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Escuela de Salamanca

1) España llegó al Concilio de Trento con autoridad política y eclesiástica gracias a la previa reforma católica. Teólogos españoles como Diego Laínez y Alfonso Salmerón jugaron un papel importante en el concilio. 2) La Escuela de Salamanca, liderada por dominicos y jesuitas como Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, tuvo una gran influencia en el concilio gracias a sus avances en teología, derecho y otras disciplinas. 3) Un debate clave fue sobre la existencia del

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Escuela de Salamanca

1) España llegó al Concilio de Trento con autoridad política y eclesiástica gracias a la previa reforma católica. Teólogos españoles como Diego Laínez y Alfonso Salmerón jugaron un papel importante en el concilio. 2) La Escuela de Salamanca, liderada por dominicos y jesuitas como Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, tuvo una gran influencia en el concilio gracias a sus avances en teología, derecho y otras disciplinas. 3) Un debate clave fue sobre la existencia del

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España llegaba a Trento con poder político y con la autoridad de haber reformado su

Iglesia ya en tiempos de los Reyes Católicos. Ello la convirtió en el principal escudo y


espada del catolicismo, si bien chocaría aún con el papa Pablo IV, enemigo de la
hegemonía hispana, que dejó empantanado el concilio durante su pontificado, de 1555 a
1559. De ahí que, al lado de los italianos, llevasen la voz cantante en Trento teólogos
españoles como los jesuitas Diego Laínez y Alfonso Salmerón, los dominicos Melchor
Cano y Domingo de Soto, y otros como Francisco Torres, Turriano o Arias Montano.
Los jesuitas citados habían estado entre los siete que formaron el núcleo de la orden
jesuita, y el soriano Laínez había sucedido a Ignacio de Loyola como general de la
orden desde 1558 hasta 1565 (la enemistad del papa Pablo IV mantuvo a la orden dos
años sin superior general, tras la muerte de Ignacio en 1556). Bajo el mandato de Laínez
los jesuitas se extendieron por Francia y Polonia, aumentaron las misiones y crearon
colegios en varios países. Laínez preparó una lista de "errores protestantes" y estuvo a
punto de ser elegido papa, pero huyó para evitarlo. El toledano Salmerón, estudiante en
Alcalá y París, nuncio papal en Irlanda, ante la Dieta de Ausburgo de 1555, en Polonia y
en Bélgica, y predicador prestigioso, enseñó en la universidad bávara de Ingolstadt y en
Verona, y fue provincial de la orden en Nápoles. Entre muchas obras, interpretó al
modo católico la Epístola a los Romanos, de San Pablo, en la que Lutero se había
inspirado de preferencia para su tesis de la salvación solo por la fe.

Francisco Torres, palentino, fue un teólogo renombrado, a quien comisionó el papa ante
el concilio. Domingo de Soto, Melchor Cano y, más tangencialmente, Arias Montano,
forman parte de la llamada Escuela de Salamanca.

La autoridad hispana en Trento no procedía solo del poder político y el prestigio de su


previa reforma eclesial, o de la militancia de la orden jesuita, sino aún más de la
potencia del pensamiento teológico-filosófico de sus numerosas universidades, sobre
todo la Complutense y la Salmantina. Dentro de ellas tuvo la mayor notoriedad la
inquieta y creativa Escuela de Salamanca, que tomó cuerpo durante varias generaciones
e hizo aportaciones decisivas al derecho, la economía y otras disciplinas.

Los mayores protagonistas de la Escuela fueron dominicos y jesuitas, que renovaron los
laureles de la Escolástica, a la que se suponía agotada tras las controversias de la Edad
de Afianzamiento. Si el protestantismo venía a derivar, al menos en parte, del
nominalismo y el occamismo, la Escuela de Salamanca derivó del tomismo, dándole
una fecundidad inesperada en la especulación moral, el derecho, la política, la
economía, incluso en las ciencias naturales, mezclada del espíritu convencionalmente
llamado humanista.

Un problema clave no solo en la polémica con Lutero, sino más amplio, era el de la
existencia del mal. El mal se presenta como daño causado por la naturaleza, tal una
peste o una inundación, carentes de valor moral pero que arrojan una sombra sobre la
justicia divina, pues en ellas perecen indistintamente justos y pecadores (no pocas veces
se consideraban esas catástrofes como castigos divinos). Y se presenta ante todo como
el daño causado por los hombres por ir contra los mandamientos y revelación divinos,
contra el sentimiento de que entre las diversas tendencias e intereses de los individuos
debe haber un equilibrio que llamamos justicia, querida por Dios. El malvado obra así
contra la voluntad divina, o prefiriendo unos intereses y valores inferiores a otros
superiores, pero ello ¿no pone en entredicho la omnipotencia de Dios? Francisco de
Vitoria, a quien suele considerarse fundador informal de la Escuela, abordó este mal
desde el punto de vista del libre albedrío: Dios ha dotado al hombre de libertad para
elegir, lo que significaba que podía optar por el mal en lugar de por el bien, y así
condenarse en lugar de salvarse. Es decir, se puede hacer el mal aún conociendo la
voluntad de Dios expuesta en las Escrituras, y por otra parte se puede hacer el bien,
aunque de modo incompleto, sin conocerla, como podía ser el caso de los indios
americanos. El problema, como ocurre con los grandes problemas filosóficos, no queda
del todo resuelto, pero encuentra cierta base razonable y fecunda. 

También provocó disputas entre los salmanticenses, particularmente entre dominicos y


jesuitas, la cuestión protestante sobre la predestinación y la gracia. Los jesuitas y fray
Luis de León pusieron el énfasis en el libre albedrío, en detrimento del pecado original,
a un nivel que pareció herético al dominico Domingo Báñez, el cual les acusó ante la
Inquisición. A su vez, Luis de León denunció a Báñez como próximo a Lutero por
proclamar una esencial corrupción humana por el pecado original, que daría valor
exclusivo a la gracia. Estas intrigas indican idea de cuán agrias podían volverse las
polémicas. Uno y otro terminaron exculpados por la Inquisición, pero el debate
continuaría con otros protagonistas, en particular por el jesuita conquense Luis de
Molina, que insistió en el libre albedrío desde una posición intermedia: Dios puede
prever tanto las posibilidades de la decisión humana como las decisiones que
efectivamente tomará el hombre, y con ello admite cierta forma de predestinación. A
esa versión se opusieron con calor los dominicos y más tarde la corriente jansenista,
próxima al calvinismo en cuanto al papel de la gracia y de la predestinación. La
controversia, llamada De auxiliis, continuó hasta el que papa Pablo V, ya a principios
del siglo siguiente, admitió ambas posiciones como matices de una misma actitud, al
modo como la Iglesia había admitido las de nominalistas y realistas siglos antes; pero
prohibió continuar la discusión. La relación entre la gracia, la predestinación y la
libertad, o la existencia del mal, fue siempre muy difícil de aclarar, aunque los esfuerzos
al respecto dieran otros frutos.

Un punto básico de la Escuela fue el del gobierno legítimo, la tiranía y el origen divino
del poder. Desde San Isidoro al menos, la idea de que el poder venía de Dios se
expandió por la cristiandad. No obstante, el aserto podía interpretarse de varios modos:
como un poder absoluto del monarca sobre sus súbditos, caso de la autocracia rusa;
como la unión del poder religioso y político en un solo soberano, al modo del
anglicanismo inglés; como el derecho del monarca a dirigir a la Iglesia como en la
Constantinopla cristiana o Rusia, menos acentuadamente en el Sacro Imperio, Francia o
España. Y no faltaban otras interpretaciones.  

El caso ruso tiene considerable relevancia: si Iván III había asentado la autocracia, su
sucesor Iván IV el Terrible la reforzó imponiéndose sangrientamente sobre la oligarquía
de los boyardos. Este zar, contemporáneo de Carlos I y de Felipe II (reinó de 1547 a
1584), organizó un cuerpo militar adicto en exclusiva a él, los streltsí, y después la
opríchinina, especie de guardia pretoriana autora de un terror masivo que creó un clima
de sumisión temerosa (sus jefes también sufrieron represiones brutales, y a veces se la
considera un precedente de la policía política de Stalin en el siglo XX). No por ello dejó
Iván de procurar la lealtad de una parte de las oligarquías urbanas y de nobles menores,
convocando el primer Zemski Sobor, asamblea semejante a las Cortes españolas; y
organizó un concilio de la Iglesia ortodoxa para asegurarse la colaboración de esta,
promulgó un nuevo código legal y fijó los campesinos a la tierra en condiciones de
completa dependencia. Emprendió grandes campañas hacia el este, sobre Siberia, y
hacia el oeste, para abrirse una salida al mar Báltico. Aunque el janato de Crimea
llegaría a incendiar Moscú, Iván acabó definitivamente con la amenaza turco-mongola
de los janatos de Kazán y Astrakán, y dio impulso a la magna expansión rusa más allá
de los Urales. En cambio sus ofensivas por el oeste resultaron baldías ante la oposición
de Suecia, Polonia, Lituania y la Liga Hanseática.En España nunca se puso en cuestión
la primacía religiosa del Papado; y aunque la expulsión de los judíos y la Inquisición
entran en la misma concepción de los príncipes y reyes protestantes, no era del todo así,
porque permanecía una considerable minoría morisca pese a lo ficticio de su conversión
y a su colaboración con la plaga interminable de la piratería magrebí. En cuanto a la
soberanía regia, muy robustecido por los Reyes Católicos tras el período de anarquía
oligárquica, tampoco se parecía en casi nada al de Iván el Terrible, pues la
interpretación del origen divino del poder tomó en España un rumbo muy diferente del
de Rusia o el de Inglaterra. 

Las consideraciones de la Escuela llevaban directamente al concepto de los que más


tarde se llamarían derechos humanos: puesto que todos los hombres, sea cual fuere su
grado de civilización, comparten una misma naturaleza, tienen los mismos derechos
básicos. Y el derecho natural debe prevalecer sobre el derecho positivo de los
gobiernos, si estos debían considerarse justos y no tiránicos.

La actividad y crueldades de Iván, de rasgos a veces alucinados, dejaron el país


exhausto, pero no impidieron al zar, hombre instruido, teorizar sobre el origen divino de
su poder en cartas a los reyes polaco y sueco y a Isabel de Inglaterra, y sostener una
feroz polémica con el príncipe Kurbski, rebelde a la autocracia, en la que aquel acusa a
los boyardos, y no a la política absolutista, de ser los destructores de Rusia. Iván
consideraba su poder otorgado directamente por Dios, y por ello no admitía límites al
mismo, pues ¿qué clase de soberanía era la que admitía asambleas de ciudadanos u otros
poderes intermedios con capacidad decisoria? "Todos los súbditos son iguales ante el
zar, y están obligados por Dios a ser los esclavos del zar". En compensación, el zar
debía a su vez hacer el bien y cumplir la voluntad de Dios, premiando a los buenos y
castigando a los malos. Claro que él mismo, como portavoz de la voluntad divina, fijaba
el bien y el mal, y lo hacía de forma expeditiva: eran buenos quienes se plegaban
ciegamente a las exigencias del soberano, y malos quienes se oponían o mostraban
reticencia. Este concepto radicalmente autocrático solo fue relativamente frenado por la
resistencia pasiva, rara vez activa, de la Iglesia y otras instituciones.
La corona inglesa  mantenía una posición de principio no disímil de la de Iván IV: el
monarca reunía directamente el máximo poder político y religioso. De acuerdo con ello,
Enrique VIII e Isabel I aplastaron sin misericordia cualquier oposición, si bien no
llegaron a aplicar una represión tan masiva y en parte demencial como el zar. Por su
parte, el protestantismo tendía a crear iglesias nacionales bajo el lema cuius regio eius
religio, que daba a los príncipes la potestad de imponer su religión a sus súbditos. El
principio no concordaba mucho con la libre interpretación de la Biblia, pero ayudó a la
expansión protestante, por las prerrogativas concedidas a los potentados. Por lo demás,
garantizarse la religión de los súbditos en una época en que los conflictos de fe tomaban
tan inmediato carácter político-militar, propiciaba la estabilidad social interna.

La Escuela de Salamanca distinguió siempre el poder temporal del espiritual, idea


arraigada en la mentalidad española, que la alejaba de programas como el anglicano.
Francisco de Vitoria, tenido por fundador informal de la Escuela, consideró que el papa
tenía solo autoridad espiritual, y no debía utilizarla para entrometerse en la temporal del
emperador o de los reyes. El emperador carecía de potestad para dictar la acción
eclesiástica, como solía pretender desde Carlomagno; y no representaba políticamente a
la cristiandad, sino solo a la parte de ella bajo su control directo.

Esta teoría fue desenvuelta, entre otros, por el citado Luis de Molina. Según él, Dios no
otorga el poder directamente al monarca, que viene a ser más bien un administrador de
la soberanía. Esta recae en los individuos del pueblo, los cuales nacen libres y con
derechos naturales que el rey no puede oprimir. Su teoría destacaba la individualidad en
un grado desconocido hasta entonces. No obstante, Molina justificaba la esclavitud en
casos excepcionales, por ejemplo como alternativa a la pena de muerte o en caso de
guerra, para resarcir al bando "justo" por los daños causados; pero rechazaba como
ilegítimo y motivo de condenación eterna el tráfico de esclavos organizado por
portugueses, ingleses y holandeses, en el que los españoles participaban poco, pero no
dejaban de comprar tal mercancía humana para sus plantaciones.
Al poco de terminar el siglo XVI, estas ideas tuvieron un nuevo despliegue con motivo
de las ideas expresadas por Jacobo I de Inglaterra, sucesor de Isabel. Jacobo amplió en
sentido absolutista las ideas anglicanas del poder divino, afirmando al monarca como
"anterior a cualquier estado, parlamento o ley", y propietario inicial de toda la tierra, de
modo que "los reyes fueron los autores de las leyes y no las leyes de los reyes"; ideas
parecidas a las de Iván IV, aunque en la práctica el inglés siguiera una política bastante
moderada. Pero en 1613 obligó a sus súbditos a prestarle juramento de fidelidad como
rey y como máximo jefe religioso.

En réplica, el jesuita granadino Francisco Suárez escribió Defensio fidei catholicae


adversus anglicanae sectae errores, en cuya tercera parte, dedicada a la soberanía
política, teoriza en sentido contrario al ruso o al inglés: Dios no concede el poder
directamente al monarca, sino al pueblo, que lo transmite libremente al rey mediante un
pacto modificable. Por ello, el poder "es de derecho humano", no directamente divino, y
más o menos amplio según establezca el libre pacto. El rey no media entre la voluntad
de Dios y el pueblo, sino al revés, el mediador es el pueblo. Suárez también se opone a
Maquiavelo, quien concibe el poder político como una realidad con sus reglas
particulares e independientes de la moral: el poder está sometido a la ley moral y a la
obligación de servir al bien del pueblo que lo ha otorgado. Por tanto, el poder político es
limitado, y en este sentido y en su origen popular, democrático. No es que Suárez
creyera a la democracia, en su equívoca acepción desde Aristóteles, el mejor de los
sistemas, pero la admitía como legítima y en la práctica sentaba sus principios antes de
que los mismos u otros parecidos fueran expuestos por pensadores como Locke. El libro
de Suárez fue quemado públicamente en Inglaterra y Francia, y prohibida su lectura.

Hay una diferencia entre la idea de Molina y la de Suárez, pues este último considera al
pueblo como un todo, sin admitir la soberanía de partes de él, y disminuye el papel de
los individuos, lo que lleva a dificultades, ya que el pueblo nunca se manifiesta como un
bloque. Con ello abre una vía posible –no forzosa– a concepciones como las defendidas
más delante por Rousseau, verdadero padre de los totalitarismos del siglo XX. 

Este pensamiento alumbraba nuevos problemas en torno a la organización práctica del


poder, la concepción del pueblo y del individuo, o la acción frente a la tendencia
tiránica del poder, algunos de los cuales habían originado mucha especulación desde al
menos San Isidoro. El jesuita Juan de Mariana, nacido en Talavera, formado en Alcalá
de Henares y solo tangencialmente relacionado con Salamanca, expuso los deberes del
rey y su necesaria sumisión a la ley moral y la del estado, como cualquier súbdito, la
obligación de moderar los impuestos, etc. Algunos de sus escritos justificaban el
tiranicidio, por lo que sus libros fueron quemados en Francia. En España solo fue
prohibido uno suyo relacionado con la moneda y la economía. Las ideas políticas de
esta escuela contrariaban la corriente hegemónica europea, que justificaban el directo
derecho divino de los reyes, defendido también por Lutero, y conduciría en los siglos
siguientes de las monarquías autoritarias a las monarquías absolutas.

En tiempos relativamente recientes, investigadores de la corriente austríaca de


economistas, y en particular de la historiadora británica Marjorie Grice-Hutchinson, han
descubierto la contribución de la Escuela de Salamanca al pensamiento económico.
Quizá sea esta la faceta a la que más atención se ha prestado recientemente, aunque sus
aportaciones en otros terrenos no sean menos brillantes.

El problema de la economía y su relación con las prescripciones evangélicas era


ciertamente muy antiguo, y en la práctica dichas prescripciones pocas veces se habían
aplicado en su literalidad, que aparentemente se infringía, sin que se entendiera bien por
qué la realidad marchaba por vías diferentes de los mandatos teológicos y conciliares
que prohibían, por ejemplo, el interés, llamado indiscriminadamente usura. Diversos
pensadores eclesiásticos italianos habían cambiado o matizado notablemente esos
conceptos, pero la cuestión exigía nuevas explicaciones en el siglo XVI, cuando la
economía experimenta un tremendo impulso merced a un comercio de amplitud sin
parangón con ninguna época anterior y a continuos avances técnicos, cuando la plata
española de América relaciona a China y a Europa a través del Pacífico y el Atlántico, y
se producen hechos extraños como la elevación incontrolable de los precios o crisis de
origen oscuro, cuando decisiones políticas bienintencionadas podían tener efectos
ruinosos.... Al abordar estos temas, los de Salamanca pueden optar con bastantes
razones al título de fundadores de la ciencia económica, tal como del Derecho
internacional o de la apertura de nuevas vías teológico-metafísicas.

Al parecer, en 1517 algunos mercaderes españoles de Amberes preguntaron al dominico


Francisco de Vitoria si la moral permitía comerciar para acrecentar la riqueza particular.
La consulta afectaba a la prédica de la pobreza, tan popular en la Iglesia, lo que obligó a
Vitoria y a otros a investigar y especular al respecto. Los dominicos tomaban una
postura menos estricta que los franciscanos, más apegados a la pobreza evangélica (si
bien, como vimos, el franciscano Eiximenis había ensalzado dos siglos antes los
comerciantes y la riqueza). Vitoria y sus continuadores Azpilcueta, Molina, Suárez,
Domingo de Soto, Mercado, Pedro de Valencia, Pedro de Oñate, Mariana, Saravia de la
Calle, Felipe de la Cruz, etc., sentaron las bases para un reenfoque científico de la
economía: así la concepción de que la esta tenía sus propias normas implícitas,
independientes de la voluntad y las leyes de los políticos; que la propiedad privada
sobre los bienes y los beneficios extraíbles de ellos, es no solo justificable sino un
derecho natural beneficioso para la sociedad y los bienes son mejor cuidados por el
propietario que si fuesen comunes; propiedad que, ligada la libre circulación de
mercancías y personas, acerca y hermana a los seres humanos y beneficia a la sociedad
en general, no solo a los particulares; que el interés privado es justificable moralmente,
y necesario; que el precio justo de una mercancía no equivale, como antes se pensaba, a
su coste de producción, sino que es variable, al depender de la valoración subjetiva que
dan a la mercancía compradores y vendedores en libre negociación, sin monopolios ni
interferencias políticas; que, en general, el precio tenía relación con la escasez de la
mercancía, de modo que su abundancia rebajaba su valor, como mostraba la llegada de
la plata americana, que abarataba esta y por tanto hacía subir los precios de los bienes
comprados con ella; que el salario se medía como el precio de las otras mercancías; que
el interés en los préstamos, cuestión espinosa, se justificaba como beneficio del capital,
semejante al que podría obtenerse de la tierra, y como valoración del tiempo y el riesgo
del préstamo, y del lucro que dejaba de obtener el prestamista al prescindir de él por un
tiempo (lucro cesante, o coste de oportunidad); y así sobre los impuestos y otras
cuestiones.

Con ello, los escolásticos de Salamanca cimentaron pilares del pensamiento económico
como la propiedad e interés privados, el mercado libre, la oferta y la demanda, o una
teoría cuantitativa del dinero (relación entre la cantidad de este y el nivel de precios). Lo
notable es que abordaran correctamente estas cuestiones en estrecha dependencia de
consideraciones teológicas y morales, aplicando la razón, cuyo papel siempre
defendieron los tomistas, aunque en algunos puntos contradijeran a Tomás de Aquino.
Estas ideas quizá no guardaban mucha coherencia con la perfección evangélica, pero se
daba por supuesto que la perfección estaba al alcance de pocos. La teorización
salmanticense contraría la tesis de Max Weber, hoy en declive, que atribuye el interés
por la economía y la práctica capitalista a la ética protestante, en contraste con la
católica. Los logros del pensamiento de Salamanca cayeron luego un tanto en el olvido,
para alcanzar su desarrollo más completo en otras latitudes y en el siglo XVIII,
concretamente en la Escocia de Adam Smith, ya unida a Inglaterra. 

Otra faceta del pensamiento salmantino fue la del derecho internacional, a partir de las
cuestiones planteadas por la conquista de América, ya aludidas. En ese orden de cosas
trataron el problema de la guerra justa, estableciendo criterios que hoy perduran aun si
apenas se cumplen. Siendo la guerra un mal, solo debe admitirse como último recurso y
para eliminar un mal peor. Aun así, debe respetar normas morales, y no incurrir en
crímenes como la masacre de civiles, de prisioneros o de rehenes. Una guerra es injusta
si, entre otras cosas, la mayoría de la población la rechaza, y en tal caso el pueblo tiene
derecho a destituir y procesar al gobernante. Suárez propuso una ley internacional
basada en las costumbres y criterios no escritos, pero más o menos generalmente
aceptados, derivados indirectamente de la ley natural.

Algunos miembros de la Escuela cultivaron la ciencia natural, aunque este extremo


apenas ha comenzado a estudiarse hoy. El dominico segoviano Domingo de Soto hizo
una aportación notable al estudiar formas de movimiento uniformes y "disformes", esto
es, aceleradas, y describió la aceleración de los cuerpos en caída libre, por lo que en
alguna medida fue precursor de la mecánica que luego desarrollarían Galileo y Newton.
También es reseñable la intervención del teólogo y matemático toledano Pedro Chacón
en la reforma del calendario acordada por el Papado, es decir, el establecimiento del
calendario gregoriano, aceptado casi universalmente. La reforma exigió cálculos
astronómicos y matemáticos muy precisos, tomando como referencia las Tablas de
Alfonso X el Sabio, que se aproximaban con muy poca diferencia al cálculo real del
tiempo empleado por la Tierra en cada giro en torno al Sol. Por otra parte las
exploraciones geográficas y los libros sobre ellas y sobre la naturaleza de los nuevos
territorios, así como sobre la historia y costumbres indígenas, son otras tantas
aportaciones de alto valor a la ciencia.

Como Vitoria y varios más, Soto participó en la fructífera polémica entre Sepúlveda y
Las Casas, la cual resumió de forma neutral, con alguna observación crítica al segundo.
Otra contribución intelectual de relieve fue la Historia General de España, de Juan de
Mariana, obra no siempre crítica pero en conjunto ejemplar y una de las mejores
historias escritas en su época en Europa, por su penetración y fiabilidad general. Fue
acusada de poco patriótica por unos y de excesivamente castellanista por otros, de modo
que el barcelonés Esteve Corbera y el valenciano Gaspar Escolano reaccionaron contra
quienes (como Mariana), "quieren angostar la majestad y grandeza de España en los
cortos límites de Castilla", en palabras de Escolano.

La combinación de las ideas económicas y las políticas de la Escuela, ofrece un esbozo


bastante completo de lo que andando el tiempo se llamará liberalismo: relevancia a las
decisiones del individuo, a la libre circulación de bienes y al mercado libre, el rechazo
al poder absoluto, tesis de que el poder, si bien originado en Dios, llega a través de la
sociedad; o la agudeza de los debates y la propia audacia con que eran expuestas las
conclusiones . Lo último arroja de paso alguna luz sobre el carácter de la Inquisición.
Los dominicos, a quienes estaba encomendada, destacaron en la formulación de las
ideas aquí sumariamente reseñadas, y sus querellas con los jesuitas, por más que a veces
peligrosas, no llegaron a impedir una discusión más libre y sobre temas más
enjundiosos, que cualesquiera de los siglos siguientes en España. Sus libros, en general,
no fueron prohibidos, y es significativo que tampoco lo fuera el de Mariana que
justificaba el tiranicidio, y sí en cambio otro de materia económica del mismo autor, que
ponía en entredicho políticas gubernamentales. 

Vitoria, Suárez, Mariana y Molina fueron algunos de los filósofos y pensadores


políticos más influyentes de su tiempo, y a pesar de que varios de sus libros fueran
quemados en Londres o París, sus obras de tema político y metafísico, en particular las
de Vitoria y Suárez, se divulgaron por las universidades europeas, incluidas las
protestantes, y contribuyeron poderosamente a formar corrientes ideológicas y
filosóficas que habían de marcar al continente los siglos posteriores. La escuela estuvo
muy ligada a la universidad portuguesa de Coímbra, donde enseñaron varios de sus
profesores, y tuvo proyecciones relevantes en el pensamiento económico de
Hispanoamérica, en particular la llamada Escuela de Chuquisaca, de Bolivia, según ha
estudiado el economista argentino de origen rumano Oreste Popescu.

Los logros intelectuales de una escolástica renovada y racionalista en España, nacidos


de la valoración de la razón y del libre arbitrio, fueron realmente brillantes y precursores
de evoluciones más tardías en Europa. No desarrollaron varias de sus ideas en una teoría
completa, pero iban por el mejor camino, suministraron cimientos para posteriores
edificios teóricos, y si no los completaron se debió a la decadencia, casi colapso, del
pensamiento español hacia finales del siglo XVII. Pues extendió su actividad durante
casi un siglo y medio. Suele considerarse al teólogo Pedro de Godoy, muerto en 1677,
su último representante.

Cabe señalar que el valor de muchas de las aportaciones de esta escuela ha permanecido
ignorado durante siglos, efecto achacado a veces a una ocultación interesada por parte
de protestantes o franceses; pero que en realidad tuvo mucho más que ver con el
mencionado semicolapso intelectual español.   

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