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Dragon de Komodo

El dragón de Komodo es el lagarto más grande del mundo y vive en Indonesia. Mide hasta 3 metros de largo y pesa hasta 150 kg. Está en peligro de extinción debido a la pérdida de hábitat y actividades humanas. Se alimenta de presas grandes como ciervos y búfalos usando su saliva venenosa.

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Dragon de Komodo

El dragón de Komodo es el lagarto más grande del mundo y vive en Indonesia. Mide hasta 3 metros de largo y pesa hasta 150 kg. Está en peligro de extinción debido a la pérdida de hábitat y actividades humanas. Se alimenta de presas grandes como ciervos y búfalos usando su saliva venenosa.

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Dragon de Komodo (Varanus Komodoensis)

El Dragó n de Komodo, también llamado


Varano de Komodo es el lagarto má s
grande del mundo; vive en Indonesia, en
las Lesser Sunda Islands y en las islas
Comodo, Rinca, Gili Montag y Flores.
Puede medir entre 2 y 3 metros de largo
y pesar entre los 80 y los 140kg., de peso.
El ejemplar de Dragó n de Komodo
conocido má s grande medía nada má s y
nada menos que 4,5 metros y pesaba 232
kg.

La primera vez que científicos occidentales estudiaron los dragones de Komodo fue en 1910. Su
excepcional tamañ o y su reputació n de animal temible los convierte en uno de los animales má s
populares de los zooló gicos. En estado salvaje son una especie amenazada; su á mbito de
distribució n se ha reducido debido a las actividades humanas y está n catalogados como
vulnerables en la Lista Roja de la UICN.1 Está n protegidos por la ley indonesia, y un parque
nacional, el Parque Nacional de Komodo, fue fundado en 1980 para contribuir a su conservació n.

Evolución:
Su desarrollo evolutivo comenzó con el género Varanus, que se originó en Asia hace
aproximadamente 40 millones de añ os y emigró al continente australiano., extendiendo su
distribució n hasta el este de la isla de Timor. Se cree que el dragó n de Komodo se distinguió de sus
antepasados australianos hace 4 millones de añ os. Sin embargo, pruebas de fó siles recientes en
Queensland sugieren que evolucionó en Australia antes de extenderse a Indonesia. La dramá tica
bajada del nivel del mar durante el ú ltimo período glaciar descubrió extensas zonas de la
plataforma continental que el dragó n de Komodo había colonizado, aislá ndolos en su á mbito
actual de distribució n cuando el nivel del mar subió de nuevo.
Descripción:
En estado salvaje, un dragó n de Komodo adulto pesa alrededor de 70 kg, aunque los ejemplares en
cautividad pueden llegar a pesar má s. Aunque los machos por lo general son de mayor tamañ o, no
hay diferencias morfoló gicas obvias entre los sexos. Los jó venes son de color verde con zonas
amarillas y negras y los adultos, con un tono opaco y uniforme, de color marró n a rojo grisá ceo.
Sus cuerpos robustos está n uniformemente cubiertos de á speras escamas. Ocupa el primer lugar
en ser el lagarto má s grande del mundo, pues llega a medir hasta tres metros y pesar 165 kg. Es
por ello que es un sú per de predador de su há bitat. El color de su gruesa y á spera piel escamosa
varía del café al gris rojizo. Su larga cola, que llega a ser del tamañ o de su cuerpo, es muy fuerte y
musculosa. Un golpe con esta, resulta muy doloroso y peligroso. No poseen orejas externas, pero
en vez de eso, contienen unas aberturas que les permiten escuchar, aunque no en buena calidad.
Así como unos sesenta dientes en forma de sierra, que se cambian a menudo y pueden medir hasta
2,5 cm de largo. Su lengua es larga y de color amarillo, marcadamente bifurcada. Su coloració n es
gris o pardusca, con diferentes tonalidades verdosas y rojizas por todo el cuerpo. Su lengua
detecta sabores, estimulaciones y utilizan el ó rgano de Jacobson para orientarse en situaciones de
total oscuridad. La saliva contiene una cantidad muy elevada de bacterias virulentas, y a pesar de
creerse por añ os que esta era la que ocasionaba la muerte de sus presas, nuevos descubrimientos
han revelado que el dragó n de komodo posee glá ndulas venenosas que expulsan tó xicos capaces
de coagular la sangre y paralizar a sus víctimas.

Alimentación:
De alimentació n carnívora y carroñ era, es el depredador má s poderoso de las islas en las que
habita, ya que allí no se encuentran grandes mamíferos cazadores, como los tigres o leopardos.
Cuando alcanza el estado adulto, puede capturar presas de tamañ o tan considerable como ciervos,
bú falos acuá ticos, cabras o cerdos salvajes, aunque también depreda micromamíferos, aves,
huevos, peces, cangrejos e incluso a crías y jó venes de su propia especie. Pueden llegar a comer el
80% de su cuerpo en una sola comida y se alimentan de aves, bú falos y carroñ a. Para sus presas
pequeñ as hacen uso de su mandíbula desencajable y estomago expansible que tienen para tragase
por completo tardan bastante en comerse los trozos grandes y pueden hacerlo gracias a los efectos
lubricantes que producen abundante baba que fabrican de manera natural. Los DRAGONES DE
KOMODO desechan el 12 %de su presa.

Su estrategia para matar a la presa:


Los dragones de komodo, al morder a la presa sueltan una toxina que los mata. A ellos no les
afecta la toxina. Aunque logre escapar al ataque, el Komodo rastrera a la víctima y cuando la
encuentra, está ya muerta. El veneno del Komodo es tan fuerte como el de la serpiente má s
venenosa del mundo y deja a su presa muerta por el veneno. Caza al acecho, mordiendo a las
presas con su poderosa mandíbula y, si la víctima escapa después del ataque, muere a las pocas
horas a causa de la infecció n por las má s de 50 bacterias que contiene su saliva. 

Reproducción:

Su reproducció n es ovípara: después de la có pula, la hembra pone entre veinte y cuarenta huevos
en un nido excavado en el suelo, donde nacerá n las crías después de siete u ocho meses. Ademá s,
pero, es una de las pocas subespecies de vertebrados que se puede reproducir por partenogénesis,
un tipo de reproducció n asexual en la que las hembras pueden introducir nuevos ejemplares
viables sin ser fecundadas por un macho.

Los huevos
Las hembras ponen hasta 20 huevos, los huevos se ponen en Septiembre. Cuando las hembras
ponen sus huevos, tienen que protegerlos de su misma especie, por eso construyen tú neles bajo la
arena para confundir a cualquier depredador. Son aproximadamente de 15 a 30 huevos que se
incuban en un período de 8 a 9 meses. El huevo del mide 8,6cm de largo, de diá metro 5,9cm y pesa
105gm. Los huevos está n protegidos por un cascaró n muy duro, que se va suavizando a través del
tiempo para permitir que los dragones recién nacidos sean capaces de abrirlo de manera má s fá cil.
Una vez nacen tienen que arrastrarse hacia el á rbol má s cercano, donde se alimentará n de
lagartijas, huevos, ratas... Hasta alcanzar su madurez, para prevenir ser comidos por otros
dragones.

Conducta y el estilo de vida

Los dragones de komodo viven en Indonesia, suelen vivir en solitario, aunque a veces van en
pequeñ as manadas. Pueden detectar un animal a punto de morir a má s de 10km, se mantienen
frescos en sus madrigueras, pueden vivir de 35 a 45 añ os en promedio. Comen cerdos, venados,
cabras y bú falos acuá ticos, El apareamiento es entre los meses de Mayo y Agosto. Los dragones de
Komodo bebés normalmente viven en á rboles sus primeros añ os. Los dragones de Komodo tienen
un periodo de vida de 40-50 añ os aproximadamente. Es uno de los dinosaurios que no se
extinguió por completo, pero está en peligro de extinció n.

Su actividad se desarrolla principalmente a primera hora y a la caída del sol, ya que evita moverse
por la noche y durante las horas má s calurosas del día, y presenta un marcado comportamiento
territorial; los machos defienden un territorio que puede llegar a los 2 km2.
 
Se mueve con mucha agilidad por el suelo, a pesar de su peso considerable (se ha llegado a
registrar una velocidad de 20 km/h en distancias cortas), nada muy bien y es capaz incluso de
desplazarse entre islas cercanas cuando las corrientes marinas son favorables, e incluso sube a los
á rboles con facilidad, sobre todo los ejemplares jó venes.
Sentidos:

El sentido que mejor tiene desarrollado es el del olfato, pues increíblemente son capaces de
detectar carroñ a o animales a punto de morir hasta 9.5 km de distancia. Esto también depende de
la direcció n del viento. El dragó n de Komodo no tiene un sentido del oído particularmente agudo,
a pesar de sus visibles conductos auditivos, y só lo es capaz de oír sonidos entre 400 y 2000
hercios. Es capaz de ver hasta una distancia de 300 metros, pero dado que sus retinas só lo
contienen conos, se cree que tiene una pobre visió n nocturna. Es capaz de percibir el color, pero
tiene una pobre discriminació n visual de objetos inmó viles. Usa su lengua para oler, detectar
sabores y percibir estímulos, al igual que otros muchos reptiles, utilizando el ó rgano de Jacobson y
que le ayuda a orientarse en la oscuridad. Con la ayuda de un viento favorable y su há bito de
balancear a su cabeza de un lado a otro.

¿Cómo se comunican?
Los dragones de komodo, como los humanos se comunican, pero estos lo hacen mediante silbidos.
No poseen orejas externas pero, en vez de eso contiene unas aberturas que le permite escuchar
pero no mucho.

Hábitat natural
Tan solo habita en las pequeñ as islas de Indonesia de Komodo, Rinca, Flores, Gili Motang y Gili
Dasami.
 
Su há bitat natural son las zonas má s bien llanas de sabana y el bosque abierto que crecen en estas
islas de origen volcá nico, clima seco y caluroso, con unos 750 mm de precipitació n anual, pero que
caen tan solo durante unos tres o cuatro meses, de diciembre a marzo.
Estatus y programas de conservación
La població n actual del dragó n de Komodo se estima entre los 5.000 y los 6.000 ejemplares y, a
pesar de que má s de la mitad viven dentro de los límites del Parque Nacional de Komodo, que
incluye la mayoría de las islas habitadas por el animal, todos los estudios elaborados durante las
ú ltimas décadas indican una disminució n progresiva en los efectivos y en el á rea de distribució n.
Los motivos de este descenso son de origen humano: destrucció n del há bitat a causa de la
transformació n de á reas naturales en cultivos, fragmentació n de las poblaciones por el aumento
progresivo de los nú cleos urbanos, disminució n de las presas a causa del exceso de caza e incluso
la captura de ejemplares para suministrar al trá fico ilegal de animales de compañ ía.
 
En cautividad, ya hace unos cuantos añ os que se ha empezado a alcanzar el éxito en la
reproducció n en diferentes zoos del mundo, como los de Washington, Cincinnati, Honolulu, Miami
o Yakarta. En Europa, por el momento, solo se ha conseguido reproducir en los zoos de Praga,
Londres, Chester y Reptilandia, en la isla de Gran Canaria, ademá s de nuestro zoo, que participa en
la EEP de la especie, y donde el añ o 2012 nacieron doce ejemplares de este varano gigante
amenazado

Un bió logo y profesor de la Universidad de Florencia llamado Claudio Ciofi, un hombre pulcro,


de complexió n delgada y de mirada tierna que llegó a Indonesia en 1994 para terminar el
doctorado sobre la genética de los dragones. Entonces vio de cerca estas reliquias vivientes. Quedó
hechizado. Y no había má s científicos que se dedicaran al estudio de la especie. «Esperaba
encontrar una organización que estudiase los dragones –recuerda–. Son tan carismáticos e
interesantes como los tigres y los orangutanes. Pero no había nadie. Los dragones de Komodo
estaban solos.»
Así pues, Ciofi amplió su investigació n. Se propuso comprender todos los aspectos de la vida del
dragó n. Con persistencia y discreció n, y gracias a la ayuda de colaboradores indonesios y
australianos de primer orden, nos ha ofrecido la mayor parte del conocimiento que hoy tenemos
de los dragones y trabaja para aumentar sus probabilidades de sobrevivir a los conflictos del siglo
XXI que los acechan. Aunque son dragones y pueden medir hasta tres metros y pesar casi 90
kilos, son vulnerables a los problemas que castigan a tantos otros animales, desde la desa-
parición de su hábitat hasta el cambio climático.

Por supuesto los vará nidos, familia a la que pertenece el dragó n de Komodo, han sobrevivido a
muchos ciclos de cambios. Esta especie en concreto apareció hace tal vez cinco millones de añ os,
pero su género, Varanus, se remonta unos 40 millones de añ os, y sus ancestros, los dinosaurios,
vivieron hace 200 millones de añ os.
Varanus komodoensis domina el arte de hacer el lagarto: tumbarse al sol, cazar y rapiñ ar, poner
huevos y vigilarlos, sin intenció n de ejercer la paternidad después de que eclosionen. Vive entre
30 y 50 añ os, casi todo el tiempo solo y en un á rea sumamente reducida: solo habita en unas
cuantas islas del Sudeste Asiático, todas ellas del archipiélago indonesio. Estas agrestes
tierras volcá nicas que emergen abruptamente del mar tienen sabanas de palmeras y praderas, y a
mayor altitud, zonas boscosas. Pero la mayor parte del añ o el entorno de los dragones es tan
pardusco como su piel, pues la estació n monzó nica no es má s que un breve respiro de verdor.
El testimonio má s antiguo de la presencia de este lagarto son quizá las palabras «Aquí moran
dragones» escritas en los mapas antiguos de la regió n. Y seguramente las primeras personas que
vieron estos animales habrían añ adido: « ¡Cuidado! ». El dragón de Komodo es un ávido
cazador, capaz de alcanzar los 19 kilómetros por hora en carreras cortas. Se embosca para
cazar a sus presas, a las que ataca por sorpresa, desgarrándoles el cuerpo por la parte más
tierna, normalmente el estómago, o les arranca una pata. Para colmo, podría decirse que echa
fuego: de su boca mana una saliva venenosa que impide la coagulació n de la sangre, y las víctimas
se desangran enseguida. Si la presa logra huir, es probable que las heridas se infecten. De un modo
u otro, la muerte está casi asegurada. Y los dragones pueden ser muy pacientes para luego darse el
festín.
También son carroñ eros. Oportunistas, estos reptiles andan siempre en busca de alimento, ya sea
vivo o muerto. Alimentarse de carroñ a requiere menos energía que cazar, y los dragones son
capaces de detectar el olor de un cadáver putrefacto a varios kilómetros. Aprovechan casi
todo; no son quisquillosos a la hora de elegir qué partes del cuerpo se comen.
Aunque no existen datos fiables, parece que la població n de dragones ha disminuido en los ú ltimos
50 añ os
A pesar de las desagradables costumbres alimenticias del dragó n, los habitantes de las islas no
siempre reaccionan ante él con miedo y repulsió n. Un cuento popular indonesio narra la historia
de un príncipe que está a punto de matar a un dragó n. Su madre, la Princesa Dragona, se le
aparece y le dice: «No mates a este animal. Es tu hermana Orah. Os parí a la vez. Considérala tu
igual, porque sois sebai, gemelos».
Los tiempos modernos no han borrado esta creencia. En la aldea de Komodo, subo por una
astillada escalera de madera hasta el palafito de un anciano llamado Caco. Ignora su edad pero
calcula que tiene 85 añ os, es muy flaco y usa gafas. El guía me dice que es un gurú de dragones; el
anciano no lo contradice. Le pregunto qué opinan los aldeanos de los dragones y del peligro que
suponen. «Para el pueblo, este animal es nuestro antepasado –contesta–. Es sagrado.» En el pasado,
cuando los isleñ os cazaban un ciervo, me cuenta, dejaban la mitad de la carne como ofrenda para
su pariente con escamas.

Luego las cosas cambiaron. Aunque no existen datos fiables, parece que la població n de dragones
ha disminuido en los ú ltimos 50 añ os. El Gobierno estableció leyes de protecció n en respuesta a la
presió n de los conservacionistas y consciente del valor econó mico del turismo relacionado con los
dragones. En 1980 gran parte de su há bitat se convirtió en el Parque Nacional de Komodo
(KNP), que incluye las islas de Komodo, Rinca y otras má s pequeñ as. Posteriormente se
constituyeron también tres reservas naturales, dos de ellas en la isla de Flores.
Dentro del KNP los dragones están protegidos de cualquier ataque humano. Es más,
también las presas de las que se alimentan están protegidas: está prohibido cazar
ciervos. Por eso ahora los aldeanos ya no tienen carne que ofrecerles, y eso, dicen algunos, ha
hecho que los dragones estén un poco resentidos y se vuelvan má s irritables cuando buscan
sustento.
Los ataques no son frecuentes, pero recientemente algunos han saltado a las noticias. En 2012 un
dragó n de Komodo de dos metros de largo entró en una oficina del KNP y mordió a dos guardas
forestales, a ambos en la pierna izquierda. Los trasladaron a Bali para que recibieran tratamiento
preventivo contra la infecció n. Ambos se recuperaron. Una mujer de 83 añ os ahuyentó a un
ejemplar de má s de dos metros con una escoba y varias patadas certeras. El dragó n le mordió la
mano, y le dieron 35 puntos. Otros incidentes han terminado en tragedia. En 2007 un dragó n atacó
a un muchacho llamado Mansur, que durante un partido de fú tbol se metió detrá s de
unos á rboles para orinar. Murió desangrado.
Cuando los aldeanos ven acercarse a un dragó n o lo descubren persiguiendo al ganado, gritan y le
tiran piedras. En cuanto a los que atacan a las personas, el Gobierno los aleja de los pueblos, pero
los animales suelen regresar. No todos los encuentros acaban mal. El primer hombre que pasó un
tiempo estudiando a los dragones de cerca fue Walter Auffenberg, conservador del Museo
Estatal de Florida. En 1969 acampó con su familia en la isla de Komodo durante trece meses para
observar de manera minuciosa todos los movimientos de estos animales y documentarlos.
En la actualidad los científicos se preguntan si estos lagartos podrán seguir adelante
Auffenberg escribió acerca de la visita de unos dragones curiosos que husmeaban en su refugio
mientras realizaba el trabajo de campo. Uno le lamió la grabadora, la navaja y los pies. Para
animarlo a marcharse, el investigador le correspondió dá ndole golpecitos en la cabeza con el lá piz.
Aparentemente funcionó . Otro «se desperezó a la sombra […] y puso la pata delantera sobre mi
pierna mientras dormitaba». Auffenberg logró que se marchara sin incidentes.

En la década de 1970 a Auffenberg no le preocupaba la supervivencia de los dragones de Komodo.


En la actualidad los científicos se preguntan si estos lagartos podrá n seguir adelante.
La salvación de los dragones depende en gran medida de algo tan mundano como la gestión
del territorio. Pese a las reservas naturales, los habitantes de Flores queman tierras para
transformarlas en huertos y pastos, fragmentando así el há bitat de los reptiles. Ademá s, aú n hay
quien caza ciervos y jabalíes, tan apreciados por los dragones como por los perros salvajes. Y los
científicos sospechan que esos perros pueden perseguir, y hasta matar, a las crías de dragó n, que
pasan el primer añ o de vida encaramadas a los á rboles pero después bajan al suelo.
Así pues, los dragones de Flores está n sitiados: por los aldeanos, los pastos, los arrozales, el mar y
los perros. Eso significa menos territorio y menos presas. A largo plazo, supondrá también el
declive de la especie.
Si el cambio climá tico modifica su entorno, los dragones no está n preparados para adaptarse a las
nuevas condiciones. Ciofi y el ecó logo de la Universidad de Melbourne, Tim Jessop, que estudia
a los dragones desde hace un decenio, apuntan que con menos de 5.000 ejemplares dispersos en
unas pocas islas, la diversidad genética es muy reducida, lo cual limita su capacidad de
adaptación. Podrían mejorar su reserva genética si nadasen de una isla a otra para aparearse.
Pero aunque saben nadar, las fuertes corrientes y las diferencias entre los há bitats isleñ os los de-
salientan. Ademá s, son muy caseros.
Para conocer mejor a los dragones, Ciofi, Jessop y sus colegas indonesios han capturado y marcado
cerca de 1.000 ejemplares y poseen muestras de ADN de 800. Gracias a sus estudios disponen de
mucha informació n sobre el nú mero de individuos de las poblaciones, la proporció n entre machos
y hembras, el índice de supervivencia, el éxito reproductivo y el grado de endogamia de las
distintas poblaciones. Las diferencias genéticas que han hallado no se aprecian a simple vista, son
có digos internos que en realidad dictan cuá les sobreviven y cuá les no. Luego empieza el juego de
las parejas: elucubrar la mejor manera de cambiar de grupo a algunos ejemplares, asegurá ndose
de que no está n emparentados entre sí.
Si el nú mero de dragones cayera en picado, podría aplicarse una medida má s drá stica: trasladarlos
a un zoo para reforzar el acervo genético. En Indonesia se han apareado dragones de Komodo en
cautividad desde 1965. En 1992 nació la primera cría fuera de Indonesia, en el Zoo Nacional de
Washington, D.C. Desde entonces, los intentos de reproducció n han sido muy fructíferos. En la
actualidad unos 400 dragones de Komodo viven en zoológicos de todo el mundo.
Sin embargo, jugar a ser Dios siembra controversia. Como apunta Jessop: «Podríamos romper la
integridad evolutiva al interferir en el camino natural de los animales. Hay personas reticentes a
hacerlo». Ademá s, los programas de reubicació n de animales «solo funcionan la mitad de las veces»,
y la transició n de pasar de un zoo a vivir en el medio natural no es fá cil. Tampoco hay garantía
de que al juntar a dos dragones adultos se consiga descendencia, ni de que los dragones
puedan sobrevivir a largo plazo en un entorno en el que no todo su hábitat está protegido.

Ciofi y sus colegas urgen a los funcionarios indonesios e intentan involucrar a má s gente en la
conservació n de los dragones. Informan a los habitantes de Flores del peligro que supone para
esta especie la pérdida de há bitat y la caza furtiva de presas. Confían en vigilar mejor las á reas
protegidas y enseñ ar nociones sobre la biología de los dragones a los guardas, para que a su vez
estos puedan informar a los científicos sobre la evolució n de los animales.
Mientras tanto, los turistas que quieran ver dragones (aparte de los perezosos que merodean
cerca de los puestos forestales) deberá n tener paciencia. Los animales má s salvajes no quieren
que los encuentren. Durante las dos semanas que paso en las islas lo ú nico que hago es seguir a los
bió logos en infructuosas cacerías de dragones. El ritmo brioso de la expedició n lo marcan los
jó venes y á giles indonesios Deni Purwandana y Achmad Ariefiandy, encargados del Programa
de Supervivencia de Komodo, iniciado en 2007. A continuació n va Jessop, un australiano
imponente cuya zancada es como tres de mis pasos. Unos cuantos empleados de la reserva natural
y un par de lugareñ os, que no se inmutan ante el calor ni las cuestas, completan el equipo.
Cuando Ciofi y yo llegamos a la isla de Flores, las 26 trampas tendidas por el equipo han capturado
solo cuatro dragones (y muchos má s perros); el añ o anterior por las mismas fechas fueron 14.
Pero esto no tiene por qué indicar una disminució n de la població n. Las cá maras instaladas junto a
las trampas muestran que hay dragones que las olfatean y deciden no entrar en ellas.
Caco, el anciano al que conocí, me contó que antes los aldeanos ofrecían semillas, una hoja de un
á rbol autó ctono, un huevo y el tabaco de un cigarrillo para atraer a los dragones de las colinas. Me
entregó unas cuantas semillas y una hoja. Estoy tentado de utilizarlas.
Entonces, el penú ltimo día de mi estancia, los astros se alinean a nuestro favor. Hay que revisar
tres cepos. En la primera ronda, nada. En la siguiente vemos una piel escamosa a través de los
agujeros de la tercera trampa. Es un dragó n pequeñ o, de apenas un metro desde el hocico hasta la
punta de la cola, de unos tres añ os de edad. Es hermoso (para quienes tengan la mente abierta),
con escamas grises, amarillas y anaranjadas y unas franjas oscuras degradadas a lo largo de la
cola. Me agacho para verlo mejor por un agujero del metal; me devuelve la mirada con un ojo cuyo
iris es amarillo. Los hombres lo sacan con un gancho y una cuerda, le sellan la boca con cinta
adhesiva (para protegernos) y con cuidado pero con mano firme le atan las patas delanteras y
traseras al cuerpo para inmovilizarlo.
Enseguida comienza una actividad frenética. El equipo mide a toda prisa el animal cautivo, lo pesa
y busca (en vano) con el lector el chip subcutá neo que indicaría que ya lo habían capturado con
anterioridad. Le sacan sangre de la cola para un aná lisis genético; lo fotografían desde todos los
á ngulos. En menos de 20 minutos le quitan la cinta adhesiva y lo liberan. El animal huye como un
rayo hacia el bosque, levantando polvo y piedras con las garras: la sensata retirada de un dragó n
de carne y hueso.

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