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Historia de la Farmacia en México

Este documento analiza los orígenes de la industria farmacéutica en México durante el periodo posrevolucionario. Aunque en el siglo XIX hubo avances en investigación farmacéutica, no se estableció una industria debido a la falta de capital e interés gubernamental. Tras la Revolución, empresas farmacéuticas europeas y estadounidenses establecieron filiales en México, dando origen a la industria local. Sin embargo, la falta de apoyo gubernamental y planes de desarrollo
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Historia de la Farmacia en México

Este documento analiza los orígenes de la industria farmacéutica en México durante el periodo posrevolucionario. Aunque en el siglo XIX hubo avances en investigación farmacéutica, no se estableció una industria debido a la falta de capital e interés gubernamental. Tras la Revolución, empresas farmacéuticas europeas y estadounidenses establecieron filiales en México, dando origen a la industria local. Sin embargo, la falta de apoyo gubernamental y planes de desarrollo
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UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE

MÉXICO

FACULTAD DE ESTUDIOS SUPERIORES

ZARAGOZA

Carrera de Q.F.B

Ciclo Básico

SEMINARIO DE PROBLEMAS SOCIOECONÓMICOS DE MÉXICO

PROYECTO DE INVESTIGACIÓN

ANTECEDENTES DE LA FARMACIA EN MÉXICO

AUTOR:

Encarnación Cáceres Jezreel

GRUPO: 1108

ASESOR: Mario Manuel Ayala Gómez

FECHA DE ENTREGA: 11 de Noviembre de 2022

1
ÍNDICE

1. Resumen

2. Introducción

3. La farmacia en el siglo XX

3.1. Bases de la industrialización farmacéutica mexicana

3.2. Los primeros años de las empresas productoras de medicamentos

3.3. El despegue de la industria farmacéutica en México

4. Conclusiones

5. Referencias

2
1. Resumen

Durante el periodo posrevolucionario, la aparición de la industria farmacéutica en México

significó un proceso complejo en el que incidieron diversos factores tanto nacionales como

internacionales. Este trabajo analiza las características principales de los inicios de la

industrialización del medicamento en el país. Se busca mostrar que la indiferencia de los

primeros gobiernos revolucionarios por este sector productivo, aunado a la falta de un plan

de desarrollo a largo plazo para las compañías locales, provocó a la larga la dependencia

económica y tecnológica del país con las empresas farmacéuticas extranjeras.

2. Introducción

En el transcurso del siglo XIX, en Europa se lograron grandes avances en el campo de la

química orgánica de aplicación medicinal. Los nuevos descubrimientos conseguidos en este

continente permitieron que las técnicas de elaboración de medicamentos pasaran de la

extracción tradicional de principios activos de plantas medicinales, a la síntesis orgánica y al

aislamiento de moléculas con efecto terapéutico. Por primera vez, diversos constituyentes de

especies vegetales al igual que distintas sustancias naturales eran obtenidas con elevada

pureza en los laboratorios científicos, lo que facilitó el estudio del efecto de diferentes

componentes en el organismo, así como su utilización para la prevención y tratamiento de

ciertas enfermedades.

Al mismo tiempo, las secuelas de la Revolución Industrial permitieron la introducción de

maquinaria pesada en el proceso de manufactura de diversos productos, lo que asociado a

los nuevos métodos de obtención de principios medicinales que permitían grandes

rendimientos a un costo aceptable, dio origen a una nueva rama del comercio dedicada a la

3
elaboración masiva de medicamentos: la industria farmacéutica. A partir de entonces, la

responsabilidad de la investigación y diseño de nuevos fármacos y presentaciones comenzó

a ser abandonada por los farmacéuticos y boticarios para recaer cada vez más en las

grandes compañías industriales, quienes contaban con los recursos tecnológicos y

económicos necesarios para el desarrollo de estas actividades.

Las naciones que apostaron por el impulso de la investigación química de aplicación

tecnológica fueron las que obtuvieron el control de la industrialización del medicamento en el

mundo. A finales del siglo XIX y principios del XX, los países que lideraban la fabricación de

productos farmacéuticos eran Alemania, Suiza, Inglaterra y los Estados Unidos. Sin

embargo, cada gobierno aplicó un método diferente para el fortalecimiento de su industria

farmacéutica. Por ejemplo, Alemania e Inglaterra impulsaron la formación científica de su

personal técnico y el desarrollo de la investigación aplicada. Por su parte, Suiza apostó a la

especialización en la elaboración de determinados productos, así como a la calidad de los

medicamentos comercializados. Mientras tanto, los Estados Unidos fomentaron la

cooperación entre universidades e industrias privadas, gracias al establecimiento de

contratos y becas de investigación financiados por las empresas. Finalmente, estas

estrategias lograron convertir a diversas compañías originarias de estas naciones en

verdaderos colosos que dominaban la producción mundial de medicamentos, así como su

exportación a los países con menor desarrollo.

En México, la investigación farmacéutica durante la segunda mitad del siglo XIX fue realizada

por diversos institutos estatales, así como por asociaciones privadas de médicos y

farmacéuticos. Las principales actividades científicas y de investigación se llevaron a cabo

durante el periodo histórico conocido como el Porfiriato (1876-1911), donde el gobierno

4
permitió que el país estuviera en constante contacto con la ciencia europea y con los

científicos originarios de ese continente. Sin embargo, tanto el Estado como los

investigadores mexicanos nunca pudieron crear una industria farmacéutica en territorio

nacional, a pesar de que durante las últimas décadas de este siglo se presentaron algunas

condiciones favorables para el surgimiento de esta rama productiva.

Sería hasta el periodo posrevolucionario (1917-1940), cuando distintas compañías

farmacéuticas europeas y norteamericanas comenzaron a observar al país como un terreno

fértil para sus inversiones, por lo que decidieron instalar sus filiales en el mercado local.

Asimismo, algunos empresarios mexicanos, junto a diversos inversionistas extranjeros que

radicaban desde hacía tiempo en la nación, también empezaron a incursionar en la

fabricación en serie de medicamentos. De esta forma nació la industria farmacéutica en

México, que constituye actualmente uno de los sectores productivos más importantes y una

de las principales fuentes de empleo para los químicos y farmacéuticos mexicanos.

Sin embargo, en los estudios actuales poco se ha analizado sobre los orígenes de este

sector industrial en el país. Las características de los primeros años de las diversas

empresas productoras de medicamentos que se establecieron en la nación no han sido

examinadas a profundidad, a pesar de que estas particularidades permiten comprender la

conformación de la industria que se conoce en el presente. De la misma forma, el lapso

comprendido entre el final de la Revolución Mexicana y el término del gobierno cardenista ha

sido calificado en diversas investigaciones como de "incipiente o nula industrialización"; sin

embargo, desde un punto de vista neutro se considera que este periodo marcó

indudablemente una fase crucial en el desarrollo de las ciencias farmacéuticas mexicanas y a

la larga trazó los rasgos de la industria farmacéutica actual. Es por ello que la presente

5
investigación analiza este periodo fundamental que se ha denominado como de "surgimiento

de la industria farmacéutica en México".

3. La farmacia en el siglo XX

3.1. Bases de la industrialización farmacéutica mexicana

Aunque en el siglo XIX se tienen registros de los primeros laboratorios destinados a la

producción principalmente de reactivos químicos (como la fábrica de Leopoldo Río de la

Loza, donde se elaboraba ácido sulfúrico, éter sulfúrico, sosa y carbonato de sosa, sulfato de

sodio y de hierro, ácido nítrico, entre otras sustancias destinadas a diversas empresas), la

creación de una industria farmacéutica en territorio mexicano durante este siglo era un sueño

lejano y sin las condiciones necesarias para llevarse a cabo.

La industrialización farmacéutica había surgido en Europa en el transcurso del siglo XIX, sin

embargo, en México los avances de la química no habían generado aún el interés por crear

una industria de producción de drogas y medicamentos, además de que las boticas (origen

de la industria farmacéutica en el viejo continente) no estaban capacitadas para realizar

actividades industriales y se dedicaban preferentemente a la venta de fórmulas magistrales u

oficinales. De igual manera influía la falta de empresarios mexicanos con capital suficiente

para establecer este tipo de industria y la desconfianza de estos últimos en esta rama

productiva.

Aunque en el gobierno de Porfirio Díaz se impulsó la creación de diversas ramas industriales

mediante la participación de inversiones extranjeras con el objetivo de iniciar a México en el

capitalismo industrial, el proyecto de creación de una industria farmacéutica no existía para el

Estado: otros sectores acaparaban la mayor atención del gobierno. Si bien, a finales del siglo

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XIX se presentaron en la nación algunos elementos que podían permitir la fabricación masiva

de medicamentos (como los estudios realizados desde 1888 sobre la fauna y flora medicinal

en el Instituto Médico Nacional), éstos no fueron suficientes para iniciar una industria

farmacéutica.

Sin embargo, durante las últimas décadas del siglo XIX, hicieron su aparición en México la

medicina de patente y la especialidad farmacéutica. Estos nuevos medicamentos

industriales, procedentes de Europa y Estados Unidos, poseían características muy

diferentes a las de la fórmula magistral: llegaban ya envasados, tenían una dosificación

incluida y eran de fácil administración. No obstante, su principal característica consistía en

que eran productos químicos que se fabricaban a partir de la síntesis orgánica y el

aislamiento de moléculas con propiedades medicinales. La llegada de estos productos trajo

consigo una revolución terapéutica al país, es decir, una transformación radical en el

tratamiento y prevención de las enfermedades. Asimismo, las farmacias y boticas nacionales

comenzaron a mostrar cada vez más atención hacia este tipo de medicamentos,

incluyéndolos paulatinamente en su catálogo para la venta al público.

Para poder competir en el mercado frente a la invasión de medicamentos importados,

algunos farmacéuticos mexicanos empezaron a elaborar medicinas de marca en sus boticas

y pequeños laboratorios. Al respecto debe mencionarse el laboratorio de la farmacia del

Hospital de Jesús de la Ciudad de México, a cargo en 1903 del profesor Juan B. Calderón

(uno de los precursores de la industrialización de la Farmacia en el país), donde se

confeccionaban las "nuevas" formas farmacéuticas como: perlas y cápsulas, gelatinas,

comprimidos y tabletas, tinturas, extractos fluidos, sinapismos, ungüentos y pomadas, y toda

la gama de la Farmacopea en preparaciones oficinales. Entonces surgió el medicamento

7
inyectable en ampolletas de vidrio de un solo uso, donde la farmacia del Hospital fue la

primera en el país y aún en América, en ocuparse de esta nueva forma farmacéutica, cuyo

desarrollo no se había iniciado todavía ni en Estados Unidos.

Sin embargo, los esfuerzos de éste y otros establecimientos se reducían a producciones

artesanales a pequeña y mediana escala que se diferenciaban mucho de constituir una

industria farmacéutica. Sería hasta después de terminada la etapa bélica de la Revolución

Mexicana en 1917, cuando se establecen en México, empresas dedicadas a la producción,

importación y/o comercialización masiva de medicamentos con capitales sólidos.

La industrialización farmacéutica en el país se caracterizó por la combinación de una amplia

gama de factores nacionales e internacionales. A inicios de siglo, la industria farmacéutica

era un terreno inexplorado lo que provocó que el capital extranjero experimentado empezara

a incrementar su participación en esta área. Además, las primeras tres décadas del siglo XX

proporcionaron las condiciones favorables para la inversión extranjera en México. Una de

estas condiciones fue el cambio en el modelo de desarrollo económico (primario-exportador),

que desde los años veinte empezó a tener modificaciones con el objetivo de implementar un

nuevo modelo económico basado en el desarrollo de la industria.

3.2. Los primeros años de las empresas productoras de medicamentos

En el siglo XX, entre las primeras empresas farmacéuticas que se establecieron en México

se encontraba la francesa Alexandre Rueff y Cía. Esta compañía se instaló en 1901 en la

Ciudad de México con un capital importante y manejaba entre sus diferentes productos a los

medicamentos, aunque en un principio la venta de presentaciones medicinales no era su

prioridad. En 1919, el Departamento de Salubridad Pública (máximo organismo regulador

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sanitario de la época) aprobó el establecimiento de un despacho de la compañía para la

venta e importación de medicinas de patente, sobre todo de origen francés. Para 1930,

Alexandre Rueff y Cía. se cambia a su nuevo edificio con instalaciones propias para fabricar

medicamentos, entre ellos el Uro Donal (utilizado como disolvente del ácido úrico y

antiséptico urinario).

Hacia 1908, el empresario Andrés Senosiain funda la "Farmacia San José" en Matehuala,

San Luis Potosí. En 1915, la farmacia se traslada a la Ciudad de México con el nombre de

"Farmacia Santa Ana", la cual se enfocó principalmente a la producción de derivados de

plantas, agua oxigenada y talco boratado; y en un renglón secundario a los productos

industriales o de patente, los cuales se traían del extranjero. Para 1917, la empresa familiar

importa materia prima de Alemania para elaborar su primer producto farmacéutico de patente

que fue la Superina a base de ácido acetilsalicílico. A partir de 1928 (año considerado como

el de su fundación), los Laboratorios Senosiain, de capital mexicano, comienzan la

fabricación de medicamentos como los supositorios de glicerina y el mercurocromo que

tuvieron una cobertura nacional.

De igual forma, en los inicios del siglo XX, otras farmacias y droguerías, dedicadas

anteriormente sólo a la venta y producción de fórmulas magistrales, se convertirían en

pequeñas empresas de fabricación de medicamentos, sentando parte de los cimientos de la

industria farmacéutica nacional. Entre los ejemplos representativos de establecimientos que

se transformaron en laboratorios, se encuentra la botica mexicana Bustillos (fundada en

1857) y la droguería de inmigrantes italianos Grisi (fundada en 1912, aunque la empresa

familiar venía funcionando desde 1863), que se convertirían respectivamente en los

Laboratorios Bustillos y los Laboratorios Grisi.

9
Para 1917 se instalaron representaciones de laboratorios extranjeros que se dedicaron

exclusivamente a la importación y distribución de medicinas en el país, como la compañía

medicinal La Campana, que originalmente era propiedad de inversionistas alemanes y

después del consorcio estadounidense Warner-Lambert. Ante el éxito de las

comercializadoras y distribuidoras extranjeras debido a la gran aceptación del público

mexicano por el producto foráneo, diversas compañías mexicanas también empezaron a

incursionar en la adquisición de medicamentos importados y posteriormente en la producción

de medicinas de marca.

En aquellos años, las empresas que producían medicamentos eran tan pocas que en mayo

de 1918 la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo sólo tenía registradas 5 industrias

dedicadas a la elaboración de drogas en la Ciudad de México: José Bustillos e Hijos,

Compañía Mexicana de Específicos Indígenas, Johannsen Félix y Compañía, Silva M. y

Hermanos y la fábrica para el Específico Zendejas. En los estados de provincia solamente se

tiene registro de la Gran Farmacia Central y Droguería de Rafael Elizarrarás en Morelia,

Michoacán y la fábrica Alpha del doctor Francisco Montalvo en Mérida, Yucatán, dedicadas a

la obtención de productos farmacéuticos.

La sociedad T. Bezanilla & Cía., fundada por Triunfo Bezanilla Gómez, farmacéutico español,

buscó establecer una industria de productos hipodérmicos en el país a inicios del siglo XX.

Hacia 1919, la compañía se denominaba como el primer laboratorio nacional de inyectables

que cumplía con todas las exigencias sanitarias, además de que se consideraba la empresa

pionera en México en esta rama de la industria farmacéutica, cuyos productos podían

competir con los de cualquier casa comercial europea o norteamericana. El 30 de junio de

1921, T. Bezanilla & Cía. inauguró sus nuevos y modernos edificios en la Ciudad de México

10
que constaban de almacenes, laboratorios y farmacia. A lo largo de la historia de la

compañía, el afecto del que gozaron Triunfo Bezanilla Gómez y su hijo Triunfo Bezanilla

Testa en el ámbito farmacéutico mexicano, debido a su lucha por fortalecer la industria

farmacéutica nacional, hizo que siempre se considerara a la empresa de la familia Bezanilla

como 100% mexicana.

Una de las primeras empresas de capital nacional que incursionaron en la fabricación de

medicamentos en México fue el Laboratorio El Águila, propiedad de la sociedad Garza

Treviño y Cía. En 1919 se describía a la empresa como poseedora de una maquinaria

notable por su sencillez, limpieza y práctico funcionamiento en sus departamentos de

tabletas, granulados y extractos. Se aseguraba que su departamento de inyectables estaba

dotado de un sistema perfecto de aparatos para filtrar soluciones, llenar y cerrar ampolletas

de todos los tamaños, además de poseer una magnífica autoclave de gran capacidad y de

invención netamente mexicana con una tecnología que garantizaba una perfecta

esterilización. Esto convertía al Laboratorio El Águila en una de las pocas empresas

mexicanas que utilizaba maquinaria de fabricación nacional en su infraestructura, ante la

actitud general de la industria local en adaptar tecnología del exterior para la fabricación de

sus productos.

Un establecimiento productor de medicamentos, para poder abrir sus puertas debía cumplir

con las condiciones sanitarias exigidas y pasar la inspección del Departamento de Salubridad

Pública. En las primeras décadas del siglo, entre los laboratorios químico-farmacéuticos cuya

instalación en el Distrito Federal fue aprobada por el Departamento, se encontraban: el

Laboratorio de Medicamentos de Domingo Basco Pons (1919), el taller de Juan J. Danner

para la fabricación de la medicina de patente Wampole (1919), los Laboratorios Pellicer de

11
José Bulnes (1921), el Laboratorio Sanborns (1921) y el laboratorio de productos químicos y

farmacéuticos de la Chemisch Pharmazeutische Fabrik S.A. (1922).

El 23 de junio de 1921, los señores Federico Ricardo Weskott y Walter Matthis, de

nacionalidad alemana, formaron una sociedad colectiva comercial en la Ciudad de México.

Esta sociedad se denominó la Química Industrial Bayer, Weskott & Cía. y tendría como

finalidad la venta de productos químicos en el país con un capital inicial de 10,000 pesos.

Además del comercio en territorio mexicano, la sociedad contemplaba la venta de productos

a otros países de Latinoamérica para lo cual establecería sucursales o agencias autónomas

en diversas naciones. En 1926, la empresa cambió su razón social a Química Industrial

Bayer, Meister, Weskott & Cía. y finalmente, en 1937, se constituyó la filial transnacional

Bayer de México S.A. dedicada a la fabricación, importación y exportación de productos

químicos y farmacéuticos.

En 1926, comenzarían operaciones los laboratorios mexicanos Myn, que iniciaron la

elaboración de productos cálcicos cuando todavía no se producía calcio en México. Años

después, la empresa realizaría investigación sobre productos inyectables intravenosos y en

la preparación de sueros hematopoyéticos. Debido al incremento en la producción, a finales

de los años treinta, los laboratorios Myn inaugurarían en la capital un nuevo edificio de

laboratorios, para así contribuir a la fabricación de medicamentos nacionales.

Uno de los principales factores que favoreció los inicios de la industrialización farmacéutica

en México fue la revolución terapéutica ocurrida en la Medicina y la Farmacia que provocó la

generalización del medicamento fabricado por la industria química. De esta manera, durante

la tercera década del siglo XX, la utilización de la medicina de patente y la especialidad

12
farmacéutica estaba en su apogeo. Se estima que, en el año de 1925, se importaron al país

alrededor de 3 millones de pesos en medicinas de patente. Para entonces, la industria

farmacéutica ya había perdido el interés en la aplicación terapéutica de los extractos totales

de plantas y la investigación se orientó hacia productos considerados como "nuevos y

rentables".

Cabe mencionar que durante los años veinte, el auge del medicamento extranjero no era

bien visto por muchos farmacéuticos y boticarios nacionales, se dudaba de su calidad y

sobre todo de su procedencia. Desde años atrás, los propietarios mexicanos de boticas y

droguerías de la República denunciaban que sus establecimientos estaban inundados de

medicinas de patente y especialidades que no poseían efectividad terapéutica, y que la gran

mayoría sólo ocasionaban pérdidas para los dueños, ya que al poco tiempo "pasaban de

moda" y eran sustituidas por otras iguales. Exigían al gobierno que se estableciera una

legislación para regular los pésimos medicamentos que entraban por miles al país o de lo

contrario se llegaría a la ruina de los establecimientos farmacéuticos, a la decadencia de la

industria mexicana y a la demolición de los cimientos de la profesión farmacéutica.

Ante tantas exigencias por parte del gremio farmacéutico, en 1926 el Departamento de

Salubridad Pública decretó un nuevo Código Sanitario y en 1927 implementó el primer

Registro de Medicamentos en la historia de la nación. En este Registro todos los fabricantes,

importadores, distribuidores y detallistas de medicinas tendrían que enviar ejemplares al

Departamento de todas sus presentaciones farmacéuticas para su posterior análisis. Los

productos que no cumplieran con los requisitos establecidos estarían prohibidos para su

venta en el país. Estas legislaciones se consideraron como trascendentales en materia de

13
regulación de productos medicinales, así como para defender la salud de la población

mexicana.

Lo anterior demuestra también que fue el Departamento de Salubridad Pública el que realizó

las pocas acciones que se implementaron para proteger los productos de la industria

farmacéutica nacional. No obstante, estos esfuerzos se contradecían con la política industrial

del gobierno federal, caracterizada en esta época por la indiferencia ante el proceso de

consolidación del capital extranjero tanto en la industria del medicamento como en otros

sectores productivos, sin visualizar las posibles implicaciones que se generarían al pasar los

años.

Aún con estas medidas por parte del Departamento, los medicamentos extranjeros no

detendrían su ascenso, aunque ahora sí estarían más controlados. Aunado a ello, las

compañías farmacéuticas empezarían a inclinarse aún más por desarrollar medicamentos de

patente al verse conferida una protección de 20 años para su venta y comercialización

debido a la Ley de Patentes de Invención de 1928. Sin embargo, lo que no se previó o no se

quiso prever, es que las empresas mexicanas poco podían hacer ante los enormes recursos

que tenían las empresas transnacionales en investigación y desarrollo de nuevos fármacos.

Las plantas medicinales no eran patentables, pero sí el proceso de extracción de los

principios activos; lo que cada vez fue mejor aprovechado por la industria farmacéutica,

sobre todo extranjera.

La falta de investigación nacional en materia de fármacos fue otro factor que impactó

negativamente el nacimiento y desarrollo de la industria farmacéutica en el país, aunado a la

ausencia de políticas por parte del gobierno mexicano para la formación de investigadores.

14
Las destacables investigaciones de centros como el Instituto Médico Nacional cerrado en

1915 por orden de Venustiano Carranza, que consideró que esta institución no era necesaria

para la vida nacional sobre la aplicación terapéutica de la flora y fauna mexicana, habían

quedado en el olvido y los pocos medicamentos nacionales empezaron a ser fácilmente

desplazados por los medicamentos industriales provenientes de Europa y Estados Unidos.

Las políticas gubernamentales para impulsar el desarrollo de la investigación científica

tardarían varios años en efectuarse y se decretarían (aunque sin éxito) hasta el periodo

cardenista.

No obstante, en estos años, entre las acciones más importantes por parte del Estado en

cuestión de investigación se encuentran los trabajos del Departamento de Salubridad Pública

en su Instituto de Higiene. El Instituto empezó a elaborar productos biológicos como

antitoxina diftérica, suero anti disentérico, suero anti-alacrán, suero antitetánico, suero anti

meningocócico, suero antineumocócico, suero preventivo contra el sarampión, vacunas como

Tos ferina, tífica-paratífica, anti variolosa, tuberculina bruta y equipos para la inmunización

activa contra la escarlatina. Estas presentaciones se utilizaron para las campañas sanitarias

en el país, y lograron reducir un poco la excesiva importación de medicamentos, sobre todo

en materia de vacunas y biológicos.

Para el análisis es importante el primer Censo Industrial de 1930 realizado por la entonces

Secretaría de Industria y Comercio y la Dirección General de Estadística. En él se señala que

en 1929 existían en el país 50 empresas farmacéuticas con una producción total de

3,337,319 pesos anuales. De los 64 propietarios o socios que dirigían los establecimientos

farmacéuticos, 41 eran mexicanos y 23 extranjeros. Entre los extranjeros que poseían y/o

administraban compañías farmacéuticas se encontraban ciudadanos alemanes, franceses,

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estadounidenses, españoles, italianos, húngaros, principalmente. El Censo revela que la

industria farmacéutica en México dependía de la importación de materias primas para su

producción, ya que invertía alrededor de 809,027 pesos en material importado y únicamente

235,591 pesos en material nacional.

Aun así, el mexicano Guillermo García Colín, dueño del Laboratorio Químico Central de la

empresa Garcol, consideraba que la industria farmacéutica en el país a inicios de los años

treinta se encontraba todavía en un estado embrionario. A su vez señalaba que se

importaban varios millones de pesos en sustancias medicinales, cuando bien podían

producirse éstas en suelo mexicano. Sin embargo, las compañías locales ignoraban la gran

cantidad de flora medicinal que se encontraba en el territorio nacional, de donde se podían

obtener los principios activos que requería la población. En el periodo 1930-1934, se

importaron anualmente en promedio 8 millones de pesos en medicamentos, mientras que en

el año de 1931 sólo se exportaron 55,553 pesos en drogas y productos químicos, lo que

significaba que el país prácticamente no tenía producción de materias primas terapéuticas.

Desde 1923, Garcol trataba de impulsar el uso e investigación de plantas medicinales

nacionales e iniciar así una independencia económica sobre las grandes importaciones que

se realizaban anualmente en México.

Por cuestiones de organización, el Censo Industrial de 1935 (aunque los datos son en

realidad del año de 1934) decidió eliminar de su conteo a los establecimientos farmacéuticos

de escasa producción industrial. Este Censo reveló que el número de compañías

farmacéuticas en el país había aumentado a 73, con una producción anual total de 9,461,245

pesos. A partir de los datos precedentes, se observa que las compañías farmacéuticas que

producían medicamentos en gran escala crecieron considerablemente en cinco años.

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Aunque para el caso de otros sectores industriales se ha sostenido la hipótesis de que los

mexicanos aspiraban a puestos de segunda categoría, de acuerdo a este Censo, para la

industria farmacéutica no fue así, ya que los directores nacionales seguían predominando.

No obstante, la mayoría de los directores mexicanos administraban empresas que

pertenecían a otros individuos. De igual manera, el Censo revela que la industria

farmacéutica seguía dependiendo del exterior para su producción, ya que poseía alrededor

de 2,416,744 pesos en material importado y sólo 898,534 pesos en material nacional.

Más atrás se afirma que las primeras empresas farmacéuticas instaladas en México jugaron

un papel fundamental en la formación de las bases que llevarían a una industrialización

sostenida en el futuro. En la tabla 1 se mencionan las compañías farmacéuticas más

importantes y su año de establecimiento en el país, que participaron activamente antes de

1940 en los inicios de este sector. Puede notarse que la formación de pequeñas empresas

comercializadoras e importadoras es el fenómeno recurrente en las primeras etapas,

mientras que después de 1930, se da el fenómeno de instalación de filiales extranjeras. Del

mismo modo, diversos empresarios mexicanos fundaron sus compañías productoras de

medicamentos enriqueciendo la industria farmacéutica nacional. Como lo indican distintos

directorios industriales de la época, la Ciudad de México se convirtió en el centro operativo

desde donde la mayor parte de las casas manufactureras y distribuidoras de medicamentos y

productos químicos comenzaron a dirigir sus operaciones hacia el resto del país.

17
Tabla 1. Principales empresas farmacéuticas que operaban
en México antes de 1940

18
Es necesario tener presente que las condiciones que rodearon el nacimiento de la industria

del medicamento en México fueron muy diferentes a las que acontecieron en los países más

industrializados, sobre todo porque las primeras empresas farmacéuticas de capital

mexicano se insertaron en una estructura de mercado que no fomentó la competitividad en el

sector. Diversos estudios económicos señalan que cuando comienza a surgir una rama

productiva en un país de industrialización tardía, la política de esta nación debe orientarse a

la aplicación de medidas proteccionistas y de regulación de la inversión extranjera, con el

objetivo de que la industria nacional pueda llegar a consolidarse por sí misma y a ser

competitiva. Estas medidas probablemente no produzcan resultados en un periodo corto de

tiempo, sin embargo, a la larga se obtendrá un sector industrial autosuficiente y además poco

dependiente de las decisiones tomadas en el exterior.

No obstante, el Estado mexicano entre 1917 y 1940 nunca estructuró un plan a corto o largo

plazo para el desarrollo de una industria farmacéutica. En estos años, los primeros gobiernos

revolucionarios (sobre todo los de Carranza, Obregón y Calles) comenzaron a efectuar

diversas modificaciones en el modelo económico con el objetivo de reactivar la industria

nacional, la cual había sufrido estragos con la guerra civil. Se negociaron medidas favorables

con los inversionistas foráneos para que instalaran sus empresas en el país, con el pretexto

de que los mexicanos al observar sus actividades industriales también aprenderían a hacerlo.

Sin embargo, no se dictaron al mismo tiempo políticas proteccionistas fuertes para las ramas

productivas locales, más bien las disposiciones estatales expusieron a las nacientes

compañías farmacéuticas de capital mexicano a la fuerte competencia del extranjero.

De este modo, las compañías extranjeras comenzaron a dominar desde un inicio al mercado

farmacéutico mexicano y se fueron formando los lazos de dependencia económica y

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tecnológica con el exterior. En estos años, la utilización de materias primas y tecnología

extranjera para la producción de medicamentos era una constante, ya que se aseguraba que

las empresas farmacéuticas genuinamente mexicanas en sus procedimientos no llegaban ni

a tres. Asimismo, la industria nacional en general no hacía mucho para crear e innovar, lo

que provocó que fuera muy poco competitiva, salvo hasta el periodo de la Segunda Guerra

Mundial, cuando las economías más desarrolladas empezaron a importar manufacturas del

país.

3.3. El despegue de la industria farmacéutica en México

A pesar de las acciones del Departamento de Salubridad Pública para proteger la industria

farmacéutica nacional la implementación de la normativa del Código Sanitario de 1926 y del

Registro de Medicamentos de 1927, los gobiernos federales de las primeras tres décadas del

siglo XX manifiestan un comportamiento común: no se atrevían a tocar los intereses de los

capitalistas extranjeros y sólo se limitaban a negociar con ellos. Para el Estado mexicano,

aplicar las medidas derivadas de la Constitución Política resultó un proceso complicado y

tortuoso, que dependía de la capacidad gubernamental para hacer frente a las presiones

provenientes del exterior. Al final, se terminó concediendo privilegios a los empresarios

foráneos en distintas ramas de la industria nacional: desde permisos de explotación

ventajosos hasta mercados controlados por unas pocas compañías extranjeras.

Al llegar Lázaro Cárdenas a la presidencia en 1934, la política industrial adoptó una posición

distinta, ya que puso mayor énfasis en la regulación de la inversión extranjera y nacional, así

como en la aplicación de medidas proteccionistas para los sectores productivos más

importantes que sostenían la economía del país. También se impulsó la expansión del

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mercado interno mediante estímulos financieros y fiscales. Conviene mencionar que las

disposiciones ejercidas en el periodo cardenista dejarían atrás el sentido retórico de los

gobiernos anteriores dando paso a políticas explícitamente dirigidas. La intención del Estado

era poseer un mayor control sobre el proceso de industrialización, para esto necesitaba

recuperar actividades y recursos económicos estratégicos, y limitar los intereses extranjeros

en la economía nacional.

Sin embargo, es necesario subrayar que ninguna de las políticas importantes de Cárdenas

estuvo orientada hacia la industria farmacéutica, sino más bien a otras ramas industriales

(petrolera, minera, ferrocarrilera), por lo que la protección a las empresas farmacéuticas de

capital mexicano fue débil. Tampoco se redactó un plan de desarrollo para la industria del

medicamento. En general, el Estado continuó con una línea similar de despreocupación

hacia el sector farmacéutico. No obstante, como se ve, algunas de las medidas decretadas

durante esta administración impactaron de forma indirecta a la industria farmacéutica

nacional.

Por ejemplo, sólo algunas compañías farmacéuticas (principalmente casas extranjeras)

tenían establecidos depósitos en diversas ciudades para la distribución de sus productos, por

lo que la gran mayoría de las empresas vendían generalmente desde la Ciudad de México.

Esto daba lugar a que los fletes y acarreos encarecieran los medicamentos de tal forma que

algunas presentaciones se habían colocado fuera del poder adquisitivo de las clases media y

proletaria. Al respecto, el Plan Sexenal Mexicano, elaborado por el Partido Nacional

Revolucionario (PNR) en 1934, se propuso ampliar la red ferroviaria y conectar las regiones

distantes. Se impulsó la construcción de carreteras y los ferrocarriles nacionales introdujeron

21
tarifas especiales de fletes para que las industrias domésticas pudieran competir con los

artículos extranjeros en los lugares remotos.

De igual forma, en este periodo se consideró necesario limitar la competencia para brindar

condiciones favorables a la pequeña y mediana empresa. Asimismo, el impulso que se dio a

la organización sindical ayudaría a proveer de obreros y técnicos mexicanos a las distintas

compañías, entre ellas las farmacéuticas. El 14 de julio de 1937 se publicó el "Acuerdo para

la Protección del Pequeño Comercio Nacional contra la Competencia de Elementos

Extranjeros". En este Acuerdo, el presidente Cárdenas argumentaba que era de la mayor

conveniencia para el desarrollo y sustento de la población nacional:

a) reservar, en materia de comercio, zonas protegidas contra la competencia de elementos

extranjeros, a fin de fomentar el pequeño comercio nacional e impedir su ruina

b) autorizar sólo la admisión de trabajadores extranjeros que tengan el carácter de técnicos

insustituibles

c) prohibir la presencia de rentistas o inversionistas extranjeros en negocio agrícola,

industrial o comercial de exportación, reservando así dicha zona exclusivamente a los

nacionales.

En materia de salud, el Acuerdo giraba órdenes al Departamento de Salubridad Pública para

que instruyera a sus inspectores en las visitas a los centros, exigiendo a los extranjeros los

documentos donde se comprobara que se encontraban dedicados a actividades autorizadas.

De igual manera, los extranjeros estaban obligados a capacitar al personal mexicano, con el

objeto de que cuando se hubiesen convertido en obreros calificados pudieran desempeñar el

trabajo.

22
Uno de los sindicatos que presionaba constantemente al Estado para que se cumplieran las

diversas leyes promulgadas, era la "Unión de Químicos Farmacéuticos y Farmacéuticos".

Esta agrupación (fundada en 1933) trató de proteger a todos los farmacéuticos y químico-

farmacéuticos titulados que radicaban en el Distrito Federal. En 1937, la Unión demandaba

una reglamentación más estricta para los laboratorios farmacéuticos, ya que, en su opinión,

algunos establecimientos seguían funcionando con irregularidades. Igualmente, solicitaba

que los encargados de la Oficina General de Control de Medicamentos del Departamento de

Salubridad Pública fueran farmacéuticos titulados, ya que solamente estos profesionales

estaban compenetrados con los distintos problemas que aquejaban a la profesión, comercio

e industria farmacéutica nacional. También exigía al gobierno que los inspectores

farmacéuticos que se enviaban a las empresas fueran efectivamente farmacéuticos, ya que

se nombraban personas que no lo eran y que además le quitaban el trabajo a elementos

idóneos y capaces. Finalmente, la Unión hacía un llamado a las diversas compañías

farmacéuticas instaladas en México, para que dejaran atrás la imitación burda de artículos

extranjeros e iniciaran la fabricación de productos innovadores, empleando para esto a los

técnicos mexicanos egresados de las universidades.

Aunque la expropiación petrolera decretada el 18 de marzo de 1938, significó un suceso

importante en el proceso de industrialización mexicana, por otro lado, impactó negativamente

a la industria farmacéutica nacional, ya que provocó la oscilación de precios de los productos

farmacéuticos. Para poder establecer un control en los precios de los mismos, el 7 de

octubre de 1938 el gobierno federal publicó un decreto que declaró a las medicinas en

general como artículos de consumo necesario. Este decreto disponía que se establecieran

comités consultivos de artículos de consumo necesarios en todo el país, que darían sus

23
opiniones a la Secretaría de Economía acerca de los precios máximos que debían marcarse

a los productos.

Si bien Cárdenas trató por varios medios de estabilizar los precios de los medicamentos,

nunca pudo lograr su objetivo y siguió fluctuando el costo de las presentaciones medicinales,

sobre todo de los medicamentos importados. Diversas empresas farmacéuticas extranjeras

establecidas en el país tuvieron que aumentar considerablemente los costos de sus artículos.

Otros factores que agravaban este problema eran las devaluaciones en el mundo que

afectaban a la moneda nacional y extranjera; aunado al hecho de que México tenía poca

investigación en materia de fármacos e importaba una gran cantidad de materias primas para

su producción.

Durante la administración cardenista, entre las medidas que se tomaron para fortalecer al

sector industrial destacó el apoyo financiero. Se crearon instituciones bancarias públicas y

privadas, y se modificaron las ya existentes para ampliar el crédito a los inversionistas

nacionales. Los fondos de la Nacional Financiera (creada en 1933) fueron ampliados en 1936

para especializarla como banca de fomento industrial. En 1937 comenzó a funcionar el

Banco Nacional de Comercio Exterior, que pretendía financiar las actividades de exportación.

Estos estímulos también fueron aprovechados por las empresas transnacionales, que

instalaron o ampliaron sus operaciones en México. No obstante, el gobierno aumentó la

carga tributaria a estas grandes corporaciones que se establecían en el país. La "Ley del

Impuesto de la Renta sobre el Superprovecho", publicada el 28 de diciembre de 1939,

obligaba a pagar mayores gravámenes a las empresas con ingresos anuales superiores a

100,000 pesos.

24
En esta etapa, algunas empresas farmacéuticas de capital nacional se fortalecieron en el

mercado, como los Laboratorios Higia. Esta compañía fue fundada en 1933 por José Pomar

Ruiz y su hermano Luis, y estaba ubicada en Avenida Chapultepec 449 de la Ciudad de

México. A mediados de 1935, esta firma realizó un convenio con la Cía. Mexicana de Drogas

SA., que le concedía a esta última la exclusividad para exportar los productos Higia a varios

países del continente americano y Filipinas. De acuerdo a declaraciones de los Laboratorios

Higia, la empresa se benefició con las leyes arancelarias y disposiciones de salud y control

que el gobierno mexicano implementó a finales de los años treinta. Asimismo, la compañía

aseguraba que sus productos se elaboraban "de una manera severamente escrupulosa y

sujeta a los más rigurosos y adelantados tecnicismos" y no disminuían en calidad comparada

a los productos extranjeros.

Entre 1933 y 1940, la industria nacional retomó un intenso crecimiento, donde diversos

sectores productivos lograron un desarrollo importante.38 Uno de ellos fue la industria

farmacéutica, como lo muestra el Tercer Censo Industrial de 1940. Este Censo señaló que

en 1939 existían 77 empresas farmacéuticas instaladas en territorio mexicano con una

producción anual total de 23,504,360 pesos. La producción casi se triplicó en cinco años a

pesar de que el número de compañías permaneció constante. Esto representaba que la

industria farmacéutica en México, en un lustro había crecido exponencialmente en

producción a comparación de lo realizado en los decenios anteriores. Pese a esto, se seguía

dependiendo mayormente del consumo de materias primas extranjeras (6,155,904 pesos en

material importado y 2,277,397 pesos en material nacional) para la fabricación de productos.

De acuerdo al Censo, 59 empresas eran propiedad de accionistas mexicanos y 18 de

extranjeros. Sobre la nacionalidad de los jefes y directores, los mexicanos eran mayoría en

25
número (75) respecto a los foráneos (49). En cuanto a la totalidad de empleados, 497 eran

mexicanos y 67 extranjeros. Al parecer las políticas proteccionistas de apoyo al trabajador

mexicano y los inicios de la organización sindical también se estaban reflejando en el caso

de la industria farmacéutica.

A pesar de que las políticas económicas de Cárdenas eran esencialmente nacionalistas, esto

no impidió el aumento del comercio exterior. Aún con el crecimiento en producción de la

industria farmacéutica nacional, no se había podido lograr el cambio de mentalidad en la

comunidad médica y en el consumidor mexicano para que prefirieran los productos locales.

Hacia 1939, la mayoría de los medicamentos que se vendían en México seguían siendo de

importación, que era realizada por la propia empresa farmacéutica o por algunos de los

distribuidores, entre los cuales los más importantes eran tres: dos alemanes (Carlos Stein y

Beick Félix) y uno francés (Colliere). De los 26,289,605 pesos valor de los productos

farmacéuticos importados en el año de 1939, la mayoría eran de origen alemán con

10,825,436 pesos, seguida por la importación derivada de Estados Unidos con 6,442,037

pesos. En tercer lugar, figuraban las importaciones procedentes de Francia con un valor total

de 5,246,143 pesos y en cuarto lugar las de procedencia suiza, que fueron de 1,150,938

pesos.

Como resultado del análisis realizado se puede afirmar que la situación de las empresas

farmacéuticas en México a finales de los años treinta del siglo XX poseía las siguientes

características: las compañías farmacéuticas de capital mexicano habían aumentado y eran

mayoría, pero aún no alcanzaban el desarrollo industrial anhelado, y eran empresas que

empezaban a adquirir experiencia en la rama. Por su parte, las empresas fundadas y

sostenidas con capital extranjero eran las que dominaban el mercado antes de 1940,

26
mediante la enorme importación y fabricación de medicamentos y a base de sus fuertes

sistemas de distribución y propaganda.

El 17 de febrero de 1940, en el ocaso del periodo cardenista, se publicó el "Decreto para

Fomentar Industrias Novedosas". En esta Ley se exentaba por cinco años de diversos

impuestos a las empresas que se organizaran para desarrollar actividades industriales

nuevas en el territorio mexicano. Sin embargo, no se otorgaría la eximición si a juicio de la

Secretaría de Economía, la nueva actividad industrial pudiera ocasionar perjuicios a

industrias ya establecidas en el país. Este decreto fue uno de los avisos de la futura política

industrial. Las medidas que implicaban la creación de franquicias fiscales para el

establecimiento de industrias nuevas serían utilizadas constantemente por los gobiernos

federales en las décadas siguientes, y permitirían que algunas empresas farmacéuticas

gozaran de incentivos para comenzar la producción de materias primas terapéuticas en

México. Sin embargo, estas disposiciones fomentaron al mismo tiempo la compra excesiva

de equipos y tecnología extranjera para este fin.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, la industrialización farmacéutica en México fue

vertiginosa, ya que de 77 empresas farmacéuticas que existían en 1940, en una década la

industria creció a 310 empresas farmacéuticas establecidas en 1950. El número de

compañías se incrementó aproximadamente en 300%. La guerra fue el principal catalizador:

se logró formar la infraestructura necesaria para que el crecimiento económico sostenido se

convirtiera en el objetivo principal de la nación. Evidentemente, las políticas emprendidas por

el Estado por fin estaban comenzando a dar resultados.

27
Sin embargo, la dependencia con el extranjero en materia farmacéutica seguiría su marcha,

sobre todo en el área económica y científico-tecnológica. La mayoría de los autores que han

estudiado el desarrollo de la industria mexicana a partir de los años cuarenta coinciden

acerca de que la política regulatoria y de disminución de privilegios fueron exclusivas del

periodo cardenista. En los gobiernos posteriores, el nuevo modelo económico de "sustitución

de importaciones" (1940-1980) volvió a retomar sus bases en la industrialización con ayuda

del capitalista extranjero, al que se le otorgaron de nuevo grandes concesiones.

La política de sustitución de importaciones para promover la industrialización de la nación fue

aprovechada por la inversión extranjera, en términos de las eximiciones fiscales y debido a

que le garantizó mercados cautivos a través de la protección contra la competencia externa.

Los verdaderos lazos de dependencia que atan a la industria farmacéutica con el exterior se

formaron en este nuevo modelo económico. Después de la Segunda Guerra Mundial, la

política industrial que aplicó el Estado mexicano puso énfasis en la cuestión monetaria y

fiscal, dejando de lado toda estrategia de desarrollo científico-tecnológico, lo que a la larga

provocó una "industrialización trunca", que padecería el país durante gran parte del siglo XX.

4. Conclusiones

En México, la industria farmacéutica tuvo sus orígenes durante el periodo posrevolucionario

(1917-1940). El país en esa época era un terreno fértil de inversión para distintos

empresarios tanto nacionales como del exterior que querían incursionar en nuevas industrias

con un futuro promisorio. La llegada de grandes capitalistas extranjeros con experiencia en

diversas ramas provocó que el Estado mexicano se inclinara hacia una industrialización

28
rápida del país con la ayuda del capital foráneo, favoreciendo a las industrias principales y

relegando a aquellas que no sostenían la economía, como la industria farmacéutica.

Es entonces cuando diversas compañías europeas y estadounidenses comienzan a

desplazar poco a poco a las empresas farmacéuticas de capital nacional, aprovechando sus

grandes recursos tanto económicos como tecnológicos. De igual manera, el comercio de

medicamentos importados llegó a su apogeo y generó malestar entre los farmacéuticos y

fabricantes mexicanos. Éstos empezarían a tomar otras acciones para defender sus

intereses exigiendo una regulación para dichos medicamentos que afectaban sus economías

y las de sus empresas. Las acciones emprendidas por el Departamento de Salubridad

Pública en defensa de la industria farmacéutica nacional y de los productos mexicanos

fueron importantes, pero no suficientes, sobre todo porque no contaron con el apoyo decidido

del gobierno federal, que no se atrevía a regular los intereses económicos de los capitalistas

extranjeros.

Es hasta el periodo cardenista (1934-1940) cuando se empiezan a decretar políticas

proteccionistas más formales para la industria mexicana. En esta perspectiva, la industria

farmacéutica se vería parcialmente favorecida, al aumentar de forma considerable su

producción y el personal mexicano que laboraba en ella. Sin embargo, la dependencia con el

exterior siguió haciendo mella, ya que la importación de medicamentos continuaría de

manera impresionante, así como las preferencias del médico y del consumidor por el

producto extranjero. Esto último sería un factor que desaceleraría el desarrollo de la industria

farmacéutica nacional a lo largo de su historia.

29
Al parecer la política proteccionista y de regulación industrial fue exclusiva del periodo

cardenista, ya que el nuevo modelo económico de "sustitución de importaciones" volvió a

retomar las bases de la industrialización concediendo grandes facilidades al capital

extranjero. Si bien los inicios de la subordinación con el exterior en materia farmacéutica

(sobre todo económica y científico-tecnológica) tienen sus bases en el periodo analizado,

diversos estudios señalan que los verdaderos lazos de dependencia se formarían después

de los años cuarenta. Se debe señalar que antes de 1940, la industria farmacéutica era un

sector que empezaba a desarrollarse en el país, sin embargo, la política estatal aplicada en

las primeras décadas del siglo no fue selectiva y favoreció el proceso de extranjerización de

la planta industrial.

La industria farmacéutica en México seguiría su desarrollo a lo largo del siglo XX hasta

convertirse actualmente en una rama productiva importante, sin embargo, al pasar los años,

la protección decidida de la pequeña y mediana empresa parece convertirse en una prioridad

mínima para el Estado. Si bien, actualmente gran parte de los medicamentos que necesita la

población del país se producen en suelo mexicano y existen diversas compañías

farmacéuticas de capital nacional que compiten en el mercado, estas últimas todavía

permanecen, después de ocho décadas, en desventaja en ciertos aspectos frente a las

empresas transnacionales.

Una propuesta para el fortalecimiento actual de la industria farmacéutica de capital mexicano

sería implementar políticas que combinen el proteccionismo y el libre comercio internacional,

utilizando a este último para potenciar el desarrollo del mercado interno. Esto aunado al

fomento de la vinculación entre universidades, centros de investigación y empresas

farmacéuticas privadas, recaería en un mayor tránsito de proyectos del laboratorio a la

30
fábrica, disminuyendo paulatinamente la necesidad de este sector industrial de innovaciones

y tecnología extranjera.

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