Sweet Mercy
Sweet Mercy
Traducción
Mona
3 Corrección
Grisy Taty
Diseño
Bruja_Luna_
CRÉDITOS ______________________ 3 12 ___________________________ 84
SINOPSIS _______________________ 5 13 ___________________________ 93
1 _____________________________ 6 14 __________________________ 103
2 ____________________________ 12 15 __________________________ 113
3 ____________________________ 19 16 __________________________ 126
4 ____________________________ 25 17 __________________________ 137
5 ____________________________ 32 18 __________________________ 146
6 ____________________________ 39 19 __________________________ 159
7 ____________________________ 45 20 __________________________ 169
4 8 ____________________________ 54 21 __________________________ 181
9 ____________________________ 61 22 __________________________ 192
10 ___________________________ 69 LAST RESORT __________________ 201
11 ___________________________ 77 ACERCA DE LA AUTORA _________ 202
Daphne Morelli está atrapada en una jaula dorada.
Luchó para escapar de su familia, sólo para ser atrapada por un multimillonario.
Posesivo. Dominante. Y decidido a quedarse con ella.
Emerson LeBlanc quiere poseer a la pintorcita. Ella se ha convertido en algo
más que su obsesión. Ahora es parte de su colección.
Excepto que ella es más perceptiva de lo que él quisiera. Su ojo de artista ve
las sombras en él. Ella pinta su dolor en un lienzo.
Él está decidido a poseerla. Ella está decidida a escapar.
Al final, sólo uno de ellos puede ser realmente libre.
5
Daphne
¿Q
ué dices cuando un hombre hermoso y terrible te anuncia que es
tu dueño?
Eres mi nueva adquisición.
Mi mente oscila entre la conmoción y la incredulidad en
trazos grandes y difíciles de manejar. Podría pintar la trayectoria. Ángulos duros. Es
real. Emerson me mantiene aquí. No. No puede ser real. Oh, pero lo es.
—No hablas en serio. —Mi cara se arregla en una sonrisa, pero no siento que
tenga control sobre mi expresión. No quiero sonreír. No hasta que no pueda hacerlo
más—. No lo haces, Emerson.
Inclina la cabeza, el ángulo es tan sutil que me lo perdería si no lo estuviera
6 observando con todo mi ser. Así es como siempre me ha mirado. Así es como sabe
tanto sobre mí. El enfoque de Emerson es cómo me engañó para que confiara en él.
Eso, y la forma en que me tocó. Y me besó. Y me cogió. Me hizo querer estar aquí.
—¿Qué te hace pensar que estoy bromeando, pintorcita?
—Tal vez no estés bromeando. Tal vez... —dijo algo similar antes, en el estudio.
Cuando estaba dentro de mí—. Tal vez quieres tener sexo de nuevo antes de que me
vaya a casa.
Emerson es magnífico, de pie en sus pantalones de dormir, de pie con sus
abdominales tallados y sus ojos impresionantes.
—Quiero cogerte. Pero no vas a ninguna parte.
Mi cuerpo quiere creer que esto es una broma. Quiere creer que no estoy en
peligro. Pero mi mente no deja de trabajar como siempre lo hace. Mi mente no deja
de buscar la verdad en su cara. Mira la forma de su boca. Mira la firmeza de sus manos.
Su cuerpo. Estoy acostumbrada a mirar profundamente a un sujeto. Pasé cuatro años
en la universidad aprendiendo a ver para poder hacer arte. Ahora no puedo apagarlo.
—Hasta la mañana —ofrezco—. No querrás llevarme a casa en mitad de la
noche.
—No guardo mis adquisiciones donde no pueda verlas.
—Emerson. —Una risa de pánico brota y me tapo la boca con las manos para
detenerla—. ¿Guardarme? ¿Oyes lo que estás diciendo? Quiero decir... no. No
puedes creerlo de verdad.
—No se trata de lo que creo. Se trata de lo que poseo.
—¿Esto es un juego? —Busco en sus ojos, y todo lo que encuentro allí es
sinceridad. El color azul verdoso más sincero que he visto nunca—. Estás jugando
conmigo. Algo... algo de sexo.
—El sexo es parte de esto, ahora que te he cogido. Pero esto no es un juego.
—Tiene que serlo.
—¿Parezco...? —Arruga la nariz, casi como si fuera a reírse—. ¿Te parezco
juguetón ahora mismo?
Está preguntando de verdad. Su expresión se vuelve seria casi
inmediatamente. La mirada de Emerson tiene un peso físico. Es una presencia contra
mi piel. Contra mi corazón que late con fuerza. No puedo evitar responder a ella. Me
siento atraída por él. Quiero que siga mirándome. Está mal. Las cosas que dice…
debería gritar. Debería estar corriendo. La parte racional de mi cerebro señala que
Emerson está entre la puerta y yo. La parte animal sisea advirtiendo que él es más
7 grande. Más fuerte. Más rápido.
—Oh, Dios mío. —Cruzo los brazos sobre el pecho, tratando de contener mi
incredulidad. El pánico se desvanece como la pintura estirada demasiado fina sobre
el lienzo—. Lo dices en serio.
—Sí.
—Crees que soy una obra de arte.
—Eres mucho más que una pieza singular, pintorcita. Hermosa, inteligente y
amable. La perfección. Eres demasiado valiosa para ser abandonada en el mundo.
Camino hasta los pies de la cama y vuelvo a caminar. No puedo quedarme
quieta. Sé que no debo correr. La ira me calienta la piel. No me enfadaba cuando vivía
con mis padres. Era demasiado peligroso. Ahora no estoy en su casa. Estoy en la de
Emerson. Podría ser igual de arriesgado aquí. Pero no puedo detenerlo. Estoy
recorriendo las emociones como una vieja película en blanco y negro. Parpadeando
ahí arriba en una pantalla. Pintamos tomas fijas de ese tipo de película durante mi
primer año.
Espera. Observando. Cada movimiento que hago le da a Emerson más
información. Lo asimila todo. Sabe cómo me gusta el café. Sabe sobre mi familia.
Mi familia.
No puedo permitirlo, Daphne. No puedo dejar que este coleccionista te quite
nada en contra de tu voluntad.
Leo no va a dejar que esto ocurra. Bueno, no pudo evitar que sucediera. Quería
venir aquí. Pero no importa lo furioso que esté conmigo, no importa lo dolido que esté
por haber guardado un secreto, no dejará que esto continúe. Los pensamientos que
casi me asfixiaron por la culpa son reconfortantes ahora.
Dejé una luz encendida en mi apartamento. Mi equipo de seguridad está
obligado a comprobar esas cosas. Habrán descubierto que he desaparecido. Habrán
llamado a Leo. Lo habrán despertado.
Está en camino.
Sé que lo está. Mi hermano siempre sabe cuándo se acerca el peligro. Mi mente
rueda a través de viejos recuerdos. Recuerdos fragmentados. Coloreando en la
alfombra de la sala de estar cerca del despacho de mi padre. Leo apareciendo en la
puerta, con los brazos extendidos y una sonrisa en la cara. No recuerdo a mi padre
llevándome en la cadera. Sólo a Leo. Sólo que se volvía para mirar por encima de su
hombro. Sólo mis brazos alrededor de su cuello, mi libro de colorear agarrado en mi
mano. Se me va a caer el crayón, había dicho. Aguanta, dijo él. Aguanta, Daph, aguanta.
8 Emerson sigue mirando cuando lo rodeo, la ira arde por ese recuerdo.
—Eres increíble. —Sus ojos pasan entre mis labios y mis ojos—. Eres un
mentiroso. Un falso. Me hiciste pensar... —Todos esos textos. Su boca entre mis
piernas. La forma en que me tocó en la galería de arte—. Hiciste todas esas cosas para
que confiara en ti, y lo hice. —Mi voz se eleva, pero la controlo antes de gritar. Antes
de que mi vergüenza me abrume. Necesito seguir furiosa por esto—. Eres un bastardo
manipulador. ¿Querías decir algo de eso?
—¿Algo de qué, pintorcita?
—Tuviste cuidado conmigo. Prestaste atención. —Vio más de lo que quería que
notara. Lo vio todo—. Lo hiciste a propósito.
—Por supuesto.
—Para atraerme aquí.
Emerson sacude la cabeza.
—Me pediste que viniera a buscarte. Tus mensajes eran claros.
—Escucha este mensaje, entonces. Quiero irme. Quiero que me lleves a casa.
—No lo haré.
—Entonces...
—No te atraje, pintorcita. Eso es todo lo que quise decir. Fue tu elección venir.
—Porque creí que eras mejor —digo bruscamente, y por primera vez oigo a mi
hermano en mi voz. Entiendo lo que es hablar cuando gritar y enfurecerte sería más
apropiado—. Pensé que eras mejor que esto.
La vergüenza fresca abrasa mis mejillas. Nunca le di el nombre de Emerson a
mi familia. Ni a Eva. Ni a Leo. A nadie. Pero lo defendí. Él no es así. Se lo dije a mi
hermano en la cara. Leo estaba a un día de sobrevivir a una fiebre mortal. Estaba tan
segura.
—Tómalo como un cumplido —dice Emerson. Quiero decir que lo odio. Que
odio lo bien que se ve. Que odio que no pueda dejar de notarlo. Llamaré a este
sentimiento odio, pero en el fondo de mi mente, sé que no es la palabra correcta. No
puedo convertirlo en algo feo.
—¿Qué significa eso?
Ese brillo vuelve a sus ojos. El peligroso. Un escalofrío resuena en mi cuerpo.
—No soy mejor que eso, pintorcita. No soy un buen hombre. Nunca hice tal
promesa.
Mierda, tiene razón. Es posible que me haya perdido todas las lecciones
importantes en la escuela de arte. Es posible que nunca haya aprendido a prestar
9 atención. Emerson no sólo ha sido intenso. No sólo ha sido obsesivo. Ha sido
meticuloso.
—Prometiste... —La frase se interrumpe. Emerson ha usado esa palabra
conmigo antes. Prometer.
—Nunca prometí ser amable —dice en voz baja. Me lo dijo anoche cuando me
obligaba a pintar. Le estaba suplicando, descaradamente, que me ayudara a
correrme.
—Prometiste que valdría la pena. —Antes. En su todoterreno. De camino a la
playa—. Esto no vale la pena.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque sí. —Aparto la mirada de él, hacia la ventana. No quiero que vea que
una parte de mí sigue sintiendo curiosidad. Una parte de mí se hace la misma
pregunta. ¿Cómo lo sabes? Una parte de mí quiere sentirse valiente y libre, como
cuando corría hacia él en la calle.
Respiro profundamente. Me calmo, tanto como puedo. Esto terminará pronto.
Muy pronto, si conozco a mi hermano. Y lo conozco.
Mientras tanto, me empeño en considerar mi entorno, sobre todo para tener
una excusa para no mirar a Emerson. Su habitación es espaciosa. Una cama grande,
tamaño King. Un amplio vestidor. El arco que lleva al estudio de arte. Enormes
ventanas que dan a la playa. Hacia el océano. Una fina capa de nieve cubre la arena.
La habitación es como un marco para la vista. No distrae, ni resta importancia, al cielo
y al agua.
Una persona podría pintar el océano todo el día desde esta casa. Nunca tendría
que sentir una brisa helada en el pelo o el dolor de los dedos congelados.
—Si no te interesa dormir, puedes pintar.
Vuelvo a girar la cabeza hacia Emerson.
—¿Por qué demonios piensas que quiero pintar?
Una breve sonrisa ilumina sus ojos.
—No eres consciente de tu cuerpo, pintorcita.
Me burlo. Sacudo la cabeza. Ojalá pudiera odiar esto también. Cómo hace
afirmaciones en lugar de hacer preguntas. Cómo pretende saberlo todo sobre mí con
sólo mirar. Como si eso fuera posible.
Y entonces siento mis dedos.
Buscan un pincel. Curvado, como si ya tuviera uno en la mano. Agarro el cuello
de mi camiseta. De la camiseta de Emerson. Intento no hacer esto delante de la gente.
Es un hábito nervioso que mi padre siempre odiaba. Irónico, porque fue él quien me
10 lo dio en primer lugar.
Los ojos de Emerson bajan a mi mano y luego vuelven a subir a mi cara.
Me las arreglo para no fruncir el ceño mientras suelto los dedos. Dejo caer la
mano de nuevo a mi lado. Tiene una silla aquí, junto a la ventana. Una estantería baja
empotrada en la pared detrás de ella. Tomar la silla se siente como una rendición. La
cama está más cerca.
—Bien. —Me acerco a la cama y me poso en el borde, alisando el dobladillo de
la camiseta sobre mi regazo. Será embarazoso explicarle a Leo cómo acabé llevando
la camiseta de Emerson y nada más. Pero no. No preguntará. Simplemente me llevará
a casa—. Me sentaré aquí.
Emerson no se ha movido de su sitio en el centro de la habitación. Me entregó
la taza de café y creó un espacio entre nosotros. No sé si fui consciente de que se
había apartado del lado de la cama, pero lo hizo. Quería observarme.
Eres mi nueva adquisición.
Cruzo las manos en mi regazo. Lo convertiré en un juego, de alguna manera.
No le daré más información sobre mí. No más de la que ya ha tomado. Sólo esperaré.
Sé cómo hacer eso. Mientras crecía, asistí a muchos eventos en los que esperar era
un requisito. La gala familiar de Navidad. Las fiestas de cumpleaños de mis hermanos.
Las clases de catecismo. Siempre eran un juego de espera. Yo quería dibujar las
ideas, pintarlas, pero no se me permitía. Leo tenía que explicarme todo después. Me
apadrinó para mi Confirmación. Llevábamos toda la vida en la iglesia, pero yo seguía
teniendo miedo de equivocarme delante del obispo. Al obispo podría no importarle,
pero a mi padre sí. Así que Leo se puso a mi lado en la entrada de la iglesia. Incluso
si metía la pata, él asumiría la responsabilidad.
Lo sabía.
—Crees que tu hermano va a venir, ¿no?
—No sabes nada de mi hermano. —Mi mente aún se aferra a viejos recuerdos.
Esbozándolos. Cualquier cosa para pasar el tiempo.
—No tengo que saber nada de él.
—Claro. Porque ya sabes todo sobre mí. Puedes leer mi mente.
—No. —Esperaba una broma, pero su tono es uniforme, no burlón—. No puedo
leer tu mente. Pero puedo verte.
Otro escalofrío. Este bajó por la espina dorsal. Directamente por el centro de
mí.
—¿Me ves sentada aquí? Estás lleno de mierda.
—En la subasta de caridad, cuando pregunté si te había hecho daño...
11 —Él no lo hizo.
—Lo sé. Estabas furiosa. Verdadera furia, y luego, asco, creo. Estabas
asqueada. Intentaste alejarte de mí.
—¿Qué tiene que ver eso con que yo esté sentada aquí?
—Cuando oíste hermano va a venir, tus manos se relajaron. No te echaste la
mano al cuello. —Levanta una mano y traza una línea en el aire—. Tus hombros... —
Deja caer los suyos una fracción de pulgada. Un movimiento minúsculo, pero que lo
cambia todo.
La tensión vuelve a aparecer. Me aprieta los hombros.
—Crees que vendrá. —Emerson deja caer la mano a su lado—. Nadie va a venir
a salvarte, pintorcita. Ya me encargué de eso.
Emerson
L
a suave luz de las lámparas cae en sobre el cuerpo de Daphne. Una de mis
camisetas cubre su cuerpo, ocultándola de mí. Es dolorosamente
recatada, dado que me la cogí hace menos de tres horas. Las sombras en
el algodón le dan profundidad. Carácter. Pero la camiseta no es nada comparada con
la mujer.
Ojos oscuros, brillantes de incredulidad, de terror. Pelo cayendo en ondas
suaves y dormidas. Mejillas rosadas junto con labios separados. Oh, ese dolor. Si no
la poseyera ya, pagaría cualquier precio. El arte que duele así siempre demuestra su
valor.
La línea divisoria entre mis pensamientos brilla. No estoy tan lejos como para
12 creer que está hecha de lienzo. Sé que ella vive. Que respira. Que llora. Es una
cuestión de perspectiva, eso es todo. Necesito mantenerla a una distancia segura para
que no abrume mis emociones. Liberarlas de sus marcos. Y necesito verla tal y como
es. Será la única manera de mantenerla aquí sin destruir su mente. Eso sería una pena.
Un desperdicio. Le quitaría la belleza a la pieza.
Despojaría las partes esenciales de ella, y eso no me interesa. Quiero
mantenerla entera, como cualquier arte de valor incalculable.
Daphne se levanta de la cama y planta los pies. El miedo la recorre en
pequeños temblores, como pequeñas olas que golpean la orilla, pero lo mantiene
alejado de sí misma. ¿Lo encierra, como yo? ¿Espera la oportunidad de plasmarlo en
el lienzo?
Tendré mucho tiempo para averiguarlo. Por ahora, respiro su dulce
determinación. Los reflejos en su pelo dan la impresión de que está iluminada desde
dentro. Brillante. Mi cama es un telón de fondo ideal. Las sábanas blancas se
combinan con mi edredón oscuro. Daphne estaba tranquila allí. Durmiendo. Es como
si emergiera de un mar de algodón.
—Eso no es posible, Emerson. —Las comisuras de su boca coquetean con una
sonrisa cruel, pero no está hecha para eso, no está versada—. Leo puede rastrear mi
teléfono. Puede encontrar mi ubicación.
—Borré los datos de localización antes de que pudiera cargarlos. Todos los
datos de las pocas horas anteriores a tu visita.
—Bueno, eso es... —Otro intento de sonrisa. Sus ojos son enormes. Quiero estar
más cerca, pero no creo que ella lo permita—. Habrá intentado llamarme. Podrá
hacerlo así.
—Tu teléfono ha estado apagado desde que entramos en la casa.
—¿Lo destruiste?
—No. Está seguro. Simplemente no está disponible para ti, pintorcita. No hasta
que te hayas asentado.
—¿Asentado? —Una lágrima recorre su mejilla—. ¿Crees que voy a instalarme?
¿Crees que voy a estar bien con esto? Me tienes prisionera.
—Te mantengo a salvo. Cuido todas mis adquisiciones.
Daphne parpadea, con fuerza, derramando más lágrimas. Se levanta sobre las
bolas de sus pies. Una vez. Dos veces. Tres veces. Colibrí.
—Estás loco —susurra—. Eres peligroso. Esto no está sucediendo.
—Seré paciente, pintorcita. Puedes tomarte el tiempo que necesites.
—¿Para qué? —Unos pasos alrededor del borde de la cama, y luego hacia atrás.
No hay ningún sitio al que pueda ir—. ¿Para qué, Emerson? —El horror aparece en su
13 expresión—. ¿Me vas a encerrar en algún sitio? ¿Una jaula? —Los ojos de Daphne
recorren la habitación—. ¿Vas a encadenarme en ese armario? ¿Es eso lo que vas a
hacer?
La sugerencia es un gancho de derecha al pómulo. La sombra de Daphne cubre
los lomos apagados de los libros de mis estanterías, los bordes de su forma se
desvanecen hasta desaparecer. Mi camisa se mueve sobre su cuerpo mientras ella
respira. Es demasiado rápido, demasiado duro. Sus ojos oscuros se llenan de miedo.
Las lágrimas no derramadas cristalizan la luz, la fragmentan. Cada momento se
comprime. Se aplana. Los viejos recuerdos permanecen en los marcos, detrás de las
puertas cerradas. Permanecen inmóviles. Me mantengo de espaldas. Mantengo mi
atención en Daphne.
Incluso ahora, no se atreve a apartarse de mí. Sin duda hay una parte de ella
que quiere arrinconarse contra la pared. Nadie está más familiarizado con ese instinto
que yo.
Y sin embargo.
Daphne sigue inclinada, el ángulo es tan sutil como el roce del algodón sobre
sus muslos.
—Ven aquí.
—No.
—Puedes venir aquí, pintorcita, o yo puedo ir a ti. Tú eliges.
—Nada de esto es una elección.
—Tonterías. Te estoy dando una ahora mismo. Camina hacia mí, o yo caminaré
hacia ti.
Su barbilla tiembla y su mano se insinúa en el cuello de la camisa, pero controla
el movimiento.
—¿Qué vas a hacer?
—Estoy cansado de tener esta conversación a distancia. Decide, Daphne.
Ella mira el suelo abierto entre nosotros. Vuelve a mirarme a los ojos. Su primer
paso hacia adelante es reticente. El segundo aún más. Pero entonces su barbilla se
inclina y se acerca a mí, deteniéndose a medio metro. Todo su cuerpo tiembla. La
sorprendo mirándome por debajo de sus pestañas.
Le alcanzo la muñeca.
Despacio.
Con mucho cuidado.
Daphne no se aparta. Deja escapar un suspiro lloroso cuando finalmente la
toco, pasando mi pulgar por el interior de su muñeca. Cuento hasta diez. Cuento hasta
14 veinte. Y luego subo hasta el codo y empiezo a contar de nuevo. La parte superior del
brazo. El hombro. Cuando le pongo la mano en el cuello y le inclino la cara hacia la
mía, ya ha dejado de temblar.
—Te odio —ella respira—. Te odio por usar eso contra mí. Lo hiciste en la
galería de arte.
—También te gustó entonces. —Y no creo que quiera decir lo que está
diciendo.
Su pulso es rápido, pero no aterrado bajo mi palma.
—No tienes ni idea de lo que me gusta.
—Tal vez no. Pero no es por eso que quería que te acercaras.
Un temblor la recorre.
—¿Por qué, entonces?
—Necesito que puedas escucharme.
—Antes podía oírte.
—No hay jaula. —Nunca he visto unos ojos oscuros tan multifacéticos como los
de Daphne. No en ninguna pintura. No en ninguna persona. Me sorprende que no
haya sido buscada como modelo por todos los hijos de puta del planeta. Sus labios se
separan mientras asimila las palabras—. No hay cadenas. Y por el amor de Cristo,
pintorcita, nunca te encerraré... —Una oleada de algo frío, algo antiguo, me invade y
me ahoga, aunque sea brevemente—. Nunca te encerraré en el armario.
Me arrepiento de haberle pedido que se acerque. Ahora el arte me devuelve
la mirada.
La curiosidad vuelve a los ojos de mi pintorcita. Un destello a través de las
profundidades. La luz traza el contorno de una puerta cerrada. Sabes lo que significa,
una voz susurra. Una amenaza.
—¿Así que me vas a mantener aquí, entonces? ¿Atada a la cama?
—¿Quieres que te ate a la cama, pintorcita?
—No —dice ella, demasiado rápido. Las mejillas de Daphne se ruborizan. Su
terror no es suficiente para ocultar sus deseos. No de mí—. No quiero... por favor. No
quiero eso.
En otras circunstancias, podría. Puedo ver eso en sus ojos, también. Los
pensamientos oscuros que ha tenido. Los que trata de ocultar en el lienzo.
—No será así.
—¿Qué, mi cautiverio? —Otra risa, esta cruda, nerviosa—. No hay nada que
15 puedas decir que mejore esto.
Le paso la yema del pulgar por el pómulo.
Daphne se inclina hacia ella.
Se da cuenta de lo que está haciendo en el último momento y echa la cabeza
hacia atrás.
—Acaba de una vez —exige ella—. Haz lo que sea que vayas a hacerme.
—Está bien. —Suelto la mano y me doy la vuelta. Doy una zancada hacia el
estudio de arte. Cuando me vuelvo, ella está congelada en el centro de mi habitación,
con una mano en el cuello de la camisa—. Por aquí, Daphne.
Un pequeño movimiento de cabeza.
No me creyó cuando le dije que no había ninguna jaula. Ni cadenas. Ni armario,
por el amor de Dios. Su respiración es más rápida. Mi pintorcita vuelve a entrar en
espiral, y es demasiado tarde para eso. Es tarde en este encuentro, tarde en la noche,
y sólo hará las cosas más difíciles en la mañana.
No hay nada que puedas decir para mejorar esto.
Bien, entonces. La conversación está a menudo sobrevalorada. Cruzo el estudio
y abro las puertas de la pared opuesta. No estoy seguro de que las haya visto antes.
Ambos conjuntos de puertas fueron diseñados para desaparecer en el espacio
circundante para no convertirse en una distracción.
Daphne da un paso adelante. La luz juega con su rostro. Los ángulos me dejan
sin aliento. El halo de luz de la lámpara. El corte de la bombilla que brilla sobre su
lienzo. Se queda en la puerta, tratando de ver más allá de mí.
Llevo la mano hacia atrás y paso el interruptor.
—Tu habitación.
Vuelve a buscar en mi cara, sin duda en busca de alguna señal de que estoy
bromeando con ella. Tal vez debería hacerlo, en algún momento futuro. Aunque... ¿es
bromear, si está exactamente calibrado para Daphne? ¿Si está en los límites de lo que
soy capaz de hacer?
Violencia, sí. Paciencia, sí. No estoy tan seguro del juego.
Pero entonces da otro paso adelante, y vuelvo a sentir ese dolor. Un dolor
peligroso. Daphne no es como los otras Morelli. Su arte, y su apartamento de mierda,
son prueba de ello. La criatura gruñona que trató de asustarme es una fachada. La
emoción no se traduce para ella de esa manera. Tendrá que ser alrededor del lienzo,
entonces. Usar su arte como un trampolín.
Quiero hacerla llorar y quiero hacerla reír.
16 Me alejo varios pasos de la entrada del dormitorio para que pueda pasar sin
tocarme. La comisura de su boca se vuelve hacia abajo cuando lo hago. Nunca me
cansaré de estas contradicciones en ella.
El aire se agita cuando ella entra en el dormitorio. El olor a limpio de mi camisa
no ha borrado el aroma brillante y floral de su champú. Un fugaz arrepentimiento la
acompaña. Debería haberla despertado con mi lengua en su coño. Debería haberla
probado de nuevo antes de darle la noticia.
—Este es igual que el tuyo.
Resurgir de los pensamientos de su dulce carne es una verdadera dificultad,
pero aun así me apoyo en el marco de la puerta. Daphne está de pie en el centro de
su dormitorio. Es un espejo de cómo estábamos antes. Sólo el estudio de arte ha
permanecido en su posición.
—¿El dormitorio?
—Es el mismo dormitorio. —Ella levanta las manos, casi impotente, y las deja
caer a los lados—. La misma cama. Las mismas estanterías. Menos libros, pero... —
Daphne gira la cabeza para mirar detrás de ella—. El mismo tamaño de armario.
—El mismo baño en suite también, si quieres una lista completa.
—¿Me vas a dar un dormitorio como el tuyo?
—El arte es diferente.
Daphne se arriesga a apartarse para escudriñar las paredes. El espacio sobre
mi cama está ocupado por uno de sus cuadros. El espacio sobre el suyo, sin
embargo...
—Es una Giorgia Russo. —Se acerca a la cama, dejando que las yemas de sus
dedos rocen el edredón—. Es ese...
—El original.
En el lienzo sobre la cama de Daphne, una diosa guerrera levanta un cuchillo
sobre su cabeza. Lleva una expresión de satisfacción y determinación en el momento
capturado. Un suspiro antes de asestar un golpe fatal. Se me acelera el pulso al ver el
cuadro. Se me acelera el pecho al ver a Daphne asimilándolo.
Sus hombros caen. Su barbilla se levanta. Asombro. Eso es lo que siente.
—Lo contrario de Lehmann —le digo a su espalda—. El valor de la señorita
Russo ha subido mucho desde esta compra.
—¿Compraste esto para mí?
—Lo llevé a la galería, pero no estabas.
Daphne se vuelve hacia mí. Sus mejillas brillan con lágrimas.
17 —Tú eres... —La frase es interrumpida por una respiración temblorosa, que
roza el sollozo—. Eres la persona más cruel que he conocido, Emerson.
Un extraño impulso. Arréglalo. Lo que sea que la esté haciendo llorar. Por
supuesto, la persona que la hace llorar soy yo.
—¿No te gusta?
—Me encanta. —La voz de Daphne se atasca—. Me encanta su trabajo. Me
encanta que no se disculpa. Esta pieza muestra el tipo de fuerza que me gustaría tener.
—Es la fuerza que tienes. Por eso lo elegí para ti.
—Es una broma. Mira qué fuerte eres, Daphne. Mira qué valiente. Mira lo
inteligente que eres para haber terminado en esta prisión.
—Pintorcita...
—Sólo déjame en paz. —Sus manos se cierran en puños—. ¿O no se me permite
estar sola?
—Puedes estar sola donde quieras. En cualquier lugar de la casa.
—Genial. Bueno, gracias. —Daphne se da la vuelta y marcha hacia el armario—
. Oh, Dios mío. Hay ropa —murmura mientras vuelvo a cruzar el estudio—. Oh, Dios
mío.
En mi habitación, me siento a los pies de la cama y la escucho pasearse.
Daphne no lanza ningún libro. No intenta romper una ventana. Se limita a
pasear, como un colibrí atrapado en una red.
Sus pasos se mueven de ida y vuelta.
De ida y vuelta.
Sería relajante, si mi mente pudiera descartar el sonido. Pero es imposible.
Cuando hay otras personas en la casa, estoy constantemente en alerta. Es como si el
mundo exterior irrumpiera en la casa. Mis nervios tardan en calmarse. Mi casa es el
único lugar del mundo donde es posible que eso ocurra, así que las visitas son escasas
por necesidad.
Excepto que Daphne no parece un visitante.
La escucho por otra razón completamente distinta. No puedo evitarlo. Necesito
saber más sobre ella, y si todo lo que puedo tener es el sonido de sus pasos, por ahí
empezaré.
De ida y vuelta.
De ida y vuelta.
Desde esta perspectiva, sólo puedo ver pequeños destellos de ella cuando
18 pasa por delante de ambas puertas. Unos tenues zarcillos de su sombra llegan hasta
mi dormitorio, aunque difícilmente lo describiría así. Un cambio de luz, tal vez.
Comienza a sentirse como un cambio en el aire. Un movimiento táctil. Reprimo el
impulso de apartarlo, de ignorar la sensación. Muchas veces en mi vida, sobrevivir
significaba alejarse de la situación en cuestión. Si no podía irme físicamente, me iba
en mi mente.
Me quedo aquí por esto.
De ida y vuelta.
De ida y vuelta.
Deseo que vuelva a mí. Un deseo inútil. Ella no cruzará el estudio, mi camisa
blanca se mueve con sus caderas.
Me viene a la mente una visión de ese momento, vívida como cualquier
ensoñación, como cualquier día real. Daphne volviendo a mí. Comprensión.
Los pasos se detienen.
Un momento de silencio.
Y entonces...
Un choque.
Daphne
E
l taburete es más pesado de lo que pensaba. Parecía sólido bajo mis
manos cuando Emerson me hizo inclinarme sobre él, pero no esperaba
que tuviera tanto peso. Aun así, es una mejor opción que la silla junto a
las estanterías. La que hace juego con la suya. No pude levantar esa. Tuve que ir al
estudio por el taburete. Tuve que hacer que mis pasos coincidieran con la longitud
de la habitación para que no se diera cuenta. Mi cama no está centrada sobre las
puertas del estudio, lo que significa que la suya tampoco lo está.
Me arriesgué para llegar aquí.
Las patas de madera del taburete me tiran de las palmas cuando lo balanceo
hacia la gran ventana de cristal del estudio. No creo que me dé tiempo a volver a mi
19 dormitorio.
Impacto.
La descarga repercute en mis brazos y jadeo. Me duele. Las manos. Las
muñecas. Mis huesos. No siento que tenga un control total sobre el taburete, pero lo
devuelvo y lo balanceo de nuevo.
La segunda descarga es potente, eléctrica. Me hace chasquear los dientes.
Saltaré cuando se rompa el cristal. Ese es mi plan. Saltar por la ventana del segundo
piso y correr.
Otro balanceo.
Nada.
El cristal no se agrieta. No cede. Lágrimas calientes corren sobre la sal seca de
mis mejillas. Se supone que el cristal se agrieta. Vi los restos destruidos del
pisapapeles en el escritorio de Leo. Una cascada de pétalos destrozados. La ventana
debería ser más fácil de romper. Mi reflejo aprieta los dientes hacia mí. Esta vez
apunto a mi cara.
El Emerson del reflejo entra en el estudio, con una postura despreocupada y
las manos en los bolsillos de sus pantalones de dormir. Una vez más, me consume el
deseo de poder odiarlo. Odiarlo de verdad por lo calmado que es. Por lo poco
afectado que está. Me odio un poco por lo que me hace sentir. Su plácida expresión
me hace pensar que, de alguna manera, estoy equivocada. Que esto es sólo una
locura temporal, y que llegaré a ver que pertenezco a este lugar.
Vuelvo a balancear el taburete.
El cristal aguanta.
—Te vas a hacer daño —comenta. No hay preocupación en su tono. No hay
urgencia. Es como si dijera no hay nubes esta noche.
Me trago un sollozo.
—¿Qué te importa? Me tienes de rehén.
—No, pintorcita. Rehén implica que te voy a dejar ir una vez que reciba el pago.
Eso nunca va a suceder.
Balanceo el taburete en la otra dirección. Hacia el estudio. Hacia él. Dejo que
su impulso me lleve los primeros pasos. Las malditas ventanas no se romperán. Lo
romperé a él en su lugar. Aprieto las patas curvas, pero algo en mi cuerpo duda.
Nunca he atacado a alguien así antes. Estoy en mi derecho de hacerlo. Me mantiene
aquí contra mi voluntad. Pero no me está haciendo daño. Sólo está ahí de pie. Un
hermoso criminal. Confié en él.
20 Confié en él.
Clavo la punta del pie en el suelo y corro. Mis brazos se levantan solos. Le
golpearé la cabeza. Sus costillas. Lo golpearé para que no pueda escapar. Madera
sobre carne. Otro recuerdo se abre paso, mis palmas sobre la madera, pero no lo
dejo aflorar.
Voy a golpearlo. Mi mente se prepara para el crujido de su cráneo, para el
gruñido de sorpresa. La dura caída. Se me corta la respiración en la garganta. Más
cerca. Más cerca. Más cerca.
En el último momento posible, Emerson se mueve.
Una parte lejana de mí se sorprende de lo elegante que es. Lo atlético que es.
No sabía que una persona pudiera parecer tan elegante con un pantalón de chándal
gris y nada más. Emerson me quita el taburete de la mano y me agarra por la cintura.
El taburete cae al suelo. Intento levantar los pies para que no me aplaste los dedos.
Es inútil. Ya me tiene apartada.
Tengo la impresión de músculo y cuerpo antes de que mi espalda conecte con
la pared. Me empujo contra su pecho, con las dos palmas, con fuerza, pero no importa.
Oh, Dios, no importa. Emerson es la jaula. Él. No necesita barras de metal. No necesita
cerraduras. Mi respiración jadeante es fuerte en mis oídos. Esto... debería pintar esto.
Un mar embravecido. Las olas se agitan en mi cabeza. Olas blancas.
A ninguna parte de mí debería gustarle esto. Ninguna parte de mí debería
sentir alivio por el hecho de que Emerson esté aquí. Que no pueda escapar. No soy lo
suficientemente fuerte para empujarlo. Lo intento de nuevo, y una parte enferma de
mí exhala. Si no puedo escapar, no tengo que luchar. No tengo que perder. Hago
algunos intentos más —alcanzándolo, clavando las uñas—, pero él me aparta las
manos. Ni siquiera está sin aliento. Es tan inamovible como la pared. Lo sé, lo sé, sigue
luchando hasta que no puedas seguir luchando. Esa es la regla. ¿Pero quién lucha
contra el ladrillo? ¿Quién lucha contra el hormigón?
¿Por qué me gusta esto?
¿Por qué lo quiero?
Un último empujón, y atrapa mi mano y la pega a su pecho. Su corazón late
normalmente. Constante.
—No te resistas, pintorcita. —El sonido de su voz calma algo en mí. Me hace
ser complaciente. Quería ser una luchadora, pero me encuentro apoyada en la pared.
Disminuyendo, como la marea—. Ya está. ¿Lo ves? Ya eres mía. Extendida como un
lienzo. Atrapada en un marco.
Su mano sube y traza la forma de un marco junto a mi cara. Por encima de mi
21 cabeza. Por el otro lado. Parece real. Como si pudiera extender la mano y tocar los
bordes. Como si pudiera ponerme de puntillas y presionar la parte superior de mi
cabeza contra la madera maciza. Alargo una mano para demostrarme a mí misma que
no lo es. Por supuesto que no lo es.
—¿Por qué haces esto?
Emerson deja de trazar el patrón del marco, que habría sido ornamentado,
creo. Dorado. Apoya su mano en la pared junto a mi cabeza. Su brazo que se acerca
parece definitivo. Permanente. Su mirada recorre mi cuerpo y vuelve a suceder. Ese
cambio en su rostro. Ocurre en un parpadeo. Si no estuviera tan cerca, podría
convencerme de que lo he imaginado. Pero no, no lo hice. Sucedió. Ese instante de
ausencia. Ha terminado en el momento en que vuelve a mirarme a los ojos.
Esa intensidad azul verdosa me clava en la pared tanto como su cuerpo.
—Te deseé desde el momento en que te vi, pero me resistí. Pensé que tal vez
te escaparías de mí. —Sus cejas se levantan—. Pensé que tal vez te dejaría.
—Desde el principio. —Las sorpresas de esta noche no van a terminar nunca,
¿verdad? Se me seca la boca—. ¿Querías hacerme esto desde que nos conocimos en
la playa?
—No. Antes.
—¿Qué?
—Te vi en la calle. —Una sonrisa juega en las comisuras de sus labios—.
Caminabas bajo un rayo de sol. En el momento en que entraste en el marco, el mundo
entero se convirtió en fondo.
—¿El marco?
—La acera —corrige, pero sé que no lo pensaba así. Sé que pensaba en mí
como arte, incluso entonces. Incluso antes de saber que estaba mirando—. Te vi y te
seguí. Y luego vi tu pintura. Quería esa pasión. Ese misterio. La forma en que se
sentía... —Respira bruscamente, como si lo sintiera de nuevo. El asombro aparece en
sus rasgos y desaparece. Así es como se veía cuando vio mi pintura. Ese momento de
puro asombro. Lloraría si no odiara tanto esto—. No sabía que la mujer de la calle era
la artista. No sabía que ella era tú. No hasta el día siguiente. Tu destino quedó sellado
en el momento en que leí tu nombre.
Emerson me pasa una mano por el costado de la cara. Es increíblemente dócil
comparado con la pasión salvaje y sucia que tuvimos antes.
Eso era antes.
Eso fue cuando estaba aquí por elección.
Me lo ha quitado.
22 Las yemas de sus dedos que se ciernen sobre mi mandíbula se sienten ahora
magulladas, aunque no emplea más fuerza. Giro la cara. La mano de Emerson se
mueve, como si fuera a soltarla, pero en lugar de eso me agarra con más fuerza. No
hasta el punto de sentir dolor. Me duele el corazón. Fui ingenua, como dijo Leo. Fui
una tonta.
—Tienes una cama cómoda. Buena comida. Tu estudio. Aquí no te privarás del
arte.
No, no lo haré. Emerson tiene mucho arte. Pasé por muchas piezas en el camino
mientras subía. Puedo ver la esquina más lejana del marco de Giorgia Russo. No se
siente lo mismo ahora. No es como vivir en una galería. No es como visitar un museo.
Todo su arte me está examinando. Yo soy la que se exhibe. Los cuadros tienen
libertad, y yo no.
Estoy aquí en un marco.
Atrapada, atrapada, atrapada.
Oh, Dios, ya estoy perdiendo la cabeza y he estado en cautiverio por menos de
un día. Cuestión de horas.
La ira surge, directamente desde mi corazón hacia mis venas. Me quema hasta
los dedos. Es más oscura que el azul de medianoche de las aguas profundas. Es un
vacío sin corazón y sin luz que abrasa todo lo que toca. Todo el miedo, la ira y la
energía que he empujado hacia abajo y pintado para sobrevivir me agarra por la
muñeca y me arrastra a un lugar al que no quiero ir, no quiero.
Es que no puedo parar.
La bofetada nos toma a los dos por sorpresa. Emerson no se inmuta, pero algo
sucede en sus ojos cuando mi mano hace contacto. Una fracción de segundo en
blanco. Su palma choca con la pared junto a mi cabeza con un suspiro. No es un
chasquido. No toma represalias.
Me está encajonando.
El sonido que sale de mí es el más animal que he hecho nunca. Lo golpeo con
ambos puños, descargando golpes contra su pecho.
—Imbécil. —Un sollozo acompaña al insulto. Siento que podría morderlo por la
mitad—. Cabrón. Estás siendo... estás siendo un idiota.
—No te detengas —dice Emerson.
Lo golpeo más fuerte.
—Te odio demasiado para seguir. Te odio tanto que no puedo expresarlo con
palabras.
23 Excepto…
Excepto.
Tal vez no puedo ponerlo en palabras porque no es realmente cierto. Porque
estoy perdida.
Y de todos modos, no tengo las púas cortantes de Leo ni los insultos geniales
de Eva. La gente no era creativa con la forma de hablarme en la escuela. No querían
arriesgarse a la ira de mi hermano. Todo lo que mis hermanos han dicho delante de
mí sale volando de mi cabeza. Es demasiado tarde para que me vuelva como ellos.
Jesús, es frustrante. No puedo mantener la frustración fuera de mi cara.
Emerson mira.
No se aleja, no importa lo fuerte que lo golpee. No parece herido, ni nervioso,
ni cansado.
Parece...
Fascinado.
Se me encoge el corazón. Por un momento, me siento golpeada por el
reconocimiento puro. Lo estoy golpeando. Lo estoy golpeando, y él está tan fuera de
su cuerpo que está viendo esto como una película.
No.
Es peor que eso, ¿no?
Está mirando como si toda mi rabia no fuera más que pintura salpicada en un
lienzo.
Mi mano sale volando para abofetearle de nuevo. Esta vez, Emerson atrapa el
golpe en el aire y lo empuja hacia abajo como si desviara una mariposa.
—Para. —Tengo la garganta en carne viva de tanto llorar y tragar gritos—. Deja
de mirarme así.
—¿Así cómo? —Emerson está tan cerca que podría inclinarme y besarlo. No
me costaría ningún esfuerzo. En lugar de eso, vuelvo a golpear su pecho—. Pintorcita.
—No soy un cuadro. No hay marco. —Le echo en cara su tono de antes. No hay
jaula. Mentira. Él es la jaula, y siempre lo ha sido—. Si vas a mirarme, entonces mira.
Deja de fingir que no eres horrible. Deja de fingir que eres bueno.
Emerson parpadea, pero por lo demás mis palabras no parecen tener efecto.
No es justo. Cada vez que lo miro, me dan ganas de correr a mi caballete para pintar.
Se siente como una marea de energía. Como la emoción de escabullirme en la noche
con él.
Todos mis pensamientos se derraman como pintura desperdiciada,
arremolinándose entre sí hasta que no puedo distinguir ninguno de ellos. No puedo
24 decir qué es lo primero. La vergüenza, la violencia o la necesidad.
O tal vez son todos ellos juntos. Lo suficientemente profundo como para
ahogarme.
Todos salen a través de mis puños. Le haré daño o moriré en el intento.
Emerson
N
o debería excitarme tanto hacerla luchar. La deseo hasta un grado
insostenible. Mi polla palpita, el pulso es tan insistente que es difícil
concentrarse en los ojos de Daphne. Están en su punto más cautivador,
llenos de lágrimas y furiosos, y no puedo tener suficiente.
Nunca me he considerado particularmente fetichista. No antes de Daphne. Ella
sacó esto de mí. Podría haberme conformado con un polvo ocasional con alguna
modelo sin nombre a la que le guste el dinero si no hubiera conocido a mi pintorcita.
Una nueva parte de mi mente se ha puesto en marcha. Su única responsabilidad es
llenar mis pensamientos con imágenes de Daphne.
Daphne luchando. Daphne sometida. Daphne arrepentida, marcada por las
25 consecuencias de sus propios actos.
Y debería sufrir las consecuencias de lo que ha hecho.
Me despertó. Arrancó las cubiertas de mis sentimientos. Los arrancó de sus
robustos marcos protectores y los liberó. Es más que el dolor tenue de una pieza
evocadora. Es el corazón sangriento y palpitante que se niega a ser extirpado, no
importa cuántas veces lo intente.
La quiero.
Quiero sujetarla. Quiero sentir cómo se retuerce su cuerpo mientras la follo.
Una y otra y otra vez. Hasta que llegue a su límite. Hasta que lo supere. Quiero sus
puños y sus dientes. Quiero que me muerda. Que me marque.
Quiero hacer lo mismo con ella.
Daphne se lanza contra mí, sus codos vuelan, los puños aterrizan en mis
hombros. Los golpes son demasiado salvajes y su cuerpo se desploma sobre el mío.
Mi pintorcita lucha contra la caída, tratando de incorporarse y seguir adelante. El
movimiento la presiona contra mi erección.
Se congela, sus ojos se abren de par en par. Una cierva, atrapada en la mira de
un cazador.
—Emerson. —Daphne está sin aliento. Estoy en un umbral. Una puerta se abre
de golpe y deja pasar una pizca de luz.
—Mi cuerpo se está preparando para follarte. —No me muevo. Daphne no se
retira. No intenta escapar a través de la pared. Se queda cerca. Sé que siente cuando
mi polla palpita entre nosotros—. Y el tuya se está preparando para follarme. Estás
mojada.
—No. —Es una mentira. Puedo ver el parpadeo en sus ojos. Daphne Morelli es
una pieza impresionante. Sumamente extraordinaria. Con un matiz juguetón que me
saca de mis casillas. Una hija obediente. Una hermana devota. Una humilde pintora.
Y al principio es discreta. Tienes que pararte y observar, verla en movimiento, para
entender el uso del color, la composición. Tienes que estudiarla para ver su
profundidad—. Definitivamente no lo estoy.
—Descubrámoslo, pintorcita. —Retiro una mano de la pared y empiezo a
colocarle el pelo detrás de la oreja. Acaricio el lateral de su cuello. Juego con el escote
de la camisa, levantándola para que pueda sentir mi aliento en su piel. Desciendo
hasta su codo. Hasta su muñeca. Aprieto ligeramente su mano y deslizo la palma por
su muslo desnudo hasta la cadera. Daphne tiembla, su respiración es superficial y su
cabeza se inclina hacia atrás contra la pared.
—No es justo. —Rozo con mis nudillos su ombligo y luego trazo un camino hacia
abajo y hacia abajo y hacia abajo.
26 —¿Qué no es justo? —La almohadilla de mi pulgar contra su clítoris la hace
estremecerse, pero es solo un roce errante en el camino hacia donde voy.
—Que esto se sienta bien.
Tomo su cara con la mano libre. Con la otra, paso los nudillos por la delicada
piel del interior de sus muslos.
—Lo sé, pintorcita.
—Deja de mirarme así —dice, y abre las piernas.
Ella tiene razón. Soy un cabrón. Soy un imbécil. Porque mantengo mis ojos en
los suyos mientras empujo mis dedos en su dulce y húmeda carne. Me saca un sonido.
Esperaba que estuviera excitada. No esperaba que estuviera goteando.
Cambio el agarre de su cara. Un pulgar bajo su barbilla para poder mantenerla
en su sitio. Daphne hace la mayor parte del trabajo por mí, manteniendo su cabeza
contra la pared. No puede evitar responder a esto. Le gusta que sea así.
Cuando retiro mis dedos, Daphne intenta inclinar sus caderas para seguirlos.
Es la imagen de la humillación cuando se los pongo delante de la cara.
—¿De dónde es esto, pintorcita?
Se moja los labios con la punta de la lengua. Mi corazón se detiene, y luego
vuelve a empezar.
—De mí.
—Es de tu coño. —Añado una ligera presión en su barbilla—. Dilo.
Daphne se vuelve escarlata. Podría perderme en ese color. Podría verla pintar
un estudio de él todos los días hasta que me muera. Se aclara la garganta.
—Es de mi coño.
Hago que me mire lamerlo de mis dedos. Los ojos de Daphne brillan. La ira
aprieta sus dientes.
—Estás enfermo.
—Sabes bien.
—¿Porque soy tu cautiva?
—Porque eres dulce, pintorcita.
—No juegues conmigo.
—Bien. —Acaricio mis dedos entre sus piernas de nuevo, recogiendo más de
su lubricación—. Voy a pintar, entonces.
Le paso su deseo por el pómulo y Daphne jadea. Por un momento parece
27 realmente un cuadro. Una conmoción en óleo sobre lienzo, atrapada en un marco, con
sus propios jugos plateados en la piel.
Y entonces se pone en movimiento. Sale disparada de su cautiverio en el lienzo.
Me preparo para los golpes, pero ella no golpea, sino que choca. Daphne me echa
los brazos al cuello y me rodea la cintura con las piernas.
—No juegues conmigo. —Es casi un gruñido, el más adorable y dulce
gruñido—. No juegues.
La pongo en pie. Daphne se resiste, aferrándose a mí hasta el último segundo.
Tengo que apartar sus manos para pasarle la camiseta por encima de la cabeza.
Apenas tengo tiempo de despojarme de los pantalones antes de que se lance sobre
mí. La llevo de vuelta a la pared con más fuerza de la que pretendía. Su cabeza golpea
contra la dura superficie, pero dobla el cuello sin inmutarse.
Sus dientes se hunden en la piel de la curva de mi hombro, casi en mi cuello.
Un mordisco visceral, hasta el músculo, hasta el hueso. La acerco, pero ella no lo
reconoce al principio. Cree que la estoy apartando. Se resiste, las yemas de los dedos
se clavan en mi omóplato. Sus dientes. Sus uñas. Un alambre invisible se aprieta entre
ellos, atrapando mi polla dolorida, y se escapa un gemido.
Daphne se suelta. Su cabeza se levanta, con los ojos muy abiertos, como si
hubiera hecho algo imperdonable. A la mierda. Le capturo la muñeca del aire y le
devuelvo la mano donde estaba. Empujo con más fuerza. Cubro su boca con la mía.
Hace un sonido de alivio furioso y me devuelve el beso. Su coño está tan cerca
de mi polla. Puedo sentir su calor resbaladizo. Lo encuentro con mis dedos.
—Dámelo.
Los muslos de Daphne se flexionan.
—Tómalo —desafía.
Sus caderas oponen una resistencia simbólica cuando la inclino sobre mí. Se
agarra con fuerza, pero no como si fuera a dejarla caer. Como si no quisiera que la
bajara. Es un torrente de datos, como ver mil pinceladas individuales. Un destello de
miedo en sus ojos. El tirón de su pecho. Su suave e intacta desnudez. Cada respiración
es eléctrica. La muevo unos centímetros hasta que la carne húmeda se encuentra con
la cabeza de mi polla.
Con un silbido, deja que la gravedad la ayude. Una pulgada. Es como si nunca
hubiéramos cogido antes.
—¿Eso es todo, pintorcita? ¿Esa es toda la lucha que tienes?
Daphne se arquea contra la pared, tomando otro centímetro de mí.
—Nunca pararé —jadea—. Nunca dejaré de luchar.
28 Apoyo una mano en la pared y la sostengo con la otra. Ahora estoy en ella. En
el mundo. No hay nada entre mí y esta avalancha de sensaciones. Quiero clavarme en
ella como un animal, pero no lo haré. La lujuria se enrosca en mis caderas y trata de
anularme.
—Bien. Me gusta cuando peleas conmigo. Me gusta cuando batallas.
Se hunde unos centímetros más.
—No. Batallo.
—Oh, pero lo haces, pintorcita. Dame más.
—No. —Sus caderas giran, agitándose bajo mis manos, y ella se esfuerza por
caer sobre mí—. No. No lo haré. No voy a follar contigo.
—No te atrevas. —Está tan cerca que es difícil meter mi mano entre nosotros,
difícil acariciar su clítoris. Difícil. No imposible. Al primer roce de mi nudillo, ella se
aprieta a mi alrededor. Más calor húmedo—. No te atrevas a correrte.
—No lo haré.
Su cuerpo la está haciendo mentir de nuevo. Está desesperada por mi contacto.
Se le pintan los músculos cada vez que rodeo su clítoris. Su coño se agita a mi
alrededor. Daphne me quita un brazo del cuello y golpea la pared con la palma de la
mano. Eso la acerca más. Sus caderas giran. Es como un tornillo. Más apretada que
un puño. Sus ojos se cierran, pero luego los vuelve a abrir. Una pequeña respiración.
Otra más. Es emocionante, el latigazo de sus sentimientos. Esto es lo que quería ver.
Toda su oscuridad, toda su emoción, en su cuerpo en lugar de en el lienzo.
En su cuerpo, además del lienzo.
Daphne luchó contra mí, pero está rogando en silencio por algo más.
Autoridad. Permiso. Soy el monstruo en la habitación, y soy el único que puede
darle lo que necesita.
—Eres arte —murmuro, y ella inclina su cara más cerca—. Nada más que un
lienzo. Nada más que una pieza de mi colección. El arte no lucha, pintorcita. Hace lo
que se le dice.
La punta de su lengua se acerca al paladar. Dilo. Eso es lo que va a decir, pero
no se atreve a hacerlo.
—Sé valiente —ordeno—. Pórtate bien. Déjame ver lo que he pagado.
Comienza en su cuerpo, en las rápidas pulsaciones de su coño a mi alrededor.
Las uñas de Daphne se enganchan en mí. Sus ojos oscuros no se apartan de los míos
mientras se corre. Su calor está en todas partes, sus caderas se balancean contra mí.
El ruego se convierte en un sonido. Un gemido suplicante. Mi pintorcita no sabe lo
29 que está suplicando.
Yo sí.
—Tan hermosa así, pintorcita. El sonido tuyo. Estás agarrando mi polla tan bien.
Eres… —un gemido me interrumpe. Contener mi semen es como contener la
respiración—. Increíblemente invaluable. Todo lo que quiero. Todo lo que siempre
he querido. —Daphne ya no necesita mi ayuda. Abandono su clítoris y rodeo su cuello
con mi mano. Es sólo un juego. Un gesto. No tengo que obligarla a devolverme la
mirada. Lo hace ella misma—. Tu cuerpo está preparado para ser follado. Ya me has
llevado muy adentro.
Se estremece al oír las palabras y jadea con más fuerza. Nunca he sentido una
presión más intensa en mis sienes. Un movimiento de su cabeza y me iría. La pondría
en el suelo. La dejaría sola. Sería un hombre mejor de lo que soy ahora. Sería el
hombre que ella creía que era.
Pero Daphne utiliza la pared como palanca.
No para escapar.
Para acercarse.
La luz atraviesa una puerta abierta y es muy peligroso dejarse llevar así. Los
latidos de mi corazón se hacen eco de la amenaza. La paciencia es una agonía. El
primer empujón libera la tensión de mi cabeza. El segundo la hace estallar. Tal vez
sea demasiado para ella. Diminutas y agudas exhalaciones cada vez que empujo. Los
marcos en mi cabeza traquetean en las paredes.
—Joder. —Podría caer en sus ojos, en esa oscuridad, en ese refugio—. Oh,
joder.
—No —creo que dice.
Y entonces...
Su mano. Mi barbilla. Agarrándola con fuerza. Estoy tan perdido en cogérmela
que la dejo hacer. ¿Qué está haciendo? Mierda, se siente bien. ¿Pero qué está
haciendo? Busco la respuesta en sus preciosos y luminosos ojos. Daphne me devuelve
la mirada, con el pecho agitado. No puede recuperar el aliento. Apenas puede
sujetarse con la mano libre.
—Si vas a mirarme, yo voy a mirarte. —Jadea, sus palabras interrumpidas por
mis empujones—. No. No te vayas.
—No me voy —gruño. No me he ido a ninguna parte. He estado inmovilizándola
aquí, enjaulándola aquí, todo este tiempo.
Sus dedos se clavan en mi cara.
30 —Quédate.
Es mitad súplica, mitad orden, y no puedo soportarlo. No puedo soportar lo
dulce que suena. No puedo soportar lo inocente que es.
No puedo soportar lo mucho que duele. Como la mierda. Como un hueso que
se quiebra bajo un puño. Como días en la oscuridad. Duele, hacer lo que dice, pero
Daphne ha puesto el mundo al revés. Tal vez sólo en este momento sea capaz de
hacerlo. La horrenda sensación de ser presenciado pasa por encima de mí como una
ola. No puede hacer contacto. Ahora soy demasiado animal. No hay capacidad en mi
cerebro para la complejidad. Sólo existe el asombroso contraste de sus ojos. El calor
resbaladizo de su coño. El placer que se apodera de mis caderas, de mi polla.
La veo. La veo. La veo.
Mi liberación me toma con tal fuerza que me ciega momentáneamente. Daphne
desaparece de la vista. Cuando vuelve, también está sorprendida.
—Oh, Dios mío —susurra—. Oh, Dios mío. —No puedo apartar la mirada. La
estoy llenando de semen mientras ella se golpea contra la pared y me mira en el
alma—. Emerson.
Llega otra ola en un derrame acalorado. Quiero responderle pero lo que sale
es un sonido sin palabras. Daphne está temblando, su agarre ahora es inestable. Su
respiración se entrecorta y vuelve a pulsar —sí sí sí. La inmovilizo con fuerza y la dejo
aguantar. Aprieto mis labios contra su hombro. En su cuello. No intenta verme la cara.
El viento aúlla sobre el océano, o tal vez sólo está en mi cabeza.
Aguanto unos segundos más antes de que mi mente se rebele con un chillido
de incomodidad. Los patrones se superponen en la pared detrás de Daphne.
Pinceladas. Cubren su cara, su cuello, sus tetas. Marco. Necesita un marco. Esto
requiere contención. Un cuadro contra una extensión blanca. Lo suficientemente
pequeño como para sostenerlo en mis manos, si quisiera. Lo suficientemente pequeño
como para controlarlo.
La cabeza de Daphne cae sobre mi hombro. Ya no hay más lucha en ella. Ha
terminado por hoy. Mi pintorcita no hace ningún esfuerzo por ayudarme. Su peso en
mis brazos ralentiza mi acelerado corazón.
Debería ponerla en su cama. Dejarla durmiendo en su habitación. ¿Qué
importa esta noche? Soy un bastardo cruel. Estoy siendo un imbécil. Ella no está
equivocada. Bien puedo demostrarle que tiene razón.
Además, no puedo soportar la idea de que esté en un espacio separado.
—¿Qué fue eso? —murmura contra mi cuello de camino a mi cama—. ¿Qué fue
eso, Emerson?
31 Sé de qué está hablando. Sé lo que vio en mi cara. Pensé que podía ocultarlo
de ella. Últimamente he estado resbalando.
—No fue nada. —La recuesto en las sábanas, apoyando su cabeza hasta que su
mejilla está sobre la almohada—. No pasa nada. —Le quito el pelo de la cara. Le paso
la yema del pulgar por la sien. Las cejas de Daphne se levantan como si tratara de
obligarse a despertar—. Duérmete —le digo. Suspira y su rostro se relaja. Le paso los
dedos por el pelo. Cae rápido, pienso—. Estás a salvo conmigo, pintorcita. Donde
debes estar. Y nunca más te irás.
Daphne
M
e despierto en una cama vacía.
La cama vacía de Emerson.
Maldito sea. Si no hubiera estado agotada por los orgasmos y
la ira, podría haber seguido luchando.
Mentira. Lo último que recuerdo es una limpia desesperación por descansar mi
cabeza. Luego su mano en mi pelo. Luego nada.
Unas nubes gris perla cubren el cielo exterior. Me siento como si hubiera
estado durmiendo durante cien años, pero no, no lo creo. Fue anoche cuando vine
aquí.
S
in toma asiento en la isla de mi cocina y cruza los brazos sobre la
superficie. Su atrevido color resalta de la palidez invernal en la luz natural
de las ventanas. En verano casi nunca tengo que encender las lámparas,
hay tanto cristal.
—En serio, Emerson. ¿Qué carajo?
En efecto, qué carajo. La presencia de Sin aquí me hace vacilar. Mi hermano ha
visto lo que he hecho. Mi pintorcita abrió la boca y se lo dijo ella misma. Su valentía
me puso duro porque soy un cabrón, y cambió la perspectiva de la casa.
La veo como lo haría Sin. O cualquier otra persona que no viviera aquí. Daphne
probablemente la ve así. Todos los espacios nuevos y limpios. Pintura fresca sin
39 marcas de rozaduras. Mínimo desorden. Es lo contrario de una celda o un armario.
La presencia de Sin también me ha hecho considerar las alternativas. Podría
dejarla ir con él. Dejarla libre fuera de la casa. Oírla suplicar ayuda con su voz baja y
bonita puso en evidencia mis acciones. He hecho algo terrible. Todavía lo estoy
haciendo mientras hablamos. Daphne se retiró al piso de arriba cuando Sin y yo
llegamos a la cocina. A pesar de esta relativa libertad, ella sigue siendo una de mis
pertenencias.
Una parte de mí desearía ser ese hombre mejor. Pero una parte de Daphne
desearía que yo fuera aún peor. El sexo furioso que tuvimos fue caliente. Fue
demasiado íntimo. Peligrosamente íntimo. Lo haría de nuevo a pesar de todo.
Necesito que me entierren en su coño, aunque signifique exponerme. No importa que
la exposición signifique una muerte inevitable de un tipo u otro.
—¿De qué has venido a hablar?
Sin resopla.
—Está claro que del asunto equivocado. No puedo creer que la hayas
secuestrado.
—No lo hice. Me pidió que la trajera aquí.
—Emerson.
—Ve al grano.
—¿Papá vino por aquí otra vez?
El recuerdo de él de pie en el umbral me constriñe las tripas.
—No. Y dudo que lo haga.
—Él también vino a verme.
Más pan en la tostadora.
—No me importa.
—Deberías. Podría valer la pena vender este lugar. —Rompo un huevo con
demasiada fuerza contra el lado de la sartén y la cáscara gotea sobre la estufa, el aire
sale de mis pulmones. Lo vuelvo a meter a la fuerza. Sin está siendo un tonto—. Mejor
para ti si no tiene tu dirección.
—No voy a vender mi casa.
—No va a parar. La conversación que tuve con él no me da muchas esperanzas.
—La conversación que tuve con él casi termina en asesinato. No me voy a
mudar.
Los ojos de Sin arden en mi espalda. La luz brilla en mi encimera. El mismo frío
40 invernal que rozaba las olas al amanecer. Salí esta mañana en la oscuridad, cuando
Daphne estaba profundamente dormida. Me obligué a mantener mi rutina. Fui
obediente, aunque quería quedarme en la cama junto a ella.
Sin ya sabe que no venderé. No me mudaré.
Que no puedo.
—Entonces me mudo aquí. No voy a volver a Los Ángeles.
Este es el huevo revuelto más desordenado y violento que he hecho.
—Confía en mí cuando digo, Sin, nadie quiere eso.
—No me importa. Seguridad en los números.
Una risa que se siente como un alambre de púas estalla de mí.
—La cagamos, entonces. Deberíamos haber salido bien.
—¿Quién dijo que no lo hicimos?
La curva de la sartén es como un eclipse en la oscura superficie de la estufa.
Remolinos de huevo surgen hacia el límite antiadherente. Amarillo sobre negro. Un
girasol abierto. El pan sale de la tostadora. Estoy preparando un desayuno idéntico
para Sin, y no me ha detenido. Estoy buscando una toalla de papel para envolver el
sándwich terminado cuando Sin aparece a mi lado.
—Llámame si vuelve.
Aprieto el sándwich en sus manos.
—No.
—Llámame y déjame venir la próxima vez.
— Mierda no.
—Sí. —La irritación real agudiza la voz de mi hermano. Sus ojos son un espejo
de los míos, pero no ha estado durmiendo. Las manchas oscuras bajo sus ojos son
prueba de ello—. No sé qué pasa con papá. Y yo...
—Detente.
—Y me preocupo...
—Jesucristo.
—Me preocupo por ti —termina de decir—. Así que deja de ser un idiota tan
reservado.
Quiero hablarle de Daphne. En un instante, quiero eso más que decirle que
salga de mi vida. Es inexplicable. Francamente horrible. No necesito la ayuda de Sin.
No necesito que Will viva cerca. No necesito nada, aparte de mi casa. Mi arte.
Mi pintorcita.
41 No está en mi poder ser diferente. Sin debería saberlo mejor que nadie. Ser el
hijo de un monstruo es un estado permanente. Mi mente se aleja de las
comparaciones. Son más profundas de lo que yo mismo admitiría cuando mi padre
hizo su visita. Si Sin se queda mucho más tiempo, sacará a relucir la razón por la que
estuvo en prisión. Hablará de los cargos al aire libre. Pintar las palabras en el lienzo
lo haría inútil. No quiero esa discusión en mi casa. Es suficiente que Sin lo sepa. Que
haya visto a mi pintorcita en carne y hueso. Basta, basta.
—Sal de mi casa.
—¿Me llamarás? —Sin camina a mi lado hasta la puerta principal. No sé quién
se cree que es, presentándose en mi casa y exigiéndome cosas. Mi hermano,
supongo. Ceder sería más fácil. Dejaría más energía para Daphne. No sé qué diablos
quiere Sin de todo esto, pero tal vez no importa. Tal vez es sólo otro cambio en el
mundo exterior que finalmente tendrá poco efecto dentro de las paredes de esta casa.
—Bien.
Parpadea.
—¿Lo dices en serio?
Supongo que tiene derecho a hacer la pregunta. Muchas de las conversaciones
que mantuvimos al crecer no estaban destinadas a ser promesas permanentes. Sólo
servían para pasar hasta que mi padre abriera la puerta. Esas discusiones eran raras,
de todos modos. Prefería mantenernos separados. Cajas separadas, cerraduras
separadas. Era mejor estar solo, cuando el desmoronamiento en mi mente tenía más
que ver con el confinamiento y menos con estar fuera.
Lo digo en serio. Cristo, Sin.
—Si lo digo en serio, ¿quieres largarte de mi casa?
La comisura de la boca de Sin se tuerce, pero luego se pone serio.
—¿Estás jugando con ella?
—¿Con quién? —Es en parte una respuesta automática, en parte una púa.
Obviamente no es un juego. La mortal realidad de todo esto se ha instalado en mi piel
como agua helada. No puedo quitármela de encima. No quiero quitármela de encima.
Quiero sumergirme en ella. Ahogarme, tal vez. Si no experimentara nada más que
Daphne durante el resto de mi vida, lo consideraría una victoria.
—Con Daphne. —Sin equilibra el sándwich de huevo revuelto en sus manos
mientras sale al porche—. ¿Realmente hablaba en serio sobre que la mantienes aquí
contra su voluntad?
—No.
Él estrecha los ojos.
42 —¿Ella lo sabe, Em? ¿O piensas hacérselo ver?
—Te llamaré —le digo, y le cierro la puerta en las narices. Sin deja escapar una
retahíla de maldiciones al otro lado. No me importa. Quiero saber dónde ha ido mi
pintorcita. Si tiene lo que necesita. No todo, por el momento. Ella necesita el calor
entre nosotros. La pelea. Cuando sus sentimientos sobre su estatus aquí se hayan
equilibrado, podría ver lo que hacemos por lo que es. Lo que podría ser. Algo más
juguetón y menos angustioso. Podría hacer eso por ella dentro de esos límites. Podría
ser un alivio.
Subo las escaleras y echo un vistazo a las otras habitaciones en el camino. Aquí
no, aquí no, aquí no. La encuentro en su dormitorio, mirando al mar. Sin, maldito sea,
nos interrumpió cuando Daphne estaba perdiendo el control. Todo lo que hizo causó
que mis nervios se encendieran. Quiero todos esos secretos de sus labios.
Anoche estaba así.
—Ven al estudio y pinta.
Daphne se burla.
—Definitivamente no. Eres un psicópata. Me secuestraste. No pintaré.
—Sí, lo harás.
Al apartarse de la ventana, la luz cambia. La luz resalta su cabello oscuro en el
frío azul y blanco del invierno. En contraste, Daphne está caliente. Viva. Un pétalo de
rosa en sus mejillas y la luz del verano en sus ojos. No puedo empezar a calcular su
valor. Ella está más allá de las medidas burdas que implican dinero.
—No me importa si quieres que pinte. No me importa si quieres mirar.
—Lo quiero, pintorcita. Pero tú lo quieres más.
—No, no es cierto.
—Puedo decir que sí.
Sé que Daphne quiere pintar del mismo modo que sé que quiere coger. Es
similar para ella, creo. Ella quiere la batalla y la rendición. La intimidad piel con piel
que duele como una perra. Si no respondiera tan bien a ser poseída y contenida,
podría pensar que es una sádica. Por supuesto, es demasiado dulce para el dolor, y
el dolor es demasiado fácil. Eso es evidente incluso en sus pinturas. El movimiento
del mar nunca es sencillo, aunque lo parezca.
Sé que Daphne quiere pintar porque puedo sentirlo en el aire. Puedo ver todas
las pequeñas tensiones en sus manos y en su cuerpo. No somos tan diferentes, Daphne
y yo. El mundo llega a nosotros a través del arte. Sólo que la suya es una expresión
táctil. La mía sólo es táctil en ese sentido cuando la toco.
E
merson trae el desayuno. Un nuevo y perfecto huevo revuelto. Dos
tostadas. Una clementina, dividida en sus trozos y extendida como un
abanico alrededor de la curva del plato. Lo pone en mi mesita de noche
y se va sin decir nada mientras yo finjo estar aburrida. Mientras finjo que no estoy en
llamas.
Me lo como todo.
No porque no quiera que haga lo que dijo, sino porque lo quiero.
Te ataré a un marco en mi pared y te follaré la garganta hasta que ruegues por
comida.
Jesús. No está bien querer algo así. Mi cuerpo no recibió el memo. Sentí una
45 sacudida como un rayo cuando lo dijo. Puro calor, directo al núcleo. Un millar de
pequeños fragmentos se agolparon en mi mente. Sus manos rodeando mis muñecas.
La cuerda. El marco. Sería duro, ¿no? Sería asfixiante.
Y lo quiero.
Lo que dijo Emerson es un desafío obvio. Rechazarlo significa ceder. Aceptar
este juego enfermo y equivocado que jugamos. Entregarme a ello y a él.
Un escalofrío recorre mi columna vertebral. Si me rindo ante Emerson así,
puede que no resurja. Podría no volver a ver a mi familia. Podría superar este salvaje
nudo de dolor y dejar de preocuparme.
Camino por la habitación e intento determinar qué es exactamente lo que me
pasa. No parece posible estar tan enfadada y tan deseosa al mismo tiempo.
Insulto a la herida, Emerson no está equivocado. Quiero pintar.
No puedo decir cuándo el arte se convirtió en algo más que una afición. No
quiero llamarlo compulsión u obsesión. Esas son las palabras que me vienen a la
mente cuando pienso en ello. Si paso mucho tiempo sin pintar, me duele la cabeza.
Me pongo triste. Mis emociones se embotellan y se me atascan en la garganta.
Sinceramente, no estoy segura de si habría crecido como artista sin cientos de horas
de práctica. Mis primeras obras no eran nada especial. Un creativo nato
probablemente habría hecho algo impresionante, al primer intento.
En fin.
Me paso todo el día en mi habitación, que en realidad es más bien una suite.
Parece ridículo visitar otras partes de la casa de Emerson como si esto fuera algo más
que un secuestro. Mi plan para reunir más información fracasa. Mi pecho late con un
dolor obstinado.
Emerson me da espacio, como si supiera que esta mañana fue un shock. Una
tarde de espacio. Una tarde. Una noche. Trae la comida, la deja en la mesa y se va.
No puedo creer a su hermano. No puedo creer que haya una persona en la
tierra peor que Emerson. Debería haberlo visto venir, honestamente, y eso es lo que
es tan vergonzoso. Como si mis hermanos no fueran igual de peligrosos. Igual de
malos.
Pero ¿así de mal?
No le creí a Leo cuando le dijo a la policía que había secuestrado a Haley. Sé
de hecho que fue más complicado que eso. Sé lo mucho que ella lo ama.
Ugh. Esto es doloroso, todos estos pensamientos, todas estas palabras. Aplico
las palmas de las manos sobre el edredón y trato de estirar el impulso de mis dedos.
Ayuda durante un segundo, pero luego vuelve a aparecer.
La pintura está justo ahí. Justo a través de la puerta. Y los pinceles. Y el lienzo.
46 El dormitorio de Emerson ha estado a oscuras durante más de una hora. No ha cerrado
las puertas, pero no hay movimiento a través de ellas. No hay sonido. Estoy bastante
segura de que está durmiendo.
Treinta minutos. Una hora. Podría pintar durante una hora sin despertarlo.
Me late la cabeza.
Salgo de la cama y me dirijo de puntillas al umbral. La luna proyecta un pálido
resplandor sobre el taburete, el caballete y el lienzo. No hay suficiente luz para juzgar
los colores.
Diez segundos más para estar segura de que está dormido.
Entonces…
Atravieso el espacio hasta la hilera de interruptores de la pared y accionado el
del extraño foco. Un tenue beso de luz. Se siente menos como un foco y más como un
charco de luz solar en medio de la oscuridad.
Allí. Suficiente para tener la sensación de los colores. Mi mente llenará el resto.
Las estanterías de las paredes laterales están dispuestas con más precisión que
mi tienda de material de arte favorita. Emerson no ha escatimado en gastos. Cajón
sobre cajón de pinturas. Una reserva de lápices de carbón, para bocetos iniciales.
Paletas. Más pinceles de los que podría sostener en dos manos. He tenido anteriores
sueños reales, honestos, de poseer esta cantidad de pintura.
Así que, por supuesto, incluso en esta realidad onírica, vuelvo a los mismos
soportes. Ultramar y negro. Blanco titanio. Un gris tormentoso. Mis dedos se ciernen
sobre un tono de verde que utilizaría para pintar los ojos azul verdosos de Emerson.
No voy a pintar sus ojos. Esto no será un retrato. Tampoco será un encargo.
Tomo el verde y empujo el cajón para cerrarlo.
Tengo lo que necesito.
Vuelvo a llevar todo al caballete conmigo, equilibro la paleta y los arbustos en
el taburete, y considero el lienzo. El resto de la habitación cae en la sombra. Yo
también soy una media sombra en este círculo de luz.
Este es el lugar correcto. Frente a mi caballete. El caballete de Emerson,
supongo. Me he parado frente a muchos caballetes en mi vida. El alivio sigue siendo
el mismo. He hecho esto cientos de veces. Miles de veces, tal vez.
Poca luz. Sólo yo. El lienzo. La pintura.
Lo lavo todo en blanco.
El primer toque del pincel sobre el lienzo es como soltar una respiración
prolongada. Es sólo una preparación para el resto. Nada elegante. Nada artístico.
47 Pero mi corazón responde. No hay ningún otro lugar al que puedan ir mis
pensamientos. En ningún otro lugar mis emociones son aceptables.
Podría parar. Dejarlo en blanco. Dejar mi trabajo invisible.
Pero me atraen los colores de la misma manera que me atrajo el estudio. De la
misma manera que me atrajo Emerson. Pintar es el hábito más antiguo y profundo de
mi vida. Mis músculos toman el control. Mi mente se convierte en las yemas de los
dedos, en el pincel, en el color y la forma.
No es pensar, en realidad. Sólo sentir. El horrible dolor en mi pecho se
convierte en la subida de una ola. La ira se convierte en gotas de agua que se liberan
unas de otras, lanzándose contra el cielo. He sido traicionada. Por Emerson. Por mí
misma. Esa traición se convierte en un giro de muñeca. Un golpe de pincel.
La pieza toma forma. Océano con su correspondiente cielo. No siempre pinto
el cielo, pero esta vez está empapado de luna, con rayos de luz que atraviesan las
nubes. Luchando a través de ellas. Brillante, innegable luz de luna en la franja de
cielo. Este océano está enfadado. Oscuro. Poderoso. Así es como me siento en el
lienzo. Oscura y poderosa.
Pierdo la noción del tiempo.
Las olas se ondulan y crecen. Esto me pertenece, al menos. Este mundo en el
lienzo.
Un oleaje surge del resto del océano como si pudiera tocar la luna. No lo
permito. La luna se mantiene alejada. No quiere ser oscurecida por el agua oscura,
pero la luna no siempre tiene elección.
No quiero pensar en elecciones.
De todos modos, algunas salen al lienzo. Los bordes descarnados de las olas.
La luna sobre el agua. Mis elecciones fueron impulsadas por el impulso de ser esa
persona que no soy.
O tal vez estaba tratando de ser la persona que soy.
De cualquier manera, estoy aquí porque tomé una decisión. Envié un mensaje.
Nadie me apuntó con un arma a la cabeza. Nadie me obligó a entrar en el coche de
Emerson. Sentí que era inevitable que él viniera por mí, pero tal vez no lo era.
Lo fue, susurra la pintura en el lienzo. Lo cubro con agua azul-negra. Se niega a
sumergirse.
Naturalmente.
Estoy aquí, al final. A solas con él. No hay más guardaespaldas. No más
hermanos y hermanas. No es lo que quería. Estar separada de ellos así —a la fuerza,
48 contra mi voluntad— es como olvidar cómo pintar. Como si me hubieran quitado algo
esencial.
No quería renunciar a ti, pinto en el cielo alrededor de la luna. Sólo quería ser
algo más. Quería ser brillante y libre, como tú.
Una ilusión, sin embargo. Mis hermanos tienen secretos. Todos ellos. Una
persona no se desprende simplemente de ellos, Leo menos.
No quiero estar enjaulada aquí. Lo añado a las profundidades negras del fondo
del lienzo. Pero una parte de mí piensa que tal vez sí.
Esta confusión está en las grietas plateadas de las olas. Dan la impresión de
movimiento, de feroz movimiento de marea. La gente piensa que las profundidades
del océano son pacíficas, pero yo no estoy necesariamente de acuerdo. Esconde más
de lo que la gente cree. Esta vez no añado sangre, aunque mi corazón truena.
Si hubiera elegido esto, si eligiera quedarme aquí, en este estudio con mi musa
al otro lado de la ventana, ¿se sentiría diferente al pintar esta escena?
No creo que lo hiciera.
Eso es lo que más me asusta.
Que tal vez no sea rabia, ni pena, sino regocijo.
¿Y si decido quedarme? ¿Haría esto para siempre? No puedo decir que este no
sea mi sueño. Toda una vida para pintar. Suministros interminables. Siempre quise
tener mi propio estudio. Quería vender cuadros por la cantidad de dinero que
Emerson puede pagar.
¿En qué me convierte eso, si me quedo?
Las emociones se acumulan hasta que vuelvo al lienzo. Pinto toda mi
preocupación por Leo y la culpa por no haberle contado a Eva lo de Emerson. El mar
se convierte en espuma. No necesito imaginar el océano. Está ahí, esperándome fuera
de la casa de Emerson. El océano real de afuera no es tan agitado como el que tengo
en el lienzo. No es tan violento. Pero podría serlo.
Mi cuerpo se entrega al ritmo de la pintura. Mi dolor de cabeza se disuelve.
Golpe a golpe, se retira como una ola que retrocede. Se acaba la presión en las sienes.
Ya no hay latidos fuertes en mi corazón. Soy consciente, en cierto modo, de los
cambios que se producen en mi cuerpo mientras me reoriento hacia el lienzo, una y
otra vez. Diferentes esquinas. Diferentes ángulos.
Pinto alrededor del lienzo.
En todos los bordes.
Estarán ocultos por un marco, pero no importa. Iré a los confines de la tierra.
Los confines del lienzo. Lo llevaré hasta donde pueda llegar.
49 La luna viaja por el cielo, pero no llevo la cuenta. Una mirada de vez en cuando
para ver cómo cambia la luz en el océano exterior. El oleaje sube y sube y sube. Caen.
Esta noche no hay tormenta. Invierno gélido y mar frío y oscuro bajo un cielo de
medianoche.
Y yo en mi pequeño bolsillo de luz.
Se siente bien estar aquí.
No quería admitirlo ante Emerson. Nunca le diré que tenía razón. Dejaré que
piense que no quiero pintar. Cubriré todo mi trabajo con capas de blanco. Nunca
notará la diferencia. Si me mantiene aquí por el resto de mi vida, pintaré cada noche
y lo cubriré cada mañana.
El producto final no es lo importante.
Bien. Tal vez esto es una compulsión. ¿Qué importa, de todos modos? Necesito
esto.
Y aquí, en el silencio, en medio de la noche...
Admito que su casa es encantadora. Se está cómodo aquí, no helado como en
la playa, ni apretado como en mi apartamento. Una temperatura ideal. Es un criminal,
un secuestrador, pero Emerson me ve como soy. No como una Morelli, sino como una
artista.
Después de todo, él me hizo este estudio.
El aire detrás de mí presiona como una mano suave que me impulsa hacia la
lona. Manteniéndome aquí. Aprobando. Pintar requiere más trabajo del que la gente
cree. Si lo hago durante mucho tiempo, me duelen las pantorrillas. Tengo que doblar
las rodillas y rebotar sobre las puntas de los pies para mantenerme de pie. No me
importa sentarme de vez en cuando, pero el movimiento se produce desde el suelo.
Estoy menos encorsetada cuando estoy de pie.
Ja, ja. Soy una prisionera que encuentra retazos de libertad en la galería de
Emerson. Quería que fuera una especie de juego sexual. Alguna charla sucia
inofensiva. No creo que lo sea.
Quería odiarlo.
No creo que lo haga.
Quiero que se repita, pero no puedo quererlo. No puedo.
Olas y cielo. Nubes y luna. No duele tanto verlo así.
Mi corazón en el lienzo. Todas las partes equivocadas. Las partes rotas. Las
partes temerosas. Allí, en el azul más profundo y el negro más oscuro. El blanco que
templa todo lo demás. El brillo medio amarillo de la luna. Los pinchazos de las
estrellas.
50 No es fácil, pero es mejor que estar sentada en mi habitación sola. Mejor que
desear que Emerson venga a pararse al lado de mi cama. Mejor que preguntarse si
está durmiendo.
Otra mirada al océano en el exterior.
Mi reflejo es tenue en la ventana.
También es diferente.
Una sombra en la puerta.
Me doy la vuelta, con la adrenalina en las venas, y encuentro a Emerson en el
umbral. Se apoya en el marco de la puerta. Es alto, delgado y hermoso con sus
pantalones de dormir y su camiseta, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Me ha estado observando.
Por más tiempo del que me di cuenta.
¿Ese sentimiento cálido y de aprobación? Era él. No era yo. Era él mirando. Eso
es lo que se siente al ser observada por él, y me pone furiosa.
Me devuelve la mirada sin inmutarse. Emerson no tiene miedo de ser atrapado.
Mis ojos se han ajustado lo suficiente como para ver los planos sombreados de su
rostro. La oscuridad no disminuye su intensidad. Su obsesión.
—No hice esto por ti —digo.
—Lo sé. —Emerson se endereza. Cada vez que mueve su cuerpo, lo siento
reverberar en el mío. Tal vez sea obsesión.
—No te dejaré tenerlo. —Vuelvo a mi paleta y recojo el negro en el pincel.
Negro como la pintura en aerosol que usó para destruir lo que odiaba. También
convertiré esto en basura. Olvídate de pintarlo con blanco.
La punta del pincel está a un suspiro del lienzo cuando una mano atrapa mi
muñeca.
Es como si hubiera tocado el corazón que late en mí. Mi tonto y resistente
corazón. No me gusta la destrucción, en general. En realidad no quiero destruir el
cuadro. Pero la emoción es un oleaje de tormenta. Intenté contenerla y fracasé. Rayos
y truenos. La ira y el deseo. Prefiero arruinar esto que dárselo a Emerson. Prefiero
dejar que lo cuelgue en su habitación que arruinarlo.
—Déjame ver.
Me mortifica la forma en que lo acepto. Sin pensarlo. Dejo de intentar superar
su agarre en mi muñeca.
—Has estado mirando durante mucho tiempo.
53
Daphne
D
erramé toda esa ira en el lienzo, pero a la segunda mañana se calcifica
en algo pesado.
Como el hueso, tal vez.
O el agua, chapoteando en el fondo de una piscina. Aplastando la roca que hay
debajo. Su peso me aplasta el pecho y me saca el aire de los pulmones. Mis manos
tienen una atracción magnética hacia las cubiertas.
Mi primer instinto es taparme con las mantas y quedarme aquí. Excepto que no
me gusta la idea de sucumbir a las suaves mantas y a una hermosa vista.
Emerson va a querer que coma... otra vez. Querrá que baje las escaleras. Ni
siquiera quiero cruzar el dormitorio para lavarme los dientes, pero lo hago. Pequeñas
54 victorias. No me río de mi propio chiste. No esbozo una sonrisa. Me quedo mirando
fijamente a mí misma en el espejo.
No es bueno. Yo no soy así. No soy huraña, triste y desganada. Me obligo a
vestirme, pero la idea de bajar las escaleras...
No.
En cambio, voy al estudio. Es una broma cruel. Ofensivamente hermoso a la luz
de la mañana. Incluso mi irritación por este lugar horriblemente encantador es
demasiado distante para comprometerse de verdad. Todo mi enfado queda en nada.
El lienzo que pinté sigue ahí en el caballete, pero no lo reemplazo por otro.
No me acerco a él en absoluto.
Me dirijo a los cajones de suministros y saco un pincel.
No voy a escapar de mi ira aquí. Siempre estará en la casa conmigo. La casa,
como Emerson, está constantemente vigilando. Las grandes ventanas dejan entrar el
mundo, pero no me dejan salir. Todo lo que hacen es mostrarme la amplia extensión
del océano. Puedo ver mi libertad desde el estudio. Pero no puedo tocarla.
Esta sensación me está clavando en la tierra. Conduciendo mis pies a través
del suelo. No creo que pueda quitármela de encima, ni pintarlo. Huir parece
imposible. Tomo puñados de pintura de las estanterías, sin molestarme en buscar mis
favoritos. Este no será ningún océano que haya pintado antes.
Rojos chillones llenan mis palmas. Amarillos chillones. Un violeta que hace que
me duelan los dientes.
Un lienzo es demasiado pequeño para levantar lo que siento de mi pecho y
dejarme respirar de nuevo. Se arrugaría bajo la sombría y difícil de manejar
desesperación que se esconde detrás de mis costillas.
Nunca me va a dejar salir.
Estaré en la casa de Emerson, en el marco de Emerson, para siempre.
Al diablo, entonces. Las ventanas pueden mirar a la nada. No dejaré que el
océano me devuelva la mirada. No miraré a mi tema favorito. No puedo creer que
piense que esto es lo que quiero. ¿Estar separada de la libertad por un cristal? Una
broma. Es una broma. Hace que se me cierre la garganta y me duela el corazón y se
me hunda el alma.
Ahogarse. Es como ahogarse.
Esquivo el lienzo y me dirijo a las ventanas. El plan que se está formando en mi
mente es un desperdicio. Nunca lo haría, salvo que aquí no habrá ninguna diferencia.
Emerson puede permitirse comprarme pinturas para siempre. Pinturas para cubrir
cada centímetro cuadrado de esta casa. Pinturas hasta que mi corazón se detenga.
55 Pinturas hasta que me muera.
Un tajo de rojo en la ventana. Espero a que llegue la culpa, la euforia de salpicar
dinero en el cristal de esta manera. No llega. Agrego un corte de amarillo. Un verde
asqueroso. Ese violeta dulce y eléctrico. Una ola toma forma contra mi voluntad.
Incluso ahora, no puedo dejar de pintar el océano.
Puedo convertirlo en otra cosa. Esta colisión de colores se parece a lo que
siento por dentro, excepto que no es lo mismo. Es un espejo de feria. La forma en que
me siento es oscura y fría y aislada, y esto...
Esta es una caja vibrante y colorida. Cierro el mundo trazo a trazo. No hay un
alivio real en ello, sólo la tenue satisfacción que viene de saber que Emerson odiará
esto.
Es un desperdicio de pintura y habilidad, honestamente. Podría estar creando
algo hermoso.
Las ventanas del estudio son enormes. Tengo que volver por más pintura.
Las ventanas son enormes. Tengo que volver por más pintura. Tengo que
volver una segunda vez, una tercera vez. No funciona y no esperaba que lo hiciera.
No esperaba que mis emociones se aclararan, que se convirtieran en algo
comprensible. No hay nada que entender. Sólo soy una persona atrapada en una jaula.
Un pájaro atrapado en una jaula. ¿Es así como se sienten los pájaros? ¿Odian las
ventanas por mostrarles el cielo?
No llego a una respuesta sobre eso. Las ventanas son feas. Dejo de usar
cualquier técnica. Dejo de pensar en ello. Pintura y más pintura, cubriendo secciones
de vidrio cada vez más grandes. Arrastrar el taburete me sirve de descanso. Los tubos
de pintura que tengo no están pensados para un proyecto de este tamaño, pero
entonces ningún lienzo es lo suficientemente grande para lo que siento ahora mismo.
Un lienzo del tamaño del planeta sería demasiado pequeño.
Cada pincelada es pesada. Ahora tengo capas profundas. Pintando sobre la
tristeza y la pena y cubriéndola una y otra vez. Es un asqueroso desperdicio de
material.
Odio sentirme así. Nunca me permito sentirme así. Nunca me permito estar así.
El miedo me da vueltas en la cabeza. Cuando crecía, mantenía mis emociones
a puerta cerrada, donde era seguro. No era para mí tener rabietas donde mis padres
pudieran verlas. No era para mí tener arrebatos. Eso era para Leo. Yo lo sabía mejor.
Sin embargo, no estoy actuando como tal ahora. Podría haber consecuencias
aquí. Emerson podría enfadarse por las ventanas y la pintura desperdiciada. Reprimo
el impulso de deshacerlo para que no lo vea. Si nunca lo sabe, nunca tendrá la
oportunidad de tomar represalias.
56 No tiene sentido, al final. No me iré, dice mi corazón. Lo dice una y otra vez bajo
ese peso concreto. No me iré. No me iré.
La única salida es el océano. El ridículo e inalcanzable océano. No podría saltar
al agua helada aunque lo intentara. No puedo romper las ventanas. No puedo esquivar
a Emerson. Es demasiado fuerte y la casa es una fortaleza.
A menos que...
No lo sea.
La cerradura de la puerta no parecía de lujo. Parecía una cerradura bastante
normal. Conectada a su teléfono, de alguna manera, pero no había ninguna cámara
en él. Ningún hardware complicado. Su hermano simplemente la cerró y me encerró.
Podría desbloquearla.
Una cinta de color verde lima sigue el camino que tomaría una vez que cruzara
la puerta. Directo a la puerta. Hasta allí llegaría. Emerson lo sabría. Puede que la
cerradura no sea nada especial, pero tiene alertas. Alarmas. Dirigirse hacia la
carretera sería lo mismo que correr hacia sus brazos.
En la otra dirección hay un mar frío y prohibitivo. No es bueno cuando tu única
opción es un océano invernal. En esta fantasía, soy una buena nadadora. ¿Cuánto
tiempo tendría que nadar, en realidad? Sólo lo suficiente para encontrar un teléfono.
El verdadero problema es Emerson. Para conseguirlo —sin tener en cuenta la
natación, y el hecho de que podría morir congelada— necesitaría que estuviera
distraído. Nunca he visto a Emerson distraído. No estoy segura de que pueda
distraerse.
Está obsesionado.
Un acosador.
Un hombre terrible y malvado.
Mis pensamientos se resisten un poco a eso. No me ha hecho exactamente
daño. O me ha torturado. Emerson se niega a dejarme pasar hambre. Eso podría ser
una forma de tortura. Mantenerme viva para soportar esto.
Soportar que te cojan, se burla una voz. Como a ti te gusta.
—Bueno —digo a la nada, a nadie—, ¿cómo voy a saberlo? Es el único con el
que lo he hecho.
El único hombre que siempre has querido lo suficiente.
Dios mío. Odio esta voz, sea quien sea. Es demasiado honesta y correcta. No es
que no haya tenido invitaciones a lo largo de los años. Chicos pidiéndome citas.
Ninguno de ellos llegó al nivel de Emerson.
El océano está retrocediendo ahora. Me oculto de él. Poniendo un muro entre
57 nosotros. Ya no puede observarme.
—Vete a la mierda —le digo a las olas—. No estás mirando ahora, ¿verdad? No
puedes ver una maldita cosa.
Hablar con el océano es definitivamente una señal de que estoy perdiendo la
cabeza. El agua no es sensible. No son las olas las que han estado observando. Es sólo
Emerson. Lo peor, la admisión más baja es que me gusta cuando él está mirando. La
calidez y el enfoque caliente de él. Me gusta. Lo quiero. Deseo que me esté mirando
ahora. La cosa más enferma y retorcida que jamás he deseado.
Nunca he querido ser una cautiva. Quería ser libre. Por eso vine. Pensé que
esto era libertad, pero es una jaula.
Un marco en una galería. Clavado en la pared.
—¿Por qué? —No puedo hacer que mi voz pase de un susurro—. ¿Por qué crees
que querría esto?
Lo que realmente estoy preguntando es, ¿cómo lo sabías? ¿Cómo sabía que me
gustaría esta habitación? ¿Que me haría hervir en esta habitación? ¿Que, a mi pesar,
anhelaría estar en un lienzo aquí? ¿Cómo sabía eso de mí? Nunca se lo he dicho a
nadie.
Las lágrimas pinchan en las esquinas de mis ojos. Pintura sobre pintura. Figuras
sin forma.
No busco a Emerson.
Ni siquiera giro la cabeza.
Si quiere verme, lo haré. Si quiere que lo vea, lo haré. Eso es lo que he
aprendido de Emerson. Si quiere que sepa que está aquí, lo sabré.
Me esperó fuera de mi apartamento. Él entró a mi apartamento. Puedo sentirlo
esperando aquí también. En la casa.
Él es el marco, ¿no? Él es lo que me mantiene aquí. Que me inmoviliza,
jadeante, a la pared. Que me impide salir al exterior. No es la madera ni las ventanas.
Es él.
Y él no es una ventana. Lo que vi en sus ojos la otra noche...
No sé lo que era.
Hoy tengo la garganta demasiado apretada para sentir curiosidad por ello. Me
duele demasiado el corazón. Mi alma es demasiado pesada, por muy dramático que
suene.
Pero se va. Se irá en algún momento.
¿Verdad?
58 La pregunta es agotadora. Me aprieta los hombros y tira del pincel que tengo
en la mano hacia el suelo.
El dolor sería más fácil.
Esa voz insonora y molesta se ríe al pensar en ello. El dolor no es más fácil. Lo
he visto en la cara de mi hermano. Por lo que ha dicho, es una jaula tan grande como
ser un cautivo.
Aparto a Leo de mis pensamientos. No puedo pensar en él ahora mismo, ni en
ninguno de ellos. Es la primera vez en mi vida que no tengo acceso a mi familia. He
fantaseado con ello antes. ¿Qué niño no lo ha hecho? Sueñas con empacar una mochila
y marcharte en alguna gran aventura.
Al final de esas aventuras vuelves a casa.
No puedo ir a casa. O verla, o hablar con la gente de allí.
No.
No hay que pensar más.
Sólo pintar.
Me quedo sin vidrio. Cubro la última esquina poniéndome de puntillas en el
taburete. En otro tiempo podría haberme gustado esta explosión de color, pero ahora
la detesto. Es un cuadro que nunca quise pintar. Odio esta combinación de colores.
Lo odio todo. Que no hay arte en absoluto.
Un desastre, como lo soy yo.
Tanto para pintar por despecho. Tanto para no darle nada más de mí. Vuelvo a
ponerme en pie. Mi equilibrio no es muy bueno. Podría caerme y golpearme la
cabeza. Sería una caída dura, con los pulmones llenos de piedras.
Me estaba engañando a mí misma.
Emerson se está engañando a sí mismo si cree que me voy a acostumbrar a
esto.
—Tal vez lo hagas —le digo a la pintura. A mí misma—. Tal vez te acostumbres.
La gente puede sobrevivir a casi todo.
El aire de la habitación se desplaza, como medio aliento en la nuca.
Estoy congelada aquí. Una estatua. Mi equilibrio parece menos seguro con
cada respiración que hago. No me atrevo a moverme, de verdad. Si muevo mi peso
para bajar me caeré. No me mataría, pero sería vergonzoso. Sangriento, tal vez.
Se acercan pasos suaves.
Manos en mi cintura.
Emerson me levanta fácilmente al suelo como si fuera una estatua en
59 exhibición, o un jarrón. Algo que está en el estante equivocado. Más seguro aquí, me
lo imagino diciendo. Pero no hace ningún comentario. Se limita a avanzar lentamente
por la habitación, mirando las ventanas.
Mete las manos en los bolsillos. Pantalones suaves y una camiseta, como si no
pensara ir a ninguna parte. Es monstruosamente injusto que sea tan atractivo con
pantalones y manga larga. Y aún menos justo es que no pueda apartar la vista de él.
Una persona tan hermosa no debería ser también malvada. No tiene sentido.
Intento mirarlo como lo haría con cualquier tema en la escuela de arte. Sombras
y luz. Profundidad y color. Es imposible. Él es más que cualquier cosa que haya
intentado pintar. El sol se abre paso a través del arco iris en las ventanas y los ecos
más tenues llegan a su piel.
Su mirada es mucho más brillante que el sol. Mucho más intensa. No tengo el
mismo impulso de protegerme los ojos cuando no está dirigida a mí, pero sigue
haciendo que se me corte la respiración.
Mira las ventanas como miraba mis cuadros en la galería.
Con asombro en los ojos. Con obsesión. En serio, como si no hubiera estado
haciendo un berrinche silencioso y sostenido sobre el vidrio.
—¿Qué te parece?
Es insoportable no hacer la pregunta. Mis nervios arden de miedo y de una
pequeña y desesperada necesidad de que lo apruebe. Podría decir que es un
desperdicio de pintura. Podría ordenarme que lo limpiara. Realmente, podría
obligarme a hacer cualquier cosa. Es lo suficientemente grande. Lo suficientemente
fuerte.
Bastante cruel.
Pero sigue mirando. Emerson no le dio ni tres segundos de su atención a la
pintura de Peter Clay. Le está dando momentos y momentos a la mía. Latido tras latido.
Su vida, esa voz susurra de nuevo. Probablemente ahora estoy totalmente fuera de mis
cabales.
Se vuelve hacia mí, con asombro en los ojos. Como si hubiera hecho algo
especial sólo para él. No puedo hablar. Si hablo, lloraré, y puede que nunca deje de
hacerlo. Pondré mi cara en las almohadas y sollozaré hasta que no queden más
lágrimas en el mundo.
—Es mejor así —dice.
—Estás bromeando. —Me ahogo con las palabras, luego cierro la boca y me
niego a decir nada más.
60 —Es evocador. Mira la progresión. —Emerson pasa su mano por el aire, y lo
veo: de qué está hablando.
—No hay progresión.
—Quizás no. —Su mano cae. La elevación de la esquina de su boca dice que no
está realmente de acuerdo conmigo. De todos modos, no importa. Traté de hacer un
desastre, y él todavía encontró el patrón allí. Todavía encontró la profundidad. Deja
que sea él quien saque la belleza del aislamiento y el dolor que está causando.
Sus ojos azul verdosos son el color más impresionante en este estudio olvidado
de Dios. Emerson los vuelve hacia mí y me observa. Su pecho sube y baja por debajo
de la camisa. Fácil. Cómodo. Está en casa.
—Baja, pintorcita.
—¿Y hago qué?
—Come.
Emerson
L
a ira de Daphne era embriagadora. Dejó una marca en mi piel que veo
cada vez que me miro al espejo. Se asoma por el cuello de mi camisa. Ella
mordió lo suficientemente fuerte como para que perdure. Es como si uno
de sus cuadros cobrara vida. Su energía zumba en mi casa. Un trasfondo constante. El
inverso del ruido blanco del océano. Le da a todo un toque peligroso y brillante. Creo
—aunque no puedo saberlo, sin ver a su familia— que la frecuencia específica de esa
ira nació en ella. La más somera investigación sobre los Morelli revela que su imperio
se construyó sobre la amenaza de represalias. Sobre la amenaza de la ira. Según mi
experiencia, este tipo de rumores casi siempre se exageran en beneficio de quien los
suscribe.
Sin embargo.
61 Hay un núcleo de verdad.
Su negación fue fascinante antes de eso. Con los ojos muy abiertos, incrédula
y caliente. Como salir de una habitación oscura a una luz cegadora. Los sentidos no
pueden comprenderlo al principio y se registra como un shock. Como dolor. En la
cara de Daphne, esas emociones son impresionantes.
Su retraimiento me hace sentir algo más.
Culpa.
El fuego de sus ojos oscuros ha desaparecido. Están llenos de lágrimas de
cristal que aparecen y desaparecen con la luz multicolor del exterior. Lleva así todo
el día. El sol de invierno se desvanece más rápido y las vetas de pintura pierden su
brillo a medida que avanza. Los ojos de Daphne suelen arder. Con curiosidad. De
inteligencia. De deseo.
Se han reducido a parpadeos desnudos como una vela gastada.
Supuse que no se lo tomaría tan a pecho, dado lo mucho que la mantenía
vigilada su hermano. Una suposición incorrecta. El cautiverio es un shock para ella.
Cuando la vi en su caballete, consideré la posibilidad de aumentar la experiencia.
Convencerla de algo más. Quería hacerlo, pero no lo hice. Volví a mi cama y no
dormí.
Las ventanas...
Dios. Las ventanas son otra cosa.
Tengo mis sospechas de que esta es la pieza más grande que Daphne ha
pintado, y no la disfrutó. Es una desviación a propósito de su trabajo habitual. Como
si se negara a acceder a esa parte de sí misma.
Los labios de Daphne se separan. Sus ojos son enormes y están llenos de dolor.
No hay brillo. No hay centelleo. Engancha una mano en el cuello de su jersey, sin
molestarse en ocultarla de mí. Creo que apenas se da cuenta.
—No tengo hambre.
Otra mirada a las ventanas. Están completamente cubiertas. Ni un centímetro
de vidrio libre.
—Tampoco eres esto.
Daphne también mira.
—No sabes de lo que estás hablando.
Sí, lo sé. Porque la he observado. Porque no puedo parar. Quería ver sus
emociones en su cuerpo, pero no quería ver este conjunto en particular.
—No tienes que fingir.
62 —¿Qué se finge con esto? —Daphne hace girar distraídamente su pincel en la
mano.
Es un sentimiento que no se traduce en palabras. No al principio.
—No espero que seas feliz.
Sus ojos se dirigen a los míos.
—¿Es eso lo que crees que pinté? ¿Felicidad?
—Creo que pintaste la ilusión de ti. La que crees que los demás quieren ver.
La barbilla de Daphne tiembla.
—Te equivocas. Y tú dijiste que era mejor así.
—Lo es. Al menos no te niegas a pintar.
Ella da un suspiro pesado y profundo.
—No me importa si quieres que...
—No para mí. Para ti. No pintar debe ser como aguantar la respiración. —Las
comisuras de su boca se vuelven hacia abajo. Daphne no me mira a los ojos—. Ya ha
pasado la hora del almuerzo. Baja a comer.
—No.
No hay pelea en ella. Ni siquiera una pizca de la ferocidad de su primera noche
aquí.
—Baja, o te cargaré.
Daphne mira hacia otro lado.
Se queda completamente quieta mientras me acerco, la levanto en brazos y la
lanzo sobre mi hombro. Tenerla cerca es una mejora, pero no es lo ideal. Mi pintorcita
no se abalanza sobre mí mientras baja las escaleras. No intenta arañarme.
La siento en la isla de la cocina. Daphne deja caer su pincel sobre el mármol y
mira con expresión vacía las manchas rojas que aparecen desordenadamente en las
vetas de la roca.
—Uy.
—Puedes pintar la isla cuando termines de comer. —Mientras tanto, limpio el
rojo.
No hay respuesta.
Se ha vestido con leggings y un jersey. Quiero empujarlo hasta la cintura. Hasta
el cuello. Pasar mis manos por su piel hasta que proteste y finja odiarme.
63 Eso sería mejor.
Tal vez sea tiempo que necesita, pero el cautiverio no es necesariamente así.
Cuanto más tiempo pasa, menos predecible se vuelve. No se sabe qué pasará cuando
la luz alrededor del marco de la puerta se hace más fuerte. Se vuelve cegadora.
El sentimiento de culpa raspa el interior de mis costillas. La forma de ganar
tiempo es con comida. Mantenerla viva es mi primera prioridad. Eso dará paso a todo
lo demás.
Tengo una olla de agua a punto de hervir y una caja de fideos en la mano
cuando recibo el mensaje de Sin.
Sin: Es una transmisión en vivo. Míralo ahora
Esto, junto con un enlace.
Daphne se levanta de su sitio en la isla y sale. La sigo hasta el salón, donde se
deja caer en una silla y se queda mirando por la ventana.
Vuelvo al agua hirviendo. Vierto los fideos y pulso el enlace.
La voz del presentador irrumpe en los altavoces.
—… su casa en las afueras de la ciudad de Nueva York. Es la primera vez que
se invita a la prensa a... lo siento. Volveremos con más información después del
evento.
El evento es que el hermano de Daphne está dando una conferencia de prensa.
Han montado un podio en el exterior de su casa, que es un auténtico castillo. Lleva un
abrigo negro de invierno y una expresión que sólo puedo describir como de furia
atormentada. Llega a través de la señal de vídeo como si fuera estática. Odiaría tener
a la prensa en mi propiedad de esta manera.
Sólo lo haría si no hubiera otras opciones.
Las luces de la cámara, que compiten con el sol que se desvanece, captan las
sombras bajo sus ojos. Su mandíbula está tensa, fija, y no tengo que conocerlo para
saber que apenas se mantiene firme.
El chyron se desplaza en la parte inferior del vídeo. La familia Morelli suplica
que se devuelva sana y salva a su hija Daphne. Un número de teléfono gratuito
parpadea a continuación. Los periodistas de todas las emisoras están cubriendo esto.
Se agolpan en el borde del encuadre.
Esta es una maldita transmisión a nivel nacional.
—Mi hermana Daphne ha desaparecido —dice—. Han pasado unas treinta y
seis horas desde que la vieron por última vez entrar en su apartamento. —Continúa
describiendo la zona sin revelar su dirección, y yo escudriño el fondo por costumbre.
64 Hay una mujer rubia que le observa con una expresión estoica y afectada. Su esposa,
creo. Está junto a dos hermanas de Daphne. Incluso sus padres han salido para esto.
La cámara enfoca bien el podio, pero apuesto a que están todos allí.
—La última vez que se la vio llevaba una gabardina gris sobre unos leggings
oscuros y un jersey claro. Sé... —Levanta la vista de las notas en el podio y de todas
esas cámaras. Sus ojos son muy parecidos a los de Daphne. Quizá por eso me
sobresalta ver en ellos la desesperación luchando con la esperanza—. Sé que las
primeras cuarenta y ocho horas de la desaparición de una persona son cruciales, y la
ventana de Daphne se está cerrando. Por favor, transmitan lo más ampliamente
posible que garantizaré personalmente el pago por su regreso seguro.
El chyron de la pantalla cambia bruscamente a una descripción general del
patrimonio neto de Leo Morelli, que es más sustancial de lo que pensaba.
Leo se aclara la garganta, mira sus notas y vuelve a mirar a la cámara.
—Devuélvanosla. —Es una orden, pero parece una súplica—. Nuestra familia
nunca se recuperaría de la pérdida de Daphne. Nunca me recuperaría.
Un torrente de disparos de cámaras y flashes. No reacciona a ellos, ni a los
murmullos que surgen en el fondo. Un Morelli que admite su debilidad. Ese podría
ser el aspecto más noticiable. Que Daphne vale lo suficiente para él —y la familia—
para una exhibición pública. No sería tan concurrido si no fuera novedoso.
—¿Puede hablarnos de ella? —La voz de un reportero se abre paso entre el
murmullo de la conversación.
—Daphne tiene el pelo oscuro. Ojos oscuros. Como mis hermanos. Como yo.
—Una foto de Daphne aparece en la pantalla. Es la foto de su anuario universitario. Su
sonrisa es amplia y genuina, un brillo en sus ojos como si el fotógrafo hubiera dicho
algo particularmente divertido—. Mide un metro y medio. —Leo hace una pausa y una
emoción que no puedo empezar a nombrar recorre sus ojos y desaparece—. Y le
encanta pintar. Siempre está pintando.
La mujer rubia que está detrás de él da un pequeño paso adelante. No he visto
qué la ha hecho reaccionar así, pero Leo no se gira.
—Si tiene alguna información, llame al número que aparece en la parte inferior
de su pantalla. Cualquier dato verificable será compensado.
—¿Cree que se la llevaron contra su voluntad?
La rabia es una nube de una fracción de segundo sobre su cara, allí y se va de
nuevo.
—Sí.
68
Daphne
R
ecuerda la primera línea.
¿Línea?
De un libro.
Recuerda la primera línea de un libro. Si estás haciendo algo muy difícil y
necesitas distraerte, recuerda la primera línea de un libro que te encante, Daph.
Maldita sea.
No recuerdo ningún libro que me haya encantado.
Hace mucho más frío de lo que pensaba.
Un frío que parte los huesos. Fragmentos de hielo en mis ojos. Una congelación
69 ponderada. Emerson está aquí todos los días. Pensé que podría sobrevivir una hora.
Bueno, lo haré. Lograré pasar esta hora. Si soy sincera, no sé cuánto tiempo ha
pasado. Esto no es nada como aprender a nadar en la playa en una de nuestras
vacaciones familiares. En algún lugar cálido y tropical. ¿Quién me estaba enseñando?
Leo, probablemente, pero no puedo recordar. Sólo puedo recordar el agua en mi
cara.
Una ola golpea mi mejilla. ¿Cuántas veces ha pasado eso? Muchas, creo. He
perdido la cuenta del número de veces que he levantado los brazos. Que he pateado
mis pies.
Cada vez es más difícil.
El océano tira de mis brazos con cada brazada. No soy una gran nadadora, pero
sé lo que pasa si dejo de patalear. Me hundiré. Girar la cabeza para buscar la orilla
supone un verdadero esfuerzo.
No puedo verla.
De acuerdo.
Eso es un contratiempo.
Giro en la dirección opuesta. Olas sobre olas. Por aquí no, entonces.
Vislumbro la orilla. Me dirijo hacia allí. Ese es el camino que tengo que seguir.
Pero no, no es la orilla. Es una nube o tal vez una línea oscura. No sé lo que es, pero
parece más la orilla que el océano.
Bastante bien.
Lo más importante es seguir nadando. Levantar un brazo, luego el otro. Patada.
Patada. Patada. Tengo que alejar mi mente del frío. Recordaré la primera línea de un
libro.
Maldita sea. Tengo que haber leído un libro en mi vida. ¿Cómo es que Leo
siempre se acuerda? Claro, porque usaba este truco para algo peor que nadar. Para
un dolor insoportable. Estar así de fría duele bastante más de lo que esperaba, pero
no es tan malo como las heridas de látigo. Revestimientos de plata. Revestimientos de
sal. Abro la boca para reírme de mi propio chiste y recibo una bocanada de agua del
océano. Me congela los dientes.
Tal vez la rueda de color en su lugar.
Rosas. Rojos. Naranjas. Violetas.
No. Amarillos.
L
as palabras de Daphne vienen de kilómetros de distancia. De universos
de distancia. A miles de años luz a través de cuadros y lienzos y marcos.
A través de paredes de yeso y galerías. Rincones cerrados en mi mente.
Todo ello construido en torno a la interminable y gritona necesidad de lanzarme al
agua y respirarla hasta que no pueda sentir más este pánico al rojo vivo.
Sentí que salía en el océano. Concentrarse en una tarea esencial a veces puede
evitarlo durante unos minutos. Esta vez, me gané más de una hora. El tiempo
suficiente para calentarla. Pero sabía, por supuesto que lo sabía, que presionarla de
esa manera empeoraría la caída.
Ahora estoy en el mundo.
77 Mis métodos habituales para mantenerlo a distancia fallan. Es como un dolor
de cabeza, ese tartamudeo-arranque y estancamiento. Puedo sentirme haciendo el
intento, una y otra vez, de convertir la trampa en algo manejable.
—Emerson, por favor. —Una pequeña mano en mi brazo—. ¿Estás bien?
Mi cerebro tarda una eternidad en procesar una respuesta. Los cuchillos
presionan a través de mis costillas. Mejor morir, murmura una voz razonable. Te estás
muriendo de todos modos.
No puedo tomar suficiente aire. La primera vez que alguien me describió esto
como pánico, casi me reí. Pánico es una palabra demasiado pequeña para este terror
cortante y relampagueante. Me duelen todos los músculos por la necesidad de huir
de él. Ya he cedido a esos impulsos antes. Ahora no puedo aplastarlos. No puedo
alinearlos ni descartarlos.
Lo único que me queda es la honestidad.
—No —le digo.
Los ojos oscuros de Daphne están llenos de luz de fuego y preocupación. Nunca
quise que ella viera esto. Sabía, cuando fui corriendo hacia la orilla, que existía la
posibilidad de que esto sucediera. Si hubiera sido peor nadadora, si hubiera estado
menos decidida, tal vez podría haber llegado a casa.
Pero estaba tan lejos. Tan metida. Estaba empezando a ahogarse. Vi que su
cabeza se inclinaba hacia atrás y sus brazos se levantaban y supe lo cerca que estaba
de perderla. Se disparó el cable de la respuesta de pánico y la pérdida de la tabla de
pádel inició un fuego eléctrico en mis nervios.
La tabla era el camino a casa.
No tengo un camino a casa.
No puedo llegar a casa.
Daphne se acerca, mirándome a los ojos como si no estuviera viendo la
destrucción de todo lo que he construido. Cada cuidadosa ilusión. Ahora se acabó.
No seré nada para ella.
—¿Tienes frío? —Una pregunta suave y cálida.
El lenguaje se ha encerrado detrás de un chillido que advierte que esto es
peligroso, que una amenaza se acerca, que la muerte es inminente. Mis pulmones
rechazan el aire, incluso para gritar. No quiero gritar. Quiero hundirme, y sé lo que
eso significa. Significa una muerte precipitada por hipotermia. No llevo puesto el traje
de neopreno.
Lo quiero de todos modos. Lo quiero mucho.
Este pánico palpitante es insoportable.
78 —No tengo frío —logro decir—. Estoy fuera.
Daphne debería reírse de lo absurdo de esta descripción. Lo que ocurre en mi
mente es como una multitud de personas chillando con las gargantas en carne viva.
Como una luz caliente y cegadora. Como ser asfixiado por dos manos grandes y
fuertes. Como la puerta abierta de par en par para dejar entrar un mundo vicioso. Una
de mis piernas se mueve.
No hay otro lugar para correr que el agua. No puedo sobrevivir a eso. No puedo
dejar que Daphne me persiga hasta las olas.
Pero joder.
Ojalá pudiera.
—¿Qué quieres decir? —Es amable, para ser una Morelli. Esta no es su
reputación. Esta amabilidad. No se burla en lo más mínimo—. No estamos realmente...
quiero decir, estamos en una cueva. No estamos expuestos a los elementos ni nada.
—Daphne. —Su nombre se está convirtiendo en una especie de talismán.
Decirlo me ancla a esta roca y me aleja de una muerte simple y tentadora—. No salgo
de mi casa.
Pasa un momento.
—Sí, lo haces. Te conocí fuera de tu casa. Te conocí en la playa y en la galería.
—No salgo de mi casa si no estoy seguro.
—¿De qué?
—Que pueda llegar a casa.
Es silenciosa. Pensativa.
—¿No te gusta estar fuera?
Ojalá fuera así de sencillo. No son sólo los campos abiertos o las aguas abiertas
los que arrancan el pánico de su marco y queman la galería. Son todos los lugares en
los que se me puede impedir volver a una relativa seguridad. Mi coche puede actuar
como sustituto de la casa durante un tiempo limitado, pero no paso la noche en ningún
otro sitio. No a menos que sea absolutamente necesario.
Me duele el pecho como un ataque al corazón.
Mejor ahogarse. Así estarías seguro.
La sugerencia parece buena en momentos como éste. La mejor. No le digo a
Daphne que ella es lo único que me impide hacerlo. La marea está en su punto álgido.
Tanta presión en mis oídos que mi cabeza podría explotar. Pulmones comprimidos.
Cerebro comprimido.
—¿Siempre pasa esto cuando sales a la calle? —Su ceño se frunce con una
79 preocupación más profunda.
—No.
—Aquella vez en la galería...
—Podía llegar a casa. —Empieza a notarse en mi voz. Daphne no se inmuta y
entiendo, por fin, lo que me pregunta—. Esto no pasó cuando te vi. Podía llegar a casa.
Las palabras resuenan unas contra otras hasta que se graban en la roca. Vetas
de pintura desordenadas. Podía llegar a casa. Ahora no puedo. No puedo llegar a
casa. No puedo salir. Encerrado por fuera pero la puerta se abrirá, lo hará, y entonces
estaré mejor muerto, mucho mejor, el agua lo haría más fácil, unas cuantas
respiraciones dolorosas y luego nada nada nada...
—¿Qué se siente?
La pregunta detiene, de forma bastante brusca, el choque de trenes de mis
pensamientos.
—¿Qué?
—Estar lejos. —Daphne traga saliva. Es propio de ella preguntar esto. Ha dado
un paso atrás. Se convierte en artista. Un artista tiene que observar. Tiene que saber
antes de poder comprometerse con el sujeto. Esto es lo menos cómodo que he estado
nunca—. ¿Qué se siente?
Como si me sacaran los ojos. Como tener todo el aire y la belleza succionados
del mundo. Como estar atrapado en un armario y obligado a salir después. Paredes
estrechas y cielo abierto.
—Como morir. —Suena dramático. Completamente ridículo—. Se siente como
morir.
Mi pecho se contrae de nuevo. Esto podría ser realmente un ataque al corazón.
Estaría agradecido si se acabara, pero no quiero morir delante de Daphne. Eso la
lastimaría.
—¿Como morir de frío?
El temblor se intensifica. Esta es la parte más mortificante e imparable de todo
el proceso. No tengo control sobre ello ni sobre nada más.
—Como si me asfixiara o me explotaran los pulmones.
Ambas cosas pueden ser ciertas, momento a momento. Mi pecho no acepta el
aire o está a punto de reventar. Lo que Daphne no sabe es que ésta es la parte fácil.
Cuando se cierra como la oscuridad, es cuando las cosas se vuelven más difíciles.
Trato de forzarlo a desaparecer imaginándome a mí mismo como arte. Un
80 hombre aplastado en una cueva.
Imposible. El mundo no puede ser contenido en un marco de este tamaño. Sólo
cosas pequeñas. Lienzos más pequeños. Los lienzos de Daphne no se acercan al
tamaño de estos ataques. Nada lo hará nunca. Sólo existe el acto de vivirlo.
—¿Qué aspecto tiene? —Esta pregunta silenciosa y murmurada me revienta.
Odio esto de Daphne Morelli, y me encanta. Que pueda ver bajo mi piel de esta
manera. No quería mostrarle esto. Tal vez nunca podría detenerla—. En tu mente.
Porque por supuesto que tiene su correspondiente visual. Por supuesto que lo
tiene.
—Brillante. —Casi abrasador, en su brillo—. Edificios altos. Un cielo
imponente. Negro presionando… presionando… —No puedo respirar—.
Presionando en los bordes. Si alguna vez has visto la luz... —Intento mostrarle la forma
con la mano—. A través de una puerta cerrada. No puedo convertir esto en otra cosa.
Es como el óleo negro sobre el lienzo.
Me atrapa dentro de mí, como ese armario.
—Parece que necesitas una manta.
Mis huesos van a salir de mi piel. Van a romperse y atravesar el músculo a la
fuerza. Sobre todo, odio las exigencias contradictorias del pánico. Necesito un
espacio más pequeño y otro más grande. Más pequeño aquí, más grande en casa.
Tuve que trabajar mucho para tolerar mi propia casa, para poder caminar quince
cuadras. Y ahora estoy en esta cueva.
—No puedo detenerlo, Daphne —admito—. No deberías mirar.
Porque ¿quién querría hacerlo? Sé lo que parece. Sé lo patético que es.
—¿Cuántas veces ha pasado esto?
—Cientos de veces. —Cientos de muertes. Cientos de resurrecciones
renuentes—. He perdido la cuenta.
—¿Hay algo que ayude?
Sí. Lo hay. ¿Pero cómo se supone que se lo voy a pedir? ¿Cómo se supone que
voy a preguntarle a alguien más que a mis hermanos? Ellos son los únicos que lo
saben, y lo saben a mi pesar. No le voy a decir cuánto me duele. Cómo dos puños
están exprimiendo la vida de mi corazón. Carajo. No puedo respirar lo
suficientemente profundo. Hojas en el fondo de mis pulmones.
Sé que no hay nada aquí con nosotros. Nada en el océano que se pasee por el
interior. Todo ese conocimiento intelectual es inútil frente a esto. Podría levantarme
y dar unos pasos fuera de la cornisa de la roca, hacia las aguas profundas. Sólo por un
81 minuto. Sólo por un momento. No perdería la orientación en la oscuridad. Podría
llegar a casa. Podría hacerlo. Y si moría en el intento, estaría bien. A nadie le
importaría. A ella no le importaría. Ella sería feliz. Ella podría pintar la ola que me
mata. Sería una obra maestra, ¿no? Debería dársela. Debería hacerlo. Debería.
Mi mente se astilla bajo el estrés. Me empujo las rodillas para no correr. Eso ya
ha ocurrido antes. Los instintos animales se apoderan de ti y no puedes hacer nada
contra ellos. Los humanos son animales . Oh, hacen arte y lo cuelgan en bonitas
habitaciones y lo venden por dinero, pero somos animales. Todos los sistemas que
nos mantienen humanos son sólo invenciones de la mente. Nada serio. Nada por lo
que merezca la pena quedarse aquí. Nada.
Es tan horrible que podría gritar. No lo haré. Nunca lo hago. Pero siento que
podría hacerlo. Cualquier cosa para liberar la presión.
Sin embargo, no son gritos lo que necesito. Es contrapresión.
Mi visión es la siguiente. No sé qué haré si la pierdo. Seguir el sonido del agua,
quizás. Seguirlo hasta el fondo. No lo sé. Me quedé sin opciones. No puedo respirar.
Me voy a ahogar aquí en el aire. No hay casa. Ni siquiera cielo. Es el peor de los
mundos, atrapado en esta cueva como un armario. Lo único que hay fuera es una
amenaza del tamaño de un océano. Lo único que hay dentro es una chica que he
secuestrado. La única persona que quiero mantener conmigo. No hay otras opciones.
Los marcos se desprenden de las paredes. Ya no son marcos. Son metal
retorcido. Los lienzos están vivos. Tienen garras y dientes para desgarrar mi piel. Eso
es lo que hace esto, al final. Me pone en medio de todas esas emociones. Y cuando no
puedo encajarlas en los marcos, suenan como aullidos. Se sienten como un puñetazo
en la cara. Como romper un hueso. Como puños contra la madera. Como la luz de una
puerta que se ensancha cada vez más hasta que se abre, hasta que el mundo está
dentro y no hay forma de sacarlo.
Alcanzo la muñeca de Daphne sin pensarlo, prácticamente a ciegas.
Deja que la tome y la arrastre detrás de mí. La manta plateada revolotea hacia
la roca. No sé cómo explicar esto, así que no lo haré. Se acomoda contra mi espalda
y cruzo sus brazos frente a mí. Es un abrazo incómodo, pero aprieto sus manos contra
mi pecho.
—Tengo miedo de hacerte daño —dice, con su aliento cálido en la concha de
mi oreja.
—No me haces daño. —No sé por qué pensaría eso. Por qué se le ocurriría
siquiera.
—¿Vamos a algún sitio? ¿Vas a nadar?
—Estoy tratando de quedarme aquí. Tenemos que quedarnos aquí hasta que
baje la marea, Daphne. Estoy tratando de quedarme. Aguanta.
82 Agárrate más fuerte.
Aguanta con todo lo que tengas.
Por fin, por fin, lo entiende. El agarre de Daphne se estrecha, pero no lo
suficiente. Necesito que sea más fuerte para sobrevivir a esto. Empujo sus manos y
ella las clava. Sé lo ridículo que es esto. Sé que es irónico que necesite que alguien
me aplaste la caja torácica para poder respirar.
—Yo sólo. —Antes de que mi corazón se rinda—. Necesito un poco de aire.
Daphne no discute conmigo. No señala todas las tontas y vergonzosas maneras
en la que esto no tiene sentido. Se acurruca contra mi espalda y apoya su cabeza en
mi hombro. Odio, con todo mi ser, que ella pueda sentir cada temblor de mis manos
y cada sacudida de mis músculos, pero no puedo detenerlos. Es demasiado tarde
para evitar que vea.
Ella está aquí.
Es demasiado pequeña para esto. Demasiado dulce. No debería tener que
hacer esto. Nadie debería. Pero no parece tener miedo. Es un miedo secundario,
menos urgente. Que esto sea demasiado para ella. Que yo sea demasiado para ella.
—¿Es peor por mi culpa? —Esta pregunta, susurrada, casi desaparece en el
oleaje del océano—. ¿Porque estoy aquí?
—Pensé que te había perdido.
—No lo hiciste, Emerson.
Cuando la vi en el agua, sentí terror puro y duro. No había espacio entre la
emoción y yo. No había forma de mantenerla a una distancia segura. Sin marco. Sin
galería. Mi cuerpo se sacude contra sus brazos. Sigue intentando meterse en el agua
para nadar. Para escapar.
Daphne aguanta.
El aire vuelve a entrar en mis pulmones poco a poco. Cada respiración contiene
un poco más de oxígeno que la anterior. El negro desaparece de mi vista.
—No me dejes aquí —dice Daphne.
No puedo hacerlo. Prefiero morir.
—No lo haré.
Mantiene un puño cerrado en la muñeca contraria. Tan apretado como puede.
Con mis manos sobre las suyas, puedo sentir la tensión en ella. Lo mucho que se
esfuerza. El fuego crepita, arrojando sombras sobre las paredes. Se niega a ser
apagado por el agua que lo rodea. Son preciosas, sombras ondulantes. Atrapan los
picos y los valles, haciendo nuevas y más pequeñas cavernas.
83 La cabeza de Daphne se hace más pesada sobre mi hombro. Su respiración se
estabiliza.
Carajo.
Estoy impregnado de calor. Con una intensa sorpresa.
—Daphne.
Murmura algo ininteligible como una persona que ya ha caído profundamente
en un sueño.
No sé qué significa que pueda dormir ahora mismo, conmigo así. La mayor
parte puede atribuirse al agotamiento de su experiencia, pero yo soy todo lo que hay
entre ella y el océano. Una inocente como Daphne podría caer y ahogarse.
Su confianza hace que se me cierre la garganta. Me duele la emoción
reprimida. Una buena señal. Vuelvo a poner la galería en orden. Desempolvo los
marcos. Los cuelgo de nuevo.
Soy un bastardo egoísta.
La mantengo donde está, sujetando sus muñecas sobre mi corazón, todo el
tiempo que puedo.
Y luego la meto en la cama. La meto bajo todas las mantas plateadas que tengo.
Me permito una mano en su tobillo. Me permito estar cerca mientras espero el
siguiente ataque.
Daphne
O
igo voces de en mis sueños.
Una voz que es como la de Emerson pero no es la de Emerson.
En mi sueño hay un espejo, creo, pero no está muy definido. No estoy
segura de lo que estoy mirando. Se oscurece, luego se aclara de
nuevo. Sobre todo, es sólo sonido.
—Jesús, Emerson. —Pasos fuertes, con eco—. Estás... qué carajo. Di algo.
Vamos. Palabras. Cualquier maldita palabra, imbécil. No pierdas la cabeza ahora.
El silencio dura tanto que empieza a preocupar a la yo del sueño.
Entonces…
86 Excepto que una noche fuera de su casa fue suficiente para desquiciarlo. Creo
que ahora sigue desquiciado. Es sólo que es mejor para ocultarlo. Tiene un camino
de vuelta a casa.
Sin guía el barco hacia la orilla. Hacia una casa flotante un poco más abajo de
la playa de Emerson. Es tan diferente desde esta perspectiva. Las casas parecen
pequeñas comparadas con el inmenso mar. La amplia playa se convierte en una fina
franja de arena. Podría ser un pueblo navideño con tejados cubiertos de nieve. Esta
es la perspectiva opuesta. La vista del océano de la playa donde vi por primera vez a
Emerson en el agua. Mi corazón se acelera. Esta es la vista del océano del lugar que
pensé que era una hermosa prisión.
Es más que eso.
Es un santuario.
Uno que Emerson ha hecho para sí mismo.
Tal vez lo haya perdido, pero me siento conmovida de que me haya dejado
entrar. Una persona que siente esto por su casa sería muy protectora con ella. No
dejaría a nadie quedarse tanto tiempo como yo. Y esas horas en la cueva me
mostraron lo diferente que es de una prisión. Tengo todo lo que necesito allí, excepto
mi libertad.
Y...
¿Qué he hecho con ella?
Casi me ahogo.
Sin tira de la embarcación hasta el cobertizo para botes y Emerson se baja para
amarrarla. Me ofrece su mano para salir y luego me rodea con su brazo. Los tres nos
apresuramos a bajar a la playa. No sé si Emerson se da prisa por mí o por él. No sé si
me importa. Su hermano camina al otro lado de mí.
Probablemente ahora no sea el momento de bromear sobre el riesgo de fuga.
Emerson acelera el paso a medida que nos acercamos a su casa. Irrumpimos
por la puerta lateral, Emerson primero. Sin lo rodea y entra más. Y Emerson, con una
suave palma en mi hombro, me aparta de su camino.
Da un portazo.
Cierra con llave.
Se inclina en contra.
Ojos cerrados, las palmas de las manos apoyadas en la madera.
—¿Quieres subir? —Sin pregunta.
—Mierda, no.
87 —Me quedaré aquí abajo. —Los ojos de Emerson son ahora de estrecha
sospecha—. Me quedaré con ella —promete su hermano.
El efecto de esta noche es obvio en la cara de Emerson. Parece inquieto. Pálido.
Sólo su intensidad es la misma. Sus ojos se dirigen a mí, como si quisiera
tranquilizarse, y lo siento como un rayo sobre el agua.
—No me iré hasta que vuelvas a bajar —dice Sin—. Tal vez ni siquiera entonces.
—Te irás, carajo.
—Bien. —Sin se encoge de hombros—. Sube.
Una mirada más, y Emerson se va. Sus pasos se desvanecen a medida que se
adentra en la casa. Son suaves en las escaleras. Su casa no cruje cuando él avanza. Se
alegra de que esté en casa.
Sin ve a Emerson marcharse, y se queda mirando tras él hasta que el agua corre
tranquilamente por las tuberías. Entonces suspira. Se pasa la mano por el pelo. Se gira
para mirarme.
—Probablemente quieras cambiarte.
—Debería irme, ya sabes. En algún momento. Mi familia está preocupada por
mí.
La comisura de la boca de Sin se vuelve hacia abajo. Hay que mirar con
atención para encontrar las similitudes entre los dos hermanos. Está principalmente
en sus ojos. Me pregunto a cuál de sus padres se parece Sin. A cuál se parece
Emerson. Si alguna vez se han peleado por ello. Todos mis hermanos tienen los
mismos ojos oscuros. Todos menos Tiernan.
—No puedo dejar que lo hagas —dice finalmente.
—¿Pero puedes dejar que me retenga aquí?
Sacude la cabeza.
—Preferiría que te pidiera una cita, pero no fue así como sucedió.
—Entonces deshazlo. —El miedo pulsa en mi garganta, y al principio no puedo
ubicar de qué tengo miedo.
Y entonces lo sé. Mis mejillas se calientan. El edredón, el abrigo y la ropa son
demasiado para el interior. Son asfixiantes, al igual que esta nueva y cruda
comprensión.
—No puedo hacerle eso. —Sin cruza los brazos sobre el pecho—. No estoy
seguro de que puedas, tampoco.
Hay un momento congelado en el que considero perder los estribos. Gritarle
al hermano de Emerson. Enfurecerme con él. Exigirle, como hacen mis hermanos.
Llorar. Gritar, si eso es lo que tengo que hacer.
88 Excepto que...
No lo quiero. Estoy cansada y tengo demasiado calor y demasiado frío, todo al
mismo tiempo.
—Vamos. —Sin hace señas a la casa—. Cámbiate y te prepararé algo de comer.
—¿Crees que estarás aquí tanto tiempo?
—Sí.
Había imaginado que querría un baño de horas cuando volviéramos aquí, pero
flotar en la bañera ha perdido parte de su atractivo. Sin espera frente a la puerta de
mi habitación mientras me lavo la sal del pelo y me la restriego de la piel. La noche
al aire libre no ha sido muy amable. Mi piel está pálida y agrietada. La ducha me da
algo de color a las mejillas, pero hace que resalten las bolsas bajo los ojos. Un montón
de loción mejora la situación. No me importa mucho impresionar a Sin, pero me pongo
un poco de máscara de pestañas y crema hidratante con color para no parecer una
víctima de un naufragio.
Está en su teléfono cuando salgo.
—¿Te sientes mejor?
Sí , debo admitirlo. Porque lo hago. Una vez más estoy caliente y seca y limpio.
Pero también tengo una sensación extraña, de corazón roto.
Es porque Emerson no está aquí.
Por supuesto que soy así. Por supuesto que veo más allá de su caparazón y eso
me ablanda por él. Por supuesto, por supuesto. Yo soy la blanda. La inocente que
nunca amenaza. La que se deja llevar.
—Tengo hambre —le digo a Sin—. Y si no vas a dejar que me vaya, deberías
decirme algo sobre él.
—No estoy seguro de que tengamos tiempo para ese tipo de conversación —
dice mientras bajamos. Sin abre los armarios de la casa de Emerson uno por uno,
rápidamente, examinando lo que hay. Tomo asiento en la isla de la cocina y me juzgo
por el alivio que siento al no tener que irme. Voy a tener que pintar durante días para
asimilar esto. Quizá años—. ¿Por qué no me cuentas primero lo que pasó?
—Intenté irme. —No tiene sentido tratar de ocultarlo, honestamente. Fue él
quien tuvo que venir a rescatarnos en una lancha en pleno invierno—. Pensé que
podía nadar en el océano. Emerson lo hace todo el tiempo.
—Emerson no es como el resto de nosotros. —Esboza una sonrisa y saca del
armario una caja de té English Breakfast. Sin me la acerca y yo asiento con la cabeza.
El té estaría bien ahora mismo—. Considera que estar a la intemperie es una victoria
moral.
89 Tiemblo, a pesar del calor, a pesar de que estamos en tierra firme.
—No sé cómo sobrevive. Yo casi no lo hago. Perdí la pista de la orilla. —Es más
aterrador ahora, en retrospectiva. No creo que tuviera la fuerza para admitirlo cuando
estaba en las olas—. Estaba empezando a hundirme, pero... —No estaba empezando
a hundirme. Me estaba hundiendo. Mis pies se dirigían hacia el fondo. Mi cabeza era
la siguiente—. Salió a buscarme.
Sin asiente.
—Habría sabido el riesgo que corría.
—Yo no. —Abre una panera en un rincón y saca un paquete de panecillos
ingleses. Nunca había pensado mucho en los panecillos ingleses, pero ahora mismo
podría comerme mil de ellos—. No lo sabía hasta que estuvimos en la cueva.
El hermano de Emerson pone cuatro panecillos ingleses en la tostadora y se
apoya en la encimera, estudiándome.
—Anoche no estuvo bien.
—¿Para él o para mí?
—¿Vas a intentar escapar de nuevo?
Desde la isla, puedo ver la ventana sobre el fregadero de la cocina. Un trozo
del patio lateral. Todo es blanco ahí fuera. Los copos de nieve caen en espiral desde
el cielo en patrones frágiles.
—No lo sé. —Tan pronto como las palabras salen de mi boca, sé que no son
ciertas—. No.
—¿Estás segura de eso?
Me duele el corazón. Se me aprieta la garganta. Y hay un tirón, como la resaca,
como esa gravedad eléctrica que sentí en la galería. No tiene nada que ver con la
huida y sí con Emerson. Tal vez he tenido que estar así de cansada y escurrida para
conseguirlo.
—No quiero hacerle daño. Sólo quiero estar en un lugar donde podamos
entendernos. Y supongo que este es el único lugar donde puede estar.
Los panecillos ingleses saltan y Sin los alcanza sin mirar. Abre un armario y
agarra un plato con la otra mano. Mi enloquecimiento por el hecho de que Emerson
cocine huevos fue una tontería antes. Ahora lo veo. Tanto él como su hermano se
apresuran a poner mantequilla en cuanto se acaba la tostadora.
—No sé qué decirte —dice.
—Quiero decir, podrías decirme algo, en lugar de ser tan críptico. —Jesús, es
frustrante—. No puedo vivir así. Todos siempre me oculta cosas. No sé nada hasta que
es demasiado tarde.
90 Sin arquea una ceja.
—¿Todos?
—Mi familia. Y… y Emerson. No me dijo que necesitaba quedarse en su casa.
—Emerson no se lo cuenta a nadie. Tiene todo un asunto alrededor de eso.
—¿Qué quieres decir?
Abre la nevera y aparta las cosas de los estantes. Saca un zumo de naranja. Un
vaso a continuación.
—¿Dónde lo conociste la primera vez?
—En la playa de fuera. Me invitó a pintar allí. Yo no... —Me va a hacer parecer
increíblemente ingenua y protegida al decir esto, pero da igual—. Compró uno de
mis cuadros en la galería donde trabajo, y dejó una nota con la hora y el lugar. Pensé
que era un encargo. Lo vi surfeando pero no sabía que era él.
—¿Cuál fue la siguiente vez? —Sin no parece muy sorprendido por nada de
esto.
—Volvió a la galería.
—¿Viste cómo llegó allí?
—No. Estoy seguro de que su conductor lo dejó.
—Su chófer lo dejó a quince manzanas. —Sin vierte el zumo de naranja en el
vaso, luego murmura algo para sí mismo sobre que los panecillos ingleses no son
suficientes—. Es odioso cuando le esperas en algún sitio, pero siempre lo hace.
—Entonces debe estar acostumbrado. A estar fuera. Estar lejos de casa. ¿Cómo
pudo ser tan malo lo de anoche?
Sin saca una caja de rollos de canela congelados del congelador y les da la
vuelta, escudriñando las instrucciones de la parte posterior.
—Daphne, empezó con media manzana. —Eso no es nada. Eso es un par de
minutos a lo sumo—. Tuve que caminar junto a él todo el tiempo.
—¿Caminar junto a él para qué?
Busca una sartén y la pone encima de la estufa. La cubre con papel de aluminio.
—Para que no se lanzara al tráfico.
Sin dice esto casi distraídamente, pero la preocupación me atraviesa. Emerson
tenía ese aspecto anoche. Parecía que quería sumergirse en el océano. Estaba oscuro.
Las olas eran altas y agitadas. Sin se ocupa de precalentar el horno y de colocar los
panecillos en la sartén como si esto fuera sólo un ruido de fondo aleatorio para el resto
91 de su vida.
Supongo que probablemente lo sea.
—¿Eso es todo lo que vas a decirme?
Me mira fijamente.
—¿Qué más hay que decir?
—Podrías explicar qué demonios le pasó. ¿Fue como un ataque de pánico? —
Porque fue aterrador. Hizo que mi corazón se acelerara al verlo. Me sentí impotente,
y odié eso más que estar en la cueva. Más que casi ahogarme.
—Eso lleva ocurriendo desde hace mucho tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Desde que éramos niños.
Se me seca la boca.
—¿Qué pasó cuando eran niños?
Sin se ríe un poco.
—Crecimos.
—¿Con quién?
—Con nuestro padre.
Movimiento en las escaleras.
—Estás preocupado por él. —Este es el truco de Emerson, no el mío. Decir algo
como si ya supieras que es verdad.
—Sí —dice Sinclair suavemente—. Estoy horriblemente preocupado.
Una sombra en la puerta. Emerson está con ropa limpia, el color ha vuelto a su
cara.
—¿Te está molestando?
Tengo el extraño impulso de cruzar corriendo la habitación hacia él, de rodear
su cintura con mis brazos y abrazarlo con fuerza. Pero apuesto a que eso no le gustaría.
Apuesto a que no querría eso. No delante de su hermano. Ha vuelto a ser la persona
intensa y vagamente aterradora que conocí en la galería. Es casi difícil imaginarlo
temblando. Incapaz de recuperar el aliento.
—Está haciendo rollos de canela —digo—. ¿Quieres uno?
92
Emerson
T
arda varias horas en convencer a mi hermano de que nadie está al borde
de la muerte o de una crisis nerviosa. Cuando lo acompaño a la puerta,
se queda parado en el umbral, consiguiendo de alguna manera
comunicar su irritante preocupación utilizando solo sus ojos.
—Estará bien —le digo, y lo empujo hacia fuera.
—Si no me llamas...
—No seas tan necesitado.
Lo oigo maldecir al otro lado de la puerta mientras la cierro.
Mi pulso se acelera, igual que cuando entramos en esa cueva. Excepto que ya
93 no estoy en una maldita cueva. Estoy en mi casa. Daphne está conmigo, pero se siente
cargada y tenue. No sé qué pasa ahora. No tuve más remedio que dejarla con Sin
mientras volvía a unir los hilos de mi cordura.
Dios sabe lo que dijo.
Cuando me vuelvo hacia ella, está de pie bajo un rayo de luz del comedor. La
luz del sol se posa en su pelo. Brilla y resplandece, calentando el aire. Mi vestíbulo
nunca ha sido más hermoso y más insignificante al mismo tiempo. Es sólo un telón de
fondo para ella. No existe el dolor lejano, mirando a Daphne. Está en toda mi caja
torácica. Está en todas partes.
No puedo mantenerla a distancia. Mi mente superpone pinceladas sobre ella,
pero no puede mantener la ilusión. Ella es demasiado real para todo eso.
Luces en sus ojos. Mejillas rosadas. Labios rosados. Daphne lleva un jersey
blanco y unos leggings azul marino. Acuna una taza de té en sus manos. Tomo nota de
estas cosas como de todos los detalles de ella, pero su rostro me atrae.
No puedo nombrar la emoción en los ojos de mi pintorcita.
Los labios de Daphne se separan.
—Quiero hablar contigo.
—Entonces habla, pintorcita.
Ella sacude la cabeza.
—¿Cuál es el mejor lugar? Tu favorito, quiero decir.
—En cualquier lugar. —Daphne aprieta los labios. Este es un gesto aprendido,
creo. De alguien más. Ella no suele hacer silencios pétreos. Pasé tiempo haciendo
que las habitaciones de mi casa fueran cómodas, ya que siempre estoy aquí.
Podríamos ir a cualquier lugar. Pero ahora mismo…—. El dormitorio.
—¿Tuyo o mío?
—El mío.
Me sigue por las escaleras.
Estoy miserablemente, tontamente incómodo.
Daphne no hace ningún comentario cuando cierro la puerta del dormitorio y
echo el cerrojo, y luego hago lo mismo con las puertas del estudio. Se limita a esperar.
No hay impaciencia en el aire que la rodea.
—De acuerdo —dice, cuando he terminado con todas las puertas—. ¿Dónde
quieres sentarte?
—¿Tenemos una entrevista?
—Estamos teniendo una conversación, Emerson. Además, estoy cansada.
94 Durmió la mayor parte de la noche, pero no puede haber sido descansado.
Hacía un frío de mil demonios en esa cueva. Una galería en mi mente se llena de las
cosas que quiero. Con ella, no de ella. En este momento no es tan sencillo como
esconderlas en insinuaciones o juegos. Los dos estamos demasiado despojados para
eso. Cada respiración que hago está bordeada de un dolor extraño y fulminante. En
mi casa es donde tengo más control, y se siente inútil. Esa maldita tabla se me escapa
de las manos otra vez.
Todo lo que tengo es ella, y ni siquiera estoy seguro de tener eso.
Estoy congelado ante esta posibilidad. Esta incertidumbre. La luz entra por la
ventana y proyecta sombras sobre el rostro de Daphne. La profundidad de sus ojos
oscuros se hace más profunda. Más misteriosa. Invitan a una búsqueda. Y yo lo intento.
Lo intento, carajo. Pero ahora no puedo extrapolar el futuro a partir de su expresión.
No se siente el silencio. Hay algo entre nosotros, o bien he roto totalmente con
la realidad. Una corriente en el aire.
Un lienzo.
Un pincel.
Los dos se encuentran.
Daphne deja escapar un suspiro, y la neutralidad de su expresión se convierte
en algo somnoliento, vulnerable y dulce. Gira la cabeza, pero solo para encontrar un
lugar donde dejar su taza.
Y luego viene a mí.
Se detiene, a pocos centímetros, y me mira a la cara.
—Estoy cansada —dice de nuevo, y extiende los brazos.
No es como sacarla del agua. No es nada de eso. Rodearla con mis brazos es
como volver a casa.
—Esta es la dirección equivocada —menciono. Ella quería el océano antes—.
Se supone que debes correr en la otra dirección.
—Cállate, Emerson.
Me quedo así, con su mejilla pegada a mi pecho, frotando su espalda, hasta que
me duelen las piernas. Cuando el pánico se vuelve ingobernable deja todos mis
músculos débiles y desgastados por el esfuerzo de no correr. Daphne no discute
cuando la levanto en brazos y la llevo a mi sillón junto a la ventana.
—¿La cama no? —Daphne me ayuda a ponerle una manta encima y vuelve a
95 descansar.
—Me dormiré. —Cuando mi corazón deje de acelerarse, al menos—. Pensé
que querías hablar conmigo.
—Así es.
No me toma nada en saber cómo sentarme con ella. Las piernas estiradas sobre
mi otomana. La cabeza de Daphne cerca de mi hombro. Está completamente relajada,
lo que no concuerda con la mujer que se lanzó al mar para alejarse de mí.
El mar rueda perezosamente contra la orilla. Las nubes se acumulan frente al
sol. El día se inclina hacia la tarde.
Daphne toma aire, estabilizándose para algo.
—Quiero que me hables de tu padre.
Mi mente se congela y luego lucha por reiniciarse, tropezando consigo misma
en el proceso. Requiere un esfuerzo para anular el instinto de bloquear mis brazos
sobre ella.
—¿Qué te dijo Sin?
—No dijo mucho. —Una delicada irritación aparece en su voz—. Apenas me
dijo nada. Por eso vas a hacerlo.
—No es para que lo sepas. —No es para que nadie lo sepa.
Daphne traza la costura de la manga de mi camisa con la punta del dedo.
—¿Crees que eres el único con un mal padre?
Una sensación de comprensión atraviesa mi cansancio. Otro hecho de su vida
encaja en su sitio. Daphne ha sido intencionadamente imprecisa. Yo he sido
intencionadamente impreciso.
¿Qué carajo es esto?
Esperanza, creo.
—No. Creo que la mayoría de los padres son malos padres.
Lo que no digo es que la mayoría de los hijos se parezcan a sus padres. Creo
que es casi imposible que una manzana se desprenda del árbol, por así decirlo.
—Sin dice que lo que te pasó en la cueva... —Nunca he escuchado a otra
persona hablar con una paciencia tan considerada. O tal vez Daphne sólo está
agotada—. Que ha estado sucediendo durante mucho tiempo. Quiero saberlo.
—No.
—Tienes que decírmelo —insiste—. Me tienes prisionera.
—No tengo que decirte nada —replico—. Te tengo prisionera.
101 —Daphne.
—Quería odiarte. —Su voz tiembla—. Quería estar tan enfadada contigo por lo
que hiciste. Todavía lo haces. Pero no puedo odiarte. Lo he intentado una y otra vez y
no puedo hacerlo. ¿Qué dice eso de mí si no puedo odiarte? Eso es lo que me asusta.
No sé quién soy si te quiero tanto. Ni siquiera creo que vayas a hacerme daño. —Una
risa alta y amarga—. Es que no creo que puedas soltarme. Y creo que tal vez no quiero
que lo hagas.
—Algún día me odiarás. —Sabe tan amargo como su risa al decirlo.
—Tal vez no lo haga. Tal vez tampoco pueda dejarte ir.
—Creo que puedes, pintorcita. El mundo siempre ha estado a tus pies.
—No. El mundo ha estado fuera de mi alcance. Pero no fue porque alguien me
odiara. Era porque me amaban demasiado para dejarme tocarlo.
—Ah. No soy nada nuevo, entonces.
—No. —Una lágrima resbala por su mejilla—. Creo que estás tratando de
dármelo, en realidad. Tal vez lo estés haciendo mal, pero creo que eso es lo que es.
Es sólo que tu mundo parece diferente al que yo creía que quería.
—¿No te gusta la playa? —Trato de mantenerlo ligero porque no sé cómo
vivirlo de otra manera. No sé cómo seguir viéndola así. Sin filtrar por nada que mi
mente pueda crear. Exactamente como es ella. En mis manos. Su cuerpo contra el
mío. Daphne no oculta nada.
—Me importa un bledo la playa.
—¿Qué es lo que quieres, pintorcita?
Si la respuesta no soy yo, sobreviviré. Sobreviviré, carajo. Pero lo deseo tanto
que todos mis músculos se tensan. Mi corazón se acelera. La esperanza irrumpe en mi
mente en una ráfaga de colores vivos.
—Yo sólo. —Su voz tiembla con la verdad—. Quiero estar cerca de ti ahora
mismo.
Hay mucho más que no dice. Mucho más que no necesita decir. Le doy espacio
para respirar. Me adapto a ella. Nunca he deseado tanto ser el lienzo de nadie. El
resto de mí no importa. Sólo esto.
Le empujo un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Con o sin ropa?
—Sin —dice ella con una ráfaga de aire y angustia—. Quiero que me lleves a la
cama. ¿Qué significa eso? —Ya estoy de pie. La manta cae al suelo. Es una pregunta
seria de Daphne, y su pecho se encoge—. ¿En qué me convierte eso?
—En mi pintorcita —le digo, y le doy lo que quiere.
102
Daphne
H
e sido demasiado honesta con Emerson. He dicho mucho más de lo que
quería admitir ante él. Las lágrimas caen más rápido mientras me lleva
a la cama, pero no las menciona, no me dice que no llore.
Probablemente lo ve como más información. Más honestidad. Y supongo que eso es
lo que es.
Estoy demasiado cansada para no ser sincera. He pasado demasiado frío
durante demasiado tiempo y ahora lo único que quiero es calor y movimiento.
Lo que quiero es a él.
No pide ninguna otra explicación. Simplemente baja las sábanas de su cama,
me pone al lado y me quita la ropa. Sin juegos. Sin seducción. Dije que quería
103 quitármela, y ahora lo hace. La suya le sigue en cuestión de segundos.
—Emerson...
No hay más discusión. Me coloca sobre las almohadas con la misma
displicencia con la que apoyaría un lienzo, pero cuando me separa las piernas, lo veo
como la ilusión que era.
A Emerson se le corta la respiración. Me mira, con las manos en mis muslos, la
luz del fuego de esa cueva parpadeando en sus ojos. Arde allí tan brillante como
cualquier cosa que haya visto. Lo muestra todo.
—Ódiame —exige. Detenme, susurra mi recuerdo de la subasta de caridad.
—No. No lo haré.
—Carajo —susurra, el alivio resuena incluso en ese suave sonido, y luego me
come como un animal. Como un hombre que ha estado hambriento. Mi visión se
apaga casi inmediatamente en favor de la sensación. Los labios, la lengua y los
dientes. Su pelo bajo mis dedos. Debo estar tirando de él, debo estar haciéndole
daño, pero no para. Es como tener sus brazos y piernas alrededor de mí en la cueva,
sujetándome aquí: la misma fuerza, sólo que son sus palmas en mis caderas las que
me sujetan a las almohadas.
Soy todo terminaciones nerviosas, rozadas por su lengua, torturadas por ella.
Me lame como si tuviera que pintar cada lugar secreto que existe en mis pliegues.
Como si fuera a morir si deja uno solo sin probar. Después del agua y el viento helado
en el viaje de vuelta a casa es como si me quemara. No puedo dejar de hacer ruido,
pero no puedo oírlo, no exactamente. Sólo puedo sentirlo en el fondo de mi garganta.
Y Emerson responde.
Las palabras en sí no importan. No podría darles sentido de todos modos,
incluso si pudiera volver a encender mi cerebro. Sólo siento el zumbido en ese lugar
donde sólo él ha estado, donde sólo él ha lamido. La vergüenza me invade como una
fina capa de hielo y desaparece bajo su lengua. Emerson clava sus dedos. Con fuerza.
Diez puntos de dolor. No entiendo por qué lo hace hasta que llega el orgasmo.
Debe haberlo visto venir. Yo no lo hice. Me arranca lo último de mi
autoconciencia y me convierte en una cosa salvaje y empujadora, completamente
fuera de control. Más fuera de control de lo que he estado nunca en mi vida. Más de
lo que nunca me he permitido estar. Es oscuro y mágico y soy poderosa en él.
Peligrosa. O tal vez sea el placer lo que encierra ese peligro.
No. Soy yo. Soy todo yo.
—Sí —me oigo decir—. Sí. —Pero en realidad no puedo hacerlo. No puedo
volver a correrme. Emerson cierra su boca sobre mi clítoris y me atrapa cuando estoy
bajando. No deja que suceda. Oh, fui una tonta. Me he equivocado. Ahora no soy la
104 poderosa. Estoy en las garras de un villano que en estos momentos está taladrando
tanto placer en ese manojo de nervios que duele.
Da vueltas alrededor de mis caderas y lucho contra ello. No puedo hacer esto.
Eso es lo que quiero decir. Pero en lugar de eso sigo diciendo
Sí
Sí, sí, sí
Hasta que el placer me invade de nuevo y ya no puedo ver más. Aprieto los
ojos para cerrarlos. No tengo interés en abrirlos.
Todavía lo estoy diciendo cuando me besa allí, suavemente, con dulzura. Sigo
temblando sobre las almohadas. Otro beso, más arriba. Mi cadera. Mi vientre. Un
pezón. El otro. El lado de mi cuello.
—Por favor, pintorcita —me murmura al oído. Me cuesta un latido entender lo
que me pide.
Yo también quiero eso.
Es el esfuerzo más extraordinario, encerrar mis piernas alrededor de su
cuerpo. Levantarlas es un desafío directo a la gravedad. Ahora soy parte de la cama,
pero lucho hasta que estamos juntos. Me empuja hacia mi abertura, gruesa y
palpitante, y empuja hacia dentro.
Es diferente de esta manera. Él, tomando lo que quiere, su cuerpo cálido y
sólido sobre el mío. El estiramiento se intensifica. No sé si alguna vez me
acostumbraré a él. No creo que quiera hacerlo.
Emerson hace un sonido de impotencia y se estremece.
—Detenme.
En cambio, inclino mis caderas hacia las suyas y lo llevo más adentro. Ahora no
hay lugar en mi mente para la vergüenza. Me avergonzaría de estos ruidos si los
hubiera. Jadeos suplicantes, más impotentes que él. Emerson se coloca sobre mí y me
alisa el pelo. Es muy suave. Una pequeña disculpa por la forma en que su control se
rompe y empuja hasta que no queda ningún lugar para él y lo hace otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
Me coge de la misma manera que me comió. Desesperadamente. No pensó que
podría volver a hacer esto. Pensó que podría morir ahí fuera, pensó que había una
buena oportunidad, y pasó toda esa noche oscura manteniéndose vivo por mí.
Y ahora...
105 Y ahora...
—Tu coño está tan apretado, pintorcita. Te sientes tan increíblemente bien.
Estás tan mojada cuando te follo así. Puedo sentir que luchas pero estás siendo... —
Pierde el aliento—. Tan buena. No pares.
¿Que no pare de hacer qué? El pensamiento flota. Mi cuerpo responde.
—No puedo volverme a correr —le digo, frenética. No quiero decepcionarlo.
No puedo soportarlo.
—Lo vas a hacer. —Esa confianza fácil. Ganada a pulso. Ahora lo sé—. Puedo
sentir cómo aprietas mi polla. Te vas a correr sobre mí. Ese es tu único propósito
ahora, pintorcita. Perteneces a mi colección, ¿y para qué sirves?
Oh Dios, es mortificante lo caliente que me pone eso.
—Para correrme por ti.
—Eres la pieza más hermosa. Estás impresionante así. Te sientes... te sientes...
—Se queda sin palabras. El ritmo de Emerson se agita, volviéndose salvaje. Me deja
sin aliento. Se corre con un gruñido salvaje, cogiendo través de él. Es puro calor y
tanto que puedo sentir que se desborda. De algún modo, le rodeo el cuello con los
brazos y consigo aguantar. Es como un oleaje, como si me zarandeara el mar, pero
entonces se derrumba a mi lado y me acerca.
Se siente tibio aquí. Seguro, envuelta en su brazo, contra su cuerpo. Estoy
demasiado agotada como para tener conflictos. Emerson recupera el aliento. Le
cuesta menos tiempo. Se acomoda, el cuerpo se relaja, y yo podría llorar de lo
aliviado que debe estar.
—Perfecta —murmura. Tardo un latido en darme cuenta de que está
terminando la frase, medio dormido—. Tan buena. Todo lo que quería.
Me duermo con el sonido de su respiración, lenta y uniforme, durante mucho
tiempo.
Es casi de noche cuando me despierto. Estoy un poco agarrotada por la larga
siesta y, probablemente, por la noche anterior. Emerson se agita cuando muevo los
dedos de los pies.
—Necesito algo de ti —digo en la calma que nos rodea.
Apoya la palma de su mano en mi cadera.
—¿Qué, pintorcita?
Mi corazón se retuerce. Nunca había oído su voz así. Cálida, somnolienta y
relajada. Tal vez no debería decir nada. Tal vez debería alejarme de nuevo y no hacer
la pregunta.
Excepto que siento cierta claridad ahora que he tenido un minuto de descanso.
106 No quiero irme de aquí. No es eso. Pero si me voy a quedar, necesito algo más.
—Necesito enviar un mensaje. Necesito que me dejes hablar con mi hermano
de alguna manera. Una carta o una llamada, algo.
Su mano se flexiona.
—¿Qué hermano?
Creo que lo dice en broma. Para tranquilizarme, tal vez. Pero Emerson ya sabe
de qué hermano estoy hablando.
—Leo.
—El protector.
—Estará... —Pensé que podría decir esto sin dejarme llevar por mis
emociones, pero una vez más, me equivoco—. Estará muy preocupado por mí. Es mi
favorito, y va a estar fuera de sí.
Se siente como una traición describir exactamente lo preocupado que estará.
Lo pálido, insomne y agotado que estará. La preocupación y el dolor de Leo casi lo
matan cuando Haley se fue. No quiero ni imaginarlo así de nuevo, mucho menos
decirlo en voz alta, así que no lo hago. He visto a Emerson con su hermano. Tiene que
entender esto, al menos un poco.
Estoy de espaldas a Emerson, pero su atención se posa sobre mí como una
segunda manta. Ahora está totalmente despierto. No hay duda de ello. Despierto y
observando. O al menos pensando.
El miedo me aprieta los pulmones. Va a decir que no, y eso será el fin de la
discusión.
—No necesito irme —digo contra ese miedo—. No te pido que me liberes. Sólo
quiero una llamada telefónica. Necesito decirle que estoy bien.
Las yemas de sus dedos se flexionan sobre mi cadera. Reflexivo. Posesivo. No
enfadado. Este es el silencio más largo de mi vida.
—Puedes llamar. —Se me escapa el aliento de los pulmones. No es lo que
pensaba que iba a decir—. Pero me quedo contigo.
—Bien. Está bien. Quiero decir... —No es bueno ser supervisada por una
llamada telefónica, pero no me importa, siempre y cuando consiga hacerla—. Eso es
bueno.
Se inclina y me besa la sien, y luego se levanta de la cama.
Yo también salgo. No voy a hacer esta llamada mientras esté desnuda y
107 enredada en las sábanas de Emerson. Desbloqueo las puertas del estudio y cruzo a
mi dormitorio. Siento que llego tarde a una clase o a una entrevista. Algo importante.
Me pongo ropa nueva y vuelvo con Emerson. No está en el dormitorio, aunque ha
levantado las mantas de la cama y las ha puesto en orden.
Lo encuentro en su propio vestidor, de pie frente a una caja fuerte abierta en la
pared. Mete la mano y saca un teléfono. Es nuevo, todavía en el plástico, y parece
relativamente barato. Emerson clava su uña en el embalaje y lo sacude. Me pregunto
cuántos de esos teléfonos tendrá. Es un desechable, obviamente. Uno que se usa para
una sola llamada y luego se tira.
—Entonces, ¿sólo tienes esto a mano para cuando una chica secuestrada quiere
llamar a casa?
Emerson sonríe y me mira de reojo. Cierra la caja fuerte y mantiene pulsado
un botón del teléfono.
—La procedencia del arte valioso no siempre se rastrea por los canales
habituales.
—¿Habituales?
—Los legales.
—¿Robas arte?
Emerson me mira directamente a los ojos.
—¿Cómo puedes acusarme de ser un ladrón?
Por un instante no me doy cuenta de que está bromeando. Que la oscuridad
herida y feroz de su mirada es un juego. Cuando lo hago, es tan sorprendente que me
hace reír. Una risita sin filtro.
—Me robaste.
—No lo hice. —Sigue sonando afrentoso—. Yo pagué. —Emerson sale del
armario. Todavía huele cálido y limpio y realmente, ¿en qué estaba pensando?
Debería haberme quedado en la cama—. A veces, pintorcita, es necesario tratar con
gente desagradable para adquirir una pieza importante. Pero yo no robo. Eso
dificultaría el mantenimiento de mi reputación.
—Para estar a cargo de todos los artistas, quieres decir.
—Mi opinión tiene su propio valor —dice distraídamente—. Yo no les digo lo
que tienen que pintar.
—Oh, vamos. Apuesto a que si miras una determinada pieza demasiado tiempo,
todo el mundo intenta comprarla.
—Sí. Por eso asisto principalmente a las exposiciones privadas. Por eso no me
entretengo con ninguna pieza. —Me observa mientras dice esto—. No, a menos que
no pueda evitarlo.
108 Me da escalofríos pensar que es incapaz de mantenerse alejado. Tal vez sea la
forma en que me siento cuando lo miro. Como si mis pulmones tuvieran un
revestimiento eléctrico.
Emerson extiende el teléfono.
—Adelante.
Lo tomo de él. Esto es lo único que quería cuando me di cuenta de que no me
iba a dejar ir, y ahora estoy nerviosa. No sé qué decir. Me poso en el borde de la cama
y trazo los números del teléfono con la yema del pulgar.
Y entonces lo marco. No hay que esperar, en realidad. Simplemente lo hago.
El número de Leo apenas está en el primer plano de mi cerebro. Los números
forman un patrón en las teclas. Es el patrón que recuerdo más que nada. Nunca ha
cambiado su número de teléfono, no desde hace años, porque este es el que conozco.
Responde al primer timbre.
—Habla Leo.
—Soy yo.
—Daphne. —Hay un ruido de fondo, como si sus rodillas hubieran cedido
debajo de él. ¿Está en su escritorio? ¿En su habitación? Me desespera saberlo, aunque
no importa—. ¿Dónde estás?
Tenía razón. Ha sido horrible. Tres palabras, y su angustia y preocupación son
claras a través del teléfono. Me cortan el corazón.
—Escucha. Estoy bien. Estoy completamente bien.
—Dime dónde estás.
—No puedo... —La culpa aparece rápidamente. Duele, como tragarse un
moratón—. No puedo decirte dónde estoy. Sólo quería que supieras que estoy bien.
No quería que te preocuparas.
—Jesús. ¿Quién fue? ¿Quién te llevó?
—Nadie —digo, porque es verdad y porque Emerson está ahí mismo.
Técnicamente, él no me robó de mi apartamento. Fui con él.
—¿Te hicieron daño?
—No, yo...
—¿Te tocaron? —Su voz se eleva, se quiebra, y mis tripas se congelan. Puede
que haya subestimado lo mucho que esto lo sacudiría. De todas las cosas, esto es lo
que más teme mi hermano. Pero no sucedió como él cree. Emerson no me tocó de
ninguna manera que yo no quisiera.
109 No puedo dejar de mirar los ojos de Emerson. Se apoya en la pared junto a la
puerta.
—No, Leo. —Mi propia voz tiembla, que no es como quería sonar—. Lo juro.
Nadie me tocó.
Hay un latido de silencio. Si tuviera que darle una forma, sería irregular.
Angustioso.
—No estás sola.
Mi próxima respiración se siente como si la tomara a través de una pajita. Este
es el escenario de pesadilla para él. Una pesadilla de vigilia.
—No tienes que decir nada que te ponga en peligro —dice Leo, con un tono
más claro. Estaría asustada si fuera cualquier otra persona—. Te entiendo. ¿Estás sola?
—No.
—¿Estás herida ahora mismo? ¿Te hicieron daño?
Hicieron. Está preocupado por una conspiración. Los Constantine, tal vez. Más
de una persona. No hay manera de decirle que es sólo Emerson sin poner la vida de
Emerson en riesgo.
—No. —Las lágrimas queman mis ojos—. Te juro, Leo, que no estoy herida.
—Puedo ir a ti —dice—. Dondequiera que estés. Puedo enviar a alguien.
—Sólo necesito que me escuches. —Las primeras lágrimas se derraman, y eso
es todo. Ya no podré detenerlas.
—Puedo oírte —insiste—. Puedo oír cada maldita palabra. —Pero no puedo
llegar a ti. Esa es la parte que omite. Toma aire, y puedo decir que se está controlando.
Preparándose para lo que sea que ocurra a continuación.
—No estoy herida. Quería que supieras que estoy bien. Que estoy a salvo.
Realmente, no quiero que te preocupes.
—Estoy preocupado —dice. Esto es un eufemismo si alguna vez he escuchado
uno. Está fuera de sí—. Y no creo que estés siendo honesta.
—Lo estoy.
—Estás llorando.
—Sí. —Mi voz se vuelve delgada y alta, y esto es exactamente lo que no quería
que pasara—. Porque no quiero que estés así. Sólo quiero que estés bien.
Lo que quiero decir es que no quiero que pierda los estribos porque yo no esté.
Pero Leo maldice. Se lo toma de otra manera.
—No digas eso —dice—. Por Dios. Te voy a encontrar. Estos hijos de puta...
110 —Leo, por favor.
—¿Estás en la ciudad? —exige, el pánico enhebrando su voz. Pánico y
determinación.
—No.
—¿Estás cerca?
—Creo que sí, pero...
—¿Hay una ventana?
—Sí —respiro. Cree que estoy en algún sótano. Una verdadera rehén. Oh, Dios.
Esto es peor a cada segundo—. Hay muchas ventanas. Es un buen lugar. Está bien,
Leo. Se está bien aquí.
—¿Te están alimentando?
—Sí, por supuesto.
—¿Esta llamada era opcional, Daph?
Quiere saber si hay un arma. Una amenaza.
Una demanda de rehenes.
Me aclaro la garganta.
—Sí. quería llamarte para que no...
—Me voy a preocupar hasta que te encuentre —dice Leo—. Lo siento, hermana
mía. Así es como va a ser esta mierda. —Intenta ser terso, pero está tan asustado que
puedo sentir que se agarra al borde de algún alféizar o mueble cercano. Puedo
sentirlo tratando de no perder la cabeza por completo.
—Tengo que irme. ¿De acuerdo?
—No —dice—. No cuelgues. Daphne.
—Todavía estoy aquí. —Las lágrimas corren por mi cara. Los sollozos serán los
siguientes, y no puedo dejar que los oiga.
—¿Cuánto dinero quieren?
Me froto las mejillas con el dorso de la mano.
—Realmente no es así.
—Es así. Hay un precio, y lo pagaré. —Leo está siendo preciso con sus palabras
ahora, probablemente por la posibilidad de que mi secuestrador se acerque para
escuchar lo que está diciendo—. Lo que sea. Haz que digan el precio. No habrá ningún
retraso.
Y sé, con todo mi corazón, que lo dice en serio. Que vendería partes de su
111 empresa para conseguir el dinero, sea cual sea la cantidad. Que probablemente ya
lo ha hecho para que yo no tenga que esperar. Aprieto los dientes para contener el
primer sollozo. Si sale uno, se acabó el juego.
Yo sólo...
No puedo hacer esto. Es doloroso. Duele, ser amada así. Duele pensar que
antes lo daba por sentado. Duele pensar que no hay forma de superar esto que no
duela aún más. Para Emerson. Por mí. Por mi hermano. Debería haber pensado en
esto antes de hacer la llamada.
—Voy a colgar ahora —digo.
—No, Daphne, por el amor de Dios...
—Realmente tengo que irme. Te amo. Estoy bien.
—Daphne.
—¿Sí?
—¿Te están forzando?
—No. —Se escapa un sollozo. Maldita sea —. Sólo tengo que irme. Por favor, no
te preocupes.
—Lo pagaré —dice—. No me importa cuánto sea. Te amo, Daph. No cuelgues.
Un minuto más. Por favor. Daphne…
Termino la llamada.
Ya no hay compuertas. No hay compuertas en absoluto. Nada que mantenga los
sollozos dentro.
Mis lágrimas son calientes e implacables, me aprietan el pecho y hacen que me
duela la mandíbula. Todo me golpea a la vez. Lo abrumador que ha sido esto. Cómo
he fracasado en mi intento de escapar. Cómo he estado a punto de morir. Cómo me
salvó Emerson. Cómo no quise irme, al final, y ¿cuán jodido es eso? ¿Qué tan
equivocado es eso? Esto está hiriendo a mi familia más de lo que creí posible, y no sé
cómo arreglarlo.
Me cubro los ojos con la mano, dejando caer el teléfono en el proceso, y
Emerson está allí al segundo siguiente. Me rodea con sus brazos sin decir nada y me
abraza mientras los sollozos salen de mí y se estrellan en la orilla. Lo hace con
delicadeza, me hace callar, me murmura cosas suaves de una manera tan genuina que
me hace llorar más fuerte.
Creo que a ninguno de nosotros se nos escapa que fue él quien lo hizo.
112
Emerson
M
e arrepiento de todo. Al instante.
La ternura. El compartir. La honestidad. Me arrepiento de
haberla dejado entrar. Permitir esa conversación en primer lugar. Lo
odio tanto que forma un pozo en el fondo de mi corazón y se encona.
Porque, por supuesto, no la condujo a ninguna paz real. La cara de Daphne se
desplomó en cuanto escuchó la voz de su hermano. Se puso pálida y triste, su mano
se enganchó en el cuello de la camisa y se sujetó con fuerza. No se dio cuenta en
absoluto. Lo sé, porque no la soltó hasta que la tomé en mis brazos.
No tiene ni idea de cuánta razón tenía. Cómo toda esta dificultad se acumula a
lo largo de los años. No se hace más fácil. No se hace más fácil salir de casa. No se
113 hace más fácil recuperarse después de un ataque. Sus sollozos lastimeros son el peor
sonido que he escuchado.
Me he vuelto demasiado blando, demasiado malditamente vulnerable, y mi
mente sisea ante la perspectiva.
Es más fácil ser un bastardo malvado, como mi padre. Siempre ha sido más
seguro, y lo será ahora.
Cuando vuelva a salir el sol, habremos terminado con todo esto. No puede estar
tan cerca. Tan viva. La necesito donde debe estar. Enmarcada en mi colección. No
buscando el mundo exterior, que sólo la lastima. No pude escuchar nada de lo que
dijo su hermano, pero no lo necesito. Lo vi todo en su cara. No he sacado a Daphne
de una familia descuidada, el hermano menos.
Siento una punzada de culpabilidad.
Lo clavo en la pared de mi mente. Lo clavo hasta que no se vea nada.
Daphne llora durante tanto tiempo que se agota. Finalmente, se queda dormida
sobre mi hombro y yo hago lo único posible, que es arroparla en la cama.
Mi cama, no la suya. Me digo que es para que no esté sola si se despierta por
la noche. Sería mejor para ella si lo estuviera. No soy más que un imbécil arrepentido
con una colección de arte.
No se despierta en toda la noche. Ni siquiera cuando salgo de la cama antes del
amanecer para surfear, con mi teléfono en una funda impermeable en el bolsillo del
traje de neopreno para saber si intenta escapar de nuevo.
Una parte de mí cree que sí.
Esa parte está mal. Todavía está soñando, acurrucada bajo las mantas, cuando
vuelvo.
Es hora de retomar mi rutina habitual. La dejo allí mientras me ducho y me visto.
Luego bajo a mi despacho y reviso los mensajes de mi bandeja de entrada. La mayoría
son tonterías. Un par de ellos no lo son. Cierro otro acuerdo de compra con Michael
y organizo la entrega de la pieza para la próxima semana. Hago venir a un pequeño
equipo de personas de confianza para que limpien los cristales de su estudio. Hacen
un trabajo rápido y silencioso. Ella también duerme durante eso. Pasan otras dos
horas antes de que sienta los pequeños cambios en la casa que indican que está
despierta. Pasos ligeros en el suelo. Agua por las tuberías.
Daphne aparece en mi puerta un rato después. Tiene los ojos rojos, pero ha
dejado de llorar. El color hace que sus ojos parezcan aún más grandes de lo normal.
Incluso más brillantes.
114 —Hola, pintorcita.
—Hola. —Deja escapar un suspiro—. Siento haberme dormido hasta tan tarde.
¿Limpiaste las ventanas del estudio?
—Puedes dormir todo el tiempo que quieras. Y sí, las hice limpiar.
—Bien —murmura ella—. Odiaba esa pintura.
No menciono que todo el asunto también ha sido fotografiado para la
posteridad.
—¿Tienes hambre? —Cierro todas las pestañas de mi navegador. Una estaba
abierta a las noticias. El hermano de Daphne sacó un comunicado de prensa
reiterando su posición de pagar por su seguridad. Tendrá que pasar la mayor parte
de su tiempo clasificando pistas falsas.
—Sí —admite Daphne—. Pero no tienes que...
Ya me he levantado de la silla.
—¿Qué te gusta? Aparte de los huevos revueltos.
Ella vacila.
—¿No deberías saberlo ya? Me estuviste siguiendo durante mucho tiempo.
—Vivías en el segundo piso. Hacía difícil ver cuando comías.
Además, vivía en una calle muy transitada. Por mucho que quisiera mirar por
las ventanas, no podía hacerlo sin llamar la atención. Era un riesgo suficiente entrar a
la fuerza. Sin embargo, es muy amable de su parte. Pretender que pudiera estar fuera
de casa durante ese tiempo.
Aunque, para ella...
No. No es posible.
Daphne se sienta en la isla de la cocina y por fin desvela su secreto más
profundo, que es que le gusta comer un bollo con té la mayoría de las mañanas, pero
quiere los huevos revueltos con tostadas que he hecho antes.
Es dolorosamente normal. El tipo de cosas que me imagino que hacen otras
personas. El tipo de gente que no tiene cautivos, al menos.
La verdadera prueba es estar aquí, hablando con ella como si no quisiera
inclinarla sobre la isla y follarla hasta que no pueda levantarse. Es constante, esta
necesidad de estar dentro de ella. Tan constante que no me permito ceder.
Después de desayunar, ella sube y yo vuelvo a mi despacho.
La distancia.
115 Es inútil.
Puedo sentirla ahí arriba. Espero que esté pintando. Al menos, espero que no
esté llorando. Pero tampoco cedo a ese impulso. El que tengo de estar con ella todo
el tiempo.
Tal vez me hace más cabrón darle espacio. Ya no lo sé.
En gran parte, estoy furioso conmigo mismo por haberle contado todas esas
cosas. Por no haber sido capaz de controlar mi propio cerebro lo suficientemente
pronto como para ocultarle mi debilidad. Lo manejo y lo manejo y lo manejo hasta
que la frustración es demasiado.
Abandono el ordenador y la conversación por correo electrónico con Michael
y las noticias y me dirijo a la cocina. Observo el océano. Estudio las ondas y los
patrones. Las sombras de las nubes que se mueven por la superficie. Las crestas de
diamante de las olas. La espuma blanca que alcanza la nieve en la orilla. El día se
desvanece. Pronto será de noche, y es posible ocuparse de las gradaciones de
sombra y color durante un rato.
Cuando deja de funcionar, saco el teléfono y abro un texto grupal que no he
tocado en mucho tiempo.
El que tengo con mis hermanos.
Emerson: Vengan a tomar una copa.
Es evidente que Sinclair no está haciendo nada con su vida. Aparecen tres
puntos en la pantalla junto a su nombre.
Sinclair: ¿Quién es? ¿Qué has hecho con mi hermano?
Emerson: Deja de ser un maldito idiota y ven.
Will: ¿Habla en serio?
Qué cabrón.
Sin: Creo que sí... ¿?
Emerson: Hablo en serio. ¿Van a venir o no, idiotas?
Will: Sé sincero, Em. ¿Finalmente perdiste la cabeza? Ni
siquiera sé qué significa esto
Emerson: Significa que vengas a tomar un trago, hijo de puta
Sí. Bien. Los evito. Pero ahora que pregunto, ¿va a armar un escándalo? Por
Dios. Tiro mi teléfono en una silla. Vendrán o no. En cualquier caso, Daphne y yo
vamos a jugar a un juego.
Zumba, y vuelvo por él.
116 Sin: ¿A qué hora?
Emerson: Cuando puedas llegar aquí.
Subo las escaleras, contento por el final del día. Es más fácil, en esta época del
año. El mundo se cierra pronto. No es tan grande, colgando sobre mi casa. Hago una
parada en un cajón concreto de mi armario antes de ir a buscarla.
Daphne está en su estudio.
Ha estado pintando.
El lienzo está medio lleno, pero ella no está de pie frente a él. Su pincel
descansa en la cornisa de abajo. Es una criatura de pelo oscuro y líneas suaves que
está de pie junto a la ventana. No, no está pintando, pero está pensando en ello. Lo sé
por la forma en que está de pie. Una mano está parcialmente levantada, un pincel
invisible a punto de encontrarse con el lienzo.
—Vamos a jugar un juego, pintorcita.
Ella gira la cabeza, sobresaltada, con las mejillas sonrojadas.
—¿Qué? —Sus ojos bajan hasta lo que llevo en las manos—. ¿Es una cuerda? Te
dije que no jugaras conmigo.
Dios mío, es dulce.
—Te gusta cuando juego contigo. Vamos a jugar uno ahora.
Una pizca de cautela brilla en sus ojos.
—¿Qué tipo de juego?
—De los que te gustan.
—No me gustan nada los juegos. —Está mintiendo. Es la forma en que miente
cuando la estoy cogiendo. Mejillas sonrojadas y labios separados y respiraciones
superficiales—. No creo que sea una buena idea jugar con el otro de esa manera.
Pero veo la curiosidad en sus ojos. Veo lo mucho que lo desea. Le da
profundidad a la habitación que la rodea, emparejándose con la luz mortecina del
exterior. La he encontrado de nuevo. Esa intensidad oscura y dulce de sus cuadros.
Se me ocurre, tardíamente, que jugar cualquier tipo de juego con ella
significará contarle más sobre mí. Hay una cruel ironía en eso. Me arrepentí, y ahora
estoy ofreciendo acceso adicional como un maldito tonto.
Que así sea.
Daphne me mira como yo la miro a ella. Como si no existiera nada más en el
mundo. Sus ojos son brillantes y despiertos. Confía en mí. Mi pintorcita no puede
evitarlo. Esa impotencia la enfurece. Hace que se le llenen los ojos de lágrimas. Pero
eso también le gusta. Le gusta la complejidad. Las contradicciones. Es una artista,
después de todo.
117 —Sabes perfectamente, pintorcita, que cualquier otra cosa que haya entre
nosotros, te haré sentir bien.
Se muerde el labio y baja la mirada hacia la cuerda que tengo en las manos.
—¿Vas a usar eso? En este juego.
—Sí. —Ya tengo su respuesta. Está en su cuerpo, si no en sus palabras. Se
inclina, el pequeño colibrí—. Quítate la ropa.
Daphne levanta la barbilla. Un poco de desafío añade dimensión al juego. Sin
embargo, es incapaz de disimular el deseo desnudo en sus ojos. Con rápidos
movimientos, se quita el jersey por encima de la cabeza para mostrar una camiseta
de tirantes sin sujetador. Eso también se va, sin que Daphne rompa el contacto visual.
Sus leggings. Sus calcetines. Sus bragas. No es un striptease. Es una respuesta. Ella
está respirando más fuerte una vez que toda su ropa se ha ido.
—¿Y ahora qué?
Yo extiendo la cuerda.
Un momento más de temblorosa vacilación. Me pone duro como una puta
piedra. Los ojos de Daphne arden en mi cara. En mi alma.
Y entonces ella extiende sus muñecas.
Siempre supe que lo haría, pero el alivio llega igualmente. Se queda quieta,
aparte de su respiración agitada, mientras le ato las muñecas. No es una cuerda
especialmente áspera, pero es una cuerda de todos modos, nada de satén para ella.
—Mueve los dedos.
Lo hace.
—Ahora ven conmigo, pintorcita. Te enseñaré cuál es tu sitio.
Tomo sus muñecas con una mano, la cuerda sobrante enroscada en mi palma,
y la conduzco hasta la escalera. Y luego la guío hacia abajo, cuidando que mantenga
el equilibrio, cuidando que no se caiga.
—No quiero que mi pieza se dañe —le digo mientras vamos—. El arte valioso
tiene que ser transportado con cuidado.
—Debes hacer eso todo el tiempo.
—No piezas como tú. —Quiero callarme, de verdad—. Tienes más cuidado que
todas las piezas que he movido. Pienso en ello constantemente. Cada segundo que
estoy despierto, y la mayor parte del tiempo cuando duermo.
Daphne se sonroja.
118 —¿Sí?
—Sí, pintorcita. —¿Aprenderé alguna vez la virtud del silencio en momentos
como éste? Probablemente no—. Por eso estás aquí.
Mi casa es más grande de lo necesario para un solo hombre. Hay muchas
habitaciones en las que Daphne nunca ha estado. La conduzco a través de varias de
ellas de camino a la galería. Nos detenemos ante la puerta. Aparte de mi despacho y
mi dormitorio, ésta es una de mis habitaciones favoritas de la casa.
No he querido que lo vea hasta ahora.
Abro las puertas dobles y la llevo al interior.
La luz natural inunda el espacio desde una ventana alta y una claraboya. Un
círculo de muebles marca el centro del espacio. Cómodos, con cojines y mantas
suaves. Mesas auxiliares metidas junto a ellos. Dos nichos albergan barras
empotradas, una para el café y otra para el alcohol.
—Una galería —dice Daphne en voz baja—. Dios mío, Emerson.
Está lleno de sus piezas. Sólo de ella. Hay otras piezas en la casa, por supuesto,
pero hice que el arte que solía estar aquí se trasladara a otra habitación.
Sólo quería su obra en mi galería favorita. Las paredes laterales se han
convertido en expositores de los océanos de su alma. De ellas emana un rocío salado
y una dulce oscuridad que arrastra sus dedos por mi mejilla, pero la mayor fuente de
calor y maravilla está a mi lado.
—Le falta algo —reflexiono.
Daphne ya ha descubierto lo que es. Sus ojos anchos y oscuros miran fijamente
la pared alta del extremo opuesto de la habitación, donde hay un gran marco colgado
en la pared.
El marco es enorme. Del tamaño de una persona. Y puede soportar el peso. Lo
probé esta mañana temprano antes de salir a surfear, sólo para estar absolutamente
seguro.
Una persona podría estar de pie en ella. Estarían a mi alcance si lo hicieran.
Su respiración se acelera. El color de sus mejillas arde en rojo, pero no habla.
Como una buena pintorcita. Un buen cuadro.
—Por aquí. —Nos movemos, y ya no soy yo quien guía a Daphne. Soy yo
llevando una pieza de arte a través de la galería. Su respiración se entrecorta con
cada paso.
Al ver el marco, sus ojos lo recorren. La única diferencia entre éste y los que
119 sostienen los cuadros son los ganchos montados en él. Daphne separa los labios, pero
en lugar de decir mi nombre se limita a mirarme. El miedo y la confianza brillan en
sus ojos, mezclados con algo más. Algo oscuro, esperanzador y sucio.
Ella quiere esto.
Lo deseo tanto que todos los músculos se tensan y se activan. Mi cuerpo está en
guerra consigo mismo. Pero esto sucede lentamente. Con cuidado. El animal que hay
en mí no va a tomar el control ahora.
Le pongo las yemas de los dedos en los hombros y le doy la espalda a la pared.
Daphne se estremece, su barbilla se hunde y la subo al marco. Se muerde el labio
mientras intenta encontrar el equilibrio con los pies, pero yo la mantengo firme.
—Tengo cuidado con las piezas valiosas —le digo, con mis manos en su cintura
y sus ojos en los míos. Ella asiente un poco, sin aliento.
Que me jodan.
No dejo que mi deseo por ella se refleje en mi cara. Hay otras cosas que
atender, como levantar sus muñecas por encima de la cabeza y atar el lazo de la
cuerda alrededor de un gancho. Cuando está en equilibrio, doy un paso atrás.
La estudio.
Y me alejo.
Daphne jadea, pero no me pregunta a dónde voy. Sólo he salido un minuto para
recoger más cuerda.
Ella mira la cuerda mientras yo vuelvo. Siento que me mira fijamente cuando
me arrodillo frente al marco y rodeo uno de sus tobillos con la mano. Hay un gancho
conveniente para atar su tobillo a la esquina inferior. Repito el proceso con el otro
tobillo, separando sus muslos.
La dejo de nuevo.
—No. —Ella lucha un poco contra la cuerda.
El último tramo de cuerda va alrededor de su cintura. No es estrictamente
necesario. En realidad, es un elemento de exhibición. Pero le doy algo de tensión con
los ganchos laterales.
Ahora está extendida para mí, jadeando, y no hay nada que pueda hacer al
respecto.
Nunca me han interesado los clubes kink de la ciudad. Lo que ofrecen nunca
ha merecido la pena salir de mi casa. Pero mirándola ahora, con sus grandes y oscuros
ojos clavados en los míos...
Tal vez lo habría visitado si hubiera sabido que Daphne Morelli estaría allí.
La vuelvo a observar.
120 Esto es mucho mejor que cualquier club.
Daphne mantiene sus ojos en mi cara como si yo se lo hubiera ordenado. Una
parte de ella quería esto todo el tiempo.
—Evocador —digo, del mismo modo que lo haría si estuviera visitando a
Michael para evaluar una obra o asistiendo a una exposición privada—. Me interesa
especialmente el uso del color. —Me acerco y paso un nudillo por el rojo de sus
mejillas. Luego rozo con el mismo nudillo la tierna carne del interior de su muslo—. Y
la sombra.
Daphne se retuerce, probando sus ataduras. Es difícil estar quieta. Más difícil
es estar constreñida en un marco o en un armario, pero se las arregla.
—Estás disfrutando de esto. —La estudio, lentamente, sin prisa—. Tu cara. Tus
ojos. Todo está ahí, pintorcita.
—¿Por qué haces esto? ¿Por qué me quieres así?
Le sonrío y ella se sonroja más.
—Porque te encanta. Y porque a mí también me encanta. Y porque esto es lo
que pasa cuando el arte intenta escapar. Esto es lo que ocurre cuando algo se me
escapa de las manos. Tengo que enseñarle a quedarse quieto.
—No voy a volver a intentarlo —protesta.
—Aprenderás de todos modos. Mejor para ti, creo.
La luz pasa por sus ojos. Es un juego. No voy a herirla de ninguna manera que
se haga eco de lo que le pasó antes. Todavía no tengo esos detalles, pero no los
necesito. Su estremecimiento en la playa fue suficiente.
Aquí, el contexto es totalmente diferente. No la castigaré por su pequeño
intento de fuga.
Todavía no.
Pero voy a darle una lección sobre lo que significa ser arte. Mi pintorcita era
tan libre fuera de su marco, y no lo sabía.
—Me pregunto cómo luciría mi pintura en respuesta al dolor.
Los ojos de Daphne se abren de par en par. Miedo. Más cerca de la superficie
ahora.
—No sé nada de eso. No creo que deba... no debe...
—¿Gustarte? —Me inclino y la beso. Ella me devuelve el beso. Oscuro. Dulce.
Carajo. Daphne intenta acercarse, pero tampoco puede hacerlo—. ¿Qué hay del buen
tipo de dolor? —Le pregunto en su boca.
—¿Hay un buen tipo?
121 Mi pintorcita se esfuerza por no ser inocente, pero lo es. Daphne Morelli es
inocente hasta la médula. Alguien la mantuvo así para mí.
—Hay un buen dolor, pintorcita. Podrías probarlo. Podrías dejarme verlo en tu
cara. Y si no te gustara, no lo volvería a hacer.
Oh, esto... así es como luce la sorpresa. Un brillo en sus ojos. Las cejas
ligeramente levantadas. Un mechón de pelo le cae en la mejilla y se lo retiro.
—¿No lo harías?
Dejo que vea la respuesta en mi cara. A veces las palabras no valen nada.
—Muéstrame —dice, su voz apenas audible. Estoy tan duro que quiero llenarla
de semen. Pintar su piel con ella desde las tetas hasta los pies. Pero tengo que ser
paciente por el bien del juego.
Tomo uno de sus pezones y lo hago rodar entre mis dedos, luego lo pellizco.
Daphne jadea y su cabeza se golpea contra la pared.
—Dale un minuto —le digo, pero no le doy un minuto. Me inclino y sigo el
pellizco con un mordisco.
Daphne emite un sonido bajo y sorprendido que se transforma a mitad de
camino en un gemido. Tira de la cuerda de su muñeca.
No me dice que pare.
No cuando torturo su otro pezón de la misma manera.
—No me gusta —dice ella.
—Entonces considéralo un castigo. Si estás diciendo la verdad, pintorcita,
considéralo una lección. Pero no estás diciendo la verdad.
—¿Cómo sabes si estoy mintiendo?
Una invitación abierta.
Introduzco mis dedos entre sus muslos y encuentro su calor.
—Así es como lo sé. Estás empapada.
Daphne gime, avergonzada, frustrada, e intenta apartarme. No puede. Lucha
con más fuerza contra la cuerda y veo cómo cambian sus movimientos. Un cambio
infinitesimal en el giro de sus caderas. No intenta luchar contra mí. Intenta cogerme
los dedos.
—El dolor es hermoso en esta pieza. —Paso mis dedos por su abertura,
burlándome de ella—. Pero hay algo que quiero ver más.
Sus ojos están encendidos por lo mucho que desea esto. Lo mortificada que
está. ¿Qué? Su boca hace la palabra, pero no puede poner ningún sonido detrás de
ella.
122 —Placer —le digo, y le meto dos dedos.
Los follo suavemente dentro y fuera.
Es tranquilo en lo que respecta a estos escenarios. No es el tipo de mierda dura
que encontrarías en cualquiera de esos clubes. Pero el efecto en Daphne es eléctrico.
No puede dejar de mirarme. No puede recuperar el control de su respiración. Su coño
pulsa una y otra vez alrededor de mis dedos. Agrego otro. Está más caliente cada
segundo. Una llama humana.
—No puedo moverme —dice, con la voz entrecortada.
—Así es —estoy de acuerdo—. El arte se queda en su sitio. Mis obras se quedan
donde las pongo. Saben que deben permanecer en sus marcos y obedecer. Estás muy
mojada, Daphne. Me estás haciendo un desastre con los dedos.
—No es cierto.
—Sí, lo es. ¿Debería ponerte más marcas de mordiscos? ¿Eso te enseñaría a no
mentir?
—No —suplica, y su dulce coño se aprieta con fuerza.
Mantengo mis dedos allí mientras añado más marcas en sus pezones. Mientras
añado una ligera, rozando su hombro. No es lo suficientemente profunda como para
durar o magullar. Siempre me ha cautivado más la vista, pero los sonidos que hace...
Santo Cristo. Gemidos suplicantes.
Sigo follándola con mis dedos y me arrodillo de nuevo. Su coño perfecto está a
centímetros de mi cara.
—Todavía no he marcado esto, pintorcita.
Un sollozo sale de ella, pero no es triste. No es adolorido en absoluto. Es sólo
una emoción que sube a la superficie. Desbordándose. Pura y dulce necesidad.
Mis dientes en su suave carne, justo encima de su clítoris, la hacen llorar más
fuerte. Su deseo corre por mis dedos hasta mi muñeca. Gotea en mi camisa. Nunca ha
sido más importante observarla. Escucharla. El tono de su voz se eleva mientras
muerdo. Antes de alcanzar el pico de dolor real, cedo.
Y añado otro dedo.
Cuatro de ellos. Ahora está estirada. Mi pintorcita es pequeña y apretada.
—Eso es mucho. —Jadea—. Mucho.
—Relájate. —Ella lo intenta—. No tienes más remedio que aceptarlo, pintorcita.
—Una de sus lágrimas gotea de su mejilla y se posa en el borde del marco. No me
cabe duda de que la intensidad se ve centuplicada por la atadura. Me pongo en pie
de nuevo y la miro a la cara. Sus ojos siguen abiertos. No se molesta en esconderse
123 de mí—. Me encanta este trabajo. —Beso algunas de sus lágrimas y pongo la yema
del pulgar en su clítoris. Daphne se tensa un poco. Después de todo, acabo de
morderla ahí. Pero su cuerpo empieza a derretirse.
—Tus dedos son grandes —murmura.
—Soy más grande. Y me has tomado varias veces.
—Ahora es diferente —logra decir.
—Sí. Estás exactamente donde te quiero. —En este marco. En mis dedos—. No
—digo.
Se sobresalta.
—¿Qué? ¿Qué hice?
—No vas a venirte hasta que te dé permiso.
La cara de Daphne se derrumba. Más lágrimas plateadas salen de sus ojos.
—No es justo, Emerson, realmente no es justo.
Maldita sea. A ella le encanta esto. Es explícito en su cara. Es sumamente
hermoso. Esta podría ser la única vez en mi vida que no estoy apartando el mundo.
Prefiero estar aquí, cerca de ella, escuchándola respirar y retorcerse y gemir y llorar.
—No puedo. —Su voz se quiebra.
—Espera.
—Yo sólo... —Daphne aprieta los dientes. Se le va a escapar, y entonces...
carajo. Podría perder el control de mí mismo, también—. Necesito correrme. Por
favor, no seas tan malo conmigo.
—Es un trabajo, ser arte. —Es el mismo tono que utilizaría si estuviera
informando a un comprador sobre una pieza—. No es simplemente colgarla en un
marco. Tienes que estar en tu mejor momento, pintorcita. ¿Estás en tu mejor
momento? ¿Vas a ser buena?
Ella se aprieta a mi alrededor mientras lo digo, y casi me corro en los
pantalones.
—Puedo ser buena. Seré bonita para ti.
—¿Puedes? Porque creo que estás a punto de venirte sin permiso.
—No lo haré. Lo prometo. —Sus párpados se cierran.
—Ojos en mí, pintorcita. —No quiero que desvíe la mirada ni un maldito
momento. Sus ojos dan vida al resto de ella. Resaltan la fina curva de su mejilla y la
hermosa inclinación de sus hombros. Sus brazos, así, junto a su cabeza, crean
sombras. Mi pintorcita es una imagen compleja y texturizada.
O
h.
Dios mío.
Eso fue bueno.
Fue muy bueno.
Me siento como en un sueño, en algún lugar cálido y flotante. Es difícil
concentrarse en algo en este momento. Soy consciente de que Emerson se mueve por
la habitación. Haciendo algo en una de las alcobas. Se detiene junto a uno de mis
cuadros, con un vaso brillando en su mano. Hace lo mismo con otro cuadro. Soy uno
más de sus cuadros.
136
Emerson
E
mpecé esto para demostrarle que soy un bastardo. Que soy malvado.
Que soy un hombre terrible, como mi padre. Quería que ella conociera
las profundidades de mi depravación, pero se ha vuelto contra mí más
de lo que creía posible.
El aire de la habitación se sobrecarga con la dulce y encantadora oscuridad de
Daphne y la absoluta e irrefrenable confianza que tiene en mí. El juego se desliza
entre la realidad y la ilusión. Es muy real. Y es una forma cruda de juego. Mis
hermanos, bebiendo como si estuviéramos en una galería. Una exhibición privada. Y
Daphne, su coño mojado en mis dedos.
La mitad de mi mente está aquí con ella. Perdida en sus ojos. La otra mitad lucha
137 por ordenar y enmarcar mis sentimientos. Odio tener gente en mi casa. Quiero que
mis hermanos estén aquí. Nunca me han gustado los juegos. Me encanta este con
Daphne. Me dije que me importaba un carajo si mis hermanos me entendían, o si lo
hacían demasiado. Pero no quiero estar solo. Hay una cantidad limitada de mi vida
que puedo compartir con ellos por mi forma de ser. ¿Pero esto? ¿Esto?
No puedo evitar compartirlo.
Es lo más complejo que he intentado desenredar.
Así que me concentro en Daphne.
Lo he hecho desde el momento en que la vi en la calle. En momentos como éste,
ella es lo único real. El resto del mundo es arte, o bien es emoción, acercándose
rápidamente. Los celos, por ejemplo. Mis hermanos la miran. A mi pieza. La mía.
Nunca había sentido celos por mostrar una parte de mi colección.
Pero mis celos son superados por Daphne.
Mantuve mis dedos dentro de ella mientras hablaba. No era necesario. Podría
haber metido las manos en los bolsillos. Quería más información, y la obtuve. Todavía
está mojada. Todavía empapada. Su coño tira de mis dedos.
A ella le gusta esto. Daphne me busca, encontrando mis ojos para reconfortarse
cuando se siente abrumada, pero se sonroja cada vez que mira a Sin y a Will.
A mi pintorcita le gusta el exhibicionismo. Puede que incluso lo anhele. Y si le
gusta, quiero darle más. Si eso significa que tengo que clavar los celos en la pared
con cien clavos, que así sea.
Aparte de eso, la observación aumenta el valor. En este caso, no hará que
Daphne valga más dinero. Nunca la venderé. No a cualquier precio. Pero lo que
tenemos entre nosotros se ve aumentado por la presencia de mis hermanos. No la
quiero sólo a puerta cerrada. Si no fuera porque su familia la está buscando,
anunciaría esta adquisición al mundo.
Alejo esos pensamientos y los convierto en arte abstracto por el momento. No
hay nada que valga la pena considerar fuera de esta habitación. Daphne está en mi
marco. Daphne está aquí conmigo. Y no ha terminado por esta noche. Su pecho sube
y baja con un ritmo rápido. Sus ojos son brillantes. Ella tiene más para darme.
Tengo más que tomar de ella.
Saco mis dedos de ella. Una pregunta silenciosa aparece en su rostro. ¿Me
dejarás? De ninguna manera. Me quedaré cerca. Cuando no me muevo, el alivio cruza
sus ojos. Otra ironía. Nuestra historia va a ser ironía sobre ironía, porque Daphne me
quiere cerca. Quiere que el hombre que la secuestró la proteja de sus hermanos.
138 Sólo hace falta medio paso para hacer más espacio delante de su marco.
—Sinclair —digo—. ¿Por qué no la bajas?
—¿Estás seguro? Se ve bien en su marco.
—Puedes darle la vuelta y ver mejor.
Además, Daphne no debería pasar mucho tiempo atada como está. Está
poniendo presión en sus delicadas muñecas, lo sienta o no. No permitiré que la dañen.
Ni siquiera por el bien del juego.
Las gafas chasquean en una de las mesas laterales y Sin se acerca. Se coloca
junto a mí en el marco de Daphne y levanta las manos.
—¿Puedo? —Dirige esta pregunta a mí, no a ella, y el rubor de sus mejillas se
intensifica de nuevo. Clavo un rayo de celos. Sus ojos están ahora en la cara de él, lo
cual es comprensible. Es él quien está a punto de tocarla. Sin parece entender que el
contacto con Daphne es un asunto delicado.
—Sí. —Puse mis manos en los bolsillos—. Ten en cuenta su valor.
Sin se toma un momento para examinar las ataduras de Daphne. Empieza por
el tobillo, agachándose para liberar un pie y luego el otro. Ella retuerce los dedos de
los pies en el marco. Estira las pantorrillas. Sin roza su piel con el dorso de los nudillos
mientras la desata. Daphne se estremece cada vez que lo hace.
Se lleva la mano a la cuerda que rodea su cintura. Daphne se muerde el labio y
me mira como si necesitara permiso para ser tocada. No digo ni una maldita palabra.
Sin ya tiene mi permiso.
Mi hermano desengancha la cuerda en la parte superior por último.
—Emerson.
Me adelanto y la levanto hasta el suelo. Él se queda con el extremo de la cuerda
y me lo entrega cuando sus pies están asegurados. La alejo unos pasos del marco para
que tengamos más espacio.
Sin mira hacia abajo.
—Le dejaste bastantes marcas —comenta.
—Sí.
—¿Le gustó?
Me río y Daphne levanta la barbilla.
—Sí. —Me mira por encima de su cabeza—. Puedes tocarlos, si quieres. Si
tienes...
140 —Es muy rosa —dice Sin—. ¿Has visto alguna vez este tono, Will?
—No voy a ir a mirar.
Pero quiere hacerlo. Mi hermano menor no se molesta en ocultar lo mucho que
le excita esto, el muy cabrón. También sigue en la habitación.
Sin se encoge de hombros. Inclino el cuerpo para poder ver alrededor de
Daphne. Está escudriñando su rostro en busca de algo mientras hunde los dedos entre
sus piernas, acariciándola allí.
—¿Has hecho que se arrepienta? Me interesaría ver cómo cambia la pieza.
Daphne se queda quieta. Jugueteo con su pelo. Paso mis dedos por él y veo
cómo la luz juega entre mis nudillos. Sin se levanta mientras espera mi respuesta y
toca su cara. La línea de su mandíbula. Su cuello. Su hombro.
Estoy jodido, sinceramente. Porque este juego se está desdibujando en la
realidad. Ella es mi adquisición, pero tiene una dimensión táctil. Cada respiración
que hace está impresa en mi mente. La suave presión de su cuerpo contra el mío
mientras intenta mantener la calma llena galerías infinitas. Nunca he sido tan incapaz
de apartar las manos de un objeto de mi colección.
—¿Quieres ver el arrepentimiento? —Su pelo se desliza entre mis dedos.
—No. Disculpa.
—¿Por algo en concreto?
—Por intentar escapar. —Sin toma su barbilla en la palma de la mano y gira su
cabeza hacia un lado y luego hacia el otro—. Podrías haber perdido una importante
inversión.
—No. No he visto eso en esta pieza.
—¿Quieres? —Los ojos de Sin se oscurecen durante una fracción de segundo.
Sé lo que está preguntando. Mi pintorcita está hecha para lo que él sugiere. No sé si
ahora es el momento.
—En algún momento, sí. ¿Por qué? ¿Te interesa?
—Hace un frío de mil demonios en el agua en esta época del año. Casi me
muero de frío al ir a rescatarte. Además, estaba muy preocupado.
Hago un ruido de no compromiso.
—Vamos, Emerson. Mira sus tetas. Son perfectas para ello.
—¿Para qué? —pregunta Daphne.
—Castigo —dice Sin—. Supongo que no tienes ningún artículo que podamos
usar.
—Armario del dormitorio. Tercer cajón a la derecha, segunda fila hacia abajo.
141 Daphne jadea, pero Sin ya se está alejando.
La giro para que me mire. No hay lágrimas en sus ojos, pero las emociones
brillan en ellos, persiguiéndose a través de su expresión. Daphne traga con fuerza.
—Pintorcita.
—¿Sí?
—Ya nos lo dirás cuando estés preparada para disculparte. —Se muestra
decidida y aliviada a la vez, como si ya hubiera decidido ofrecerse—. Pero todavía
tengo un invitado, y no lo descuidarás. —Le retiro los brazos por encima de la cabeza
y la conduzco unos pasos hacia Will.
—No me gusta esto —dice, apretando su vaso vacío en la palma de la mano.
—Mentira.
Will pone los ojos en blanco, pero no puede evitar bajar la mano para ajustarse.
—Mira mi adquisición, Will. —Su mandíbula funciona—. Está aquí para que la
veas. La he atado para mantenerla quieta y que no te interrumpa.
—Es un movimiento idiota —dice, pero ya está mirando a Daphne.
—Tal vez, pero eso es irrelevante. Lo relevante es que es mía. —Capto su
mirada desde mi lugar, justo detrás de Daphne, e intento comunicarle, en silencio,
que este es un juego al que estamos jugando. Que, de hecho, a Daphne le gusta este
juego—. Will.
—¿Qué?
—Pensabas que nos la íbamos a follar juntos cuando llegaste. ¿Ha cambiado
algo?
—Sí. —Dice, bruscamente y en pocas palabras. Su resolución se desmorona.
Me impresiona que haya aguantado tanto tiempo. Gracias a Dios. No quiero que
Daphne se sienta incómoda ni un instante porque Will esté tratando de mantener la
superioridad moral—. Los vi a ti y a Sin poniendo las manos sobre el arte.
—Y tú querías un turno. Me disculpo, Will. Fui grosero. ¿Quieres una muestra
privada?
Daphne gime, un sonido silencioso y mordaz. Es la conversación lo que la
excita. Nunca tendré suficiente de ella.
—Sí. —Es bastante fascinante, ver cómo esconde su deseo en la hosquedad.
Estaría mucho más interesado si Daphne no existiera. Pero ella existe. La acerco a
Will con las manos por encima de la cabeza, luego las bajo por detrás para que su
espalda se arquee y todas mis marcas queden a la vista de nuevo.
142 Cruza los brazos sobre su estómago y mira.
—Puedes tocarla, sabes.
—Es de mala educación dejar las huellas en el arte en el primer minuto de la
exposición.
Casi me río, pero no.
—Lo haré por ti, entonces.
Agarro mejor las muñecas de Daphne y la hago girar de lado a lado, dejando
que Will la vea desde todos los ángulos. Coloco mi mano bajo su barbilla y hago que
arquee el cuello. Le acomodo el pelo de esta manera y de la otra sobre su piel.
—Hay un cierto atractivo en lo tridimensional —le digo a Will, y la alejo de él.
Presto especial atención a las muñecas de Daphne, las saco de detrás de su cabeza y
las pongo delante de ella.
Más allá.
Y más allá.
Hasta que se ve obligada a doblar la cintura. Llevo sus muñecas a donde las
quiero.
—Mantenlas aquí. Como si estuvieras en tu marco.
Daphne asiente. Carajo, qué dulce es.
Le separo los pies con la punta del pie. Mi pintorcita respira ahora con
dificultad.
—Bonita —dice Will.
—Preciosa —digo—. Mira esta curva, aquí. —Señalo la curva de su culo. La del
interior de su muslo—. ¿Ves cómo se complementan las formas? Es un trabajo
exquisito, Will. Aprecia esto.
—Déjame ver más y te diré si lo aprecio.
La abro más, exponiendo todos sus secretos a Will.
—Carajo —dice.
—Lo sé.
—¿Lloró cuando la mordiste?
—Un poco. Ya estaba llorando.
—¿Lo arreglaste después?
—Todavía no lo he hecho.
Ambos la observamos en silencio durante un momento. El rubor de Daphne se
143 extiende a su espalda.
—No puedes tocar un cuadro si no eres su dueño —comento—. A menos que
seas amigo del dueño.
—¿Lo somos? —pregunta Will. Me ha acosado durante muchos años. Ha sido
un idiota durante el mismo tiempo. Mi hermano se niega, casi por completo, a dejar
de ser un imbécil. Uno que, sin embargo, se preocupa por romper las reglas de la
sociedad. Cree que mi vida podría arreglarse con la cantidad adecuada de terapia
de exposición y no sé qué más. Cree que podría ser diferente si quisiera, pero si le
presionara, no querría que fuera diferente ahora.
Ni siquiera estoy seguro de que sea posible ser amigo de una manera sencilla
con mis hermanos. Mi padre podría haber arruinado eso para nosotros hace años.
Pero...
Las cosas son diferentes, ¿no? Will se encuentra en mi galería con sus paredes
azul pálido, destinadas a complementar el trabajo de Daphne. Está destinada a
complementar a la propia Daphne. No recuerdo la última vez que tuve un contacto
visual tan sostenido con Will o una conversación que se acercara a este nivel.
—Somos hermanos —digo finalmente.
Will es suspicaz.
—No seas cabrón, Em. ¿Somos amigos o no?
No juegues con él, quiere decir. No quiere que esto sea una broma jodida. Es
como Daphne en ese sentido.
—Sí. —Tiro de Daphne hacia arriba. Oh, Dios, susurra mientras la acomodo
frente a mí. Presiono sus muñecas contra su pecho con una mano y deslizo la otra bajo
una de sus rodillas. Luego la empujo hacia arriba y hacia afuera para que su coño esté
abierto para Will. Se pasa la mano por la boca. Sé cómo es Daphne. Querrá su lengua
en ella—. Te estoy mostrando mi arte.
La galería que nos rodea no puede absorber la tensión. Daphne, jadeando en
mis manos. Will, mirando entre sus piernas. Se controla y consigue mirar a otra parte,
a su cuerpo desnudo, a su cara. Otro parpadeo de indecisión.
—¿Sigue mojada?
La aprieto más contra mí para que sepa que no debe moverse y arrastro mis
dedos por su raja. Luego los levanto para que Will los inspeccione. Daphne hace un
ruido avergonzado en su garganta.
—Se está haciendo un lío en los muslos —digo—. Mira cómo se refleja la luz
ahí. —Pinto alrededor de sus pezones con los dedos húmedos e inclino su cuerpo,
ajustándolo ligeramente para que Will pueda ver las curvas y las sombras de ella.
144 Todas ellos.
Necesito follarla tanto que podría gritar. Tengo el pecho apretado y caliente
por las ganas, pero quiero prolongar esto por Daphne.
Aunque me mate.
Lo cual podría ser así.
—¿Qué te parece a ti? —pregunta Will.
Por una vez, su tono no se registra como una burla.
—Lo mismo que te parece a ti.
—Mentira.
—Muchas veces, ella es lo único que puedo ver como es.
—No la conviertes en...
—No.
Mi hermano es curioso. También lo es Daphne. Tal vez se olvide y no tenga que
explicar de qué habla Will. El pánico es una cosa. La forma en que paso el día es otra.
Sin regresa y cierra la puerta con fuerza tras de sí. Saca unas cuantas cosas del
bolsillo y las pone en una mesa auxiliar con la tapa ligeramente hundida para que
queden ocultas a la vista. Y entonces exhala un suspiro.
—Se ve bien así.
—Will tiene una demostración privada.
Will resopla. Sé que quiere tocarla. Sé que quiere hacer más. Es obvio como el
carajo. Todos nosotros queremos eso. Es extraño tener algo así en común con mis
hermanos. Todos crecimos en la misma casa. Todos miramos las mismas rendijas de
luz alrededor de las puertas cerradas. Pero la experiencia fue totalmente diferente.
Ellos vieron la libertad en ese resplandor. Yo veía el peligro y, más tarde, no veía casi
nada. Estaba demasiado cegado por el pánico creciente, que estallaba cuando se
abría la puerta.
—¿Qué piensas, Will? —Sin pregunta.
Will se encuentra con mis ojos en lugar de los suyos.
—No jodas conmigo.
Mantengo a Daphne abierta un poco más. Ella se retuerce contra mi agarre.
—Así es como se ve la impaciencia en mi pieza —le digo a Will. Soy el fondo
de la obra. Soy el lienzo para el cuerpo de Daphne—. Ella necesita más.
—¿De ti?
—De nosotros.
145 Cristo, Will. Decídete, maldita sea.
Se sienta erguido, mirando su copa vacío como si pudiera hablarle.
Y entonces alcanza la mesa auxiliar y la deja en el suelo con un deliberado click
.
—Tráela aquí —dice—. Déjame ver.
Daphne
E
merson me pasa a Will, el movimiento ceremonial y considerado. Como
me llevó por las escaleras al principio de todo esto. El arte valioso tiene
que ser transportado con cuidado. La forma en que habló del arte se pinta
alrededor de mi corazón y lo hace latir con fuerza.
La forma en que está dejando que me miren, dejando que me toquen, hace que
mis pulmones se tensen. Tengo que esforzarme por respirar. Es un símbolo de
confianza, tan claro como si lo hubiera escrito en un papel.
Emerson confía en sus hermanos. O al menos intenta confiar en ellos. Dándose
una oportunidad, al menos. Dándoles una oportunidad, también. Por el calor del aire
en la habitación, sé que esto es raro. Se siente como un deshielo primaveral en uno
146 de esos días en que el mundo recuerda lo que es estar vivo.
Es muy importante.
Podría llorar.
Excepto que ahora soy arte. Soy un objeto para ser observado y utilizado, y
alguien nuevo me está tocando.
Will me toma por las muñecas y me arrastra suavemente entre sus piernas. Se
sienta más erguido mientras me acerca.
Emerson se aleja. No va muy lejos, sólo al borde del mueble, junto a Sin. Le
murmura. No sé si esto es parte de la muestra privada de Will o si está planeando
algo.
Pensar en su planificación hace que mis pezones se tensen aún más.
—Mira aquí, Daphne.
Miro a los ojos de Will mientras sus hermanos hablan en voz baja. Las manos
de Will se enroscan sobre la cuerda de mis muñecas como si realmente fuera un arte
invaluable. Como si realmente fuera increíblemente valiosa, y no quisiera dejarme
caer, ni destrozarme, ni estropearme de ninguna manera. Todo tiene un doble sentido
en este momento. Es suficiente para marear a una chica. Es bueno para mí que sea tan
cuidadoso, pero también es una verdadera muestra de respeto hacia Emerson.
Will vuelve a mirarme a la cara y luego dirige su atención a mis muñecas.
Desata la cuerda. Es la última pieza que me ata, y su toque es suave cuando la
retira. Todavía puedo sentir la presión fantasma en mis muñecas cuando deja caer la
cuerda al suelo. También podría seguir atada. En realidad, también podría seguir en
el marco. Mi corazón tartamudea de lo mucho que lo deseo.
Will frota sus pulgares sobre las líneas que la cuerda mordió en mi piel,
haciendo que la sangre vuelva a mis dedos. Es minucioso. Inspecciona cada una de
mis manos, moviendo cada dedo y pulgar para asegurarse de que no estoy rígida.
Pone cada mano en su palma y mira el interior de mis muñecas.
—A mí también me interesa el contraste —menciona, trazando con su uña la
huella rosada de la cuerda en la carne pálida.
Es una conversación real, creo.
—Tú... tú haces un buen contraste.
Me mira.
—¿Cómo es eso?
—Eres un espectador apreciativo —logro decir. Es todo tan caliente. La forma
en que hablaron de mí como un objeto. Y la forma en que Will me toca ahora.
147 Reverentemente. Casi con respeto, incluso. Will masajea las marcas de la cuerda.
Estaba más apretada de lo que pensaba. Cuando luché contra las ataduras, me
apretaron más las muñecas.
—Eres una pieza preciosa. —Parece tomar una decisión y me acerca, de modo
que mi cara queda a centímetros de la suya. No puedo evitar que me llamen la
atención los hermanos de Emerson. Los ojos de Will son gemelos de los de Emerson,
pero cuando la luz cambia, parecen un poco más azules. Y, por supuesto, nadie me
mira como lo hace Emerson. Sin embargo, Will se acerca, una emoción fugaz en sus
ojos—. ¿Quieres esto? —murmura.
Mi pecho se calienta con una especie de alivio. Una especie de afecto. Este es
el hermano que me ayudaría, si yo quisiera. Si dijera que no me gusta este juego, que
quiero dejarlo, que quiero irme, él me sacaría de aquí y malditas sean las
consecuencias.
Me sacaría.
Estás a salvo, anuncia la voz en mi mente, sonando incrédula y encantada. Estás
a salvo aquí.
Will espera mi respuesta, con una expresión abierta. Mis pensamientos se
desbordan. ¿Qué le ocurrió a Will para que fuera tan diferente a Emerson? Deben
haber vivido cosas similares, pero el resultado final fue un contraste, como dijo Will.
Hay mucho más que conocer, y es como un cuadro que se ha ocultado parcialmente
a la vista. Si la vida de Emerson fuera un cuadro, sus hermanos ocuparían gran parte
del lienzo, creo. El pasado ocuparía aún más.
Quiero entenderlo.
El querer es una salpicadura de pintura sobre mi corazón acelerado. Sé que
Will habla en serio. Él me ayudaría a escapar.
Habría consecuencias, si me escapara. No del tipo sexy. Vi lo serio que es para
Emerson dejar su casa. Sentí lo que era una amenaza. Escuché la preocupación en la
voz de Sin. Todos saben a qué se arriesga Emerson cuando está fuera de casa. No es
una cosa simple con Emerson. Pensé que a los agorafóbicos simplemente no les
gustaba estar en espacios grandes y abiertos, pero fui ingenua. Una celda de la cárcel
tendría el mismo efecto que un campo vacío. Emerson podría no sobrevivir a eso.
Y además, dañaría la relación entre los hermanos.
Esto es nuevo para ellos. O acaban de volver a estar juntos. No es como con mis
hermanos y hermanas. Teníamos nuestros momentos, pero éramos unidos. La tensión
entre Leo y yo es un cambio. Uno malo.
Pero este momento...
151 —Los dos —gruñe Sin, y entonces hay una nueva presión sobre mi cabeza. Un
latido de espera, y entonces Sin empuja su polla hasta mi garganta.
Emerson estaba siendo amable.
Sin es salvaje. Impaciente. Emerson le ha dado permiso. Mis manos suben a sus
muslos y me agarro con fuerza, pero no hace falta. No hay ningún lugar donde ir. Me
sostienen mientras me ahogo, lloro y jadeo.
—Así es —dice Emerson—. Lo llevas muy adentro. Te duele la garganta, lo sé.
Pero él está tan complacido. No puede dejar de cogerte. Estás siendo una pieza tan
perfecta en mi colección. La mejor que he tenido nunca.
Esto es lo más caliente que he estado. Puede que esté mal, pero también está
bien. Soy una pieza de arte. Está bien perderme en esto. Eso es lo que hace el arte.
Se queda en su marco, donde debe estar, y complace a Emerson. Cuando eres arte,
no tienes que tomar decisiones. Sólo tienes que ser bueno.
Oh, me gusta. Oh, lo quiero. Esa obediencia irreflexiva. Eso es lo que significa
ser propiedad de él. Él me está dando esto. Le duele a Emerson hacerlo. Sé que me
quiere sólo para él. Pero está haciendo este gesto de todos modos. Haciendo que me
ahogue con la polla de su hermano. Y de alguna manera, significa algo. Ambos son el
marco para mí ahora.
Estoy tan mojada y dolorida. Deseo que me toquen, pero aún no es el momento.
Estoy aquí por Sin. Tengo que sobrevivir a él. Me asusta, pero se calma.
Cuando el miedo vuelve a surgir, trago saliva.
—Carajo, carajo, carajo —dice Sin. Lo hago de nuevo y sus muslos se tensan.
—Está listo, pintorcita —me dice. Y luego, a Sin—: Adelante.
Sin empuja profundamente, sus manos se cierran alrededor de mi cabeza, y
él... oh, Dios mío. Él se expande en mi boca. Y entonces se retira y me echa semen
por todo el pecho. Los puños de Emerson se aprietan en mi pelo en un mensaje
silencioso. Él me exigió esto. Estoy haciendo esto porque él quiere que lo haga.
Porque le pertenezco. Todo lo que sucede esta noche es porque él lo permite. Porque
he confiado en él. Su mano en mi pelo dice Te haré esto muchas veces, pintorcita. No
preocupes tu bonita cabeza.
Sin se corre durante mucho tiempo, como si hubiera estado reprimido en su
interior durante meses. Termina con un escalofrío y da un paso atrás para examinar
su trabajo.
—Cristo —dice.
Emerson me apoya contra él mientras recupero el aliento. Sinclair se sube la
cremallera y me limpia las lágrimas con los nudillos. Me arregla el pelo y sale. Sin
regresa un segundo después con una toalla húmeda.
152 —Fue increíblemente hermoso —le dice a Emerson.
—El trabajo no se parece a nada. —Emerson me pone de pie, abrazándome
contra su cuerpo. Recibe la toalla de Sin y la pasa por mi pecho, limpiando las pruebas
de su hermano.
Y entonces me hace girar de nuevo.
Hacia Will.
—¿Qué te parecen sus lágrimas? —pregunta—. Encuentro el patrón
particularmente embriagador.
—Quiero probarla. —Los ojos de Will están calientes, el color brillante y
ardiente. En mí. En los dos. Está donde lo dejé, cerca de su silla. Como si los tres
fuéramos un cuadro para él. Eso no es suficiente ahora.
—Ah —dice Emerson, comprendiendo en su voz—. Ya veo lo que quieres. ¿Lo
ves, pintorcita?
Sacudo la cabeza. Nadie ve lo que Emerson puede ver.
Emerson me pone la mano en la nuca y me acerca a Will. Luego se mueve de
nuevo detrás de mí, pasa su mano por debajo de mi rodilla y tira de mí para abrirme.
Esta vez más amplio. Más alto. Estoy sobre la punta del pie.
—Él te quería así —murmura Emerson en mi oído—. Quería probar la pieza de
esta manera.
Will lo mira durante un largo momento.
Y entonces da un paso adelante y se pone de rodillas. Will apoya una mano en
la curva de mi culo y la otra donde mi pierna se une a mi cuerpo. La misma pierna que
Emerson está sujetando. Los ojos de Will se encuentran con los míos entre mis
piernas.
Ya estoy al borde de la combustión, pero sé lo que quiere.
Confirmación.
Le asiento con la cabeza.
—Pon tus brazos alrededor de su cuello —me dice Will. Alcanzo y engancho
mis manos detrás del cuello de Emerson. Mi cuerpo está estirado hasta el límite así,
pero dejo que cargue con todo mi peso. El aliento de Will es cálido en mis pliegues.
Se inclina y besa las marcas de los mordiscos de Emerson—. Pobrecita —murmura, y
luego empieza en serio.
Oh, Jesús. Oh, carajo. Es entusiasta, lamiendo y relamiendo y mordiéndome
como si hubiera estado privado toda su vida. La posición me marea por lo sucia que
es. Emerson es el marco, yo soy el arte, y Will lo adora. Me rodea el agujero con su
lengua y me saca más jugos. Presiona su cara con más fuerza, exigiendo con la punta
153 de su lengua. No hay parte de mí que no quiera.
Oh.
Me.
Voy.
Las palabras se deshacen en mi cerebro. Me encuentro intentando balancear
mis caderas hacia la cara de Will. Emerson tiene que sostenerme para que no me
suelte de sus manos y me caiga al suelo. Su agarre cerca de mi rodilla se hace más
fuerte.
No es como Emerson. Es diferente. Me hace desear la boca de Emerson, la
lengua de Emerson, los dientes de Emerson, pero esto también es placer. Placer que
Emerson me hace tomar. Lo escribe en mis células y lo pinta en mi cara.
Convirtiéndolo en arte una y otra vez.
Will toma mi clítoris entre sus dientes y yo gimo. Lo hace un poco más fuerte.
El sonido se convierte en algo parecido a un grito.
—¿Puedo hacer que se corra?
Si no tuviera las manos alrededor del cuello de Emerson, me agarraría al pelo
de Will.
—Por favor —balbuceo—. Por favor, por favor, por favor.
—Tú lo quieres y ella también. Mira cómo se ve en la pieza.
Will entierra su cara en mi coño, dándole otra serie de largos lametones antes
de centrar su atención en mi clítoris.
Una bomba. Esto es lo que se siente al ser una bomba a punto de estallar.
Cables eléctricos y explosivos. Su lengua lo acumula, barriendo el sensible bulto en
rápidos círculos. Will lo mordisquea. Acaricia su lengua sobre él. Es bueno en esto.
Debe haber tenido mucha práctica. Yo no.
—No puedo. —Jadeo—. No puedo, no puedo.
—Eres una hermosa pieza de arte, pintorcita. Y ya lo estás haciendo. Su boca
se siente bien. Estás tratando de cogerte su cara. Tus mejillas tienen el tono perfecto
de rosa. Ahora córrete en su lengua. Deja que lo pruebe. Está bien. Te tengo.
Las palabras de Emerson se hacen eco de lo que me dijo en la cueva, y eso es
lo que hace. Esa promesa. Te tengo. Las manos de Will se clavan en mi carne y me
acercan a su boca mientras me corro. Pasa su lengua por mi raja, bebiendo mi
orgasmo mientras me estremezco contra Emerson. Mis músculos tiemblan al
mantener esta posición, incluso mientras Emerson me sostiene, pero él no me deja
bajar. No al principio. Me mantiene abierta para Will.
Y Will se toma su tiempo. Después de que baje me besa el clítoris, un suave
154 roce, y luego se levanta, limpiándose la boca con la manga.
—¿Podemos follarla?
—No —dice Emerson, y juro que hay una pizca de arrepentimiento en su voz.
Desearía poder llegar tan lejos—. Su coño es mío. Puedes probarlo, pero no puedes
tomarlo.
—Necesita ser follada —contesta Will.
—Ella quiere que mires.
Emerson tiene razón. No me resisto a él cuando nos lleva al sofá en el centro de
la habitación, Will y Sin le siguen. Estoy desesperada por él. Zumbando con esta
sensación. Emerson se sienta en el sofá y yo me pongo delante de él, con escalofríos
recorriendo mi columna vertebral. Los jugos me resbalan por los muslos. Vuelve a
sacarse la polla y se acerca a mí, tirando de mí hacia su regazo con un suspiro pesado
y aliviado.
Extiendo mis muslos sobre su cintura y él me inclina sobre él.
—Se va a sentir gruesa, pintorcita. Estás hipersensible por nuestro juego. —La
cabeza de él empuja contra mi abertura, y oh, lo hace. Se siente más grande que
nunca—. Muéstrales cómo me tomas —dice—. Muéstrales lo buena que eres, incluso
cuando tu coño está estirado.
Dejo que la gravedad me lleve hacia abajo unos centímetros, con sus manos en
mis caderas, y se me escapa un suave gemido. Es una extensión. Tengo que trabajar
para ello. Tengo que concentrarme en relajarme. Pero Will me ha mojado. Me ha
mojado tanto que no hay mucha fricción. Me hundo lentamente, despacio, hasta que
nos encontramos, hasta que estamos juntos. Emerson me aparta el pelo de la cara. Sus
ojos nunca han sido tan claros. El calor es casi insoportable. El vínculo entre nosotros
se siente férreo e irrompible. Como si su corazón hiciera latir el mío. Como si el mío
sólo pudiera latir si lo hace el suyo.
Y traté de huir.
Mueve mis caderas con movimientos suaves, meciéndome sobre su polla. Sin
empujar todavía.
Intenté huir.
La presión aumenta hasta que las palabras estallan.
—¿Y si... y si lo siento ahora? Quiero disculparme.
Los ojos de Emerson se encienden.
—¿Por qué, pintorcita?
—Por tratar de salir. Fue... fue imprudente y peligroso y casi muero. También
te hizo daño a ti. Y Sin tuvo que venir a buscarnos. Fue frío. Fue tan frío, y tan
155 equivocado. Nunca debí haberlo hecho. Quiero quedarme contigo. Quiero... quiero...
—Mi respiración no coopera—. Quiero mostrarles lo que es disculparse. Quiero
mostrarles.
Hay un momento de silencio. La preocupación se apodera de mí. ¿Y si este no
es el juego que estábamos jugando? ¿Y si lo estropeé? ¿Y si se rompe en el suelo en
pedazos de cristal?
Emerson me atrae y me besa. Aprieto su polla mientras lo hace.
—Te traje de vuelta —dice, tranquilizador. Indulgente—. Y no has hecho
ningún daño permanente. Pero me encantaría verte disculpándote, pintorcita. ¿Qué
trajiste, Sin?
Su hermano está listo.
—Un par de cosas. —Cruza por detrás del sofá y recoge algo de la mesa
auxiliar. Dos objetos. Pequeños y negros. Caben en la palma de su mano. Se los ofrece
a Will, que los toma sin dudar.
Ambos se mueven detrás de mí. Dos manos me rodean y toman mis muñecas,
alejando mis manos del pecho de Emerson.
—Yo la equilibraré —dice Sin. Me tira de las manos por encima de la cabeza y
me estira hacia arriba. Estoy en equilibrio sobre la polla de Emerson. Emerson roza
la curva de mi cintura, sus caderas se balancean ligeramente, como si no pudiera
evitarlo—. Will es bueno con las pinzas.
Mis ojos se abren de par en par.
—Calla, pintorcita —dice Emerson.
Y entonces me callo mientras las manos de Will me rodean con las pinzas de
los pezones.
Muerden con fuerza, más que los dientes de Emerson, y rompo a llorar. Sin
mantiene mis brazos por encima de la cabeza mientras Will los ajusta, haciéndolos
más apretados, de alguna manera.
—¿Cómo está? —Sin le pregunta a Emerson.
—Ella está goteando —dice Emerson, con la voz apretada—. Ella se está
apretando alrededor de mí. A la pieza le gusta sentirlo.
—Lo hago. —Jadeo—. Lo siento mucho. No debería haberlo hecho.
—Así es. —Sin sacude un poco mis brazos—. Atrajiste a nuestro hermano al
océano. ¿Ahora lo entiendes mejor?
—No lo sé. No lo sé. Sí. No lo sé. —Ahora mismo no sé nada, en realidad.
Excepto que esos puntos de dolor en mis pezones tienen una línea directa con mi
clítoris.
156 Hace un sonido de tsk.
—Eres la pieza de mi hermano. Y has sido muy desobediente. Las pinzas para
los pezones podrían no hacer entender el punto.
Es una pregunta. Si Emerson lo rechaza, no continuará. Pero es una oferta.
Emerson no se niega.
Sin separa mis muñecas y me inclina de nuevo hacia delante.
—Abajo —me dice—. Oh, sé que va a doler. Tus pezones sobrevivirán. —Me
hace inclinarme hacia delante hasta que rozan la parte delantera de la camisa de
Emerson. Cada vez que se tocan es una nueva descarga de dolor—. Tendrá que estar
abierta para esto.
Emerson pasa sus manos por mis costados y más abajo, hasta mi culo.
Y con una suave presión me abre.
Pierdo la respiración por completo. Clavo mis ojos en los suyos. El sudor se
empaña en mi columna vertebral. Una botella chasquea cerca, y entonces algo frío y
húmedo se posa en mi agujero. Un nudillo lo sigue, lo frota, y luego la punta de un
dedo.
—Sin quiere ver más de una disculpa, pintorcita.
—Lo que has hecho no es suficiente —comenta Sin, cortante y seguro—. Mi
hermano se merece más.
Introduce un dedo en mi agujero y todo mi cuerpo se tensa.
—Relájate —dice Emerson—. El arte no lucha. Es hermoso y obediente en su
marco.
El dedo va más profundo.
—Está... está estirando...
—Está estirando ese apretado agujero, pintorcita. Y tú lo tomarás. —Sin añade
otro dedo y aprieto los dientes. Emerson tiene un agarre contundente en mi culo. Se
inclina hacia adelante, sólo ligeramente, de modo que me empuja hacia los dedos de
Sin. Dos de ellos. Las lágrimas se acumulan y caen—. Hermosa. —La voz de Emerson
se vuelve baja, íntima—. Aprieta sus dedos —dice a continuación, y lo hago. Me
duele. Los dedos de Sin son gruesos y profundos, y cuando mis músculos trabajan,
Sin gime.
—No ha terminado —dice Emerson.
Sin saca sus dedos, pero inmediatamente son reemplazados por algo más
grueso. Y más duro.
—Oh —digo. Estoy confundida por el placer y el dolor. Con las pinzas hiriendo
157 mis pezones y la polla de Emerson llenándome—. Oh, oh. No puedo.
—Te la va a meter y sacar hasta que puedas —dice Emerson—. Te va a doler el
agujero, estoy seguro. Pero no será demasiado. Te lo prometo, pintorcita. Lo sentirás
tanto como quieras.
Me aferro a su camisa para consolarme, entierro mi cara en su cuello y sollozo.
Se siente tan mal. Se siente tan bien. Duele. Lo que sea que Sin está usando me
estira, haciéndose más y más ancha hasta que estoy segura de que no puedo
soportarlo, no puedo, no puedo, pero entonces entra y se queda en su sitio. Mi
agujero palpita alrededor de la invasión.
Emerson me levanta la cara de la camisa.
Sus hermanos han venido detrás de él para que todos puedan ver lo mucho que
lo siento.
—Jesús —sisea Will—. Eso es magnífico.
—Lo siento mucho —susurro.
Will se inclina sobre el hombro de Emerson y pone su mano sobre la de éste.
Me levanta la cara otro centímetro y me lame una de las lágrimas de la piel. Will me
aprieta la barbilla con fuerza, como si quisiera hacer más, y me suelta.
—Sus lágrimas saben tan bien como se ven en la pieza.
Sin esboza una sonrisa malvada.
—Estoy seguro de que pronto se sentirá mejor.
Emerson inclina mi cara hacia abajo. Busca en mi cara. Me bebe. Y entonces
me besa de nuevo.
En el agudo beso, siento que se rompe lo último de su control.
—Voy a follarte así, pintorcita. Tengo que follarte así.
—Por favor —digo.
Y entonces él tiene el control de mi cuerpo, el control de mis caderas, y me está
follando. Lo monto lo mejor que puedo. Lucho con él. Pero encontramos nuestro ritmo.
Es imposible no hacerlo, con él. Incluso cuando lucho con él lo encuentro. Es como el
ritmo de la pintura. Está incrustado en mi alma. No puedo fingir que no está ahí.
No veo a sus hermanos moverse, pero lo siguiente que sé es que hay manos.
Manos jugando con las pinzas mientras Emerson me folla. Uno de ellos saca el juguete
de mi culo y lo vuelve a introducir con un ritmo constante y provocador mientras mis
músculos se agitan alrededor de Emerson. Él es el centro del mundo, pero sus
hermanos siguen formando parte de él. Me observan. Me están atesorando.
Juegan conmigo, levantando mi barbilla para que Emerson pueda ver mi
158 cuello. Tiran de mi pelo. Retuercen las pinzas. Ya no sé quién es el marco. Todo lo que
sé es que yo soy el arte.
Emerson gruñe y luego me atrae para besarme. Una enorme ola de placer
aparece en la distancia. Puedo sentirla en la punta de los dedos de los pies. Pequeños
temblores que van subiendo. Las manos en mi cuerpo también se preparan. Me tocan,
rozan y aprietan, y entonces...
Entonces…
Uno de ellos quita las pinzas.
La sangre vuelve a correr hacia mis pezones, liberando mi orgasmo. Lo sollozo
sobre Emerson. Me sujeta con fuerza, me sujeta con fuerza, mientras él también se
corre en ráfagas calientes y duras. Estoy tan llena. De él. Del juguete. Lo siento tanto.
Soy tan feliz.
—Pintorcita —dice—. Daphne.
Llego al otro lado de la ola y sigo cayendo. Todavía estoy cayendo cuando
alguien —Sin, tal vez— me quita el juguete. No es una oscuridad aterradora. Es una
buena. Es suave. Aterrizo en el pecho de Emerson y me acurruco contra él, temblando
tan fuerte como en la cueva. Mi visión se está desvaneciendo. Pero está bien dejarse
llevar y dormirse. No puedo evitarlo.
—Te tengo, pintorcita. Todo está bien. No te voy a soltar.
La voz de Emerson es lo último que escucho.
Emerson
A
l final, Daphne no quiere —o no puede— despertarse. Will la envuelve
con una manta mientras la acuna en mis brazos y yo la llevo conmigo
cuando los acompaño a la puerta.
—Estuvo bien —dice Sin, con la mano en el pomo—. Vendré por las bebidas.
—No te acostumbres a las exposiciones privadas.
Se ríe.
—No lo haré. Pero lo digo en serio.
—Estuvo bien —acepto. Y me sorprende descubrir que también lo digo en
serio.
159 —Están jodidos —dice Will.
—Te enviaré un mensaje —le digo mientras se adentra en la noche.
Agita la mano por encima de su cabeza. Lo que sea. Es un imbécil obstinado.
Disfrutó mucho esta noche.
Estoy cansado y saciado, pero de todos modos llevo a Daphne a la ducha. Está
medio dormida y murmura cosas suaves durante todo el proceso. Cuando por fin está
vestida y seca, la tumbo en la cama. Me busca con una mano y no se calma hasta que
la dejo acurrucarse en mi pecho.
Nada.
Nada es mejor que esto.
Me despierto temprano como siempre, la luz gris de la madrugada se filtra por
las ventanas. Daphne respira profundamente a mi lado. Ha tomado la mitad de mi
almohada. Su cuerpo está relajado. Realmente descansa. Duerme fácilmente aquí, lo
cual es otra agradable sorpresa. Mi pintorcita no está preparada para que le pase
nada.
Le paso los dedos por el pelo.
No se mueve.
Me siento tan increíblemente bien.
No quiero perder ni un minuto de sueño.
Anoche fue un cambio radical para los tres. Tuvo que ser Daphne, creo. Nunca
he tenido nada tan importante que mostrarles. Nunca había querido eso. Tal vez hay
una parte de mí que quería su aprobación. Que todavía lo hace.
¿Y cómo no voy a querer que la vean? Es preciosa. Su pelo oscuro sobre la
funda de almohada blanca. Las suaves curvas de su cuerpo. Los labios rosados a juego
con sus mejillas sonrosadas. Ella siente su propia seguridad, incluso cuando está
durmiendo. Daphne se siente tan bien como yo, y sigue soñando.
Debe sentir que la miro, porque su respiración cambia. Daphne se estira un
poco y se retuerce para acercarse a mi calor. Se empuja de nuevo contra mí y tira de
la manta.
—Es temprano.
Su voz es tan cálida como su cuerpo. Dormida y satisfecha. Es el mejor sonido
que he escuchado.
—Me voy a surfear. —Le paso el pelo por encima de la oreja y le doy un beso
en la mejilla. La idea se me ocurre al registrar la suavidad de su piel—. Ven conmigo.
—No. —Daphne se ríe—. Es invierno. No me voy a meter en el agua.
160 —Ven afuera conmigo. Incluso los prisioneros tienen tiempo en el patio.
Se ríe más del chiste, pero es cierto. Incluso los verdaderos convictos tienen
tiempo al sol. Eso es importante para la mayoría de la gente, pero especialmente para
Daphne. Un artista necesita el contacto con el mundo exterior. La vista desde el
estudio es una cosa. Por ahora, ella debe sentir el viento en su cara. Hay algo sobre
estar de pie en la orilla.
Daphne lo entiende. Después de todo, vino a la playa a petición mía. Podría
haber usado una foto de referencia, pero vino en persona.
Me deja que le pase la mano por el hombro y el brazo durante un minuto antes
de ponerse de espaldas.
—¿De verdad?
—Sí. Trae tu cuaderno de dibujo.
Su ceño se arruga.
—No tengo un cuaderno de dibujo.
—Pintorcita. ¿Crees que te construí un estudio de arte sin cuadernos de dibujo?
Daphne se sonroja y sus ojos se iluminan. Se levanta, me da un beso en la
mejilla y salta de la cama. Es lo suficientemente bonito como para provocar un ataque
al corazón. Mi pintorcita se mueve con ligereza cuando se acerca a la silla junto a la
ventana y se envuelve en una manta sobre los hombros. Los cajones se abren y se
cierran en el estudio mientras busca uno de los cuadernos de dibujo. Un pequeño
jadeo resuena en la habitación.
—Este es uno de los bonitos —se dice a sí misma.
Me levanto de la cama con una sonrisa en la cara. De hecho, no puedo dejar de
sonreír. Incluso mientras hago la cama y subo bien las mantas. Pongo las almohadas
en su sitio. Así es como podría ser entre nosotros.
Si no estuviéramos corriendo en tiempo prestado, de todos modos. Si la
realidad nos dejara ser para siempre. Si su familia la dejara tener esta vida.
Lo que sea. El tiempo prestado es mejor que ninguno. Y me siento demasiado
bien como para descartar la sensación tan temprano.
Daphne aparece, vestida con leggings de invierno, calcetines altos de lana y
una camiseta de capa base, a mi lado en el baño mientras me cepillo los dientes.
Tengo un cepillo de dientes extra para ella. Ella arruga la nariz y se ríe cada vez que
lo ve. Piensa que es un poco ridículo que su cuarto de baño también esté totalmente
abastecido. Pero, ¿por qué molestarse si ella no tiene que hacerlo? Yo cuido mis
piezas más valiosas.
La que más me importa es ella.
161 Daphne me entrega su cuaderno de dibujo y su estuche de lápices al final de
la escalera. Se pone una suave y cálida sudadera con capucha por encima de la
cabeza, y luego gira la muñeca para mirar el sello cerca del dobladillo.
—¿Esta es tu marca favorita para exteriores, Emerson?
—Sí, pero no tengo mucha experiencia con su colección femenina. ¿Te gusta?
—le pregunto mientras bajamos.
—Me encanta. No hay etiqueta en el interior.
—A mí también me gusta eso de sus cosas. Hago que mi sastre las saque. Mejor
no tenerlas en primer lugar.
—¿Esto es lo que usarás?
—Sí. —Le muestro el sello en mi propia muñeca. Cuando no estoy corriendo
detrás de una fugitiva, llevo pantalones cortos de compresión y una capa base bajo
mi traje de neopreno para surfear en invierno.
En el cuarto de la mudanza, abro uno de los armarios empotrados y examino la
ropa de abrigo. Le ofrezco a Daphne un par de pantalones de nieve entallados. Ella
levanta las cejas.
—¿Pantalones de nieve?
—Para estar en la playa.
—Estos son leggings calientes.
—Estos van con los leggings.
Se ríe en voz baja, pero los agarra y se los pose. A continuación, un abrigo a
juego. He elegido varios abrigos para ella. Este le servirá para dibujar. Tiene un perfil
más holgado, para que no le apriete los brazos, pero sigue siendo relativamente
ajustado en la cintura y está pensado para una temperatura sesenta grados inferior a
la de la playa. Daphne se lo pasa por los hombros con un suspiro de felicidad.
—Me siento como si fuera a una misión importante con todo este equipo.
—La misión más importante. Tu arte. Ven aquí.
Mi pintorcita se acerca y me deja que le ponga un gorro ajustado en la cabeza
y se lo ponga sobre las orejas. Le pongo un pañuelo y lo coloco sobre la cremallera
para que no la distraiga. La ayudo a ponerse las botas. Cuando levanto la vista de
ajustar los cierres, me sonríe.
—Puedo ponerme mis propias botas, ya sabes.
—Hago lo que me da la gana con las piezas de mi colección. Incluyendo esto.
Se sonroja, le brillan los ojos y me tiende las manos para que le ponga unas
162 manoplas con solapas para los dedos. Daphne tendrá acceso completo a sus lápices
de carbón.
—Ahora date la vuelta —le digo.
—¿En serio?
—Sí.
Lo hace, mordiéndose el labio, y cuando está de espaldas a mí le subo la
capucha. Cuando Daphne completa su círculo y me aseguro de que está caliente y
cubierta, le meto el pelo en la capucha. Apoya su mejilla en mi mano.
Cristo, es bueno.
Me pongo el traje de neopreno, agarro la tabla y salimos.
La nieve cruje bajo nuestros pies al cruzar el patio. Más nieve en los escalones
del muro de contención. Un poco menos en la arena, donde hay más viento y agua.
Miro hacia arriba y hacia abajo en la playa. No hay nadie a la vista, salvo una persona
que pasea a su perro a lo lejos.
No, esto no es el patio de una prisión. Incluso en invierno es un tramo de playa
precioso. El blanco roza la cima de las olas, un profundo azul grisáceo en la perlada
luz de la mañana. Es mi momento favorito del día. Cuando todo es nuevo, fresco y
tranquilo. La orilla barrida por el viento es pacífica. Las olas se enroscan en la arena,
dejando sus sombras detrás. Las nubes ondean en el agua. Reflejos momentáneos en
pequeños focos, arrastrados por nuevas marejadas. El horizonte es brumoso. El cielo
y el agua están cerca hoy. Se confunden. Hoy no soportan los límites. Están demasiado
cerca.
Me vuelvo consciente de calidez. De calor. De atención.
Daphne me observa, con ojos curiosos y afectuosos.
—¿Te gusta esto?
La belleza es lo que me gusta. Estar fuera de mi casa, menos. El surf, como
caminar quince cuadras, siempre ha sido una forma de aumentar la tolerancia. Para
castigarme con la mirada del cielo. Para obligarme a vivir con él.
—Me gusta que estés aquí, pintorcita.
Se pone de puntillas y me besa.
Le devuelvo el beso.
Aquí fuera, en el frío, es cálida. Preciosa. Invaluable. Quise decir cada maldita
palabra que dije frente a mis hermanos. Es quizás más asombroso que haya podido
decirlo. Fue magnífico.
Daphne se aparta con un pequeño suspiro.
M
e preocupé por Emerson cuando estaba en las olas. No debería
haberme preocupado. Él me capturó, para empezar. Está
acostumbrado a hacer cosas peligrosas. Ahora mismo está en peligro.
Mi familia lo está buscando. Pero de todos modos estaba nerviosa.
No me gustó cuando las olas se hicieron más grandes. No me gustaba cuando
hacía trucos sobre las crestas. Era impresionante, porque él es impresionante, pero
cuando iba bajo la superficie y fuera de la vista…
Se me cortó la respiración.
Odiaba que se saliera de la tabla y desapareciera. Si ocurría algo, si estaba
realmente en problemas, no podría arrastrarlo de vuelta. No podría sacarlo del agua
169 como él lo hizo por mí.
Todavía no estoy segura de poder salvarlo. No del océano. De todo lo demás.
Hay una parte rota de Emerson, en el fondo, que le hace surfear cuando hace
suficiente frío para que se formen trozos de hielo en la superficie. Que lo atrapa dentro
de su casa. Que me atrapa con él.
No fui lo suficientemente fuerte para salvar a mi hermano, así que, ya sabes.
Hay pruebas.
Pero fue bueno salir con él. Fue bueno ser invitada por su cálida y recién
despertada voz en mi oído. Fue refrescante en la orilla, y ahora estoy despierta y
caliente. Finalmente, el frío abandona las manos de Emerson. Cuando lo hace, me
levanta, me aprieta la espalda contra la pared de la ducha y se introduce en mí
mientras me cuenta todo sobre el agua de hoy. Todo sobre el aspecto que tenía en la
orilla. Los colores que veía en el agua. Cómo se sentía tan ligera como el verano. El
momento se siente casi robado, de alguna manera. Me hace correrme primero,
mordiéndole el hombro, y me sigue después, con su boca sobre la mía.
Terminamos la ducha y nos secamos. Emerson observa cómo me seco el pelo.
Elige ropa de mi armario —unos leggings cómodos y una camiseta de manga larga
ligera como el aire— y bajamos a la cocina.
Me prepara el desayuno.
Emerson está cómodo aquí. Busca cosas en los armarios sin mirar. Todo está
exactamente donde lo dejó. Sus hombros se relajan. Su expresión es pacífica. Me
quita el aliento verlo así. No sabía que podía relajarse. Sólo asumí que su personalidad
implicaba una tensión constante. Que era parte de su intensidad. Pero cuando está en
casa, cuando se siente seguro, su cuerpo no se esfuerza tanto por protegerlo del
mundo.
Podríamos haber tenido esto si me hubiera pedido una cita cuando nos
conocimos.
Sin embargo, eso no era posible para él.
Ahora entiendo a Emerson. Más de lo que hacía, de lejos. Ese tipo de
interacción no estaba disponible para él. Él interactúa con el mundo a través de
compras y adquisiciones. A través de obsesiones. Así es como mantiene la estabilidad
y el enfoque. Así es como se mantiene en control. Y Emerson, más que la mayoría de
la gente, necesita eso.
No puede salir a la incertidumbre. Sólo puede comprar piezas de seguridad
para sí mismo. Una cita en la ciudad habría sido un riesgo increíble.
Apoyo la barbilla en la mano y lo veo poner el tocino en una bandeja. Dios mío,
170 es hermoso. Debería entristecerme pensar que no podría arriesgarse a una cita por
mí, pero no es así.
Emerson vino a mí de la única manera que podía.
Se acercó a mí como se acerca a su gran amor, que es el arte. Así es como se
acerca a los cuadros que le hablan. Que le hacen sentir algo.
Así es como ama.
Realmente, es coherente. Así es en todos los ámbitos de su vida. Si le gusta un
cuadro, demuestra ese amor a través de la adquisición y la colección. Él habla ese
lenguaje a sus hermanos. Ahora me duele el corazón al pensar en cómo se lo
devolvieron ellos. Puede que no sean coleccionistas, pero son su familia. Incluso es
así con la naturaleza. Es dueño de su playa privada. Insiste en dominar las olas,
aunque no sea cómodo.
Emerson sólo entiende de propiedad. Es dueño de sí mismo tanto como de
cualquier otra cosa. Así es como ha cavado una isla de paz en un mar de pánico.
Está callado mientras cocina. Mis pensamientos van y vienen en suaves olas. Lo
asimilo. La luz en su rostro. El sol sale de detrás de una nube y calienta la cocina. Hace
huevos. Tuesta un panecillo inglés, siseando cuando lo saca de la tostadora.
El temporizador suena en la estufa.
—¿Tocino?
—Sí. Por favor.
Pone los huevos, el panecillo inglés y el tocino en un plato en una disposición
equilibrada. Emerson prepara un plato a juego para él. ¿Sabe que está abordando
esto de una manera muy artística? Cuando termina, abre la nevera y saca dos moldes.
Estos van en el espacio negativo que ha dejado en el centro. Así que, sí. Lo sabe. Es
muy atento y eficiente. Recoge los cubiertos y las tazas de té y me los trae. Creo que
tengo más hambre por lo feliz que parece.
Se sienta conmigo en la mesa de la cocina. Los moldes resultan estar llenos de
fresas en rodajas. Junto con el salero y el pimentero, Emerson tiene un azucarero. Lo
espolvorea sobre sus fresas y luego hace lo mismo con las mías.
—¿Bien?
—Una cosa. —Tomo su barbilla con la mano, lo acerco y lo beso. Sabe a menta
y a limpio, y hace un pequeño ruido de satisfacción en mi boca.
Lo dejo ir.
—¿Por qué fue eso, pintorcita?
—No siempre es una transacción —le digo, y se ríe.
171 Comemos en un cómodo silencio que no habría creído posible cuando nos
conocimos. Se come los huevos entre las dos rebanadas de panecillo inglés. Resulta
que así es como le gusta comer los huevos. Aquella primera mañana me asusté con él
por nada.
Tomo nuestros platos y los meto en su lavavajillas, luego me seco las manos en
el paño de cocina que cuelga del mango de su estufa.
Todavía es temprano. Queda mucho día.
—Así que... —Un tímido calor sube a mis mejillas—. ¿Qué quieres hacer ahora?
¿Trabajar? Eso es probablemente lo que haces en un día normal.
—En un día normal. Respondo a los correos electrónicos y planifico las
entregas. A veces asisto a exposiciones, a inauguraciones de galerías o a subastas
benéficas. —Sonríe—. No te preocupes, pintorcita.
—No estoy preocupada.
—Pensaste que podría dejarte aquí.
Bien. Tiene razón. Por un segundo, pensé que podría encerrarme e ir a una
exposición.
—No puedo confirmar ni negar.
Se ríe. Todavía se siente como una victoria oírlo reír.
—¿Qué quieres hacer, pintorcita?
Ir a la cama con él. Tal vez para siempre. Pero en este momento...
—Pintar —admito—. Quiero pintar. Es... —Oof. No suelo hablar de mis hábitos
de pintura con tanto detalle. Hace que la gente se preocupe. Pero Emerson no lo hará.
Él ya lo ve todo—. Es difícil para mí pasar mucho tiempo sin pintar. Me duele la cabeza
si no lo hago.
Su mirada se intensifica. Es un toque caliente, tan real como sus manos en mi
piel.
—¿Dolores de cabeza?
—Sí. Aquí. —Me doy unos golpecitos en las sienes—. Como presión.
—¿Cuánto tiempo tardan en empezar?
Arrugo la nariz.
—No tanto tiempo, de verdad. Un día o dos. Tal vez un poco más si estoy de
vacaciones en algún lugar increíble. Los bocetos me sirven para la mayoría de las
veces.
—Llorar no te da ninguna liberación.
—Me gustaría. Lloro todo el tiempo. Pero... —Ahora que lo pienso—. Tal vez es
172 tener mis manos involucradas lo que hace la diferencia. De todos modos, quiero
pintar.
—¿Puedo mirar? —La esperanza aclara el color de sus ojos, y sé, con la mayor
seguridad que he tenido nunca, que se quedará abajo si se lo pido.
—Sí. Con una condición.
Él levanta las cejas.
—¿Cuál es esa, pintorcita?
—Que hablemos mientras pinto.
—Habría pensado que preferirías el silencio.
—A veces lo hago, pero hoy no.
—¿No quieres silencio?
—Quiero escuchar tu voz.
Las mejillas de Emerson realmente se ruborizan. Se levanta, se cepilla la camisa
y me ofrece la mano. Arriba, en el estudio, me maravillan las ventanas.
—Tu gente hizo un buen trabajo.
—Son especialistas.
Atraviesa las puertas y vuelve con la pesada silla de su dormitorio. Parece que
no le cuesta nada moverla. La coloca a cierta distancia del caballete. Emerson me ha
dado espacio para pintar, pero también se ha dado espacio para observar.
—¿Especialistas en rabietas de artistas? —Elijo varias pinturas de los cajones.
Emerson reemplazó todas las que desperdicié. Tal vez debería estar frustrada por no
haber podido arruinar el espacio, pero me alegro. Estas pinturas son una segunda
oportunidad.
Toma asiento, recostándose en la silla.
—En circunstancias normales, sería posible raspar la pintura con una navaja.
Pero el cristal de esta casa está pensado para resistir vientos huracanados. Hay que
limpiarlo con una solución.
Elijo un pincel.
—Tal vez no debería haberlo hecho.
—Deberías haber hecho lo que te diera la gana. Y eso era lo que querías.
Un lienzo fresco espera en mi caballete. Allí es donde voy con mi paleta, mis
pinturas y mi pincel.
173 Nos cuadramos el uno con el otro. El lienzo, esperando. Yo, ajustando mi
cuerpo hasta estar en la posición correcta. Hay un tipo de energía que busco,
supongo. Aunque suene raro. Nunca se tarda en encontrarla. Incluso con Emerson en
la habitación. Él no interrumpe el proceso.
Es tan cómodo como estar sola, en realidad.
Y se siente bien darle esto a él. Él lo quiere, y está a mi alcance. Quiere ver
cómo es realmente cuando pinto.
Esto es así. Es tan real como las horas que pasé en mi pequeño apartamento, o
en el estudio como la casa de Leo. Lavé este lienzo en blanco ayer, así que no tengo
que esperar.
Empiezo con el azul Prusia. El color del lienzo es también el color de la
autenticidad. Suena un poco fuera de lugar, incluso en mi cabeza. Bueno, es cierto.
Emerson estaría aquí aunque no estuviera en la habitación. Estoy pensando en él en
las olas con su tabla de surf.
Empezar la obra me hace sentir bien. Mis pensamientos flotan hacia el lugar
donde el pincel besa el lienzo, separado de él sólo por la pintura. Caigo en ello de
inmediato.
¿Qué significa si pintar delante de él no cambia nada?
Cambia algunas cosas, obviamente. Puedo sentir el calor de él en la habitación.
Su mirada en mi piel. El acto fundamental no se altera. Los mismos movimientos llegan
a mis muñecas, a las yemas de los dedos. La sensación de estar conectada a la obra
por una línea brillante no cambia.
Se siente...
Seguro.
Pasan unos minutos. Tal vez diez. No estoy segura. Nunca presto mucha
atención al tiempo cuando estoy pintando.
—Los ataques de pánico empezaron por mi padre —dice Emerson.
Algo en mí responde al sonido de su voz. No puedo explicarlo. No me
sobresalto. Es como si me hubiera estado hablando todo este tiempo.
Comunicándose, incluso en silencio.
—¿Es eso lo que quería decir Sin?
Mantengo mi atención en el cuadro porque sé que es lo que quiere. Puedo
saborear en el aire lo importante que es manejar esto con gracia. Lo que sea que esté
a punto de decirme. La culpa me pellizca el estómago. No fui grácil con Leo. No puedo
volver atrás y hacerlo de nuevo, pero puedo hacer esto bien.
—A eso se refería.
174 Permanece en silencio durante otro tramo de tiempo. Una ola florece en el
lienzo. El borde de una tabla de surf. Emerson está ahora en el cuadro. La sugerencia
de él, al menos. No he empezado el trabajo de detalle.
—Podrías hablarme de él, ya sabes. Yo… —La tabla se balancea sobre las olas.
Cuando tenga a su jinete, será alto y fuerte, firme sobre el oleaje—. Quiero saber todo
sobre ti. Todo lo que quieras contarme. —El surfista del cuadro no tiene miedo. Su
mente está ocupada por el movimiento de su cuerpo. Es un reflejo de Emerson tal y
como está ahora, en la habitación conmigo. Tampoco tiene miedo. Nervioso, creo. Un
poco receloso. Pero no tiene miedo. Tampoco tiene pánico. La diferencia entre el
miedo y el pánico es la diferencia entre una cucharilla y el océano.
—Era violento. Consumido por el control. Éramos demasiado salvajes para él.
Intento imaginar a Emerson como uno de mis hermanos. Cuando era muy
joven, eran salvajes. Corriendo por la casa. Evitando a mi padre. No puedo
imaginarme a Emerson actuando de esa manera.
—Pero tú no lo eras, sin embargo. ¿Lo eras?
—No. —Hace un sonido cercano a una risa, pero no hay humor en él—. Eso no
importaba. Su percepción era lo único que contaba. Su estado de ánimo.
Nos estamos acercando al corazón oscuro en el centro de esto. A la verdad que
Emerson oculta. Al núcleo de su pánico. Sigo pintando. Mantengo mi respiración
firme. Me propongo que mi corazón no se acelere.
—Nos daba palizas —dice Emerson—. Y cuando terminaba con eso, nos
encerraba en el armario.
Mi pincel salta sobre el lienzo. La culpa me pica en la garganta, en los ojos. Se
lo dije la primera noche que estuve aquí. Le pregunté si me iba a hacer eso. Se lo eché
en cara.
Por el amor de Cristo, pintorcita, nunca te encerraré...
Dolor en sus ojos. Estaba demasiado asustada, demasiado encerrada en mí
misma para verlo.
Nunca te encerraré en el armario.
Le dolió escuchar eso.
—Es horrible —digo, sin apartar la vista del lienzo. Puede que sólo sea capaz
de hablar de esto si no me mira. Sé lo difícil que fue para Leo.
—Sí. Lo fue.
—¿Siempre fue así?
—Quizá no tanto cuando era muy joven. No recuerdo la mayoría de esos años.
175 Añado profundidad a la curva de una ola, conexiones que florecen entre mis
recuerdos de Emerson. Todas las cosas que me ha contado. Cómo estaba en la cueva.
Vi su pánico. Admitió que su padre era un bastardo. El armario... es el armario que
escondió durante más tiempo.
—Cuánto tiempo... —Me duele el corazón. Mezclo un poco de blanco con el
azul más intenso de mi paleta—. ¿Cuánto tiempo te mantuvo ahí?
—Creo que el periodo más corto fue de ocho horas. Pero a veces eran días.
—¿Días? —Me aclaro la garganta de mi susurro sorprendido. ¿Qué carajo? No
habría habido luz. Ni aire para respirar. Habría sido inhumano. Habría sido una
tortura—. ¿Para qué?
—Sus motivaciones eran variadas. Lo más difícil era que hacía que fuera
peligroso estar fuera. Cuando abría la puerta, tenía un coste.
Mi corazón cae al suelo y se rompe como ese pisapapeles. Apenas puedo
seguir pintando. Incluso mi padre tuvo sus mejores momentos. Sus pequeñas
bondades. Era sobre todo un cabrón, pero nunca nos metió en armarios. Nunca
pasamos hambre. Dios mío.
—Y es entonces cuando...
—Cuando se hizo más difícil tolerar los espacios abiertos. Y nunca fue más fácil.
—En la cueva hablaste de una puerta. —Mencionó una imagen concreta, en
realidad. La trazó con la mano en el aire—. La luz alrededor del marco de la puerta.
—Nunca significó nada bueno. Me ponía ansioso por verlo. Por un lado,
significaba que había esperanza de escapar. Por otro, significaba que había una
amenaza al otro lado. Era imposible juzgar cuán enojado estaría cuando la puerta se
abriera.
—¿Siempre estuviste solo?
—Había veces que éramos los tres. Era mejor en algunos aspectos. Peor en
otros. En general, estaba solo.
Por supuesto que necesita controlar su vida. Por supuesto que su mente
responde al mundo exterior con un pánico abyecto.
—El armario —dice Emerson—, era el único lugar seguro.
Me muerdo el labio hasta que no puedo soportar más la presión. Ya está. No
hay lágrimas.
—Empecé a tener los ataques muy pronto. En la escuela primaria, tal vez.
Empezaba a aumentar cuando veía que se encendía la luz de fuera. Normalmente nos
dejaba salir por la noche, así que siempre había esa forma. Y cuando abría la puerta,
no había quien lo parara. Pensé que podría acostumbrarme a una paliza, pero nunca
lo hice. Lo cual era una pena, porque nunca paraba.
176 —Tus hermanos...
—Tuvieron la reacción contraria. Siempre pensaron que era más seguro ser
libre. Sin lo pensaba. Will lo pensaba. La paliza era sólo el costo de hacer negocios,
supongo. Nunca pude convencer a mi mente de no reaccionar de forma exagerada.
—No creo que sea una reacción exagerada.
Oficialmente es demasiado difícil pintar, así que dejo el pincel y me dirijo a él.
Emerson devuelve la mirada, y sus nervios están a flor de piel. Palpables. Pero
no está preocupado por sí mismo. Le preocupa que esto pueda ser demasiado para
que yo lo soporte. Que pueda romperme de alguna manera. Borrar la felicidad de
ayer.
—No tienes que preocuparte por eso —le digo, y su expresión se vuelve
interrogante—. No vas a disgustarme. Quiero decir, obviamente estoy disgustada.
Odio... —Me limpio las lágrimas no derramadas de los ojos con el nudillo—. No quiero
que te haya pasado esto.
—¿Qué te pasó a ti, pintorcita?
No es el único que ha estado guardando secretos. Es el momento, creo. No
quiero tener que decirle esto, pero ahora estamos juntos en esto. Somos los dos. No
puede ser el único con su pasado en juego. Sinceramente, me alegro de que me
observe tanto. Me alegro de que lo vea todo. Porque él ya sabe que algo pasó.
Lo sabe desde la noche en que nos conocimos.
Respiro profundamente.
—Nada parecido a lo que te pasó a ti. Mi padre no nos encerraba en los
armarios, pero sí nos pegaba. A mis hermanos más que a mí. Era... —Estoy a punto
de decir afortunada, pero no fue suerte en absoluto. Fue por Leo. Los ojos de Emerson
se estrechan. No le gusta esto, aunque está preparado para ello. La primera vez que
hablamos en la playa, lo discutimos de forma oblicua. Somos así de iguales. Hablamos
de arte en lugar de la vida—. Yo era más joven, así que no ocurrió muchas veces. Sólo
dos veces. Mi hermano era, es, muy protector.
—Leo.
—Sí. Él... —La vacilación aparece con fuerza. Contarle a alguien lo que pasó en
casa va en contra de las reglas de ser un Morelli. No dejamos que los de fuera sepan
de nuestros asuntos privados. Lo cual tiene mucho sentido, mirando hacia atrás. Es
como nuestros padres mantuvieron su reputación intacta en la iglesia. Guardamos sus
secretos por ellos. Sin embargo, esto no es sólo acerca de ellos. Se trata de Leo. Y
quiero que Leo pueda confiar en mí, también.
—No voy a repetir nada de lo que digas.
177 Jesús. Es como si pudiera leer mi mente. Si le digo eso, insistirá en que son mis
expresiones las que le dicen todo lo que quiere saber.
De cualquier manera.
—Leo se peleaba con nuestro padre. Lo distraía. Llamaba la atención para que
no golpeara al resto de nosotros tan a menudo. Pero no podía estar siempre ahí. Hubo
un tiempo en que era pequeña.
Ahora las palabras se me hacen bola y me duelen en la garganta. En realidad
no quiero hablar de esto. Me gustaría poder olvidar que ha sucedido. Lo he pintado
cien veces, mil, y estoy cansada de pintarlo.
Emerson espera.
—Coloreé los zapatos de mi padre. No sé en qué estaba pensando. Sabía que
no debía. Y sabía que habría consecuencias, pero pensé que podría evitarlas. Leo
siempre sabía cuando papá estaba enojado. Yo sólo... —Una risa que es pura tristeza
se me escapa—. Sabes, durante mucho tiempo, pensé que era un juego. Me llevaba a
mi habitación y me decía que escuchara un CD entero mientras dibujaba o coloreaba.
No quería que yo supiera lo que estaba pasando. Pero ese día, él no estaba allí.
—Daphne...
—No quiero ni describirlo, Emerson. Fue en la oficina de mi padre. Y no duró
mucho. Treinta segundos, tal vez. Un minuto. Pero estaba tan asustada y tan
conmocionada, de alguna manera. El recuerdo no se ahogará por muchos océanos
que pinte.
—¿Te golpeó? —La voz de Emerson es firme. Suave. Ahora tiene cuidado
conmigo. Puedo verlo. Oírlo. Sentirlo.
—Tenía esta correa de cuero.
Unas cuantas lágrimas se escapan de mi resolución y corren por mis mejillas.
Me las limpio con el dorso de la mano.
—Realmente no es nada. —Me he insistido en esto muchas veces. E incluso
mientras se lo digo a Emerson, sé que no es cierto. Leo sabía que no sería nada. Por
eso se esforzó tanto en evitar que ocurriera en primer lugar. Sin embargo, no fue una
tortura. No me alejó del mundo—. No estoy intentando... oh, Jesús.
No estoy tratando de superarlo.
—Nunca pensaría que estás comparando, pintorcita. ¿Qué fue la segunda vez?
—Fue después. No importó tanto. —Un tropiezo. Un apuro. Quiero que esta
parte termine—. En el instituto. Estaba borracho y me abofeteó. Le di la espalda y
corrí.
178 Emerson me tiende los brazos y yo voy. Quiero colocarme entre sus rodillas y
mantener la compostura, pero en lugar de eso me dejo caer sobre él como si fuera el
único lugar en el que puedo estar.
Es cierto.
Lo es.
Sus manos suben y bajan por mi espalda. Emerson respira. Está haciendo lo
mismo que yo intenté hacer por él. Está tratando de mostrarme que no fue demasiado.
—Sabes que eso no te pasará aquí. Eso no te pasará nunca más. ¿No es así,
pintorcita?
—Sé que cuidas de todas tus adquisiciones.
Emerson inclina mi cara hacia la suya.
—Yo no. Aquí no. Nunca. Tienes razón. Cuido de todas mis piezas. Pero lo que
más me importa eres tú. Necesito que lo sepas.
—Lo hago. —Mi corazón se agita—. Siempre lo he sabido, creo.
—No soy mejor —dice Emerson, con tensión en su voz—. No soy mejor hombre
que mi padre, ni que el tuyo. Pero tienes mi palabra.
Creo que tengo mucho más que eso.
—¿Cómo lo haces, entonces?
—¿Hacer qué?
—Salir.
La mandíbula de Emerson se tensa y mi corazón se acelera. La atracción que
tengo hacia él se hace más fuerte. Como si lo hubieran agarrado con dos puños. Como
si la gravedad se hubiera hecho más fuerte, pero en su dirección.
—De la misma manera que pasé el tiempo en el armario. Lo convertí en arte.
—¿En tu cabeza?
—Estaba oscuro la mayor parte del tiempo, así que todo era imaginario. —
También es cauteloso con esto. Emerson debe pensar que es demasiado extraño o
inaceptable para mencionarlo en voz alta—. Ahora es casi constante. Automático.
—Quieres decir que... en tu cabeza, te imaginas...
—No tengo que imaginar. La mayoría de las veces, puedo ver cómo sería el
mundo si fuera un cuadro. Piezas que cuelgan en la pared. —Hace una mueca de
dolor, la expresión es tan rápida y reprimida que apenas existe—. Están contenidas.
Se pueden ver a distancia.
—¿Ves el mundo entero así?
179 —Si estoy en casa me pasa menos. Fuera, casi siempre.
Hay algo que no dice.
—¿Pero qué?
Emerson se aclara la garganta.
—Al principio, te veía así, pintorcita. Pero ahora te veo como eres.
—¿Cómo me veo?
Se toma un momento, mirándome a la cara con un destello de asombro.
—Impresionante.
Le rodeo el cuello con los brazos y me inclino hacia él. Beso su mejilla. Lo
inspiro. Piensa que esto es vergonzoso. Algo que hay que ocultar. Hay una razón por
la que la gente paga tanto por el arte que ama. Desearían poder ver cosas así todo el
tiempo.
—No es cierto. —Vuelvo a levantar la cabeza. Hay algo en sus ojos.
—Nunca mentí.
—Estabas equivocado. Eres mucho mejor. —No discute, pero tampoco está de
acuerdo—. ¿Estás triste?
Parpadea.
—¿Sobre qué?
—¿Triste por tener que estar en casa la mayor parte del tiempo? ¿Triste porque
es difícil salir?
¿Desearías que todo fuera diferente? Porque si todo hubiera sido diferente, quizá
no te hubiera conocido.
—No, pintorcita. —Emerson esboza una sonrisa como un amanecer—. No estoy
triste. Tú también estás aquí.
180
Emerson
P
asamos una semana juntos.
Mi pintorcita estudia mi vida como estudia el océano para sus
bocetos. Encuentra los espacios negativos en ella y se coloca allí. Es
siempre sorprendente, porque a pesar de toda mi experiencia con el
arte, nunca me había fijado en esos espacios en mi propia casa.
No sabía que una persona debe estar en la playa todas las mañanas cuando
estoy en el agua. Esta es una de las primeras cosas que forman parte de la rutina
compartida, no la que ella tenía sola en su casa, ni la que yo tenía en la mía, sino la
que nos incluye a los dos. Daphne me permite ayudarla a ponerse el abrigo y la ropa
antes de salir al frío. Le gusta subir la mano y asegurarse de que mi traje de neopreno
181 está abrochado, aunque está en la parte delantera y es básicamente imposible
estropearlo.
No es cualquier persona, naturalmente. Es Daphne. Es la única que cabe en ese
espacio, con la capucha levantada y el cuaderno de dibujo en las manos.
Había un vacío del tamaño de Daphne en la isla de mi cocina que no había visto.
Ella engancha los pies en los peldaños de los taburetes y bebe té mientras yo le
preparo el desayuno. No comemos en la cocina. La mayoría de los días, lo comemos
arriba, en su estudio. Me hace llevar la silla a juego desde su dormitorio y ponerla
junto a la mía. Hago un pedido de más sillas para poder sentarnos en los dormitorios,
si es necesario. No suele ser necesario.
Había un espacio negativo del tamaño de Daphne en mi cama.
Nunca vuelve a su habitación después de la galería. Al menos no para dormir.
Al tercer día, entro en el armario y la encuentro colgando algunas de sus cosas junto
a las mías. Mi pintorcita se sonroja al ver la sorpresa en mi cara.
—Es más rápido por la mañana cuando quieres surfear.
Por las tardes, viene conmigo a mi despacho. Este es el lugar en el que se siente
menos cómoda de la casa. Esa incomodidad probablemente tenga que ver con lo que
me contó sobre el cabrón de su padre. Daphne no me lo menciona de forma explícita,
pero me doy cuenta de sus signos. Su mano pasa más tiempo en el cuello de sus
jerséis. Golpetea con los pies. Le cuesta más concentrarse en su cuaderno de dibujo,
incluso cuando tiene todo lo que le gusta: té y una manta sobre su regazo y una suave
almohada para apoyarse en el pequeño sofá junto a mi escritorio.
Y por las noches...
Bueno.
Ella es arte.
A veces en su marco. A veces en mi cama. A veces se levanta después y quiere
ver una película, acurrucada a mi lado en el salón. A veces se queda muerta de sueño
el resto de la noche y tengo que llevarla arriba.
Es una dicha.
Aparte de los mensajes de texto. Los mensajes de texto rozan lo irritante. Mis
hermanos quieren venir a tomar más copas. Se compadecen de las crecientes
llamadas y visitas de mi padre. No me opongo a darle a Daphne más de lo que quiere,
pero me veo incapaz de renunciar a un solo día con ella.
Nunca he tenido una semana como esta. No que pueda recordar.
Una pacífica.
—El tiempo es el mismo todos los días —dice Daphne, a última hora de la tarde.
182 Estamos en mi despacho y ella está inquieta. La punta de su lápiz de carbón se arrastra
por la página, pero no puede concentrarse. Sigue mirando la luz a través de la
ventana—. Está tan nublado. Es como si el tiempo se hubiera detenido.
—Es así, pintorcita. —Una repetición del mismo día durante una semana. Lo he
tomado como un regalo. Si el tiempo no continúa, entonces nada nos perturbará.
—¿Crees que cambiará pronto?
—Espero que no.
Mi teléfono zumba en mi escritorio.
Alerta: Aproximación a la puerta principal
Alerta: Entrada de la puerta principal
—Daphne...
El intervalo entre la última alerta y la siguiente es demasiado corto.
Alerta: movimiento de la puerta delantera detectado
Un golpe fuerte resuena en la casa.
Daphne se congela. El silencio en mi oficina se cristaliza. La temperatura baja.
—¿Son tus hermanos?
—No. —Ellos me dirían si vienen. Saben lo importante que es ahora. Se me
eriza el vello de la nuca. O es una entrega que no anticipo, lo que nunca ocurre, o es
mi padre—. Sube, pintorcita. Ya te diré cuándo tienes que bajar.
Daphne se levanta, se pone la manta sobre el brazo y se va. No quiero asustarla,
pero su cara está pálida. Ha reconocido pronto los ritmos de mi casa. Mi pintorcita
sabe que esto no está bien.
Haré que esté bien.
Vuelve el golpe en la puerta. Esta vez más insistente. Como si intentara
atravesar la puerta con la mano desnuda.
El miedo me llena las tripas y comienza a trabajar en mis pulmones, pero de
todos modos me dirijo a la puerta. Durante un breve momento, la luz del sol del
exterior perfila el marco. Lo sabes, dice esa voz oscura. Lo sabes. Lo sabes.
Abro la puerta de un tirón.
—Hola, Emerson. —Mi padre está de pie en el porche llevando un jersey
diferente bajo su abrigo marrón. Los mismos pantalones. Mi corazón se ha convertido
en la superficie de mi piel. Escuchar por ella es mi mayor prioridad. Por cualquier
movimiento en el piso de arriba. Si la ve, los dos estamos jodidos—. ¿Me vas a invitar
183 a entrar?
Debería haber esperado esto. Sin y Will han estado haciendo comentarios
sobre él. Ha estado intensificando sus esfuerzos con ambos. Se ha quedado sin dinero
y tiene tres hijos. Era sólo cuestión de tiempo.
Si no le permito entrar, asumirá que estoy ocultando algo. Se aferrará a ese
punto de presión.
—¿Necesitas más dinero? Sin dijo que estás raspando por centavos.
—No necesito más dinero. —Me mira, incrédulo, y luego me pone la mano en
el hombro y me empuja. Entra en el vestíbulo—. ¿Has coleccionado alguna obra de
arte nueva últimamente, hijo?
Lo sabe.
No lo hace, pero mis órganos se sienten retorcidos. Todos anudados. Cierro la
puerta.
—Así es como me gano la vida. Pensaría que estarías centrado en hacer lo
mismo para ti.
La risa resoplante es un sonido sacado de mis pesadillas.
—Es conmovedor que te preocupes por mí.
Sus movimientos son demasiado lentos. Demasiado calculados. Se inclina hacia
las puertas. En mi oficina. Gracias a Dios que le dije a Daphne que subiera. Mi padre
ve algo dentro que le interesa y pasa como si fuera su maldita casa. Lo sigo, dejando
que mi expresión refleje impaciencia. No la sensación de fatalidad inminente. Eso
nunca.
—Aquí huele bien —comenta.
—Mantengo la casa limpia. —Sus ojos brillan. Este es el peor tipo de juego
ahora. Porque el aroma del champú de Daphne flota sutilmente en el aire—. No puedo
enseñarte informática por el momento, lamentablemente. Tendrás que volver en otra
ocasión.
—Sé cómo usar un maldito ordenador. —Su rostro se ensombrece, pero lo
controla rápidamente—. ¿Es bonito?
—¿Qué es bonito?
—Lo que has estado coleccionando.
—Sólo adquiero piezas valiosas. La belleza está en el ojo del que mira, como
siempre.
—Valioso —repite, saboreando la palabra—. ¿Cómo de valioso? ¿Vale lo que
pagaste?
184 —Cada pieza que adquiero vale por una u otra razón. —Finjo con todo lo que
tengo que me importa un carajo que haga estas preguntas. Que me aburre
responderlas. Pero sí me importa un carajo. Todos los sentidos están en alerta
máxima. La adrenalina recorre mis venas y tengo necesidades contradictorias. Tengo
que escuchar a Daphne. Tengo que mantenerla a salvo. Y tengo que dejar que mi
mente haga su trabajo para mantener la intrusión de mi padre a una distancia segura.
Soy consciente de que su llegada aquí es el detonante de un ataque. No podré
retenerlo indefinidamente.
No puede ocurrir ahora. El propósito de proteger a Daphne mantiene el pánico
en un segundo plano por el momento.
Pasa junto a mí, sale de mi despacho y se adentra en la casa. Pasa por delante
de las puertas cerradas y se abre paso hasta encontrar el salón.
Una de las tazas de Daphne descansa en la mesa auxiliar junto a la casa. Sus
ojos se fijan en ella. Siento que la considera en el contexto de la habitación. Mi padre
no ve las cosas como yo. Nadie lo hace. Pero es mi padre. Me horroriza darme cuenta
de que la forma en que mira ahora me resulta familiar. Es la forma en que yo admiraría
una habitación en una pintura. Un bodegón casi nunca es una simple representación
de los objetos. Cada uno tiene algún subtexto. Algún significado.
Sólo hay una taza en la mesa. No dejo vasos fuera. Podría ser fácilmente la mía.
Mi padre se gira y me mira a los ojos. Se convierte en el sujeto. El mundo que
lo rodea se oscurece. Se retira. Fuera de cuadro, puedo sentir la presencia de Daphne
en el piso de arriba. Tan dulce. Tan preciosa. Tan mía.
—¿Dónde está ella?
Carajo.
—No sé de qué estás hablando.
—La chica. —Una sonrisa divertida—. El arte. ¿Así es como la llamas? La has
adquirido. La tienes aquí. Sé que la tienes. ¿Dónde la escondiste, Emerson?
Levanto las cejas. Bajo las comisuras de mi boca en una imitación de
preocupación.
—Me temo que te has vuelto loco, papá. ¿Has estado bebiendo?
—Estoy sobrio como una piedra —dice, y su sonrisa se vuelve viciosa. Puede
que esté sobrio, pero es malvado hasta la médula, y no quiero que sepa que Daphne
existe. Esa es la parte que me enferma—. Oh, ustedes pensaron que eran mucho
mejor que su padre, pero mírense. —Se adelanta y me da una palmada en el
hombro—. Siguiendo mis pasos.
185 Me rozo la manga donde me tocó.
—Estás alucinando.
Al diablo con eso. No estoy siguiendo sus pasos. Y en la medida en que Daphne
es en términos técnicos mi cautiva, él no sólo capturaba mujeres. Las lastimaba. Las
vendía. No le importaban sus adquisiciones. No le importaba nada, incluyendo a sus
hijos.
Mi padre vuelve a salir, dirigiéndose a la parte trasera de la casa. Entra en la
cocina, con sus ventanas que dan al océano. Aquí no hay rastro del desayuno, ni del
almuerzo. No le importa la isla de la cocina. Se acerca a la ventana y se mete las manos
en los bolsillos.
El mecanismo de supervivencia está fallando. Mi mente lucha con el vil sujeto.
Es difícil convertir a mi padre en una pieza aplastada cuando odio tanto su presencia
en mi casa. La ira brota, amenazando con desbordar su marco. Sangra hacia los
bordes como pintura roja que burbujea fuera del lienzo. La culpa le sigue, amarilla y
afilada. En algún nivel, tiene razón. Estoy manteniendo a Daphne aquí. La lastimé.
Ahora la lastima estar separada de su familia. Pero nunca la dañaría como él dañó a
las mujeres con las que traficó.
Las distinciones se derrumban. Realmente no importan, ¿verdad? Al final todo
es malo. Cualquiera que adquiera a otra persona está mejor muerto. Mi padre es malo
y yo también. He sucumbido a la fuerza de la gravedad. Una manzana no puede caer
lejos del árbol.
—¿Qué necesitas? —pregunto, logrando en el último momento convertir mi
tono en algo indiferente.
—No necesito nada. —Se encoge de hombros, los ojos oscuros vuelven a los
míos—. Quería hablar contigo. Quería ver cómo estabas.
—Ya lo hiciste, y no terminó bien. Terminó conmigo echándote. ¿Lo olvidaste?
—He perdonado. —Se pasa una mano por el corazón, reflejando mi falsa
preocupación—. Supuse que no estabas bien. Que tenías problemas con tu mente,
como siempre. Debe haber sido un shock verme. Sin no te preparó lo suficiente,
supongo. Y la gente tiene reacciones fuertes cuando no está preparada.
—No tuve una reacción fuerte —comento—. Sólo te odio. Una reacción fuerte
habría sido matarte.
—Oh, pero tú no eres un asesino. —Se ríe. La luz de mi ventana intenta suavizar
su rostro y falla—. Eres demasiado débil para eso. Un hombre que pinta.
—Yo no pinto.
—Colecciona arte. Lo que sea. —Agita su mano en el aire como si no hubiera
diferencia—. Un hombre como tú no es un asesino.
186 Dejo escapar un suspiro.
—¿Cuánto?
Si tiene un precio, lo pagaré. Por lo poco que pude escuchar de la llamada de
Daphne, su hermano quería casi lo mismo. No hay precio que acepte para renunciar
a Daphne. Pagaría cualquier precio para que mi padre se fuera a la mierda para
siempre.
Ladea la cabeza hacia un lado, fingidamente confundido.
—¿Cuánto por qué?
—¿Cuánto cuesta que te vayas de aquí y no vuelvas nunca más? Tengo mucho
dinero. Di tu precio.
—Tienes dinero —repite. Ahora mira por mi cocina con seriedad. Todo aquí es
nuevo. Fresco. Está limpio—. Ciertamente tienes mucho, Emerson. No puedo discutir
eso.
¿Por qué lo haría? No hay duda de que ha hecho su investigación. Sabrá que
tengo dinero. Que todos somos ricos. Más ricos, de hecho, de lo que él nunca fue.
—El número —presiono—. Dime qué es y lo pagaré.
—Ninguna cantidad de dinero puede alejarme de mis hijos.
Mi columna vertebral se convierte en hielo. De la boca de cualquier otro, sería
una promesa. De él, es una amenaza. Mi padre nunca me dejará en paz. No ahora que
sabe dónde vivo.
Siempre fue un juego amañado, ¿no? Él me hizo así. Me convirtió en esta
persona con sus propias manos. Y ahora va a explotar las vulnerabilidades que no
pude ocultarle.
No es posible que lo sepa todo. El trabajo que he hecho durante estos años. El
tiempo que he pasado tratando de alcanzar algún nivel de normalidad.
Es posible que sepa lo suficiente para destruirlo.
Todos mis nervios están ahora en tensión. Mi mente me muestra una galería de
opciones. Podría darle una paliza. Podría matarlo.
—Dilo —exijo—. Will y Sin tampoco quieren tener nada que ver contigo. No
estoy por encima de pagarte para que te vayas.
—Antes estabas por encima.
—He reevaluado la situación. No eres valioso. No eres nada que quiera mirar y
nada que pueda vender. Así que prefiero asumir la pérdida ahora y no tener que
187 volver a mirarte.
Mi padre vuelve a reírse, frotándose la mano sobre la boca como si hubiera
hecho un chiste excelente. Nunca nada ha sido tan serio. Una vez juré que nunca le
daría un centavo. Construí mi riqueza a pesar de lo mucho que trabajó para alejarme
del mundo.
Lo estudio como una pieza de arte barata y de mierda. No me molesto en
determinar su valor. Todo lo que quiero saber es si está planeando salir corriendo
hacia las escaleras.
No lo está, no creo. Su cuerpo está demasiado relajado. Normalmente telegrafía
ese tipo de movimientos. No, no va a correr. Y si no está luchando por vislumbrar a la
mujer a la que se refiere, sabe que está aquí. Está seguro de ello. El trasfondo de
tensión furiosa y desesperada que se enrosca bajo su piel también está ausente.
Parece demasiado satisfecho.
¿Sobre qué?
No puedo preguntarle. Presionarlo para obtener detalles sólo servirá para
confirmar que hay una mujer aquí, que es Daphne, y que la amo.
Un marco baja sobre ese pensamiento con una velocidad impactante. No puedo
ponerlo boca abajo. Ni siquiera puedo empujarlo a la pared de la galería. ¿Qué
carajo? No. No puedo amarla. Esto no es así. Yo la valoro. Ella es extremadamente,
intensamente valiosa, y yo cuido todas mis adquisiciones.
—Tengo cosas que hacer hoy. —Saco mi teléfono del bolsillo y compruebo la
hora en la pantalla—. Vamos a terminar esto y te pagaré lo que valga.
—Lo dije en serio, Emerson. No tienes que preocuparte por tu padre ni un
momento más. —Sonríe, con los dientes afilados, y lo odio.
Espero, dejando que el silencio crezca entre nosotros. A mi padre le gusta el
sonido de su propia voz, y seguirá hablando si le doy la oportunidad. Los colores
baratos de su ropa lo marcan como parte del mundo exterior. Algo que no pertenece.
Sigue siendo, por el momento, un feo corte en el corazón de mi hogar.
Incorrecto. El corazón de mi casa está arriba.
Permaneciendo muy, muy callada.
Me está costando más energía convertirlo en arte. Más de lo que quiero gastar
en él. Mi energía es para Daphne, y él ha estado aquí demasiado tiempo.
—Podrías largarte gratis —señalo—. ¿Necesitas que te acompañe a la puerta?
—No, no. —Se desplaza hacia el pasillo. De vuelta a la puerta principal. Si está
aquí mucho más tiempo, toda la casa se manchará con él. Mis pulmones ya empiezan
a apretarse. No tengo tiempo para esta mierda—. Bonita visita, Emerson.
188 —No la repitamos.
Mira la parte delantera de su abrigo, jugueteando con uno de los botones.
—Es una pena, realmente, que no sea un buen lugar para estar.
—Para ti.
—Para ti, Emerson. —Sus cejas se levantan en una imitación de preocupación—
. No te vendrá nada bien en unos... oh, quince minutos, quizás. Me he pasado por aquí
para avisarte. Lealtad familiar y todo eso.
Mis costillas saltan hacia adentro, aplastando mis pulmones. Este hijo de puta.
—Nunca has sido particularmente leal, papá.
—Yo no. —Otra risa exasperante—. He llamado a los Morelli. Recogeré todo el
dinero de la recompensa. Esa familia entiende de lealtad.
Mi corazón se convierte en piedra.
Esto no fue una advertencia justa. Esto fue una distracción. Se comió todo el
tiempo que teníamos para escapar, y ahora lo escupe a mis pies. Todos esos minutos
desperdiciados como pintura derramada y lienzo quemado. Vino a regodearse
porque lo eché. Porque realmente no necesita dinero. Sin se equivocó. Mis hermanos
se equivocaron. Encontró otro camino.
—No nos veremos durante un tiempo, Emerson. —Extiende su mano con el
ceño fruncido y me aprieta el hombro. Quiero arrancarle la mano de la muñeca. En
cambio, me esfuerzo por contener esta sensación de horror y caída. Un arresto. La
cárcel. Un lento descenso a la locura.
No. No será lento. Será rápido. Podría estar muerto en quince minutos.
Tengo que hacer un plan. Tengo que proteger a mi pintorcita de la inevitable
escena. Alejo todas mis emociones. Las clavo en la pared. No hay tiempo para ellas
ahora.
Tomo el hombro de su chaqueta en mi puño y lo empujo hacia la puerta.
No, tengo que dejarla aquí. Tengo que hacer un plan. Tengo que hacer un plan.
Alejo todos los sentimientos. Los clavo con fuerza en la pared. Los aplasto. No hay
tiempo para sentimientos ahora.
—Si vuelves otra vez, te mataré.
—Buena suerte. —Sonríe, y por un momento considero matarlo ahora por lo
que hizo.
En cambio, le cierro la puerta en las narices y corro hacia Daphne.
Está esperando al final de las escaleras, con la cara pálida.
—¿Qué pasó?
189 La aplasto hacia mí por un latido. Por última vez, esa voz dice.
Y entonces su muñeca está en mi mano. Primero la llevo al dormitorio. Recojo
un teléfono desechable. Vuelvo hacia las escaleras. Tenemos que bajar y salir. Al
agua.
Vendrán de la carretera.
—Emerson, por favor. ¿Qué dijo?
Que el mundo se acababa. Que había invitado al cataclismo. La llevo a través
de la casa, al vestíbulo. No sé cómo vestirla para esto. ¿Un traje de neopreno? Sólo
será un tiempo corto en el mar.
—Mi padre llamó a tu familia. Les dijo dónde estabas. Vienen a buscarte.
Oigo las palabras mientras la miro a los ojos. En los dulces y oscuros ojos de
Daphne, que me han cautivado desde la primera mirada. En el rostro de la única
mujer que he amado.
La amo.
Yo la amo.
—Nosotros... —Ella levanta su brazo para poder besar el dorso de mi mano—.
Tenemos que irnos. Tenemos que ir a ahora mismo. No me dejará volver a verte.
Este es el cuadro que veré en mi cabeza cada momento de vigilia durante el
resto de mi vida. En mis sueños hasta que me muera. Daphne mirándome, esos ojos a
la luz de la luna, llenos de determinación. Ella va a escapar de los lazos de su familia
y correr.
Mi pintorcita no puede hacer eso.
No puede encadenarse a mí. No puede hundirse con el barco. Soy un naufragio,
y lo he sido durante mucho tiempo. Soy un acosador. Una amenaza. Soy el hijo de mi
padre. Y ella necesita a su familia. Se asfixiaría sin ellos si la alejara para siempre.
Tomo su cara entre mis manos.
—¿Qué estás haciendo? Tenemos que irnos.
—Tú no.
Una respiración aguda.
—¿Qué? Emerson, no.
—Tienes que volver con ellos. —No tenemos tiempo para la conversación que
exige este momento—. Vuelve con tu familia. Encuentra un hombre que no sea una
pesadilla. Uno que nunca te haya tenido cautiva. Uno que puedas llevar a casa a tu
190 hermano.
—No me estás diciendo esto. —Ella está aturdida—. No estás rompiendo
conmigo.
—Nunca estuvimos juntos, pintorcita. Sólo eras una pieza de mi colección. Te
devuelvo a tus dueños originales. Me quedaré contigo hasta que te lleven a casa.
El pánico aparece en su rostro.
—No puedes. Mi hermano va a... no puedes. Vete. Vete ahora.
—Si crees que te voy a dejar sola...
—Tienes que hacerlo. Lo arreglaré, Emerson. Haré que lo entienda, y entonces
podrás volver. —No tengo miedo del hermano de Daphne. Lo peor que puede hacer
es matarme. Ya he deseado eso antes. Pero su miedo está aumentando, creciendo—.
Por favor. Podrían arrestarte. Podrían herirte. No quiero que te hieran.
La estoy enviando lejos, y ella sigue preocupada por mi seguridad.
Nada ha sido nunca tan doloroso.
No la haré testigo de la inevitable escena.
Es la única oportunidad que tendré para decirlo.
—Te amo.
La conmoción es una luz en sus ojos.
—¿Qué?
—¿Entiendes, pintorcita? Te amo. Por eso tengo que dejarte ir. No puedes estar
con un hombre como yo. —La adquirí por razones egoístas. Por razones de sexo. Tal
vez incluso por razones de amor, pero ahora es real. Me importa ella más que yo
mismo, más que mi necesidad de control. La amo lo suficiente como para devolverle
su libertad, incluso si eso significa no volver a verla.
Las lágrimas se aferran a sus pestañas.
—Eso no tiene ningún sentido. Si me amas, entonces deberíamos estar juntos.
Nuestro tiempo se acaba. Más pronto de lo que esperaba. Más pronto de lo que
quería, pero el desastre inminente habría llegado en algún momento. Esto sólo fue
temporal, por mucho que quisiera creer lo contrario. Siempre la amé lo suficiente
como para dejarla ir.
Le doy un beso en la frente. Otro a sus labios.
Los dos alcanzamos mi traje de neopreno al mismo tiempo.
Es una lucha para ponérmelo. Sus manos son hábiles con la cremallera. Las
lágrimas corren por su cara, pero está firme. Concentrada.
191 —Me aseguraré de que nadie toque tus cuadros.
—No son los cuadros lo que me preocupa. Es por ti. Van a asumir que todavía
estoy dentro contigo. Van a estar listos para disparar. No tendrás mucho tiempo para
explicar. —Presiono el teléfono desechable en su mano—. Llama primero. Si no lo
haces, asaltarán la casa. Arriba. Rápido.
Daphne vacila.
—Por favor, vuelve.
—No estarás aquí —digo—. Te vas a quedar lejos de mí, donde sea seguro. No
soy bueno para ti, pintorcita. No soy bueno para nadie, pero especialmente para ti.
Ojalá pudieras verte a ti misma. —Sus mejillas están manchadas de lágrimas, sus
labios temblorosos. Es un desastre. Un hermoso desastre—. Eres una obra de arte. Mi
pieza favorita. Lo recordaré siempre.
Daphne
M
i corazón no deja de latir con fuerza.
Odio mucho esto.
Todo lo que tengo es el teléfono desechable y un lugar para
sentarse en el estudio.
Todo lo que quiero es a Emerson.
Podría vomitar. Gritar. Llorar un poco más. No hago ninguna de esas cosas. Me
siento en el taburete de mi estudio de arte y respiro con calma. Me sequé las lágrimas
al subir. Intenté recomponerme.
Emerson se ha ido durante cinco minutos.
192 La casa se siente vacía sin él. Inestable. Como si hubiera sacado todos los
soportes de las paredes y volado las ventanas. Me quedé en la ventana del estudio y
le vi empujar su tabla hacia las olas. Me miró antes de irse. Emerson no saludó. Se
llevó la mano al corazón, con el rostro ya distante y en blanco.
Estaba mintiendo acerca de estar bien. No podía estar diciendo la verdad.
Trago con fuerza e intento retener el recuerdo de su contacto en mi mente. La
sensación de tener sus palmas a los lados de mi cara. Tener su boca contra la mía. En
la punta de mis dedos, puedo sentir los movimientos fantasmas que se necesitarían
para pintar ese momento.
Esto no es lo que quería.
Un cuadro a medio terminar detrás de mí en el estudio. Emerson se ha ido. Su
padre en su casa. Oí su voz desde donde me escondí, fuera de la vista, en lo alto de la
escalera. Tiene una voz como la de mi padre. A veces suena cortés y gentil, como en
las fiestas y en la iglesia, y otras veces nos hablaba como lo hacía el padre de
Emerson.
Como un monstruo.
Exhalo, controlando mi respiración en lugar de gritar toda la rabia. No he
tenido tiempo de terminar mi cuadro. Ahora me molesta. Me enfurece. Me da dolor
de cabeza. Tuvimos el tiempo justo para ver lo bueno que podía ser, y ahora se ha
arruinado.
Te amo. Por eso tengo que dejarte ir. No puedes estar con un hombre como yo.
Los hombres siempre me hacen esto, ¿no? Hacen planes y no piden permiso.
El padre de Emerson no hizo esto porque yo se lo pidiera. Sólo quería dinero. Y
Emerson…
Te amo y se acabó en la misma frase.
No se acabó. No puede ser.
Otra respiración profunda. Me paso los dedos por el pelo y relajo la cara. Me
niego a parecer agitada. Me niego a parecer herida. Me niego a parecer que Emerson
me ha hecho algún daño, porque no lo ha hecho. Ningún daño, sólo dolor de corazón.
El teléfono desechable espera en mi mano. En un minuto más, debo llamar.
Tic.
Toc.
Se trata de seguir vivo hasta que las cosas se calmen.
Nunca lo harán, canta esa voz en mi cabeza.
El minuto termina.
193 Marco el número de Leo. Se oyen voces de fondo.
—¿Daphne?
—Soy yo. ¿Estás... estás fuera?
—Sí.
—Por favor, no... sólo ten cuidado cuando entres. No hay nada peligroso aquí.
Yo estoy bien. Pero hay… — Estoy a punto de decir arte caro—. Hay cosas valiosas
aquí.
—¿Dónde estás?
—Estoy en el segundo piso. —La tensión llena el espacio entre sus palabras.
No sabrán con seguridad que estoy diciendo la verdad hasta que estén dentro—. En
el estudio de arte. Estoy sola. Es seguro entrar.
—Quédate donde estás —ordena—. No te muevas. Voy por ti.
Cuelga y la puerta de entrada golpea hacia abajo. No estaba cerrada con llave.
No tuvieron que forzarla, pero igual la abrieron como si fueran un ejército invasor.
Los hombres se gritan unos a otros. Mi corazón se acelera. Esto es como cuando la
policía vino a la casa de Leo, pero peor. Unos pasos pesados hacen sonar el suelo. Lo
están buscando.
A nosotros.
Pasos rápidos en las escaleras. Mucha gente. Me asusta, y estoy a punto de
tragarme ese miedo cuando Leo entra a grandes zancadas por la puerta del estudio.
Me mira y se queda con la boca abierta, con los ojos muy abiertos por el alivio.
Se tapa los ojos con una mano —un segundo, luego la deja caer— y yo me bajo del
taburete para ir a su encuentro.
Leo me abraza con tanta fuerza que mis pies abandonan el suelo. Huele a nieve
y a su casa, limpia y fría y familiar, y no puedo evitar devolverle el abrazo. No puedo
evitar presionar mi barbilla contra su hombro. Puedo sentir su corazón palpitando a
través de su camisa. No lleva abrigo. Tenía razón. Está preparado para la violencia.
Tengo el corazón roto. Estoy tan aliviada. Quiero tanto a Emerson, pero no
quiero una vida en la que esto no sea posible.
Los hombres entran en la habitación detrás de él, diciéndose que está
despejado, que está despejado. Entran en mi habitación. Entran en la habitación de
Emerson. Paren, quiero decirles. No hay nada para ustedes ahí dentro. Pero no puedo
discutir con tantos uniformes. El FBI. Un equipo SWAT. No creo que suelan dejar que
la gente venga en misiones de rescate como esta, pero a pesar de todas sus armas y
sus palabras en código, no puedo imaginarlos ganando una discusión contra Leo.
194 Deja escapar un suspiro y me vuelve a dejar en el suelo. Sus manos se acercan
a mi cara y me mira a los ojos.
—¿Estás bien? Dime si no lo estás. Dímelo ahora, Daphne.
—Estoy bien. —Me echa el pelo hacia atrás y vuelve a mirar mis ojos—. No
estoy drogada ni nada. Estoy realmente bien.
Leo asiente, pero tiene que asegurarse por sí mismo. Se agacha y comprueba
mis dos tobillos con sus manos, un toque suave, luego se levanta y toma una mano en
la suya. Me sube la manga para que pueda ver una muñeca y luego la otra.
Buscando moretones, creo. Marcas. Está comprobando que no estuve
encadenada. Mi corazón se rompe un poco más. Me levanta la barbilla. No hay marcas
en mi cuello, pero Leo parece aliviado al descubrirlo por sí mismo.
No hay daños.
—¿Quién hizo esto? ¿De quién es esta casa?
Sacudo la cabeza, ganando tiempo.
Suspira, como si supiera que esta sería la respuesta. Como si sospechara que
alguien me había aterrorizado. Odio dejarlo pensar que Emerson me hizo eso. Que
Emerson me amenazó con consecuencias si daba su nombre. No lo hizo. Nunca me ha
pedido que lo mantenga en secreto a nadie.
Emerson sabía que esto sería una posibilidad todo el tiempo.
No voy a renunciar a él, aunque crea que no podemos estar juntos.
Eres una obra de arte. Mi pieza favorita.
—De acuerdo. —Leo me pasa el brazo por los hombros y me lleva a la puerta.
Cuando era más joven, me habría llevado en brazos. Si le hubiera dado alguna pista
de que no estaba bien, lo habría hecho ahora. En lugar de eso, me arroja a su lado y
me lleva fuera.
Un hombre en las escaleras intenta detenernos.
—Hay un espacio que hemos reservado para la entrevista. Tenemos que
hacerlo antes de...
—Ahora no. —Leo no le da una segunda mirada.
—La investigación...
—Puedes realizar tu entrevista cuando esté seguro de que está en condiciones
de hacerlo.
No digo nada. No quiero que me lleven a una habitación separada con extraños
para que me interroguen sobre lo que me ha pasado. Todavía no he superado ver a
Emerson desaparecer en el océano. Todavía necesito tiempo para pensar en lo que
195 voy a decir.
Es un cúmulo de emociones tan horrible. Me alivia que Leo pueda verme para
que no se preocupe. Me aterra que nunca lo entienda. Espero que lo haga. Y necesito
a Emerson. Le echo de menos con un dolor físico. Me duelen los músculos por el
hecho de que se haya ido. Con la forma en que trató de terminar las cosas.
Al menos Leo va a estar bien ahora. Apuesto a que no ha estado durmiendo.
Tiene ojeras. Yo también estoy cansada. Cansada de todo esto. Cansada de luchar.
Cansada de no saber dónde está Emerson, aunque sólo hayan pasado unos minutos.
Si está a salvo. Si ha escapado. Mi corazón se acelera con la incertidumbre. Es como
si te negaran la pintura. O que se te niegue el aire.
¿Dónde? pregunta esa voz una y otra vez. ¿Dónde está? ¿Cómo está?
¿Cuánto tiempo tiene antes de que le entre el pánico?
Fue un rato cuando me rescató. Todavía debe tener algo de tiempo.
—¿Todo terminado? —El agente del FBI que está cerca de la puerta de Emerson
es brusco.
—Sí —dice Leo—. Sigue con tus asuntos.
El agente sacude la cabeza y murmura algo en voz baja sobre protocolo.
Deberían haber sabido que Leo insistiría en ir. No iba a esperar ni un segundo más
para ver si estaba bien.
Salimos a la puerta. El todoterreno de Leo está esperando a un lado. Llegó el
último, después de todos los policías, y los hizo esperar para poder entrar él primero.
Ese es mi hermano.
Me abre la puerta del pasajero, me ayuda a entrar y se acerca a la hebilla.
—Puedo hacerlo —protesto, pero dejo que encaje la hebilla en su sitio de todos
modos—. Estoy bien.
—Dejaremos que los médicos juzguen eso. —Leo cierra la puerta y va al lado
del conductor. Sube. Cuando sus manos están en el volante, sus hombros se sueltan.
Está agotado.
—¿Los médicos?
—Vamos a ir al hospital.
Vamos allí sin parar en ningún otro sitio. Uno de los coches de policía nos
escolta. Leo se acerca a unas puertas en la parte trasera. Antes de que pueda
desabrocharme la hebilla, su coche está rodeado de guardaespaldas, dirigidos por
Gerard, el jefe de seguridad de Leo. La cara de Gerard se ilumina cuando Leo le da
la noticia.
196 Leo me acompaña al interior, seguro en la burbuja de su gente. Atravesamos
pasillos seguros y una sala de espera despejada de todos los demás. Un médico se
reúne conmigo en una habitación privada en un ala privada. Esto es lo que significa
ir al hospital como hermana de Leo.
Nadie está aquí para fotografiarme. Nadie está aquí para verme sino los
médicos que él ha elegido.
Toda mi preocupación desciende. El estrés de estar en la casa de Emerson
cuando llegó la policía. La prisa por sacarlo. La forma en que dijo que me amaba. La
forma en que se fue. La sangre se drena de mi cara.
—Puedo quedarme contigo, si quieres. —Leo probablemente piensa que es la
doctora la que me ha puesto nerviosa. Es una mujer de voz suave y cabello oscuro.
Dos enfermeras están con ella—. Primero te van a hacer preguntas.
—De acuerdo. Sí.
Leo se sienta en una silla junto a la cama y toma mi mano entre las suyas. Es
algo bueno, probablemente. Necesito algo en lo que concentrarme en la tormenta de
preguntas. Todo lo que quiero son respuestas. Quiero saber dónde está Emerson.
Pero durante un tiempo, soy yo quien las da. Me preguntan de muchas maneras
diferentes si me han asaltado. Si me han hecho daño. Si me han violado. No y no y no.
Me tapo la cabeza con el jersey y dejo que me pongan un estetoscopio sobre la
camiseta de tirantes. No hay evidencia de la marca de la mordida del hermano de
Emerson, y por supuesto no hay moretones.
¿Sigue en el océano?
¿Está en tierra?
¿Dónde?
¿Dónde?
¿Dónde?
Emerson no está en su casa. Los agentes del FBI están allí. Todos esos agentes
están revisando sus cosas para asegurarse de que pueden...
No lo sé. ¿Afirmar que me ha secuestrado? Mi dolor de cabeza empeora. Las
enfermeras finalmente obligan a Leo a salir y me hacen un aluvión más de preguntas.
Cuando terminan, vuelve a entrar y se sienta en el borde de la cama.
Ahora estoy menos furiosa. Estoy cansada, y temo por Emerson, y quiero que
vuelva.
Leo me acaricia la pierna bajo la manta del hospital.
—Los detectives necesitan hablar contigo, Daph. ¿Puedes hacerlo ahora? Si no
puedes, les diré que esperen.
197 Mi corazón se pone de puntillas hasta la garganta. Esta parte no va a ser buena,
y sólo quiero que termine.
—Puedo hacerlo ahora.
Vuelve a la puerta y les hace señas para que entren. Entonces Leo se acerca y
se pone cerca de la cama. No se va.
Un hombre y una mujer con uniformes afilados entran en la sala. Sus rostros son
fijos. Neutrales. El de Leo es menos neutral. Esta es probablemente la parte que más
le ha dolido: preguntarse qué me ha pasado. Su alivio de que estoy bien no va a borrar
el hecho de que querrá retribución por esto. Querrá que Emerson pague por lo que
hizo. Todas esas noches sin dormir. El terror enfermizo de tener a alguien que ama
desaparecido.
No tengo forma de mentir sobre esto. Nunca he sido buena mintiendo. No
funcionará ahora.
—Señorita Morelli —dice la mujer—. ¿Puede describir lo que le ocurrió
después de salir de su apartamento? Tenemos entendido que estaba retenida en... —
Ella recita la dirección de Emerson—. Durante las últimas dos semanas. ¿Cómo llegó
allí?
Mi cara se calienta. Debe estar roja. Leo me observa, con el ceño fruncido y los
ojos oscuros llenos de preocupación. Miro de él a los policías y respiro
profundamente.
—Lo siento. —Leo estrecha los ojos—. Lo siento mucho. Todo este lío... no era
necesario hacer esto. Fui irresponsable. Estaba... estaba molesta porque mi hermano
estaba siendo protector. Me sentí un poco atrapada y quise alejarme por un tiempo.
Así que me escapé.
—¿Sola o con el señor Leblanc?
Los ojos de Leo se dirigen a los policías. Podría haber ganado la discusión
sobre su presencia en el equipo de rescate, pero no tenía esta información.
—Me escapé con Emerson, sí. Siento mucho que todos ustedes hayan tenido
que perder su tiempo tratando de encontrarme. Fue mi elección. Lo hice.
Los detectives intercambian una mirada. La mujer abre la boca para hablar.
Leo llega primero.
—¿Qué demonios, Daphne?
Sus ojos se clavan en los míos. Antes era suave, gentil, pero ahora la tensión
canta en la habitación.
El detective masculino levanta una mano.
—Señor Morelli, no queremos hacer preguntas que puedan molestar a la
198 víctima. Acaba de ser liberada de su cautiverio.
—Fuera —dice Leo—. Los dos.
Ambos detectives se hinchan, preparándose para discutir.
—Señor, si no es capaz de...
—Si no son capaces de salir de esta sala, les quedan cinco minutos en sus
puestos actuales y no volverán a trabajar en el estado de Nueva York.
Quiero esconderme bajo las mantas. Eso es lo que quiero. Eso les mostrará lo
independiente que soy.
—¿Quieren mantener sus puestos de trabajo? ¿Sus reputaciones? ¿Quieren que
sus familias estén a salvo? —La atención de Leo está en ellos ahora, y lo odian. Está
siendo un imbécil. Cruel y exigente.
—Señor...
—Si quieres alguna de esas cosas, entonces saldrán de mi vista y me dejarán
hablar con mi hermana.
Los dos detectives comparten una mirada larga y cansada.
—Terminaremos nuestro interrogatorio más tarde —dice finalmente el
hombre—. Por favor, avísenos cuando esté lista.
Se van sin mirar atrás. No los culpo. No es seguro discutir con un Morelli. Es lo
menos seguro discutir con Leo.
La puerta se cierra.
—Daphne Valeria Morelli, ¿qué demonios crees que estás haciendo?
Su ira es menos punzante ahora, y si me fijo realmente, puedo ver que es una
fina capa sobre un profundo pozo de miedo. Esto le ha costado. No puedo soportar el
dolor en sus ojos. Cierro los míos. Sólo por un minuto.
—Es la verdad —digo en la oscuridad. No me voy a derrumbar. No aquí. Vuelvo
a abrir los ojos y me encuentro con los de Leo—. Lo siento, Leo. Es lo único que voy a
decir a la policía.
Me mira fijamente, incrédulo, como si no me conociera. Y tal vez sea cierto, por
muy doloroso que sea. Tal vez no me conoce. Tal vez es imposible conocer a otra
persona.
Pero no lo es, ¿verdad? Conozco a Emerson.
Y sé que era verdad. No me lo estoy inventando. No me lavaron el cerebro. No
fui herida. Fui una cautiva. Eso es todo. Eso fue parcialmente mi elección, también.
199 Will me dio la opción de irme, y no la tomé. Quería quedarme. No es ilegal que una
persona cambie de opinión. Leo cambió la suya. Se casó con Haley, a pesar de lo que
sentía por los Constantine. Una vez que la conoció no pudo dejarla ir.
—Te he estado buscando. —Su voz es áspera. Tensa—. Durante días.
—Lo sé. Sabía que lo harías. Me sentí muy mal por ello. —Las lágrimas me
queman los ojos—. Nunca quise que te preocuparas. Pensé en ti todo el tiempo.
—¿Fue tu elección, pero no llamaste?
—Él... —La verdad, Daphne, aunque duela—. No tenía mi teléfono.
—Porque te lo quitó.
—Yo…
—No te molestes en mentir sobre ello. Sé que no estaba en tu apartamento.
—Quería ir con él —solté, con una lágrima rodando por mi mejilla—. Y él quería
que me quedara. No quería que volviera a ti. No me dejarías salir nunca más.
—No. Porque este es el imbécil que compró tus cuadros. Vi tres de ellos en su
casa. Emerson Leblanc es tu maldito acosador.
—No estaba...
—Daphne.
Me siento atrapada en este enfrentamiento. Más atrapada de lo que estaba en
el marco. La única salida es la honestidad.
—Bien. Lo era.
Leo maldice en voz baja y se tapa la cara con las manos.
—Te alcanzó, entonces. Te engañó. Te hizo creer que tenías que protegerlo.
—Nadie me engañó. Nadie me obliga a decir esto. Yo elijo esto. Lo prometo.
—Daphne... —El tono de Leo se suaviza, y es mi hermano, el que me llevó en
brazos por las escaleras para esconderme de la violencia de nuestro padre, el que
vino a todas mis exposiciones de arte en la universidad, el que haría cualquier cosa
por mí. Es mi favorito. Me mata pelearme con él—. ¿Tengo que explicarte cómo
funciona el síndrome de Estocolmo?
Cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿En serio, Leo? ¿Has conocido a tu propia esposa? Le dijiste a la policía que
era tu prisionera. No te creí, pero ahora creo que decías la verdad.
Está callado, y sé que es porque fue sincero. Pensé que se estaba
autodestruyendo por la pena, pero es lo que pasó entre ellos, incluso si exageró
algunos de los detalles. También sé que Haley lo ama hasta el fin del mundo. Oí el
temblor el amor absoluto y eterno en su voz cuando hizo sus votos matrimoniales.
200 Leo mira hacia otro lado, con los dientes apretados. Cuando vuelve, sus ojos
están oscuros de escepticismo.
—Así que dices que esto es por amor.
—Yo... —Dijo que me amaba. También dijo que no debería estar con él. Pero
eso no anula el amor. Simplemente no lo hace. Tengo la boca seca por el estrés del
hospital, la discusión y la culpa—. Sí. Lo es.
Mi hermano emite un sonido entre la burla y la risa.
—Si se trata de amor, Daphne, ¿dónde coño está? —Sacude la cabeza—. ¿Sabes
qué? No importa. No voy a dejar que vuelva a acercarse a ti. Si viene por ti, es hombre
muerto.
(The Collector Book 3)
201
Emerson LeBlanc perdió más que una adquisición. Perdió a la mujer que
ama.
No hay redención para un hombre con su pasado. No hay futuro para una
relación construida sobre el acoso y el secuestro. Al menos eso es lo que él cree.
Cuando se encuentra con Daphne de nuevo, ella no es una pieza de arte. Es una mujer
decidida a pintar un nuevo camino. Para ella misma. Para él. Pero el océano no es sólo
una sombra. Contiene un peligro que podría arruinarlos a ambos.
202
A MELIA WILDE es una autora éxito en ventas del USA TODAY de romance
contemporáneo y le gusta demasiado. Vive en Michigan con su marido
y sus hijas. Pasa la mayor parte de su tiempo tecleando furiosamente en
un iPad y apreciando el esplendor natural de su estado natal desde
donde más le gusta: el interior.
203