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El Camino Hacia Ti - Catherine Bybee

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Título original: My Way to You

Publicado originalmente por Montlake, Estados Unidos, 2020

Edición en español publicada por:


Amazon Crossing, Amazon Media EU Sàrl
38, avenue John F. Kennedy, L-1855 Luxembourg
Julio, 2021

Copyright © Edición original 2020 por Catherine Bybee


Todos los derechos están reservados.

Copyright © Edición en español 2021 traducida por Ana Alcaina


Adaptación de cubierta por PEPE nymi, Milano
Imagen de cubierta © Celig © BartlomiejMagierowski © lovelyday12 /
Shutterstock; © Tim Hale Photography / Getty Images

Primera edición digital 2021

ISBN Edición tapa blanda: 9782496706444

www.apub.com
SOBRE LA AUTORA

Autora superventas de The New York Times, The Wall Street Journal y
USA Today, Catherine Bybee ha escrito treinta y cuatro libros que han
vendido más de siete millones de ejemplares en total y han sido traducidos a
más de dieciocho idiomas. Criada en el estado de Washington, Bybee se
mudó al sur de California con la esperanza de convertirse en una estrella de
cine. Cansada de servir mesas, retomó los estudios y se hizo enfermera. Ha
pasado la mayor parte de su vida laboral en las salas de urgencias de varios
hospitales urbanos. Ahora escribe a tiempo completo y es la autora de las
series Casaderas y No exactamente…, de la que Amazon Crossing publicó
en 2016 la novela No exactamente una cita. Con El camino hacia ti,
Catherine Bybee inaugura su serie de Creek Canyon en español. Para más
información sobre la autora, visite www.catherinebybee.com.
Esta novela está dedicada a Paul Melillo.
Me dijiste que todo iba a ir bien… y así fue.
ÍNDICE

Prólogo
DOS AÑOS DESPUÉS
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Epílogo
NOTA DE LA AUTORA
AGRADECIMIENTOS
¿Has disfrutado de …
Prólogo

Parker se miró al espejo, cerró un ojo y trazó una línea perfecta sobre el
borde del párpado para darse un aire felino de ojos rasgados. Se secó el
delineador líquido dándose aire con la mano antes de abrir el ojo por
completo. Dio un paso hacia atrás y movió la cabeza de un lado a otro para
comprobar su pericia con el maquillaje.
Su compañera de piso, Suzzie, estaba a su lado, compitiendo por el
espacio en el baño minúsculo de su apartamento.
—Ojalá no tuvieras que trabajar esta noche; Marcus me ha dicho que la
fiesta va a ser apoteósica: el momento más memorable del verano.
Era finales de agosto y ya habían completado la primera semana de
clases del primer semestre. A sus veinticuatro años, Parker había pasado
más tiempo con gente como Marcus haciendo fogatas en la playa que en las
clases, y sus padres se habían puesto firmes.
Tenía un año para terminar la carrera y conseguir un título universitario,
dos objetivos perfectamente asequibles si pasaba de las puestas de sol
rodeada de botellas de tequila y se mataba a estudiar. Solo trabajaba los
sábados y los domingos, y como los fines de semana era cuando recibía las
mejores propinas, eso era lo que iba a hacer.

—Ya va siendo hora de que madures un poco, Parker. Tu padre y yo


hemos tenido mucha paciencia contigo, pero ya se nos ha agotado. —Su
madre y su padre estaban sentados frente a ella, al otro lado de la mesa del
comedor, haciendo que se sintiera como el objeto de una intervención. Sus
padres tenían cincuenta y pocos años y eran personas de mentalidad
abierta—. Cuando dijiste que te tomarías un par de años para decidir qué
hacer, nos pareció bien. Cuando empezaste la universidad a los veinte,
estuvimos encantados de ayudarte y hacerlo posible, pero es que han
pasado ya cuatro años y vemos que no te lo estás tomando en serio.
—Eso es porque todavía no sé lo que quiero hacer —les había dicho.
Su padre sonrió y le dio una palmadita en la mano desde el otro extremo
de la mesa.
—Ya nos dimos cuenta de eso cuando cambiaste de especialidad por
tercera vez. También sabemos que en la Universidad Estatal de San Diego
se hacen muchas fiestas, y nosotros también fuimos jóvenes…
Le dieron ganas de responder que muchos universitarios cambiaban de
especialidad, y que ella no salía de fiesta tanto como ellos insinuaban, pero
se calló.
Su madre soltó un prolongado suspiro de sufrimiento y la miró
directamente a los ojos.
—A Mallory la han aceptado en cuatro universidades, y la verdad es que
no podemos permitirnos pagaros más de un año de la carrera a las dos al
mismo tiempo. Pensábamos que, para cuando ella empezara el primer
curso, tú ya habrías acabado, y a Austin solo le quedan tres años para
terminar el instituto e ir a la universidad él también. Y ya sabes cuánto
dinero tuvimos que gastar el año pasado, antes de que muriera Nana…
Su abuela había vivido con ellos en la casa de invitados antes de sufrir
un derrame cerebral y de que atenderla se convirtiera en una carga
demasiado pesada para su madre. La residencia y los cuidados que había
necesitado a partir de entonces no habían sido baratos, precisamente.
Parker miró a su alrededor, a la casa familiar, un amplio rancho que se
extendía unas dos hectáreas en una zona residencial de clase alta en el
valle de Santa Clarita. Era lo más parecido a vivir en el campo que se
podía conseguir estando a menos de cuarenta minutos en coche de Los
Ángeles. Se había criado rodeada de todo cuanto necesitaba y de muchas
de las cosas que quería, pero eso no significaba que sus padres nadasen en
la abundancia. Cuando eran pequeños, su padre siempre les decía a gritos
a ella y a sus hermanos que apagaran las luces, y no les dejaban
desperdiciar la comida cuando había sobras.
Al final, Parker optó por no llevarles la contraria. Sus padres tenían
razón: ya iba siendo hora de que se comportara como una mujer adulta, y
eso empezaba por terminar la universidad y conseguir un trabajo de
verdad.

Parker retiró la funda del pintalabios y se lo puso dándose tres toques


suaves.
—Dile a Marcus que, si salgo pronto, me pasaré por allí un rato.
Se deslizó por detrás de Suzzie y salió del baño. Después de coger su
delantal y una goma para el pelo, se guardó el móvil en el bolso y salió a
toda prisa del apartamento. En San Diego hacía un calor exagerado, incluso
para ser el mes de agosto, y en su fuero interno esperaba que no le
asignaran el patio para el turno de noche.
Enchufó el cable auxiliar al teléfono y se deslizó por su lista de
reproducción para escuchar algo de música durante el breve trayecto al
trabajo.
En ese momento, sonó el móvil y el nombre de su hermana apareció en
la pantalla.
Parker lo silenció y continuó rebuscando en su lista de reproducción.
Maniobró con la palanca de cambios y salió marcha atrás de su plaza de
aparcamiento.
Su hermana la llamó de nuevo.
En lugar de ignorarla por segunda vez, Parker respondió la llamada y
mantuvo el pie en el freno.
—Voy conduciendo, camino del trabajo, ¿puedo llamarte más tarde?
—¡Parker! —Mallory gritó su nombre, histérica.
A Parker se le paralizó todo el cuerpo.
—¿Qué pasa?
—Se trata de mamá y papá. Ven a casa ahora mismo.
—¿Qué pasa, Mallory?
Su hermana empezó a llorar y el pánico se apoderó de Parker.
—Dios… Dime qué pasa… ¿Qué ha pasado?
Se oyó movimiento y una voz desconocida habló por la línea de
teléfono.
—Hola, ¿hablo con Parker?
Las lágrimas ya amenazaban con salir. Era como si todo estuviera
ocurriendo a cámara lenta y Parker no pudiese detener lo que estaba a punto
de suceder.
—¿Qué pasa?
—Soy una de las enfermeras del hospital Henry Mayo. Ha habido un
accidente.
DOS AÑOS DESPUÉS
Capítulo 1

—Vamos a llegar tarde.


—Confía en mí. Es la tercera vez que hago esto. —Parker esperó
pacientemente a que la puerta del rancho se abriera para dejarlos salir—. Da
igual a la hora que llegues, entraremos en una salita enana con un montón
de chavales de tu escuela, anotarán tu nombre en una lista y tendrás que
esperar. Tener cita previa no sirve de nada.
Atravesaron la puerta y enfilaron con el coche hacia la carretera privada
que compartían con setenta de sus vecinos. Parker puso el aire
acondicionado a tope, con la esperanza de combatir el calor infernal que
irradiaban las ventanillas.
—Es que no soporto llegar tarde.
Parker miró a su hermano de diecisiete años, que tenía la mirada fija al
otro lado de la ventanilla. Cada día se parecía más a su padre.
—Podrías haber ido tú solo —le recordó.
El chico se encogió de hombros.
El mes siguiente iba a empezar su último año de instituto, y ese día iban
a hacerles a los alumnos las fotografías de la orla, de ahí las prisas por
llegar a la pequeña sala abarrotada de chavales con la cara llena de granos y
a punto de inaugurar su nuevo futuro. Sí, claro, Austin podría haber ido él
solo con el coche, pero la verdad es que quería que ella estuviera allí,
acompañándolo. No podía ser una sustituta para la madre de ambos, eso no,
pero sí la mejor alternativa.
De los tres, Austin era quien lo había pasado peor tras el accidente de
sus padres. Exteriorizó su dolor en forma de una rebeldía que se prolongó
seis meses y que casi acaba obligando a los jueces del tribunal de menores a
encerrarlo. Parker ahuyentó los malos recuerdos y se concentró en lo que
tenía delante.
—Cuando mamá me llevó a mí, la obligué a llegar casi una hora antes
—dijo Parker mientras abandonaban el camino privado y se incorporaban a
la calle principal que atravesaba su vecindario—. Al final acabamos
teniendo que esperar una hora y media.
—Espero que hoy no tardemos tanto. Les dije a mis amigos que
quedaría con ellos en el In-N-Out a las dos.
Pasaron por delante de la hamburguesería en cuestión y entraron en la
autopista.
—Pues es muy posible que llegues tarde.
—No soporto llegar tarde —murmuró por segunda vez.
Parker miró por el retrovisor mientras se incorporaba a la autopista y vio
una columna de humo remontando hacia el cielo.
—Oh, no…
Austin se volvió en el asiento. Para entonces, Parker ya se había
incorporado al carril y estaba examinando el horizonte que acababan de
dejar atrás.
—Eso está muy cerca.
Se concentró en la carretera.
—Seguro que algún idiota ha tirado una colilla por la ventanilla. Algún
gilipollas. —El sur de California sufría su séptimo año de pertinaz sequía.
Las laderas de las colinas no eran más que una masa de densa vegetación
demasiado sedienta de agua para gritar siquiera su desesperación—. Yo no
le daría más importancia. Hoy no soplan los vientos de Santa Ana.
Tenían mucha experiencia con los incendios forestales en los cañones
que rodeaban su casa, pues algunos habían llegado lo bastante cerca para
que las autoridades cerraran la única calle principal de entrada y salida a la
urbanización, pero todos habían sido sofocados antes de que llegaran a las
casas o a los terrenos circundantes.
Austin se volvió hacia delante y hundió la nariz en el móvil.
Cuarenta minutos más tarde, Parker estaba sentada, moviendo el pie
nerviosamente en el aire, mientras esperaba junto a su hermano. Los
fotógrafos proporcionaban una camisa de vestir y una corbata para las fotos.
A su alrededor, los chicos aguardaban vestidos con ropa formal de cintura
para arriba y con pantalones cortos y chanclas de cintura para abajo,
mientras que las chicas llevaban esa especie de pequeñas túnicas en la parte
superior que tenían el mismo efecto.
Parker sacó un par de fotos de la estrambótica escena para enseñárselas
luego a Mallory. En ese preciso momento, el móvil le vibró con un mensaje
de su hermana.

¿Te has enterado de lo del incendio?

Lo vimos cuando nos íbamos. ¿Es cerca de casa?

Parker sintió que se le aceleraba el corazón solo con formular la


pregunta.

Creo que es en Acton, pero no estoy segura. Tendríais que


volver antes de que cierren la carretera.

Parker se escabulló del estudio, atravesó el vestíbulo abarrotado de


adolescentes y salió por la puerta. Miró hacia el cielo del este y solo vio una
nube de humo desde donde estaba, aunque había que tener en cuenta que la
separaban varios kilómetros de distancia del otro lado del valle de Santa
Clarita.
«Seguro que no es nada».
Parker regresó rápidamente al estudio.
Austin seguía sentado en el banco, esperando su turno.
Ella miró la hora en el teléfono.
Siguieron pasando los minutos.
Si el incendio era cerca, quería estar en casa. La última vez que cerraron
la carretera de acceso al cañón, estuvieron cuatro días sin permitir la entrada
a nadie. El fuego no se había acercado tanto, pero las autoridades pidieron
el desalojo de la zona. Solo la mitad de los residentes se fueron. Sus padres
estaban vivos en aquel entonces. Su padre había cargado los caballos en el
remolque y le había dicho a su madre que sacara a los animales, a Parker y
a sus hermanos de la urbanización. Él se había quedado en la casa,
prometiendo que, si las cosas se ponían feas, se iría.
No pasó nada, ni siquiera cayó una capa de ceniza, pero no les dejaron
volver a casa durante cuatro días y tres noches.
Por fin llamaron a Austin y Parker soltó el aire que no sabía que había
estado conteniendo.
Le dedicó una sonrisa a su hermano mientras este tomaba asiento y
sonreía a la cámara.
Como en las atracciones de los parques temáticos, la espera fue mucho
más larga que la experiencia en sí. En cuanto Austin se levantó de la
solicitada silla, su hermana se lo llevó rápidamente de allí.
—Mallory cree que la policía va a cerrar el acceso al cañón.
—¿Por el incendio?
—Sí. Cree que es en Acton.
El viaje de vuelta a casa, que hicieron en silencio, pasó más rápido que
el de ida. En el cielo, las delgadas columnas de humo se habían
transformado en una auténtica humareda en apenas una hora. Cuando dejó
atrás el punto de acceso donde las autoridades solían cortar la carretera,
Parker suspiró aliviada.
Ambos se bajaron del coche y miraron hacia el cielo. Mallory acudió a
su encuentro al pie del camino de entrada.
—¿Qué te parece?
El fuego estaba cerca.
Demasiado cerca.
—El viento sopla en sentido contrario; si el cielo no estuviera azul y
despejado justo encima de nosotros, me preocuparía. —Se le había
encogido el estómago, pero no pensaba dejar traslucir sus emociones
delante de sus hermanos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Austin.
—No puedes ir a la hamburguesería con tus amigos; si cortan la
carretera, no te dejarán volver a entrar, y si tenemos que salir corriendo me
gustaría cargar tu coche con todo lo que podamos.
Su finca estaba justo en la linde del bosque de Angeles National Forest,
y esa era una de las mejores cosas que tenía el terreno. Las dos hectáreas a
las que llamaban el Rancho Sinclair daban la sensación de ser aún más
extensas por el hecho de no tener vecinos en uno de sus lados. La casa en sí,
con las paredes de estuco y el tejado de tejas de barro cocido, había sido
diseñada por el anterior propietario para resistir cualquiera de los incendios
forestales de California. Su padre había plantado uña de gato por todo el
talud de la colina de atrás, aunque con las heladas de algún invierno
anterior, los múltiples veranos de escasez de lluvias y los niveles de agua
actuales… sí, la mayoría de las plantas habían muerto. El vecino que vivía
justo encima de ellos se había desentendido por completo de la tarea de
limpiar la maleza. En los dos años anteriores, Parker había saltado la valla
muchas veces con una desbrozadora para cortar la vegetación más próxima
a su parte de la valla.
Se volvió sin hacer ningún comentario y empezó a bajar por el largo
camino de entrada.
—¿Adónde vas? —preguntó Mallory.
—A abrir la puerta para que puedan entrar los bomberos.
Si había algo que se repetía en cada incendio en la urbanización era que
los bomberos acababan utilizando su casa como base de operaciones. El
terreno era llano, con la excepción del lugar donde se alzaba la planta de la
casa, por lo que los camiones de bomberos podían maniobrar y dar la vuelta
fácilmente.
Los tres cenaron frente al televisor, mientras los informativos competían
por ver quién ofrecía la mejor cobertura del incendio. Por suerte, ninguno
de los focos estaba en su calle ni en su terreno, lo que daba a Parker cierta
falsa sensación de seguridad, y el sheriff tampoco estaba yendo casa por
casa pidiendo que las evacuaran.
Habían reunido los álbumes de fotos y los habían puesto en la escalera
que llevaba al garaje. Aquello era lo único que les quedaba de sus padres,
las fotos y los recuerdos; las primeras llevaban a los segundos, y eso era lo
único que importaba en realidad.
Por mucho que Parker odiara admitirlo, estaba preocupada. Cuando la
oscuridad barrió la puesta de sol, el resplandor en la zona este empezó a
verse con inquietante claridad y se hizo difícil no estarlo.
Austin se acercó al ventanal desde el que se veía toda la propiedad.
—Ya están aquí los bomberos.
A Parker se le encogió el corazón. Dejó de lavar los platos y salió fuera.
Las luces del camión parpadeaban mientras el vehículo se dirigía despacio
hacia la casa. Austin siguió a su hermana mientras Mallory hibernaba en su
habitación. Scout, su labrador negro, corría entusiasmado en círculos a su
alrededor ante la perspectiva de dar un paseo nocturno.
—Buenas noches —saludó Parker a los bomberos, de pie junto al
camión y mirando el resplandor del fuego a lo lejos.
—Hola, ¿es usted la dueña de la casa? —preguntó uno de los hombres.
—Así es. —Le tendió la mano—. Me llamo Parker, y este es mi
hermano, Austin.
—Soy el capitán Moore. Gracias por permitirnos el acceso.
—De nada; lo que haga falta con tal de facilitarles la extinción del
incendio. ¿A cuánta distancia está de aquí? —le preguntó.
—A varios kilómetros. Esta noche estaremos vigilándolo.
—¿No van a dar la orden de evacuar? —preguntó Austin.
—No, de momento no. Si el viento sigue así, el fuego no llegará hasta
aquí, no se preocupen. Si a lo largo de la noche hay algún cambio, los
despertaremos y los sacaremos de aquí. ¿Tienen ganado?
Parker negó con la cabeza.
—Solo gallinas.
—Bien.
Scout se puso a dar brincos alrededor del capitán, reclamando atención.
—Probablemente estaremos por aquí fuera en el jardín casi toda la
noche.
Eso era un alivio, aunque no es que creyera que ella o alguno de sus
hermanos fuesen a ser capaces de conciliar el sueño.
—Ningún problema —le dijo—. Si necesitan algo, no tienen más que
pedirlo.
—Somos bastante autosuficientes.
Parker vio a un par de sus vecinos asomar la cabeza desde el límite de la
propiedad. Dejó a Austin con los bomberos y fue a charlar con ellos.
Caminó hasta el otro lado de la puerta y esbozó una falsa sonrisa.
—Cuando los bomberos acampan en tu jardín es que la cosa va en serio
—dijo Parker con una risa nerviosa.
—¿Qué han dicho? —preguntó Lori.
—Ahora solo están a la expectativa. Dicen que no hay que dejarse llevar
por el pánico.
—No va a bajar hasta aquí —dijo el señor Richards—. Esto ya lo he
visto montones de veces. La última, recuerdo estar sentado en tu porche con
tu padre, bebiendo cerveza y escuchando el silencio antes de que volvieran
a reabrir el acceso al cañón.
El señor Richards debía de tener unos setenta años. No vivía en la finca
colindante, sino que su casa estaba en lo alto de la colina. Si alguien tenía
que estar preocupado, ese era él.
—Yo que tú no me preocuparía, Parker. —Susan y su marido, Ron,
compartían valla con ellos—. Tu padre estaría tomándose una cerveza
tranquilamente.
Las palabras de Susan tenían como propósito hacer que se sintiera mejor,
pero en vez de eso, produjeron el efecto contrario.
—Estoy más tranquila con los bomberos aquí, la verdad. —Miró las
luces intermitentes del camión de bomberos y pensó que ojalá fuera su
padre el que estuviera allí, en lugar de ellos. Ese pensamiento no servía de
ninguna ayuda, así que lo ahuyentó.
—¿Los De Luca siguen en Hawái? —preguntó Lori, cambiando de
tema.
—Sí. Estoy segura de que alguien les vigila la casa.
La familia De Luca viajaba mucho y siempre tenían a alguien que les
cuidaba la vivienda.
—Será mejor que durmáis todos un poco. Mañana esto estará plagado de
coches de los servicios de emergencias —dijo el señor Richards.
—Recemos para que el viento no cambie —dijo Susan.
Parker ignoró las miradas de lástima, las que acompañaban cada
conversación desde que sus padres habían muerto y ella los había relevado
al frente de aquella casa. Se despidió y echó a andar de vuelta al interior.
Cuando llegó al vado, el lugar por donde se atravesaba el barranco del
arroyo seco, se detuvo. El resplandor a lo lejos se veía mejor desde allí. No
había llamas. O al menos ella no podía verlas.
Se estremeció.
Una calurosa noche de julio y ella tenía frío.

El aire de la mañana estaba inmóvil. Los carillones de viento ni siquiera


se estremecían.
Parker consiguió dormir unas horas y se despertó antes del amanecer o
de que Bennie, su gallo, tuviera oportunidad de cumplir su misión de cada
mañana.
Tras ponerse unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, Parker
siguió a Scout hasta la puerta. El camión de bomberos había desaparecido.
Una neblina ensombrecía el cielo azul cuando empezó a despuntar el sol.
Mallory se unió a ella, con una taza de café en las manos.
—¿Tú qué crees? —preguntó.
—Es difícil decirlo. Según el parte meteorológico, se supone que el
viento va a cambiar. —Agitó una mano delante de la cara—. De ahí el olor
a boñiga.
—Papá nos diría que nos tranquilizásemos.
—Y mamá estaría histérica.
Mallory rodeó los hombros de su hermana con el brazo.
—Ojalá estuvieran aquí.
Parker no tenía ningunas ganas de ir por ese camino. Ya tenía bastantes
cosas en la cabeza, de modo que recrearse en la pena y el dolor no tenía
cabida en su día. Se zafó del brazo de su hermana y se alejó.
—¿Qué haces?
—Voy a poner en marcha los aspersores y a desenrollar la manguera
antiincendios. —Había una boca de incendios en mitad del jardín,
alimentada por una cisterna de casi veinte mil litros de capacidad desde la
colina de detrás de la casa. No impediría la llegada del fuego, pero podría
ayudar… hasta que se quedara vacía. Luego estaba la piscina, pero Parker
no había sustituido la bomba que había instalado su padre para sacar el agua
en situaciones como aquella. En su momento le había parecido una buena
idea ahorrarse el dinero de la factura.
«Tendría que haber reemplazado la bomba».
Hacia las diez de la mañana, un grupo de helicópteros sobrevolaba la
urbanización con un zumbido regular. Los bomberos aparcaron en el jardín
y el aire se llenó de ceniza.
La quietud de la mañana se desvaneció y el viento empezó a empujar el
fuego en su dirección. Poco a poco, el cielo azul fue desapareciendo tras las
nubes de humo que se cernían sobre ellos. Los carillones de viento bailaban
al son sereno y constante del movimiento del aire. No como los vientos de
Santa Ana, pensó Parker, cuando tenía que salir en plena noche y quitar los
carillones porque su movimiento frenético no la dejaba dormir.
Lo único que ella y sus hermanos podían hacer era seguir observando el
cielo y la silueta de la ladera. De pie junto a uno de los bomberos que
estaban allí —no más de media docena—, Parker empezó a hacer
preguntas.
—¿Los aviones cisterna apagarán el fuego antes de que pueda llegar
aquí?
—Lo intentarán, pero no es fácil sobrevolar esas montañas con tanto
humo.
Ella se había criado en aquellas colinas y sabía de primera mano lo
escarpadas que eran.
—¿Y los bulldozers?
—Si hay tiempo.
«¿Qué significa eso?».
El bombero, un hombre de treinta y pico años, debió de percibir su
inquietud y le sonrió.
—Yo que vosotros metería vuestras cosas en los coches y estaría
preparado para evacuar en cualquier momento si se acerca el fuego.
—¿Ya hay una orden de evacuación?
—De momento es voluntaria. Muchos de los vecinos están trasladando
el ganado, por si acaso.
Parker no había salido del rancho en todo el día y no tenía ni idea de
cuántos de sus vecinos seguían allí.
Se pasó una mano por la cara y notó cómo se le adhería a la palma una
fina capa de tierra.
«No, no es tierra», se corrigió a sí misma.
Era ceniza.
Le hizo señas a Mallory para que se acercara mientras volvía a la casa.
—Vamos a meter las cosas en el maletero de los coches… por si acaso.
Parker se vio reflejada en los mismos ojos azules que veía todos los días
en el espejo. Un regalo de su madre.
—Tengo miedo.
—Siempre lo apagan antes de que llegue a la cima de la colina —le
aseguró a su hermana.
—Sí, pero siempre ha sido al otro lado del cañón. Nunca ha llegado a
este lado.
Su hermana tenía razón, pero no pensaba alimentar su miedo.
—Coge los álbumes de fotos, los anuarios escolares… la ropa y llena tu
coche. Yo traeré las cosas de mamá y papá.
Pese a todo, mientras Parker hacía las maletas se dijo a sí misma que era
una precaución absurda.
Porque no iba a pasar nada.
Metió la colección de armas de su padre en el maletero del coche junto
con toda la munición que pudo encontrar; lo último que quería era que
estallaran balas por toda la casa si se prendía fuego dentro. No estaba
segura de si eso era posible, pero le parecía que llevarse las armas era lo
correcto. Le temblaban las manos a pesar de que seguía convenciéndose a sí
misma de que tendría que sacar las cosas del coche antes de salir siquiera de
la propiedad.
—¿Has cogido la vajilla de mamá? —preguntó Mallory.
Parker miró el espacio que le quedaba en el maletero.
—No nos cabe.
—Esto no me gusta. —Las lágrimas asomaron a los ojos de su hermana.
A Parker empezaba a costarle trabajo respirar.
—A mí tampoco me gusta, Mallory. Mantengamos la calma, ¿vale?
—Está bien.
Su hermana respiró hondo.
Los helicópteros habían dejado de pasar por encima de sus cabezas.
Ningún avión cisterna equipado con agentes extintores les arrojó ninguna
descarga para aliviar su sufrimiento.
El humo se intensificó y también lo hicieron los nervios de Parker.
En un momento dado, miró a donde estaban los equipos de primera
intervención y no vio a su hermano.
—¿Dónde está Austin?
Mallory señaló a los vecinos.
—En casa de los De Luca, ayudando a Lynn. —Lynn era la hija mayor
de los De Luca, que estaba cuidando de la casa.
—¿Ha metido sus cosas en el coche?
—No lo creo —dijo Mallory.
Parker entró de nuevo en la casa, fue a la habitación de su hermano y
miró alrededor. No parecía que Austin hubiese pasado por allí. Cogió el
cesto de la ropa de su hermano, las prendas que usaba normalmente, y se
fue hacia su coche.
Mallory entró corriendo en la casa y Parker vio reflejado su miedo, cada
vez más intenso, en los ojos de su hermana.
—Se ven las llamas.
Parker se quedó paralizada.
Se le erizó el vello de la nuca y sintió que se le aceleraba el corazón.
Soltó la cesta y se precipitó por la puerta.
Las hermanas corrieron al lecho del arroyo seco y se quedaron mirando
hacia la dirección por la que se estaba propagando el fuego. Una llamarada
relumbró por la ladera.
Parker se acercó al equipo especial de intervención, que se había
instalado en el centro de la propiedad.
—¿Dónde están los otros hombres? —preguntó, buscando el camión con
mangueras.
—Uno de nuestros chicos acaba de ir a buscarlos.
Si el corazón seguía latiéndole a ese ritmo, le iba a dar un infarto.
El cielo se transformó de un gris nebuloso a otro ceniciento, y una
ceniza blanquecina empezó a caer a su alrededor.
Se volvió hacia su hermana.
—Ve a buscar a Austin.
Sin tiempo que perder, Mallory corrió a la casa de los vecinos.
Parker se sacó el teléfono del bolsillo trasero y empezó a grabar, una
costumbre de cuando estaba en la universidad y grabar los acontecimientos
diarios era parte de su vida cotidiana.
—Esto no me gusta nada —dijo a la cámara. El vídeo captó la forma en
que el cielo empezó a pasar del gris al negro y el viento se puso a soplar con
más fuerza. La cámara se detuvo en el establo, que solo albergaba media
docena de gallinas.
La casa de invitados estaba a unos metros de allí, y las banderas de su
padre ondeaban orgullosamente al viento.
Parker se guardó el teléfono en el bolsillo, corrió al establo y abrió la
puerta del gallinero. No intentaría reunir a las aves de corral; si el fuego se
acercaba, tendrían que correr y ponerse a salvo ellas solas.
Desde el otro lado de la finca, el estruendo de los tubos del carillón de
viento, chocando entre sí, resonaba como un mal presagio en su cabeza.
Aun así, una parte de su cerebro seguía en fase de negación.
«Esto no puede estar pasando».
La invadieron unas ganas incontenibles de sentarse a llorar.
De vuelta en la casa, cogió una colcha tejida a mano por su abuela y
corrió por el pasillo arrancando las fotos familiares de las paredes y
arrojándolas al interior de la colcha hasta que empezó a ser difícil llevarla a
rastras.
Llenó el maletero del coche de su hermano.
Scout corría a su lado. Era lo bastante listo para saber que era mejor no
alejarse. No se podía decir lo mismo del gato de la familia: Sushi no
aparecía por ninguna parte.
Austin entró corriendo.
—¡Parker! Tienes que ver esto.
No había estado ni diez minutos en la casa y, aun así, salir fue como
pasar del día a la noche: el viento soplaba formando remolinos, como un
huracán, y el fragor del fuego era ensordecedor. Corrieron por el camino de
entrada y miraron hacia la cordillera.
Era como si alguien la hubiera rociado con un enorme chorro de
acelerante y, como resultado, hubiera explotado una pared de fuego.
El capitán del Departamento de Bomberos con el que Parker había
estado hablando por la mañana observaba fijamente las llamas.
—Tenéis una casa que puede defenderse bien —le dijo.
—A mí no me parece una pelea limpia —repuso ella.
El hombre miró a su alrededor con un extraño brillo en los ojos.
—Ahora es cuando tengo que deciros que os vayáis.
No es que los hubieran avisado con mucha antelación.
—¿Usted lo haría? ¿Si esta fuera su casa? —le preguntó Austin.
El capitán pestañeó.
—Yo soy bombero.
Vio el destello de desafío de su padre en los ojos de su hermano.
Mallory se parecía más a su madre y estaba lista para salir de allí cuanto
antes.
—Ya hay mucho tráfico en la carretera que sale de la urbanización —les
dijo el capitán. Miró directamente a Parker—. Voy a salvar vuestra casa.
Unas pavesas de ceniza ardiente empezaron a lloverle sobre la piel.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Parker.
El bombero miró las lenguaradas de las llamas, que empezaban a
rodearlos.
—Que la cosa se va a poner muy interesante antes de que nos demos
cuenta.
Sus hombres ya habían dado marcha atrás con el camión por el camino
de entrada y estaban corriendo por todas partes, colocando mangueras.
Los tres hermanos volvieron a la casa y vieron como el fuego iba
ganándole terreno al cerro en menos de un minuto.
—Quiero quedarme —les anunció Austin.
—¡¿Y hacer qué?! —le gritó Mallory.
—Papá se quedaría.
—Papá no está aquí. —Parker mantuvo un tono de voz sereno.
—Yo no quiero que se me achicharre el coche —les dijo su hermana.
Los coches estaban fuera de la casa, llenos con todo lo que merecía la pena
salvar.
Scout les ladró a los pies, como queriendo expresar su opinión él
también.
¿Debían irse o quedarse?
Fuera, las llamas se acercaban cada vez más. La ladera junto al establo
empezaba a arder también.
Antes de que Parker pudiera articular palabra, la alarma antiincendios de
la casa se volvió loca. Sin pensar, Parker echó a correr por la casa para ver
si el fuego había logrado entrar de algún modo.
Sonó el teléfono. Ya sabía, sin mirar siquiera, que la que llamaba era la
empresa de alarmas, para preguntar por la alarma antiincendios.
No había nada en la casa por lo que mereciera entregar sus vidas, y el
camino para que pudieran salir del cañón también estaba empezando a
prender fuego.
Parker agarró la correa para el perro y se la ató.
—Nos vamos.
—Quiero quedarme —se plantó su hermano.
Parker agarró la mano de su hermana y miró fijamente a su hermano.
—Ya hemos perdido a mamá y papá. Y ninguno de nosotros puede hacer
nada para salvar la casa.
Austin parpadeó; el chico que había sido hasta entonces se parecía cada
día más al hombre en el que iba a convertirse.
—Está bien.
Parker suspiró aliviada mientras huían de la casa.
Fuera, la escena era como una zona de guerra; las llamas estaban tan
cerca que el calor que emanaban le quemaba la piel de los brazos desnudos.
Las cenizas caían del cielo, haciendo imposible respirar sin toser.
Scout se subió al coche de Austin y, uno por uno, los vehículos fueron
bajando por el camino de casi medio kilómetro para salir del rancho
familiar.
Lo último que vio Parker antes de abandonar el hogar de su infancia fue
el resplandor anaranjado de las llamas que envolvieron uno de los robles
centenarios.
Capítulo 2

Parker se mecía hacia delante y hacia atrás, con el teléfono en la mano,


mientras las noticias iban revelando poco a poco el alcance del incendio, a
medida que este se iba propagando.
Habían tardado más de hora y media en salir del cañón. El capitán no
bromeaba cuando les dijo que había un atasco en la salida; más que un
atasco, era una parálisis absoluta.
En ese momento ella y sus hermanos estaban en casa de unos amigos, al
otro lado de la ciudad, pero no tan lejos como para no ver las llamas en el
horizonte.
Despacio, con un mensaje de texto alertándola cada vez, Parker fue
viendo como el sistema de alarma de su casa transmitía las notificaciones a
su teléfono:

Detectado intruso en la puerta principal.

Rotura de cristales en el salón.

Detectado movimiento en la sala de estar.

Rotura de cristales en el comedor.

Parker se estremeció.
Aquello no podía estar pasando. Desde la muerte de sus padres, ella se
había ocupado a diario del mantenimiento de la casa familiar,
conservándolo todo en las mejores condiciones posibles para, cuando
Austin se graduara de los estudios de secundaria en el instituto, poder
vender el rancho y que todos pudieran empezar una nueva vida.
Hacía apenas dos días eso era lo único que quería.
Una nueva vida, una vida sin las responsabilidades de criar a sus
hermanos y encargarse de todas las facturas que habían dejado sus padres,
junto con el dinero que acompañó a sus muertes.
Una vida en la que poder volver a la universidad en lugar de seguir en
aquel empleo sin futuro que había aceptado para poder trabajar durante el
horario de clases de sus hermanos y así poder atender a Mallory y Austin
cuando la necesitasen.
Una nueva vida en la que incluso tal vez podría salir con algún chico…
Solo que ahora nada de eso importaba. Parker observó su teléfono
mientras su casa estallaba supuestamente en llamas, hasta que al final el
sistema de alarma se dio por vencido y dejó de enviarle mensajes de texto.
—¡Esa es la casa que está encima de la nuestra! —exclamó Austin,
señalando la televisión.
Parker levantó la vista; su amiga Jennifer siguió abrazándola.
La casa de encima de la suya apareció en la pantalla.
Estaba completamente envuelta en llamas.
El piloto del helicóptero de la cadena de informativos dijo que el humo
era demasiado denso para poder llegar al otro lado. Al mismo tiempo,
comunicó a los espectadores que varias de las estructuras de la zona habían
quedado destrozadas.
Parker miró al teléfono, esperando las alertas del sistema de la casa.
El sistema que había dejado de comunicarse con ella.
Pensó en su madre de pie en el porche de la casa, llamándolos para que
entraran a cenar; pensó en su padre, cavando un hoyo para otro de los
árboles que quería plantar allí…
Todo destruido…
La fase de negación ante lo que estaba ocurriendo empezó a ceder paso a
otra fase, y los ojos se le hincharon con las lágrimas que no había
derramado todavía.
—¿Creéis que la casa sigue ahí? —preguntó Mallory.
Parker no podía decir que sí, pero tampoco podía decir que no.
Para entonces, todo habría terminado… en un sentido u otro.
El fuego se había desplazado tan deprisa que o bien tenían un hogar al
que volver o eso ya era imposible.
—No puedo quedarme aquí de brazos cruzados —dijo Sam, poniéndose
de pie—. Tengo que ver si la casa sigue ahí.
—El acceso al cañón está cerrado —le dijo su mujer.
—Llevaré el Jeep hasta el barranco e iré a echar un vistazo andando.
Austin se puso de pie.
—Te acompaño.
Sam se acercó a Parker y le puso una mano en el hombro.
—No dejaré que te vayas a dormir esta noche sin saberlo —le dijo.
Las lágrimas le rodaban por las mejillas. La casa era lo único que les
quedaba de sus padres. Era como si le hubiesen abierto de un puñetazo la
enorme herida, aún sin cicatrizar, que sus muertes le habían dejado y que
ahora sangraba de nuevo.
Asintió con la cabeza.
Mallory seguía acurrucada en el sofá, con dos de los cuatro chihuahuas
en el regazo. Los otros dos estaban junto a Scout en el suelo.
—Vamos —dijo Jennifer—, ayúdame con la cena.
Se trasladaron a la cocina y Jennifer le dio una cerveza.
—¿Estás bien?
Parker negó con la cabeza.
—Estoy fatal.
—Todo va a ir bien, pase lo que pase.
—¿Y si no es así?
—Tienes un seguro.
—¿Para qué?, ¿para reconstruir la casa? —La sola idea le producía
vértigo—. ¿Y dónde viviríamos mientras tanto?
—Podríais quedaros aquí.
Sí, claro. Sam y Jennifer tenían dos hijos, cuatro perros y dos gatos. Eso
era del todo impensable.
—Mamá, Samson no me deja jugar… —La hija de once años de
Jennifer entró corriendo a la cocina para chivarse del mal comportamiento
de su hermano.
—Vuelvo enseguida.
Mientras Jennifer iba ocuparse de sus hijos, Parker miró por la ventana
de la cocina. El sol se había escondido y Parker seguía viendo el resplandor
del fuego a lo lejos.
«Respira…».
«Tú solo respira…».
Treinta minutos después, le sonó el teléfono y el nombre de Austin
apareció en la pantalla.
Le temblaban las manos.
—Dime —contestó con brusquedad, conteniendo la respiración.
—Estoy tocando la casa con la mano ahora mismo. Aún sigue en pie.
El pecho de Parker se estremeció con la fuerza arrolladora de las
lágrimas, que ocupó de golpe el lugar de la preocupación.
—Todo alrededor es un desastre, Parker; los establos se han quemado,
pero la casa sigue aquí.
—Gracias a Dios…
La primera sonrisa que le separó los labios informó a todos los presentes
de que todo iría bien.

Un desastre.
Eso era quedarse increíblemente corto.
Aun a pesar de que Parker estaba plantada en mitad de su terreno
completamente calcinado, con los robles tricentenarios desaparecidos, el
pequeño huerto de su madre desparecido, los establos desaparecidos, la
valla de madera a poco menos de dos metros de su casa… desaparecida…
Aun a pesar de todo eso, Parker dio gracias a Dios.
Bastaba con que mirara hacia lo alto de la colina, a la casa de encima, a
la finca en la que el vecino descuidaba la labor de desbrozar la maleza cada
año… a la casa que había quedado reducida a cenizas.
Desaparecida.
El vecindario estaba tranquilo. Ni siquiera el sonido de los carillones de
viento inundaba el aire.
Se las arregló para entrar de nuevo en el cañón conduciendo por el
barranco, el punto del camino que no estaba vigilado por las autoridades.
Tenían un generador y comida, y ahora que sabía que tenían un hogar,
Parker quería quedarse allí. Además, por suerte, Sushi había permanecido
todo el incendio escondido en algún rincón de la casa y no se había
chamuscado ni un solo pelo de su lomo felino.
Sam enfiló la ladera de la colina a la que Parker había subido para
calibrar el alcance de los daños desde arriba. La tierra estaba negra y
caliente bajo sus pies. Cuando Sam llegó junto a ella, le pasó un brazo por
los hombros.
—Hemos taponado los tubos de los aspersores que se habían derretido.
Habían llegado antes y descubierto dos aspersores que estaban rociando
agua por todas partes. Aunque habían cortado el suministro eléctrico, el
suministro de agua hacia la casa seguía funcionando, y el fuego había
derretido los tubos de PVC que brotaban del suelo.
—Gracias.
—¿Vais a volver a nuestra casa?
Ella negó con la cabeza.
—No, podemos quedarnos aquí. Pero gracias.
Si se iban del cañón, eso significaba que no podrían volver sin tener que
hacer las mismas piruetas que habían hecho para entrar. Aunque agradecía
el ofrecimiento, Parker no quería seguir pidiendo ayuda.
—Vendré a por los coches en cuanto abran los accesos.
Sam miró fijamente las colinas.
—Parece un paisaje lunar.
Parker se volvió hacia el bosque renegrido a su espalda.
—No sabía que hubiese ahí esos cerros.
Había tres extensiones de tierra arrasadas, ocultas por cincuenta años de
maleza, ahora expuestas y sin nada más que unos leños carbonizados donde
antes había árboles y plantas.
—Tiene otro aspecto, eso seguro.
—Parece otro lugar.
Esa noche, sentada en el porche, contempló como en la ladera de encima
de la casa y en el cañón se veía el brillo danzarín de los rescoldos
humeantes que quemaban raíces en lo más hondo de la tierra, avivados por
una pequeña ráfaga de viento.
El fuego todavía ardía en un rincón remoto del cañón, y de vez en
cuando el ruido de la explosión del tanque de propano de algún vecino los
pillaba desprevenidos… pero la mayor parte del tiempo todo estaba en
silencio.
No se oía a los coyotes.
No se oía el sonajero de la serpiente de cascabel.
No se oía nada.

El hollín y las cenizas se le metían en la garganta y le cubrían la piel


mientras Parker caminaba sobre los restos de los establos de la granja.
Bennie y tres gallinas habían logrado escapar de las llamas y volver una vez
que se asentaron las cenizas. Las otras gallinas no tuvieron tanta suerte.
—Tengo fotos del aspecto que tenía antes del incendio —le dijo a
Andrew, el perito de la compañía de seguros—. Los establos habían llegado
a albergar a tres caballos, a dos cabras y a estas pequeñajas. —Señaló a las
tres gallinas supervivientes con un resoplido.
Las últimas tres semanas habían pasado como en una especie de
nebulosa.
Tardaron cuatro días en abrir el acceso al cañón. Durante ese tiempo,
tuvo en su propiedad a casi todos los bomberos y a los operarios de los
servicios de emergencias del condado, de la ciudad y del Departamento
Forestal. En un momento dado, trajeron incluso a una auténtica cadena de
presos, una hilera de reclusos que trazaron una línea entre la tierra oscura y
la clara, donde el fuego había sido sofocado, como línea de contención. Al
principio Parker había pensado que los bomberos se lo habían dicho de
broma, pero había visto como los hombres vestidos con el uniforme naranja
formaban una fila y desfilaban por la entrada de la casa y alrededor como si
fueran un equipo de operarios más.
—Son presos —le explicó el bombero cuyo nombre no recordaba.
—¿Expresidiarios? —supuso ella.
—No, no, están cumpliendo condena ahora mismo. Son presos con buen
comportamiento y todo eso.
Tras recibir esa información, Parker había entrado corriendo para tapar
la colección de armas de su padre, que había tirado al suelo al volver a la
casa, y había cerrado las puertas con llave.
Ni en un millón de años habría imaginado que llegaría a tener a una
panda de criminales en la propiedad familiar, con buen comportamiento o
sin él.
No había habido ningún incidente, y los reclusos hicieron el trabajo que
se les había encomendado y se fueron.
Ahora Parker estaba entre los restos del incendio, que le llegaban a la
altura del tobillo.
—Las fotos servirán de ayuda, pero ya me hago una idea bastante
aproximada de lo que había aquí antes.
Salieron del pequeño corral y dejaron atrás el establo de los caballos y la
valla carbonizada.
—En algún momento, alguien cargó contra la puerta automática de la
propiedad. Supongo que se fue la luz y los bomberos tuvieron que abrirla a
la fuerza. Y las cercas de madera tampoco sobrevivieron al fuego ni a los
camiones de bomberos —señaló Parker.
Andrew le sonrió mientras seguía tomando notas. Su acento era puro
Medio Oeste.
—¿Y qué pasó con la casa en sí?
—El fuego envolvió la parte de atrás y se llevó por delante algunos
árboles y la valla, pero en general no ha habido daños muy importantes.
—¿Huele la casa a humo?
—Todo huele a humo —le contestó.
—Traeremos a un equipo de limpieza profesional para que se ponga con
los conductos de ventilación.
Parker lo llevó a la piscina, o al estanque ennegrecido que había sido una
piscina.
—No creo que podamos evitar tener que drenarla —le dijo al perito. El
coste del agua en verano haría que no fuese barato rellenarla de nuevo.
Andrew señaló hacia la casa de invitados.
—¿Ha habido daños allí?
Parker negó con la cabeza.
—Los operarios que estaban aquí el día del incendio volvieron y me
dijeron que se prendió fuego al tejado y que, cuando vieron las banderas
ondeando, apuntaron las mangueras hacia allí. Creían que era algún tipo de
anexo y que, por tanto, no era una prioridad, pero las banderas les hicieron
cambiar de idea.
—Pues menos mal —le dijo Andrew.
—Sí. Tendré que alquilarla cuando haya acabado con todo esto —dijo.
Andrew se metió el bolígrafo en el bolsillo de la camisa y sonrió.
—Va a estar cubierta, señorita Sinclair. Su póliza tiene un límite en
cuanto a las estructuras exteriores y el terreno, pero creo que quedará todo
incluido. Ahora estaré un par de horas tomando fotos y medidas.
La temperatura superaba los treinta y cinco grados, y a Parker no le
parecía el mejor momento del día para caminar entre cenizas y escombros.
—Se lo agradezco —le dijo.
Sonrió.
—Ningún problema.
Parker miró hacia la ladera y vio como su sonrisa se desvanecía.
—¿Qué puede hacer la compañía de seguros para evitar que ese
terraplén de ahí arriba siga deslizándose hacia mi propiedad?
Porque después de los incendios… venían las inundaciones. Lo único
que le faltaba a California era una temporada de lluvias torrenciales.
—Nada —contestó él, con voz inexpresiva.
—¿Y qué hay de esos bloques de cemento que se ven en las autopistas?
—No se acordaba del nombre.
—¿Se refiere a las barreras de hormigón?
—Sí, esas. ¿O esa cosa verde que se usa para reforestar y controlar la
erosión del suelo? ¿Algo así?
—El seguro no cubre medidas preventivas.
A Parker se le aceleró el pulso.
—Eso es una estupidez. Todo esto será un problemón aún mayor cuando
empiece a llover —le dijo.
El hombre hizo una pausa y la miró directamente a los ojos.
—Entonces me llama otra vez. Todos los siniestros y consecuencias
derivados del incendio también están cubiertos.
—¿Está seguro?
Se metió la mano en el bolsillo y le dio una tarjeta de visita.
—Estoy seguro.
—¿Me puede hacer un favor? —le preguntó.
—¿Qué?
—Antes de irse, ¿podría decirme si la cobertura que tengo para la casa lo
cubrirá todo? Fueron mis padres los que contrataron la póliza y yo nunca he
llegado leerla, sinceramente. —Resopló con un lado de la boca—. Aunque
tampoco sabría lo que estoy leyendo si lo hiciera. Lo que quiero saber es si,
en el caso de que todo hubiera quedado reducido a cenizas, la
indemnización del seguro sería suficiente para reconstruir la casa.
Andrew sonrió y asintió.
—Por supuesto. Comprobaré la póliza y los costes actuales de
reconstrucción en la zona y se lo diré.
Ella le tendió la mano y estrechó la de él.
—Gracias.
Parker se detuvo y miró al terraplén amenazante.
Su sonrisa se desvaneció y un escalofrío le recorrió la columna vertebral.
—Todo irá bien —le dijo Andrew.
Pero Parker no lograba sentir la seguridad que él quería transmitirle.
Capítulo 3

Colin estaba encaramado en lo alto de los restos carbonizados de lo que


técnicamente era el Angeles National Forest, pero que, en realidad, era el
jardín trasero de la casa de alguien. De varios vecinos, de hecho.
Grace estaba a su lado, haciéndose visera con la mano para protegerse
del brillo cegador del sol mientras estudiaba el paisaje que se extendía ante
ellos.
—¿Tú qué crees? —le preguntó él a su hermana menor.
—Que es una putada.
—Ya, bueno, ¿y aparte de eso?
—Creo que vas a estar hasta las malditas cejas de trabajo y que yo me
voy a alegrar de estar trabajado en urbanismo y no teniendo que limpiar esta
mierda.
Colin sonrió, a pesar del miedo que sentía. Su hermana era ingeniera del
Ayuntamiento de Santa Clarita y él acababa de obtener el puesto de
supervisor en el Departamento de Obras Públicas del Condado de Los
Ángeles.
Sacó un mapa y lo extendió sobre el capó de su camioneta del trabajo.
—Hay dos puntos donde se concentra la mayor parte del agua que baja
de las colinas. —Señaló el más grande—. Aquí la cuenca del barranco es lo
bastante ancha para recogerla toda. Hay un par de puntos donde lo más
probable es que corten el acceso a algunas casas.
—¿Qué hay de los daños?
—Jardines, terrenos, erosión… Pero no hay nada que podamos hacer
para ponerle freno por aquí. —Señaló hacia Creek Canyon—. Ese cañón de
ahí es el punto más problemático.
Grace señaló el rojo en el mapa.
—¿El área quemada? —preguntó.
—Sí.
Soltó un resoplido.
—¿Cómo de estrecho es el cañón?
—Todavía no he visitado la zona.
—¿Por qué no?
—Es propiedad privada.
Ella señaló la línea verde.
—Este es el bosque, ¿no?
Colin señaló una propiedad en el mapa.
—Un bosque que linda con la finca de alguien.
—Parece que tienes margen de maniobra, con ese espacio.
Él negó con la cabeza.
—No es suficiente.
Con su metro sesenta de estatura, en situaciones límite su hermana era
una pequeña máquina de escupir mala leche, pero también era
increíblemente cálida y optimista al mismo tiempo.
—¿Cuántas posibilidades tienes de que el Departamento Forestal
colabore contigo?
—¿Cuándo ha funcionado eso?
—Quizá cuando Noé construyó el arca.
Ambos se echaron a reír.
—La verdad es que lo tienes muy muy difícil, hermano. No te envidio
nada.
Colin levantó la vista hacia la ceniza que las ráfagas de viento
expulsaban de las colinas.
—Solo espero que el dueño de la casa esté dispuesto a cooperar.
Necesitaba que el proyecto saliera bien. Su mentor se había jubilado el
año anterior y había recomendado a Colin para que ocupara su lugar. A los
treinta y tres años, era el supervisor jefe más joven del departamento, y su
superior inmediato estaba decidido a dejarle bien claro que no creía que
tuviese experiencia suficiente para el trabajo. A pesar de que Colin había
superado el período de prueba en el puesto, Ed quería que supiera quién
mandaba allí.
—Si no coopera, las casas que hay río abajo no tendrán ninguna
oportunidad.
Sí, Colin era consciente de eso.
—Tal vez tengamos otro invierno seco.
—Ojalá —dijo, a pesar de que el sur de California necesitaba lluvia.
Creek Canyon, en cambio, no necesitaba ninguna.

—Esto es una estupidez —protestó Austin, pasándose la mano por el


pelo aplastado por la almohada.
—¿Qué parte? —Parker hundió la manguera en la piscina y la conectó al
dispositivo de succión.
—La parte en la que estoy aquí antes de las nueve de la mañana
haciendo esto.
Con «esto» se refería a la rutina habitual de los sábados, salvo que,
desde el incendio, la rutina de una vez por semana se había convertido en
algo que hacían día sí y día no. Parker frunció el ceño al ver los cuatro
dedos de hollín que había en el fondo de la piscina. Lo primero que había
hecho nada más recibir el dinero del seguro había sido drenar la piscina y
eliminar todos los desperfectos con un lavado al ácido. De aquello hacía un
mes, y los vientos de Santa Ana hacían que pareciera como si no la
hubieran tocado.
—¿Prefieres optar por la estupidez de venir más tarde, cuando estemos a
cuarenta grados?
Su hermano asintió y le respondió con una sonrisa esperanzada.
—Pues sí, lo preferiría.
Ella lo amenazó con la red recogehojas.
—No, no es verdad.
—Contrata a un limpiapiscinas, anda.
—Cuando volváis a ir a clase los dos —dijo—. Hasta entonces, nosotros
somos los limpiapiscinas.
Austin cogió el mango telescópico de la red y lo hundió en la piscina.
—Y los jardineros, y los empleados de la limpieza, y los fontaneros…
—Sí, ya lo he pillado, Austin.
Y era verdad. La carga de trabajo se había triplicado. El interior de la
casa nunca aguantaba muchos días limpio: entre las idas y venidas de Scout,
el hecho de que toda la finca estuviera cubierta de ceniza y de que con cada
ráfaga de viento el aire arrancase capas y más capas de tierra de la ladera
para echárselas a la casa, era imposible dar abasto para limpiarlo todo.
Los daños en el sistema de riego y aspersores habían sido incalculables:
entre los camiones de bomberos que se habían llevado por delante las
boquillas y los soportes, y el fuego que había derretido las tuberías de todo
el perímetro, Parker se había hecho toda una experta en el manejo de
tuberías de PVC y adhesivo azul para el encolado de las juntas.
Se había sentado con sus hermanos a hablar de cuáles eran las
prioridades en cuanto a la asignación del dinero del seguro. Pese a la pena
que sentían por ver desaparecer los establos, ninguno de los tres quería
reconstruirlos, no cuando no tenían ninguna intención —ni capacidad— de
comprar un caballo que fuese a vivir en ellos. Para cuando Andrew dejó de
enviar los cheques, Parker ya había vivido inmersa en aquel desastre el
tiempo suficiente como para darse cuenta de que iban a necesitar ayuda
adicional, al menos cuando sus hermanos reanudasen sus clases. Austin
estaba en el último año de instituto, Mallory en su tercer año de universidad
y Parker trabajaba como auxiliar en la misma escuela de primaria a la que
habían asistido los tres.
—He puesto un anuncio para alquilar la casa de invitados. El dinero
extra nos ayudará a pagar esa clase de ayuda.
Su hermano frunció el ceño.
—Odio la idea de que vengan unos extraños a vivir aquí.
Parker señaló la piscina.
—¿Más de lo que odias tener que pasarte tres horas limpiando la piscina
cada vez que el viento arrecia?
Austin arrastró la red llena con las hojas de los árboles que no se habían
quemado y masculló algo que su hermana no pudo oír.
—Eso me parecía a mí.
—Debería haberme buscado un trabajo, como Mallory. Así no estaría
aquí ahora.
Parker accionó la bomba de la piscina y habló más alto, para que su
hermano la oyese pese al ruido.
—Es verdad, estarías trabajando. Deja ya de quejarte y acabemos con
esto antes de que el calor no nos deje ni respirar.

El calor llegó a ese punto exactamente a mediodía. Como Austin seguía


rezongando sin parar, Parker lo mandó adentro y cogió una podadora larga
de mango extensible y un par de guantes. Hiciese calor o no, todavía había
algo de verde en las copas de una docena de árboles al fondo de la finca,
que Parker quería salvar a toda costa.
Así que mientras su hermano se duchaba y se tumbaba a la bartola frente
a la tele de su habitación, Parker siguió trabajando. Cada hora que pasaba
entregada al mantenimiento de la casa era una hora menos que tenía que
pagarle a otra persona. Arrastró consigo dos contenedores verdes para
residuos orgánicos del jardín y se puso manos a la obra.
Al cabo de una hora había llenado los dos contenedores y los llevó al
otro lado de la puerta automática, donde el camión de recogida podría
llevárselos el lunes. Cada semana sacaba no menos de seis contenedores a
la calle de acceso privado, lo que no era difícil con más de treinta árboles
muertos en la propiedad, algunos de los cuales no eran más que tizones
negros sin ningún resquicio de vida. Con media docena de contenedores a la
semana tardaría varios años en retirar todos los escombros.
Al final no tendría más remedio que ceder y contratar a alguien.
En ese momento, sentía la necesidad de no estar quieta: cortar las ramas
secas, limpiar piscinas, arreglar los aspersores… Cualquier cosa con tal de
acabar rendida y que así le resultara más fácil conciliar el sueño por la
noche.
—¿Hola?
Parker se volvió hacia el sonido de aquella voz masculina y se apartó los
mechones de pelo que se le habían soltado de la cola de caballo. El sol le
daba directamente en los ojos y no le era fácil hacerse una imagen nítida del
hombre que estaba al otro lado de la puerta.
—Hola —lo saludó Parker.
—¿Vive usted aquí?
«Probablemente otro vecino», pensó para sí. Habían desfilado sin parar
después del incendio para ver lo cerca que habían estado las llamas de sus
propias casas. Muchos de ellos entraban sin llamar siquiera; eso fue hasta
que pagó para que viniera alguien a arreglar la puerta rota que animaba a
pasar a los intrusos.
—Eso parece —dijo, agitando la podadora que llevaba en la mano—.
No creo que aceptara hacer este trabajo a cambio de dinero, la verdad.
Cuanto más se acercaba a la puerta, mejor percibía los rasgos del
hombre. Era al menos ocho centímetros más alto que ella, lo cual no era
precisamente fácil cuando ella medía metro setenta y cinco. También tenía
una espalda amplia y unos brazos que no parecían agarrotados por un
trabajo de oficina de nueve a cinco. Llevaba vaqueros. Tenían que estar a
casi cuarenta grados a la sombra y aquel hombre llevaba vaqueros.
Y los llenaba muy bien, pensó, sorprendida de que el cansancio le
permitiera fijarse en eso.
Parker se forzó a mirarlo a la cara de nuevo, a aquellos ojos ocultos por
las gafas de sol; no llevaba la espesa mata de pelo castaño cubierta por
ninguna gorra.
Se plantó delante de él, con la puerta de la finca a modo de límite claro.
La firmeza de la mandíbula del hombre se suavizó ligeramente.
—¿Está su… está su marido en casa?
Tres años antes, en un bar… o saliendo de fiesta con sus amigas, habría
negado de inmediato la existencia de un marido. Allí fuera, en cambio, con
un desconocido… aunque fuese un desconocido atractivo llamando a su
puerta, no tenía intención de corregirlo.
—¿Quién lo pregunta?
La sonrisa del hombre se desvaneció y rápidamente se quitó las gafas de
sol.
—Lo siento. Me llamo Colin Hudson. Colin para los amigos.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Hudson? —No pensaba tutearlo ni
llamarlo por su nombre de pila.
—Trabajo en el Departamento de Obras Públicas y quería pedirle que
me dejara echar un vistazo rápido al barranco que atraviesa su propiedad.
Se metió la mano en el bolsillo trasero y sacó la cartera, de la que extrajo
una tarjeta de visita que le dio a través de la reja de la puerta de hierro.
Parker tuvo que acercarse para coger la tarjeta, pero se apartó de nuevo
cuando la tuvo en la punta de los dedos.
El hombre se metió inmediatamente las manos en los bolsillos
delanteros y dio un paso atrás.
La tarjeta parecía auténtica. Parker se recordó a sí misma que cualquiera
con un ordenador podía fabricarse una tarjeta de visita.
—¿Y su departamento trabaja los sábados, señor Hudson?
—Todos los días.
La joven se asomó más allá de la puerta, pero no vio ningún coche.
—¿Ha venido andando hasta aquí?
El señor Hudson miró por encima de su hombro y señaló calle abajo con
el pulgar.
—He venido con la camioneta del departamento. He aparcado a la vuelta
de la esquina.
—Ya. —Parker quería creerle. Sus ojos marrón caramelo también
parecían amables—. Incluso Ted Bundy era guapo, y era un asesino en serie
—dijo lo bastante alto para que él la oyera.
Al levantar la vista, Parker lo sorprendió mirándola fijamente,
boquiabierto.
—Es la primera vez que me dicen eso.
—Lo siento. —«No, no lo siento»—. Pero es lo que pasa cuando eres
una mujer solitaria en una finca grande con un extraño que te pide que lo
dejes pasar. Tarjeta de visita aparte, podrías ser cualquiera.
Colin levantó las manos al aire.
—Muy sensata. Seguro que mi hermana haría lo mismo. Esperaba poder
echarle un vistazo al cañón antes de la reunión del lunes, pero puedo
esperar.
Parker relajó la mano con que sujetaba la podadora.
—¿Qué reunión?
—Las autoridades municipales se van a reunir con el condado para
hablar de las consecuencias del incendio sobre la vaguada del valle.
Estamos elaborando un plan para la conservación del suelo durante el
invierno. Si pudiera echar un vistazo rápido, me ayudaría mucho.
—¿Se refiere a evitar los corrimientos de tierra?
—Me refiero a controlar los corrimientos de barro —la corrigió.
Ella desplazó el peso del cuerpo de un pie a otro.
—¿Y pueden hacer eso?
—Es una parte importante de nuestro trabajo, sí. —Sonrió y miró por
encima de su hombro—. Pero puedo esperar. No quiero que se sienta
incómoda.
Parker miró hacia la casa.
—Le propongo una cosa: usted vaya a buscar su camioneta y yo cogeré
un gancho para serpientes y le enseñaré el barranco.
El hombre entrecerró los ojos con una pregunta tácita.
—Es verano. Las serpientes de cascabel son un peligro —le explicó
Parker.
—¿Está segura?
Sí, estaba segura.
—Abriré la puerta. Puede aparcar dentro.
—Gracias.
Se dio media vuelta y Parker echó a andar aprisa por el camino, atravesó
el paso el barranco y se dirigió a la casa.
En cuanto entró por la puerta, Scout se puso de pie de un salto. Parker
cogió su «gancho para serpientes», se aseguró de que estuviera cargada y
salió por la puerta. Scout se puso a dar brincos a su lado.
Con la escopeta al hombro, Parker recorrió el largo camino hacia el otro
extremo de la propiedad y usó un mando a distancia para abrir la puerta y
dejar entrar al señor Hudson.
La camioneta blanca de obras públicas llevaba una barra con luces en la
parte superior y todas las pegatinas reglamentarias en la puerta.
Si Colin Hudson era un aspirante a Ted Bundy, estaba haciendo unos
esfuerzos extraordinarios para aparentar ser otra cosa.
El hombre salió de la camioneta y se bajó las gafas de sol lo suficiente
para mirar por encima del borde.
—Puedo volver más tarde —dijo, mirando el arma. Scout correteaba a
su alrededor, reclamando atención.
—Es para las serpientes, señor Hudson. ¿Es usted una víbora?
—Mi novia del instituto decía que lo era.
Parker trató de reprimir una sonrisa.
La mueca divertida en el rostro de él decía que no lo había conseguido.
—Matamos cinco o seis serpientes de cascabel cada año. Es el precio
que hay que pagar por vivir tan cerca de la madre naturaleza.
—¿Les dispara?
—Normalmente uso una pala de cabeza plana, pero ahora es más difícil,
con tantas piedras.
El barranco estaba lleno de ellas.
—¿Me está diciendo que las mata con una pala?
—Si me dice que es uno de esos de «Salvemos a las serpientes», tendré
que pedirle que se vaya.
Colin negó con la cabeza, con la misma mueca divertida de antes
destellándole en los ojos.
—No. Odio a las serpientes. Que les peguen un tiro. Que les den con la
pala.
Se estaba quedando con ella.
Parker llamó al perro, se dio media vuelta y echó a andar, confiando en
que el señor Hudson la seguiría.
—Desde aquí se ve hasta dónde llegó el incendio —empezó a decir ella.
—¿Es esa su casa?
—Sí.
Desde la mitad del barranco, todavía estaban a quinientos metros de la
base del camino de entrada y de la cuesta hasta la casa en sí.
—Parece que el fuego se acercó bastante.
—Quemó la valla que está a dos metros del lado este.
—¿Estaba aquí cuando ocurrió?
Parker pestañeó, visualizando las llamas, percibiendo su calor, su olor…
—«Estábamos» aquí.
Colin permaneció callado un minuto. Cuando ella levantó la vista, los
ojos amables de él escudriñaron los suyos.
—La casa no parece correr peligro si hay un corrimiento de barro.
Parker ahuyentó las imágenes de las llamas.
—No me preocupa que la corriente pueda llevarse mi casa por delante,
pero sí me preocupan los daños que pueda causar en la propiedad, no poder
entrar ni salir. —Señaló el sistema de drenaje y alcantarillado que había
bajo el vado tipo Arizona para atravesar el barranco—. He visto estas
alcantarillas taponarse y llenarse de sedimentos o de piedra y rocas. Cuando
ocurre, cuesta mucho desatascarlas. Podemos aparcar un coche a este lado
del barranco y usar la pasarela peatonal, pero tener que hacer eso mucho
tiempo es un rollo.
Él ladeó la cabeza y la miró fijamente.
—¿Cuánto tiempo hace que vive aquí?
Estaba abriendo la boca para responder cuando vio a Austin llegar con
su coche por el largo camino. El chico bajó la ventanilla al ver que ella y el
hombre se hacían a un lado.
—¿Adónde vas? —le preguntó Parker.
—A casa de Will.
—¿Cuándo volverás?
Austin miró al hombre que estaba a su lado.
—No lo sé. ¿Quién es este?
Parker no se molestó en decirle su nombre, a Austin no le importaría.
—Es del departamento municipal del…
—Del condado —la corrigió.
Ella hizo un ademán quitándole importancia a sus palabras.
—Ha venido a echarle un vistazo al barranco.
Su hermano asintió con la cabeza.
—Genial. —Miró a su hermana—. No hemos visto una sola serpiente
desde el incendio.
Parker se pasó el arma a la otra mano.
—Eso no significa que no estén aquí fuera.
—Lo que tú digas. —Austin empezó a subir la ventanilla.
—Llama si te quedas a pasar la noche en casa de Will.
—Llamaré.
—Y si bebes, quédate ahí o llámame.
Austin puso los ojos en blanco.
—Sí, «mamá».
Parker se rio. Austin no bebía a menudo y, cuando lo hacía, se lo decía.
Los tribunales le quitarían la custodia sin pestañear si el chico empezaba a
meterse en líos. Ninguno de los tres quería eso, sobre todo estando tan cerca
el dieciocho cumpleaños de Austin.
Parker se apartó del camino del coche mientras pasaba su hermano.
—No puede ser tu hijo… ¿verdad?
Su pregunta la hizo detenerse.
—Estoy segura de que ahora mismo tengo una pinta horrible, pero dudo
que parezca lo bastante mayor para ser su madre.
—Te ha llamado «mamá».
Le tocó el turno a Parker de poner los ojos en blanco.
—Soy su hermana mayor.
—¿Así que esta es la casa de tus padres? —Colin parecía aliviado con
esa información, como si acabaran de quitarle un peso del cerebro.
—Lo era. Nuestros padres murieron hace dos años. Así que si parezco
un poco paranoica… —Levantó el arma en el aire como si la palabra
«paranoica» estuviera escrita en el cañón—. Eso es porque soy responsable
de cuidar de él y de mi hermana. —Y eso era todo lo que quería decir al
respecto—. Y ahora hablemos del barranco. ¿Qué se podría hacer para
controlar los corrimientos?
Capítulo 4

Era igual que Annie Oakley, la mítica pistolera del espectáculo de


Buffalo Bill.
Iba sin maquillaje.
Con la cara tiznada de hollín en tres puntos, por lo menos.
Con unos mechones de pelo castaño que se le escapaban de la cola de
caballo torcida y con una escopeta colgada al hombro, como si fuera la cosa
más normal del mundo.
Colin la siguió al otro lado del arroyo seco y atravesaron la parte vallada
de la propiedad.
Annie era alta.
Piernas largas, pantalones cortos.
Apartó la mirada de ella con cierta reticencia.
—Lo siento, pero todavía no sé cómo te llamas —dijo, para centrarse en
otra cosa.
—Parker.
¿Era ese su nombre de pila?
—Parker Sinclair —le dijo ella, como si supiera que estaba a punto de
preguntarle si ese era su apellido.
La joven desplazó la escopeta del hombro a la mano mientras saltaba al
interior del barranco y empezaba a andar. Era guapa de una forma natural, a
pesar de su aspecto desastrado.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
—Desde que tengo memoria, menos un par de años de universidad. —
Se encaramó a una roca apoyándose en una pierna y siguió avanzando por
el camino renegrido que había arrasado el fuego—. Mis padres se mudaron
aquí cuando yo tenía dos años.
Colin estaba intentando calcular su edad, pero no acababa de dar con
una cifra concreta.
—Ya veo por qué. Es un lugar precioso.
Parker respiró hondo.
—Lo era.
Colin miró la colina ennegrecida… el hollín.
—Se respira mucha paz.
Parker miró por encima de su hombro, sin llegar a verle los ojos, y no
dijo nada.
Más que verlo, Colin sintió el peso de la propiedad sobre los hombros de
ella. No podía imaginar cómo alguien podía seguir adelante con aquella
entereza después de perder a sus padres. Pese a todo, ella seguía andando,
saltando de roca en roca y haciendo malabares con aquella escopeta con
toda naturalidad. Quienquiera que fuera Parker Sinclair, era la chica
californiana más atípica que había conocido.
La joven se detuvo a varios metros de distancia.
—Aquí es donde termina nuestra propiedad.
Colin miró a su espalda, confundido.
—Pero si la valla está ahí detrás…
—Ya, bueno. Mi padre compró este terreno hace años y lo dejó sin
edificar. No le gustaba tener vecinos.
Frente a ellos se extendía una gigantesca cuenca de río plagada de
derrubios y depósitos, una especie de presa que parecía haber sido
construida hacía cuarenta años.
—Hay una placa en la roca que dice que este dique fue un proyecto en
los años setenta. Supongo que era una forma de reducir el caudal de agua en
plena construcción del vecindario. Hubo una época en que había viñedos
por toda la calle.
Colin pasó por delante de ella para llegar junto a la placa a la que
acababa de hacer referencia… Y que ahora estaba demasiado carbonizada
para que se pudiera leer. Levantó la vista para examinar la ladera de la
colina, la uve del cañón. Sí, era probable que los ingenieros de los años
setenta hubiesen querido hacer algo para frenar la fuerza del agua y salvar
las casas río abajo.
—¿El Departamento Forestal es el dueño del terreno que hay más allá de
este punto? —preguntó, sabiendo la respuesta de antemano.
Parker asintió.
—Mis padres solían hablarme del primer año que vivieron aquí. La
gente atravesaba la propiedad en coche, subía por el arroyo y acampaba.
Colin vio que entrecerraba los ojos para mirar hacia el cañón.
—Eran acampadas de verdad. Fogatas y tiendas de campaña y todo
eso… Mamá nos dijo que, en cuanto mi padre se dio cuenta de que la gente
creía que podía entrar en nuestra finca como si nada para ir al bosque, cercó
la propiedad con una valla en un fin de semana.
—Me imagino que eso debió de ser difícil.
Nunca había vivido en una propiedad tan grande, y no sabía realmente lo
que era vivir allí. Sin embargo, por la expresión en la cara de Parker, ella sí
entendía todo el alcance de las dificultades.
—Desde el incendio, tanto los vecinos como los curiosos se han puesto a
andar como si tal cosa por el arroyo o a través de la puerta abierta, como si
esto no fuera una propiedad privada. Entiendo perfectamente por qué mi
padre valló todo esto.
Saltó para encaramarse a una roca y siguió avanzando hacia el otro lado,
más lejos todavía, y no se detuvo hasta que llegaron al centro del lecho seco
del arroyo y estuvieron rodeados de laderas escarpadas.
Colin se dio media vuelta y miró detrás de ellos. Mientras caminaban
por el bosque supo que no se podía hacer nada a nivel municipal ni por
parte del condado; la jurisdicción de ambos terminaba en el límite de la
propiedad de Parker. E incluso entonces, necesitarían que colaborase para
llevar a cabo cualquier intervención.
—En un sitio tan aislado, a mí también me molestaría que unos extraños
se pasearan por aquí como si nada.
Se imaginó a sus hombres, todo su equipo… y muchas más cosas
invadiendo el espacio de aquella mujer de armas tomar. El peso de la
mirada de Parker atrapó su atención antes de volverse para mirarla.
—¿Qué va a hacer falta para contener todo esto?
—Mucho trabajo.
—Tengo la sensación de que eso es quedarse muy corto.
Colin percibió el escalofrío que recorrió el cuerpo de la mujer.
—También cabe la posibilidad de que tengamos otro invierno de sequía.
Habían pasado más de siete años desde que el sur de California había
recibido una cantidad decente de lluvia.
—¿Te apuestas algo?
No había ni rastro de humor en sus palabras.
Colin negó con la cabeza.
—No.
La señorita Sinclair soltó un prolongado suspiro y a Colin le dieron
ganas de rodearle el hombro con el brazo para decirle que todo iría bien. A
pesar de que no estaba seguro de que fuese cierto.

El corcho salió despedido de la botella con un refrescante chasquido.


Mallory asomó por la esquina y arrojó su bolso sobre la isla en la cocina
y una bolsa de viaje al suelo.
—¿Adónde vas? —le preguntó Parker.
—Ya te lo dije: los padres de Tricia nos dejan su casa de la playa.
Parker se sirvió una generosa cantidad de vino en su copa.
—Ah, sí. Lo había olvidado.
Su hermana la miró con el ceño fruncido.
—Es sábado, deberías salir.
Maquillarse le parecía un esfuerzo agotador.
—Tal vez el fin de semana que viene.
—Dices eso todos los fines de semana.
Parker se llevó la copa a los labios.
—Estoy perfectamente. Vete y pásalo bien.
—Ven conmigo.
Dejó la copa.
—¿Y quién dará de comer a Scout por las mañanas?
La sola mención de su nombre hizo que el perro levantara el hocico de
entre sus patas para mirarlas a las dos.
—Puede hacerlo Austin.
—Austin está con sus amigos. Ya ha llamado para decir que se quedará a
pasar la noche con ellos.
Mallory abrió la boca para protestar, pero Parker la cortó.
—Estoy agotada, pero te agradezco la invitación.
Aunque salir de fiesta con las amigas de su hermana sonaba más a hacer
de niñera que a tener una noche libre.
—Me sabe mal.
—Pues que no te sepa mal. Me haré un poco de pollo a la parrilla, me
prepararé una ensalada y me iré a la cama.
—Trabajas demasiado. ¿Por qué no usamos el dinero del seguro para
contratar a alguien para que ayude con la casa?
—Ya hemos hablado de eso; tenemos que ahorrar todo lo que podamos
ahora para poder arreglar la casa cuando pase el invierno.
Mallory abrió el bolso y sacó las llaves del coche.
—No sé por qué te preocupas tanto; hace años que no hemos visto
ninguna escorrentía en el arroyo.
—Bueno, pues si llega el invierno y no pasa nada, mucho mejor.
—¿Contratarás ayuda entonces? —preguntó su hermana.
—Lo haré.
Mallory se echó la bolsa de viaje al hombro y se despidió haciendo un
movimiento con el bolso.
—Volveré el domingo por la noche.
Parker ahuyentó de un plumazo la envidia que le trepaba por la espina
dorsal.
—Diviértete.
Desde el amplio porche del salón, vio como los faros traseros del coche
de su hermana se alejaban por el camino. El coche se detuvo en la puerta
automática y el sistema de alarma cobró vida a través de los altavoces de la
casa:
—Puerta de entrada en funcionamiento.
Scout se acercó a su lado y se sentó.
—Estamos solos tú y yo —le dijo al perro.
Scout la miró como si la entendiera y apoyó el resto del cuerpo en el
suelo.
Tras inclinar hacia delante una de las sillas de exterior y sacudir la
ceniza, Parker se sentó por primera vez en horas.
El sol empezaba a ponerse y el termómetro por fin marcaba menos de
treinta grados.
Las laderas que había contemplado durante toda su vida estaban sumidas
en un silencio ennegrecido, y Parker aguzó el oído ante los sonidos de la
vida salvaje.
Nada.
Lo único que oía eran los latidos de su propio corazón en la cabeza.
Nunca creyó que llegaría a ansiar oír el aullido de los coyotes, o el correteo
de los conejos que destrozaban el césped.
La conversación con Colin Hudson resonaba en su cabeza mientras
tomaba unos sorbos de vino.
Le había hablado de la próxima reunión de jefes de departamento que
determinaría si había algo que la ciudad o el condado pudieran hacer en el
poco tiempo que faltaba para la época de lluvias. Aunque, claro está,
alguien tendría además que encontrar el dinero para financiar el proyecto.
Colin le dejó muy claro que él no tenía nada que ver con eso; su trabajo
consistía en dirigir un equipo para llevar a cabo las intervenciones que
diseñasen los ingenieros.
Cuando Parker le había preguntado qué clase de intervenciones, Colin
no fue demasiado preciso.
—Hay que crear estructuras de contención.
—¿Qué significa eso?
—Construir embalses.
—¿Abriendo una zanja?
—Más bien construyendo una especie de lago vacío.
Solo que el espacio que Colin había señalado no se parecía en nada a un
lago; no era profundo, estaba lleno de rocas y pasaba justo a través de su
propiedad.
Antes de irse, él le estrechó la mano y le dijo que los de arriba se
pondrían en contacto con ella en cuanto tuvieran un plan.
—¿Y si deciden que no pueden hacer nada? —le había preguntado ella.
—Entonces vendré a decírtelo personalmente.
Su aplomo la tranquilizó, o tal vez era el hombre en sí. En cualquier
caso, resultaba tranquilizador oír a otro hablar de cómo prevenir un
problema antes de que se presentara. Durante las últimas semanas, había
creído ser la única que se planteaba todos los «¿y si?» del invierno, pero
entonces había aparecido aquel AD —apuesto desconocido— y había
confirmado todos sus miedos, al tiempo que le ofrecía soluciones. Era un
alivio saber que no estaba loca.
Y era un alivio aún mayor que la persona que le había dicho aquello no
fuera treinta años mayor que ella ni un ser condescendiente. Que es lo que
había sido buena parte de la gente con la que se había cruzado desde la
muerte de sus padres: «Tú no lo entiendes»; «No eres lo bastante mayor
para entenderlo»; «No te preocupes, mujer. Nosotros nos ocupamos de
todo». Sí, seguro… Pues allí no había ido nadie ni se había ocupado de
nada.
La idea de que nadie fuese a hacer nada la había aterrorizado, pero ahora
parecía que sí que se iba a hacer algo. Si le quedasen fuerzas y energía, iría
al ayuntamiento para asistir a la reunión y hablar para defender el
vecindario. Pero no, en vez de eso podaría árboles y cavaría pozos a su
alrededor. Lo que de verdad necesitaba era una motosierra y una astilladora
de leña. Tal vez podría reclutar a algunos de sus amigos con la promesa de
pizza y cerveza gratis, y el ejercicio equivalente a una visita al gimnasio.
O no. Sus amigos de la universidad habían desaparecido hacía mucho
tiempo. Parker dejó la universidad y volvió a casa el día que murieron sus
padres. Sus amigos de entonces asistieron al entierro, pero no siguieron
formando parte de la vida que tuvo que adoptar para mantener a su familia
unida.
Fue entonces cuando Parker conoció a Jennifer y a Sam, y su círculo de
amigos dejó de girar en torno a la happy hour de los bares para estar
pendiente de los vasos irrompibles para sus hijos y de irse a la cama a las
diez.
Ahuyentó los recuerdos de su piso compartido en San Diego y de la
época en que podía estudiar el trasero de algún apuesto desconocido
mientras se paseaba por el jardín en lugar de concentrarse en lo que le
decía.
Se sorprendió con una media sonrisa en los labios: Colin tenía un buen
trasero.
Parker abrió la boca de par en par con un bostezo.
Los carillones de viento empezaron a mecerse con suavidad mientras la
brisa estremecía el aire.
Los últimos rayos de sol se desplazaron sobre el cielo de poniente
dejando rayas púrpuras y brillantes en el horizonte.
Se respiraba mucha paz, tal como había dicho Colin.
Casi demasiada.
Incluso Bennie y las tres gallinas que quedaban y que ya no tenían un
sitio adecuado donde vivir estaban tranquilos.
El viento arreció, lo que cualquier otro día habría sido bienvenido.
Parker pestañeó para que el polvo que flotaba en el aire no le entrase en
los ojos.
«Es ceniza», se recordó a sí misma.
Habían pasado casi dos meses del incendio y aún podía oler los
rescoldos del fuego.
O tal vez era su memoria, que le jugaba malas pasadas.
El caso es que el viento estaba haciendo que su relajada tarde en el
porche le empezara a resultar incómoda.
Llamó al perro y cerró la puerta corredera de cristal a su espalda.
Sabiendo lo importante que era dormir bien, Parker encendió el aire
acondicionado y rezó para que la factura del mes siguiente no fuera tan
elevada como la del mes anterior.
Decidió olvidarse del pollo, se preparó una ensalada y se terminó el
vino. Tras quitarse los restos de polvo y hollín en la ducha, cayó redonda en
la cama a las ocho y media. ¿Desde cuándo era ya tan vieja que se metía en
la cama, batallando por mantener los ojos abiertos, antes de las nueve?
Se le formó un nudo en la garganta.
«Se supone que esta no puede ser mi vida».
Aquel pensamiento le humedeció los ojos, pero en lugar de ceder ante
las lágrimas, los cerró y se acostó de lado.
Se quedó dormida enseguida y se despertó con una sacudida.
El corazón le latía desbocado, tenía el cuerpo en un estado de intensa
tensión.
El sueño sobre el incendio se le desvaneció de la cabeza en cuanto abrió
los ojos y vio la neblinosa luz del sol de la mañana.
—Solo ha sido un sueño —se dijo.
Fuera, los carillones de viento entrechocaban con fuerza y el aire aullaba
como un lobo frustrado y separado de su manada.
Sin ningunas ganas de levantarse, Parker rodó hacia un lado y sintió el
frío y húmedo hocico de Scout presionándole el brazo.
—¿Qué estás haciendo aquí arriba? —le preguntó, como si fuera a
responderle—. Ah, es verdad…
Austin no estaba en casa. Scout normalmente dormía con su hermano. El
perro gimoteó.
Parker lanzó un gruñido.
Hubo otra ráfaga de viento y oyó que algo en el patio rozaba contra el
costado de la casa.
Se dio por vencida.
Apartando las sábanas a un lado, se levantó de la cama, fue descalza a la
cocina y encendió la cafetera.
Se masajeó la rigidez de los hombros y se asomó a mirar por el ventanal
delantero de la casa. Todo era de color marrón: el aire, las colinas, los
árboles… Los vientos de Santa Ana soplaban con fuerza. Las ramas de los
árboles muertos estaban desperdigadas por lo que quedaba del césped. Al
menos así no tendría que cortarlas antes de tirarlas a la basura.
Parker se reanimó con una taza de café antes de salir a ver la piscina.
Negra.
La parte superior estaba cubierta de hojas; la inferior tenía cuatro dedos
de hollín.
Le entraron ganas de llorar.
Capítulo 5

—Se alquila completamente amueblada. Incluye la luz y el agua.


Parker se paseó por la casa de invitados. Tenía ochenta metros cuadrados
de superficie y un dormitorio.
—Es muy bonita.
—Mi abuela vivió aquí antes de morir.
La mujer a la que se la estaba enseñando solo era dos años mayor que
Parker. Soltera. Sin hijos. Llevaba una media melena pelirroja, pero era
difícil saber si el color era natural o teñido.
—No murió aquí, espero.
Parker negó con la cabeza.
—No, no. Tuvo un derrame cerebral y murió en una residencia de
ancianos.
Erin Fleming dio una vuelta completa antes de entrar en el baño.
—No puedo ofrecerte una plaza en el garaje, pero pondría la mano en el
fuego a que a nadie se le ocurriría abrirte el coche si lo tienes dentro de la
propiedad. Además, puedes usar la piscina cuando quieras, así como la
terraza, la barbacoa… lo que necesites.
—Parece todo perfecto.
Parker trasladó el peso de su cuerpo de un pie a otro. Lo que tenía que
decirle a continuación había espantado a los anteriores candidatos a
inquilino a los que les había enseñado el espacio.
—¿Te gusta socializar?
Erin ladeó la cabeza.
—¿Qué quieres decir? ¿Hacer fiestas?
—Recibir a invitados en casa, por ejemplo.
—Soy nueva aquí. Es difícil hacer fiestas cuando no conoces a nadie.
—¿Y visitas de tus amigos de tu lugar de origen? —Parker examinó la
solicitud que tenía en la mano—. ¿De Tacoma?
—Soy una persona muy introvertida —le contestó Erin.
Eso sonaba prometedor.
—Me siento muy incómoda preguntando esas cosas, pero es que mi
hermano aún va al instituto y los juzgados de familia son muy estrictos con
el tipo de ambiente al que está expuesto. Cumplirá dieciocho años dentro de
seis meses.
Erin agitó una mano en el aire.
—Estoy buscando un lugar tranquilo para empezar una nueva vida.
—Bien. Y con respecto a eso… —Parker miró el hueco vacío
correspondiente al empleo en la solicitud—. ¿Cómo tienes previsto pagar el
alquiler?
Erin se dirigió a la puerta principal y miró afuera.
—Puedes ver en mi solicitud que dispongo de plena capacidad
económica para pagar el alquiler. Firmaré un contrato de arrendamiento y te
pagaré seis meses por adelantado. Si no he encontrado un trabajo para el
quinto mes, te avisaré y me iré.
Parker calculó el alquiler mentalmente.
—¿Seis meses por adelantado?
—Si me lo alquilas.
Parecía demasiado bueno para ser verdad.
—Solo tienes una referencia personal y no figuras en ningún historial de
alquiler anterior.
—De la casa de mis padres me fui a la universidad y luego a la casa de
mi novio. —Desvió la mirada y continuó hablando—. Mi nombre no
aparecía en el contrato de alquiler.
—No das muchos detalles en tu solicitud…
Y, según lo que Parker había estado investigando sobre el alquiler de
propiedades, Erin era un riesgo. Al menos sobre el papel.
Sin embargo, la intuición de Parker le decía que era una persona de fiar.
—¿La piscina siempre tiene ese aspecto? —preguntó Erin.
Al mirar a la capa de hollín de la que todavía no había tenido tiempo de
encargarse esa mañana, Parker sintió vergüenza.
—Esto ha sido un no parar desde el incendio. No puedo garantizarte que
la piscina vaya a estar utilizable hasta que el viento nos dé un respiro.
—Parece que las cosas no han sido fáciles por aquí…
—No, no han sido nada fáciles, sinceramente. El alquiler de esta casa
compensará algunos de los costes de contratar ayuda para esas tareas.
Erin sonrió.
—Decididamente, me interesa. Espero que tengas en cuenta mi solicitud,
aunque ya sé que no hay mucha información. No soy ninguna delincuente,
y tampoco voy a hacer fiestas. Casi ni te enterarás de que estoy aquí.
—No sé si una delincuente reconocería que lo es —pensó Parker en voz
alta.
Erin se rio.
—No, seguramente no.
Parker pasó junto a ella y salió por la puerta.
—Tenemos un cobertizo para guardar cosas personales o algunos de los
muebles, si prefieres traer tus propias cosas.
—¿Significa eso que tenemos un trato?
Parker negó con la cabeza, bajando la mano con que sujetaba la
solicitud.
—Antes tengo que hablar con mis hermanos.
Erin sonrió afinando los labios.
—Lo entiendo.
Salieron de la casa de invitados y cruzaron el césped hasta llegar a la
entrada principal, donde Erin había aparcado su coche.
—Si al final la respuesta es no, ¿serías tan amable de decírmelo, para no
tener que estar pendiente? Te lo agradecería mucho. El hecho de que este
sitio esté tan aislado es perfecto para mí.
—Necesito hacer algunas comprobaciones —dijo Parker, agitando la
solicitud.
—Por supuesto. —Erin abrió la puerta del coche y la rodeó—. Ya tienes
mi número.

—Por mí bien —dijo Austin, con una cucharada de chili con carne en la
boca—. Si alquilar la casa significa que no tendré que limpiar la piscina
cada fin de semana, yo digo que se la alquilemos mañana mismo.
Parker miró a Mallory.
—¿Era maja?
—Mucho. Tirando a callada. La mejor parte es que nos va a pagar seis
meses por adelantado.
—Entonces, ¿por qué tienes dudas?
—Porque se acaba de mudar aquí y no tiene trabajo ni ninguna
referencia local. Hablé con un amigo suyo que tenía un número de teléfono
del estado de Washington.
Mallory se encogió de hombros.
—Hace falta tener crédito para que te concedan crédito. Todos tenemos
que empezar en algún sitio. Además, tampoco es que tengamos colas de
gente llamando a la puerta para alquilarnos la casa.
No, no las tenían.
—¿Qué habría hecho papá? —preguntó Austin.
—Papá no tendría este problema.
Mallory apartó su plato de chili a un lado, medio vacío.
—Si papá hubiera muerto y mamá hubiera sobrevivido, ella a estas
alturas ya habría alquilado la casa.
Su madre siempre había sido la más práctica.
Parker cogió su cuchara.
—La llamaré por la mañana y le diré que aceptamos su solicitud.
—Y nada más colgar, llamas al limpiapiscinas, ¿vale? —le pidió Austin.
—Y a alguien que ponga trampas para ratas —sugirió Mallory—. Los
De Luca tienen que matar una rata en su casa prácticamente cada día. Solo
es cuestión de tiempo que se nos metan en el coche.
Sí, las ratas habían sobrevivido al incendio y se estaban instalando en las
casas que encontraban más a mano. A Parker le sorprendía que no hubieran
encontrado la suya aún.
—Llamar a un limpiapiscinas, al exterminador… ¿algo más?
—Me vendría bien un nuevo alerón para mi coche.
Parker miró a su hermano con cara de exasperación.
—Entonces búscate un trabajo.
Él se metió otra cucharada en la boca.
—Tenía que intentarlo.
Los dos hermanos habían empezado las clases la semana anterior, así
que cambiaron de tema de conversación. Austin protestaba y se quejaba del
instituto, mientras que su hermana parecía entusiasmada con el inicio del
curso. A pesar de que varias universidades de fuera de su zona habían
aceptado a Mallory, ella había preferido el Cal State Northridge para poder
vivir en casa e ir cada día desde allí. A diferencia de Parker, Mallory
escogió especialidad antes del final del primer semestre; la psicología había
despertado su interés después de que todos asistieran a unas sesiones de
terapia de duelo que les había impuesto el juzgado de familia antes de que
Parker obtuviera la custodia.
Mallory nunca había dado por sentado que podría ir a la universidad,
sobre todo teniendo en cuenta que Parker había tenido que abandonar los
estudios para obtener la custodia de sus dos hermanos tras la muerte de sus
padres.
En plena conversación sobre las clases, a Parker le sonó el móvil. No
reconoció el número cuando contestó la llamada.
—¿Diga?
—¿Señorita Sinclair?
La voz del hombre le sonaba familiar, pero no conseguía reconocerla.
—Sí, soy yo. ¿Quién es?
—Soy Colin Hudson… del Departamento de Obras Públicas.
Parker relacionó inmediatamente aquella voz con su cara.
—Ah… —Se limpió la boca y se levantó de la mesa.
—¿Ted Bundy? —aclaró él.
Vale, eso le arrancó una sonrisa.
—Ya me acuerdo de ti.
—Bien. Te dije que llamaría si tenía noticias.
—¿Y las tienes? —Visualizó aquella sonrisa fácil, con sus hoyuelos, y la
forma en que la miró cuando se plantó delante de él con la escopeta al
hombro, con una mezcla de incomodidad y sorpresa divertida, todo a la vez.
—Las autoridades municipales y el condado están buscando fondos de
emergencia para ayudar con la situación en Creek Canyon. Quería tu
permiso para darles tu número de teléfono a las personas a cargo de los
permisos y el papeleo.
Parker dejó de visualizar la imagen de AD y pasó a prestar atención a
sus palabras.
—Vale.
El hombre vaciló.
—Bueno, pueden recurrir a otros canales para conseguir tu número, pero
eso podría llevar algún tiempo. Creí que no te gustaría que unos
desconocidos con traje y corbata se presentaran en la puerta de tu casa.
—No, preferiría que no viniesen. Adelante, dales mi número.
—Perfecto. Mañana por la mañana tendrás noticias suyas.
—¿Tan rápido? —Pues sí que actuaba con rapidez…
—La temporada de lluvias comienza en noviembre, así que no tenemos
mucho margen de tiempo.
Parker se desplazó al ventanal delantero y miró hacia la extensión de
tierra. Todas las imágenes del hombre que estaba hablando se
desvanecieron.
—Van a necesitar mi permiso para hacer cualquier cosa, ¿verdad?
—El terreno en el que tenemos que intervenir está en tus tierras.
—¿Van a querer hacer algo en el bosque?
AD hizo una pausa.
—No he visto los planos del ingeniero.
Parker cerró los ojos y agachó la cabeza.
—Ay…
—Ya sé que va a ser un suplicio, pero, cuando lleguen las lluvias,
querrás tenernos allí.
Ella lo sabía.
—Y tus vecinos necesitan tu colaboración.
—También lo sé.
Colin hizo una pausa y luego dijo:
—Prepárate para que te llamen mañana por la mañana. Supongo que
querrán concertar una reunión a finales de semana.
Empezaba a trabajar como auxiliar en la escuela de primaria el jueves.
—Tengo que hablar con la gente del trabajo.
—Se adaptarán a tu horario.
—¿Cuánta gente habrá en la reunión?
—Media docena más o menos.
—Una habitación llena de hombres trajeados.
Probablemente hombres mayores que la mirarían por encima del hombro
y le dirían lo que tenía que hacer. Tener que tratar con los abogados
encargados de la herencia le había dejado mal sabor de boca.
—No todos llevan traje.
—Ya sabes lo que quiero decir. ¿Estarás tú allí? —El extraño que Parker
conocía frente a los seis que no conocía.
—No, no suelo ir a esas reuniones.
Exteriorizó su decepción en forma de suspiro.
—Pero esta vez puedo ir.
Parker empezó a tener dolor de cabeza.
—No pasa nada.
«¡Ya eres mayorcita, Parker! ¡Espabila!».
—Estaré allí —le dijo Colin con decisión.
—No hace falta, no te preocupes. —Era patética. Ella sola se bastaba y
sobraba para hablar cara a cara con un solo representante del Departamento
de Obras Públicas; ahora bien, cuando se trataba de enfrentarse a varios
ejecutivos… aquello era otra historia.
—No, no… Debería estar ahí. A veces los chicos de la oficina pueden…
intimidar un poco. Si una persona no está acostumbrada a esta clase de
procesos, tal vez no sepa qué tipo de preguntas formular. Y, si te digo la
verdad, puede que ellos no sepan responder a todas las preguntas tampoco.
—¿Estás seguro?
—Sí, estoy seguro.
—Bueno, pues gracias. —Parker era consciente de que le temblaba la
voz.
—¿Parker?
—¿Sí?
—Todo va a ir bien.
Eso no era lo que le decía su instinto.
—Nos vemos a finales de semana —dijo ella a modo de despedida.
—Que pases buena tarde.
Parker sostuvo el móvil en la mano y se quedó mirando a través del
ventanal tras colgar.
—¿Quién era? —preguntó Mallory.
—El tipo del municip… del condado —se corrigió a sí misma—.
Quieren concertar una reunión y hablar conmigo.
—Eso es bueno, ¿no? —preguntó Austin.
—Supongo que eso es lo que vamos a averiguar.
Capítulo 6

—Te digo que cuanta menos gente haya en la reunión, mejor.


Colin miró fijamente a Ed, el ingeniero jefe, y luego a la docena de
personas que había en la sala de reuniones, justo detrás de ellos.
—Tenemos que convencer a la señorita Sinclair de que hay que poner
esto en marcha cuanto antes.
—¿Y por eso has traído a un abogado?
Ed era cuatro dedos más alto que Colin, y lo miraba con aire de
superioridad.
—Si opone alguna resistencia, tal vez sea necesario recalcar lo que
podríamos hacer como autoridad municipal.
Colin sintió una opresión en el pecho.
—Eso no va a hacer falta.
—Ya sé que crees que sabes cómo funcionan estas cosas, Colin, pero tú
nunca estás en este lado de la mesa. La mitad de la gente con la que
tratamos no quiere meterse en follones para ayudar a los demás. Vivimos en
un mundo en el que muchos dicen: «Que se jodan. Que les den». O sea que
si tenemos que soltar términos como «expropiación de tierras», lo haremos.
—La persona con la que vamos a tratar no es de esa clase de gente.
—¿Y en qué te basas para decir eso?
—He ido a hablar con los vecinos in situ en cada proyecto, desde mucho
antes de que Paul se jubilase. Conozco a la gente. Parker Sinclair no es el
tipo de persona que les da la espalda a los demás.
—Entonces una reunión llena de peces gordos no va a hacer que se eche
atrás.
Ed pareció dar por zanjada la cuestión con un movimiento del hombro.
Colin se plantó delante de él.
—Ella se mostrará dispuesta a colaborar, pero esto… —Señaló la sala a
su espalda—. Esto la va a asustar. ¿Has visto el dosier sobre la propiedad?
Parker es la albacea de la herencia que dejaron sus padres a su muerte.
—¿Y?
—Pues que todo esto es nuevo para ella. Tienes suficientes tiburones en
esa habitación como para disputar los derechos de propiedad de la
mismísima familia Vargas.
La familia Vargas tenía importantes inversiones en el valle de Santa
Clarita y nunca acudiría a una reunión con las autoridades municipales sin
sus propios abogados.
Ed parecía a punto de dar su brazo a torcer.
—Vacía la habitación. Quedémonos solo tú, yo, uno de tus ingenieros
civiles y Grace.
Ed puso los ojos en blanco al oír el último nombre.
—Tu hermana no tiene nada que ver con este departamento.
—Tienes razón, pero Grace es una mujer. Pese a lo mucho que me
gustaría decir que eso no es un factor importante, ambos sabemos que sí lo
es. Las mujeres hablan un idioma diferente… a veces. —Y su hermana
tenía una forma de decir las cosas que la hacía muy capaz de imponerse,
con sutileza, cuando era necesario.
Colin supo que había ganado cuando Ed dejó caer los hombros.
—Mandaré a los abogados a la otra sala.
Solo eran dos personas.
—Y a los geólogos y al personal de planificación y diseño.
—Te estás pasando, Colin.
—Diles que se vayan a tomar un café. Puedes llamarlos si las cosas se
ponen feas.
Eso era lo que Ed necesitaba oír. En el momento en que la recepcionista
le dijo que Parker había llegado, Ed se metió en la sala de reuniones, dijo
algo y más de la mitad de la sala se levantó y volvió a su lugar de trabajo.
Colin apretó el paso para ir al despacho de su hermana y golpeó con los
nudillos en la puerta abierta.
A la mujer se le iluminó la cara.
—Hola. ¿Qué haces aquí?
—Luego te lo cuento. Necesito que vengas conmigo.
—Estoy acabando una cosa.
Estaba sola en el despacho y no hablaba por teléfono.
—Puede esperar. Vamos.
Grace se levantó de su escritorio para seguirlo por el pasillo.
—Necesito el factor diferencial de tus estrógenos —le dijo su hermano
en voz baja.
—Intento que eso pase desapercibido por aquí.
—Entonces podrías ponerte zapatos planos. —El ruido de sus tacones la
acompañaba allá a donde iba.
—¿Y qué quieres que haga con mi estatura? Necesito echar mano de
toda la ayuda posible.
Colin le abrió la puerta de la sala de reuniones y esperó a que pasara.
—Tú apóyame —le susurró al oído.
Su respuesta fue una sonrisa.
Colin se sentó enfrente de donde estaba su jefe, pues no quería que
Parker entrara en la sala y se encontrara con un montón gente mirándola
desde el lado opuesto de la mesa.
Acababa de apoyar el trasero en la silla cuando la puerta se abrió y
Parker entró en la habitación. A diferencia de su hermana, Parker no parecía
tener ningún problema en jugar la carta de su feminidad. De no haber sido
porque tenía la misma cara de cervatillo asustado que cuando habían estado
paseando por sus terrenos, casi no la habría reconocido. Llevaba el pelo
suelto, una media melena que le llegaba justo a los hombros, con reflejos
dorados por el sol. El maquillaje que resaltaba sus ojos acentuaba su mirada
azul penetrante. Llevaba una blusa blanca con volantes, una falda de tubo
hasta la rodilla y unos zapatos de tacón con los que, en teoría, debería ser
imposible sostenerse en pie. Colin notó un extraño nudo en la garganta que
se hizo aún más prieto al ver que ella entraba en la habitación y lo miraba
directamente a él.
Colin extendió su mano y se digirió hacia ella.
—Parker, me alegro de volver a verte.
Aunque caminaba con la espalda erguida y la barbilla firme, tenía la
mano fría y húmeda. Se la apretó con la intención de transmitirle que todo
iba a ir bien.
—Gracias —le dijo ella antes de escrutar con la mirada el resto de la
sala.
Él permaneció a su lado durante las presentaciones de rigor.
—Este es Ed, el jefe de ingeniería del proyecto.
—Gracias por venir tan rápido, señorita Sinclair.
—De nada.
—Tengo entendido que ha hablado ya con Raúl Méndez.
Parker pasó al siguiente hombre.
—¿De planificación urbanística y contratación? —confirmó.
—Así es. —Raúl le estrechó la mano y se dirigió a su sitio, en el otro
lado de la mesa—. Este es mi ayudante… —Raúl le presentó a las otras tres
personas de su equipo.
—Y esta es Grace, que también forma parte del equipo de desarrollo
urbanístico a nivel municipal.
Colin advirtió que Parker trató de sonreír por primera vez cuando Grace
le dio la mano.
—¿Empezamos? —preguntó Ed, indicando una silla para que Parker se
sentara.
—Antes que nada, ¿quieres algo de beber? —preguntó Colin.
—No, no hace falta, gracias.
Dejó el bolso en el suelo y se sentó en su silla con la espada rígida.
Colin ocupó la silla a su lado.
—Colin nos ha explicado que ya ha estado en su propiedad y que es
consciente del problema al que se enfrenta su zona este invierno. —Ed
adelantó la parte superior del cuerpo para hablar.
—Sí, soy consciente.
Ed inclinó la cabeza.
—¿Entiende la magnitud del problema?
Parker suspiró.
—Entendí el peligro en cuanto volví a mi finca después del incendio. He
vivido allí toda mi vida y recuerdo perfectamente un invierno de hace unos
ocho años, cuando el cauce normalmente seco del arroyo se desbordó. No
quiero ni imaginar lo que puede pasar cuando empiece a llover.
—¿Ha vivido alguna vez una inundación relámpago? —le preguntó Ed.
—No, solo lo he visto en el parque de los Estudios Universal o en los
informativos de la noche.
Ed movió un mapa sobre la mesa y señaló distintos puntos de referencia.
—El incendio de Creek Canyon ha destruido ochenta kilómetros de
vegetación, de vegetación densa, que rodeaba la totalidad del cañón.
—Vivo allí. Lo sé perfectamente.
—Bien. Sin embargo, puede que no sepa la cantidad de depósitos que se
canalizarán a través de su propiedad, y las muchas probabilidades que hay
de que se lleven muchas de las casas de sus vecinos por delante, río abajo.
Parker miró a Colin.
—¿Hay algún otro punto crítico en esa demarcación hidrográfica?
A Colin le impresionó que llamara a la zona en cuestión «demarcación
hidrográfica». O bien lo había escuchado muy atentamente mientras
recorría con ella la propiedad, o había hecho los deberes antes de ir a la
reunión.
—Sí los hay, pero ninguno que tengamos esperanzas de llegar a
controlar. —Colin señaló el mapa—. Aquí hay una acumulación de
depósitos que nos tendrá ocupados un tiempo, pero el barranco se amplía al
llegar a este punto y podrá contener gran parte de la escorrentía hasta que se
vacíe en el río. Esta corriente de agua no impacta directamente en tu calle.
Ed dio unos golpes con el dedo en el mapa.
—Pero esta de aquí sí. Las fuertes pendientes montañosas de alrededor
harán que el volumen de agua adquiera una fuerza significativa si hay
lluvias.
—Y no hará falta que sean lluvias torrenciales para que causen
problemas —añadió Raúl.
Parker levantó la vista del mapa, retorciéndose las manos en el regazo.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
Colin vio que Raúl buscaba los papeles que Parker tendría que firmar y
se le adelantó.
—Los ingenieros están trabajando en los detalles, pero básicamente, y
corrígeme si me equivoco, Ed… básicamente el objetivo es construir varias
estructuras de retención, dos de ellas aquí y también aquí. La más próxima a
la entrada del cañón medirá aproximadamente dos estadios de fútbol de
largo y dos de ancho. Y será profunda. La segunda será más o menos de la
mitad de ese tamaño. —Señaló un segundo mapa que habían obtenido a
partir de una imagen aérea de Google—. Detrás de las estructuras
realizaremos excavaciones para proveer derrubios y depósitos y así estancar
y ralentizar el flujo de agua.
Parker inclinó el cuerpo hacia adelante y dejó de retorcerse las manos
para acercarse el mapa.
—¿Esta es la presa original?
—Sí.
—¿Y queréis construir las estructuras aquí y aquí?
Colin asintió.
—¿Y por qué no construir por encima de la presa? Ahí hay mucho
espacio.
Ed negó con la cabeza.
—Es el bosque. No es nuestra jurisdicción.
—No podemos tocar esos terrenos —le explicó Raúl.
—¿Por qué no? Ahí ya no hay nada.
—Es que no es así como funciona. Hemos estado intentando todos estos
años conseguir la colaboración de los forestales, pero ellos consideran que
el bosque no se puede tocar, en ninguna circunstancia.
Parker arrugó la frente.
—Pero alguien construyó la presa en algún momento y luego dejó de
encargarse del mantenimiento. Ha estado llena desde que tengo memoria.
—Muchas veces esa clase de estructuras eran proyectos únicos que
estaban diseñados para dar trabajo a la gente en tiempos de recesión o
después de una guerra. Los departamentos que las crearon nunca estuvieron
ligados por contrato a la obligación de mantenerlas. El único sitio donde
podemos llevar a cabo nuestra actuación es donde Colin ha señalado. Ahora
nuestro equipo de emergencia está trabajando en los permisos y en la
financiación para conseguir una cantidad en torno a los treinta y cinco
millones para financiar esto…
—¿Treinta y cinco millones? —Parker se quedó boquiabierta.
—Estamos hablando de retirar treinta mil metros cúbicos de material in
situ, apuntalar los laterales con rocas que contribuyan a paliar la erosión,
construir «presas» temporales, como las llamas tú… —le explicó Colin.
—¿Metros cúbicos? —Otra vez la expresión de cervatillo asustado de
antes.
—Es mucho.
—Define mucho. —Parker lo miró a los ojos.
Muy bien, así que no se le podían dar respuestas simples a Annie
Oakley. No había forma de suavizar lo que iba a decirle.
—Un volquete transporta entre diez y quince metros cúbicos en cada
carga.
Parker no dijo nada durante unos segundos.
—Eso son muchas cargas. —Desvió la mirada para mirar el mapa.
—Lo que estamos haciendo aquí hoy, señorita Sinclair, es obtener su
permiso para utilizar su propiedad para solucionar un problema que afectará
a toda su comunidad. —Ed hizo una seña a Raúl.
Raúl empujó un papel hacia ella por encima de la mesa.
—Necesitamos que firme esto para que podamos seguir adelante con el
plan.
Parker cogió el papel y empezó a leer.
La sala se quedó en silencio mientras lo hacía.
—¿Para cuándo lo necesitan?
El ayudante de Raúl dio un golpecito en una carpeta que tenía al lado.
—Puedo autenticar su firma ante el notario hoy mismo.
Colin la vio frotar los pulgares contra los dedos índice.
—Necesito que antes lo examine mi abogado.
—Verá que esto solo es un contrato de acceso y salida y uso temporal.
Devolveremos su propiedad a su estado actual dentro de cinco años —dijo
Ed.
—¿Cinco años?
—Es el tiempo que tarda en volver a reforestarse el suelo después de un
incendio y en que cesa la amenaza de la erosión. —Colin mantuvo un tono
de voz suave. Adivinó por su expresión que Parker empezaba a asimilar la
verdadera magnitud de lo que le estaban proponiendo—. Una vez
construidas las estructuras de retención, necesitaremos poder acceder a ellas
para eliminar la acumulación de derrubios entre tormentas.
—Necesito hablar con mi abogado —dijo con voz temblorosa.
—Y nosotros necesitamos su colaboración —repitió Ed.
—No ha dicho que no, Ed… Ha dicho que necesita que su abogado le
eche un vistazo al contrato. —Grace se acercó a Parker y le dio una
palmadita en el brazo—. Es una petición razonable, la misma que haríamos
cualquiera de los presentes si estuviésemos en su lugar.
Ed se recostó hacia atrás y miró a Colin entrecerrando los ojos.
—¿Cuándo querían empezar con el… proyecto? —preguntó Parker.
—Lo antes posible —murmuró Ed.
—Hablando en términos realistas, necesitaríamos hacer una visita sobre
el terreno en las próximas dos semanas con los ingenieros y el equipo de
inspección y diseñar un plan sólido. Aceleraremos el proceso de obtención
de permisos y la municipalidad encontrará el dinero. —A Colin le dieron
ganas de cogerle la mano temblorosa con la suya—. Yo calculo que a
mediados de octubre.
—¿Y cuánto tiempo tardará? ¿La primera fase? —Parker lo miró a los
ojos.
—De seis a ocho semanas.
—Las lluvias suelen empezar a mediados de noviembre.
—Ojalá tengamos otro año de sequía.
Ed se inclinó hacia delante y lo intentó de nuevo.
—Podríamos agilizarlo todo si firma esto hoy.
Parker desplazó la mirada y entrecerró los ojos.
—Firmaré sus papeles. Pero no hasta que los haya revisado mi abogado.
No concibo que pueda haber algo aquí que vaya en contra de las
responsabilidades que me dejaron mis padres, pero como ellos no están aquí
y yo no he estudiado en ninguna facultad de Derecho, como comprenderá,
va a tener que esperar. —Su voz era firme y directa, aunque le temblaban
las manos cuando dobló el contrato y cogió su bolso—. Parece que tienen
mucho trabajo que hacer, así que no voy a robarles más tiempo. —Se
levantó de la silla.
Grace se situó a su lado.
—Te acompaño a la puerta.
Colin quería seguirla, pero se contuvo. Una vez que Parker hubo salido
de la habitación, se dio media vuelta para mirar a Ed.
—Tranquilo, Ed… tranquilo…
—Dijiste que cooperaría.
—¿Tú dejarías que tu hijo firmara un contrato sin que lo revisara
alguien?
Ed recogió sus papeles de la mesa y los agitó en el aire.
—Si no sabemos nada de ella en una semana, hablaremos de
expropiaciones.
Colin se pasó una mano por el pelo con aire de frustración y vio salir a
su superior de la habitación.
«Gilipollas».
Capítulo 7

En casa de los Sinclair, los viernes por la noche o bien reinaba un


silencio sepulcral o bien se vivía una invasión de música a todo volumen y
toneladas de testosterona.
Parker estaba escuchando una emisora de radio de música rock suave y
disfrutando de la tranquilidad. La temporada de fútbol terminaría en un
suspiro y Austin invitaría a todos sus amigos a destrozar los motores de sus
coches en el enorme garaje de la casa. Incluso Mallory había salido con sus
amigos; había mencionado un partido de fútbol en la universidad, pero
Parker sabía que el partido era una excusa para salir de fiesta el viernes por
la noche.
Parker había aprovechado los últimos rayos de luz del día para sacar a
Scout, que resollaba a su lado con la pelota de tenis en la boca. Tras
recuperar la pelota de las fauces babeantes de su perro, se detuvo junto a la
barandilla del patio, la arrojó al otro lado de la casa y la vio rebotar en el
jardín. Scout bajó las escaleras, cruzó el camino de entrada y se lanzó tras la
pelota. Para entonces ya había dejado de rebotar, así que el animal tenía el
hocico pegado al suelo y estaba escarbando entre el césped en busca de su
premio.
Un sonido procedente de la casa de invitados hizo que Scout se olvidara
de la pelota y se lanzara a correr en esa dirección.
Erin se detuvo junto al límite del porche y se agachó a saludar al perro.
Parker enfiló el sendero y empezó a hablar cuando estuvo lo bastante
cerca para que la oyera su nueva inquilina.
—Espero que te gusten los perros.
—Me encantan.
Scout meneaba la cola al tiempo que se restregaba contra la pierna de
Erin.
—A él le encanta la gente. Ladra si no te conoce, pero te salta encima y
te lame igual.
—No será un buen perro guardián entonces —dijo Erin.
—Yo no diría eso. Les ladra a los extraños, pero nunca gruñe. —Parker
se sentó en una de las sillas del patio—. Va a ser difícil tenerlo encerrado —
musitó en voz alta.
Erin dejó de acariciar al perro y se sentó delante de Parker.
—¿Por qué tienes que encerrarlo?
Parker suspiró y se recostó hacia atrás en la silla. Pasó los siguientes
quince minutos explicándole lo que le habían dicho Colin y el equipo
municipal.
—Mi abogado está revisando el contrato. Tengo que añadir una cláusula
que diga que están obligados a hacerse cargo de cualquier daño que puedan
causar los camiones en la propiedad, y asegurarme de que no soy
responsable si a alguien le muerde una serpiente de cascabel o alguna cosa
así.
—Parece que va a haber un montón de gente entrando y saliendo de la
finca, entonces.
—Lo sé. No puedo decir que me haga mucha gracia, pero lo cierto es
que no tengo elección. Si digo que no y los vecinos cuenca abajo pierden
sus casas, podrían presentar una reclamación legal contra mí. Si digo que sí,
todos tendremos que aguantar el tráfico y el ruido de los camiones y de los
operarios.
Erin se pasó una mano por el pelo y miró el césped.
—Y yo que pensaba que este iba a ser un sitio tranquilo y con mucha
intimidad…
A Parker se le encogió el estómago; no quería perder a su inquilina tan
pronto.
—No tenía ni idea de que fuese a ocurrir algo así. Lo siento. Sabía que
el barranco podía ser un problema, pero las autoridades están hablando de
invertir una cantidad enorme de dinero en este proyecto. Es evidente que
están preocupados.
Erin la miró a los ojos.
—¿Y tú? ¿Estás preocupada?
—Solo estoy cansada. —Soltó una carcajada—. Me siento como si
hubiera envejecido veinte años de golpe, y tengo la sensación de que las
cosas van a empeorar antes de mejorar.
Erin se puso de pie.
—¿Te gusta el vino blanco? Abriré una botella.
—¿Estás segura? No quiero que te sientas con la obligación de…
—Procuro no beber sola, así que…
Parker sonrió.
—En ese caso… el vino blanco me parece estupendo.

Un equipo de operarios municipales y del condado se adentró en la


propiedad ante la atenta mirada de Parker y de seis de sus vecinos. Era la
primera vez que los ingenieros veían el terreno después de que los abogados
le hubiesen dado luz verde y ella hubiese firmado los contratos con un par
de modificaciones. Dos de aquellos rostros le resultaban familiares, los de
Colin y Ed. No conocía a nadie más del equipo, formado nada menos que
por una docena de personas.
Tracy, una de las vecinas con las que tenía más confianza, se inclinó
para hablarle más cerca.
—¿Todos son ingenieros?
—Sé que Colin no lo es, pero en cuanto a los demás… sé lo mismo que
tú.
El grupo de hombres y mujeres bajó al barranco vacío y enfiló andando
hacia el cañón.
—No entiendo por qué no excavan detrás de la vieja presa —comentó
Susan.
—Porque es terreno forestal. Al parecer, es imposible conseguir los
permisos. —Parker explicó lo que le habían dicho a ella. Siguió a Colin con
la mirada mientras caminaba con el equipo. De vez en cuando él miraba
hacia ella y le dedicaba una sonrisa.
—Parece como si tuvieran en mente un proyecto importante —añadió el
señor Richards—. Una decisión muy acertada. Recuerdo cuando en los
setenta toda esta zona quedó sepultada bajo el agua después de un invierno
absolutamente anómalo. Eso fue antes de que se urbanizara la mitad de la
calle.
—Y sin ningún incendio previo —les recordó Susan.
—Llevamos varios años de sequía —señaló Parker.
Sus vecinos le dieron la razón y siguieron hablando de tormentas
pasadas, y de las veces que el cauce del barranco se había desbordado y
causado problemas a las personas que tenían que cruzarlo para llegar a sus
casas. Mientras hablaban, seguían a varios metros de distancia del equipo
de ingenieros, quienes señalaban algunos puntos y luego tomaban notas en
sus libretas.
Poco a poco los técnicos fueron regresando al lugar donde habían
aparcado sus coches y los vecinos de Parker se fueron andando a casa.
Colin se acercó cuando los últimos miembros de su equipo se dirigían a
la salida.
—¿Habéis conseguido los datos que necesitabais? —le preguntó Parker.
—Creo que sí.
—¿Y qué pasa ahora?
El hombre se apoyó en el lateral de su camioneta, con los ojos ocultos
detrás de las gafas de sol.
—Ahora trazan un plan, la municipalidad obtiene los permisos… y yo
reúno al equipo de operarios.
—Suena fácil.
Colin se rio, y sus hoyuelos hicieron su aparición con tal derroche de
encanto que Parker tuvo que recolocarse un mechón de pelo rebelde detrás
de la oreja.
—Ojalá lo fuera. La buena noticia es que hay un plazo de tiempo, así
que no creo que pasen muchos días hasta que finalicen los trámites y nos
pongamos manos a la obra.
—Me alegro de que entiendan la urgencia.
—Esperemos que no sea necesaria. Lo ideal sería que construyéramos
todo esto y que al final no se llene por falta de precipitaciones.
—¿Y qué pasa entonces?
—Pues que volvemos a entrar, vaciamos las cuencas y esperamos al
próximo invierno.
Parker levantó la vista para mirarlo, pero no le veía los ojos por culpa de
las gafas.
—¿Y si las cosas no son ideales?
—Entonces traigo al equipo de dragado y vacío las cuencas para
mantenerlas despejadas durante todo el invierno.
Parker se metió las manos en los bolsillos traseros de los pantalones
cortos y miró hacia el cañón. Agradecía que Colin no la tratara como si
fuera demasiado joven para asimilar las cosas.
—El mismo grupo de gente que ha venido hoy, ¿será el que venga a
trabajar aquí?
—No exactamente. Solo vendrá durante las inspecciones, e incluso
entonces tal vez solo vengan dos personas.
—¿Ed será una de esas dos personas?
Colin asintió.
—Sí.
Frunció el ceño.
—No me cae bien.
¿Era una sonrisa lo que veía en la cara de Colin?
—Mmm, bueno, es que él…
Parker levantó una mano.
—No hace falta que digas nada. Solo es un comentario: no siento mucha
simpatía por él. Puede que esté haciendo su trabajo, pero no hacía falta que
se pusiera en plan vendedor de coches de segunda mano conmigo, ni
tampoco que me presionara.
Parker estaba segura de que la expresión en la cara de Colin transmitía
respeto por sus palabras.
—He oído que los contratos no volvieron al despacho hasta al cabo de
una semana.
—Sí. Quería asegurarme de que constaran algunas cláusulas que
garantizasen que la propiedad tendrá el mismo aspecto que ahora, si no
mejor, cuando termine tu equipo. Si alguien rompe la puerta de entrada o el
camino de acceso sufre algún desperfecto, quiero que los reparen. Y mi
familia tiene que poder entrar y salir… siempre —le dijo.
Colin se quitó las gafas y la miró directamente a los ojos.
—Voy a asegurarme de que todo vaya bien, Parker. Te doy mi palabra.
—Gracias.
Se apartó de la camioneta y abrió la puerta.
—Los miembros de mi equipo te van a gustar. Son un grupo de chicos
estupendos que son capaces de hacer lo que haga falta y más.
—Cuento con eso.
—Y ninguno lleva traje ni corbata.
Aquellos hoyuelos le estaban empezando a producir un hormigueo en el
estómago.
—Nunca te fíes de los hombres con traje.
—Menos mal que solo me lo pongo en ocasiones extraordinarias.
Imaginárselo vestido con traje hizo que Parker se mordiera el labio
inferior. Tal vez de él sí podría fiarse si llevara corbata … Parker cerró los
ojos un momento, tratando de ahuyentar esa imagen de su cabeza. No había
tiempo en su vida para hoyuelos ni mariposas en el estómago.
Colin alargó el brazo por la ventanilla y arrancó el motor.
—La próxima vez que nos veamos, vendré con las personas que
supervisarán el proyecto, antes de traer la maquinaria. Así os conoceréis.
A Parker le daba vueltas la cabeza, y sintió que una oleada de calor le
encendía la piel.
—Perfecto.
Él apoyó una mano sobre su hombro y el contacto fue como una
descarga eléctrica.
Parker se quedó inmóvil y levantó la vista, segura de que él se había
dado cuenta de cómo le palpitaba el pulso en las venas, por razones
completamente absurdas. No entendía por qué se ponía de esa manera.
Hasta donde ella sabía, Colin podía ser un hombre casado. Solo porque no
llevara una alianza en el dedo no significaba que no tuviera a su mujer
esperándolo en casa.
—Ya tienes mi número. Si tienes alguna pregunta, llámame.
Le apretó el hombro antes de soltarla.
Sí… se había dado cuenta perfectamente.
—Te tomo la palabra —dijo ella, tratando de mantener un tono de voz
sereno y firme.
—Bien. Que tengas una buena tarde, Parker.

Dos veces al mes, normalmente en domingo, Colin se reunía con sus


padres y hermanos para cenar en familia. Su madre insistía. A decir verdad,
«insistir» tal vez no era la palabra exacta.
Exigía.
Cuando acabó el instituto, Colin consiguió trabajo como técnico en el
condado. Sus padres se habían asegurado de que él y sus hermanos tuvieran
todo lo que necesitaran durante su infancia y juventud, pero no todo lo que
quisiesen. Unos padres excelentes, según su propio criterio. A Colin le
gustaba tener un sueldo e iba a clases nocturnas en el instituto de formación
continua de la zona, pero enseguida decidió que estudiar asignaturas que no
le interesaban nunca le llevaría a alcanzar su objetivo en la vida. Le gustaba
trabajar con las manos; le gustaba organizar y motivar a la gente. Sentarse
detrás de un escritorio en un trabajo de oficina le llevaría a echar barriga y a
tener problemas con la bebida al cabo de diez años. O eso pensaba él.
A los veintitrés años, ya estaba ganando un sueldo nada despreciable y
ahorrando. Para cuando se fue de casa de sus padres, su hermano menor,
Matt, estaba apagando incendios como profesional en el norte de California;
Grace iba al último curso de secundaria, y su madre, Nora, tenía el
síndrome del nido vacío.
De ahí la exigencia de ver a sus hijos y tenerlos a los tres bajo el mismo
techo dos veces al mes. La fecha dependía del horario de Matt, puesto que
trabajaba en turnos de veinticuatro horas en el parque de bomberos.
Su padre, Emmitt, estaba sentado en su sillón en la sala de estar, viendo
un partido de béisbol en la pantalla gigante. Matt estaba criticando una
decisión del árbitro mientras su padre le decía lo equivocado que estaba.
—Pásame el queso —le dijo Grace a su madre desde el otro lado de la
isla, en el centro de la cocina.
—¿Siempre discuten por el partido? —el que lo preguntaba era Robert,
el último novio de Grace.
—Forma parte del espectáculo —le explicó Colin.
—Si tú lo dices… —Robert no parecía convencido.
—¿Te gusta ver partidos?
—No me gustaba ni cuando era estudiante.
Antes de que Colin pudiera decir algo, Matt se levantó de su asiento,
aplaudiendo un hit de los Dodgers.
—Por aquí ya casi hemos terminado, Colin —le llamó la atención su
madre—. ¿Cuánto le falta a la carne?
Su hijo captó la indirecta y volvió a salir a comprobar la barbacoa.
—No le falta mucho.
Grace lo siguió con un adobo que consideraban una receta secreta de la
familia.
Colin abrió la cubierta de la barbacoa y dejó su cerveza al lado. Deslizó
un cuchillo en las costillas… casi estaban listas.
—Bueno, dime, ¿qué opinas de Robert? —le preguntó Grace en voz
baja.
Colin miró por encima del hombro, asegurándose de que el novio no
estuviera cerca. El hombre estaba apoyado en la isla con el móvil en la
mano. Colin lo había pillado más de una vez jugando a algún juego o
enviándole un mensaje a alguien.
—Parece agradable.
Grace le dio la salsa de barbacoa.
—¿Agradable? Argh…
Cogió un pincel para untar el adobo.
—Pero no irás en serio con él, ¿no?
Robert había asistido a dos cenas familiares, y aquella era la tercera en
cinco meses.
—No te gusta. —Grace frunció el ceño.
—Creo que puedes aspirar a algo mejor —le dijo con franqueza—.
Tiene un trabajo de oficina, Gracie. —Era una especie de analista
informático o algo así, Colin no se acordaba. Le vino a la cabeza el
comentario de Parker sobre los hombres vestidos con traje.
—Y yo también.
Colin negó con la cabeza.
—Tú no paras quieta en la oficina, trabajas con hombres que tienen el
doble de tu tamaño y te los llevas a tu terreno para que piensen como tú. Tú
eres una máquina y él es un… —Miró otra vez al novio de su hermanita—.
Él no lo es. —Y no contento con eso, añadió—: Y encima ni siquiera le
gusta el fútbol.
Grace suspiró.
—A papá tampoco le cae bien.
Su padre era un sheriff jubilado y no sabía disimular.
—El hecho de que me pidas mi opinión significa que hay algo que a ti
tampoco te convence.
Grace cogió la cerveza y se bebió un trago.
—Pensaba que sería genial. Los dos tenemos el mismo horario de
trabajo, él tiene su propio piso, nunca se ha casado…
—Ajá… —Colin recuperó su cerveza antes de que su hermana pudiera
acabársela y siguió escuchando.
—Pero es un muermo. Y el sexo tampoco es muy bueno.
Colin cerró los ojos.
—Eso no es un tema de conversación para hablar con tu hermano mayor.
—Pero es que es verdad.
Apuró su cerveza y no quiso seguir escuchando.
—Habla con tus amigas sobre eso; yo no te hablo a ti de mi vida sexual.
—Me dijiste que Rebecca era una fiera en la cama.
La mención de su última seminovia lo hizo sonreír.
—Te dije que era un poco salvaje, pero nunca mencioné que fuese en el
dormitorio.
Grace le dio un toque con el hombro.
—Estaba implícito.
—Aun así. Yo no pienso hablarte de mi vida sexual, y tú mejor habla
con tus amigas de la tuya.
—Trabajo con hombres sobre el terreno y con mujeres mayores en la
oficina. No hay mucho donde elegir en cuestión de confidentes.
—Eso suena a problema personal. —Cambió las costillas de sitio en la
barbacoa como si así fuesen a estar listas antes—. Y es tu problema
personal, no el mío.
—Tienes que encontrar novia para que yo pueda tener alguien a quien
confiarle mis problemas.
—Estoy demasiado ocupado para relaciones serias.
Aunque, ante la mención de una posible compañera femenina, la imagen
de Parker, con la escopeta al hombro, se materializó en su cabeza.
Grace lo observó en silencio.
—¿Qué? —preguntó él.
—¿A qué viene esa sonrisa…? ¿O mejor debería preguntar «a quién»
viene esa sonrisa?
Cerró la tapa de la barbacoa.
—A nadie.
—Mentiroso.
—¿Te mentiría yo?
—Sí.
Colin sonrió.
Grace hizo un gesto con los dedos animándolo a hablar.
—Vamos, dímelo.
En su familia no había secretos.
—¿Te acuerdas de Parker Sinclair?
La sonrisa de Grace se amplió de oreja a oreja.
—¿Del proyecto de Creek Canyon?
—Sí.
—Sabía que había una razón por la que querías que estuviera en esa
reunión. ¿Estás saliendo con ella?
Colin negó rápidamente con la cabeza.
—No, nada de eso. Es solo… No sé. Que pienso en ella.
—Ajá…
—Es muy guapa, ¿verdad? No en el sentido de típica mujer
despampanante vestida para matar, con tacones de aguja y vestido de noche,
sino más sutil. —Era la mezcla perfecta de chica normal y chica sexy que le
gustaba a él.
—Porque tú no te la has imaginado nunca así, para nada… —se burló
Grace.
Colin negó con la cabeza y le ordenó a su cuerpo que se calmara,
mientras seguía visualizando la imagen de Parker.
—Lo que tú digas. Ni siquiera se ha fijado en mí.
Salvo por aquel comentario: «Incluso Ted Bundy era guapo».
—Estás sonriendo otra vez.
—Tiene demasiadas cosas en la cabeza ahora mismo.
—Y si no se ha fijado en ti, es por eso. Tú echa mano del famoso
encanto de los Hudson y ya verás si se fija.
—¿Es un consejo amoroso de mi hermana pequeña?
Grace cogió el bol vacío y se lamió los restos de salsa del dedo.
—Lo hago solo por mí: cuanto antes traigas a una mujer por aquí, antes
podrás dejar de oír hablar de mi vida sexual.
Colin se inclinó, metió el dedo en el bol y se lo llevó a los labios.
—¿Para qué? ¿Para que puedas hablar con ella y enterarte de la mía?
Eso es muy retorcido, Gracie.
Ella hizo una mueca de dolor.
—No me lo había planteado desde ese punto de vista.
—Y eso es lo que me convierte a mí en el hermano mayor.
Capítulo 8

Los permisos estaban firmados, los ingenieros habían dibujado sus


planos y era el momento de que Colin se pusiese manos a la obra.
Normalmente su intervención empezaba con una visita al terreno
acompañado de su equipo, y en este caso en concreto, empezó con la
llamada que hizo a Parker unos días antes para concretar la fecha y hora de
la visita. La chica parecía nerviosa al teléfono. Colin sabía que no podía
hacer nada para aplacar sus miedos hasta que estuviera allí, trabajando con
sus hombres para asegurarle que se iban ocupar de ella y de sus hermanos.
El impacto en la vida de Parker iba a ser muy importante. Colin sabía
por propia experiencia que los dueños de las casas creían que sabían lo que
les esperaba, pero lo cierto es que no veían realmente la magnitud del
asunto hasta que empezaban a llegar los camiones. Lo último que iba a
hacer Colin era describirle eso; Parker no tardaría en descubrirlo por sí sola.
Fue en coche hasta la casa de los Sinclair a las ocho de la mañana. Tal
como ella le había dicho, la puerta de acceso ya estaba abierta, así que entró
por el lado sur de la propiedad y aparcó. Lo que de verdad tenía ganas de
hacer era conducir hasta la casa para ver si ella estaba allí, pero como no era
eso lo que solía hacer en un proyecto normal —es decir, cuando la dueña de
los terrenos no era alguien que le atraía físicamente—, en vez de eso, se
quedó esperando en la camioneta hasta que aparecieron tres camionetas
más, detrás de él. Salió del vehículo y se metió el móvil en el bolsillo.
—Vaya, menudo pedazo de terreno tenemos aquí… —comentó Fabio.
No se llamaba realmente Fabio, pero llevaban años llamándolo así porque
lucía una melena que le llegaba hasta la cintura, y a los operarios de la
cuadrilla les encantaba meterse con él, comparándolo con un latin lover
italiano.
—Me pregunto qué aspecto tenía antes del incendio —dijo Glynn.
—Mucho más verde —contestó Colin.
Ron se detuvo en su camioneta equipada con el equipo de soldadura. No
era un supervisor, sino uno de los hombres que estaban a cargo de las
estructuras en sí, de los más importantes para Colin, y quería ver la escala
del proyecto para poder calcular el tiempo que iban a necesitar. Se bajó de
la camioneta y aplastó su cigarrillo en un cenicero antes de cerrar la puerta.
—Hola —los saludó.
Colin le estrechó la mano.
—¿Así que aquí es donde vamos a montar el equipo? —preguntó Fabio.
La propiedad se dividía en cuatro cuadrantes. Los puntos de disección
eran el camino de entrada que recorría la mitad del terreno de norte a sur y
el lecho del arroyo, que lo recorría de este a oeste. Estaban en la esquina
sureste, que ocupaba un poco menos de cuatro mil metros cuadrados de
terreno.
—Intentaremos concentrar toda la operación en este lado del barranco.
Fabio resopló.
—Sí, claro.
—Al menos lo intentaremos. —Colin levantó la mano—. Sí, ya lo sé; no
hace falta que lo digas.
Las probabilidades de concentrarlo todo en un solo punto eran escasas o
nulas. La magnitud del agua que podía salir del cañón no se ceñía a
contratos ni a límites de propiedad de ninguna clase, iba a donde le daba la
gana, y contenerla el máximo posible era algo que dependía de Colin y su
equipo.
Pasó los veinte minutos siguientes señalando las zonas de intervención
inmediata para preparar la excavación y los camiones, que llegarían esa
misma semana. Pero antes de eso, necesitaban acondicionar la zona y
montar el centro de operaciones.
Atravesaron el barranco y se detuvieron en la ubicación de la segunda
estructura de retención, que se hallaba en el borde de la parte vallada de la
propiedad de la familia Sinclair.
Estaban enfrascados discutiendo los planes de los ingenieros cuando
Glynn dijo:
—¿Es esa la propietaria?
Parker apareció con su labrador negro, al que llevaba atado con la
correa, procedente de la parte cuidada del césped. Se dirigía hacia ellos con
una sonrisa nerviosa en los labios.
—Parece demasiado joven para ser la dueña de la casa —señaló Glynn.
—Era la casa de sus padres —explicó Colin antes de que ella se acercara
lo bastante para oírlos—. Vive con sus hermanos, pero es ella quien se
encarga de todo desde que murieron los padres.
—Ah, mierda.
Colin no supo quién había dicho eso: tenía la mirada fija en la mujer que
avanzaba hacia ellos.
—Buenos días —los saludó cuando llegó a su lado.
—Buenos días, Parker —dijo Colin, y le presentó a los hombres—.
Estoy enseñándoles el terreno y explicándoles la disposición.
Los labios de ella formaban una delgada línea.
—Quería que conocierais a Scout. Es grandote y adorable, aunque un
poco tontorrón. Lo dejaré atado cuando me vaya a trabajar, o dentro. Pero si
se suelta, espero que alguno de vosotros pueda traerlo de vuelta a la casa
para que no lo atropellen los camiones.
Scout olfateó la suela de los zapatos de Glynn.
—¿No se escapará?
—No. Con tanta actividad, solo querrá estar siempre en medio.
—Bueno es saberlo —dijo Colin.
—El lunes montaremos el equipo —le explicó Fabio.
Ella asintió.
—¿Cuál va a ser el horario de trabajo?
—De lunes a viernes; empezaremos a las siete y media de la mañana y
seguramente acabaremos hacia las cinco.
Colin se recostó hacia atrás y dejó hablar a Fabio. Él iba a ser el
responsable de la obra, junto al propio Colin, y quería que Parker se sintiera
cómoda con él.
—¿Y los fines de semana? —preguntó. Tiró de la correa de Scout con
firmeza, aunque el perro parecía ansioso por abalanzarse sobre el primero
que estuviera dispuesto a prestarle atención.
—No. No hasta que lleguen las lluvias. Entonces podríamos estar por
aquí a cualquier hora, del día o la noche.
La sonrisa de Parker se desvaneció.
—¿Perdón?
—Permanecemos a pie de obra durante las tormentas. No es raro que
aparezcamos a las dos de la mañana.
—Tendréis que avisarme primero… —dijo Parker.
—Eso no siempre va a ser posible.
Parker cuadró los hombros y se volvió para mirar cara a cara a Fabio.
—Me llamaréis cada vez que vengáis a esta propiedad fuera del horario
de siete y media de la mañana a cinco.
Fabio negó con la cabeza y se rio, muestra evidente de lo que opinaba de
sus palabras.
Colin abrió la boca para asegurarle que lo harían, pero ella lo
interrumpió.
—Tengo un rifle AK, un AR, una escopeta, una semiautomática 911 y
una Glock .40, y también tengo muy buena puntería. Soy responsable de mi
hermano adolescente y de una hermana universitaria. El único momento en
que esa puerta se abre a las dos de la mañana es cuando alguien entra o sale
a escondidas. Así que me llamaréis antes de entrar.
Colin tuvo que volverse para que ella no viera la sonrisa en su cara.
Glynn se rio a carcajadas y a Fabio se le congeló la sonrisa, que
sustituyó por una mueca de franca admiración.
—Bueno, bueno… Está bien, tú mandas. Supongo que tendrás que
darme tu número de teléfono.
Parker sonrió e irguió la espalda.
—Genial. Y ahora que ya nos hemos entendido, ¿qué es lo que viene a
continuación?

Parker estaba en la sala profesores, un espacio abarrotado de galletas y


de pastel por el cumpleaños de algún profesor muy popular. El mero hecho
de entrar en aquella sala ya había hecho que tuviera la sensación de haber
ganado tres kilos. Era mediodía, y la alumna a la que ayudaba durante la
jornada no la necesitaba durante el almuerzo. Jennifer entró en la sala poco
después de que Parker sacara su almuerzo del frigorífico del personal y lo
pusiera en una mesa. Al igual que Parker, Jennifer trabajaba como auxiliar
en la escuela, pero ella tenía un contrato a jornada completa, mientras que
Parker solo llevaba allí dos años y aún tenía un contrato por horas. La
administración local evitaba contratar auxiliares a jornada completa para los
estudiantes con necesidades especiales que estaban a punto de acabar los
estudios de primaria. Ella no se quejaba; aquel no era el trabajo de sus
sueños, ni mucho menos, y no se veía trabajando en primaria una vez que
terminara su propia carrera. Aunque tampoco es que supiera cuál era el
trabajo de sus sueños. No estaba más cerca de saber qué es lo que quería
hacer con su vida que dos años antes, cuando había terminado los tres
primeros años de la rama de marketing de Empresariales. Ahora eso le
sonaba a trabajo infernal.
—Vaya, qué mala cara tienes… —comentó Jennifer cuando se sentó.
Parker miró a su amiga frunciendo el ceño.
—Con amigas como tú, ¿quién necesita enemigos?
—En serio, ¿tú duermes bien?
Parker negó con la cabeza.
—No. Todo esto me está volviendo loca.
—Me lo imagino.
Jennifer recogió su sándwich y le dio un bocado.
—Empiezan a traer los camiones el lunes. —Parker bajó la voz—.
Tendré que llamar y decir que estoy enferma; Janice me pegó la bronca el
otro día cuando me pedí un día libre esta semana.
—Pero ¿tienes que estar ahí?
Parker hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y luego otro
negativo… y al final optó por asentir.
—Tal vez, sí… no. Pero voy a estar. Necesito que los operarios sepan
quién soy; exigirles respeto. Cuando me miran, la mayoría piensa que soy
una cría.
—Es que eres una cría.
—Tengo veintiséis años, pero me siento como si tuviera cuarenta.
—Y puede que sea verdad, pero por fuera… pareces una niña. Desde
luego, no pareces alguien con edad suficiente para lidiar con esa locura de
vida.
Era agradable que alguien reconociera que lo que le estaba pasando no
era normal.
—Es una locura, ¿verdad?
—Es de locos. Pero tú eres fuerte, Parker. Has pasado por cosas peores.
Sí… los meses que siguieron a la muerte de sus padres fueron horribles.
—¿Vas a ir a clases nocturnas este semestre?
—No —dijo Parker—. No me da la vida.
La cara de Jennifer reflejaba pura empatía.
—Sigues poniéndote a ti en segundo lugar.
—No va a ser así siempre. Lo de Erin, mi nueva inquilina, está
funcionando. El dinero extra me viene muy bien. Voy a utilizar el dinero del
seguro del incendio para ayudar a compensar el tiempo sabático que
necesito tomarme. Tengo que superar el invierno y ver cómo están las cosas
entonces.
Decir aquellas palabras en voz alta hizo que las sintiera más verdaderas.
—Esa es una muy buena actitud.
Parker mordió una manzana y cerró los ojos.
—¿Sabes? A lo mejor, que toda esa testosterona esté paseándose por la
finca es algo bueno.
Parker sonrió al recordar cómo había hecho cuadrarse ante ella a los
hombres de Colin.
—Hasta ahora Colin es el único en quien confío de verdad.
—¿Colin?
—Colin Hudson. El jefe de obra del que te hablé.
Jennifer sonrió.
—¿Desde cuándo lo llamas Colin y no «señor Hudson»?
Parker se quedó callada y miró al techo.
—No estoy segura.
—Mmm… ¿Y cuántos años dices que tiene este tal Colin?
—No sé, unos treinta y pico tal vez. Parece joven para el puesto, así que
tal vez sea mayor. No sabría decírtelo.
—¿Casado?
Parker entrecerró los ojos.
—No lo sé, puede ser. No se lo he preguntado.
—¿Y es guapo?
Vaya, no estaba siendo muy rápida de reflejos en aquella conversación…
—Vale, ya veo por dónde vas… Sí… es guapo. —Muy guapo, para ser
sincera consigo misma—. Pero no. No sé si está casado, y ni siquiera me
puedo plantear pensar en eso. No he enviado ni un mísero mensaje de texto
a nadie de fuera de mi círculo de amigos, todos ellos platónicos, en dos
años.
—Lo cual es una puta lástima; en la flor de la vida y no la estás
viviendo.
—Es difícil vivir la vida cuando estás con el agua al cuello.
—Bueno, pues saca la cabeza del agua de vez en cuando y mira a tu
alrededor. Nunca se sabe quién puede aparecer.
No podía respirar. Todo estaba oscuro. No podía verlos y había dejado
de oír sus voces llamándola.
Si al menos el humo se disipara, aunque solo fuera un momento, para
no tener que seguir arrastrándose a gatas por el suelo…
Tosió y escupió la ceniza que se le metía en la boca.
—Austin, Mallory… ¿Dónde estáis?
Su boca trató de articular los sonidos, pero de ella no salió nada. Siguió
arrastrándose mientras el miedo vencía a la lógica.
¡Austin!
¡Mallory!
Tocó un brazo con la mano.
El brazo no se movió.
Necesitaba apartar la mirada —ya sabía lo que había allí— y
concentrarse en cualquier otra cosa que no fuese el tacto de aquel brazo
frío e inerte.
Poco a poco, su cabeza fue moviéndose como por voluntad propia.
Sus padres yacían allí, inmóviles, en sus ojos una mirada inexpresiva
clavada en ella.

Parker se despertó con el corazón en la garganta y la respiración agitada.


Se incorporó en la cama y se obligó a sí misma a apaciguar su
respiración. El reloj decía que solo eran las tres de la mañana.
—Maldita sea.
Justo después del incendio tuvo la misma pesadilla. También entonces se
había despertado dando gracias de que solo hubiese sido un sueño y de que
Mallory y Austin siguiesen vivos.
Cada vez que se despertaba recordaba que sus padres estaban muertos.
Una lágrima solitaria le resbaló por la mejilla.

Parker iba ya por su segunda taza de café y ni siquiera había llegado el


primer camión. Su hermana tenía clase a primera hora los lunes y
normalmente pasaba la noche del domingo con una amiga que vivía más
cerca del campus para así ahorrarse los atascos. Austin tenía una clase a las
siete de la mañana y ya se había ido. La mayoría de los lunes, Parker tenía
que estar encima de él para que no se le pegasen las sábanas.
Había llamado al trabajo esa mañana tapándose la nariz y tosiendo a
propósito en el auricular del teléfono. Aunque su trabajo no le gustaba,
tampoco quería perderlo.
—Puerta de entrada en funcionamiento. —El sistema de alarma del
interior de la casa señaló que se había acabado la paz.
Se asomó a mirar y vio dos camionetas blancas como las que conducían
Colin y sus hombres entrar y aparcar en el recinto. Scout apoyó el hocico
contra la puerta corredera de cristal y ladró.
—Sí, ¿eh?
Parker vio llegar el primer semirremolque con un tractor en una
plataforma.
—Allá vamos.
Se cepilló el pelo, se puso unos pantalones cortos y una camiseta, y
salió. Scout hizo amago de seguirla, pero ella lo mandó adentro con unas
palmaditas.
Para cuando bajó por el camino de entrada y atravesó el barranco había
por lo menos una docena de personas con el mismo número de vehículos.
Todos llevaban cascos y chalecos. Todos eran hombres.
Colin acudió a su encuentro con una sonrisa.
—Buenos días.
—Buenos días. —Parker trató de sonreír.
El pitido intermitente de un tractor que bajaba retrocediendo de la
plataforma de un camión inundó el aire.
—¿Cuántos tractores vais a traer?
—En realidad se llaman cargadores basculantes, y vamos a traer
muchos. Queremos involucrar a mucha gente en este proyecto para acabar
cuanto antes.
—Antes de que empiecen las lluvias.
—Exacto.
Colin señaló a uno de sus hombres en la puerta.
—Ese es Ray. Estará en la entrada. Los primeros días tendremos un
montón de curiosos que vendrán a ver lo que estamos haciendo.
—Vale. Te presentaré a los vecinos que viven justo al otro lado, porque
van a ser los más afectados. A todos los demás habrá que pedirles que
mantengan la distancia. Pondré carteles que digan PROHIBIDO EL PASO.
—Buena idea. Ya he conocido a los De Luca y a los Sutter.
Todos sus vecinos eran buena gente.
—Estamos un poco preocupados por la escorrentía del cañón, que cae
directamente sobre sus casas. —Señaló un punto crítico que solía causar
escorrentías en épocas de fuertes lluvias.
—Ya me lo han señalado.
—Cualquier torrente de lodo procedente de esa dirección os podría
impedir entrar aquí.
Colin sonrió, derrochando hoyuelos y encanto.
—Tenemos unos juguetes muy potentes. Conseguiremos entrar. Y lo que
es más importante: nos aseguraremos de que tú y tus hermanos podáis
entrar y salir.
A Parker le gustaba cómo sonaba eso.
Dos hombres empezaron a desenrollar unas pesadas capas de plástico y
a depositarlas en el suelo.
—¿Qué están haciendo?
—Poniendo los cimientos para los camiones.
En cuanto aquellas palabras salieron de la boca de Colin, un volquete se
puso en movimiento y empezaron a caer toneladas de pequeñas piedras de
la parte de atrás.
—Ah…
A partir de ese momento, todo se desarrolló a un ritmo vertiginoso.
—Hoy vendrá un arborista certificado. Esos robles centenarios necesitan
una atención especial.
—Esos árboles tienen más derechos que las personas —dijo ella.
Cuando vivía su padre, decía que se suponía que tenían que solicitar un
permiso cada vez que querían cortar una rama de más de siete centímetros.
Aunque no es que su padre respetara siempre las reglas.
Colin se rio.
—Calla, no me hables… Bueno, ya que tiene que venir, haré que
examine los otros árboles de la propiedad.
Parker se apartó de un manotazo a una hormiga que se le había
encaramado a la pierna.
—Ya he podado la mayoría, con la esperanza de salvarlos. Un par de
algodoneros han estado muy pochos por culpa de la sequía.
—¿Los has podado tú?
Parker se frotó la nuca y pensó en Jennifer y Sam.
—Con ayuda de unos amigos. Alquilamos una de esas astilladoras y le
dedicamos un fin de semana este verano.
—Eso es mucho trabajo. —Parecía impresionado.
—¿Qué pasa? ¿Que no me crees capaz? —Se burló ella.
Colin levantó ambas manos en el aire, arrugando los ojos.
—De momento, todo lo que he visto me dice que eres capaz de casi
cualquier cosa.
Ella irguió el pecho un poco más y siguió bromeando:
—Pues más te vale no olvidarlo.
Colin se rio.
—Además, alquilar la astilladora salía más barato que contratar a
alguien. —Había sido un fin de semana muy duro, pero consiguieron acabar
todo el trabajo por muy poco dinero.
Colin siguió asintiendo con la cabeza y luego señaló lo que debía de
haber sido una exuberante gayuba, que enmarcaba la entrada.
—¿Qué opinas de eso de ahí?
Tras el fuego, el arbusto había quedado reducido a un trozo de madera
ennegrecida, con apenas unas pocas hojas verdes en la parte superior.
Parker había podado la mitad con la esperanza de que se recuperara.
Vio a los camiones tratando de maniobrar alrededor de la maltrecha
planta.
—Está en medio, ¿no?
Colin asintió con la cabeza.
—El arborista ya nos confirmó que no se podía salvar.
Ella lanzó un gemido.
—Está bien, de acuerdo. Arráncala.
Sin tiempo que perder, Colin le hizo una seña a uno de sus hombres.
—Saquemos eso de ahí en medio.
—Ahora mismo.
Parker no conseguía captar ningún nombre. Permanecía en segundo
plano, observando como tres hombres se coordinaban para guiar al
conductor del cargador basculante. El pitido del vehículo hacía que le
resultara difícil oír nada más. El conductor siguió retrocediendo, sin apartar
la vista del arbusto y sin ver la valla de alambre que había detrás de él.
La valla empezó a ceder al tiempo que tres hombres le gritaban al
conductor que parase. A Parker se le aceleró el corazón y abrió la boca.
Colin se inclinó hacia ella
—También reparamos vallas —le dijo con calma.
Ella retrocedió un paso y se mordió el labio mientras su entorno se
convertía en un hervidero de actividad. En cuestión de minutos, la base de
la gayuba quedó arrancada de raíz y la transportaron hasta una pila.
—Acompáñame —le dijo Colin. Señaló varios pimenteros que estaban
completamente carbonizados.
—Sé que están muertos, pero el tipo de los árboles quería cobrar
trescientos dólares por árbol para cortarlos.
—Están en medio, así que nos ocuparemos de ellos. Vamos a quitar esta
valla y a poner una puerta para que nuestros camiones tengan espacio para
entrar en el barranco.
—Vale. —A Parker la cabeza le daba vueltas.
—¡Eh, Colin!
Alguien lo llamaba desde el otro lado del barranco. La miró.
—Tengo que…
—Vete. Estaré por aquí todo el día. Si tengo alguna pregunta, la haré.
El hombre le dio una palmadita en el hombro, la miró a los ojos y luego
se volvió y se fue.
Mientras se dirigía hacia el camino de entrada, el camión de inodoros
portátiles hizo su entrada y descargó una enorme cabina sanitaria azul junto
a sus cubos de basura.
—Ay, Dios…
Capítulo 9

Austin volvió a casa de clase y se trajo a un amigo. Los dos


contemplaron embobados la escena que se veía desde el jardín delantero.
Los operarios habían instalado una carpa plegable equipada con bancos
para poder hacer descansos y mantener en un mismo sitio toda la basura que
generasen.
Aun así, era todo un caos. Un caos organizado, sí, pero un auténtico
desbarajuste igualmente. Uno por uno, habían ido desfilando cargadores
basculantes, retroexcavadoras, excavadoras de largo alcance, camiones
cisterna y motoniveladoras, y ahora estaban aparcados para pasar allí la
noche. Habían conseguido derribar no menos de una docena de árboles
muertos, dos de los cuales eran unos álamos que flanqueaban el camino de
entrada y que ya habían muerto antes del incendio por culpa de la escasez
de lluvias. Colin le preguntó si quería que los quitasen y Parker asintió
inmediatamente con la cabeza.
Ahora estaba sentada en una roca y sujetaba a Scout con la correa
mientras los hombres se iban retirando poco a poco, una vez terminada la
jornada.
Vio como Colin se quitaba el chaleco de seguridad y arrojaba el casco al
interior de la cabina de su camioneta. Cerró la puerta y se dirigió hacia ella.
—Bueno, ¿qué te parece?
—Creo que me esperan unos meses de locura absoluta.
El hombre se apoyó en los restos de una valla de madera chamuscada
pero no destruida por la intensidad del fuego.
—Eso no te lo discuto.
—Sé que no teníais por qué deshaceros de todos mis árboles muertos.
Se encogió de hombros.
—Soy partidario de aplicar la política del buen vecino. No va a ser fácil
tenernos aquí, así que no nos cuesta nada encargarnos de un par de árboles
más y de cualquier escombro del que tengas que deshacerte.
Parker dudaba que eso fuera así, pero se lo agradecía, desde luego.
—¿Podríais limpiar también los restos de nuestros establos? —dijo
medio en broma.
Colin se volvió a mirar por detrás de la casa.
—Claro que sí. Le diré a uno de los chicos que se ocupe mañana.
—¿En serio?
Asintió con la cabeza.
—Imagino que os llegan aguas de escorrentía por la parte de atrás de la
casa.
—Sí, pero normalmente se desvían alrededor del establo.
—Del establo que ya no existe.
—Ya. —No había pensado en eso.
—Lo último que necesitamos es que los depósitos y los derrubios
acaben aquí abajo y obstruyan el barranco y creen un desastre aún mayor.
Parker se descubrió con una sonrisa en los labios.
—Y así es como lo justificarás si alguien pregunta.
—Solo digo las cosas como son.
Ella sabía que eso no era del todo así.
—Bueno, pues gracias.
—No, gracias a ti.
—Sé que la semana pasada estuve muy borde con tus chicos.
Normalmente no soy tan puñetera.
—Les estás poniendo límites. Eso no tiene nada de malo.
Parker se frotó la nuca antes de quitarle la correa a Scout. En cuanto se
vio libre, el perro se lanzó hacia los vehículos.
—¿O sea que así es como va a ir la cosa? ¿Todos los días serán así?
Parker asimiló lo que suponía tener toda aquella maquinaria en la
propiedad.
—Más o menos.
—¿Cuánto cuesta cada uno de esos cacharros?
—Depende; desde cien mil hasta medio millón de pavos si son nuevos.
Sabía que se acababa de quedar boquiabierta.
—Eso es un montón de dinero.
—Hacen el trabajo pesado.
Parker intentó borrarse de la cabeza la enormidad de todo aquello.
—Bueno, debería dejar que te vayas a tu casa con tu mujer.
¿De dónde habían salido esas palabras?
Su silencio la hizo mirarlo a los ojos.
—¿Qué pasa? —le preguntó ella cuando él siguió sin decir nada.
—¿Es esa tu manera de preguntarme si estoy casado?
A pesar de que el sol acababa de esconderse tras la montaña, Parker
sintió que se le empezaba a acumular sudor en el cuello.
—No… Solo lo daba por sentado…
Ahora Colin estaba sonriendo, y ella sintió un aleteo en el vientre.
—¿Y por qué lo has dado por sentado?
Desplazando el peso de su cuerpo de un pie a otro, Parker clavó la
mirada en el suelo.
—No lo sé. Es solo que… —Empezó a farfullar—. Pareces un buen
tipo. Tienes edad de estar casado, e incluso de tener algún hijo…
—Pues sí que le has estado dando vueltas…
Ella lo miró rápidamente a los ojos.
—¿Qué? ¡No, qué va!
—Ya.
Parker se apartó de la roca y se sacudió el polvo de la parte trasera de los
pantalones.
—Bueno, el caso es que no quiero entretenerte y no dejarte… hacer lo
que sea que tengas que hacer.
—¿Cuántos años tienes, Parker?
—No es de buena educación preguntarle la edad a una mujer. —¿Y por
qué la estaba mirando de esa manera, con esa pose chulesca de hombre
pagado de sí mismo?
—¿Veinticinco? —trató de adivinar él.
—Veintiséis —contestó ella, un poco demasiado rápido—. ¿Cuántos
años tienes tú?
—Treinta y tres. —Se inclinó un poco más cerca—. Y no estoy casado.
La tenía calada. Parker no sabía qué era lo que le daba más ganas de
salir corriendo, el hecho de que no la mirara como el contratista de obras
públicas al que solo le interesaba la intervención en la propiedad, o el que
fuera un treintañero tratando de calcular cuál iba a ser su siguiente
movimiento.
—Eso no es asunto mío. —Y antes de que pudiera hacer algún otro
comentario, llamó a su perro.
—Volveremos por la mañana.
—Estaré en el trabajo —dijo Parker a la defensiva—. Llego a casa a las
dos y media.
—Te veré mañana por la tarde, entonces.
—Vale.
Parker se alejó y lo oyó reírse.
A mitad de camino, sintió que se desvanecía parte de aquella actitud
defensiva y la sustituía una amplia sonrisa. ¡AD no estaba casado!

Colin se había pasado todo camino de vuelta a casa sonriendo como el


gato que acaba de comerse al ratón. Se dio una ducha rápida para quitarse
toda la tierra y el polvo del pelo, y se desplomó en el sofá con una cerveza
en la mano.
El teléfono le vibró con un mensaje de texto de Matt.

¿Estás en casa?

Le respondió con el emoji del pulgar hacia arriba.

Voy para allá.

Colin no le preguntó para qué. Levantó el trasero del sofá y quitó el


cerrojo de la puerta principal. En su familia todos tenían llave de su casa, y
sabían que podían entrar siempre que quisieran. Le encantaba la política de
puertas abiertas de su familia. Solo había ocurrido una vez que su hermano
apareciera en su casa cuando Colin estaba con una mujer, y desde ese día,
Matt siempre enviaba un mensaje de texto antes de ir, como cuando llamaba
a la puerta de su habitación antes de abrirla cuando aún vivían con sus
padres.
Colin abrió la aplicación de fotos de su teléfono y fue visualizando las
del proyecto Creek Canyon. Le había sacado un par de fotos a la dueña de
la casa —de forma totalmente accidental, por supuesto— sin que ella se
diese cuenta. Mientras todos los demás iban con cascos y pantalones largos,
ella se paseaba en pantalones cortos y camiseta de tirantes. Llevaba el pelo
recogido en una coleta mal hecha, con mechones sueltos aquí y allá. Ni gota
de maquillaje. Solo el sol en la piel le iluminaba las mejillas. Por no hablar
de la tierra y el polvo. Cuando le había preguntado por una supuesta esposa,
a Colin le había costado un gran esfuerzo desviar la vista de la mancha de
tierra que llevaba en la barbilla. Probablemente ella ni siquiera se había
dado cuenta. Era evidente que le traía sin cuidado, además. Por alguna
razón, a él eso le resultaba entrañable.
Se había bebido ya la mitad de la cerveza cuando el ruido de la moto de
Matt anunció su llegada antes de que asomara por la puerta.
—¡Estoy aquí! —gritó Colin desde la parte de atrás de la casa, donde se
encontraban el salón y la cocina.
Su hermano apareció en camiseta y pantalones cortos. Dejó el casco en
la isla de la cocina antes de dirigirse a la nevera.
—Bonita chaqueta protectora y pantalones de cuero para ir en moto —se
metió con él su hermano.
—Vives a solo tres kilómetros de distancia. —Matt le dedicó la sonrisa
que él y Grace habían heredado de su madre y abrió el tapón de la cerveza.
Ya tenían a su madre para que les echara sermones, así que Colin optó
por darle tregua. Su hermano corría riesgos todos los días en su trabajo: un
par de kilómetros en moto eran un mal menor.
—Oye, ¿qué te parece Robert?
—¿Robert, el novio de Gracie? —preguntó Matt.
—Sí.
—Es un imbécil. No entiendo qué es lo que ve en él. —Matt se quitó los
zapatos y apoyó los pies en la mesa de centro.
—Creo que lo va a dejar antes de nuestra próxima cena familiar. —Colin
examinó las fotos de su teléfono.
—Eso es un alivio. Hablar con él es como hablar con una pared. ¿Y qué
me dices del rollo que se trae con el videojuego del teléfono? Lo de enviar
mensajes de texto, hacer sexting o estar enganchado a Tinder lo entiendo,
pero ¿ponerte a jugar a un juego en el móvil en una cena familiar?
Colin levantó la vista de su pantalla.
—¿Sigues usando esa app?
—Fue una fase, pero ya la he superado. —Ninguna de sus citas de
Tinder había llegado a hacer una aparición en la cena del domingo, lo que
seguramente era algo bueno.
—No entiendo para qué la necesitabas. Tú eres un héroe. Estoy seguro
de que traes locas a todas las chicas del valle.
Matt sonrió porque sabía que era verdad.
—Soy algo más que un simple pedazo de carne.
Eso los hizo reír a ambos.
—Ahora hablando en serio… Estoy un poco harto de salir sin parar. De
ir a los bares, de salir con los grupos de singles… La mitad de mis amigos
están casados, y en el trabajo la mayoría de mis compañeros tienen familia.
Solo me invitan a ir con ellos cuando vamos en moto al desierto.
—Alguien está compadeciéndose de sí mismo.
—De verdad, Colin, ¿tú no estás harto de pasar todas las noches en casa
solo?
—¿Quieres decir como ahora mismo? —Con su familia, nunca estaba
solo en casa mucho tiempo.
Matt tomó otro trago de cerveza.
—Tal vez probaré con Match.
Colin negó con la cabeza.
Antes de que poder ofrecerle a su hermano alguna sugerencia, oyó
abrirse y cerrarse la puerta de su casa.
—¿Hola?
Era Grace.
—¡Estamos aquí atrás! —dijeron él y Matt al mismo tiempo.
Sus tacones resonaban en las baldosas mientras se acercaba.
Colin miró por encima del hombro mientras ella hacía el mismo circuito
que su hermano.
—¿No llamas primero? —preguntó Colin.
—Como he visto la moto de Matt he pensado que se podía entrar sin
avisar. —Intentó abrir su cerveza, se rindió y se la dio a Colin.
Él se la abrió y se la devolvió.
—¿Así que estáis haciendo una fiesta y no me habéis invitado? —
preguntó con una sonrisa.
—No es una fiesta, solo la happy hour.
Su hermana levantó su cerveza en el aire.
—Por las copas a mitad de precio.
Matt brindó en el aire desde el otro lado del salón y ambos bebieron.
—Estábamos hablando de lo mal que nos cae Robert.
Gracie hizo lo que hacía con los labios cuando no estaba contenta con
algo.
—Lo sé. Este sábado voy a cortar con él.
—A papá le alegrará saberlo —dijo Matt.
Dejó sus zapatos con los de Matt en el suelo y se acomodó en el sofá
doblando las piernas y sentándose sobre sus propios pies.
—¿Cómo ha ido hoy? —le preguntó Grace a Colin.
—Ha ido bien. Ya tenemos todo el equipo allí. El terreno está preparado.
Ya lo tengo todo organizado para la semana, ningún problema.
Eso era algo raro en su sector, pero necesario. Era nuevo en el puesto.
—¿Y Parker? —Grace dijo su nombre con una entonación especial y de
forma sugerente.
—¿Quién es Parker? —quiso saber Matt.
—Nadie, solo la propietaria soltera y sexy que le gusta a nuestro
hermano.
—No te dije que me gustara.
Grace apuntó con su cerveza en su dirección.
—No hacía falta: tu sonrisa lo decía todo. Más o menos como esa
sonrisa que tienes ahora.
Colin se borró la sonrisa de los labios.
—Hoy sí se ha fijado en ti, ¿verdad?
Él cogió su cerveza vacía y se levantó del sofá.
—Tu interés en mi vida amorosa es un reflejo directo de que la tuya es
un desastre.
—Eso no se puede negar —dijo—. Y ahora, responde a la pregunta.
Colin abrió la nevera y cogió otra cerveza.
—Me ha preguntado si estoy casado.
Matt emitió un sonido a medio camino entre un gemido y un murmullo
de admiración.
—Para ser más exactos… No me lo ha preguntado… Más bien lo daba
por sentado.
—Y tú la has sacado de su error. —Grace era como un perro con un
hueso.
—No inmediatamente. La he puesto un poco en evidencia: le he
preguntado si era su manera de averiguar si era soltero.
Matt levantó el pulgar.
—Bien hecho.
—Espera… ¿qué? Eso es una grosería.
—¿Cómo? —exclamó Colin.
Grace apartó la cerveza a un lado y se enderezó en el sofá.
—Si una mujer pregunta sutilmente si hay una esposa en el panorama,
esa es su manera de probar el agua antes de tirarse a la piscina.
—Sí, lo sé. Creo que yo mismo te lo sugerí en un momento dado.
Su hermana negó con la cabeza.
—Pero no puedes dejarla en evidencia. Eso hará que se ponga a la
defensiva.
Ahora que lo decía…
—Pues sí.
—Y poniendo a alguien a la defensiva no es como se despliega el
encanto, Colin.
Se paró un minuto a pensar si su hermana tenía razón.
—Ahora es demasiado tarde.
Grace negó con la cabeza.
—A veces los hombres podéis llegar a ser muy inmaduros.
—Dice la mujer que sale con el que juega a juegos con el móvil a sus
veinticinco años. ¿Sabes si ya se afeita? —Matt no se ahorraba ni un solo
golpe bajo.
—Tiene veintisiete años, y… —Grace cogió su cerveza y frunció el ceño
—. Solo cada tres días.
Capítulo 10

Janice llamó a Parker a su despacho antes de que empezara la jornada


escolar.
Preocupada, Parker notó que empezaban a sudarle las manos. La
expresión del rostro de su jefa indicaba que no estaba muy contenta.
—Siéntate, por favor. —Janice se sentó detrás de su escritorio y esperó.
—¿Va todo bien? —preguntó Parker mientras tomaba asiento en el
borde de la silla de oficina.
En lugar de responder a la pregunta, Janice comentó:
—Parece que ya te encuentras mejor.
Vale… Así que aquello era por su llamada del día anterior para decir que
estaba enferma.
—Sí, por suerte. Ayer estaba fatal.
Su jefa no se lo tragaba.
—Ya. Me caes bien, Parker, de verdad. Sé que estás pasando por un
momento difícil, y lo último que querría es crearte más problemas.
Parker intuyó que estaba a punto de oír un «pero».
—Pero, como sabes, tratar con nuestros alumnos con necesidades
especiales exige constancia y regularidad. Cuando los padres de esos
estudiantes acuden a mí para compartir sus preocupaciones, no puedo
ignorarlas.
—¿Qué clase de preocupaciones?
—Problemas de comportamiento en casa, falta de atención en clase…
Estos estudiantes necesitan un trabajo constante para seguir creciendo y
madurando.
Parker tenía que pedir disculpas lo antes posible.
—Lo sé y lo siento. Pero no creo que vaya a necesitar tomarme más días
libres…
—Sabes que la señora Fields vive justo en la misma calle que tú. —Era
una de las profesoras de tercero.
—Sí. —El corazón le latía demasiado rápido y demasiado fuerte.
—Me ha informado de la magnitud de las obras que se están llevando a
cabo en tu casa.
—Sí, pero…
—Creo que no me equivoco si digo que vas a tener que llamar para
avisar de que estás enferma varios días más este año para poder controlar el
avance de esas obras.
—Eso no lo sabemos —objetó Parker.
Janice agitó una mano en el aire para cortarla.
—En realidad, nada de eso importa. Necesito asegurarme de que Molly
tenga la etapa escolar más estable que podamos proporcionarle, y ahora
mismo siento que tú no reúnes las condiciones necesarias para ese
cometido.
—Me vas a despedir. —Sintió que se le humedecían los ojos.
—No, te voy a asignar un nuevo puesto. Trabajarás supervisando las
entradas al patio antes de que empiece la escuela y, durante el recreo y el
almuerzo, ayudarás en las aulas.
Era el mismo trabajo que realizaba cuando empezó a trabajar allí, justo
después de la muerte de sus padres. El año anterior había conseguido el
contrato a tiempo completo y el pago por horas, que ahora se reduciría a un
contrato a tiempo parcial sin ninguna garantía.
—Lo siento, Parker. Creo que es lo mejor. Así tendrás más flexibilidad y
no nos pondrás en un aprieto cada vez que llueva este invierno.
Parker no pudo evitar que las lágrimas le rodaran por las mejillas.
—Adelante, tómate la mañana. Date un tiempo para asimilarlo y vuelve
a las diez y media, para el primer recreo.
Parker hizo caso omiso de las miradas que recibía mientras caminaba
por el pasillo hacia la sala de profesores donde guardaba su bolso.
—¿Estás bien, Parker?
Ni siquiera miró para ver quién se lo preguntaba.
—Estoy bien. —Le temblaba la voz, y si hablaba con alguien, seguro
que las lágrimas se multiplicarían. Rebuscó en su bolso, se puso las gafas de
sol y salió del edificio. No fue hasta que hubo dejado atrás el punto donde
los padres dejaban a sus hijos cada mañana y se hubo sentado al volante de
su coche cuando bajó la cabeza y se desahogó llorando a lágrima viva.
Al enfilar por el camino de entrada, y entre los camiones y los vehículos
aparcados, el coche de Parker llamaba mucho la atención, casi como un
lago en medio del desierto. Colin sintió una enorme alegría en el pecho al
ver que ella ya estaba en casa. Miró su reloj; ¿ya eran las dos y media?
No, solo era la una y media.
Juraría que le había dicho que trabajaba hasta las dos y media.
Ray atrajo la atención de Colin de nuevo al trabajo. Pasó la siguiente
hora con el equipo de construcción de la primera estructura. De vez en
cuando levantaba la cabeza para ver si Parker se estaba paseando por el
jardín, como el día anterior.
Pero Colin no advirtió movimiento en la casa hasta el regreso de Austin
del instituto. Vio a Scout correteando por el patio, persiguiendo una pelota,
y al hermano de Parker allí parado, mirando a lo lejos.
Tal vez Grace tuviera razón. Tal vez el hecho de que hubiese dejado a
Parker en evidencia con lo de si estaba casado o no la había puesto a la
defensiva y la había echado para atrás.
—Eh, Colin… ¿me estás escuchando?
—Lo siento, sí. —Se obligó a centrarse en lo que tenía delante.
A las cuatro y media, Austin estaba sentado en la zona de descanso de
los operarios sujetando a Scout, que no dejaba de brincar y de tratar de
llamar la atención de los hombres del equipo.
Colin se acercó y se arrodilló para acariciar al perro. Scout le lamió la
cara dándole su aprobación.
—Eres Austin, ¿verdad?
—Sí.
—Nos vemos mañana, Colin. —Uno de los hombres de su equipo se
despidió de él mientras se dirigía a su coche.
—¿Qué te parece todo esto?
El adolescente se encogió de hombros.
—No estoy seguro. Es muy raro tener a tanta gente aquí.
—Me lo imagino. Seguro que aquí casi siempre está todo muy tranquilo.
—No desde el incendio.
Si Colin no hubiera estado mirando al chico, no habría visto aquel
destello en sus ojos, el que decía que aquellas palabras tenían un significado
más profundo.
—¿Estabas aquí? ¿Durante el incendio?
—Sí. Estábamos todos. Creí que nos íbamos a quedar sin casa. El fuego
estaba por todas partes. —Y para reforzar sus palabras, Austin se sacó el
teléfono del bolsillo y le mostró una foto.
Colin se levantó de donde estaba agachado con el perro, se sentó al lado
del hermano de Parker y miró el móvil.
—Grabé esto justo cuando nos íbamos.
El cielo estaba negro; las llamas lamían la ladera de las colinas y
rodeaban la casa de los Sinclair hasta donde alcanzaba la vista. Austin había
dejado de grabar al cruzar el lecho del arroyo seco.
—Eso es, ah… —Colin se había quedado sin palabras.
—Fue terrorífico.
—Sí. No puedo ni imaginarlo.
—Al menos seguimos vivos, así que…
Dios… No se le había ocurrido verlo por ese lado.
—Tuvisteis tiempo de salir, ¿verdad?
—El fuego tardó un tiempo en llegar hasta aquí, pero luego estalló por
todas partes. He visto cosas en las noticias y siempre había creído que a la
gente le daba tiempo a salir. Y nosotros lo conseguimos, pero ahora
entiendo que haya quien no lo consiga. En un momento dado, el fuego
estaba allí. —Señaló la uve de la cordillera donde estaba el arroyo seco—.
Y cuando nos fuimos a dar cuenta, ya estaba devorando los árboles y
bloqueándonos cualquier salida.
—Me alegro de que pudierais salir.
El chico se encogió de hombros.
—Sí.
Allí había algo más, pero Colin no se sentía con derecho a preguntar.
—Me ha parecido ver llegar a tu hermana hace un rato. ¿Está aquí?
Tengo que hacerle una pregunta.
—Está aquí. Estaba en la cama.
—¿En la cama? ¿Está enferma?
Austin se encogió de hombros de nuevo.
—No lo sé.
Colin se preguntó si había sido un adolescente alguna vez mientras
observaba a uno en vivo y en directo.
—Puede esperar.
Pero Austin se llevó el teléfono a la oreja después de apretar unos
botones.
—Oye, Colin tiene una pregunta para ti…
Quiso detener al chico; si Parker no se encontraba bien, no quería
molestarla.
—Vale. —El chico colgó—. Ahora baja.
—No hacía falta. Puede esperar.
Austin le dio una palmadita en el cuello a Scout.
—No pasa nada. Le gusta tenerlo todo controlado, así que cuanto más
sepa sobre lo que pasa aquí, más fácil para ella.
De repente, el adolescente había desaparecido y el adulto en el que
acabaría por convertirse había asomado un momento.
—Parece que conoces bien a tu hermana.
—Supongo. —Había vuelto el adolescente.
—Os voy a hacer todo esto lo más fácil posible —le aseguró.
—Eso es lo que dijo Parker.
Colin lo observó mientras Austin se quedaba mirando su teléfono.
Sí…
No hablaba el lenguaje adolescente.
Cuando vio aparecer a Parker, se disculpó y dejó solo al chico.
Se dio cuenta de que algo iba mal varios metros antes de que Parker lo
alcanzara. No sonreía, las gafas de sol le ocultaban los ojos y la confianza
que transmitía normalmente con su forma de andar había sido reemplazada
por un paso lento y por unos hombros caídos.
—Hola. —Le habló con un tono de voz neutro y comedido—. Austin me
ha dicho que no te encontrabas bien. Esto puede esperar.
—No, no pasa nada.
Colin dudaba que eso fuese verdad, pero siguió hablando de todos
modos.
—Vamos a traer las barreras de hormigón que queremos poner en este
lado del barranco.
—Muy bien.
Siguió esperando a que ella lo mirara.
No lo hizo.
Señaló dos postes que habían formado parte de una valla de madera
decorativa.
—¿Tenías pensado reparar esa valla?
—No lo sé. Los camiones de bomberos la derribaron. Estoy esperando a
que pase el invierno para ver cuáles son las prioridades en cuanto a
reparaciones de daños. —Apenas había rastro de emoción en su voz.
—¿Seguro que estás bien?
—Estoy bien.
Pero él respondió a eso con un resoplido. No había podido evitarlo:
estaba disgustada, no enferma. Y a Colin le estaba costando un gran
esfuerzo no indagar.
—Cuando una mujer dice que está bien, nunca está bien.
—¿Quién te ha dicho eso, tu madre?
—Mi madre me lo demostró. Mi hermana me lo dice constantemente.
—¿También te ha dicho tu hermana que cuando una mujer dice que está
bien, es su manera de decir que no le apetece hablar del tema? —Volvió la
cabeza hacia él, y Colin percibió la intensidad de sus ojos a través de las
gafas de sol.
—Sí…
Parker lanzó las palmas de las manos al aire.
—¿Y entonces?
A medida que avanzaba la conversación era evidente que estaba cada
vez más molesta y menos triste. Al menos en la ira había energía, y eso era
algo que a Colin siempre le había parecido mejor que la depresión.
—Vale. Bueno, pues esos postes de ahí molestan para el acceso de los
camiones a esta parte de la propiedad.
—¿Quieres quitarlos?
Colin asintió, pero volvió de inmediato a su otra conversación.
—Se me da muy bien arreglar cosas, así que, si me dijeras qué es lo que
te pasa, tal vez podría ayudarte.
Ella inclinó el cuerpo hacia él, se quitó las gafas de sol y lo miró con los
ojos hinchados de tanto llorar.
—¿Puedes arreglar mi trabajo? ¿Puedes volver atrás en el tiempo y
hacer que este incendio no hubiera ocurrido nunca? ¿Puedes hacer que, por
arte de magia, este año no haya lluvias y que nada de esto sea necesario?
Colin escogió la única parte de aquello sobre la que ella tenía algún
control.
—¿Qué te ha pasado en el trabajo?
—Me han bajado de categoría.
—Eres maestra, ¿verdad? —Tenía algo que ver con una escuela.
Y a partir de ahí, Parker dio rienda suelta a todo.
—No, no soy maestra. Tuve que dejar la universidad cuando mis padres
murieron. Soy auxiliar de educación de niños con necesidades educativas
especiales en una escuela de primaria. Mejor dicho, era auxiliar. Lo cual no
era un gran trabajo en cuanto al sueldo, pero al menos trabajaba a tiempo
completo. Ahora vuelvo a ser la vigilante del patio de recreo y a gritarles a
los padres que hablan por el móvil mientras dejan a sus hijos con el coche.
—Se pasó las dos manos por el pelo y se le cayeron las gafas.
Colin las agarró en el aire antes de que ella se le adelantara.
—Gracias —dijo Parker cuando se las dio.
—Lo siento. —Y lo sentía de verdad. El estrés de la situación, teniendo
que estar a cargo de sus hermanos, no podía ser fácil—. Supongo que eso
implica un recorte en el sueldo.
—Sí, así es. No es que ganara mucho dinero, pero algo ayudaba. Mi
madre no trabajaba, pero mi padre aún seguía ganando dinero cuando
murieron. Tenemos seguridad social y una pensión. Y un fondo fiduciario
especial para la universidad para cada uno de nosotros, gracias a Dios…
pero están los coches, los seguros, la gasolina, los móviles… —Se tapó la
cara con las manos—. No importa. Nada de eso tiene que ver contigo. Lo
siento. Yo solo… He tenido un mal día.
—Me parece que has tenido más de uno.
—Bueno, da igual. —Volvió a ponerse las gafas de sol—. Así que
quieres deshacerte de esos postes de ahí.
—Sí.
—Bien.
—¿Te parece bien? —preguntó él, animado.
Parker esbozó una leve sonrisa.
—De verdad, no me importa. La valla está hecha polvo de todas formas,
tiene un aspecto lamentable.
—Podría sustituirla por una nueva cuando hayamos terminado.
Ella negó con la cabeza.
—No, no hay razón para que los dos tengamos que tener problemas con
nuestros jefes. Ya he visto que te has encargado de los establos. Gracias por
eso.
—De nada. —A Colin le entraron unas ganas inmensas de abrazarla y de
hacer más llevadero su dolor.
Parker arrastró los pies y lanzó un suspiro, mirando a su alrededor.
—Mi madre ahora está jubilada —dijo Colin—, pero trabajó como
contable durante años. Sabe mucho de presupuestos y planificación
contable. Tal vez te pueda ayudar.
—No querría…
Colin le puso la mano en el brazo e intentó hacer caso omiso de la
corriente eléctrica que le recorrió la piel con el contacto.
—Ella estaría encantada de ayudarte. Mi padre es un policía jubilado y
la vuelve loca todo el día en casa. —Aquello no era del todo cierto, pero le
pareció que tenía que añadir algo así para que Parker aceptara—. Quizá que
alguien de fuera eche un vistazo a las cuentas sirva de ayuda.
Parker sopesó la propuesta.
—No sé…
—Piensa en toda la gente a la que estás ayudando tú al permitir estas
obras en tu finca. Deja que alguien te ayude a ti. Tal vez no sirva de nada, o
tal vez sí. —Le apretó el brazo.
Parker dejó escapar un largo suspiro.
—Está bien… De acuerdo. Pero solo si no es molestia —aclaró.
Colin se felicitó a sí mismo.
—No es una molestia en absoluto. Te lo prometo.
—¿Seguro?
—Parker…
—Vale.
La tímida sonrisa que le dedicó le dio a entender que acababa de quitarle
parte de un peso de encima.
Capítulo 11

—Adelante, pase.
Parker abrió la puerta y retuvo a Scout al mismo tiempo.
Colin le había enviado un mensaje de texto la noche anterior, después de
su conversación, para decirle que su madre se pasaría por allí cuando Parker
volviera del trabajo al día siguiente.
—Tú debes de ser Parker.
—Sí, soy yo. —Scout trató de abalanzarse sobre la mujer—. Lo siento.
No está acostumbrado a estar encerrado todo el día. —El ruido de la
maquinaria pesada llegó a través de la puerta abierta.
—No pasa nada. Me encantan los perros.
Parker apartó al animal y lo regañó hasta que se hubo calmado lo
suficiente para dejarlo suelto.
La joven se levantó y miró con atención a la madre de Colin por primera
vez. Era una mujer delgada, pero no tenía aspecto frágil… de unos sesenta y
muchos años, aunque era difícil decirlo. Su pelo era de color castaño claro,
y lo llevaba corto y liso. Colin tenía sus mismos ojos, de un castaño cálido,
casi cobrizo.
—Gracias por venir. No estoy segura de que vaya a poder ayudarme.
La señora Hudson la siguió hasta el inmenso comedor, donde Parker
había abierto un portátil y sus archivos con los gastos mensuales.
—Colin me ha dicho que te han reducido las horas en el trabajo. Si lo
revisamos todo y no hay nada que hacer, bueno, al menos así lo sabrás.
Además, quizá sea mayor, pero me encanta hacer nuevas amigas.
Sus cariñosas palabras le tocaron la fibra.
—Eso me ha gustado. ¿Le apetece tomar algo?
—Un vaso de agua. —La señora Hudson miró a su alrededor—. Tienes
una casa preciosa.
—No puedo atribuirme el mérito. Es obra de mis padres; bueno, menos
la televisión. Tuve que cambiarla hace un tiempo.
—Colin me dijo que tus padres habían fallecido y que te has estado
encargando de tu hermana y tu hermano.
Parker cogió una botella de agua fría de la nevera y se la dio.
—Nos encargamos los unos de los otros.
—Hmmm. ¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Dos años.
La mujer negó con la cabeza.
—Lo siento mucho.
—Gracias. El tiempo no lo cura todo, pero ayuda.
Su amable sonrisa se tornó en una expresión de lástima, la misma que
Parker veía cada vez que le confiaba a alguien su situación.
—No puede ser fácil. Y eres tan joven…
—Bueno, no me siento demasiado joven últimamente.
—No. Ya me imagino que no. —Se volvió a mirar por el ventanal las
vistas de la propiedad. Una hilera de camiones transportaba escombros y las
excavadoras horadaban la tierra mientras las cuadrillas de operarios
construían las estructuras a casi doscientos metros de la casa—. Colin me
ha dicho que se trata de un proyecto de gran envergadura.
—La verdad es que no sabía lo que me iba a encontrar.
—Probablemente no con esto.
Parker se sorprendió con la mirada fija al otro lado del ventanal, una
mirada como ausente.
—No.
La señora Hudson le rodeó los hombros con el brazo y la sacó de su
ensimismamiento.
—Bueno, cielo, vamos a ver qué tenemos aquí.
Parker pasó las siguientes dos horas sentada junto a la madre de Colin,
indicándole el origen de todo el dinero que entraba y de los gastos que
salían. Abrió la web del banco y examinaron todas las cuentas que habían
abierto sus padres. Todo estaba aún a nombre del fondo fiduciario, excepto
su cuenta personal y la de Mallory.
—¿Estas son las cuentas para la universidad?
—Sí.
Hizo clic en la página web.
—Aún entra dinero en la de tu hermano. Y la tuya está casi vacía.
Parker se encogió de hombros.
—Mis estudios estaban totalmente financiados cuando murieron
nuestros padres. Austin tenía quince años, así que no me parecía correcto
que yo fuera la única que pudiera permitirse ir a la universidad. Seguí
costeando la de Mallory y la de Austin con la mía. Pensé que, para cuando
fueran a la universidad, tal vez podríamos vender la casa y yo utilizaría el
dinero para volver a estudiar. —Ese había sido su gran plan, al menos.
—Y entonces, ¿dónde vivirías?
—En un piso… No lo sé.
La señora Hudson señaló un número en la pantalla.
—Esta es la hipoteca, ¿verdad?
—Sí.
—¿Te das cuenta de que es menos dinero de lo que cuesta un
apartamento en este valle?
—Puede ser, pero sin capital líquido no voy a poder ir a la universidad y
conseguir un trabajo para pagar los gastos de todo esto. Las ayudas de la
seguridad social de mi padre se acabarán cuando Austin acabe el instituto.
—Ya veo el problema.
Abajo, la puerta del garaje se cerró de golpe y se oyeron unos pasos
cuando alguien entró en la casa.
Mallory tiró su mochila al sofá y saludó.
—Es la señora Hudson, la madre de Colin. Me está ayudando con los
libros de contabilidad.
Su hermana sonrió y la saludó.
—Hola.
—Podéis llamarme Nora. Lo de señora Hudson es muy largo.
—¿Ha aparecido ya la olla llena de monedas de oro? —Mallory fue
directamente a la nevera y sacó la leche.
—Estamos buscando el arcoíris primero.
Su hermana se rio, entró en la despensa y salió con una caja de cereales.
—Dígale que gaste el dinero del seguro y que deje ya de preocuparse.
—¿El dinero del seguro? —preguntó Nora.
—Está en una cuenta separada. Es una indemnización para reparar los
daños causados por el incendio, no para vivir de ese dinero —le recordó
Parker a su hermana.
—¿De cuánto dinero estamos hablando?
—De mucho —contestó Mallory.
—No es tanto como tú crees, y no durará mucho cuando empecemos a
hacer las reparaciones. Tampoco sabemos qué pasará si hay inundaciones,
ni si el seguro lo cubrirá si nos joden por otro lado. —Parker se dio cuenta
de que, en medio de la discusión con su hermana, había dicho una palabrota
—. Perdón… si hay alguna otra catástrofe.
Nora le dio una palmadita en la mano y no le reprochó que se le hubiera
escapado un taco.
—¿Tienes algún documento de la compañía de seguros, lo que pagaban
tus padres, para que pueda echarle un vistazo?
Parker asintió con la cabeza y echó hacia atrás su silla.
—Iré a buscarlo.
Cuando salió de la habitación, oyó a Nora hablando con su hermana.
—¿Es esa tu cena?
Parker hizo una mueca de dolor.

Parker estaba sentada en la cama. La casa estaba en silencio. Austin


había vuelto justo cuando Nora se iba con la promesa de volver al día
siguiente. Quería echar un vistazo a los libros de cuentas de sus padres y
compararlos con lo que estaba haciendo Parker.
No estaba segura de que fuese a encontrar algo diferente.
El dinero entraba y salía, era tan sencillo como eso.
Pero le gustaba contar con Nora; aunque no lograse encontrar el modo
de hacer que el dinero se multiplicase, era bueno saber que Parker estaba
haciendo todo lo que estaba en su mano para que funcionaran las cosas.
Así que ahí estaba, sentada en la cama con el móvil en la mano.
Dejó el dedo suspendido encima del nombre de Colin. Lo presionó y
escribió un mensaje de texto.

Tu madre es maravillosa. Gracias.

Estuvo observando la pantalla durante un minuto largo antes de dejar el


teléfono. Era tarde… bueno, solo eran las nueve y media, pero ella ya
estaba en la cama, porque, tras su reasignación, tenía que estar en la escuela
media hora antes de lo habitual para controlar las entradas al colegio y el
patio. Apoyó la cabeza en el cabecero de la cama y cerró los ojos. Tal vez
debería volver a plantearse trabajar como camarera. Pagaban mejor. Pero el
horario era una mierda.
Veintiséis años y sirviendo mesas.
«¿Cómo es posible que esta sea mi vida?».
Antes de que pudiera responder a esa pregunta, le sonó el teléfono. Vio
el nombre de Colin y contestó.
—Hola.
—Soy Colin. —El timbre de su voz la tranquilizó.
—Hola, Colin.
—Me imaginaba que estarías despierta.
—No por mucho tiempo. Tengo que gritarles a las madres mañana
temprano.
Él se rio.
—Entonces no te entretendré.
Parker se acurrucó un poco más en la cama.
—Has recibido mi mensaje.
—Sí. Mi madre no ha parado de hablar de ti.
—No estoy segura de si eso es bueno o malo.
Él tosió.
—¿Lo dices en serio? Mira todo lo que estás haciendo. Está
impresionada.
—Todo esto se aguanta con tiritas, no llega ni a cinta adhesiva. Tu
madre es maravillosa. Por desgracia, no ha visto nada a lo que podamos
aferrarnos.
—Me dijo que necesitaba más tiempo.
Parker no albergaba muchas esperanzas.
—Vendrá mañana cuando yo esté trabajando, para poder mirarlo todo
con más calma, y me explicará lo que ha encontrado cuando vuelva a casa.
—Para alguien con tantas reservas ante la idea de que unos extraños se
paseasen por su propiedad, me sorprende oír que te parece bien que mi
madre esté ahí cuando tú no estás.
Parker sonrió.
—Bueno, es tu madre. Lo que significa que tiene mi visto bueno
automáticamente.
—¿Es eso cierto? —Parker percibió el eco de una risa en su voz.
—Sí. Además, cada vez se me da mejor eso de dejar entrar a la gente en
mi espacio personal. —En cuanto aquellas palabras le salieron de la boca,
se dio cuenta de cómo podrían ser interpretadas.
—¿Ah, sí? ¿Y a quién más dejas entrar en tu espacio personal? —
preguntó.
—A nadie —contestó rápidamente—. Ya sabes lo que quiero decir.
—Solo lo decía para chincharte un poco.
No podía dejar de sonreír.
—Ya veo.
—¿Te encuentras mejor?
—Un poco mejor, sí.
—Tienes mejor voz.
Ayudaba el hecho de que hubiese dejado de llorar.
—Gracias por proponer soluciones. A veces llevo puestas las anteojeras
y solo veo lo que está delante de mí. El otro día, lo único que veía era la
cola del paro.
—Que es peor aún que la cola de los trámites de Tráfico —dijo él,
riéndose.
—Eso es verdad. Te agradezco que me hayas llamado. Estoy casi segura
de que eso no forma parte de tus obligaciones laborales.
—No te creas.
Ella hizo una pausa, sin saber muy bien qué había querido decir Colin
con eso.
—Ahora no te sigo.
—Tienes razón. Como supervisor del proyecto, no es necesario que te
llame para ver cómo va todo a menos que esté lloviendo o que surja algún
problema con el proyecto, pero como hombre que no está casado, que llama
para ver cómo va todo a una mujer que tampoco está casada…
Parker contuvo la respiración y se quedó sin palabras.
—A menos que prefieras que yo…
—Estás intentando ligar conmigo. —Se inclinó hacia el teléfono, con el
corazón en vilo ante lo que iba a decir él continuación.
Se rio.
—Sí. Podría llamarse así. ¿Te parece bien?
Parker sonrió de oreja a oreja e hizo un movimiento de victoria en el aire
con la mano.
—Espera, ¿por qué?
—¿Por qué estoy intentando ligar contigo?
—Sí.
—Vamos a ver. Eres una mujer atractiva, trabajadora, inteligente… y eso
de que no estés casada sin duda es un plus. Eres resuelta y segura de ti
misma, te preocupas por los demás… ¿Hace falta que siga?
—Tal vez —bromeó. Se llevó las rodillas al pecho, disfrutando de la
cálida sensación que sus palabras le estaban produciendo en el vientre.
—Está bien: los chicos del equipo te respetan, a mi madre y a mi
hermana les caes muy bien…
—No conozco a tu hermana.
—Sí, la conociste en la reunión con la oficina municipal. Se llama
Grace.
—Creía que era una responsable de proyectos. —Parker trató de
acordarse de la cara de la mujer. Recordaba vagamente que era bajita.
—Lo es, pero no de tu proyecto. Me pareció que ayudaría a contrarrestar
la personalidad autoritaria de Ed.
—Sí que fue un poco agresivo.
—Entonces, ¿te parece bien?
—¿El qué?
—Que esté intentando ligar contigo.
Tardó un minuto en responder.
—Mi vida es un desastre, Colin.
—Sí, lo sé. Me gusta esa parte también. A menos que no estés
interesada, en cuyo caso tendré que desplegar todo mi arsenal de encanto.
—Ya estaba haciendo eso de la sonrisa en su voz otra vez.
A esas alturas Parker ya estaba acariciando el teléfono y recordando lo
que se sentía al coquetear con un chico.
—No he dicho que no estuviera interesada. Aunque tengo que reconocer
que no me importaría verte desplegar todo tu encanto…
Su risa gutural hizo que ella se riera también.
—Ya estamos avanzando un poco.
—Estoy muy desentrenada en este terreno —le advirtió.
—Entonces iremos despacio.
—No tenemos más remedio.
—Está bien, Parker. Dejaré que te vayas a la cama, ya que tienes que
gritarles a todas esas madres a primera hora de la mañana. —El hombre
había prestado atención a todo lo que le había dicho. Eso sí que era una
novedad…
—Buenas noches, entonces.
—Buenas noches.
Cuando él colgó, Parker arrojó el teléfono a la cama y se abrazó las
rodillas con fuerza. Dios, qué bien sentaba que un hombre estuviera
intentando ligar con ella…
Capítulo 12

Parker atravesó con el coche la larga fila de volquetes, a los que Ray
detuvo con una seña al verla. La mujer se paró al pasar por su lado y bajó la
ventanilla.
—Gracias, Ray.
—De nada.
Se asomó por la ventanilla con la esperanza de ver a Colin. Había media
docena de camionetas exactamente iguales que la suya aparcadas una al
lado de la otra. A pesar de las ganas que tenía de verlo, a pesar de que se
había pasado casi todo el día pensando en él, no pensaba ponerse a
buscarlo. Tenía que ser un poco más sutil.
El coche de Nora estaba aparcado junto al camino de entrada.
Parker entró en el interior de la casa desde el garaje. En cuanto abrió la
puerta, le llegó el olor de un guiso tremendamente apetitoso. Cerró los ojos
e inhaló con fuerza por la nariz. Era un asado de carne… o algo similar.
El garaje estaba situado debajo de la zona principal de la casa, así que
tuvo que subir un tramo de escaleras para percibir los efluvios culinarios en
toda su intensidad. Al doblar la esquina vio a Nora sentada en la mesa del
comedor en la que habían estado el día anterior.
En la cocina no había rastro del caos de la mañana, y había un jarrón con
flores frescas en la isla de la cocina.
—¿Qué es lo que huele tan bien?
Nora levantó la vista y dejó las gafas de leer a un lado.
—Ya me parecía haber oído entrar a alguien.
Parker miró dentro del horno.
—¿Te has puesto a cocinar?
—Espero que no te importe. He pensado que te vendría muy bien un
buen plato de comida casera.
—No tenías que haberte…
—Ya lo sé, pero me apetecía hacerlo. —Nora se acercó a ella—. He
encontrado algunos ingredientes en la despensa y he comprado otros. Una
de las cosas que más echo de menos de cuando mis hijos vivían en casa es
preparar una buena comilona para cinco.
—Yo no encuentro tiempo para grandes comilonas —dijo Parker.
—Nosotros nos juntamos al menos dos veces al mes. Así me quito el
gusanillo. Yo los invitaría a comer a casa cada semana o más a menudo, si
pudiera.
—Todo esto es por la cena de anoche de Mallory, el bol de cereales,
¿verdad?
—No te estoy juzgando, cielo. Entiendo perfectamente lo que es tener
adolescentes entrando y saliendo de casa todo el día. Creo que Colin estuvo
alimentándose a base de pizza congelada durante tres años.
—El plato favorito de Austin.
Nora ladeó la cabeza.
—Lo que tal vez no sepas es lo mucho más caro que sale ese tipo de
dieta a largo plazo. —Le hizo señas a Parker para que se acercara a la mesa
—. Hubo una época en que a mi marido y a mí nos costaba llegar a fin de
mes. Mi madre estaba muy delicada de salud y al final tuvimos que
ingresarla en una residencia de ancianos. La residencia era muy cara y yo
no tenía más remedio que estirar el presupuesto de la lista de la compra
como fuese.
Nora le dio una libreta llena de recetas de cocina y le habló del arte de
coleccionar cupones de descuento. Luego le enseñó una hoja de cálculo.
—Para alguien tan joven, lo cierto es que sabes manejar muy bien tu
presupuesto. He visto que has utilizado el seguro de vida de tu padre para
pagar la hipoteca, los impuestos y el seguro.
—Pero el dinero se está acabando.
—Sí, también lo he visto. —Señaló una columna—. Esto de aquí son los
ingresos de tu inquilina. ¿Hay alguna razón para que no alquilaras la casa
de invitados antes?
Parker asintió con la cabeza.
—Cuando murieron nuestros padres, Mallory y Austin eran ambos
menores de dieciocho años. Al convertirme en su tutora legal a los
veinticuatro años estaba sometida a la supervisión de los tribunales.
—¿Y eso todavía es así?
—No, no exactamente. A ver, el instituto sabe cuál es nuestra situación y
sé que podrían denunciarme si hubiera un problema de verdad. Me parecía
que tener un inquilino en la finca aumentaba las posibilidades de que
hubiese algún problema, y quería evitarlo.
—Y cuando Austin cumpla dieciocho años, ese riesgo desaparecerá.
—Exacto. Y cuando mi hermano acabe el instituto, nos quedaremos sin
los cheques de la seguridad social de nuestros padres. Ya he solicitado la
prórroga de tres meses después de que cumpla los dieciocho.
—Y como ya vimos ayer, todo eso está funcionando, pero es obvio que
no seguirá haciéndolo mucho tiempo, porque el dinero de las cuentas se está
agotando; os queda para algo menos de dos años con los gastos actuales.
Incluso con la inquilina.
—A menos que consiga un trabajo mejor.
—Algo fundamental si piensas quedarte en la casa.
Durante los siguientes diez minutos, Nora le habló de los pros y los
contras de dejar la casa familiar para irse a vivir a un apartamento. Le habló
del mercado inmobiliario y de la economía, temas en los que Parker no
había pensado demasiado. Aunque Parker sabía que el incendio podía
disuadir a posibles compradores y hacer que bajara el precio de venta de la
casa, no se había parado a pensar en todo el panorama general.
—¿Y si no puedo pagar todas las facturas de la casa? —preguntó Parker.
Nora levantó un dedo antes de ponerse las gafas.
—El dinero del seguro. Te pagaron por haber perdido los establos, pero
aquí no dice nada de que tengas que reconstruirlos.
—Pienso que la propiedad tendría más valor si tuviera un establo.
—Puede ser, pero ¿lo necesitas?
—Ya no. Lo primero que hicimos después del accidente fue vender los
caballos. —Cien dólares al mes solo en comida por cada caballo era algo
que quedaba fuera de su presupuesto.
Siguieron analizando las hojas de cálculo de los daños y el dinero de la
indemnización de la compañía de seguros, y Nora añadió una columna con
el coste estimado de la reparación de los daños con un presupuesto de
mínimos, encargándose ellos mismos de la mayor parte de los trabajos de
reparación.
—No me importa hacer yo misma todo lo que pueda, pero no tengo ni
idea de cómo arreglar las tejas de un tejado ni de construir una valla —le
explicó Parker.
La amable sonrisa de Nora ayudó a Parker a aliviar la tensión que se le
acumulaba en los hombros.
—Pues para eso es para lo que tienes que pedir ayuda, querida. Hacer
una barbacoa y preparar galletas caseras es una forma segura de conseguir
la colaboración de algunos de tus nuevos amigos, esos que están ahí fuera
en tu jardín ahora mismo.
La idea la hizo sentir incómoda.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué no? A la gente le gusta ayudar. —Nora siguió hablando—.
No te estoy diciendo que no vayas a tener que contratar a alguien para
algunas tareas y pagar el coste exorbitado de esos servicios, pero, para
algunas de las cosas de esta lista, no te hará falta contratar a nadie. La
madre que llevo dentro quiere decirte que no te preocupes por el dinero,
pero entiendo que eso no es posible cuando tienes delante tantas incógnitas
este invierno. Voy a decirte que intentes no preocuparte demasiado, Parker.
Más que nada, porque eres demasiado joven para que te salgan arrugas.
Parker trató de sonreír.
—Trabaja todas las horas que te asignen. Anima a tu hermano a que
busque un trabajo de media jornada. Todos mis hijos trabajaban cuando
estaban en el instituto. —Nora puso la mano sobre la de Parker—. Esto de
ahora es temporal. Puede que en un trabajo nuevo no sean tan comprensivos
con las horas que vas a necesitar estar en tu casa ahora mismo. Colin y su
equipo están haciendo todo el trabajo ahí fuera, pero tú también tienes
muchos temas pendientes aquí dentro, y eso es algo personal y emocional.
Todo esto ya habría sido difícil para tus padres, así que es el doble de difícil
para ti.
—Tengo miedo de que todo se desmorone. Esta casa es lo único que nos
queda de ellos.
Nora le apretó la mano.
—Lo sé. Ya lo veo. Te recomiendo que recortes cupones, que no cenéis
comida precocinada… que hornees galletas caseras y hagas parte del
trabajo tú misma para hacer durar más el dinero del seguro. Y luego, en
primavera, cuando pase el invierno y lo que sea que traiga consigo, y
cuando Austin haya acabado el instituto, tú y yo podemos volver a
sentarnos y evaluar de nuevo la situación.
Todo parecía demasiado fácil.
—¿De verdad crees que eso es lo mejor que se puede hacer?
—Es lo que le aconsejaría a mi hija si estuviera en tu misma situación.
—Nora se recostó hacia atrás y se quitó las gafas—. ¿Has pensado en lo que
quieres hacer con tu vida? ¿En qué querrías estudiar si volvieras a la
universidad?
Parker se frotó un punto de dolor en la nuca.
—He cambiado de idea tres veces en los últimos seis años. Sigo
esperando que me llegue algún tipo de inspiración.
—Y eso no ha ocurrido todavía.
Negó con la cabeza.
—No me extraña. Estás demasiado ocupada viviendo la vida de otra
persona para planear la tuya.
La puerta del garaje se abrió y se cerró de golpe.
—¿A qué huele? —preguntó Austin al entrar, corriendo. Asomó por la
esquina y arrojó la mochila al suelo.
—La señora Hudson nos ha hecho la cena.
—Solo la he empezado —dijo Nora—. ¿Austin?
—¿Sí? —El chico estaba mirando dentro del horno.
—Hay un bol con verduras cortadas en la nevera. Necesito que se las
eches por encima al asado a las cuatro. La cena estará lista a las cinco.
—Ningún problema. Huele fenomenal.
Nora se inclinó para susurrarle a Parker al oído:
—Delega siempre que puedas.
Austin se desplazó del horno a la nevera.
—Alguien ha ido a comprar. —Metió la mano y sacó una manzana.
Parker quería preguntarle si se encontraba bien.
—No tenías que comprarnos comida —le dijo a Nora.
La mujer se levantó y empezó a recoger sus cosas.
—Acepta su ayuda cuando la gente quiera ayudarte, querida.
Parker miró al ramo de flores de la encimera.
—Lo de las flores ya es demasiado.
—Huy, sí, claro que lo es. —Se dirigió hacia la puerta principal y la
abrió—. Pero es que no son mías.
Parker dejó de sonreír y la miró extrañada por encima del hombro.
—Te llamaré el lunes. Te traeré algunas de mis recetas para la olla de
cocción lenta, las favoritas de mi familia.
Salieron por la puerta hacia el porche cubierto. Al otro lado del jardín,
Erin salía de su coche cargada con la compra.
—¿Es esa tu inquilina?
—Sí. Es simpática. Discreta. No podría haber encontrado a alguien
mejor.
—Qué bien. Me siento mejor sabiendo que hay otra persona adulta aquí
contigo, aunque esté en la casa de invitados.
—Yo también, la verdad.
Nora se volvió y se dispuso a darle un abrazo.
Parker la abrazó gustosa ella también.
—Muchas gracias.
—Muchas de nada.
Una vez que Nora bajó las escaleras y se dirigió a su coche, Parker
volvió a la casa y se fue directa a las flores.
Encontró una tarjeta con su nombre. En el reverso, lo único que decía
era «A esto lo llamo yo “desplegar todo mi encanto”».
La tarjeta no llevaba ninguna firma.
No hacía falta.
Capítulo 13

Colin saludó a su madre con la mano cuando esta atravesó la cola de


camiones con el coche.
Fabio se puso a su lado, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Era tu madre?
—Sí.
—¿Ha venido a dejarte comida o algo?
—No. Está ayudando a Parker. —Decir su nombre en voz alta lo hizo
sonreír.
—Pero no es la única que está «ayudando» a Parker, ¿verdad que no?
Respondió a la pregunta capciosa de Fabio con silencio. El teléfono le
vibró en el bolsillo trasero.
Un mensaje de texto de Parker apareció en la pantalla.

Las ores son preciosas.

«Acabo de ganar varios puntos», pensó.


—Ajá.
—¿Qué?
Cuando Colin lo miró, Fabio ya se estaba yendo.
Se balanceó hacia delante y hacia atrás sobre sus talones, con una
sonrisa en la cara. Tal vez el fin de semana siguiente podría convencerla
para que saliera con él una noche.

El asado que Nora había preparado era para unas diez personas, de modo
que Parker invitó a Erin a cenar con ellos. Por primera vez en meses, puso
la mesa e hizo una ensalada para acompañar la carne.
Un rato antes había salido de la casa en busca de Colin, pero resultó que
lo habían llamado y había tenido que irse a otro proyecto en otra parte de la
ciudad. Pensó en enviarle un mensaje de texto, pero decidió no hacerlo. Él
ya le había mandado flores y ella le había dado las gracias. La pelota estaba
de nuevo en el tejado de él. Además, ir despacio significaba que no tenía
que pasarse el día entero pendiente de él. Eso habría sido lo contrario de ir
despacio… por muchas ganas que tuviera de hablar con él a todas horas.
Había refrescado lo suficiente para poder abrir las ventanas de la casa y
dejar entrar un poco de aire fresco. Los camiones habían parado hasta el día
siguiente y, sin el ruido de fondo de los pitidos, el coro de grillos y la vida
nocturna empezaban a cobrar vida.
—Toc, toc —dijo Erin desde el otro lado de la puerta mosquitera.
—¡Pasa! —dijo Parker desde la cocina.
—He traído vino.
—Perfecto.
—Huele muy bien.
Erin llevaba un vestido de tirantes y el pelo suelto sobre los hombros.
Sujetaba una botella de vino tinto. Parker solo conocía los vinos de dos
dólares del supermercado local de la cadena Trader Joe’s. Al parecer, Erin
tenía mucho mejor paladar, y el presupuesto necesario para ello.
—Me encantaría atribuirme el mérito, pero es cosa de la madre de Colin.
Creo que siente lástima por nosotros.
Erin se puso detrás de ella.
—Todos los vecinos de la calle sienten lástima por vosotros. —Agitó
una pequeña lata roja que llevaba en la mano—. Esta es la salsa para carne
de la que te hablaba.
Parker leyó la etiqueta.
—¿«Bisto»?
—La descubrí cuando estaba en Londres. No forma nada de grumos, es
espectacular.
—¿Has vivido en Londres?
Erin abrió la boca, hizo una pausa y se dio la vuelta.
—Bueno… fui en un viaje de mochilera, hace ya años.
—Debió de ser un viaje increíble.
—Sí. —Miró a su alrededor en la cocina—. ¿Tienes una cazuela
pequeña?
Parker señaló el armario donde guardaban las ollas y las sartenes.
—Mira ahí dentro.
Erin se puso a rebuscar en el armario, al parecer sin ninguna intención
de seguir hablando de Londres. Si Parker estaba interpretando bien el
lenguaje corporal de la mujer, se arrepentía de haberlo mencionado incluso.
Sentía curiosidad y quería seguir indagando, pero optó por obviar el tema.
Sacó un abridor de vino de un cajón y, a continuación, descorchó la
botella.
—¿Ya está la cena? —Austin entró en la cocina.
—Sí. Ve a buscar a Mallory.
Los verbos «ir» y «buscar» no quedaron registrados en la cabeza de su
hermano.
—¡Mallory! ¡La cena está lista! —gritó a pleno pulmón.
Parker sacudió la cabeza.
—Eso podría haberlo hecho yo.
Erin se rio mientras mezclaba la salsa de carne.
Entre los cuatro lo llevaron todo a la mesa.
—Bueno, y al final, ¿qué se le ha ocurrido a la señora Hudson? —
Mallory abrió la conversación.
Hicieron circular los platos alrededor de la mesa para que cada uno de
los comensales se sirviese lo que quisiese. Parker explicó lo que iba a hacer.
—Para el próximo verano las cosas ya deberían estar más claras y
buscaré un trabajo mejor, a jornada completa.
—¿Qué hay de la universidad? —preguntó Mallory antes de llevarse el
tenedor con carne asada a la boca.
—Si consigo decidirme por una especialidad en concreto, buscaré más
centros educativos en línea. Tal vez algún ciclo formativo de grado superior.
Austin soltó su teléfono.
—Yo también había pensado en algún ciclo formativo.
Eso era toda una sorpresa.
—¿Ah, sí? ¿De qué tipo?
Señaló con el pulgar a la ventana.
—¿Tú sabes lo que ganan esos operadores de máquinas pesadas? He
estado buscando información.
—Si ganan tanto, tal vez debería planteármelo —comentó Parker medio
en broma.
Austin frunció el ceño.
—Eres una mujer.
Mallory dio un codazo a su hermano.
—Oye…
—En serio, ¿tú ves alguna chica ahí fuera?
Ahora que lo decía…
—Pero eso no significa que una mujer no pueda hacer ese trabajo. —
Mallory era la librepensadora liberal de la familia.
—No he dicho que no pueda. —Austin hablaba con la boca llena—. Es
un trabajo donde te ensucias con tierra y con grasa. No te veo, la verdad —
le dijo a Mallory.
—Pues yo sí veo a Parker —señaló Mallory.
—¿Yo? ¿Por qué yo?
—Porque podrías ver a Colin a todas horas, todos los días. —Mallory y
Austin intercambiaron una sonrisa.
—¿De qué estás hablando? —Parker miró a Erin buscando su apoyo,
pero la inquilina respondió mirándola de reojo.
Austin puso los ojos en blanco.
—Venga, ya… Está claro que te gusta.
Y ella convencida de que disimulaba la mar de bien…
Mallory la apuntó con el tenedor.
—Solo por hablar de él ya te estás sonrojando.
Austin seguía masticando con la boca entreabierta.
—Las flores son una buena señal de que el interés no es solo por tu parte
—comentó.
Parker miró las flores y volvió a mirar a Erin.
—A mí no me mires.
—Vale. Es un tío con las ideas claras y no está casado.
Mallory se rio.
—Te has dejado la parte de lo guapo que es.
—Y alto —añadió Erin.
—Alto, guapo, tiene trabajo… Así que, ¿cuándo vais a salir a cenar
juntos? —preguntó Mallory.
Parker alcanzó su copa de vino.
—¿No nos estamos precipitando un poco?
—No. —Austin engulló más comida.
—Todavía no estamos ahí. No me lo ha propuesto.
—Bueno, pues propónselo tú —sugirió Mallory.
Erin decidió intervenir en ese momento.
—No… deja que te lo proponga él. Es mejor así.
—Eso es muy antiguo: esperar a que sea el hombre el que te pida salir o
que te cases con él… cualquiera de esas cosas hace retroceder a las mujeres
varios siglos.
Austin negó con la cabeza.
—Unas décadas tal vez. Un siglo, como mucho muchísimo… pero no
más de uno.
—Me alegro de que les saques provecho a tus clases de historia. Tal vez
deberías elegir esa asignatura como especialidad en la universidad. —
Parker intentó desviar el tema de conversación de ella y Colin y volver a
hablar de los estudios superiores.
—No, me gusta la idea del ciclo formativo.
—Mamá y papá querían que fuésemos a la universidad —intervino
Mallory.
—Mamá y papá querían que tuviéramos la opción de ir, pero si Austin
quiere estudiar un ciclo formativo y salir con una profesión que le permita
ganarse la vida, cualquiera de nosotros firmaría ya mismo.
—Mucha gente se saca un título universitario y luego acaba trabajando
en otra cosa que no tiene nada que ver con lo que ha estudiado —añadió
Erin.
—Supongo. —Mallory dio otro bocado.
—¿Y tú, Erin? ¿Tienes algún título universitario? —preguntó Austin.
La mujer tomó un sorbo de vino.
—Una licenciatura en Comunicación y Humanidades.
—¿Dónde te graduaste? —preguntó Parker.
—En una universidad muy pequeña, en la Costa Este.
—Creía que eras del estado de Washington —comentó Mallory.
Dejó su copa.
—Mucha gente se va de casa para ir a la universidad.
Austin alargó el brazo y cogió la sal y la pimienta.
—Voy a pedirle a Keith que me enseñe a manejar su camión cargador.
La mitad de los chicos de ahí fuera son dueños de su propia maquinaria, ¿lo
sabíais?
Y la conversación pasó a girar en torno a la nueva pasión de Austin.
Parker se sorprendió sonriendo, riendo y disfrutando de la compañía de
sus hermanos durante la comida como hacía meses que no le pasaba. Tal
vez era porque había decidido seguir el consejo de Nora y olvidarse de parte
de su estrés y sus preocupaciones. O quizá era la comida casera y la
realidad de hablar de sus padres sin el vacío que normalmente se le abría en
el estómago al pensar en su pérdida. Sea cual fuese la razón, Parker disfrutó
del momento y lo atesoró en su memoria.
Una hora después, cuando los platos estuvieron fregados y Mallory y
Austin se habían ido ya a sus respectivos rincones de la casa, Erin y Parker
se sentaron fuera en el porche a contemplar los últimos instantes de la
puesta de sol. Scout correteaba por el jardín, feliz y contento de gozar de su
libertad. Las dos mujeres siguieron tomándose el resto del vino y charlando.
—Me considero afortunada —le dijo a Erin—. Me acuerdo de cuando
me sentaba aquí fuera en el porche con mi madre, viendo el atardecer. No le
di el valor que tenía hasta que me fui a la universidad y luego volví a casa
ese verano antes del accidente.
—No sé cómo pudiste sobreponerte a algo así. ¿Solo tenías veinticuatro
años?
—Sí. Mallory estaba empezando su último año en el instituto y Austin ni
siquiera conducía todavía.
—Tan jóvenes…
La pena empezó a permearlo todo de nuevo, un sentimiento al que
Parker no quería hacer frente, así que cambió de tema de conversación.
—¿Qué hay de ti? ¿Estás muy unida a tus padres?
Erin se escondió detrás de su copa de vino.
—No, no mucho. Nosotros… bueno, hablamos de vez en cuando. —
Apartó la mirada.
Sí; decididamente, Erin se estaba guardando algo. Parker lo dejaría pasar
por el momento y, con un poco de suerte, su inquilina llegaría a confiar en
ella lo suficiente como para compartir más detalles sobre su vida en algún
momento.
—¿Y qué hay de tu búsqueda de trabajo? ¿Has encontrado algo?
Se le iluminó la mirada.
—Pues lo cierto es que he encontrado trabajo a distancia.
—¿Qué quieres decir?
—Estudié periodismo en la universidad, pero nunca he hecho nada
relacionado con la carrera…
—Espera, creí que habías dicho que tenías un título en Comunicación —
la interrumpió Parker.
Erin abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.
—Ya. Es que incluía periodismo. —Sacudió la cabeza—. El caso es que
he encontrado trabajo como correctora de textos. Algo que podría tener
continuidad.
—Eso suena prometedor.
—Ahora mismo solo son artículos, pero hay mucha demanda de
correctores de ficción.
—¿Te refieres a corrección de libros?
Erin asintió.
—Sí. ¿Por casualidad no tendrás experiencia corrigiendo textos?
—Ojalá. Estoy perdida sin el corrector de Word.
—Necesitas ser capaz de ver lo que Word no ve. Es el trabajo perfecto
para mí. Puedo trabajar desde casa, disfrutar de la tranquilidad…
—Cuando los camiones no están aquí.
—No van a estar aquí para siempre.
—Eso es lo que no dejo de repetirme. —Parker apuró su copa de vino y
la dejó a un lado.
Oyeron ulular a un búho en un roble cercano.
Parker sonrió.
—¿Sabes lo que me resulta extraño? —preguntó Parker.
—¿Qué?
—Que tú y yo no tenemos ni treinta años y estamos sentadas en un
porche, tomando vino y viendo caer la tarde como si tuviéramos sesenta.
—Se llama madurez. No nos hace falta salir de bares para pasar un buen
rato. —Erin sostuvo su copa con ambas manos.
Parker se volvió para mirar de frente a su nueva amiga.
—Oye… Yo entiendo por qué soy como soy: me he pasado los últimos
dos años cuidando de mis hermanos, tratando de sostener esta familia tras la
muerte de mis padres. Pero ¿cómo es que tú eres tan madura? Hasta los
amigos de mi edad que están casados todavía tienen esa energía salvaje que
les hace querer salir de fiesta los sábados por la noche e irse un fin de
semana al desierto a un festival de música en verano. ¿O es que eres
introvertida por naturaleza?
Erin dejó el resto del vino a un lado.
—No siempre he sido así, pero todos hemos tenido alguna experiencia
en nuestro pasado que nos ha hecho crecer y madurar.
Parker apartó la vista hacia otro lado, renunciando a tratar de sonsacarle
algo más.
—Si alguna vez necesitas alguien con quien hablar de esas experiencias,
se me da bien escuchar.
Erin suspiró.
—Lo recordaré.
Capítulo 14

Igual que cuando empezó a trabajar en la escuela, ahora a Parker la


llamaban por teléfono a primera hora para decirle que no era necesario que
fuera a trabajar o que sí lo era. Todas las noches se acostaba temprano ante
la expectativa de ir a trabajar a la mañana siguiente, y la mitad de las veces
terminaba quedándose en casa hasta las once.
Así que cuando llegó el mensaje de texto diciéndole que no hacía falta
que fuera hasta las diez y media, Parker ya estaba levantada y tomándose su
primera taza de café.
Miró fijamente el teléfono, leyó el mensaje de nuevo y cerró los ojos.
—Esto es solo temporal.
Los consejos de Nora desfilaron por su cabeza: «Comida de verdad, no
precocinada. Hornea galletas, recorta cupones. Pide y acepta la ayuda de los
demás». Eso último era lo más difícil. Los primeros meses tras la muerte de
sus padres, habían recibido ayuda de manera constante. De vez en cuando
llegaba una postal o una tarjeta de cumpleaños de su tía por parte de madre,
que vivía en Florida. Casi nada del hermano de su padre, que vivía en
Alaska. Su tío calentaba su cabaña con propano y se alimentaba con las
piezas que cazaba él mismo, así que ni siquiera se enteró de la muerte de
sus padres hasta que ya estaban enterrados. Parker no solía pedir ayuda; eso
no formaba parte de su carácter. Depender de una ayuda que nadie iba a
prestarte era peor que no depender de ella en absoluto.
—¿Qué miras? —preguntó Austin al pasar junto a ella y verla mirando
por la ventana.
—Que no hay camiones.
—Espera media hora y verás.
El chico abrió la nevera y sacó la leche.
—Deduzco que esta mañana no trabajas.
Parker iba en albornoz.
—No hasta la hora del recreo.
—Entonces, ¿podrás meter mi ropa en la secadora, por favor?
—Claro.
Austin dejó de hacer lo que estaba haciendo y corrió escaleras abajo al
cuarto de la colada. Al cabo de un minuto, Parker oyó el ruido del agua al
circular por las cañerías de la casa.
Estaba bien que pudieran contar los unos con los otros. Todos los días
daba gracias por que Austin no hubiera vuelto a sus días rebeldes de justo
después de la muerte de sus padres. Le gustaría pensar que no le
preocupaba que tuviera una recaída, pero estaría mintiendo. Cuanto más
cerca estaba de cumplir los dieciocho años, más adaptado a la nueva
situación se lo veía.
Austin volvió a subir las escaleras.
—¿Y qué vas a hacer ahora con tus mañanas?
Parker se terminó el último café y sonrió.
—Voy a por dónuts.
—¿Qué?
Parker soltó la taza y se fue hacia su dormitorio.
—Dónuts. Para los chicos.
A todo el mundo le gustaban los dónuts, que eran como galletas caseras
para el desayuno.
Después de vestirse con unos pantalones de yoga y una camiseta, se
subió a su coche y salió de la finca calle abajo.
No consiguió estar de vuelta antes de que llegara el primero de los
camiones, pero sí logró depositar tres cajas de color rosa en la mesa de la
zona de descanso mientras la mayoría de los hombres aparcaban sus
vehículos.
Si había un lenguaje universal que fuese sinónimo de comida, eso eran
las cajas de color rosa por la mañana y las cajas grandes, planas y cuadradas
llenas de pizza a la hora del almuerzo, algo que había aprendido en sus años
trabajando en una escuela de primaria.
Estaba sentada en el borde de uno de los bancos, impidiéndole a Scout
saltar y darse un atracón de glucosa, cuando Colin salió de su camioneta.
Era la primera vez que lo veía desde que habían dejado claro que se
gustaban y desde que había recibido las flores. Parker estaba discutiendo si
eran mejores los dónuts con glaseado o sin él con uno de los chicos cuando
él se acercó.
—¿Quién ha traído los dónuts? —preguntó.
Ray señaló a Parker con un pulgar embadurnado de chocolate.
—Ella.
—No tenías por qué hacerlo —dijo, pero ya estaba metiendo la mano en
la caja.
—Quería hacerlo.
—Y nos alegramos de que lo hayas hecho —siguió hablando él, detrás
de ella.
Scout ladró y luego se sentó y empezó a jadear, con la lengua fuera.
—Para ti no hay nada.
El soldador, cuyo nombre Parker no recordaba, cogió dos dónuts, saludó
y se fue.
Era bonito verlos comer así, como si fuese algo especial: menos de
treinta dólares y esa mañana ya les había hecho felices.
—Os agradezco toda la ayuda extra que me estáis prestando por aquí —
les dijo. Tenía pendiente ese problemilla de cavar una zanja detrás de la
valla para ayudar a canalizar el agua que bajaba de la colina de atrás, pero
en lugar de pedírselo en ese momento, decidió dejarlo para al cabo de uno o
dos días.
Ray apareció cuando lo alertó el ruido del primer volquete al entrar por
la puerta.
—Es hora de ponerse en marcha.
—Tenemos que darnos prisa. El pronóstico del tiempo no anuncia
ninguna novedad, pero no confío en el hombre del tiempo —les dijo Colin a
sus compañeros.
—Oído, jefe.
Los miembros del equipo se dirigieron a sus vehículos o tareas
respectivos, mientras que Colin se quedó de pie a su lado, con un pie en el
banco y apoyándose en la rodilla mientras devoraba un dónut glaseado.
—¿Ha sido idea de mi madre?
—Ella me sugirió que hiciera galletas.
La señaló con la mitad del dónut que no se había comido aún.
—De pepitas de chocolate. A mis chicos no les gustan las galletas de
avena.
Parker sonrió.
—Tomo nota. Debería habérseme ocurrido a mí. He estado un poco
ensimismada últimamente.
Colin bajó el pie y se sentó a su lado.
—Me parece comprensible. Esto es mucho que asimilar para alguien que
no está acostumbrado.
Ella miró alrededor para asegurarse de que ninguno de sus hombres
estaba cerca.
—Gracias por las flores.
La obsequió con su sonrisa bañada en hoyuelos.
—Fue un placer.
Las mariposas en el estómago empezaban a ser algo habitual cada vez
que él le sonreía.
—¿Estás seguro de que no es un conflicto de intereses o algo así… lo de
regalarme flores?
—El único conflicto sería si no quisieras que te las regalara.
—¿Y tus chicos no se meterán contigo cuando se den cuenta?
Colin se terminó el dónut.
—Eso seguro, pero no creo que lo hagan delante de ti.
Parker pasó una mano por encima de la cabeza de Scout.
—Entonces, no te van a machacar con el tema…
—No, lo raro sería que no me machacasen con el tema, pero creo que,
por ti, podría merecer la pena.
—¿Podría? —Parker sonrió y dejó de acariciar la cabeza de Scout.
Él apartó la caja rosa.
—Eso depende de las galletas. —Le guiñó un ojo.
—Ya veo a dónde quieres ir a parar con esto.
La miró a los ojos y ambos se sostuvieron la mirada. La sonrisa en la
cara de él era directamente proporcional al grado de ardor en las mejillas de
ella, una sonrisa que fue desdibujándose poco a poco mientras sus ojos se
desplazaban hasta los labios de Parker.
Entonces esta se dio cuenta de lo cerca que estaban el uno del otro. El
muslo de él irradiaba un intenso calor sobre el de ella, a pesar de que no se
estuvieran tocando. Los hombres daban vueltas a su alrededor, trabajando
sin cesar, pero por primera vez en semanas, ella parecía no darse cuenta.
Colin tenía unos labios carnosos, la clase de labios que prometían saber
besar. La sola idea hizo que Parker se quedara con la boca abierta y la
obligó a apartarse unos centímetros.
Cuando uno de los dedos de Colin le rozó el muslo, dejó de mirarle los
labios y lo miró a los ojos. Ya no había en ellos ningún rastro de humor,
sustituido ahora por una fogosidad que no había visto nunca en los ojos de
un hombre.
—¿Qué haces el viernes?
Ella tragó saliva.
—¿Este viernes?
Volvió a deslizar la mirada hacia sus labios otra vez.
—Sí. Dentro de dos días. Quiero llevarte a cenar.
Ella dejó la mano sobre su muslo, tocando el meñique que la rozaba.
—Bueno… si no estuviera tan desentrenada, te diría que el viernes es
muy poco tiempo de antelación para estar disponible para hacer algo.
Él sonrió despacio.
Se miraron el uno al otro.
—¿A las seis y media? —preguntó.
—Puedo despejar mi agenda.
—Hazlo.
Ella se mordió el labio cuando él se fue.
«¡Me ha invitado a salir él primero!».

—Quiero que la invites a ella y a sus hermanos a cenar para el Día de


Acción de Gracias.
Colin oía a su madre por el altavoz del teléfono mientras caminaba por
su dormitorio y se arreglaba para salir. Había acabado de trabajar a las
cuatro y media de la tarde, pero luego lo llamaron para que fuera a la
oficina de ingeniería de la ciudad a hablar de un cambio en las estructuras.
Ahora tenía prisa.
—Es una primera cita, mamá. Es un poco pronto para pensar en traerla a
una cena familiar un día señalado, ¿no crees?
Su madre había visto las flores el día que estuvo en la casa de Parker
ayudándola con las cuentas y le preguntó a Colin por ellas. Luego Grace se
fue de la lengua, de modo que su madre ya estaba al tanto de todo.
—Te pediría que la trajeras aunque no estuvieras saliendo con ella.
Se puso un cinturón en los pantalones.
—A ver cómo van las cosas esta noche.
—Acción de Gracias es dentro de dos semanas.
—Lo sé, mamá.
—Mmm…
Hizo una pausa.
—¿Qué?
—¿Adónde la vas a llevar?
—A cenar fuera.
—Vale, vale… no me lo digas. Pero no me vengas con monsergas de
esas de que es una mujer moderna y vais a pagar los dos a medias. Va muy
justa de dinero.
Colin puso los ojos en blanco.
—Te das cuenta de que ya tuvimos esta conversación cuando tenía
diecisiete años, ¿verdad?
—Es un cielo de chica.
Recogió su teléfono, que estaba a su lado en la cama.
—Tal vez deberías salir tú con ella y yo me quedo viendo el béisbol esta
noche.
—Vale, ya capto la indirecta. Pásalo bien.
Colin dejó el dedo suspendido sobre el botón de colgar.
—Yo también te quiero.
—Llámame mañana.
Él volvió a poner los ojos en blanco y colgó.
Incluso con el tráfico de la hora punta de camino a la casa, Colin se las
arregló para llegar a su puerta con dos minutos de sobra. Bajó la ventanilla
para introducir el código para entrar, pero luego lo pensó mejor.
Presionó el botón de llamada en su lugar.
El tono sonó dos veces antes de que se oyera la voz de Parker.
—¿Hola?
—Soy yo.
—Ya sabes el código.
—Son más de las cinco. Sería una cita muy corta si me pegaras un tiro
sin querer… —dijo.
La oyó reír y a continuación la puerta se abrió con un chasquido.
Enfiló el camino de entrada y pasó junto a la maquinaria, los retretes
portátiles y los bancos. El coche de Erin estaba delante de la casa de
invitados. No sabía si Austin y Mallory estaban en casa.
Colin aparcó en la cuesta, delante de las puertas cerradas del garaje.
Subió las escaleras y Scout acudió a su encuentro.
—¿Cómo estás, campeón? ¿Disfrutando de tu libertad?
El perro respondió sacudiendo la cola y desperezándose. Colin llamó a
la puerta y esperó.
Sintió la necesidad de mover las manos. Nerviosismo. Eso sí era una
novedad. Había visto a Parker ese mismo día, un poco antes, de pasada, y
había bromeado con ella sobre pasar a recogerla con un volquete. No
debería estar nervioso.
Empezó a sentir un picor en las palmas de las manos.
Un ruido procedente de la puerta le hizo levantar la cabeza. Cuando se
abrió, Scout se metió dentro corriendo. Colin se quedó boquiabierto, sin
palabras.
Parker llevaba un vestido de color crema que terminaba en mitad de la
pantorrilla. El pelo le caía suelto alrededor de la cara, una imagen poco
frecuente, puesto que casi siempre lo llevaba recogido dentro de una gorra
de béisbol o en una cola de caballo. Su piel dorada por el sol solo iba
maquillada con un poco de delineador de ojos y un lápiz labial rosa que
hacía sus labios aún más apetecibles.
Simplemente preciosa.
No podía dejar de sonreír.
—¿Te parece suficientemente informal? —preguntó ella.
—Perfecto. Estás perfecta.
Sus mejillas se tiñeron de un rojo más intenso.
—¿Quieres entrar? Necesito coger un suéter.
—Vale. —Cerró la puerta detrás de él—. ¿Dónde están todos?
—Austin ha dicho que salía con sus amigos, y a Mallory le gusta pasar
los fines de semana en el campus.
—¿Así que estás aquí sola los fines de semana?
Parker se alejó y a Colin le costó un gran esfuerzo no fijarse en el vaivén
de sus caderas. Está bien, sí se fijó, pero no las miró… mucho.
—Austin normalmente viene a dormir. Cuando no lo hace, llama o envía
un mensaje.
Desapareció tras una esquina en dirección a lo que Colin supuso que era
su dormitorio. Entonces se puso a curiosear por la casa, que estaba
abarrotada con todas las cosas que las familias van acumulando y
coleccionando a lo largo de los años. Le recordaba a la casa de sus padres.
Encima de la chimenea había una foto familiar.
Por primera vez, vio a los padres de Parker. Ella se parecía a su madre.
Parker se acercó por detrás de él y se detuvo.
—Esa foto es de un año antes del accidente.
—Eran muy jóvenes.
—Lo eran.
Colin la miró y luego volvió a mirar la fotografía.
—Bueno, señor Sinclair: le prometo ser respetuoso y traer a su hija a
casa a una hora decente.
Eso hizo reír a Parker.
—¿Nos vamos?
Apagó las luces de camino a la puerta principal. Cuando pasaron junto a
la alarma de la casa, él la señaló y preguntó:
—¿Vas a activarla?
—Hace mucho el tonto desde el incendio. Llevo días queriendo llamar a
alguien para que le eche un vistazo.
—Vives aquí, en pleno terreno forestal, tus vecinos más cercanos están a
varias hectáreas de distancia, ¿y tu alarma no funciona? —Eso le resultaba
inquietante.
Ella le tiró del brazo.
—Nunca hemos tenido ningún problema.
Él negó con la cabeza y dejó la conversación para otro momento.
—¿Dónde está la camioneta?
Colin tardó un minuto en reaccionar.
—La utilizo solo para trabajar, es del condado. El Jeep es mío.
Se adelantó para abrirle la puerta. Había tenido el Jeep de cuatro puertas
desde que sacaron el modelo a la venta. A veces iba al desierto con su
hermano para hacer unos trompos en la arena y preparar una fogata, aunque
últimamente estaba demasiado ocupado hasta para eso.
Cerró la puerta y rodeó el coche antes de ponerse al volante.
Parker se alisó el vestido y luego se abrochó el cinturón.
—Bueno, ¿y adónde vamos?
—A un sitio que, si no me equivoco, hará que olvides todos tus
problemas.
Y con eso, enfiló el camino hacia la puerta de salida, lejos del trabajo y
de la rutina diaria de ella.
Capítulo 15

Colin dejó atrás la urbanización de las afueras y se dirigió al corazón de


West Hollywood. Las luces iluminaban las palmeras y la gente abarrotaba
las calles.
—Creo que hacía como tres años que no venía por aquí —dijo Parker.
—Pues es una pena, porque hay mucha vida en Los Ángeles.
Ella sonrió cuando él dobló hacia la zona de Sunset.
Colin encontró un aparcamiento e insistió en abrirle la puerta del coche
antes de que pudiera hacerlo ella misma.
Ella le tomó la mano que le ofrecía para bajarse del coche y sonrió
cuando él no la soltó.
Colin la llevó al interior de un edificio y a un ascensor cuyas puertas se
abrieron en el último piso, donde estaba el restaurante.
—¿Habías estado aquí antes? —preguntó.
—No he estado en ningún sitio más que en las típicas atracciones
turísticas de Hollywood.
Él le soltó la mano para apoyarla en la espalda de ella mientras la guiaba
hasta el restaurante. El mero roce de su piel, junto con el tenue brillo de las
luces del local, la dejaron un poco aturdida.
—Dijiste ropa informal —susurró ella cuando los acompañaban a su
mesa.
—Mira a tu alrededor, nadie va muy arreglado.
Hizo lo que le decía y vio que tenía razón: algunos de los comensales
llevaban vaqueros, y la mayoría de las mujeres vestían ropa informal. Eso
era muy californiano. El lugar parecía más elegante, o tal vez llevaba tanto
tiempo sin salir a cenar que había olvidado en qué consistía la elegancia.
Colin le retiró la silla.
El pequeño marcador en su cabeza seguía acumulando los puntos de
Colin, quien le sonrió desde el otro lado de la mesa, exhibiendo aquellos
hoyuelos que, seguramente, tantas citas le habrían conseguido en el pasado.
Maldita sea, qué sexy era ese hombre…
—¿Te sientes como en una primera cita? —le preguntó él.
—Sí… no. —Parker cerró el puño en su regazo, tratando de encontrar
las palabras adecuadas—. Casi todas mis primeras citas han sido siempre
con hombres a los que no conocía, así que si lo comparo con esas citas, no.
Pero…
—¿Pero? —inquirió él, recostándose hacia atrás y disfrutando
aparentemente del modo en que ella se retorcía bajo su mirada.
—Oh, no… contesta tú.
Colin se inclinó hacia adelante y puso la palma de la mano sobre la
mesa, pidiéndole de forma tácita que le diese la suya.
Ella abrió el puño y puso su palma en la de él. Despacio, Colin siguió el
trazo del dorso de su mano con el pulgar durante varios segundos. A Parker
le resultaba imposible apartar la mirada de aquel movimiento lento e
hipnotizador. Dentro de su cuerpo, absolutamente todo cobró vida con aquel
contacto, desde su aliento hasta la forma en que se le endurecieron los
pezones. Colin dejó de mover el pulgar y ella levantó la mirada.
—Esto es lo que hace que me sienta como en una primera cita. —Su voz
encerraba la promesa de lo que el tacto de su piel había empezado: la
química, los fuegos artificiales y todos los hormigueos que lo
acompañaban.
—Sí… esto es muy de primera cita.
—Bien. Ahora vamos a cenar unos platos estupendos y ya hablaremos
de lo que se nos vaya ocurriendo. La fase dos de nuestra cita es a las nueve
y media, pero si queremos saltárnosla, podemos hacerlo.
—¿La fase dos? —Parker creía que esa noche solo habría cena y
conversación, y que eso sería todo.
Colin señaló la ventana y la calle.
—Tenemos reservas para un espectáculo de humor. He pensado que unas
risas podrían ser justo lo que necesitas ahora mismo.
Parker no podía dejar de sonreír.
—Nunca he ido a ninguno.
—Los humoristas son muy divertidos.
—Eres muy considerado, Colin.
—Sí, señora, ese soy yo. Tal vez hasta hago que me lo estampen en una
camiseta: «El hombre más considerado del mundo». —Le apretó la mano.
—Yo estaba pensando más bien en «AD».
La interrogó entrecerrando los ojos.
—¿«AD»?
¿Lo había dicho en voz alta?
—Apuesto desconocido.
Colin se rio y le apretó la mano.
—Pero solo si tú te haces una camiseta que diga «AP».
Parker no entendía a qué podía referirse con esas iniciales.
—Me rindo.
—Atractiva… y peligrosa.
—¿Peligrosa yo?
—El primer día, cuando te conocí, llevabas una escopeta al hombro
como si fuera lo más normal del mundo.
Ella se rio.
—Entonces supongo que me lo merezco.
El camarero se acercó a la mesa en ese momento y Colin le soltó la
mano. Ella pidió un martini afrutado y Colin pidió un whisky del que nunca
había oído hablar. Cuando Parker leyó la carta, abrió los ojos como platos,
escandalizada al ver los precios. De repente, la ligereza que había sentido
hasta entonces empezó a evaporarse.
La última vez que había tenido una cita, el tipo la había llevado a una
popular cadena de restaurantes, y estaba implícito que pagarían la cena a
escote, algo que ella había hecho más de una vez en su vida. Y como ella y
Colin no habían hablado de quién iba a invitar a quién… no sabía a qué
atenerse. Al menos llevaba la tarjeta de crédito en la cartera.
Tal vez solo comería una ensalada.
—¿Qué vas a pedir? —le preguntó.
Cuando él no respondió, ella bajó la carta y lo miró.
Sonreía de oreja a oreja.
—¿Qué pasa?
—Grace me ha dicho que hoy en día hay dos tipos de mujeres: las que le
preguntan al chico qué va a pedir para asegurarse de no pedir algo más caro
que él, y las que piden lo que quieren sin tener en cuenta la cartera del
chico.
Parker cerró la carta y se la colocó en el regazo.
—A Grace se le ha olvidado el tercer tipo de mujer.
—¿Cuál es?
—Las que no dan por sentado que es el hombre el que va a pagar la cena
y se dan cuenta de que el único plato de la carta que pueden permitirse es
una ensalada.
Colin asintió despacio.
—Ah, claro. Me había olvidado de ese tipo. Nunca había conocido a
ninguna.
—Sí, sí la has conocido. —Parker se señaló a sí misma.
—Pues yo no soy ese hombre. Te invité a cenar, te he traído a un
restaurante que puedo permitirme y no espero que hagas nada más que
pasar un buen rato.
Eso era un alivio.
—¿Estás seguro?
Él extendió la mano de nuevo y le frotó el pulgar contra el dorso de su
mano.
—Mi madre me desheredaría.
Los músculos de la nuca de Parker empezaron a relajarse.
—Tu madre me cae bien.
Colin cogió la carta de nuevo.
Después de veinte segundos, Parker le preguntó:
—Bueno, ¿y qué vas a pedir?

Al final, Parker se había decidido por el atún marinado y no había


dejado ni un solo resto de verdura en el plato. Había expresado en voz alta
lo rico que estaba y le había dado las gracias a Colin por invitarla con tanta
efusividad que casi le había hecho sentirse incómodo. Hablaron del
proyecto y del interés de Austin en la maquinaria pesada. Él le habló de su
familia y de las recientes apariciones del último novio de Grace.
—¿Así que en tu familia lleváis a todos los novios y novias a cenar a
casa de tus padres?
—Sí. Desde el principio, mi madre insistió en que las cenas familiares
incluyeran a quienquiera con que estuviésemos saliendo desde el principio.
En mi casa no funcionan estas tonterías de «no la traigas hasta que estés
seguro de que es la mujer a la que vas a llevar al altar».
—¿Por qué?
Para entonces ya estaban compartiendo un postre que él había insistido
en pedir y que Parker estaba disfrutando a pesar de haber dicho que estaba
llena.
—Mi padre te diría que era para que pudiéramos tener algún margen de
maniobra si Grace empezaba a salir con algún capullo; no quería descubrir
demasiado tarde que su futuro yerno no era la persona adecuada para ella.
—Pero ¿no le correspondería a ella decidir eso?
—Sí, claro. Hasta ahora siempre ha sido muy rápida a la hora de dejar a
sus novietes. Se nos adelanta siempre. Normalmente no nos hace falta
mucho más que formular algunas preguntas para que ella se dé cuenta de
que la cosa no va a funcionar.
Parker estaba removiendo la crème brûlée con la cuchara.
—Tiene que ser un alivio eso de tener dos hermanos mayores pendientes
de ella.
—Su pareja del baile de graduación la dejó plantada en la fiesta y tuvo
que llamar a casa para que fuéramos a recogerla. Mi padre todavía trabajaba
por aquel entonces, así que nuestra madre nos llamó a Matt y a mí. Fuimos,
metimos a Grace en el coche y luego fuimos a buscar a su novio.
Parker dejó de sonreír.
—No se os ocurriría…
—No, claro que no. Estaba dolida, sí, pero él no se había pasado de la
raya ni había habido nada físico entre los dos, lo cual fue bueno para él,
para mi hermano y para mí. Sobre todo teniendo en cuenta que él tenía
diecisiete años y nosotros dos éramos adultos. Eso no habría acabado bien.
—Eres un buen hermano mayor.
—Lo intento. —Soltó su cuchara y la dejó disfrutar del resto del postre
—. Lo que me lleva a una pregunta.
Parker dejó la lengua en la punta de la cuchara y, de pronto, la
imaginación de Colin visualizó otra escena.
—¿Y qué pregunta es esa? —dijo ella, ajena a la fantasía que acababa de
materializarse en la cabeza de él.
Colin cerró los ojos y le ordenó a su cuerpo que se calmara.
—Acción de Gracias. Mi madre quiere invitaros a cenar a ti y a tus
hermanos.
—¿En serio?
—Sí. He estado hablando con ella esta tarde. Le he dicho que creía que
era demasiado pronto para pedírtelo, pero ahora no estoy tan seguro. Para
ser una primera cita, creo que está yendo bastante bien. Además, a estas
alturas ya conoces a la mitad de mi familia, y yo conozco a la tuya.
—Lo cual es en parte la razón por la que esta no es una típica primera
cita.
Le gustaba la sonrisa de Parker. La que le estaba dedicando en ese
preciso instante… una sonrisa que no era forzada ni falsa. Que le alcanzaba
los ojos.
—¿Puedo pensármelo? Tendría que preguntárselo a Austin y Mallory.
—Sí. —Colin dejó la servilleta en la mesa—. Tienes dos semanas.
Parker irguió la espalda y empujó el postre hacia él.
—Ya no puedo más.
Él cogió su cuchara y se terminó el último bocado.
Diez minutos más tarde estaban caminando por la calle y Colin deslizó
la mano de ella en la suya, como diciendo: «Aquí es donde tiene que estar
tu mano cuando estás conmigo». La forma en que ella le sonrió le decía que
había captado el mensaje.
Fase dos… Colin tenía ganas de ver qué era lo que le hacía reír a Parker.

Parker no se acordaba de la última vez que se había sentido tan bien. Se


había tomado dos copas durante la cena, y eso había ayudado, desde luego.
La comida estaba exquisita; las vistas eran ideales… pero, por encima de
todo, estaba el hombre que tenía a su lado.
Colin no dejó de estar pendiente de ella de una forma u otra mientras
paseaban entre la multitud que había salido a disfrutar de la noche del
viernes. Era como si no pudiera dejar de tocarla, y ella estaba encantada.
Percibía su presencia a su lado de un modo completamente distinto a
cuando estaba en la finca, hablando de tierra y camiones. Allí solo eran un
hombre, una mujer y unas feromonas. Tal vez tendría que especializarse en
ciencias químicas cuando volviera a la universidad. Colin irradiaba algo que
le hacía sentir ganas de acurrucarse junto a él y no despegarse jamás de su
lado.
Se sentaron a unas pocas filas de distancia del pequeño escenario y
pidieron agua con gas. Colin le dijo que pidiera lo que quisiera, pero él
tenía que conducir y ya había bebido suficiente.
—Espero que te guste el sitio.
Parker miró a su alrededor y examinó al público. La mayoría tenía más o
menos su edad, y muchos ya llevaban varias copas encima. Había un par de
grupos de mujeres, pero la mayoría parecía haber acudido en pareja o con
alguna pareja potencial.
—Hacía mucho tiempo que no salía hasta tan tarde —le confesó.
—Pero si ni siquiera son las nueve y media…
—Lo sé. Es triste, ¿no?
Colin se inclinó y entrelazó los dedos con los de ella.
—Esperemos que el espectáculo sea lo bastante bueno para mantenerte
despierta.
El tacto de sus dedos bastó para mantenerla con los ojos bien abiertos.
El espectáculo duraba una hora y media. Los dos primeros actos los
tuvieron a los dos en vilo: el primer monólogo era de una mujer hablando
de su experiencia en un sex shop, y el segundo era un hombre mayor
hablando de la diferencia entre los adolescentes de ahora y los de hacía
treinta años.
Fue en el tercer acto cuando Parker empezó a llorar de la risa.
El humorista empezó a hablar de las primeras citas y luego preguntó si
había alguien del público en una. Parker apretó la mano de Colin y negó
con la cabeza.
Demasiado tarde. El humorista, un hombre bastante grueso, la vio negar
con la cabeza y la puso en su punto de mira. Al otro lado de la habitación
había otra pareja que había reconocido que también salía por primera vez.
El humorista dijo que, cuando el hombre paga la cuenta de la cena en la
primera cita, eso está relacionado directamente con sus ganas de mantener
relaciones sexuales. Cuando Colin negó con la cabeza, el humorista ya no
lo dejó escapar y lo convirtió en el blanco de todas sus bromas.
—Vamos, hombre, mira cómo os cogéis de la mano. Seguro que has
pagado la cuenta. En cambio, mira a estos dos de aquí, a Fred y Ethel… —
Señaló a la otra pareja—. Te ha hecho pagar la entrada de este espectáculo,
¿verdad?
Parker no pudo ver la respuesta de la otra pareja, pero algunos miembros
del público sí la vieron y estallaron en carcajadas. Durante quince minutos,
Parker y Colin aparecieron mencionados varias veces durante todo el
monólogo mientras la mitad del público los miraba. Cuando terminó el
espectáculo y se encendieron las luces, la gente siguió mirándolos de reojo.
—No me esperaba que pudiera pasar algo así —dijo Colin una vez que
estuvieron de vuelta en el coche y camino de la casa.
—Ha sido divertidísimo. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto.
Pasaron todo el camino de vuelta a casa charlando, y no fue hasta que
llegaron a su puerta cuando Parker pensó en cómo iba a terminar su cita.
Colin aparcó el coche y levantó la mano, pidiéndole que esperara cuando
hizo amago de salir del coche.
Parker se sintió un poco tonta esperando a que él diera la vuelta al coche
para abrirle la puerta.
Había refrescado, y el suéter que llevaba no la protegía demasiado del
aire fresco. Subieron juntos los escalones y ella buscó las llaves en su bolso.
—Lo he pasado muy bien —le dijo. La lista de posibilidades que había
enumerado el humorista sobre cómo acababan las primeras citas resonó en
su cabeza, y se sorprendió repitiendo sus palabras en voz alta para calmar
sus nervios—. Bueno ¿cómo deberíamos terminar esto? ¿Con un beso? ¿Te
invito a entrar dentro? ¿Un desayuno por la mañana?
Él sabía que ella estaba bromeando, lo veía en sus ojos.
En lugar de responder, se acercó y llevó la palma de su mano a la mejilla
de ella.
Parker contuvo la respiración y la sonrisa que había exhibido toda la
noche se desvaneció, sustituida por una tensión palpable sobre la que los
poetas escriben y los cantantes tararean. AD iba a besarla. Sus labios se
separaron y ella se acercó lo suficiente para que él supiera que quería
saborearlo tanto como él parecía querer degustarla a ella.
—Termina así —susurró él antes de acercar sus labios a los de ella. Eran
cálidos y delicados y… tan sumamente suaves… Parker cerró los ojos y se
abandonó entre sus brazos. Cuánto lo había echado de menos… unos brazos
rodeándole la espalda, el primer beso de un hombre… Bastó el movimiento
de su lengua en la de ella para que supiera qué más echaba de menos en su
vida. Él la abrazaba como si la necesitara, y la hacía derretirse
absolutamente por dentro.
Como todo lo que le había visto hacer a aquel hombre, Colin ejecutó su
beso de buenas noches como si hubiera nacido para ello. Parker se acercó
más a él y sintió que Colin se estremecía. Le apoyó una mano en el pecho y
notó que se le enroscaban los dedos de las manos, igual que les estaba
pasando a los de los pies. Todas sus partes femeninas se pusieron en tensión
y se agitaron frenéticamente mientras la maldecían por haberlas dejado
dormidas durante tanto tiempo.
Colin la besaba como si no tuviera nada mejor que hacer, y terminó
mordisqueándole el labio inferior.
Parker se relamió los labios antes de abrir los ojos.
—Eso ha sido…
—Sí, desde luego que sí. —Colin dejó su mano en su cara.
—Te voy a cambiar el apodo. —Parker lo miró a los ojos al fin, y vio el
reflejo de la pasión nadando en ellos.
—¿Ah, sí?
—«AD» ahora significa «apuesto y delicioso».
—Tendré que cambiar la frase de las camisetas.
Parker levantó la barbilla de nuevo.
—Un poquito más.
Él la besó de nuevo, esta vez rodeándole la cintura con la mano, y el
beso hizo que el ansia de él la recorriera desde las rodillas hasta los labios.
Con la boca abierta y hambrienta, Parker le devolvió el beso.
Apuesto, delicioso y… Dios… aquello se estaba poniendo al rojo vivo
muy rápido.
Colin retrocedió, apoyó la frente en la de ella y recuperó el aliento.
—Entonces, ¿crees que me he ganado una segunda cita? —acertó a
preguntar.
El cuerpo de Parker se estremeció con una risa queda.
—Eso espero, porque, de lo contrario, los próximos meses serían
increíblemente incómodos.
Oyó a Scout saltando a la ventana desde el interior de la casa para
asomarse a mirar fuera.
—Eso es el equivalente a cuando alguien enciende y apaga la luz del
porche —dijo Colin, dándole un poco de espacio.
Los dedos de Parker temblaban cuando intentó girar la llave en la
cerradura. Cuando hizo clic, lanzó un suspiro.
—Gracias de nuevo. —Se volvió para mirarlo.
Rebosando seguridad en sí mismo y deshaciéndose en sonrisas, Colin se
balanceó sobre sus talones y se metió una mano en el bolsillo delantero,
como si no se fiara de sí mismo para no volver a tocarla.
—Buenas noches, Parker.
—Buenas noches, Colin.
Parker se deslizó detrás de la puerta y la cerró cuando él ya había bajado
la mitad de las escaleras. Desde la ventana, observó mientras las luces
traseras del Jeep bajaban por el camino. Cuando se abrió la puerta, el
sistema de seguridad de la casa la avisó de que ya se había ido.
Cerró los puños de ambas manos, los levantó en el aire y se puso a bailar
con una pequeña danza triunfal.
Capítulo 16

Parker llamó a la puerta del dormitorio de Austin.


—Reunión familiar dentro de quince minutos.
Se acercó a la puerta de Mallory ahora que estaba en casa.
—Quince minutos.
Austin sacó la cabeza de su habitación.
—¿Qué pasa?
Parker pasó de largo.
—Termina de jugar o pon el videojuego en espera.
—Pero dime qué pasa.
Parker levantó una mano en el aire y no le hizo caso. Los domingos, si
nadie le decía nada, Austin era capaz de quedarse en su habitación jugando
a videojuegos hasta las dos.
Quince minutos después, Austin se desplomó en el sofá, a todas luces
enfadado por que le hubiesen obligado a dejar de divertirse.
—¿De qué va todo esto? —Mallory también se dejó caer en el sofá.
Parker se sentó con las piernas cruzadas en la gigantesca otomana que
había en medio del sofá modular que dominaba el estudio.
—Quería hablaros de algunas de las cosas que hemos discutido la señora
Hudson y yo.
—Ya nos dijiste que no buscarías otro trabajo hasta la primavera.
—Hemos hablado de otras cosas también, Austin. Hemos hablado de
qué hacer con la casa a largo plazo.
Eso despertó la atención de ambos.
—Muy bien… ¿y qué pasa con la casa?
—Salió el tema de lo que ya sabíamos sobre la situación general y la
conveniencia de vender después del incendio.
—Dijiste que íbamos a esperar un año —señaló Austin.
—Creo que vamos a necesitar más de un año. El condado ha firmado un
acuerdo de cinco años conforme se comprometen a venir y dragar las
cuencas cada vez que se llenen y siempre que sea necesario, durante ese
tiempo.
—¿Quieres esperar cinco años para vender la casa?
Parker se encogió de hombros.
—La decisión no depende solo de mí. El fideicomiso establece
claramente que a menos que las cosas no fueran bien económicamente,
tendríamos que quedarnos con la casa hasta que Austin termine la
secundaria. Entonces, llegado ese momento, si decidiéramos vender,
vuestras participaciones irían a un fondo fiduciario hasta que cumpláis los
veintidós años. Sabíamos que el dinero de mamá y papá se acabaría el año
que viene por estas fechas, así que tenía sentido plantearse vender la casa.
—¿Y qué es lo que ha cambiado? —preguntó Mallory.
—Salvo el hecho de que, por culpa del incendio, el valor de la casa se ha
depreciado un quince por ciento, nada.
—Eso es mucho.
—Yo no voy a recibir ningún dinero durante cinco años, así que la
respuesta es fácil. Conserva la casa hasta entonces —opinó Austin.
—Sí, claro, Austin… pero el dinero para pagar los gastos de la casa se
habrá acabado en un año, ¿tengo razón? —preguntó Mallory.
—Es un poco más complejo que eso, pero sí.
—Estamos jodidos de todos modos.
Scout se subió al sofá de un salto y apoyó la cabeza en el regazo de
Austin.
—Tal vez no, pero ya es hora de que nos pongamos a trabajar juntos
para que las cosas sigan funcionando. No puedo hacerlo todo yo sola. —
Como había hecho durante dos años.
—¿Quieres que empecemos a pagar nuestras propias facturas, que
dividamos los gastos de la casa? —La voz de Mallory sonó más aguda que
de costumbre.
Parker vio reflejada la preocupación en el semblante de su hermana.
—Es el dinero de la seguridad social lo que nos ha mantenido a flote. En
julio, eso se acabará. Sugiero que dividamos ese coste y que cada mes lo
ingresemos en la cuenta común para seguir pagando las facturas.
—¿Me estás diciendo que tengo que buscar un trabajo? —La pregunta
de Austin sonaba a acusación.
—Estoy diciendo que no podemos seguir sacando dinero de la cuenta
general de gastos para pagarnos las fiestas o los caprichos, como, por
ejemplo, la gasolina extra para viajes innecesarios y las cenas en las
hamburgueserías.
—Pues vaya mierda.
—Yo trabajaba cuando tenía tu edad —le dijo Parker.
—Seguro que mamá y papá te pagaban la gasolina.
«Sí, es verdad». Pese a lo mucho que le doliera decirlo en voz alta, lo
hizo de todos modos:
—Pero ellos no están aquí.
Austin puso los ojos en blanco y se hizo el adolescente absolutamente
indignado.
—Tener a Erin de inquilina en la casa de invitados es un alivio enorme,
y Tracy ha sugerido que les hablemos a la gente de los estudios de
Hollywood sobre la casa y la propiedad: pagan una suma adicional por
aparcamiento cuando usan nuestra calle como localización en los rodajes.
Podríamos ganar un poco de dinero extra haciendo eso, Austin.
Mallory asintió.
—¿Qué más podemos hacer?
Parker se levantó de la otomana y cogió una libreta de la encimera de la
cocina. Se la dio a sus hermanos y se sentó de nuevo.
—Esto es lo que hemos estado gastando en comida en el supermercado
los últimos seis meses. Lo que no esté aquí lo podemos preparar nosotros
mismos.
—Tenemos que comer.
Efectivamente, Austin estaba del todo horrorizado con aquella
conversación.
—No cocinamos nunca y comprar comida hecha es lo más fácil, pero no
puede ser. No estoy sugiriendo que lo cambiemos todo de arriba abajo, pero
sí que nos encarguemos cada uno de una comida a la semana y que
preparemos la cena desde cero. Con la carne asada de la señora Hudson
tuvimos para dos días.
—Yo no sé cocinar —protestó Mallory.
—No creo que los paquetes de comida preparada que hago yo cuenten
tampoco, pero todos podríamos hacer un esfuerzo. He sacado la caja de
recetas de mamá. Yo haré las compras, vosotros solo tenéis que decirme qué
queréis cocinar cada semana. Y como todos estaremos trabajando, todos
tenemos que contribuir.
Austin le dio la libreta a Mallory.
—¿Todo esto a partir de julio?
—La mayor parte, sí. No estoy diciendo que tengas que encontrar
trabajo antes de terminar el instituto, Austin.
—Supongo que es justo —dijo él.
Mallory se puso de pie y le alborotó el pelo a su hermano, como cuando
eran niños.
—¡Eh!
—No me puedo creer que tengas casi dieciocho años.
—Preferiría tener catorce otra vez y no tener que pagar facturas.
Todos se quedaron en silencio unos segundos, pensando lo mismo.
Cuando Austin tenía catorce años, sus padres aún estaban vivos.
—Y yo también, Austin —dijo Parker.
Las lágrimas que afloraron a los ojos de su hermano hicieron que se le
humedecieran los suyos.
—Mamá y papá querrían que nos quedáramos con la casa —señaló
Mallory.
—En un año pueden cambiar muchas cosas. Tal vez podamos alquilar
una de las habitaciones de abajo, o acondicionar un parking para
autocaravanas para algún vecino… no sé. Ya se nos ocurrirá algo.
Austin suspiró y apoyó ambas manos en las rodillas, como a punto para
irse.
—Una cosa más: la señora Hudson nos ha invitado a cenar el Día de
Acción de Gracias.
—Una comida menos que tenemos que pagar. —Su hermano levantó los
dos dedos pulgares.
Mallory se mostró un poco más realista.
—Solo has salido una vez con Colin, ¿estás segura de que quieres ir a
casa de sus padres para Acción de Gracias?
—Colin es un tío increíble, y la señora Hudson cocina de fábula. ¿Qué
es lo que hay que pensar? —Austin se levantó del sofá de un salto y Scout
le siguió.
—¿Estás segura? —le preguntó Mallory a Parker otra vez.
—Estoy segura.
—Está bien, pero, si cambias de opinión, nosotros te apoyamos.
Las palabras de su hermana le resultaron reconfortantes.
—Habla por ti. Yo necesito un poco de testosterona en mi vida; esta casa
llena de mujeres ya empieza a ser un rollazo.
—¡Oye! —protestó Parker.
—Era una broma, era una broma… ¿Hemos acabado? Quiero volver a
mi videojuego.
Lo dejaron irse.
Cuando desapareció por la esquina, Mallory murmuró:
—No lo decía de broma del todo.

Parker le envió un mensaje a Colin ese mismo día, más tarde:

Sí a la cena del Día de Acción de Gracias.

Se quedó mirando el teléfono, esperando a ver si respondía de


inmediato. Entonces se acordó de que estaba viendo el partido con su padre,
aunque no sabía qué partido.
Tenía el Sunday Times desplegado ante de ella, abierto por la sección de
cupones. Nunca en su vida había recortado un cupón.
Le vibró el teléfono.

Le has alegrado el día a mi madre.

Parker se recostó hacia atrás, con el teléfono en la mano.

¿Solo a tu madre?

Tres puntos suspensivos parpadeaban en la pantalla.

A mi padre también.

Estaba segura de que le estaba tomando el pelo, pero siguió insistiendo


un poco más.

¿Solo tus padres?


El resto de la familia no lo sabe todavía. Pero seguro que se
ponen muy contentos.

¿De verdad era tan torpe?

Vale.

Tras enviar el último mensaje, dejó el teléfono a un lado, boca abajo. La


vocecilla de la duda retumbaba en su cabeza. La duda era muy cabrona.
Parker cogió las tijeras y empezó a recortar. Le vibró el teléfono, pero no
le dio la vuelta para mirarlo. Cuando vibró por segunda vez, dejó los
cupones y empujó la silla hacia atrás. Volvió a sentarse un minuto después,
con una botella de agua en la mano.
El teléfono sonó en cuanto se sentó. El nombre de Colin apareció en la
pantalla.
—¿Hola?
—De toda mi familia, el que está más contento soy yo.
Y así, sin más, se desvanecieron todas sus dudas.
—Eso espero.
—Estaba de broma. ¿Es que no has recibido mi último mensaje?
Parker agitó la botella de agua con la mano, como si él pudiera verla.
—He ido a buscar agua.
—Ah. ¿Así que no estabas enfadada?
Optó por una mentira piadosa.
—Tal vez un poco. Ya te dije que estoy muy desentrenada.
—Tendré más cuidado, entonces.
El sonido de fondo de la televisión llenó el silencio.
—No quiero interrumpirte. Vuelve al partido.
—Es fútbol. Ahora hay un descanso y cinco minutos de peleas entre el
árbitro y los entrenadores. ¿Qué estás haciendo?
—Recortar cupones.
—Eso suena…
—Aburrido —terminó la frase por él—, pero es una nueva habilidad que
necesito poner en práctica.
—Te dejo con ello, entonces. ¿Te veré por la mañana?
Parker soltó el teléfono y lo puso en altavoz.
—Esta semana tenemos reuniones de profesores, así que llegaré
temprano al trabajo y me quedaré hasta tarde para vigilar las clases.
—Más horas para ti. Eso es bueno, ¿verdad?
—Sí.
Vio unos cupones de descuento para cereales. Eran caros. Empezó a
recortar.
—Mi plan es llegar pronto, pero luego me tendré que ir a Sylmar. No
estaré tanto rato ahí como de costumbre. Si necesitas algo, llámame. Si es
urgente, Fabio estará ahí.
—Dudo que necesite nada.
El ruido de fondo de la televisión se desvaneció.
—¿Nada?
—Nada que Fabio pueda ofrecerme… —Por su tono de voz, era
evidente que Parker estaba bromeando.
¿Era eso un «mmm»?
—Anoche soñé contigo.
—¿De verdad?
Volvió a dejar los cupones en la mesa.
—Oh, sí. Llevabas un vestido y estabas montando a caballo.
—Ya nadie lleva vestidos cuando monta a caballo. —Desde luego, ella
nunca lo había hecho.
—Pues en mi sueño lo llevabas. Se te subía la falda del vestido por
encima de las rodillas. Estabas muy sexy.
Parker se deshacía en sonrisas mirando fijamente el teléfono mientras
hablaban.
—¿Y eso es todo, yo estaba montando a caballo con un vestido y a ti te
excitaba verme las rodillas? Suena a una novela romántica de época. —
Algo que no había leído en años.
Colin se rio.
—Solo que sujetabas esa escopeta tuya y les gritabas a mis hombres que
se dieran prisa. Me fascinaba el hecho de que el caballo de mi sueño no se
moviera… ni siquiera mientras pasaban los camiones.
—Por favor, dime que no había un retrete portátil en tu sueño… —No
podía parar de reírse.
—No puedo decir que lo hubiera.
—Menos mal.
—Pero esa rodilla que asomaba debajo del vestido…
—Me has visto las rodillas.
—Eso fue antes de que te besara. Tus rodillas ahora han cambiado.
Era divertido coquetear y saber que la persona al otro lado de la línea
estaba echándole tantas ganas como ella.
—Te lo prometo, son exactamente iguales.
—No para mí.
Sin pensarlo, Parker se frotó una de las partes del cuerpo en cuestión.
—¿Son algo especial para ti?
—¿Las rodillas?
—Sí.
—No. Tú eres algo especial para mí.
En ese momento, el tono de broma desapareció de la conversación.
—¿No te estará escuchando nadie ahora mismo, verdad que no?
—He salido para hablar contigo.
—No quiero interrumpirte el partido.
—No lo has hecho, me he ido yo voluntariamente.
Hasta eso hizo que le dieran ganas de ponerse a chillar.
—Ya sabes lo que quiero decir. Vuelve y disfruta. Puedes llamarme esta
noche y coquetear y podemos hablar de rodillas entonces.
—¿Estás segura?
—Vete. Tengo cosas que hacer y dinero que ahorrar.
—Vale.
—Ah, y pregúntale a tu madre qué podemos llevar para Acción de
Gracias.
—Va a decir que nada —le contestó.
—Pregúntaselo de todas formas, por favor.
—Te llamaré esta noche.
—Te tomo la palabra.
Capítulo 17

La semana transcurrió en medio de montones de mensajes de texto y


conversaciones nocturnas, pero no fue hasta el viernes cuando Colin se
acercó a la casa, una vez que sus hombres se hubieron marchado.
—¿Te puedo invitar a una happy hour? —le dijo, agitando un paquete
con seis cervezas con una mano y una botella de vino con la otra.
—Para beberse eso va a hacer falta más de una hora.
Colin subió las escaleras hasta el porche para situarse a su lado.
—Ten, aguanta esto. —Le dio la cerveza y el vino. Cuando Parker tuvo
las manos ocupadas, le tomó la cara con ambas manos y la besó sin previo
aviso.
—Oh…
Tuvo que concentrarse mucho para que no se le cayeran las botellas de
alcohol mientras él se aprovechaba del hecho de que tuviera las manos
llenas.
Parker llevaba toda la semana pensando en besarlo y, en el fondo,
esperaba que él encontrara cualquier excusa para entrar en la casa y así
poder tomarse alguna libertad… o varias.
Él se separó de ella y ella se acercó a él.
—Llevo toda la semana queriendo hacer esto.
—Tú y yo tenemos pensamientos muy similares.
Deslizó los dedos por los brazos de ella y volvió a coger el vino y la
cerveza.
La siguió dentro, donde descorcharon el vino y se sirvieron una copa.
Se instalaron fuera en el porche, para aprovechar los últimos rayos de
sol antes de que se pusiera detrás del horizonte y el aire se enfriara.
—Debería haber planeado algo para este fin de semana contigo —le dijo
Colin.
—La semana pasada me dijiste que habías hecho planes para ayudar a tu
hermano a construir una valla o algo así.
—Es verdad. Por sus turnos en el cuerpo de bomberos no siempre
tenemos los mismos días libres.
Parker tomó un sorbo de vino.
—Ya. No pasa nada. Además, Acción de Gracias es el jueves. Y Erin y
yo vamos a hacer eso de «una noche de chicas» en casa cuando llegue.
Parker se sentó sobre una pierna a su lado en el sofá de dos plazas.
—Sí, pero apenas te he visto en toda la semana.
—Y hace un mes apenas me conocías.
—Es verdad. Eras Annie Oakley en el rancho.
Ella casi se atraganta con el vino.
—Espera, ¿cómo has dicho?
Colin se puso de lado y le pasó el brazo por detrás en el sofá.
—Ese primer día, cuando te pusiste la escopeta al hombro y me llevaste
al arroyo, te puse el apodo de Annie Oakley. Como la compañera de
Buffalo Bill en sus espectáculos. Y creo que aún puedo seguir llamándote
igual.
—Así que de ahí te viene lo de soñar conmigo montando a caballo con
un vestido.
—Puede que tengas razón. —Desplazó la mirada hasta su regazo y le
tocó la rodilla con la mano, a través de la tela de los vaqueros—. Sigue
siendo sexy.
Antes de que pudieran seguir hablando de sus rodillas, la puerta de la
casa se abrió y Austin asomó la cabeza.
Colin apartó la mano.
—Hola —lo saludó Austin, levantando la barbilla.
—¿Adónde vas? —le preguntó Parker.
—Hemos quedado para una cosa de coches. Vamos a ser unos cuantos.
He pensado que necesito disfrutar de mi libertad mientras pueda.
Parker puso los ojos en blanco.
—¿Qué significa eso? —preguntó Colin.
—Austin ha conseguido trabajo en la tienda de abetos de Navidad —le
dijo.
—Sí, mi amigo trabajó allí el año pasado y dice que ganó como mil
dólares en propinas entre Acción de Gracias y Navidad. Pero eso significa
que tendré que trabajar después de clase y todos los fines de semana.
—Pues parece un buen curro.
Austin se encogió de hombros.
—Por algún sitio hay que empezar.
—Que lo pases bien esta noche —le dijo Parker.
—Hasta luego, Colin.
Austin empezó a bajar las escaleras.
—Acuérdate: no hagas tonterías y si vas a beber alcohol…
—Me quedo a dormir fuera o te llamo, sí, ya lo sé, Parker. —Austin
siguió andando hacia el coche mientras hablaba—. Colin, dile a mi hermana
que está obsesionada y que no hace falta que se preocupe.
—¡Los adolescentes beben! ¡No soy tonta! —le gritó ella.
—Yo no lo haré. Y si lo hiciera, no soy tan estúpido como para conducir.
Eso la hizo sonreír.
—Te quiero.
—También te quiero.
Y se metió en el coche y encendió el motor.
—¿Pasa eso cada vez que sale con sus amigos?
Ella asintió.
—Sí… más o menos.
—¿Te ha llamado alguna vez para que vayas a recogerlo?
—No.
—¿Y ha llegado alguna vez borracho a casa?
Los dos se quedaron mirando mientras el coche de Austin se deslizaba
por el camino.
—No. Pero se ha quedado a dormir en casa de sus amigos.
—No puedes pedir más.
—Lo sé. Es un buen chico. Mis padres estarían orgullosos de él y de
Mallory.
Colin la agarró del brazo hasta que ella lo miró.
—Tus padres estarían especialmente orgullosos de ti.
—No conociste a mis padres.
—No me hace falta; no hay muchas veinteañeras capaces de aparcar su
vida para criar a sus hermanos.
—Más bien para cuidar de ellos. Los dos eran adolescentes.
—Ya sabes lo que quiero decir.
—¿Estás diciendo que tú no lo habrías hecho? —Podía adivinar por su
expresión que tenía razón—. La alternativa habría sido que fueran a un
hogar de acogida. Yo solo hice lo que tenía que hacer, algo así como cuando
se te pincha una rueda: no tienes más remedio que arreglarla.
Colin frunció el ceño.
—¿Acabas de comparar criar a tus hermanos con cambiar una rueda
pinchada?
Se sorprendió jugueteando con la mano de él con su propia mano.
—Ya sé que es más que eso, pero ese es el tipo de cosas que me decía a
mí misma en cada paso del camino. Cuando la gente muere, hay que
enterrarla. Cuando hay que pagar las facturas, hay que conseguir un trabajo,
extender un cheque. Cuando los niños tienen que ir al colegio, los llevas en
coche. Cuando necesitan aprender a conducir, les enseñas. No puedes
pararte a pensar a fondo sobre eso o te vuelves un poco loca.
La preocupación asomó a sus ojos.
—¿Fue así como lo hiciste, encargándote de cada cosa a su tiempo?
Parker tuvo que mirar hacia otro lado.
—Al principio le dedicaba un minuto a cada cosa, luego una hora, luego
un día. Y ahora… aquí estamos. Y cuando creo que ya puedo dejar de
pensar así, entonces pasa esto. —Señaló con la mano el paisaje
carbonizado. Se estaba deprimiendo—. Perdona por el rollo.
Él se acercó a ella y le levantó la barbilla para mirarla a los ojos.
—Por favor, no me pidas nunca perdón por decirme cómo te sientes. No
puedo leerte el pensamiento, y no podré empezar a entenderte si no me
cuentas lo que te pasa.
La mayoría de los hombres con los que había intentado conectar a lo
largo de los años habrían salido corriendo después de lo que acababa de
decirle.
—¿Tú de qué planeta eres?
Sonrió.
—Mis primeros años fueron un poco borrosos, no estoy seguro.
Parker se rio.
—Tengo muchos problemas en mi vida, ¿estás seguro de que quieres
salir conmigo?
—Soy siete años mayor que tú, ¿estás segura de que quieres salir
conmigo? —contestó él. Eso la hizo sonreír.
—Las mujeres maduramos más rápido que los hombres.
Vio el coche de Erin detenerse en el camino.
Colin también debió de darse cuenta. Se levantó y la ayudó a levantarse.
—Bueno, te dejo para que disfrutes de tu noche de chicas y para soñar
contigo cuando me vaya a la cama.
Se acercó a él, recreándose con la sensación de tener sus brazos
rodeándole la espalda.
—¿Conmigo entera o solo con mis rodillas? —Movió los labios hacia
arriba.
Colin se agachó y le habló encima de ellos.
—No te he visto toda entera todavía…
—Eso podríamos arreglarlo.
—Una parte del cuerpo cada vez. —La besó e hizo que a Parker dejara
de funcionarle el cerebro. Algunas mujeres necesitaban media botella de
tequila para que les dieran ganas de quitarse la ropa. A ella le había bastado
con menos de una copa de vino.
Aquel hombre era enloquecedor, y su forma de besar alentaba sus
esperanzas de que tuviese otras habilidades escondidas en la manga.
—Mmm… Me gusta tu sabor —le dijo Colin.
Ella ronroneó y abrió los ojos.
—Se te dan muy bien los besos.
Él le limpió el labio inferior con el pulgar.
—Y tú no estás tan desentrenada como crees.
—Toc, toc. —Erin anunció su llegada mientras subía las escaleras—.
Oh, lo siento. Puedo volver más tarde.
Colin dio un paso para alejarse.
—No, si yo ya me iba. —Se volvió hacia Parker—. Pasadlo bien, y si
Austin llama y necesitas que lo recoja porque el vino era muy bueno,
llámame, ¿vale?
Se quedó atónita.
—No tienes que…
—Pero quiero hacerlo. Llámame, ¿vale?
No tenía palabras.
—De acuerdo.
Bajó corriendo las escaleras, se acercó a su camioneta, se despidió con la
mano antes de subirse en ella y se fue.
—Eso parecía muy prometedor —le dijo Erin, a su lado.
Parker se volvió y se mordió el labio.
—Está tocando todas las teclas adecuadas.
Erin se rio.
—Eso ya se ve, por la sonrisa en tu cara.
—Y es un buen tío. La clase de persona a los que unos padres darían el
visto bueno.
Erin miró al otro lado de la finca y emitió un sonido suspicaz.
—Tiene que tener algún defecto.
Parker le dio un golpe con el hombro.
—Eso es lo que no dejo de decirme.
—Bueno, pues cuando lo descubras, dímelo.
Sintió un escalofrío.
—Vamos dentro. Está refrescando aquí fuera.
Tenían todos los ingredientes necesarios para una noche de chicas:
bolsas de patatas fritas, galletas con pepitas de chocolate, vino y una
ensalada que les permitiría decir que habían comido algo decente.
—Hacía mucho tiempo que no me besaba nadie, por no hablar del sexo
—le confió Parker una vez que ella y Erin ya iban por la segunda copa de
vino.
—Estoy segura de que te acordarás de cómo se hace.
—Mi cuerpo entra en piloto automático cuando Colin anda cerca. —Se
metió una patata en la boca—. Me gusta.
—A mí me gusta pensar que ahí fuera todavía quedan hombres buenos.
—Erin sostenía la copa de vino en la mano mientras hablaban—. Dios sabe
que hay muchos cerdos.
Parker no sabía si Erin estaba tratando de abrirse, así que hizo una
pregunta divertida.
—Vale, ¿la peor cita?
—¿Mía?
—Sí. ¿Cuál ha sido la peor cita de tu vida?
La pregunta pareció descolocar a Erin.
—No salgo mucho, sinceramente.
—Pero lo has hecho alguna vez, así que tienes que tener alguna anécdota
sobre una cita que salió mal.
Miró alrededor en el sofá, pensando.
—Está bien… Fue en el instituto, y el chico que era mi cita esa noche
tenía que llevar a su hermana pequeña al baile de invierno con nosotros.
—¿Por qué?
—Sus padres insistieron porque el chico que iba a llevarla a ella se echó
atrás en el último momento.
—¿Y qué? ¿Bailaste con ellos dos toda la noche?
—No bailamos para nada. Él se enfadó, se emborrachó con sus amigos y
yo acabé volviendo a casa sola y con mis tacones. —Erin dejó su copa—.
¿Y tú? ¿Cuál fue tu peor cita de la historia?
—Eso es fácil. El primer año de universidad, que no empecé hasta que
cumplí los veinte…
Erin frunció el ceño.
—Sí, lo sé, lo sé… Empecé muy tarde. El caso es que estaba en San
Diego, donde los días buenos para hacer surf las clases estaban
prácticamente vacías. Me salté la clase con un chico que iba a enseñarme lo
que se sentía viviendo en la playa.
—Eso no suena mal.
Parker resopló.
—¿Has intentado hacer surf alguna vez?
—Apenas sé nadar.
—¿En serio? No importa. Yo sé nadar, pero estar de pie en una tabla en
el mar mientras las olas intentan tirarte no es tarea fácil. Para cuando
remamos hasta donde estaban las olas, yo estaba agotada. El chico intentaba
enseñarme, ya que estábamos allí, pero yo no pillaba nada. Cada vez que
intentaba ponerme de pie, me caía. Cada vez que me caía, me dolían más
partes del cuerpo. Stan, así se llamaba el chico, estaba tan frustrado de ver
que iban pasando las olas y yo no pillaba ninguna, que al final se rindió y
empezó a ir a su rollo. Lo siguiente que vi, cuando subió la marea, fue a él
en la orilla de la playa mientras yo seguía tirada ahí en el agua, flotando en
un trozo de fibra de vidrio mientras se me congelaba el culo. Me quedé
atrapada en una corriente que fue llevándome mar adentro mientras él
seguía en la playa moviendo los brazos como un idiota.
Erin abrió los ojos como platos.
—¿Y qué hiciste?
—Remar en paralelo a la orilla durante una maldita eternidad hasta
llegar a donde podía tocar fondo, solo que entonces pisé una manta-raya, lo
cual me acojonó muchísimo, claro.
—Oh, Dios mío… No te picó, ¿verdad?
—No. Pero volví a subirme a la tabla hasta que un hombre de mediana
edad y barriga cervecera se me acercó y me enseñó cómo arrastrar los pies
por la arena para alejar a esos bichos.
—Qué horror…
—Lo fue, y cuando Stan me encontró al fin, solo se le ocurrió
descojonarse de risa. Menudo gilipollas. Ni que decir tiene que no volvimos
a salir nunca más.
Erin se inclinó hacia atrás.
—Prefiero mi no baile a quedarme colgada con una tabla de surf en el
mar.
Sushi hizo una rara aparición y se subió al sofá de un salto, reclamando
mimos.
—¿Tienes planes para el Día de Acción de Gracias? —preguntó Parker,
cambiando de tema—. Si no tienes nada planeado, estoy segura de que a los
padres de Colin no les importará sentar a una persona más a la mesa.
—No, no… Estaré fuera. Ya tengo planes.
Parker no estaba convencida.
—¿Estás segura? Seguro que no es ningún problema…
—Estoy segura.
—Está bien. Tal vez puedas ayudarme a elegir una buena botella de vino
para llevar a la cena.
Erin sonrió.
—Eso sí puedo hacerlo.
Capítulo 18

Los Hudson vivían al otro lado de la ciudad, lo que, como ocurría


siempre en el valle, significaba que se podía llegar allí en quince o en
cuarenta minutos, dependiendo del tráfico. Y por mucho que a Parker le
gustara pensar que eso era una exageración, no lo era.
El Jeep de Colin estaba aparcado en la entrada de la casa de sus padres,
por lo que supo que no podía haberse equivocado de sitio. Al lado había una
motocicleta. Aparcó detrás del Jeep, segura de que él no se iría antes que
ella. Austin llevaba un ramo de flores en el regazo. Había insistido, y Parker
no pensaba decirle que no tenía por qué hacerlo. Con respecto a su
hermano, le gustaba pensar que había retomado sus funciones como
educadora en el punto donde las habían dejado sus padres. A pesar de los
problemas que hubo al principio, parecía que todo eso ya era agua pasada.
—Si alguien se siente incómodo, podemos poner una excusa y
marcharnos —les recordó Parker.
—Todos para uno —dijo Mallory.
—Y uno para todos —completó Austin.
Se oía ruido dentro de la casa. La puerta estaba abierta y una pantalla
mosquitera los separaba del interior.
Parker tocó el timbre y dio un paso atrás.
La familia de Colin… toda su familia.
Sí, estaba nerviosa.
—Ya voy yo.
Parker miró a sus hermanos.
Una mujer menuda asomó al otro lado de la puerta.
—Parker.
Parker solo había visto a la hermana de Colin una vez, y ese día no tenía
la cabeza en condiciones de recordar muchos detalles sobre ella.
Abrió la puerta y les hizo señas para que entraran.
—Pasad.
—Hola. Eres Grace, ¿verdad?
La mujer se deshizo en sonrisas.
—Así es. Y estos deben de ser Mallory y Austin. He oído hablar mucho
de vosotros.
No hubo ningún apretón de manos, solo un saludo a través de la puerta y
los gritos de Grace por toda la casa.
—¡Colin! Parker está aquí. Pasad, pasad.
Atravesaron un distribuidor con lo que parecía una sala de estar vacía a
un lado antes de desembocar en un gran salón.
Colin acudió a su encuentro con un paño de cocina en las manos.
—Lo siento, estaba ayudando en la cocina. —Su sonrisa parecía
dedicada exclusivamente para ella. Le brillaban los ojos, y el corazón de
Parker le recordó que estaba vivito y coleando.
—No pasa nada, tranquilo.
Colin se inclinó y le dio un beso fugaz.
La sala estaba llena de gente. Había varios hombres, un par de adultos
jóvenes y un chico más o menos de la misma edad de Austin, tal vez un
poco mayor. No estaba segura.
Nora y otra mujer de edad similar estaban ajetreadas en la cocina.
Cuando Nora advirtió su presencia, dejó de hacer lo que estaba haciendo y
se limpió las manos en el delantal.
—Habéis venido.
Colin cogió la botella de vino de las manos de Parker adelantándose a su
madre.
La mujer la abrazó.
—Estás guapísima.
A continuación, Nora abrazó a Mallory.
Austin le entregó las flores.
—Gracias por la invitación.
¿Estaba bien que Parker se hinchara de orgullo por su hermano? No
importaba, se sentía muy orgullosa.
—Son muy bonitas. Gracias, Austin. —Cogió las flores y le pasó un
brazo por los hombros—. Emmitt, ven aquí a conocer a la novia de Colin y
a su familia.
Y al oír cómo se había referido a ella, Parker miró a Colin.
Este puso los ojos en blanco y sonrió sin decir nada.
Grace se inclinó hacia ella.
—No te preocupes, mi madre siempre le hace eso a quienquiera que
traigamos a casa.
Difícilmente podía ser la «novia» oficial de Colin con solo una cita y
dos besos, pero lo cierto es que le entusiasmaba que la hubiese llamado así.
Le presentaron al padre y al hermano de Colin y luego a una tía, dos tíos
y tres primos. Resultó que uno de los primos de Colin era solo un año
mayor que Austin, y los dos se pusieron a hablar a los pocos minutos de
llegar. Ayudó el hecho de que hubiese un partido en la tele, y la
conversación giró en torno a eso mientras ultimaban los preparativos de la
cena.
Nora llamó a Mallory para que se acercara y le preguntó si había hecho
huevos rellenos alguna vez. Después de verla negar con la cabeza, Nora se
puso en modo profesora.
—¿Blanco o tinto? —preguntó Grace.
—Blanco está bien.
—Así que tú eres Parker —dijo Emmitt cuando Grace se fue a servir la
copa de vino.
—Así es.
—Es guapa —le dijo su padre a Colin por encima del hombro.
—Está aquí delante, papá.
Parker se rio.
—No como esa pelirroja que trajiste hace un par de años. —Colin había
heredado la estatura de su padre, pero aún no había desarrollado la barriga.
Emmitt se inclinó como si nadie más pudiera oírlo—. Tenía los ojos
demasiado separados.
Parker miró a Colin.
—¿Es eso cierto?
—Sí. No nos caía bien a ninguno de nosotros.
—Y que lo digas. —Ese era Matt—. Tenía gatos.
Emmitt entrecerró los ojos.
—Tú no tienes gatos, ¿no?
—Uno —confesó Parker—. Pero vive fuera de la casa casi todo el
tiempo.
Él le guiñó el ojo.
—En ese caso, está bien. ¿Qué me dices de los perros?
—Tienen un labrador negro, papá.
Al parecer, eso era un factor decisivo. Emmitt se deshizo en sonrisas.
Grace llegó con el vino.
—Basta ya de interrogatorio.
—Supongo que debería habértelo advertido —dijo Colin.
—Seguramente…
Toda la conversación le resultaba abrumadora y extrañamente entrañable
al mismo tiempo, pero lo que era aún más importante: se sentía muy
cómoda con los Hudson, como si estuviera en su propia casa.
Mallory se acercó con un plato de huevos rellenos.
—Prueba uno.

Colin no estaba seguro de qué era lo que le pasaba por la cabeza a


Parker en esos momentos, pero sus ojos abiertos como platos y su risa lo
tranquilizaron.
La sonrisa que no había abandonado su rostro desde que entró por la
puerta le producía una sensación en su interior a la que no podía dar
nombre. Una sensación que hacía que ni siquiera hubiera tratado de evitar la
conversación sobre sus ex, y que no le importara ser el blanco de todas las
bromas, ya que eso parecía deleitar a Parker.
Ella y Grace hacían buenas migas.
Grace era solo dos años mayor que Parker, y resultó que tenían
recuerdos similares de los partidos entre los mayores rivales de la ciudad de
cuando iban al instituto.
A Colin no le importó quedarse en un segundo plano ese día. Ya le
llegaría su momento a solas con ella.
Cuando la cena estuvo lista, dejaron el televisor en pausa y el partido
suspendido hasta que terminaran de cenar. Como muchas mesas familiares,
había una mesa para los adultos y otra para los más jóvenes. El menor en la
mesa de los jóvenes era Austin, pero parecía tener mucho en común con el
primo más joven de Colin. Mallory podría estar coqueteando con Jase, su
primo mediano, que acababa de cumplir los veintiún años.
Colin se sentó al lado de Parker y estuvo toda la cena buscando su mano
con la suya. De vez en cuando él la alcanzaba con el dedo meñique y
entraban en contacto, y ella lo miraba con las mejillas teñidas de rubor. Era
una expresión a la que él podría acostumbrarse fácilmente, y se preguntó
durante cuánto tiempo podría arrancarle esa misma expresión
Una vez terminada la cena, la mesa de los jóvenes y todos los jóvenes
tenían que ayudar a retirar los platos.
Volvieron a encender la televisión y reanudaron el partido, pero para
entonces el triptófano del pavo ya había hecho de las suyas, y los
espectadores solo veían el marcador de reojo y no era el foco principal.
La puerta trasera del patio estaba abierta de par en par y el sur de
California hizo lo que solía hacer.
Años atrás, su padre había instalado unas estufas de gas que hacían que
se pudiera estar en el patio cómodamente durante casi todos los meses del
año. La mayor parte del tiempo era la madre naturaleza la que se ocupaba
de ello.
—Es raro, un Día de Acción de Gracias con Matt aquí con nosotros y sin
tener que llevarle la comida —le dijo Nora a Parker en un momento dado.
—Suelo tener libre el Día de Acción de Gracias o el día de Navidad,
pero casi nunca los dos el mismo año —señaló él.
—El año pasado trabajaste los dos —le recordó Grace.
—Porque así acumulo días. —Matt se desperezó y sus largas piernas se
comieron el espacio entre él y el resto del grupo, distribuido por la sala en
el exterior—. Algún día tendré mi propia familia y quiero ver a mis hijos la
mañana de Navidad.
Nora habló entonces.
—¿Y eso cuándo va a pasar? Yo ya me estoy haciendo mayor.
Matt hizo lo que haría cualquier hermano pequeño y señaló a Colin.
—Habla con el mayor.
De no haber sido porque Parker estaba sentada a su lado, Colin habría
reaccionado muy mal ante aquel comentario.
Por suerte, Grace intervino en ese momento.
—No hay ninguna ley que diga que Colin tiene que procrear primero.
—¡Genial! Tú tienes el útero, así que… ¡te toca!
Y entonces, su tía preguntó:
—¿Cómo van las cosas con Robert?
Tanto su madre como su padre soltaron un gemido.
Colin se llevó a Parker a un lado una hora más tarde, cuando su madre y
su hermana se fueron a la cocina para empezar a servir la siguiente tanda de
comida, en la que figuraban todas las preparaciones con azúcar
imaginables.
—En mi familia no hay secretos, como habrás visto.
—Son encantadores.
—¿Pese a la historia sobre la ex de Matt que eructaba como un
camionero?
Parker abrió los ojos como platos.
—¿Lo ves? Demasiada información…
—Son buena gente. Ni siquiera tienes un borracho en la familia.
—Ese era el abuelo Larry. Hace cinco años que falleció.
En ese momento, parte de la sonrisa de los labios de Parker se
desvaneció.
—Estas son las terceras fiestas que pasamos sin nuestros padres. El
primer año ni siquiera las quisimos celebrar.
—¿Ni siquiera la Navidad?
Negó con la cabeza.
Colin no podía imaginar la vida sin su familia. Solo de pensarlo le dolía
el estómago.
—El año pasado fueron unas fiestas tristes, pero no estuvieron tan mal.
Que Austin se hubiese calmado sirvió de ayuda, desde luego.
—¿Qué le pasaba a Austin?
—¿Tienes una hora? —le preguntó con una sonrisa.
—Tengo el tiempo que sea necesario.
—Fue el que peor lo pasó. Faltaba mucho a clase, se reía de sus
profesores, empezó a ir con malas compañías… Sus notas eran tan malas
que casi tuvo que repetir curso, y el juez amenazó con llevarlo a un hogar
de acogida.
Colin miró hacia la casa.
—No tenía ni idea.
—Un día llegué a casa temprano y me lo encontré fumando porros con
un amigo en el garaje. Me puse como loca.
Cuando iba al instituto, Colin conoció a muchos chicos que fumaban
marihuana.
—¿Qué hiciste?
—Llamé a los padres del otro chico y esperé a que vinieran a llevárselo
a casa. Era mayor, tenía su propio coche. Sus padres nunca estaban en casa
y lo tenían muy malcriado. Fue como si les molestara que los hubiera
metido en todo aquello.
—Qué barbaridad.
—El caso es que lo que me cabreó no fue que fumase marihuana; me
sentó mal que estuviera faltando a clase y me lo ocultara. Soy su hermana
mayor, no su madre. Al menos eso era lo que le decía siempre. Yo seguía
con lo de «arrimemos el hombro todos juntos y hagamos que esto
funcione», y lo único que conseguía con eso era privarle de aún más cosas.
Fue un psicólogo del juzgado al que nos obligaron a ir quien me dijo que, si
quería que enviaran a mi hermano a un hogar de acogida o, peor aún, que
acabara en un centro de menores, que siguiera actuando como una hermana
mayor en lugar de comportarme como su tutora legal. Austin necesitaba
reglas y límites. Le quité el móvil y empecé a llevarlo al colegio y recogerlo
todos los días. Hablé con cada uno de sus profesores y acordamos que yo
vería y firmaría sus trabajos cada viernes. Él pasaba todos los sábados en la
escuela, siempre que era posible, y no le devolví el móvil hasta que empezó
a aprobarlo todo otra vez.
Con razón Parker parecía mayor de lo que era.
—Obviamente se ha ganado tu confianza.
—Sí. Cambió. Dejó a sus nuevos amigos y volvió con los antiguos. Le
enseñé a conducir y le recordé que si volvía a las andadas, le quitaría el
coche sin pestañear. Habíamos perdido a nuestros padres, pero no íbamos a
perdernos los unos a los otros también.
Colin le deslizó las manos por los brazos.
—No sé muy bien qué decir.
Ella bajó la mirada y negó con la cabeza.
—Lo siento. No pretendía estropearte la fiesta.
Le puso un dedo bajo la barbilla.
—No digas eso. Me alegro de que me lo hayas contado. Eso me ayuda a
ver las facetas de ti que aún no conozco.
Estaban al fondo del patio trasero y ella empezó a tiritar. Lo correcto
habría sido llevarla de vuelta al interior de la casa, pero Colin todavía no
estaba listo para compartirla de nuevo con los demás.
—Me alegro de que hayas venido.
—Y yo también. Parece que Mallory y Austin incluso han hecho
amigos.
Miró hacia la casa.
—¿Te has fijado en Mallory y Jase? O mejor dicho, en la forma en que
Jase le hacía ojitos a tu hermana…
—Sí, no estoy segura de qué significa eso.
—Ella acaba de cumplir veinte años y él tiene veintiuno. ¿Qué quieres
que signifique?
Parker le lanzó una mirada elocuente.
—Vaya, qué bien se te da eso.
—¿El qué?
—Lanzar miradas de madre.
Volvió a lanzarle la misma mirada.
Colin se rio.
—Hablaré con él. Para asegurarme de que sabe comportarse.
—Bien. —Negó con la cabeza—. Sé que Mallory ya ha hecho de todo,
pero aun así…
—Es tu hermana pequeña.
—Es más que eso.
Colin lo sabía.
Ella se estremeció y él le frotó los brazos y la atrajo hacia sí.
—No sé si voy a poder hacer esto sin que haya público antes de que te
vayas.
Parker levantó la barbilla.
—¿Me has sacado al patio de atrás para besarme?
Colin movió las cejas con aire sugerente.
—No era en eso en lo que estaba pensando —mintió—, pero ya que
insistes…
—Déjalo.
Parker se dio media vuelta. Colin la atrapó y la atrajo de nuevo hacia sí.
—Está bien, de acuerdo.
Capturó con los labios la sonrisa juguetona de ella, mientras los dos
sonreían demasiado intensamente para que aquel fuese un beso en
condiciones.
Parker empezó a reírse con una risa contagiosa que hizo a Colin reírse
con ella. Aun así, siguieron sin despegar los labios, incluso cuando ella
intentó hablar.
—Esto no está funcionando.
Él se apartó unos centímetros.
—Deja de reír y funcionará.
Los dos respiraron profundamente y unieron sus labios de nuevo.
Esta vez fue él quien empezó a reírse, y al cabo de un segundo, vio la
cabeza de ella enterrada en su hombro y su cuerpo estremeciéndose de risa.
Incluso reírse en sus brazos valía la pena.
—No hay nada que hacer —dijo ella después de un minuto largo.
—No estoy tan seguro de eso. —Se apartó lo suficiente para mirarla a
los ojos—. Me gusta oírte reír.
—Me falta práctica. Tal vez por eso no puedo controlarlo.
Le apoyó una mano en un lado de la cara y esperó a que ella le mirara a
los labios. No tuvo que esperar demasiado.
Esta vez, no hubo risas.
No, Parker se acercó más y él la inclinó hacia atrás para saborearla
intensa y plácidamente.
Ella le agarró la camisa con la mano; su estado de semiexcitación
amenazaba con arrebatarle la cordura.
Entonces Parker inclinó la cabeza lo justo para que su beso se
prolongara más aún. Su risa se vio reemplazada por leves ronroneos y
sonidos de aprobación.
Podría estar besándola todo el día. El frío ya no era un problema.
La punta de la lengua de Parker retozaba con la de él mientras deslizaba
los brazos por su espalda.
De cintura para abajo, Colin desplegó toda su hombría. Maldita sea, no
llevaba vaqueros. Tenía que parar.
No quería parar, pero los dos pasarían mucha vergüenza por su culpa si
no lo hacía.
—Parker… —susurró mientras los dientes de ella le mordisqueaban el
labio inferior—. Maldita sea…
«No importa. Solo un poco más…». Desplazó la mano hacia la parte
baja de su espalda, hasta que sus dedos llegaron un poco más abajo.
Ella gimió y le deslizó la mano hacia abajo por el pecho.
Colin le atrapó la mano antes de que descubriera que estaba listo para
algo más que un beso robado en el jardín.
—Tenemos que parar…
¿Se estaba riendo otra vez?
—Lo siento.
—Muérdete la lengua —le dijo, enterrando la boca en su pelo.
—Prefiero morder la tuya —lo provocó ella.
Sus palabras se la pusieron completamente dura.
Cuando ella trató de apartarse, él la retuvo con sus manos en las caderas.
—No, no… Necesito un minuto.
Parker inclinó la cabeza y miró hacia abajo.
—Ah.
—Sí… —Colin trató de no pensar en la sutileza de la mujer que
estrechaba en sus brazos.
—¿Hablamos del abuelo Larry otra vez?
Definitivamente, la imagen que su nombre creó en la cabeza de Colin le
resultó de gran ayuda.
—Era un borracho alegre. Cada vez que tenía público, contaba todos los
secretos de la familia. También contaba unos chistes malísimos.
—¿Cómo cuáles?
—No me acuerdo. La mayoría de las veces el final del chiste no tenía
ninguna gracia.
Vale, la sangre se estaba alejando de su ingle.
Parker miró hacia abajo otra vez.
—¿Eso ayuda?
—No si sigues mirando —le regañó él con un gruñido.
Sí… su risa tampoco ayudaba.
Capítulo 19

Los vientos de Santa Ana empezaron a soplar con fuerza el día después
de Acción de Gracias, sumiéndolo todo en un completo y total desastre. La
piscina parecía un pantano. Todas las pasarelas y las escaleras que
conducían hasta la casa quedaron cubiertas de un centímetro de tierra y
ceniza, la zona de pícnic de los trabajadores estaba llena de mesas volcadas
y la carpa salió rodando por la propiedad antes de quedar atrapada en un
pimentero.
Pero esa no era la parte que más preocupaba a Parker: le preocupaban
las tejas que salían volando del cobertizo y de la casa de invitados, y las
ramas gigantescas que caían de los árboles maltrechos. Incluso los árboles
frutales de hoja perenne que no habían sufrido los estragos del incendio
parecían tambalearse con la fuerza de las ráfagas de viento.
Colin llegó a la casa para salir con ella a lo que se suponía era una cita
en la zona de Ventura para disfrutar del aire salado del Pacífico, pero Parker
no podía irse.
—Los vientos de Santa Ana van de la mano con los incendios forestales.
—No he visto nada en las noticias sobre un incendio. —Colin miró
arriba, al cielo, como si buscara humo.
—Solo hace falta una chispa. —Estaba segura de que hablaba como una
paranoica, pero en el fondo le daba igual—. Podría venir un fuego del otro
lado —le dijo—. No puedo irme si empieza algo así.
—Sabes que ya no queda nada que pueda arder y que el viento no sopla
en esa dirección.
No le importaba.
—Podría haber cortes de luz. Uno de los árboles podría caer y quedar
atravesado en mitad del camino de entrada. No puedo hacerlo. Irme no es
una opción. —Le temblaron las manos con el recuerdo de la ladera en
llamas.
Colin sonrió con aire comprensivo y soltó las llaves de su coche en la
isla de la cocina.
—Vale, entonces, ¿en qué puedo ayudar?
Estaba vestido para salir a un restaurante, no para trabajar.
—No tienes ninguna obligación.
—No tengo obligación de hacer muchas cosas, pero como voy a pasar el
día contigo de una forma u otra, más vale que me des algo de trabajo. —Se
inclinó, le rozó los labios con los suyos y se puso derecho otra vez—. Dame
instrucciones.
—¿Estás seguro?
Parker no sabía con certeza si él había puesto los ojos en blanco… pero
sí, había puesto los ojos en blanco.
—Muy bien. ¿Puedes comprobar cuánta gasolina nos queda para el
generador? Hay unos bidones en el cuarto del generador y otros en el
garaje. No estoy segura de cuántos están vacíos. Bajaré a la piscina y ataré
los muebles del jardín con una cuerda para asegurarnos de que no salgan
volando.
Se fueron en direcciones opuestas. Por desgracia, Parker llegó
demasiado tarde para los muebles de la piscina: tres de las seis sillas ya
estaban en el agua por culpa de la ventolera.
Ya había sacado una de las sillas cuando Colin fue a su encuentro.
—Voy a la gasolinera a llenar dos bidones.
La ceniza suspendida en el aire hacía que le resultara difícil mantener los
ojos abiertos.
—Gracias.
—Deja eso, ya lo recogeré yo cuando vuelva.
—Yo me encargo.
—Parker…
Ella le sonrió y lo despidió con la mano.
—Gracias por la gasolina.
Tardó menos de media hora en sacar todos los muebles de la piscina y
atarlos para evitar que volvieran a caer al agua. Apagó la bomba de la
piscina para evitar que se recalentara cuando estuviese en marcha. Sus
tareas pendientes para el fin de semana se habían multiplicado por tres, y
como tanto Austin como Mallory estaban en sus trabajos de media jornada,
solo contaba con ella misma. Pestañeó al pensarlo. Bueno, y tal vez también
con Colin.
Erin acudió a su encuentro a medio camino, en la escalera de la casa.
—Qué locura de viento…
—Bienvenida a mi vida. Pasa.
Scout se reunió con ellas en la puerta.
—¿Dónde están todos? —preguntó Erin.
—Trabajando. Colin ha ido a llenar los bidones de gasolina para el
generador. A menudo nos quedamos sin electricidad cuando hace este
tiempo —le explicó—. Deberías venirte a la habitación de invitados si eso
ocurre.
—Estaré bien en la casa.
—Insisto. En esa casa, solo el ruido de la ventolera asusta al mismísimo
Freddy Krueger. Además, en esta época del año allí hace frío si no hay
electricidad para que funcionen los radiadores. —La casa principal tenía
tres chimeneas y un generador para emergencias. La casa de invitados, no.
El viento sacudió las ventanas, como dándole la razón.
—Y encima, no me hace ninguna gracia estar sola con este tiempo. —
Aunque, gracias a Dios, el incendio no se había declarado con el viento
soplando de aquel modo, lo cierto es que cabía esa posibilidad. Incluso el
incendio de una casa con aquellas condiciones podía propagarse y causar
verdaderos estragos en el vecindario. Parker se dio cuenta de que sus
temores rozaban el síndrome de estrés postraumático, pero no le importaba:
el viento no era su amigo.
—Colin estará aquí contigo.
—Entonces podrá protegernos a las dos. Por favor, no estaría tranquila
sabiendo que estás sola ahí abajo, en esa casa tan fría, a oscuras y con este
vendaval.
Erin estaba sonriendo.
—Está bien. Iré a buscar mi portátil e intentaré trabajar mientras aún
tengamos internet.
—Me parece un buen plan.
Erin desapareció de nuevo en la casa de invitados. Parker sacó la olla de
cocción lenta y una pieza de cerdo que tenía descuento esa semana, y
empezó a preparar una receta con cinco ingredientes más que Nora le había
dado. Le estaba poniendo la tapa a la olla cuando Colin llamó a la puerta
principal.
—No hace falta que llames a la puerta —le dijo.
Scout levantó un momento la cabeza para ver quién era y volvió a su
siesta.
—He puesto los bidones junto al generador.
Se acercó al fregadero de la cocina y se lavó las manos.
—Le he dicho a Erin que se venga aquí con nosotros, espero que no te
importe.
—Por supuesto que no.
Se detuvo en mitad de la cocina y miró al techo.
—No he oído el ruido de la puerta de abajo.
Él cogió un paño de cocina y se secó las manos.
—¿Cuando he entrado yo?
—Sí. ¿Se ha abierto como de costumbre?
—No he notado nada raro.
Otra cosa que habría que comprobar cuando cesara el viento.
Erin llamó a la puerta. Cuando Parker la abrió, le dijo lo mismo que le
había dicho a Colin.
—Pasa, anda.
Cuando los dos estuvieron en la cocina, charlando, Parker fue a la
nevera.
—Estoy preparando un estofado de cerdo para la cena, pero ¿queréis
comer algo ahora?
En cuestión de minutos, ella y Erin ya habían preparado una ensalada y
sándwiches de pavo con las sobras que Nora le había dado a Parker.
Colin puso un poco de música y fue como una fiesta post-Acción de
Gracias, solo que sin pasteles.
—Bueno y entonces, ¿qué vamos a hacer mientras esperamos a que el
cielo se nos caiga encima? —preguntó Colin. Estaban terminando el
almuerzo, no tan copioso como el día anterior.
—Probablemente deberíamos trabajar un poco —les dijo Erin.
—Eso suena aburrido —bromeó Parker—. ¿Qué os parece un juego de
mesa?
Erin se encogió de hombros y Colin señaló un par de cajas de adornos de
Navidad que Mallory había sacado el día de antes.
—¿Qué es eso? —quiso saber.
—Solo dos del millón de cajas de adornos que tenemos para la casa.
—Conque un millón, ¿eh? —exclamó.
—A mis padres les encantaban las Navidades.
Colin se levantó de la mesa.
—Eso de colgar los adornos de un millón de cajas debe de requerir
mucho esfuerzo…
—¿Quieres ayudarme a decorar la casa?
Colin le sonrió.
—El Monopoly se me da de pena.
En un abrir y cerrar de ojos, Colin subió los adornos del garaje a la casa,
y todo el espacio se convirtió en una explosión de detalles navideños.
Parker señaló dónde iban los adornos mientras los tres transformaban la
casa para prepararla para las fiestas.
En un momento dado, una vez que hubieron colocado la guirnalda en las
paredes y cuando las luces blancas ya iluminaban el espacio con sus
destellos, Parker sintió que la garganta se le espesaba de emoción. Los
recuerdos de sus padres juntos dándole un aire festivo a la casa afloraron a
la superficie.
Colin acudió a su lado y puso un brazo sobre sus hombros.
—¿Estás bien?
—Ha quedado muy bonito. Mis padres estarían encantados.
Le besó la coronilla.
—Tiene que ser duro que no estén.
—Es la tercera Navidad sin ellos. La primera no hicimos nada. El año
pasado pusimos algunos adornos y nos obligamos a celebrarla al menos un
poco.
—Estoy seguro de que tus padres querrían que pasarais página.
Se apoyó en Colin.
—Sí.
Erin los llamó desde la sala de estar.
—¿Por qué no estamos escuchando villancicos?
Parker sonrió.
—Buena sugerencia.
Horas más tarde, cuando el sol se estaba ocultando, el viento arreció, tal
como solía hacer a última hora del día. En pleno repertorio navideño,
cuando cada uno cantaba en su propio tono, la luz parpadeó antes de
apagarse del todo.
—¡Vaya!
Colin se acercó a la ventana y miró afuera.
—Démosle unos minutos, a ver si vuelve —sugirió Parker.
—Abriré el vino —dijo Erin.
A la cena todavía le faltaba una hora más, y como en la casa no había
gas sino que todo era eléctrico, tendrían que recurrir al generador si querían
comer.
—Está hecho todo un manitas —comentó Erin cuando Colin salió veinte
minutos después para encender el generador.
—Así es —dijo Parker antes de que él volviera—. Podría ser muy fácil
acostumbrarse a depender de él.
Erin resopló.
—Ten cuidado con eso.
—¿Con depender de él?
—Sí…
Colin volvió a entrar con el móvil en la mano e interrumpió a Erin.
—Parece que ha explotado un transformador. Calculan que la
electricidad tardará seis horas en volver.
—Menos mal que llenaste los bidones de gasolina.
Colin se dirigió al aparato de estéreo y volvió a encender la música.
Parker cogió el manojo de llaves de la casa, el que contenía todas las
llaves de todas las cerraduras de la propiedad, y se dirigió a la puerta
principal.
—¿Adónde vas? —le preguntó Erin.
—Tengo que cortar la alimentación de la puerta de abajo y abrirla. Todos
estos cortes la estropean. No quiero que se les cierre a Mallory o Austin
cuando entren con el coche.
Colin abrió la palma de la mano.
—Dame eso.
—Puedo yo sola…
—¿Y quitarme a mí la oportunidad de hacer un trabajo de hombres? De
eso nada. Servíos un poco de vino y hablad de mí cuando me vaya.
Ella sonrió y le acercó los labios.
Colin le guiñó un ojo después de besarla y llamó al perro.
—Vamos, Scout. Ven a hacerme compañía.
Cuando salió por la puerta, Erin se volvió hacia ella y le dijo:
—No sabía que hubiese hombres así.
—Yo tampoco.
Austin y Mallory entraron por la puerta después de las nueve, cenaron y
se fueron a la cama.
Erin se retiró a la habitación de invitados y Colin disfrutó al fin de
tiempo a solas con Parker.
—Por fin solos.
Se acurrucaron en el sofá, con el estómago lleno y templados por el
vino. El generador seguía funcionando, el zumbido como ruido de fondo
bajo la música.
Parker le tocó el muslo con los dedos.
—¿Qué hacemos? —preguntó ella, levantando un poco la voz.
—El juego de la botella o encerrarnos tres minutos dentro del armario
son mis juegos favoritos.
—Se necesitan más de dos personas para jugar a la botella.
Colin le cogió la mano y se la llevó a los labios.
—Pues tres minutos en el armario.
Ella apoyó la cabeza hacia atrás en sus brazos y él aceptó la ofrenda de
sus labios.
Besarla se estaba convirtiendo en una adicción de la que, según estaba
descubriendo, no podía desengancharse. Empezaron casi como con
indolencia, con un lento y lánguido movimiento de labios y lenguas hasta
que él sintió la mano de Parker justo en la ingle mientras ella cambiaba de
postura.
Colin la atrajo hacia sí y capturó su mano menuda y sexy antes de que
pudiera apartarla.
—Eres malo.
Asintió con la cabeza.
—Culpable.
Presionó su mano peligrosamente cerca de su erección y vio cómo ella
abría los ojos como platos.
—Colin, yo… —Parker apartó la mirada, apretándole la cadera con la
mano—. Nunca he hecho nada en esta casa. Con un hombre…
Su cerebro tardó un segundo en asimilar sus palabras.
—¿Y con una mujer? —bromeó, tratando de aliviar lo que intuía que
debía de ser su nerviosismo hablando por ella.
Supo que había logrado su objetivo al oír su risa.
—Es que Austin y Mallory están en la otra habitación, y Erin…
—No tienes que darme explicaciones, Parker. Lo entiendo.
Entrecerró los ojos.
—He ocupado el dormitorio de mis padres, así que se me hace raro.
Le puso un dedo sobre los labios. Sí, estaba decepcionado, pero lo
entendía perfectamente.
—Chisss. Vamos a seguir besándonos en el sofá y ya está —dijo antes
de volver a besarla.
Parker se apartó, sonriendo, y al abrir el puño le rozó el miembro con los
dedos.
—Pero podemos tocarnos también, ¿no? —le preguntó.
Colin se la subió más alto en el regazo, manteniendo la palma de la
mano firme en la nalga de su trasero.
—Hasta que uno de los dos no pueda más.
En ese momento empezó la tortura más dulce de su vida, que terminó
con una incómoda caminata hasta su coche una hora después. Se colocó
entre las piernas la botella de agua fría que Parker le había dado para el
camino, para así calmar sus hormonas, y enfiló el camino de salida de la
casa.
Atravesó con el coche el vecindario, donde ni siquiera las farolas de la
calle tenían luz.
Todo estaba oscuro y reinaba una atmósfera inquietante. En las zonas
donde las casas estaban más juntas, los cortes de luz no parecían algo tan
grave, pero allí, en el espacio intermedio entre las grandes ciudades y el
entorno rural, el paisaje se convertía en una inmensidad oscura de silencio.
Fue entonces cuando Colin comprendió el deseo del padre de Parker de
tener vallas y puertas, escopetas y carteles de PROHIBIDO EL PASO. No era que
se sintiera amenazado: más bien no quería que algún delincuente
oportunista viera una casa oscura al final del camino y se aprovechara de la
situación.
También fue en ese momento cuando descubrió que se alegraba de que
su Annie Oakley particular pudiera ser una tía con un par de ovarios cuando
se lo proponía.
Pero, aun así, estaba preocupado.

El problema con los almacenes de compra mayorista era que entrabas


por un artículo y salías con veinte… y te olvidabas de lo único por lo que
habías entrado comprar. Pero el caso es que Parker estaba aprendiendo a
comprar al por mayor.
Ya iba por el tercer viaje por las escaleras cargada con la compra cuando
Erin asomó la cabeza por el garaje.
—¿Quieres ayuda?
—Por favor.
Cuando estuvieron en la cocina y Parker estaba guardando la comida en
los armarios, le preguntó:
—Y dime, ¿cómo es el mundo de la edición?
—Muy placentero, por raro que suene. Estoy leyendo más libros de los
que he leído en años.
—Yo no recuerdo la última vez que leí por placer. Siempre estoy
leyendo libros de texto o manuales sobre cómo reparar las cosas —dijo
mientras iba revisando todos los productos, guardando algunos y tirando
otros con una tonalidad de verde muy poco apetecible.
—Pues tengo muy buenas recomendaciones para cuando dispongas de
algo más de tiempo libre.
Parker se asomó por la puerta abierta de la nevera para mirarla.
—Como si eso fuera a ocurrir alguna vez.
Se habían pasado tres días lavando los patios, los muebles y la piscina
con la máquina de agua a alta presión.
Scout soltó un ladrido mientras miraba la puerta corredera de cristal.
Parker dejó de hacer lo que estaba haciendo para ver qué pasaba.
Desplazó la mirada hasta el extremo más alejado de la finca. El último de
los operarios de maquinaria pesada se estaba subiendo a la parte trasera de
su camión cargador. Los hombres que trabajaban directamente para el
condado ya se habían marchado. No era raro que los subcontratados se
quedaran para echar aceite a sus máquinas y reparar cualquier problema
antes de irse.
—¿Por qué estás tan nervioso? —Parker se agachó para acariciar al
perro.
Ladró de nuevo.
Uno de los robles gigantes al fondo del camino de entrada le tapaba la
vista de una gran parte de la propiedad, la parte en la que estaban los
caballos cuando los tenían. Después del incendio, no quedaba ni rastro del
cercado, que tampoco tenía nada que cercar. Parker abrió la puerta y Scout
salió corriendo.
—¡Eh!
El animal la ignoró y siguió corriendo.
—¿Qué pasa? —preguntó Erin.
Parker echó a andar hacia el final del patio y vio un pequeño
descapotable aparcado en el centro del descampado, lejos de donde
aparcaban los operarios. Luego vio otro perro correteando por allí.
A la que no veía era a la persona que había aparcado ese coche allí.
No era raro que uno de los ingenieros del departamento asomase por allí,
pero casi siempre lo hacía acompañado por uno de los hombres de Colin y
durante la jornada laboral, no después de que todos se hubieran ido ya a
casa.
—No lo sé —dijo Parker—. Voy a ir a ver.
Bajó las escaleras y atravesó el patio. Cuanto más se acercaba al coche,
mejor lo veía. Era un Mercedes. Nunca había visto ese tipo de coche por
allí.
Scout había subido por la colina del otro lado de la parte vallada de la
propiedad. Las puertas estaban abiertas desde el día que empezaron las
obras; no había necesidad de cerrarlas cuando nadie más que su familia y
los trabajadores de Colin entraban allí.
Scout y el otro perro estaban danzando uno alrededor del otro, jugando.
En lo alto de la colina vio a un hombre al que no reconoció. Cuando ya
estaba a mitad de camino, el hombre se volvió, sonrió y la saludó.
—Hola —lo saludó ella también, dando por sentado que era un
funcionario del condado.
Él examinó el avance de la obra, con las manos en las caderas.
—Es un proyecto de mucha envergadura.
Eso le sonó raro.
—Sí, lo es.
—Parece que esperan grandes inundaciones.
Muy bien, así que no era un empleado del condado. Parker se puso en
guardia.
—No quieren correr riesgos.
Los animales empezaron a ladrar; parecía que Scout estaba tomándose
demasiadas confianzas con su amiga.
—¿Ese es su perro? —preguntó el hombre.
—Sí.
—¿Está operado? Porque la mía tiene pedigrí. No quiero chuchos en mi
casa.
Parker se quedó boquiabierta.
—Lo siento, ¿quién es usted?
—Oh, soy uno de sus vecinos, Bill… Vivo al final de la calle. Se me ha
ocurrido venir con el coche hasta aquí y echar un vistazo.
A Parker se le aceleró el pulso.
—¿Es que no ha visto los carteles de PROHIBIDO EL PASO? ¿Ninguno de
los cinco?
La expresión de perplejidad en su rostro sugería que no lo había
entendido.
—Quería ver a qué venía tanto jaleo.
Para entonces Scout ya se había abalanzado sobre el lomo de la perra de
Bill, que intentaba sentarse para poner a salvo su honor.
—A ver si lo he entendido bien: ha entrado aquí con el coche, haciendo
caso omiso de los carteles de PROHIBIDO EL PASO, ha aparcado su coche en
mitad de mi propiedad, ha dejado salir a su perra y se ha puesto a pasearse
por aquí como si tuviera todo el derecho del mundo. ¿Lo he entendido bien?
—Las manos le temblaban de rabia. ¿Dónde estaba su escopeta cuando la
necesitaba?
Tuvo la caradura de hacerse el ofendido.
—Soy su vecino.
—¿Cómo me llamo? —le preguntó, gritando.
—Sinclair, creo.
Señaló el camino.
—Largo de mi propiedad.
—¿Perdón?
—¡Ahora!
—No pretendía molestarla.
—Demasiado tarde.
El hombre captó la indirecta al fin y echó a andar de vuelta a su coche.
Llamó a su perra, que se sacudió a Scout de encima y se puso a trotar al
lado de su dueño.
El hombre se deslizó detrás del volante y arrancó el coche mientras la
miraba fijamente.
—No vuelva a aparecer por aquí.
De los labios de Bill no salió ninguna disculpa.
Por si acaso, Parker puso una mano en la cabeza de Scout.
—Por cierto, mi perro no está operado. —Era mentira podrida, pero solo
por ver la cara de horror del hombre valía la pena.
Parker esperó hasta que el coche hubo salido de la propiedad antes de
volver a la casa.
Erin acudió a la puerta.
—¿Qué ha sido todo eso?
Propulsada por la ira, Parker entró en su dormitorio y se arrodilló en el
suelo.
—El muy hijo de puta ha creído que podía entrar aquí sin más. ¿Se trae a
su perra y tiene el puto descaro de preguntar si mi perro está operado?
¿Quién narices se ha creído que es? —Sacó la escopeta de debajo de la
cama y se aseguró de que estuviera cargada. Lo estaba, lo sabía, pero era la
fuerza de la costumbre.
Erin abrió los ojos como platos cuando Parker pasó por delante de ella.
—¿Qué vas a hacer?
—Cerrar la puerta y retar a ese gilipollas a que vuelva.
La expresión «fuera de sí» se quedaba muy corta para describir su
estado.
A Scout su energía le pareció adictiva y correteó a su alrededor mientras
ella quemaba parte de su ira andando hasta la puerta.
—¿Va todo bien, Parker? —inquirió el último trabajador que quedaba
cuando la joven pasó por su lado.
Pasó por la puerta de entrada, se dirigió al teclado numérico, introdujo el
código para cerrar la puerta y volvió a entrar mientras se cerraba a su
espalda.
Ya se había calmado lo suficiente para no descargar su ira sobre el
operario del volquete.
—Vamos a dejar esta puerta cerrada cuando los camiones ya no circulen,
¿de acuerdo?
—¿Conocías a ese tipo?
—No. —Agitó la escopeta en el aire—. No ha leído los carteles de
PROHIBIDO EL PASO. Espero que sepa leer lo que significa el calibre .12.
—Se lo diré a los chicos —contestó el operario.
—Gracias.
—Lo siento. Creía que era un amigo o algo así.
—Es normal que lo creyeras. Un coche de lujo y un perro. Menudo
imbécil. —Llamó a Scout—. La puerta se abrirá automáticamente cuando te
acerques a ella —le recordó.
—Vale. Lo siento mucho. Si lo hubiese sabido, le habría echado una
buena bronca a ese tipo por ti.
Parker sonrió.
—Se me da muy bien echar broncas, pero gracias.
Para cuando entró en la casa, sus niveles de adrenalina ya habían vuelto
a la normalidad. Dejó el arma junto a la puerta y se fue al lavabo a lavarse
las manos.
Erin estaba allí plantada, mirándola.
—Eso ha sido… eres… No sé qué decir.
—No hay nada que me cabree más que cuando alguien se siente con
derecho a invadir nuestro espacio solo porque sí.
—Ha sido algo más. No me puedo creer que hayas salido con un arma.
—Debería haber salido con ella antes. Fue un error no hacerlo. —«Pero
no volverá a suceder»—. Creía que era un empleado de la oficina del
condado.
—Desde luego, eres una mujer de armas tomar.
Parker negó con la cabeza.
—No, es solo que me ha cabreado mucho.
Parker apoyó ambas manos en el lavabo y suspiró.
Erin miró la escopeta, apoyada contra la pared.
—Nunca he disparado un arma.
—¿En serio?
—Nunca. Tal vez puedas enseñarme.
—Me encantaría. Tal vez cuando no haya tanto movimiento por aquí.
—Eso estaría genial.
Capítulo 20

Colin entró en el despacho de Ed a mediados de semana para revisar el


informe semanal de seguimiento de los proyectos a su cargo.
—¿Cómo vamos? —preguntó su jefe.
—La semana que viene acabaremos el proyecto de Creek Canyon.
—Entonces, todo avanza según lo previsto.
Colin se sentó frente a Ed, que estaba recostado en su silla.
—No estoy convencido de que las estructuras vayan a aguantar.
—Teníamos a todo un equipo de ingenieros de la hostia.
—¿Y ese equipo ha recorrido andando el cañón y ha visto lo que nos
espera en cuanto caigan las primeras lluvias?
Ed apoyó los pies en su escritorio; no le gustaba que nadie cuestionara
su trabajo.
—Ya sabes cuál es la respuesta a eso.
—Bueno, pues yo lo he hecho, y tengo que decirte que la cantidad de
material que está suelto en las laderas de esas colinas es impresionante. Y
no en el buen sentido de la palabra.
—Hemos tenido en cuenta la última vez que se quemó esa zona. Las
estructuras aguantarán, sobre todo dada la cantidad de lluvia que hemos
tenido como promedio los últimos siete años.
—Las previsiones anuncian lluvias para dentro de dos semanas.
—Y dentro de una semana esas lluvias se convertirán en cielos
parcialmente nublados con temperaturas máximas de diecisiete grados
centígrados. —Dejó los pies en el suelo—. ¿Qué aspecto tiene la
desembocadura?
—Hemos hecho lo que hemos podido. —Hablaron de los otros
proyectos de los que Colin también estaba a cargo—. Muchos de los chicos
se van a coger vacaciones para las fiestas de Navidad. Esperemos que no
llueva hasta después del uno de enero.
Terminaron la reunión y Colin se dirigió a la puerta.
—Antes de que te vayas… corren rumores de que tienes algo con la
dueña de la casa.
—¿Ahora prestas oídos a los rumores, Ed?
Su vida privada era eso, privada.
Ed dio unos golpecitos con el lápiz en su escritorio.
—Me parece muy oportuno que la señorita Sinclair haya hecho redactar
a su abogado unas cláusulas que exigen que el condado pague los estragos
causados por la madre naturaleza a lo largo de los próximos cinco años.
A Colin se le erizó el vello de los brazos.
—¿Qué insinúas?
—No insinúo nada. Digo que para ser una mujer tan joven y sin
experiencia, desde luego sabía perfectamente qué debía pedir. —Ed
entrecerró los ojos—. ¿No sabrás por casualidad de dónde salen sus
conocimientos sobre gestión de inundaciones, verdad?
Colin trató de disimular su frustración, cada vez mayor.
—Parker es muy inteligente, sobre todo en lo relacionado con lo que
pasa en su propiedad. Yo no puedo atribuirme el crédito, ni la culpa, de lo
que les pidió que redactaran a sus abogados.
—No he dicho que pudieras.
Los labios de Colin formaron una delgada línea.
—No. Solo lo has insinuado.
Ed arrojó el lápiz sobre el escritorio e inclinó el cuerpo hacia delante en
la silla.
—Ten cuidado, Hudson. Acusaciones por mala conducta y falsas
promesas son lo último que necesita este departamento.
—Entendido.

Colin llegó a la casa de Parker con las palabras de Ed resonando en su


cabeza. Era evidente que su jefe estaba siguiendo muy de cerca todos sus
movimientos… y dando demasiadas cosas por sentadas. El hecho de que
subestimara a Parker era una muestra de que no la conocía para nada. Ella
controlaba su mundo con puño de hierro.
En cuanto a las acusaciones de mala conducta, Colin suponía que, si se
hubiese tratado de alguno de sus hombres, lo más probable era que él
hubiese querido tener esa misma conversación, así que no era de extrañar
que su jefe hubiera abordado el asunto.
Pero es que se trataba de Parker.
Si llegaba a haber alguna acusación de mala conducta, no sería por parte
de ella. Parker abordaría cualquier tipo de mala conducta plantándole cara
al transgresor.
Vio eso mismo confirmado a la media hora de bajarse de su camioneta:
al parecer, Parker había echado a un vecino de su propiedad a punta de
pistola. O al menos fue así como se lo contaron a Colin.
Le envió un mensaje a Parker, sin saber si estaba en la casa o en el
trabajo.

Me han dicho que has sacado tu escopeta a pasear.

Cuando no respondió de inmediato, supuso que estaría en el trabajo y


guardó el teléfono.
Pasó casi una hora hasta que recibió una respuesta a su mensaje.

¿No tienes mejores cosas que hacer que hablar de mí en el


trabajo?

Colin se detuvo en la entrada del cañón, mirando el enorme agujero que


habían abierto sus hombres para recoger los depósitos.

¿Por qué no me lo dijiste?

Eso pasó ayer. No te he visto. Iba a contártelo el sábado.

Habían quedado para cenar el sábado en casa de Colin.

¿A qué hora llegarás a tu casa?

Miró la respuesta de Parker.

Función navideña con los niños esta noche en la escuela.


Te llamaré más tarde.

Colin envió el mensaje y se guardó el teléfono en el bolsillo. Trató de


olvidar su mal humor, pero se dio cuenta de que había fracasado cuando sus
hombres empezaron a apartarse de su camino para evitarlo.

Parker fue directa de la escuela a la tienda de abetos de Navidad, ya que


le había prometido a Austin que escogería un árbol. Casi todos los años
compraban algo en el centro comercial, pero Austin insistió en que los
abetos de su tienda eran más frescos y en que su jefe se lo iba a dejar por
muy buen precio.
La música navideña sonaba a través de los altavoces que rodeaban la
tienda, y los niños entraban y salían corriendo de entre las filas de árboles,
jugando a pillar e hinchándose a bastones de caramelo gratis, que repartían
en la entrada. Vio a Austin enseguida y lo saludó con la mano. Estaba
hablando con una pareja y sujetando un árbol mientras la mujer se paseaba
a su alrededor.
Parker inhaló el fresco olor a pino y siguió recorriendo el recinto. No
había comprado ni un solo regalo de Navidad. Había horneado galletas y se
las había dejado fuera a los chicos, pero esa había sido su máxima
contribución al espíritu navideño.
Cuando le sonó el teléfono y vio el nombre de Colin, parte de su
melancolía por la época en que estaban se esfumó de golpe.
—Hola.
—Hola.
Dejó de caminar.
—¿Va todo bien?
—Sí. —Pero su tono de voz decía lo contrario—. ¿Estás por aquí?
Quería pasar a verte.
—Estoy en la tienda de abetos de Navidad. Austin me va a ayudar a
elegir un árbol. No suenas como si todo fuera bien.
—¿Vas a comprar un árbol de Navidad?
¿Por qué parecía sorprendido?
—Es que estamos en esa época del año. Aunque en realidad los abetos
no entran dentro de mi presupuesto.
—¿Cómo vas a llevar el árbol a casa? —parecía un poco mosqueado.
—Encima del coche, como todo el mundo. ¿Qué te pasa, Colin?
Oyó su suspiro a través del teléfono.
—Voy ahora mismo.
—¿Qué? Puedo…
—No te vayas; llego en diez minutos.
Colgó el teléfono.
Parker se quedó mirando el aparato como si le hubieran salido cuernos.
¿Qué narices le pasaba?
Observó a Austin desde lejos mientras ayudaba a la pareja con el árbol,
se lo llevaba al encargado de la sierra eléctrica para que lo cortara y luego
lo metía en el envoltorio de malla que costaba un dólar adicional. A
continuación, cargó con el árbol a cuestas, lo llevó al aparcamiento y
desapareció de su vista. Cuando regresó, Colin estaba a su lado y estaba
metiéndole algo en el bolsillo.
—Siento haber tardado tanto —dijo Austin—. Las mujeres tardan
mucho en decidirse.
Colin soltó una risa breve.
—¡Oye! —Parker le dio un golpecito en el brazo, haciéndose la
ofendida.
—¿Has elegido algo? —preguntó Colin.
—No, estaba esperando a Austin.
Colin miró a Austin como si Parker acabara de confirmar las palabras de
su hermano con aquella frase.
—Me dijo que sabía dónde estaban los mejores. —Parker le devolvió la
mirada a Colin—. No me mires así.
Austin se puso a andar.
—Están por aquí.
Colin le apoyó la mano en la espalda mientras caminaban por el recinto.
Austin se detuvo e hizo un movimiento amplio con la mano.
—Hoy he sacado todos estos del lote de esta mañana.
Parker pasó una mano por una de las ramas.
—Son abetos Douglas, los abetos más caros.
Austin miró rápidamente a Colin y luego a la cabina adonde había que ir
a pagar.
—Ya te lo dije, me hacen una buena rebaja. Les diré que me lo
descuenten de mi sueldo.
—Pero es que es más de lo que ganas en un día —objetó Parker.
—Tú escoge uno y ya está. Yo me encargo. No me costará casi nada. Mi
jefe me adora.
Parker ladeó la cabeza.
—Austin, no me mientas.
—Si dice que él se encarga, es que se encarga —dijo Colin.
Su hermano la miró fijamente.
—Yo me encargo.
Parker relajó los hombros.
—Está bien.
Austin levantó la vista y sonrió.
—Ahí llegan más clientes. Escoge cualquiera de estos abetos. Enseguida
vuelvo. —Se frotó las manos—. Esos tienen pinta de dejar buenas propinas.
Parker lo vio alejarse y examinó el primer árbol a su derecha.
—¿De verdad ibas a poner un árbol en lo alto de tu coche?
Parker no estaba segura de que se lo estuviera preguntando en serio.
—Ese era el plan.
—¿Por qué no me lo pediste?
Rodeó el árbol. Tenía el tamaño adecuado… ni muy grueso, ni muy
delgado…
—¿Pedirte el qué?
—Que te ayudara con el árbol de Navidad.
—¿Para que lo pusieras en lo alto de tu Jeep nuevo? ¿Y en qué cambia
eso las cosas?
—Mi Jeep tiene cuatro años, pero tengo la camioneta.
—Pensé que habías dicho que la camioneta era solo para el trabajo. —Ni
se había planteado que Colin pudiera utilizar la camioneta para ayudar con
un árbol de Navidad.
—¿Parker?
Su tono hizo que dejara de examinar el árbol y lo mirara directamente.
—¿Qué?
Dos niños pasaron corriendo por su lado.
—Puedes llamarme. Quiero que me llames.
—No lo pensé. —Se volvió hacia el árbol.
Se puso delante de ella.
—Bueno, pues piénsalo.
Sus palabras hicieron que dejara de pensar en árboles para centrarse en
aquel hombre. Estaba cansada y más que un poco desbordada, pero creía
saber qué estaba pasando allí.
—Estás enfadado conmigo.
Colin cerró los labios, respiró profundamente y resopló como si
estuviera apagando cien velas de cumpleaños.
—Más bien irritado. No, frustrado. ¿Por qué no pensaste en pedirme
ayuda?
—No estoy acostumbrada a pedir ayuda.
Antes de que pudiera decir algo más, Austin apareció a su lado, con una
sonrisa de oreja a oreja.
—¿Ya has elegido uno?
Sin apartar la mirada de Colin, Parker señaló el único árbol que había
examinado.
—Este.
Austin dudó.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿No está un poco pelado por aquí?
—Vale, pues elige tú.
Austin fue moviendo los árboles a un lado y a otro mientras ella y Colin
se miraban sin decir nada.
—¿Qué hay de este?
Parker dejó de mirar a Colin para mirar al árbol.
—Está bien.
—¿Estás segura?
Esbozó una sonrisa forzada.
—Es perfecto.
Satisfecho, Austin lo sacó del pequeño tiesto con agua y lo llevó a la
parte delantera del recinto.
Durante los siguientes diez minutos, Parker observó a Austin mientras
preparaba y metía el árbol en la bolsa de malla, todo mientras miraba a
Colin por el rabillo del ojo. Parecía que su frustración iba a menos, y que la
sustituía una emoción más suave.
Austin le presentó a su jefe, que no quiso cobrarle por el abeto. Parker
seguía sin sentirse del todo cómoda con eso, pero lo dejó estar y echó a
andar con su hermano y con Colin mientras llevaban el árbol al
aparcamiento.
Austin lo dejó en la parte de atrás de la camioneta.
—Te veré en casa.
Parker abrazó a su hermano.
—Gracias.
Se apartó a un lado mientras Colin y Austin se daban la mano.
—A partir de aquí, yo me encargo.
Austin se despidió de ellos y regresó a la tienda.
Tardaron veinte minutos en llegar a casa, veinte minutos en los que
Parker no dejó de darle vueltas a cómo era posible que Colin se hubiese
frustrado tanto porque ella no le había pedido un favor. ¿Cómo podía ser
eso un problema siquiera?
Colin la siguió por la puerta de entrada y al enfilar el camino. Parker
entró en el garaje y se reunió con él junto a la camioneta. No había llegado
siquiera a la parte trasera de la camioneta para abrir la trampilla trasera
cuando ella le preguntó a bocajarro:
—Exactamente ¿puedes volver a decirme qué es lo que he hecho?
—No importa, déjalo.
—No.
—No es importante.
—¿Estás enfadado o no?
—Sí. —Sacó el árbol de la parte trasera de la camioneta.
—Entonces es importante.
Sujetando con una mano el árbol atado y apoyando la otra en el costado
de la camioneta, Colin tuvo el valor de hacerse el indignado.
—Ayer echaste a un hombre de tu propiedad con una escopeta y no me
lo dijiste.
—No fue exactamente así como sucedió.
Colin puso los ojos en blanco.
—¿Había un hombre en la finca que no debería haber estado aquí?
—Sí, pero…
—¿No echaste a andar por la propiedad hecha una furia y fuiste a cerrar
la puerta con una escopeta en la mano?
—Sí, pero…
—Señoría, no hay más preguntas.
—¡Ya se había ido! Estaba cabreada y me sentía ultrajada porque tuvo la
caradura de entrar aquí sin que nadie le invitase, así que cogí la escopeta
por si me veía desde la calle.
Parker vio como Colin se agarraba al costado de la camioneta con la
mano.
—«Ultrajada» no es la clase de palabra que me apetece oír al día
siguiente. Si en algún momento te sientes «ultrajada» me gustaría que me
llamaras en cuanto tu móvil te lo permita para que pueda plantarme aquí lo
antes posible.
Cogió el árbol con lo que parecía una energía furiosa y empezó a subir
las escaleras hacia la puerta principal.
Ella lo persiguió.
—¿Y qué harías?
—Ser el hombre que les hace saber a los gilipollas como él que no estás
aquí tú sola.
—No estoy aquí yo sola.
Colin depositó el árbol en el patio y se limpió las manos en los vaqueros.
—¿Y dónde están todos los demás?
—Ya sabes dónde está Austin. Mallory está trabajando. Erin podría estar
en casa, no estoy segura.
—Sola. Con un sistema de alarma que no está activado y un perro que se
pondría a lamer a cualquiera antes que morderle —le espetó en tono
acusador.
—No crees que pueda cuidar de mí misma.
—No he dicho eso.
—No has dicho lo contrario.
—Sé que eres una mujer autosuficiente, Parker.
La frustración de ella estaba empezando a alcanzar el mismo nivel que la
de Colin.
—Haces que suene como si fuera un problema.
—No, no es un… ¿Podemos entrar para discutir sobre esto?
Le tentaba la idea de decirle que le diera el árbol y se fuera a su casa,
pero, en vez de eso, abrió la puerta y lo dejó entrar.
—¿No está cerrada con llave?
Al parecer, esa noche no hacía nada a derechas, según él.
Entró antes que Colin y señaló la esquina del salón donde siempre
habían puesto el árbol.
—Ahí es donde va el árbol. Iré a buscar el soporte al garaje.
—Está bien.
No, no estaba nada bien.
Rebuscó en la parte de atrás del armario de almacenaje y encontró el
soporte. El sonido de sus propios pasos le decía que Colin le había
contagiado su furia.
Subió las escaleras y dejó el soporte en el lugar que le correspondía.
Scout estaba al lado de Colin, olfateando el árbol y meneando la cola,
ajeno a la tensión de la habitación.
Siguieron todos los pasos necesarios para colocar el árbol en el soporte.
Su conversación consistió en intercambios del tipo «Un poco más a la
derecha» y «Ahora te has pasado» hasta que el árbol quedó lo más vertical
posible.
Colin sacó una navaja, cortó la malla y el árbol quedó desplegado en
toda su frondosidad.
—Gracias —dijo Parker… obviando mencionar que podría haberlo
hecho ella sola. O haber esperado a que Austin llegara a casa para ayudarla.
Colin fue al fregadero de la cocina y se lavó las manos mientras Parker
lo fulminaba con la mirada.
Se agarró a la encimera como si buscara un poco de control.
—Sé que puedes cuidar de ti misma.
—Muy bien.
Levantó la barbilla y la miró desde la isla de la cocina.
—Quiero que sepas que puedes recurrir a mí.
—¿Por qué?
Colin pestañeó… dos veces.
—¿Cómo que por qué?
—¿Que por qué? ¿Por qué necesitas que recurra a ti?
—Para poder quitarte parte de la presión de encima.
Parker dejó que su cerebro asimilara sus palabras.
—Escoger un árbol de Navidad no es ninguna presión. Depender de que
alguien lo haga por ti sí lo es.
—Maldita sea, Parker, deja que te ayude.
Ella lo miró como si estuviera loco.
—Y me has ayudado. Dentro y fuera de mi casa.
—Quiero hacer más. —Su voz era firme.
—Y yo estoy acostumbrada a hacerlo todo sola.
Él se pasó una mano por el pelo.
—¿Por qué me llevas la contraria en esto?
—No te estoy llevando la contraria. Eres tú el que se ha puesto en plan
dramático. Por lo que veo, te estás peleando contigo mismo. Yo no he hecho
más que cumplir con mis obligaciones, como hago cada día. —Como
llevaba haciendo desde la muerte de sus padres. Cogió el paño que él había
soltado para limpiarse la savia del árbol de las manos—. Tengo que decirte
que si vas a enfadarte cada vez que haga algo yo sola, puede que esto no
funcione. —Cuando aquellas palabras salieron de sus labios, la negación le
atenazó la garganta.
—Parker… —La ira en la voz de Colin se disolvió. Buscó su mano.
No estaba segura de si debía apartarse o disculparse.
La obligó a darse media vuelta, le puso las manos en las caderas y la
levantó para sentarla en la isla. El movimiento fue tan rápido que la tomó
por sorpresa. Luego la encajonó poniendo una mano a cada lado de su
cuerpo y la miró directamente a los ojos.
—Estaba preocupado, ¿vale? Asustado, después del incidente con ese
hombre en la finca. Molesto por no haber estado aquí para echarlo yo
mismo. Cuando me fui de aquí la otra noche, después del apagón, me di
cuenta de lo aislado que está este sitio y, si te soy sincero, eso me asusta una
barbaridad.
La preocupación en su voz y la expresión de sus ojos hicieron trizas su
resolución de seguir enfadada con él.
—He vivido aquí toda mi vida.
—Ya lo sé, pero eso fue antes de que yo llegara a tu vida. Ahora que
estamos saliendo, tengo derecho a estar preocupado.
—No estoy acostumbrada a que alguien se preocupe tanto por mí como
para pelearse por ayudarme.
Apoyó la frente en la de ella.
—Y yo no estoy acostumbrado a que alguien se pelee para que no la
ayude.
—Supongo que ambos tenemos cosas que aprender.
La besó en la frente y asintió.
Parker le puso ambas manos en los brazos y sintió que estaba
temblando.
—Ya sé cómo puedes ayudar —dijo sonriendo.
—Lo que necesites.
Envolvió una pierna alrededor de la suya y lo atrajo hacia sí, buscando
sus labios.
El hombre era complaciente y estaba abierto a sugerencias. Permaneció
sentada en la isla de la cocina, con las piernas abiertas mientras él se
arrimaba a ella y la besaba hasta hacerle perder el sentido. Fue como si la
tensión que Colin había estado reteniendo en su interior se liberara de
repente, y cuando tiró de sus caderas hacia las suyas, el contacto hizo
estallar una llamarada de calor entre ambos.
Sus labios se deslizaron hasta su cuello y Parker echó la cabeza hacia
atrás.
—Oh, sí…
—Déjame estar a tu lado —dijo él justo antes de rozarle la piel con los
dientes.
—Haz eso otra vez.
Hizo lo que le decía y todo su cuerpo se estremeció, reclamando cada
vez más.
Parker desplazó las manos por su pecho y le subió los faldones de la
camisa mientras las puntas de sus dedos le rozaban la piel.
—Esto parece incómodo —dijo mientras se la deslizaba hacia arriba.
Él levantó los brazos y la camisa cayó al suelo.
Parker recorrió con las uñas los músculos definidos de sus hombros y
sus brazos.
Por un momento, Colin la vio explorar su cuerpo y se quedó
completamente inmóvil. Ella se inclinó hacia adelante y jugueteó con uno
de sus pezones con los dientes.
Él gimió y la atrajo aún más hacia sí.
Sus caderas se estremecieron con el contacto y buscaron más fricción.
Lo quería dentro de ella, necesitaba saber qué se sentía al dejar que él le
arrebatara el control, hasta gritar su nombre. Si Colin quería el control, en
ese terreno, ella se lo cedería gustosa.
Ella deslizó los dedos sobre su trasero y él pronunció su nombre sin
resuello.
—¿Parker?
En lugar de responder, ella se recostó hacia atrás y empezó a
desabrocharse la camisa.
Dando gracias por haber elegido un sujetador de encaje esa mañana sin
imaginar que alguien llegaría a vérselo, se recreó con la mirada enturbiada
en los ojos de Colin mientras la camisa se le deslizaba hacia abajo por los
brazos antes de caer al suelo junto a la de él.
El aliento entrecortado y los labios entreabiertos de Colin eran una
prueba evidente de lo que ella le estaba haciendo. Él le puso las manos en la
cintura desnuda.
—¿Qué me estás diciendo?
—¿Quieres que te lo deletree? —se burló ella.
—Pero estamos aquí, en la casa de tus padres.
—Y solos. —Se inclinó más cerca y sintió cómo sus pechos presionaban
los pectorales de él a través del sujetador—. No quiero esperar. —Era hora
de ahuyentar toda la angustia por sus padres y seguir adelante con su vida.
Colin se humedeció los labios con la lengua.
—¿Estás segura?
Pero en lugar de responder, ella le envolvió la cintura con las piernas y
levantó los brazos para abrazarse a su cuello.
—Mi dormitorio está por ahí. —Señaló con la cabeza hacia la puerta.
Colin le pasó un brazo por debajo del culo y el otro alrededor de la
cintura y la levantó.
Para eso era para lo que lo necesitaba, al menos en ese momento.
Colin cerró la puerta de una patada a su espalda y la dejó de pie junto a
la cama. Esta vez la besó con ternura, un beso de reconocimiento, y siguió
besándola hasta que ella necesitó respirar. Colin le dio la vuelta, le apartó el
pelo del hombro y le besó la nuca.
Con los ojos cerrados, Parker movió la cabeza a un lado. Colin le rodeó
la cintura y deslizó la mano por su vientre plano. Cuando sus dedos se
internaron en el sujetador y descubrieron los prietos montículos de sus
senos, a Parker le flaquearon las rodillas.
Su suave risa al oído fue la confirmación de que estaba satisfecho con su
reacción al contacto de sus dedos.
—Me estás torturando.
—Ese es el plan.
Levantó los brazos sobre la cabeza y se apoyó en su pecho, dejándole
todo el espacio del mundo para torturarla y complacerla a la vez.
—¿Te estás vengando de mí por hacer que te preocuparas?
Le apretó los pechos a través del sujetador mientras le mordisqueaba el
lado del cuello.
—Eso me llevaría horas.
Desplazó las manos por sus caderas hasta la parte superior de los
muslos, rozándole apenas, como si fuera una pluma, el sexo.
Parker se balanceó contra él, notando su erección a través de su ropa. A
aquel juego podían jugar dos. Alargó las manos hacia atrás y trazó con el
pulgar el contorno de sus vaqueros.
—Acepto el reto.
Él se rio y le desabrochó los vaqueros antes de meterle los dedos dentro.
Dios… qué placer sentir su mano entre los pliegues de su sexo… Daba
igual las veces que se hubiera hecho eso mismo a ella misma: no había
sustituto para las dotes de explorador de Colin y su descubrimiento de qué
era lo que le gustaba.
Él pasó de retozar con ella entre roces y caricias a, un minuto después,
presionarle la espalda contra la cama y deslizarse sobre ella separándole las
piernas con la rodilla. Parker capturó sus labios con unos besos húmedos
que la dejaron jadeando y apretándose contra su pierna por el placer de la
fricción que creaba el movimiento. Empezó a sentir la inminencia de un
orgasmo, sus caderas cobraron vida propia, solo que no conseguía llegar al
clímax con tanta ropa encima.
—No pares ahora —murmuró él.
—Necesito más.
Él alargó la mano y le agarró el sexo por encima de los pantalones.
—Así, sí…
Tiró de la cremallera y deslizó los dedos en su interior.
—Dios, sí…
Echó la cabeza hacia atrás mientras un cúmulo de sensaciones le
provocaban destellos deslumbrantes, danzando a su alrededor.
La boca de Colin descubrió un pezón. De algún modo le había quitado el
sujetador sin que ella lo advirtiera. Entre su boca y su mano, a Parker le
costaba un gran esfuerzo controlar su cuerpo. Él parecía contentarse con
tenerla así, medio vestida, mientras le deslizaba los dedos dentro y fuera,
atrapando su clítoris y presionando con fuerza para, inmediatamente, aliviar
la presión.
Ella quería correrse, necesitaba el orgasmo más que respirar incluso.
—Demasiada ropa… —gimió al ver que el clímax se le escapaba por
segunda vez.
Colin apartó la mano y se levantó de la cama. Le cogió los pantalones
con las manos y se los quitó para, acto seguido, quitarle las bragas también.
Parker abrió los ojos lo justo para verle arrojar su cartera a la mesilla de
noche antes de tirar su ropa al suelo. Su erección afloró en todo su
esplendor, tan impresionante como el propio hombre. Colin le recorrió los
muslos con las manos en sentido ascendente y le puso los pulgares sobre el
clítoris.
—¿Así está mejor?
Parker solo acertó a asentir con la cabeza y cerrar los ojos.
—Eres preciosa… —le dijo—. Toda tú.
Ella arqueó la espalda cuando Colin se agachó y reemplazó sus dedos
con la boca.
La intensidad de la sensación fue tan instantánea que Parker lanzó un
grito y se aferró a sus hombros. Todo lo que había prometido con sus dedos,
lo cumplió con su lengua.
—Me necesitas para esto —dijo él antes de añadir los dientes a su sesión
de tortura.
Parker le puso una mano en la parte posterior de la cabeza.
—Te devolveré el favor.
—Las damas primero —murmuró él antes de reanudar la tarea. Puede
que Parker no hubiese tenido muchos amantes, pero sabía perfectamente lo
que le gustaba, y Colin descubrió sus deseos con unos pocos movimientos
de su lengua, sus dientes y sus labios.
La invadía un deseo insoportable, y la búsqueda implacable de su placer
lo retuvo en el lugar exacto donde ella lo necesitaba mientras se iba
acercando su orgasmo. El movimiento era suave, duro, rápido, lento…
Joder, qué bueno era… Añadió un dedo, luego dos, y subió la temperatura
hasta que su orgasmo reverberó dentro de ella y luego estalló.
Cuando por fin abrió los ojos, Colin la miraba fijamente desde el hueco
entre sus piernas. Despacio, empezó a sentir que la vergüenza se apoderaba
de ella. ¿Había hecho mucho ruido? ¿Había sido demasiado exigente?
No, Colin le estaba sonriendo con los ojos.
—Ahora que sé qué ruido haces cuando te corres, así que, si algún día
finges, lo sabré.
Ella se rio.
—No sabría cómo fingir un orgasmo tan bestia.
Él buscó su billetera y sacó un condón.
—Déjame que te enseñe algo más.
Colin no estaba seguro de qué era lo que más le gustaba: oír a Parker
correrse, ver cómo se corría o hacer que se corriese. Empezó a ponerse el
condón a toda prisa, mientras ella lo obligaba a tumbarse de espaldas y se
sentaba a horcajadas sobre sus caderas. Tuvo que morderse el interior del
labio hasta hacerse daño para no explotar en cuanto ella le abrió su cuerpo y
lo dejó entrar. Estaba prieta y caliente, húmeda después de su propio
estallido de placer.
Y si estaba desentrenada, había encontrado el estímulo necesario para
ponerse en plena forma. Siguieron jugando y acariciándose durante un rato
antes de que él capturara su propio nombre en los labios de ella con besos
apasionados. Ella volvió a quedarse sin aliento y él sintió cómo el cuerpo de
ella le comprimía y le succionaba la verga hasta que ya no pudo contenerse.
Colin la abrazó hasta que volvió a respirar con normalidad. Luego se
escabulló el tiempo suficiente para deshacerse del condón y al volver
descubrió que Parker se había echado una manta sobre las caderas. Así
tumbada le recordaba a una sirena, con los pechos al descubierto, la mitad
de una pierna… y una sonrisa satisfecha en la cara.
—Ha sido increíble —dijo cuando él se tumbó a su lado.
—No puede ser mejor. —Al menos no en su recuerdo—. Pero podemos
intentarlo. Los dos somos personas capaces de rendir más de lo normal.
Parker acurrucó la cabeza en su hombro y dejó un brazo indolente sobre
su estómago.
—Esta noche no creo que pueda.
—A mí podrías convencerme para una segunda ronda, pero no quiero
dejarte dolorida.
—Y yo no quiero que mi hermano o hermana oigan nada.
La besó en la coronilla.
—Entonces nos reservaremos la siguiente ronda para el fin de semana.
Ella enredó una pierna entre las de él.
—A riesgo de parecer una mujer insegura…
La pausa fue lo bastante larga para que Colin pensara que no iba a decir
lo que estaba pensando.
—¿Qué?
—¿Ha sido…? Quiero decir, ¿somos…? —Lo miró—. Es que ha pasado
mucho tiempo, desde la última vez. Ya lo había hecho antes, sí, pero no
creo que haya experimentado nada como eso.
No podía haber dicho nada que lo hubiera hecho más feliz. La atrajo
hacia sí para darle un beso y se detuvo ahí.
—Lo ha sido, y lo somos. Eso no ha sido simplemente sexo, Parker.
Tardó un tiempo en sonreír mientras asimilaba sus palabras. Colin no
estaba listo para ponerle etiquetas o palabras a lo que estaban haciendo, ni a
la relación en la que se estaban embarcando, pero no quería que creyera que
era la única que sentía todo aquello.
—Está bien…
Parker volvió al hueco de su hombro y suspiró. Menos de cinco minutos
después, ambos oyeron los altavoces de la casa anunciar que la puerta de
entrada se estaba abriendo.
Parker se levantó de la cama.
—Hay alguien en casa.
Capítulo 21

—¿Ya está?
—Sí. Ya hemos terminado.
Parker, Colin, Fabio, y Scout se hallaban en lo alto de la ladera del lado
norte del proyecto, mirando hacia abajo. La primera cuenca parecía lo
bastante grande para dar cabida a los cimientos de un edificio de veinte
pisos. Las rocas se acumulaban en el lado sur de la entrada. La tierra había
sido compactada y nivelada allí donde el agua no tenía más remedio que
canalizarse a través de la estructura de retención con lamas, diseñada para
retener los derrubios y permitir a la vez el paso del agua. La segunda cuenca
era mucho más pequeña, pero aun así, dejaba mucho espacio para llenarla
con material. Las barreras de hormigón se colocaron en el lado norte,
menos profundo, justo encima de la siguiente estructura, pero ahí fue donde
las cosas se pusieron difíciles. Habían limpiado buena parte de la
vegetación que había conseguido regenerarse después del incendio, pero la
profundidad de la parte vallada de la finca de Parker no había cambiado, no
podía hacerse sin comprometer el alcantarillado cubierto con cemento que
formaba el camino de entrada. La pendiente del camino de entrada estaba
diseñada para canalizar el agua si las alcantarillas se llenaban de tierra y
rocas, cosa que había sucedido al menos dos veces —que Parker recordara
—, por lo que había una pasarela elevada en la parte inferior del camino de
entrada para que pudieran pasar en caso de inundación.
—¿Y ahora qué? —preguntó Parker.
—Nosotros nos iremos mañana.
Miró hacia donde estaban aparcados los camiones y las excavadoras.
—¿Vais a dejar alguna maquinaria aquí en la finca durante el invierno?
Fabio negó con la cabeza.
—Ya los traeremos otra vez si los necesitamos.
Qué curioso que no se alegrase de oír esas palabras.
—Han anunciado lluvias para finales de semana.
—Estaremos atentos, Parker.
Colin había cumplido su palabra de estar atento a casi todo, solo que
ahora no estaría allí todos los días.
—Ya no va a haber ruido de camiones que me haga de despertador —
bromeó ella.
—¿Podrás soportarlo? —le siguió la corriente Fabio.
Sonrió, a pesar de la inquietud que sentía.
—Estoy segura de que puedo descargarme algún tono de llamada
parecido de la tienda de aplicaciones si lo echo de menos.
El comentario les pareció gracioso a ambos.
Bajaron la colina despacio y se dirigieron a la zona a campo abierto.
—¿Y el retrete?
—Eso es lo último que se irá. Hemos programado la recogida para el
viernes.
—Bien. Será todo un alivio no ver todo el día a algún hombre saliendo
de esa cosa mientras se sube la cremallera de la bragueta.
—Lo siento —se disculpó Colin.
—Bueno, es normal, dadas las circunstancias. No pasa nada. Pero no lo
echaré de menos, desde luego.
Los acompañó a las camionetas. Algunos de los hombres estaban
desmontando la zona de descanso y cargando los bancos y mesas de pícnic
en la parte trasera de las camionetas.
—Mañana no estaré aquí —le dijo Fabio—. Te veré cuando volvamos
para limpiar todo esto, cuando se llenen las estructuras de retención.
Cosa que, según le habían dicho, probablemente ocurriría al final del
invierno a más tardar. Su optimismo era solo eso, optimismo. Parker era
realista. Canalizar ochenta quilómetros de bosque arrasado por el fuego a
través de un vecindario, incluso con las estructuras que habían construido,
era el equivalente a poner una tirita para taponar una hemorragia. Aunque
puede que estuviese equivocada.
Parker se dispuso a dar un abrazo a Fabio antes de que se fuera.
—Gracias por todo.
—Solo hago mi trabajo.
No. Ninguno de ellos solo hacía su trabajo; se preocupaban por lo que
hacían, y por la gente para la que lo hacían.
Era evidente.
Se marchó y los dejó solos a ella y a Colin. Fue entonces cuando él le
puso la mano en el brazo. A pesar de que los hombres de Colin sabían que
entre ellos dos había algo, este procuraba ser discreto cuando los demás
andaban cerca.
—¿Estás bien?
—Nerviosa.
—A tu casa no le va a pasar nada.
—Lo sé.
—A la casa de invitados no debería pasarle nada tampoco.
Estaba en la parte inferior de la propiedad y la habían cercado con sacos
de arena, al igual que habían hecho con el cobertizo. Colin había dado
instrucciones a uno de los chicos para que abriera un camino detrás de la
valla carbonizada y así canalizar la escorrentía. Todas las zanjas de la
propiedad habían quedado lo mejor apuntaladas posible.
—No puedo permitirme el lujo de espantar a mi inquilina.
—Cualquier cosa que pase, podremos arreglarla.
Parker esperaba sinceramente que fuera verdad.
En ese momento sonó el teléfono de Colin.
—Tengo que contestar esta llamada.
Parker sonrió.
—Ve a trabajar, anda. Tengo cosas que hacer.
Él le remetió un mechón de pelo por detrás de la oreja mientras
contestaba el teléfono.
Ella le lanzó un beso y se fue.

La primera unidad móvil de televisión del invierno apareció cuando el


último camión se iba de la propiedad. Los reporteros buscaban
localizaciones para filmar reportajes sobre el tiempo en el sur de California,
y el mejor lugar eran los angostos cañones quemados por los incendios
forestales del verano. Parker los estaba esperando. Una mujer delgada como
un palillo se bajó de la furgoneta de televisión antes de que el conductor
pudiera atravesar la puerta de acceso a la finca.
—¿Es la dueña de la casa? —La mujer era todo sonrisas y lápiz de
labios.
—Sí.
—¿Le importa si entramos y hablamos con usted?
Parker pensó en el vecino que vivía calle abajo y en que los demás
vecinos seguramente estarían muy interesados en lo que estaba pasando. Tal
vez si las noticias informaban de las medidas y las obras que había llevado
a cabo el condado, los vecinos, también los que no habían asistido a la
reunión de finales de verano para discutir el asunto, harían más caso a los
carteles de PROHIBIDO EL PASO.
—Claro, pasen.
La furgoneta se detuvo y desplegaron la antena.
Parker dio un paso atrás, sacó una foto de la unidad móvil y luego se la
envió a sus hermanos.

Me parece que vamos a salir en las noticias.

Se metió el teléfono en el bolsillo y se preguntó qué aspecto tendría. Esa


mañana no se había molestado en maquillarse y llevaba el pelo recogido en
una cola de caballo. La chaqueta de forro polar con estampado navideño
recordaba mucho a los típicos jerséis horteras de Navidad, pero así no
pasaba frío.
Daba igual… Cualquiera que, conociéndola, la viera en las noticias,
entendería que no era una esclava de la moda.
La presentadora de los informativos se presentó a sí misma… Lisa
Nosequé, del Canal 2.
—El cámara se está asegurando de que tengamos una buena conexión de
subida —le dijo a Parker.
—Vale.
—Bueno ¿y quién ha hecho todo este trabajo?
Parker le dio algunos detalles, de los que la locutora tomó buena nota.
Apuntó el nombre correcto de Parker y le preguntó sobre el incendio. El
cámara se acercó con un aparato de buen tamaño en el hombro. Las hizo
moverse hasta que tuvo el fondo que quería y colocó un trípode.
—Míreme solo a mí y no a la cámara cuando estemos hablando.
—Vale.
Debería haberse maquillado.
El cámara les dijo que podían empezar cuando quisieran. Lisa
Comosellame se acercó el micrófono a los labios y empezó a hacer
preguntas.
Parker respondió a las preguntas con absoluta franqueza. Cuando habló
de la seguridad, declaró que el condado había hecho todo lo que había
podido, pero que sus vecinos río abajo tenían que entender que era
imposible domeñar a la madre naturaleza. Si sufrían lluvias fuertes, lo más
probable es que hubiera daños y habría que tomar precauciones.
Cuando Lisa le preguntó cómo había llegado a esa conclusión, la
respuesta de Parker fue muy simple:
—Por toda esta zona hay varios kilómetros de cañones escarpados que
quedaron arrasados por el fuego este verano, y solo hay un par de caminos
para que puedan circular el agua y el lodo. La vía principal pasa justo por
los terrenos delanteros de mi casa. A lo largo de todo el barranco hay casas
por todas partes que están mucho más cerca del peligro que la mía. Si los
medios de comunicación entienden que hay una amenaza, los propietarios
deberían entenderlo también.
—¿Cree que sus vecinos se están tomando esta amenaza en serio?
Parker negó con la cabeza.
—Mis vecinos río abajo no parecen haber hecho nada para prepararse
para el invierno.
—¿A qué cree que se debe eso?
—La gente espera a que sean otros los que les salven el pellejo, pero los
equipos de primera intervención también tienen sus limitaciones.
—Parece mostrarse muy vehemente con este asunto.
—Llevo viviéndolo en mis carnes cinco meses, tragando ceniza cada vez
que salgo de casa, así que sí, soy muy vehemente con respecto a esto.
Lisa bajó el micrófono y sonrió.
—Ha estado genial, gracias.
Parker sintió que sus hombros se relajaban.
El cámara dio un par de vueltas, sacó unas cuantas imágenes más y
luego grabó a Lisa hablando con el telón de fondo del cañón.
Parker los despidió con la mano cuando salieron de la propiedad y cerró
la puerta tras ellos.
Se dio media vuelta y contempló la vasta extensión de tierra, vacía como
no lo había estado desde octubre. Bueno, salvo por los retretes portátiles.
Llamó a Scout y se arrodilló para acariciarlo.
—Bueno, muchacho. Somos solo tú y yo otra vez. —Parker fue andando
hasta la intersección entre la entrada a la casa y el barranco y se sentó allí,
con los pies colgando donde las alcantarillas recogían el agua de lluvia—.
Espero de verdad que esto funcione.

El quince de diciembre, exactamente diez días antes de Navidad,


empezó a llover.
Colin la había llamado esa noche, en cuanto empezaron a aparecer las
primeras nubes.
—No anuncian demasiadas lluvias —le dijo.
—Lo sé.
—Las cuencas tardarán algo de tiempo en llenarse.
O al menos deberían.
—Lo sé.
—Puedo ir ahí.
—No hace falta. Mallory y Austin están aquí conmigo. Hemos aparcado
un coche al otro lado del barranco por si se llenan las alcantarillas.
—Buena idea.
Hablaron un poco más. Colin se dedicó a tontear con ella y ahuyentó de
su cabeza el lento repiqueteo de la lluvia que salpicaba los tragaluces. Ni
siquiera los carillones de viento se dignaban hacer demasiado ruido.
Por la mañana, había salido el sol y el cielo estaba despejado.
Y las cuencas estaban llenas.
Capítulo 22

—Ya sé lo que piensas, pero el caudal de agua bajará y todo esto se


calmará. —Colin trató de aliviar los temores de Parker con hechos.
El hombre de los retretes portátiles estaba cargando el cacharro en la
parte de atrás de su camioneta mientras él y Parker hablaban en la orilla del
barranco.
Las estructuras habían resistido y estaban cumpliendo exactamente la
función para la que habían sido diseñadas. Lo que le preocupaba a Colin era
que habían tenido menos de sesenta milímetros de lluvia y ya había una
semana de material que limpiar y retirar. A pesar de que sabía que Parker no
quería oírlo, fue sincero con ella.
—Si las próximas precipitaciones arrojan más agua, podemos justificar
traer a todo el equipo de nuevo.
Parker abrió los ojos como platos.
—No me puedo creer cuánto material ha arrastrado tan poca lluvia.
—Siempre y cuando llueva como anoche, no pasará nada. Llueve un
poco y para, un poco y para.
—Como cuando llueve normalmente.
Eran los microrreventones los que causaban problemas. La casa de
Parker, rodeada de cadenas montañosas que encerraban nubes de tormenta
capaces de descargar lluvia una y otra vez, estaba justo en el centro de la
zona más propensa a sufrir este fenómeno meteorológico. En los años que
llevaba al frente de la casa, todavía no se habían dado ese tipo de
condiciones meteorológicas.
Colin le rodeó los hombros con el brazo.
—Esto es lo normal. Te lo prometo.
Ella le abrazó la cintura.
—Te tomo la palabra.
—¿Cómo ha ido por ahí arriba en la casa? —Colin solo había llegado
hasta el lado sur del barranco.
—Solo ha habido un pequeño escurrimiento, no mucho.
—¿La casa de invitados?
—De momento todo bien.
Todo eran buenas noticias. Después de besarla en la coronilla, se separó
de ella.
—Estaré aquí a las seis para recogerte.
Iban a ir al vecindario que más debía de temer sus facturas de
electricidad en aquella época del año, para ver las luces de las casas.
—Llevaré chocolate caliente.
—¿Va a venir Austin con nosotros?
Parker puso los ojos en blanco.
—Aún no le ve la gracia, tiene diecisiete años.
—Pero Mallory sí va a venir, ¿verdad?
—Sí. Estaba pensando en pedirle a Erin que viniera también. No sale
mucho.
Colin se había dado cuenta.
—Les preguntaré a Grace y Matt si quieren acompañarnos. Tal vez si
Erin conoce a más miembros de la familia querrá venir con nosotros para
Navidad.
A Parker le gustó la idea.

—Ven con nosotros. Te hará bien. —Parker estaba en la casa de


invitados, insistiéndole a Erin para que fuera con ellos.
—No quiero molestar.
—Tú coge el abrigo. No te he visto salir de la finca para hacer otra cosa
que no sea ir al supermercado. —Señaló la esquina de la pequeña sala de
estar—. Y a ese arbolito de ahí le falta un poco de alegría navideña.
—Veo vuestras luces desde aquí.
—Erin, coge tu abrigo. Nadie te va a morder.
Erin dejó caer las manos a los lados.
—Está bien.
Sí, Parker sabía lo que significaba eso, pero no le importaba: se había
salido con la suya.
Primero las luces de Navidad. Luego la Navidad.
Miró su reloj.
—Colin debería llegar en diez minutos. Nos vemos en la entrada.
Colin llegó puntualmente. Mallory cogió una bufanda y unos guantes, y
Parker hizo lo propio. En California no había muchas ocasiones de
abrigarse, al menos no en su ciudad, pero había refrescado después de la
lluvia, así que Parker disfrutó de la oportunidad de ponerse ropa que no
utilizaba normalmente.
Se reunieron con Colin en el camino de entrada.
La saludó con un beso.
—Qué aire más navideño…
—Es solo una bufanda.
—Pero es roja —dijo mientras Parker se reía—. Salpicada de verde.
—Vale —concedió ella—. Es una bufanda con aire navideño.
Colin agarró los dos extremos de la bufanda y la atrajo hacia sí.
—Te queda muy bien. —Le reclamó un beso.
—Vais a hacer que me entren ganas de vomitar —bromeó Mallory.
Erin enfiló el camino con un abrigo largo que parecía de un tejido de
mucha calidad, con el cuello y los puños de pelo.
Mallory se le adelantó a Parker con un cumplido.
—Me encanta ese abrigo.
—Gracias. Lo tengo desde siempre.
—¿Como diciendo «Es muy viejo»? —se rio Mallory.
—Algo así.
—Me alegro de que vengas con nosotros —le dijo Colin.
—Alguien ha sido muy insistente. —Fulminó a Parker con la mirada.
—Testaruda e insistente. No tenías ninguna oportunidad.
Colin abrió la puerta trasera y rodeó el coche para abrir las demás.
Entonces miró al camino de entrada.
—¿Qué es todo eso? —dijo, señalando los sacos de arena que habían
tenido ocupada a Parker la mayor parte del día.
—La valla no consigue contener todo el barro, así que voy a poner sacos
de arena en el camino de entrada para intentar mantenerlo despejado.
—Sabes que puedes pedir…
—¿Pedir qué? ¿Que dejes tu trabajo diario en el que ayudas a miles de
personas y solo me ayudes a mí? No digas tonterías.
—¡Parker!
—¡Colin!
Él sabía que ella tenía razón, Parker lo veía en sus ojos.
—Está bien.
—Vale, señora Testaruda y señor Tonterías, ¿nos vamos o no?
A Parker le dieron ganas de abrazar a su hermana.
—Sí, el chocolate caliente se está enfriando.
Fueron al otro lado de la ciudad y aparcaron en la calle desde donde
Santa Claus y sus elfos habían desparramado su magia por todo el
vecindario. La gente paseaba por todas partes haciendo exactamente lo
mismo que ellos.
Esperaron un momento mientras Colin le enviaba un mensaje a su
hermano.
—Ya casi están aquí.
Mallory levantó la vista de su teléfono y observó a la gente que pasaba.
Cuando empezó a saludar a alguien, Parker se volvió.
—¡Estamos aquí!
Creía que iba a ver a Matt y Grace cruzando la calle.
No fue así.
—¿Jase? —exclamó Colin.
—Sí, le he invitado yo. —Mallory corrió y le dio un abrazo.
Colin se inclinó hacia Parker.
—¿Sabías algo de esto?
—No tenía ni idea.
Mallory le presentó a Erin al primo menor de Colin.
—Hola, chicos.
Parker se volvió al oír la voz de Grace.
La saludó con un abrazo e hizo lo mismo con Matt.
Colin estrechó la mano de su hermano y abrazó a su hermana. Cuando
todos se separaron, Parker miró por encima del hombro.
—Grace y Matt, os presento a Erin. Nos ha alquilado la casa de
invitados.
Grace sonrió y la saludó efusivamente.
Matt, por su parte, parecía haber perdido la facultad del habla. Al final
acertó a decirle hola, pero eso fue todo.
—Parker nos ha dicho que eres correctora freelance de textos.
—Lo dice como si fuera algo sofisticado, pero os aseguro que no lo es.
—¿Sabes qué es lo opuesto a un trabajo sofisticado? Ser ingeniero,
créeme.
Matt recuperó el habla.
—La hermana pequeña tiene el trabajo más aburrido.
—No estoy tan seguro: yo cavo zanjas —dijo Colin.
—¿Así es como llamas a mi terreno y mi jardín? ¿Una zanja?
Se rieron.
Grace miró a Erin.
—Matt es el héroe de la familia.
¿Se estaba ruborizando Erin?
Parker miró a Matt.
—Eres bombero, ¿verdad? —preguntó Erin.
Ahora fue Matt el que se sonrojó.
—Yo tengo el trabajo menos aburrido.
—Y el que tiene que trabajar en Navidad, así que intentamos hacer todo
lo posible por hacer estas cosas juntos antes. Espero que no os importe que
hayamos venido —dijo Grace.
—Cuantos más, mejor —intervino Mallory.
Colin cogió a Parker de la mano.
—Venga, vamos.
Mientras caminaban por delante del grupo, Parker miró por encima de su
hombro.
No estaba segura de quién le hacía más gracia: Mallory y Jase dejando
en evidencia que habían estado viéndose todo este tiempo, o Erin y Matt
disimulando e intentando no mirarse el uno al otro.
Grace parecía ajena a todo eso y se paseaba entre ellos.
—Creo que se respira la magia navideña en el ambiente —susurró
Parker.
—Yo también me he dado cuenta —le contestó Colin con otro susurro.

En la sala de descanso había suficiente azúcar y calorías para abastecer a


varios países pequeños, pero eso no les impedía a los padres seguir llevando
más todavía. Era el último día de clases antes de las vacaciones navideñas.
—Ni siquiera voy a preguntar si habéis planeado algo divertido para las
vacaciones —dijo Jennifer.
—Perderías el tiempo si lo hicieses. ¿Y vosotros?
—Vamos a ir a casa de mi madre por Navidad y pasaremos allí una
semana.
—Pasadlo bien.
Ambas vieron a Janice atravesar la sala y esperaron a que se fuera para
seguir hablando.
—¿Has tenido más problemas? —le preguntó Jennifer.
—¿Con Janice?
—Sí.
—Ya me ha reducido la jornada a cuatro horas o menos. El siguiente
paso es despedirme y punto, pero la mayoría de los auxiliares no quieren mi
trabajo.
—¿Crees que es algo personal?
—No lo sé. Me ha llamado la atención cada vez que he llegado dos
minutos tarde.
No era fácil ser puntual ni siquiera calculando el tiempo extra que iba a
necesitar para salir de la propiedad: a veces se encontraba una cola de diez
volquetes que iban a paso de tortuga por la calle.
—Con un poco de suerte quizá puedas olvidarte pronto de todo eso.
Parker ya había terminado el almuerzo y estaba recogiendo la servilleta
y las bolsas que había usado para llevarlo todo.
—Se supone que va a llover en Navidad y hasta Año Nuevo. Y no pasa
nada, porque esos días estaré en casa, pero, si sigue lloviendo después,
tendré que llamar para decir que no vendré a trabajar. Los pocos dólares que
gano en el par de horas que estoy aquí no me compensan no poder volver a
mi casa.
Le sonó el móvil. El nombre de Mallory apareció en la pantalla.
—Hola, hermanita, ¿qué pasa?
—Mi coche no arranca.
—¿Qué?
—Hace una especie de chasquido, pero eso es todo.
—¿Te has dejado las luces encendidas o algo? ¿Es la batería?
Mallory resopló en el teléfono.
—Mi coche es viejo, pero no tanto. Todo se apaga solo cuando salgo del
coche. He abierto el capó a ver.
Parker se rio.
—¿Y qué? ¿Creías que iba a saber lo que le pasaba como por arte de
magia?
—¡No! Llamé a Jase y me dijo que mirara y moviera un poco la batería.
He encontrado un nido ahí, Parker.
Eso le llamó la atención.
—¿Qué clase de nido?
—No lo sé… ratones, ratas… Los De Luca llevan meses quejándose de
que tienen ratas en su casa. Desde el incendio.
Eso no presagiaba nada bueno.
—Estaré en casa dentro un par de horas, tal vez no sea nada.
—Hoy tengo un examen. Tengo que ir a clase.
Parker cerró los ojos con fuerza; lo había olvidado.
—Ven aquí y llévate mi coche. —Ella podía pedirle a alguien que la
llevara a casa.
—Qué buena idea, a ver si consigo que se ponga en marcha el palo de la
escoba…
Ya. No podía pedirle a algún vecino que la trajera, así, sin previo aviso.
Y un Uber tardaría como mínimo veinte minutos en llegar allí.
—Es un examen final, no puedo llegar tarde.
Parker miró su reloj. Solo le quedaban cinco minutos de descanso. Se
levantó de golpe y cogió su bolso.
—Voy de camino.
—Gracias, Parker.
Hizo un rápido resumen de la situación.
—A Mallory se le han metido unas ratas en el coche y no arranca.
Necesita el mío para ir a clase.
Si no había tráfico, podría llegar a casa en ocho minutos. Corrió por el
pasillo y asomó la cabeza en la oficina de Janice.
—Hola, Janice. Oye, mi hermana ha tenido una emergencia con el
coche. Voy corriendo a casa y vuelvo enseguida.
Janice miró el reloj analógico de la pared.
—El timbre sonará dentro de tres minutos.
—No puedo hacer nada. Tardaré quince minutos. —Era una previsión
optimista, pero siempre le quedaba poner en práctica sus habilidades como
piloto de carreras.
Janice juntó las dos manos encima de su escritorio y la miró fijamente.
—¿Quién va a vigilar el patio cuando los niños salgan a comer?
—Son solo quince minutos, Janice. Tal vez alguno de los profesores
pueda…
Janice empujó la silla hacia atrás.
—¿Sabes qué? Yo me encargo. Quince minutos es casi la mitad del
almuerzo. Ve y ayuda a tu hermana.
Parker empezó a sentirse aliviada.
—O, mejor aún, tómate el resto del día libre.
Vale, a lo mejor no tan aliviada.
—Volveré enseguida.
—Mmm, claro. Yo me ocupo, Parker. Aprovecha el tiempo de las
vacaciones de Navidad para priorizar algunas cosas. Y, cuando vuelvas,
prepárate para trabajar.
El «o si no» estaba implícito.
—Janice, puedo…
Sonó el timbre.
Su jefa frunció el ceño, pasó junto a ella y salió por la puerta.
Capítulo 23

—Parece que se han metido en los cables.


Colin hurgó un poco más bajo el capó del coche de Mallory.
—¿Puedes arreglarlo?
—Lo siento, cielo, pero de esto yo no entiendo.
Parker resopló con frustración. La verdad es que no tenía presupuesto
para esa clase de cosas.
—Necesito un respiro.
—Conozco a un buen mecánico que no te sableará por la reparación.
Eso era algo.
—Tendremos que llevarle el coche a su taller.
—Eso cuesta como mínimo cien dólares.
Colin bajó el capó del coche.
—Puedo pedir una grúa de mi compañía de asistencia en viaje, la AAA.
—¿Y si luego necesitas usarla tú y te la cobran?
Parker había empezado a reconocer aquella mirada, la mirada que Colin
le lanzaba y que acompañaba frunciendo los labios y bajando la cabeza
como si estuviera mirándola por encima de unas gafas de lectura. Solo que
no usaba gafas. Era su mejor expresión de señor Tonterías.
—Vale.
La abrazó antes de marcar el número de la tarjeta de la compañía.
—Vamos progresando.
Parker resopló, pero le devolvió el abrazo.
Treinta minutos más tarde, estaban siguiendo a la grúa, camino del taller.

—Te agradezco la invitación, de verdad, pero estaré con mi tía y su


familia.
Era la primera vez que Parker oía hablar de una tía.
—Creía que habías dicho que no tenías familia por aquí.
—Están en Arizona.
—Oh.
Parker no podía alegar que pasar las vacaciones de Navidad con la
familia no fuese mejor que pasarlas con los amigos.
—Mientras no las pases sola…
—Claro que no. Es Navidad.
Erin cogió la pala con las manos y atacó la pila de arena. Parker sujetaba
la bolsa para mantenerla abierta. Entre las dos se estaban quedando
rápidamente sin bolsas que llenar.
—Bueno, ¿y qué te parece Matt? —preguntó Parker.
—¿Matt?
Metió otra pala de arena en la bolsa.
—Sí, ya sabes… El bombero guapo que te hizo sonrojar la otra noche…
—No me estaba sonrojando. Hacía frío.
Parker agarró otra bolsa y la sujetó.
—A él le costaba horrores hablar delante de ti.
Erin sonrió.
—Pensé que eso era por el consumo de esteroides.
Parker se rio.
—Es un chico muy fuerte.
—Demasiado fuerte para mí —dijo Erin, tan flojito que Parker casi no la
oyó.
Definitivamente, Matt hacía mucho ejercicio.
—Es guapo.
—No me interesa.
No era esa la impresión que le había dado cuando paseaban mirando las
luces de Navidad.
—¿En serio? Pues parecía que…
—No es mi tipo.
En la cuarta bolsa, se intercambiaron los papeles. Parker cogió la pala y
Erin se arrodilló junto a las bolsas.
—¿Cuál es tu tipo?
—Menos…
—¿Menos qué?
—No lo sé, solo menos. —Cabía una palada más en aquella bolsa, pero
Erin la cerró deprisa y abrió otra—. ¿Cuándo os devolverán el coche de
Mallory?
—Dentro de un par de días. —Otra pala de arena en la bolsa—. Buena
maniobra para cambiar de tema, por cierto.
Erin levantó la vista un segundo.
—Lo siento. Es que no quiero que alguien como Matt se fije en mí. No
necesito eso en mi vida.
Parker no siguió insistiendo. Empezaba a intuir que Erin confiaba en ella
por fin y no quería estropearlo.
—¿Y cuándo te vas?
Erin cerró la bolsa y abrió la siguiente.
—¿Irme adónde?
—A casa de tu tía…
—Ah, sí… Mmm, el veintitrés.
—Espero que el vuelo sea temprano. Esa noche se esperan lluvias.
—Sí, es temprano. Me iré antes de que te levantes.
—Si llueve mucho tendré que ir a tu casa y asegurarme de que no haya
goteras.
Erin vaciló.
—Humm… Claro, sí.
Parker percibió su nerviosismo. Si había alguien que entendía lo que era
el deseo de intimidad, esa era ella, pero lo cierto es que era imposible no
invadir el espacio de Erin si ella no estaba allí para asegurarse de que no
había ningún problema con la lluvia.
Llenaron el último par de bolsas y se quedaron mirándolas.
—Yo me encargo a partir de aquí —le dijo Parker.
—¿Adónde van?
—Detrás de tu casa.
—Cogeré la carretilla.
—Ya has ayudado mucho.
Erin echó a andar atravesando el campo hasta donde había dejado la
carretilla el día anterior.
—Se llama ejercicio. A mi cuerpo no le viene nada mal ahora que me
paso el día sentada delante del ordenador.
—Si insistes… —Porque tampoco podía ofrecerle a Erin una rebaja en
el alquiler.
No podía ofrecerle a Erin una rebaja en nada.
Colin estaba subido en la escalera, ayudando a su padre a sacar del
trastero las mesas de repuesto que su madre usaba en Navidad para
sentarlos a todos en el mismo espacio.
—Sabes que va a llover en los próximos días —le dijo su padre.
—Sí, ya he visto las noticias.
—A mí no me hace falta que ningún presentador con moreno de
California me diga que va a llover.
Su padre había tenido un accidente de moto en el trabajo hacía más de
una década y, como resultado, había sufrido una fractura de fémur y se
había convertido en el meteorólogo de la familia. Cuando bajaba el
barómetro, su padre lo notaba.
—Deberías tener tu propio programa en la tele, papá.
Colin le bajó la mesa plegable a su padre y volvió a subir a por la
segunda.
—Tu novia piensa que va a haber problemas en su casa, ¿verdad?
Colin apartó una telaraña, alargó el cuerpo para llegar hasta donde
estaba la madera contrachapada llena de polvo y agarró los bordes de la
mesa.
—Estamos preparados.
—Más te vale ir a ver cómo van las cosas por allí y asegurarte. La pierna
no me había dolido tanto desde el accidente.
—Lo haré. —Tosió mientras deshacía de un manotazo una nube de
polvo acumulado.
Después de bajarse de la escalera, Colin ayudó a su padre a desplegar las
mesas y a limpiarlas antes de llevárselas a su madre.
—¿Va todo bien entre vosotros dos? —le preguntó su padre.
—¿Entre Parker y yo?
—¿Es que hay alguien más?
Su padre sabía que él no hacía esa clase de cosas.
—Nos va todo genial. Los dos estamos muy ocupados, pero…
—¿No habrás intentado ocuparte de su vida?
Colin se irguió.
—Yo no intento «ocuparme» de la vida de la gente.
—Tal vez lo de «ocupar» es un poco exagerado.
—Gracias.
Colin cogió un trapo, fue al lavabo del garaje y abrió el grifo.
—Pensándolo bien, no. Ocuparse es una buena manera de decir lo que
haces.
—¡Papá!
—Es un equilibrio, hijo. Las mujeres quieren que hagas cosas por ellas,
pero también necesitan hacerlas ellas mismas. A ti te gusta arremangarte y
arreglarlo todo. Eso se traduce como ocuparse de las cosas.
—Aprendí del mejor.
De hecho, los tres hermanos podían culparle o atribuirle el mérito —en
función de a cuál de ellos se le preguntara— por ese rasgo heredado de su
padre.
—Bueno, y entonces, ¿lo estás haciendo?
—No. —Se acordó de la noche que le llevó a casa el árbol de Navidad.
Le había dado el dinero a Austin antes de que Parker se diera cuenta, y
Austin se inventó lo del descuento y lo de que su jefe se lo deduciría de su
sueldo para que ella no se enfadara. La frustración de esa noche por el
extraño que había entrado en su propiedad… se ponía furioso solo de
recordarlo. Los sacos de arena… los problemas con la puerta y el apagón…
—. Ella no me deja —le contestó a su padre al fin.
—Pero lo has intentado.
—No del todo. —Suspiró.
—A tu madre y a mí nos gusta esa chica. No es una mujer delicada que
necesite que tú te encargues de todo, y eso es algo bueno a largo plazo.
Colin escurrió el trapo empapado y se dirigió a la mesa.
—Hablas como si ya estuvieras haciendo la lista de invitados para la
boda.
Cuando su padre no se rio, Colin levantó la vista.
—¡Papá!
—Tu madre.
—Hace muy poco tiempo que nos conocemos.
—Yo me casé con tu madre seis meses después de conocernos.
—Y yo nací siete meses después.
—Fuiste prematuro.
Colin puso los ojos en blanco.
—Los bebés de cuatro kilos no son prematuros, pero buen intento.
—¿Está tomando anticonceptivos?
Colin se detuvo.
—¿De verdad estamos teniendo esta conversación?
—Tienes razón. No es asunto mío.
«¡Exacto!».
Restregó la mesa lo bastante fuerte con el trapo como para que las patas
rechinaran contra el suelo del garaje.
—¿Quiere tener hijos? —preguntó su padre al cabo de unos segundos.
—Teniendo en cuenta que aún no sé cuál es su color favorito, no te
sabría decir cuáles son sus planes sobre procrear en el futuro. —Tampoco
podía decirle a su padre si Parker estaba tomando anticonceptivos. Habían
usado condones, como cualquier adulto sexualmente activo respetable, así
que no se lo había preguntado. Ella tampoco le había dado esa información
por iniciativa propia.
Colin terminó con una mesa y pasó a la otra.
Su padre dobló las patas de la limpia antes de entrar en la casa con ella.
—Bueno, sobre todo asegúrate de advertirle lo de la lluvia. La pierna me
está matando.
Algunos días su familia quizá se comunicaba demasiado.
Ese día era uno de ellos.
Sin embargo, una hora más tarde, mientras conducía de vuelta a su casa,
no dejó de preguntarse si Parker querría tener hijos algún día.
Capítulo 24

Colin había salido de la casa de su hermano alrededor de las nueve de la


noche; una hora después de que las primeras gotas le ensuciaran el coche
limpio. Estaba nervioso por la conversación con su padre y necesitaba
distraerse. Si llamaba a Parker, se arriesgaba a hacerle todas las preguntas
que le había hecho su padre y, seguramente, a asustarla.
Matt le había recordado dos hechos importantes.
—Mamá quiere nietos y papá no soporta no tener toda la información.
Dos cosas que Colin ya sabía, pero que no solía tener en cuenta.
Así que su hermano y él compartieron una cerveza mientras Colin
actualizaba la aplicación del tiempo de su teléfono. Aparecían bandas de
color verde, las que indicaban lluvias, seguidas de manchas rojas que
podían llegar o no hasta la colina. En cualquier caso, le esperaba una
mañana movidita.
Solo rezaba para que no fuera en la propiedad de Parker.
En cuanto dejó sus llaves en la cocina, le sonó el teléfono. Era Glynn.
—Acabo de pasar por el río. Hasta ahora todo bien.
—¿Has estado en Creek Canyon?
—No. No estaba seguro de si estabas por aquí.
—No, no estoy ahí. Déjame llamar a Parker y decirle que te quedarás
montando guardia toda la noche.
—Tú mandas.
Colgó y le envió un mensaje a Parker.

¿Todavía estás levantada?

Tres puntos suspensivos parpadeaban en su pantalla, respondiendo a su


pregunta.
Sí, aún estoy levantada.

Colin llamó a su número y se llevó el teléfono a la oreja.


—Hola. —Parecía tranquila.
—Me gusta cómo suena tu voz.
—Mallory y yo hemos hecho un poco de ponche de huevo casero. No
está mal. Puede que nos hayamos pasado un poco con el brandy.
Colin arrugó la frente.
—Veo que estáis llevando lo de hacer cosas caseras al siguiente nivel.
—Sí, bueno… como no ha salido nadie esta noche, no tengo que
preocuparme por tener que ir a recogerlos con el coche.
—Me alegro de que te estés relajando.
—Lo intento.
Aunque no quería ser el que la trajera de vuelta a la realidad, no le
quedaba más remedio.
—Oye, esta noche Glynn va a ir por ahí a controlar el barranco.
—Ya he oído el pronóstico. ¿Crees que va a llover tanto?
—Va a llover.
Ella se rio.
—He aparcado el coche al otro lado del barranco por si no podemos
pasar por encima mañana.
—Qué práctica eres. Me gusta eso de ti.
Se rio.
—Parker la Práctica adelantándose a los acontecimientos.
Sí, definitivamente, se había pasado con el brandy.
Le dieron ganas de estar allí para verla sonreír. Oyó reírse a Mallory.
—Te dejo. Solo quería que supieras que estaremos por ahí.
—Te refieres a Glynn.
—Sí. Yo también iré en algún momento de la mañana, a menos que me
llamen antes.
—Vale. —La oyó tapar el auricular del teléfono—. A mí ponme solo un
poco más… Lo siento, Mallory está sirviendo otro trago. —Se oyeron más
ruidos en el teléfono—. La próxima vez que beba esto, tienes que estar aquí
—dijo, con un susurro ronco.
—¿Y eso por qué?
Se rio.
—Porque me estoy poniendo cachonda.
Fue como si su polla la hubiera oído.
—Puedo ir ahora mismo —insinuó.
—Eso sería demasiado obvio.
—Estoy seguro de que tus hermanos ya se imaginan qué clase de
relación tenemos tú y yo.
Parker intentó seguir hablando en susurros… sin conseguirlo.
—¿Has hecho el amor con una mujer mientras su hermano y su hermana
estaban en la habitación de al lado?
Dicho así…
—No.
—¡Entonces, vale!
Parker era divertida cuando se emborrachaba.
—¿Es Cara de Beso? —oyó preguntar a Mallory.
«¿Cara de Beso?».
—Mira quién habla: que si «Jase es muy mono»… Que si «Jase me ha
regalado una rosa por nuestro aniversario de un mes»… Que si «Jase besa
mejor que nadie»…
Colin oyó a Parker y a su hermana bromear y pensó que ojalá estuviera
allí para presenciarlo en persona.
—Es que besa mejor que nadie. —Mallory parecía tan borracha como su
hermana.
—Seguro que Colin le ha dado algunos consejos. —Parker subió el tono
de voz—. Le has dado consejos, ¿no?
—No puedo atribuirme el mérito por cómo besa mi primo.
—Eres mayor que él. Te lo estoy atribuyendo yo.
El nivel de ridiculez de la conversación era comparable a las
reposiciones de las series más cursis de la historia de la televisión.
—¿Seguro que no quieres que vaya?
Lo de poner a prueba quién besaba mejor le parecía buena idea. Se
presionó entre las piernas con la palma de la mano.
—¡Mi hermana está aquí! —exclamó Parker, otra vez tratando
inútilmente de hablar en susurros.
Colin se miró el regazo, sabiendo que no iba a ir a ninguna parte.
—Tienes razón. Además, tengo por norma no acostarme nunca con una
mujer borracha.
—No estoy borracha. —Se rio—. Tal vez un poco.
Colin deseó de verdad estar allí.
—Te veré mañana.
—Pasadlo bien.
—Sí. Buenas noches, Colin.
Parker colgó antes de que él pudiera responder.

El teléfono de Colin sonó a las cuatro y media de la mañana.


Sobresaltado por la interrupción en plena fase de sueño profundo, oyó el
ruido de la lluvia golpeando los cristales antes de responder a la llamada.
—¿Sí?
—Soy Glynn.
—¿Es muy grave?
Glynn soltó un bufido.
—Llena el termo grande y ponte botas.
Colin se incorporó de golpe, con la manta en el regazo.
—Estaré ahí tan pronto como pueda.
Glynn colgó y Colin se metió en la ducha con el piloto automático.
Cuarenta y cinco minutos después, Colin detuvo la camioneta en la
intersección de la calle de Parker y la carretera principal que atravesaba el
cañón. Bajo el puente, fluían el agua y el lodo, pero la acumulación no
había llegado hasta el punto de desbordarse. Subió calle arriba y cuando
hubo recorrido tres cuartos del camino, vio cuál era el problema.
El barro y las rocas se desperdigaban por la calle en todas direcciones.
Aquello no venía de su proyecto, de las obras de Creek Canyon. Ya tenía
una fuerte sospecha de dónde podía haber salido todo aquello cuando
aparcó la camioneta al lado de la calle y se fue andando el resto del camino
hasta la puerta de Parker.
Cuando Colin empezó a subir la cuesta, vio a Glynn.
—Es Sutter Canyon.
Colin enfocó con la linterna la zona entre las casas de los De Luca y los
Sutter. Sabían que el cañón al que habían llamado Sutter Canyon por su
ubicación sería un problema, pero Colin no había previsto aquello. Dos
metros de piedra y lodo habían caído rodando por el cañón y aplastado la
valla de tela metálica donde convergían todos los caminos de acceso a las
casas. Cuando el barro y las rocas chocaron contra la gayuba que había
sobrevivido al incendio, junto a la entrada de Parker, parte del lodo siguió
fluyendo hacia el barranco, pero una gran parte se desvió por la entrada de
la casa y la puerta principal de Parker. A partir de ahí, había seguido
deslizándose calle abajo, bloqueando el acceso por completo.
—¿Están levantados los dueños?
—Sí, oyeron el estruendo.
Colin lo suponía.
—¿Cómo están nuestras estructuras en Creek Canyon?
Colin siguió andando, con Glynn a su lado.
—Llenas, pero funcionando de momento.
—¿Ha habido desbordamiento?
—Sí. Estoy seguro de que tendremos que hacer reparaciones.
La lluvia había amainado y empezaba a salir el sol. Oyó el ruido del
caudal de agua antes de verlo.
El cruce del puente de Parker había quedado obstruido y el agua corría
por la parte superior, tal como estaba previsto. Colin comprobó que el coche
de Parker estaba aparcado en ese lado del barranco, aunque no es que fuera
a servirle de nada hasta que pudieran despejar la entrada.
Él y Glynn fueron andando a cada uno de los puntos de obstrucción y
observaron el caudal de agua. Era difícil hablar con el ruido de fondo de las
rocas y del agua al chocar contra los materiales de derrubio.
—¿Cómo de grave ha sido en el momento de más intensidad de lluvia?
—Llegué aquí después de que cayera Sutter Canyon. No sabría decirte
cómo estaba esto.
Colin sacó el teléfono y empezó a hacer llamadas.
—Espero que no se hayan escapado todos fuera por Navidad…
—Desde luego.
A las seis de la mañana, Keith ya había llegado con el camión cargador y
estaba despejando el camino a través de la entrada de Parker. Colin se las
había arreglado para convencer a dos de los subcontratados para que
trajeran su maquinaria al día siguiente, pero la mayor parte de los hombres
del equipo se habían ido de vacaciones hasta el 26 de diciembre por lo
menos.
El señor Sutter llamó su atención y le hizo señas para que se acercara.
—Nuestras precauciones no fueron suficientes.
Eso era evidente. Lo que era un metro de barro en las tierras de Parker
era el doble en la finca de su vecino. Caminaron juntos sobre el barro y los
depósitos hasta el jardín trasero de los Sutter.
Había varios bloques de roca de gran tamaño en lo que hasta entonces
había sido una piscina de agua clara. El lodo lo invadía todo y llegaba hasta
la parte de atrás de la casa de aquel hombre.
—¿Ha entrado en la casa?
—No mucho.
—Va a venir otro compañero. Esta es nuestra prioridad antes de que
llegue el próximo embate. —Le dio una palmadita a Sutter en la espalda—.
Haré todo lo que pueda.

—Parker. ¡Parker!
Ella rodó hacia el otro lado y se puso una mano sobre los ojos.
—¿Qué?
—Tienes que venir a ver esto. —La voz de Mallory la despertó.
—¿Qué pasa? ¿Es que Santa Claus se ha adelantado un día? —Estaba
medio dormida.
—No, el que ha venido es el dios de la lluvia.
Abrió los ojos de golpe.
—Oh, no…
Mallory ya se había vestido con unos vaqueros y una chaqueta, y tenía el
pelo mojado por la lluvia.
Parker retiró las mantas, se levantó de la cama y se dirigió a la ventana
de su dormitorio.
—No se ve desde ahí.
Sí, veía la corriente de agua donde debería estar el camino de entrada y
también veía barro en el extremo de la entrada, aunque no sabía cuánto.
—Dame cinco minutos. —Miró el despertador y vio que no funcionaba
—. No tenemos luz.
—No.
—Genial.
Mallory desapareció y Parker entró en el baño. Salió con el pelo y los
dientes cepillados y con unos vaqueros y una sudadera. Sacó su abrigo del
armario.
—Austin ya ha salido fuera.
Eso sí que era raro; por lo general, Austin no se levantaba antes de las
diez cuando no tenía que ir al instituto.
Scout las siguió por las escaleras y hacia el camino de entrada.
El barro seguía el sendero delimitado por los sacos de arena, pero se
desbordaba al llegar al césped. No era una cantidad exagerada, pero sí lo
suficiente para provocar algún destrozo. Parker trató de examinar el estado
de la finca dividiéndola por partes.
—Las alcantarillas se han inundado —señaló Mallory.
Sí, lo estaba viendo. El agua circulaba por encima, lo que sin duda haría
imposible cruzar el arroyo. Suerte que tenían la pasarela. Parker dio las
gracias mentalmente a su padre, por si podía oírla.
Scout se sentó en el lado norte del barranco mientras ellas caminaban
por el puente. Parker miró corriente arriba y oyó la fuerza del caudal de
agua circulando por la colina. Mallory la obligó a seguir andando.
Había dos camionetas blancas del condado aparcadas donde antes
habían estado los camiones. Parker oyó el pitido de un camión cargador
antes de verlo.
—Mierda. —Había barro por todas partes.
Los vecinos estaban allí, paseándose por el terreno y sacudiendo la
cabeza.
Austin se bajó de una roca de un salto y se acercó a ellas.
—Qué desastre, ¿eh?
Parker vio que alguien ya había abierto un camino que les permitiría
entrar y salir de su propiedad.
—¿Cuándo ha sido esto?
—Colin dice que en algún momento antes de las cuatro y media de la
mañana.
—Es una locura.
—Nosotros hemos salido bien parados. El jardín trasero de los Sutter ha
quedado completamente destrozado.
Uno de los vecinos entró por la puerta con el teléfono móvil en la mano
y sacando fotos.
—Esto es increíble.
—¿Cómo está el resto de la calle?
—Hay barro por todas partes —le dijo su vecino—. Pero el condado ya
ha despejado la mayor parte.
El ruido de un semirremolque avanzando por la calle hizo que todos se
volvieran a mirar. Uno de los operarios apareció por la esquina con una
excavadora. Había un adorno de Navidad atado a la cabina.
—Ya estamos otra vez.
—Buenos días, Parker.
La voz de Colin le hizo volverse de golpe.
Sin importarle que todos la vieran, dio unos pasos en su dirección y le
rodeó la cintura con los brazos.
Él la abrazó y le habló en voz baja al oído.
—Todo esto tiene arreglo.
Parker cerró los ojos y asintió apoyando la cabeza en su pecho.
—Lo sé.
—Voy a hacer que todo vuelva a la normalidad.
—Cuento con eso.
Capítulo 25

La electricidad volvió por la tarde y la lluvia fue amainando hasta


convertirse en una llovizna y desaparecer luego por completo.
Colin había dirigido a un equipo de hombres bajo mínimos hasta las tres
de la tarde aproximadamente. Despejaron toda la entrada principal,
formando pilas con los depósitos a la espera de la caballería.
El barro no había entrado en el interior de la casa de invitados, lo que
fue un milagro. El cobertizo, en cambio, no había salido tan bien parado: se
había inundado de agua. Así que, mientras Colin dirigía a su equipo en
Nochebuena, Parker se dedicó a trasladar cajas del cobertizo al garaje.
A las seis de la tarde, Austin estaba hibernando en su cuarto y Mallory
estaba en el suyo hablando por teléfono.
Parker puso las noticias para ver el parte meteorológico.
Cometió el error de inclinar la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos.
Por segunda vez ese día, alguien la despertó llamándola por su nombre.
Se sobresaltó.
Colin entró por la puerta corredera.
—¿Estabas dormida?
Se restregó los ojos.
—Ha sido un día muy largo.
Colin se quitó las botas en la puerta y se acercó a ella.
—Quería ver cómo estabas antes de irme.
Ella dio una palmadita en el sofá, a su lado.
—Estoy agotada.
—No me extraña.
Ella se acurrucó a su lado.
—Tú también tienes que estarlo. Llevas despierto más tiempo que yo.
—Pero no estuve dándole al ponche de huevo anoche.
—¿Eso fue anoche?
El parpadeo de las luces del árbol de Navidad le recordó qué día era.
—¿Has visto la previsión del tiempo?
Miró su reloj.
—No, me lo he perdido.
—Mi aplicación dice que habrá más lluvias la próxima semana. Para
entonces ya deberíamos haber retirado una buena cantidad de material del
cauce.
—¿Para que se llene de nuevo y vuelta a empezar?
Le acarició el brazo mientras hablaba.
—Una y otra vez… hasta que deje de llover.
—Qué trabajo tan frustrante tienes. Lo haces todo como tiene que ser,
luego llega la madre naturaleza, lo estropea, y tienes que volver a empezar
de nuevo.
—Control de Inundaciones del Departamento Obras Públicas. Son gajes
del oficio.
—¿La puerta sigue abierta?
—Sí. Creo que ha entrado un poco de agua en el motor.
—Conozco a un tipo al que puedo llamar, aunque no creo que pueda
venir hasta después de Año Nuevo.
—Puedo decirle a uno de mis chicos que lo mire.
Parker se acurrucó contra él y bostezó.
—Tienes asuntos más importantes que resolver.
—Sí, pero cerrar esa puerta es una prioridad. Estás aquí sola. No quiero
que tengas que echar de la propiedad a nadie más.
Parker vio como se le cerraban los ojos con el timbre de su voz, que
estaba adormeciéndola.
—Pondré más carteles.
Le pareció que no había pasado ni un minuto desde que estaba hablando
de carteles cuando su cuerpo dio una sacudida y se estremeció con un dolor
en el cuello. Estaba en el sofá, con la cabeza en el regazo de Colin, y él
estaba profundamente dormido, sentado en posición vertical. El reloj de la
pared decía que era más de medianoche.
Le dio una palmadita en la pierna.
—¿Colin? —susurró.
Nada.
—¿Colin?
Él murmuró algo, se movió y se llevó la mano al cuello.
—Vamos. Tenemos que dormir un poco —dijo Parker.
—Debería irme.
—No digas tonterías. Es más de medianoche.
—Pero tus hermanos…
Se puso de pie y le cogió la mano.
—Solo vamos a dormir. Estoy demasiado cansada para hacer otra cosa.
—¿Seguro?
Y eso fue exactamente lo que hicieron.

—Feliz Navidad, señorita Oakley.


A la mañana siguiente, Colin se deslizó por detrás de ella en la cocina y
la abrazó mientras llenaba la cafetera. Le acercó los labios al cuello y
disfrutó del suspiro que salió de los pulmones de Parker.
—Feliz Navidad.
Le dio un bezo fugaz y la soltó para que pudiera acabar lo que estaba
haciendo.
—¿Se ha levantado alguien ya?
—No.
Colin se apoyó en la isla y vio asomar las piernas de Parker bajo el
albornoz corto. Ver aquel pelo despeinado y aquella sonrisa matutina tan
sexy era un espectáculo casi irresistible.
—¿Debería irme antes de que alguien se dé cuenta de que he pasado la
noche aquí? —preguntó.
Parker lo miró por encima del hombro mientras vertía agua en la
cafetera.
—¿Como si uno de los dos estuviera casado y tuviéramos una aventura?
Colin sonrió.
—Supongo. Aunque nunca he estado casado y tengo por norma no
liarme con mujeres casadas.
—Estoy segura de que Austin y Mallory ya saben lo que hay entre
nosotros.
Se fue a la nevera y sacó la crema de leche que sabía que a Parker le
gustaba echarse en el café.
—Quiero ser considerado.
Le quitó la crema de la mano y lo besó.
—Gracias. Pero creo que lo estamos haciendo bien.
Al ponerse de puntillas para alcanzar las tazas de café del estante
superior de un armario, el culo le asomó por debajo del albornoz. Colin se
debatió entre las ganas de ayudarla y disfrutar de aquellas vistas, y ganaron
las segundas.
Parker se dio media vuelta y vaciló un instante.
Cuando Colin levantó la vista, la encontró sonriendo.
—¿Estaba usted mirándome el culo, señor Hudson?
Se relamió los labios.
—Sí, señora, eso estaba haciendo. Anoche no me fijé en esas bragas
rojas.
Ni corta ni perezosa, Parker se subió el albornoz y dejó que él se
despachase a gusto dándole un buen repaso a aquellas bragas desde la parte
delantera.
Él se precipitó hacia delante, la agarró de las caderas y la atrajo hacia sí.
Ella se rio y trató de escabullirse.
—Ah, no, de esta no te libras.
La levantó en el aire y la dejó en la encimera. Justo donde le gustaba
tenerla.
Ella se rindió y le dio un beso de buenos días mucho más satisfactorio.
—Me gusta despertarme a tu lado —dijo Colin cuando dejaron de
besarse.
—¿Aunque acapare las mantas toda la noche?
Asintió con la cabeza.
—Te quedaste con todas las mantas, eso es verdad, pero el hecho de que
te pegaras a mí como una lapa lo compensaba.
Parker se ruborizó.
—Lo siento.
—Mejor muérdete la lengua.
Para ilustrar sus palabras, Parker sacó la lengua e hizo justo lo que le
decía.
Él hizo amago de morderla también y Parker se echó hacia atrás,
riéndose.
Si Colin tuviera que formular un deseo de Navidad, serían más
momentos como el que estaban compartiendo en ese instante.
—Quiero darte tu regalo de Navidad antes de que los demás se levanten.
—¿Como Santa Claus?
—Si hubiera sabido que me iba a quedar aquí esta noche, lo habría
envuelto.
Parker lo miró entornando los ojos.
—No lo entiendo.
Colin se fue a buscar su cartera al dormitorio. Sacó su regalo de dentro y
volvió a la cocina.
Parker había servido sendas tazas de café y estaba removiendo el azúcar
con la cuchara cuando él dejó los billetes en la encimera.
Ella dejó de remover y los cogió.
—¿Billetes de avión para ir a Cabo San Lucas?
—Sí. Solos tú y yo… cinco días de sol y margaritas. Para las vacaciones
de primavera en tu escuela, aquí las cosas ya deberían haber pasado el
punto crítico y los dos estaremos más que listos para unas vacaciones.
—Colin… No sé qué decir. Nadie ha hecho nunca nada como esto por
mí.
—Ahora sí. Solo dime que vendrás con tu maleta. Yo me encargaré del
resto.
Le dio un abrazo que valía hasta el último centavo de lo que le habían
costado los billetes.
—Yo lo único tengo para ti son unas alfombrillas para tu Jeep —le dijo
ella al oído.
—Me encantarán.
—Espera. —Parker se apartó.
—¿Qué pasa?
Miró los billetes y negó con la cabeza.
—Nada. Esto es increíble. Gracias.
Colin le dio un golpecito en el trasero cuando se volvió a coger su café.
—Me muero por tenerte para mí solo durante cinco días.
—Algo me dice que puede que no lleguemos a pisar la playa.
Cogió el café que le ofrecía ella.
—También me gusta esa idea.
—Sabía que te gustaría.

—No hay nada que discutir. Si no retiramos el material de derrubio de


ese canal, las próximas lluvias lo arrastrarán hacia nuestro dique de
contención.
Dos días después de Navidad, Colin estaba en la oficina peleándose con
su jefe.
—El dinero asignado es para el barranco principal, no para los trabajos
secundarios. —Ed le estaba tocando mucho los cojones.
—¿Y si diseñamos bien las soluciones estructurales desde el principio
para así tener suficiente presupuesto para asegurarnos de mantener lo que
hemos construido? —le soltó Colin.
Cuando bajó el nivel del agua y sus hombres comenzaron los trabajos de
retirar todos los depósitos y el material de derrubio, los agujeros gigantes
allí donde las rocas habían atravesado las estructuras demostraron que los
ingenieros se habían equivocado en el diseño, algo que Colin había
intentado señalarle a Ed desde el principio. Su jefe no le escuchó.
A Ed el comentario no le hizo ninguna gracia.
También sabía que Colin tenía razón.
—Está bien, retiradlos, pero, si quieren barreras de hormigón, el dueño
de la casa tendrá que comprarlas o alquilarlas… nosotros no se las vamos a
dar.
Era una solución aceptable para Colin. Tras haber conseguido lo que
quería, se dio media vuelta para marcharse.
—Y nada de favores especiales para tu novia.
Él se detuvo un momento, mantuvo la boca cerrada y luego siguió
andando.
—Gilipollas.
Colin siguió lidiando con problemas toda la mañana y hasta la tarde.
Eran más de las tres cuando enfiló la cuesta para ver si Parker estaba en
casa. No respondía a sus mensajes de texto, lo que normalmente significaba
que estaba ocupada fuera.
La encontró arrodillada junto a un hoyo en la entrada, con una pala en el
suelo a su lado.
—¿Qué haces?
Parker levantó la cabeza y el pelo le cayó en la cara.
Cada vez que la veía, parecía más cansada.
—Cuando me he despertado, el agua salía a borbotones del suelo.
Colin reconoció los tubos de PVC, el adhesivo rojo y azul y las juntas.
—¿Estás arreglando los aspersores?
—Sí. Aunque este de aquí es muy jodido. El suelo está muy duro, lo que
hace casi imposible llegar a él.
Parecía una parte de lo que había sido el césped de su jardín, hacia la
zona donde habían estado los establos.
Mirándolo todo con más detenimiento, Colin se dio cuenta de la
cantidad de daños que había sufrido esa sección de su propiedad. Los sacos
de arena no habían servido de mucho y ahora ocho centímetros de barro
cubrían casi todo el terreno. La parte de la tubería que Parker estaba
intentando arreglar estaba en un canal de agua que, obviamente, había
quedado desbordado por la cantidad de lluvia.
—¡Mierda!
Colin bajó la vista y la vio examinándose la yema del dedo.
—¿Qué pasa?
Parker se limpió el dedo sucio en la camisa sucia y se lo metió en la
boca.
—Me he cortado.
Colin se agachó a su lado y tiró de la tubería que estaba intentando unir.
—Puedo ayudarte con estas cosas. —La tubería apenas se movió.
—Y yo puedo hacer un pastel, pero los dos tenemos otras cosas que
hacer. Tengo que arreglar esto para poder volver a abrir el suministro de
agua.
Se puso de pie y la ayudó a levantarse.
—¿Sabes hacer pasteles?
Entrecerró los ojos.
—Pues claro que sé.
Vio un brillo astuto en sus ojos.
—Esos precocinados que metes en el horno y los dejas cuarenta minutos
son facilísimos de hacer.
Colin se rio mientras ella se sacudía el dedo para mitigar el dolor.
Cuando él intentó coger la pala, ella se la quitó.
—Dame eso.
—Puedo…
—Sí, pero ahora es algo personal: llevo dos horas con esto y el tubo ha
ganado el primer asalto. Es cosa mía.
Colin entendía esa emoción.
—¿Puedo darte un consejo? En cuanto a la estrategia para vengarte de
esa tubería.
—Claro.
—Cava medio metro más, por debajo y alrededor. Así tendrás espacio
para trabajar.
—Esperaba poder ahorrarme eso.
Colin veía por qué: la tierra era dura como una roca.
—Entonces espero que tengas al día la vacuna del tétanos.
Su mirada traviesa lo hizo sonreír.
—¿Has pensado en lo de Nochevieja? —Colin había abordado el tema el
día de Navidad después de la cena y la partida de cartas con su familia.
Ella negó con la cabeza y miró al suelo.
—No puedo, Colin. El pronóstico es de lluvias y…
—Está bien. Lo cancelaré.
—¡No! No te atrevas.
Había planeado ir al desierto con Matt y su primo para acampar y hacer
un poco el ganso para celebrar el Año Nuevo. Era una tradición todos los
años que a Matt no le tocaba trabajar.
—No estaré tranquilo sabiendo que estás aquí sola.
—No estaré sola. Erin también se queda, y me parece que Austin no
tiene nada planeado. Además, Mallory va a ir con Jase y me encantaría que
tú también estuvieses ahí. Que te preocupes de que no le pase nada y esas
cosas.
—Es una mujer adulta.
—Tú eres más adulto que ella.
Se rio.
—Ve, Colin. Ya hiciste esos planes antes de que apareciera yo con todo
este drama. No seas el hombre que renuncia a lo que le gusta por culpa de la
chica.
—Pero es que yo quiero que la chica se venga conmigo.
—A la chica también le gustaría ir, pero no este año.
—Parker…
Lo interrumpió poniéndole una mano en el pecho.
—Yo tengo noche de chicas en Año Nuevo, y tú no estás invitado. Así
que vete a pasar el rato con tu hermano y no dejes que mi hermana rompa
algo. No sabe conducir una motocicleta y tiene tanta experiencia yendo de
acampada como yo: no creo que lo de montar una tienda en el jardín de
casa, junto a la piscina, y encender una hoguera cuente.
Le agarró la mano y la atrajo hacia sí.
—Así que no estoy invitado, ¿eh?
Acercó sus labios a los de él.
—No. Así que bésame y vete. Estoy ocupada.
Colin aprovechó bien el beso y luego se apartó.
—De verdad que podría arreglar esto por ti.
—De verdad que puedes mover el culo y volver al trabajo.
—Ah, cómo me gusta cuando te pones mandona…
Parker trató de mantener el gesto serio.
—Juega bien tus cartas y llevaré a la mandona al dormitorio.
Su cuerpo reaccionó inmediatamente.
Volvió a estrecharla en sus brazos y la besó con fuerza.
«¿Quién manda ahora?».
Sí… la había dejado sin aliento.
Le gustaba provocar ese efecto en ella.
Le dio una palmada juguetona en el trasero y se separó de sus labios.
—A este juego pueden jugar dos.
Colin se fue y, cuando estuvo a veinte metros, se detuvo y se volvió.
—Oye una cosa… ¿tienes al día la vacuna del tétanos?
Capítulo 26

Austin invitó a un amigo en Nochevieja y los dos desaparecieron en el


garaje con un pack de seis cervezas. Si dos chicos sanotes de casi ochenta
kilos limitaban la celebración de Nochevieja al consumo de seis cervezas, a
Parker le parecía bien. Conocía a la madre del chico y ambas pensaban
igual. Si bebes, sé inteligente y no conduzcas.
Cualquier otra noche, Parker ya se habría puesto el pijama o estaría
metida en la cama, pero esta vez estaba más que lista para despedir el año y
empezar otro nuevo. Eso significaba quedarse levantada hasta tarde para
darle la bienvenida a 2017.
Ella y Erin habían cocinado un plato de pasta que era un auténtico
pecado, con montones de calorías y salsa de crema, que compensarían con
una ensalada. Ya se habían pulido una botella de vino y habían abierto la
segunda.
Solo eran las diez.
—No me has dicho qué te ha regalado Colin por Navidad.
Parker cerró los ojos e hizo una mueca al tiempo que echaba la cabeza
hacia atrás en el sofá.
—¿Tan malo es?
Negó con la cabeza.
—Un viaje a Cabo San Lucas.
—¿Y a qué viene esa cara tan larga?
—Porque Cabo San Lucas está en México.
—Sí… y hace calor, no llueve y podrás relajarte.
Parker levantó la cabeza y se llevó la copa de vino a los labios.
—México es otro país.
Erin asintió poco a poco y habló aún más despacio.
—Sí… lo sé.
—No tengo pasaporte.
Su amiga dejó de sonreír.
—Ah…
—Sí, ah.
—Bueno, pues hazte uno.
—Ya. Fácil. —Negó con la cabeza—. No tengo ninguna copia de mi
certificado de nacimiento, ya la he buscado. Tengo de los de Mallory y
Austin… pero no del mío.
—¿Tus padres no los tenían en una caja de seguridad o algo así?
—Vacié todo eso hace mucho tiempo.
Erin se encogió de hombros.
—Bueno, pues consigue el certificado de nacimiento y luego el
pasaporte.
—Los registros oficiales están cerrados hasta el día tres y, con un poco
de suerte, tendré la copia en dos semanas. Luego se tarda de seis a ocho
semanas en conseguir el pasaporte.
—¿Y para cuándo ha reservado Colin el viaje?
—Para abril.
—Bien, entonces no hay problema.
—Solo que no he podido conseguir cita en la oficina de pasaportes hasta
mediados de febrero.
—Vaya, mierda.
—¡Lo sé! No va a ser fácil.
Erin enroscó sus piernas en el sofá.
—¿Qué ha dicho Colin?
—No se lo he dicho.
—¿Por qué no?
Recordó su sonrisa cuando le estaba enseñando fotos del hotel que había
reservado y lo emocionado que estaba por llevarla lejos de las inundaciones
y del estrés de Creek Canyon.
—No quería quitarle la ilusión.
—¿Y cómo vas a evitarlo si no consigues sacarte el pasaporte a tiempo?
—No lo sé. Intentaré acelerar los trámites y, si eso no funciona, ya se me
ocurrirá otra cosa.
Colin se estaba pelando de frío. A mediodía había chispeado un poco
mientras se divertían dando golpes de gas con las motos por el desierto y
escupiéndose barro unos a otros. Ahora eran casi las once, la fogata ya
alcanzaba el metro y medio y todavía no habían conseguido entrar en calor.
A Matt le encantaba toda aquella parafernalia.
A Colin no le importaba admitir que no estaba mal. Más cuando el
tiempo acompañaba. Menos cuando no lo hacía.
Hacía rato que la cerveza que habían estado bebiendo ya no le calentaba
por dentro y además lo obligaba a levantarse cada dos por tres para ir a
orinar.
Estaban decididos a aguantar hasta la medianoche, cuando harían
estallar los fuegos artificiales prohibidos, gritarían «¡Feliz Año Nuevo,
joder!» y luego caerían redondos en la cama.
Llevaba controlando a Jase y a Mallory el tiempo suficiente para saber
que, si hubieran tenido alguna autocaravana donde refugiarse ellos dos
solos, habrían desaparecido hacía rato, pero no era el caso. Dormirían con
su tía, su tío y su primo, y los tres se habían retirado a las diez. Nadie iba a
hacer nada esa noche.
Lo que hizo que echara aún más de menos a Parker.
Pensó que ojalá hubiese ido. Habría alquilado su propia autocaravana y
podrían haberse saltado todo el rollo de esperar a la medianoche. Nunca
había tenido tantas ganas de que lloviera como en ese momento; si
empezaba a llover, eso al menos lo obligaría a meterse dentro.
Sintió un escalofrío y se dijo a sí mismo que dejara de ser tan llorica.
Colin se puso de pie y orientó el trasero hacia el fuego para calentárselo.
—¿Estuvo la cosa muy movida en Navidad? —le preguntó Jase a Matt.
—Hubo un montón de llamadas de emergencias médicas y un incendio
en una cocina, pero ya lo habían extinguido cuando llegamos.
—Al menos hubo un incendio.
—Nunca había oído semejante comentario —dijo Mallory.
Colin iba moviéndose poco a poco, para calentarse el cuerpo por todos
los lados.
—Matt se gana la vida con los incendios, y yo con las lluvias. Es una
actividad familiar un poco retorcida.
—Nunca lo había visto desde ese punto de vista.
—Qué lástima que Parker no haya podido venir con nosotros —comentó
Matt.
—Seguro que a estas horas ya está frita en el sofá —les dijo Mallory—.
Aunque puede que Erin la mantenga despierta hasta medianoche.
—Erin no me parece una mujer muy fiestera. —Matt no había
preguntado por la inquilina de Parker, y tampoco había hecho ningún
comentario después del día de las luces de Navidad.
—Sí, es muy tranquila.
—Ya me di cuenta —dijo Matt—. ¿De dónde ha salido?
Sí, definitivamente, su hermano estaba interesado.
—No sabría decírtelo. Parker la conoce mejor, pero parece ser que no
habla mucho —comentó Mallory.
—Y a ti te gustan las mujeres que no hablan mucho —bromeó Colin.
—Me gustan las mujeres que no están todo el día despotricando de esto
y de lo otro.
—Menos mal que Colin está saliendo con mi hermana, entonces, y no
tú.
—Parker no despotrica —protestó él.
—Contigo tal vez no, pero Austin y yo tenemos que oírla a todas horas.
—Tú eres su hermana, es normal —le dijo Jase a Mallory.
—No le cuenta a nadie sus problemas más que a nosotros.
—A mí sí me los cuenta. —O al menos Colin creía que Parker se
mostraba abierta con él.
—Ah, sí… ¿Te ha dicho algo sobre tu regalo de Navidad?
Colin se puso de espaldas al fuego para mirar a Mallory.
—¿Qué pasa con mi regalo de Navidad?
—¿Qué le regalaste? —los interrumpió Matt.
—Un viaje a Cabo San Lucas —respondió Mallory por él.
—¿Qué pasa con mi viaje a Cabo San Lucas?
Colin sintió un escalofrío en la columna vertebral, como si supiera que
estaba a punto de escuchar algo que no esperaba. Parker parecía muy
entusiasmada con la idea de hacer un viaje en primavera.
—¿A ti te parece que mi hermana es el tipo de mujer que viaja por el
resto del mundo?
—Bueno, no sé si México cuenta como «el resto del mundo» —se rio
Jase.
Mallory soltó un resoplido.
—Te hace falta un pasaporte para ir ahí.
—Técnicamente, necesitas un pasaporte para volver —apostilló Jase.
—Pero mira que eres burro… —dijo Matt, burlándose de su primo.
Cuando Mallory puso los ojos en blanco, a Colin le recordó a su
hermana.
—No entiendo qué quieres decir, Mallory.
—Parker no tiene pasaporte. Ninguno de nosotros lo tiene. Lo más lejos
que hemos ido en vacaciones ha sido a Disneylandia o a la playa.
No había pensado en eso. Había dado por sentado que Parker tendría un
pasaporte.
—Así que ahora Parker está intentando conseguir una copia de su
certificado de nacimiento para poder sacarse el pasaporte, pero las citas en
la oficina de pasaportes son tan difíciles de conseguir como en el
Departamento de Tráfico. Y por la cara que estás poniendo, deduzco que
Parker no te ha dicho ni media de esto.
No. No le había dicho nada.
—Si Parker no quería decírselo, ¿por qué se lo dices tú? —exclamó Matt
—. ¿No se supone que las mujeres os ayudáis las unas a las otras?
¿Especialmente si son hermanas?
—Porque esto no es como cuando te regalan un suéter muy feo y dices
que te encanta pero luego nunca te lo pones. Es un viaje, y se va a estresar
hasta que tenga el pasaporte o le salgan canas, lo que sea que pase antes, o
te dirá que no puede ir en el último momento… cuando ya tenga todo el
pelo canoso. Ya le dije que solo tenía que decirte cuál era el problema, que
ya lo solucionaríais: podíais aplazar el viaje unas semanas, acelerar los
trámites para el pasaporte de alguna manera… No lo sé. Algo.
—Podría habérmelo dicho.
—Sí, pero Parker no es así. Por si no lo has notado, le gusta solucionarlo
todo ella sola. Me daría mucha rabia que se perdiera el viaje por culpa de su
cabezonería. Creo que todos estamos de acuerdo en que no hay nadie que
necesite más unas vacaciones que mi hermana. Además, tú eres lo mejor
que le ha pasado a Parker. No quiero que las cosas se estropeen entre
vosotros.
Era agradable oír algo así.
—Haré todo lo que pueda por no estropearlas.
—Tranquilo, que yo te avisaré si lo estás estropeando. Puede que Austin
también lo haga. En serio, Parker ha vivido muy estresada desde la muerte
de nuestros padres, pero, desde que llegaste tú, parece que he vuelto a
recuperar a mi hermana.
—Supongo que eso significa que tienes la aprobación de la familia —
dijo Matt, riéndose.
—Así que encárgate de lo de Cabo San Lucas y de que vuelva lo más
relajada posible.
—Eres tan mandona como tu hermana —le dijo.
—¿De dónde crees que me viene?
Todos se rieron.
El viento sopló con más fuerza y arrojó el humo directamente a la cara
de Colin.
—Me encargaré del asunto.
—Bien. Y no le digas que yo te lo he dicho.
Matt lanzó un gemido.
—Vaya tejemanejes…
—Yo tengo que vivir con ella. No te atrevas a decírselo, Colin, o tendrás
que vértelas conmigo.
—No diré nada.
Un destello de luz a lo lejos hizo que Colin mirara su reloj. ¿Ya era
medianoche?
El trueno retumbó sobre ellos.
—Joder…
Entonces se abrió el cielo y todos salieron corriendo, dispersándose
como hormiguitas.

Quedaban quince minutos.


A Parker le estaba costando mucho mantener los ojos abiertos.
Las imágenes grabadas de Times Square llenaban la pantalla del salón.
Austin y su amigo ya se habían ido a dormir. «En algún lugar del mundo
ya son las doce», les había dicho Austin.
—De verdad que espero que el próximo año sea mejor.
—Tú y yo, las dos —dijo Erin, levantando la copa de champán en el
aire.
Parker había dejado de beber cuando cayeron las primeras gotas de
lluvia sobre los tragaluces del comedor. Erin, por su parte, iba en camino de
tener una buena resaca por la mañana.
—Yo sé por qué necesito que el mío sea mejor, pero ¿tú? ¿Por qué?
Erin respondió con una pregunta.
—¿Alguna vez te gustaría olvidar el pasado?
Una pregunta interesante.
—A veces me gustaría cambiar el pasado. —Olvidarlo significaría
olvidar a sus padres.
Erin negó con la cabeza.
—Yo solo quiero olvidar. Despertar con amnesia y desterrar el miedo de
mi vida.
A Parker se le erizó el vello de la nuca.
—¿Miedo de qué?
Su risa nerviosa demostró que era el alcohol el que hablaba.
—De él.
—¿De tu ex?
—Sí. —Y en ese instante Erin se dio cuenta de lo que había dicho, se
irguió en el asiento y soltó su copa—. No debería haber dicho eso. Olvida
que lo he dicho. —El pánico se había apoderado de ella.
Parker inspiró hondo y luego soltó el aire.
Parecía como si Erin estuviera a punto de salir corriendo.
Parker se llevó las rodillas al pecho y se envolvió las piernas con los
brazos.
—Seis meses después de que murieran mis padres… Estaba sentada
aquí, en este sofá. Me había tomado un par de copas. Había conseguido que
Mallory se fuera a la cama por fin. Lloraba por nuestros padres todas las
noches. Austin estaba enfadado, furioso con el mundo. Yo ya no podía más.
Estaba tan ocupada cuidando de ellos que ni siquiera había asimilado lo que
había pasado. Empecé a beber a lo bestia de la botella de tequila. Cuando
me quise dar cuenta, había metido mi ropa en una bolsa de viaje y estaba
sentada en mi coche.
Erin la miró fijamente.
—Iba a irme. La presión… Ya no podía más.
—¿Qué pasó?
—Llegué al final del camino, hasta la puerta automática, y me detuve.
Estaba borracha. Estaba dispuesta a irme, pero a lo que no estaba dispuesta
era a hacer pasar a mis hermanos por el trance de perder a otro miembro de
la familia.
Erin se inclinó hacia delante y le agarró la mano.
—Lo siento mucho.
Parker miró a Erin a los ojos.
—Nunca se lo he contado a ellos, y te agradecería que quedara entre
nosotras.
—Por supuesto. —Esbozó una leve sonrisa y entornó los ojos—. Mi ex
era muy controlador. Si no hacía lo que él quería, volvía a meterme en
vereda.
—¿A meterte en vereda?
Erin parecía a punto de vomitar.
—Era un hombre muy fuerte. Con muy mal genio. La primera vez que
me pegó, los dos nos quedamos como en shock. O eso fue lo que él me hizo
creer.
Parker tragó saliva y puso una mano encima de la de Erin.
—Debería haber salido corriendo entonces, pero no lo hice.
—Dios, Erin… Lo siento mucho.
Cerró los ojos con fuerza.
—Creo que no debería haberte dicho nada de eso.
Parker trató de sonreír.
—No se lo diré a nadie —le prometió—. Si necesitas alguien con quien
hablar…
Erin negó con la cabeza.
—Ya he hablado demasiado.
Sí, Parker veía claramente que Erin se estaba arrepintiendo de su
confesión.
—¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!
Ambas miraron a la televisión en el momento en que la bola de Times
Square anunciaba el Año Nuevo.
Parker cogió su copa y le dio la suya a Erin con una sonrisa forzada.
—Por un nuevo comienzo para las dos.
Erin suspiró.
—Brindo por eso.
Capítulo 27

Parker empezó el Año Nuevo en el despacho de la directora llevándose


un buen rapapolvo.
—Te doy el primer aviso. —En el gesto serio de Janice no había ningún
asomo de compasión—. He pensado mucho en esto durante las vacaciones
y creo que debo poner un límite. Como normalmente las mañanas están
siendo difíciles para ti en tu situación actual, te he asignado la hora del
almuerzo y la recogida de la tarde.
Parker trató de no tomárselo personalmente.
—Lo entiendo.
—Eso espero. Soy un persona comprensiva, Parker, de verdad que lo
soy, pero necesitamos poder contar contigo…
—Lo entiendo —insistió ella.
—Está bien.
Se puso de pie, respiró para calmar los nervios que le había producido la
reunión y salió del despacho. Parker sonrió al personal de la oficina,
quienes desviaron la mirada cuando ella los miró a la cara.
«Genial, he cabreado a todo el mundo».
Como oficialmente no estaba trabajando, Parker fue a la sala de
descanso vacía. Encontró un periódico, recortó los cupones de descuento y
se sentó en una de las mesas. Le sonó el teléfono.

¿Cómo ha ido?

Era un mensaje de texto de Colin.

Todavía tengo un trabajo… pero por los pelos.


Aguanta un poco. Aquí deberíamos haber terminado dentro de
una semana.

Podéis estar todo el tiempo que haga falta. Me siento mejor


sabiendo que estáis ahí.

Cuando Parker pulsó el botón para enviar el mensaje, se dio cuenta de


que lo pensaba de verdad, por increíble que fuera. Si Colin, Fabio, Glynn,
Russ o Ray… si cualquiera de esos hombres detectaba un problema, corrían
a solucionarlo. En teoría no se acercaban a la casa, pero Erin estaba allí casi
todos los días y tenía el número de Colin para informarlo sobre cualquier
cosa.

Has mejorado mucho, Annie.

Colin terminaba su mensaje con una carita sonriente guiñando el ojo y


con un sombrero de vaquero.

Soy la señorita Oakley para ti, vaquero.

Desde luego, aquel hombre sabía hacerla sonreír. De hecho, aquel


hombre sabía hacerle muchas cosas.
El nivel del agua había bajado lo suficiente para que el equipo de Colin
pudiera volver al barranco a reemplazar los tablones rotos y a reforzar las
piezas metálicas que los mantenían unidos. Sustituyeron las rocas de la base
y compactaron los derrubios a ambos lados del barranco de nuevo para
evitar que la siguiente tormenta los arrastrara consigo. Aparte de la tarea
interminable de deshacer los montones de barro que se apilaban por todas
partes, no había nada que Parker pudiera hacer para ayudar.
La jornada de Austin en el instituto era solo de cinco horas y media, y
empezaba a las siete de la mañana. La temporada de abetos de Navidad
había llegado a su fin, de modo que había presentado solicitudes de trabajo
en varios lugares de la ciudad. Le gustaba ganar dinero. El horario de
Mallory era prácticamente el mismo de antes: clase los lunes y los
miércoles de diez a dos, y los martes y los jueves de una a cuatro. Cuando
no estaba en clase, estaba trabajando de camarera o estudiando.
Parker había apuntado sus horarios en un calendario para intentar saber
cuándo estaban todos en casa a la vez.
No era algo frecuente, y lo sería aún menos cuando Austin consiguiera
un trabajo.
Aun así, estaban decididos a cenar en familia al menos una o dos veces a
la semana, algo que, después de pasar tiempo con los Hudson durante las
vacaciones, habían descubierto que era importante.
Parker terminó con los cupones e hizo la lista de la compra con el folleto
del supermercado a su lado. Desde su conversación inicial con Nora, había
conseguido reducir el presupuesto para comida en un treinta por ciento, y
Parker se sentía muy orgullosa de eso.
Cinco minutos antes de que sonara el timbre, se dirigió al auditorio, que
también hacía las veces de comedor. Cuando los niños empezaron a entrar,
Parker les dedicó la mejor de sus sonrisas y recibió los abrazos de los
alumnos que la habían echado de menos.
Le gustaba su trabajo. Los niños, al menos. Sí, de vez en cuando tenía
que reñir a los que se portaban mal, pero los pequeños siempre eran un
derroche de alegría. Parker decidió centrarse en la parte positiva y se dio
cuenta de que aquel era el último año que estaría con aquellos niños.
Dedicaría el verano a poner un poco de orden en sus horarios, a organizarse
de forma que eso le permitiera llegar a alguna parte con su vida.
—Señorita Parker, ¿me ayuda a abrir esto?
—Pues claro. Las botellas de zumo son mi especialidad.

A Colin le encantaba tener a Parker en su casa. Era egoísta por su parte


no querer compartirla, pero no le importaba.
Ella ya estaba de camino, así que Colin se metió en la ducha en cuanto
entró por la puerta.
Ya había pasado suficiente tiempo desde su escapada al desierto para
celebrar el Año Nuevo para poder mencionar el viaje a Cabo San Lucas sin
que ella sospechara que Mallory le había dicho algo.
Colin se aclaró el champú del pelo y cerró el agua. Cogió una toalla al
salir de la ducha y se frotó la cabeza con ella. Se paró un momento y aguzó
el oído a través de la puerta entreabierta del baño.
Un ruido procedente de la cocina subió por las escaleras.
—¿Parker? —la llamó.
—Soy yo. Acabo de entrar.
Colin sonrió mientras se colocaba la toalla alrededor de las caderas y se
la sujetaba. Sintió la tentación de bajar a la cocina tal como estaba y ver si
podía convencerla para que practicaran algo de ejercicio antes de la cena.
Había pasado más de una semana desde que la había pillado sola y lo
bastante relajada para desnudarla. Siete días. La única vez que había
logrado pasar la noche con ella había sido en Nochebuena, y eso por
casualidad. Ninguno de los dos había tenido fuerzas ni energía para hacer
algo más que abrazarse.
Pero eso también le gustaba.
De hecho, era la única parte de su relación en la que no estaban
profundizando.
Esperaba que esta noche cambiara eso. Era viernes y el pronóstico no
indicaba que fuese a llover hasta el lunes. Esperaba convencerla de que
pasara la noche con él.
Colin quería despertarse con ella, hacerle el amor por la mañana,
mientras aún estaba medio dormida y soñolienta. Bajó la vista, le ordenó a
su cuerpo que se tranquilizara y pensó en otra cosa.
Se vistió deprisa y se dispuso a bajar las escaleras. Oyó a Parker
riéndose. Al principio pensó que estaba hablando por teléfono, pero luego
percibió otra voz.
—Menos mal que no he bajado desnudo —dijo Colin al entrar en la
cocina.
—Sí, nadie quiere verte desnudo. —Matt estaba apoyado en la isla, con
una cerveza en la mano.
Parker levantó la mano.
—Yo sí.
Colin apartó a Matt.
—Vete de aquí —bromeó.
Matt se rio, pero no se fue.
Parker acudió a su encuentro y levantó los labios. Él la besó un instante
y sonrió.
—Matt dice que los viernes es la noche de la happy hour en tu casa.
Colin cogió una cerveza y acompañó a su hermano.
—Sí, pero normalmente me avisa antes de venir.
—Te he enviado un mensaje de texto, pero no me has contestado. —
Matt miró a Parker—. Nunca contesta los mensajes.
—Pues yo no tengo ese problema con él.
—Eso es porque eres una mujer —se burló Matt.
Parker asintió con la cabeza y se miró.
—El efecto atributos femeninos, lo entiendo.
—Entre un par de tetas y los amigos, siempre ganan las tetas.
—Pero ¿tú te oyes a ti mismo alguna vez? —regañó Colin a su hermano.
—No si tengo otra opción.
—Mira que eres primitivo…
La puerta principal se abrió y el taconeo de los zapatos de su hermana
resonó en el suelo.
—He visto la moto de Matt aparcada ahí fuera.
Colin se volvió, miró a Parker y articuló las palabras «Lo siento».
Parker era comprensiva, así que sonrió y le contestó, moviendo los
labios: «No pasa nada».
Grace les enseñó una botella de vino blanco.
—Esperaba que estuvieras aquí. —Primero se acercó a Parker y le dio
un abrazo—. Estoy cansada de beber cerveza, y eso es lo único que tiene
Colin.
—¿Te quejas de mi cerveza gratis?
Grace se acercó a él y le besó la mejilla.
—No, me quejo de que tu selección de bebidas gratis se limita a la
cerveza. Ahora que hay una mujer en tu vida, es hora de dar un paso más
allá.
Matt levantó un dedo admonitorio.
—Ha hablado la voz femenina de la sabiduría.
Grace rebuscó en el cajón de los cubiertos y se paró.
—Espera, ¿tienes sacacorchos?
—Pues claro.
«Un momento… ¿lo tengo?».
Rebuscó entre un cajón de utensilios hasta que encontró uno que le había
regalado una de sus exnovias. Colin cogió la botella de su hermana.
—Le compré copas de vino hace un par de años, así que eso sí que sé
que tiene —le dijo Grace a Parker.
—El soltero bien equipado.
Parker se sentó en uno de los taburetes de la isla.
—¿Cómo va el proyecto? —le preguntó Grace.
—Estamos acabando… otra vez. Hemos sacado otros veintitrés mil
metros cúbicos.
—Eso es mucho barro —señaló Matt.
—Dímelo a mí. Y el pronóstico a largo plazo no da señales de ninguna
tregua en las próximas semanas —les dijo Parker—. Creo que podemos
decir que la sequía ha terminado.
Grace dejó las copas.
—Nadie está anunciando eso todavía. No se atreverían porque eso
significaría levantar las restricciones de agua en verano y bajar el precio del
agua.
Sí, al Departamento de Agua y Energía se le daba fenomenal aumentar
las facturas de todos, pero nunca reducirlas.
—Bueno, hacía años que no veía el rancho tan verde. Lástima que las
laderas de las colinas estén hechas polvo —se lamentó Parker.
—Llevo tiempo queriendo ir a verlo todo sobre el terreno. —Grace le
dio a Colin una copa para que la llenara cuando descorchara el tapón.
—Puedes venir cuando quieras.
Colin le dio a Parker el vino y levantó la cerveza en el aire.
—Por una noche en la que no tengamos que preocuparnos de si vamos a
caber todos en el arca de Noé.
Eso hizo reír a Parker.
—Salud.
Grace se sentó al lado de Parker.
—Seguro que os morís de ganas de ir a Cabo San Lucas.
Colin contuvo la respiración y miró a Parker.
Ella tomó un sorbo de vino y Colin vio como el engranaje de su cerebro
se ponía en funcionamiento.
—Estoy deseando ir, sí.
Su hermana cerró los ojos y sonrió con aire de ensoñación.
—Playas de arena, sol abrasador…
—Ni gota de barro… —dijo Matt.
Grace abrió los ojos de repente y se volvió hacia Parker.
—Espera un momento: ¿has ido a México alguna vez desde que han
empezado a exigir pasaporte para volver a entrar en Estados Unidos?
Parker negó con la cabeza.
—Pues no, la verdad.
—Pero tienes pasaporte, ¿verdad? —preguntó Grace.
Colin miró a Matt, que estaba mirando al otro lado de la habitación.
—El caso es que… —Parker miró a Colin a los ojos—. No. No lo tengo,
pero estoy en ello.
Colin abrió la boca para decir algo, pero Grace le cortó.
—Porque estos días no tienes nada mejor que hacer que lidiar con los
registros oficiales, a los que les encanta hacerte esperar.
—Di por sentado que tendrías pasaporte —dijo Colin.
Grace le hizo señas para que se callara.
—Vosotros los hombres siempre lo dais todo por sentado.
—¡Eh! —protestó Matt.
—¿Cuándo decís que es el viaje?
Colin le dijo las fechas.
Parker reveló la fecha de su cita en la oficina de pasaportes.
Grace se puso al frente de la situación.
—Eso es demasiado justo, una semana de retraso y ya estás jodida.
Tienes que retrasar el viaje un par de semanas, hermano.
—Eso es fácil.
La cara de Parker se iluminó como si se hubiera quitado un enorme peso
de encima.
Luego Grace se levantó y se puso detrás de Parker, para que no pudiera
verla, miró directamente a su hermano y le dijo sin voz, articulando cada
sílaba: «Me debes una».
Colin miró a Matt, que sonrió y cambió de tema.
Dios, cuánto quería a sus hermanos…
Capítulo 28

El calor le abrasaba la cara, el pelo le fustigaba los hombros con la


fuerza del viento. No podía respirar. Todo estaba oscuro. No podía verlos,
ya no oía sus voces llamándola.
Si al menos el humo se disipara para no tener que arrastrarse a gatas
por el suelo…
Tosió y escupió la ceniza que se le metía en la boca. Austin, Mallory…
¿Dónde estáis?
Solo que no podía gritar.
Lo único que podía hacer era seguir arrastrándose.
El miedo le atenazó el corazón con tanta fuerza que amenazaba con
paralizárselo por completo.
¡Austin!
¡Mallory!
Otra vez no…
Tocó un brazo con la mano.
El brazo no se movió.
La ansiedad le decía que apartara la mirada.
No pudo.
Colin yacía allí inmóvil, con los ojos en blanco.
Parker gritó.

—Despierta. Parker, despierta.


Se despertó sobresaltada, con el corazón desbocado y la frente sudorosa.
—Oh, Dios…
Colin la abrazó y la estrechó contra su pecho.
—Chisss, no pasa nada. Solo ha sido una pesadilla.
No podía dejar de temblar.
—Estabas muerto. El fuego… el humo…
—Chisss.
—No podía encontrarlos. Parecía todo tan real…
—Solo ha sido un sueño. Estoy aquí.
Su respiración empezó a apaciguarse.
—Pensé que había superado las pesadillas.
Colin le acarició el pelo e hizo que se recostara de nuevo en la cama. La
habitación estaba oscura, el reloj digital señalaba que eran más de las tres
de la mañana.
—¿Tienes pesadillas a menudo? —le preguntó.
—Antes sí. Habían mejorado en el último par de meses. Pensaba que ya
lo había superado.
—¿Quieres hablar de ello?
Ella cerró los ojos y lo abrazó con fuerza.
—Es un sueño recurrente. Hay un incendio. No puedo verlo, pero lo
huelo, lo siento… lo oigo. Tengo la boca llena de ceniza y no puedo gritar.
Al principio, oigo a Austin y Mallory, pero luego ya no. Avanzo a gatas por
el suelo y tengo miedo de que ya no estén. De encontrarlos. Solo que a
veces no son ellos. Son mis padres.
Las lágrimas le humedecieron los ojos.
—Sigo pensando que no los saqué a tiempo. Si hubiera salido antes…
—Oh, Parker…
—Es un sueño muy retorcido, como una realidad alternativa de lo que
podría haber sido.
—Solo es un sueño, cariño. No puede hacerte daño.
—¿Por qué tuvo que pasar todo aquello, Colin?
—No lo sé. Pero estoy aquí, y no va a pasar otra vez.
Parker notó su beso en la coronilla.
—Siento haberte despertado.
—No lo sientas. Me alegro de estar aquí para abrazarte y calmarte. Nos
encargaremos de todo, Parker. Todo va a ir bien. Ahora vuelve a dormirte
para que pueda despertarte dentro de unas horas y hacerte el amor otra vez.
—Vale. —Cerró los ojos y se durmió con el roce de sus manos
acariciándole el pelo.
Se sentía culpable. Era domingo y ahí estaba ella haciendo trabajar a
Colin de sol a sol. Esa semana iba a haber más tormentas y el tejado de la
casa de invitados mostraba síntomas de que iba a dar problemas.
Matt acababa de salir de un turno de veinticuatro horas, y estaba subido
al tejado con Colin, evaluando los daños y protegiendo la cubierta con una
lona.
La única satisfacción de tener a aquellos hombres en el tejado era ver a
Matt intentando llamar la atención de Erin.
Parker y Erin estaban otra vez despejando el barro de las pasarelas y
hablando en voz baja.
—Está claro que le gustas.
—No va a pasar nada, Parker.
—Se nota que te sientes atraída por él.
Todo el universo podía verlo desde una galaxia de distancia.
—No significa que vaya a hacer algo al respecto. No estoy preparada.
Descargó una pala llena de barro en una carretilla.
—¿Tu ex?
—Sí.
Parker no iba a insistir.
Colin y Matt fijaron la lona sobre el tejado y bajaron al suelo.
—En primavera habrá que encargarse de este tejado lo primero —dijo
Colin dirigiéndose a Parker.
—La capa inferior sufrió muchos daños por el fuego, algo que no era
evidente a simple vista. Por eso las tejas se han desprendido con el viento.
—Matt les hablaba sonriendo, satisfecho con sus conocimientos sobre los
daños derivados de los incendios y sobre los tejados.
—¿Cuánto va a costar eso? —Para Parker, todo se reducía a un
problema de dinero.
—Habría que quitarlo todo hasta el contrachapado, porque el papel de
debajo es lo que está destrozado. Estamos hablando de seis mil, mínimo,
con la mano de obra.
Menos de lo que Parker había creído inicialmente.
—Tendría que contratar a alguien. No tengo ni idea de cómo poner un
tejado nuevo.
—Puedo conseguirte a un par de hombres del parque de bomberos, y
Colin sabe cómo reparar un tejado. Podríamos tenerlo solucionado en un fin
de semana por el coste de los materiales. ¿Y eso qué serían, Colin? ¿Unos
dos mil? —le preguntó Matt a su hermano.
—Más o menos.
—No puedo pediros que hagáis eso.
Colin miró a su hermano.
—Yo no he oído que lo pidiera, ¿y tú?
—No.
—Chicos, por favor…
—Bueno, si me lo pides así —dijo Colin.
—No, no es eso lo que he querido decir. He dicho «por favor…», como
con sarcasmo.
—La respuesta sigue siendo sí. Solo tenemos que esperar a que pasen las
lluvias. —Colin se volvió hacia Erin—. Me gustaría ver qué ha pasado en el
interior, si no te importa.
Erin apoyó la pala en la pared y los acompañó a la puerta. Parker los
siguió por la sala de estar, abierta a la cocina, hasta el dormitorio. Erin no
había sumado demasiados objetos personales a lo que ya estaba en el
espacio cuando Parker se lo alquiló. No había fotos, lo que le pareció un
poco extraño. Todo estaba inmaculado. Casi como detenido en el tiempo. El
agua había dañado la esquina de una de las paredes exteriores, en el punto
donde varias tejas se habían desprendido durante la tormenta de Navidad y
luego el agua se había filtrado en Año Nuevo.
—¿Tienes un lápiz? —preguntó Matt.
Erin sonrió y asintió con la cabeza antes de salir de la habitación y
volver con el lápiz.
Matt dibujó en la pared el contorno de la mancha de humedad.
—Seguramente vas a ver esta línea, porque ahora está casi seca. Pero si
la próxima vez que llueva hay más daños, eso significará que la lona no
funciona y tendremos que hacer una intervención aquí antes de la primavera
o arriesgarnos a que haya más consecuencias en el interior.
Colin se acercó al interruptor de la pared.
—Mantén este ventilador en marcha. Y si ves manchas de moho…
—Se lo diré a Parker.
Matt le devolvió el lápiz cuando terminó de señalar la pared.
—No queremos que te pongas enferma.
Erin se sonrojó.
—Voy a necesitar a un albañil para esto —Parker estaba pensando en
voz alta.
—Yo puedo ayudar a retirar el yeso —le dijo Colin—, pero es mejor que
los profesionales se encarguen de lo nuevo: materiales, pintura, etc. Y antes
de que lo preguntes, no sé exactamente cuánto va a costar. El daño que
vemos de este lado normalmente suele ser el doble de malo cuando se abre
la pared.
—Si sube demasiado, llama al perito de tu compañía de seguros y haz
otra reclamación.
Ya lo había pensado. Parker no estaba lista aún para hacer las llamadas
necesarias, pero no le faltaba mucho.
Colin se volvió para salir de la habitación.
Matt se movió demasiado rápido y se dio con el pie en el lateral de la
cómoda. El golpe debió de ser fuerte porque dio un salto hacia atrás y
levantó el puño de repente, bruscamente, exteriorizando el dolor que sentía.
En ese instante, Erin dio un paso gigantesco hacia atrás y contuvo el
aliento. Se dio con las corvas en la parte de atrás de la cama y estuvo a
punto de perder el equilibrio. La expresión en su cara era de puro terror.
Parker vio como empezaba a temblar.
Matt se quedó paralizado.
Colin permaneció inmóvil.
Erin seguía sin moverse.
—¿Cuándo ha sido la última vez que has comido algo? —Parker soltó lo
primero que se le pasó por la cabeza para desviar la atención sobre su amiga
y el miedo en sus ojos. Se acercó a Erin y la ayudó a sentarse en la cama. —
Sufre hipoglucemia cuando lleva tiempo sin comer —mintió Parker—. ¿A
que sí, Erin?
La mujer asintió sin salir de su aturdimiento.
—Colin, ¿puedes mirar a ver si hay algún zumo o algo en la nevera de
Erin?
—Claro.
Colin fue a ver.
Matt bajó la mano despacio y dio un paso atrás.
—¿Eres diabética?
Erin negó con la cabeza.
—No. —Miró a Parker—. Es solo que a veces me mareo cuando no
como.
Parker siguió con la mentira.
—En verano era peor.
Colin regresó con un vaso de zumo de naranja.
—Ten.
A Erin le temblaban las manos. Parker la ayudó a llevarse el vaso a los
labios. Respiró profundamente un par de veces y recuperó un poco de color
en la cara.
—Ahora ya estoy mejor. Gracias.
—Vosotros podéis iros. Yo me quedo para asegurarme de que está bien
—les ordenó Parker.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Matt.
—Estoy bien.
Parker esperó hasta que se oyó el ruido la puerta antes de quitarle el vaso
a Erin.
—Gracias, Parker —dijo soltando una bocanada de aire.
Puso una mano sobre la de Erin.
—De nada.

Colin echó a andar con Matt por el lateral de la obra mientras Parker y
Erin seguían en el interior de la casa de invitados.
—Lo has visto, ¿verdad? —le preguntó Matt.
—Sí.
—Pensaba que iba a pegarle.
Esa era justo la misma sensación que había tenido él.
Su hermano se puso tenso.
—Eso me cabrea, joder. ¿Quién le ha pegado antes? ¿Quién pega a una
mujer?
—No lo sé, hermanito, pero estoy seguro de que si le preguntas, lo
negará.
Matt caminaba dando fuertes pisotones en el suelo, con una energía
alimentada por su ira. Los Hudson no entendían la violencia. La única vez
que sus padres se habían gritado fue justo después del accidente de moto de
su padre, cuando su madre tiró las llaves de la moto al jardín del vecino.
El vecino tenía un pitbull muy agresivo en aquella época, así que era
imposible que alguno de ellos se atreviera a saltar esa valla para recuperar
las llaves.
El amor y el miedo eran el combustible de la pelea de sus padres, que
terminó con ellos dos encerrados en el dormitorio y los tres hermanos
encendiendo la televisión para no oír a sus padres «haciendo las paces».
Las reglas establecidas por su padre eran simples:
«No se pega a las chicas. ¡Nunca! Podéis defenderos de los chicos, pero
nunca deis vosotros el primer puñetazo. Si veis a alguien pegando a una
mujer o agrediendo a alguien más débil y no intervenís, os las tendréis que
ver conmigo».
Su padre tenía una placa que decía que tenía licencia para proteger y
servir, pero les decía a ambos que no necesitaban permiso para hacer lo
correcto.
Colin entendía la ira que se había apoderado de su hermano; él también
la sentía. Solo que su hermano parecía sentir algo por Erin, y eso lo hacía
aún más difícil.
—Ayúdame a tranquilizarme, hermano —le pidió Matt.
—Vamos a dar un paseo arroyo arriba, anda.
Capítulo 29

—¿Por qué no ha venido Parker contigo?


Colin empezaba a pensar que su madre tenía más ganas de ver a su novia
que de verlo a él.
—Está lloviendo —le dijo.
Matt había ocupado su sitio habitual en el sofá junto a su padre y estaba
viendo un partido con él.
—Parker tiene miedo de derretirse —bromeó Matt.
—No le gusta irse de la casa cuando está lloviendo. Tiene demasiado
miedo de no poder volver —les explicó Colin. Se había pasado media hora
al teléfono con ella la noche antes, intentando convencerla de que fuera a
cenar con su familia. Ella se negó.
—¿Tanto se inunda el barranco? —preguntó Nora.
—Pues sí.
El sonido del portazo de la puerta principal les resultó familiar. Grace
entró, haciendo rechinar sus zapatillas de deporte en el suelo.
—Lo siento, llego tarde. La gente no sabe conducir en esta ciudad
cuando caen cuatro gotas.
—¿Y tú sí? —se burló de ella Matt.
Grace le dio una colleja, besó a su padre y luego se volvió hacia Colin y
su madre.
—¿Dónde está Parker? —le preguntó en el momento de abrazarlo.
—Se derrite —dijeron Matt y su padre al mismo tiempo.
Grace vio como Colin ponía los ojos en blanco.
—¿Va todo bien entre vosotros dos?
—No podría ir mejor. —Si era sincero, le gustaría que ella se mostrase
un poco más accesible con él.
—Reconozco esa cara —dijo Grace.
—¿Qué cara?
Le apuntó al rostro con el dedo.
—Esa. Cuando algo te está reconcomiendo por dentro, pero te lo
guardas.
—No me está reconcomiendo nada.
Se sentó en un taburete alto de la isla de la cocina y se metió una patata
frita en la boca.
Su madre observaba la escena sin decir nada, detrás de la encimera,
cortando las verduras para la ensalada.
Grace lo miró fijamente, pero no dijo nada más.
Tampoco se oyó nada desde la sección de deportes de la casa.
—Puedo contar con los dedos de una mano la cantidad de veces que he
sacado a Parker de su propiedad desde que estamos saliendo juntos —les
dijo—. No importa lo mucho que le asegure que podrá volver a casa y que
si hay un deslizamiento no hay nada que ella pueda hacer para evitar que la
montaña entre en su casa: no quiere irse de allí.
—Está asustada —dijo Grace.
—Lo entiendo, pero me gustaría que me creyera.
Su madre cogió la tabla de cortar, llena de verduras en rodajas, y las
arrojó a un bol.
—No creo que esto tenga nada que ver contigo.
—Pues yo sí quiero tener que ver con esto. Quiero que sepa que puede
contar conmigo.
Grace sacó una botella de agua de la nevera.
—No puedes decirle eso a una mujer, tienes que demostrárselo con el
tiempo, especialmente con alguien como Parker. Es como si fuera una
madre soltera. Tiene que ocuparse de la casa, los niños, las
responsabilidades… y no tiene ningún hombre que la ayude. Lo ha estado
haciendo todo ella sola, a su manera, y hasta ahora le ha funcionado.
—Es que se trata de eso: no tiene que hacerlo todo sola. Yo estoy con
ella.
Grace negó con la cabeza.
—Estáis saliendo juntos, Colin. No sois un matrimonio. Las mujeres
están solas hasta que dejan de estarlo. Empezamos a depender de un
hombre y es entonces cuando desaparecen y nos dejan ahí, con el agua al
cuello y sin salvavidas.
Era como si Grace acabara de abrir la mochila en la que guardaba todos
sus traumas y los hubiera dejado a la vista de todos.
—Y por eso es por lo que yo no salgo con madres solteras. —Matt se
había levantado del sofá para sumarse a la conversación.
Su padre bajó el volumen de la televisión.
—Cuanto más mayor seas, menos posibilidades tienes de encontrar una
mujer sin hijos —le dijo Nora.
Matt metió la mano en el bol de las patatas fritas.
—Es lo que me decías siempre: no salgas con nadie de quien no te veas
enamorándote.
—Eso lo decía refiriéndome a su profesión: salí con tu padre y me pasé
treinta años sufriendo por si no volvía a casa del trabajo.
—Volví todas las noches —le dijo Emmitt.
Ninguno de ellos mencionó el accidente con la motocicleta y las dos
semanas que pasó en el hospital.
—Y si no recuerdo mal, te lo dije cuando empezaste a salir con esa
azafata.
Colin la recordaba.
—La rubia.
Era una chica muy guapa y sexy y se lo tenía muy creído.
Matt sonrió.
—Qué bien lo pasaba con ella…
Grace le dio un codazo a Matt y lo trajo de vuelta a la conversación.
—El caso es que esa rubia se habría pasado el tiempo fuera de casa,
viajando por todo el mundo, y eso te habría vuelto loco a ti y a tu
personalidad celosa.
—Tu hermana tiene razón —sentenció Emmitt desde el sofá.
—No soy tan celoso.
Colin sonrió.
—No vas a ganar esa discusión.
Matt zarandeó una patata en el aire.
—¿Se puede saber cómo hemos acabado hablando sobre mí? Estábamos
hablando de Parker y Colin.
—Parker no es azafata, ni policía.
—Ni una madre soltera —añadió Grace.
—Pero como si lo fuera —dijo Matt.
Colin negó con la cabeza.
—No importa. Saldría con ella de todos modos.
—Entonces ten paciencia con ella —fue el consejo de su madre—. Lo
ha pasado muy mal. Cuando te necesite, te lo dirá. Tú solo tienes que estar
ahí cuando lo haga.

—Creo que esta noche todos tenemos que aparcar los coches al otro lado
del barranco. —Parker sacudió las llaves de su coche en el aire.
En la app del tiempo que le había enseñado Colin aparecían franjas
naranjas y rojas de tormenta dirigiéndose hacia ellos. Con su trabajo en
juego, no tenía ninguna intención de faltar a la escuela porque su coche no
pudiera atravesar el barranco.
Parker había preparado la comida, así que Austin y Mallory estaban
fregando los platos.
—Mis llaves están en el escritorio de mi habitación —le dijo Austin.
—Yo moveré el mío cuando termine.
Parker cogió las llaves de su hermano y un suéter. Todavía no había
empezado a llover, pero seguía haciendo frío.
Llevó el coche de su hermano al otro lado del barranco y lo aparcó nada
más traspasar la puerta, fuera de la zona de peligro. El coche de Austin era
demasiado bajo para poder pasar por encima de las rocas, mientras que el
suyo y el de Mallory, en cambio, eran más resistentes. Cerró el coche con
llave y se fijó en los vecinos que habían hecho lo mismo. Oscura y
silenciosa, la noche encerraba un presagio de que estaba punto de pasar
algo. El aire olía a lluvia.
Parker disfrutó de la tranquilidad mientras caminaba de vuelta a la casa.
Abrió la puerta de acceso, cogió un contenedor de basura y lo dejó junto al
motor que accionaba la puerta. Con eso esperaba desviar el barro y las rocas
que probablemente bajarían por Sutter Canyon esa noche. En cualquier
caso, estaba haciendo lo posible por evitar gastos mayores más adelante.
Puso el cartel de SOLO PERSONAL AUTORIZADO a un lado de la entrada y el de
PROHIBIDO EL PASO al otro.
Colin había hecho venir a dos hombres de su equipo por la mañana para
tratar de mantener las alcantarillas despejadas. A los operarios les había
costado varios días limpiar el interior de tuberías que pasaban por debajo
del camino de entrada, atascadas por las rocas. Un trabajo agotador que
ninguna herramienta eléctrica podía hacer más fácil.
Una vez que hubieron limpiado las cuencas habían dejado allí cuatro
piezas de maquinaria antes de pasar a otros trabajos. Era reconfortante ver
aquellas piezas. Parker tenía la esperanza de que con ellas conseguirían
mantener a raya los estragos que la madre naturaleza tuviese previsto
ponerles en su camino.
Caminó por encima del vado y se apoyó en la valla de madera, que era
más decorativa que funcional. El agua corría por debajo con un sonido
apacible, pues habían pasado ya varios días desde las últimas lluvias. Cerró
los ojos y se imaginó que era un río, un río de verdad y no una rambla que
solo canalizaba la escorrentía de las laderas. Siempre había pensado que
algún día le gustaría tener una casita en una parcela abierta de tierra donde
fluyese un río los trescientos sesenta y cinco días del año. Ahora, cuando
visualizaba esas imágenes, veía muros de fuego sin posibilidad de escapar
de ellos.
Supuso que en su futuro le esperaba un diván de terapia en algún
momento, pero eso tendría que esperar a otro día.
Parker bajó por segunda vez por el camino, con su coche esta vez, y lo
aparcó dentro de la puerta, pero fuera de la zona de peligro. Para cuando
tuviera que irse al trabajo, ya habría llegado alguno de los operarios, y
confiaba en que serían capaces de ayudarla a salir.
Mallory estaba sacando su coche cuando Parker enfiló la cuesta para
volver a la casa.
—He aparcado el coche de Austin en la calle. Muchos vecinos han
hecho lo mismo —informó a su hermana—. ¿A qué hora te irás mañana por
la mañana?
—Tengo grupo de estudio, así que muy temprano.
—Entonces tal vez quieras aparcar fuera, al otro lado de la puerta.
Mallory asintió con la cabeza y se fue.
Parker caminó hasta la casa de invitados y llamó a la puerta.
Erin ya estaba en pijama.
—Perdona que te moleste.
—No te preocupes.
Parecía como si hubiera estado llorando.
—¿Vas a ir a algún sitio mañana? —Le recordó la situación con los
coches, pero Erin negó con la cabeza.
—Voy a hibernar. Tengo una cosa de trabajo.
Parker le sonrió.
—¿Estás bien?
—Estoy bien, sí.
—Bueno, ya sabes dónde estoy si me necesitas.
—Gracias, Parker.
Se dio media vuelta y se fue.
Una vez dentro de la casa, Parker fue apagando las luces.
Mallory subió las escaleras traseras del garaje y asomó por la esquina.
—¿Todo bien?
Mallory asintió y se detuvo.
—Gracias, hermana.
—¿Por qué?
—Por ocuparte de todo. Sé que no es fácil, y no te lo agradezco lo
suficiente. —Mallory dio un paso adelante y le dio un abrazo.
Parker la abrazó con fuerza.
—Significa mucho para mí. Gracias.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
Mallory desapareció por el pasillo hacia su dormitorio.
No había señales de Scout, y la puerta del dormitorio de Austin estaba
cerrada.
Sushi maulló a sus pies y miró a la puerta.
—Oh, no… Esta noche no.
El gato estuvo protestando durante diez minutos porque no le dejaban
salir, pero luego se resignó y se reunió con Parker en el sofá.
Miró la foto de sus padres, encima de la chimenea. Por primera vez en
mucho tiempo, les habló.
—¿Os podéis creer que Austin casi ha terminado el instituto?
La miraban fijamente, sus sonrisas congeladas en el tiempo.
—Es un gran chico. Me recuerda mucho a ti, papá. Ha heredado tu
sarcasmo. Y yo que me creía ingeniosa, pero es que ese chico tiene
respuesta para todo. No estoy segura de qué ha pasado con tus dotes
culinarias y conmigo, mamá… pero a Mallory sí parece que le transmitiste
algo de eso. Yo lo intento, pero se me da fatal. Nora me ha ayudado mucho
en ese sentido. Creo que te caería bien. Creo que a los dos os gustaría toda
la familia. —Lanzó un suspiro—. Colin es increíble. Me soporta a mí y
todos mis dramas.
Se sorprendió con los ojos cuajados de lágrimas.
—Este año ha sido muy duro. Sigo preguntándome qué haríais vosotros.
Pero es muy difícil. Espero que estéis ahí arriba los dos velando por
nosotros y por nuestro camino en la vida, sea cual sea. Que no encontremos
demasiados obstáculos.
Sushi se subió de un salto a su regazo, dio dos vueltas y se sentó.
—Vosotros cuidad de ellos, ¿vale? Velad por ellos. Juntos estaremos
bien. Lo conseguimos cuando os fuisteis. Lo conseguiremos después de
esto.
Se limpió las lágrimas que le rodaban por las mejillas.
Su teléfono anunció la llegada de un mensaje de texto.

Todo irá bien esta noche. Estaré ahí mañana por la mañana,
después de la reunión en la o cina.

Parker sintió una quemazón en el bajo vientre.

¿Es que has puesto micrófonos en la casa? ¿Me estás espiando?

¡Ja! No me hace falta espiarte, ya sé que estás nerviosa. Pase lo


que pase, lo solucionaremos.

Es usted un buen hombre, señor Hudson. Aún no entiendo


cómo está usted libre.

Envió el mensaje con una sonrisa de oreja a oreja.

No lo estoy.

Parker no esperaba esa respuesta, lo que hacía las palabras aún más
potentes.

Te veo mañana.

Buenas noches, señorita Oakley. Duerma un poco.


Parker volvió a mirar a sus padres. Tuvo la sensación de que su sonrisa
era un poco más radiante.
—¿Eso lo habéis hecho vosotros?
No le contestaron.
—Os quiero —dijo, dirigiéndose al silencioso salón.

No logró conciliar el sueño hasta pasadas las dos de la madrugada.


Empezó a llover, y cada ráfaga de viento impedía que la última oveja que
había contado se tradujera en una plácida noche de sueño.
Sushi la despertó subiéndose a su cama de un salto. Acababa de
despuntar el sol.
Scout se sentó al lado de su cama, descansando el hocico en la orilla
mientras la miraba con aire burlón.
—¿Qué haces?
Al sacudir la cola, se le movió todo el cuerpo. Austin ya debía de
haberse ido. El reloj señalaba las siete. Al menos aún tenían luz.
Se acercó a la ventana y vio el día gris.
Desde donde estaba, podía ver su coche aparcado al otro lado del
barranco y un coche que pertenecía a alguien del equipo. No había señales
de ninguna camioneta blanca del condado.
Miró al cielo, oscuro y lúgubre. Aunque no tanto como para que no
pudiera esperar a que ella se tomara una taza de café y un huevo duro.
Scout gimió mirando a la puerta, así que le abrió y lo dejó salir.
Era lo bastante listo como para mantenerse bien lejos de las aguas
turbulentas. A su perro ni siquiera le gustaba saltar a la piscina para
perseguir una pelota.
Mallory había preparado una cafetera antes de irse a clase, así que lo
único que tenía que hacer Parker era servirse una taza.
Después de cinco minutos, Scout pidió que le dejaran volver a entrar y
ella le abrió la puerta de nuevo.
Parker leyó algunos mensajes de correo electrónico, pero no vio nada
importante y se terminó el café.
Después de vestirse con los vaqueros del día anterior, una sudadera y un
impermeable que Mallory le había regalado para Navidad, se cepilló los
dientes y salió.
Parker obligó al perro a quedarse dentro. Era imposible saber con
certeza lo que estaba pasando ahí fuera hasta que saliera. Como solo tenía
un par de horas para hacer un informe de daños antes de arreglarse para ir el
trabajo, Parker decidió salir ya de la casa.
Le bastó con poner el pie en el camino de entrada para saber que aquel
día iba a ser diferente.
Una mezcla de barro y rocas corría por debajo de la valla quemada que
había dejado en su sitio como medida de contención para la ladera de
detrás. Al mirar por encima de la valla, Parker se quedó paralizada: había al
menos un metro de barro acumulado detrás de ella, lo que hacía que buena
parte del lodo se escapara y desviara a través del camino de entrada y hacia
lo que quedaba de su cuidado jardín. Había una corriente de agua, pero no
lo bastante fuerte para no poder atravesarla, que discurría por todo el
terreno que había albergado los establos. La valla de tela metálica del lado
este de la propiedad actuaba como estructura de contención contra las rocas,
pero no retenía el agua, ni mucho menos el barro. Había lodo por todas
partes… y se estaba expandiendo más aún, precipitándose hacia el punto
más bajo.
El barranco.
Echó andar por la pendiente del camino de entrada. El nivel del agua
estaba subiendo y las alcantarillas empezaban a obstruirse, pero aún no
habían llegado al punto de saturación. Arriba, el ruido era ensordecedor:
Parker oía el embate de las rocas golpeando contra las estructuras de
retención, además del rugido del agua.
El sonido de una pala mecánica resonó al otro lado de la puerta de
acceso. Reconoció al conductor que trataba de empujar el barro que se
escurría desde Sutter Canyon a medida que iba cayendo.
Habían salido todos los vecinos. Uno estaba manejando su tractor
personal tratando de detener el avance del barro. Su hijo tenía una pala en la
mano y estaba alejando el agua de la valla.
A pesar del caos, las canalizaciones para el agua parecían estar bajo
control. Su vecina Tracy se acercó a la puerta.
—Esto es para volverse loco.
—Yo ya he superado esa fase.
Por su cara, vio que su vecina también.
—¿Qué pinta tiene por ahí arriba? —Tracy señaló el barranco principal
con la mano.
—No he ido a ver todavía.
Fueron juntas al extremo más alto de la propiedad mientras una nube de
tormenta empezaba a descargar.
Tracy llevaba un paraguas, pero Parker no se había molestado en coger
uno, le bastaba con un impermeable. Además, se ducharía antes de irse a
trabajar, así que no le importaba mojarse. Cosa que iba a ser imposible
evitar. El viento soplaba y esparcía la lluvia en todas las direcciones.
Pasaron por delante del primer dique de contención, que ya se había
llenado hasta el borde y estaba empezando a desbordarse. La segunda
estructura estaba deformándose bajo la fuerza del agua que la empujaba.
—No creo que esto aguante hasta la tarde —señaló Parker.
—No lo parece.
Era taponar una hemorragia con una tirita. El agua se precipitaba desde
lo alto de la montaña como niños ansiosos deslizándose por un tobogán. Lo
único que esperaba Parker era que, abajo, sus vecinos se hubieran
preparado. Si el dique se rompía, las casas podían acabar completamente
destrozadas.
Para cuando regresaron a la entrada de la casa, Keith había colocado la
parte de la retroexcavadora de la pala junto a las alcantarillas. Las rocas
amenazaban con obstruirla de nuevo.
Parker saludó al hombre y siguió andando junto a su vecina.
Un grito de los Sutter las hizo volverse de golpe a ambas. Tenía que
haber ocho personas, todas con palas, trabajando contrarreloj.
El agua bajaba desde la ladera de atrás directamente hacia su casa.
Viendo la que se venía encima, Parker corrió a la casa y agarró todas las
palas que pudo antes de sumarse a los esfuerzos.
—Necesitamos más gente en la parte de atrás —dijo el propietario de la
casa.
Parker corrió hacia la parte de atrás y empezó a apartar el barro y las
rocas de la casa a medida que bajaban hacia ella.
No importaba lo rápido que trabajaran con las palas, el barro seguía
acumulándose.
Hasta el momento, lo estaban conteniendo. Incluso cuando el cielo se
abrió y la lluvia descargó con ganas sobre todos ellos, consiguieron desviar
gran parte del barro. Seleccionaron las rocas más grandes y crearon diques.
También con macetas del jardín y madera contrachapada que habían
comprado como precaución.
Parker perdió la noción del tiempo.
Siguió lloviendo sin parar.
Hizo falta un rayo para detenerla.
Miró su reloj. Tenía que irse, pero no quería.
Parker le dio su pala a alguien que no tenía ninguna.
—Tengo que ver cómo está mi casa.
—Vete.
Subió prácticamente corriendo por el camino de entrada y luego más allá
de la puerta hasta que Keith la detuvo.
Estaba lloviendo a cántaros.
—¡Tu puente ha desaparecido!
—¿Qué?
—No puedes pasar. Te has quedado sin puente.
Se puso aún más nerviosa.
—¿Quieres decir que no puedo cruzar el barranco? —Dio por sentado
que Keith se refería a que las alcantarillas se habían llenado, pero eso era lo
que ella esperaba, así que ¿por qué la miraba con los ojos tan abiertos y tan
serio?
—Tu pasarela.
Sintió un escalofrío en la espalda.
Y no de los buenos.
Echó a correr y, de pronto, se quedó sin habla.
No solo se habían inundado las alcantarillas, sino que el agua golpeaba
el vado por el lateral con tal fuerza que la ola resultante era de más de
cuatro metros. La valla decorativa de madera había quedado destrozada y la
pasarela barrida por completo, como si no hubiera estado nunca ahí.
—Oh, Dios mío…
Se acercó más.
—¡Oh, Dios mío!
Se detuvo en la parte alta de la corriente de agua, fuera de la zona de
peligro, y observó como el agua pasaba a borbotones.
El corazón le latía desbocado en el pecho. Ver su casa completamente
fuera de su alcance, aislada de todo, hizo que le dieran ganas de gritar.
El rugido del agua le hacía imposible oír su propia voz. Unas rocas del
tamaño de coches cabeceaban en el agua.
Una vez que recuperó el aliento, echó a andar por el perímetro de la
propiedad. El agua se precipitaba sobre las barreras de hormigón que habían
colocado Colin y sus hombres. Era obvio, por la cantidad de agua que corría
a través de las secciones de las estructuras destinadas a contenerlas, que las
estructuras tenían agujeros.
Cuando volvió a mirar el reloj, pasaba media hora de la hora en que se
suponía que tenía que estar en el trabajo.
Pero no le importaba.
Las llaves de su coche estaban en la casa, y no podía pasar por encima
del agua para recuperarlas.
Se detuvo a la orilla del agua, con la respiración agitada, durante varios
minutos, y le dijo adiós a su trabajo en la escuela.
Janice la despediría.
Y a Parker no le importaba.
Se alejó de la parte alta del barranco y volvió con sus vecinos, que
luchaban por salvar su casa.
Aquello era más importante.
Allí era donde debía estar.
Capítulo 30

Cuando Colin llego a Creek Canyon, vio un coche de policía


retrocediendo marcha atrás, con las luces encendidas.
—Mierda.
El barro avanzaba por la calle, arrastrando las rocas. No era algo que los
coches normales pudieran sortear así como así.
Colin encendió la luz intermitente de su camioneta y aparcó en la
cuneta. Bajó la ventanilla y esperó a que el sheriff llegara hasta él.
—¡Vamos a cerrar este acceso! —gritó el sheriff entre los coches.
El agua del barranco había llegado hasta el nivel de la calle y se estaba
desbordando.
—Un equipo viene de camino.
El policía asintió con la cabeza.
—Necesitamos mantener este acceso despejado para los vehículos de
emergencia.
—Voy.
Colin subió la ventanilla y enfiló calle arriba despacio.
Llamó a Ed, activando el altavoz.
—Tenemos un problema. Necesito todas las máquinas y hombres
disponibles para que se pongan a trabajar en Creek Canyon.
—Ya he recibido una llamada de la oficina del sheriff. ¿Han aguantado
las estructuras?
—Ni siquiera he llegado allí todavía.
Colin detuvo la camioneta en uno de los vados tipo Arizona que
atravesaba el barranco. La acometida del agua era tan intensa y rápida que
golpeaba los costados y se acumulaba por encima de los cruces, dirigiendo
el barro hacia el centro de la carretera.
—Mantenme informado.
Colin colgó.
Dos miembros de su equipo estaban ayudando a paladas en lo que
parecía una batalla perdida a las puertas de Parker y sus vecinos.
Aparcó su camioneta a un lado y se bajó de un salto.
Keith apagó el motor de su pala mecánica, posibilitando así que lo
oyera.
—Necesito que despejes la carretera, para dar vía libre a los vehículos
de emergencia.
—De acuerdo.
—¿Cómo está lo de allá arriba?
Keith se encogió de hombros.
—Hecho una mierda, pero nada que no esperásemos.
—La ayuda está en camino. Abrámosles una vía de acceso.
Keith arrancó la pala y avanzó por la calle.
Colin se subió a la camioneta de nuevo y enfiló el resto del camino de
entrada. Sus chicos habían conseguido mantener algo despejado el acceso
de Parker, al menos de lo más gordo.
Era imposible distinguir dónde estaba el paso del arroyo. Tardó un
minuto largo en darse cuenta de que la pasarela de Parker había
desaparecido. Vio su coche y se preguntó si estaría dentro de la casa, viendo
todo aquello. No había recibido respuesta a los dos mensajes que le había
enviado antes. Comprobó su teléfono de nuevo. Todavía nada. Apostaría lo
que fuese a que se estaba subiendo por las paredes.
La lluvia estaba amainando y, según su aplicación, ya habían dejado
atrás lo peor de la tormenta, aunque muchas veces las nubes se quedaban
atrapadas en las cordilleras y los microrreventones traían un montón de
mierda con ellos.
Aparcó la camioneta y echó a andar por la parte alta del barranco.
Las dos estructuras habían sufrido daños, lo supo por cómo se
arremolinaba y se movía el agua. Ambas estaban completamente
sobrepasadas y se habían desbordado. Era demasiada cantidad de agua para
su capacidad, sencillamente.
No se podía hacer nada al respecto.
Dos de sus hombres aparecieron en el camino.
—Volved a colocar la valla. Mantened esto despejado. —Señaló la valla
de tela metálica que separaba los terrenos, la misma valla que ya habían
sustituido. No tenía sentido dejar que el barro se acumulara detrás de ella y
bloqueara el acceso del vecino. El barro iría a donde quisiera y se llevaría
por delante todo lo que encontrara en su camino. Y como no había ninguna
estructura en peligro, Colin prefería limpiarlo todo cuando el episodio
hubiera terminado.
—Ya está, jefe.
Colin se paró en un punto donde había cobertura para su móvil y
empezó a llamarlos a todos.
Intentó llamar a Parker, pero no contestaba.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
De Luca lo llamó para que se acercara.
—¿Cómo está su casa?
—Voy a tener que pasarme un año limpiándola, pero de momento la casa
aguanta.
—Perfecto. ¿No habrá visto a Parker por casualidad?
—La vi en casa de los Sutter hace una hora.
Colin se sintió un poco mejor al saber que alguien la había visto.
Empezaron a aparecer los camiones, junto con los medios de
comunicación. Por mucho que quisiera mantenerlos alejados, la verdad es
que no podía.
Colin encontró a Parker a mitad de camino de la entrada de los Sutter,
con una pala en la mano.
Le sorprendió ver una sonrisa en su cara.
—Qué detalle por tu parte asomar por aquí… —le dijo en tono de
broma.
Colin se rio.
—Hacía un mes que tenía hora para esa manicura.
Ella abrió los brazos y él la abrazó con fuerza.
—¿Cómo lo estás llevando?
—Mi puente ha desaparecido.
—Lo he visto.
—Me he quedado atrapada a este lado del barranco.
—Me lo imaginaba.
—Van a despedirme.
La estrechó con más fuerza al oír eso.
—Ya habrá otros trabajos.
—No ha muerto nadie.
A veces la muerte era el barómetro.
—Una actitud muy positiva, señorita Oakley.
—Es lo que hay —dijo, encogiéndose de hombros—. ¿Qué se le va a
hacer?
Su pregunta era retórica.
«Te quiero».
Las palabras resonaron dentro de su cabeza, y Colin tardó un minuto en
darse cuenta de que no las había dicho en voz alta.
Sonrió más aún.
Sí… amaba a esta mujer.
¿Cuándo había ocurrido eso?

Había dejado de llover y el sol empezaba a asomar entre las nubes. El


arcoíris encima de la finca hizo sonreír a Parker.
Había dado dos entrevistas a dos emisoras diferentes y luego se sentó a
ver el espectáculo. Todos los camiones imaginables del Departamento de
Obras Públicas del condado habían acudido a su propiedad: había tres
camiones de bomberos aparcados en el jardín; uno era del parque de
bomberos de Matt y los otros dos del parque de la misma calle. Los coches
patrulla entraban y salían.
Erin estaba al otro lado del barranco, envuelta en un abrigo de piel.
—¡Qué desastre!
—Es una locura en todas partes. —Parker tuvo que levantar la voz para
que la oyera con el ruido de fondo del agua y de los camiones zumbando
alrededor—. ¿Tenemos luz?
—Sí, pero no hay agua.
—Ah, mierda. —Parker se dio la vuelta—. No te muevas de ahí.
Matt se acercó a ella y saludó a Erin desde el otro lado del arroyo.
—¿Qué pasa?
—Erin dice que no hay agua. ¿Sabes si es un problema generalizado?
—No he oído que lo sea.
Solo había una toma de agua en funcionamiento en ese lado del
barranco, y los derrubios de Sutter Canyon la habían golpeado dos veces.
Parker se acercó a los tubos de PVC que sobresalían del suelo, con el
adhesivo azul de las reparaciones de un par de semanas antes aún fresco.
Abrió la válvula y el agua salió a borbotones.
La buena noticia es que no era un problema de todo el municipio.
La mala noticia era que el problema era suyo.
Matt se puso a su lado.
—Aquí sí hay agua, lo que significa que la tubería está rota en algún
lugar entre este punto y la casa.
Ambos miraron hacia arriba al mismo tiempo.
—Eso son por lo menos doscientos metros.
Parker cerró la válvula.
De nuevo en la orilla del barranco, Parker llamó a Erin:
—Abre el grifo de la manguera ese de ahí, debajo del árbol.
Erin asintió, se acercó a la manguera y abrió el grifo.
Nada.
—Me atrevería a decir que la parte rota está en el barranco.
—A ver si lo adivino: tú eres el inteligente de la familia —bromeó
Parker.
Matt puso los ojos en blanco.
—Tengo una llave para la tubería principal de la calle, pero está dentro
del garaje. —La llave era una herramienta especial para cerrar el agua.
Matt le hizo una señal a uno de los miembros del equipo.
Parker le enseñó al hombre dónde se conectaba la tubería principal, que
estaba al otro lado de la puerta y en el camino de acceso general, a unos
sesenta metros de distancia.
—Necesito llegar al otro lado —le dijo Parker a Matt.
—¿Por qué?
—Para cerrar las llaves de paso y evitar que haya reflujo de aguas en las
tuberías de la casa.
Matt entrecerró los ojos.
—¿Y qué problema hay con el reflujo?
—Toda la casa tiene un sistema aspersores antiincendios en el techo.
Cuando hay reflujo en las tuberías, la alarma se dispara y os llaman a
vosotros. —Le dio una palmadita en el brazo—. Y como no va a haber
forma de volver a llenar las tuberías de nuevo hasta que averigüe dónde está
la rotura…
Matt asintió, empezando a comprender la magnitud del problema.
—¿Dónde están las llaves de paso?
—Dentro del cuarto de la caldera eléctrica, justo al lado de las puertas
correderas del estudio. Le diría a Erin que lo hiciera, pero si no manipulas
bien esas cosas, vacías el circuito. Hay muchas llaves y muchas válvulas en
esa habitación.
Matt le dio una palmadita en la espalda.
—Está bien, iré para allá.
El agua del arroyo aún bajaba con furia.
—¿Cómo?
—Los chicos grandes tenemos juguetes grandes.
Matt se fue y, al cabo de un segundo, uno de los camiones de bomberos
estaba acercándose a la orilla del barranco. Cuando vio una de las escaleras
extensibles, Parker sonrió.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Erin.
—Va hacia allí. Enséñale dónde está la caldera.
Matt se subió a la escalera y anduvo a gatas encima de ella hasta que
pudo saltar al otro lado.
Una multitud lo observaba, y al menos un equipo de noticias lo grabó.
—¿Mi hermano está haciéndose el chulito? —Colin se acercó a ella.
Le explicó el problema del agua mientras miraban a Erin y Matt subir
por el camino de entrada.
Colin giró medio cuerpo un par de veces, para mirar donde le indicaba, y
se pasó una mano por el pelo.
—Es mucha distancia para localizar por dónde se ha roto.
Con respecto a eso, Parker se sentía un poco más segura.
—Por desgracia, sé mucho de fontanería.
—¿Ah, sí?
—Hay una tubería principal en la casa, la que Matt va a cerrar ahora.
Hay otra llave de paso en la caja de los aspersores, al final del camino de
entrada, esa caja grande de madera bajo el roble. Hay otra llave junto a la
piscina y la casa de invitados. Y otra por aquí. —Señaló la que habían
probado desde la calle—. Y el último recurso es aquella, donde conectamos
con el agua de la ciudad, en la esquina.
Colin abrió los ojos con asombro.
—¿Y por qué hay tantas?
—Porque es una propiedad muy grande y, por desgracia, quienes
hicieron la instalación del agua originalmente no tenían ni puta idea de lo
que hacían. Hemos tenido interrupciones constantes de suministro todos
estos años. Cada vez que abrimos el suelo, nos encontramos tuberías con un
montón de empalmes de color morado.
—¿Morado?
—Es el color de la imprimación. Los que instalaron las tuberías
utilizaron imprimación en vez de adhesivo. A diferencia de cualquier casa
normal, la tubería principal de agua está enterrada tan hondo porque tenía
que pasar por debajo del barranco, así que ni siquiera sabemos que hay un
problema hasta que nos llega la factura del agua.
—Joder, Parker, menuda putada.
—Lo sé. Cada vez que se reventaba la tubería, mi padre ponía otra
abrazadera para colocarla sobre la fuga y poder reparar la perforación
mientras tanto.
Pero daba lo mismo: en el futuro tendría que abrir muchos agujeros en
todos los ramales de agua de la propiedad.
Colin le rodeó los hombros con el brazo.
—Lo estás llevando muy bien.
—La alternativa sería desesperarse, y eso no le hace ningún bien a nadie.
—Eres increíble —le dijo.
—Con eso y cinco dólares ya me puedo ir a un Starbucks.
Se rio.
Ella apoyó la cabeza en su hombro un momento.
—¿Imprimación? —dijo Colin lanzando un suspiro.
Parker cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Mierda.
Capítulo 31

La madre de Colin acudió a su encuentro en la puerta de la casa de su


hijo.
Dentro, la casa olía a algo muy sabroso. Fuese lo que fuese lo que había
cocinado su madre, Colin se moría de ganas de probarlo.
—¡Mira cuánta gente! —exclamó ella al verlos.
Todos se quitaron los zapatos en la puerta y los dejaron en la entrada.
—Hola, señora Hudson. —Mallory la abrazó primero y Austin hizo lo
propio.
—Todos tenéis cara de estar agotados.
Colin esperó a que Parker y Erin entraran antes de cerrar la puerta tras
él.
—Ha sido un día muy largo. —Parker abrazó a Nora—. Gracias por
cocinar.
—Es lo menos que puedo hacer —les dijo—. Tú debes de ser la
compañera de piso de la que tanto he oído hablar.
Erin sonrió y le estrechó su mano.
—La inquilina, en realidad. Me llamo Erin —dijo ella.
—Eso de inquilina suena tan impersonal… Me gusta más compañera de
piso. Llámame Nora.
Parker abrazó a medias a Erin y le dio la razón a Nora.
—¿Dónde está la ducha? —Austin fue directo al grano.
Cuando dejó de llover, los equipos excavaron lo suficiente alrededor del
vado del barranco para poder conducir una camioneta al otro lado. Sin
embargo, sin agua corriente, era imposible que ninguno de ellos se pudiera
quitar de encima toda la tierra y la suciedad del día.
Colin dijo que podían pasar todos la noche en su casa, pero Parker
rechazó la invitación.
—La puerta de acceso ha quedado abierta. Hemos salido en todos los
informativos. Hasta que todo esto se calme no puedo dejar la casa sola
mucho tiempo.
Pese a las objeciones que Colin quiso hacer a eso, se quedó con las
ganas.
—Te enseñaré dónde está el baño de aquí abajo —dijo Nora.
Colin hizo señas a las chicas para que lo siguieran arriba. Les mostró a
Mallory y Erin el cuarto de invitados y arrastró a Parker al dormitorio
principal con él.
Parker se quitó la camisa en cuanto se cerró la puerta.
—Me muero de ganas de darme una ducha y quitarme todo este día de
encima.
—Te daré dos minutos de ventaja y luego entraré yo también —le dijo.
Ella esbozó una sonrisa pícara.
—Tu madre está abajo.
—Lo decía por ahorrar agua caliente, pero si quieres quedarte más rato
dentro, estoy seguro de que podrás convencerme.
—Eres muy travieso, Colin Hudson.
—Soy terrible, lo sé.
Parker le dio la espalda y desapareció en su baño. Colin oyó el ruido de
la cisterna y luego el agua de la ducha.
Se desnudó y esperó hasta que la oyó suspirar bajo el chorro de agua
caliente antes de reunirse con ella.
Joder, qué guapa era… El agua le resbalaba por el pelo y se le pegaba a
las pestañas.
—¿Hay sitio para mí ahí?
Parker dio un paso al lado y sonrió.
Había traído su champú floral y cogió el bote.
Colin se lo quitó de las manos e hizo los honores.
—Date la vuelta. —Se echó una generosa porción en la palma de la
mano y empezó a masajearle el pelo.
Parker emitió un gemido y se apoyó en la pared alicatada para no perder
el equilibrio.
—Oh, qué gusto da eso…
Cuanta más presión hacía él en su cuero cabelludo, más gemía ella.
Y cuanto más gemía ella, más le costaba a Colin controlar su cuerpo
para no excitarse.
—Estás contratado.
Si ella le dejaba, él se lo haría gustoso todos los días.
—Tengo muchas otras habilidades que aún no he compartido contigo.
—¿Ah, sí?
Le recorrió el cuello con los dedos, dejando que el agua jabonosa le
resbalara por la espalda. Ayudándose con el jabón en su exploración, le
masajeó los músculos rígidos de los hombros y la espalda mientras
eliminaba de su cuerpo los recuerdos desagradables del día.
—Ahhh…
Le deslizó las palmas de las manos por los brazos, arriba y abajo, y
siguió avanzando hasta la curva de sus caderas. Y puesto que estaba algo
más que excitado, desplazó las manos hacia delante y se aseguró de dejarle
los pechos bien masajeados y enjabonados.
Parker se reclinó hacia atrás, apoyando su cuerpo en él. Imposible
disimular su erección.
—Esto no ha sido buena idea —dijo Parker, con la voz entrecortada.
Él le masajeó un pezón.
—Dime que pare y lo haré.
No, de hecho, lo animó a hacer lo contrario de parar: le agarró una mano
y se la llevó al espacio entre sus piernas. Tan húmedo… Parker se restregó
contra su mano mientras él movía los dedos dentro de ella.
Colin le besó un lado del cuello.
—¿Más? —le preguntó.
Ella asintió.
—Más rápido. Por favor… haz que…
Palpó el relieve de su clítoris y percibió las señales que le enviaba su
cuerpo. Modificó el ritmo de la presión hasta que sintió cómo ella se iba
acercando, hasta que Parker unió su mano a la de él y se movió más rápido.
—Así —le susurró al oído.
Ella se abandonó por completo y sofocó un grito en su brazo. Él siguió
abrazándola mientras recuperaba el aliento.
—Ahora te toca a ti —dijo ella, volviéndose.
—No tienes que…
Le rodeó el miembro con los dedos. Daba igual lo que dijese. No estaba
en condiciones de detenerla.
Parker encontró el acondicionador para el pelo. La única razón por la
que Colin lo tenía en la ducha era precisamente para aquello, pero joder, era
mucho mejor cuando ella se encargaba de ponerlo en práctica, con aquellas
manos menudas… Lo que quería realmente era hundirse bien adentro en
ella, pero se conformaría con aquello.
Empujó las caderas contra sus manos, sintiendo la inminencia del
orgasmo, llegando poco a poco.
Con su cuerpo pegado al de él y las manos trabajando sin cesar, Colin la
empujó contra la pared.
—No te reprimas —le dijo ella.
Habría sido imposible.
Parker hizo más presión con los dedos, siguió bombeando con las
manos… y él estalló en una oleada tras otra.
Colin la abrazó contra él, con la evidencia de su orgasmo en su vientre.
Ambos se echaron a reír al mismo tiempo.
—Qué malos somos…
—Somos terribles.
—Dios, cuánto lo necesitaba… —dijo Parker con un suspiro.
—Y yo también.
Se lavaron rápidamente y lograron salir de la ducha antes de que el agua
se congelara.
Colin no podía dejar de sonreír mientras ella se cepillaba el pelo mojado,
con una toalla alrededor del cuerpo. Su trasero asomaba por debajo, y él no
pudo evitar darle un pellizco juguetón. Ella le devolvió el gesto
arrancándole la toalla. Él se encogió de hombros con indiferencia y siguió
cepillándose el pelo, desnudo.
—No tienes vergüenza —se burló ella.
—No cuando estoy contigo.
Ambos se miraron a los ojos en el espejo.
—No pongas esa cara de satisfacción; se va a enterar todo el mundo.
Trató de fruncir el ceño.
—Olvídalo.
De eso nada… no iba a olvidar nada de aquello en el futuro más
próximo.

Cuando todos aparecieron en la cocina para la cena, Nora estaba viendo


las noticias. Había puesto la mesa en el salón de Colin y tenía los platos
apilados junto a los fogones. Cuando Parker y Colin se reunieron con ellos,
Austin ya estaba sentado a la mesa, comiendo.
Erin se había hecho una cola de caballo con el pelo aún mojado y
Mallory estaba todavía en la ducha.
Al parecer, lo que Parker creía que había sido una ducha muy larga, con
señales evidentes de algo más, había pasado desapercibido para el resto.
—Esto tiene una pinta increíble, Nora. Gracias.
—Es un placer, cariño.
Colin le dio un abrazo a su madre.
—Gracias, mamá.
—Todo el mundo habla de las inundaciones —les dijo Nora.
Erin llevó su plato a la mesa.
—Todo el mundo alucina con lo que ha pasado.
—¿Cuánto tiempo tardarán en limpiarlo todo?
Parker no quería pensar en ello.
—Antes de poder hacer un cálculo realista, primero tiene que dejar de
llover —le dijo Colin a su madre.
Luego se puso detrás de Parker y le pasó una mano por la cintura.
Ella le sonrió.
—Creo que nos vamos a pasar todo el verano peleándonos con el barro
—dijo Parker.
—¿En serio? —preguntó Nora.
—El proyecto del condado no contempla todo el verano. Creo que
Parker se refiere a la escorrentía en sus tierras —señaló Colin.
—Está en todas partes —intervino Austin—. Hay como sesenta
centímetros de barro… por todas partes.
—Oh, lo siento mucho… ¿Y no tenéis agua corriente?
Mallory entró en la habitación con el pelo mojado, como los demás, pero
más animada, gracias a la ducha.
—Mañana me pondré con eso, a ver si conseguimos hacer un arreglo
temporal y restaurar el suministro básico de agua.
—Si la tubería rota está debajo del barranco, no podremos llegar hasta
que deje de circular el agua —señaló Austin.
—Tal vez podríamos si el caudal se ralentiza —dijo Colin mientras
tomaba asiento en la mesa.
Parker se sentó al lado de su hermano y probó un bocado del asado que
había hecho Nora. Lanzó un gemido.
—Esto está delicioso.
—Riquísimo —añadió Erin.
—Me alegro de que os guste.
Se desahogaron sobre lo vivido durante la jornada hablando de ello en la
cena. En un momento dado, Austin señaló la televisión, que estaba
encendida como ruido de fondo.
—Mirad, salimos en las noticias. —Se levantó de un salto, encontró el
mando a distancia y subió el volumen.
—Creek Canyon fue arrasado por los incendios forestales el verano
pasado y ahora sufre unos terribles deslizamientos de lodo que amenazan
las casas de toda la zona. Parker Sinclair vive en el epicentro de la actividad
y estas eran sus declaraciones.
Parker se vio a sí misma en televisión, el centro de todas las miradas.
—Hay que tenerle mucho respeto a la fuerza del agua que fluye por
estas colinas: con ella no hay señales de tráfico ni límites de velocidad que
valgan. Si la ves venir, lo mejor es apartarse de su camino.
—Bien dicho —dijo Erin.
El informativo mostró entonces la imagen de un coche atrapado en otro
barranco, más abajo, donde el conductor no había hecho caso de las señales
que decían PELIGRO DE INUNDACIONES. Luego la cámara volvía al punto
donde el equipo de Matt desplegaba la escalera del camión de bomberos
sobre el barranco para que él pudiera ir a cerrar el agua de la casa de Parker.
—Mira, eres tú, Erin.
Parker la miró y vio que a Erin se le esfumaba la sonrisa.
—Es un informativo local, ¿verdad?
—¿Es ese Matt? —preguntó Nora.
—Sí, el hermanito pequeño se las ha arreglado para salir en la tele a
costa de mi proyecto.
Austin se metió más comida en la boca.
—Otra vez robándote el protagonismo, ¿eh, Colin?
Todos se rieron, pero Erin parecía a punto de vomitar.
Parker miró la televisión otra vez. Las imágenes mostraron otras partes
del valle antes de pasar a la siguiente noticia.
Colin se levantó de la mesa.
—Voy a coger algunas cosas para llevármelas —les dijo.
Parker lo miró. No habían hablado de que fuera a pasar la noche en la
casa.
—No os importa si me quedo a dormir, ¿verdad? —les preguntó Colin a
los hermanos.
—A mí no me importa, no. —Ese era Austin.
—Como quieras —dijo Mallory, con la mirada pegada al televisor.
—A mí me parece una gran idea.
Parker se volvió hacia Erin, sorprendida por sus palabras.
—Decidido, entonces.
Colin besó a Parker en la mejilla antes de irse de la mesa.
—Vamos a recoger esto, chicos.
—No, no. Yo me encargo. Vosotros ya tenéis suficiente trabajo. Relajaos
—les dijo Nora.
Parker llevó su plato al fregadero y lo enjuagó con agua antes de meterlo
en el lavavajillas.
Erin fue detrás de ella.
—Te parece bien, ¿no? —le susurró.
—¿Que Colin se quede a dormir?
—Sí.
Movió la cabeza como una autómata.
—Bien. Porque es muy probable que entre gente sin permiso en las
tierras.
Parker no quiso recordarle que los intrusos saldrían mejor parados con
Colin que con ella.
—¿Por qué no te vienes a la habitación de invitados un par de noches?
Hasta que volvamos a tener agua al menos.
—Creo que eso es… sí. Buena idea.
—Perfecto. —Parker sonrió.
Erin recuperó algo de color en la cara.
Capítulo 32

Parker sujetó el teléfono con manos temblorosas. Llevaba temiéndose


ese momento desde hacía meses, sabía que llegaría tarde o temprano, pero
eso no evitaba que los nervios le atenazaran el estómago.
—Hola, Parker.
—Buenos días, Janice.
—¿Recibiste mi mensaje?
Sí, el que le decía que llamara antes de ir al día siguiente.
—Sí.
—Ya sabes lo que voy a decir.
Parker tragó saliva.
—Era imposible atravesar la corriente de lodo. —Levantó la vista y vio
a Colin observándola desde el otro lado de la mesa, con un café en las
manos.
—Estaba segura de que dirías eso. El resto del personal pudo llegar sin
problemas.
«¡El resto del personal no vive en el epicentro!», resonaron a gritos las
palabras en su cabeza.
—A mí me fue imposible. Si hubiera salido a primera hora de la
mañana, habría llegado, pero, para cuando empezó mi turno, ni siquiera la
policía podía acceder a la calle.
Colin extendió la mano y cogió la suya.
Ella le sonrió, sintiendo cómo se calmaban sus nervios.
—Entonces ahí tienes tu respuesta. Podrías haber llegado si hubieras
salido antes, pero no lo hiciste. —Janice suspiró como si el suspiro fuera un
signo de exclamación.
Parker se negaba a arrastrarse a ante ella.
—¿No tienes nada más que decir? —preguntó Janice.
¿Qué podía decir? ¿Que lo sentía? No lo sentía. ¿Que no volvería a
pasar? Tampoco podía prometerle eso.
—No.
—Bien, en ese caso, podrás pasar a recoger tu último cheque al final del
día. Si tienes cosas tuyas aquí, te agradecería que pasaras a recogerlas
también.
Parker cerró los ojos y respiró hondo.
—De acuerdo.
—Muy bien, entonces. Adiós, Parker.
Janice colgó antes de que ella pudiera decir lo mismo.
Parker dejó el teléfono en la mesa y Colin le cogió las dos manos.
—¿Y bien? —preguntó.
Ella se encogió de hombros.
—Recogeré mi cheque luego más tarde.
Colin negó con la cabeza.
—Eso es ridículo.
—Es lo que hay.
—La misma riada de agua pasaba justo junto a la escuela —la defendió
Colin.
—No importa. Ella me avisó.
Él le levantó las manos y le besó los nudillos.
—¿Estás bien?
Parker asintió rápidamente y se dio cuenta de que ya no temblaba.
Llevaba meses bajo la espada de Damocles de la cola del paro, y ahora que
finalmente había sucedido y que ella no tenía culpa alguna, se sentía
aliviada.
—Estoy segura de que dentro de unos días me entrarán todos los males,
pero, ahora mismo, lo que necesitamos es que haya agua corriente en esta
casa.
Parker separó las manos y se levantó.
—Eres increíble —le dijo él.
—Me alegro de que pienses así. Ahora estás saliendo con una holgazana
sin empleo.
Se levantó con ella y la atrajo hacia sí.
—Sin empleo tal vez, pero eso de holgazana… imposible.
Parker era un genio, no le cabía ninguna duda.
Al principio, llenó cubos con agua de la piscina y los llevó a los baños
de la casa para poder usar el inodoro. Hizo acopio de toallitas para bebés y
desinfectante para las manos junto con platos de papel, utensilios de
plástico y rollos de papel cocina. Pero cuando conectó a través de la
extensión del barranco varias mangueras de jardín, desde la toma que sí
funcionaba —la de la puerta de acceso— hasta el grifo de la manguera más
próximo, sorteando el tramo de tierra donde debía de estar la tubería rota,
Colin supo que era la mujer de su vida.
—¿Eso va a funcionar? —le preguntó Fabio.
—¿Acaso dudas de mí?
Colin negó con la cabeza y Fabio asintió.
Y efectivamente, abrió las llaves de paso correspondientes y ¡bingo!
Volvían a tener agua corriente en la casa.
Se puso delante del fregadero, con el grifo de agua abierto, y sonrió.
—Casi no hay presión. Tendremos que ducharnos solo uno a la vez y
dejaremos la lavadora para cuando no haya nada más funcionando… pero al
menos podremos tirar de la cadena del váter.
La satisfacción se reflejaba su cara. Resultaba difícil creer que el día
hubiese comenzado con una conversación de teléfono en la que su jefa le
había dicho que ya no hacía falta que fuese a trabajar.
Eso fue todo. Parker no lloró, ni se enfadó, ni nada. Se había propuesto
que volviera a haber agua en la casa cuanto antes, se puso a trabajar de
inmediato y consiguió su propósito antes del mediodía.
Colin volvió al trabajo y también Parker.
Cada vez que levantaba la vista, ella estaba en una parte distinta de la
finca, sacando el barro a paladas o llenando un saco de arena.
Uno de los operarios se asomó por la ventanilla del camión y señaló la
propiedad.
—Tu chica trabaja más que cualquier otra mujer que conozca —le dijo a
Colin.
—Y que lo digas. —Le gustaba mucho que se refirieran a Parker como
«su chica».
Se quedó a dormir tres noches antes de que Parker lo echara y le dijera
que se fuera a su casa, tres noches abrazándola cuando se dormía y
despertando a su lado a primera hora de la mañana. Le gustó. Le gustó
mucho.
—Ya sabes lo que dice el refrán: «La ausencia es al amor lo que al fuego
el aire: que apaga el pequeño y aviva el grande» —le dijo ella al lado de su
camioneta cuando, aún reacio, Colin se disponía a marcharse.
—También dicen que la distancia es el olvido.
Lo miró escandalizada.
—¿Estás diciéndome que mañana ya me habrás olvidado?
—Eso sería un poco difícil, porque mañana estaré aquí.
Se apoyó en la camioneta y le rodeó la cintura con los brazos, con ella
entre sus piernas.
—Necesitas dormir en tu propia cama y regar tus plantas.
—Mis plantas son artificiales.
—Pues hacer una happy hour con tu hermano y tu hermana.
—Vale, vale… ya pillo la indirecta.
Ella lo besó un momento.
—Además, si te vas a casa ahora no me sentiré culpable por pedirte que
vuelvas el fin de semana, cuando se supone que va a volver a llover.
Le besó la punta de la nariz.
—Ya has demostrado que sabes manejar la lluvia.
Miró hacia la casa de invitados.
—Sí, pero tenemos que volver a levantar la valla y abrir la puerta de
acceso.
Las luces de la casa de invitados brillaban al otro lado de la piscina.
—Eso pone nerviosa a Erin.
Parker empezó a asentir con la cabeza, pero se detuvo.
—Nos pone nerviosos a todos.
—Pero especialmente a Erin. —Colin miró por encima del hombro—.
¿A qué se debe?
—No estoy del todo segura, pero, si lo supiera, no te lo diría, así que por
favor no preguntes.
Lo cierto es que Colin respetaba que la gente supiera guardar un secreto.
—Eres una mujer muy especial, Parker.
—Soy una mujer leal. De hecho… cuando las cosas se calmen, me
gustaría estudiar la posibilidad de instalar un sistema de alarma en la casa
de invitados.
—¿Quieres decir como el que tienes en la tuya, ese que no usas?
—Touchée. En mi defensa, tengo mejor puntería que Erin.
—Es difícil fallar con una escopeta.
Parker sonrió.
—Eso está en mi lista de tareas pendientes.
Colin pensó en su hermano.
—Matt instaló una alarma en su casa.
—¿En serio?
Colin asintió.
—A veces está fuera varios días por el trabajo. Puedo pedirle que eche
un vistazo y te diga lo que puede costar. —Sabía que a Matt le encantaría
hacer algo por Erin.
—No puedo pedirle…
—No tienes que hacerlo, ya se lo pido yo. Por las noches esto está muy
tranquilo, muy apartado. Entiendo por qué instalaron la alarma tus padres y
me gustaría que la usaras. Le pediré a Matt que eche un vistazo a la tuya y
averigüe qué se necesita para poner una en la casa de invitados.
Parker se recostó con la parte superior en él.
—Dependo demasiado de ti.
—Dios, eso espero.
—¿Por qué dices eso?
—Cuanto antes dependas de mí, antes podré atraparte en mi telaraña y
no soltarte nunca.
Parker puso gesto de confusión.
—No sé qué decir a eso.
—¿Me he pasado? —preguntó, porque eso para él no era pasarse.
—No lo sé.
Ella se retorció en sus brazos, pero él no la dejó apartarse. Trató de
calmar su inquietud.
—¿Sería más fácil si te pidiera que fueras mi novia?
—Pensaba que ya lo era.
—¿Mi novia «exclusiva»?
Su sonrisa se esfumó por completo.
—Pensaba que también lo era.
—Entonces estamos los dos en la misma onda. —Le encantaba
provocarla y sacarla de quicio.
Entrecerró los ojos.
—Me estás tomando el pelo.
Le besó la nariz.
—Estoy definiendo nuestra relación para que no haya malentendidos. Si
supiera que me lo ibas a permitir, me pondría en plan neandertal y
reclamaría ser tu dueño ahora mismo.
Eso la hizo sonreír de nuevo.
—¿Y eso cómo lo harías?
—No lo sé, pero ya se me ocurriría algo.
Ahora se estaba riendo a carcajada limpia.
La besó y la soltó antes de que su cuerpo se hiciera ilusiones.
—Te veré mañana.
Mientras conducía por el camino de entrada y la veía volverse para
entrar en la casa, Colin sintió un deseo irreprimible de dar media vuelta.
Cada vez que se separaba de ella, se sentía mal. Incluso llamarla su novia le
parecía quedarse muy corto. La idea de cogerla en volandas y echársela al
hombro era la imagen perfecta del neandertal que quería ser, aunque algo le
decía que tal vez a ella no le haría tanta gracia eso de que se la echara al
hombro.
Todavía.

A la mañana siguiente, la cisterna del inodoro de Parker no funcionaba.


Le entró el pánico.
—¿Qué demonios pasa ahora?
Una nota de Austin en la puerta de la nevera le decía que no había agua
cuando se había ido.
Se puso la ropa del día anterior y se enfundó en un abrigo.
A mitad del camino de entrada se detuvo y vio la nube de su propio
aliento condensarse en el frío aire de invierno.
Había varios charquitos de agua congelada en el camino.
En lugar de dirigirse hacia las llaves de paso, atravesó lo que quedaba de
la uña de gato que en otros tiempos había flanqueado el camino de entrada
para acercarse a la manguera que reemplazaba la tubería de agua. La
levantó y apretó.
«Se ha congelado».
Sintió una oleada de alivio y empezó a reírse.
—Nunca pensé que tendría que preocuparme de que se congelaran las
tuberías en el sur de California.
Cuando volvió a la casa, les envió un mensaje a sus hermanos.

Se ha congelado la manguera. No hay ningún problema con el


agua. A partir de ahora llenaremos una bañera y así tendremos
agua para tirar de la cadena las mañanas de frío.

Austin respondió inmediatamente con el emoji de un retrete.

Puedes mear fuera.

Es lo que he hecho. De nada.

Se lo había dicho de broma… en fin.


Mallory les envió otro mensaje de texto.

Demasiada información, Austin.

¿Tienes envidia, hermanita?

Toda la conversación hizo sonreír a Parker. El hecho de que todos


hubiesen vuelto a desempeñar los papeles de hermano y hermana le quitaba
un peso de encima. Austin no había vuelto a su etapa rebelde ni una sola
vez, y eso que tenía todas las excusas para hacerlo si quería. Aunque Parker
seguía haciendo las labores de guardiana de la familia, ya no se sentía como
si estuviera jugando a ser mamá y papá. Y eso era fantástico.
Siguió con sus quehaceres a lo largo de la mañana, echando de menos a
Colin como no imaginaba.
Se había despertado antes que ella y le había llevado el café a la cama.
De hecho, él había insistido en que siguiera acostada mientras le preparaba
el café como a ella le gustaba, y luego se acurrucó a su lado y se bebió su
primera taza del día con ella.
Eso le encantó.
Se cepillaron los dientes uno al lado del otro, y cuando terminaron,
Colin la cogió en brazos, la puso en la encimera del baño y la besó para
comprobar hasta qué punto había sido concienzuda con el cepillado.
Eso también le encantó.
Él se comía cualquier cosa que ella preparara, aunque estuviera un poco
quemado, sin una sola queja.
Eso era un poco raro.
Pero adorable.
Se terminó el café y se tomó un bol de cereales antes de salir en busca de
una pala.

—Matt llegará en una hora —informó Parker a Erin. Ya le había hablado


de un sistema de alarma que a Erin no solo le había gustado sino que estaba
dispuesta a pagar—. He pensado que te avisaría con tiempo para que no te
pusieras tan nerviosa.
La finca estaba llena de hombres de todas clases, religiones y razas…
pero el único que parecía causar temor a Erin era Matt.
Por infundados que fuesen sus motivos, era una realidad, y Parker quería
proteger a su amiga de ese miedo si podía.
—Soy patética.
Parker estaba en la puerta de la casa de invitados con las botas llenas de
barro; de lo contrario se habría invitado a entrar ella misma. Se había puesto
en serio con la hidrolimpiadora de agua a presión, que estaba haciendo una
tarea fabulosa retirando hasta la última capa de barro incrustado en los
elementos estructurales de la propiedad. Bueno, tal vez no de toda la
propiedad, pero sí del espacio más próximo a la casa, la piscina y la casa de
invitados. Cuanto más tiempo permaneciesen limpios esos espacios, menos
tiempo pasaría Parker aspirando y fregando dentro.
Era como si hubiera dejado su trabajo a media jornada para pasar a ser
asistenta, jardinera, fontanera y cocinera a tiempo completo. Y no estaba
mal: estaba asumiendo el control de todo lo que pudiese, y aunque aquello
no le proporcionaba un sueldo, sí le procuraba cierta satisfacción.
—No eres patética. Es lo que sientes.
Erin llevaba unos vaqueros de diseño y un suéter largo. Parecía una
chica normal y corriente, sin maquillaje y con el pelo recogido en un simple
clip. Parker le envidiaba el look. Era sofisticado sin parecer falso.
Pero sobre todo tenía un aspecto fresco y limpio.
Parker había olvidado lo que era eso.
—Gracias —dijo Erin.
—Matt se cortaría el brazo derecho antes que darte motivos para tenerle
miedo.
Erin asintió.
—Me quedaré por aquí.
Eso alegró a Parker.
—Pero si lo necesito, me inventaré una excusa y me iré.
Podía aceptarlo.
—Es verdad, tienes esa cita… ¿Qué era? ¿Con el dentista o algo así?
La sonrisa de Erin le alcanzó los ojos.
—Eres un sol.
—Voy a hacer tacos de pollo para cenar. Colin se quedará a pasar la
noche, así que he invitado a Matt a quedarse a cenar también. Si quieres
puedes…
—Cada cosa a su tiempo.
Parker levantó las manos en el aire.
—Entendido.
Cincuenta y cinco minutos más tarde, Matt subió con la camioneta por el
camino de entrada de Parker y aparcó junto al coche de Erin.
Parker estaba andando por la parte del césped que estaba cuenca abajo y
protegida por la casa, y que, como consecuencia, no había sufrido los daños
del torrente de lodo.
Matt la saludó, dirigiéndose hacia ella. Se detuvo en la tubería de agua
que ahora era la manguera del jardín y la examinó.
—¿De verdad este es vuestro suministro de agua?
—Funciona.
—El bombero que hay en mí tiene serios problemas con esto.
—¿Porque crees que se va a prender fuego mi casa pronto? Echa un
vistazo, esto es como si fuera Irlanda.
Todo lo que no estaba cubierto de barro era de color verde
resplandeciente.
—¿No dijiste que hay una toma de agua más cerca de la casa?
Le hizo una seña con la mano para que la acompañara hasta el lugar que
le había mencionado.
Matt miró dentro de la caja y se frotó la barbilla un par de veces.
—¿Sabes por dónde va la tubería principal de agua?
—No estoy completamente segura. No hay ningún croquis en los planos
de la propiedad y, a lo largo de los años, cada vez que ha habido un escape
la han modificado.
Echó a andar por la propiedad con Matt y señaló allí por donde pensaba
que pasaba la tubería. Hasta entonces se las habían arreglado con solo unos
sesenta metros de manguera. En noches como la que se avecinaba, Parker
cerraba el agua, desconectaba la manguera de encima del arroyo y esperaba
a que el agua retrocediera para conectarla de nuevo.
Caminaron hasta la acometida, junto a la puerta. Estaba detrás de donde
habían instalado los bancos de pícnic para los descansos del equipo de
operarios, y justo en medio del camino que habían seguido los
deslizamientos de barro de Sutter Canyon.
Colin los vio y se acercó. Estrechó la mano de su hermano.
—¿Qué pasa?
—Matt está examinando la tubería principal de agua.
—¿Qué probabilidades hay de que esta tubería vuelva a romperse? —le
preguntó Matt a Colin.
—Noventa y nueve coma nueve por ciento.
Eso hizo que Parker frunciera el ceño.
—¿En serio?
—Sobresale del suelo y ya la han destrozado dos veces.
—Cuando vuelva a pasar, yo digo que la movamos de sitio —sugirió
Matt a su hermano.
Parker sacudió la cabeza.
—De momento, todo funciona. Hoy es mejor concentrarnos en el
sistema de alarma, ¿vale?
Capítulo 33

—No hace falta mucha cosa —les dijo Matt a Parker y a Erin después de
examinar todos los rincones de la casa de invitados durante treinta minutos
—. La clave es que haya línea telefónica, y eso ya está.
—¿Este sistema podrá decirme si la puerta automática de acceso se ha
abierto, como en la casa principal? —preguntó Erin.
—Eso no lo sé.
—Esa puerta la instalaron mucho antes de que se construyera la casa de
invitados —le explicó Parker.
—Si hay una manera de hacer que la línea llegue hasta ahí abajo, lo
haré. —Matt estaba haciendo todo lo posible por mantener las distancias
con Erin. Ella también permanecía alejada de él, sin establecer contacto
visual.
—¿Cuándo podríamos empezar con esto? —preguntó Parker.
—No veo ninguna razón para esperar, a menos que el dinero sea un
problema.
Erin intervino entonces.
—El dinero no es un problema. Yo pagaré la instalación.
Parker negó con la cabeza.
—No me parece justo, Erin.
—Nunca me prometiste un sistema de seguridad.
—No, te prometí un hogar tranquilo con mucha privacidad, y en eso te
he fallado hasta niveles estratosféricos. —No es que pudiese haber hecho
algo al respecto, pero aun así.
—Insisto.
Parker no iba a discutir delante de Matt, así que lo dejó estar.
Matt fue hacia la parte de atrás de la casa de invitados.
—¿Qué hay de las luces de seguridad? Esos sensores que se activan
cuando hay movimiento fuera.
A Erin se le iluminó la cara.
—Eso me gusta.
—Yo tengo dos en casa —dijo Parker—, pero te advierto que se
encienden a todas horas. Entre el viento sacudiendo los árboles y los
coyotes jugando a pillar por las noches, las luces de movimiento pueden ser
más estresantes que otra cosa.
—Podemos ajustarlas un poco para que no sean tan sensibles —sugirió
Matt.
—Esa idea me gusta.
Matt sonrió aún más.
—Puedo acercarme un momento a la tienda de bricolaje y coger un par
ahora mismo. No son difíciles de instalar.
Erin se dio media vuelta y se dispuso a entrar en la casa de invitados.
—Voy a buscar mi cartera.
—Puedes venir conmigo —le propuso Matt.
Erin no se puso blanca como el papel al oír su sugerencia, pero sí un
poco pálida.
—¿No tenías hora con el dentista o algo así? —preguntó Parker.
—Ah, sí… es verdad. Casi se me olvida. —Acababan de esquivar una
bala—. ¿Quieres que te dé el dinero? O puedes decirme qué comprar y ya
iré a por las luces yo misma.
Matt sacudió las manos dándole a entender que lo olvidara.
—Ya las compro yo y te digo luego lo que han costado.
—¿Seguro?
—Sí, seguro.
Erin le sonrió y a Parker le pareció que a Matt le iban a salir chispas de
los ojos de lo mucho que brillaban.
—Gracias, Matt. Significa mucho para mí.
—Me gustan mucho los brownies y las galletas de chocolate blanco con
nueces de macadamia. Por si estás pensando en cómo agradecérmelo.
Eso la hizo reír, cosa rara en presencia de un hombre.
A Parker le gustó.
—Tomo nota.
—Me voy, entonces. ¿A qué hora es la cena? —le preguntó a Parker.
—Sobre las seis.
Matt miró a Erin.
—¿Cenas con nosotros?
—Mmm, sí. Iba a… pero vale, sí. Allí estaré.
—Genial. —Matt fue retrocediendo de espaldas sin dejar de sonreír—.
Hasta luego, entonces.
Casi se cae antes de llegar hasta la camioneta.
Cuando Matt ya no podía oírlas, Parker comentó:
—Tienes a ese hombre hecho un manojo de nervios.
—Sí, ya lo veo.
Parker le dio una palmadita a Erin en la espalda.
—Será mejor que vayas a esa cita tuya con el dentista. No olvides
cepillarte los dientes antes de volver.
Las dos se rieron.

Terminaron siendo solo ellos cuatro. Mallory había salido con Jase y
Austin estaba con sus amigos.
Volvían a estar pendientes del tiempo una vez más. Parker había pasado
la tarde llenando las bañeras y los lavabos para lavarse las manos, ya que
desconectarían la manguera antes de irse a la cama, pero, por el momento,
estaban bebiendo cerveza y vino y escuchando a Colin y Matt contar
historias de sus momentos más indiscretos en el instituto. Estaban sentados
en el salón, y una mesa de centro separaba a Matt y a Erin, mientras que
Parker y Colin se sentaban juntos en el sofá.
—Matt siempre fue el más ligón.
—Eh, no me llames así. —Matt se hizo el ofendido, sin conseguirlo.
—Es verdad. Nunca llevabas a la misma chica a los bailes del instituto
dos veces.
—Es que era muy exigente —le dijo Matt a Erin.
—Mamá dejó de pagar las fotos, dijo que era un desperdicio de dinero
porque no podía tener la foto colgada en la pared más de dos meses.
—No me lo imagino. Que yo sepa, no has salido con nadie desde que
Colin y yo nos conocemos —dijo Parker.
Matt se llevó la mano al pecho.
—Me he dado cuenta de mis errores.
—¿Quieres decir que te pillaron poniendo los cuernos? —preguntó Erin.
—En mi defensa diré que creía que la universidad era para tener
relaciones abiertas.
—Solo si las dos personas están de acuerdo con eso —dijo Parker.
—Yo creía que eran relaciones abiertas mientras no se especificase lo
contrario. Pero Misty no lo veía así.
Erin se rio.
—¿Se llamaba Misty?
—A mí no me mires, yo no le puse ese nombre.
Colin intervino entonces.
—Misty no era precisamente una mujer delicada, pese a lo que pueda
parecer por el nombre. Se puso como una fiera cuando se enteró de que
estabas saliendo con esa otra chica… ¿Cómo se llamaba?
Matt se puso una mano en la mejilla.
—No me acuerdo. De lo que sí me acuerdo es de la bofetada que me dio
cuando se enteró y de lo agradecido que estaba de que no me hubiera
pegado un puñetazo.
La sonrisa de Erin se desvaneció.
—¿Te dio una bofetada?
Matt asintió varias veces.
—Estaba dolida, y lo entiendo.
Parker advirtió que Colin le daba un golpecito con la rodilla y vio que la
conversación había removido algo en Erin.
—¿Y qué hiciste tú cuando te dio la bofetada?
—Me aparté para que no me diera otra. Me disculpé, le dije que no
pretendía hacerle daño. —Miró a Erin y se calló—. Soy un buen chico, de
verdad. A partir de entonces, dejé de salir con dos mujeres a la vez. Pensé
que era mejor para mi salud, en general.
—¿Y tú, Erin? ¿Has jugado a dos bandas alguna vez? —preguntó Colin.
—¡No! No sabría cómo hacerlo.
—Yo tampoco —dijo Parker—. En la universidad tenía amigas que
usaban aplicaciones para ligar y quedaban con tres chicos diferentes el
mismo día: para almorzar, para tomar café y para ir a la happy hour. Hoy en
día eso parece lo normal.
—¿Has usado una aplicación para ligar alguna vez? —le preguntó Colin.
—¿Cuándo habría tenido tiempo de hacer eso? He estado cuidando a un
par de adolescentes.
—¿Sientes que te has perdido algo? —le preguntó Matt a Parker.
—¿Con las aplicaciones para ligar? No.
—¿Y en la vida? —aclaró.
—Tuve una vida antes de que murieran mis padres.
—¿Y después? —preguntó Matt.
—Ha habido momentos difíciles, sí.
Colin le acarició el hombro con los dedos.
—¿Crees que alguna vez querrás tener hijos propios? —le preguntó
Erin.
—No. No lo creo. —Le habían hecho esa pregunta varias veces desde
que Mallory se graduó en el instituto, y su respuesta era siempre la misma
—. Un brindis por los padres que adoptan a adolescentes. Cuando murieron
nuestros padres, Austin ni siquiera conducía todavía y Mallory era una
chica de diecisiete años con las hormonas revolucionadas. Pasé de ser una
hermana mayor superenrollada a convertirme en una dictadora de la noche a
la mañana. Austin era una pesadilla. Conseguir enderezarlo me quitó años
de vida. Por poco acaba conmigo. Ahora que veo la luz al final del túnel, lo
último que quiero es volver a meterme en ese jardín. —Lanzó un resoplido.
Parker notó la sonrisa forzada que Erin le dirigía a Colin.
Fue entonces cuando se dio cuenta del impacto que sus palabras
acababan de tener sobre él.
—Es fácil entender que sientas eso —dijo Matt al fin.
Parker miró hacia Colin muy despacio.
Él también esbozaba una sonrisa forzada.
Sin poder contenerse, preguntó:
—¿Tú quieres tener hijos?
—Siempre pensé que sería algo que estaría en mi futuro.
Parker tragó saliva y la angustia se instaló en su pecho.
Una ráfaga de viento quebró el silencio de la habitación, cada vez más
sofocante.
Matt se levantó y se dirigió al ventanal con vistas a la propiedad.
Colin se removió en su asiento y permaneció callado.
—Están cayendo chuzos de punta por ahí abajo —señaló Matt.
Colin le dio a Parker una palmadita en el hombro y se levantó para
reunirse con su hermano.
—Si te vas a ir, es mejor que lo hagas ahora. Las alcantarillas se llenan
rápido y no podrás atravesar el barranco hasta que traiga a alguien mañana.
—Tengo que cerrar el agua y desconectar la manguera. —Parker se
levantó del sofá.
—Nosotros nos ocupamos —le dijo Colin.
Matt encontró su impermeable en el respaldo de la silla de la cocina.
—Gracias de nuevo por instalarme las luces —le dijo Erin.
—Ha sido un placer. Te llamaré para lo de la alarma.
Parker y Erin se quedaron allí mientras Colin y Matt se preparaban para
salir.
—Gracias por la cena —dijo Matt, listo para darle un abrazo. Parker se
acercó a él y se lo devolvió.
—Conduce con cuidado.
—Siempre lo hago. —Miró a Erin, sonrió y se despidió de ella con la
mano—. Hasta otra, Erin.
—Buenas noches.
Abrieron la puerta y Scout, que estaba acurrucado en el suelo, se levantó
de golpe.
Parker lo retuvo.
—No, no… No quiero tener que lavarte otra vez esta noche.
Esperó hasta que los hombres hubieron salido para soltar al perro y
lanzar un prolongado suspiro.
—Eso ha sido un poco incómodo.
—Ya lo he visto. Colin no sabía que no querías tener hijos, ¿verdad?
—Nunca hemos hablado de eso.
—Dios, siento haber sacado el tema… —se lamentó Erin.
—No es culpa tuya.
Pero ¿y ahora qué?

La lluvia golpeaba el capó de la camioneta mientras Matt conducía por


el camino de entrada hasta el punto en que Colin podía salir, cerrar las
llaves del agua y desconectar la manguera. Luego la enrollaría y la apartaría
a un lado para que no se la llevara la corriente cuando el barranco
comenzara a inundarse de nuevo.
Pero, antes de hacer eso, él y su hermano se quedaron un momento en el
coche mientras los limpiaparabrisas se movían a un ritmo acelerado.
—No sabías lo de los hijos, ¿verdad que no? —le preguntó Matt.
—No.
—Joder, Colin. Lo siento.
Su cabeza no podía dejar de oír lo rápido que Parker había dicho la
palabra «no».
—¿Puede ser un motivo de ruptura? —preguntó Matt.
—No lo sé —respondió sinceramente—. Tal vez cambie de opinión.
Matt suspiró.
—O tal vez no.
¿Una vida sin hijos? ¿Estaba dispuesto a eso? «Ten cuidado con quién
sales, nunca sabes de quién te vas a enamorar».
—Joder. No quiero pensar en eso ahora mismo.
Colin salió del coche, corrió hacia la tubería de agua y se puso manos a
la obra.
Capítulo 34

Una nube de tormenta se cernía sobre ellos, en sentido figurado y literal.


¿Cómo era posible que una simple conversación sobre el pasado de Parker
hubiera conducido a aquel abismo que se había abierto entre ellos?
A Colin no le gustaba. No le gustaba nada.
Matt se fue a casa y Erin se retiró a la casa de invitados, dejándolos
solos.
Quería hablar con ella del tema, pero primero tenía que saber qué era lo
que sentía él exactamente.
A diferencia de cualquiera de las otras noches que había pasado en su
casa, Colin se sentó en la cama esperando a que ella terminara en el baño,
mirando las paredes con aire ensimismado. La habitación era casi el doble
de grande que la suya. La cama era de matrimonio, pero pequeña. Eso le
gustaba. Su cama era demasiado grande y le daba a Parker demasiado
espacio para alejarse.
La puerta del baño se abrió y ella salió de él. El camisón que llevaba le
llegaba a la mitad de las piernas y a pesar de que no era una prenda que
pudiera calificarse de sexy, Parker lo compensaba con creces.
—Tengo malas noticias —le dijo ella, acercándose a su lado de la cama.
—¿Qué?
—Me ha venido la regla.
Ahora Colin estaba muy confuso. Decía que no quería tener hijos…
Parker debió de leerle el pensamiento, porque rápidamente le aclaró:
—Esta noche no va a haber mucha acción.
—Ah. Lo siento, soy un poco lento. —Le acercó las mantas—. Pero
disfrutaré igual abrazándote.
Parker apagó la luz y se acurrucó a su lado.
—¿Igual?
—Un noventa y nueve coma nueve por ciento.
Ella levantó la vista y acercó sus labios a los de él.
El corazón le latía en el pecho un poco más fuerte, como tratando de
decirle algo.
Cuando ella se apartó, sonrió antes de apoyar la cabeza en su hombro.
—Me alegro de que estés aquí —le dijo Parker.
—Yo también.
—Buenas noches.
La besó en la coronilla.
—Buenas noches.
Solo que su cabeza no podía dejar de pensar. No podía apagarse. Nunca
había salido con una mujer que le importara tanto como para saber si quería
tener hijos o no. ¿Por qué con Parker era distinto?
Cerró los ojos e intentó apaciguar la respiración y la mente.
Con Parker era distinto porque estaba enamorado de ella.
Todo en ella era completamente distinto a cualquiera con quien hubiera
salido antes. Era independiente y muchas veces ni siquiera estaba dispuesta
a aceptar su ayuda. Cuando él insistía en hacer algo por ella, Parker insistía
tanto o más para hacerlo ella misma. Se preguntaba si lo hacía para
demostrarse que podía hacerlo… o para demostrárselo a él. Eso le producía
ternura… y enfado también, a veces, pero le resultaba increíblemente
atractivo de todos modos.
La respiración de Parker fue haciéndose cada vez más regular, y el brazo
con que lo abrazaba parecía más pesado.
Veía a esa mujer en su futuro. La quería allí.
La pregunta de Matt resonaba en su cabeza: «¿Podría ser un motivo de
ruptura?».
Dios, esperaba que no lo fuera.

—Hacía siglos que no almorzábamos juntas. —Jennifer se sentó frente a


ella en uno de sus restaurantes favoritos.
—Menos mal que existen las pausas para comer. ¿Cómo va todo en la
escuela?
Jennifer tomó un sorbo de su té helado.
—Hay varios niños con gripe y los críos están muy revoltosos por culpa
de la lluvia. ¿Cómo os va a ti y Mister Wonderful?
—Estamos bien. Muy bien.
La sonrisa de Jennifer se esfumó.
—Oh, no… ¿Qué pasa?
—Nada.
—Y una mierda. La última vez que hablamos de él no parabas de
sonrojarte y sonreír de oreja a oreja, ahora arrugas la frente. ¿Qué es lo que
pasa?
Picó de la ensalada que tenía delante.
—Quiere tener hijos.
Jennifer estuvo a punto de escupir el té.
Parker le dio una servilleta.
—La próxima vez avísame, ¿vale? ¿Hijos? ¿Por qué narices estáis
hablando ya de hijos?
—No lo sé, simplemente surgió el tema.
—¿Cuánto tiempo lleváis saliendo?
—Un par de meses.
Jennifer negó con la cabeza.
—¿Dos meses y ya estáis hablando de niños? Llámame anticuada, pero
¿no os habéis saltado algún paso? Como lo de vivir juntos, al menos.
—No estábamos hablando de tenerlos ahora, era más bien algo en
general. El caso es que Colin quiere ser padre.
—¿Te dijo que quería que fueras la madre de sus hijos?
—No.
Parker le explicó la conversación del fin de semana anterior y lo tensos
que habían estado desde entonces. Ella lo había atribuido a las hormonas,
pero, ahora que estaba llegando al final del ciclo, se dio cuenta de que no
solo era eso.
—¿Lo quieres? —Jennifer fue directa al grano.
—No lo sé. A ver… Me gusta mucho. No hay día que no hablemos.
—Porque trabaja en tu casa, eso no es difícil.
—Quiero decir que hablamos de verdad, de emociones, de problemas y
de soluciones. Él me entiende.
—Pero tú no quieres tener hijos.
—Yo quiero vivir la vida un poco. Lo de hacer de madre y padre de dos
adolescentes deprimidos sin poder llorar yo también la muerte de mis
padres fue algo horrible. A veces todavía me veo las bolsas de los ojos
cuando me miro en el espejo. Llevo tanto tiempo haciendo lo que debo que
me resulta liberador tener la opción de hacer otra cosa. Cuando tienes hijos
todo eso cambia. Tú eres madre, tú lo sabes.
Jennifer asintió.
—Estoy completamente de acuerdo.
—¿Lo ves?
Parker atacó su ensalada como si tuviera algo personal contra ella.
—Pero no lo cambiaría por nada del mundo.
—Argh. No me estás ayudando.
—Escucha, no te estoy diciendo que debas o no debas tener hijos. Creo
que, si más gente se diera cuenta de que no los quiere antes de tenerlos,
habría menos niños jodidos por el mundo. Pero tú no dices que no quieras
tener hijos porque no te gustan, porque no los entiendes… o porque no
quieras incluso a esos pequeños granujas que siempre están armando la
gorda en el patio del recreo. Tú dices que no quieres tenerlos porque quieres
tener una vida, así que dime cómo es esa vida para ti.
Eso era fácil.
—Quiero conseguir un trabajo de verdad y volver a estudiar en la
universidad. Tal vez ir de viaje a algún sitio.
—¿Como Cabo San Lucas?
La pregunta fue como un mazazo.
—Sí.
—¿Qué tipo de trabajo de verdad? ¿A qué universidad?
—No lo sé. Los secretarios judiciales se ganan muy bien la vida. Tal vez
estudie para abogada o procuradora.
—¿Te ves a ti misma en un trabajo de oficina?
—Tal vez. No lo sé.
—Siempre que te lo pregunto me respondes lo mismo. Que no lo sabes.
Parker se sentía cada vez más incómoda.
—¿Qué hay de Colin…? ¿Lo ves en ese futuro tuyo tan ambiguo?
—Quiero verlo, pero me cuesta ver más allá de lo que tengo delante de
las narices ahora mismo. Día a día, hora a hora.
Jennifer negó con la cabeza.
—Has vivido así desde que te conozco.
—Sí, pero más desde el incendio.
—En eso tienes razón. El caso es que creo que, mientras que sabes
cuáles van a ser los próximos movimientos de Mallory y Austin en el
tablero de ajedrez de la vida, tú permaneces al margen, en fluctuación
constante.
Parker abrió la boca para protestar, se dio cuenta de que no podía, y la
cerró.
—No creo que Colin viva de esa manera, y no quiero arrastrarlo
conmigo. —Últimamente sentía que estaba todo el tiempo caminando sobre
arenas movedizas.
—Alguien se está autocompadeciendo de sí misma. A mí no me parece
como si estuvieras arrastrando a Colin a ningún sitio. Él te ha visto llegar a
su vida como una locomotora sin freno y se ha subido a bordo con su
retroexcavadora. ¿Por qué no dejas de preocuparte por lo que pasará el día
de mañana y disfrutas del presente? Si tiene algún problema de verdad con
el tema de los niños, ya te lo dirá. Hasta entonces, deja de darle vueltas.
—¿No crees que estoy dejando que se haga ilusiones?
—Tú le dijiste que no querías hijos, él te ha dicho que sí los quiere. Aquí
nadie está engañando a nadie ni se está haciendo ilusiones. Disfruta de la
vida aunque sea por unos minutos, Parker. Disfruta de tener a alguien a tu
lado. Esa es la diferencia entre lo que has estado haciendo estos últimos
años y lo que he estado haciendo yo. Sam es mi roca. Criar hijos es mucho
más fácil con un marido a tu lado. No creo que pudiera hacerlo sin él.
—Sí que podrías —le dijo Parker.
—Tienes razón. Pero con un poco de suerte, no tendré que hacerlo.
—Gracias, Jennifer.
—De nada. Ahora, háblame del circo ese que han montado en tu jardín.
¿Ya tienes agua corriente?
Cerró los ojos y lanzó un gemido.
—Nooo.

El clima mejoró durante exactamente tres días, lo que dio a Colin


margen suficiente para poner a su equipo al frente de la conexión de la
tubería principal de agua a través del barranco. Luchaban contrarreloj, ya
que se acercaba otra racha de tormentas.
Algunos de sus hombres estaban rellenando las rocas de alrededor de las
estructuras con un tipo de hormigón con la esperanza de que permanecieran
en su sitio en vez de soltarse y convertirse en parte del problema. Hasta
entonces, habían tenido que reparar dos veces las estructuras en sí, pero esta
vez había el doble de metal incrustado en la parte inferior para que no se
movieran. Cada tormenta, aunque devastadora, había terminado justo en el
punto de ruptura.
Parker estaba fuera y Colin esperaba poder abrir el agua de la tubería
principal antes de que ella regresara a casa. Él y cuatro hombres de su
equipo estaban en el barranco trabajando lo más rápido posible. Habían
embalsado el agua, pero solo disponían de un corto período de tiempo antes
de que se desbordara. El gigantesco conducto en el que habían empotrado la
tubería principal debería aguantar, o eso se decía a sí mismo. Hizo que uno
de sus mejores operarios lo rellenara con rocas de gran tamaño para
estabilizarlo. Diez minutos antes de ver entrar a Parker, había abierto el
agua y había puesto a prueba la nueva instalación.
Ella detuvo el coche en el lado norte del barranco, en mitad del camino
de entrada, y se bajó de un salto.
—¿Eso es lo que creo que es?
—Ya funciona.
Sus hombres eran todo sonrisas.
Parker empezó a dar saltos como una niña de diez años a la que acaban
de regalar un poni. Corrió hacia él con los brazos abiertos.
—¡Gracias, gracias, gracias!
Parker se volvió hacia el equipo y los abrazó a todos también.
—No tenéis ni idea de lo feliz que me hace esto.
—Podría llegar a imaginármelo —bromeó Colin.
Parker se rio.
—Me refería a todos los demás. —Miró hacia abajo a la tubería—.
¿Estáis seguros de que va a aguantar?
Todos se encogieron de hombros.
Colin parecía un poco más confiado.
—No se va a romper.
—¿Seguro? —Los demás no estaban tan convencidos.
Colin negó con la cabeza y luego acabó encogiéndose de hombros.
—Aunque ¿quién diablos lo sabe?
Parker se rio.
—Entonces no haré ninguna apuesta. Tal vez ya haya pasado lo peor en
cuanto a las tormentas.
Bueno, él tampoco iba a hacer ninguna apuesta con respecto a eso.
Aceptó su último abrazo y su beso.
—¿Qué te parecen unos tacos para el almuerzo de mañana? Haré el
pedido ahora para que los traigan.
—No tienes que hacerlo.
—No tengo, pero quiero hacerlo. Solo dime cuántos hombres habrá para
almorzar y les llevaré los tacos yo misma.
—Vale, pero solo porque parece que eso te hace feliz.
Parker le guiñó el ojo.
—Hay muchas cosas que me hacen feliz.
Uno de los chicos lanzó un silbido y se volvió bruscamente cuando
Colin lo miró.
Ella le tiró del brazo para que echara a andar con ella.
—Gracias de nuevo, chicos.
Se oyeron varios «De nada» mientras se dirigía hacia su coche. Cuando
los hombres ya no podían oírlos, Parker le dijo:
—Mallory me ha enviado un mensaje de texto; quería asegurarse de que
Austin y yo íbamos a estar en casa esta noche y que tú no ibas a estar.
—¿Se me ha pasado algo?
—No. No teníamos planes… es solo que me ha extrañado. ¿Pasa algo
con Jase que tú sepas?
—No tengo ni idea.
—Si te enteras de algo…
—Te lo diré.
Lo besó rápidamente y abrió la puerta del coche.
—Tengo que poner una lavadora.
—Nunca había visto a una mujer con tantas ganas de hacer la colada.
—No te acostumbres.
Desde luego, esa mujer sabía cómo hacerlo reír.
—No lo haré.
—Volvamos al trabajo.
Capítulo 35

Parker le pidió a Erin que la esperara con una botella de vino de


emergencia por si Mallory venía con noticias indeseadas. Su hermana nunca
había sido tan críptica. Lo único que esperaba era que su hermana no
estuviera embarazada.
Que fue lo primero que le pasó por la cabeza.
¿Por qué otra razón si no querría celebrar un cónclave familiar y
asegurarse de que Colin no estuviera allí? Tal vez pensaba romper con Jase
y no quería que Colin lo supiera…
El suspense la estaba matando.
Austin había vuelto a casa del instituto y estaba a punto de salir de
nuevo. Parker lo interceptó antes de que llegara demasiado lejos.
—Tu hermana tiene algo importante que decirnos, así que necesito que
te quedes por aquí un rato.
El joven protestó.
—¿A qué hora va a llegar?
—En cualquier momento.
Puso los ojos en blanco.
—Si no está en casa dentro de una hora, me voy.
Parker estaba doblando ropa en el estudio cuando oyó la puerta de
acceso, la señal de que su hermana estaba en casa.
Minutos después oyó que se abría y se cerraba la puerta del garaje y a su
hermana subiendo por las escaleras.
—¡Hola! —dijo mientras trataba de esquivarla.
—Espera…
—¿Qué pasa? —dijo Mallory.
—¿Cómo que qué pasa? Nos pediste una reunión familiar.
—Sí… dame un minuto para dejar mis cosas.
Parker respiró profundamente y Mallory dio dos pasos hacia delante.
—Solo dime que no estás embarazada. —Contuvo la respiración.
Mallory se volvió.
—No estoy embarazada.
Una oleada de alivio le recorrió el cuerpo.
—Está bien, ve. Tráete a Austin cuando vuelvas. Quiere salir y te está
esperando.
Diez minutos después estaban sentados en el estudio, esperando a que
Mallory les contara lo que pasaba.
—Sabéis que he estado saliendo con Jase.
—Sí, ¿y? —Austin no parecía estar de humor para sutilezas.
—Bueno pues que… la cosa empieza a ir en serio.
—Dos meses, Mallory… ¿Cómo puede ir tan en serio? —preguntó
Austin.
Si alguien sabía cómo podían ser dos meses en una relación, esa era
Parker.
—Eres demasiado joven para casarte.
—Oh, Dios mío, Parker, no estoy embarazada y no me voy a casar.
—Lo siento. Me estoy adelantando a los acontecimientos.
—Pues sí.
—Lo siento. Adelante.
Mallory respiró profundamente.
—Me voy de casa.
De todas las cosas que podrían haber salido de la boca de Mallory, un
«me voy de casa» era la última que Parker se esperaba.
—¿Que vas a qué?
—En las vacaciones de primavera. Jase y yo hemos estado hablando y…
—Me quedo con la habitación de Mallory. —Austin no perdía comba.
Parker le hizo una seña a su hermano.
—Apenas lo conoces.
—Ahora, con las inundaciones y todo el jaleo por aquí, prácticamente
estoy viviendo con él. Queremos dar el siguiente paso.
—Todavía estás estudiando.
—Seguiré yendo a clase. En mi fondo para la universidad hay dinero
suficiente para que pueda vivir en el campus, así que me mudaré. Jase tiene
un trabajo, yo tengo un trabajo…
—Teníamos planes para hacer que aquí las cosas funcionaran —objetó
Parker.
—Sí, y ahora no tendrás que preocuparte por mí. Cuidaré de mí misma.
Algo dentro de Parker se rompió, se rompió en mil pedazos.
—Si no funciona, volveré. —Mallory la miraba fijamente.
—Pero yo me quedo con tu habitación de todos modos.
—Dios, Austin, puedes quedarte con su habitación. ¡Deja ya de decirlo!
—le gritó Parker.
Mallory agachó la cabeza.
—Creí que te alegrarías.
Estaba desolada.
—Estoy sorprendida.
—Tenías que saber que tarde o temprano me iría de aquí.
Sí, lo sabía… pero se suponía que sería más tarde que temprano.
—Nuestro plan original era que siguiéramos caminos separados cuando
Austin acabase el instituto… Te acuerdas, ¿verdad?
—Pero cambiamos ese plan. Después del incendio.
Mallory dejó de sonreír.
—Lo sé. Pero esto es algo que quiero hacer. Saber que vas a conservar la
casa significa que tengo que trabajar un poco más duro para que eso suceda.
Pero puedo hacerlo. Si mamá y papá estuvieran vivos, no podría contar con
el dinero de la venta de una casa, así que tampoco lo haré ahora.
Una mezcla de emociones le recorría las entrañas, como un grupo de
niños gritando en el patio del recreo. La cuestión de fondo era que Mallory
quería hacer otra cosa con su vida de lo que Parker creía que haría… ¿y
quién era ella para impedírselo?
Intentó pensar como sus padres. ¿Qué dirían? ¿Cómo reaccionarían?
Su fotografía en la pared la miraba fijamente.
Le dolía tener que formular en voz alta las palabras que le pasaban por la
cabeza.
—Creo que podrías estar cometiendo un error al irte a vivir con Jase. Es
muy precipitado.
Mallory empezó a hablar, pero Parker la interrumpió.
—Pero… prefiero que te precipites y te vayas a vivir con él a que te
cases o hagas cualquier otra cosa igual de permanente.
Mallory comenzó a sonreír despacio.
—¿Entonces te parece bien?
—No. —«No me parece nada bien»—. Pero lo entiendo. Y tienes un
hogar al que volver si la cosa no funciona.
Mallory saltó del sofá para abrazarla.
Las lágrimas amenazaban con salir a borbotones.
Entonces Austin abrió la boca.
—Si vuelves algún día, sigo quedándome con tu habitación.
Parker cogió el cojín del sofá y se lo tiró a su hermano.

Alguien estaba llamando a la puerta de la casa de Colin.


¿La había cerrado con llave sin pensar? Tanto su hermano como su
hermana tenían llave y eran los únicos que llamaban a su puerta después del
trabajo.
—Ya voy…
Bajó las escaleras y abrió la puerta.
—¿Te has olvidado las…? ¿Parker?
Estaba llorando. Se abalanzó sobre él en cuanto abrió la puerta.
—Eh, ¿qué pasa? —La rodeó con los brazos y la hizo pasar—. Cariño,
¿qué te ocurre?
Ella aspiró el aire como un personaje de dibujos animados mal hecho,
entre estremecimientos del labio inferior e hipidos incontenibles.
A Colin empezó a entrarle el pánico. Nunca la había visto así. Pese a
todo lo que había tenido que pasar desde que la conocía, aquella era la
primera vez que la veía derrumbarse. No le gustaba nada.
—¿Parker?
Solo de oír cómo la llamaba por su nombre la hizo abrazarlo más fuerte.
—Estoy aquí, ¿vale? Sea lo que sea, lo superaremos. Juntos.
Sus sollozos temblorosos se convirtieron en respiraciones entrecortadas.
Poco a poco empezó a calmarse.
—Vamos. —La llevó a su estudio y se sentó con ella en el sofá—.
Cuéntame lo que pasa.
Parker pestañeó varias veces hasta que reunió el valor suficiente para
hablar.
—Mallory… —Un nuevo suspiro—. Mallory se va a ir de casa.
—Vale… —Esperó el golpe.
Parker lo miró fijamente.
—De nuestra casa.
Ya lo había entendido. ¿Qué era lo que se estaba perdiendo?
—Estás triste porque Mallory se va a ir de casa.
Por favor, pidió, que le diera alguna pista de cuál era el problema…
—Nos lo ha dicho esta noche. Se va a ir a vivir con Jase en las
vacaciones de primavera.
Empezó a llorar otra vez.
Colin miró a su alrededor. No tenía cajas de pañuelos de papel cerca. Era
un hombre: las mangas de su camisa siempre lo sacaban de un apuro. Se
levantó de un salto, rodeó el sofá y entró en la cocina. Cogió una hoja de
papel de cocina y se la llevó.
Parker se sonó la nariz, dobló el papel de cocina y se sonó otra vez.
Esperó hasta que ella hubiera recobrado parte de la serenidad para
hablar.
—Parker, cariño… Estoy haciendo un esfuerzo muy grande por no ser el
típico novio cafre, pero ¿estás así porque tu hermana se va a ir de casa?
Ella asintió.
—No está embarazada ni nada… ¿verdad? Jase y ella no se han fugado
para casarse ni nada por el estilo.
Parker negó con la cabeza.
Colin tragó saliva con fuerza.
—Solo se va a ir de casa.
Ella cerró los ojos.
—Ya lo sé… no debería ponerme así…
Otra vez más lloros.
Colin la estrechó entre sus brazos. Ahora que sabía que no había habido
ninguna catástrofe, empezó a relajarse.
Estuvo abrazándola mientras ella lloraba durante diez minutos largos. Si
llegaba el día en que realmente entendiera a las mujeres, escribiría un libro
y se haría millonario.
—Ha sido un momento difícil para ti.
—Me ha pillado por sorpresa.
—Ya lo veo.
Ella se sorbió la nariz en su camisa.
—Lo único que quiere es vivir su vida.
—Sí.
—Jase es un buen chico.
Pasó por aquella etapa en que fumaba algo de marihuana en el instituto,
pero Colin pensó que tal vez aquel no era un buen momento para
mencionarlo. Además, estaba seguro de que eso había quedado atrás.
—Nunca la tratará mal. Y si lo hace, se las verá conmigo. Me da lo
mismo que seamos familia.
Eso hizo que se riera un poco.
Ella lo apartó de su pecho.
—¿Por qué me pongo así?
—No lo sé.
—Es mi hermana. No es que se vaya a ir a Siria o algo así.
—¿Quién querría irse a vivir a Siria?
—Ya… Pues eso, que no es nada parecido —dijo Parker—. No se va a
alistar en el ejército ni a ir a una guerra… ni a hacer nada peligroso. Solo se
va de casa.
Se apretó el pecho como si le doliera.
Entonces Colin lo entendió.
—Porque no es solo tu hermana. Tú las has criado.
Parker lo miró fijamente.
—¿Y qué? ¿Sufro el síndrome del nido vacío? Solo tengo veintiséis
años. No puedo tener el síndrome del nido vacío. No soy lo bastante mayor.
Colin recordó las lágrimas de su madre cuando se fue de casa. No
importaba que él tuviera veintidós años, ella había llorado igual.
—Es un estado de ánimo y no una edad, cariño.
Todavía estaba haciendo pucheros con los labios.
Colin sintió el impulso de besárselos.
—Has estado sometida a mucho estrés últimamente. Vamos, si hoy hasta
estabas entusiasmada por poder poner una lavadora…
Eso le valió una sonrisa.
—Estoy exagerando.
«En proporciones épicas».
—No. Estás sensible.
—Estúpidamente sensible.
No pudo evitar reírse.
—Maldita sea, te quiero.
Su sonrisa se desvaneció.
Oh, no… ¿Había dicho eso?
—No es justo —dijo—. Yo estoy sufriendo el síndrome del nido vacío y
tú no has tenido los hijos que quieres. Eso está muy mal. —Parker trató de
levantarse, pero él tiró de ella con delicadeza hacia abajo.
—Vale, para ya. ¿Cómo has saltado de una cosa a la otra?
—No puedes quererme. Mi vida es un desastre. Mírame.
—Te estoy mirando. Toda tú eres un desastre digno de ser amado.
Lo miró con el gesto muy serio.
—No sé si alguna vez podré darte lo que quieres.
Él quiso asegurarle que no le importaba.
—Por suerte, los dos somos lo bastante mayores y lo bastante jóvenes
para averiguarlo.
Y el hecho de que hubiera acudido a él en busca de apoyo era lo único
que Colin necesitaba para tener esperanza en su futuro. Tal vez al fin se
había ganado su confianza.
Dios, eso esperaba.
Capítulo 36

Mallory empezó a pasar los fines de semana en el apartamento de Jase y


solo llamaba para decir que no volvería a casa hasta el lunes después de
clase. El plan era que se iría definitivamente cuando acabasen las lluvias y
los desbordamientos. Parker estaba segura de que su hermana se sentía
culpable por irse en medio del caos.
—¿No te molesta? —le preguntó al fin Parker a Austin.
—Bah, no. A ver, en algún momento yo también querré irme, y ahora
que ella ya ha arrancado la tirita, no dolerá tanto cuando lo haga yo.
—¿Es que tú también quieres irte de casa?
—No, qué va. No quiero trabajar tanto. No soy tan tonto. Pero algún día
sí, claro.
Parker lanzó un suspiro de alivio.
Estaban viendo las noticias en uno de los raros sábados por la noche en
que Austin se había quedado en casa.
—Eso no tiene buena pinta —dijo él, señalando el televisor.
—No recuerdo ningún invierno en el que haya llovido tanto como este.
Una de las reporteras que había entrevistado a Parker en dos ocasiones
hablaba desde algún lugar a unos ocho kilómetros de allí, con la imagen de
fondo del río Santa Clara.
—Estamos esperando la llegada de una tromba de agua aquí en la zona
del sur de California. Las autoridades han dado por terminada la sequía
antes incluso de que lleguen las fuertes lluvias de la próxima semana. Se
esperan treinta milímetros por hora de precipitaciones el martes, con hasta
ciento veinte milímetros en zonas montañosas y en las áreas arrasadas por
los incendios. Las autoridades aconsejan a los residentes que se mantengan
alejados de las zonas con riesgo de inundaciones y que estén atentos a los
partes meteorológicos de toda la región.
—¿Esta noche no sales en la tele? —bromeó su hermano.
—A los periodistas les gusta venir cuando las cosas ya se han puesto
feas. —Apagó la televisión cuando Austin se levantó para irse a la cama—.
Mañana saldré a llenar los bidones de gasolina para el generador y a hacer
la compra. Si necesitas algo, ponlo en la lista.
—Vale.
—Y llena tu bañera con agua. No estoy muy convencida de que la
tubería principal de agua vaya a aguantar. —Había resistido durante casi
una semana, pero Parker estaba segura de que la próxima tormenta la
pondría a prueba de verdad.
Austin se detuvo y miró la foto encima de la chimenea.
—¿Alguna vez miras esa foto y te entra la tristeza?
—A todas horas —dijo Parker.
Se volvió hacia ella.
—Entonces, ¿por qué la dejamos ahí colgada?
¿Por qué se empeñaban sus hermanos en hacerla llorar?
—No me parecía bien quitarla.
Austin se encogió de hombros en un gesto muy propio de él.
—Yo voto que la quitemos de ahí. Tal vez dentro de diez años podamos
volver a ponerla y no sentir que nos estamos perdiendo algo.
Empezó a sentir un nudo en la garganta.
—Te quiero, Austin.
—Yo también te quiero, hermana.

El chasquido de los carillones de viento la despertó de un sueño


profundo.
El reloj señalaba las cuatro de la mañana.
Se levantó de la cama, sintiendo en cada músculo las agujetas del día
anterior… y del día antes de ese.
—¡Qué harta estoy de esto!
Su vejiga reclamaba atención, así que en vez de volver su almohada
hacia el lado más fresco, obligó a sus piernas a salir de la cama y se dirigió
al baño. Por el camino, se asomó por la ventana de su dormitorio. Las luces
exteriores de emergencia estaban encendidas en el camino de entrada y en
la casa de invitados.
El viento aullaba.
Utilizó el baño y se volvió a la cama. Pasó la siguiente hora dando
vueltas y haciendo como que dormía. Al final se rindió, se levantó de la
cama y se fue a la cocina.
Parker empezó a preparar una cafetera mientras examinaba la aplicación
del tiempo en su teléfono. Cuando en ese momento le sonó, se llevó un
buen susto.
Era Erin.
—¿Estás despierta? Me ha parecido ver las luces encendidas.
—Sí, hace mucho viento.
—Sí, lo sé… No podía dormir. —Hablaba con voz tensa.
Parker se despertó por completo.
—¿Estás bien? Pareces asustada.
—Las luces de fuera se han encendido. Y yo, mmm…
—Sube… tómate un café conmigo. Encenderé las luces de la entrada.
—¿Seguro?
Estaba asustada, Parker lo percibía en su voz.
—Si te parece bien.
Parker se acercó al interruptor de los focos de exterior y los encendió. La
luz iluminó toda la zona cubierta de césped de la casa. Las noches en que
los coyotes estaban más nerviosos, las luces por sí solas los ahuyentaban.
Abrió la puerta corredera de cristal, sintió un escalofrío y fue hasta la orilla
del patio, desde donde se veía la casa de invitados. Con el teléfono en la
mano, llamó a Erin con la mano.
—Estoy aquí.
—Voy de camino.
Estuvo a punto de darse media vuelta para entrar en la casa, pero decidió
esperar.
Arropada por un abrigo grande, Erin rodeó la piscina y subió corriendo
hasta la casa por la cuesta que las conectaba. Cuando llegó al último
escalón, ambas entraron deprisa en la casa.
—Qué frío hace ahí fuera, Dios.
Erin estaba blanca como el papel.
Parker se acercó al termostato y lo subió dos grados.
—No sé tú, pero yo estoy hasta las narices de toda esta mierda.
—Sí…
Erin se detuvo junto al ventanal con vistas a toda la propiedad.
—Ya te dije que las luces se encenderían cuando soplara el viento.
—Me pareció oír un ruido, y entonces las luces se encendieron y ya no
se apagaron.
Parker llenó la cafetera con agua.
—El viento es muy desagradable cuando no hay tormenta.
—Sí…
Erin seguía mirando fuera de todos modos.
Había abierto la puerta de su pasado lo justo para que Parker le diera un
empujoncito.
—Tienes mucho miedo de que tu ex venga aquí, ¿no?
Erin miró por encima del hombro. Empezó a hacer un movimiento
afirmativo con la cabeza, muy despacio.
—Dijo que me encontraría —explicó con voz inexpresiva.
En la habitación, el único ruido era el del filtro de la cafetera y el sonido
del viento y la lluvia, golpeando las ventanas.
Cuando Erin no dijo nada más, Parker le ofreció las únicas soluciones
que se le ocurrían.
—Cuando las cosas se calmen por aquí, tú y yo iremos al campo de tiro.
No es que piense que yo sea capaz de dispararle a alguien, pero saber
hacerlo es algo que consigue que te sientas poderosa. Tal vez podamos
apuntarnos a un curso de defensa personal las dos. Y en noches como esta,
puedes llevarte a Scout a la casa de invitados contigo. Quizá no llegue a
morder a ningún extraño, pero ladrará y así sabrás si es el viento o un
intruso. O puedes venir aquí y dormir en la habitación de invitados. Tú
decides.
—¿A ti no te da miedo?
—¿Que tu ex te tenga acojonada por una amenaza? No. Me cabrea. No
tengo información suficiente para sentir miedo. Tal vez cuando confíes lo
bastante en mí para contarme toda la historia, yo también sentiré el mismo
miedo, pero de momento, solo me entran ganas de darle un buen puñetazo.
Erin parpadeó varias veces.
—Algunos hombres devuelven el puñetazo.
Parker se acercó y abrazó a su amiga. La cafetera emitió un pitido.
—Confío en ti —dijo Erin mientras Parker servía dos tazas—. Es en él
en quien no confío.
—Dime una cosa. ¿Ese ex tuyo vive cerca de aquí?
—No. Qué va, no… vive muy lejos de aquí.
—¿En Washington? —Donde ella le había dicho que vivía antes de
mudarse allí.
—Prefiero no decirlo.
—Pero no en California.
Negó con la cabeza.
—Vale.
Con eso bastaba para ella.
Abrió el grifo para enjuagar la cuchara que había usado para la crema,
pero solo salió un chorrito de agua.
—Mierda.

Lo único que Colin podía hacer era observar el espectáculo mientras la


madre naturaleza desplegaba toda su furia.
Parker lo había llamado a primera hora de la mañana para decirle que la
solución para la tubería del suministro de agua había fallado. Se lo había
comunicado sin rastro de emoción; lo único que notó en su voz era un aire
de derrota. Cuando llegó allí, vio cuál era la razón: rocas de más de una
tonelada sueltas, rodando y saltando por todas partes, como si fueran
palomitas de maíz.
Solo había unos pocos miembros de su equipo. Hasta que dejara de
llover tampoco hacía falta que llegara nadie más. Las estructuras de
retención estaban aguantando y las tareas de limpieza de toda la calle
habían dejado suficiente espacio despejado para poder canalizar un caudal
de lodo más voluminoso a causa de la tormenta.
Se detuvo al otro lado del barranco de donde estaba Parker y habló a
gritos para que lo oyera bajo la lluvia.
—¿Cómo están las casas de los vecinos? —preguntó ella.
—De momento todo bien. Las canalizaciones están funcionando. ¿Cómo
estáis vosotros por ahí?
—Tenemos todo lo imprescindible.
—He doblado la cantidad de camiones que vendrán mañana.
Empezaremos a primera hora. Las predicciones para la próxima tormenta
dicen que será de categoría cuatro.
Parker levantó los brazos al cielo.
—¿Qué demonios significa eso? Suena a huracán.
—Significa que mis chicos van a trabajar horas extras para sacar toda la
mierda de aquí mañana.
La lluvia le azotaba un lado de la cara, y tenía el cabello adherido a las
mejillas.
—Voy a necesitar un mes en Cabo San Lucas en vez de una semana para
cuando termine todo esto.
—Veré lo que puedo hacer.
Ahí estaba… la sonrisa que le procuraba calor cuando ella no estaba con
él.
—Métete dentro. Aquí fuera no puedes hacer nada.
Parker le lanzó un beso y se volvió para enfilar el camino de entrada
cubierto de lodo.
Capítulo 37

Habían bautizado la tormenta con el nombre de Lucifer.


O bien tenían un sentido del humor muy retorcido o intentaban enviar un
mensaje a toda la población.
A Parker le habría gustado saber quiénes ponían esos nombres.
Cuando salió de la casa a la mañana siguiente, el cielo era de color azul
y solo había unas pocas nubes blancas dispersas. Todos los vehículos de
emergencia volvían a estar una vez más en la propiedad. Había cascos y
chalecos por todas partes, pero no había tiempo para dónuts y pizza.
Colin había despejado lo suficiente la parte delantera de la salida de las
alcantarillas para que parte del agua fluyera por debajo.
—Me sorprende que mi vado siga aquí.
—A mí también —le confesó él.
—¿Sabes quiénes son esos? —preguntó, señalando a un hombre y una
mujer que parecían personal municipal. Había veces, en días así, en que el
personal de la oficina acudía sobre el terreno para ver cómo iban las cosas.
—Ni idea.
La pareja se detuvo a un lado del barranco para mirar.
—Yo me ocupo de ellos. Tú vuelve al tajo.
Colin la besó.
—Mandona…
Le guiñó un ojo y se dirigió a la pareja. Esta vez se hizo la tonta.
—¿Hola?
La mujer le sonrió de oreja a oreja.
—Hola.
—Esto es lo nunca visto —comentó el hombre.
—¿Les envía el consejo municipal? —les preguntó Parker.
—Oh, no. Somos vecinos.
No tenía energías ni para gritar.
—Genial. ¿Tiene teléfono móvil?
El hombre la miró.
—Sí.
—Pues sáquelo, haga una foto y lárguese de aquí. Estos camiones y
estos hombres no tienen por qué aguantar a los mirones mientras trabajan
contrarreloj para evitar que las inundaciones de la tormenta de mañana se
lleven por delante todas las casas de la cuenca inferior. Cada minuto cuenta.
La mujer tuvo la sensatez de avergonzarse.
—Ya te dije que no debíamos haber entrado.
—¿Vives aquí? —preguntó el marido.
—Sí. Y, por favor, no hace falta que me den las gracias por dejarles
pasar. —Parker le sonrió, a pesar de la irritación que sentía.
La esposa se llevó al marido.
Parker vio a otro curioso mirando el espectáculo boquiabierto, se acercó
a él y fue menos amable.
Una vez que hubo lidiado con los intrusos, Parker salió de la propiedad y
se dirigió a la de sus vecinos. Las balas de paja procedentes de un almacén
de piensos local se apilaban a lo largo de las vallas. Amigos, vecinos y un
equipo de bomberos trabajaban codo con codo para preparar las casas en la
medida de lo posible frente al peligro de inundación.
Parker se sacó los guantes de trabajo del bolsillo trasero y se puso manos
a la obra.
Mientras todos los equipos de emergencia estaban en su propiedad, ella
pasó todo el día ayudando a los demás. Pese al cansancio, sonrió cuando
Austin, Mallory y Jase agarraron unas palas para arrimar el hombro.
—Acabaremos riendo o llorando, una de dos —dijo Tracy.
—No me puedo creer que la tormenta se llame Lucifer —comentó
Mallory.
—Mejor eso que morir por culpa de una tormenta que se llame Betty
Ann. —Que Austin le sacara punta a la situación siempre era de agradecer.
—Tiene razón.
Parker levantó la vista y vio que Erin se les había sumado. Llevaba una
chaqueta grande y una gorra de béisbol.
Parker se acercó a donde su inquilina estaba ayudando a llenar sacos de
arena. Los medios de comunicación iban de un lado a otro, grabando
imágenes del caos.
—No tienes que…
—No podía quedarme de brazos cruzados sin hacer nada —respondió
Erin, mirando a una furgoneta de noticias.
Parker sonrió y le hizo señas para que fuera a la parte de atrás de la casa,
lejos del foco de atención.
Dos sheriffs locales hablaban con cada grupo de personas.
—¿Quién vive en esta casa?
El señor Sutter levantó la mano.
—Se aconseja evacuar a partir de las nueve de la noche —dijo uno de
ellos.
—Ya lo hemos organizado todo para irnos —dijo el señor Sutter.
Parker no podía culparlos. De todas las casas que no estaban en la
cuenca del barranco, la suya era la que corría más riesgos de acabar
sepultada por la corriente, razón por la cual estaban protegiéndola con
contrachapado de madera y balas de paja.
El policía preguntó entonces quiénes vivían en cada una de las otras
casas y tomó nota de los nombres.
Los De Luca no se iban a ir. Tampoco Parker ni su familia. Incluso el
sheriff estuvo de acuerdo en que su casa no corría peligro. Cuando le
informó de que el barranco podría quedar intransitable, ella se rio. Si esa era
una razón para irse de su casa, se habría ido ya en diciembre para no volver
hasta mayo.
El policía no discutía con nadie, solo avisaba y tomaba nota de quién se
quedaba y quién se iba.
—Es consciente de que puede que a los equipos de rescate les resulte
imposible acceder para acudir en su ayuda.
—No esperamos que lo hagan. Ninguno de los miembros de mi familia
tiene ningún problema de salud. Tenemos comida, agua y gasolina para el
generador —les explicó Parker—. La mayoría de los que vivimos en esta
parte del vecindario hemos hecho acopio de todo eso.
El agente con el que hablaba sonrió.
—Buena suerte a todos. Los veremos en un par de días, cuando la
tormenta haya pasado.
—Gracias, agente.
Unos cuantos se quedaron observando mientras los policías se
marchaban y luego volvieron al trabajo.
—¿Tan bestia crees que va a ser la tormenta? —preguntó Austin.
—Estos días siento un profundo respeto por la madre naturaleza.
—Supongo que eso es un sí.
Parker empezó a reírse.
—Sí, Austin. Creo que va a ser muy bestia. ¿Cómo de bestia? No sabría
decírtelo. Me sorprende que aún tengamos una puerta para poder cerrarla.
—Hizo señas a los volquetes que se movían en fila a través de la finca—.
Solo han sacado menos de diez centímetros de cada lado y ninguno de ellos
ha tocado todavía los pilares de roca. El camino de entrada está destrozado.
Cada vez que despejan el barranco, tengo la sensación de que el vado habrá
desaparecido. La estructura está dañada por todas partes. Nuestro sistema
de aspersores ya no funciona, la mitad del alumbrado del jardín se fundió
después del incendio, y el resto ha quedado destrozado con la primera
inundación. No tenemos agua corriente. No quiero tentar al destino, pero en
nuestro caso, no creo que pueda pasarnos mucho más. —Respiró hondo—.
Así que, cuando deje de llover, Colin traerá a su equipo y nos sacará de
aquí. Y yo llamaré a la compañía de seguros. No hay reparación casera que
pueda arreglar tanto destrozo.
Se volvió para mirar la casa de los Sutter.
—Nosotros no tenemos que preocuparnos por perder nuestra casa. Los
Sutter sí.
—Volvamos a ponernos manos a la obra, entonces.
Abrazó a su hermano y cogió un saco de arena.

—No puedo creer la cantidad de derrubios que habéis limpiado en un


día.
Colin estaba al lado de Parker en el punto más alto desde donde se veían
las cuencas. El orgullo que sentía por su equipo se reflejaba en su sonrisa.
—Hoy estaban increíblemente en forma.
Estaba oscureciendo y los hombres ya habían dado el día por acabado y
habían aparcado la maquinaria fuera de las zonas de peligro.
—Me gustaría que te lo replanteases y os fuerais todos a mi casa esta
noche.
Colin iba a permanecer fuera, con su equipo, montando guardia, así que
no podía quedarse al otro lado del barranco, el de la casa, para estar con
ella.
—Sabes que no voy a hacer eso.
—Habló doña Testaruda.
Parker se inclinó hacia él.
—Me gusta más cuando me llamas señorita Oakley.
—Ella también era una mujer muy terca.
—Tú sabes mejor que nadie que dentro de la casa estamos seguros.
Aunque tardarais una semana en sacarnos, estaríamos bien.
—No tardaríamos una semana. Aunque el agua se lleve el puente por
delante, colocaré ahí la plataforma de un camión y así tendréis una vía de
salida.
—¿Y tu jefe no se mosqueará?
Se rio.
—Puede mosquearse todo lo que quiera. La propietaria de la casa tuvo la
precaución de poner por escrito que nos aseguráramos de que puede entrar
y salir de sus tierras. Ed no puede decir nada.
—Una propietaria inteligente.
Encaminaron sus pasos hacia la casa.
—¿Mallory está en casa esta noche?
—Sí. No quería irse con todo lo que está pasando. Vamos a ver películas
y a apostar cuántos milímetros de agua van a caer esta noche. Luego
seguramente nos iremos a la cama temprano.
—Tienes que estar agotada.
—Me estoy quedando sin pilas, sí.
Le cogió la mano y la sujetó con fuerza en la ladera de la colina. Cuando
estuvieron de vuelta junto a la camioneta, la estrechó en sus brazos.
—Este tiempo no puede durar para siempre.
—Lo sé.
Colin acercó los labios a los de ella, disfrutando un poco más de la
sensación de estar a su lado.
—Hablamos luego.
—Ten cuidado esta noche —le dijo Parker.
Colin pasó por encima de manguera que volvía a hacer las veces de
tubería principal de agua y rodeó la camioneta para acceder a la puerta del
conductor.
Mientras conducía por la calle, varias casas ya estaban a oscuras. Habían
dejado las puertas de acceso abiertas para que entraran los equipos de
emergencia o para impedir que el torrente de lodo y rocas se acumulase
detrás de ellas.
Los sheriffs hacían rondas constantemente. Solo se permitía el acceso al
cañón a residentes, lo que facilitaba la tarea a los equipos de primera
intervención.
Deseaba con toda su alma que la tormenta se quedara en una pura
exageración, que fuera la clase de fenómeno sobre el que los servicios de
meteorología armaban mucho ruido para que, al final, todo quedase en un
simple susto.
En cualquier caso, se sentía satisfecho de su labor en el proyecto. Quería
darle a todo su equipo un aumento. Paga de horas extras, un bonus… lo que
fuese.
Colin fue primero a su casa a ducharse y luego fue a la de sus padres
para cenar. Matt estaba trabajando, así que solo estaban sus padres y
Grace… pero agradeció la compañía de todos modos, ya que no podía estar
con Parker.
Después de entrar y besar a su madre y a su hermana, se sentó al lado de
su padre, que estaba viendo las noticias.
—Bueno, papá, ¿qué dice tu pierna de esta tormenta?
Emmitt lo miró, sonriendo.
—Espero que te hayas traído el chubasquero.
Capítulo 38

Hacia las nueve de la noche, Lucifer estaba golpeando con fuerza.


Las noticias no ayudaban a calmar los ánimos, así que Parker sugirió
que jugaran a un juego de mesa. A pesar del cansancio, nadie tenía ganas de
irse a la cama todavía.
Oían el rugido del agua en el barranco como si estuviera justo delante de
la casa. El vado ya era intransitable. «El pan de cada día este año», pensó
Parker.
Nadie iba a moverse de allí en varios días, así que disfrutaría del tiempo
en familia mientras pudiese. Quién sabe… a lo mejor algún día hasta
sonreiría al echar la vista atrás y pensar en ese momento.
Algún día, dentro de cincuenta años.
Jugaron una partida del juego de Life y, en lugar de elegir un género
basado en quiénes eran, cerraron los ojos y sacaron una clavija de la bolsa.
Se pusieron otros nombres e hicieron girar la ruleta.
A media partida, se fue la luz.
—Vaya…
Pensó en salir y encender el generador, pero optó por esperar.
—Encendamos velas y disfrutemos de la tranquilidad.
Recurriendo a las linternas de sus móviles, fueron por la casa buscando
velas.
Parker salió al porche para ir al cuarto de la caldera eléctrica y sacar un
leño grueso para ponerlo en la chimenea.
El arroyo rugía con fuerza.
Cuando se dio la vuelta para volver a entrar en la casa, un silbido agudo
llamó su atención. Parecía como si viniera del otro lado del barranco.
Abrió la puerta corredera y los llamó.
—Eh, chicos… venid aquí.
Austin y Mallory corrieron hasta ella, mientras que Erin fue más
despacio.
—¿Oís ese ruido?
Todos contenían la respiración mientras aguzaban el oído.
—¿Qué es? —preguntó Austin.
—No tengo ni idea —dijo ella—, pero lo oís, ¿verdad?
Erin se encogió de hombros.
—Sea lo que sea, está muy lejos. —Austin no parecía impresionado, y
volvió a entrar en la casa.
Una vez dentro, Parker colocó el tronco en la chimenea y abrió el tiro.
Estaba esperando a que Mallory acabara de encender unas velas antes de
cogerle el mechero, cuando le sonó el teléfono.
—Hola, Colin… ¿Cómo va el apocalipsis ahí fuera? —bromeó con él.
—Tenéis que salir de ahí.
A Parker se le quitaron las ganas de bromear al oír el tono de su voz.
—¿Qué pasa?
—¿Estás en la puerta principal?
—Sí. —Se dirigió a la puerta corredera de nuevo. Austin le cogió el
mechero y se dispuso a encender la chimenea.
—¿Oyes ese ruido?
—Sí, lo oímos. ¿Qué es?
—Joder, Parker. Ya sabía yo que teníais que haberos venido a casa
conmigo.
Ahora le estaba empezando a entrar el pánico.
—¿Qué pasa, Colin? —Su voz llamó la atención de todos los presentes.
—La tubería del gas entre la casa de los Sutter y los De Luca se ha roto.
El ruido que se oye es el gas: hay un escape.
Parker levantó la vista y vio el mechero en la mano de Austin.
—¡Austin, no!
Se levantó de un salto y lo agarró.
—¿Qué pasa? —preguntó Colin.
—Estábamos a punto de encender la chimenea. Se ha ido la luz.
—Nada de encender la chimenea. Nada de poner el generador.
Necesitamos sacaros de ahí.
Parker respiró hondo, se acercó a las velas que Mallory acababa de
encender y las apagó.
—Buscad linternas. El ruido de fuera es un escape de gas: la tubería se
ha roto.
Erin abrió los ojos como platos.
—Oh, mierda… —exclamó Austin, mirando hacia la chimenea.
—Parker, ¿me estás escuchando?
—Te estoy escuchando, Colin, pero no podemos pasar por el arroyo. Y
aunque pudiéramos, no se me ocurriría ir corriendo hacia una fuga de gas.
—Las explosiones de gas vuelan por los aires manzanas enteras, Parker.
Ella ya había visto suficientes informativos para saberlo.
—En la casa todo funciona con electricidad. No tenemos ningún tubo
conectado con la toma de gas ni con la tubería del escape.
Una parte de ella estaba dominada por el pánico, pero su parte más
práctica respiró profundamente.
—Maldita sea, Parker. No puedo perderte.
Estaba muerto de miedo, lo percibía en su voz.
—No puedes perder los nervios, Colin. —Puso el teléfono en modo
altavoz para poder usar las manos y hablar al mismo tiempo. Empezó a dar
órdenes—. Cerrad todas las contraventanas, como hicimos cuando el
incendio —les dijo a Mallory y a Austin—. Coge una caja con botellas de
agua y llévala abajo —ordenó a Erin.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Colin.
—¿Recuerdas cuando te dije que la casa se construyó como un refugio
antiaéreo? ¿Que el sótano está completamente bajo tierra? Voy a llevarlos a
todos allí abajo hasta que me des luz verde para salir, cuando la situación
esté bajo control. —Entró en su dormitorio y cogió el edredón de su cama.
—Esto no me gusta, Parker.
—Estamos a trescientos metros de distancia. No voy a atravesar laderas
de montañas que están cayéndose a trozos literalmente y a morir en una
riada de agua y barro para huir de una explosión de gas. Vamos, Hudson…
sabes que tengo razón. Te enviaré un mensaje de texto dentro de diez
minutos. La cobertura de móvil ahí abajo es muy mala.
Cogió unos cojines del estudio y empezó a tirarlos por las escaleras.
—Diez minutos.
—Deja que la compañía de gas haga su trabajo. No hagas que tenga que
preocuparme por ti ahí fuera.
—Lo haré. Te quiero, Parker.
Dejó de hacer lo que estaba haciendo y miró su teléfono.
—Yo también te quiero, Colin, aunque no creí que fuera así como te lo
diría por primera vez.
—Dios, cómo odio esta situación.
—Diez minutos, Colin. Necesito llevármelos a todos abajo.
—Vete. Tened cuidado.
—Tú también.
Colgó el teléfono y se lo metió en el bolsillo trasero.
—Mantas y almohadas… ¡vamos!

La policía cortó la calle. Fueron casa por casa, llamando a todas las
puertas y evacuando a todo aquel que no se hubiera ido aún.
Lo único que podía hacer Colin era quedarse mirando la escena desde
fuera, mientras la lluvia le resbalaba por el cuerpo.
La situación lo desesperaba.
Tres parques de bomberos, incluido el de Matt, tenían todos sus
camiones en la calle, esperando.
—¿Los has localizado?
—Están a salvo —le dijo a su hermano.
—¿Todos? ¿Está Erin con ellos?
—Sí. Se han refugiado en el sótano.
Matt asintió varias veces.
—Bien, vale. Eso es inteligente. —Se dio la vuelta—. Menuda mierda…
¿Cuánto creen que tardarán en contenerlo?
—He oído que un par de horas.
—Eso es demasiado tiempo.
—Es una tubería principal, Matt. No es como apagar un simple
interruptor.
Para dos hombres que eran los primeros en acudir a ayudar en una
situación de emergencia, quedarse sentado de brazos cruzados y esperando
no era tarea fácil.
Colin emuló la calma de Parker.
—No les va a pasar nada.
Su teléfono vibró con un mensaje de texto.

Fiesta de pijamas en el sótano. Estamos bien. No te preocupes.


Colin le hizo señas a su hermano con el teléfono.
—No te preocupes. Me ha dicho que no hay de qué preocuparse.
Matt puso los ojos en blanco y se apartó de la calle al ver pasar un coche
patrulla.
La verdad es que lo único que podían hacer era permanecer sentados y
esperar.

—Es de locos. —Austin había ocupado un rincón de la sala, y la linterna


le enfocaba la cara—. ¿Hace falta de verdad todo esto?
—Mañana recuérdame que te enseñe vídeos de casas que explotan y que
arrasan con todo a su alrededor por un escape de gas —le dijo Parker.
—Aquí las casas están más separadas que en un vecindario normal.
Scout apoyó la cabeza en el regazo de Austin, como diciéndole que se
calmara.
—Eso es verdad, pero no veo razón para correr ningún riesgo. Ya que
tenemos un refugio antiaéreo, vamos a aprovecharlo.
—Parker tiene razón —intervino Mallory—. Jase dice que han evacuado
a toda la calle.
Colin le había dicho lo mismo, pero Parker no había querido asustarlos
diciéndoselo. Al parecer, sus intentos de proteger a Austin estaban haciendo
que su hermano creyera que no había ningún peligro.
Lo cierto es que, desde que se habían instalado en el sótano, no
conseguía calmar sus nervios. A diferencia del día del incendio, aquello no
era una cuestión de si debían irse de allí o no. Debían irse, no cabía ninguna
duda, pero el hecho es que no podían.
—Os propondría salir de aquí y subir por la colina de atrás si no fuera
porque se está derrumbando.
—Míralo así, Austin —terció Erin—: mañana tendrás una historia que
contarles a tus amigos.
El teléfono de Parker emitió un sonido.

¿Cómo lo lleváis?

Austin está quejándose sin parar y Mallory está enviando


mensajes de texto a Jase. ¿Cómo pinta todo ahí afuera?
Es como un circo de tres pistas. Los vecinos se quejan de que
tienen que irse. La policía está por todas partes. La compañía
del gas va y viene, y acaba de aparecer la prensa.

Parker se imaginó un montón de luces rojas parpadeantes y a varios


hombres dándose golpes en el pecho para hacerse cargo de la situación.

Matt está aquí. Ha preguntado por Erin.

Parker dio un golpecito a Erin con el hombro y le enseñó el mensaje.


—¿Va todo bien? —preguntó Austin.
—Sí. Colin dice que todo está bajo control. —¿Qué tenía de malo una
mentira piadosa entre hermano y hermana?
Austin se puso los auriculares.
—Lo que tú digas. Yo me voy a dormir. Despiértame cuando termine
todo el berenjenal.
Parker empezó a escribir un mensaje de texto.

Dile que ha dicho que no se preocupe.

—Tú no le des alas —la regañó Erin.


Parker ignoró a su amiga y pulsó el botón de enviar.
—Demasiado tarde.

Colin no podía permanecer quieto en su camioneta. Había gente por


todas partes. Matt se había puesto el traje de bombero y él y su unidad
estaban más cerca de Parker que él.
«Mierda… ¿Por qué no me habré hecho bombero?».
La lluvia caía con tanta fuerza que no creía que pudiera prenderse fuego
a nada, pero, con el volumen de gas que se escapaba de la tubería, bastaba
únicamente con una chispa.
Fabio estaba de pie, vestido, como él, con ropa impermeable; aunque
parecían peces recién pescados de todos modos.
—Esperemos que Sutter Canyon aguante esta vez.
Sí, Colin ya lo había pensado.
—Se lo advertí a Matt y les dije a los de la compañía del gas que
estuvieran atentos.
Aunque el ruido procedente de la tubería era lo bastante fuerte como
para oírlo desde casi un kilómetro de distancia, era difícil no percibir el
estruendo de una inundación relámpago cuando se precipitaba directamente
hacia ti.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó Fabio.
Colin miró su reloj.
—Una hora y media.
—¿Cómo lo lleva tu chica?
—Como si tuviera nervios de acero.
Fabio le dio una palmadita en la espalda.
—Saldrán de esta enseguida.
Sí, y ahora, además de por su novia, tenía que preocuparse también por
su hermano hasta que salieran de esta.

Scout se acurrucó al lado de Austin y, entre los dos, inundaron de


ronquidos la habitación.
Mallory se había puesto los auriculares y siguió enviándole mensajes de
texto a Jase hasta que se rindió y se acostó.
Parker se sentó de espaldas contra una de las paredes y esperó a que su
hermana se durmiera. Una pequeña linterna iluminaba la puerta de la
habitación.
—Necesito hablar o me va a dar algo —admitió al fin Parker en cuanto
su hermano empezó a roncar.
Erin extendió la mano y se la apretó.
—Dime para qué utilizabais esta habitación.
Bien. Por fin podía hablar de algo que no fuesen incendios, inundaciones
o desastres naturales.
—Cuando éramos niños, nuestros padres acondicionaron este sótano
para que fuera un cuarto de juegos. Era perfecto. Podíamos hacer todo el
ruido que quisiésemos sin molestar a nadie. Poco a poco los fuertes y los
juguetes fueron desapareciendo y se quedó vacío, a no ser que celebráramos
alguna fiesta de pijamas con las amigas o algo así.
—Como ahora —dijo Erin.
—Menos por las palomitas, las patatas fritas, el helado y las fotos de los
chicos.
—Ya sé qué cara tiene Colin, así que no hace falta que me enseñes su
foto —se burló Erin.
Parker miró a su alrededor.
—Nunca pensé que lo usaría como un refugio antiaéreo de verdad.
—Al menos lo tenéis.
—Me siento más segura, y sé que Colin respira un poco más tranquilo.
Erin estiró los brazos y bostezó.
—Es bueno tener a alguien que se preocupe por ti.
—Matt se preocupa por ti —señaló Parker.
—Matt solo está siendo amable.
—Y tú estás ciega, pero no pasa nada. —Parker miró a su hermano
dormido y a su hermana inquieta—. Ya hablaremos de eso otro día.
Arriba hubo un ruido lo bastante fuerte como para hacer que Scout,
medio dormido, levantara la cabeza al lado de Austin.
Este y Mallory no se movieron.
—¿Qué ha sido eso? —exclamó Erin.
Parker se vio conteniendo la respiración mientras aguzaba el oído para
detectar el origen del ruido, pero solo oía silencio.
Se levantó.
—¿Adónde vas? —le preguntó Erin con un susurro ronco.
—A ver qué es.
Cogió una de las linternas y se dirigió a la puerta.
—Ten cuidado.
—Lo más seguro es que no sea nada.
El aislamiento acústico del sótano era muy eficaz para sofocar cualquier
sonido procedente del exterior, así que, si había explotado algo, quería
saberlo.
Avanzó por el pasillo del sótano, dobló la esquina y subió por las
escaleras traseras de la casa. La linterna apenas perseguía las sombras de las
paredes cuando alcanzó el último escalón. Como todas las contraventanas
estaban cerradas excepto la del comedor —la única ventana de la casa que
no las tenía—, Parker se dirigió hacia allí.
Vio luces intermitentes al otro lado del barranco y aún podía oír el
silbido del gas. No había indicios de que hubiera explotado algo, ni de que
los equipos de emergencias hubiesen hecho algún progreso real con el
cierre de la tubería, aunque tampoco es que pudiese ver mucho desde donde
estaba.
Entonces, ¿qué era ese ruido?
Se volvió para bajar las escaleras de nuevo cuando Sushi salió disparado
de debajo de sus pies, dándole un susto de muerte.
—Maldito gato.
Recuperó el aliento y a la luz de la linterna vio un jarrón de metal que
parecía haber caído al suelo.
—Maldito gato —repitió, por si Sushi la estaba escuchando. Para
cuando Parker volvió a bajar, Erin ya se había puesto de pie y se paseaba
arriba y abajo por el sótano.
—¿Y bien?
—El gato está haciendo de las suyas ahí arriba.
Erin lanzó un suspiro y dejó caer los hombros.
Parker consoló a su amiga.
—No pasa nada. Todavía no han controlado el escape de gas, pero todo
va bien.
Erin se estremeció.
—Pensé que a lo mejor él había conseguido entrar aquí.
Parker agarró las dos manos de Erin.
—Si hubiera alguien en la casa, Scout estaría ladrando como loco. Era el
gato. Tu ex no está aquí.
—Ya lo sé. —Negó con la cabeza—. No entiendo cómo puedo tenerle
tanto miedo, incluso en esta situación.
En una habitación con sus hermanos al lado, lo último que Parker iba a
hacer era interrogarla.
—Estás a salvo. Aquí no te hará daño.
Erin abrió los brazos y Parker la estrechó con fuerza. La pantalla de su
teléfono iluminó la sala a sus pies. Interrumpió el abrazo para leer el
mensaje.

El escape está controlado.

Soltó un suspiro y le enseñó el mensaje de Colin a Erin.


—¡Sí! —exclamó Erin.
Parker respondió al mensaje.
Gracias a Dios. Es todo un alivio.

Colin le respondió con otro mensaje:

Esta ha sido la noche más larga de mi vida.

Yo también he tenido noches mejores. Estoy agotada. Todos lo


estamos.

Vete a dormir, cariño. Ahora estás a salvo. Volveré por la


mañana.

Parker sonrió.

Gracias por velar por nosotros.

Los puntos suspensivos parpadearon durante bastante tiempo antes de


que llegara el último mensaje de Colin:

Se lo advierto, señorita Oakley. Me voy a poner en plan


neandertal con usted en cuanto tenga ocasión. Te quiero.

Parker sintió avivarse el fuego de su corazón, a pesar del frío que hacía
allí abajo.

Yo también te quiero.

Parker soltó el teléfono y miró a sus hermanos.


—¿Deberíamos despertarlos?
Erin negó con la cabeza y se sentó.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hice una fiesta de
pijamas.
Parker se sentó con ella.
—Yo también. —Se subió la manta hasta la barbilla y se puso una
almohada bajo la cabeza—. Estoy demasiado cansada para hablar de chicos.
—En otro momento, entonces —dijo Erin.
Antes de cerrar los ojos, oyó a Erin decir:
—Gracias por estar aquí, Parker.
Parker alargó la mano y cogió la de Erin.
—Si alguna vez aparece por aquí, le daré una paliza por ti.
Capítulo 39

Lucifer seguía dando los últimos coletazos, pero había desplazado casi
toda su ira hacia el este.
Eran casi las ocho de la mañana y Colin aún no tenía noticias de Parker,
algo que no era en absoluto propio de ella, ya que se levantaba incluso antes
que él.
Estaba de pie junto a su camioneta mientras la lluvia seguía cayendo en
forma de llovizna.
El barranco era un infierno.
Pero sus estructuras habían aguantado.
El torrente de lodo que había reventado la tubería de gas y causado el
caos de la noche anterior se había ido acumulando contra un muro de
contención que había entre los Sutter y sus vecinos del lado oeste. En algún
momento de la noche, el muro cedió y se llevó por delante un gallinero y un
cobertizo.
Las casas todavía estaban en pie.
Dos de sus hombres estaban despejando las entradas con los camiones
cargadores, mientras Russ, subido a su excavadora, aguardaba el momento
en que la lluvia les diese un respiro para empezar a cavar.
Matt apareció con Grace y, justo detrás de ellos, sus padres atravesaron
la puerta.
—Madre mía, hijo. No estabas bromeando cuando hablabas de la
magnitud de este proyecto. —Su padre lo saludó con un abrazo.
Era la primera vez que su padre estaba en la casa.
Su madre lo abrazó durante largo rato.
—¿Cómo lo estás llevando?
—Estaré mejor cuando vea a Parker.
—¿No contesta el teléfono? —preguntó Grace.
—No.
—Llama a Mallory.
—No tengo su número. —Algo que Colin pensaba solucionar antes de
que acabara el día.
—Yo sé quién tendrá su número —dijo Matt, poniéndose el teléfono en
la oreja—. Hola, Jase, soy Matt. ¿Estás en contacto con Mallory? —Matt
asintió un par de veces—. Ah, vale… pues dile que la despierte y que
mueva el culo y salga de ahí para que a Colin dejen de salirle canas. —Más
asentimientos seguidos de una sonrisa—. Gracias.
—Viene de camino.
—¿Estaba dormida?
—Por lo visto, todos estaban durmiendo.
Vio al perro primero. Scout bajó disparado por las escaleras, corrió hacia
un árbol y levantó una pata. Uno por uno, los cuatro fueron apareciendo.
Colin respiró aliviado, dando gracias.
—¿Te has traído a toda la familia? —fueron las primeras palabras que
salieron de la boca de Parker cuando llegó hasta donde pudiera oírla.
—¡No puedes librarte de nosotros! —gritó Nora.
—Estaba empezando a preocuparme otra vez —le dijo Colin.
—Me quedé sin batería en el móvil, y abajo no hay ventanas, así que no
nos dimos cuenta cuando salió el sol.
Colin trasladó el peso de su cuerpo de un pie a otro.
—¿Es seguro…?
Acercó la oreja, pero seguía sin entender qué era lo que le decía ella. El
pitido de los camiones detrás de ellos se lo hacía aún más difícil.
—La tubería de gas… el generador…
—Creo que está preguntando por el generador.
Asintió con la cabeza.
—Sí.
Detrás de ellos, Russ dio media vuelta con la excavadora.
Colin sonrió y caminó hacia el hombre. Russ se asomó por la cabina de
la máquina.
—Buenos días.
—Necesito que me lleves al otro lado.
—Eso está hecho.
Russ hizo una maniobra y Colin fue hasta el borde del barranco.
Miró a su madre.
—Mamá, no mires.
—¿Qué estás haciendo?
Matt sonrió.
Colin se subió al brazo articulado y se agarró con fuerza mientras Russ
lo ladeaba para que no se cayera. Se agachó y se sujetó firmemente.
Russ extendió el brazo de la excavadora por encima del barranco y
depositó a Colin despacio en el suelo.
En cuanto sus pies tocaron el barro, Parker se plantó a su lado, hecha
una furia.
—¿Estás loco? Hijo de… ¿eso ha sido tu venganza por lo de anoche?
Colin no contestó, sino que se limitó a tomarla en sus brazos y a
estrecharla con fuerza sin llegar a asfixiarla.
—Ahora ya puedes bajarme —se rio Parker junto a su oído.
—No. Aún no he acabado.
Se rio.
—Estás loco.
La dejó en el suelo solo para poder besarla.
Luego le tomó la cara en sus manos.
—Lo de anoche no va a volver a suceder.
—Espero que no…
—No. No pasará. Me quedaré contigo o te vendrás conmigo. No puedo
volver a pasar por eso de nuevo.
—Está bien, Colin. No voy a discutir contigo por eso.
La besó de nuevo.
—Y otra cosa…
—¿Sí?
—Voy a redefinir nuestra relación.
—¿Ah, sí?
Levantó la vista y vio a su familia observándolos, pero estaba seguro de
que no podían oír lo que le iba a decir. Aunque no es que le importara; iban
a descubrirlo muy pronto.
—Cuando dos personas se quieren, no son solo novios mucho tiempo.
Adquieren nuevos títulos.
La sonrisa bobalicona en la cara de Parker empezó a transformarse en
otra cosa.
—Me arrodillaría ahora mismo si tuviera un anillo…
—¿Colin?
—La única manera de demostrarte que no me voy a ir a ninguna parte es
darte mi apellido y hacerte mi mujer.
Le apretó las manos contra el pecho.
—Vengo con mucho equipaje.
—Eso ya lo sabía cuando te conocí, Parker… ¿Y sabes qué? Es parte de
lo que me enamoró de ti. Todas las circunstancias que te pusieron en mi
vida, desde el accidente de tus padres, hasta el incendio y las inundaciones,
todo eso… me abrió el camino hacia ti.
—¿Qué hay de los hijos?
Le puso una mano en la mejilla.
—Esperemos a que los adolescentes se vayan de casa antes de tener esa
conversación.
—¿Y si eso no sucede?
—Te quiero. Tu deseo de tener hijos o no tenerlos no es un motivo de
ruptura para mí. No sé qué es lo que nos depara el futuro, solo sé que en él
vamos a estar juntos. No dejes que todo lo que te ha pasado sea en vano,
Parker. Vamos a redefinir lo que estamos haciendo aquí.
Ahora Parker estaba sonriendo. La niebla le adhería el pelo a la cara.
—Convertir algo negativo en algo positivo.
Le pasó los dedos por el pelo mojado.
—Dime que sí.
—Todavía no me has preguntado nada. —Su sonrisa era radiante.
—Dime que dirás que sí cuando te lo pida. —Porque antes muerto que
proponerle matrimonio a aquella mujer hundido en quince centímetros de
barro.
Ella se puso de puntillas y unió sus labios a los de él.
—Sí, Colin. Te diré que sí.
La levantó de nuevo en el aire y empezó a darle vueltas.
Epílogo

Una brisa hizo resonar los carillones de viento al son de un ritmo suave
y melodioso.
Colin le pasó a Jase la última caja de mudanza con las cosas de Mallory.
Parker levantó la cara hacia el sol y el cielo y se preguntó si sus padres
la estarían viendo.
Había pasado casi un mes desde las últimas lluvias, y el equipo de Colin
estaba limpiando lo que todos pensaban que serían los últimos restos del
temporal hasta, por lo menos, otro año.
Parker había llamado a la compañía de seguros y estaba esperando los
cheques antes de empezar a excavar una nueva zanja para instalar una
tubería completamente nueva de la toma de agua principal. El sistema de la
manguera antiincendios que Matt había ayudado a armar era mejor que una
manguera de jardín, pero, aun así, solo era una solución provisional.
Al final, solo eran cosas y asuntos pendientes. Cosas que se rompían…
cosas que había que reparar… Y un montón de barro que había que limpiar
y retirar.
Colin pasó un brazo alrededor de los hombros de Parker y la abrazó.
—Eso es lo último —les dijo Mallory cuando salió de la casa para
despedirse de ellos.
Parker sintió que se le humedecían los ojos e hizo todo lo posible por
contener las lágrimas.
—No llores —le advirtió Mallory.
—No estoy llorando. —Parker mantuvo los brazos abiertos para que su
hermana la abrazara.
Austin apareció en la puerta del garaje con un rodillo de pintura.
—Es tu última oportunidad, Mallory.
Mallory se liberó de los brazos de Parker y se fundió en un abrazo con
su hermano.
—Idiota. Dame un abrazo.
Colin abrazó otra vez a Parker y le besó la coronilla. Su apoyo era lo
único que necesitaba para superar el día a día. Aunque aún no le había
hecho la pregunta a la que ella ya había prometido decir que sí, ambos
sabían que era algo inminente y, de algún modo, eso hacía su dicha
absoluta.
—No es como si se fuera a ir a vivir a otro país —les dijo Jase.
Parker levantó un dedo amenazador.
—¡Ni se os ocurra!
Mallory se zafó de Austin y se plantó frente a Colin.
—No dejes que se vuelva loca, ¿vale?
—Lo intentaré.
Se abrazaron.
—No te olvides de que tenemos cena familiar el domingo —le dijo
Parker cuando su hermana se subió al coche.
—Ni siquiera me he ido todavía.
Jase se subió a su coche.
—Te veré en casa —le dijo a Mallory.
Su hermana observó con una sonrisa de oreja a oreja mientras su novio
se iba.
Era entrañable verla tan feliz.
Encendió el motor y asomó la cabeza por la ventanilla.
—He dejado algo para ti en la sala de estar.
—¿Qué es?
Mallory no respondió, solo le lanzó un beso y luego se fue.
—Si me necesitas, estaré desinfectando mi nueva habitación de todo lo
que huela a chica —exclamó Austin mientras se dirigía con aire satisfecho
al garaje. Scout ladró y siguió a Austin dentro.
—Una menos, ahora solo falta el otro —bromeó Colin.
—No te hagas ilusiones, Austin está convirtiendo la habitación de
Mallory en su nueva guarida.
—Solo estaba bromeando.
Empezaron a volver a la casa.
—He hablado con Ed esta mañana.
—¿Cómo ha ido?
—Tal y como esperaba. El hecho de que yo sea el hombre clave en este
proyecto y viva aquí supone un conflicto de intereses. —Colin no se había
mudado del todo, pero se quedaba a dormir más días de los que pasaba en
su propia casa.
—Te ha apartado del proyecto. —No era una pregunta.
—No. Sigo en el proyecto.
Parker entrecerró los ojos.
—No lo entiendo.
—Creo que quiere que la cague para tener una excusa para rebajarme de
categoría. He tenido una conversación con Fabio y está dispuesto a
revisarlo todo, dos veces si hace falta.
—¿Y crees que así evitarás los problemas?
Colin le abrió la puerta y entró en la casa.
—Creo que puede ayudar.
Al entrar, vieron una caja grande envuelta en papel de regalo junto a la
pared de la sala de estar. Mallory debía de haberla dejado ahí cuando todos
salieron a despedirse.
—¿Qué ha hecho?
—No tengo ni idea.
Parker cogió la caja y la llevó al sofá. La caja incluía una tarjeta con un
mensaje manuscrito: «Es hora de empezar un nuevo capítulo».
Parker desenvolvió el papel de regalo y encontró una caja. Arrancó la
cinta que la mantenía cerrada y metió la mano dentro.
Palpó un marco de fotos con los dedos y, antes de que pudiera sacarlo,
ya sabía lo que era.
Parker, Mallory, Austin, y Scout aparecían juntos en la imagen. Ninguno
de ellos había posado para la foto, nadie en su sano juicio podía pensar lo
contrario. Había sido tomada el día después del incendio. Estaban todos
sucios, con la cara tiznada, el pelo suelto y la ropa hecha un desastre. Pero
todos sonreían. Todos parecían felices de tener un hogar al que volver.
Era perfecta.
Las lágrimas que había estado reprimiendo al despedirse de su hermana
le caían ahora a raudales al levantar la vista hacia la imagen de sus padres,
que la observaban desde lo alto de la chimenea.
Colin se acercó por detrás del sofá y se inclinó hacia ella, envolviéndole
los hombros con los brazos y admirando la foto.
—Qué foto tan bonita.
—Sí. —Suspiró—. Sí que lo es.
Él le besó la mejilla.
—¿Te importaría colgarla? —le pidió Parker.
Colin miró la foto de sus padres.
—¿Estás segura?
—Sí. Es hora de pasar página y mirar hacia el futuro.
Y cuando Colin retiró la vieja foto familiar y colocó la nueva, ambos la
miraron y sonrieron.
—El año que viene te veo ahí arriba con un vestido blanco y a mí con un
esmoquin —dijo, abrazándola mientras decía aquello.
—Antes necesito un anillo —repuso ella, riéndose.
—Paciencia, señorita Oakley… paciencia.
NOTA DE LA AUTORA

El 22 de julio de 2016, junto a la autopista 14 del valle de Santa Clarita,


se desató un incendio que los medios bautizaron con el nombre de Sand
Fire. El sur de California sufría su séptimo año de sequía pertinaz. La causa
del incendio nunca se hizo pública de forma oficial, pero se cree que fue la
acción de un fumador irresponsable, seguramente al arrojar una colilla
encendida desde un coche, la que provocó el fuego que arrasó más de trece
mil hectáreas de terreno. Dos personas murieron y dieciocho edificios
quedaron destruidos en el incendio. Una de esas estructuras se hallaba en mi
propiedad.
Este incendio no fue ni mucho menos el más grande, el peor o el más
mortal de la historia de California, pero sí fue un desastre personal para
para mí y mi familia.
Mi casa y mi propiedad desde hacía veinte años, de veintidós mil metros
cuadrados de extensión, escaparon a la destrucción total gracias a los
heroicos esfuerzos de los bomberos de los departamentos del LA County
Fire, Cal Fire y LA City Fire. El día que pude volver a tocar con mis manos
la casa que estaba segura de haber perdido fue uno de los días más felices
de mi vida.
Una vez apagado el fuego y evaluados los daños, se hizo evidente que,
por desgracia, si en algún momento dejaba de haber sequía en California,
mi propiedad y la de mis vecinos estarían en grave peligro, por los
deslizamientos de tierra y las inundaciones. Por fortuna, el Departamento de
Obras Públicas del Condado de Los Ángeles y las autoridades municipales
de Santa Clarita unieron sus fuerzas y aceleraron un proyecto de
colaboración para ayudar a reducir cualquier daño que la madre naturaleza
pudiera infligirnos. Tres meses después del incendio, el Departamento de
Obras Públicas del Condado apareció en mi puerta y no se fue hasta la
primavera.
La madre naturaleza decidió aumentar un doscientos por ciento el nivel
de precipitaciones de lluvias en el invierno y la primavera de 2016 y 2017,
respectivamente. Recogí la mayor parte en vídeo. Si buceáis en mis
archivos de Facebook, queridos lectores, encontraréis las imágenes.
Sabía que algún día escribiría un libro en el que podría mostrar al mundo
lo que se siente al atravesar todas esas dificultades, pero, lo que es aún más
importante, para poder rendir homenaje a todos los héroes involucrados.
Mis héroes llevaban equipos antiincendios y transportaban agua al principio
y luego, hacia el final, usaban cascos y conducían retroexcavadoras.
Esta historia es una obra de ficción. Podría decirse que el telón de fondo
no lo es, pero los personajes y sus acciones hablan por sí solos. No me
importa admitir que parte de la personalidad de Parker guarda bastantes
semejanzas con la de la autora. Se han cambiado todos los nombres para
proteger a los culpables… o a los inocentes.
AGRADECIMIENTOS

Así que, queridos lectores, aquí es donde quiero hacer una lista con los
nombres de las personas a las que quiero agradecer todo lo que hicieron por
proteger, servir y ayudar a mi familia y a mí de formas en las que jamás
habría pensado que necesitaría que me ayudasen algún día. Espero no
olvidarme a nadie, pero, en caso de que no lo consiga, pido disculpas.
A los bomberos de los departamentos del LA County Fire, Cal Fire y LA
City Fire. No tengo todos sus nombres, ni todos sus números de
identificación, así que, para evitar errores, daré las gracias a los
departamentos en su conjunto. El respeto que siento por vosotros es
inconmensurable. Gracias por arriesgar vuestras vidas cada día. Gracias por
mantenernos a salvo, pero, más aún, por salvar mi casa.
A mis hijos, Jeremy y Joshua. Os quiero mucho a los dos y estoy muy
orgullosa del modo en que lo sobrellevasteis todo. No puedo imaginar cómo
hubieran sido las cosas si no hubierais estado a mi lado durante todo el
caos.
A mi padre, Tom Kemmer, por no hacerme caso cuando le dije que el
fuego no llegaría hasta nosotros y por correr a nuestro lado cuando lo hizo.
A Jeff y Sheri Davidson, por todo su apoyo antes, durante y después del
incendio. ¡Os quiero como si fuerais mi familia! Y a vuestros perritos
también.
A Ed y Josie Chow. ¡No hay nada como tener tu propia escolta policial
para volver a casa!
Al Departamento del Sheriff de Santa Clarita por mantenernos a salvo.
Al futuro bombero Troy Leidholdt por llenar los coches y estar ahí
cuando el fuego se precipitó sobre nosotros.
A Farmers Insurance y los agentes Bryan Kreuzberger y Bryan Gros por
aliviar parte de las molestias provocadas por la situación.
A Sharon Meyer: me cogiste la mano y bebiste mucho vino conmigo
durante meses. Nunca olvidaré cuánto me apoyaste.
A la ciudad de Santa Clarita. Gracias por lograr que fuera posible.
A Kurt, de la fontanería Kurt Bohmer, y su personal. Gracias.
Y ahora la lista más larga: a los hombres y mujeres del Departamento de
Obras Públicas del Condado de Los Ángeles, tanto de cara al público como
entre bastidores, junto con el extraordinario trabajo de los operarios
subcontratados que salvaron a nuestro vecindario.
El primero en esta lista, y al que le he dedicado este libro, es el
superintendente Paul Melillo. Paul… no puedo escribir estas líneas sin
lágrimas en los ojos. Tú y tu equipo fuisteis, de lejos, lo mejor que pudo
haberme pasado después del incendio. Vuestra fuerza inquebrantable y
vuestra convicción de que al final todo se arreglaría a menudo era lo único
que me mantenía cuerda. Gracias de todo corazón. Disfruta de tu jubilación,
amigo mío, y trae a la familia de visita a San Diego cuando quieras.
A continuación tenemos a los supervisores, Martin Lemus y John Rice.
Estoy segura de que los dos pensaron que yo iba a ser una persona difícil
cuando empezó el proyecto. Y, al final, confirmé sus temores. John, te
deseo toda la suerte del mundo como sustituto de Paul. Sé que estás
triunfando como superintendente. Espero que te guste tu apodo, porque lo
tendrás para siempre.
Ingeniero de zona: Ken Swanson. Ingeniero asistente: Laren Bunker.
Secretaria: Lindsey Bennett.
Jefes de equipo: Andy O’Callaghan, Luis Montes de Oca, James Young
y Emilio Nieves. Gracias por las noches y las mañanas.
Trabajadores, sin ningún orden en particular: Eric Mendibles, Jade
MacDonald (DEP), Francisco Mayorga, Ryan Kiefer, Mark Robinson,
Gavin Pugh, Dan Moreno, Tom Miller, Adan Cano, James Martínez,
Geraldo Alcalá, Darrin Livingston. Gracias a todos. Y si os vi saliendo
algún día del inodoro portátil subiéndoos los pantalones… ¡gracias por
partida doble!
Soldadores: Jeff Rupe y Dwayne Meyers. Jeff, conservaré mis piezas de
arte con herraduras soldadas para siempre. ¡Gracias!
Diseñadores/Ingenieros: Amir, Araik y Mike.
A los hombres de Northwest Excavating: Ken (¡el hombre del rodeo a
bordo de un tractor!), nunca olvidaré la cara que pusiste cuando la pasarela
desapareció río abajo. Julio, Rob y Jack. ¡Gracias!
A Robby, de Kirby Excavation.
A Kip Construction: Hawkstone y Mike.
A April, de April’s Trucking. Y a los cincuenta camiones y sus
conductores que entraban y salían todos los días. Ah, y gracias por no darle
a la puerta ni una sola vez. ¡A eso lo llamo yo pericia al volante!
A Tommy y Angel, de Isco.
Por último, a mis vecinos: Joe y Lorinda Graziano, John y Philippa
Gunner, Jeff y Debbie Habberstad, John y Roni Richardson, y Kara
Franklin. Fue como si hubiésemos regresado juntos de la guerra. Es cuando
las cosas se ponen feas cuando ves la verdadera naturaleza de la gente, y la
vuestra es de las que valen la pena. Gracias por las duchas cuando no
teníamos agua corriente, por los consejos cuando no sabía qué hacer, y por
los abrazos cuando no se podía hacer otra cosa más que llorar. Os quiero y
os echo de menos a todos.
Gracias, Montlake, por ser tan comprensivos con mis retrasos en los
plazos de entrega.
Como siempre, gracias, Jane Dystel, no solo por tu ayuda profesional
como agente, sino por algo aún más importante: por estar ahí siempre,
como amiga. Estuviste a mi lado constantemente y siempre creíste que lo
superaría.
Un millón de gracias a todos.
Catherine
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