Unidad I: Historia de la química
Tema 1: Historia, evolución, conceptos, características,
resumen
Historia de la química
La química es una de las ciencias más trascendentales a disposición del ser
humano. Su historia se remonta a épocas muy anteriores al concepto mismo de
“ciencia”, puesto que el interés de nuestra especie por comprender de qué está
hecha la materia es casi tan antiguo como la civilización misma. Esto quiere
decir que los saberes químicos existían desde la prehistoria, aunque con otros
nombres y organizados de maneras muy diferentes.
De hecho, la primera manifestación química que captó nuestro interés fue la
generación del fuego, hace más de 1.600.000 años. Eso que hoy llamamos
combustión, fue estudiada y replicada posiblemente por nuestros ancestros de
la especie Homo erectus.
A partir del momento en que aprendimos a producir el fuego y manejarlo a
voluntad, ya sea para cocinar nuestra comida o, mucho después, para fundir
metales, hornear cerámicas y llevar a cabo otras actividades, un nuevo mundo
de transformaciones físicas y químicas estuvo a nuestro alcance, y con él, un
nuevo entendimiento de la naturaleza de las cosas.
Las primeras teorías respecto a la composición de la materia surgieron en la
Antigüedad, obra de filósofos y pensadores cuyas hipótesis se basaban tanto
en la observación de la naturaleza, como en su interpretación mística o
religiosa. Su propósito era explicar por qué las distintas sustancias que
conforman el mundo poseen diferentes propiedades y capacidades de
transformación, identificando para ello sus elementos básicos o primarios.
Una de las primeras teorías que intentó dar respuesta a este dilema surgió en
la Grecia del siglo V a. C., obra del filósofo y político Empédocles de Agrigento,
quien propuso que debía haber cuatro elementos básicos (cuatro como las
estaciones) de la materia: aire, agua, fuego y tierra, y que las distintas
propiedades de las cosas dependían de la proporción en que estuvieran
mezclados.
Esta lógica sirvió para que luego la escuela hipocrática de medicina griega
propusiera su teoría de los cuatro humores que componían el cuerpo humano
(sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla). Por otro lado, el célebre filósofo
Aristóteles (384-322 a. C.) luego añadió el éter o quintaesencia como el
elemento puro y primordial que conformaba a las estrellas y los astros del
firmamento.
Sin embargo, el más importante precursor de la química en la Antigua Grecia
fue el filósofo Demócrito de Abdera (c. 460-c.370 a.C.), quien propuso por
primera vez que la materia estaba compuesta de partículas mínimas y
fundamentales: los átomos (del griego atomón, “indivisible” o “sin partes”).
Filósofos posteriores tomaron la idea de que el universo se compone de
partículas indestructibles, mientras que diversos pensadores indios de la
Antigüedad llegaron a conclusiones semejantes.
Sin embargo, no fue ésa la visión que se impuso durante los siglos venideros,
sino la propuesta por el cristianismo, entre cuyas preocupaciones no estaba la
comprensión de la materia, tanto como la salvación del alma humana. Es decir,
que para ella Dios había creado todo lo que existe, y con eso basta.
Es por ello que el siguiente paso en la historia de la química no debe buscarse
en Occidente, sino en las florecientes naciones árabes, tanto persas como
musulmanas, herederas de los saberes esotéricos de la Antigua Mesopotamia
y el Antiguo Egipto. Nos referimos a la alquimia.
La alquimia fue una protodisciplina nacida en el Oriente, antecesora de la
química moderna. Combinando creencias místicas sobre la existencia de la
piedra filosofal, capaz de transmutar ciertos materiales en oro, con la
combinación experimental de distintas sustancias, los alquimistas crearon una
buena parte del instrumental que hoy en día empleamos en los laboratorios
químicos.
Así, alquimistas célebres como Al-Kindi (801-873), Al-Biruni (973-1048) o el
famoso Ibn Sina o Avicena (c. 980-1037), aprendieron a fundir, destilar y
purificar sustancias. También descubrieron materiales como el alcohol, la sosa
cáustica, el vitriolo, el arsénico, el bismuto, el ácido sulfúrico, el ácido nítrico y
muchos otros, especialmente metales y sales, que asociaban a los astros
celestes y a la tradición cabalística y numerológica.
Aunque los alquimistas fueron mal vistos en el Occidente cristiano, sus saberes
eventualmente se filtraron en Europa y fueron rescatados por filósofos y
pensadores, especialmente los que se interesaban por sus experimentos en
pos del elixir de la vida eterna o la transformación del plomo en metales
preciosos.
A medida que Occidente renacía alrededor del siglo XV, redescubriendo los
saberes de la antigüedad, una nueva forma de entender la realidad se iba
gestando: un pensamiento laico, racional y escéptico que finalmente dio origen
a la idea de ciencia, y que rebautizó la herencia alquímica como química.
La aparición de textos renacentistas como Novum Lumen Chymicum (“La
nueva luz de la química”) en 1605, del polaco Michel Sedziwoj (1566-1646);
Tyrocium Chymicum (“La práctica de la química”) en 1615, de Jean Beguin
(1550-1620); o especialmente Ortus medicinae (“El origen de la medicina”) en
1648, del holandés Jan Baptist van Helmont (1580-1644), evidencian el cambio
de paradigma entre la alquimia y la química propiamente dicha.
Esta transición acabó de darse formalmente cuando el químico inglés Robert
Boyle (1627-1691) propuso un método experimental propiamente científico en
su obra The Sceptical Chymist: or Chymico-Physical Doubts & Paradoxes (“El
químico escéptico: o las dudas y paradojas químico-físicas”). Por eso se lo
considera el primer químico moderno y uno de los fundadores de la disciplina.
A partir de entonces la química dio sus pasos como ciencia, lo cual trajo
numerosas hipótesis y teorías sucesivas, muchas hoy en día descartadas,
como la teoría del flogisto de finales del siglo XVII. Sin embargo, también se
descubrieron los primeros elementos químicos.
Sus primeras descripciones sistemáticas datan de principios del siglo XVIII. Por
ejemplo, la Tabla de las afinidades de E. F. Geoffroy, de 1718, fue precursora
de la Tabla periódica de los elementos que apareció en el siglo XIX, obra del
ruso Dmitri Mendeléyev (1834-1907).
Durante el siglo XVIII, se produjeron las investigaciones de los grandes
fundadores de la química moderna, como Georg Brandt (1694-1768), Mijaíl
Lomonósov (1711-1765), Antoine Lavoisier (1743-1794), Henry Cavendish
(1731-1810) o el físico Alessandro Volta (1745-1827).
Sus aportes fueron diversos y muy significativos, pero entre ellos destaca el
resurgimiento de la teoría atómica en 1803, gracias a la obra del inglés John
Dalton (1766-1844), quien la reformuló y adaptó al entendimiento de los
tiempos modernos. Tan trascendente fue esta aportación, que la química del
siglo XIX estuvo toda dividida entre quienes apoyaron la visión de Dalton, y
quienes no.
Los primeros, sin embargo, continuaron y actualizaron la teoría atómica en los
años posteriores, sentando así las bases para los modelos atómicos
contemporáneos surgidos en el siglo XX, y para el entendimiento que hoy
tenemos sobre el funcionamiento de la materia. En ello fue también
fundamental el estudio de la radioactividad, cuyos pioneros fueron Marie Curie
(1867-1934) y su esposo Pierre Curie (1859-1906).
Gracias a estos descubrimientos y a los que en el siglo XX hicieron científicos
de la talla de Ernest Rutherford (1871-1937), Hans Geiger (1882-1945), Niels
Bohr (1885-1962), Gilbert W. Lewis (1875-1946), Erwin Schrödinger (1887-
1961) y muchos otros, comenzó la llamada era atómica.
Este nuevo período tuvo sus aciertos (como la energía nuclear) y sus horrores
(como la bomba atómica), inaugurando así un capítulo insospechado de la
historia de la química, que le permitió a la humanidad una comprensión
profunda y revolucionaria de la materia, como nunca antes lo habría siquiera
soñado.
Tema 2: Ciencias
La ciencia es el conjunto de conocimientos organizados, jerarquizados y
comprobables, obtenidos a partir de la observación de los fenómenos naturales
y sociales de la realidad (tanto natural como humana), y también de la
experimentación y demostración empírica de las interpretaciones que les
damos.
Estos conocimientos, además, son registrados y sirven de base a las
generaciones futuras. Así que la ciencia se nutre a sí misma, se cuestiona,
depura y acumula con el paso del tiempo.
En el concepto de ciencia están contenidos diferentes saberes, técnicas,
teorías e instituciones. Todo ello, en principio, tiene como objetivo descubrir
cuáles son las leyes fundamentales que rigen la realidad, cómo lo hacen y, de
ser posible, por qué.
Se trata de un producto cultural de la humanidad moderna, quizá uno de los
más celebrados y reconocidos de su historia, cuyas raíces sin embargo han
estado con nosotros desde la Antigüedad clásica.
La ciencia es un modelo de pensamiento inspirado en la racionalidad humana y
en el espíritu crítico, valores filosóficos que tuvieron su auge a partir del
Renacimiento europeo. Es por ello que a los profundos cambios filosóficos y
cosmológicos que tuvieron lugar entre los siglos XVI y XVII a menudo se les
conoce como la Revolución Científica.
Características de la ciencia
En toda su complejidad, la ciencia se caracteriza por lo siguiente:
Aspira a descubrir las leyes que rigen el universo que nos rodea,
mediante métodos racionales, empíricos, demostrables y universales. En
ese sentido, valora la objetividad y la metodicidad, y se aleja de las
subjetividades.
Analiza sus objetos de estudio tanto cuantitativa como cualitativamente,
aunque no siempre acuda a modelos experimentales de comprobación
(dependiendo de la materia).
Se fundamenta en la investigación, esto es, en un espíritu crítico y
analítico, así como en los pasos que establece el método científico, para
formular leyes, modelos y teorías científicas que expliquen la realidad.
Genera una importante cantidad de conocimiento especializado que
debe ser puesto en duda y luego validado por la propia comunidad
científica, antes de ser aceptado como cierto o valedero.
Se compone de un número importante de ramas o campos
especializados del saber, que estudian fenómenos naturales, formales o
sociales, y que en su totalidad conforman un todo unificado.
Origen de la ciencia
La palabra “ciencia” proviene del latín scientia, que traduce “conocimiento”,
pero su empleo para denominar al estudio crítico de la naturaleza es reciente:
en el siglo XIX el británico William Whewell (1794-1866) comenzó a emplear el
término “científico” para referirse a quienes practicaban lo que toda la vida se
llamó “filosofía”, “naturalismo”, “historia natural” o “filosofía natural”, esto es, el
estudio de las leyes de la naturaleza.
De hecho, bajo algunos de esos nombres se cultivó en la Antigüedad el
conocimiento científico, esto es, el interés por averiguar cómo funcionan las
cosas del mundo y por qué. Pero en la Antigüedad la búsqueda científica era
indisociable del pensamiento religioso, ya que la mitología y la magia eran las
únicas formas de explicación disponibles para el ser humano.
Esto cambió significativamente en la Grecia clásica, al surgir la filosofía: una
doctrina de pensamiento no religioso, cuyo fin era reflexionar y tratar de hallar
las respuestas de manera lógica. Los grandes filósofos griegos eran también
“científicos” de alguna manera, pues junto a la lógica formal y el pensamiento
existencial cultivaban la matemática, la medicina y el naturalismo, o sea, la
observación de la naturaleza.
Las disertaciones de Aristóteles (384-322 a. C.), por ejemplo, fueron tenidas
por verdad incuestionable durante siglos. Rigieron incluso a lo largo del
medioevo cristiano, en el que el discurso religioso volvió a dominar el
pensamiento de Occidente.
Hacia el siglo XV se produjo el Renacimiento y nuevas mentes comenzaron a
cuestionar lo que dictaban los textos bíblicos. Aumentó la confianza en la
interpretación racional y empírica de la evidencia, produciendo un importante
quiebre que permitió el paulatino nacimiento de la ciencia.
En ello jugaron un rol importantísimo muchos pensadores renacentistas y
postrenacentistas, influenciados por el Humanismo que, por primera vez,
convenció a la humanidad de que podía hallar sus propias respuestas a las
eternas preguntas sobre el porqué de las cosas. Destacan los nombres de
Galileo Galilei (1564-1642), René Descartes (1596-1650), sir Francis Bacon
(1561-1626) e Isaac Newton (1643-1727), entre otros.
Así nació formalmente el pensamiento científico que fue cobrando cada vez
mayor relevancia en el orden cultural de la sociedad. De hecho, a partir del
siglo XVIII la transformó profunda y radicalmente en combinación con la
técnica, creando así la tecnología y dando inicio a la Revolución Industrial.
Tema 3: Ramas de las ciencias
La ciencia abarca un enorme conjunto de saberes organizados, que se
distribuyen a lo largo de tres grandes ramas, que son:
Ciencias naturales:se llama así a todas aquellas disciplinas científicas
que se dedican al estudio de la naturaleza, empleando el método
científico para reproducir experimentalmente (o sea, en condiciones
controladas) los fenómenos en los que se interesan. Se las conoce
también como ciencias experimentales, ciencias duras o ciencias físico-
naturales, y son ejemplo de ello: la biología, la física, la química, la
astronomía, la geología, etc.
Ciencias formales: a diferencia de las ciencias naturales, las formales
no se dedican a estudiar la naturaleza, sino objetos y sistemas
puramente abstractos, que sin embargo pueden ser aplicados al mundo
real. Así, sus objetos de estudio existen sólo en el mundo de la mente, y
su validez se deriva no de experimentos, sino de axiomas,
razonamientos e inferencias. Son ejemplo de este tipo de ciencias: la
matemática, la lógica, la informática, etc.
Ciencias sociales: También conocidas como ciencias humanas, este
conjunto de disciplinas se dedica al estudio de la humanidad, pero
conservando una perspectiva empírica, crítica, guiada por el método
científico. Se alejan, así, de las humanidades y del mundo de la
subjetividad, aunque también del mundo experimental, acudiendo en su
lugar a la estadística, la transdisciplinariedad y el análisis del discurso.
Son ejemplo de este tipo de ciencias: la sociología, la antropología, las
ciencias políticas, la economía, la geografía, etc.
Tema 4: El método científico
Se conoce con este nombre a una metodología propia del pensamiento
científico, propuesto inicialmente por sir Francis Bacon, pero fruto de años de
pensamiento racionalista y empírico, y de la colaboración de pensadores
posteriores, como David Hume (1711-1776) o William Whewell (1794-1866),
por citar sólo dos nombres.
Este método exige la construcción del conocimiento según criterios de
falsabilidad o refutabilidad (o sea, que pueda ser sometido a potenciales
pruebas que lo contradigan) y de reproductibilidad o repetibilidad (o sea, que
otros puedan hacer una verificación más de una vez y dar con el mismo
resultado).
Los pasos del método científico son los siguientes:
Observación: ir a buscar el fenómeno que se desea estudiar en su
contexto natural, para obtener así datos e información con los que
analizarlo.
Hipótesis: formulación de una explicación tentativa o “de trabajo” que
nos permita seguir indagando en la naturaleza del fenómeno, teniendo
ya una dirección y una posibilidad interpretativa.
Experimentación: llevar a cabo pruebas, ya en un ambiente controlado
(por ejemplo, un laboratorio), para replicar el fenómeno y poder estudiar
sus mecanismos internos o sus respuestas a determinadas
modificaciones.
Teoría: retomar la hipótesis más probable y proceder a explicarla
conforme a los resultados experimentales y a la información total
obtenida, brindándole sentido al fenómeno dentro del marco científico de
la época.
Conclusiones: se expresan las conclusiones finales de la teoría
formulada.