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Interculturalidad vs Multiculturalismo: Análisis

Este artículo analiza las diferencias entre el multiculturalismo y la interculturalidad, discutiendo cuatro teorías clave. También examina enfoques filosóficos recientes del multiculturalismo en México. Los autores argumentan que, contrariamente a lo que se piensa comúnmente, se está dando una transición del paradigma de la interculturalidad al multiculturalismo debido a eventos recientes que cuestionan el fracaso de la educación intercultural.
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Interculturalidad vs Multiculturalismo: Análisis

Este artículo analiza las diferencias entre el multiculturalismo y la interculturalidad, discutiendo cuatro teorías clave. También examina enfoques filosóficos recientes del multiculturalismo en México. Los autores argumentan que, contrariamente a lo que se piensa comúnmente, se está dando una transición del paradigma de la interculturalidad al multiculturalismo debido a eventos recientes que cuestionan el fracaso de la educación intercultural.
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El paradigma del multiculturalismo

frente a la crisis de la educación


intercultural

Samuel Arriarán Cuéllar


Elizabeth Hernández Alvídrez
Universidad Pedagógica Nacional, México

Resumen: En este artículo se analizan las diferencias y semejanzas entre la interculturalidad


y el multiculturalismo. Con este fin se discuten cuatro teorías: 1) la concepción identificada
con una rama de los estudios culturales, cuyos exponentes son Stuart Hall y otros; 2) el
enfoque identificado con el “poscolonialismo”, con autores como Homi K. Bhabha; 3) la teoría
liberal con teóricos como Joseph Raz, Ernesto Garzón Valdés, Will Kymlicka y Jacob T. Levy;
y 4) la teoría comunitarista de Charles Taylor. Además de recientes enfoques filosóficos del
multiculturalismo surgidos en México que obligan a mantener distancia con los enfoques
eurocentristas. Finalmente, los autores señalan que, contrariamente a lo que se postula, estamos
ante una transición del paradigma de la interculturalidad al multiculturalismo. Esto se debe a
lo sucedido en los últimos años en países como Irak, Bosnia, Kosovo, Afganistán, etcétera. Estos
acontecimientos obligan a replantear a nivel general la problemática del conflicto intercultural.
Y a nivel particular la problemática educativa como fracaso de la educación intercultural. Dicho
fracaso se debe entre otras cosas a la falta de una verdadera discusión y diálogo intercultural
que ponga en duda las matanzas, torturas, expulsiones a la fuerza y otras violaciones de los
derechos humanos.

Abstract: This article analyzes the differences and similarities between the concepts of
interculturality and multiculturalism. It discusses four theories: 1) a branch of cultural studies
headed by Stuart Hall and others; 2) post-colonialism approach, with authors such as Homi K.
Bhabha; 3) liberal theory, with authors such as Joseph Raz, Ernesto Garzón Valdés, and others;
4) and the comunitarian theory of Charles Taylor. Recent philosophical approaches concerning
multiculturalism are also addressed. The main argument is that, contrary to what is commonly
stated, we are witnessing a transition from the intercultural paradigm to multiculturalism.
This is confirmed by recent events happened in countries such as Irak, Bosnia, Kosovo, and
Afganistan. These events force us to rethink the issue of intercultural conflict, in general,
and the failure of intercultural education, in particular. Such failure is the result of the lack
of true discussion and intercultural dialogue, which would question the killings, tortures,
displacements, and other violations to human rigths.

número 48, enero-junio, 2010


88 Samuel Arriarán Cuéllar • Elizabeth Hernández Alvídrez

Palabras clave: multiculturalismo, interculturalidad, educación, México, neoliberalismo,


globalización.

Keywords: multiculturalism, interculturality, education, Mexico, neoliberalism, globalization.

¿Qué entendemos por multiculturalismo?, ¿es lo mismo que la intercul-


turalidad?, ¿cuáles son sus diferencias?, ¿cómo surgen y se desarrollan en
México?, ¿cómo se aplican en la educación en general y en la educación
mexicana en particular?, ¿estamos ante un proceso de transición del para-
digma multicultural al intercultural o viceversa? Ante esta serie de pregun-
tas difíciles, la primera valoración debe ser que mientras el multiculturalis-
mo se refiere a un modo de entender la diversidad, la interculturalidad se
refiere a la existencia misma de la diversidad. Y como no hay una sola teo-
ría multicultural sino muchas, hay que citar por lo menos a las cuatro más
importantes: 1) la concepción identificada con una rama de los estudios
culturales, cuyo principal exponente es Stuart Hall [Hall y Du Gay, 2003]; 2)
el enfoque identificado con el “poscolonialismo”, con autores como Homi
K. Bhabha [Bhabha, 2002]; 3) la teoría liberal con teóricos como Joseph Raz,
Ernesto Garzón Valdés [Raz, 1994; Garzón Valdéz, 1993], Will Kymlicka y
Jacob T. Levy [Kymlicka, 1996; Levy, 2003]; y por último 4) la teoría comu-
nitarista de Charles Taylor [Taylor, 2003]. En este punto no se puede dejar
de señalar el surgimiento en México de recientes enfoques antropológico-
filosófico-políticos1 del multiculturalismo que obligan a mantener distan-
cia con los enfoques eurocentristas. Lo novedoso de estos enfoques es que
además de centrarse en la realidad propia de los países latinoamericanos
desarrollan significativos replanteos sobre la dinámica del conflicto cultu-
ral. En este sentido, sin perder de vista la importancia de las divisiones de
clases sociales se reexaminan las diferencias étnicas, la escasez de recursos
naturales y la colisión de valores culturales contrarios. Conflictos que, dada
la naturaleza de la mezcla cultural en América Latina, difícilmente pueden
superarse, apenas moderarse. El pensamiento multicultural mexicano de
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los últimos años estaría compuesto por cuatro tendencias claramente dife-
renciadas del multiculturalismo estadounidense, canadiense y europeo: 1)
el multiculturalismo liberal de Fernando Salmerón y León Olivé [Salmerón,
1
Es importante aclarar que el concepto de cultura que se maneja en este trabajo es más
amplio que los conceptos antropológicos positivistas cuantitativistas. En el debate an-
tropológico contemporáneo, el concepto de cultura está estrechamente relacionado con
lo filosófico y lo político porque resulta más plausible explicar la multiculturalidad y el
interculturalismo a partir de paradigmas cualitativos como la hermenéutica. Por esta
razón los autores de este trabajo hemos preferido situarnos dentro de la antropología
política-filosófica, más que en las corrientes empiricistas de la antropología.
El paradigma del multiculturalismo 89

1993; Olivé, 1995]; 2) el comunitarista de Luis Villoro [1998], 3) el pluralista


analógico de Mauricio Beuchot [1999]; 4) el multiculturalismo barroco de
Samuel Arriarán [2009].
Antes de referirnos a estas tendencias, es indispensable remitirnos a las
teorías desarrolladas fuera de México para comprender el surgimiento del
multiculturalismo como paradigma frente a la interculturalidad. Seguida-
mente habrá que analizar el modo en que se replantean los debates sobre
los conflictos culturales, a partir de lo que sucedió históricamente en los
últimos años (acontecimientos importantes relacionados con la problemáti-
ca mundial de la diversidad cultural en el contexto de la globalización). Fi-
nalmente será necesario referirnos a la crisis del paradigma de la educación
intercultural y sus implicaciones políticas en la educación mexicana.

1. Las principales teorías de la multiculturalidad


1.1. Estudios culturales
La teoría del multiculturalismo como estudios culturales no surgió como
una cuestión disciplinaria o académica sino como algo relacionado con la
posición de los intelectuales y los movimientos sociales (con la política de
identidad). Esto no tiene que ver con las identidades puras ni con la cele-
bración globalizada de las mezclas. Para los estudios culturales se trata de
un proyecto político posmodernista, tal como aparece hoy en la mayoría de
los trabajos especialmente provenientes de Estados Unidos. En esos traba-
jos se trata de redefinir el concepto de cultura como un vehículo o medio
por el cual se negocia la relación entre los grupos. El problema es el recono-
cimiento de las otras identidades. Hay estereotipos, creencias, fantasías del
otro: “Las relaciones entre los grupos son siempre estereotipadas en la me-
dida en que implican abstracciones colectivas del otro grupo, más allá de
cuán adocenadas, respetuosas o liberalmente censuradas sean” [Jameson
y Žižek, 1998:106]. Según esta teoría, hay que analizar la cultura como el
espacio de los movimientos simbólicos, de las subjetividades de grupos. Lo
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que no se menciona es el papel de la clase social en los estudios culturales.


En este sentido, una de las discusiones se refiere a la autorrepresentación
cultural nacional: ¿hay que entender lo nacional como algo relacional, algo
que describe las diversas partes que componen el sistema mundial? Hay
una conexión entre la teoría poscolonial, la teoría de la identidad y los estu-
dios culturales. Desde esta perspectiva se entiende que la política contem-
poránea debe organizarse en torno de las luchas por la identidad.
Lo interesante es que lo que antes (en la década de 1970) era progresis-
ta, se convierte hoy (en la década de 2000) en una forma de clausura de las
90 Samuel Arriarán Cuéllar • Elizabeth Hernández Alvídrez

oportunidades discursivas. Lo que hay que cuestionar entonces, es si toda


lucha por el poder puede y debe organizarse alrededor de las cuestiones de
la identidad. En el debate entre interculturalidad y multiculturalismo hay
un énfasis en la relación cultura-identidad. Es un problema más complejo,
ya que implica cuestiones de ética y normatividad. También habría que ha-
cer una reformulación epistemológica pues, a diferencia de la modernidad,
con su lógica lineal del tiempo, una política posmoderna debe impugnar
las relaciones establecidas por la modernidad. Esto significa eludir la lógica
de la diferencia y ver la posibilidad de pensar una política de la otredad, lo
que implica pensar en una lógica del espacio:
La subjetividad como elemento espacial es tal vez la más clara, porque implica
tomar al pie de la letra la afirmación de que la gente experimenta el mundo
desde una posición particular, con lo cual se reconoce que esas posiciones están
más en el espacio que en el tiempo. De hecho, gran parte de los escritos contem-
poráneos sobre la diáspora apuntan en esa dirección [Crossberg, 2003:148].

Aquí, el autor se refiere a la antropología de James Clifford que analiza


los viajes, el turismo. En todos estos casos se plantea que la migración cons-
tituye en la actualidad una condición ontológica y epistemológica. También
Zygmunt Bauman [Bauman, 2003] tiene algo que decir en este punto: “Los
sedentarios eran muchos, los vagabundos, pocos…. La posmodernidad in-
virtió la proporción. Hoy quedan pocos lugares de residencia fija. El mundo
se está poniendo a la par del vagabundo, y lo hace con rapidez, el mundo se
rehace a la medida del vagabundo” [Bauman, 2003:58]. Desde esta perspec-
tiva se puede entender el multiculturalismo como un significado flotante.
Esto significa que su sentido depende de los usos que se le den. Hay que
ver entonces su sentido de hibridación, ya que puede servir para la nego-
ciación cultural: “Dicha negociación no es ni asimilación ni colaboración,
y hace posible el surgimiento de una agencia intersticial y que rechaza la
representación binaria del antagonismo social“ [Bhabha, 2003:103].
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1.2. El paradigma poscolonial


En los últimos años se habla mucho de poscolonialismo. A nuestro modo
de ver se trata de una forma de posmodernismo. ¿Cómo se entiende lo
intercultural en este paradigma? Según H. Bhabha, se trata de ver princi-
palmente los detalles de la imbricación de las identidades:
La perspectiva poscolonial nos obliga a repensar las profundas limitaciones de
un sentido liberal, consensual y cómplice, de la comunidad cultural. Insiste en
que la identidad cultural y la política se construyen mediante un proceso de
El paradigma del multiculturalismo 91

alteridad. Cuestiones de diferencia racial y cultural se solapan con problemas


de sexualidad y género, y sobredeterminan las alianzas sociales de clase y so-
cialismo democrático. El tiempo para asimilar minorías o nociones holísticas y
orgánicas ha quedado atrás [Bhabha, 2002:213].

Tal parece que para la antropología poscolonial, al igual que para casi
todo el posmodernismo, las determinaciones económicas o de clase ya han
quedado superadas. Incluso se niegan a seguir utilizando categorías “bi-
narias”. Habría una especie de fobia por todo lo que representa la cultura
occidental. Pero veamos un poco más en detalle los argumentos antropoló-
gicos poscoloniales.
El concepto de diferencia equivaldría a multiculturalismo porque se
trata de un concepto ambivalente de la autoridad cultural. Esta ambiva-
lencia se halla en la idea de enunciación. Es entonces cuando nos damos
cuenta de por qué los reclamos de pureza racial son insostenibles. La multi-
culturalidad (no el multiculturalismo) equivale a diversidad (no la diferen-
cia). Esto significa que la diversidad como la multiculturalidad es un objeto
epistemológico donde la cultura se toma como objeto de conocimiento em-
pírico: “la diversidad cultural es el reconocimiento de contenidos y usos ya
dados, contenida en un marco temporal de relativismo, da origen a ideas
liberales de multiculturalismo, intercambio cultural o de la cultura de la
humanidad” [Bhabha, 2002:54].
Lo interesante de la teoría de Bhabha es que en este proceso de repre-
sentación del otro hay una ambivalencia en el momento de la enunciación
cuando, por el deseo de emerger como genuino, el otro cae en la ironía
como resultado de su mimetismo. Esto significa que no podemos dejar de
percibir el momento de la dominación cultural. Así visto, en el multicultu-
ralismo como una perspectiva liberal, los mestizos o colonizados se disfra-
zan de hombres blancos (“casi lo mismo pero no blanco”). El autor señala
que en el mimetismo, la representación de la identidad se articula sobre el
eje de la metonimia. El mimetismo es como el camuflaje, no una armoniza-
ción del parecido sino la represión de la diferencia:
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El mimetismo colonial es el deseo de un Otro reformado, reconocible como


sujeto de una diferencia que es casi lo mismo, pero no exactamente. Lo que
equivale a decir que el discurso del mimetismo se construye alrededor de una
ambivalencia. El mimetismo es entonces el signo de una doble articulación; una
compleja estrategia de reforma, de regulación y disciplina, que se apropia del
Otro cuando éste visualiza el poder [Bhabha, 2002:112].

Bhabha también hace una crítica del concepto de hibridez: “la hibridez
no tiene esa perspectiva de profundidad o verdad que dar: no es un tercer
92 Samuel Arriarán Cuéllar • Elizabeth Hernández Alvídrez

término que resuelve la tensión entre dos culturas. No produce un espejo


donde el yo se aprehende a sí mismo; es siempre una pantalla escindida del
yo y su duplicación, el híbrido” [Bhabha, 2002:143].
No se ve el conflicto cultural como dominación sino sólo los efectos de
las prácticas. La hibridez interviene en el ejercicio de la autoridad no para
indicar la imposibilidad de su identidad sino para representar siempre la
impredictibilidad de su presencia. Este proceso parcializante de la hibridez
se relaciona con una metonimia de la presencia (persistencia de la demanda
narcisística de la diferencia). Se comprende así que la hibridez equivalga al
discurso de la autoridad colonial. Hay un vínculo entre lo psíquico y lo po-
lítico cuando el colonialista asume su exhibicionismo recordando su lugar
de amo. El nativo se petrifica y se duplica en el amo: “las palabras del amo
se vuelven el sitio de la hibridez” [Bhabha, 2002:150].

1.3. La teoría del multiculturalismo liberal


Esta teoría se caracteriza por mantener la prioridad moral de los indivi-
duos. En principio fue una postura sostenida por Joseph Raz y Ernesto
Garzón Valdés. A esta posición se han sumado recientemente autores como
Will Kymlicka y Jacob T. Levy. Lo que plantea esta teoría es que los conflic-
tos culturales no hay que tratar de resolverlos, sino sólo moderarlos en la
medida en que lo más importante es defender los derechos individuales
frente a las restricciones impuestas por las comunidades. En rigor, no ha-
bría derechos colectivos porque sólo existen individuos.
Con respecto a las nuevas demandas culturales surgidas a raíz de la
intensidad migratoria, los autores liberales señalan que no es descartable la
idea de que para solucionar este tipo de problemas se necesita una “ciuda-
danía multicultural”. Will Kymlicka señala la necesidad de atender las nue-
vas demandas planteadas por comunidades inmigrantes como los turcos
en Berlín, los chinos en Los Ángeles, los bengalíes en Londres, los vietna-
mitas en Montreal, etcétera. Estas minorías no plantean la constitución de
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Estados independientes, sino solamente medidas mínimas para proteger


sus identidades y tradiciones culturales [Kymlicka, 1996].
Similar planteamiento encontramos en Jacob Levy, otro teórico liberal del
multiculturalismo: “abogo por una teoría política del multiculturalismo que
no se preocupa por preservar o celebrar identidades étnicas ni por hacerlas
desaparecer sino que se centra en mitigar los peligros recurrentes tales como
la violencia estatal contra las minorías culturales, conflictos entre identidades
étnicas y ataques dentro de las mismas comunidades contra aquellos que
deseen abandonar o modificar su comunidad cultural” [Levy, 2003:29].
El paradigma del multiculturalismo 93

1.4. La teoría comunitarista


Esta teoría sostenida principalmente por Charles Taylor plantea que se
puede postular los derechos colectivos en contra de aquellos argumentos
liberales que absolutizan los derechos individuales. Quien decide cuáles
son los derechos, las prioridades, es siempre el Estado. En el caso cana-
diense habría un Estado liberal (la parte inglesa) que, por razones políticas
y económicas, prioriza los derechos de los individuos, mientras que por el
lado de Quebec (la parte francesa) se atiende más a las reivindicaciones de
las comunidades en razón de sus necesidades culturales. Es decir, que para la
teoría comunitarista es legítimo el reclamo de la representación política de las
sociedades indígenas e incluso su derecho a la independencia y a la auto-
nomía política [Taylor, 1993].
Ahora bien, el problema de la teoría de Charles Taylor no reside tanto
en su oposición a la teoría liberal (posición bastante bien fundamentada
desde el punto de vista jurídico), sino más bien en su enfoque eurocéntrico.
En efecto, tal como señala Edward Said, la mayoría de las explicaciones
sobre las transformaciones y contradicciones que aparecieron en la concep-
ción de la identidad “no toman en cuenta el surgimiento de las ideas mo-
dernas sobre la identidad cultural nacional. El libro de Taylor es un ejemplo
perfecto de ello. Él discute la identidad, la moralidad y las artes en un con-
texto general que parece universal pero que en verdad es profundamente
eurocéntrico” [Said, 2005:39].
No se puede dejar de advertir dicho eurocentrismo en otros libros de
Taylor como Imaginarios sociales modernos, donde reformula el problema de
la concepción histórica admitiendo múltiples modernidades con sus racio-
nalidades respectivas.
Hoy se impone plantear el problema desde un nuevo ángulo: ¿estamos
ante un fenómeno único, o debemos hablar más bien de múltiples moderni-
dades, un plural que reflejaría el hecho de que culturas no occidentales han
encontrado sus propias vías de modernización, y no se pueden compren-
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der debidamente desde una teoría general pensada originalmente a partir


del caso de Occidente? [Taylor, 2006:13].
Aunque resulta acertado el replanteamiento del problema que evitaría
el eurocentrismo, nos parece que los nuevos argumentos desarrollados no
resultan totalmente convincentes. En efecto, en vez de explicar esas moder-
nidades no occidentales, lo que hace Taylor es describir únicamente aquellas
que giran dentro del núcleo o “centro” de Occidente:
Mi hipótesis básica es que en el centro de la modernidad occidental se halla una
nueva concepción del orden moral de la sociedad. Al principio no era más que
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una idea en la mente de algunos pensadores influyentes, pero con el tiempo lle-
gó a configurar el imaginario de amplios estratos de la sociedad, y finalmente el
de sociedades enteras. Hoy se ha convertido en algo tan evidente para nosotros
que tenemos problemas para verlo como una concepción más, entre otras po-
sibles. La transformación de esta visión del orden moral en nuestro imaginario
social tiene lugar a través del surgimiento de ciertas formas sociales, caracterís-
ticas de la modernidad occidental: la económica de mercado, la esfera pública
y el autogobierno del pueblo, entre otras [Taylor, 2006:19].

Decir que los argumentos de Taylor no resultan convincentes no signi-


fica subestimar estos nuevos desarrollos teóricos que son sugerentes, sobre
todo el concepto de imaginario social a partir de la revisión del proceso
histórico de la secularización. Este concepto le sirve al autor para partir
del hecho comprobado de que los grupos sociales asumen nuevas prácti-
cas en virtud de las perspectivas que ofrecen sus representaciones teóricas.
Así una teoría construye históricamente su imaginario social. Es el caso de
la racionalidad modernista europea que surgió de la revolución francesa,
alrededor de ciertas instituciones representativas por la vía de la partici-
pación popular y que se diferencia de la racionalidad angloamericana con
su imaginario religioso protestante alrededor de la economía de mercado.
Estos modos de modernización occidentales, el republicano francés y el
modelo angloamericano, Charles Taylor los reconoce a partir de su estudio
sobre el efecto del proceso de secularización que deja en la sombra otras
formas de modernización como la barroca que tendría otra ligazón con la
“cristiandad latina”:
Nada refuerza más este convencimiento que el estudio de la secularidad occi-
dental, marcada como está por la herencia de la cristiandad latina, de donde
extrae incluso su nombre. Pero espero que al término de este estudio la idea re-
sulte evidente también en otros muchos dominios. Seguir los pasos de la emer-
gencia del imaginario de la soberanía popular en Estados Unidos y en Francia
ha puesto de relieve ciertas diferencias de cultura política dentro de Occidente
[Taylor, 2006:225].
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Es innegable que estamos ante un nuevo hallazgo teórico cuando Taylor


se opone a la existencia de una sola modernidad en Occidente, pero queda
todavía pendiente el problema de las modernidades no occidentales. Una
de las formas de modernidad que más podría parecerse a estas últimas es
la modernidad barroca, pero lamentablemente Taylor no le da mucha im-
portancia (¿quizá porque sigue aferrado al eurocentrismo?):
En las sociedades católicas, el viejo modelo de presencia se mantuvo duran-
te mucho más tiempo. Sin duda, sintió los efectos del desencantamiento, y se
El paradigma del multiculturalismo 95

convirtió cada vez más en un compromiso, según el cual el orden jerárquico se


consideraba en cierto sentido intocable y el rey, sagrado, pero comenzaban a
colarse elementos de justificación funcional, como por ejemplo cuando se sos-
tenía que la monarquía era indispensable para mantener el orden. Podemos
pensarlo como el compromiso barroco. La situación que vivimos actualmente
deja atrás ambas formas de presencia divina en la sociedad para desembocar
en algo distinto. La ruta de salida del barroco católico pasó por un catastrófico
episodio revolucionario. Pero la evolución protestante fue más suave, y por eso
mismo en cierto sentido más difícil de rastrear [Taylor, 2003:80].

Es evidente que Taylor se refiere al barroco en términos del proceso


histórico de los países europeos. Ni siquiera se imagina que pueden exis-
tir históricamente otras formas de modernidad barroca como en el caso
latinoamericano, donde si bien hubo un proceso de “desencantamiento”
de las imágenes del mundo, sin embargo no se presenta unilateralmente
una estructura al servicio del orden jerárquico conservador y esencialmen-
te monárquico. Dicho con otras palabras, hay una modernidad barroca en
América Latina que no responde, como dice Taylor, al proceso donde “se
cuelan elementos de justificación funcional”. Este barroco posee otras jus-
tificaciones que tienen sus raíces en el mito y en otro tipo de racionalidad
no occidental, es decir, que no se reduce al pensamiento ilustrado, lógico
y científico [Arriarán, 2007a]. Por esto, el barroco que tenemos ha sido una
forma de resistencia cultural, un ethos que se opone al capitalismo desde su
misma naturaleza de economía destinada al derroche y al despilfarro. Esto
es lo que más se opone a la lógica de la cultura capitalista del protestantis-
mo anglosajón [Echeverría, 1998].
Resulta difícil aceptar la tesis de que la identidad católica fue homogé-
nea y controlada por la jerarquía porque siempre hubo diferencias entre la
religión popular y la de tipo oficial. Es cierto que en la historia existieron
muchas religiones, entre ellas la cristiana, casi siempre aliada a la política
de dominación, pero no se puede negar que existieron otras corrientes libe-
radoras como la de Bartolomé de las Casas en el siglo xvi. Durante el siglo
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xvii, observamos que en América Latina la cultura indígena se mezcló con


la religión cristiana configurando otro tipo de identidad, donde sobresale
el carácter de resistencia frente a la dominación colonial. Esto se debe a
que hubo una estrategia por la cual los símbolos de la cultura dominada se
mezclaron con los símbolos religiosos dominantes con el objetivo de sobre-
vivir frente a la política de exterminio.
El proceso de secularización en América Latina resulta diferente del
proceso en Europa y Estados Unidos, porque se desarrolló de una manera
más lenta y conflictiva debido a la naturaleza misma de la población, en
96 Samuel Arriarán Cuéllar • Elizabeth Hernández Alvídrez

una gran parte de origen indígena. En este proceso no se puede afirmar


que la religión católica absorbió a la otra religión. Los indígenas hubieran
preferido mantener sus creencias pero no lo pudieron hacer porque existía
el riesgo de ser exterminados físicamente. La alternativa fue integrarse sólo
formalmente aunque conservando secretamente sus creencias. Esto no sig-
nificó que se mantuvieran en un estado de pureza, sino que fue sólo una
estrategia de supervivencia temporal. Es comprensible que su identidad
sufriera otras transformaciones en la medida en que interactuó posterior-
mente con la modernización capitalista.
En resumen, la identidad barroca en América Latina construyó un ethos
que no necesariamente propone una alternativa religiosa o de vinculación
con la Iglesia católica (tal como plantea Taylor). Se puede decir que más
bien fue una mezcla de símbolos y de creencias. Por eso es una modernidad
barroca no occidental. No hubo una centralidad religiosa en la conforma-
ción de la identidad cultural latinoamericana porque la secularización se
dio de una manera distinta de la europea. Tampoco se puede afirmar que
esta modernidad barroca sea fundamentalmente antimoderna. Más bien es
otro tipo de modernidad diferente de la modernidad ilustrada, positivis-
ta. Lejos de ser una propuesta alternativa de carácter esencialista, como si
fuera incambiable y permanente, es una forma de identidad variable y en
mutación constante. Por eso es que tampoco se reduce al siglo xvii. En la
medida en que no permanece ni se queda fijada a una esencia, no excluye lo
que sucedió en los dos últimos siglos. Lo interesante es que la modernidad
barroca en México y en otros países latinoamericanos persiste y demuestra
gran fuerza en la actualidad en el contexto global de incesante mestizaje y
multiculturalismo [Hernández Alvídrez, 2006].

2. Los conflictos culturales en tiempos de la globalización


En los últimos años, por efecto de la globalización estamos viendo cómo
se ha modificado el debate sobre el significado de los conflictos culturales.
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Cabe aclarar que ya no estamos ante una transición del multiculturalismo


a lo intercultural, como anteriormente se ha entendido la problemática, por
ejemplo en autores como Néstor García Canclini [2004], sino más como una
transición de la interculturalidad al multiculturalismo. Esto significa que hay
un agotamiento del paradigma intercultural en la medida en que está demos-
trando carecer de proyecto político:
Para evitar la deriva culturalista y sus nexos posibles con regímenes políticos
conservadores y autoritarios, debe intentarse enlazar la cuestión de la diversi-
dad cultural a la heterogeneidad social, cultural y política. Sólo enlazando lo
El paradigma del multiculturalismo 97

cultural a lo social y a lo político se pueden evitar las derivas identitarias. En


este aspecto, la convivencia cultural es inseparable de un proyecto político en el
que reaparecen los Derechos del Hombre y el universalismo [Wolton, 2003:91].

Claro que no se puede afirmar que el multiculturalismo, al menos en


su vertiente comunitarista, está libre de carencias. Lo que tiene en común
con la política intercultural es una caída en las reivindicaciones puramente
identitarias, en sentido de afirmar solamente las diferencias de las culturas.
El problema es que tanto el liberalismo como el comunitarismo desligan la
cultura de la sociedad y del Estado. Por eso es que hoy nos damos cuenta de
que no se trata únicamente de preservar las identidades culturales, sino de
enlazarlas con la vida social. En el caso de los países europeos se ve cómo
esta separación derivó en una unificación puramente económica, como si la
unión entre países solamente fuera en términos financieros y monetarios.
Lo grave de esto es que se cayó en una concepción tecnócrata, donde no
hay lugar para las consideraciones de intercambio comunicacional. El flujo
electrónico se convierte en puro intercambio de datos. Esto significa que se
imposibilita la comprensión y el diálogo de las culturas:
Si las cuestiones de alteridad cultural no encuentran una salida pacífica funda-
da en la convivencia cultural, serán factores de guerra por lo menos de tanta
magnitud como las desigualdades económicas Norte-Sur. En el concepto de
convivencia cultural está en juego no sólo tomar la responsabilidad por la cul-
tura y la comunicación, sino también reconocer el carácter heterogéneo de las
sociedades, o sea, negarse a un modelo comunitarista incapaz de desplegarse
en el plano mundial [Wolton, 2003:86].

Las pruebas del fracaso de la interculturalidad fueron las guerras en


países como Irak, Ruanda, la ex urss y la ex Yugoslavia:
No vivimos en el mundo de relatividad moral. Cualquier país acepta que la
tortura, la violación, las matanzas y las expulsiones a la fuerza son violaciones
de las leyes internacionales en materia de derechos humanos. No existe una
discusión intercultural sustantiva que ponga en duda que estos abusos han
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ocurrido [Ignatieff, 2003:75].

De las implicaciones teóricas y metodológicas de esta situación hay


que señalar que los debates sobre los conflictos culturales en tiempos de
la globalización ya no se plantean en términos de elegir entre tradición
y modernidad. El tradicionalismo es inadecuado cuando se convierte en
una forma de comunitarismo, de la misma manera en que la modernidad
se convierte en un proceso tecnocrático. El problema es ¿qué hacer cuando
la anulación de la diversidad cultural se acompaña de un desarrollo ace-
98 Samuel Arriarán Cuéllar • Elizabeth Hernández Alvídrez

lerado de mercados clandestinos de prostitución y de droga? No hay di-


versidad cultural, si no hay primero respeto a las personas. Aquí es donde
empieza la cultura. Este derecho elemental se ve burlado cotidianamente
cuando no existe siquiera una mínima regulación migratoria.
Quizá otra razón que obliga a replantear el significado de los conflictos
culturales es la gran importancia que han adquirido los flujos migratorios.
Como dice John Gray [2004] en la actualidad se ha vuelto fácil percibir a los
inmigrantes como una gran amenaza:
La democracia tiene numerosas ventajas, pero en una época de globalización
acarrea algunas consecuencias molestas. En algunos países europeos, los parti-
dos de extrema derecha han logrado condicionar con éxito la agenda política, o
incluso han entrado a formar parte de los gobiernos nacionales, actuando sobre
los temores racistas de los votantes. Una de las repercusiones de los ataques
sobre Washington y Nueva York ha sido la de intensificar las restricciones im-
puestas al libre movimiento de las personas [Gray, 2004:101].

Para que las culturas no queden excluidas de la globalización, hace


falta pensar en el codesarrollo del Norte y del Sur. No porque todos los
países estén ahora fundidos en una supuesta identidad mundial que sir-
ve de ideología a las organizaciones financieras internacionales, sino porque
las clases sociales más empobrecidas no tienen otra salida que integrarse.
Hoy, cuando todos los países del mundo se ven obligados a someterse a las
normas de mercado impuestas se requiere un nuevo tipo de control de las
migraciones que tome en cuenta la necesidad de la interdependencia. Es el
caso de los migrantes mexicanos e hispanos en Estados Unidos.
¿Y qué sucede con aquellas comunidades que reclaman la constitución
de Estados independientes? Ya desde hace muchos años, varias comuni-
dades demandaban su autonomía (Palestina, Irlanda, etcétera), pero re-
cientemente dichas demandas se han convertido en verdaderos motivos
de guerra civil. Esto es lo que ha sucedido en la ex Yugoslavia y en la ex
Unión Soviética. El reclamo de la independencia no sólo ha generado la
número 48, enero-junio, 2010

desintegración de esos países sino que también ha generado nuevas for-


mas extrañas de gobierno “democrático”. Este es el caso de Irak, Bosnia,
Kosovo y Afganistán. Bajo el pretexto de llevar la democracia a esos países
se ha impuesto un nuevo modelo de reconstrucción nacional bajo la tutela
de Estados Unidos. Como dice Michael Ignatieff: “calificar de construcción
nacional a un ejercicio de ‘intervención humanitaria’ por parte de una co-
munidad ficticia llamada ‘comunidad internacional’ oculta a propósito el
hecho de que nada de ello hubiera ocurrido si Estados Unidos no hubiera
decidido emplear un potencial militar decisivo” [Ignatieff, 2003:12].
El paradigma del multiculturalismo 99

Así pues, vemos que en tiempos de la globalización la cultura está su-


friendo bastantes transformaciones. ¿Puede haber reivindicaciones nacio-
nales al margen de la política exterior estadounidense?, ¿cómo aspirar a
una independencia nacional, cuando existe una hegemonía militar univer-
sal? Las demandas independentistas son reducidas a acciones de los gru-
pos terroristas como Al Qaeda. Frente a estas demandas, el ejército estado-
unidense ha diseñado una política que consiste en imponer una nueva for-
ma de gobierno bajo el pretexto de ayuda humanitaria. En los países antes
mencionados, se reconstruye la nación, sin negar a las poblaciones locales
su derecho a la autodeterminación y soberanía. En esta nueva modalidad
imperialista, el autogobierno es compatible porque justifica la presencia del
ejército estadounidense que se dedica a restaurar las ciudades bombardea-
das previamente, con el fin de producir a posteriori jugosos contratos con las
transnacionales estadounidenses. De manera tal que el imperialismo se ha
convertido en la precondición de la democracia.
A pesar de que en el contexto actual resulta muy difícil desarrollar rei-
vindicaciones nacionales, hay muchas comunidades que prefieren reivindi-
car por lo menos ciertos derechos culturales. Evidentemente tenemos que
considerar la necesidad de atender nuevos tipos de demandas como los
derechos culturales, relacionados con la representación y el libre ejercicio
de la autonomía política. ¿Cómo surge históricamente este concepto co-
nectado con el problema de las prioridades jurídicas de la soberanía nacio-
nal? Antes de comprender este origen, hace falta entender sus antecedentes
ubicados en el surgimiento histórico de los derechos civiles y políticos. La
idea actual de sufragio universal no existía en el siglo xvi o xvii ni siquiera
cuando se trataba de soberanía del pueblo. La idea de ciudadanía moderna
se desarrolló apenas en el proceso de la revolución francesa. Pierre Rosan-
vallon [1999] señala que se asocia al derecho al sufragio como igualdad
política de los individuos frente a la caída del absolutismo:
La igualdad política de los individuos es a la vez una condición lógica de
número 48, enero-junio, 2010

la caída del absolutismo y un imperativo sociológico de consagración de la


destrucción del universo de los privilegios y los cuerpos. Francia ingresa de
pronto en el sufragio universal, ya que se impone la democracia desde el
principio de la revolución como una condición esencial de la realización de
una sociedad en libertad [Rosanvallon, 1999:35].

Igual que los derechos de los ciudadanos en las urnas, los derechos
políticos para las culturas minoritarias se plantean como una oportunidad
dada a los inmigrantes del derecho de participar en las elecciones locales.
De la necesidad de la democracia en un contexto nacional hemos pasado a
100 Samuel Arriarán Cuéllar • Elizabeth Hernández Alvídrez

la necesidad de una democracia multicultural o “cosmopolítica” [Archibu-


gi, 2000]. Esto significa que los problemas que se plantean hoy en día, ya
no se reducen a lo local. Muchas luchas políticas importantes, por ejemplo,
sobre el control del uso de la fuerza, el respeto a los derechos humanos, la
autodeterminación de los pueblos, etcétera, sólo podrán lograrse no única-
mente a través de políticas nacionales, sino de una aplicación internacional
de la democracia. A esta democracia no hay que entenderla como una po-
lítica neoliberal acorde con las necesidades de la globalización, sino más
bien como un proceso que convoque a diversos Estados con tradiciones
culturales diferentes y que se hallen en distintos estados de desarrollo. Así
se ve la necesidad de una nueva forma de ciudadanía multicultural que
sea compatible con la democracia. Esto significa que nos encontramos ante
el desafío de que por efecto del proceso globalizador y las necesidades de
los pueblos, hay una reivindicación de un Estado democrático multicultu-
ral. En este sentido es que el multiculturalismo ofrece una salida frente al
paradigma intercultural carente de proyecto político. Esta salida es la que
se plantea como una forma de negociación entre culturas que tienden a
destruirse, por ejemplo entre Israel y Palestina o entre los mismos países de
Europa que por más que lo han intentado se han quedado limitados por las
necesidades comerciales:
Desde el punto de vista social, el proceso se ha desarrollado a costa de una
profunda aculturación provocada por la unificación de los mercados. Esta acul-
turación, aunque con frecuencia enmascarada bajo una retórica solemne acerca
del respeto a la ‘diversidad’ y a las ‘especificidades’ europeas, es vivida por las
poblaciones como una desposesión identitaria. En la práctica, constituye una
de las principales causas de la emergencia de los micronacionalismos europeos
[Naïr, 2003:195].

¿Y qué sucede en los países latinoamericanos? Las limitaciones de la


interculturalidad son evidentes cuanto más salen a la superficie las insufi-
ciencias del Estado democrático neoliberal, únicamente dispuesto a recono-
número 48, enero-junio, 2010

cer a todos los integrantes de la sociedad a condición de que permanezcan


estáticos en sus desigualdades. De ahí que no hayan prosperado los Acuer-
dos de San Andrés en el caso de la lucha de los zapatistas en México. Para
reavivar las demandas por la autonomía, hace falta una teoría multicultural
adecuada a la realidad de los países latinoamericanos [Arriarán, 2008]. Al
respecto, hace falta construir un nuevo tipo de Estado multicultural para
asegurar el reconocimiento legal de los derechos políticos y culturales de
las comunidades indígenas. Para replantear la teoría de los conflictos cul-
turales, como en el caso de México, hace falta además comprender que la
El paradigma del multiculturalismo 101

autonomía política no sólo se ha realizado en el caso de Canadá o varios


países europeos, sino también en Estados Unidos:
Las naciones indias sí que desarrollaron Estados constitucionales estables a
mediados del siglo xix —por ejemplo, los cherokee en 1827 y los choctaw, chic-
kasaw y creeks en el periodo de 1856 a 1867— . Una de las causas que propició
tal evolución fue la presión por parte del gobierno estadounidense para que
formaran un gobierno ‘responsable’ con el que poder negociar. Como era de
prever, las negociaciones se convirtieron en expropiaciones y deportaciones en
masa, salpicadas por estallidos genocidas [Mann, 2000:29].

Por supuesto que este reconocimiento del derecho a la autonomía polí-


tica no deriva necesariamente en expropiaciones y deportaciones masivas.
Las negociaciones también pueden convertirse en acuerdos pacíficos de
convivencia cultural. Esto depende de si hay un contexto multicultural.

3. ¿Educación intercultural o multicultural?


Peter McLaren señala que la educación multicultural debe entenderse
como un movimiento social que busca reconocer la economía política. Para
este autor lo multicultural se conecta con una pedagogía crítica (hay que
criticar la hegemonía de la raza blanca occidental):
En vez de acentuar la importancia de la diversidad y la inclusión, como hacen la
mayoría de los multiculturalistas, creo que debería hacerse mucho más énfasis
en la construcción social y política de la supremacía blanca y en la dispensa de
la hegemonía blanca. Es necesario identificar que el campo de la distorsión de la
realidad conocido como ‘caucasismo’ es una tendencia cultural y una ideología
vinculadas con arreglos políticos, sociales e históricos [McLaren, 1998:8].

También el trabajo de Paulo Freire debe comprenderse como un ejem-


plo de necesaria articulación entre ciudadanía, educación multicultural y
democracia. No hay ni puede haber revolución educativa sin revolución
número 48, enero-junio, 2010

política. Para Freire, la educación no es algo instrumental, sino un campo


de relaciones de fuerza y que se desemboca en una politización de la ciu-
dadanía [Freire, 1993].
Por su parte, Martha C. Nussbaum [2001] postula que en la educación
actual no hay que renunciar al universalismo. A un nivel general, se puede
seguir postulando las diferencias culturales de las minorías. En este sentido,
sigue teniendo justificación la educación multicultural como educación para
comprender al otro. Se trata de respetar otras formas de vida, para lo cual es
necesario abrir el currículo a la historia de otras culturas:
102 Samuel Arriarán Cuéllar • Elizabeth Hernández Alvídrez

El nuevo énfasis en la diversidad en los currículos es, sobre todo, un modo de


hacerse cargo de los nuevos requisitos de la condición de ciudadano, de los de-
beres, derechos y privilegios que le son propios; un intento de producir adultos
que puedan funcionar como ciudadanos no sólo de algunas regiones o grupos
locales, sino también, y más importante, como ciudadanos de un mundo com-
plejo e interconectado [Nussbaum, 2001:25].

Recientes debates sobre la conveniencia de aclarar la distinción entre


multiculturalismo e interculturalidad, enfocan la democracia y la ciuda-
danía en relación con el contexto histórico. Así hay que pensar en la re-
lación de la otredad. La ciudadanía no es puramente monocultural, sino
que implica abrirse a las diferencias. Los desajustes en el sistema escolar se
deben a que los maestros consideran a sus alumnos como desprovistos de
capacidades cognoscitivas de aprendizaje. Pero tales capacidades cognos-
citivas no se deben puramente a factores técnicos. Dicho con otras palabras,
la educación no es sólo una tarea de adiestramiento técnico o de procesa-
miento de información; ni siquiera es una tarea de aplicación mecánica de
las teorías del aprendizaje en el aula y menos de aplicar pruebas de rendi-
miento. La educación es un proceso hermenéutico que implica reflexionar
sobre la necesidad del diálogo intercultural. De esta manera no se trata de
adaptar o integrar al individuo a una sociedad sino más bien de crear e
inventar imaginativamente la cultura. Como expresa Jerome Bruner [1994],
no sería excesivo decir que en los últimos años ha habido una revolución
en la definición de la cultura. Esta definición se aleja de concepciones como
el estructuralismo o el constructivismo, según las cuales, la cultura es una
serie de reglas interconectadas a las que las personas derivan ciertas con-
ductas para ajustarse a determinadas situaciones. La nueva concepción de
la cultura se acerca a la idea de conocimiento del mundo, pero sólo semico-
nectado, a partir del cual las personas alcanzan a través de la negociación,
modos de actuar satisfactoriamente en contextos dados [Bruner, 1994].
La educación intercultural ha entrado en crisis en la medida en que
ya no responde a las necesidades históricas, por ejemplo de la sociedad
número 48, enero-junio, 2010

mexicana, especialmente en relación con la educación indígena. En efec-


to, si bien la educación indígena tenía sentido cuando todos los esfuerzos
gubernamentales eran canalizados a través de instituciones como el lnsti-
tuto Nacional Indigenista al final del siglo xx parece haber perdido toda su
orientación, debido al viraje neoliberal. Hoy vemos que es necesario repen-
sar toda la problemática indígena, porque cada vez hay menos indígenas
en el campo y éstos aumentan en las ciudades [De la Peña, 1999]. Por esta
razón se hace necesario repensar la igualdad de los ciudadanos en las ur-
nas, oportunidad dada a los inmigrantes del derecho de participar en las
El paradigma del multiculturalismo 103

elecciones locales. Esto implica pensar en la ciudadanía étnica, y los dere-


chos culturales como derechos indígenas en el marco de un nuevo Estado
multicultural. ¿Qué pasa cuando los derechos indígenas se ubican en la
sociedad civil? ¿Y qué pasa cuando, como en el caso de Bolivia durante
el largo gobierno de Evo Morales, las comunidades indígenas se vuelven
Estado?, ¿cuáles son las consecuencias de la derrota del neoliberalismo en
Bolivia? [Arriarán, 2007].
Si el sentido de la sociedad civil provenía de su oposición y resistencia
frente a un Estado absorbente, ¿cómo entender que estamos ante un nuevo
paradigma en los países latinoamericanos?, ¿este nuevo paradigma tendrá
que ser, entonces, el del Estado multicultural o plurinacional?
En México y en los países latinoamericanos también necesitamos
defender el universalismo. No hay que caer en el fundamentalismo que
quiere cortar radicalmente con la cultura europea. El peligro es que bajo
una nueva ideología anticolonialista se intenta romper los vínculos con
la herencia universal. Así como ya no hay que pensar la tradición y la
modernidad en términos antagónicos, también hay que vincular la cultura
particular con la cultura universal subrayando su complementariedad. Al
paradigma globalizador que busca la homogeneización de la culturas se
puede oponer una cultura democrática internacional, o dicho de otra ma-
nera, una concepción de sociedad sustentada en las diferencias culturales.
Este nuevo paradigma encaja bien con el desarrollo y fortalecimiento del
proyecto de Estado multicultural.

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