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2AS_La guerra de Calibán (NOVA).

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LA GUERRA
DE CALIBÁN

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LA GUERRA
DE CALIBÁN

JAMES S. A
A.. COREY

Traducción de David Tejera Expósito


Corrección a cargo de Manu Viciano
Galeradas revisadas por Antonio Torrubia

Barcelona • Madrid • Bogotá • Buenos Aires • Caracas • México D.F. • Miami • Montevideo • Santiago de Chile

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Título original: Caliban’s War
Traducción: David Tejera Expósito
1.ª edición: octubre, 2017

© 2012 by Daniel Abraham and Ty Franck


© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa del grupo
Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Printed in Spain
ISBN: 978-84-666-6088-4
DL B 18624-2017

Impreso por Unigraf S.L.


Avda. Cámara de la Industria nº38,
Pol. Ind. Arroyomolinos nº1
28938 - Móstoles, Madrid

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas


en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida,
sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción
total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como
la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Para Bester y Clarke,
responsables de que estemos aquí

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Prólogo

Mei

—¿Mei? —dijo la señorita Carrie—. Deja estar los deberes


de dibujo. Ha llegado tu madre.
A Mei le llevó unos instantes darse cuenta de lo que decía la
profesora, no porque no conociera las palabras (ya tenía cuatro
años y no era un bebé), sino porque no encajaban en el mundo
que conocía. Su madre no podía estar ahí. Mami se había mar-
chado de Ganímedes para vivir en la estación Ceres porque, se-
gún había dicho papi, necesitaba pasar tiempo sola. Pero el co-
razón de Mei empezó a latir más rápido. «Ha vuelto», pensó.
—¿Mami?
Mei estaba sentada al lado de su pequeño caballete y, desde
allí, la rodilla de la señora Carrie no le dejaba ver el guardarro-
pa. Las manos de Mei estaban embadurnadas de pintura roja y
azul, que se entremezclaban en sus palmas y daban lugar a un
color verduzco. Se inclinó hacia delante y cogió la pierna de la
señorita Carrie con la fuerza necesaria para levantarse y tam-
bién para apartarla a un lado.
—¡Mei! —gritó la señorita Carrie.
Mei miró la mancha de pintura que había dejado en los pan-
talones de la señorita Carrie y luego hacia su cara amplia y som-
bría, que intentaba contener su ira.
—Lo siento, señorita Carrie.
—No pasa nada —dijo la profesora con una voz forzada que
denotaba lo contrario, aunque no fuera a castigar a Mei—. Por

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favor, ve a lavarte las manos y vuelve para recoger los deberes.
Prepararé el dibujo para que te lo lleves y se lo puedas enseñar a
tu madre. ¿Es un perrito?
—Es un monstruo del espacio.
—Qué monstruo del espacio más bonito. Y ahora ve a lavar-
te las manos, cariño, por favor.
Mei asintió con la cabeza, se dio la vuelta y se marchó co-
rriendo hacia el baño mientras el babi ondeaba a su alrededor
como un pedazo de tela frente a un conducto de aire.
—¡Y no toques las paredes!
—Lo siento, señorita Carrie.
—No pasa nada. Límpialo cuando hayas terminado de la-
varte las manos.
Mei abrió el grifo al máximo y las espirales de colores se
aclararon de su piel. Hizo los movimientos de secarse las manos
sin importarle si caía agua de ellas o no. Sentía que la gravedad
había cambiado de dirección y la arrastraba hacia la puerta y
hacia el vestíbulo, en lugar de hacia el suelo. El resto de niños
la miraban, emocionados igual que ella, mientras Mei limpiaba
como podía las marcas de dedos de la pared y metía los botes de
pintura en una caja que luego dejó en una estantería. Se quitó
el babi sin esperar a que la ayudara la señorita Carrie y lo lanzó
a la papelera de reciclaje.
La señorita Carrie se encontraba en el vestíbulo junto a otros
dos adultos, y ninguno de ellos era mami. Uno era una mujer a
la que Mei no conocía; tenía una sonrisa educada en la cara y sos-
tenía con cuidado el dibujo del monstruo del espacio. El otro era
el doctor Strickland.
—No, se ha portado muy bien y ha ido al baño —dijo la se-
ñorita Carrie—. Aunque ha habido algún que otro accidente,
claro.
—Claro —respondió la mujer.
—¡Mei! —dijo el doctor Strickland, inclinándose tanto que
llegó casi a ponerse a su altura—. ¿Cómo está mi niña favorita?
—¿Dónde está...? —empezó a decir, pero antes de que pu-

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diera decir «mami», el señor Strickland la cogió en brazos. Era
más alto que papi y olía a sal. La inclinó hacia detrás y le hizo
tantas cosquillas en los costados que Mei tuvo que dejar de ha-
blar debido a las carcajadas.
—Muchas gracias —dijo la mujer.
—Encantada de conocerla —dijo la señorita Carrie, estre-
chando la mano de la mujer—. Nos encanta tener a Mei en clase,
de verdad.
El señor Strickland no dejó de hacer cosquillas a Mei hasta
que terminó el ciclo de cierre de la puerta del centro de educa-
ción infantil tipo Montessori. Fue entonces cuando Mei recupe-
ró el aliento.
—¿Dónde está mami?
—Nos está esperando —dijo el doctor Strickland—. Vamos
a llevarte con ella.

Los pasillos más nuevos de Ganímedes eran amplios y puli-


dos, y los recicladores de aire apenas tenían trabajo. Las hojas
afiladas como cuchillas de las palmeras ornamentales sobresa-
lían de docenas de tiestos hidropónicos. Las hojas amplias, ce-
trinas y estriadas de los potos cubrían las paredes. Las primitivas
de color verde oscuro de las lenguas de vaca sobresalían entre
ambas. Los LED de espectro completo emitían una luz brillante
como el oro blanco. Papi decía que así era como brillaba el Sol
en la Tierra, y Mei se imaginaba aquel planeta como una gran e
intrincada red de plantas y pasillos sobre los que brillaba el Sol
y con techo de color azul celeste. También se imaginaba que se
podía escalar aquellas paredes y acabar en cualquier parte.
Mei apoyó la cabeza en el hombro del doctor Strickland y
miró hacia atrás mientras decía el nombre de todas las plantas
que veía. Sansevieria trifasciata. Epipremnum aureum. Oír que
pronunciaba bien aquellos nombres siempre hacía sonreír a papi.
Cuando lo hacía sin que él estuviera presente, servía para tran-
quilizarla.

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—¿Más? —preguntó la mujer. Era guapa, pero a Mei no le
gustaba su voz.
—No —respondió el doctor Strickland—. Mei es la última.
—Chrysalidocarpus lutenscens —dijo Mei.
—Muy bien —afirmó la mujer, y luego repitió con voz más
calmada—: Muy bien.
Los pasillos se estrechaban a medida que se acercaban a la
superficie. Los más antiguos parecían más sucios, aunque no
hubiera en ellos suciedad ninguna. Tan solo parecían más usa-
dos. Las habitaciones y los laboratorios cercanos a la superfi-
cie eran el lugar donde habían vivido los abuelos de Mei cuan-
do llegaron a Ganímedes. En aquel entonces no había nada a
más profundidad. Allí el aire olía raro y los recicladores siem-
pre estaban en funcionamiento, zumbando y haciendo ruidos
sordos.
Los adultos no hablaban entre ellos, pero de vez en cuando
el doctor Strickland se acordaba de que Mei estaba con ellos y le
hacía preguntas. ¿Cuál era su serie de dibujos animados favorita
del canal de la estación? ¿Quién era su mejor amigo en el colegio?
¿Qué había comido aquel día para almorzar? Pero lo que Mei
esperaba era que empezara a hacer las otras preguntas, las que
siempre le pedía después y para las que ella ya tenía las respues-
tas preparadas.
«¿Notas la garganta seca? No.»
«¿Te has levantado con sudores? No.»
«¿Has visto sangre en tu caquita esta semana? No.»
«¿Te has tomado los medicamentos las dos veces todos los
días? Sí.»
Pero en aquella ocasión, el doctor Strickland no le hizo nin-
guna de esas preguntas. Los pasillos se estrechaban y cada vez
parecían más antiguos, hasta que la mujer se tuvo que colocar
detrás de ellos para dejar paso a las personas que venían en sen-
tido opuesto. La mujer todavía tenía el dibujo de Mei en la mano,
enrollado para que el papel no se arrugara.
El doctor Strickland se detuvo delante de una puerta que no

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tenía letrero, cambió de lado a Mei y sacó el terminal portátil del
bolsillo de su pantalón.
Pulsó una combinación en un programa que Mei no había
visto nunca, la puerta comenzó a realizar el ciclo de apertura y
los sellos emitieron un sonido hueco que parecía sacado de una
película antigua. Entraron en un pasillo lleno de trastos y cajas
de metal.
—Esto no es el hospital —dijo Mei.
—Es un hospital especial —dijo el doctor Strickland—. No
habías estado nunca, ¿verdad?
A Mei aquello no le parecía un hospital, sino uno de los tu-
bos desiertos de los que papi hablaba a veces. Lugares abandona-
dos de los primeros tiempos de construcción en Ganímedes, que
luego habían pasado a utilizarse como almacenes. Aquel tenía
una especie de esclusa de aire al otro lado y, cuando la atravesa-
ron, el lugar sí que se pareció un poco más a un hospital. Fuera
lo que fuera, estaba más limpio y tenía un ligero aroma a ozono,
como las habitaciones de descontaminación.
—¡Mei! ¡Hola, Mei!
Era uno de los niños mayores. Sandro. Tenía casi cinco años.
Mei lo saludó y el doctor Strickland pasó de largo. Saber que los
niños mayores también estaban allí tranquilizó un poco a Mei.
Si estaban, era probable que no pasara nada raro, aunque aque-
lla mujer que caminaba junto al doctor Strickland no fuera su
mami. Lo que le hizo recordar...
—¿Dónde está mami?
—La veremos en unos minutos —dijo el doctor Strickland—.
Antes tenemos que hacer unas cositas.
—No —dijo Mei—. No quiero.
El doctor la llevó hasta una estancia que parecía una sala de
observación, pero de las que no tenían dibujos de leoncitos en
las paredes ni mesas en forma de hipopótamos sonrientes. El
doctor Strickland la colocó encima de una mesa de reconoci-
miento de acero y le frotó la cabeza. Mei se cruzó de brazos y
frunció el ceño.

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—Quiero a mi mami —dijo Mei, y luego emitió el mismo
gruñido de impaciencia que había aprendido de papi.
—Bueno, tú espera aquí y voy a ver qué puedo hacer —dijo
el doctor Strickland con una sonrisa—. ¿Umea?
—Creo que estamos preparados. Falta confirmar con el cen-
tro de mando, cargar y liberar.
—Pues se lo haré saber. Tú quédate aquí.
La mujer asintió y el doctor Strickland se marchó por la puer-
ta. La mujer agachó la cabeza para mirarla, pero la cara bonita de
Mei no le sonreía. No le gustaba aquella mujer.
—Quiero mi dibujo —dijo Mei—. No es para ti. Es para mami.
La mujer miró el dibujo que tenía en la mano como si se hu-
biera olvidado de que estaba allí. Lo desenrolló.
—Es el monstruo espacial de mami —dijo Mei. Y entonces
la mujer sonrió. Le acercó el dibujo y Mei lo cogió al momento.
Al hacerlo, el papel se arrugó un poco, pero a la niña no le im-
portó. Se volvió a cruzar de brazos, frunció el ceño y gruñó.
—¿Te gustan los monstruos del espacio, niña? —preguntó la
mujer.
—Quiero ver a mi mami.
La mujer dio un paso hacia ella. Su sonrisa era tan falsa como
las flores de plástico y tenía los dedos delgados. Cogió a Mei y la
dejó en el suelo.
—Ven conmigo, niña —dijo—. Voy a enseñarte una cosa.
La mujer se alejó, y Mei dudó unos instantes. No le gustaba,
pero le gustaba mucho menos la idea de quedarse sola. La si-
guió. La mujer anduvo por un pequeño pasillo, introdujo un có-
digo en el teclado de una gran puerta de metal parecida a una
antigua esclusa de aire y la atravesó cuando se abrió. Mei la si-
guió. Llegó a una habitación que estaba fría. A Mei no le gusta-
ba. En aquella no había ninguna mesa de reconocimiento, solo
una gran caja de cristal como las de los peces en los acuarios, pero
sin agua. Lo que había en su interior no era un pez. La mujer
hizo un gesto para que Mei se acercara y, cuando lo hizo, dio
unos golpes en el cristal.

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Lo que había dentro levantó la cabeza al oír el sonido. Era un
hombre, pero estaba desnudo y su piel no parecía piel. Tenía unos
ojos azules que brillaban tanto que parecía que había un incen-
dio dentro de su cabeza. Y sus manos no parecían normales.
Se acercó al cristal, y Mei empezó a gritar.

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