Algunas perspectivas sobre el mito: visiones edificantes
La presencia del mito es clara y permanente en los ámbitos artísticos y literarios. Es algo
actual que convive con los avances científicos y tecnológicos. El hablar de mito es referirse
a expresiones culturales, valores humanizantes e historias portadoras de sentido oculto y
trascendente. El mito nace y adquiere su naturaleza desde un espacio vital y dinámico, surge
de la palabra humana, de la vida del lenguaje: “Cuando este fluir vital de la palabra es
continuación de otro fluir, de otra palabra anterior (tradición), adquiere su categoría mítica.
Esto es lo narrativo. La narración es el fluir vital del hablar para un escucha. Este hablar
hace referencia a algo que siempre viene de atrás: el sentido de lo ´primordial`” (Acevedo
35).
El valor antiguo, épico o histórico, y el valor de cuento que se les atribuye a los
mitos han distorsionado el verdadero significado del término. El mito muchas veces es
relacionado con ficción, mentira, fantasía, superstición e ignorancia, y es considerado como
un producto cultural de la humanidad y ajeno al hombre moderno.
Existe una serie de consideraciones o de parámetros que abordan la cuestión mítica.
Diversos estudiosos han tratado de definir, entender y concretizar la naturaleza del mito tal
y como era entendido por las sociedades arcaicas, como “una ´historia verdadera`, y lo que
es más, una historia de inapreciable valor porque es sagrada, ejemplar y significativa”
(Eliade, Mito 13), y no como fábula o invención.
Es muy difícil dar una definición de mito, ya que no se pueden abarcar, en una sola
enunciación, todos los tipos y funciones de los mitos. Uno de los estudiosos que más ha
arrojado datos sobre la cuestión mítica es Mircea Eliade, quien ofrece una amplia
definición:
[E]l mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar
en la historia primordial, el tiempo fabuloso de los <comienzos> […], el mito cuenta
cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la
existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla,
una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre
el relato de una <creación>: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a
ser. El mito no habla de lo que ha sucedido realmente, de lo que se ha manifestado
plenamente. Los personajes de los mitos son Seres Sobrenaturales. Se les conoce
sobre todo por lo que han hecho en el tiempo prestigioso de los <comienzos>. Los
mitos revelan, pues, la actividad creadora y desvelan la sacralidad […] de sus obras.
En suma, los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo
sagrado (o de lo <sobrenatural>) en el Mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la que
fundamenta realmente el Mundo y la que le hace tal como es hoy en día. Más aún: el
hombre es lo que es hoy, un ser mortal, sexuado y cultural, a consecuencia de las
intervenciones de los seres sobrenaturales. (18,19)
Para Eliade el mito es una narración sagrada, por lo tanto, una historia verdadera, ya
que se refiere a realidades. Para el erudito rumano, “la función principal del mito es revelar
los modelos ejemplares de todos los ritos y actividades humanas significativas: tanto la
alimentación o el matrimonio, como el trabajo, la educación, el arte o la sabiduría” (20).
Los mitos no sólo revelan el origen del mundo, de los animales, de las plantas y del
hombre, sino también cuentan todos los acontecimientos primordiales que han forjado al ser
humano a ser lo que siempre ha sido: un ser mortal, sexuado y organizado en sociedad. “Si
el mundo existe, si el hombre existe, es porque los Seres Sobrenaturales han desplegado una
actividad creadora en los <comienzos>” (23).
Al trasladarnos el mito a “En aquel tiempo”, o en el sentido de “En otros tiempos”, o
“Hace mucho tiempo”, se descarta que el vocablo sea sinónimo de invención, ficción o
fábula. El mito tiene el valor de ser la voz de un tiempo originario, razón por la cual
establece una relación con la verdad, Mircea Eliade va a limitar las fronteras del mito al
considerar que éste siempre ha de remitirnos a los orígenes, va a proporcionar modelos de
conducta humana y a otorgar significación y valor a la existencia. Así, un mito puede ser
una explicación de nuestro presente.
Para el investigador, el mito adquiere trascendencia en tanto que es el origen, el
modelo y la continuación de conductas humanas, es comprensión, causa y justificación de
algunos excesos, así como reconocimiento de hechos humanos, de cultura, creación del
espíritu y no irrupción de instintos o bestialidad. Eliade le otorga al mito un valor religioso,
y lo dispone como posibilidad para volver al origen, a los comienzos.
En otro sentido, el alemán Hans-Georg Gadamer, en su texto Mito y razón, aborda
el mito desde una aparente época de la razón, lo confronta con la ciencia y la tecnología,
con el logos. Enfatiza la importancia de profundizar en el tema del retorno al mito y la
necesidad de asentarlo en el campo de la interpretación. Argumenta, que hoy en día, época
ceñida al conocimiento científico, son de suma importancia las cuestiones religiosas,
míticas y rituales. El filósofo arguye que al mito, desde el positivismo, se le ha apreciado
como falsedad o especulación, sin embargo, el mito tiene su propia riqueza y credibilidad
en su dimensión mítica y ritual. El pensamiento moderno, derivado por su rango esencial de
la Ilustración y de la filosofía del idealismo alemán, de la poesía romántica y del
descubrimiento del mundo histórico que aconteció en el Romanticismo, ha desvinculado la
relación mito y razón, pero este regreso al mito es el reconocimiento del pensamiento
filosófico y científico a algo que siempre ha estado presente y que se había negado bajo el
velo de la razón y del conocimiento científico: “El mito está concebido en este contexto
como el concepto opuesto a la explicación racional del mundo. La imagen científica del
mundo se comprende a sí misma como la disolución de la imagen mítica del mundo. Ahora
bien, para el pensamiento científico es mitológico todo lo que no se puede verificar
mediante la experiencia metódica” (14).
Gadamer entiende por mito aquella leyenda que no admite posibilidad de ser
experimentada porque lo que está en esta narración es el tiempo primigenio: “Lo que de tal
suerte vive en la leyenda es, ante todo, el tiempo originario en que los dioses debieron haber
tenido un trato aún más manifiesto con los hombres. Los mitos son sobre todo historias de
dioses y de su acción sobre los hombres. Pero ´mito` significa también la historia misma de
los dioses” (17).
Las palabras narran nuestra historia. El mito va más allá del lenguaje ilustrado,
científico; desde hace mucho tiempo el mito tiene su propia resonancia y significación,
invita a la reflexión en un momento en donde lo mítico no tiene ningún derecho, época
donde lo racional impera, sin embargo, el mito es elegido para expresar más allá del saber,
para pronunciar lo que la razón no puede enunciar (23).
La relación entre mito y razón es inseparable del vocablo “mito”, porque el mito
nace del discurrir sobre algo, mas esta especificidad y correspondencia es muy tensa porque
[L]a crítica del mito hecha a través del cristianismo en el pensamiento moderno
llevó a considerar la imagen mítica del mundo como concepto contrario a la imagen
científica del mundo. En cuanto que la imagen científica del mundo se caracteriza
por hacer del mundo algo calculable y dominable mediante el saber, cualquier
reconocimiento de poderes indisponibles e indomeñables que limitan y dominan
nuestra conciencia es considerado, en estas circunstancias, como mitología. (18)
Según Gadamer, fue el cristianismo el que comenzó la racionalización del mito, y
por lo tanto, su reputación de mentira o falsedad:
[E]l cristianismo ha sido quien primeramente ha hecho, en la proclamación del
Nuevo Testamento, una crítica radical al mito. Todo el mundo de los dioses
paganos, no sólo el de este o aquel pueblo, es desenmascarado, teniendo presente el
Dios del más allá de la religión judeocristiana, como un mundo de demonios, es
decir, de falsos dioses y seres diabólicos, y ello porque todos son dioses mundanos
[…]. Pero el cristianismo ha preparado el terreno a la moderna ilustración y ha
hecho posible su inaudita radicalidad, que ni siquiera hubo de detenerse ante el
propio cristianismo por haber realizado la radical destrucción de lo mítico, es decir,
de la visión del mundo dominada por los dioses mundanos. (15)
El estudioso alemán asienta que la relación entre mito y razón es un problema
romántico, si por romanticismo entendemos “todo pensamiento que cuenta con la
posibilidad de que el verdadero orden de las cosas no es hoy o será alguna vez, sino que ha
sido en otro tiempo y que, de la misma manera, el conocimiento de hoy o de mañana no
alcanza las verdades que en otro tiempo fueron sabidas” (15).
El mito es el portador de una verdad inherente a él, inaccesible para la dilucidación
racional del mundo. “En vez de ser ridicularizado como mentira de curas o como cuento de
viejas, el mito tiene, en relación con la verdad, el valor de ser la voz de un tiempo originario
más sabio” (16).
El mito para Gadamer es una posibilidad de comprender el mundo, y para sostener
su pensamiento, menciona a Nietzsche, quien “vio en el mito la condición vital de cualquier
cultura. Una cultura sólo podría florecer en un horizonte rodeado de mito” (16). El mal del
presente, de esta época racional, dice el teórico, es la hegemonía de la verdad científica,
dejando de lado aquella verdad que no alcanza el logos porque “[s]iguiendo el camino de la
fantasía creadora de mitos puede esclarecerse un tramo más […]. Podemos seguir
proyectando toda la luz que podamos sobre las oscuridades de la primitiva historia del alma
humana, pero su capacidad soñadora sigue siendo su poder más fuerte” (52,53).
Otro estudioso del mito es José María Mardones, quien expone que el mito es, lo
que para Fuerbach es la religión: “esa cosa oscura y amiga de la penumbra” (El retorno 11).
El espacio del mito es el mundo del sentido, de la búsqueda de respuestas humanas de un
ser que tiene la experiencia del desgarro y de vivir en un mundo roto, de ahí, la necesidad
de retornar al mito, de ahondar en esos lugares oscuros y profundos de la conciencia del ser
humano: “El mito parece hacerse aprehensible en los mitos y en la mitología. Ahí es donde
se hace relato y narra la relación del hombre con sus límites y destino” (12). El mito es un
símbolo que cuando se dispone en forma de relato pasa a ser parte de los mitos, que en
conjunto son la mitología, la cual es el sistema de creencias de una cultura que sustenta la
cosmovisión de un pueblo.
Mardones expresa que el mito es una narración simbólica porque “[l]os
símbolos1cuando adoptan la forma de relato, pueden desembocar en el mito” (37). El mito
es una práctica narrativa porque narra los orígenes; cuenta cómo comenzó el mundo; cómo
fueron creados los seres humanos y los animales; cómo dieron inicio las costumbres, ritos o
formas de vida humana. El mito es la historia de los dioses: “dice ya algo sobre sí mismo:
1
El símbolo, para el estudioso español, se sitúa en el ámbito de un conocimiento indirecto, de lo ausente o no
sensible en todas sus formas: inconsciente, metafísico, sobrenatural y surreal; no es arbitrario, como el signo,
sino que tienen cierta similitud y resonancia interna con aquello que significa o evoca; es radicalmente para-
bólico, está travesado por una tensión que nunca llega a alcanzar su objetivo. Desde el punto del
conocimiento, el símbolo se presenta como algo vago, umbroso, oculto, o de perfil difuso. El símbolo es, en
una filosofía ricoeuriana, regresivo-progresivo. Los símbolos, por un lado, repiten nuestra infancia, nos
vuelven hacia el resurgir de las significaciones arcaicas que pertenecen a la infancia de la humanidad y del
individuo, pero por otro, el símbolo nos remite hacia una exploración del futuro, a la emergencia de figuras
que anticipan una aventura espiritual. José María Mardones, El retorno del mito. La racionalidad mito
simbólica. Madrid: Síntesis, 2000. pp.28-31.
su naturaleza proteica y capaz de deambular por todos los lugares donde el hombre se
confronta con la realidad y consigo mismo” (38).
La palabra “mito” procede del vocablo griego, mythos (en caracteres latinos), que
significa discurso, relato, narración. Este término era común en el mundo del arte, la
literatura y la filosofía, era, según Heráclito, “la ley que guiaba la rueda eterna del flujo de
las cosas” (citado en Mardones 39). Según el filósofo español, en oposición a Gadamer,
quien dice que fue el cristianismo el que le dio al mito la popularidad de mentira, fue el
poeta griego Píndaro el primero en usar la palabra mito con el sentido de mentira o engaño,
como narración que va en contra del logos y que nadie puede creer (40).
El mito, como lo apunta Mardones, es visto desde una temporalidad indeterminada
como un relato que cuenta los orígenes de las cosas:
En el fondo del relato mítico laten las preguntas por el inicio de las cosas; su razón
de ser y su ser mismo. El mito responde contando cómo comenzaron estas cosas. El
principio de las cosas aclara lo que son las cosas. La narración mítica nos enfrenta
con preguntas tan serias y tan arraigadas en el pensamiento filosófico, pero sin el
aire abstracto y reflexivo que adopta en la filosofía. Es una suerte de “filosofía
narrativa” de los orígenes. (40,41)
El mito es un relato que habla del origen, no es una dirección científica, es una
referencia al ser de las cosas. Trata de explicar por qué las cosas son como son y no de otra
manera. El mito, según el filósofo español, “funda y fundamenta en un doble sentido: en
cuanto nos remite a los orígenes o absoluto de todo […], y en cuanto es el fundamento o
suelo […] sobre el que se elevan las construcciones históricas, institucionales” (41). Para
esto, el mito adopta la forma de relato en representaciones de dioses, héroes, cosmogonías.
El mito se hace mitología de todo lo que pertenece al comienzo de las cosas, del
origen del mundo y de la humanidad, de la vida y de la muerte, de los animales, las
plantas, la caza, la preparación de la tierra, el culto, los ritos de iniciación […]. El
mito cuenta así cómo gracias a las actuaciones de estos “seres sobrenaturales” una
realidad, total o parcial, ha llegado a la existencia. El mito habla, por tanto, no de lo
sucedido realmente, en el sentido historiográfico, sino de lo que se ha manifestado
plenamente. Por esta razón, el tiempo mítico es “aquel tiempo” de los orígenes
primordiales, cuando todo arranca o aparece por primera vez. Es el illud tempus2
situado más allá de cualquier concreción. (42)
Entonces, según lo expuesto, el mito es como un tejido que permite comprender un
sentido del mundo, de la sociedad, de la historia, de la religión, del ser humano, sin una
actitud analítica cartesiana. “El mito es narración de los orígenes primordiales” (43).
2
El tiempo de ahora y de siempre.