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Justicia y Expulsión en Chupán

El documento describe una escena en una plaza en la que se está llevando a cabo un juicio comunal contra Cunce Maille, quien ha sido acusado de robar una vaca por tercera vez. El gran consejo de los yayas preside el juicio y determina que Maille debe pagar 30 soles por la vaca robada, será expulsado de la comunidad permanentemente y se le embargará uno de sus ganados. Maille muestra indiferencia ante el veredicto.

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Justicia y Expulsión en Chupán

El documento describe una escena en una plaza en la que se está llevando a cabo un juicio comunal contra Cunce Maille, quien ha sido acusado de robar una vaca por tercera vez. El gran consejo de los yayas preside el juicio y determina que Maille debe pagar 30 soles por la vaca robada, será expulsado de la comunidad permanentemente y se le embargará uno de sus ganados. Maille muestra indiferencia ante el veredicto.

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Ushanan Jampi (Enrique López Albújar)

La plaza de Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de — ¿Por qué entonces no te quejaste?
curiosidad, se había congregado en ella desde las primeras horas
—Porque yo no necesito de que nadie me haga justicia. Yo mismo
de la mañana, en espera del gran acto de justicia a que se le había
sé hacérmela.
convocado la víspera, solemnemente.
—Los yayas no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que
Se habían suspendido todos los quehaceres particulares y todos los
se la hace pierde su derecho.
servicios públicos. Allí estaba el jornalero, poncho al hombro,
sonriendo, con sonrisa idiota, ante las frases intencionadas de los
Ponciano, al verse aludido, intervino:
coros; el pastor greñudo, de pantorrillas bronceadas y musculosas,
serpenteadas de venas, como lianas en torno de un tronco; el viejo
—Maille está mintiendo, taita. El toro que dice que yo se lo robé, se
silencioso y taimado, mascador de coca sempiterno; la mozuela
lo compré a Natividad Huaylas. Que lo diga; está presente.
tímida y pulcra, de pies limpios y bruñidos como acero pavonado, y
uñas desconchadas y roídas y faldas negras y esponjosas como
—Verdad, taita —contestó un indio, adelantándose hasta la mesa
repollo; la vieja regañosa, haciendo perinolear al aire el huso
del consejo.
mientras barbotea un rosario interminable de conjuros, y el chiquillo,
con su clásico sombrero de falda gacha y copa cónica —sombrero
— ¡Yerro! —Gritó Maille, encarándose ferozmente a Huaylas—. Tan
de payaso— tiritando al abrigo de un ilusorio ponchito, que apenas
ladrón tú como Ponciano. Todo lo que tú vendes es robado. Aquí
le llega al vértice de los codos.
todos se roban.
Y por entre esa multitud, los perros, unos perros color de ámbar
Ante tal imputación, los yayas, que al parecer dormitaban, hicieron
sucio, hoscos, héticos, de cabezas angulosas y largas como cajas
un movimiento de impaciencia al mismo tiempo que muchos
de violín, costillas transparentes, pelos hirsutos, mirada de lobo,
individuos del pueblo levantaban sus garrotes en son de protesta y
cola de zorro y patas largas, nervudas y nudosas —verdaderas
los blandían gruñendo rabiosamente. Pero el jefe del tribunal, más
patas de arácnido— yendo y viniendo incesantemente, olfateando
inalterable que nunca, después de imponer silencio con gesto
a las gentes con descaro, interrogándoles con miradas de ferocidad
imperioso, dijo:
contenida, lanzando ladridos impacientes, de bestias que
reclamaran su pitanza. --Cunce Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos.
Podríamos castigarte entregándote a la justicia del pueblo, pero
Se trataba de hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a
sería abusar de nuestro poder.
quien uno de sus miembros, Cunce Maille, ladrón incorregible, le
había robado días antes una vaca. Un delito que había alarmado a
Y dirigiéndose al agraviado José Ponciano, que, desde uno de los
todos profundamente, no tanto por el hecho en sí cuanto por la
extremos de la mesa, miraba torvamente a Maille, añadió:
circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo cometía
igual crimen. Algo inaudito en la comunidad. Aquello significaba un
— ¿En cuánto estimas tu vaca, Ponciano? —Treinta soles, taita.
reto, una burla a la justicia severa e inflexible de los yayas,
Estaba para parir, taita.
merecedora de un castigo pronto y ejemplar.
En vista de esta respuesta, el presidente se dirigió al público en esta
forma:
Al pleno sol, frente a la casa comunal y en torno de una mesa rústica
y maciza, con macicez de mueble incaico, el gran consejo de los
— ¿Quién conoce la vaca de Ponciano? ¿Cuánto podrá costar la
yayas, constituido en tribunal, presidía el acto, solemne, impasible,
vaca de Ponciano?
impenetrable, sin más señales de vida que el movimiento
acompasado y leve de las bocas chacchadoras, que parecían
Muchas voces contestaron a un tiempo que la conocían y que
tascar un freno invisible.
podría costar realmente los treinta soles que le había fijado su
dueño.
De pronto los yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo
la papilla verdusca de la masticación, limpiáronse en un pase de
— ¿Has oído, Maille? —dijo el presidente al aludido.
manos las bocas espumosas y el viejo Marcos Huacachino, que
—He oído, pero no tengo dinero para pagar.
presidía el consejo, exclamó:
—Tienes ganados, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno
—Ya hemos chacchado bastante. La coca nos aconsejará en el
de tus ganados, y como tú no puedes seguir aquí porque es la
momento de la justicia. Ahora bebamos para hacerlo mejor.
tercera vez que compareces ante nosotros por ladrón, saldrás de
Chupan inmediatamente y para siempre. La primera vez te
Y todos, servidos por un decurión, fueron vaciando a grandes tragos
aconsejamos lo que debías hacer para que te enmendaras y
un enorme vaso de chacta.
volvieras a ser hombre de bien. No has querido. Te burlaste del
—Que traigan a Cunce Maille —ordenó Huacachino una vez que yaachischum. La segunda vez tratamos de ponerte bien con Felipe
todos terminaron de beber. Tacuche, a quien le robaste diez carneros. Tampoco hiciste caso
del alli-achishum, pues no has querido reconciliarte con tu
Y, repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos agraviado y vives amenazándole constantemente... Hoy le ha
corpulentos, apareció ante el tribunal .un indio de edad incalculable, tocado a Ponciano ser el perjudicado y mañana quién sabe a quién
alto, fornido, ceñudo y que parecía desdeñar las injurias y le tocará. Eres un peligro para todos. Ha llegado el momento de
amenazas de la muchedumbre. En esa actitud, con la ropa botarte y aplicarte el jitarishum. Vas a irte para no volver más. Si
ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y vuelves, ya sabes lo que te espera: te cogemos y te aplicamos
las dentelladas de los perros ganaderos, el indio más parecía la ushanan-jampi. ¿Has oído bien, Cunce Maille?
estatua de la rebeldía que la del abatimiento. Era tal la regularidad
de sus facciones de indio puro, la gallardía de su cuerpo, la altivez Maille se encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó
de su mirada, su porte señorial, que, a pesar de sus ojos mano al huallqui, que por milagro había conservado en la
sanguinolentos, fluía de su persona una gran simpatía, la simpatía persecución, y sacando un poco de coca se puso a chacchar
que despiertan los hombres que poseen la hermosura y la fuerza. lentamente.
— ¡Suéltenlo! —exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.
El presidente de los yayas, que tampoco se inmutó por esta especie
Una vez libre Maille, se cruzó de brazos, irguió la desnuda y revuelta de desafío del acusado, dirigiéndose a sus colegas, volvió a decir:
cabeza, desparramó sobre el consejo una mirada sutilmente
desdeñosa y esperó. —Compañeros, este hombre que está delante de nosotros es
Cunce Maille, acusado por tercera vez de robo en nuestra
—José Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste
comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido; no ha probado
una vaca mulinera y que has ido a vendérsela a los de Obas. ¿Tú
su inocencia. ¿Qué debemos hacer con él?
qué dices?
—Botarlo de aquí: aplicarle jitarishum —contestaron a una voz los
— ¡Verdad! Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos
yayas, volviendo a quedar mudos e impasibles.
pagados.
— ¿Has oído, Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien, ¿Y no tenía para eso su carabina y sus cien tiros? Lo suficiente para
pero no lo has querido. Caiga sobre ti jitarishum. batirse con Chupán entero y escapar cuando se le antojara.

Después, levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz Y el indio, con el arma preparada, avanzó cauteloso auscultando
solemne y más alta que la empleada hasta entonces: tolos los ruidos, oteando los matorrales, por la misma senda de los
despeñaderos y de los cactos tentaculares y ''amenazadores como
—Este hombre que ven aquí es Cunce Maille, a quien vamos a botar pulpos, especie de vía crucis, por donde solamente se atrevían a
de la comunidad por ladrón. Si alguna vez se atreve a volver a bajar, pero nunca a subir, los chupanes, por estar reservada para
nuestras tierras, cualquiera de los presentes (podrá matarle. No lo los grandes momentos de su feroz justicia. Aquello era como la roca
olviden. Decuriones, cojan a ese hombre y sígannos. Tarpeya del pueblo.

Y los yayas, seguidos del acusado y de la muchedumbre, Maille salvó todas las dificultades de la ascensión y, una vez en el
abandonaron la plaza, atravesaron el pueblo y comenzaron a pueblo, se detuvo frente a una casucha y lanzó un grito breve y
descender por una escarpada senda, en medio de un imponente gutural, lúgubre, como el gruñido de un cerdo dentro de un cántaro.
silencio, turbado sólo por el tableteo de los shucuyes. Aquello era La puerta se abrió y dos brazos se enroscaron al cuello del proscrito,
una procesión de mudos bajo un nimbo de recogimiento. Hasta los al mismo tiempo que una voz decía:
perros, momentos antes inquietos, bulliciosos, marchaban en
silencio, gachas las orejas y las colas, como percatados de la —Entra, guagua-yau, entra. Hace muchas noches que tu madre no
solemnidad del acto. duerme esperándote. ¿Te habrán visto?

Después de un cuarto de hora de marcha por senderos abruptos, Maille, por toda respuesta, se encogió de hombros y entró.
sembrados de piedras y cactos tentaculares y amenazadores como
pulpos rabiosos —senderos de pastores y cabras—, el jefe de los Pera el gran consejo de los yayas, sabedor por experiencia propia
yayas levantó su vara de alcalde, adornada de cintajos multicolores de lo que el indio ama su hogar, del gran dolor que siente cuando
y de flores de planta de manufactura infantil, y la extraña procesión se ve obligado a vivir fuera de él, de la rabia que se adhiere a todo
se detuvo al borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán lo suyo, hasta el punto de morirse de tristeza cuando le falta poder
de las Obas. para recuperarlo, pensaba: "Maille volverá cualquier noche de
éstas; Maille es audaz, no nos teme, nos desprecia, y cuando él
— ¡Suelten a ese hombre! —exclamó el yaya de la vara. siente el deseo de chacchar bajo su techo y al lado de la vieja
Nastasia, no habrá nada que lo detenga".
Y dirigiéndose al reo:
— Cunce Maille: desde este momento tus pies no pueden seguir Y los yayas pensaban bien. La choza sería la trampa en que habría
pisando nuestras tierras porque nuestros jircas se enojarían, y su de caer alguna vez el condenado. Y resolvieron vigilarla día y noche,
enojo causaría la pérdida de las cosechas, y se secarían las por turno, con disimulo y tenacidad verdaderamente indios.
quebradas y vendría la peste. Pasa el río y aléjate para siempre de
aquí. Por eso aquella noche, apenas Cunce Maille penetró a su casa, un
espía corrió a comunicar la noticia al jefe de los yayas.
Maille volvió la cara hacia la multitud, que con gesto de asco e
indignación, más fingido que real, acababa de acompañar las —Cunce Maille ha entrado a su casa, taita. Nastasia le ha abierto la
palabras sentenciosas del yaya, y, después de lanzar al suelo un puerta —exclamó palpitante, emocionado, estremecido aún por el
escupitajo enormemente despreciativo, con ese desprecio que sólo temor, con la cara de un perro que viera a un león de repente.
el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó: — ¿Estás seguro, Santos?
—Sí, taita. Nastasia lo abrazó. ¿A quién podrá abrazar la vieja
— ¡Ysmayta-micuy! Nastasia, taita? Es Cunce...
— ¿Está armado?
Y de cuatro saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre —Con carabina, taita. Si vamos a sacarlo, iremos todos armados.
los matorrales de la banda opuesta, mientras los perros, alarmados Cunee es malo y. tira bien.
de ver a un hombre que huía y excitados por el largo silencio, se
desquitaban ladrando furiosamente, sin atreverse a penetrar en las Y la noticia se esparció por el pueblo eléctricamente... "¡Ha llegado
cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo. Cunee Maille! ¡Ha llegado Cunee Maille!" era la frase que repetían
todos estremeciéndose. Inmediatamente se formaron grupos. Los
Si para cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, hombres sacaron a relucir sus grandes garrotes —los garrotes de
y un indio como Cunce Maille, la expulsión de la comunidad significa los momentos trágicos—; las mujeres, en cuclillas, comenzaron a
todas las afrentas posibles, el resumen de todos los dolores frente formar ruedas frente a la puerta de sus casas, y los perros,
a la pérdida de todos los bienes: la choza, la tierra, el ganado, el inquietos, sacudidos por el instinto, a llamarse y dialogar a la
jirca y la familia. Sobre todo, la choza. distancia.

El jitarishum es la muerte civil del condenado, una muerte de la que — ¿Oyes, Cunee? —Murmuró la vieja Nastasia, que, recelosa y con
jamás se vuelve a la rehabilitación; que condena al indio al el oído pegado a la puerta, no perdía el menor ruido, mientras aquél,
ostracismo perpetuo y parece marcarle con un signo que le cierra sentado sobre un banco, chacchaba impasible, como olvidado de
para siempre las puertas de la comunidad. Se le deja solamente la las cosas del mundo—. Siento pasos de que se acercan, y los
vida para que vague con ella a cuestas por quebradas, cerros, perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No oyes?
punas y bosques, o para que baje a vivir en las ciudades bajo la Te habrán visto. ¡Para qué habrás venido, guagua-yau!
férula del misti; lo que para un indio altivo y amante de las alturas
es un suplicio y una vergüenza. Cunee hizo un gesto desdeñoso y se limitó a decir:

Y Cunce Maille, dada su naturaleza rebelde y combativa, jamás —Ya te he visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una
podría resignarse a la expulsión que acababa de sufrir. Sobre todo, chacchada en mi casa. Voime ya. Volveré otro día.
había dos fuerzas que le atraían constantemente a la tierra perdida:
su madre y su choza. ¿Qué iba a ser de su madre sin él? Este Y el indio, levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía,
pensamiento le irritaba y le hacía concebir los más inauditos esquivó el abrazo de su madre y, sin volverse, abrió la puerta,
proyectos. Y exaltado por los recuerdos, nostálgico y cargado su asomó la cabeza a ras del suelo y atisbó. Ni ruidos, ni bultos
corazón de odio, como una nube de electricidad, harto en pocos sospechosos; sólo una leve y rosada claridad comenzaba a teñir la
días de la vida de azar y merodeo que se le obligaba a llevar, volvió cumbre de los cerros.
a repasar, en las postrimerías de una noche, el mismo riachuelo que
un mes antes cruzara a pleno sol, bajo el silencio de una poblada Pero Maille era demasiado receloso y astuto, como buen indio, para
hostil y los ladridos de una jauría famélica y feroz. fiarse de este silencio. Ordenóle a su madre pasar a la otra
habitación y tenderse boca abajo; dio en seguido un paso atrás,
A pesar de su valentía comprobada cien veces. Maille, al pisar la para tomar impulso, y de un gran salto al sesgo salvó la puerta y
tierra prohibida, sintió como una mano que le apretaba el corazón, echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia
y tuvo miedo. ¿Miedo de qué? ¿De la muerte? ¿Pero qué podría de plomo acribilló la puerta de la choza, al mismo tiempo que
importarle la muerte a él, acostumbrado a jugarse la vida por nada?
innumerables grupos de indios armados de todas armas, aparecían Facundo vaciló también, pero su vacilación fue cosa de un instante.
por todas partes gritando: Y, después de reír con gesto de perro a quien le hubiesen pisado la
cola, replicó:
— ¡Muera Cunce Maille! ¡Ushanan-jarnpi! ¡Ushanan-jampi!
—He venido a ofrecerte lo que pides. Eres como mi hermano y yo
Maille apenas logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que
le ofrezco lo que quiera a mi hermano.
recibió de frente, le obligó a retroceder y escalar de cuatro saltos
felinos el aislado campanario de la iglesia, desde donde, resuelto y Y, abriendo los brazos, añadió:
feroz, empezó a disparar certeramente sobre los primeros que —Cunce, ¿no habrá para tu hermano Facundo un abrazo? Yo no
intentaron alcanzarle. soy yaya. Quiero tener el orgullo de decirle mañana a todo Chupán
que me he abrazado con un valiente como tú.
Entonces comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y
Maille desarrugó el ceño, sonrió ante la frase aduladora y, dejando
acostumbrados a todos los horrores y ferocidades; algo que,
su carabina a un lado, se precipitó en los brazos de Facundo. El
iniciado con un reto, llevaba trazas de acabar en una heroicidad
choque fue terrible. En vez de un estrechón efusivo y breve, lo que
monstruosa, épica, digna de la grandeza de un canto.
sintió Maille fue el enroscamiento de dos brazos musculosos, que
amenazaban ahogarle. Maille comprendió instantáneamente el lazo
A cada diez tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados,
que se le había tendido, y, rápido corno el tigre, estrechó más fuerte
de escopetas inválidas, hechos por manos temblorosas, el sitiado
a su adversario, levantóle en peso e intentó escalar con él el
respondía con uno invariablemente certero, que arrancaba un
campanario. Pero al poner el pie en el primer escalón, Facundo, que
lamento y cien alaridos. A las dos horas había puesto fuera de
no había perdido la serenidad, con un brusco movimiento de riñones
combate a una docena de asaltantes, entre ellos a un yaya, lo que
hizo perder a Maille el equilibrio, y ambos rodaron por el suelo,
había enfurecido al pueblo entero.
escupiéndose injurias y amenazas. Después de un violento
forcejeo, en que los huesos crujían y los pechos jadeaban, Maille
— ¡Tomen, perros! —gritaba Maille a cada indio que derribaba—.
logró quedar encima de su contendor.
Antes que me cojan mataré cincuenta. Cunee Maille vale cincuenta-
perros chupanes. ¿Dónde está Marcos Huacachino? ¿Quiere un
— ¡Perro, más perro que los yayas! —Exclamó Maille, trémulo de
poquito de cal para su boca con esta shipina?
ira—; te voy a retacear allá arriba, después de comerte la lengua.
Y la shipina era el cañón del arma, que amenazadora y mortífera, — ¡Ya está!, ¡ya está!, ¡ya está! ¡Ushanan-jampi!
apuntaba en todo sentido.
— ¡Calla, traidor!—, volvió a rugir Maille, dándole un puñetazo feroz
Ante tanto horror, que parecía no tener término, los yayas, después
en la boca, y cogiendo a Facundo por la garganta se la apretó tan
de larga deliberación, resolvieron tratar con el rebelde. El
profundamente que le hizo saltar la lengua lívida, viscosa, enorme,
comisionado debería comenzar por ofrecerle todo, hasta la vida,
vibrante como la cola de un pez cogido por la cabeza, a la vez que
que, una vez abajo y entre ellos, ya se vería cómo eludir la palabra
entornaba los ojos y una gran conmoción se deslizaba por su cuerpo
empeñada. Para esto era necesario un hombre animoso y astuto
como una onda.
como Maille, y de palabra capaz de convencer al más desconfiado.
Maille sonrió satánicamente; desenvainó el cuchillo, cortó de un tajo
Alguien señaló a José Facundo. "Verdad —exclamaron los
la lengua de su víctima y se levantó con intención de volver al
demás—. Facundo engaña al zorro cuando quiere y hace bailar al
campanario. Pero los sitiadores, que aprovechando el tiempo que
jirca más furioso".
había durado la lucha, lo habían estrechamente rodeado, se lo
Y Facundo, después de aceptar tranquilamente la honrosa impidieron. Un garrotazo en la cabeza lo aturdió; una puñalada en
comisión, recostó su escopeta en la tapia en que estaba la espalda lo hizo tambalear; una pedrada en el pecho obligóle a
parapetado, sentóse, sacó un puñado de coca y se puso a catipar soltar el cuchillo y llevarse las manos a la herida. Sin embargo, aún
religiosamente por espacio de diez minutos largos. Hecha la catipa pudo reaccionar y abrirse paso a puñadas y puntapiés y llegar,
y satisfecho del sabor de la coca, saltó la tapia y emprendió una batiéndose en retirada, hasta su casa. Pero la turba que lo seguía
vertiginosa carrera, llena de saltos y zigzags, en dirección al de cerca, penetró tras él en el momento en que el infeliz caía en los
campanario gritando: brazos de su madre. Diez puñales se le hundieron en el cuerpo.

— ¡Amigo Cunee!, ¡amigo Cunce! Facundo quiere hablarte. — ¡No le hagan así, taitas, que el corazón me duele! —gritó la vieja
Nastasia, mientras, salpicado el rostro de sangre, caía de bruces,
Cunce Maille le dejó llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer arrastrada por el desmadejado cuerpo de su hijo y por el choque de
escalón de la gradería le preguntó: la feroz acometida. Entonces desarrollóse una escena horripilante,
canibalesca. Los cuchillos, cansados de punzar, comenzaron a
— ¿Qué quieres, Facundo? —Pedirte que bajes y te vayas. — tajar, a partir, descuartizar. Mientras una mano arrancaba el
¿Quién te manda? corazón y otra los ojos, ésta cortaba la lengua y aquélla vaciaba el
— ¡Yayas! vientre de la víctima. Y todo esto acompañado de gritos, risotadas,
—Yayas son unos supaypa-huachasgan, que cuando huelen insultos e imprecaciones, coreados por los feroces ladridos de los
sangre quieren beberla. ¿No querrán beber la mía? perros, que, a través de las piernas de los asesinos, daban grandes
tarascadas al cadáver y sumergían ansiosamente los puntiagudos
—No; yayas me encargan decirte que si quieres te abrazarán y hocicos en el charco sangriento.
beberán contigo un trago de chacta en el mismo jarro y te dejarán
salir con la condición de que no vuelvas más. — ¡A arrastrarlo! —Gritó una voz—.
— ¡A arrastrarlo! —Respondieron cien más—.
—Han querido matarme. — ¡A la quebrada con él!
—Ellos no; ushanan-jampi, nuestra ley. Ushanan-jampi igual para — ¡A la quebrada!
todos; pero se olvidará esta vez para ti. Están asombrados de tu
valentía. Flan preguntado a nuestro gran jirca-yayag y él ha dicho Inmediatamente se le anudó una soga al cuello y comenzó el
que no te toquen. También han catipado y la coca les ha dicho lo arrastre. Primero por el pueblo, para que, según los yayas, todos
mismo. Están pesarosos. vieran cómo se cumplía el ushanan-jampi, después por la senda de
los cactos.
Cunce Maille vaciló, pero comprendiendo que la situación en que
Cuando los arrastradores llegaron al fondo de la quebrada, a las
se encontraba no podía continuar indefinidamente, que, al fin,
orillas del Chillán, sólo quedaba de Cunce Maille la cabeza y un
llegaría el instante en que habría de agotársele la munición y
resto de espina dorsal. Lo demás quedóse entre los cactos, las
vendría el hambre, acabó por decir, al mismo tiempo que bajaba:
puntas de las rocas y las quijadas insaciables de los perros.
—No quiero abrazos ni chacta. Que vengan aquí todos los yayas
Seis meses después, todavía podía verse sobre el dintel de la
desarmados y, a veinte pasos de distancia, juren por nuestro jirca
puerta de la abandonada y siniestra casa de los Maille, unos
que me dejarán partir sin molestarme.
colgajos secos, retorcidos, amarillentos, grasos, a manera de
Lo que pedía Maille era una enormidad, una enormidad que guirnaldas; eran los intestinos de Cunee Maille, puestos allí por
Facundo no podía prometer, no sólo porque no estaba autorizado mandato de la justicia implacable de los yayas.
para ello sino porque ante el poder del ushanan-jampi no había
juramento posible.

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