Racionalismo de Descartes y el Método
Racionalismo de Descartes y el Método
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aristotelismo escolástico se resistía a desaparecer, además, una epidemia de
superstición recorría Europa.
El Renacimiento de los siglos XV y XVI fue una época de recuperación de la cultura
grecorromana. Su rasgo fundamental es el humanismo, pues el hombre, que es
entendido como un ser autónomo y racional capaz de dirigir su vida, se convierte en el
centro de la especulación filosófica. Durante este tiempo no se elaboraron grandes
sistemas filosóficos y muchos de los avances científicos se realizaron fuera de la
Universidad, en el ambiente de los talleres artesanos.
La ciencia moderna surgió del enfrentamiento con la física aristotélica que ya había
comenzado en la Edad Media. Se rechazaron el geocentrismo, la finitud del universo, la
distinción entre el mundo sublunar y el supra-lunar, la interpretación finalista del
movimiento, así como su uniformidad y circularidad, y la diferencia entre movimiento
natural y violento. La influencia platónico-pitagórica se aprecia en la visión de las
matemáticas como lenguaje de la naturaleza. Pero a diferencia de la actitud teórica de
los griegos, se impuso una visión práctica y experimental que dio lugar al método
hipotético-deductivo de la ciencia moderna. Los avances en cartografía y navegación,
además de la invención de la pólvora y la imprenta afianzaron la idea de progreso y el
optimismo de la sociedad.
La Reforma protestante aportó una nueva manera de entender la religión y las
relaciones entre el poder religioso y el político. Para Lutero la relación entre Dios y el
hombre no requiere de intermediarios, ya que Dios habla directamente a la conciencia
del hombre. Las obras buenas o meritorias son un efecto de la fe y una señal de la
gracia divina, por lo tanto, practicar el bien y trabajar para contribuir al bien social es
un deber. También Calvino vio en el trabajo, al que consideró sagrado, y en la
prosperidad económica la prueba del favor de Dios. A raíz de la Reforma se produjeron
enfrentamientos entre los grandes estados nacionales: Francia, España, Portugal,
Países Bajos y el Reino Unido.
Filósofos como Hobbes, Rousseau, Voltaire o Montesquieu concibieron a Dios como
una entidad abstracta que crea y dota de leyes al mundo, pero se desentiende de su
funcionamiento (Deísmo). Para ellos, el orden del mundo puede descubrirse por la
razón. Defendieron la separación entre la Iglesia y el Estado y consideraron irracionales
a las organizaciones religiosas.
Unidad de la razón y el método
Cuando la razón, que es una y la misma en todos los hombres, está libre de la
influencia perturbadora de otros factores, como la autoridad, la fe o la experiencia,
entonces es infalible. La unidad de la razón implica la unidad del saber (oposición a
Aristóteles), el cual consiste en regirse por la propia razón, lo que garantiza su verdad,
que se identifica con la certeza (imposibilidad de dudar). Por lo tanto, todas las ciencias
son expresión de la misma facultad racional. Para Descartes el saber es como un árbol:
la filosofía son sus raíces; la física su tronco; la medicina, la mecánica y la moral son sus
ramas principales. El éxito de Descartes al demostrar con métodos aritméticos
proposiciones de la geometría le animó en su proyecto de unidad del saber.
Tanto para Descartes, que publicó el Discurso del método en 1637, como para Francis
Bacon, precursor del empirismo que publicó su Novum Organum en 1620, los males de
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la ciencia de su tiempo se debían a la falta de un método adecuado. No basta con
tener un buen entendimiento, lo importante es aplicarlo bien, pues es preferible no
pensar jamás en la verdad que buscarla sin método. Este es la expresión del proceder
de la mente cuando sigue su propia ley, es decir, cuando se usan correctamente los
dos modos de proceder de la mente: la intuición y la deducción. Por lo tanto, es
necesario conocer la naturaleza de la razón y su funcionamiento:
- La intuición capta de forma inmediata e indudable las “naturalezas simples”, los
conceptos que emanan de la propia razón <un concepto de la mente pura y
atenta, tan fácil y distinto que no quepa duda ninguna sobre lo que pensamos;
es decir, un concepto no dudoso de la mente pura y atenta que nace de la sola
luz de la razón, y es más cierto que la deducción misma>. En la intuición la
mente es transparente a sus propios contenidos.
- La deducción nos permite pasar de la evidencia de una verdad a la evidencia de
otra que se sigue necesariamente de la primera. La propia necesidad es
captada por intuición.
La intuición nos proporciona los principios y determinaciones fundamentales, mientras
que la deducción los desarrolla hasta alcanzar las conclusiones más remotas.
Crítica de Descartes a los métodos tradicionales
De todas las enseñanzas que Descartes recibió, solo las matemáticas proporcionaban certeza.
No obstante, tanto la geometría como el álgebra no estaban libres de errores: la primera solo
se utilizaba como un recetario para resolver problemas, perdiendo el vínculo con la naturaleza
y el proceder de la razón; la segunda, por simbolismo confuso y oscuro que acababa enredando
el espíritu. Descartes se propuso unificar las ciencias matemáticas en una ciencia general del
orden y la medida (Mathesis universalis) que garantizase tanto la certeza como el
descubrimiento de nuevas verdades. Las matemáticas eran la única disciplina que, hasta ese
momento, encarnaba el modo de proceder de la razón, aunque todas las disciplinas en cuanto
emanan de la razón deben ajustarse a su proceder. Las matemáticas son del entendimiento (no
le deben nada a la experiencia), puesto que este las define, determina y construye siguiendo su
propia ley; mientras que la experiencia es cambiante, ante ella el entendimiento es pasivo,
pues la encontramos ya hecha, y siempre existe la posibilidad de ponerla en duda.
En el Discurso del método Descartes redujo a cuatro el conjunto de reglas que había
establecido en las Reglas para la dirección del espíritu:
- La evidencia, que se define por los caracteres de claridad y distinción, permite
evitar la precipitación y la prevención. Es claro aquello que está presente y
manifiesto a un espíritu atento (lo opuesto a lo oscuro). Es distinto lo preciso y
diferente de todo lo demás (lo opuesto a lo confuso).
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Descartes derivó de la regla de la evidencia tres preceptos: no juzgar antes de que el juicio se
presente como evidente, no juzgar a base de ideas preconcebidas y no juzgar más allá de lo
evidente.
- El análisis, por medio del cual dividimos lo complejo en partes hasta alcanzar
los elementos últimos del conocimiento: las naturalezas simples (ideas innatas).
Estas naturalezas simples son conocidas por intuición.
Es la regla propia del descubrimiento. Para la filosofía moderna es la mente quien determina si
algo es principio. Descartes identifica las siguientes naturalezas simples: corporales: extensión,
figura y movimiento; espirituales: querer, pensar y dudar; naturalezas simples comunes:
existencia, unidad y duración; principios comunes: cosas iguales a una tercera son iguales entre
sí.
(1) Objetivo/subjetivo. Lo objetivo es aquello que está en la mente y que no se puede poner en
duda, mientras que lo subjetivo es aquello que está en la mente y se puede poner en duda.
Para la filosofía escolástica lo representado en la mente era el ente de razón (ens rationis), algo
distinto del ente real. Sin embargo, para la filosofía moderna desde Descartes, lo real es lo
asegurado en el proceder de la mente que excluye toda duda.
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La filosofía primera, que deberá aportar los principios fundamentales del
conocimiento, tiene que rechazar todo aquello que no ofrezca seguridad plena, pues
no puede dar nada por supuesto. Por lo tanto, los principios y el método de la filosofía
escolástica deben sustituirse por otros emanados de la propia razón.
Descartes diseñó una prueba radical para someter a examen toda la tradición con el
objetivo de alcanzar una primera verdad indudable <para examinar la verdad es
preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas, al menos una vez en la vida >.
La duda es el mecanismo esencial en la constitución de la verdad <la disposición del
espíritu de quien ha superado la duda nada tiene que ver con la de aquel que nunca ha
dudado>. La duda cartesiana tiene las siguientes características:
- General, puesto que alcanza a todo el conocimiento
- Hiperbólica, es decir, llevada hasta el extremo
- Teórica, ya que no alcanza a la vida práctica
- Metódica, no es escéptica, puesto que es un procedimiento diseñado con el
objetivo de alcanzar una primera verdad
El proceso que permite eliminar todo aquello que puede ser puesto en duda sigue los
siguientes pasos:
- Lo primero que sucumbe a la duda es lo empírico o sensible. Aceptar la
información sensible como fuente de conocimiento es un prejuicio instalado en
lo más profundo del espíritu humano. Sin embargo, los sentidos aportan
información sesgada, falaz y cambiante que nos puede conducir al error. <No
es conveniente fiarse de quien nos ha engañado alguna vez>.
- Las representaciones mentales pueden ser producto del sueño, ya que no hay
criterio que permita diferenciar con certeza entre la vigilia y el sueño. Esta
imposibilidad permite a Descartes poner en duda la existencia de una realidad
extra mental (el principio absoluto no puede proceder de la experiencia).
- La etapa anterior no afecta a las verdades matemáticas, pues estas no están
afectadas por el hecho de que yo esté soñando o esté despierto. Para poner en
duda las verdades matemáticas imaginó la existencia de un genio maligno
todopoderoso supuestamente capaz de confundir la razón, en el sentido de
que lo pensado, aunque absolutamente cierto en y para la mente, no se
corresponda con nada de la realidad extra mental.
Para el pensamiento y en el pensamiento las verdades matemáticas no se pueden poner en
duda. Todas nuestras representaciones se forman a partir de objetos más simples (como los
colores de la paleta del pintor). Estos objetos más simples son las determinaciones
concomitantes (que acompañan siempre) a la actividad del pensar, de la que esta no se puede
desprender. Exista o no el unicornio, su representación se puede reducir a naturalezas simples:
extensión, figura o movimiento, que no dejan de estar presentes y que se relacionan por leyes
matemáticas, estemos soñando o no.
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Para formular la hipótesis del genio maligno engañador es necesario que la mente se rija por
los principios lógico-matemáticos (Principio de no Contradicción). Por lo tanto, parece que el
genio maligno no puede liquidar los principios lógicos y las determinaciones matemáticas
vinculadas a ellos. La ley (el principio de no contradicción y otros) es condición de que el genio
maligno me pueda engañar. Por lo tanto, la ley limita el poder del genio maligno. Si no hay
engañador hay ley y demás axiomas que sustentan las matemáticas, pero si hay engañador
también hay ley. ¿Quizá las determinaciones de las matemáticas posibiliten construir lo
esencial del mundo sin pasar por la mediación de Dios?
El proceso de duda metódica parece conducir a una situación sin salida, pues nada
parece ofrecer la certeza necesaria para establecer los primeros principios del saber.
Es en este momento cuando aflora una verdad indudable < cogito ergo sum>.
Descartes se reconoce como sustancia pensante, como pensamiento que no necesita
del cuerpo para existir.
El pensamiento es el punto de apoyo firme e inmóvil que andábamos buscando: el
nuevo principio. La existencia del pensamiento está exenta de todo error y es inmune
a la duda, ya que es condición necesaria para dudar, puesto que el mismo hecho de
dudar confirma la existencia del pensar. Descartes incluye en el pensar una
multiplicidad de formas de conciencia: operaciones intelectuales (sensación,
imaginación e intelección) y operaciones de la voluntad (deseos, aversiones,
negaciones, afirmaciones, dudas).
¿Qué podemos decir sobre el cogito cartesiano?
- Es la primera verdad y certeza
- Es una evidencia que se aprehende de forma intuitiva, sin necesidad de
mediación lógica (no es la conclusión de un silogismo deductivo)
- Es el modelo de toda verdad. De aquí deduce su criterio de certeza: todo
aquello que perciba con igual claridad y distinción será verdadero
- El modo de alcanzarla y sus consecuencias son diferentes al <si me engaño,
existo> de San Agustín
- Parece que solo podemos garantizar nuestra existencia mientras pensamos
(relación con el problema de la conciencia en la neurociencia)
- Descartes introdujo el concepto de sustancia tomado de la escolástica sin
pasarlo por el tribunal de la duda. Supuso que no puede haber actividad
(pensar) o cualidad sin un ente sustancial que la sostenga
Contamos con la mente como actividad y con su contenido: las ideas. ¿Cómo ir más
allá del pensamiento? Se cierne sobre el pensamiento la amenaza del solipsismo: la
imposibilidad de salir de la propia conciencia.
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Descartes pasó a analizar los contenidos de la mente o ideas. En canto a su origen las
ideas pueden ser:
- Adquiridas o adventicias: parecen provenir de la experiencia externa, pues se
nos imponen involuntariamente. Pero no podemos estar seguros de si tales
ideas se corresponden o no con su objeto.
- Artificiales o facticias: las forma la mente de manera arbitraria a partir de ideas
adventicias (imaginación).
- Innatas o naturales: son producto de la facultad de pensar, por lo que para
discurrir sobre ellas no dependemos de la experiencia o de causas externas. Las
ideas de pensamiento, existencia, extensión o las ideas lógicas son ideas
innatas. Son las determinaciones más fundamentales de la actividad de la
mente de las que ésta no puede desprenderse (es este sentido son ciertas), sea
lo que sea lo que piense a partir de ellas y exista o no en la realidad exterior a la
conciencia. Descartes cita como verdad innata <las cosas que son idénticas a
una tercera son idénticas entre sí>.
Descartes se preguntó si hay alguna idea en la mente que un ser finito no haya podido
producir. Si fuese el caso, entonces el yo no estaría solo en el mundo. Entre las ideas
innatas Descartes identificó la idea de infinito, que inmediatamente atribuyó a Dios.
Para Descartes no construimos la idea de infinito a partir de la idea de finito por un
proceso de negación, ya que conocemos de forma clara y distinta que hay más realidad
en la sustancia infinita que en la finita, así como conocemos nuestra finitud y limitación
porque la comparamos con la idea de un ser infinito y perfecto que tenemos en
nuestra mente de forma innata.
Tras la clasificación introduce una distinción que toma de la filosofía escolástica y que jugará
un papel importante posteriormente: la diferencia entre realidad objetiva y realidad formal de
las ideas.
Las ideas se diferencian según sus grados de realidad: la sustancia infinita es más real
que la finita, la sustancia es más real que los atributos y estos son más reales que los
modos. Descartes postula que toda idea tiene una causa y se pregunta si la propia
mente ha sido capaz de producir todas las ideas.
La noción de Dios es la de un ser necesario, infinito en todos sus aspectos, por tanto,
incluye la existencia, pues el hecho de no existir sería una limitación. Para Descartes, la
noción de Dios la descubre la mente en sí misma, sin recibirla de ninguna parte.
Para Descartes lo infinito (Dios), lo que no tiene límite en ningún aspecto, se puede entender de
forma clara y distinta. Pero ya San Agustín había dicho <si comprendes, no es Dios>, pues
jamás nada acerca de Dios puede ser perfectamente determinado. El propio Descartes había
afirmado que solo lo determinado, lo de-limitado, se presenta de forma clara y distinta.
Para San Anselmo la noción de Dios procedía de las escrituras. El consideraba como una
perfección que no puede faltar en Dios la existencia extra mental (el esse in re), opuesto a la
existencia en el pensamiento (esse solo in intellectus). Pero Descartes entiende el ser, el esse a
secas, como la certeza en la mente. En la demostración hace uso de la noción de existencia en
sí o extra mental, pero tal noción no le viene de una percepción clara y distinta, sino de los
prejuicios de su formación escolástica.
Descartes hace uso de los siguientes presupuestos que proceden de la tradición escolástica:
• principio de causalidad eficiente: todo cuanto existe tiene una causa de su existencia
• Concibe la realidad objetiva como una especie de existencia y, por lo tanto, exige que
las ideas tengan una causa eficiente
• La causa no puede ser inferior al efecto, no puede tener menos realidad que él. Todo
ser o perfección del efecto debe estar contenido en la causa
• La causa de una idea no puede ser inferior a la realidad objetiva de la idea. Insiste en
que la causa de una idea tiene que ser realidad actual o formal
• La realidad del efecto puede estar en la causa de manera eminente (en el sentido en
que decimos que Dios es bueno o sabio es distinto al que usamos al aplicar las nociones
a otras cosas)
Mi idea de Dios tiene una causa. Esa causa debe tener formalmente (o
eminentemente) toda la perfección que objetivamente contiene la idea. La causa no
puedo ser yo mismo, porque no tengo toda esa perfección. La causa tiene que ser Dios
mismo, pues solo él tiene toda la perfección que encierra la idea en cuestión.
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Tercera demostración (complemento, argumento a partir de la causa de la res
cogitans)
• La existencia de algo en cualquier momento requiere una causa, puesto que las cosas
no siguen existiendo por inercia. Cada momento del tiempo es independiente del
anterior, de modo que hace falta el mismo poder para conservar una cosa que para
producirla
Una vez demostrada la existencia de Dios, la hipótesis del genio maligno queda
suprimida. A partir de este momento, Descartes cuenta con dos verdades existenciales:
el cogito y Dios. Dios será el garante del criterio de claridad y distinción. Por lo tanto,
todo aquello que perciba de forma clara y distinta existe. Descartes regresa con la
completa rehabilitación de la facultad cognoscitiva. Dispone de dos verdades
absolutas: una inmanente (el cogito) y otra trascendente (Dios). Ha demostrado que
hay verdades inmunes al error.
La existencia del mundo tendrá que ser demostrada a partir de la existencia de Dios.
Este es infinitamente bueno y veraz y no permite que me engañe al creer que el mundo
existe. Por lo tanto, Dios es la garantía de que a mis ideas le corresponda una realidad
extra-mental, pero solamente garantiza la existencia de un mundo constituido por la
extensión y el movimiento (cualidades primarias: matemáticas).
• Recurre a Dios como tabla de salvación. El conocimiento de Dios está mediado por el
conocimiento de mí mismo. No puedo estar tan seguro de su existencia como de la
existencia de la propia conciencia
• No existe relación necesaria entre los constituyentes de la definición de una idea y su
supuesta realidad. Lo que tenemos en la conciencia es la idea de ser perfecto, no al ser
perfecto mismo. La idea de un ser perfecto e infinito no es perfecta e infinita, si lo fuera
no cabría en mí espíritu. No hay inconveniente en que un idea perfecta e infinita tenga
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su origen en un ser finito
• La idea de lo perfecto se forma por una elevación de grados y no se debe a ningún ser
perfecto que la haya puesto en nosotros
• Hay causas que no tienen tanta perfección como sus efectos
• La idea de Dios no es innata, sino recibida de la tradición
• Descartes basó sus pruebas en el principio de causalidad que dio por válido sin haberlo
examinado. Si el principio de causalidad, como más tarde afirmó David Hume, no
tuviera la naturaleza que le atribuye Descartes, las pruebas carecerían de valor
• Aranauld acusó a Descartes de incurrir en círculo vicioso. Para demostrar la existencia
de Dios hacemos uso de los criterios de claridad y evidencia, que solamente la
existencia de Dios garantiza
• Gassendi advirtió que la existencia no es una perfección y que suponerlo es dar por
sentado lo que se quiere probar. Una objeción semejante fue desarrollada con
posterioridad por Kant
• No poseemos una noción positiva de todas las perfecciones que caracterizan a Dios
• Las perfecciones que atribuimos a Dios pueden existir por separado, pero no hay
fundamento para unificarlas en un mismo objeto
• Las ideas, con independencia de su contenido, son ideas: un modo del pensamiento.
Cualquier sustancia posee mayor realidad que los atributos y los modos, por lo tanto, la
idea de Dios no requiere una causa con la máxima realidad como la que posee Dios
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- los modos de la extensión son la figura y el movimiento. No podemos concebir
figura y movimiento sin extensión, pero podemos concebir la extensión sin una
particular figura y movimiento
Concepción mecanicista de la res extensa
Dios garantiza que todo aquello que percibimos de forma clara y distinta existe. El
mundo como realidad material se define por la res extensa, de la que tenemos una
idea clara y distinta. El mundo está constituido por una cantidad de materia que se
puede dividir indefinidamente (no hay átomos) y que se mueve en infinitos fragmentos
por el espacio lleno (no hay vacío). Comprenderlo no es descubrir una supuesta
finalidad del movimiento del universo (al modo de Aristóteles o la escolástica), sino
tratar de conocer las causas eficientes, las partículas materiales que lo constituyen y
sus movimientos. Las leyes más generales de la física se deducen de principios
metafísicos. Dios crea la naturaleza, la pone en movimiento y le da las leyes por las que
se rige. Las leyes se deducen del carácter infinito e inmutable de Dios:
– Principio de inercia
– Leyes del movimiento
– En el espacio lleno el movimiento siempre es en espiral
Las cualidades que permiten el conocimiento del mundo son las cualidades primarias,
objetivas, aquellas que se pueden cuantificar (las otras cualidades son oscuras y
confusas). El cartesianismo reduce la diversidad de la naturaleza y de la vida a un juego
de fuerzas, y estas a combinatoria mecánica y a coordinación geométrica.
Así que es mucho más acertado no pensar jamás en buscar la verdad de las cosas que
hacerlo sin método: pues es segurísimo que esos estudios desordenados y esas
meditaciones oscuras turban la luz natural y ciegan el espíritu; y todos los que así
acostumbran a andar en las tinieblas, de tal modo debilitan la penetración de su
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mirada que después no pueden soportar la plena luz: lo cual también lo confirma la
experiencia, pues muchísimas veces vemos que aquellos que nunca se han dedicado al
cultivo de las letras, juzgan mucho más firme y claramente sobre cuanto les sale al
paso que los que continuamente han residido en las escuelas. Así pues, entiendo por
método reglas ciertas y fáciles, mediante las cuales el que las observe exactamente no
tomará nunca nada falso por verdadero, y, no empleando inútilmente ningún esfuerzo
de la mente, sino aumentando siempre gradualmente su ciencia, llegará al
conocimiento verdadero de todo aquello de que es capaz.
R. DESCARTES; Reglas para la dirección del espíritu, trad. de J. M. Navarro Cordón,
Madrid, Alianza Editorial, 1984, Regla IV
Por todo lo cual, pensé que había que buscar algún otro método que juntase las
ventajas de esos tres, excluyendo sus defectos. Y como la multitud de leyes sirve muy a
menudo de disculpa a los vicios, siendo un Estado mucho mejor regido cuando hay
pocas, pero muy estrictamente observadas, así también, en lugar del gran número de
preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, supuesto
que tomase una firme y constante resolución de no dejar de observarlos una vez
siquiera. Fue el primero, no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con
evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y
no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y
distintamente a mi espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda. El
segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare, en cuantas partes fuera
posible y en cuantas requiriese su mejor solución. El tercero, conducir ordenadamente
mis pensamientos, empezando por los objetos más simples, y más fáciles de conocer,
para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más
compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden
naturalmente. Y el último, hacer en todos unos recuentos tan integrales y unas
revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada. Esas largas
series de trabadas razones muy plausibles y fáciles, que los geómetras acostumbran
emplear, para llegar a sus más difíciles demostraciones, habíanme dado ocasión de
imaginar que todas las cosas, de que el hombre puede adquirir conocimiento, se
siguen unas de otras en igual manera, y que, con sólo abstenerse de admitir como
verdadera una que no lo sea y guardar siempre el orden necesario para deducirlas
unas de otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle situada o por oculta que
esté, que no se llegue a alcanzar y descubrir. Y no me cansé mucho en buscar por
cuáles era preciso comenzar, pues ya sabía que por las más simples y fáciles de
conocer; y considerando que, entre todos los que hasta ahora han investigado la
verdad en las ciencias, sólo los matemáticos han podido encontrar algunas
demostraciones, esto es, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba de que había
que empezar por las mismas que ellos han examinado (…).
Supongo, pues, que todas las cosas que veo son falsas; estoy persuadido de que nada
de lo que mi memoria, llena de mentiras, me representa, ha existido jamás; pienso que
no tengo sentidos; creo que el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar
son ficciones de mi espíritu. ¿Qué, pues, podrá estimarse verdadero? Acaso nada más
sino esto: que nada hay cierto en el mundo. Pero ¿qué sé yo si no habrá otra cosa
diferente de las que acabo de juzgar inciertas y de la que no pueda caber duda alguna?
¿No habrá algún Dios o alguna otra potencia que ponga estos pensamientos en mi
espíritu? No es necesario; pues quizá soy yo capaz de producirlos por mí mismo. Y yo,
al menos, ¿no soy algo? Pero ya he negado que tenga yo sentido ni cuerpo alguno.
Vacilo, sin embargo; pues ¿qué se sigue de aquí? ¿Soy yo tan dependiente del cuerpo y
de los sentidos que, sin ellos, no pueda ser? Pero ya estoy persuadido de que no hay
nada en el mundo: ni cielos, ni tierra, ni espíritu, ni cuerpos; ¿estaré, pues, persuadido
también de que yo no soy? Ni mucho menos; si he llegado a persuadirme de algo o
solamente si he pensado alguna cosa, es sin duda porque yo era. Pero hay cierto
burlador muy poderoso y astuto que dedica su industria toda a engañarme siempre.
No cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto que me engaña y, por mucho que
me engañe, nunca conseguirá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando
que soy algo. De suerte que, habiéndolo pensado bien y habiendo examinado
cuidadosamente todo, hay que concluir por último y tener por constante que la
proposición siguiente: “yo soy, yo existo”, es necesariamente verdadera, mientras la
estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu.
Después de lo cual, hube de reflexionar que, puesto que yo dudaba, no era mi ser
enteramente perfecto, pues veía claramente que hay más perfección en conocer que
en dudar; y se me ocurrió entonces indagar por dónde había yo aprendido a pensar en
algo más perfecto que yo; y conocí evidentemente que debía de ser por alguna
naturaleza que fuese efectivamente más perfecta. En lo que se refiere a los
pensamientos, que en mí estaban, de varias cosas exteriores a mí, como son el cielo, la
tierra, la luz, el calor y otros muchos, no me preocupaba mucho el saber de dónde
procedían, porque, no viendo en esos pensamientos nada que me pareciese hacerlos
superiores a mí, podía creer que, si eran verdaderos, eran unas dependencias de mi
naturaleza, en cuanto que ésta posee alguna perfección, y si no lo eran, procedían de la
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nada, es decir, estaban en mí, porque hay defecto en mí. Pero no podía suceder otro
tanto con la idea de un ser más perfecto que mi ser, pues era cosa manifiestamente
imposible que la tal idea procediese de la nada; y como no hay menor repugnancia en
pensar que lo más perfecto sea consecuencia y dependencia de lo menos perfecto que
en pensar que de nada provenga algo, no podía tampoco proceder de mí mismo; de
suerte que sólo quedaba que hubiese sido puesta en mí por una naturaleza
verdaderamente más perfecta que soy yo, y poseedora inclusive de todas las
perfecciones de que yo pudiera tener idea; esto es, para explicarlo en una palabra, por
Dios. A esto añadí que, supuesto que yo conocía algunas perfecciones que me faltaban,
no era yo el único ser que existiese (aquí, si lo permitís, haré uso libremente de los
términos de la escuela), sino que era absolutamente necesario que hubiese algún otro
ser más perfecto de quien yo dependiese y de quien hubiese adquirido todo cuanto yo
poseía; pues si yo fuera solo e independiente de cualquier otro ser, de tal suerte que de
mí mismo procediese lo poco en que participaba del Ser perfecto, hubiera podido tener
por mí mismo también, por idéntica razón, todo lo demás que yo sabía faltarme, y ser,
por lo tanto, yo infinito, eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente y, en fin, poseer
todas las perfecciones que podía advertir en Dios.
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