0% encontró este documento útil (0 votos)
137 vistas69 páginas

Pinochet y su Lucha Anticomunista

Pinochet discute su posición anticomunista y cómo llegó a ver la necesidad de derrocar al gobierno de Allende en Chile. Explica que estudió el marxismo y se convenció de que era una ideología dañina. Aunque respetaba la democracia, creía que no podía enfrentar el comunismo. Vio cómo Chile se deterioraba bajo Allende hasta que decidió que solo las fuerzas armadas podían salvar al país.

Cargado por

Aquiles
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
137 vistas69 páginas

Pinochet y su Lucha Anticomunista

Pinochet discute su posición anticomunista y cómo llegó a ver la necesidad de derrocar al gobierno de Allende en Chile. Explica que estudió el marxismo y se convenció de que era una ideología dañina. Aunque respetaba la democracia, creía que no podía enfrentar el comunismo. Vio cómo Chile se deterioraba bajo Allende hasta que decidió que solo las fuerzas armadas podían salvar al país.

Cargado por

Aquiles
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

El día decisivo, de Augusto Pinochet

"Augusto Pinochet Ugarte. Capitán


General, Comandante en Jefe del Ejército.
Presidente de la República. Estado Mayor
General del Ejército de Chile.
Departamento de Relaciones Internas.
Memorial del Ejército de Chile.
Biblioteca del oficial. 1979"

-Presidente, mi interés se centra en su


posición frente al comunismo. Usted es,
históricamente, el único que hasta ahora
ha logrado derrocar un régimen marxista.
Para muchos es Ud. el antimarxista por
excelencia. ¿Ha sido siempre
antimarxista? ¿Conoce Ud. bien el
marxismo?
-Mi repudio a los marxistas-leninistas es
producto de mi conocimiento de su
doctrina, con la que tomé mis primeros
contactos cuando estuve a cargo de los
relegados comunistas en Pisagua en enero
y parte de febrero de 1948 y,
posteriormente, cuando fui Delegado del
Jefe de la Zona de Emergencia en el
centro carbonífero de Schwager. Allí
nuevamente tuve que ocuparme de los
comunistas y sus actividades. Más
adelante me adentré en el estudio y el
análisis de su doctrina y de sus métodos.
En esas lecturas observé con
preocupación cómo tiende el marxismo a
alterar los principios morales que deben
sustentar la sociedad, hasta alcanzar su
destrucción a fin de sustituirlos por las
consignas ideológicas del comunismo.
Así, por espacio de veinte años me fui
interiorizando en esa ideología que no
vacilo en calificar de siniestra, hasta
convencerme finalmente de que la única
forma de enfrentar a tan hipócrita y
contaminadora doctrina consiste en la
fortaleza espiritual y la firmeza y
cohesión de quienes la repudian.
Asimismo entendí que no es posible
pensar en una lucha anticomunista eficaz
cuando se está enmarcado en añejos
esquemas democráticos. Siempre respeté
y admiré esta concepción política, la
democracia, pero, no obstante sus
bondades, si no media una debida
adecuación, es absolutamente incapaz de
enfrentar al comunismo. Mucho menos
puede detener la acción de una doctrina
totalitaria porque, paradójicamente, es en
la propia democracia tradicional donde se
encuentran las mayores facilidades para
destruirla.

-¿Vio Ud. en consecuencia, en el triunfo


de la Unidad Popular el comienzo del fin
de la antigua democracia chilena?

-Con enorme inquietud recibí el triunfo


del candidato de la equivocadamente
llamada Unidad Popular, y con creciente
angustia presencié cómo en Chile se
deterioraba su consistencia social, moral,
económica y política. Sin embargo, este
proceso no se inició en el gobierno de la
Unidad Popular, porque desde tiempo
atrás la demagogia venía arrastrando al
país hacia su destrucción. En su etapa
final, dio la primera mayoría relativa en
las urnas a un hombre que reconocía ser
marxista-leninista y que, dos meses
después, sectores mayoritarios del
Congreso designaban Presidente de Chile.
Fue un espectáculo muy desconcertante el
que dimos al mundo: un país
tradicionalmente democrático entregó su
libertad a un sector totalitario. No se
impuso éste por la fuerza de las armas,
como ha sucedido en todos los países en
donde gobierna el comunismo, sino que
fue entregado por una corriente de la
propia democracia.

-¿Piensa Ud. que con la experiencia de la


Unidad Popular el país quedó "vacunado"
contra el comunismo?

-Dentro de esta amarga realidad, tan


negativa para la Nación, debo considerar
que también existió un factor positivo: el
triunfo de la Unidad Popular fue la mejor
vacuna para el país, ya que grandes
sectores quedaron predispuestos a
rechazar en el futuro esta doctrina, pero
ello se logrará siempre que a las nuevas
generaciones se las ilustre de lo que es el
comunismo, si no, todo se olvida.

Su nefasta administración hizo sufrir los


excesos a que lleva la doctrina marxista-
leninista y se logró así una experiencia
que no habría sido posible si hubiese
triunfado alguno de los candidatos
democráticos.

-¿Pero habría sido elegido de todas


maneras, tarde o temprano, un gobierno
marxista?
-La demagogia habría continuado
abriendo el camino al comunismo y
señalándolo como la panacea para Chile.
Tal política habría continuado socavando
los cimientos mismos de la
institucionalidad, hasta hacer posible más
adelante el triunfo, tal vez definitivo, del
comunismo. Porque, según los
comunistas, el tiempo trabaja para ellos.

Tengamos, pues, la certeza de que los


comunistas hubieran seguido tratando de
imponerse, quizás en mejores
condiciones, y hasta conseguir un éxito
más decisivo.

Dios hace siempre las cosas para bien, y


el caso de Chile así lo prueba. Al repasar
hoy los hechos con la perspectiva del
tiempo transcurrido [1979], llegamos a la
conclusión de que todo lo sucedido en
esos años fue para mejor.

-¿Cree Ud. que todos aprendieron la


lección?

-Al recordar esos días de angustia, en que


uno se sentía impotente a pesar de querer
a toda costa evitar el caos que se veía
venir, considero que esas penurias son
hoy nuestro mejor aliciente para afrontar
con energía y hasta dureza a todos
aquellos que, creyendo que el peligro
pasó, quieren volver al inaceptable juego
político que arrastró al país hacia el
abismo. Son los mismos que ya nos
llevaron a la noche negra del marxismo.
Son los mismos que, para satisfacer sus
ambiciones, cultivaron un proselitismo
demagógico que hoy quisieran reeditar
mediante el regreso al antiguo sistema
democrático. A ellos los repudia Chile
entero porque sabe que son los más
grandes responsables de las desgracias
que sufrimos.

-¿Incluso lo sucedido el 11 de septiembre


de 1973?

-Chile debió reaccionar ante su creciente


degradación política para evitar tener que
llegar a un Once de Septiembre. Pero a
esas alturas no había otra forma para salir
de la tiranía sin retorno a que nos llevaba
el Gobierno de la Unidad Popular.

Repito que el drama se había iniciado


mucho antes del 4 de septiembre de 1970.
Comenzó cuando en el escenario político
la autoridad transaba y cedía para no
enajenarse el posible apoyo de un
adversario interesado. Fue por ello que se
aceptaron los peores actos de indisciplina,
el robo, las ocupaciones ilegales de la
propiedad rural o urbana; aceptaron la
injuria y el libertinaje de una prensa
aviesa y corrompida, porque sólo se
pensaba en triunfar en las urnas sin
importar el precio de degradación social
que se pagaba.

El 4 de septiembre de 1970 los partidos


triunfantes encontraron el terreno bien
abonado. Los nuevos conductores de la
Nación sólo necesitaban continuar la
labor de destrucción para contribuir a
hacer de Chile un nuevo "Paraíso
Comunista".
-¿Dónde estaba Ud. ese 4 de septiembre?

-En Iquique. Cuando en la noche del 4 de


septiembre de 1970 escuchamos en el
Cuartel General de la VI División de
Ejército las noticias del triunfo del
candidato de la Unidad Popular, nos
sentimos abrumados. Quienes
concordábamos en que en esa elección la
disyuntiva era la libertad o el totalitarismo
comunista, temimos que nuestra Patria
terminara por ser destruida y subyugada.
Recuerdo que esa noche reuní a mis
oficiales y les expresé: "Chile entra a un
período que no deseo calificar, pero quien
conozca a los marxistas-leninistas
comprenderá por qué siento horror al
pensar en los sucesos que ocurrirán a muy
breve plazo. Esta crisis no tiene salida.
Sin embargo, aún espero que los partidos
políticos no acepten este azote para el
país. Y en cuanto a lo que a mí respecta,
creo que ha llegado el fin de mi carrera,
pues el Sr.Allende tuvo hace unos años
una dificultad conmigo en Pisagua y debe
conocer mi actuación con los comunistas
en Iquique. Creo que el problema de Chile
se agravará día a día, para llegar,
finalmente, a manos del Ejército, cuando
todo esté destruido..."

-Pero no había llegado el fin de su carrera.


Parece que Allende no se desquitó...

-En efecto, mi destino no se encauzó


como yo lo pensé ese día. Al parecer
Allende me confundió, como sucedió
otras veces, con el General Manuel
Pinochet, y yo, recordando las tácticas
que ellos emplean, me mantuve en
silencio y actué con cautela.
Esa fase de mi vida, desde aquella fecha
hasta el martes 11 de septiembre de 1973,
fue de constante angustia. Mis
actuaciones como Comandante de la
Guarnición de Santiago, luego como Jefe
del Estado Mayor General del Ejército, y
como Comandante en Jefe Subrogante del
Ejército, que culminó con la de
Comandante titular, fueron etapas
dramáticas debido a la responsabilidad
que dentro de la Institución recaía sobre
mí en días crecientemente difíciles. Mi
conciencia de soldado que ha jurado
defender con su vida a la Patria se
atormentaba al verla desmoronarse sin
poder hacer nada para iniciar una reacción
que alentara la esperanza de salvar el país.
Al analizar la realidad de Chile, pasaba
por mi mente la obvia consideración de
que el más indicado para solucionar los
problemas del país es quien tiene la
responsabilidad del Gobierno. A él le
corresponde enmendar el rumbo.

-Pero no puede solucionar los problemas


de un país quien precisamente dirige a
aquellos que los están creando.

-Es cierto. Sin embargo, muchos creíamos


que el rumbo sería enmendado por
Allende, pero ello no pasó de ser una
ilusión. En realidad, cada día se fue
alejando más la esperanza de que Allende
reaccionara. Sin embargo, de mi mente no
se apartaba la idea de que todo proceso
relacionado con la conducción de un país
no podría hacerse sino a través de los
cauces políticos establecidos.

-Pero después Ud. demostró haber


cambiado de opinión.

-Los hechos acaecidos en los años 1971,


1972 y 1973 terminarían por
convencerme de que era necesario
cambiar tal posición, y de que por largo
tiempo no sería posible volver a un
sistema de gobierno civil. A medida que
los conflictos que convulsionaron al país
fueron haciéndose más y más agudos,
ellos me llevaron paulatinamente a
modificar mi pensamiento y a reconocer
que el problema de Chile ya no tenía
salida política posible. Nuestra Patria sólo
podría ser salvada por la fuerza de las
armas, y esta medida debía ser adoptada
antes de que fuera irreparablemente tarde.

Capítulo VII. Actividades del día 10 y


noche del 10 al 11 de septiembre de 1973

-Cuando se retiraron los visitantes, repasé


los acontecimientos recién ocurridos que
tanto complicaban el esquema trazado.

El hecho de anticipar para el 11 de


septiembre la acción prevista para el día
14, significaba un peligroso cambio en los
planes y en la forma de actuar. Sin
embargo, entre molesto y preocupado, me
dije para mí que no se debe "torcer la
mano al destino" y que si en ese momento
la Providencia me imponía aquel cambio
de fecha, tendría que ser para mejor. Con
esta conformidad me retiré a descansar.

-¿Descansó esa noche?

-Recuerdo que esa noche del 9 al 10 de


septiembre fue de insomnio y búsqueda
de soluciones al problema creado por el
anticipo de la fecha. En la planificación,
se había escogido el 14 de septiembre
como fecha de acción, porque ese día era
la Revista Preparatoria y no llamaría la
atención el hecho de efectuar un
alistamiento y repartir munición. En
cambio, si se entregaban las municiones
el día 11 en la mañana, o el 10 en la
noche, era muy posible que los marxistas
detectaran que algo anormal pasaba en las
unidades y tomaran medidas para impedir
nuestra acción, lo que nos podía llevar a
un enorme derramamiento de sangre.

Debía, por lo tanto, buscar una solución al


problema que se había creado, y alterar el
esquema inicial de la acción militar.
Además del cambio de fecha, las dudas
que surgían en esas horas de la noche eran
varias y necesitaba encontrarles solución
antes de la llegar al Ministerio de Defensa
Nacional.

-¿Por ejemplo?

-En primer lugar, variaba totalmente el


esquema de cómo alcanzarían las tropas el
alistamiento deseado sin despertar
sospechas en el Gobierno y en los
partidos marxistas. La entrega de
munición, la preparación de armas
pesadas, el alistamiento de vehículos, etc.,
son siempre muy notorios. Luego, era
necesario encontrar una razón que sirviera
de pretexto para alistar a las Unidades. La
forma ya prevista no habría causado
alarma en el Gobierno, pero ahora ello no
se podía realizar, y la anticipación
convenida nos dejaría al descubierto pese
a todas nuestras precauciones. Pensé
cómo se podía promover el alistamiento
de las unidades ubicadas fuera de
Santiago, las que debían estar prontas
para concurrir al combate hacia la capital,
para producir un doble cerco, si al
combatirse en el centro de la ciudad
actuaban los marxistas desde los cordones
exteriores. Para afrontar esta situación
decidí avisar a esas unidades, mediante
comunicación secreta, que el paso de
preparación para el combate se debía
hacer al amanecer del día 11 de
septiembre, quedando listas para salir
hacia el lugar de la lucha en cuanto se
ordenara.

Cerca de las cuatro de la mañana me


quedé dormido sin encontrar la
justificación que no despertara sospechas
en el Gobierno, al alistamiento de la
Guarnición de Santiago para la mañana
del martes 11. A pesar de todo cuanto
pensé sobre esta materia, no encontré
solución alguna para actuar sin producir
sospechas. Desperté, pues, el día 10 de
septiembre con gran preocupación y
angustia. Fuera como fuese, era preciso
actuar con la mayor naturalidad, al igual
que todos los días. Por tal razón el trabajo
debía desenvolverse ese lunes con la más
absoluta normalidad y las actividades
diarias fijadas en el calendario de Servicio
debían desarrollarse como estaban
previstas. Y así se desarrollaron esa
mañana memorable. Al partir desde mi
domicilio para el Ministerio, persistía en
mi mente mi secreta preocupación de
cómo efectuar el alistamiento de las
tropas sin causar alarma entre los
marxistas.

-¿Y cómo solucionó el problema?

-Al llegar a mi oficina, encontré sobre el


escritorio, como todos los días, la prensa
de esa mañana. ¡Cuál no sería mi asombro
al descubrir allí, leyendo los primeros
titulares, la forma precisa de terminar mi
angustiosa incertidumbre! Ante mis ojos
estaba la solución al problema que me
atormentó toda la noche. Con grandes
titulares decía la prensa que Carlos
Altamirano, en una reunión en el puerto
de Valparaíso, hablando violentamente,
según su costumbre, había proferido
amenazas y tratado de producir un clima
de agitación. Esta actitud suya coincidía
con la grave circunstancia de que el
martes los Tribunales de Justicia de
Valparaíso debían pronunciarse sobre su
desafuero, que, de ser acogido, produciría
sin duda serios actos de violencia que
comprometían la seguridad interior. Tales
sucesos podrían degenerar en una
sangrienta acción que se propagaría
eventualmente al resto del país. Luego,
todas estas probabilidades había que
preverlas cuidadosamente, anticipando las
medidas necesarias para evitar los males
consiguientes.

Allí estaba por lo tanto la solución, y


nuevamente la Providencia nos
proporcionaba su generosa ayuda. El
encubrimiento resultaba perfecto; nadie
podía oponerse a que tomáramos medidas
para resguardar el orden. Tales
disposiciones nos permitían encubrir todo
el alistamiento de las tropas de Santiago y
alrededores. Cuando recuerdo ese
momento, veo que aquel hombre nefasto
difícilmente apreciará cuánto nos ayudó
con su obsesión subversiva. Y doy gracias
a Dios por haberlo cegado. El señor
Altamirano, el opositor más encarnizado
de las Fuerzas Armadas, había
proporcionado, mediante una jugada del
destino, la solución más insospechable a
las preocupaciones del Mando. El Ejército
tiene que reconocerle tan valioso y
oportuno servicio.

Cuando terminé de leer la prensa, y luego


de meditar brevemente, debo decir que
con verdadera alegría me dirigí al cuarto
piso, donde están ubicadas las oficinas del
Ministerio de Defensa Nacional. De
inmediato pasé al despacho del Ministro.
Orlando Letelier, a quien, después de
darle a conocer la preocupación del
Ejército y mostrarle con sus grandes
titulares, le expuse lo siguiente:

«Este caballero, que en nada ayuda a


solucionar la tirantez que domina en la
ciudadanía, me obliga a disponer un
acuartelamiento de las tropas para mañana
por la mañana en previsión de posibles
disturbios que se puedan producir, no sólo
en Valparaíso, sino también en Santiago,
a consecuencia del probable desafuera
como Senador del Sr.Altamirano.»

-¿No puso objeciones Letelier?


-El ministro, después de un ácido
comentario contra Altamirano, guardó un
silencio que interpreté como que se daba
por informado de la medida que había
adoptado. Eran las 10.15 horas del día 10
de septiembre. Regresé tranquilamente a
mi despacho, con la sensación de haberme
sacado un enorme peso de encima. Y así
era, en efecto. Pero nada traducía mi
inmensa alegría interna.

Tenía la solución al problema. Ahora era


necesario tomar todas las medidas para
que el Gobierno no fuera a dar un paso
atrás, y para ello todo debía seguir su
curso normal. Así, las actividades de esa
mañana fueron las acostumbradas y en
ningún momento dejé traslucir
preocupación alguna. Ese día debí atender
a un grupo de Generales retirados, que
traían algunas inquietudes. Los escuché
atentamente y hoy, cuando converso con
algunos de ellos, dicen que nada fue
motivo de sospecha. A mediodía llamé al
Ayudante del Comandante en Jefe y le
ordené que citara para las 12.30 horas, en
mi oficina, a los Generales Bonilla,
Brady, Benavides, Arellano y Palacios, es
decir, a los que el día siguiente iban a
mandar las diferentes columnas hacia La
Moneda. Hasta ese momento, persona
alguna conocía mis propósitos para el día
siguiente, salvo los otros Jefes de las
FF.AA.

-¿Y carabineros?

-Ese día también fui informado de la


decisión histórica del Cuerpo de
Carabineros de unirse a las instituciones
de las FF.AA, además de la seguridad de
que cuando se efectuara el ataque ellos no
actuarían contra las tropas.

-¿Cómo se desarrolló la reunión con los


Generales?

-A la hora señalada se presentaron los


Generales en el despacho del Comandante
en Jefe. De inmediato cerré la puerta con
seguro y les ofrecí asiento. Me acerqué al
mueble donde se guardaba una réplica de
la espada del General O'Higgins, la tomé
y desenvainé y solemnemente les hice
jurar, como soldados, que todo lo que se
hablaría allí se mantendría en el más
absoluto secreto, que debía ser guardado
hasta el extremo de ni siquiera poder
insinuar nada de lo que allí se expresara.
Tomé la espada desenvainada y me
coloqué frente a cada uno. De este modo
los Generales fueron, uno a uno, jurando.
De inmediato les expresé:

"Señores Generales: La situación moral,


política y económica del país ha llegado a
su punto más bajo, haciéndose
insostenible la seguridad de Chile.
Mañana, 11 de septiembre, se juegan los
destinos de la Patria. Para ello
ocuparemos La Moneda y expulsaremos
del gobierno al Sr. Allende y a sus
cómplices. Sin embargo, se les dará la
oportunidad para que salgan del país. Si
hay resistencia armada, como hemos
apreciado, nos emplearemos duramente
con todos nuestros medios. Creo, señores,
que cuanto más drástica sea la acción,
mayor será la economía de vidas". Uno de
los Generales señaló que tenían tiempo
muy escaso para preparar órdenes, a lo
que respondí: "Aquí se les entregan
documentos de agrupaciones, para que
Uds. los adapten y los cumplan como
buenos soldados.

"Las columnas serán mandadas conforme


al orden que se establece en estos
documentos. Sin embargo, nadie debe
moverse hasta mañana a las 07.30 horas.
Un movimiento falso puede llevarnos al
fracaso. Si la resistencia fuera creciendo
en La Moneda, ella será bombardeada por
la FACH, con el fin de evitar mayores
pérdidas de vidas; en ese caso, las tropas
se alejarán y marcarán su línea más
adelantada. Posteriormente, pasada la
acción aérea se reanudará el ataque con
toda la potencia posible. Si esta noche,
por delación o sospecha, yo fuese
asesinado, seguirá en el mando de las
tropas el General más antiguo (y mostré al
General Bonilla); si éste cae, asumirá la
conducción el General que sigue y así
sucesivamente. Señores Generales, esta
resolución no puede cambiar, detenerse,
flaquear ni menos fracasar, pues en ella
está en juego el destino de Chile; y la
Patria, señores, está por sobre la vida de
todos nosotros.

El alistamiento se efectuará durante la


noche, conforme a la situación propia del
alistamiento de un acuartelamiento. Pero
recalco que nadie está autorizado para
mover un hombre de cualquier Unidad. Se
debe trabajar esta fase final bajo el mayor
secreto y sólo debe conocerla Uds."
El General Palacios, que mandaba la
agrupación de tanques, expresó que su
mayor preocupación era el estado
deficiente de la artillería de esos
blindados, que no se podía emplear por
falta de líquido de freno en los cañones.
Esta deficiencia, que creaba un serio
problema al Batallón de Tanques, estaría
resuelta al amanecer, al emplear uno de
las más rústicos sistemas que usaron los
alemanes en la Segunda Guerra Mundial y
que dio óptimos resultados: la utilización
de un aceite similar al que se emplea en
las máquinas de coser, que se ignoraba
existiera en plaza, pero que, gracias a la
diligencia de los integrantes de esa
Unidad, fue ubicado en una compañía
distribuidora de lubricantes.

Insistí que era fundamental evitar


cualquier tipo de comunicaciones, por
radio o por teléfono, de materias referidas
a lo que se había ordenado para el
alistamiento, por cuanto había una
intercepción permanente. También
quedaba prohibido el envío de mensajeros
con documentos. Les recordé que si se
había mantenido el secreto por meses, una
indiscreción podía hacer perder todo en
minutos. Con respecto a la preparación de
las tropas, manifesté que se aprovecharía
el acuartelamiento en primer grado que se
iniciaba a las seis treinta horas del día 11;
luego, hasta esa hora, todo debía dar la
mayor apariencia de normalidad.

Durante la reunión se mencionó que la


Escuadra zarparía esa tarde fuera de
Valparaíso creándose con ello un
ambiente de intranquilidad, pero que
regresaría al amanecer del martes once al
mismo puerto, con el fin de actuar en la
operación. Se consideró además que este
hecho era buena distracción táctica para
los marxistas, pues su principal atención
se iba a concentrar inicialmente en la
Escuadra, lo que nos permitiría completar
nuestros preparativos finales en la capital.
Se dio a conocer, además, que para el
ataque sobre La Moneda Carabineros
retiraría sus efectivos apostados en ese
lugar, con lo que se dejaba en libertad de
acción al Ejército para poder actuar contra
los paramilitares que se encontraban allí.

Después de conocerse el Plan de


Operaciones, se formularon algunas dudas
que fueron aclaradas. Al término de la
reunión, nos despedimos con un fuerte
abrazo, por si no nos veíamos más, y con
la conciencia de la profunda
responsabilidad que se asumía ante la
Patria, la ciudadanía y la Historia de
Chile. Después de esta despedida oficial,
invité a los Generales a almorzar en la
Comandancia. Invité también al General
Gustavo Leigh.

El almuerzo se desarrolló en un ambiente


de gran camaradería. Al término de él me
despedí de los Generales, y luego llamé al
Secretario General del Ejército, a quien
siempre he considerado un jefe de
máxima confianza. El preparó las
comunicaciones radiales a todas las
Guarniciones de Chile. Estos radiogramas
quedaron cifrados para su despacho y en
su texto se ordenaba "ocupar, de
inmediato, todas las Intendencias y
Gobernaciones del país", y aplicar la
planificación dispuesta. Dichos
documentos saldrían, en forma
simultánea, antes de las 06.00 horas del
día once, a todas las Guarniciones del
país. Se calculaba que su cifrado estaría
claro antes de las 07.30 horas.

Era conveniente desempeñarse


normalmente y por tal razón el trabajo en
la Comandancia en Jefe no tuvo ninguna
variación hasta las 18.30 horas, cuando
cité a otro grupo de Generales y después
de juramentarlos sobre su discreción,
como lo había hecho en la mañana, les
expuse lo que se iba a realizar y les
designé los puestos que desempeñarían en
el Cuartel General del Comandante en
Jefe del Ejército, para la acción del día
siguiente. Prohibí nuevamente repetir
cualquier información de lo que se había
hablado en esta oportunidad.

Tal cual había sucedido con los Generales


llamados esa mañana, recibí de estos tres
Generales, el más amplio respaldo y un
total apoyo a lo que se iba a realizar. De
inmediato procedí a designar al General
más antiguo como Jefe del Estado Mayor,
al General que seguía como Jefe del
Servicio de Inteligencia y al tercer
General como Jefe de Operaciones.
Manifesté a estos Generales mis
preocupaciones y la necesidad de actuar
en la forma más dura posible.

-¿Qué zona de país era, a su parecer, la


más conflictiva?

-Una de mis mayores inquietudes era la


Zona de Calama, por los antecedentes que
teníamos de algunos grupos que
trabajaban en Chuquicamata, y que, según
se informaba, estaban armados y con
buena instrucción de combate. Esto nos
hacía pensar en la posibilidad de que la
Unidad de esa ciudad quedara aislada, lo
que podía dar tiempo a la llegada de
refuerzos desde el exterior, como Fidel
Castro se lo había prometido tantas veces
a Allende. En tal situación podía formarse
una "cabeza de valle", con el espacio
suficiente para permitir a continuación la
llegada de otros medios, además de todos
los marxistas que se trasladaran a ese
lugar desde otros puntos de país, para
luego conformar una Unidad que sirviera
de base para iniciar una resistencia de
proyecciones incalculables. También
determiné otros lugares del país donde
podría efectuarse algo semejante.

Después de la orientación que se dio a


estos Generales, se indicó que a las 07.30
horas del día 11 de septiembre se
constituiría el Puesto de Mando del
Comandante en Jefe en las proximidades
de la Central de Telecomunicaciones del
Ejército, para disponer desde allí de todos
los enlaces con el conjunto de las
Unidades y Guarniciones del país. Le
recalqué al Jefe de Estado Mayor que si
yo no llegaba a las 07.30 horas a ese
lugar, él debería asumir el puesto para la
conducción del pronunciamiento militar a
lo largo de todo Chile.

Asimismo, insistí sobre lo que había


dicho a los Generales en la mañana ese
día: "Todo debe mantenerse normal hasta
mañana a las 07.30 horas, pues cualquier
movimiento de tropas no previsto atraería
la atención del Gobierno, y que si llegara
a descubrir lo planeado se corría el riesgo
de fracasar y, con toda seguridad, se
iniciaría una Guerra Civil de proyecciones
incalculables y sin dar cuartel".
Eran cerca de las 20.00 horas cuando nos
despedimos con las mismas
demostraciones con que lo hiciéramos en
la mañana con el grupo de los Generales
Comandantes. Antes de salir del
Ministerio de Defensa se me informó de
los puntos que contendría la proclama del
día siguiente, los que aprobé en el acto.

Sabiendo la necesidad, para engañar al


adversario, de mantener actitudes muy
normales, en que todo debe ser natural,
llegué a mi domicilio y como siempre
guardé el automóvil y dispuse que mi
escolta personal fuera a comer. Salí un
rato a la vereda y me entretuve jugando
con el perro de la casa, como lo hacía
todos los días. Luego caminé a lo largo de
la cuadra cerca de media hora. En esta
caminata fui interrumpido por el
mayordomo de la casa, que venía a
avisarme una llamada urgente. Era el
oficial de Turno de la Guarnición, para
decirme que se le había informado que
una Unidad Motorizada venía saliendo
desde el túnel de Chacabuco y se había
detenido allí.

Me imaginé que algún señor comandante


se había puesto nervioso, y ese
nerviosismo podía echar por tierra toda
nuestra planificación, por muy cuidadosa
que hubiera sido. En tal emergencia
decidí llamar directamente al Comandante
de la Columna a que pertenecía esa
Unidad. Sabía que el teléfono estaba
intervenido. Consideré más apropiado
usar el citófono del automóvil que, siendo
tan riesgoso como el teléfono, tenía la
ventaja de que podrían demorar un poco
más en captar el significado de la
comunicación. Así fue como llamé al
General responsable, que me respondió
que no sabía de tal movimiento de tropas;
pero me permitió con ello frenar otros
desplazamientos al decirle: "Mire,
General, entiéndame que la Revista
Preparatoria es el día 14, luego no se
pueden traer unidades para el desfile
antes, pues no olvide el problema de
subsistencia que hay en las unidades de
Santiago. Luego no tendría cómo
alimentarlos. Fuera de ello está el déficit
de combustible líquido que Ud. bien
conoce. Le repito: nadie que venga a la
Revista Preparatoria puede desplazarse
antes de la fecha señalada ¿me entiende?".
Creo que "entendió", pues no supe de
otros movimientos de Unidades el resto
de la noche.
Cerca de las 22:30 horas, apagué las luces
y, como todos los días, permanecí en mi
escritorio, que era siempre el último lugar
iluminado de mi casa. Las costumbres no
se modificaron.

-¿Pudo dormir algo?

-Debo confesar que esa noche fue la más


larga de mi vida. No pude cerrar los ojos:
la preocupación mayor que me embargaba
era el temor a una posible delación de
alguna persona infiltrada o que algún
comandante de columna se anticipara en
mover sus tropas y provocara una
reacción del gobierno, cuyas brigadas
paramilitares, movilizadas, podían llegar
hasta paralizar la acción por medio de
barricadas de vehículos pesados
colocados en las carreteras de acceso a la
ciudad. Contando los minutos y los
segundos el reloj fue marcando las horas
durante la noche. A las 05:30 horas pasé a
la ducha y comencé a vestirme. Más o
menos a las 06:30 horas sonó la
campanilla del teléfono. Era un llamado
de la telefonista de la casa de Allende, en
Tomás Moro. Respondí si se tratara de
una persona que recién despierta y debo
haber estado convincente, porque sólo se
me informó "que me iban a llamar más
tarde". Me vestí rápidamente. A las 07:00
horas llegaron los vehículos que se habían
citado para "ir a pasar una revista a
Peñalolén". Poco después, a las 07:10
horas viajaba en el vehículo rumbo a la
casa de uno de mis hijos. Allí permanecí
algunos minutos contemplando a mis
pequeños nietos que dormían sin saber lo
que iba a ocurrir y pensé que la
trascendental resolución adoptada era
decisiva para su futuro, para su libertad,
como me lo había dicho mi esposa tiempo
atrás.

Subí al vehículo y ordené al conductor


dirigirse a la Central de
Telecomunicaciones, lugar donde estaba
el Puesto de Mando del Comandante en
Jefe del Ejército, adonde llegué faltando
veinte minutos para las ocho horas.
Cuando ingresé al patio de los vehículos
salió a mi encuentro el General Oscar
Bonilla, que estaba muy preocupado por
mi retraso. Le señalé la razón de ello y me
reuní con el personal que había venido
conmigo y con otros del Comando en Jefe
del Ejército y les expresé lo que sucedía.
Con alegría pude comprobar que todos
estaban felices por la decisión adoptada,
con excepción de mi ayudante, que me
expresó no estar de acuerdo con lo que se
iba a realizar. Le acepté su posición, y
dispuse su arresto inmediato en una sala
del edificio de Telecomunicaciones del
Ejército.

Después de una rápida revista y de


algunos momentos de espera se sintió la
Canción Nacional, que se transmitió por
todas las radios revolucionarias de
Santiago, y poco después de las ocho y
media se escuchó la proclama de la Junta
de Gobierno. Se fundamentó dicho
documento en la gravísima crisis moral,
social, política y económica en que, por
incapacidad o por voluntad del gobierno,
se había sumido al país, y en el desarrollo
del terrorismo que llevaba a Chile a una
guerra civil. Por último, se resolvía que el
Presidente debía entregar su cargo a la
Junta.
Se decretaba Estado de Sitio, debiendo la
población permanecer en sus casas.

La proclama constituyó un tremendo


golpe para Allende. Este habló
telefónicamente con el Almirante
Carvajal, quien le dijo que tenía orden de
la Junta de Comandantes en Jefe de
comunicarle que debía entregar el poder
sin condiciones, y que esperaba un avión
FACH para llevarle a él y a su familia a
cualquier país sudamericano al sur de
Panamá. El resto de los ocupantes de La
Moneda debía rendirse de inmediato. Se
cortó la comunicación.

He preguntado al Edecán Militar qué


sucedió en La Moneda ese día 11 de
septiembre. Este me expuso en síntesis,
en el relato que sigue, los acontecimientos
que le tocó vivir.

"El día de los hechos correspondía


presentarme en la residencia de Tomás
Moro a las 08:30 horas, lugar donde tenía
citado al conductor, cabo 1º Luis
Quintanilla Márquez.

"A las 08:00 horas aproximadamente


recibí un llamado telefónico del cabo
Quintanilla en que se me comunicaba que
estaba en La Moneda esperando
movilización y me manifestó que el
Presidente se encontraba en Palacio. Este
hecho no se lo había comunicado al
infrascrito la Guardia de Palacio ni nadie
relacionado con el presidente; cosa
anormal, pues siempre que tal cosa
sucedía se comunicaba al edecán de
servicio. Agregó el cabo Quintanilla que
algo anormal sucedía, pues el Palacio de
La Moneda se encontraba rodeado de
tanquetas de carabineros y dentro había
mucho movimiento.

"Ante esta información resolví dirigirme


de inmediato a La Moneda, donde llegué
a la 08:30 horas de la mañana, notando
gran congestión de tránsito e
imponiéndome por la radio de una
alocución del presidente en que se
indicaba una situación anormal.

"Al llegar a La Moneda asumí de


inmediato mis funciones junto al personal
de Servicio y comencé a inquirir detalles
de lo que estaba sucediendo, ya que en el
interior se veía gran nerviosismo entre
funcionarios de gobierno, y el presidente
se encontraba nuevamente hablando por
una emisora que aún no había sido
silenciada.

"En este mismo lapso, se escuchó el


Bando Nº1 de la Junta de CC.JJ. y
Director General de Carabineros, y,
verificada la autenticidad del comunicado,
tuve completamente clara la situación. En
ese momento eran aproximadamente las
09:15 horas de la mañana.

"Tomé inmediato contacto con los


Edecanes Aéreo y Naval, en forma
telefónica en primera instancia (al
primero lo llamé a Tomás Moro y al
segundo a su departamento en Bulnes
120). Alrededor de las 09:30 horas
llegaron ambos edecanes, a quienes les
sugerí solicitar una entrevista con el
presidente para plantearle la realidad de lo
que estaba sucediendo y conocer cuál
sería la actitud que adoptaría.

"El presidente concedió de inmediato la


audiencia, la que se efectuó en el Salón
Privado del despacho, produciéndose un
pequeño incidente entre el Jefe del Estado
y su Guardia Personal, ya que estos
últimos, indirectamente se mantenían
vigilantes impidiendo la privacidad de la
entrevista; el Presidente tuvo que
intervenir violentamente en dos
oportunidades, incluso debió cerrar la
puerta para evitar la obligada vigilancia
del personal del seguridad (GAP).

"Inició la conversación el Edecán Aéreo,


quien le manifestó al Presidente la
inutilidad de cualquier tipo de resistencia,
manifestándole incluso que la FACH
tenía dispuesto un avión para su salida del
país, y él personalmente lo iría a dejar de
acuerdo con las instrucciones del Sr.
General Leigh. Posteriormente el
infrascrito le manifestó la necesidad de
evitar toda resistencia, ya que las tres
FF.AA. y Carabineros actuarían
coordinadamente si no deponía su actitud
y todo sacrificio sería inútil, dada la
gravísima situación que se vivía.
Posteriormente el Edecán Naval le hizo
ver la inutilidad de toda resistencia.
Finalmente tomó la palabra el Presidente,
quien manifestó que él no se entregaría
por ningún motivo, pero que podría
conversar con los Comandantes en Jefe si
se establecían las condiciones propicias,
mensaje que gustoso confiaba a sus
Edecanes, pero que él ya había tomado
una determinación y ella era que no se
entregaría y, mostrando una metralleta de
un modelo especial que tenía en su mano,
dijo más o menos lo siguiente: "Con esta
metralleta me defenderé hasta el final,
reservando el último tiro para mí y me lo
pegaré aquí", y simultáneamente mostraba
su paladar.

"Luego dio una orden terminante a sus


tres Edecanes, en el sentido de que
regresaran en forma inmediata a sus
Instituciones, cosa que ratificó minutos
después, al salir del privado,
comunicándolo en voz alta a funcionarios
de gobierno que se encontraban en la Sala
del Edecán de Servicio, manifestando más
o menos lo siguiente: "He ordenado en
forma terminante a mis tres Edecanes que
regresen a sus Instituciones, cosa que
harán de inmediato cumpliendo mi
resolución".
"Me dirigí a mi escritorio, atendí un
llamado telefónico desde mi casa, en que
se ratificó que la acción terrestre venía de
inmediato, y el bombardeo aéreo
comenzaba a las 11:00 horas. En ese
momento eran aproximadamente las
10:00 horas de la mañana. Esta
información me la proporcionó mi esposa
y lógicamente a ella y la familia les había
causado profunda impresión.

"A partir de ese momento, y conforme a


las instrucciones del Presidente, se
levantó el servicio y el infrascrito se
dirigió a la Casa Militar, donde se reunió
con todo el personal, menos aquellos que
estaban fuera de servicio (enfermos o
libres). Les hizo ver la situación y les
comunicó su resolución, incluso escuchó
las dudas que tuvieran. Todos le
manifestaron que lo seguirían donde les
ordenare. En ese momento eran las 10:15
horas.

Se dirigió a continuación al Comando en


Jefe del Ejército, tomando contacto
inmediato con el Delegado del
Comandante en Jefe General de ese lugar,
General don Ernesto Baeza M., a quien
orientó de la situación que se vivía en La
Moneda y de lo obrado. Simultáneamente
dirigió desde el Comando en Jefe la
evacuación de su personal, el que llegó
sin novedad a esa Repartición
aproximadamente a las 10:45 horas,
procediendo a presentarlos a las
autoridades de esa Alta Repartición.
Luego los instaló en el Ministerio de
Defensa, conforme se le indicara. Las
novedades que tenía del personal por su
ausencia fueron solucionadas, por cuanto
los que faltaban se presentaron en su
totalidad y también los que por motivos
del servicio no concurrieron a la reunión
que cité en esa oportunidad, ya que
erróneamente se habían dirigido a su
domicilio".

Estos fueron los sucesos que presenció el


Edecán Militar. Mientras tanto el combate
aumentaba en las calles de Santiago y el
ruido de las armas livianas se
incrementaba en el centro. Pronto llegó la
información de que las unidades
acantonadas en el área externa de la
ciudad avanzaban hacia el centro; pero los
cordones industriales con que tanto se nos
había amenazado no reaccionaron, y en
aquellos lugares ubicados como bases de
operación no se encontraba a nadie. Los
héroes de la guerrilla habían huido o se
habían refugiado en sus casas o habían
ingresado a algunas Embajadas. Los que
durante tres años sembraron y abonaron el
odio empujando el país al enfrentamiento,
cuando éste se produjo, huyeron como
ratas.

Capítulo VIII. La Batalla de Santiago

-Volvamos a la noche del 10 al once de


septiembre de 1973, cuando se iniciaba el
alistamiento de las tropas bajo el pretexto
del imprescindible acuartelamiento que
fuera conocido por el propio Ministro de
Defensa cuando en la mañana le di cuenta
de la situación provocada por Altamirano.
Esa noche se preparaban las armas y la
munición para el enfrentamiento que
venía el día 11.
Todos los antecedentes reunidos por el
Servicio de Inteligencia y los que habían
sido captados por los mandos subalternos
indicaban que la jornada iba a ser larga,
sangrienta y muy dura, pues los elementos
paramilitares ubicados en las industrias y
cordones de Santiago actuarían
especialmente en las poblaciones, con la
posibilidad de producir un gran número
de bajas.

En la tarde del día 10 de septiembre los


Cuarteles Generales de las unidades
trabajaron intensamente y en el más
estricto secreto para llevar a cabo las
órdenes de las respectivas agrupaciones
de combate, quedando éstas listas en su
distribución al anochecer de ese día.
El trabajo continuó hasta después de
medianoche en las unidades tácticas y de
combate. Sin restar méritos al intenso
esfuerzo que se desarrolló en las Planas
Mayores, creo conveniente referirme en
especial al Regimiento Blindado, en el
cual, debido a la lamentable experiencia
del mes de junio, ninguno de sus
miembros quería revivir las desagradables
horas vividas posteriores al "tanquetazo"
(el sumario aún permanecía en desarrollo
y su ex Comandante se encontraba
detenido en la Escuela de Infantería de
San Bernardo y otros oficiales en
diferentes lugares).

Cuando el General Palacios ingresó a esa


unidad e indicó los motivos de su
presencia, se produjo un gran
desconcierto entre los oficiales y la tropa.
Pero esta incertidumbre yo la había
previsto en mi oficina del Estado Mayor,
cuando me desprendí de mi Ayudante y
de Oficial de Ordenes, a quienes ahora los
había enviado a ese Regimiento con una
encubierta misión de dominar la situación
que se iba a vivir. Y precisamente el día
de la acción, fue la oportuna y decidida
intervención de estos Capitanes ante los
subordinados la que despejó las dudas, y
la unidad se alistó integralmente.

A las 06.30 horas, las unidades estaban


listas para actuar. La comunicación que
preparé para enviar a todas las unidades
de Chile ya se difundía en clave desde las
06.00 horas.

Antes de las 08.30 horas, el Cuartel


General del Comandante en Jefe estaba
instalado y funcionando. A esa hora se
comenzaba a escuchar en todas las radios
leales nuestra Canción Nacional y poco
más tarde se leía la proclama en la cual se
comunicaba al país que se ponía fin al
régimen marxista que por tres años había
tratado de destruir la República y sus
instituciones con el fin de implantar el
comunismo.

Desde antes de la hora prevista algunas


acciones de combate se iniciaron en virtud
de la aplicación de la Ley de Control de
Armas, según estaba previsto en los
Planes de Combate, desarrollándose
diversas acciones tácticas que fueron
creciendo en forma vertiginosa hacia el
centro de la ciudad.
-¿Cuáles fueron las primeras reacciones
que Uds. advirtieron de parte del
Gobierno?

-Desde un principio, Allende trató de


ganar tiempo, convencido de que sus
grupos paramilitares lo apoyarían con
todas sus fuerzas, pero ello era sólo una
utopía, pues los líderes que habían
soliviantado a los trabajadores en esos tres
años fueron los primeros que se ocultaron,
huyeron o se refugiaron en alguna
Embajada. Además, la traición a Chile,
que este ególatra había cometido mientras
encabezó el gobierno, ya había sido
captada por la ciudadanía, y ahora
primaba más en ella el sentimiento de la
Patria amenazada, que los engaños y
alucinaciones inculcados desde Rusia o
desde Cuba. Por tales motivos, Allende
quedó absolutamente solo, con excepción
de un pequeño grupo de fanáticos que
aceptó ciegamente una lucha para ellos
sin destino.

La Operación Silencio de la
Radiotelefonía se había cumplido
rápidamente, conforme a las
modificaciones que fueron introducidas el
4 de septiembre de 1973 en el Plan
Ejecutivo de Seguridad Interior
"Hércules". Sólo nos quedaba la Radio
Magallanes, que fue silenciada cerca de
las 10.40 horas.

-Presidente, me gustaría conocer su


relación de los momentos que entonces
vivió Ud. en el Cuartel General del
Comandante en Jefe del Ejército.
-Después de mantener un enlace
radiofónico permanente entre el Puesto de
Mando del Almirante Carvajal y el Puesto
de Mando del Comandante en Jefe del
Ejército sobre el desplazamiento y la
acción de las tropas, llegó por citófono la
información de que Allende se había
suicidado. Era poco más de las 10.30
horas. Al preguntarle a Carvajal por esta
noticia, me respondió:

"Augusto, lo del suicidio era falso, ahora


acabo de hablar con el Edecán Naval,
Comandante Grez, y me dice que él y los
otros dos Edecanes se van a retirar de La
Moneda y se vienen hacia el Ministerio de
Defensa."

Le encargué al Almirante Carvajal buscar


al Jefe de Carabineros, para decirle que
retirara sus tropas de la Casa de Gobierno,
porque La Moneda iba a ser bombardeada
por la FACH. Me respondió que los
Carabineros estaban retirándose de la
Moneda en ese momento, y que el
General Brady estaba informado para que
no se les disparase cuando éstos
evacuaran el Palacio.

De inmediato recibí un nuevo llamado de


Carvajal para decirme que lo había
llamado el Secretario de Marina,
Domínguez, para retransmitir la solicitud
de Allende de que fueran los tres
Comandantes en Jefe a pedir la rendición
ante el Presidente de la Moneda. Mi
respuesta fue:"Tú sabes que este señor es
chueco; en consecuencia, si él quiere
rendirse, que venga al Ministerio de
Defensa para entregarse a los tres
Comandantes en Jefe". La respuesta de
Carvajal fue ésta: "Hablé personalmente
con él en nombre de los Comandantes en
Jefe y contestó una serie de groserías". De
inmediato ordené que se bombardeara la
Moneda. Para ello era previo evacuarla;
luego había que asaltarla, y así su
ocupación resultaría más fácil y con
menos derramamiento de sangre.

-¿Se consideró la situación del personal


de Carabineros de guardia en La Moneda?

-Pronto fui informado de que el General


de Carabineros César Mendoza ejercía el
mando de su Institución y que el General
Yovane mandaba los Carabineros que
rodeaban La Moneda. Asimismo, que ya
no había Carabineros ni personal del
Ejército dentro de La Moneda, lo cual nos
dejaba en libertad para iniciar el
bombardeo si Allende y sus GAP no se
rendían.

Repentinamente se me ocurrió que


Allende podía haber huido en alguna
tanqueta de Carabineros. Pregunté si ello
habría sido posible, a lo que Carvajal me
respondió que no, por cuanto las
tanquetas se habían ido antes y
posteriormente él había hablado por
teléfono con Allende y más tarde había
conversado con el Edecán Naval, quien le
confirmó que Allende estaba en La
Moneda.

Poco después el Comandante en Jefe de la


Fuerza Aérea pedía allanar los estudios de
Radio Magallanes, que continuaba
transmitiendo. Luego se discutieron
algunos puntos para la proclama de los
Comandantes en Jefe y del General
Director de Carabineros.
A las 10.50 horas, me llamó el General
Leigh a mi puesto de mando, pero no fue
posible hablar con él, por lo cual recuperé
el contacto con el Almirante Carvajal,
quien me informó que el General
Mendoza estaba en comunicación con él y
con el General Brady, y que la acción de
la tropa estaba bien coordinada.

Con estos antecedentes le comunico al


Almirante Carvajal que diez para las once
daré la orden de bombardear La Moneda.
En consecuencia, a esa hora, las tropas
deben estar replegadas a dos cuadras de
La Moneda. A las 11.00 en punto se
iniciará el bombardeo, para lo cual las
tropas se protegerán en los edificios con
el fin de permitir la acción de la aviación
sin riesgo de sufrir daños.

A tal objeto se le comunica al General


Leigh que en ningún caso inicie el
bombardeo sin conocer exactamente la
situación terrestre. De todo esto se le
informa al General Brady.

En esos momentos se nos comunica que


las brigadas socialistas piensan atacar el
Ministerio de Defensa. Además escucho
disparos fuera del Puesto de Mando.

Antes de salir, doy la orden al Almirante


Carvajal y al General Baeza que se dé el
alerta a la gente del Ministerio, pues hay
un Plan para esa eventualidad; todos con
las armas automáticas en las ventanas y
con tiradores escogidos deben batir a los
francotirado

También podría gustarte