Apólogo
Emilia Pardo Bazán
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Texto núm. 5274
Título: Apólogo
Autor: Emilia Pardo Bazán
Etiquetas: Cuento
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 27 de octubre de 2020
Fecha de modificación: 27 de octubre de 2020
Edita [Link]
Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
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Apólogo
Habíase enamorado Vicente de Laura oyéndola cantar una opereta en que
desempeñaba, con donaire delicioso, un papel entre cómico y patético. La
natural hermosura de la cantante parecía mayor realzada por atavío
caprichoso y original, al reflejo de las candilejas, que jugueteaban en la
tostada venturina de sus ondeantes y sueltos cabellos, flotantes hasta más
abajo de la rodilla. Hallábase Laura en estos primeros años felices de la
profesión en que un nombre, después de hacerse conocido, llega a ser
célebre; esos años en que la chispita de luz se convierte en astro, y los
homenajes, las contratas, los ramilletes, las joyas, los retratos en
publicaciones ilustradas, los artículos elogiosos caldeados por el
entusiasmo, llueven sobre la artista lírica, halagando su vanidad, exaltando
su amor propio y haciéndola soñar con la gloria. ¿Por qué entre el
enjambre de adoradores que zumbaban a su alrededor Laura distinguió a
Vicente, escogió a Vicente, oficial que no poseía más que su espada y un
apellido, eso sí, muy ilustre: el sonoro apellido hispanoárabe de Alcántara
Zegrí?
Lo cierto es que la elección de Laura fue muy perjudicial a su tranquilidad y
dicha. Vicente Zegrí, como le llamaban sus amigos, por atavismo y
tradiciones de raza, llevaba en la sangre el virus corrosivo de los celos; y si
esta enfermedad moral hace estragos dondequiera que aparece, no
pueden calcularse sus consecuencias en hombre que ama a mujer de
profesión artística, cuyas gracias, en cierto modo, tiene derecho el público
a usufructuar. Antes anduvo Vicente rabioso que gozoso; tragó la hiel
cuando aún no gustara la miel, y nunca recibió el divino premio de los
halagos de la amada sin que se lo amargasen con amargor de muerte
negras sospechas, infames imaginaciones y desesperados recelos. Tanto
pudo con él esta fatiga y desazón celosa, que un día o, para no faltar a la
verdad, una noche en que a la salida del teatro había acompañado a Laura
—ya no acertó a reprimirse, y abrió su corazón, mostrando lo profundo de
la llaga.
—Mi sufrimiento es tal —declaró, estrujando las manos de su amiga, en
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aquel momento heladas de terror—, que necesito echar por la calle de en
medio, realizar una acción decisiva; a seguir así me volvería loco, haga lo
que haga, quiero hacerlo estando cuerdo, poseyendo la conciencia de mis
actos. Cuando te aplauden, siento impulsos de prender fuego al teatro—
cuando se te llena de necios y de osados el camerino, se me ocurre sacar
la espada y entrar pegando tajos a diestro y siniestro. La tentación es tan
fuerte, que por no ceder a ella, suelo marcharme a mi casa; pero como me
conozco y sé que tarde o temprano cedería, prefiero consultarte,
confesarme contigo, a ver si entre los dos discurrimos modo de salvarnos.
Laura miraba fijamente al oficial, notando con profundo estremecimiento el
brillo siniestro de sus pupilas, el temblor involuntario de sus labios,
cárdenos, lo fruncido de sus cejas, la crispación de sus dedos, la
alteración de su voz y con dulce sonrisa y acento que chorreaba ternura, le
preguntó, entre un intento de caricia que rehuyó el celoso:
—¿Y qué has pensado hacer, Vicente mío? Ya que discutimos
amigablemente, dímelo sin reparo y te contestaré con franqueza.
—¡He pensado que nos casemos, que seas mi esposa! —declaró Zegrí.
—¿Y que yo… renuncie al arte?
—¡Pues si no renunciases, bonito negocio! —exclamó el enamorado con
exaltada vehemencia—. Te habrás figurado otra cosa, ¿eh? Desde el
momento en que Vicente Zegrí se llame tu marido, a tu marido
pertenecerás, y él solo él podrá contemplar tus hechizos, oír tu canto y ver
desatada esta cabellera —al hablar así agarró la profusa mata de pelo,
sacudiéndola con furor apasionado.
Púsose Laura más blanca que los encajes de su bata de seda; el tirón
había dolido; pero ni la sonrisa se apartó de sus labios ni un punto cambió
la lánguida y acariciadora expresión de sus ojos. Dirigiéndose a Vicente
con reposo y dulzura, le interrogó:
—¿Me permites que te cuente un cuento oriental? Me lo refirieron allá en
Rusia, donde he cantado hace dos inviernos, donde tienen muchas ganas
de que vuelva una temporadita.
Pasándose la mano por la frente, como para espantar una pesadilla,
Vicente hizo con la cabeza señal de que estaba dispuesto a oír.
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—Parece —empezó Laura— que hubo en Rusia, no sé en qué siglo, un
rey muy malo y feroz, a quien le pusieron por sus desafueros y tiranías el
sobrenombre de Iván el Terrible. Aunque con Dios no debía de estar muy
a bien, el caso es que se le ocurrió construir una catedral magnífica,
dedicada a un santo, que allí la llaman Vassili Blagennoi, lo cual significa el
Bienaventurado Basilio.
—¿Y qué tiene que ver… ? —murmuró Vicente, no sin impaciencia.
—¡Aguarda, aguarda! El rey buscó mucho tiempo arquitecto capaz de
comprender toda la suntuosidad y grandeza que él deseaba para la
catedral, hasta que por fin se presentó uno con un plano asombroso, que
dejó al rey encantado. Elevóse el templo, y fue pasmo y admiración de
todos; y el rey, contentísimo, colmó de regalos y de honores y distinciones
al arquitecto. Un día, terminadas las obras, le llamó a palacio y le preguntó
si se creía capaz de erigir otro templo tan magnífico y sorprendente como
aquel. El arquitecto, lisonjeado, respondió que sí, y que hasta esperaba
idear nuevo edificio que superase al primero en belleza y esplendor.
Entonces, el bárbaro rey, sirviéndose del agudo chuzo de hierro que
llevaba siempre a la cintura, le vació al pobre arquitecto los dos ojos, uno
tras otro, a fin de jamás pudiese construir para nadie un templo.
Laura calló, y Vicente Zegrí, que acababa de comprender la moraleja del
apólogo, la miró con una especie de extravío. Ligera espuma asomó al
canto de su boca y por su venas serpeó el frío sutil del aura epiléptica, que
incita al crimen, dominándose con esfuerzo supremo, se incorporó,
dispuesto a marcharse y articuló pausadamente mientras recogía su airosa
capa española:
—Ese rey hizo mal. Sacar los ojos es acción propia de un verdugo. Si
quería inutilizar al arquitecto, debió matarle.
Diciendo así, con súbito impulso, se acercó Vicente a Laura, la rodeó con
los brazos, y tan violentamente la apretó, de tan insensato modo,
incrustándole tan reciamente los dedos en las costillas, que la artista
exhaló un grito de miedo, un chillido que salía del fondo de su ser, de esos
que solo dicta el instinto de conservación, el horror a la nada y al sepulcro.
Al oír el grito, Vicente la soltó, embozóse en su capa y salió tropezando
con las paredes.
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Pasose lo que faltaba hasta el amanecer vagando por las calles, en un
estado tan horrible, que dos o tres veces se recostó en una puerta para
llorar. El día que siguió a aquella noche no fue menos cruel. Escribió a
Laura cien cartas que desgarraba después con furia; adoptó y desechó mil
planes contradictorios; pensó en echarse de rodillas, en suicidarse, en
abrasar el barrio, en secuestrar a su amada a viva fuerza y, por último, la
idea de la muerte fue la que se esculpió en su espíritu con relieve
poderoso. Su alma pedía sangre, hierro y fuego, violencia, destrozo y
aniquilamiento; el instinto anárquico, que tantas veces acompaña al amor,
se alzaba, rugiente y desatado, como racha de huracán. Ya ni siquiera
intentaba Vicente recobrar la razón, la cordura y el aplomo; las imágenes
suscitadas por los celos, Laura atrayendo a sí los ojos de tantos hombres,
que se recreaban en sus gracias y picardías, que bebían su voz, que la
admiraban con el cabello suelto, eran flechas de llama que le desatinaban,
como al toro la ardiente banderilla. Ni aun creía amar a Laura; la
consideraba una enemiga mortal. Figurábase por momentos que la odiaba
con toda la voluntad iracunda, y este odio clamaba por saciarse y gozarse
en la destrucción.
Llegada la hora de ir al teatro, donde cantaba Laura una de las operetas
en que estaba más linda y recogía más aplausos, Vicente, resuelto, algo
aliviado por la decisión fiera, concreta, irrevocable, se echó al bolsillo el
revólver.
Si sufría demasiado… , allí tenía el remedio. Ya habían alzado el telón,
pero no aparecía Laura, y Vicente, abstraído en su frenesí, hubo de notar,
por fin, que la gente profería exclamaciones de descontento y que la
función no era la anunciada, la que Laura debía representar. Alarmado,
antes de terminarse el acto dejó su asiento, corrió a informarse entre
bastidores… Aquella mañana misma, la cantante había rescindido su
contrato, perdiendo lo que quiso el empresario, y partido en dirección a
San Petersburgo.
«Blanco y Negro», núm. 358, 1898.
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Emilia Pardo Bazán
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851-Madrid, 12 de
mayo de 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una noble y aristócrata
novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poeta, dramaturga,
traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del
naturalismo en España. Fue una precursora en sus ideas acerca de los
derechos de las mujeres y el feminismo. Reivindicó la instrucción de las
mujeres como algo fundamental y dedicó una parte importante de su
actuación pública a defenderlo. Entre su obra literaria una de las más
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conocidas es la novela Los Pazos de Ulloa (1886).
Pardo Bazán fue una abanderada de los derechos de las mujeres y dedicó
su vida a defenderlos tanto en su trayectoria vital como en su obra literaria.
En todas sus obras incorporó sus ideas acerca de la modernización de la
sociedad española, sobre la necesidad de la educación femenina y sobre
el acceso de las mujeres a todos los derechos y oportunidades que tenían
los hombres.
Su cuidada educación y sus viajes por Europa le facilitaron el desarrollo de
su interés por la cuestión femenina. En 1882 participó en un congreso
pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza celebrado en Madrid
criticando abiertamente en su intervención la educación que las españolas
recibían considerándola una "doma" a través de la cual se les transmitían
los valores de pasividad, obediencia y sumisión a sus maridos. También
reclamó para las mujeres el derecho a acceder a todos los niveles
educativos, a ejercer cualquier profesión, a su felicidad y a su dignidad.