Mic h a e l Ho w a r d y W. Ro g e r Lo u is (e d s .
HISTORIA
OXFORD
SIGLOXX
DEL
Tr a d u c c ió n d e
Cr is t in a Pa g é s y Víc t o r Al b a
PLANETA
18. China
JONATHAN SPENCE
China entró en el siglo xx bajo una oleada de terror reaccionario, ya
que los «bóxers», grupos más o menos afiliados a una Sociedad Se-
creta China en el nordeste del país, empezaban a liquidar a todos los
chinos convertidos al cristianismo, así como a los misioneros que les
predicaban. Alentados abiertamente por varios funcionarios conser-
vadores, la mayoría de los cuales formaba parte de la minoría man-
chó que controlaba el gobierno desde el siglo xvn, los bóxers entra-
ron en Pekín en el verano de 1900 y sitiaron el barrio donde se
encontraban las legaciones extranjeras. No levantaron el sitio hasta
que una nutrida fuerza expedicionaria multinacional se abrió cami-
no, luchando, hasta Pekín. La emperatriz viuda Ci Xi y su corte hu-
yeron al interior, en la región rural de Xi’an, a orillas del río Amari-
llo. Entretanto, en Shanxi y otras provincias del norte, los generales
partidarios de los bóxers y sus seguidores habían llevado a cabo una
brutal redada y matanza de familias misioneras y de sus convertidos.
Según las condiciones del vengativo Tratado de Población que si-
guió, se ejecutó a varios altos funcionarios de la dinastía Qing, se pe-
nalizó a las zonas leales a los bóxers y se obligó al gobierno chino a
prometer que pagaría una colosal indemnización por las vidas y las
propiedades destruidas.
Con todo, las secuelas de la rebelión de los bóxers no fueron del
todo desfavorables. Gracias a la conmoción que les produjo la de-
rrota y el tener que atravesar zonas misérrimas del país, la emperatriz
viuda y sus consejeros comprendieron mejor las necesidades de los
campesinos de China y se dieron cuenta de que hacían falta reformas
341
profundas. Los poderosos gobernadores provinciales del centro y
del sur, que se habían negado, a petición de la corte, a auxiliar a los
bóxers, habiendo probado cierto grado de independencia se volvie-
ron más audaces en sus intentos de decretar cambios radicales. Ade-
más, la catástrofe supuso el último golpe al viejo sistema confuciano
de educación y de exámenes, que había durado más de un milenio y
que fue abolido en 1905 por órdenes de la corte.
El fin del viejo sistema de exámenes acarreó varios efectos ines-
perados: los estudiantes, hombres y mujeres, se sintieron más libres
de atender las escuelas de los misioneros, con su programa de estu-
dios más o menos occidentalizado; allí estaban expuestos a nuevas
ideas acerca de la sociedad, la geografía, la ciencia y la ética; un buen
número de jóvenes decidió ir a Japón, pues, pese al odio que este
país despertaba en muchas personas por la humillante derrota que
infligió a China en la breve guerra de 1894-1895, también se admira-
ba la eficacia de sus reformas constitucionales, militares y económi-
cas, llevadas a cabo bajo los emperadores Meiji, y el que hubiera de-
rrotado a Rusia en la guerra de 1904-1905. Otros, en cambio, se
decantaron por una carrera militar; ésta, aunque antaño despreciada
por la juventud educada con los preceptos confucianos, se veía aho-
ra como un medio que permitiría poner fin a los ciclos de humilla-
ciones y derrotas que sufría China.
En Japón, los jóvenes chinos se liberaban del omnipresente es-
crutinio de los guardianes morales de la dinastía manchú. Leían con
voracidad las nuevas revistas que sus compatriotas fundaban. Escu-
chaban, exaltados, las audaces exigencias de los radicales exiliados,
como Liang Qichao o Sun Yat-sen, emplazando a los Qing a adap-
tarse al mundo moderno y a instaurar un sistema de gobierno demo-
crático. Se unían a alguna de las varias sociedades secretas política-
mente radicales que habían jurado derrocar a la dinastía y que
encontraban entusiastas reclutas entre los chinos que residían o es-
tudiaban en Japón y en los barrios chinos de Canadá y de Estados
Unidos.
En un esfuerzo por contener el descontento, los dirigentes Qing
adquirieron armas y equipamientos modernos y reformaron las es-
tructuras de mando y de entrenamiento del ejército para que estu-
viesen más acordes con las occidentales. Dieron importantes pasos
342
en la supresión del comercio de opio que llevaba décadas asolando
China, promovieron un sistema ferroviario centralizado y ampliaron
la base fiscal del Estado a fin de sufragar la expansión militar. En
1906, empezaron a estudiar activamente las estructuras de gobiernos
extranjeros con el propósito de perpetuar su poder mediante una
forma de monarquía constitucional. Así pues, el impulso ya no podía
detenerse, y en 1908 se aplicaron planes para crear asambleas pro-
vinciales con representantes electos, que a su vez escogerían delega-
dos a un Parlamento central o Asamblea Nacional, cuya sede se esta-
blecería en Pekín.
Ya antes del movimiento de los bóxers se habían producido es-
porádicas rebeliones contra los Qing y en 1911 eran corrientes en
todo el país. En octubre de ese año, un motín local de un grupo de
desafectos entre las tropas en la guarnición de Wuhan se convirtió en
rebelión abierta y, para gran desconcierto de la corte, el descontento
y los motines se extendieron a otras provincias, a menudo promovi-
dos directamente por miembros de las asambleas provinciales. Nu-
merosos soldados de la dinastía fueron asesinados, con sus familias,
en sus guarniciones. Abandonados por muchos de los más impor-
tantes generales de los Nuevos Ejércitos que ellos mismos habían
promovido, los regentes del emperador niño P’u-yi (la formidable
emperatriz viuda murió en 1908) no tuvieron más remedio que la ab-
dicación. Ésta se produjo en febrero de 1912, con condiciones favo-
rables para la dinastía, que conservaba los palacios y los tesoros de la
Ciudad Prohibida, así como una considerable asignación anual; sin
embargo, también puso fin a la era de gobierno imperial central que
había durado casi sin interrupciones desde 221 a. J.C.
Un grupo de delegados de las asambleas provinciales eligió a Sun
Yat-sen como primer presidente provisional de la República. En mu-
chos aspectos parecía una selección lógica, pues aunque provenía de
una familia pobre del sur rural, Sun era un símbolo de la nueva e in-
quieta era «moderna». Criado por unos parientes que habían emi-
grado a Hawai, cristiano bautizado, estudió Medicina en Hong
Kong, viajó y residió en Japón, Estados Unidos e Inglaterra. Fundó
con éxito una sociedad secreta opuesta a los manchúes, que contaba
343
con numerosos miembros influyentes, y durante más de quince años
fue pregonando con pasión los valores de una república china. Sin
embargo, dos factores jugaban en su contra: carecía de sólidas apti-
tudes organizativas políticas, así como de un fuerte apoyo entre los
nuevos militares profesionales. Se sintió, por tanto, obligado a ceder
casi de inmediato la presidencia provisional al general con mayor
apoyo militar: Yuan Shi-kai.
La aparente sinceridad con que Yuan Shi-kai apoyaba la demo-
cracia impresionó a las potencias extranjeras. Sin embargo, cuidaba
cada vez más celosamente las prerrogativas que iba adquiriendo y,
cuando el partido que surgió de la organización clandestina ilegal de •
Sun Yat-sen, ahora llamado Partido Nacional Democrático o Kuo-
mintang, ganó casi la mayoría de los escaños al Parlamento con un
programa que exigía la restricción de los poderes ejecutivos de la
presidencia, Yuan hizo acuerdos secretos para que asesinaran a los
más brillantes y jóvenes políticos del Kuomintang. Cuando éstos in-
tentaron reafirmarse, ordenó que su partido fuese declarado ilegal y
obligó a muchos de ellos, incluido Sun Yat-sen, a exiliarse. En 1915
Yuan se hizo nombrar emperador con el fin de recuperar el control
central del país; el trámite tuvo elementos de farsa trágica. Al pare-
cer, sinceramente sorprendido por el rechazo a sus pretensiones tan-
to en las provincias como por parte de muchos de sus «propios» ge-
nerales, murió en 1916, decepcionado, y dejó el gobierno central
sumido en la mayor confusión.
Pese a la desorganización en el centro, la China de los primeros
años del siglo era relativamente próspera. Adquirió los principios de
una infraestructura industrial moderna, gracias al aumento de las in-
versiones extranjeras, sobre todo mediante «concesiones» en las
principales ciudades costeras, pero también en las zonas recién in-
dustrializadas, como Wuhan en el río Yang-Tsé o Shenyang en la
Manchuria meridional. Las dotes empresariales de los compradores,
o intermediarios chinos, facilitaron el trabajo de las empresas ex-
tranjeras que empezaron a introducir en China nuevos productos y
nuevas técnicas de venta. Esta innovación resultó realmente especta-
cular en lo referente a generadores de energía eléctrica, tabaco, que-
roseno, máquinas de coser, armas de fuego, telares de algodón y de
seda, así como buques de vapor para el transporte fluvial y costero.
344
Un hecho sintomático de estos cambios fue el crecimiento de va-
rias universidades, deliberadamente desarrolladas con pautas occi-
dentales, cuyo profesorado se componía tanto de extranjeros como
de chinos poseedores de doctorados obtenidos en el extranjero. El 4
de mayo de 1919, los estudiantes universitarios de Pekín realizaron
importantes manifestaciones contra la ineptitud de sus propios polí-
ticos y contra las potencias extranjeras que los explotaban. Así nació
el nacionalismo chino moderno. Fue entre los dirigentes intelec-
tuales de estas universidades donde los primeros agentes de la Ko-
mintern, enviados por Lenin en 1920, encontraron sus primeros ex-
pectantes reclutas. Con ayuda de la Komintern, un reducido grupo
de delegados se reunió en secreto en Shanghai, en 1921, y fundó el
Partido Comunista de China.
Mientras algunos agentes de la Komintern formaban con éxito
un disciplinado Partido Comunista chino que obedeciera a Moscú,
otros negociaban con Sun Yat-sen, que con el apoyo de los señores
de la guerra locales había instaurado un régimen separatista en la re-
gión cantonesa. Estos agentes, junto con unos asesores militares ru-
sos, ayudaron a Sun a crear una importante academia militar en la
isla de Whampoa, al sur de Cantón, río abajo. Infiltraron el Kuo-
mintang y la academia de Whampoa con miembros de su propio par-
tido, hasta que en 1923 se formó un Frente Unico entre ambas orga-
nizaciones chinas. Puesto que la mayoría de las principales fábricas
modernas en las ciudades industriales, como Wuhan y Shanghai,
pertenecían a extranjeros, eran frecuentes los choques con los admi-
nistradores y las tropas extranjeras; en 1925, tanto en Shanghai como
en Cantón la policía y las tropas extranjeras abrieron fuego contra
unos enfurecidos manifestantes civiles, decenas de los cuales murie-
ron, alimentando así las llamas del activismo revolucionario.
En 1926, bajo el agresivo liderazgo del comandante de Wham-
poa, Chang Kai-shek, uno de los principales discípulos de Sun (que
había muerto en 1925), las fuerzas del Frente Unico se abrieron paso
hacia el norte, derrotando a una sucesión de ejércitos de los señores
de la guerra y entraron en Shanghai en abril de 1927. Sin embargo,
pese a la aparente unidad durante esta salvaje guerra, se habían pro-
ducido importantes divisiones entre las fuerzas del Kuomintang y los
comunistas. En 1927, estas tensiones salieron a la luz pública cuando
345
el Kuomintang ganó tres batallas contra los comunistas, una en cada
uno de los tres centros urbanos clave, Cantón, Shanghai y Wuhan. A
principios de 1928, en tanto las fuerzas del Kuomintang seguían
abriéndose paso hacia el norte, entraban en Pekín e instauraban un
«gobierno unificado» en el país, los comunistas pasaron a la clandes-
tinidad en las principales ciudades o se retiraron a regiones aisladas
a fin de reagruparse entre los campesinos.
Pese a sus triunfos en apariencia brillantes, la base de poder de
Chang Kai-shek tenía fallos. En el terreno ideológico, aunque afir-
maba ser el verdadero heredero de Sun Yat-sen, haber abrazado los
Principios de los Tres Pueblos y continuar con la tradición que exi-
gía una sólida lealtad personal hacia el jefe del Kuomintang, tenía nu-
merosos rivales entre los dirigentes de su propio partido. En el terre-
no económico, siempre le faltaban fondos para sus ejércitos cada vez
más numerosos. En Shanghai, con el fin de romper el poder de los
sindicatos, dominados por los comunistas, había hecho tratos secre-
tos con algunos de los más importantes cabecillas del submundo cri-
minal, sobre todo con los de «la pandilla verde», que controlaba tan-
to gran parte del tráfico de opio y heroína que antaño asolaba a
China como la prostitución y los juegos de azar. Estos mañosos le
proporcionaron eficaces rompehuelgas, pero la «alianza» resultaba
obviamente costosa; a ello había que añadir el hecho de que muchos
de estos cabecillas residían en las zonas asignadas a los extranjeros en
las principales ciudades y, por tanto, quedaban fuera del alcance de
la ley.
Pero tal vez lo más importante era que el creciente poderío de Ja-
pón en tierra china minaba, de modo constante y visible, el derecho
de Chang al poder. En Manchuria, los japoneses se mostraron espe-
cialmente agresivos y llegaron a controlar las principales redes ferro-
viarias y empresas industriales, que protegieron, en un primer mo-
mento, con sus propias fuerzas policiales y, a partir de finales de los
años veinte, con sus ejércitos regulares. En 1931 las fuerzas japone-
sas se hicieron abiertamente con una importante ciudad de Manchu-
ria, Mukden, alegando que las tropas chinas allí estacionadas las ha-
bían «provocado». En 1932, asaltaron Shanghai, alegando supuestas
346
violaciones de sus derechos económicos en dicha zona. A mediados
de los años treinta, no sólo obligaron a los chinos a establecer una
«zona desmilitarizada» en el norte del país, entre Pekín y el mar, sino
que formaron un Estado supuestamente «independiente» en Man-
churia, al que llamaron «Manchukuo». Poco podía hacer Chang Kai-
shek contra estas agresiones, dada la debilidad de su propia base de
poder y la amenaza continua que para su liderazgo representaban los
comunistas chinos.
El hecho de que el Partido Comunista sobreviviera se debió en
gran parte a que algunos de sus miembros se retiraron a zonas pau-
pérrimas del campo, lejos de las ciudades industriales y de sus masas
proletarias, pero también de Chang y las tropas y la policía secreta de
los aliados de éste, los señores de la guerra. En 1930 había aproxi-
madamente una docena de soviets rurales en China; en ellos, los co-
munistas organizaron a los campesinos contra los terratenientes e
implantaron varias medidas de reforma agraria, consistentes en la re-
distribución o la confiscación de la tierra. En este contexto Mao Ze-
dong subió los peldaños del liderazgo del Partido Comunista chino.
Mao, nacido en 1893, en el Hunan rural, era un autodidacta; en
1911, participó por breve tiempo en las revueltas contra los man-
chúes en Hunan y en 1918 estudió de modo informal en Pekín, don-
de se afilió a grupos de estudio marxistas y recibió su introducción a
la teoría revolucionaria. En 1921 organizó activamente a los obreros
y asistió a la Conferencia fundadora del Partido, en Shanghai. Tra-
bajó en organizaciones campesinas del Frente Único y, tras las depu-
raciones y los golpes de Estado de 1927, se retiró a la montañosa y
paupérrima frontera de las provincias de Jiangxi y Fujian, donde ins-
tauró un régimen que fue conocido como el «Soviet de Jiangxi». Este
soviet resistió cuatro vigorosos asaltos de Chang Kai-shek, pero en el
quinto las tácticas de los asesores militares alemanes contratados por
Chang obligaron a Mao y a unos ciento cincuenta mil campesinos se-
guidores suyos a replegarse, atravesando durante un año el oeste y
el norte de China; por fin, los aproximadamente treinta mil super-
vivientes llegaron a una base relativamente segura, en otro soviet que
se había formado en la región de Yan’an, una tierra erosionada en
347
la curva del río Amarillo. La propaganda china y los periodistas oc-
cidentales, simpatizantes de Mao, trasmutaron este desastre en la
triunfante épica de la «Larga Marcha».
En un desesperado-intento-de-quebrar-ados-comunistas antes de
tratar de detener a los japoneses, Chang Kai-shek viajó en avión a
Xi’an, cerca de la nueva base de Mao, a fin de supervisar una «cam-
paña de exterminio» final. No obstante, sus tropas se amotinaron y
lo secuestraron en diciembre de 1936; exigían que se acabaran las lu-
chas intestinas y que todos los chinos se unieran para imponer un
alto a la agresión japonesa. Fue liberado después de que aceptara, de
mala gana, formar un Frente Único contra el enemigo común. Así,
cuando en el verano de 1937 las tropas japonesas que hacían manio-
bras en el norte de China se enzarzaron de nuevo en varios enfrenta-
mientos provocativos con las tropas chinas, se enfrentaron a una de-
cisiva muestra de fuerza, por primera vez desde que asaltaran
Shanghai en 1932. Pero en 1937 derrotaron a las tropas chinas, des-
pués de haberles causado tremendas pérdidas. En su desesperada
huida, los chinos abandonaron también Nankín, la capital del Kuo-
mintang, donde los japoneses mutilaron y asesinaron a decenas de
miles de civiles, en la orgía más sanguinaria que se hubiese visto has-
ta entonces en la guerra.
Chang Kai-shek tomó una decisión estratégica: trasladar su pro-
pia capital de guerra a Chong-king, en el interior, muy al norte del
Yang-Tsé y dejar que los comunistas defendieran su base, Yan’an,
frente a los ejércitos japoneses en el norte. Antes del colapso de
Shanghai, la maquinaria de numerosas fábricas había sido trasladada
por río a Chong-king, donde los trabajadores refugiados pronto de-
sarrollaron otras industrias de guerra. Después de Pearl Harbor, el
que la guerra se extendiera aún más favoreció a China, pues los nor-
teamericanos se aliaron con ella, si bien los problemas de Chang no
hicieron sino aumentar con el nombramiento como enlace con
Chang del general Joseph Stilwell. El presidente Roosevelt lo había
nombrado supervisor del sistema de préstamo y arriendo, y coman-
dante de las fuerzas norteamericanas en el «escenario de guerra»
compuesto por China, Birmania e India. Aunque Stilwell era valien-
te, había residido en China y dominaba el idioma, no tenía pelos en
la lengua, era irascible, y tendía a denunciar amargamente la cobar-
348
día de otros oficiales menos valerosos al mando de las fuerzas de
Chang. Cuando, en 1944, el «segundo frente» japonés en China aca-
rreó la captura de numerosos campos aéreos de Chang y la mayor
parte de sus reservas de combustible y municiones, Stilwell se sintió
a la vez amargado y jubiloso. Su reacción indignó tanto a Chang que
convenció a Roosevelt para que retirara a este general de China.
Así, cuando la guerra terminó, en agosto de 1945, China se en-
contraba en un curioso atolladero: varias divisiones de Chang habían
sido entrenadas por Stilwell y sus sucesores, y los asesores norteame-
ricanos, trabajando en pequeños grupos, se esforzaban en mejorar la
eficacia militar de las fuerzas comunistas en su lucha contra Japón en
el norte. Los norteamericanos trasladaron por aire a numerosos sol-
dados de Chang, para que aceptaran la rendición japonesa en el este
y el norte de China. Sin embargo, los comunistas habían aprovecha-
do la oportunidad para llevar a toda prisa a muchos de sus mejores
soldados a Manchuria, donde se unieron a las fuerzas soviéticas que
acababan de entrar en la misma zona, en cumplimiento de los Acuer-
dos de Yalta. Así, China estaba a punto de reanudar la guerra civil
que duraba ya veinte años.
Entre 1946 y 1949, la base de poder de Chang Kai-shek se fue
erosionando constantemente. No acertó a desalojar a las tropas co-
munistas atrincheradas en Manchuria; además, éstas dominaban
también grandes zonas rurales de otras partes del territorio chino e
incluso aplicaban nuevos programas de reforma agraria. Los oficia-
les que el Kuomintang envió para recuperar el control de los muni-
cipios de la costa Este eran a menudo ineptos, implacables o corrup-
tos, y su rapacidad al recuperar el control de Taiwan (que era colonia
japonesa desde 1895) provocó una gran revuelta popular, seguida en
febrero de 1947 por una sangrienta matanza de taiwaneses. La infla-
ción, que ya era grave a principios de los años cuarenta, alcanzó pro-
porciones desastrosas en 1947. El país se encontraba agotado por
tantos años de feroz guerra y el Kuomintang no parecía tener solu-
ciones, mientras que los comunistas, aunque también eran partida-
rios de una disciplina severa, contaban con una visión especial del
futuro de China y prometían recobrar la dignidad nacional. En 1948
349
y 1949, las fuerzas del Kuomintang se fueron desintegrando cada vez
más, y los ejércitos comunistas avanzaron desde Manchuria hacia el
sur, ocupando Pekín y Shanghai. El 1 de octubre de 1949, desde una
plataforma en lo alto del gran arco de la entrada de la Ciudad Prohi-
bida, Mao Zedong, presidente del Partido, declaró inaugurada la Re-
pública Popular China (RPC).
En los años cincuenta, los comunistas reafirmaron con gran
energía su control. Gracias a un amplio plan de confiscación y redis-
tribución de tierras, casi todas las familias campesinas de China con-
siguieron una pequeña parcela. A los funcionarios de la era naciona-
lista se les alentaba a permanecer en su puesto si reconocían lo
equivocado de sus antiguos hábitos. Se iniciaron planes para el con-
trol estatal de la industria pesada y del suministro de materias pri-
mas. Se quebró el dominio del crimen organizado sobre las ciudades
más importantes y sobre los estibadores, marineros y trabajadores
del transporte, entre otras profesiones, así como sobre la fuente de
ingresos que constituían la prostitución y el tráfico de heroína y opio,
ahora prohibidos. Se limitó el ámbito de las pequeñas empresas ex-
tranjeras y se expulsó al personal extranjero de ellas; se inició la na-
cionalización de numerosas compañías que habían pertenecido a
extranjeros. De Moscú, Mao obtuvo préstamos y créditos para la re-
construcción y la URSS le envió miles de técnicos para ayudar a de-
sarrollar la energía eléctrica y ampliar el sistema ferroviario. En las
regiones cuyos límites acababan de modificarse se establecieron
triunviratos, cada uno compuesto por un gobernador civil de alto
rango, un secretario del Partido de primera fila y un comandante mi-
litar. El Partido emprendió un enérgico programa de reclutamiento
y adoctrinamiento. Las nuevas leyes matrimoniales prometían mayor
libertad a las mujeres, y los ejércitos chinos se internaron en el Tibet
y se concentraron en la costa de Fuji para emprender un ataque an-
fibio contra Taiwan.
Durante esta etapa de desarrollo, al parecer prometedora, estalló
la guerra de Corea, en el verano de 1950; el enérgico contraataque de
las Naciones Unidas a través de Corea del Norte, rumbo al río Yalu,
en la frontera china, impulsó a China a enviar sus propios ejércitos
350
—compuestos de supuestos «voluntarios»— a Corea, en octubre de
ese mismo año. Sufrió casi un millón de pérdidas (el hijo de Mao fue
una de las víctimas); la flota de Estados Unidos empezó a patrullar el
estrecho de Taiwan, con lo que resultaba imposible volver a capturar
dicha isla. Una oleada de ira y de paranoia hizo presa del país. Detu-
vieron a los extranjeros y, en numerosos casos, antes de liberarlos los
torturaron de manera espantosa para que hicieran abyectas «confe-
siones». Se sospechaba de la totalidad de la élite profesional de la
época anterior al comunismo, lo cual engendró el correspondiente
colapso de la confianza y la eficacia en los negocios, el gobierno y la
educación. Una vez firmado el armisticio en Corea, en 1953, el Par-
tido continuó recurriendo a las campañas de masa como medio para
controlar a su propias gentes; esto provocó un miedo constante a ser
tildado de «derechista», algo que podría resultar desastroso, tanto
para las personas que caían bajo sospecha como para sus familiares.
En 1954, Mao ordenó la «cooperativización» de la agricultura, y en
1956, su colectivización; así, los campesinos se vieron obligados a re-
nunciar a las parcelas que se les habían otorgado en la primera fase
de la reforma agraria.
En 1956 y 1957, en otra índole de campaña de masas, con el fin de
«hacer que florezcan cien flores», Mao Zedong, al parecer convencido
de haber acobardado a los intelectuales, los exhortó a pronunciarse
abiertamente contra los abusos de la burocracia o del Partido. Sin em-
bargo, cuando la crítica, que él anticipaba cortés, se convirtió en un
alud de quejas y ataques contra la ideología del Partido, contra los di-
rigentes y hasta contra el mismísimo marxismo, Mao reaccionó con vi-
gor: echó a cientos de miles de sus puestos y los mandó a remotas zo-
nas rurales donde «se reformarían mediante el trabajo duro».
El Movimiento de las Cien Flores coincidió con la denuncia que
hizo Jruschov de Stalin, denuncia que en China muchos tomaron por
una crítica indirecta de Mao Zedong y del Partido Comunista chino.
La ruptura entre la URSS y China fue definitiva cuando los soviéti-
cos criticaron duramente el carácter «aventurero» y «utópico» de la
siguiente empresa de Mao, el «Gran salto adelante» de 1958 y 1959,
con el que éste pretendía, mediante un mayor nivel de organización
colectiva y de participación de las masas en la producción industrial
y agrícola, apresurar el avance chino hacia una sociedad «verdadera-
351
mente comunista». Los soviéticos suprimieron los programas de
ayuda y retiraron todos sus técnicos; por su parte, los chinos que es-
tudiaban en el ejército o en las universidades de la Unión Soviética
tuvieron que regresar a su país. En 1960, cuando al Gran Salto lo si-
guió una hambruna de proporciones catastróficas que pudo haber
causado hasta veinte millones de muertos, China se encontró casi to-
talmente aislada.
El que la Unión Soviética, Japón, las potencias de Europa occi-
dental y Estados Unidos la aislaran explica en parte el extraordinario
y terrible período de exceso maoísta conocido como la Revolución
Cultural, cuyo auge se produjo entre 1966 y 1970. Impulsado por la
izquierda ideológica del Ejército de Liberación Popular, al mando
del ministro de Defensa, Lin Biao, y alentado por Jian Qing, la espo-
sa de Mao, así como por varios radicales de Shanghai, el movimien-
to ensalzaba todos los aspectos del pensamiento de Mao —que des-
cribían como la más elevada inspiración del país—; los jóvenes de la
Guardia Roja emprendieron una campaña contra todas las institu-
ciones del país —gubernamentales, económicas, educativas y socia-
les— que mostraran el más mínimo rasgo «derechista». Estas presio-
nes de pesadilla provocaron la muerte de cientos de miles, acaso
millones, así como un nuevo éxodo forzoso de las ciudades hacia el
campo. El gobierno no empezó a recuperar un enfoque más realista
hasta 1971, cuando parece que en una serie de acontecimientos mis-
teriosos que aún no se han explicado Lin Biao intentó derrocar a
Mao Zedong. Esta nueva dirección se ratificó de modo desconcer-
tante en 1972, cuando, pese a la guerra de Vietnam, China invitó al
presidente norteamericano Nixon, y una reunión de éste con Mao
anunció el inicio de una nueva era de colaboración y entendimiento
chino-norteamericanos.
Una de las numerosas víctimas de la Revolución Cultural de 1967
fue Deng Xiaoping, que había sido muchos años secretario general
del Partido y que, tildado de derechista, perdió sus numerosos cargos
de poder. Sin embargo, en setiembre de 1976, murió Mao Zedong,
que sufría una parálisis que en Occidente se conoce como síndrome
de Lou Gehrig. El mes siguiente, detuvieron a la viuda de Mao y los
352
tres principales radicales de la Revolución Cultural —conocidos
como la «Banda de los Cuatro»—, y Deng Xiaoping regresó al poder,
de modo que en 1978 ya gobernaba de hecho el país. Deng fomentó
con energía los lazos con Estados Unidos; para ello, anunció una nue-
va era de «modernizaciones» en la industria, la educación, el ejército
y las ciencias; ordenó que se rehabilitara a cientos de miles de intelec-
tuales que habían perdido su cargo en el período de las Cien Flores o
durante la Revolución Cultural, y declaró una nueva época de aper-
tura en el mundo de la cultura en general. Sin embargo, cuando el re-
sultado fue, de nuevo, un estallido de reacciones y un alud de críticas
al régimen comunista —que se manifestaron de modo espectacular
en Pekín, en «el muro de la democracia», a finales de 1978 y princi-
pios de 1979—, Deng evidenció el límite de su tolerancia. Detuvieron
a los disidentes más destacados y se les impuso largas condenas, ade-
más de suprimir numerosas revistas y periódicos de poca tirada.
A partir de entonces, un pragmático Deng Xiaoping separó, en
general con éxito, las nuevas oportunidades económicas de los chi-
nos —mediante una mayor apertura— de la libre expresión intelec-
tual —que siguió controlándose atentamente—. Desmanteló eficaz-
mente gran parte de la estructura de subsidios y garantías salariales
existente en China desde principios de los años cincuenta. Salvo al-
gunos de los mayores complejos de industria pesada situados en ciu-
dades clave, se eliminó el control estatal de la mayoría de las empresas,
con lo que se vieron obligadas a obtener beneficios para sobrevivir.
Los gerentes sustituyeron a los capataces del Partido; las materias
primas se compraban a precios competitivos y los productos se ven-
dían en el'mercado abierto. Los trabajadores perdieron la seguridad
que suponía la garantía de los puestos vitalicios, pues podían despe-
dirlos por ineficacia o por faltar al trabajo. Se rompió el «cuenco de
hierro de arroz». En el campo, se dividieron las vastas comunas que
existían desde finales de los años cincuenta; si bien a los campesinos
todavía no se les permitía comprar tierras, sí podían comprar con-
tratos para trabajar ciertas parcelas, y, habiendo cumplido y entrega-
do al gobierno la cuota de productos agrícolas básicos exigidos, los
excedentes eran propiedad de la unidad familiar, que podía consu-
mirlos o venderlos en el mercado abierto. Fueron tres los efectos
de estos cambios. Primero: en las ciudades apareció un nuevo grupo de
353
prósperos consumidores independientes; segundo: la vida en el cam-
po cambió a medida que las familias adquirían contratos para traba-
jar la tierra y se repartían el trabajo entre la tierra y las nuevas fábri-
cas de la industria alimentaria o pequeñas industrias que surgieron
en todo el país, y, tercero: poco a poco apareció un nuevo y abulta-
do grupo de trabajadores desarraigados, que ya no estaban obligados
a permanecer en la comuna, sino que podían ir a las ciudades en bus-
ca de trabajo.
La mismísima cultura se ajustó a las nuevas tendencias y los nue-
vos mercados. Un grupo de jóvenes cineastas de talento, conocido
como La Quinta Generación, empezó a explorar el legado imperial y
el pasado reciente de China en películas sumamente maduras en el
aspecto técnico e intensamente emotivas. Una nueva generación de
poetas, que eran adolescente durante la Revolución Cultural, empe-
zó a escribir poesía —que el gobierno calificó de «brumosa» o «fan-
tasmagórica»— que usaba las imágenes y la alegoría para explorar la
sensación que todos habían experimentado, la de un pasado perdi-
do, de existencias perdidas. Grupos de rock and roll locales, que se
adaptaron rápidamente a los estilos, la ropa y la dicción occidentales,
indignaron y encantaron a sus contemporáneos con su pesado ritmo
y sus letras abiertamente eróticas o políticas.
En 1987, los viejos dirigentes del Partido, los que habían so-
brevivido en torno a Deng Xiaoping, sentían que la sociedad ya se les
escapaba completamente de las manos. Su primera cabeza de turco
fue el popular ex jefe de las juventudes comunistas, Hu Yao-bang,
recién nombrado secretario general del Partido. Fue destituido so
pretexto de ser demasiado tolerante con los disidentes políticos.
Cuando murió de un ataque cardíaco, en abril de 1989, estudiantes
y demás habitantes de Pekín le rindieron homenaje en la plaza de
Tiananmen. Al gobierno le salió el tiro por la culata en sus torpes in-
tentos de dispersar a los manifestantes, y en mayo ya se había inicia-
do un considerable movimiento de protesta política. Las cámaras de
las televisiones de todo el mundo que habían ido a Pekín con motivo
de la llegada del presidente soviético Gorbachov —un aconteci-
miento solemne, que debía subrayar el fin formal de los treinta años
de ruptura chino-soviética— cubrieron ampliamente este evento. A
mediados de mayo, casi un millón de personas se manifestaba en la
354
plaza a favor de la democracia; rompían repetidamente los cordones
policiales y cerraban filas para impedir que se acercaran las unidades
militares. También los trabajadores de algunas de las mayores fábri-
cas de Pekín empezaron a organizarse; formaron una Federación de
Trabajadores y exigieron el derecho a negociar y hasta a hacer huel-
ga para mejorar los sueldos y las condiciones de trabajo. Entonces,
Deng Xiaoping decidió que había llegado el momento de emprender
acciones terminantes. Apoyado al parecer por la mayoría de los vie-
jos dirigentes, ordenó a las unidades de veteranos del Ejército de Li-
beración Popular —apoyadas por tanques y vehículos blindados—
que irrumpieran en la plaza, como fuera, y la limpiaran de manifes-
tantes. Impuso la censura a las cámaras de televisión extranjeras y,
antes del amanecer del 4 de junio, las tropas tomaron la plaza por
asalto. En las doce horas siguientes, varios centenares —acaso mu-
chos más— de ciudadanos chinos murieron, alcanzados por las balas
o aplastados por los patines de oruga de los tanques que pasaban por
encima de ellos. Nunca se sabrá el número de víctimas, pues el go-
bierno ordenó a los hospitales que no aceptaran ni trataran a los he-
ridos graves, no elaboró una lista oficial de muertos y prohibió a las
familias que lloraran en público a los hijos que habían perdido. Pese
a la ira de los habitantes de Pekín y a la profunda indignación que
este asalto provocó en el mundo entero, el Partido no erró al prever
la reacción internacional, pues ningún gobierno extranjero —por
muy enérgica que fuera su posición pública sobre los derechos hu-
manos— impuso a China sanciones de peso. Así, el Partido pudo re-
primir tranquila y rápidamente las protestas de solidaridad que sur-
gieron en otras ciudades importantes.
Después de junio de 1989, la vida política en China volvió a su
habitual quietud, mientras Deng concentraba su atención en el cre-
cimiento económico. La población, que en los años ochenta había
superado los mil millones de habitantes, dedicó toda su energía a ga-
nar dinero. Negociada por los británicos en 1987 y llevada a cabo en
1997, la unión de China con Hong Kong atrajo cuantiosas inversio-
nes de este último territorio, imitado por Taiwan, que por fin inten-
taba adoptar una estructura democrática. El Ejército de Liberación
355
Popular se convirtió en uno de los principales vendedores de armas
en el mercado mundial —sus ganancias netas ascendieron a miles de
millones de dólares gracias a la guerra entre Irán e Iraq—; ganancias
que invirtió en equipamiento de tecnología punta comprado a Esta-
dos Unidos, así como en hoteles de lujo, edificios de apartamentos y
empresas de diversa índole. La aceleración del ritmo de construcción
de viviendas benefició tanto a los trabajadores que se desplazaban
como a las grandes empresas constructoras. Entretanto, y debido al
afán de los chinos por poseer automóviles, China puso en marcha un
extenso programa de construcción de carreteras. Habiendo perdido,
en una votación muy igualada, la oportunidad de organizar las Olim-
piadas en el tan simbólico año 2000 —Sidney recibió este honor—,
el gobierno chino ejerció una fuerte presión para que se lo aceptara
como miembro de organismos internacionales, entre otros el GATT
y como miembro fundador de la nueva Organización Mundial de
Comercio (OMC) que debía empezar a funcionar en 1995.
Las ganancias de la expansión capitalista conllevaron también
ciertos peligros, como habrían podido predecir muchas personas: el
creciente problema de las drogas, la multiplicación del número de
prostitutas; los hurtos con violencia en calles y trenes; la corrupción
en la burocracia y, de modo más visible, entre los hijos o nietos de los
principales dirigentes del Partido que, haciéndose con una tajada del
comercio, formaron sus propios imperios económicos; o la contami-
nación ambiental, tan grave que muchas ciudades se encontraban
siempre envueltas en una nube de polución industrial. La disponibi-
lidad de tierras cultivables iba disminuyendo sin cesar, engullidas
por carreteras nuevas y nuevos proyectos de construcción; las capas
freáticas se redujeron cómo mínimo quince metros en las llanuras
septentrionales; el mal uso de los fertilizantes químicos y el cultivo
intensivo en los huertos agotó la tierra. No obstante, pese a la escala-
da de ingobernabilidad que se percibía en muchos aspectos de la so-
ciedad, la estructura política se mantuvo firme, en tanto los chinos
observaban el colapso de la Unión Soviética. La caída de Gorbachov
enseñó a los dirigentes chinos que las libertades políticas podían aca-
rrear el caos y la desintegración. Por lo tanto, negarían estas liberta-
des a su pueblo tanto tiempo como pudieran, y se aferrarían con te-
nacidad a las riendas del poder.
356
Los chinos acogieron con tranquilidad la noticia de la muerte de
Deng Xiaoping, acaecida a principios de 1997, y los sucesores que él
mismo había nombrado tras la crisis de 1989 continuaron sin difi-
cultad con su legado. Fue Jiang Zemin, a quien Deng había escogido
para la presidencia, el que tuteló la devolución del control de Hong
Kong, el 1 de julio de 1997. Fue también Jiang quien, a finales del ve-
rano de ese mismo año, decidió que se privatizara la última de las
enormes fábricas colectivizadas. Al llegar a su fin, el siglo revolucio-
nario de China parecía distanciarse de los principales elementos que
antaño parecían darle sentido.
357