeros de aventura. Llegó una pandilla de diez
hombres que se distinguían por sus riñas y revueltas. Sin
embargo, se mantuvieron a cierta distancia del autobús y
no ocurrió nada. Era como si algún poder los hubiera
retenido. Cuando llegó la noche, todos se fueron.
“Al regresar a la Casa Matriz les dimos las gracias a
nuestras hermanas por sus oraciones. Habíamos
comprobado que realmente hay poder en la oración. La
oración mueve los corazones humanos y cambia las
situaciones. Cuando volvimos en el Mensajero de Jesús a
ese lugar, sentimos nuevo valor. ¡Estábamos firmemente
convencidas de que no estamos indefensas contra estos
ataques planeados! ¡El poder de la oración es más fuerte
que el poder de las tinieblas! Los ataques de las tinieblas se
reducen a la nada. ¡Jesús tiene la victoria!
“Y en realidad, cuando llegamos, el cabecilla de la pandilla
se me acercó y me dijo tranquilamente: ‘Hermana, ¿por qué
siguen viniendo ustedes aquí? Uno de estos días podríamos
atacarlas’.

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“Este hombre había estado varias veces en la cárcel por
atraco y robo. Pero, antes de que alguna de nosotras
pudiera contestarle, agregó, como empujado por un
impulso: ‘Nadie puede hacerles nada. ¿Es verdad que Dios
está con ustedes?’ ”

Dios quiere que creamos en su Palabra

25. Jesús hoy, en el Mar de Galilea

Nuestros libros de contabilidad muestran que durante un


año entero sólo entraron gotitas de dinero. Estuvimos en
grandes aprietos, pues se nos vencían los plazos de cuentas
importantes. De repente se produjo un cambio, y pudimos
hacer frente a todas nuestras obligaciones sin mayores
dificultades. Este cambio sólo fue posible, mediante “una
administración celestial”. Dicho resultado corresponde a
una experiencia muy especial que ocurrió en el mar de
Galilea, en marzo de 1958.
Al recordar aquellos tiempos, todavía sentimos en nuestros
huesos el dolor por esas cuentas que teníamos pendientes.
Cada mes el déficit era de 16.000 marcos. Nuestra casa de
retiros en Canaán, El Gozo de Jesús, estaba a punto de
terminarse. Durante la cena, cuando oíamos los bajos
ingresos de cada día, nos sentíamos casi asfixiadas. Era
como si una montaña nos hubiera caído encima,
dejándonos paralizadas. Esa era una verdadera batalla de
fe. Las palabras de nuestra oración todavía resuenan en
nuestros oídos. Muchas noches acudimos al Señor y le
presentamos el hecho de que, en diez años y diez meses, Él
nunca nos había decepcionado. Siempre llevaba a cabo lo
necesario para que el dinero nos llegara oportunamente.
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Con seguridad, Él no iba a cambiar en el undécimo mes del
undécimo año de nuestra existencia como Hermandad de
María. De repente no iba a ocasionar que fuera imposible
para nosotras pagar nuestras cuentas, Él no podía permitir
que su nombre sufriera menoscabo frente a su pueblo. Día
tras día, y a veces durante la noche, orábamos a nuestro
Padre; también le pedíamos que nos revelara cualquier cosa
en nosotras que le molestara, con el fin de que se abrieran
las ventanas de los cielos y se derramaran sus bendiciones
en dinero.
En ese tiempo tuve que viajar a Israel para dictar una serie
de conferencias. Todo el tiempo llevé en mi corazón la
aflicción por nuestras necesidades económicas. El 23 de
marzo recibí una carta en la cual me informaban que no
había ninguna solución para nuestro problema económico.
Sin embargo, para entonces, yo sabía que el Señor tendría
misericordia de nosotras. Él es nuestro Padre y nuestro
Redentor. Cuanto más oscuro sea el camino de la fe, tanto
más maravilloso será el logro y la cosecha. De modo que
vale la pena seguir por el camino de la fe, aun cuando las
tinieblas parezcan envolvernos. Esto fue, en general, lo que
les contesté a las hermanas de la casa matriz.
Esa noche pasé un rato en el mar de Galilea. Me aparté un
poco de la orilla en una barca, precisamente en el sitio
desde donde, con bastante probabilidad, los discípulos que
estaban pescando vieron al Señor resucitado (ver Juan 21).
No pude hacer otra cosa que concentrar todo mi ser en lo
que sucedió allí. Los discípulos habían estado pescando
toda la noche y no habían hallado nada. ¡Estaban
desanimados y hambrientos! Luego se les apareció el Señor
y no sólo les habló con palabras de consuelo que ellos
tuvieron que aceptar por fe, sino que también intervino
milagrosamente para ayudarlos en su necesidad inmediata.
Además de proveerles comida les regaló también una pesca

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espectacular. Entonces le pedí al Señor que me hiciera la
misma pregunta que en ese momento les hizo a sus
discípulos: “Hijitos, ¿tienen algo de comer?”. Porque ahora
nosotras éramos también sus discípulas y confiábamos en
su cuidado y protección. Si nuestro Señor Jesús no
intervenía en ese momento, estaríamos en gran necesidad.
Además, si después alguien nos preguntara que, si alguna
vez estuvimos en necesidad, no podríamos contestar: “¡No,
nunca!”
¿Este mismo Jesús podía actuar ahora, de forma diferente?
Para gloria de su Nombre, sería imposible, porque ¿cómo
responderíamos cuando nos preguntaran: “¿Alguna vez les
ha faltado el dinero necesario para su ministerio, en este
camino de fe?” Tendríamos que contestar: ¡Sí, a menudo; o
por lo menos, algunas veces nos ha hecho falta el dinero
necesario”.
De modo que confronté a Jesús en el sitio donde Él satisfizo
maravillosamente la necesidad de sus discípulos. Le
pregunté si Él es el mismo hoy, el que nunca traiciona la fe
de los suyos y cumple su palabra: “Yo haré cualquier cosa
que en mi nombre ustedes me pidan” (Jn 14:14). En esa
hora en que nuestra pobreza y nuestra aflicción habían
llegado al extremo, ¿satisfaría Él también nuestra
necesidad?
Las hermanas en casa no sabían nada acerca de la hora
que pasé sobre el mar de Galilea. Pero cuando regresé poco
después, casi no podían contener la alegría al contarme lo
que había ocurrido. Al día siguiente, comenzaron a entrar
grandes sumas de dinero a nuestra caja y continuó
sucediendo hasta el fin de mes, de modo que pudimos
pagar a tiempo todas nuestras deudas. No sólo pudimos
pagar la casa de retiros de Canaán, El Gozo de Jesús, sino
que al final del año siguiente, empezamos la construcción
de la gran capilla que lleva por nombre Capilla del Llamado
88
de Jesús. De igual forma pagamos otros terrenos que
habíamos adquirido.
Dios había escuchado en verdad la oración que le hice en el
Mar de Galilea. No nos había decepcionado. Él no puede
hacer eso.

Dios escucha la oración de los pobres

26. Pequeñas pruebas de fe:


mediante un pepino y otras cosas...

La hermana Eulalia era la encargada de la primera casa de


huéspedes que habíamos alquilado en la ciudad. En esta
historia, ella se refiere a una joven que llegó allí, un sábado
por la tarde:
“Me senté junto a la joven a tomar café y le conté las cosas
maravillosas que habíamos experimentado en relación con
nuestro trabajo de construcción: cómo Dios oye la oración y
hace posible lo imposible. Más tarde, ella entró a la cocina
para ayudar a preparar la cena.
‘¿Qué va a cocinar?’, preguntó.
“Sin esperar respuesta, abrió la puerta de la despensa y vio
que sólo había un pepino. Yo lo había apartado para
nuestro almuerzo del domingo. Ella era de carácter
impulsivo. Lo sacó y de inmediato comenzó a cortarlo en
rebanaditas.
“De veras tuve que contenerme para no decir nada. Se
había acabado el pequeño fondo que teníamos para los
gastos de la casa. En realidad, el dinero de la hermandad
estaba agotado, por causa de los continuos gastos en la

89
construcción. Era como un milagro cada vez que podíamos
volver a servir comida en la mesa. Yo me había sentido feliz
por este gran pepino que había guardado para la comida
del domingo. Los pepinos eran algo especial para nosotras
en ese tiempo; de ahí el horror que sentí cuando vi que ella
lo hacía pedazos ante mis ojos. ¿Qué les serviría a mis
huéspedes? Entonces, pensé en las palabras que le
acababa de decir a esa joven: Dios es un Padre que cuida
de nosotros y hace milagros hoy. Decidí no hacer nada para
rescatar el pepino.
“Mis compañeras de la casa de huéspedes y yo oramos para
que el Padre se encargara de esta pequeña dificultad. ¿No
había aprovechado Él la falta de vino en las bodas de Caná
para hacer su primer milagro?.
“El domingo, al prepararnos para ir a la iglesia, nos
sentíamos un poco acongojadas pues no sabíamos qué se
les serviría a los huéspedes en el almuerzo. En ese
momento llegó un muchacho en una bicicleta, agitando
una canastilla en la mano, la cual estaba llena de frijoles
frescos procedentes de la huerta de su madre. ¡Cuán
gustosos eran!”.
En la casa matriz tuvimos una experiencia similar. Una vez
estábamos preparando un gran festival al que habíamos
invitado a 180 visitantes. Las hermanas que trabajaban en
la cocina tenían que preparar sándwiches para este gran
grupo. Sin embargo, la noche que precedió al festival no
teníamos el queso para hacerlos, ni dinero para comprarlo.
Se trataba del “Festival de Acción de Gracias”. Quisimos
atender a nuestros invitados con dones recibidos de la
mano del Padre, como prueba de su bondad paternal. Las
hermanas de la cocina buscaron la colaboración de todas
las demás y durante el día estuvieron enviando “flechas de
oración” al cielo para que el Padre enviara el queso que
faltaba. Ya era tarde aquella noche y la situación se
90
tornaba desesperante. Entonces, llegó uno de los invitados
de Dinamarca, el cual trajo consigo un ¡gran queso danés
de la mejor calidad!
En otra ocasión, una hermana sufrió una grave
enfermedad, que la dejó sin deseos de comer. La hermana
de la cocina no tenía dinero para comprar alimentos
especiales, pero le presentó esta necesidad al Padre
celestial. Esa misma noche, el Señor envió tomates frescos
en una época en que no se conseguían en ninguna parte, y
de otro lugar, mandó unos pequeños peces muy aptos para
abrir el apetito.
“Nuestro Padre sabe lo que necesitamos”. “Nuestro
Padre...”. Estas palabras resonaban alegremente en nuestro
corazón. Tales experiencias nos llenaban, cada vez, de
ánimo para continuar en el camino de la fe, confrontando
cada día la necesidad de alimento y confiando sólo en la
oración de fe. En realidad, después de estas experiencias,
nos movíamos por este camino de fe llenas de gozo. En
aquellas vivencias fuimos testigos del amor y el cuidado del
Padre. Y cuando las avecillas cantaban afuera, la Palabra
de Dios hacía eco en nuestros corazones: “...ustedes valen
más que muchos pajarillos”. Sí. ¡Luego de dichas
experiencias, hasta los pájaros podían predicarnos un
sermón! Verdaderamente, Dios hizo mucho más por
nosotras que por ellos, pues tenemos una gran ventaja: se
nos permite orar y creer.
Y así, continuamos felizmente por este sendero, como hijas
bendecidas por Él. Como los pajarillos del cielo, vivimos de
su mano, confiando solamente en su amor y cuidado
paternal.

91
Dios escucha la oración de los pobres

27. No se preocupen

La hermana Anita es la encargada de administrar nuestra


casa. Esa es una gran responsabilidad. Ella debe conseguir
la crema dental, el jabón y otras cosas que necesitamos,
pues ninguna tiene dinero propio en su bolsillo. A su vez, a
ella tampoco se le permite comprar estas cosas. Al
principio, cuando se hizo cargo de esta tarea, una vez se
acercó y me dijo: “No tenemos crema dental. Tendremos
que comprarla”.

Le pregunté: “¿Has orado al respecto? Esas cosas no las


compramos, y si todas oramos, veremos lo que pasará...
‘todas estas cosas les serán añadidas’”. Poco después
apareció en nuestro comedor una caja grande con tubos de
crema dental en fila, como si fueran soldados, exactamente
con el número que necesitábamos para nuestra
hermandad. Los había enviado un barbero que recibió
algunos folletos y quería expresarnos su gratitud. Llegaron
en el momento preciso, cuando no teníamos ni un solo tubo
de crema dental en nuestra casa.
Ésta es sólo una entre miles de experiencias. Durante 15
años, y hasta el día de hoy, nunca hemos comprado crema
dental, jabones, betún para los zapatos, medias, zapatos,
sábanas, toallas, pañuelos, ni cosas de esa naturaleza. Los
huéspedes que comparten la cena con nosotras se
asombran de ver la variedad de cosas que hay acumuladas
en el centro del piso del comedor. Por supuesto, el aspecto
de esta provisión cambia todos los días; por ejemplo, un día
puede aparecer un rastrillo entre el jabón, los zapatos y la
ropa de cama; otro día, una máquina de escribir junto con
el hilo para coser y los cordones para los zapatos. Como
estos regalos se ponen allí todas las noches, siempre se oye
92
un grito de alegría en algún rincón del comedor, pues
alguna hermana encuentra lo que hacía tiempo estaba
pidiendo en oración. Y esa hermana canta después con
todas las demás: “¡Gracias te damos, oh Padre; Padre,
bendíceles!”.
De este modo hemos recibido todo lo que necesitamos de la
mano paternal del Señor, según su promesa: “Por lo tanto,
pongan toda su atención en el reino de Dios... y recibirán
también todas estas cosas” (Mt 6:33). Y, generalmente,
llegan justo en el momento de esa oración sincera por algo
en particular, ya que teníamos gran necesidad de aquellas
cosas. Tenemos la experiencia de que el Padre cumple su
palabra: “¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará
cosas buenas a quienes se las pidan!” (Mt 7:11). Él nos ha
dado innumerables cosas buenas, pues la promesa de su
Palabra, según la cual Él ayuda como Padre, no ha
cambiado; todavía es válida hoy.

28. El cuidado del Padre


en la cocina y en la casa

El gran Dios todopoderoso ¿no es demasiado grande como


para que siempre lo estemos importunando con las
necesidades de nuestra cocina? ¿Actuar de este modo no
significa tentar a Dios, casi como si estuviéramos haciendo
un experimento con el Santo? Con frecuencia nos hacen
preguntas como éstas. Seguramente pedimos un gran
milagro cuando vemos cerca el peligro y la dificultad, ¿pero,
molestarlo por comino y sal?
Llamamos “pequeñas familias” a las diferentes unidades de
trabajo de nuestra Hermandad. Cada “pequeña familia”
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comienza el trabajo del día con un momento breve de
oración en comunidad. Cada hermana puede mencionar en
la oración lo que necesita para su trabajo o las dificultades
particulares que se deben superar. Una de las hermanas
jóvenes de la cocina pedía especias todos los días, pues
nunca las había. La hermana Adelaida, supervisora de la
cocina, creía que esta petición era un poco exagerada; ya
que era suficiente con pedirle a Dios por las cosas
necesarias sin mencionar otras, como los condimentos, sin
los cuales podíamos sobrevivir. Por lo tanto, ella no le dio
mayor importancia. El Padre celestial, por lo contrario, sí se
la dio. Una tarde llegó una caja completa de especias,
enviada por alguien que se había sentido impulsado a
hacerlo. Desde entonces, nunca nos han faltado.
A la “pequeña familia” que manejaba nuestra lavandería se
le había acabado el jabón en polvo y tenía que lavar gran
cantidad de ropa de lana y chaquetas. La hermana Bárbara
dejó de lado el lavado y oró insistentemente para que el
Padre les diera lo que estaban necesitando. Por aquellos
días, precisamente, estaba comenzando en nuestra casa El
Gozo de Jesús, un retiro espiritual. Uno de los huéspedes,
pasó por su fábrica antes de salir, pensando en lo que nos
podría traer. Vio una caja de detergente y decidió ponerla
dentro del carro y traerla. No estaba convencido de que
Dios lo hubiera dirigido con respecto a este regalo ni de que
tuviéramos una necesidad más apremiante. Mientras más
lo pensaba, más se preguntaba si el detergente no sería un
regalo extraño para nosotras. Cuando nos lo entregó, nos
asombramos al ver que Dios había oído nuestras oraciones
en esta situación específica.
El Señor nos ha mostrado que su nombre, “Padre”, no es
una simple palabra, sino que es verdaderamente una
denominación que revela su naturaleza interna de un Padre
que se preocupa y provee. Imaginemos a un ejecutivo

94
sentado a su escritorio: ciertos aspectos como sus firmas,
órdenes, dictados, llamadas telefónicas, visión global del
negocio y manejo de personal nos convencen de su
inteligencia y habilidad. Pero supongamos que la puerta se
abre de repente, y entra corriendo su hijito, triste por algo
que le ha ocurrido o porque tiene hambre. En medio de
todas las actividades comerciales, el padre sacará tiempo
para atender a su hijo. Entonces nos convencemos de su
grandeza, por cuanto se basa en el amor. Tendríamos una
falsa imagen de Dios si sólo lo viéramos como Creador y
Gobernador del universo. “Dios es amor”. Es un Padre que
quiere que sus hijos acudan a Él, aun en sus más
pequeñas necesidades. Ciertamente, por encima y más allá
de todas las cosas, Él es amor.

29. 5-3= 300

La pequeña familia que trabajaba en las cuestiones de


oficina debía preocuparse por archivar y organizar
correctamente los registros. Por este motivo necesitaba una
gran provisión de carpetas. Pero, otros grupos de
hermanas también las requerían. Esa demanda parecía no
estar nunca satisfecha, pues recibíamos muy poca cantidad
de archivadores. La oficina de la casa de retiros El Gozo de
Jesús y la casa matriz habían presentado esta solicitud al
Padre celestial, durante varias semanas, en sus oraciones
de la mañana.
Un día, una compañía nos envió cinco de estos
archivadores. La hermana recepcionista preguntó por
teléfono si la oficina las había pedido. Una de las hermanas
de la oficina respondió alegremente: “Sí, hace mucho

95
tiempo”. La hermana recepcionista se sorprendió un poco,
ya que no teníamos el hábito de comprar esas cosas. Pero
la respuesta de la hermana de la oficina se refería a la
petición que le habían hecho al Padre celestial. En efecto,
posteriormente se descubrió que así fue, pues no nos llegó
factura de ninguna parte. Quedó claro que se trataba de un
donante desconocido y amable que las había enviado por
orden del Padre celestial.
Hay que tener en cuenta que las cosas que se reciben
mediante la oración, no siempre han de reservarse para
uno mismo. La hermana Matilde, supervisora de la oficina
de la casa matriz, se convenció de que debía compartir los
cinco archivadores con las hermanas de la oficina de la
casa de retiros; así que les dio tres a ellas y guardó sólo dos
para su oficina. De igual forma, siguió pidiéndole a Dios
que le mandara los archivadores que todavía le hacían
falta, con la convicción de que el Padre se las enviaría.
Pocos días después vimos que, en la mesa de regalos del
comedor, había dos cajas de cartón, dirigidas a la oficina de
la casa matriz. En las cajas había 300 archivadores para
archivar, de distintas clases y tamaños. Era la respuesta de
Dios para la hermana Matilde, por haberse desprendido de
los tres archivadores que entregó a la casa El Gozo de
Jesús, pues Dios nunca le debe nada a nadie.
Posteriormente, supimos que un cliente de una firma
comercial había devuelto las cajas de archivadores a tal
firma y, como estorbaban en el almacén, se les ocurrió un
día poner en ellas nuestra dirección, “porque ellas pueden
usar casi cualquier cosa”. Los 300 archivadores llegaron
precisamente en esa ocasión, con el fin de comprender que
la oración respaldada con un sacrificio, aunque sea
pequeño, tiene la promesa del Padre celestial de que será
contestada.

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30. Cómo el Padre celestial amuebla una casa

El gran nuevo edificio en la tierra de Canaán era la casa de


retiros El Gozo de Jesús, cuya terminación se acercaba.
Pero no parecía haber esperanza de muebles para ella. La
madre Martyria y yo teníamos claro que nos aferraríamos a
nuestro principio básico: “No se comprará el mobiliario”. El
Padre celestial nos había comisionado para levantar este
edificio de casi 60 habitaciones, salas espaciosas y una
pequeña capilla. Pero ahora le correspondía a Él poner en
estas habitaciones lo que quisiera.
Nos habíamos mudado a la casa matriz tan sólo con unos
colchones, colchonetas, cajas de cartón, morrales y
muebles, tal vez para una o dos habitaciones, aunque
estaban pendientes entre 35 y 40 habitaciones más,
además de las espaciosas salas. Luego, el Padre celestial
comenzó a mover los corazones de las personas. Sin que
ellas hubieran sabido, por ningún medio, que nos
estábamos mudando, comenzaron a ofrecernos muebles
usados o a enviarlos directamente. Nos fue difícil
comprender la rapidez con que actuó el Padre celestial,
pues en muy poco tiempo habíamos acomodado nuestros
colchones o colchonetas en una cama de verdad.
Lo mismo ocurrió con el acondicionamiento de la segunda
casa. De nuestras propias habitaciones, llevamos todos los
muebles que eran adecuados para los huéspedes, y así
arreglamos 15 habitaciones. Nosotras volvimos a dormir en
el suelo; pero, a los 14 días, el cielo ya había enviado todos
los muebles que faltaban, sin que hubiéramos hecho
anuncio alguno en cuanto a la fecha de mudanza. A veces
nos parece un arte el poder permanecer “pobres”, al tener
un Padre que siempre nos hace el bien. Pero el saludable

97
crecimiento que nos hace continuar construyendo, nos
mantiene así mismo en este estado de dependencia.
Tan pronto como amoblamos las 15 habitaciones, no fue
difícil imaginarnos de dónde vendrían los otros muebles.
Muy alegremente les dije a mis hijas: “Estoy deseosa de ver
si el Padre permitirá que celebremos la bendición del
edificio, en junio, sin que estén completamente amobladas
todas las habitaciones. No creo que esté dispuesto a tolerar
eso. Pero tenemos que orar por cada uno de los muebles
que hace falta”.
Así que, mientras todas emocionadas esperábamos ver la
manera como el Padre celestial nos ayudaría en esta
situación, continuamos pidiendo con gran fervor e
insistencia. Gradualmente, las habitaciones fueron
adquiriendo su mobiliario. Los envíos llegaban de todas
partes, de nuevo sin que hubiéramos anunciado la fecha en
que nos mudaríamos. La última cama llegó el día anterior a
la consagración. ¿Quién puede describir el gozo y la
gratitud con que recibimos cada cama, cada mesita, cada
silla? Cada una de ellas fue la respuesta a una oración. Lo
que se recibe como respuesta a la oración trae un gozo muy
especial. Es un saludo del Padre celestial; nos recuerda que
Él piensa en nosotros, que se da cuenta de nuestras
necesidades y oye nuestras oraciones. De modo que nos
colmó de gozo el hecho de que se nos evitó salir a comprar
los muebles para la casa de retiros El Gozo de Jesús,
únicamente tuvimos que esperar a que todo nos llegara por
medio de la oración.
Ahora, toda la casa se ha convertido en un testimonio de su
bondad paternal. La casa fue amoblada, habitación por
habitación, con dádivas de amor. El mismo Padre obró en
los corazones de quienes dieron el mobiliario. Nos parece
que ningún estilo, de ninguna época, puede llegar a

98
igualarse, ni siquiera aproximadamente, con “el estilo del
amor de Dios” en su calidez y belleza.

El amor inventa nuevos caminos

31. Una herencia prematura

¿Cómo debíamos equipar la cocina de la casa de retiros El


Gozo de Jesús? ¿Con gas? ¿Con electricidad?
¿Disponíamos de algo que pudiéramos usar allí? Una tarde
hablamos sobre eso; pues sólo teníamos una pequeña
estufa de gas que no era adecuada para una casa de
huéspedes tan grande. Los trabajadores insistían en que
tomáramos una decisión definitiva para instalar los
equipos, pero no le veíamos salida a este dilema. Con el
catálogo en la mano, llegamos a la conclusión de que todos
los equipos de cocina estaban fuera de nuestro alcance.
Luego de esta charla, pasamos el resto del tiempo de la
reunión entonando canciones de fe, bombardeando al cielo
con nuestras peticiones para que nos enviara un equipo de
cocina.
Pocos días después, un pastor y su esposa nos preguntaron
si ya teníamos lista la cocina. Dijeron que habían pensado
en ello y que harían lo que pudieran. Nos sentimos llenas
de gozo: “Dios es pura bondad. Ha tenido misericordia de
nosotras en nuestra angustia, ha oído nuestra oración”.
Pronto, el pastor llegó con la idea de un fabricante que
estaba dispuesto a hacer la instalación por la mitad del
precio. Pero, para el que no tiene dinero, esta rebaja no es
solución alguna. De modo que, al recibir esta oferta,
nuestro gozo disminuyó.
El pastor y su esposa nos hubieran donado toda la
instalación de buena voluntad, pero estaba fuera de su
99
alcance. Consideraron todas las posibilidades y al final sólo
parecía haber una: era posible que recibieran una herencia
de cierta persona. Si Dios movía a este hombre para que
entregara su herencia antes de morir, entonces el pastor y
su esposa podrían ayudarnos. Estuvieron de acuerdo, por
tanto, en pedirle al Padre que les hiciera este milagro. El
Padre tendría que poner esta idea, más bien rara, en la
mente del hombre porque, por supuesto, era imposible
pedirle que lo hiciera.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió. La pareja recibió el
dinero y compró todo el equipo para nuestra cocina. Desde
entonces, la cocina se ha convertido en un sermón viviente
para nosotras. Nos recuerda que el Señor tiene muchas
maneras de obrar a favor de sus hijos. Está siempre
abriendo nuevos y diferentes caminos para enviar su
ayuda, como respuesta a nuestras peticiones; y estos
caminos son aquellos que nuestra razón no llega siquiera a
imaginar.
Cuando el pastor y su esposa vinieron por primera vez,
estábamos tristes por la noticia de la mitad de precio que
ellos habían logrado asegurar, ya que esta idea todavía nos
dejaba en aprietos con la otra mitad. ¿Quién hubiera
pensado que Dios utilizaría una herencia, la herencia de un
hombre que todavía no había muerto, para proveernos el
dinero necesario?
Se ha dicho que “el amor es creativo”. El corazón paternal
de Dios es como un pozo profundo e inagotable del cual
brota siempre algo diferente, alguna nueva idea para
orientar o ayudar a sus hijos que acuden a Él en tiempo de
necesidad. En esa situación, lo habíamos experimentado
una vez más. Y así, vivimos con entusiasmo y con un
sentido de expectativa en nuestros corazones,
preguntándonos, simplemente, en qué forma solucionará el
Padre nuestras necesidades esta vez...
100
Dios espera confianza absoluta

32. Las provisiones vienen únicamente de la mano del


Padre

Si hubiéramos tenido que publicar un aviso para buscar


un(a) cocinero(a) para nuestra casa matriz, éste habría
tenido que ser redactado en los siguientes términos:
“Se solicita un(a) cocinero(a). No hay dinero disponible para
alimentos ni provisiones, sino un generoso apoyo en
oración de todas las hermanas. Los menús generalmente se
hacen con tan solo mediodía de anticipación, pues nunca
sabemos qué donaciones de alimentos recibiremos en las
horas siguientes, ni disponemos de existencias. Debe estar
en capacidad de cocinar para una familia de 80 miembros,
confiando en el Padre celestial que, cuando uno le pide pan,
no le da una piedra.”
Es fácil imaginar que ante un aviso de esta naturaleza no
serían muchas las personas interesadas. Nuestras
hermanas encargadas de la cocina, sin embargo, han vivido
de esta forma durante años y conocen las alegrías y
bendiciones de quien vive así. Ellas pueden comentar el
gran número de veces en las que se ha satisfecho una
necesidad o se ha abierto un camino, sólo por medio de la
oración. En verdad, ésta es nuestra experiencia diaria.
Todos tenemos una canción sublime de alabanza al Padre
por su bondad.
Llegamos a esta forma de vida en un momento de gran
crisis financiera. Se acercaba el fin del mes y las cuentas
llegaban a 5.000 marcos. Dios no sólo proveyó
milagrosamente el dinero para pagar dichas cuentas,
también nos mandó lo necesario para comprar una
101
máquina para el jardín, por la que habíamos orado durante
largo tiempo.
Entonces se apoderó de mí un deseo de depender aún más
del Padre celestial, de llegar a ser todavía más pobre para
darle a Él mayores oportunidades de glorificarse. Hay
muchas personas que no consideran a Dios como su Padre
ni esperan nada de Él. En nuestro tiempo, mucho más que
antes, existe una tendencia a la independencia, al
materialismo y al ateísmo. Yo me sentí obligada a vivir en
total dependencia de Dios, como lo hace un niño. Era como
si Dios nos llevara por un estilo de vida totalmente opuesto
al espíritu de nuestros tiempos. Debíamos ser como “las
aves del cielo”, de las cuales la Escritura dice: “Y vuestro
Padre celestial las alimenta”. A pesar de que ésta había sido
siempre nuestra forma de vida, ahora debía serlo aún más.
En este momento tenía claro que no debíamos gastar más
dinero en alimentos; nuestras comidas diarias debían
prepararse con los alimentos que nos dieran, además de la
cosecha que produjera nuestra huerta.
Con el transcurso de los años y en muchas situaciones
habíamos experimentado que Dios nos colma de sus
bendiciones cuando confiamos en Él y esperamos todo de
Él. Sin embargo, teníamos que experimentarlo de un modo
más pleno; eso significaba que teníamos que confiar en
Dios en otros aspectos de nuestra vida. Teníamos que llegar
a depender aún más de Él. Comenzamos, pues, por este
sendero, en el que “sólo Él cubriría nuestra mesa” con el fin
de que su gloria fuese engrandecida.
Hemos caminado así durante más de siete años. Hemos
experimentado sus bendiciones día tras día;
verdaderamente, hemos sido alimentadas de la mano del
Padre, como las aves del cielo. Queremos dar testimonio de
su bondad, fortaleciendo especialmente la fe de aquellos
corazones llenos de angustia ante los tiempos de aflicción y
102
hambre que se avecinan. Tenemos un Dios que actúa “en
favor de los que en Él confían” (Is 64:4). Por lo tanto, ni
siquiera la amenaza de una guerra atómica debe causarnos
desesperación, siempre y cuando hagamos una cosa:
confiar en Él.

A Dios le gusta la oración de fe


hecha con confianza

33. Salchichas para las vacaciones


y un almuerzo

Una vez al año, las hermanas de la casa matriz tenemos


vacaciones, es decir, días de oración. Básicamente es un
tiempo para tomar nuevas fuerzas, tanto espirituales como
físicas. Por supuesto, las buenas dádivas de Dios forman
parte de un tiempo adecuado de vacaciones. Nadie en el
país sabe cuándo tomamos las vacaciones anuales, puesto
que Dios también puede concedernos el descanso. Además,
le pedí con insistencia que se encargara de que la mesa
estuviera bien provista para mis hijas que estaban de
vacaciones.
Un piadoso carnicero vivía en el distrito del Bosque Oden y
por supuesto, no sabía nada de las vacaciones de la casa
matriz. Había fabricado una nueva clase de salchicha que
tenía en demostración en su vitrina, pero nadie se la
compró. Es probable que el Señor le estuviera recordando
que el pueblo de Israel siempre le presentaba las primicias
a Dios como ofrenda. Lo cierto es que el hombre tomó seis
salchichas grandes, las puso en su automóvil, se fue a la
ciudad y las dejó ante nuestra puerta. Desde entonces, este

103
tipo de salchicha ha sido muy apreciada en su negocio y su
venta ha sido extraordinaria. Debido a esta experiencia, el
carnicero aprendió que uno recibe bendición cuando da,
por lo que esas seis salchichas no fueron las últimas
primicias dejadas en nuestra puerta. El hecho de que este
regalo hubiera llegado justamente el primer día de
vacaciones de la casa matriz ¿no es asombroso y
maravilloso, pues revela el tierno y amoroso cuidado de
nuestro Padre?
Un buen padre procura tener comida especial para los días
de fiesta. Debido a que Dios nos permite adorarle como
Creador y Padre, tengo la firme convicción de que Él desea
manifestarse como Padre en nuestro pan de cada día. Él se
deleita en hacer el bien a sus hijos, en darles bendiciones
especiales y estimularlos a lo largo del camino de la cruz.
De esta manera, en la víspera de mi cumpleaños, les
anuncié lo siguiente: “Mañana tendrán un desayuno festivo
y un buen almuerzo. Le he rogado al Padre celestial que así
sea, he orado para que mañana al mediodía haya ensalada
de frutas como postre”. Esa misma noche llegó todo lo
necesario para el almuerzo, incluso el jamón y nadie supo
de dónde vino. Pero, ¿qué pasaría con la ensalada de
frutas? Al día siguiente, al mediodía, no había llegado nada.
Al sentarnos a la mesa alguien llamó a la puerta para
entregarnos una bandeja grande con ensalada de frutas, de
parte de una tienda local. Un cliente había hecho el pedido
hacía varias semanas; y los propietarios del establecimiento
sentían mucho no haberla podido preparar antes. El
donante deseaba permanecer anónimo.
Al comenzar la noche, con frecuencia, tocaba el armonio y
cantaba una de mis frases preferidas de la Biblia: “Yo me
alegraré de hacerles bien” (Jr 32:41). Para mí y para todas
nosotras, esas palabras describen claramente el corazón
paternal de Dios. ¡Sin embargo, cuando recibimos
104
literalmente su provisión para nuestras propias
necesidades corporales, apenas logramos comprender ese
derroche de amor! Dios, de verdad, se regocija en hacernos
bien y en que seamos felices. Entonces, levantamos
nuestros corazones y nuestras voces con un cántico de
acción de gracias: “Padre mío, ¡cuán bueno eres!”.
En la Hermandad de María nos hemos consagrado a seguir
el sendero de la cruz. Hemos tomado para nosotras las
palabras de Jesús: “Renunciar a todo”, “perder nuestra
vida”. Pero tal vez muchas de nosotras habíamos pensado
muy poco en que, además del segundo artículo del Credo
de los Apóstoles que habla de Jesús, está el primero, que
habla de Dios Padre: “Creo en Dios Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra”. Él es el Creador y el Padre.
Y como Padre, cuida de los que dejan su “casa, o hermanos,
o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o terrenos, por mi
causa y por causa del mensaje de salvación”. Ellos recibirán
“ahora en este mundo cien veces más” (Mr 10:29-30).
Puesto que Él es un Padre amante, nos permite probar
anticipadamente las bendiciones del cielo, mientras
estamos aquí en la tierra, aunque nos vengan “con
persecuciones” por el sendero de la cruz.
Una vez más, el Padre nos había mostrado su bondad, su
bendición y nos había hecho felices. Esto encendió en
nuestros corazones un gran gozo, un verdadero anhelo por
estar en el cielo, en la casa del Padre. Comencé, pues, a
hablarles a mis hijas sobre las glorias del cielo. Si, para
nuestras pequeñas celebraciones aquí en la tierra, el Padre
manifestaba tal amor y preocupación, derramando su
bondad sobre nosotras, ¡cuánto más experimentaríamos en
las celebraciones celestiales! ¡Qué bendiciones celestiales,
como pruebas del amor del Padre, nos esperarían allí!.
Porque allí, entonces, Él nunca detendrá su deseo de
hacernos el bien. Los pecados que Él tuvo que juzgar y

105
castigar aquí en la tierra, ya no serán obstáculo en el
camino de sus bendiciones. Verdaderamente, nunca
podremos escribir lo suficiente sobre el amor paternal de
Dios, ni lograremos exaltarlo con la frecuencia que
debiéramos en nuestras oraciones: “¡Dios es nuestro Padre
y nos ama!

34. La vaca de Canaán


La madre Martyria y yo siempre nos interesamos por la
buena salud y nutrición adecuada de nuestras hermanas.
Así que por años quise tener una vaca y oré por ello. En
febrero de 1960, finalmente, pudimos construir el establo
que habíamos planeado hacía tiempo. Nosotras mismas
hicimos el trabajo. Era un lugar grande y acogedor para
nuestra “vaca de Canaán”. Por fe, ya veía la vaca
caminando hacia el establo que estábamos por terminar.
Creo que éste es un principio espiritual básico. Cuando
Dios nos hace una promesa y uno la “ve” por fe; entonces,
Él la cumplirá literalmente en el momento oportuno. Sin
embargo, cuando ya iba a quedar listo el establo, no había
perspectiva de una vaca por ningún lado; sólo nuestras
cabras parecían querer mudarse de su establo provisional.
A la hermana Divina se le asignó la tarea de participar en
una semana completa de clases bíblicas en una iglesia
rural. Durante ese tiempo, ella habló de la Hermandad de
María. Les mostró unas diapositivas y comentó acerca de
los maravillosos caminos por los cuales el Señor nos había
llevado. Al final del programa, cuando todos habían
abandonado la sala donde se reunían, se presentó un
hombre que preguntó: “Pastor, dígame, ¿es cierto que las
hermanas necesitan una vaca?”.

106
“Sí, es muy cierto”, contestó el pastor.
“Entonces, ¡pueden llevarse la nuestra!”.
¡Increíble, pero cierto! Quería regalarnos su única vaca, que
pronto iba a tener cría. La familia entera había estado
pensando en eso durante toda la semana. Hasta la
abuelita, que quería mucho a la bonita vaca blanca y negra,
estuvo dispuesta a desprenderse de ella; dijo que se la
regalaran a las hermanas, por amor a Dios. La hermana
Divina no podía creerlo, ni nosotras cuando nos lo contó.
No la queríamos aceptar, pues era la única vaca de aquel
hombre y la quería mucho; pero él insistió en que Dios
deseaba que fuera así.
Así, pues, nuestra “vaca de Canaán” se mudó a su nuevo y
lindo establo. Todas las hermanas la recibieron con
cánticos de alegría y acción de gracias. Poco después, la
gente de aquella iglesia rural se reunió en torno al establo.
Llegaron en autobús para ver una de nuestras
“representaciones bíblicas”, y para compartir nuestra
alegría y acción de gracias. Nos sentimos sobrecogidas
porque Dios había contestado también esta oración. No
recordamos ni una sola petición que el Señor no haya
contestado, desde el pan cotidiano hasta la vaca. Nuestro
Padre todo lo ha enviado desde el cielo. ¡Qué bendición más
grande hemos recibido al poder orar!

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Dios fortalece mediante la experiencia
de sus milagros

35. Él da alimento a los cuervos pequeños

Nuestra “vaca de Canaán” estaba muy bien, pero tenía un


tremendo apetito. Muy pronto se agotaron nuestros prados,
y súbitamente nos vimos en dificultades, ya que llegó una
oleada de calor. Todo se secó y la grama que quedaba se
tornó color castaño; además de que no teníamos dinero
para comprar alimentos. Las hermanas que trabajaban en
el huerto buscaban en vano alguna área de pasto cerca del
bosque y a los lados de la carretera. Sus corazones
clamaban: “¡Padre, nos diste la vaca; ciertamente no
puedes permitir que muera de hambre!”. Todas acudimos al
Padre celestial para que Él, quien oye el clamor de los
pequeños cuervos que le piden alimento, también se
encargara de nuestra vaca. Pero nos mantuvo esperando.
Le dábamos las gracias por cada día en que conseguíamos
suficiente comida para que nuestra vaca siguiera viva.
Un día, la hermana Agata salió a cortar un poco de pasto
seco de las praderas de Canaán. Se preguntaba si la vaca
podría comérselo. Entonces, pasó un granjero en su
camioneta y se extrañó de lo que estaba haciendo la
hermana. Poco después, según él nos contó más tarde, una
señora lo detuvo para preguntarle si sabía de alguien que
estuviera interesado en cortar la grama de su gran huerto
de árboles frutales; pues tal vez a alguna persona le
pudiera servir este trabajo. El granjero le contó lo que
acababa de ver al pasar por nuestro lugar. Al día siguiente,
nos visitó para informarnos sobre la oferta. La hermana
Agata apenas se podía contener de la alegría y de todas
nosotras salió un canto de acción de gracias al Padre,
108
porque Él cuida de sus hijos. No sólo pudimos conseguir
pasto gratuitamente, para satisfacer nuestra necesidad
inmediata, sino también para todo el invierno. Este hecho
estimuló grandemente nuestra fe, con relación a todas las
necesidades de nuestro huerto y de nuestros animales.
Sin embargo, todavía requeríamos una cosa para el
invierno: remolacha forrajera, pues el heno no era
suficiente para la vaca. Nos dijeron que debíamos pensar
en unas cinco toneladas de remolacha forrajera para el
invierno. Las hermanas del huerto hacían esta petición al
Padre celestial todas las mañanas; así mismo esta súplica
se hizo más urgente al descubrir que el pequeño cultivo de
las remolachas que ellas sembraron al llegar la vaca, se lo
habían comido los conejos.
Fue entonces cuando llegó una carta de los padres de una
de nuestras hermanas. En la carta decía que podíamos ir a
su hacienda y recoger una tonelada de remolacha forrajera.
Una semana después, dos granjeros de una aldea vecina
nos llevaron dos camionetas llenas de remolacha
(aproximadamente tres toneladas). Sabían que habíamos
recibido la vaca, y dijeron: “Nosotros también queremos dar
nuestro diezmo”.
En estos días, los periódicos presentan muchas noticias
acerca de las armas atómicas, las explosiones de prueba y
sus efectos devastadores en la naturaleza. Una guerra
atómica costaría millones de vidas, lo cual se convierte en
una terrible perspectiva. Sin embargo, los expertos indican
que la hambruna de quienes sobrevivan será aun peor;
pues saldrán de los refugios atómicos a un desierto donde
no crecerá nada a causa del polvo atómico. Éste es un
temor real; pero, contra este temor, las experiencias que
hoy disfrutamos con el Dios vivo y sus milagros son un
gran consuelo. Quizás lleguen tiempos de desastre, eso lo
percibimos; pero también sabemos que la naturaleza de
109
Dios es hacer milagros. Él puede ordenar que brote agua
del desierto; Él es capaz de alimentarnos con maná si
creemos y se lo pedimos. Cuando se agota toda posibilidad
para la razón humana, los hijos pueden acudir a su Padre y
recibirán lo que necesitan.
Estamos, pues, agradecidas por el hecho de que Él nos ha
conducido por senderos de fe y oración, permitiéndonos
experimentar sus milagros. Ésta es una preparación para el
tiempo de angustia que se avecina; porque sólo cuando se
depende absolutamente de la oración y de la fe, sólo
cuando se han agotado las posibilidades humanas, es
posible creer que se puede contar con un Dios que
intervendrá y hará sus milagros.

Dios interviene en el último momento

36. ¡Y no como esperamos!

Algunas veces, los huéspedes que nos visitan dan un paseo


por nuestros terrenos y después llaman a una de nuestras
hermanas aparte y le preguntan: “Hermana, dígame con
toda franqueza: ¿es realmente cierto que el dinero siempre
llega en el momento preciso... o alguna vez ha sucedido de
otro modo?” La hermana contesta: “Sí, siempre. Sin
embargo, una vez... de esto le puede hablar mejor la
hermana Anita...”.
“Todo ocurrió cuando tres granjeros se comprometieron
simultáneamente a vendernos sus respectivos campos.
Estábamos muy alegres pero un poco incómodas,
especialmente porque las autoridades municipales
aprobaron inmediatamente los documentos de la compra y
nos los devolvieron, lo cual no suele pasar. Para nosotras
110
significaba que tendríamos que pagar la cuota inicial de
cada uno de los predios de un solo contado, lo cual sumaba
unos cuatro mil dólares en total. No teníamos dinero en el
banco y en caja sólo había el dinero para la cuota inicial de
uno de los predios, la mitad de la cuota para el segundo y
nada para el tercero. Por supuesto, nos reunimos en la sala
a orar. Le rogamos a Dios para que nos revelara cualquier
obstáculo que impidiera que Él abriera las ventanas de los
cielos para darnos el dinero. Pero no recibimos ninguna
respuesta. Una gran tristeza se apoderó de nosotras; ya que
durante diez años habíamos dicho que el Señor siempre
intervenía, aunque fuera en el último momento.
“Ese día era sábado y por primera vez me encargaría de un
asunto de dinero, sin saber lo que iba a decir; porque
durante nuestras largas negociaciones de compra habíamos
hecho hincapié en que les pagaríamos puntualmente, pues
Dios siempre había sido fiel a nosotras en estos asuntos.
“El pago completo para el primer granjero estaba listo. Él
no podía comprender cómo me sentía mientras contaba el
dinero. ¿Pero el segundo...? Cuando llamé a su puerta,
nadie contestó; su vecina me dijo que no estaba en casa. Le
dejé una nota diciéndole que había estado allí, y
preguntándole si él podría ir a la casa matriz cuando
regresara, para recibir su dinero. A pesar del alivio de este
inesperado período de gracia, mi corazón se sentía
intranquilo mientras me acercaba a la casa del tercer
granjero. No sabía cómo reaccionaría cuando le ofreciera
sólo la mitad del pago. Y ¡qué milagro tan increíble! Casi no
lo podía creer: él también había salido esa tarde. Su esposa
me dijo que iría a la casa matriz el lunes. Sobrecogida por
los caminos que Dios utiliza para ayudar y dirigir, me fui a
casa. El lunes ya había ingresado la cantidad
correspondiente al tercer granjero. Cuando el segundo

111
regresó de su viaje pocos días después, pudimos pagarle
también.”
¿Por qué escogió Dios esta extraña forma de que el dinero
llegara a tiempo, aun después de que llegara el último
momento? Quería mostrarnos que tiene muchos modos de
obrar y ayudarnos. No debemos desanimarnos si la ayuda
no nos llega en la forma como la esperamos. Sobre todo,
Dios quería probar nuestra fe. Esa fe de la cual el apóstol
Pedro pudo dar testimonio por su propia experiencia, “es
como el oro: su calidad debe ser probada por medio del
fuego” (1 Pe 1:7).
De modo que lo que estuvo detrás de esta prueba de fe fue
el amor de Dios. Por su preocupación paternal, Él quiso
dirigirnos de esta manera particular. Dios desea que
nuestra fe llegue a ser “preciosa” por medio de la prueba.
Entonces, nuestro gozo y nuestra corona en el cielo serán
mayores. Dios siempre tiene en mente nuestro destino para
la eternidad; sabe que cuanto más sea probada nuestra fe
aquí, tanto más se nos permitirá ver allá. La fe que
tengamos aquí corresponderá directamente a lo que allí
contemplaremos.

A Dios le gusta la oración osada

37. Una cuenta de ahorros intocable


“¿Cómo están nuestras finanzas?”. Ésta es la primera
pregunta que hace una hermana que haya estado fuera
unos días o que llegue tarde a casa, después de haber
anunciado cuáles fueron los regalos del día. Claro que
nuestra economía afecta la continuidad de todas nuestras
áreas de trabajo. Todos los días, a la hora del almuerzo, la
112
comunidad entera hace una marcha en torno al patio
interno de la casa matriz; en dicha marcha, una de las
hermanas porta un estandarte en el cual está escrita una
de las promesas de Dios; Luego, le presentamos al Padre
celestial nuestras necesidades más urgentes y entonamos
el siguiente cántico:
Todo dinero nos viene de la mano del Padre,
Padre, Tú das a tus hijos
aunque sean grandes pecadores,
para que cada factura sea pagada.
Así cantamos también cuando se concluyó la casa de
retiros El Gozo de Jesús. Había que pagar elevadas cuotas
mensuales y parecía que nunca terminaríamos de hacerlo.
Durante largo tiempo mantuve colgadas en las paredes de
mi habitación las facturas más grandes, para verlas
continuamente, pues tenía que presentarlas con fe al Padre
celestial. Noche tras noche, hasta el fin del mes, tachaba lo
que se podía pagar y al dorso de la factura le escribía un
“gracias” al Padre.
Pero tan pronto como finalizaba el mes, las facturas del
mes siguiente comenzaban a amontonarse sin misericordia.
Desde este punto de vista, uno puede entender el rumor
que circula con respecto a que la Hermandad de María se
alegra más cuando las donaciones son en dinero.
En un momento de necesidad de dinero muy grande, Dios
despertó de repente en mi corazón, el deseo ardiente de
construir la Capilla del Llamado de Jesús. Era urgente. El
Señor estaba esperando que nosotras fuéramos sus
mensajeros y proclamáramos su mensaje. Esta capilla, con
sus 1.200 asientos, se dedicaría a tal propósito. Me sentí
un poco como el rey David cuando oró: “No me pondré bajo
techo ni me acostaré a descansar, no cerraré los ojos ni

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dormiré un solo instante, mientras no encuentre casa para el
Señor, el Poderoso de Jacob” (Sal 132:3-5).
Sin embargo, mientras estuviéramos pagando las cuentas
de la casa de retiros El Gozo de Jesús, era imposible
comenzar un proyecto como éste. Nos costaría cerca de un
cuarto de millón de dólares. Sin embargo, este mandato de
Dios era como el fuego que no puede extinguirse mediante
la razón, ni los cálculos más exactos. Me forcé a mí misma
a dar el siguiente paso de fe. Una noche dije: “Abriremos
una nueva cuenta de ahorros para la Capilla del Llamado
de Jesús. Será un fondo intocable, destinado a pagar la
cuota inicial de la capilla, cuya construcción comenzará
pronto”.
Las hermanas hicieron algunas preguntas, diciendo: Con
seguridad muchas personas darán dinero para esta capilla,
pero recibiremos a la vez menos ofrendas para el fondo
general y los pagos de nuestra casa de huéspedes.
A pesar de todo, yo estaba convencida de que el mismo
Dios era la fuerza que impulsaba la construcción de la
Capilla del Llamado de Jesús. Si Él quería que se
construyera pronto, entonces se preocuparía de que los
demás pagos se hicieran a tiempo, sin contar con el dinero
que iba destinado a la nueva cuenta de ahorros. Esto tocó
el corazón de todas las hermanas. El día de mi cumpleaños
me obsequiaron la libreta en que se llevaría dicha cuenta.
Varios días antes, durante las oraciones en comunidad, yo
le había presentado esta necesidad al Padre celestial en
“versos de fe”. Si éste habría de ser un regalo de
cumpleaños, entonces la cuenta de ahorros no podía estar
vacía ni medio llena, debía estar llena completamente. No
sabía, sin embargo, que esa libreta de ahorros tiene espacio
para 78 depósitos. ¡Así que, si el Padre quería cumplir este
deseo, en un sólo día tendrían que llegar 78 donaciones!
Cuando se terminó la celebración de mi cumpleaños, y se
114
habían recibido ya todas las donaciones, el último de los 78
espacios de la libreta se llenó. Ingresaron como tres mil
dólares ese día, para dicho fin, a pesar de que ninguno de
los amigos sabía de nuestro pequeño convenio con el cielo.
¡Ahí estaba la piedra angular de la casa del Señor! Dios
mismo se había comprometido. En los meses siguientes, la
cuenta de ahorros siguió aumentando, y pudimos hacer
frente a todas nuestras obligaciones regulares.
Naturalmente, hubo momentos de aflicción para la
hermana tesorera, pues ésta era una prueba especial para
ella. Por primera vez sintió la tentación de tomar un
“préstamo” de la cuenta de ahorros. En otras situaciones
eso es posible, pero en este caso no se permitiría, puesto
que esta cuenta había sido santificada para el Señor de un
modo especial, y no podía tocarse.
Llegó el día de poner en marcha nuestros planes.
Conseguimos el permiso para la construcción y discutimos
un plan de financiación con el constructor. La cuota inicial
que él exigía era exactamente la suma de dinero que para
entonces teníamos en nuestro fondo intocable. Desde
entonces, cantamos aún con mayor convicción: “Él nos
hace osadas en la fe. Nos hace creer en algo que contribuya
a su reino”. Vimos cómo Dios espera dicha fe en la oración.
Él respondió a nuestra petición de que la cuenta de ahorros
se llenara hasta el depósito 78. Nos permitió formar
nuestro fondo especial sin tener que tocarlo para otros
gastos. Nos proveyó con la cuota inicial cuando llegó el
momento de comenzar la construcción. En realidad,
tenemos un Dios grande a quien le encanta concedernos
grandes dones y que, por lo tanto, se regocija cuando nos
damos cuenta de que quiere darnos algo. Si lo honramos
con nuestra fe y nuestra oración, confiando en su poder y
en su amor, Él manifestará su grandeza.

115
Dios responde a la oración que brota
de un corazón contrito

38. El “Rey Baltasar” del año 1959

Dios puso su dedo en la llaga. Comenzó a preguntarnos


acerca de nuestro amor a la luz de 1 Corintios 13. El Señor
tuvo que hablarnos acerca de esto en varias ocasiones,
desde que comenzamos los trabajos de construcción. Sin
embargo, parecía que el Padre quería imprimirle nueva
fuerza a este trabajo con el fin de crear algo nuevo.
Después vi con claridad que debíamos construir un
pequeño hogar para enfermos y ancianos, mientras
edificábamos la Capilla del Llamado de Jesús. En esta casa,
a la que llamamos Casa de San Francisco, cuidaríamos de
ancianos y personas necesitadas, poniendo así en práctica
lo que proclamábamos en la capilla. No hay nada que
pueda sostenerse en un solo pie. El contrapeso de la
proclamación de la Palabra debía ser la expresión práctica
del amor. Eso era lo que el Señor había puesto en mi
corazón.
Por lo tanto, se produjo una larga y ferviente batalla de
oración con respecto a este amor. ¡Para los cristianos, una
casa debe construirse siempre de adentro hacia afuera! Eso
significa que una casa de ladrillo debe colocarse como la
“fachada” de la construcción espiritual que se ha hecho de
antemano. Así que, antes de comenzar la construcción de
la Casa de Francisco, se llevó a cabo una lucha espiritual
sobre el tema de la verdadera compasión. No podíamos
seguir viviendo, si no teníamos a otras personas a quienes
pudiéramos ayudar. Ese era mi modo de pensar. Cuando
este deseo llegara a su punto culminante, entonces sería
cierto que el Señor edificaría su casa de la noche a la
116
mañana. Él lo podía hacer rápidamente, tan pronto como
se cumpliera la condición previa.
La mayoría de las hermanas entendieron la expresión “de la
noche a la mañana” como algo metafórico. Pero todas
comprendieron que mientras no ocurriera nada con
respecto al hogar de ancianos; es decir que sintiéramos
verdadero arrepentimiento y compasión genuina entre
nosotras, y con los demás, el Señor no obraría.
Llegó entonces la época en que comenzamos a sentir el
juicio y la ira de Dios de diversas maneras. Nos
sobrevinieron golpes y castigos, enfermedad y muerte.
Parecía que nuestra misión se estaba hundiendo como un
barco. Nuestro huerto, que nos proporcionaba la mayor
parte de los alimentos para el almuerzo, estaba siendo
atacado por una plaga de insectos que lo tenía devastado.
Las promesas de Dios parecían estar enterradas. Todo lo
que Él nos decía parecía resumirse en las palabras de
Santiago 2:13:
“Pues los que no han tenido compasión de otros, sin
compasión serán también juzgados, pero los que han tenido
compasión, saldrán victoriosos en la hora del juicio”.
Ante estas pruebas se produjo un profundo
arrepentimiento entre nosotras. Nos parecía que ningún
pecado era tan grave como el pecado contra el amor. Le
imploramos al Señor a darnos el amor, siendo Él el amor
mismo y lo ganó para nosotros en la cruz, como el regalo
más precioso. El objetivo de nuestra fe era alcanzar la clase
de amor de la cual nos habla Sirac, capítulo 40:24: “Un
hermano ayuda a otro en su necesidad, pero la misericordia
hace todavía más”. Esa era la consigna que el Señor nos
había dado para todo el año.
Luego, llegó la Navidad de 1959. Mi corazón albergaba el
ardiente deseo que el Señor nos permitiera experimentar
117
algo como lo que ocurrió en Belén, en esa Nochebuena.
Éste debía ser un tiempo en el que acudiéramos a Él para
adorarle, así lo hicieron los pastores y los reyes magos una
vez, y de esta forma queríamos que fuera nuestra
adoración. Sólo había una cosa que no le podríamos
presentar: el oro que le ofreció uno de los sabios. Solamente
le ofreceríamos y presentaríamos incienso y mirra y tendría
que ser otra persona la que llevara el oro. Le dije a mis
hijas que el niño Jesús, con toda seguridad, encontraría un
rey que le ofrendara oro en el pesebre, con el fin de que la
Casa de Francisco pudiera ser construida. Sentía que el
Padre celestial deseaba manifestar su amor en esta fiesta
de amor, tal como lo hizo en la primera Navidad. Nada nos
habría regocijado más que la respuesta a la petición de la
Casa de Francisco, por la cual se había orado
continuamente. Por lo tanto, estaba convencida de que el
Señor nos había preparado un gozo especial.
Comenzamos a confiar plenamente en que esta oración de
fe sería contestada. ¿Podíamos tener esa confianza, cuando
nuestro amor no era perfecto? Sabemos que aquí en la
tierra nunca llegamos al amor perfecto, ni a un estado de
absoluta ausencia de pecado. Lo que Dios quiere es un
corazón arrepentido que llore por sus pecados, y Dios nos
había quebrantado. Ahora había llegado la Navidad y con
ella, la misericordia de Dios, indicándonos que el amor
eterno desciende a la tierra para que de nuevo aprendamos
a amar. El mismo Jesús es la garantía de ello, puesto que
Él es “Fuente de amor”. Entonces, nos atrevimos a pedirle
al Señor la Casa de Francisco en esas festividades
navideñas. Estábamos realmente convencidas de que
aparecería un rey y de que Dios, por su misericordia, nos
permitiría experimentar un milagro, un regalo de Navidad.
¿Y qué ocurrió? Cuando llegó la Nochebuena, nos
arrodillamos alrededor del pesebre. Cantamos una canción

118
que hablaba de los reyes magos y de los regalos que ellos le
llevaron al niño Jesús. Luego, una de las hermanas agitó
un incensario, pero de él no salió el humo del incienso,
puesto que dentro de él había un sobre valioso. ¿Cuál era
ese regalo para el niño Jesús? Realmente, el día anterior
había venido uno de los “reyes”, a quien llamamos el “rey
Baltasar”, y nos había dejado un cheque cuya suma era
casi 10.000 dólares, para la construcción de la Casa de
Francisco.
Las palabras no pueden describir lo maravilladas que nos
sentíamos al ver que el Padre celestial había contestado
exactamente nuestra petición de Navidad. Era demasiado
para creerlo. Durante esos días navideños, el “rey Baltasar”
había llegado hasta el pesebre que teníamos en nuestra
sala de reuniones y ésta fue la manifestación viviente de lo
que dice la Palabra: “Antes que ellos me llamen, yo les
responderé; antes que terminen de hablar, yo los escucharé”
(Is 65:24). El “mayordomo”, de este hombre era amigo de
nuestra comunidad; por lo tanto, lo trajo a nosotras. No lo
conocíamos anteriormente; pero este amigo nuestro le
habló de la obra que llevábamos y de los planes que
teníamos para la Casa de San Francisco. Durante la
celebración que hicimos en torno al niño Jesús, el “rey
Baltasar” sintió en su corazón la profunda convicción de
que la Casa de Francisco debía construirse de inmediato.
Así que él quiso darnos lo que faltaba para que erigiéramos
una casa prefabricada sueca. Los pobres y los enfermos
necesitaban un hogar agradable, ¡y debía construirse
rápidamente!
La bella casita prefabricada se armó en dos semanas. Para
el siguiente otoño ya estaba lista, y una pequeña y feliz
“familia” de ancianos y enfermos se mudó a ella. Así, Dios
nos concedió que tuviéramos una Navidad como nunca
antes, un verdadero festival de amor. Nos permitió a

119
nosotras, grandes pecadoras, saborear y disfrutar de la
compasión de Dios sin que lo mereciéramos. Él escuchó
nuestras oraciones, dándonos la Casa Franciscana. Con
ese regalo nos mostró que Él tiene misericordia de los
pecadores que se arrepienten y se someten a Él; que Él
acepta la oración de un corazón contrito y humillado.

Con Dios nada es imposible

39. La ley que rige a las gasolineras


La Capilla del Llamado de Jesús había sido objeto de
nuestras oraciones durante largo tiempo. El arquitecto
terminó el modelo y todos los planos con éxito. En el lugar
de la construcción ya estaban listos algunos materiales y la
grúa estaba a nuestra disposición; sin embargo, no
podíamos comenzar la obra.
Exactamente al lado de nuestra propiedad había un campo
de buen tamaño que daba a la carretera, propiedad de un
comerciante. En ese tiempo, su dueño no quería venderlo ni
cambiarlo por otro terreno, pues estaba negociando con
una gran compañía que deseaba alquilarlo. La compañía
tenía el interés de colocar allí una gran gasolinera con
garajes, un restaurante, lavado de vehículos y otros
servicios. Era fácil entender que la Oficina de Planeación
Municipal no les hubiera expedido el permiso. Puesto que
no quería que se construyera una gasolinera a menos de
200 metros de una iglesia. Mientras no se aclarara la
situación, no podíamos comenzar la construcción. El
hombre no tenía prisa, pero nosotras no podíamos perder
tiempo.

120
El propietario del terreno inició, entonces, un litigio contra
la ciudad, con el objetivo de conseguir el permiso para
construir la gasolinera. Los funcionarios públicos
inmediatamente se dieron cuenta de que el propietario
podía ganar el pleito; puesto que las objeciones de ellos no
eran suficientemente válidas. Algunos amigos cercanos que
tenían experiencia en cuestiones legales nos decían que la
situación era imposible. No había esperanza de solución a
favor de la Capilla.
En ese “callejón sin salida”, clamamos al Señor día y noche.
El contratista estaba dispuesto a llevarse sus máquinas a
otra parte para comenzar otro edificio. Tal vez regresaría en
el término de seis meses, si teníamos todo arreglado.
Comprendimos que nuestra falta de arrepentimiento tenía
que ser, otra vez, la razón por la cual Dios había puesto en
peligro su capilla. Una gran gasolinera en medio de nuestra
tierra de Canaán sería un monumento a nuestros pecados.
No podíamos siquiera vislumbrar una solución, y Dios
guardaba silencio.
Entre tanto, llegó el día del proceso judicial del propietario
de las tierras. Ahora bien, el Estado de Hesse, en el cual
vivimos, había aprobado una ley según la cual “en las
zonas residenciales no se construirán más gasolineras”.
Después supimos que esta ley estaba lista hacia varios
años, pero no había entrado en vigor. “Por casualidad”
comenzó a tener vigencia el día anterior al proceso. El
resultado fue que la demanda del propietario se declaró
nula; por lo que ya no había nada que se opusiera a la
construcción de la Capilla del Llamado de Jesús.
Tres años después le compramos esos terrenos al
propietario. El milagro fue que entre él y nosotras no quedó
ninguna enemistad, ningún resentimiento. Dios, con su
intervención, nos había enseñado algo nuevo: para seguir el
camino del Sermón de la Montaña, tenemos que renunciar
121
a los derechos legales y al uso del poder; nunca debemos
iniciar un proceso legal. Ciertamente, todo aquel que
conoció esta situación particular llegó a la conclusión de
que esa propiedad jamás se hubiera podido obtener
mediante el apoyo de alguien o un proceso legal. Sin
embargo, la obtuvimos sólo porque nuestro acudiente,
abogado, gerente, padre y consejero es el mismo Dios
Todopoderoso.

Dios responde a la oración


del que se arriesga a tener fe

40. La ocupación de la “Tierra de


Canaán” cerca de Eberstadt

Hacia el sur de la casa matriz se extendía un amplio


terreno, que hasta el año de 1955 permaneció
prácticamente baldío. Ocasionalmente se sembraba un
amplio tramo con grano, o unas franjas más estrechas, con
nabos y remolachas. Pero, la mayor parte del terreno
estaba constituida por campos sin plantíos.
Esta bella región campestre limita al este con una carretera
nacional y al oeste, con un gran bosque; y se extiende
hasta las casas que delimitan el suburbio de Eberstadt. Un
poco más adelante se levantan las colinas del bosque de
Oden; y sobre una de ellas se pueden ver las ruinas de un
castillo.
Los incontables pajarillos y animales de bosque y de campo
que nos rodeaban, hacían difícil imaginar que la ciudad
estuviera tan cerca. Era un lugar apropiado para dar un
paseo tranquilo. Todas las noches se oían claramente las
campanas de las torres, tanto de la iglesia católica como de
122
la luterana. Ciertamente, nadie pensaba que este escenario
pastoril cambiaría pronto, ya que se tenía planeado
construir allí un conjunto residencial y una autopista.
Durante años habíamos disfrutado la belleza de este
ambiente, pues vivíamos a la vez en la ciudad y en el
campo, entre el tránsito y la soledad, entre la carretera y el
bosque. Hasta ese momento ninguna de nosotras se había
interesado en saber quién era el dueño de esas tierras, ni
de los planes que pudieran estar preparándose para su
desarrollo. Nuestra única preocupación surgió cuando
supimos que se estaba pensando construir una autopista
por aquellos lugares, lo cual afectaría nuestra tierra.

Una comisión de Dios... para su gloria


El 4 de mayo de 1955 el Señor me regaló la convicción
interior de que Él deseaba darnos esa tierra. Allí podría
surgir una Tierra de Canaán, la tierra de sus promesas y
milagros. En esta tierra se haría visible y evidente un
anticipo del reino de Dios, como un reino de amor. Así, el
Señor me encargó que me esforzara por la posesión de
dicha tierra, pues Dios había puesto su mano sobre ella,
con el fin de utilizarla para su reino.
Todo el trabajo que Dios nos había encomendado requería
espacio y edificios. Necesitábamos de una gran capilla que
sirviera para acomodar a las multitudes que acudieran
para ver nuestras representaciones bíblicas. Requeríamos
de una nueva casa de huéspedes para el número creciente
de asistentes a nuestros retiros espirituales. Era urgente
un espacio para ayudar a los que tocaban a nuestra puerta
con necesidades físicas y también una casa para el servicio
práctico de amor a los ancianos y enfermos.
Pero, sobre todo, ¿el Señor no esperaba una pequeña tierra
de Canaán entre nosotras, que proclamara sus milagros,
123
puesto que los terrenos y los edificios sólo nos serían dados
con la ayuda de Dios? ¿No esperaba Él una tierra que
hablara, en términos visibles, de la realidad de Dios? ¿No
deseaba mostrarnos su amor paternal y su abundante
provisión para sus hijos que dependen completamente de
Él? ¿No era la intención demostrar su amor, demostrar
que, bajo su amor paternal, y a pesar de que no teníamos
protección de ninguna clase, ni póliza de seguro, ni
ingresos constantes, podíamos vivir como en el paraíso, en
su paz y con gran gozo?
De modo que el asunto era tomar posesión de la tierra
prometida como una verdadera “Tierra de Canaán”. El
camino para llegar a esta tierra sería el de la oración y la fe.
Estábamos convencidas de que Dios nos daría la victoria y
comenzamos a expresarlo con un alegre acto de fe. Una de
las primeras tardes, después de haberle contado a mis hijas
esta nueva comisión de Dios, marchamos alrededor de
nuestra “Tierra Prometida”, tal como lo hicieron los hijos de
Israel en torno a Jericó. Llevamos pequeñas banderas de fe,
en donde estaban escritas las promesas de Dios, y
cantamos himnos de fe y victoria. Un niño, que vivía al otro
lado de los terrenos, se asomó por la ventana y dijo: “¡Papá,
ven a ver! ¡Las hermanas de María están haciendo
maniobras!”
En efecto, de dicha forma proclamamos la conquista de
esta tierra y comenzamos una nueva campaña de fe de
grandes dimensiones; aunque no comprendíamos todavía
cuán grande sería. El terreno parecía uno solo y todos los
prados y campos formaban parte de él. Y así lo creímos
hasta ver los planos de la ciudad, los cuales mostraban que
el terreno estaba dividido en varias parcelas pequeñas.
Muchas personas, junto con sus parientes y herederos,
eran dueñas de una pequeña franja de tierra. Sin embargo,
al principio no lo sabíamos, lo único claro que tenía era que

124
el Señor me había confirmado este nuevo deseo, con las
siguientes palabras:
“... no se detengan ustedes aquí. Vayan tras el enemigo y
atáquenlo por la retaguardia (...) porque el Señor y Dios de
ustedes los ha entregado en sus manos” (Jos 10:19).
Esto se confirmó más tarde cuando Dios le dio a la madre
Martyria la misma convicción. Debíamos aferrarnos a esta
meta de fe y no permitirnos descansar hasta que se
cumplieran las promesas de Dios y surgiera allí una tierra
para el bien de su reino, una verdadera Canaán en la que
Él fuera glorificado.
Con estas palabras recibimos la consigna para entrar en
una batalla de fe y oración. Nunca antes habíamos
encontrado tan fuertes barreras. Jamás había sido tan
larga la batalla, tanto que parecía interminable. Los
obstáculos parecían invencibles. Los años que siguieron
resultaron incontables. Cada vez que vencíamos un
obstáculo, surgía otro, con frecuencia más grande que el
primero. Hasta entonces, la perseverancia en la oración y la
fe había dado resultado por unos días o semanas, quizá por
algunos meses a lo sumo. Pero no fue así en la conquista
de nuestra tierra de Canaán. Tuvimos que caminar durante
largos años por este sendero de fe.
La Sagrada Escritura nos mostró, como ejemplo, la travesía
de los hijos de Israel hacia Canaán: un camino largo por el
desierto en el que Dios tenía el propósito de probar su fe y
hacer que se humillaran (ver Deuteronomio 8:2). El objetivo
de fe que teníamos ante esta comisión era tremendo: una
tierra de Dios en la cual un “pueblo de Israel” debía
presentarse como un pueblo santo, como una luz que
iluminara a muchos pueblos. La meta no podía lograrse
con una lucha menor que la suya. Y Dios aprovecharía este
camino de fe por el desierto, para prepararnos y
disciplinarnos, como Él mismo lo dijo: “Dense cuenta de que
125
el Señor su Dios los ha corregido del mismo modo que un
padre corrige a su hijo” (Dt 8:5). Porque Canaán es la tierra
de Dios, Él mismo desea brillar en sus habitantes y por
medio de ellos, con lo cual la convierte verdaderamente en
una tierra santa.
Dios guió a su pueblo con estas leyes, que son válidas para
todas las épocas. No podíamos esperar otra cosa. Nuestra
travesía por el desierto sería una sombra, en pequeña
escala, de la travesía de Israel. Solamente mediante la
prueba y la corrección nuestra tierra de Canaán
manifestaría parte de su reino de amor.
¿Pero, cómo empezó la travesía del pueblo por el desierto
hacia Canaán? ¡Con un milagro! Cruzaron el mar Rojo
sobre un camino seco. El Señor también había permitido
bondadosamente que comenzáramos con un milagro, el
cual se produjo después de una noche de oración, y nos
lanzó a caminar por el desierto. En los días oscuros que
siguieron, este primer milagro nos estimuló una y otra vez a
creer que Dios completaría lo que había comenzado
maravillosamente. Después de haber viajado por ese duro
camino de la fe a través del desierto, Él nos permitiría ver y
poseer la tierra de promisión.

La intervención maravillosa de Dios al


comenzar el camino por el desierto
El primer milagro que nos llevó a caminar por el desierto
ocurrió el primero de junio de 1955, tres semanas después
de haber recibido la comisión para esta batalla de fe. Dicho
milagro ocurrió en la sala de conferencias del profesor Peter
Grund, ingeniero jefe de la municipalidad, quien nos había
concedido una cita para hablar acerca de la tierra que
queríamos. Precisamente, al comienzo de la entrevista, lo
llamaron y tuvo que salir. Nos sentamos alrededor de la

126
gran mesa de conferencias y nuestros ojos se abrieron y el
corazón nos pesaba, al ver sobre la mesa una maqueta del
proyecto para un conjunto residencial con edificios de
apartamentos, viviendas unifamiliares, prados,
estacionamientos y en el centro algo que parecía una
autopista. Enseguida comprendimos que la maqueta
pertenecía a la tierra que llamábamos “Canaán” y que
estábamos allí para pedir permiso de obtener y desarrollar
esta tierra. Sin embargo, con la maqueta veíamos que la
suerte ya estaba echada.
Apenas pudimos recuperarnos del impacto. Cuando regresó
el ingeniero municipal, le presentamos nuestra petición. En
ese momento oímos de sus propios labios la realidad
demoledora que ya sabíamos: la Ingeniería Municipal se
disponía a utilizar esas tierras, como podíamos verlo en la
maqueta. El ingeniero nos explicó el plan; al lado de la casa
matriz tendríamos un conjunto residencial para oficiales
norteamericanos. La Ingeniería Municipal se había
comunicado con los norteamericanos, explicándoles en 16
páginas el por qué podían construir en ese lugar, y no en
otra parte. El mismo ingeniero había hecho los planos y,
por lo tanto, tenía especial interés en que se desarrollaran.
Además de esta urbanización, la Ingeniería Municipal había
parcelado “nuestra” tierra de Canaán para otro proyecto de
vivienda de clase media que se necesitaba urgentemente.
En efecto, la inauguración de la construcción para la
colonia norteamericana se iba a celebrar dos semanas
después. Todos los arreglos para la construcción estaban
definidos. Además de todo, se tenía planeada una gran
autopista que pasaría por todo el centro de estas tierras; lo
cual no estaba bajo la jurisdicción de la ciudad de
Darmstadt, sino bajo la del gobierno federal de Bonn. El
plan ya estaba determinado.

127
Estas circunstancias indicaban que tendríamos que salir
sin nada. Sin embargo, no podíamos, ya que Dios nos había
dado una misión y una promesa, y por ellas debíamos
luchar con fe. A esa misma hora se libraba una batalla de
oración en la casa matriz. Esas oraciones le dieron libertad
a mi lengua y a mi elocuencia para presentar de nuevo
nuestros planes al ingeniero: Dios deseaba tener esa Tierra
de Canaán. En efecto, Él ya había puesto su mano sobre
ella y, por lo tanto, tenía que ser nuestra a toda costa. A
pesar de todos los obstáculos que se habían presentado,
caminé alrededor de la gran maqueta e hice hincapié en
que debíamos obtener toda la tierra sin ninguna
restricción, atendiendo las numerosas y variadas misiones
que Dios nos había dado.
¿Y qué ocurrió? Mientras hablaba, el ingeniero tomó un
papel y un lápiz negro e hizo un bosquejo de las primeras
casas para nuestra tierra de Canaán. ¡Dios demostró la
verdad de que para Él nada es imposible! ¡Había tocado el
corazón de este hombre! El funcionario nos aseguró que no
se arriesgaría a oponerse a un plan como el nuestro; y
aunque era un plan revolucionario y casi imposible, él
consideraba que las oraciones y la fe son poderes muy
grandes.
¡Había sucedido un milagro! Dios cambió la manera de
pensar de la persona más influyente en la Ingeniería
Municipal, pues a pesar de los planes establecidos, se
había convencido de que Dios quería que se levantara un
“Canaán” sobre estos terrenos. En realidad, Dios había
utilizado a este hombre para trastornar los planes que se
tenían y para intervenir ante las autoridades en favor de
Canaán, aun en contra de sus propios intereses.
Luego vino el inolvidable 6 de junio, un día radiante.
Durante seis semanas, el ingeniero casi no estuvo
disponible, ni siquiera para una breve llamada telefónica.
128
Sin embargo, ese día nos visitó en nuestra casa. Nos
reunimos en el patio y rodeado por todas las Hermanas de
María, el profesor Grund sacó de su bolsillo un papel
pergamino. Al desenrollarlo nos mostró un dibujo que él
había hecho, después de la última vez que nos vimos: era
un diseño más elaborado de las instalaciones de la “Tierra
de Canaán”. Un bello camino de árboles conducía hacia el
lugar en donde presentaríamos nuestras obras de teatro.
Este espacio tenía un impresionante escenario al aire libre,
en la parte frontal. Todas las casas que imaginamos para
Canaán y de las cuales le habíamos hablado, estaban allí
delante de nuestros ojos. Con sólo unos trazos, el ingeniero
dio forma a nuestra fe. ¡El dibujo era verdaderamente tan
real que muchas de las hermanas comprendieron las dudas
que habían tenido antes! ¡Era como un sueño! ¡Casi no
podíamos creerlo!
Sin embargo, a pesar de nuestro regocijo, un espectro de
temor se levantó ante nosotras. Durante nuestra
conversación con el ingeniero municipal, notamos que Dios
había transformado favorablemente su corazón. ¿Pero, el
Concejo Municipal daría su consentimiento? El ingeniero
municipal señaló una y otra vez que el Concejo Municipal
tendría que aprobar nuestra solicitud; pero ésta era
inaudita, pues pedíamos que se nos concediera permiso
para negociar y urbanizar terrenos que ya estaban
destinados para otros fines. Desde el punto de vista
humano, parecía no haber esperanza. Las decisiones con
respecto al futuro de la Tierra de Canaán ya estaban
tomadas, y el mismo ingeniero no podía planear nada para
esos terrenos, sin el consentimiento del Concejo Municipal.
Con esta prueba había comenzado la travesía por el
desierto.

129
Inmensos obstáculos por la grandeza
de los planes de Dios
Teníamos ahora que visitar a los concejales. La madre
Martyria y yo comenzamos una serie de visitas a cada uno
de ellos para darles un informe, por separado, antes de que
se celebrara la reunión del Concejo. El Señor nos dio dos
mensajes bíblicos:
“Los que el Señor bendice heredarán la tierra...” (Sal 37:22).
“No tengan miedo ni se asusten ante ese gran ejército,
porque esta guerra no es de ustedes sino de Dios” (2 Cr
20:15).
Las visitas que hicimos a estos concejales, sin embargo, no
salieron bien. La mayoría de ellos no se interesaron por
nuestro plan, pues ciertamente era incomprensible desde
su punto de vista. En realidad, se mostraron algo
disgustados por atrevernos a presentar tal solicitud. Nos
sentimos muy humilladas. Pero esto fue sólo el comienzo -
que duró cuatro semanas- de una batalla de fe que
persistió durante siete u ocho años. La poderosa mano de
Dios estuvo sobre nosotras, actuando por intermedio de los
hombres, para enseñarnos la paciencia y la humildad. Esa
era una disciplina necesaria en nuestro viaje hacia Canaán,
con el fin de que cuando ya todo se hubiera logrado, no
presumiéramos de que por nuestro brazo o por nuestra
propia fe lo habíamos alcanzado, sino que, humilladas y
quebrantadas, le diéramos la gloria sólo a Dios.
¡Cuántos “hijos de Anac” (ver Números 13:33;
Deuteronomio 9:2) tuvieron que intervenir para
quebrantarnos, con el único propósito de que
aprendiéramos a tener fe en las pruebas de Dios! La
Ingeniería Municipal tenía una opción de compra sobre
estos terrenos; por lo tanto, nadie más podía comprarlos ni
construir algo en ellos, a menos que la ciudad cediera su
130
opción. Por otro lado, también estaba el problema del
Estado de Hesse, que poseía las dos terceras partes de la
tierra y tenía sus propios planes de construcción. Además,
unas 20 personas eran propietarias privadas de las
parcelas; pero ninguno de ellos tenía el título de propiedad
que les permitiera vender libremente, ya que en algunos
casos se trataba de la posesión conjunta de algún pequeño
terreno, dentro de sociedades hereditarias. En estos casos,
normalmente, había que esperar toda una generación para
que los herederos se reunieran y se pusieran de acuerdo en
vender. El área total era de unas diez hectáreas. El último y
más difícil obstáculo era el plan que tenía el gobierno
federal de Bonn, de construir una congestionada autopista
que pasaría justo por la mitad de nuestra “tierra
prometida”.
Las personas que conocían esta situación se reían de
nosotras y de nuestras “aventuras insignificantes”. -Las
Hermanas de María -dijo sonriente un oficial de Darmstadt
-piensan que por fe pueden remover hasta las autopistas
federales-. Cada vez le dábamos mayor reconocimiento a
esta meta de fe: adquirir la tierra que nos rodeaba y
convertirla en una “Tierra de Canaán”. Sentíamos que este
proyecto requería de una fe audaz, tenaz, paciente y que no
se debilitara ante la oposición. Era una verdadera escuela
de fe cuyo aprendizaje era terriblemente difícil. Sin
embargo, nos fortalecía la certeza de que entre más
escarpado fuera el camino de fe, mayores serían los
milagros de Dios. Así, el honor para su nombre sería mayor
y Él sería glorificado. Éste era el auténtico propósito bajo el
cual debíamos adquirir la tierra de Canaán.
El viaje del pueblo de Israel a través de las tentaciones fue
un estímulo constante. Este ejemplo bíblico nos demostró
que el sendero por el que estábamos caminando era el
correcto. La historia del pueblo de Israel nos decía que

131
sucederían grandes cosas en medio del desierto en
nuestras jornadas de fe. Seríamos purificadas y preparadas
para vivir en su tierra, de conformidad con su Espíritu.
Después, el reino del amor derramaría generosamente su
luz. Esto nos estimuló para no debilitarnos en la fe; puesto
que a veces el camino se oscurecía. Recibíamos una
negativa tras otra y en algunas ocasiones parecía que el
mismo Dios peleaba contra nosotras, mientras recorríamos
el sendero. Pero Él tenía en su corazón este plan para
nuestra disciplina y crecimiento.

Su Palabra: una promesa irrevocable


Llegó un día inolvidable en el que recibimos una carta de la
Ingeniería Municipal. Abrí la carta temblando, la cual
contenía la decisión del Concejo Municipal; es decir, el
resultado final de todas las solicitudes que habíamos hecho
ante el primer y segundo alcalde de la ciudad y ante los
concejales. Al leerla, todo se desintegró en lo profundo de
mi corazón. Según el plan que venía en el sobre, la ciudad
nos daba la opción de adquirir menos de la mitad de la
tierra que deseábamos, asumiendo que los propietarios
privados y el Estado de Hesse nos consideraran como la
primera opción de compra. Pero eso no era todo; la
autopista formaría el lindero de la tierra asignada. La
respuesta implicaba lo mismo que haber rechazado nuestra
solicitud. Con esta decisión todo había fracasado. Era
completamente imposible que tuviéramos nuestra capilla y
nuestras casas de oración precisamente junto a la ruidosa
autopista. Este resultado parecía reducir a Canaán y su
misión a la nada.
En mi rincón destinado a la oración, le presenté con
lágrimas esta carta fatal a Dios, mi Padre. Le rogué que nos
ayudara en esta necesidad. ¿Él no había cumplido siempre
sus promesas? ¿Y aún más cuando tenían que ver con su
132
reino, como era el caso nuestro? En respuesta a esta
oración, el Señor me indicó la siguiente cita bíblica: “¿Acaso
alguno de ustedes sería capaz de darle a su hijo una piedra
cuando le pide pan? ¿O de darle una culebra cuando le pide
un pescado?” (Mt 7:9-10). Estimulada por esta promesa,
tomé un lápiz y taché el lindero, delimitado por la
autopista, en el plano que nos habían enviado.
Me dirigí a mis hermanas en nuestra sala de reuniones y
les dije que la ciudad no nos había concedido la solicitud.
Al mismo tiempo les mostré los planos en los que yo había
tachado el lindero y la autopista y les anuncié que el Padre
celestial movería ese lindero, según el versículo bíblico que
me había dado en la oración. Todo Canaán sería nuestro.
La palabra y la voluntad de Dios no pueden dejar de
cumplirse. Él había dicho: “¿Acaso alguno de ustedes sería
capaz de darle a su hijo una piedra cuando le pide pan?”.
Para llevar a cabo las comisiones señaladas por Él, le
habíamos pedido que nos diera un lugar tranquilo. ¡Una
autopista, con el ruido del tránsito, ciertamente sería una
“piedra”! ¡El Padre celestial no nos daría piedras! Porque
¿dónde hallaríamos un padre terrenal que le diera piedras a
su hijo que le pide pan? ¿Dónde? ¡En ninguna parte!
¡Mucho menos el Padre celestial!
Desde entonces le cantamos una y otra vez a nuestro Padre
celestial:
¿Dónde está el padre que da piedras
en vez de pan?
¿Dónde, dónde, dónde?
¡En ninguna parte!
La Palabra de Dios implica un Sí y un Amén, y este fue mi
consuelo durante esos días. Realmente la Palabra de Dios
tiene mayor autoridad y es más cierta que cualquier otra
palabra o decisión de las más altas autoridades humanas.
Dicho convencimiento me dio valor para continuar por este
133
oscuro sendero de fe a través del desierto. Esto solamente
podía conducirnos a una nueva revelación de Dios, porque
en relación con senderos oscuros de fe a través del desierto,
su palabra siempre habla de un fin: “...para bien de ustedes
al fin de cuentas” (Dt 8:16).
Un cántico particular nos había llegado por inspiración,
cuando por primera vez recibimos la comisión de ocupar a
Canaán. Así, continuamos cantando valientemente:
La autopista no se hará,
la autopista no se hará,
¡El Señor la ha escogido
como Tierra de Canaán!

Por todas partes escuchábamos que ya se había fijado la


fecha para comenzar la construcción de la autopista.
Durante largo tiempo nuestras oraciones y cánticos de fe
no recibieron respuesta. Sin embargo, perseveramos.
Un día, el Señor trajo a mi mente a un profesor que había
tenido en la universidad. El año anterior, lo vi por
casualidad y él me dijo que si alguna vez me podía servir en
algo, o que si de alguna manera podía ayudar a la
Hermandad de María, lo haría con gusto. Con el pasar de
los años, él había llegado a ser ministro de Educación de
uno de los estados de la República Federal Alemana. Lo
llamé y se dispuso a usar su influencia para ayudarnos.
No recibimos noticias durante largo tiempo. Varias
solicitudes que hicimos a las autoridades de Bonn
resultaron infructuosas. Todos movían la cabeza
negativamente y decían: “¡Imposible!”. Pero un día de
febrero de 1956, una hermana estaba esperando en el
Departamento de Obras Públicas. Allí vio unos planos, y no
podía dar crédito a sus ojos: ¡la autopista había sido
reubicada para que pasara lejos, por el bosque! ¡Las
134
campanas de nuestra capilla comenzaron a resonar y
parecía que no se detendrían! Corrimos por todos los lados
como hormigas en un hormiguero; nos felicitábamos. Todo
era un desborde de alegría. BDecíamos: “¡La autopista ha
sido removida! ¡La autopista ha sido removida!” Dios había
hecho que se cumpliera su promesa: “¿Dónde está el padre
que da piedras en vez de pan? ¿Dónde, dónde, dónde? ¡En
ninguna parte!” Nuestro gozo y nuestra gratitud a Dios no
conocieron límites en aquel gran día de su respuesta a
nuestra oración.

Las tentaciones ponen a prueba la fe


Habíamos recibido un refuerzo para la fe, así como los hijos
de Israel recibieron el maná en el desierto. Pero, al seguir
hacia adelante no nos escapábamos del sufrimiento el cual
fue también parte del viaje de Israel por el desierto. El
camino del desierto, entonces y ahora, es un sendero lleno
de tentaciones, en el que se conoce al tentador, quien se
aprovecha de nuestro instinto de obtener todo de manera
fácil y cómoda. Él mismo nos preguntó: “¿No hubieran
podido marchar por otro camino más fácil? ¡Tal vez ustedes
escogieron éste caprichosamente! ¿No hubiera sido mejor
que se quedaran donde estaban?”: Tales eran las
tentaciones que nos ponía. Era igual que en la historia
antigua: “¡Han debido quedarse con las ollas de carne en
Egipto!”.
El enemigo había preparado muy bien las tentaciones por el
camino. Uno de nuestros oponentes tenía un amigo en el
Concejo Municipal. Este hombre ejercía influencia entre los
miembros del Concejo, con argumentos que parecían
“espirituales”. Decía que realmente nos harían un bien al
rechazar nuestras solicitudes, puesto que entre más
pequeña permaneciera nuestra obra, mayor sería la

135
bendición. Si esta obra se hacía grande, se tornaría ineficaz
e infructífera; lo cual se podía ver en muchas obras
similares. Y la lucha fue aún más fuerte, al ver que este
argumento tuvo gran impacto. Las voces de la oposición
comenzaron a aumentar. Aun nuestros amigos comenzaron
a preguntarse si no estábamos “tentando a Dios”.
Pero ellos no sabían la magnitud de la tentación que
estaban atizando con este nuevo argumento. Nada hubiera
complacido más a nuestra vieja naturaleza. ¡Qué
maravilloso es permanecer pequeño!, y con esta decisión
nuestra batalla por Canaán se hubiera terminado. Las
donaciones de nuestros amigos serían más que suficientes
para cubrir los gastos fijos de los servicios que ofrecíamos.
¿No habíamos, simplemente, establecido una meta
demasiado elevada? ¿Debíamos perseverar en la lucha? Sin
embargo, Dios habló de un modo distinto al de estas voces
que nos rodeaban. Él había dado a nuestra hermandad este
mensaje bíblico para el año de 1957: “yo les he entregado el
país; vayan y tomen posesión de la tierra que yo, el Señor,
juré dar a los antepasados de ustedes...” (Dt 1:8). Estas
palabras fueron una promesa que brilló como una estrella
en la noche oscura de la tentación. Era una letra firmada
por Dios que repetidas veces tenemos que presentársela a
Él, con fe y oración.
Al comienzo del año, sin embargo, parecía poco probable
que estas palabras se cumplieran. En febrero de 1957, todo
lo relacionado con Canaán estaba más oscuro que nunca.
De hecho, las palabras que habíamos recibido de la
Escritura parecían una burla del enemigo. Durante tres
días seguidos recibimos noticias desconcertantes. Cada
informe que llegaba era peor que el anterior, y cada nervio
espiritual estaba sensible y expuesto. Nos dijeron que la
ciudad aprovecharía la opción que tenía sobre la tierra de
Canaán y que no se nos permitiría comprar nada allí. Ni

136
siquiera consentirían que nos vendieran las propiedades
privadas. Además, los contratos de compra que ya
habíamos negociado con gran dificultad debían cancelarse.
Bajo ninguna circunstancia lograríamos la posesión de un
área mayor de terreno, ni mediante la compra ni en alquiler
ni en permuta. La mano de Dios pesaba fuertemente sobre
nosotras también en otros aspectos. Hasta las hermanas
más alegres y optimistas parecían semiparalizadas por el
dolor.
¿Esto quería decir que la negativa de las autoridades
significara también el no de Dios? ¿Vendría finalmente
mucha gente a visitar o a vivir en Canaán? Fueron días y
semanas oscuros para nosotras, a medida que nos llegaban
las desconcertantes noticias.
Durante ese tiempo de gran tribulación y tentación, le pedí
al Señor: “Muéstranos tu camino. Éste es nuestro único
deseo: ¡marchar por tu camino!”.
¿Quería Él realmente que ampliáramos nuestras
instalaciones? Y el Señor nos dio una asombrosa respuesta
por dos versículos bíblicos:
Haré que aumenten en ustedes los hombres y los animales,
y que se hagan muy numerosos (Ez 36:11).
“En efecto, voy a estar atento a que mis palabras se
cumplan” (Jr 1:12).
Así que continuamos nuestro viaje por el desierto. Ya había
durado casi dos años. Únicamente la oración y la fe nos
mantuvieron en esta dura y aparentemente inútil lucha. En
realidad, mientras más imposible se hacía la conquista de
Canaán, toda la hermandad oraba más. Grupos de
hermanas, y a veces toda la hermandad, luchaban en
oración todo el día, y muchas veces durante la noche.

137
Siempre había nuevo arrepentimiento y purificación. Dios
continuó disciplinando a nuestra hermandad.

Décimo aniversario: “Padre mío, ¡qué bueno eres!”


El décimo aniversario de la Hermandad de María se
acercaba: el 30 de marzo de 1957. Durante diez años
habíamos disfrutado de la maravillosa bondad y del amor
de Dios. Ese sería un día en que su nombre de Padre sería
exaltado como nunca antes. Y aunque efectivamente
teníamos lágrimas, la fe parecía envolvernos. La fe decía: ¡a
pesar de todo! ¡A pesar de todo, debemos celebrar un
festival de acción de gracias al Padre, como nunca antes!
¿Qué haría el Padre celestial en éste, su día? Cualquiera de
nosotras que hubiera creído conocer un poco el corazón
paternal de Dios, ese día confesaría que no había ni
siquiera comenzado a comprender, verdaderamente, el
insondable amor de Dios.
El servicio de adoración en el festival se terminó. Al
mediodía nos reunimos con nuestros centenares de
invitados para cantar himnos de acción de gracias. Los
cánticos habían sido escritos especialmente para la
ocasión; pues recordaban el amor paternal y la bondad que
habíamos recibido de Dios durante los últimos diez años.
La alabanza y la acción de gracias se levantaban como si no
quisieran detenerse. A las cuatro de la tarde, la
congregación se reunió otra vez en la capilla de la casa
matriz; las hermanas habían preparado una corta
presentación, en la cual se representaban los milagros que
habíamos experimentado durante la construcción de la
casa matriz y su capilla, con el fin de narrar y alegrar
nuestros corazones con la gran misericordia del Padre.
Sin embargo, el drama no podía comenzar, pues
súbitamente alguien externo llegó. Era el profesor Pedro
138
Grund, el ingeniero municipal que había permanecido
fielmente a nuestro lado durante todos esos años. Sus ojos
parpadeaban de alegría. Nos trajo un regalo especial para el
festival: un milagro del Padre. El Concejo Municipal nunca
se había reunido los sábados. No obstante, ese día, cuando
se celebraba el décimo aniversario de la Hermandad de
María, tuvo una sesión. En ella se discutió acerca de
nuestra solicitud con respecto a Canaán y... ¡ocurrió un
milagro! Aunque siempre antes habían ganado la victoria
los oponentes, de repente se pusieron todos de acuerdo, y
se tomó la decisión de que fuéramos la primera opción para
conseguir “la Tierra de Canaán”. Esto significaba que
podíamos construir allí, si el Estado de Hesse y los
propietarios privados convenían en vendernos sus terrenos.
¡La ciudad de Darmstadt había decidido concedernos la
primera opción!
Mi corazón cantó de gozo: “Padre mío, ¡qué bueno eres!”.
Regresé de inmediato a la capilla, con una bandera de
triunfo por la noticia. Por supuesto, el programa del festival
se trastornó, pues, profundamente emocionada por la
bondad de Dios, quería compartir este regalo maravilloso
procedente del Padre celestial, que Él había planeado con
amor paternal para ese día y hora. En versos libres
comencé a entonar un canto de alabanza por la
intervención de Dios en esta situación que parecía no tener
salida. Inmediatamente, toda la congregación se unió a mí
en un coro de alabanza al Padre. Luego, le pedimos a Dios
sus bendiciones para el ingeniero municipal, el profesor
Grund, y para el señor Daechert, supervisor del Distrito de
Eberstadt, quien también nos apoyó ante las autoridades.
Terminamos con el himno “Gran Dios, te alabamos”.
La palabra del Señor brilló con resplandor aquel día. Era
una promesa que Él nos había dado en la casa matriz,
antes de mudarnos: “Jamás se ha escuchado ni se ha visto

139
que haya otro Dios fuera de ti que haga tales cosas en favor
de los que en Él confían” (Is 64:4).
En nuestro diario quedó escrito que el gozo experimentado
era de tal magnitud que estábamos fuera de nosotras,
profundamente emocionadas por el hecho de que el Padre
celestial hubiera pensado preparar esta gran alegría,
justamente para el décimo aniversario de la Hermandad de
María. Los cantos de adoración al amor del Padre brotaban
de corazones rebosantes, lo cual nos conmovía
profundamente.
Con la reubicación de la autopista se había superado el
primer obstáculo para la ocupación de Canaán. Ahora, el
segundo obstáculo estaba derribado. Así, Dios nos había
dado la cuota inicial de su promesa que está en la
Escritura: “He aquí que yo pongo la tierra delante de ti...”. Y
“cuota inicial” significaba también que el pago completo
llegaría a su debido tiempo.
El viaje de Israel por el desierto duró 40 años. ¿Cuánto
duraría el nuestro? No iba a terminar con estos dos años.
Nuestra fe no había sido suficientemente probada. No
estábamos completamente humilladas ni preparadas. No
era adecuado que el gran objetivo de la Tierra de Canaán se
lograra con una jornada de fe tan corta.

Nuevas humillaciones y correcciones


La negativa del Concejo Municipal se había cambiado en un
sí. Nos habían concedido la primera opción de compra de la
tierra. Pero todavía estábamos lejos de tener a Canaán en
nuestras manos. Ya habíamos comprado unas pocas
parcelas a los propietarios privados. ¡Sin embargo eran
muy pequeñas en relación con las que todavía parecían
imposibles de obtener! El siguiente obstáculo era el Estado
de Hesse, propietario de la mayor parte del terreno; con
140
esta dificultad comenzaba una nueva jornada de fe por el
desierto.
Literalmente, nos pasó lo mismo que a los hijos de Israel;
quienes pudieron hacer su viaje a Canaán en unas pocas
semanas, pero tuvieron que esperar muchos años a las
puertas de la Tierra Prometida. Vagaron de acá para allá y,
aunque virtualmente llegaron a tener un pie adentro, se
veían obligados a retroceder repetidas veces.
Por otra parte, tuvimos una conversación decisiva con un
alto funcionario del gobierno estatal. Nos dijo que los
planes estaban hechos y que no venderían ninguna parte
del terreno. La madre Martyria y yo regresamos
completamente descorazonadas. ¿De qué nos servía el
regalo de cumpleaños que habíamos recibido en el décimo
aniversario? ¡Magnífico que la ciudad de Darmstadt nos
hubiera concedido la primera opción! ¿Pero para qué servía
si nadie nos iba a vender la tierra? De otra fuente supimos
que, finalmente, la autopista iba a pasar por nuestra tierra.
Nuevamente llegamos a un callejón sin salida.
¡Los años que transcurrieron entre 1957 y 1959 fueron
indescriptibles! Nadie puede expresar con palabras lo que
significó para nosotras ese período: las más profundas
tentaciones que jamás habíamos experimentado...
aflicciones... luchas por mantener una fe por siempre
renovada. En este tiempo visitamos personalmente al
gobernador de Hesse para presentarle nuestra solicitud.
Finalmente recibimos un no rotundo del gobierno estatal.
Nunca nos venderían la tierra. Con ello, todos nuestros
planes y esperanzas parecían estar condenados al fracaso.
En dichos años el Señor realizó otro tipo de milagro, que no
es tan fácil de relatar como los obstáculos que se vencieron
para la ocupación de Canaán. Me refiero a los milagros
ocultos, pero verdaderos y esenciales, que se dieron en
nuestros corazones. Éstos se llevaron a cabo mediante las
141
correcciones, la larga espera y la difícil humillación,
especialmente cuando aprendimos a humillarnos
profundamente por nuestros pecados; los cuales le
causaban al Señor una preocupación y un esfuerzo sin
límites.
En cuanto a Dios, Él nos podía conceder las peticiones de
inmediato; pero, a menudo tenía que dilatar los procesos
para que no ocupáramos la tierra antes de estar
preparadas; porque la tierra es santa, está destinada a sus
propósitos, y no debemos contaminarla con nuestros
pecados.

Esperar, esperar, esperar: ¿Cómo


terminará nuestro caminar por el desierto?
¿Permanecerá constante nuestra fe?
En ese tiempo de espera nos inclinamos ante las
correcciones impuestas por Dios. Pero, así mismo
continuábamos recordándole sus promesas, con la petición
sincera de que no permitiera que su gloria se disminuyera
ante la gente. Millares de personas, tanto en Alemania
como en el exterior, recibían nuestras cartas circulares. En
1955 les habíamos escrito, diciéndoles que Dios había
prometido darnos esta tierra de Canaán, tierra de sus
promesas y reino de amor. Muchos ojos estaban puestos en
Canaán. ¿Cumpliría Dios sus promesas? ¿Proseguirían
tales proyectos de fe? ¿Premiaría Dios una fe tan audaz?
¿Magnifican su gloria y edifican su reino tales caminos de
fe? Nuestra lucha no podía ser privada; era como un drama
público presentado ante el cielo y la tierra.
¿Qué sucedería si Dios no cumplía sus promesas?, ¿qué
pasaría si Él no daba el Sí y el Amén a nuestros caminos de
fe? Pues, para muchos, la fe en las promesas de Dios
colapsaría, si no se alcanzaba el propósito; y ellos no

142
tendrían jamás la convicción de marchar por tales caminos
de fe en su propia vida.
Para entonces toda esperanza había desaparecido. Pero, el
Señor nos dio una nueva señal de aliento: tocó el corazón
del señor Daechert, supervisor del distrito de Eberstadt,
quien había estado de nuestro lado en ocasiones anteriores,
contactando a los altos funcionarios públicos. En medio de
esa etapa de profunda aflicción, el señor Daechert sintió un
nuevo ardor en su corazón, a favor de la causa de Dios y
nuestra solicitud llegó a ser la suya. Desde entonces, él se
refería a “nuestra lucha” e hizo todo lo posible para que
Canaán fuese nuestra.
Además, el Señor despertó el interés de uno de los pastores
que desde hacía tiempo había celebrado entre nosotras los
cultos del domingo, el pastor Rathgeben, supervisor de la
obra educativa y de bienestar de la Iglesia Evangélica de
Hesse. Un día, el pastor se interesó en nuestras dificultades
y se dedicó, de modo generoso, a ayudarnos con Canaán en
la medida de lo posible. De esta manera, habló con el
presidente de nuestra organización eclesiástica, el doctor
Martín Niemoeller, quien a su vez conversó personalmente
con el gobernador de Hesse sobre nuestro proyecto.
A pesar de estas luces de esperanza, los meses pasaban y
los obstáculos no se superaban. El Señor nos mostraba de
esta forma que debíamos continuar en el camino de la fe, y
que en el momento oportuno lograríamos nuestro objetivo;
pues, “Lo que Dios ha emprendido y desea debe llegar
inevitablemente a su propósito y su meta”.
Luchamos con renovados ánimos para permanecer firmes
en las promesas de Dios. Él nos había concedido sus
promesas a lo largo del camino de la fe. A pesar de todas
las desilusiones, nos empeñábamos en mantener dichas
promesas delante de Él, con una fe perseverante.

143
El “fin último” de la misericordia de Dios
La hora de Dios se acercaba; el alto funcionario del
gobierno, cuyo “no” rotundo constituía el principal
obstáculo para nuestra entrada en Canaán, había sido
cambiado a otro cargo.
A mediados del mes de febrero de 1959, nos
encontrábamos próximas a celebrar un nuevo aniversario
de la Hermandad de María, el décimo segundo. El último
día laborable antes de la Pascua de Resurrección fue el 29
de marzo. Dicho día llamó un funcionario del gobierno,
preguntando por la hermana encargada de manejar las
negociaciones de la propiedad. La hermana portera relató
más tarde: “Mi corazón palpitaba de emoción cuando fui a
buscarla, me paré junto a ella y la hermana Anita hizo una
señal, cubrió el micrófono del teléfono por un momento y
exclamó: ‘¡Que toquen las campanas! ¡El gobernador ha
firmado el permiso para que procedamos con el contrato de
compra!’”
Con esta acción, toda Canaán era nuestra. ¡Qué regalo de
cumpleaños nos había enviado el Padre celestial, y otra vez
en el aniversario de la Hermandad de María!
La decisión se había tomado en el último momento, antes
del día siguiente, que era festivo. Aquella propiedad estatal
de Canaán, por la cual oramos, sufrimos y luchamos
durante tanto tiempo, ya era nuestra. Dios había cumplido
su palabra. En las horas más oscuras, ésta fue mi ancla de
fe: Dios guía en el desierto, “...para humillarlos y ponerlos a
prueba, y para bien de ustedes al fin de cuentas” (Dt 8:16).
Apenas podíamos mantenernos en pie, pues temblábamos
al escuchar la noticia. Era la mayor sorpresa, el milagro
más grande que habíamos experimentado desde el 30 de
marzo de 1957. Pasó un tiempo antes de que pudiéramos
recobrar nuestros sentidos y gritar con júbilo: “Ahora,
144
demos todas gracias a Dios”. Hasta el día de hoy, a todos
los que siguieron, aunque sea un pequeño tramo de este
viaje a Canaán, se les dificulta comprender lo que sucedió,
¡lo que Dios había hecho!
Luego se produjeron otros milagros. Casi todos los
propietarios privados, que al principio no podían decidir la
venta, la aceptaron. Durante meses y años parecía que
nuestras peticiones no eran escuchadas, pero ahora Dios
estaba interviniendo. Un gran número de propietarios
privados acudieron a nosotras, por su propia iniciativa,
para ofrecernos sus parcelas. Así, toda la “Tierra de
Canaán” es hoy verdaderamente nuestra.

“Canaán”, una tierra donde Dios se glorifica


¿Qué vemos ahora, pasada una década de la “historia de
Canaán”? Canaán es una tierra donde los milagros de Dios
se han hecho visibles. Si caminamos desde nuestra casa
matriz, a través del bosque, hacia el norte, llegamos a un
conjunto residencial de oficiales norteamericanos que está
cerca de la carretera. Como se dijo antes, según los planos,
esas residencias se iban a construir en medio de nuestro
terreno. La gran autopista que atravesaría nuestras tierras,
pasa ahora por el bosque, al oeste de nuestra propiedad.
Hacia el sur se extienden grandes proyectos de vivienda
que, según los planes, serían construidos en nuestra tierra;
pero, en medio de todo esto y apartada de un modo
maravilloso por la mano de Dios, está Canaán. Hasta este
momento ya todas las instalaciones necesarias se han
construido y han tomado su forma tanto espiritual como
física.
Al pasar por la entrada principal, lo primero que nos llama
la atención es la gran Capilla del Llamado de Jesús, con
una capacidad de más de mil personas sentadas. Desde su
145
inauguración, el 14 de mayo de 1961, millares de personas
han escuchado allí la proclamación del mensaje de Dios
durante el verano y han participado de las representaciones
teatrales; así como de diversos festivales que invitan a
glorificar a Dios. Frente a la Capilla del Llamado de Jesús y
cerca del bosque está nuestra casa de retiros, El Gozo de
Jesús, construida en 1958, la cual tiene 50 habitaciones
individuales que evidentemente no son suficientes. Por lo
tanto, se han ampliado sus instalaciones con la adquisición
de un antiguo hotel que ahora se llama Casa de la Bondad
de Dios, el cual se encuentra al otro lado de nuestra casa
matriz. Este nuevo edificio también se obtuvo como una
respuesta maravillosa a nuestra oración.
En Canaán también está la Casa de Francisco, destinada al
hogar para ancianos y enfermos. Cuando las personas ya
no cabían en ella, la Casa Margarita asumió este ministerio.
La Casa de Francisco se convirtió, entonces, en la sede de
la Hermandad Franciscana de Canaán para los Hermanos,
que fue fundada en 1967. Enseguida se halla una segunda
casita de huéspedes, Beth Sión, que a menudo sirve de
alojamiento a nuestros hermanos judíos. No lejos de allí
está la casa pastoral, llamada Casa de la Fidelidad de Dios,
donde viven nuestro pastor y su esposa, quienes siguen el
sendero de la fe con nosotras, confiando en la bondad
paternal de Dios. La Casa del Consuelo de Jesús, situada
en el costado sur de Canaán y junto al bosque, es el hogar
de nuestras Hermanas de las Espinas y las Hermanas de la
Corona de Espinas*, al igual que es el lugar destinado a los
Amigos de Canaán, quienes vienen aquí como residentes
permanentes.
[NOTA DE PIE: *Las Hermanas de las Espinas y las Hermanas de
la Corona de Espinas están afiliadas a la Hermandad de María.
Son mujeres que no pudieron unirse a la Hermandad de María a
causa de su edad, por estar casadas o por sus responsabilidades
laborales. Las primeras viven “en el mundo” y desde allí cumplen
146
la misión de Canaán de diversas maneras. Las segundas llegaron
a Canaán para vivir en comunidad. Los Amigos de Canaán tienen
una relación más independiente con nosotras, pero también
cumplen nuestra misión; se reúnen regularmente en diversos
lugares del país y fuera de él.]

Nuestros Colaboradores de Canaán viven en el edificio


adyacente, llamado la Casa de la Victoria de Jesús. Ellos
visitan Canaán por un determinado número de semanas o
meses, para participar en la vida de la comunidad y en su
misión y para fortalecer su caminar cristiano en el mundo
de hoy. La Casa Betábara, a la entrada de Canaán se
construyó debido al constante flujo de visitantes de todo el
mundo.
Verdaderamente, en cada uno de estos edificios se puede
vivir la siguiente invitación: “¡Cantad al Señor un cántico
nuevo, porque Él ha hecho maravillas!”. Todos los que
llegan y viven aquí se encuentran en una tierra de
promesas cumplidas, de milagros de Dios. La realidad de
Dios nuestro Padre, quien todavía hace milagros hoy, se
apodera de ellos.
Al observar este amplio terreno, quedamos admirados
nuevamente, pues en gran parte toda esta área urbana de
90.0O0m2 se tuvo que pagar al mismo tiempo que la
construcción de los edificios. Se necesitaron grandes sumas
de dinero. Nuestra tesorera contaba con el dinero del día;
es decir, con la caja casi vacía, experimentando uno de los
momentos más oscuros para nuestra hermandad. ¿Cómo,
entonces, se hicieron estos pagos? ¡Sólo mediante los
milagros de Dios!
¡Canaán! ¿Qué más encontramos allí? El Jardín de los
Sufrimientos y Resurrección de Jesús es un lugar donde se
puede adorar, meditar y glorificar el más grande de todos
los milagros de Dios: el Sacrificio de Jesús y la Redención
147
que Él obró mediante su Sufrimiento, Muerte y
Resurrección. Las diversas estaciones de su Pasión, como
también de su Resurrección, son retratadas en este jardín
para estimularnos a glorificarle en gratitud por lo que hizo
por nosotros. Si continuamos a lo largo de Canaán,
llegamos al Monte de las Bienaventuranzas, el cual se eleva
junto a un Mar de Galilea en miniatura. El agua que hay en
este lago es un testimonio de que Dios puede garantizar
abundancia de agua en el desierto. También hay un
pequeño río Jordán que corre hacia el lago y la saltarina
Fuente de la Bondad del Padre, que son posteriores señales
de los milagros de Dios. En fin, para hablar de todos los
prodigios necesitaríamos un segundo volumen de
“Realidades”.
¡Canaán, tierra de milagros! Hoy en día no cuestionamos
las razones por las cuales Dios permitió que nos costara
tanto adquirirla, al atravesar oscuros senderos de fe y de
pruebas; ya que ahora vemos que en ella Dios nos da un
anticipo del cielo. Así como la tierra se llenó de nuestras
lágrimas durante las duras batallas de fe, las pruebas de
paciencia y las muchas experiencias de juicio divino, hoy es
una tierra de alegría, de cantos festivos, de adoración,
donde el Padre es alabado, pues a la postre Él bendice
abundantemente. Dios permite que el camino de la fe
termine en una manifestación visible de su bondad; que el
camino del desierto termine en la Tierra Prometida. Él
corona el camino de las pruebas y tentaciones con un fruto
incomparable. El camino de la fe por el desierto hacia
Canaán demuestra que, cuánto más oración, fe y
sufrimiento se requieran, mayor será la bendición
concedida por el Padre celestial. Ciertamente, mientras más
tengamos que luchar con fe, veremos con mayor fuerza su
poder de hacer milagros para que demos un real testimonio
de ellos. Mientras la lucha sea más grande, veremos

148
maravillados su gloria y sus actos de bondad; así como
lograremos más frutos para su Reino.
¡Canaán, reino de amor! Sí, que esta tierra sea realmente
un reino de amor y llegue a serlo, aún más en estos días
angustiosos de nuestra era, para la gloria del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo.

149
Dios manifiesta su poder en las cosas imposibles,
cuando se le pide con fe.

41. “Estoy dispuesto a hacer milagros”: Historia de la


construcción de una capilla de alabanza
En Suiza, cerca a Spiez, en el lago Thuner, hay un lugar
precioso. Allí, algo apartada de la carretera que va hacia
Aeschiried, hay una pequeña capilla rodeada de campos de
labranza y casas dispersas en una pradera. Es nuestra
primera capilla de alabanza, que a todos saluda con su
torrecita: abajo, al lago Thuner; arriba, a las montañas que
la rodean. La emocionante belleza de la naturaleza invita a
todos a entonar al Padre celestial un cántico de alabanza.
En el interior de la capilla hay un colorido mosaico, que
exhorta a glorificar a Dios con sus palabras: “Canten,
alaben, salten de gozo ante el Señor todos los pueblos”.
Sobre la puerta se lee esta inscripción: “Estoy dispuesto a
hacer milagros: todo el pueblo verá las obras del Señor”. La
historia de esta capillita es verdaderamente maravillosa,
pues nos dice que Dios sigue haciendo milagros hoy.
El día de la Ascensión en 1962, se llevó a cabo la fiesta de
la consagración de esta capilla de alabanza, que Dios
concedió en respuesta a muchas oraciones. Dicho día
llegaron centenares de personas de todas partes, que se
apiñaron en la plaza y se sentaron allí. ¿Qué fue lo que
atrajo a tantas personas para que asistieran a la
consagración de una capilla tan pequeña?
Todos querían ver con sus propios ojos el milagro que había
corrido de boca en boca: una capilla que fue construida en
tres semanas y media. Un granjero, al hablar con una de
las hermanas, dijo que, si Dios había hecho este milagro,
también le ayudaría a él, ya que iba a ingresar a un

150
hospital. Así que nos pidió que oráramos por él tal como lo
habíamos hecho por la capilla.
La construcción de la capilla tiene su historia. El camino de
fe comenzó en 1956. Durante mi estadía en Aeschi, le
escribí a mis hijas para comunicarles el dolor que me
causaba la poca alabanza a nuestro Padre y Creador. Este
comentario conmovió los corazones de las hermanas hacia
la necesidad de que se le diera alabanza y gloria al Creador
en este lugar donde su acción y magnificencia creadoras se
habían derramado tan grandemente. De esta manera, se
entusiasmaron con la idea de construir una capilla de
alabanza. ¡Qué difícil era esto para nosotras! Pero se hizo
realidad. En 1961, se invitó a las hermanas de nuestras
representaciones bíblicas para presentarlas en varias
ciudades de la Suiza, y al terminar su gira, fueron a Aeschi
como coro de alabanza. En el otoño del mismo año, se
dieron los primeros pasos para la compra de un terreno
destinado a la capilla, con ardientes deseos de que Dios
fuera glorificado.
Y Dios respondió. Después de algunos intentos,
encontramos el terreno, al igual que conocimos a un
arquitecto competente y amable, quien también
entusiasmado con la idea de alabar a Dios, nos hizo los
planos desinteresadamente y estuvo siempre de nuestro
lado. Según él, la consagración de la capilla podía tener
lugar el día de la Ascensión, del año de 1962. Una persona
influyente ante las autoridades competentes nos había
asegurado, verbalmente, que no había obstáculo alguno
para la construcción de la capilla en dicho terreno. A
finales de 1961, y llenas de alegría le comunicamos a
nuestros amigos, en una carta circular la fecha de la
consagración para que planearan sus vacaciones.

151
Prueba tras prueba.
Las dificultades ponen los cimientos.

Pero, desde enero de 1962 siguió una prueba tras otra. En


primer lugar, como un relámpago en el cielo sereno, vino la
negativa a nuestro intento de construir, basada en el hecho
de que no había necesidad urgente de edificar una capilla,
sobre todo porque éramos extranjeras. Así como en tiempos
de Jesús, los discípulos consideraron un despilfarro el
ungüento de María de Betania; en este caso tampoco se
podía entender la idea de construir un lugar especialmente
destinado a la adoración y exaltación del amor hacia Él.
Además, en Aeschi corrió el rumor de que éramos una
secta. Esa fue la primera “imposibilidad” de edificar la
capilla. Dios empezó a escuchar nuestras oraciones, si bien
de un modo distinto al que nosotras habíamos pensado.
¿Cómo habría de brillar la grandeza y la gloria de Dios,
como Señor y Creador, ante las personas alejadas de Él,
quienes llegaban allí como visitantes en tiempo de
vacaciones? ¿Cómo mover su corazón para poder rendirle
alabanza al Señor, si Él no se manifestaba como el Señor
vivo que hace maravillas? Sin embargo, Dios sólo puede
hacer milagros después de enfrentarnos a lo imposible,
desde el punto de vista humano.
Estas dificultades nos invitaban a creer en su poder y a
esperar que Él se manifestara, para que los visitantes de
esta capilla lo alabaran y glorificaran. Dios escuchaba
nuestras oraciones sobre la esperanza de que esta capillita
se llenara de su gloria; sin embargo, antes de que existiera,
Él la cubrió de humillaciones, de acuerdo con su palabra;
“Dichosos ustedes, si alguien los insulta por causa de Cristo,
porque el glorioso Espíritu de Dios está continuamente sobre
ustedes” (1 Pe 4:14). Nos consolaba esta certeza: para que
la alabanza y la glorificación ofrecidas a Dios en este lugar
152
fueran perpetuas, era necesario que los cimientos de la
capilla se hicieran con humillaciones y ultrajes, para que
después la alabanza pudiera brotar del corazón contrito.
Estas humillaciones comenzaron cuando, aconsejado por
las autoridades, un hombre suizo quiso comprar el terreno.
Se nos acusó de especular en la compra, en un país
extranjero y este rumor, junto con el de que éramos una
secta, se fue extendiendo por todo el país.
Según parece, la decisión era firme: en Aeschi nunca se le
concedería a la Hermandad de María el permiso para
construir. Sin embargo, ante esta perspectiva de
“imposibilidad” recibimos esta consigna del Señor:
“Purifíquense, porque mañana verán al Señor hacer
milagros” (Jos 3:5).
“Vete a tu casa, y que se haga tal como has creído” (Mt
8:13).
Estas afirmaciones del Señor alegraron nuestro corazón.
Cada una de las hermanas se entregó nuevamente a ese
“purifíquense”, en la disposición de tomar sobre sí su cruz
en la vida diaria y alabar a Dios en las pequeñas
adversidades, para que después nuestra alabanza en la
capilla fuera auténtica. La tarde siguiente, nuestra sala de
reuniones parecía un campo de batalla espiritual. Toda la
comunidad oraba por la capilla, confiada en su Palabra,
pues el Señor haría un milagro y cambiaría el “no” por un
“sí”.

153
Triunfo final de la fe. ¿Seguir con
firmeza en la fecha de Ascensión?
Como respuesta a nuestras oraciones y nuestra fe,
recibimos del arquitecto la noticia de cancelar la fecha de la
consagración, porque solamente con examen minucioso de
los propósitos de tal proyecto o con la financiación por
parte de un grupo de amigos suizos de las Hermanas de
María, se podría lograr el permiso para construir la capilla
en Aeschi. Tendrían que pasar, entonces, varios meses
hasta que se decidiera, y en esas condiciones era
totalmente imposible contar con la fecha de la Ascensión.
¿Debíamos seguir, apoyadas en la fe, con esta fecha o
renunciar a ella? Renunciar significaría perder un año de
alabanza a Dios en esta capilla, y un año, ante la
inminencia de una guerra atómica que destruiría la
naturaleza, era demasiado tiempo. Por esto, seguíamos
orando intensamente y Dios nos daba la certeza de que
deseaba que la capilla estuviese terminada para el día de la
Ascensión. Él nos lo confirmó con estas palabras:
“Señor, Señor, poderoso de Jacob, acuérdate de David y de
sus aflicciones; acuérdate del firme juramento que te hizo:
`No me pondré bajo techo ni me acostaré a descansar, no
cerraré los ojos ni dormiré un solo instante, mientras no
encuentre casa para el Señor, el Poderoso de Jacob´” (Sal
132:1-5).
Así nos animaba Dios a poner empeño en la terminación de
su pequeño santuario, antes de la Ascensión; todas las
hermanas entablaron una lucha con duplicados esfuerzos,
ateniéndose con firmeza a la promesa de Dios.
Y efectivamente en marzo llegó la fundación “Asociación de
Amigos Suizos de las Hermanas de María”. “Has cambiado
en danzas mis lamentos” (Sal 30:11). Ésta fue la consigna
que dio el Señor para esta fundación. Con ella brilló una

154
luz de esperanza. Pero, desde el punto de vista humano, un
“demasiado tarde” se reía irónicamente de nosotras;
demasiado tarde para que la capilla estuviera terminada el
31 de mayo. Esto por supuesto no era lo que Dios quería
decirnos con las noticias que recibimos durante las últimas
semanas: se retrasaba la aprobación del contrato de
compra del terreno, porque la persona encargada de
efectuarla estaba de viaje; la única empresa constructora
que se había comprometido, se había arrepentido; una
persona influyente de nuestra asociación tenía que
retirarse de nuestro grupo, por una orden superior, con lo
cual quedaban estancadas otras decisiones.
Con todo esto, estábamos ya a mediados de abril, seis
semanas antes de la fecha fijada para la consagración de la
capilla. Cada semana que pasaba y que nos acercaba a la
fecha determinada la terminación de la misma se hacía
más “imposible” y nuestra fe tambaleaba. Por esos días
teníamos que enviar la carta circular de Pascua a todos
nuestros amigos. ¿Debíamos, entonces, renunciar a la
fecha anunciada en el otoño anterior y comunicar esta
decisión a todos? Eso nos parecía lo más razonable. Sin
embargo, una certeza mayor se apoderaba de nuestros
corazones, era Dios quien nos la daba: el Señor haría que,
gracias a su milagrosa intervención, la capilla estuviese
terminada para entonces. En medio de estas dudas y
pruebas, nos dirigimos a Dios y recibimos su respuesta:
“Pero ustedes sean valientes y no se desanimen, porque sus
trabajos tendrán una recompensa” (2 Cr 15:7).
“...plenamente convencido de que Dios tiene poder para
cumplir lo que promete” (Ro 4:21).
Dios deseaba inculcarnos algo: creer se define como esperar
de Dios lo que es humanamente imposible; la fe significa no
contar con los datos e imposibilidades humanas, sino con
la acción de un Dios vivo. Creer es perseverar teniendo la
155
seguridad de su Palabra, por más que nuestra razón nos
diga que no, a la luz de las realidades que nos rodean. Por
último, creer implica confiar, a pesar de todo, en sus
promesas para la gloria de Dios. Porque de lo que se trata
es de dar efectivamente gloria a Dios ¿A cuántos no
habíamos asegurado de palabra y por escrito que Dios es
fiel a sus promesas, que escucha oraciones y que, por
tanto, la capilla estaría terminada para la Ascensión? Todas
esas personas llegarían a dudar si no perseverábamos en
su palabra.
Así, apoyadas en la fe, conscientes de la gran
responsabilidad que recaía sobre nosotras, enviamos la
carta circular invitando a la consagración de la capilla, a
nuestros 6.000 amigos e intercesores en Alemania y en el
extranjero, seis semanas antes de la Ascensión, aunque
aún no habíamos obtenido la aprobación para comprar el
terreno y mucho menos para construir la capilla.
Poco después recibimos la noticia de que el gobierno de
Berna había aprobado el contrato de compra por parte de la
asociación suiza, y que había decidido que no era justo
concederle al amigo suizo la compra del terreno, pues nos
había inculpado injustamente. De esta forma cualquier día
nos llegaría la aprobación.

¿Promesas sepultadas?
Casi de manera impaciente, hora tras hora, esperábamos el
anhelado telegrama: “La construcción puede comenzar”. Lo
esperábamos firmemente, contando con la palabra y
garantía de Dios: “Haré lo que he prometido”. Él haría que,
como un milagro de su gracia, se terminara la capilla en las
seis semanas que quedaban. Pero no llegaba el telegrama.
En medio de esta grandísima necesidad, Dios nos
respondió con estas palabras: “El Señor dijo: `Pongan
156
atención: yo hago ahora un pacto ante todo tu pueblo. Voy a
hacer cosas maravillosas que no han sido hechas en
ninguna otra nación de la tierra, y toda la gente entre la que
ustedes se encuentran verá lo que el Señor puede hacer,
pues será maravilloso lo que yo haré con ustedes´” (Ex
34:10).
Pero, a pesar de esta promesa, no llegó noticia alguna de
Suiza en los días siguientes; la tentación amenazaba con
tragarnos. ¿Nos habríamos equivocado? ¿Era improcedente
seguir aferradas a las promesas? Por otra parte, ya
habíamos comunicado la fecha de consagración a muchas
personas, con la carta circular de Pascua, y en la iglesia lo
habíamos dicho públicamente. Además, el autobús estaba
reservado para un grupo de Alemania, así como el
alojamiento para 70 personas, con motivo de la
consagración. Faltaban tan sólo cinco semanas para dicha
fecha y no habíamos recibido aún la aprobación para la
construcción de la capilla, ni mucho menos excavado
absolutamente nada.
El 30 de abril, sólo cuatro semanas antes llegó una noticia.
Éste fue un día de inolvidable tristeza para nosotras.
Recibimos de Suiza la comunicación de que todo había
concluido desfavorablemente para nosotras. Sentimos como
si hubiéramos enterrado a un ser querido, pues
efectivamente sepultamos una promesa de Dios. Nuestro
arquitecto nos comunicó, por escrito, que no se podía
contar por ahora con la aprobación para la construcción, y
le dirigió una carta a una empresa constructora, diciéndole
que las obras no comenzarían hasta finales de mayo, fecha
para la que estaba prevista la consagración.
Dios estaba dispuesto a hacer de esa capilla un pequeño
recinto de milagros, como hizo con Gedeón, al que, contra
toda previsión humana, fue quitando trozo a trozo. Quería
lograr su objetivo: magnificar su gloria. Del mismo modo
157
nos privó de todas las posibilidades humanas, con la
finalidad de que, en la oración y en la fe, esperáramos todo
únicamente de Él. Así mismo, mediante estas dificultades
el Señor permitió que manifestáramos ante todos los
hombres que Él fue el único que hizo posible la terminación
de la capilla, para que sólo a Él se le diera gloria y
alabanza. Éste era el objetivo de la misma y por lo que
nosotras pedíamos ardientemente.

El gran cambio. Su acción maravillosa


ante todo el pueblo
Era 3 de mayo. Dos hermanas hablaron de nuevo con el
gobierno de Berna para considerar la anulación de la
negativa de construcción, y así poder conseguir el permiso
para edificar la capilla en el lugar deseado. Mientras tanto,
en nuestra casa tuvimos una tarde de fe como casi no
habíamos tenido ninguna hasta entonces. En ella, el
Espíritu Santo, a la luz de todas las imposibilidades
humanas, encendió en nosotras una nueva y alegre fe en
su victoria: la capilla estaría terminada el día de la
Ascensión. Las dos hermanas no recibieron el documento
que necesitábamos; pero cuando Dios había permitido que
la “imposibilidad” llegara a su punto culminante, tres
semanas y media antes de la fecha prefijada para la
consagración, se llevó a cabo un cambio radical. Sucedió lo
incomprensible: el funcionario público, que a pesar de
todas las posibilidades jurídicas no había encontrado
solución viable para la consecución del permiso, de
repente, sin tener en sus manos los documentos necesarios
por parte de las autoridades correspondientes, dio el
permiso de palabra. El camino estaba libre. Pero ¿no era tal
vez demasiado tarde? Según los cálculos humanos -desde
luego- porque la consagración tendría lugar tres semanas y

158
media después; pero para Dios no hay nada imposible. Él
estaba decidido a cumplir sus promesas: “Yo estoy
dispuesto a hacer milagros: todo el pueblo verá las obras
del Señor”.
Repentinamente, una empresa constructora estaba
dispuesta a comenzar la obra, e incluso a trabajar horas
extras; nos dijeron que en lo poco que quedaba hasta la
Ascensión era posible terminar la capilla. Una fábrica, que
normalmente tardaba dos o tres meses en enviar las tejas,
se comprometió a hacerlo en las próximas semanas; y un
carpintero estuvo plenamente dispuesto a hacer
rápidamente el techo. Parecía como si todos estuvieran
esperando el encargo de hacer algo para la capilla de
alabanza; en comparación con lo que sucedió unas pocas
semanas antes de la Ascensión, cuando otra empresa
constructora se negó debido al tiempo que quedaba escaso
para reunir lo necesario.
El entusiasmo nuestro era indescriptible, porque Dios
Padre había cumplido todas sus promesas, a pesar de la
situación tan desesperada en que habíamos estado. Se
cumplió su palabra: “...Dios tiene poder para cumplir lo que
promete” (Ro 4:21); “... que se haga tal como has creído” (Mt
8:13). Y “Purifíquense, porque mañana verán al Señor hacer
milagros” (Jos 3:5). Los muros de la capilla -con la ayuda
de dos hermanas- se terminaron en pocos días y para el día
de la Ascensión estuvo preparada y adornada.
Desde ese día acuden personas de todas partes. Comenzó a
cumplirse el propósito de la capilla: levantar a Dios una
alabanza perpetua. Oh. qué atraiga mucha gente. Porque
ella hablará, como Jesús dijo, que las piedras lo harían, si
nosotros callamos y no damos gloria y alabanza a Él, o si
no lo hacemos de modo suficiente o, si en lugar de darle la
gloria a Dios, se la damos a los hombres. Ella dirá cuán
grande y poderoso es el Señor, que escucha las oraciones y
159
cumple su palabra. De igual forma dirá que es Creador,
pues la capilla se levantó por la palabra poderosa de Dios,
el cual “habló, y todo fue hecho; Él ordenó, y todo quedó
firme” (Sal 33:9). Esta es una palabra que hemos tenido
como consigna, incluso en las horas más oscuras. Ahora, la
capilla puede ser testimonio de la omnipotencia de Dios y
pregonera de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo
para todos los que la visiten.
Sí; la capilla de Aeschi está ahí como testimonio de los
prodigios de Dios. Él ha hecho brotar la alabanza y el júbilo
hasta las lágrimas y brillar su gloria en el camino de la
calumnia. A pesar de todas las imposibilidades, ha hecho
que se construya la capilla para demostrar quién es Él. Así,
el simple hecho de su existencia es un testimonio de la
manera milagrosa en que Dios dirige y obra
poderosamente. También, en el interior de esta capilla que,
por sí misma, habla a todos los que vienen a visitarla,
podemos ver a este Dios que obra maravillas.

160
EPÍLOGO

Todo lo que se ha contado aquí proclama una sola verdad:


“La oración es poder”. Los hombres y las mujeres que oran
son invencibles. No pueden ser dominados por ningún
ataque del enemigo, ninguna resistencia, ningún
sufrimiento, ninguna dificultad de la vida, porque en sus
manos tienen el arma más segura para el triunfo. Con la
oración han recibido la llave del corazón de Dios.
Confiamos en que estos relatos sirvan como material
ilustrativo para una pequeña escuela de oración. Ellos
muestran, mediante experiencias prácticas de la vida
diaria, de qué manera Dios concede a sus hijos el don de la
oración. Por su gran amor, Él los sostiene para que cuando
estén en necesidad o desesperación, no queden a merced de
las adversidades, sino que siempre reciban ayuda, pues la
oración puede cambiar las situaciones, el corazón humano,
en fin todas las cosas.
Ahora, lo importante es saber cómo usar este don que a la
vez es un arma. De otro modo, estaremos a merced de las
aflicciones. Estos relatos muestran que las más diversas
luchas y dificultades permanecen estáticas cuando no se
usa el arma de la oración. Jesús dijo: “...pidan y recibirán,
para que su alegría sea completa” (Jn 16:24). El Señor da
esta promesa de ayuda a quien se la pide.
Sin embargo, no basta con usar el arma de la oración; es
indispensable ponerla en práctica de forma correcta. Esto
es evidente en varias de las historias en las que nuestros
hábitos de vida probaron ser un obstáculo para obtener
respuesta a nuestras oraciones. La oración en sí misma no
ayuda; puesto que sólo la oración que se hace
correctamente, lleva a cabo su promesa. Ésta es una
verdad bíblica básica que nosotras experimentamos en
161
varias necesidades y dificultades. Cuando no orábamos
adecuadamente, no recibíamos respuesta alguna.
Dios se compromete a cumplir su Palabra. Él responde sólo
a las oraciones que ha prometido contestar, ya que están
en armonía con su voluntad. Es muy importante, pues, que
aprendamos la forma de orar y reconozcamos las
situaciones en que debemos usar las diversas clases de
oración. Ninguna escuela, sin embargo, es tan efectiva
como la de la experiencia.
¿Qué oraciones son importantes para Dios? ¿Cuáles
oraciones prometió responder? Dicho en otros términos,
¿cuáles no tienen la promesa de recibir respuesta y, por lo
tanto, son como un arma débil que no tiene ningún poder?
¿Cuál oración no tiene autoridad?

Obstáculos para la oración


En la escuela de la oración, lo primero que tenemos que
hacer es analizar los obstáculos que se mencionan en la
Escritura. La Biblia nos señala una verdad positiva: cuando
Dios no responde, hay un pecado del cual no nos hemos
arrepentido, que se interpone y crea una barrera entre Él y
nosotros.
“El poder del Señor no ha disminuido como para no poder
salvar, ni él se ha vuelto tan sordo como para no poder oír.
Pero las maldades cometidas por ustedes han levantado una
barrera entre ustedes y Dios; sus pecados han hecho que Él
se cubra la cara y que no los quiera oír” (Is 59:1-2).
El Nuevo Testamento menciona varios pecados que son
obstáculos para la oración. Esto significa que la oración
tiene prerrequisitos absolutos que, si no se cumplen,
bloquean su efectividad. Por encima de todos está la
transgresión a los Diez Mandamientos, tal como los expuso

162
Jesús en el Sermón del Monte. En general, estas
transgresiones son: no querer perdonar (ver Mateo 6:15); la
ira y la duda (1 Timoteo 2:8); toda conducta sensual y
apasionada (1 Pedro 3:7; 4:7-8a); no querer confesar
nuestros pecados unos a otros (Santiago 5:16); la
mezquindad y la avaricia, por cuanto está escrito: “Den a
otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una
medida buena, apretada, sacudida y repleta” (Lc 6:38); la
preocupación por las cosas mundanas, pues dice la Palabra
de Dios: “Por lo tanto, pongan toda su atención en el reino de
Dios y en hacer lo que exige, y recibirán también todas estas
cosas” (Mt 6:33).
Pero también surge una pregunta: ¿quién puede orar y ser
escuchado? ¿Quién puede decir: “...y él nos dará todo lo que
le pidamos, porque obedecemos sus mandamientos y
hacemos lo que le agrada”? (1 Jn 3:22). ¿Quién puede decir
que es uno de los justos de quienes la Sagrada Escritura
dice: “Los ojos del Señor están atentos a los justos, sus
oídos, a sus gritos de auxilio” (Sal 34:15)? La palabra
“justos” no se refiere a personas sin pecado, pues no
existen. Por el contrario, se refiere a pecadores que,
doloridos por sus pecados, se arrepienten, para recibir el
perdón de Jesús y su ayuda para un nuevo rumbo. Tales
individuos no continuarán viviendo en amargura, ni su
espíritu se negará a perdonar, sino que se reconciliarán; no
seguirán en el pecado ni en la concupiscencia, por el
contrario, se apartarán de ellos; no retendrán todo lo que
tienen, sino que estarán dispuestos a dar, “y les será dado”.
Un obstáculo decisivo para la oración lo constituye el
pecado no confesado y sin arrepentimiento, porque la
persona no quiere dejarlo. Sin embargo, cuando se perdona
un pecado y oramos con corazón humilde y arrepentido,
podemos hacer nuestra la promesa que se le hizo al
publicano (ver Lucas 18:13,14). Esta verdad se hace

163
evidente en muchas de las historias de este libro.
Aparentemente los oídos de Dios se habían cerrado a
nuestras oraciones; pero luego, de repente, lo que pedimos
fue concedido. ¿Qué produjo dicho cambio? Lo provocó el
hecho de que las hermanas que no habían sido bondadosas
ni habían perdonado a otras, cambiaron su actitud. Dios
nos concede exactamente lo que prometió en su Palabra.
Sin embargo, Dios cumple su Palabra no sólo con respecto
a los obstáculos de la oración, sino también en relación con
las promesas especiales que ha hecho ante ciertas clases de
oración. Entonces, es importante conocer los diferentes
tipos de oración que Dios promete contestar. Si
aprendemos a aprovechar esas oportunidades de oración,
tendremos una posición privilegiada en su trono.

La oración de fe
La primera clase de oración que Dios ha prometido
contestar es la oración de fe. Jesús nos muestra que la
concesión de una petición depende en realidad de si ésta se
hace con una fe firme. La Palabra dice: “Que se haga
conforme a la fe que ustedes tienen” (Mt 9:29). Dios espera
una fe audaz que mueva montañas. Sin embargo, las
aventuras de una fe osada sólo pueden emprenderse en
obediencia a Dios. Abraham se atrevió a salir y emigrar a
Canaán sin saber a dónde iba, y esto lo hizo porque Dios se
lo había ordenado. Él creyó en la orientación de Dios y fue
obediente, aun en la incertidumbre. Varias de las historias
que se narran en este libro dan testimonio de esta misma
verdad. Nosotras nos lanzamos a una aventura de fe en
obediencia al mandato de Dios; entonces, Él respondió y su
nombre fue glorificado.
Estos relatos nos muestran, mediante la experiencia
práctica, de qué forma debe hacerse la oración de fe. Dios
164
no quiere que nuestra fe sea vaga y sin una meta. Nuestra
fe debe basarse en su Palabra. Esa es la fuerte ancla a la
cual debe estar atada la fe. El creyente que ha recibido una
promesa de Dios, tiene en su mano un pagaré que puede
presentarle una y otra vez: “Padre, tú dijiste: `Pidan y se les
dará´. No serán avergonzados cuantos en Ti confían”.
Dicha promesa puede ser algunas veces un mensaje
bíblico, que Dios comunica de manera personal en un
momento de dificultad o de decisión. En la oración de fe, es
importante que alabemos, demos gracias y adoremos a
Dios, el Todopoderoso; que cantemos una alabanza aun en
situaciones que parecen no tener solución, pues mediante
la acción de gracias, recibimos bendición. Cuando
alabamos el poder maravilloso del Señor, Él mueve su
brazo; al levantar cánticos, proclamando su amor paternal,
su corazón se inclina amorosamente hacia nosotros.
La oración candorosa
La oración candorosa tiene una promesa especial. Una y
otra vez, Jesús nos invita a que seamos como niños, porque
de ellos es el reino de los cielos; para ellos está abierto el
corazón paternal de Dios. Ellos conquistan el corazón del
Padre al acudir a Él, de modo infantil, con sus necesidades
más pequeñas y pedir hasta por las cosas más
insignificantes. Jesús dice: “¿Acaso alguno de ustedes sería
capaz de darle a su hijo una piedra cuando le pide pan?” (Mt
7:9). Y agrega: “...¡cuánto más su Padre que está en el cielo
dará cosas buenas a quienes se las pidan!” (Mt 7:11).
Somos sus hijos los que acudimos a Él, pidiéndole con una
actitud ingenua de amor y confianza. Si tal oración se hace
conforme a su voluntad, ésta no quedará sin respuesta; sin
embargo, puede suceder que Él retenga la respuesta si hay
obstáculos específicos que la impidan, como los ya
mencionados. Con esta demora, Dios nos dará una

165
enseñanza para después conceder nuestras peticiones en
abundancia.
La Escritura dice: “No consiguen lo que quieren porque no se
lo piden a Dios” (Stg 4:2). ¿No es a esta falta de oración
infantil a la que se refiere la Escritura? Nos mantenemos
pobres y con muchas necesidades; pero no podemos hablar
de la respuesta a nuestra oración, debido a que no tenemos
una actitud como de un niño cuando oramos. O tal vez
somos tan ricos y estamos tan satisfechos que no nos
encontramos en la situación de tener que acudir al Padre.
Dios, sin embargo, quiere ser nuestro Padre. Desea que
acudamos a Él con cada una de nuestras necesidades, así
como espera que sus hijos le pidan una y otra vez, porque
como un Padre amoroso, siente gozo en hacernos bien y
darnos regalos. Muchas de las historias de este libro dan
testimonio de ello, demostrando que el corazón del Padre
celestial, que es puro amor, se preocupa por las más
pequeñas necesidades de su pueblo y que Él contesta sus
oraciones.

La oración perseverante
La Escritura también nos anima a ser constantes en la
oración (ver Romanos 12:12). Nuestras oraciones no deben
ser ni ocasionales ni flojas, pues también hay promesa para
la oración perseverante. Esta oración no se cansa ni se
desalienta, aunque aparentemente no tenga respuesta. La
oración perseverante tiene la capacidad de persistir
tranquilamente y esperar. Requiere humildad para esperar
y pedir repetidamente: ¿cuál es la razón por la cual no
puedes contestar mi oración? ¿Hay acaso una barrera de
pecado en mi vida?
Estas historias demuestran que el resultado de la oración
perseverante produce por lo general una respuesta
166
milagrosa de Dios. Él se manifiesta de tal modo que su
grandeza y poder se magnifiquen delante de los hombres.
Por lo tanto, la oración perseverante también tiene su
promesa especial: permite que sucedan grandes cosas a
quien pide y se deja purificar en los caminos de la espera;
le permite experimentar las poderosas obras de Dios.
Mediante la oración perseverante, Dios nos llama a un
esfuerzo, a una lucha como la que vemos en el caso de la
mujer fenicia o de la viuda insistente. Es una lucha real
con Dios, como la que tuvo Jacob en Peniel. Jacob dijo: “Si
no me bendices, no te soltaré” (Gn 32:26). Tal oración le
agrada a Dios, pues Jesús dice que Dios contestará esta
oración, por ser “inoportuna”. Hay que destacar, sin
embargo, que Dios da seguridad y responde a estas luchas
de oración, sólo si las peticiones se pronuncian en el
nombre de Jesús, y de acuerdo con su propósito y su
voluntad. Las oraciones obstinadas, como en aquellas en
que se pide que un ser querido no muera, no tienen
promesa de respuesta.
Para tal lucha de oración es especialmente importante que
tomemos nuestra posición en relación con la seguridad y
las promesas que Dios nos ha dado, y entonces
perseveremos hasta el fin. Las historias narradas en este
libro nos cuentan cómo se adquirió Canaán; la promesa de
Dios en este caso fue una piedra fundamental en una
situación que parecía no tener esperanza durante muchos
años. Tenemos promesas similares para las peticiones
relacionadas con el reino de Dios, la salvación y la
santificación de las almas. Siempre hay que hacer dichas
oraciones en el nombre de Jesús, ya que Él las escuchará y
las responderá, pero siempre a su debido tiempo. El celo
por el reino de Dios y por su gloria, prepara el camino para
la venida de su reino y su victoria. Por lo tanto, tales

167
oraciones siempre están en concordancia con su voluntad y
su promesa.

La oración eficaz
La oración eficaz también tiene una gran promesa. La
Escritura dice que esta clase de oración logra mucho
(Santiago 5:16). En realidad, Dios promete contestarla en
especial medida; puesto que como la Palabra lo indica, esta
oración no es palabrería; tiene un énfasis especial; posee
algo que la destaca. De igual forma, se puede fortalecer y
anticipar con pequeños sacrificios, regalos de nuestro
tiempo, energía, bienes y cosas similares. Nuestros relatos
muestran de manera impresionante que, en las situaciones
más desesperadas y en las necesidades más apremiantes
por las que tuvimos que pasar día y noche sin obtener
respuesta, estas oraciones fueron atendidas cuando se
hicieron con fuerza, enfatizando en ellas mediante
sacrificios y entregas. ¡Cuántas veces nuestras oraciones no
logran mucho con Dios, porque Él no las puede tomar en
serio, ya que tampoco nosotros lo hacemos! Si lo
hiciéramos, las reforzaríamos de cierta manera, dándole así
mayor peso a nuestra petición.

El camino a la oración
¿Cómo llegar, entonces, a la fe osada, que confía como un
niño, que persevera y es intensa, y que a su vez sale de un
corazón arrepentido? ¿Sólo las personas especialmente
bendecidas pueden orar de ese modo? No. Dios revela estas
formas de oración a todos los creyentes. Todas ellas se han
manifestado en nuestro Señor Jesucristo. Eso quiere decir
que sólo tenemos que dar el siguiente paso en la vida real:
no debo afligirme, tengo que permanecer firme en las
promesas que el Señor me ha hecho mediante su Palabra o
168
que me ha dado personalmente, en momentos de
necesidad. Ciertamente, el don de la fe existe como una
gracia procedente del Espíritu Santo, en la cual hay
grandes compromisos con el Reino de Dios. Jesús dijo: “Por
eso les digo que todo lo que ustedes pidan en oración, crean
que ya lo han conseguido, y lo recibirán” (Mr 11:24). Y esta
promesa le pertenece a todo cristiano para su vida de
oración.
Luchar para que nuestra oración sea confiada e ingenua
como la de un niño, no es difícil. Lo único que tenemos que
hacer es acudir al Padre con todas nuestras carencias,
presentarle nuestras angustias y peticiones, y tener la
confianza de que Él nos concederá lo que le pedimos.
Descubriremos que Él sabe lo que necesitamos y que
responde a nuestras peticiones.
Podemos aprender y recibir también la clave para la oración
perseverante y seria, si damos el siguiente paso; es decir, si
respaldamos la oración con algún compromiso indicado por
el Espíritu Santo, en la forma de un pequeño sacrificio.
Nuestro Señor Jesús dijo: “Pero este género no sale sino con
oración y ayuno” (Mt 17:21). Con esta palabra nos muestra
un camino hacia la oración eficaz, con la ayuda del ayuno,
el cual significa abstenerme de cualquier cosa que
represente un placer físico, espiritual o mental.
Es importante haber confesado previamente nuestros
pecados en la oración que brota de un corazón purificado, y
que ninguna falta sin perdonar se interponga entre Dios u
otras personas y yo. Lo anterior significa que debo dar el
paso de purificar mi vida de todo aquello que Dios me
señale, -pedir perdón a Dios y a los hombres y apartarme
de esto o aquello-. Y así dejaré el camino libre para el paso
de la oración efectiva.

169
Los testimonios relacionados con oraciones contestadas
describen a Dios como a un Padre y nos demuestran que Él
sólo espera poder responder a nuestras oraciones. Nos
indican cuán grande es su amor hacia nosotros, sus hijos,
y la inmensidad de su poder para cambiar las situaciones
de desesperación e impotencia. El hecho de que Jesús,
repetidas veces, nos invite a orar es una indicación de su
promesa amorosa de darnos la gracia de la oración. Porque
Jesús no nos exige nada que no nos dé al mismo tiempo.
¿No nos prometió Él, acaso, la ayuda del Espíritu Santo
para darnos la gracia de la oración? Cuando nos parezca
difícil orar, debemos decir: “Creo en el Espíritu Santo”.
Debemos invocarlo y Él hará de nosotros hombres y
mujeres de oración.
En nombre del amor del Dios Padre, Dios Hijo y Dios
Espíritu Santo, esta Trinidad que nos ha dado el don de la
oración, permita que estos testimonios nos estimulen a
descubrir las diversas clases de oración o a practicarlas
aún más. Este modo de orar ha demostrado ser confiable y
nos conducirá a la meta. Cada uno de nosotros puede, por
lo tanto, experimentar que tenemos un Dios que responde a
la oración y que hace milagros.

© Verlag Evangelische Marienschwesternschaft,


Darmstadt, Alemania, 2007. Todos los derechos reservados.
www.canaan.org.py * www.kanaan.org

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