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Emiliocabrera

El documento describe la familia y carrera del Maestre de Alcántara Gutierre de Sotomayor. Su tío Juan de Sotomayor fue una figura clave en la Orden de Alcántara y facilitó el ingreso de Gutierre. Juan fue Maestre de 1408 a 1432 y apoyó a los Infantes de Aragón, mientras que Gutierre se alió con Álvaro de Luna. El documento también discute la fecha y lugar de nacimiento de Gutierre, así como sus descendientes y la creación del título

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El documento describe la familia y carrera del Maestre de Alcántara Gutierre de Sotomayor. Su tío Juan de Sotomayor fue una figura clave en la Orden de Alcántara y facilitó el ingreso de Gutierre. Juan fue Maestre de 1408 a 1432 y apoyó a los Infantes de Aragón, mientras que Gutierre se alió con Álvaro de Luna. El documento también discute la fecha y lugar de nacimiento de Gutierre, así como sus descendientes y la creación del título

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PUEBLA DE ALCOCER Y EL MAESTRE DE

ALCÁNTARA GUTIERRE DE SOTOMAYOR

D. Emilio Cabrera Muñoz


Catedrático emérito de Historia Medieval.
Universidad de Córdoba.
ACTAS DE LOS VIII ENCUENTROS DE ESTUDIOS COMARCALES
VEGAS ALTAS, LA SERENA y LA SIBERIA

Puebla de Alcocer, 17 y 18 de abril de 2015


Páginas 9-20
ISBN: 978-84-608-5419-7
Puebla de Alcocer y el Maestre de Alcántara Gutierre de Sotomayor 11
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La familia del maestre don Gutierre procedía de Raudona, un pueblo situado


en las cercanías de Medinaceli. Su madre fue Catalina de Sotomayor y de ella
tomó el apellido el futuro maestre. El padre se llamó Gil García de Raudona y,
cuando quedó viudo, ingresó en la orden de Alcántara y fue comendador de Pie-
drabuena. No obstante, la persona clave de la familia, a comienzos del siglo XV,
fue Juan de Sotomayor, hermano de Catalina y tío, por tanto, de don Gutierre.
Ingresó en la Orden de Alcántara a comienzos del siglo XV. Es muy importante
destacar que, antes de su ingreso en la Orden militar, Juan de Sotomayor había
sido maestresala de Fernando de Antequera y, por tanto, formó parte de sus ser-
vidores ya antes del acceso de este último al trono aragonés. Por tanto, la coope-
ración de Juan de Sotomayor con el rey de Aragón y, por consiguiente, con sus
hijos, los infantes de Aragón, fue total y definitiva desde entonces.
La carrera política de Juan de Sotomayor en la Orden militar es perfectamen-
te conocida. Se incorporó a ella con motivo del acceso al maestrazgo de Sancho,
hijo de Fernando de Antequera, en 1408. Sancho tenía entonces ocho años pues
había nacido en el año 1400. Juan de Sotomayor fue, en primer lugar, comenda-
dor de Valencia de Alcántara y allí pasó su infancia don Gutierre y donde murió
y fue enterrada Catalina, su madre, en la iglesia de Santa María de Rocamador.
Posteriormente, Juan de Sotomayor accedió al puesto de Comendador mayor
de la Orden militar y, ejerció esa dignidad junto con la de gobernador durante el
maestrazgo del infante don Sancho, dada la extraordinaria juventud de su maes-
tre. A la muerte de este último, en 1416, Juan de Sotomayor accedió al maes-
trazgo y ejerció esa dignidad desde entonces hasta 1432.
El protagonismo que Juan de Sotomayor tuvo en la orden militar explica el
ingreso en ella de su sobrino, don Gutierre, así como de otros miembros de su
familia. El nepotismo estaba muy arraigado entonces. Su sobrino y sucesor, Gu-
tierre de Sotomayor, lo practicó también ampliamente. Pero entre uno y otro
había una diferencia esencial. Juan de Sotomayor se lo debía todo a la familia
del rey aragonés y, a la muerte de este último, en 1416, no podía por menos de
defender la actuación política de los Infantes de Aragón, sus hijos, en la multitud
de problemas que ellos crearon en el reino de Castilla. Su sobrino se decantó, en
1432, por el sector político encabezado por Álvaro de Luna.
Adelantándonos en el tiempo y considerando lo que debía suceder más tarde,
cabría decir que, de esa fidelidad a los Trastámaras de Aragón, y también de su
propia inseguridad e indecisión, derivaron todos sus problemas. En cambio, Gu-
tierre de Sotomayor, su sobrino, fue consciente, en momento oportuno, de los
errores de su tío el Maestre y se sumó a la opción política encabezada por Álvaro
de Luna, que se caracterizó siempre por la defensa a ultranza de la autoridad del
rey, aunque fuera el propio Álvaro de Luna quien ejerciera, en la práctica, esa
autoridad.
12 Emilio Cabrera Muñoz
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En una página de la Wikipedia, no muy bien documentada, se afirma que Gu-


tierre de Sotomayor había nacido en Puebla de Alcocer en el año 1400. No co-
nozco los fundamentos que puede haber para poder asegurar tal cosa. Es posible
que así fuera pero no sabemos ni el lugar ni el año de nacimiento de don Gutie-
rre. Miguel Muñoz de Pedro, Conde de Canilleros, en el capítulo dedicado al
Maestre en uno de sus libros, proponía el año 1400 como fecha de su nacimiento
pero sin atribuir garantías a la fuente de información de la que había obtenido
ese dato. En todo caso, sí es evidente que Puebla de Alcocer fue el lugar preferi-
do de todos sus futuros señoríos. Si no lo supiéramos por otras razones, ya es
una prueba concluyente que dispusiera su enterramiento en La Puebla, en la igle-
sia de Santiago, donde estuvieron sus restos desde 1453, el año de su muerte,
hasta 1481 en que fueron trasladados a Belalcázar, al convento de Santa Clara,
donde reposan otros miembros de su familia. Conocemos, en cambio, con relati-
va seguridad, la fecha de su muerte. Dictó su testamento el día 12 de octubre de
1453 y murió en la segunda quincena de ese mismo mes. En el epitafio fúnebre,
redactado en latín, que escribió el IV Conde de Belalcázar, Francisco I de So-
tomayor (1518 1544), para que figurara en el monumento funerario del maestre,
que debía erigirse en el monasterio de Santa Clara de Belalcázar, el cual nunca
se llegó a construir, se dice que murió en paz, gravis aetate, es decir, agotado
por la edad, lo cual no nos permite conocer la que tenía en el momento de su
fallecimiento.
Aunque a través de la documentación escrita podemos deducir bastante bien
el carácter del maestre, no sabemos, en cambio, cuál era su aspecto físico.
Fernán Pérez de Guzmán, en su obra Generaciones y semblanzas, describió con
detalle a muchos de sus contemporáneos; pero no se dignó hacer lo mismo con
nuestro personaje. Sabemos, por testimonios fiables, que no sintió la menor sim-
patía por él y sí, en cambio, por sus peores enemigos, los infantes de Aragón.
En el verano de 1978, tuve la oportunidad de examinar los restos mortales de
algunos miembros de la familia Sotomayor y, entre ellos, los del Maestre de
Alcántara, los de su hijo Alfonso I de Sotomayor y los de una hija de este último
llamada Elvira; también los de la propia doña Elvira de Stúñiga, madre de esa
niña y nuera del maestre, así como los de otros de sus hijos: Gutierre II de Soto-
mayor (futuro Fray Juan de La Puebla) los de su hermano y sucesor Gutierre III
y los de Alfonso, el menor de los varones. Me referiré más adelante a la cuestión
relativa al examen de los restos mortales de esos miembros de la familia Soto-
mayor y particularmente a los del maestre. Pero creo que es importante aclarar
algunas cuestiones referentes a las personas que acabo de citar, sobre las cuales
se han extendido errores relativos a sus nombres y a la dignidad que ostentaron
como señores de vasallos.
El primero de ellos se refiere a Fray Juan de La Puebla, cuyo verdadero nom-
bre fue el de Gutierre, como su abuelo paterno, el maestre. Fue Gutierre II de
Sotomayor (1464 1474). Sobre ese tema se ha propagado mucha información
Puebla de Alcocer y el Maestre de Alcántara Gutierre de Sotomayor 13
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errónea que es necesario corregir. Cuando tenía 21 años, Gutierre II renunció al


condado en favor de su hermano Álvaro al cual le impuso la obligación de
adoptar, en lo sucesivo, el nombre de Gutierre, para dejar bien claro que sus se-
ñoríos provenían de Gutierre de Sotomayor, su abuelo paterno, y no de Álvaro
de Stúñiga, su abuelo materno. El orgullo del linaje estaba muy desarrollado en-
tonces. Como consecuencia de la condición estipulada en ese traspaso, el nuevo
conde fue Gutierre III de Sotomayor (1474-1484), II Conde de Belalcázar. Tenía
entonces o iba a cumplir 12 años.
Al entrar como jerónimo en el monasterio de Guadalupe, Gutierre II de So-
tomayor adoptó el nombre de Fray Juan de La Puebla, de lo cual deriva la confu-
sión, muy extendida, de asignarle, como nombre previo, el de Juan de Sotoma-
yor o, incluso, el de Juan Gutierre de Sotomayor, lo cual es un disparate. Parece
innecesario aclarar el problema porque es bien conocida la costumbre, muy ex-
tendida entre quienes ingresan en una orden religiosa, de cambiar su propio
nombre por otro diferente, como nombre de religión, que es el único que usan a
partir de ese momento. Lo hizo adoptando uno nuevo que incluía el de Puebla de
Alcocer, donde había nacido en el mes de mayo de 1453. Lo mismo haría, años
más tarde, su sobrino, Alfonso II de Sotomayor (1484-1518), III Conde de Be-
lalcázar, el cual, cuando se incorporó a la Orden de San Francisco, adoptó el de
Fray Alfonso de la Cruz, aunque en este caso mantuvo su nombre de pila pero
prescindió de su apellido. Resulta sorprendente que ese error figure en numero-
sas obras que tratan este asunto y, entre ellas, en la Crónica de la Orden de
Alcántara de Alonso Torres y Tapia, teniendo en cuenta que su autor era un
eclesiástico y capellán de honor de Felipe IV.
Existe también otra confusión muy difundida referente a la creación del título
condal de Belalcázar y a la persona que lo ostentó por primera vez. Con frecuen-
cia se afirma, sin fundamento, que el primer conde de Belalcázar fue Alfonso I
de Sotomayor (1453-1464), hijo del Maestre y padre de Fray Juan de La Puebla.
Es frecuente encontrar ese dato erróneo en la obra de los genealogistas antiguos,
como Pellicer y Garibay, y también en algunos de los más recientes; incluso al-
gunos cronistas del siglo XV incurren en él, llamando “condesa de Belalcázar” a
Elvira de Stúñiga. Pero ni ella ni su marido ostentaron nunca ese título y es muy
fácil demostrarlo examinando la documentación de la propia familia Sotomayor,
desconocida para ellos. Relacionado con lo anterior está la frecuente confusión
relativa al propio nombre de Belalcázar. Incluso los propios cronistas, sobre todo
a finales del siglo XV, utilizan con frecuencia el término Benalcázar en lugar de
Belalcázar, que es el nuevo nombre que adoptó la villa de Gahete en 1466, jus-
tamente en el momento en que se creó el título condal. Seguramente se trata de
una confusión, o una imitación de los topónimos de origen árabe que se inician
con el prefijo Ben, frecuentes en otros muchos topónimos. Alonso Torres y Ta-
pia ofrece una versión un tanto ingenua sobre el origen del nombre Belalcázar
atribuyéndolo a una supuesta frase pronunciada por la reina Isabel cuando acce-
dió a la fortaleza con motivo de alguno de sus viajes al sur del reino de Castilla.
14 Emilio Cabrera Muñoz
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En realidad, el nuevo nombre de Belalcázar existía ya en 1466. Fue en ese año


cuando se creó el condado y, por tanto, muchos años antes de que Isabel acce-
diera al trono de Castilla.
El paréntesis dedicado a deshacer algunos errores que se refieren a la familia
Sotomayor se ha hecho para facilitar la identificación de los miembros de la fa-
milia señorial al tratar el tema referente a los restos mortales del maestre Gutie-
rre de Sotomayor y de sus descendientes conservados en el monasterio de Santa
Clara de Belalcázar. Es importante aclarar que esos restos han permanecido,
desde mediados del siglo XVI, en bolsas de tela custodiadas por las monjas de la
comunidad de clarisas. Se exhumaron entonces del lugar donde habían estado
enterrados y se introdujeron en ellas con la esperanza de poder depositarlos en
los respectivos monumentos funerarios que diseñó Hernán Ruiz por indicación
del IV Conde de Belalcázar, Francisco I de Sotomayor poco antes de su muerte,
la cual se produjo en 1544. Pero dejó tal cantidad de deudas, que su esposa, Te-
resa de Zúñiga, duquesa de Béjar, se negó a efectuar las obras proyectadas. Co-
mo consecuencia de esa rotunda decisión de la duquesa, motivada también, en
gran parte, por el mal entendimiento que hubo entre ella y su marido (según
consta en testimonios claros y rotundos) tales restos se conservaron, de la forma
ya aludida, durante siglos, sin volver a ser enterrados, en una especie de armario
cercano al claustro del monasterio de Santa Clara de la Columna. Esa curiosa
circunstancia fue la que me permitió acceder a ellos para su estudio, después de
obtener el correspondiente permiso en el obispado de Córdoba. No hace muchos
años, las monjas de Santa Clara decidieron depositarlos en varias urnas reunidas
en la capilla del monasterio. En el estudio de esos restos, que se realizó, como he
indicado, en 1978 y en alguno de los años siguientes (por tanto muchos años
antes de su traslado a la citada capilla) conté con la ayuda inestimable del Dr.
Rafael Yun.
Es fácil imaginar la sensación que experimenta un investigador al enfrentar-
se con los restos mortales de personas cuya vida ha estado estudiando durante
varios años. Conocía, desde mucho tiempo antes, un precedente relativo al estu-
dio de los restos de Enrique IV y la reina María, su madre, que hizo el Dr. Gre-
gorio Marañón y publicó en un libro de apasionante lectura. La primera sesión la
dedicamos a examinar los restos de Gutierre III de Sotomayor, muerto en 1484,
como ya se ha indicado, en Casarabonela. Algunos detalles que nos proporciona-
ron sobre ellos las monjas de Santa Clara nos parecieron incorrectos, lo cual
exigía estudiarlos minuciosamente para confirmar la identidad de la persona a
quien pertenecían los que se encontraban en la bolsa, que eran, en efecto, salvo
el cráneo –fue esto último lo que nos indujo a iniciar el estudio con los restos de
Gutierre III– los de una persona cuyas características físicas concordaban con los
datos de los que podíamos disponer referentes al segundo conde de Belalcázar
basados en la documentación escrita. Eran, en efecto, los de un varón joven del
que se conservaba el resto de la osamenta, sin relación alguna con el cráneo con-
tenido en la bolsa tanto por sus dimensiones como por el color y por los datos
Puebla de Alcocer y el Maestre de Alcántara Gutierre de Sotomayor 15
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que proporciona la observación de los alvéolos correspondientes al maxilar su-


perior del cráneo. La mandíbula conservada no perteneciente a él ofrecía una
dentadura perfecta salvo uno de los molares de la parte derecha del maxilar, que
presentaba signos de caries. La bolsa contenía dientes sueltos que encajaban a la
perfección en la mandíbula pero no en el cráneo. Este último pertenecía a una
mujer de mucha edad. Probablemente su presencia en esa bolsa fue la conse-
cuencia de una costumbre que practicaban algunas religiosas de tener a la vista,
en su celda, un cráneo como clara y permanente alusión a las postrimerías. Se
supone que, al reintegrarlo a su lugar de origen, lo introdujeron en una bolsa
equivocada.
La siguiente sesión de trabajo la dedicamos al examen de los restos conteni-
dos en una bolsa donde se guardaban, mezclados, los del maestre don Gutierre,
los de su hijo Alfonso I de Sotomayor y los de una niña pequeña, hija de este
último, llamada Elvira, como su madre. De esa niña no teníamos ninguna refe-
rencia salvo la contenida en un documento a través del cual conocemos el trasla-
do de sus propios restos, junto con los de su padre, Alfonso de Sotomayor, y su
abuelo, el maestre don Gutierre, desde la iglesia de Santiago de Puebla de Alco-
cer hasta el monasterio de Santa Clara de Belalcázar, el cual se realizó el jueves
15 de marzo de 1481. Esa es la razón por la cual los restos de las tres personas
estaban mezclados en la misma bolsa. La niña murió cuando era muy pequeña,
probablemente de unos meses o de un año, como mucho, aunque todos los indi-
cios descartaban la posibilidad de que llegara a alcanzar esta última edad.
No fue difícil la identificación de los restos conservados en la bolsa. Evidente-
mente, los de la niña no ofrecían ningún problema. Los de los dos adultos también
eran fácilmente reconocibles por el color de la osamenta, por el grado de calcifica-
ción de los huesos y, sobre todo, a través del examen de los maxilares, observando
el grado de desgaste de las piezas dentarias. Facilitó mucho el trabajo la conside-
rable diferencia de edad entre Gutierre de Sotomayor y su hijo porque este último,
Alfonso de Sotomayor, murió joven, con 28 años. Por su parte, la longitud de los
fémures y, en general, de los huesos largos nos permitía calcular la estatura. Hay
una proporción bien conocida entre la longitud de los huesos largos y la talla de
una persona. Usando ese recurso llegamos a la conclusión de que el maestre de
Alcántara tenía una estatura de 1,70m. a 1,75m. Merece la pena consignar que,
junto a los huesos, apareció un trozo de tejido basto, de color verde azulado, que
se corresponde con el hábito de los miembros de la Orden de Alcántara.
Gutierre de Sotomayor murió de una enfermedad desconocida que él mismo,
en su testamento, reconocía padecer en el momento de dictar sus últimas volun-
tades. Fue, casi con toda seguridad, una enfermedad relativamente reciente por-
que pocas semanas antes había llevado a cabo una actuación militar (el cerco de
la villa de Belvís) difícilmente compatible con una dolencia grave y antigua. La
lectura del testamento refleja un perfecto estado del enfermo desde el punto de
vista mental. Llama la atención la cantidad de personas que cita por su nombre,
16 Emilio Cabrera Muñoz
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añadiendo datos y circunstancias muy concretas al hacer sus mandas testamenta-


rias, a las que se refiere con un detalle digno de admiración.
Si aceptamos, en pura hipótesis, que nació en 1400, murió cuando tenía 53
años cumplidos o por cumplir. En todo caso, cabría afirmar, como propuesta más
segura, que su edad estaba comprendida entre los 50 y los 60 años. Nos sirve de
referencia el hecho de haber pasado su niñez en Valencia de Alcántara en la época
en la que su tío, Juan de Sotomayor estuvo al frente de esa encomienda de la orden
militar, en torno a 1408. Era un niño, por tanto, en los primeros años del siglo XV.
Un detalle importante que explica su estrecha relación con Puebla de Alcocer
guarda relación con la encomienda de Lares. Francisco Rades y Andrada, que
escribe su Crónica de Alcántara a finales del siglo XVI, afirma que don Gutierre
fue comendador de Lares durante el maestrazgo del infante don Sancho, es decir,
entre 1408 y 1416, lo cual parece poco razonable porque equivaldría a admitir
que ostentó ese cargo siendo un niño, si aceptamos la idea de que debió de nacer
en torno al año 1400 o algunos años antes, lo cual, en todo caso, es imposible
demostrarlo. Por su parte, Alonso Torres y Tapia, en su Crónica de la Orden de
Alcántara, escrita en el siglo XVII y mejor documentada, niega esa posibilidad
alegando que, en los años del maestrazgo del infante don Sancho, el comendador
de Lares fue Fernando de Agudelo. En cambio, un hermano de don Gutierre,
llamado Juan de Sotomayor, más joven que él, sí estuvo al frente de la enco-
mienda de Lares, años más tarde, y lo fue hasta su muerte, en 1435, en una des-
graciada operación militar en la frontera, dirigida por el propio don Gutierre,
que, en ese momento y desde hacía tres años, era ya maestre de Alcántara. Juan
de Sotomayor, hermano de don Gutierre, no fue el único miembro de su familia
en ostentar el cargo de Comendador de Lares. Lo fue también Gonzalo de Rau-
dona, primo de don Gutierre y persona de su más absoluta confianza desde
siempre. Era, literalmente, el brazo derecho del maestre. Todo ello explica, sin
necesidad de recurrir a otros argumentos, el vínculo de Gutierre de Sotomayor
con la encomienda de Lares y, por consiguiente, con el territorio donde está si-
tuada Puebla de Alcocer.
Antes de conseguir el maestrazgo, don Gutierre ostentó, sucesivamente, los
cargos de Clavero y de Comendador mayor, los cuales son, junto con el de Ma-
estre, los más importantes de una orden militar. Era ya comendador mayor cuan-
do tuvo lugar su primera intervención de importancia frente a la facción política
de los Infantes de Aragón, en estado de rebeldía contra Juan II. Consistió en
apresar al infante don Pedro, en el verano de 1432, hecho del cual derivó su
nombramiento como maestre de la Orden de Alcántara tras la destitución de su
tío, Juan de Sotomayor quien, por las razones a las que me he referido con ante-
rioridad, siempre formó parte del sector nobiliario asociado a los Infantes de
Aragón. Gutierre de Sotomayor fue maestre de Alcántara durante 21 años, desde
1432 hasta su muerte, en 1453. Su actividad a lo largo de ellos fue muy intensa
desde el punto de vista político, sin olvidar su actuación militar. Por otra parte
Puebla de Alcocer y el Maestre de Alcántara Gutierre de Sotomayor 17
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realizó una importante labor en la organización de la Orden de Alcántara y supo


escoger muy bien a las personas que colocó al frente de las diferentes encomien-
das, entre ellas miembros de su propia familia, como era habitual entonces. Su
testamento revela el profundo conocimiento que tenía de Extremadura y no so-
lamente del espacio gobernado a través de las instituciones propias de la orden
de Alcántara. Lo pone de manifiesto su participación en muy diversos ámbitos
geográficos de la región y también la selección de sus colaboradores y criados,
de muy diferente procedencia, pero procedentes de ella.
Todo lo que sabemos sobre el Maestre pone de manifiesto que se trataba de
una persona inteligente, que sabía muy bien lo que le convenía hacer para lograr
plenamente sus propósitos empleando todo el esfuerzo necesario para lograrlos.
Del estudio de su actividad se deduce que era muy previsor y sabía programar
con antelación lo que le convenía hacer. Queda constancia de esa forma de ac-
tuar en multitud de ocasiones, entre ellas, por ejemplo, cuando tuvo lugar la de-
tención del infante don Pedro, en 1432, y no permitió la actuación de nadie más
que él en la custodia del prisionero, con el fin de ser y de aparecer como el único
protagonista de su detención lo cual era la verdad y, en consecuencia, a quien le
correspondía recibir, como recompensa, la consiguiente merced del rey, que no
dudó en promoverlo entonces a la dignidad de maestre de la Orden de Alcántara.
Lo mismo cabe decir en relación con la obtención de los que fueron sus futuros
señoríos. La situación geográfica de ellos, en íntima conexión con el ámbito te-
rritorial dominado por las encomiendas de la Orden de Alcántara explica, por sí
sola, hasta qué punto supo solicitar y obtener de Juan II las villas de Puebla de
Alcocer, Gahete (Belalcázar) e Hinojosa utilizando, en favor propio, con habili-
dad y sutileza, la indignación de Juan II contra las ciudades de Toledo y de
Córdoba, que lo habían humillado al aceptar la autoridad sobre ellas del infante
don Enrique de Aragón.
En relación con su carácter es necesario aludir a un importante detalle de su
vida personal que compartió con Pedro el Cruel. Con la referencia a este rey de
Castilla no hago alusión ahora a la crueldad del rey ni tampoco al hecho de haber
estado enterrados ambos, el Rey y el Maestre, en la iglesia de Santiago de Pue-
bla de Alcocer, aunque con un siglo de diferencia, porque no coincidió en el
tiempo la presencia en ella de sus respectivos restos mortales. El cronista Pedro
López de Ayala al describir el carácter del rey don Pedro, declaraba en su cróni-
ca que el rey "Amó mucho mujeres". Y lo mismo podría decirse de Gutierre de
Sotomayor, aunque, en el caso del Maestre, el hecho resulta especialmente signi-
ficativo porque, como "caballero reglar profeso" de la Orden de Alcántara, esta-
ba sujeto a los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Esta última la debía
al papa y la ejerció muy bien. De hecho, consiguió de Nicolás V (1447-1455)
todo lo que le propuso. En cambio, las otras dos virtudes no las practicó mucho:
tuvo 15 hijos o, al menos, ese es el número de los que reconoce en su testamen-
to. Y en cuanto al voto de pobreza, Miguel Muñoz de San Pedro, en el capítulo
que dedicó a la vida del Maestre en uno de sus libros, afirmaba que fue la perso-
18 Emilio Cabrera Muñoz
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na más rica y poderosa que ha existido nunca en Extremadura. Es un poco difícil


sostener y demostrar una teoría semejante pero seguramente no estaba muy lejos
de la realidad. Las rentas que producía la Mesa maestral de Alcántara, al igual
que también sucedía en las órdenes de Calatrava o de Santiago, convertían a sus
respectivos maestres en algunas de las personas de mayor nivel económico del
reino; y en el caso de Gutierre de Sotomayor hay que añadir a ellas las derivadas
de sus señoríos, que se encontraban, como ya he subrayado, en íntima compene-
tración geográfica con las encomiendas de la Orden militar. No conozco otro
caso en que el maestre de una orden militar pudiera estar al frente de una red de
encomiendas tan íntimamente ligadas, en un todo compacto, con sus propios
señoríos personales.
La concesión de los señoríos de Puebla de Alcocer, de Gahete (la futura Be-
lalcázar) y de Hinojosa, por parte de Juan II, no fue una elección hecha al azar.
Fue consecuencia de un diseño promovido por el propio maestre, que Juan II
aceptó gustoso para favorecer a uno de sus súbditos que más fielmente habían
servido su causa en muchas ocasiones pero, sobre todo en dos momentos clave
del reinado. El primero y principal de ellos fue la defensa de Sevilla, que tenía
cercada el infante don Enrique de Aragón, y la liberación de Córdoba y otras
ciudades de Andalucía, que se habían adherido al sector del Infante, poniendo en
peligro la unidad del reino. Fue esa operación militar realizada por el maestre la
que determinó la creación del señorío de Gahete (la actual Belalcázar), Hinojosa
y Puebla de Alcocer, por ese orden. Las dos primeras le fueron otorgadas, en
concepto de señorío, el día 6 de noviembre de 1444; la de Puebla de Alcocer la
concedió el rey a don Gutierre el día 7 de abril de 1445, un mes antes del enfren-
tamiento militar en Olmedo, que tuvo lugar el día 19 de mayo, y fue el segundo
hecho de armas en el cual la participación de Gutierre de Sotomayor y sus tropas
fue absolutamente decisiva. Pero la actuación del maestre en esa acción militar
no fue, en realidad, la causa del nacimiento de los señoríos citados. Juan II ex-
plica muy bien esto último, precisamente en el documento de concesión al maes-
tre Puebla de Alcocer y su territorio.
La batalla de Olmedo fue, en realidad, el último episodio de los Infantes de
Aragón en el reino de Castilla. Pero no terminaron entonces los problemas cau-
sados por las ambiciones de la nobleza castellana. Jorge Manrique lo expresaba
muy bien en los versos que escribió con motivo de la muerte de su padre. Fue el
mejor cronista, en verso, que se pueda imaginar. Y no sólo se refirió, con gran
conocimiento de causa, a la época de Juan II y a los infantes de Aragón sino
también a quienes convirtieron el reinado de su sucesor, Enrique IV, en un ver-
dadero laberinto desde el punto de vista político. Pero esos sucesos ya no los
conoció el maestre don Gutierre. Los vivieron y los padecieron sus sucesores,
sobre todo Alfonso I de Sotomayor, su viuda, Elvira de Stúñiga, y el mayor de
los hijos varones de ambos, Gutierre II de Sotomayor, futuro Fray Juan de La
Puebla, que renunció a sus señoríos el 22 de junio de 1474, medio año antes de
la muerte de Enrique IV de Castilla. Una guerra civil iniciada entonces permitió
Puebla de Alcocer y el Maestre de Alcántara Gutierre de Sotomayor 19
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a la familia Sotomayor integrarse tempranamente en el grupo nobiliario que


apoyó a Fernando e Isabel por decisión muy acertada de Elvira de Stúñiga, lo
cual atrajo el favor de los reyes a la familia Sotomayor. Y la boda de Gutierre III
con Teresa Enríquez permitió al joven conde emparentar con la familia del rey
Fernando, aunque su temprana y heroica muerte, en la Guerra de Granada,
frustró una carrera política presumiblemente brillante. Pero todo ello rebasa ya el
ámbito cronológico asignado a este trabajo.

FUENTES Y BIBLIOGRAFIA

Crónicas

CARRILLO DE HUETE, P., Crónica del Halconero de Juan II. Ed. De Juan de
M. Carriazo, Madrid, 1946.
Crónica de Juan II, Biblioteca de Autores Españoles, vol. LXVIII, Madrid,
1953, pp. 259-695.
Cuarta Crónica General. CODOIN, vol. CV.
LÓPEZ DE ZUAZO Y ALGAR, J.M.; Martín Nieto, D.A. y Miranda Díaz, B.,
Estudio crítico de la edición y continuación de la Crónica de la Orden de
Alcántara. Mérida, MMXIV.
RADES Y ANDRADA, F. de, Chrónica de las tres Ordenes y Cauallerías de
Santiago, Calatraua y Alcántara.... Toledo, 1572. Reedición de El Albir,
S.A. Barcelona, 1980.
TORRES Y TAPIA, A., Crónica de la Orden de Alcántara, vol. II

Bibliografía

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