JOB
Roy B. Zuck
Traducción: Elizabeth C. de Márquez
INTRODUCCIÓN
Job y el problema del sufrimiento. En el libro de Job se encuentra uno de los mejores
ejemplos de lo que es el sufrimiento inmerecido. En cuestión de minutos, Job, un hombre
muy rico y recto, perdió todas sus posesiones materiales, sus hijos y su salud. En lugar de
darle apoyo, su esposa le sugirió que maldijera a Dios y se quitara la vida para poner fin a
sus penas. Después, para añadir más problemas a su angustia, sus amigos lo censuraron en
lugar de consolarlo. Es más, parecía que Dios estuviera ignorando a Job, al rehusarse por
largo tiempo a responderle y defender su causa.
El intenso sufrimiento de Job fue financiero, emocional, físico y espiritual. Todos
estaban en su contra, incluyendo, o así lo parecía, a Dios, a quien había servido fielmente
toda su vida, aunque era un hombre recto tanto espiritual como moralmente (1:1, 8; 2:3).
¿Puede haber un sufrimiento menos merecido? ¿No era de esperarse que un hombre como
él fuera bendecido, no apaleado por Dios? El hecho de que Job, un ciudadano ejemplar y
sumamente recto, hubiera adquirido tantos bienes para después perderlo todo, es el ejemplo
máximo de la clase de aflicción que desafía a la comprensión humana.
Muchas personas pueden identificarse con Job porque sus tribulaciones fueron
tremendamente prolongadas y aparentemente injustas. Algunos se preguntan por qué deben
sufrir aflicciones, por qué ellas deben experimentar la tragedia, el dolor y la adversidad.
Para cualquiera, el sufrimiento es difícil de entender, pero lo es más cuando afecta a quien
no se lo merece; es muy confuso observar que la aflicción no parece ser en castigo por
faltas cometidas. El libro de Job trata el misterio del sufrimiento inmerecido y muestra que
a través de la adversidad, Dios puede cumplir otros propósitos aparte de castigar la mala
conducta.
Este libro también trata el problema de las actitudes que el ser humano adopta durante
la aflicción. La experiencia de Job demuestra que el creyente, aunque tenga que sufrir
intensas penas, no tiene por qué renunciar a Dios. Puede dudar de él, pero nunca negarlo.
Como Job, puede desear obtener respuestas acerca del motivo de su experiencia, pero
aunque sea incapaz de comprender la causa de su tribulación, no tiene por qué maldecir al
Señor. Aunque Job estuvo a punto de hacerlo, de hecho nunca censuró a Dios por sus
problemas, aun cuando Satanás había profetizado que lo haría.
El libro de Job también nos enseña que no es malo preguntar por qué, como hizo Job
(3:11–12, 16, 20). Pero sí es malo exigir que Dios nos explique los por qué, como hizo Job
(13:22; 19:7; 31:15). Es incorrecto insistir en que Dios nos dé explicaciones acerca de la
adversidad, porque pone al hombre por encima de Dios y además, es un desafío a la
soberanía divina.
Estilo literario. El libro de Job está considerado como una obra maestra sin paralelo en
toda la literatura. Con frecuencia se escucha el comentario de Thomas Carlyle respecto a él:
“Considero que no existe nada que se haya escrito, tanto en la Biblia como fuera de ella,
que tenga un mérito literario tan alto” (The Hero as a Prophet, “El Héroe como profeta” en
Our Heroes, Hero-Worship and the Heroic in History, “Héroes, adoración a los héroes y lo
heroico a través de la historia”. Boston: Ginn, 1901, pág. 56).
El libro de Job tiene una estructura singular. Es una mezcla de prosa y verso, y de
monólogos y diálogos. El prólogo (caps. 1–2) y el epílogo (42:7–17) es prosa narrativa; el
extenso material intermedio está en forma de poesía (a excepción del v. inicial de cada cap.,
los cuales introducen un nuevo discurso, y 32:1–6a). Este patrón de prosa-poesía-prosa,
aunque se incluye en otras composiciones del antiguo Cercano Oriente, es único entre los
libros de la Biblia. Otra forma de ver esta estructura del libro se aprecia en “Paralelismos de
la estructura del libro de Job” (V. el Apéndice, pág. 418).
La ironía se usa libremente por todo el libro; algunos de los numerosos ejemplos se
mencionan en este comentario (V. también Gregory W. Parsons, Literary Features of the
Book of Job, “Características literarias del libro de Job”, Bibliotheca Sacra 138. Julio-
septiembre, 1981:215–218; y Edwin M. Good, Irony in the Old Testament, “La ironía en el
Antiguo Testamento”. Filadelfia: Westminster Press, 1965, págs. 196–240).
Probablemente la forma literaria del libro de Job sea una mezcla de una demanda legal
(debido a que Job, sus amigos y Dios, utilizan con frecuencia algunos términos legales),
con un diálogo controversial, i.e., una discusión de sabiduría y una lamentación porque Job
expresó muchas quejas contra sí mismo, contra Dios y contra sus enemigos (V. “Job y sus
lamentos”, en el Apéndice, pág. 419, adaptación de The Structure of the Book of Job: A
Form-Critical Analysis, “Estructura del libro de Job: Análisis basado en la crítica de las
formas”, de Claus Westermann).
Job también se considera una producción literaria sobresaliente debido a su rico
vocabulario. Docenas de palabras del libro no aparecen en ningún otro lugar del A.T.
Se emplean cinco diferentes palabras para referirse a los leones (4:10–11), se usan seis
sinónimos para referirse a las trampas (18:8–10) así como para hablar de las tinieblas (3:4–
6; 10:21–22). El vocabulario del libro de Job revela que tiene influencia de otros idiomas
aparte del hebr. Entre ellos, el acádico, árabe, arameo, sumerio y ugarítico (cf. R. Laird
Harris, The Book of Job and its Doctrine of God, “El Libro de Job y su Doctrina acerca de
Dios”, Grace Journal 13. Otoño 1976:10–14).
El libro abunda en símiles y metáforas, muchas de ellas tomadas de la naturaleza.
Además, toca muchos temas, incluyendo astronomía, geografía, cacería, minería, viajes,
clima, zoología, así como la terminología de las cortes de justicia.
No es de extrañar que Alfred Tennyson pusiera al libro la siguiente etiqueta: “es el
poema más grande de los tiempos antiguos y modernos” (citado por Victor E. Reichert,
Job, pág. xiii).
Autor. Nadie sabe con certeza quién escribió el libro de Job, ni cuándo fue producido, ni
cuándo ocurrieron los acontecimientos que relata, ni dónde vivió Job. Esos hechos están
envueltos en el misterio y hacen que el libro tenga aun mayor gracia y atractivo.
Se ha sugerido que el mismo Job escribió el libro, o que fue Eliú (el cuarto amigo, que
habla hacia el final del libro, en los caps. 32–37), o Moisés, Salomón, Ezequías, Isaías o
alguien después del exilio babilónico, como Esdras. O bien, que lo escribió un autor
anónimo unos doscientos años a.C. La tradición judía dice que fue Moisés quien lo
escribió. Otros argumentan que fue Salomón, debido al interés que tuvo ese rey en la
literatura poética (e.g., Pr., Ec. y Cant.) y a que hay algunas similitudes entre Job y
Proverbios (e.g., Job 28 con Pr. 8).
Los detalles de las largas pláticas que se registran en el libro de Job dan la impresión de
que fue escrito por un testigo presencial. Job, al igual que los otros testigos, pudo haber
recordado lo que se dijo en ellas y después lo puso por escrito. En los 140 años que vivió
después de haber sido sanado, el patriarca tuvo suficiente tiempo para preparar su
manuscrito. Este punto de vista parece más plausible que el de que un autor, cientos de años
después, recopilara un material que fue transmitido por tradición oral a través de los siglos.
En los tiempos del A.T., a veces una persona escribía los acontecimientos que le habían
sucedido en tercera persona. Por supuesto que alguien más pudo haber escrito los últimos
dos vv. (Job 42:16–17), que hablan de la edad de Job y de su muerte. Eso no era inusual
(e.g., Dt. 1–33 fue escrito por Moisés, pero Dt. 34, que habla de la muerte de ese líder, fue
añadido por alguien más).
Algunos eruditos sugieren que el libro de Job fue recopilado durante muchos años por
varios autores y editores, cada uno de los cuales añadió pequeñas porciones al trabajo
inicial. Sin embargo, muchas características del libro señalan que tuvo un solo autor (cf.
e.g., Marvin H. Pope, Job, pág. xli), y numerosas referencias paralelas dentro de él
confirman su unidad.
Fecha. Las opiniones en cuanto a la fecha en que vivió Job van desde la era patriarcal
(Abraham, Isaac y Jacob—aprox. de 2100 a 1900 a.C) hasta el s. VI a.C. Pero varios
factores señalan que vivió en el tiempo de los patriarcas:
1. Job vivió 140 años después de su período de aflicción (42:16), así que en total debe
haber vivido unos 210 años. Esto va muy de acuerdo con la extensión de las vidas de los
patriarcas. Taré, el padre de Abraham, murió a la edad de 205; Abraham vivió hasta los
175; Isaac vivió 180 años; y Jacob murió a la edad de 147.
2. Las riquezas de Job se mencionan en cabezas de ganado (1:3; 42:12), lo cual también
sucede con Abraham (Gn. 12:16; 13:2) y Jacob (Gn. 30:43; 32:5).
3. Los sabeos y caldeos (Job 1:15, 17) eran nómadas en tiempos de Abraham, pero en
los años subsecuentes dejaron de serlo.
4. La palabra hebr. qe śîṭâh, que se trad. “una pieza de dinero” (42:11), se usa en otras
partes sólo dos veces (Gn. 33:19; Jos. 24:32) y en ambas, se refiere a Jacob.
5. Las hijas de Job heredaron sus propiedades junto con sus hermanos (Job 42:15). Sin
embargo, esa práctica no era válida bajo la ley mosaica si los hijos varones todavía vivían
(Nm. 27:8).
6. Obras literarias parecidas en algunos aspectos al libro de Job se escribieron en Egipto
y Mesopotamia alrededor del tiempo de los patriarcas.
7. El libro de Job no hace ninguna referencia a las instituciones mosaicas (como el
sacerdocio, las leyes, el tabernáculo, días religiosos o festividades especiales).
8. El nombre šadday se usa 31 veces en Job para referirse a Dios (en comparación con
sólo 17 veces en todo el resto del A.T.) y era muy familiar para los patriarcas (V. el
comentario de Gn. 17:1; también cf. Éx. 6:3).
9. Varios nombres de personas y de lugares del libro también se asocian con el período
patriarcal. Algunos ejemplos son (a) Seba, nieto de Abraham (Gn. 25:3) y los sabeos de
Sabá (Job 1:15; 6:19); (b) Tema, otro nieto de Abraham (Gn. 25:15) y Temán, un lugar de
Arabia (Job 6:19); (c) Elifaz, hijo de Esaú (Gn. 36:4) y Elifaz, uno de los compañeros de
Job (Job 2:11; aunque estos dos no sean necesariamente la misma persona); (d) Uz, sobrino
de Abraham (Gn. 22:21) y Uz, lugar donde vivía Job (Job 1:1). Aunque no se puede afirmar
con certeza, es probable que Job viviera en tiempos de Jacob o poco después.
Job era un nombre muy común entre los semitas occidentales del segundo milenio a.C.
También fue el nombre de un príncipe egipcio del s. XIX a.C. que aparece citado en los
textos egipcios que se conocen como textos de imprecación. Otras menciones del mismo
nombre se encuentran en las cartas de Tell el-Amarna (ca. 1400 a.C.) y en los textos
ugaríticos.
BOSQUEJO
I. Prólogo (caps. 1–2)
A. Carácter de Job (1:1–5)
1. La tierra y piedad de Job (1:1)
2. Su prosperidad (1:2–3)
3. Su descendencia (1:4–5)
B. Aflicciones de Job (1:6–2:10)
1. Su primera prueba (1:6–22)
2. La segunda prueba (2:1–10)
C. Los consoladores de Job (2:11–13)
II. Diálogo (3:1–42:6)
A. Deseo de Job de morir (cap. 3)
1. Su deseo de no haber nacido (3:1–10)
2. Su deseo de haber muerto al nacer (3:11–19)
3. Deseo de morir en ese momento (3:20–26)
B. Primera sección de discursos (caps. 4–14)
1. Primer discurso de Elifaz (caps. 4–5)
2. Primera respuesta de Job a Elifaz (caps. 6–7)
3. Primer discurso de Bildad (cap. 8)
4. Primera respuesta de Job a Bildad (caps. 9–10)
5. Primer discurso de Zofar (cap. 11)
6. Primera respuesta de Job a Zofar (caps. 12–14)
C. Segunda sección de discursos (caps. 15–21)
1. Segundo discurso de Elifaz (cap. 15)
2. Segunda respuesta de Job a Elifaz (caps. 16–17)
3. Segundo discurso de Bildad (cap. 18)
4. Segunda respuesta de Job a Bildad (cap. 19)
5. Segundo discurso de Zofar (cap. 20)
6. Segunda respuesta de Job a Zofar (cap. 21)
D. Tercera sección de discursos (caps. 22–31)
1. Tercer discurso de Elifaz (cap. 22)
2. Tercera respuesta de Job a Elifaz (cap. 23–24)
3. Tercer discurso de Bildad (cap. 25)
4. Tercera respuesta de Job a Bildad (caps. 26–31)
E. Los cuatro discursos de Eliú (caps. 32–37)
1. Primer discurso de Eliú (caps. 32–33)
2. Segundo discurso de Eliú (cap. 34)
3. Tercer discurso de Eliú (cap. 35)
4. Cuarto discurso de Eliú (caps. 36–37)
F. Los dos discursos de Dios y las respuestas de Job (38:1–42:6)
1. Primer discurso divino (38:1–40:2)
2. Primera respuesta de Job a Dios (40:3–5)
3. Segundo discurso divino (40:6–41:34)
4. Segunda respuesta de Job a Dios (42:1–6)
III. Epílogo (42:7–17)
A. Dios condena a los amigos de Job (42:7–9)
B. Dios restaura la prosperidad y familia de Job (42:10–17)
COMENTARIO
I. Prólogo (caps. 1–2)
En este prólogo en prosa, en rápida sucesión se presentan al lector el carácter espiritual
de Job, cómo eran su familia y posesiones, las acusaciones y ataques de Satanás contra Job,
sus reacciones iniciales y la llegada de sus amigos. En contraste, la narrativa de los diálogos
subsiguientes es muy lenta (3:1–42:6). El estilo rápido de la narrativa del prólogo hace que
el lector se interne con rapidez en los penosos enfrentamientos de Job con sus amigos y
Dios.
A. Carácter de Job (1:1–5)
1. LA TIERRA Y PIEDAD DE JOB (1:1)
1:1. Se desconoce dónde estaba la tierra de Uz en la que vivió Job. Aunque se ha
identificado con Edom, que estaba al sureste del mar Muerto, en tiempos de Jeremías, si no
es que antes (Jer. 25:20–21), se diferenció de esa región, ya que en ese tiempo posterior,
“Uz” fue “hija”, i.e., “posesión o vecina” de Edom (Lm. 4:21). Algunos eruditos han
sugerido que Uz estaba en Basán, al sur de Damasco; otros dicen que estaba al oriente de
Edom y al norte de Arabia. De hecho, las costumbres, vocabulario y referencias a la
geografía e historia natural se relacionan con el norte de Arabia. Cualquiera que haya sido
la ubicación de Uz, es claro que estaba cerca de un desierto (Job 1:19), que era fértil para la
agricultura y la crianza de ganado (1:3, 14; 42:12) y que probablemente estaba fuera de
Palestina.
Era este hombre perfecto (“sin falla moral”, o “moralmente perfecto”) y recto
(“derecho”, en el sentido de que no se apartaba de los estándares divinos). Además, era
temeroso de Dios, i.e., estaba consciente de él, le temía y se sometía a la majestad divina.
Y vivía apartado del mal, porque rechazaba lo que era contrario al carácter divino. Esa
afirmación, que después Dios repite a Satanás (1:8; 2:3), muestra que los amigos de Job se
equivocaron totalmente al acusarlo de ser un pecador empedernido.
2. SU PROSPERIDAD (1:2–3)
1:2–3. Le nacieron siete hijos, hecho que a menudo se consideraba como bendición
divina (cf. Rt. 4:15; 1 S. 2:5) y tres hijas; que era un tamaño de familia muy común en
aquellos tiempos. Además, era asombrosamente rico. Sus siete mil ovejas le
proporcionaban vestido y alimento y los tres mil camellos, le daban transporte y leche. Los
mil bueyes, que formaban quinientas yuntas, le daban comida y leche, así como la
capacidad de arar la tierra. Las quinientas asnas también le proporcionaban transportación.
Tan grandes posesiones de ganado exigían que tuviera grandes extensiones de tierras y
muchísimos criados.
Por ser aquel varón más grande que todos los orientales, era el más rico de un grupo
de prósperos hombres del norte de Arabia. “Los orientales” se identifican con Cedar, que se
encontraba en el norte de la península arábiga (Jer. 49:28). Job también poseía una
sabiduría fuera de lo común, ya que los orientales se destacaban por su gran saber, el cual
expresaban en proverbios, cánticos e historias.
En otras partes de libro de Job se nos dan otros datos biográficos acerca de ese
patriarca. Era altamente respetado (Job 29:7–11), un juez justo y honrado (29:7, 12–17), un
consejero muy sabio (29:21–24), un empleador honesto (31:13–15, 38–39), además de ser
hospitalario y generoso (31:16–21, 32), y que se dedicaba a labrar la tierra (31:38–40).
3. SU DESCENDENCIA (1:4–5)
1:4–5. Cada vez que sus hijos … hacían banquetes (posiblemente fiestas de
cumpleaños) en sus casas … y enviaban a llamar a sus tres hermanas (cf. v. 13), Job …
los santificaba … y ofrecía diez holocaustos, conforme al número de … ellos. Él se
preocupaba de que fueran perdonados por cualesquier pecados que cometieran a sabiendas
o por ignorancia. Su preocupación de que hubieran blasfemado contra Dios en sus
corazones, es un irónico anticipo de la sugerencia satánica de que Job blasfemaría contra
Dios (2:5).
Job era un hombre ejemplar. Debido a sus cualidades tan admirables se considera que
su tragedia fue excesivamente severa. Nadie merecía menos el sufrimiento que él, y hay
pocos que han sufrido más que él.
B. Aflicciones de Job (1:6–2:10)
1. SU PRIMERA PRUEBA (1:6–22)
Job tuvo que pasar por dos pruebas, una relacionada con sus posesiones e hijos (vv. 6–
22) y la otra relacionada con su salud (2:1–10). En cada una de ellas hay dos escenas, una
que se lleva a cabo en el cielo y la otra en la tierra. Cada escena en el cielo incluye una
acusación hecha por Satanás contra Job, y cada una de las de la tierra incluye un ataque de
Satanás contra Job y la reacción de éste.
a. Primera acusación de Satanás (1:6–12)
1:6–8. Un día vinieron … delante de Jehová los hijos de Dios (los ángeles no caídos
son “hijos” de Dios en el sentido de que fueron hechos por él; cf. 38:7). Se presentaron (lit.,
“situaron”) ante el Señor para informarle de sus actividades, entre los cuales vino también
Satanás (lit. “el acusador”). Éste tenía, y todavía tiene, entrada al cielo (cf. Ap. 12:10). Él
dijo que venía de rodear la tierra y de andar por ella, de un lado a otro, evidentemente
buscando a los que podía acusar y dominar (1 P. 5:8). El que Satanás ande rodeando la
tierra también sugiere que ejerce dominio sobre ella y su gente. Recorrer la tierra a menudo
simbolizaba tener dominio sobre ella (cf. Dt. 1:36; 11:24; Jos. 1:3; 14:9). Por supuesto que
Satanás es “el dios de este siglo” (2 Co. 4:4; cf. Ef. 2:2) y “el mundo entero está bajo el
maligno” (1 Jn. 5:19).
El Señor se refirió a Job con un título honroso al llamarlo mi siervo Job (cf. Job 2:3;
42:7–8 [tres veces en el v. 8]) y lo puso como el supremo ejemplo de la piedad: no hay
otro como él en la tierra. Satanás tenía y tiene dominio sobre gran parte del mundo, pero
Dios afirmó ¡que Satanás no podía tener dominio sobre Job!
1:9–12. Satanás respondió a Jehová atacando las motivaciones de Job: ¿Acaso teme
Job a Dios de balde? “De balde” (ḥinnām) se trad. como “sin causa” en 2:3 (V. el
comentario allí). Aunque Satanás no pudo contradecir la evaluación de Dios acerca de la
justicia de Job, sí pudo cuestionar el por qué Job era justo y recto. El acusador sugirió que
Job servía a Dios no por amor, sino sólo por el interés en lo que Dios le daba a cambio. Si
se le quitaran los beneficios, desaparecería el temor de Job hacia el Señor.
La sutil sugerencia de que la adoración básicamente es egoísta, señala el meollo de la
relación del hombre con la Divinidad. El libro de Job hace más que sólo tratar la cuestión
del sufrimiento de los justos. También, a través de las palabras satánicas, se refiere al
asunto de la motivación que tiene el creyente para vivir santamente. ¿Acaso alguien servirá
a Dios si no obtiene ganancias personales de ello? ¿Es la adoración una moneda que
compra las bendiciones de lo alto? ¿Es la piedad parte de un contrato por medio del cual se
puede obtener riqueza y protección de la tribulación?
Satán insinuó que si Dios quitaba la protección que había alrededor de él y … su casa,
y de todo lo que poseía, y si además extendía su mano y tocaba todo lo que tenía,
entonces, Job blasfemaría contra el Señor en su misma presencia. Satanás aseguró que
Job dejaría de insertar sus monedas de adoración si no obtenía nada de la máquina de
bendiciones. En otras palabras, insinuó que Job adoraba a Dios por motivos egoístas. Esa
acusación también fue un ataque contra la integridad divina, porque insidiosamente, el
enemigo sugirió que la única forma en que el Señor puede hacer que la gente le adore es
dándole riquezas. Quizá esa imputación contra el carácter divino fue una de las razones por
las que Dios permitió que Satanás atacara a Job. Con seguridad, el Señor conocía el
corazón de Job, pero utilizó al patriarca para callar a Satanás. Además, Dios quería que se
profundizara la percepción espiritual de Job.
b. Primer ataque de Satanás (1:13–19)
1:13–15. Satanás inició sus ataques contra Job un día en que sus hijos e hijas
participaban en una fiesta en casa de su hermano el primogénito (vv. 13, 18; cf. v. 4). Los
ataques fueron causados en forma alternada por fuerzas humanas y “naturales”: un ataque
de los sabeos (v. 15), “el fuego de Dios” (v. 16), un asalto caldeo (v. 17), y un gran viento
del desierto (v. 19). Dios permitió a Satanás que usara ambas clases de causas para que
cumpliera su propósito—y que lo hiciera con rapidez y precisión. Mientras Job estaba
aturdido por la noticia de la primera pérdida, fue golpeado por la segunda.
Los sabeos, que robaron los mil bueyes y las quinientas asnas …, y mataron a los
criados, probablemente provenían de la región de Sabá que estaba al suroeste de Arabia, o
de una aldea llamada Sabá, que estaba cerca de Dedán, en la parte norte de Arabia (Gn.
10:7; 25:3).
1:16–17. Probablemente, el fuego de Dios que cayó del cielo y quemó las 7,000
ovejas y a los pastores, se inició con rayos y relámpagos (cf. “el fuego del Señor” en 1 R.
18:38).
Los caldeos atacaron por tres flancos. Con tres escuadrones robaron los camellos … y
mataron a los criados a filo de espada. En ese tiempo, los caldeos eran los fieros y
nómadas habitantes de Mesopotamia. Posiblemente vinieron del norte, al contrario de los
sabeos, que habían venido del sur. Es evidente que las incursiones de ambos grupos fueron
sorpresivas.
1:18–19. El gran viento que vino del lado del desierto y azotó las cuatro esquinas de
la casa, sugiere que se trataba de un tornado o un viento turbulento que creció en fuerza a
medida que pasaba por el desierto. El viento derribó la casa donde estaban y los diez hijos
de Job perecieron.
Todo el ganado del patriarca fue robado, sus sirvientes asesinados (quizá con excepción
de los cuatro mensajeros que escaparon para informarle. Tal vez eran criados de Job, o bien
personas que habían presenciado las tragedias); y todos sus hijos murieron. En pocos
minutos, Job pasó de tener grandes riquezas y prosperidad a quedar sumido en la aflicción y
la pobreza. ¿Cambiaría también su lealtad y dejaría de ser fiel a Dios?
c. Reacción de Job a la primera prueba (1:20–22)
1:20–22. En respuesta al cuádruple y fiero ataque de Satanás, Job … rasgó su manto,
para expresar su tormento interno y asombro (cf. 2:12; Gn. 37:29, 34; 44:13; Jue. 11:35), y
rasuró su cabeza (cf. Is. 15:2; Jer. 48:37; Ez. 7:18), para mostrar la pérdida de su gloria
personal. Se postró en tierra no en señal de desesperación sino de sumisión a Dios y lo
adoró.
Job reconoció que su pérdida tenía semejanza con su nacimiento y muerte: él había
salido desnudo del vientre, y asimismo, estaría desnudo cuando muriera. En forma
figurada, había quedado totalmente desnudo. La frase desnudo volveré allá parece apuntar
a que creía que volvería al vientre de su madre. Pero, ¿cómo puede esto suceder? En la
antigüedad, la referencia a la matriz de la madre a veces era una forma poética de hablar de
la tierra (cf. Sal. 139:15; Ec. 5:15; 12:7). La relación es evidente. El hombre, que fue
formado en la matriz, también fue hecho “del polvo de la tierra” (Gn. 2:7; cf. Gn. 3:19; Job
10:9; 34:15; Sal. 103:14), la cual, cuando produce cosechas o cosas “vivas”, se parece a una
madre que da a luz a sus hijos.
Reconociendo los derechos que tiene el Dios soberano, Job lo adoró diciendo: Jehová
dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. Es en verdad pasmoso que Job
aceptara la adversidad con una actitud de adoración, y las penas con alabanza. Contrario a
lo que hacen muchas personas, no permitió que le dominara la amargura; ni culpó a Dios,
ni atribuyó a Dios despropósito alguno (cf. Job 2:10).
La asombrosa reacción de Job demostró que Satanás estaba totalmente equivocado al
predecir que Job maldeciría al Todopoderoso. Es posible seguir siendo devoto sin recibir
dinero a cambio; podemos ser piadosos sin obtener ganancias personales. La devota
adoración de Job durante ese tiempo de grandes pérdidas e intensa angustia confirmaron las
palabras divinas en cuanto a su carácter justo.
2. LA SEGUNDA PRUEBA (2:1–10)
a. Segunda acusación de Satanás (2:1–6)
2:1–4. Durante la segunda prueba satánica, de nueva cuenta el acusador atacó las
palabras divinas e impugnó las motivaciones y carácter de Job (cf. 1:6–8). La palabra hebr.
que se trad. sin causa es ḥinnām, la misma que Satanás utilizó en 1:9. Aunque el enemigo
acusó a Job de tener motivos espurios para darle adoración, Dios le devolvió sus palabras,
diciéndole que no tenía ninguna razón para incitar a Dios contra el patriarca. En esa tercera
escena, que se realizó en el cielo, Satanás insinuó que Job seguía adorando a Dios porque
no había afectado su vida. Dijo: Piel por piel, todo lo que el hombre tiene—aun sus
posesiones e hijos—dará por su vida. “Piel por piel” era un antiguo proverbio.
Posiblemente se refería a regatear o comerciar con pieles de animales. Satanás insinuó que
Job había canjeado deliberadamente las pieles (vidas) de sus hijos porque a cambio, Dios le
había permitido conservar su propia piel (vida). Esto también fue para sugerir que Job era
egoísta.
2:5–6. Satanás fue aun más lejos y sugirió a Dios que si hacía que Job sufriera
físicamente, el patriarca blasfemaría contra él en su presencia (cf. 1:11), porque ya no
tendría razones para adorar al Señor. Por fin, Job se daría cuenta que Dios estaba contra él.
Es sorprendente que Jehová haya permitido a Satanás que afligiera a Job. No obstante, le
ordenó: guarda su vida. Dios estaba seguro de que Job nunca lo negaría.
b. Segundo ataque de Satanás (2:7)
2:7. La primera prueba afectó las riquezas, hijos y casi a todos sus siervos; la segunda
afectó la salud del patriarca. A continuación, Satanás … hirió a Job con una sarna
maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza.
Las dos palabras hebr. que se trad. “sarna maligna” son las mismas que se usan para
referirse a la plaga de “sarpullido con úlceras” que afectó a Egipto (Éx. 9:8–11; Dt. 28:27)
y a la enfermedad de Ezequías (2 R. 20:7, “llaga”). Algunos eruditos dicen que esa
enfermedad pudo haber sido viruela; otros dicen que elefantiasis. Evidentemente fue una
enfermedad de la piel que hizo que ésta se desprendiera en escamas, muy parecida al
pénfigo foliáceo (cf. Rupert Hallam, “Pénfigo foliáceo”, Enciclopedia Británica de la
práctica de la Medicina, 2a. ed., 12 vols. Londres: Butterworth, 1950–1952, 9:490–492).
Ese padecimiento, como afirman los médicos en la actualidad, tiene los mismos
síntomas de la afección de Job—ampollas inflamadas y ulcerosas (Job 2:7), comezón (v. 8),
cambios degenerativos en la piel del rostro (vv. 7, 12), pérdida de apetito (3:24), depresión
(3:24–25), pérdida de energía (6:11), gusanos que proliferan en las llagas (7:5), ampollas
purulentas (7:5), dificultad para respirar (9:18), la región debajo de los ojos ennegrecida
(16:16), mal aliento (19:17), pérdida de peso (19:20; 33:21), dolor permanente (30:17),
inquietud (30:27), piel ennegrecida (30:30), pérdida de piel (30:30) y fiebre (30:30).
c. Reacción de Job a la segunda prueba (2:8–10)
2:8. Job … estaba sentado en medio de ceniza, i.e., sobre o cerca de una pila de
ceniza de majada y basura que se encontraba fuera de la ciudad. Los misioneros que han
visitado tribus primitivas han informado que los enfermos de pénfigo foliáceo alivian sus
llagas con ceniza. ¡Qué humillante debe haber sido para Job! El que se había sentado a la
puerta de la ciudad como juez (29:7), ahora se encontraba fuera de ella, mezclándose con
mendigos, rascando sus llagas que le producían comezón intensa con los pedazos de un
traste de barro roto (un tiesto).
2:9–10a. Cuando su mujer lo instó a que hiciera a un lado su integridad (que se
relaciona con la palabra “perfecto” de 1:1), que maldijera a Dios y se dejara morir, él la
comparó con cualquiera de las mujeres fatuas (nāḇāl, “espiritualmente ignorante o sin
discernimiento”). Sin ella saberlo, ese consejo de maldecir a Dios era exactamente lo que
Satanás había predicho que haría Job en dos ocasiones (1:11; 2:5). Cuando más consuelo
necesitaba, Job recibió de ella otro tremendo golpe—evidencia del resentimiento que la
mujer tenía contra Dios. Pero conservando una calmada confianza en los caminos de Dios,
Job afirmó que tanto el bien como el mal (rā‘, “calamidad, tragedia”) proceden de él (cf.
Ec. 7:14; Lm. 3:38). Esto contrasta grandemente con el punto de vista que tiene la mayoría
de las personas, en el sentido de que los problemas significan que la existencia de Dios ¡es
cuestionable! Posteriormente, Job dijo a sus amigos que retendría su integridad hasta la
muerte (Job 27:5).
2:10b. La declaración en todo esto no pecó Job con sus labios, comprueba que la
predicción de Satanás, relacionada con que Job iba a maldecir a Dios era falsa, y a la vez,
fue una reivindicación de las palabras divinas (cf. 1:22).
C. Los consoladores de Job (2:11–13)
2:11. Habiendo escuchado de sus aflicciones, tres amigos de Job, Elifaz … Bildad …
y Zofar, que evidentemente eran hombres prominentes, se reunieron para ir a visitarlo.
“Elifaz” es un nombre edomita (Gn. 36:4) y por ser temanita, era, ya sea de Temán de
Edom, región conocida por su sabiduría (Jer. 49:7; Abd. 8), o bien de Tema de Arabia.
“Bildad” no se menciona en ningún otro lado de la Biblia. Suhita puede sugerir que estaba
relacionado con Súa, el hijo menor de Abraham y Cetura (Gn. 25:2). El nombre de “Zofar”
se usa sólo en Job y se desconoce su origen naamatita, aunque algunos han sugerido que
su lugar de procedencia era Naama, ciudad cananea heredada por Judá (Jos. 15:41). Eliú
también estaba presente, aunque no se menciona sino hasta después (Job 32).
Es probable que Elifaz fuera el mayor de los tres mencionados, porque se lista en
primer lugar (2:11; 42:9). Además, habló primero en cada una de las tres secciones de
discursos (caps. 4–5; 15; 22), sus discursos fueron más extensos y más maduros en
contenido, y Dios se dirigió a él en representación de los otros (42:7).
El propósito que movió a reunirse a los tres amigos fue condolerse de él y …
consolarle. Pero sus subsiguientes discursos fueron todo ¡menos consoladores!
2:12–13. Job estaba tan desfigurado por la enfermedad, que al principio no lo
conocieron (cf. 6:21). A continuación expresaron su angustia y dolor de tres maneras:
lloraron a gritos (debido a la tristeza y la terrible impresión emocional), cada uno de ellos
rasgó su manto (para demostrar su profunda aflicción; cf. 1:20), y los tres esparcieron
polvo sobre sus cabezas (símbolo de profunda tristeza; cf. 1 S. 4:12; 2 S. 1:2; Neh. 9:1).
El hecho de que se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno
le hablaba palabra, puede haber sido su manera de demostrar luto por su condición,
parecida a la de un muerto, o puede haber sido un acto de simpatía y consuelo, o bien una
reacción de horror. Cualquiera que haya sido la razón, siguiendo la costumbre de esos
tiempos, dieron oportunidad al sufriente para que hablara primero.
II. Diálogo (3:1–42:6)
A. Deseo de Job de morir (cap. 3)
El silencio de Job y sus amigos se vio interrumpido cuando Job se lamentó de haber
nacido y expresó su deseo de morir. Quizá esa semana de agonía imprimió en él un sentido
de pérdida y agravó el intenso dolor de su enfermedad. Quizá también le sirvió para
reflexionar en la injusticia de su condición.
En su triste soliloquio, donde expresa el deseo de morir, Job no maldijo a Dios como
había predicho Satanás (1:11; 2:5), ni tampoco mostró impulsos suicidas. Solamente
lamentó haber nacido (3:1–10), deseó haber nacido muerto (vv. 11–19) e insistió en que
quería morir (vv. 20–26).
1. SU DESEO DE NO HABER NACIDO (3:1–10)
3:1–3. Abrió Job su boca, y maldijo su día, pero es interesante que no maldijo a Dios.
Él quería que su día de nacimiento fuera borrado del calendario (cf. v. 6). Después, se
refirió a la noche que en forma personificada (BLA), dijo: Varón es concebido.
En los siguientes vv. elaboró más acerca del día en que nació (vv. 4–5), y de la noche
en que fue engendrado (vv. 6–7a). Después concluyó esa unidad poética (vv. 3–10)
mencionando la razón por la que quería que se borrara su onomástico de la historia (v. 10).
3:4–6. La frase sea aquel día sombrío es una interesante contraposición del primer día
del acto creativo de la divinidad: “Y dijo Dios: sea la luz” (Gn. 1:3). Al pedir: no cuide de
él Dios desde arriba (lit. “no lo tome en cuenta”, NVI99), Job deseaba que al no ver ese
día, el Señor no lo tomara en cuenta.
El pasaje de Job 3:4–6 hace referencia en cinco ocasiones a las tinieblas, usando cuatro
diferentes palabras. Job deseaba que ese día fuera (a) sombrío (ḥōšek, v. 4) y pidió: Aféenlo
(deseando que la oscuridad tapara su luz), las tinieblas (ḥōšek) y (b) sombra de muerte
(ṣalmāweṯ, v. 5, que sólo se usa en Job; cf. 10:21; 24:17; 28:3; 34:22; 38:17) y (c); repose
sobre él nublado (kimrîr) … horrible como día caliginoso (lit. “aterrador”, v. 5). Este
sinónimo de oscuridad, que sólo se usa aquí en el A.T., se refiere a la oscuridad que
acompaña a un eclipse, a un tornado, o a nubes tormentosas. Después, Job pidió que (d) la
oscuridad densa cubriera la noche de su concepción. La palabra hebr. que describe “densa
oscuridad” (’ōp̱el), se usa cinco veces en Job (v. 6; 10:22 [dos veces]; 23:17; 28:3).
3:7. Continuando con su personificación de la noche (BLA), Job expresó que deseaba
que aquella noche hubiera sido estéril y solitaria (lit. “pedregosa”), lo cual significa por
supuesto, que su madre también sería estéril (tan improductiva como terreno pedregoso).
Por costumbre, los emocionales habitantes del Cercano Oriente, gritaban cuando nacía un
niño, pero Job dijo: ¡Que no viniera (lit., se oyera) canción alguna en ella! (la noche.)
3:8. Las palabras del patriarca: Maldíganla los que maldicen el día, los que se
aprestan para despertar a Leviatán, se refiere a la costumbre que tenían algunos
encantadores, quienes afirmaban que podían hacer que un día fuera infortunado (al
maldecirlo) haciendo que surgiera Leviatán (cf. 41:1; Sal. 74:14; 104:26; Is. 27:1), que era
un monstruo de siete cabezas de la antigua mitología del Cercano Oriente. Según el mito,
cuando era provocado, ese dragón podía causar un eclipse tragándose el sol o la luna. Así
que si desaparecía la luminaria del día o de la noche, en ese sentido, el cumpleaños de Job
no hubiera existido. Job no dijo que creyera en ese mito. Lo que estaba haciendo
probablemente no era más que utilizar para fines poéticos una idea común que sus escuchas
podrían entender. (V. el comentario acerca de leviatán en Job 41.)
3:9–10. El deseo del sufriente de que las estrellas de su alba (de la supuesta noche de
la concepción de Job) quedaran oscurecidas, se refiere a los planetas Venus y Mercurio, que
debido a su fulgor, se ven con facilidad cuando amanece (cf. 38:7). Los párpados de la
mañana, (i.e., los primeros rayos del sol), es una metáfora que describe a los rayos del sol
que se asoman por el horizonte cuando amanece, y se comparan con el momento en que
una persona abre los ojos cuando despierta. Más adelante, se vuelve a usar esa misma
figura (41:18).
Al expresar su deseo de que esa noche imaginaria de su concepción quedara envuelta en
las tinieblas (3:6), que fuera estéril (v. 7), y que nunca se convirtiera en día (v. 9), Job
estaba diciendo que desearía que su madre no lo hubiera concebido en su vientre.
Infortunadamente, dijo, Dios no cerró las puertas del vientre donde yo estaba, y había
sido concebido. Si la matriz de su madre hubiera estado cerrada, él no vería la miseria en
que estaba inmerso. “Miseria” (‘āmāl, “dolor, aflicción”) también se usa en 4:8; 5:6–7; 7:3;
11:16; 15:35; 16:2 (lit., “consoladores molestos”).
2. SU DESEO DE HABER MUERTO AL NACER (3:11–19)
Debido a que no podían cumplirse sus deseos de eliminar la noche de su concepción y
el día de su nacimiento, anhelaba haber sido un mortinato. Eso, dijo, hubiera sido mejor que
su situación presente. Después de maldecir su cumpleaños, pasó a reflexionar con más
calma acerca de la falta de problemas por haber nacido muerto.
3:11–12. Un aborto o nacimiento mortinato (vv. 11–12) le hubieran proporcionado el
descanso de la muerte (vv. 13–15). Después repitió la misma idea: si hubiera sido un
mortinato (v. 16), habría estado muerto (vv. 17–19) y no sufriría.
Job hizo dos preguntas (vv. 11–12). Primero cuestionó: ¿Por qué no … expiré al salir
del vientre? Esa misma pregunta la volvió a hacer otra vez (10:18–19; cf. sus deseos de
morir en 3:20–23; 6:8–9; 7:15; 14:13). Morir al nacer habría sido mejor que llevar una
existencia como la que vivía, llena de tragedias. La segunda pregunta: ¿Por qué me
recibieron las rodillas? se refiere al acto de que su madre lo sostuvo en su regazo
inmediatamente después de su nacimiento, o bien, a la costumbre de los patriarcas de
colocar al niño recién nacido en las rodillas de un ascendiente paterno como símbolo de que
el hijo se consideraba parte de su genealogía (cf. Gn. 50:23). Si su madre no hubiera puesto
a Job a sus pechos para que mamase, también habría muerto.
3:13–15. Hubiera sido mucho mejor morir al nacer porque ahora reposaría, dormiría,
y … tendría descanso (cf. vv. 17–18), mientras que en vida tenía tribulaciones. De hecho,
disfrutaría de una posición envidiable, ya que tendría como compañeros a personajes
exaltados, tales como reyes …,consejeros y príncipes, los que llenaban de plata sus
casas.
3:16–19. Anhelando haber sido escondido (“sepultado”) como abortivo y como los
pequeñitos que nunca vieron la luz del día (cf. vv. 6–7, 9), de nueva cuenta Job se refirió
a la condición de descanso que pudiera haber disfrutado en la muerte. Según Job, en ella los
impíos dejan de perturbar (“agitar, turbar”; la misma palabra hebr. rōg̱ez, se usa en el v.
26; 14:1, “sinsabores”; y 37:2, “rugido”) y de andar inquietos en sus pecados y rebeliones;
allí descansan los de agotadas fuerzas. Allí también reposan los cautivos (porque dejan
de escuchar la voz del capataz que los obliga a trabajar más duro); el chico y el grande
están juntos; y el siervo queda libre de su señor. Cansado de su agonía, Job podría
descansar en la muerte; ya no sería esclavo de su enfermedad; quedaría libre de la
esclavitud de sus aflicciones. Este lenguaje tan descriptivo expresa la experiencia de
descanso que supuestamente tiene un muerto, contrastándola con la inquieta condición de
los vivos, de los que padecen. Todos los que sufren tan intensamente como Job, pueden
entender ese anhelo de liberación por medio de la muerte.
3. DESEO DE MORIR EN ESE MOMENTO (3:20–26)
3:20–22. En ésta, que es la cuarta de las cinco veces que hace la pregunta en su
soliloquio, Job preguntó: ¿Por qué? (cf. vv. 11–12, 16, 23; también cf. 7:20; 13:24). Puesto
que había sido engendrado y había nacido, puesto que no había sido un mortinato, ahora
anhelaba morir siendo adulto, lo cual aliviaría sus sufrimientos. Pero la muerte no llegaba.
Refiriéndose otra vez al asunto de la luz y las tinieblas para hacer un paralelismo con la
vida y la muerte (cf. 3:3–9; Ec. 11:7–8; 12:2), preguntó: ¿Por qué se da luz al trabajado,
y vida (cf. Job 3:23) a los de ánimo amargado? Para Job era incongruente que a gente
como él, que físicamente se sentía miserable y amargado por dentro, se le permitiera vivir
(cf. v. 23) cuando en realidad no lo deseaba. La palabra hebr. que se trad. “trabajado” se
relaciona con el sustantivo “miseria” (v. 10). Ni los que esperan la muerte calladamente ni
los que la buscan más que tesoros, la encuentran. La muerte no llega. Para ellos, es como
un tesoro, no es fácil de encontrar. Cuando finalmente los sufrientes hallan el sepulcro,
dijo Job, se alegran sobremanera, y se gozan, porque la muerte los libera de sus
sufrimientos.
3:23–24. De nueva cuenta, Job preguntó ¿por qué (el quinto “por qué” en este cap; cf.
vv. 11–12, 16, 20) se da vida (cf. v. 20) al hombre que no la quiere? La senda de Job (por
donde ha de ir) estaba oculta (cf. “tesoro escondido”, v. 21), de tal forma que no sabía por
dónde iba. De hecho, dijo Job, Dios lo había encerrado. Por primera vez, aquí Job afirma
que Dios era la causa de su aflicción. Satanás había usado la palabra “cercado” (1:10 misma
palabra que se trad. “encerrado” en 3:23) para referirse a la protección de Dios para su
siervo Job. Ahora Job la utiliza para hablar de las restricciones divinas impuestas sobre él.
Su sufrimiento limitaba su libertad de movimiento. Por lo tanto, Job prefería la lamentación
que comer su pan, porque sus aflicciones le habían hecho perder el apetito. Además, sus
gemidos eran interminables, corrían como las aguas de una cascada. La palabra que se
trad. “gemidos” también se aplica al rugido de un león (4:10; cf. Sal. 32:3).
3:25–26. Al comienzo de las pruebas de Job, cuando escuchó que había perdido una
bendición, se llenó de temor ante la posibilidad de perder otra. Y al escuchar la segunda
mala noticia, temió que se le privaría de otra más, y así sucesivamente. Su situación
inquieta y turbulenta se resume en la conclusión de su soliloquio (y me ha acontecido lo
que yo temía). Aunque anhelaba paz y reposo (cf. vv. 13, 17–18), sólo estaba
experimentando turbación (lit., “agitación”; cf. v. 17).
El deseo de Job de morir y su anhelo por llegar a la tumba, subraya enfáticamente la
gravedad de su dolorosa situación financiera, física, intelectual, emocional y espiritual.
Sólo los justos, los que han experimentado la liberación de los sufrimientos alcanzada a
través de la puerta de la muerte, pueden apreciar en su totalidad el lamento luctuoso de Job.
Aquí se refiere, no a la injusticia de su situación, sino a la intensidad de ella. Pero más
adelante, a medida que su agonía aumentaba, sí habló de esa injusticia.
B. Primera sección de discursos (caps. 4–14)
Después de que Job rompió el silencio que duró una semana (2:13) con su clamor de
angustia, sus tres compañeros—Elifaz, Bildad y Zofar (2:11)—se vieron compelidos a
hablar. Aturdidos por su deseo de morir, se arrogaron la responsabilidad de corregir a Job
por sus declaraciones precipitadas.
Cada uno de ellos habló y después Job les respondió. Ese ciclo aparece tres veces, con
un cambio en el tercero: el tercer amigo no habló en esa ocasión.
En todos sus discursos, los amigos se aferraron a su posición teológica. Su apreciación
era que los justos son premiados y los injustos, castigados (cf., e.g., 4:7–8). Por lo tanto,
Job, que había pecado deliberadamente, tenía que arrepentirse. Sus razonamientos
silogísticos fueron como sigue: (a) todo el sufrimiento es en castigo por el pecado; (b) Job
está sufriendo; (c) por lo tanto, Job es un pecador. Pero eso era una contradicción de lo que
Dios había dicho de Job (1:1, 8; 2:3).
Los amigos se hicieron más crueles y específicos a medida que progresaban en sus
discursos. En el primer encuentro (caps. 4–14), los tres sugirieron que Job había pecado y
lo instaron a que se arrepintiera. “Ciertamente yo buscaría a Dios y encomendaría a él mi
causa” (Elifaz, 5:8); “si fueres limpio y recto” (Bildad, 8:6); “si alguna iniquidad hubiere en
tu mano” (Zofar, 11:14).
El segundo encuentro pasó de meras sugerencias a insinuaciones directas. Elifaz dijo
que los impíos están en peligro (cap. 15), Bildad afirmó que caen en la trampa y en el
olvido (cap. 18), y Zofar declaró que viven poco tiempo y pierden sus riquezas (cap. 20).
Todos ellos deseaban que Job llegara al punto de reconocer que se estaban refiriendo a él.
Pero en ese segundo ciclo no mencionaron el arrepentimiento para nada.
El tercer encuentro incluyó acusaciones directas. Elifaz mencionó varios pecados
diciendo que Job los había cometido (22:5–9) y Bildad anunció directamente que el hombre
es un gusano (25:5–6). Sólo Elifaz insistió en que Job debía arrepentirse (22:21–23).
A pesar de todo ello, Job afirmó que era inocente (6:10; 9:21; 16:17; 27:6) a la vez que
argumentaba que Dios lo estaba afligiendo (6:4; 9:17; 13:27; 16:12; 19:11). ¿De qué otra
manera podía explicarse su agonía? Pero lo que estaba fuera de su comprensión era el por
qué Dios lo estaba haciendo (dos veces en sus discursos preguntó a Dios “¿por qué?” 7:20;
13:24; también cf. “por qué” en su soliloquio inicial, 3:11–12, 16, 20, 23).
Job pensaba que si pudiera hacer que Dios apareciera en la corte con él, podría probar
que el Señor era el que lo estaba perjudicando (13:3; 16:21; 19:23; 23:4; 31:35).
1. PRIMER DISCURSO DE ELIFAZ (CAPS. 4–5)
a. Elifaz reprende a Job (4:1–6)
4:1–2. Consciente de que la perorata de Job (cap. 3) había sido una expresión
impaciente provocada por sus aflicciones, respondió Elifaz, probablemente el mayor de los
tres (cf. el comentario de 2:11), pero temiendo que cualquiera de sus palabras fuera tomada
por Job en la misma forma impetuosa, le dijo: si quisiera hablarte, te será molesto; pero
¿quién podrá detener las palabras? Elifaz sabía que debía arriesgarse a hablar, porque no
podía permitir que Job afrentara al Señor.
4:3–5. Primero, alabó a Job porque anteriormente había instruido, fortalecido y apoyado
emocional y espiritualmente a muchos con sus palabras de consejo. Pero ese cumplido
incluía una reprensión, porque Elifaz sugirió que Job era incapaz de administrarse su propia
medicina. Él había aconsejado a otros a que fueran pacientes en las aflicciones, mas ahora
que el mal ha venido (“toca”, la misma palabra que usó Satanás en 1:11 y 2:5) sobre ti, te
desalientas, le dijo. Después añadió: cuando ha llegado hasta ti la tribulación, te turbas
(lit., “aterrado, en pánico”; que también se usa en 21:6; 22:10; 23:15–16). Job había sido un
gran animador, pero no podía animarse a sí mismo. Elifaz falló en que no se dio cuenta de
que alguien que está sufriendo no puede animarse a sí mismo fácilmente; Elifaz debía ¡ser
quien lo animara!
4:6. Después, Elifaz preguntó: ¿No es tu temor (relacionado con la palabra “temeroso
de Dios” del 1:1) a Dios tu confianza? ¿No es tu esperanza la integridad (lit. “perfecto”,
cf. 1:1) de tus caminos? Tal vez esta reprensión la hizo sarcásticamente al observar que
Job había perdido su confianza porque ya no temía a Dios. O posiblemente fue un
recordatorio de que debido a que Job había temido a Dios en el pasado, podía seguir
haciéndolo en el presente. Sin embargo, más adelante Elifaz cuestionó el supuesto “temor”
(cf. 15:4) que Job tenía por Dios.
b. Su razonamiento acerca del sufrimiento (4:7–11)
4:7–9. A continuación, Elifaz presentó su teoría acerca del sufrimiento: ¿Qué inocente
se ha perdido?, i.e., los inocentes nunca perecen (cf. “perdido”, “perece” y “destruidos” en
los vv. 7, 11, 20); ¿en dónde han sido destruidos los rectos? (cf. 1:1, 8; 2:3) Pero los que
aran iniquidad y siembran injuria (‘āmāl; cf. 3:10), la siegan como consecuencia (cf. Pr.
22:8; Os. 8:7; 10:13). Además, los impíos perecen por el aliento de la ira de Dios. No
obstante, esa teoría sencillamente no se aplica a todos los hechos. Muchas veces, la gente
inocente sí sufre (e.g. Lc. 13:4–5; Jn. 9:1–3; 1 P. 2:19–20) y a menudo, parece que los
impíos no tienen mayores problemas. Ese fue el punto sobre el que Job hizo hincapié a lo
largo de todo el libro; la creencia de Elifaz en una doctrina invariable de retribución no
concuerda con la realidad.
La fuente de autoridad de Elifaz era su propia experiencia (como yo he visto, Job 4:8;
cf. 5:3; 15:17). Pero en la base de esa autoridad había una falla: aunque sus observaciones
pudieron haber sido muy extensas, no eran universales. La autoridad de Bildad fue la
historia (“pregunta ahora a las generaciones pasadas” 8:8), que indudablemente constituye
una base más amplia que las observaciones de un solo hombre. Zofar, que era áspero,
descortés y dogmático, sencillamente supuso que lo que él decía era la verdad, sin tratar
siquiera de apoyar sus declaraciones en alguna clase de autoridad.
4:10–11. Elifaz añadió diciendo que aunque el león es fuerte, sus dientes … son
quebrantados y que el león viejo perece por falta de presa, y los hijos de la leona se
dispersan cuando interviene un cazador. De manera similar, dijo ese veterano amigo, Job,
que solía ser muy fuerte (cf. vv. 3–4), había sido quebrantado y sus hijos habían perecido.
Los leones (se utilizan cinco diferentes palabras hebr. para referirse a ellos en los vv. 10–
11) merecen sufrir, porque provocan problemas a la gente; y por analogía, Job también
merecía sus padecimientos.
c. Su informe de la visión (4:12–21)
4:12–16. Elifaz quiso afianzar la autoridad de su punto de vista teológico relatando una
experiencia como si le hubiera ocurrido en un sueño o en visiones nocturnas. Aunque
algunos pudieran dudar de sus observaciones limitadas, ¿quién podía probar que sus sueños
estaban equivocados? Por eso dijo: mas mi oído ha percibido algo, i.e., en su sueño había
recibido palabras susurradas a su oído (cf. v. 16) por un ser extraño. Describió aquella
experiencia como algo espantoso, al grado que se estremeció en todos sus huesos e hizo
que se le erizara el pelo de su cuerpo. Llamó a la aparición un espíritu (v. 15) y un
fantasma (v. 16), el cual debe haberlo impresionado grandemente cuando primero lo vio
pasar (v. 15) por delante de él. Después se detuvo ante sus ojos (v. 16) y se quedó quieto
para hablarle al oído.
4:17–21. Es evidente que las palabras que escuchó Elifaz en su sueño son las que
aparecen en estos vv. Sin embargo, hay tres razones por las que es dudoso que hubieran
sido reveladas por Dios: (a) su oído había percibido algo (v. 12), pero no dice que fuera
palabra divina; (b) ese asunto llegó a él en “oculto” (i.e., en forma por demás escurridiza, v.
12); y (c) el mensaje parece describir a Dios como alguien que no se preocupa por el
hombre (vv.17–21).
¿Será el hombre más justo que Dios? “Hombre” es trad. de ’ĕnôš, “hombre débil y
mortal”; que se usa treinta veces en Job. ¿Será el varón (geḇer, “hombre fuerte”) más
limpio que el que lo hizo? (“El que lo hizo” o “Hacedor” también se usa en 9:9; 32:22;
35:10; 36:3; 40:19.) Los eruditos difieren en cuanto a cuál es la mejor forma de trad. la
palabra “que” que aparece en las frases literales “que Dios” y “que el que lo hizo”. Una
opción es presentarla en una comparación (como hace la RVR60): “más justo que Dios”,
“más limpio que el que lo hizo”. Otra opción es “delante de Dios” o “delante de su
Hacedor” (BLA). De cualquier forma, Elifaz sugiere una respuesta negativa: El hombre no
puede ser tan justo ni limpio como Dios (y de seguro no puede ser más justo y limpio que
él). El Señor en sus siervos (ángeles) no confía, y además, notó necedad (“atribuye
errores”, BLA) en sus ángeles (i.e., los ángeles caídos y Satanás). Por lo tanto, tampoco el
hombre es de fiar.
Elifaz se refirió a la mortalidad del hombre de varias maneras: habitan en casas
perecederas, hechas de barro, cuyos cimientos están en el polvo, y que serán
quebrantados más fácilmente que la polilla. Además, son destruidos como un barco y “se
arrancan las estacas de su carpa” (NVI99). Las personas se pierden para siempre sin
haber quien repare en ello y mueren sin haber adquirido sabiduría (en el Oriente morir
sin haber alcanzado la sabiduría era el oprobio máximo). Esas palabras del amigo
convertido en enemigo constituyen un ataque muy poco sutil contra Job. Las casas del
patriarca no eran seguras; él fue quebrantado (materialmente) como una polilla que se
aplasta fácilmente con dos dedos; su vida había sido interrumpida y afectada (como una
tienda que se cae por no tener una cuerda que la sostenga; cf. 5:24; 8:22; 15:34). Según
Elifaz, era obvio que Job no era un hombre sabio. Este informe de su visión fue dado para
apoyar su teoría del sufrimiento: Job estaba padeciendo porque era pecador. Pero Elifaz no
tomó en cuenta el hecho de que si toda la gente es injusta e impura y por eso sufre, entonces
¡él también estaría incluido!
d. Su recomendación a Job (5:1–16)
5:1–7. Elifaz descartó cualquier posibilidad de que los ángeles, i.e., los santos,
intervinieran a favor de Job porque éstos no son de fiar (4:18). Elifaz interpretó el lamento
de Job (cap. 3) como el resentimiento, la ira (“enojo”, BLA) de un necio y la envidia de un
codicioso (“insensatos”, NVI 99) que lo mata en vez de sanarlo. “La ira” o enojo es trad.
de la palabra ka ‘aś, que sugiere vejación o “provocación hasta el punto de enojarse o
dolerse”. En Job, esa palabra se usa otras tres veces; 6:2, “queja”; 10:17, “furor”; 17:7,
“dolor”. Inmisericorde, Elifaz comparó a Job con un necio que había empezado a echar
raíces, i.e., a prosperar, pero de pronto, dijo Elifaz: maldije su habitación (cf. 4:9, 19),
i.e., invocó la maldición divina y por lo tanto, perdió a sus hijos y sus riquezas—lo cual fue
un recordatorio triste de las aflicciones de Job. Según Elifaz, la aflicción no sale del polvo,
ni … de la tierra, sino de dentro del hombre. El hombre nace para la aflicción (‘āmāl,
probablemente una alusión a las palabras de Job de 3:10) así como las chispas de un fuego
que se hace al aire libre se levantan para volar por el aire. “Chispas” lit. son “hijos de
Rešep̱”, que tal vez es una alusión poética al dios ugarítico del rayo, la peste y las llamas.
5:8–16. En virtud de su perspectiva de que la aflicción es producto del pecado en la
vida, Elifaz aconsejó a Job: Ciertamente yo buscaría a Dios, … el cual hace …
maravillas sin número (v. 9) y además es benévolo, porque da la lluvia sobre la faz de la
tierra (v. 10); anima a los humildes y a los enlutados (v. 11); frustra a los astutos y a los
perversos (vv. 12–14), y libra de la espada al pobre y al menesteroso (vv. 15–16). El
hecho de que “libra de la espada al pobre, de la boca de los impíos”, significa librarlos de
las calumnias (cf. v. 21). Aunque ese consejo no era erróneo, Elifaz equivocadamente
supuso que Job había pecado en forma deliberada.
e. Su recordatorio de las bendiciones divinas (5:17–27)
5:17–27. Elifaz dijo que los problemas de Job eran disciplinarios: Dios lo estaba
castigando, así que debía aceptar su castigo y no menospreciarlo. Si Job adoptara la actitud
correcta, Dios lo bendeciría. Aunque el Señor castiga (él es quien hace la llaga y hiere),
también la vendará … y sus manos curan. El Todopoderoso nos libra de seis
tribulaciones y aun siete (poner un número mayor después de otro sugiere cabalidad o
totalidad, o bien hace hincapié en el último número; cf. Pr. 30:15, 18, 21, 29; Am. 1:3, 6, 9,
11, 13; 2:1, 4, 6). A continuación, Elifaz mencionó el hambre … la guerra … la lengua
… la destrucción … y … las fieras del campo. También mencionó que tendría buenas
cosechas. Con las piedras del campo tendrás tu pacto significa que éstas no estorbarían
el crecimiento de sus cosechas; paz en su tienda, i.e., seguridad (con referencia a la
“tienda”, cf. Job 4:21; 8:22; 15:34), que su descendencia sería mucha, y que tendría salud
y larga vida. La frase Vendrás … a la sepultura como la gavilla de trigo que se recoge a
su tiempo es una hermosa descripción de una existencia vivida en plenitud que está lista
para llegar al final (cf. 42:17).
Elifaz terminó su primer discurso recordando a Job que sus observaciones tenían
autoridad (he aquí lo que hemos inquirido) y lo instó a que las obedeciera.
2. PRIMERA RESPUESTA DE JOB A ELIFAZ (CAPS. 6–7)
a. Job defiende su queja (6:1–7)
6:1–3. El patriarca sufriente dijo que la razón de su queja era su tormento e irritación
(ka ‘aś; cf. 5:2, “ira”; 10:17, “pruebas”; 17:7, “dolor”) tan pesados. Si sus quejas pudieran
ser medidas en balanza con sus aflicciones, éstas serían más pesadas, pesarían … más
que la arena del mar. Sus palabras (cap. 3), aparentemente precipitadas no eran nada
comparadas con su sufrimiento.
6:4–7. Dios le estaba disparando saetas envenenadas (cf. 7:20; 16:12–13; Lm. 3:12–
13). Así como el asno montés no rebuzna, ni muge el buey cuando están junto a su pasto
porque tienen suficiente alimento, tampoco Job se habría quejado si su condición fuera más
normal.
La comida sabe mejor con sal; las dos van juntas. Y la clara del huevo necesita de un
saborizante para que sepa bien; y sin éste, Job no quería tocar el huevo. De la misma
manera, la aflicción de Job y sus lamentos iban juntos, y sus quejas, dijo, debían ser
perdonadas.
b. Desesperación de Job por su aflicción (6:8–13)
6:8–10. Job deseaba la muerte; quería que Dios le concediera su petición de morir
(expresada en 3:20–23 y también en 7:15; 10:18–19; 14:13). Su miseria terminaría si
agradara a Dios destruirlo (cf. 4:19) y si soltara su mano y dejara de sostener la vida de
Job y acabara con él. El vb. hebr. que se trad. “soltara” lleva la idea de poner a los presos
en libertad (e.g., Sal. 105:20) y el que se trad. “acabara” sugiere el cuadro de un tejedor que
corta el hilo. Su único consuelo y alegría en medio del sufrimiento era que nunca había
escondido las palabras del Santo ni lo había desafiado. Esta es la primera de varias
declaraciones de Job de su inocencia (cf. Job 9:21; 16:17; 27:6).
6:11–13. Job no tenía por qué tener paciencia (cf. 4:2) porque no tenía ninguna
esperanza (cf. 7:6; 14:19; 17:15). Su fuerza había desaparecido. ¿Acaso Elifaz pensaba que
tenía la fuerza de las piedras o que era tan insensible como el bronce? La siguiente
pregunta de Job (6:13) debe interpretarse como una oración negativa iniciada en hebr. con
una fuerte partícula afirmativa que significa “sin duda”. De esa manera, Job declaró que ni
siquiera se podía valer por sí mismo ni tampoco tenía los recursos necesarios.
c. Decepción de Job por sus amigos (6:14–23)
6:14–17. Job sentía que cuando el atribulado es consolado por su compañero (cf. v.
26), éste debía ser leal. En su dolor, el patriarca no había abandonado su temor por Dios (el
Omnipotente; cf. “el Todopoderoso” en 5:17), pero aunque así lo hubiera hecho, de todos
modos necesitaba compañerismo.
Sus amigos eran como un torrente. Durante la época de lluvias, un arroyo se llena de
corrientes impetuosas y embravecidas producto de la nieve que se derrite, pero al tiempo
del calor, cuando más se necesita, el río se seca. Así eran sus amigos; cuando más los
necesitaba, lo decepcionaban (cf. v. 21).
6:18–23. Los caminantes de Temán, del norte de Arabia que viajaban en caravanas y
los caminantes de Sabá, del suroeste de Arabia, ambos grupos conocidos por su comercio,
se habían perdido buscando agua en los arroyos secos. Por eso, se hallaron confusos. De la
misma manera, Job estaba desilusionado, esperando ayuda de sus tres amigos (vosotros
está en pl.) sin recibirla. De hecho, al ver el tormento de Job y la espantosa situación en
que se encontraba (cf. 2:12), estaban temerosos. Quizá esto se refería a que temían ser
castigados por Dios también si se compadecían muy profundamente de alguien que
supuestamente había ofendido al Señor. Job nunca les había pedido su ayuda antes, pero,
¿por qué no le ayudaban ahora que la necesitaba tanto?
Su expresión de desilusión por sus amigos es el primero de varios temas que Job trató
repetidamente en sus discursos (V. “Temas repetidos en las respuestas de Job” en el
Apéndice, pág. 420).
d. Ruego de Job a los tres (6:24–30)
6:24–27. Después de expresar su completa desilusión por la falta de ayuda de sus
amigos, Job continuó con un ruego pidiéndoles que le explicaran en qué había errado.
¿Dónde estaban las pruebas de que había pecado? Él se beneficiaría si le dijeran palabras
rectas, aunque fueran de censura, pero sus dichos no le ayudaban. No sólo no eran de
ayuda, sino que consideraban que las palabras de Job eran como el viento. Los tres amigos
parecían tan opuestos a él como si se estuvieran aprovechando indebidamente de un
huérfano o vendiendo a su amigo. Os arrojáis sobre (“echar suertes”, NVI99) puede trad.
“apabullar” o “hacer [que una red] caiga sobre alguien”.
6:28–30. Quizá sus amigos no podían soportar el ver su rostro desfigurado, pero Job les
pidió: miradme, para que lo analizaran y vieran que no había mentira en él (¿Hay
iniquidad en mi lengua?) y que dejaran de hacerle acusaciones falsas e injustas. Él no
estaba hablando con doblez, pero sí podía discernir (lit. “paladear”) con facilidad las cosas
inicuas que le estaban insinuando.
e. Ciclo de miseria de Job (7:1–5)
7:1–5. Job dijo que el hombre (’ĕnôš, “débil hombre mortal”; cf. el comentario de
4:17) es como: (a) un soldado (brega es trad. de ṣāḇā’, “servicio militar”; cf. 14:14; Is.
40:2) que cumple con su duro período de enlistamiento; (b) el jornalero, que se dedica al
duro trabajo; (c) el siervo o esclavo que trabaja bajo el fuerte sol y suspira por que termine
el día; y (d) el jornalero que espera el pago de su trabajo. Pero el estado de Job era mucho
peor, porque tenía meses de sufrir su calamidad (lit., “vacuidad”) y no sólo días. En vez de
poder descansar en la sombra al final del día, sus noches estaban llenas de trabajo y
miseria. (“Trabajo” es trad. de ‘āmāl, “aflicción”; cf. Job 3:10; 4:8; 5:6–7.) La noche le
parecía muy larga mientras se revolcaba en el lecho sin poder dormir por el dolor, lleno de
inquietudes hasta el alba. ¿Quién podría dormir teniendo la carne … vestida de gusanos
(que probablemente se alimentaban de su piel muerta) y llena de costras de polvo? Las
costras de la piel se endurecían y resquebrajaban y sus llagas eran purulentas y dolorosas.
f. La oración de Job a Dios (7:6–21)
7:6–10. Al dirigirse al Señor, primeramente Job habló acerca de la brevedad de la vida
(cf. 9:25–26; 10:20; 14:1–2, 5; 17:1). Sus días estaban pasando más veloces que la
lanzadera del tejedor (7:6), le parecían como un soplo (v. 7), como la nube que se
desvanece y se va (v. 9); se estaban yendo sin esperanza (cf. 6:11; 14:19; 17:11, 15). Job
presentía que nunca volvería a experimentar la felicidad: mis ojos no volverán a ver el
bien (en contraste con la felicidad que Elifaz le había ofrecido 5:17–26). De hecho, ni Dios
ni nadie lo volvería a ver (cf. 7:17–19, 21). Por eso dijo: los ojos de los que me ven, no me
verán más, se sentía como … el que desciende al Seol, que no volverá más (cf. v. 21).
7:11–12. Después de pedir a Dios que recordara la brevedad de su vida, Job habló sin
trabas, quejándose amargamente delante del Señor. ¿Soy yo el mar, o un monstruo
marino, para que me pongas guarda? El patriarca se estaba lamentando de que Dios lo
estaba observando y acosando. La referencia al monstruo es una alusión, ya sea a la
mitología ugarítica que decía que Yam, dios del mar, había sido derrotado por Baal, o bien,
al mito babilónico en el que Marduk venció al monstruo marino Tiamat y la puso en prisión
vigilado por guardias. Por supuesto que Job no creía en esos mitos (cf. el comentario de
3:8), pero sí utilizó historias conocidas en aquel tiempo para describir su situación. Como el
mar o un monstruo marino que había sido dominado y confinado a prisión por un dios
falso, así se sentía Job, viviendo en una condición infrahumana en la cual el verdadero Dios
estaba aprisionándolo como a un enemigo derrotado.
7:13–15. Job acusó a Dios diciendo: me asustas con sueños aterradores, lo cual le
impedía escapar de sus problemas durmiendo. Además, volvió a expresar su deseo de
terminar con sus aflicciones por medio de la muerte (cf. 3:20–23; 6:8–9; 10:18–19; 14:13).
7:16–19. Debido a que no podría vivir para siempre con ese cuerpo, Job anhelaba que
Dios lo dejara en paz, y le dijo: Déjame solo. ¿Por qué habría Dios de acosarlo y espantarlo
cuando su vida estaba llegando a su fin y sus días eran vanidad? (lit. “fútiles”, heḇel; cf.
Ec. 1:2). El pasaje de Job 7:17–18 es muy parecido a Salmos 8:4, excepto que las palabras
de ese salmo expresan asombro ante el cuidado divino, mientras que Job expresa una
protesta de que Dios lo estaba acosando de continuo—todas las mañanas, y todos los
momentos lo ponía a prueba. En su frustración, Job sentía que Dios lo estaba observando
(cf. Job 10:14; 13:27; 31:4) de continuo y no lo soltaría ni siquiera por un instante (¿ …
hasta que trague mi saliva? Esta expresión idiomática todavía se usa en árabe.).
7:20–21. A continuación, Job pidió a Dios que le dijera en qué había pecado
(anteriormente había hecho la misma pregunta a sus amigos, 6:24). ¿Por qué, el que es
Guarda de los hombres, seguía observando a Job y usándolo como si fuera un blanco?
(cf. 6:4) Si fuera un pecador, ¿por qué no perdonaba su iniquidad y ponía fin al asunto?
(Este es otro de los ¿por qué? de Job; cf. 3:11–12, 16, 20, 23.) Llegaría el tiempo en que
Dios ya no podría jugar con, ni atormentar a su enemigo Job, porque pronto moriría (cf.
7:6–10); así que si Dios quisiera perdonarlo, debía hacerlo cuanto antes. Dormiré en el
polvo significa morir (cf. 10:9; 17:16; 20:11; 34:15).
Esa oración a Dios (7:6–21) fue un clamor de desesperación amarga. Job, que veía
cómo se extinguía su vida con rapidez, pensaba que Dios lo estaba atormentando y
aterrando de continuo. Y tristemente, no veía que su tragedia tuviera un fin cercano.
3. PRIMER DISCURSO DE BILDAD (CAP. 8)
Bildad acusó a Job de oponerse a la justicia de Dios (v. 3), mientras que Elifaz lo había
acusado de resentir la disciplina divina (5:17). Ambos consejeros autonombrados tenían la
idea de que las aflicciones del hombre son consecuencias de sus crímenes (8:11–13; cf.
4:7–8). Bildad, al igual que Elifaz, conminó a Job a que se arrepintiera como única forma
de obtener alivio (8:5–7; cf. 5:8).
a. Bildad defiende la justicia divina (8:1–7)
8:1–2. Empezando en forma abrupta y áspera, Bildad suhita hizo dos preguntas, la
primera relacionada con las palabras huecas de Job, y la otra, con la administración justa
que hace Dios del universo moral (v. 3). Al acusar a Job de que sus dichos eran como
viento impetuoso, probablemente retomó la idea que Job había expresado en 6:26. La
palabra hebr. que se trad. como “impetuoso” es poco común; significa fuerte y abundante;
por eso, para Bildad las palabras de Job fueron como una tormenta constante con vientos
recios. Probablemente el amigo estaba insinuando que las palabras ásperas y salvajes de Job
eran destructivas, al igual que el “gran viento” que había arrasado con sus diez hijos (1:19).
8:3–4. Bildad adujo que quejarse contra el Señor significaba que Job lo estaba acusando
de ser injusto (cf. el comentario de mišpoṭ en 9:19). Puesto que nunca torcerá (o
“pervertir”, que se usa dos veces en 8:3) Dios el derecho, seguramente que no estaba
castigando a Job sin motivo. Si Job no había pecado, entonces su sufrimiento significaba
que Dios había torcido la justicia. Para Bildad ese pensamiento era inconcebible. Era obvio
que Job había pecado.
Todos los que pecaron contra él, tendrán que sufrir las consecuencias y, según Bildad,
los hijos de Job ilustraban ese hecho. Bildad dijo que habían muerto por sus pecados y Job
estaba muriendo por sus transgresiones. Si no, ¿por qué otra razón estaría sufriendo Job?
Bildad y sus compañeros estaban ciegos a cualquier otra causa del sufrimiento aparte de la
retribución. Sin duda, esa afirmación cruel y desconsiderada hirió profundamente a Job.
Después de todo, él se había esforzado ofreciendo holocaustos para cubrir las faltas de sus
hijos (1:5).
8:5–7. Si Job fuera tan limpio y recto como aseguraba, todo lo que necesitaba era
buscar a Dios y rogar (lit., “implorar la gracia de”) al Todopoderoso (cf. 5:8). Buscares es
la trad. de šāḥar (“buscar o indagar”), la misma palabra que Job usó en 7:2d. Bildad le dijo
que debía buscar a Dios, no esperar que él lo hiciera y le dijo que ese sencillo paso: hará
próspera la morada de tu justicia, significando que en comparación, sus aflicciones
anteriores se verían como nada. Pero puesto que Job ya había rogado a Dios (7:20–21) y
nada había sucedido, el consejo de Bildad no tenía sentido.
b. Bildad presenta pruebas históricas (8:8–10)
8:8–10. Elifaz había basado sus puntos de vista refiriéndose a su experiencia personal
(4:8). Pero Bildad trató de ser mejor que él refiriéndose a una autoridad supuestamente
mayor, a las observaciones que había hecho la gente de las generaciones pasadas. Puesto
que el conocimiento de Job y sus compatriotas era muy limitado (nada sabemos) y sus
días habían sido muy pocos (como sombra puede ser una referencia a las palabras dichas
por Job acerca de la brevedad de la vida, 7:6–7, 9), debían aprender de las experiencias de
sus antepasados, cuyas palabras venían de su corazón y entendimiento, no sólo de la boca,
como las de Job. ¿Cómo podía atreverse Job a insinuar que la sabiduría acumulada de sus
ancestros estaba equivocada? Bildad creía que si los muertos pudieran hablar, ellos también
darían testimonio de que la gente sufre debido a su pecado.
c. Bildad toma ejemplos de la naturaleza (8:11–19)
8:11–19. Para ilustrar ese principio de causa y efecto, el segundo antagonista de Job le
dio tres ejemplos—dos de la vida de las plantas y uno del mundo de los insectos. Así como
el junco no puede crecer sin la humedad del lodo del pantano, ni el prado sin agua, así
todos los que se olvidan de Dios, i.e., el impío (ḥānēp̱, que se usa ocho veces en este libro
y que significa “profano” o “irreligioso”), perecerá. Cualquiera que sea la cosa en que tal
persona confíe—como la supuesta inocencia de Job—es tan inútil y necia como tener
confianza en una tela de araña.
Según Bildad, la decadencia de Job se podía comparar con un árbol bien regado que
está verde delante del sol (que tiene renuevos sanos sobre la tierra y se van entretejiendo
sus raíces debajo de la tierra entre las piedras) que posteriormente es arrancado de su lugar
y olvidado. Ese lugar le dirá: Nunca te vi, y en donde estuvo, nacerán otros árboles. El
gozo de su camino significa que la única alegría que puede experimentar una planta es
saber que otra va a nacer en su lugar. De nueva cuenta, ese hablar virulento contra Job debe
haber aumentado las tremendas heridas emocionales que ya tenía de por sí. Ciertamente Job
no se había olvidado de Dios, ni era un impío (cf. 1:1, 8; 2:3) que confiara en cosas
temporales y perecederas.
d. Bildad ofrece una ligera esperanza (8:20–22)
8:20–22. Hablando de nuevo de la justicia divina (cf. v. 3), Bildad dijo: He aquí de
cierto (cf. v. 19), Dios no aborrece al perfecto (cf. 1:1, 8; 2:3) ni apoya la mano de los
malignos. Si Job fuera inocente (cf. 8:6), entonces Dios no lo trataría así. Más bien, su
boca estaría llena de risa, y sus labios de júbilo. Además, cualquiera que se opusiera a él,
sería avergonzado (es irónico que los amigos de Job se convirtieran en sus enemigos y
posteriormente ellos también fueron avergonzados cf. 42:7–9). Aparte de bendecir a los
justos, Dios castiga a los impíos (cf. 8:4, 13) haciendo que su habitación (su “tienda”,
BLA, cf. 4:21) sea retirada, i.e., la misma fuente de su seguridad y protección. El discurso
de Bildad terminó con la palabra perecerá, la misma con que Job concluyó el suyo en 7:21
y que se trad. “no existiré”.
Las ásperas e inhumanas palabras de Bildad ofrecen otra pista de lo que hizo perder a
Job sus posesiones. El intento de su antagonista de defender la justicia de Dios sólo sirvió
para aumentar la frustración del patriarca respecto a la evidente injusticia divina. Puesto
que el sufriente no había pecado, las palabras de su consejero fueron inútiles.
4. PRIMERA RESPUESTA DE JOB A BILDAD (CAPS. 9–10)
¿Cómo es posible que un hombre pueda altercar con Dios, que es el soberano
majestuoso? (9:1–13) Job quedaría apabullado por el Altísimo si tratara de enfrentarse a él
(9:14–20), porque, como dijo Job, Dios destruye a las personas, sean inocentes o culpables
(9:21–24). Aunque el dilema de Job no tenía solución (9:25–35), de todos modos hablaría
(10:1–2) el patricarca y cuestionaría al Señor por tratar a su criatura tan cruelmente (10:3–
17). Job pediría a Dios que le diera un poco de alivio antes de morir (10:18–22).
a. El asombroso poder de Dios (9:1–13)
9:1–13. Job comprendía lo que Bildad quería decirle y afirmó: Ciertamente yo sé que
es así; él sabía que los impíos perecerán (8:13). Pero ese conocimiento sólo aumentó el
problema de Job. Entonces, ¿por qué estaba sufriendo?
Durante el sueño de Elifaz, la voz le había preguntado: “¿Será el hombre (’ĕnôš,
“hombre débil y mortal”; cf. el comentario de 4:17) más justo que (o “justo delante de”)
Dios?” Job respondió a esa pregunta haciendo otra con casi las mismas palabras hebr.: ¿Y
cómo se justificará el hombre (’ĕnôš, “hombre débil y mortal”) con Dios? Además, sería
imposible para el hombre contender con él (rîḇ “interponer una demanda legal”—que es
uno de los muchos términos legales que aparecen en el libro), como Elifaz había sugerido
(5:8). Es irónico que aun cuando Job sí trató de demandar legalmente a Dios (cf. 10:2;
13:22; 14:15; 31:35–37), descubrió que cuando por fin el Señor habló, ¡no le pudo
responder! (cf. 40:3–5)
La razón por la que Job sabía que era incapaz de presentar una demanda contra Dios era
que él es sabio de corazón, y poderoso en fuerza (cf. 12:13). De nueva cuenta, es irónico
que Dios mostrara esos mismos dos atributos cuando posteriormente habló con Job (38:1–
40:2; 40:6–41:34). El patriarca sabía que era demasiado arriesgado resistirse a Dios porque
él arranca los montes con su furor (9:5), remueve la tierra de su lugar causando
terremotos (v. 6), oscurece el sol y las estrellas (v. 7). (Dios, no Leviatán es el que eclipsa
el sol; cf. 3:8.) Él extendió los cielos (9:8; cf. Is. 40:22) como una tienda sobre la tierra y
anda sobre las olas del mar, i.e., su poder es evidente en las tormentas del mar. En su
poder creativo, Dios hizo la Osa, el Orión y las Pléyades, i.e., las constelaciones estelares
(Job 9:9). Asimismo, él hace cosas portentosas, grandes e incomprensibles (v. 10, que es
una cita irónica de las palabras de Elifaz de 5:9). De hecho, Job se humilló ante la
naturaleza invisible del Señor (9:11; cf. Col. 1:15; 1 Ti. 1:17; He. 11:27), ante su poder que
no se puede frustrar (Job 9:12) y su ira irresistible (v. 13; cf. v. 5). La referencia a que Dios
pasará delante de su persona (v. 11) puede ser una alusión a la superioridad de la
experiencia de Job comparada con el sueño de Elifaz que dijo que un espíritu pasó delante
de él (4:15). Debajo de él se abaten los que ayudan a los soberbios (“los que ayudan a
Rahab” BLA, V. NVI99; cf. 26:12; Is. 51:9). Esta expresión se refiere al mito babilónico
acerca de la creación en el que Marduk derrotó a Tiamat (otro de los nombres de Rahab o
Leviatán; cf. Job 7:12) y posteriormente capturó a sus ayudantes. Más adelante, Rahab se
convirtió en un apodo para designar a Egipto (Sal. 87:4; 89:10; Is. 30:7)
Puesto que en su ira Dios derrota a todas las fuerzas del mal, tanto reales como míticas,
¿cómo podría Job pretender altercar con él? Job se daba cuenta que estaba indefenso y sin
esperanza en medio de su situación.
b. El poder arbitrario de Dios (9:14–24)
9:14–20. Siendo Dios tan grande (vv. 4–13), Job se volvió a preguntar: ¿cómo (“cómo
entonces podré yo responderle”, NVI99; cf. “cómo” en v. 2) podría él defender (hablaré
con palabras escogidas, lit. es “responder”; cf. “responder” en el v. 15) o abogar por su
causa y ganar la disputa? Puesto que quedaría mudo ante la presencia de Dios, lo único que
podía esperar de tal juez sería misericordia. Él pensaba que el Señor probablemente ni
siquiera le escucharía, porque me ha quebrantado … y aumentado mis heridas sin
causa, dijo. Tanto en su potencia (cf. vv. 13–19a) como en su juicio (vv. 19b–24), Dios es
supremo, lo que dejaría a Job sin esperanza. (“Juicio” es trad. de mišpoṭ, término jurídico
que se usa en Job con frecuencia para dar a entender justicia o equidad legal, 8:3; 9:19;
19:7; 27:2; 31:13; 34:5, 12; 37:23; 40:8, litigio, 9:32; 14:3, demandas legales 22:4 o un
caso ante el tribunal, 13:3, 18; 23:4.) De hecho, Job tenía miedo de confundirse y declarar
ante la corte contra sí mismo (me condenaría mi boca; cf. 15:6 y el comentario de 40:8).
9:21–24. En beneficio de la discusión, Job había dicho “Si yo me justificare”, o fuera
inocente y “perfecto” (v. 20). Enseguida afirma: “Inocente soy” (NVI99 “soy intachable”,
aunque la RVR60 trad. si fuese íntegro; cf. “perfecto”, 1:1, 8; 2:3; 4:6; 8:20; 9:22; 12:4;
22:3; 31:6). Varias veces Job proclamó su inocencia (cf. 6:10; 10:7; 16:17; 27:6). Pero aun
así, llegó a la conclusión de que esto no tenía ninguna importancia. Tanto al perfecto como
al impío él los consume en forma arbitraria. Una acción tan indiscriminada como esa—
como un azote que mata de repente a los inocentes y como la tierra que es entregada en
manos de los impíos—enfurecía a Job. Esta es la primera de varias ocasiones en que Job
acusa a Dios de injusto. A medida que Job analizaba las injusticias de la vida—la suya y la
de otros—estaba en contra de la idea de sus contendientes de que Dios nunca pervierte el
derecho (4:7; 8:3).
c. Desesperanza de Job (9:25–35)
Job sentía que su caso era inútil porque (a) sus días se estaban terminando (vv. 25–26),
(b) Dios lo consideraba culpable sin importar lo que hiciera (vv. 27–31), y (c) nadie podía
abogar por su causa (vv. 32–35).
9:25–26. Quejándose de la brevedad de la vida (cf. 7:6–9; 10:20; 14:1–2, 5; 17:1), Job
dijo que sus días habían sido más ligeros que un mensajero de correo, que pasaron cual
naves veloces, refiriéndose a los barcos de juncos de los egipcios de ese día, y como el
águila. La palabra “águila” es nešer (también se usa en 39:27), término que abarca tanto a
las águilas como a los buitres. Quizá aquí Job tenía en mente al halcón peregrino que puede
volar hasta 190 kms. por hora cuando se arroja sobre la presa. Estos tres ejemplos (el
mensajero, la nave y el águila) alcanzan muy altas velocidades en la tierra, el mar y el aire.
9:27–31. El aprieto de Job era enorme, porque aunque tratara de olvidar su queja y
dejar su triste semblante y alegrarse (cf. su falta de alegría, v. 25), todavía se sentiría
impío delante de Dios. Así que, ¿para qué esforzarse? Aunque se lavara (externamente,
como señal de pureza interna) con aguas de nieve, pensaba que Dios estaba a tal grado en
su contra, que ¡lo hundiría en el hoyo! (“Al muladar”, NVI99.)
9:32–35. Otra vez la idea de debatir su situación en un juicio le pareció inútil (cf. vv. 3,
14). Después de todo, Dios es divino y no es hombre. Es más, ningún árbitro podría
ponerse arriba tanto de Dios como del hombre (porque ¿quién puede ser mayor que el
Altísimo?), escuchar imparcialmente a ambas partes; i.e., poner su mano sobre los dos, y
quitar de sobre Job la vara divina de aflicción y de terror (cf. 13:21; 18:11). Si tal cosa
fuera posible, Job se enfrentaría a Dios sin temor, pero se arrepintió de hacerlo porque en
este estado no estoy en mí, dijo desesperado.
d. Desesperación de Job (cap.10)
(1) Desafío de Job a Dios. 10:1–7. Puesto que no había un árbitro que pudiera mediar
en el caso de Job, éste decidió convertirse en su propio abogado defensor. Pero había
algunos peligros, porque prácticamente estaba arriesgando su vida al ponerla en sus propias
manos. Por eso, dijo: Mi alma está hastiada de mi vida (cf. 9:21). Pero iba a dar libre
curso a su queja aun cuando esto fuera causa de su muerte. Al repasar su discurso, Job dijo
que daría a Dios el mandato: No me condenes (cf. 9:20; 15:6; y el comentario de 40:8) e
insistiría en que el Señor le entregara una lista de los cargos que tenía contra él para que
pudiera entender el por qué de su sufrimiento. En esta repentina expresión de confianza en
sí mismo (contraste 9:3, 14, 32), Job dijo que haría varias preguntas a Dios: (1) ¿Acaso
disfrutaba el Señor de un placer sádico al oprimir a Job, quien era obra de sus manos? (cf.
10:8–12; 14:15) (2) ¿Acaso tiene el Señor ojos de carne con los que escudriñaba a Job? (3)
¿Eran los días de Dios tan efímeros como los días del hombre … para que analizara la
iniquidad de Job? Ciertamente Dios no es así. Y sin embargo, sabiendo que Job era
inocente, parecía que Dios seguía oprimiéndolo.
(2) Recordatorio de Job a Dios. 10:8–12. Al destruir a Job con sus propias manos (cf. v.
7), Dios estaba siendo inconsistente, porque sus manos fueron las que lo hicieron y
formaron en el vientre de su madre como hace un alfarero con el barro. Así que, ¿por qué
quería deshacerlo tan pronto y convertirlo otra vez en el polvo con que había sido creado?
(cf. 7:21; 34:14–15; Sal. 104:29–30; Ec. 3:20; 12:7) Job dijo que el incomprensible
desarrollo de su embrión había sido similar al de cuajar leche y convertirla en queso, en
cuyo proceso se le dio piel y carne y fue tejido (cf. Sal. 139:13, 15) con huesos y nervios.
Después de darle la vida (cf. Job 12:10; 27:3; 34:14–15) y el cuidado para su espíritu (cf.
29:2; 36:7), ¿por qué había Dios de volverse contra él? De nueva cuenta, Job expresa su
pensamiento de que el Señor es incongruente.
(3) Job culpa a Dios. 10:13–17. Job opinó que tal vez Dios había tenido las cosas que le
estaban sucediendo guardadas en su corazón desde tiempo atrás. Dios lo había observado
desde antes (cf. 7:19–20; 13:27; 31:4), listo para registrar cada una de sus ofensas. Pero aun
en medio de su inocencia, el patriarca no tenía valor para enfrentarse al Altísimo (esto
contrasta con su repentina demostración de confianza personal registrada en 10:2–7). Según
Job, Dios lo estaba acechando como hace un león (cf. 16:9), listo para caer sobre él y
cazarlo con su fabuloso poder (cf. 9:4–13) y amontonando más pruebas y cargos contra él.
La palabra furor es ka ‘aś, “irritación iracunda o resentimiento” (cf. 5:2, “ira”; 6:2,
“tormento”). Job sintió que su inocencia no significaba nada para Dios, porque el Soberano
estaba contra él, sin importar nada más (cf. 9:15–20).
(4) Petición de Job a Dios. 10:18–22. Una vez más, el quejoso solicitó la muerte (cf.
3:20–23; 6:8–9; 7:15; 10:18–19; 14:13) deseando no haber nacido (cf. 3:17). Si hubiera
expirado como un mortinato, y hubiera pasado directamente del vientre a la sepultura, se
hubiera evitado toda esa miseria. Pero puesto que estaba a punto de morir (cf. 7:6–9; 9:25–
26; 14:1–2, 5; 17:1), pidió a Dios que le diera cuando menos un breve consuelo y un poco
de alegría (cf. “bien” en 9:25, [la NVI99 trad. 10:20b: “¡Déjame disfrutar de un momento
de alegría …”]) antes que se fuera para no volver. La muerte sería eterna y estaría llena de
tinieblas. Aquí se combinan cuatro palabras hebr. para expresar la oscuridad del sepulcro
(tinieblas, ḥōšek; cf. 3:4, “oscuridad”; sombra de muerte, ṣalmāweṯ, cf. 3:5; tierra de
oscuridad, ’êp̱âh, que sólo se usa aquí y en Am. 4:13, “tinieblas”; y densas tinieblas,
’ōp̱el; cf. Job 3:6; 23:17; 28:3). Este discurso, como algunos otros de Job, terminan con una
nota lóbrega acerca de la muerte (cf. 3:21–22; 7:21; 14:21–22).
5. PRIMER DISCURSO DE ZOFAR (CAP. 11)
Zofar reprendió cruelmente a Job por asegurar que era inocente y por acusar a Dios de
gobernar mal el universo. Este tercer “amigo” difícilmente podría llamársele así, ya que era
maleducado, insensible y áspero.
a. Su desaprobación a las palabras de Job (11:1–6)
11:1–6. Zofar estaba furioso ante las muchas palabras inútiles y falacias (vv. 2–3) de
Job, del escarnio de Dios que había hecho (v. 3), y de su vanagloria de que estaba limpio
de pecado (v. 4). Hablando con penetrante sarcasmo, Zofar le dijo que deseaba que Dios
fuera el que hablara (cf. 9:3, 16) y le diera una lección acerca de los secretos de la
sabiduría, los cuales son de doble (lit. “duplicado, doblado”) valor que las riquezas.
Zofar dijo que Dios estaba siendo magnánimo con Job, y que le estaba aplicando un castigo
menor del que merecía. Sin duda, este fue un golpe bajo para el sufriente patriarca.
b. Su alabanza de la sabiduría divina (11:7–12)
11:7–10. Las loas de Zofar a la sabiduría divina deben haber sido provocadas por los
comentarios hechos por Job acerca de ella (9:4). Zofar indicó que la profunda, misteriosa e
insondable sabiduría de Dios es más alta que los cielos … más profunda que el Seol, i.e.,
el sepulcro, más extensa que la tierra, y más ancha que el mar. Entonces ¿cómo era
posible que Job tratara de contrarrestarle en un juicio? (cf. 10:2)
11:11–12. Zofar razonó que puesto que Dios es tan sabio, ciertamente conoce la
diferencia entre los hombres vanos y los honestos, aunque parecía que Job no lo creía así
(cf. 9:22). Zofar dijo que Job era vano (lit. “un hombre vacuo”, i.e., con la cabeza vacía).
Las oportunidades de que Job se hiciera entendido eran tan escasas como que un … asno
montés, considerado como el animal más estúpido, diera a luz a un hombre. Este fue otro
comentario por demás insensible.
c. Su ruego para que Job se arrepintiera (11:13–20)
11:13–20. Al igual que Elifaz y Bildad, Zofar recomendó a Job que se arrepintiera (vv.
13–14) para que fuera restaurado. Entonces, dijo, Dios haría que levantara (cf. 10:15) su
rostro limpio de mancha y le daría seguridad y confianza. Sólo así, añadió: olvidarás tu
miseria (‘āmāl; cf. el comentario de 3:10), le volvería la alegría (11:17; cf. 9:25; 10:20) y
tendría confianza, porque hay esperanza (11:18) y reposo (dormirás seguro). El temor
desaparecería y muchos suplicarían su favor, i.e., volverían a buscarlo para que los
dirigiera. Sin embargo, si Job continuaba en su maldad, moriría (i.e., los ojos de los malos
se consumirán); quedaría atrapado por su impiedad (cf. 18:8–10), y su esperanza moriría
con él.
Estos primeros discursos de los amigos de Job no le proporcionaron ningún consuelo.
Aunque sus generalizaciones acerca de la bondad, justicia y sabiduría de Dios son verdad,
su dictamen de que Job debía arrepentirse de sus pecados ocultos erró totalmente el blanco.
Se equivocaron porque no vieron que algunas veces, Dios tiene otros motivos para permitir
que sufran los justos.
6. PRIMERA RESPUESTA DE JOB A ZOFAR (CAPS. 12–14)
Los alegatos del comité de tres amigos no fueron suficientes para hacer callar a Job. De
hecho, este discurso es el más largo hasta este punto. Job atacó a su jurado autonombrado y
su perspectiva de Dios (12:1–13:19) y de nueva cuenta se volvió a Dios para presentar su
caso (13:20–14:22).
a. Job repudia a sus amigos (12:1–13:19)
(1) Respuesta de Job a los tres (12:1–12). 12:1–3. Respondió entonces Job y se mofó
de la supuesta sabiduría de sus amigos. Contestó sarcásticamente al insulto de Zofar que lo
llamó asno (11:12) diciendo que ellos se creían tan inteligentes, que pensaban que cuando
murieran, con ellos moriría también la sabiduría. Aunque Job estaba sufriendo, no dejaba
de pensar. De ninguna manera era menos que ellos, ni inferior (punto que se repite en
13:2). De hecho, lo que decían acerca de Dios era de sobra conocido.
12:4–6. Anteriormente, Dios había respondido a las oraciones del patriarca, pero ahora,
aunque seguía siendo justo y perfecto (cf. 1:1, 8; 2:3; 9:21–22), el Señor había permitido
que fuera escarnecido y se convirtiera en el hazmerreír de todos. Job indicó que le parecía
por demás injusto que aquel que está a sus anchas, cómodamente sentado—¡como sus
tres consejeros!—mostrara tal actitud ante su infortunio. Mientras tanto, las tiendas de los
ladrones seguían prosperando y éstos vivían seguros, a pesar de lo que Elifaz y Bildad
habían dicho (4:21; 8:22). En cuyas manos él ha puesto cuanto tienen (lit., “el que lleva a
Dios en su mano”, nota mar., BLA) habla de aquellos que hacen y portan a los ídolos. ¿Por
qué debían prosperar los idólatras mientras que un hombre verdaderamente piadoso como
Job seguía sufriendo?
12:7–12. Job volvió a insistir en contestar el comentario hecho por Zofar relacionado
con que era hijo de un asno (11:12) diciéndole: pregunta ahora a las bestias … a las aves
de los cielos … a la tierra y aun a los peces del mar, para ver si podía aprender algo
(12:7–8 está en sing.) de ellos. Job dijo que todos ellos eran más sabios que Zofar, porque
sabían que las calamidades vienen de la mano de Jehová (cf. 2:10), no necesariamente por
el pecado. También saben que en su mano está el alma de todo viviente (como la del
hombre; cf. 10:12; 27:3; 34:14–15), y el hálito de todo el género humano. Añadió Job que
podía ver tan claramente cuán deficientes eran los argumentos de sus amigos así como el
paladar gusta las viandas (cf. 6:30). Dijo que se sorprendía que sus amigos no
demostraran la ciencia que normalmente acompaña a los ancianos (cf. las palabras
similares de Eliú en 32:7). Esto refutó la afirmación de Bildad, que dijo que la sabiduría
viene con la edad (8:8–10). Así que en 12:1–12 Job respondió a todos sus amigos.
El término Jehová (Yahweh, v. 9) aparece sólo aquí en los discursos poéticos. En otras
partes de Job, sólo se menciona en los caps 1–2; 38; 40; 42. Por lo tanto, algunos eruditos
dicen que la mención de 12:9 es una inserción posterior. Pero la aparición de ese sagrado
nombre aquí, debido a que es tan rara dentro de los debates, la hace destacar en forma
intencional. En el libro de Job, ese nombre de Dios sólo lo expresa el patriarca (1:21; 12:9).
Todas las demás menciones se encuentran en porciones de narración en prosa (en
declaraciones tales como “dijo Jehová a Satanás”, 1:7). En 1:21, Job admitió que las
calamidades vienen de Jehová, y en 12:9, afirma la misma verdad.
(2) Job admite la sabiduría y poder de Dios (12:13–25), 12:13–16. En efecto, lo que Job
estaba diciendo era: “Ustedes dicen que con Dios está la sabiduría y el poder (5:9–12;
11:7–10), pero yo sé más de eso que ustedes; él puede hacer que cambie la suerte de los
líderes y aun de las naciones; si él derriba, no hay quien edifique. Debido a que con él
está el poder y la sabiduría (cf. 9:4), él puede controlar la naturaleza, destruir lo que el
hombre ha edificado, encerrar al hombre (cf. 37:6–7), y aun provocar que haya sequías e
inundaciones.
12:17–21. Asimismo, toda la gente está bajo el control soberano de Dios. Él humilla a
los consejeros (¿acaso se refería Job a sus tres amigos?), a los jueces … los tiranos … a
los príncipes … a los poderosos … a los ancianos y a los fuertes. Al quitarles la
sabiduría y poder, Dios revela que su sabiduría y poder son supremos.
12:22–25. En su sapiencia, el Señor descubre las profundidades de las tinieblas,
trayendo a la luz las cosas que son difíciles de entender mentalmente, cosas que se supone
que los líderes (vv. 17–21) deben hacer. Dios es soberano sobre todos los pueblos, porque
él multiplica las naciones, y él las destruye. También quita el entendimiento (de su
mente) a los jefes del pueblo …, y los hace vagar como por un yermo intelectual (la
misma palabra hebr. se trad. “desordenada” en Gn. 1:2) para que anden tambaleantes, a
tientas, como en tinieblas y sin luz.
Mientras normalmente se espera que los líderes sean poderosos y los ancianos sean
sabios (cf. Job 12:12), a veces Dios hace lo opuesto a esto, ya que los consejeros de Job,
que eran mayores que él, no lo eran.
(3) Petición de Job a los tres (13:1–19). 13:1–4. Job dijo: todas estas cosas han visto
mis ojos, refiriéndose a lo que ellos decían de Dios; todo lo comprendía muy bien, porque
dijo: no soy menos que vosotros (12:3). Pero no era con ellos con quienes quería debatir;
él querría razonar (yāḵaḥ, “disputar, debatir en la corte”) y defender su caso ante Dios.
¿Para qué perder el tiempo discutiendo con ese temible trío que ciertamente eran
fraguadores de mentiras, porque enturbiaban los hechos diciendo que él era pecador y que
además, eran médicos nulos, inútiles, que no tenían el remedio para aliviar sus dolores?
13:5–12. Job se quejó de que sus palabras revelaban su necedad; por tanto, si
permanecían callados, mostrarían sabiduría. En repetidas ocasiones, en este cap. les pide
que le escuchen, que sus oídos estén atentos, y que no le digan más palabras ignorantes (cf.
vv. 6, 13, 17, 19). Por eso les dijo: Oíd ahora mi razonamiento (este sustantivo hebr. se
relaciona con “razonar” del v. 3) y estad atentos a los argumentos de mis labios, mismos
que quería presentar ante Dios. A ellos no les serviría de nada seguir engañados acusándolo
de pecado, porque Dios, que es imparcial, no sacaría provecho alguno de la actitud de ellos,
que hacían acepción de personas. Ciertamente, no podían convertirse en los abogados
defensores del Altísimo (¿contenderéis vosotros por Dios? es trad. de rîḇ, término legal
que significa “iniciar un litigio jurídico”). Era un hecho que si el Señor escudriñara sus
vidas, de ninguna manera podrían engañarlo o burlarse de él como quien se burla de
algún hombre. Job añadió: Él os reprochará (que viene de yāḵaḥ, la misma palabra que
se trad. “razonar” en el v. 3 y “razonamiento” en el v. 6) de seguro. Además, su pavor
habría de caer sobre ellos para aterrorizarlos (bā’aṯ, también en 7:14; 9:34; 13:21).
Posteriormente, ellos fueron reprobados por Dios, quien los enjuició por sus errados puntos
de vista (42:7–9).
Esos hombres estaban descalificados para aconsejar, porque sus máximas eran
refranes de ceniza, una descripción muy adecuada en vista del montón de cenizas donde
Job estaba sentado (2:8). Sus argumentos, detrás de los que se escondían como si fueran
baluartes, estaban hechos de lodo y no podían ayudar a Job.
13:13–19. Osadamente, Job estaba dispuesto a hablar con Dios y asumir las
consecuencias, incluso arriesgar la vida: que me venga después lo que viniere. “De seguro
me matará” es una mejor trad. de la frase más conocida: aunque él me matare. A pesar de
que preveía el riesgo (cf. v. 14) que había en presentar su caso ante Dios, estaba decidido a
defender (yākaḥ; cf. v. 3) delante de él sus caminos, aunque esto le provocara la muerte.
Pero estaba dispuesto a arriesgarse porque sabía que existía una remota posibilidad de que
el Altísimo lo exonerara de pecado. Los vv. 14–16 muestran que los pensamientos de Job
se hallaban confusos. Quizá Dios lo mataría, pero quizá no, si presentaba bien su defensa.
Esa disposición de Job a arriesgarse a confrontar al Señor demostraba que no era impío. De
nueva cuenta, el patriarca pidió a sus autonombrados fiscales, a esos abogados que
desconocían la ley: Oíd con atención mi razonamiento (cf. vv. 5–6, 13). Él había
preparado (‘ārak; cf. “ya he preparado mi caso”, NVI 99) su causa y estaba seguro de que
Dios lo iba a declarar inocente. Más adelante, Eliú utilizó el mismo vb. para decir a Job que
el hombre no puede preparar u “ordenar” sus argumentos contra Dios (37:19). Ese dicho de
Job contrasta con sus palabras expresadas anteriormente cuando dijo: “sé que no me tendrás
por inocente” (9:28); es obvio que sus emociones eran inestables. Job preguntó: ¿Quién es
el que contenderá conmigo? i.e., si alguien pudiera levantar cargos contra él, sólo
entonces callaría y moriría. Así, su propio silencio sustituiría al que había pedido que
guardaran sus compañeros.
b. Job presenta su caso ante Dios (13:20–28)
13:20–28. Habiendo declarado su disposición a presentar su propia defensa aun a riesgo
de que el Señor lo matara, Job se dirige al Altísimo para presentar los argumentos de su
caso. Pero primeramente le pidió dos cosas: que apartara de él su mano, y que no lo
atemorizara (cf. terror en 9:34; 18:11) en la corte, porque era justo que se le diera la
oportunidad de tener un juicio imparcial (cf. 9:16–19). A continuación, Job se ofreció a
enfrentarse con Dios, ya fuera escuchando como el acusado (llama luego, y yo
responderé) o como el acusador (o yo hablaré, y respóndeme tú). Pero cuando pidió al
Señor que enumerara sus iniquidades y pecados (cf. 6:24), el Señor no se presentó en la
corte, sino que escondió su rostro. El patriarca le preguntó por qué permanecía callado y lo
consideraba como su enemigo (cf. 19:11; 33:10). Además, le preguntó: ¿A la hoja
arrebatada has de quebrantar y a una paja seca has de perseguir? dando a entender
que Dios estaba atacando a lo insignificante, pegándole a una persona frágil e indefensa que
estaba caída. Job se preguntaba por qué se acordaba Dios de los pecados de su juventud y
lo quería castigar por ellos. Pero en las circunstancias en que estaba, no había cometido
pecados tan graves que merecieran tan terrible aflicción. ¿Por qué había de tratarlo Dios
como a un prisionero que tiene los pies en el cepo y que es vigilado en todos sus caminos
(cf. 7:19–20; 10:14; 31:4), a quien se ponía límite para las plantas de sus pies de tal
manera que no pudiera escapar?
Poco después de su súbita expresión de valor en la que dijo que estaba dispuesto a
perder la vida, Job rápidamente cayó de nuevo en la desesperación, y continuó, dijo,
desgastándose como vestido que roe la polilla.
c. Job pierde la esperanza (cap. 14)
En un brusco cambio de estado de ánimo, Job pasó de tener confianza en que podría
ganar su caso legal contra Dios en la corte, a un lamento melancólico acerca de la futilidad
de la vida y la certeza de la muerte.
(1) Brevedad de la vida (14:1–6). 14:1–4. El hombre es corto de días (cf. 7:6, 9; 9:25–
26; 10:20; 14:5; 17:1), y vive hastiado de sinsabores (la palabra que se trad. como
sinsabores es la misma, rōg̱ez, que en 3:17 se trad. como “perturbar” y en 3:26, “turbación;
y significa “agitación”). Además, es como una flor que se marchita, y una sombra que se
desvanece (cf. 8:9; Ec. 6:12), que de continuo está bajo la mirada escrutadora de Dios (cf.
Job 7:20) y básicamente, es inmundo (cf. 9:30–31; 25:4).
14:5–6. No sólo es muy breve la vida del hombre, sino que sus días están
determinados, y el número de sus meses, por Dios mismo, el cual le ha puesto límites
temporales que no puede traspasar. Puesto que el hombre está tan limitado, y sus días son
tan efímeros, lo menos que Dios puede hacer es dejar de observarlo (“aparta de él la
mirada; déjalo en paz”, NVI99; cf. 7:19; 10:20) y de acosarlo.
(2) La futilidad de la muerte (14:7–17). 14:7–12. Cuando un árbol es cortado y echado
en tierra, de todos modos aún queda de él esperanza; retoñará aún y sus renuevos no
faltarán. Personificando al árbol como si tuviera nariz humana, Job dijo que éste puede
oler y percibir el agua que le da crecimiento. En contraste con el mundo de la botánica, el
hombre no cuenta con una esperanza semejante. Mas el hombre morirá, y será cortado
(ḥālaš, “quedar imposibilitado o postrado”), ¿y a dónde estará él? (La palabra hebr. que se
trad. “hombre” en el v. 10 es geḇer, “hombre fuerte”; cf. el v. 14. ¡Aun los hombres fuertes
mueren! “El hombre” del v. 10b es ’āḏām, el nombre genérico que se da a toda la
humanidad, y en el v. 12, “hombre” es ’îš, “varón”.)
Este pasaje no enseña que el hombre es totalmente aniquilado (cf. el comentario del v.
14). Simplemente indica que una persona no puede volver a vivir su vida completa en la
tierra con el mismo cuerpo físico. Cuando yace en tierra, no es como un tronco de árbol que
echa raíces y retoña otra vez. Más bien, las gentes son como las aguas que se evaporan;
cuando se han ido, no pueden regresar. La muerte es el estado final del hombre. A esas
alturas, y a través de su perspectiva, Job rechazaba la posibilidad de la resurrección física.
Dijo que la muerte no es como un sueño del cual se puede despertar. No obstante, poco
después, Job se preguntaba si era posible la resurrección (v. 14).
14:13–14. Un cuerpo sepultado no puede revivir normalmente (aunque por supuesto, la
Biblia registra algunas excepciones; cf. 1 R. 17:17–23; 2 R. 4:18–37; Jn. 11:43–44; Mt.
27:52–53; 28:5–7). Para Job estar en el Seol; i.e., en el sepulcro, sería como estar en un
escondite que lo libraría de la ira divina (cf. la ira de Dios en Job 16:9; 19:11). Job podría
soportarlo si el Señor acortaba ese tiempo (i. e., le ponía un plazo) y no olvidaba resucitarlo
(que se acordara de él). Pero, ¿es posible la resurrección? Si el hombre muriere,
¿volverá a vivir? Meditando en esa posibilidad, Job dijo: todos los días de mi edad
(“batallar”, BLA; ṣāḇā’, “servicio militar”, que también se trad. como “brega” en 7:1; y
“tiempo” en Is. 40:2) esperaré, hasta que venga mi liberación (“mi relevo” NVI 99,
refiriéndose a un grupo de soldados que van a sustituir a otros). La muerte lo libraría de las
cargas de su vida, sería como un descargo honroso del ejército o un cambio de guardia. La
persona sigue viviendo después de la muerte, porque es transferida de una condición a otra.
14:15–17. Volviendo al tópico de los procedimientos legales que se realizan en una
corte, Job afirmó su seguridad de que Dios iba a llevarlo a juicio, porque estaba deseoso
(cf. 7:21) de ver al patriarca, por el afecto que sentía por él, ya que era la hechura de sus
manos (cf. 10:3, 8). Job afirmó: entonces [Dios] llamarás, y yo te responderé. Pero
cuando Dios habló, Job no contestó a ninguna de sus preguntas (40:4–5). Aunque siguiera
contando sus pasos (cf. 31:4), Dios ya no registraría su pecado, porque su prevaricación y
su iniquidad habían quedado escondidas, como cosidas dentro de un costal. Para Job, esa
posibilidad era maravillosa. Pero en 14:18–22 volvió a caer en la desesperación.
(3) Carencia de esperanza (14:18–22). 14:18–20. Aunque Job suponía que la muerte lo
libraría de las aflicciones de la vida (v. 14), no tenía ninguna esperanza de que le viniera
alivio antes de llegar a la tumba. Como un monte que cae y se deshace, … peñas que son
removidas de su lugar y las piedras que se deslavan y se desgastan por el agua
impetuosa de las lluvias, de igual manera se desgasta la esperanza del hombre (’ĕnôš,
“hombre débil y mortal”; cf. el comentario de 4:17). Cuando muere, Dios lo vence y
transforma su rostro (demudarás; i.e., que la cara de la persona, que alguna vez estuvo
llena de vida, palidece cuando muere) y lo manda lejos de todo lo que conoció y poseyó en
su vida.
14:21–22. Una vez que muere, un padre no puede saber si sus hijos obtienen honores,
ni puede compadecerse de sus problemas. Job pensaba que en el estado después de la
muerte, el hombre seguía sintiendo dolor físico y mental, por eso dijo: Mas su carne sobre
él se dolerá (cuando su cuerpo yerto es devorado por los gusanos) y se entristecerá en él
su alma por la soledad y la separación. Job terminó este discurso en un tono lóbrego
porque sin duda, estaba sufriendo y sin esperanza.
C. Segunda sección de discursos (caps. 15–21)
En este segundo duelo de disertaciones en el desierto, Elifaz, Bildad y Zofar insisten en
su teoría de que el sufrimiento siempre es provocado por el pecado. Pero aquí son más
crueles que en la primera sección. En esta serie no hacen un llamado al arrepentimiento,
sino que sus actitudes son más hostiles y endurecidas. Subrayando cuál es el destino de los
impíos, los alegadores del montón de cenizas hacen hincapié en los peligros que esperan a
los pecadores (Elifaz, cap. 15), las trampas que les aguardan (Bildad, cap. 18) y las
efímeras riquezas de los injustos (Zofar, cap. 20).
1. SEGUNDO DISCURSO DE ELIFAZ (CAP. 15)
En su primera perorata, Elifaz se dirigió a Job con cierta consideración y cortesía, pero
no así en esta ocasión. Aquí arremetió contra el afligido y desesperado sufriente con la idea
de que era un pecador empedernido, sin respeto para sus mayores y que había desafiado a
Dios.
a. Reprimenda contra la actitud perversa de Job (15:1–16)
15:1–3. Enojado por las irreverentes palabras del patriarca (vv. 1–6) y su supuesta
sabiduría (vv. 7–16), Elifaz condenó la vana sabiduría del protagonista. Al igual que el
viento solano, el temido ardiente viento oriental, las palabras de Job soplaban fuerte, pero
eran inútiles (cf. 8:2). “Inútiles” es trad. de sāḵan (“beneficiar o servir” acompañada de la
partícula negativa lō’; cf. 22:2). Más adelante, Job devolvió esa acusación de Elifaz
diciendo que igualmente, sus palabras estaban vacías (16:3).
15:4–6. Según Elifaz, Job (en hebr. tú es muy enfático) obstaculizaba la oración
delante de Dios. Sus palabras procedían de la iniquidad que había en su interior y por lo
tanto, eran la base que serviría para condenarlo. El intento de Job de defenderse (aparte de
sus pecados pasados de los que lo acusaba Elifaz) era suficiente motivo para que Dios lo
enjuiciara. Cuando le dijo: Tu boca te condenará, fue como reacción a las palabras que
Job había dicho en 9:20 (“me condenaría mi boca”) y 10:2 (“Diré a Dios: no me condenes”;
cf. el comentario de 40:8).
15:7–10. En vez de consolarlo, Elifaz se convirtió en el acusador de Job. Arremetió
contra él acusándolo de considerarse el hombre más sabio sobre la tierra, como si fuera el
más anciano y tuviera una especie de acceso al lugar secreto de Dios. Pero Job sólo había
dicho que su sabiduría era igual, no superior a la de ellos (cf. 12:3; 13:2). Elifaz ripostó
diciendo: ¿Qué sabes tú que no sepamos nosotros? (cf. 13:2) Aseguró que ellos eran
hombres muy ancianos y por lo tanto, insinuó, más sabios que Job. Dudar de su teología
era mostrar falta de respeto por los avanzados en días, lo cual era un insulto impensable en
aquella época.
15:11–13. Elifaz pensaba que Job debía estar contento de contar con la seguridad de
que de hecho, estaba recibiendo las consolaciones de Dios a través de Elifaz, palabras que
le estaba expresando con dulzura (5:17–27). Añadió que Job, con sus exabruptos
emocionales, se había hecho como un irracional, y que contra Dios se había vuelto su
espíritu. Esa actitud había provocado palabras envenenadas contra el hombre y el Señor,
las cuales era difícil que fueran pasadas por alto. Quizá Elifaz tenía en mente las audaces
palabras de Job en vv. tales como 6:4; 7:15–20; 10:2–3, 16–17; 13:20–27.
15:14–16. Ningún hombre (’ĕnôš, “hombre débil y mortal”; cf. el comentario de 4:17),
nacido de mujer (que es una cita de la frase dicha por Job en 14:1; cf. 25:4) puede ser
justificado y limpio delante del Altísimo. Así que, ¿cómo podía alegar Job que era inocente
(9:21; 12:4) cuando ni siquiera los ángeles (sus santos) ni … los cielos son limpios
delante de sus ojos? Esto es una repetición de lo que Elifaz había dicho anteriormente
(4:17). Seguramente Job era abominable (i.e., repulsivo) y vil (en hebr., corrompido, como
leche agria; cf. Sal. 14:3; 53:3), que bebe la iniquidad como agua.
b. Recordatorio del destino de los impíos (15:17–35)
15:17–20. A sus observaciones (lo que he visto; cf. 4:8), Elifaz añadió que poseía la
autoridad de los ancianos (como hizo Bildad en 8:8). Los sabios antiguos, que vivieron
mucho antes que la tierra fuera invadida por extrañas filosofías (con esto tal vez quiso
insinuar que el pensamiento de Job había sido corrompido por ellas), sabían y habían dicho
que todos sus días, el impío es atormentado de dolor. “Es atormentado de dolor” trad. la
palabra hebr. ḥôl, que significa “retorcerse o contorsionarse”. Aquí, en su forma intensiva,
habla de retorcerse por el dolor o la preocupación (cf. “saldrá con furor” en Jer. 23:19 y
“gran dolor” en Est. 4:4). Violento indica “que provoca terror” y lleva la idea de que Job
era un tirano que hacía que otra gente tuviera miedo.
15:21–26. En los vv. 21–35, Elifaz enumeró 17 terribles aflicciones que afectan a los
pecadores. Ese amigo convertido en enemigo trataba de hacer que Job se volviera de sus
malos caminos. (1) Estruendos espantosos son escuchados por el tirano que aterroriza a
otros (cf. “violento” en el v. 20). Sin duda, Job había escuchado noticias muy aterradoras
(1:14–19). (2) El asolador vendrá sobre él es una descripción muy exacta de lo que los
sabeos y los caldeos habían hecho con el ganado y sirvientes de Job (1:15, 17; cf. las
palabras que dijo Job acerca de los merodeadores en 12:6). (3) Las tinieblas (ḥōšeḵ,
también es usada por Elifaz en 15:23, 30; cf. 3:4; 10:21) lo acosan; posiblemente se refería
a la oscuridad de la muerte. (4) Descubierto está para la espada (“condenado está a morir
a filo de espada”, NVI 99), i.e., destinado a ser víctima de la violencia, posiblemente
porque él también es violento con otros. (5) Hambriento y desesperado, vaga alrededor
tras el pan sin propósito, tratando de escapar de sus atacantes, sintiendo que cualquier día
puede ser asesinado (y por lo tanto, le está preparado su día de tinieblas; cf. vv. 22, 30).
(6) La tribulación y la angustia le turbarán, como acosa a su enemigo un rey dispuesto
para la batalla (cf. las palabras de Job acerca del terror en 9:34; 13:21; también cf. 18:11;
20:25). Job había dicho que Dios es más fuerte que el hombre (14:20), pero Elifaz señaló
que la angustia personal, no Dios, es la que destruye al hombre.
¿A qué se debía tanto infortunio? Según ese campeón pugilista verbal, la razón es que el
pecador extendió su mano contra Dios en abierto desafío y se portó con soberbia contra
el Todopoderoso, atacando al Señor arteramente. Esas palabras eran una contradicción de
lo que Job había dicho en el sentido de que Dios lo estaba atacando a él (7:20; 13:24; cf.
19:11; 33:10).
15:27–35. Las primeras seis calamidades que caen sobre los impíos (vv. 21–24) van
seguidas por la explicación de la razón de que merecen el castigo divino (vv. 25–26). Pero
el orden se invierte aquí; Elifaz primero da la razón (v. 27) para explicar los desastres que
menciona enseguida (vv. 28–35). La razón es la autoindulgencia: la gordura cubrió su
rostro e hizo pliegues sobre los ijares de Job. Ser gordo indicaba que se vivía en un lujo
desmedido y que se era insensible espiritualmente hablando (cf. Sal. 73:7; Jer. 5:28).
A continuación, Elifaz siguió con su lista: (7) El rico impío quedará arruinado, y se verá
forzado a vivir en ciudades asoladas, y en casas inhabitadas y en ruinas. (8) Además, no
prosperará, ni durarán sus riquezas, lo cual era un recordatorio cruel de las pérdidas de
Job (Job 1:13–17; cf. 20:12–26). (9) No escapará de las tinieblas (cf. 15:22–23). (10) La
llama secará sus ramas, i.e., sus cosechas. (11) Será completamente raído de la tierra y
con el aliento de su boca [la de Dios] perecerá. (12) Un iluso que confía en la vanidad de
sus posesiones, de hecho, no gana nada. Esto apoyaba el alegato de Elifaz en el sentido de
que Job estaba confiado en su opulencia, acusación que posteriormente Job negó
rotundamente (31:24–25). (13) Aunque materialmente no gane nada (15:31), el rebelde sí
recibirá su recompensa (i.e., recibirá de Dios el castigo que merece por sus pecados). (14)
El réprobo será cortado antes de su tiempo, al igual que sucede a una vid que no da uvas
y a la flor de un árbol de olivo, y pierde así su añorada riqueza y seguridad. (15) Elifaz
añadió que la congregación de los impíos (cf. 8:12–13) no tendrá hijos. (16) Además, un
injusto que acepta soborno, por medio del cual favorece a algunos y desprecia a otros, hará
que sus tiendas sean consumidas (cf. el incendio de las posesiones de Job causado por el
“fuego de Dios”, 1:16; también cf. las referencias que hicieron los tres amigos a las tiendas,
4:21; 8:22; 18:15; 20:26). (17) Usando las figuras de la concepción y el nacimiento, Elifaz
añadió que los impíos se caracterizan por el dolor (‘āmāl; cf. el comentario de 3:10; 16:2),
la iniquidad (’āwen, que Elifaz ya había usado anteriormente en 4:8 y 5:6 “molestia”; y
más adelante en 22:15) y el engaño.
Al afirmar que todas esas tribulaciones les sobrevienen a los impíos en su vida, en
realidad Elifaz no conocía todos los hechos. Sus esfuerzos de hacer que Job se arrepintiera
fueron en vano.
2. SEGUNDA RESPUESTA DE JOB A ELIFAZ (CAPS. 16–17)
a. Disgusto de Job (16:1–5)
16:1–5. ¡Qué consoladores tan ineptos resultaron los supuestos amigos de Job! No le
dijeron a Job nada nuevo (cf. 9:2), y vinieron a ser consoladores molestos (lit.
“consoladores de calamidad”, nota mar., NVI99; ‘āmāl, la misma palabra que acababa de
usar Elifaz, 15:35). Agravaron en lugar de aligerar su carga. Es más, abundaban en
discursos llenos de palabras vacías y alegatos (cf. “viento impetuoso”, 8:2; y “viento
solano”, 15:2), y no se comportaban como buenos consejeros que consuelan y escuchan. Es
evidente que Job estaba sorprendido de que Elifaz volviera a atacarlo de nuevo porque le
dijo: ¿ … qué te anima? como si algo le molestara (en 16:4–5 el pronombre está en pl.
“vosotros”, pero en el v. 3b está en sing. “te”).
Si pudieran invertirse los papeles, Job también les lanzaría andanadas verbales y se
burlaría de ellos moviendo la cabeza (ese gesto se utilizaba para expresar burla; cf. 2 R.
19:21; Sal. 22:7). Pero no lo haría. Más bien, les alentaría y daría consolación (como
había hecho en el pasado con otros; Job 4:4; 29:21–23), lo cual seguramente apaciguaría
su dolor y sus problemas. Él se compadecería de ellos, no los condenaría.
b. Angustia de Job (16:6–17)
16:6–8. De nueva cuenta, Job volvió a lamentarse por el tormento que estaba sufriendo
a manos del Todopoderoso. Aunque no lo expresara, su dolor continuaba. Debido a ello, se
encontraba fatigado y asolado; i.e., debilitado por la agonía; estaba desesperado porque
por un lado sus hijos y sirvientes (toda mi compañía) habían muerto y por el otro, estaba
físicamente demacrado. Dijo a Dios: Tú me has llenado de arrugas; testigo es mi flacura
(cf. 17:7).
16:9–14. Debido a la extrema hostilidad divina, Job tenía la idea de que Dios lo estaba
atacando como si fuera una fiera, cuyo furor (cf. 14:13; 19:11) lo despedazó y crujió sus
dientes contra el patriarca. Aparte de ello, la gente se burlaba de él, porque dijo: Abrieron
contra mí su boca; hirieron mis mejillas con afrenta (cf. 30:1, 9–10), y no sólo eso, sino
que añadió: Contra mí se juntaron todos, como si fueran soldados y: Me ha entregado
Dios en manos del mentiroso y de los impíos, lo cual era una evidente contradicción de las
insinuaciones de Elifaz en el sentido de que Job era un réprobo (15:12–35).
Job acusó a Dios de haberlo despedazado (me desmenuzó, cf. 16:7) y de nuevo, como
si fuera una bestia (cf. v. 9), lo arrebató por la cerviz y lo despedazó, aplastándolo (cf.
9:17). Aparte de ser como una bestia feroz, Dios también era como un arquero, que estaba
usando al patriarca como blanco suyo para practicar (cf. 6:4; 7:20) su puntería. Lo había
herido, haciendo que su hiel se derramara por tierra. Job también comparó a Dios con un
gigante (“guerrero”, NVI99) que lo estaba atacando. En todo ello, el patriarca se volvió a
equivocar al atribuir a Dios la hostilidad. Pero no encontraba otra explicación.
16:15–17. Debido a los ataques divinos, Job usó ropas de cilicio (parecido a la arpillera)
como símbolo de su pena (cf. Gn. 37:34; 2 R. 19:1; Neh. 9:1; Est. 4:1; Lm. 2:10; Dn. 9:3;
Jl. 1:8, 13) haciéndolo poner su cabeza (lit. “cuerno de animal”) en el polvo, que es la
figura de un animal derrotado. Sus lágrimas hicieron que su rostro quedara inflamado con
el lloro, y su angustia hizo que sus párpados quedaran entenebrecidos y ojerosos. A
pesar de todo ello, no había iniquidad en las manos de Job, él no era violento como Elifaz
había sugerido (15:20) y su oración era pura y sin motivos espurios ni egoístas. Así que su
sufrimiento era inexplicable. ¿Por qué estaba en tal tormento si no era un impío?
c. El deseo de Job (16:18–17:5)
16:18–21. Job invocó a la tierra pidiéndole que no cubriera su sangre, i.e., que antes
de morir fuera reivindicado de la injusticia cometida contra él (cf. Gn. 4:10) y que su
clamor pidiendo justicia no quedara sepultado y olvidado.
Dirigiéndose a los cielos, dijo que confiaba en que en ellos tenía un testigo favorable, y
que su testimonio (“mi abogado”, NVI99; śāhēḏ, palabra en arameo que sólo se utiliza aquí
en todo el A.T.) estaba en las alturas, y era el que actuaba como su intercesor (mēlîṣ,
“intérprete o embajador”; cf. Job 33:23, “mediador”; Gn. 42:23, “intérprete”; Is. 43:27,
“enseñador”). Job deseaba que ese amigo pudiese disputar (yāḵaḥ, “argumentar, debatir en
la corte”) con Dios y hablar a su favor. Pero puesto que ningún mediador puede elevarse
por encima de Dios y el hombre (Job 9:33), Job deseaba tener un intermediario, una especie
de abogado defensor celestial que hablara al mismo nivel que el Altísimo. Los compañeros
del patriarca no habían hablado a su favor, así que necesitaba de alguien que lo hiciera.
16:22–17:2. Puesto que Job pensaba que su vida estaba llegando a su fin (los años
están contados … se acortan mis días; cf. 7:6, 9; 9:25–26; 10:20; 14:1–2, 5; 17:11) y la
muerte sería final (no volveré; cf. 7:9; 10:21; 14:12), él necesitaba de la ayuda de un
intercesor inmediatamente. Se encontraba muy deprimido (mi aliento se agota), porque lo
único que veía a su alrededor con los ojos llenos de lágrimas (cf. 16:16, 20; 17:7) era a sus
amigos (a quienes llamó escarnecedores), que estaban llenos de amargura.
17:3–5. Aunque el Altísimo se había vuelto contra él, (cf. 16:7–9, 11–14), sólo Dios
podía proveer una fianza para él en la corte, que era la responsiva que se daba a un acusado
como garantía de que nadie se aprovecharía de él. Salir de fiador lit. se refería a un “apretón
de manos”, práctica por medio de la cual se sellaba un convenio (cf. Pr. 6:1; 11:15; 17:18;
22:26). Ese acuerdo con Dios era necesario porque los amigos de Job no tomaban en cuenta
su inocencia, sino que se habían convertido en sus acusadores esperando obtener alguna
presa o beneficio por constituirse en supuestos defensores del Señor. Esa amistad infiel
significaba que en vez de un premio, sus hijos recibirían el castigo en forma de ceguera.
d. El dilema de Job (17:6–16)
17:6–9. El deseo de Job de tener un vocero en los tribunales y obtener una fianza de
Dios, fue seguido por otra expresión de esperanza y finalmente por una manifestación
emocional. La gente se burlaba de él y hablaba de él como si fuera un refrán (lit. “un
proverbio”; cf. 30:9); además, le escupían (cf. 30:10) en el rostro, un acto por demás
insultante y aborrecible. Tan intenso era su dolor (ka ‘aś, “agitación”; cf. 5:2, “ira”; 6:2,
“tormento”; 10:17, “pruebas”), que hasta sus ojos se oscurecieron, probablemente debido a
las lágrimas (cf. “ojos” en 16:16, 20; 17:2, 5) y estaba demacrado (como sombra; cf. 16:8).
Los rectos … y el inocente se asombrarían (cf. 18:20) de tan riguroso trato que se
estaba dando a Job. Al decir esto, el patriarca insinuó que sus contendientes no eran justos.
No obstante, dijo: proseguirá (“se aferra”, NVI99) el justo su camino de rectitud y aun se
ahondarían sus convicciones, porque estaba seguro de que estaba limpio de manos delante
del Altísimo.
17:10–16. En forma sarcástica, Job desafió al trío diciendo: volved todos vosotros para
que trataran de encontrar alguna maldad en él, aun sabiendo que no podrían, en parte
porque ninguno de ellos era sabio (cf. 12:2). Sus días estaban declinando con rapidez y sus
pensamientos y los designios de su corazón no se habían cumplido a pesar de que sus
amigos le habían ofrecido esperanzas (instándolo a que se arrepintiera). Sin embargo, esa
esperanza de restauración en que le prometieron la luz que iba a aparecer (cf. las palabras
de Zofar en 11:17–18) era irreal. Job pensaba que lo único que podía esperar era que el Seol
fuera su casa, una tumba llena de tinieblas (cf. 10:21–22) y de la corrupción que produce
gusanos (cf. 21:26; 24:20), mismos que estarían más cerca de él en el sepulcro que su
madre y su hermana; i.e., sus familiares más cercanos. Como ya Job había dicho tres
veces antes (6:11; 7:6; 14:19), no tenía ninguna esperanza de volver a recuperarse. La que
ellos le ofrecían se desvanecería en el sepulcro con él.
3. SEGUNDO DISCURSO DE BILDAD (CAP. 18)
Bildad repitió muchos de los temas que había expresado su amigo mayor (cap. 15; V.
Job de Roy B. Zuck, págs. 81–82 para más detalles). Al describir el destino de los malos,
Bildad insistió en que son atrapados (18:8–10). También dijo que sufren de calamidades
(vv. 11–12), de enfermedades (v. 13) y que pierden la calma (v. 11), sus posesiones (vv.
14–16) y su buen nombre (vv. 17–18). Según Bildad, esa era la suerte que estaba deparada
para Job.
a. Bildad denuncia a Job (18:1–4)
18:1–4. Indignado por las insolentes palabras de Job, respondió Bildad para regañarlo.
Job había expresado su sorpresa cuando Elifaz lo atacó por segunda ocasión (16:3), pero
Bildad se preguntaba cuándo dejaría de hablar el patriarca. La primera línea de 18:2 lit.
dice: ¿cuándo (cf. “hasta cuándo” en 8:2) pondréis fin a las palabras? (Cf. 18:2, BLA.)
Posteriormente, Job volvió a repetir la misma frase (19:2). Job había dicho que Bildad y los
otros no eran sabios (17:10), pero Bildad respondió que Job era el que no entendía. El
patriarca había dicho que las bestias tenían más entendimiento que sus consejeros (12:7–9),
pero Bildad se ofendió por ese lenguaje tan fuerte. Job había dicho también que Dios lo
había despedazado con su furor (16:9), pero su amigo respondió diciendo: Oh tú, que te
despedazas en tu furor, i.e., le dijo que él mismo era el que se estaba causando esto.
¿Cómo esperaba Job que Dios modificara la realidad de las cosas sólo por él? ¿Se
sometería a él todo, como si fuera el único hombre que vivía sobre la faz de la tierra?
¿Cómo podía Dios alterar sus leyes sólo por Job, y quitar de su lugar aun las cosas más
firmes como las peñas? (Cf. las palabras de Job acerca de las peñas en 14:18.)
b. Bildad describe el destino de los malos (18:5–21)
18:5–12. Teniendo a Job en mente, Bildad hizo un inmisericorde recuento de los males
que sobrevienen a los impíos. Primero, la luz que alumbra su hogar, la cual simbolizaba
vida y prosperidad (cf. 21:17; Pr. 13:9; 20:20), será apagada, lanzándolo a una oscuridad y
confusión totales. Además, el malo cae en debilidad física (sus pasos vigorosos serán
acortados) y su mismo consejo lo precipitará; i.e., sus argucias se volverán contra él. Los
peligros lo acecharán para hacerlo caer en la red (las que se usaban para atrapar pájaros; cf.
Pr. 1:17), en mallas (lo que se usaba para tapar un hoyo), en lazo, en trampa, porque una
cuerda … escondida … le aguarda en la senda. Aquí, Bildad utilizó seis distintas
palabras hebr. para hablar de trampas. En este pasaje se mencionan más sinónimos de esos
objetos que en ningún otra parte del A.T. Bildad afirmó que sin importar lo que hiciera Job,
al final, haría que cayera en una trampa. Por tanto, Job viviría lleno de temores por
dondequiera que fuera (cf. “terror” en Job 9:34; 13:21), que lo harían huir desconcertado.
Además, quedaría sin fuerzas, y el quebrantamiento lo atacaría precisamente cuando
estuviera derribado y débil.
18:13–21. La referencia de Bildad a que la enfermedad roerá la piel del pecador es
una alusión obvia al problema dermatológico que estaba sufriendo el patriarca. Las
enfermedades son como hijos de la muerte porque sirven a ésta; así que cuando Bildad
mencionó el primogénito de la muerte, se estaba refiriendo a la peor de las enfermedades.
La persona que es arrancada de su tienda como el impío Job (cf. “tienda” 4:21; 8:22,
BLA; y en 15:34; 21:28), al rey de los espantos será conducido; i.e., a la muerte. La
morada de los impíos se quema y así, desaparece su seguridad. (Las referencias de Bildad
a raíces y ramas son un recordatorio de sus comentarios acerca de la botánica que
aparecen en 8:11–19; cf. las palabras de Job en 14:8 y las de Elifaz en 15:32.) La memoria
del impío perecerá de la tierra, porque nadie recuerda a quien es lanzado a las tinieblas
(cf. 12:25; 15:30; 18:5–6) al que ha sido echado fuera del mundo y que no tiene hijo ni
nieto, ni otros descendientes que mantengan vivo su nombre, lo cual era un destino horrible
para las personas del Oriente Medio.
Job había dicho que los rectos se asombrarían de su condición (17:8), pero Bildad le
ripostó diciendo que las personas se espantarán en todas partes, no tanto por la angustia de
los réprobos, sino por sus pruebas y su terrible final. Con una nota terminante, Bildad hizo
hincapié en este punto: El impío (‘awāl, o “inicuo”, usada posteriormente en tres ocasiones
por Job: 27:7; 29:17; 31:3), obtendrá lo que se merece. Es sorprendente que Bildad aun
insinuara que Job no conoció a Dios. Según él, ¿cómo podía ser justo el patriarca, si se
negaba a arrepentirse?
4. SEGUNDA RESPUESTA DE JOB A BILDAD (CAP. 19)
Este cap. registra el estado emocional y espiritual más bajo de Job, y también uno de los
más altos. Después de quejarse de la animosidad de sus acusadores (vv. 1–6), de Dios (vv.
7–12) y de sus parientes y amigos (vv. 13–22), Job se elevó a un nuevo nivel de confianza
espiritual, asegurando que vería a Dios y que algún día sería reivindicado por él (v. 23–29).
a. Animosidad de sus tres amigos (19:1–6)
19:1–6. Molesto por las palabras insultantes de sus consejeros, con las que estaban
angustiando su alma, moliéndolo y reprochándole continuamente, Job dijo que lo habían
hecho diez veces (expresión idiomática en hebr. que significa “a menudo”; cf. Gn. 31:7, 41;
Nm. 14:22; Dn. 1:20), Job le regresó a Bildad sus propias palabras: ¿Hasta cuándo? (Cf.
8:2; 18:2, “¿Cuándo …?”) Después, Job le dijo que aun cuando fuera verdad que había
errado, en resumidas cuentas era su problema, no de ellos. Si ellos querían parecer
superiores (os engrandecéis contra mí) a él, debían darse cuenta de que él no había pecado
ni se había tendido un lazo a sí mismo como dijo Bildad (18:8–10); Dios lo había enlazado;
i.e., lo había derribado, y … envuelto en su red, pervirtiendo la justicia en su caso (la
palabra hebr. que se trad. “derribado”; “agraviado”, BLA; “hecho daño”, NVI99; se trad. en
8:3 como “pervertir”). De nueva cuenta, Job culpó directamente a Dios (cf. 3:23; 6:4; 7:17–
21; 9:13, 22, 31, 34; 10:2–3; 13:24–27; 16:7–14; 17:6). ¿De qué otra manera podía explicar
su situación?
b. Animosidad de Dios (19:7–12)
19:7–12. Al lamentarse (cf. 30:28) por la violencia de Dios, (la frase clamaré agravio,
es paráfrasis de una palabra hebr., ḥāmās, “violencia”), Job se encontraba muy frustrado
por el silencio del Altísimo (cf. 30:20) y por su aparente indiferencia a que se hiciera
justicia (no habrá juicio). Por medio de ocho acciones hostiles, Dios había insultado a Job:
(a) había obstruido (cercó de vallado) su camino impidiéndole pasar (cf. 3:23); (b) sobre
sus veredas había puesto tinieblas (cf. 12:25); (c) le había quitado la corona de su cabeza
(i.e., el lugar de estima que ocupaba en la comunidad; cf. 29:7–11; 30:1, 9–10); (d) lo
arruinó por todos lados y lo demolió como a un edificio; (e) había hecho que su
esperanza desapareciera, como árbol arrancado (cf. 14:7). Aparte de todo ello, (f) había
hecho arder contra él su furor; i.e., Dios estaba muy enojado con Job (cf. 14:13; 16:9),
(g) consideraba a Job como uno de sus enemigos (cf. 13:24; 33:10). Pero ciertamente Job
estaba equivocado en esto, porque Satanás, el principal enemigo de Dios, también era su
enemigo personal). Además, (h) Dios había asaltado a Job con sus ejércitos, como una
tropa que construyera una rampa para sitiar a una ciudad. Job dijo: se atrincheraron en mí,
y acamparon en derredor de mi tienda. Bildad había enumerado los muchos desastres
que esperan al impío (18:5–21), pero Job respondió que tales catástrofes le habían venido a
él de parte de quien menos podría imaginarse: de Dios mismo. ¿Por qué estaba castigando
Dios a uno de los suyos? Esta es una de las preguntas más desconcertantes que enfrenta el
creyente.
c. La animosidad de sus parientes y otros (19:13–22)
19:13–17. La querella del sufriente se había agravado por la soledad. Sus hermanos
(quizá amigos, no parientes de sangre), conocidos …, parientes y aun los moradores de
su casa lo aborrecían y lo habían dejado—incluyendo a los tres hombres que, aunque
estaban con él físicamente, lo habían abandonado emocionalmente. Al hablar de su casa,
Job hizo una lista de aquellos que lo rechazaban, entre quienes estaban sus criadas, su
siervo particular y aun su mujer. Su criado personal se rehusaba a responderle y su esposa
(aparte de 2:9–10, este es el único otro lugar donde se menciona) se mantenía lejos de él
debido a la halitosis que le producía la enfermedad.
19:18–20. Los muchachos se burlaban de Job en vez de tratarlo con el acostumbrado
respeto debido a los mayores (cf. 30:1, 9–10). A continuación, Job reunió con los
muchachos a aquellos que habían sido sus más íntimos amigos—probablemente
significando “Elifaz y compañía”—y los que amaba. Estos también se habían vuelto
contra él. Job carecía aun del consuelo que en tiempos de aflicción normalmente proveen
los amigos y seres queridos.
Aparte de todo ello, su dolor físico no disminuía. Seguía perdiendo peso de tal modo,
que su piel y su carne se habían pegado a sus huesos (cf. 18:13), y había escapado de la
muerte con muy poco margen (con sólo la piel de mis dientes). Si, como algunos sugieren,
“la piel de mis dientes” significa sus encías, entonces lo que quiso decir es que todo su
cuerpo estaba tan deteriorado, que hasta se le habían caído los dientes y sólo las encías
habían quedado sin tocar. Sin embargo, es preferible la interpretación más común.
19:21–22. Haciéndoles una encarecida súplica, a continuación Job rogó a sus amigos,
probablemente con sarcasmo, que tuvieran compasión de él. Ya era suficiente con que la
mano de Dios lo hubiera tocado (“me ha golpeado”, NVI99; acerca de “la mano de Dios”,
cf. 1:11; 2:5; 6:9; 12:9; 13:21). Entonces, ¿por qué lo perseguían con tanta saña, como si
fueran animales de presa que iban tras su carne?
d. La seguridad de Job de que vería a Dios (19:23–29)
Justo después de que emocionalmente Job tocó fondo, se elevó a una alta cima.
Sintiéndose desamparado, agitado por el dolor, y perseguido tanto por Dios como por su
gente, se elevó a una cumbre de confianza, viendo hacia la futura reivindicación de su
causa. Esta fue una “maravillosa explosión de fe” (W.B. MacLeod, The Afflictions of the
Righteous, “Las Aflicciones de los Justos”. Londres: Hodder & Stoughton, n.d., pág. 173).
19:23–24. Job expresó el deseo de que sus palabras, que declaraban su inocencia y
protesta, fuesen escritas; i.e., que hubiera un registro permanente de ellas, ya fuera en un
libro, o que con cincel de hierro y con plomo fuesen esculpidas en piedra para
siempre. De esa manera, las generaciones presentes y futuras sabrían que era inocente.
19:25. En su celebración de fe, Job exclamó: Yo sé que mi Redentor vive. Aunque el
patriarca creía que Dios estaba contra él, sabía que sólo el Altísimo podía probar su
inocencia. Job moriría, pero Dios seguiría viviendo como su defensor, protector y redentor
(gō’ēl, “una persona que defendía o vengaba la causa de otro, o que proporcionaba
protección o ayuda legal a un pariente cercano que no podía hacerlo por sí mismo”; cf. Lv.
25:23–25, 47–55; Nm. 35:19–27; Pr. 23:10–11; Jer. 50:34). Job sabía que al fin, Dios se
levantará sobre el polvo de la tierra, y actuando como un testigo a favor del acusado en un
juicio ante un tribunal, testificaría que Job era inocente. De esa manera, no sólo todos
leerían acerca de su inocencia (Job 19:23–24), sino que escucharían de ella—¡de labios de
Dios mismo!
19:26. La siguiente expresión de Job: Y después de deshecha esta mi piel, puede trad.
“después que mi piel sea desollada”, i.e., después que hubiera muerto por el constante
despellejamiento de la piel (que es otro de los síntomas del pénfigo foliáceo; cf. el
comentario de 2:7 y V. 30:30) o después que los gusanos (cf. 17:14; 24:20) del sepulcro se
hubieran comido su piel (aunque “gusanos”, no aparece en el texto hebr.).
Después de muerto, Job habría de ver a Dios en su carne. Él sabía que continuaría
viviendo una existencia consciente; que no sería aniquilado ni su alma se sumiría en el
sueño. Pero, ¿cómo pudo decir “veré al Señor en mi carne” (BLA) después de decir que iba
a morir? O quiso decir que recibiría un cuerpo resucitado (en cuyo caso la preposición hebr.
min que aparece aquí trad. como “en” podría trad. “desde la perspectiva de”; que es como
se usa en 36:25) o bien, que vería a Dios “fuera de” cualquier carne física (generalmente,
min significa “sin”; cf. “nada” 11:15b); i.e., en su existencia consciente después de la
muerte, pero antes de su resurrección. En favor de la primera opción está el punto de que
mientras que min generalmente significa “sin”, adquiere el significado de “desde la
perspectiva de” cuando aparece con el vb. “ver” (ḥāzâh). En favor de la segunda opción
está el hecho de que puesto que 19:26a habla de la condición que tendría después de morir,
se podría esperar que el v. 26b del paralelismo hebr. también se refiriera a la muerte en
lugar de la condición del cuerpo después de una resurrección.
19:27. Tan seguro estaba Job de que vería a Dios, que en este v. volvió a repetir ese
concepto. La palabra hebr. que se trad. veré (ḥāzâh) es la misma que aparece en los vv. 26
y 27a. Asimismo, Job hizo hincapié dos veces en la forma de la primera persona sing.
(“yo”, vv. 25, 27)—lit. “Yo, yo mismo sé” y “yo, yo mismo veré”, al Señor. Ese mirar a
Dios por toda la eternidad será, dijo Job: con mis ojos (ya sea que se refiriera a los ojos de
su cuerpo resucitado, o en forma figurada, a los ojos de su alma). Job dejaría de ser un
desconocido para Dios, porque el Altísimo estaría a favor de él.
Este pensamiento era tan abrumador para Job, que exclamó: mi corazón desfallece (lit.,
“desfallecen mis riñones”, nota mar. BLA, que eran considerados el asiento de las
emociones; “me consume las entrañas”, NVI99) dentro de mí. Se hallaba emocionalmente
exhausto por la sola idea de ver a Dios y saber que él lo reivindicaría de una vez por todas
en vez de perjudicar su causa.
19:28–29. ¿Por qué los amigos de Job seguían acosándolo para que aceptara su opinión
de que el pecado había provocado su sufrimiento? Más bien, debieran decir: ¿Por qué le
perseguimos (que es la misma palabra usada en el v. 22) si en verdad la raíz del asunto se
hallaba en él? Debían temer, porque Dios también los castigaría con su espada (que quizá
es una referencia a lo que Elifaz había dicho acerca de la espada en 15:22). Entonces
sabrían que el Señor castiga el pecado de los malos. En vez de que el Altísimo castigara a
Job por ser pecador, ellos serían los que recibirían el furor de la espada de Dios, porque
en repetidas ocasiones habían acosado a una víctima inocente. Seguro de que ellos estaban
equivocados al juzgar su estado espiritual y que él estaba en lo correcto, Job pudo ver más
allá de la muerte, al día en que sería absuelto por Dios y en que tendría compañerismo con
él.
5. SEGUNDO DISCURSO DE ZOFAR (CAP. 20)
Este sexto discurso proveniente de los compañeros de Job es la más cáustica de todas
las diatribas. Enfurecido y sintiéndose insultado, Zofar arengó a Job, tratando de
convencerlo de que sus riquezas se habían desvanecido porque eso es lo que pasa a los que
despojan a los pobres.
a. El enojo de Zofar (20:1–3)
20:1–3. Al igual que sus dos compañeros que hablaron antes que él, Zofar no pudo
mantenerse en silencio; también él quería volver a hablar. Molesto por la reprensión y
ásperas palabras de Job, Zofar se vio impelido a responder. Job había dicho que los tres lo
habían insultado en numerosas ocasiones (19:3), pero aquí Zofar esgrime la idea de que Job
lo había insultado a él. ¡Valiente consolador era!
Job había dicho que Dios había “escondido de su corazón la inteligencia” (17:4), pero
Zofar le ripostó diciendo que el que lo forzaba a responder era el espíritu de su
inteligencia. ¡Estaba obligado a expresar sus puntos de vista!
b. La efímera prosperidad de los impíos (20:4–11)
20:4–11. Puesto que Job había asegurado que sabía tanto (una acusación falsa, porque
Job nunca dijo tal cosa), según Zofar debería saber que así fue siempre, desde el tiempo
que fue puesto el hombre sobre la tierra, que la alegría de los malos es breve, y el gozo
del impío sólo dura por un momento. Zofar aseguró con arrogancia que Job era soberbio,
pero que sería derribado y muerto y añadió que aunque … su altivez llegara hasta el cielo,
en contraste, como su estiércol sería desechado y humillado. Nadie sabría dónde estaba,
porque se habría desvanecido como sueño (en el libro de Job, cuatro hombres hablaron de
sueños: Elifaz, 4:13; Job, 7:14; Zofar, 20:8; Eliú, 33:15). El que lo hubiera visto, nunca
más le verá (20:9, que es una réplica a las palabras de Job de 7:8) y sus hijos solicitarán el
favor de los pobres (a quienes anteriormente había oprimido 20:19), y sus manos
devolverán lo que él robó, perdiendo así sus riquezas mal habidas. En su diatriba,
repetidamente Zofar menciona las riquezas (vv. 10, 15, 18, 20–22, 26) y su transitoriedad,
abundando en la declaración previa de Elifaz que sigue la misma idea (15:29). Todo esto
insinuaba que Job había adquirido sus riquezas en forma deshonesta. Si un hombre rico es
inicuo, su energía será enterrada con él. Es probable que aquí Zofar estuviera respondiendo
a la mención hecha por Job en relación a su juventud y vigor de 18:7 (cf. 21:23 y “polvo”
en 10:9).
c. Los impíos serán empobrecidos (20:12–19)
20:12–16. Un pecador puede disfrutar de sus riquezas mal habidas como si fuera un
manjar que endulzó … su boca, pero como comida descompuesta, se mudará en sus
entrañas. Las riquezas se convierten en hiel de áspides (cf. v. 16) y producen sus
inherentes consecuencias.
Zofar alegó que las riquezas obtenidas por medios pecaminosos no se pueden retener.
De hecho, el rico las vomitará y lo matarán como si fueran veneno mortal de áspides (cf.
v. 14) o como hace la lengua de víbora.
20:17–19. Los pecadores no pueden disfrutar de los arroyos, los ríos con su agua
potable, ni de los torrentes de miel y de leche, todos ellos símbolos de prosperidad. La
“leche” puede referirse al jocoque o a una especie de yogur, que es un platillo muy
exquisito del Medio Oriente. Así como el transgresor muere, también restituirá (cf. v. 10)
el producto de sus trafiques y ganancias de sus negocios; i.e., los bienes que tomó sin
haberlos disfrutado. La razón de ello es que se aprovechó de los pobres, e incluso robó
casas para enriquecerse. Por supuesto que Zofar tenía a Job en mente, pero más tarde, el
patriarca sufriente, acosado otra vez por los golpes verbales, negó tales acusaciones (29:12,
15; 31:16–22).
d. La ira de Dios contra los inicuos (20:20–29)
20:20–23. Aunque el inicuo no tiene sosiego porque siempre está deseando obtener
mayores riquezas (que fue otra de las falsas acusaciones de Zofar), no salvará nada de lo
que codiciaba, porque su bienestar no será duradero. Además, lo perseguirán las
aflicciones; aun estando en el colmo de su abundancia, padecerá estrechez (‘āmāl, que es
la réplica de la misma palabra hebr. usada por Job en 3:10, 20; 7:3; 16:2; V. el comentario
de 3:10) y justo cuando se encuentre gozando de prosperidad (al llenar su vientre; cf.
20:14), Dios enviará sobre él el ardor de su ira (cf. v. 28). Pero tal parece que el que
estaba enojado ¡era Zofar, no Dios! La diatriba cáustica de Zofar incriminó falsa y
cruelmente a Job de ser un explotador egoísta, y un inmisericorde tirano de los pobres. Pero
esas acusaciones eran totalmente infundadas.
20:24–29. Si Job tratare de huir de la ira divina, las armas de hierro lo derribarían si es
que el arco o la saeta no lo hacían. Aunque tratara de quitar la flecha (cf. 6:4) para salvarse
a sí mismo, sería inútil (cf. 16:13). Además, experimentaría terrores y tinieblas (cf. 15:30;
18:18) y el fuego (cf. 18:15; 22:20) devoraría sus riquezas; i.e., lo que quedara en su
tienda.
Zofar afirmó que Dios no permite que escape el impío. Los cielos … y la tierra
atestiguarán contra él, lo cual es una réplica al deseo expresado por Job de que la tierra no
escondiera la injusticia divina cometida contra él (16:18) y su esperanza de que su testigo y
defensor que estaba en el cielo actuara a su favor (16:19–21).
El pago de haber robado las casas de los pobres (20:19), será que los renuevos de su
casa serán esparcidos por una inundación (cf. 22:16) cuando llegue el día del furor divino
(cf. 20:23). Zofar concluyó diciendo: Esta es la porción que Dios prepara al hombre
impío; la herencia que Dios le señala (cf. 27:13) en su palabra. Entonces, según Zofar,
¿cómo podía Job pensar que su destino sería distinto? Puesto que había perdido sus
riquezas tan repentinamente, ¿cómo podía explicarse tal calamidad, excepto porque era un
malvado?
Por supuesto que debido a su miopía filosófica, Zofar no admitía la posibilidad de que
una persona sufriera por alguna otra razón que no fuera que estaba recibiendo la retribución
de sus pecados. Durante su injuriosa intervención, atacó a Job con palabras por demás
ponzoñosas, usando el mismo veneno de los áspides de que hablaba.
6. SEGUNDA RESPUESTA DE JOB A ZOFAR (CAP. 21)
En este discurso, Job respondió al argumento de sus tres acusadores (los pronombres en
hebr. están en pl. en los vv. 2, 27–29, 34 así como los vbs. de los vv. 2–3a, 5, 29, 34)
relacionado con la destrucción de los inicuos. Contrario a lo que hizo en sus otras
intervenciones, aquí no interpela directamente a Dios. Muchas de sus observaciones de los
vv. 7–33 son refutaciones directas a las palabras de Zofar del cap. 20 (V. Job, por Zuck,
pág. 98 para encontrar una lista de esos contrastes).
a. Petición de que guardaran silencio (21:1–6)
21:1–3. Si sus rencillosos consejeros escucharen atentamente lo que Job quería decir,
entonces sí le darían el consuelo (esta es la misma palabra hebr. usada por Elifaz en 15:11;
en ambos vv., está en pl.) que necesitaba. Este es un importante recordatorio de que los que
sufren requieren de alguien que los escuche, no de una boca que los condene. Añadió en
forma sarcástica que después, Zofar podía seguir burlándose de él (escarneced está en
sing. en hebr., mientras que los vbs. relacionados con los amigos de Job en 21:2–3a están
en pl.).
21:4–6. Puesto que Job se estaba quejando ante Dios, no ante ellos, ¿por qué no se
podía angustiar e impacientar su espíritu? (cf. 4:2; 6:2–3) Ellos deberían estar espantados
de su apariencia física (él quería que lo vieran cuidadosamente y que lo escucharan con
atención) como habían estado al principio (2:12). Según Bildad, la gente de todas partes se
horroriza ante lo que le sucede a un pecador (18:20). Entonces, puesto que pensaban que
era un impío ¿cómo era posible que no mostraran aunque fuera un poco de preocupación
por su situación? Es más, ellos deberían guardar silencio, tapar sus bocas con sus manos
(cf. 29:9; 40:4). Incluso Job, al pensar en su deplorable situación, se encontraba trastornado
emocional (“turbado”, cf. 4:5; 22:10; 23:15–16) y físicamente (el temblor estremece mi
carne).
b. La prosperidad de los malos (21:7–16)
21:7–16. ¿Cómo podía ser correcto el punto de vista de sus contrincantes, en especial el
de Zofar, que decía que los malos gozan de la vida por breve tiempo (15:29, 32–34; 18:5;
20:5, 8, 22), cuando Job sabía que los impíos … envejecen …, crecen en riquezas (cf.
20:10), su descendencia se robustece con ellos y sus casas están a salvo de temor (cf.
20:28) sin que aparentemente venga sobre ellos el azote o castigo de Dios? (Cf. 20:23, 28–
29.) Asimismo, sus ganados engendran muchas crías y se reproduce su manada; se
regocijan al son de la flauta … y en paz descienden al sepulcro. Además, se vanaglorian
delante de Dios y le dicen: Apártate de nosotros, no queremos el conocimiento de tus
caminos y cuestionan la validez de orar al Altísimo. Este es un fuerte recordatorio de la
acusación hecha por Satanás de que Job adoraba a Dios por obtener ganancias personales
(1:9–11), pero desde luego que Job no sabía nada de ese comentario afrentoso de Satanás.
Pero lo que el patriarca sí sabía era que finalmente, la prosperidad de los malos no venía
por mano de ellos; todo era provisión de Dios, ¡del mismo Dios a quien despreciaban! Por
eso, Job no quería andar en el consejo de los impíos (cf. el comentario de 22:16–18).
Entonces, en esta vida, la justicia no siempre es pareja. A menudo los malos prosperan
y los justos perecen. “El castigo severo en la vida venidera es la única corrección posible
para ese aparente triunfo de la maldad. La retribución después de la muerte se enseña con
claridad en ambos Testamentos—compare Salmos 9:17; Isaías 5:14–15; 30:33; Ezequiel
32:22–25; Mateo 7:13; 2 Tesalonicenses 1:8–9—aunque con más claridad en los tiempos
posteriores que en la era de Job” (Gleason L. Archer, Jr., The Book of Job: God’s Answer to
the Problem of Undeserved Suffering, “El Libro de Job: Respuesta de Dios al Problema del
Sufrimiento Inmerecido”, pág. 77).
c. La muerte de los malos (21:17–26)
21:17–21. Al comentario de Bildad en el sentido de que la lámpara de los impíos será
apagada (18:5) a su muerte, y que las calamidades y desastres están listos para hacer presa
de ellos (18:12), Job preguntó: ¿cuántas veces sucede esto en realidad? Este supuesto
quebranto enviado por Dios en su ira (cf. 20:28; 21:30) a los malos como aseveró Zofar
(20:23, 29), rara vez se apega a la realidad. Es raro que los impíos sean arrastrados
repentina y fácilmente, como la paja delante del viento.
Suponiendo que sus amigos le responderían que el castigo de las personas que
mencionaba caería sobre sus hijos, Job objetó a esa supuesta salida diciendo que un
malvado debe recibir su pago por sus propios pecados, porque una vez que muere, no
puede hacer nada por librar a su familia del castigo (después de sí; cf. 20:10).
21:22–26. El castigo que Dios envía a los malvados no se conforma a la limitada
teología expresada por los amigos de Job. El Señor no se deshace de los impíos (20:5),
como sugirieron sus contendientes, y en su lugar castiga a sus hijos. Siguiendo sus
inescrutables caminos, puede permitir que un hombre viva en prosperidad y buena salud
(las referencias de Job a vigor, 21:23 y huesos, v. 24, responden a las palabras de Zofar de
20:11) y que otro viva en necesidad y amargura. Y sin embargo, cuando mueren son
iguales, yacerán … en el polvo, y gusanos los cubrirán (cf. 17:14; 24:20; también cf. Ec.
9:2–3). No siempre se puede juzgar el carácter de una persona por su riqueza o su salud.
Uno puede ser malo y morir joven o viejo; otro puede ser justo y también morir joven o
viejo. Estos hechos se apegan más a la realidad que la estrecha perspectiva de los tres
acusadores parleros.
d. La muerte de los malos que prosperan (21:27–34)
21:27–33. Job les dijo que estaba consciente de sus pensamientos y de lo que podrían
responderle. Le pedirían que les indicara dónde vivían los ricos malvados (cf. 8:22; 18:21;
20:28). Job respondió a esa pregunta anticipada con otra: ¿No habían preguntado sus
contendientes a los que pasaban por los caminos? Muchos viajeros tienen dinero y aun así,
muchos de ellos, aunque son malos, nunca enfrentan aflicciones o la ira de Dios. Job
continuó: ¿Quién le denunciará al malo en su cara su camino? Nadie se atreve a hacerlo
ni a enfrentarse con las personas malas e influyentes ni a darles su merecido. Ese tipo de
personas siguen viviendo y hasta son enterradas en forma honorable, y sobre su túmulo
estarán velando otros, después de que una multitud ha acompañado su féretro durante la
procesión funeraria.
21:34. Job pensaba que el consuelo de sus compañeros (cf. v. 2) era vano (heḇel,
“vacío, fútil, inservible”; cf. “vanidad” en 7:16 y el comentario de Ec. 1:2) y evidenciaba su
falacia (mā‘al, “infiel, traicionero”). Simplemente, Job no podía aceptar su explicación del
sufrimiento; de hecho, su punto de vista denotaba que estaban siendo infieles a su amigo de
tanto tiempo.
D. Tercera sección de discursos (caps. 22–31)
En el primer ciclo de diatribas, los visitantes de Job sugirieron que era pecador y lo
instaron a que se arrepintiera. En la segunda etapa, insinuaron que era culpable, e hicieron
hincapié en el terrible fin que aguarda a los pecadores, pero no le lanzaron ningún desafío
al arrepentimiento. En la tercera batalla verbal, lo atacaron acusándolo de pecados
específicos, y sólo Elifaz nuevamente le hace un llamado para que regrese a Dios. En sus
respuestas durante los tres ataques, Job mantuvo su misma posición. Negó (a) la base de las
imputaciones que la hacían, (b) su afirmación de que los pecadores siempre sufren, y (c)
que él era un transgresor deliberado.
1. TERCER DISCURSO DE ELIFAZ (CAP. 22)
En forma abrupta, Elifaz inició su discurso sin siquiera mencionar las palabras de Job.
Parecía decidido a hacer que el patriarca se pusiera de rodillas, y forzarlo a arrepentirse de
sus iniquidades.
a. Dios no se interesaba en Job (22:1–5)
22:1–3. La justicia del hombre no reporta ningún provecho a Dios; … el
Omnipotente no ganaría nada si Job resultara justificado y sin culpa, como éste afirmaba
con tanto ahínco. Puesto que Dios no se ve afectado por el hecho de que una persona sea
próspera y otra pobre (cf. 21:23–26), con seguridad son así debido a su piedad o falta de
ella. ¿De qué otra forma se podrían explicar esas condiciones aparentemente
contradictorias? Para Elifaz era inaceptable la idea de que Dios sea responsable de las
transgresiones contra la justicia.
22:4–5. Elifaz dijo que por lo tanto, era totalmente impensable la idea de Job de que
Dios lo iba a reprender por ser justo. ¿Por qué el Señor levantaría cargos o iniciaría un
juicio contra una persona inocente?
b. Los pecados sociales de Job (22:6–11)
22:6–9. Sin tener ninguna evidencia, Elifaz acusó a Job de varias transgresiones
sociales: (1) de haber tomado prenda de otros (hermanos; aquí, como en 19:13, significa
paisanos) y de haber despojado de sus ropas a los desnudos; i.e., a los que nada tenían. Si
un deudor daba su capa a un acreedor como garantía de pago, esa prenda debía regresarse
por la noche, para proteger al deudor del frío (Éx. 22:26–27; Dt. 24:10–13). No hacer esto
era un pecado. Más adelante, Job respondió a ese cargo falso en forma específica (Job
31:19–22).
(2) Job se había rehusado a dar de beber agua al cansado y pan al hambriento, a
pesar de que era hombre pudiente y distinguido y evidentemente podía gastar en
alimentar ocasionalmente a los viajeros hambrientos. Posteriormente, Job también
respondió a esta acusación falsa (31:16, 22).
(3) Job también se había aprovechado de las viudas y huérfanos, lo cual se
consideraba una transgresión atroz (Éx. 22:22; Dt. 27:19; Jer. 7:6; 22:3; Zac. 7:10). Esa fue
otra de las acusaciones de Elifaz. Job respondió a ella en 31:16, 21–22. Ciertamente, la
teología de Elifaz estaba equivocada, porque mintió para justificar su posición ante la
conducta de Job.
22:10–11. Según Elifaz, los resultados de maltratar a otros son lazos …, espanto
repentino …, tinieblas …, y abundancia de aguas; i.e., inundaciones. La vida de una
persona tan mala se ve impedida (“lazos” se trad. “trampa” en 18:9), vive espantada (18:11;
20:25; también cf. 4:5; 21:6; 23:15–16), confundida y frustrada por las tinieblas (cf. 15:30;
18:18; 20:26), y enfrenta devastadoras catástrofes como las inundaciones (cf. 20:28). Por
supuesto que Job estaba enfrentando todos esos problemas pero no, como Elifaz suponía, a
consecuencia de su pecado.
c. Jactancia espiritual de Job (22:12–20)
22:12–14. De nueva cuenta, Elifaz hizo hincapié en la gran distancia que hay entre Dios
y el hombre (cf. 4:17–19; 5:9; 15:14–16). Puesto que Dios es tan majestoso y habita en la
altura de los cielos, más allá de las estrellas, ¿cómo podía Job ser tan insolente con el
Altísimo, y cuestionar su conocimiento y percepción del hombre, así como su capacidad de
juzgar, debido a que está separado del hombre por las nubes? Pero Elifaz estaba torciendo
lo que Job había dicho (21:22), revelando otra vez la ineficacia de su cerrado sistema
teológico. Job había dicho que Dios sí sabe, y que eso era precisamente lo que le causaba
frustración. El patriarca nunca afirmó que Dios no puede ver al hombre; de hecho, dijo
justamente lo contrario (7:17–20; 14:6).
22:15–18. A continuación, el más viejo de sus adversarios acusó a Job de ser un
pecador impenitente que seguía la senda (cf. 23:11) de los hombres perversos, los cuales
fueron arrastrados por un río derramado, posiblemente refiriéndose al diluvio que ocurrió
en los días de Noé. Ellos habían desafiado a Dios diciéndole: Apártate de nosotros (a
pesar de que les había colmado de bienes), que era lo que Job pretendía hacer. Esta cita
burlona de lo que Job acababa de decir (21:14–16) revela la odiosa altivez de Elifaz.
Después añadió: Pero sea el consejo de ellos lejos de mí, que es una cita casi exacta de las
palabras del patriarca (21:16), burlándose y despreciando a Job por rechazar a los
malvados. Elifaz quería que se supiera que él estaba rechazando las ideas de los impíos, y
que lo estaba haciendo poniéndose en contra del malvado Job.
22:19–20. Cuando los pecadores queden destruidos y arruinados, entonces, los
justos—Elifaz y otros—se gozarán, porque se habrá hecho justicia. Job había dicho que
ellos se podían burlar de él (21:3) y aquí, Elifaz dice que con gusto se mofaría de los
pecadores (¡incluyendo a Job!). Elifaz, que al principio había sido amable (4:2) se había
tornado sumamente cruel. Sus palabras eran semejantes a las de Bildad y Zofar, que habían
dicho que las posesiones de los impíos serían consumidas por el fuego (18:15; 20:26).
d. Exhortación de Elifaz para que Job se arrepintiera (22:21–30)
22:21–30. Después de conjurar mentiras inventadas por él acerca de Job y habiendo
torcido las declaraciones del patriarca para hacerlas parecer falsedades, de nueva cuenta
Elifaz instó a Job a que se arrepintiera.
Elifaz delineó lo que Job debía hacer: (a) Someterse a Dios; i.e., restaurar su amistad
con él, en vez de seguirlo cuestionando y acusando; (b) hacer la paz con el Señor; (c)
aceptar la ley de su boca y sus enseñanzas (¡como si Job no quisiera hacerlo!); (d) aceptar
y vivir por sus palabras, poniéndolas en su corazón; (e) volverse al Omnipotente; (f)
alejarse del pecado y la injusticia (BLA, v. 23), de nuevo insinuando que Job era un
pecador en secreto; y (g) dejar de confiar en las riquezas (cf. BLA, v. 24 si “pones tu oro en
el polvo”, y como piedras de arroyos el oro de Ofir; 28:16; Is. 13:12, que estaba en la
costa sudoccidental de Arabia). Este último enunciado fue otra insinuación falsa. ¿Cómo
podía probar Elifaz que Job confiaba en las cosas materiales? De hecho, ¡ya no le quedaba
nada de oro en el cual confiar!
Elifaz propuso que si Job cumplía con esas condiciones, entonces Dios lo restauraría y
recuperaría las siguientes bendiciones: (a) prosperidad (y tendrás plata en abundancia;
Job 22:21; cf. BLA v. 25 “el Todopoderoso será para ti tu oro”), (b) recobraría (v. 23) la
comunión con Dios, (c) el Todopoderoso sería su defensa, (d) volvería a deleitarse en el
Omnipotente (esta es la quinta vez que Elifaz se refiere a Dios usando ese título en este
cap.: vv. 3, 17, 23, 25–26), (e) con toda confianza podría alzar a Dios su rostro (v. 26), (f)
oraría a él, y él escucharía (v. 27), (g) tendría el deseo de pagar sus votos (v. 27), (h)
obtendría éxito (v. 28), (i) podría consolar a los que estuvieran desanimados y abatidos (v.
29), (j) podría orar por otros y Dios salvaría al humilde a través de sus oraciones
intercesoras elevadas con limpieza de … manos (v. 30).
Parece que la idea de Elifaz era que aunque la piedad de Job no inclinaría a Dios de una
forma u otra, sí cambiaría a Job.
2. TERCERA RESPUESTA DE JOB A ELIFAZ (CAPS. 23–24)
Relegando los alegatos de Elifaz para después (cap. 31), Job reflexionó en dos
problemas: las injusticias que estaban experimentando él y otros. Él quería presentar su
caso delante de Dios (23:1–7), pero el Señor se le hacía inaccesible e injusto (23:8–17);
permanecía extrañamente silencioso ante la crueldad de los otros (cap. 24). Job estaba
confuso por tales injusticias, empeoradas por el silencio divino.
a. Job deseaba encontrar a Dios (23:1–9)
23:1–7. En medio de su amargura (esta es la cuarta de cinco veces en que habla de
ella; cf. 3:20; 7:11; 10:1; 27:2) y sus gemidos, Job presentía que la dura mano de Dios lo
estaba castigando con demasiada dureza (porque es más grave mi llaga que mi gemido
cf. 13:21; 33:7; cf. BLA, v. 2: “su mano es pesada no obstante mi gemido” y NVI99: “gimo
bajo el peso de su mano”). De cierto, Job quería volverse a Dios (como cada uno de sus
consejeros le había dicho 5:8; 8:5; 11:13; 22:23) si supiera dónde encontrarlo, pero
desesperado, exclamó: ¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios! (cf. 13:24). Si
pudiera encontrarlo, entonces Job iría hasta su silla, expondría su causa delante de él
(23:4, mišpoṭ, otro de los términos legales que con frecuencia se usan en Job) usando
argumentos persuasivos (cf. 10:2) y analizando con cuidado lo que él le respondiese
(23:5). Una vez que Dios conociera los hechos acerca de la inocencia de Job, dejaría de
oponerse y contender con él con tal grandeza de fuerza (rîḇ, lit., “contender o iniciar un
litigio ante los tribunales”). Anteriormente, Job había declarado que no tendría caso
presentar sus argumentos delante de Dios (9:14–16), pero ahora estaba seguro de que un
hombre justo como él, podría presentarle su caso (razonaría con él yāḵaḥ, “argumentar,
debatir en la corte”) y el juez (cf. 9:15) lo declararía inocente, con lo cual sus tribulaciones
llegarían a su fin.
23:8–9. Si un juez no aparece en la corte, los casos no pueden ser presentados ante él.
Debido a ello, Job buscaba a Dios por todas partes, al oriente …, al occidente y los demás
puntos cardinales, pero en vano. El Omnipotente seguía silencioso, evitando a Job.
b. Job se declara inocente (23:10–12)
23:10–12. Job sentía que Dios lo estaba evitando, porque en caso de que apareciera, él,
que conocía el camino recto que seguía Job, tendría que declararlo inocente. El sufriente
sabía que cuando Dios terminara con él en el juicio, dijo: saldré (o, en vista de los
paralelismos ugaríticos y acádicos, “brillaré” [H.H. Rowley, Job, pág. 202]) como oro. Tal
vez el significado del v. 10 se refiere a que terminaría el juicio de Job en la corte, en vez del
punto de vista más común de que Dios lo estaba probando para que fuera más puro que
antes. Job pudo afirmar que era puro como el oro todo el tiempo—antes y durante el
juicio—porque él había seguido muy de cerca las pisadas del Señor, había guardado su
camino (en contraste con la acusación de Elifaz que dijo que Job seguía “la senda antigua
que pisaron los hombres perversos”, 22:15) sin apartarse de él, obedeciendo todo
mandamiento de sus labios (22:22) y guardando y paladeando todas las palabras de su
boca. Esta es una de las muchas protestas de inocencia de Job.
c. Job reconoce la soberanía de Dios (23:13–17)
23:13–14. Una vez más, Job se retractó de la idea de enfrentarse con Dios en una
audiencia ante los tribunales. ¿Cómo podía él atreverse a oponerse a Dios (cf. 9:3, 14, 17)
que es único (BLA; i.e., “que pertenece a una clase única”), y que cuando determina una
cosa nadie lo hace cambiar (cf. Sal. 115:3), incluso lo que tenía determinado para Job?
(Cf. Job 10:13.)
23:15–17. Puesto que Dios es tan difícil de alcanzar (vv. 3, 8–9) y soberano (vv. 13–
14), Job estaba lleno de espanto (bāhal, “turbado, desanimado”, 4:5; 21:6; 22:10; 23:15–
16) y débil. El miedo no provenía de su naturaleza pecaminosa, como había sugerido Elifaz
(22:10), sino por la asombrosa naturaleza del Omnipotente. Aun así, Job no sería
silenciado por las tinieblas (ḥōšek; cf. 3:4) o por la oscuridad (’ōp̱el; cf. 3:6) provocadas
por los problemas que lo tenían doblegado.
d. Job se preocupa por la indiferencia de Dios (24:1–17)
(1) La indiferencia de Dios por juzgar a los pecadores más notorios (24:1–12). 24:1–8.
Si Dios anunciara en un boletín universal su programa para juzgar a la humanidad, ésta se
sentiría menos frustrada al observar la aparente indiferencia del Altísimo ante el pecado,
porque impunemente algunos roban tierras y traspasan los linderos para apoderarse del
campo del vecino y roban los ganados … de los huérfanos y de la viuda (que es una
evidente respuesta a la acusación de Elifaz en el sentido de que Job se aprovechaba de los
necesitados, 22:9) y hacen apartar del camino a los menesterosos, impidiéndoles aun
mendigar. Además, todos los pobres de la tierra se esconden por temor y vagan por el
desierto, recogiendo lo poco que pueden en el campo y en la viña ajena; andan desnudos
(cf. 24:10), expuestos al frío y a las lluvias.
24:9–12. Los opresores también arrancaban del pecho materno a los huérfanos para
cobrarse sus deudas. Job vuelve a repetir que el pobre andaba desnudo y que los
hambrientos eran obligados a acarrear gavillas de grano desde los campos y dentro de las
paredes (esta frase puede significar entre las hileras de árboles de olivo) tenían que
exprimir el aceite y pisar los lagares de uvas y aun así, tenían que morir de sed. Hasta en
la ciudad gimen los moribundos, y claman …, pero Dios parece indiferente a todo ello y
no atiende su oración. Esta situación turbaba a Job, porque él estaba sufriendo a pesar de
no haber cometido alguna maldad específica, mientras que otros que pecaban abierta y
deliberadamente, quedaban impunes.
(2) Indiferencia de Dios por no juzgar a los que pecaban en secreto. 24:13–17. El
matador, el ladrón, y el adúltero, trabajan por la noche, cuando no hay luz, pensando que
nadie los verá y que sus crímenes no serán detectados; se niegan a trabajar a la luz del día
(cf. Jn. 3:19–20). Por eso, aman las tinieblas (ṣalmāweṯ; cf. el comentario de Job 3:5,
“sombra de muerte”). Dios parecía indiferente a ellos también.
e. Job estaba seguro de que los impíos serán castigados (24:18–25)
Estos vv. parecen contradecir lo que Job acababa de decir (vv. 1–17), porque aquí
afirma que Dios sí castiga a los malvados. Por lo tanto, algunos eruditos asignan estas
palabras (vv. 18–24) a Zofar, otros a Bildad y aun otros a Job, encerrándolos dentro de
comillas, como si estuviera citando a alguno de los tres amigos para después poderles
refutar (v. 25). Sin embargo, sí pueden ser palabras dichas por Job, mismas que utilizó para
declarar su confianza en que a pesar de que los malos siguen viviendo y pecando
impunemente, finalmente serán castigados. Esto es contrario al punto de vista de Zofar, que
dijo que los pecadores mueren jóvenes (20:5) y confirma la posición que anteriormente Job
había asumido en el sentido de que “viven los impíos y se envejecen” (21:7). La posición
de Job era de que tanto los justos como los impíos sufren y también prosperan. Esto difiere
grandemente de lo que creían los tres disputadores, quienes afirmaban que sólo los malos
sufren y que sólo los justos prosperan.
24:18–25. Job argumentó que los opresores son tan inestables como las corrientes de
aguas; su porción de tierras está maldita y por lo tanto, improductiva (por ello no
andarán por el camino de las viñas para segar las uvas; cf. Lv. 19:9–10; 23:22). Cuando
mueren, los olvidará hasta su madre; i.e., el seno materno, y los gusanos comerán su
cuerpo (cf. Job 17:14; 21:26); como un árbol, los impíos serán quebrantados. Los que
maltratan a las viudas (cf. 24:3) serán juzgados por Dios con su poder. Tales pecadores
pueden sentir seguridad y confianza, pero los ojos de Dios están sobre los caminos de
ellos (cf. 34:21).
Aunque sean exaltados por un poco de tiempo y ocupen altos puestos, al final, serán
abatidos y humillados por Dios y como todos los demás, serán encerrados en la tumba.
Aunque alguna vez prosperaron, serán cortados como cabezas de espigas de trigo. No
serán destruidos de inmediato, como decían los tres amigos, pero finalmente lo serán. El
enigma que Job quería resolver era: ¿por qué habían de prosperar, mientras que sin
preocupación seguían pecando? Él siguió aferrado a su punto de vista porque cuadraba con
los hechos, cosa que no sucedía con las opiniones de sus opositores.
3. TERCER DISCURSO DE BILDAD (CAP. 25)
Este breve discurso de Bildad muestra que se le estaban acabando los argumentos para
contestar a Job. Como hizo Elifaz en su tercer discurso (cap. 22), y contrario a sus
anteriores intervenciones (caps. 8; 18), Bildad no mencionó para nada las airadas palabras
de Job. El tema de su diatriba es la majestad de Dios puesta en contraste con la
insignificancia e iniquidad de todos los hombres, no sólo de Job y los impíos. Es posible
que este fuera el último esfuerzo desesperado que hizo para lograr que Job comprendiera lo
inútil que es para un humano impuro tratar de programar una audiencia judicial con el
majestuoso Dios de los cielos.
25:1–3. Puesto que el señorío y el temor están con Dios, su grandeza debería despertar
el respeto de todos los hombres, pero Bildad pudo haber insinuado que Job no lo estaba
haciendo. En su infinitud, Dios hace paz; i.e., establece el orden o armonía en las alturas
de los cielos (por lo tanto, es justo; cf. 8:3). Él gobierna sobre incontables ejércitos,
probablemente refiriéndose a los ángeles (por ello, es omnipotente). Asimismo, su luz (la
luz del sol) llena toda la tierra, lo cual demuestra su omnisciencia.
25:4–6. En este pasaje, Bildad, en lugar de responder a la preocupación de Job
relacionada con la injusticia (caps. 23–24), simplemente volvió a repetir el tema que Elifaz
había fabricado y proclamado en dos ocasiones (4:17–18; 15:14–16) en el sentido de que el
hombre (’ĕnôš, “hombre débil y mortal”; cf. 25:6 con el comentario de 4:17) no puede
justificarse o ser limpio delante del Omnipotente. (La frase el que nace de mujer es un
sinónimo de hombre débil. Al usarla, Bildad utilizó con toda intención las palabras de Job
de 14:1; cf. 15:4.) Como Elifaz había dicho (15:15), “ni aun los cielos”, con toda su
brillantez, “son limpios delante de sus ojos”. La misma luna sólo refleja la luz, y las
estrellas (cf. 22:12) carecen de pureza delante de Dios porque, en comparación con su
gloria, son opacas. Entonces, ¿cómo puede el hombre (’ĕnôš; cf. 25:4) o el hijo del
hombre, que es una mención de la creación de éste del polvo de la tierra, pretender
enfrentarse a Dios? El hombre es mucho más pequeño que el universo estrellado, y sólo es
una “larva” (v. 6a, BLA) un débil gusano (v. 6b). Esta desagradable insinuación puede
haberse referido intencionalmente a las palabras de Job relativas a las muchas llagas que
cubrían su cuerpo y que estaban infestadas de gusanos (7:5).
Bildad pretendía humillar a Job para que aceptara su poco valor. Pero este desagradable
discurso no logró nada, porque Job ya había admitido los hechos acerca de la majestad
divina y del pecado universal.
Al hacer un repaso de los discursos de los asociados de Job, encontramos que como
consejeros eran muy ineptos. Fallaron de diversas maneras: (1) En sus discursos no
expresaron ninguna simpatía por Job. (2) No oraron por él. (3) Aparentemente ignoraron las
expresiones de agonía emocional y física del patriarca. (4) Hablaron mucho y no
escucharon con atención a su aconsejado. (5) Se tornaron hostiles y discutidores. (6)
Humillaron a Job en vez de animarlo. (7) Creían conocer la causa de los problemas de Job.
(8) Tercamente insistieron en sus puntos de vista acerca del problema de Job, aun cuando
contradecían los hechos. (9) Sugirieron una solución inadecuada para el problema. (10)
Culparon y condenaron a Job por expresar su dolor y frustración. Los consejeros de hoy
harían bien en asegurarse de no caer en semejantes prácticas.
4. TERCERA RESPUESTA DE JOB A BILDAD (CAPS. 26–31)
En contraste con el discurso más corto del libro (cap. 25), los caps. 26–31 abarcan el
más largo. Primero, Job replicó a Bildad (los verbos en 26:2–4 están en sing.) pero
posteriormente (en los caps. 27–31) a todos los demás (e.g. “os” en 27:5, es pl.).
a. Job describe la majestad de Dios que se observa en la naturaleza (cap. 26)
Aquí Job quería mostrar que él sabía más acerca de la majestad divina que su opositor.
Pero en primer lugar reprochó con sarcasmo a Bildad, sugiriendo que éste, no Job, era el
débil.
26:1–4. En su irónica acometida, Job se burló del fútil intento de Bildad de ayudarlo.
Más bien, había tratado al patriarca como si fuera un hombre sin poder … sin fuerza (cf.
18:7) y sin ciencia (cf. 18:2). En lugar de ello, Job dijo que Bildad no lo había apoyado,
fortalecido ni aconsejado con sabiduría; y tampoco le había dado ninguna plenitud de
inteligencia. En lo único que Bildad podía pensar era en lo que sucede a los impíos (8:8–
19; 18:5–21) y en la humillante condición del hombre (25:4–6). Ningún espíritu había
ayudado a Bildad para expresar sus palabras, que evidentemente no tenían ningún valor. Él
y sus compañeros eran “médicos nulos” (13:4) y “consoladores molestos” (16:2).
26:5–6. Algunos comentaristas adjudican los vv. 5–14 a Bildad con objeto de alargar su
tercer discurso, o a Zofar, para otorgarle un tercer asalto verbal. Sin embargo, era típico de
Job superar a sus contrincantes en cuanto a las declaraciones acerca de la trascendencia
divina. ¿Acaso pensaba Bildad que sabía algo de la majestad del Todopoderoso? (25:2–3)
Entonces, ¡debía escuchar lo que Job sabía acerca de la supremacía del Señor!
Job afirmó que Dios está sobre las sombras (o “los muertos”, cf. nota mar., BLA) de la
muerte (26:5–6), sobre el espacio sideral, sobre la tierra (v. 7), las nubes (vv. 8–9), la luz y
las tinieblas (v. 10), y sobre todas las cosas que están en la tierra (las montañas y los mares
(cf. vv. 11–12) y sobre el cielo (v. 13).
Delante del Señor, los muertos tiemblan de angustia (una indicación de que existe el
tormento consciente; cf. Lc. 16:24) debajo de los mares, donde se considera que están los
muertos y en el Seol (š e’ôl) y el Abadón (“destrucción”; sinónimo de Seol; cf. Job 28:22;
31:12).
La palabra “muertos” (“los espíritus que se han ido”, BLA, nota mar.) es trad. de la
palabra hebr. r ep̱ā’ îm, que algunas veces se usa para referirse a los “refaítas” y en otras, a
los muertos. Los refaítas eran gigantes como los anaceos (Dt. 2:20–21). Cuando menos se
mencionan cuatro gigantes refaítas por nombre en el A.T.: Og (Dt. 3:11; cf. Jos. 12:4;
13:12); Is-benob (descendiente de los gigantes; 2 S. 21:16); Saf (2 S. 21:18; y que en 1 Cr.
20:4 se escribe “Sipai”) y Goliat (2 S. 21:19). Segundo Samuel 21:20 se refiere a otro
refaíta, pero no da su nombre. La tribu de los refaítas se menciona también en Génesis 14:5;
15:20; Deuteronomio 2:11; 3:13; y Josué 17:15.
En ugarítico, los refaítas eran dioses principales o guerreros aristócratas, que tal vez se
llamaban así porque aparentemente ambos grupos eran semejantes en su gigantesco poder.
Cuando se usaba r ep̱ā’ îm en ugarítico refiriéndose a los muertos, parecía sugerir “la élite
de entre los muertos”. En hebr. puede indicar lo mismo (cf. Is. 14:9, “todos los reyes de las
naciones”) o simplemente quizá sea un sinónimo de otras palabras que comúnmente se
usaban para referirse a los muertos. Rep̱ā’ îm, aparece en Salmos 88:10b; Proverbios 2:18;
9:18; 21:16; Isaías 14:9; 26:14; 26:19c y en todos esos pasajes se trad. como “muertos”. La
idea de Job en 26:5 parece ser que aun la élite de los muertos está en angustia y “tiembla en
lo profundo” porque Dios los ve y los conoce.
26:7–10. Dios sustenta los cielos (cf. v. 13) sobre el espacio vacío y cuelga la tierra
sobre nada—declaraciones que asombrosamente van de acuerdo con hechos que no se
conocían o que no fueron aceptados por los científicos sino hasta hace algunos cientos de
años. Además, ata (i.e., reúne) las aguas (de la evaporación) en sus nubes y encubre …
su trono (trad. como “la luna llena” en BLA) con su nube. En el horizonte, la luz y las
tinieblas parecen separarse. El horizonte es circular, porque el vb. puso límite es trad. de la
palabra ḥūq, “trazar un círculo” (v. 10; BLA) y sugiere que la tierra es curva. Esto también
va de acuerdo con hechos que los científicos no conocieron sino hasta tiempos recientes.
26:11–14. No sólo es Dios asombroso por el control que ejerce sobre el espacio y la
tierra que está en él. También muestra su majestad en la tierra. Él hace que haya terremotos,
porque hace que las columnas del cielo tiemblen, que en forma figurada se refiere a las
montañas que se creía sostenían al cielo (cf. 9:6), y agita el mar produciendo tormentas,
para calmarlas después (hiere la arrogancia suya). El mar proceloso se describe como un
dios marino llamado Rahab (v. 12; BLA; cf. el comentario de 9:13) a quien Dios venció.
La serpiente tortuosa (v. 13) puede ser una descripción del mismo dios (Rahab)
mencionado en el v. 12, también conocido como Leviatán (Is. 27:1). Dios controla el mar, y
es superior a las representaciones mitológicas del mal.
Por medio del viento (su espíritu, “soplo”, BLA), Dios limpia (adornó) los cielos de
nubes (v. 13a; BLA “con su soplo se limpian los cielos”) después de una tormenta. Esto
revela su poder y … entendimiento (cf. Job 9:4).
Todas esas evidencias del control divino sobre la naturaleza (de las cosas que están
debajo, arriba y sobre la tierra) sólo son pequeñas evidencias (sólo los bordes de sus
caminos) de todo lo que él hace. La gente está tan lejos del Señor que sólo escucha un leve
… susurro (cf. 4:12) de lo que acontece y evidentemente no puede comprender todas las
actividades del Altísimo ni su gran poder.
b. Job describe el destino de los malos (cap. 27)
27:1–6. Antes de comentar acerca del sino que espera a los impíos (vv. 7–23), Job
nuevamente declaró su inocencia (vv. 1–6), quizá tratando de demostrar que no era de los
malos. En repetidas ocasiones, Job había acusado a Dios de ser injusto (6:4; 7:20; 10:2–3;
13:24; 16:12–13; 19:7; 23:14) y el que amargó su alma (3:20; 7:11; 10:1; 23:2). Aun así,
Job de nueva cuenta afirmó que era inocente como había hecho antes en las respuestas a
Elifaz (6:10, 29–30; 16:17; 23:10–12), a Bildad (9:21–22; 10:7), y a Zofar (12:4; 13:18–
19). Dijo: que todo el tiempo que su alma estuviera en él (27:3, 6) y tuviera hálito de
Dios en su vida (cf. 10:12; 12:10; 34:14–15), él jamás hablaría con sus labios iniquidad, ni
aceptaría que había cometido algún mal; simplemente no podía condescender con el punto
de vista de sus amigos (os, pl. como en 27:5, 11–12) y añadió: no quitaré (cf. “ha quitado”,
i.e., “negado”, v. 2) de mí mi integridad, cosa que su esposa lo había instado a que hiciera
(2:9). Aun con todas las críticas de sus amigos, Job confiaba en que retendría su justicia y
su corazón; i.e., su conciencia, no podría reprocharle (ḥārap̱, “hablar con rudeza y acusar a
alguien”) nada.
27:7–12. Imprecando a su enemigo (¿acaso tenía en mente a sus amigos que lo
contemplaban mientras estaba sentado en un montón de cenizas?), a continuación hizo
cuatro preguntas que apuntan a la condición sin esperanza del impío (‘awāl, “inicuo,
injusto”, cf. 18:21; 29:17; 31:3). Al morir, Dios le quita la vida (cf. aunque Dios es la
fuente de vida, 10:12), elevará su clamor al Señor, pero puesto que sólo clama cuando la
tribulación lo acosa, Dios no le responde.
Job dijo que él, en contraste con los impíos, era maestro de sus compatriotas y les
enseñaba en cuanto a la mano de Dios y sus caminos (negando lo que Elifaz había dicho
en 22:22). Puesto que ellos habían visto evidencias de la obra de Dios, se equivocaban al
continuar con sus acusaciones falsas e infundadas, de tal modo que se habían hecho muy
vanos (heḇel, 7:16, vanidad; 9:29 y 21:34, “en vano”; cf. 35:16, “vanamente”) cuando
afirmaban que el Omnipotente estaba castigando a un inocente.
27:13–23. Muchos eruditos atribuyen estas palabras a Zofar, porque esto le daría a él un
tercer discurso y porque parecen más acordes con su forma de ser que con Job. No obstante,
el patriarca también había hablado del destino que espera a los impíos (24:18–24). Él nunca
negó que al final, los enemigos de Dios recibirán su castigo, pero sí negó que serían
castigados de inmediato, contrario a lo que afirmó Zofar (20:5; 21:7). Si Zofar podía hablar
de la porción del hombre impío, y la herencia (20:29) que le tocaba, entonces también
Job podía hacerlo. La familia de los violentos están sujetas a morir por la espada, el
hambre (no se saciarán de pan) y las plagas (en muerte serán sepultados). También
pierden sus posesiones. Aunque el inicuo sea “multimillonario”, y posea plata como polvo
y mucha ropa, todo ello pasará a manos de otros. Su casa quedará vacía como cuando algo
es atacado por la polilla (“como tela de araña”, BLA), y tan inestable como la enramada
que hace un agricultor para vigilar su siembra. Su riqueza desaparecerá repentinamente
(rico se acuesta, pero por última vez); será llevada por un torbellino y por el fuerte
viento solano oriental. Otros se burlarán de él (batirán las manos sobre él, y … le
silbarán) cuando trate de huir de la mano del Señor.
c. Job diserta acerca de la sabiduría de Dios (cap. 28)
En este cap., Job afirma que la gente es incapaz de comprender la sabiduría de Dios en
su totalidad, en contraste con la afirmación del trío de antagonistas, que afirmaron que
conocían perfectamente lo que Dios estaba haciendo en la vida de Job. Aunque pareciera
que éste es un cap. aislado (el cual algunos dicen que fue dicho por alguno de los tres, por
Dios o por un vocero no mencionado), este discurso sí va de acuerdo con las palabras
previas de Job, relacionadas con la incapacidad del hombre de conocer la sabiduría divina y
con sus otras palabras relacionadas con el control soberano de Dios sobre la muerte y la
naturaleza (cf. 28:24–27 con 26:5–13).
28:1–11. Es un hecho que el hombre excava la tierra en busca de muchos metales (vv.
1–2—plata, … oro … hierro y cobre—así como de piedras preciosas como el zafiro [v.
6; cf. v. 16]). (Aunque la Edad de Hierro empezó cerca de 1200 a.C., época en que las
herramientas empezaron a hacerse de ese metal, éste ya era conocido desde mucho tiempo
antes; cf. e.g., Gn. 4:22.) Los hombres abren minas en oscuros lugares subterráneos,
quedando suspendidos de cuerdas mientras llegan a los lugares que están lejos de los
demás hombres. Debajo de la superficie, la tierra explorada por ellos queda revuelta,
como si hubiera pasado por el fuego.
Ni el ave, ni el buitre, que tienen excelente visión, ni los animales fieros como el león
pueden ver o caminar por los túneles subterráneos donde se encuentran esos tesoros.
Durante sus operaciones de minería, el hombre golpea el pedernal, excava túneles
trastornando de raíz los montes y encuentra el lugar donde empiezan los ríos y los detiene
en su nacimiento por medio de represas. Como resultado de ello, hace salir a luz lo
escondido. Estos vv. están arreglados siguiendo una estructura muy interesante (como
sugiere David J. Clark en In Search of Wisdom: Notes on Job 28, The Bible Translator, “En
Busca de la Sabiduría: Apuntes de Job 28, El Traductor Bíblico”, 33. Octubre 1982:401–
405):
a. Obteniendo metales preciosos de la tierra (Job 28:1–2)
b. Explorando el subsuelo (v. 3)
c. Lejanía de las minas (fuera de la vista de las personas, v. 4)
a1. Obteniendo metales valiosos y piedras preciosas de la tierra (vv. 5–6)
c1. Lejanía de las minas (lejos de la vista de las aves y los animales (vv. 7–8)
b1. Explorando el subsuelo (v. 9)
2
a . Obteniendo metales valiosos de la tierra (sus ojos vieron todo lo preciado; vv. 10–11).
28:12–19. A pesar de los avances tecnológicos del hombre, sin ayuda no puede
encontrar el tesoro más grande de todos, la sabiduría. Su valor no ha sido completamente
apreciado por el hombre (’ĕnôš, “hombre débil y mortal”; cf. el comentario de 4:17). Éste
puede descubrir muchos tesoros escondidos bajo la superficie terrestre (28:4, 10), pero no
puede encontrar la sabiduría en la tierra habitada de los vivientes ni en el mar. La
sabiduría tampoco se dará por oro, no se vende en el mercado como los metales valiosos y
joyas preciosas que el hombre ha descubierto (oro …, plata …, ónice precioso, zafiro …,
diamante …, alhajas de oro fino …, coral …, perlas …, piedras preciosas o topacio),
porque la sabiduría es muchísimo más valiosa que todo ello (cf. Pr. 3:13–15; 8:11; 16:16).
28:20–27. Después de repetir las dos preguntas que había hecho antes (v. 20; cf. v. 12),
vuelve a decir que ningún ser viviente puede ver la sabiduría (así como no pueden verse
los metales escondidos en las montañas, vv. 4, 7–8). Y así como tampoco puede el mar
saber dónde se puede obtener sabiduría (v. 14), tampoco lo saben el Abadón (“destructor”;
cf. 26:6) ni la muerte. Dios es el único que entiende el camino de ella, porque es
Omnipresente (mira hasta los fines de la tierra, y … cuanto hay bajo los cielos. Él ve lo
que ni los animales, personas o aves pueden ver, 28:7, 21). Al crear el universo, Dios
también creó los elementos; el peso (“fuerza”) del viento, la medida de las aguas, la ley
(i.e., el límite) de la lluvia, y el camino del relámpago y de los truenos, i.e., el lugar
donde cada tempestad se desarrollaría. Utilizando su genio creativo, veía él la sabiduría y la
manifestaba; también la preparó (cf. Pr. 8:27–30), en contraste con la incapacidad del
hombre de hacerlo (cf. Job 28:12–13).
Los vv. 12–27 también tienen un arreglo muy interesante:
a. La sabiduría es inaccesible (vv. 12–14)
b. El valor de la sabiduría es superior al oro, la plata y las joyas (vv. 15–19)
a1. La sabiduría es inaccesible (vv. 20–22)
b1. Sólo Dios conoce el valor de la sabiduría (vv. 23–27).
28:28. Dios dijo al hombre (’āḏām “humanidad”) que la esencia de la sabiduría es el
temor (“venerar y someterse a”) del Señor, aun cuando el hombre no puede entender los
caminos de Dios y el apartarse del mal, para vivir de acuerdo con los estándares divinos
de santidad. Honrar a Dios (aspecto positivo) incluye odiar el pecado (lo negativo; Pr.
8:13). Los acusadores de Job habían insistido en que él no tenía temor de Dios ni evitaba el
pecado, y que por lo tanto, no era sabio. En Job 28, él dijo precisamente lo contrario: él era
un hombre temeroso de Dios que odiaba el pecado (como Dios mismo había dicho
refiriéndose a Job, 1:1, 8, 2:3), pero ¡ellos no eran sabios! Por lo tanto, la sabiduría y la
inteligencia eran de él, no de ellos.
Este v. conclusivo enlaza esas palabras de Job con el cap. 29, en el cual menciona las
evidencias de que honraba a Dios, y con el cap. 31, donde enumera las evidencias de que no
era practicante del pecado.
d. Soliloquio conclusivo de Job (caps. 29–31)
A medida que Job hablaba con Dios a solas en estos caps. finales, se asemejó a un
abogado que resume sus alegatos delante de un jurado. Él habló de la gloria que tenía antes
de sus aflicciones (cap. 29), delineó su tristeza presente (cap. 30) e hizo su protesta final de
que era inocente (cap. 31).
(1) La felicidad anterior de Job (cap. 29). Este cap. amplía las palabras anteriores de Job
cuando dijo “próspero estaba” (16:12). 29:1–6. Job dijo que en los meses pasados
(sugiriendo así que su enfermedad duró cuando menos varios meses; cf. 7:3) Dios lo
guardaba (cf. 10:12) y bendecía. Que él hiciera resplandecer sobre la cabeza de Job su
lámpara, como la que se suspendía en una tienda (cf. 18:6; Ec. 12:6) significaba que estaba
bajo su favor. También lo guiaba, y bajo su luz … caminaba en la oscuridad de las
dificultades, acompañado por él, y siempre, el favor de Dios velaba sobre su tienda. El
patriarca tenía un hogar feliz y a sus hijos alrededor de él (pero en contraste, ya estaban
muertos), y era muy próspero (la leche y el aceite eran símbolos de abundancia).
29:7–11. El santo sufriente también gozaba de prestigio social porque era juez (los
ancianos realizaban sus sesiones en la puerta del juicio; cf. Dt. 21:19; 22:15; Jos. 20:4, lo
que tal vez justifica en parte el hecho de que Job usara tantos términos legales). Él había
sido respetado no sólo por los más jóvenes que él, sino, contrario a las costumbres
normales, también por los ancianos. Aun los príncipes detenían sus palabras para
escuchar sus expresiones sabias (cf. Job 29:21–23), cosa que no hacían sus parleros
asociados. Otros ponían la mano sobre su boca (simbolizando un gesto de silencio), ¡pero
no lo hacían así sus supuestos amigos! (21:5; cf. 40:4) En ese entonces, quienes lo oían lo
llamaban bienaventurado (cf. 29:11) y hablaban bien de él, no lo acusaban como sus
compañeros presentes (19:2–3).
29:12–17. ¿Por qué tenían a Job en tan alta estima? Una de las causas es que ayudaba a
los necesitados (vv. 12–13, contrario a lo que dijo Elifaz, 22:6–7, 9), incluyendo al pobre
… al huérfano, a los moribundos (los que se iban a perder) y … la viuda. Otra razón era
que administraba bien la justicia (29:14–17) defendiendo las causas del ciego, del cojo y
de los menesterosos y derrotaba al inicuo (‘awāl, “una persona injusta” cf. 18:21; 27:7;
31:3) y de sus dientes hacía soltar la presa. Era irónico que sus asociados no quisieran
ayudarle ahora que él estaba en dificultades.
29:18–20. Job había esperado confiadamente en que las bendiciones del Altísimo
continuarían, y que él viviría una larga vida (como arena multiplicaré mis días), estable
(mi raíz), próspera (con abundante rocío), contando con honra, buena reputación y con
fuerzas (ejemplificadas por un arco; cf. 30:11).
29:21–25. Aparte de ser bendecido (vv. 2–6), ayudar a otros (vv. 7–17) y contando con
que su salud y vigor continuarían (vv. 18–20), sus coterráneos lo oían, esperando recibir su
consejo—¡en contraste con la actitud de sus tres huéspedes molestos! La gente esperaba
con ansia sus opiniones, así como la tierra espera la lluvia tardía. Cuando los aconsejaba,
los animaba y se reía con ellos. De paso, surge la pregunta de si los tres amigos alguna vez
animaron a Job por medio de cálidas sonrisas. Pero los que eran aconsejados por Job
aceptaban sus recomendaciones (calificaba yo el camino de ellos) y lo respetaban (cf. v.
11) como si fuera su jefe o su rey. Además, también consolaba a los que lloraban, otro de
los aspectos en que sus consejeros fallaron rotundamente.
(2) La tristeza presente de Job (cap. 30). 30:1–8. Job se quejó de su miserable situación
presente, la cual contrastaba tanto con los días antes de que fuera atacado por la
enfermedad. Ahora nadie lo respetaba socialmente (vv. 1–15), físicamente vivía en dolor
continuo (vv. 16–19), se sentía espiritualmente abandonado (vv. 20–23), socialmente era
rechazado (vv. 24–26) y estaba exhausto física y emocionalmente (vv. 27–31).
Los más jóvenes, en vez de respetar a Job, se burlaban de él (cf. vv. 9–10; 12:4; 16:10;
19:18), que era una descortesía impensable en el antiguo Cercano Oriente. Habiendo
disfrutado “del respeto de los más respetados”, ahora sufría “el desprecio de los más
despreciados” (Francis I. Andersen, Job: An Introduction and Commentary, “Job:
Introducción y Comentario”, pág. 235). ¿De qué le serviría … la fuerza de sus manos?
Los jóvenes eran unos pillos sin fuerza alguna (30:2), débiles, hambrientos que vagaban
por el desierto (v. 3), en busca de comida (v. 4, recogían malvas entre los arbustos cuyas
raíces eran amargas), eran arrojados de entre las gentes (v. 5), vivían en las barrancas
de los arroyos (v. 6), y bramaban entre las matas como asnos, y se escondían debajo de
los espinos (v. 7). Esos desechos de la sociedad—hijos de viles … sin nombre—se
atrevían a considerar a Job peor que uno de ellos.
30:9–15. En su negativa actitud de burlarse (cf. 16:10) del pobre y afligido sufriente,
esos pillos lo detestaban y aun de su rostro no detuvieron su saliva, lo cual indica que le
escupían el rostro (cf. 17:6). Debido a que Dios había decidido afligirlo (cf. 16:9), Job se
encontraba débil (cf. 16:7) como un arco sin cuerda (cf. 29:20). A pesar de ello, el
populacho lo atacaba sin restricciones, como si fuera un ejército (cf. 16:13–14),
impidiéndole hacer nada (empujaron mis pies y prepararon … caminos de perdición).
No es de extrañar entonces que Job volviera a hablar de sentirse apabullado por sus
turbaciones y terrores (cf. “terrores” en 6:4; 13:21; 24:17; 27:20 y “temblor” en 21:6;
23:15–16). Job había dejado de sentirse respetado y seguro.
30:16–19. A continuación Job habló de su agonía física. A medida que su vida se
desvanecía, dijo: la noche taladra mis huesos (cf. 33:19; i.e., se hacía insoportable),
causándole interminables dolores. De nueva cuenta y por octava vez, menciona el poder de
Dios, i.e., su violencia (cf. 9:4; 10:16; 12:13; 24:22; 26:12, 14; 27:11). Sentía como si el
Señor hubiera deformado su vestidura, i.e., asido de su ropa (si es que este es el
significado de esta difícil oración en hebr.) y lo hubiera derribado en el lodo. Ser
semejante al polvo y a la ceniza significa: (a) que se veía demacrado y macilento, de color
cenizo, o (b) que había puesto cenizas en sus llagas (cf. el comentario de 2:8), o (c) que
interiormente se sentía desfallecido. Es irónico que esto anticipe las palabras posteriores de
Job acerca de arrepentirse en polvo y ceniza (42:6).
30:20–23. Además de su rechazo social (vv. 1–15) y de sus dolores físicos (vv. 16–19),
se sentía desatendido por Dios (vv. 20–23). Su clamor era ignorado (cf. 19:7; 31:35) a pesar
de que el Señor lo veía (cf. 7:19–20; 10:14; 13:27; 31:4). Es más, sentía que el Altísimo se
había vuelto contra él y lo perseguía (cf. 16:12) y zarandeaba sobre el viento tempestuoso
(como Job había dicho que hace Dios con los impíos, 27:21).
30:24–31. Sus tres compañeros habían hecho a Job lo que nadie podría imaginarse: lo
atacaron cuando estaba quebrantado y desesperado. Aun así, Job había consolado al
afligido y al menesteroso. Cuando Job esperaba el bien … y … luz de sus amigos, lo que
obtuvo fue lo opuesto: mal y oscuridad. ¡Ciertamente consideraba que no se merecía tal
antagonismo!
Nuevamente Job habló de sus dolores físicos y emocionales: mis entrañas se agitan y
no reposan; además, estaba pasando por días de aflicción (cf. v. 16) que lo habían
sobrecogido, andaba ennegrecido (debido a su padecimiento; cf. v. 30); había clamado y
aullado lastimeramente como hacen los chacales y los avestruces con sus chillidos
destemplados (cf. Is. 13:21; 34:13; Miq. 1:8), su piel estaba negruzca y se le estaba
despellejando (cf. 19:26) y ardía por el calor de la fiebre intensa. En consecuencia, su
alegría (el arpa y la flauta a menudo tocaban tonadas alegres) se convirtieron en voz de
lamentadores, como de las plañideras que participaban en las endechas de los funerales.
Su dolor emocional se expresa en 30:24–26, 29, 31; los vv. 27–28, 30 se relacionan con sus
dolores físicos.
Esa multiforme miseria, como explica Job en este cap., le había conducido por un
camino de grandísima depresión.
(3) Job jura que es inocente (cap. 31). Este solemne juramento fue el último intento de
Job de hacer que Dios hiciera algo acerca de su aflicción. La forma negativa de su
confesión, en que el acusado pidió que le cayera una maldición si en verdad era culpable de
los cargos que le imputaban, es una forma muy fuerte de negación. Job usó la frase “si
fuere culpable” en repetidas ocasiones (“si” se menciona 21 veces en los vv. 5 [dos veces],
7 [tres veces], 9 [dos veces], 13, 16–17, 19–21, 24–26, 29, 31, 33, 38–39). Aparte de negar
los cargos de Elifaz contra él (22:6–9) y otros actos pecaminosos, Job también negó
cualquier violación provocada por sus actitudes y motivaciones.
31:1–4. Primero, Job negó ser culpable de haber codiciado con sus ojos a alguna mujer.
Job sabía que la heredad que da el Omnipotente a los pecadores es la ruina (impío es trad.
de ‘awāl, “persona injusta”; cf. 18:21; 27:7; 29:17) y el quebrantamiento. Tanto Zofar
como Job habían hablado de la herencia (20:29; 27:13). Por lo tanto, Job no veía la belleza
femenina con lujuria, porque Dios lo veía a él, y todo lo que hacía (cf. 7:19–20; 10:14;
13:27) y aun observaba todos sus pasos (cf. 14:16).
31:5–8. A continuación, Job negó haber andado en mentira en sus tratos con otros (cf.
“engaño” en 27:4). Si hubiere actuado con engaño con otros al pesar algunas mercancías,
estaba dispuesto a que Dios lo pesara en balanzas de justicia y lo juzgara. Confiado en que
era irreprensible en sus negocios, Job sabía que Dios aceptaría su integridad. Si fuera
culpable de haberse desviado en su conducta (por haber apartado del camino sus pasos y
sus manos) o en las motivaciones de su corazón, estaba dispuesto a morir de hambre como
resultado de que sus cosechas se arruinaran (cf. 31:12).
31:9–12. El tercer pecado que negó el acusado fue el adulterio (el v. 1 se refiere a
miradas lujuriosas; éste se relaciona con acciones sexuales inmorales). Si se pudiera probar
que era culpable de tan horrendo crimen, Job pidió que su esposa fuera humillada y que la
hicieran moler el grano para otro (que era una tarea muy humilde, Éx. 11:5) y que otros
(pl.) abusaran de ella sexualmente. Él sabía que esa maldad o iniquidad era vergonzosa y
debía ser castigada por los jueces. Es más, era un fuego que devoraría a una persona hasta
llevarla al Abadón (sinónimo de destrucción o del Seol; cf. Job 26:6; 28:22).
31:13–15. Aquí Job afirmó que siempre había dado un trato justo a su siervo y a su
sierva. Si hubiera sido injusto con ellos cuando le presentaban alguna queja, entonces ¿con
qué derecho se presentaba él delante de Dios para quejarse? En dos preguntas paralelas, que
posiblemente asombraron a los presentes, admitió que sus siervos eran iguales a él, porque
también habían sido objeto de la obra creadora de Dios en la matriz (cf. 10:8–11).
31:16–23. En respuesta a las falsas acusaciones de Elifaz (22:7–9), Job negó haber
oprimido a los pobres o a la viuda. Él no era egoísta (31:17), porque compartía su comida
con el huérfano y hasta lo había llevado a su hogar. Él animaba a las viudas (v. 16) y las
aconsejaba para protegerlas de sus acreedores (v. 18); les daba abrigo … y del vellón de
sus ovejas a los que carecían de abrigo, aunque no se lo agradecieran (vv. 19–20). Nunca
maltrató al huérfano … en la puerta (“en la corte”, que era el lugar donde se resolvían las
demandas legales; cf. 29:7). Si hubiere hecho algo de esto, pidió que su espalda se cayera
de su hombro (cf. “mano” en 31:21). Él se apiadaba de los necesitados en forma inusual
porque temía el castigo de Dios. Él sabía que su dinero y rango no lo eximirían del castigo
divino.
La autodefensa de Job de los vv. 13, 16–22 (y de 29:12–17, 25) sugiere que él había
hecho un mejor trabajo que el Señor al impartir justicia.
31:24–28. El materialismo y la idolatría fueron otros dos de los pecados que Job
denunció. Elifaz había sugerido que Job confiaba en sus riquezas (22:24), pero el patriarca
afirmó que nunca puso en el oro su esperanza y que no se ensoberbecía por sus riquezas.
Aparte de que su corazón no lo había engañado (“seducido”, BLA) en secreto para
codiciar a una mujer (31:9), tampoco estaba inclinado a adorar a las luminarias del cielo (al
sol … o la luna), que era una práctica común en el antiguo Cercano Oriente. La adoración
de la creación sería maldad juzgada por el Dios soberano; cf. v. 2).
31:29–34. Otros pecados de los que Job dijo que no era culpable eran alegrarse del
quebrantamiento de sus enemigos (que es una actitud interna) o pedir que cayera una
maldición sobre ellos (que es una acción externa). Los miembros de su familia y sus
siervos siempre tenían suficiente alimento para comer y aun el forastero no pasaba fuera
la noche, sino que disfrutaba de su hospitalidad. Tampoco escondía sus transgresiones
como hacían otros hombres (tal vez una mejor trad. sería “como Adán”, BLA). Si hubiera
sido hipócrita, la multitud lo habría descubierto tarde o temprano y lo despreciaría.
31:35–37. Job anhelaba que alguien le oyese, porque el grupo de sus acusadores en
realidad no escuchaba sus opiniones (cf. 13:6, 17; 21:2). Así que al igual que un acusado
que se presentaba ante un tribunal, él había puesto su confianza (su “firma”, BLA, en
forma figurada) en su documento de defensa y con toda seguridad, añadió: el Omnipotente
testificará por mí. Estaba tan seguro de su inocencia, que orgullosamente portaría la
resolución condenatoria de Dios sobre su hombro y como una corona, sabiendo que
fácilmente podría probar que era falsa. Él llamó a Dios mi adversario (lit. “el hombre de
mi proceso”). Este fue un movimiento muy desafiante, porque generalmente los acusados
no deseaban que se publicaran los pliegos acusatorios contra ellos, fueran verdaderos o
falsos. Pero Job refutaría todas las incriminaciones divinas, y lo haría con toda seguridad,
como príncipe.
31:38–40. Por ser un rico terrateniente, Job podría haber maltratado a sus empleados,
pero negó que hubiera cometido algún fraude o injusticia. Si sus labradores habían
trabajado en exceso en sus campos o les había pagado menos de lo justo, seguramente su
tierra clamaría (usando una personificación) contra él, y llorarían todos sus surcos
(usando una hipérbole) para denunciarlo. En una negación imprecatoria final, Job declaró
que si hubiera dejado sin dinero a sus trabajadores reteniéndoles el pago, si los había
afligido poniendo sobre ellos exigencias desmedidas, o poniéndolos en condiciones
difíciles de trabajar, él deseaba que en sus campos, en lugar de trigo nacieran abrojos y
espinos en lugar de cebada, lo cual le reportarían grandes pérdidas en castigo por retener
el ingreso de sus labradores.
Con esta protesta de inocencia, en la que negó haber cometido casi una docena de
pecados de hecho o de actitud, Job dio por terminado su caso. Finalizando así sus
argumentos contra el equipo beligerante de tiranos, tenía la esperanza de que podía obligar
a Dios a intervenir. Es obvio que pensaba que su ultimátum haría que el Señor rompiera su
silencio. Si Job era inocente, entonces el Señor estaba obligado, según las prácticas legales
de aquellos tiempos, a hablar y confirmar su inocencia. Pero si Job era culpable, entonces
se esperaba que el Omnipotente hiciera caer sobre él sus maldiciones. Pero, como descubrió
Job, Dios no rompió el silencio. El Dios Soberano no puede ser obligado ni presionado para
que actúe conforme a la exigencia de alguien.
E. Los cuatro discursos de Eliú (caps. 32–37)
Job había insistido en que era inocente y repetidamente rechazó el punto de vista de sus
camaradas convertidos en críticos en el sentido de que el sufrimiento únicamente se debe a
la ley de la retribución. Puesto que los tres no pudieron hacer que se sometiera, finalmente
se dieron por vencidos (32:1).
Y sin embargo, aunque Job logró silenciarlos, no pudo hacer que Dios hablara. Todavía
tenía la esperanza de obligarlo a que admitiera la injusticia que se estaba cometiendo contra
él y por lo tanto, que lo hiciera descansar de su agonía.
Puesto que los debates estaban empatados y ya que Dios no decía nada, una quinta
persona entró en el cuadrilátero. Eliú, un joven espectador, enojado contra ambas partes del
debate, aprovechó el silencio y se levantó para defender la justicia y soberanía divinas. La
simpatía de Eliú por la situación de Job contrasta grandemente con las ásperas palabras de
los otros tres. Sus puntos de vista reflejan una mayor percepción del problema de Job que la
que poseían sus tres antagonistas. Por esa razón, es incorrecto decir que Eliú era un joven
insolente, despiadado y necio, como hacen algunos comentaristas.
Muchos eruditos piensan que los cuatro discursos de Eliú (caps. 32–37) fueron añadidos
por un editor años, o aun siglos, después de que se escribió la versión original del libro.
Para apoyar su posición, utilizan cuatro argumentos. (1) Que Eliú no se menciona en
ningún otro lugar del libro. (2) Que el estilo y lenguaje de Eliú difieren grandemente del
resto del libro. (3) Que los puntos de vista de Eliú no añaden nada al argumento del libro.
(4) Que Job nunca respondió a Eliú.
Sin embargo, se puede responder a tales argumentos de la siguiente manera. (1) Eliú no
tenía por qué haber sido mencionado antes en el libro, porque era un espectador silencioso
que todavía no se enzarzaba en las disputas. Y Eliú no fue condenado por Dios en 42:7–8
junto con Elifaz y sus dos compañeros probablemente porque Eliú se acercó más a la
verdad que ellos tres.
(2) Es verdad que el estilo de Eliú difiere del usado por los otros cuatro debatientes. Él
utilizó ’ēl para referirse a Dios más que todos los otros (las 19 veces que menciona ’ēl se
pueden comparar con las 17 hechas por Job, 8 de Elifaz, 6 de Bildad y 2 de Zofar; V.
Samuel Rolles Driver y George Buchanan Gray, A Critical and Exegetical Commentary on
the Book of Job, “Comentario Crítico y Exegético del Libro de Job”, págs. xlii–xliii). Eliú
también utilizó algunas palabras arameas más que los otros consejeros (íbid., págs. xlvi–
xlvii). Sin embargo, esas variantes simplemente indican diferencias en carácter (Édouard
Dhorme, A Commentary on the Book of Job, “Comentario del Libro de Job”, pág.ciii).
(3) El punto de vista de Eliú en cuanto al sufrimiento era diferente al de los otros tres.
Ellos habían afirmado que Job estaba sufriendo porque había pecado, pero Eliú dijo que Job
estaba pecando (en su actitud de soberbia) porque estaba sufriendo. Además señaló que
Dios puede usar el sufrimiento para beneficiar a las personas (33:17, 28, 30; 36:16).
Asimismo, puso de manifiesto la actitud equivocada de Job al quejarse contra el Altísimo
(33:13; 34:17) y sugirió que Job se humillara delante del Señor (33:27; 36:21; 37:24).
(4) Es verdad que Job no respondió a Eliú. Pero esto puede deberse a que las palabras
de Eliú lo dejaron callado. Quizá sus sugerencias hicieron mella en Job haciéndolo
reflexionar en su pecado de cuestionar los caminos de Dios. Es más, la disertación de Eliú
proveyó un puente desde la insistente petición de Job de ser reivindicado (cap. 31) hasta los
discursos de Dios. Si la porción que se atribuye a Eliú no es original, entonces Dios
respondió de inmediato a la exigencia de Job, una acción que no es normal en el Señor.
Asimismo, los discursos de Eliú crean un elemento adicional de suspenso, haciendo que el
lector espere la respuesta del Señor (V. “Receptores de los discursos de Eliú”, en el
Apéndice, pág. 421).
1. PRIMER DISCURSO DE ELIÚ (CAPS. 32–33)
Después de introducir a Eliú en la sección en prosa (32:1–5), él presentó cuatro
discursos; (a) 32:6–33:33, (b) cap. 34, (c) cap. 35, y (d) caps. 36–37.
a. Introducción de Eliú (32:1–5)
32:1–3. Los tres varones contendientes de Job se dieron por vencidos en la batalla
porque no pudieron persuadir al patriarca de que negara su inocencia y confesara haber
llevado una vida pecaminosa. Sintiendo que los cuatro debatientes habían agotado sus
argumentos (cf. vv. 5, 15–16), Eliú intervino. Baraquel, el padre de éste, era buzita,
probablemente descendiente de Buz, sobrino de Abraham (Gn. 22:20–21). Es interesante
que Uz, el hermano mayor de Buz, posiblemente sea la persona por la que se dio nombre a
la “tierra de Uz” (1:1), lugar donde vivía Job.
Eliú se encendió en ira (cf. 32:5) contra ambas partes de la discusión. Estaba enojado
contra Job porque se justificaba a sí mismo de cualquier maldad y acusaba a Dios de
actuar mal (cf. 40:2) y porque Job estaba más dispuesto a lanzar acusaciones sobre el
carácter de Dios que admitir que había pecado. Asimismo, Eliú se encendió en ira contra
sus tres amigos, porque … habían condenado a Job, sin contar con las evidencias
adecuadas (cf. 32:12). Parece que gran parte de estas luchas verbales se caracterizaron por
el enojo. Los tres contendientes estaban enojados con Job; él estaba enojado con ellos y con
Dios; y sentía que el Señor también estaba enojado con él. Y ahora, Eliú ¡también estaba
furioso!
32:4–5. No obstante, Eliú había sido paciente durante la extensa disputa, porque los
otros eran más viejos que él y tenía que respetar su edad como era la costumbre del
antiguo Cercano Oriente (cf. 29:8a, 21; 32:6–7, 11–12a). Pero viendo Eliú que los tres
varones más viejos se habían quedado sin argumentos para seguir insistiendo en su punto
de vista, se encendió en ira (cf. vv. 1–2). Es probable que esto haya sucedido porque sentía
que deberían haber hecho más que sólo atacar a Job repetidamente como si fuera un
pecador inveterado que necesitaba arrepentirse.
b. Eliú se presenta a sí mismo (32:6–22)
Antes de que Eliú empezara a enumerar sus argumentos en contra de Job (que empiezan
en 33:1), primero tomó un tiempo para explicar el derecho que tenía a tomar la palabra. En
vez de que esas palabras se tomen como una manifestación de su arrogancia, como han
sugerido algunos escritores, parece que eran necesarias para hacer que Eliú fuera aceptado
y se ganara el derecho a ser escuchado. Se habría considerado muy inapropiado que él, que
había sido un espectador silencioso, interviniera en el debate sin antes explicar por qué
debía ser admitido en él. Si hubiera usado una actitud impositiva, se habría arriesgado a ser
apartado sin miramientos. No obstante, Eliú confiaba en que tenía una percepción diferente
de la situación de Job (32:10, 17; 33:33; 36:2–4).
(1) Eliú defiende su sabiduría. 32:6–9. Eliú, admitiendo que era más joven que los
demás, dijo que no se había atrevido a interrumpir para exponer sus puntos de vista (mi
opinión; en cuatro ocasiones expresó esto en los vv. 6, 10 “mi sabiduría”, 17 “mi juicio”;
33:3 “lo que saben mis labios”), porque la sabiduría, como se entendía en aquellos días,
supuestamente era privativa de los ancianos (cf. 12:12). Se entendía que la muchedumbre
de años proporcionaban mayor experiencia y por lo tanto, mayor discernimiento. No
obstante, Eliú razonó que los jóvenes no están totalmente faltos de sabiduría porque ésta
no viene de los años, sino de Dios. El espíritu que hay en el hombre puede referirse al
Espíritu de Dios que a menudo se asocia como el origen de la sabiduría (Gn. 41:38–39; Éx.
31:3; Nm. 27:18–21; Is. 11:2; Dn. 5:11–12). Eliú se atrevió a decir que no son los sabios
los de mucha edad y que la sabiduría no está limitada a los ancianos (“los de mucha
edad”, Job 32:9; es lit. “muchos o grandes” [V. nota mar. NVI99] y es posible que se
refiera a los que han vivido muchos años).
(2) Decepción de Eliú con los tres (32:10–14). 32:10. A continuación, Eliú pidió:
escuchadme, porque él lo había estado haciendo por mucho tiempo. En ocho ocasiones
expresó su petición de que los tres y/o Job le pusieran atención (v. 10; 33:1, 31, 33; 34:2,
10, 16; 37:14), evidentemente expresando su temor de que no quisieran escucharlo debido a
su juventud. Y sin embargo, Eliú creía que conocía un aspecto del asunto que se trataba que
todavía no se había tocado (declararé … mi sabiduría; cf. 32:6, 17; 33:3).
32:11–13. Él había esperado pacientemente mientras ellos exponían sus razones. (En
tanto que buscabais palabras tal vez sugiere que había pasado algún tiempo [horas e
incluso días] entre algunos de los discursos.) Sus argumentos no habían podido comprobar
que Job estaba equivocado ni habían podido responder a las razones expuestas por él de
que llevaba una vida recta. Por tanto, no podían afirmar que eran sabios ni tampoco decir
que si no podían vencer a Job, Dios lo haría. La segunda línea del v. 13 puede interpretarse
como una sugerencia de Eliú, no una cita de lo que los tres habían dicho. Si esto es así,
entonces su idea es que ellos debían permitir que Dios venciera los argumentos de Job ya
que ellos no habían podido hacerlo.
32:14. A continuación, Eliú declaró que su acercamiento sería distinto. Él no tenía que
defenderse de los ataques verbales de Job como habían tenido que hacer los otros tres, por
lo que no respondería a Job usando las razones que ellos habían aducido.
(3) Eliú expresa su deseo de hablar (32:15–22). 32:15–19. Puesto que a los otros tres se
les habían agotado los razonamientos (cf. vv. 1, 5), Eliú pensó que por fin había llegado la
oportunidad de hablar que tanto había esperado. Él declararía su juicio (cf. vv. 6, 10; 33:3)
porque estaba lleno … de palabras. ¡Y vaya que abundaba en ellas! Sus discursos (32:6–
37:24, excluyendo 34:1; 35:1; 36:1) abarcan un total de 157 vv., casi igual a los 158 vv. del
discurso final de Job (caps. 26–31, excluyendo 26:1; 27:1; 29:1) y más largo que los
discursos combinados de cualquiera de los tres supuestos amigos (cf. 110 vv. de Elifaz, 46
vv. de Bildad y 47 vv. de Zofar).
La frase el espíritu dentro de mí puede referirse al espíritu interior de Eliú, no al
Espíritu de Dios, en vista de lo que dice en los dos vv. siguientes. Los odres (pieles de
animales utilizadas para envasar el vino) se dilatan y rompen si no se les hace un agujero
como respiradero para la expulsión de los gases que se forman durante la fermentación del
vino. Eliú dijo que así se sentía, a punto de reventar por estar tan lleno de ideas que no
había tenido oportunidad de verbalizar.
32:20–22. Eliú se sintió compelido a hablar y responder tanto a los tres amigos como a
Job. Sin embargo, dijo que en sus intervenciones no haría acepción de personas (ya que
estaba en desacuerdo con ambos lados) ni tampoco usaría con nadie … títulos lisonjeros
para ganar su favor. Dijo que hablar lisonjas era una táctica injusta la cual provocaría que
Dios, que le dio la vida (su Hacedor; cf. 4:17; 9:9; 35:10; 36:3; 40:19), lo consumiría muy
pronto.
c. Primera respuesta de Eliú a Job (cap. 33)
Como se puede apreciar en “Temas de los discursos de Eliú” en el Apéndice, pág. 422,
ese joven teólogo estaba contestando tres de las quejas de Job. Primero, dio respuesta a la
acusación del patriarca de que Dios estaba callado.
(1) Eliú pide a Job que lo escuche (33:1–7). 33:1–4. En tres ocasiones, Eliú se dirigió a
Job por nombre (vv. 1, 31; 37:14), y otras siete veces citó su nombre (32:12, 14; 34:5, 7,
35–36; 36:16). En contraste, los tres expositores mayores ni una sola vez citaron el nombre
de Job ni directa ni indirectamente.
Job había pedido a sus tres amigos que lo escucharan (13:6, 17; 21:2), pero Eliú invirtió
la petición diciendo: oye ahora mis razones (cf. el comentario de 32:10). El joven orador
había puesto atención a los tres (33:12), pero aquí pidió a Job que le prestara su atención
completa. Todas las palabras de Eliú, que estaba a punto de expresar y que se encontraban
en la punta de su lengua, venían de la rectitud de su corazón y dichas con sinceridad.
Aportarían una nueva perspectiva de la situación de Job (cf. lo que saben mis labios en
32:6, 10, 17). Eliú se consideraba igual a Job porque sabía que ambos habían sido creados
por el espíritu de Dios (que participa en la creación del hombre) y el soplo del
Omnipotente (cf. Gn. 2:7) les había dado la vida (cf. Job 12:10; 27:3; 34:14–15); Job
también había dicho que Dios lo hizo (31:15).
33:5. El joven orador, después de escuchar completamente a Job, lo desafió diciendo:
Respóndeme si puedes (cf. v. 32). Y añadió que Job debía ordenar sus palabras y
aprestarse a enfrentarse con Eliú en un combate verbal. La palabra ‘ārak que se trad.
ordena a menudo se usa en el sentido de acomodar las fuerzas militares o las armas en
orden de batalla (cf. 1 Sam. 17:8, “puesto en orden de batalla” y Job 6:4, “las saetas del
Todopoderoso se colocan en línea de batalla”, BLA nota mar.) y en forma figurada,
significa ordenar las palabras para presentar un caso legal (cf. 32:14, “dirigió contra mí sus
palabras”; 37:19, “ordenar las ideas”; 13:18, “expusiere mi causa”; 23:4, “expondría mi
causa”). La palabra yāṣaḇ que aquí se trad. como ponte en pie para el enfrentamiento,
significa adoptar una posición o punto de vista, algunas veces en el sentido de estar listo
para la batalla (1 S. 17:16; Jer. 46:4, 14; Job 41:10). ¡Eliú estaba listo para una escaramuza!
Por supuesto que Job ya había expuesto sus argumentos y quizá sus numerosos encuentros
con sus otros supuestos amigos lo habían dejado cansado de pelear.
33:6–7. Aunque estaba listo para enfrentar a Job con objeto de mostrarle el peligro de
criticar a Dios, Eliú no pretendía enseñorearse del sufriente como habían hecho los otros
tres contendientes. Admitió ser igual a Job porque ambos eran seres humanos frágiles,
hechos de barro (cf. las parecidas palabras de Job en 10:9 y cf. el comentario de 33:4). Por
lo tanto, Job no debía sentir temor de Eliú, porque lo trataría con consideración. No le
provocaría terror como según Job, había hecho Dios con él (7:14; 9:34; 13:21; 23:15–16).
Eliú prometió que no presionaría a Job (ni mi mano se agravará sobre ti) como Job dijo
que Dios hizo con él (23:2 “su mano es pesada”, BLA; cf. 13:21 “aparta de mí tu mano”).
Aunque muy hablador, Eliú era menos arrogante y soberbio que los otros oradores.
(2) Eliú resume las acusaciones de Job contra Dios. 33:8–11. El joven abogado había
escuchado cuidadosamente a Job, como se manifiesta al citar sus mismas palabras. Eliú
repasó la posición de Job declarando que el patriarca había criticado a Dios de ser injusto al
tratarlo, aunque Job era inocente. Muchas de las palabras del resumen de Eliú reflejan lo
que el sufriente había dicho (V. “Citas de Eliú de las palabras de Job” en el Apéndice, pág.
423).
(3) Eliú refuta la declaración de Job en el sentido de que Dios permanecía silencioso
(33:12–33). 33:12–13. Eliú se enfrentó directamente a Job diciéndole: en esto no has
hablado justamente (“estás equivocado”, NVI99). Es probable que “esto” se refiere a la
acusación hecha por Job de que Dios es injusto (vv. 10–11). La razón por la que Job no
debía atribuir a Dios algún mal, era porque mayor es Dios que el hombre. Debido a su
majestad soberana (la cual Job había reconocido), él no debía criticar al Altísimo. En otras
palabras, Dios tiene propósitos en su forma de actuar que están más allá de la comprensión
humana y, como él es Dios, tiene el derecho a actuar como le plazca. Eliú dijo que está mal
criticar a Dios cuando no responde a las preguntas de los hombres, porque él no da cuenta
de ninguna de sus razones. La palabra contiendes (v. 13) proviene de rîḇ, un verbo de la
jerga legal que significa “presentar o debatir una acusación en la corte”, que Job usó cinco
veces (9:3, “contender”; 10:2, “contiendes”; 13:8, “contenderéis”; 13:19, “contenderá”;
23:6, “contendería”) y por Dios en una ocasión (40:2, “contender”). En cuatro ocasiones,
Job utilizó el sustantivo rîḇ (trad. en 13:6, como “argumentos”; 29:16, “causa”; 31:13, “el
derecho”; 31:35, “mi adversario”, lit., “el hombre que me acusa”). Job sentía que Dios
había levantado cargos contra él en un tribunal (10:2), pero Eliú dijo que Job no debía
contraatacar ¡levantando cargos contra el Omnipotente!
33:14–18. Eliú insistió en que en efecto, sí habla Dios. Y lo hace de diversas formas
(en una o en dos maneras). Una de ellas es por sueño, en visión nocturna, otra es por
medio de enfermedad y dolor (vv. 19–22). El problema es que a menudo el hombre no se
da cuenta de que Dios sí se comunica con él.
Cuando una persona sueña, Dios puede revelarse al oído de los hombres (lit., “abre o
descubre el oído de los hombres” [’ĕnôš, “hombre débil y mortal”; cf. el comentario de
4:17]) y les señala su consejo. Abrir el oído de alguien significaba revelarle algo. La frase
“les señala su consejo” es una trad. posible del hebr., pero otra es “y nos aterra con sus
advertencias” (NVI99). Si esta trad. es correcta, el punto que Eliú quería enfatizar era que
los sueños pueden asustar a una persona (cf. un comentario parecido de Elifaz, 4:12–17) y
servirle de advertencia. Pero si la primera trad. es correcta, tal vez la idea de Eliú era que
Dios se asegura de que los sueños conduzcan a una persona a llevar una vida más
consciente o disciplinada.
Tales sueños, ya sea de advertencia, instrucción o disciplina, están diseñados para
quitar al hombre de su mala obra, apartarlo de soberbia (el pecado que según Eliú, había
cometido Job; cf. 36:9) y hacer que viva su alma (sepulcro se usa cinco veces en el cap.
33; vv. 18, 22, 24, 28, 30). Pero Job había dicho que cuando el Señor lo asustaba con
sueños (7:14), deseaba morirse (7:15). Mientras que en tiempos del A.T. con frecuencia
Dios hablaba al hombre por medio de sueños, así como por otros medios (He. 1:1), ahora se
comunica con las personas a través de Cristo, la palabra viva (He. 1:2) y de la Biblia, la
palabra escrita (2 Ti. 3:16).
33:19–22. Eliú sugirió que otra de las formas en que Dios llama la atención de las
personas es causándoles sufrimiento. Una enfermedad seria (con dolor fuerte en todos sus
huesos; i.e., un intenso dolor interno; cf. 30:17) puede provocar la pérdida de apetito y de
peso (cf. este síntoma de Job y su escualidez, 3:24; 6:7; 19:20) y hacer que sus huesos, que
antes no se veían, aparezcan. Una dolencia de esas puede hacer que el alma del hombre
esté próxima al sepulcro (cf. el comentario de 33:18). La frase los que causan la muerte
puede referirse a los ángeles que traen (o anuncian) la muerte (cf. Sal. 78:49).
33:23–24. Durante la enfermedad, Dios puede enviar un ángel (BLA; mal ’āk) o
elocuente mediador (mēlîṣ) para: (a) que anuncie al hombre su deber y la conducta y
actitudes apropiadas que debe observar en su vida; i.e., lo que es correcto y (b) que le diga
que Dios tuvo de él misericordia, y para que interceda ante el Señor para que lo libre de
descender al sepulcro. Eliú no estaba de acuerdo con Elifaz, quien dijo que ni los ángeles
podían ayudar a Job (5:1). También difería de Job, quien pensaba que no contaba con un
intercesor que abogara por su caso (9:33). Con la frase muy escogido (cf. el uso que hace
Job de una frase similar, “entre mil”, en 9:3) Eliú quiso decir que esa clase de ángel
intercesor es muy abundante, o, quizá es mejor decir que son raros (cf. Ec. 7:28). La obra
intercesora del ángel (en contraste con el de los mensajeros angelicales “que causan la
muerte” Job 33:22) se manifestaba al traer redención al enfermo. Aunque no se especifica,
“redención” significa algo que puede considerarse como un alivio o razón para que el
sufriente sea librado de su enfermedad.
33:25–28. Como resultado de la intervención del ángel intercesor, el sufriente volverá a
ser como en los días de su juventud, con la salud recuperada, disfrutando de fuerza
espiritual, incluyendo la comunión en oración con Dios, de su amor, aceptación y
compañerismo; además, verá su faz con júbilo (cf. las palabras similares de Elifaz en
22:26 y de Bildad en 8:21) y será restaurado a su justicia anterior (cf. las palabras de
Bildad en 8:6). Asimismo, puede decir a otros hombres: (a) pequé, pero este castigo por
medio de la enfermedad es menor de lo que mi pecado merecía (cf. 11:6) y (b) que Dios
impidió que muriera (para que no pase al sepulcro; cf. el comentario de 33:18) y lo
restauró a la vida, la cual se verá en luz (i.e., del sol, que significa disfrutar de la
existencia; cf. v. 30; Ec. 11:7). De esa forma, la aflicción produce un andar más cercano a
Dios y la disposición a testificar de él ante otros.
33:29–30. Según Eliú, es Dios quien con frecuencia hace que vengan sueños y
enfermedades (que son experiencias negativas) al hombre. La expresión idiomática dos y
tres veces significa a menudo (o quizá, como algunos sugieren, se refiere a los tres medios
que Eliú había discutido: sueños, enfermedades y ángeles). De nueva cuenta, Eliú declara
por qué: en forma negativa, son para apartar a la gente del sepulcro (cf. el comentario del
v. 18) y en forma positiva, para ayudarle a disfrutar de la vida más que antes (cf. v. 28).
Aunque pudiera parecer que las dolencias conducen a la muerte (vv. 21–22), Dios puede
utilizarlas para evitar que una persona muera (vv. 24, 28, 30) y para iluminarlo con la luz
de los vivientes; i.e., para darle una vida más fructífera.
33:31–33. Una vez más, el nuevo vocero pidió a Job que callara, que fuera paciente con
él y que lo escuchara hasta el final. Después, si Job tenía algunas razones qué compartir,
podría hablar, y si no, Eliú continuaría hablando. Escucha y calla (v. 31) se repiten en el v.
33.
Para Eliú, el sufrimiento, aunque se relaciona con el pecado (v. 27), es más para
protección que para castigo. Los primeros tres oradores habían dicho que Dios nos aflige
para castigarnos; Eliú dijo que lo hace con objeto de enseñarnos. Hizo hincapié en que el
sufrimiento puede librarnos del pecado y de la muerte consecuente, mientras que los tres
hombres mayores pensaban que el pecado flagrante necesariamente conduce a la muerte.
Sin embargo, todos los consejeros estaban equivocados en cuanto al caso de Job,
porque adoptaron el punto de vista de que todo pecado provoca sufrimiento. Cuando Dios
habló (caps. 38–41), lo hizo directamente, no a través de un ángel. Y la experiencia de Job
sí resultó en que disfrutó de una relación más profunda con Dios (42:2, 5–6, 9) y de una
vida larga y próspera (42:10, 12, 16).
2. SEGUNDO DISCURSO DE ELIÚ (CAP. 34)
Puesto que Job permaneció en silencio (cf. 33:32), Eliú continuó hablando. Su segundo
discurso fue para defender la justicia de Dios; para responder a lo que Job había dicho en el
sentido de que el Señor es injusto. El joven orador habló primero a los tres visitantes
mayores (34:1–15) como se observa en el uso del pl. “sabios” y “varones” (vv. 2, 10) y
“nosotros” en el v. 4. Después se dirige a Job (vv. 16–37) como se indica por el uso del
sing. “ti” (vv. 16–17, 33).
a. El deseo de Eliú de que lo escucharan los mayores (34:1–4)
34:1–4. Nuevamente Eliú pidió a sus mayores, a quienes sin duda respetaba (porque les
llama sabios … doctos; cf. vv. 10, 34), que estuvieran atentos a lo que iba a decir (cf. su
uso de “escuchar” en 32:10; 33:1, 31, 33; 34:10, 16; 37:14). Eliú retomó las palabras de Job
(cf. 12:11) cuando se refirió a la necesidad de que los debatientes probaran la exactitud de
sus palabras, así como el paladar gusta lo que uno come; i.e., que reconoce la calidad de
la comida que pasa por él. Era necesario que decidieran cuál era lo bueno en el caso de
Job.
b. Eliú rebate la afirmación de Job de que Dios es injusto (34:5–9)
34:5–9. De nuevo, Eliú citó varias declaraciones de Job (V. “Citas de Eliú de las
palabras de Job” en el Apéndice, pág. 423). Después, alineándose con los otros tres, acusó a
Job de ser un pecador impenitente que se asociaba con los impíos y que decía que el
hombre no gana nada al adorar a Dios (cf. 9:30–31; 35:2). El hombre que bebe el escarnio
como agua es una reminiscencia de las palabras de Elifaz de 15:16. Aunque Eliú
definitivamente estaba equivocado al decir que Job se juntaba con los que hacen
iniquidad, estaba en lo correcto al criticarlo por acusar a Dios en forma burlona y rebelde.
Decir que a una persona de nada le servirá adorar a Dios es una queja que Eliú contestó
posteriormente (cap. 35).
c. Eliú defiende la justicia e imparcialidad de Dios (34:10–20)
34:10–15. Con palabras similares a las de Bildad, Eliú se erigió en defensor de la
justicia divina, y afirmó que Dios está muy lejos de la impiedad, y … la iniquidad (cf. v.
12; 8:3, “¿Acaso torcerá Dios el derecho, o pervertirá … la justicia?”). Aunque Job se había
quejado de que Dios no le hacía justicia (27:2), Eliú mencionó varias evidencias para
apoyar su declaración respecto a la inmutable justicia divina. (1) Dios pagará al hombre
según su obra, y le retribuirá conforme a su camino, aplicando el castigo por su pecado
(34:11). (2) Es inaudito (34:12) que Dios cometa injusticias (v. 10) o que pervierta el
derecho (cf. 8:3) porque va contra su carácter. (3) Debido a que ejerce una autoridad
independiente como soberano, nadie puede hacer que se aleje de la justicia (v. 13). (4)
Porque es sustentador de la vida humana, si Dios lo desea, puede recoger el espíritu del
hombre y su aliento instantáneamente, en cuyo caso, toda carne perecería juntamente
(cf. 12:10; 27:3; 33:4), pero no lo hace gracias a su bondad para con la humanidad.
34:16–20. Por tercera vez en este discurso, Eliú pidió que su audiencia de cuatro
personas escuchara sus razones (oye … escucha; cf. vv. 2, 10). Después siguió citando
evidencias de que Dios es justo en todos sus tratos. (5) Si el Altísimo fuera injusto,
preguntó: ¿Gobernará el que aborrece juicio? (v. 17) Acusar al que es tan justo de no
serlo evidentemente es un error. (6) Dios no titubea para castigar aun al rey o a los
príncipes … al rico y al pobre cuando son ineptos o malos, porque no hace acepción de
personas. La parcialidad por parte de Dios es impensable, porque no se deja influir por el
poder o las posesiones de los hombres. Delante de él, todos son iguales, porque todos son
obra de sus manos. Es más, Dios puede hacer que el malo en un momento muera de
repente; a medianoche (cf. v. 25) y que sea cesado de su cargo el poderoso (cf. v. 24).
Entonces, ¿cómo podía decir Job que Dios es injusto?
d. Eliú diserta acerca del castigo de los malos (34:21–30)
34:21–30. Es probable que en esta sección, Eliú estuviera respondiendo a la
preocupación de Job relativa a la demora de Dios en hacer justicia (24:1–21). Aportando
mayores evidencias de la justicia divina (V. el comentario de 34:10–20), Eliú destacó estos
hechos: (7) Dios conoce todos los aspectos de cada caso, porque en su omnisciencia, sus
ojos están sobre los caminos del hombre (v. 21; cf. 24:23), de tal modo que los pecadores
no pueden escapar de sus juicios amparándose en las tinieblas o en la sombra. Contrario a
los jueces humanos, el Señor no tiene por qué investigar nada para que el hombre vaya
con Dios a juicio (34:23; cf. las palabras de Zofar de 11:11). El Omnipotente quebrantará
a los fuertes (cf. 34:20) sin indagación y después de derribarlos (cf. v. 20), pondrá a otros
en su lugar. (8) Dios es justo porque no pasa por alto las obras de los malos. La frase
“porque sus ojos están sobre los caminos del hombre” (v. 21) es una reminiscencia de las
palabras de Job de 24:23. El Altísimo castiga a quienes lo rechazan y hacen a un lado; i.e., a
los que se apartaron de él, y no consideraron ninguno de sus caminos, así como a los
que maltratan al pobre y a los necesitados (34:26–28). (9) La justicia de Dios se observa
en que aunque tal vez decida por un tiempo no hacer nada acerca del pecado y permanecer
en silencio (si él diere reposo) ante las demandas de Job o de otros pidiendo que aplique la
justicia en forma expedita, de todos modos, por ser el soberano sobre toda nación, y lo
mismo sobre el hombre, hará que no reine el hombre impío (ḥānēp̱, “persona sin
religión”; cf. 8:13) indefinidamente, ni que se salga con la suya siempre (34:29–30).
Pudiera ser que Job no viera a Dios cuando decide permanecer en silencio (cf. la queja de
Job a este respecto en 23:8–9), pero eso no le daba derecho a condenarlo (cf. 19:7; 30:20).
e. Eliú acusa a Job por su falta de arrepentimiento y rebelión (34:31–37)
34:31–33. Eliú estaba sorprendido de que Job tuviera la audacia de hablar a Dios en la
forma en que lo hizo. Job había asegurado repetidamente que era inocente. Después, como
si quisiera forzarle a Dios la mano, había dicho que si el Altísimo le mostraba lo que … no
veía, y lo que había hecho mal, entonces dejaría de pecar (cf. 6:24; 7:20–21; 10:2; 13:23).
Pero Eliú pensaba con toda razón que tales palabras no eran apropiadas, que en realidad Job
pretendía decir a Dios lo que tenía que hacer. Pero puesto que Dios es soberano, él no
puede inclinarse ante las demandas humanas, en especial a la luz de una actitud
impenitente. Eliú añadió que Job debería decidir si aceptaba la recompensa divina aunque
no quisiera arrepentirse (“tendrá Dios que recompensarte como tú quieres que lo haga,
aunque lo hayas rechazado”, v. 33, NVI99).
34:34–37. Los hombres inteligentes dirían que los discursos de Job (en los que
achacaba a Dios de injusto), no habían sido dichos con sabiduría (cf. 35:16; 38:2) y que
sus palabras no eran dichas con entendimiento. Por lo tanto, Job debía ser probado
ampliamente por haber hablado como los hombres inicuos. Esta declaración es muy
parecida a la de Zofar (11:5). Eliú percibía en Job una actitud de rebeldía, porque (con su
gesto burlón de batir las palmas de sus manos para callar a otros) se mofaba de los que
querían defender la justicia divina.
Eliú estaba en lo correcto al acusar a Job porque en su rebeldía (a) cuestionaba la
justicia divina (34:17) y (b) exigía que Dios le respondiera (v. 29) y le mostrara en qué
había pecado (v. 32). Parece que Eliú compartía algo de la actitud despiadada de los otros
tres consejeros mayores porque expresó el deseo de que Job fuera “probado al máximo” y
supuso que las muchas palabras (35:16) del sufriente significaban que estaba contra Dios.
3. TERCER DISCURSO DE ELIÚ (CAP. 35)
En este discurso, Eliú defendió la soberanía de Dios contradiciendo la acusación de Job
de que Dios no lo premiaba por su inocencia. La respuesta de Eliú fue doble: (a) Puesto que
Dios es supremo, no se ve afectado ni de una forma ni de otra por la inocencia del hombre o
su pecado, y (b) el Señor no había respondido al clamor de Job debido a su soberbia.
a. Inconsistencia de Job (35:1–3)
35:1–3. ¿Cómo podía esperar Job que Dios lo reivindicara algún día (cf. 13:18) y lo
declarara inocente cuando al mismo tiempo insistía en que su inocencia no tenía valor
delante de Dios? Eliú insistió en que esa posición era incongruente. Anteriormente, había
citado lo dicho por Job en el sentido de que de nada sirve ser justo y que no hay provecho
en no haber pecado y servir a Dios (34:9; cf. 21:15).
b. Incapacidad humana de influir en Dios debido a su grandeza (35:4–8)
35:4–8. Respondiendo tanto a Job como a los otros tres (la frase a tus compañeros
contigo probablemente se refiere a los tres, no a los supuestos acompañantes impíos de
Job), Eliú indicó que los cielos y las nubes están más altos que el hombre, y con certeza,
Dios está más alto que el hombre. Por ello, Dios no puede perjudicarse por los pecados o
rebeliones del hombre, y tampoco obtiene algún beneficio porque éste sea justo. (Cf. las
palabras similares de Elifaz acerca de las estrellas en 22:12, y la supuesta indiferencia de
Dios para con el hombre 22:2–3.) La impiedad o justicia sólo afectan al hombre, no a
Dios. Cuando el Señor otorga su misericordia no es porque el hombre lo haya convencido
de hacerlo, y si aplica el castigo no es porque el ser humano lo haya herido. El Altísimo es
soberano y por lo tanto, todo lo decide por sí mismo. No puede ser sobornado por el
hombre; sus estándares para juzgar son firmes, imparciales y nadie puede influir en ellos.
Pero puesto que la conducta moral de una persona sí la afecta a ella misma, a ella sí le
afecta cometer o no pecados (cf. 35:3).
c. Incapacidad del hombre de influir en Dios debido al orgullo humano (35:9–16)
35:9–11. Cuando las personas se encuentran en problemas a causa … de las
violencias, a menudo claman a Dios buscando alivio, pero no se vuelven a él como su
Hacedor (cf. 4:17; 9:9; 32:22; 36:3; 40:19), al único que puede dar gozo y cánticos en la
noche de la aflicción. Tampoco expresan gratitud a él por darles mayor inteligencia que a
las bestias y a las aves del cielo.
35:12–15. Por eso, el Señor no oirá el clamor pidiendo ayuda, debido a la soberbia de
los malos, porque tales oraciones están vacías y provienen de la (soberbia cf. 36:9). Si esas
orgullosas oraciones no son contestadas, ciertamente las peticiones arrogantes e
impacientes de Job tampoco lo serían. Job aseguró que no podía encontrar o ver al
Omnipotente (9:11; 23:8–9; cf. 34:29); aun así había puesto su causa delante de él (13:18;
23:7). Pero Eliú percibió otra incongruencia en Job (cf. el comentario de 35:2–3): el
sufriente estaba dispuesto a esperar a que la justicia de Dios lo declarara inocente, y aun así,
según Eliú, Job sentía que Dios no hacía nada acerca del pecado (24:1–12). Aquí, Eliú
interpretó mal a Job, porque el patriarca no dijo que Dios nunca castiga al impío; sino que
aunque éste no sea castigado en vida, sí lo será cuando muera.
35:16. Para Job, hablar incongruencias con su boca (pidiendo a Dios que lo exonerara,
y aun así preocupado de que el Señor no hace nada para impedir el pecado), equivalía a
hablar vanamente (heḇel; cf. el comentario de esta palabra en Ec. 1:2), diciendo muchas
palabras (cf. Job 34:37), pero sin sabiduría (cf. 34:35)
Eliú pensaba que Job no podía ser exonerado por el Altísimo (35:2) entre tanto que por
un lado cuestionara el valor de servirlo (v. 3) y orara con un corazón soberbio (v. 12), y por
otro lado pensara que Dios no hace nada contra la impiedad (v. 15).
4. CUARTO DISCURSO DE ELIÚ (CAPS. 36–37)
En su segundo discurso (cap. 34), Eliú defendió la justicia divina, y en el tercero (cap.
35), abogó por la soberanía de Dios. En este discurso final, volvió a hablar nuevamente
acerca de esos dos atributos—primero, de la justicia divina (y su poder) en sus tratos con el
hombre (36:1–26) y después, de su soberanía (y benevolencia) en sus tratos con la
naturaleza (36:27–37:24). De esa manera, Eliú pretendía contestar tanto a Job (32:2; 33:10–
12) como a sus tres mayores (32:3, 12).
a. Eliú defiende la justicia y poder de Dios en sus tratos con el hombre (36:1–26)
(1) Eliú expresa confianza en sus opiniones. 36:1–4. Cuando el joven consejero empezó
su cuarta disertación (que se indica por las palabras añadió Eliú; cf. “además Eliú dijo” en
34:1 y 35:1 que introducen su segundo y tercer discursos), estaba tan lleno de ideas que
quería compartir (32:18–20), que pidió a Job que no se impacientara (espérame un poco).
Todavía tenía mucho más que decir para defender a Dios. Exudando confianza (cf. 36:4) en
sí mismo, dijo que su saber venía desde lejos; i.e., que tenía una amplia gama de
conocimientos, en contraste con Job, que según dijo Eliú en dos ocasiones, “carecía de
sabiduría” (34:35; 35:16). La principal preocupación de Eliú como había sido antes (34:10–
12, 17), era exaltar la justicia divina. De nueva cuenta se refiere al Señor llamándolo mi
Hacedor (cf. 4:17; 9:9; 32:22; 35:10; 40:19). Sin un ápice de humildad, Eliú afirmó que
sus palabras eran verdaderas y: contigo está el que es íntegro en sus conceptos. Sin
embargo, estas últimas palabras pueden referirse a Dios, como sin duda lo hacen en 37:16.
Este punto de vista se apoya en las recientemente descubiertas tablillas de Ebla (Mitchell
Dahood, Are the Ebla Tablets Relevant to Biblical Research? Biblical Archaeology Review,
“¿Son importantes las tablillas de Ebla para la investigación bíblica? Revista de
Arqueología Bíblica”, 6. Septiembre-octubre 1980:58).
(2) Los tratos justos de Dios con pecadores y rectos. 36:5–7. La palabra hebr. que se
trad. he aquí sirve para introducir cuatro declaraciones de Eliú relacionadas con el poder
divino (vv. 5, 22, 26, 30). Aunque Dios es justo (vv. 6–7), no por eso deja de ser grande y
poderoso; y aunque es poderoso, no carece de misericordia, porque no desestima a nadie.
De nueva cuenta, Eliú se puso del lado de los tres agotados debatientes al sostener que Dios
no otorgará vida al impío; i.e., él no permite que viva (cf. v. 14; 15:27–35; 20:5–29), en
contraste con la insistencia de Job de que muchos pecadores viven prosperando hasta una
edad muy provecta (21:7, 27–33). Por otro lado, Eliú afirmó que a los afligidos justos Dios
dará su derecho al restaurarlos, que les otorga merecidas bendiciones, que los vigila de
cerca y cuida (aunque Job pensaba que esto no era cierto en su caso; 29:2; 10:12) y aun con
los reyes los pondrá y serán exaltados. Esto se parece mucho a los argumentos
esgrimidos por los otros tres, en el sentido de que el Señor siempre premia a la gente
durante su vida conforme a su conducta. Job, como se ve en 27:13–23, no cuestionó la
práctica de la justicia divina en general. Pero sí desafió los puntos de vista de que el
Omnipotente siempre aplica la justicia antes de la muerte y que el Señor estaba siendo justo
con él.
(3) Propósito de Dios en el sufrimiento—conducir a la gente a arrepentirse de la
soberbia (36:8–12). 36:8–10. Algunas veces, los rectos (los vbs. en pl. probablemente se
refieren a los justos mencionados en el v. 7) sufren pruebas (como si estuvieren prendidos
en grillos) y están sujetos a la aflicción (como aprisionados con cuerdas al lecho del
dolor). El término “aflicción” (‘ănî, “ser débil o pobre”) también se usa en el v. 21. La
“aflicción” del v. 15 es trad. de un término hebr. diferente (V. el comentario allí). Cuando
Dios aflige a los justos, no los abandona. Por medio de las pruebas, llama su atención a su
mala conducta (les dará a conocer la obra de ellos), a sus transgresiones y rebeliones
(“arrogancia”, NVI99) … prevalecieron (que lit. es “se muestran fuertes”, forma del vb.
gāḇar, “ser fuerte”). Que una persona se muestre fuerte delante de Dios significa que se
jacta ante él (esta forma del vb. se trad. “se portó con soberbia” en 15:25). Como Eliú dijo
anteriormente (33:17), uno de los propósitos de Dios al afligir a los suyos es quitar su
orgullo. Por medio del dolor, el Omnipotente llama la atención a las personas y les enseña
(despierta el oído de ellos lit. significa “abrir sus oídos”, como en 33:16, “revela al oído”;
y 36:15).
36:11–12. Eliú sugirió que los santos que sufren, que escuchan a Dios y de nueva
cuenta deciden obedecerle y servirle, acabarán sus días en bienestar y … en dicha.
Aprender del sufrimiento y dejar la soberbia es el punto que Eliú había enfatizado
anteriormente (33:23–28). Esto se parece a la teología de los otros tres, pero aquellos
hicieron hincapié en que Job era culpable de haber cometido acciones pecaminosas,
mientras que Eliú estaba más preocupado por su actitud soberbia. Pero si los creyentes no
oyeren, y en su jactancia se rehúsan a aprender de las aflicciones provocadas por la
Divinidad debido a una disciplina correctiva (cf. 36:10), serán pasados a espada (cf.
33:18) y perecerán sin la sabiduría (cf. 34:35; 35:16) que Dios quería que obtuvieran. Job
no debía pensar que sus calamidades comprobaban que esencialmente era impío (que era la
opinión de sus tres opositores) o que eran evidencias de que Dios lo había abandonado
(como afirmaba Job). En lugar de ello, debía considerar sus aflicciones como un medio para
ayudarle a ser más humilde delante del Señor.
(4) Diversas reacciones de la gente al sufrimiento. 36:13–15. Los verdaderos pecadores,
los hipócritas (ḥānēp̱, “irreligiosos”; cf. 8:13) de corazón resienten los problemas por
medio de los cuales Dios los corrige (cuando él los atare; 36:8). Y no clamarán pidiendo
ayuda, y si lo hacen, su clamor no es por un arrepentimiento sincero (27:8–9). Como
resultado, fallecerá el alma de ellos en su juventud, como Zofar había afirmado (20:5, 11)
y son tratados en el juicio como endurecidos pecadores, comparables a los sodomitas, que
eran varones que se habían prostituido en los altares paganos. (“Los sodomitas” es trad. del
término hebr. qeḏēsĩm, que lit. significa “los consagrados”; i.e. individuos [varones o
mujeres] que se entregaban a ritos depravados, probablemente en la adoración idolátrica; cf.
Dt. 23:18; 1 R. 15:12.)
Por otro lado, Dios librará a aquellos que son afligidos (la palabra pobre es ‘ănî,
“pobre, afligido” y sugiere a aquellos que son justos; cf. el comentario de “aflicción”, Job
36:8). Despertará su oído (es trad. lit. de “él les habla”) y es evidente que ellos escuchan y
obedecen (cf. v. 11). Aflicción (v. 15) es trad. de laḥaṣ, “opresión y angustia”, que procede
del vb. lāḥaṣ, que significa “apretar, presionar u oprimir”. (Una palabra hebr. diferente se
trad. “aflicción” en los vv. 8, 21.) Eliú mantuvo que Dios libra al creyente arrepentido de
los aprietos o situaciones que lo oprimen. En el v. 15 usó un interesante juego de palabras
al usar la palabra ḥālaṣ para decir “librará” y laḥaṣ para “aflicción”.
El resultado—ya sea la muerte o la liberación—depende del corazón de cada uno y de
su reacción a las dificultades. Eliú sugirió que si Job no reconocía su orgullo, estaría
demostrando que era impío. Pero si dejaba de blandir su puño delante de Dios, demostraría
que era un fiel seguidor del Señor.
(5) Reacciones de Job ante el sufrimiento (36:16–26). 36:16–19. Eliú dijo a Job que
Dios estaba tratando de apartarlo de la angustia (ṣar, “estrechez, situación apretada”; que
también se usa en el v. 19) para llevarlo a un lugar espacioso (cf. Sal. 18:19; 31:8), que es
un cuadro de prosperidad y sin apuro, y prepararle una mesa llena de grosura, i.e., comida
rica y abundante. Por ello, Job no debía vivir preocupado con la aparente indiferencia de
Dios en cuanto a la justicia. Job estaba lleno (mālē’, has llenado) de preocupación por ese
problema (Job 36:17), mientras que podía tener su mesa llena (mālē’) de comida y
deliciosos manjares (v. 16).
Entonces, la advertencia de Eliú para Job era que tuviera cuidado (por lo cual teme) de
que su anhelo de volver a su antigua condición de prosperidad hiciera que se apartara (cf. v.
21) de la senda del Señor. (La palabra rescate puede trad. “redención” o “recompensa”
como en 33:24. Probablemente aquí significa “el gran precio que Job está pagando con su
sufrimiento”.) Como muchas personas han aprendido, el dinero y los logros no pueden
comprar la liberación de una persona de la angustia (ṣar, “estrechez, situación apretada”;
cf. 36:16) ni darle paz cuando está en medio de ella.
36:20–21. Job tampoco debía preocuparse de la noche, en la cual los pueblos se
enzarzan en el pecado (desaparecen de su lugar; cf. 24:13–17). En hebr., las palabras de
Eliú de 36:20 son muy difíciles de traducir. Otro significado puede ser que Job no debía
anhelar la noche de la muerte (cf. 3:20–23); i.e., que no debía verla como un escape a su
sufrimiento (3:13, 17). En lugar de ello, debía arrepentirse de su soberbia. Job debía ser
muy cuidadoso de no volver a la iniquidad con sus quejas, lo cual parecía preferir más
bien que soportar la aflicción (‘ănî; cf. el comentario de 36:8) sin renegar. El hecho de
buscar fallas en Dios no traería alivio al sufrimiento de Job.
36:22–26. A continuación, Eliú llamó la atención de Job hacia Dios y habló de su
poder (cf. v. 5; 37:23), su gran capacidad como enseñador (cf. 36:9–10), su independencia
(nadie puede decirle a Dios lo que debe hacer y nadie le ha prescrito su camino), justicia
(porque nadie puede probar, como Job había tratado de hacer, que ha obrado mal; cf. 19:6–
7), incomprensible grandeza (36:26) y eternidad (v. 26). Los años del Señor son
innumerables y eternos, en contraste con los pocos años que vive el hombre (9:25; 14:1–2,
5; 16:22). Así que en vista de las perfecciones divinas, Job debía reprimirse de cometer el
pecado de reprobar a Dios. Más bien, debía engrandecer su obra, como otros justos han
hecho, incluso por medio de himnos. Los hombres todos (es trad. de ’āḏām) están
conscientes de su obra majestuosa aun cuando el hombre (’ĕnôš, “hombre mortal y débil”;
cf. el comentario de 4:17) sólo mira de lejos su asombrosa creación (e.g., las estrellas). A
menudo, Job había hablado de la grandeza de Dios (9:4–13; 10:16; 12:13; 21:22; 23:13;
24:22; 26:14; 27:11), pero Eliú quería hacer hincapié en que es incongruente reconocer la
majestad del Altísimo y al mismo tiempo criticarlo.
b. Eliú defiende la soberanía y benevolencia de Dios en sus tratos con la naturaleza
(36:27–37:24)
Habiéndose referido al “camino” y “obra” de Dios (36:23–24) que el hombre puede
contemplar (36:25), Eliú pasó a analizar la obra del Señor en la naturaleza, en las tormentas
de otoño (36:27–33), el invierno (37:1–13), y en el verano (37:14–18).
En su tercer discurso (cap. 35), Eliú había hablado de la soberanía divina. Aquí retoma
ese asunto, pero haciendo más énfasis en que el control de Dios sobre la naturaleza incluye
su benevolencia hacia la tierra, los animales, y las personas.
(1) La soberanía de Dios se manifiesta en las tormentas de otoño (36:27–33). 36:27–31.
Dios controla todos los aspectos de la naturaleza: la evaporación (v. 27a) que hace que las
gotas de las aguas se transformen en vapor y produzcan la lluvia (vv. 27b–28). Asimismo,
controla las nubes (v. 29a), los truenos con su sonido estrepitoso (v. 29b; cf. v. 33; su
morada es una descripción del cielo), los relámpagos (su luz; vv. 30, 32) y el océano.
Cobija con ella las profundidades del mar (v. 30) no debe entenderse como una
referencia a la luz de los relámpagos, sino que él “cubre las profundidades del mar”, lo cual
significa que Dios inunda de tal modo el fondo del mar con agua, que las personas que
habitan en la tierra no pueden verla.
El Omnipotente usa esos medios, la evaporación, la precipitación, los truenos y los
relámpagos y castiga a los pueblos, pero también los usa para darles el sustento (v. 31; cf.
Hch. 14:17). Algunas veces, el Señor utiliza la lluvia para traer calamidades sobre los
individuos (cf. 37:13) aparte del propósito normal de la lluvia, que es nutrir la tierra.
36:32–33. Nuevamente refiriéndose a la luz de los relámpagos, Eliú dijo que Dios
“cubre sus manos con el relámpago y le ordena dar en el blanco” (BLA, NVI99, aunque la
RVR60 trad. con las nubes encubre la luz), lo que en forma figurada significa que lanza
los relámpagos como saetas. El trueno anuncia la tempestad, misma que el ganado (V.
BLA, nota mar.) percibe cuándo se aproxima. El “trueno” (“sonido estrepitoso”) se
mencionó en el v. 29, pero aquí lit. es “ruido”. “La inminente tormenta que se aproxima” es
la trad. correcta de la ambigua frase hebr. que se utiliza aquí. En ese idioma, es muy difícil
entender la segunda línea del v. 33, por lo que se ha traducido de muchas maneras (V.
BLA, nota mar. También V. H.H. Rowley, Job, pág. 301).
(2) La soberanía de Dios se manifiesta en el invierno (37:1–13). 37:1–5. La gente
siempre ha estado fascinada por el maravilloso espectáculo que ofrecen los truenos y
relámpagos, que es el programa de “luz y sonido” de Dios. Por supuesto que Eliú no era la
excepción, por eso también se estremecía y saltaba de … lugar su corazón. Es probable
que se avecinara una tormenta, porque instó a sus oyentes diciendo: Oíd (está en pl.)
atentamente el estrépito (rōg̱ez, “agitación” que en 3:17, 26 se trad. como “perturbar”) de
su voz. A menudo, el trueno se define como la voz poderosa de Dios (37:2, 4–5). En cinco
ocasiones, Eliú mencionó los relámpagos (su luz; 36:30, 32; 37:3, 11, 15), que son
enviados por el Señor. Pero la forma en que él hace estas grandes cosas maravillosas,
queda muy fuera del alcance de la comprensión humana (v. 5; cf. 36:26, 29), porque no
entendemos, que es una verdad que Elifaz había mencionado también (5:9) y de la cual Job
había hablado en dos ocasiones (9:10; 26:14).
37:6–13. Muchas personas han experimentado el efecto restrictivo de la nieve y los
aguaceros torrenciales—fenómenos de la naturaleza que hacen que los hombres
reconozcan la obra de Dios (cf. 36:24; Ro. 1:20). Él detiene las actividades de los
hombres, y las bestias corren a su escondrijo buscando protección para hibernar en sus
moradas cuando del sur (lit. “de la cámara”, V. nota mar., BLA, que es una figura
pintoresca que describe la tormenta como almacenada en una recámara; cf. Job 38:22)
viene el torbellino (la tormenta) enviado por Dios. El frío de los vientos del norte y el
hielo se producen por el soplo de Dios y las … aguas de los lagos y ríos se congelan. El
Señor también hace disipar la densa nube, y con su luz (relámpagos; cf. 36:30, 32; 37:3,
15) esparce la niebla. Siguiendo las órdenes del Altísimo, asimismo, por sus designios se
producen las nubes tormentosas para traer castigo sobre algunas personas al arruinar sus
cosechas, inundar sus posesiones y ahogarlas (cf. el comentario de 36:31a). En otras
ocasiones, por su misericordia hace que las nubes tormentosas rieguen la tierra (cf.
36:31b; Hch. 14:17)—evidencia esta que demuestra que hay un equilibrio entre su poder y
su benevolencia.
(3) La soberanía de Dios se manifiesta en el verano. 37:14–18. A continuación, Eliú
desafió a Job a meditar en lo que había venido diciendo acerca de las maravillas de Dios
(cf. v. 16). Haciendo una serie de preguntas, Eliú puso de manifiesto la ignorancia de Job
acerca del poder divino manifiesto en las maravillas de la naturaleza. El hombre no sabe
cómo Dios las pone en concierto, ni cómo hace resplandecer la luz (relámpago; cf. el
comentario del v. 3) de su nube ni cómo guía las nubes que cuelgan del cielo. El hombre
es ignorante, pero Dios es el Perfecto en sabiduría. Tampoco es capaz el hombre de hacer
lo que el Señor, cuando él sosiega la tierra y extiende sobre el firmamento un cielo de
verano claro y azul, con aspecto de un espejo fundido (cf. Dt. 28:23), haciendo que la
gente perspire en el ardiente clima sin viento.
(4) Incapacidad de Job de entender los caminos de Dios (37:19–24). 37:19–21. Si Job
no podía entender las acciones evidentes de Dios en la naturaleza, ¿cómo podía atreverse
siquiera a ordenar (‘ārak, “preparar, arreglar, conducir”; cf. 13:18) las ideas para presentar
su caso en la batalla legal contra Dios, como había dicho el patriarca que quería hacer? Job
no podía ganarle a Dios, porque el hombre está en tinieblas, i.e., es ignorante en lo que
respecta al Señor (cf. 38:2). Pedir la palabra (por más que el hombre razone) para hablar
en su presencia, como Job quería hacer (10:2; 13:3, 22), y acusar al Omnipotente de actuar
mal, sería pedir ser destruido o quedar como abismado por Dios. El hombre débil e
insignificante ni siquiera puede mirar la luz esplendente del sol sin quedar ciego.
Entonces, ¿cómo pretendía soportar estar en la presencia divina?
37:22–24. Quizá percibiendo que Dios se acercaba en una tormenta (38:1), Eliú dijo
que él estaba viniendo. En los mitos ugaríticos, se decía que Baal había dejado su palacio
dorado de las montañas del norte. Pero aquí, el verdadero Dios venía de la parte del norte
en su dorada claridad, lo cual es una figura de su majestad terrible. Como Job había
dicho, el … Todopoderoso es incomprensible y no alcanzamos a entenderlo porque está
más allá de la capacidad mental del hombre (26:14; cf. las palabras parecidas de Eliú 36:26,
29; 37:5). A continuación, Eliú resumió los dos atributos divinos que había venido
defendiendo repetidamente: su poder (cf. 36:22) o soberanía y su justicia (cf. 34:12, 17).
Eliú estaba seguro que los tratos de Dios con Job no eran para oprimirlo o para oponerse a
él, aunque antes de que Eliú hablara, Job no encontraba otra explicación.
Las palabras finales de Eliú consistieron en una recomendación para que Job
reverenciara (o “temiera”; cf. el comentario de 1:1) a Dios, lo cual significaría que haría a
un lado su autosuficiencia y orgullo (él no estima a ninguno que cree en su propio
corazón ser sabio). Temer a Dios involucra reconocer su supremacía y la inferioridad del
hombre debido a su finitud. De nueva cuenta, Eliú puso el dedo en la llaga del problema de
Job—su orgullo ante el Divino (cf. 33:17; 36:9).
Job no respondió a los discursos de Eliú, posiblemente porque reconoció que había algo
de verdad en lo que había dicho. Según el joven, la justicia divina no debe ser cuestionada
ni desafiada su soberanía, porque los caminos de Dios quedan más allá de la comprensión
humana. Según Eliú, las calamidades pueden ser usadas para eliminar el orgullo y proteger
a la gente de dificultades mayores. Entonces, Dios debe ser adorado, no criticado; debe ser
exaltado, no examinado.
Muy atinadamente, Eliú preparó el camino para que Dios hablara. Lo hizo (a)
defendiendo al Omnipotente; (b) sensibilizando a Job hacia su necesidad de ser humilde;
(c) describiendo las maravillas de Dios en la revelación natural, sobre las cuales el Señor
habló posteriormente; (d) auscultando a Job y haciéndole preguntas que lo hicieran pensar
(33:13; 34:17–19, 33; 35:2, 6–7; 36:19, 22–23, 29; 37:15–18, 20), táctica que Dios
continuó utilizando; y (e) dirigiéndose al problema básico de Job—que trataba de
justificarse a sí mismo y condenar a Dios—lo cual el Señor mismo mencionó después (cf.
32:2 con 40:8).
F. Los dos discursos de Dios y las respuestas de Job (38:1–42:6)
Por fin, la petición de Job de que Dios le respondiera fue concedida. En repetidas
ocasiones, Job había tocado a la puerta celestial, anhelando recibir la respuesta divina
(13:22; 31:35). También deseaba tener un árbitro (9:33), abogado o intercesor (16:19–20),
que hablara a su favor.
Pero la respuesta de Dios no fue nada parecida a la que Job había esperado. El patriarca
deseaba acudir a un juicio legal, tener la oportunidad de comprobar la ilegalidad de los
ataques divinos contra él, como acusado patriarcal. Pero en vez de responder a las
imputaciones de Job relacionadas con las injusticias del Soberano, ¡Dios le hizo preguntas a
Job! En vez de responder al citatorio del patriarca, ¡el Señor expidió un citatorio para Job!
En lugar de explicar la teoría del mal o siquiera el propósito del sufrimiento, Dios reprendió
a Job por tratar de desafiar sus caminos.
En más de 70 preguntas—de las cuales Job no pudo contestar ninguna—Dios lo
interrogó en relación con muchos aspectos de la naturaleza, tanto inanimada como animada.
Esos dos exámenes de ciencias naturales contenían preguntas que iban desde asuntos
relacionados con las constelaciones hasta el polvo; y de las bestias hasta las aves. Las
maravillas de la creación de Dios están asombrosamente desplegadas en el espacio sideral,
en el cielo y en la tierra. Aunque Job quedó aturdido por esa andanada de preguntas y
habiendo fallado ambos exámenes, finalmente sí se encontró con Dios cara a cara. Esto
confirmó al quejoso que Dios no lo había abandonado después de todo.
¿Cuál fue el propósito de Dios al reprender a Job? Al mostrar su poder y sabiduría, el
Señor demostró a Job su ignorancia e impaciencia. ¿Cómo podía Job entender o controlar
los métodos que sigue el Altísimo con el hombre, cuando no podía comprender o controlar
la administración divina de la naturaleza? Puesto que Job no pudo contestar a Dios en esos
asuntos, ¿cómo podía esperar enfrentarse al Señor en un debate? Ya que Dios sigue sus
propias reglas y designios en el cielo y con los animales, ¿acaso no tiene también
propósitos definidos en su trato con la gente? Aunque el hombre no pueda entender el trato
divino, debe seguir confiando en él. La adoración debe surgir de un aprecio por Dios
mismo, no de la comprensión de todos sus métodos. Aunque esté desconcertada, la gente
debe seguir adorándolo.
Dios no explicó a Job sus designios, más bien los exhibió, mostrando así que el creador
y sustentador del universo no tiene por qué dar explicaciones al insignificante ser humano.
El hombre debe reportarse a Dios, no al contrario. Aun así, aunque Dios no explicó sus
designios en cuanto a las dificultades del ser humano, ni su propósito para el sufrimiento, sí
se reveló a sí mismo.
Esta confrontación divina—la intervención más larga de Dios que se registra en la
Biblia—consta de dos partes (38:1–40:2 y 40:6–41:34); la humilde respuesta de Job sigue a
la primera parte (40:3–5) y su respuesta arrepentida se incluye después de la segunda parte
(42:1–6).
La disertación divina “alcanza alturas insospechadas de esplendor poético” (Victor E.
Reichert, Job, pág. 195). La exaltación exuberante de las maravillas que hace Dios en la
naturaleza excede a cualquier otra exclamación del poder creativo del Señor. No es de
extrañar entonces que Job quedara ¡callado, humillado y arrepentido!
1. PRIMER DISCURSO DIVINO (38:1–40:2)
a. Reprensión inicial de Dios y desafío a Job (38:1–3)
38:1. La aparición de Jehová fue acompañada de un torbellino, posiblemente la
tormenta que Eliú había sentido que se acercaba (37:22). “Torbellino” es la trad. de se
‘ārâh, “tempestad o tormenta acompañada de viento furioso” (también se usa, e.g., en 2 R.
2:1, 11; Is. 29:6; 40:24; Sal. 107:25 y Ez. 1:4, “viento tempestuoso”). Es irónico que “un
gran viento” causara la muerte de los diez hijos e hijas de Job. Aquí, una tormenta violenta
acompaña al comunicado del Señor. Pero mientras que la primera fue la causa de la ruina
que provocó el sufrimiento personal del patriarca, la segunda fue de revelación, la cual dio
como resultado la sumisión personal de Job. Algunas veces, Dios usaba las tormentas para
dramatizar ocasiones especiales (cf. Éx. 19:16–17; 1 R. 19:11–13)
38:2–3. Iniciando con una reprensión, Jehová acusó a Job (por medio de una pregunta)
de oscurecer el consejo, o tratar de hacer confuso el designio divino para el universo. El
cuestionamiento de Job confundía en vez de clarificar el asunto (cf. el comentario de Eliú
acerca de las tinieblas en que vive el hombre, 37:19). El hecho de que Job había insinuado
que Dios se había convertido en su enemigo, sólo contribuiría a confundir a otros acerca de
Dios en vez de arrojar luz sobre los métodos que él utiliza. Debido a esto, aunque algunas
veces exaltaba a Dios, en realidad Job no sabía de lo que hablaba cuando culpó al Señor de
ser injusto. Las palabras de Job carecían de sabiduría (como Eliú había dicho en dos
ocasiones; 34:35; 35:16).
A continuación, el Señor dijo a Job que se preparara para responder a sus preguntas.
(Ciñe como varón tus lomos; cf. 40:7 lit. “alístate como hombre”, geḇer, “hombre fuerte”;
i.e., “ajusta tu vestido exterior parecido a una toga con tu cinturón, como hace un hombre
antes de iniciar una tarea dificultosa como correr o luchar en batalla”, Éx. 12:11; 1 R.
18:46.) Job debía prepararse para poder responder a Dios con inteligencia. Este es un
importante contraste con las palabras que Job exclamó: ¡Quién me diera quien [Dios] me
oyese! (31:35) ¡De acusador, Job se convirtió en el acusado!
b. Dios cuestiona a Job acerca del mundo inanimado (38:4–38)
En una serie de preguntas relacionadas con cosmología, oceanografía, meteorología y
astronomía, Dios desafió la habilidad de Job para juzgar la forma en que el Señor controla
el universo. Para ello, utilizó la ironía, con objeto de subrayar la ignorancia del patriarca
(e.g., “házmelo saber”, vv. 4, 18; “¡tú lo sabes!”; vv. 5, 21).
(1) Preguntas acerca de la tierra (38:4–21). 38:4–7. Inmediatamente, Job se vio
confrontado con su insignificancia, porque no había estado presente cuando Dios fundaba,
i.e., creaba, la tierra. Puesto que no pudo observar lo que se llevó a cabo en ese entonces,
no podía entenderlo. ¿Cómo pretendía dar consejos al Señor? La creación de la tierra se
compara con la construcción de un edificio con sus cimientos, medidas … cordel … basas
y piedra angular. Cuando el Omnipotente puso la tierra en su órbita, fue algo parecido a
poner en su lugar las diferentes partes de un edificio.
Job estaba ausente cuando alababan todas las estrellas del alba (posiblemente Venus
y Mercurio; esas estrellas matutinas fueron mencionadas por Job en 3:9) y se regocijaban
todos los hijos de Dios (“ángeles”; cf. 1:6; 2:1) al observar la creación de la tierra por
Dios. Que las estrellas cantaran es una personificación poética, no una referencia al ruido
que producen, como ha detectado la radioastronomía. En Salmos 148:2–3, a los ángeles y
las estrellas se les ordena que se unan para alabar al Señor.
38:8–11. El origen de la tierra se describe como la construcción de un edificio (vv. 4–
7); el origen de los océanos se pinta como el nacimiento de un niño. Job no estuvo presente
cuando Dios formó los océanos, los lagos y el mar, que surgió, dijo, cuando se
derramaba saliéndose de su seno, al igual que un niño cuando nace de la matriz (cf. v.
29). El Señor confinó el agua, su recién nacido, por medio de orillas (¿quién encerró … el
mar … establecí sobre él mi decreto, le puse puertas y cerrojo [como la entrada de una
ciudad]). Las aguas ya no pudieron cubrir todo el globo como habían hecho antes (cf. Gn.
1:2, 9; Sal. 104:9). Dios separó las aguas de la tierra; y sobre las aguas de la tierra puso las
nubes (cf. Gn. 1:6) que al igual que la vestidura de un recién nacido (cf. Job 38:14),
cubren de noche las aguas de la tierra. Al poner límite al orgullo de las olas que golpean
contra la playa, Dios debe haber sugerido sutilmente que también tenía control de los
orgullosos alegatos de Job. Es evidente que el Señor tenía bajo su poder todos esos
elementos cosmológicos.
38:12–15. El control del Señor sobre la tierra también incluye la secuencia que
diariamente siguen la mañana y la noche. El alba hace que sean sacudidos los impíos
(38:13), como se hace con una manta, los cuales se esconden y realizan sus actividades de
noche (cf. 24:14–17; Juan 3:19). Ésta hace que el brazo enaltecido sea quebrantado (v.
15; cf. 40:9). A medida que el sol empieza a alumbrar, se ponen de manifiesto los
contornos de la tierra y los malos ya no tienen oscuridad, misma que ellos llaman su luz, en
qué trabajar. Puesto que Job no había tenido nada que ver con el establecimiento o control
de ese aspecto de la creación, ¿cómo podía cuestionar los métodos que Dios usa?
38:16–18. Dios también puso a Job en su lugar al preguntarle si había explorado los
ámbitos invisibles de: (a) las fuentes del mar (la palabra hebr. para “fuentes” nēḇek, que
sólo aparece aquí en el A.T., probablemente se refiere a los manantiales de agua que salen
del fondo del mar y llenan los océanos), (b) el abismo (las profundidades de los océanos),
(c) la muerte, que se presenta como que tiene puertas que se abren cuando alguien entra
(cf. Sal. 9:13; 107:18; Is. 38:10) que también se describe como sombra de muerte, y (d)
las extensas anchuras de la tierra.
38:19–21. El Señor personificó la luz y las tinieblas diciendo que viven en casas.
Haciendo preguntas retóricas, el Señor señaló al quejoso que él, un simple mortal, no tenía
forma de seguir la luz cuando se pone el sol para ver a dónde va, o de perseguir la
oscuridad cuando llega el alba para ver dónde mora. Añadió que las sendas de su casa son
inaccesibles, en el sentido de que Job no podía explicar la forma en que el Señor hace que
la tierra se mueva alrededor del sol. Al decir ¡tú lo sabes! (cf. v. 5) pues entonces ya
habías nacido, fue una forma irónica en que el Altísimo confirmó que Job no sabía nada de
ello, porque no había nacido cuando el Señor puso en movimiento la rotación de la tierra.
Los años de Job eran muy pocos comparados con la eternidad de Dios (cf. 36:26).
(2) Preguntas relacionadas con el firmamento (38:22–30). 38:22–24. Job no tenía idea
de cómo hace Dios la nieve o el granizo, que se describen como que son guardados en
almacenes y están reservados (cf. Sal. 33:7; 135:7; Jer. 10:13) para cuando Dios quiere.
Hacer que caiga el granizo durante la batalla (cf. Jos. 10:11) es un ejemplo de lo que Eliú
había dicho acerca de que Dios utiliza los elementos del clima para evitar que la gente
trabaje (Job 37:6–7), o para el tiempo de angustia, para castigarla (37:13). Job no podía
predecir dónde iba a enviar Dios descargas de relámpagos (la luz; cf. las palabras de Eliú
que siguen esta línea de pensamiento en 36:30, 32; 37:3, 11, 15; cf. 38:35) o por dónde
sopla el viento solano sobre la tierra.
38:25–30. El hombre tampoco puede entender los métodos que Dios usa para hacer que
venga el turbión o el hielo (cf. el comentario de Eliú acerca de ellos en 36:27–28; 37:6,
10). Sólo Dios les traza su camino (una senda imaginaria) en el cielo a través de la cual
hace llover sobre la tierra (cf. 28:26). El hombre ni siquiera puede ver que con frecuencia,
Dios hace que llueva aun sobre el desierto y donde no hay hombre.
De nueva cuenta, usando la figura del nacimiento (cf. 38:8), Dios preguntó a Job si
acaso sabía si tiene la lluvia padre … o quién engendró las gotas del rocío o de qué
vientre salió el hielo y la escarcha. Es posible que esto sea una alusión y una polémica
contra el mito cananeo que consideraba que la lluvia era el semen de los dioses, por medio
del cual la “madre tierra” supuestamente engendraba a sus “hijos”, o sea, las cosechas. Es
verdad que nadie sabe con certeza cómo es que el Dueño de la tierra envía la lluvia o
conjunta los elementos del clima frío, incluyendo el rocío, el hielo, las heladas o cómo
congela la faz del abismo; i.e., los lagos y ríos.
(3) Preguntas acerca de las estrellas y nubes (38:31–38). 38:31–33. Job sabía que Dios
había hecho las constelaciones de las Pléyades …, Orión y la Osa Mayor (9:9), pero aquí
Dios señala que Job no tuvo nada que ver con conservar unido el conjunto de estrellas
conocido como Pléyades, ni tampoco pudo cambiar la configuración de estrellas que
forman la constelación de Orión, ni hacer que la Osa Mayor aparezca de noche. Y puesto
que Job no sabía nada acerca de las ordenanzas y leyes de los cielos con los cuales Dios
controla las estrellas, planetas y luna, ¿cómo podía atreverse a criticar las leyes divinas en
cuanto a sus tratos con la humanidad? La potestad en la tierra y su dominio, son de Dios,
no de Job.
38:34–38. Dios también humilló a Job señalando su incapacidad de ordenar a las nubes
que dieran lluvia o de enviar los relámpagos (cf. v. 24). En el v. 36, que es difícil de trad.,
la palabra corazón tal vez pudiera trad. “capas de nubes” y espíritu como “fenómenos
celestes” (V. Rowley, Job, págs. 315–316). Si se aceptan esas trad., se apegaría a la práctica
divina de usar en este cap. personificaciones para hablar de la naturaleza inanimada. Parece
que las nubes y relámpagos actúan como si tuvieran inteligencia propia. Si la trad. de la
RVR60 es la correcta, Dios da al hombre inteligencia, pero aun con toda su sabiduría, no
puede calcular el número de nubes ni hacer que los odres (pieles animales que se usaban
para guardar agua) de los cielos; i.e., las nubes, se inclinen y hagan caer la lluvia para
humedecer el polvo … y los terrones que se han pegado unos con otros.
c. Dios cuestiona a Job en relación con la naturaleza viva (38:39–39:30)
Los doce animales que se describen aquí—seis bestias, cinco aves y un insecto—todos
muestran el genio creativo y cuidado providencial de Dios. Es muy adecuado que la lista
comience con el león, el rey de la selva, y termine con el comentario del águila, la reina de
las aves (sin embargo, es posible que el comentario acerca del águila se refiera más bien al
gavilán o al buitre; V. el comentario de 39:27). La incompetencia e ignorancia de Job se
aprecian en que era incapaz de alimentar a los dos primeros animales (38:39–41), no
conocía cómo nacen los hijos (de los siguientes dos, 39:1–4), no podía librar ni domar (a
los siguientes dos de 39:5–12), no les proporcionó sus hábitos extraños (a los dos que se
mencionan en 39:13–25) ni les dio su capacidad de volar (a los últimos dos (39:26–30). Se
podría pensar que los animales, que están bajo la potestad del hombre, podrían ser cuidados
y controlados por él. Pero Dios demostró a Job que era inferior, en algunas cosas, aun al
reino animal.
(1) Leones y cuervos. 38:39–41. Por su propia seguridad, Job se mantenía alejado del
león, y no se atrevía a cazar su presa. Tampoco podía dar al cuervo su alimento, aunque
sus polluelos a menudo son abandonados por sus padres. Job no podía alimentar a los
animales salvajes. Por lo tanto, puesto que Dios se preocupa de ellos (Jesús dijo que los
cuervos son alimentados por Dios, Lc. 12:24), que son de menos valor que los humanos,
¿cómo podía desatender a la gente?
(2) Cabras y ciervas. 39:1–4. Job ni siquiera sabía el tiempo en que ciertos animales
paren a sus pequeños ni nada acerca de sus períodos de gestación. Las cabras monteses y
las ciervas … se encorvan, hacen salir sus hijos y pasan sus dolores, todo ello sin contar
con la ayuda o conocimiento del hombre, pero evidentemente bajo la supervisión de Dios.
Después, con rapidez, sus hijos se fortalecen, crecen … salen, … no vuelven a ellas y
aprenden a defenderse por sí mismos (cf. las referencias a los “polluelos” en 38:41; 39:30).
La cabra montés puede referirse al íbex de Nubia, una cabra salvaje del Medio Oriente que
se esconde cuando pare a sus hijos. Aun en la actualidad, muy pocas personas han
observado a esos animales cuando están pariendo (Avinoam Danin, Do You Know When
the Ibexes Give Birth? Biblical Archaeology Review, “¿Sabe usted cuando paren los
íbexes?, Revista de Arqueología Bíblica 5. Noviembre-diciembre 1979:50–1).
(3) Asnos monteses y búfalos (39:5–12). 39:5–8. Aun el sencillo acto de poner en
libertad al asno montés para que busque alimento en la soledad del desierto, para que viva
en lugares estériles (probablemente en las cercanías del mar Muerto), el cual rechaza los
ruidos de la ciudad … buscando toda cosa verde en las colinas, estaba muy lejos de la
capacidad de Job. Sólo Dios puede ayudar a esos animales a sobrevivir.
39:9–12. En contraste con dejar en libertad a los asnos monteses, Job tampoco podía
domar al búfalo (“toro salvaje”, NVI 99) y atarlo con coyunda para el surco. Ese animal
(tal vez el uro o bisonte europeo) se resistía a la domesticación. El Señor dijo que no
aceptaba servir a Job o quedarse en su pesebre en la noche, como hace el buey doméstico.
Tampoco labraría la tierra. Aunque es bastante fuerte, el búfalo no quiere trabajar para el
hombre, ni tirar de las carretas con semilla y grano para llevarlas a la era. Si Job no podía
siquiera domesticar a ese animal salvaje, ¿cómo podía desafiar los métodos que usa Dios
con el hombre?
(4) Pavos reales (“cigüeña”, NVI99), avestruces, caballos y langostas (39:13–25).
39:13–18. El avestruz es un ave muy rara y de aspecto extraño, que llega a pesar hasta 150
kilos y alcanza una altura de entre dos y tres metros. Aunque aletea con sus alas, no puede
volar. Al contrario de las aves que vuelan, e.g. la cigüeña, el avestruz pone sus huevos en la
tierra, no en los árboles. De hecho, varias gallinas de avestruz pueden poner sus huevos en
un solo nido, pero si no hay lugar en él, los depositan fuera, sobre el polvo, donde otras
gallinas, en la confusión de entrar y salir de su nido, a veces los aplastan. La aparente
indiferencia y aun crueldad de los avestruces por sus hijos, que actúan como si no fueran
suyos (v. 16; cf. Lm. 4:3) ponen de manifiesto su falta de sabiduría y de inteligencia. Las
avestruces pueden abandonar el nido si están sobrealimentadas, y si son impacientes,
pueden abandonarlo antes de que todos los polluelos hayan salido del cascarón. Si un
hombre quiere acercarse al nido, el avestruz puede aplastar los huevos. A veces, una
avestruz puede tratar de empollar los huevos de otro nido, olvidando el suyo propio. (Para
estos y otros ejemplos de la estupidez del avestruz, V. George F. Howe, Job and the
Ostrich: A Case Study in Biblical Accuracy, Journal of the American Scientific Affiliation,
“Job y el avestruz”: Caso de Estudio en Exactitud Bíblica, Diario de la Afiliación Científica
Americana” 15. Diciembre 1963:107–10). Pero a pesar de su falta de inteligencia, un
avestruz puede correr a una velocidad de 60 kms. por hora, más rápido que un caballo.
¿Acaso se le hubiera ocurrido a Job hacer un ave tan extraña?
39:19–25. Tampoco Job tuvo nada que ver con la creación del caballo de guerra, con su
gran fuerza, sus crines ondulantes, su capacidad de saltar como hace la langosta al tiempo
que lanza su resoplido, … escarba la tierra y sale al encuentro de las armas sin
arredrarse. Llevando la aljaba … la lanza y … la jabalina de su jinete en el costado, con
ímpetu … escarba la tierra como si quisiera comérsela, mientras espera el sonido de la
trompeta para atacar. Desde lejos huele la batalla y escucha el grito de los capitanes. La
inflamada poesía de estos vv. es comparable a la vitalidad del caballo. Puesto que Job era
inferior en fuerza que el caballo, ciertamente era inferior al Creador de esa bestia.
(5) Gavilanes y águilas. 39:26–30. La migración anual del gavilán … hacia el sur se
realizaba sin la sabiduría de Job. Por otro lado, el águila se remonta por los cielos y
construye en alto su nido … en la peña … en la cumbre del peñasco, desde donde con su
aguda visión (cf. 28:7) acecha la presa porque sus ojos observan de muy lejos. Chupan
la sangre y devoran cadáveres probablemente indica que se refiere al gavilán o buitre y no
al águila (George Cansdale, Animals of Bible Lands, “Animales de las tierras bíblicas”.
Londres: Paternoster Press, 1970, pág. 144). La palabra hebr. nešer abarca tanto a los
buitres como a las águilas (cf. 9:26).
Esta mención de unos pocos ejemplos de la fauna del mundo, demuestra que Job era
incapaz de contender con la creación, y por lo tanto, no estaba calificado para condenar al
Creador. Al mismo tiempo, estas palabras señalan la satisfacción del Señor con su creación.
Sus estrellas y ángeles cantaban y gritaban cuando él estaba haciendo la tierra (38:7) y
evidentemente él disfruta del mundo animal. Asimismo, Dios usa la creación para poner
límites a los impíos (38:15), para ayudar al hombre (38:23), para regar la tierra (38:26, 37–
38); él controla y limita a la creación (38:8–9, 11); él la regula (38:12, 25, 31–33). En el
mundo animal, Dios provee a las necesidades de sus criaturas (38:39–41; 39:29–30), les
ayuda (vv. 1–4, 26–28), las liberta (vv. 5–12), y las fortalece (vv. 13–25). En contraste, Job
no podía hacer nada de ello. Es evidente que la creación ordenada de Dios está bien
provista y cuidada; pero Job pensaba que el plan cósmico del Señor era arbitrario y que
carecía de su control, provisión y cuidado.
d. Reprensión final de Dios y su desafío a Job (40:1–2)
40:1–2. El primer discurso de Jehová, que inició con una reprensión y un desafío (cf.
38:2–3), concluye de la misma manera, con una amonestación y un reto para Job. La
reprensión está en forma de pregunta. El que disputa con Dios se refiere a Job. En dos
ocasiones (10:2; 23:6) el patriarca había dicho que Dios (10:1) era el que estaba
contendiendo con él (rîḇ, presentar una demanda en la corte), pero irónicamente, Dios
revertió la acusación. (Cf. las palabras de Eliú “¿Por qué contiendes [rîḇ] contra él?”
[33:13]) ¿Cómo se atrevía Job a demandar al Señor? Puesto que el patriarca había acusado
a Dios, él era quien debía responder a sus preguntas (cf. “tú me contestarás” en 38:3 y
40:7).
2. PRIMERA RESPUESTA DE JOB A DIOS (40:3–5)
40:3–5. Aceptando que el hombre no es el amo del mundo, y que Dios controla y cuida
de su creación, Job admitió (a) su insignificancia (yo soy vil; i.e., indigno, que viene del
vb. qālal, “quedar callado, nadería, pequeño, insignificante”) y (b) su incapacidad de seguir
defendiéndose. Su confianza anterior (“Diré a Dios: No me condenes”, 10:2; “Llama luego,
y yo responderé”, 13:22; “Entonces llamarás, y yo te responderé”, 14:15) se trastocó en una
sumisión humilde: ¿qué te responderé? Nunca más volvería Job a acercarse a Dios como
un príncipe altivo (31:37). El patriarca aceptó que no podía responder al Señor como él lo
había desafiado a que hiciera (38:3; 40:2). Su única respuesta fue el silencio, porque dijo:
Mi mano pongo sobre mi boca—un gesto que había sugerido que adoptaran sus
contendientes (“poned la mano sobre la boca”, 21:5).
Job había dicho su discurso insistiendo en sus palabras delante de Dios (una vez hablé
… aun dos veces), pero ahora sentía que no volvería a hablar. No obstante, esta respuesta
del que previamente había sido el acusador, no incluyó una nota de arrepentimiento. Se
había humillado, pero no arrepentido. Así que Dios lo desafió a que respondiera más
preguntas.
3. SEGUNDO DISCURSO DIVINO (40:6–41:34)
Al igual que el primer discurso del Señor, este incluyó un reto (40:6–7), una reprensión
(40:8–14) y preguntas acerca de la naturaleza (40:15–41:34). El primer discurso del
Altísimo incluyó la creación inanimada y la animada; en este, llamó la atención de Job sólo
a dos animales. Pero contrario al primer discurso, este no terminó con una amonestación
final y un desafío (cf. 40:2)
a. Dios desafía y reprende a Job (40:6–14)
40:6–8. De nueva cuenta, respondió Jehová a Job hablando desde el torbellino (cf. el
comentario de 38:1) y repitió en forma casi exacta su reto anterior (38:3) diciéndole: Cíñete
ahora como varón tus lomos para que respondiera a las preguntas que le haría. A
continuación, lo reprendió por medio de una pregunta (cf. las preguntas de 38:2; 40:2)
diciendo: ¿Invalidarás tú también mi juicio? Sólo aquí se refirió Dios en forma directa a
la acusación hecha por Job de la supuesta injusticia divina.
En la siguiente pregunta: ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? la palabra
“condenarás” es el vb. rāša‘, “actuar con maldad o condenarle a uno como malo”. Esta es
una asombrosa reprimenda de Dios, porque ese vb. ya había aparecido varias veces en el
libro de Job. El patriarca había dicho que si Dios lo confrontaba, sin reparo se condenaría a
sí mismo (9:20a). Después dijo que pediría a Dios que no lo condenara (10:2). Elifaz dijo a
Job que el sufriente se estaba condenando a sí mismo con sus palabras (15:6) y Eliú creía
que los tres amigos habían condenado a Job (32:3). Ahora, Dios dijo que el único que
estaba siendo condenado ¡era él mismo! La justificación de Job cuando dijo que él no
estaba actuando impíamente resultó en su afirmación de que Dios era el que estaba
actuando mal.
40:9–14. Disputar con Dios indicaba que Job estaba poniéndose a la altura del Señor.
Pero ningún mortal puede compararse con él. Job no tenía la fuerza divina, un brazo como
el de Dios (el brazo simboliza fuerza; cf. 38:15; Sal. 89:13; Is. 40:10; y cf. “diestra” en Job
40:14) ni el poder de hacer tronar su voz como el Señor. Sin esos recursos para gobernar el
mundo y enderezar lo equivocado, ¿con qué derecho se atrevía Job a criticar al Altísimo?
Si el Señor soberano debía aceptar sus difamaciones contra él como verdaderas,
entonces Job primero tendría que comprobar su capacidad de gobernar el universo. Difamar
a Dios como había hecho Job, en esencia era una usurpación de la autoridad divina, un
intento de ponerse en el lugar de Jehová. Así que el Señor razonó que si Job quería obtener
la posición de gobernante del mundo, entonces tendría que probar que estaba calificado
para ello. Job tenía que vestirse acorde con esa posición, y adornarse con la majestad y …
alteza, honra y … hermosura del Señor. Por supuesto que quedaría descalificado aun en
eso. Dios continuó diciendo que su encomienda era derramar el ardor de su ira para
humillar al impío, al altivo y a todo soberbio con el poder de su mirada (cf. la capacidad
del leviatán de mirar con menosprecio a los orgullosos, 41:34) y después de quebrantarlos,
sepultarlos en el polvo. Puesto que Job había acusado a Dios de ser negligente al castigar a
los impíos (21:29–31; 24:1–17), irónicamente Dios aceptó entregar la responsabilidad a
Job para ver si podía cumplir con ella. Sólo si el patriarca podía llevar a cabo tan asombrosa
tarea, Dios aceptaría la autosuficiencia e independencia del quejoso, que podía salvarse con
su diestra, que sus acusaciones eran válidas.
b. Dios cuestiona a Job en relación con dos animales (40:15–41:34)
El primer discurso de Jehová desplegó un panorama de la naturaleza e incluyó a doce
animales, pero en esta segunda disertación, el acercamiento de su lente se centra sólo en
dos de ellos. Así, el Señor enfrentó a Job con su debilidad e insignificancia y la poderosa
majestad de Dios.
Los eruditos difieren en cuanto a qué criaturas son estas. Contra la idea de que el
behemot (40:15–24) y el leviatán (cap. 41) son figuras mitológicas como algunos sugieren,
se encuentran estos hechos: (1) Dios dijo a Job que viera al behemot (cf. “he aquí” 40:15).
(2) Dios dijo que él hizo al behemot como había hecho a Job (40:15). (3) La descripción
detallada de la anatomía de cada animal prueba que no son bestias mitológicas. (4) Los
animales que se mencionaban en los mitos se basaban en criaturas verdaderas, pero se les
adjudicaban características exageradas. (5) Los doce animales de 38:39–39:30 eran reales,
lo que nos hace pensar que estos dos también lo son. (6) Aunque en otros lugares de las
Escrituras algunas veces el leviatán es una criatura mitológica (e.g., 3:8; Sal. 74:14; Is.
27:1), también habla de él como un ser creado (Sal. 104:24, 26). Además, la forma pl. de la
palabra hebr. para behemot se usa en Joel 1:20, donde se trad. “bestias del campo”.
Sin embargo, aunque esos dos son animales verdaderos, también pueden representar a
los elementos altivos e impíos de este mundo. En el antiguo Cercano Oriente, esas bestias,
con su fuerza bruta (Job 40:16–18; 41:12, 22, 26–29) y la agitación que provocan en las
aguas (41:31–32) simbolizaban las caóticas consecuencias que provoca el mal. (Esto ayuda
a explicar cómo es que el cocodrilo se convirtió en la base de la idea acerca del dragón
mitológico, criatura que causaba caos exagerado en las aguas.) En Egipto, el faraón, en
preparación para su entronización, ritualmente arponeaba (con la ayuda de otros) a un
hipopótamo macho y en ocasiones a un cocodrilo, para dramatizar su capacidad de eliminar
el caos y mantener el orden. El rey realizaba esa dificultosa tarea sólo porque poseía una
fuerza supuestamente sobrehumana y divina. Pero Dios estaba mostrando a Job que él no
tenía esa capacidad. Si no podía dominar a los símbolos animales del mal, ¿cómo podría
dominar a las personas malvadas?
La asociación de ambas bestias con el agua (40:21–23; 41:31–32) une esta disertación
con el primer discurso divino (38:8–11, 16).
(1) El behemot. 40:15–24. El Señor mencionó varias cosas acerca de esa criatura: su
posición igual a Job porque ambos fueron hechos por Dios (v. 15), su dieta (v. 15), su
fuerza física (vv. 16–19), su medio ambiente (vv. 20–23) y su fiereza (v. 24). En hebr., la
palabra behemot es el pl. de “bestia”. Puesto que sólo se describe un animal en los vv. 15–
24, el pl. probablemente señala su grandeza. Las sugerencias acerca de qué animal se trata
incluyen al elefante, el rinoceronte, el brontosaurio herbívoro (dinosaurio), el búfalo de
agua y el hipopótamo. El punto de vista más común, de que se trata del hipopótamo tiene su
apoyo en varias observaciones: (1) Es herbívoro (hierba come como buey, v. 15). Por eso,
toda bestia del campo retoza delante de él sin temor a ser atacada (v. 20). (2) Tiene una
fuerza extraordinaria en sus lomos en los músculos de su vientre, en su cola, en sus
muslos, en sus huesos … fuertes como bronce, y sus miembros (vv. 16–18). En contraste
con el elefante, los músculos del estómago del hipopótamo son especialmente fuertes y
gruesos. La referencia a que su cola se mueve como un cedro (posiblemente se refiere a
una rama de cedro, no a su tronco), sugiere a algunos que “cola” significa la trompa de un
elefante. Sin embargo, los paralelismos ugaríticos indican que el vb. “mueve” (que aparece
sólo aquí en el A.T.) significa “atiesar”. Si esto es así, entonces se refiere a la cola del
hipopótamo, que aunque pequeña, se entiesa cuando el animal se asusta o corre. (3) El
hipopótamo era el animal más grande que se conocía en el antiguo Cercano Oriente (él es el
principio [i.e., el primero] de los caminos [de las obras] de Dios; v. 19). En la actualidad,
el hipopótamo adulto llega a pesar aprox. 4 toneladas. Pero “pudo haber existido una
variedad especialmente gigantesca que habitaba en el río Jordán en aquellos días que tal vez
era más grande que el elefante …” (Gleason L. Archer, Jr., The Book of Job, “El Libro de
Job”, pág. 107). (4) Es muy difícil, si no imposible, matar a un hipopótamo con una simple
espada. Las palabras el que lo hizo, puede hacer que su espada a él se acerque (v. 19)
sugiere que sólo Dios se atrevería a acercarse a esa bestia para enzarzarse en un combate
cuerpo a cuerpo. Tampoco puede ser capturado o arponeado cuando está vigilante, con sus
ojos y nariz asomándose sobre el agua (v. 24). (5) Mientras el hipopótamo se esconde
debajo de las sombras, en lo oculto de las cañas, en los lugares húmedos, en el arroyo y
en el río (vv. 21–23), su comida (es probable que fuera la vegetación) flota hacia él
procedente de los montes (v. 20). Esa enorme criatura no se inmuta, sino que siempre está
tranquilo … aunque haya turbulencia en los ríos, porque su habitat está en ellos (v. 23).
Difícilmente se podrían describir de esta manera al elefante o al brontosaurio, porque un río
crecido difícilmente alcanzaría la boca de un brontosaurio.
(2) El leviatán (cap. 41). La discusión del leviatán es más larga que los comentarios
hechos por Dios acerca de cualquiera de los otros animales. Ese hecho, aunado a la cruel
naturaleza del leviatán, que incluso ataca al hombre (v. 8), hace que este cap. sea el clímax
del libro. Esa bestia se ha interpretado de diversas formas, entre ellas, como el monstruo
marino de siete cabezas llamado Lotan en la mitología ugarítica, la ballena, el delfín, un
dinosaurio marino que sobrevivió al diluvio, y más acertadamente, con el cocodrilo. Archer
sugiere que era el cocodrilo gigante del río Jordán, no el cocodrilo egipcio (The Book of
Job, “El Libro de Job”, pág. 107). Los intentos del hombre de capturar ese animal y la
descripción detallada de la anatomía del monstruo sugieren que era una criatura real.
Considerar que el behemot y el leviatán son dinosaurios, equivocadamente sugiere que Job
vivió a sólo unos cuantos siglos del diluvio. El cocodrilo cumple con la descripción que
hace Dios de la espalda del leviatán (vv. 13, 15–17, 23), de sus dientes (v. 14), de su pecho
y sus costados (vv. 24, 30) y la forma en que revuelve las aguas (vv. 31–32). (V. el
comentario de los vv. 18–21 para encontrar las respuestas a las sugerencias de que se trata
de un dragón.) El behemot y el leviatán tienen mucho parecido (V. Roy B. Zuck, Job, pág.
180), así que si el primero es un animal real, el segundo también lo es.
Como se dijo antes, en el antiguo Cercano Oriente ambos animales eran símbolo del
caos que provoca la maldad.
Dios dijo que era imposible capturar a esa criatura con equipo de pescar y domarla (vv.
1–11), habló de su asombrosa anatomía (vv. 12–25) y la imposibilidad de capturarlo con
equipo de cacería (vv. 26–34).
41:1–11. El anzuelo, la cuerda, la soga o el garfio son inadecuados para atrapar a un
animal tan feroz (vv. 1–2). No se le doma tan fácilmente como para que llegue a pedir,
personificándolo como ser humano, que sea liberado y tomado por siervo o mascota (vv.
3–5). Los mercaderes no pueden venderlo porque rara vez es capturado (v. 6). Asimismo,
es inútil usar equipo de pesca mayor como el cuchillo, el arpón y aun el combate a mano
(v. 8). Puesto que la gente se llena de temor de tan sólo ver al cocodrilo, nadie hay tan
osado que lo despierte (vv. 9–10). A continuación, Dios usó el ejemplo de ese feroz
anfibio para ilustrar la incapacidad del hombre para oponerse a Dios: ¿Quién, pues, podrá
estar delante de mí? Tampoco puede reclamarle por haberle dado algo a él primero
porque todo lo que hay debajo del cielo le pertenece. Si Job se atemorizaba de ver a un
cocodrilo, ¿cómo se atrevía a enfrentarse con el Creador del cocodrilo, diciéndole que había
actuado mal? Si la fuerza de la bestia era mayor que la de Job, con más razón estaría
impotente delante del Señor.
41:12–17. Enseguida, Dios recordó a Job la anatomía del cocodrilo (vv. 12–25). Es
difícil atrapar a ese animal debido a sus fuerzas (v. 12), a la armadura protectora de su
resistente piel (v. 13), a sus enormes quijadas (las puertas de su rostro) que son
imposibles de abrir para el hombre (v. 14), a sus afiladas hileras de … dientes que causan
terror (v. 14) y a su espalda llena de escudos fuertes que las armas no pueden penetrar (vv.
15–17).
41:18–21. Los movimientos de la nariz (estornudos), de los ojos y la boca del
cocodrilo hacen que la gente se llene de pánico. Ese animal puede permanecer
completamente sumergido bajo el agua por cerca de cinco minutos. Cuando sale a tomar
aire y estornuda, el rocío que produce parece que enciende lumbre bajo el rayo del sol.
Cuando emerge del agua, sus ojos, que incluyen dos rendijas para las pupilas, se parecen a
los del gato y es lo primero que se ve de él, como sucede con los rayos del alba. Es
interesante que en los jeroglíficos egipcios, el ojo del cocodrilo representa al amanecer
(Victor E. Reichert, Job, pág. 216).
¿Acaso los hachones de fuego que salen de su boca y las centellas y el humo que
salen de sus narices (vv. 19–21) significa que después de todo el autor sí estaba
refiriéndose a un dragón mitológico? No. Esto se puede explicar por la forma en que el
Señor habló de la respiración del animal que expele junto con agua, y que cuando sale de su
boca, a la luz del sol se ve como un río de fuego. El lenguaje poético, probablemente
expresado hiperbólicamente, acentúa la naturaleza espantosa del reptil. Este estilo también
es la base de la cual surgió el concepto del dragón en la mitología. (V. el comentario de “b.
Dios cuestiona a Job en relación con dos animales [40:15–41:34].”)
41:22–25. En su cerviz está la fuerza (cf. v. 15), su carne es muy dura y su pecho
firme como una piedra hacen que tengan temor los fuertes. No es de extrañar que cuando
sale del agua, éstos tiemblen y huyan. La palabra hebr. que se trad. de su grandeza
significa “cuando se yergue”. Job había dicho que la orgullosa “majestad” de Dios
(“sublimidad”, “altivez” o “esplendor” en 31:23) le había causado terror y también lo haría
con sus tres contendientes (13:11). Entonces, era incongruente que Job, aterrado por la
sublimidad del Señor, pudiera enfrentarse a él.
41:26–34. Los cazadores fuertes (cf. v. 25) de aquellos días rara vez se enfrentaban al
feroz cocodrilo porque sus armas normales—la espada … lanza … dardo y coselete (i.e.,
jabalina)—no tenían ningún efecto en la dura piel del reptil (vv. 15–17, 23). Los
instrumentos hechos de hierro y bronce eran destruidos con facilidad por la bestia.
Además, los proyectiles enviados por aire como la saeta y las piedras de honda, rebotaban
en su piel sin hacerle daño. El cocodrilo tampoco podía ser dominado con otra clase de
arma o el blandir de la jabalina.
La piel de ese animal por debajo tiene agudas conchas que cuando camina, imprime
su agudez en el suelo, como si una trilladora (con sus puntas afiladas) fuera arrastrada por
el lodo. Cuando nada en el río, un cocodrilo mueve el agua de tal modo, que parece que la
hace hervir como una olla. Cuando el autor dice que esa agitación del agua es como una
olla de ungüento, significa que se ve como espuma causada por un boticario cuando
prepara un ungüento.
Otro aspecto aterrador de leviatán es su velocidad. Se mueve por el agua tan rápido, que
va dejando como una senda, una estela de olas que parece que el abismo es cano por su
blancura.
No hay sobre la tierra quien se le parezca; i.e., es una criatura que no le teme a nada,
y sin embargo, ella aterra a todos. Aun el hombre arrogante se agazapa temeroso cuando ve
a un cocodrilo. Por lo tanto, ese animal indomable es rey sobre todos los soberbios, sean
animales u hombres. Mientras que Job no podía humillar a los altivos sólo por
menospreciarlos (40:11–14), el leviatán, que sólo es un animal, sí puede hacerlo. La
declaración conclusiva de Dios en el sentido de que el cocodrilo menosprecia toda cosa
alta; i.e. a los altivos y que tiene supremacía sobre los orgullosos, debe haberle recordado a
Job que el orgullo que había desplegado delante de Dios, el Hacedor del cocodrilo, era a la
vez infundado y peligroso.
En este segundo discurso (40:6–41:34), Dios desafió a Job a que tratara de domar a esos
dos monstruos—tarea que evidentemente era imposible de realizar—si es que quería
mantener el orden del universo. Job se había preocupado de que Dios no castigaba al mal;
así que el Señor le estaba demostrando a Job que él no estaba capacitado para asumir el
trabajo del Señor de controlar y conquistar el mal, porque ni siquiera podía dominar a los
símbolos animales de la iniquidad. Es más, Dios hizo a esos animales, lo cual sugiere que
las fuerzas del mal no están más allá del control divino. Él permite que el mal y el caos
reinen por cierto tiempo, así como había dado permiso a Satanás de que probara a Job
(1:12; 2:6).
El hombre no puede dominar por sí solo a un hipopótamo o a un cocodrilo, que al igual
que él, son seres creados (40:15). Tampoco puede conquistar la maldad del mundo,
simbolizada por esas criaturas. Sólo Dios puede hacerlo. Por lo tanto, la impugnación
desafiante hecha por Job de los métodos que Dios usa para controlar el universo moral—
como si el Señor fuera inepto o aun malo—fue totalmente absurda y fuera de lugar.
4. SEGUNDA RESPUESTA DE JOB A DIOS (42:1–6)
42:1–2. En la primera respuesta de Job (40:3–5) admitió su finitud a la vista del
despliegue que hizo el Omnipotente de las numerosas maravillas de la naturaleza que están
en el firmamento, en la tierra y debajo de ella. Pero no aceptó la soberanía de Dios ni su
pecado de orgullo. Aquí, respondió Job confesando ambas cosas. Abrumado por la fuerza
y ferocidad del behemot y del leviatán, Job se dio cuenta de su propia ineptitud para
conquistar y controlar el mal, representado por ellos. Por lo tanto, admitió la grandeza del
poder de Dios y su soberanía. Las palabras que dijo: yo conozco que todo lo puedes es una
admisión de su necedad al cuestionar la capacidad de Dios de gobernar el universo. Se puso
de manifiesto que los esfuerzos de Job por frustrar (lit. “cortar”) los designios divinos eran
fútiles.
42:3. Job citó la pregunta hecha por Dios: ¿Quién es el que oscurece el consejo sin
entendimiento? dando a entender que el Señor estaba en lo correcto. Job había hablado sin
conocimiento (como Eliú había dicho, 34:35; 35:16). Había hablado de cosas que estaban
más allá de su alcance mental, cosas demasiado maravillosas (cf. “maravillas” en 37:14) o
asombrosas relativas a la creación que él no comprendía. En ese momento, Job hizo a un
lado sus quejas en cuanto a la incapacidad divina de regir el mundo con justicia. Abandonó
totalmente la idea de refutar osadamente los cargos (23:4–7; 31:35–36) anunciados por
Dios.
42:4–5. De nueva cuenta, Job citó las palabras del Altísimo, esta vez mencionando el
desafío divino con que empezó cada uno de sus dos discursos (38:3; 40:7): Te preguntaré,
y tú me enseñarás. Esa cita indica la admisión de que Job se sentía incapaz de responder a
la andanada de preguntas retóricas hechas por el Dios soberano. Job aceptó que había
reprobado el examen de biología del Señor.
Job sólo conocía las obras del Señor de oídas. El quejoso no había sido testigo
presencial del acto de la creación, un hecho al que Dios llamó su atención cerca del
principio de su primer discurso (38:4–11). Job tampoco conocía personalmente muchos
aspectos de la creación de la naturaleza (38:16–24; 39:1–4). Su perspectiva de la totalidad
de las obras divinas era, por lo tanto, limitada y de segunda mano.
Pero una vez que Job fue interpelado directamente por Dios, esa experiencia superó sus
conocimientos anteriores, era como ver (mas ahora mis ojos te ven) en vez de sólo
escuchar. Esa emocionante percepción de Dios, probablemente espiritual, no una visión
física, profundizó su perspectiva y aprecio por Dios. Lo que Job sabía ahora acerca del
Señor era incomparable con sus ideas previas, que en realidad estaban basadas en la
ignorancia. Este enfrentamiento personal con Dios puso fin a su argumentación y
profundizó su asombro ante el Altísimo.
42:6. Habiendo obtenido una nueva perspectiva (v. 5) de los métodos que sigue Dios y
de su carácter—en cuanto a su poder y sabiduría creativos, su control soberano, así como
de su cuidado providencial y amor—Job confesó su propia indignidad y se arrepintió. Por
tanto me aborrezco significa que estaba haciendo a un lado sus acusaciones anteriores
contra Dios expresadas con orgullo. Dios ya había reprendido a Job por acusarlo, por
buscarle fallas y por desacreditarlo (40:2). A continuación, Job se arrepintió en polvo y
ceniza, que es una forma de expresar autodesprecio (cf. Gn. 18:27). Lanzar polvo por los
aires de tal modo que cayera sobre la cabeza (cf. Job 2:12) y sentarse sobre o cerca de las
cenizas o con éstas sobre el cuerpo (cf. 2:8; Is. 58:5; Dn. 9:3), eran señales de una
condición humillante. Habiéndose ya lamentado por sus pérdidas, ahora Job se lamentaba
de su pecado.
Es evidente que el patriarca no se arrepintió de los pecados que sus tres amigos le
habían imputado. Él se adhirió inflexible a su posición de que su sufrimiento no era debido
a los pecados que cometió antes de que le sobrevinieran sus aflicciones (Job 27:2–6). Pero
como Eliú había señalado, su pérdida de bienes, familia y salud (32:2; 33:17; 35:12–13;
36:9; 37:24) habían provocado su amargura y orgullo. No obstante, al principio las
reacciones de Job habían sido correctas (1:21–22; 2:10). Job había entendido, como el
Señor lo había desafiado a que hiciera (40:10), que nadie puede acusarlo a él.
Comprendiendo que Dios no está obligado a satisfacer al hombre, las preguntas de Job se
desvanecieron junto con su resentimiento. Ahora estaba satisfecho, porque Dios se había
comunicado con él para darle a conocer su persona, no para tratar los problemas de Job. El
patriarca estaba dispuesto a confiar en su Soberano, cuyos caminos son perfectos (Sal.
18:30), aunque no pudiera entender lo que pasaba. Sin duda, Dios perdonó el pecado de
orgullo que había mostrado antes.
III. Epílogo (42:7–17)
Esta sección, al igual que el inicio (caps. 1–2), está escrita en prosa. Aquí Dios se
volvió contra los tres críticos del patriarca, antes de reintegrarle su antigua prosperidad y su
familia.
A. Dios condena a los amigos de Job (42:7–9)
42:7. Jehová dijo a Elifaz temanita, que probablemente era el mayor de los tres, que
su ira se encendió contra él y sus dos compañeros (Eliú tuvo una reacción similar, 32:3)
porque no habían hablado de Dios lo recto, como su siervo Job. Ellos, que habían
asumido la posición de defender a Dios, ahora estaban siendo acusados. Como Job había
predicho (13:7–9), las cosas no les resultaron bien. Ellos creían que conocían los caminos
de Dios, ¡pero nunca se imaginaron esto! Las palabras “mi siervo Job” repetidas por Jehová
en cuatro ocasiones en 42:7–8, señalan a su restaurada posición como siervo confiado y
obediente del Señor (cf. 1:8; 2:3).
Al insistir en que el sufrimiento siempre es retributivo, los tres retóricos estaban
limitando la capacidad soberana de Dios de usar el sufrimiento con otros propósitos. Como
resultado, cruelmente condenaron al inocente patriarca.
Entonces, ¿cómo es que Job habló lo recto acerca de Dios? ¿Acaso no había desafiado
al Señor repetida y orgullosamente, acusándolo de ser injusto y de callar sin razón? Sí, pero
se había arrepentido de sus orgullosas acusaciones (42:6) y por lo tanto, fue aceptado por
Dios. Es más, nunca maldijo a Dios como Satanás había predicho y como su esposa lo
había conminado a hacer (1:11; 2:5, 9), aunque estuvo a punto de hacerlo. Aun cuando Job
siguió contendiendo contra Dios, nunca renunció a él. Además, su percepción del poder y
sabiduría divinos excedía a la de los otros tres.
42:8–9. Para indecible sorpresa y desazón de sus tres críticos, el Señor les ordenó que
presentaran siete becerros y siete carneros en holocausto por ellos, lo cual era un
sacrificio muy grande. Además, solicitarían a Job que orara por ellos actuando como
mediador (cf. su trabajo previo como sacerdote, 1:5). Ellos no habían orado por él ni una
sola vez. Pero ahora el patriarca, a quien ellos habían condenado y atormentado, y quien
había rechazado sus consejos, era el que iba a interceder por ellos. ¡Qué ironía tan
asombrosa!
Ellos habían defendido la justicia divina cuando decidió golpear a Job. Pero ahora se
daban cuenta de que Dios está preocupado con muchas más cosas que sólo la justicia;
también es conocido por su amor y su gracia. El arrepentimiento que habían recomendado
para Job, ahora era lo que ellos tenían que mostrar. Ellos también fueron silenciados—y
corregidos—por la comunicación directa del Señor. Eliú quedó excluido de este acto de
arrepentimiento porque él, aunque no conocía toda la verdad acerca de la situación de Job,
estaba más cerca de ella que los otros tres.
Job había anhelado tener un mediador entre él y Dios (16:19–21) porque sus tres
paisanos no lo estaban haciendo; pero irónicamente, él se convirtió en mediador para ellos,
aunque no pidieron que se les diera uno.
B. Dios restaura la prosperidad y familia de Job (42:10–17)
42:10–11. La nueva perspectiva de Job en cuanto a la trascendencia de Dios y su
consecuente arrepentimiento, prepararon el camino para que perdonara a sus amigos y
orara intercediendo por ellos. Después, su espíritu perdonador hacia ellos preparó el camino
para que Jehová lo bendijera. Su dolorosa aflicción fue curada, en ese momento, o
inmediatamente después de su arrepentimiento (v. 6).
Cuando escucharon las noticias acerca de su restauración, y de que Jehová había
quitado la aflicción de Job … vinieron a él todos aquellos que lo habían abandonado
(19:13–14): sus hermanos y todas sus hermanas, y todos lo que antes le habían
conocido (probablemente incluyendo ¡a los tres amigos recién perdonados!) Y comieron
con él pan en su casa, … y le consolaron de todo aquel mal (rā‘âh, “calamidad”) aunque
sin duda ese consuelo le habría servido más si se lo hubieran dado antes. Job había dicho
que ese mal (1:21; 2:10), Jehová lo había traído sobre él (aunque a través de la
intervención de Satanás). Después, para mostrarle su simpatía, cada uno de ellos le dio
una pieza de dinero (plata qe śîṭâh, palabra que sólo se usa aquí, en Gn. 33:19 y en Jos.
24:32), y un anillo de oro (nezem), que tal vez se refiere a anillos para la nariz (Gn. 24:22)
o a aretes (Gn. 35:4).
42:12. Bendijo Jehová a Job “y aumentó al doble todas las cosas”, incluyendo el
ganado, que había tenido (v. 10; cf. 1:3) de tal modo, que el postrer estado de Job fue más
próspero que el primero. Quizá el patriarca utilizó la plata y el oro recibido de sus
parientes y paisanos para comprar ganado nuevo, el número del cual se multiplicó con el
paso del tiempo.
¿Significa el derramamiento de esas bendiciones materiales de Dios que la teoría de los
tres autonombrados jurados fue correcta después de todo? (Ellos habían predicho que la
prosperidad sigue al arrepentimiento, 5:8, 17–26; 8:5–7, 21; 11:13–19.) No, la restauración
de sus riquezas fue una muestra de la gracia divina, no una obligación de su justicia. Puesto
que Job había (sin saberlo) silenciado a Satanás al no maldecir a Dios, y que se había
arrepentido de su soberbia, no era necesario que continuara sufriendo. La restauración de
sus posesiones demostró a sus amigos que Dios lo había reivindicado. Es más, el libro de
Job no niega ese principio bíblico general de que Dios bendice a los rectos. Más bien, las
Escrituras demuestran que ese principio no es invariable ni inflexible. En su soberanía,
Dios puede dar—o quitar—sus bendiciones conforme a sus propósitos.
42:13–15. El dolor de Job al perder a sus diez hijos de alguna manera se apaciguó,
aunque es probable que no totalmente, con el nacimiento de otros diez hijos. Se dan los
nombres de sus tres hijas menores, pero se desconocen los nombres de sus otros 17 hijos.
Jemima significa “paloma”, Cesia, “perfume de canela” (casia, de qeṣî ‘âh, que es la
corteza de canela de la cual se extrae un perfume), y Keren-hapuc, que significa “cuerno
de tintura para los ojos” (i.e., un contenedor hecho de cuerno de animal para guardar un
tinte que se usaba para hacer más atrayentes las cejas, párpados y pestañas). Esos nombres
hablan de su extraordinaria belleza, pues no había mujeres tan hermosas como las hijas
de Job, como eran conocidas en toda la tierra. Otro hecho interesante acerca de ellas es
que les dio su padre herencia para que la compartieran con sus hermanos—un hecho sin
precedentes en aquellos días. En tiempos posteriores, una hija sólo recibía la herencia de su
padre cuando no había hijos varones (Nm. 27:8).
42:16–17. Después de haber pasado por esa espantosa prueba, vivió Job ciento
cuarenta años. Si tenía como setenta cuando empezaron sus aflicciones, en total vivió
cerca de 210 años. Según la tradición judía, sus últimos años (140) fueron exactamente el
doble de los primeros (70). Además, Job vio a sus hijos y descendientes hasta la cuarta
generación; i.e., vivió para ver a sus tataranietos. Su muerte vino, no cuando estaba en
medio de la intensa agonía por sus pérdidas (como él había pedido en oración en 3:20–26;
10:18–22), sino después, cuando ya era viejo y lleno de días.
Este libro, que probablemente es el más antiguo de la Biblia, trata de los problemas más
urgentes de la humanidad: los relativos al sufrimiento y a la relación del hombre con Dios.
La experiencia de Job proclama la verdad de que la adoración del hombre al Señor no surge
de un contrato comercial por medio del cual gana premios materiales otorgados por la
Divinidad. La relación del hombre con el Altísimo tampoco es un arreglo jurídico en el cual
él se obliga a premiar al hombre por cada buena obra. Más bien, el hombre debe confiar en
Dios y adorarle sin importar las circunstancias, y confiar en las perfecciones de su carácter
aun cuando no comprenda totalmente los métodos que utiliza el Omnipotente.
Los infortunios no significan que Dios abandona a los suyos. Más bien, quiere decir que
tiene planes para el sufriente que éste puede ignorar. Tal vez el creyente nunca llegue a
entender la causa de una tragedia inmerecida. Sin embargo, puede darse cuenta de que Dios
controla todas las cosas, que él todavía lo ama, y que cuida de él. Eso es lo que aprendió
Job. Sus tres denunciantes dijeron que el propósito del sufrimiento siempre es la disciplina
(el castigo por el pecado); Job sentía que era para su destrucción (pensando que Dios estaba
decidido a acabarlo); Eliú hizo hincapié en que el propósito es dar dirección (para evitar la
muerte). Pero Dios tenía dos propósitos: demostración (de que las acusaciones de Satanás
eran falsas) y el desarrollo (de la percepción espiritual de Job). Por lo tanto, atacar al
Señor, imputarle algún despropósito, desafiarlo, acusarlo, ponerle trampas, o tratar de
acorralarlo—todo lo que hizo Job—son impensables para el creyente. Criticar la sabiduría
divina sólo demuestra ignorancia personal. El abismo que hay entre Dios y el hombre
elimina toda posibilidad de orgullo o autosuficiencia.
A Job no se le dieron explicaciones en cuanto a sus problemas; pero sí surgió de la
prueba con una convicción más profunda de la majestad y cuidado providente del Señor.
De esa manera, llegó a confiar en él completamente, sabiendo que sus métodos no deben
ser desafiados. Aunque con frecuencia son inexplicables y misteriosos, los planes de Dios
siempre son compasivos y benéficos.
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