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Introducción a la Filosofía de la Ciencia

Este documento presenta una introducción a la nueva filosofía de la ciencia. Explica que la filosofía de la ciencia estuvo dominada por el empirismo lógico en la primera mitad del siglo XX, pero desde los años 1950 ha habido un nuevo enfoque basado en el estudio detallado de la historia de la ciencia. Este nuevo enfoque propone que la ciencia se realiza dentro de un marco teórico presupuesto que determina qué se observa y cómo se interpretan los datos. El documento analizará tanto el empirismo ló

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Introducción a la Filosofía de la Ciencia

Este documento presenta una introducción a la nueva filosofía de la ciencia. Explica que la filosofía de la ciencia estuvo dominada por el empirismo lógico en la primera mitad del siglo XX, pero desde los años 1950 ha habido un nuevo enfoque basado en el estudio detallado de la historia de la ciencia. Este nuevo enfoque propone que la ciencia se realiza dentro de un marco teórico presupuesto que determina qué se observa y cómo se interpretan los datos. El documento analizará tanto el empirismo ló

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Este

volumen constituye una introducción elemental a la moderna filosofía de


la ciencia. La primera parte brinda al lector un conciso panorama histórico y
sistemático de las teorías del empirismo lógico y del falsacionismo de Popper.
En la segunda parte se discuten los puntos de vista de los más recientes
filósofos de la ciencia, como Toulmin, Hanson, Kuhn, Polanyi, Lakatos y
Feyerabend. Estos puntos de vista han introducido, en opinión del autor, un
nuevo paradigma en la teoría de la ciencia. «La ciencia consiste en una serie
de proyectos de investigación estructurados de acuerdo con presuposiciones
aceptadas que determinan qué observaciones hay que hacer, cómo hay que
interpretarlas, qué fenómenos son problemáticos y cómo hay que tratarlos.
Cuando cambian las presuposiciones de una disciplina científica, cambian
también al mismo tiempo la estructura de esa disciplina y la imagen de la
realidad que tiene el científico». Desde este nuevo paradigma, la historia, la
sociología, la psicología, la economía y la política de la ciencia no son menos
relevantes que el análisis formal para el estudio de la Filosofía de la ciencia.

Página 2
Harold I. Brown

La nueva filosofía de la ciencia


ePub r1.0
Titivillus 16.12.2020

Página 3
Título original: Perception, Theory and Commitment: The New Philosophy of Science
Harold I. Brown, 1977
Traducción: Guillermo Solana Díez & Hubert Marraud González

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

Página 4
Índice de contenido
Cubierta
La nueva filosofía de la ciencia
Agradecimientos
Introducción
Primera Parte. Filosofía de la ciencia del empirismo lógico
Capítulo 1. Los orígenes del empirismo lógico
El empirismo de Hume
Logicismo
Positivismo lógico: El círculo de Viena
Empirismo lógico
Capítulo 2. La confirmación
Las paradojas de la confirmación
Confirmación y lógica extensional
Ataque de Goodman a los análisis sintáctivos de la confirmación
Capítulo 3. Términos teóricos
Definición explícita
Oraciones reductivas
Teorema de Craig
Reglas de correspondencia
Capítulo 4. Explicación
Explicación deductiva
Explicación estadística
Explicación y verdad
Capítulo V
Falsacionismo estricto
Enunciados básicos
Conclusión: hacia una nueva comprensión
Parte segunda. Nueva imagen de la ciencia
Capítulo VI. Percepción y teoría
Percepción signiticativa
Tres problemas
Capítulo VII. Presuposiciones
Ciencia normal
Proposiciones paradigmáticas
El mundo científico
Capítulo VIII. Revoluciones científicas
La revolución copernicana
El cambio conceptual

Página 5
Relatividad
Revoluciones científicas
Capítulo IX. Descubrimiento
El contexto de descubrimiento y el contexto de justificación
Dialéctica
Descubrimiento científico
Cambio científico
Capítulo X. Hacia una nueva epistemología
Racionalidad
Conocimiento científico y verdad científica
Objetividad
Descripciones y normas
Presuposiciones y problemas
Conclusión
Índice de autores y materias
Bibliografía
Notas

Página 6
AGRADECIMIENTOS

Deseo expresar mi gratitud a varios grupos y personas que ayudaron a


hacer realidad este libro y a mejorarlo La sugerencia de mi buen amigo Lester
Embree de que yo escribiera un libro (bastante diferente) pobre la nueva
filosofía de la ciencia me hizo comenzar a reflexionar en el sentido que
condujo a este libro, la tesis central del libro y muchos de los argumentos
lucran expuestas por primera vez a los miembros de mi curso sobre filosofía
de la ciencia contemporánea durante el semestre de otoño de 1971 en la
Northern Illinois University, y ellos contribuyeron a mejorar varias
argumentos así como a eliminar los de poco valor He discutido muchas de
estas cuestiones con Theodore Kistel, y David Stein leyó y contentó el
manuscrito entero, Henry Cohen aportó sus valiosos servicios como crítico y
asesor editorial Yo sólo soy responsable de los errores que quedan.
También estoy profundamente agradecido al fondo de subvenciones de la
Northern Illinois University por una beca de investigación durante el verano
de 1972, así como al National Endowment for the Humanities for a Younger
Humanist Fellowship (Fundación nacional para las humanidades por una
comunidad humanista más joven), 1972-73, El equipo de secretarios del
departamento de filosofía de la Northern Illinois University mecanografió una
y otra vez el manuscrito con d mejor humar, y el de parí amento de filosofía y
el fondo de subvenciones financió la reproducción del manuscrito.

Página 7
INTRODUCCIÓN

A lo largo de la primera mitad del siglo XX, la filosofía de la ciencia


estuvo dominada por los empiristas lógicos, que tomaron el empirismo clásico
y las poderosas herramientas de la moderna lógica simbólica como base para
los análisis de la ciencia. Los filósofos que trabajaron en esta tradición se
interesaron principalmente por problemas lógicos, en particular por la
estructura lógica de las teorías y las relaciones lógicas entre los enunciados
que describen observaciones y las leyes y teorías que estos enunciados
confirman o refutan. Las cuestiones que no son dóciles al análisis formal,
como, por ejemplo, la naturaleza del descubrimiento científico, fueron
dejadas de lado como no-filosóficas. De igual manera, los empiristas lógicos
no se interesaron por la naturaleza del progreso científico, aunque tendieron a
aceptar la concepción tradicional según la cual la ciencia moderna nació en
los siglos XVI y XVII. con el descubrimiento del «método empírico», y ha
mostrado una historia de constante acumulación de conocimiento.
Desde los años 50, los métodos y conclusiones del empirismo lógico han
sido objeto de un ataque sostenido por varios autores de antecedentes
filosóficos bastante diversos Entre las obras fundacionales del nuevo enfoque,
Patrones de descubrimiento, de Norwood Russell Hanson, y Personal
Knowledge, de Michael Polanyi, aparecieron en 1958, Foresight and
understanding, de Stephen Toulmin, en 1961, y La estructura de las
revoluciones científicas, de Thomas S. Kuhn, y el ensayo de Paul K.
Feyerabend «Explanation, reduction and empiricism», en 1962. En contraste
con el empirismo lógico, el rasgo más destacado del nuevo enfoque es el
rechazo de la lógica formal como herramienta principal para el análisis de la
ciencia, y su sustitución por la confianza en el estudio detallado de la historia
de la ciencia. Aunque haya muchas discrepancias entre los partidarios del
nuevo enfoque, existen los suficientes temas comunes como para justificar el
hablar de una «nueva imagen de la ciencia».
La mayor parte de la investigación científica consiste, según esta
concepción, en un intento persistente de interpretar la naturaleza en términos

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de un marco teórico presupuesto, Este marco juega un papel fundamental a la
hora de determinar que problemas tienen que ser resuellos y qué cosas han de
valer romo soluciones a dichos problemas; los acontecimientos más
importantes en la historia de la ciencia son las revoluciones, que cambian el
marco teórico. En lugar de que las observaciones proporcionen los datos
independientes con tos cuales contrastar nuestras teorías, son las teorías
fundamentales las que juegan el papel crucial a la hora de determinar lo que
se observa, y la significación de los datos observacionales se modifica cuando
tiene lugar una revolución científica. Quizá el lema más importante de la
nueva filosofía de la ciencia sea el énfasis que pone en la investigación en
curso más que en los resultados aceptados, como núcleo de la ciencia. En
consecuencia, el análisis de la estructura lógica de las teorías concluidas es
mucho menos interesante que el intento de entender la base racional del
descubrimiento científico y el cambio teórico.
El presente libro tiene dos objetivos. El primero es examinar los temas
principales de la nueva filosofía de la ciencia, para desarrollarlos luego e
intentar resolver algunos de los problemas planteados por este enfoque. El
segundo es sostener que la imagen de la investigación controlada por un
cuerpo de presuposiciones se aplica a la filosofía de la ciencia tanto como a la
propia ciencia. Intentaré mostrar en detalle que el empirismo lógico era un
proyecto de este tipo, y que el desarrollo de la nueva filosofía de la ciencia
constituye una revolución intelectual cu la filosofía del mismo genero que las
revoluciones científicas.
La parte primera del libro versa sobre el empirismo lógico. El primer
capitulo es un esbozo del trasfondo filosófico del empirismo lógico. Dicho
trasfondo está formado esencialmente por la versión humeana del empirismo
clásico, modificada y desarrollada por obra de la moderna lógica simbólica y
el positivismo lógico. Los tres siguientes capitules son ensayos sobre tas áreas
centrales de problemas de la investigación lógico-empirista: confirmación,
términos teóricos y explicación. Aquí se pone el énfasis en la exposición
detallada de cómo la aceptación del empirismo humeano y la lógica simbólica
como bases para una filosofía de la ciencia ha controlado dicha investigación,
y como el fracaso en la resolución de los problemas generados ha conducido a
la constante modificación del proyecto lógico-empirista. El capítulo final de
la parte primera es un análisis del falsacionismo de Popper como concepción
de transición entre d empirismo lógico y el nuevo enfoque.
La parte segunda recoge los temas centrales de la nueva filosofía de La
ciencia: tu relación entre percepción y teoría, el papel de Las presuposiciones

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en la investigación científica, la naturaleza de las revoluciones científicas, y la
naturaleza del descubrimiento y el progreso científico. En el último capitulo
examinamos la epistemología que está implícita en la nueva imagen de la
ciencia. Esta inversión del orden de la parte primera es necesaria debido a que
el empirismo lógico es una filosofía de la ciencia que surgió de una tentativa
de aplicar una epistemología ya bien desarrollada a la ciencia moderna,
mientras que el nuevo movimiento emergió en gran parte como reacción al
fracaso del empirismo lógico en la consecución de su propio programa de
investigación.
Cada una de las dos partes puede subsistir, en gran medida, por sí misma,
y el lector que este interesado en particular por echar un vistazo a la nueva
filosofía de la ciencia puede dirigirse directamente a la parte segunda. Al
mismo tiempo, las dos partes se complementan entre si en aspectos
importantes La parte primera proporciona los antecedentes históricos para la
parte segunda; la parte segunda proporciona el análisis de la ciencia que la
parte primera extiende a la filosofía de la ciencia. Y las dos partes juntas
constituyen una argumentación en favor de la tesis de que hay semejanzas
fundamentos entre el método científico y el método filosófico.

Página 10
PARTE PRIMERA

FILOSOFÍA DE LA CIENCIA
DEL EMPIRISMO LÓGICO

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CAPÍTULO PRIMERO

LOS ORÍGENES DEL EMPIRISMO LÓGICO

Nuestro objetivo en la parte primera será revisar algunos de los problemas


centrales de la filosofía de la ciencia del empirismo lógico y examinar la
relación entre dichos problemas y la teoría del conocimiento presupuesta por
el análisis lógico-empirista de la ciencia, formularemos los temas capitales de
esta teoría del conocimiento describiendo las etapas principales de su
desarrollo. Nuestro punto de partida será la versión del empirismo clásico
dada en Hume, y luego examinaremos cómo este empirismo fue modificado
por el desarrollo de la moderna lógica simbólica y la obra de los positivistas
lógicos. Puesto que nuestro objetivo aquí no es propiamente Hume, sino el
marco filosófico del empirismo lógico, nos limitaremos a resumir la
interpretación de Hume que ha influido en el desarrollo de dicho marco.

EL EMPIRISMO DE HUME

Los dos problemas centrales de la teoría del conocimiento son los


problemas del significado y la verdad, y el enfoque empirista de dichos
problemas recibió su forma clásica en la obra de David Hume. La manera más
clara de desarrollar el enfoque de Hume es en términos de una triple
distinción entre impresiones, ideas y lenguaje. El libro primero del Tratado de
la naturaleza humana comienza con el enunciado: «Todas las percepciones
de la mente humana se reducen a dos clases distintas, que denominaré
IMPRESIONES e IDEAS»[1]. Las impresiones son los objetos inmediatos de
conciencia de los que tenemos experiencia cuando percibimos o hacemos
introspección. Las ideas son los objetos de los que tenemos conciencia en
todas las actividades mentales diferentes de la percepción y la introspección,
por ejemplo, siempre que reflexionamos, recordamos, imaginamos, etc., y
debemos distinguir dos clases de ideas: ideas simples e ideas complejas. Las
ideas simples son copias de impresiones que permanecen en la mente después

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que ha ocurrido una impresión, y que difieren de las impresiones sólo en que
son menos fuertes y vivaces. Las ideas complejas son las ideas que crea la
imaginación combinando ideas simples. La imaginación puede reunir
cualquier conjunto de ideas simples para formar una idea compleja, pero no
puede crear nuevas ideas simples; así pues, el ámbito de las ideas que puedo
tomar en consideración se encuentra limitado por el ámbito de las impresiones
de las que he tenido experiencia.
Para Hume, impresiones e ideas proporcionan un inventario completo de
los objetos de conciencia, pero no constituyen conocimiento alguno. Todo
conocimiento se formula en proposiciones, y precisamente con respecto a las
proposiciones se plantean las dos cuestiones centrales de la epistemología:
cómo determinar si una presunta proposición es significativa y cómo
determinar qué proposiciones significativas son verdaderas. La unidad básica
de significado para Hume es el término, y un término posee significado sólo
si hay una idea que le corresponda. Un individuo sólo puede conocer el
significado de un término si ha tenido experiencia de las impresiones
necesarias para la formación de la idea correspondiente, y cualquier término
del que se suponga que se refiere a un objeto que se encuentra más allá de los
límites de la experiencia posible es un mero sonido o marca sin significado.
Una presunta proposición que contenga un término singular sin significado es
en sí misma una pseudo-proposición sin significado y no es verdadera ni
falsa. Por tanto, el ámbito del lenguaje significativo se encuentra limitado al
ámbito de la experiencia posible.
A su vez, las proposiciones significativas deben ser subdivididas en dos
clases: relaciones de ideas y cuestiones de hecho. Como su mismo nombre
indica, los enunciados de relaciones de ideas afirman conexiones que se dan
entre ideas, y su valor de verdad viene determinado exclusivamente por la
reflexión sobre esas ideas. El conocimiento de relaciones de ideas es a priori,
y es la única forma de conocimiento a priori que Hume admitirá; todos los
enunciados verdaderos de relaciones de ideas son verdades necesarias y todos
los enunciados falsos de relaciones de ideas son autocontradictorios. Los
enunciados de cuestiones de hecho se refieren al mundo de la experiencia, y
su valor de verdad viene determinado por referencia a la experiencia.
Todo enunciado de una cuestión de hecho equivale, en último término, a
un conjunto de aserciones sobre qué clases de impresiones tienen lugar en
conjunción recíproca, y estos enunciados se comprueban observando si dichas
impresiones tienen o no tienen lugar.

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Además de ser la fuente del conocimiento y la verdad, las impresiones son
también para Hume los existentes últimos, los bloques fundamentales de la
realidad. El único mundo que puede ser conocido es el mundo de las
impresiones, y toda impresión es ontológicamente distinta de cada una de las
demás, es decir, la existencia o inexistencia de cualquier impresión es
completamente independiente de la existencia o inexistencia de cualquier
otra. Sin embargo, esta tesis suscita importantes problemas acerca de la
naturaleza de nuestro conocimiento del mundo de la experiencia. Supóngase
que he observado que cierto conjunto de impresiones siempre ocurre unido;
que, por ejemplo, cierto tipo de color, olor, forma, etc., que denomino
«fuego» ha acaecido siempre en conjunción con una impresión de calor
(desde una distancia apropiada). Según Hume, no hay conexión entre la
impresión de calor y las otras impresiones de ese conjunto; así pues, no tengo
ninguna razón lógicamente adecuada para suponer que dichas implosiones
acaecerán juntas en el futuro. Desde el punto de vista de la filosofía de la
ciencia, esto plantea la cuestión capital de los fundamentos para aceptar
cualquier proposición universal. Toda proposición universal entraña
predicciones acerca de la experiencia futura, pero, si no hay conexión
necesaria alguna entre las impresiones que hayan acaecido juntas en el
pasado, entonces no existe garantía alguna de que continúen acaeciendo
juntas en el futuro. Desde el punto de vista de la vida cotidiana se plantea un
problema similar, ya que nuestra supervivencia diaria depende del supuesto
de que la experiencia futura seguirá los mismos patrones que la experiencia
pasada. Este último problema lo resuelve Hume mediante una descripción
psicológica de cómo adquirimos el hábito de esperar que el futuro se parezca
al pasado y cómo actuamos de acuerdo con este habito. Este enfoque no es
adecuado para los propósitos del filósofo de la ciencia, cuyo problema es
encontrar la fundamentación racional de la aceptación de leyes científicas
universales; cualquier intento de reemplazar dicha fundamentación racional
por meros hábitos comportaría el rechazo de la racionalidad de la ciencia. Así
pues, según veremos con cierto detalle, el problema de cómo se confirman
empíricamente las leyes universales continúa siendo uno de los problemas
centrales de investigación para la filosofía empirista de la ciencia.
Históricamente, una de las más importantes objeciones al empirismo ha
provenido de la filosofía de la matemática. En la matemática, y especialmente
en la matemática aplicada a la ciencia, parece que tenemos un cuerpo de
conocimiento que es relevante respecto a cuestiones de hecho, pero que es
conocido a priori. No es por la experiencia como llegamos a saber que

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2 + 3 = 5, o que la suma de los ángulos interiores de un triángulo en un plano
euclídeo vale 180 grados, y, sin embargo, los científicos aplican la
matemática a la experiencia con gran éxito. Ya hemos visto que el único
conocimiento a priori que Hume admitía era el conocimiento de relaciones de
ideas, pero el concepto de relación de ideas en Hume no es suficientemente
claro ni está lo bastante desarrollado como para servir de base a una filosofía
de la matemática que sea satisfactoria. En qué medida impresionó a Hume
este problema tal vez pueda indicarlo el hecho de que en el Tratado, donde no
se hace explícitamente la distinción entre cuestiones de hecho y relaciones de
ideas, Hume sostiene que sólo los razonamientos aritméticos y algebraicos
son capaces de alcanzar certeza, y que la geometría, que versa sobre
cualidades sentidas, es inexacta[2]. En la Investigación sobre el entendimiento
humano hace Hume la distinción entre cuestiones de hecho y relaciones de
ideas y sostiene que la aritmética, el álgebra y la geometría están integradas
por relaciones de ideas y son las tres exactas y ciertas[3]. Hasta el siglo XX,
con el desarrollo de la moderna lógica simbólica y la teoría logicista de la
matemática, no encontraremos un análisis adecuado de la matemática desde
un punto de vista empirista.

LOGICISMO

La tesis central de la postura logicista es formulada por Russell en el


prefacio a Los principios de la matemática: «Que toda matemática pura se
ocupa de conceptos definibles en términos de un número muy pequeño de
conceptos lógicos fundamentales, y que todas sus proposiciones son
deducibles a partir de un número muy pequeño de principios lógicos
fundamentales[…][4]». La prueba completa de esta tesis la intentan Whitehead
y Russell en los tres volúmenes de los Principia Mathematica y, a fin de
llevar a cabo su argumentación, Whitehead y Russell desarrollan una nueva y
poderosa forma de lógica. Examinemos la estructura de dicha lógica.
El rasgo central de la lógica de los Principia es que se trata de una lógica
extensional; en particular, en el caso de la lógica preposicional, se trata de una
lógica veritativo-funcional. Se establece una distinción entre proposiciones
«elementales» o «atómicas» y proposiciones «moleculares»; las proposiciones
moleculares son construidas a partir de proposiciones elementales por medio
de operadores. Las proposiciones elementales son o verdaderas o falsas, y los
operadores preposicionales se definen de forma que el valor de verdad de una

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preposición molecular esté determinado únicamente por los valores de verdad
de las proposiciones elementales que la constituyen. En la evaluación de las
proposiciones moleculares no juega ningún papel en absoluto el significado o
contenido de las proposiciones que las constituyen. Por ejemplo, la
conjunción de dos proposiciones p y q es verdadera siempre que tanto p como
q sean verdaderas, y falsa en cualquier otro caso. Así pues, dentro de la
estructura de la lógica de los Principia no hay una diferencia significativa
entre la conjunción de dos preposiciones que se refieran al mismo asunto,
como «El electrón e está en un campo de gravitación» y «El electrón e está en
un campo magnético», y la conjunción de dos enunciados que no tengan
ningún tema en común, como, por ejemplo, uno de los enunciados anteriores
y «George Washington nació el 22 de febrero». Este aspecto de la lógica de
los Principia ha tenido, como veremos, una significativa influencia en la obra
de los empiristas lógicos, que han adoptado la lógica de los Principia como su
herramienta principal para el análisis de la ciencia.
El intento de construir una interpretación veritativo-funcional para todos
los operadores preposicionales se torna particularmente problemático en el
importante caso de la implicación. La exigencia de una lógica preposicional
completamente veritativo-funcional requiere que «p ⊃ q» tenga un valor de
verdad para cada combinación de los valores de verdad de p y q, incluyendo
el caso en que el antecedente p es falso. Dentro del contexto de la filosofía de
la matemática, este problema puede ser tratado con bastante nitidez:

La propiedad esencial que exigimos de la implicación es que: «Lo que es implicado por una
proposición verdadera es verdadero». Es en virtud de dicha propiedad como la implicación da lugar a
pruebas. Pero esta propiedad no determina en modo alguno si algo, y si es así qué, es implicado por
una proposición falsa. Lo que determina es que, si p implica q, entonces no puede darse el caso de
que p sea verdadera y q sea falsa, esto es, tiene que darse el caso de que o p es falsa o q es verdadera.
La interpretación más conveniente de la implicación consiste en decir, a la inversa, que si o p es falsa
o q es verdadera, entonces «p implica q» debe ser definida para que signifique: «O p es falsa o q es
verdadera[5]».

La definición de «p ⊃ q» como lógicamente equivalente a «−p ∨ q» tiene


el efecto de asignar el valor de «verdadera» a cualquier implicación cuyo
antecedente sea falso. Esto puede parecer extraño, pero no crea en absoluto
dificultades para el filósofo de la matemática, ya que en la matemática sólo
nos interesan las pruebas formales, y éstas tienen lugar basándose en premisas
que se suponen verdaderas. Como Whitehead y Russell indican en el pasaje
arriba citado, la propiedad esencial de la implicación para el matemático y el
filósofo de la matemática es que todo lo implicado por una proposición
verdadera tiene que ser verdadero. En su Introducción a la filosofía

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matemática, Russell insiste de nuevo en el mismo punto: «Para que pueda ser
válido inferir q de p, sólo es necesario que p sea verdadera y que la
proposición “no-p o q” sea verdadera. Siempre que éste sea el caso, es
evidente que q tiene que ser verdadera»[6].
Aun cuando esta noción de «implicación material» pueda ser
completamente adecuada para el análisis de la inferencia matemática, los
empiristas lógicos han extendido el uso del formalismo de los Principia
mucho más allá de los límites de la matemática pura. Esto es verdadero en
particular del análisis efectuado en los Principia de las proposiciones
universales afirmativas, proposiciones de la forma «Todos los P son Q». El
análisis simbólico de dicha forma de proposición se basa en advertir que
«Todos los P son Q» es lógicamente equivalente a la forma hipotética «Si
algo es P, entonces es Q». «Todos los P son Q» es simbolizado como «(x)
(Px ⊃ Qx)», y este análisis se efectúa sobre la base de la noción de
implicación material, así que, aun cuando «(x)(Px ⊃ Qx)» no sea, en rigor,
una expresión veritativo-funcional, las propiedades de la implicación material
han sido incorporadas en ella. Así también se incorporan las propiedades de la
implicación material en el análisis de leyes científicas como «Todos los
cuervos son negros», «Todos los electrones tienen carga negativa» p «Todas
las reacciones químicas entre un ácido y una base dan como resultado agua y
una sal», dándose por sentado que «(x)(Px ⊃ Qx)» es una formulación
adecuada de dichas leyes.
Consideremos ahora la solución logicista al problema de la verdad
matemática. El logicismo sostiene que la matemática es lógica y que por
tanto, la matemática es verdadera en la medida misma en que la lógica es
verdadera. Desafortunadamente, como señaló el propio Russell, esto no
resuelve el problema de la verdad matemática, sino que únicamente lo
retrotrae al problema de la naturaleza de la verdad lógica; para este problema
Russell no era capaz de ofrecer una solución satisfactoria. He aquí una
recapitulación del asunto en su Introducción a la filosofía matemática:

Es evidente que la definición de «lógica» o «matemática» hay que buscarla intentando dar una
nueva definición de la vieja noción de proposición «analítica». Aunque ya no podemos darnos por
satisfechos con definir las proposiciones lógicas como aquellas que se siguen de la ley de
contradicción, podemos y debemos aún admitir que son una clase de proposiciones completamente
diferentes de las que llegamos a conocer empíricamente. Todas ellas tienen la característica que hace
un momento hemos convenido en llamar «tautología». Esta, combinada con el hecho de que pueden
ser expresadas enteramente en términos de variables y constantes lógicas (siendo una constante
lógica algo que permanece constante en una proposición aun cuando todos sus constituyentes hayan
cambiado), dará la definición de lógica o matemática pura. Por el momento no sé cómo definir
«tautología»[7].

Página 17
Como apéndice a este pasaje figura la siguiente nota a pie de pagina: «La
importancia de “tautología” para una definición de la matemática me fue
indicada por mi antiguo alumno Ludwig Wittgenstein, que estaba trabajando
en el problema. No sé si lo ha resuelto, ni siquiera si está vivo o muerto[8]».
La Introducción a la filosofía matemática de Russell fue publicada en
1919; dos años más tarde apareció la Logisch-Philosophische Abhandlung, de
Wittgenstein, traducida al inglés un año después con el título de Tractatus
Logico-Philosophicus. En el Tractatus, Wittgenstein introdujo tablas de
verdad y las usó como base para formular una definición de «tautología» que
ha llegado a ser estándar cutre los empiristas lógicos. Las tablas de verdad
proporcionan un método mecánico para calcular todos los posibles valores de
verdad de una proposición molecular. Cuando se han construido las tablas de
verdad completas de varias formas de proposición, descubrimos que se
dividen en tres tipos: formas que son verdaderas para algunos valores de los
argumentos y falsas para otros, formas que son falsas para todos los valores
de los argumentos y formas que son verdaderas para todos los valores de los
argumentos. Esta última clase es la que Wittgenstein llama «tautologías» e
incluye todas las verdades lógicas y, para el logicista, todas las verdades
matemáticas. La tesis de que todas las verdades lógicas son tautologías es
claramente consistente con definiciones tradicionales de la verdad lógica,
como, por ejemplo, «Verdadero en todos los mundos posibles» o «Verdadero
en virtud de la sola forma», así como con las exigencias del empirismo. Las
tautologías no dicen nada sobre el mundo, sino sólo sobre nuestro uso de
símbolos, de suerte que el empirista no debe tener ningún escrúpulo en
admitirlas como verdaderas a priori. Cuando se usan en conjunción con
proposiciones empíricas en el razonamiento lógico o matemático, las
tautologías proporcionan un medio de transformar proposiciones empíricas en
otras proposiciones empíricas sin cambiar su valor de verdad; de esta
propiedad de las tautologías deriva su utilidad para la ciencia.
Hay otro enfoque en la filosofía de la matemática que ha de ser
mencionado aquí porque es primo hermano del logicismo y ha tenido un
impacto semejante sobre los empiristas modernos: el formalismo de Hilbert.
Para el formalista, la matemática pura, incluyendo la lógica, consta de
cálculos no interpretados, de sistemas de axiomas que se manipulan por
medio de un conjunto de reglas formales o algoritmos. Como en el caso del
logicismo, para el formalista la matemática pura no dice nada sobre el mundo,
pero, mientras que el logicista sostiene que la matemática pura y la lógica son
verdaderas, el formalista sostiene que no son verdaderas ni falsas, sino meros

Página 18
juegos con símbolos, gobernados por reglas. La matemática puede ser
aplicada a problemas científicos dando interpretaciones apropiadas a los
símbolos, pero una vez hecho esto, nos ocupamos de matemática aplicada y la
cuestión de la aceptabilidad de un sistema de matemática aplicada para un
área particular de investigación científica se convierte en una cuestión
empírica. Tanto para el formalista como para el logicista, la lógica se interesa
únicamente por la sintaxis, esto es, por relaciones formales entre símbolos, y
todos los argumentos han de consistir en la manipulación de símbolos de
acuerdo con reglas precisas. La identificación de la lógica con la sintaxis ha
sido uno de los rasgos principales de los estudios de la lógica de la ciencia de
inspiración lógico-empirista. El empirismo y la nueva lógica simbólica fueron
fusionados y desarrollados en una filosofía de la ciencia por el positivismo
lógico, del cual nos ocuparemos ahora.

POSITIVISMO LÓGICO: EL CÍRCULO DE VIENA

El término «positivismo», acuñado por Auguste Comte, se usa en general


como nombre para una forma de empirismo estricto: el positivista mantiene
que sólo son legítimas las pretensiones de conocimiento fundadas
directamente sobre la experiencia. El moderno positivismo lógico, en
particular el positivismo del Círculo de Viena es una forma de positivismo
que adopta la lógica simbólica de los Principia Mathematica como su
principal herramienta de análisis. Para el positivista lógico hay dos formas de
investigación que producen conocimiento: la investigación empírica, que es
tarea de las diversas ciencias, y el análisis lógico de la ciencia, que es tarea de
la filosofía. Tomaremos el Tractatus de Wittgenstein como fuente central para
nuestro examen del positivismo lógico, puesto que fue saludado como tal por
los miembros del Círculo de Viena. Sin embargo, conviene advertir que la
interpretación correcta de muchos de los pronunciamientos de Wittgenstein en
el Tractatus es bastante controvertida y no es mi intención entrar aquí en esa
controversia, sino sólo presentar la interpretación de Wittgenstein que fue
adoptada por el Círculo de Viena.
La doctrina central del positivismo lógico es la teoría verificacionista del
significado, cuya tesis es que una proposición contingente es significativa si y
sólo si puede ser verificada empíricamente, es decir, si y sólo si hay un
método empírico para decidir si es verdadera o falsa; si no existe dicho
método, es una pseudo-proposición carente de significado. Para comprender

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todo el alcance de esta tesis servirá de ayuda el situarla en el contexto de la
noción wittgensteiniana de «hechos».
Para Hume, los elementos básicos de la experiencia son impresiones; para
Wittgenstein, las unidades básicas de la experiencia son hechos: no ya
cualidades tales como «rojo», sino «que hay rojo en un tiempo y lugar
dados». La significación de esta distinción puede mostrarse más claramente si
se la expresa en la notación de los Principia. En este simbolismo, las
impresiones de Hume serían simbolizadas por un predicado como «P»; un
hecho, por otra parte, es mi predicado individuado, y así se lo simbolizaría
como «Pa». Para Wittgenstein, como para Hume, la unidad fundamental del
lenguaje significativo ha de corresponderse con la unidad fundamental de la
experiencia; mientras que para Hume la unidad fundamental significado es el
término, que se refiere a una idea, para Wittgenstein es la proposición
atómica, que se refiere a un hecho atómico.
Varias de las doctrinas centrales de Hume son ahora incorporadas al
Tractatus. Para Hume, las impresiones son los existentes últimos, y para
Wittgenstein juegan ese papel los hechos atómicos. Así, Wittgenstein escribe:
«El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas»[9] y «el mundo se
divide en hechos[10]». Y, en tanto que para Hume cada impresión es distinta
de todas las demás y la única necesidad es la necesidad lógica de relaciones
de ideas, así, para Wittgenstein, «cada cosa puede acaecer o no acaecer y todo
lo demás permanece igual[11]» y «no existe la necesidad de que una cosa deba
acontecer porque otra haya acontecido. Hay sólo una necesidad lógica[12]».
Asimismo, para Wittgenstein, las proposiciones atómicas, que constituyen el
estrato fundamental de nuestro conocimiento empírico son todas lógicamente
distintas (como para Hume las ideas simples son todas lógicamente distintas).
Ninguna proposición atómica puede ser deducida de otra proposición
atómica, ni puede una proposición atómica contradecir a otra. «La
proposición más simple, la proposición elemental, afirma la existencia de un
hecho atómico[13]». «Un signo característico de una proposición elemental es
que ninguna proposición elemental puede estar en contradicción con ella[14]».
Nuestro conocimiento empírico consta entonces, en último término, de un
conjunto de proposiciones elementales, dentro del cual cualesquiera
proposiciones pueden ser cambiadas, sin que eso tenga ningún efecto sobre
cualesquiera otras proposiciones.
Fundamental para el argumento de Wittgenstein es una distinción ulterior
entre «hechos» (Tatsache) («El mundo se divide en hechos[15]») y «estados de
cosas» (Sachverhalt) («Un estado de cosas es una combinación de objetos

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(cosas)[16]»). Un estado de cosas es un hecho lógicamente posible, un hecho
es un estado de cosas que da la casualidad de que acaece realmente. Cualquier
proposición que corresponda a un estado de cosas tiene significado, una
proposición que corresponda a un hecho es, además, verdadera, y una
proposición y el estado de cosas al cual se refiere tienen la misma forma
lógica.
Una proposición con significado es una figura lógica de un estado de
cosas y. en un lenguaje lógicamente correcto, toda combinación de palabras
sin significado, toda pseudo-proposición, violará las reglas sintácticas del
lenguaje. Huelga decir que ningún lenguaje natural existente satisface esas
condiciones. Una de las preocupaciones centrales del positivista lógico es la
construcción de dicho lenguaje lógicamente correcto, y no deberá
sorprendernos que el formalismo lógico de los Principia Mathematica se
adopte como base para la construcción de tal lenguaje.
Podemos volver ahora a la teoría verificacionista del significado y aclarar
qué se entiende por la noción estrictamente positivista de verificación. Para
hacerlo dividiremos las proposiciones a considerar en cuatro clases: en primer
lugar, hay proposiciones puramente formales, tautologías y contradicciones.
Poseen significado y determinamos su valor de verdad examinando su forma.
En segundo lugar, hay proposiciones atómicas. También poseen significado, y
determinamos su valor de verdad observando si se conforman o no a los
hechos. Tercero, hay proposiciones moleculares. Estas son funciones
veritativas de las proposiciones atómicas, y su valor de verdad se determina
determinando primero los valores de verdad de las proposiciones atómicas
constituyentes y aplicándoles luego las definiciones de las constantes lógicas.
Por último, hay otras definiciones de palabras que no caen dentro de ninguna
de las clases arriba mencionadas. Son pseudo-proposiciones, meras
combinaciones de sonidos sin significado o de signos sin contenido cognitivo.
Por tanto, el valor de verdad de cualquier proposición con significado puede
ser determinado de una vez para siempre únicamente por medio de la
observación y de la lógica.

EMPIRISMO LÓGICO

Como mejor puede ser entendido el empirismo lógico es considerándolo


como una versión más moderada del positivismo lógico. La dificultad central
del positivismo lógico como filosofía de la ciencia estriba en que las leyes
científicas que son formuladas como proposiciones universales no pueden ser

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concluyentemente verificadas por conjunto finito alguno de enunciados de
observación. Algunos de los miembros del Círculo de Viena, como, por
ejemplo, Schlick y Waismann, aceptaron esta conclusión, pero evitaron tener
que relegar las generalizaciones científicas al reino de los pseudo-enunciados
carentes de significado sosteniendo que no son proposiciones en absoluto,
sino reglas que nos permiten extraer inferencias de unos enunciados
observacionales a otros enunciados observacionales. Pero la mayor parte de
los positivistas eligieron, en lugar de ello, renunciar a la estricta teoría
verificacionista del significado y reemplazarla por el requerimiento de que
una proposición con significado debe ser susceptible de ser contrastada por
referencia a la observación y al experimento. Los resultados de estas
contrastaciones no necesitan ser concluyentes, pero deben proporcionar el
solo fundamento para determinar la verdad o falsedad de las proposiciones
científicas. Podemos identificar a los iniciadores del empirismo lógico con
esta liberalización de la teoría del significado del positivismo lógico; y, en
realidad, podemos ser algo más explícitos, pues Testability and Meaning[17],
de Rudolf Carnap, puede ser razonablemente considerado como el documento
fundacional del empirismo lógico.
Carnap reconoce la imposibilidad de verificar concluyentemente cualquier
proposición científica. Propone reemplazar la noción de verificación por la
noción de «confirmación gradualmente creciente» y toma como fundamental
la noción de «predicado observable[18]», definiendo «oración confirmable» en
términos de dicha noción[19]. El efecto de este último paso es un rechazo de la
tesis positivista de que la oración es la unidad fundamental de significado y
un retorno al viejo interés de Hume por el significado de los términos. Así
pues, dos de los problemas centrales de la filosofía lógico-empirista de la
ciencia son el análisis de la relación de confirmación que se da entre una ley
científica y los enunciados de observación que la confirman o desconfirman,
y el análisis de cómo cobran su significado los términos científicos. Este
último problema es particularmente acuciante para el empirista en el caso de
los términos teóricos de la física moderna, términos tales como «electrón»,
«entropía» y «función de estado», puesto que dichos términos no parecen
referirse a observables. Comenzaremos nuestro examen de la filosofía
lógico-empirista de la ciencia con el problema de la confirmación.

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CAPÍTULO II

LA CONFIRMACIÓN

El problema de la confirmación puede ser considerado como una cuestión


cuantitativa o como una cuestión cualitativa, sin que ello quiera decir que
ambos puntos de vista sean excluyentes. Una teoría cuantitativa de la
confirmación intenta asignar un grado de confirmación a una hipótesis sobre
la base de una evidencia observacional, y una teoría cualitativa se ocupa de
cuál es la relación entre una hipótesis y la experiencia observacional que la
confirma. Esta última cuestión es lógicamente anterior a la primera, pues, si
no fuésemos capaces de reconocer qué instancias están en una relación de
conformidad o disconformidad con una hipótesis, mal podríamos cuantificar
esa relación[1]. Nuestra exposición se limitará aquí al aspecto cualitativo del
problema.

LAS PARADOJAS DE LA CONFIRMACIÓN

El estudio clásico del problema de definir «confirmación» es el escrito de


Carl Hempel «Estudios sobre lógica de la confirmación»[2], que ha servido de
base para la mayoría de las discusiones posteriores. Hempel formula su
propósito como sigue: «Uno tiene la impresión de que debiera ser posible
establecer criterios puramente formales de confirmación de modo semejante a
como la lógica deductiva proporciona criterios puramente formales para
decidir la validez de la inferencia deductiva»[3]. En este capítulo no nos
ocuparemos de atacar o defender las diversas tentativas acometidas por los
filósofos de ofrecer una definición aceptable de confirmación, sino más bien
de analizar el modo en que la formulación del problema por los empiristas
lógicos está determinada por el marco filosófico dentro del que trabajan. Ya
hemos visto que el empirismo lógico y el positivismo lógico recibieron
muchos de sus estímulos de la nueva lógica expuesta por Whitehead y Russell
en los Principia Mathematica. Parece evidente que, al cifrar su desiderátum

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en la construcción de un análisis puramente formal de la confirmación,
Hempel toma como modelo el logro de los Principia Mathematica y trata de
extender sus técnicas a una nueva área.
Desde este punto de vista, es más fructífero considerar el empirismo
lógico no como un cuerpo doctrinal, sino como un programa de
investigación[4]. Los filósofos que se embarcaron en este programa
comenzaron con un instrumental intelectual y técnico común y lo utilizaron
como medio de analizar la naturaleza del conocimiento científico. Pero fue la
tentativa de analizar la ciencia en función de este particular marco filosófico
la que generó el cuerpo particular de problemas que han preocupado a los
filósofos de la ciencia, el que determinó la clase de soluciones que han sido
consideradas aceptables, el tipo de objeciones que se ha suscitado contra estas
desde dentro del campo del empirismo lógico, y la evolución general de la
problemática de esta corriente de pensamiento. Así, Hempel no sólo tomó la
estructura formal de la lógica de los Principia como modelo en su tentativa de
análisis de la confirmación, sino que, además, formuló el problema mediante
el simbolismo de dicha lógica. Como veremos, algunos de los problemas que
hubo de resolver derivan de la estructura de esta lógica.
Hempel comienza su discusión con una propuesta sumamente plausible
debida a Nicod: dada una ley científica de la forma «(x)(Px ⊃ Qx)» toda
oración observacional de la forma «Pα · Qα» será una instancia confirmadora,
mientras que toda oración observacional de la forma «(Pα · ~Qα)» será una
instancia desconfirmadora[5]. Sin embargo, a pesar de su plausibilidad inicial,
esta propuesta conduce directamente a una dificultad. Porque la proposición
«(x)(~Qx ⊃ ~Px)» es lógicamente equivalente a «(x)(Px ⊃ Qx)», pero si
seguimos el criterio de Nicod tendremos diferentes instancias confirmadoras,
pues según este criterio, solamente «~Qα · ~Px» confirmará «(x)(~ Qx ⊃
~Px)». «Esto significa que el criterio de Nicod hace que la confirmación
dependa no sólo del contenido de la hipótesis, sino también de su
formulación»[6]; en otras palabras, es de presumir que oraciones lógicamente
equivalentes digan la misma cosa, y, por lo tanto, la cuestión de si un
enunciado particular de observación confirma una hipótesis dada debiera
depender únicamente del contenido de la hipótesis y no también de su
formulación. De hecho, advierte Hempel, una ulterior manipulación simbólica
muestra que «(x) (Px ⊃ Qx)» es también lógicamente equivalente a «(x)[Px ·
~Qx) ⊃ (Rx · ~ Px)]», y, sin embargo, este enunciado no puede tener
instancias confirmadoras, pues nada puede satisfacer a la vez su antecedente y
su consecuencia[7].

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Hempel trata de resolver esta dificultad proponiendo como criterio general
que cualquier definición de confirmación adecuada debe satisfacer la
condición de equivalencia: «Todo lo que confirma (o desconfirma) uno de
dos enunciados equivalentes, también confirma (o desconfirma) al otro[8]».
Sin embargo, aunque esta condición parece resolver el problema, genera una
nueva dificultad que Hempel llama «las paradojas de la confirmación[9]». Si
aceptamos la condición de equivalencia, debemos aceptar «~Qα · ~ Pα» como
una instancia confirmadora de «(x)(Px ⊃ Qx)». Supongamos que la hipótesis
en cuestión es «Todos los cuervos son negros»; entonces, el descubrimiento
de cualquier objeto que no sea negro y que no sea un cuervo, como, por
ejemplo, un lápiz amarillo, serviría para confirmar nuestra hipótesis. Pero aún
podemos ir más lejos, pues «(x)(Px ⊃ Qx)» es también lógicamente
equivalente a «(x)[Px ∨ ~Px) ⊃ (~Px ∨ ⊃ Qx)]» y, como el antecedente de
esta proposición es satisfecho por cualquier cosa (ya que es una tautología), se
sigue que cualquier cosa que sea ~ P ó Q también confirma «(x)(Px ⊃ Qx)».
Volviendo a nuestro ejemplo, el descubrimiento de un objeto cualquiera que,
o bien no sea un cuervo, como un lápiz, o bien sea negro, como un pedazo de
carbón, confirma la hipótesis de que todos los cuervos son negros. Como
señala Goodman[10], esto abre maravillosas perspectivas para la ornitología
casera, pues yo puedo, desde ahora, sin salir siquiera de mi cuarto, acumular
innumerables instancias confirmadoras de la hipótesis en cuestión o de
cualquier otra que pueda ser formulada en el modo «(x)(Px ⊃ Qx)».
Ha habido muchos intentos de resolver las paradojas. R. G. Swinburne[11],
en un reciente estudio panorámico de la bibliografía sobre el tema, los ha
dividido en tres clases: los que rechazan que «(x)(Px ⊃ Qx)» sea una
formulación adecuada de las leyes científicas universales; los que rechazan la
condición de equivalencia, y los que rechazan el criterio de Nicod. Dentro de
esta última clase hay todavía una serie de diferentes subtipos. Por ejemplo, la
postura adoptada por los popperianos Watkins y Agassi consiste en añadir un
criterio adicional que una oración de observación debe cumplir antes de ser
tenida en cuenta como instancia confirmadora: que debe haber ocurrido en el
proceso de comprobación de la proposición en cuestión. Otro enfoque es el
adoptado por Hosiasson-Lindebaum, Pears y Alexander, quienes rechazan la
posibilidad de un análisis cualitativo de la confirmación y enfocan el
problema considerando el tamaño relativo de las diversas clases implicadas y
los efectos de este parámetro sobre el grado de confirmación. Dentro de este
laberinto de bibliografía, la propuesta del propio Hempel (que pertenece al
tercer grupo) continúa siendo, empero, la más interesante en muchos aspectos.

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Hempel rechaza la tesis de Nicod de que solamente los enunciados
observacionales de la forma «Pα · Qα» o «Pα · ~Qα» son relevantes para la
confirmación o desconfirmación de proposiciones universales de la forma
«(x)(Px ⊃ Qx)», acepta las consecuencias de la condición de equivalencia y
arguye que, lógicamente hablando, no hay nada paradójico en las «paradojas
de la confirmación», sino que, por el contrario, la apariencia de paradoja es
sólo una «ilusión psicológica[12]».
Hempel ofrece dos argumentos en favor de su tesis. En primer lugar[13]
alega que la apariencia de paradoja se deriva de la errónea suposición de que
el enunciado universal «Todos los cuervos son negros» sólo se refiere a
cuervos. Hempel sostiene que sería, sobre todo, un enunciado acerca del
espacio-tiempo, que dice que no podremos encontrar en ningún lugar ni en
ningún tiempo un objeto que sea cuervo y no sea negro. Así entendido,
cualquier descubrimiento de un objeto que no sea un cuervo no-negro
constituye una confirmación de la hipótesis.
El segundo argumento de Hempel es que la apariencia de paradoja surge
porque no hemos sabido percatarnos de una «ficción metodológica[14]» que
debe ser tenida en cuenta en el análisis lógico de todos los casos de
confirmación. En la medida en que estamos intentando analizar la lógica de la
confirmación, nos concierne únicamente el análisis de la relación entre una
hipótesis y un cuerpo específico de evidencias, de suerte que, en todo caso
particular debemos adoptar la ficción de que el conjunto de evidencias en
cuestión es toda la información de que disponemos. Hempel arguye, por
ejemplo, que si pongo un trozo de hielo en una llama y observo que no se
vuelve amarilla, parecería paradójico tomar esto como una evidencia en favor
de la hipótesis «Todas las sales de sodio producen al arder una llama
amarilla». Pero se trata solamente de una apariencia de paradoja que se deriva
por introducir yo ilegítimamente en el análisis, la información adicional de
que el objeto puesto en la llama es un trozo de hielo. Si hubiésemos puesto un
objeto desconocido y notásemos que la llama no se volvía amarilla, un
análisis ulterior habría determinado que tal objeto no era una sal de sodio, y
en este caso, sostiene Hempel, no sería nada paradójico tomarlo como una
evidencia de que «Todas las sales de sodio producen al arder una llama
amarilla». Llevando más lejos este análisis, si yo examino un objeto y
descubro que es negro, la única información que puedo tomar en cuenta para
los propósitos de un análisis formal de la confirmación es que tengo ante mí
un objeto negro; y, puesto que esta simple información confirma, como
Hempel apunta[15], la hipótesis de que todos los objetos son negros,

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confirmará también, desde luego, la consecuencia mucho más débil de esta
hipótesis, «todos los cuervos son negros».
Hempel continúa estableciendo que «otros casos paradójicos admitirían
análogo tratamiento»[16] y, aunque él no lo haga, este punto no merece
clarificación. Hay solamente otro caso paradójico que no queda cubierto por
la discusión precedente: cuando encuentro un objeto que no es cuervo.
Presumiblemente, lo que Hempel piensa es que, si encuentro un objeto que no
es un cuervo, confirmo la proposición de que no hay cuervos, y esto, unido a
la interpretación corrientemente aceptada de las proposiciones universales,
según la cual una proposición universal es verdadera si es vacía la clase del
sujeto, constituye una confirmación de la hipótesis de que todos los cuervos
son negros. (Desgraciadamente, dada esta interpretación de las proposiciones
universales, el descubrimiento de un no-cuervo confirmaría también la
proposición «Ningún cuervo es negro», pero no tocaremos este punto).
Ahora bien, ¿por qué habríamos de aceptar la propuesta de la ficción
metodológica? En la práctica científica no se la acepta, y sería el colmo de la
insensatez pretender que el científico olvidase todo lo que sabe durante el
proceso de contrastación de las hipótesis. Si se ha tomado en serio la ficción
metodológica de Hempel, entonces no hay razón que prohíba al científico
tomar un trozo de hielo, ponerlo en la llama fingiendo ignorar que sea hielo,
observar que la llama no es amarilla, luego anotar que lo que está quemando
no contiene sales de sodio, y anunciar una nueva confirmación de la tesis de
que todas las sales de sodio producen al arder una llama amarilla. Asimismo,
podría tener perfectamente sentido que yo observase un lápiz sobre mi mesa,
advirtiese que se mueve con una velocidad menor que la de la luz, y
concluyese que he confirmado la tesis de Einstein de que nada se mueve con
velocidad superior a la de la luz (con la posible excepción de los taquiones,
pero también podría observar que el lápiz no es un taquión y así confirmar de
un solo golpe que existen objetos que no son taquiones y que todos los
taquiones se mueven con una velocidad mayor que la luz). Es evidente que la
investigación científica no se conduce de tal modo. Cuando proyecta un
experimento para comprobar una hipótesis o trata de decidir si un cuerpo de
información determinado es relevante para la verdad de alguna otra, el
científico no pretende que el resultado experimental en cuestión sea la única
evidencia que tiene; sino más bien, antes de extraer sus conclusiones, se
esforzará por contemplar todo fragmento de evidencia que pueda reunir. Es
posible contestar que la propuesta de la ficción metodológica no atañe a los
científicos, sino a los lógicos que intentan analizar la estructura lógica del

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razonamiento científico. Pero esta propuesta suscita la ulterior cuestión de si
una lógica de la confirmación que adopte la ficción metodológica de Hempel
como uno de sus presupuestos fundamentales, puede arrojar alguna luz sobre
la estructura del pensamiento científico. No es tan obvio que lo haga. Los
cálculos lógicos, como los cálculos matemáticos, pueden ser construidos sin
recurrir al examen de ningún cuerpo de conocimiento o experiencia, pero el
hecho de que exista un cálculo no es una razón suficiente para aceptar que sea
un instrumento adecuado para el análisis de cualquier área particular de la
experiencia humana. Muy bien pudiera ocurrir que construyésemos un cálculo
de confirmación en el que se analizasen con gran cuidado las relaciones
formales entre los enunciados de observación y los diversos tipos de
enunciados generales, pero que no resultase apropiado en absoluto para la
formulación y análisis de la relación de confirmación tal y como la
encontramos en la práctica científica.
De hecho, uno de los aspectos más llamativos de la filosofía de la ciencia
del empirismo lógico que constantemente advertimos es su persistente
omisión del análisis detallado de teorías científicas reales o de ejemplos de
investigación científica. Por el contrario, lo que nos ofrecen, y en este aspecto
es paradigmática la bibliografía relativa a las paradojas de la confirmación, es
el análisis de fórmulas preposicionales, la construcción de lenguajes
artificiales y cálculos, y ocasionales ilustraciones de esos cálculos mediante
generalizaciones empíricas como «Todos los cuervos son negros» o «Todas
las sales de sodio producen al arder una llama amarilla», en la suposición de
que esto elucidará, de algún modo, la estructura de la ciencia. Sin embargo,
éstos no son ejemplos de proposiciones científicas significativas, y en modo
alguno es obvio que, aun en el caso de que alcancemos un análisis preciso de
la relación de confirmación entre tales proposiciones y sus instancias, esto
fuese de algún modo aplicable a las razones para aceptar o rechazar la ley de
gravitación de Newton, el principio general de la relatividad o la ecuación de
Schrödinger.
Esto no debería tomarse, sin embargo, como una crítica al empirismo
lógico, sino más bien como la descripción de un fenómeno intelectual que
requiere una explicación que considero asequible si nos acercamos al
problema mirando hacia el marco de presuposiciones discutido en el capítulo
primero. Así como una investigación científica no puede ser llevada a cabo
mediante la mera recolección de datos, sino que, por el contrario, necesita
partir de un conjunto de suposiciones acerca de cómo se comporta la
naturaleza que diga al observador qué datos recoger y luego cómo

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interpretarlos[17], del mismo modo, la filosofía de la ciencia no puede
proceder sin más a reunir información acerca de lo que hacen los científicos,
sino que necesita adoptar ciertas presuposiciones acerca de la naturaleza del
conocimiento y de cuál será el mejor modo de analizar su estructura, antes de
empezar su examen del conocimiento científico. Las primeras versiones del
empirismo, lógico partían de la presuposición empirista de que todo el
conocimiento científico consiste en generalizaciones de la experiencia. Si tal
es el caso, entonces no hay necesidad de analizar las generalizaciones
complejas cuando la más compleja teoría científica es en última instancia
reductible a un conjunto de generalizaciones de la experiencia, y las simples
pueden cumplir perfectamente el mismo cometido. De tal suerte que, desde
dentro del marco de sus presuposiciones, el empirismo lógico no tiene por un
defecto sino más bien por una virtud metodológica el hecho de que no analiza
ejemplos científicos complejos: simplifica la discusión sin eliminar, a su
juicio, ningún rasgo esencial del conocimiento científico.
En segundo lugar, ya hemos visto que los empiristas lógicos han adoptado
la lógica de los Principia Mathematica como la herramienta primaria para el
análisis de la ciencia, y que, una vez aceptado tal compromiso, las formas
preposicionales de los Principia y la manipulación de ellos se han convertido
en el principal objeto de discusión. Digamos, una vez más, que esto en modo
alguno es ilegítimo. La decisión de hablar de la ciencia en el lenguaje de los
Principia Mathematica es similar en muchos aspectos a la decisión de los
científicos de hablar de la naturaleza, por ejemplo, en el lenguaje de la
geometría euclidiana o las ecuaciones diferenciales. Una vez tomada la
decisión, sin embargo, la estructura de la herramienta conceptual aceptada
juega un papel primordial al determinar a qué fenómenos deben dirigir su
atención los científicos o los filósofos, generándoles los correspondientes
problemas y determinando asimismo qué tipos de soluciones a estos
problemas pueden considerarse aceptable. Una ilustración de ello la
constituyen las paradojas de la confirmación, pues ciertamente pudieran no
surgir en absoluto, y de hecho no lo harían en tantas formas si hubiéramos
trabajado en términos de la lógica aristotélica. Consideremos, en primer lugar,
la forma de la paradoja que se origina por la equivalencia entre «Todos los
cuervos son negros» y «Todas las cosas no-negras son no-cuervos». Si
aceptamos la lógica aristotélica con el análisis tradicional del importe
existencial, según el cual una proposición universal afirma la existencia de
miembros en la clase del sujeto, entonces las dos proposiciones en cuestión no
son equivalentes, pues «Todos los cuervos son negros» afirma la existencia de

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cuervos, mientras que «Todas las cosas no-negras son no-cuervos» afirma la
existencia de objetos no negros, y, por lo tanto, no surge la paradoja. Por otra
parte, la aceptación de la noción tradicional de importe existencial tiene por
consecuencia que todas las proposiciones científicas que se refieren a objetos
que no existen realmente son falsas, constituye una seria objeción contra tal
aceptación, y, como esto incluiría a casi todas las proposiciones científicas
fundamentales, ello ha llevado al menos a un lógico[18] a sugerir que se
reinterprete la lógica tradicional anulando sus pretensiones existenciales, y
bajo tal interpretación las paradojas en cuestión surgirían también en la lógica
aristotélica. Sin embargo, los dos restantes tipos de paradojas que hemos
considerado no se darían en ninguna forma de la lógica aristotélica. Una de
ellas es que «Todos los cuervos son negros» resulta confirmada por el
descubrimiento de cualquier objeto que sea o negro o no-cuervo, porque «(x)
(Px ⊃ Qx)» es lógicamente equivalente a «(x)[(Px v ~ Px) ⊃ (~ Px ∨ Qx)]»; y
la otra es que «(x)(Px ⊃ Qx)» es lógicamente equivalente a «(x)[(Px · ~ Qx) ⊃
(Px · ~ Px)]», que no puede tener en absoluto instancias confirmadoras; pero
ninguna de esas equivalencias tiene lugar alguno dentro de la lógica
aristotélica.
No se trata aquí de argumentar a favor de un tipo de lógica o de otra, sino
de mostrar que la aparición de un problema particular depende de cuál de
ellos adoptemos para el análisis lógico de la ciencia. Ahora bien, así como son
posibles geometrías alternativas, también lo son filosofías alternativas de la
ciencia, y, mientras los empiristas llegan o no llegan a una solución
mutuamente satisfactoria de las paradojas de la confirmación, resulta que para
una filosofía de la ciencia que no suponga que todos los enunciados
científicos son formulables ,en la notación lógica de los Principia, o que no
considere que el análisis lógico de proposiciones sea la tarea más importante
de la filosofía de la ciencia, o que no acepte el presupuesto de que las
proposiciones científicas reciban su justificación por alguna forma de
confirmación directa por experiencia, las paradojas de la confirmación no son
problemas relevantes. Por otra parte, debe destacarse que el reiterado fracaso
de los empiristas lógicos en ponerse de acuerdo sobre una solución para ellas
—problema que ellos consideran, apremiante a juzgar por la ingente cantidad
de literatura que ha suscitado— proporciona una razón importante para tomar
seriamente en cuenta los enfoques alternativos de filosofía de la ciencia.
Volvamos ahora a la ficción metodológica de Hempel. Pese a la práctica
científica, esta ficción es perfectamente plausible una vez que se la instala en
el contexto del marco del empirismo lógico. Porque una de las

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presuposiciones de este marco es que el mundo se compone de hechos
independientes, y que las proposiciones que los describen son todas
lógicamente independientes unas de otras Recordemos que, según Hempel,
las paradojas son una ilusión psicológica, que se origina al tomar en cuenta
información que, para mantenernos en la esfera de lo estrictamente lógico,
debería ser ignorada. Dentro del marco en cuestión, el hecho de que un objeto
sea, por ejemplo, un trozo de carbón, y el hecho de que ese objeto sea negro,
no tienen nada que ver el uno con el otro, y los enunciados observacionales
que describen esos hechos, «Esto es un trozo de carbón» y «Esto es negro»,
son lógicamente independientes. Hemos visto cómo, según Hempel, la
observación de cualquier objeto negro puede confirmar, desde un punto de
vista lógico, el enunciado «Todos los cuervos son negros»; pero, dada esta
confirmación y una vez hecho esto, de ninguna manera puede alterar la
relación de confirmación entre la hipótesis y el primer enunciado
observacional el añadido de otra proposición lógicamente independiente (que
el objeto en cuestión es un trozo de carbón y no un cuervo). Describe un
hecho distinto y es, por lo tanto, estrictamente irrelevante. Si tomamos en
cuenta la observación adicional de que el objeto que examino es un trozo de
carbón, puede causar, a lo sumo, confusión psicológica, pero no puede afectar
a la relación lógica involucrada.
Otro aspecto del marco del empirismo lógico contribuye aquí a que la
ficción metodológica parezca casi obvia. Pues, como hemos visto, la lógica
deductiva de los Principia Mathematica es el paradigma que guía a Hempel
en la construcción de su lógica de la confirmación. Ahora bien, es un
principio general de la lógica deductiva que, si un conjunto dado de premisas
entraña un enunciado particular, entonces la adición de ulteriores enunciados
al conjunto de premisas no puede afectar a esta relación de entrañamiento. Yo
sugiero que es por tratar de analizar la relación de confirmación con la mirada
puesta en el paradigma deductivo por lo que Hempel supone que, si una
hipótesis está confirmada por un enunciado observacional dado, la adición de
ulteriores enunciados de observación no puede anularla. Así pues, desde el
punto de vista del programa del investigación de los empiristas lógicos, la
ficción metodológica suministra un acercamiento perfectamente plausible a la
solución de las paradojas de la confirmación.

CONFIRMACIÓN Y LÓGICA EXTENSIONAL

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Consideremos ahora otro problema de la teoría de la confirmación que ha
recibido alguna atención (aunque en mucho menor grado que las paradojas) y
que nos permitirá ilustrar de nuevo el papel que desempeña el aspecto lógico
del marco de presupuestos del empirismo lógico en la generación de
problemas.
Uno de los objetivos principales del estudio de la confirmación de Hempel
es la formulación de un conjunto de condiciones de adecuación para cualquier
definición de confirmación que se proponga. Una de ellas, la condición de
consecuencia especial, establece que «si una información observacional
confirma una hipótesis H, entonces confirma también toda consecuencia de
H»[19]. Ahora bien, pudiera parecer perfectamente razonable añadir otra
condición que Hempel llama condición de consecuencia inversa[20]: «Si una
información observacional confirma una hipótesis H, entonces confirma
también cualquiera otra hipótesis que implique H»; sin embargo, la
conjunción de ambas condiciones produce un resultado inaceptable. Porque si
un enunciado de observación O confirma la hipótesis H, de acuerdo con la
condición de consecuencia inversa, también confirmará «H · G» que implica
H (siendo G una proposición cualquiera). Pero, si ahora aplicamos la
condición de consecuencia especial, resulta que O confirma G. Y, puesto que
un informe observacional confirma siempre,alguna hipótesis, se sigue que
cualquier informe observacional confirma cualquier hipótesis.
Diferentes escritores han propuesto soluciones diferentes para este
problema. Barrett, por ejemplo, utiliza el efecto mencionado como un
argumento contra la aceptación de la condición de consecuencia especial[21],
mientras que Hempel, por otra parte, rechaza la condición de consecuencia
inversa[22], y Carnap rechaza tanto la condición de consecuencia (no sólo la
condición de consecuencia especial) como la condición de consecuencia
inversa[23]. Pero hay otra fuente posible del problema que ninguno de ellos ha
considerado, una fuente que radica en el centro mismo del programa del
empirismo lógico: la presuposición de que la lógica de los Principia es un
instrumento adecuado para el análisis de la inferencia científica. Ya hemos
visto que uno de los rasgos característicos de la lógica de los Principia es que
es una lógica extensional, que no toma en cuenta el significado de las
proposiciones utilizadas en un argumento. Por ello, desde el punto de vista de
la extensionalidad, la proposición «La carga de un electrón es 1,6 × 10−19
culombios y la tierra es plana» es una conjunción legítima de la que puede
inferirse «La carga de un electrón es 1,6 × 10−19 culombios» o «La tierra es
plana».

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Ahora bien, los empiristas lógicos no se hacen cuestión de si la lógica de
los Principia es un instrumento adecuado para el análisis de la ciencia, porque
el presupuesto de esa adecuación es una de las características definitorias de
su programa de investigación. Pero lo único que permite que el problema
mencionado arriba sea considerado como tal por la filosofía de la ciencia es
precisamente la previa aceptación de que cualquier inferencia autorizada por
la lógica de los Principia puede ser considerada como una forma relevante de
razonamiento científico. No es difícil, sin embargo, imaginar que otros
filósofos trabajan desde una tradición lógica diferente, por ejemplo una
tradición que sólo permita la conjunción de proposiciones cuando tienen un
contenido común o parcialmente coincidente. Tales filósofos podrían estar
dispuestos a aceptar tanto la condición de consecuencia especial como la
condición de consecuencia inversa sin verse obligados a sacar la conclusión
de que cualquier informe observacional confirma cualquier hipótesis. Para
tales filósofos, sin duda, la construcción de una definición puramente
sintáctica de la confirmación nunca habría constituido un problema de
investigación prioritario.

ATAQUE DE GOODMAN A LOS ANÁLISIS


SINTÁCTICOS DE LA CONFIRMACIÓN

El intento de construir una definición puramente sintáctica de


confirmación ha sido atacado por Nelson Goodman de un modo que es
particularmente interesante aquí para nuestros propósitos. Tomando el
ejemplo de Goodman, considérese la proposición «Todas las esmeraldas son
verdes» y supóngase que hemos observado un gran número de esmeraldas
verdes y ninguna instancia de esmeralda no-verde. En términos del tipo de
análisis sintáctico que hemos venido examinando, tenemos una proposición
de la forma «(x)(Px ⊃ Qx)» y un gran número de enunciados de observación
de la forma «Pα · Qα»; esto parecería dar lugar a una generalización
altamente confirmada. Pero Goodman advierte que, si se toma solamente en
cuenta la relación sintáctica, no es en modo alguno claro qué proposición ha
sido confirmada. Considérese, sugiere Goodman, el predicado «verdul»,
definido como sigue: «Un objeto es verdul si y sólo si es verde antes del
tiempo t y azul después». Comoquiera que todas las observaciones han sido
hechas antes de t, mientras nos restrinjamos a criterios exclusivamente
sintácticos, tenemos un caso claro de confirmación de una proposición

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universal, pero no tenemos base ni razón para determinar si la proposición
confirmada es «Todas las esmeraldas son verdes» o «Todas las esmeraldas
son verdules[24]». Goodman llama a este problema «el nuevo enigma de la
inducción[25]», y lo formula en términos del concepto de «proyección[26]».
Siempre que generalizamos o hacemos cualquier predicción sobre la base de
un cuerpo dado de evidencia, estamos proyectando esa evidencia al futuro. El
problema de la inducción (cuya forma moderna es el problema de la
confirmación) se convierte ahora en un caso del problema general de saber
qué conjuntos de evidencia presente pueden ser proyectados.
Goodman traza un bosquejo de su ensayo de solución a este problema en
el pasaje siguiente:

Mientras que la confirmación es, en efecto, una relación entre evidencia e hipótesis, eso no
quiere decir que nuestra definición de esta relación no deba referirse nada más que a tal evidencia y
tales hipótesis. El hecho es que, siempre que procedemos a determinar la validez de una proyección
dada a partir de una base dada, tenemos a nuestra disposición un buen caudal de conocimiento
relevante de otro género, del cual hacemos uso. No estoy hablando de enunciados de evidencia
adicionales, sino más bien del registro de predicciones pasadas efectivamente realizadas y de su
resultado. Si estas predicciones —con independencia de su éxito o su fracaso— son válidas o no, es
algo aún por resolver; pero que algunas de ellas han sido efectuadas y cuál ha sido su resultado, es
una información de la que podemos disponer legítimamente[27].

Intentemos aclarar lo que Goodman hace en este pasaje. Para empezar,


conviene advertir que acepta abiertamente la ficción metodológica de
Hempel[28]. Pero al mismo tiempo reduce su campo de aplicación
distinguiendo entre información adicional que es legítimamente aprovechable
y que, por consiguiente puede ser utilizada, e información adicional que no
puede ser legítimamente utilizada. La confirmación está tomada aquí como
una relación entre una hipótesis y un informe observacional, y no podemos
traer a colación ningún otro informe de observación adicional, como, por
volver a uno de nuestros anteriores ejemplos, que es el hielo el objeto al que
aplico la llama. Pero Goodman nos dice ahora que hay otro vasto campo de
información adicional que puede ser tomado legítimamente en cuenta:
información relativa a la historia de las proyecciones pasadas y de su éxito o
fracaso. Cuando la tomamos en cuenta, aparece como una cuestión de hecho
que el predicado «verde» tiene una larga historia de proyecciones con éxito:
Goodman describe esta situación diciendo que el predicado «verde» está
mucho mejor atrincherado[29] que «verdul», y este grado de atrincheramiento
del predicado en cuestión es lo que nos proporciona un criterio para decidir
entre «Todas las esmeraldas son verdes» y «Todas las esmeraldas son
verdules». Es importante subrayar aquí que Goodman apela al registro

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histórico de proyecciones efectivas y no a la estructura lógica de las
proposiciones involucradas.
Como el propio Goodman procura señalar, en todo caso en que ha sido
proyectado «verde», podría haber sido proyectado «verdul»[30]; es el hecho de
que haya sido proyectado «verde» más que «verdul» lo que determina cuál de
los dos predicados está mejor atrincherado.
Si analizamos la posición de Goodman encontramos que, por una parte,
exhibe algunas de las características distintivas del empirismo lógico, como el
considerar un problema preeminente de la filosofía de la ciencia el problema
de la inducción y el aproximarse a él a través de un examen de las
generalizaciones simples.
Pero, por otra parte, su modo de enfocar la solución constituye una
significativa ruptura con respecto al enfoque del empirismo lógico, puesto que
el nervio de su argumento está en el rechazo de la posibilidad de construir una
definición puramente sintáctica de confirmación. La obra de Goodman ha
originado una gran cantidad de bibliografía; y no puede sorprendernos que
buena parte de la misma proceda de empiristas lógicos que intentan demostrar
que hay una clara diferencia sintáctica entre «verde» y «verdul», para de ese
modo hacer ver que no es sólo un hecho histórico el que «verde» haya sido
proyectado en el pasado, sino que hay sólidas razones lógicas para que haya
sido así y para que así continúe siendo. Uno de los principales flancos
atacados, por ejemplo, ha sido el hecho de que la definición de «verdul»
contiene una referencia a un tiempo específico, mientras que la de «verde»
no[31].
Pero el nuevo enigma de la inducción de Goodman y la solución que éste
ofrece pueden ser interpretados de un modo que indica que su ruptura con el
empirismo lógico es mayor que la simple propuesta de abandono del análisis
sintáctico de la confirmación. En efecto, Goodman nos dice, en su intento de
resolver el problema de la proyección en términos del concepto de
atrincheramiento, que sólo a la luz de la historia de la ciencia puede decirse si
una hipótesis dada ha sido confirmada por un particular conjunto de
observaciones. De este modo contemplada, la propuesta de Goodman suscita
cuestiones que podrían ser objeto de futuras investigaciones por parte de
filósofos de la ciencia que deseasen desarrollar su postura. ¿Cuánta historia de
la ciencia debemos considerar? El concepto de un cuerpo que se mueve hacia
su lugar natural, por ejemplo, tiene ciertamente una historia de proyección
efectiva más larga que la que tiene el concepto de atracción gravitacional.
¿Bajo qué circunstancias aparecen nuevos conceptos tales como el de

Página 35
«quantum» de acción y cómo logran atrincherarse? ¿Cómo pierden su status
los conceptos previamente bien atrincherados? ¿Cuál es la importancia
relativa que tiene la recolección de datos para determinar qué conceptos
llegan a atrincherarse y cuál es la que tienen los conceptos atrincherados para
determinar qué datos debemos coleccionar? Y así sucesivamente.
Lo que Goodman propone, entonces, no es una nueva solución al
problema de la inducción, sino un nuevo programa de investigación. Hemos
visto con algún detenimiento que el tipo de enfoque de esta cuestión que
ejemplifica el trabajo de Hempel genera sus propios problemas, y cómo los
filósofos de la ciencia que se propusieron desarrollar su postura se vieron
obligados a resolver estos problemas dentro de esa tradición. Goodman, al
ofrecer una nueva manera de ver el tema de la inducción, genera un nuevo haz
de problemas, lo que obliga a emprender un nuevo tipo de investigación para
resolverlos y a poner en juego nuevos criterios para que una solución se
considere adecuada. Un filósofo que acepte el nuevo proyecto de Goodman y
desee trabajar en esa problemática no puede limitarse al análisis lógico, sino
que deberá ocuparse en buena medida de investigaciones históricas, y
seguramente encontrará irrelevantes los criterios de adecuación formal para
decidir si es aceptable una solución propuesta para alguno de esos nuevos
problemas. Si un número suficiente de filósofos se compromete a analizar la
inducción desde el punto de vista del atrincheramiento, asistiremos a los
comienzos de una nueva tradición investigadora en la filosofía de la ciencia.
Cuando menos, una propuesta que produce el efecto de sugerir a los filósofos
de la ciencia interesados por la inducción que cambien las preguntas que se
están formulando y el tipo de investigación que están llevando a cabo ha
emergido desde dentro de la tradición del empirismo lógico. Esto nos da
motivo para sospechar que el modelo de filosofía de la ciencia del empirismo
lógico ha perdido mucha de su vitalidad como programa de investigación, y
que es posible que entre en acción un nuevo enfoque.

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CAPÍTULO III

TÉRMINOS TEÓRICOS

DEFINICIÓN EXPLICITA

Hemos visto que una de las doctrinas centrales del empirismo tradicional
es la de que los términos adquieren significado una vez que se los ha puesto
en correlación con algún conjunto de impresiones, o, por emplear un término
más reciente, «datos sensoriales» (sense-data)[1]. Un término que, de acuerdo
con esta opinión, no pueda ser definido en última instancia por referencia a
algún conjunto de datos sensoriales no tiene ningún significado. Claramente,
un filósofo que examine la física moderna desde el punto de vista de esta
suposición (y que no esté dispuesto a rechazar la física como carente de
significado) se encontrará enfrentado a un problema de investigación. Porque
la física está plagada de términos que al menos parecen referirse a entidades
no-observables, términos como «electrón», «función de estado», etc., y el
filósofo de la ciencia que adopte una teoría empirista del significado se
enfrenta al problema de mostrar cómo pueden definirse estos términos por
referencia a observables. Una formulación estrictamente empirista de este
proyecto de investigación es dada por Russell: «Siempre que sea posible,
sustitúyanse entidades inferidas por construcciones lógicas[2]». Russell
continúa detallando más completamente este proyecto:

Dado un conjunto de proposiciones que versan nominalmente sobre las supuestas entidades
inferidas, observamos las propiedades que se requieren de esas supuestas entidades para hacer
verdaderas dichas proposiciones. Con ayuda de un leve artificio lógico, construimos entonces alguna
función lógica de entidades menos hipotéticas que tenga las propiedades requeridas. Sustituimos las
entidades inferidas por la función construida, y con esto obtenemos una nueva y menos dudosa
interpretación del cuerpo de proposiciones en cuestión[3].

Un ejemplo ayudará a clarificar la propuesta de Russell. Se puede dar


cuenta de un gran número de datos observados en laboratorios postulando que
la materia se compone de átomos que están a su vez compuestos de partículas
menores, más fundamentales. La existencia de líneas espectrales discretas,

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por ejemplo, puede ser explicada asumiendo que los átomos incluyen
electrones que solamente pueden existir en niveles discretos de energía y que
las líneas espectrales son el resultado de la radiación emitida cuando los
electrones caen de un nivel de energía superior a uno inferior. De modo
similar, ciertos tipos de estelas en cámaras de niebla, estelas de una anchura y
una curvatura determinadas cuando la cámara de niebla está en un campo
magnético, pueden ser explicadas como resultado de la ionización de
pequeñas gotas de agua causada por el paso de un electrón. Y, por añadir otro
ejemplo, la desviación de la aguja de un amperímetro que forma parte de un
circuito cerrado puede también ser explicada como el resultado del paso de
una corriente de electrones a través del circuito. En estos casos (así como en
muchos otros en que los científicos hacen uso de la noción de electrón) el
electrón es lo que Russell llama una «entidad inferida». No percibimos
efectivamente el electrón, sino que más bien inferimos su existencia sobre la
base de los datos de observación: líneas de un espectrograma, líneas de una
cámara de niebla, la situación observada de un indicador, etc. Pero, puesto
que no percibimos electrones, surge para Russell, el problema de qué
queremos decir con el término «electrón». De acuerdo con Russell
resolvemos este problema eliminando la entidad inferida. En lugar de ella
consideramos todos los tipos de enunciados de observación que son
necesarios para verificar proposiciones verdaderas en las que ocurre el
término «electrón», aplicamos las técnicas de la lógica simbólica para
construir una función lógica apropiada para estos enunciados de observación,
y tomamos esta construcción lógica como una definición de «electrón».
Ha habido dos líneas principales de argumentación en contra de este
enfoque procedentes del campo del empirismo lógico. Una línea,
originalmente propuesta por Ramsey[4] y desarrollada con algún detalle por
Braithwaite[5], señala que, si los conceptos teóricos son definidos del modo
indicado arriba, las teorías en que ocurran estos conceptos pueden perder una
de las funciones más importantes de las teorías científicas. Los empiristas
contemporáneos están generalmente de acuerdo en que una característica de
las teorías científicas que han obtenido éxito es que es posible predecir
nuevos fenómenos sobre su base, y usar teorías que habían sido originalmente
propuestas con vistas a dar cuenta de una extensión particular de fenómenos
para dar razón de otros fenómenos que no eran considerados en su
construcción original. Por ejemplo, la electrodinámica de Maxwell predijo la
existencia de ondas electromagnéticas; y la teoría molecular de los gases, que
había sido originalmente postulada para dar cuenta de la relación de presión,

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volumen y temperatura de los gases, también proporcionó explicaciones para
la ley de difusión de los gases, de los calores específicos de éstos y de muchos
otros fenómenos. Ciertamente, una teoría que fuese postulada para dar cuenta
de un conjunto específico de fenómenos y que no pudiese hacerlo de ningún
otro fenómeno fuera de ese conjunto no podría ser generalmente considerada
como un logro científico significativo. Pero, según el enfoque de Russell,
ninguna teoría sería susceptible de ser extendida; pues en cada ocasión en que
tuviésemos en cuenta un nuevo tipo de datos tendríamos que añadir estos
datos a las definiciones de nuestros términos y, así, lo que estaríamos
haciendo sería redefinir los conceptos teóricos más bien que incluir una nueva
área de experiencia bajo un concepto antiguo. Y en contra de ello se objeta
que no es éste el modo en que se desarrollan las teorías científicas. A este
respecto merece la pena que nos adelantemos por un momento en la marcha
de nuestra exposición y señalemos que la estabilidad de los conceptos
científicos había llegado a ser una doctrina central de muchos de los escritos
más recientes de los empiristas lógicos. Algunos de los abogados del nuevo
enfoque de filosofía de la ciencia que estudiaremos en la parte segunda
mantienen que un resultado de una revolución científica es que los conceptos
científicos cambian. Sus oponentes empiristas lógicos han mantenido, en
respuesta, que los significados de los términos permanecen inalterados
aunque se alteren los valores de verdad de las proposiciones en las que
ocurren[6]. La tesis de Russell va incluso más allá de las llamadas «teorías del
cambio radical de significado», ya que, para él, cada nuevo descubrimiento
empírico, por pequeño que sea, nos fuerza a redefinir nuestros conceptos.
Antes de considerar la segunda línea de crítica antes aludida, puede ser
conveniente examinar brevemente otro intento de definición explícita de los
conceptos teóricos que ha sido altamente influyente: el operacionalismo. La
tesis operacionalista, originalmente propuesta por P. W. Bridgman, mantiene
que: «En general, no entendemos por un concepto nada más que un conjunto
de operaciones; el concepto es sinónimo con el conjunto de operaciones
correspondiente»[7]. Tomemos, por ejemplo, el concepto de longitud que usa
Bridgman para introducir su enfoque. Para especificar lo que significamos por
«longitud» debemos especificar el conjunto de operaciones por el que
determinamos la longitud de un objeto; este conjunto de operaciones es el
significado total del concepto de longitud. Esta tesis general se aplica, según
Bridgman, a todos los conceptos científicos:

Si el concepto es físico, como el de longitud, las operaciones son operaciones físicas reales, a
saber, aquellas por las que es medida la longitud; o si el concepto es mental, como el de continuidad

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matemática, las operaciones son operaciones mentales, a saber, aquellas por las que determinamos si
un agregado dado de magnitudes es continuo[8].

Pero considérese un caso en el que medimos la distancia entre dos puntos


mediante dos métodos diferentes: usando una cinta métrica y por
triangulación con una cinta y un teodolito. Las únicas operaciones requeridas
por el primer método son operaciones de aplicar una cinta, pero el segundo
método no requiere solamente aplicar la cinta, sino también efectuar giros
angulares y computaciones. Estamos hablando entonces de dos conjuntos
diferentes de operaciones y, por tanto, según el operacionalista, no de dos
modos diferentes de medir la longitud, sino de dos conceptos diferentes, que,
hablando con propiedad, deberían ser denotados por términos diferentes[9].
No puede haber dos modos diferentes en principio de medir un parámetro, ya
que, por hipótesis, el uso de diferentes métodos de medida implica que
estamos tratando con parámetros diferentes. Similarmente, cuando los físicos
hablan de dimensiones nucleares del orden de 10−13 cm., no están hablando
del mismo tipo de cosa de la que hablamos nosotros cuando nos referimos a
distancias de uno o dos centímetros, ni están hablando del mismo tipo de cosa
de la que hablan los astrónomos cuando discuten distancias interestelares[10].
En cada uno de estos casos, la «distancia» se determina mediante una
operación diferente y estamos así determinando cosas diferentes, con lo que,
propiamente, tendríamos tres palabras diferentes en nuestro vocabulario.
El operacionalismo adolece claramente del mismo defecto que ya hemos
encontrado en la noción russelliana de definición explícita, pero en forma
algo más extrema: el operacionalismo no sólo limitaría drásticamente la
posibilidad de extender conceptos a nuevas áreas, sino que ocasionaría una
gran proliferación del número de conceptos teóricos en la ciencia
contemporánea y el abandono del objetivo de sistematizar amplios cuerpos de
experiencia empleando unos pocos conceptos fundamentales.

ORACIONES REDUCTIVAS

La segunda línea de crítica a la demanda de una definición explícita de los


términos teóricos deriva de la doctrina de Carnap acerca de los términos
disposicionales[11]. Tomando su ejemplo, supóngase que tratamos de definir
el término «soluble en agua» en términos de observables del modo siguiente:
«x es soluble en agua» = df. «Siempre que x es sumergido en agua, x se
disuelve». Simbólicamente, esto se lee como sigue: Sx ≡ (t)(Axt o Dxt),

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donde «Sx» está por «x es soluble en agua», «Axt» por «x es sumergido en
agua en un tiempo t», y «Dxt» por «x se disuelve en un tiempo t». La
dificultad de esta formulación —hace notar Carnap— es que, para cualquier
objeto que no haya sido nunca sumergido en agua, el antecedente del
definiens, Axt, es falso, y la fórmula que aparece a la derecha resulta ser así
verdadera; esto es, se sigue que cualquier objeto que no haya sido nunca
sumergido en agua es, por tanto, soluble en agua. El mismo problema surgirá
con cualquier intento de definir los términos disposicionales explícitamente,
ya que la noción misma de disposición requerirá que la definición esté en
forma hipotética.
En línea con nuestro objetivo central, que es poner de manifiesto el papel
de las presuposiciones en la filosofía de la ciencia del empirismo lógico, hay
dos puntos que merece la pena considerar aquí. El primero es que, al modo
típico del empirismo lógico, la discusión de Carnap, que es ampliamente
considerada por los empiristas lógicos como uno de los hitos en el desarrollo
de su filosofía de la ciencia, trata de conceptos relativamente simples de la
experiencia cotidiana más bien que de términos teóricos efectivos de la
ciencia, y los trata con formulaciones que pueden ser convenientemente
desarrolladas en términos de la maquinaria lógica de los Principia. La
asunción de que este procedimiento puede clarificar un tanto la naturaleza de
los conceptos científicos es una presuposición fundamental del proyecto de
investigación del empirismo lógico, y, en cuanto tal, no es ni cuestionada ni
enunciada explícitamente. Segundo, y más importante, la dificultad .que
encuentra Carnap en la exigencia de definición explícita de los términos
disposicionales es generada por su aceptación de la noción de implicación
material de los Principia como un instrumento completamente adecuado para
la formulación de proposiciones científicas. Pues, como hemos visto, una de
as características de este análisis de la implicación es el rasgo, un tanto
paradójico, de que una proposición hipotética con antecedente falso es
verdadera, y es esta llamada «paradoja de la implicación material» la que es
responsable de la dificultad que Carnap indica. Una vez más, no se entienda
esto como una crítica de la obra de Carnap, sino más bien como una nueva
ilustración del papel que juega el marco de presuposiciones de un filósofo en
la generación de sus problemas. La tesis empirista de que sólo términos que
son definidos por referencia a observables tienen significado cognoscitivo es
la que llevó al intento de definir los términos disposicionales por medio de
observables, y la exigencia del empirismo lógico de que tales definiciones
sean formuladas en el simbolismo de la lógica de los Principia es la que llevó

Página 41
al rechazo de la definición propuesta y a la necesidad de una investigación
ulterior.
A fin de resolver el problema más arriba expuesto, Carnap propuso el
nuevo método de las oraciones reductivas para introducir términos
disposicionales, y con ello todos los términos teóricos, en el discurso
científico[12]. Consideremos un nuevo predicado R que deseamos introducir
en nuestro lenguaje, y denoten P y S las condiciones de contrastación que
podemos poner en práctica, por ejemplo, procedimientos experimentales.
Entonces, el siguiente constituye un par reductivo para R:

(1) P ⊃(Q ⊃ R) y
(2) S ⊃ (T ⊃ ~R),

donde Q y T son observables que constituyen posibles resultados de


experimentos[13]. Por ejemplo, la primera oración reductiva para soluble
puede leerse: «Si un objeto es sumergido en agua, entonces, si se disuelve, es
soluble.» En el caso especial en que P y S son idénticos y Q y T son
idénticos, tenemos una oración reductiva bilateral simple de la forma
«P ⊃ (Q ≡ R)». Podemos, por ejemplo, introducir «soluble» por el enunciado
«Si un objeto es sumergido en agua, entonces es soluble si y sólo si se
disuelve». Claramente, la introducción de términos disposicionales mediante
oraciones reductivas resuelve el problema por el que Carnap estaba
originalmente interesado. Aunque la oración reductiva es aún verdadera en el
caso en que P no ocurra, ya no se sigue que un objeto que no ha sido
sumergido en agua es soluble. Se sigue, sin embargo, que, dentro de los
límites de las oraciones reductivas para «soluble» arriba consideradas, el
término «soluble» queda indefinido para cualquier objeto que no haya sido
sumergido en agua. Las oraciones de reducción introducen términos
solamente para las condiciones especificadas de contrastación; no nos
proporcionan una definición general de estos términos.
Consideremos ahora cómo encajan las oraciones reductivas de Carnap en
el programa empirista. Puede recordarse que la tesis de este programa que
aquí nos ocupa es que cada término teórico debe recibir su significado de
términos de observación. Tal y como fue originalmente concebido, este
proyecto requería una definición explícita; que haría posible en principio
eliminar los términos teóricos del discurso científico, pero hemos visto que
esta forma fuerte del programa suscita formidables dificultades. La propuesta
de Carnap constituye una debilitación considerable de este programa. En

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lugar de definir los términos teóricos por referencia a observables, se da una
interpretación parcial de dichos términos para un conjunto particular de
experimentos y para un conjunto particular de resultados de estos
experimentos. Ya que estos experimentos y resultados (Carnap introduce los
términos «realizable» y «observable» para distinguirlos[14]) entran en las
oraciones dé reducción como predicados empíricos genuinos, aún cabe
considerar que Carnap continúa trabajando en pos de la meta general del
empirismo. Porque, aunque ha abandonado la noción de eliminación de los
términos teóricos en favor de observables, mantiene que los términos
introducidos por oraciones reductivas son «reducidos en cierto sentido»[15] a
observables.
Las oraciones reductivas introducen términos solamente para un conjunto
específico de condiciones experimentales; la respuesta de los empiristas a este
enfoque ha sido diversa. Como cabría esperar, algunas de las objeciones a las
oraciones reductivas han procedido de empiristas que se mostraban reacios a
desistir de la noción empirista original de que definir un término es mostrar
cómo eliminarlo. Así, por ejemplo, en una reseña del artículo de Carnap,
Leonard escribe: «Como una forma de postulado, la oración reductiva es
ciertamente inobjetable, y es innegable que «reduce» el predicado en
cuestión. Pero que sea apropiada como artificio para introducir un nuevo
término es dudoso [16]. De modo similar, Goodman escribe: «Hay
exactamente dos modos de introducir términos en un sentido: 1) como
primitivos, 2) por definición. Pasajes del artículo de Carnap […] han
producido la impresión de que hay un nuevo y tercer método de introducción
de términos: mediante oraciones reductivas […]. Esto es más bien
confundiente, porque introducir un término por medio de postulados de
reducción es introducirlo como un primitivo ineliminable[17]».
Hempel, por otro lado, ve la propia incompletud del significado de
términos que son introducidos por oraciones reductivas como una virtud, ya
que nos proporciona un modo de dar cuenta de la extensión de términos
teóricos a nuevos dominios de la experiencia para la práctica científica, una
práctica de la que, como ya hemos visto, no se puede dar cuenta mediante lo
que Hempel llama la «tesis más restringida del empirismo»[18], esto es, la
tesis de que «cualquier término en el vocabulario de la ciencia empírica es
definible por medio de términos observacionales […]» [19]. Así, discutiendo el
hecho de que las oraciones reductivas solamente determinan en parte el
significado de los términos que introducen, Hempel escribe:

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Podría muy bien, por lo tanto, sugerir que esta característica de las oraciones reductivas hace
justicia a lo que parece ser una importante característica de los términos teóricos más fructíferos de
la ciencia; llamémosla su apertura de significado. Los conceptos de magnetización, de temperatura,
de campo gravitatorio, por ejemplo, fueron introducidos para servir como punto de cristalización
para la formulación de principios explicativos y predictivos. Ya que estos últimos han de ser
relevantes para fenómenos accesibles a la observación directa, debe haber criterios «operacionales»
de aplicación para sus términos constituyentes, esto es, criterios expresables en términos de
observables. Las oraciones reductivas hacen posible formular tal criterio; Pero precisamente en el
caso de los conceptos teóricos fructíferos, deseamos permitir la posibilidad, y ciertamente contamos
con ella, de que puedan ser incluidos en principios generales ulteriores que los conectarán con
variables adicionales y así suministrarán nuevos criterios para su aplicación. Nosotros mismos nos
privaríamos de estas potencialidades si insistiéramos en introducir los conceptos técnicos de la
ciencia por definición completa en términos de observables[20].

Esto es, ya que las oraciones reductivas definen los términos que
introducen únicamente para un conjunto especificado de circunstancias,
continúa siendo posible extender el término a nuevas circunstancias por
introducción de nuevas oraciones reductivas para esas nuevas circunstancias.
Consideremos, por ejemplo, un término R que era originalmente introducido
por el par reductivo «P ⊃(Q ⊃ R)» y «S ⊃(T ⊃ ~R)». Si algún nuevo
conjunto de regularidades que implique R está fundado en algún conjunto
nuevo de circunstancias, podemos especificar ulteriormente el significado de
R para estas nuevas condiciones introduciendo un par reductivo, digamos «A
⊃ (B ⊃ R)» y «C ⊃ (D ⊃ ~ R)», y así sucesivamente cuando surjan nuevas
situaciones. Pero esta gran flexibilidad también nos lleva, a un nuevo
conjunto de problemas.
Para el empirista tradicional todas las definiciones son enunciados
analíticos, y de enunciados analíticos sólo podemos deducir ulteriores
enunciados analíticos. Pero, como Carnap reconoció[21], si las oraciones
reductivas son aceptadas como una forma de definición, la tesis general de
que todas las definiciones son analíticas debe ser abandonada, puesto que
cualquier par reductivo tiene un contenido empírico definido. Del par «P ⊃
(Q ⊃ R)» y «S ⊃ (T ⊃ ~ R)» se sigue «~(P · Q · S · T)», y éste no es un
enunciado analítico. Así, la aceptación de las oraciones reductivas como un
modo de introducir nuevos términos requiere que el empirista abandone la
tesis de que solamente pueden ser introducidos nuevos términos mediante
enunciados analíticos o la tesis de que los enunciados analíticos sólo entrañan
otros enunciados analíticos. En el momento en que escribió Testability and
Meaning, Carnap pensaba que este problema sólo existía para el uso de los
pares reductivos y no para las oraciones bilaterales reductivas, ya que, en el
caso de una oración bilateral reductiva como «P ⊃ (Q ≡ R)», el «contenido»
llega a ser «~ (P · Q · ~ Q)», que es analítico. Así, Carnap mantuvo que «toda

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oración reductiva bilateral es analítica»[22]. Pero Hempel ha advertido
luego[23] que, una vez que permitimos la extensión de un concepto que ha
sido introducido por medio de oraciones reductivas bilaterales a nuevos
contextos por introducción ulterior de oraciones reductivas bilaterales, surge
el mismo problema. Supongamos, por ejemplo, que R es definido para dos
situaciones diferentes por las oraciones reductivas bilaterales «P ⊃ (Q ≡ R)»
y «A ⊃ (B ≡ R)». De ambas podemos deducir «(P · Q · A) ⊃ B», que es
sintético[24], y el empirista está enfrentado con la misma elección que en el
caso de los pares reductivos.
El punto que debe ser enfatizado para nuestros propósitos aquí es que esta
dificultad es, una vez más, generada por los presupuestos de la filosofía de la
ciencia del empirismo lógico; en particular, en este caso, por la exigencia de
que todos los términos científicos deben estar de algún modo definidos por
referencia a observables junto con la insistencia de una distinción estricta
entre proposiciones analíticas y sintéticas. Así, es posible para un filósofo
aceptar las oraciones reductivas como medio de introducir nuevos términos
abandonando la distinción entre analítico y sintético (Hempel, entre otros,
parece estar al menos dispuesto a contemplar esta opción [25]); o bien puede
mantener la distinción entre analítico y sintético y otros aspectos del
programa del empirismo lógico y renunciar a las oraciones reductivas y al
intento de proveer de contenido empírico a los términos teóricos; o bien
puede simplemente rechazar las oraciones reductivas y continuar trabajando
hacia la culminación del programa, puesto que el fracaso de un intento
particular de llevar a cabo un programa de investigación no constituye una
refutación de ese programa (aunque, por supuesto, repetidos fracasos
proporcionan buenas razones para sospechar que un programa de
investigación diferente con una serie de presuposiciones diferentes puede ser
más fructífero). La tercera alternativa, la búsqueda de modos alternativos de
llevar a cabo el programa, ha sido, desde luego, la respuesta de la mayoría de
los filósofos empiristas de la ciencia.

TEOREMA DE CRAIG

Se ha observado que muchos empiristas consideran que el problema de


definir los términos teóricos equivale a mostrar cómo pueden ser eliminados
del discurso científico. En los enfoques que hemos considerado hasta aquí, la
noción de «eliminación» se ha tomado con el significado de «reemplazo por

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una expresión equivalente», pero hay otro sentido de «eliminación» que es
relevante para el presente problema: un término también puede ser eliminado
del discurso científico al mostrar que es innecesario, que podemos decir todo
cuanto queramos decir y hacer todo cuanto queramos hacer sin tener que
utilizarlo. Si podemos eliminar los términos teóricos de este modo, el
problema de hallar su contenido empírico se disipa. Ahora bien, para muchos
empiristas la única función de la ciencia es encontrar relaciones entre
enunciados de observación; los enunciados teóricos (esto es, los enunciados
que incluyen términos teóricos) funcionan sólo como intermediarios en ese
proceso. Así, si puede hallarse un modo de formular todas las conexiones
entre observables sin tener que hacer uso de términos teóricos, se habrá
mostrado que los términos teóricos son innecesarios y se habrá eliminado el
problema de analizar su significado empírico. Un intento ampliamente
discutido de alcanzar esta meta se ha desarrollado alrededor de un teorema de
lógica formal demostrado por William Craig[26], a pesar de la propia
insistencia de éste en que «el método es artificial y las soluciones que produce
son filosóficamente muy insatisfactorias»[27].
Lo que el teorema de Craig proporciona es un método general de eliminar
un grupo seleccionado de términos de un sistema formalizado sin cambiar el
contenido del sistema. Para aplicar el método es necesario primero que
tengamos un criterio efectivo para distinguir las expresiones «esenciales» del
sistema de las expresiones «auxiliares». Tomando el «contenido» del sistema
como idéntico con la clase de las expresiones esenciales, Craig proporciona
un método para construir un sistema axiomatizado nuevo que incluya todas
las expresiones esenciales y ninguna de las auxiliares. Para un filósofo que
vea una ciencia como un sistema deductivo moldeado en términos de
principios lógicos y las expresiones esenciales como aquellas que contienen
solamente términos observacionales, el teorema de Craig parecería ofrecer un
modo de eliminar los términos teóricos. Desafortunadamente, el teorema de
Craig tiene una serie de defectos cuando se lo considera como un enfoque de
este problema, defectos que Craig mismo fue el primero en señalar. No
obstante, una serie de escritores empiristas han discutido el problema como
un posible modo de solucionar su problema de los términos teóricos (y
repetido entonces las objeciones de Craig).
El defecto más importante del método de Craig desde el punto de vista de
la filosofía de la ciencia es que solamente puede ser aplicado a sistemas
deductivos completos, esto es, a sistemas deductivos de los que ya hemos
deducido todas las consecuencias que podemos deducir. Una vez que tenemos

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esta lista completa, Craig proporciona un método para construir un conjunto
infinito y altamente redundante de axiomas que incluye todas estas
consecuencias entre los axiomas. Aplicando esto a la relación entre
enunciados teóricos y observacionales, el teorema nos dice que, una vez que
hemos deducido todas las consecuencias observables que pueden deducirse
con ayuda de nuestra teoría axiomatizada, podemos, en efecto, abandonar la
teoría y tomar estos enunciados observacionales como (una parte de) los
axiomas de un nuevo sistema deductivo sin perder ninguno de los enunciados
observacionales. Pero este resultado no sólo elimina el propósito principal de
la construcción de sistemas axiomáticos, que es el de encapsular un gran
cuerpo de información en un pequeño conjunto de axiomas[28], sino que
supone también una imagen totalmente inadecuada de la ciencia como
consistente en sistemas deductivos incambiables[29], y no sirve para mostrar
que los términos teóricos son innecesarios para la ciencia. A lo sumo, muestra
que, una vez que hemos aprendido todo lo que nos sea posible aprender de un
sistema teórico, entonces, si sólo estamos interesados en un cierto cuerpo de
conclusiones deducidas de este sistema, podemos ignorar el sistema y prestar
atención sólo a esas conclusiones; pero es difícil ver por qué necesitábamos
un teorema de lógica formal para decirnos eso.
Aparte de la significación del teorema de Craig dentro de la lógica
matemática, la cuestión más interesante que dicho teorema suscita es la de
saber por qué tantos filósofos han considerado que vale la pena discutirlo
como una solución posible al problema empirista de los términos teóricos[30].
La mejor manera de responder a esta cuestión es contemplar la discusión del
teorema de Craig dentro del contexto del programa de investigación del
empirismo lógico. Habiendo aceptado la lógica simbólica como la
herramienta fundamental para el análisis de la ciencia, se considera que
cualquier teorema de la lógica simbólica puede arrojar luz sobre la naturaleza
de la ciencia y así es, prima facie, digno de discusión. También es importante
advertir que toda esta discusión sólo tiene sentido desde el punto de vista de
un filósofo que asuma que la tarea primaria de la ciencia es hallar conexiones
entre observables. Para un tipo diferente de filósofo de la ciencia, que
sostenga, por ejemplo, que las metas de la ciencia incluyen la explicación de
fenómenos o el intento de descubrir la estructura subyacente a la realidad, la
construcción de teorías es un objetivo primario de la empresa científica, y el
problema de encontrar un modo de eliminar teorías no surgiría nunca[31].

REGLAS DE CORRESPONDENCIA

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Hay un enfoque más del problema de la significación empírica de los
términos teóricos que debe ser examinado aquí, un enfoque que más
recientemente ha ganado amplia aceptación entre los empiristas
contemporáneos aunque fue formulado por Norman Campbell en 1920[32].
Considerando a una teoría científica como un sistema formal axiomatizado, se
hace una distinción entre dos partes del sistema formal: el cuerpo de
proposiciones teóricas que se formula únicamente en el vocabulario teórico y
una serie de «reglas de correspondencia» que conectan funciones construidas
por medio de los términos teóricos con términos observacionales. La
distinción puede ser ilustrada por un ejemplo trivial pero claro adaptado de
Campbell[33]. Supóngase que nuestra teoría contiene los siguientes términos
teóricos:
1) constantes a y b,
2) variables c y d.
Hay una aserción teórica:
3) c = d.
Y hay dos reglas de correspondencia:
4) (c2 + d2)a = R, donde R es la resistencia de un metal, un observable,
5) cd/b = T, donde T es la temperatura de un metal, otro observable.
A título de ejemplo de cómo tal teoría puede ser usada, adviértase que
nosotros podemos deducir de las proposiciones teóricas solas la fórmula «(c2
+ d2)a/(cd/b) = 2ab = constante». Interpretando esta fórmula en términos de
las reglas de correspondencia, ella nos dice que la razón o proporción de la
resistencia de un metal a la temperatura es una constante y, asumiendo que
esto es una ley de la naturaleza, la teoría proporciona una explicación de esa
ley y podría igualmente haber predicho tal ley si no hubiera sido conocida en
el tiempo en que la teoría fue propuesta.
Lo que importa de este análisis en el contexto de nuestro presente interés
es que se considera que los términos que aparecen solos en las proposiciones
teóricas, independientemente de las reglas de correspondencia, carecen de
significado empírico; el significado empírico es otorgado a estos términos
cuando son conectados con la experiencia por medio de las reglas de
correspondencia. Ciertos escritores empiristas admiten otro tipo de
significado que se otorga a los términos teóricos únicamente en virtud de su
aparición en el sistema de axiomas de la teoría. Este aspecto del significado
de los términos es discutido frecuentemente bajo títulos tales como
«definición por postulado», «definición implícita» y «valor sistemático», pero
el empirista debe sostener que esto es sólo una parte menor del significado de

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los términos teóricos y que el aspecto científico importante del significado de
dichos términos es el significado empírico que reciben al ser conectados a
observables por reglas de correspondencia. Pero a diferencia de los anteriores
enfoques que hemos discutido, éste renuncia al objetivo de hallar una
definición en términos de observables para cada término teórico. En general,
ningún término teórico aparecerá solo en una regla de correspondencia; más
bien aparecerá como parte de una función de términos teóricos, y algunos
términos teóricos no aparecerán en absoluto en reglas de correspondencia.
Estos términos obtendrán su significado empírico, por decirlo así, de segunda
mano, en virtud de su ocurrencia en fórmulas en las que también ocurren
otros términos que ocurren en reglas de correspondencia. Todavía se mantiene
que es la correlación con la experiencia lo que da significado a los términos
teóricos, pero, en lugar de ser los términos individuales los que reciben el
significado de los observables, es el sistema teórico como un todo el que
recibe este significado.
Una de las más claras explicaciones recientes de este enfoque es la dada
por Feigl en la figura l[34]:

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Figura 1. Diagrama de Feigl.

La teoría misma se compone de una serie de conceptos primitivos (esto es,


conceptos teóricos) que están interconectados por postulados. Feigl está
dispuesto a conceder que los primitivos reciben algún significado por la vía
de la definición implícita por su mera participación en el sistema de
postulados, pero, escribe:

Es importante darse cuenta de que la definición implícita así entendida es de carácter puramente
sintáctico. Los conceptos así definidos están exentos de contenido empírico. Bien puede dudarse de
hablar aquí de «conceptos», puesto que estrictamente hablando incluso el significado «lógico» tal
como lo entendían Frege y Russell está ausente. Cualquier sistema de postulados, si se toma como
(en otro tiempo) no interpretado empíricamente, no se limita más que a establecer una red de
símbolos. Los símbolos deben ser manipulados de acuerdo con reglas preasignadas de formación y
transformación, y sus «significados» son, si es que se puede hablar aquí en absoluto de significados,
puramente formales[35].

Otros conceptos están definidos en términos de estos conceptos primitivos


y al menos algunos (todos en el diagrama simplificado de Feigl) de estos
conceptos definidos reciben significados mediante reglas de correspondencia
que los conectan con conceptos .empíricos, siendo estos últimos definidos
directamente por referencia a la experiencia (convendría advertir que para
Feigl es en esta última etapa de la definición de conceptos empíricos en
términos de experiencia en la que entra en juego una forma de definición
operacional[36]). La estructura entera se hace ahora plenamente significativa
gracias a «una “lectura de abajo arriba” del significado desde los términos
observacionales hacia los conceptos teóricos»[37].
Pero la noción de reglas de correspondencia también ha recibido ataques
desde dentro del campo empirista. Porque dentro del contexto del entramado
del empirismo lógico, debe considerarse que las reglas de correspondencia
son o bien proposiciones analíticas, o bien reglas que nos dicen cómo usar
ciertos términos, «principios meta-lingüísticos que hacen verdaderas a ciertas
oraciones por legislación o convención terminológica»[38]. Pero, como
Hempel continúa señalando, las reglas de correspondencia cambian como
resultado de la investigación empírica. El concepto científico de tiempo, por
ejemplo, puede ser introducido en una etapa dada del desarrollo de la ciencia
tomando algún proceso periódico como el patrón de intervalos de tiempo
iguales. Parecería entonces que la definición de intervalos iguales de tiempo
ha sido fijada ahora por convención y que ningún descubrimiento empírico
podría forzarnos a cambiar nuestro patrón. Pero, como muestra claramente la

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historia de lo horología, éste no es el caso: «Ciertas leyes o principios teóricos
originalmente basados en evidencias que incluyen la lectura de relojes
patrones dan lugar al veredicto de que esos relojes no marcan intervalos
estrictamente iguales de tiempo» [39]. Así, las reglas de correspondencia son
afectadas por los datos empíricos y no pueden ser consideradas como
enunciados analíticos ni como reglas convencionales. Una vez más,
encontramos que una solución propuesta para un problema filosófico
generado por el entramado de presuposiciones del empirismo lógico fracasa
porque no satisface los criterios de adecuación dictados por ese entramado.
Hemos recorrido un largo camino desde la formulación russelliana del
programa empirista y hemos visto con algún detalle cómo el intento de llevar
a cabo este programa ha traído consigo su continua liberalización y ha
conducido progresivamente a los empiristas lógicos a reconocer cuán
compleja e indirecta es, efectivamente, la conexión entre observación y
términos teóricos de alto nivel. Los empiristas pueden replicar aquí que el
desarrollo que hemos venido examinando es una muestra de la flexibilidad y
la mentalidad abierta de la filosofía empirista, pero la mentalidad abierta
parece haber desembocado en una transformación tal de al menos este aspecto
del programa empirista, que lo ha tornado irreconocible. Pero cuando
llegamos al diagrama de Feigl y a la metáfora del «escape» uno no puede
dejar de preguntarse si ha quedado algo del proyecto empirista de analizar el
significado de los conceptos teóricos en términos de experiencia que no sea el
nombre. El diagrama de Feigl puede proporcionar una ilustración cabal de
cómo la observación entra dentro del teorizar científico, pero sólo si se insiste
en que las teorías científicas han de obtener su significado por correlación con
la observación es posible dar el siguiente paso y concluir que, cualquiera que
sea el punto en que entra la observación en el conocimiento científico, ése es
el punto en el cual, de algún modo, los cálculos abstractos previamente
desprovistos de significados se convierten en teorías significativas.
Un resultado particularmente intrigante de este desarrollo se encuentra en
un escrito reciente de Hempel: «On the ‘Standard Conception’ of Scientific
Theories» [«Sobre la ‘Concepción Standard’ de las teorías científicas»].
Hempel, que ha sido un contribuidor destacado a lo largo de este desarrollo,
formula ahora el problema de definir los términos teóricos como el problema
de definirlos en términos de un vocabulario anteriormente disponible, siendo
este vocabulario, en general, no observacional en tanto que incluye términos
que fueron introducidos en el contexto de teorías anteriores[40]. La nueva
formulación del problema por Hempel desemboca en un rechazo de la neta

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distinción entre observación y teoría que originaba el problema en primer
lugar[41], y su discusión de esta nueva, incluso más liberalizada, versión del
problema le conduce a concluir, siguiendo a Putnam, que el «presunto
problema “no existe”»[42]. Hempel sostiene ahora que el problema importante
no es cómo definimos los términos teóricos nuevos, sino cómo llegamos a
entenderlos, y rechaza la tesis de que sólo hacemos tal al especificar su
significado recurriendo a términos previamente entendidos.

Llegamos a entender nuevos términos, aprendemos a usarlos propiamente, de muchas maneras y


no sólo por definición: a partir de instancias de su uso en contextos particulares, a partir de paráfrasis
que pueden no tener por qué ser definiciones, etc.[43].

Lo que Hempel no logra advertir es que esta nueva posición no constituye


un abandono del problema general del significado de los términos teóricos,
sino más bien, como veremos en la parte II, la enunciación de un enfoque
diferente, no empirista, para la solución de este problema.

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CAPÍTULO 4

EXPLICACIÓN

EXPLICACIÓN DEDUCTIVA

Entre los empiristas lógicos se está generalmente de acuerdo en que el


patrón o modelo básico de la explicación científica es el deductivo y que esto
se aplica por igual a las tres áreas principales de la explicación científica:
explicación de eventos por medio de leyes, de leyes por medio de teorías, y de
teorías por medio de teorías más amplias[1]. También aquí nos encontramos
con una enunciación clásica de este punto de vista, en torno a la cual se ha
centrado gran parte de la discusión subsiguiente: los «Estudios sobre la lógica
de la explicación», de Hempel y Oppenheim[2]. Los autores proponen cuatro
condiciones de adecuación que ha de satisfacer una explicación científica[3].
A tres de estas condiciones se les adjudica la etiqueta de «condiciones
lógicas»: 1) el explanandum ha de estar lógicamente implicado por el
explanans; 2) el explanans ha de contener leyes generales que sean necesarias
para la deducción del explanandum (y, en el caso de la explicación de un
evento, el explanans ha de contener, asimismo, enunciados de condiciones
antecedentes, es decir, enunciados que se refieran a objetos o eventos
empíricos específicos); 3) el explanans ha de tener contenido empírico. La
cuarta condición, catalogada como «condición empírica», es que el explanans
ha de ser verdadero, y no sólo bien confirmado[4]. El modelo deductivo se
resume en el siguiente diagrama[5]:

C1, C2, … Ck condiciones


antecedentes
Explanans

L1( L2, … L, leyes generales

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Deducción
lógica
E Descripción del fenómeno
empírico Explanandum
a explicar

No debería sorprendernos a estas alturas de la discusión enterarnos de que


Hempel y Oppenheim formulan el problema del análisis de la explicación
científica como un problema lógico, y de que una parte significativa de su
artículo (así como la literatura a que ha dado lugar) se dedica a producir
rompecabezas lógicos originados en las condiciones de adecuación y a buscar
los medios de corregir esas condiciones para resolver los rompecabezas. Por
ejemplo, los propios Hempel y Oppenheim señalan que, en el caso de las
explicaciones de eventos particulares, sus condiciones de adecuación
permite[6]. Sea E, el evento a explicar, «El monte Everest está nevado», y sea
L una ley general, como, por ejemplo, «Todos los metales son buenos
conductores del calor». Podemos construir ahora el siguiente enunciado de
condiciones iniciales: sea L’ una instancia específica de L, como, por
ejemplo, «Si la torre Eiffel es de metal, entonces es una buena conductora de
calor», y sea C el enunciado de condiciones iniciales, «L’ ⊃ E». C es
verdadero puesto que E es verdadero, y la conjunción de L y C constituye
entonces, de acuerdo con el criterio de adecuación, una explicación de E.
Esto, como se reconocerá, es un resultado anómalo.
Hempel y Oppenheim se ocupan de esta anomalía formulando un
requisito lógico adicional que la elimine. Primero definimos una oración
básica como una oración atómica o la negación de una oración atómica, y la
verificación de una oración molecular como la deducción de ésta a partir de

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alguna clase de oraciones básicas verdaderas. El requisito adicional propuesto
es que tiene que haber una clase de oraciones básicas de la que podamos
deducir C pero no ~L ni E[7]. Las consideraciones siguientes permiten
comprender cómo esto elimina el problema: el enunciado de condiciones
iniciales que hemos construido, «L’ ⊃ E», es, de por sí, lógicamente
equivalente a «~L ∨ E», y esto es verdadero si se da cualquiera de las dos
condiciones. Es verdadero si L es falso, pero esto implicaría que L es falso y
sabemos, por hipótesis, que no es éste el caso. O bien es verdadero si E es
verdadero, y sabemos que este es el caso, puesto que E es el evento a
explicar. El criterio adicional propuesto estipula que debemos tener medios de
verificar C que sean lógicamente independientes de los medios de verificar
~L ó E y elimina, por tanto, la posibilidad dé establecer la verdad de C
solamente sobre la base de información acerca de L y E[8]. Pero esto tiene
más consecuencias de lo que parece a primera vista.
Para empezar, permítasenos señalar el papel que juega la parte lógica del
marco de supuestos lógico-empiristas en la generación de este problema.
Precisamente de acuerdo con este marco de supuestos buscaron Hempel y
Oppenheim un análisis lógico de la explicación y, en particular, un análisis
que pudiera formularse en el simbolismo de la lógica de los Principia, pero el
problema que venimos discutiendo es consecuencia del uso que hacen de la
implicación material al formular este análisis. Pues, en tanto que han
proporcionado un método Completamente general para construir
proposiciones como C para unos L y E dados, las condiciones de adecuación
exigen que C sea verdadero, y la verdad de C en el ejemplo citado está
garantizada por la verdad de E (del que sabemos que es verdadero puesto que
es el explanandum). Así pues, toda la dificultad viene producida por una de
las paradojas de la implicación material: todo enunciado hipotético con un
consecuente verdadero es verdadero, independientemente de si el antecedente
y el consecuente tienen algo que ver entre sí. Se necesita un análisis algo más
complejo para establecer el papel que juega en esta discusión el aspecto
empirista del referido marco de presuposiciones.
En un pasaje ampliamente discutido, Hempel y Oppenheim señalaron que
la explicación y la predicción tienen la misma forma lógica:

Permítasenos advertir aquí que el mismo análisis formal, incluyendo las cuatro condiciones
necesarias, se aplica tanto a la predicción científica como a la explicación científica. La diferencia
entre una y otra es de carácter pragmático. Si se da E, esto es, si sabemos que el fenómeno descrito
por E ha ocurrido, y se suministra después un conjunto adecuado de enunciados C1, C2,…, Ck, L1,

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L2,… Lr, hablamos de una explicación del fenómeno en cuestión. Si se dan dichos enunciados y E
es derivado con anterioridad a la ocurrencia del fenómeno que describe, hablamos de una predicción.
Puede decirse, por lo tanto, que una explicación de un evento particular no es plenamente adecuada a
menos que su explanans, caso de haberse contado con él a tiempo, hubiera servido como base para
predecir el evento en cuestión. En consecuencia, todo cuanto se diga en este articulo respecto a las
características lógicas de la explicación o la predicción será aplicable a cualquiera de las dos, aun en
el caso de que sólo una de ellas sea mencionada[9].

De acuerdo con este punto, y al diagnosticar la fuente del problema que


venimos considerando, escriben Hempel y Oppenheim: «La peculiaridad que
acabamos de señalar despoja, evidentemente, a la explicación potencial
propuesta para E del valor predictivo que […] es esencial para la explicación
científica […]»[10]. O sea que, como hemos visto, sólo podemos establecer la
verdad de C porque ya sabemos que E es verdadero, y esto elimina la
posibilidad de haber usado C como premisa de un argumento que predijera E.
Claro está, la solución al problema propuesta por Hempel y Oppenheim
consiste en añadir el requisito de que tenemos que ser capaces de establecer la
verdad de C independientemente de la verdad de E. Esto garantiza que L y C
nos permitirán predecir E, y sólo entonces puede decirse que la conjunción de
L y C explica E.
Dicho de una manera algo distinta, el defecto del método que Hempel y
Oppenheim construyen para poder utilizar cualquier ley que explique
cualquier evento es para ellos equivalente a eliminar la fuerza predictiva de la
explicación propuesta, y la anomalía es resuelta restaurando dicha fuerza
predictiva. Pero, desde este punto de vista, el enunciado de Hempel y
Oppenheim de que la explicación y la predicción tienen la misma «estructura
formal» es, de alguna manera, equívoco. Esta noción se introduce
originalmente como una observación sobre las condiciones de adecuación,
pero los propios Hempel y Oppenheim ofrecen un contraejemplo de esta tesis,
un caso de explicación formalmente satisfactoria que no es predictiva, y
restauran la generalidad del paralelo predicción-explicación introduciendo
una condición adicional de adecuación que dice, en realidad, que E sólo se
explica a partir de un conjunto de premisas si hubiera podido ser predicha a
partir de tales premisas. De este modo, al mantener la identidad estructural de
explicación y predicción, Hempel y Oppenheim hicieron algo más que añadir
una interesante observación lógica: la predicción sirve como desiderátum para
toda explicación adecuada y, de hecho, como un quinto criterio de
adecuación. Y debería observarse que esto está, cuando menos, sugerido en su
formulación original de la tesis de la identidad estructural cuando escriben:
«Puede decirse, por lo tanto, que una explicación de un evento particular no

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es plenamente adecuada a menos que su explanans, caso de haberse contado
con él a tiempo, pudiera haber servido de base para predecir el evento en
cuestión»[11], sin añadir, «y a la inversa». Ciertamente, la inversa de este
enunciado: «Una predicción de un evento particular no es plenamente
adecuada a menos que sus premisas pudieran servir como explicación de ese
evento», sería un tanto extraña, pues ¿cómo podría una predicción correcta
dejar de ser una predicción plenamente adecuada?
El papel que juega el criterio de predicción en el análisis que se acaba de
exponer quedará mejor aclarado si se lo considera desde un punto de vista
enteramente distinto. Es bien sabido que hay un número ilimitado de
conjuntos de premisas a partir de las cuales pueda ser deducido cualquier
enunciado dado, y probablemente incluso un número ilimitado de conjuntos
de premisas verdaderas, particularmente en el contexto de la lógica de los
Principia, donde las paradojas de la implicación material permiten construir
con gran facilidad enunciados hipotéticos verdaderos. Un filósofo que
defienda que la explicación consiste en una deducción a partir de premisas
verdaderas[12] ha de encarar acto seguido el problema de suministrar algún
criterio adicional para distinguir las deducciones explicativas de las
no-explicativas. Un importante enfoque de este problema es mantener que una
explicación aceptable, además de ser formalmente satisfactoria, ha de
suministrar un modelo familiar o una analogía con situaciones familiares[13].
Pero Hempel rechaza esta tesis por ser irrelevante para su problema, que es
analizar la lógica de la explicación. Discutiendo el análisis efectuado por
Campbell del papel de la analogía en la explicación científica, escribe
Hempel: «Campbell no logra establecer que la analogía juegue un papel
lógico-sistemático esencial en la teorización científica; algunas de sus
declaraciones sitúan lisa y llanamente el mencionado requisito de la analogía
dentro del dominio de los aspectos psicológico-pragmáticos de la
explicación»[14]. En general, sostiene Hempel, «para los propósitos
sistemáticos de la explicación científica, el apoyarse en analogías es, por
tanto, inesencial, y siempre se puede prescindir de tal recurso»[15]. Para
Hempel, los modelos y las analogías pueden jugar un importante papel
heurístico en el proceso de construcción de teorías, y un papel pragmático al
servirnos de ayuda para la comprensión de ellas[16], pero no poseen relevancia
para el estudio de la estructura lógica de la explicación. Una vez más
volvemos a enfrentarnos con el proyecto de investigación en el que Hempel
está comprometido. Aceptar modelos o analogías como parte de la
explicación es abandonar los supuestos básicos de Hempel, y así lo ha

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reconocido al menos uno de los partidarios de la teoría modelista de la
explicación al sostener que su enfoque constituye una revolución copernicana
en la filosofía de la ciencia[17].
Pero Hempel y Oppenheim han de ocuparse aún del problema de cómo
distinguir los argumentos que son a la par deductivos y, explicativos de
aquellos que son deductivos sin ser explicativos. Sostengo que el criterio
utilizado es la predicción, que sólo las deducciones que parten de aquellas
premisas a partir de las cuales pudiera haber sido predicho el fenómeno en
cuestión constituyen explicaciones adecuadas[18]. Y en efecto, en un ensayo
más reciente, en el que responde a los incesantes ataques a la tesis de que
explicación y predicción son lógicamente indistinguibles, Hempel ha
abandonado esta tesis en su forma original. Ahora sostiene que no todas las
predicciones son explicaciones, pero continúa afirmando que todos los
argumentos explicativos son predictivos[19]. La predicción es, así, el concepto
más amplio, y las explicaciones son una subclase de las predicciones. De este
modo, el factor decisivo en el tratamiento que hace Hempel de la relación
entre explicación y predicción es la primacía de la predicción, y el problema
de distinguir las deducciones explicativas de las meras deducciones es
efectivamente resuelto apelando a la exigencia de que las explicaciones han
de ser predictivas. Esto está completamente de acuerdo con la marcada
inclinación de la filosofía empirista a sostener que la función primaria del
conocimiento científico es la predicción de observables.
Como se ha indicado más arriba, la tesis de la identidad estructural de
explicación y predicción ha sido ampliamente atacada. Será útil aquí para
nuestros propósitos examinar uno de los más plenamente desarrollados y
persistentes de dichos ataques, el de Michael Scriven. Scriven ha propuesto
una serie de contraejemplos frente a la tesis de que explicación y predicción
son equivalentes, contraejemplos ideados para mostrar que a menudo
podemos explicar sucesos que no podríamos haber predicho. El siguiente
ejemplo es típico: podemos explicar el que un paciente tenga paresia, por
referencia al hecho de que tenga sífilis, ya que la sífilis es la única causa de la
paresia. Pero, dado que solamente un pequeño porcentaje de pacientes
sifilíticos desarrolla la paresia, no podríamos haber predicho que tal paciente
determinado la desarrollaría[20]. A esta línea de argumento responde Hempel:

Precisamente porque la paresia es una secuela tan rara de la sífilis, es seguro que una previa
infección sifilítica no puede, de por sí, suministrar una explicación adecuada de tal padecimiento.
Una condición que es nómicamente necesaria para la ocurrencia de un suceso, en general, no lo
explica; pues, en caso contrario, tendríamos que poder explicar el hecho de que un hombre gane el

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primer premio de las carreras irlandesas de caballos alegando que previamente ha comprado un
boleto, y que sólo una persona que posea un boleto puede ganar el primer premio[21].

Pero el contraejemplo de Scriven es sólo una pequeña parte de un


argumento mucho más complejo que Hempel ignora y, desde luego, el
rechazo por parte de Scriven de la equivalencia de explicación y predicción es
sólo una consecuencia de un desacuerdo con Hempel mucho más
fundamental.
El ataque de Scriven está primariamente dirigido contra el modelo
deductivo de la explicación. Dos suposiciones son fundamentales para el
enfoque de Scriven: en primer lugar, que la explicación científica es sólo un
caso especial de la explicación «ordinaria», de modo que un análisis adecuado
de la explicación exige que dirijamos nuestra atención a todas las formas de
discurso que son consideradas como explicaciones en el habla cotidiana; y, en
segundo lugar, que la función de las explicaciones es producir comprensión,
y, por tanto, que cualquier instancia de discurso que suministre comprensión
es una explicación, cualquiera que sea su estructura formal. En este sentido
escribe Scriven:

Parece razonable suponer que la explicación científica representa más bien un refinamiento de la
explicación ordinaria que un tipo de entidad totalmente diferente de ella. En nuestros términos, es la
comprensión lo que constituye la parte esencial de una explicación […]. Argumentaremos que la
única relación exigida para que tengan lugar las explicaciones es una buena inferibilidad inductiva, y
que la deducción es un requisito demasiado restrictivo y del que cabe prescindir, aunque a veces, sin
duda, nos lo encontremos[22].

De modo similar, más adelante en el mismo ensayo, agrega Scriven:

¿A quién le corresponde decir si S e Y han sido entendidos? El caso primario de explicación es


aquel en que se explica X a alguien; si no hubiera casos de esta índole, no habría cosa tal como «una
explicación de X» en abstracto, mientras que la inversa no es verdad. Porque no tiene sentido hablar
de una explicación que nadie, comprenda ahora o no haya comprendido, o no comprenderá, es decir,
que no sea una explicación para alguien[23].

En efecto, Scriven sostiene que explicar es una forma de discurso que


tiene lugar en un contexto específico entre algún grupo de hablantes, y que, en
lugar de analizar el explanandum y el explanans como hacen Hempel y
Oppenheim, lo que deberíamos hacer es, tal vez, examinar al explicador, o
persona que explica, y al explicado, o persona a la que se explica. La tarea del
explicador es lograr que el explicado comprenda algo; todo lo que el primero
pueda decir o hacer para el cumplimiento de dicho propósito cuenta como
explicación.

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Pero aun cuando el análisis de Scriven pueda, ciertamente, ser una
descripción precisa del modo en que usamos el término «explicar» cuando
estamos comprometidos en la realización de actividades cotidianas tales como
la de explicar nuestros síntomas a un médico o explicar a un niño cómo
funciona una palanca, no es claro en absoluto en qué medida es esto relevante
para la tarea de Hempel y Oppenheim. Estos autores no pretenden analizar los
usos de «explicar» en el lenguaje ordinario, sino suministrar una
reconstrucción lógica de la explicación científica, y este problema, como
hemos visto, es un problema dictado por el marco filosófico desde el cual
abordan la filosofía de la ciencia. Desde ese punto de vista, los intentos de
suministrar un análisis del lenguaje ordinario son irrelevantes. En buena
medida, pues, la discusión entre Hempel y Scriven es un conflicto de
propósitos, puesto que ambos tienen concepciones diferentes de lo que sea el
problema de la explicación, y no están tratando en absoluto, por tanto, de
resolver el mismo problema. Lo que Scriven propone no es un análisis
alternativo de la explicación dentro del marco del empirismo lógico, sino más
bien la reformulación del problema de la explicación desde el punto de vista
de un marco filosófico diferente (lo que comúnmente se denomina «filosofía
del lenguaje ordinario»). El nivel en que se sitúa el desacuerdo entre Hempel
y Scriven es el de la cuestión de cuál es el proyecto de investigación por el
que es mejor optar para abordar la filosofía de la ciencia. En la medida en que
Hempel declina la invitación que le hace Scriven para que abandone su
proyecto de investigación y adopte otro, no resulta inapropiado que ignore la
totalidad del análisis y del argumento de Scriven, exceptuando los
contraejemplos que le han sido propuestos. Pero, ciertamente, la manera en
que responde Hempel a dichos contraejemplos de Scriven, alegando que no
son explicaciones adecuadas porque no exhiben un vínculo necesario (esto es,
deductivo) entre explanans y explanandum, es un buen índice del grado en
que los argumentos de uno y otro autor representan un conflicto de
propósitos. Scriven proponiendo lo que él toma como un caso claro de
explicación no deductiva, y Hempel respondiendo que eso no es un ejemplo
adecuado de explicación puesto que no es deductiva.
Mi afirmación de que el debate entre Scriven y los deductivistas es un
conflicto de propósitos recibe más apoyo de un intento de Brodbeck de
proporcionar una respuesta detallada a Scriven desde el punto de vista
deductivista[24]. Porque mientras que Hempel ignora los argumentos de
Scriven, las respuestas de Brodbeck no llegan frecuentemente más que a un
sarcasmo moderado y a expresiones de asombro. Un ejemplo será suficiente:

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El único modo de que Scriven se persuada a sí mismo de que puede explicar un evento que
incluso no podría en principio predecirse es dejando totalmente sin analizar los enunciados
«causales». A pesar del confiado uso del modismo causal en el discurso diario, podemos todavía
preguntar significativamente bajo qué condiciones enunciados como «C es la causa de E» son
verdaderos o falsos. No perderé el tiempo aquí exhibiendo la problemática naturaleza de la noción de
«causa». Tampoco creo que haya mucha necesidad de hacerlo[25].

Una de las características más sorprendentes de los debates entre los


pensadores que están trabajando desde bases presuposicionales diferentes es
la de su desacuerdo respecto a qué problemas necesitan ser resueltos y qué
soluciones son las adecuadas a esos problemas; también discrepan sobre qué
conceptos requieren y cuáles no requieren explicación y encuentran
innecesario (si no imposible) ofrecer argumentos para su elección.
A modo de comparación, y para reforzar el punto de que no todas las
discrepancias filosóficas resultan de la aceptación de diferentes marcos
presuposicionales, sino que son posibles desacuerdos genuinos entre
escritores que aceptan el mismo marco de trabajo, consideremos una objeción
propuesta por Scheffler a la tesis de la equivalencia de predicción y
explicación. Scheffler mismo es un deductivista estricto. En una discusión
sobre la explicación estadística, por ejemplo, mantiene que explicar por qué
Jones tuvo un ataque al corazón señalando que el 75 por ciento de los
hombres de su edad tienen ataques al corazón deja por explicar exactamente
lo que se deseaba explicar, es decir, por qué Jones tuvo un ataque al corazón.
Para contestar esta cuestión debemos, de acuerdo con Scheffler, recoger otra
información sobre Jones, información que proveería de suficientes premisas
adicionales para permitirnos deducir que Jones tuvo un ataque al corazón[26].
Scheffler reconoce que las explicaciones estadísticas de la clase arriba
indicada se usan en la ciencia, las describe como «un caso especial de la
explicación deductiva pragmáticamente incompleta»[27], y concluye que
parece razonable extender el concepto de explicación para que incluya las
explicaciones estadísticas; pero obsérvese que Scheffler considera esto una
extensión del concepto. Ahora bien, Scheffler rechaza asimismo la tesis de
que las predicciones y las explicaciones son estructuralmente idénticas,
sosteniendo que no todas las predicciones son deductivas y que podemos a
menudo predecir de este modo eventos que no podríamos explicar. Observada
una conjunción constante de A y B, por ejemplo, ésta puede conducirnos a
predecir B observando A, pero no nos proporcionaría base para una
explicación de B[28]. Esta posición es perfectamente compatible con el marco
del empirismo lógico; Hempel la acepta ahora, y es también una objeción de
orden completamente distinto al de las objeciones de Scriven; Scheffler está

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tratando de clarificar un punto dentro de la estructura del marco del
empirismo lógico, mientras que Scriven está intentando dar la vuelta a ese
marco[29].

EXPLICACIÓN ESTADÍSTICA

Pasamos ahora a examinar la segunda clase principal de explicación


científica reconocida por los empiristas lógicos, la explicación estadística. A
diferencia de la explicación deductiva, la explicación estadística no muestra
que, dadas las premisas, el fenómeno a explicar ocurre necesariamente, sino
sólo que es altamente probable o, quizá, casi cierto. Como ejemplo muy
sencillo de explicación estadística consideremos el siguiente: Jones tiene una
infección de estreptococos y se recupera tras haber sido tratado con
penicilina. Puesto que sabemos que todas las personas que tienen infección de
estreptococos se/recuperan cuando se les trata con penicilina, podemos
proponer la siguiente explicación:

La probabilidad de que una persona se recupere de una infección de estreptococos cuando se la


trata con penicilina se aproxima a uno.

Jones tuvo una infección de estreptococos y se le trató con penicilina.

Jones se recupera de la infección de estreptococos.

La doble línea, tomada de Hempel[30], es usada para distinguir el esquema


estadístico del deductivo y se debe leer como «Es altamente probable» o «Es
prácticamente cierto». Pero, como Hempel, entre otros, ha señalado, la
presentación de explicaciones estadísticas de esta forma cuasi-deductiva
conduce a algo que parece ser una inconsistencia. Porque supóngase que
también sabemos que Jones tiene más de 80 años y que casi todos los
hombres de más de 80 años que contraen infecciones de estreptococos no se
recuperan. Si Jones no se recupera podríamos ofrecer entonces la siguiente
explicación:

La probabilidad de que un hombre de más de 80 años no se recupere de una infección de


estreptococos se aproxima a uno.

Jones tiene más de 80 años y una infección de estreptococos.

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Jones no se recupera de la infección de estreptococos.

Este resultado es problemático en dos respectos. En primer lugar, nos


proporciona un caso de dos argumentos que son presumiblemente válidos,
que tienen premisas verdaderas, y que son lógicamente inconsistentes el uno
con el otro: algo que no puede ocurrir nunca en la lógica deductiva. En
segundo lugar, muestra que podemos ofrecer una explicación estadística
válida independiente de cuál sea el resultado de la enfermedad de Jones, lo
que es para Hempel un serio indicio de que algo va mal en la explicación[31].
Hempel argumenta que la existencia de esta ambigüedad de la explicación
estadística muestra que las explicaciones estadísticas son de un tipo
fundamentalmente diferente al de las explicaciones deductivas. De este modo
sugiere que la explicación estadística implica un sentido diferente de la
palabra «porque» al de la explicación deductiva[32]. También sugiere que las
ambigüedades surgen del intento de interpretar las explicaciones estadísticas
como, en sentido amplio, silogísticas, y que esta interpretación «parece
apuntar demasiado cerca de una forma de asimilación de argumentos
estadísticos no deductivos a la inferencia deductiva[33]». Pero, a pesar de estas
exposiciones, la práctica real de Hempel al tratar de resolver el problema de
las ambigüedades muestra claramente que al continuar tomando la
explicación deductiva como su modelo, intenta asimilar la explicación
estadística lo más posible a la explicación deductiva y toma la ambigüedad de
la explicación estadística como un problema a resolver. Es de este modo
razonable preguntar por qué considera esto como problema. Si la explicación
estadística es una clase de explicación genuinamente diferente de la
explicación deductiva con propiedades diferentes también, ¿por qué no
aceptar la ambigüedad como una de esas propiedades distintas? ¿Por qué
debemos ver como problemático que dos explicaciones diferentes, esto es,
dos explicaciones con diferentes premisas (no obstante, verdaderas) puedan
explicar dos eventos lógicamente incompatibles? La respuesta de Hempel es
clara: esto nunca ocurre en el caso de la explicación deductiva[34]. De este
modo la explicación deductiva todavía sirve como un caso paradigmático con
el cual deben medirse todas las formas de explicación[35]. Este análisis recibe
un apoyo ulterior del modo en que Hempel resuelve el problema de la
ambigüedad de la explicación estadística.
Hempel resuelve el problema invocando al requisito de Carnap de
evidencia total. «En la aplicación de la lógica inductiva a una situación de
conocimiento dada, hay que tomar la evidencia total disponible como base

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para determinar el grado de confirmación[36]». Este requisito resuelve el
problema mediante la eliminación de todas las explicaciones propuestas
menos una. En el ejemplo que consideramos antes, la primera explicación,
que olvidaba incluir el dato sobre la edad de Jones y la probabilidad de que un
octogenario se recupere de una infección de estreptococos, es inaceptable
puesto que viola el requisito de evidencia total. Y en general, una vez que el
criterio de evidencia total se toma en cuenta, sólo uno de una serie de
fenómenos mutuamente inconsistentes puede ser explicado. El resultado de la
discusión hempeliana de la ambigüedad de la explicación estadística es la
eliminación de la ambigüedad, a pesar de su aserción de que «la lógica de la
sistematización estadística difiere fundamentalmente de la lógica de la
sistematización nomológico-deductiva[37]», y la ambigüedad de la
sistematización estadística es «un síntoma palmario de la diferencia[38]».
Puesto que la explicación estadística parece ser diferente de la explicación
deductiva en este punto, aquélla es considerada como problemática, y es la
demostración de que esta diferencia es sólo aparente, lo que constituye, para
Hempel, una solución aceptable del problema. Así pues, tanto el problema de
la ambigüedad de la explicación estadística como el criterio para una solución
aceptable de este problema derivan del papel paradigmático de la lógica
deductiva en el programa de investigación de los empiristas lógicos.

EXPLICACIÓN Y VERDAD

Hay un aspecto más de la explicación científica que debe ser considerado


aquí: el proceso mediante el cual leyes aceptadas se explican por teorías y
teorías restringidas por teorías más amplias. Desde el punto de vista de la sola
lógica de la explicación no surgen nuevas cuestiones pero sí que éstas se
plantean si nos instalamos en el contexto de la historia de la ciencia, porque es
aquí donde encontramos la acostumbrada imagen de la ciencia como un
proceso de crecimiento acumulativo del conocimiento. De acuerdo con esta
imagen, las teorías (y las leyes) son propuestas para cubrir un ámbito
particular de fenómenos y más tarde explicadas subsumiéndolas en teorías
más amplias, más comprensivas. Nagel, por ejemplo, describe este proceso
como:

[…] la expansión normal de algún cuerpo de la teoría, propuesto inicialmente para un cierto
dominio extensivo de fenómenos, de tal modo que las leyes que previamente puede haberse
descubierto que valen en un sector restringido de este dominio, o en algún otro dominio homogéneo
en un sentido prontamente identificable con el primero, resulten ser derivables de esa teoría, cuando

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está adecuadamente especializada. Por ejemplo, las Dos nuevas ciencias de Galileo fue una
contribución a la física de la caída libre de los cuerpos terrestres; pero, cuando Newton mostró que
su propia teoría general de la mecánica y la gravitación, cuando se complementa con condiciones
restrictivas adecuadas, implicaba las leyes de Galileo, estas últimas fueron incorporadas a la teoría
newtoniana como un caso especial[39].

En el repertorio de ejemplos de tal proceso figuran también la explicación


de las leyes del movimiento planetario de Kepler por la teoría de Newton y la
tesis de que la mecánica newtoniana es a su vez explicada como un caso
especial de la teoría de la relatividad[40].
Pero un momento de reflexión mostrará que la descripción anterior de la
relación entre la ley de Galileo y la teoría de Newton no es en absoluto
correcta; la ley de la caída de los cuerpos de Galileo no puede deducirse de la
mecánica de Newton, ni siquiera de la mecánica de Newton en conjunción
con la premisa adicional de que el cuerpo que cae está «cercano» a la Tierra.
De acuerdo con Galileo un cuerpo cae a la Tierra con una aceleración
constante, pero, de acuerdo con Newton, la aceleración es inversamente
proporcional al cuadrado de la distancia al centro de la Tierra y de este modo
crece constantemente mientras cae el cuerpo. El hecho de que para un cuerpo
suficientemente cercano a la superficie de la Tierra el cambio en la
aceleración sea pequeño es bastante irrelevante para el punto en cuestión, el
cual es que la teoría de Newton, incluso en el supuesto de que se la
suplemente con condiciones restrictivas, no entraña la ley de Galileo.
Esencialmente el mismo punto rige para la relación entre las leyes de
Kepler y la teoría de Newton. De acuerdo con Kepler, los planetas tienen
órbitas elípticas, y es verdad que la aplicación de las leyes de Newton a un
sistema consistente en un único planeta y el Sol nos permite deducir que la
órbita del planeta es elíptica. Pero parte de lo que la teoría newtoniana nos
dice es que no podemos limitar nuestras consideraciones a sólo un único
planeta y el Sol, puesto que los otros planetas también ejercen una atracción
gravitatoria sobre el planeta en cuestión, y la órbita resultante no es elíptica.
Ciertamente, el hecho de que los planetas se atraigan entre sí es una parte
importante de la universalidad del principio de gravitación universal de
Newton, el cual constituye un importante avance sobre Kepler, quien creía
que el sol era un tipo de cuerpo fundamentalmente diferente de los planetas y
que era él solo el que los movía. De este modo, mientras que es verdad que la
mecánica de Newton da lugar a una órbita elíptica en el caso del problema de
los dos cuerpos, no produce una órbita elíptica para el caso real de ninguno de
los planetas. Ignorar la presencia de los otros planetas no es aplicar
condiciones restrictivas apropiadas, sino más bien ignorar una parte

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fundamental del contenido de la teoría de Newton. Es, por supuesto,
perfectamente legítimo para el científico llevar a cabo en la práctica esta
simplificación al efectuar cómputos, pero no es legítimo para el lógico hacer
la misma simplificación cuando desea mantener que la teoría de Newton
entraña la ley de Kepler.
Lo mismo cabe decir, con mayor fuerza aún, en el caso de la tercera ley de
Kepler, la de que el cubo de la distancia media de un planeta al Sol dividido
por el cuadrado del período de revolución es una constante para todos los
planetas (a3/T2 = constante). La ley que puede deducirse de la teoría de
Newton es que a3/T2 = K(M + m) donde «K» es una constante, «M» la masa
del Sol, y «m» la masa del planeta en cuestión. Pero «M + m» no es una
constante, puesto que diferentes planetas tienen diferentes masas. Sólo
ignorando «m» sobre la base de que para los miembros de nuestro sistema
solar es mucho menor que «M», es como podemos lograr una ley que se
parezca a la ley de Kepler. Pero no sólo no se puede deducir esta ley de la
teoría de Newton; ignorar «ni» consistentemente es imposible si hacemos uso
de la mecánica celeste de Newton, puesto que no puede haber fuerza
gravitatoria sobre un cuerpo de masa cero (F = GmM/r2)[41]. Cualquiera que
sea la relación que pueda haber entre la teoría de Newton y las leyes de
Kepler no es claramente una relación de entrañamiento.
Una estimación de alguna manera diferente de la situación es la dada por
Hempel. Considerando la relación entre la ley de Galileo y la mecánica de
Newton, escribe:

Pero, aunque la ley de Newton, estrictamente hablando, contradice la de Galileo, muestra que
esta última es casi exactamente satisfecha en la caída libre sobre distancias cortas. Con un poco más
de detalle podríamos decir que la teoría newtoniana de la gravitación y del movimiento implica sus
propias leyes concernientes a la caída libre bajo varias circunstancias. De acuerdo con una de estas
circunstancias, la aceleración de un objeto pequeño cayendo libremente hacia un cuerpo
esféricamente homogéneo varía inversamente al cuadrado de su distancia desde el centro de la esfera
y, de este modo, aumenta en el curso de la caída; y la uniformidad expresada por esta ley es
explicada en un sentido estrictamente deductivo por la teoría newtoniana. Pero, cuando se conjunta
con la suposición de que la Tierra es una esfera homogénea de masa y radio específicos, la ley en
cuestión implica que, para la caída libre en distancias cortas cerca de la superficie de la Tierra, la ley
de Galileo mantiene un alto grado de aproximación; en este sentido puede decirse que la teoría
aporta una explicación nomológica-deductiva aproximativa de la ley de Newton[42].

Este pasaje es, en muchos aspectos, extraño. Por una parte, Hempel
concede que la ley de Galileo no puede, estrictamente hablando, ser deducida
de la mecánica de Newton y, sin embargo, desea mantener todavía que la ley
es explicada por esa teoría; pero no está en absoluto claro de qué clase de
explicación se está hablando. Hempel parece estar introduciendo una

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categoría nueva de explicación, explicaciones aproximativamente
nomológico-deductivas, pero no se ofrece ningún análisis de este tipo de
dicha categoría. Todo lo que podemos inferir del nombre que da a esta nueva
forma de explicación es que es, en algún sentido, una forma de explicación
deductiva, mas no está aún claro qué formas de deducción van a ser
permitidas aparte de la deducción estricta. Y no sería suficiente replicar que
todo lo que se quería decir es que la teoría de Newton entraña una ley que da
resultados numéricos que son aproximativamente iguales a los de Galileo en
un ámbito particular de casos. Porque, mientras que esto es indudablemente
verdad, lo mismo puede decirse de un número infinito de otras posibles leyes,
ninguna de las cuales sería descrita por Hempel como implicada por la teoría
de Newton.
De modo similar, considerando la relación entre las leyes de Kepler y las
de Newton, Hempel escribe:
En el caso de la explicación de las leyes de Kepler por medio de la ley de
la gravitación y de las leyes de la mecánica, la deducción admite una
conclusión de la cual la generalización a explicar es sólo una aproximación.
Entonces los principios explicativos no sólo muestran por qué vale una ley
presumiblemente general, al menos en aproximación, sino que también
proporciona una explicación de las desviaciones[43].
De nuevo debemos preguntar qué clase de explicación está aquí
involucrada. Mientras que puede haber un sentido intuitivo en el que diríamos
que las leyes de Newton explican por qué las leyes de Kepler dan
aproximadamente el resultado correcto, el sentido de «explicación» no es aquí
el sentido deductivo. Ninguna explicación de por qué las leyes de Kepler
difieren de las de Newton puede deducirse de la mecánica newtoniana.
Tampoco este inanalizado sentido de «explicación» parece ajustarse a
cualquiera de las otras formas de explicación que Hempel ha examinado.
Claramente algo ha desaparecido. Será instructivo tratar de clarificar qué ha
ocurrido.
La faceta crucial de la discusión es que, tratando de mostrar cómo las
leyes de Kepler y Galileo han sido explicadas por la mecánica de Newton,
Hempel y Nagel niegan, en efecto, que las leyes de Kepler y Galileo hayan
sido sobreseídas, que se haya demostrado que son falsas. Tanto para Hempel
como para Nagel, los trabajos de Galileo y Kepler son logros trastocados de
método científico. No hay duda de que, siendo buenos empiristas, Hempel y
Nagel, junto con muchos otros empiristas lógicos, rechazarían esta pretensión.
Todas las proposiciones científicas —se nos recuerda continuamente— están

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basadas en la experiencia y pueden ser relevadas por una experiencia ulterior:
ésta es una tesis fundamental del empirismo. Con todo, a pesar de la frecuente
repetición del eslogan por los empiristas lógicos, un examen de su práctica
filosófica muestra que hay una clara tensión entre este principio empirista y la
competidora creencia de que, pese al hecho de que el método científico es
empírico, sus resultados son verdaderos y se mantienen siempre. La última
noción fue una parte explícita del programa del positivismo lógico, en
particular de la teoría de verificación del significado, pero la tesis general de
que una aplicación correcta del «método empírico» establecerá la verdad
científica de una vez y para siempre se remonta por lo menos a Bacon. Hemos
visto que los lógicos empiristas contemporáneos han liberalizado
considerablemente la teoría del significado original, pero, a pesar de esto, la
opinión de que la ciencia proporciona realmente verdades finales ha
permanecido siendo una presunción controlada de la filosofía de la ciencia del
empirismo lógico, mientras que el rechazo empirista ha sido manifestado en
ocasiones rituales y usado como un arma contra los oponentes. Permítanme
tratar de documentar este rechazo de forma más completa[44].
El grado de vacilación de los empiristas lógicos en esta cuestión está bien
ilustrado por Reichenbach. Por un lado reprende a sus compañeros empiristas
por no haber apreciado adecuadamente la naturaleza probable de todo
conocimiento empírico.

La idea de que el conocimiento es un sistema aproximativo que nunca se convertirá en


«verdadero» ha sido reconocida por casi todos los escritores del grupo empirista, pero nunca han
sido suficientemente extraídas las consecuencias lógicas de esta idea. El carácter aproximativo de la
ciencia ha sido considerado como un mal necesario, inevitable para todo conocimiento práctico, pero
no para ser tomado en cuenta entre las facetas esenciales del conocimiento; el elemento
probabilístico en la ciencia fue tomado como una faceta provisional, apareciendo en la investigación
científica en tanto en cuanto está en el sendero del descubrimiento, mas desapareciendo en el
conocimiento como un sistema definitivo[45].

Pero un poco más tarde, discutiendo si todo pensamiento requiere el


lenguaje, Reichenbach escribe: «Esta es una cuestión a la que los psicólogos
no han dado una solución definitiva[46]». Y en The Rise of Scientific
Philosophy Reichenbach pone énfasis primero en que «las teorías físicas dan
cuenta del conocimiento observacional de su tiempo; no pueden pretender ser
verdades eternas»[47], pero continúa para afirmar que la dualidad
onda-partícula es una consecuencia ineludible de la naturaleza estructural de
la materia»[48], y que, como resultado de los experimentos de Davisson y
Gerrmer, «la existencia de ondas materiales estaba asegurada fuera de toda
duda»[49]. Podrá replicarse que esos son sólo errores estilísticos menores, pero

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un análisis más profundo de algunas de las posiciones centrales del empirismo
lógico mostrará que éste no es en absoluto el caso.
Hemos visto que en «Estudios de la lógica de la explicación» Hempel y
Oppenheim mantienen que «los enunciados que constituyen el explanans
deben ser verdaderos»[50]. Continúan poniendo énfasis cu que no es suficiente
que el explanans esté altamente confirmado. Porque, según el principio del
empirismo, cualquier proposición altamente confirmada puede ser derrocada,
lo que nos conduciría a una situación en la cual debemos mantener que una
explicación que fue una vez adecuada ya no lo es. Pero en tal caso es
preferible —mantienen Hempel y Oppenheim— rechazar la primera
explicación por no haber sido nunca una explicación genuina[51]. De este
modo han hecho distinción entre las proposiciones que son verdaderas y las
que son sólo altamente confirmadas, y, puesto que aparentemente mantenían
que la ciencia explica realmente, debían también haber mantenido que la
ciencia puede ir más allá de un alto grado de confirmación y descubrir
premisas que son verdaderas, esto es, que nunca pueden ser derrocadas. Si,
por este análisis, la ley de Galileo, por ejemplo, proporciona realmente una
explicación de la caída libre cerca de la superficie de la Tierra, entonces la ley
de Galileo debe ser verdadera y no puede ser derrocada por la teoría de
Newton, incluso si la teoría de Newton parece inconsistente con ella. La labor
del filósofo de la ciencia que trabaja en la tradición del empirismo lógico se
convierte entonces en un intento de encontrar una interpretación de esta
inconsistencia que le permitirá mantener que tanto las leyes de Newton como
las de Galileo son verdaderas. Esto es lo que Hempel trata de hacer cuando
introduce la noción de una explicación deductiva aproximada. Más
recientemente, Hempel ha modificado su posición y ha reconocido que son
posibles explicaciones legítimas con premisas que están sólo altamente
confirmadas. Esto produce dos tipos diferentes de explicaciones:
explicaciones verdaderas y explicaciones que están más o menos bien
confirmadas[52]. Pero no hay nada en la discusión de Hempel sobre esta
cuestión que nos dé razón para creer que ha abandonado la noción de que las
explicaciones verdaderas son factibles en la ciencia y la consecuente noción
de que la ciencia es capaz de establecer la verdad final de las proposiciones.
Volviendo ahora a la discusión que lleva a cabo Nagel de este extremo,
encontramos que su posición es considerablemente más sutil que la de
Hempel. Discutiendo los requerimientos epistémicos de una explicación
satisfactoria, Nagel mantiene que «el requerimiento de que las premisas de
una explicación satisfactoria hayan de ser verdaderas parece inexcusable»[53],

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pero al mismo tiempo niega que sea necesario saber que estas premisas son
verdaderas. En apoyo de esta última posición Nagel argumenta:

De hecho, no sabemos si las premisas universales sin restricción asumidas en las explicaciones
de las ciencias empíricas son realmente verdaderas; y, si fuese preciso adoptar ese requerimiento,
muchas de las explicaciones ampliamente aceptadas en la ciencia actual tendrían que ser rechazadas
como insatisfactorias. Esto es, en efecto, una reductio ad absurdum del requerimiento[54].

Sería difícil encontrar una expresión más clara de la tensión entre estas
dos tesis —la que sostiene que todas las leyes científicas propuestas son
hipótesis refutables y la que afirma que la ciencia descubre verdades finales—
que la dada en los dos pasajes que se acaban de citar. Porque en el segundo
pasaje Nagel mantiene que cualquier punto de vista que implique que la
mayoría de las explicaciones científicas actualmente aceptadas son
inaceptables es absurdo. (Nótese que Nagel dice que la mayoría, no todas, las
explicaciones actualmente aceptadas caerían si exigiésemos que ha de saberse
que las premisas son verdaderas. Entiendo, pues, que, de acuerdo con Nagel,
hay algunas explicaciones científicas actualmente aceptadas en las que las
premisas son verdaderas y se sabe que lo son.) De este modo, Nagel está
manteniendo que la ciencia actual incluye un buen número de explicaciones
científicas aceptables. Pero ya ha argumentado que una explicación científica
aceptable ha de tener premisas verdaderas, de modo que ha de mantener que
un buen número de teorías científicas contemporáneas son realmente
verdaderas. Suponiendo que Nagel considera que las premisas de su propio
argumento por reductio ad absurdum son no sólo verdaderas sino también
cognosciblemente verdaderas (y ha de hacerlo si desea afirmar la conclusión),
se sigue que mantiene que realmente sabemos que muchas explicaciones
científicas actualmente aceptadas son satisfactorias y, por lo tanto, tienen
premisas verdaderas, pero que no sabemos qué tesis científicas caen dentro de
esta clase. Nagel no explica cómo sabemos que el enunciado «Muchas
exposiciones científicas actualmente aceptadas son verdaderas» es verdadero,
y, en particular, no explica si esta tesis ha sido establecida por indagación
científica o por otros medios, pero el punto importante para nuestros
propósitos es que Nagel mantiene claramente que la ciencia ha establecido ya
un amplio número de proposiciones verdaderas.
Un ejemplo más servirá para redondear esta discusión. En un ensayo
reciente, Feigl, objetando a esos nuevos escritores que sostienen que la
ciencia está basada en presuposiciones, escribe:

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Como Reichenbach señaló hace ya largo tiempo, la ciencia progresa «asegurando»
sucesivamente sus varias pretensiones de conocimiento. Por ejemplo, la óptica de telescopios,
microscopios, espectroscopios, etc., es ciertamente presupuesta en el examen de hipótesis
astrofísicas, biológicas, etc. Pero estas presuposiciones —aunque estén, por supuesto, siempre
abiertas en principio a (y en raros casos realmente necesitadas de) revisión están comparativamente
mucho mejor establecidas que las «más lejanas», hipótesis sometidas a escrutinio[55].

En este pasaje Feigl rinde tributo a su obediencia ritual a la posibilidad —


en principio— de derrocar tesis de conocimiento científico «establecida»,
pero es claro que ahí no hay mucho más que obediencia ritual. A pesar de que
en este ensayo suyo insiste en que el dominio propio del filósofo de la ciencia
son los problemas de lógica y metodología, Feigl no considera la posibilidad
lógica de que el derrocamiento de tesis aceptadas del conocimiento científico
sea realmente importante. Sospecho, una vez más, que ello es porque Feigl
está operando dentro de los confines de la presuposición del empirismo lógico
de que, con la posible excepción de «casos raros», la ciencia ciertamente
logra asegurar la verdad final de sus pretensiones de conocimiento.
Hay dos aspectos de esta discusión que son particularmente importantes
aquí para nuestros propósitos. El primero es la imagen de la historia de la
ciencia que está implícita en la opinión de que la ciencia establece
proposiciones verdaderas. De acuerdo con este punto de vista, la historia de la
ciencia, desde sus inicios, ha sido la de una constante acumulación de
proposiciones verdaderas. La investigación ulterior incrementa nuestro acervo
de proposiciones verdaderas, y, puesto que algunas de estas proposiciones
añadidas son más generales que otras ya establecidas, la unidad de la ciencia
es continuamente incrementada. Cualquier proposición científica —se nos
dice— es en principio refutable, pero de hecho sólo muy raramente la
investigación ulterior tiene como resultado el derrocamiento de logros
científicos previos. El segundo aspecto a considerar es que, paralelamente a
semejante visión de la historia de la ciencia, surge un insospechado proyecto
de investigación para el filósofo que vuelve su atención sobre este campo,
puesto que, al menos prima facie, la historia de la ciencia no parece ser la de
una acumulación constante. (El propio Feigl admite que los empiristas lógicos
han sido reacios a contemplar la historia real de la ciencia, y que más bien han
preferido construirla a priori[56]). Parece haber un gran número de teorías que
han servido por un tiempo y después han sido abandonadas, muchas
situaciones en las que los científicos han continuado haciendo uso de teorías
que tenían todas las razones para creer falsas, casos en los que teorías que se
creyeron refutadas de una vez y para siempre han reaparecido, y ocasiones
incluso en las que los científicos han rehusado aceptar un dato que era

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inconsistente con teorías aceptadas. Pero, como suele suceder en la mayoría
de los proyectos de investigación, el empirista lógico no necesita aceptar estas
situaciones sin más; puede, en vez de ello, buscar formas de reconciliarlas con
la presuposición que él ha adoptado relativa a la naturaleza de la historia de la
ciencia. Entre los métodos usados figuran la negación de que ciertas teorías
rechazadas, como, por ejemplo, la química del flogisto y la dinámica de
Aristóteles, hayan sido, en primer lugar, ciencia alguna vez, y los esfuerzos
que acabamos de considerar de Hempel en su intento de salvar la verdad de
las leyes de Galileo y Kepler. Pero es mejor dejar para la parte segunda la
ulterior discusión de este tema. Por el momento, el punto importante es
reconocer que la tesis de que la ciencia establece proposiciones verdaderas
juega el papel de una presuposición básica en la filosofía de la ciencia del
empirismo lógico.

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CAPÍTULO V

FALSACIÓN

Antes de concluir esta primera parte de nuestra discusión, examinaremos


un planteamiento de la filosofía de la ciencia que es, en muchos aspectos, una
transición entre el empirismo lógico y la nueva imagen de la ciencia que
vamos a considerar en la parte segunda. Este planteamiento, que ha llegado a
ser conocido como falsacionismo, fue introducido por Karl Popper en su
Lógica de la investigación científica[1]. La tesis central de Popper es que no
hay proceso de inducción por el que sean confirmadas las teorías científicas y,
por tanto, no hay papel en la filosofía de la ciencia para una teoría de la
confirmación tal y como la entienden los empiristas lógicos. Parece que esto
constituiría una ruptura fundamental con el programa de investigación del
empirismo lógico, pero veremos que una buena porción de la obra de Popper
está, sin embargo, controlada precisamente por aquellos supuestos filosóficos
que hemos venido examinando. En efecto, en el pensamiento de Popper hay
dos tendencias en conflicto. Una de estas tendencias es una concepción
falsacionista estricta de la ciencia, de acuerdo con la cual contrastamos las
teorías científicas deduciendo consecuencias de ellas y rechazando aquellas
teorías que implican una sola consecuencia falsa. Es esta concepción de la
ciencia la que por lo general, hasta hace poco, ha sido atribuida a Popper por
casi todos los filósofos de la ciencia[2], incluyendo al mismo Popper[3]. Pero
al lado de esta interpretación usual de la obra de Popper hay una segunda
tendencia que constituye una ruptura mucho más neta (aun cuando en modo
alguno completa) con el empirismo lógico, y tiene mucho en común con el
nuevo planteamiento a discutir en la segunda parte de este libro. Por esta
posición dual considero a Popper como una figura de transición. Comenzaré
por desarrollar la interpretación más usual de la obra de Popper.

FALSACIONISMO ESTRICTO

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Para Popper, el problema central de la filosofía de la ciencia es lo que él
llama el problema de la demarcación, es decir,, el problema de hallar un
criterio por el que podamos distinguir las teorías científicas de la metafísica y
la pseudo-ciencia[4]. A primera vista pudiera parecer que éste sea el mismo
punto de partida que el de los positivistas, mas, para Popper, un criterio de
demarcación no es una teoría del significado y la metafísica no carece de
sentido. Popper no considera que el problema del significado sea un problema
serio, y al buscar un criterio de demarcación lo único que está intentando es
delimitar un área del discurso significativo: la ciencia[5].
El criterio de demarcación que Popper encuentra implícito en la obra de
los positivistas pudiera ser denominado «verificacionismo»: la característica
distintiva de las proposiciones científicas es que pueden ser confirmadas por
la experiencia. Y esta concepción, como hemos visto, ha de subdividirse a su
vez en dos: la tesis primitiva, sostenida, por ejemplo, por Wittgenstein y
Schlick, según la cual es posible una verificación completa de las aserciones
científicas, y la ulterior concepción de escritores como Carnap, Hempel y
Reichenbach, según la cual la experiencia puede confirmar las proposiciones
científicas en el sentido de mostrar que son probables. Popper rechaza formas
de verificacionismo y, desde luego, cualquier intento de construir una lógica
inductiva. Sus principales objeciones a la lógica inductiva son las
tradicionales. Por una parte, las inferencias inductivas no son inferencias
lógicas en el solo sentido de «lógica» que admitirá Popper, es decir,
transformaciones tautológicas como las que hallamos en la lógica deductiva
de Principia Mathematica. La característica crucial de tales transformaciones
es que la conclusión de un argumento no puede tener mayor contenido que las
premisas, pero ningún intento de demostrar una proposición universal sobre la
base de premisas que consistan en un conjunto finito de proposiciones
singulares puede ser jamás un argumento lógicamente válido en este sentido.
Por otra parte, si interpretamos los argumentos inductivos apelando al uso de
algún principio sintético de inducción, entonces este principio mismo ha de
ser justificado, y, a menos que aceptemos alguna forma de justificación a
priori de la inducción, cosa que ningún empirista está dispuesto a hacer,
hemos de intentar justificar el principio de inducción inductivamente. Pero
entonces el argumento o bien se torna circular o conduce a un infinito regreso
de principios de inducción. Los intentos de modificar la tesis inductivista y
sostener que la inducción sólo muestra que la conclusión es probable caen,
según Popper, bajo las mismas objeciones. Este planteamiento requiere un
nuevo principio de inducción, apropiadamente modificado, que ha de estar a

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su vez justificado (esto es, se debe haber mostrado que es probable en algún
grado, puesto que dicho principio tampoco es ni analítico ni sintético a
priori), y así sucesivamente[6].
Habiendo rechazado la tesis de que las proposiciones científicas o bien
pueden ser verificadas o bien se les puede asignar valores de probabilidad,
Popper intenta reconstruir la lógica de la ciencia de una manera tal que la sola
lógica deductiva sea suficiente para la evaluación de las aserciones científicas.
Esta reconstrucción da lugar a un nuevo criterio de demarcación. Porque, aun
cuando no pueda deducirse una proposición universal de conjunto alguno de
enunciados de observación, otras proposiciones pueden ser deducidas de
proposiciones universales, y, en particular, enunciados de observación pueden
ser deducidos de proposiciones universales suplementadas con enunciados
apropiados de condiciones iniciales y condiciones delimitadoras[7]. Si se
muestra por experiencia que uno de estos enunciados de observación
deducidos es falso, se sigue deductivamente, por modus tollens, que la
proposición universal en cuestión es falsa. A causa de esta asimetría lógica
entre verificación y falsación propone Popper su nuevo criterio de
demarcación: una proposición es científica sólo si puede ser falsada por
experiencia[8]. Desarrollemos esta propuesta por medio de un ejemplo.
Considérese el clásico experimento en que se tomaron medidas de las
posiciones aparentes de estrellas que, durante un eclipse, parecían estar
próximas al disco solar. El experimento fue llevado a cabo en 1919 para
someter a contrastación una consecuencia de la teoría general de la relatividad
de Einstein que difería de la consecuencia que se seguía de la teoría
newtoniana de la gravitación. La teoría de Einstein (en conjunción con una
teoría apropiada de la luz) predecía que el campo gravitatorio del Sol curvaría
los rayos de luz que pasaran cerca, mientras que la teoría de Newton no había
predicho tal desviación (o todo lo más predecía una desviación mucho menor,
según cuál fuese la teoría de la luz utilizada en los cómputos). Observando la
posición aparente de estrellas cercanas al Sol y comparando este resultado con
la posición conocida de esas estrellas, computada en base a otras
observaciones efectuadas en momentos en que su luz no pasaba cerca del Sol,
podría determinarse el efecto de la gravedad solar sobre la luz. Los resultados
de las observaciones estuvieron de acuerdo con las predicciones de la
relatividad general y fueron contrarios a las predicciones de la teoría de
Newton. Para Popper, esta observación constituye una refutación de la teoría
de Newton; pero no constituye una verificación o prueba de la relatividad
general, ni le confiere a ésta un valor de probabilidad (aun cuando enseguida

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veremos que le confiere algo distinto, que Popper denomina
«corroboración»). Habiéndose mostrado que es falsa, la teoría de Newton
debe ser al punto abandonada, pero continúa siendo una teoría científica.
Es este rasgo lógico consistente en ser deductivamente falsables lo que
distingue a las teorías científicas. Las teorías pseudo-científicas tales como la
astrología hacen a menudo predicciones correctas, pero son formuladas de
modo que les permite evadir cualquier falsación, y por esa razón no son
científicas. Pero las teorías científicas no sólo han de ser empíricamente
falsables, sino que un aserto científico ha de ser rechazado tan pronto como se
encuentre una sola instancia falsadora. Así, escribe Popper en la Lógica de la
investigación científica:

En general consideramos una falsación intersubjetivamente contrastable como final (supuesto


que esté bien contrastada): éste es el modo en que se hace sentir la asimetría entre verificación y
falsación de teorías […]. Una estimación corroboradora efectuada en fecha ulterior —esto es, una
estimación efectuada después de que nuevos enunciados básicos hayan sido añadidos a los ya
aceptados— puede reemplazar un grado positivo de corroboración por uno negativo, pero no a la
inversa[9].

Más recientemente, discutiendo las observaciones de la desviación de la


luz, Popper escribe: «Si la observación muestra que el efecto predicho está
definitivamente ausente, entonces la teoría es simplemente refutada[10]». De
modo similar, un poco después en el mismo ensayo, añade Popper,
refiriéndose a la teoría psicoanalítica, que «hay que disponer de criterios de
refutación establecidos: hay que estipular qué situaciones observables
significan, si se las observa realmente, que la teoría está refutada[11]». Si los
proponentes de una teoría pretenden protegerla de la falsación mediante
estratagemas tales como la adición de hipótesis ad hoc o la reinterpretación de
los postulados teóricos como definiciones (jugadas que son siempre
lógicamente posibles), hacen con ello infalsable a la teoría, y de este modo, de
acuerdo con el criterio de demarcación de Popper, la despojan de su estatuto
de teoría científica.
Hay otro modo de exponer la tesis de la falsabilidad que es también
iluminador. En la notación de la lógica de los Principia, cualquier proposición
universal tal como «(x)(Px ⊃ Qx)» es lógicamente equivalente a la negación
de una proposición existencial: «~(∃x)(Px · ~ Qx)». Lo que esta última
proposición dice es que un cierto tipo de situación empírica, una situación en
la cual un objeto singular es a la vez P y no Q, no puede ocurrir. El
descubrimiento de un solo objeto que sea a la vez P y no Q nos suministra
una premisa, «Pa · ~ Qa», de la que podemos deducir la falsedad de la

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proposición universal sin que importe el número de instancias de objetos que
sean a la vez P y Q que hayamos observado ya. Desde este punto de vista, lo
mejor es interpretar las proposiciones universales como enunciados de
prohibiciones, como prohibición de la ocurrencia de ciertas situaciones
empíricas[12], y puede tomarse el dominio de las situaciones que prohíbe una
teoría como una medida del contenido empírico de ésta: cuanto más prohíbe
una teoría, tanto más dice, y cuanto más dice, mayores son los riesgos de que
sea refutada[13]. Este análisis arroja nueva luz sobre las objeciones de Popper
a la versión probabilitaria de la lógica inductiva, puesto que las teorías
científicas importantes son aquellas que tienen el mayor contenido empírico,
y son, por tanto, las menos probables[14]. La ciencia no progresa como
resultado de los esfuerzos de los científicos por salvaguardarla ofreciendo
hipótesis que se acerquen todo cuanto sea posible a la evidencia de que se
disponga. Por el contrario, la ciencia progresa como resultado del hecho de
que los científicos hagan conjeturas audaces que vayan más allá de los datos
de que se dispone; una vez efectuadas sus conjeturas, el interés primario del
hombre de ciencia al contrastar sus teorías no está en el intento de probar que
sean verdaderas, sino en el intento de refutarlas[15].
Hemos visto que, según Popper, el descubrimiento de instancias que están
de acuerdo con las predicciones de una teoría ni confirma a la teoría ni le
confiere un grado de probabilidad, pero de esto no se sigue que esas
instancias sean totalmente irrelevantes para la evaluación de la teoría; bajo
ciertas circunstancias sirven como instancias corroboradoras. Una teoría es
corroborada cuando pasa un test o contrastación, esto es, cuando una
observación cuyo resultado hubiera podido refutar la teoría no logra
refutarla[16]. En qué medida una contrastación particular tiende a incrementar
el grado de corroboración depende de la severidad de esa contrastación. Pasar
una contrastación severa, en la que un resultado favorable para la teoría es
altamente inverosímil, incrementa el grado de corroboración más que pasar
una contrastación fácil; pero, a diferencia de aquellos defensores de la lógica
inductiva que afirman poder asignar valores numéricos de probabilidad a las
hipótesis científicas, Popper sostiene que «no podemos definir un grado de
corroboración numéricamente calculable, sino que sólo podemos hablar, sin
más precisión, en términos de grados de corroboración positivos, grados de
corroboración negativos, etc.[17]».
De acuerdo, pues, con esta interpretación de Popper, la historia de la
ciencia consiste en una serie de conjeturas y refutaciones. La tarea del
científico es ofrecer conjeturas, hipótesis que no tienen fundamento lógico en

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absoluto, y luego tratar de refutarlas. El proceso de refutación consiste en
deducir de nuestra teoría (en conjunción con condiciones iniciales y
delimitadoras apropiadas) resultados observables y luego deducir la falsedad
de nuestras conjeturas cuando se muestre que no es el caso que se den los
resultados observables predichos. La única lógica de la ciencia es la lógica
deductiva; todos los demás factores que puedan entrar en la investigación
científica son alógicos y. por tanto, irrelevantes para el filósofo de la ciencia,
cuyo interés es la «lógica del conocimiento»[18], aun cuando puedan formar
parte del objeto de ciencias empíricas tales como la psicología y la sociología.
El grado en que este análisis de la ciencia se inscribe llanamente dentro
del marco de supuestos del empirismo lógico debería estar claro. Para
empezar, Popper considera que los problemas del filósofo de la ciencia son
problemas lógicos y que las transformaciones tautológicas de los Principia
Mathematica son el canon de la lógica. Y, aunque rechaza el intento de
construir una teoría de la confirmación, lo hace por una razón perfectamente
respetable desde el punto de vista del empirismo lógico: que no puede ser
construida ninguna lógica inductiva que sea adecuada. De modo similar,
Popper coincide con los empiristas lógicos en sostener que la objetividad de
la ciencia deriva del hecho de que sea construida sobre una «base empírica».
La base empírica consiste en proposiciones existenciales singulares a las que
Popper denomina «enunciados básicos[19]», las proposiciones familiares de la
forma «Px», que nos dicen que una cosa o suceso particular está en una
región particular del espacio-tiempo. Estas proposiciones son aceptadas como
resultado de la observación, y sirven de premisas para la refutación de teorías
propuestas y de base para aceptar una teoría como corroborada cuando fallan
los intentos de refutación. Pero echemos ahora una ojeada a la otra cara de la
moneda popperiana.

ENUNCIADOS BÁSICOS

La segunda interpretación de Popper, que ha adquirido importancia en los


últimos años[20], puede plantearse mejor que de ningún otro modo mediante
un reexamen del status epidémico de los enunciados básicos y del papel que
juegan en el proceso de falsación. Comenzaremos por la primera de esas dos
cuestiones y continuaremos aceptando, por el momento, el supuesto de que
los enunciados básicos sirven de premisas en los argumentos falsadores.

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Evidentemente, la fuerza de cualquier falsación particular depende del
status epistémico de los enunciados básicos, puesto que todo el planteamiento
de Popper se funda en el hecho de que hay una relación lógica que nos
permite inferir la negación de un enunciado universal a partir de una premisa
singular. En vista del continuo énfasis de Popper en la conclusividad del
argumento del modus tollens, no es sorprendente que se le haya interpretado
tan a menudo como sosteniendo que las falsaciones son, en todos los casos,
definitivas. Pero la conclusividad del argumento del modus tollens no basta,
por sí mismo, para establecer el carácter definitivo de falsación alguna. A fin
de lograr esto, deben establecerse con carácter último o definitivo los propios
enunciados básicos que sirven de premisas en argumentos de falsación.
Popper niega que esto se pueda hacer; claro está, sostener que los enunciados
básicos pudieran conocerse indubitablemente sería inconsistente con toda su
metodología. Consideremos las principales razones por las que Popper no
admite y no puede admitir enunciados básicos definitivamente establecidos en
su filosofía de la ciencia.
Para empezar, Popper señala que no es posible refutación estricta alguna
de una teoría ya que los resultados experimentales siempre pueden ponerse en
duda.

Como cuestión de hecho, no puede producirse nunca refutación concluyente alguna de una
teoría; pues siempre es posible decir que los resultados experimentales no son fiables, o que las
discrepancias que se afirma existen entre los resultados experimentales y la teoría son sólo aparentes
y desaparecerán con el progreso de nuestra comprensión. (En la lucha contra Einstein se usaron a
menudo estos dos argumentos en apoyo de la mecánica newtoniana). Si uno insiste en usar la prueba
estricta (o la refutación estricta) en las ciencias empíricas, nunca le aprovechará la experiencia y
nunca aprenderá de ella lo equivocado que está[21].

Pero si es siempre posible cuestionar los resultados experimentales,


entonces ningún enunciado básico puede establecerse con carácter definitivo.
Y lo que es más importante: si siempre podemos eludir la falsación sobre la
base de que el contraejemplo ya establecido se mostrará en el curso de la
investigación posterior como un contraejemplo sólo aparente (como ha
sucedido en ciertos casos importantes[22]), entonces no hay refutación
definitiva de una teoría.
Hay, según Popper, una segunda razón, considerablemente más fuerte que
el hecho de que los resultados experimentales siempre puedan cuestionarse,
una razón que impide el establecimiento concluyente de cualesquiera
enunciados básicos. Los enunciados básicos se aceptan o se rechazan como
resultado de la experiencia, pero es lógicamente imposible, para la

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experiencia, probar o refutar enunciado alguno. Recordemos que la única
noción de «prueba» que Popper admite es la de deducción lógica, y las
relaciones lógicas sólo rigen entre enunciados. Pero las experiencias no son
enunciados, sino eventos psicológicos, y ninguna relación lógica puede regir
entre un enunciado y un evento psicológico. Existe, sin embargo, una estrecha
conexión entre experiencia y enunciados básicos; Popper sostiene, por cierto,
la posición empirista de que la experiencia debe proporcionar la base para,
todas las teorías científicas y de que son los enunciados básicos los que
aportan la base empírica del proceso de contrastación. Pero las experiencias
sólo pueden motivar nuestra aceptación de enunciados básicos, no pueden
probar estos enunciados[23].
La tercera y última razón por la que los enunciados básicos no pueden
establecerse concluyentemente es acaso la más importante, puesto que es
central en todo el planteamiento de Popper. Dado que los enunciados básicos
forman parte de argumentos científicos, tienen que ser enunciados científicos,
de modo que, de acuerdo con el criterio de demarcación de Popper, deben ser
falsables. Afirmar que la ciencia descansa sobre cierto conjunto de informes
observacionales indubitables, como lo han hecho muchos empiristas, es para
Popper hacer descansar a la ciencia sobre un fundamento no-científico. La
concepción de la ciencia como un conjunto de conjeturas y refutaciones se
aplica a todos los estratos de la ciencia, desde el informe de resultados
experimentales en el nivel inferior hasta la teoría más compleja. Todos los
enunciados científicos son conjeturas falsables.
¿Cómo, entonces, puede lograrse la falsación? Para Popper, la falsación
tiene lugar sólo después de que los científicos coinciden en aceptar un
enunciado básico como adecuadamente corroborado.

Toda contrastación de una teoría, ya tenga como resultado su corroboración, ya su falsación,


debe detenerse en un enunciado básico u otro que decidimos aceptar. Si no llegamos a decisión
alguna y no aceptamos un enunciado básico u otro, entonces la contrastación no conducirá a ninguna
parte. Pero, considerada desde un punto de vista lógico, la situación no es nunca tal que nos obligue
a detenernos en este enunciado básico particular mejor que en aquél, o bien a abandonar la
contrastación en su conjunto. Pues cualquier enunciado básico puede, a su vez, ser sometido de
nuevo a contrastaciones usando como piedra de toque alguno de los enunciados básicos que pueden
deducirse de él con ayuda de cierta teoría, sea la que se contrasta u otra[24].

De nuevo, «Desde un punto de vista lógico, la contrastación de una teoría


depende de enunciados básicos cuya aceptación o recusación depende, a su
vez, de nuestras decisiones. Por tanto, son las decisiones las que determinan
el destino de las teorías[25]». Dicho de modo algo diferente, puesto que la
aceptación de un enunciado básico descansa sobre una decisión por parte de

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los científicos interesados más que sobre alguna forma de prueba, un
enunciado básico aceptado es una convención. Pero Popper sostiene que su
filosofía se distingue del convencionalismo de autores como Duhem y
Poincaré en que para estos últimos la aceptación de proposiciones universales
se determina por convención, mientras que para él es la aceptación de
proposiciones singulares la que se determina por convención[26].
Dado este análisis de los enunciados básicos, parecería conveniente una
reconsideración fundamental de la contundencia del falsacionismo de Popper.
En particular debemos preguntar si hay diferencias importantes entre el
proceso por el cual se falsa una teoría y el proceso por el cual se corrobora.
Sigue siendo verdad, por supuesto, que, una vez hemos aceptado un conjunto
apropiado de enunciados básicos, podemos refutar formalmente una teoría, en
tanto que nunca podemos probar formalmente una teoría. Pero mientras que
esto puede ser una diferencia importante desde un punto de vista
estrictamente lógico, pierde gran parte de su significación una vez que
reconocemos la naturaleza tentativa de los enunciados básicos. Dentro del
entramado de la metodología de Popper, el científico puede siempre escoger
legítimamente intentar refutar los enunciados básicos indeseados en lugar de
usarlos para refutar teorías. Y aunque los enunciados básicos sí tienen un
status privilegiado para Popper en cuanto convenciones aceptadas como
resultado de la experiencia, en caso de que se cuestione un enunciado básico,
se diría que el proceso de refutación de una teoría debe suspenderse hasta que
el enunciado básico implicado haya sido contrastado y corroborado. Por
tanto, en ciertos casos al menos, la falsación de una conjetura científica
requiere la corroboración previa de otra conjetura científica.
En este punto, el status de los enunciados básicos ha llegado a ser
completamente ambiguo, y, en razón de su papel fundamental en la
metodología de Popper, esta misma metodología se ha vuelto ambigua. O
bien los enunciados básicos son convenciones no-falsables y la «base
empírica» de la ciencia es ella misma no-científica, o bien son conjeturas
falsables y el científico tiene tanto deber de intentar refutarlas como de
intentar refutar cualquier otra conjetura científica. Pero, si adoptamos la
segunda opción, la conclusión a que acabamos de llegar puede reformularse
de un modo más fuerte incluso, puesto que se sigue que, en cualquier caso en
el que un enunciado básico se use como premisa en una refutación, el deber
de intentar refutar el enunciado básico es equivalente al deber de intentar
defender la teoría. Una vez reconocido esto, la persistente retórica popperiana

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acerca del deber del científico de intentar refutar sus conjeturas pierde gran
parte de su fuerza.
Esta conclusión recibe un apoyo adicional si nos volvemos al segundo
tema que he propuesto discutir: el papel preciso que los enunciados básicos
desempeñan en el proceso de falsación. Pues, mientras que Popper sostiene
que la falsación de una teoría requiere la aceptación de un enunciado básico
que la contradiga, también sostiene que «esta condición es necesaria, pero no
suficiente[27]» para la falsación. A Popper le interesa eliminar cualquier
sugestión de que una teoría científica pueda ser falsada como resultado de que
la contradigan «unos pocos enunciados básicos extraviados[28]», enunciados
básicos que pueden ser el resultado de errores o accidentes. Antes bien, una
teoría está falsada sólo después que hemos establecido:

[…] un efecto reproducible que refute la teoría. En otras palabras, sólo aceptamos la falsación si
se propone y corrobora una hipótesis empírica de bajo nivel que describa tal efecto. Este tipo de
hipótesis puede llamarse hipótesis falsadora[…]. El añadido de que la hipótesis debería corroborarse
se refiere a las contrastaciones que tendría que haber pasado, contrastaciones que la confrontan con
enunciados básicos ya aceptados[29].

Y de nuevo:

Ya se ha indicado brevemente qué papel juegan los enunciados básicos dentro de la teoría
epistemológica que defiendo. Los necesitamos para decidir si una teoría ha de llamarse falsable, esto
es, empírica. Y también los necesitamos para la corroboración de hipótesis falsadoras y, de este
modo, para la falsación de teorías[30].

Por tanto, para Popper las premisas de los argumentos falsadores no son
enunciados básicos, sino hipótesis falsadoras que han sido corroboradas como
resultado de contrastaciones de enunciados básicos. De este modo resulta que
no puede darse ninguna verdadera falsación hasta después de que una
hipótesis falsadora haya sido corroborada, de suerte que, a pesar de la
asimetría lógica entre verificación y falsación, todo caso de falsación requiere
una corroboración previa y una falsación no puede ser más fuerte o más final
que una corroboración en ningún caso particular.
En este punto no está de ningún modo claro lo que es exactamente la
metodología de La lógica de la investigación científica de Popper, aunque
esté bastante claro que se ha avanzado un largo trecho desde el planteamiento
de los empiristas lógicos. En particular, no está claro cómo ha de decidir el
científico, en cualquier caso concreto en que una hipótesis de bajo nivel
contradiga a una teoría, si rechaza la teoría o intenta defenderla buscando una
refutación de la hipótesis. El planteamiento que discutiremos en la parte

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segunda no hallará dificultad alguna en este tipo de situación, puesto que la
estructura de tales decisiones será analizada en términos del juicio informado
del científico individual y de la comunidad científica relevante, pero esto está
muy lejos de la exigencia de Popper de reglas metodológicas claras, así como
de su tentativa de construir una lógica puramente deductiva de la ciencia. Por
otra parte, las ambigüedades de la obra de Popper pueden ayudarnos, al
menos, a explicar que un filósofo como Lakatos pueda llamarse popperiano
cuando desarrolla una filosofía de la ciencia en la que el papel del
experimento y la observación se reduce a un mínimum absoluto[31] y una
filosofía del método histórico que hace aceptable el ignorar la evidencia
contraria[32].
A la luz de la discusión anterior merece la pena preguntar por qué Popper
y sus discípulos ponen continuamente tanto énfasis en el papel del modus
tollens, en el status privilegiado de la falsación por encima de la
corroboración, y en el papel especial de los enunciados básicos en
metodología de la ciencia. Una vez más sugiero que las razones de este
énfasis han de encontrarse en la prolongada persistencia de las
presuposiciones empiristas lógicas. En particular, en la presuposición lógica
del papel especial de la lógica formal en filosofía de la ciencia y, en segundo
lugar, en la presuposición empirista de que la objetividad de la ciencia deriva
completamente de su recurso a la observación o, al menos, a algún conjunto
especial de enunciados que tienen una conexión particularmente estrecha con
la observación. Una vez que nos vemos libres de estas dos presuposiciones,
surge un cuadro muy diferente de la naturaleza de la ciencia, en el cual el
juicio de la comunidad científica juega un papel mucho más importante que el
que desempeña la aplicación de reglas formales y criterios efectivos, y en el
cual teoría y observación están mucho más cerca de ser socios mutuamente
iguales en la construcción de la ciencia. Popper desempeñó un papel
importante en el progreso de la filosofía de la ciencia en esta nueva dirección,
pero no completó la transición él mismo.
Hay un punto más que merece ser elaborado antes de abandonar nuestra
discusión de Popper, puesto que proporciona un ejemplo notable del
penetrante papel de las presuposiciones en el pensamiento humano. Gran
parte de este capítulo ha estado dedicada a contraponer lo que podrían
llamarse las dos diferentes filosofías popperianas: falsacionismo estricto, que
era la interpretación de Popper dominante hasta hace relativamente poco
tiempo y que, como hemos visto, ha suscrito a veces el propio Popper, y un
falsacionismo modificado mucho más débil que se deriva del análisis

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completo de los enunciados básicos. Sólo recientemente ha entrado esta
última filosofía popperiana en el foco central de las discusiones
metodológicas a pesar de su sólida fundamentación en el texto de su Lógica
de la investigación científica y, si, como Popper sostiene, la opinión de que él
fue una vez falsacionista estricto es un malentendido[33], no es en modo
alguno el malentendido más grave al que se ha sometido su obra. Muchos
autores han tomado su criterio de demarcación por un criterio de significado
que él ofrecía como alternativa a la teoría positivista verificacional del
significado[34]. Lo que interesa aquí es que estas «tergiversaciones» de Popper
se hicieron en una época en que la filosofía de la ciencia estaba
completamente dominada por el empirismo lógico, y eran tergiversaciones
que tendían a ponerle más estrechamente en coincidencia con el espíritu del
empirismo lógico. Durante los últimos quince años aproximadamente, ha
surgido un nuevo planteamiento de la filosofía de la ciencia, muchos de estos
«malentendidos» han sido corregidos, y se ha releído a Popper de un modo
que lo aproxima bastante más al nuevo planteamiento. Por supuesto, la
existencia de dos interpretaciones diferentes de su obra no se debe únicamente
a que haya sido leída desde los puntos de vista de diferentes filosofías de la
ciencia; la posibilidad de diversas lecturas procede de las ambigüedades de
sus escritos. Pero, dadas estas ambigüedades, el clima intelectual
prevaleciente ha jugado un papel dominante al determinar qué filosofía de la
ciencia se asociaba con el nombre y los textos de Popper.

CONCLUSIÓN: HACIA UNA NUEVA COMPRENSIÓN

Nuestro interés principal en la parte primera ha sido formular las


presuposiciones del empirismo lógico y mostrar cómo controlan estas
presuposiciones la filosofía de la ciencia empirista y, en particular, cómo
generan los problemas que el filósofo elabora y sus criterios de lo que
constituyen soluciones aceptables. No hemos examinado todos los problemas
del empirismo lógico, pero hemos tratado los temas centrales de discusión y
hemos considerado la suficiente cantidad de problemas y literatura para
demostrar nuestra tesis.
El cabal empuje de esta tesis puede apreciarse, mejor que de ningún otro
modo, reflexionando sobre la relación entre la visión de la ciencia de los
empiristas lógicos y su visión de la filosofía de la ciencia. Una de las
pretensiones empiristas centrales acerca de la ciencia es que ésta descansa

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sobre lo que Feigl llama «el “suelo” de la observación[35]» y que no tiene
presuposiciones. Puesto que los empiristas lógicos se consideran filósofos
científicos, se concluye que conciben su propia filosofía como libre de
presuposiciones. Lo mismo que, según su opinión, la ciencia parte de los
sólidos datos de observación, sus propios análisis parten del sólido cuerpo de
principios lógicos y empirismo científico. Hemos hallado razones adecuadas
para dudar de que el empirismo lógico sea una filosofía libre de
presuposiciones; encontraremos en la parte segunda razones igualmente
poderosas para dudar de que la ciencia misma esté libre de presuposiciones,
pero el orden de nuestro argumento en la parte segunda debe ser el inverso del
de la parte primera. La filosofía de la ciencia empirista lógica es un programa
de investigación filosófica que creció en el contexto de una epistemología ya
bien desarrollada, pero el nuevo planteamiento de la filosofía de la ciencia
hacia el que ahora nos volvemos tiene una historia diferente. Surgió en gran
parte como respuesta a la creciente esterilidad del empirismo lógico, a su
fracaso en la consecución de soluciones adecuadas para sus propios
problemas y en la ulterior clarificación de la naturaleza de la ciencia, tanto
como a partir de las muchas anomalías reveladas por el trabajo reciente sobre
historia de la ciencia. No ha habido una formulación clara del armazón
epistemológico del nuevo planteamiento, y es bastante dudoso que exista
alguna epistemología a la cual se adhieran todos los defensores de este nuevo
planteamiento. Ciertamente, parte de estos autores continúan considerándose
empiristas[36], mientras que algunos (no necesariamente los mismos) acusan a
otros de ser idealistas, pretendiendo con esto hacerles una crítica
devastadora[37]. En consecuencia, en la parte segunda desarrollaremos
primero extensamente la nueva imagen de la ciencia. Sólo después de haber
hecho esto, intentaremos, en el capítulo final, formular la epistemología
implícita en la nueva empresa.

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PARTE SEGUNDA

LA NUEVA IMAGEN DE LA CIENCIA

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CAPITULO VI

PERCEPCIÓN Y TEORÍA

PERCEPCIÓN SIGNIFICATIVA

Uno de los pilares del empirismo lógico es la tesis de que hay una
distinción fundamental entre teorías científicas no interpretadas y el cuerpo de
experiencia perceptual que confiere significado a nuestras teorías y determina
cuáles de ellas han de ser aceptadas. El sistema de postulados que constituye
una teoría «“flota” o “se cierne” libremente sobre el plano de los hechos
empíricos»[1], pero son los hechos empíricos, que son conocidos
independientemente de cualquier teoría, los que garantizan la objetividad de
la ciencia. Sin embargo, uno de los puntos de partida de la nueva filosofía de
la ciencia es el ataque a la teoría empirista de la percepción. En respuesta a la
opinión de que la percepción nos proporciona hechos puros, se arguye que el
conocimiento, las creencias y las teorías que ya sustentamos juegan un papel
fundamental en la determinación de lo que percibimos. Para percatarnos del
alcance de este enfoque y aclarar algunos de los nuevos problemas que
genera, convendrá que examinemos de nuevo el papel que juega la percepción
en nuestro conocimiento. Limitaremos nuestra discusión casi por completo a
casos de percepción visual, puesto que ésta es la más importante forma de
percepción en la investigación científica.
Consideremos un ejemplo de percepción relativamente común tal como la
de ver mi máquina de escribir. Ahora bien, para ver que este objeto es una
máquina de escribir no basta con que yo simplemente la mire; es necesario
que yo sepa ya qué es una máquina de escribir. El simple acto de mirar a los
objetos con una vista normal estimulará, sin duda, mi retina, iniciará
complejos procesos electroquímicos en mi cerebro y sistema nervioso, e
incluso dará lugar a algún tipo de experiencia consciente, pero no me
proporcionará ninguna información significativa acerca del mundo a mi

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alrededor. Para deducir alguna información de la percepción, es necesario que
yo sea capaz de identificar los objetos que encuentro, y para identificarlos es
necesario que tenga ya disponible un cuerpo de información relevante. Tal
como lo expresa Hanson, «el acto de ver no es tan sencillo como parece a
primera vista»[2]. Nos referiremos a los casos en que obtenemos información
por medio de la percepción como «percepción significativa», y ésta es la
única forma de percepción de la que nos ocuparemos.
La cuestión vale para todos los objetos con que nos encontramos
corrientemente, así como para sus propiedades, aunque a menudo no
acertemos a reconocer el papel que nuestro conocimiento y creencias juegan
en el reconocimiento de objetos debido a la gran familiaridad de los objetos
de nuestra experiencia cotidiana y a que mucha información necesaria para
reconocerlos es aprendida a través del proceso, en gran parte irreflexivo, del
desarrollo dentro de una cultura. Pero bastaría un poco de reflexión para
mostrar cuán grande y sutil es el fondo de información que nos permite
distinguir, sin notar que estemos haciendo nada especial, los camiones de
reparto de los coches de bomberos y las toallas de papel de las servilletas.
La tesis vale incluso de forma más evidente en los casos de percepción
científica. La capacidad para reconocer objetos tales como un tubo de rayos
catódicos, un corpúsculo rojo o una condrila carbonosa requiere una gran
cantidad de información altamente especializada, y en el proceso de obtención
de ese conocimiento estamos también aprendiendo a ver los objetos.
Consideremos el siguiente ejemplo clásico tomado de Duhem:

Entremos en este laboratorio: acerquémonos a esta mesa repleta de tantos aparatos: una batería
eléctrica, alambre de cobre envuelto en seda, recipientes llenos de mercurio, bobinas, una pequeña
barra de hierro portando un espejo. Un observador introduce el vástago metálico de una varilla,
montada en caucho, en unos pequeños agujeros; la varilla de hierro oscila y, por medio del espejo
sujeto a ella, envía un rayo de luz hasta una regla de celuloide. Aquí tenemos, sin duda, un
experimento; mediante la vibración de esta mancha de luz, el físico observa minuciosamente las
oscilaciones del pedazo de hierro. Preguntémosle ahora por lo que está haciendo. ¿Contestará acaso;
«Estoy estudiando las oscilaciones del pedazo de hierro portando este espejo»? No, nos dirá que está
midiendo la resistencia eléctrica de una bobina. Si mostramos nuestra sorpresa y le preguntamos por
el significado de estas palabras y la relación que tienen con los fenómenos que ha percibido y que al
mismo tiempo hemos percibido también nosotros, contestará que nuestra pregunta necesitaría largas
explicaciones y nos recomendará hacer algún curso de electricidad[3].

Para ver lo que se está haciendo en el laboratorio debo entender el cuerpo


relevante de la teoría física; si no poseo este conocimiento no puedo ver que
el científico está midiendo una resistencia eléctrica, ni tampoco ver una
batería eléctrica, ni ver una regla, independientemente de la salud y agudeza
de mi vista.

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Esta conclusión les chocará sin duda a muchos lectores como algo
extraña. Se sugerirá, seguramente, que el físico está midiendo la resistencia
eléctrica y que eso es lo que veo cuando le miro tanto si lo reconozco como si
no. Pero, mientras que hay un sentido en el que esta objeción es relevante, es
más importante, por el momento, percatarse de que, independientemente de lo
que el científico está haciendo «realmente», lo que aprendemos al observarle
no está determinado únicamente por lo que está haciendo, sino que depende
también de lo que el observador conoce ya. Un observador que carezca del
conocimiento relevante no obtendrá la misma información al observar el
experimento que un físico con experiencia, y hay, por tanto, un aspecto
importante en el que el lego y el físico ven cosas diferentes al observar el
mismo experimento. Igualmente, un químico que se encuentre en las
proximidades de una acería olerá dióxido de azufre y obtendrá una mayor
información acerca de lo que le está ocurriendo a su cuerpo y a su medio
ambiente que la que pueda obtener un niño que tan sólo olerá a huevos
podridos. Ambos observadores huelen la misma cosa, según examinaremos
más tarde con mayor detenimiento, pero lo que quiero destacar por el
momento es la diferencia que hay entre las informaciones que obtienen los
dos perceptores a partir de una única situación perceptual: esta diferencia es
de importancia fundamental para comprender la naturaleza de la percepción
significativa y, por tanto, para comprender la manera en que la percepción
puede contribuir al conocimiento.
Si nuestro conocimiento y creencias juegan un papel central determinando
aquello que percibimos, entonces las teorías científicas mantenidas por un
científico deberían jugar el mismo tipo de papel determinando aquello que él
observa en el curso de su investigación; tomando prestada otra frase de
Hanson, la observación científica sería «teóricamente cargada». Pero, si es
así, cabría la posibilidad de que dos científicos que mantienen diferentes
teorías miren a un único objeto y perciban cosas diferentes. Examinemos uno
de los ejemplos de Hanson.

Consideremos dos microbiólogos. Ambos miran a una placa preparada. Al preguntarles por lo
que ven, podrían dar diferentes respuestas. El primero ve en la célula que tiene ante sí un
agrupamiento de materia extraña: es un artefacto, un coágulo resultado de técnicas inadecuadas de
coloración […]. El segundo biólogo identifica el grumo como un órgano celular, un «cuerpo de
Golgi». En cuanto a la técnica, aduce él: «La manera estándar de detectar un órgano celular es por
fijación y coloración. ¿Por qué seleccionar esta única técnica como productora de artefactos,
mientras que otras revelan órganos genuinos?»[4].

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¿Sobre qué se muestran en desacuerdo los dos científicos? ¿Están en
desacuerdo acerca de lo que ven, o solamente acerca de la descripción
adecuada de algo que ambos ven? Si aceptamos la última alternativa, se sigue
que la cosa no descrita que ven ambos científicos no juega ningún papel en el
conocimiento científico ni en la resolución de los debates científicos. Es
acerca del percepto descrito o teóricamente cargado de lo que están
discutiendo los dos biólogos; incluso si estuviéramos dispuestos a admitir que
hay algún dato puro y libre de teoría que ambos perciben, ninguna
observación ulterior de este dato sería relevante para la resolución de su
desacuerdo[5]. Otro ejemplo ayudará a aclarar y desarrollar este punto.
Consideremos a Kepler y a Tycho Brahe mirando al Sol[6]. Kepler nos
dice que el Sol es un cuerpo fijo alrededor del cual se mueve la Tierra; Brahe,
que es un cuerpo que se mueve alrededor de la Tierra fija. Ahora bien, ¿es
correcto decir que ambos ven cosas diferentes, Kepler un cuerpo en
movimiento y Brahe un cuerpo fijo, o diremos más bien que ambos ven la
misma cosa, el Sol, pero que lo describen de forma diferente o hacen
afirmaciones diferentes sobre él? Un filósofo que acepte la última posición se
enfrenta con la tarea de aclarar qué sea aquello que ambos ven. Decir
simplemente que ambos ven el Sol nada nos dice puesto que Kepler y Brahe
están en desacuerdo acerca de lo que es el Sol. Uno podría sentir la tentación
aquí de replicar que, independientemente de lo que uno crea, el Sol está fijo y
la Tierra se mueve alrededor del Sol, de forma que cuando decimos que
ambos ven el Sol estamos diciendo que ambos ven un objeto fijo y que no
sólo ven efectivamente la misma cosa, sino que Kepler la describe
correctamente y Brahe la describe incorrectamente[7]. Es importante recordar,
sin embargo, que la confianza con que un contemporáneo puede aducir esto
proviene de la ventaja que le da la perspectiva de nuestro conocimiento de
que es Kepler quien ganó esta disputa. Pero ni Kepler ni Brahe disfrutaron de
nuestra perspectiva sobre este problema, y, si tratamos de comprender la
naturaleza de las discusiones científicas, y la forma en que se resuelven,
debemos examinarlas desde el punto de vista de los contendientes. Cuando
nos ocupamos de una discusión contemporánea no tenemos la ventaja de la
perspectiva, como la tenemos en el caso de Kepler y Brahe, y, si el análisis de
casos tomados de la historia de la ciencia ha de arrojar alguna luz sobre la
naturaleza de las discusiones contemporáneas, hemos de acercarnos a las
disputas históricas como si fueran contemporáneas y no permitir que ninguna
información más reciente se entrometa en nuestro análisis[8]. Entonces, en
términos de la información de que disponían, cuando Kepler veía el Sol, veía

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el centro fijo del Universo alrededor del cual giraba la Tierra. Brahe, por otra
parte, veía un cuerpo celeste que se movía alrededor de la Tierra fija.
Otro tipo de ejemplo que ha sido discutido ampliamente y que nos
ayudará a iluminar la tesis de que una sola cosa puede verse de formas
diferentes es el cambio gestáltico, es decir, figuras tales como las del
pato/conejo o las de caras/jarrón que pueden aparecer a un único observador
en cualquiera de las dos (o más) formas. Estas figuras fueron usadas
originalmente por los psicólogos de la Gestalt en su ataque contra la hipótesis
de la constancia, es decir, la pretensión de que lo que vemos está enteramente
determinado por la imagen retinal. Las figuras cambiantes proporcionan un
caso claro de una situación en la que un observador ve dos objetos diferentes
mientras que la huella del estímulo retinal sigue siendo la misma. Para
nuestros actuales propósitos, la discusión de estas figuras tiene la ventaja de
permitir que un único observador entre en contacto directo con un tipo de
situación que, en nuestros anteriores ejemplos, tiene lugar sólo entre dos
observadores diferentes. En el caso del pato/conejo, por ejemplo, veo lo que
son claramente dos cosas diferentes, un dibujo de un pato y un dibujo de un
conejo, mientras que soy consciente de que estoy mirando continuamente a la
misma cosa. Al mismo tiempo, no hay ninguna base en absoluto para
mantener que una de las descripciones disponibles, la del pato o la del conejo,
sea realmente la correcta.

a) Pato/conejo. b) Caras/jarrón.
FIGURA 2.

Se podría tener la tentación de responder que, aunque en efecto vemos


alternativamente un pato y un conejo, éstas son diferentes formas de ver una

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única figura y que dirigiendo adecuadamente nuestra atención podemos
descubrir el objeto que realmente hay allí. Kuhn, por ejemplo, sucumbe a la
tentación de presentar este tipo de análisis. Discutiendo el caso del
pato/conejo escribe:
El sujeto de una demostración gestáltica sabe que su percepción ha
cambiado porque puede hacer que su percepción cambie repetidamente de
una figura a la otra mientras sostiene entre sus manos el mismo libro o pedazo
de papel. Consciente de que nada ha cambiado a su alrededor, dirige su
atención cada vez más no a la figura (pato o conejo), sino a las líneas del
papel que está mirando. Finalmente, puede aprender incluso a ver esas líneas
sin ver ninguna de las figuras, y puede decir entonces (cosa que, antes no
podría haber dicho legítimamente) que son esas líneas lo que realmente ve,
pero que las ve alternativamente como un pato y como un conejo[9].
El argumento de Kuhn gira en torno a la distinción entre dos formas de
ver: «ver» simplemente y «ver como». Cuando veo un objeto como algo, se
trata de un caso de percepción significativa: el objeto es identificado y, por
tanto, la percepción está teóricamente cargada o, quizá más exactamente en el
caso presente, la percepción está conceptualmente cargada. La sugerencia de
Kuhn parece ser, pues, que, si logramos eliminar la identificación, efectuamos
entonces una transición de una percepción teóricamente cargada a una
percepción no teóricamente cargada, de «ver como» a «ver», y logramos así
observar el objeto en sí mismo. Pero, si ni el dibujo del pato ni el dibujo del
conejo pueden ser lo que hay realmente allí porque son perceptos
teóricamente cargados, entonces el propio argumento de Kuhn no nos da
ninguna razón para tomar las líneas percibidas como menos teóricamente
cargadas. Según él mismo señala, debemos aprender a ver las líneas, y los
objetos que hemos aprendido a ver son casos paradigmáticos de perceptos
teóricamente cargados. De manera semejante, dirigiendo apropiadamente
nuestra atención, podemos también aprender a ver una zona del papel y esto
nos proporcionaría una cuarta manera más de ver la figura, pero, ciertamente,
no parece haber ninguna razón por la que debiéramos tomar «líneas» como
una descripción mejor de lo que realmente vemos que «una zona».
Todavía cabe hacer aquí otra pregunta más: ¿por qué habríamos de
empezar a buscar las líneas en primer lugar? El análisis de Kuhn podría ser
interpretado como una sugerencia no de que descubrimos lo que está ahí
mediante la eliminación de capas sucesivas de conceptos, sino de que
conocemos primero a partir de alguna otra fuente que son las líneas lo que
está realmente en el papel y sólo entonces tratamos de verlas. Visto de esta

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manera, el ver libre de conceptos no es el criterio para lo que está realmente
ahí, sino que, más bien, nuestro conocimiento independiente de lo que está
realmente ahí nos dice qué buscar. Pero ¿cuál es la fuente de este
conocimiento? Parece que debería apoyarse en alguna teoría que mantenemos
o en alguna información que tenemos acerca del diagrama. Pero, entonces,
nuestro ver las líneas es claramente un ver teóricamente cargado y podríamos
llegar incluso a sugerir que, dadas las teorías relevantes, llegamos a ver las
líneas como lo que está realmente ahí. Dado un conjunto diferente de teorías o
un cuerpo diferente de información (por ejemplo, información acerca de quién
dibujó el diagrama y cuáles fueron sus intenciones), podríamos entonces ver
el conejo como lo que está realmente ahí. En cualquier caso, todas las formas
en que podemos ver este objeto y lo relacionamos con lo que conocemos
requieren que el objeto sea visto en términos de nuestro conocimiento y son,
por tanto, casos de «ver como».
El uso de la locución «ver como» sirve para indicar que estamos tratando
con la percepción de objetos identificados y, por tanto, con la percepción
significativa. Los casos en que reconocemos no sólo objetos, sino también
hechos acerca de objetos o situaciones, son a menudo denotados por el uso de
expresiones del tipo «ver que». Un análisis de los casos dé «ver que» llevará
nuestro examen de la percepción significativa considerablemente más
lejos[10].
Consideremos una vez más el caso del físico midiendo la resistencia
eléctrica. Si tenemos en cuenta la distinción entre «ver» y «ver que» tenemos
las herramientas lingüísticas necesarias para decir que, si bien cualquiera que
observe al experimentador «verá», sin duda, a un físico midiendo la
resistencia eléctrica, sin embargo, sólo quien posea ya el conocimiento
necesario de la física verá que está midiendo una resistencia. Para un
observador ignorante de la física la observación nada añade a su
conocimiento. De forma similar, yo puedo mirar mi reloj y ver que es
mediodía, mientras que un niño que no ha aprendido todavía a decir la hora
no puede ver que es mediodía en absoluto, aunque podría ciertamente ser
capaz de ver que yo llevo puesto un reloj de pulsera, y un niño todavía más
pequeño no reconocerá ni tan siquiera esto. Quizá los casos más reveladores
de «ver que» son aquellos en los que notamos la ausencia de un objeto. Si
alguien, por ejemplo, ha quitado la máquina de escribir de mi estudio, yo
veré, nada más entrar en mi estudio, que falta la máquina de escribir, mientras
que otra persona que nunca haya entrado en mi estudio no verá que falta la
máquina de escribir por muy aguda y sana que sea su vista.

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En todos los casos en que veo que algo acaece obtengo información como
resultado de mi visión, pero la información que obtengo depende no sólo de
los procesos visuales que tienen lugar en mis ojos, nervios y cerebro, sino
también de la información que yo llevo conmigo. Y, asimismo, vale la
conversa. Toda instancia en la que yo obtengo información como resultado de
mi ver es una instancia en la que veo que algo es el caso, y cuanto más sepa
ya acerca de la situación en cuestión, más podré aprender[11]. Hay casos,
como nota Hanson, en que no podemos disponer inmediatamente de nuestro
conocimiento para referirnos a los objetos que vemos.

En microscopía se describen a menudo las sensaciones de forma opaca y fenoménica: «Con esta
luz es verde; zonas oscurecidas marcan la extremidad ancha…». Así también puede decir el físico:
«La aguja oscila y hay un débil rayo de luz cerca de la parábola de neón. Aparecen centelleos cerca
de la periferia del catodoscopio…». Negar que éstos son casos genuinos de ver, incluso de observar,
no sería justo, de la misma forma que tampoco lo sería la sugerencia de que son los únicos casos
genuinos de ver[12].

Pero, en tanto que estas observaciones permanecen en un nivel puramente


fenoménico, no pasan a formar parte de nuestro conocimiento, y la propia
posibilidad de que lleguen a ser relevantes para nuestro conocimiento
depende de que estén ya relacionadas con algún cuerpo de información. Pues
el observador sabe en estos casos que está mirando a través de un microscopio
o usando un catodoscopio y conoce sus usos, y también dispone, sin duda, de
gran cantidad de información adicional acerca de los objetos que está
estudiando y los ensayos que está realizando. Es esta información la que le
permite reconocer que ha tenido lugar un acontecimiento extraño, y es en
términos de esta información como trata de identificar los rayos de luz y las
zonas oscurecidas que observa para integrarlos finalmente en el campo de sus
conocimientos.
Por otra parte, no debemos ir tan lejos que olvidemos que, a pesar de la
importancia crucial del papel que juega nuestro conocimiento al determinar lo
que observamos, la observación sólo tiene lugar en aquellos casos en que
hacemos uso de nuestros sentidos físicos. Hanson, a veces, llega casi a olvidar
esto. En cierta ocasión escribe:

Un ciego no puede ver cómo está diseñado un reloj o qué lo distingue de otros relojes. Con todo,
puede ver que, si se trata de un reloj, encarnará ciertos principios dinámicos; y puede explicar la
acción a su joven aprendiz. Por aguda que sea su vista, éste sólo puede describir las perturbaciones
del reloj […][13].

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El sentido en que decimos que el ciego puede ver que el reloj funciona de
una forma particular no es el sentido de «ver que» que nos interesa aquí.
Nuestro interés se dirige al aprendiz de vista aguda que puede ver que el reloj
funciona de una forma particular sólo después de haberle explicado los
principios.
Llevemos ahora un paso más lejos nuestro análisis de los objetos de la
percepción significativa. Nuestra discusión se ha centrado sobre dos tipos de
situaciones: casos en que diferentes perceptores con diferente información
aprenden cosas diferentes de la observación de un único objeto, y casos en
que uno de los observadores carece por completo del conocimiento relevante
y, por tanto, no aprende nada en absoluto de su observación. Podemos
describir ambas situaciones diciendo que, en el primer caso, los objetos
observados tienen un significado diferente para los diferentes observadores, y,
en el segundo caso, los objetos en cuestión no tienen ningún significado en
absoluto para el observador carente de información. Es, pues, el significado
de la situación observada lo que pasa a formar parte de nuestro conocimiento,
y los objetos de la percepción significativa son, por tanto, significados[14].
Hanson está a punto de extraer esta conclusión, aunque no llega a dar el paso
final:

Mirando hacia el Este, al amanecer, no hay más cosas que pueda ver un científico de las que
pueda ver un lunático. Y, sin embargo, el científico ve incomparablemente más. Los objetos de
nuestro ver, oír, tocar, gustar y oler adquieren significado para nosotros sólo cuando podemos poner
en conexión lo que está directamente dado en la experiencia con lo que no lo está. Una mancha de
luz blanca y brillante sobre un fondo azul oscuro posee una cualidad inefable, incomunicable y muy
personal. Después de todo, la impresión en sí misma no es de un tipo muy diferente de lo que veo
tras colisionar contra un balón de fútbol o contra el puño de alguien. Pero en circunstancias normales
tal mancha de luz puede ser vista como una estrella, puede significar una estrella situada en cierta
región de los cielos a muchos años-luz[15].

Como la sugerencia de que percibimos significados chocará por su


extrañeza a muchos lectores, será útil comparar las clases de observación que
hemos considerado hasta aquí con el caso de la lectura de un texto, puesto que
este último es un caso claro de percepción visual que implica significados a
cierto nivel. Al leer un texto yo veo, pero el objeto de mi atención y la
información que obtengo de mi lectura es el significado del texto. Este
significado depende de varios factores. Para empezar, tenemos el texto en sí
mismo: yo leo sólo en caso de que efectivamente vea el texto y de que el
significado que encuentre allí tenga efectivamente algún fundamento en él.
Pero la capacidad de leer el texto no es condición suficiente para su lectura.
También debo ser capaz de leer la lengua en que está escrito y, a menudo,

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debo tener algún conocimiento del tema que trata. Un adulto normal que no
sepa nada de, por ejemplo, geología, no puede leer un texto avanzado de
geología aunque reconozca casi todas las palabras; el texto no tendrá para él
ningún significado. (Puede tener dificultades especiales con algunos de los
términos técnicos, pero pensemos cuánta geología tendría que aprender para
aprender los significados de estos términos. Un diccionario únicamente no
bastaría.) Pero, incluso teniendo en cuenta los casos en que no se requiere
ningún conocimiento de algún tema especial, el significado que yo encuentro
en el texto todavía depende de mi conocimiento de la lengua y del contexto.
El significado de «plomo» o «herida», por ejemplo, depende del contexto; el
significado de «hombre» es diferente cuando está impreso en un texto español
y en un texto francés, y todos estos signos carecen de significado en alemán.
También, cualquier conjunto de letras es una palabra posiblemente
significativa en alguna lengua y es capaz de portar alguna cantidad de
significado en un código. En general, pues, leer un texto es enterarse de su
significado. No puedo enterarme del significado de un texto si no dispongo de
la información relevante, y un texto dado puede tener diferentes significados
para lectores diferentes y ningún significado para algunos: una situación
consistente con lo que hemos encontrado en otros casos de percepción visual.
Se replicará aquí, sin duda, que el paralelo con la lectura no apoya en
absoluto la afirmación de que los objetos propios de la percepción son
significados, pues, mientras que el objeto de nuestra atención cuando leemos
es siempre un complejo de significados, no son, sin embargo, significados lo
que vemos. Se podrían dar dos respuestas a esta objeción. La primera es
recordar que nos estamos ocupando de la percepción como una fuente de
información: sea lo que fuere aquello que «realmente vemos» cuando estamos
leyendo, es sólo el significado de lo que vemos lo que puede pasar a formar
parte de nuestro conocimiento, de la misma forma que cuando observo
objetos familiares o fenómenos de laboratorio, es sólo el significado de estos
objetos lo que es relevante para lo que conocemos. Si hay datos desnudos,
carentes de significado, el mismo hecho de que sean carentes de significado
los hace no-significativos e irrelevantes para el conocimiento.
Pero disponemos de una respuesta mucho más convincente. Podemos
tomar la afirmación de que no vemos significados cuando leemos y tratar de
aclarar justamente qué es lo que efectivamente vemos. Está claro que
respuestas tales como que vemos palabras o letras o incluso marcas de tinta
sobre un papel no serán satisfactorias, puesto que para reconocer cualquiera
de estos objetos debo ver que tengo una palabra o una letra o una marca de

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tinta enfrente de mí, debo reconocer el objeto y, por consiguiente, estoy de
nuevo reconociendo un significado. Nuestro oponente podría refugiarse en la
distinción entre «ver» y «ver que» y mantener que, tanto si reconozco como si
no que los objetos delante de mí son, digamos, marcas de tinta, con todo son
efectivamente marcas de tinta y, por tanto, lo que yo veo son marcas de tinta.
Pero esto sugiere la pregunta adicional de cómo se ha de descubrir que éstas
son en efecto marcas de tinta, pues esta línea de argumentación requiere que
yo sepa qué hay realmente en el papel antes de que pueda determinar qué es
lo que veo. Ahora bien, hay muchas formas de descubrir esto: mediante
análisis químico, preguntando al editor en caso de que se trate de un texto
impreso o al autor en caso de que se trate de un manuscrito, o incluso mirando
simplemente al texto y observando que está impreso con tinta (suponiendo,
desde luego, que estoy suficientemente familiarizado con textos impresos
como para hacer esta observación). Pero sea cual fuere el método que yo
adopte, está claro que la observación de datos visuales sin reconocer y
carentes de significado no se encuentra entre ellos.
De hecho, podemos percatarnos de la debilidad de la tesis de los datos
llevando a su conclusión lógica la retirada desde la observación de
significados hasta la observación de observables puros. Para establecer una
distinción entre el significado que reconocemos y el observable puro que
decimos que vemos, el observable puro debe ser él mismo un objeto no
reconocido; no puede ser ni tan siquiera un objeto que sea reconocido como
algo extraño. Pero, entonces, los que desean establecer esta distinción deben
explicar cómo la observación de un objeto no reconocido, tanto en una página
impresa como en nuestra vida diaria o en el laboratorio del científico, puede
servir de base para reconocer un significado. Yo no creo que se pueda hacer
esto y considero que en todos los casos de percepción significativa nos
estamos ocupando sólo de significados y vemos sólo significados.
Hasta ahora hemos argumentado que los significados son los objetos de la
percepción significativa. Tratemos ahora de mostrar que los datos de los
sentidos, suponiendo que existan tales cosas y que seamos conscientes de
ellas, no pueden ser los objetos primarios de nuestro conocimiento. Para el
empirista, los datos constituyen el estrato rocoso del fondo de nuestro
conocimiento. Pero, si esto es así, entonces todos los datos de los sentidos
deben ser igualmente importantes y deben jugar el mismo papel en el
conocimiento, no habiendo ningún nivel de conocimiento más fundamental al
que podamos apelar para extraer o seleccionar nuestros datos. Evidentemente
no es éste el caso. En mi experiencia y actividades cotidianas yo selecciono

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continuamente como significativas tan sólo un pequeño número de las
sensaciones que aparecen en mi campo visual, mi campo auditivo, etcétera, y
únicamente presto atención a estas sensaciones. Mientras conduzco mi coche,
por ejemplo, presto atención a los otros coches, a las señales de tráfico, a los
peatones e indicadores que son relevantes para la conducción, mientras que
ignoro los árboles que se alinean a lo largo de la carretera, las irregularidades
mínimas en la superficie de ésta, y las motas de polvo del parabrisas y de los
cristales de mis gafas. De la misma forma, puedo oír el silbato de un policía,
el claxon de los coches en un cruce de carreteras, el sonido de una colisión y,
quizá, la voz del locutor de mi aparato de radio, mientras que ignoro los miles
de otros sonidos de una calle ajetreada. En todos estos casos, incluyendo
aquellos en los que los objetos ignorados son reconocidos o reconocibles, mi
conocimiento de la actividad en que estoy comprometido es epistémicamente
más fundamental que los datos que observo en el sentido de que las
exigencias de esta actividad determinan a qué datos presto atención y qué
datos son ignorados como carentes de significado.
Esto se mantiene aún más decisivamente en el caso de la observación
científica. El científico no registra todo lo que observa, sino más bien sólo
aquellas cosas que las teorías que acepta indican que son significativas. Un
físico que examine fotografías en la cámara de niebla, por ejemplo, ignorará
cierto número de rayas como marcas espurias debidas a la suciedad o a
rasguños en la fotografía. Igualmente, el físico no incluye la forma de la mesa
del laboratorio, o el color de las paredes, o el número de colillas de cigarrillo
en el suelo, o sus sueños de la noche anterior entre sus datos observacionales
(aunque su psicoanalista estará mucho más interesado en esto último que en
las observaciones de la cámara oscura). Finalmente, notemos que en el
importante caso en que un científico identifica un fenómeno como anómalo o
problemático está observando su significado claramente en términos de la
teoría que él mantiene, pues, si no tuviera ninguna creencia acerca de lo que
debería ocurrir en la situación en cuestión, ningún acontecimiento podría ser
percibido como problemático[16]. En todos estos casos es el cuerpo de teoría
disponible el que proporciona el criterio para determinar cuáles de los datos
observados han de jugar un papel importante en el conocimiento, pero
nuestras teorías no podrían posiblemente jugar este papel si nuestros datos
constituyeran el nivel fundamental de conocimiento sobre el que se
construyen todas las teorías. Volviendo al diagrama que usó Feigl para
mostrar la relación entre los postulados de una teoría y la experiencia[17], y
admitiendo por el momento que este diagrama muestre con exactitud cómo se

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relacionan teoría y experiencia entre sí, estaría más cerca de la verdad decir
que el diagrama ilustra la forma en que nuestras teorías confieren significado
a la experiencia, que adoptar la posición inversa que trata de ilustrar Feigl.

TRES PROBLEMAS

He propuesto una concepción de la naturaleza de la percepción


significativa fundamentalmente diferente del enfoque empirista y, desde este
punto de vista, los problemas de la percepción que precisan una investigación
ulterior asumirían un aspecto muy diferente. A fin de ilustrar esto,
consideremos tres problemas. Uno, el problema del psicologismo, es un
problema para las teorías del conocimiento empiristas; más que ofrecer una
nueva solución, sostendré que el problema se disuelve mediante el análisis de
la percepción desarrollado aquí. Los otros dos problemas que consideraré, el
de cómo dos objetos percibidos diferentes pueden, sin embargo, ser
reconocidos como el mismo objeto y el del relativismo, son problemas para
nuestra teoría de la percepción, y propondré una solución para cada uno de
ellos.
La formulación más clara del problema del psicologismo quizá sea la de
Popper[18]. El empirismo exige que las teorías sean contrastadas deduciendo a
partir de la teoría consecuencias que puedan ser comparadas con los
resultados de la observación. Teniendo, por una parte, un cuerpo de teoría
elaborado y, por otra, una observación relevante, podríamos usar la
observación, bien para deducir la falsedad de la teoría, o bien (según algunos
empiristas) para inducir cierto grado de confirmación para ella. Pero una
teoría elaborada es un cuerpo de proposiciones y una observación es un
acontecimiento psicológico; podemos deducir (o inducir) proposiciones a
partir de otras proposiciones, pero no podemos deducir ni inducir
proposiciones a partir de acontecimientos psicológicos, ni acontecimientos
psicológicos a partir de proposiciones. ¿Cómo, entonces, van a jugar de hecho
las observaciones un papel en el conocimiento científico? Debido a su interés
por evitar el psicologismo, Popper mantiene que la experiencia puede motivar
una decisión de aceptar o rechazar un enunciado singular, pero nunca puede
probar o refutar ningún enunciado singular y, tanto, que todos los enunciados
singulares son aceptados o rechazados por convención[19]. (Los empiristas
lógicos tienden, en general, a ser menos ingenuos que Popper y a considerar
como base empírica del conocimiento cierta forma de enunciado
observacional, sin encarar nunca francamente el problema de la relación entre

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los enunciados observacionales y la experiencia). Todo el problema deriva,
evidentemente, de las presuposiciones que dicen que la experiencia relevante
para el conocimiento científico está formada por impresiones humeanas y que
éstas son entidades de un género fundamentalmente diferente de las
proposiciones, de suerte que no pueden darse relaciones lógicas entre la
experiencia y el conocimiento preposicional (de hecho, para Hume, las
impresiones no pueden entablar relaciones lógicas en absoluto). Pero, una vez
reconocido que los objetos que nos afectan cuando percibimos y los objetos
que nos afectan cuando entendemos una teoría son, en ambos casos,
significados y que son, por tanto, del mismo tipo lógico, la presunta brecha
existente entre teoría y observación desaparece y el problema del
psicologismo se disuelve.
Nos volvemos ahora hacia un problema generado por la afirmación de que
la percepción está cargada teóricamente. Central en este análisis es la tesis de
que un solo perceptor puede, en diferentes ocasiones, ver un objeto dado de
diferentes formas y dos observadores diferentes pueden ver simultáneamente
el mismo objeto de forma diferente. Para que estas situaciones cobren cierta
importancia filosófica, resulta crucial que los observadores reconozcan que
están observando un solo objeto de formas diferentes. Si yo veo un pato y el
lector ve un conejo, sin duda vemos cosas diferentes, pero si estamos mirando
diferentes dibujos no se plantea problema alguno. Ahora bien, aunque esté
bastante claro que cuando veo un conejo veo algo diferente de cuando veo un
pato, resulta considerablemente menos claro cómo es posible, además, que yo
vea lo mismo en ambos casos. Tenemos que habérnoslas con esta cuestión si
es que nuestro análisis de la percepción ha de ser completo.
Aquí parece particularmente apropiado un enfoque del dato sensible, pues
el teórico del dato puede mantener que son las asociaciones o interpretaciones
agregadas a mi observación del dato las que dan cuenta de las diferencias en
la forma de verlo, mientras que el dato sensible sigue siendo el mismo tanto si
veo un pato como si veo un conejo. En el caso de dos observadores diferentes,
el teórico del dato puede mantener que los observadores ven datos sensibles
cualitativamente similares mientras que, una vez más, difieren las
asociaciones o interpretaciones agregadas. Por otra parte, ya hemos visto que
la teoría del dato es completamente incapaz de explicar las formas en que la
observación ingresa en el conocimiento, así que su capacidad para resolver
este otro problema es de impacto relativamente débil, especialmente si la
igualdad del percepto puede explicarse también sobre la base de nuestro
análisis de la observación. Tratemos de hacer esto.

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Este fenómeno es considerablemente menos misterioso de lo que se ha
creído a menudo. La pista para un análisis adecuado nos la proporciona el
pasaje de Kuhn antes criticado[20]. En la primera oración escribe Kuhn que el
sujeto ve cambiar la figura «mientras sostiene en las manos el mismo libro o
pedazo de papel». Entre muchos de quienes escriben sobre la percepción
existe una desafortunada tendencia a centrarse en un objeto cada vez y a
olvidar que este objeto forma parte siempre de una situación mucho más
compleja que está siendo percibida. Yo no veo sólo, flotando libremente, la
imagen de un pato o un conejo; antes bien, veo la imagen sobre una página de
un libro, mientras me hallo sentado en mi pupitre. Y, cuando estoy atento a la
imagen cambiando de un pato a un conejo, me doy cuenta también de que la
página, el libro, el pupitre y la habitación no se han modificado. Es mi
percepción de la situación entera y la información sobre situaciones de este
género la que explica mi conciencia de la igualdad y mi desconcierto respecto
a por qué cambia la imagen. Si yo tuviera que pasar la página para cambiar
del pato al conejo, o si yo viera el mismo cambio mirando una película, no
esperaría la clase de estabilidad que espero de un diagrama en una página, y
no experimentaría desconcierto alguno en absoluto. Por decirlo de otra
manera, cuando se tiene en cuenta la situación perceptual total, incluyendo
todo lo que sé sobre tales situaciones, la igualdad del objeto antes y después
del cambio forma parte del significado percibido.
El mismo análisis puede aplicarse al caso de los dos científicos. El
biólogo mira por su microscopio y pide a su colega que mire por el mismo
microscopio. Si las diferencias entre lo que uno y otro perciben son
desconcertantes es porque ambos reconocen que miran por el mismo
microscopio. Si la perplejidad es lo bastante inquietante, pueden incluso
revisar todo para asegurarse de que sigue estando el mismo portaobjetos en el
microscopio, que la iluminación no ha variado, etc., pero, una vez realizadas
estas comprobaciones, los científicos tienen base suficiente para creer que
están mirando la misma cosa. Así pues, es la situación total y no algún
elemento que pueda ser aislado de la situación dirigiendo nuestra atención de
manera apropiada lo que explica la conciencia de la igualdad, y es el
reconocimiento de las variaciones en lo que ya se ha reconocido como un
objeto único lo que conduce a las situaciones de igualdad/diferencia.
Nos volvemos ahora al problema del relativismo. Lo que garantiza la
objetividad de la ciencia para el empirista es el recurso a los datos observados
libres de teoría. A menudo se arguye que, si la observación científica está
cargada teóricamente, se destruye dicha objetividad, pues, si las teorías que ya

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mantenemos juegan un papel central a la hora de determinar lo que
percibimos, entonces es imposible recurrir a la observación para contrastar la
aceptabilidad de las teorías científicas. Para que las teorías científicas sean
contrastables empíricamente —dice el conocido argumento— los preceptos
mediante los cuales se contrastan las teorías tienen que ser independientes de
ellas. Una teoría que crea sus propios datos nunca puede ser refutada por
dichos datos.
Podemos comenzar nuestra réplica haciendo notar que no he mantenido
en ninguna parte que las teorías creen sus propios datos, ni que solamente
nuestras teorías determinen lo que percibimos. Antes bien, los objetos de la
percepción son resultado de las aportaciones tanto de nuestras teorías cuanto
de la acción del mundo exterior sobre nuestros órganos sensoriales. Debido a
esta doble fuente de nuestros perceptos, los objetos pueden verse de muchas
maneras diferentes, pero no se sigue que un objeto dado pueda verse de
cualquier manera en absoluto. Considérese una vez más el pato/conejo. Ya
hemos visto que esta figura puede verse como un pato, un conejo, un conjunto
de líneas o un área, y se podría imaginar plausiblemente que fuera vista como
una pieza de un aparato de laboratorio, un símbolo religioso o algún otro
animal por un observador con la experiencia apropiada. Pero por mucho que
lo intente, no puedo ver esta figura como mi mujer, el monumento a
Washington o una piara de cerdos. A diferencia de la posición kantiana o,
mejor, de una interpretación de la posición kantiana[21], no mantengo que las
teorías impongan una estructura sobre un material neutro. La dicotomía entre
la concepción de la percepción como observación pasiva de objetos que son
todo lo que parecen y la percepción como creación de objetos perceptuales de
la nada en modo alguno es exhaustiva. Una tercera posibilidad es la de que
damos forma a nuestros perceptos a partir de un material ya estructurado pero
aún maleable. Este material perceptual, sea lo que fuere, servirá para limitar la
clase de constructos posibles, sin imponer un único percepto.
El paralelismo con la lectura resulta asimismo iluminador. Se ha
propuesto una variedad de interpretaciones, por ejemplo, de la Crítica de la
razón pura, pero no importa en qué medida difieran los estudiosos acerca de
lo que es la lectura correcta del texto, nadie puede abrir la Crítica y leer la
Ética a Nicómaco o Moby Dick. Evidentemente, este enfoque es compatible
con el tipo de variación limitada que observamos en el caso del pato/conejo,
que ni la teoría del dato ni la tesis de que los perceptos se construyen a partir
de un material neutro parecen ser capaces de manejar[22]. En efecto, puesto
que una teoría del dato plenamente consistente requiere, como hemos visto,

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que el dato mismo no sea reconocido, parece haber una diferencia de poca
monta entre la teoría del dato y la tesis de que la mente construye los
perceptos a partir de un material neutro. Además, nuestro enfoque es
consistente con la forma en que aparecen los datos recalcitrantes que
conducen al arrumbamiento de las teorías científicas. Pues, mientras que
nuestro enfoque reconoce la observación del empirista en el sentido de que
una teoría no puede ser contrastada mediante la observación si las propias
observaciones están completamente determinadas por la teoría, dicho enfoque
evita la perplejidad del empirista cuando trata de explicar cómo un dato
carente de significado puede ser relevante para la confirmación o
desconfirmación de una teoría científica.
Hay una segunda réplica a la afirmación de que si la observación está
cargada teóricamente no hay una razón adecuada para aceptar una teoría en
vez de otra, pues esta conclusión no se sigue en absoluto a partir del análisis
de la percepción desarrollado en este capitulo. Considérese otra vez nuestro
ejemplo anterior de dos personas que pasan por una fábrica de acero, un niño
que sólo percibe un olor a huevos podridos y un químico preparado que huele
dióxido de azufre. Aunque el significado de este olor sea diferente para cada
uno de nuestros perceptores y dependa en cada caso de lo que sepa el
perceptor, no se sigue que los dos perceptos estén a la par. Está claro que el
químico, que sabe bastante más sobre gases que el niño, aprende más de
resultas de su observación; su observación tiene mayor valor epistémico que
la del niño, no porque haya observado un dato puro, sino precisamente porque
hay más conocimiento implicado en su percepción que en la del niño.
De igual manera, por tomar prestado un ejemplo de Kuhn[23], en el
siglo XVIII, Lavoisier observó las propiedades del oxígeno, en tanto que
Priestley, que todavía sostenía la teoría del flogisto, observó aire
desflogistizado; el desarrollo de la química nos ha dado buenas razones para
adoptar la concepción de Lavoisier. La tesis de que la carga teórica de la
percepción comporta el relativismo sólo es plausible si se acepta la
presuposición anterior de que solamente la observación de datos libres de
teoría puede proporcionarnos una razón para aceptar una teoría en vez de otra.
Si no aceptamos esta presuposición, entonces la pregunta retórica «¿Por qué
elegir una teoría en vez de otra?» se convierte en una pregunta genuina de la
que tiene que ocuparse un análisis alternativo del cambio teórico. Esta será
una de las tareas de los capítulos siguientes, pero antes de poder enfocar esta
cuestión tenemos que reconsiderar primero el papel que las teorías juegan en
la investigación científica en su conjunto[24].

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CAPÍTULO VII

PRESUPOSICIONES

CIENCIA NORMAL

En 1687 Isaac Newton publicó en los Principia lo que muchos consideran


la primera teoría científica moderna comprehensiva. Consta esencialmente de
cuatro proposiciones: las tres leyes del movimiento y el principio del inverso
del cuadrado de la gravitación universal. A partir de estas cuatro
proposiciones dedujo Newton, entre otros fenómenos, las leyes del
movimiento planetario, las leyes de la caída de los cuerpos y del movimiento
de los proyectiles y las variaciones de las mareas. Lo que es más importante,
Newton fijó el fundamento de una forma de pensamiento acerca de la realidad
física que iba a dominar la investigación científica durante más de dos siglos.
El examen de algunos de los episodios centrales de la historia de la mecánica
newtoniana servirá como base para discutir el papel que juegan las teorías en
la investigación científica.
Avanzada ya su vida, Newton reivindicó para el período 1665-1667 el
descubrimiento de la ley del inverso del cuadrado, y la utilizó entonces para
calcular la fuerza de gravedad necesaria para mantener a la Luna en su órbita;
afirmó que el valor calculado y el derivado de la observación eran «poco más
o menos parecidos[1]». Pero Newton no publicó entonces sus resultados, por
razones que todavía hoy siguen discutiendo los historiadores. Una explicación
especialmente grata para los empiristas afirma que Newton no publicó sus
resultados porque no era suficientemente ajustada la concordancia entre
observación y teoría. Reichenbach escribe:

El propio Newton vio claramente que la verdad de su ley dependía de su confirmación por medio
de la verificación de sus consecuencias. Inventó un nuevo método matemático, el cálculo diferencial,
con vistas a derivar dichas consecuencias, pero no le satisfizo el esplendor de su logro deductivo.
Quería una evidencia observacional cuantitativa y contrastó las consecuencias por medio de
observaciones de la Luna, cuya rotación mensual constituye un ejemplo de su ley de gravitación.
Para desencanto suyo se encontró con que los resultados observacionales diferían de los calculados.
Antes que establecer una teoría, bonita, por supuesto, independientemente de los hechos, Newton

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guardó el manuscrito de la obra en el cajón. Unos veinte años más tarde, tras nuevas medidas de la
circunferencia de la Tierra realizadas por una expedición francesa. Newton vio que las cifras sobre
las cuales había basado su comprobación eran falsas y que las cifras mejoradas coincidían con sus
cálculos teóricos. Fue únicamente después de la contrastación cuando publicó su ley[2].

Si bien la explicación anterior de la remisión de Newton en publicar es


plausible, los historiadores han propuesto otras dos: la primera señala que,
aunque Newton había descubierto el acuerdo entre teoría y observación como
suficientemente preciso, se vio enfrentado a una dificultad teórica. En sus
cálculos había supuesto que la Tierra y la Luna podían ser tratadas,
respectivamente, como si sus masas enteras estuvieran concentradas en un
único punto, pero no había demostrado todavía que dicho supuesto estuviera
justificado[3]. La otra interpretación es que los recuerdos que tenía Newton de
su juventud eran imprecisos y que no había desarrollado aún la ley del inverso
de los cuadrados de la gravitación universal[4].
Sea cual fuere la explicación correcta, el enfoque de Reichenbach, típico
de la concepción empirista de la ciencia, debería ser evaluada a la luz del
hecho de que aun después de que Newton publicara los Principia existieron
importantes discrepancias entre sus teorías y los resultados de la observación
y la experimentación. Por ejemplo, era consciente de que el valor calculado
del movimiento de la órbita de la Luna era sólo la mitad del valor observado.
Habiendo calculado el movimiento de los ápsides de la Luna, se limitó
simplemente a decir que: «El ápside de la luna es aproximadamente el doble
de rápido»[5], y continuó su exposición. Obviamente Newton no consideró
esta discrepancia entre teoría y observación suficiente para impedir la
publicación, sino más bien como un problema que habría de ser investigado.
Por fin, alrededor de 1750, más de sesenta años después de la publicación de
los Principia, el problema, fue resuelto cuando Clairaut mostró que la
dificultad no era imputable a la mecánica de Newton, sino al modo en que
había sido aplicada la matemática a la situación física[6]. Asimismo, podemos
mencionar otro ejemplo: el valor que daba Newton para la velocidad del
sonido era diferente en un veinte por ciento, y esta discrepancia entre teoría y
observación permaneció sin resolver durante más de un siglo[7]. Ambos
problemas fueron finalmente solucionados y, con ello, la fe de los físicos en el
sistema newtoniano quedó justificada. Pero conforme a la concepción
tradicional del método científico, la actuación de los físicos no había estado
de acuerdo con su fe. El movimiento del ápside de la Luna, por ejemplo,
proporcionaba un claro contraejemplo de los ápsides para la teoría, de suerte
que, si los empiristas tuvieran razón, la teoría debería haber sido rechazada.

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En cambio, con lo que nos encontramos es con que, una vez aceptada la
mecánica de Newton, dificultades tales como el movimiento de la Luna o la
velocidad del sonido se convirtieron en problemas de investigación en lugar
de contraejemplos.
Hemos indicado que uno de los triunfos de la mecánica newtoniana era el
cálculo acertado de las órbitas de los planetas, pues esto no es del todo
correcto. A principios del siglo XIX los astrónomos admitieron que ninguna de
las órbitas que habían sido calculadas sobre la base de la mecánica
newtoniana para Urano se ajustaba a las posiciones observadas del planeta.
¿Era esto un contraejemplo de la teoría newtoniana? Si por contraejemplo
entendemos una observación que lleva al inmediato rechazo de toda o parte
de una teoría aceptada previamente, entonces dicha observación no era más
contraejemplo que el movimiento observado de la órbita de la Luna; en lugar
de eso se convertía en un problema de investigación para los astrónomos.
Dentro del marco de supuestos de la mecánica newtoniana hay un factor
claramente aceptable que podría influir en la órbita de un planeta: la
existencia de otro planeta, todavía desconocido, que ejerciera una fuerza
gravitacional. Trabajando independientemente, dos astrónomos, Leverrier y
Adams, supusieron que dicho planeta existía y usaron la discrepancia entre
teoría y observación como base para calcular la masa y la órbita del planeta.
El planeta Neptuno fue finalmente descubierto y la mecánica newtoniana
había conseguido con ello uno de sus más rotundos éxitos[8]. Sin embargo, era
también sabido que había una discrepancia entre teoría y observación en el
caso de la órbita de Mercurio, y Leverrier usó el mismo método para
explicarla suponiendo otro nuevo planeta, Vulcano. Desgraciadamente, no
existe tal planeta y la órbita de Mercurio nunca llegó a ser explicada dentro
del marco de la mecánica newtoniana[9]. Sólo con el advenimiento de la teoría
general de la relatividad se hizo posible un cálculo preciso de la órbita de
Mercurio, y únicamente después de que la nueva teoría reemplazara a la
mecánica celeste newtoniana llegó a considerarse dicho fracaso de la teoría de
Newton como un contraejemplo.
Los ejemplos arriba citados proponen una imagen muy diferente de la
estructura de la investigación científica a la de los planteamientos empiristas
tradicionales. En vez de partir de los datos observados y usarlos para
confirmar o rechazar las leyes propuestas o las teorías, los científicos como
Leverrier y Clairaut parecen haber partido de una teoría científica aceptada
que guió su investigación y determinó de qué manera debían ser tratados los
fenómenos observados. En la medida en que trabajaban dentro de los límites

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de la teoría, ciertos descubrimientos observacionales que, lógicamente
hablando, podían haber sido considerados contraejemplos se convirtieron, en
lugar de ello, en problemas de investigación que debían ser resueltos por la
aplicación apropiada o el desarrollo ulterior de la teoría. El tipo de
investigación científica que ilustran tales ejemplos ha sido denominado
«ciencia normal» por Kuhn con el fin de distinguirla de la ciencia
«revolucionaria[10]», investigación científica que intenta reemplazar una
teoría fundamental aceptada por otra. Kuhn describe la ciencia normal como
una investigación hecha de acuerdo con un «paradigma», pero lo que entiende
exactamente por un paradigma ha sido sometido a un amplio debate, con una
crítica benévola, que afirma haber llegado a distinguir veintiún sentidos de
paradigma en el libro de Kuhn[11]. No nos es necesario entrar aquí en esta
discusión, pues es claro que una parte principal de los paradigmas kuhnianos
está constituida por las teorías fundamentales presupuestas por la
investigación científica. Lo que ahora nos interesa es ese papel de las teorías
en la investigación científica, y usaremos el término «ciencia normal» para
referirnos a la investigación hecha de acuerdo con una teoría aceptada[12].
Algunos ejemplos más nos ayudarán a clarificar el papel dé las teorías
aceptadas en la investigación científica.
En el mundo antiguo los astrónomos creían que la Tierra se estaba quieta
y que el Sol giraba a su alrededor, tanto en el curso del día como en una
traslación a lo largo del año. Sin embargo, en el siglo III a. C., Aristarco
razonó que el movimiento del Sol era meramente aparente y que, en realidad,
la Tierra rotaba diariamente y se trasladaba alrededor del Sol a lo largo del
año. Centrémonos en la traslación anual de la Tierra. Si la propuesta de
Aristarco es correcta, entonces en el curso de medio año la Tierra se traslada
hacia el extremo opuesto del diámetro de su órbita, y esta es una gran
distancia. Debería haber un cambio observable en la posición aparente de las
estrellas. Los contemporáneos de Aristarco sometieron su propuesta a esta
contrastación observacional, no encontraron paralaje y la rechazaron[13]. La
sugerencia de Aristarco de que las estrellas están mucho más lejos de lo que
previamente se había supuesto, demasiado lejos para que el paralaje fuera
observado, no fue tomada en serio y, dado el estado del conocimiento de
entonces, con toda la razón. La propuesta original de Aristarco, a pesar de ser
prima facie implausible para sus contemporáneos, fue tratada científicamente
de la mejor forma: sometida a la contrastación observacional disponible, y
rechazada; la siguiente sugerencia debió parecerles a sus contemporáneos una
maniobra ad hoc producto de la desesperación.

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Consideremos ahora la situación en, digamos, el siglo XVIII cuando la
hipótesis del movimiento de la Tierra había sido ampliamente aceptada por
los astrónomos junto con la suposición de un tamaño mucho mayor del
universo. Tampoco había sido observado en este caso el paralaje necesario,
pero, puesto que el movimiento de la Tierra era la base de una nueva tradición
astronómica, el no haber logrado observar el paralaje no fue considerado
como un contraejemplo, sino más bien como un problema que había de ser
resuelto. Así pues, uno de los problemas centrales de la investigación de la
época era la tentativa de construir un telescopio que permitiera la observación
del paralaje estelar, un proyecto que fue llevado a cabo finalmente por Bessel
en 1838[14], casi tres siglos después de la publicación del De Revolutionibus
de Copérnico. Ciertamente, en los siglos XVI y XVII que no se lograra observar
el paralaje estelar fue una de las objeciones típicas contra la versión
copernicana de la teoría del movimiento de la Tierra, aunque Galileo, que la
había aceptado, ya consideraba el paralaje como un problema de investigación
más que como un contraejemplo.

Se podría decir que ahora hay una variación, pero que no se busca; o que debido a su pequeñez o
por la carencia de instrumentos precisos no era conocida por Copérnico […]. Por tanto, sería
conveniente investigar con la mayor precisión posible si se puede observar realmente tal variación,
que debe ser percibida en las estrellas fijas suponiendo un movimiento anual de la Tierra[15].

Merece la pena meditar sobre lo que podría haber ocurrido si los


astrónomos antiguos hubieran podido observar el paralaje entrañado por la
propuesta de Aristarco. No está claro en absoluto que ello hubiera llevado al
inmediato rechazo de la astronomía geocéntrica, ni que la renuncia a
rechazarla hubiera sido acientífica. El paralaje observado podría haberse
convertido en un problema de investigación igual que no lograr observarlo,
así como las perturbaciones de las órbitas de Urano y Mercurio se
convirtieron en problemas de investigación para el astrónomo moderno.
Volvamos a la astronomía antigua en busca de ejemplo. Uno de sus
principios centrales, al menos tan importante y trascendental como el
principio geostático, era el de que todos los movimientos de los cuerpos
celestes son circulares. Debido a la existencia de este principio, el problema
principal de la astronomía antigua era el problema de los planetas. La órbita
de los planetas, como la de los demás cuerpos celestes, parece ser un
movimiento anual alrededor de la Tierra, pero en el caso de los planetas este
movimiento aparente es manifiestamente no-circular. Más aún, los planetas
parecen moverse del Oeste al Este en un arco de circunferencia, se paran y

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vuelven un tramo en dirección inversa (movimiento retrógrado), de nuevo se
vuelven a parar y reanudan su movimiento hacia delante; el resultado final
viene a ser una especie de trayectoria en bucle. Se diría que este movimiento
presentaba un contraejemplo claro al principio de los movimientos circulares,
pero no lo hizo. En lugar de ello se convirtió en un problema que había de ser
resuelto, problema que ocupó una gran parte de la historia de la
astronomía[16]. De hecho, sólo cuando el movimiento de los planetas llegó a
ser comprendido como problema, se convirtió la astronomía en ciencia.
Durante siglos los pastores y otros hombres habían observado el cielo
nocturno y advertido el movimiento retrógrado de los planetas, pero, al no
tener creencias previas sobre cómo deberían moverse los cuerpos celestes, no
lo consideraron como algo especialmente enigmático o problemático. Sólo
después de que Platón sostuviera que todos los movimientos celestes son en
realidad circulares, se convirtieron los movimientos de los planetas en algo
problemático y comenzó la investigación científica sobre el problema. El
principio de que todos los movimientos celestes son circulares creó una
tradición científica normal al crear un problema de investigación, y
proporcionó además el criterio para determinar una solución adecuada a este
problema: los movimientos de los planetas sólo se habrían explicado una vez
que se hubiera mostrado que eran resultado de otros movimientos que eran
asimismo circulares. Desde Platón hasta Kepler, el principio de que todos los
movimientos celestes son circulares controló la investigación astronómica, y
todos los movimientos que se desviaban de dicho principio no eran
considerados como contraejemplos, sino antes bien como problemas a
resolver descomponiéndolos en movimientos circulares.
Consideremos un último ejemplo extraído de la física del siglo XX. A
principios de siglo se descubrió que el fenómeno de la radiación beta era
inconsistente con los principios aceptados de la conservación de la energía y
el momento[17]. De nuevo, lógicamente hablando, el descubrimiento podría
haberse considerado como un contraejemplo, y podría entonces haberse
rechazado alguno de los principios de conservación. Pero los principios de
conservación son fundamentales en la estructura de la física moderna y su
rechazo habría exigido una reformulación completa de la física. Esto no
quiere decir que tengamos alguna forma de conocimiento a priori de la
verdad de dichos principios o que nunca puedan ser reconsiderados. Pero sí
significa que dichos principios no funcionan como simples proposiciones
empíricas que puedan ser rechazadas a la primera aparición de un
contraejemplo. Más bien son proposiciones protegidas, y cualquier fenómeno

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que podría ser considerado lógicamente como contraejemplo se interpreta
como un contraejemplo aparente, como un problema para el que hay que
buscar una explicación. En este caso, la explicación originalmente propuesta
por Pauli y desarrollada por Fermi consistió en postular la existencia de una
nueva partícula: el neutrino, que simplemente tenía tanta energía y tanto
momento como fuera necesario para preservar los principios de conservación.
Pasaron otros veinte años antes de que se obtuviera una evidencia
independiente de la existencia del neutrino[18].
Todos estos casos ilustran la naturaleza de la ciencia normal, en la cual
una teoría fundamental aceptada sirve para organizar y estructurar la
investigación científica. La teoría determina el significado de los sucesos
observados proporcionando al científico razones para comprender qué
observaciones son relevantes para su investigación, cuáles de las
observaciones relevantes plantean problemas, cómo deben ser abordados los
problemas y qué vale como solución adecuada a un problema. Ahora bien,
uno de los mitos tradicionales acerca de la naturaleza de la ciencia es el de
que la ciencia se distingue de otras actividades intelectuales, en particular de
la filosofía, por su método. El método científico, se nos dice, consiste en
suspender todas nuestras preconcepciones y comenzar la investigación con
una búsqueda de hechos completamente imparcial. Galileo, según se dice, es
el fundador de la ciencia moderna porque, al contrario de los aristotélicos que
se dirigían a los textos de Aristóteles para encontrar las respuestas a todas las
preguntas, llevó a cabo experimentos y se atuvo a sus sentidos. Pero dejando
aparte la incorrección histórica de la descripción de la relación de Galileo con
sus oponentes [19], hemos de considerar en su elemento cómo sería la
investigación empírica netamente libre de presuposiciones.
Quizá la única tentativa seria de llevar a cabo realmente la investigación
científica de este modo se encuentre en las historias naturales de Francis
Bacon. Habiendo combatido lo que él llamó los «ídolos»[20] que impiden la
adquisición de conocimiento, es decir, los prejuicios y preconcepciones que
nos impiden el descubrimiento de los hechos, Bacon construyó una serie de
historias naturales, compilaciones de todos los ejemplos en los que aparece un
fenómeno dado, a fin de proporcionar una base fáctica para el descubrimiento
de las leyes de la naturaleza. Su historia natural del calor, por ejemplo,
incluye, entre sus muchos ejemplos, cosas tales como el calor del sol, el calor
del excremento animal reciente y el calor de las hierbas que son cálidas para
la lengua y no para la mano[21]. Lo que tenemos aquí no es una base imparcial
para el conocimiento, sino un conglomerado que sería inútil hasta que fuera

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organizado y se tomaran decisiones acerca de cuáles son, de hecho, ejemplos
del mismo fenómeno y cuáles son valiosos para la investigación posterior.
Pero tales decisiones deben tomarse de acuerdo con un principio que nos guíe,
y en ausencia del cual no tenemos medio de saber qué datos debemos recoger
ni qué hacer con ellos una vez recogidos. El punto puede aclararse
considerando qué pasaría si hiciéramos una lista de todos los hechos relativos
a la propia habitación, sin supuestos previos, tocantes a cuáles merece la pena
recoger. Si se intentara tal investigación, anotando cualquier mota de polvo
sobre las paredes y cualquier aspereza en el suelo y haciendo las medidas
necesarias para situar cada rasgo respecto a cualquier otro, nunca se
conseguiría salir de la habitación pues, ciertamente, nunca se terminaría de
medir cada nuevo aspecto de un metro cuadrado del suelo[22].
Para llevar a cabo una investigación significativa necesitamos un
problema de investigación y algunos criterios de qué evidencia es relevante
para su solución. Mas fundamentalmente necesitamos cierta base para decidir
a qué problemas de investigación merece la pena dedicarse. Son las teorías
que hemos aceptado, los sistemas de presuposiciones con que estamos ya
comprometidos, los que proporcionan esta base. Y, porque siempre
investigamos dentro de un sistema de presuposiciones, tanto nuestros
problemas como nuestros datos están todos plenamente cargados
teóricamente. En consecuencia, los investigadores corren siempre el riesgo de
preocuparse de problemas enteramente agotados e ignorar datos importantes,
pero dicho riesgo debe ser asumido para que sea posible la prosecución del
conocimiento. Por otro lado, sólo aquellos investigadores que están
completamente inmersos en los patrones de pensamiento de una tradición
científica se hallan expuestos a felices «accidentes» tales como el
descubrimiento de los rayos X o de la penicilina, ya que sus presuposiciones
proporcionan un conjunto de expectativas sobre un área de la experiencia y,
así, les permite reconocer algunos hechos como especialmente significantes.
Hay dos teorías sobre las presuposiciones en la historia de la filosofía que son
particularmente dignas de examen para ayudar a clarificar los problemas
suscitados por la exposición anterior: son las de Kant y Collingwood.

PROPOSICIONES PARADIGMÁTICAS

Según Kant[23], el conocimiento sólo es posible en la medida en que


tenemos experiencia, pero debemos distinguir entre experiencia y
sensaciones. Esta distinción, sin embargo, requiere otra previa entre forma y

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contenido. Así como en la lógica distinguimos entre la forma de una
proposición y su contenido, siendo los dos necesarios para constituir la
proposición, así para Kant la experiencia se encuentra constituida de una
combinación de forma y contenido, proporcionando la sensación el contenido
de la experiencia mientras que la propia mente da la forma. Hay dos modos en
que la mente proporciona la forma: por medio de las formas de la sensibilidad
y por medio de los conceptos del entendimiento. Hay dos formas de la
sensibilidad: espacio y tiempo, y, para Kant, el hecho de que los objetos de
los cuales tenemos experiencia se encuentren en el espacio y el tiempo es un
hecho de la estructura de la mente humana y no un hecho sobre la estructura
independiente de la mente de la realidad. Y, precisamente porque el espacio y
el tiempo son aportados a la experiencia por la mente, nos es posible conocer
independientemente de cualquier experiencia particular que todos los objetos
en el mundo de los que tenemos experiencia por medio de los sentidos estarán
situados en el espacio y el tiempo[24]. Lo que no podemos saber a priori es
precisamente lo que encontraremos en el espacio y el tiempo cuando
miremos. Ese es el contenido de nuestra experiencia, es independiente de la
mente, y su conocimiento sólo puede venir de la experiencia existente.
Junto con las formas de la sensibilidad, otra facultad de la mente, el
entendimiento, también juega su papel proporcionando la forma de nuestra
experiencia. El entendimiento tiene un reducido número de conceptos a los
cuales Kant llama «categorías» en función de los cuales se organizan y
estructuran las sensaciones en el proceso de creación de la experiencia. El
concepto de causalidad servirá de ejemplo. Puesto que el de causalidad es un
concepto aportado a la experiencia por la mente y, por tanto, es parte de la
forma de la experiencia, sabemos a priori que cada evento tiene una causa,
pero no podemos saber a priori cuál es la causa particular de un evento dado;
esto forma parte del contenido de la experiencia y ha de ser descubierto por la
investigación empírica[25].
Cada uno de los diferentes aspectos de la forma de la experiencia
(espacio, tiempo, causalidad y las restantes categorías) nos proporciona
conocimiento sintético a priori, proposiciones de las que sabemos que son
verdaderas a priori, pero son verdaderas, no obstante, respecto al mundo de la
experiencia; y son dichas proposiciones sintéticas a priori las que nacen de las
presuposiciones que nos interesan aquí. Por ejemplo, el papel del espacio
como forma de la sensibilidad nos enseña, según Kant, que el espacio se
ajusta a la geometría euclidiana. Asimismo, la categoría de causalidad da
lugar a la proposición «todo efecto tiene una causa», proposición que

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consideraremos más adelante a fin de ilustrar el papel de las presuposiciones
en la investigación científica.
Ya se ha indicado que, para Kant, la causalidad es constitutiva de
experiencia. La experiencia no tendría la estructura que tiene si no estuviera
organizada de acuerdo con el principio de causalidad, en tanto que las
conexiones causales son, no obstante, parte real del mundo experimentado a
pesar de ser aportadas a la experiencia por la mente. Además de ser
constitutiva de la experiencia, la causalidad es también para Kant constitutiva
de la investigación científica[26], es decir, sirve como una presuposición con
la que organiza y estructura la investigación. Lo hace exactamente de igual
modo, aunque quizá a un nivel más básico, que las presuposiciones que ya
hemos considerado, como el principio del movimiento circular en la
astronomía antigua y los principios de conservación en la física moderna:
determinando cuáles son los auténticos problemas científicos y
proporcionando los criterios sobre qué ha de valer como solución a dichos
problemas. Así pues, para Kant la tarea del científico consiste en averiguar las
causas de los eventos, y un problema científico solamente está resuelto
cuando se ha dado con una causa para el evento (o clase de evento) en
cuestión. El principio sintético a priori de que cada efecto tiene una causa
garantiza que la búsqueda de causas debe tener siempre éxito y, así, que
ningún evento puede considerarse un contraejemplo al principio de causalidad
sin que importe el tiempo que hayan fracasado los científicos en encontrar la
causa específica. Si los científicos son incapaces de averiguar la causa de un
evento, la culpa es siempre de los científicos y no del principio de causalidad.
Hemos visto que para Kant las presuposiciones de la ciencia son
proposiciones a priori, son verdades eternas y necesarias, es decir, no hay
proceso alguno que pueda cambiarlas. Para Collingwood, como para Kant,
todo conocimiento exige presuposiciones, pero éstas cambian a lo largo de la
historia humana. La tesis básica de Collingwood[27] consiste en que cada
proposición con significado es la respuesta a alguna pregunta y que sólo
podemos comprender el significado de una proposición si sabemos a qué
pregunta pretende responder. Pero, a su vez, toda pregunta tiene alguna
proposición como presuposición, es decir, algo que conozco o presupongo.
No puedo hacer preguntas con significado sobre fenómenos de los cuales lo
ignoro todo. Preguntar, por ejemplo, qué partícula acaba de pasar a través de
la cámara de niebla presupone que una partícula acaba de pasar a través de la
cámara de niebla; preguntar por la causa de un evento dado presupone que el
evento tiene una causa. Puesto que las preguntas tienen presuposiciones que

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las generan, es siempre posible adoptar de estas dos actitudes hacia una
pregunta: podemos contestarla o podemos rechazar la presuposición y, con
eso, rechazar la pregunta. Por ejemplo, los físicos que buscan las causas de
los microeventos están aceptando la presuposición kantiana de que cada
evento tiene una causa, mientras que aquellos que rechazan dicha
presuposición respecto a la microfísica rechazan preguntas del tipo de «¿qué
hizo que este átomo se desintegrara en este momento?» como carentes de
significado físico. (Señalaremos que es, por tanto, posible no comprender una
pregunta por atribuirla a una presuposición equivocada. Si alguien preguntara
«¿por qué compra un coche nuevo?», una respuesta del tipo «porque necesito
un medio de transporte» sería aceptable en muchas circunstancias, pero sería
inapropiada si el interesado fuera un freudiano).
Da la impresión de que Collingwood hubiera creado un regreso infinito de
preguntas y respuestas; intenta romperlo haciendo una distinción entre
«presuposiciones relativas» y «presuposiciones absolutas». Las
presuposiciones que hemos considerado hasta aquí, aquellas que son
proposiciones y, así, ellas mismas respuestas a preguntas, son todas
proposiciones relativas. Pero en la raíz, por así decir, de cada secuencia de
preguntas y respuestas hay una presuposición absoluta que no es respuesta a
ninguna pregunta, que no es, por consiguiente, una proposición y, por tanto,
no es verdadera ni falsa. Mejor, una presuposición absoluta es algo así como
un principio metodológico que ha de ser juzgado por lo que Collingwood
llama su «eficacia lógica»[28], es decir, su fecundidad de generar cadenas de
preguntas y respuestas. Por tanto, las presuposiciones absolutas son la base de
toda actividad intelectual; pero, a diferencia de Kant, para Collingwood las
presuposiciones absolutas son fijadas según las características de una época
dada y cambian en el curso de la historia aunque no analiza cómo tiene lugar
el cambio salvo diciendo que las presuposiciones absolutas desarrollan
«tensiones»[29] que las llevan al colapso. En La idea de naturaleza,
Collingwood mantiene que cada época en la historia de la ciencia ha estado
caracterizada por alguna concepción fundamental de lo que es la naturaleza.
Si tomamos éstas como ejemplos de lo que Collingwood entiende por
presuposiciones absolutas, sostiene que ha habido tres presuposiciones
absolutas en la historia de la ciencia física: la concepción griega de la
naturaleza penetrada por la mente, la primera concepción moderna de la
naturaleza sin mente que obra de acuerdo con leyes estrictas, y lo que él llama
la concepción «histórica» de la ciencia contemporánea[30].

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Hay mucho de oscuro e incierto en la exposición que hace Collingwood
de las presuposiciones. Su tesis de que las presuposiciones absolutas no sean
verdaderas ni falsas y que los que las proponen no las consideren verdaderas
ni falsas es de lo más dudosa; y los ejemplos que da hacia la mitad de su
Ensayo de metafísica lo que hacen es más bien debilitar su posición que
apoyarla. No está claro si cada disciplina tiene sus propias presuposiciones
absolutas o si son características de todo el pensamiento de una época, ni
siquiera si la respuesta a dicha pregunta puede ser igual respecto a diferentes
épocas en la historia del pensamiento. No obstante, no me interesa entrar aquí
en una extensa discusión de la teoría de Collingwood. Lo que sí me interesa
es su noción de presuposiciones cambiantes, porque, combinada con la noción
de Kant de presuposiciones constitutivas tanto de la investigación como de la
experiencia, nos servirá como base para un más adecuado análisis de la
naturaleza de las presuposiciones científicas y de su papel en la investigación.
Quizá el rasgo más llamativo de las proposiciones que expresan
presuposiciones es el de que no encajan en la dicotomía entre proposiciones
empíricas y analíticas. No son proposiciones analíticas pues no son
formalmente tautologías y no hay sentido alguno en el que el predicado
constituya una característica definiente del sujeto. Si, por ejemplo, el
principio de que cada evento tiene una causa fuera analítico, entonces, si
pudiera mostrarse algo que no tuviese una causa, sencillamente no sería un
evento. Pero un científico, al trabajar buscando la causa de algún fenómeno,
no tiene la opción de decidir que no está tratando con un evento y, así,
eliminar el problema cuando averigua que no puede descubrir la causa. A no
ser que esté dispuesto a poner en tela de juicio el mismo principio causal, ha
de suponer que la investigación ulterior logrará revelar la causa. De igual
manera, un físico que trabaje dentro del contexto de la dinámica newtoniana
tiene que dar cuenta de los movimientos de un cuerpo material descubriendo
las fuerzas que actúan sobre él y las condiciones iniciales. Ahora bien, no es
raro que un filósofo escoja una de las leyes de Newton y razone que es
analítica. La primera ley, según se sostiene a menudo, define «movimiento
inercial» o, quizá, «velocidad uniforme», y la segunda ley define «masa» o,
tal vez, «fuerza». Pero es con la teoría newtoniana como un todo con lo que
trabaja el científico y, si éste «define» algo, son «objetos materiales» puesto
que todos los objetos materiales caen dentro de su campo. Considérese a un
físico que da con un caso de movimiento no inercial y que no puede descubrir
las fuerzas que según la teoría newtoniana deben estar actuando. ¿Qué
alternativas tiene? Es evidente, al menos, que no es libre de evadir el

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problema declarando al objeto en cuestión no material, como podría hacer si
se ocupara de una definición. En la medida en que trabaja dentro del marco de
la mecánica newtoniana debe suponer que la investigación ulterior desvelará
las fuerzas responsables de las desviaciones del objeto del movimiento recto y
uniforme.
Consideremos el status lógico de las presuposiciones científicas desde
otra dirección. Cuando un científico tiene dificultad en encontrar fenómenos
que sus presuposiciones le dicen que se deben presentar, a menudo llevará a
cabo una investigación empírica para buscar dichos fenómenos. Esto sugiere
dos argumentos más contra la tesis de que las presuposiciones pueden ser
expresadas en proposiciones analíticas. En primer lugar, una de las
características centrales de una proposición analítica es que no es lógicamente
posible ningún contraejemplo. Pero, como acabamos de ver, son lógicamente
posibles los contraejemplos a la dinámica newtoniana por ejemplo, y sabemos
qué cosas valdrían como tales contraejemplos: un cuerpo que se moviera en
línea recta euclidiana cuando ninguna fuerza actuara sobre él, por ejemplo.
Por el contrario, en el caso de una proposición analítica como «todos los
solteros son no casados», no podemos especificar qué valdría como posible
contraejemplo. Y en segundo lugar, se necesita a menudo un proyecto de
investigación (por ejemplo, el cálculo de Leverrier y Adams de la órbita y
masa de Neptuno y la subsiguiente búsqueda de dicho planeta) para eliminar
un escándalo científico y mostrar que la presuposición aceptada está
justificada. Recordemos que no nos ocupamos aquí de proposiciones
sintéticas a priori. Aunque las presuposiciones son proposiciones protegidas
que no son abandonadas a la ligera al primer signo de contraejemplo, las
presuposiciones cambian de hecho y el fracaso persistente de las tentativas de
explicar una anomalía puede llevar a un cambio, como en el caso de la órbita
de Mercurio y la mecánica newtoniana. Por consiguiente es a menudo
necesario realizar investigación empírica a fin de mantener una presuposición,
pero dicha investigación no es nunca necesaria para la defensa de una
proposición analítica.
Por otra parte, dichas proposiciones no son proposiciones empíricas
ordinarias precisamente porque son inmunes contra cualquier refutación
empírica directa. Tomaremos prestado un término de Kuhn y nos referiremos
a las proposiciones que expresan presuposiciones y que no son analíticas ni
empíricas en el sentido habitual, ni verdades eternas, como proposiciones
paradigmáticas[31]. Constituyen una clase epistémicamente distinta, por
cuanto no encajan en la división tradicional de toda proposición en a priori y

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empírica. Más bien son proposiciones aceptadas como consecuencia de la
experiencia científica, pero que llegan a tener un papel esencial en la
estructura del pensamiento científico. En diversas épocas, proposiciones tales
como que todos los movimientos celestes son circulares, que el espacio físico
es euclídeo, que cada evento tiene una causa, o todo el abanico de los
modernos principios de conservación, han alcanzado este status. A muchas de
ellas se ha considerado verdades necesarias, eternas, a priori, pero algunas
han sido abandonadas a pesar de todo, y ello deja claro por ahora que cada
proposición científica está sujeta a una posible revisión. Esta es la lección
crucial de la decisión einsteniana de abandonar la geometría euclidiana en
favor de la riemanniana. Antes de Einstein nunca se había comprendido que
pudiéramos responder a la refutación de una teoría dejando intactos los
postulados físicos y cambiando la matemática. Desde el punto de vista de la
sola lógica, un contraejemplo únicamente nos dice que algo anda mal en la
estructura aceptada, no nos dice nada sobre dónde reside el problema.
Consideraciones como las anteriores llevaron hace tiempo a Duhem[32] y
más recientemente a Quine[33] a mantener que no podemos nunca contrastar
una proposición científica aislada, sino únicamente todo el cuerpo de la
ciencia. Esta conclusión, sin embargo, no cuadra con lo que pasa en la
práctica científica, en la cual las proposiciones individuales son contrastadas
continuamente. Esto es posible porque, aunque no haya proposiciones a priori
en ciencia, no todas las proposiciones son tratadas como hipótesis empíricas
contrastables. Sólo porque un amplio cuerpo de conocimiento se considera
paradigmático podemos aislar proposiciones individuales para los fines de la
contrastación, y las conclusiones que deducimos de una contrastación
particular dependen de qué proposiciones se consideren paradigmáticas. Un
ejemplo lo ilustrará.
A mediados del siglo XIX parecía definitivamente establecido que la luz
consistía en ondas y no en partículas. Ciertamente, los experimentos de
Fizeau y Foucault parecen ejemplos clásicos del uso de experimentos
cruciales para someter a comprobación proposiciones singulares. Según la
teoría ondulatoria de la luz, la velocidad de la luz debía ser más lenta en un
medio denso que en uno menos denso.
Según la versión newtoniana de la teoría corpuscular debía ocurrir lo
contrario. Durante unos cincuenta años la demostración de que la luz tenía
una velocidad mayor en un medio menos denso se consideró la refutación
definitiva de la teoría corpuscular. No obstante, Einstein introdujo una nueva
versión de la teoría corpuscular en 1905 con el fin de dar cuenta del efecto

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fotoeléctrico. Los experimentos de Fizeau y Foucault quedaron intactos;
seguían proporcionando una refutación de algo en la teoría corpuscular de la
luz, sólo que no refutaron la proposición que los experimentadores pensaban
que habían refutado. En lugar de ello fue necesario modificar otras hipótesis
que formaban parte de la versión del siglo XIX de la teoría corpuscular,
hipótesis que los experimentadores nunca pensaron en como proposiciones
sometidas a examen.
La anterior discusión nos proporciona una imagen muy diferente de la
tradicional acerca de la naturaleza de la investigación científica que
contempla al investigador individual como alguien que empuña el «método
científico» y añade su obra al cuerpo acumulativo de conocimiento. Hemos
visto que la investigación sólo es posible una vez que el científico se ha
comprometido con alguna teoría, pero hemos visto también que los
compromisos de todo científico o de toda tradición de investigación pueden
ser abandonados con el tiempo. La anomalía que el científico normal trata de
explicar puede convertirse en un auténtico contraejemplo, y el fenómeno
aceptado como contraejemplo a una teoría particular puede tener una
explicación completamente aceptable dentro de dicha teoría. Pero esto no es
sino decir que la búsqueda de la verdad encierra el riesgo del error y que
nunca hay garantías de que hayamos hecho el compromiso acertado. Muy
bien puede resultar que el compromiso original de una persona o incluso de
una tradición o cultura sea frágil y que, cualquiera que fuese la estructura que
hubiéramos edificado a partir de él, colapsara, pero ése es uno de los riesgos
que se aceptan al perseguir el conocimiento. Buscar la verdad es abrirse a la
posibilidad del error y el único camino para evitar dicha posibilidad es no
dejar de investigar desde el primer momento[34].

EL MUNDO DEL CIENTÍFICO

Nuestra discusión de las presuposiciones científicas se ha concentrado


sobre su papel en la estructuración de la investigación científica; se ha dicho
poco sobre cómo estructuran el mundo de la experiencia del científico. La
mejor manera de enfocar este asunto es en el contexto de otra cuestión. Un
científico que investiga dentro del marco de una teoría aceptada debe
aprender su mecánica, y esto significa más que el aprendizaje de un conjunto
de proposiciones paradigmáticas; el científico adiestrado conoce una buena
cantidad más que puede enunciar como un conjunto de proposiciones. La

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mayor parte de su conocimiento adicional consiste en saber cómo aplicar la
teoría a problemas concretos. Para esto no basta con aprender un conjunto de
reglas de aplicación además de las proposiciones que integran la teoría.
Aprender una teoría física como la mecánica de Newton o la electrodinámica
de Maxwell y aprender a aplicarla a problemas específicos es aprender una y
la misma cosa. El estudiante parece estar atrapado en un círculo: por una parte
no puede aplicar la teoría a la solución de problemas físicos hasta que
comprenda la teoría; pero, por otra parte, no puede comprender la teoría hasta
que haya aprendido a aplicarla a la solución de problemas físicos. Pero el
círculo es sólo aparente, generado al presuponer una teoría de la mente que
limita radicalmente las capacidades del pensamiento humano, una teoría que
sostiene que la actividad intelectual debe estar de acuerdo con reglas
previamente aprendidas. Un ejemplo corriente ayudará a elucidar el tipo de
proceso que tiene lugar en el aprendizaje de una teoría científica.
Consideremos un niño aprendiendo aritmética. Al principio, el niño debe
memorizar un conjunto de reglas: «dos más tres son cinco», «tres más cinco
son ocho», etc. En los primeros estadios del aprendizaje el niño será capaz de
sumar cualquier par de números de dos dígitos, y quizá cualquier par de
números de tres o cuatro dígitos; pero, si se le pidiera que sumara un par de
números de, por ejemplo, seis dígitos, contestaría que no ha aprendido todavía
a hacer esa clase de problemas. En cierto momento del proceso de
aprendizaje, sin embargo, el niño alcanza un estadio en el cual puede sumar
un par de números de cualquier longitud aun cuando no se haya encontrado
con números de dicha longitud en clase (y, por supuesto; lo mismo vale para
columnas de números de cualquier longitud). Sólo en este estadio podemos
decir que el niño ha aprendido a sumar. ¿Qué ocurre cuando el niño adquiere
la capacidad de resolver cualquier problema de sumas? La tentación
inmediata es decir que ha aprendido una regla; pero, si ello fuera así, ¿por qué
no acortar el proceso diciéndole simplemente al niño la regla al comienzo y
evitando de este modo el tedioso proceso de sumar primero números de un
dígito, después de dos, y así sucesivamente? La respuesta es que el niño no
comprenderá la regla y será incapaz de usarla. Esta «regla» es, de hecho, un
ejemplo de lo que Polanyi llama una «máxima»: «reglas cuya correcta
aplicación forma parte del arte que ellas dirigen»[35]. La regla debe ser
descubierta por el propio estudiante por sí mismo, y descubrir la regla y
aprender a sumar son uno y el mismo proceso.
Supongamos que se ha formulado la regla general. La capacidad del
estudiante para enunciar la regla no es ni necesaria ni suficiente para sumar.

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El que sabe sumar sabe bastante más que el que sólo puede enunciar la regla,
y su exceso de conocimiento no puede ser transmitido añadiendo un conjunto
de reglas suplementarias. La información sólo puede ser transmitida al que
aprende llevándole a través de la resolución de una serie de problemas, lo cual
le lleva a descubrir las técnicas necesarias por sí mismo. Y, a medida que el
niño aprende a manejar los números, sucede otro fenómeno: su significado
cambia y ve los símbolos impresos en una página con ojos nuevos. A medida
que el niño progresa, aprendiendo a distinguir números de letras, pares de
impares, números primos de factoriales, el aprendizaje de varias operaciones
y aun la teoría de los números, se enriquece constantemente el significado de
los números, y lo que él ve cuando los mira en una página se transforma
continuamente.
Esta es esencialmente la situación en que se encuentra el estudiante de
física. Las leyes de Newton, por ejemplo, pueden enunciarse brevemente,
pero memorizarlas no es aprender la física newtoniana. En efecto, las leyes no
tienen auténtico significado para el que no ha aprendido a aplicarlas en la
resolución de problemas de dinámica. El estudiante que bajo la guía de un
profesor practica la solución de problemas aprende gran número de cosas: el
significado de la dinámica newtoniana, un sistema de conceptos y un
lenguaje, un modo de pensamiento y de hablar sobre el mundo y una nueva
manera de ver la realidad física. Aprender a tratar con objetos tan comunes
como coches o aviones en términos de cuerpos libres, diagramas y fuerzas de
D’Alembert es aprender a verlos en un modo muy diferente al de nuestro
interés diario por el transporte; el mundo percibido (o, mejor, la porción
relevante del mundo percibido) adquiere un significado nuevo para el físico.
Por último, el estudiante se inicia en una tradición normal: aprende cómo se
hace un estilo particular de ciencia, cómo se resuelven problemas físicos y
qué problemas quedan sin resolver.
La exposición puede ser recapitulada con la noción de «mundo del
científico[36]»: el sistema de significado que él percibe y en función del cual
practica su investigación. En cuanto tal, el mundo científico está constituido
por la unión de la información perceptual que recibe del mundo externo y las
teorías con las que se ha comprometido. El físico, al intentar comprender la
naturaleza de la realidad, actúa así creando de teorías, y el mundo que
experimenta es resultado de la interacción de dichas teorías y de la realidad
que existe independientemente de nuestro conocimiento. Idealmente el
científico querría examinar simplemente la estructura del mundo
independiente, pero, como hemos visto en nuestra exposición de la naturaleza

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de la percepción y del papel que juegan las presuposiciones en la
investigación, no tiene acceso directo a él. Sólo puede acceder a él a través de
la creación de teorías y en un proceso de investigación dirigida por teorías.
Sólo es posible la investigación una vez que el investigador ha aprendido
a ver la realidad en función de la teoría aceptada, pero es también posible para
el investigador descubrir anomalías y reconsiderar así las teorías aceptadas.
Aquí operan dos factores: primero, a menudo las teorías proporcionan una
descripción definida de lo que el científico debería ver y así agudizan su vista
para el descubrimiento de anomalías. Segundo, en tanto que el científico está
efectuando una investigación empírica no es la teoría sola la que determina lo
que realmente ocurre, sino la teoría en conjunción con un mundo
independiente de ella. Siempre que la estructura de la teoría y la estructura del
mundo físico no logren engranarse, aparecerán anomalías y, aunque muchos
sucesos anómalos pueden con el tiempo ser interpretados en función de la
teoría aceptada, son las anomalías recalcitrantes las que llevan finalmente al
derrocamiento de una teoría y a su sustitución por otra, es decir, a las
revoluciones científicas.

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CAPÍTULO VIII

REVOLUCIONES CIENTÍFICAS

Los acontecimientos más interesantes en la historia de la ciencia son las


revoluciones: episodios, que a veces duran décadas y que ocasionan la
reestructuración de los modos de pensamiento de una o más disciplinas y, en
algunos casos, de las relaciones entre disciplinas. En el nivel más profundo
tienen lugar dos clases de cambios: tanto las presuposiciones de una ciencia
como los conceptos usados en ella se transforman y, como resultado de estas
transformaciones, el mundo, o estructura significativa, dentro del cual trabaja
el científico, así como sus problemas de investigación, también se modifican.
El principal propósito de este capítulo será el desarrollo y la elaboración de
estas tesis. Procederemos por medio de un análisis detallado de dos
revoluciones en física: la iniciada por Copérnico y culminada por Newton, y
la más reciente ocasionada por el desarrollo de Einstein de la teoría de la
relatividad.

LA REVOLUCIÓN COPERNICANA

La revolución iniciada en física por el desarrollo que Copérnico hizo de la


astronomía heliostática es una de las revoluciones más ricas y acabadas de la
historia del pensamiento humano. Limitando nuestra atención a cuestiones
científicas, el intento de Copérnico de habérselas con un problema
astronómico tuvo el efecto de minar los fundamentos de la física aceptada de
modo que la nueva astronomía requirió la construcción de una nueva física.
Para los medievales el Universo físico estaba centrado en la Tierra y
dividido en dos partes, la esfera terrestre, formada por la Tierra y todo lo
sublunar, y la esfera celeste, que contenía la Luna, el Sol, los planetas y las
estrellas. Cada parte estaba hecha de un tipo distinto de material y tenía su
propio conjunto de leyes físicas. De este modo, había distintos sistemas de
física, la física terrestre y la física celeste.

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La esfera terrestre estaba formada de cuatro elementos: fuego, aire, agua y
tierra. Cada uno de los objetos físicos que normalmente nos encontramos se
consideraba como una mezcla particular de estos elementos. Cada elemento
tenía su lugar natural, en el cual tendía a permanecer y al cual volvía si le era
permitido moverse sin restricción: la tierra hacia abajo, hacia el centro del
Universo; el fuego hacia arriba, lejos del centro del Universo hacia la esfera
de la Luna; y el aire y el agua en posiciones intermedias, estando el primero
generalmente más alto que la segunda. El centro del Universo no se define
como el centro de la Tierra; los dos coinciden porque el centro del Universo
es el lugar natural hacia el cual la Tierra tiende a moverse, aunque es posible
en principio, para una fuerza lo suficientemente grande, quitar la Tierra del
centro del Universo[1].
El concepto de movimiento hacia un lugar natural conduce directamente a
una distinción entre movimiento natural y movimiento violento. Cualquier
movimiento que se oponga a un movimiento natural de un objeto, como alzar
un elemento terrestre, es violento, y requiere una fuerza externa. En cuanto
cesa la fuerza externa, el movimiento natural actúa y el objeto vuelve a su
lugar natural. El movimiento natural, pues, es siempre de duración finita. Este
análisis del movimiento podía proporcionar una explicación de varios
fenómenos «observados». Podía explicar por qué caen los cuerpos pesados y
las llamas se alzan, por qué los océanos descansan sobre la tierra y el aire se
mantiene sobre los océanos, y por qué la Tierra está en el centro del Universo.
Sin embargo, también quedaba cierto número de fenómenos inexplicados
y, por tanto, cierto número de problemas de investigación. El más importante
de ellos era el problema del movimiento de un proyectil, en el cual trabajaron
los dinamicistas desde los tiempos de Aristóteles hasta que fue finalmente
eliminado por la nueva física; eliminado, y no, como veremos, resuelto en el
sentido en que, digamos, Leverrier y Adams resolvieron el problema de las
perturbaciones de la órbita de Urano. El problema es esencialmente éste:
considérese un proyectil tal como una flecha disparada desde un arco.
Después de abandonar la cuerda del arco, la flecha sigue moviéndose hacia
adelante durante algún tiempo, pero llega un momento en que aterriza y se
para. Puesto que la flecha es un objeto terrestre, su movimiento natural es
verticalmente hacia abajo y su movimiento horizontal es violento, pero todo
movimiento violento requiere alguna fuerza externa para mantenerse y, en
ausencia de tal fuerza, la flecha que deja la cuerda del arco debería caer
directamente al suelo. El problema, entonces, es encontrar la fuerza que da
cuenta del movimiento violento de la flecha (como Leverrier y Adams tenían

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que encontrar la fuerza que daba cuenta de las perturbaciones de Urano y
Mercurio). Entre las soluciones propuestas está la de Aristóteles de que el aire
proporciona la fuerza que mantiene a la flecha en movimiento[2] y la teoría
medieval de que la cuerda del arco impartía una fuerza o «ímpetu» a la flecha.
El punto a enfatizar aquí es que el intento de dar cuenta del movimiento de un
proyectil era un problema genuino de investigación para la dinámica antigua y
medieval.
En el segundo reino de la física antigua, los cielos, no se encuentran
ninguno de los cuatro elementos terrestres. Las estrellas, los planetas, el Sol y
la Luna están hechos de un elemento diferente y más perfecto llamado
«quintaesencia» o «éter». El movimiento natural es circular. Las razones para
la elección de un movimiento circular parecen haber sido en parte
observacionales y en parte teóricas (algunos dirían «religiosas», pero está
lejos de ser cierto que podamos hacer la distinción clara entre ideas científicas
y religiosas en los griegos —o incluso en Newton— que hacemos hoy). Los
movimientos diarios de los cielos y muchos de los movimientos anuales
parecen circulares, y se creía que los cuerpos celestes eran objetos inmutables
y perfectos. Pero el movimiento fue entendido como una forma de cambio;
luego si los cuerpos celestes desarrollaban su propia forma de movimiento,
debía ser aquella que se acerca más a lo inmutable, un movimiento circular
eterno en una órbita permanente. En realidad, estrictamente hablando, no eran
los cuerpos celestes los que se movían; estaban atados a esferas que rodaban.
Desafortunadamente, no todos los movimientos observables de los cuerpos
celestes son circulares: los planetas[3], un grupo pequeño pero prominente de
objetos observables, tienen movimientos anuales que consisten en extraños
recorridos curvos[4]. Esta excepción al movimiento circular proporcionó el
principal problema de investigación de la astronomía de Platón y Kepler.
Requieren especial énfasis dos comparaciones entre el problema de los
planetas y el del movimiento de un proyectil. Primero, nos las habernos con
dos cuerpos diferentes de presuposiciones dinámicas; los tipos de hechos que
requieren explicación difieren en los dos casos. En el caso del proyectil, la
desviación del movimiento vertical requiere una explicación; para los
planetas es preciso explicar la desviación del movimiento circular. Como
veremos, después de que Newton introdujo los movimientos celestes y
terrestres dentro de la perspectiva de una sola teoría, los mismos tipos de
movimiento requerían explicación en todos los casos. Segundo, los tipos de
explicación que las presuposiciones operativas permiten en los casos terrestre
y astronómico son diferentes. El concepto de movimiento violento se aplica

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sólo dentro de la esfera terrestre. Mientras que es posible admitir una
desviación del movimiento natural y, así, buscar una fuerza para dar cuenta de
la desviación, no se permite ninguna violación del movimiento natural en
astronomía. Se mantenía que, desde luego, los planetas se movían sólo en
círculos; a pesar del hecho de que parecían moverse de forma no circular, y el
problema de investigación de los astrónomos era encontrar un sistema de
movimiento circular que «salvara las apariencias»; esto es, explicar por qué
los planetas se nos aparecen moviéndose de forma no circular.
La recepción de las hipótesis copernicanas debe ser entendida en este
contexto intelectual. Se nos ha dicho con frecuencia que el sistema
copernicano es más simple y preciso que la vieja astronomía que ponía a la
Tierra en el centro con sus círculos y epiciclos, y desde un punto de vista
formal esta pretensión tiene alguna sustancia. Al tomar el Sol como
estacionario, Copérnico eliminó los epiciclos principales y la necesidad de
hipótesis ad hoc para explicar el hecho de que Mercurio y Venus nunca se
alejan del Sol, y era capaz de determinar cuál de los dos planetas estaba más
cerca del Sol. Por otro lado, su sistema no era más exacto que la vieja teoría y
también conservaba el principio de movimiento circular para los cuerpos
celestes y, de este modo, requería epiciclos. En realidad, incluso conservó la
noción de que los cuerpos celestes son transportados por esferas cristalinas, a
los que se refiere el título de su libro Sobre las revoluciones de las esferas
celestes (De revolutionibus Orbium-Coelestium)[5].
Afirmar, por tanto, que la visión de Copérnico era más simple simpliciter
es contemplar la cuestión ahistóricamente, desde el punto de vista de la
ciencia contemporánea más que en el contexto intelectual dentro del cual
surgió. Dejando a un lado cuestiones sobre la interrelación de la ciencia y la
teología y limitándonos a las cuestiones científicas en el sentido moderno, el
precio a pagar por las mínimas ganancias formales de la nueva teoría fue
minar la física aceptada, mientras que, al menos inicialmente, los
copernicanos no disponían de ninguna nueva física para reemplazar a la
antigua. Al situar la Tierra en órbita alrededor del Sol, Copérnico destruyó la
distinción aceptada entre las esferas sublunar y supralunar y, en efecto, hizo
de la Tierra un cuerpo celeste. Todavía sería posible considerar los
movimientos circulares como la forma natural de movimientos de los cuerpos
celestes, pero el concepto de cuerpo celeste fue alterado y se socavó todo el
sistema de la mecánica terrestre. Una vez que la Tierra, el caso paradigmático
de cuerpo «térreo», ya no descansa en el centro del Universo, ¿cómo
podríamos dar cuenta del hecho de que otros cuerpos terrestres tiendan a caer

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a la Tierra? Además, se suscitaban problemas, tales como el de por qué la
Tierra no deja atrás a su atmósfera y por qué una piedra arrojada hacia arriba
cae derecha hacia abajo. Si el aire y una piedra tuvieran un movimiento
natural vertical y la Tierra se estuviera moviendo alrededor del Sol, haría falta
un movimiento violento adicional para mantenerlos moviéndose con la Tierra;
pero no parece que exista ningún agente violento. La nueva astronomía
necesitaría una forma totalmente nueva de dinámica que hiciera caso omiso
de la idea de que se aplican diferentes leyes dinámicas a los cielos y a la
Tierra. Copérnico no proporcionaba esa nueva dinámica y, sólo después que
se hubo constituido una, se completó la revolución iniciada por él.
Galileo dio el primer gran paso hacia una nueva física con la introducción
del concepto de movimiento inercial: si un cuerpo terrestre estuviera en
movimiento sin que ninguna fuerza actuara sobre él, continuaría en
movimiento indefinidamente. Esta tesis, una vez aceptada, elimina el viejo
problema del movimiento del proyectil. La idea de que los objetos tienen un
movimiento natural se mantiene, pero, en el caso de los objetos terrestres, el
movimiento natural ya no es finito, sino infinito, y se vuelve necesario
explicar por qué cesa más que por qué continúa. En el caso del movimiento
del proyectil, el viejo problema de por qué la flecha continúa moviéndose
después de abandonar el arco se disuelve: esto es lo que debe hacer
naturalmente; no hace falta ninguna explicación. De este modo Galileo
propuso mucho más que una nueva teoría. Ofreció lo que Toulmin ha llamado
un nuevo «ideal de orden natural[6]», una nueva concepción fundamental de
cómo actúa la naturaleza y, en consecuencia, cambió nuestra comprensión de
qué fenómenos requieren explicación y de qué cuestiones pueden preguntarse
legítimamente.
Pero Galileo no completó el trabajo de formular la nueva dinámica
porque, si bien introdujo una parte importante del moderno concepto de
inercia, consideró el movimiento inercial como circular. Si un proyectil fuera
disparado desde la Tierra, por ejemplo, y no interfirieran otras fuerzas,
continuaría moviéndose eternamente alrededor de la Tierra con un recorrido
circular. Galileo fue contemporáneo de Kepler, pero parece que simplemente
ignoró el descubrimiento de éste de que los planetas se mueven en elipses, no
en círculos. Por otro lado, al mantener que el movimiento circular es la forma
natural de movimiento para los cuerpos terrestres, Galileo dio un gran paso en
el proceso de destrucción de la distinción tradicional entre los cuerpos
terrestres y celestes. Faltaba, sin embargo, que Descartes y Newton dieran el
paso final y propusieran que el movimiento inercial, tanto para los cuerpos

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celestes como para los terrestres, es un movimiento lineal. Como resultado de
este nuevo concepto de inercia, la concepción física de la naturaleza cambió
una vez más, y con ella cambiaron también su comprensión de qué clase de
fenómenos requieren explicación y los modelos de explicación. El
movimiento en línea recta a velocidad constante no requiere más explicación
que decir que «no hay fuerza actuando», lo que, en el contexto de la mecánica
newtoniana, no es una explicación en absoluto, sino una negación de la
necesidad de que haya explicación, considerando que el movimiento circular
o cualquier otro movimiento no lineal se convierte en desviación que requiere
explicación. Lo más importante es que se suscitaban los mismos tipos de
problemas y se necesitaban los mismos tipos de soluciones tanto para los
cuerpos celestes como para los terrestres.
De este modo, esta revolución científica entrañó cambios fundamentales
en las presuposiciones de la física, junto con cambios de algunos conceptos
básicos en términos de los cuales los científicos pensaban sobre el mundo
físico. Nos hemos concentrado hasta aquí en los cambios en las
presuposiciones; ahora nos volvemos a algunos de los cambios conceptuales.

EL CAMBIO CONCEPTUAL

Tanto antes como después de Copérnico, los astrónomos fueron


desafiados por los extraños movimientos de los planetas, y hemos visto que
los explicaban de diferente manera antes de Copérnico y después de Newton.
Pero a medida que iba avanzando este cambio en las presuposiciones
científicas, el mismo concepto de planeta se modificaba, de manera que, en un
sentido importante, los nuevos astrónomos no estaban tratando de explicar lo
mismo que los antiguos. La mejor manera de aclarar este punto es examinar
los cambios que tuvieron lugar en términos de la distinción entre el sentido y
la referencia de un concepto, los cuales fueron modificados en el caso
presente.
Tomando el sentido del concepto primero, antes de Copérnico las
características definitorias de un planeta incluían como requisitos que se
moviera alrededor de la Tierra y en relación con las estrellas fijas. Para
Kepler y Newton, el movimiento alrededor del Sol se había convertido en una
característica definitoria. De manera semejante, los desarrollos posteriores de
la astronomía condujeron a otros cambios ulteriores en el concepto de planeta,
de modo que ahora tiene sentido perfectamente sugerir que hay planetas que

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describen órbitas alrededor de las estrellas, una afirmación que no hubiera
tenido sentido para un precopernicano e, incluso, para el mismo Copérnico.
La tesis de que el significado de los conceptos cambia como resultado de
una revolución científica ha sido considerada por muchos empiristas lógicos
como una de las afirmaciones más desaforadas de la nueva filosofía de la
ciencia. Una doctrina central del pensamiento empirista ha sido durante largo
tiempo que los significados de los términos son completamente
independientes de las proposiciones en las que aparecen, y que podemos
aceptar o rechazar proposiciones sin que esto tenga efecto alguno en lo que
significamos mediante los términos que aparecen en ellas. Una de las
consecuencias de nuestra opinión, sin embargo, es que hay una íntima
relación entre el contenido de los conceptos y las proposiciones en las que
aparecen.
Defendiéndose contra esta concepción, un empirista lógico, Israel
Scheffler, concede que el sentido de los conceptos cambia en el curso del
desarrollo de la ciencia, pero mantiene que esto carece de importancia, puesto
que «para los propósitos de las matemáticas y la ciencia interesa más la
mismidad de referencia que la sinonimia […][7]», esto es, no tiene lugar
ningún cambio conceptual significativo a menos que haya cambiado la
extensión del concepto. Pero, si volvemos al concepto de planeta, está claro
que la extensión del concepto también ha cambiado. Antes de Copérnico, la
Tierra no estaba incluida en la clase de los planetas; para astrónomos
posteriores la Tierra se ha convertido en un planeta. De manera semejante, la
Luna y el Sol eran planetas para los precopernicanos, puesto que se movían
alrededor de la Tierra y con relación a las estrellas fijas[8], pero ya no fueron
planetas después de Copérnico. De hecho, se tuvo que introducir un nuevo
concepto para ajustar los satélites de los planetas.
Tomemos un segundo ejemplo, más complejo. Ya se ha indicado en
nuestra discusión del concepto de planeta que no podemos entender
totalmente el modo en que funciona un concepto examinándolo aisladamente
de otros conceptos. Un análisis completo de la transformación del concepto
de planeta desde la astronomía medieval hasta nuestros días requiere un
análisis de los cambios en conceptos como los de Sol y estrella. De nuevo han
cambiado tanto el sentido como la referencia. Para los medievales, el Sol era
un objeto único y no hubiera tenido sentido llamar al Sol estrella o a una
estrella Sol; para los astrónomos modernos, los términos «estrella» y «sol»
son sinónimos. (No son sinónimos en el lenguaje cotidiano, pero lo que nos
importa es el vocabulario técnico del astrónomo). En cuanto a la referencia de

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estos términos, para nosotros existe una estrella más y miles de millones más
de soles de los que los precopernicanos hubieran podido admitir en principio.
Considérese ahora otro par de conceptos estrechamente relacionados,
caída y pesantez o peso. Tanto los antiguos y los medievales como los
contemporáneos afirman que los cuerpos pesados caen, y ofrecen
explicaciones de este fenómeno, pero no sólo difieren las explicaciones; la
frase «Los cuerpos pesados caen» tiene diferentes significados en los
contextos de la ciencia aristotélica y moderna debido a las diferencias en los
significados de los términos «peso» y «caer». Para Aristóteles no hay sólo una
distinción relativa entre «ligero» y «pesado», sino una distinción absoluta: la
ligereza es una propiedad real tanto como el peso[9]; los objetos pesados se
mueven hacia abajo a su lugar natural; los objetos ligeros hacia arriba, al
suyo. El concepto que Aristóteles tiene de un cuerpo pesado difiere del
nuestro como quiera que está ligado a una propiedad contraria que no existe
en el sistema conceptual moderno. De modo similar, su concepto de caída es
distinto del nuestro, puesto que no sólo tiene un sentido diferente —
movimiento hacia un lugar natural para Aristóteles, movimiento hacia un
cuerpo gravitatorio para nosotros—, sino que también lo es su extensión. Para
Aristóteles, tanto la piedra que se mueve hacia el suelo como el movimiento
ascendente de una chispa o de un globo de helio son ejemplos del mismo tipo
de movimiento.
El concepto aristotélico de caída como movimiento hacia un lugar natural
no dejaba lugar a la vez al concepto newtoniano de caída como movimiento
bajo la influencia de la gravitación. Los conceptos fructíferos se desarrollan al
ser incorporados a nuevas teorías, sufriendo a veces muchos cambios en el
proceso. Por ejemplo, Galileo, al que se ha reconocido como descubridor de
la forma moderna de la ley de caída de los cuerpos, introdujo un cambio
crucial en el concepto aristotélico de caída y, así, produjo un concepto
bastante diferente tanto del aristotélico como del newtoniano, pero mucho
más cercano al primero. Galileo aceptó el concepto de caída como
movimiento hacia un lugar natural, pero rechazó el análisis aristotélico de los
lugares naturales. Para Aristóteles, como hemos visto, el espacio está
estructurado independientemente de la materia, y el arriba y el abajo son
propiedades inherentes del espacio[10]. Para Galileo, por otro lado, el lugar
natural de un cuerpo material está determinado por su fuente. El lugar natural
de un trozo de tierra, por ejemplo, es la Tierra, y, por ende, una piedra vuelve
a la Tierra cuando cae; un trozo de Luna, si se deja libremente, caería de
nuevo a la Luna.

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Ahora bien, como todas las partes de la Tierra cooperan a formar su conjunto, de lo que se sigue
que tienen iguales tendencias a juntarse para unirse del mejor modo posible y de adaptarse tomando
una forma esférica, ¿por qué no podemos creer que el Sol, la Luna y otros cuerpos del mundo son
también de forma redonda simplemente por un instinto concorde y una tendencia natural de todas sus
partes componentes? Si alguna vez una de estas partes fuera separada por la fuerza del todo, ¿no es
razonable creer que volvería espontáneamente y por tendencia natural[11]?

Este cambio en la noción de lugar natural elimina uno de los problemas


clásicos planteados por los aristotélicos contra la visión copernicana, el
problema de por qué los objetos térreos caen hacia su lugar natural en el
centro del Universo si la Tierra misma no cae allí. Al redefinir el lugar natural
de un objeto térreo como la Tierra misma, cualquiera que sea el lugar del
espacio en el que eso pueda suceder, Galileo puede concebir la caída de una
piedra como un retorno a su lugar natural eliminando cualquier inconsistencia
entre esta afirmación y la copernicana de que la Tierra se mueve alrededor del
Sol. Con Newton, los conceptos de lugar natural y de tendencia a volver al
todo desaparecen y el concepto de caída experimenta otra transformación, en
movimiento bajo el efecto de la fuerza gravitatoria. Más tarde, en el contexto
de la relatividad general con su destierro de las fuerzas y la introducción del
movimiento a lo largo de geodésicas en el espacio-tiempo, el concepto ha
sufrido aún otra transformación, y no tenemos razón segura para creer que
esta última sea la final. Además de los conceptos que cambian en el curso de
una revolución científica, hay otros que caen. Esto ha sucedido con el lugar
natural, el flogisto, el éter, y es al menos lógicamente posible que algún
desarrollo futuro de la teoría física elimine el concepto de caída. Pero las
situaciones que nos interesan en este momento son aquellas en las que un
concepto se transforma. En verdad, como muestra el destino de la ligereza
absoluta y el lugar natural, el abandono de algunos conceptos puede dar lugar
a la modificación de otros que se conservan.
Los casos de conceptos transformados proporcionan situaciones de
igualdad/diferencia análogas a las que hemos examinado en el caso de la
percepción: después de una revolución encontramos modificaciones
reconocibles de viejos conceptos. En el concepto de planeta, por ejemplo,
tanto el sentido como la referencia cambiaron, pero se mantuvieron iguales
muchos aspectos de ambos a través de este cambio. Por ejemplo, los planetas
son todavía objetos celestes que se mueven con respecto a las estrellas fijas y
hay un considerable solapamiento entre la extensión del viejo concepto y la
del nuevo[12].
De modo similar, a pesar de cambios fundamentales, el concepto de caída
todavía se aplica al movimiento de una amplia clase de objetos dejados sin

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apoyo cerca de la superficie de la Tierra. Podemos esclarecer esta cuestión y
avanzar en nuestro análisis de los conceptos y de su relación con las
proposiciones en las teorías científicas considerando otro ejemplo, extraído
esta vez de la mecánica de Newton.
¿Cómo hemos de definir el concepto newtoniano de masa? Newton da dos
definiciones. En la primera definición de los Principia define la «masa» como
la cantidad de materia que se mide por el producto de densidad y volumen
[13], mientras que en la tercera define «inercia» como la capacidad de un

cuerpo para resistir los cambios en su estado de movimiento y hace notar que
masa e inercia son dos formas diferentes de concebir la misma propiedad[14].
Mientras que los libros de texto contemporáneos evitan tales definiciones
verbales, los escritores difieren fundamentalmente en los modos en que
introducen el concepto. Algunos, por ejemplo, toman «masa» como un
concepto primitivo no-definido [15]. Otros consideran «fuerza» como un
término que comprendemos a partir de la experiencia cotidiana y usan la
segunda ley de Newton para definir «masa» como la proporción de fuerza y
aceleración[16]. Pero ninguna de estas definiciones nos dice por sí misma
cómo funciona el concepto de masa en la mecánica newtoniana, aunque la
posibilidad de definiciones alternativas sí sugiere que hay una íntima relación
entre los conceptos de masa, fuerza y aceleración, y que puede ser imposible
entender cualquiera de estos conceptos sin entenderlos todos. Tenemos que
examinar, por tanto, cómo funciona el concepto de masa en la estructura de la
física newtoniana.
La masa aparece en las dos ecuaciones centrales de la física newtoniana:
en la segunda ley, F = ma, y en la fórmula de la gravitación, F = Gmm’/r2. El
aprendizaje del uso de las ecuaciones para resolver problemas físicos y el
aprendizaje del concepto newtoniano de masa son inseparables el uno del
otro, así que no puede hacerse una distinción clara entre la comprensión del
concepto de masa y la comprensión de las proposiciones fundamentales en las
que aparece. Además, la mecánica newtoniana se formula a menudo en
términos del cálculo vectorial. En dichos términos, fuerza, aceleración y
distancia son cantidades vectoriales y la masa es un escalar, de modo que una
total comprensión del concepto de masa requiere la comprensión de la
distinción entre un vector y un escalar y cómo manipular ecuaciones
vectoriales. (Muchos de los estudiantes de física contemporáneos aprenden a
manipular vectores en el curso del aprendizaje de la mecánica newtoniana).
Por poner un ejemplo más, la mecánica newtoniana hace amplio uso del
cálculo diferencial e integral. En estos términos, las dos ecuaciones siguientes

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son equivalentes: F = d(mv)/dt y F = mdv/dt. Entender por qué estas
ecuaciones son equivalentes y por qué no podemos escribir también F =
vdm/dt es parte de lo implicado por la comprensión del concepto de masa (así
como los conceptos newtonianos de fuerza, aceleración, velocidad, momento
y tiempo). No podemos aprender los conceptos de la mecánica newtoniana
aislados entre sí, ni aislados de las proposiciones y fórmulas en que aparecen,
ni, puesto que la mecánica newtoniana es física matemática, aislados de las
operaciones matemáticas que se aceptan como legítimas. Aprender física
newtoniana no es aprender primero los conceptos y luego coordinarlos en
proposiciones; es aprender simultáneamente una constelación de conceptos y
las proposiciones y fórmulas en que aparecen.
Se puede adaptar aquí una metáfora usada por algunos empiristas lógicos
para aclarar aún más la relación entre conceptos y proposiciones. En el curso
de una crítica al operacionalismo, Hempel escribe:

La sistematización científica requiere el establecimiento de diversas conexiones, mediante leyes


o principios teóricos, entre diferentes aspectos del mundo empírico, que son caracterizados por
conceptos científicos. De este modo, los conceptos de la ciencia son los nudos de una red de
interrelaciones sistemáticas en la que las leyes y los principios teóricos forman los hilos[17].

Desde que se escribió este pasaje, las opiniones de Hempel sobre este
problema del significado han seguido desarrollándose. Como hemos visto,
ahora reconoce plenamente que los significados de los términos teóricos no
pueden ser especificados completamente por referencia a un vocabulario
previamente disponible, pero concluye de esto que el problema del
significado de los términos teóricos «no existe[18]». La conclusión de Hempel
debería ser que este problema como ha sido concebido por los empiristas
lógicos no tiene solución, pero debido a que conserva su compromiso
empirista, Hempel no logra darse cuenta de que ha sugerido un enfoque
alternativo a la teoría del significado; un enfoque que proporcionaría mucha
comprensión sobre el problema del cambio conceptual.
Un concepto científico es un nudo de una trama; los hilos de la trama son
las proposiciones que forman una teoría; el significado de un concepto es su
posición en la trama. Por tanto, el significado de un concepto, está
determinado por los hilos que llegan a este nudo, por los otros nudos a los que
el nudo en cuestión está conectado y por las ulteriores conexiones de estos
otros nudos. En el caso del concepto de masa, la segunda ley y el principio de
gravitación son dos de los hilos principales, y este nudo está, además, ligado a
los nudos que constituyen los conceptos de fuerza, aceleración, etc. Pero las

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distinciones entre escalares y vectores y entre los cálculos diferencial e
integral también aportan hilos a este nudo. En suma, un concepto no es algo
simple que o se capta enteramente o no se capta en absoluto, sino más bien un
complejo que sólo puede aprenderse poco a poco. Es corriente que un alumno
aprenda a usar conceptos tales como fuerza, masa y momento y una ley como
la forma F = ma de la segunda ley, antes de que haya estudiado cálculo.
Cuando más tarde aprende cálculo y puede manejar la formulación del
momento de la segunda ley, su comprensión de esta ley, así como de estos
conceptos, se modifica. Poco a poco, y a medida que desarrolla su
comprensión de una teoría, al aprender más de los hilos que forman la trama,
desarrolla además una comprensión más cabal de los conceptos implicados.
Anteriormente, sostuve que Feigl estaba equivocado al mantener que una
teoría es un constructo intelectual sin significado hasta que se lo conecta con
las observaciones; yo indicaba que es más correcto mantener que las teorías
dan significado a nuestras observaciones que mantener que son las
observaciones las que dan significado a la teoría. Ahora puede aclararse más
mi postura. La imagen de una teoría científica como un sistema de
proposiciones y conceptos que existe independientemente de cualquier
conexión con la observación no describe un estadio en el desarrollo histórico
de ninguna teoría existente ni arroja luz sobre la estructura de las teorías
científicas [19]. Lo mismo que no puede haber observación significativa sin
teorías, no puede haber ninguna teoría científica que no se use para organizar
alguna área de la experiencia. Por tanto, hay un sentido en el que es verdad
que la observación confiere significado a las teorías, pues una parte de
Incomprensión de una teoría es comprender a qué zonas de la experiencia se
aplica, y las observaciones relevantes proporcionan un importante conjunto de
hilos a la trama teórica; al mismo tiempo, la teoría proporciona el significado
de las observaciones. Los conceptos, las proposiciones y las observaciones
son los elementos a partir de los cuales se construyen las teorías científicas.
Es imposible introducir cualquiera de estos elementos sin introducir los otros
dos, y es imposible iniciar el aprendizaje de uno de estos aspectos de una
teoría sin iniciar el aprendizaje de los otros.
Finalmente, podemos aplicar la metáfora de la trama a conceptos que se
transforman como resultado de una revolución científica. Algunos de los hilos
que entran en un nudo particular se eliminan, otros son reorientados, y se
introducen algunos hilos nuevos. El concepto conserva algunas de sus
antiguas características puesto que algunos de los antiguos hilos han quedado
intactos, pero también pierde algunas de las antiguas relaciones y adquiere

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otras nuevas, y de este modo adquirimos una versión nueva de un viejo
concepto[20].
Estos temas pueden ser desarrollados más y nuestros argumentos
reforzados si recurrimos a la transformación de la mecánica newtoniana en la
relativista.

RELATIVIDAD

La relación entre la teoría de la relatividad y la mecánica newtoniana se ha


convertido en objeto de un amplio debate, en torno a la cuestión central de si
el desarrollo de la teoría de la relatividad constituye una revolución científica:
una transformación en las presuposiciones fundamentales de la física junto
con cambios concomitantes en conceptos científicos y en el mundo científico.
Los empiristas lógicos y muchos físicos niegan que tal revolución haya tenido
lugar. La teoría de la relatividad —mantienen— no ha invalidado a la
mecánica newtoniana, sino que más bien es una generalización de la misma
para incluir situaciones de alta velocidad. Las ecuaciones de la mecánica
newtoniana han sido verificadas sólo para situaciones de baja velocidad, y la
presunción de que aquéllas se aplicaban a altas velocidades también era
gratuita, según se arguye. Einstein concibió un nuevo conjunto de ecuaciones
que se aplican tanto a alta como a baja velocidad y que circunscriben las
ecuaciones newtonianas al límite de las bajas velocidades. En respuesta a
dichas opiniones, autores como Kuhn[21] y Feyerabend[22] mantienen que,
aunque puede mostrarse que las ecuaciones de Einstein se reducen a
ecuaciones que son formalmente idénticas a las de Newton para velocidades
que son pequeñas en comparación con la velocidad de la luz, no son
ecuaciones newtonianas puesto que los términos-clave se definen de manera
diferente. Examinemos estas cuestiones con más detenimiento.
Debería estar claro que la mera similitud formal no es suficiente para
probar que dos ecuaciones sean idénticas; pueden tratar muy bien de asuntos
diferentes. La ley de Ohm, V = IR, por ejemplo, es formalmente idéntica a F
= ma y a s = vt, la fórmula para calcular la distancia a partir de la velocidad y
el tiempo, pero nadie sugeriría que todas estas ecuaciones dicen lo mismo. De
modo similar, la ecuación diferencial para un circuito con resistencia,
inductancia y capacitancia es formalmente idéntica a la ecuación para una
vibración de fuerza, etcétera. Estas analogías formales proporcionan la base
de un gran número de técnicas de cálculo, así como de los computadores

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analógicos, pero no muestra que haya ningún sentido importante en él que las
ecuaciones implicadas sean idénticas; para que dos ecuaciones sean idénticas,
no sólo deben tener la misma forma, sino que sus símbolos deben estar por los
mismos conceptos. Consideremos entonces la relación entre los conceptos de
la física newtoniana y la relativista.
Siguiendo con la masa como ejemplo principal, ya hemos visto que, para
la mecánica newtoniana, la masa de un cuerpo es una constante; para la teoría
de la relatividad, la masa de un cuerpo es una variable dependiente de la
velocidad, con un valor mínimo igual a la masa tal como se da en la teoría
newtoniana y un valor superior que se incrementa sin límite conforme la
velocidad relativa de un cuerpo se acerca a la velocidad de la luz. Como
resultado de esta alteración, muchos de los ejemplos en los que el concepto de
masa aparece en la física de la relatividad son diferentes de aquellos que
aparecen en la mecánica newtoniana. La fórmula F = ma ya no es válida, ni
podríamos definir m como una proporcionalidad constante entre la fuerza y la
aceleración. La fórmula F = d(mv)/dt es válida aún, pero, puesto que la masa
es ahora una variable que depende de la velocidad y la velocidad está en
función del tiempo, ya no es permisible quitar m de la derivada. Más bien, el
momento mv se convierte en fundamental y la fórmula F = d(mv)/dt se usa
comúnmente como una definición de «fuerza». Pero el concepto de momento
en el que m aparece no funciona del mismo modo que el concepto de
momento en la mecánica newtoniana. Incluso cuando el momento se define
todavía como mv, el verdadero uso real de esta noción inserta m en otros
nuevos patrones conceptuales. Así pues, la mecánica newtoniana tiene dos
principios fundamentales distintos, la conservación del momento y la
conservación de la energía, con m apareciendo también en ciertos patrones
característicos de las ecuaciones de energía. Pero la teoría de la relatividad
reemplaza estos principios separados por un único principio combinado de
conservación del momento-energía, y los conceptos de momento y energía ya
no se relacionan como se relacionaban en la mecánica newtoniana. La nueva
relación entre momento y energía indica que los conceptos de momento y
energía han sido modificados, y conceptos tales como el de masa que
aparecen en las nuevas ecuaciones en nuevos patrones y sometidos a nuevas
operaciones, comparten este cambio conceptual. Consideremos un ejemplo
más.
En la mecánica newtoniana los conceptos de masa y energía están en
alguna medida relacionados puesto que, por ejemplo, la energía cinética es
una función de la masa. Pero en la teoría de la relatividad el lazo es mucho

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más íntimo: la masa de un cuerpo en reposo es idéntica a una forma de
energía y la energía cinética de un cuerpo en movimiento es idéntica a un
incremento en su masa. De este modo, la ecuación newtoniana T = 1 /2 mv2 y
la ecuación relativista E = mc2 son dos tipos de ecuación diferentes, esto es,
el signo de igualdad afirma algo radicalmente distinto en cada una. La
primera ecuación nos dice cómo calcular el valor numérico de la energía
cinética de un cuerpo en movimiento a partir de los valores numéricos de la
masa del cuerpo y de la velocidad; la segunda ecuación nos dice cómo
calcular la energía de un cuerpo, pero se aplica tanto a cuerpos en movimiento
como a cuerpos en reposo y afirma la equivalencia de masa y energía. La
diferencia es parecida a la que hay entre afirmar (a) «La estrella matutina
tiene la misma magnitud que la estrella vespertina» y (b) «La estrella
matutina es la estrella vespertina» [donde, claro está, (b) entraña (a)]. Pero no
podemos reconocer la diferencia entre T — 1/2 mv2 y E = mc2 a partir sólo
del análisis de las ecuaciones; esto requiere la comprensión de estas
ecuaciones en el contexto de las teorías en las que funcionan. Debemos, por
ejemplo, entender el especial papel que la velocidad de la luz juega en la
teoría de la relatividad para poder entender por qué E = mc2 puede afirmar la
identidad de E y m y no la identidad de E y c. Sólo podemos captar el
significado de los símbolos si comprendemos los conceptos por los que están,
y sólo podemos comprender estos conceptos si comprendemos el papel que
juegan en la teoría.
No hemos de olvidar, sin embargo, la otra cara de la moneda. Porque,
mientras que el giro de la física newtoniana a la relativista ha dado lugar a
cambios fundamentales en varios conceptos físicos, estos conceptos también
se han mantenido igual en muchos respectos. La masa, por ejemplo, sigue
siendo una medida de resistencia al cambio de velocidad, aunque el modo en
el que cambia la velocidad haya sido reformulado. De modo similar, el
concepto de tiempo es modificado fundamentalmente por la teoría de la
relatividad: se convierte también en una función de la velocidad relativa. Las
mediciones del tiempo varían desde diferentes marcos de referencia, se
desvanece el concepto de dos hechos simultáneos a distancia el uno del otro.
Sin embargo, el concepto relativista de tiempo es una modificación y un
desarrollo del concepto newtoniano de tiempo (pero no una generalización de
éste) y realiza muchas funciones del mismo tipo de las que realiza el concepto
de tiempo en la mecánica newtoniana, por ejemplo, en las definiciones de
velocidad y aceleración. De este modo, los conceptos de la teoría de la
relatividad son, en un sentido importante, continuos con los de la mecánica

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newtoniana siendo, sin embargo, conceptos diferentes.. En consecuencia, las
fórmulas que las dos teorías parecen compartir son fórmulas diferentes:
entendidas en el contexto de sus respectivas teorías, dicen cosas diferentes
sobre la estructura del mundo físico.
Hay, sin embargo, una segunda razón por la que la tesis de que la teoría de
la relatividad es una generalización de la mecánica newtoniana sigue siendo
atractiva. La mecánica newtoniana da resultados cuantitativos completamente
satisfactorios, indistinguibles de los de la teoría de la relatividad dentro de los
límites de la precisión observacional, para situaciones de baja velocidad. Pero
consideremos el status de los resultados numéricos iguales más de cerca.
Puesto que la mecánica newtoniana da resultados que son consistentes con
la observación en un amplio abanico de casos, cualquier teoría nueva que se
aplique a los mismos fenómenos debe producir resultados que sean al menos
muy cercanos a los que se derivan de la teoría newtoniana. Ahora bien, el
hecho de que se pueda hacer que la teoría de la relatividad produzca
ecuaciones formalmente idénticas a las ecuaciones newtonianas sólo para el
tipo de situaciones a las que pueden aplicarse con éxito la mecánica
newtoniana es un modo particularmente conveniente de garantizar que las dos
teorías darán los mismos resultados numéricos[23], pero esto no entraña que
estemos tratando con una sola teoría. Más bien tenemos dos teorías diferentes
que dan los mismos resultados numéricos para una clase de situaciones en
particular y resultados diferentes en otras situaciones.
Un examen del modo en que se manipulan los números en la práctica
científica debería hacernos precavidos a la hora de extraer inferencias sobre la
identidad de las teorías a partir de la identidad de los resultados numéricos.
Cualquier número que se derive de una teoría tiene su correspondiente
significado suministrado por la teoría, y cualquier número que se derive de la
medición tiene un significado que se deriva de las teorías en las que se basa la
construcción de los instrumentos empleados. En algunos casos la diferencia
en unidades es suficiente para aclarar esta cuestión, puesto que es obvio que
«cinco dinas» no es lo mismo que «cinco pies», pero hay también casos en los
que dos números con las mismas unidades tienen significados muy diferentes.
«Cinco amperios», por ejemplo, podrían denotar en un caso una corriente
constante y en otro una corriente transitoria en un tiempo t. «Cinco
electron-voltios» podría denotar la diferencia de potencial entre un ánodo y un
cátodo o bien podría denotar la masa en reposo de una partícula. De este
modo debemos conocer el significado ligado al número para poder
comprenderlo.

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Esto puede parecer trivial hasta que reconozcamos la facilidad y
frecuencia con que el significado de un número particular puede ser olvidado
cuando el número se traslada de un contexto a otro en el cual tiene un
significado completamente diferente. Esto resulta particularmente evidente en
el caso de las analogías usadas para propósitos de cálculo. Considérese, por
ejemplo, un caso extremadamente simple de computador analógico: un
circuito eléctrico formado por una resistencia pura variable, una fuente
variable de voltaje y un amperímetro. De acuerdo con la ley de Ohm, la
corriente es igual al voltaje dividido por la resistencia, i = V/R, y, para el
movimiento con una velocidad constante, la velocidad es igual a la distancia
dividida por el tiempo, v = s/t. Puesto que las dos ecuaciones tienen la misma
forma, siempre que los mismos números se inserten en ambas ecuaciones en
los lugares correspondientes las ecuaciones producirán el mismo resultado
numérico; el significado asociado con estos números no juega ningún papel
en el cálculo. De este modo puedo utilizar el circuito como un medio de
calcular velocidades puesto que, si yo tengo valores numéricos para la
distancia y el tiempo puedo olvidar el significado asociado con estos
números, graduar el voltaje y la resistencia, y leer el valor correspondiente a
la velocidad en el amperímetro. Sin duda, ya se ve que el resultado que yo leo
en el amperímetro es «i amperios», pero dada la similitud formal entre los dos
casos, sé que i es numéricamente igual a v y de este modo ignoro la
significación de i en sí misma y la reemplazo por la de v.
Puede utilizarse en muchos casos un enfoque similar para simplificar los
cálculos, algunas veces sin utilizar instrumental físico como intermediario. El
ingeniero de estructuras, por ejemplo, se enfrenta a menudo con el problema
de analizar una estructura estáticamente indeterminada, esto es, una estructura
en la que hay más componentes de reacción que los que pueden hallarse
usando las ecuaciones de la estática. Hay un método general para resolver
estos problemas, pero es extremadamente incómodo y se ha desarrollado una
serie de simplificaciones. Una de dichas simplificaciones es la «analogía de
columnas» que puede usarse en el análisis de las estructuras que hacen marco.
Un análisis general muestra que las ecuaciones para los componentes de la
reacción redundantes (esto es, aquellos que exceden el número que puede
hallarse a partir de la estática) son formalmente similares a las ecuaciones
para las tensiones en una columna determinada estáticamente cuya sección
transversal tiene la misma forma que el marco. De este modo es posible
describir una columna imaginaria, calcular las tensiones adecuadas y estar
seguro de que éstas son numéricamente iguales a los componentes de la

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reacción del marco buscado. El ingeniero consigue los resultados numéricos
correctos, pero el significado del número cambia al ser transferido de un
contexto a otro.
De modo completamente análogo, el físico que usa la mecánica clásica
para habérselas con situaciones de baja velocidad no hace uso de un caso
especial o limitado de la física relativista, sino que se aprovecha de una
analogía formal para simplificar los cálculos. Recordemos que el uso de la
mecánica newtoniana constituye, sí, una simplificación, pues no es
literalmente verdadero que las ecuaciones de la teoría de la relatividad «se
reduzcan» a las de la mecánica clásica para el caso de un cuerpo que se
mueva lentamente. La reducción es completa sólo en el caso de que la
velocidad del cuerpo en cuestión sea cero. Para los problemas dinámicos, las
mecánicas newtoniana y relativista no dan nunca el mismo resultado. La
justificación del uso de la mecánica newtoniana en lugar de la relatividad es
que, para un cierto abanico de casos y un margen de error permisible, la
diferencia entre los resultados cuantitativos proporcionados por las dos teorías
puede ser ignorada de modo que podamos utilizar también las ecuaciones más
simples de la mecánica clásica. Esto, como había indicado Kuhn[24], es
comparable a la justificación de que los investigadores usaran una astronomía
geocéntrica. La técnica utilizada proporciona un resultado numérico con un
significado particular, pero, puesto que el científico tiene razones
independientes para aceptar este resultado numérico, ignora el significado
asociado con la teoría usada en realidad y lo reemplaza por el significado
proporcionado por la teoría aceptada actualmente.
El que la mecánica clásica y la relativista no den nunca el mismo
resultado numérico para cualquier cuerpo en movimiento sugiere otra línea de
análisis. Tomando todavía la masa como ejemplo, para Einstein
m = m0/√1− v2/c2, donde m0 es numéricamente igual a la masa newtoniana. Al
usar esta ecuación, el físico la extenderá a menudo como una serie infinita, m
= m0[1 + 1/2(v/c)2 + 3/8(v/c2) + 5/6(v/c)6 + …], y la afirmación de que la
masa relativista se reduce a la masa newtoniana para bajas velocidades puede
expresarse como sigue: para valores de v/c lo suficientemente pequeños, todos
los términos entre paréntesis después del uno son tan pequeños que podemos
ignorarlos y decir que m = m0. Precisemos ahora esta noción de velocidad lo
suficientemente pequeña suponiendo que podemos ignorar cualquier serie de
términos de la extensión anterior, con la condición de que al hacerlo no se
introduzca un error superior a un 10%. Un cálculo recto muestra que,
ignorando los otros términos, el primero es legítimo entonces para

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velocidades de hasta v = .45c. Ahora bien, la noción de baja velocidad es,
claro está, una noción relativa al contexto. En términos cotidianos, incluso en
términos de era espacial, una velocidad de .45c, o una de 83.000 millas por
segundo, es enorme, pero no es especialmente grande en los experimentos de
partículas físicas, que desarrollan velocidades muy por encima de .9c. Podría
decirse entonces que, para cualquier velocidad menor de .45c, la masa
relativista «se reduce» a la masa newtoniana y la teoría de la relatividad «se
reduce» a la teoría newtoniana. Si calculamos ahora el valor de v para el cual
incluimos el segundo término de la serie pero ignorando todos los términos
posteriores, resultará un error del 10%, obtendremos un resultado de .77c.
Entonces, para valores de v entre .45c y .77c, m = m0[1 + 1/2(v/c)2];
llamaremos a ésta la «masa newtoniana». De modo similar, encontramos que
para los valores de v entre .77c y .90c podemos ignorar todos los términos
posteriores al tercero sin introducir un error mayor del 10%, de modo que
dentro de estos límites, m = m0[l + 1/2(v/c)2 + 3/8(v/c)4]; llamaremos a ésta la
«masa pewtoniana». En general, entonces, no sólo la física relativista se
reduce a la física newtoniana para un abanico de velocidades en particular,
sino que para otras series de velocidades se reduce a la física mewtoniana o
pewtoniana, y así sucesivamente.
Claro está, ningún físico o filósofo ha llegado aún a proponer una defensa
de la física mewtoniana o pewtoniana en este sentido, lo cual se debe
indudablemente a que ninguna de ellas ha sido desarrollada ni usada
ampliamente en el pasado reciente. Pero los intentos para mostrar que la
teoría de la relatividad es una generalización de la teoría newtoniana que
hemos examinado están basados en las relaciones formales y cuantitativas
entre las dos teorías, no en su relación histórica, y en terrenos formales y
cuantitativos no hay razón para mantener que la teoría de la relatividad es una
generalización de la teoría newtoniana más que de la teoría mewtoniana o
pewtoniana; no ha de entenderse esto como negación del hecho obvio de que
la teoría de la relatividad brotó de la teoría newtoniana, pero la cuestión es
que se originó en los fallos de la teoría newtoniana, no surgió de sus éxitos, y
el proceso que produjo la nueva física no fue un proceso de generalización,
sino más bien un proceso de adopción de nuevas presuposiciones acerca de la
estructura de la realidad física y de transformación de conceptos básicos con
los que los científicos piensan y se relacionan con el mundo físico.
Nuestra discusión de la relación entre la mecánica clásica y la relativista
ha estado, hasta aquí, dirigida en gran parte contra la opinión de que la
relatividad es una generalización de la mecánica newtoniana, y se ha dicho

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poco para clarificar la relación entre las dos teorías. De modo similar, se ha
dicho poco sobre la relación entre la física de Galileo y la aristotélica, aunque
el modo en que se han yuxtapuesto estas dos revoluciones científicas en
nuestra discusión, junto con nuestro rechazo de las tesis de que la física
aristotélica no era en absoluto ciencia, debería sugerir que hay una relación
similar en los dos casos. Pero lo mejor será dejar para el capítulo siguiente el
intento de describir con mayor precisión cuál es esta relación.

REVOLUCIONES CIENTÍFICAS

La noción central sobre la que ha girado este capítulo es la de revolución


científica. Sin duda habrá chocado al lector el que yo haya usado este término
en un sentido algo diferente del tradicional. Tradicionalmente el término se ha
usado para referirse a un único evento ocurrido durante los siglos XVI y XVII
que dio lugar a la ciencia moderna. Tal como se ha usado aquí el término, ha
habido varias revoluciones científicas; la de los siglos XVI y XVII es sólo una
de ellas, aunque de particular importancia puesto que es el primer caso en el
cual una teoría científica bien desarrollada y ampliamente aceptada fue
derrocada, y no hay razón para creer que hayamos visto el último.
La noción de revolución científica es filosófica, no científica. Es una
noción utilizada en la construcción de una teoría de la ciencia. Pero del
mismo modo que los científicos hacen uso de los datos proporcionados por la
observación y la experimentación al construir sus teorías, así el filósofo de la
ciencia hace uso de los datos proporcionados por la historia de la ciencia al
intentar construir una teoría filosófica de la ciencia. En la parte segunda
sostuve que una filosofía de la ciencia es una teoría del mismo tipo general
que una teoría científica. Podemos añadir ahora una observación más a ese
argumentó. El cambio en la noción de revolución científica implicado en
nuestro análisis de la ciencia es un cambio del mismo tipo que el cambio de
conceptos científicos que hemos examinado en este capítulo. La nueva
filosofía de la ciencia es un intento de provocar una revolución filosófica, y el
concepto de revolución científica, heredado de teorías de la ciencia más
antiguas, ha cambiado en el proceso. Esto está quizá más claramente indicado
por el uso del término «revoluciones» en plural, un uso que no tiene sentido si
tomamos «revolución científica» para referirnos a un evento único. El nuevo
enfoque en la filosofía de la ciencia ha brotado del fracaso del anterior en la
resolución de sus problemas y también de las anomalías reveladas por

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modernos estudios de la historia de la ciencia. Está claro que en la
construcción de un nuevo enfoque han cambiado tanto el sentido como la
referencia del término «revolución científica». Por otro lado, al menos se
mantiene un hilo del significado de la anterior noción: una revolución
científica todavía se concibe como un cambio fundamental en el modo en que
pensamos la realidad.

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CAPÍTULO IX

DESCUBRIMIENTO

EL CONTEXTO DE DESCUBRIMIENTO
Y EL CONTEXTO DE JUSTIFICACIÓN

Una doctrina central de la filosofía de la ciencia del empirismo lógico es


la distinción entre el contexto de descubrimiento y el contexto de
justificación. La fuerza de esta distinción estriba en la conocida tesis de que el
filósofo se ocupa de cuestiones lógicas y que tales cuestiones surgen sólo
después de que ha sido formulada una teoría científica; el proceso por el que
un científico llega a pensar una teoría particular —se arguye— no le
concierne al lógico o al filósofo, aunque puede ser de considerable interés
para el psicólogo o el sociólogo. Rudner, por ejemplo, escribe:

Ahora, en general, el contexto de validación es el contexto que nos interesa, cuando,


independientemente de cómo hayamos llegado a descubrir o tomar en consideración una hipótesis o
teoría científica, planteamos cuestiones acerca de si aceptarla o rechazarla. Al contexto de
descubrimiento, por otra parte, pertenecen cuestiones tales como de qué modo, de hecho, llega uno a
dar con buenas hipótesis, o qué condiciones sociales, psicológicas, políticas o económicas llevarán a
pensar hipótesis fructíferas[1].

Asimismo, Reichenbach, argumentando que la epistemología se ocupa


sólo del contexto de justificación, relega al contexto de descubrimiento
cualquier consideración sobre «el modo del pensador de encontrar un
teorema»[2] y cualquier discusión de «los procesos reales del pensar»[3], y
Popper mantiene que:
El estado inicial, el acto de concebir o inventar una teoría, no parece ni
reclamar el análisis lógico ni ser susceptible de él […]. En consecuencia,
distinguiré tajantemente entre el proceso de concebir una idea nueva, y los
métodos y resultados de examinarla lógicamente. En cuanto a la tarea de la
lógica del conocimiento —en contraposición a la psicología del conocimiento
— procederé a asumir que consiste solamente en la investigación de los
métodos empleados en aquellas contrastaciones sistemáticas a las que cada

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nueva idea debe someterse si tiene que ser tomada seriamente en
consideración[4].
Hay dos tesis fundadas en esta distinción: que puede trazarse una línea
tajante entre el descubrimiento y la contrastación de teorías científicas, y que
sólo con respecto a la contrastación de teorías podemos hablar en absoluto de
lógica, porque la lógica no tiene nada que decir sobre el descubrimiento. Estas
dos tesis son dudosas. Comenzaremos examinando la primera.
Los autores citados arriba son capaces de distinguir tajantemente entre
descubrimiento y contrastación sólo porque identifican el descubrimiento
científico con la concepción o el tomar en consideración una nueva hipótesis.
Pero no nos referimos usualmente a una propuesta como un descubrimiento a
menos que haya pasado suficientes pruebas como para llegar a ser, al menos
durante algún tiempo, una parte del cuerpo aceptado de la ciencia. A Kepler,
por ejemplo, se le atribuye el descubrimiento de la órbita elíptica de Marte,
pero este descubrimiento fue el resultado de años de trabajo que incluyó la
propuesta y rechazo de un buen número de órbitas circulares y ovoides. Sin
embargo, a pesar del hecho de que concibió e inventó numerosas hipótesis,
sólo una de ellas, la que finalmente pareció ajustarse a sus datos dentro de un
margen de error aceptable, es considerada un descubrimiento científico. De
modo similar, a Newton se le atribuye el descubrimiento de la ley de la
gravitación del inverso del cuadrado, y a Clairaut el haber mostrado cómo
puede usarse esta ley para medir el movimiento de los ápsides de la Luna.
Antes de que Clairaut resolviese su problema propuso[5] en un momento dado
que la ley de Newton debía modificarse para hacer la fuerza de la gravitación
inversamente proporcional a 1/r2 + 1/r4; sin embargo, no atribuimos a
Clairaut el descubrimiento de esta ley de la gravitación. Cada idea que bulle
en la mente de un científico no es un descubrimiento. Cuando atribuimos a
Galileo, a Newton, a Einstein o a Bohr descubrimientos científicos, sólo
consideramos aquellas hipótesis que tuvieron buenas razones para
considerarlas como descubrimientos. El contexto de justificación es así parte
del contexto de descubrimiento y no puede trazarse ninguna línea tajante entre
descubrimiento y justificación. Podría replicarse que, incluso si la
justificación es parte del descubrimiento, aún podemos distinguir dos partes
del proceso de descubrimiento: una parte lógica, que llamamos
«justificación», y una parte creativa, que es no-lógica. Esto nos lleva, sin
embargo, a la segunda tesis referida arriba, la afirmación de que la lógica no
tiene nada que ver con el aspecto creativo de la ciencia.

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La mayor parte de los argumentos en contra de la posibilidad de una
lógica del descubrimiento están dirigidos contra la noción tradicional de una
lógica inductiva que nos permitirá inferir leyes científicas y teorías de
conjuntos de enunciados de observación. En contra de esta forma de lógica
del descubrimiento, Hempel argumenta:

La inducción es a veces concebida como un método que lleva, por medio de reglas
mecánicamente aplicables, de hechos observados a los correspondientes principios generales. En este
caso, las reglas de inferencia inductiva proporcionarían unos cánones efectivos de descubrimiento
científico; la inducción sería un procedimiento mecánico análogo a la conocida rutina para la
multiplicación de enteros, que nos lleva, en un número finito de pasos predeterminados y
mecánicamente formulables, al producto correspondiente. Actualmente, sin embargo, no está
disponible ningún procedimiento de inducción general y mecánico semejante; de otro modo, el muy
estudiado problema de la causación del cáncer, por ejemplo, difícilmente habría permanecido sin
resolver hasta este día. Ni siquiera puede esperarse el descubrimiento de un procedimiento
semejante[6].

Mientras cada cosa que Hempel dice aquí sobre la inducción es correcta,
la fuerza de su argumento depende de igualar la noción de una lógica
inductiva con la noción de un conjunto de reglas mecánicas, y el argumento
llega a ser un argumento general en contra de la posibilidad de cualquier
lógica del descubrimiento sólo si asumimos que una lógica debe ser un
conjunto de reglas mecánicas. Así, Hempel pasa a argumentar que, mientras
una lógica deductiva debe proporcionarnos tales reglas, no son reglas para el
descubrimiento de nuevos teoremas, incluso en una ciencia deductiva como la
matemática[7]. Todo lo que una lógica deductiva ofrece es un conjunto de
estándares a los que debe conformarse cualquier prueba propuesta. En otras
palabras, el papel de la lógica deductiva es retrospectivo: nos proporciona
criterios para una reconstrucción racional[8] que hace clara y explícita la
relación de los teoremas nuevamente probados con los teoremas y axiomas
previamente aceptados. El único punto en el que entran en consideración las
reglas mecánicas en absoluto, incluso en una ciencia puramente deductiva,
está en el proceso de comprobar si una prueba propuesta es válida. Así, dada
la noción de lógica como un conjunto de reglas mecánicas, es sólo en el
proceso de comprobación de pruebas en el que estamos ocupados en una
actividad lógica, y la tesis de que no hay ninguna lógica del descubrimiento se
sigue trivialmente.
Popper da un paso más. Identifica primero la lógica con las proposiciones
analíticas y las tautologías, y mantiene que no puede haber una lógica
inductiva, ya que la inferencia inductiva no se ajusta a este modelo: «Ahora
este principio de inducción no puede ser una verdad puramente lógica como

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una tautología ni un enunciado analítico […], porque en este caso todas las
inferencias inductivas tendrían que ser contempladas como transformaciones
puramente lógicas o tautológicas, exactamente igual que las inferencias en la
lógica deductiva[9]». Identifica entonces lo lógico con lo racional y niega de
este modo que el descubrimiento científico sea racional: «No hay algo así
como un método lógico para tener nuevas ideas, o una reconstrucción lógica
de este proceso. Mi punto de vista puede expresarse diciendo que cada
descubrimiento contiene “un elemento irracional”, o “una intuición creativa”,
en el sentido de Bergson[10]». Así, junto con la dicotomía entre
descubrimiento y justificación se traza una ulterior dicotomía entre ser
racional (igual a lógico, igual a tautológico, igual a mecánico) y creatividad:
en efecto, uno es racional sólo en la medida en que sigue reglas mecánicas;
cualquier alejamiento de las reglas mecánicas es un paso en el dominio de lo
irracional o, más exactamente, de lo «arracional», ya que el quid es que
hemos andado fuera del dominio en donde se aplica la noción de ser racional,
no que los cánones de racionalidad hayan sido violados; y, en particular,
cualquier acto creativo es arracional.
Esto, afirmo, es un extraño concepto de racionalidad. Más bien, aquellas
decisiones que pueden hacerse mediante la aplicación de algoritmos son casos
paradigmáticos de situaciones en las que la racionalidad no es requerida; es
exactamente en aquellos casos en los que se requiere una decisión o una
nueva idea que no puede ser dictada por reglas mecánicas en los que
requerimos la razón[11]. Tratando de construir una lógica del descubrimiento
no propondré un conjunto de reglas para generar nuevas teorías científicas,
sino más bien un marco conceptual que nos permitirá clarificar la relación
entre nuevos descubrimientos científicos y el cuerpo existente del
conocimiento científico y los problemas en el contexto de los cuales estos
descubrimientos fueron hechos, y que nos proporcionará una base para la
comprensión del tipo de razonamiento que lleva al científico creativo a un
nuevo descubrimiento.
Hay otra dirección desde la que puede atacarse nuestra noción de lógica
del descubrimiento. Puede argumentarse que, en la reconstrucción deductiva
de un argumento, la conexión entre proposiciones es una conexión necesaria y
ninguna lógica del descubrimiento puede satisfacer este estándar. No hay
ninguna conexión necesaria, por ejemplo, entre Galileo haciendo bajar bolas
por un plano y su descubrimiento de la ley de caída libre, y, al rechazar la
afirmación de que las relaciones que una lógica del descubrimiento trata de
analizar pueden expresarse en tautologías, ya he concedido que una lógica del

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descubrimiento no puede presentar relaciones necesarias. Pero, de nuevo, no
hay ninguna razón para limitar la noción de una relación lógica a la de una
relación necesaria. Más bien propongo orientarme por la propia identificación
de los empiristas lógicos de lo lógico con lo racional, y usar la noción de la
lógica del descubrimiento en el sentido de un rationale, esto es, un intento de
mostrar una estructura inteligible, aunque esto puede no consistir en
relaciones necesarias[12]. En particular, voy a desarrollar una noción de
dialéctica y aplicar esta noción al análisis del descubrimiento científico[13].

DIALÉCTICA

Se debe enfatizar desde el principio que la noción de dialéctica que usaré


aquí está tomada de Platón, y no de Hegel. Nos ocuparemos del proceso por
el que surgen los problemas en el contexto de presuposiciones aceptadas, se
hacen sucesivos intentos para resolver estos problemas y, en algunos casos, se
proponen cambios en una o más de las presuposiciones alterando de este
modo el rango de las soluciones aceptables. Hay dos temas centrales
hegelianos que no aparecerán en nuestra noción de dialéctica: que cada nueva
propuesta es necesitada de algún modo por el desarrollo precedente, y que
cada nueva propuesta está en «oposición» con las propuestas precedentes.
Antes de intentar un análisis detallado de casos específicos de descubrimiento
científico, será útil ilustrar nuestra noción de dialéctica considerando el
intento inicial de definir «justicia» en la República de Platón.
La primera definición propuesta por Céfalo es «decir la verdad y devolver
cualquier cosa que podamos haber recibido»[14]. Sócrates critica esta
propuesta indicando un caso que se ajusta a la definición sin ser un caso de
conducta correcta: supongamos que un amigo me ha confiado en depósito un
arma y después se ha vuelto loco. No sería correcto devolver el arma si se me
pidiera que lo hiciese, y la definición propuesta es así inaceptable[15]. Pero si
Céfalo cree que su definición propuesta es adecuada, ¿por qué aceptaría el
ejemplo de Sócrates como un contraejemplo? ¿Por qué no adherirse a su
definición e insistir en que es justo devolver el arma? La decisión de Céfalo
de abandonar su definición muestra que el intento de definir «justicia» tiene
lugar en el contexto de un conjunto de presuposiciones que proporcionan un
criterio para determinar qué constituye una respuesta aceptable. Los
participantes pueden no ser capaces de enunciar estas presuposiciones, pero
son capaces de reconocer instancias en las que han sido violadas, y la fuerza

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de la objeción de Sócrates es indicar inconsistencias entre una solución
propuesta y una presuposición aceptada.
Una vez que se ha aceptado una objeción hay dos modos de proceder:
podemos ofrecer una nueva definición que estará más cerca de ser adecuada
dadas las presuposiciones aceptadas, o podemos tratar de alterar esas
presuposiciones. Ambas alternativas son pronto ilustradas en la República. La
definición de Polemarco de la justicia como ayudar a los amigos de uno e
injuriar a los enemigos de uno[16] es ofrecida como una mejora de la
definición de Céfalo y criticada por Sócrates sobre la base de que un hombre
justo no injuriará a nadie y de que qua justo puede hacer poco para ayudar a
sus amigos[17]. Así, lejos de la presuposición que controla el diálogo está que
la justicia tiene que ver con cómo tratemos a los demás, y el efecto de la
propuesta de Trasímaco de que la justicia es el derecho del más fuerte[18] es
rechazar esta presuposición.
Hemos seguido lo bastante del argumento de Platón como para ilustrar
algunos rasgos clave de la dialéctica. La lógica dialéctica se aplica a los
intentos de responder a una cuestión, pero las cuestiones, como ya hemos
visto, surgen sólo en el contexto de presuposiciones[19]. En el contexto de un
conjunto particular de presuposiciones son posibles varias respuestas a la
cuestión; no hay ningún procedimiento efectivo para determinar qué respuesta
debe proponerse en un momento dado, aunque la estructura detallada del
argumento será a menudo altamente sugerente, y varias propuestas
autoconsistentes serán eliminadas por las presuposiciones. (Ninguna
comparación numérica de los tamaños relativos de los conjuntos permisibles
y no permisibles es, en general, posible, ya que ambos conjuntos deben ser
infinitos no-numerables). Así, en la República, no sólo la propuesta de
Polemarco es un desarrollo ulterior de la línea de argumentación de Céfalo,
sino que, dentro de los confines de las presuposiciones aceptadas por ellos,
propuestas tales como que la justicia es evadir las deudas de uno o injuriar a
los amigos de uno o el derecho del más fuerte no son aceptables.
En algún punto en el curso de un argumento, sin embargo, es también
posible cuestionar una presuposición previamente aceptada y así tratar de
orientar el argumento en una nueva dirección. Trasímaco hace esto, aunque
entonces no hay una ruptura total en el desarrollo. Trasímaco no cambia el
tema; rechaza una presuposición específica mientras acepta otras, por
ejemplo, que una definición aceptable de «justicia» debe aplicarse a todos los
casos, y el argumento continúa sobre este fundamento modificado. Donde no
mantiene ninguna presuposición en común con los demás, el debate racional

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devendría imposible; son las presuposiciones que comparten los protagonistas
las que proporcionan la piedra de toque para el debate.
Quizá el rasgo más importante de la lógica dialéctica es que no trata de
relaciones entre proposiciones aisladas o relativamente aisladas, sino del
papel de proposiciones y cuestiones en tanto son partes de sistemas
estructurados de presuposiciones y problemas. No proporciona un conjunto de
reglas formales para analizar la relación entre enunciados, como lo hace la
lógica deductiva, pero recordemos que la razón por la que las reglas formales
son de central importancia para la lógica deductiva es que la deducción se
ocupa sólo de relaciones formales, no de contenidos. Una lógica dialéctica,
sin embargo, es una lógica de contenidos, no una lógica formal. Los esfuerzos
para construir una lógica formal del descubrimiento son altamente
implausibles (y, así, todos los intentos de construir una lógica del
descubrimiento son implausibles para aquellos que identifican la lógica con la
lógica formal) precisamente porque es imposible entender la estructura de la
investigación científica sin entender su contenido en su marco histórico. Lo
que el concepto de lógica dialéctica proporciona, entonces, es un instrumento
para examinar la estructura de la investigación en términos del contexto
histórico.
Otra diferencia crucial entre la lógica dialéctica y la lógica deductiva
puede ser elucidada ahora. Una lógica deductiva ofrece sólo un instrumento
para la reconstrucción racional de programas de investigación completos. El
concepto de dialéctica, sin embargo, puede proporcionar un instrumento para
analizar tanto las relaciones entre sucesivas teorías como el proceso actual de
investigación, porque se ocupa del análisis del pensamiento científico en
términos de los instrumentos intelectuales usados por el científico. Así
podemos distinguir dos modos de mirar al desarrollo de la ciencia: el estudio
del descubrimiento científico examina la investigación científica desde el
punto de vista del investigador práctico; el estudio del desarrollo científico
mira atrás en la historia de la ciencia y examina las relaciones entre teorías
sucesivas. Ambas formas de análisis son necesarias para una adecuada
comprensión de la ciencia.

DESCUBRIMIENTO CIENTÍFICO

Consideremos primero el caso del movimiento de los ápsides de la Luna


en la mecánica newtoniana. Hemos visto que los problemas sólo surgen si la
investigación es conducida en términos de una teoría, y el problema del

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movimiento de la Luna es un ejemplo de un conflicto entre observación y
teoría resultado del intento de explicarlo en términos newtonianos. En un
momento dado en su ataque a este problema Clairaut consideró la
modificación de la ley del inverso del cuadrado para leer «1/r2 + 1/r4[20]». A
primera vista esto podía parecer una ruptura fundamental con la teoría
newtoniana, pero, tras reflexión, se ve que encaja dentro del marco de esa
teoría. Clairaut está aún buscando una expresión matemática para una fuerza
que permitirá la aplicación del resto de la teoría newtoniana al problema;
alternativas lógicamente posibles tales como añadir un epiciclo están así
excluidas. Además, la forma de la fórmula propuesta es claramente sugerida
por el marco newtoniano. La fórmula de la fuerza de Newton dio resultados
enteramente aceptables para las órbitas de los planetas; cualquier nueva
fórmula tendría que dar resultados muy próximos a ésos. En el contexto
newtoniano, el hecho más obvio que distingue a la Luna de los planetas es su
proximidad a la Tierra. Esto hace eminentemente plausible (aunque en modo
alguno necesario) buscar una fórmula que diferirá de la fórmula newtoniana
para distancias relativamente pequeñas de un cuerpo gravitacional y
«reducen» las fórmulas newtonianas para distancias mayores. Finalmente,
Newton mismo había mostrado cómo construir fórmulas con las propiedades
necesarias mediante su uso de una función de poder inversa, dando a Clairaut
una buena razón para considerar la adición de otro término de poder inverso,
cuya significatividad declinaría rápidamente con el incremento de la
distancia. Clairaut pudo haber experimentado con poderes distintos de cuatro,
quizá incluso con otros tipos de expresiones; pero podemos estar bastante
seguros de que hay un número enorme de funciones de fuerza
autoconsistentes, F = 5/r2 o F — 1/r2 + r2, por ejemplo, que él no habría
considerado nunca como alternativas posibles a la ley del inverso del
cuadrado de Newton por la sencilla razón de que, dado el contexto en el que
estaba trabajando y la información de la que disponía, no habría tenido
sentido hacerlo. Clairaut abandonó finalmente esta hipótesis y encontró un
modo de resolver el problema sin rechazar la ley del inverso del cuadrado, así
que su fórmula no es un caso de descubrimiento científico. Pero incluso en el
caso de esta hipótesis rechazada podemos ver cómo el marco de la
investigación científica proporciona razones para sugerir algunas hipótesis y
no considerar seriamente otras.
Aún en el contexto newtoniano, considérese el descubrimiento de
Neptuno. De nuevo los científicos trataron de usar la teoría aceptada en un
área en la que debe ser aplicada y encontrarse un conflicto entre teoría y

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observación. De nuevo la respuesta fue ofrecer una hipótesis, completamente
de acuerdo con la teoría aceptada: que hay otro planeta que ejerce una
atracción gravitatoria que perturba la órbita de Urano[21]. A partir de la
verificación de esta hipótesis se anunció el descubrimiento de Neptuno. El
problema del movimiento del perihelio de Mercurio surgió del mismo modo,
y la hipótesis de la existencia de Vulcano emergió del mismo armazón teórico
del que lo hizo la hipótesis de la existencia de Neptuno, así que la propuesta
de Leverrier era razonable, aunque la existencia de Vulcano no fue nunca
confirmada[22].
Estos ejemplos ilustran nuestro enfoque del análisis del descubrimiento,
pero no proporcionan una prueba de su adecuación. La prueba necesaria es su
capacidad para clarificar la racionalidad de descubrimientos que conducen a
revoluciones científicas fundamentales, y es a ejemplos de este tipo a los que
nos volvemos ahora. Nuestro principal interés es demostrar que hay una base
inteligible en la tradición existente incluso para las propuestas más
revolucionarias, pero que esto en modo alguno desmerece de la originalidad
del científico creativo. Veremos también que, mientras en algunos casos un
descubrimiento fundamental involucra una hipótesis totalmente nueva, la
introducción de una hipótesis nueva no es en modo alguno un rasgo necesario
de una revolución científica.
Consideremos el desarrollo de Copérnico de una versión heliostática de la
astronomía planetaria. Para empezar, debemos advertir que estaba trabajando
en una situación de problema definido que describió en el prefacio a De
Revolutionibus:

Primero; los matemáticos están tan inseguros de los movimientos del Sol y la Luna que no
pueden ni siquiera explicar u observar la longitud constante del año estacional. Segundo, al
determinar los movimientos de éstos y de los otros cinco planetas no usan ni los mismos principios e
hipótesis ni las mismas demostraciones de los movimientos y revoluciones aparentes. Así, algunos
usan sólo círculos homocéntricos, mientras otros usan excéntricas y epiciclos. Sin embargo, ni
siquiera por estos medios alcanzan plenamente sus fines. Aquellos que han confiado en
homocéntricas, aunque no han probado que algunos movimientos diferentes pueden estar
compuestos de aquello, no han sido capaces de este modo de establecer totalmente un sistema que
concuerde con los fenómenos. De nuevo, aquellos que han trazado sistemas excéntricos, aunque
parecen haber casi establecido los movimientos aparentes mediante cálculos concordables con sus
asunciones, han hecho, sin embargo, varias admisiones que parecen violar el primer principio de
uniformidad en el movimiento. Tampoco han sido capaces, de este modo, de discernir o deducir lo
principal, a saber, la forma del universo y la simetría variable de sus partes[23].

Fue la tradición astronómica en la que Copérnico trabajaba la que le legó


estos problemas, y, si bien rompió con esa tradición de un modo que llevó a
su definitivo fallecimiento, era aún miembro de esa tradición aunque en sus

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términos: además de tomar posesión de sus problemas, mantuvo el principio
de que todos los cuerpos celestes se mueven en círculos e hizo un amplio uso
de epiciclos y excéntricas. Él también tomó el centro de la órbita de la Tierra,
no del Sol, como centro alrededor del cual se mueven los planetas.
Aunque Copérnico desarrolló un nuevo enfoque de la astronomía
planetaria, no propuso nunca una hipótesis original nunca pensada antes. La
hipótesis de que la Tierra se mueve había sido ampliamente discutida y
rechazada a través de la historia de la astronomía antigua y medieval. Entre
los antiguos, Heráclides había reconocido que los movimientos diurnos
aparentes de los cielos de este a oeste podían ser el resultado del movimiento
diurno de la Tierra de oeste a este, y Aristarco había postulado tanto un
movimiento diario como anual de la Tierra[24]. De modo similar, durante el
siglo XIV Buridan y Oresme habían discutido la posibilidad de una rotación
diurna de la Tierra, argumentando el último con gran detalle antes de rechazar
finalmente la hipótesis[25]. Pero el hecho de que Copérnico no inventara una
nueva hipótesis en modo alguno desmerece de su genio y originalidad. Más
bien es una confusión vincular la noción de originalidad con la invención de
nuevas hipótesis. El locus del genio de Copérnico tiene que encontrarse en el
hecho de que desarrolló la hipótesis heliostática en detalle aunque había sido
previamente rechazada y parecía prima facie implausible. Recordaríamos el
juicio de Galileo de que el «sublime intelecto» de Copérnico es celebrado
porque «con la razón como guía continuó resueltamente afirmando lo que la
experiencia sensible parecía contradecir»[26].
Prácticamente lo mismo podía decirse con respecto al descubrimiento de
Kepler de que la órbita de Marte es una elipse, con la importante excepción de
que, como Hanson indica[27], su decisión de abandonar las órbitas circulares
fue una de las innovaciones más audaces jamás hechas, porque no parece
haber ni un solo ejemplo en la historia previa de la astronomía en la que el
principio de movimientos circulares de los cuerpos celestes haya sido
cuestionado. Kepler, también, comenzó su estudio de la órbita marciana con
la asunción de que es un círculo, y, cuando descubrió que no podía ajustar los
datos de Tycho en una órbita circular, asumió primero que había algo erróneo
en sus métodos de cálculo [28]. Sólo muy lentamente y de mala gana renunció
al círculo. Su primera nueva hipótesis fue el ovoide, una figura que es circular
en los ápsides y que, como el círculo, tiene sólo un único foco en el que podía
localizarse el Sol. Que Kepler eligiera un ovoide, y que eligiera primero el
ovoide (porque probó un cierto número de órbitas diferentes en el curso de su
investigación), no es ni una consecuencia necesaria de su rechazo del círculo

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ni una conjetura irracional; es un siguiente paso razonable que Kepler tenía
que hacer en su búsqueda de una figura alternativa.
Debido a las dificultades matemáticas del ovoide, Kepler usó la elipse,
una curva que no es ni siquiera parcialmente circular y que tiene dos focos,
como una aproximación para simplificar los cálculos, y fue sólo después de
repetidos fracasos con el ovoide cuando adoptó la elipse como una hipótesis
física[29]. De nuevo descubrimos que el pensador revolucionario empezó con
un problema generado por una tradición de investigación existente, tomó su
guía de esta tradición y se alejó de ella sólo con la mayor precaución y paso a
paso. Sin embargo, el hecho de que un Copérnico o un Kepler trabajaran de
este modo no les impidió contribuir a la total caída de esa tradición de
investigación.
Volviendo a la historia más reciente, miremos el trasfondo de la teoría de
la relatividad. Vimos en el capítulo previo que esta teoría constituyó un
apartamiento fundamental de la física clásica, pero esto no es inconsistente
con la afirmación de que la nueva propuesta de Einstein era inteligible en
términos del contexto en que estaba trabajando y sus problemas. Einstein
estaba tratando de resolver problemas generados por la física clásica, en
particular la electrodinámica clásica. En la oración inicial de su primer escrito
sobre la relatividad enuncia su punto de partida: «Es sabido que la
electrodinámica de Maxwell —como se entiende usualmente en el presente—
cuando se aplica a cuerpos en movimiento conduce a asimetrías que no
parecen ser inherentes a los fenómenos». Después de dar un ejemplo de una
asimetría semejante, añade:

Ejemplos de este tipo, junto con los intentos sin éxito de descubrir cualquier movimiento de la
Tierra relativamente al «medio de la luz», sugieren que los fenómenos de la electrodinámica, tanto
como los de la mecánica, no poseen ninguna propiedad correspondiente a la idea de reposo absoluto.
Sugieren más bien, como ya se ha mostrado para el primer orden de pequeñas cantidades, que las
mismas leyes de la electrodinámica y la óptica serán válidas para todos los sistemas de referencia
porque las ecuaciones de la mecánica se mantienen bien[30].

El desarrollo aquí también es similar al del diálogo platónico. Empezando


desde una teoría existente, esto es, una respuesta a la cuestión, Einstein da
razones por las que esta respuesta es inadecuada y propone una nueva
solución, que puede ser bastante diferente de la que rechaza, pero toma su
punto de partida de algunas de las ideas de la hipótesis rechazada. Justamente
como no hay ninguna razón lógicamente necesaria por la que Einstein deba
abandonar la teoría clásica en este punto más bien que aunar sus esfuerzos
para hacerla funcionar, así no hay ninguna razón lógicamente necesaria por la

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que deba buscar un nuevo enfoque del modo particular en que lo hace. Con
todo, Einstein construye conscientemente su nueva teoría sobre su
fundamento proporcionado por la física clásica que estaba derrocando.
Verdaderamente, ninguno de los dos postulados de la teoría especial de la
relatividad —que las leyes de la naturaleza son las mismas para todos los
sistemas galileanos de referencia, y que la velocidad de la luz es
independiente del movimiento de la fuente emisora— es un principio
enteramente nuevo. El principio de relatividad es una generalización de
principios aceptados (como Einstein indica en las partes en cursiva del pasaje
de arriba), y la independencia de la velocidad de la luz de su fuente es una
consecuencia de la teoría ondulatoria de la luz y de las ecuaciones de
Maxwell.
Pero el hecho de que el único «nuevo» postulado de la teoría fuera una
generalización de principios aceptados no entraña que la nueva teoría sea una
generalización de la vieja teoría. Como en el caso de Copérnico, no son tanto
las asunciones de Einstein tomadas individualmente las que son
revolucionarias como el modo en que las dispone conjuntamente y su
voluntad de aceptar las conclusiones que se seguían de ellas no importa cuán
contraintuitivas pudieran parecer. Verdaderamente, desde el punto de vista de
la mecánica clásica, los dos principios sobre los que Einstein fundamentó su
teoría son mutuamente inconsistentes, aunque son consistentes en la nueva
teoría por su alteración del concepto tradicional de tiempo[31]. Quizá la única
tesis más radicalmente nueva de la teoría era el análisis de la simultaneidad y
el rechazo consecuente de la noción de que el tiempo es absoluto. Sin
embargo, en ese caso había al menos otro físico, Larmor, que precedió a
Einstein proponiendo la fórmula para la dilatación del tiempo de un cuerpo en
movimiento[32].
Finalmente, Einstein no era el único consciente de los problemas de la
física clásica ni en considerar la posibilidad de un enfoque fundamentalmente
nuevo. Poincaré quizá fue el que estuvo más cerca de precederle. En un
escrito leído en 1897 en Zúrich (donde Einstein fue estudiante, aunque no se
sabe que asistiese a la conferencia), Poincaré argumentó que «el espacio
absoluto, el tiempo absoluto, incluso la geometría euclídea, no son
condiciones impuestas a la mecánica; uno puede expresar los hechos que les
conectan en términos de espacio no-euclídeo»[33]. Y en 1904 sugirió: «Quizá
construiríamos una mecánica total nueva, en la que sólo tendríamos éxito
tomando un punto de vista en el que, incrementando la inercia con la
velocidad, la velocidad de la luz llegaría a alcanzar un límite imposible»[34].

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Los demás eran conscientes de la posibilidad, y quizá incluso la deseabilidad
de un nuevo punto de partida ulterior, lo que demuestra que había más en la
innovación de Einstein que la propuesta arracional de una nueva hipótesis; su
grandeza estriba en el hecho de que no ofrecía meramente una nueva hipótesis
o sugería un nuevo enfoque, sino que más bien construía una nueva física. La
desafortunada tendencia a atribuir un descubrimiento al pensador que primero
enunció una nueva hipótesis, antes que al que colocó las piezas
conjuntamente, reside aparentemente en la fuente de la notoria atribución por
parte de Whittaker del desarrollo de la teoría de la relatividad a Lorentz y
Poincaré, atribuyendo mientras a Einstein las nuevas fórmulas para la
aberración y el efecto Doppler[35]. Lo mismo puede decirse de la famosa
batalla de Newton con Hooke sobre quién enunció primero la ley del inverso
del cuadrado: aun cuando Hooke formulara primero la hipótesis, fue Newton
quien desarrolló una nueva física.

CAMBIO CIENTÍFICO

Nuestra noción de dialéctica nos capacitará para resolver un problema


central introducido en el último capítulo, la naturaleza de la relación entre
teorías científicas sucesivas. Como hemos visto, nadie ha mantenido
seriamente que las nuevas teorías se deducen de las antiguas, y el punto de
vista de que las nuevas teorías son generalizaciones de las antiguas teorías no
se mantendrá en pie. La afirmación de que las teorías antiguas de mayor éxito
pueden deducirse de teorías posteriores como casos límite (un corolario de la
tesis de la generalización) también fracasa. Las teorías revolucionarias
entrañan diferentes presuposiciones fundamentales y conceptos y un modo
diferente de mirar a la realidad del de las teorías que reemplazan. Pero, si éste
es el caso, ¿cómo puede haber alguna relación lógica entre teorías sucesivas
y, lo que es más importante, sobre qué fundamentos pueden compararse
teorías sucesivas?
La clave de estas cuestiones radica en nuestra noción de cambio
dialéctico. Un cambio dialéctico de una teoría a otra es una reorganización de
los hilos del tejido teórico junto con la separación de algunos hilos y la
adición de otros; esta reorganización da cuenta de los cambios en el
significado de conceptos científicos y observaciones asociadas con una
revolución científica, ya que tanto los conceptos como los datos de una teoría
derivan su significado de su localización en el tejido teórico. Pero el cambio
de teoría tiene lugar dentro de situaciones de problemas definidos, dentro de

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las cuales los hilos conservados en la nueva teoría proporcionan la
continuidad de desarrollo y los fundamentos para la comparación, incluso
aunque estos cabos tomen diferentes significados en la nueva estructura
teórica.
Gran parte de la discusión del cambio de teorías ha sido confundida por
un fracaso en distinguir entre dos tesis diferentes: la tesis de que, si tenemos
una base racional para elegir entre teorías rivales en un momento particular en
la historia de la ciencia, debemos tener algún estándar al que apelar que es
aceptado por los proponentes de ambas teorías, y la tesis de que, si el cambio
científico tiene que ser racional, debe haber algún estándar eterno contra el
que podamos comparar cualesquiera teorías. Los proponentes del último
punto de vista han buscado su estándar eterno o en algún conjunto de
principios generales independiente de cualquier teoría específica o en un
conjunto de observaciones independientes de teorías o leyes; a veces un
escritor apela a ambos tipos de criterios al mismo tiempo. Entre los principios
supracientíficos que han sido usados en la filosofía tradicional de la ciencia
están semejantes supuestos principios a priori como el principio de
causalidad, o razón suficiente, o el de la uniformidad y simplicidad de la
naturaleza. Más recientemente encontramos un cierto número de filósofos
tratando de construir una lógica inductiva así como el intento de Popper de
dictar un conjunto de reglas metodológicas a las que la ciencia debe
conformarse. La principal fuerza de estos criterios sugeridos es que no tienen
nada que ver con cualquier teoría particular y, por tanto, pueden servir como
criterios por los que las teorías pueden ser evaluadas. De modo similar, los
empiristas han mantenido que la capacidad de explicar el rango más amplio
de observaciones posibles puede servir como estándar porque estas
observaciones se considera que están libres de la influencia de cualquier
teoría. Es en esta vena en la que Feigl, respondiendo a afirmaciones de que las
observaciones científicas están cargadas de teoría por los instrumentos usados
al hacerlas, sugiere que «es el dominio de lo elemental, antes que el de leyes
empíricas directamente contrastables (en lugar de “lo dado”, tienen que
concebirse como datos sensoriales o como Gestalten perceptuales) el que es la
base de la contrastación a la que nos referíamos en la reconstrucción racional
de la evidencia confirmatoria o disconfirmatoria para teorías científicas»[36].
Sin embargo, como hemos visto, la apelación a observaciones y leyes
empíricas no puede hacerse independientemente de la teoría; incluso
principios tales como el de la causación universal son partes integrales de las
teorías científicas que pueden cuestionarse como resultado de posteriores

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desarrollos científicos, y, mientras reglas metodológicas tales como una
lógica inductiva son en verdad independientes de cualquier teoría científica,
son parte de interpretaciones filosóficas particulares de la ciencia y, así, no
más capaces de proporcionar estándares eternos que un postulado científico
específico. La elección entre teorías científicas no tiene lugar apelando a
estándares eternos, establecidos por filósofos, sino más bien por apelación a
estándares científicos que son proporcionados por las teorías involucradas.
Con vistas a desarrollar este punto debemos volver, de nuevo, al examen de
casos específicos de cambio científico en sus circunstancias históricas.
Reconsideremos la introducción de Einstein de la teoría de la relatividad.
Puesto que la mayor parte de los estudiantes de física estudian la relatividad
después de la teoría newtoniana, es común en los libros de texto desarrollar la
teoría de la relatividad en términos de partículas cinemáticas y dinámicas y
sólo más tarde introducir su significado para la electrodinámica,
frecuentemente casi como una posdata. La física de partículas y la cosmología
que, desde un punto de vista newtoniano, es construida sobre la base de la
dinámica de partículas son campos en los que las radicales diferencias entre la
teoría de la relatividad y la física clásica son más dramáticamente patentes y
en torno a los cuales el reciente debate filosófico se ha centrado. Pero se
olvida a menudo que el impulso inicial para el desarrollo de Einstein de su
teoría reside en problemas planteados por la electrodinámica: el título del
primer escrito de la relatividad es «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en
movimiento», y comienza: «Es sabido que la electrodinámica de Maxwell —
como se entiende usualmente en el presente— cuando se aplica a cuerpos en
movimiento conduce a asimetrías que no parecen ser inherentes a los
fenómenos»[37].
El escrito está dividido en una introducción, en la que Einstein formula los
dos principios de la teoría, y dos partes principales. La primera parte trata de
la cinemática: aquí Einstein desarrolla su análisis de la simultaneidad deduce
la relatividad de longitud y tiempo, las transformaciones de Lorentz y la regla
para la composición de velocidades. Pero la parte I es sólo un preliminar de la
parte electrodinámica; en ningún lugar de la parte I se aplica la nueva
cinemática a las partículas materiales. Esta aplicación se hace sólo hacia el
final de la parte II y únicamente porque las partículas en general pueden
tomarse como electrones. Así, habiendo deducido la fórmula para el efecto de
velocidad en la masa para partículas cargadas, Einstein añade: «Observamos
que estos resultados como para la masa son también válidos para puntos
materiales ponderables, porque un punto material ponderable puede ser

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convertido en un electrón (en nuestro sentido de la palabra) por la adición de
una carga eléctrica, no importa lo pequeña que sea[38]». Asimismo, después
de deducir la expresión para la energía cinética de un electrón en movimiento,
escribe: «Esta expresión para la energía cinética debe también, en virtud del
argumento enunciado arriba, aplicarse a masas ponderables»[39]. Pero las
ecuaciones de Maxwell para la electrodinámica no fueron reemplazadas por
nuevas ecuaciones como lo fueron las ecuaciones de la mecánica newtoniana.
Más bien, las «asimetrías» en la teoría electrodinámica fueron removidas, el
molesto éter fue eliminado, y se mostró que las ecuaciones de Maxwell eran
invariantes con respecto a sistemas de referencia galileanos.
En una gran medida, entonces, el proyecto de Einstein puede ser visto
como un intento de salvar la electrodinámica. Aunque las ecuaciones de
Maxwell toman un nuevo significado en el contexto de la nueva teoría (ya no
describen más ondas propagadas en el éter, por ejemplo), las propias
ecuaciones de Maxwell proporcionan uno de los estándares, aceptable tanto
para la física relativista como para la clásica, en base al cual pueden
compararse. Este no es un estándar eterno o libre de teoría, por ejemplo, uno
al que pudiera apelarse en la disputa entre la mecánica aristotélica y la
galileana. Más bien es un estándar interno de la física que sirve como un
punto de mediación en esta disputa.
Sin tratar de ser exhaustivo, consideremos un estándar más crucial que
ambas teorías aceptaban: la demanda de predicciones numéricas precisas. Una
prueba clave que la relatividad tenía que pasar era su capacidad de
proporcionar predicciones numéricas que son esencialmente las mismas que
las de la física newtoniana para cuerpos que se mueven lentamente y más
exactas para cuerpos de velocidad próxima a la de la luz. Hemos visto[40] que
la capacidad de dos teorías para predecir los mismos valores para parámetros
cuantitativos es consistente con la posesión de diferente contenido conceptual;
dos puntos relacionados pueden exponerse ahora. El primero es que, porque
ambas teorías aceptaban el estándar de predicciones cuantitativas exactas así
como varios de los procedimientos observacionales acostumbrados, era
posible usar resultados cuantitativos obtenidos por observación para
contrastar las dos teorías incluso aunque estos resultados tienen diferentes
significados en cada contexto. El segundo es que el estándar de exactitud
cuantitativa no es en modo alguno un rasgo universal de la historia de la
ciencia. Galileo, por ejemplo, no podía invocarlo sin extenderse en un
argumento previo, ya que la verdadera relevancia de las matemáticas para los
problemas físicos era uno de los puntos que estaba disputando con los

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aristotélicos[40]. La única área de investigación que ya era plenamente
cuantitativa en tiempos de Galileo era la astronomía matemática, pero era
considerada solamente como un sistema de artificios para el cálculo, no como
una ciencia. La astronomía física, esto es, la imagen aristotélica de los
cuerpos celestes sostenidos por esferas transparentes, se reconocía
generalmente que era inconsistente con los epiciclos usados para calcular las
posiciones de los planetas, y es la teoría aristotélica no-cuantitativa la que se
consideraba que era la teoría científica. De modo similar, los intentos
medievales de explicar el movimiento de un proyectil eran puramente
cualitativos, y aquí también Galileo luchó para introducir consideraciones
cuantitativas[41]. De nuevo encontramos que el enunciado contemporáneo de
la física proporciona criterios para decidir entre dos teorías fundamentales en
competencia, aunque no son criterios universales aceptados
independientemente de la historia de la ciencia.
Para poner otro ejemplo consideremos además el debate entre Galileo y
los aristotélicos. De nuevo dos teorías radicalmente diferentes que
proporcionan imágenes completamente diferentes de la naturaleza del mundo
físico están siendo debatidas. Cuando examinamos la disputa encontramos
que al menos algunos de los fenómenos mutuamente aceptables a los que los
protagonistas de ambos lados apelaban parecen ser del tipo de las «leyes
empíricas elementales, más bien que directamente contrastables» de Feigl.
Por tomar uno de los más importantes casos, Galileo y sus oponentes
aristotélicos reconocían que una piedra soltada de una torre alta cae
«directamente», esto es, paralela a la torre, y estaban de acuerdo en que una
física adecuada debe dar cuenta de esta ley. Pero no podemos ver tales leyes
como pedazos de conocimiento que son independientes de cualquier teoría
física. El fenómeno observado en cuestión tenía un significado
completamente diferente en el contexto de la dinámica aristotélica y galileana.
Para un aristotélico, la «caída directa» de una piedra era una instancia de un
cuerpo volviendo a su «lugar natural», definido como una posición particular
del espacio, y el movimiento real del cuerpo (concepto de fundamental
importancia tanto para los galileanos como para los aristotélicos, aunque
carente de significado en el contexto de la teoría de la relatividad) es un
movimiento acelerado en línea recta. Para Galileo, la «caída directa» era sólo
uno de los movimientos del cuerpo, siendo el segundo el movimiento inercial
circular de la Tierra que comparten la piedra y la torre; el movimiento real de
la piedra está compuesto de estos dos movimientos, y no es ni directo ni
acelerado. Más bien es un movimiento circular uniforme del «lugar natural»

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de la piedra, donde esta noción es ahora definida por referencia a un cuerpo
material particular, la Tierra. Además, el movimiento tiene lugar dentro de un
semicírculo que tiene el extremo de la torre y el centro de la Tierra como
extremos de su diámetro[43]. Así hay una clase de eventos observados que
ambas teorías, cada una por sus propias razones, reconocen que tienen que ser
explicados; y estas observaciones mutuamente aceptables sirven como puntos
de comparación entre ellas aunque son instancias de leyes muy diferentes en
el contexto de diferentes teorías.
Tampoco podemos retrotraernos a observaciones independientemente de
las leyes que instancian para encontrar alguna base permanente contra la cual
pueden contrastarse todas las teorías, porque las teorías determinan qué tipos
de observaciones son relevantes, y esto también cambia como cambian las
teorías. Por ejemplo, uno de los argumentos estándar en contra de la rotación
diurna de la Tierra, argumento usado por Tycho Brahe entre otros, era que, si
la Tierra rota de oeste a este, debería haber un viento continuo de este a oeste.
La ausencia observada de un viento semejante fue tomada como un
contraejemplo de la significada rotación. Galileo aceptaba esto como
relevante y trató de volverlo en un argumento en favor del movimiento de la
Tierra. Argumentó que el aire no participa en el movimiento circular de la
Tierra porque no es un cuerpo terrestre. Galileo parece aceptar aquí una forma
de la teoría aristotélica de las clases naturales que tienen diferentes
propiedades físicas, así que ni el movimiento circular natural ni el
movimiento inercial circular que Galileo atribuye a la Tierra pueden
invocarse para explicar por qué se mueve el aire junto con la Tierra. Más bien
Galileo argumenta que el aire es arrastrado con la Tierra sólo porque está
mezclado con «vapores terrestres»[44] que comparten las propiedades de la
Tierra. Donde no hay aspereza y una menor cantidad de vapores terrestres,
por ejemplo sobre anchos cuerpos de agua, argumenta Galileo,
encontraríamos una brisa continua de este a oeste que es más fuerte en el
ecuador, donde la rotación es más rápida. Esta conclusión a partir de la teoría
copernicana, continúa, es confirmada por la experiencia:

Porque dentro de la zona tórrida (esto es, entre los trópicos), en los mares abiertos, en aquellas
partes de ellos alejados de la tierra, exactamente donde los vapores terrestres están ausentes, se siente
una brisa perpetua moviéndose del este con un tenor tan constante que, gracias a esto, los barcos
prosperan en sus viajes a las Indias Occidentales. De modo similar, partiendo de la costa de México
surcan las olas del Océano Pacífico con la misma facilidad hacia las Indias Orientales que están
situadas al este respecto de nosotros, pero al oeste de ellos[45].

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De modo similar, Galileo consideró que su teoría de las mareas era su
argumento más fuerte en favor del movimiento de la Tierra. El agua, también,
es un elemento distinto que no participa del movimiento natural de la Tierra,
sino que es más bien, «por su fluidez, libre y separado y una ley dentro de sí
misma»[46]. Porque las mareas son el resultado del movimiento independiente
del agua relativo a los movimientos diario y anual de la Tierra combinados.
En la situación de problemas de Galileo, su uso de los vientos oceánicos
como evidencia para el movimiento de la Tierra estaba diseñado para volver
las tornas contra sus oponentes, y su explicación de las mareas le parecía un
nuevo argumento poderoso. (Originalmente, Galileo pensó titular el libro
Diálogo sobre las mareas, mas fue forzado por los censores a abandonar ese
título.) Pero mientras estas dos clases de fenómenos, las mareas y los vientos
oceánicos, aún existen, para el post-newtoniano son irrelevantes para la
cuestión del movimiento de la Tierra. Así, encontramos de nuevo que en una
disputa entre dos teorías físicas radicalmente diferentes hay una serie de
fenómenos específicos que los proponentes de ambas teorías aceptan como
relevantes y que pueden servir como bases para el debate racional. Pero qué
fenómenos son aceptados y qué criterios son aplicados al evaluar las teorías
son determinados en la específica situación de problema, no por
consideraciones a priori válidas universalmente[47].
Volviendo a mirar estos dos ejemplos, podemos ver que no sólo es el
proceso de descubrimiento dialéctico, sino que la relación entre una teoría
más antigua y la que la reemplaza es también dialéctica. La nueva teoría es un
continuo con la más antigua, porque crece con los fracasos de la teoría más
antigua para resolver sus propios problemas y dar cuenta del rango completo
de fenómenos que esta última selecciona como relevantes, y toma posesión de
varias de las observaciones, técnicas y principios de la teoría más antigua
mientras cambia su significado. Nada podía ser más confundiente que tratar
de elucidar la naturaleza del cambio científico comparando la física
aristotélica con la mecánica clásica totalmente desarrollada o incluso con los
Principia de Newton, porque hubo varias etapas y varios pensadores que
llevaron de la física de, digamos, 1600, a Newton, y hay bastante poco que
incluso Galileo y Newton tengan en común. Cuando examinamos una disputa
como la de Galileo y los aristotélicos en su propio contexto histórico,
encontramos que Galileo introdujo innovaciones radicales como el concepto
de inercia y la ley de que la velocidad de un cuerpo que cae es proporcional al
tiempo de caída y no a la distancia. Pero debemos recordar que también
retuvo nociones realmente aristotélicas de lugar natural y de los elementos y

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que, mientras atacó la distinción tradicional entre la física de los cielos y la
física de la Tierra, lo hizo así para extender el movimiento circular natural de
los cielos a la Tierra, y estaba tan lejos de dudar de que los movimientos de
los cuerpos celestes son circulares que simplemente ignoró las elipses de
Kepler.
No obstante, mientras retenía varias tesis de la física tradicional, montaba
una nueva estructura que incluía ambas tesis nuevas y una nueva organización
de los puntos de vista más antiguos. Brevemente, la física de Galileo era tanto
continua con la física aristotélica como radicalmente diferente de ella.

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CAPÍTULO X

HACIA UNA NUEVA EPISTEMOLOGÍA

Se ha sostenido que tanto la ciencia como la filosofía de la ciencia constan


de proyectos de investigación estructurados por algún conjunto de
presuposiciones: presuposiciones sobre la naturaleza de un aspecto de la
realidad en el caso de la investigación científica, y presuposiciones sobre la
naturaleza del conocimiento en el caso de la filosofía de la ciencia. En la parte
I examinamos la teoría del conocimiento en que se basa el empirismo lógico.
Ahora es el momento de formular los rasgos principales de la teoría del
conocimiento alternativa implícita en la nueva filosofía de la ciencia.

RACIONALIDAD

La distinción entre conocimiento y creencia ha sido central en la mayor


parte del trabajo tradicional sobre teoría del conocimiento; se ha supuesto
siempre que las creencias pueden ser tanto verdaderas como falsas, mientras
que el conocimiento sólo puede ser verdadero. Si pretendo saber que una
proposición es verdadera, por ejemplo, y la evidencia posterior muestra que la
proposición es falsa, no concluiríamos de ello que yo tenía un conocimiento
falso, sino que no tenía ningún conocimiento en absoluto. Así, el conocer es,
por definición, infalible. Una gran parte de la historia de la filosofía se
compone de las tentativas de mostrar cómo puede alcanzarse el conocimiento.
La suposición de que la infalibilidad es una característica definidora del
conocimiento hace que Platón, en el Teeteto, pueda plantear la cuestión
«¿Qué es el conocimiento?» sin preguntarse nunca si el conocimiento es
infalible, sino usando más bien la infalibilidad como uno de los criterios por
los que se juzgan las respuestas propuestas a su pregunta[1]. El papel central
jugado en filosofía por la búsqueda de la infalibilidad está ilustrado asimismo
por la búsqueda persistente de algún fundamento indubitable sobre el que
construir el edificio del conocimiento, y por la facilidad con que un escritor

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como Hume puede engendrar una posición escéptica señalando, simplemente,
que ninguna proposición acerca de hechos se conoce como necesariamente
verdadera, puesto que su negación no es contradictoria. Así, la doctrina de
que el conocimiento debe ser infalible ha sido una presuposición fundamental
para los filósofos en el mismo sentido en que los principios centrales de la
teoría ptolemaica o newtoniana, por ejemplo, han sido presuposiciones
fundamentales en la astronomía. Este principio ha establecido el problema
principal de la epistemología: la búsqueda de conocimiento indubitable; y ha
proporcionado un criterio para una solución adecuada de ese problema:
hemos conseguido conocimiento sólo cuando tenemos un conjunto de
proposiciones indubitables.
En general, la búsqueda de la infalibilidad puede dividirse en dos
subproblemas: la búsqueda de un punto de partida indubitable, y la búsqueda
de medios indubitables de razonamiento a partir de un conjunto de premisas.
Ambos han sido centrales en el empirismo lógico. Hemos examinado el
intento por parte de los empiristas lógicos de tomar los datos percibidos como
el fundamento del conocimiento en nuestras exposiciones del problema de los
términos teóricos[2] y de la relación entre percepción y teoría[3]. Ahora
debemos considerar el status de los procedimientos de razonamiento
infalibles.
Desde un importante punto de vista, uno de los principales objetivos de la
filosofía de la ciencia tradicional ha consistido en dispensar al científico del
proceso de tomar decisiones y sustituirlo por un conjunto de algoritmos.
Como en cualquier otro campo, el objetivo consiste en aproximarse a la
infalibilidad mediante la eliminación del juicio humano. Pues el juicio
humano es notoriamente falible, mientras que algunos de los más importantes
logros en la historia del pensamiento ha sido el descubrimiento de algoritmos.
Sólo porque hacemos aritmética, por ejemplo, mediante la aplicación de
reglas estrictas y carentes de ambigüedad, podemos tener confianza en
nuestros resultados; si tuviéramos que confiar en el juicio de algún ser
humano, antes que en un conjunto de reglas para las soluciones de largas
divisiones, la división larga sería un proceso muy inseguro. Este ideal
controló las primeras ideas del positivismo lógico sobre la verificación de
teorías, recibiendo su expresión más extrema en el intento de Wittgenstein de
reducir todas las proposiciones a funciones de verdad de proposiciones
atómicas. Si el objetivo de Wittgenstein hubiera sido asequible, la cuestión de
si una teoría científica es verdadera podría decidirse de la misma forma en
que determinamos la suma de una columna de números. Este programa ha

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sido, como hemos visto, abandonado y sustituido, entre los empiristas lógicos,
por la búsqueda de una lógica inductiva basada en la teoría de la probabilidad.
El proyecto consiste, una vez más, en encontrar un algoritmo sobre cuya base
podamos evaluar las teorías científicas, suponiendo que, incluso aunque no
podamos probar la verdad final de una hipótesis, podemos producir un
conjunto de reglas que nos permitan determinar el grado en que ha sido
confirmada ésta por los elementos de juicio disponibles.
El mismo ideal controla el punto de vista falsacionista del procedimiento
científico. Popper, al advertir que ningún procedimiento finito puede probar la
verdad de una teoría científica, observó que el principio lógico modus tollens
proporciona: un algoritmo que, dadas las expresiones básicas apropiadas,
podría probar la falsedad de una teoría. Como señala Kuhn, Popper ha
«buscado consistentemente, a pesar de las explícitas afirmaciones en contra
de algunos autores, procedimientos de evaluación que puedan aplicarse a las
teorías con la seguridad apodíctica característica de las técnicas mediante las
cuales identificamos los errores en aritmética, lógica o medida[4]». De hecho,
hemos visto que Popper considera todo el reino del descubrimiento científico,
que reconoce que no se puede reducir a un conjunto de algoritmos,
irracional[5].
Ahora bien, lo que sugieren los casos históricos que hemos señalado es
que no hay ninguna relación simple y clara entre los resultados del
experimento o la observación y las teorías científicas. Incluso en el ejemplo
más simple y patente, el caso de un resultado observacional que contradice
una teoría, el científico práctico no se ve forzado a rechazar automáticamente
parte de su teoría. Ninguna de las observaciones, por ejemplo, que parecían
mostrar que los planetas no se mueven en órbitas circulares alrededor de la
Tierra fueron suficientes por sí mismas para refutar el principio de que todos
los movimientos celestes son circulares. Fueron, más bien, fuente de
problemas de investigación, fenómenos a explicar mediante la teoría.
Asimismo, la ausencia de paralaje estelar, que fue considerada como un claro
contraejemplo de la hipótesis del movimiento terrestre por los
contemporáneos de Aristarco y de Copérnico, e incluso por una figura tan
importante en el desarrollo de la moderna astronomía como Tycho Brahe, fue
considerada por Copérnico y Galileo como prueba de que la distancia a las
estrellas es mucho mayor de lo que se había supuesto, y como un problema de
investigación por astrónomos posteriores. Igualmente, el uso, por [Link]
Leverrier y Adams, del contraejemplo aparente de la órbita de Urano para
predecir la existencia de Neptuno supuso un gran triunfo para la teoría

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newtoniana, mientras que las perturbaciones de la órbita de Mercurio se
convirtieron en un eminente contraejemplo que contribuyó a la consiguiente
caída de la teoría newtoniana. La decisión de cómo ha de tratarse una
discrepancia entre teoría y observación requiere un juicio por parte de los
científicos. No se puede tomar la decisión por ellos mediante la simple
aplicación de un algoritmo, y, como la historia de la ciencia muestra
oportunamente, el procedimiento de decisión es falible.
Esta, creo, es la tendencia de algunas de las afirmaciones más
ampliamente atacadas de Kuhn; por ejemplo, la de que tales cuestiones
«nunca pueden ser establecidas sólo mediante la lógica y el experimento[6]» y
la de que «la rivalidad entre paradigmas no es el tipo de batalla que pueda
resolverse mediante pruebas[7]». Tales expresiones han llevado a muchos
filósofos a acusar a Kuhn de irracionalismo, cargo que Kuhn rechaza,
respondiendo que es el concepto de racionalidad de sus oponentes el que está
descaminado. Enfrentados a un desacuerdo de este tipo, deberíamos sospechar
al momento que nos las habernos con una disputa suscitada por diferentes
conjuntos de presuposiciones, que implican en cada caso conceptos de
racionalidad diferentes. Debemos, pues, examinar estos conceptos rivales de
racionalidad.
El intento, por parte de los empiristas lógicos, de identificar racionalidad
con computabilidad algorítmica es algo extraño, pues considera racionales
sólo aquellos actos humanos que podrían en principio llevarse a cabo sin la
presencia de un ser humano. Pero no hay ningún fundamento para tal
identificación, puesto que es posible actuar irracionalmente y seguir al mismo
tiempo un algoritmo. Dado cualquier conjunto de premisas, es posible
deducir, mediante la aplicación mecánica de la lógica deductiva, un número
infinito de conclusiones. Esto podría llevarse a cabo, desde luego, mediante la
sola adición continuada de disyuntos. Sin embargo, un científico que tratase
de deducir de esta forma las consecuencias posibles de una hipótesis estaría
actuando de manera irracional, incluso aunque no violase ninguna ley de la
lógica deductiva y toda conclusión a la que llegase se siguiera necesariamente
de sus premisas. ¿En qué consiste la irracionalidad de este enfoque? Consiste
en que no tiene en cuenta la información disponible que no puede aplicarse al
problema mediante ningún algoritmo conocido, sino que proporciona buena
base para creer que la adición de disyuntos no es una manera fructífera de
desarrollar hipótesis. Hay muchas direcciones diferentes en que puede
avanzar el científico al tratar de deducir consecuencias probables a partir de
su hipótesis, cada una de las cuales puede estar estrictamente de acuerdo con

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un conjunto de algoritmos, pero no se dispone de ningún algoritmo para
determinar qué línea seguir. Se necesita un juicio informado y es a la hora de
hacer tales juicios cuando debemos confiar en la razón. En tanto que se
puedan llevar a cabo las decisiones por medio de algoritmos, la intervención
humana deja de ser necesaria; precisamente cuando no disponemos de ningún
procedimiento efectivo que nos guíe debemos apelar a un juicio humano
racional e informado. Esto sugiere, a su vez, otra razón de por qué es
importante el desarrollo de algoritmos: cuando establecemos uno para
ocuparnos de un problema no es necesario que dediquemos nunca más ningún
pensamiento humano a ese problema y nuestros esfuerzos y razón quedan
libres para trabajar en otras direcciones. El caso en que debemos confiar en el
juicio humano es el que yo propongo tomar como el paradigma de una
situación en que se necesita la razón.
Esta sugerencia parecerá singular a muchos filósofos contemporáneos,
pero no es nueva. Es central en la noción del hombre de sabiduría práctica de
Aristóteles, y una comparación con esa idea ayudará a aclarar el modelo de
racionalidad que estoy proponiendo. Para Aristóteles, la ética, estrictamente
hablando, no es una ciencia. La ciencia es la demostración deductiva de
verdades necesarias a partir de premisas que son ellas mismas necesariamente
verdaderas y que se sabe que son verdaderas. Pero la ética se ocupa del
comportamiento humano, y, debido a la complejidad del comportamiento
humano, no hay primeros principios sobre cuya base construir una ciencia.
Las decisiones éticas requieren deliberación, la capacidad de sopesar
información y adoptar decisiones en casos en que no hay el conocimiento
necesario. No deliberamos, señala Aristóteles, acerca de «la
inconmensurabilidad entre la diagonal y el lado del cuadrado[8]» puesto que
tenemos una demostración de que éste es necesariamente el caso. De manera
similar, tampoco deliberamos acerca de cómo resolver el problema de una
larga división, sino que simplemente aplicamos el algoritmo apropiado. Pero
cuando carecemos del conocimiento necesario, como en el caso del
comportamiento humano, una decisión inteligente sobre cómo actuar requiere
la deliberación por parte de alguien que tenga suficiente experiencia de la
acción humana como para deliberar bien. La conclusión no es infalible y no
hay ninguna garantía de que toda persona adecuadamente informada que
delibera sobre un asunto alcanzará la misma decisión; pero esto no hace que
la decisión sea arbitraria o irracional, y el hecho de que personas igualmente
cualificadas puedan estar en desacuerdo no implica que todo el mundo esté
cualificado para mantener una opinión. Sólo aquellos que hayan logrado

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sabiduría práctica, que hayan tenido suficiente experiencia para comprender
el comportamiento humano y hayan desarrollado su capacidad de deliberación
estarán cualificados para adoptar decisiones éticas[9]. Mi propuesta es, pues,
tomar al hombre de sabiduría práctica como un modelo del que adopta
decisiones científicas cruciales que no pueden ser tomadas apelando a un
algoritmo, y propongo la adopción de estas decisiones como un modelo de
pensamiento racional. Es el científico entrenado quien debe adoptar estas
decisiones, y son los científicos, no las reglas que ellos manejan, los que
proporcionan el locus de la racionalidad científica.
Otro concepto tomado de la ética de Aristóteles, el de equidad, servirá de
ayuda para aclarar aún más nuestro modelo de racionalidad. Aristóteles da la
siguiente caracterización de equidad: «Una corrección de la ley donde ésta es
defectuosa debido a su universalidad[10]». El problema de que se está
ocupando aquí Aristóteles es el de que a veces nos encontramos con una
situación que cae bajo leyes existentes, de manera que la justicia exige que
actuemos de acuerdo con la ley, pero en la que parece injusto aplicar la ley al
pie de la letra. Esto puede ocurrir debido a que en la formulación de leyes
universales es imposible prever y tener en cuenta cada circunstancia. El
hombre de sabiduría práctica debe ser capaz de reconocer esto y de corregir la
ley universal de acuerdo con las exigencias de una situación particular.
En el caso científico se da una característica análoga. Supongamos, por
ejemplo, que adoptamos una metodología que nos exige rechazar cualquier
teoría inconsistente con una hipótesis falsadora bien confirmada, y
consideremos la postulación de Urano o del neutrino a la luz de este enfoque.
Podemos ahora considerar a Leverrier y Adams o a Pauli y Fermi como
científicos que aplicaron la regla general al caso particular y que juzgaron
que, aunque la regla era apropiada, el caso en cuestión requería una
consideración especial y, por tanto, la regla no fue aplicada.
La capacidad para decidir cómo debería tratarse un caso excepcional es la
característica de la racionalidad. El hecho de que la lógica y el experimento
por sí solos no puedan decidir la suerte de las teorías río implica que estas
decisiones sean irracionales. Implica que requieren juicios en los que se
tengan en cuenta los resultados de la lógica y el experimento junto con todo lo
que el científico sabe acerca del estado real de su disciplina. Los resultados de
la lógica y el experimento deben ser ellos mismos evaluados. La tarea del
científico capacitado consiste en llevar a cabo esta evaluación, y tales
evaluaciones suministran casos paradigmáticos de racionalidad.

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Asimismo, en vez de afirmar que el proceso del descubrimiento científico
es irracional, deberíamos considerar al científico que busca activamente la
solución de un problema como otro caso paradigmático de pensamiento
racional. Un matemático, por ejemplo, que trata de probar un teorema
propuesto está, según nuestro modelo, comprometido en una actividad
racional, mientras que un matemático que simplemente comprueba si una
prueba propuesta ha sido construida válidamente tiene poca necesidad de
razón. La noción de que no hay base racional alguna para el descubrimiento
es plausible sólo si identificamos el descubrimiento de una nueva hipótesis
con su aparición en la mente del científico ex nihilo, pero hemos visto que
esto no es correcto. Newton, Einstein, Bohr, Schrödinger estaban todos ellos
esforzándose por resolver problemas definidos dentro de un contexto
intelectual definido. Incluso los así llamados descubrimientos accidentales,
como el descubrimiento por parte de Roentgen de los rayos X o el
descubrimiento de la penicilina por parte de Fleming, apoyan esta tesis. No
hay nada racional, seguramente, en la aparición accidental de un moho en el
caldo de cultivo de una placa fotográfica en descomposición, pero se necesita
un pensamiento racional del tipo más elevado para reconocer que el hecho en
cuestión puede ser significativo y perseguir sus implicaciones.
Mientras que el hombre de sabiduría práctica aristotélico ofrece un
modelo de racionalidad individual, la adopción de una decisión científica es
más compleja. Una característica central de nuestro nuevo modelo de
racionalidad consiste en que éste reconoce que diferentes pensadores pueden
analizar la misma situación problemática y llegar a conclusiones contrarias
sin que ninguno de ellos sea irracional. Pero el hecho de que se llegue a una
teoría racionalmente no es suficiente para hacer de ella una parte del cuerpo
de la ciencia; esto requiere una decisión no individual, sino colectiva.
Ninguna tesis pasa a formar parte del cuerpo del conocimiento científico a
menos que haya sido presentada ante y aceptada por la comunidad de
científicos que compone la disciplina pertinente. Kuhn ha proporcionado una
descripción particularmente clara de este proceso:
Tomemos un grupo de las personas disponibles más capacitadas y
motivadas de la manera más apropiada; entrenémosle en alguna ciencia y en
las especialidades pertinentes para la elección que esté en la mano;
infundámosle el sistema de valores, la ideología, corriente en su disciplina (y
en gran medida también en otros campos científicos), y, finalmente,
dejémosle hacer la elección[11].

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Es el consenso entre los que trabajan en una disciplina lo que determina
qué constituye conocimiento en esa disciplina, pero el grupo puede descubrir
más tarde que se equivocó. El grupo no es más infalible que el individuo
(pero esto no significa que sea tan falible como el individuo).
El modelo del hombre de sabiduría práctica es tan aplicable a las
decisiones del grupo como a las del individuo: son juicios hechos sobre la
base de la información y la experiencia, pero sin la ventaja de verdades
necesarias o procedimientos algorítmicos que puedan garantizar la inmunidad
de una decisión a ser derrocada por una futura investigación. Los científicos
pueden duplicar los experimentos y comprobar los cómputos e
interpretaciones y, por tanto, eliminar en gran parte al charlatán y al
incompetente, así como los errores simples y sutiles. Esto no garantiza que la
comunidad no cometerá errores; a menudo lo ha hecho. Pero la comunidad
científica ha sido notablemente autocorrectora. El propio hecho de que
podamos registrar ejemplos de errores de grupo, como la admisión de la
astronomía geocéntrica y la teoría de la combustión del flogisto, o el rechazo
del mesmerismo o del desplazamiento continental, prueba esta capacidad de
autocorreción. Se podría argüir, en términos cartesianos, que, dados los
ejemplos en que la ciencia se ha equivocado, nunca podemos tener la certeza
de que la ciencia tenga razón. Pero el objetivo de Descartes, la construcción
de un sistema de conocimiento indubitable, ha sido rechazado aquí, y sólo en
caso de que aceptáramos ese objetivo tendría alguna fuerza el argumento
cartesiano. Si usamos el término «verdad» en el sentido tradicional, la
reflexión sobre la historia de la ciencia, especialmente de su historia reciente,
proporciona una buena razón para esperar que las últimas teorías científicas
resulten ser falsas, esto es, que sean rechazadas en el futuro. Esto sugiere que
debemos reconsiderar el concepto de verdad y el concepto conexo de
conocimiento, al menos tal como se aplican a la ciencia.

CONOCIMIENTO CIENTÍFICO Y VERDAD CIENTÍFICA

Conocimiento y verdad son conceptos epistemológicos, conceptos que


aparecen en una teoría del conocimiento. Si, como hemos argumentado, hay
un estrecho paralelo entre la estructura de las teorías científicas y la de las
teorías filosóficas, cabría esperar que, en el proceso del rechazo de una
epistemología más antigua y la construcción de una nueva, algunos de los
conceptos capitales cambiasen tal como ocurre en el caso de las teorías
científicas[12]. Comenzando con el conocimiento, conservaremos un rasgo

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central del concepto tradicional considerándolo como el estado cognitivo
superior, pero debemos reconsiderar lo que cuenta como conocimiento
científico a la luz de nuestro análisis de la ciencia.
Sin ninguna base para mantener que alguna de las reivindicaciones
científicas sea infalible, debemos o bien negar que exista tal cosa como un
conocimiento científico, o bien liberar a este concepto del concepto de
infalibilidad. Ahora bien, el conocimiento científico en cualquier período se
compone de varios elementos: las teorías fundamentales que guían la
investigación y, con ellas, el cuerpo de leyes, las constantes fundamentales y
las observaciones que sean de particular relevancia a la luz de la teoría
directriz. Pero para que una afirmación pase a formar parte del conocimiento
científico no es suficiente con que pase pruebas formales, pues es corriente
que una afirmación pase las pruebas adoptadas y sea todavía ignorada debido
a que no se juzga que tenga relevancia alguna. No funcionará, pues, como
conocimiento científico. Una constante universal propuesta, por ejemplo, no
será utilizada en los cómputos, nadie realizará las observaciones sugeridas por
una teoría propuesta, y así sucesivamente[13]. Así pues, el conocimiento
científico en cualquier época es lo que los científicos consideran activamente
como tal, y el conocimiento científico de una época puede ser rechazado
como erróneo en la siguiente. Pero el rechazo de las afirmaciones
previamente aceptadas se hará, por su parte, sobre la base de opiniones
realmente adoptadas, las cuales son ellas mismas falibles.
Se puede atacar este análisis como relativismo e historicismo, pero,
admitiendo por el momento que estas características sean correctas, es difícil
saber cómo evitarlas y conceder todavía sentido a la ciencia. El
antirrelativismo tradicional se reduce a la pretensión de que sólo las
proposiciones que sean verdaderas, en el sentido primario, pueden formar
parte de la ciencia; pero queda el problema de cómo vamos a establecer
cuáles de las proposiciones que componen el cuerpo de la ciencia aceptado
son de hecho verdaderas y cuáles son falsas. Esta es, desde luego, la tarea de
la investigación científica, y estamos así de nuevo en el mismo punto donde
comenzamos. A menos que los científicos tengan un método efectivo para
determinar de una vez por todas qué proposiciones son verdaderas, no
podemos determinar qué parte de la ciencia corrientemente aceptada es de
hecho conocimiento, ni tan siquiera si existe algún conocimiento científico en
absoluto. Nos encontramos de nuevo en el dilema que hemos visto en
Nagel[14] cuando sostenía que las premisas de las explicaciones científicas
deben ser verdaderas pero no es necesario que se sepa que son verdaderas.

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Esto nos deja sin saber si hay o ha habido alguna vez una explicación
científica. De manera similar, si mantenemos que sólo son conocimiento
científico las afirmaciones que se han establecido de tal manera que hacen
imposible cualquier futura refutación, entonces, en el mejor de los casos
podemos tener conocimiento científico o no, sin saber si lo tenemos. En este
punto, el propio concepto de conocimiento científico se hace inútil.
Parece que habría tres formas posibles de tratar este problema. Una sería
desechar el concepto de conocimiento científico y sus conceptos conexos y
encontrar alguna otra manera de pensar acerca de la ciencia. Esto requeriría el
desarrollo de una epistemología completamente nueva, algo que bien puede
ser intelectualmente imposible. La segunda posibilidad consiste en continuar
haciendo filosofía de la ciencia en términos del proyecto de investigación del
empirismo lógico. Si, por ejemplo, pudiéramos construir una lógica inductiva,
seríamos al menos capaces de juzgar cuánto nos hemos aproximado al logro
del conocimiento. Pero hemos visto que este proyecto de investigación se ha
llevado adelante durante largo tiempo sin éxito, y que los fundamentos del
empirismo lógico están muy poco firmes. Sin embargo, no hay ninguna
prueba de que el proyecto de investigación del empirismo lógico deba ser
abandonado, y como filósofos de la ciencia nos encontramos exactamente en
la misma situación que los científicos que deben decidir, sin la ventaja de un
procedimiento efectivo, entre continuar tratando de hacer que el proyecto más
antiguo funcione o bien buscar uno nuevo.
La tercera posibilidad, adoptada aquí, consiste en encajar las acusaciones
de relativismo e historicismo, si es necesario, y hacer de ellas la base para un
nuevo proyecto de investigación filosófico a construir sobre los fallos del
empirismo lógico, un proyecto que comienza mediante la admisión del
análisis del conocimiento científico como el cuerpo falible de la ciencia
aceptada. Tras una reflexión, sin embargo, no hay mucho que encajar, pues la
acusación de relativismo pierde toda su fuerza si no se acepta una
epistemología absolutista. Sólo por contraste con el concepto del
conocimiento como un sistema de verdades definitivamente establecidas
parecerá débil la propuesta de considerar como conocimiento las
reivindicaciones falibles e incluso probablemente erróneas. Una vez que nos
libramos de la creencia de que la ciencia puede establecer verdades definitivas
y aceptamos, en cambio, que lo más que puede esperar alcanzar la ciencia es
un consenso racional tentativo basado en los elementos de juicio disponibles,
llamar a esto relativismo en un sentido despectivo pasa a ser insustancial. La
misma respuesta es aplicable a la acusación de historicismo. Si es

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historicismo mantener que lo que la comunidad científica acepta como
conocimiento científico es conocimiento científico, entonces es difícil saber
cuál es la objeción a menos que se afirme que hay otras normas a las que
podemos apelar; en este caso, por supuesto, estas normas deben formularse y
justificarse. En ausencia de criterios que nos permitan distinguir
infaliblemente entre las afirmaciones que son o deben ser aceptadas de una
vez por todas y las que ser rechazadas como falsas, no disponemos de
ninguna otra elección inteligible que considerar al cuerpo de la ciencia falible
aceptado como conocimiento científico.
La situación es más compleja con el concepto de verdad. Hay un sentido
claro del término, al que me he referido como el sentido «absoluto» o
«primario», según el cual decir que una teoría es verdadera es afirmar que da
una descripción correcta de un aspecto de la realidad. Esta noción de verdad,
a la que nos referiremos como «verdad1», denota el objetivo por el que se
esfuerzan los científicos al construir teorías, pero no tiene ninguna relevancia
para la evaluación de teorías, puesto que las teorías suministran el único
acceso que tenemos a la realidad. Para discutir significativamente la verdad o
falsedad de las teorías científicas reales necesitamos otro sentido de «verdad»
al que nos referimos como «verdad2». Al introducir este término me
propongo mantener el lazo tradicional entre los conceptos de conocimiento y
de verdad, de manera que cualquier cosa que sea conocida debe, por
definición, ser verdadera, pero para cambiar la dirección de la definición.
Tradicionalmente, el concepto de verdad ha sido primitivo y se ha definido
«conocimiento» en términos de «verdad». Me propongo tomar el concepto de
conocimiento científico, como ha sido analizado aquí, como fundamental e
introducir «verdad2» en términos de «conocimiento»; cualquier proposición
que forme parte del conocimiento científico es una proposición verdadera2.
Análogamente, necesitamos dos conceptos de falsedad: una proposición es
falsa, si y sólo si no proporciona una descripción adecuada de la realidad; es
falsa2 cuando es rechazada por el consenso actual.
Podemos ahora mantener, sin ningún tipo de problemas, que el
conocimiento científico es verdadero2 y que se sabe que es verdadero2 a
condición de que comprendamos claramente que una teoría que es verdadera2
en un momento determinado puede ser falsa2 en otro, y viceversa. La teoría
del desplazamiento continental, por ejemplo, fue rechazada abrumadoramente
por los geólogos en los años veinte y fue, por tanto, falsa2; durante los últimos
diez años ha sido incorporada a la teoría de la tectónica de placas,

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ampliamente aceptada, y es ahora verdadera2; el que sea verdadera1 continúa
siendo una cuestión abierta.
Cuando una teoría es objeto de una controversia corriente, podemos tener
una de las dos situaciones siguientes. Los científicos pueden considerar una
hipótesis pero no tener ninguna base adecuada para aceptarla o rechazarla.
Aquí no se ha adoptado ningún compromiso y la hipótesis no es ni verdadera2
ni falsa2. Esta parece ser la situación respecto a los intentos de reducir todas
las partículas subatómicas a quarks. Alternativamente, puede haber dentro de
una disciplina amplios grupos que acepten teorías diferentes. Este fue el caso,
por ejemplo, de la astronomía geocéntrica y heliocéntrica durante gran parte
del siglo XVII, y de la física newtoniana y cartesiana a principios del
siglo XVIII. Debemos decir aquí que una de las teorías es verdadera2 para un
grupo mientras que la teoría alternativa es verdadera2 para el grupo opuesto.
Como mucho, una de las teorías en competencia puede ser, desde luego,
verdadera1.
Incluso con lo dicho entre líneas, la afirmación de que una teoría
verdadera fue una vez, en algún sentido, falsa y que una teoría falsa fue en
algún sentido verdadera parecerá paradójica a muchos lectores. La razón de
esto es, sin embargo, que lo que he denominado «verdad1» es el único sentido
de verdad en la epistemología tradicional (así como en el lenguaje ordinario).
Pero nuestro examen del conocimiento científico ha mostrado que el cuerpo
tradicional de los conceptos epistemológicos no es adecuado para el análisis
de las formas en que las teorías científicas se desarrollan y son aceptadas y
revocadas. Con el objeto de superar esta insuficiencia de la maquinaria
conceptual tradicional hemos introducido un nuevo sentido de «verdad».
Nótese, sin embargo, que no hemos introducido un concepto completamente
nuevo ex nihilo, sino que lo hemos construido mediante la modificación de un
concepto anterior, el cual se conserva todavía en nuestra trama conceptual.
Puesto que aquí nos ocupamos sólo de cuestiones epistemológicas, utilizaré
en lo sucesivo «verdadero» y «falso» sin ninguna indicación de si nos
referimos a «verdadero2» o «falso2»[15].

OBJETIVIDAD

Se objetará sin duda que nuestro análisis del conocimiento científico


constituye un ataque a la objetividad de la ciencia. Pues, se aducirá, al
mantener que la decisión última en las cuestiones científicas depende de la

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comunidad científica más que de un procedimiento de prueba impersonal
introducimos factores subjetivos en el proceso de confirmación. Además, y lo
que es más grave, la propia noción de objetividad es inconsistente con la idea
de un cuerpo de conocimiento basado en presuposiciones falibles, pues deja al
conocimiento científico sin fundamento alguno. Mediante la simple alteración
de las presuposiciones no sólo cambianos el cuerpo del conocimiento
científico, sino los tipos de preguntas que hacen los científicos y las normas
para juzgar lo que es científico. Así, la ciencia se convierte en una
construcción arbitraria y no hay razón alguna para considerar que un cuerpo
de teoría propuesto sea más válido que otro.
La principal dificultad de esta objeción es que se basa en la propia
epistemología que hemos rechazado. Supone la tesis baconiana de que los
juicios hechos sobre la base de presuposiciones son inseguros; pero la
objeción pierde su sentido una vez que se admite que todos los juicios
necesitan presuposiciones. La tesis de que la ciencia es objetiva en el sentido
descrito no es evidente a todas luces, ni tampoco es una afirmación en favor
de la cual se haya aportado ningún elemento de juicio empírico. Antes bien,
es una proposición paradigmática, un supuesto básico del programa de
investigación del empirismo lógico. Rechazar este programa no significa
rechazar la opinión de que la ciencia es objetiva, sino proponer la tarea de
proporcionar un análisis alternativo de la objetividad científica. Como en
otros casos en los que fue necesario redefinir un concepto, construiremos
nuestro nuevo concepto sobre rasgos tomados de la vieja versión.
Uno de tales rasgos es la dicotomía entre lo objetivo y lo arbitrario, pero
nosotros debemos rechazar la noción de que una teoría sea arbitraria a menos
que esté basada sobre un fundamento indubitable. Aceptar una teoría porque
resuelve algunos problemas, verdadera porque «funciona», pero «funciona»
aquí sólo significa que desempeña un papel significativo en el cuerpo de
conocimiento científico. El pragmatista trata de reducir la teoría a la práctica
definiendo la verdad en términos de lo que funciona en el mundo práctico; lo
que nos interesa es la teoría. La relatividad general, por ejemplo, es aceptada
por la comunidad científica y es, por tanto, verdadera, porque nos permite
resolver problemas puramente teóricos como el cálculo de la órbita de
Mercurio, aun cuando la teoría no tenga consecuencias prácticas en el sentido
que le importa al pragmatismo.
elimina otros y proporciona una guía para la futura investigación, no es
decidir arbitrariamente aceptar esa teoría. De forma similar, una teoría que
una vez fue ampliamente aceptada puede ser derrocada porque no haya

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logrado resolver sus propios problemas, porque ya no proporcione una guía
clara para la investigación y porque se haya desarrollado una teoría alternativa
que se juzga que satisface estos criterios. Pero juzgar que se ha de rechazar
una teoría sobre esta base no es adoptar una decisión arbitraria.
Un segundo rasgo que nuestro nuevo concepto de objetividad comparte
con el tradicional es el de que las teorías objetivas deben ser verificadas
intersubjetivamente. Este requisito es incluso más básico en nuestro enfoque
que las filosofías tradicionales de la ciencia. Si es cierto que existe un
«método científico» que manejan los científicos, el único propósito de la
verificación intersubjetiva sería el de asegurar que la fragilidad humana no
interfiera en su operación; la verificabilidad intersubjetiva no sería una parte
de la investigación lógicamente necesaria. Pero para nuestro enfoque, que
exige que las propuestas sean evaluadas y aceptadas por la comunidad de los
científicos cualificados antes de poder formar parte de la ciencia, la
verificación intersubjetiva es crucial.
Finalmente, debemos recordar que los científicos están tratando de
comprender una realidad que es objetiva en el sentido de que existe
independientemente de sus teorías. Las teorías científicas se verifican con esta
realidad, que juega un papel central a la hora de determinar lo que
observamos y que está continuamente arrojando anomalías para recordarnos
que nuestras teorías actuales no son perfectas y es posible que tengan que ser
abandonadas en favor de algún nuevo enfoque. Hemos visto que sólo
podemos intentar comprender la realidad física (o biológica, o mental) en
términos de algún conjunto de presuposiciones, pero, a menos que la
estructura de nuestras presuposiciones se engrane hasta cierto punto con la
estructura intrínseca de la realidad, fracasará como guía para la investigación
y será rápidamente eliminada.

DESCRIPCIONES Y NORMAS

Hay otro problema, particularmente complejo, suscitado por la tesis de


que el conocimiento científico es el consenso de la comunidad científica. Hay
muchas maneras en que puede establecerse un consenso y no está claro que
todas sean legítimas, como tampoco está claro que todos los factores que
pueden jugar un papel al dar lugar a un consenso sobre un tema particular
sean pertinentes para el análisis filosófico de la ciencia. Un consenso puede
ser influido e incluso forzado por factores sociales, económicos o políticos:
por ejemplo, el ascendiente de un individuo o escuela particular, la

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disponibilidad de fondos para un tipo particular de investigación, o la
prohibición de algunos tipos de investigación por parte de un gobierno u
organización religiosa poderosa. Si el conocimiento científico está
determinado por el consenso existente más que por la apelación a modelos
claros, mecánicamente aplicables, entonces parecería imposible distinguir un
consenso legítimamente establecido de otro ilegítimo. Desde luego, en tanto
que basemos nuestra filosofía de la ciencia en la historia de la ciencia,
parecería imposible juzgar qué métodos son aceptables y cuáles inaceptables
para lograr un consenso, pues la historia sólo puede decirnos lo que ha
sucedido, no lo que debe suceder. Los empiristas lógicos, por otra parte,
toman la lógica formal como base de su filosofía de la ciencia y la lógica es
una disciplina normativa; proporciona modelos a los que debe acomodarse el
razonamiento independientemente de cómo éste haya sido, de hecho, llevado
a cabo. Así, la lógica puede proporcionar el fundamento para una filosofía
normativa de la ciencia, mientras que una filosofía de la ciencia basada
históricamente sólo puede ser descriptiva.
Este argumento es correcto en parte, aunque no se acepta como una
crítica: ciertamente se sigue de nuestro análisis que los límites tradicionales
entre lo que es y lo que no es es relevante para el análisis filosófico de la
ciencia deben ser desplazados. Un ejemplo ayudará a establecer la cuestión.
Toulmin critica a Kuhn por no lograr distinguir entre la influencia de los
Principia de Newton y su Optica:

Así, mientras que las teorías dinámicas de Newton conservaron por sí mismas una legítima
autoridad intelectual hasta el año 1880 o más tarde, la influencia de la Optica estaba reduciendo su
efecto ya a finales del siglo XVIII. De hecho, hacia 1800 la prolongada autoridad de la Optica
representaba poco más que el ascendiente magistral de una gran mente sobre otras no tan grandes, y
las formas en que los científicos newtonianos invocaban esta autoridad estaba empezando a caer en
el dogmatismo[16].

Según Toulmin, Kuhn no ha logrado distinguir entre «un importante rasgo


filosófico: a saber, que una de las funciones de un esquema conceptual
establecido consiste en determinar qué modelos de teoría hay disponibles, qué
cuestiones son significativas y qué interpretaciones son admisibles», y «un
rasgo diferente, sociológico, a saber: que, históricamente, los científicos
secundarios o derivados, como los newtonianos del siglo XVIII, tienden a ver
menos del cuadro total que los trabajadores primarios, originales, que fueron
sus mentores y que procuraron su inspiración»[17]17.
Ahora bien, el juicio de Toulmin acerca del mérito relativo de los
Principia y la Optica puede ser correcto, pero es importante recordar que este

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juicio se hace retrospectivamente, no desde el punto de vista de los científicos
implicados. Desde este último punto de vista persiste el hecho de que a finales
del siglo xviii y principios del XIX la investigación se realizaba bajo la
dirección de la Optica de Newton, y esta investigación constituía una parte de
la física de aquel tiempo. Bien podría ser el caso de que importantes
descubrimientos quedaran aplazados debido al prestigio de Newton, pero esos
descubrimientos potenciales que no se habían hecho todavía no formaban
parte de la física en 1800. De manera similar, por tomar un ejemplo
contemporáneo, la investigación experimental en la física de alta energía es
extremadamente costosa y sólo puede realizarse en circunstancias políticas y
económicas que permitan una financiación apropiada[18]. La investigación
que no se realiza no proporciona información y, por tanto, no contribuye al
conocimiento científico. Tales hechos no son pertinentes para el análisis
filosófico de la ciencia para aquellos que identifican análisis filosófico con
análisis lógico. Nuestro interés, sin embargo, es comprender cómo se
establece un consenso, y ningún factor que pueda entrar en el establecimiento
de este consenso puede ser rechazado a priori como irrelevante.
Al mismo tiempo no aceptamos la conclusión de que una filosofía de la
ciencia históricamente basada no pueda proporcionar ninguna norma que nos
permita distinguir un consenso legítimamente establecido de otro ilegítimo.
La fuente principal de la crítica es la doctrina de Hume[19] de que no podemos
derivar «debe» a partir de «es», de que no podemos deducir válidamente
juicios normativos acerca de cómo debería funcionar la ciencia a partir de una
descripción de su funcionamiento real. Pero es necesario recurrir a una
deducción formal para establecer una norma. Hemos visto que el
razonamiento científico fundamental es dialéctico, que surgen nuevas
propuestas de las teorías actuales sin que estén entrañadas formalmente por
estas teorías, y hemos visto también que la decisión de proseguir una línea
particular de investigación es una cuestión de juicio informado por parte de
los científicos y no una cuestión de aplicación mecánica de reglas. Un
enfoque similar es aplicable a la filosofía de la ciencia. Podemos mirar atrás a
la historia de la ciencia y, a juzgar por la presente situación, tratar de
descubrir qué procedimientos han hecho avanzar el desarrollo de la ciencia y
cuáles han tendido a retrasarlo. Basándonos en esta información, podemos
hacer recomendaciones acerca del procedimiento científico: no, desde luego,
recomendaciones acerca de qué tipos de experimentos deberían realizar los
científicos o qué tipos de teorías deberían tratar de construir; éstos son juicios
que deben dejarse a los propios científicos. Pero podemos hacer

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recomendaciones de un tipo más general que bien pueden ser a la larga de
mayor importancia que cualquier decisión de hacer un tipo de experimento o
computación antes que otro.
Como ejemplo inicial, consideremos el intento por parte de la Iglesia
católica durante el siglo XVII de obstaculizar el desarrollo y propagación de la
astronomía copernicana. El episodio mejor conocido de este intento es la
prohibición de la obra de Galileo Diálogo sobre los dos principales sistemas
del mundo por parte de los censores y el subsiguiente arresto que tuvo como
resultado su forzada abjuración del copernicanismo y arresto domiciliario
durante los últimos años de su vida. Podemos reconocer que aquí hubo una
auténtica disputa científica que versaba sobre astronomía, pero una
controversia en la que estaban implicados intereses teológicos que hacían
inevitable la intromisión de la Iglesia. Podemos, sin embargo, condenar el
intento por parte de la Iglesia de hacer callar a Galileo como el tipo de
enfoque que, de tener éxito, tendería a destruir la ciencia. Como historiadores,
podemos estudiar la estructura intelectual y política de la Italia del siglo XVII e
identificar las fuerzas que llevaron al intento de detener la investigación de
Galileo. Pero, aunque podemos tratar de comprender la dinámica del juicio de
Galileo desde el punto de vista de sus actores, no necesitamos evaluarlo desde
ese punto de vista. De hecho, sería absurdo hacerlo así, pues disponemos de
gran cantidad de información acerca del juicio, sus secuelas y los frutos de la
negativa por parte de Galileo a dejar de abogar por el sistema copernicano, y
para evaluar el juicio desde el punto de vista del siglo XVII tendríamos que
ignorar toda esta información. En contra del argumento de Hempel de que las
paradojas de la confirmación son una ilusión psicológica que resulta del uso
de información que no es formalmente pertinente para el problema
considerado[20], yo he mantenido que un juicio racional debe basarse en toda
la información disponible incluso si el juicio resultante no se sigue
deductivamente de esa información. Sobre la base de esta información
podemos condenar el intento de hacer callar a Galileo como anticiencia.
Se podría objetar que este argumento es una petición de principio, pues
toma como punto de partida el consenso científico actual y rechaza como
inaceptables aquellos medios de lograr consenso que habrían tendido a
impedir su desarrollo. Pero esta crítica sólo tiene fuerza en el supuesto de que
sea posible hacer juicios desde una posición ventajosa, libre de
presuposiciones. Este es un proyecto filosófico que hemos rechazado. Las
evaluaciones deben hacerse desde algún punto de vista y la única forma en
que podemos evaluar la relevancia científica de disputas pasadas es desde la

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perspectiva de la ciencia actual. Al mismo tiempo, desde luego, juzgamos esta
ciencia actual a la luz del destino de la ciencia pasada y admitimos que todos
nuestros juicios son falibles.
La inevitabilidad de hacer algunos supuestos sobre lo que constituye la
ciencia legítima para hacer juicios filosóficos sobre la ciencia ha estado
implícito en toda obra de filosofía de la ciencia, tanto si se ha reconocido
abiertamente como si no. La teoría verificacionista estricta del significado,
por ejemplo, que consagró como un principio filosófico lo que sus defensores
consideraban como un rasgo general de la ciencia, fue abandonada por la
mayor parte de los positivistas cuando se cayó en la cuenta de que habría
eliminado justamente aquellos segmentos de la ciencia que aquéllos que la
proponían consideraban como paradigmáticos de todo conocimiento. Incluso
escritores como Schlick y Waismann, que se aferraron a la verificabilidad
estricta, lo hicieron así mediante una nueva interpretación de las expresiones
universales que el principio eliminaba, interpretación que disolvía el conflicto
entre la teoría filosófica y los datos a los que se dirigía[21]. ¿Es también esto
una petición de principio? Después de todo, una vez que se acepta un
principio filosófico, ¿no debemos aplicarlo uniformemente en todos los casos
pertinentes? Pero debemos recordar que fue la reflexión sobre la ciencia, no
una intuición de la naturaleza del significado, lo que dio origen al principio de
verificación, y fue el intento continuado de interpretar la ciencia sobre esta
base lo que condujo a la modificación y al consiguiente rechazo del principio.
Este es el tipo de interconexión característico de la dialéctica, y éste es el tipo
de desarrollo dialéctico a través del tiempo y con implicación de varios
participantes que es característico de la investigación.
Tomemos otro ejemplo. Al discutir la génesis de su criterio de
demarcación, Popper subraya que él buscaba un criterio que eliminase ciertas
teorías a las que consideraba como pseudo-ciencias, la astrología, por
ejemplo, pero, más importantes aún, el marxismo y la psicología freudiana o
adleriana[22]. No es sorprendente que Popper consiguiera encontrar un criterio
que le permitiera llegar a estas conclusiones preconcebidas. ¿Está Popper
argumentando en círculo? Si es así, no parece haber ninguna forma en que
podamos evitar tales círculos. Si tratamos de establecer una definición de
ciencia examinando lo que las distintas ciencias tienen en común, debemos
disponer de alguna definición inicial de «ciencia» para saber qué disciplinas
examinar. Y si comenzamos con una definición a priori, podemos
encontrarnos con que los ejemplos de ciencia más obvios han sido
eliminados, con el falsacionismo estricto eliminaría la dinámica newtoniana,

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pues los que la propusieron ignoraron claros contraejemplos, y el
verificacionismo estricto eliminaría todas las proposiciones universales. La
forma de evitar este dilema es rechazar la exigencia de que optemos por uno u
otro de los cuerpos. Nadie ha emprendido nunca un análisis filosófico de la
ciencia, ni tan siquiera de una parte de investigación científica, sin un cuerpo
substancial de compromisos a priori acerca de cómo proceder. Si esto genera
un círculo, no se trata de uno vicioso, puesto que puede ser abandonado y
sustituido en el curso de la marcha de la investigación.
Con la discusión precedente como telón de fondo examinaremos ahora
dos casos contemporáneos en los que se revela de manera particularmente
clara el problema de cómo se llega a un consenso científico: los casos de
Lysenko y de Velikovsky. En ambos casos ilustramos cómo se pueden hacer
afirmaciones acerca de lo que constituye un enfoque legítimo de un consenso
científico sobre la base del estudio de los casos. Comenzaremos por el caso de
Lysenko en la Unión Soviética[23].
T. D. Lysenko fue un agrónomo que, a partir de finales de los años veinte
y principio de los treinta, desarrolló una serie de afirmaciones teóricas en
biología y de propuestas prácticas para la agricultura que implicaban el
rechazo de la genética moderna. La sustituyó por su «teoría del desarrollo
fásico de las plantas», según la cual es posible, en ciertas fases en la vida de
una planta, «destruir» su herencia y sustituirla por una nueva, cambiándose,
por tanto, una especie en otra. Junto con su colaborador, I. I. Prezent, Lysenko
emprendió un ataque contra la biología establecida en el que su arma
principal era la demagogia política, catalogando a sus oponentes como
abogados de la «ciencia burguesa», el «idealismo», el «trotskismo», etc.
Mediante una variedad de circunstancias, incluida la estructura del sistema
político e industrial soviético de la época, el hecho de que lograra ganarse el
favor de Stalin[24], y una crisis agrícola, Lysenko consiguió un control
absoluto sobré la biología soviética[25]. Fueron detenidos muchos científicos
adversarios, otros perdieron sus trabajos, de 1948 a 1953 la investigación y la
enseñanza de la genética fueron prohibidas, y los libros de texto de biología
se escribieron de nuevo de acuerdo con la «nueva biología». Los partidarios
de Lysenko continuaron controlando las universidades y las revistas
científicas hasta bien entrados los años sesenta.
Nos gustaría poder decir que las técnicas usadas en este caso para hacer
callar a la oposición y crear un consenso no son aceptables. Sin embargo, si el
conocimiento científico es el consenso científico, entonces podría parecer que
el lysenkismo es un ejemplo de ciencia tan bueno como cualquier otra teoría

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que consiga un consenso, independientemente de los medios usados. Pero esta
conclusión es incorrecta, pues nunca hubo un consenso en torno a las
doctrinas de Lysenko. Como mucho, hubo un consenso en un país, pero la
comunidad científica no reconoce fronteras nacionales, y la comunidad
biológica mundial, ciertamente, nunca aceptó las teorías de Lysenko. De
hecho, nunca hubo un consenso científico en torno a las doctrinas de Lysenko
ni tan siquiera en la Unión Soviética. La oposición fue obligada a ocultarse
durante algún tiempo, pero permaneció fuerte y, con la ayuda de científicos
de otras disciplinas, se mantuvo viva la investigación genética bajo el disfraz
de la química, la física y la matemática. Por tanto, la intromisión del gobierno
soviético no consiguió ni tan siquiera eliminar el consenso científico que
existía anteriormente.
Sin embargo, todavía no nos hemos enfrentado al problema central que
sugiere el asunto Lysenko: la posibilidad de un consenso forzado.
Supongamos que este tipo de represión apareciera en tal escala que se
impusiera una única ortodoxia sobre todos los científicos con la eliminación
de toda disidencia y todo debate. ¿Tendríamos un consenso científico? Para
responder a esta pregunta debemos recordar que el consenso establecido no
permite que todo el mundo tome parte en el desarrollo de un consenso. Son
los científicos entrenados quienes se constituyen en árbitros de las cuestiones
científicas, y un consenso científico debe ser un consenso de la comunidad
científica relevante. No cualquiera tiene derecho a opinar sobre biología o
física o matemática, mucho menos sobre cirugía cerebral. Cualquier
semejanza que existiera de un consenso en torno a Lysenko se produjo
mediante los poderes policiales de un estado totalitario, y. por tanto, no era un
consenso científico. Si un estado policial suficientemente poderoso
consiguiera imponer un estado de opinión uniforme sobre todos, habrá
eliminado una disciplina científica o, quizá, toda ciencia, pero no habría
producido un consenso científico.
Hay otro camino por el que se nos puede acusar de evadir el problema
más que resolverlo. Habiendo rechazado la opinión de que las decisiones
científicas fundamentales se hacen mediante algoritmos y desplazando el peso
de la responsabilidad sobre la comunidad científica, no hemos proporcionado
—se puede argüir ningún criterio claro de quién va a ser considerado como
miembro de esta comunidad. Pero debemos recordar, de nuevo, la
epistemología con que estamos trabajando. La objeción, en efecto, pregunta
por un algoritmo que nos permita determinar la composición de la comunidad
científica pertinente, y no parece haber más perspectivas de construir uno que

Página 182
la que hay de construir un algoritmo para decidir entre teorías fundamentales.
Pero, de nuevo, esto no implica que estas decisiones sean irracionales. Las
comunidades científicas se desarrollaron porque numerosos investigadores
trabajaban en problemas comunes, y se han perpetuado mediante el proceso
de educación de los nuevos investigadores. Este proceso está sujeto a los
riesgos de la vida social: del «discipulado», de ignorar al innovador
«original», de colocar a los científicos insulsamente conformistas en
posiciones de autoridad. Pero estos riesgos son previsibles, pues ninguna
comunidad es infalible en todas sus decisiones. Sin embargo, uno de los
aspectos más intrigantes de la ciencia es su capacidad autocorrectora. El daño
intelectual producido por la falibilidad y perversidad humanas ha sido a
menudo de duración relativamente corta, y muchas propuestas que una vez
fueron rechazadas han conseguido nueva atención más tarde, siendo algunas
de ellas finalmente aceptadas[26].
Una dramática ilustración de los peligros intrínsecos del proceso
consensual lo proporciona el asunto Velikovsky. En 1950, Immanuel
Velikovsky publicó Mundos en colisión donde recusó algunas tesis
ampliamente aceptadas en astronomía y cosmología. Trató de mostrar que la
Tierra había sufrido cambios catastróficos en tiempos históricos como
resultado de colisiones o cuasi-colisiones con objetos extraterrestres,
especialmente con un gran cometa que posteriormente se convirtió en el
planeta Venus, y más tarde con Marte. Los elementos de juicio de Velikovsky
fueron extraídos a partir del estudio de mitos que, en su opinión, están
basados en hechos reales. Comparó mitos de muchas culturas de todo el
mundo y pretendió haber encontrado relatos sincrónicos de tales catástrofes.
En consecuencia, propuso una teoría del sistema solar radicalmente diferente
de la de la ciencia aceptada, y algunas de las conclusiones que dedujo han
sido desde entonces verificadas, por ejemplo, que hay fuertes campos
magnéticos en el espacio interplanetario, que la temperatura superficial de
Venus es superior de lo que entonces se creía y que Júpiter emite ruidos de
radio. No trataremos ahora de valorar la metodología de Velikovsky —la
forma en que interpretó sus fuentes, si sus conclusiones se seguían de sus
elementos de juicio, etc. ni tampoco compararemos su explicación de los
nuevos descubrimientos con otras que habían sido propuestas. Lo que nos
interesa es la respuesta inicial de la comunidad científica a su libro.
Hemos visto que es corriente que los científicos ignoren el trabajo que sea
inconsistente con las presuposiciones generalmente aceptadas, y que hasta
cierto punto esto es legítimo y necesario. Como señala Polanyi, «abandonar el

Página 183
propio trabajo para comprobar las afirmaciones de Velikovsky, como él
pretendía, parecería una pérdida culpable de tiempo, gastos y esfuerzos[27]».
Pero Velikovsky no fue ignorado. Muchos científicos, incluidos a algunos que
se habían negado a realizar las observaciones que él había solicitado, o
incluso a leer su manuscrito, abandonaron ciertamente su trabajo para
atacarle. Esto sugiere graves preguntas acerca de la forma en que se alcanza y
mantiene un consenso científico; será útil examinar algunos de los hechos
relativos a este caso.
Debe haber alguna manera de filtrar la ciencia auténtica del trabajo de
incompetentes y mentecatos, y el consejo editorial de las revistas y las
empresas editoras son responsables de ello. Antes de su publicación el libro
de Velikovsky fue sometido a un proceso de examen desusadamente riguroso.
En un principio, recomendado para su publicación por un editor de Macmillan
«se firmó un contrato opcional, y entonces, tras otro año durante el que varios
lectores ajenos a la casa —entre ellos John O’Neill [editor científico del New
York Herald Tribune] y Gordon Atwater, entonces conservador del Planetario
Hayden y presidente del Departamento de Astronomía del Museo Americano
de Historia Natural— examinaron el manuscrito y recomendaron su
publicación, y se preparó y firmó un contrato definitivo[28]». Pero en 1950, en
respuesta a dos cartas del astrónomo de Harvard Harlow Shapley, que se
había negado anteriormente a leer el manuscrito[29], Macmillan decidió
remitir el libro a tres lectores más y aceptar la decisión mayoritaria. «Al
parecer, la mayoría votó de nuevo a favor; el libro se publicó en la fecha
prevista»[30].
Desgraciadamente, Velikovsky y Macmillan permitieron la
prepublicación de varios artículos sensacionalistas en revistas populares: uno
en Harper’s, dos en Collier's y otro en Reader’s Digest[31]. Fueron los
artículos periodísticos, no el libro, los que se convirtieron en el punto focal de
los ataques iniciales por parte de los científicos contra Velikovsky. El
primero, y más importante de estos ataques, pues los escritores posteriores lo
tomaron frecuentemente como punto de referencia, fue el de la astrónoma
Cecilia Payne-Gaposchkin, colega de Shapley[32]. El artículo de la doctora
Gaposchkin apareció antes de la publicación de Mundos en colisión y se basó
completamente en el artículo de Larabee en Harper’s. De hecho, como
reconoció Gaposchkin en respuesta a una carta de Larabee[33], ella no había
leído el libro cuando escribió el artículo. Su ataque estaba basado en «un
sumario de ocho páginas evidentemente escrito por un no-científico […][34]».

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Pero esto no le impidió escribir como si estuviera citando directamente a
Velikovsky. Consideremos, por ejemplo, lo siguiente:

Examinemos algunas de las afirmaciones astronómicas del Dr. Velikovsky en detalle: «Un
cometa […] pasó cerca de la Tierra […]. El cometa […] tocó la Tierra con su cola gaseosa […], y
con la lluvia de meteoritos la Tierra dejó de girar[35].

La cita no es de Velikovsky sino de Larabee, y el uso que hace


Gaposchkin de las elipsis es, además de generoso, desorientador. Por ejemplo,
la oración que termina antes de la segunda elipsis aparece al comienzo de la
página 20 en el artículo de Larabee; el pasaje que comienza después de las
elipsis aparece al comienzo de la página 21, toda una página más adelante, y,
en una sección del artículo, con un número diferente.
Los ataques, muchos de ellos bastante desmedidos, continuaron tras la
publicación del libro, y algunas publicaciones profesionales que imprimieron
estos ataques le negaron espacio a Velikovsky para la réplica. Por poner un
ejemplo, en 1952, la Sociedad Filosófica Americana celebró un simposio
sobre «Algunas heterodoxias de la ciencia moderna» que incluyó ataques
contra Velikovsky. Este se encontraba presente en la asamblea y el presidente
le permitió responder, pero la Sociedad se negó a imprimir sus comentarios en
las Actas aunque los comentarios de sus oponentes fueron impresos[36].
Quizá el aspecto más serio de todo el asunto fue un esfuerzo concertado,
posiblemente organizado, para forzar al editor a retirar el libro. Los científicos
escribieron a Macmillan numerosas cartas mostrando su enfado, y se negaron
a recibir a sus representantes de libros de texto o a escribir libros de texto para
ellos. El ataque fue tan fuerte que éstos se vieron forzados a renunciar al libro,
aunque era el que más beneficios les proporcionaba, asignando los derechos a
Doubleday, que carecía de departamento de libros de texto[37].
Finalmente, James Putnam, el editor que había recomendado la
publicación del libro y que había estado con Macmillan durante 25 años, fue
despedido[38] y Gordon Atwater fue relevado de su puesto en el Planetario
Hayden y en el Museo Americano de Historia Natural tras anunciar un
programa del planetario sobre las teorías de Velikovsky, siendo el programa
suspendido[39].
No necesitamos ninguna deducción formal, el cálculo de probabilidades, o
una solución del problema es-debe para reconocer que los intentos de
suprimir un libro y los ataques a un autor que no se ha leído no son medios
legítimos de mantener un consenso científico. El principal argumento que

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utilizaron los científicos para justificar el intento de supresión del libro está
bien formulado por el astrofísico John Q. Stewart:

Cuando la compañía de Macmillan aceptó publicar este libro, esta casa podría no haber prestado
gran atención a su propia y larga lista de trabajos de investigadores prominentes en la física
matemática y en la mecánica celeste. Los lectores que no están familiarizados con un autor en la
ciencia física consideran como de alguna garantía una publicación de un editor respetado. Esto es
especialmente importante cuando un experto en busca de información fidedigna se sale de su propio
campo profesional y entra en uno colindante […]. La libertad de expresión no habría estado
implicada; los editores rechazan libros de texto todos los días […][40].

La afirmación de Stewart de que a menudo dependemos de la fiabilidad


de un editor cuando hacemos uso de un libro técnico es importante[41]. Pero es
difícil de entender cómo los expertos de una disciplina científica colindante
pueden de alguna forma considerar erróneamente Mundos en colisión como
un trabajo definitivo en astrofísica, y, si se les hubiera desorientado, la
reputación de Macmillan habría sufrido desde luego.
Más importante aún es que el libro fuera aceptado para su publicación
sólo después de haber sido aprobado por varios lectores científicamente
competentes; no habría existido violación alguna de la libertad de expresión si
estos lectores hubieran rechazado el libro. Pero el intento de Shapley de
interferir en el proceso de examen normal y el intento de suprimir un libro
que ha sido ya publicado son ejemplos de un tipo de actividad que sólo puede
perjudicar a la ciencia. El bienestar de la ciencia depende de su apertura hacia
las nuevas ideas y del mantenimiento del libre debate. Una vez más, esto no
requiere que los científicos malgasten su vida profesional examinando cada
conjetura inadmisible que consiga ser publicada sólo porque algunas tesis
rechazadas hayan resultado ser más tarde importantes innovaciones. Pero sí
significa que los científicos que elijan entrar en un debate deberían
comportarse de acuerdo con las reglas normales de la discusión razonada. El
hecho de que un escritor proponga una teoría en un campo en el que no es un
profesional cualificado puede proporcionar una razón adecuada para
ignorarlo, pero no permite suspender las reglas del debate científico. Es útil
recordar que a lo largo de toda la historia de la ciencia ha sido una de las
mayores víctimas de la censura y no hay razón alguna para creer que la
censura se convierta en deseable cuando los científicos son los censores. Más
bien, lo que enseña el principio del consenso es que es el continuo proceso de
investigación y discusión lo que lleva al establecimiento del conocimiento
científico. Como arguyó Moses Hadas respecto a Velikovsky, «lo que me
molestó fue la violencia del ataque contra su persona: si sus teorías fueran

Página 186
absurdas, ¿no habrían sido a su debido tiempo expuestas como tales sin una
campaña de difamación[42]?».
En éste como en tantos otros casos, Einstein proporciona un modelo del
comportamiento apropiado. Durante los dos últimos años de su vida, Einstein
discutió las teorías de Velikovsky con él, rechazando en particular sus
afirmaciones de que los campos electromagnéticos juegan un papel en el
movimiento planetario y de que el Sol y los planetas portan una carga
eléctrica. «Sin embargo, cuando supo, sólo unos días antes de su muerte, que
Júpiter emite ruido de radio, como Velikovsky había durante mucho tiempo
insistido, ofreció emplear su influencia para organizar algunos otros
experimentos que Velikovsky había sugerido»[43].
La violencia de la reacción frente a Mundos en colisión es en parte
resultado de la persistente creencia de que la ciencia produce verdades
definitivas. Consideremos, por ejemplo, la observación de Shapley: «Si el Dr.
Velikovsky tiene razón, el resto de nosotros está loco[44]». Claramente, si
Velikovsky tiene razón, muchos astrónomos están equivocados, pero
equiparar el mantenimiento de una teoría científica incorrecta con estar loco
es adherirse a una opinión ingenuamente optimista de la permanencia de los
resultados científicos, especialmente en un campo tan especulativo como la
cosmología. Sin embargo, incluso los cosmólogos más especulativos parecen
no tener duda en afirmar el carácter definitivo de sus declaraciones. Fred
Hoyle, por ejemplo, defensor de la cosmología del estado constante, que
rechaza el principio de conservación de la materia y postula la continua
creación de átomos de hidrógeno a partir de la nada en el espacio interestelar,
escribió en 1960:

¿Es probable que nos esté acechando algún desarrollo sorprendente? ¿Es posible que la
cosmología de dentro de 500 años años sobrepase tanto nuestras presentes creencias como nuestra
cosmología sobrepasa la de Newton? Puede sorprenderle saber que dudo que esto ocurra así. Si esto
le parece pretencioso, creo que debe considerar lo que dije antes acerca de la región observable del
Universo. Como recordará, incluso con un telescopio perfecto podríamos penetrar en el espacio sólo
el doble de distancia, aproximadamente, que con el nuevo telescopio de Palomar. Esto significa que
no se van a abrir nuevos campos para el telescopio del futuro, y éste es un hecho de no poca
importancia en nuestra cosmología. Habrá muchos adelantos en la comprensión de los detalles de
cuestiones que todavía nos desconciertan. De los grandes temas espero un considerable
perfeccionamiento en la teoría del Universo en expansión. Espero que la creación continua juegue un
importante papel en las teorías del futuro. De hecho, espero que se aprenda mucho sobre la creación
continua, especialmente sobre su conexión con la física atómica. Pero por regla general creo que
nuestro marco actual mantendrá un parecido apreciable con las cosmologías del futuro[45].

Mientras Hoyle estaba escribiendo estas palabras, el campo recientemente


desarrollado de la astronomía radial suministraba nuevos tipos de datos y

Página 187
forzaba a muchos cosmólogos a repensar sus teorías. Así, en un libro de 1965,
Hoyle encontró necesario incluir un capítulo titulado «Una desviación radical
del concepto de estado-constante», en el que trataba de reconciliar la teoría
del estado constante con los nuevos elementos de juicio de que la parte
observable del Universo carecía de la homogeneidad necesaria para esa
cosmología. La parte del Universo en que vivimos es —argumentaba una
inhomogeneidad local «de unos diez años luz de diámetro, aproximadamente,
unas mil veces la porción del universo visible en nuestros telescopios»[46]. Sin
embargo, habiéndosele mostrado, antes de que pasaran cinco años, que había
estado equivocado en varias cuestiones fundamentales, Hoyle siguió teniendo
la esperanza de que su última teoría fuera la palabra definitiva: «Mi impresión
es que el cuadro […] de la formación de las galaxias que da esta teoría puede
ser decisivo[47]».
Incluso un estudio precipitado de la ciencia del siglo xx hace
extremadamente difícil comprender tal confianza serena, y es igualmente
difícil ver cómo puede beneficiarse la ciencia de la perpetuación del mito de
que el nervio de la ciencia reside en los «resultados establecidos» antes que en
la investigación en curso. La comunidad científica en su conjunto debe
mantener un delicado equilibrio entre los principios aceptados y las nuevas
ideas[48]. Y este equilibrio puede ser óptimamente mantenido si los científicos
tienen una clara comprensión de cómo se ha desarrollado la ciencia[49].
No es mi propósito ahora presentar un catálogo de normas para los
científicos, sino sólo ilustrar la forma en que se pueden proponer tales normas
sobre la base del análisis de casos tomados de la historia de la ciencia. Estas
normas no pueden deducirse formalmente a partir de las descripciones de
hechos históricos, ni hay prueba alguna a priori de que deban ser seguidas,
como tampoco hay ninguna buena razón para hacer de cualquiera de estas
exigencias condiciones necesarias para la aceptabilidad de las normas
propuestas. Es suficiente que seamos capaces de reconocer los tipos de
comportamiento que han tendido a facilitar o impedir el desarrollo de la
ciencia para hacer propuestas sobre cómo deberían comportarse los
científicos. Por tanto, la cuestión «¿Es la filosofía de la ciencia normativa o
descriptiva?» no es especialmente iluminadora si presupone que éstas son
alternativas mutuamente excluyentes.

PRESUPOSICIONES Y PROBLEMAS

Página 188
He argumentado que una teoría es un sistema de presuposiciones que guía
la investigación y que la epistemología desarrollada aquí es un ejemplo de tal
teoría. ¿Cuáles son, pues, los presupuestos de esta teoría y qué problemas de
investigación proporciona a los filósofos? En nuestro caso éstas no son dos
cuestiones distintas, pues la clarificación de presuposiciones es un problema
filosófico, tanto si la propia teoría en cuestión es una teoría filosófica como si
no lo es. En general, es difícil que los que trabajan dentro de una teoría
adviertan con absoluta claridad sus presuposiciones, pero podemos tratar de
formular los más obvios. Al hacerlo así encontraremos que toda presuposición
que aislemos generará problemas filosóficos adicionales.
Nuestro análisis de la ciencia ha hecho un amplio uso de la historia de la
ciencia y hemos presupuesto continuamente que disponemos de información
histórica adecuada con la que trabajar, pero no podemos suponer (bajo pena
de autocontradicción) que la investigación histórica suministre datos libres de
teoría. Por consiguiente, nuestra confianza en la historia de la ciencia requiere
una teoría del conocimiento histórico en el contexto de nuestra epistemología
y una nueva apreciación de nuestro análisis de la ciencia a la luz de esta teoría
de la historia.
En segundo lugar, hemos presupuesto que existe un mundo material
independiente de la mente que es el objeto de las teorías de los científicos y
que juega un papel crucial a la hora de determinar lo que se observa. Esto
requiere una nueva teoría de la percepción que pueda aclarar los papeles que
juegan la teoría y la realidad física a la hora de determinar lo que se observa,
y cómo tal observación, cargada de teoría, puede servir para controlar la
admisión o el rechazo de las teorías científicas.
En tercer lugar, hemos presupuesto que la mente humana es capaz de
juicio racional sobre la base de datos limitados y sin la guía de
procedimientos efectivos. Este presupuesto (que es rechazado por los que
equiparan racionalidad con computabilidad algorítmica) precisa de una nueva
teoría epistemológica de la mente para dar cuenta de la racionalidad y la
creatividad científica al formar y valorar hipótesis.
En cuarto lugar, queda abierto un nuevo campo para el análisis filosófico
de la naturaleza del conocimiento. Precisamente de la misma forma en que
nuestra comprensión creciente de los mecanismos de la evolución y la
genética ha hecho surgir la posibilidad de alterarlos, una comprensión del
papel de las presuposiciones en el conocimiento humano puede también
conducir a la posibilidad de alterar su papel, y esto, a su vez, generaría la
necesidad de una nueva epistemología.

Página 189
CONCLUSIÓN

Nuestro tema central ha sido el de que lo que constituye el nervio de la


ciencia es la investigación en curso, antes que los resultados establecidos. La
ciencia consiste en una serie de proyectos de investigación estructurados
mediante las presuposiciones aceptadas que determinan qué observaciones se
han de hacer, cómo se han de interpretar, qué fenómenos son problemáticos y
cómo han de ser tratados estos problemas. Cuando cambian las
presuposiciones de una disciplina científica, quedan transformadas también
tanto la estructura de esa disciplina como la imagen de la realidad del
científico. El único aspecto permanente de la ciencia es la investigación.
Este enfoque se ha aplicado tanto a la filosofía de la ciencia como a la
propia ciencia. Hemos visto que el empirismo lógico es un intento de
interpretar la ciencia en términos de una filosofía aceptada, utilizando un
cuerpo definido de herramientas intelectuales, y que genera un conjunto de
problemas característico que los filósofos que trabajan dentro de esta
tradición tratan de resolver. Los fracasos en la resolución de estos problemas
llevan a modificaciones del programa de investigación original y, finalmente,
a la propuesta de una nueva filosofía de la ciencia construida sobre diferentes
presupuestos, utilizando diferentes herramientas intelectuales, que generan un
conjunto alternativo de problemas filosóficos. Al mismo tiempo, la frontera
entre lo que es y no es pertinente para el análisis filosófico de la ciencia queda
desplazada, y muchos aspectos de la historia, de la sociología, de la
psicología, e incluso de la economía y de la política de la ciencia, que son
considerados irrelevantes por los que identifican filosofía de la ciencia con
análisis formal, pasan a ser muy relevantes desde el nuevo punto de vista.
La tentativa de desarrollar una teoría de la ciencia filosófica exige que
cambiemos nuestra interpretación de la ciencia cada vez que alteremos
nuestras presuposiciones epistemológicas, y que cambiemos nuestras
presuposiciones cuando se juzgue que los problemas acerca de la ciencia que
generan son intratables. Esta continua acción recíproca entre una teoría y su
objeto ha sido caracterizada como dialéctica, y se ha argüido que la estructura
de la investigación y el desarrollo científicos es también dialéctica. Consiste
en una transacción entre teoría y observación, donde la teoría determina qué
observaciones vale la pena hacer y cómo van a ser entendidas, mientras que la
observación proporciona retos a las estructuras teóricas aceptadas. La
tentativa continua de producir un cuerpo de teoría y observación
coherentemente organizado es la fuerza impulsora de la investigación, y el

Página 190
fracaso prolongado de los proyectos de investigación específicos conduce a
revoluciones científicas.
Las revoluciones científicas no son, sin embargo, cortes netos con la
tradición que establezcan un nuevo enfoque que nada tenga en común con la
ciencia precedente. Hemos visto que, al introducir nuevas presuposiciones,
una revolución transforma la estructura conceptual de una teoría. Esto puede
implicar la eliminación de algunos conceptos y el rechazo de algunas formas
de observación como irrelevantes, así como la introducción de algunos
nuevos conceptos y nuevos tipos de observaciones. Pero, en su mayor parte,
los viejos conceptos son conservados en forma modificada y las viejas
observaciones son conservadas con nuevos significados. Esta continuidad
proporciona la base para el debate racional entre teorías fundamentales
alternativas, incluso aunque estas teorías puedan presentar imágenes de la
naturaleza y de la disciplina en cuestión radicalmente diferentes. Así, la tesis
de que una revolución científica requiere una reestructuración de la
experiencia análoga a un cambio de Gestalt es compatible con la continuidad
de la ciencia y la racionalidad del debate científico.
Finalmente, se ha argumentado que las decisiones cruciales tales como la
de de qué manera se ha de resolver un conflicto entre teoría y observación, o
cómo se ha de evaluar una nueva teoría propuesta, no se adoptan mediante la
aplicación de reglas mecánicas, sino mediante juicios razonados por parte de
los científicos y mediante el debate en el seno de la comunidad científica.
Este proceso, al que se reconoce falible, se presenta como un paradigma de
procedimiento de decisión racional.

Página 191
INDICE DE AUTORES Y MATERIAS

ABLESON, P.
ADAMS, J.
AGASSI, J.
ALEXANDER, H.
Ambigüedad de la explicación estadística
Analogía
Aristarco
ARISTÓTELES
Aristotélica
dinámica,
lógica,
Atrincheramiento
ATWATER, G.
AYER, A. J.
BACON, F.
BARRET, W.
BERGSON, H.
BESSELL, F.
BOHR, N.
BRAHE, T.
BRAITHWAITE, R.
BRIDGMAN, P.
BRODBECK, M.
BURIDAN, J.
CAJORI, F.
CAMPBELL, N.
CARNAP, R.
Ciencia normal
Círculo de Viena
CLAIRAUT, A.
COLLINGWOOD, R.
COMTE, A.
Condición de consecuencia
especial

Página 192
inversa
Convenciones
COPÉRNICO, N.
Corroboración
Craig, teorema de
D’ALEMBERT, J.
Datos sensibles (sense-data)
Demarcación
DESCARTES, R.
Dialéctica
DUHEM, P.,
Efecto fotoeléctrico
EINSTEIN, A.
Enunciados básicos
Evidencia total, requisito de
FEIGL, H.
FERMI, E.
FEYERABEND, P. K.
FIZEAU, A.
FLEMING, A.
Flogisto
Formalismo
FOUCAULT, J.
GALILEO
Gestáltico, cambio
GOODMAN, N.
HADAS, M.
HANSON, N. R.
HARRÉ, R.
HARRIS, E.
HEGEL, G.
HEMPEL, C.
Heráclides
HESSE, M.
HILBERT, D.
Historicismo
HOOKE, R.

Página 193
HOSIASSON-LINDENBAUM, J.
HOYLE, F.
HUME, D.
Ideal de orden natural
Ímpetu
JAMMER, M.
Júpiter
KANT, E.
KEPLER, J.
KORDIG, C.
KUHN, T. S.
LAKATOS, I.
LARABEE, E.
LARMOR, J.
LAVOISIER, A.
LEONARD, H.
LEVERRIER, U.
Logicismo
LORENTZ, H.
LYSENKO, T.
MARGENAU, H.
Marte
Máxima
MAXWELL, J.
MEDVEDEV, Z.
Mercurio
Modelo
Movimiento
natural
violento
NAGEL, E.
Neptuno
Neutrino
NEWTON, I.
NICOD, J.
Objetividad
Ohm, ley de

Página 194
O’NEILL, J.
Operacionalismo
OPPENHEIM, P.
Oraciones reductivas
Orden natural, ideal de
ORESME, N.
Paradigma
Paradojas
de la confirmación
de implicación material
PAULI, W.
PAYNE-GAPOSCHKIN, C.
PEARS, D.
PEMBERTON, H.
PLATÓN
POINCARE, H.,
POLANYI, M.
POPPER, K. R.
Positivismo lógico
Pragmatismo
PREZENT, I.
PRIESTLEY, J.
Programa de investigación
Proposiciones paradigmáticas
Proyección
Psicologismo
PTOLOMEO
PUTNAM, H.
PUTNAM, J.
QUINE, [Link] ORMAN
Racionalidad,.
RAMSEY, F.
REICHENBACH, H.
Reglas de correspondencia
Relatividad, teoría de la
Relativismo
RIEMANN, B.

Página 195
ROENTGEN, W.
RORTY, R.
RUDNER, R.
RUSSELL, B.
SCRIVE, M.
SCHEFFLER, I.
SCHLICK, M.
SCHRÖDINGER, E.
SHAPERE, D.
SHAPLEY, H.
STALIN, J.
STEWART, J. Q.
SWINBURNE, R. C.
Taquiones
Teorema de Craig
TOULMIN, S.
Teoreía verificacionista del significado
Urano
VELIKOVSKY, I.
Venus
Ver
como
que
Viena, círculo de
Vulcano
WAISMANN, F.
WATKINS, J.
WEISHEIPL, J.
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Página 196
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Página 208
Notas

Página 209
CAPÍTULO 1

Página 210
[1] David Hume, A Treatise of Human Nature, ed. L. A. Selby-Bigge, Oxford

University Press, 1967, p. 1 [hay trad. en castellano: Tratado de la naturaleza


humana, Ed. Nacional, Madrid, 1977],. <<

Página 211
[2] Ibíd., pp. 70-71. <<

Página 212
[3] David Hume, An Enquiry Concerning Human Understanding, ed. L. A.

Selby-Bigge, Oxford University Press, 1966, p. 25. <<

Página 213
[4] Bertrand Russell, Principles of Mathematics, W. W. Norton, 21937, p. XV

[hay traducción en castellano: Los Principios de la matemática, Espasa


Calpe, Madrid, 31977]. <<

Página 214
[5]
Alfred North Whitehead y Bertrand Russell, Principia Mathematica,
Cambridge University Press, 1962. p. 94. <<

Página 215
[6] Bertrand Russell, Introduction to Mathematical Philosophy, George
Allen & Unwin, 1919, p. 153. <<

Página 216
[7] Ibid., pp. 204-205. <<

Página 217
[8] Ibíd, p. 205. <<

Página 218
[9]
Ludwig Wittgenstein, Tractatus Lógico-Philosophicus, trad. por D. F.
Pears y B. F. McGuinness, Routledge & Kegan Paul, 1961, I.I [hay trad. en
castellano: Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza, Madrid, 41980]; en
todas las referencias al Tractatus se indicarán los números de proposición en
lugar de los de página. <<

Página 219
[10] Ibíd., 12. <<

Página 220
[11] Ibíd., 1.21. <<

Página 221
[12] Ibíd., 6.37. <<

Página 222
[13] Ibíd., 4.21. <<

Página 223
[14] Ibíd., 4.211. <<

Página 224
[15] Ibíd., 1.2. <<

Página 225
[16] Ibíd., 2.01. <<

Página 226
[17] Rudolph Carnap, Testability and Meaning: Philosophy of Science 3
(1936) 419-471, y 4 (1937) 1-40. Reimpreso con omisiones en Feigl y
Brodbeck (eds.), Readings in the Philosophy of Science, Appleton-Century-
Crofts, 1953, pp. 47-92. Todas las posteriores referencias a este ensayo se
entienden hechas a la edición reimpresa. <<

Página 227
[18] Ibíd., p. 48. <<

Página 228
[19] Ibíd., pp. 63-65. <<

Página 229
CAPÍTULO 2

Página 230
[1] Alternativamente, podemos construir un cálculo abstracto con la intención

de interpretarlo como un cálculo de confirmación, pero para llevar a cabo esta


interpretación con respecto a cierto conjunto de enunciados tenemos que
haber distinguido previamente dentro de dicho conjunto entre hipótesis y
enunciados de instancias confirmadoras o desconfirmadoras. <<

Página 231
[2] Carl G. Hempel, Studies in the Logic of Confirmation: Mind 54 (1945)

1-26, 97-121. Reimpreso con un comentario final en Carl G. Hempel, Aspects


of Scientific Explanation, Free Press, 1965, pp. 3-51 (en adelante referido
como Aspects); las referencias que se hagan en adelante se entenderán hechas
a la versión de Aspects. Cf. Carl G. Hempel, A Purely Syntactical Definition
of Confirmation: Journal of Simbolic Logic 8 (1943) 122-143.. <<

Página 232
[3] Aspects, p. 10. <<

Página 233
[4] El término «programa de investigación» está extraído de la obra de Imre

Lakatos, aunque no hago uso de su análisis de la estructura de los programas


de investigación. Cf. Falsification and the Methodology of Research
Programmes, en I. Lakatos y A. Musgrave (eds.), Criticism and the Growth of
Knowledge, Cambridge University Press, 1970, pp. 91-195 [hay trad. en
castellano: La crítica y el desarrollo del conocimiento, Grijalbo, Barcelona,
1974]. <<

Página 234
[5] Aspects, pp. 10-11. Entre las dificultades mencionadas por Hempel en su

discusión del criterio de Nicod se halla la de que dicho criterio no puede ser
una caracterización completamente general de la relación de confirmación,
puesto que vale sólo para proposiciones universalmente generales (ibíd.,
pp. 11-12). Omitiremos este punto aquí (como lo hace Hempel a lo largo de la
mayor parte de su exposición) y nos limitaremos a la confirmación de las
proposiciones universales. <<

Página 235
[6] Ibíd., p. 12. <<

Página 236
[7] Ibíd. <<

Página 237
[8] Ibíd., p. 13. <<

Página 238
[9] Ibíd., p. 15. <<

Página 239
[10] Nelson Goodman, Fact, Fiction and Forecast, Bobbs-Merril, 1965, pp.

70-71. <<

Página 240
[11] R. G. Swinburne, The Paradoxes of Confirmation —A Survey: American

Philosophical Quarterly 8 (1971) 318-330. <<

Página 241
[12] Aspects, p. 18. <<

Página 242
[13] Ibíd., pp. 18-19. <<

Página 243
[14] Ibid., pp. 19-20. <<

Página 244
[15] Ibid., p. 20. <<

Página 245
[16] Ibid. <<

Página 246
[17] Esta afirmación será defendida extensamente en la parte segunda. <<

Página 247
[18] Richard B. Angell, The Boolean Interpretation is Wrong, en Irving
M. Copi y James A. Gould (eds.), Readings on Logic, Macmillan, 1972,
p. 182. <<

Página 248
[19]
Aspects, p. 31. Esta es una «condición de consecuencia especial» en
comparación con lo que Hempel llama la condición de consecuencia: «Si un
informe de observación confirma todas y cada una de las oraciones de una
clase K, entonces confirma también cualquier oración que sea una
consecuencia lógica de K» (ibíd.). <<

Página 249
[20] Ibíd., p. 32. <<

Página 250
[21] William Barrett, On Dewey’s Logic: Philosophical Review 50 (1941) 312.

<<

Página 251
[22] Aspects, p. 32. <<

Página 252
[23] Rudolph Carnap, The Logical Foundations of Probability, University of

Chicago Press, 21962, pp. 474-475. <<

Página 253
[24] Goodman, Fact, Fiction and Forecast, p. 74. <<

Página 254
[25] Ibid., p. 81. <<

Página 255
[26] Ibid., pp. 57-58. <<

Página 256
[27] Ibíd, pp. 84-85. <<

Página 257
[28] Cf. también ibíd., pp. 70 y 75. <<

Página 258
[29] Ibíd., p. 94. <<

Página 259
[30] Ibíd. <<

Página 260
[31]
Goodman previo la crítica en esta línea e incluyó una réplica en su
argumento original: ibíd., pp. 79-80. <<

Página 261
CAPÍTULO 3

Página 262
[1] Al introducir el término «datos sensibles» como sustituto de las
«impresiones» humeanas, dejo de lado en realidad el significado de los
términos de la psicología introspectiva que estaban incorporados en el análisis
de Hume. Esto es plenamente coherente con el empirismo contemporáneo. <<

Página 263
[2] Bertrand Russell, The Relation of Sense-Data to Physics, en Mysticism and

Logic, Doubleday Anchor Books, 1957, p. 150. Merece la pena señalar que
Russell considera necesario permitirse dos entidades inferidas: los datos
sensibles del resto de la gente y lo que él denomina «sensibilia», es decir, los
datos sensibles que aparecerían si hubiera un observador en cierta posición en
la que da la casualidad de que no hay ninguno ahora (ibíd., p. 152). <<

Página 264
[3] Ibíd., p. 151. <<

Página 265
[4] F. P. Ramsey, Theories, en The Foundations of Mathematics, Littlefield,

Adams, 1960, pp. 212-236. <<

Página 266
[5]
R. B. Braithwaite, Scientific Explanation, Harper Torchbooks, 1960,
cap. III [hay trad. en castellano: La explicación científica, Ed. Tecnos,
Madrid, 1964]. <<

Página 267
[6] Cf., por ejemplo, Israel Scheffler, Science and Subjectivity, Bobbs-Merril,

1967, pp. 39-41 y cap. 3, y Carl R. Kordig, The Justification of Scientific


Change, Humanities Press, 1971, caps. 2 y 3. <<

Página 268
[7] P. W. Bridgman, The Logic of Modern Physics, Macmillan, 1927, p. 5. <<

Página 269
[8] Ibíd. <<

Página 270
[9] Ibíd., p. 10. <<

Página 271
[10] Ibíd., pp. 14-23. <<

Página 272
[11] Testability and Meaning, pp. 52-53. <<

Página 273
[12] Unos veinte años más tarde, Carnap escribió sobre Testability and
Meaning: «En la época de este artículo yo creía aún que todos los términos
científicos podían introducirse como términos disposicionales sobre la base de
términos observacionales, bien por medio de definiciones explícitas, bien
mediante las llamadas oraciones de reducción, que constituyen un género de
definición condicional». Vid The Methodological Character of Theoretical
Concepts, en Herbert Feigl y Michael Scriven (eds.), Minnesota Studies in the
Philosophy of Science I, University of Minnesota Press, 1956. Como sugiere
el pasaje citado, hacia 1956 Carnap ya no sostenía que los términos teóricos
pudieran ser tratados como términos disposicionales (ibíd., pp. 66-69). <<

Página 274
[13] Debe recordarse que P, Q, R, S y T son todos ellos predicados en las

oraciones citadas, de manera que, estrictamente hablando, las oraciones de


reducción deberían ser expresiones cuantificadas. (1), por ejemplo, se leería:
(x)(t)[Pxt ⊃ (Qxt ⊃ Rxt)], pero seguiré la práctica de Carnap de suprimir los
cuantificadores, puesto que ello no da lugar a confusión en el presente
contexto. <<

Página 275
[14] Testability and Meaning, p. 63. <<

Página 276
[15] Ibíd., p. 53. <<

Página 277
[16]
Henry S. Leonard, Review of Rudolph Carnap, «Testability and
Meaning»: Journal of Symbolic Logic 2 (1937) 50. <<

Página 278
[17] Fact, Fiction and Forecast, p. 47. <<

Página 279
[18]
Carl G. Hempel, Fundamentals of Concept Formation in Empirical
Science, University of Chicago Press, 1952, p. 24. <<

Página 280
[19] Ibíd., p. 23. <<

Página 281
[20] Ibíd., pp. 28-29. <<

Página 282
[21] Testability and Meaning, p. 60. <<

Página 283
[22] Ibíd., p. 61. <<

Página 284
[23] Carl G. Hempel, Empiricist Criteria of Cognitive Significance: Problems

and Changes, en Aspects, pp. 114-115. <<

Página 285
[24] La deducción es como sigue:

P ⊃ (Q ≡ R) A ⊃(B ≡ R)

P ⊃ (Q ⊃ R) A ⊃(B ⊃ R)

P · (Q ⊃ R) (1) A ⊃(B ⊃ R) (2)

a partir de (1) y (2):

(P · Q) ⊃ (A ⊃ B) o (P · Q · A) ⊃ B

<<

Página 286
[25] Cf. Fundamentals of Concept Formation, p. 80, n. 21. <<

Página 287
[26] William Craig, On Axiomatizability Within a System: Journal of Symbolic

Logic 18 (1953) 30-32. Vid. también William Craig, Replacement of Auxiliar


y Expressions: Philosophical Review 65 (1956) 38-55. Para exposiciones de
la relevancia de este teorema en el problema de los conceptos teóricos en la
ciencia, vid. Hempel, Aspects, 210-215; Ernest Nagel, The Structure of
Science, Harcourt-Brace-World, 1961, pp. 134-137; Israel Scheffler, The
Anatomy of Inquiry, Bobbs-Merrill, 1963, pp. 193-203. <<

Página 288
[27] Replacement of Auxiliary Expressions, p. 39. <<

Página 289
[28] Ibíd., p. 49. <<

Página 290
[29] Ibíd., p. 41. <<

Página 291
[30] Craig menciona que fue Hempel quien le aconsejó y le animó a escribir

una exposición no-técnica del teorema (ibíd., p. 39). <<

Página 292
[31] Otra tentativa de eliminar los términos teóricos se ha basado en un aparato

formal introducido por Ramsey (Theories), pero no se añadirá una exposición


detallada a las observaciones que ya han sido hechas. Baste decir que los
empiristas que han tratado sobre ella no la han hallado más satisfactoria que el
método de Craig. Vid. Hempel, Aspects, pp. 215-217, y Scheffler, Anatomy of
Inquiry, pp. 203-222. <<

Página 293
[32] Norman Robert Campbell, Physics: The Elements, 1920, reimpreso como

Foundations of Science, Dover, 1957, pp. 122-129. Las referencias to son de


la reimpresión. <<

Página 294
[33]
Ibíd., pp. 123-124. Campbell llamó a las dos partes de una teoría la
«hipótesis» y el «diccionario» (ibíd., p. 122), pero seguiré usando el término
habitual «reglas de correspondencia» para referirme al segundo. <<

Página 295
[34] Herbert Feigl, The «Orthodox» View of Theories, en Michael Radner y

Stephen Winokur (eds.), Minnesota Studies in the Philosophy of Science IV,


University of Minnesota Press, 1970, p. 6. <<

Página 296
[35] Ibíd., p. 5. <<

Página 297
[36] Ibíd., p. 6. <<

Página 298
[37] Ibíd., p. 7. De igual manera, Braithwaite describe la relación entre
términos observacionales y términos teóricos como «igual que un cierre de
cremallera» (Scientific Explanation, p. 51). Merece la pena observar cuánto
nos hemos alejado del proyecto original que rechazaba como carente de
significado todo término del que no se pudiera dar una definición explícita
precisa. En sus últimas versiones, la teoría empirista del significado ha sido
reducida a una metáfora. <<

Página 299
[38] Carl G. Hempel, On the «Standard Conception» of Scientific Theories, en

Minnesota Studies IV, p. 159. <<

Página 300
[39] Ibíd., pp. 159-160. <<

Página 301
[40] Ibíd., pp. 143-144. <<

Página 302
[41] Cf. Dudley Shapere, Notes Toward a Post-Positivistic Interpretation of

Science, en Peter Achinstein y Stephen F. Barker (eds.), The Legacy of


Logical Positivism, Johns Hopkins University Press, 1969, p. 126: «Parece
razonable preguntarse si ciertos problemas suscitados en el contexto de
discusiones que descansa sobre la distinción teórica-observacional no habrán
sido creados, al menos en parte, por las limitaciones de dicha distinción
técnica y las funciones para las cuales fue introducida. Si fuera así, habría
que reconsiderar el carácter problemático de aquellos “problemas”
planteados, a la luz de los fracasos del trasfondo a partir del cual surgieron».
No obstante, tengo que discrepar de la opinión de Shapere en el sentido de
que dichos problemas serían «artificiales» (ibíd.) al haber sido generados por
una distinción técnica. Esta distinción es la expresión de una tesis central de
la epistemología empirista, y los problemas que genera son auténticos
problemas que surgen de la decisión de analizar la ciencia desde el punto de
vista de dicha epistemología. <<

Página 303
[42] Hempel, On the «Standard Conception» of Scientific Theories, p. 162. Cf.

Hilary Putnam, What Theories Are Not, en Ernest Nagel, Patrick Suppes y
Alfred Tarski (eds.), Logic, Methodology and Philosophy of Science, Stanford
University Press, 1962, p. 241. <<

Página 304
[43] On the «Standard Conception» of Scientific Theories, p. 163. <<

Página 305
CAPÍTULO 4

Página 306
[1]
Omito por el momento la explicación estadística, aunque ya veremos,
cuando tratemos este tema, que la afirmación de que el modelo deductivo se
toma como básico es aún válida en un sentido importante. <<

Página 307
[2] Carl G. Hempel y Paul Oppenheim, Studies in the Logic of Explanation:

Philosophy of Science 15 (1948) 135-175. Reimpreso con ciertos cambios y


un comentario final de Hempel en Aspects, pp. 245-295. Las referencias son a
la reimpresión. <<

Página 308
[3] Ibíd., pp. 248-249. <<

Página 309
[4] Hempel modificó más tarde su posición en este punto distinguiendo entre

explicaciones verdaderas y explicaciones más o menos confirmadas. Cf.


Deductive-Nomological vs. Statistical Explanation, en Herbert Feigl y Grover
Maxwell (eds.), Minnesota Studies in the Philosophy of Science III,
University of Minnesota Press, 1962, p. 102; y Aspects of Scientific
Explanation, en Aspects, p. 336. <<

Página 310
[5] [En el original inglés no figura el pie de esta nota. N. del E.] <<

Página 311
[6] Aspects, pp. 276-278 <<

Página 312
[7] Ibíd, p. 277. <<

Página 313
[8] La discusión posterior ha mostrado que esto no resolverá completamente el

problema, puesto que sigue siendo posible construir otros resultados


anómalos del mismo tipo mediante artificios simbólicos algo más complejos
y, por supuesto, proponer otros medios un poco más complejos de eliminar
estas otras anomalías. Vid. Aspects, pp. 283-295. Nuestra exposición no
adelanta nada por considerar aquí los detalles de este debate posterior, pero es
importante entender por qué el desarrollo de una discusión de este tipo se
considera una aportación a la filosofía de la ciencia, esto es, entender la
discusión en términos del marco de presuposiciones del empirismo lógico. <<

Página 314
[9] Aspects, p. 249. <<

Página 315
[10] Ibíd., p. 277. <<

Página 316
[11] Ibíd., p. 249. <<

Página 317
[12] El argumento que sigue es válido a fortiori si sólo se requieren premisas

bien confirmadas. <<

Página 318
[13] Cf., por ejemplo, Campbell, Foundations of Science, pp. 129-132, y Mary

B. Hesse, Models and Analogies in Science, University of Notre Dame Press,


1970. <<

Página 319
[14] Aspects, p. 445. <<

Página 320
[15] Ibíd., p. 439. <<

Página 321
[16] Ibíd., pp. 440-441. <<

Página 322
[17] Rom Harré, The Principles of Scientific Thought, University of Chicago

Press, 1970, p. 15. Harré propone describir una completa revolución en la


filosofía de la ciencia, de acuerdo con la cual los modelos son esenciales para
las teorías, y la creación de sistemas deductivos tiene sólo valor heurístico. <<

Página 323
[18] No trato de decir que ésta sea una solución adecuada al problema, sino

sólo que es la solución que se utiliza implícitamente. Ha de observarse que


Hempel, en su discusión con Campbell, sí propone una solución: «Una teoría
científica que merezca la pena explica una ley empírica mostrando que es un
aspecto de ciertas regularidades subyacentes más amplias, que tienen toda una
serie de otros aspectos contrastables, es decir, que también implican otras
varias leyes empíricas» (Aspects, p. 444). Pero esta propuesta es enteramente
consistente con el criterio de predicción e incluso ha de ser complementada
con ese mismo criterio a fin de eludir el problema mismo que hemos venido
discutiendo. <<

Página 324
[19] Aspects, p. 367. <<

Página 325
[20] Michael Scriven, Explanation and Predicción in Evolutionary Theory:

Science 130 (1959) 480. <<

Página 326
[21] Aspects, pp. 369-370. <<

Página 327
[22]
Michael Scriven; Explanations, Predictions, and Laws, en Minnesota
Studies III, pp. 192-193. <<

Página 328
[23] Ibíd., p. 205. <<

Página 329
[24] May Brodbeck, Explanation, Predicción and «Imperfect» Knowledge, en

Minnesota Studies III, pp. 231-272. <<

Página 330
[25] Ibíd., p. 250. <<

Página 331
[26] Anatomy of Inquiry, p. 35. <<

Página 332
[27] Ibíd. <<

Página 333
[28] Ibíd., pp. 40-42. <<

Página 334
[29] La cuestión de si la explicación tiene que ser deductiva resulta importante

tanto para la práctica de la ciencia como para la filosofía de la ciencia. Un


científico que sostenga que las explicaciones han de ser deductivas
considerará un caso de explicación no-deductiva como la del ataque cardíaco
de Jones en tanto que ocasión para seguir investigando, mientras que otro que
sostenga que las explicaciones estadísticas son suficientes puede muy bien
concluir que ya no hay nada más que hacer en dicho caso. Este es
esencialmente, por supuesto, el género de situación puesta en juego por la
negativa de ciertos físicos contemporáneos a aceptar como completa la física
estadística proporcionada por la teoría cuántica. <<

Página 335
[30] Aspects, pp. 383. <<

Página 336
[31] Cf. «Resulta inquietante que podamos decir: No importa si estamos
informados de que el acontecimiento en cuestión […] ocurrió o de que no
ocurrió; podemos proporcionar una explicación del referido resultado en cada
caso; y una explicación, además, cuyas premisas son enunciados
científicamente establecidos que confieren una alta probabilidad lógica al
resultado referido» (Hempel, Aspects, p. 396). Hempel ha discutido este
problema extensamente en una serie de publicaciones: por ejemplo, Inductive
Inconsistencies, en Aspects, pp. 53-67; Deductive-Nomological vs. Statistical
Explanation, pp. 128-149; Aspects of Scientific Explanation, en Aspects,
pp. 394-403. Cf. S. F. Barker, Induction and Hypothesis, Cornell University
Press, 1957, pp. 75-78. <<

Página 337
[32] Aspects, p. 393. <<

Página 338
[33] Ibíd., p. 58. <<

Página 339
[34] Ibíd., p. 395. Hay al menos otra razón de que la ambigüedad se considere

problemática: el resultado de las dos explicaciones es que tanto E como ~E


tienen una alta probabilidad, mientras que la suma de estas probabilidades ha
de ser uno. Cf. Hempel, Deductive-Nomological vs. Statistical Explanation
p. 140. Pero ha de observarse que Hempel sólo menciona de pasada este
aspecto del problema en su ensayo de 1962 y no desempeña ningún papel en
su exposición de 1965 (Aspects, pp. 380-412). Parece bastante claro que lo
que más interesa a Hempel es la comparación con la deducción. <<

Página 340
[35] Cf. nota 1 de este capítulo. <<

Página 341
[36] Logical Foundations of Probability, p. 211. Cf. también Rudolph Carnap,

On the Application of Inductive Logic: Philosophy and Phenomenological


Research 8 (1947) 138-139. <<

Página 342
[37] Deductive-Nomological vs. Statistical Explanation, p. 124. <<

Página 343
[38] Ibíd. <<

Página 344
[39]
Ernest Nagel, The Meaning of Reduction in the Natural Sciences, en
Arthur Danto y Sidney Morgenbesser (eds.), Philosophy of Science, Meridian
Books, 1960, pp. 290-291. Cf. también Hans Reichenbach, The Rise of
Scientific Philosophy, University of California Press, 1966, p. 101.
Reichenbach ni siquiera menciona la necesidad de condiciones delimitadoras.
<<

Página 345
[40] La relación entre la mecánica newtoniana y la teoría de la relatividad será

examinada extensamente en los capítulos octavo y noveno. <<

Página 346
[41] Cf. Karl Popper, The Aim of Science, en Objective Knowledge, Oxford

University Press, 1972, pp. 200-201 [hay trad. en castellano: Conocimiento


objetivo, Editorial Tecnos, Madrid, 21982]. <<

Página 347
[42] Aspects, p. 344. Vid. también Deductive-Nomological vs. Statistical
Explanation, pp. 100-101, para un enfoque anterior de esta posición. Allí
afirma todavía Hempel que la ley de Galileo puede ser deducida a partir de la
de Newton, pero menciona, en una nota a pie de página, que esto no es
correcto. En el texto posterior que he citado proporciona la relación correcta
entre las dos leyes, pero introduce la noción de una «explicación D-N
aproximativa» tratando de habérselas con la anomalía con los mínimos
cambios en la base de presuposiciones. <<

Página 348
[43] Deductive-Nomological vs. Statistical Explanation, p. 108. <<

Página 349
[44] Los intentos de Hempel y Nagel de salvar las leyes de Kepler y Galileo de

la refutación servirán, desde luego, como primera ilustración de este punto; la


amplia exposición de la relación entre la dinámica newtoniana y la relativista
en el capítulo octavo servirá como segundo ejemplo. <<

Página 350
[45] Hans Reichenbach, Experience and Prediction, University of Chicago

Press, 1938, p. VI. <<

Página 351
[46] Ibíd., p. 16. Las cursivas son mías. <<

Página 352
[47] Rise of Scientific Philosophy, p. 170. <<

Página 353
[48] Ibíd., p. 173. <<

Página 354
[49] Ibíd. <<

Página 355
[50] Aspects, p. 248. <<

Página 356
[51] Ibíd., pp. 248-249. <<

Página 357
[52] Deductive-Nomological vs. Statistical Explanation, p. 120; Aspects,
p. 338. <<

Página 358
[53] The Structure of Science, p. 43. <<

Página 359
[54] Ibíd. <<

Página 360
[55] Herbert Feigl, Beyond Peaceful Coexistence, en Robert H. Stuewer (ed.),

Minnesota Studies V, 1970, p. 9. <<

Página 361
[56] Ibíd., p. 3. <<

Página 362
CAPÍTULO 5

Página 363
[1] Karl R. Popper, The Logic of Scientific Discovery, Harper Torchbooks,

1968, publicada originalmente en 1935 como Logik der Forschung [hay trad.
en castellano: La lógica de la investigación científica. Ed. Tecnos, Madrid.
71982]. Las referencias son a la traducción inglesa, que abreviaremos como

LSD. <<

Página 364
[2] Vid., por ejemplo, Alfred Jules Ayer, Language, Truth and Logic, Dover,

1946, p. 38 [hay trad. en castellano: Lenguaje, verdad y lógica, Martínez


Roca, Barcelona, 31977]; Reichenbach, Experience and Prediction, p. 88. <<

Página 365
[3] Vid., infra, pp. 112-114. <<

Página 366
[4] LSD, p. 34. <<

Página 367
[5] Ibíd., pp. 35-37. Cf. también p. 40, n. *3. El asterisco indica que la nota fue

añadida en la edición inglesa de 1954. <<

Página 368
[6] Ibíd., pp. 28-30 <<

Página 369
[7] Ibíd., p. 33. <<

Página 370
[8] Ibíd., pp. 40-41. <<

Página 371
[9] Ibíd., p. 268. <<

Página 372
[10] Karl R. Popper, Conjectures and Refutations, Harper Torchbooks, 1968,

p. 36. <<

Página 373
[11] Ibíd, p. 38. <<

Página 374
[12] LSD, p. 69. <<

Página 375
[13] Ibíd, pp. 112-113. <<

Página 376
[14] Ibíd, pp. 270-272. <<

Página 377
[15] Ibíd., p. 279. <<

Página 378
[16] Ibíd., pp. 265-269. <<

Página 379
[17] Ibíd., p. 268. Más recientemente, Popper ha cambiado su posición sobre

esta cuestión y ha tratado de construir una fórmula para calcular grados


numéricos de corroboración (ibíd., apéndice IX). De acuerdo con su fórmula,
el grado de corroboración es una función de probabilidades, pero él mismo no
es una probabilidad. Popper se ha acercado un poco, por tanto, a los
empiristas lógicos, mientras que sus intérpretes recientes se han alejado de
ellos. Imre Lakatos, por ejemplo, —se refiere a su fórmula para calcular
grados de corroboración como «sólo un curioso desliz que desentona con su
filosofía». Imre Lakatos, History of Science and its Rational Reconstructions
VIII, Reidel, 1971, p. 128 [hay trad. en castellano: Historia de la ciencia y sus
reconstrucciones racionales, Ed. Tecnos, Madrid, 21982. <<

Página 380
[18] LSD, p. 31. <<

Página 381
[19] Ibíd, p. 43. <<

Página 382
[20] Vid, en particular, la obra de Imre Lakatos: Changes in the Problems of

Inductive Logic, en Imre Lakatos (ed.), The Problem of Inductive Logic,


North HoIIand, 1968; Falsification and the Methodology of Research
Programmes; Popper on Demarcation and Induction, en P. A. Schilpp (ed.),
The Philosophy of Sir Karl Popper, Open Court, 1974. <<

Página 383
[21] LSD, p. 50. Se observará que la frase «o estricta refutación» no aparecía

en el texto original, sino que fue añadida a la edición inglesa porque —dice
Popper — se le ha malinterpretado muy a menudo como si sostuviera una
doctrina de la falsabilidad concluyente (ibíd., n. *1). <<

Página 384
[22] Vid. capítulo séptimo. <<

Página 385
[23] LSD, pp. 43-44. <<

Página 386
[24] Ibíd., p. 104. <<

Página 387
[25] Ibíd., p. 108. <<

Página 388
[26] Ibíd., p. 109. <<

Página 389
[27] Ibíd., p. 109. <<

Página 390
[28] Ibíd. <<

Página 391
[29] Ibid., pp. 86-87. Lakatos malinterpreta coherentemente este pasaje como

si dijera que un enunciado básico que refute una teoría ha de ser apoyado por
una hipótesis falsadora confirmada (Falsification and the Methodology of
Research Programmes, p. 108 y otra vez en la p. 127). Esta es la posición
opuesta a la de Popper. <<

Página 392
[30] LSD, p. 100. <<

Página 393
[31] Falsification and the Methodology of Research Programmes <<

Página 394
[32] History of Science and its Rational Reconstructions [Historia de la
ciencia y sus reconstrucciones]. Según Lakatos, el historiador
intelectualmente honesto ha de informar en las notas a pie de página de la
evidencia contraria a su reconstrucción racional de la historia, pero no tiene
por qué permitir que esta evidencia afecte a su reconstrucción (ibíd., p. 107).
<<

Página 395
[33] LSD, p. 50, n. *1. <<

Página 396
[34]
Vid., por ejemplo, A. J. Ayer, Logical Positivism, Free Press, 1959,
pp. 13-14 [hay trad. en castellano: El positivismo lógico, F. C. E., Madrid,
1977]. <<

Página 397
[35] The «Orthodox» View of Theories, p. 6. <<

Página 398
[36] Vid., por ejemplo, Norwood Russell Hanson, en Willard C. Humphreys

(ed.), Perception and Discovery, Freeman-Cooper, 1969, Editor’s Epilogue,


p. 427. <<

Página 399
[37]
Stephen Toulmin, Human Understanding, Princeton University Press,
1972, p. 101 [hay trad. en castellano: La comprensión humana, Alianza,
Madrid, 1977]. <<

Página 400
CAPÍTULO 6

Página 401
[1] Feigl, The «Orthodox» View of Theories, p. 5. Feigl atribuye esta metáfora

a Schlick, Carnap, Hempel y Margenau. <<

Página 402
[2] Perception and Discovery, p. 61. <<

Página 403
[3] Pierre Duhem, The Aim and Structure of Physical Theory, trad. inglesa de

Philip P. Wiener, Atheneum, 1962, p. 145. <<

Página 404
[4] Norwood Russell Hanson, Patterns of Discovery, Cambridge University

Press, 1958, p. 4 [hay trad. en castellano: Patrones de descubrimiento,


Alianza, Madrid, 1977]. <<

Página 405
[5] No concedo la existencia de datos sensibles libres de teoría, pero no hay

por qué plantear esa difícil y compleja cuestión aquí. Para nuestros propósitos
basta con mostrar que, aun si hubiera tales datos, no podrían servir como
objetos de conocimiento científico ni desempeñar papel alguno en la solución
de las disputas científicas. <<

Página 406
[6] Cf. Hanson, Patterns of Discovery [Patrones de descubrimiento], pp. 5-8.

<<

Página 407
[7] Cf. Kordig, The Justification of Scientific Change, pp. 16-19, para una

versión reciente de este argumento. <<

Página 408
[8] Merece la pena observar que es un tanto suicida tratar de defender el

análisis empirista tradicional de la percepción científica apelando a la teoría


astronómica más reciente para que decida qué fue lo que Kepler y Brahe
vieron realmente. <<

Página 409
[9] Thomas S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions, University of

Chicago Press, 21970, p. 114 [hay trad. en castellano:


La estructura de las revoluciones científicas, F. C. E., Madrid, 1975]. La
intención de Kuhn en este pasaje es mostrar que el cambio de gestalt y otros
ejemplos de la psicología son meramente indicativos y resultan
fundamentalmente diferentes de los casos que se plantean en la ciencia,
puesto que en el experimento psicológico tenemos un «modelo externo»
(ibíd.) que podemos invocar para mostrar que en todo el tiempo se está
observando el mismo objeto, mientras que no tenemos semejante modelo
externo en el caso científico. Argüiré que tampoco tenemos dicho modelo
externo en el caso del cambio de gestalt. <<

Página 410
[10] La exposición que sigue se basa fielmente en el análisis que Hanson hace

del ver que. Cf. Patterns of Discovery, cap. 1, especialmente pp. 19-30, y
Perception and Discovery, caps. 6, 7 y 8. <<

Página 411
[11] Así pues, ver como es un caso especial de ver que; ver un objeto como un

galvanómetro es ver que es un galvanómetro. <<

Página 412
[12] Patterns of Discovery [Patrones de descubrimiento], p. 20. <<

Página 413
[13] Ibíd., p. 59. <<

Página 414
[14]
Cf. mi Perception and Meaning: American Philosophical Quarterly,
Monograph 6 (1972) 1-9. <<

Página 415
[15] Perception and Discovery, p. 246. <<

Página 416
[16]
Vid. cap. octavo para una exposición más detallada del papel que
desempeñan las teorías aceptadas en la génesis de problemas. <<

Página 417
[17] Vid., supra, p. 60. <<

Página 418
[18] Logic of Scientific Discovery [Lógica de la investigación científica],
pp. 93-94. <<

Página 419
[19] Cf., supra, pp. 120-122. <<

Página 420
[20] Vid., supra, p. 110. <<

Página 421
[21] Cf. Richard Rorty, The World Well Lost: Journal of Philosophy 69 (1972)

650. <<

Página 422
[22] Una defensa adecuada de este enfoque exigiría otro libro entero. He hecho

una primera tentativa en el sentido de desarrollar una teoría de la percepción


en esta linea en A Causal Theory of Perception, tesis doctoral inédita,
Northwestern University, 1970. <<

Página 423
[23] Structure of Scientific Revolutions [Estructura de las revoluciones
científicas], p. 118. <<

Página 424
[24] Volveremos sobre el problema del relativismo en el capitulo décimo. <<

Página 425
CAPÍTULO 7

Página 426
[1] E. N. da C. Andrade, Sir Isaac Newton, Doubleday, 1954, p. 39. <<

Página 427
[2] Rise of Scientific Philosophy, pp. 101-102. <<

Página 428
[3]
Andrade, Sir Isaac Newton, pp. 40-41; A. R. Hall, The Scientific
Revolution, Beacon Press, 21966, pp. 267-268. <<

Página 429
[4] Stephen F. Mason, A History of the Sciences, Collier Books, 1962,
pp. 199-200 [hay trad. en castellano: Historia de las ciencias, Zeus,
Barcelona, 1966]. <<

Página 430
[5] Sir Isaac Newton, Principia, trad. inglesa de Andrew Motte revisada por

Florian Cajori, University of California Press, 1971, p. 147. Mucho más


adelante en los Principia, Newton mantuvo que había resuelto el problema y
descubierto que la discrepancia era debida a «una causa que no puedo
detenerme a explicar aquí» (ibíd., p. 435). Cajori indica que Newton nunca
proporcionó una explicación, aun cuando Pemberton, editor de la tercera
edición, le pidió «un breve apunte» de la solución (ibíd., p. 649). <<

Página 431
[6] Ibíd., p. 650. Cf. también Kuhn, Structure of Scientific Revolutions
[Estructura de las revoluciones científicas], p. 81. <<

Página 432
[7] Thomas S. Kuhn, The Caloric Theory of Adiabatic Compression:
Isis XLIX (1958) 136-137. Cf. también Richard S. Westfall, Newton and the
Fudge Factor: Science 179 (1973) 752-754. El artículo de Westfall es una
fascinante exposición de una serie de discrepancias entre teoría y observación
en la primera edición de los Principia y de la manera en que Newton
manipuló las cifras para mejorar el acuerdo aparente en las ediciones
posteriores. Ha de observarse que la fuerza gravitatoria sobre la Luna es una
de las cifras que, según Westfall, fue alterada por Newton. <<

Página 433
[8] Para una información detallada, vid. Morton Grosser, The Discovery of

Neptune, Harvard University Press, 1962. <<

Página 434
[9] Stephen Toulmin y June Goodfield, The Fabric of the Heavens, Harper

Torchbooks, 1961, pp. 254-255. <<

Página 435
[10] Structure of Scientific Revolutions, caps. II-V. <<

Página 436
[11] Margaret Masterman, The Nature of a Paradigm, en Criticism and the

Growth of Knowledge [La critica y el desarrollo del conocimiento],


pp. 61-65. Cf. también Dudley Shapere, The Structure of Scientific
Revolutions: Philosophical Review 73 (1964) 388; Richard L. Purtill, Kuhn
on Scientific Revolutions: Philosophy of Science 34 (1967) 53; Israel
Scheffler, Science and Subjectivity, p. 88. <<

Página 437
[12] En sus escritos más recientes, Kuhn ha trazado una distinción entre los

paradigmas como logros concretos en torno a los cuales cristaliza un estilo de


investigación científica y los paradigmas como todo el conjunto de creencias,
técnicas, etc., que una comunidad científica comparte (Structure of Scientific
Revolutions [Estructura de las revoluciones científicas], p. 175). En el
primero de estos sentidos, Principia Mathematica es el paradigma del
empirismo lógico. El segundo sentido, que Kuhn prefiere ahora llamar la
«matriz disciplinar» (ibíd., p. 182), ha de ser dividido ulteriormente en un
sentido epistémico y un sentido sociológico. Este último alude a los
compromisos compartidos que crean una comunidad científica; el primer
sentido alude al papel que desempeñan las teorías al guiar la investigación,
sea la investigación de una persona O la de una comunidad. Es el aspecto
epistémico de los paradigmas el que nos interesa aquí. En cuanto a la
legitimidad de considerar la investigación de acuerdo con una teoría como la
característica definitoria de la ciencia normal, Kuhn, al introducir el término
«matriz disciplinar», escribe: «Los propios científicos dirían que comparten
una teoría o un conjunto de teorías, y me daré por satisfecho si el término
puede recuperarse en última instancia para este uso. Tal como se utiliza
habitualmente en filosofía de la ciencia, sin embargo, “teoría” connota una
estructura mucho más limitada en naturaleza y alcance de la que se exige
aquí» (Structure of Scientific Revolutions [Estructura de las revoluciones
científicas], p. 182). El «uso habitual» al que se refiere Kuhn es el de los
empiristas lógicos. Ha de quedar sobradamente claro que al usar el término
«teorías» aquí no me restrinjo a su sentido de cálculos no-interpretados y
reglas de correspondencia. <<

Página 438
[13] Marshall Clagett, Greek Science in Antiquity, Collier Books, 1963,
pp. 114-116. <<

Página 439
[14]
E. A. Burtt, The Metaphysical Foundations of Modern Science,
Doubleday Anchor, 1954, pp. 37-38. <<

Página 440
[15] Galileo, Dialogue Concerning the Two Chief World Systems, trad. inglesa

de Stillman Drake, University of California Press, 1967, pp. 372-373. <<

Página 441
[16]
Thomas S. Kuhn, The Copernican Revolution, Vintage Books, 1957,
cap. 2 [hay trad. en castellano: La revolución copernicana, Ariel, Barcelona,
1979]. <<

Página 442
[17] Wallace Arthur y Saul K. Fenster, Mechanics, Holt, Rinehart, Winston,

1969, p. 386. <<

Página 443
[18] Ibíd., pp. 387-388. <<

Página 444
[19] Elogiando a aquellos que sostenían el movimiento de la Tierra, escribió

Galileo: «No puedo admirar nunca lo bastante la notable perspicacia de


aquellos que han hecho suya esta opinión y la han aceptado como verdadera;
han hecho tal violencia a su propios sentidos con la pura fuerza del intelecto
como para preferir lo que la razón les mandaba a lo que la experiencia
sensible mostraba llanamente en contra» (Dialogue on the Two World
Systems, p. 328). Y un poco más adelante, en respuesta a la indicación de que
hubiera sido un gran placer para Copérnico ver su sistema confirmado por las
observaciones de Galileo con el telescopio: «Sí, pero ¡cuánto menos
celebrado sería este sublime intelecto entre los sabios! Pues, como he dicho
antes, podemos ver que con la razón como guía él siguió afirmando
resueltamente aquello que la experiencia sensible parecía contradecir» (ibíd.,
p. 339). A lo largo del Diálogo, Galileo reconoce que es Simplicio, el
aristotélico, quien tiene el abrumador cuerpo de experiencia a su favor. Para
un amplio análisis de este punto, vid. Paul K. Feyerabend, Against Method, en
Minnesota Studies in the Philosophy of Science IV, pp. 17-130 [hay trad. en
castellano: Tratado contra el método, Ed. Tecnos, Madrid, 1982], y Problems
of Empiricism, en Robert G. Colodny (ed.); The Nature and Function of
Scientific Theories, University of Pittsburgh Press, 1970, pp. 275-353. Una
crítica detallada del análisis de Feyerabend se desarrolla en Peter K.
Machamer, Feyerabend and Galileo. The Interaction of Theories and the
Reinterpretation of Experience: Studies in the History and Philosophy of
Science 4 (1973) 1-46. <<

Página 445
[20] Francis Bacon, The New Organon, Bobbs-Merrill, 1960, pp. 47-66. <<

Página 446
[21] Ibíd., pp. 131-132. Una indicación de lo difícil que encuentra incluso

Bacon atenerse a la pura observación puede verse en el hecho de que su lista


incluya: «Animales, especialmente y en todas las épocas interiormente;
aunque en los insectos el calor no sea perceptible al tacto en razón de lo
pequeño de su tamaño» (ibíd.). <<

Página 447
[22] Cf. Karl Popper, Conjectures and Refutations, pp. 46-47, y Objective

Knowledge [Conocimiento objetivo], p. 259. <<

Página 448
[23] Emmanuel Kant, Crítica de la razón pura, Alfaguara, Madrid, 1978. <<

Página 449
[24] Kant distingue entre «sentido interno» y «sentido externo». Observamos

acontecimientos en nuestra propia corriente de conciencia por medio del


sentido interno y los objetos del sentido interno se sitúan sólo en el tiempo, no
en el espacio. No nos interesa en este momento seguir más lejos esta
discusión. <<

Página 450
[25] Hay una tercera facultad de la mente, la razón, que proporciona ideas

reguladoras que guían la investigación científica aun cuando no tenemos


fundamento para creer que la realidad de la que poseemos experiencia se
conforme a dichas ideas. Este no es el género de presuposición que nos
interesa aquí. Sólo nos interesan aquellas presuposiciones que forman parte de
la ciencia y que los científicos consideran verdaderas. <<

Página 451
[26] Pues los paradigmas de Kuhn desempeñan el mismo doble papel de
estructurar tanto la investigación como el mundo del que el científico tiene
experiencia. Cf. «He sostenido hasta aquí sólo que los paradigmas son
constitutivos de la ciencia. Ahora deseo exponer un sentido en el cual son
constitutivos, asimismo, de la naturaleza» (Structure of Scientific Revolutions
[Estructura de las revoluciones científicas], p. 110). <<

Página 452
[27] R. G. Collingwood, An Autobiography, Oxford University Press, 1939,

cap. V, y An Essay on Metaphysics, Oxford University Press, 1940,


caps. V-VII. La teoría de las presuposiciones de Collingwood no está ni por
asomo tan bien acabada como la de Kant. <<

Página 453
[28] Essay on Metaphysics, p. 32. <<

Página 454
[29] «Las presuposiciones absolutas de cualquier sociedad dada, en cualquier

fase dada de su historia, forman una estructura que está sometida a


“tensiones” de mayor o menor intensidad que son “encajadas” de diversas
formas, pero nunca aniquiladas. Si las tensiones son demasiado grandes, la
estructura se derrumba y es reemplazada por otra, que será una modificación
de la vieja estructura con la tensión destructiva suprimida […]» (ibíd., p. 48).
<<

Página 455
[30] R. G. Collingwood, The Idea of Nature, Oxford University Press, 1960,

pp. 3-10. <<

Página 456
[31] Cf. mi Paradigmatic Propositions: American Philosophical Quarterly 12

(1975) 85-90. <<

Página 457
[32] The Aim and Structure of Physical Theorie, cap. VI. <<

Página 458
[33]
Willard Van Orman Quine, Two Dogmas of Empiricism, en From a
Logical Point of View. Harper Torchbooks, 1961, p. 41. <<

Página 459
[34] Cf. mis Notes to the Tortoise: The Personalist 53 (1972) 104-109. <<

Página 460
[35] Personal Knowledge, Harper Torchbooks, 1964, p. 1. <<

Página 461
[36] Cf. Structure of Scientific Revolutions [Estructura de las revoluciones

científicas], cap. X. <<

Página 462
CAPÍTULO 8

Página 463
[1] Aristóteles, On the Heavens, 296b, W. K. C. Guthrie, Harvard University

Press, 1939, pp. 243-247. <<

Página 464
[2] Aristóteles, Physics, 267a, trad. inglesa de R. P. Hardie y R. K. Gaye, en

Richard McKeon, The Basic Works of Aristotle, Random House, 1941, p. 392.
La explicación de Aristóteles era lo bastante sutil como para evitar la objeción
de que no explicaba qué es lo que mantiene al aire en movimiento: la
capacidad de mover objetos es comunicada por la cuerda de arco del aire «el
cual está naturalmente adaptado para comunicar y experimentar el
movimiento» (ibíd.), de modo que, aun cuando cada porción de aire deja de
moverse en cuanto el móvil se aleja, todavía puede mover ¡a porción de aire
contigua. <<

Página 465
[3]
Estrictamente hablando, los antiguos y medievales usaban el término
«planeta» para los objetos celestes, incluidos el Sol y la Luna, que se mueven
con relación a las estrellas fijas. Esto tendrá cierta importancia más adelante,
pero por el momento seguiré usando «planeta» en el sentido moderno de la
palabra. <<

Página 466
[4] Cf. cap. séptimo, p. 130. <<

Página 467
[5] I. Bernard Cohen, The Birth of a New Physics, Anchor Books, 1960, p. 39.

<<

Página 468
[6]
Stephen Toulmin, Foresight and Understanding, Harper Torchbooks,
1961, caps. 3-4. <<

Página 469
[7] Science and Subjectivity, p. 57. <<

Página 470
[8] Cf. Galileo, Dialogue on the Two World Systems, p. 117; E. J. Dijksterhuis,

The Mechanization of the World Picture, trad. inglesa de C. Dikshoorn,


Oxford University Press, 1969, p. 34. <<

Página 471
[9] On the Heavens, 308a, p. 329; 311a, p. 353. <<

Página 472
[10] Physics, 208c, p. 270. <<

Página 473
[11] Dialogue on the Two World Systems, pp. 33-34. <<

Página 474
[12] Un análisis más detallado mostraría una serie de cambios en el sentido del

concepto, teniendo cada versión más cosas en común con aquellas versiones
entre las cuales cae que con cualquiera de las demás. Por ejemplo, para
Copérnico, la noción de movimiento circular uniforme formaba parte aún del
concepto de planeta. Galileo sostenía que, puesto que todos los movimientos
naturales son circulares, no hay nada en el movimiento circular que lo haga
privativo de los planetas. A continuación, de mala gana y con gran dificultad,
logró Kepler concebir el movimiento planetario como no-circular. (Para una
discusión detallada, vid. Hanson, Patterns of Discovery [Patrones de
descubrimiento], pp. 74-76). Una serie continua de cambios podría conducir
finalmente a una situación en la que una versión contemporánea de un
concepto y su versión más antigua no tuvieran ningún aspecto común
identificable, como lo indica el siguiente ejemplo reciente: «Cuando el
Pioneer 10 dio la vuelta a Júpiter la última semana, envió fotos espectaculares
del enorme planeta rojo y confirmó que, en muchos aspectos, Júpiter apenas
parece un planeta en absoluto» (W. D. Metz, By Júpiter!: Science 182 [1973]
1235). Es evidente que, para Aristóteles, Ptolomeo, Galileo, Newton y
Leverrier, la idea misma de que Júpiter pudiera no ser un planeta habría sido
un completo absurdo, como para Ptolomeo la idea de que la Tierra pudiera ser
un planeta. Ni tampoco la evidencia mencionada —que Júpiter irradia dos
veces y media el calor que absorbe, encierra en su atmósfera helio y también
hidrógeno, y tiene un campo magnético en forma de disco— habría sido
relevante para la cuestión de si Júpiter es un planeta para aquellos científicos.
<<

Página 475
[13] Principia, p. 1. <<

Página 476
[14] Ibid., p. 2. <<

Página 477
[15] Arthur y Fenster, Mechanics, p. 5. <<

Página 478
[16] A. P. French, Newtonian Mechanics, Norton, 1971, pp. 164-165 [hay trad.

en castellano: Mecánica newtoniana, Reverte, Barcelona, 1978]. <<

Página 479
[17] Carl G. Hempel, Philosophy of Natural Science, Prentice-Hall, 1966,
p. 94 [hay trad. en castellano: Filosofía de la ciencia natural, Alianza,
Madrid, 61980]. <<

Página 480
[18] Vid., supra, cap. tercero, n. 42. <<

Página 481
[19] Cf. Norwood R. Hanson, Logical Positivism and the Interpretation of

Scientific Theories, en Legacy of Logical Positivism, p. 75. <<

Página 482
[20] La idea de evolución de los conceptos que he sugerido aquí es diferente de

la de Stephen Toulmin. Yo me ocupo de los cambios de un concepto, y no


está claro que Toulmin reconozca que hay un aspecto importante en el que los
propios conceptos experimentan cambios. Aun cuando el primer volumen de
su obra La comprensión humana se titula El uso colectivo y evolución de
conceptos, lo que Toulmin estudia es la evolución de las disciplinas
intelectuales. Según él, hay constelaciones de conceptos, cuyo desarrollo ha
de comprenderse en función de la aparición de nuevos conceptos y la
desaparición de viejos conceptos, de manera parecida a aquella en que
evolucionan las especies biológicas por la variación y la selección natural.
Pero, para Toulmin, los propios conceptos no evolucionan, del mismo modo
que, siguiendo el paralelismo biológico, las variaciones particulares no
evolucionan. <<

Página 483
[21] Structure of Scientific Revolutions [Estructura de las revoluciones
científicas], pp. 101-102. <<

Página 484
[22] Paul K. Feyerabend, Explanation, Reduction and Empiricism, en
Minnesota Studies in the Philosophy of Science III, pp. 80-81; Problems of
Empiricism, en Robert Colodny (ed.), Beyond the Edge of Certainty,
Prentice-Hall, 1965, pp. 168-170. <<

Página 485
[23] Esta se ha convertido en una técnica estándar de la mecánica cuántica

guiada por el principio de correspondencia. <<

Página 486
[24] Structure of Scientific Revolutions [Estructura de las revoluciones
científicas], p. 102. <<

Página 487
CAPÍTULO 9

Página 488
[1] Richard S. Rudner, Philosophy of Social Science, Prentice-Hall, 1966, p. 6.

<<

Página 489
[2] Experience and Prediction, p. 6. <<

Página 490
[3] Ibíd., p. 382. <<

Página 491
[4] Logic of Scientific Discovery [Lógica de la investigación científica], p. 31.

<<

Página 492
[5] Florian Cajori, An Historical and Explanatory Appendix, en Principia,

p. 650. <<

Página 493
[6] Philosophy of Natural Science [Filosofía de la ciencia natural], p. 14. <<

Página 494
[7] Ibid., p. 16. Estrictamente hablando, la lógica deductiva sí proporciona

reglas mecánicas para generar nuevas proposiciones que se siguen de aquellas


ya disponibles. Por ejemplo, podemos formular una regla que diga que
añadamos cierta proposición dada para formar una disyunción con cualquier
otra, pero los teoremas significativos no se descubren de esta manera. <<

Página 495
[8] Cf. Reichenbach, Experience and Prediction, pp. 5-6. <<

Página 496
[9] Logic of Scientific Discovery [Lógica de la investigación científica], p. 28.

<<

Página 497
[10] Ibíd., p. 32. <<

Página 498
[11] Este punto será desarrollado ulteriormente en el capítulo décimo. <<

Página 499
[12] Cf. la descripción que hace Max Jammer del desarrollo de la mecánica

cuántica: «Cada estadio dependía de los precedentes sin seguirse


necesariamente a partir de ellos como una consecuencia lógica» (The
Conceptual Development of Quantum Mechanics, McGraw-Hill, 1966, p. vii).
<<

Página 500
[13] Cf. Errol E. Harris, Hypothesis and Perception, Humanities Press, 1970.

Esta es una amplia tentativa de desarrollar un análisis dialéctico de la ciencia,


tentativa con la cual he contraído una profunda deuda. Vid. también mi
artículo Harris on the Logic of Science: Dialectica 26 (1972) 227-246. <<

Página 501
[14] Platón, Republic, 331c, trad. inglesa de F. M. Cornford, Oxford University

Press, 1968, p. 7 [hay trad. en castellano: La República, Centro de Estudios


Constitucionales, Madrid, 21970]. <<

Página 502
[15] Ibíd. <<

Página 503
[16] Ibíd., 332a-b. <<

Página 504
[17] Ibíd., 332c-336a, pp. 9-14. <<

Página 505
[18] Ibíd., 341b-342e, pp. 22-24. <<

Página 506
[19] Cf., infra, la exposición sobre Collingwood, cap. séptimo. <<

Página 507
[20] Cajori, Appendix, en Principia, p. 650. <<

Página 508
[21] En este caso nos acercamos tanto como podemos a una situación en la

cual la teoría aceptada dicta la forma que ha de adoptar la solución de un


problema. Exceptuando un error matemático (que es lo que Clairaut descubrió
finalmente en el caso del movimiento de la Luna), la única manera de explicar
la inesperada perturbación de Urano en el contexto de la mecánica
newtoniana es por medio de la presencia de un fuerza hasta entonces ignorada
que sólo podía ser ejercida por otro cuerpo en gravitación. <<

Página 509
[22] Nótese que ni siquiera el más apasionado defensor de una distinción
estricta entre el contexto de descubrimiento y el contexto de verificación
habla del descubrimiento de Vulcano por Leverrier. <<

Página 510
[23] Citado en Kuhn, The Copernican Revolution [La revolución
copernicana], pp. 138-139. <<

Página 511
[24] Clagett, Greek Science in Antiquity, p. 114. <<

Página 512
[25] Edward Grant, Physical Science in the Middle Ages, Wiley, 1971.
pp. 64-70. <<

Página 513
[26] Dialogue on the Two World Systems, p. 339. <<

Página 514
[27] Patterns of Discovery [Patrones de descubrimiento], p. 74. <<

Página 515
[28] Ibíd., pp. 74-76. <<

Página 516
[29] Ibid., pp. 78-83. <<

Página 517
[30] A. Einstein, On the Electrodynamics of Moving Bodies, trad., inglesa de

W. Perrett y G. B. Jeffrey, The Principle of Relativity, Dover Books,


pp. 37-38. Las cursivas son mías. <<

Página 518
[31] Ibíd., pp. 36 y 46. <<

Página 519
[32] Edmund Whittaker, A History of the Theories of Aether & Electricity,

Harper Torchbooks, 1960, vol. 2, p. 32. <<

Página 520
[33] Citado en Ronald W. Clark, Einstein, Avon, 1972, p. 59. <<

Página 521
[34] Citado ibíd., p. 113. <<

Página 522
[35] History of Theories of Aether & Electricity, cap. II. <<

Página 523
[36] Herbert Feigl, Beyond Peaceful Coexistence, en Minnesota Studies V,

p. 9. <<

Página 524
[37] Electrodynamics of Moving Bodies, p. 37. <<

Página 525
[38] Ibíd., p. 63. <<

Página 526
[39] Ibíd., p. 64. <<

Página 527
[40] Cap. octavo, pp. 161-166. <<

Página 528
[41] Cf., por ejemplo, la réplica de Salviati al ataque de Simplicio en el sentido

dé que Platón «se sumergió demasiado profundamente en la geometría y llegó


a estar demasiado fascinado por ella. Después de todo, Salviati, estas sutilezas
matemáticas funcionan muy bien en abstracto, pero no cuando se aplican a
asuntos físicos y sensibles» (Dialogue on the Two World Systems, pp. 203 y
ss.). <<

Página 529
[42]
Cf. Stillman Drake, The Effectiveness of Galileo’s Work, en Galileo
Studies, University of Michigan Press, 1970, pp. 95-122. Hay, sin embargo,
autores aristotélicos que mantienen que la ciencia cuantitativa no puede
proporcionar explicaciones de los fenómenos naturales y ha de ser
complementada, por tanto, con una «teoría puramente física de la naturaleza»,
una teoría no-cuantitativa (James A. Weisheipl, The Development of Physical
Theory in the Middle Ages, University of Michigan Press, 1971, pp. 83-88).
En su obra temprana Galileo también aceptaba una distinción entre
elucidación matemática y explicación física. Cf. On Motion y On Mechanics,
University of Wisconsin Press, 1960, p. 20. <<

Página 530
[43] Ibíd., pp. 165-166. <<

Página 531
[44] Ibíd., p. 439. <<

Página 532
[45] Ibíd. <<

Página 533
[46] Ibíd., p. 417. Para una defensa detallada de esta interpretación, vid. mi

Galileo, the Elements, and the Tides: Studies in the History and Philosophy of
Science 7 (1976) 337-351. <<

Página 534
[47] En la situación del problema en Galileo, aun los argumentos teológicos

resultaban relevantes, puesto que tanto Galileo como sus oponentes aceptaban
la autoridad de las Escrituras como modelo independiente al cual tenían que
ajustarse. El problema de proporcionar una interpretación aceptable de la
Escritura desde un punto de vista copernicano fue tomado tan en serio por
Galileo como el problema de proporcionar una explicación aceptable de la
caída vertical de una piedra desde una torre. De ahí la famosa digresión de
Galileo sobre interpretación bíblica en su carta a la Gran Duquesa Cristina
(Discoveries and Opinions of Galileo, trad. inglesa de Stillman Drake,
Anchor Books, 1957, pp. 175-216). <<

Página 535
CAPÍTULO 10

Página 536
[1] Platón, Theatetus, 152c, en Edith Hamilton y Huntington Cairns (eds.),

Collected Dialogues, trad. inglesa de F. M. Cornford, Pantheon, 1961, p. 857


[hay trad. en castellano: Teeteto o de la ciencia, Aguilar, Madrid, 1960]. <<

Página 537
[2] Cf. cap. tercero. <<

Página 538
[3] Cf. cap. sexto. <<

Página 539
[4]
Logic of Discovery or Psychology of Research, en Criticism and the
Growth of Knowledge [La crítica y el desarrollo del conocimiento], p. 13. <<

Página 540
[5] Cf. pp. 171-172. <<

Página 541
[6] Structure of Scientific Revolutions [Estructura de las revoluciones
científicas], p. 94. <<

Página 542
[7] Ibíd., p. 148. <<

Página 543
[8] Aristóteles, Nicomachean Ethics, 1112a, trad. inglesa de W. D. Ross, en

Basic Works of Aristotle, p. 969 [hay trad. en castellano: Ética a Nicomaco,


Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 21970]. Aristóteles añade que
no deliberamos acerca del universo material, pero esto es porque él creía que
también tenemos conocimiento necesario de aquél, y que no deliberamos
acerca de las cosas sobre las cuales no tenemos control, pero esto no nos
interesa aquí. <<

Página 544
[9] Ibid., 1094b-1095a, p. 936. <<

Página 545
[10] Ibid., 1137b, p. 1020. <<

Página 546
[11] Reflections on my Critics, en Criticism and the Growth of Knowledge [La

crítica y el desarrollo del conocimiento], pp. 237-238. <<

Página 547
[12] Cf., supra, cap. octavo, especialmente pp. 151-158. <<

Página 548
[13] Considérese el ejemplo siguiente: «Hace algunos años apareció en Nature

una tabla de cifras que probaba con gran exactitud que el tiempo de gestación,
medido en días, de una serie de diferentes animales, desde conejos a vacas, es
un múltiplo del número π[…]. Sin embargo, una relación exacta de este
género no impresiona al científico moderno y ninguna cantidad de evidencia
confirmatoria le convencería de que haya relación alguna entre el periodo de
gestación de los animales y los múltiplos de número π» (Michael Polanyi, The
Logic of Liberty, University of Chicago Press, 1951, pp. 16-17). El enunciado
de Polanyi es demasiado fuerte, puesto que una relación así podría volverse
significativa en alguna teoría futura, pero la cuestión sigue en pie: sea lo firme
que sea la correlación, no forma parte de la ciencia mientras los científicos la
ignoren. <<

Página 549
[14] Cf., supra, pp. 84-85. <<

Página 550
[15] No hay sentido alguno en el que nuestro análisis de la verdad pueda

considerarse una versión del pragmatismo. Se sugiere que una afirmación es


aceptada como verdadera porque «funciona», pero «funciona» aquí sólo
significa que desempeña un papel significativo en el cuerpo de conocimiento
científico. El pragmatista trata de reducir la teoría a la práctica definiendo la
verdad en términos de lo que funciona en el mundo práctico; lo que nos
interesa es la teoría. La relatividad general, por ejemplo, es aceptada por la
comunidad científica y es, por tanto, verdadera, porque nos permite resolver
problemas puramente teóricos como el cálculo de la órbita de Mercurio, aun
cuando la teoría no tenga consecuencias prácticas en el sentido que le importa
al pragmatismo. <<

Página 551
[16] Human Understanding [La comprensión humana], p. 111. <<

Página 552
[17]
Ibíd., p. 110. Cf. también Does the Distinction Between Normal and
Revolutionary Science Hold Water?, en Criticism and the Growth of
Knowledge [La crítica y el desarrollo del conocimiento], p. 40. <<

Página 553
[18] Debido a la falta de fondos, se ha cerrado una serie de aceleradores de

partículas, a pesar de los descubrimientos recientes, que plantean un desafío


fundamental a las teorías existentes. Cf. Science 186 (1974) 909-911. <<

Página 554
[19] Treatise of Human Nature [Tratado de la naturaleza humana],
pp. 469-470. <<

Página 555
[20] Cf., supra, p. 32. <<

Página 556
[21] Cf., supra, p. 27. <<

Página 557
[22] Vid., por ejemplo, Conjectures and Refutations, pp. 33-37. <<

Página 558
[23]
Para una exposición reciente, vid. Loren R. Graham, Science and
Philosophy in the Soviet Union, Alfred A. Knopf, 1972, cap. 6. Un análisis
más detallado de un biólogo que estuvo personalmente inmerso, es Zhores A.
Medvedev, The Rise and Fall of T. D. Lysenko, trad. inglesa de Michael
Lerner, Doubleday, 1971. <<

Página 559
[24] Como ejemplo de la técnica de Lysenko, considérese el decreto del
gobierno, de 3 de agosto de 1931, que exigía el desarrollo de nuevos
esfuerzos, como un trigo con «alto rendimiento, uniformidad, cristalinidad,
sin parásitos, no quebradizo, resistencia al frío, a la sequía, a las plagas y
enfermedades, de buena calidad para hacer pan y otros rasgos […] en tres o
cuatro años […]. Vavilov (el principal genetista soviético de la época)
contempló las metas aceleradas para la renovación de la semilla con mucho
escepticismo, mientras que Lysenko publicó inmediatamente un compromiso
de desarrollar nuevas variedades con características planificadas en dos años
y año y medio» (Medvedev, The Rise and Fall of T. D. Lysenko, p. 19). <<

Página 560
[25] Tales cosas no pasan sólo en las sociedades comunistas. Durante la
Segunda Guerra Mundial, un hombre, lord Cherwell, pasó a ser consejero
científico de Winston Churchill y así consiguió el control casi completo sobre
la ciencia británica. Cf. C. P. Snow, Ciencia y Gobierno, Seix Barral,
Barcelona, 1963. <<

Página 561
[26] No podemos afirmar que esto sea así siempre, puesto que hacemos este

juicio desde el punto de vista de la ciencia actual y tenemos escasa


información acerca de aquellos errores que hasta ahora no han sido
corregidos. <<

Página 562
[27] Michael Polanyi, Knowing and Being, ed. Marjorie Grene, University of

Chicago Press, 1969, p. 78. <<

Página 563
[28] Ralph E. Juergens, Minds in Chaos, en A. de Grazia, R. Juergens y L.

Stecchini (editores), The Velikovsky Affair, University Books, 1966, p. 16.


Este es un libro partidista en pro de Velikovsky, pero no hay libros que no
sean partidistas sobre este asunto. <<

Página 564
[29] Ibid, p. 17. <<

Página 565
[30] Ibid., p. 21. <<

Página 566
[31] Eric Larabee, The Day the Sun Stood Still: Harper’s 200 (enero de 1950)

19-26; Immanuel Velikovsky, The Heavens Burst: Collier’s (25 de febrero de


1950) 24, 42-43, 45 y World on Fire: Collier’s (25 de marzo de 1950)
25, 82-85. Ambos artículos fueron registrados como «extractados y adaptados
por John Lear». Fulton Oursler, Why the Sun Stood Still: Reader's Digest
(marzo de 1950) 139-148. Worlds in Collision fue publicado el 3 de abril de
1950. <<

Página 567
[32] Cecilia Payne-Gaposchkin, Nonsense, Dr. Velikovsky!: The Reporter 2 (14

de marzo de 1950) 37-40. <<

Página 568
[33] Reporter 2 (11 de abril de 1950) 2. <<

Página 569
[34] Esta es la descripción que el propio Larabee hace de su artículo (ibíd.). <<

Página 570
[35] Nonsense, Dr. Velikovsky!, p. 38. <<

Página 571
[36]
Minds in Chaos, en Velikovsky Affair, pp. 35-36. Este abuso ha sido
reparado. Aunque pocos científicos se toman en serio las teorías de
Velikovsky, en 1974 se le invitó como orador a los encuentros de la American
Association for the Advancement of Science y de la Philosophy of Science
Association, entre otros. <<

Página 572
[37] Ibíd., p. 26. <<

Página 573
[38] Ibíd., p. 30. <<

Página 574
[39] Ibíd., p. 23. <<

Página 575
[40] John Q. Stewart, Disciplines in Collision: Harper’s 202 (junio de 1951)

57. El artículo forma parte de un debate entre Stewart y Velikovsky. Más


adelante en su artículo, Stewart ofrece un resumen de las opiniones de
Velikovsky que no ha sido extraído de su propia lectura de Worlds in
Collision, sino de otra reseña de Payne-Gaposchkin que el mismo Stewart
describe como «claramente discrepante» (ibíd., p. 59). <<

Página 576
[41] El siguiente incidente ayudará a subrayar esto. He leído recientemente un

intercambio de cartas entre Velikovsky y un profesor de Astronomía, en el


cual este último presentaba un cálculo para mostrar que una de las
afirmaciones de Velikovsky era incorrecta. Velikovsky replicó que el
astrónomo había usado el valor equivocado para una constante y dio en su
lugar un valor que apoyó con una referencia, lo cual no había hecho su
oponente. Mi propia reacción consistió en fijarme en la nota a pie de página
de Velikovsky y, cuando vi que el libro que citaba era razonablemente actual
y estaba publicado por Oxford University Press, concluí que probablemente
era fiable. <<

Página 577
[42] Citado en Minds in Chaos, en Velikovsky Affair, p. 64. Otro ejemplo del

afluir Lysenko viene aquí al caso. En 1964, después de que el poder


dictatorial de Lysenko se viniera abajo, muchos de sus seguidores
continuaban en puestos de poder respecto a la biología soviética. Medvedev,
por ejemplo, rechazó categóricamente cualquier insinuación en el sentido de
que fueran sencillamente expulsados: «En 1948, los lysenkistas lograron una
rápida serie de instituciones científicas y la sustitución de equipos editoriales,
consejos académicos, etc., por el método básico de los decretos de
ministerios, departamentos gubernamentales, etc., así como mediante la
creación de comisiones especiales plenipotenciarias; en otras palabras,
mediante un golpe. Hoy en día estos métodos son inaplicables; de ahí que el
proceso inverso avance a un ritmo mucho más lento […]. Han podido utilizar
también los principios establecidos en la lucha contra ellos, y sobre todo el
principio de la libertad de expresión. Esto ahora les permite una vez más, de
una forma u otra, hacer propaganda de sus dogmas falsos, erróneos, criticar a
sus oponentes y falsificar la situación real de la biología […]. No hay peligro
en estas actividades, que son inevitables en una ciencia estructurada
democráticamente» (Medvedev, The Rise and Fall of T. D. Lysenko,
pp. 242-243). <<

Página 578
[43] Minds in Chaos, en Velikovsky Affair, p. 39. <<

Página 579
[44] Citado ibíd., p. 17. Asimismo, Philip H. Ableson, director de Science,

escribía explicando por qué rechazó un artículo de Velikovsky: «La ciencia


puede existir y es útil porque una gran parte de su conocimiento es cierto y
reproducible en un porcentaje superior al 99,9. Si la ciencia estuviera basada
en sugerencias que fueran verdaderas el 50% de las veces, y todos fuéramos
libres de hacer predicciones así de fiables, sería el caos. He visto repetidas
veces a hombres brillantes, de fértil imaginación, sugerir toda clase de cosas.
Es la prueba de una idea más allá de toda duda razonable lo que la hace
valiosa» (citado en De Grazia, The Scientific Reception System, en Velikovsky
Affair, pp. 188-189). <<

Página 580
[45]
Fred Hoyle. The Nature the Universe, Signet Books. ed. rev., 1960,
pp. 118-119. <<

Página 581
[46] Fred Hoyle. Galaxies. Nuclei and Quasars. Harper & Row. 1965, p. 131.

Las cursivas son mías. <<

Página 582
[47] Ibíd., p. 129. <<

Página 583
[48] Cf. Thomas S. Kuhn, The Essential Tensión, en Calvin W. Taylor (ed.),

Third University of Utah Research Conference on the Identification of


Creative Scientific Talent, University of Utah Press, 1959, pp. 341-354. <<

Página 584
[49]
Cf. Stephen G. Brush, Should the History of Science Be Rated X?:
Science 183 (1974) 1164-1172. <<

Página 585
Página 586

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