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Charles Spurgeon - Cómo Leer La Biblia

El documento habla sobre la importancia de entender lo que se lee en la Biblia, más que simplemente leer las palabras. Explica que los fariseos leían mucho la Biblia pero no la entendían, y Jesús les reprochó esto. También destaca que para entender se necesita leer con la mente despierta y preparada.

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Charles Spurgeon - Cómo Leer La Biblia

El documento habla sobre la importancia de entender lo que se lee en la Biblia, más que simplemente leer las palabras. Explica que los fariseos leían mucho la Biblia pero no la entendían, y Jesús les reprochó esto. También destaca que para entender se necesita leer con la mente despierta y preparada.

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Cómo leer la Biblia

C.H. Spurgeon

Publicado por Editorial Peregrino


La Almazara, 19
13350 Moral de Calatrava (C. Real)
España
info@[Link]
[Link]

Publicado originalmente en inglés con el título: How to Read the Bible


© Editorial Peregrino, SL 1985, 1996 y 2009 para la versión española

Primera edición en español: 1985


C. H. Spurgeon, Cómo leer la Biblia, trans. José Moreno Berrocal, Tercera edición. (Moral
de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino, 2009).
Página 1. Exportado de Software Bíblico Logos, 10:18 p. m. 29 de octubre de 2022.
Segunda edición en español: 1996
Tercera edición en español: 2009

Traducción del inglés: José Moreno Berrocal


Revisión de estilo: Demetrio Cánovas Moreno
Diseño de la portada: Latido Creativo

ISBN: 978-84-96562-45-5
Depósito legal: CR 409-2009

«¿No habéis leído? […] ¿No habéis leído? […] Y si supieseis qué significa»
(Mateo 12:3–7).

Los escribas y los fariseos eran ávidos lectores de la ley. Estudiaban los libros
sagrados continuamente, escudriñando cada palabra y cada letra. Tomaban nota
de cosas muy poco importantes, como cuál era el versículo que se hallaba a la
mitad del Antiguo Testamento, cuántas veces aparecía una determinada palabra, y
aun cuántas veces aparecía una letra, el tamaño de la letra y su posición concreta.
Nos han dejado montones de notas sobre las meras palabras de las Sagradas
Escrituras. Para el caso, podían haber hecho lo mismo con otro libro, y la
información habría sido tan importante como los hechos que habían tan
industriosamente recogido concernientes a la letra del Antiguo Testamento.
Eran, sin embargo, intensos lectores de la ley. Organizaron una discusión con
el Salvador sobre un asunto concerniente a esta ley, ya que la conocían
perfectamente, y estaban siempre listos para utilizar su conocimiento como un ave
de rapiña utiliza sus garras para rasgar y desgarrar. Los discípulos de Nuestro
Señor habían arrancado algunas espigas de trigo, y las restregaban entre sus
manos. De acuerdo con la interpretación farisaica, restregar una espiga de trigo
era una manera de trillar, y, como era pecado trillar en día de reposo, debía serlo
también restregar una espiga o dos de trigo cuando uno estaba hambriento un día
de reposo por la mañana. Este era su alegato, y con ello y con su versión de la ley
del día de reposo, se acercaron al Salvador. Jesús solía llevar a menudo la guerra
al campo del enemigo, y así lo hizo en esta ocasión. Fue a su propio terreno y les
dijo: «¿No habéis leído?». Esta era una pregunta muy cortante para los escribas y

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fariseos, aunque aparentemente no hay dificultad alguna en ella. Era la pregunta
más natural y correcta que podía hacerles. ¡Ay, pero el hecho es que se la planteó
precisamente a ellos! «¿No habéis leído?». «¡Leído! —podían haber dicho— ¡Cómo!
Nosotros hemos leído la ley muchas veces! ¡La leemos siempre! ¡Ningún pasaje
escapa a nuestros ojos críticos!». Pero Nuestro Señor vuelve a plantear la pregunta
otra vez: «¿No habéis leído?», como queriendo dar a entender que no la habían
leído nunca, aunque, como sabemos, eran los mejores lectores de aquel tiempo.
Lo que les estaba insinuando era que no la habían leído nunca, y de paso les dio
la razón por que les había preguntado si la habían leído. Les dijo: «Si supieseis qué
significa», como queriendo decir: «No la habéis leído porque nunca la entendisteis.
Conocéis las palabras, habéis contado las letras y habéis marcado la posición de
cada versículo y palabra, y sabéis muchas cosas acerca de cada libro, pero no
tenéis ni idea de cómo leer, porque no habéis aprendido cómo hacerlo; no
entendéis, por lo que se puede decir que no leéis. Sois simples ojeadores o
contempladores de la Escritura. No la habéis leído porque no la comprendéis». Este
es precisamente el primer punto de esta disertación.

1. ENTENDER LO QUE LEEMOS


Creo que no necesito señalar la necesidad de leer las Escrituras. Ya sabemos cuán
necesario es alimentarnos de la Palabra de Dios. ¿Necesito preguntarte si lees la
Biblia o no? Nos encontramos en una época en la cual se leen muchas revistas y
periódicos, pero no la Biblia, como debiera ser. Antiguamente en Inglaterra se
tenían pocos libros, pero la gente tenía una biblioteca en un solo libro: la Biblia. ¡Y
hay que ver cómo lo leían!
¡Qué poco de la Escritura se encuentra en los sermones modernos en
comparación con los de aquellos maestros de la teología, los puritanos! Casi cada
una de sus frases parece arrojar luz sobre un texto de la Escritura, no solamente
aquel sobre el que están predicando, sino muchos otros que salen a la luz en el
transcurso del sermón. Yo le pediría a Dios que nosotros los ministros nos
mantuviésemos más cerca del antiguo y gran Libro. Si así lo hiciéramos, seríamos
predicadores instructivos, aunque no estuviésemos al tanto de las «nuevas
corrientes» o del pensamiento moderno.
Para los que no tienen que predicar, el mejor alimento es la propia Palabra de
Dios. No digo que los sermones y los libros no sean buenos, pero los arroyos
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pierden su natural frescura conforme se deslizan desde el manantial, incorporando
en su recorrido impurezas a esa agua, una vez pura y ahora diferente. Siempre es
mejor beber del manantial que de un depósito. Encontrarás que leer la Palabra por
ti mismo (leer, no simplemente ojear) es la manera más segura de crecer en la
gracia. Debemos beber de la leche pura de la Palabra de Dios, y no de la adulterada
con el agua de las palabras del hombre.
Lo que quiero demostrar es que mucha de la lectura bíblica que hoy se hace ¡no
tiene nada de bíblica! Los versículos se deslizan delante de nuestros ojos, y las
frases planean por nuestras mentes, pero realmente no leemos. Un antiguo
predicador solía decir que la Palabra de Dios circula libremente hoy en día, ya que
por un oído entra y por otro sale; esto es lo que pasa con algunos, que pueden
leer mucho porque no leen nada. Los ojos miran, pero la mente no piensa, no
medita. Se comportan como los pájaros que vuelan pero no construyen nidos donde
poder reposar. Esta clase de lectura no merece el nombre. La esencia de la
verdadera lectura es entender lo que se lee. Leer no es simplemente ponerse
delante de un libro.
Existe lo que podríamos llamar «orar en la oración», un orar que es el corazón
de la oración. De igual manera en la alabanza hay un alabar en el cántico, un fuego
interno de intensa devoción que constituye el meollo y significado último del aleluya.
Lo mismo debe ocurrir con la lectura de las Escrituras. Debe haber una lectura viva,
fogosa, verdadera de la Palabra de Dios. Esta es la lectura que nuestras almas
requieren. Pero si no leemos así, la lectura se convierte en un mero ejercicio técnico
que no sirve para nada.
No entender lo que leemos equivale a no leer. Algunos se consuelan con la idea
de que por haber leído un capítulo ya han efectuado una buena acción, aunque no
hayan entendido nada. Esto no pasa de ser una superstición. Leer sin entender es
como leer un libro al revés. Igualmente, si tuviésemos un Nuevo Testamento en
griego, sin entender esta lengua, sacaríamos el mismo provecho mirándolo que
leyendo el Nuevo Testamento en nuestro idioma sin comprender con el corazón lo
que leemos.
La letra no salva el alma. La letra mata en muchos sentidos, y nunca puede
otorgar vida. Si te quedas solamente con la letra, puedes ser tentado a usar esta
misma letra como un arma contra la verdad, al igual que los fariseos. Tu
conocimiento de la letra puede engendrar orgullo en tu corazón, y esto solamente
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serviría para destruirte. Es el espíritu, el significado profundo y real, el que penetra
en el corazón, y por el cual somos bendecidos y santificados. Llegamos a estar
saturados con la Palabra de Dios, como el vellón de Gedeón; y esto solamente
puede ocurrir si recibimos esta Palabra en nuestras mentes y corazones como la
verdad de Dios, regocijándonos por ello. Debemos entender, pues, la Palabra; de
lo contrario, no la leemos correctamente.
Ciertamente, el beneficio de la lectura debe llegar al alma a través del
entendimiento. Tiene que haber un conocimiento de Dios antes de poder amarle.
Tiene que haber un conocimiento de las cosas divinas, tal y como son reveladas,
antes de poder disfrutar de ellas. Debemos procurar entender, en la medida que
nos permitan nuestras mentes finitas, qué es lo que Dios quiere decir con esto o
aquello. Si no es así, podemos besar el libro sin amar su contenido; podemos
reverenciar la letra, sin tener respeto a Dios, que es el que nos habla en esas
palabras. No nos podemos sentir alentados con algo que no entendemos, ni
encontrar una guía para nuestra vida en aquello que no comprendemos; tampoco
es posible moldear nuestra personalidad de acuerdo con la Palabra si no la
entendemos.
Mentes despiertas
Si hemos de entender lo que leemos, nuestras mentes deben estar bien preparadas
a la hora de estudiar la Escritura. No siempre —me parece— estamos preparados
para leer la Biblia. A veces, sería mejor detenernos antes de abrir el libro. «Quita tu
calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es» (Éx. 3:5). No
podemos tomar la Biblia y entrar en sus misterios celestiales inmediatamente
después de un largo y agotador día de preocupaciones y trabajo. De la misma
manera que bendecimos la comida antes de comerla, así también deberíamos pedir
a Dios bendición para entender su Palabra, la comida celestial. Pide al Señor que
fortalezca tus sentidos antes de atreverte a mirar la eterna luz de la Escritura. La
lectura de la Biblia es la hora de la comida espiritual. Pídele al Señor que puedas
reunir todas y cada una de tus habilidades a la hora de participar de su festín, a la
hora de comer su preciosa comida. Tómalo en serio, ya que el estudio de las
Sagradas Escrituras debería ser una cosa tan solemne como el adorar a Dios en su
casa.
Meditar en la Palabra

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Si así lo haces, pronto verás que para entender lo que lees, debes meditar en ello.
Algunos pasajes de la Escritura son claros; vienen a ser benditos vados que el alma
puede atravesar. Pero también hay profundidades en las cuales nuestra mente se
podría hundir en vez de nadar con placer, si no somos precavidos. Hay algunos
textos de la Escritura que están construidos simplemente para hacernos pensar.
Con estos medios, entre otros, nuestro Padre celestial nos educa para el Cielo,
haciéndonos indagar en los misterios divinos. Es por esto por lo que dispone la
Palabra de tal manera que nos obliga a meditar antes de poder alcanzar su dulce
significado. Nos la podría haber explicado de tal manera que la hubiéramos
entendido enseguida, pero no le agradó hacerlo siempre así. Muchos de los velos
que podemos encontrar sobre algunas porciones de la Escritura no están allí para
ocultar el significado del pasaje, sino para obligar a la mente a ser activa, ya que a
menudo la diligencia que desplegamos para conocer la mente divina produce unos
resultados más positivos que el propio hallazgo. La meditación y el cuidadoso
examen de la Escritura fortalecen la mente para la recepción de verdades más
elevadas aún.
Debemos meditar. Las uvas no dan mosto si no se las exprime. Las aceitunas
tienen que ser prensadas una y otra vez antes de dar el preciado aceite. En un
plato de nueces se puede saber cuál de ellas ha sido comida, porque hay un agujero
muy pequeño que el insecto ha abierto a través de la cáscara; y allí dentro está,
comiéndose el fruto. Debemos horadar la cáscara de la letra, y vivir dentro,
nutriéndonos del fruto. Me gustaría ser un gusanillo así, viviendo en la Palabra y de
la Palabra, tras haber horadado un agujero en la cáscara y alcanzado el más
profundo de los misterios del bendito evangelio. La Palabra de Dios es siempre más
apreciada por el que más cerca vive de ella.
Sentado, el año pasado, debajo de una frondosa haya, y admirando este que
considero el más maravilloso de los árboles, pensé que yo no lo apreciaba ni
siquiera la mitad que una ardilla. Vi una de ellas brincando de rama en rama, y sentí
que ella realmente apreciaba aquella vieja haya, ya que tenía su casa en alguna
parte de la misma, en algún hueco o concavidad; aquellas ramas eran su refugio y
los frutos de la haya su comida. Vivía en la haya. Era su mundo, su lugar de juegos,
su granero, su hogar; era todo para ella, pero no lo era para mí, ya que yo tenía
otros sitios donde descansar y comer. Con respecto a la Palabra de Dios,
deberíamos ser como ardillas, viviendo en ella y de ella. Ejercitemos nuestras
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mentes brincando entre sus ramas, encontrando nuestro reposo y comida en ella,
y haciendo que ella lo sea todo para nosotros. Seremos los que más nos
beneficiemos de ella, si la hacemos nuestra comida, nuestra medicina, nuestro
tesoro, nuestra armadura, nuestro descanso y nuestra delicia. Que el Espíritu Santo
nos guíe para que hagamos que la Palabra sea así de preciosa para nosotros.
Oración a su Autor
Recordemos que, para conseguir esto, debemos orar. Es maravilloso meditar en la
Palabra, pero es aún más maravilloso orar inducidos por la meditación de la
Palabra. ¿No me estoy, quizá, dirigiendo a alguien que no lee la Palabra de Dios, o
a alguien que sí la lee, pero sin el firme propósito de entenderla? ¿Te gustaría
empezar a ser un verdadero lector? Entonces debes arrodillarte y pedirle a Dios
seriamente que te ilumine y dirija. ¿Quién entiende mejor un libro? Su autor, sin
duda alguna.
Si quisiera estar seguro del correcto significado de una intrincada frase, y el
autor de ella viviera cerca de mí, y pudiera visitarlo, llamaría a su puerta y le diría:
«¿Sería usted tan amable de explicarme qué es lo que usted quiere decir con esa
frase? Estoy completamente seguro que el significado está claro, pero soy tan
simple que no lo puedo deducir. No tengo ni el conocimiento ni la autoridad que
usted tiene sobre esta materia, y así, sus alusiones y descripciones están muy por
encima de mi discernimiento. Para usted no tiene ninguna dificultad pero es muy
difícil para mí. ¿Me podría explicar, por favor, su significado?». Un hombre de bien
estaría encantado de que le trataran así, y no consideraría un problema revelar el
significado de la susodicha frase a tan amable lector. De esta manera, me iría
convencido de haber aprendido el significado correcto, ya que lo obtuve de su
origen, del autor mismo.
Así, también, cuando tomamos la Biblia, debemos pedirle a su Autor, el Espíritu
Santo, que nos revele el significado de lo que leamos. Probablemente, no hará un
milagro, pero elevará nuestras mentes y nos sugerirá pensamientos, los cuales, por
su mutua relación natural nos llevarán, al final, al corazón de lo que Dios quiere
enseñarnos. Por tanto, busquemos de veras la guía del Espíritu. Oremos que el
Espíritu nos abra los misterios secretos de su Palabra inspirada.
Emplear medios y ayudas

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Por tanto, si pedimos que el Espíritu nos guíe y enseñe, se deduce que debemos
estar dispuestos a utilizar todos los medios y ayudas necesarios para entender la
Escritura. Cuando Felipe le preguntó al eunuco etíope si entendía la profecía de
Isaías, este le dijo: «¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?» (Hch. 8:31).
Entonces Felipe subió con él al carro y le explicó la Palabra del Señor.
Algunos, pretendiendo ser enseñados por el Espíritu Santo, rechazan la
instrucción que pueden recibir de libros o de hombres. Así no se honra al Espíritu
de Dios; es una falta de respeto hacia él, ya que si él concede a algunos de sus
siervos más luz que a otros (y es evidente que lo hace) entonces aquellos están
obligados a compartir esta luz con estos, y utilizarla para la edificación de la Iglesia.
Pero si una parte de la Iglesia se niega a recibir esta luz, ¿para qué la dio el
Espíritu? Implicaría que Dios ha cometido un error al otorgar sus dones y virtudes
mediante el Espíritu Santo. Está claro que no puede ser así. El Señor Jesucristo se
complace en dar más conocimiento de su Palabra y más comprensión de ella a
algunos de sus siervos que a otros, y debemos aceptar gozosos el conocimiento
que él nos da, cualesquiera que sean los medios que él elija para hacerlo.
Estaríamos llenos de maldad si dijésemos: «No queremos los tesoros celestiales
que se encuentran en vasos terrenales. Si Dios nos diese sus tesoros celestiales
de su propia mano, y no a través de vasos terrenales, los aceptaríamos. Creemos
que somos demasiado sabios, demasiado elevados, demasiado espirituales para
que no nos importen las joyas que pudiésemos encontrar en vasos de arcilla. No
oiremos a nadie ni leeremos nada, excepto la Biblia; tampoco aceptaremos la luz
que pudiera venir a través de un agujero en nuestro techo. Preferimos quedarnos
a oscuras antes que ver por medio de la luz de la vela de otro hermano». Hermano,
no caigamos en tal estupidez. Si la luz viene de Dios, y es un niño quien la trae,
aceptémosla gozosamente. Si alguno de sus siervos (bien sea Pablo, o Apolos, o
Cefas) ha recibido luz de Dios, he aquí, «todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y
Cristo de Dios» (1 Co. 3:22–23). Por tanto, aceptemos la luz que Dios ha
encendido, y pidamos que por gracia podamos hacerla brillar sobre la Palabra de
Dios para que, cuando la leamos, la entendamos.
No deseo decir nada más acerca de esto, aunque me gustaría recalcar algo.
Tenemos biblias en casa, ya lo sé. También sé que no nos gustaría estar sin ellas
y que pensamos que seríamos paganos si no las tuviésemos. Las tenemos muy
bien guardadas, ¡y son muy, pero que muy bonitas! No están ni dobladas ni rotas,
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y no es probable que lo estén nunca, ¡ya que solo salen los domingos para que les
dé un poco el aire!, y el resto de la semana están bien guardaditas junto con el
pañuelo de la chaqueta del traje de los domingos.
Si no leemos la Palabra, ni buscamos en ella, ¿cómo puede bendecirnos Dios?
Si creemos que no merece la pena buscar los tesoros celestiales, difícilmente los
encontraremos. Ya he repetido muchas veces que escudriñar las Escrituras no es
el camino de la salvación. El Señor dijo: «Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo».
Sin embargo, la lectura de la Palabra guía a menudo, al igual que el oírla, a la fe; y
esta trae salvación, ya que la fe viene por el oír, y la lectura es una forma de
escuchar. Mientras busquemos conocer el evangelio, al Señor puede placerle
bendecirnos.
¡Pero qué lectura de la Biblia más pobre e incompleta hacen algunos! No quiero
decir algo que, por ser demasiado severo, no sea estrictamente cierto (dejemos
que hablen nuestras conciencias), pero permítaseme preguntar: ¿No leen muchos
la Biblia demasiado deprisa? Un breve pasaje, ¡y ya está! ¿No olvidan muy pronto
lo que han leído y pierden lo poco que han asimilado? ¿Cuántos están dispuestos
a conocer su corazón, su jugo, su vida, su esencia, y beber de ella? Si no hacemos
esto, repito que nuestra lectura es deprimente, muerta, inútil. No merece la pena
siquiera llamarla lectura. El Espíritu nos dé arrepentimiento en este sentido.

2. BUSCANDO LA ENSEÑANZA ESPIRITUAL


Creo que este punto se encuentra en el texto que estamos considerando, porque
Nuestro Señor dice: «¿No habéis leído? […] ¿No habéis leído?». Y luego añade: «Y
si supieseis qué significa». El significado tenía un componente muy espiritual. El
texto que estaba citando era: «Misericordia quiero, y no sacrificio». Un texto tomado
del profeta Oseas. Los escribas y los fariseos hacían hincapié en la letra, el
sacrificio, la ofrenda de bueyes, etc. Pasaban por alto la enseñanza espiritual del
pasaje «Misericordia quiero y no sacrificio». Está claro que Dios prefiere que nos
preocupemos por nuestros semejantes, más bien que por observar cualquier
ceremonia de la ley que haga pasar hambre o sed y cause por ellas la muerte a
cualquiera de las criaturas que él hizo con sus propias manos. Deberían haber
olvidado lo exterior y observado más atentamente qué es lo que realmente decía el
texto, y cuál era su significado espiritual. Así es como nosotros también debemos
leer, buscando la enseñanza espiritual.
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de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino, 2009).
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Es muy importante tener en cuenta que esta debe ser nuestra actitud cuando
leamos los pasajes históricos. «¿No habéis leído lo que hizo David cuando él y los
que con él estaban tuvieron hambre; cómo entró en la casa de Dios y comió los
panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que con él
estaban, sino solamente a los sacerdotes?». Esta es una de las porciones históricas
de la Escritura que deberían haber leído buscando una enseñanza espiritual.
He oído a algunas personas decir: «¿Sabes?, yo no leo las partes históricas de
la Escritura». Querido amigo, los que hablan así no saben lo que dicen. Te puedo
decir, por experiencia, que algunas veces he encontrado enseñanzas muchísimo
más profundas y espirituales en las historias del Antiguo Testamento que en los
Salmos. «¿Cómo es eso posible?», me dirás. Mi experiencia es que cuando se
alcanza a penetrar en los profundos misterios espirituales de una historia, podemos
quedar, a menudo, sorprendidos de la claridad con que la enseñanza penetra en
nuestra alma.
Algunos de los más maravillosos misterios de la Revelación se entienden mejor
a la luz de las historias que los relatan que a través de una mera descripción verbal
de los mismos. Cuando tenemos una afirmación para explicar una ilustración, esta
expande y vivifica la afirmación. Por ejemplo, cuando el Señor quiso explicarnos qué
es la fe, nos remitió a la historia de la serpiente de bronce. Estoy convencido de
que esta idea de lo que es la fe, el mirar todos aquellos que habían sido mordidos
por serpientes a la de bronce, se nos muestra a todos con mucha más claridad que
cualquiera de las explicaciones, maravillosas sin duda, que hasta Pablo nos dio. No
debemos despreciar nunca las partes históricas de la Palabra de Dios, y si resulta
que no podemos aprender nada de ellas, mejor sería que dijésemos: «Esto se debe
a mi necedad y simplicidad. Oh Señor, dígnate iluminar mi mente y limpiar mi alma».
Cuando el Señor responda a esta oración, verás que todas y cada una de las partes
de la Palabra de Dios fueron dadas por inspiración y, por tanto, han de sernos de
alguna utilidad. «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley» (Sal. 119:18).
Esto que acabamos de decir es también cierto con respecto a todos los
preceptos ceremoniales, ya que el Salvador continúa diciendo: «¿O no habéis leído
en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de
reposo, y son sin culpa?». No hay ni un solo precepto en el Antiguo Testamento
que no tenga un significado profundo y especial. Por tanto, no pasemos de largo
el libro de Levítico, o digamos: «No puedo leer estos capítulos en los libros de Éxodo
C. H. Spurgeon, Cómo leer la Biblia, trans. José Moreno Berrocal, Tercera edición. (Moral
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y Números. Son todos acerca de las tribus y sus estandartes, las etapas en el
desierto y las paradas, el tabernáculo y su mobiliario, o acerca de corchetes y vasos
de oro, tablas, basas, piedras preciosas, azul, púrpura y lino fino». Detengámonos
un momento, y busquemos su profundo significado, el verdadero. Al igual que la
parte más valiosa y preciosa del tesoro de un rey es la más guardada y difícil de
encontrar, así ocurre también con la Escritura.
¿Has ido alguna vez a la biblioteca del Museo Británico? Hay muchos libros que
cualquier lector puede tomar cuando desee. Hay otros para los que se necesita
cumplimentar una tarjeta. Pero hay algunos otros que no se pueden tomar si no se
tiene una orden especial; solo de esta manera se abren puertas antes cerradas, se
abren cajas cuidadosamente embaladas, y entonces, y solo entonces, el lector
puede examinar el libro, aunque bajo la atenta mirada de un vigilante. Así,
igualmente, hay doctrinas preciosas, escogidas de la Palabra de Dios, que se
encuentran en cajas como el Levítico o el Cantar de los Cantares y, desde luego, no
podemos obtenerlas si no abrimos ciertas puertas; el Espíritu Santo debe estar con
nosotros, de lo contrario, nunca alcanzaremos esos tesoros. Las más grandes
verdades se encuentran tan bien escondidas como los tesoros reales de los
príncipes; por tanto, escudriñemos al mismo tiempo que leemos. No nos quedemos
satisfechos con leer acerca de una determinada ceremonia, busquemos su
significado espiritual, ya que en esto consiste la verdadera lectura. No habremos
leído realmente hasta que no hayamos alcanzado el verdadero sentido, el espíritu
de lo que leemos.
Ocurre exactamente lo mismo con las afirmaciones doctrinales de la Palabra de
Dios. Desgraciadamente, he podido observar personas muy ortodoxas en cuanto a
doctrina, y que pueden repetir su credo con mucha facilidad y, sin embargo, el
principal uso que hacen de su ortodoxia es el sentarse y observar al predicador,
con la intención de encontrar algo que criticar. Tan pronto ha pronunciado su
primera frase, ya se le juzga como heterodoxo. «Este hombre no retiene la sana
doctrina. Dice cosas muy buenas, pero no es ortodoxo; estoy convencido, sus
expresiones lo delatan». Mil gramos por kilo no son suficientes para estos queridos
hermanos a los que me refiero; tienen que tener algo más, y sobre, y por encima
del siclo del santuario. Utilizan su conocimiento como un microscopio, para
agrandar las más minúsculas diferencias. No vacilo en decir que he encontrado
personas que pretenden tener un conocimiento muy exacto de temas teológicos,
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pero que no conocen el verdadero significado de las cosas de Dios. Nunca han
bebido de sus doctrinas, sino que más bien las han sorbido en sus bocas para
escupirlas a otros. La doctrina de la elección es una cosa, pero saber que Dios te
ha predestinado, y producir los buenos frutos para los cuales fuiste elegido, es otra
cosa totalmente diferente. Hablar acerca del amor de Cristo, del Cielo y cosas
semejantes está muy bien; pero esto puede también hacerlo perfectamente uno
que no tenga una experiencia personal de ese amor. Por tanto, nunca debemos
estar satisfechos con poseer una sana doctrina, sino más bien deberíamos desear
tener esa doctrina grabada en nuestros corazones. Las doctrinas de la gracia son
buenas, pero la gracia de las doctrinas es mucho mejor aún. Busca obtenerla, y no
pienses que has sido instruido cuando comprendes las doctrinas, sino cuando
puedes sentir su poder espiritual en tu propia vida.
Vemos, pues, que para poder llegar a esto, necesitamos sentir la presencia de
Cristo cuando leemos su Palabra. Recordemos otra vez lo que Cristo dijo: «¿O no
habéis leído en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes en el templo
profanan el día de reposo, y son sin culpa? Pues os digo que uno mayor que el
templo está aquí». Los fariseos tenían muy en cuenta las palabras de la ley, pero
no supieron discernir que Cristo era el Señor del día de reposo, el Señor del hombre,
y el Señor de todo. Cuando hayamos aprendido alguna doctrina o precepto, o
cualquier otra cosa, pidamos al Señor que nos haga sentir que hay algo más grande
que la simple letra impresa, y algo muchísimo mejor que la simple apariencia
externa de la doctrina o precepto. Hay una Persona que es infinitamente mayor que
cualquier otra, y a él debemos pedirle que esté siempre con nosotros. Pidamos que
las Palabras nos den vida, que sean vida para nosotros. Su Palabra no está viva
sin el poder vivificador del Espíritu Santo. Podemos conocer la Biblia de principio a
fin, y repetir de memoria desde el Génesis hasta el Apocalipsis y, sin embargo,
puede ser un libro muerto, y yo un alma muerta. Pidamos que el Señor esté
presente en nuestra lectura, que podamos mirar desde la Biblia a Dios, desde el
precepto a Aquel que lo cumplió, desde la ley a Aquel que la honró, o desde la ira
a Aquel que la soportó por mí, que es el «Sí y el Amén». Entonces empezaremos a
leer la Biblia de una manera muy diferente. Él se encuentra conmigo en mi
habitación. Se inclina sobre mí, señala con su dedo las líneas, puedo ver su mano
traspasada. Leeré como si estuviera en su presencia. Leeré sabiendo que él es la
sustancia de lo escrito; que él es la prueba de que esto es Palabra de Dios y que
C. H. Spurgeon, Cómo leer la Biblia, trans. José Moreno Berrocal, Tercera edición. (Moral
de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino, 2009).
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él mismo la ha escrito; que él es la conclusión de todas las Escrituras, así como su
autor. Esta es la única forma de llegar a ser sabios. Conoceremos la esencia de la
Escritura si podemos mantener a Cristo con nosotros cuando leemos.
¿No has escuchado nunca un sermón que te haya hecho sentir que si Cristo
descendiese en ese momento sobre el predicador, le diría: «¿Qué estás haciendo?
¿Para qué estás aquí? Te envié a que predicases acerca de mí y, sin embargo,
estás predicando otras cosas. Vete a tu casa y aprende de mí, y entonces ven y
habla». El sermón que no conduce a Cristo, que no habla de él de principio a fin es
un tipo de sermón que haría reír a los demonios del Infierno, pero que haría llorar
a los ángeles, si estos pudiesen hacerlo.
¿Recuerdas la historia del galés que escuchó a un joven predicar un sermón
muy bueno, excelente, sin tacha; en una palabra, perfecto? Después, el joven le
preguntó al galés qué le había parecido. Este contestó que no le había causado
ninguna impresión. «¿Por qué no?», replicó el joven. «Porque Cristo no estaba en
él». «Bueno, sí —respondió el joven—, pero es que mi texto no era acerca de él».
«No importa —dijo el galés—, tu sermón tiene que hablar acerca de él». «No veo
el porqué», dijo el joven. «Entonces no sabes cómo predicar aún», respondió el
galés. «Esta es la manera como se debe predicar», dijo, y añadió: «Desde todos y
cada uno de los pueblos de Inglaterra, por pequeños que estos sean, hay siempre
un camino a Londres. Puede que no haya un camino a otros lugares, pero siempre
hay uno a Londres. De igual manera, desde cada texto de la Escritura hay un camino
que conduce a Cristo, y para predicar debe uno preguntarse: “¿Cómo puedo ir
desde este texto a Cristo?”, y entonces, y solo entonces, ir y predicar a Cristo».
«Pero —dijo el joven— supongamos que encuentro un texto que no conduce a
Cristo». «He predicado durante cuarenta años —dijo el galés—, y nunca he
encontrado un texto así; pero si alguna vez lo encuentro, aunque tenga que ir
campo a través, no terminaré mi predicación sin referirme a mi Maestro».
Tal vez algunos piensen que he ido un poquito lejos; yo pienso que no es así.
No debemos pensar en leer nuestras biblias sin tener al Señor delante, sin sentirlo
con nosotros. El Señor y Maestro de todo lo escrito es él. Y él será quien haga estas
cosas agradables y preciosas para nosotros si nos damos cuenta que él está allí.
Si no encontramos a Cristo Jesús en las Escrituras, estas no nos servirán de mucho,
¿pues qué es lo que el Señor mismo dijo?: «Escudriñad las Escrituras, porque a
vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna […], y no queréis venir a mí
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para que tengáis vida»; y si esto es así, nuestra búsqueda no vale para nada, ya
que no encontramos vida en ellas, además de que permaneceremos muertos en
nuestros pecados. Esperemos que esto no nos ocurra a nosotros.

3. ESTE TIPO DE LECTURA ES ÚTIL


Por último, esta manera de leer las Escrituras, que implica entender y penetrar en
la espiritualidad de su mensaje, y descubrir en ellas a la Persona divina, es útil;
como dice el Señor: «Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero y no sacrificio,
no condenaríais a los inocentes».
No tengo tiempo para seguir hablando de estos beneficios, pero me gustaría
decir, como resumen, que la lectura diligente de la Palabra de Dios, así como un
firme propósito de descubrir su significado, engendra vida espiritual. Somos
engendrados por la Palabra de Dios; es el instrumento usado para nuestra
regeneración. Por tanto, ama tu Biblia, mantente cerca de ella. Tú que buscas al
Señor, debes creer, en primer lugar, en Jesucristo. Pero mientras estés en
oscuridad y tinieblas, ¡ama tu Biblia y busca en ella! Llévala contigo cuando te
acuestes, y cuando te levantes por la mañana, si es demasiado temprano para salir
de tu cuarto molestando así al resto de la familia, lee en la misma habitación durante
media hora más. Di: «Señor guíame a leer la porción de Escritura que pueda
servirme de bendición. Ayúdame a entender cómo yo, un pobre pecador, puedo
reconciliarme contigo». Recuerdo que cuando yo empecé a buscar al Señor, recurrí
a mi Biblia y algunos otros libros como Llamada a los inconversos de Baxter, Una
guía segura al Cielo de Alleine y Origen y progreso de Doddridge, ya que yo
pensaba: «Me temo que me perderé, pero quiero saber por qué. Siento que nunca
encontraré a Cristo, pero esto no será porque no le haya buscado». Este era el
temor que me perseguía constantemente. Pero dije: «Lo encontraré, si es que
puede ser encontrado. Leeré, pensaré». Nunca ha habido un alma que habiendo
buscado sinceramente a Dios, y con todo su corazón, no lo haya encontrado, y que
no haya sido llena con la preciosa verdad de Cristo. Después es cuando nos damos
cuenta de que él ha estado siempre allí, y que nosotros, pobres y ciegas criaturas,
estábamos en tal laberinto que no podíamos verlo. Aférrate a la Escritura, la
Escritura no es Cristo, pero es la guía que te llevará a él. Sigue su guía fielmente.
Cuando hayas sido regenerado y hayas recibido nueva vida, sigue leyendo, ya
que la lectura te confortará. Verás más de lo que el Señor ha hecho por ti.
C. H. Spurgeon, Cómo leer la Biblia, trans. José Moreno Berrocal, Tercera edición. (Moral
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Aprenderás que has sido redimido, adoptado, salvado, santificado. La mitad de los
errores de este mundo proceden de aquellos que no han leído la Biblia. ¿Creería
alguno que el Señor dejaría perecer a uno de sus queridos hijos si leyese un texto
como este: «Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará
de mi mano»? Leyendo esto me convenzo de la perseverancia final de los santos.
Lee, por tanto, la Palabra de Dios y te será de mucho consuelo También te servirá
de alimento. Es tanto tu comida como tu vida. Escudríñala, y te fortalecerás en el
Señor y en el poder de su fuerza.
Además, te servirá de guía. Los mejores cristianos, los que caminan más cerca
de él, son aquellos que más leen y guardan la Palabra de Dios. A menudo, cuando
no sepas qué hacer, verás un texto que sale de la Escritura y dice: «Sígueme».
Algunas veces he visto una promesa de Dios brillando delante de mí, como brillan
los faroles en la calle. Solo un toque, y una frase o designio resplandece. He podido
comprobar cómo un texto de la Escritura ha iluminado así mi alma. He conocido
que era la palabra de Dios para mí, y he continuado mi camino regocijándome.
Encontrarás miles de ayudas si realmente lees este maravilloso Libro. Al
entender mejor las palabras, lo apreciarás más, y conforme envejezcas, la Biblia
crecerá contigo, y llegará a ser tu manual de devoción senil, al igual que
anteriormente fue un libro de historias para niños. Además, siempre será un libro
nuevo para ti; como si fuese una nueva Biblia, que se hubiera imprimido ayer, y en
la cual nadie hubiera leído ni una sola palabra. Y será aún más preciosa por todos
los recuerdos que evoque en nosotros. Conforme vayamos pasando páginas, estas
nos irán trayendo a la memoria los acontecimientos de nuestra vida, que no serán
olvidados en toda la eternidad, sino que permanecerán para siempre junto con las
promesas de gracia. Que el Señor nos enseñe a leer su Libro de Vida que él ha
abierto ante nosotros aquí en la tierra, para que nosotros podamos leer claramente
nuestros títulos en el Libro de Amor que aún no hemos visto, pero que será abierto
el último y gran día.

C. H. Spurgeon, Cómo leer la Biblia, trans. José Moreno Berrocal, Tercera edición. (Moral
de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino, 2009).
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