UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA
DE MÉXICO
FACULTAD DE ESTUDIOS SUPERIORES IZTACALA
Sistema de Universidad Abierta y Educación a Distancia
Manuscrito Recepcional
Programa de Profundización en Psicología de la Salud
“Revisión conceptual sobre resiliencia en cuidadores
primarios de personas adultas mayores dependientes”
Investigación Teórica
QUE PARA OBTENER EL TÍTULO DE:
LICENCIADA EN PSICOLOGÍA
P R E S E N T A:
Maria Cristina Adriana Ortiz Sánchez.
Director : Lic. Marco Antonio Flores Mondragón
Dictaminadores: Mtra. Lizbeth Escobedo Pedraza
Mtra. Mayte Ortiz Romero
Los Reyes Iztacala Tlalnepantla, Estado de México, 07 de junio de 2019
Agradecimientos
Le agradezco a mi director de manuscrito, Lic. Marco Antonio Flores Mondragón, el apoyo
que me ha dado, su guía y el compartir conmigo el interés por este tema.
Agradezco a todos y cada uno de mis tutores de Suayed que estuvieron presentes
durante todo mi proceso de aprendizaje, a mis compañeros que se volvieron amigos y con
quienes tuve la oportunidad de compartir experiencias.
Agradezco a mi papá, a mi madrina, que siempre han estado apoyándome en todo
momento y a mi mamá que, aunque no en presencia, sé que me acompaña; los tres han sido
los pilares que han permitido que yo logre alcanzar esta meta.
Agradezco a mis 3 hijas, y a mi hermana por acompañarme en este camino y
permitirme aprender de ustedes.
Agradezco a todos y cada uno de mis amigos que estuvieron desde el principio para
apoyarme, escucharme, cuestionarme y compartir conmigo los buenos momentos y más, los
complicados.
Mariana, Viki, Gustavo y Fernanda les dedico este trabajo; nunca es tarde para lograr
lo que se propongan, las metas no tienen limite de tiempo.
Índice
Prólogo…………………………………………………..............................2
Resumen…………………….……………………………………………….4
Objetivo…………………………………………………. ………................5
Introduccion………………………………………………………………….5
Capítulo 1. Adulto mayor…………………………………………...……9
1.1. La definición de adulto mayor………………………………...9
1.2. Tipos de envejecimiento………………………………………11
1.3. El envejecimiento como condición psicosocial….…….……11
1.4. Adulto mayor dependiente……….…………………….…..…12
Capítulo 2. Cuidador primario…….…..……………………………...15
2.1 La figura del cuidador en la sociedad….……………………16
2.2 Las características sociodemográficas………….………….17
2.3 Las actividades y destrezas que debe de desarrollar el
cuidador………………………….…………………………….19
2.4 La sobrecarga del cuidador…….………….…………..….…23
Capítulo 3. Resiliencia………………………..…………………..…….24
3.1 Los conceptos de resiliencia…………………..……..…..25
3.2 Estudios sobre resiliencia………………………………...26
3.3 Descripciones concretas de la resiliencia……………….27
Capítulo 4. Resiliencia en cuidadores primarios…….………..…..28
4.1 La definición del cuidador resiliente.……….…….……..28
4.2 La investigación de resiliencia en cuidadores
primarios……………………………………………………….29
4.3 La resiliencia como un proceso…………………………32
Integración de revisión…………….………………………………….34
Conclusiones………………………………………..…………………..36
Referencias……………………………...………………………………39
1
Prólogo
«La idea de la resiliencia acaba de nacer, pero existe probablemente en la realidad
desde el origen de la humanidad». (Cyrulnik, 2001, p. 74)
Pensar en la resiliencia hace reflexionar acerca de cómo funciona el pensamiento
del individuo desde lo más profundo, ya que los procesos cognitivos son tan complejos
que pareciera que solo algunos tienen la oportunidad de lograr realizar este proceso.
La sociedad ha sufrido grandes transformaciones a nivel sociocultural por lo que la
calidad de vida es un objetivo que se ha tornado relevante. Por ello, se hacen esfuerzos
permanentes para que se vaya logrando.
Se han adoptado buenos hábitos y conductas saludables en amplios sectores de la
sociedad y su difusión entre niños, jóvenes y adultos se ha convertido en un deber con el
fin de facilitar su desarrollo con bienestar. Pero este aspecto —aunque se considere que
el individuo tenga una vida con estable y con salud— por sí mismo no podría catalogarse
como resiliencia.
La resiliencia se genera a partir de un evento adverso mientras «duerme» al interior
de las personas, por lo que es relevante conocer cómo se puede apoyar el desarrollo de
este factor que protege la salud física y mental de las personas.
Todas las etapas de la vida del individuo enfrentan ciertas expectativas y, también,
dificultades propias de las circunstancias de su entorno —como puede ser la emoción
que causa en la pareja su próximo matrimonio, o el anuncio de que espera un bebé; la
del niño cuando aprende a caminar o la de una chica que entra a la universidad—. Sin
embargo, en lo que se refiere a la etapa de adulto mayor se debe reconocer que sigue
siendo un tema que ni antes ni ahora ha sido tratado de forma tal natural.
2
Lo anterior, deja en franca desventaja a una parte de la población en la época que
nos tocó vivir. Pensar en llegar a la senectud no es algo que resulte agradable para la
mayoría de los individuos, indistintamente del género, debido a que se considera que es
el ocaso de la vida. Conforme las personas entran a esta etapa, sufren diversos cambios
que, tarde o temprano, harán mella en su autonomía y, por ende, les será necesario el
apoyo —en mayor o menor medida— de una persona cercana.
Es en este punto donde surge otro tema que no se toma en consideración hasta
que necesidad se manifiesta: ¿quién se encargara de cuidar y apoyar al adulto mayor?
La respuesta tácita será el familiar más cercano.
Esta persona se encontrará con una cantidad de elementos adversos en su camino
por lo que, de no contar con un nivel alto de resiliencia, su calidad de vida será muy
reducida y estará propensa a sufrir una serie de afectaciones en su salud. Por lo tanto,
es importante investigar, en el ámbito de la Piscología, como propiciar el desarrollo de
los mecanismos que integran la resiliencia de la cuidadora o cuidador.
Este es un elemento que puede proteger y apoyar a este sector de la población
que, a pesar de vivir en un mundo con mucha información, desconoce tal condición de
vida.
A este tema no se le da la importancia que merece, a pesar de que es necesario
buscar que el cuidador —como individuo— no se pierda en el cuidado de la otra persona.
Es necesario que el cuidador se encuentre, se conozca y reconozca sus fortalezas,
porque a partir de su bienestar podrá generar bienestar a su alrededor.
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Resumen
El aumento exponencial de la población de adultos mayores y el alto índice de
enfermedades crónicas que presentan los hace susceptibles a perder su autonomía y
convertirse en personas dependientes que necesitan de un cuidador primario que los
apoye en su vida diaria, lo que genera una problemática de salud física y emocional,
para quien asume el papel de cuidador primario, el cual según las estadísticas
sociodemográficas muestran que en su mayoría son mujeres, y que son familiares
cercanos al adulto mayor dependiente, por lo que se realizó una investigación teorica
utilizando metodología PICO abarcando un criterio de para revisar los diversos
conceptos que se manejan sobre la resiliencia en psicologia en la última década,
delimitando los componentes que abarcan este proceso, observando los resultados de
diversas investigaciones se determinó que los niveles de resiliencia pueden elevarse y
que el individuo es capaz de adquirir y desarrollar este tipo de comportamiento, en
base a intervenciones psicologicas desde un enfoque de la psicologia positiva, se puede
considerar esta una alternativa terapéutica para apoyar a quienes son cuidadores
primarios demostrando que según la literatura científica es posible propiciar el desarrollo
de resiliencia, al generar en el individuo inteligencia emocional, interacción con el medio
y las relaciones afectivas que puedan ser factores protectores que preserven la calidad
de vida de los cuidadores primarios.
Abstract
The exponential increase in the population of older adults and the high rate of chronic
diseases they present make them susceptible to losing their autonomy and becoming
dependent people who need a primary caregiver to support them in their daily lives, which
generates a problem of physical and emotional health, for those who assume the role of
primary caregiver, which according to sociodemographic statistics show that most of them
are women, and that they are close relatives of the elderly dependent, so a theoretical
investigation using PICO methodology was carried out. a criterion to review the various
concepts that are handled on the resilience in psychology in the last decade, delimiting
the components that comprise this process, observing the results of various investigations
determined that the levels of resilience can rise and that the individual is capable to
acquire and develop this type of behavior, based on psychological interventions from a
positive psychology approach, can be considered a therapeutic alternative to support
those who are primary caregivers showing that according to the scientific literature it is
possible to promote the development of resilience, by generating emotional intelligence
in the individual , interaction with the environment and affective relationships that may be
protective factors that preserve the quality of life of primary caregivers.
Palabras clave: Afrontamiento, cognitivo, conductual, bienestar.
4
Objetivo.
Revisar las definiciones de la resiliencia y sus diversos conceptos, a fin de identificar
si se puede adquirir o desarrollar, y determinar qué factores protectores pueden ser
aplicados en beneficio de la calidad de vida y de la salud del cuidador primario de un
adulto mayor dependiente.
Introducción
Al hacer un recorrido por la historia, se observa como —desde el principio de las
civilizaciones— individuos de culturas e ideologías diferentes han tenido un objetivo en
común: buscar el bienestar del ser humano y afrontar la adversidad.
El hombre ha trabajado a lo largo de los siglos para alcanzar está aspiración; así, la
investigación científica y el desarrollo tecnológico le han permitido, a la par, la evolución
social y cultural.
Podemos encontrar —por ejemplo— en el campo de la medicina y de la psicología,
la realización de estudios sobre el funcionamiento del ser humano como un ser bio-psico-
social que interactúa con su entorno a partir de la edad, rol social, estado de salud,
ideología, educación y nivel socioeconómico, toda vez que su existencia se conforma de
un cuerpo físico y una mente que engloba los procesos cognitivos mediante los cuales
percibe su entorno y su realidad.
Con base en lo anterior, se han desarrollado investigaciones para encontrar
tratamientos que puedan dar respuesta a las diversas enfermedades que aquejan al ser
humano a fin de aumentar su expectativa de vida.
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Se ha trabajado en la modificación de creencias, en la implementación de acciones
preventivas y en nuevas prácticas de higiene y seguridad, logrando hacer una diferencia
en la forma de vivir.
En el ámbito psicológico, el tratamiento de la salud mental se ocupa de dar atención
al individuo en tres niveles: la atención primaria (preventiva), la secundaria (adherencia a
tratamientos) y la terciaria (apoyo y acompañamiento), las cuales, forman parte de la
atención integral al paciente.
En este contexto, y con base en datos estadísticos proporcionados por las Naciones
Unidas, se puede observar cómo se ha logrado un importante descenso en la tasa de
mortalidad y un aumento en los años de vida. En contraste, la tasa de natalidad también
desciende a nivel mundial.
En el año 1950, se calculaba que había 200 millones de adultos mayores a nivel
mundial; esta cifra aumentó a 350 millones en 1975 y, para el año 2000, se contabilizaron
600 millones —lo que representaba en ese momento el 10% de los habitantes del
planeta—. En una proyección de corto plazo, se calcula que para el año 2025 la cifra de
adultos mayores en el planeta se elevará a 1100 millones, lo que representará 15%. Las
estimaciones de largo plazo estiman que, en el año 2050, los adultos mayores
constituirán el 20% de la población mundial.
En el caso de México, la tasa de crecimiento de adultos mayores está por arriba del
4% anual, por lo que se calcula que, para 2030, los adultos mayores representarán el
12% del total de población del país.
Actualmente, podemos observar la transformación del ser humano en el área
psicosocial, a través del proceso de envejecimiento, pues en los últimos 50 años se ha
ampliado la expectativa de vida.
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Se deben reconocer los esfuerzos en este sentido. Los distintos sectores de la salud
desarrollan acciones que coadyuvan a mejorar las condiciones de bienestar y dignidad.
Las políticas sanitarias se han mostrado como herramientas eficaces para elaborar
programas de prevención e información; de igual manera, para crear conciencia, sobre
la importancia de cuidar la salud.
Sin embargo, en 2015, la Organización Mundial de la Salud estableció que no
existen datos sólidos, capaces de probar que los adultos mayores de la actualidad sean
más saludables que las personas adultas mayores que vivieron en el tiempo de sus
padres.
Es válido decir, por lo tanto, que la mayor parte de este sector de la sociedad actual
se ve afectada por algún padecimiento que debilita su salud. Algunas de estas
enfermedades son clasificadas como crónico degenerativas. Entre las más recurrentes a
nivel mundial tenemos las siguientes: obesidad, diabetes, cáncer, enfermedades
isquémicas del corazón y eventos cerebrovasculares.
El impacto que provocan en la vida de quienes las padecen se hacen visibles en el
grado de dependencia que generan, y en las repercusiones que desencadenan en la vida
de las personas que asumen el papel de cuidadoras. Estas, se enfrentan a desafíos que
no se tenían previstos como el cambio de roles al interior de la familia. Tal es el caso de
los hijos que tienen que adoptar el papel de padres a fin de apoyar en las diferentes
necesidades que presenta todo adulto mayor enfermo.
A lo largo del tiempo, se han efectuado diversos estudios dirigidos al cuidador,
porque se ha detectado que los individuos involucrados en esta labor se encuentran
propensos a padecer diversas patologías, estrés y depresión. Esta condición en su
7
conjunto se conoce como sobrecarga del cuidador, pues le afecta tanto física como
emocionalmente.
Por ello, en los últimos años se ha explorado un tema que se ha ligado a la
psicología positiva denominado resiliencia. Las primeras investigaciones sobre la
resiliencia se centraron en los niños, aunque también se han extendido hacia diferentes
tipos de eventos y situaciones adversas o catastróficas de la vida del individuo.
En el tema del cuidador primario, cuando este rasgo psicológico —el de la
resiliencia— está presente se ha observado que la persona tiene la capacidad de lograr
un equilibrio en su vida, tanto en el aspecto físico como mental; aun ante la presencia de
una enfermedad crónica degenerativa y eventos adversos o estresantes.
Ante la evidencia, que demuestra la existencia de este tipo de capacidad, es
relevante buscar respuestas sobre cómo puede ser desarrollada en beneficio de esta
población.
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Capítulo 1. Adulto mayor
1.1 La definición de adulto mayor
La persona denominada como adulto mayor (Lozano, 2011) según el criterio
adoptado por las Naciones Unidas, es la que ha cumplido los sesenta años en los países
en desarrollo y sesenta y cinco años, en países desarrollados; esto con el fin de asociar
la edad biológica y cronológica de los individuos.
En este período de vida, se presentan en el individuo cambios que merman su
fuerza física, ante las trasformaciones óseas, musculares y de los órganos internos;
conforme se incrementa la edad, se hace más evidente todo este proceso (Valarezo,
2016).
Se podría también decir que, además de los cambios anatómicos y fisiológicos, se
dan cambios psicológicos y sociales, los cuales se manifiestan en un marco diferente
para cada individuo.
1.2 Tipos de envejecimiento
El envejecimiento es un proceso multifactorial y multidimensional que parte de
factores genéticos y aspectos socio ambientales.
Hechavarría, Ramírez, García y García (2018) mencionan que, durante este
proceso, la salud ya no solo le concierne al individuo, sino que involucra al ámbito familiar.
Existen dos tipos de envejecimiento: el primario que se refiere al proceso que todo
ser pasa desde que nace y que, conforme se va incrementando su edad, se manifiesta
a través del cabello encanecido o de la menopausia en las mujeres; y el secundario, que
se produce con base en el estilo de vida de las personas afectadas (adicciones,
9
sedentarismo, mala alimentación, etcétera) que «interacciona con los mecanismos y
cambios propios del envejecimiento primario», lo que produce el envejecimiento normal.
Cardona y Peláez (2012) mencionan al respecto que «etimológicamente, vejez se
deriva del latín veclus, vetulus, que significa persona de mucha edad» (p. 336); esta
imagen tiene un componente psicosocial relacionado con el estereotipo actual.
Llegar a ser considerado adulto mayor significa llegar a una época de transición
ante el lugar que se ha ocupado en la sociedad; se relaciona con cambios en la jerarquía
de la familia; con la decadencia de la salud con relación a la autonomía del individuo, y
con su situación económica y laboral. El envejecimiento es parte normal del ciclo de vida,
el cual es irreversible.
Establecer el criterio más adecuado para delimitar el envejecimiento resulta
complejo debido a que es un tema de interés para diferentes disciplinas científicas,
mismas que han elaborado teorías desde la perspectiva propia de su campo de estudio,
razón por la cual no se puede elaborar un concepto unificado e integral (Aranibar, 2001).
La determinación de un valor numérico preciso estará siempre sujeta a juicio, debido
a que se conocen varios significados, tales como:
• Edad biológica, mediatizada por factores ambientales y rasgos genéticos
individuales.
• Edad psicológica o subjetiva, que se refiere a la capacidad de aceptarse a sí
mismo y de colocarse en un determinado rol.
• Edad social, que refleja los efectos de las normas que rigen los
comportamientos de los individuos en el campo social, y
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• Edad cronológica o cada uno de los períodos (generalmente años) en que se
considera dividida la vida. (Cardona y Peláez, 2012, p. 337)
1.3 El envejecimiento como condición psicosocial
Palma (2016, p. 115) afirma que «la vejez sería una condición psicosocial y, no
únicamente una edad biológica»; debido a que es observable el cambio de rol en la
sociedad, tanto en hombres, como en mujeres, que viven esta etapa de vida; son
personas que en su momento ejercieron la jefatura en la familia, que fueron proveedoras
y que atendieron las necesidades de la casa desempeñando un trabajo remunerado. En
el caso específico de las mujeres, las hubo que fueron también amas de casa e, incluso,
cubrieron ambos roles. Seres humanos que de pronto se ven relegados en sus labores y
que ven que su opinión dentro de la familia no es relevante.
En el caso de quienes no formaron una familia y que en su momento fueron dueños
de sus decisiones y de su tiempo —independientemente del modo en que se condujeron
durante su juventud y edad adulta— de pronto tienen que acercarse a familiares
cercanos, amigos o vecinos en busca de apoyo a sus necesidades si su salud se ve
comprometida, lo que repercute en su estabilidad tanto física como mental.
Entre otras situaciones, quienes cumplieron un ciclo laboral enfrentan la jubilación
o el retiro, ya sea de forma voluntaria o involuntaria; quienes son beneficiados con la
seguridad de una pensión experimentarán una tranquilidad en el aspecto económico; más
aún si cuentan con redes de apoyo social, pues les aumentan las oportunidades de
aspirar a una mejor calidad de vida.
En cambio, no se puede decir lo mismo de la condición de aquellos individuos que
carecen de este tipo de beneficios; es el caso de las mujeres, principalmente de las que
se dedicaron al hogar y han enviudado, o de los varones que, por su actividad laboral, no
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contaron con la posibilidad una seguridad social. Son realidades que comprometen su
bienestar.
Ante la llegada de la vejez, gradualmente se verán enfrentando una serie de
obstáculos, que les impedirán seguir realizando las tareas cotidianas y su trabajo, que es
fuente de sustento. Por esta razón, dependerán económicamente de hijos o familiares y,
por ende, estarán propensos a sufrir altos niveles de estrés y problemas en su salud
debido a la incertidumbre que les generan los cambios durante este período de su vida.
Durante esta etapa, diversos factores como familia, pareja, amistades, entorno
laboral, económico, social y cultural son determinantes en el proceso de adaptación del
adulto mayor. En este ciclo de vida —tanto física como mentalmente— tienen un impacto
directo en la salud de esta población.
Así, quienes han llevado un estilo de vida con hábitos y conductas saludables
tendrán mayores probabilidades de llegar a un envejecimiento activo y con una buena
calidad de vida. Sin embargo, quienes carecieron de estas condiciones, presentarán un
considerable deterioro en su salud que les conducirá a un estado senilidad (Aranibar,
2001).
Lozano (2011) menciona que la senilidad es un concepto que viene relacionado
directamente con la edad fisiológica y que se manifiesta en con un deterioro físico o
mental incapacitante para realizar las actividades de la vida diaria.
1.4 Adulto mayor dependiente
Ante el deterioro de la salud en el adulto mayor —debido a enfermedades
crónicas— se van generando cambios internos y externos que provocan alteraciones;
como respuesta, se trata de encontrar la adaptación a los mismos, con el objetivo de
mantener un equilibrio tanto a nivel individual como familiar.
12
Sin embargo, es inevitable que las alteraciones hagan mella en su capacidad
funcional, lo que trae como consecuencia una disminución en cuanto a su autonomía;
esto ocasiona, en un primer momento, un estrés muy fuerte debido a la sensación de
vulnerabilidad, pérdida e incapacidad (Hechavarría et al., 2018).
Todo ser humano en algún momento de su vida ha sido expuesto a la vulnerabilidad
y la dependencia, ya que estas forman parte de la existencia; sin embargo, la etapa donde
se alcanza una mayor probabilidad de estar sujeto a tales condiciones es en la vejez,
porque, como ya lo mencionamos anteriormente, es en la que el adulto mayor se
encuentra en franco deterioro de su salud física y mental.
En este punto, la persona se encuentra con la dificultad de manejar su cuerpo; en
algunos casos, su autoconciencia, autocontrol y su capacidad relacional. Esto del
representa una pérdida de cualidades que lo hacen vulnerable y lo ponen en condición
de dependencia (Enríquez, 2018).
«La Organización Mundial de la Salud definía la dependencia como la restricción o
la ausencia para realizar alguna actividad en la forma o dentro del margen que se
considera normal» (Bertone, Torres y Andrada, 2011, p.114). Esto se refiere a que,
cuando un individuo pierde la capacidad o se ve limitado en sus funciones para realizar
actividades cotidianas como vestirse, asearse, comer, beber, preparar sus alimentos,
cuidar de su vivienda y la necesidad de apoyo para su movilidad, se considera que es
una persona dependiente (Bertone et al., 2011).
Esta condición se asocia con el envejecimiento patológico. Las limitaciones
funcionales, se refieren tanto a la capacidad física como mental del individuo y son
predictores de mortalidad, morbilidad y discapacidad en el adulto mayor. Una persona
puede ser considerada como dependiente cuando por su condición requiere por un
13
período de tiempo prolongado e indefinido— de la ayuda de otra persona para realizar
sus actividades.
Los cuidados que se otorgan se han conceptualizado de forma integral para definir
la atención adecuada a la persona dependiente. A los primeros se le denomina
«actividades de la vida diaria» (ADV) y tiene que ver con el cuidado personal: bañarse,
apoyo para comer, arreglo personal, etc. A los segundos, se le conoce como «actividades
instrumentales de la vida diaria» (AIVD) y se refieren a las compras, preparación de los
alimentos, aseo de la vivienda, de la ropa, asuntos médicos, etc.
En México, la dependencia funcional tiene como causales características las
siguientes: edad avanzada, el género femenino, bajo nivel de alfabetización,
enfermedades cerebrovasculares, enfermedades crónicas, depresión, el deterioro
cognitivo y de la visión, limitación funcional en las extremidades inferiores, la
autopercepción de mala salud, un bajo nivel de actividad física, el tabaquismo y la baja
frecuencia de los contactos sociales (Casales, 2016).
Dentro del sistema de salud, se puede considerar a los adultos mayores como el
grupo de pacientes que presenta mayor grado de dependencia, misma que aumenta
conforme la edad; la causa principal de la dependencia de los adultos mayores se focaliza
en las enfermedades crónico-degenerativas que prevalecen entre ellos. Usualmente se
presentan acompañadas de dolor, el cual generalmente es de tipo crónico.
Cerquera, Uribe, Matajira y Delgado (2017) mencionan que se le denomina dolor
crónico cuando se presenta de forma constante por más de un mes y, además, es difícil
de tratar, debido a que, es considerado como «un conjunto de manifestaciones bio-
psicosociales, que carecen en ocasiones, de propiedades fisiológicas reparadoras» (p.
14
5) por lo que, quien lo padece, vive en una condición de sufrimiento que suele tener
repercusión directa en su entorno familiar.
Cardona y Peláez (2012) mencionan que en esta etapa la familia se erige como la
red social que dará soporte al adulto mayor, cubriendo sus necesidades básicas, como
cuidado y apoyo.
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Capítulo 2. Cuidador primario
2.1 La figura del cuidador en la sociedad
En México, así como en una gran parte del mundo, para las familias, pensar en
quién debe de hacerse cargo de cuidar al adulto mayor es un acto social implícito que,
según las tradiciones socioculturales, será apoyado por los miembros de su familia,
amistades o vecinos cuando —ante el inevitable paso del tiempo— presente una
condición de deterioro y dependencia.
Este hecho, a nivel psicosocial, es considerado como el paso natural a seguir; sin
embargo, al interior de la familia tal situación repercute en varios aspectos del desarrollo
de la vida cotidiana de sus miembros; la magnitud depende de la capacidad de
organización que puedan generar los familiares del adulto mayor. Factores como el grado
de comunicación, afecto y, la unión son determinantes para darle un cuidado de calidad
(Casales, 2016).
Cabe señalar, que independientemente de la organización intrafamiliar que se
pueda lograr —ya sea de forma positiva o negativa— se considera absolutamente normal
que de la familia surja la figura del cuidador primario, es decir, de quien será responsable
de forma principal y de manera directa, de la atención y cuidado que el adulto mayor
dependiente requiera. Este papel se le otorga a la persona que sea considerada como la
de mayor obligación según el parentesco y la dinámica familiar que se tenga (Lozano,
2011).
González, Fonseca, Valladares y López (2017) definen al cuidador primario como,
«aquella persona que asiste o cuida a otra afectada de cualquier tipo de discapacidad,
minusvalía o incapacidad; que le dificulta o impide el desarrollo normal de sus actividades
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vitales o de sus relaciones sociales» (p. 8), por lo que al aceptar la responsabilidad de
esta labor, compromete una parte de su vida, dando por entendido que requerirá de
muchas horas de su tiempo, día y noche, llevando a cabo esfuerzos tanto físicos como
mentales.
Esta figura se hace presente, en el momento que se manifiesta una enfermedad en
un ser con el que está vinculado emocionalmente y con quien usualmente tiene un
parentesco muy cercano. Asume, entonces, la responsabilidad del cuidado de la persona,
cuando es diagnosticada con una enfermedad crónica e incapacitante.
El cuidador se convierte en la parte indispensable de la vida del paciente, ya que
participa en la toma de decisiones y cuidado, tanto de las actividades de la vida diaria,
como del ámbito médico y legal. Esto implica que dedique tiempo completo para asistir
en sus necesidades al padeciente, por lo que, en muchas ocasiones debe dejar su
empleo y renunciar a la rutina de su vida diaria.
El cuidador informal usualmente no recibe capacitación, ni recibe pago o
compensación alguna, por esta labor; no obstante, muestra un alto grado de compromiso,
porque se involucran sentimientos afectivos y compromisos morales. Por lo general, el
grado de atención al adulto mayor en situación de dependencia no tiene límite de tiempo
(Anaya y Contreras, 2018).
2.2 Las características sociodemográficas
En el trabajo de Bustillo, Gómez y Guillén (2018) se afirma que, en el perfil del
cuidador informal, se encuadran mujeres casadas, con una edad media superior a los 50
años; suelen ser esposas e hijas de la persona dependiente. La población masculina es
usualmente baja en esta labor, debido a que el varón es el que se encarga de salir a
trabajar y ser el proveedor.
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Barrera, Pinto, Sánchez, Carrillo y Chaparro (2010) abordan este tema desde la
perspectiva de la normalización que existe dentro de los roles que socioculturalmente se
deben desempeñar: el hombre suele ser racional y, a la vista de la sociedad, cuando
adopta el papel de cuidador, se erige como un ejemplo extraordinario; por lo tanto, suele
tener mayor apoyo social en los momentos difíciles.
En contraparte, la mujer se considera más afectiva, por lo que trata de buscar la
mayor calidad en el cuidado, estando atenta a todo tipo de detalles; sin embargo, a la
vista de la sociedad, el que la mujer atienda a una persona adulta mayor dependiente
tiene menos relevancia. Aunque sea solo ella la que atienda a la persona necesitada se
le exige que esté pendiente de la pareja, de los hijos, de los hermanos, etc.
Ramón, Martínez y Martín (2017) realizaron un estudio donde la muestra era de 392
participantes (336 mujeres y 52 hombres); la intención era observar desde la perspectiva
de género si existían diferencias en las maneras de percibir la sobrecarga de cuidados a
las personas adultas mayores en situación de dependencia.
Se encontró que, en efecto, las mujeres sienten mayor sobrecarga que los hombres.
Con relación a la morbilidad, las mujeres presentaron padecimientos como hipertensión,
diabetes y dislipidemia, entre las de mayor incidencia; el tiempo que dedicaban al cuidado
era en promedio de 16 horas al día, en ambos casos.
El encargo se asume de manera voluntaria, tomando en cuenta que, culturalmente,
es una condición normalizada dentro del núcleo familiar, puesto que se considera como
parte de una obligación moral debido al parentesco directo, y quien lo realiza sabe que
es un compromiso donde no existen horarios, ni condiciones de trabajo predefinidas.
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Generalmente reciben muy poco o ningún apoyo (económico, o en actividades que
contribuyan al cuidado) por parte del resto de la familia; su nivel de escolaridad
generalmente es básico y el nivel socioeconómico es medio bajo (Ayala, 2017).
2.3 Las actividades y destrezas que debe de desarrollar el cuidador
La relevancia que adquiere el cuidador primario en la vida del adulto mayor al que
cuida resalta por la cantidad de responsabilidades que trae consigo y, por tanto, por el
alto grado de presión que le genera altos niveles de estrés, derivados de la necesidad de
cumplir de manera sistemática con el trabajo diario.
El cuidador ha de dividirse entre atender a otros miembros de la familia o estar en
un aislamiento social, debido a que debe enfocarse en las situaciones que se presentan
con relacion a la comunicación, la conducta y al estado emocional de su familiar
dependiente.
Estar expuesto a un período prolongado de este tipo de convivencia trae aparejados
problemas en su salud física y mental, al igual que el deterioro en su relación con el adulto
mayor dependiente, debido a la disminución en su capacidad de empatía. Esto genera,
por consiguiente, una fuerte tensión en su relación, al ver reducida su capacidad de
tolerancia y paciencia (González et al., 2017).
Bustillo, Gutiérrez y Guillén (2018) señalan que a través de la revisión de cincuenta
y cuatro estudios realizados a cuidadores primarios en los últimos diez años se observó
que las variables más evaluadas fueron depresión, ansiedad, estrés y sobrecarga del
cuidador. Cabe mencionar que estos estudios se han enfocado en los malestares que
surgen por vivir este rol durante períodos prolongados.
Cerquera y Pabón (2015) mencionan que los cuidadores suelen tener sentimientos
de culpa, baja satisfacción con la vida y problemas laborales y jurídicos; lo anterior se
19
refleja de manera comprensible en un desgaste físico y mental, así como en la percepción
de una mala calidad de vida.
En otro aspecto, también es visible que el cuidador primario, con el paso del tiempo,
adquiera conocimientos propios de áreas como enfermería, rehabilitación y, en cierto
grado, del ámbito psicológico.
«Los cuidadores deben supervisar y administrar los medicamentos; resolver
situaciones de conflicto derivadas del cuidado [al paciente]; por mencionar un ejemplo,
cuando no se acepta fácilmente el tratamiento o se complica la enfermedad; ayudarlo a
comunicarse con los demás, cuando hay dificultades para expresarse; rascarlo,
cambiarlo de posición; entre otras tareas habituales» (Barrera et al, 2010, p. 26).
Dicho de otra manera: según sea el tipo de enfermedad que padece el adulto mayor
dependiente, se determinará lo que el cuidador tiene que aprender, ya que el apoyo
variará en función de las diferentes patologías que se presentan. Por ejemplo, en una
insuficiencia renal, donde se encuentra un paciente con diálisis, requerirá un
conocimiento específico, diferente a quien padece algún tipo de cáncer y recibe
quimioterapias o sufre amputaciones.
En el caso de los adultos mayores que sufren deterioro cognitivo por diversas
patologías (Alzhéimer, eventos cerebrovasculares, etc.), el cuidador se ve sometido a
vivir una serie de situaciones que le generan un alto grado de estrés, debido a que esta
condición es un proceso activo y en constante evolución. Por ello, conforme transcurre el
tiempo, el cuidado que dispensa al adulto mayor va adquiriendo mayor complejidad y las
demandas que va generando en muchas ocasiones sobrepasan su capacidad para
controlar la situación (Moreno, Palomino, Moral, Frías & Pino, 2016).
20
Cuando el tratamiento médico representa una constante en la vida del paciente,
para el cuidador significa enfrentar retos que van apareciendo sobre la marcha, a la par
de la enfermedad, independientemente de su índole.
Castaño y Canaval (2015) mencionan que el cuidador se encuentra con la
responsabilidad de apoyar el tratamiento que requiera la persona a su cuidado, porque
la participación familiar es primordial para lograr una mejoría clínica. Su labor en este
ámbito comienza con el acompañamiento, pasando por la atención de las necesidades
primarias del enfermo y concluye con el suministro de medicamentos y la realización de
procedimientos específicos.
Según sean indicaciones médicas, el cuidador tendrá que aprender a desarrollar
labores complejas, requeridas para el tratamiento de ciertas enfermedades que generan
condiciones incapacitantes en el paciente. Esto implica para él mismo involucrarse en la
rehabilitación física y mental, es decir, en circunstancias desconocidas y ajenas para
quien no posee capacitación en el área de la salud.
Una muestra de ello la describen Morquecho, Espinoza, Vilchis & Arteaga (2015) en
el estudio que realizaron para medir las consecuencias de sufrir un ictus (evento que es
considerado como la causa principal de discapacidad en la población adulta y la segunda
causa de demencia). El ictus tiene como consecuencia clínicamente relevante el deterioro
de la función cognitiva, la cual se encarga de la producción y el control de procesos
mentales y de comportamiento.
Lo anterior, compromete, en la persona afectada, procesos como el pensamiento,
el aprendizaje, los recuerdos, la capacidad de resolución de problemas y la conciencia.
Por ende, el cuidador hace las veces de terapeuta debido a que se requiere de la
rehabilitación para que el paciente logre la recuperación.
21
Anaya y Contreras (2018) indican que otra problemática importante que se presenta
con frecuencia en el adulto mayor es la que se genera a partir de las afasias, que
comprometen la función cognitiva de orden superior, como es el lenguaje. En
consecuencia, el enfermo pierde la capacidad de comunicarse y de comprender lo que le
están diciendo. El paciente, por lo tanto, queda aislado.
En este contexto, el estudio descriptivo que se realizó pudo evaluar las
competencias del cuidador primario con respecto al compromiso con el tratamiento, con
la rehabilitación y las habilidades para reconocer las necesidades de su familiar
dependiente. Se encontró que el cuidador primario lograba establecer un cierto grado de
comunicación con su familiar enfermo, lo que le permitía, en efecto, dar un seguimiento
puntual a las indicaciones médicas, así como ser parte del trabajo logopédico.
2.4 La sobrecarga del cuidador.
Llegados a este punto, a través de estas investigaciones, se observa cómo el
cuidador es capaz de adquirir los conocimientos y destrezas necesarias para realizar
una labor que será parte de la cotidianidad y con el unico propósito de apoyar en su
mejoría o en su comodidad al adulto mayor dependiente, (Rodríguez y Landeros, 2014);
al tiempo que, como lo referíamos con anterioridad, sus necesidades como individuo
serán dejadas de lado, hasta volverse casi imperceptibles; lo que a largo plazo se
traducirá en una repercusión negativa en su vida, afectándolo en el plano interno y
externo.
Se han realizado diversas investigaciones acerca de este tema (Ayala, 2017;
Bustillo, Gómez & Guillén, 2018; Morquecho et al, 2017), el cual se ha definido como «la
sobrecarga del cuidador». La escala de Zarit podría considerarse como el instrumento
22
más utilizado para su evaluación, seguido de diferentes instrumentos para medir la
depresión, ansiedad, estrés, calidad de vida y afrontamiento.
Los datos arrojados por estos trabajos han servido para identificar factores que son
promotores de esta condición. De igual forma, se han estudiado los factores que sirven
como protección.
Al respecto, una parte de la psicología ha enfocado su atención en encontrar los
mecanismos que propicien una mejor calidad de vida del cuidador, durante el tiempo que
esté realizando su labor; incluso después de que concluya. Es a partir de aquí, que se ha
desprendido el interés por estudiar el tema de la resiliencia.
23
Capitulo 3. Resiliencia
3.1 Los conceptos de resiliencia
«… la resiliencia es un proceso diacrónico y sincrónico: las fuerzas biológicas de
desarrollo se articulan con el contexto social para crear una representación de sí que
permite la historización del sujeto» (Cyrulnik, 2001, p. 40).
Este es uno de los conceptos que se han utilizado para describir la resiliencia,
(Rodríguez, 2017). Sin embargo; cabe señalar que el término «resiliencia» originalmente
proviene de la física y se utiliza para referirse a la propiedad de un metal, cuando al ser
sometido a una presión extrema, vuelve a recuperar su forma o posición.
En el área de las ciencias humanas y sociales se adoptó como un símil, aplicado al
ser humano en cuanto a su capacidad psicológica de manejar eventos traumáticos, tanto
de forma individual como colectiva, y se comienza a estudiar a partir de la segunda mitad
del siglo XX.
Los primeros autores que publicaron acerca de este tema fueron Anthony,
Garmezy, Rutter y Werner; desde entonces y hasta la actualidad, se siguen realizando
investigaciones, debido a que se considera de interés comprender cómo, dónde y cuándo
comienza en el ser humano y cuáles son sus mecanismos.
Yates, Tyrell y Masten (2015) encontraron que «En los últimos 50 años se ha
podido establecer que la resiliencia es un conjunto de recursos básicos y protectores,
que se consideran como procesos que provienen de la competencia individual, grupal y
estructural» (p. 777), esto es, que la resiliencia se gesta a partir de los recursos
cognitivos que va generando la persona; estos pueden ser parte fundamental, en la
24
manera en que miembros de una familia o de una población en específico, afronten
situaciones difíciles.
Rodríguez (2017) menciona que «La resiliencia es actualmente, un concepto
complejo y de difícil delimitación; dado que, implica diferentes factores y elementos que
intervienen en su concreción» (p. 95). En el trabajo de Burton, Pakenham y Brown (2010)
es definida como una «capacidad de las personas para hacer frente, ajustar o
recuperarse de manera efectiva, del estrés o la adversidad» (p. 269).
El concepto es aceptado como un constructo que cada individuo elabora de manera
personal y que tiene como soporte las redes de apoyo que son formadas por
componentes, entre los que se encuentra el bagaje cultural que se ha adquirido con base
en las experiencias de vida acumuladas.
3.2 Estudios sobre resiliencia
A través del desarrollo de investigaciones que se han enfocado en identificar dichos
componentes, desde la concepción biológica del ser humano (Wu, Feder, Cohen, Kim,
Calderon, Charney & Mathé, 2013), se han encontrado factores genéticos, epigenéticos
y neuroquímicos que se encuentran latentes en cada individuo durante su desarrollo
físico y psicológico; sólo distinguibles ante la presencia de un evento adverso que altera
drásticamente su vida.
Cuando el individuo responde con un alto grado de capacidad de recuperación,
demuestra una rápida adaptación al medio, supera el estrés y la adversidad, y mantiene
su vida dentro de la norma en que se desenvolvía antes de la alteración.
Nobre (2017) afirma que, para poder desarrollar este concepto, no se debe perder
de vista el origen que se refiere a elasticidad o flexibilidad, lo que lleva a comprender qué
25
una persona a la que se califica como «resiliente» es aquella que rebota y logra equilibrio
y bienestar, a pesar de las circunstancias.
Giusti (2015,p.109) ” ser resiliente no significa recuperarse en el sentido estricto de
la palabra sino crecer hacia algo nuevo”. La resiliencia se gesta a partir de un conjunto
de variables internas y externas que sirven como mecanismos reguladores, que
involucran la fisiología normal y las conductas.
La resiliencia (Crespo & Fernández, 2015) la explican como una característica
multidimensional, compuesta por capacidades relativas a la competencia personal, la
tenacidad, la confianza en la propia intuición, la tolerancia a los eventos adversos y la
adaptación positiva al cambio. La resiliencia, desde su perspectiva, demuestra, pues, la
capacidad de control, de espiritualidad y de establecer relaciones que generen seguridad
y confianza.
3.3 Descripciones concretas de la resiliencia
Los primeros estudios que se efectuaron sobre resiliencia la describieron —implícita
o explícitamente— como un rasgo de la persona (Kte, 2018). Es también calificada como
un proceso. Si se parte de esta premisa, se entiende, por lo tanto, que no es algo que un
individuo pueda poseer o no, sino que se puede aprender.
La resiliencia para Becoña (2006) se debe apreciar como un rasgo o un patrón de
conducta, pues considera que es resultado de la interacción de características biológicas,
de personalidad, de experiencias de vida, de habilidades para madurar y del entorno
donde se desenvuelve el individuo.
En el estudio realizado por Castaño y Carnaval (2015) se nos dice que la resiliencia,
es parte de la percepción que tiene el individuo sobre sí mismo, ya que este no tiene
ningún control sobre el lugar y el rol que le ha tocado asumir en la vida. Por esta razón,
26
puede reconocer que solo tiene control para poder dar un sentido diferente a las
circunstancias que le han tocado vivir mediante la actitud y las acciones por él asumidas
(Cerquera y Pabon, 2015).
Por lo tanto, la resiliencia se podría definir como una capacidad del ser humano que
cubre aspectos comportamentales y emocionales vinculados a cualidades y emociones
positivas, que sirven como factores de protección contra patologías.
El crecimiento y desarrollo del individuo será parte de un proceso de aprendizaje, a
través de las vivencias que va acumulando en determinados ciclos de su vida.
Fernandez y Crespo (2011) añaden que la resiliencia debe ser considerada como
un proceso de adaptación, con ausencia de problemas de salud tanto física como
emocional; además de tener un comportamiento funcional hacia sí mismo y hacia quienes
le rodean.
Para diferenciarla del proceso de recuperación —que involucra características
parecidas— cabe señalar que la resiliencia se vive después de lograr una readaptación
tras haber pasado por un escenario en el que se manifestaron problemas de orden físico
y mental, en un sentido negativo.
González, Fonseca, Valladares y López (2017) consideraron que la resiliencia se
podría clasificar como una facultad del género humano, al demostrar que es una
capacidad que tiene un individuo para superar adversidades y aprender de ellas; lo que
le obtiene como resultado, es salir fortalecido; por lo tanto, estamos ante una cualidad
innata o aprendida.
27
Capitulo 4. Resiliencia en cuidadores primarios
4.1 La definición del cuidador resiliente
Según la literatura científica, las características de un cuidador resiliente (Castaño
y Canaval, 2015) son un mayor nivel de inteligencia, ecuanimidad, asertividad, creatividad
y de control sobre sus impulsos. Sabe, además, hacer uso de los recursos que tiene a su
alcance para mejorar su entorno propiciando redes de apoyo y mejor calidad en el
cuidado de quien tiene a su cargo.
Investigar cómo se desarrolla la resiliencia en cuidadores se considera una
demanda que surge del alto índice de morbilidad que se presenta en quienes
desempeñan este rol. Ante la cantidad de personas que se van integrando a esta labor,
como se mencionó en el capítulo anterior, es necesario encontrar los mecanismos
adecuados que puedan generar elementos preventivos y de mantenimiento para
preservar su salud mental y física.
Las investigaciones respecto a cuidadores primarios se han enfocado, en su
mayoría, a distinguir las afectaciones que presentan los cuidadores, pero en la última
década se comenzó la investigación hacia un enfoque positivo, siendo la resiliencia en
cuidadores un tema a profundizar, para comprender cómo este concepto puede tomarse
no sólo como mecanismo de defensa, sino que aporte en pro una mejor calidad de vida
para el cuidador.
En Gallardo, (2018). la investigación que realizó en mujeres cuidadoras partió
de que presentaban sobrecarga y deterioro de salud , utilizando el enfoque de la
psicologia positiva, se utilizaron técnicas para favorecer el empoderamiento a partir de
28
la resiliencia con resultados no muy altos sin embargo se consideraron significativos,
encontrando una mejor respuesta a su situación, física y emocional.
La resiliencia en cuidadores se puede clasificar por categorías como alta y
moderada-baja. En este último grupo están las personas que cuidan a un adulto mayor
dependiente por períodos prolongados y que, por lo mismo, se ven profundamente
afectadas, por estrés, el desgano y la insatisfacción. Esto les acarrea una sensación de
sobrecarga y percepción de mala calidad de vida.
En cambio, las personas que entran en la categoría de cuidadores con alto grado
de resiliencia, a pesar de tener una situación similar, pueden pasar por este evento sin
presentar daño psicológico. (Crespo y Fernández, 2015).
La experiencia la viven asumiéndola como un aprendizaje que puede ser utilizado
en eventos futuros, manteniendo un estado de ánimo alto y una percepción de buena
calidad de vida. (Crespo y Fernández, 2015).
En un cuidador primario (Cerquera y Pabon, 2016), el efecto de la resiliencia puede
brindarle una mejor oportunidad de manejar sus recursos internos y externos para
alcanzar un equilibrio en su salud física y mental. Se ha observado que, a mayor índice
de resiliencia, el cuidador tiene una menor percepción de sobrecarga, además de contar
con redes de apoyo, en comparación con quienes tienen un índice bajo.
En evaluaciones que se han llevado a cabo, los cuidadores con alto nivel de
resiliencia muestran bajos niveles de depresión y ansiedad, por lo que en algunos
estudios se ha considerado la resiliencia como una variable protectora para la salud.
Desde la perspectiva de Rodríguez (2017) se considera que este proceso no es
personal, se argumenta que para que se desarrolle en un individuo son necesarios
factores externos. Uno de los considerados primordiales es el factor afectivo que es parte
29
substancial dentro de las relaciones humanas. Como tal, vincula al individuo con la familia
y con la sociedad una vez que estos interaccionan, generando los componentes
necesarios para iniciar el proceso de resiliencia, tanto en el cuidador, como en las
personas y el contexto social que le rodea.
Este proceso es constante. Su evolución depende del tipo de situación familiar, tipo
de enfermedad, situación económica y etapa de vida que esté pasando. (Estos son
algunos indicadores que inciden en el tipo de trasformación endógena que se genera en
el individuo y que, a nivel cognitivo, le da una percepción diferente de sí mismo. En tanto,
a nivel exógeno, le ayudan en el proceso relacional con su entorno).
4.2 La investigación de resiliencia en cuidadores primarios
El área de investigación es extensa, por tanto, este tema se cubre de lo particular a
lo general; se puede considerar como parte de la ciencia de la prevención que explora
los mecanismos que logran modificaciones positivas partiendo de una persona, misma
que las extendiende a quienes le rodean, con base en indicadores específicos de
adaptación.
El reto sigue siendo identificar las características que se encuentran en ciertas
personas y replicarlo en grupos, ya que podría considerarse obsoleto el estar trabajando
sobre los déficits cuando se puede obtener un resultado más eficaz si se elaboran
modelos que se enfoquen en objetivos positivos. Estos modelos de resiliencia son
promotores de salud y bienestar (Yates et al., 2015).
Por esto, nos referiremos a una investigación realizada entre cuidadores primarios
de pacientes oncológicos en Cienfuegos, Cuba (González, et al., 2017) y que se enfocó
en determinar los factores moduladores de la resiliencia, evaluando autoestima,
optimismo, inteligencia emocional y el nivel de sobrecarga en los sujetos estudiados.
30
Se observó que las variables sociodemográficas prevalecen al igual que en estudios
similares realizados en México y Colombia, lo que indica que las características del
cuidador son semejantes en diversos países de Latinoamérica. La figura de la mujer
predomina en este rol, la edad supera los 50 años, el estado civil es casada y se considera
como una atribución normal el que desempeñe este papel, ya que son esposas, madres
e hijas. Por lo tanto, «es un deber moral». Sin embargo, también son resilientes.
Los resultados que se observaron permitieron comprobar que el nivel de sobrecarga
era percibido en mayor grado por quien presentó bajo nivel en autoestima y en
inteligencia emocional.
En relación con la inteligencia emocional —que contribuye en gran medida al
desarrollo de la resiliencia— se debe de señalar que a diferencia del coeficiente
intelectual (que solo se desarrolla durante la niñez y la adolescencia), puede seguirse
desarrollando a lo largo de la vida, por lo que se podría considerar como factor clave de
la resiliencia.
En este aspecto, la investigación explora la posibilidad de que un cuidador primario
sea capaz de adquirir y desarrollar mayor capacidad de resiliencia. Se menciona (Nobre,
et al, 2017) que la persona resiliente tiene capacidades de autorregulación en la atención,
la emoción y el comportamiento. Por ello, para este tipo de características se deben abrir
otras líneas de investigación diferentes a las que se han seguido hasta ahora.
Muestra de ello es el modelo personal de resiliencia, el cual presenta una
alternativa cuyo objetivo es crear en el individuo, un estado emocional positivo que
fomente el desarrollo de competencias, que le generen bienestar y la posibilidad de
adoptar una actitud constructiva que le sirva de apoyo ante su labor . Giusti (2015)
31
4.3 La resiliencia. como un proceso.
La resiliencia vista como un proceso dinámico, interactivo e individual involucra
como se menciona en Wu (2013) una serie componentes del sistema nervioso, que la
propician o la inhiben, es decir que actúan en ambos sentidos, ya que cuando están
presentes en niveles adecuados son mecanismos que desarrollan resiliencia; en
cambio, cuando los niveles son bajos se relacionan con la aparición de estrés, depresión
y ansiedad.
Esto sucede a partir de la concepción, se desarrollan en la niñez y tienden a
exacerbarse si en esta etapa de la vida se exponen a eventos traumáticos, lo que genera
un estado de indefensión aprendida.
Desde esta perspectiva, se comprende que cuando los cuidadores primarios
evaluados presentan bajo nivel de resiliencia están manifestando, a la vez, una condición
presente desde mucho tiempo antes de que se hicieran cargo del cuidado de adultos
mayores dependientes. Esto es motivo suficiente para que al desempeñar el rol de
cuidadores primarios se detonen el estrés, la ansiedad y la baja autoestima y se sientan
vulnerables e indefensas.
Se ha encontrado que existe una relacion de la resiliencia con la capacidad de
monitorear, evaluar los pensamientos negativos y reemplazarlos con positivos, para lo
cual se puede ser entrenado y aprender a desarrollarlo. La reformulación cognitiva es
parte de la estructura que forma la resiliencia.
Los procesos de vulnerabilidad, protección y susceptibilidad diferencial (Yates, et
al, 2015) son los factores que favorecen la adaptación. El saber manejarlos hace que el
individuo tenga una mayor capacidad de respuesta positiva ante las intervenciones.
32
La persona que es cuidador de un adulto mayor dependiente, al resignificar esta
experiencia, es decir, al aprender a resistir la crisis y superarla, después, hace que la
vulnerabilidad se convierta en fortaleza.
La resiliencia se da hasta después de pasar por el evento que causa el trauma; una
vez que se ocurre el «rebote» es cuando los factores protectores se enlazan para formar
la resiliencia, la cual no se debe de concebir como un proceso que se da de manera lineal
y en una sola dirección, sino que es un proceso donde la persona saldrá renovada
adquiriendo una perspectiva diferente de lo que conocía antes de pasar por el evento
adverso (Cyrulnik, 2001).
La resiliencia (Rodríguez, 2017) no trata de que la persona niegue o cambie lo que
está viviendo; tampoco infunde un optimismo que llegue a la evitación. Lo que procura es
que la realidad de la situación adversa sea aceptada. Busca que el cuidador primario de
un adulto mayor dependiente no se quede inmóvil ante todos los cambios que le generan
malestar y dolor, por lo que le ayuda a entender que para lograr este proceso debe poner
en marcha un repertorio de capacidades que todo ser humano tiene.
La interacción del cuidador con quienes le rodean, y el apoyo social que logre tener,
sirven como impulso para el desarrollo de la resiliencia. En este aspecto se destaca
también que el afecto entre dos personas o más puede producir resiliencia en alguien
que antes no la había presentado. Esto demuestra que la resiliencia se puede calificar
como un proceso relacional que tiene características individuales, pero que cuando se
involucra con familia, la comunidad y la sociedad aglutina en realidad los elementos
esenciales para que se logre desarrollar plenamente.
33
Integración de revisión
Una vez que se han explorado los conceptos acerca del tema se puede afirmar que
la resiliencia —partiendo de su definición conceptual— tiene diferentes acepciones según
los distintos autores que han estudiado. Incluso la metodología para evaluarla no tiene
consenso. Podemos observar que hay investigaciones que mencionan el optimismo
como factor de resiliencia mientras que en otras se dice que no se debe de tomar en
consideración ya que no forma parte de ella.
En la perspectiva europea (Rodríguez, 2017) se aborda el tema desde una
perspectiva amplia, pues «no solo se considera el afrontamiento, sino que el aprendizaje
experiencial […] lo que se conoce como aprendizaje postraumático» (p. 99).
En cambio, los autores americanos restringen el concepto al afrontamiento; sin
embargo, sería inexacto decir que cada persona que pasa por un episodio de adversidad
en su vida, por el hecho de afrontarlo, es resiliente, ya que para considerar que se ha
logrado ser resiliente, se debe de obtener una experiencia que aporte a la vida del
cuidador, dándole un crecimiento personal.
El concepto que se tiene por parte de los autores europeos resulta más estructurado
debido a que el proceso de la resiliencia no se limita a solo ser un factor de afrontamiento,
sino que hace énfasis en que durante el proceso el cuidador no pierde su buen carácter,
sentido del humor y conserva su salud.
Por lo tanto visto desde este aspecto se puede afirmar que la resiliencia es proceso
que se puede adquirir y desarrollar, en base a la construcción de los elementos como el
autoconocimiento, donde el individuo pueda reconocer sus emociones, fomentar las que
son positivas y lograr manejar de una manera adecuada las emociones negativas.
34
La resiliencia ofrece a una persona que se encuentra en el papel de cuidador
primario de un adulto mayor dependiente, más que un recurso para afrontar, todo un
concepto de vivir la vida, ya que de las experiencias vividas, el conocimiento que se
adquiere ofrece fortalezas que son útiles para él mismo y para quienes le rodean.
Debido a que como se ha mencionado anteriormente, la persona que es resiliente
puede manejar de una mejor manera las problemáticas que se presentan, por lo tanto
se puede afirmar que las terapias cognitivo-conductuales y psicoeducación son
adecuadas para apoyar a cuidadores que presentan un nivel de resiliencia alto y que
pueden seguir desarrollando su resiliencia en base a este tipo de terapias cognitivas.
En los cuidadores primarios que presentan un nivel de resiliencia de medio a bajo
esta se puede adquirir, trabajando en una intervención diseñada, en base a técnicas
que provienen de la psicologia positiva para generar en el individuo lo que se denomina
el capital psíquico(Casullo,2006), la clave en este trabajo es tener presente que la
inteligencia emocional se puede seguir desarrollando a lo largo de la vida del individuo,
por lo tanto, realizar un trabajo enfocándose abarcar lo cognitivo, emocional y psicosocial,
el individuo tiene posibilidad de elevar capacidad de resiliencia.
Es relevante mencionar que en todo momento se hace presente el hecho de que la
resiliencia de desarrolla o se adquiere de manera individual, sin embargo, siempre es
necesario que el individuo tenga el acompañamiento de las redes de apoyo, de no
haberlas se deben de crear o fomentar, para que se encuentren las condiciones propicias
para que surja la resiliencia.
35
Conclusiones
Se observa, después de hacer esta revisión de las definiciones de la resiliencia y
sus diversos conceptos; que este es un proceso que se genera a partir de la cognición
del individuo. Podría considerarse como parte del self que, cuando genera un nivel alto
de resiliencia, impulsa al cuidador primario a actuar eligiendo un tipo de afrontamiento
positivo.
Como se sabe, los factores de afrontamiento se clasifican en positivo y negativo. La
resiliencia se toma como factor del afrontamiento positivo, pero al llevar a cabo esta
revisión teorica se puede observar que no debe de clasificarse como tal.
El cuidador resiliente se distingue por centrar su atención en la búsqueda de
acciones que le sirvan para resolver las problemáticas diversas que se le presentan; en
consecuencia, deja de lado la evitación y desarrolla competencias personales que
propician un circuito de apoyo entre las personas con las que interacciona, labor que
facilita su tarea especializada y que incide en su propio bienestar.
En realidad, la resiliencia es un proceso complejo que tiene mecanismos que la
activan por lo que se puede afirmar que la resiliencia en un cuidador primario se puede
adquirir o desarrollar a partir de intervenir en los siguientes factores: inteligencia
emocional, capacidad de resignificación de los hechos, empatía, autonomía, autoestima,
creatividad y espiritualidad.
Las condiciones que la propician a nivel social (Walsh, 2004 citado en Rodríguez,
2017) son:
• Promover una red de apoyo social, capacidad para relacionarse.
36
• Apegarse al sistema de creencias de la familia (sentido de la adversidad,
perspectiva positiva, trascendencia y espiritualidad).
• Patrones de organización (flexibilidad, conexiones, recursos sociales y
económicos).
• Procesos comunicativos (claridad, expresión emocional franca y resolución
colaborativa de los problemas).
También es importante que se enfoque en desarrollar la capacidad de reflexión
acerca de la experiencia vivida, ya que es parte indispensable para que una persona
tenga la posibilidad de activar este proceso de resiliencia dentro de ella.
Otro de los puntos importantes es mantener y cultivar lazos afectivos y mantener la
interacción social como base para lograr elevar el nivel de resiliencia.
Elaborar intervenciones con base en los conceptos aquí descritos daría una opción
para que los cuidadores primarios sean apoyados por los factores protectores que genera
la resiliencia, dándoles la oportunidad de cuidar de su salud física y mental.
Utilizar técnicas cognitivo conductuales, como la terapia de cognitiva de Beck, la
terapia racional emotiva de Ellis, intervenciones de psico educación y manejar técnicas
como mindfulness, por mencionar algunas, son las herramientas que se ha comprobado
que han sido eficaces para generar una mejor calidad de vida, además de realizar
intervenciones basadas en el enfoque de la psicologia positiva que de manera científica
se ha dedicado a estudiar (Gallardo,2018,p.521)“los aspectos que componen el bienestar
y las sensaciones de las emociones positivas”
De esta manera, tendrían elementos para prevenir el estrés, la ansiedad y la
depresión que tan usualmente se presenta en esta población.
37
De manera paralela, se les entrenaría para que pudieran desarrollar un alto nivel de
resiliencia que les permita seguir contando con una buena calidad de vida durante el
tiempo que realicen el trabajo de cuidadores.
Todo lo anterior impactaría de manera positiva en la vida y la calidad de cuidado del
adulto mayor dependiente y de quienes les rodean. Esto lo podemos considerar ante la
evidencia, que demuestra la existencia de este tipo de capacidad.
Es relevante mencionar que ante este trabajo se puede tambien considerar que se
debe de atender el hecho que no existe ante el sector salud la difusión que debería tener
la figura del cuidador primario , por lo que se propone que se hagan programas
preventivos donde la difusión acerca de esta problemática sea utilizada, para que la
población conozca acerca de este tema y a la par las acciones que se pueden llevarse
a cabo para que quien asuma este papel logre llevarlo a cabo, cuidando su calidad de
vida y salud.
38
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