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Yoga Infantil: El Viaje al Centro

Este documento describe una experiencia de introducir yoga a niños y jóvenes a través de un juego de "pan y queso" usando una espiral dibujada en el suelo. Una niña llamada Brisa que inicialmente se oponía al yoga se envolvió en la actividad y lideró a los demás en caminar silenciosamente por la espiral buscando el centro para sentarse a respirar. Tanto la niña como la instructora disfrutaron la experiencia y cambió su relación a una más positiva.

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Yoga Infantil: El Viaje al Centro

Este documento describe una experiencia de introducir yoga a niños y jóvenes a través de un juego de "pan y queso" usando una espiral dibujada en el suelo. Una niña llamada Brisa que inicialmente se oponía al yoga se envolvió en la actividad y lideró a los demás en caminar silenciosamente por la espiral buscando el centro para sentarse a respirar. Tanto la niña como la instructora disfrutaron la experiencia y cambió su relación a una más positiva.

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INSTRUCTORADO DE YOGA PARA NIÑOS Y JÓVENES

Brisa

Brisa tiene 12. Y es la personalidad más fuerte del 5to grado. Sus ojos negros son
los más bellos que vi jamás. Si no supiera su edad, creería que es mucho más
grande.Líder femenina, no tiene problema en ir a defender a alguno de sus
hermanos o primos menores y repartir alguna trompada. Su presencia es
enorme, toda una madraza, cuidando de los más pequeños. Reconozco que su
fuerza de leona era para mí intimidante.

“No quiero ir a Yoga”, eran mis palabras más temidas, porque en cuanto las
pronunciaba ya ninguna otra niña quería venir ni participar. Brisa y su fuerza
de huracán deciden lo que se hace en el grupo.

Hace rato que había comenzado el año y mi frustración aumentaba, porque no


lograba dar una clase atractiva para esos chicos de 5to. Hasta separamos nenas
de varones, pensando que las clases mixtas en esa pre-adolescencia los inhibían
de alguna manera.
Participó alguna vez, convencida por la maestra, pero desde que le prohibí pisar
el tatami con zapatillas y me puse firme con esta regla, su mirada hacia mí
irradiaba odio, y no quiso participar más.

Aquella mañana de invierno, decidí que tenía que probar algo diferente. Las
asanas, las canciones y los juegos no eran atractivos para ella, y por lo tanto
tampoco para el grupo.
Tomé la totora con la que estaba tejiendo una alfombra en esos días, y la
distribuí en forma de espiral sobre el suelo. En el centro un almohadón. Y una
vela. No sé bien qué fue lo que me llevó a hacer esto, quizás mis oraciones
pidiéndole ayuda a Ganesha.

Llegaron las nenas, y esa mirada fogosa se clavó sobre mí. “No voy a hacer
Yoga”, sentenció.

“No te preocupes, hoy no hacemos”, le dije. “Vamos a jugar al pan y queso.”


Busqué una mueca, una risita, algún cambio de expresión en su mirada. Pero
esos ojos negros seguían irradiando enojo y desaprobación.
“Tienen que caminar haciendo pan y queso por este laberinto. Si se animan, lo
pueden hacer con los ojos cerrados. Las manos juntas en el centro del pecho. Y
cuando llegan al centro, se sientan, respiran el tiempo que necesiten, y vuelven
a salir de la misma manera.”
Me sorprendí al no recibir la negativa. Sólo una demostración de aburrimiento,
pero Brisa se paró y se puso primera en la fila. Recuerdo repartirles unas
coronas doradas que encontré en el aula, que a las otras nenas les gustaron
mucho.

Brisa comenzó a hacer pan y queso en total silencio. Plenamente concentrada.


Las manos en pranam; y muy despacio, casi como flotando, llegó al centro del
espiral. Se sentó, volvió a cerrar los ojos, y exhaló muy profundo. Allí se quedó
unos instantes. Luego, lentamente, emprendió el regreso, caminando lento,
buscando el equilibrio dando pasos muy juntos y con los ojos cerrados. Las
otras niñas comenzaron a copiarla. En cuanto a alguna se le escapaba una risita,
Brisa les decía: “Cállense, me quiero concentrar”.Cuando por fin salió del
laberinto, me dijo seriamente: “¿Lo podemos hacer otra vez?”“Sí, ¡claro!” Intenté
disimular mi alegría para no arruinar el momento.

Todas esas niñas, caminando en total silencio, buscando el centro para sentarse
a respirar. Sus manos juntas en el corazón y esas coronitas doradas, daban el
aspecto de que eran ángeles en la tierra, buscando su camino.
De fondo, sonaba bajito el mantra “Om Namah Shivaya”. Esa versión tan linda
que le gustaba a Indra Devi.
Y las niñas seguían entrando y saliendo del espiral. Y cuando salían, solitas se
sentaban a un costado en postura de meditación a seguir respirando y
observando.

Honestamente yo no podía creer lo que estaba viendo. Parecía que una magia
hermosa se había apoderado del salón. La armonía, la paz y la belleza reinaban.
Así pasaron toda la hora. Totalmente concentradas, entrando y saliendo del
espiral. Ni se me ocurrió darles otra actividad, sólo quería atesorar ese
momento eternamente en mi memoria y en mi corazón.

Cuando sonó el timbre, Brisa se me acercó, y esos ojos negros me miraron por
primera vez con dulzura. “¿La próxima lo podemos hacer otra vez?” “Sí, claro”,
le dije. Y la abracé. Desde ese día, nuestra relación cambió completamente. Su
liderazgo resultó muy positivo, porque atraía a las otras nenas a participar y a
concentrarse. Yo sentía que me había ganado una aliada, una amiga.

Quizás fue la fuerza del mismo espiral, que para mí es como la vida misma. Uno
camina en círculos muchas veces, en esta especie de laberinto, la mayoría del
tiempo sin saber qué es lo que está buscando. En realidad eso que busca casi
todo el tiempo afuera (que buscamos todos, dicen los Maestros) es el centro, el
Ser, ese espacio dentro nuestro donde mora la Verdad. Y si vamos despacito,

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dando pasos pequeños, como en el pan y queso, y buscando el equilibrio…. Si a
ese caminar le agregamos silencio, interno y externo… En algún momento
hallamos ese centro, nos sentimos en paz, y todo lo demás está bien. Sentimos
dicha, plenitud, al menos un atisbo de ananda (bienaventuranza)por unos
momentos. Luego, será que toca el timbre, o las 12 campanadas de Cenicienta; o
que no estamos preparados o suficientemente despiertos para quedarnos en el
centro, y tenemos que salir. Y hay que volver al mundo, a las piñas en el recreo,
a afrontar el ajetreo y los problemas de la vida diaria. Pero quizás, algo cambió
internamente. Quizás ya no vemos las cosas exactamente igual que antes. Y tal
vez, hasta podamos compartir algo de esa felicidad con los demás. Citando a los
Maestros, el misterio de la vida es demasiado grande para intentar
comprenderlo con el limitado instrumento de la mente. Cuanto más estudio y
practico, más caigo en la cuenta de todo lo que no sé.
Lo que ahora sí sé, es que para Brisa y para mí, entrar y salir del laberinto,
buscando en silencio el centro, y el centro en el silencio, se convirtió en una de
nuestras actividades favoritas.

Primavera de 2017 - Cecilia Carrano


Programa Yoga en la Escuela Asociación Civil

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