Mi Madre
Mi Madre
Georges Bataille GEORGES BATAILLE o EL BUEN USO DEL LIBERTINAJE He aqu una narracin simblica en la que Georges Bataille hace que el dolor y el libertinaje violen sus lmites y lleguen a la trascendencia. La madre es un camino -el terror, "la terror" -, entre los muy diversos que existen para llegar a Dios, no vivir ms apartados de l y alcanzar la identificacin: el semejante y su semejanza ya no ms apartados por una distancia que, aunque mnima, resulta abismal. Para algunos santos y hroes, la castidad, el sacrificio y la condolencia han significado, tradicionalmente, la claridad que permite una visin divina. En cambio, Bataille seala que el placer llevado hasta la extenuacin -tiniebla totalnos da el calor de Dios, la constancia de su cercana. Y, ms an: la certeza de su presencia absoluta. Quien no advierta la trascendencia en medio de la desquiciante alma de Batalle, que cierre este libro. De no atisbar su planteamiento de lcida ceguera, slo encontrar en l incestuosos motivos de masturbacin y fiebres de trmulo, insonoro, arcaico cinematgrafo: un desnudo seor de bombn y una lesbiana con delantal de carnicero; un muchacho de pensadas, ridculas eyaculaciones, y el habitual espectculo de fuetes y medias negras. Tanto en el mbito de sulfurosa pureza de Dostoievski, Bloy o Mauriac, como en La Madre - texto pstumo y deficiente - comprobamos, una vez ms, que los extremos se tocan. La pornografa es un mal y es un bien. Los libertinos, si son profunda, dolorosamente libertinos, conquistan el cielo. Somos hijos de la madre - terror. Desde que nacemos nos pertenecen los polos maniqueos: salud y enfermedad, pureza e in~ mundicia. Quien anhela la salud puede encontrar ora la pureza ora la enfermedad; quien busca la enfermedad, ora la inmundicia ora la pureza. No hay recetas de redencin, pero el hombre que logra excederse, rebasar una u otra de sus vocaciones recta o perversa - tiene mayores probabilidades de salvacin. Doctrina discutible? Quiz. De cualquier manera, la crtica debe rendir sus armas ante una concepcin del mundo y de la vida, sobre todo si es tan coherente -por desbordada- como la de Bataille. (Por mi parte, debo decir que ignoro cules son mis lmites. Tengo muy arraigada la tentacin de la creencia, pero no la de la religin. Una frmula del hombre es: quiero salvarme, luego existo. Frmula jubilosa que, pese a cualquier distanciamiento, me une al optimismo de Bataille. Acepto gustosamente, pues, los riesgos de la presente traduccin). CARLOS EDUARDO TURON PRESENTACION DE LA EDICION FRANCESA Desde hace mucho tiempo, los conocedores de Georges Bataille saban que Madame Edwarda deba tener, si no una continuacin, s un prolongamiento. Pero la mayor parte de ellos ignoraba que Madame Edwarda habra de formar parte de un conjunto de cuatro narraciones y que una de ellas ya estaba, cuando muri Bataille, redactada, corregida y -casi totalmente preparada para su impresin. Este es el texto que ahora editamos. Resulta difcil definir la presentacin exacta que Bataille quera dar al conjunto, dado que el examen de sus papeles an no ha terminado. El ttulo, inclusive, es dudoso. As, una hoja manuscrita -especie de proyecto para una pgina titular - ofrece estas referencias, dispuestas en un orden que hemos respetado: Pierre Angelici Madame Edwarda
1. Sabemos que, antes de morir, Georges Bataille siempre utiliz el seudnimo "Pierre Anglique" Para publicar MADAME EDWARDA. Divinus Deus II Mi Madre III Seguidos de Paradoja sobre el Erotismo por Georges Bataille Los manuscritos en donde hemos descubierto Mi madre siguen este orden. Pero con una diferencia: el ttulo general es Divinus Deus -en lugar de Madame Edwarda-, escrito aisladamente en caracteres gruesos en una hoja, mientras que cada uno de los siguientes textos llevan una pgina titular: 1: Madame Edwarda; 11: Mi madre. Tercera parte, Charlotte d'Ingerville (por lo dems, esta "tercera parte" slo consta de tres pginas del comienzo. en las cuales vemos a Pedro, despus de la muerte de su madre, cuando encuentra a Charlotte de Ingerville, amiga de ella). A continuacin. 236 pginas de notas. Variaciones y borradores diversos, que se refieren a las tres partes sealadas, ms 15 pginas de notas relativas a Paradoja acerca del Erotismo, que deba cerrar el libro. El manuscrito de Mi madre consta de 91 hojas, numeradas de la 22 a las 112, y la pgina del ttulo. Como hemos indicado, se encuentra corregido y preparado para la impresin hasta la hoja 97 (pgina 134 de nuestra edicin). Ah el texto se vuelve confuso, recargado y, a menudo, presenta numerosas versiones de un mismo pasaje. Despus de cierto titubeo, decidimos ofrecer un resumen (pginas 134-142) de las hojas menos legibles y, de cuando en cuando, restablecimos los pasajes claros. Esta obra desconocida, tal como aqu se presenta, nos parece indispensable para los lectores (bamos a decir, para los amigos) de Georges Bataille. LA VEJEZ RENUEVA "LA TERROR" AL INFINITO. CONDUCE AL SER INCONCLUSO HACIA EL COMIENZO QUE ENTREVEO A LA ORILLA DE LA TUMBA Y QUE ES EL PUERCO QUE DENTRO DE MI NO PUEDEN MATAR NI LA MUERTE NI EL INSULTO. "LA TERROR" ES DIVINA A LA ORILLA DE LA TUMBA Y ME HUNDO EN ELLA PORQUE SOY SU HIJO. -Pedro! La palabra fue dicha en voz baja, con una dulzura insistente. En la recmara vecina alguien me haba llamado? Muy suavemente para que si yo dorma no me despertara? Pero estaba despierto. Me despert como cuando nio tena fiebre y me llamaba mi madre con temerosa voz? A mi vez llam, pero nadie estaba cerca de m, no haba nadie en la recmara vecina. Mucho despus comprend que, dormido, haba escuchado mi nombre en sueos y que el sentimiento que el sueo me dej permanecera inaprehensible. Estaba hundido en la cama, sin pena ni placer. Slo saba que esta voz, durante las enfermedades y las largas fiebres de mi infancia, as me haba llamado: entonces una amenaza de muerte sobre m, daba a mi madre, cuando hablaba, esta dulzura extrema. Me senta lento, con la atencin fija y, lcidamente, me sorprend de no sufrir. En esta ocasin el recuerdo de mi madre, quemante de intimidad, ya no me desgarraba Ya no se mezclaba al horror de las risas indecentes que tanto haba escuchado. En 1906, cuando mi padre muri, yo tena diecisiete aos. Enfermo, viv mucho tiempo en una aldea, en la casa de mi abuela, a donde a veces me visitaba mi madre. Pero entonces, desde haca tres aos, viva en Pars y muy pronto supe que mi padre beba. Comamos en silencio: casi nunca mi padre comenzaba una enredada historia, que yo apenas segua y que mi madre escuchaba sin decir palabra. Mi padre no terminaba y enmudeca.
Despus de cenar, a menudo oa desde mi dormitorio una escena ruidosa, para m ininteligible, que me haca pensar que debera ir a ayudar a mi madre. Desde mi cama, prestaba atencin a la gritera que se mezclaba con el ruido de muebles volcados. A veces me levantaba y, en el corredor, esperaba a que el escndalo se apaciguara. Un da se abri la puerta: vi a mi padre enrojecido, vacilante, igual que un borracho de barrio, inslito en medio del lujo de la casa. Mi padre siempre me habl con cierta ternura, acompaada de movimientos ciegos, casi pueriles a fuerza de convulsiones. Me aterrorizaba. Y, en otra ocasin, le sorprend atravesando los salones. Atropellaba las sillas y mi madre hua semidesnuda. Andaba con la camisa de fuera y atrap a mi madre: juntos cayeron gritando. Yo desaparec, y comprend que debera haberme quedado en mi pieza. Un buen da, mi padre, desorientado, abri la puerta de mi dormitorio. Se detuvo en el umbral con una botella en la mano, se le cay la botella y corri el alcohol. Le mir un momento. Despus del ruido innoble de la botella, se apret la cabeza con las manos. Guardaba silencio y yo temblaba. Tanto le detestaba que, para todo, contradeca sus juicios. En aquel tiempo me volv tan piadoso que llegu a imaginar que, ms tarde, sera sacerdote. Mi padre entonces era un ardiente anticlerical. Yo no renunci al estado religioso sino hasta su muerte, a fin de vivir con mi madre, ante quien me senta perdido de adoracin. En mi necedad crea que mi madre era como pensaba que eran todas las mujeres. Que era aquello que slo la vanidad del macho impide ser: una persona ligada a la religin. No iba yo con ella a la misa del domingo? Mi madre me amaba: crea que entre ella y yo haba identidad de pensamientos y sentimientos. Identidad que slo turbaba la presencia del intruso: mi padre. Ciertamente, me dolan las salidas constantes de mi madre, pero cmo no habra ella intentado, por todos los medios, escapar del ser aborrecido? Me sorprenda sin duda que, mientras mi padre estaba ausente, mi madre no dejara de salir. Mi padre iba frecuentemente a Niza, donde yo saba que andaba de juerga y que, como de costumbre, se solazaba y beba. Me hubiera gustado decir a mi madre con cunta alegra me enteraba de la inminencia de estos viajes y aunque ella, con extraa sonrisa, rehusaba la conversacin, crea que ramos igualmente felices. Al fin mi padre se fue a Bretaa, a donde su hermana lo haba invitado. Mi madre deba acompaarle pero, en el ltimo momento, decidi quedarse. Yo estaba tan contento cuando mi padre se fue que a la hora de la comida, me atrev a decirle a mi madre cunta alegra senta por estar con ella a solas. Para mi sorpresa, pareca estar encantada y brome ms locamente que nunca. Acababa de dejar de ser un nio. Sbitamente era un hombre. Mi madre me prometi llevarme pronto a un restaurante divertido. - Todava estoy joven como para que me luzcas -dijo- y, como eres buen mozo, dirn que eres mi amante. Me re porque ella se rea, pero me ahogaba. No poda creer que mi madre hubiera dicho lo que dijo. Pens que estaba ebria. Hasta entonces no haba advertido que beba. Muy pronto hube de comprender que a diario beba igual, aunque no tuviera esa risa en cascada ni esa indecente alegra de vivir. Por el contrario: sola tener una dulzura triste, atractiva, que la abstraa del mundo externo. Una melancola profunda que yo asociaba a la maldad de mi padre y que me indujo a consagrar a mi madre toda mi vida. Al llegar a los postres se fue y me qued decepcionado. No se burlaba de mi tristeza? Varios das dur mi decepcin. Mi madre no ces de rer - de beber - y, sobre todo, de apartarse de m. Me quedaba a solas trabajando. Por aquel entonces yo iba a clases, estudiaba y, como si hubiera bebido, me emborrachaba de trabajo. Un da mi madre no sali como de costumbre, despus de la comida. Se rea conmigo. Me peda perdn por no haber cumplido su promesa y no haberme llevado, como deca ella, a "un buen sitio". Mi madre, antes tan grave, y que al verla me haca sentir la angustia de una noche de tormenta, de pronto se transformaba: pareca una joven vaporosa. Yo saba que era bella, porque desde haca mucho que todo el mundo lo deca, pero nunca le haba visto igual coquetera provocante. A los treinta y dos aos, la elegancia y la perfeccin que adverta en ella, me trastornaban.
-- Maana te llevo --me dijo--. Djame besarte. Hasta maana en la noche, mi bello amante! Despus rio sin pudor, se puso el sombrero y los guantes y, para decirlo en pocas palabras, se desprendi de m gentilmente. Cuando se fue pens que tena una belleza, una risa diablicas. Aquella noche mi madre no cen en casa. A la maana siguiente, temprano, me fui a clases. Cuando volv estaba preocupado por mis estudios. La recamarera, enseguida que abr, me avis que mi madre me esperaba en su dormitorio. Estaba sombra y, de inmediato, me dijo: -- Tengo malas noticias de tu padre. Permanec de pie, sin decir nada. --Ha sido de repente --dijo mi madre. -- Muri? -pregunt. -S --repuso. Estuvo un rato en silencio y prosigui: - Hoy mismo tomamos el tren a Vannes. De la estacin de Vannes iremos en coche a Segrais. Slo pregunt de qu acababa de morir, repentinamente, mi padre. Me lo dijo y se levant. Hizo un gesto de impotencia. Se vea fatigada. Pareca llevar un peso sobre los hombros, pero no dijo nada de sus sentimientos. Tan slo agreg: - Si hablas con Roberto o con Marta no olvides que, en principio, ests agobiado de dolor. De acuerdo con la buena gente que est a nuestro servicio deberamos estar hechos un mar de lgrimas. No tienes por qu llorar, pero baja los ojos. Comprend que mi tranquilidad enervaba a mi madre, cuya voz se elevaba duramente. Me sorprend de verla envejecida. Me sorprend y me sent desamparado. El jbilo piadoso que, sordamente, contradeca la tristeza convencional que los dems asocian con la disimulada llegada de la muerte, poda yo ocultarlo? Yo no quera que mi madre envejeciera: deseaba verla libre tanto de su verdugo como de la loca alegra en que se refugiaba y que haca que mintiera su rostro. Deseaba ser dichoso. Quera que el luto, con que el destino nos encerraba, diera a nuestra felicidad la tristeza de hechizo que da dulzura a la muerte... Y yo inclinaba la cabeza. No slo me avergonzaba la frase de mi madre: senta que me limpiaban las narices. Pensaba que, por lo menos, tanto de despecho como de risible clera, me iba a echar a llorar. Y dado que al cabo la muerte invita al llanto ms idiota, lloraba cuando hablaba a los criados de nuestro infortunio. El ruido del fiacre y, luego, el del tren, felizmente nos permitieron guardar silencio. Me invada una somnolencia que me haca olvidar. Slo estaba preocupado porque ya no pona nerviosa a mi madre. Sin embargo, le propuse pasar la noche en un hotel de Vannes. Acept sin ms ni ms. Sin duda haba anunciado nuestra llegada para el da siguiente. En el restaurante y en la estacin hablamos de una y otra cosa. Mi timidez y mi puerilidad eran evidentes. No saba que mi madre beba, pero lo supe cuando pidi otra botella. Alarmado baj la vista y, cuando volv a mirarla, su mirada se opuso a la ma con una dureza que me aterroriz. Ostensiblemente llen su vaso. Esperaba el maldito instante que mi imbecilidad convocaba. Desde haca mucho tiempo ella ya no poda soportar... En su mirada, pesada de cansancio, brill una lgrima. Llor y las lgrimas se deslizaron por sus mejillas. -Mam -grit-, no es lo mejor para l? No es lo mejor para ti?
-Cllate! -dijo secamente. Frente a m se volva mi enemiga, como si en ella hablara el odio. Reanud, balbuciendo: - Mam, t sabes bien que, de cualquier manera, es lo mejor para l. Beba aprisa. Tuvo una sonrisa ininteligible. - Dilo: yo le haca la vida abominable. Apenas comprenda y protest: - Ya muri y nosotros no debemos decir nada de l pero tu vida no era fcil. - T qu sabes? No dejaba de sonrer. Ya no me vea. -T no sabes nada de mi vida. Estaba resuelta a estallar. La segunda botella se vea vaca. El mesero se acerc y nos sirvi. Reinaba en el restaurante un olor triste, degradante, y el mantel estaba manchado de rojo. Haca calor. - Va a haber tormenta -dijo el mozo. No le respondimos. Me dije (yo temblaba delante de mi madre): "cmo podra condenarla?" Me dola haber dudado de ella aunque fuera un instante. Enrojec. Limpi mi frente perlada de sudor. El rostro de mi madre termin de cerrarse. Y, de pronto, sus rasgos se deformaron. Se ablandaron como una cera que corre y, por un instante, el labio inferior entr en su boca. -Pedro -me dijo-, mrame! Estaba irritndose su rostro mvil y huidizo. Se desprenda de l un sentimiento de horror. En vano ella se opuso al delirio que la invada. Habl mesurada, lentamente. La locura haba fijado sus rasgos. Me desgarr lo que deca mi madre. Su solemnidad y, sobre todo, su horrorosa grandeza, me sobrecogan. Abrumado, escuchaba: - Eres demasiado joven y no debera decrtelo, pero algn da te preguntars si tu madre es digna del respeto que le manifiestas. Ahora que tu padre ha muerto, estoy cansada de mentir. Yo soy peor que l! Sonri con sonrisa de hiel, con sonrisa que se desmenta. Jalaba y abra con sus dos manos el cuello de su vestido. En su gesto no haba ninguna indecencia y slo expresaba una miseria extrema. - Pedro -continu-, slo t tienes por Tu madre un respeto que no merece. Los hombres que un da encontraste en la sala, presumidos, qu piensas que eran? No respond. No haba notado nada. - Tu padre s lo saba. Tu padre estaba de acuerdo. Cuando t no estabas esos idiotas no respetaban a tu madre... Mrala! La horrorosa y extraviada sonrisa de mi madre era la sonrisa de la desgracia. Mi madre me amaba, pero podra ella soportar la imbecilidad a la que me haban conducido mi piedad -y sus mentiras? Ms tarde tuvo que decirme esta frase de mi padre: echa todo sobre mis espaldas". Este fue el deseo de mi padre,
que comprenda que mi madre era impecable ante mis ojos y que as deba permanecer. Su muerte volva intolerable esta conversacin. Y en el desorden que vino enseguida, mi madre cedi a la tentacin de mostrarse a su hijo tan inmunda como cuando gustaba hacerlo cada vez que se abandonaba. - Yo quisiera -me deca como se deja un mensaje cuando uno se envenena- que me amaras hasta la muerte. Por mi parte, desde este momento yo te amo hasta morir. Pero no quiero tu amor si t no sabes que soy repugnante y si no me amas sabindolo. Ese da, hundido, sal del comedor y sub entre sollozos a mi pieza. Por un momento, en la ventana abierta, bajo el cielo tempestuoso, escuch los chorros de vapor, los silbatos y el jadeo de las locomotoras. De pie me diriga a ese Dios que en mi corazn me desgarraba y que, ese corazn, al trizarse, no poda contener. En mi angustia cre que me invada, el vaco. Yo era demasiado pequeo, demasiado vulnerable. No tena la estatura del horror que me postraba. Escuch caer la tormenta. Me dej caer sobre la alfombra. Boca abajo, me vino la idea de abrir los brazos en cruz, en la actitud del suplicante. Ms tarde o que mi madre entraba en su dormitorio. Record que haba dejado abierta la puerta que comunicaba su cuarto y el mo. Escuch los pasos que se aproximaban y suavemente, se cerr la puerta. La puerta, al cerrarse, me entregaba la soledad y yo crea que nada poda rescatarme de ella y llorando silenciosamente, permanec en el suelo. El largo ruido de la tempestad rodaba, sin interrumpir la somnolencia que me venca. De pronto la puerta se abri y un rayo ms violento me despert, sobresaltado. Me aturdi el estruendo del chubasco. O que mi madre entraba descalza en mi pieza. Aunque titubeaba yo no tuve tiempo de levantarme. No me vio en mi cama ni en el dormitorio y grit: -Pedro! Choc contra m. Me levant y la tom entre mis brazos. Tenamos miedo y llorbamos. Nos cubrimos de besos. Su camisa se haba deslizado tanto de sus hombros que, entre mis brazos, cerraba su cuerpo semidesnudo. Una racha de lluvia, por una ventana, la haba empapado. En la ebriedad, con los cabellos deshechos, ya no saba lo que deca. La ayud a sentarse. Continuaba hablando locamente, pero con su camisa arreglada de nuevo tena aspecto decente. Me sonrea entre sus lgrimas, pero la doblaba el sufrimiento y, como si fuera a vomitar, se apretaba el cuello. -Eres tan amable -me deca-o No te merezco. Debera haber tenido a un sin vergenza que hubiera ultrajado. Habra sido preferible. Tu madre slo est a gusto en el fango. Nunca sabrs de qu horror soy capaz. Me gustara que lo supieras. Me gusta mi suciedad. Hoy creo que voy a vomitar; beb demasiado; me sentir aliviada. Delante de ti har lo peor y ser pura ante tus ojos. Mi madre tena entonces aquella "risa indecente" por la cual permanezco vulnerado. Yo estaba en pie, con los hombros y la cabeza gachos. Ella se levant y se dirigi hacia su dormitorio, pero todava lanz una risa que son falsa, regres y, aunque con paso incierto, me aferr los hombros y me dijo: -Perdn! Y en voz baja: - Debes perdonarme. Soy abominable y he bebido. Pero te amo, te respeto y ya no poda mentir. S, tu madre es repugnante. Para soportar esto necesitars toda tu fuerza.
Despus, penosamente, se oblig a decir en una especie de sobresalto: -Si yo te hubiera ahorrado esto, si te hubiera mentido, te habra tomado por un bobo. Soy una mujer mala, una libertina y me emborracho, pero t no eres un cobarde. Nada ms piensa en el valor que he necesitado para hablarte. Esta noche beb sin parar, a fin de ayudarme y, tal vez, a fin de ayudarte. Ahora, aydame. Llvame a mi cama. Aquella noche conduje a una mujer vieja y derrotada. A m mismo me vea embrutecido, vacilante, en un mundo que helaba hasta los huesos. Hubiera querido, si hubiera podido dejarme morir. Recuerdo el entierro de mi padre - La casa familiar, la iglesia y, luego, el cementerio de Segrais- como si fuera un tiempo vaco al que le falta sustancia. Toda a mentira de los curas, cuyo deber era, puesto que se trataba de un impo, no cantar... esto no importaba. Y los largos velos de luto de mi madre que, a pesar mo, debido a la inmundicia que ocultaban, me incitaban a rer, tampoco me importaba. Yo estaba descuartizado. Haba perdido la razn. Comprend que la maldicin - "la terror" - se haca carne en m. Haba credo que la muerte de mi padre me devolvera la vida, pero ese espejismo de vida me haca temblar dentro de mi traje de luto. No haba en m sino un desorden fulgurante, frente al cual todo lo dems me resultaba indiferente. En lo profundo de mi asco, me sent semejante a DIOS. Qu otra cosa tena yo que hacer, en este mundo muerto, sino olvidar la luz que me haba cegado cuando mi madre estaba entre mis brazos? Porque ya lo saba: jams podra olvidar. DIOS EN MI ES EL HORROR DE QUE FUE, ES Y SERA TAN HORRIBLE QUE A CUALQUIER PRECIO DEBERIA NEGAR Y GRITAR TODAS MIS FUERZAS QUE NIEGO QUE ESO FUE, ES O ERA. PERO YO MENTIRIA. Al regresar de Segrais mi angustia era En grande que me met a la cama y dije que estaba enfermo. Vino un mdico a examinare. Mi madre entr a mi pieza y el nada que sea grave" y el encogimiento de hombros del diagnstico, me liberaron. No obstante, me qued en la cama y tomaba los alimentos en mi cuarto. Luego pens que ganaba muy poco tiempo con mi obstinacin. Me vest y fui a tocar a la puerta de mi madre. -No estoy enfermo -le dije. -Lo saba -respondi. Mi mirada la desafiaba, pero me aterrorizaron la tempestad y el odio que vi en sus ojos. -Ahora me voy a levantar. Si me das permiso almorzar en el comedor. Me mir detenidamente. Su dignidad perfecta, su desembarazo, no correspondan al sentimiento terrible que me embargaba. Aunque haba en ella, junto al calor de tormenta que la enalteca, un intolerable desprecio por m. Indudablemente as compensaba la vergenza con que quiso herirse en Vannes. Ms tarde yo pude aquilatar, ms de una vez, cunto desprecio soberano tena: los que no la aceptaban tal y como era. Con una calma perfecta que apenas simulaba su impaciencia, me dijo: - Me alegro de verte. Antes que el mdico lo confirmara, saba que fingas enfermedad. Ya te lo he dicho: no te repondrs huyendo. Ante todo debes comenzar por no huir de m. Bien s que no has dejado de respetarme profundamente pero no voy a admitir que no s qu locura nos aparte. Tengo que pedirte que me respetes exactamente igual que antes. Debes permanecer el mismo hijo sumiso de aqulla de quien conoces la indignidad. - Tema -respond- que vieras falta de respeto en el malestar que siento frente a ti. No tengo fuerzas para soportar.
Soy tan desdichado. Ya no tengo cabeza. Mi llanto corra suavemente. Prosegu: - No digo nada si digo que soy desdichado. Tengo miedo. Mi madre respondi con aquella dureza hostil y tempestuosa que me haba golpeado cuando entr y que tena algo de angustiante. - Tienes razn. Pero no saldrs de ello sino retando aquello que te amedrenta. Vas a volver a tu trabajo y, de inmediato, vas a ayudarme. Despus de la desaparicin de tu padre, debo acomodar el desorden que dej en la casa. Te pido, si te parece, que te repongas y que acomodes en su despacho el caos de libros y de papeles. Yo no tengo valor para hacerlo y no soporto esta situacin. Adems, tengo que salir. Me pidi que la besara. Estaba muy ruborizada. Tena, como suele decirse, la cara encendida. Delante de m acomod cuidadosamente su sombrero con velo de luto. En ese momento advert que estaba muy descotada y maquillada y que el duelo subrayaba obscenamente, su belleza. -Adivino tu pensamiento -agreg-. He decidido no ahorrarte nada. No cambiare mis deseos. Me respetars tal y como soy: no te ocultar nada de m. Estoy feliz, al fin, de no ocultarme delante de ti. -Mam -grit fogosamente-, nada de lo que puedas hacer cambiar el respeto que te tengo. Lo digo temblando pero, t lo comprendes, lo digo con todas mis fuerzas. No pude saber si la prisa con que me abandon se deba al deseo de las diversiones que iba a buscar o al hecho de que deploraba la ternura que entonces le demostr. Yo an no meda los daos que la costumbre del placer haba hecho en su corazn; pero, desde entonces, gir en un crculo cerrado. No poda indignarme, puesto que jams dej de adorar y venerar a mi madre como a una santa. Si admita que no tena razn de ser esta veneracin, jams pude abstenerme de sentirla. As, viv en un tormento que nada pudo calmar y del cual slo me rescataron la muerte y la desgracia definitivas. En cuanto ceda al horror del libertinaje, en el que supe que mi madre se deleitaba, enseguida el respeto que yo tena me transformaba -a m, no a ella- en un objeto de horror. Y apenas recordaba mi veneracin me deca a m mismo, sin titubeos, que me daba asco el libertinaje de mi madre. Pero no imaginaba, cuando sali y me pregunt a dnde corra, la trampa infernal que me haba tendido. Hasta mucho tiempo despus lo comprend. Por ese entonces, desde el fondo de la corrupcin del terror, no dejaba de amarla y. as, entr en un delirio en el que cre que me da en DIOS. Estaba en el gabinete de trabajo de padre: ah reinaba un odioso desorden. Me ahogaba el recuerdo de la insignificancia idiotez y pretensin de mi padre. No tena a la sazn la conciencia de 10 que indudablemente fue: un bufn lleno de encanto sorprendentes y de manas enfermizas, pero siempre delicioso y dispuesto a dar todo lo que tena. Nac de los amores que tuvo con mi madre, nia de catorce aos, antes de matrimonio. La familia tuvo que casar a los dos jvenes monstruos y el monstruo ms pequeo creci en el caos que reinaba en su casa. La riqueza que tenan les hizo conseguir muchas cosas, pero en la biblioteca paterna nada haba disminuido el desbarajuste que la muerte complet y entreg al polvo. Nunca haba visto el gabinete en ese estado. Se mezclaban montones de papeles con anuncios o cuentas, frascos de medicinas, sombreros grises, guantes, innmeros botones, botellas de alcohol y peines sucios con los libros ms diferentes y aburridos. Abr las persianas, y las polillas, al sol, salieron del fieltro de los bombines. Me decid a explicar a mi madre que solamente una escoba podra arreglar aquello que tuvo como fin el desorden. Pero no poda decirlo antes de mirar todo de cerca. Deba preservar los objetos de algn valor, si los haba. As encontr unos cuantos libros muy hermosos. Los retir, y las hileras se vinieron abajo. Aument el polvo y el frrago y me sent abatido como nunca. Y entonces descubr algo singular. Detrs de los libros, en los armarios encristalados que mi padre mantena bajo llave (mi madre me haba dado las llaves), encontr montones de fotos. Casi todas estaban polvorientas y, rpidamente, vi que se trataba de obscenidades increbles. Me ruboric, rechin los dientes y tuve que sentarme. Apretaba en mis manos algunas de esas repugnantes imgenes. Quise huir, pero antes deba tirarlas, hacerlas desaparecer antes del regreso de mi madre. Apresuradamente deba amontonarlas y quemarlas. Enfebrecido, las reun en pilas. En las mesas donde las apil, las pilas
ms altas cayeron y contempl el desastre. Las imgenes cubran la alfombra, desparramadas en docenas, innobles y, no obstante, turbadoras. Podra yo luchar contra esta marea creciente? Desde el primer momento haba sentido ese vuelco ntimo, quemante e involuntario, igual que el que sent cuando mi madre, semidesnuda, se ech en mis brazos. Las miraba temploroso, y yo prolongaba los estremecimientos. Perda la razn e hice saltar las pilas con gestos de impotencia. Sin embargo, deba recogerlas... Mi padre y mi madre y ese pantano de obscenidades..., de desesperanza. Decid ir hasta el lmite del horror. Atrap al horror como si yo fuera un simio. Me encerr en el polvo y me quit los calzones. La alegra y el terror anudaron en m un lazo que me estrangul. Yo me estrangulaba y boqueaba de voluptuosidad. Mientras ms me aterrorizaban las imgenes, ms me alegraba de verlas. De seguir las alarmas, los ahogos y las fiebres de esos ltimos das, en qu hubiera podido mi propia ignominia rebelarse? Llamaba y bendeca a mi ignominia, que era mi destino inevitable. Mi alegra resultaba grande porque yo slo haba opuesto a vida el perjuicio del sufrimiento y porque al gozar, no dejaba de envilecerme y adentrarme en mi decadencia. Me senta perdido y me ensuciaba delante de las porqueras en que se haban revolcado mi padre y -tal vez- mi madre. Algo excelente para el canalla que yo iba a ser, hijo de la fornicacin del puerco y de la marrana. La madre, me dije, est obligada a hacer lo que sobresalta terriblemente a sus hijos. En el suelo se exhiban frente a m, multiplicadas, las impudicias. Hombres maduros de buenos bigotes, vestidos con ligas y medias femeninas rayadas! se arrojaban encima de otros hombres o sobre muchachas, algunas de las cuales, obesas, me horrorizaron. Pero otras -la mayor parte- me encantaban: sus posturas repugnantes avivaban el hechizo. Y en ese estado de espasmo y de infelicidad, una de ellas, la de la foto que, tena en mi mano (estaba tendido en la alfombra recargado en un codo, sufra y el polvo me haba manchado), me pareci tan bella (derribada bajo un hombre, con la cabeza hacia atrs y los ojos extraviados) que estas palabras: "la belleza de la muerte", pasaron por mi alma y, al dominarme, provocaron el estremecimiento pegajoso. Y cerr los dientes y decid matarme (cre que decida!) Inerte, semidesnudo, obsceno, en medio las imgenes de la obscenidad, permanec mucho tiempo sobre la alfombra. Dormitaba. Al anochecer mi madre llam a la puerta. Me puse como loco. Le grit que esperara un momento. Arreglndome la ropa junt las fotos lo mejor y ms aprisa que pude. Las disimul y, despus, le abr a mi madre. Ella encendi las luces. -Me qued dormido -le dije. Yo era la miseria misma. No puedo recordar una pesadilla ms penosa y slo esperaba no sobrevivir a ella. Mi propia madre, visiblemente, titube. Todava hoy, el nico recuerdo que asocio con esta situacin, es el castaeteo de dientes en medio de mucha fiebre. Mucho tiempo ms tarde mi madre reconoci que tuvo miedo. Que sinti que haba ido demasiado lejos. Aunque no por esto estaba en desacuerdo consigo misma y, al imaginar un suicidio, se equivocaba. Pero, en esos momentos, cmo no iba a decir que tuvo miedo del deseo monstruoso que la condujo a la idea del arreglo de la biblioteca? Porque ella misma intent arreglarla y, en medio del horror que entonces la asfixi, sdicamente decidi encargarme de la tarea, y luego, corri a sus placeres. Me amaba. Hubiera querido mantenerme apartado de la desdicha y de las terribles voluptuosidades que ella encontraba en tal desdicha, pero acaso yo haba resistido a la sugestin del horror? Ahora yo conoca esas voluptuosidades y ella, pese a s misma, no tena tregua. Si la hubiera tenido, de algn modo me habra hecho compartirla, puesto que nuestra comn repugnancia la exaltaba hasta el delirio. En el abrazo de la angustia, mi madre estaba de inmediato frente a m, semejante a m mismo. Supo extraer de esta angustia suficiente calma delirante como para decirme, al cabo de una larga pausa, con una voz clida que tena un encanto apaciguador: - Ven a mi cuarto. No quiero dejarte solo. Obedceme. Si no tienes compasin de ti, ten compasin de tu madre. Y, si t quieres, yo tendr fuerza por los dos.
Despus de mi extrema miseria, su voz me regresaba a la vida. La amaba mucho ms puesto que ahora, ahora que saba, estaba preparado para pensar que no haba nada que no se hubiera perdido y dado que, de pronto, senta una serenidad invencible. Una serenidad que triunfaba de lo peor y que, intacta, resurga de la infamia. Me precedi a su pieza y me dej caer en la silla donde me pidi que me sentara. Cuando dejamos la biblioteca vi unas fotos tiradas en el suelo que, en mi prisa, se me haban escapado. Me senta aliviado de haberlas visto y de saber que la duda era imposible. Me senta aliviado de responder a la vergenza que yo crea que mi madre poda sentir delante de m. Pensaba que ella conoca la abyeccin a travs de una vergenza total. En la aceptacin de mi miseria, descend al terreno en que mi vida -en caso de sobrevivirdeba, de ah en adelante, arrastrarse. En esos momentos mi madre poda leer mi ignominia en mis ojos abatidos aunque estaba descorazonado, porque mi madre supiera que, yo haba perdido el derecho -un derecho que jams habra utilizado- de avergonzarme de ella. Ya no vera en m una virtud que volviera detestables sus flaquezas y que abriera un abismo entre ambos. Tan slo deba habituarme, hacerme lentamente a la idea de ya no ser sino un ser sin sustancia. As accedera al nico bien que a partir de entonces pudiera responder a mis ruegos. No me importaba sentirme espantosamente desdichado, siempre y cuando un sentimiento de complicidad, a pesar de que nunca hablramos de ello, me uniera a mi madre. Me entretuve en reflexiones de esta naturaleza, en las que no poda descubrir reposo, pero en las que me obstinaba en buscarlo, como si no hubiera perdido, en la pendiente donde comenzaba a deslizarme, la mnima oportunidad de encontrar un alto. En la expresin del rostro de mi madre siempre hubo un extrao elemento incomprensible. Una especie de roa tempestuosa que se acercaba a la alegra, pero que a veces se volva, provocante, confesin de ignominia. En esos momentos tena frente a m un aire ausente y, no obstante, yo conoca su rabia, su alegra demente, o su provocacin vergonzosa. As como en el teatro sabemos que los actores, entre bastidores, estn listos para salir a escena en cualquier momento. Tal vez, adems, en la espera de lo imposible que frecuentemente mi madre provocaba en m, en cierto sentido, haba una ilusin. Porque su voz -tan pronto como se apartaba de una distincin y firmeza seductoras- la encubra, y la cambiaba en sosiego. Ella, su voz, me despert entonces de ese sueo doloroso en el que crea que la vida se olvidaba. - No te debo ninguna explicacin -me dijo-. Pero, en Vannes, beb contra cualquier razonamiento. Te pido que lo olvides. "Comprndeme -reanud-. Recordars lo que te dije, pero yo no hubiera tenido fuerzas para decrtelo si tu puerilidad y la bebida -y tal vez el dolor- no me hubieran trastornado". Pens que esperaba que yo respondiera y baj la cabeza. Ella continu: - Me gustara hablarte ahora. No estoy segura de poder ayudarte, pero ms vale que te haga descender ms baj y no te abandone a la soledad en la que temo que te encierres. Yo s que t eres terriblemente desdichado. T tambin eres dbil. Tu padre era tan dbil como t. Desde el otro da conoces hasta dnde llega mi flaqueza. Ahora tal vez sepas que el deseo nos vue1ve inconsistentes. Pero todava no sabes lo que yo s... No s cmo encontr la audacia o la simpleza para decir: -Quisiera saber lo que t sabes... -No, Pedro -me dijo-, yo no debo ensearte. Pero si t supieras me perdonaras. Inclusive perdonaras a tu padre. Y sobre todo. . . - T te perdonaras a ti mismo. Permanec mudo durante un largo momento. -Ahora, debes vivir -dijo mi madre. En ese momento vi que ella fijaba la mirada en el suelo y que estaba cerrado su bello rostro. Luego sonri vagamente con simple sonrisa.
- No eres una persona alegre -dijo. - Yo tampoco. Era hora de ir a la mesa. Exigi que hablara de mis estudios. Como si nada huera ocurrido. Cuando mi madre volvi a salir, yo estaba en mi cama. En la ignominia en que recurrentemente, a pesar de nosotros, la imaginacin se complace, pens que se haba ido a la bsqueda del placer. Pero, antes de salir de casa, se haba puesto a bordar en mi pieza como cuando era un niito. Ni por un momento pens ese da que ella haba deseado someterme a la incitacin de las fotos! Yo haba vivido en la admiracin, fascinado por la dulzura afectuosa que mi madre alternaba con los desrdenes que, pensaba hacan de ella una vctima y por los cuales adverta que era desdichada. Con una desdicha como aquella que, por la tarde, a pesar mo, me haba invadido. Descansaba en la cama cuyas sbanas ella haba bordado, de la misma manera que despus del accidente descansa la vctima. Un herido grave, que sufre y ha perdido mucha sangre, despus de las curaciones se despierta y, en la paz de la clnica, debe tener sentimientos semejantes a los mos. EN LA SOLEDAD EN LA QUE YO ENTRABA, LAS MEDIDAS DE ESTE MUNDO -SI SUBSISTEN-, ESTAN PARA SOSTENER EN NOSOTROS UN SENTIMIENTO DE DESMESURA VERTIGINOSO. DIOS ES ESTA SOLEDAD Recomenz la vida. El tiempo, en su lentitud, cicatrizaba el desgarramiento. Mi madre, frente a m, pareca serena. Me gustaba y admirarla el dominio que ejerca y que me tranquilizaba profundamente. Jams la haba amado tanto. Jams haba tenido por ella mayor devocin. Una devocin tan insensata que, al unirnos en la misma maldicin, nos apartaba del resto del mundo. Se form entre ella y yo un nuevo eslabn: el de la decadencia y la cobarda. Lejos de quejarme porque yo tambin haba sucumbido, advert que mi culpa me abra las puertas a todo lo que imaginaba que era el infortunio de mi madre. A aquello que deba aterrarla, como a m me aterraba, pero que, como lo comprend ms tarde, nos permitira el acceso -si nos torturbamos, bajo la condicin de torturarnos- a la nica felicidad que no resulta vana -debido a que tal felicidad nos encanta en medio del abrazo de la desdicha. Pero yo no poda admitir de inmediato este matrimonio secreto del infierno y del cielo. Pese a todo, yo sufra al sentir que mi madre se complaca en la miseria a la que -yo lo saba- estaba condenada. Cada noche, y a menudo por la tarde, sala. Cuando cenaba en casa, casi siempre observaba que haba bebido. Callaba. Esperaba para llorar a que ella sintiera o dejara sentir nuseas. Recordaba el tiempo en yo deploraba las borracheras de mi padre, cuando el silencio y la gravedad de madre me permitan creer que ella comparta mi desagrado. Pero despus comprend que mi madre beba igual que mi padre, tal vez, con l. (Aunque ella haba mantenido una dignidad, ligeramente perdida en Vannes, que mi padre nunca tuvo). Y lo ms estpido de todo es que, a pesar de las evidencias, en ese tiempo yo no dejaba de acusar a mi padre, slo a mi padre. A mi padre cuya impudicia exhibi horrible desorden. A mi padre que, estaba seguro, haba acostumbrado a mi madre a la bebida y que, a lo largo de los aos, la haba corrompido. A mi padre cuyas porqueras, despus de su muerte, me pervirtieron. Con todas mis fuerzas evitaba reconocer la verdad que, despus, antes de morir, mi madre me oblig a ver. A los catorce aos haba perseguido a mi padre y, cuando la gravidez - de la que soy fruto- oblig a la familia a casarlos, fue ella quien, de peldao en peldao de libertinaje -con la misma obstinacin sagaz que mostr conmigo-, le corrompi hasta los huesos. Si al final ella tena una rectitud insolente, no dejaba de ser, sin embargo, una persona solapada. Su dulzura extrema -aunque haya tenido, a veces, la angustiosa pesadez del tiempo que precede a la tormenta- me dej ciego. Viva sintiendo que una lepra, dentro de nosotros, nos corra. De ese mal jams nos curaramos. De ese mal ella y yo, moriramos. Mi pueril imaginacin recobraba la evidencia de una desdicha que mi madre padeca conmigo. No obstante, este naufragio no ocurra - mi complicidad. Me instalaba en la certidumbre de este inevitable mal. Y as, un aprovech la ausencia de mi madre - a reincidir. En la angustia de la tentacin entr a la biblioteca y, enseguida, tom dos fotos y luego otras dos y, lentamente, me arrastr el vrtigo. Gozaba con la inocencia de la desdicha y de la impotencia. Poda atribuirme una culpa que me seduca y me inundaba de placer, puesto que todas estas cosas, precisamente, me desesperaban? Dudaba, permaneca en la angustia y, en la angustia, me abandonaba sin descanso al deseo de ser para m mismo el objeto de mi espanto: diente podrido en un bello rostro. No dejaba de pensar en la confesin que yo debera hacer de mis cobardas, pero no slo estaba horrorizado de confesar una inconfesable aberracin sino que, cada vez ms, la
idea de la confesin significaba traicionar a mi madre, romper el eslabn ineluctable que nuestra comn ignominia haba forjado. Mi verdadera cobarda -pensaba- hubiera sido decir a mi confesor, quien conoca a mi madre -y tan slo haba admitido como yo la negrura de mi padre-, que ahora me gustaba el pecado de mi madre y que me senta orgulloso de ste, como un salvaje. Pensaba previamente en la trivialidad de su lenguaje. Sus triviales exhortaciones responderan a la grandeza de mi angustia? Responderan a la situacin irremediable que me haba colocado la clera de Dios? Para m el lenguaje tierno -y siempre trgico- de mi madre, era el nico a medida de un drama -de un misterio no era ni menos pesado ni menos ciego que Dios mismo. Crea que la impureza monstruosa de mi madre, as como la ma igualmente repugnante, gritaban al cielo y eran semejantes a Dios. Semejantes puesto que slo las perfectas tinieblas son semejantes a Dios, y recordaba la frase lapidaria de La Rochefoucauld: "ni el sol ni la muerte pueden verse fijamente"... A mis ojos la muerte no era menos divina que el sol, y mi madre, en sus crmenes, estaba ms prxima a Dios que nada de lo que yo haba visto por la ventana de la Iglesia. Un pensamiento que, durante esos das interminables de mi soledad y de mi pecado, me irgui -como se yergue un grito sobre un vidrio... - en el sentimiento de que el crimen de mi madre la elevaba a Dios igual que el terror y la idea vertiginosa de Dios se identifican. Ansiando encontrar a Dios quera hundirme y cubrirme de lodo, para ya no ser indigno de mi madre. En m, las ignominiosas escenas de las fotos se cargaban del brillo y de la grandeza sin los cuales la vida carece de vrtigo y no mira ni el sol ni la muerte. Me importaban poco los sentimientos de degradacin simiesca que me hacan ver, en mis ojos ensombrecidos, la imagen de mi decadencia. Mi decadencia me aproximaba a la desnudez de mi madre, al infierno donde haba decidido vivir o, mejor, donde haba decidido no respirar, no vivir. A veces volva a tomar las fotos que guardaba mi padre y me desnudaba y gritaba: de terror, as de bajo nos has arrastrado a mi madre y a m... Haba llegado a saber que estaba orgulloso de todo esto, al decirme que el peor pecado era el orgullo, me enderezaba. Porque saba que la honestidad que para m representaba mi confesor, en m habra sido la negacin del Dios de sol obnubilante, del Dios de muerte que yo buscaba y al que me conocan los desdichados caminos de mi madre. Entonces me acord de la facha de borracho de mi padre. Por fin dud del derecho -expropiado- de maldecir a mi padre. Si por l perteneca a la ebriedad y a la demencia -a todo lo que este mundo encierra de malvado-, de las que Dios no se aparta nunca sino por lo peor, mi padre, payaso-muerto que a veces los agentes arrestaban, sbitamente me enterneci. Llor. Me acord de la noche en la estacin de Vannes, de la alternancia de los momentos de calma desesperada de mi madre y, repentinamente, de la sonrisa escurridiza de sus rasgos, como si estos se hubieran corrido. Tembl. Me sent desdichado. Pero gozaba al abrirme a todo el desorden del mundo. Habra podido dejar de sucumbir al mal cuando mi madre se asfixiaba en l? Durante varios das no estuvo en casa. Yo pasaba el tiempo destruyndome o llorando. La esperaba. LA RISA ES MS DIVINA E INCLUSIVE MAS INAPREHENSIBLE QUE LAS LGRIMAS. Cuando regres mi madre vio mis ojeras. Sonri: -Vamos a cambiar eso -me dijo-. Esta noche estoy harta. Ya me voy a dormir. - Te pareces un poco a m, mam. Mrate en el espejo. Tus ojeras... - Por Dios que tienes razn -dijo-. Me gusta ms tu malicia que tu aspecto enfermizo. Despus de esto rio francamente y me bes. Volv a verla durante el desayuno del da siguiente. Grit: - No quiero ver un rostro enfermizo. Sabes cmo te llama Rea?
-Rea? - Es verdad. Todava no la conoces. Te tropezaste con ella en la escalera. Es una muchacha muy bonita, aunque las muchachas bonitas, aparentemente, te dan miedo. Rea te ha visto bastante y ha reconocido al buen mozo de quien a veces le he hablado. Ahora me pregunta por ti: Cmo est nuestro caballero de la Triste Figura?" Yo supongo que ya es hora de que vivas menos solo. Un muchacho de tu edad siempre encuentra mujeres. Esta noche saldremos con Rea. No ir de luto y t te pondrs tu traje ms elegante. Olvidaba: Rea es muy amiga ma. Es adorable. Bailarina profesional y la muchacha ms loca mundo. Regresar con ella a las cinco la maana. Ustedes se conocern, si quieres. Antes de irnos a cenar fuera, tornaremos aqu alguna copa. - S, mam - balbuc. Estaba enojado. Me deca que esa risa era una mscara sobre su rostro. Entonces mi madre se levant. Nos fuimos a la mesa. - No ignoras que tu respuesta intimida. Decididamente necesitar tener vicio para dos. Estallaba de risa. Pero la triste verdad -que me placa- no dejaba de aparecer bajo la mscara. -Mam! -grit. - Tu mam -me dijo- tendr que maltratarte. Tendiendo las manos me pellizc las mejillas. - Hazte notar. - No todo en la vida es amar a la madre, ser inteligente y guapo y ser tan serio que... me atemorice. A dnde te llevar esa seriedad que ignora la alegra de los dems? Pens en el crimen, en la muerte... Ocultaba mi rostro. - T tambin eres seria. - Estupendo imbcil! Mi seriedad no es sino apariencia. No sers sino un necio si te falta frivolidad. El sistema que haba construido y en el que me refugiaba, se caa. A veces mi madre estaba de buen humor, pero no tena la jovialidad y la alegra sin trampas que crucificaban. Desayun sin abandonar su buen humor. Se burl de mi gravedad y. a pesar mo, me hizo rer. - Mira -dijo-, no he bebido pero estoy endemoniada. Estoy orgullosa de tu profundidad. Tu profundidad me ha puesto como estoy! Dime, sin bromas: tienes miedo? -No... No. -Qu lstima. Nuevamente estall de risa, y se march. Me qued en el comedor y me sent en un rincn. Tena la cabeza gacha. De antemano saba que iba a obedecer. Yo sabra demostrar a mi madre que haca mal en burlarse. Ya no dudaba que, a mi vez, yo dara pruebas de
frivolidad. .. En ese momento me vino la idea de que, si yo daba pruebas de afectada frivolidad, mi madre tambin podra fingir un sentimiento que no tena. De esta manera preservara el edificio donde quera encerrarme, Precisamente de este modo, yo respondera al envite de mi destino. De un destino que me exiga zozobrar totalmente, cada vez ms bajo. Ir a donde mi madre me conduca, beber con ella mi vaso, beberlo, tan pronto como ella quisiera, hasta las heces. Su jovialidad me deslumbr, pero, dado que sta me aliviaba, no deba advertir que era el anuncio de todo aquello que responda perfectamente a mi deseo de ir hacia el mayor peligro, hacia lo que me diera el mayor vrtigo? Ignoraba que, al fin, mi madre me conduca a donde ella se encaminaba y que, sin duda, era lo ms infame? Y. si entonces mi madre me sedujo, no fue acaso debido a que su aparente dignidad volvi infernales sus perversiones? Y. as como mi madre oscilaba de vergenza al prestigio, de la galantera a la gravedad -en un cambio perpetuo- mis pensamientos se desordenaron en una perspectiva mvil. Una perspectiva que la ligereza predecible de Rea volvi conturbadora. Mi madre, pensaba, quiere presentarme a su amiga. Pero, estoy loco si deduzco que le ha pedido que me corrompa? Enseguida imaginaba que una bailarina que era su amiga tena que participar en el desenfreno. Y. as, en la fiebre, yo esperaba. De antemano. Rea me atraa. Qu digo! Rea, la mujer que poda hacerme entrar en el mundo que me aterrorizaba y que, en mi temor, era el objeto de todos mis pensamientos, me fascinaba. Aunque mis pensamientos no eran de felicidad, la amenaza que traan consigo era la amenaza de una alegra excesiva que iba a nacer de mi terror. Por ello, la imagen insensata de Rea que me haba forjado, me trastornaba totalmente. Deliraba. Vea que Rea se desnudaba ante mi primera palabra. Mi madre hua obligada por la desvergenza de Rea y me abandonaba a un pulpo que se pareca a las muchachas de las fotos. Las muchachas de cuya obscenidad se haba alimentado mi padre y que atiborraba mi imaginacin. Puerilmente me entregu a estas ensoaciones. No crea en ellas, pero ya estaba tan corrompido que inventaba escenas muy precisas con el propsito de conturbarme y, sensualmente, chapotear ms y ms en la vergenza. Hoy en da me resulta difcil imaginar esos momentos febriles en que mi rebelda se ligaba a la avidez de un terrible placer, en el que me estrangulaba y en el que goc ms, puesto que me estrangulaba. No slo los ardides que yo aduca, que yo deslizaba, sino tambin -apenas se presentaba una dificultad- la habilidad y la maestra de que yo haca gala, me permitieron creer que se trataba de un juego. Me sent paralizado, clavado en mi sitio, pero de admiracin y no de otra cosa, cuando entr a la sala y permanec mudo un instante al ver, sobre un fondo de tintes lujosos y de velos, a mi madre y a sus amigas vestidas de rojo y sonrientes. Luego, tambin sonriente, me acerqu. Pude leer la aprobacin en la mirada de mi madre. Porque me haba vestido y peinado con mayor cuidado que de costumbre. Y al acercarme no temblaba. Bes, inclusive un poco largamente, la mano de la bonita Rea, cuyo perfume, escote y guio de ojos me conmovieron -de manera tan ntima como el cumplimiento de las ensoaciones que me haban atormentado en mi dormitorio. - No me reproche, seora -dije a Rea-, si estoy, cmo decirlo? intimidado. Pero si la cabeza no me diera vueltas, me sentira ms tmido. -Qu gracioso es! -dijo. Lnguida, Rea-. Tan joven y ya sabe hablar a las mujeres, mentirles... Decididamente yo haba nacido para el mundo que Rea me abri. Pero, como mi madre estall en carcajadas, tuve que verla y escucharla, y me molest su presencia -en la que ya no pensaba- y su risa indecente. De pronto, sent un malestar terrible. -Le estoy enojando -dijo Rea-, si no miente usted. Pedro, me permite querida, que le llame as por su nombre? me sentir feliz. Me desconcert la equivocacin de Rea - Pedro -reanud mi madre-, sintate junto a mi amiga que, si comprendo algo, ya tambin lo es tuya. Indic un lugar en el sof. Mi madre y Rea eran como yo imaginaba a dos juerguistas junto a un compaero. Rea me hizo un lugar a su lado.
Luego se me acerc. Ya suba el oleaje de la ebriedad del champaa. Me crispaba el escote de mi vecina. Me puse lvido. -Pedro -deca Rea-. No le gusta divertirse? A su mam tambin le gusta divertirse. . . -Seora... -Ante todo, llmeme Rea. Prometido? Me tom la mano y. despus de acariciarla, la coloc sobre su pierna. Era demasiado! Sin la profundidad del sof, hubiera huido. Pero, en caso de hacerlo, ciertamente hubiera pensado que era dbil y no deba escapar de ella... Rea abandon el escaso cario que tena en la voz. - Es cierto -dijo-: ando de juerga. Pero, mire usted, nunca he lamentado andar como ando, aunque pertenezca a una familia acomodada... Mire. Pedro, las mujeres que andan de juerga no deben amedrentarle. Por ello, su mam es mejor que nosotros... - Mejor? -interrumpi mi madre que, sin la mscara de la risa, haba vuelto a ser, bruscamente, quien era. Conocen a alguien que sea peor? Yo quiero que Pedro sepa. -Querida, usted le hace sufrir, Por qu? Rea: quiero quitarle lo necio. Pedro, ms champaa! Tom la botella y llen los vasos, alarmado por la situacin en que mi madre se colocaba. Era grande y frgil y, sbitamente, me hizo sentir que ya no poda ms. Sus ojos brillaban de odio y se borraban sus rasgos. -Quiero que lo sepas de una vez por todas. Atrajo a Rea y, sin pausas, la bes convulsivamente. Se volvi hacia m. -Soy feliz! -me grit-. Quiero que lo sepas: soy la peor de las madres. . . Su rostro haca muecas. -Helena -gimi Rea-, eres odiosa... Me levant. - Pedro, escchame -dijo mi madre (nuevamente estaba calmada; su lenguaje era loco pero grave, y sus frases se sucedan de modo tranquilo) -. No te he pedido que hoy vengas para esto y ya no te soporto. Quiero leer el desprecio en tus ojos. El desprecio y el miedo. Al fin estoy feliz de haberte visto: t ya no podas ms. Mira cmo olvido a tu padre. De m aprende que nada como la felicidad inclina a ser malvado. Estaba bebido, pero comprend que mi madre, que ya estaba borracha cuando entr, no tena fuerzas para sostenerse. -Mam -le dije-, deja que me vaya. -Nunca hubiera pensado -dijo mi madre sin verme- que no contara con mi hijo el da en que sorprendiera la mala conducta de su madre. Con una facilidad que de pronto tranquiliz y me volvi a m mismo, agrego. -Qudate aqu. Te quiero con todo corazn ahora que te he dado el derecho de mirarme de arriba abajo. Su sonrisa era la sonrisa desdichada, como involuntaria, que haba llegado a conocer. Una sonrisa que haca desaparecer su labio inferior.
-Helena! -grit Rea, evidentemente decepcionada. Rea se levant. -Querida, no quieres comer con l? Quieres acostarte con l enseguida? -Helena! -le dijo Rea-. Ahora mismo me voy. Hasta la vista, Pedro. Ojal sea pronto. Con" amabilidad, Rea me bes en la boca. Simul que se iba. Yo estaba alucinado. Completamente ebrio. Mi madre tambin se levant. Vi que miraba a Rea como si quisiera lanzarse contra ella y golpearla. -Ven! -dijo. Tom a Rea de la mano y la arrastr a la pieza vecina. No poda verlas, pero, como los salones se comunicaban, si entonces no me hubiera dormido el champaa, habra escuchado su aliento. Cuando despert, mi madre me estaba mirando con el vaso en la mano. Rea tambin me miraba. - Tenemos los ojos brillantes -dijo mi madre. Rea se rea y vi que sus ojos brillaban. - Ahora, vmonos. El cochero nos espera -dijo mi madre. - Pero antes -dijo Rea- quitmosle el ceo a la triste figura. - Vaciemos la botella -dijo mi madre- Toma tu vaso y da de beber. - Tomen sus vasos -dijo Rea-. Bebamos. Una ola de buen humor nos transportaba y, de pronto, bes a Rea con toda la boca. Nos lanzamos a la escalera. Decid beber y vivir de este modo. Toda la vida. En el cup bamos unos encima de otros. El brazo de mi madre apretaba la cintura de Rea, mientras Rea le mordisqueaba los hombros. Rea haba puesto mi mano para que la apoyara en la desnudez de su pierna, lo ms alto posible. Yo miraba a mi madre y ella pareca resplandecer. -Pedro -dijo-, olvdame, Perdname. Soy feliz. Yo an tena miedo, aunque pensaba que, en esa ocasin, sabra ocultarlo. En el restaurante mi madre levant su vaso y habl: - Ya ves, Pedro mo, que estoy borracha. As estoy todos los das. Dcelo, Rea. -S, Pedro! -me dijo Rea-, as est todos los das. Nos gusta la vida alegre, pero a tu madre no le gustan los hombres. - No demasiado. A m me gustan por las dos. Tu madre es adorable. Rea, iluminada, miraba a mi madre. Ambas mostraban gravedad. Mi madre, tiernamente, me hablaba: -Soy muy feliz porque ya no te parezco desgraciada. Tengo caprichos inconfesables y me siento muy feliz al confirtelos.
Sus ojos ya no se perdan en la indecisin. - Yo s lo que t quieres -dijo con malicia, aunque su sonrisa, recin nacida, muri sobre sus labios espesos. Labios que tenan el movimiento de la falta de respiracin-. Yo s lo que t quieres repiti. Mam -dije. trastornado-, yo quiero saber lo que t quieres. Quiero conocerlo y amarlo. Rea nos miraba. Observaba a mi madre. Pero mi madre y yo estbamos, en medio de las mesas ruidosas, en la soledad del desierto. - Lo que yo quiero? -me dijo mi madre- es as tenga que morir, lo que yo quiero es abandonarme a todos mis deseos. - Los ms insensatos, mam? -S, hijo: los ms insensatos. Sonri o, ms bien, la sonrisa le torci los labios. Como si al rer quisiera comerme. -Pedro! -dijo Rea-, yo he bebido demasiado y tu madre est tan loca que, de mirarla, tengo miedo a la muerte. No debera decrtelo: tengo miedo. Deberas pensar en esto. He bebido demasiado, pero, podemos vivir? T sabes. Pedro, yo estoy enamorada de tu madre. Pero t la destruyes. T le impides rer y tu madre slo puede vivir cuando re. -Pero, Rea -dije-, mi madre me mira riendo. Mam. Qu puedo hacer yo? Yo quisiera. .. Hemos bebido demasiado. Mi madre se recuper enseguida: - Rea y t han bebido demasiado. Pedro, recuerda que en el tiempo en que estabas dormido, yo pona mi mano sobre tu frente. Temblaba de calentura. Mi infelicidad radica en que ya no encuentro en mis excesos la dicha de temblar que t me has dado. Pedro, Rea no me ha comprendido. Y t, quiz, ests sordo. Pero t me has visto rer. Al rer pensaba en el momento en que cre que te moras. Pedro? Ay! Poco me importa! S llorar! No me preguntes nada! Advert que estaba a punto de sollozar, pero que se contena con un esfuerzo inhumano. - Rea -dijo-, t tenas razn. Ahora. Por favor, hganme rer! Rea se inclin hacia m. Me hizo una proposicin tan obscena que, en el embrollo de las reacciones que nos enfermaban a los tres, no pude impedir el estallido de mi risa. -Reptela -me dijo mi madre. -Inclnate -le dijo Rea-. Vaya repetirla. Mi madre se inclin hacia Rea. La misma risa pueril no cosquille tanto- porque la proposicin obscena de Rea era de una incongruencia tan insensata- que se agitaron y torcieron nuestros vientres. Los comensales empezaban a vernos, hilarantes y, puesto que nada comprendan, miraban estpidamente. Algunos titubearon. Nosotros, a pesar de terribles esfuerzos, nos desatamos. Estbamos locos, nuestras risas redoblaban el titubeo que advertamos y el restaurante entero rio, loco de no saber por qu. Rio al extremo que le doli y lo puso furioso. Y esa risa indebida, a la larga se detena; pero una joven que no poda ms, estallaba cuando iba a concluir, y la risa volva a hacerse en la sala. Finalmente, los comensales, furtivos, emergieron del hechizo y, con la vista en el plato, ya no se atrevan a mirarse. Yo, el desdichado, fui el ltimo en acabar de rer. Rea me dijo en voz baja:
-Piensa en m, piensa que ests al pie del muro! -S, -dijo mi madre-, al pie del muro! -All te pondr -dijo Rea, con el rostro serio. Rea repiti su propuesta en trminos que ya no me hicieron rer, pero que exasperaron mi deseo. -Soy tu perra -agreg-. Estoy sucia, estoy caliente. Si no estuviramos en el restaurante, si me abrazaras, estara encuerada. Mi madre, mientras nos daba de beber, por su parte dijo: -Rea: te lo regalo, Hijo: te regalo a Rea. Beb. Los tres estbamos congestionados. -Voy a hacer algo malo -dijo Rea-. Pon la mano bajo la mesa. As. Mir a Rea y, su mano sola, la que estaba sobre la mesa, ocultaba lo que haca. Vaci mi vaso lleno. Rea me dijo: - Pedro, si estuviramos en un bosque, me echaras. - Ya no puedo ms le dije a Rea. -Estoy loca -dijo Rea. - Todava quiero beber. Ya no puedo ms. Llvenme. Me puse a llorar lentamente, con un aire extraviado. Mi madre dijo: - Estamos locos. Rea: perdimos la cabeza. Los tres estamos borrachos. Era demasiado bonito. Por piedad, Pedro, no llores. Ya nos vamos a ir. -S, mam. Es demasiado! Es demasiado bello, demasiado terrible! De pronto nos escalofri el asco de las miradas que comenzamos a provocar. Vi que mi madre conservaba la calma y que estaba muy segura de s misma. Antes de darme cuenta me encontr en el cup. Me qued dormido. Rea y mi madre ya saban que, con un poco ms, no las soltara el delirio... Dcilmente -porque nada vea-, dej que me acostaran. A la maana siguiente, durante el desayuno, me habl mi madre. Estaba vestida de negro y me daba una impresin tanto de dominio como de delirio refrenado. Como de costumbre, me esperaba en el sof de la sala. Al acercarme la bes y la tom en mis brazos. Me senta enfermo y temblaba. Permanecamos inmviles. Al fin, romp el silencio. -Soy feliz -le dije-, pero bien s que mi felicidad no puede durar.
-De lo de ayer -me dijo mi madre-. Ests contento? -S, Yo te adoro as, pero... -Pero qu? -Ser necesario desarreglarlo todo... - Por supuesto... Me abraz ms fuerte. Era muy agradable, pero tuve que decirle: - T tambin lo sientes: los dos nos hemos abrazado, pero la felicidad que yo experimento es tan lamentable como un veneno. - Pasemos al comedor -dijo mi madre. Nos sentamos y me confort el orden del comedor, el orden de la mesa servida. El cubo de hielo slo tena una botella. -Comprendiste? -reanud mi madre-. El placer comienza cuando el gusano est en el fruto. Slo es detectable nuestra felicidad cuando se carga de veneno. Lo dems, es niera. Perdona q ~ te atropelle. Todo esto pudiste aprender lentamente. Hay algo ms conmovedor " tierno que la niera? Pero t eras tan bobo y yo estoy tan podrida que me vi obligada a elegir. Pude renunciar a ti o, en caso contrario, deba hablar... Cre que tendras fuerzas para soportarme. Tu inteligencia es excepcional y te conduce a ver lo que es tu madre: en consecuencia, tienes derecho a espantarte. Sin tu inteligencia, habra disimulado como si tuviera vergenza de m... Pronto, abre la botella. .. Con sangre fra la situacin es, sin duda, soportable, y t no eres ms cobarde que yo. Vale ms la sangre fra que la cabeza que da vueltas. .. Pero, llevados por el vino, sabemos mejor por qu lo peor es preferible... Levantamos nuestros vasos y mir el reloj de pndulo. -La aguja -le dije a mi madre- no deja de moverse ni un instante. Qu lstima... Yo saba, nosotros sabamos que, en el equvoco en el que vivamos, no haba nada que no resbalara y, rpidamente, no se hundiera. Mi madre pidi el champaa. -Slo una botella -me dijo. -S, tal vez una botella. Sin embargo... Despus del desayuno, volvimos a abrasarnos en el sof. - Brindo por tus amores con Rea - me dijo mi madre. - y yo tengo miedo de Rea respond. -Sin ella -escuch- estaramos perdidos. A ella le debo mi sensatez. Ella es tan loca. A tu vez, ahora, podrs calmarte en sus brazos. Mira que son las dos. Regresar a las siete. Cenaremos juntos los tres y t pasars la noche con Rea. -Te vas? -S. Me voy. Lo s, lo s, quisiera detener la aguja. Pero t me calientas y yo no puedo hacerte feliz. Si me quedara, me gustara volverte desdichado. Quiero que me conozcas bien. Yo hago la desdicha de todos los que me aman. Es por eso que pido mi placer a las mujeres: puedo utilizarlas con indiferencia. No me desagrada hacer sufrir, pero es un placer agotador. Por ti... - Mam. T sabes que me haces sufrir. ..
Rio y su risa equvoca se pareca a la que tuvo la vspera, en el restaurante, cuando me hablaba de muerte. Era la risa al borde de las lgrimas... - Me voy -dijo. Pero. Sobre las mejillas, me ahogaba con sus besos. -Aprisa, hasta morir! -agreg-. T sabes que tu madre est chiflada. Llor. Pronto pens en el nico remedio para mi sufrimiento. Se trataba de aumentarlo. De abandonarme a l. Respiraba el aliento de Rea. Soaba en la obscenidad, en las voluptuosidades en las que Rea se perda. Me iluminaban las fotos. En mi odo, Rea haba deslizado las palabras que me estrangulaban, que me congestionaban y que, esta vez, me convertan totalmente en el calambre doloroso de mis rganos. Rea me gui. Rea, cuyo ojos vi brillar; Rea, cuyos estallidos de risa todava escuchaba, porque estaba profundamente borracha y porque senta el inconfesable placer que mi madre le haba dado, gui mi mano hacia la humedad penetrable y, cuando me bes, introdujo en mi boca una lengua enorme. Imaginaba la vida de esta hermosa muchacha como una fornicacin congelada, inmovilizada, sin recobrar la respiracin, sin calma, como la de las muchachas de las fotos. Rea era la ms hermosa y representaba para m los infinitos ruidos de la delicia en la que decid hundirme. Me repeta como un viejo "el culo de Rea". "el culo de Rea", pues que Rea, en lenguaje callejero, as lo haba ofrecido a mi joven virilidad. Me figuraba esta parte de Rea que yo deseaba ver y de la que ansiaba abusar, de acuerdo con su invitacin. Y lo que ella abra para m era tanto el templo de la risa loca como el emblema, o discurso fnebre, en busca de manantial. Y yo no rea con esa risa, aunque tambin era una risa loca, sino con una risa apagada. Taciturna, hipcrita, desdichada. El sitio del cuerpo que Rea me propuso, con ese cmico hedor que siempre nos conduce a la vergenza, me haca sentir feliz, con una felicidad ms preciosa que cualquier otra: con la vergonzosa felicidad que nadie ms habra deseado. Y Rea, la desvergonzada, se senta en el cielo al drmelo, mientras yo, vida y ferozmente, lo probaba. Por el risible regalo que iba a hacerme -cuando, en lugar de la frente pura de mi madre, me ofreciera aquello que es insensato ofrecer a mis besos la bendije. En mi fiebre, colmado de delirio, murmur: -Quiero de ti el placer sin nombre que me ofreces, pero debes nombrarlo. En ese momento utilic las palabras que Rea haba pronunciado. Las articul y me gust su turbiedad. Estaba consciente -cuando repet las palabras y me ruboric- que Rea propona lo mismo a mi madre y, simultneamente, que mi madre lo haca. De todo lo que mi pensamiento me ofreca, estaba, en cierto modo, estrangulado; pero el estrangulamiento aumentaba mi placer. Por una parte senta que mi risa era idiota y, por otra, que agonizaba y que, a causa del espasmo voluptuoso que me convulsionaba, iba a morir. Como, realmente, pronunci la obscena proposicin de Rea, ped, en mi abatimiento, a voz en cuello, la muerte. De continuar vivo, yo saba que muy pronto al absceso, porque los aspectos ms inconfesables de nuestros placeres nos atan slidamente. Poda, pues, como un imbcil, decidirme por la confesin y renunciar al acuerdo que haca poco acababa de establecer con mi madre; pero, de antemano, no poda dudar que la idea de Dios era simple y sosa, si la comparaba con la de la perdicin. Slo el beso sin nombre que me propona Rea (del que, crea, mi madre gustaba) era digno de mi estremecimiento. Slo ese beso resultaba trgico: tena el sabor sospechoso y el brillo alarmante del rayo, y yo saba que mi confesin sera tramposa y que ya nada me protegera del deseo que tena (que la vspera tuve) de mi ignominia. Ahora saba lo que no haba tenido el valor de decirme acerca de ese sabor y acerca de la muerte: que yo ama ms la muerte y que perteneca a ella y que, al abandonar al deseo del horrible y risible beso, la llamaba. En mi desorientacin, al ir hacia la iglesia en donde pensaba dirigirme al primero que encontrara med mi incertidumbre. Tal vez iba con el deseo de regresar a casa y, apenas volviera mi madre, hablarle de reuniros con Rea. Nada en m era seguro. Hubiera podido dudar de la prxima cada? Slo pensaba en apresurar sta por miedo de enojar a mi madre. Y corr a acusarme en el confesionario, porque enseguida poda olvidar, dar la espalda al remordimiento que el sacerdote deca que tena, aunque en verdad, no lo tuviera. Cuando se trat de que me acusara de todo aquello de lo que mi madre era cmplice, respingu, me detuve. Pens en largarme y conclu en una
cobarda en la que el desafo al sacrilegio se mezcl con el negativo de traicionar a mi madre. Me sedujo la embriaguez de la tentacin y. en el vrtigo de mi angustia, disfrut de la desnudez de Rea. Ni un solo instante me golpe el pensamiento de un Dios o, mejor todava, si busqu a Dios slo fue en la delicia de la tentacin y en el delirio. No buscaba sino el terror del mal y el sentimiento de destruir dentro de m el fundamento del reposo. Me sent limpio de la sospecha -que yo alimentaba- de pedir paz, de haber tenido miedo. Acaso confes algo del papel inconfesable de mi madre? Yo estaba en pecado mortal y me delectaba en l. Al cabo de unos momentos iba a volver a estar con mi madre y mi corazn saltaba, desbordaba de alegra. Imaginaba la vergenza que complaca a mi madre y adverta la angustia que haba en esa vergenza -que, sin duda, era una angustia loca- y ya no ignoraba que, de esa angustia, iba a brotar mi delicia. Al respeto que le guardaba a mi madre no se mezclaba ningn equvoco, aunque esa delicia de la angustia, nada ms de pensar en sus tiernos besos, me hiciera un nudo en la garganta. De la dulce complicidad de mi madre, entonces, hubiera podido dudar? Me senta colmado de una dicha de la que gozaba ms mientras mayor era mi estremecimiento. Mi madre -pensaba-, me precedi en el vicio, dado que, de todos los bienes, el vicio es el ms deseable, el ms inaccesible. Y estos pensamientos, como un alcohol, fermentaban y hervan en mi cabeza gozosa, y yo desbordaba de exceso de felicidad. Senta que posea el mundo, y gritaba: - Ya no hay lmite para mi felicidad! Sera feliz si no me pareciera a mi madre?, sera feliz si no estuviera tan seguro como ella de embriagarme y emborracharme de obscenidad? Una vez que resolv mi deseo, ste me embriag. No pienso que por haber bebido ese da haya agregado a mi felicidad ninguna ebriedad nueva. Llegu riendo a la casa de mi madre. Pareci sorprendida, sobre todo porque le dije que vena de la iglesia, y acab por decirle: - Bien sabes lo que Rea me ha propuesto. Mam, mira cmo me ro. Decid, en mis oraciones, hacer todo lo que Rea me propone. - Por Dios, Pedro, jams te haba visto tan grosero. Bsame. Abrzame. -Oh, mam, qu complicidad! -S. Pedro mo. Qu complicidad! Bebamos por esta complicidad! Balbuc: -Mam!, mam! La bes. -Est listo el champaa -me dijo-. Desde hace mucho tiempo que no recordaba haber estado tan alegre. Preparmonos. Bebamos! El coche fue a buscar a Rea. Ahora, yo brindo contigo pero, apenas oiga el coche, ir a ponerme mi mejor vestido. Enrojece! Cenaremos, enseguida, en gabinete particular. Quiero divertirme, rer con ustedes, como si tuviera su edad. Aunque despus de la cena les deje a solas. -Te adoro, mam!, pero tengo ganas de hacer... - Tienes ganas de hacer... - Voy a sentirme triste si te vas... - Por favor, mira, no tengo tu edad... A tu edad. Pedro, sabes que desgarraba mi vestido en las zarzas? Viva en los bosques. Llen los vasos. - Yo quisiera vivir contigo en los bosques. Bebamos. - No, Pedro. Yo andaba sola en los bosques. Yo estaba loca. Todava hoy, es verdad, estoy tan loca como antes. Y en los bosques iba a caballo, sin silla de montar y desnuda. Pedro, escchame. Lanzaba mi caballo entre los rboles y, en un momento as, me acost con tu padre. An no tena tu edad. Tena trece aos y estaba rabiosa. Tu padre me encontr entre los rboles. Yo estaba desnuda y crea que, junto con mi caballo, ramos las bestias de los bosques... -Y entonces nac yo! -Entonces! Aunque, para m, el pillo de tu padre no significa nada, casi nada, en la historia. Prefera estar sola. Yo
estaba sola y desnuda en medio de los bosques. Desnuda y montando a pelo. Me senta en un estado que morir y no volver a encontrar. Soaba en muchachas o en faunos, que no ignoraba que me pervertiran. Tu padre me pervirti. Y, a solas, yo me retorca sobre el caballo y era monstruosa y ... De pronto mi madre llor, se deshizo en sollozos. La tom entre mis brazos. -Hijo mo -deca-, hijo mo de los bosques! Bsame, Vienes de los ramajes de los bosques, de la humedad que yo gozaba, aunque de tu padre yo no quera saber nada, porque yo era perversa. Cuando me encontr desnuda, me viol, pero yo ensangrent su cara. Quise arrancarle los ojos y no pude. -Mam -grit. - Tu padre me espi. Creo que me amaba. Yo entonces viva sola con mis tas, esas viejas idiotas que t tal vez recuerdas vagamente... Con un gesto le dije que s. - Las viejas idiotas hacan todo lo que yo quera y te hicimos nacer en Suiza. Pero a mi regreso tuve que casarme con tu padre. El tena tu edad. Pedro. Veinte aos. Hice que tu padre, fuera atrozmente desdichado. "Despus del primer da, jams le dej que se me acercara. Se puso a beber y esto, es excusable. "Nadie", me dijo, puede dudar de la pesadilla que estoy viviendo. Hubiera debido dejar que me arrancaras los ojos". Me deseaba como un bruto y yo tena diecisis, luego veinte aos. Le hua. Me iba a los bosques. Me largaba a caballo y, como desconfiaba, nunca me volvi a atrapar. En los bosques siempre sent angustia y tuve miedo de l. Siempre encontr el placer en la angustia pero, hasta que muri, cada da estuve ms y ms enferma. - Mam, tiemblo como una hoja ahora, tengo miedo de que Rea... -Rea todava tardar. No poda ser puntual. Yo no saba que hoy iba a hablarte... No importa. Te habl en la primera ocasin. Pude hablarte antes? Te dejaba hablar de la grosera de tu padre conmigo? Pedro, yo soy innoble! Lo digo sin llorar: tu padre era muy tierno y profundamente desgraciado. - Le odio -dije. - Pero yo lo degrad -dijo mi madre. - El te viol. Yo no soy sino el espanto que es fruto de una violacin! Cuando me dijiste "ensangrent su cara", me sent desgraciado, pero yo hubiera desgarrado su rostro contigo, mam! - Pedro, t no eres su hijo. Eres el fruto de la angustia que tena en los bosques. Vienes del terror que yo sufra y gozaba temblando cuando estaba desnuda en los bosques, desnuda como las bestias. Pedro, yo gozaba durante horas revolcndome en la podredumbre de las hojas y t nacas de este gozo. Nunca me abajar contigo, pero tena que saber. Pedro, si quieres, detesta a tu padre pero, si no hubiera sido yo, qu otra madre se habra atrevido a decirte la rabia inhumana de la que vienes? Yo estaba segura de que yo era ms libidinosa: slo era una nia y ya el deseo arda en m sin lmites imaginables, monstruosamente. Creciste y tembl por ti. T sabes cmo he temblado. Llor conmovido. Llor del miedo que mi madre tuvo por mi vida, que me importaba poco. Mis lgrimas se cargaron de un dolor diferentemente profundo, pesado. Si mis lgrimas corran sin freno era porque, dentro de m, por fin alcanzaban el extremo de todas las cosas, el extremo de toda la vida. - Lloras -me dijo mi madre- y no sabes por qu. Pero sigue llorando... -Mam -le dije-, yo creo que son lgrimas de dicha. . . Ya no s... - T no sabes nada. Djame hablar. Esfurzate en escucharme. Prefiero hablar y no llorar a mi vez. Me gustara que, cuando entre Rea, la recibas con un vaso en la mano y no con un pauelo. No te habl de la vida que llevamos tu padre y yo en este departamento. Muy diferente a lo que t has pensado. No s si es cierto que me gustan las mujeres. Creo que slo he amado en los bosques. No amaba los bosques, no amaba nada. No me amaba a m, pero amaba desmesuradamente. Slo te he amado a ti, pero lo que amo en ti, no te equivoques, no eres t. Creo que no amo sino el amor e, inclusive en el amor, slo la angustia de amar que solamente sent en los bosques, o el da de la
muerte. .. Pero me divierto sin tortura con una muchacha bonita. Exactamente, sin angustia. Me apacigua, y no voy a revelarte nada, imagino, si te cuento que slo una corrupcin desordenada me proporciona un placer apreciable. Y, siempre y cuando tu padre no recibiera de m la menor satisfaccin, tuve relaciones con muchachas y me vino la idea de que tu desventurado padre se beneficiara con ellas. Algo que responda perfectamente a la aversin que tengo por las situaciones regulares. Y he aqu la infamia: lo meta en mi cuarto y le peda q participara. No acabas de comprender? A menudo yo regresaba con dos muchachas y una haca el amor con tu padre y, otra conmigo. A veces las muchachas traan hombres y yo los utilizaba. Una vez, inclusive, con el cochero. .. Cada noche tena que conseguir personajes para una nueva orga y, despus, golpee a tu padre. Lo golpee delante de los dems. Nunca me cansaba de humillarlo. Lo vesta de mujer o de payaso y nos ponamos a cenar. Viv como una bestia y no haba lmite para mi crueldad cuando trataba a tu padre. Me volva loca. Muy pronto sabrs. Pedro lo que es la pasin ociosa. Al principio es la crcel y, luego, las delicias de un burdel, la mentira crapulosa y, despus, el hundimiento en la arena y la muerte, que jams termina. -Mam!, es demasiado... -Bebamos! Pero ante todo, no olvides que no soy libre. He firmado un pacto con la demencia y, esta noche, te toca a ti firmar. Mi madre rea. Rea con la risa canallesca que me descorazona, que me hiela. -No quiero -le dije-o No te dejar. T me hablabas suavemente y, de pronto, hablas como una extraa. Como si quisieras hacerme dao. -Te vuelvo loco! - S, tengo miedo. Hblame de tu vida en los bosques! - No. Mi vida no es sino basura. T tienes razn: tu padre me ha vencido. -Nunca! -grit-. Mrame! Mrame! Ves? No soy sino el hijo de la fiesta de los bosques. - El hijo libidinoso? -pregunt. - T bien lo sabes. El hijo libidinoso! Miraba a mi madre y la abrac Volva suavemente a la calma tempestuosa que era la calma del deseo, el florecimiento de su deseo exasperado. En sus ojos lea la tranquila felicidad, y saba que sta no contrariaba su angustia sino que la ablandaba, la volva detectable. No ignoraba que cuanto mayor fuera el tormento que la destrua, mayor sera la audacia que la arrastraba contra cualquier miedo imaginario. Ella crea en el frgil encanto que obliga a callar, insidiosamente, el profundo sufrimiento. Y ya, juntos, nos levantaba el goce que conduce al mundo del placer, donde mi madre, entre zarzas y rabia, encontr su perfecto camino. Mi irona, el ligero movimiento de la irona, en esos momentos me dio, la fuerza para desafiar lo que antes me derribaba y que, de pronto, me ofreca el estremecimiento voluptuoso, frente al cual jams dejara de sonrer. Miraba a mi madre en medio de un silencio sosegado y de una felicidad ininteligible para nosotros mismos. Ante todo me sorprenda mi felicidad, porque el deseo me inclinaba ms a la contemplacin de un vicio perfecto, que al desencadenamiento desenfrenado que haba conocido en la soledad. De un vicio perfecto que, como una droga, pero con cruel lucidez, me dio acceso al vrtigo de la posibilidad infinita. Dicho de otro modo, me sent menos turbado por Rea, quien poda apaciguarme tangiblemente, que por mi madre, de quien no poda esperar sino el xtasis inmaterial de la vergenza. Sin duda Rea me atraa, pero la deseaba, sobre todo, como un objeto asociado a los desrdenes de mi madre y no por la facilidad del placer. Amaba a mi madre en la posibilidad de un desorden perdicin que, que en m no poda transformarme en satisfaccin agradable ni concluir en placer carnal. Slo pude olvidar a mi madre recordar a su amiga durante mi borrachera o en mi frenes solitario. Y ya no dud entonces de mi error y me dispuse a no ver en Rea - si tocaba y besaba como la vspera- sino el acceso, mediante una desviacin, a todo aquello que mi madre era inaccesible para m. Tuve que alejarme un momento. Nuevamente lleg Rea. Cuando volv a entrar, les serv vasos llenos, en medio de un ruido de besos y risas. El champaa se derramaba. -Pedro -gimi Rea-, todava no me has besado.
-Ahora vuelvo -dijo mi madre-. Voy a ponerme un vestido bonito. Enseguida estrech a Rea. - Pedro -dijo Rea-, recuerda que te he prometido... Me puse rojo. - Tu propia mam me lo ha recordado. Nos echamos a rer. -Es algo embarazoso -dije. Se puso frente a m desafindome y viendo mis labios manchados de rojo. (No ha dejado de perseguirme: Rea cuando rea de mis labios manchados, y de la sorpresa de mi rostro cuando me vi al espejo, Rea, de quien no puedo apartar el sabor del tubo de labios que para m an es el gusto de libertinaje, Rea, suspendida frente a m en el instante de soltar por s misma una obscenidad sin nombre. Todava hoy Rea me mira como hace aos, aunque hoy su hermoso rostro -y tambin puedo decir: su rostro innoble- se haya apartado de la magia del champaa desbordante y, en m, ese rostro, ahora, no surja sino del fondo del tiempo. Indudablemente as ocurre con todos los rostros que refleja este relato. Pero, el recuerdo de Rea, entre los dems, tiene el privilegio de no estar ligado sino a una aparicin muy fugitiva y de prolongarse a partir de la obsesin de un teln de fondo en el que se destaca su obscenidad. Un teln de fondo que es el convento al que se precipit Rea un ao ms tarde, a causa del suicidio de mi madre. Feliz. Rea, frente a quien me abri un refugio a donde este relato no conduce y s, aparta... Rea no pudo ir hasta el fin del risible sacrificio. Si por lo menos hubiera protegido la ltima gracia de su cuerpo -parte ntima y risible de su alegra- y slo hubiera dado el pasaje ordinario para la fornicacin limitada). El terror, que est implcito en las lneas anteriores, permite que pase por alto la escena que la ausencia de mi madre hizo posible. Si yo describiera sus aspectos graciosos, mediante ellos intentara mostrar la terrible empresa que, al ingreso de Rea al convento revel ms tarde. Por ella misma Rea no poda percatarse del terror que la habitaba. Y, adems, en realidad la habitaba? Probablemente slo adverta el terror como la nia que se divierte al borde del abismo y que lo percibe cuando resbala y una zarza engancha su falda y le impide caer. Aunque, a pesar de todo, la nia ha desafiado el abismo. Al moverse Rea para cambiar una postura incmoda, rea. Pero, -era posible que yo olvidara _ ojos enloquecidos? Sus ojos que miraba desde otro mundo, desde el fondo de obscenidad? Rea continuaba riendo, pero ya su risa tena ternura. - Me torciste la cabeza. - Yo tambin tengo la cabeza torcida. - Voy a llamar a tu madre. Mi madre entr de puntillas. Entr por una puerta desacostumbrada. Cuando sent que me tapaba los ojos con sus manos, que se dejaba llevar por esa risa loca que, pese a su vuelo irresistible, le era extraa (tan ajena como la mscara de lobo negro que utiliz la vspera de su suicidio) y que me gritaba suavemente en las orejas "el coco!", pens que nadie como ella haba vuelto a encontrar el desorden feliz de la infancia. Mi madre, con un vestido maravilloso, se vea ultrajantemente
hermosa. El escote de la espalda llegaba hasta el lmite de la indecencia. Mi exaltacin, al tomarla entre mis brazos, prolong la emocin que acababa de darme la indecencia de su amiga. Hubiera querido morir en un trastorno de perdicin que, hoy lo pienso, nada puede igualar. Rea, sonrojada de felicidad, pasaba los vasos. Me dijo en voz baja, apretndome contra su pecho: -Mi virgen!, querido!, yo soy tu mujer. Brindemos con tu madre por nuestra dicha! Mi madre levant su vaso. -Por sus amores! -dijo. Y volvi a hablar con el tono canallesco que helaba. Rea y yo le respondimos. Tenamos prisa de beber y de lanzarnos a la loca ebriedad, que era la nica cosa a la medida de la fiebre de nuestra alma. -Mam! -le dije-, comamos. Ya he bebido, pero quiero beber ms. Existe una madre ms maravillosa, ms divina? Tena un inmenso sombrero negro -con un enorme penacho que lo envolva de candor de nieve-, que reposaba en un edificio impalpable de cabellos rubios. Su vestido era color carne. Aunque alta, mi madre pareca nfima, ligera, toda hombros y miradas celestes. Dentro de esos faralaes -pretenciosos adornos-, era un pjaro ligero sobre una rama y, ms an, el ligero silbido de un pjaro. - Sabes lo que pierdes, mam, con esos adornos? -Tu gravedad, mam! Toda tu gravedad! Como si cargaras el peso de toda la seriedad del mundo. Tienes trece aos y no eres mi madre, sino mi pjaro del bosque. La cabeza me da vueltas, mam. Me da vueltas demasiado aprisa. No es cierto, mam, que es bueno perder la cabeza? Yo ya la perd. - Ahora -dijo mi madre-, te dejo a Rea. Voy a comer, Pedro, con otras amigas que me esperan en el mismo restaurante, pero en otro saln. Un saln tan bien protegido de indiscreciones como el de ustedes. Balbuc: -Otras amigas? -S, Pedro: otras amigas. Otras amigas que no dejarn que reposen mucho tiempo ni mi sombrero ni mi vestido. -Ah, mam, tengo ganas de hacer... -Por favor, Helena -dijo Rea-. Come con nosotros. Hansi te espera mu ms tarde. - T dijiste, mam, que debamos juntos como si furamos nios. No te pusiste ese vestido para rer? Quiero rer contigo y adorarte. -Si me quedo, qu har para divertirlos? Es tan molesto esperar. - Nos divertiremos bajo la mesa -dijo Rea-. Nada ms para rer. Y, una vez que te vayas, acabaremos de divertirnos. - Y Por qu no? -dijo mi madre-. Es cierto que hoy tengo ganas de rerme. Aunque, Pedro, a lo mejor te atemorizo. No olvides que hoy mi sombrero no se detiene bien en mi cabeza y que soy, ante todo, la bestia de los bosques. Tanto peor: tal y como soy me amars. Qu piensas que yo haca en los bosques? Andaba desatada. No tena un vestido que hiciera rer. -S, tengo miedo, pero me gusta tener miedo. Mam: hazme temblar. -Bebe, pues -me dijo-. Y, ahora, mrame!
Su mirada me hua. Reventaba de risa. Se haba vuelto obscena y, taimada, pareca que slo me odiaba. Su labio inferior se lo haba comido. -Riamos! -grit Rea-. Es el momento de hacerle rer. Pedro, ya es hora de ser idiota. No dejemos de beber. Helena tambin va a rerse. Pronto, Helena... Pedro est demasiado serio. -Es el ms bobo de los hijos -indic mi madre-. Hagmosle rer. - Es muy agradable ser un bobo entre locas -le dije-. No tengan miedo! Hganme rer! Bebamos ms! Nuevamente Rea me cubri con pintura de labios y me hizo cosquillas tan insidiosas que me dieron convulsiones de loco perdido. -Bajemos -dijo mi madre-. El coche nos espera. En el cup comenz el gran desorden. Estallaban las risas insensatas. Rea estaba imposible. Cuando sali, ya no traa falda. Se lanz a la escalera con los calzones desatados. Mi madre corri tras ella en su falda en los brazos. Tom el absurdo sombrero de mi madre y las segu lo ms aprisa que pude. Nos escurrimos en fila y remos. Un mozo se apart y salud. Abri la puerta que, apenas entramos, mi madre cerr de golpe. Mi madre, sin aliento, tumb a Rea y se le ech encima. De repente se detuvo y se levant. - Pedro -dijo-, he bebido demasiado y estoy loca. Debera haberme detenido, pero vaya que Rea es graciosa y cmo est bonita en calzones! Pedro, estoy segura de que este ser tu primer banquete con una muchacha en calzoncillos. Cmo me siento triste de ser una aguafiestas! No podamos seguir hacindonos las locas... Ya, ya estoy serena. Enseguida voy a dejarles. - No, mam. Cena con nosotros. Gravemente, congestionado, mir a mi madre y le tom las manos. Me senta pleno de delirio. Rea me acariciaba, discretamente, bajo la mesa. Mi madre tambin me miraba, pero como si las miradas rasguaran. Muy bajo murmur: -Quisiera que esto no se acabara nunca. Durante un largo momento mi madre mir. Rea, en el sof, apretada contra otros, tena los calzones abiertos y la izquierda perdida en el vestido de carne. - Pero los vasos estn vacos sobre mesa, y esto es una lstima -dijo madre. - Yo voy por la botella -dijo Rea. Se levant y, como andaba desabrochada, se le cay el calzn. Mi madre sonri El labio metido en la boca. Le quit a Rea la botella. Con las nalgas desnudas, se sent. Sus manos volvieron a su discreta ocupacin. -Helena -dijo Rea, en voz baja-, no estoy vestida como para un saln particular. Deberas quitarme el cors. Mira que estoy ocupada. Rea no haba conservado sino un falso cors de encaje negro, que descubra los senos y sostena las medias.
"Si estuviramos solos me escapara, tendra miedo de Rea", pens. - Ya no tengo el valor de dejarles -gimi mi madre. -Comamos ahora -dijo Rea, desprendiendo las manos-, pero ante todo vamos a beber. Mi madre y yo nos inclinamos sobre Rea que, en medio de nosotros, beba. Nuestro placer fue mayor dado que, hasta ese momento, slo la traicionaba la congestin de su rostro y nuestro silencio. Durante algunos instantes mi madre y yo utilizamos a Rea tan hipcritamente como Rea, poco antes, nos haba utilizado. Comimos. Nuevamente las miradas irritadas de mi madre y las mas se poseyeron. Y, al fin, nuestro juego tuvo que interrumpirse. Rea gimi: -Champaa, Pedro, dame champaa porque yo no tengo hambre. Me pusieron nerviosa. Quiero beber y no parar hasta que ruede bajo la mesa. Sirve, Pedrito, quiero un vaso lleno, el mo, el tuyo, bebamos ms, bebamos siempre, yo ya no bebo a tu salud sino a mi capricho. Bien sabes lo que quiero de ti. Sabes que me gusta el placer. Lo amo hasta perderme. Escchame bien: me gusta perdidamente y no lo amo sino hasta que me da miedo. Tu madre... -Se fue -le dije. Yo tena un nudo en la garganta. - No la omos. Nos cohiba? Hubiera querido que se quedara, pero ella no quera. Es muy curioso que tengamos miedo. Si no tuviramos miedo, esto nos hara cagar de risa... Ay -dijo, sin rer. La palabra cagar, igual que a Rea, me sobresalt. Me lanc sobre ella y la bes como un perro. -Se me haba olvidado -le dije-. Ests desnuda. -Estoy en cueros -dijo-. Soy la primera muchacha que t tienes, y la ms cochina. Mi lengua se avivaba de porqueras. Miraba a Rea como haba mirado a mi madre. -Rea -le dije-, no s si soy un puerco. Pero, algo que s s, es que soy atroz. Hice el amor con Rea, pero ms bien le traspas mi rabia. Mi madre me haba dejado y quera llorar. Los sobresaltos de mis abrazos eran los gruesos sollozos en que me asfixiaba. ESTE BRILLO SORPRENDENTE DEL CIELO ES EL DE LA MUERTE MISMA. MI CABEZA DA VUELTAS EN EL CIELO. JAMAS LA CABEZA DA TANTAS COMO EN SU MUERTE. En la violenta pasin que mi madre me inspiraba, durante das de extravo, nunca, ni por un instante, pens que pudiera llegar a ser mi querida. Mi amor. Qu sentido hubiera tenido de perder algo del desmesurado respeto que yo senta y que, ciertamente, me desesperaba? Llegu a desear que mi madre me golpeara y, aunque algunas veces fuera lancinante, me horrorizaba este deseo. Vea en l mis trampas, mi cobarda. Entre mi madre y yo todo era imposible. Si mi madre lo hubiera deseado, el dolor que me infligiera me habra gustado, pero no hubiera podido humillarme ante ella: de envilecerme ante sus ojos, sera guardarle respeto? Con el fin de gozar de este dolor adorable yo tambin hubiera tenido que golpearla. Recuerdo lo que un da Hansi me repiti acerca de una frase que mi madre le dijo. ( Hansi es la nica muchacha con la que he podido vivir largo tiempo, en un hartazgo de felicidad). Hansi. Mi madre quiso, intilmente, pervertirla. Cuando nos separamos se cas con un hombre notable, a quien conozco. Un hombre que le dio una vida feliz y equilibrada. Hansi tuvo un nio que, siempre que lo veo, me llena alegra. Despus de nuestra ruptura "que no frecuentemente, contina acostndose conmigo. Hansi no me ama de la misma manera y quisiera curarme. Por lo cual me calmaba y me conduca a la noche silenciosa, de sensualidad sin desorden, aunque desmedida. Mi madre le deca que el mal no estaba en que hiciera lo que le peda, sino en querer sobrevivir. Mi madre deseaba arrastrarla hasta una orga tan imperdonable que slo podra terminar con la muerte. Pese a que Hansi conoca el carcter insensato de mi madre, no advirti en ello sino una irona helada. No porque dudara del peligro del placer de la perdicin, sino porque pensaba que, para mi madre --al igual que para ella misma--, no exista ningn placer culpable. Mi madre se limitaba --segn Hansi-- a reconocer que es imposible conseguir el deseo y que, ste, si no lo acomoda la razn, conduce a la muerte. Ciertamente la crueldad de Hansi, que poda ser delirante, daba a su pensamiento un considerable apoyo, pero mi madre debe haber hablado sin irona. Hansi es muy sutil, muy
inteligente. Sin embargo, slo pudo presentir, en forma muy oscura, lo que ocultaba la serenidad aparente o, para repetir las propias palabras que Hansi usaba, "la majestad licenciosa" de mi madre. Por lo menos, vagamente, Hansi lo presinti. Mi madre, mi madre que tanto estim a Hansi, la aterrorizaba. Ms que nadie, salvo Carlota, que era mi prima, pero a quien no trat sino mucho tiempo ms tarde. Y Carlota, como mi madre, perteneca al mundo donde voluptuosidad y muerte tienen la misma dignidad -y la misma indignidad-, igual violencia y. no obstante, igual dulzura. Lo ms tenebroso de mis amores con mi madre es el equvoco que introdujeron unos cuantos episodios riesgosos, acordes con el libertinaje que abarc toda la vida de mi madre y que, poco a poco, se apoder de la ma. Es verdad que, por lo menos en dos ocasiones, dejamos que el delirio nos uniera ms profundamente, de un modo ms inexcusable que si hubiera habido unin carnal. Mi madre y yo estuvimos conscientes de ello e, inclusive en el esfuerzo inhumano que de mutuo acuerdo tuvimos que hacer para evitar lo peor, descubrimos riendo el desvo que nos permiti ir ms lejos y alcanzar lo inaccesible. Pero no hubiramos soportado hacer lo que hacen los amantes. Jams, como aparta la beatitud del sueo, nos apart la saciedad. As como Iseo y Tristn, por la espada que los alejaba, destruyeron la voluptuosidad de sus amores. As hasta el fin, el cuerpo desnudo y las manos giles de Rea fueron la seal de un respeto espantoso que, al separarnos en la ebriedad, mantuvo el signo de lo imposible en medio de la pasin que nos quemaba. Podr esperar ms tiempo para decir el desenlace? Mi madre se mat el da que comprendi que, por ltimo, tendra que ceder. Tendra que echar a perder, en el sudor de las sbanas, lo que me haba elevado hacia ella, y lo que la haba elevado hacia m. Podra afirmar que este amor fue incestuoso? La loca sensualidad en la que nos deslizbamos, no era impersonal? No era semejante a aquella tan violenta que mi madre conoci cuando viva desnuda en los bosques y la viol mi padre? Yo poda contentar con otra mujer, de modo indiferente el deseo que a cada paso me congestionaba cuando vea a mi madre. Mi madre y yo, fcilmente, nos ponamos en el estado en que se encuentran una mujer o un hombre que desean y, en ese estado, no llenbamos de rabia. Pero ni yo deseaba a mi madre ni ella me deseaba. Mi madre se pona como yo s que se pona en los bosques cuando yo la tomaba de las manos, y saba que era para m igual que una furia. Literalmente estaba loca, y yo comparta su delirio. Si hubiramos volteado el estremecimiento de nuestra demencia en la miseria de un coito, nuestros ojos habran abandonado su juego cruel. Ya no hubiera visto a mi madre delirante porque me miraba, y mi madre ya no me hubiera visto delirante porque a mi vez la miraba. Por el plato de lentejas de un posible glotn" habramos perdido la pureza de nuestro imposible. Pero, estaba enamorado de mi madre? La he adorado, pero no la am. Y, para ella, fui el hijo de los bosques, el fruto de una voluptuosidad inaudita. Un fruto que ella haba nutrido en medio de su devocin infantil -reciprocidad de ternura loca, angustiada y alegre-, que rara vez me ofreca pero que me deslumbraba. Nac del deslumbramiento de sus ojos de nia, y creo que ella jams am a un hombre. A m jams me quiso en el sentido en que Hansi me am, y no tuvo en su vida sino un deseo violento: el de deslumbrarme y perderme en el escndalo en que ella se quera perder. Apenas me abri los ojos, se volvi burlona, rabiosa, y su ternura se transform en una voluntad vida de corromperme, de ya no amar en m sino la corrupcin en la que me hunda. Sin duda pensaba que, siendo la corrupcin lo mejor de ella misma y, simultneamente, el camino del deslumbramiento hacia donde me guiaba, la corrupcin era el cumplimiento que haba exigido que me echara al mundo tal y como quiso. Lo que am, siempre era fruto de sus entraas. Nada le era ms ajeno que ver en m a un hombre, a un hombre que hubiera amado. Jams un hombre ocup su pensamiento. Si alguno pas por su mente no fue sino para saciarse con l en el desierto donde arda, y donde deseaba que, suciamente, se destruyera - junto con ella- la silenciosa belleza de los seres, amnima e indiferente. Hubo cabida para la ternura en ese lascivo reino? Los tiernos son desterrados de ese reino, en el cual la palabra del evangelio convidaba: violenti rapiunt illud. Mi madre me destin a esta violencia, que era su reinado. Haba en ella -para mun amor semejante al que Dios reserva a la criatura segn los msticos: un amor que reclama la violencia y que jams tiene tiempo de reposo. Esta pasin se encuentra en las antpodas del amor que sent por Hansi y que Hansi sinti por m. La viv largo tiempo antes que mi madre nos expulsara de nuestro reino de ternura. Temblaba al pensar que perda a Hansi y la buscaba, como el sediento busca el agua viva. Hansi era nica. En su ausencia, nadie poda consolarme. Cuando mi madre regres de Egipto, no me alegr de su regreso: crea que no estaba equivocado al pensar que mi madre destruira rpidamente mi felicidad. Puedo decirme a m mismo que mat a mi padre y que, tal vez, mi madre muri por haberse abandonado a la ternura del beso que le di en la boca. Un beso que, de inmediato, me rebel, y por el que an rechinan mis dientes. El suicidio de mi madre, ese mismo da, tanto cre que era consecuencia de mi beso, que no llor (aunque el dolor sin
lgrimas, quiz, es el ms duro). Apenas me atrevo a decir lo que pienso: el amor que nos uni a mi madre y a m no era de este mundo. Quisiera que me torturaran (por lo menos digo que quiero tal cosa!) y -aunque, evidentemente, no tendra fuerzas para soportarlo me gustara rer en medio del suplicio. No deseo volver a ver a mi madre y, tampoco, recordar con insidia su impalpable imagen que, de pronto, obliga a gemir. Mi madre siempre tiene en mi corazn el lugar que indica mi libro. A menudo, y ante todo, creo que adoro a mi madre. Habr dejado de adorarla? S, porque, en realidad, adoro a Dios. Sin embargo, no creo en Dios. Estoy, pues, loco? Slo s que si riera en medio de la tortura -por falaz que sea esta idea- respondera a la pregunta que yo planteaba mirando a mi madre y que planteaba mi madre mirndome a m. De qu reiramos, aqu en la tierra, sino de Dios? Seguramente mis ideas no son de este mundo. (O son del fin del mundo, porque. a veces, pienso que slo la muerte: es la salida del puerco libertinaje. Particularmente, del ms puerco, que es el conjunto de todas las vidas. Y, en verdad, paso a paso, nuestro vasto universo siempre acoge mi ruego). Cuando la recamarera me llam porque el desayuno estaba servido, me anunci que esa maana la seora se haba ido de Pars y me entreg la carta que dej mi madre. Yo me haba despertado enfermo. En el desorden de mis nervios, la nausea se apoder de m. Por entre mi dolencia sent la severidad de la carta de mi madre. "Fuimos demasiado lejos", deca, "tan lejos que ahora no puedo hablarte como una madre. Sin embargo, necesito hablarte como si nada pudiera alejarnos: como si yo no debiera intimidarte. Eres demasiado joven. Ests demasiado cerca del tiempo en que rezabas... Pero me es imposible. Me indigno conmigo misma por lo que hice, pero estoy acostumbrada y puedo sorprenderme porque mi locura me ha sobrepasado? Necesito valor -valor que t debes sentir - para pedirte que debemos tener fuerzas para soportar. Quiz adivines en mis frases, por muy tristes que sean, que me esfuerzo por obtener de ti aquello que obtendran mis palabras si, en un mundo inconcebible, nos uniera una amistad pura, una amistad que slo considerara nuestros excesos. Y esto parece bachillera. Me sublevo contra ello y, sin embargo, la impotencia y la rebelda no cambian lo que soy. "Por mucho tiempo, meses o tal vez aos, renuncio a verte. Creo que a este precio, en esta carta -ya lejos de ti por el inmenso viaje emprendido-, puedo decirte lo que de viva voz sera intolerable. Sigo siendo, totalmente, aquella que conociste. Una vez que me atrev a hablarte, hubiera preferido morir antes que dejar de ser para ti lo que me gusta ser. Me encantan los placeres que has visto. A tal extremo me gustan que: t nada significaras para m si supiera que no los amas tan desesperadamente como yo. Y se dice muy poco si se dice que amo. Me asfixiara si dejara de vivir un instante sin expresar claramente la verdad que me habita. El placer es mi vida entera. Jams eleg y s que nada soy sin el placer y que, sin l en mis adentros, todo aquello por lo que mi vida es una espera, no existira. Habra solamente universo sin luz, tallo sin flor, ser sin vida. Lo que digo es pretencioso y, sobre todo, insulso frente a la turbacin que me domina, que me ciega hasta el extremo que, perdida en ella, ya no veo, ya no s nada. Al escribirte comprendo la impotencia de las palabras, pero s que a la larga, pese a su impotencia, llegarn a ti. Y cuando lleguen a ti adivinars lo que siempre me derrib y ha puesto mis ojos en blanco. Lo que algunos insensatos dicen de Dios no es nada en comparacin con el grito que esta loca verdad me hace lanzar. .. Ahora, todo lo que est unido en el mundo, nos separa. De ahora en adelante ya no es posible encontrarnos sin desorden y, en el desorden, no debemos encontrarnos. Lo que te une a m, lo que me une a ti, ya est unido insoportablemente, y estamos separados por la profundidad de aquello que nos une. Qu podra hacer yo? Molestarte, destruirte. Sin embargo, no me resigno a callar. Te desgarrar, pero tengo que hablarte. Porque yo te he sacado de mi corazn y si la luz algn da hasta m llega, ser porque te dije el delirio en el que te conceb. Pero a mi corazn y a ti, cmo podra distinguirlos de mi placer, de mi placer y de tu placer -de lo que Rea, mal o bien, nos ha dado? Hablo de ello. S que es esto, porque esto ocurri, lo que debera obligarme a guardar silencio. Pero si hablo de mi corazn, del corazn de nia de donde te saqu - de donde extraigo para siempre este lazo de sangre que quiere que mi sufrimiento me haga dolerme a tu lado y que tu sufrimiento te haga gemir a mi lado-, no slo hablo de sufrimientos y gemidos sino del jubiloso delirio que nos exaltaba cuando nos mirbamos con las manos juntas. Porque nuestro suplicio era, exactamente, el placer que desbordaba de nosotros -algo que Rea colocaba muy bajo, tan bajo como era preciso. Rea me ha acariciado profundamente. Yo me retorc y delir contra ella delante de ti como -en tu ausencia- me retorc y delir cuando te conceb. No puedo callarme. Lo que todava gime y delira dentro de m, me hace hablar. No hubiera podido volver a verte. Lo que hicimos, no podemos volverlo a hacer aunque, delante de ti, slo pensara en volverlo a hacer. Al escribirte, s que no puedo hablarte y, no obstante, nada puede obligarme a callar. Dejo Pars, me voy lo ms lejos posible, pero en cualquier parte, cerca o lejos de ti, caer
en el mismo delirio, porque mi placer no espera a alguien y surge, solamente, de m: surge del ntimo desequilibrio que, siempre, me tuerce los nervios. Puedes advertir que no se trata de ti -ya que no me haces falta y quiero alejarte de m pero, aun en el caso de que me fueras necesario, quiero el delirio, y quiero que lo veas y te destruya. Mientras estoy escribindote, entro en el delirio. Todo mi ser en s mismo se crispa y, dentro de m, grita mi sufrimiento. Mi sufrimiento me pone fuera de m, del mismo modo que yo te arranqu de m cuando te di a luz. En este retorcimiento, en su impudor, ya no soy sino un grito que ms que de amor es de odio. Vivo torcida de angustia y de voluptuosidad. Y no tengo amor, sino rabia. Mi rabia te ech al mundo. Esta rabia obligada al silencio, de la que, ayer lo supe al mirarte, oste el aullido. No te amo y estoy sola, pero t oyes este aullido extraviado y no dejar de orlo: siempre te desollar y yo, as, vivir hasta la muerte. Vivir en espera de ese otro mundo donde he de encontrarme en medio de paroxismo del placer. Pertenezco completamente a ese ms all, y t tambin, de modo total, le perteneces. N o quiero saber nada de esta tierra que han rastrillado quienes tienen la paciencia de esperar que la muerte los ilumine. Yo vivo en el aliento de la muerte y para ti dejar de existir si, por un instante, olvidas que este aliento es para m el aliento del placer. Del placer equvoco, por supuesto. Ya te he hablado de los bosques y del ultraje a las costumbres que ah buscaba. Nada era puro, y nada ms divino y violento que mi voluptuosidad entre los rboles. Pero hay un prlogo. Sin este prlogo yo no hubiera encontrado placer y no hubiera podido invertir este mundo a fin de hallar el otro. Las lecturas del granero de Ingerville eran las que desnudaban a la jovencita a la entrada del bosque. Voy a heredarte un resto del granero. En mi dormitorio, en el cajn del tocador, encontrars un libro titulado Casas cerradas, calzones abiertos. Pese a su pobreza, que no slo concierne al ttulo, este libro te dar una idea de la asfixia que me libert. Si supieras cmo respir el viento de los bosques cuando vi en el suelo, ante tu vista, las fotos de tu padre! En un polvo igual! Hubiera querido besar tu rostro sucio. El mismo polvo del granero! Y yo saba en qu estado pone. .. El nico estado que quise para m y que siempre buscar. El estado que quise para ti y por el cual, el da que me domin la rabia, puesto que lo quise para ti, me volv seca de sed. Un estado del que todos se avergenzan en pblico. Y entonces yo soaba que vieras los ojos vidriosos de esta infeliz, sedienta de tu cada y de la desesperanza que llegaras a tener. Seguramente nunca... yo me negara... Pero he querido meterte en mi reino, que no slo es el de los bosques sino el del granero. En mi vientre te di un don de fiebre y, al impulsarte por el camino trillado en el que nos deslizamos juntos, te doy un nuevo don de fiebre. Contigo me enorgullezco al dar la espalda a los dems, lo sabes? Y yo te estrangulara si -hipcrita o groseramente- tomaras el partido de los dems y rechazaras el reino del granero. "Me voy con Rea. Te dejo solo con Hansi, a quien no conoces. A Hansi no pude corromperla y, aunque esto me dio pena, es una jovencita -quiz una falsa nia, pero, en todo caso, muy poco falsa- que meto a tu cama. Que sabe, y de acuerdo, maana te espera. Delante de Hansi ya no dudars de las diosas que rean en tu cuna. Entretanto, esas diosas son las mismas de mi granero... " Tena nuseas, ya lo dije, cuando me puse a leer. No me imaginaba claramente ni el giro que adquiran mis relaciones con mi madre ni la situacin en que me colocaba una cita con una joven que ella haba seducido. Me pareca vano que yo esperara librarme de un malestar irrespirable y que, tal vez, era maravilloso. La partida mi madre me aliviaba y, en la niebla en que estaba perdido, cre que, esa carta era precisamente la que yo esperaba y que, a pesar de que me hunda en una espantosa desdicha, me dara fuerzas para amar. Mi madre fij la cita con Hansi en una casa parecida a la casa en donde comimos con Rea. La antevspera, despus que me dej, mi madre se encontr con Hansi en el otro piso. Sin duda quiso (ella o Hansi) impedir el opresivo recuerdo de la primera noche. Mientras tanto yo viv en la espera, una espera en verdad insoportable, pero que permite el emplazamiento. Le unas diez veces la carta de mi madre. La carta me emborrachaba y llegu a creer que necesitaba beber a fin de comprenderla, a fin de unir mejor la ebriedad con el mundo angustiador que sus palabras me abran. Entr puntualmente al saln de la cita. No hubiera podido ni sentarme ni cerrar las puertas. Tampoco, por nada del mundo, hubiera huido -aunque espejos, dorados y candiles me asustaban. El mozo me indic el timbre y otras comodidades que ocultaba un mueble de palisandro. En medio de este vaho febril cre que Hansi, bruscamente, acababa de entrar y que el viejo de largas patillas, que volva a abrirle el mueble, le deca: "ese joven de buena apariencia le pedir que lo utilice delante de usted" y, con la mano frente a la boca: "qu cosa ms detestable!" Senta como si estuviera en una carnicera, en pleno verano, cuando es ms fuerte el olor de la carne. Todo ah me apretaba la garganta. Y me acuerdo de la posdata de mi madre: "Hansi est asustada con la sola idea de encontrar a un joven desconocido en una casa tan turbia. Est ms asustada que t. No obstante, en ella puede ms la curiosidad. No le gusta la prudencia, y, para concluir, te pido que la mires como si la sala en donde la encuentres estuviera en un palacio de hadas". De pie, en mi fiebre, reflejada mi imagen hasta lo infinito en los espejos que tapizaban los muros y formaban el techo, conclu por creer que dorma y soaba -que una pesadilla deslumbrante me disolva. Estaba tan absorto en
este malestar que no o la puerta que se abra. Slo vi a Hansi, en el espejo: muy cerca de m, sonriente, aunque pens que, sin desearlo, temblaba un poco. Sin voltear, tambin tembl y sonre. Le dije: - No la haba odo... No respondi. Continuaba sonriendo. Gozaba del instante suspenso en que nada, bajo las luces multiplicadas, hubiera podido definirse. Mir un gran rato el reflejo de esta figura de sueo. -Quiz -dije- va usted a desaparecer tan sencillamente como vino... - No me invita a sentarme a su mesa? -pregunt. Re. Nos acomodamos y nos miramos largamente. Ambos nos divertimos hasta la angustia. Balbuc... - De qu modo no me sentira intimidado? - Yo soy -dijo, y desde ese instante permanec bajo el encanto de su voz-, yo soy tan tmida como usted; pero ser tmido es un juego infantil. Si yo le cohbo, gracias a Dios que, sin embargo, parece usted feliz. Por mi parte, yo me siento incmoda, pero vaya que me siento feliz estar incmoda! Qu va usted a pensar la muchacha que vino a encontrarle (sus ojos dieron vuelta a la sala) aqu.... sin conocerle? "No -agreg-o no me responda! Su madre me habl de usted, pero de m usted no sabe nada". El viejo de grandes patillas, al que haba llamado, llen los vasos y comenz a servirnos lentamente. El exceso de timidez, que su presencia y su acompasada actitud nos daban, tena algo agradable en esa casa de lujosos muebles para acostarse. Nos sentamos unidos, pero ms que nada regocijados por una complicidad que no tenamos y que el viejo nos prestaba. Un prstamo que pensbamos cmico y, ante todo, muy tierno. Al fin se fue el viejo. -Creo -me dije Hansi- que esto sera menos asfixiante si pudiera llorar. No soy capaz de llorar, pero eso respondera mejor a esta situacin. - Quieres -pregunt- que salgamos? Podramos irnos. -No -dijo-. Porque sospecho que usted encuentra delicioso, como yo, este desasosiego. Lo que acept al entrar, toda mujer lo acepta cuando se casa. Puedo decirle lo que me decidi a venir cuando escuch la proposicin de su madre? Su madre sin duda le ha dicho que yo no soy una aventurera -o que, al menos, no tengo la dureza de una-: mi experiencia no est a la altura de la situacin en la que no tuve miedo de colocarme. Cuando supe que usted estaba tan cohibido como yo, me sent de antemano tan seducida que hubiera saltado de alegra. Pero no vaya a pensar que soy, en verdad, una muchacha decente. Estara entonces, como lo estoy, tan maquillada y perfumada? Puedo, expresar lo que nos sucede, si usted quiere, con -el vocabulario ms desagradable. Se lo digo sabiendo que usted no me pedir que lo haga, y que tendr conmigo, tantos miramientos como si yo fuera la ms imbcil de las muchachitas. Pero... - Pero, dice usted... -Con una condicin... Con la condicin de que usted se sienta conturbado y me sienta conturbada como si yo tuviera la costumbre del placer. Le miro rectamente, pero, si me atreviera, bajara los ojos.
Me puse colorado (pero mi risa desmenta el rubor). - Estoy encantada. Vaya que estoy contenta de que, a pesar de todo, me haya hecho bajar los ojos! La mir y -aunque me sonroj y sent el arrobamiento que su presencia supo darme durante mucho tiempo- no pude interrumpir dentro de m el movimiento de provocacin que me enderezaba. Un hombre enamorado, cuando la joven va a entregarse, se parece -enseguida que lo advierte- a la cocinera que mira como un tesoro el conejo que va a matar. ~Me siento tan desdichado -le dije de tener que matarla. No estoy obligado a ser desdichado? -Es usted muy desdichado? -Sueo con no matarla. - Pero se re. -Sueo con ser feliz... a pesar de todo. - Si yo estuviera enamorada de usted? - Si el arrobamiento en el que me encuentro nunca se disipara ... ? - Al venir hacia aqu pens en gustarle, en divertirle y en divertirme. Me senta turbada. Siempre lo estoy. Pero ignoraba lo que le gustara a usted. Dese vuelta! Seal el divn bajo los espejos. "Me asusto porque no soy una verdadera muchachita y porque tengo el pedazo de palo -qu pedazo de palo!- ante mis ojos. Sin embargo, me gustas. Ya vine a este saln o a uno muy parecido. Quisiera que nunca hubiera hecho algo. No quisiera tener en la memoria tantas imgenes, pero, si yo no amara el amor, estara aqu? Tan slo le suplico que ahora no me coja. Sufro porque no est usted en mis brazos. Deseo que usted sufra como yo sufro. No quiero e, inclusive, no puedo besarle. Dgame que usted sufre y arde. Quisiera turbarme con mi sufrimiento y con el suyo. No importa si usted sabe que le pertenezco toda, entera. Le pertenec de inmediato ya que vine, y ahora le pertenezco en el estremecimiento que usted est mirando". Hablaba torcindose las manos, riendo un poco y, en medio de su estremecimiento, pronta a llorar. El subsecuente silencio dur mucho tiempo, porque habamos dejado de rer y estbamos comiendo. Un observador oculto habra advertido odio en la fijeza vidriosa de nuestros ojos. Tristemente, de nuevo, me habl Hansi. Su voz no dejaba de embriagarme como si, de pronto, cuando la escuchaba, de la brasa encendida que hay en m, surgiera una llama clarsima. - Por qu no estoy en sus brazos? No me lo pregunte. Pero s dgame que est a punto de maldecirme. -No la maldigo -le respond-. Mreme! Creo que usted goza con nuestro malestar. Y usted sabe que me da la mayor felicidad cuando me pone malo. No estamos ms estrechamente unidos que si nos uniramos en este pedazo de palo? - Usted lo sabe! El malestar me entrega a usted. Reptalo! Usted sinti lo que yo siento! - No imagino mayor felicidad. Haba tomado mi mano y su mano se torci. Advert que una convulsin incomprensible la posea. La sonrisa que la calm tuvo el irnico resabio del placer.
Pasaba el tiempo. Corra entre nuestros dedos. -Usted me calm -dijo-. Ahora, deje que me vaya. Quisiera dormirme y despertarme: los dos estaramos desnudos y usted estara dentro de m. No me bese. Si me besa no podra dejarle. - Por qu nos separamos? - Ya no me pregunte nada. Quiero dormir en mi casa. Dormir doce horas. Har lo que sea necesario para que as suceda. Cuando me despierte, sabr que ests llegando. Apenas tendr el tiempo de despertarme. Su mirada, insensiblemente, se ahogaba. Como si, con toda sencillez, fuera a dormirse delante de m. - Quisieras dormir conmigo? -me pregunto. No respond. "T sabes que es imposible! Acomparme. Te espero maana. Iremos a desayunar. Ya no me dejars". En el coche abierto solo intercambiamos unas cuantas palabras. No olvido el trote del caballo, el restallar del fuete y la mensa animacin de los bulevares... ocupaban un maravilloso silencio. Furtivamente, por un momento, Hansi rio de lado como si se burlara de m. Bajamos del coche y me qued solo Quera caminar. Me desconcertaba el estado fsico en que me dej la felicidad de Hansi. Los dolores en la ingle me trababan. Un gran calambre me oblig a adelantarme cojeando, paso a paso. Soaba en mi malestar bajo las luces demasiado intensas del restaurante. Crea que el intercambio de frases en el que gustosamente deliramos haba tenido la torpeza de un desnudamiento y que el xtasis de la liberacin -cuya imagen es el impudor final- no nos haba faltado. Detuve otro coche para ir a mi casa. Me dola, tena el vientre torcido de dolor y daba risa: ya no poda con mi excitacin. En un triste goce y en un eretismo doloroso, me encerr. No dominaba las imgenes turbias que se sucedan, en un estado de ensueo en el que no saba si era muy dichoso o, por lo contrario, muy desdichado. Un estado de ensueo del que -finalmente- escap vaco en un monstruoso exceso de polucin. Ojeroso, me despert tarde. Deba correr sin tardanza a la casa de Hansi. Apenas si tuve tiempo de repetirme, en mi prisa febril, que la amaba desesperadamente. An tena dolores fsicos pero, como ya estaban atenuados, admit la certidumbre de mi felicidad. En el departamento a donde entr tuve que esperar en una honda butaca, donde me hizo sentar una criada muy bonita. Me invadi profunda angustia. De pronto, resplandeca la verdad. Tuve tiempo para apesadumbrarme: "Ayer", pensaba, "no poda saber nada de Hansi. Ahora, la evidencia es palpable: la joven que amaba, que sin duda todava amo y que no podr dejar de amar, hace negocio con la prostitucin. .. Estas lujosas instalaciones y la provocante muchacha de la entrada (era demasiado bonita y haba sonredo para decirme: - La seora est desolada, pero me ruega que le diga que tal vez debe usted esperarla un poco). Y, la vspera, qu significaba la imposibilidad, de no abandonarme enseguida? Qu significaba la desenvoltura con que mi madre, para sus fines, dispuso de ella -como si fuera una muchacha cuyo cuerpo est disponible? Lo peor de todo es la mentira del pretexto que dio para rechazarme ayer en la noche. Tengo que preguntarle sin tardanza con quin acaba de engaarme". Era tan infeliz que quise irme, pero apenas lo pens, comprend mi impotencia. No me ira. Enjugu el sudor de mi frente. Ya no poda ms. Discurr releer la carta de mi madre. Pero tambin esto era imposible. Deba hundirme en la miseria en que la pasin ms absurda, ms injustificada, acababa de hacerme entrar. Slo poda sopesar: m reflexin sobre el objeto amado. "Puedo quejarme de traicin? Ni siquiera eso, porque tendra que afirmar que ella me pertenece. Por lo dems, no-puedo acusarla. No tengo la menor prueba. Si Hansi slo es, como creo, una puta joven, pronto estar perdido en sus innumerables mentiras. Mentiras que me, tragar muy fcilmente puesto que me hiela el pensamiento de perderla. Mi mente divagaba. Por in instante el recuerdo de sus palabras me induca a creer que, si quera engaarme, me hubiera dicho lo que me dijo. Sufra y, demasiado palpitante dentro de m, la imagen de Hansi me fascinaba. Recuerdo que furtivamente, en el fiacre, me mir riendo (no pensaba que yo la vera). Y estaba entonces tan bella que, al pensar en esto, quera que siempre se burlara de m. Que hiciera de m lo que le en un libro pornogrfico. Un esclavo apaleado, gozoso de los golpes, feliz de su esclavitud. O la llave en la puerta. Hansi corri sin aliento.
-Te hice esperar -dijo-. Mira. No he dormido. Con un ltigo en la mano, los cabellos rojos bajo un brillante sombrero de copa y vestida de negro como amazona. Hansi no slo era fascinante. Era la encarnacin de la obsesin que un rato antes me haba domado. Como si me adivinara, riente, traviesa, aferr mis puos! - Mi traje te trastorna. Lo amo y me agrada usarlo. Pero no veas en l, el uniforme de mis vicios. Soy voluptuosa y ardo en demostrrtelo, aunque (sealaba el ltigo) no me gusta usarlo. Te decepciono? El ruido que hace es tan bonito... Yo tena la cara triste y silb el ltigo. Riente, me amenaz con la firmeza de la domadora que reta a la bestia y avanz hacia m. -A mis pies! -grit-. Mira mis botas. Abandon su bravata. Estall de risa. Se levant el vestido para mostrarme sus botas relucientes de barniz. Hizo carantoas. - No eres dcil. Qu lstima! Y voy al decirte que, mientras las traiga puestas, no te voy a dar oportunidad para que las beses. No sirven para nada. Y, ahora, dime por qu ests triste. Lamentas? Hablaba sola. Traa el diablo. Volvi a tomar el ltigo y restall la mecha agudamente. - Sabes qu me puso con este humor? Al entrar me dije: le pertenezco y l me pertenece. Quieres que me quite todo? Prefieres que conserve mi sombrero?, mis botas? Yo quisiera no hacer sino lo que t quieres. Quieres, t, el ltigo? Quieres golpearme hasta la muerte? Eso no me agrada. Slo me gusta ser tuya, ser tu juguete. Ya veo que ests triste, pero yo estoy loca de alegra. Yo ya no poda ms con la lentitud del coche y con haber tenido la idea de ir al bosque porque no poda dormir. Nunca he sufrido de amor, jams he amado, pero delir a causa de las horas que me separaban de ti, todo el tiempo. Por qu te ped ayer que me dejaras? -S, Hansi, s, por qu me pediste que te dejara? - Yo quera saber, Pedro. Estaba loca. Quera encontrarme a solas. Pedro: si nunca hubiera noche sabras lo que es el da? Pero, en la noche, Pedro, mientras esperaba el da, la espera lleg a ser espantosa. Yo me haba quedado taciturno. Sordo a los gemidos de Hansi, aunque me senta desdichado de estar sordo y no abrirle mis brazos. Creo que ella tuvo que comprenderme. Sbitamente, grit: - Lo haba olvidado, Pedro. Pensaba en eso durante la noche y no poda dormirme.. T no sabes nada de m! - No quiero saber nada... -Si vendiera mi cuerpo, si me hubiera entregado a quien ofreciera ms, me amaras? Respond con un tono siniestro y baj la cabeza:
- Me da lo mismo. T sabes que yo te amara de cualquier manera. -Cmo ests triste. Dudabas? Continu con la cabeza gacha. - Qu s de ti? Me dio miedo que ayer en la noche me mintieras para dejarme. - No te ment. Pero, pensaste que una muchacha que acepta cenar en ese lugar se est prostituyendo? Lo pensaste? - Lo pens. Y te iba a aceptar aunque iba a perder el gusto de vivir. Pierdo a menudo el gusto de vivir. - Lo volvers a hallar si me amas. Bsame! Cay el sombrero de copa y la felicidad me anonad. No s cunto tiempo dur este anonadamiento voluptuoso, y Hansi me dijo: - No tengo vicios, detesto los vicios; pero matar a un hombre con la voluptuosidad que yo le d. Sabes por qu? - Porque yo muero de voluptuosidad. Nuevamente se fundieron nuestras bocas en un sentimiento de alegra exagerada. En el lmite de tal alegra, el ligero movimiento de la lengua llegaba hasta el desbordamiento y dejaba atrs toda la vida: la intensidad y la intimidad de una sensacin se abran paso a un abismo -como al morir se abre una llaga profunda- donde no haba nada que no estuviera perdido. - Tenemos que comer -dijo Hansi. - Tenemos que comer -le respond. Pero habamos extraviado el sentido de las palabras. Cuando nos miramos, nos trastornamos totalmente al advertir hasta qu extremo tenamos ahogada nuestra mirada, como si regresramos del ms all. En el deseo en carne viva ya no tenamos fuerzas para sonrer. -Quiero quitarme este vestido -dijo Hansi-. Ven a mi cuarto y me cambiar en el bao. Desde mi cuarto puedes hablarme. Hansi comparta mi prisa infantil. - No s quitarme sola estas botas -gimi. Tuvo que llamar a la recamarera. Tuvo que mostrar impaciencia y la recamarera no tard en descalzarla. Volvi con un ligero deshabill de encaje. Me dijo en mis brazos, ofreciendo la boca: - Todo mi cuerpo est vido de ofrecerse a ti. Lo sientes? Ya no me vestir, porque despus del desayuno nos meteremos a la cama... Quieres? Comprend que en medio de esa felicidad yo deba ser desdichado. Hansi poda entregarse al desconocido que yo era, aunque la criada lo observara. La costumbre que tena de hacerlo era la explicacin. Hansi se adelant a mi curiosidad: - Estoy tan enamorada, tengo tanta prisa, que apenas tuve tiempo de hablarte. Y ya te ment. Ya me di cuenta. - No te pongas sombro. Ya te dije que t no eres mi primer amante. Dentro poco sers el tercero. Pero voy a conservarte. No conserv a los dos primeros sino una noche. Solamente... - Pretendo no tener vicios, detestar el vicio. Miento. Esto slo es verdad para m en un cierto sentido. Tal vez no es
un vicio. Y la recamarera es bonita, no piensas que s? "Te pones colorado. Ya piensas en engaarme? Te dije que soy voluptuosa. Debes saber cmo vivo. Tengo fortuna y vivo independientemente, pero si no tuviera a Lul, en cualquier momento tendra que ofrecerme a cualquier recin llegado. No me gusta estar sola cuando se hace de noche. Gem: -Ayer en la noche? - Te sientes desdichado. Ests celoso? - No quiero que mientas. - Ayer en la noche tom doble dosis pero no me dorm. Esta maana, para engaar al deseo que tengo de ti, so -as de loca estaba- que pona a Lul en tu lugar. Si lo hubiera hecho no tendra remordimiento: te lo hubiera dicho y, sin duda, me perdonaras. Pero decid ir al bosque y extremar la excitacin de esta loca lanzndola a galope. Y ahora tengo tus brazos, tus labios, y estoy casi desnuda. Quiero rer contigo. Si no soy viciosa, si soy libertina, y adoro rer. Ya estoy loca de impaciencia, pero estoy esperando a que no puedas ms. Sabes lo que Lul me dijo, en voz muy baja, en el bao, mientras me descalzaba? No te puedes imaginar cmo es divertida. - La llamas Lul? -Lul, no es cierto?, es un nombre muy vistoso. Yo soy una persona muy vistosa. Me gustara que un da vinieras al bosque y que Lul y yo nos divirtiramos delante de ti. Ella se ve tan bella vestida de amazona! -Lul? - Lul es tan criada como yo puedo serlo. Es una mujer que se divierte, y nunca son inocentes nuestros juegos. -Hansi -le dije-, no s por qu, pero quisiera llorar. Hansi no comprendi que las lgrimas que evidentemente preaban mis ojos, eran lgrimas de felicidad. Yo adverta mi idiotez y me maravillaba de ver que la vida regala, junto con las delicias del amor, voluptuosidad y belleza. - No, Pedro, yo nunca te har llorar. Te quiero hasta las lgrimas, pero hasta las lgrimas de alegra. Jams dudes que nuestro amor no es hermoso. Y ya casi estoy desnuda frente a ti. Me siento desnuda y quiero hablar, delante de ti, sin estar pendiente de un pudor que, ahora, no tengo por qu temer. Vivamos enloquecidamente. Dentro de poco te voy a pedir que me cojas. Pero t an no sabes lo que Lul me dijo en el bao. -No, Hansi, en estos momentos no quiero saberlo. - Perdname. Pedro: estoy tan loca, tan loca por ti, que ya no s lo que digo. Deliro y nunca nadie me puso en las condiciones en que me ves. Te deseo tanto que enloquezco, y por eso te hablo tan estpidamente. Soy despreciable, pero as soy. Ya no puedo ms. Estoy hecha una furia. Cgeme! No se quit y ms bien desgarr los encajes que la cubran. Y fue Hansi quien me derrib y me ayud a encuerarme. Desatados, camos en la alfombra. Permanecimos en la cama durante varios das, absortos en ese delirio. Rara vez fornicbamos, nicamente cuando Lul no llevaba vino, aves o viandas, que apurbamos o devorbamos. Bebamos y bebamos borgoa para restaurar nuestras fuerzas desfallecientes. Una noche dijimos que, despus de tanto, tal vez estbamos locos o alucinados. Hansi siempre quera diferentes bebidas. -Quiero saber lo que ella est pensando -dijo Hansi. Lul nos trajo champaa. Hansi le pregunt:
- Lul, nosotros ya no sabemos nada. Nos preguntamos qu nos ocurre. Desde hace cuntos das que estamos en la cama? Tal vez nos vamos a deshacer? Riendo, Lul respondi: - Hoy es el cuarto da. Y es verdad: la seora me da la impresin que se est gastando. Si me atreviera, dira lo mismo del seor. -A fuerza -dijo Hansi-. Yo ya no s ni dnde estoy. -Sin duda, a fuerza de soar... -Sin duda: a fuerza de soar! Las dos muchachas estallaron de risa. - Vamos a beber juntos -dijo Hansi-. Pedro y yo beberemos en el mismo vaso. -Seora, me permite tutearla? Hansi rio con ms ganas. - Eso es -dijo-. Si Pedro lo permite. nos tuteamos. - Te llamas Pedro? -me dijo Lul. -Regreso a la vida -me dijo Hansi. - Pedro- dijo Lul-, no pienses que somos viciosas. Yo tengo mis vicios. La criada es, ms bien extraa. Hansi, no. Pero siempre es agradable resbalar en pisos enjabonados. - Yo hago creer -me dijo Hansi-, inclusive me gusta hacer creer, pero no siempre me importa. -Ahora me toca -dije- regresar a la vida. No saba por qu este lenguaje equvoco, aunque me pona nervioso, me complaca. - Tienes -dijo Hansi- la fuerza de soar? - Ten la seguridad -continu- de que regreso a la vida, pero slo para soar ms y mejor. -Debera dejarlos soar -dijo Lul. -Si quieres -dijo Hansi-, puedes hacerlo. Pero, antes, acbate la botella, abre otra y bebamos el ltimo vaso. Nosotros vamos a soar, y luego t vendrs y te contaremos sueos nuevos. Lul bebi sin hablar, con mucho bro. Se levant sin vernos, sin ver que Hansi, bajo las sbanas, furtivamente volva a jugar y dijo: - La seora lo piensa? Cuando la criada est con humor de soar, no siempre tiene ganas de soar a solas. Me desconcert este dilogo. Ya no comprenda lo que mi amante quera hacer con su amiga, ni lo que la amiga quera hacer con mi amante. Hansi me haba calmado perfectamente, me haba empapado de tanto placer. Los malestares del primer da estaban olvidados. No los deseaba, y no me asustaban los deslices que evocaba su lenguaje -del que Rea, desvergonzadamente, me haba dado ejemplo. La presencia de mi madre vinculaba estos deslices a la angustia, pero la angustia no contrara el placer y s lo agudiza. Inmovilizaba en mis brazos la ardiente
nerviosidad de Hansi, con una sagacidad lenta: meda el camino recorrido desde el da en que advert, por primera vez, todo lo que me ofreca la voluptuosidad. En el vasto dominio a donde haba entrado, solitaria y sinuosamente, lograba vivir sin temor ni remordimiento. Del terror religioso que, tuve al principio, hice un secreto resorte para mi placer. Es tan profunda la vida ntima del cuerpo! Arranca de nosotros el grito terrible junto al cual, el impulso de la piedad, no es sino un cobarde balbuceo. El exceso de piedad slo es tedio. Tan slo las dificultades y los problemas de la carne -mentiras, fracasos, espantos y mal entendidos que nos clava, y la ocasin que ofrece para nuestros descuidos- dan razn de ser a la castidad. El placer genital es el lujo que limitan la vejez, la fealdad y cualquier forma de miseria. Enseguida que me fue dado este lujo, advert, en la clera que los sacerdotes le oponen, la queja de la impotencia irremediable (que el movimiento de la excitacin atropella). Lo que an viva en m de ardiente religiosidad se asociaba con el xtasis de una vida voluptuosa, y se desprenda del inmenso desperdicio del sufrimiento. En muy poco tiempo dej de resultarme viviente el rostro al que no transfiguraba el placer, me sedujeron los regocijos disolutos y, entonces, quise decirle a Lul que se quedara con nosotros. Me agradaba el pensamiento de hacer el amor mientras la muchacha nos miraba, aunque me cohiba la actitud ambigua de Hansi. Hansi acostndose con Lul: no me senta celoso, y quera saber lo que Hansi quera. Estos pensamientos no atenuaban el placer que senta en los brazos de Hansi. Al cuarto da descubr la intensidad del ro que delira por perderse. Ninguna otra mujer me dio de tal manera el inagotable sentimiento de la felicidad que corre, y que no podra correr ms aprisa. Sin duda, la herida es mortal, pero no importa. Para siempre...! Y entonces lament haber pensado en la desgraciada vida de Lul, quien no poda participar en la felicidad infinita de mi amor, ms secreto que el fondo de mi alma y ms lcido que un asesinato. Alcanzaba el peldao de la vida violenta y Hansi lo alcanzaba conmigo. Un peldao en donde hubiera podido decir a Lul: "estranglala", "lmele la lengua", sin distinguir de inmediato en mi indiferencia, lo posible de lo imposible, lo deseable de lo risible. Si, el rayo cayera sobre m ya no escuchara la mosca que bordonea en mi oreja. Viva en la tempestad y no llegaba sino lentamente a ese punto vaco en el que, al hablar con mi querida, volva a sentir el deseo de hablar (porque, entretanto. haba descendido al triste arenal de la vida abandonada por el deseo): -- Hace un rato queras decirme lo que te dijo Lul, lo que te dijo en voz baja en el bao. Hansi me mir largamente sin comprender. Luego, como quien sale de un sueo, me dijo: -- Naturalmente. Tendra que haberme separado de ella. Sin embargo, te hablar de ella y te dir lo que es para m. Quiz, lo que fue. Me sonri. Una vez ms el encanto de la sonrisa se transform en labios suave y, la suavidad, en avidez, en violencia... Cuando regres la calma, le dije: -Creo que esta vez me agot. Estoy muerto. -Tenemos que comer -dijo-. No es hora de comer? - No le di cuerda a mi reloj... - Voy a llamar a Lul... - Llamarla. .. Lul es, pues, t criada... No me habas dicho...? - S. Lul es mi recamarera, pero... nada es tan simple... A Hansi le agarr la risa. -Quera -dijo- cerrarte la boca. Ya no tengo fuerzas. Veo doble. Voy a llamar a Lul. - Antes, hblame de ella. - Primero, la llamo. - Me vas a hablar delante de ella?
- Por qu no? -Piensa! - No tengo fuerzas. - Antes, hblame de Lul. - En el bao, mi ltigo estaba sobre una silla y yo tena puestas las botas. Lul miraba la punta de mis botas y me dijo: " qu lstima que esta maana la seora no tenga vicios". Voy a llamarla y luego te hablar delante de ella. Pero vaya que es difcil! Estoy muerta. Si t supieras, quiero decrtelo, que yo he querido hacer todo contigo. La desvergenza agota y el agotamiento me vuelve todava ms desvergonzada. Voy a decrtelo. Lul llam. - Entra. Lul. Estoy bostezando. Esta noche estoy cnica. Ante todo, tenemos hambre y quisiramos comer, comer y beber. Y, enseguida, tienes que contarle todo a Pedro. Decirle que te gusta mi ltigo, que no eres mi recamarera y que hemos llevado la comedia demasiado lejos. Me estoy durmiendo. Pedro, ya estoy cansada de soar. - La comida an no est lista, pero Hansi se est quedando dormida. En verdad. Pedro, Hansi no te dijo nada. -Si comprend bien, yo tom tu lugar y Hansi te golpea y eso te gusta. Tambin le gusta a Hansi? -S, Pedro, -me dijo Lul-, t tomaste mi lugar. En cierto sentido, porque Hansi nunca me ha amado. - Crees que me ama? - Pedro: sent que caa un cataclismo. Hansi lleg tan delirante que, por muy triste que est, me siento feliz. -Lul -le dije-, eres bella y me siento muy tonto ocupando tu lugar. Sueo en un mundo en el que no haya celos. Pero creo que por Hansi soy capaz de sentir celos, aunque no los sienta de ti. Nunca he pensado de ti lo que pienso de sus otros amantes, que debes conocer, y lo que s me enloquece es que me recibi con una franqueza que pareca acostumbrada. - Pero no. Hansi es casi virgen y yo pensaba que no le gustaban los hombres. Me equivocaba. Ama el amor. Todas las noches quera gozar. Slo la otra noche... Le supliqu que me golpeara: golpearme no significa que te engae. Est durmiendo. Dime, te enojaras si me golpeara? -No s. Estoy tan cansado. Sufro y ya no s lo que pienso. No lo creo. Pero, Lul, gozas cuando te pega? - Yo s, pero Hansi no goza. - No goza pero se divierte. - No. Causo lstima, soporto todo y eso no la divierte. Slo es cruel por indiferencia. Inclusive no siente ningn placer sabiendo que yo sufro y, sin embargo, ella me desespera y lo sabe. T me dijiste, Pedro, que soy bonita; pero vivo junto a ustedes como un animal. La amo desde que estuvimos en el internado. Siempre le gust jugar. Yo, era su juguete desde nuestra infancia. Ella era la patrona y yo, la recamarera. No ha dejado de ser nia. Todava jugamos, y ahora vivo disfrazada. Hansi me ha dicho que de seguro t no vas a aceptar que me quede con ella. - Pero. Lul. Eso es inaceptable para ti! - Yo acepto. Pedro. Ser tu esclava. Su esclava y la tuya. - Pero, Lul, estoy espantado. No s lo que esperas a cambio de Hansi, pero de m no puedes esperar nada.
- Nada espero de Hansi. Yo quera que no dejara de golpearme, pero s que esto se acab. Nada espero de ti. Ustedes pueden invitarme a beber... - Estaba ciego...? Yo creo que para ti pronto ser intolerable, a menos que... - ... a menos que,... -Si Hansi todava quisiera... divertirse... contigo... - ... te gustara... - No s si me gustara, pero si a ella le gusta no me sentir celoso. - No te enojas si Hansi me invita a beber? -Creo que estoy, cmo decir?, conmovido. Ya no tengo ganas de..., porque hemos abusado. Enseguida t vinistes... Estoy seguro de que Hansi... -Guardmonos el secreto. La propia Hansi se siente inclinada..., aunque no quiere admitirlo. Si a veces bromea, pretende que detesta. .. Pedro, estoy en cantada de tener un secreto contigo. Quisiera besarte la mano. Yo s: no hay nada ms abrumador que el masoquismo. Pero yo me aprovecho y soy lo bastante bonita como para no enfadarme. Cuando a una viciosa le gustan las mujeres se presta para cualquier cosa. Los hombres son amos muy serios, pero muy molestos. Las masoquistas a las que les gustan las mujeres son amigas extraordinarias, capaces de hacer todo. Tu amistad me da valor. Sin duda no voy a tener que quitarme el delantal. - Lul, corre a buscar champaa. Si Hansi sigue durmiendo, beberemos por nuestra amistad. T sabes que yo amo a Hansi, pero quiero que sepas que, cuando ests cerca de ella, la deseo. Lul trajo champaa y fui a sentarme con ella fuera del cuarto donde Hansi dorma. - Me quit -dijo Lul- mis atributos de recamarera, pero voy a ponrmelos para la hora de comer. La comida los est esperando. Abr la botella. Le tend su vaso a Lul. -Amamos a la misma mujer -le dije-. Bebamos por esta complicidad! Enseguida vaciamos los vasos. Me senta feliz y rea: - Te besar, Lul, pero en la mejilla... No te sientas conmigo: tengo hambre de Hansi. - Pero, si a m no me gustan los hombres, Pedro, y lo que me gusta de ti es que haces feliz a Hansi. Los tres lo comprendemos de la misma manera. Vamos a de pertarla y les traer de comer. Los dos hemos hablado de m, pero de ella s que no dijimos nada, -excepto, de paso, su aversin por las diversiones. . . de las cuales no quisimos hablar... Fui a despertar a Hansi a su cuarto. Le mostr mi ardor. - Magnfico -me dijo mientras me besaba-, pero tengo mucha hambre. Primero, comamos. Lul nos sirvi. Comimos. Yo hablaba poco y beba mucho. Hansi bostezaba. Al comer, nos esforzbamos contra un sentimiento de decrepitud. Nos dolan los nervios del crneo: ya no tenamos qu decirnos. Comamos y bebamos con la esperanza de adormecer un agudo dolor. Y Hansi me dijo: -A pesar de todo estoy contenta. Me duelen los nervios de los ojos, pero te veo. -S, los ojos me duelen. Te veo. El nico medio para no estar enfermo es volver a hacer el amor. - Ya no tienes fuerzas. Quise mostrarme orgulloso y le agarr la mano. No s si mi debilidad o la llegada de Lul me sorprendieron. O las
dos cosas. Pero, en lugar de bajarle la mano se la bes. Luego relaj mi cuerpo y mis labios se apartaron. Enjugu con el pauelo el sudor de mi frente. -Sufrir contigo es delicioso -le dije-, pero es sufrimiento. -Si la seora quiere -dijo Lul-, tengo mi velo de enfermera. - Nos hacen falta camillas y enfermeros -dijo Hansi-. Respecto a eso t nada puedes, aunque pronto te vamos a pedir que lleves a la cama a estos ancianos. El sncope, Lul, yo espero el sncope: eso es todo. Me ro, Lul, y quisiera que estuvieras, a menudo, tan muerta como yo. Pero ro de pena y mis ansias slo se justifican en pasado. Ahora... ni siquiera tengo fuerzas para comer. Yo estaba muy plido e hice con la mano un movimiento de impotencia. Ya no tena fuerzas para hablar. -He aqu el colmo de la felicidad! -dijo Lul. Gesticul porque no poda rer -ni gozar- con el gracioso humor de Lul. Gesticul porque: sufra de esta complicidad concertada que me causaba horror. Se confundan, la nusea y la felicidad. Hansi se arrastr hacia la cama y se durmi sin esperar. Pero yo no pude dormir. Sufriendo y reflexionando en vano junto a ella, acarici su espalda y sus nalgas, y me qued mirndolas. No dejaban de significar el loco exceso del goce que an pareca inundarlas, que permaneca como el sentido de su belleza y que era, por su indecencia, un desafo al Dios de castidad que yo haba amado. En mi dolor, y al sentir el dolor de Hansi, opona este goce sucedido por su contrario -este goce ya enterrado en la oscuridad lejana del pasado- a la alegra en Dios que haba conocido. Crea que el dolor presente debera armonizarse con la maldicin de los cuerpos y con la maldicin de la felicidad que nos engaa. Pero, dado que sufra, me dije -en mi nusea que el goce carnal era santo y que, tal vez, tambin el xtasis que sigue a la oracin es santo, pero siempre dubitable. Tena que esforzarme, concentrar mi atencin en la plegaria, a fin de que surgiera el carnal, que haca que me excediera y que me dejaba sofocado y aullante. Y, si acaso el xtasis lograba ese grado, me vea obligado a dudar de lo que, en forma tan extraa, haba provocado un desorden mental en el que intervenan los juegos infantiles de la inteligencia. Por lo contrario, dentro del xtasis en que Hansi y yo nos perdamos, sobre todo participaban nuestros vientres desnudos puesto que el amor ilimitado no tiene tregua sino cuando nuestros vientres se desnudan y liberan de sus lmites. Esta abolicin de lmites, que nos perda el uno en el otro, era ms profunda y santa que los sermones del cura en la capilla de la iglesia. Vea en ella la medida de Dios, en la que nunca advert sino lo ilimitado, la desmesura, la demencia del amor. Y, as, en mi nusea, bes las nalgas de Hansi, porque me sent tan alejado de la alegra que haban dado como si de esta alegra me apartara la maldicin divina. Y, en esta desventura superficial, tuve la fuerza de decirme: "me gustan las nalgas de Hansi, las amo tanto como Dios las maldice. En mi nusea me ro de esta maldicin que, profundamente, las diviniza. Si las beso, si s que a Hansi le gusta sentir que las beso, son divinas". Y entonces las cubr con la sbana y ya no vi el objeto de mi impotente pasin. Como cae una cuchilla, el sueo y el ensueo me sacaron del mundo donde realmente viva: cerca de m los cuerpos desnudos se multiplicaron. Una especie de ronda, que no slo era libidinosa y agresiva -entregada tanto al placer de devorar como al de fornicar-, entregndose al ms bajo placer bizqueaba, simultneamente, hacia el dolor y hacia el estrangulamiento de la muerte. Una ronda que proclamaba que la fealdad, la vejez y el excremento son menos raros que la belleza, la elegancia y el brillo de la juventud. Y sent que las aguas suban: las aguas, que eran las inmundicias, ante cuya subida muy pronto encontrara refugio. Y yo iba a sucumbir bajo el poder de la maldicin, bajo el poder de la desdicha, como la garganta del ahogado se abre ante la enormidad de las aguas. Mi pesadilla se despleg sin este simplismo y record el comienzo, pero olvid el fin. Despus de cincuenta aos slo recuerdo que, cuando tena veinte, enseguida me afligi. No recuerdo mi sueo con exactitud, pero s tengo presente el sentimiento que me dej y que, seguramente, orden lo mejor posible. Por ese entonces, yo asociaba la imagen que tena de la divinidad violenta a la imagen de la voluptuosidad de Hansi y, ambas, a las inmundicias cuyo horror y omnipotencia eran infinitos. En los das de mi piedad haba meditado sobre Cristo crucificado y acerca de la inmundicia de sus llagas. La nusea torturante, nacida de un abuso de la voluptuosidad, me hizo caer en
una horrible confusin en la que todas mis sensaciones desembocaron en el delirio. Mi insensibilidad y mi torpeza moral haban prosperado y me sorprend. Como si mis nervios, ahogados en morfina, ya no sintieran nada. Inclusive, dej de pensar en la religin que, en un principio, cre que me turbaba de modo absoluto. El goce que daba a Hansi, el deseo de voluptuosidad que la haca sincerarse conmigo, la felicidad de irritar la profunda desnudez de su cuerpo -descubrir esa desnudez, turbarme con ella- haban sustituido el estremecimiento, el sobresalto y la visin que me entreg la presencia divina. La presencia divina que una vez me habl, me llam y dio suplicio. Recib, muy pronto, noticias de mi madre. No me dola su ausencia y, cuando sus cartas me hablaban, cnicamente, de la vida que llevaba en Egipto, no slo me escandaliz muy poco, sino que me regocij. Me dije que yo mismo, o que Hansi. .. Mi madre se haba puesto frentica, se haba desencadenado; pero deca que era feliz. Deca que estaba encantada, en lugar de decir que arreglaba o desarreglaba su conducta, cada da un poco ms. Debera haber adivinado por qu me escriba, pero slo la admiraba, la envidiaba y le daba gracias por mi felicidad. "Tu padre", un da me explic, "me retena en el buen camino. Cosa que intent remediar fingiendo respetabilidad ante el escndalo de su borrachera! Y ahora, en Egipto, donde soy una desconocida y donde vivo, inclusive, con seudnimo, al margen de la lista de correos, lentamente he llegado a ser el escndalo del Cairo: tantas cosas hago que me sealan con el dedo. Me emborracho con mayor discrecin que tu padre... pero alardeo de mujeres. Nada ms imagina que Rea me modera! Me suplica que salga con hombres, y, segn me dice Rea, salgo con hombres, y es peor! Esta misma noche en que sal con Rea, a las dos nos corrieron del restaurante. Nos habamos portado con tan malos modales... No debera escribirte, pero la hermosa Hansi me dijo que mi ltima carta te hizo rer. No necesito nada ms para escribirte. En la pendiente en que me encuentro, ya no me detengo: mientras ms aprisa me deslizo, ms ro y ms me sorprendo. Me admiro de escribirte de este modo y me maravillo de pensar que mi carta es digna de ti. "Tu madre, que es una bribona y que est feliz de saber que te res y de que seas, como Hansi dice, tan soador como tu madre, MAGDALENA" Un poco antes, la carta me hubiera desesperado. Me dio miedo, pero, enseguida, me congratul de vivir as, en la atmsfera de "sueo" -inslita- a la que me haba consagrado la insolencia de mi madre. En esos momentos conceb una seductora imagen de ella, muy prxima a la realidad: mi madre tena el derecho de conducirse as. Yo no poda suponer un ser ms tenso ni ms fuerte, que era la audacia misma y que tena conciencia del abismo que haba deificado. De inmediato, le respond: " ... Me da miedo, mam, pero me gusta tanto el miedo que, mientras ms miedo tengo, ms te amo. Sin embargo, me entristece pensar que toda esperanza me est prohibida: jams mi audacia te har sentir que te has excedido. Tengo vergenza y no obstante, que grato me es pensar en ello. La nica audacia que no me est prohibida es sentirme orgulloso de ti, orgulloso de tu vida (y estar. lejos, pendiente de ella), y comienzo a sentirme -muy rara vez- un poco incmodo con los conocimientos muy relativos de Hansi. Me ro contigo de esto, sin decirle nada, porque no tengo ni fuerzas ni placer como para corromperla. Me lleg la respuesta en post scriptum de una carta alegre, del mismo tono que la primera: .. A solas no puedes corromper a Hansi. Tu error radica en que prefieres el placer a la perversidad. Tal vez, un da remoto, nos daremos la mano". Debera haber medido el alcance desdichado de su propuesta. Pero, cmo la habra advertido? Hoy en da me sorprende mi inconsecuencia. Mis deseos me agitan rumbo a todas partes. Como Hansi, ingenuamente, quise poner mi placer a cubierto de los angustiosos cambios de humor, que slo nacen de las invenciones enfermizas del vicio. Yo tena miedo, como Hansi, de estos inventos. A Hansi le gustaba, frecuentemente, rozarles y lo haca con justeza, segura de retroceder en el ltimo momento. A m el vicio me fascinaba, esperando lo peor, con la lengua colgante y seca de la sed. Al final, la imitaba y retroceda, pero nunca tuve la seguridad de poder hacerlo: ms an, saba por experiencia que nunca me haba retirado a tiempo. Amaba a Hansi y amaba su deseo de placer continuo, el asco que tena por el vicio (como si la voluptuosidad pudiera subsistir sin ser vicio. sin ser un placer de. la inteligencia y no
un placer de los cuerpos). Lo comprend demasiado tarde. Nunca Hansi dejaba colgar su lengua sedienta: Le gustaba la felicidad sin sombras. Una felicidad que jams hubiera buscado -como los viciosos- en la desdicha. Nuestra felicidad era precaria y reposaba en un malentendido. Yo le deca lo que pensaba que eran mi pensamiento y mi profunda armona, pero, simultneamente, le escrib a mi madre, como respuesta a unas lneas suyas en las que debera haber advertido una amenaza: "Tu proyecto acerca de nuestra hermosa pelirroja me dio, a todo lo largo del cuerpo, un maravilloso calosfro. De miedo? De hechizo? No lo s. Quisiera darte la mano". Me fortificaba el alejamiento de mi madre. Ya no la vea sino a travs de una nube, y viva en el presente. El presente: "la hermosa pelirroja" de la que hara surgir, de un oleaje de encajes, por la noche, las largas piernas y el vientre dorado. Y Hansi iba a cubrirme de besos provocadores y yo no la encontrara tmida. Pero mi madre reserv otra hoja de carta, diferente, para decirme aquello que no deba caer en las manos de mi gran pelirroja: "Jams podr saber la "gran osa" escriba que el placer de la inteligencia, ms sucio que el del cuerpo, resulta ms puro y es el nico placer cuyo filo no se embota. A mi ver, el vicio es la irradiacin negra del espritu, que me ciega y por la que muero. La corrupcin: cncer espiritual que reina en la profundidad de las cosas. A medida que me pervierto, me siento ms lcida, y la descomposicin de mis nervios slo es, en m, un estrago que viene del fondo de mis pensamientos. Te escribo aunque estoy borracha y Rea, abajo de la mesa, me aterroriza. No siento celos de la "gran osa", pero lamento que se comporte ms razonable que Rea". Simultneamente. Hansi reciba cartas de mi madre que, por su hilarante exhuberancia, hacan pasar por alto su incongruencia. Cartas que se asemejaban a la primera parte de las que me diriga. Hansi siempre 'estuvo fascinada por mi madre, aunque demasiado pronto senta miedo. Y, si bien deseaba su regreso, no poda como yo, dejar de: temerla. Un da me mostr lo que le contestaba: ..... Pedro espera con impaciencia el regreso de su mam y yo, con igual sentimiento, espero el de mi amante. (Hansi, la vspera de nuestra cita, haba gozado su cuerpo). Si yo no estuviera cada noche en brazos de tu hijo..., soara en tus brazos y en tu pecho de jovencita. Pero todos los das me entrego al sueo torrencial de Pedro (y, a s. no hay un slo instante en que no le exija un exasperado tormento). Gracias a ti soy tan dichosa que, bien lo s, tendra que devolverte esta felicidad que te debo, pero, ya que me rebasa, slo me reira en tus brazos con la risa agradecida. Avergonzada de los placeres que Pedro y yo nos concedemos y venturosa de los goces que un placer insaciable te permite. Un placer insaciable, al que se une mi deseo como se unan nuestros cuerpos de enamoradas. Te beso y le pido a Pedro que me perdone. Lo acabo de engaar en pensamiento pero, as como al amarlo pienso que te soy fiel, le soy fiel al deslizar en pensamiento mi lengua entre tus dientes. Y, a tu vez, tienes que perdonarme si, cuando regreses, mi cuerpo rehye tus besos, porque guardo para Pedro lo ms precioso. Privarme de un placer significa ponerme enferma, pero privarme de l para drselo a tu hijito, es, un poco, privarme de l por ti: volverme ms dichosa". No dije nada. Le di las gracias a Hansi, pero pens que la negativa que Hansi envolva de incongruencias, en lugar de ponerme contento, me entristeca. Me hubiera gustado que, de cuando en cuando, Hansi se divirtiera con mi madre. Odiaba la idea de beber con mi madre, como ella quiso hacerlo, e, insensiblemente, pasar a otra cosa. Cualquiera que haya sido la afliccin que me daban no siempre las audacias de sus cartas, stas me complacan. Nunca olvidaba que Hansi haba sido la querida de mi madre. Desde un comienzo me gust este lazo y hubiera querido, despus, que se rehiciera y perdurara. Al leerme su carta, Hansi me conturb profundamente. Aunque ya esperaba su propsito, me decepcion: slo me consolaba pensar que Hansi se propona negar su cuerpo y ofrecer su boca. Pensaba, cnicamente, que mi madre besara a Hansi delante de m. Una intimidad como esa corresponda mil veces mejor a mi deseo, puesto que la negativa del cuerpo limitaba todo aquello que, ilimitado, me hubiera l1e~ nado de terror. Comenzaba a sentir que, lentamente, mi voluntad se dislocaba y que el regreso de mi madre iba a ser el huracn en el que, en medio del horror, todo se hundira. No obstante, de momento, las desatinadas frases de la carta de la "gran osa", me calentaron. -Quisiera ver -le dije-, de dnde ests pelirroja. Burlona, obedeci. Yo me dije que ella se pareca a m y que, sin que importara cul de sus queridas eligiera -reales o slo evocadas- la presencia de ellas durante el mal momento, la inclinaba al sueo". Y, a las cinco de aquel da, Hansi abri los arcanos de "la puerta dorada", y, hasta las tres de la maana, los cerr. Lul, que nos serva y a quien luego invitamos, al da siguiente me pregunt qu nos haba puesto en ese estado.
- Estoy trastornada -me deca Lul-. Hansi, delante de m, con la cabeza hacia atrs, puso los ojos en blanco. Nunca la habas besado en mi presencia. Nunca la desnudaste tan adentro para cubrirla. T ya no veas nada. - Yo ya no te vea... Lul me sonri y se levant el vestido. Su malicia y su gentileza, la lnea pura de sus piernas y el encanto de su indecencia -en pocas palabras, su gravedad, su modestia-, me sugeran, ms que un personaje de las mil y una noches, la idea de una jovencita deliciosa y afortunada a la que un maleficio, al metamorfosearla en criada, la hubiera convertido en una encarnacin del deseo desvergonzado. A la larga adquir el sentimiento de ser un hombre feliz, poseedor de juventud, dinero .y belleza. Un hombre que imaginaba el mundo y sus habitantes como si hubieran sido hechos para responder a la extravagancia de mis deseos. Ya no dudaba de una felicidad a la que, inclusive el mismo infortunio -ingenuamente, como yo deca con orgulloaada -color negro de la paleta- una posibilidad de hondura. Me senta dichoso. Colmado de felicidad. Slo me importaba el da de este mundo inspido si de l extraa alguna satisfaccin pueril o estudiosa -con astuta irona. Al caer de la noche, la fiesta recomenzaba, y Hansi, que delante de Lul nunca admita nada, sino gracias a la embriaguez, al fin aceptaba comprometerse. - Despus de todo, no soy sino una tonta si me cohbo. Sac de su armario algunos disfraces. Lul se acerc y le pas uno de ellos: un vestido de hilado transparente. Al volver del bao, mientras Hansi se luca, Lul me mostr que, por lo dems, las aberturas permitan ver con claridad aquello que el vestido velaba ligeramente. Me sorprend, encantado de semejante transformacin, y, aunque le agrad la diversin que, haba concedido, estaba de mal humor: - Es divertido con una condicin -dijo-: que uno se detenga a tiempo! -Es mucho ms divertido -le dije. - Promteme, Pedro, que te detendrs a tiempo! Me aburra esta tarde. Lul me agrad. No sent que te engaaba. - Por lo contrario, Hansi, estoy seguro que esta noche nos amaremos ms cabal~ mente. - Tienes razn, pero rehuso hacer lo que, quiere Lul. Vete, Lul. Siento cmo est Pedro impaciente, y yo tambin lo estoy. Enseguida te llamar. Antes de or la puerta que se cerraba, se desat Hansi, trastornada, entre mis brazos. -Te amo -dijo-o Tienes razn. Voy a amarte ms cabalmente. Creo, inclusive, que voy a hacerte ms feliz. Entramos de un modo tan profundo en el abismo del placer que dije a Hansi: - Hace un momento no te conoca y te amo un poco ms, si esto es posible. Me desgarras, y creo que te desgarro hasta el fondo... - Quisiera beber antes de dormirme -dijo Hansi-. Separmonos. Tengo la certeza de que estaremos en el mismo estado de gracia que cuando se fue Lul. Vstete y dame mi vestido. Sonri, porque en verdad este traje no era un vestido, aunque ella lo haba arreglado de modo que pareciera decente.
-Te ruego que -dijo Hansi-, aunque me desees tanto como hace un momento, no te me acerques. Bien sabes que el juego me amedrenta. Y agreg riendo, con una voz cambiada por la angustia (tiernamente alarg la cabeza sobre mi pierna): - Pese a todo, aunque me porte... un poco mal, no me regaas? Pero no abuses! Esta noche soy yo quien tiene todos los derechos. Te parece? Y... no me impulses a hacer ms de lo que yo quiera. No olvides que casi siempre he dicho no... De pronto, llena de una jovialidad traviesa, grit: -Tiene que ser muy divertido puesto que tenemos miedo! - Te podras componer el traje. Pero tal vez esto sea un caso perdido le dije, mirando torcidamente un vestido que otra vez pareca desordenado. -Qu quieres? -me dijo-. Estoy de un humor que te sorprende, pero creo que te gusta. - Nunca hubiera credo que eso me gustara tanto. Pero me gusta, precisamente, porque ests tan angustiada como yo, y que no vas a ir hasta el fin. -Tienes ronca la voz! Yo tambin... Oigo que viene Lul. Lul coloc las botellas en el hielo. Slo me conmovi, enseguida, la sonrisa de Lul: ms hipcrita y, sobre todo, ms ahogada que nunca. -Lul -le dijo Hansi-, hoy nos vamos a divertir. No me besas? Lul se desliz en el sof y como, entre tanto, se haba puesto un traje que tena las mismas hendiduras que el de Hansi, apart las tablas de su vestido. Al resbalarse, de manera de exhibir las nalgas desnudas, abri la boca para recibir la voraz lengua de Hansi. Pero Hansi, enseguida, hizo a un lado a Lul y se levant. -Esto me da sed -dijo. - Puedo besarle? -dijo Lul sealndome. Hansi, furiosa, se limit a mirarla. - Pero, Hansi -dijo Lul-, nadie lo atiende! - Tanto peor -me dijo Hansi-: t ven a mis brazos. Hansi se abandon de modo tan perfecto en este beso que Lul comparti el xtasis en que nos fundimos, y se tendi entre sobresaltos en un silln cercano. Hansi le dio una patada brutal. -Queremos beber -dijo-. Tenemos una sed terrible, y yo agregu: -S, Lul. Ya no podemos ms. Al levantarse, admir los vasos inmensos de la bandeja que Lul, aprisa, llen de champaa. Disfrutaba de mi malestar. -Quiero beber en tus manos -dijo Hansi a Lul.
Lul, medio acuclillada, recibi en su_ das manos a Hansi, quien, sin sentarse, se apoy en ella: una Hansi que al mirarme se me abra en esa mirada. Mirada que, sin embargo, se cerraba ligeramente. Mientras esto ocurra, beb. Lul bebi y, luego, volvi a llenar los vasos. Ya nadie hablaba... -Voy a beber otro vaso -dijo-. No quiero emborracharme despus de ustedes, y luego, si el seor lo autoriza, Hansi beber en mis manos... Otra vez guardamos silencio. Hansi, nuevamente, se apoy en Lul. Hansi abra las piernas de manera ultrajante. Beba vidamente y, al mismo tiempo que yo, des~ cansaba ponindome firme. Esta especi de solemnidad era irrespirable. Cuando pasamos al comedor estbamos muy borrachos y silenciosos. Yo esperaba. Hansi esperaba y, de los tres, Lul no me pareca que estuviera menos enferma. Por las hendiduras de las faldas se entrevea la posibilidad y, quin lo sabe?, la inminencia de un violento desorden. Pero, como bastaba un botn, Hansi cerr su escote. Nos sentamos frente a una cena fra. Es aqu donde es difcil seguir el texto. Los tres personajes yacen en una orga paroxstica y Georges Bataille parece que titubea constantemente entre un vocabulario descriptivo ms crudo y las perfrasis que utilizaba desde las primeras pginas del manuscrito. Las adiciones, en forma de notas, carecen de un lugar preciso y, numerosos pasajes, entre corchetes, pero no tachados, resultan inciertos. Ya que no se encentr el fin del libro pasado en limpio. Puede comprenderse que es imposible, de elegir una u otra versin, decidir, arbitrariamente, en lugar del escritor. Por tanto, ofrecemos un resumen de esas 16 pginas, intercalando en ellas los pasajes legibles ms importantes. Pedro, Hansi y Lul, agotados por su liberacin, se quedan dormidos. Pedro se despierta en medio de la noche. El rostro de Lul muestra la huella de un latigazo de Hansi. Dorm mal. Cuando me despert en medio de la noche, advert que estbamos en el cernedor. Despierto, al volver a la conciencia comprend el sentido del mobiliario excepcional de la pieza, rodeada, a lo largo de los muros, por un sof tapizado de seda. Este enorme sof fue concebido para que ah retozara mucha gente: una puerta, que daba acceso a un armario, permita que Lul, si era preciso, recogiera la mesa sin salir de la habitacin. Me sorprend de mi ingenuidad. Habamos fornicado en el vasto sof y yo nunca haba pensado que Hansi lo hubiera mandado hacer con este propsito. Entonces, an sin estar bien despierto, mientras me volva a dormir frente a las desnudeces femeninas tiradas en desorden, crea estar soando un penoso sueo: un sueo que me complaca, pero del que no poda salir. A la escasa luz de un cielo donde la luna slo a veces sala de entre las nubes, pude volver a mirar el rostro de Lul, desfigurado por la herida. Hansi acababa de hacer aquello que me dijo que detestaba y que a menudo lament que detestara, aunque el mobiliario destinado a tales diversiones demostraba que tena la costumbre de ellas. No pens reprocharle nada. La amaba y haba sentido mucho gusto a causa de sus juegos: antes de conocerlos me haban gustado en pensamiento. Pero, al principio, exactamente, mi delectacin slo se revel de modo siniestro, a solas, delante de las fotos de mi padre, o con las horribles escenas entre Rea, mi madre y yo. Y volv a encontrar el estado de alma que suceda a mis poluciones y que sigui a mi primer encuentro con Rea. Estaba afiebrado y, desde la primera noche que vine a casa de Hansi, por primera vez la angustia me Cerr la garganta. Me volv a dormir en ese estado y, luego, nuevamente me despert. Hansi lloraba en el sof. Estaba acostada boca abajo y lloraba. O, mejor, con un puo en la boca aguantaba el llanto. Fui hacia donde estaba y le ped, con suavidad, que nos furamos a acostar a su dormitorio. No me dijo nada, pero acept ir conmigo. Al llegar a su cama volvi a temblar conteniendo sus lgrimas. Y pensaba que el cuerpo dormido de Lul --con el rostro acuchillado-an yaca en el comedor. -Hansi -le dije-o nunca volveremos a hacerlo. No me respondi, pero ya no contuvo su llanto.
Slo despus de un largo rato, Hansi me dijo con voz ahogada: -- Pedro, te debo una explicacin aunque es horrible. Y prosigui: "A mi pesar lo hice y, ahora, creo que todo se ha perdido... Tu madre... -Se deshizo en sollozos -: Es demasiado difcil. . . Ya no puedo ms. Te amo demasiado, pero todo se ha perdido. Djame!" Lloraba sin tregua y, al fin, me habl entre sollozos. - T sabas que yo era, que yo soy, la amante de tu madre. T sabes que ella se ha hundido en este tipo de juegos que acabamos de practicar. Hasta el da de su partida utiliz todos los medios a su alcance para arrastrarme a ellos. No era muy difcil. Lul siempre estaba en casa. Desde haca mucho tiempo que 'era m querida, bajo el odioso disfraz de recamarera que tanto la complace: esta relacin prolongaba los juegos infantiles en que Lul, que tiene carcter violento, me obligaba a golpearla y a humillarla. Siempre hubo una especie de demencia en nuestras costumbres. Lul me obligaba, me impona su voluntad. No estaba contenta sino hasta el momento en que me pona fuera de m. Entonces me dominaba la rabia lcida que acabas de ver. Tu madre logr rpidamente la complicidad de Lul puesto que, como yo no quera que me compartieran, enseguida Lul advirti, en estas proposiciones de reparto. El nico medio de gozarme. Yo slo haba acepta~ do. Como lo hice cuando nos amamos, continuar con el juego de la recamarera; pero lo peor comenz el da en que tu madre, despus de emborracharme, logr sus propsitos: ese da actu de la misma manera que hace rato. Golpee a Lul delante de tu madre! La madre de Pedro arrastr, pues, a Hansi, al libertinaje colectivo. Luego, a punto de regresar, le manifest su voluntad: todo deber volver a comenzar pero ahora delante de Pedro. - Rehus -me dijo Hansi. Grit: - Naturalmente! Pero en m angustia subsista, sordamente, el deseo de responder a la delirante proposicin de mi madre: el deseo de no rechazar el prodigio de desdicha y de desgarramiento que ella significaba. Amaba a Hansi, pero no quera de ella sino la posibilidad de hundirme en el amor, y cierto terror que encontr en las turbias fiestas de mi madre. Cierto terror que yo imaginaba -en medio de l- materna dulzura, a la cual se mezclaban la entrega al dolor y el sentimiento de una amenaza de muerte. "Apenas dije con fuerza la palabra "Naturalmente!''', no slo sent que mi madre me tena a su merced, sino que yo deseaba el abismo al que ella me arrastraba de muy lejos. De pensar que poda perder a Hansi, subi hasta m un sollozo que me asfixiaba. Aunque el recuerdo de la noche de excesos de Hansi, me haca decirme dentro de m mismo: "Tampoco t, Hansi, has de permanecer en la orilla. Te arrastrar el mismo remolino". Pedro y Hansi vuelven al lado de Lul. -Queremos alegrarnos delante de ti -le dijo Hansi-. Para nosotros ya todo se acab. Su madre va a volver. Algrate: nos va a doler y te ayudaremos a compartir nuestro sufrimiento, a fin de transformarlo en alegra. Lul, que hablaba mal, pregunt: Cundo vuelve? - No lo sabemos. Pero ya la locura se enseorea de la casa. Mientras peor te portes mejor responders a lo que nos oprime. Poco despus Lul me dijo: - Por piedad, pdanme lo peor. No puedo hacer nada ms sucio? Qu lstima Pedro!, t sabes cmo tu madre se diverta en el Cairo? Sabes lo que les haca a los hombres, por la noche, en los sucios rincones de las calles? En tu lugar, en silencio, t no imaginas cmo me sentira orgullosa de ella. Ahora est en el barco. Pero era cosa de todas las noches: no puedo hablar sin que me ardan los labios. Ahora soy feliz. O mejor an: que feliz sera si, moribunda,
besara los pies de tu madre. Hansi y yo besamos a Lul con una especie de convulsin dolorosa y febril. Por fin la propia Hansi se abandonaba y, el pensar en mi madre, le daba el mismo xtasis agotador, desdichado y sufriente que a Lul y que a m. Ni siquiera bebamos. Suframos y, amargamente, disfrutbamos del sufrimiento, Abatidos durante todo el da, pasbamos de un sueo frgil, ms que al sueo semejante al dolor dormido, a una voluptuosidad que era la hez de la voluptuosidad. Estbamos confinados en la parte secreta -segn Hansi- del departamento, la cual, desde el interior, poda cerrarse hermticamente y que comprenda, junto con el dormitorio de Hansi, el bao y el gran comedor. A veces nos tendamos en una alfombra, a veces en un sof. Andbamos desnudos, descompuestos, con los ojos hundidos -pero nuestros ojos resultaban bellos. Como de un resorte roto, haba ocasiones en que logrbamos, por un disparo imprevisto, el rayo del vrtice vaco. De pronto omos llamar a la puerta del pasillo. Golpearon la puerta exterior del bao. La persona que golpeaba sin duda conoca la casa. Pens que desde haca mucho tiempo la segunda noche haba pasado. Me puse la bata y abr. Nadie estaba junto a la puerta. Pero al fondo del corredor, bajo una luz muy dbil, vi dos mujerea que al parecer se estaban desnudando o, tal vez, vistiendo. Concluida la operacin, entrev que las dos estaban enmascaradas, bajo soberbios sombreros de copa. En efecto, estaban vestidas, aunque no tenan sino una camisa y un amplio pantaln de lencera. Entraron sin ms ni ms, pero en silencio. Una de ellas ech el cerrojo interior. Luego, pasaron por el bao al dormitorio y, finalmente, a la sala, en donde acabaron por despertar a mi querida y a su recamarera. Los antifaces y el maquillaje me impedan distinguirlas. Pronto comprend que una de ellas era, sin duda, mi madre y, la otra, Rea. Si no hablaban era porque tenan la esperanza de, as, aumentar mi angustia. Y la angustia que me exiga se encontraba al unsono con la suya. Una de ellas habl al odo de Lul y, sta, repiti lo que deca. Cre que el discurso, antes que a nadie, estaba dirigido a m. Dirigido ami angustia. Desde la vspera, ellas haban utilizado el tiempo en juegos que las haban agotado, tanto como a nosotros. Ya nada quedaba de la insolente alegra que tenan esas cuatro mujeres entre quienes, no poda dudarlo, se encontraban mi madre y Rea. "No venimos", decan ellas, "con otras mujeres o con otros hombres, pues nos hubieran distrado de un elemento que tan profundamente nos turba". Sbitamente me encontr frente a mi madre. Se haba emancipado de todo abrazo. Arranc su antifaz y sonri oblicuamente como si, con esa sonrisa oblicua, hubiera levantado el peso bajo el cual mora. Dijo: -T no me has conocido. No me has podido alcanzar. -Te conoc -le dije-. Ahora, reposas en mis brazos. Cuando agonice, ya no estar agotado. -Bsame -me dijo-, para ya no pensar. Mete tu boca en la ma. Ahora, s feliz un instante, como si yo no estuviera arruinada, como si no estuviera destruida. Quiero hacerte entrar en este mundo de muerte y de corrupcin donde t bien sabes que estoy encerrada: supe que te gustara. Y quiero que ahora delires conmigo. Quiero arrastrarte en mi muerte. Un corto instante del delirio que yo te d. .. No vale el universo de imbecilidad donde los dems tienen fro? Quiero morir, "he quemado mis barcos". Tu corrupcin es obra ma: te di lo que tena de ms puro y violento: el deseo de no amar sino aquello que me desnuda. Y ahora estoy ms desnuda que nunca. Mi madre se quit frente a m su camisa y su pantaln. Se acost desnuda. Yo estaba desnudo y me tend junto a ella. -Ahora s -dijo- que t me sobrevivirs y que, al sobrevivirme, traicionars a una madre abominable. Pero, si ms tarde te acuerdas del abrazo que enseguida va a unirte conmigo, no olvides la razn por la que me he acostado con mujeres. No es el momento de hablar del guiapo de tu padre: era un hombre? T lo sabes, me gustaba rer y, acaso, no he dejado de hacerlo? Nunca sabrs sino hasta el ltimo momento, si me rea de ti. .. No te he dejado responder. Una vez ms, s si tengo miedo o si te amo demasiado? Permteme zozobrar contigo en esta alegra, que es la certidumbre de un abismo ms completo, ms violento que cualquier deseo. La voluptuosidad en que te hundes ya es tan grande que puedo hablarte: despus de la voluptuosidad, vendr tu desfallecimiento. Entonces, partir, y
jams volvers a ver a aquella que te esper para slo entregarte su ltimo aliento. Ah! Aprieta los dientes, hijo mo! Te pareces a tu sexo, a tu sexo mojado de rabia que crispa mi deseo como un grillete.