0% encontró este documento útil (0 votos)
991 vistas35 páginas

El Humor Del Príncipe

Cargado por

Frank Soto cano
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
991 vistas35 páginas

El Humor Del Príncipe

Cargado por

Frank Soto cano
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

EL PERFUME DEL REY

p
KARINE BERNAL LOBO

EL PERFUME DEL REY


Entre el poder y el amor
hay una línea peligrosa

p
© Karine Bernal, 2022
© Editorial Planeta Colombiana S. A., 2022
Calle 73 n.º 7-60, Bogotá
[Link]

No se permite la reproducción total o parcial de este libro ni su incorporación a un sistema informático ni su transmisión en
cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el
permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la
propiedad intelectual.
1

Mishnock
Helia 7. Estado temporal 5. Año 2

—¿Me estás prestando atención? —cuestiona Rose, chas-


queando los dedos frente a mis ojos cafés.
La piel bronce de quien ha sido mi mejor amiga desde la
infancia reluce bajo la luz de la habitación y su melena caoba
se mueve de lado a lado mientras me reclama.
—Lo hago —miento. Desconozco lo que lleva hablando
los últimos diez minutos.
—¿Entonces me acompañarás? —Su voz está llena de
entusiasmo.
—¿A dónde?
—¿Ves que no me estabas escuchando? —se queja—.
El joven que me gusta pidió vernos y, bueno, no es posible
hacerlo de día, así que acordamos reunirnos en la noche y
necesito que me acompañes. ¿Las diez estaría bien para ti?
—¿Crees que Erick Malhore va a dejarme salir a esa hora?
Además, ¿por qué no puedes verte con él de día? ¿Qué esconde?

7
—Te prometo que te lo contaré todo si me acompañas.
Hazlo por tu amiga de años, la persona que más te quiere en la
vida —ruega, haciendo brillar el marrón de sus ojos—. Sé que
tu padre no va a dejarte ir, así que tendrás que escaparte. Eso
es lo que yo haré, porque soy consciente de que mi madre
tampoco me lo permitirá.
—No lo sé, Rose Alfort. —Desvío la mirada con duda hacia
la lámpara que hay en mi mesa de noche en busca de una
respuesta en la luz amarilla que parece crear un cálido atarde-
cer cuando se refleja en las paredes claras de mi habitación.
—Es el amor de mi vida. Debes ayudarme a que no se
escabulla.
—Has tenido más de mil amores de tu vida.
—Pero este es el verdadero, lo juro. Es un militar de Mish-
nock. ¿Quién soy yo para resistirme a ese uniforme azul y vino?
—insiste esperanzada—. Míralo como un favor a la nación. Yo
hago feliz a un soldado y él va motivado a pelear en la guerra.
—¿Acaso ya has… tú sabes… sobrepasado los límites con
él? —inquiero curiosa, centrándome nuevamente en el tema.
—No, pero una historia de amor podría iniciar con ese
encuentro —alega, coqueta—. Sé que mañana estarás ocupada
con la presentación de los perfumes, pero en la noche puedes
llevar a tu amiga a los fornidos brazos de un hombre que la
necesita.
—Ya he escuchado eso antes —le recuerdo, pero ella me
ignora y camina hacia mi armario a punto de reventar con el
sinfín de vestidos que contiene.
—No me hagas repetirlo, él es el indicado. Lo presiento. —
Abre las puertas de mi vestidor y comienza a buscar. Toma

8
algunos trajes, muchos, de diversos colores y formas, y se para
frente al espejo de aquel tocador lleno de ornamentos y
comienza a probarse uno tras otro—. Necesito que me pres-
tes uno de estos, tus padres pueden permitirse comprar mejo-
res vestidos que los míos y en verdad quiero deslumbrar a mi
futuro esposo.
—¿Cómo qué futuro esposo?
—Hay que profetizarlo, si lo creo se cumplirá. Por cierto,
mira esto —dice, se vuelve hacia mí y extiende un papel—, lo
conseguí fuera de las oficinas del periódico. Es la lista de los
mejores solteros de Palkareth.
Paso la mirada llena de curiosidad por el papel con los
nombres de todos los hombres y sus edades. Rose tiene una
ligera obsesión por capturar a uno de ellos, cosa que la lleva a
esmerarse por estar presente en todas las fiestas en donde
pueda encontrar uno.
—El príncipe Stefan es el primero, pero bueno, está fuera
de mi rango. Demasiado inalcanzable como para intentarlo
—menciona.
Hasta donde Rose me ha contado, nunca lo ha visto en los
eventos, es todo un misterio con corona. Y a todos aquellos
bailes monárquicos a donde él sí asiste, a ella jamás la invita-
rían. Si han de otorgarme la suerte de alguien, espero que no
sea la suya.
—No conozco a ninguno de esta lista —confieso después
de leer, mientras enrollo algunos mechones de mi maraña de
cabello alrededor de mi dedo.
—Es porque no tenemos ningún título. No pertenecemos
a las altas casas de la nación, pero ahí está el hombre con el

9
que voy a verme mañana.
—¿Es un noble? —pregunto confundida—. Recuerdo
haber escuchado que se trataba de un militar.
—Sí, lo es. Unirse a la armada le otorgó su título y él ahora
me lo dará a mí.
Unos toques en la puerta nos sobresaltan. Escondo la lista
detrás de mi espalda como si se tratase de un vergonzoso
asunto del que nadie se debe enterar, mientras finjo normali-
dad frente a Mia, mi hermana menor, quien está apoyada en
el marco, observándonos con aburrimiento.
—Padre te espera abajo. Necesita hablar contigo y con Liz.
—¿Podrías saludar a Rose? —la reprendo.
—Ya lo hice, incluso me enseñó la lista de los solteros.
Ahora baja que te están esperando.
Dejo a mi amiga en la habitación cuando voy tras mi
llamado. Al bajar las escaleras encuentro a mis padres y a mi
hermana mayor sentados en el comedor, rodeados de un
silencio sepulcral que me alarma.
—¿Algo anda mal? —cuestiono ante la urgencia del
encuentro.
—Todo lo contrario —sostiene mamá—. Mañana será un
día atareado para los Malhore. Tendremos una cena muy
importante.
¿Cena? ¿Se interpondrá en mis planes con Rose?
—¿Hasta qué hora?
—¿No te interesa saber con quién? Creo que eso es más
relevante.
—Tienes razón. Lo siento —me disculpo y tomo mi lugar
en la mesa, nerviosa.

10
—Inversionistas —interviene mi padre—. Vienen desde
Lacrontte, pues hasta allá ha llegado la buena fama de nues-
tros perfumes.
—Increíble, pero todavía no entiendo que tenemos que
ver Liz y yo en esto —indago al notar que ella ha permane-
cido en silencio.
—Es probable que alguno de ellos esté interesado en noso-
tras —explica ella finalmente—. No solo es una cena de nego-
cios, sino de relaciones. Nadie vendría desde tan lejos
únicamente para ayudarle a un negocio del reino enemigo.
Mi atención se vuelva hacia mi padre en busca de una
respuesta.
—Es una deducción. No deben alarmarse, además, jamás
las obligaría a hacer algo que no quieran.
—Yo no quiero casarme —alego de inmediato. Sin
embargo, sé que lo haría si así lo requieren, porque los amo y
haría cualquier cosa por ellos. Quiero que siempre me vean
como una ayuda, nunca como una carga.
—Aquí nadie va a casarse —me asegura—. Los recibire-
mos y veremos qué es lo que necesitan. Si vienen exclusiva-
mente por negocios o por algo más. Sin embargo, si llegaran
a decirme que invertirán a cambio de la mano de una de uste-
des, yo diré que no. No las voy a vender a nadie por unos
tritens.
—Aun así, es nuestro deber ponerlas al tanto para que no
se lleven una sorpresa —aclara mamá—. Ustedes son las
únicas en edad de casamiento. No lo digo solo por ser su
madre, pero las dos son hermosas.
—¿Eso es todo? ¿Ya puedo retirarme? —pregunto con un

11
nudo en la garganta ante la angustia que me causa imaginar
un matrimonio por conveniencia con alguien a quien no
conozco y que, por ende, no amo. Para mi suerte, papá asiente.
Corro escaleras arriba, chocándome con Mia en el
camino. Su cabello oscuro cae en mi torso, mientras los ojos
café distintivos de todos los Malhore me observan con
curiosidad.
—¿Liz y tú van a casarse? —cuestiona con algo de aflic-
ción, pero eso no quita el hecho que espió nuestra conversación.
La tomo de la mano y la llevo hasta mi habitación, en
donde Rose ya tiene uno de mis vestidos en la mano. En el
interior las cortinas se ondean como pequeños fantasmas
flotantes por la brisa de la noche que se cuela por la ventana,
agregando más tensión al ambiente lleno de zozobra. Corro
hasta el marco y cierro el cristal con las manos temblorosas y
la respiración sofocada ante el montón de ideas fatalistas que
cruzan por mi mente.
—Respóndeme —insiste.
—Claro que no. Padre dijo que no nos comprometería
por dinero.
—¿Vas a casarte? —pregunta mi amiga.
—¿Acaso nunca se va a terminar este tema? Dije que no
—reitero exasperada—. Mi padre no nos haría eso.
—Pero quizás sí sea nuestro deber aceptar —Liz irrumpe
en mi alcoba con una expresión neutra en su rostro, pero la
conozco, sé que está escondiendo el mismo temor que yo
siento en este momento—. Las cosas no marchan del todo
bien en la perfumería desde que la guerra con Lacrontte se
intensificó.

12
—¿Es que no vendemos? No he escuchado a mis padres
quejarse.
—Lo hacemos, nos mantenemos a flote, sin embargo, eso
no asegura que sea así para siempre. ¿Has visto las noticias?
La frontera cada vez está más golpeada, el ejército de Lacrontte
nos sobrepasa en número y sé que en poco tiempo ya nadie
estará interesado en comprar perfumes, les importará más
abastecerse de comida ante la amenaza de un nuevo ataque.
—No quiero quedarme sola —habla Mia.
—Debes entender que, como tus hermanas mayores, debe-
mos ayudar a nuestros padres y un compromiso supondría un
alivio para ellos. Tendrían una hija menos de la que encargarse.
—Ustedes solamente son tres —interviene Rose—.
Además, están económicamente muy por encima que el
promedio de los plebeyos. Ya quisiera yo poder tener la mitad
de las cosas que ustedes poseen. Pueden permitirse vestidos
hechos a mano y Emily incluso tiene pendientes de plata.
—Y los tendrá que vender si la situación del reino conti-
núa así —dice Liz.
—Después de salir de mis tutorías puedo buscar trabajo
—contesto—. Eso no afectará la perfumería porque ustedes
seguirán ayudando a mis padres.
—Yo también puedo conseguir uno y le daré la mitad de
mi sueldo a Emily —apoya mi amiga—. Bueno, quizás el
treinta por ciento.
—Emily, si alguno se propone a nosotras es necesario que
estemos abiertas a la posibilidad de aceptar el compromiso.
Espero ser yo para que tú puedas seguir con cualquiera que
sea tu sueño.

13
Liz sale de la habitación, llevándose a Mia consigo después
de ponerme una soga en la garganta. Sé que debo ayudar a
mis padres en todo lo que pueda, pero si de algo estoy segura
es que no quiero casarme con nadie a quien no ame.
—No te preocupes, podemos vender cosas en el mercado.
Mis padres y yo siempre compramos objetos en tiendas de
segunda mano, así que podríamos llevar algo que no uses y
recaudar dinero —sugiere Rose, intentando reconfortarme—.
Esto va a sonar fuera de lugar y un poco egoísta, pero... ¿Si me
acompañarás mañana a reunirme con el amor de mi vida?
—Bien. Mañana a las diez de la noche —cedo final-
mente—. Espero que no nos arrepintamos de esto.
Quiero convencerme de que estoy haciendo algo bueno al
ir con ella y solo concentrarme en eso, pero la posibilidad de
terminar comprometida con alguien del reino Lacrontte no
me abandona. Ellos son el enemigo, todo lo que me enseña-
ron a temer y ahora los tendré en frente como futuros aliados,
mientras ruego en silencio que ninguno haga una propuesta
que pueda arrancarme de mi hogar. La última cosa que deseo
es convertirme en una súbdita del impiadoso rey Magnus.

14
2

—Ese perfume, majestad, contiene las notas florales que usted


solicitó en nuestra última reunión —explica mi padre a la
reina, quien nos observa en silencio desde lo alto de su
trono—. Lo que sostiene en sus manos es el resultado de
muchas pruebas.
Hoy nos encontramos en el palacio real en la presenta-
ción semestral de perfumes para los reyes, en donde les ense-
ñamos las nuevas creaciones basadas en sus gustos y
exigencias. Afortunadamente, padre es un gran vendedor,
tiene el don de la palabra, algo con lo que yo no cuento, es por
eso que mi función aquí se limita a sostener y entregar los
objetos que me pida, mientras él se encarga de ayudar a los
reyes con su elección.
—Creo que a Silas le gustará este —dice la reina y agita
con delicadeza el frasco con líquido blanquecino antes de
ponerlo en su el dorso de su muñeca, cuidando que ninguna
gota caiga sobre su traje ocre.

15
Siempre he admirado la presencia de la reina Genevive.
Tiene el aire angelical que le falta a su esposo, quizás es por su
estructura ósea tan fina, la singular manera en la que se mueve
como si se tratase de un diente de león en el viento, o la suavi-
dad de su tono al hablar. Todavía sigo intentando descubrir el
enigma que representa.
—Sí, sin duda este es el elegido —sonríe satisfecha,
dándole entrada a las delgadas arrugas que decoran sus ojos
avellana.
—Me regocija saber que he podido cumplir nuevamente
con sus expectativas, majestad.
Padre no se esmera en ocultar su emoción y no es repro-
chable, pues tenerlos como clientes es una de las mayores
razones por las que nuestra perfumería tiene tanto prestigio
en el reino.
—Lamento que Silas y Stefan no hayan podido estar
presentes, pero estoy segura de que tomé la decisión correcta
en cuanto a sus fragancias. Y, señor Malhore, reitero el placer
que es para nosotros que sea usted nuestro perfumista de
confianza. Cuando salga al pasillo un guardia les dará su pago.
Comienzo a guardar los perfumes no seleccionados en el
maletín de papá con cuidado para que no se quiebren y se
unan a la mezcla pesada de distintos aromas en las que se ha
convertido el aire de la sala del trono, ya que ni siquiera la brisa
que entra por los inmensos ventanales ha sido capaz de disi-
par las esencias. Desde madera y cítricos hasta sándalo y miel
se han adueñado de las columnas abanderadas con el escudo
del reino, dejando en el olvido aquel olor a pino que cubría el
pulido suelo de mármol en el que ahora estamos de pie.

16
—Espero pueda hacerle llegar mi saludo al rey —se
despide mi padre en una reverencia.
—Cuente con ello, señor Malhore, con la condición de
que igualmente le haga llegar mis afectos a su esposa. Seño-
rita Malhore, gracias también por venir. La última vez que la
vi era solo una niña y mírese ahora, es toda una jovencita
hermosa. ¿Está usted casada o prometida?
—No, majestad, todavía no he entrado en el ámbito
casamentero.
—Y espero tampoco lo hagas pronto —escucho el susu-
rro de papá.

* * *

Caminamos ahora por las calles de Palkareth, la capital del reino,


dejando atrás la opulencia de la casa real, sus muros altos carga-
dos con los retratos de los antiguos reyes de Mishnock, cada uno
con miradas pesadas, apesadumbradas, como quien ha vivido
tormentosos momentos y los recuerdos jamás lo abandonan.
Barbas espesas que me hacen preguntarme si bajo ellas alguna
vez hubo una sonrisa, y vistosas coronas de rubíes, la misma en
cada retrato, pasando de reinado en reinado hasta llegar los
implacables ojos de flamas azules del rey Silas Denavritz, los
cuales parecen seguirte a medida que caminas en el palacio.
—Recaudación de impuestos —informa papá con algo de
desaprobación, devolviéndome a la realidad.
Dirijo mi atención hacia el frente, donde veo un grupo
numeroso de guardias marchar de manera sincronizada,

17
formando una línea fina por las calles. El uniforme azul y vino
se asemeja al mar teñido de sangre. Es inquietante a la vista, y
mucho más por las armas que cuelgan de sus hombros. Avan-
zamos hasta la plaza donde las filas se extienden vías abajo,
claramente divididos por las clases sociales, pues los plebeyos
no podemos mezclarnos con los grandes señores y damas de
la nación. Todos ya sostienen en sus manos una pequeña bolsa
color vino con los tritens indicados por ley según su función
dentro del reino. Los desempleados de Mishnock deben contri-
buir a la monarquía por el simple hecho de habitar la nación,
sin embargo, a ellos son los que peor tratan, pues mientras
menos impuestos paguen, menos valen. Los obreros y sirvien-
tes que trabajan en casas de quienes cuentan con un título
nobiliario van en una sola fila, junto a trabajadores de las plazas
de mercado, campesinos, herreros y oficios similares. Los guar-
dias, militares, cocineros, doncellas y cualquier otra persona
que sirva en el palacio o el reino, pagan los impuestos más bajos
de la nación, pues se redimen con su trabajo. Los joyeros,
perfumistas, orfebres, floristas, músicos, tutores, sastres y
profesiones que requieren una educación especializada deben
organizarse en otras. Y es aquí donde me deja mi padre.
—Cuida mi lugar en la fila mientras voy a la oficina de
correos a enviarle el dinero de los impuestos a tu abuela— dice
antes de alejarse.
Lo veo caminar mientras el sitio comienza a llenarse de
personas. Todos bajo el estridente sol de Palkareth, mientras
las filas de los condes, vizcondes, barones y señores están bajo
unas gruesas carpas que los protegen de los violentos rayos.
Los duques y marqueses no deben siquiera salir de sus casas

18
para pagar los impuestos, ya que los recaudadores van hasta
sus viviendas para recoger el dinero.
Miro a mi alrededor y veo a algunos soldados arrastrar a
varias personas por la plaza, como si fuesen criminales captu-
rados en flagrancia.
—Esto es una injusticia —protestan a mi espalda.
Suenan las trompetas y los guardias reales llenan el lugar,
avisando de la presencia de alguno de los monarcas.
—Una reverencia para su alteza, el príncipe Stefan
Denavritz Pantresh.
La multitud hace lo pedido, doblando su cuerpo ante el
heredero y chocando unos con otros debido a la cercanía.
—Pueblo de Mishnock —inicia el príncipe sobre un esce-
nario improvisado—. Gracias a ustedes y a sus puntuales apor-
tes nuestra frontera seguirá segura, los soldados recibirán el
pago que merecen por su heroica función y podremos costear
mejores armas.
Papá llega a mí por la derecha y toma mi punto en la fila,
llenando una bolsa con los tritens correspondientes. Avanzamos
lento, pues todos parecen tener los ojos puestos en el monarca
heredero, y yo no soy la excepción. El príncipe tiene una belleza
indiscutible, pero también una manera tan extraña de dirigirse
a la nación que me cuesta conectarme con su discurso, pues luce
como si hubiese ensayado sus líneas por días y parece más una
estatua parlante que un soberano agradecido con el reino.
—El rey Magnus no se cansará hasta repetir con nosotros
la historia que vivieron nuestros antepasados en la época de
Meridoffe y Bartolomeo, pero ahora no necesitamos un liber-
tador sino unión para vencer la violencia de los lacrontters—

19
declara con la mirada puesta en el horizonte.
—Nombre, señor —pregunta el recaudador. Ni siquiera
había notado que ya estábamos en primera fila.
—Erick Malhore —responde concentrado.
—Ocupación y cantidad total de miembros de su núcleo
familiar —pide sin mirarlo—. Más le vale que no mienta.
Tenemos los registros.
—Perfumista y cinco personas.
—Serían entonces cien tritens.
—¿Disculpe? Son siempre cincuenta tritens. Diez por
persona.
—Los impuestos han subido y para ustedes ahora son
veinte, así que dispóngase a pagar porque la fila es larga.
De mala gana mi padre toma su maletín y lo apoya sobre
la mesa para sacar los cincuenta tritens pedidos y así comple-
tar lo que había entregado. Sabemos bien que nos irá peor si
no cumplimos con lo ordenado. Pasa la bolsa de monedas a
uno de los recaudadores, quien empieza a contarlos con rapi-
dez y asiente al verificar que todo está completo.
—Gracias por contribuir a la guerra —dice el segundo
hombre y le entrega a papá una insignia circular con nuestro
apellido grabado junto a un breve mensaje: “Cumplí con el
pago mis impuestos”, que debe ser exhibido en la puerta de
cada hogar para registrar a quienes obedecimos la norma y
diferenciarnos de los que no.
—Como si tuviese opción —susurra mientras salimos de
la fila.
De repente, escucho una barrida de gritos mientras el
futuro rey continúa su discurso.

20
Mi padre parece ver algo que mi baja estatura no me
permite y en cuestión de segundos corre hasta un grupo de
guardias que llevan a rastras a una mujer.
—Esto es un atropello, ¿por qué le hacen esto? —cues-
tiona indignado.
—No ha pagado sus impuestos y la ley ordena que quien
no lo haga debe ser encarcelado.
—Es una anciana, por favor.
Me escabullo entre la multitud que se ha reunido para
descubrir en el centro del tumulto el rostro de Nahomi, quien
se ha convertido en una amiga cercana a la familia desde hace
algunos años. Vive a unos metros de mi hogar, siempre está
sola y parece que su familia la ha abandonado a su suerte.
Muchos en Palkareth la repudian, pues es una mujer mayor
que no se encuentra del todo cuerda, sin embargo, es la persona
más interesante que conozco. La mayoría del tiempo está diva-
gando por las calles sin rumbo fijo y son los vecinos quienes la
obligan a regresar a su hogar cuando la noche hace su entrada.
—Si desea que sea liberada, debe pagar sus impuestos —
alega el soldado, altivo.
—Son cinco tritens ¿no? —pregunta papá, rebuscando las
últimas monedas en el maletín—. Es una mujer desempleada,
por lo tanto, paga menos.
—Son treinta. Ahora es una infractora, así que su delito
sextuplica sus impuestos.
—Solamente tengo veintiocho tritens. Tuve que tomar
más dinero para completar mis impuestos.
—Son treinta tritens. Si no los tiene le sugiero que no
obstruya el paso.

21
—Papá puedo ir a casa por lo que falta —me ofrezco.
—No, no te dejaré ir sola —dice, poniendo la mano en mi
hombro para luego volverse al soldado—. Nada más restan
dos, déjelo pasar esta vez.
—Son órdenes reales.
—¡Es una anciana! —brama frustrado—. Estoy pagando
por su libertad.
—No le grite a la autoridad —ordena el soldado—¿Acaso
no respeta la ley? Queda usted detenido por irrespeto a la
autoridad.
—¡¿Qué?! —un grito sale de mi garganta—. No pueden
detener a mi padre.
Un par de hombres toman los brazos de papá para guiarlo
hasta el resto de los ciudadanos infractores. Si el desacatar una
orden sextuplica la pena, no quiero pensar en todo lo que
debemos pagar ahora. No creo que contemos con ese dinero.
Papá intenta pasarme su maletín, pero antes de que nues-
tras manos se toquen, me bloquea un guardia que me manda
lejos de la escena. Tropiezo, pero no caigo. Me toma unos
segundos mantener el equilibrio y una vez que lo consigo la
impotencia llena mi ser.
—¿Qué sucede aquí? —una voz firme me detiene en el
momento en que pienso protestar por el maltrato.
Unos ojos azules se cruzan conmigo, mirándome con
detenimiento, confundido. Lo reconozco de inmediato, es el
príncipe.
—Son solo infractores, alteza —explica uno de los hombres.
—Eso no es cierto —me atrevo a decir con un poco de
miedo—. Mi padre no ha hecho nada.

22
—Irrespetó la autoridad.
—Solamente intentaba salvar a una mujer —replico en
voz baja.
—¿Qué mujer? —pregunta el príncipe, mirándome con
detenimiento.
—Nuestra amiga, a quien llevaban como un animal —
defiende mi padre, todavía retenido por los soldados.
—Intentamos pagar —intervengo nuevamente al ver que
el heredero ha mantenido su atención en mí.
—Suéltenlos —ordena de repente, pero sin volverse a
ellos—. A ambos.
Con agilidad, mi padre vuelve a mi lado con la bolsa de
tritens en la mano y en pocos segundos nos acompaña Nahomi,
quien no cesa de agradecer, yo también quisiera hacerlo, aunque
no sé cómo iniciar siquiera. Estoy demasiado intimidada por
la atención recibida de los curiosos que observan la escena en
silencio. Tampoco ayuda la presencia del príncipe y su ince-
sante mirada distante que de alguna manera resulta cálida.
¿Será alguna estrategia para parecer agradable ante sus súbdi-
tos? Suena como una de esas cosas que les enseñan los monarcas.
—Emily, ¿a dónde crees que me llevaban? —inquiere
Nahomi, totalmente desconcertada—. Me gusta vivir en
Palkareth, no quiero que me lleven a otra ciudad.
—No vas a ningún lado, Naho, solo a casa —la tranqui-
lizo, abrazándola.
—Esto le pertenece, alteza —comunica mi padre, pasando
las monedas a sus manos.
—No es necesario que paguen —dice con voz neutra—.
Disculpen las molestias causadas.

23
—No tiene usted que disculparse, alteza.
Levanto la mirada hacia él, quien aparta la vista cuando
nuestros ojos se cruzan.
—Espero estén bien —repone antes de darse la vuelta y
alejarse de nosotros.
Lleva las manos en su espalda y camina con elegancia
hasta perderse en compañía de un grupo de guardias que lo
esperan al otro lado de la plaza. Aunque desaparece de mi
vista, su mirada intensa no y mucho menos el gesto que tuvo
con nosotros. Jamás pensé que dos personas que amo serían
rescatadas de una injusticia por el futuro rey de Mishnock. Al
menos parece que el reino quedará en buenas manos, pues
jamás se ha visto al rey Silas en una acción semejante.
—Fue una mala primera vez —dice Nahomi de repente.
—¿Disculpa? —cuestiono extrañada.
—El príncipe. Fue una mala primera vez para ustedes,
pero no la única.

* * *

Cuando el reloj marca las siete, mi madre golpea la puerta de


mi habitación para informarme que los inversionistas han
llegado a casa. Liz se encuentra detrás de ella, impoluta en un
vestido violeta que resalta el tono caucásico de nuestra piel.
—¿Estás preparada? —pregunta con la sonrisa tierna que
me regala desde que tengo memoria.
Me limito a asentir, aun cuando por dentro estoy muriendo
de nervios de solo pensar que alguno de esos hombres pudiera

24
hacer una propuesta que yo no estoy dispuesta a aceptar.
—Ambas se ven hermosas —adula una vez me uno a ellas
en el pasillo.
Bajamos hacia la primera planta donde la iluminación
hace relucir mi vestido crema, bordado en pequeñas marga-
ritas blancas y hojas verdes. Mia se encuentra en el comedor
junto a mi padre, quien ya conversa con tres hombres. Rodea-
mos la mesa y tomamos lugar frente a ellos e inmediatamente
quedo petrificada. El cabello canoso del primero me hace
creer que puede tener unos cincuenta años, las arrugas en su
piel me demuestran que ha vivido noches largas y días cortos,
la contextura robusta de su cuerpo indica que ha tenido el
dinero suficiente para disfrutar festines, y por la mirada altiva
y mezquina que nos ofrece podría jurar que no compartía esos
bufés con nadie. El segundo es mucho más joven, posible-
mente pase los veinte; tiene piel trigueña, ojos miel y una
postura erguida, cautelosa y vigilante, como si de un militar
se tratara. Dirige su atención hacia cada rincón, como si
quisiera grabarse a detalle el sitio en el que se encuentra.
¿Acaso hemos dejado entrar un hombre de la guardia negra
en nuestra casa? Y finalmente, el tercero, cabello oscuro y
seco, como quien ha pasado mucho tiempo bajo el sol, él es el
único que sonríe y parece estar cómodo en esta reunión,
cuenta con unos ojos esmeralda que, aunque intentan refle-
jar buen humor me resultan bastante escalofriantes.
—Es un placer conocerlas —saluda el último, observán-
dome fijamente mientras su mirada se oscurece.
—Buenas noches —respondo, dirigiendo mi atención a
todos los presentes.

25
—Sin duda es una excelente noche —escucho comentar
al mayor con una sonrisa inquietante—. En verdad espero que
cruzar hasta la frontera enemiga haya valido la pena.
Esta reunión solo tiene un par de opciones: ser un éxito
en el que Liz y yo salgamos sin ninguna propuesta de matri-
monio, pero con una inversión segura para el negocio fami-
liar, o un fracaso para alguna de las dos y que nos veamos
obligadas a unir nuestra vida con el enemigo para así tener su
apoyo económico.
—Ellas son mis hijas, Liz y Emily Malhore —nos
presenta papá.
—¿Liz es una abreviación de Elizabeth? —pregunta el
joven de ojos miel.
—No, de Lizzie —responde. Es evidente que no se siente
cómoda, y no es la única.
—Creo que es mejor que nos presentemos. Soy Cedric.
—Extiende su mano hacia ella—. Él es Percival. —Señala al
mayor de los tres.
—Y a mí me pueden llamar “mercader” —dice el último.
—¿No juzga necesario que conozcamos su nombre si
vamos a hacer negocios? —interviene mi padre.
—Sabrán lo necesario, y mi nombre ahora no urgente.
Mientras mamá nos sirve la cena, noto que la mirada del
mercader recae sobre mí cada medio minuto.
—Entonces debería empezar a explicarnos su propuesta
—dice para desviar su mirada.
—De acuerdo. No está de más decir que soy un impor-
tante hombre de negocios en Lacrontte y he querido ampliar
el horizonte invirtiendo en otras naciones. ¿Y qué mejor que

26
comenzar con la perfumería más famosa del reino de
Mishnock?
—Como familia agradecemos los cumplidos, pero le
pediré que sea más específico.
—Por supuesto. El joven Cedric, quien es su compatriota
nos comentó sobre su fama y creí que con una buena inver-
sión podríamos extender el negocio hasta Lacrontte.
—¿A su rey no le importa tener una perfumería propie-
dad de un plebeyo del reino enemigo?
—Su majestad, Magnus —interviene Percival—, no se
relaciona mucho con el pueblo, solo le interesa que cumpla-
mos con sus leyes y en ninguna se prohíben las alianzas de
negocios con Mishnock. Es más, me atrevería a decir que ni
siquiera lo notará, él jamás sale de su palacio.
—Entonces hablemos de inversiones.
Tomo la cena atenta a cada detalle de la conversación y
casi me atraganto cuando revelan que la cifra es de tres millo-
nes de tritens.
—¿En qué se gastará? —cuestiona mi padre, intrigado por
el número.
—En Lacrontte nos gusta el lujo, así que será necesario,
ustedes obtendrán el treinta por ciento de las ganancias
acumuladas allá y si logramos abrir sucursales aquí, obten-
drán el cuarenta.
—Esperábamos el cincuenta por ciento —refuta mi padre.
—Estoy ofreciéndole más de lo justo. Dentro del resto
debo costear el nuevo sitio, empleados y materiales.
—Creo que es una buena propuesta, Erick —habla mamá.
—Debemos pensarlo como familia.

27
—No deberían tardarse tanto —alega el mercader—. No
imaginan lo difícil que fue venir hasta acá. Los permisos que
se necesitan para salir del reino dado el caos que hay en la
frontera por la guerra se vuelven cada vez más difíciles de
conseguir.
—Lo haremos. No tiene que preocuparse.
—Recuerden que las guerras destruyen la economía, y si
las cosas siguen así, nadie les prestará atención a sus perfu-
mes. En cambio, los grandes acaudalados de Lacrontte no
tendrán problema en gastar dinero en lujos.
— Parece que intenta manipularnos —responde padre,
dispuesto a no ceder bajo presión—. Ya le dije que lo pensa-
remos y les daremos una respuesta pronto.
—Hay algo más —interrumpe Percival, captando la aten-
ción de todos—. El joven Cedric nos dijo que este es un nego-
cio familiar.
Todas las miradas se dirigen al moreno de ojos brillantes,
quien solamente se encoge de hombros.
—Soy su voz en Mishnock —dice con naturalidad—,
debo mantenerlos informados.
—Así que necesitaría que una Malhore se fuese conmigo
a Lacrontte para que me enseñe todos los secretos de la
perfumería.
—Mi esposo puede viajar y enseñarle lo necesario —
contrapone mi madre.
—Parece que no me hecho entender. Requiero a alguien
a mi lado de forma permanente, y creo que la encontré. —Sus
ojos se desvían hacia mi hermana, quien baja la cabeza inti-
midada—. La señorita Liz ha captado mi atención.

28
—Mis hijas no están buscando un compromiso.
—Pues deberían, los enfrentamientos se incrementan y
pronto las familias no podrán mantenerse. Y, bueno, ustedes
tienen tres hijas. En cambio, si Liz está casada con un hombre
generoso como yo, podrá tener una vida privilegiada y apor-
tar a su familia con mi dinero.
—Para eso es el trato, ¿no? —inquiere mi padre—.
La sucursal en Lacrontte nos ayudará a sobrellevar la situa-
ción aquí.
—Necesito que comprenda el trasfondo de la propuesta.
Si no hay compromiso, no habrá negocio. No crea que voy a
dejar mi perfumería e imponer su monopolio solo por dinero.
Necesito un estímulo superior.
—Me pregunto por qué tiene que viajar al reino enemigo
para conseguir esposa. ¿Qué reputación tiene en Lacrontte?
—La mejor, y pienso unirme con su hija para extender mi
patrimonio y renombre.
—No estamos interesados.
—¡Padre! —mi hermana levanta la voz—. Considero que
deberíamos pensarlo. Él tiene razón. La guerra cada día se
vuelve más cruda, yo podría asegurar el futuro para todos.
Estoy dispuesta a hacerlo por mi familia.
—Liz, por favor —sentencia entre dientes, casi como una
súplica para que se detenga—. Me rehúso a que siquiera lo
consideres.
—No lo juzgo, señor Malhore —expresa el joven Cedric—.
Su hija es muy bonita y estoy seguro de que, si el mercader no
tuviese pareja, invitaría a la segunda en línea.
—La señorita Emily es agraciada, pero mi mente en estos

29
momentos se encuentra ocupada con alguien más —repone
el mercader.
—Y entendemos las razones. Su novia es una de las gran-
des bellezas de Lacrontte —prosigue su compañero—. Y ahora
Percival se llevará consigo un encanto de Mishnock.
—Creo que es mejor que demos por terminada esta cena.
—Papá se nota molesto, sin embargo, se esmera mantener la
compostura.
—Podemos irnos sin una respuesta, pero su perfumería
no se podrá mantener sin una buena inversión. El futuro de
su familia está en sus manos.
El mercader es el primero en levantarse del comedor. Ya
ha dejado de lado la expresión amistosa con la que nos quería
convencer al principio y ahora ha adoptado un gesto serio e
irritado. El resto de sus compañeros lo siguen en silencio, es
obvio que están molestos por no haber recibido una respuesta
positiva, sin embargo, no comentan nada y se limitan a cami-
nar hacia la puerta precedidos por papá, quien intenta ocul-
tar el mal humor que lo gobierna.
—No soy un hombre que espera demasiado. Recuérdelo
—avisa el hombre de ojos verdes antes de abandonar la casa.
—Buenas noches —le responde y cierra la puerta cuando
dan la espalda.
Se recuesta en la madera e inhala profundo, tratando de
poner orden a sus emociones. Clava luego la vista en Liz,
quien ya lo mira con impaciencia por hablar.
—Es una gran oportunidad —suelta ella primero.
—No tienes que aceptar nada, no es tu obligación sacar-
nos adelante.

30
—Eso lo tengo claro, pero puedo ayudar y si esa es la única
manera que tengo para hacerlo voy a asumirla. Y con todo
respeto, padre, ya soy una adulta y puedo tomar mis propias
decisiones.
—¡No lo puedo creer, Lizzie Marie Malhore Lanreb! Siem-
pre has sido la más madura de las tres y ¿ahora me sales con
esto? ¿Es que acaso tienes deseos de casarte con tanta urgencia?
—Soy mayor y tampoco tengo prospectos, el único hombre
que conozco es Edmund y no me atrae en lo más mínimo.
Él es su mejor amigo desde que tengo uso de razón y son
inseparables, tanto así que Edmund ha empezado a albergar
sentimientos no propios de una amistad y es algo que ella
nunca ha notado.
—Esto es inaudito. ¿Qué tengo que hacer para que te
saques esa idea de la cabeza?
Las discusiones me incomodan y más si incluyen a miem-
bros de mi familia. Me angustia, pues siento que cada palabra
crea pequeñas grietas en nuestra relación y no puedo hacer
nada para detenerlas.
—Aceptarlo, porque voy a casarme y con eso los ayudaré,
esa es mi decisión. —Se levanta de la mesa, afligida—. Con su
permiso, me retiro a mi habitación.
Se aleja a zancadas, dejándonos a mi padre y a mí estu-
pefactos.
—¡Esto es inverosímil! No termino de concebir que una
cena de negocios haya terminado en una disputa familiar—
discute mi madre—. Que tres hombres hayan acorralado a Liz
de esta manera.
—Mia, Emily —papá se dirige a nosotras—, no es un

31
secreto que con cada ataque la economía del reino tambalea
y se reduce. Incluso subieron los impuestos, pero no por ello
deben verse obligadas a aceptar compromisos por convenien-
cia. Quiero que cuando alguna se case, lo haga enamorada y
no para ayudar a sus padres a salir de algún apuro, ¿enten-
dido? —habla decaído, y mi corazón se vuelve pequeño al
escucharlo—. Ese reino solo trae problemas, caos y discor-
dias, así que quiero que ustedes dos se mantengan alejadas de
cualquier lacrontter.
—Lo prometo —acepto para sanar su agonía—. Ahora
creo que es momento de que yo también me retire.
Camino escaleras arriba para buscar a mi hermana e
intentar persuadirla. Sin importar cuán tenso esté el ambiente,
quiero escucharla, entender lo que siente más allá del
compromiso.
—¿Liz, quieres hablar? —pregunto una vez la alcanzo en
su habitación.
—En realidad no hay mucho que decir. Lo hago por todos
nosotros.
—Pero nadie te está pidiendo que lo hagas.
—De eso se trata el sacrificio. No te preocupes, yo estoy
bien, estoy tranquila. Necesitamos esa inversión para salir
adelante.
—Hay otras formas. No te ciegues únicamente por las
promesas de un hombre que pretende engañarnos con dinero.
—Mily, basta. —Adopta una actitud seria, ruda—. Ya
tomé la decisión.
—De acuerdo. —Decido ceder al notar su terquedad—.
Buenas noches.

32
El camino de vuelta a mi alcoba es triste. Me preocupa la
decisión de Liz, no quiero perderla, no quiero que se vaya al
reino enemigo con un hombre que no ama. Sé que papá se
sentirá culpable toda la vida al ver la desdicha de mi hermana
y yo también. ¿Qué puedo hacer? Quiero ayudar, encontrar
una solución con la que nadie se tenga que entregar a un
lacrontter, con la que nadie deba sacrificarse, pero por más
que me esfuerce nada viene a mi mente.
—Creí que nunca se terminaría la cena. —La voz de Rose
me saca de mis pensamientos cuando cruzo la puerta de
mi cuarto.
A duras penas la distingo en medio de la oscuridad, ilumi-
nada escasamente con la luz de la luna que se filtra por la
ventana a su espalda. Cuando enciende la lámpara de mi mesa
de noche, la veo sentada en mi cama con las piernas cruzadas,
arreglando su cabello en una coleta alta.
—¡Por mis vestidos! No te esperaba aquí —enciendo la
luz general para verla mejor—. ¿Cómo entraste?
—Por el patio. Escalé la pared y luego subí hasta tu
ventana. ¿Cómo supones qué regresaremos? Debes dejarla
abierta para que podamos entrar sin hacer mucho ruido.
—En verdad no me termina de convencer esta hazaña.
—Saldrá todo bien, tampoco es como si fuésemos a matar
a alguien.
—Sí, a matar la confianza que mi padre ha puesto sobre mí.
—Te juro que no se va a enterar —asegura, mientras
camina hacia el espejo para mirarse—. Por cierto, tomé pres-
tados tus pendientes de plata, espero no te moleste. ¿Me veo
bien? ¿Opinas que pueda conquistarlo con esto?

33
—Completamente segura de que no podrá resistirse.
Rose me saca algunos centímetros de estatura, por lo que
el atuendo rosa que ha escogido no le cubre del todo las pier-
nas, sin embargo, abraza a la perfección su figura. Me coloco
a su lado para detallar mi vestido y le sonrío al espejo tal como
ella lo hace, pero esa expresión no se refleja en mis ojos, la
preocupación por la cena no abandona mi cabeza y aunque
trato, no puedo compartir la emoción de mi amiga por la
aventura que se aproxima.
—Si este encuentro resulta bien, le pediré a mi hombre
que te presente un militar —dice, apretando mis hombros con
euforia.
—¿Tu hombre?
—Debo profetizarlo para que se cumpla —explica,
tomando mis pendientes de plata del tocador sin mi autori-
zación—. Además, nunca has tenido un novio y ya tienes
dieciocho.
—No estoy interesada.
—Revisa la lista, Emily —pide, refiriéndose al listado de
los solteros—. Puede que haya uno que llame tu atención…
que no sea el príncipe. Ahí ya no tendrás posibilidad, a menos
que ocurra un milagro y aquí en Mishnock hasta el momento
no ha pasado ninguno.

34
El perfume
del rey
De
Karine Bernal Lobo

En librerías
en abril de 2023

También podría gustarte