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Elementos del Latín Medieval

Los tres principales elementos constituyentes del latín medieval son: el latín clásico, el latín vulgar y el latín cristiano. El latín clásico incluye el latín postclásico y el latín tardío. El latín vulgar evolucionó en las lenguas romances modernas. El latín cristiano dominó la literatura medieval debido a su uso extensivo por la iglesia.

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  • escuelas medievales,
  • latín y sociedad,
  • cambio lingüístico,
  • cambio de registro,
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  • latín cristiano,
  • tradición literaria,
  • latín y literatura,
  • latín medieval,
  • latín de la Vulgata
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Elementos del Latín Medieval

Los tres principales elementos constituyentes del latín medieval son: el latín clásico, el latín vulgar y el latín cristiano. El latín clásico incluye el latín postclásico y el latín tardío. El latín vulgar evolucionó en las lenguas romances modernas. El latín cristiano dominó la literatura medieval debido a su uso extensivo por la iglesia.

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  • latín cristiano,
  • tradición literaria,
  • latín y literatura,
  • latín medieval,
  • latín de la Vulgata

1.

Principales elementos constituyentes del latín medieval: latín clásico, latín vulgar, latín
cristiano.

Emma Falque
emmafalque@[Link]

ESQUEMA DEL ARTÍCULO:

1. Introducción: el latín medieval.


2. Principales elementos constituyentes: latín clásico, latín vulgar, latín cristiano.
2.1. Latín clásico.
2. 1. 1. Latín postclásico.
2. 1. 2. Latín tardío.
2. 2. Latín vulgar.
2. 3. Latín cristiano.
3. Colofón.
4. BIBLIOGRAFÍA.

ARTÍCULO:

1. Introducción: el latín medieval

Al tratar del latín vulgar debemos referirnos siempre a que su evolución en el tiempo dio
lugar a las distintas lenguas romances, mientras que el registro formal del latín, lo que se
conoce como latín literario, tuvo una evolución particular, que llega hasta el latín medieval.
Lo cual nos coloca en una situación completamente distinta a la de la latinidad clásica: en
ella los tipos de latín a que podamos referirnos son variables de una misma lengua,
mientras que esas variedades se transformaron con el tiempo en dos lenguas distintas: latín
(medieval) y romance. Los hablantes se encontraron así en la Edad Media en esa situación
que se conoce como de diglosia (Ferguson, citado por López Morales: 1989, 64-83), pues
su lengua para la conversación -- el romance—era distinta a la de la liturgia, la expresión
escrita, los actos jurídicos etc., es decir, el latín, que llegó a ser una lengua aprendida.
No ha de sorprendernos esa situación, que existe en la actualidad para muchas lenguas;
pero que incluso se da de algún modo en los hablantes monolingües. Antonio José Bolívar
Proaño, protagonista de la novela de Luis Sepúlveda, Un viejo que leía novelas de amor
1
(Barcelona, Tusquets, 1995, p. 81), capaz de interpretar una serie de signos muy complejos
de la naturaleza, tenía gravísimas dificultades para comprender el siguiente comienzo de
una novela: Paul la besó ardorosamente en tanto el gondolero, cómplice de las aventuras
de su amigo, simulaba mirar otra dirección, y la góndola, provista de mullidos cojines, se
deslizaba apaciblemente por los canales venecianos.
Incomprensiones como éstas en el ámbito del latín son las que, por un progresivo
distanciamiento entre registros, abocaron a una situación en la que las lenguas romances
convivieron con el latín en la forma que hemos señalado, como lengua de cultura y apta de
un modo particular para la expresión escrita.

Latín hablado>>>>>>>>>lenguas romances

Latín literario o escrito >>>>>>>>>>>LATÏN


MEDIEVAL

Este latín medieval no es susceptible de una fácil caracterización. Como señala G.


Cremaschi (1959: 57-95) no puede ser considerado estrictamente como una lengua viva, ya
que falta una comunidad de hablantes; ni como lengua muerta, ya que es una lengua
dinámica en evolución. Este estadío intermedio entre lengua viva y muerta condujo al
estudioso alemán [Link] a definir, con una metáfora de dudoso gusto, el latín medieval
como un cadáver cuyas uñas y cabello continúan creciendo. Evitando dramatismos
innecesarios no carece de sentido considerar el latín medieval como la continuación del
latín escolar de la época romana (Norberg: 1968, 7).

Lo que sí resulta problemática es la fijación de sus límites cronológicos. En términos


lingüísticos sólo parece que pueda denominarse medieval el latín que se escribe cuando ya
la lengua vulgar de la Romania es romance y no latín. Así para la antigua Galia el testimonio
de las actas del Concilio de Tours del 813 en el que encontramos una alusión a la lengua
del pueblo, la rustica romana lingua, que no era ya el latín, supone el punto oficial de
arranque de la latinidad medieval. Este proceso es, naturalmente, largo y paulatino, por lo
que los distintos estudiosos suelen hablar de una "época de transición" que para la Galia se
extendería entre el 600 y el 800. Con anterioridad a la primera fecha se hablaría latín,
después de la segunda se constata ya la existencia del romance (Löfstedt: 1959, 2).

Diferente es el caso de la Península Ibérica con características culturales propias, donde


la invasión musulmana supuso la verdadera quiebra del mundo hispanorromano,
comparable a lo que fueron en la Galia el reino merovingio o en Italia la dominación
lombarda. Podemos convenir con J. Bastardas (1960: 252) en que la invasión árabe,
iniciada en el 711, que tanta transcendencia tuvo en el orden lingüístico y cultural, puede
servir como punto de partida para el estudio del latín medieval hispano.

2
En cualquier caso, la herencia clásica está vigente de forma manifiesta en los
escritores del siglo V, como consecuencia del estudio de los autores antiguos en las
escuelas. Si nos hemos referido al distanciamiento entre latín hablado y latín literario
hasta dar lugar por esta diversificación al nacimiento de las lenguas románicas, ello no
se contradice con el hecho de que este latín escrito o literario o formal sufriera a partir
del siglo IV un fuerte influjo del latín hablado. No se trata, de que se debilitara la
frontera entre el latín hablado por letrados e iletrados, como sugiere Mohrmann, sino al
descenso del registro formal de la lengua. Por lo que respecta a las relaciones entre
latín medieval y latín cristiano, éstas quedan patentes si atendemos a que el primero
puede ser denominado sin temor a exagerar --con palabras de Ch. Mohrmann (1961:
181-232)-- como res publica clericorum.

No obstante, sería una ficción tomar como uniforme, sin diferencias, este latín
medieval escrito. Entre distintas posibilidades de periodización de este latín nos
podemos servir de la de J. de Ghellinck (1969: 6-7) quien propone seis períodos
principales:

1.- Transición (siglos V-VIII): Desde el ocaso de la patrística hasta el comienzo del
renacimiento carolingio. Se encuentran los que Ghelling llama “fundadores de la Edad
Media y de su mentalidad”. Recordemos en la península ibérica la figura señera de
San Isidoro.

2.- Renacimiento carolingio (c.760-880): Debido a la vigorosa iniciativa de


Carlomagno, es el período en el que se establecieron las líneas fundamentales del
latín medieval, salvando la vida intelectual de la disgregación.

3.- A pesar de los cambios del s. X las escuelas postcarolingias continuaron su obra
educativa hasta llegar, a partir de 1050, a una renovación literaria acelerada por dos o
tres grandes controversias doctrinales, culminando en la actividad literaria de San
Anselmo. Hay una notable disminución --en especial durante el siglo X, llamado siglo
de hierro-- del cultivo del latín.

4.- El denominado “Renacimiento del siglo XII”, coincidente con el auge de la vida
urbana.

5.- El siglo XIII es la prolongación de este renacimiento, pero con rasgos nuevos en
la evolución de la escuelas y de la sociedad religiosa y civil, y con aportaciones
externas, como la llegada de los libros de Aristóteles.

3
6.- Con el resquebrajamiento de la unidad y la influencia creciente de las literaturas
nacionales en el siglo XIV comenzó a surgir el Renacimiento, cuyos signos
precursores varían cronológicamente de un país a otro.

Entrando en la esfera de la latinidad medieval hispana, es preciso señalar con M.C.


Díaz y Díaz (1956, 559-579; 1960, 153-157) que el latín peninsular es singularmente
conservador, en contraposición al latín medieval europeo. Éste, a pesar de ser
consustancial al latín del Medievo una "congelación de desarrollo" --en palabras de
J.L. Moralejo (1980: 13-137)-- que lo mantiene igual a sí mismo para evitar la
dialectalización y la pérdida de su razón de ser como lingua franca de las gentes
cultivadas, evolucionó de forma más o menos particularizada --según los países-- a lo
largo del milenio que separa la Antigüedad del Renacimiento. El peculiar
conservadurismo del latín medieval hispano se hace particularmente patente en que
en una fecha como el siglo VI su morfología y sintaxis eran grosso modo las mismas
de los siglos inmediatamente anteriores y en que los procesos de descomposición que
comenzaban a afectar a la lengua latina, fueran contenidos por el "renacimiento" que
se produce en la Península hacia el año 600, en un momento especialmente crítico
para la disgregación del latín, que aseguró una línea de continuidad --y no de ruptura--
entre el mundo antiguo y medieval. Esta línea de continuidad se extiende hasta el año
950 aproximadamente, fecha en que diversos factores, tales como los crecientes
contactos culturales con Francia, favorecidos en principio por las peregrinaciones a
Santiago y posteriormente por la reforma cluniacense, propiciaron una serie de
cambios que pronto empezarían a alterar las particularidades del latín medieval
hispano y que conducirían, por un lado, a los moldes lingüísticos de la Escuela de
Traductores de Toledo y, por otro, a la lengua cancilleresca. Este último hecho explica
que en el prodigioso esfuerzo que realizó R. Menéndez Pidal para construir sus
Orígenes del Español, encontrara en la documentación de los siglos IX y X, previas a
la reforma de la latinidad que tiene lugar en el siglo XI, más elementos romances (es
decir, errores) que en la documentación de los siglos XI y XII. Ésta, por ser más tardía,
le había hecho pensar en un principio a don Ramón que tenía que haber sido más
permeable al romance que la anterior.

4
1.2

2. Principales elementos constituyentes: latín clásico, latín vulgar, latín cristiano.

A juicio de C. Mohrmann (1961: 181-232) el latín medieval tenía tres componentes


fundamentales: la herencia clásica, el latín vulgar y el latín cristiano. En efecto, la
comprensión del latín medieval depende del conocimiento que tengamos del latín
anterior, porque el latín clásico, como oportunamente pone de relieve Strecker (1957:
20) no terminó de repente y fue reemplazado de inmediato por un nuevo latín, el
llamado latín medieval, por el contrario, el latín medieval evolucionó naturalmente
desde el latín clásico. No obstante, conviene hacer alguna puntualización: en primer
lugar que Strecker entiende por latín clásico el latín literario que utilizan los autores
latinos, aproximadamente, desde Cicerón hasta Suetonio, y que este latín del que
deriva el medieval estaba ya en el estadio de desarrollo que encontramos en los
autores tardíos, pues muchas de las características consideradas propias del latín
medieval aparecen ya en estos autores de época tardía, por lo que este latín tardío
merece especial atención por parte de cualquiera que aborde el estudio del latín
medieval.

2.1. Latín clásico

El latín medieval es el heredero del latín clásico, o para ser más exactos, del latín de
época postclásica y tardía (Strecker: 1957, 20-22).

2. 1. 1. Latín postclásico.

Con este término se entiende habitualmente el período comprendido entre los s. I y


II de nuestra era. Su principal característica frente al anterior es que en aquél el campo
de la prosa y de la poesía estaban totalmente delimitados, en tanto que en esta
época dichas fronteras prácticamente desaparecen: pensemos así en la prosa de
Livio, impregnada de procedimientos poéticos, frente a la poesía de Ovidio,
cuajada de retórica. Contra este "gusto moderno" se produjo a finales del s. I una
reacción que, acaudillada por Quintiliano, aunque también por Tácito, defendería la
vuelta a lo clásico. El s. II Apuleyo, como Palmer (1974: 149-151) pone de
manifiesto con algunos ejemplos bien seleccionados, representa una situación
límite en el manejo de una lengua llena de juegos de artificio, de colorido poético, de
florida y retorcida exuberancia, evitando toda expresión trivial..., el "estilo
asiánico", en suma. Sin embargo, encontraremos de nuevo una reacción de vuelta
al pasado, si bien a un pasado más lejano que la época clásica: la moda literaria
griega introducida por el emperador Adriano prefiere a Catón antes que a Cicerón y a
Ennio antes que a Virgilio; Frontón, maestro
de Marco Aurelio, despreciará a Cicerón y, en general, en este momento se preferirá a
Lucilio y a Lucrecio, frente a Horacio y Virgilio.
Con todo, las innovaciones más importantes de estos dos siglos se darán, no en la
lengua escrita, sino en la hablada.

2.1. 2. Latín tardío.

Habitualmente se entiende por "latín tardío" el latín desde el s. III hasta su


desintegración en las diversas lenguas romances: este proceso, sin embargo,
comenzó ya en el s. II y se acentuó durante la crisis del III. Con respecto a la fecha de
la desaparición del latín se han dado varias hipótesis totalmente distintas:
a) Wartburg (1971: 189) no es demasiado preciso al escribir que "la iniciada
descomposición se acelera desde el s. III y, muy especialmente desde el V con la
tempestad de las invasiones germanas".
b) Hall (1974: 14-15) sitúa el poco preciso concepto de "protorromance" nada menos
que en la época de Augusto.
c) Palmer (1974:182), finalmente, dice que "acerca de la fecha de la "quiebra" del
protorromance en las diversas lenguas románicas no es sorprendente que los cálculos
estimativos varíen entre el s. V y el IX d. C". Utilizando el criterio de la inteligibilidad la
respuesta a la pregunta "¿Cuándo dejó el latín de ser inteligible para las masas
iletradas?" nos la da tal vez la experiencia de Carlomagno, quien ordenó una
restauración de los estudios, pero pronto tuvo que admitir que no se podía comunicar
con el pueblo en una lengua que había dejado entender. En el año 813 el Concilio de
Tours reconoció formalmente el hecho de la ininteligibilidad al referirse a la rustica
romana lingua diciendo: Et ut easdem omelias quisque aperte transferre studeat in
rusticam romanam linguam aut thiotiscam, quo facilius cuncti possint intelligere quae
dicuntur" (Mohrmann: 1961, II, 151-152), por ello esta fecha se suele utilizar como
límite cronológico adecuado entre el latín y los dialectos galo-románicos (Palmer:
1974, 182- 183). La toma de conciencia tuvo lugar más tarde, porque fue entonces, en
época carolingia, cuando se restituyó la tradición literaria latina.
La época decisiva para la desintegración de la unidad lingüística la situaríamos en los
s. VI-VIII, momento en el que la formación latina y el intercambio interrómanico
alcanzarían su nivel más bajo, desapareciendo las escuelas, salvo quizás en la
península italiana, donde es muy posible que la escisión entre latín medieval y
romance se produjera más tarde, quizá por la mayor duración allí de la latinidad
literaria. En España, donde el latín visigótico mantuvo gran altura y corrección
gramatical, se sintió la ruptura con menos intensidad que la Galia, excepción hecha de
la Marca Hispánica,
probablemente por el contacto con esta última (Bastardas: 1960, 277). No obstante, en
este período encontramos autores que utilizan un latín imbuido de clasicismo, como
Lactancio y Boecio; otros, impregnados por la retórica y la escuela, manejan una
lengua decorosa como Claudio Claudiano, Ausonio y Amiano Marcelino; y otros, en fin,
escriben un latín ya totalmente evolucionado, como Gregorio de Tours.
1.3

2. 2. Latín vulgar

Además del latín cristiano y latín tardío el tercer elemento, en opinión de Strecker
(1957: 28) que influye en el latín medieval es el conocido como “latín vulgar”, al que él
se refiere como latín popular, pues los comienzos del latín medieval se remontan a la
época en que las lenguas romances estaban desarrollándose poco a poco a partir del
latín hablado. Como consecuencia natural las palabras y formas que acompañaron
este proceso evolutivo debieron encontrar también su camino hacia el decadente
lenguaje literario, que había perdido no sólo su gusto por los modos clásicos de
expresión, sino también por la corrección gramatical y formal. Incluso los autores que
han preservado esta sensibilidad, no temieron usar expresiones coloquiales para ser
comprendidos. En los siglos V y VI había surgido una lengua que difería notablemente
en ortografía, morfología y sintaxis de las normas enseñadas previamente en las
escuelas. Strecker (1957: 31) pone como ejemplo el latín merovingio, que tiene por
ello, a su juicio, una mala reputación. Esta lengua pronto adoptó no sólo palabras
célticas, sino también germánicas que fueron tomadas fundamentalmente de la
terminología legal y militar (bannus, bannire, commarcanus, feodum, feudum,
infeodare, werra, gerra, guerra, etc.). Más tarde, también dejaron sentir su influencia
las lenguas romances existentes.
Toda lengua hablada asume una gran variedad de formas, aun en los labios de un
mismo hablante, pues nuestros gestos y actitudes lingüísticas toman formas
apropiadas a cada ocasión en que hablamos. A ello hay que añadir las diferencias
lingüísticas entre las clases sociales, las ilustradas, las semicultas y las totalmente
incultas, y aun aquí la frontera cambia constantemente, ya que incluso dentro de una
clase social dada las diferentes generaciones tienen sus particularidades idiomáticas
(Palmer: 1974, 152- 153). Evidentemente de este "latín vulgar", la lengua que se
postula como origen de las modernas vernáculas, que a su vez han desarrollado
formas literarias, sólo podemos tener un conocimiento indirecto.
Solemos referirnos al latín vulgar, en tanto que latín hablado, como una variedad
disociada desde sus orígenes del latín escrito. (Väänänen: 1971, 25-29). Es normal
entre los filólogos románicos emplear tal expresión con referencia al latín de los
últimos tiempos, es decir, aquél cuyos cambios y evolución general dieron lugar a las
lenguas romances por ellos estudiadas. Grandgent (1970, 4ª: 20) y Mohrmann (1955:
1) proponen que es la lengua hablada por las clases medias de la sociedad romana; a
falta de otra definición mejor y menos vaga, Löfstedt (1959: 15) se resigna a sostener
que es la lengua hablada cotidianamente por las clases bajas de la sociedad romana,
esto es, por la gran mayoría de la población del Imperio; Silva Neto (1957: 21-27)
intenta precisar distinguiendo tres capas sociales, nobiles, honestiores y humiliores,
entre las que
distribuye cinco niveles lingüísticos: la lengua literaria (nobiles), corriente (honestiores;
es una lengua culta, influenciada por la urbanitas), vulgar (humiliores, esclavos), las
jergas especiales (militares, gladiadores, marineros) y el latín hablado en las
provincias. En cualquier caso, la inasibilidad de este latín es insalvable por un hecho
que ya observó su primer gran tratadista, Schuchardt: (1866-1868, I, 9): que bajo ese
nombre no hay una sola lengua, sino una suma de capas lingüísticas (lengua
urbana de las clases medias; lengua urbana de la plebe; lengua rústica, etc.) y de
dialectos que conviven desde el latín antiguo hasta las lenguas romances. Añádase a
ello el que no contamos con ningún texto en latín vulgar puro: como dice Löfstedt
(1959: 15) incluso la persona con educación más rudimentaria, una vez que empieza a
escribir, sea una carta, sea un grafito en un muro pompeyano, está influido por
precedentes o reminiscencias literarias. El sintagma "latín vulgar" ni es acertado a
causa del adjetivo que aparece en él, ni su sentido resulta unívoco, de manera que
su naturaleza y significado han sido, tradicionalmente, objeto de controversia.
Autores como K. Sittl, en 1892, o J. B. Hofmann, en 1926, llegaron a negar la
existencia de esta modalidad del latín como una realidad lingüística con entidad
coherente, considerándolo tan sólo una abstracción fantasmagórica
(Phantasiegebilde, lo llamó el primero; Phantom des Vulgärlateins, acuñó el
segundo) (Löfstedt: 1959, 15). Hofmann declara -en la traducción de J. Corominas
(1958: XIII) -: "Ateniéndonos estrictamente a los criterios establecidos de la lengua
familiar nos ahorraremos el tener que habérnoslas con el fantasma del Latín Vulgar,
que... ni cronológica ni geográficamente constituye un concepto homogéneo". Para
sustituir esta denominación tan discutida se han propuesto otras: "popular",
"familiar", "coloquial", "corriente", "hablado"; los romanistas, por su parte, hablan de
"romance común" o "protorromance"; si se mantiene el término de "vulgar", ello se debe
a la inercia de la tradición (Väänänen: 1971, 25-29). "Vulgar" se utiliza también como
opuesto a "clásico" en dos niveles distintos: cronológico uno, en cuanto continuación
del período áureo, de registro el otro, en cuanto un modelo de lengua no formal, o si
se
prefiere, coloquial.
Situándonos en el plano de los registros lingüísticos, la oposición entre "clásico" y
"vulgar" la entendemos, por lo tanto, como formal y coloquial. El problema estriba
entonces en el hecho de que esta apreciación está condicionada por el acceso a este
tipo de registro coloquial. Los romanistas cuentan con él como una nueva hipótesis a
la que se llega a través del método comparativo entre las distintas lenguas romances,
con ello se accede por ese camino a una lengua uniforme, el protorromance, aunque
sabemos que las lenguas no son uniformes, de ahí que se propugne la necesidad de
reconstruir distintos protorromances o distintas modalidades del latín vulgar para la
mayor parte de la Romania, para el sardo, para los dialectos suditalianos y para el
rumano (Lausberg: 1976, I, 84-99); a los latinistas nos interesa salir del plano de las
hipótesis y construir con datos fiables descripciones de una realidad del uso que
pueda aparecer en una inscripción de Pompeya, en un escrito de Columela y hasta en
libros que, por estar orientados a un público en particular --es el caso de la
Mulomedicina-- o por su carácter tardío --es el caso de la Peregrinatio--, pueden servir
para que aflore toda esa realidad, que a duras penas podemos encontrar en otros
escritores.
La recopilación sistemática que H. Schuhardt hizo de todo el material lingüístico
latino- vulgar existente desde los siglos V-IV a.C. hasta el 700 p.C. en su Der
Vokalismus des Vulgärlateins, si bien hoy superada en determinados aspectos, supuso
un innegable avance en los estudios latino-vulgares al servir de base y punto de
partida para estudios ulteriores. A este respecto es fundamental el de Väänänen de las
inscripciones pompeyanas y resulta, sin duda, el modelo a seguir en este tipo de
estudios.
Nos hemos situado anteriormente en el plano de los registros, lo que no significa que
no debamos dar un enfoque también social a este término, por cuanto que este sermo
cotidianus, que es como consideramos el latín vulgar, tiene una zona de intersección
en lo que representa la manera de hablar de los grupos sociales más bajos. La
sociolingüísitca nos ha enseñado que las diferencias entre registros y estratos no son
puras y que, por tanto, el uso lingüístico no puede explicarse sólo en términos de estilo
o en términos de grupo social. Planteados estos hechos en el eje diacrónico, la
progresiva separación entre el registro formal y coloquial da lugar a partir de un
determinado momento a lenguas distintas: el latín medieval, continuación del latín
escrito, y las lenguas romances, herederas del latín hablado.
Este latín hablado lo era también en épocas anteriores de la historia de la lengua, de
forma que hay asimismo latín vulgar en la época clásica o arcaica: de hecho esta
última, por no registrar un grado de formalización de la lengua literaria como norma de
latinitas, aunque también por el hecho de que los documentos que de ella poseemos
proceden en cierta medida de géneros literarios allegados a la lengua coloquial
(pensemos en las comedias plautinas), presenta coincidencias con los documentos
literarios de la época tardía (por poner un ejemplo, las confusiones entre género
masculino y neutro) (González Rolán: 1976, 73-121).
Veamos, aunque sea someramente, cuáles son las diferencias gramaticales del latín
vulgar frente al clásico, que se manifiestan y acentúan especialmente en la época del
latín postclásico y tardío. Desde el punto de vista fonético, podemos señalar las
siguientes:
1. La cantidad vocálica pierde valor fonológico, en favor del acento y del timbre
vocálico.
2. Cambios de timbre vocálico, monoptongación de diptongos, síncopas, hiatos, y
otras alteraciones vocálicas.
3. Africación de la yod y de los grupos de dental y gutural más yod.
4. Sonorización en posición intervocálica de oclusivas sordas y fricatización de las
sonoras en la zona occidental.
5. Convergencia de u y b iniciales antevocálicas e intervocálicas en una consonante
fricativa bilabial y consiguientes confusiones.
En el terreno morfosintáctico podemos destacar:
1. Tendencia a la eliminación del género neutro.
2. Manifestaciones del proceso de ruina del sistema casual y sustitución de las
funciones marcadas por los casos mediante preposiciones
3. Confusiones entre el anafórico is y los demostrativos.
4. Progresiva imposición de las formas perifrásticas del comparativo.
5. Uso progresivo de las expresiones verbales perifrásticas del tipo habeo dictum y
de las formas del perfecto pasivo en lugar de las de presente (erat amatus por
amabatur), etc.

En lo que respecta a las fuentes del latín vulgar, junto a las literarias como Lucilio,
Varrón, Plauto, Terencio, o el Satiricón, y en menor medida Plinio, son
fundamentalmente las obras técnicas las que pueden proporcionarnos coloquialismos
y aún vulgarismos reservados a la lengua hablada: así los tratados de gastronomía
(Apicio, Testamentum Porcelli), de veterinaria (Mulomedicina Chironis, Vegecio),
medicina (Celso, Marcelo Empírico, Oribasio) y de arquitectura (Vitrubio, Frontino). Los
propios gramáticos proporcionan también datos valiosos: Appendix Probi, Varrón,
Quintiliano, Festo, Aulo Gelio, Probo, Terenciano Mauro, etc. Son las inscripciones las
fuentes más reveladoras del uso coloquial, entre las que resultan particularmente
interesantes los graffiti pompeyanos y las Defixionum tabellae. A lo que habría que
añadir los autores cristianos, que admitieron numerosos vulgarismos, pues es muy
significativa la conocioda afirmación de San Agustín: Melius est reprehendant nos
grammatici quam non intelligant populi (In Psalm., 138, 20).
1.4

2. 3. Latín cristiano

De gran importancia para la historia del latín y de la civilización occidental fue la


lengua desarrollada por un grupo excluyente, nos referimos al latín cristiano. Las
primitivas comunidades cristianas vivieron su vida en condiciones que explican la
creación de lo que Palmer (1974: 185-186) llama una “lengua especial”, es decir, la
que desarrolla una comunidad dentro de una comunidad. En su mayor parte consiste
en un vocabulario especial, pero a veces se hallan también peculiaridades de
pronunciación, de forma de las palabras y de sintaxis. En el campo del léxico para
designar objetos, procesos y nociones peculiares un determinado grupo puede acuñar
palabras y expresiones nuevas (neologismos) o, lo que es más frecuente, dar un giro a
palabras ya existentes en la lengua general (cambio semántico). En tanto que
especializada y técnica, una lengua de este tipo está caracterizada por una mayor
precisión y exclusividad, que pueden llegar a ser estudiadas y deliberadas.
Las primitivas comunidades cristianas crearon una lengua especial, a partir de una
visión nueva que penetró y transformó todo su mundo, viviendo una intensa vida de
comunidad, repudiando el paganismo tradicional y replegados sobre sí mismos por las
persecuciones, los primeros cristianos se transformaron casi en una sociedad secreta,
dando origen a una especie de latín que resultaba en gran medida incomprensible a
los extraños (Palmer: 1974, 186). Esta lengua se empleó en los círculos cristianos del
mundo romano y sus primeros testimonios datan de finales del siglo II.
Sin entrar en profundidad en la ya vieja polémica de si realmente el latín cristiano es
una Sondersprache, como defendía Schrijnen (Nimega, 1932 = Bolonia, 1986) o una
“lengua de grupo” (Gruppensprache) como prefería Ch. Mohrmann (1986, 91-120),
recordemos sólo la opinión de Ghellinck (1938: 449-478) quien concluye que, para
poder defender la tesis de Schrijnen, habría que demostrar que el latín de los
cristianos, además de sus peculiaridades léxicas, presenta auténticas diferencias e
innovaciones morfológicas y sintácticas que lo distinguen del latín hablado o escrito de
época tardía, diferencias que, sin embargo, no han podido probarse suficientemente.
Por ello, cada vez más se va imponiendo la idea de que la lengua utilizada por los
cristianos, si exceptuamos los tecnicismos y cambios léxicos, "no es diferente del latín
habitual, con tal de que aceptemos una mayor influencia de las tendencias populares
del latín hablado y tardío, y las marcas dejadas por las lenguas en las que ha llegado
el mensaje original en la Biblia (Codoñer: 1985, 123).
Los primeros que estudiaron las peculiaridades del latín de los autores cristianos
fueron los investigadores de la escuela sueca, entre ellos M. G. Koffmane (Entstehung
und Entwicklung des Kirchenlateins, Breslau, 1879), a finales del s. XIX y comienzos
del XX; en el siglo pasado en la década de los treinta los filólogos de la escuela de
Nimega, en torno a J. Schrijnen, concebían ya este latín como una lengua peculiar,
cuyas características describieron en brillantes trabajos. Entre ellos destacan los del
propio J. Schrijnen, autor de la obra Charakteristik des Altschristlichen Latein, Nimega,
1932, y los de su discípula Ch. Mohrmann, muchos de cuyos estudios se encuentran
recopilados en Études sur le latin des chrétiens, I-IV, Roma, 1958-1977.
En resumen, podemos decir que la formación del latín cristiano se define por la
actuación conjunta de tres factores:
a) Influencia de la lengua griega. Obedece no sólo a que la religión cristiana,
desarrollada en el mundo helenístico, manejaba textos escritos en el griego de la
koiné, sino también a que, en la misma Roma, el núcleo más importante de los nuevos
cristianos estaba constituido por la población procedente de la parte oriental del
Imperio, cuya lengua familiar era el griego. Esa es la razón, por ejemplo, de que San
Pablo escribiese en esta lengua su carta a los Romanos (Calio: 1965, 49).
Esta influencia se dejó sentir sobre todo en el nivel léxico para lo que puede
verse: A. Blaise (1955: 15 ss.), y en particular para la influencia sobre la literatura
latina cristiana de la cultura y literatura griegas: L. Alfonso (1982: 141-146) y M.
Simonetti (1983). Los cristianos abrieron la puerta a un torrente de palabras griegas,
como por ejemplo: apostata, apostolus, baptisma, ecclesia, episcopus, martyr...
b) La procedencia humilde de los primeros cristianos que Tertuliano pone de
manifiesto calificándoles de simplices, imprudentes et idiotae, o, en palabras de Ch.
Mohrmann, la "tendence democratique", que provocó una importante transformación
en la sintaxis y el estilo: del "aristocrático" estilo periódico se pasa a la parataxis, y de
la concienzuda concinnitas a la uarietas; se busca una lengua clara, flexible y, por
encima de todo, funcional (Mohrmann: 1955, 29). Todo ello resumido así por San
Jerónimo: non otiosis philosophorum scholis paucis discipulis sed uniuerso loquatur
hominum generi (Epist, 49, 4).

El latín cristiano o latín eclesiástico (Strecker: 1957, 22, nota 3) está influido por el
lenguaje de los padres de la Iglesia, es decir, Tertuliano, Jerónimo y San Agustín,
entre otros, y por el latín de la Biblia. A su vez, en el latín de la Biblia encontramos
elementos lingüísticos procedentes de los textos griegos bíblicos (Septuaginta) y, a
través de éstos, de los textos hebreos. Conviene recordar que la lengua de la Biblia y
de la Iglesia, además, fue el origen de la mayoría de las palabras griegas
introducidas en el latín
medieval, como anatema, baptizare, o diaconus. El latín bíblico tuvo una gran
influencia también en la sintaxis. El hecho, por ejemplo, de que la construcción de
infinitivo con acusativo fuera reemplazada por quod, quia o quoniam ciertamente
puede remontarse a la Vulgata; tampoco es raro encontrar en los textos medievales
que ut quid equivalga a “por qué” y la expresión no debe ser enmendada y cambiada
en et quid o at quid, como algunos editores hacen a menudo, puesto que tiene también
un origen bíblico (Strecker: 1957, 24).

Asimismo, es importante para entender el latín medieval tomar en consideración


que la Iglesia, además de la influencia puramente lingüística, impuso, en gran medida,
su orientación sobre el hecho literario. El elemento eclesiástico aparece
constantemente de una u otra forma, llegando incluso a introducirse por la prosa y por
la poesía no cristianas, aunque fuera sólo en forma de parodia. A juicio de Strecker
(1957: 25) este elemento eclesiástico es el que separa de una forma nítida el latín
medieval del latín clásico, por una parte, y, por otra, del latín de los humanistas. Por
ello resulta fundamental tener un conocimiento profundo de la Vulgata y sus
antecedentes, de los Padres de la Iglesia y de los textos litúrgicos, como el Breviario o
los misales, que están influidos por la Itala.
El latín de los textos litúrgicos cristianos forma un lenguaje que podríamos calificar
de hierático, muy distinto al de una lengua hablada, ya que fue creado por la Iglesia
para asegurar una expresión precisa y clara de las doctrinas de la fe cristiana. Este
tipo de lenguaje trataba de cumplir dos tareas: satisfacer las necesidades básicas de
comunicación y expresar además los sentimientos religiosos con dignidad (Mohrmann:
1950, 5-30).
Al tratar sobre el latín, que él llama “eclesiástico” y otros “cristiano”, como elemento
básico del latín medieval, el propio Strecker ofrece la bibliografía que podríamos llamar
fundamental, junto con las referencias precisas de diccionarios, concordancias etc
para poder abordar los distintos aspectos de este latín, por lo que nos remitimos a ello
(Strecker :1957, 25-28).
3. Colofón

Para terminar queremos recordar la síntesis ofrecida por A. Fontán y A. Moure en su


Antología del Latín Medieval (1987: 15): “Como lengua, el latín medieval es la
prolongación natural de lo que desde hace casi un siglo se conoce bajo la
denominación de “latín tardío”. Pero enriquecido por otras dos corrientes vivas en la
lengua latina de los siglos finales de la Antigüedad […] el “latín vulgar” y lo que se ha
llamado el “latín cristiano”. La clave del proceso histórico de cambio y conservación en
el que se generó el latín medieval se halla en la conjunción de estas tres diversas y
entremezcladas realidades lingüísticas presentes en el único idioma del occidente
romano”.

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Common questions

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Latin vulgar, being a colloquial form of Latin, played a crucial role in the evolution of Romance languages by introducing changes in orthography, morphology, and syntax that diverged from classical norms. As this spoken form of Latin evolved, it absorbed Celtic, Germanic, and eventually Romance vocabulary, leading to distinct linguistic patterns in the developing Romance languages. These changes reflected the speech of various social classes, contributing to the linguistic diversity and the eventual emergence of distinct Romance languages like Spanish, French, and Italian .

The transformation from Classical to Late and Medieval Latin on the Iberian Peninsula was shaped by several primary influences, including the sociopolitical impact of the Arab conquest starting in 711 which introduced Arabic linguistic elements and disrupted Hispano-Roman cultural continuity. Additionally, the sustained use of Visigothic Latin provided a foundation of grammatical sophistication which influenced subsequent Latin evolutions. The varied degree of Romance language development across regions, due to these influences, further shaped the linguistic landscape .

The coexistence of Latin and emerging Romance languages created a dynamic linguistic landscape in the post-classical Western Roman Empire. Latin, both as a written and liturgical language, coexisted with vernacular dialects progressively diverging into Romance languages. This coexistence prompted the need for new linguistic registers and forms to adapt Classical Latin's formal structures to everyday communication needs, resulting in a spectrum of linguistic forms from traditional Latin to nascent Romance languages .

'Vulgar Latin' differs from Classical Latin primarily in orthography, morphology, and syntax. It often featured simpler, more variable sentence structures (parataxis), less adherence to complex grammatical rules, and a greater use of colloquial expressions. These features, such as the replacement of the accusative with quod clauses found in the Vulgate, were reflected in the early Romance languages as they evolved, displaying more accessible and fluid sentence constructions and adopting a range of influences from adjacent cultures .

The transition from Classical Latin to Medieval Latin features different chronological markers across European regions. In Gaul, the Concilio de Tours in 813 marks a clear linguistic transition as it references the rustica romana lingua. This suggests a shift from Latin to the early forms of Romance languages. For the Iberian Peninsula, the Arab invasion beginning in 711 significantly influenced linguistic and cultural changes, indicating a transition to Medieval Latin. In Italy, the continuation of Latin literary tradition may have delayed the transition to Romance languages compared to Gaul .

Medieval Latin served as a bridge between Classical Latin and modern Romance languages by maintaining Latin's liturgical and scholarly use while allowing vernacular influences to shape its evolution. As a result, it encapsulated linguistic shifts such as the integration of Vulgar Latin elements and lexical borrowing from Germanic and Romance sources. This adaptability facilitated the formalization of Romance languages, integrating structural and lexical features that would define their modern forms .

Socio-political events such as the Arab invasion of 711 had a profound impact on linguistic changes in the Iberian Peninsula. This invasion disrupted the continuity of the Hispano-Roman culture, fostering a mix of Arabic and local Romance dialects, thus accelerating the transition from Latin to Medieval Latin. The cultural isolation of certain areas due to varied political control, such as in the Marca Hispánica, also contributed to the divergence of linguistic norms from those in Gaul .

Formalizing the periods of Medieval Latin is essential for understanding its historical development as it provides a framework for studying the evolution of Latin literature and language. J. de Ghellinck's periodization identifies key phases from the Transition period to the Carolingian Renaissance, highlighting the influence of societal and cultural changes on Latin usage. This framework helps scholars trace linguistic shifts and the interplay between Latin and emerging Romance languages .

The interaction between Greek and Latin realms during early Christianity significantly shaped ecclesiastical Latin through the absorption of Greek theological and ecclesiastical vocabulary, such as 'apostolus' and 'ecclesia'. This cross-cultural exchange occurred because Christianity, primarily spreading in the Greek-speaking Eastern Roman Empire, carried Greek syntactical and stylistic influences westward. The increasing use of Greek in Roman religious and intellectual contexts facilitated the blending of linguistic elements, enriching Latin's lexical and syntactical repertoire for ecclesiastical purposes .

The distinctiveness of early Christian Latin from Classical Latin is evidenced by its adoption of Greek lexical items due to Greek texts' influence on Christian theology and liturgy. The socio-democratic origins of early Christians fostered a linguistic shift toward parataxis and a more straightforward, functional style, moving away from the periodic, aristocratic style of Classical Latin. These transformations in syntax and lexicon represent early evolutionary stages in transforming Latin into a more accessible language for a broader audience, paving the way for Medieval Latin .

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