Carolina Amarneh, 27 años (Madrid)
“Empecé a tener trastorno de ansiedad generalizada con 20 años. Era 2011 y acababa de
empezar la carrera de Trabajo Social. Sin llegar a entender bien la situación, iba por la
calle y me sentía triste y nerviosa. Por ejemplo, en el metro, si se paraba entre dos
estaciones, me ponía blanca y con taquicardia. Me sentía paralizada e incluso dejé de
montar en él. Pero entonces no le podía poner nombre a algo que no conocía.
Mi madre decidió llevarme a una psicóloga al verme así. Estando en consulta me di
cuenta de que sufría ansiedad por un montón de cosas. Tuve una adolescencia un poco
difícil, soy una persona muy autoexigente, y en el instituto sentía que tenía cumplir con
todo. Tenía que ser la compañera perfecta y, si no era así, me frustraba. Terminaba
pagándolo con la comida y engordé muchísimo.
Al final, la ansiedad es como la punta del iceberg de lo que te está pasando. Hay cosas
internas que tienes que resolver. Yendo a terapia me di cuenta de que llevaba encima el
bagaje de una adolescencia con complejos y que me sentía insegura conmigo misma.
Estuve cuatro años con la psicóloga; cuatro
años que fueron duros, pero también
bonitos porque me hicieron aprender
sobre mi vida, potenciar mi autoestima y
sentirme más empoderada. La persona
que empezó no tiene nada que ver a la que
soy ahora. En tu día a día sigues teniendo
ansiedad o esa predisposición pero,
cuando lo ves como una amenaza, aplicas
las técnicas que has aprendido.”
Albert Piquer, 45 años (Barcelona)
“Con 36 años empecé a notar sensaciones en mí que no sabía cómo
interpretar. Mi padre había muerto dos años antes y ese duelo que
viví creo que me hizo más vulnerable. Estuve mucho tiempo con
sensación de mareo, durmiendo mal y teniendo la impresión de
que todo lo que hacía en el trabajo me superaba. Acudía a
urgencias por esta sensación de mareo (que me hizo incluso dejar
de ir en moto) donde me decían que no tenía nada y que lo que tenía que hacer era
relajarme. Pero un día me levanté y exploté.
Empecé a llorar como un niño y le dije a mi mujer que me sentía incapaz de ir a trabajar.
Di el paso y me cogí mi primera baja por ansiedad. Me incorporé a mi trabajo como
informático después de cuatro meses de baja y, tras 11 años en la empresa, me echaron
el mismo día que volví.
Entonces decidí con mi mujer que los tres primeros meses de vida de mi hijo (que nació
después del despido) los viviría con él en casa. Y esos tres meses se convirtieron en tres
años. Fue la excusa perfecta para escapar del tema y evitar el escenario donde realmente
todo había empezado: el mundo laboral.
Fui intercalando otros trabajos, pero durante cuatro años y medio fue todo muy
intermitente porque seguía dándome de baja por ansiedad y terminaban
despidiéndome. Pero di con un psicólogo que me permitió entender cómo me afectaba
en mi día a día. Es aquí cuando empecé a "dominarla" y poco a poco va desapareciendo.
Después de esto, me di cuenta de que estaba haciendo un trabajo que no me gustaba y
después de ir tanto tiempo a contracorriente mi cuerpo lo estaba manifestando de esta
manera.
Desde hace un año y medio he dado un cambio a mi vida, he dejado de trabajar como
informático y he empezado a hacer voluntariado en asociaciones relacionadas con la
salud mental. Esto ha sido algo terapéutico y, aunque he sacrificado poder adquisitivo y
ventajas que mi trabajo anterior me ofrecía, la sensación que tengo es completamente
diferente. Vuelvo a tener las riendas de mi vida. Ojalá los cambios no fueran traumáticos
y con sufrimiento de por medio, pero en mi caso ha sido un cambio con el que he salido
ganando.”
Paloma Torrecillas, 33 años (Madrid)
"No recuerdo mi vida sin ansiedad. Empecé a tenerla desde muy pequeña. Con 5 años
recuerdo que me dio un ataque de pánico porque mis padres y mis hermanos se fueron
a hacer rafting a un río y yo me quedé sola con una cuidadora del hotel en el que
estábamos.
En aquella época lo llamaba “tener miedo”, y tenía miedo a muchas cosas. Mis padres se
dieron cuenta y me empezaron a llevar al psicólogo. Aunque lo cuente así, realmente era
una niña feliz, pero tenía muchos miedos. En el instituto pasé una época buena pero,
cuando llegué a la universidad, todo empezó a ir peor. Rompí con mi pareja, mi familia
pasó por un proceso de embargo de nuestra casa… Todo era muy estresante.
Además, un amigo mío se suicidó y empecé a tener pensamientos obsesivos con el hecho
de que me daba miedo suicidarme también. No quería hacerlo, claro, pero me daba
terror la sola idea de pensarlo. De la ansiedad que me producían estos pensamientos
incluso veía el suelo torcido y me encontraba mareada todo el rato. Era una ansiedad
constante.
Volví al psicólogo y me dijo que era una "fobia de impulsión" y que tenía miedo de
descontrolarme. Esos pensamientos eran intrusivos, no los elegía, pero no significaban
absolutamente nada: pensar en el suicidio no quería decir que me fuera a suicidar, solo
que había focalizado mi estrés sobre esa idea.
A esto se sumó que en mi propio entorno mi ansiedad no era bien vista. La gente no
entiende qué conlleva la ansiedad y esta incomprensión me hizo sufrir mucho más de lo
necesario. Pero con en el psicólogo me fue tan bien que empecé a controlarla. Tenía 23
años y comencé un máster de radio, empecé a vivir sola…
Poco a poco fui saliendo de aquella época tan oscura de obsesiones. Nunca he vuelto a
pasar un periodo de tanta ansiedad como ese. Ahora lo controlo más, pero me sigue
afectando. Siempre he sido ansiosa y me doy cuenta de que es una cosa que voy a tener
siempre."