La Teoría General de Keynes y la macroeconomía moderna
Jaime Ros
Septiembre de 2011
La crisis económica mundial de los últimos años es una crisis de gran
envergadura que tendrá repercusiones en la teoría macroeconómica y en la
enseñanza de la macroeconomía en los años por venir. Durante esta crisis se
han repetido los debates de política macroeconómica de los años 1930 cuando
la macroeconomía nació como disciplina con la publicación de la Teoría General
de Keynes. Esta ponencia contrasta precisamente las dos visiones de la
macroeconomía que se han enfrentado entre sí desde esa publicación y los
debates entre su autor y los Clásicos de esos años. Esta comparación hace
hincapié en los dos principales aspectos que separan estas dos visiones o
escuelas de pensamiento: el tema del equilibrio continuo de los mercados,
particularmente del mercado de trabajo, y el de la previsión perfecta o, en
terminología moderna –y sujeto a información incompleta–, de las expectativas
racionales.
En la visión clásica que Keynes criticó –representada hoy por la economía de los
nuevos clásicos– los mercados están en equilibrio continuo y los agentes
económicos, además de optimizar intertemporalmente, tienen ya sea previsión
perfecta o previsión perfecta sujeta a errores estocásticos e información
incompleta acerca de algunas variables exógenas (como la oferta de dinero). El
modelo subyacente es un modelo walrasiano dinámico tal y como fue ampliado
por Arrow y Debreu. Empiezo con el tema del equilibrio continuo en los
mercados.
La publicación de la Teoría General dio lugar a la economía de Keynes y a sus
contribuciones a la macroeconomía tanto en el periodo del consenso keynesiano
de la posguerra como en el periodo más reciente, en que ha estado vigente la
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contrarrevolución a la macroeconomía keynesiana. En mi opinión, la
interpretación más profunda de la Teoría General, y la que más ilumina las
diferencias entre Keynes y sus críticos, así como la más relevante para los
problemas macroeconómicos de la actualidad, es la que ofreció, hace ya
muchos años, Axel Leijonhufvud en On Keynesian Economics and the
Economics of Keynes, publicado en 1968, un libro basado en su tesis de
doctorado y que, junto con las contribuciones asociadas de Clower y Bénassy,
considero que es la base para reconstruir la macroeconomía después de la
debacle producida por la contrarrevolución.
En el enfoque de Leijonhufvud, la vigencia de la obra de Keynes se debe por lo
menos a dos razones. La primera: Keynes es un autor muy moderno debido a
que la actual crisis económica y financiera mundial ha vuelto a poner a los
mercados financieros en el epicentro del mal funcionamiento del sistema
económico en su conjunto, uno de los temas centrales de la Teoría General. La
segunda: Keynes es un autor muy moderno por la vigencia de su crítica a lo que
él llamó la economía clásica. Y lo es, como argumentaré aquí, pues si sus
críticas a los clásicos son válidas, son igualmente aplicables a la llamada nueva
economía clásica.
El rechazo del segundo postulado de la economía clásica y el derrumbe de
la Ley de Say
¿Cuales fueron esas críticas? En primer lugar, Keynes consideraba que la
economía clásica descansaba en dos postulados: 1) la igualdad entre el salario
real y el producto marginal del trabajo, y 2) la igualdad entre el salario real y la
desutilidad marginal del trabajo.
Keynes aceptó el primer postulado, que proviene de la maximización de
beneficios por parte de empresas atomísticas (que por ende toman como dados
los precios y salarios) y maximizan, sujetas a una restricción tecnológica, la
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función de producción. Esta historia de empresas atomísticas que toman los
precios como dados, claramente no es cierta. Pero Keynes, por razones que
creo entender bien, decidió no meterse con este postulado.
¿De dónde proviene el segundo postulado de la economía clásica? Proviene de
la maximización de la utilidad por parte de hogares trabajadores. Estos hogares
maximizan su utilidad, que depende positivamente del consumo y negativamente
del trabajo, y toman como dados precios y salarios (porque también son
atomísticos), y están sujetos a una restricción de presupuesto y nada más. Así,
el hogar decide trabajar hasta el punto en que el salario que el trabajador recibe
(medido en términos de los bienes que consume) le compensa exactamente por
la desutilidad marginal del trabajo, ni una hora más ni una menos. El resto del
tiempo lo dedica al ocio.
Como Keynes observaba que –con mucha frecuencia y a veces masivamente–
los hogares trabajadores no podían decidir cuánto trabajaban, sobre todo
cuando están desempleados, rechazó el segundo postulado de la economía
clásica y en su lugar supuso (y haberlo aclarado es precisamente la contribución
de Clower, Leijonhufvud y Bénassy) que el hogar además de la restricción de
presupuesto, enfrentaba una restricción de cantidad a la cantidad de trabajo que
podía vender en el mercado. En suma, lo que Keynes supuso es que los
trabajadores no están siempre en sus curvas de oferta de trabajo deseadas; es
decir, no siempre pueden vender la cantidad de trabajo que desean.
Al rechazar el segundo postulado de la economía clásica, la ley de Say se
derrumba y la demanda agregada pasa a desempeñar un papel clave en la
determinación del producto. En efecto, la restricción de cantidad está dada, para
el conjunto de los hogares, por la demanda de trabajo de las empresas, que
puede resultar inferior a la oferta de trabajo deseada por los hogares. Así, ante
una caída en el nivel de empleo, de tal magnitud como para generar un exceso
de oferta de trabajo, los hogares trabajadores ajustan a la baja su demanda de
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consumo y el producto total queda determinado por la demanda efectiva. Por
cierto, demostrar que al ajustarse a la baja la demanda de consumo, el producto
converge de todos modos a un equilibrio estable en el mercado de bienes –con
exceso de oferta en el mercado de trabajo (en lugar de continuar descendiendo
hasta llegar a cero)– debe haber sido un verdadero vía crucis, en el que participó
decisivamente Richard Kahn1. Afortunadamente, la condición crucial para la
estabilidad de ese equilibrio a menos de pleno empleo es que la propensión
marginal a consumir sea menor a la unidad.
Creo que Don Patinkin tiene razón cuando dice que demostrar la estabilidad del
equilibrio de menos de pleno empleo es la característica distintiva de la teoría de
la demanda efectiva de Keynes. Refiriéndose al famoso diagrama de Paul
Samuelson con la recta de 45 grados que intersecta una línea de gasto
agregado con intercepto positivo y pendiente positiva y menor a la unidad,
Patinkin dice: “Lo que llamo la teoría de la demanda efectiva es no sólo que la
intersección de la curva de demanda agregada E = F(Y) con la línea de 45
grados determina el producto real de equilibrio Yo a un nivel que puede ser
inferior que el de pleno empleo […] sino también (y ésta es la característica
distintiva nueva) que el cambio en el producto (y por lo tanto en el ingreso) actúa
como una fuerza equilibradora […] La teoría de la demanda efectiva se refiere
no sólo a la solución matemática de la ecuación de equilibrio F(Y) = Y, sino a
demostrar la estabilidad de este equilibrio tal y como está determinado por la
ecuación de ajuste dinámico dY/dt = θ [F(Y) – Y], donde θ’ > 0” (Anticipations of
the General Theory, p. 9-10).
Esto es lo que explica por qué la teoría propuesta por Keynes se refiere al caso
general. ¿Por qué dice Keynes que su teoría se refiere al caso general del cual
la economía clásica es un caso especial? ¿Qué tiene esto que ver con el
abandono que Keynes hizo del segundo postulado de la economía clásica? Él se
1
Richard Kahn es el único economista al que Keynes agradece, por sus conversaciones, en el
prólogo de la Teoría General.
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refiere al caso general precisamente porque en presencia de un exceso de
oferta en el mercado de trabajo, introduce el supuesto –que debería ser evidente
para cualquiera– de que los hogares no van a formular sus planes de consumo
de la misma forma en que lo hacen cuando el mercado de trabajo está en
equilibrio. Si hay exceso de oferta en el mercado de trabajo, los hogares
enfrentan una restricción de cantidad a la cantidad de trabajo que pueden
vender en el mercado, y toman en cuenta esta restricción a la hora de formular
su demanda de consumo. Como dice Edmond Malinvaud, en un texto que
sintetiza las contribuciones de Clower, Leijonhufvud y Bénassy a la comprensión
de la economía de Keynes: “Al decidir su demanda de consumo por un bien
particular, un individuo desempleado recuerda que está desempleado.”
En la economía clásica, y en particular en su expresión más acabada –el modelo
walrasiano de equilibrio general–, el trabajador desempleado no recuerda que
está desempleado a la hora de formular su plan de consumo. La restricción de
cantidad no se toma en cuenta en el programa de maximización de su utilidad.
Entonces, en el plan óptimo que los hogares formulan al maximizar su utilidad,
se determinan simultáneamente la demanda de consumo, la cantidad de trabajo
y el ocio, suponiendo que no hay restricciones a la cantidad de trabajo que los
hogares pueden vender en el mercado. Esto es precisamente lo que dice el
segundo postulado de la economía clásica. Pero esto sólo es cierto si el
mercado de trabajo despeja porque si no lo hace, el plan de consumo de los
hogares tiene que tomar en cuenta que esos hogares no logran vender la
cantidad de trabajo que desean (al salario y precio de los bienes de consumo
vigentes).
¿Por qué, desde Walras, los modelos de equilibrio general walrasiano, estáticos
o dinámicos hacen caso omiso de la restricción de cantidad, supuesto a todas
luces tan extraño? Porque implícitamente o, como lo hizo él, explícitamente,
suponen la existencia de un subastador walrasiano que tiene, entre otras tareas,
la de prohibir que se lleven a cabo transacciones mientras no se haya
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encontrado el vector de precios de equilibrio que despeja todos los mercados. Y
como el trabajador desempleado sabe que el subastador walrasiano no permitirá
las transacciones hasta que el mercado de trabajo despeje, con una pureza
lógica impecable, formula su plan de consumo suponiendo que puede vender la
cantidad de trabajo que desea, sin más restricciones que la suya propia de
presupuesto, estática o intertemporal, dados los precios y los salarios vigentes
en el mercado.
El conocimiento del futuro en la economía clásica y la incertidumbre
En segundo lugar, Keynes también rechazó los supuestos de la economía
clásica sobre información y previsión del futuro. Como lo dice en su artículo del
Quarterly Journal of Economics de 1937: “La teoría ortodoxa supone que
tenemos un conocimiento del futuro de una naturaleza muy distinta a la del que
actualmente poseemos […] La hipótesis de un futuro calculable conduce a una
interpretación incorrecta de los principios de comportamiento que la necesidad
de la acción nos obliga a adoptar, y a una subestimación de los factores
escondidos de la duda absoluta, la precariedad, la esperanza y el miedo”. En
ocasiones, Keynes sustituyó el supuesto de previsión perfecta por el supuesto
de expectativas exógenas que puede atribuirse, como lo plantea Phelps, a la
existencia de una comunicación intertemporal incompleta entre participantes del
mercado y el problema consiguiente de coordinación de las decisiones
intertemporales de ahorro e inversión. Estas decisiones de inversión y ahorro
son intertemporales en el sentido preciso de que dependen crucialmente de las
expectativas sobre el futuro. Las empresas invierten hoy, no para producir hoy,
sino para producir en el futuro. El ahorro también es una decisión intertemporal
en el sentido de que los hogares ahorran hoy para consumir en el futuro (o
simplemente para acumular riqueza futura). En ambos casos, las condiciones
futuras cumplen un papel crucial en esas decisiones.
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En otras ocasiones, Keynes endogeneiza las expectativas, pero de una manera
que toma en cuenta el hecho de que los agentes ignoran el futuro (véase en
particular su artículo en el Quarterly Journal of Economics ya citado). No me
extiendo en este tema pues Amitava Dutt va a hablar sobre ello en esta
conferencia.
Poner estos dos temas juntos, el del equilibrio en los mercados y el de las
expectativas, conduce a una distinción sutil entre la eficiencia de un mercado en
el sentido de si despeja o no y que tan rápido lo hace, y el papel de un mercado
como fuente de mal funcionamiento del sistema económico. Por ejemplo, para
Keynes el mercado de trabajo no despeja tan rápido como los mercados
financieros. Sin embargo, lo que Keynes llama desempleo involuntario tiene su
origen en el hecho de que los mercados financieros, aunque despejan todo el
tiempo, pueden hacerlo a “precios erróneos”: son capaces de despejar a una
tasa de interés que es inconsistente (demasiado alta) con el pleno empleo en el
mercado de trabajo. Dicho a la vieja usanza, la tasa de interés puede ser
demasiado alta para que la inversión deseada por las empresas a esa tasa de
interés logre absorber los ahorros correspondientes al nivel de ingreso de pleno
empleo. Los mercados financieros son los principales candidatos para caer en
fallas de información (especulación mal informada) precisamente porque están
encargados de la coordinación de las decisiones de producción y consumo en el
futuro. Hay aquí un gran contraste con la macroeconomía moderna. En la nueva
economía clásica, la explicación de los ciclos económicos también considera la
existencia de información incompleta (como en el caso del modelo Lucas-
Phelps) pero ubica las fallas de información en el mercado de trabajo
(trabajadores que confunden aumentos en los salarios nominales con aumentos
en los salarios reales) o en los mercados de bienes (agentes que confunden
cambios en el nivel general de precios con cambios en precios relativos). De
manera similar, en la nueva economía keynesiana de las últimas décadas, el
desempleo se explica, en algunas versiones, como resultado de imperfecciones
o fallas de información en el mercado de trabajo.
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La macroeconomía después de la Teoría General
El papel del supuesto de salarios nominales dados
En cuanto a lo que ocurrió con la macroeconomía keynesiana después de la
Teoría General quiero poner el acento en dos temas. El primero se refiere al
supuesto de salarios nominales dados (que Keynes mantuvo hasta el capítulo 19
de la Teoría General en que analiza el caso general de flexibilidad de salarios y
precios). Como lo ha hecho ver Patinkin, para Keynes la rigidez de los salarios
nominales es más una recomendación de política económica que un supuesto
de comportamiento ¡Como podía ser de otra manera si la gran depresión de los
años treinta del siglo pasado registró una deflación sin precedente de los
salarios nominales! En cambio, en la síntesis neoclásica, y más aún entre los
nuevos keynesianos, la rigidez de los salarios nominales (o de los precios en
algunas versiones) se convirtió en un supuesto crucial para la existencia de un
equilibrio con desempleo. Ello abrió las puertas para la resurrección de la
principal conclusión de la economía clásica: con precios y salarios plenamente
flexibles, la economía tendería al pleno empleo.
El comentario de Michal Kalecki al libro del profesor Arthur Pigou (1943),
publicado en el Economic Journal de 1944 esta ahí para recordarnos la falla en
el razonamiento que conduce a esa conclusión. En ese comentario de dos
páginas, Kalecki argumenta que el efecto positivo sobre la demanda agregada
del aumento en los saldos monetarios reales, provocado por la deflación, se
verá, con toda seguridad, contrarrestado por el aumento en el valor real de las
deudas de empresas y hogares y su efecto negativo sobre la demanda
agregada. Esto es así, argumentó Kalecki, porque en una economía monetaria
moderna los saldos monetarios son, en su mayor parte, depósitos bancarios que
tienen, como contraparte en la hoja de balance de los bancos, activos de los
bancos que son, a su vez, deuda de empresas y hogares.
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Esto significa, en términos del modelo de oferta y demanda agregada de los
libros de texto, que la curva de demanda agregada (en espacio nivel de precios,
nivel de producto) no tiene porqué tener pendiente negativa. Y, por lo tanto, el
desplazamiento hacia abajo de la curva de oferta agregada, resultante de la
caída de los salarios nominales, no tiene razón de llevarnos a un equilibrio con
pleno empleo. Este es un tema que también ha sido enfatizado por otros
keynesianos, entre ellos Patinkin (XXXX), Tobin (XXXX) y, desde luego,
Leijonhufvud en el libro ya citado.
Las expectativas sobre el futuro en la síntesis neoclásica
El segundo tema se refiere a la pérdida de importancia, en la síntesis neoclásica,
de las expectativas sobre el futuro en la determinación del nivel presente de
actividad económica y de empleo. Como lo ha mostrado Leijonhufvud, un tema
central de Keynes es cómo las “visiones cambiantes del futuro son capaces de
influir en el nivel de ocupación”. Para Keynes, como ya lo mencioné, la inversión
es, en efecto, una decisión intertemporal que depende de las expectativas sobre
el futuro y que afecta a los niveles presentes de actividad económica y de
empleo. Este tema central se perdió en la síntesis neoclásica, lo que abrió las
puertas para la reemergencia de modelos de optimización intertemporal en la
nueva economía clásica (y también entre los nuevos keynesianos) que, en cierto
modo, echaron al bebé fuera de la bañera junto con el agua sucia: es decir,
reintrodujeron correctamente la importancia de las expectativas sobre el futuro –
en que la Teoría General había hecho tanto hincapié–, pero descartaron los
necesarios supuestos sobre la incertidumbre fundamental que tienen los agentes
económicos acerca del futuro.
La reintroducción del supuesto de equilibrio continuo en el mercado de trabajo y
la reemergencia del segundo postulado de la economía clásica
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El tercer tema tiene que ver con la re-adopción en la macroeconomía moderna
del segundo postulado de la economía clásica. Las puertas para que entrara la
contrarrevolución se abrieron de par en par con la Presidential Address de Milton
Friedman a la American Economic Association en 1968 (“El papel de la política
monetaria”). Este informe marca, hasta donde puedo ver, el momento en el que
en la macroeconomía post Teoría General se reintroduce el supuesto de que el
mercado de trabajo despeja en todo momento, es decir que trabajo está en
equilibrio continuo. En efecto, el modelo implícito de Friedman en este informe
supone que ese mercado está siempre en equilibrio y los efectos de la demanda
agregada sobre el nivel de actividad, provocados por choques monetarios, se
dan como resultado de fluctuaciones en la oferta de trabajo, sin que ello implique
cambios en la tasa de desempleo. Estas fluctuaciones en la oferta de trabajo son
el resultado de que los trabajadores –como ya se mencionó antes– confunden
temporalmente los aumentos en salarios nominales por aumentos en salarios
reales (que conducen a una elevación de su oferta de trabajo) al no darse
cuenta de inmediato que los precios, al igual que los salarios nominales, también
aumentan con la expansión monetaria. Pero en todo este proceso, el mercado
de trabajo está siempre en equilibrio. En otras palabras, una expansión (o
contracción) de la demanda agregada no afecta el nivel de actividad reduciendo
o expandiendo el desempleo: los trabajadores siempre están en su curva de
oferta de trabajo deseada. El segundo postulado de la economía clásica se
vuelve a cumplir.
El famoso modelo de Lucas no es más que una variación sobre el mismo tema.
Es exactamente el mismo que el de Friedman, con la única diferencia de que en
el modelo de Lucas los agentes económicos tienen expectativas racionales.
Pero debido a la falta de información completa, los agentes económicos
confunden también temporalmente cambios en el nivel general de precios con
cambios en los precios relativos, haciendo así que el dinero pueda no ser neutral
a corto plazo. Más precisamente, por el hecho de que ahora las expectativas son
racionales y de que hay información incompleta, es necesario hacer una
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distinción entre los efectos de choques monetarios anticipados –que son
neutrales aun en el muy corto plazo– y los de choques monetarios no
anticipados que no son neutrales en el corto plazo.
La edad obscura
Desde entonces hemos vivido en lo que Paul Krugman ha llamado “la edad
obscura de la macroeconomía”. En estos años, los últimos treinta, él piensa,
sucedieron dos cosas. En primer lugar, se destruyó conocimiento previamente
acumulado con consecuencias sociales nefastas. Como él dice, si todo lo que
supiéramos, cuando la actual crisis estalló fuera la macroeconomía de los años
1950 habríamos estado mejor preparados para enfrentarla. Se repiten hoy las
mismas falacias que se decían en los años 1930, antes y después de la
publicación de la Teoría General. Krugman, en Mr Keynes and the Moderns
(2011), cita a Robert Barro (2009) de la Universidad de Harvard:
“John Maynard Keynes sostuvo que el problema radicaba en que los
precios y los salarios tenían un nivel excesivamente alto. Sin embargo, ese
problema podía solucionarse fácilmente a través de una política monetaria
expansiva, de tal forma que los precios y los salarios no tendrían que caer”.
Ya hemos hablado sobre este tema.
Krugman cita también a John Cochrane (2009) de la Universidad de Chicago:
“Primero, si no se imprime dinero, éste tiene que venir de algún lugar. Si el
gobierno nos pide prestado un dólar, ese dólar no los vamos a gastar o a
prestarlo a una empresa para que realice una nueva inversión. Cada dólar
en que se incrementa el gasto público debe corresponder a un dólar menos
de gasto privado. Los puestos de trabajo creados a través de un gasto
estimulador son compensados por pérdidas de empleos causadas por la
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caída en el gasto privado. Se pueden construir caminos en vez de fábricas,
pero el estímulo fiscal no nos puede ayudar a construir más de ambos.
Esto es contabilidad, y no necesita un argumento complejo para describir el
fenómeno del desplazamiento (crowding out)”.
Krugman cita también a Niall Ferguson (en Soros et al 2009):
“Ahora estamos en la fase de terapia ¿y qué terapia estamos siguiendo?
Bueno, es una muy interesante porque tiene dos componentes
contradictorios. Uno es el prescrito por Dr. Friedman –es decir, Milton
Friedman– que ha sido administrada por la Reserva Federal: masivas
inyecciones de liquidez para evitar el tipo de crisis bancaria que causó la
Gran Depresión a principios de la década de 1930. Yo estoy de acuerdo
con ése. Es correcto hacer eso. Pero hay otro componente de la terapia
que es administrado de forma simultánea, que fue prescrito por el Dr.
Keynes –John Maynard Keynes– y esta parte de la terapia implica la
generación de un déficit que excederá el 12% del PBI el corriente año y la
emisión, por tanto de un gran cantidad de nuevos bonos.
Existe una clara contradicción entre estas dos políticas, y estamos tratando
de tenerlas a ambas. No se puede ser monetarista y keynesiano al mismo
tiempo –por lo menos no sé cómo se puede hacer, porque si el objetivo de
una política monetarista es mantener la tasa de interés baja y mantener
una liquidez alta, el efecto de la política keynesiana es presionar al alza la
tasa de interés.
Después de todo, 175 000 millones de dólares es una gran cantidad de
nuevos bonos puestos en el mercado de bonos en el momento de la
recesión, y todavía no sabemos bien quién los comprará. Ciertamente, no
serán los chinos. Eso funcionó bien, en los buenos tiempos, pero lo que yo
llamo quimérico, el matrimonio entre China y América, está alcanzando su
final. Tal vez termine en un divorcio escandaloso”.
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De manera que un primer aspecto de la edad obscura es la destrucción de
conocimiento. El segundo aspecto es que, en estos años, ha predominado una
visión de la macroeconomía en la que se supone que los agentes económicos,
con gran información sobre el funcionamiento de la economía y basados en las
correspondientes expectativas racionales, formulan sus planes óptimos de
producción, inversión, consumo, trabajo y ocio, y los mercados, en equilibrio
continuo, se encargan de volver consistentes entre sí esos planes óptimos. Otra
manera de referirse a esta visión es, en la expresión de Wilhem Buiter (1980),
como la macroeconomía del Dr. Pangloss.
¿Cómo pueden estos modelos walrasianos dinámicos, con equilibrio continuo en
todos los mercados, explicar los ciclos económicos, la alternancia en la
economía de periodos de auge y empleo alto seguidos de recesiones y empleo
bajo, uno de los principales fenómenos que dieron origen a la macroeconomía?
Hay dos respuestas a esta pregunta en la moderna nueva economía clásica.
Una respuesta está basada en la existencia de perturbaciones monetarias
(choques de demanda que como, en el modelo Lucas-Phelps, dan lugar a
fluctuaciones del producto en presencia de información imperfecta). Ya comenté
sobre el mecanismo que permite que la demanda agregada tenga un efecto
sobre la actividad económica. La otra respuesta está basada en perturbaciones
reales, en particular choques tecnológicos que, como en la literatura sobre ciclos
económicos reales, conducen a fluctuaciones del producto a través de varios
mecanismos posibles de propagación. Aquí la demanda agregada no cumple
ningún papel. Creo que sobra decir que estas explicaciones del ciclo económico
nada tienen que ver con la crisis actual que, espero, se encargará de echarlas –
y junto con ellas al segundo postulado de la economía clásica– al basurero de la
historia de la macroeconomía. Y esperemos que, en el caso del segundo
postulado de la economía clásica, esta vez sea la definitiva.
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Para más sobre todo esto, recomiendo leer el artículo reciente de Axel
Leijonhufvud cuya traducción al español se publicará próximamente en el
número de aniversario de la revista Investigación Económica.
Referencias
Pigou, A.C. (1943). The Classical Stationary State. The Economic Journal, vol.
53, No 212, dic., 1943, pp. 343-351.
Barro, Robert. (2009). Government spending is no free lunch”. Wall Street
Journal, January 22.
Buiter, Wilhem. (1980). The Macroeconomics of Dr. Pangloss: A Critical Survey
of the New Classical Macroeconomics. Economic Journal, 90, Marzo, pp.
34-50.
Cochrane, John. (2009). Fiscal stimulus, fiscal inflation, or fiscal fallacies?
[Link]
.
Kalecki, M. (1944). Professor Pigou on "The Classical Stationary State" A
Comment. The Economic Journal Vol. 54, No. 213, Apr., 1944, pp. 131-
132.
Keynes, J. (1936) The General Theory of Employment, Interest and Money.
Harcourt and Brace, New York.
Krugman, Paul. (2011). Mr. Keynes and The Moderns. Prepared for the
Cambridge conference commemorating the 75th anniversary of the
publication of The General Theory of Employment, Interest, and Money.
Leijonhufvud, Axel. (1968). On Keynesian Economics and the Economics of
Keynes: A Study in Monetary Theory. New York: Oxford University Press.
Lucas, R. (1972). Expectations and the neutrality of Money. Journal of Economic
Theory, 4, 103-124.
M. Milton Friedman. (1968). The Role of Monetary Policy. The American
Economic Review, Vol. 58, No. 1. (Mar., 1968), pp. 1-17.
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