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Antonio Bravo
«YO SOY EL CAMINO Y LA VERDAD Y LA VIDA»
Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me
puedes seguir ahora, me seguirás más tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo
seguirte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En
verdad, en verdad te digo: No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces.
No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre
hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar.
Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo
estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no
sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde: «Yo soy el
camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí,
conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con
vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices
tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os
digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras.
Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. (Jn 13, 36-14, 11)
I.- EL CONTEXTO BÍBLICO DE LA AFIRMACIÓN DE JESÚS
Las cinco afirmaciones que hemos analizado: «Yo soy el pan de vida», «Yo soy la luz del
mundo», «Yo soy el buen pastor», «Yo soy la puerta de las ovejas», «Yo soy la resurrección
y la vida», se enmarcaban en la predicación y actividad de Jesús entre los judíos. Los
discípulos habían participado simplemente como testigos y espectadores. Ahora el
contexto es otro. La afirmación de Jesús tiene lugar en el marco de la intimidad, de la cena
pascual con los suyos, con aquellos que habían creído en él, aun cuando fuera de manera
imperfecta.
La primera parte del Evangelio según san Juan termina con el anuncio de la exaltación de
Jesús a través de la cruz y, ante todo, con la afirmación de la incredulidad de sus oyentes.
El evangelista constata la incredulidad, como cumplimiento de las Escrituras, y pone en
labios de Jesús un grito en que denuncia la incredulidad y sus consecuencias.
Habiendo hecho tantos signos delante de ellos, no creían en él para que se cumpliera el
oráculo de Isaías que dijo: «Señor, ¿quién ha creído nuestro anuncio? y ¿el brazo del Señor
a quién ha sido revelado?». Por ello no podían creer, porque de nuevo dijo Isaías: «Ha
cegado sus ojos y ha endurecido sus corazones, para que no vean con sus ojos y entiendan
en su corazón y se conviertan y yo los cure». Esto dijo Isaías cuando vio su gloria y habló
acerca de él. Sin embargo, incluso muchos de los principales creyeron en él, pero, a causa
de los fariseos, no lo confesaban públicamente para no ser expulsados de la sinagoga, pues
prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios. Jesús gritó diciendo: «El que cree en
mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha
enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.
Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al
mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien
lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he
hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir
y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo
«Yo soy el camino y la verdad y la vida» 1
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hablo como me ha encargado el Padre». (Jn 12, 37-50)
El evangelista introduce el lavatorio de los pies y el discurso de Jesús de forma solemne:
«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este
mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo». (Jn 13, 1ss) Juan recalca así el amor, la conciencia y soberana libertad con que
Jesús avanza hacia su Pascua. El lavatorio de los pies y el mandato nuevo del amor mutuo
nos recuerdan el camino que ha de seguir la comunidad de los discípulos. Tal es el camino
que Jesús recorre para ir al Padre, es el camino de la cruz. Volveremos sobre ello.
Centremos ahora nuestra atención en la metáfora del camino, que recorre las páginas de la
historia de Dios con Israel, como en tantas religiones y filosofías El salterio invita a elegir
entre dos caminos: el camino de los justos y el camino de los impíos (cf. Sal 1). No estamos
ante una simple opción moral. La Biblia nos invita a ir al fondo de la metáfora.
El credo israelita recuerda el origen de Israel en esto términos: «Mi padre fue un arameo
errante, que bajo a Egipto, y se estableció allí como emigrante» (Dt 26, 5). La dramática
historia de José, vendido por sus hermanos, muestra cómo Dios bajó con él a Egipto. Dios
era quien conducía la historia. Y remontándose a Abrahán, la carta a los Hebreos afirma:
«Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en
heredad. Salió sin saber adónde iba» (Hb 11, 8) El origen nómada de Israel nos ayuda a
comprender la importancia del camino, para un pueblo que avanza hacia el futuro que
Dios le ha prometido. Se trata de caminar con la confianza puesta en la palabra de quien lo
llama. Israel debe asumir que los caminos de Dios son insondables y no se adecuan
necesariamente a los de la cultura imperante. Escuchemos al profeta de la consolación:
Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca. Que el malvado
abandone su camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá
piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Porque mis planes no son vuestros planes,
vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la
tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes. (Is 55, 6-9)
El profeta, y su escuela con él, había meditado sobre el camino del éxodo, la verdadera
experiencia fundante de Israel. Este nunca dejó de celebrar cómo Dios, a través de un
camino sorprendente y dramático, lo había conducido a la libertad, a la alianza, al don de
la ley y, en última instancia, a la tierra de la libertad, la tierra prometida.
Israel aprendió a caminar con Dios, pues era Dios quien precedía y cerraba la marcha del
pueblo, educándolo para la vida en libertad. Es importante meditarlo a través de los libros
del Éxodo, el Levítico, los Números y, de modo particular, el Deuteronomio. Los salmos
cantan esta historia. Ahora bien, el camino del Éxodo fue dramático, pues el pueblo se
resistía a caminar en la dependencia de Dios. Para ello es necesaria una profunda
conversión del corazón para ello y una fe inquebrantable. (Ex 12-15; Dt 8, 2-6) La
metáfora del camino es frecuente en los salmos. «Los caminos de Dios son amor y verdad»
(Sal 25, 10), los caminos del Señor son justos (Dt 32, 4). Miqueas sintetizó la espiritualidad
israelita así: «Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti:
tan solo practicar el derecho, amar la bondad y caminar humildemente con tu Dios» (6, 8)
En la meditación podemos leer el inicio del libro de Deuteronomio, pues muestra bien la
solicitud de Dios, las resistencias del pueblo para andar el camino, y el drama del
convocado para llevar adelante la misión de liberar al pueblo.
«Yo soy el camino y la verdad y la vida» 2
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Pero vosotros no quisisteis subir, os rebelasteis contra la orden del Señor, vuestro Dios, y
murmurasteis en vuestras tiendas: “Por odio nos ha sacado el Señor de Egipto, para
entregarnos en manos de los amorreos y aniquilarnos. ¿Adónde vamos a subir? Nuestros
hermanos nos han descorazonado al decir: ‘Es un pueblo más grande y corpulento que
nosotros; las ciudades son grandes y fortificadas hasta el cielo. Y hasta anaquitas hemos
visto allí’”. Yo os dije: “No os asustéis ni les tengáis miedo. El Señor, vuestro Dios, que os
precede, combatirá por vosotros, como hizo ante vuestros mismos ojos en Egipto y en el
desierto, donde has visto que el Señor, tu Dios, te llevaba, como un padre lleva a su hijo, a lo
largo de todo el camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar”. Pero aun así no
creísteis en el Señor, vuestro Dios, que os precedía en el camino para buscaros un lugar
donde acampar, de noche mediante el fuego, para indicaros el camino que debíais seguir, y
de día mediante la nube. (Dt 1, 26-33)
En el Sinaí, el Señor estableció alianza con el pueblo y le dotó del don de la Ley, como el
camino a seguir para permanecer en la vida y libertad. Seguir otro camino conduce de
nuevo a la esclavitud y la muerte. Así los proclaman los profetas de la alianza; y lo cantan
los salmos. Israel es dichoso y privilegiado, pues Dios quiso revelarle el camino de la
verdadera sabiduría. (cf. Sal 119; Ba 3, 9-4, 4).
Los profetas presentan el exilio como consecuencia de haber abandonado el camino del
Señor, para transitar por otros caminos. Dios volverá a intervenir. Un nuevo éxodo tendrá
lugar y Dios abrirá un camino nuevo (cf. Is 40-55). Dios promete a su pueblo: «Abriré un
camino en el desierto, corrientes en el yermo» (43, 19). Así se compromete a exaltar a su
siervo Israel, después de anunciar al Siervo «luz de las naciones» (49, 1-6)
Así dice el Señor, redentor y Santo de Israel, al despreciado, al aborrecido de las naciones,
al esclavo de los tiranos: «Te verán los reyes, y se alzarán; los príncipes, y se postrarán;
porque el Señor es fiel, porque el Santo de Israel te ha elegido». Así dice el Señor: «En
tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado; te he defendido y
constituido alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir heredades desoladas,
para decir a los cautivos: “Salid”, a los que están en tinieblas: “Venid a la luz”. Aun por los
caminos pastarán, tendrán praderas en todas las dunas; no pasarán hambre ni sed, no les
hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales
de agua. Convertiré mis montes en caminos, y mis senderos se nivelarán. Miradlos venir de
lejos; miradlos, del Norte y del Poniente, y los otros de la tierra de Sin. Exulta, cielo;
alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se
compadece de los desamparados». (Is 49, 7-13)
Israel cree y sabe por experiencia que los caminos de Dios son verdad y vida. Por ellos guía
al pueblo de la alianza a la libertad y plenitud de vida. Los caminos del éxodo y del nuevo
éxodo, esto es, del exilio, son una metáfora del camino hacia un futuro definitivo. Así lo
anunció Juan Bautista cuando, retomando las expresiones del profeta de la consolación,
proclamaba la llegada de los tiempos mesiánicos:
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón
de los pecados,
como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Voz del
que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles
serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo
escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios». (Lc 3, 3-6; Is 40, 1-
11)
Pero conviene constatar un aspecto de capital importancia. Dios, ante la infidelidad del
pueblo para vivir de acuerdo con la alianza, no se limitó a mostrar el camino de la ley, sino
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que intervino sin cesar para reconducirlo al camino de la verdad y libertad, para renovar
su alianza. Dios es fiel a su palabra. Su fidelidad es raíz de la esperanza y humildad del
pueblo, que no puede salvarse por él mismo. El pueblo está llamado a vivir en estado
permanente de conversión. Pero pasemos ahora a descubrir la novedad con que Jesús se
presenta ante los ojos de los discípulos al afirmar: «Yo soy el camino y la verdad y la vida.
Nadie va al Padre, sino por mí.» (me centro en el tema del camino)
II.- «YO SOY EL CAMINO»
Ante la autoproclamación de Jesús como «el camino» delante de sus discípulos, de los que
han creído en él, me pregunto: ¿De dónde arranca el camino y hacia dónde conduce?
¿Cómo se presenta el camino? ¿Con qué medios contamos para recorrer el camino?
¿Podemos andar solos el camino? Son preguntas importantes.
El evangelista Juan, a lo largo de su evangelio, da una respuesta clara, sencilla, magnífica y
sorprendente a la primera cuestión. «Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en
sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto, y
tomando una toalla, se la ciñe… etc.» (Jn 13, 3ss). Él es la escala que une el cielo y la tierra
(cf. Jn 1, 51). Otros escritos del Nuevo Testamento dicen: el Mediador único de la nueva y
definitiva alianza (cf. 1Tim 2, 5; Hb 8, 6; 9, 15; 12, 24). Por medio de Jesús entramos en el
descanso de Dios, esto es, en su propia vida divina (Hb 3, 1-4, 16). Él inicia y consuma
nuestra fe (cf. Hb 12, 1-6). Él conduce a la verdad y vida en plenitud, que brota del Dios fiel
de la Alianza. ¡Dios es Amor! El hombre creado a su imagen y semejanza se realiza en el
amor.
Jesús, al venir de Dios y volver a Dios, nos da a conocer el origen y la meta del camino: el
Padre, la vida misma de Dios, su gloria y herencia de Hijo. En Cristo venimos de Dios y
vamos a Dios. Este camino solo puede ser abierto por Jesús. Se nos ofrece gratuitamente.
Pedro no lo entendía, aun cuando estuviera lleno de buena voluntad; luego entenderá.
Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me
puedes seguir ahora, me seguirás más tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo
seguirte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En
verdad, en verdad te digo: No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces. (Jn
13, 36-38)
La pretensión es mala consejera. Es necesario avanzar con la humildad. Recordemos lo
que Jesús dijo: nadie puede ir a él, creer en él, si el Padre no lo atrae y conduce (cf. Jn 6,
44.65). Nadie es capaz de andar el camino si el Espíritu no lo ilumina y sostiene. Jesús es el
camino y la puerta, la Pascua es la llave para entrar en el descanso de Dios (Hb 2, 19; 9, 24)
El Verbo eterno de Dios se hizo nuestro camino en la encarnación redentora. Él inicia y
consuma nuestra fe, es nuestra esperanza. La carta a los Hebreos invita a la esperanza,
pues en Cristo tenemos la libertad para entrar en el santuario, en el descanso de Dios.
¿Cómo se presenta el camino? La respuesta a esta segunda cuestión tiene también su
importancia. Jesús, en el sermón del monte, afirma: «Entrad por la puerta estrecha. Porque
ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por
ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan
con ellos.» (Mt 7, 13-14)
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El camino recorrido por Jesús, viniendo de Dios y volviendo a Dios, no es otro que el de la
Pascua. El Verbo se hizo carne, se despojó de su manto, se ciñó la toalla del esclavo, dio la
vida para que los esclavos pudieran acceder a la condición de hijos de Dios. Quien quiere
seguir a Jesús, esto es, caminar en él y por él, debe escuchar palabras como estas:
Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por
los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo
explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero
él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú
piensas como los hombres, no como Dios!». Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el
Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su
alma?¿O qué podrá dar uno para recobrarla? Quien se avergüence de mí y de mis palabras
en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él
cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles». Y añadió: «En verdad os
digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean el reino de
Dios en toda su potencia». (Mc 8, 31-9, 1)
Estas afirmaciones de Jesús, conviene notarlo, se hallan inscritas entre la confesión de
Pedro iluminado por el Padre: «Tú eres el Mesías» (8, 29); y la voz de la nube al final de la
transfiguración: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo» (9, 7).
Para andar el camino que conduce al descanso de Dios, hay que negarse a sí mismo, cargar
con su cruz y marchar detrás de Jesús. No se trata de elegir la cruz, sino de cargar con la
que nos es dada. También aquí se trata de aprender a vivir del don de Dios, de llevar la
cruz para entrar en la gloria. Y accedemos así a la tercera pregunta, que me hacía.
¿Con qué medios contamos para andar el camino, sabiendo que el camino ahora es
una persona? Sabemos, por una parte, que Jesús, resucitado de entre los muertos, recordó
a los suyos, invocando la Ley, los profetas y salmos, que había sido necesario su transito
por la cruz (cf. Lc 24, 25-27.44-45). En el cenáculo, Jesús anunció a los suyos que
compartirían su pruebas y su muerte: «Le seguirían después». He aquí una afirmación, que
nos cuesta aceptar. El discípulo sólo puede seguir a Jesús hasta el final si está sostenido
por el Espíritu Santo.
La carta a los Hebreos nos habla del sacerdocio existencial de Jesús, epicentro de nuestra
vocación sacerdotal. Él nos abre el camino a través de la cruz. Él es sacerdote y víctima. Él
vive en nosotros su condición de sacerdote y víctima. Detengamos un poco en este punto
tanta importante para nuestro carisma. Releamos unos textos significativos:
Así pues, teniendo libertad para entrar en el santuario, en virtud de la sangre de Jesús,
contando con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la
cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios,
acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala
conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura. Mantengámonos firmes en la esperanza
que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa. Fijémonos los unos en los otros para
estimularnos a la caridad y a las buenas obras; no faltemos a las asambleas, como suelen
hacer algunos, sino animémonos tanto más cuanto más cercano veis el Día.
Porque, si
después de haber recibido el conocimiento de la verdad pecamos deliberadamente, ya no
quedan sacrificios por los pecados, sino solo la perspectiva pavorosa del juicio y del furor
del fuego que devorará a los enemigos. (Hb 10, 19-27)
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En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en
la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia,
fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo
inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del
trono de Dios. Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni
perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y
habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: Hijo mío, no rechaces la corrección
del Señor, | ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama | y
castiga a sus hijos preferidos.
(Hb 12, 1-6)
Puesto que el camino es alguien, Jesús (en el AT el camino era la Ley dada por Dios),
andamos en él y con él. Él lo inicia y consuma en todos y cada uno de nosotros. Él lo dijo:
«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». (Mt 28,
20) El evangelista Marcos lo expresa en estos términos: «Después de hablarles, el Señor
Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas
partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaba».
(Mc 16, 19-20) El Resucitado no nos abandona. Más, en él, también nosotros estamos ya
sentados de alguna manera a la derecha del Padre. Por eso hay que obedecer a Dios antes
que a los hombres. (cf. Hch 5, 29-31).
Pero detengámonos en una palabra que sólo aparece 4 veces (Hch 3, 15; 5, 31; Hb 2, 10;
12, 2) en el NT, pero que tiene gran relevancia para nuestra contemplación: ARCHÊGOS,
cuya traducción es controvertida: caudillo, líder, jefe, el que inicia, el que es el primero, el
que está a la cabeza, el pionero. Personalmente me gusta esta última, pero no cabe duda
que la de caudillo se inscribe en la perspectiva del Antiguo Testamento. Yahvé aparece
como el caudillo del pueblo, él lo guía y conduce. Jesús exaltado a la derecha del Padre es el
caudillo del nuevo pueblo de Dios que conduce a la vida y alabanza a través de la Pascua.
Si personalmente me gusta más la traducción de «pionero», lo es porque subraya mejor
que él abre y desbroza el camino, desde la búsqueda, dejándose conducir por los hechos,
que camina en pobreza, debilidad y humildad, que vive el dolor y la duda inherentes a la
condición humana, que abre la senda para que sus seguidores hagan obras mayores, que
deja espacio para nuevos descubrimientos. El pionero, además, sigue trabajando desde el
silencio y la humildad, para que la obra iniciada vaya adelante. El apóstol expresaba así su
confianza: «Doy gracias a mi Dios cada vez que os recuerdo; siempre que rezo por
vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del
Evangelio, desde el primer día hasta hoy. Esta es nuestra confianza: que el que ha
inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo
Jesús». (Flp 1, 3-6) Jesús resucitado prosigue su obra en nosotros. Él inicia y consuma
nuestra fe, nos adentra en el Verdadero y el Viviente. Por él nos llega la vida, el verdadero
conocimiento de Dios, y por él caminamos hacia la plena posesión de la vida.
El Espíritu Santo nos ha sido dado para andar el camino que es Cristo Jesús. En la intimidad
del cenáculo, Jesús, en el momento de pasar de este mundo al Padre, prometió que se iba
prepararnos un lugar, que tuviéramos confianza, pues volvería a buscarnos; pero mientras
tanto les anunció también que serían perseguidos. Para andar el camino nos prometía el
Paráclito, el Espíritu de la verdad, libertad y comunión. Él no guiaría a la verdad plena y
nos haría los testigos del Crucificado exaltado a la derecha del Padre. Y esto hasta el final
de los tiempos.
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Jesús no deja solos a los suyos. Su Espíritu estará para siempre con nosotros, como lo
estuvo con su humanidad, a fin de caminar hacia el Padre a través de la cruz. Una vez más
podemos escuchar lo que decía el predicador de la carta a los Hebreos:
Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su
aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo,
que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá
purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!
(9,
13-14)
El camino es empinado y nosotros débiles, frágiles y quebradizos, pero el Espíritu nos
conforta y defiende ante los tribunales de este mundo. Él habla por nosotros. Él sostiene al
testigo, si le obedece. Jesús nos bautiza con el Espíritu para llevar a cabo obras mayores.
Basta la fe. No es una cuestión de voluntarismos ni de heroísmos. El santo es el que se deja
guiar y conducir por el Espíritu Santo. El que vive del Espíritu, caminará en él a la meta.
Cristo, el pionero, ya nos ha abierto la puerta del reino mediante la cruz.
La comunidad de los discípulos para el camino. Jesús no llama de forma aislada, aun cuando
la llamada sea personal. Nos llama en comunidad. Y es la comunidad la que nos permite
avanzar en medio de las noches y oscuridades inherentes a la vida evangélica y a la misión.
Judas abandonó la comunidad y se hundió en la noche de la desesperanza (cf. Jn 13, 23-30)
Jesús resucitado volvió para reunir a la comunidad de los que le habían negado y les dio el
impulso definitivo con el don del Espíritu. La carta a los Hebreos, por ello mismo, insiste,
en la necesidad de frecuentar la comunidad apostólica y de no abandonarla, pues ella es
garante de la verdad que sustenta la confesión de nuestra esperanza, aun cuando en ella
pueda crecer, como en cada uno de nosotros, el trigo y la cizaña al mismo tiempo. La
Iglesia es garante de la Tradición viva mediante el don del Espíritu Santo.
Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la
promesa. Fijémonos los unos en los otros para estimularnos a la caridad y a las buenas
obras; no faltemos a las asambleas, como suelen hacer algunos, sino animémonos tanto
más cuanto más cercano veis el Día.
(Hb 10, 23-25)
III.- LA META DEL CAMINO, EL PADRE
Pasemos ahora a precisar un poco más el origen primordial y la meta definitiva del camino
que es Cristo en el Espíritu Santo. El origen del camino, como bien sabemos, es el Padre en
su amor apasionado por el mundo (cf. Jn 3, 16). Él es también la meta. Su designio es
incorporarnos a su vida en el Hijo amado. En él nos eligió y nos amó en la eternidad (cf. Ef
1, 3ss). Él es «origen, guía y meta de todo lo creado». El apóstol Pablo nos muestra así la
continuidad y novedad del Dios de la creación y la alianza.
Para nosotros escribía Pablo a la comunidad de Corinto, no hay más que un Dios, el Padre,
de quien procede todo y para el cual somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien
existe todo y nosotros por medio de él. (1Cor 8, 6)
¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus
decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O
¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?
Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén. (Rom 11, 33-36)
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Jesús es el camino en cuanto viene del Padre (la encarnación: «Y el Verbo se hizo carne») y
va al Padre, pasando por los últimos de este mundo, llevando así a cabo la obra que se le
confió (es la Pascua del amor hasta el extremo). Él es el Mediador. Uno con nosotros y uno
con el Padre. Por ello afirma con toda claridad: «Nadie va al Padre sino por mí», como
nadie va al Hijo si el Padre no lo atrae. En la víspera de su Pascua, Jesús desvela a los suyos
el misterio de su venida e ida al Padre en estos términos:
No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre
hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar.
Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo
estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
La Pascua es el paso de este mundo a la casa del Padre. Si la pascua judía celebraba el paso
liberador de Dios, ahora celebramos el paso del Hijo del hombre a Dios. Un paso que nos
abre a todos la puerta de la casa del Padre: va a prepararnos un lugar y nos promete
volver, para llevarnos con él y estemos donde él esta. El destino de quien cree en Dios y en
Jesús es el destino del Hijo enviado en al carne. Y Jesús añade: «Y adonde yo voy, ya sabéis
el camino».
Pero Tomás, el discípulo, que había enardecido a los demás para ir con Jesús y morir con
él, pregunta ahora (signo de un entusiasmo falto de inteligencia): «Señor, no sabemos
adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» La intervención de Tomás muestra, una
vez más, que el «creer y saber» de los discípulos en el Santo de Dios, como había confesado
Pedro, era todavía muy incipiente. En efecto, no tenían una clara comprensión de la meta a
la que se dirigía su Señor y la identidad de este. Algo intuían, pero sin claridad.
Y esto lo confirma la reacción de Felipe, ante las palabras asombrosas de Jesús: «Yo soy el
camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí,
conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Ellos habían visto
en Jesús, como lo muestra la reacción de los discípulos en el camino de Emaús, así como la
pregunta de los discípulos al Resucitado sobre la restauración del reino de Israel, a un
profeta poderoso en obras y palabras, no habían cruzado el umbral de acceso a la verdad.
En Jesús han oído al Padre, lo han conocido, lo han visto; pero no eran todavía conscientes
de ello. Jesús es el camino que conduce a la verdad y la vida.
Felipe, símbolo del «deseo» de la humanidad, como Tomás del «entusiasta» falto de
inteligencia, ruega a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». He aquí una petición
que muestra cómo los discípulos no acaban de entrar en la inteligencia de la fe verdadera.
«Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me
ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo
estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El
Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el
Padre en mí. Si no, creed a las obras.»
Jesús, por tanto, revela así su verdadera identidad. Él es el camino para ir al Padre porque
viene del Padre y va al Padre, y, ante todo, porque está en el Padre. De esta forma el que
está con Jesús por la fe está ya con el Padre.
Un poco más adelante, después de anunciar que pedirá al Padre, para que envíe al otro
Paráclito, Jesús añade: «Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo
en vosotros; y luego, ante la pregunta de Judas, afirma: «El que me ama guardará mi
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palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Y esto es
precisamente lo que «el otro Paráclito», el Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre no
cesa de atestiguar en el corazón del verdadero discípulo.
He aquí lo asombroso de la fe cristiana. ¡No nos dejemos arrebatar la verdad y la vida!
Jesús es el Camino en cuanto es el Revelador y el Salvador. Por él llegamos a la fuente de la
verdad, al Verdadero, que es el Padre. Por él llegamos a la fuente de la Vida, que es el
Padre. En el Espíritu vamos entrando en la verdad plena y en la comunión que existe entre
el Padre y el Hijo. Nuestra espiritualidad es trinitaria.
IV.- CONSECUENCIAS PARA NUESTRAS VIDAS
1. La alegría del peregrino, del nómada de la fe. Somos realmente afortunados si
conocemos la meta y el camino a seguir para llegar a la meta. El ser humano es un
peregrino, lo quiera o no, un verdadero nómada. Así lo reconocemos cuando hacemos
afirmaciones como las siguientes: nuestro mundo ha perdido el norte. La sociedad y
las personas andan por malos caminos. Y así lo constatamos todos los días. La pérdida
del sentido de la vida arrojan a la humanidad en una cierta angustia y desesperación,
como lo atestigua la historia y la Biblia.
El camino para nosotros no es ya «la ley», ni «unos valores», por nobles que puedan
ser, ni «unas creencias religiosas», ni «un cierto humanismo», sino Alguien. En él, con
él, como él y por él avanzamos hacia el Padre. La meta no es el hombre, sino el Padre.
En Cristo estamos de camino hacia el Padre. Nuestra alegría de peregrinos, de
nómadas de la fe, está en saber hacia donde nos encaminamos y el camino a seguir. Y
así, en la fe, se funda e inicia el camino del amor y la verdadera esperanza. Quien ha
comprendido esto, aun cuando pase por momentos de oscuridad y turbación, vivirá
anclado en la esperanza y la alegría pascual.
2. Haciendo camino con el Otro. Jesús es «el pionero», el que desbrozó el camino
delante de nosotros; pero también el que camina con nosotros y en nosotros. No
estamos solos en el camino de la vida. Además, no lo perdamos de vista, caminamos
como cuerpo de Cristo, esto es, en unidad y solidaridad con todos los llamados a
compartir la herencia de Cristo. La Iglesia es el pueblo peregrino.
Nuestras comunidades han de cultivar la dinámica propia del peregrino. No puede
detenerse en el camino, pues Cristo, nuestra cabeza, está siempre de camino hacia el
Padre y también hacia los últimos. Jesús va al Padre, pero haciéndose el último de los
esclavos, lavando los pies de los suyos.
Y esto es muy importante notarlo. No podemos ser autistas, como tantas veces sucede
hoy en nuestro mundo. El autista (no me refiero ahora a la enfermedad de algunas
personas) grupal, o societario, vive replegado sobre él mismo. La causa suele ser
doble: o bien el egoísmo individualista, al que nos solemos referir con más frecuencia,
o bien la impotencia y el desvalimiento que experimenta el individuo o los grupos,
para situarse ante una sociedad de la que se siente abandonado. Aquí se encuentra la
raíz de tantos fundamentalismos, sean estos de derechas, del centro o de la izquierda.
De ahí la importancia de insistir que Cristo Jesús es el camino para mí y para los otros:
es nuestro camino. Hacemos el camino en compañía con los otros, pues somos uno en
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el Otro. El camino hecho en y con Jesús es la senda empinada que va del bautismo en el
Jordán a la Pascua. Es un camino de fe y amor, de esperanza y solidaridad, de vida
compartida.
3. El bastón para el camino. El «Hijo de Dios» en la historia experimentó la fragilidad y
rebelión de su propia carne, pues fue enviado en una carne semejante a la del pecado,
frágil y débil. Como nosotros experimentó también la tentación, la turbación, la
angustia, el tedio, la tristeza hasta morir. Quien lo sostuvo en el camino fue el Espíritu
Santo, que «bajó y se posó sobre él» (cf. Jn 1, 32-34). Así, en el Espíritu eterno se
entregó al designio del Padre para salvar al mundo a través de la cruz (cf. Hb 9, 14).
Él prometió a sus discípulos «el otro Paráclito de junto al Padre», para que caminasen
los discípulos en el mundo como sus testigos. Moisés recibió un bastón maravilloso
para llevar adelante al pueblo a la libertad a través del desierto. Cuando Jesús envío a
los discípulos por los caminos de Galilea a predicar la llegada del reino de Dios, les
dijo: «No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; tampoco alforja para el camino, ni
dos túnicas, ni sandalias, ni bastón». Pero les aseguró que cuando fueran llevados ante
los tribunales, el Espíritu hablaría por ellos (cf. Mt 10). Resucitado de entre los
muertos envió sobre ellos el Espíritu, para que fueran sus testigos hasta los confines
de la tierra. El Espíritu es nuestro verdadero bastón, Él es el Espíritu de la verdadera
libertad, el que nos libera para que seamos liberadores de los demás.
Pablo VI, después de insistir en el sentido de la liberación a la luz de la revelación, de la
historia y de la reflexión de fe, de un humanismo de impronta evangélica, concluía:
Dicho esto, nos alegramos de que la Iglesia tome una conciencia cada vez más viva de la
propia forma, esencialmente evangélica, de colaborar a la liberación de los hombres. Y ¿qué
hace? Trata de suscitar cada vez más numerosos cristianos que se dediquen a la liberación de
los demás. A estos cristianos "liberadores" les da una inspiración de fe, una motivación de amor
fraterno, una doctrina social a la que el verdadero cristiano no sólo debe prestar atención, sino
que debe ponerla como base de su prudencia y de su experiencia para traducirla concretamente
en categorías de acción, de participación y de compromiso. Todo ello, sin que se confunda
con actitudes tácticas ni con el servicio a un sistema político, debe caracterizar la acción del
cristiano comprometido. La Iglesia se esfuerza por inserir siempre la lucha cristiana por la
liberación en el designio global de salvación que ella misma anuncia. (EN 38)
Cristo nos liberó para la libertad. Pero solo quien vive del Espíritu y camina en el
Espíritu (cf. Gal 5, 24), como lo hiciera Jesús gozará de la verdadera libertad y podrá
contribuir a la liberación de los hermanos, sin caer en las nuevas esclavitudes que
propician quienes pretenden ser liberadores de los demás al margen del evangelio del
reino de Dios. También aquí conviene recordar las palabras del Papa:
La Iglesia asocia, pero no identifica nunca, liberación humana y salvación en Jesucristo,
porque sabe por revelación, por experiencia histórica y por reflexión de fe, que no toda
noción de liberación es necesariamente coherente y compatible con una visión evangélica
del hombre, de las cosas y de los acontecimientos; que no es suficiente instaurar la
liberación, crear el bienestar y el desarrollo para que llegue el reino de Dios.
Es más, la Iglesia está plenamente convencida de que toda liberación temporal, toda
liberación política —por más que ésta se esfuerce en encontrar su justificación en tal o cual
página del Antiguo o del Nuevo Testamento; por más que acuda, para sus postulados
ideológicos y sus normas de acción, a la autoridad de los datos y conclusiones teológicas;
por más que pretenda ser la teología de hoy— lleva dentro de sí misma el germen de su
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propia negación y decae del ideal que ella misma se propone, desde el momento en que sus
motivaciones profundas no son las de la justicia en la caridad, la fuerza interior que la
mueve no entraña una dimensión verdaderamente espiritual y su objetivo final no es la
salvación y la felicidad en Dios. (EN 35)
4. Dar a conocer el camino. Para concluir esta meditación recordemos: «la comunidad
apostólica», «la Iglesia naciente», era conocida como «el camino» (Hch 24, 22). Los
cristianos, iluminados por el Espíritu Santo eran conscientes de haber encontrado el
verdadero camino, para ir al encuentro de Dios (cf. Hb 9, 8). No el camino de «la Ley»,
sino el camino de «la ley de Cristo» (Gal 6, 2; 1Cor 9, 21): ahora la ley es Alguien. Este
«camino personal» se precisa también como «la ley del Espíritu» (Rom 8, 2) o como «la
ley perfecta, la de la libertad» (Sant 1, 25; 2, 12). Es el camino del éxodo el que se ha
realizado en la pascua del Hijo del hombre, su paso de este mundo al Padre. La carta a
los efesios recuerda: «Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él
[Cristo] en un mismo Espíritu» (Ef 2, 18)
Los peregrinos de la fe debemos avanzar como hijos, esto es, como imitadores del
Padre, unidos a Cristo. (cf. Ef 5, 2; Col 2, 6), animados por el Espíritu que derrama el
amor divino, el agapé, en nuestros corazones (cf. Rom 5, 5).
Si nos alegra conocer el camino, si además contamos con el otro Paráclito, para
transitar en y con Jesús al Padre, no podemos guardar esta riqueza para nosotros,
estamos llamados a comunicarla con sencillez y alegría, con valentía y respeto, sin
imponerla, pero también con la parresía del Espíritu a todos los que quieran conocer
su destino y el camino a recorrer en verdad y amor. Somos peregrinos, estamos de
camino y mientras caminamos anunciamos el Evangelio de la gracia. El origen y la
meta es el Padre. El camino es el Hijo. El bastón para andar el camino es el Espíritu
Santo.
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