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He Rogado Por Ti Sobre La Caid - Moises Moscote

Este libro trata sobre la caída y restauración de los escogidos de Dios a través del ejemplo de Pedro. Explora cómo Pedro falló a Jesús pero luego fue restaurado. También analiza cómo Dios oró por Pedro a pesar de su caída y cómo esto puede aplicarse a la vida de aquellos que han fallado.

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He Rogado Por Ti Sobre La Caid - Moises Moscote

Este libro trata sobre la caída y restauración de los escogidos de Dios a través del ejemplo de Pedro. Explora cómo Pedro falló a Jesús pero luego fue restaurado. También analiza cómo Dios oró por Pedro a pesar de su caída y cómo esto puede aplicarse a la vida de aquellos que han fallado.

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HE ROGADO POR TI

Sobre la caída y restauración de los escogidos

Por Moisés Moscote


HE ROGADO POR TI.
Sobre la caída y restauración de los escogidos Primera edición: mayo 2021

©Autor Moisés Moscote

©Edición, corrección, diseño de página, portada, y maquetación: Moisés Moscote


Reservados todos los derechos.

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, el almacena- miento o transmisión


por medios electrónicos o mecánicos, las foto- copias o cualquier otra forma de cesión de
la misma, sin previa autorización escrita del autor.
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Dedicatoria:

Este libro, está dedicado a todas aquellas personas que en la


vida cristiana han tenido que batallar con las consecuencias de
caídas inesperadas.
A todos aquellos que, de una u otra forma han tenido que
experimentar la amargura de haberle fallado a aquel que jamás ha
merecido de nosotros actitudes tan reprochables.
Dedico este trabajo, a quienes aman a Dios de todo corazón y,
aun así, luego de haber fallado, no logran reponerse. Confío en que,
a través de este, Dios hará algo poderoso y traerá restauración.
Para todos los soldados caídos en una guerra que parece
perdida. Ministros que se han dado por vencidos cuando aún están
a tiempo de volver a empezar.
Agradecimiento
A Dios, por ser todo y darme lo necesario para servirle.
A mi esposa por su amor, cuidado y dedicación.
A cada uno de los pastores y compañeros de milicia que han dado
su opinión con respecto a los temas tratados en este libro.
A cada lector, que valora las horas dedicadas a este maravilloso
trabajo.

Considero al autor de este libro, amigo mío y de mi familia. Desde el


primer momento en que le vimos, despertó un entrañable aprecio de
mi parte. Fui invitado a oficiar su boda, lo que para mí fue un gran
privilegio y por ello doy gloria a Dios. Hoy quiero felicitarle por este
libro, que será de estímulo para, quien en medio de las tentaciones
y vicisitudes se alejó de Dios, sintiéndose in- mundo(a) y que no
merece regresar al camino del Señor.
Este libro nos ayuda a entender que, a pesar de los errores
cometidos; siempre habrá alguien intercediendo o rogando para que
regresemos. Estaremos rogando a Dios, que siga bendiciendo el
fruto de sus manos.
Pastor Pbro: Vicente González Quijano
Iglesia Dios es Amor Mérida - Yucatán - México

Me gusta cuando hace referencia a la tentación de Pedro,


mostrando que igual nosotros somos como aquel discípulo con
fallas; pero, Dios intercede por nosotros para que nuestra fe no falte
en medio de la prueba. Aprendemos de la vida de Pedro que,
teniendo tropiezos nunca se detuvo. Su éxito se debió a la
obediencia y seguir con la encomienda que Jesús le dejo: ¿Pedro
me amas? “Apacienta mis ovejas” esto debe ser lo que nos motive,
y el éxito vendrá por añadidura.
Pedro amaba a Jesús, pero eran necesarias las pruebas en su vida
para poder conocer más a su maestro y depender de Él; porque,
nosotros somos nada sin su presencia. Muchos van tras el éxito,
dejando a Dios fuera de sus planes…
¡Excelente libro! Sé que será de bendición para muchos.
Pastora: Nora Álvarez
Casa de Oración NJ Mérida - Yucatán - México
Prologo
En este libro: “He Rogado Por Ti”, el pastor Moisés Moscote,
aborda con profunda pasión y exquisita precisión sobre cuál es el
verdadero propósito y enfoque que, Dios tiene más allá de nuestras
limitaciones y lamentables caídas.

Toma como ejemplo la dolorosa experiencia de un discípulo


llamado Pedro, quién se caracteriza inicialmente por su áspero
carácter, y la autosuficiencia fortalecida por su aparente virtud de
hombre fiel y leal a sus amigos; pero que al final de todo descubrió
que nada de lo que hacemos por nuestras propias fuerzas y
sapiencia, tiene condiciones suficientes para afrontar la verdadera
naturaleza debilitada y sacudida por el pecado.

Nos cuenta como el gran apóstol Pedro, había perdido el


propósito y el enfoque de quien lo llamó para cumplir una tarea
específica, labor que luego realizaría bajo el auspicio y dirección del
Espíritu Santo.

He leído cuidadosamente este libro; y he podido encontrar que el


autor hace uso constante de la inerrante Palabra de Dios para
fortalecer a todos los que por alguna circunstancia o razón extraña
de la vida hemos fallado al creador.

El pastor Moisés nos recuerda, que, por encima de todas


aquellas situaciones penosas y humillantes, ocasionadas por las
decisiones de un corazón autosuficiente; hay un plan establecido
por el Maestro de Galilea, que determina el verdadero propósito
para el cual estamos aquí en la tierra, y cuál la es la verdadera tarea
que tenemos frente a las personas que como el apóstol Pedro fue
finalmente restaurado para afirmar la fe sus hermanos.
El secreto no estuvo en no fallar, porque Pedro cayó frente a las
duras manifestaciones de la carne y macabras insinuaciones del
enemigo; el peor problema y más grave dificultad para restaurarnos,
es no tener la humildad de reconocer nuestra necesidad. Muchos
autosuficiente han sido afectados incluso, por enfermedades como
el COVID 19, porque se autoproclamaron poderosos en la fe, pero
olvidaron el temor a Dios, la sabiduría, la prudencia y la inteligencia,
que nos sugiere el libro de los proverbios.

Finalmente, este libro está escrito para nosotros:


•Los Autosuficientes.
•Los débiles.
•Los que hemos caído a pesar de lo que le habíamos
prometido a Dios.
•Para los frustrados.
•Para los desanimados.
•Para los que no quieren rendirse sin darse la oportunidad
de ser rescatados por Jesucristo.
•Para los que queremos darnos la oportunidad de ver más
allá de la circunstancia efímeras.
•Para los que creemos en el poder de Dios y no en los
hombres.
•Para los que pensamos que no estamos aquí por un
accidente,
sino para cumplir un propósito específico.
•Para los que anhelamos la restauración plena.
•Para los que aceptamos las promesas selladas con la
sangre de Cristo.
•Para los que creemos en la promesa del Espíritu Santo.

“Yo He Rogado Por Ti”, Es un libro, con un gran aporte a la


restauración y formación de nuestros líderes.
Dr. Jorge Osorio Cometa.
Pastor y presidente actual de la Asociación de pastores de Suba (ASOPAS)
Bogotá Colombia.
Introducción:
"De repente, Pedro, escuchó a Jesús decirle algo que lo desubicó”:
—Me vas a fallar Pedro… el enemigo me ha pedido permiso para
hacer con ustedes “mis amigos”, lo que menos imaginan; pero
tranquilo mi querido discípulo, no tengas temor “Yo he orado por ti”.
¿A quién le gustaría escuchar este tipo de noticia? ¿A quién le
gustaría oír que alguien de manera directa le profetiza un zarandeo,
un sacudón, en el que los cimientos más firmes y las convicciones
más fuertes serian estremecidas y que Dios está enterado de lo que
está por suceder?
Puede uno imaginarse a una mujer diciendo a su esposo:
—Yo sé que tú me vas a fallar, me vas a dejar en el momento más
difícil de mi vida, cuando más te voy a necesitar; pero tranquilo, yo
he estado orando a Dios por ti, para que en medio de todo lo que
vas a vivir, tu amor se mantenga firme y puedas regresar aquí…
porque esa experiencia que vivirás, ayudará a otros a fortalecerse
en la esperanza que tienen con respecto a la restauración de sus
hogares.
Quizás nunca podríamos encontrar una situación parecida a lo
expuesto en el párrafo anterior —difícilmente, alguien que supiese
que la pareja que tiene le fallaría, le hablaría de la manera que
Jesús le habló a este discípulo—. pesar de todo, si esto llegase a
suceder, posiblemente la actitud que ese alguien tomaría sería la
misma reacción de Pedro. Esto nos tomaría de sorpresa, nuestra
autosuficiencia saldría a flote y escandalosamente diríamos:
—¿Qué te sucede mujer? ¡Deja por favor de ser tan dramática!,
¡Deja la paranoia!, ¡Yo jamás te dejaría sola, jamás te fallaría!; ¡No
desconfíes de mí por favor!
Yo he rogado por ti, es un libro escrito para todas las personas que
han luchado con la autosuficiencia, quienes se han creído capaces,
siempre convencidos de que jamás traicionarían a lo que más aman.
Para nadie es un secreto que tanto la historia del rey David como la
de Pedro, son biografías de personas comunes y corrientes, que
amaban a Dios sobre todas las cosas, y sin embargo no pudieron
evitar fallarle.
En Yo he rogado por ti, encontrarás la extraña manera en la que
Dios opera muchas veces en nuestro mundo, Él irrumpe muchas
veces de manera estrepitosa en nuestra razón, desajustando
nuestras aparentes firmezas, desbaratando nuestros planes y
acabando con nuestras falsas creencias.
Mi intención no es invitarte a fallar porque al final encontraras el
perdón y la restauración; el propósito de Dios a través de este
material, es guiarte por medio de su divina providencia, de su infinita
gracia y mostrarte que nada escapa de su soberanía, de su
omnisciencia, y perfecta voluntad.
Pedro, a pesar de haber tomado sus propias determinaciones y
fallar, la gracia de Dios le permitió llegar hasta donde sus manos
pudieron extenderse a favor de él —¿habrá algún lugar donde sus
manos no puedan alcanzarnos? —. Pedro pudo salirse con las
suyas y alejarse por completo de la gracia; sin embargo, regresó,
Fue restaurado.
Algunos aspectos fueron determinantes en la decisión de aquel
amado discípulo de regresar a su primer amor, por lo que haré
mención de dos eventos que fueron de suma importancia en este
proceso: la mirada compasiva de Jesús manifestando un dolor
mezclado con amor, y aquella oración que el divino maestro aseguró
haber elevado por los discípulos para que su fe no fallara.
La noticia del mejor líder, la advertencia del gran maestro fue:
“ustedes van a ser zarandeados”. Esta noticia no fue solo para
Pedro, todos fueron advertidos; el tema competía a los once,
excepto para Judas, quien venía dando pasos acelerados hacía su
destrucción, por lo que la oración no lo cubría a él.
La profecía se cumplió: sucedió la captura, encarcelación y
crucifixión del hijo de Dios. Esto, afectó negativamente a sus
seguidores, mayormente a quienes se habían convertido en su
círculo más cercano.
Marcos, no estuvo al pie de la cruz, Jacobo no estaba, Jesús miro a
todos lados, y solo encuentra a María, su madre y a Juan… Pedro,
le siguió de lejos mientras lo llevaban a la cárcel, horas después se
sienta frente a sus verdugos y comparte con ellos, hasta negarlo
bajo maldición.
¿Dónde estaban todos?
Habían sido esparcidos, estaban llenos de temor, se escondieron.
Pedro, con su mirada sigilosa veía a la distancia todo lo que pasaba
con su señor. Su falta le llevo a llorar desde lo más profundo del
corazón, lleno de amargura no tuvo otra opción que salir corriendo.
Emocionalmente estaba devastado, hasta el punto de regresar a su
vida pasada y tomar de nuevo las redes, pescar desnudo y tratar de
olvidarse de la tragedia más grande que había vivido en su vida:
“abandonar y negar en el momento más difícil a aquel a quien había
jurado jamás abandonar”.
Atrévete a leer este libro hasta el final, quizás te puedas identificar
con muchas de las cosas que se han de tratar aquí, y así como
Jesús rogó al padre para que la fe de sus discípulos no faltase, yo
rogaré al padre para que puedas entender el propósito de Dios en tu
vida y a través de ella, a pesar de tus debilidades y flaquezas… más
allá de los planes que el enemigo tenga contra ti, para tratar de
destruirte.
Ten fe, Jesús también intercede por ti para que tu fe no falte.
La Maravillosa Montaña del Éxito

En el camino de la vida cristiana, muchas veces, nuestra mayor


preocupación es crecer; subir, alcanzar el éxito, avanzar y avanzar.
Nos preparamos tanto para estar arriba, que muy poco tenemos en
cuenta el precio de no medir los pasos al andar y lo duro que golpea
caer de un precipicio.
Soñamos con alcanzar metas en la vida cristiana, algunas de ellas
podrían ser: obtener una unción poderosa, llegar el nivel de algún
ministro a quien admiramos o ser como ellos, convertirnos en
alguien que ejecute a la perfección un instrumento. La joven sueña
con ser la más grande adoradora o salmista, ser la esposa de aquel
proclamado evangelista, profeta, pastor o gran líder. Muchas de
esas metas las alcanzamos y con sobradas razones, incluso cuando
el énfasis no sea el correcto, ni las intenciones del corazón sean las
mejores; Aun así, lo logramos y vaya que decimos: ¡dio resultados!
¿Quién mejor que el discípulo Pedro para evidenciarnos esta
realidad?

¿Quién podría mostrarnos una mayor ambición que sobrepasaba la


de los demás discípulos, que el deseo de este hombre de ser como
su maestro?

Siempre era el primero en responder; aunque algunas preguntas del


examen no las respondiera adecuadamente. Se preocupaba por
ocupar la primera fila —y eso no está mal—, estaba muy interesado
en impresionar, quizás no competía con nadie más que consigo
mismo. Amaba a su maestro, quería ser como Él, deseaba
agradarle, brindarle mucha felicidad, parecerse a Jesús; tanto que,
su muerte según narran los historiadores fue similar: una muerte de
cruz.
Sin duda Pedro le apuntaba al éxito, sus pasos agigantados en la fe
le llevaron a sorprender a Jesús, hasta el punto de recibir las llaves
del reino. Fue tanto el éxito que entre sus discípulos recibió ese
honor; años después predicó sermones que atrajeron multitudes y
estremecieron el reino de las tinieblas. Su sombra sanaba enfermos,
operó milagros en el poder del Espíritu.

Pocas personas pueden hallar coherencia en lo obligatorio que es el


fracaso en la ruta hacia el éxito. Para nosotros los cristianos es
indudable que no puede haber Canaán si primero no atravesamos el
desierto. Entre Egipto y la tierra prometida había una tierra agreste,
inhóspita, desgastante e inevitable. Pedro no conocía sobre ese
tema, o quizás sus emociones no le permitían razonar sobre el
asunto, él tenía muy poca idea o ignoraba aquello que se convertiría
en una experiencia casi traumática para él.

En la mente de Pedro, no cabía la idea ni la posibilidad de fallar a


quien amaba, no concebía la posibilidad de abandonar a su tutor, a
su mesías salvador. Fue el quien en un momento de profunda
pasión y convencimiento expresó:
¿A quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna. Juan 6:68.
El mismo sorprendió a Jesús al declarar: tú eres el Cristo, el hijo del
Dios viviente. Mateo 16:16.

Él parecía tener todo claro, por eso le dijo a Jesús: Aunque todos se
aparten por causa de ti, yo nunca me apartaré. Mateo 26:33. Pedro
estaba convencido del amor que tenía por su señor. En su corazón
estaba el más profundo deseo de agradarlo y morir por Él; sin
embargo, el desierto tenía que ponerlo a prueba. El fracaso tenía
que tocar su puerta, los errores le visitarían, y aquel enamorado
seguidor de su maestro, sin darse cuenta caería estrepitosamente
ante los ojos del único que jamás en la vida había pensado
traicionar.

El éxito es la meta más anhelada por todo ser humano, la mayoría


se prepara para alcanzarlo; sin embargo, los accidentes, y los
problemas que enfrentamos en el camino, serán tan fuertes que
lograrán estremecer nuestras convicciones y creencias. Sacarán a
flote nuestra dicotomía, la lucha entre lo que creemos y lo que
decimos; casi siempre experiencias difíciles permiten aflorar el
divorcio que existe entre lo que confesamos y lo que hemos creído.
Cuando llega el fracaso, nos desnuda, nos confronta, nos lleva a
buscar maneras de levantarnos y salir adelante, o desanimarnos
hasta el punto de darnos por vencidos. El fracaso o los errores que
nos llevan a fracasar, nos hacen cuestionarnos, perder la
esperanza, oscurecer el derrotero; casi siempre el golpe es tan
fuerte que, si no nos deja cojos, por lo menos logra
desestabilizarnos hasta que tambalea por un momento nuestra fe.
Esto es tan verídico, y lo comprobamos en nosotros mismos o en
aquellas personas que conocemos y han pasado por este proceso.

Muchos de los que han trazado metas intentando llegar a la cima,


en momentos en que ha aparecido un error que les golpeo tan fuerte
decidieron desistir; fueron desanimados de tal manera que se
rindieron. Para Pedro, caminar al lado de su maestro y tenerlo
consigo era el éxito mismo. Por ello, cuando Jesús les dijo que tenía
que morir, le llamo aparte para tratar de convencerlo de que no lo
permitiera:

Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle,


diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te
acontezca. Mateo 16:22

Él, no quería que su señor le fuese quitado; quería estar


siempre con Él, lo tenía todo. Jesús le era suficiente, satis-facía sus
más grandes anhelos y necesidades. Ni siquiera tenían necesidad
de ayunar porque su maestro estaba allí para socorrerles.
Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto
entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando
el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. Mateo 9:15.
El hombre que se mostraba como rudo, como violento, encontraba
en su maestro un ser capaz de brindarle seguridad. Con Él
disfrutaba la ternura y el cariño que quizás nunca había
experimentado; ¡se sentía como un niño en un refugio seguro! Él,
les encomendaba misiones y salían confiados en el poder que le era
delegado. Nosotros hoy aprendemos de lo que leemos en la biblia y
creemos por fe, los discípulos aprendían directamente de la boca
del señor. Le veían caminar, tenían ejemplos tangibles de su
integridad.
Él, les mostró de manera didáctica como ser mansos y humildes. En
varias ocasiones le trajo el cielo a la tierra; tanto que en una ocasión
Jesús se transfiguró delante de ellos y hablaba con Elías y Moisés,
Pedro y los otros dos discípulos extasiados no querían abandonar el
lugar. Estaban viendo la gloria de su maestro… ¡Cuán afortunados
fueron y de cuanta gloria disfrutaron!
Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que
estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti,
otra para Moisés, y otra para Elías. Mateo 17:4

¿Podría un seguidor de Cristo, tener un éxito mayor que estar cerca


de Jesús?

¿Podría alguien no sentirse afortunado de ser llamado por el señor


del universo para seguirle, siendo invitado a dejarlo todo?
Pedro, estaba experimentando el éxito en su vida; le fueron dadas
las llaves del reino, y el cambio que estaba experimentando era tal
que, paso de ser un vulgar mal hablado pescador, a hablar como un
verdadero seguidor de aquel que llamaban salvador.

Pedro, no podía contemplar la idea de que, a aquel instructor al que


amaban, pudieran sus enemigos darle muerte. No aceptaba
quedarse solo, no cabía en su mente la idea de que luego de tres
años de infinitas experiencias y maravilloso aprendizaje le tuviesen
que decir adiós.

Esto, causó un impacto emocional en la vida de aquel discípulo que


había encontrado en Jesús el verdadero sentido de la vida. Fue tal
el impacto que, se atrevió a reconvenir a su señor y de recibir una
respuesta que ninguno de nosotros le gustaría escuchar:
¡Quítate de delante de mí, Satanás!; Me eres tropiezo, porque no
pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.
Mateo 16:23

Sin duda Pedro, estaba demasiado embelesado en el éxito que


estaba experimentando. Para él, su maestro ni debía sufrir ni debía
ser quitado. Esto fue calificado por Cristo, como poner la mira en las
cosas de abajo y no en las de arriba. Muchas veces, el éxito en la
vida cristiana nos desenfoca, tanto que no tomamos precauciones.
Por ello sufrimos traumas, algunos devastadores, cuando nos
encontramos en el desierto, y sentimos que estamos solos, al oír
noticias atemorizantes.
Nuestro mayor éxito es Jesús, ¡Él es nuestra gloria! Y el gran error
que muchas veces cometemos, es olvidarnos de que, si quitamos
los ojos de aquel que es nuestra gloria para enfocarnos en aquello
que no lo es, terminaremos estancados; aplaudiendo y vibrando por
los éxitos que estamos teniendo mientras vamos dando pasos hacia
una estruendosa caída. Una y otra vez llegarán circunstancias que
removerán nuestra silla y nos harán recoger las tiendas y seguir
caminando. La consigna es no estancarnos, sin embargo, el éxito a
veces nos detiene y nos acomodamos en aquella silla o en lo que
muchos denominan la zona de confort.

Jesús no venía para vivir en la tierra más de los años que vivió, su
tiempo estaba programado, su agenda estaba preparada desde
mucho antes de Pedro nacer, desde antes que Adán y Eva pecaran.
No se podía alterar el orden preestablecido. Sin embargo, este
amado seguidor de Jesús quería alterar ese plan con las mejores
intenciones; aunque no por ello se salvó de ser reprendido por su
maestro. Jesús tenía que morir, ellos tendrían que quedarse sin ver
a su señor como estaban acostumbrados a verlo; las pruebas eran
inevitables, tenían que enfrentar a sus mayores enemigos: el temor,
la soledad, el fracaso y la frustración.
Para los discípulos, parecía que los tres años maravilloso que
habían vivido, se les escapaban de las manos como el agua.

¿A dónde irían? Si quien tenía palabras de vida eterna les sería


quitado. Lo habían dejado todo, y ahora parecían quedarse sin ese
todo que habían hallado. Satanás los pidió para zarandearlos y logró
su cometido. El efecto de ello, fue el dolor, el miedo, la huida y
dispersión en los once.

Pedro, ya no estaba con los discípulos como antes; Juan, se quedó


cuidando de María, Judas se había quitado la vida, y los demás
discípulos estaban escondidos. Sin duda, parecía que el plan del
enemigo había salido a la perfección.

Quizás, ninguno de los discípulos tomó en serio la advertencia de


Jesús. A Pedro, le afecto tanto el no haber tomado nota sobre el
asunto por un tema que más adelante trataré. Podemos tener
maravillosos destellos de éxito en nuestra vida cristiana, pero, el
enemigo jamás descansará de sus planes en contra nuestra; por lo
que debemos estar atentos y tomar notas de las advertencias
divinas, de lo contrario, experimentaremos el remordimiento de
haber ignorado las palabras de quien trató de evitarnos caer.

Los éxitos presentes en la vida cristiana, no son comparables en


nada con los que han de venir, pero se necesita de mucha fe, para
poder enfrentar los obstáculos que se presentan y avanzar, a pesar
de las caídas que tengamos. Se necesita visión clara y precaución
para ir por más, y no acomodarnos en el sillón de la autosuficiencia,
vanagloria o conformismo.
El Problema de la Autosuficiencia

Qué fácil nos podría quedar juzgar al “falto de palabra” de


Pedro; no cumple promesas, se volvió solo palabras, dirían algunos.
Los pequeños detalles que tejen la historia sobre la cual estoy
basando mi escrito, nos dejan ver que ni el mismo Pedro era
consciente de lo que estaba por venir. Esto mismo sucede en
muchos de nosotros como cristianos, estamos tan embelesados con
el éxito, que nos olvidamos que el simple hecho de estar sobre una
cima, implica mirar al suelo cuidando los pies de no caer.

Cuando Jesús, les advierte a los discípulos de los planes de


satanás, del permiso pedido para tocarlos y que le fue concedido,
Pedro, como ya eran normal, casi como un resorte dispara las
palabras más hermosas que podría expresarle un soldado a su
comandante:
Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.
Mateo 26:33

Pedro, estaba siendo sincero, solo que él no se conocía a sí mismo.


Él, amaba a Jesús de corazón, pero su amor no había sido puesto a
prueba. Su amor no era falso, era necesario fallar para darse cuenta
del dolor que esto causa y así poder ayudar a otros. El error de este
discípulo tenía un propósito para con él, con efectos en quienes
serían sus discípulos más adelante. Tal vez, esperaba que su
maestro le aplaudiera tan maravillosa declaración, pero no fue así;
Antes, ahora Jesús se dirige a él y le da una noticia mayor y algo
fuera de lógica y razón en este discípulo:

—Antes que el gallo cante, me negaras tres veces.

Imagino a este hombre alegando:


—¡No señor!, ¡Eso ni en bromas!, ¡Jamás eso pasará mi general,
soy un soldado leal, fiel; con usted hasta la muerte!

Pedro, sin mala intención, se atrevió en ese momento a colocarse


por encima de los demás discípulos: aunque todos se escandalicen,
“yo jamás” me escandalizaré. Esta actitud que floreció en la vida de
este gran discípulo me lleva a meditar profundamente, porque tales
comportamientos muchas veces suelen suceder en nosotros cuando
estamos experimentando ese primer amor.
Creemos que jamás le fallaremos a Dios, no queremos dejar de
servir e ir al templo; siempre estamos a su entera disposición,
creemos que por fin tenemos el antídoto contra el pecado y que ya
nunca más volveremos al lugar de donde un día salimos. El
enemigo una y otra vez nos susurra al oído que estamos haciendo
mejor las cosas que otros, y podemos ser arrastrados por el orgullo
en nuestro servicio a Dios.

Cómo olvidar aquellos momentos? Tiempos en los que llorábamos


en el altar, tiempos en los que fluía la presencia de una manera
maravillosa, donde la pasión parecía crecer a diario hasta
desbordarse. Y luego de habernos descuidado, muchas veces nos
preguntamos:

¿Cómo llegué hasta aquí?

¿Cómo fue que, de un momento a otro, todo cambio?


Comenzamos a buscar entre nuestros recuerdos la manera como
alcanzamos tal nivel, y parece que el camino se hubiese perdido.
Creo que muchos de nosotros necesitamos una respuesta sincera a
las preguntas que muchas veces nos atormentan:

¿Qué paso con todo lo que yo era?

¿Cómo fue que desperté sin anhelos por su presencia, sin ganas de
orar, de ayunar?
¿Cómo es que la biblia ya no tiene el mismo valor para mí?
Sin duda, si algo es tan doloroso en la vida cristiana, es recordar las
glorias pasadas, el fuego que hubo ayer, del cual parece que hoy
solo quedan cenizas. La respuesta a todas estas preguntas,
pudieran encerrarse en una sola: todo esto empezó cuando
empezamos a creer que podíamos librar nuestras batallas solos, sin
la compañía de Dios, sin el apoyo de nuestros hermanos en la fe.

Todo inició desde aquel momento en que empezamos a creernos


capaces de matar al diablo mismo con nuestras manos; cuando
comenzamos a construir nuestra propia trinchera, desde donde
decidimos empezar una guerra como lobos solitarios. Cuando
empezamos a creer que éramos demasiado grandes como para ser
corregidos por algunos novatos en la fe. El mismo Pedro se atrevió
a enfrentar a Jesús, aunque con buenas intenciones; refutó lo que
Jesús le decía, no lo aceptó. Él era lo suficiente capaz como para
dar la vida por Jesús, a sabiendas de que quien todo lo sabe, se lo
estaba advirtiendo y declarándole lo que sucedería en uno de esos
días inesperados.

A medida que crecemos y vemos el éxito que vamos alcanzando,


cuando ya las revelaciones empiezan a aflorar, podemos caer en el
error de creernos expertos en atar y desatar, que las llaves del reino
son nuestras y no necesitamos nada más. Pedro llegó a creerse
suficiente, y sin darse cuenta abrió una puerta que jamás debió
abrir; esta puerta dirigía el camino a un despeñadero que él no veía
venir. Comenzó a verse superior a los demás discípulos.

—Aunque los demás se escandalicen yo jamás lo haré.

Se consideraba un mejor cristiano, o que estaba tan cerca del


corazón de Jesús, que sería incapaz de fallarle. Cuan necesaria es
la palabra de exhortación dada por el apóstol Pablo en Romanos
[Link]
Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está
entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que
debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida
de fe que Dios repartió a cada uno.

La mayoría de accidentes y muertes se dan por el exceso de


confianza o autosuficiencia, Jesús dijo claramente: separados de mí
nada podéis hacer. Juan 15:5. La única manera de caer de sus
brazos, es cuando nos separamos de la vida, de la vid. Los salmos
23, 91 y 121 no muestran claramente la bendición que nos brinda el
estar cerca de Dios. Él, ha prometido guardar a los suyos, y los que
el guarda, el maligno no los toca.

Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el


pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el
maligno no le toca. 1 Juan 5:18.

La única manera de pecar contra Dios, es cuando nos alejamos de


Él, y la autosuficiencia es un factor determinante en cada caída, en
cada error. La mayoría de las muertes por accidentes son
provocadas por personas que se creyeron capaces, que se
confiaron, aunque quizás otros sean los que resulten afectados. El
rey David pecó, y no peco simplemente porque la tentación estaba
frente a sus ojos, pecó porque creyó que no era necesario estar
peleando y que se merecía un buen descanso; pero a nosotros la
biblia nos exhorta:
Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la
cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión
delante de muchos testigos. 1 Timoteo 6:12.

El dulce cantor de Israel, se confió, pensó que unas vacaciones no


estaban de más; que, ya no era necesario ir a la guerra, que los
años que había estado frente a un ejército le daban méritos para
descansar. ¿Cuántas veces, no nos sucede de manera similar?
Muchas de las caídas más estrepitosas de nosotros como cristianos,
se han dado en esos “momentos de descanso”. David había
olvidado, que las experiencias adquiridas en la guerra física, de
nada sirven para enfrentar la guerra espiritual; la batalla contra
nuestras propias pasiones y bajos instintos.

Hoy en día, como David, muchos podríamos llegar a creer que, por
los títulos adquiridos, los años de experiencia en la vida cristiana,
el mucho conocimiento, la hermenéutica y homilética —cosas que
son muy necesarias en el servicio al señor— son suficientes para
ejercer un ministerio o caminar en la vida cristiana como auténticos
vencedores.

Nadie cae espiritualmente de la noche a la mañana, ningún ministro


del evangelio peca, sin haber sido preparada una trampa por el
enemigo. Uno de los grandes recursos que satanás utilizará siempre
en procura de ello será la autosuficiencia; porque, cuando nos
creemos suficientes, suponemos que tenemos la capacidad de
lograr todo sin ayuda de alguien más.
Moisés, tuvo que escuchar el consejo de su suegro Jetro, y colocar
ancianos en Israel, que le alivianen el trabajo y así, dedicarse a
otras cosas de mayor importancia. Los apóstoles entendieron esto
en la iglesia primitiva y se dieron cuenta de que no podían distraerse
en cosas como las mesas, pues su dependencia de Dios los llevaba
a vivir una vida de oración Jesús mismo dijo:

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la


verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Mateo 26:41.

Por eso Jesús, respondiendo, les decía: En verdad, en verdad os


digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta Juan 5:19.

Nuestro gran maestro, vivía una vida devocional constante, una vida
de oración que le mantenía en íntima comunión con su padre. Lo
hacía para recibir fuerzas, revelación, poder, dirección; lo hacía
porque amaba estar cerca de aquel de quien dependía, y si Él lo
hizo, si su vida de oración fue capaz de motivar a sus discípulos a
querer orar y pedir que los enseñara, ¿Por qué muchas veces
vivimos una vida sin oración? Y, aun así, ministramos a otros,
servimos y vivimos la vida cristiana.

Jesús es Dios, sin embargo, en ningún momento se creyó tan


suficiente como para dejar de depender de su padre. Cuando la
autosuficiencia se empieza a asomar en nuestras vidas, es porque
se avecina una caída, un distanciamiento, un alejamiento del
propósito y la voluntad de Dios; que tarde o temprano terminara
haciéndonos llorar amargamente.

La autosuficiencia es orgullo encubierto. Un cristiano autosuficiente


ha perdido el sentido de la oración, ya no ora para no caer, porque
considera que por ser un buen cristiano eso nunca va a pasar. Si
algo recordaremos siempre, incluso, en los momentos que más
distantes estamos de Dios, es que fue nuestra vida de oración la
que nos llevó a vivir nuestros mejores momentos antes de alejarnos.

No orar para predicar, es la evidencia de cuan profesionales que nos


hemos vuelto; porque sabemos cómo manejar un par de versículos
y lanzarnos al ruedo. Quizás ya no hay oración para que Dios nos
hable, porque creemos que tenemos la suficiente sabiduría para
entender la biblia y solo fuimos llamados para hablarle a otros. Ya
no oramos para pedir dirección, porque creemos que todo lo que se
venga a nuestras manos lo podemos hacer porque Dios está con
nosotros.

Ya no ayunamos tanto, incluso, lo vemos como innecesario; ya no


hay vigilias ni clamor, como si nos preguntásemos a nosotros
mismos: ¿para qué? Ya no vamos constantemente a las reuniones
de la iglesia, pensamos que estamos mejor que la mayoría de los
que van allí. Y luego nos preguntamos:

¿Cómo fue que llegamos hasta aquí?


Y, Nos Fuimos Alejando

Todo final tiene un principio, y para llegar hasta allí, se necesita


transitar por caminos que determinaran el resultado de nuestros
pasos. Muchos transeúntes que han empezado mal sus travesías,
han tenido la oportunidad de corregir y retomar la senda correcta,
terminando con finales felices; otros que empezaron bien se
descuidaron y el final fue amargo para ellos.
Tomaré el ejemplo de dos personajes que anduvieron por más de
tres años con el maestro, que lo conocieron de cerca, que vieron los
milagros que realizó y fueron testigos de su conducta intachable. Se
trata de Judas Iscariote y Pedro, quien antes era conocido como
Simón. Ambos tenían muchas cosas en común:

•Eran discípulos.
•Caminaban y vivían con Jesús.
•Ambos salieron a operar milagros.
•Regresaron maravillados de ver los milagros realizados.
•Los dos tenían preocupaciones por los intereses del reino, la
preocupación de Judas —no era genuina— era por el dinero, las
preocupaciones de Pedro eran por el amor que tenía hacia Jesús y
su trabajo.

•Ambos iniciaron el proceso desde cero.


•Comían en la mesa con el mismo maestro.
•Los dos traicionaron a Jesús —Pedro, negándolo y Judas,
entregándolo— Sin embargo; a pesar de las muchas coincidencias
entre ellos, algunas cosas marcan la diferencia:
Pedro empezó bien, pero Judas empezó mal desde el principio.

Judas a sabiendas traiciono a Jesús, a Pedro lo engañó su corazón,


y aunque traicionó al maestro, jamás tuvo la intención de hacerlo.
Judas tuvo oportunidades de corregir su camino, pero nunca tuvo la
intención de hacerlo o por lo menos no se habla en la biblia de ello,
Pedro, aunque se alejó y se perdió en el camino, pudo recapacitar y
regresar.

Pedro se arrepintió y fue perdonado, Judas sintió remordimiento y


se suicidó.

El caso de Judas es de conocimiento general, Él estaba destinado a


perderse, su camino empezó torcido desde el principio y nunca
busco revertir la situación; de manera distinta, pero quien había
empezado bien, sin darse cuenta comenzó a alejarse y esta lejanía
lo llevo a negar a su señor.

El distanciamiento espiritual, es gradual; no sucede de un día para


otro. Los que hemos experimentado el alejarnos de Dios —no
necesariamente yéndonos a vivir la vida mundana— sabemos que
antes de estar así, muchas cosas sucedieron y la mayoría sin
percatarnos, y cuando quisimos reaccionar ya estábamos más lejos
de lo que creímos o habíamos pensado. Por lo que regresar se
convirtió en un camino muy difícil.

Muchas veces un hoy no voy a orar mañana si, o quizás, un simple


hoy no voy a la iglesia, tengo algo de cansancio, terminará
causando estragos en nuestro interior sin darnos cuenta. Y, que
decir, de las veces que dijimos: mañana no iré a la reunión de
oración, no voy a ir a la integración con los hermanos; o, necesito
descansar un poco y Dios lo entenderá. Muchas veces fuimos
perezosos, y no vimos venir la ruina espiritual. David lo fue en el día
de la guerra, y su lujuria apareció llevándolo a observar a Betsabé
bañarse, y todos sabemos el final.

Un poco de sueño, un poco de dormitar, Y cruzar por un poco las


manos para reposo; Así vendrá tu necesidad como caminante, Y tu
pobreza como hombre armado. Proverbios 6:10, 11.
Quizás, esto responda la pregunta que hice a anteriormente:

¿Cómo fue que llegamos aquí?

Si fueres flojo en el día de trabajo, Tu fuerza será reducida.


Proverbios 24:10.

El alejamiento, en el mayor de los casos comienza cuando hay


pereza espiritual; otras veces, por choques emocionales, traumas,
problemas internos o enfrentamientos con personas a nuestro
alrededor, ya sean cristianas o no. Otras razones se deben a las
ideas producto del orgullo que se esconde en nuestro ser interior. En
el caso de Pedro, es evidente lo que desencadenó su caída: su
maestro iba a ser llevado cautivo —eso emocionalmente lo devastó
— ¿a quién más iría? Intento defender a su señor, cortando la oreja
de un soldado, pero fue reprendido. Tanto la mezcla de emociones,
como su autosuficiencia, propiciaron la caída de “la Roca”.

Pedro es confrontado aun en este momento; el autosuficiente que


creía que todo lo podía resolver por la experiencia en el uso de
armas corto punzantes, aquel que creía que a golpes se defiende al
salvador, descubre que no, que ni su experiencia, ni su fuerza ni su
espada le servían.

Emocionalmente quedó aturdido; devastado, desubicado. Observa


que se están llevando a su señor, pero no sabe cómo defenderlo, lo
único que sabe usar bien es la espada y Jesús lo exhortó por usarla;
Ahora como si fuese poco lo invade el temor, sus miedos se hicieron
manifiestos.

El hombre que habló tan hermoso de dar su vida si era necesario


por Jesús, ahora está pálido, sin saber qué hacer ni a donde ir; el
día tan temido había llegado, la realidad que no quiso reconocer la
tenía frente a sí.
¿Qué podía hacer?
Jesús es llevado a la cárcel e inicia el camino hacia sus últimos días
en la tierra con sus discípulos, Pedro sabía que corría el riesgo de
ser llevado preso también, y más si se estaba oponiendo al arresto
de Jesús, habiéndole cortado la oreja a un soldado. A pesar de ello,
se las ingenió para buscar la manera de vigilar y ver que harían con
su maestro, y entonces, surge la frase que dice mucho de este
discípulo:

Mas Pedro le seguía de lejos. Mateo 26:58

Eso no fue lo que le dijo unos días atrás a Jesús, jamás le prometió
seguirlo de lejos. Él de manera decidida y creyente de lo que
afirmaba prometió si era posible morir, pero ahora el miedo, los
choques emocionales que había experimentado lo terminaron
alejando sin darse por enterado. Pedro se alejó de los demás
discípulos, la mayoría estaban escondidos; él debería estar con
ellos, pero, aunque es de aplaudir su deseo de querer saber lo que
pasaba con su señor, sin darse cuenta había llegado al lugar justo
donde enfrentaría su peor tragedia, había acudido a la cita que
nunca creyó que asistiría.

A veces, creemos que, seguir a Jesús a medias no es del todo malo,


pero seguir al maestro de lejos es perjudicial, porque, nos lleva a
vivir la vida cristiana sin compromiso, negándolo a Él y no a
nosotros mismos; tratando de salvar nuestras vidas, pero perdiendo
la vida eterna. Si vivimos entre dos opciones, al final usaremos la
que más nos convenga. En la condición en la que Pedro estaba,
siguiendo a Jesús a la distancia, podría considerarse a sí mismo a
pesar de todo su más fiel seguidor mientras esto no le trajera
consecuencias graves, en caso de encontrarse en peligro usaría la
otra opción.

Pedro, se había alejado sin darse cuenta, y aunque estaba al tanto


de lo que pasaba con su maestro, el compromiso con la verdad lo
había perdido. El miedo caló tan profundo que, cuando vino a darse
cuenta ya estaba departiendo y hablando con los mismos enemigos
de su señor. Ahora él estaba allí, con miedo a correr la misma suerte
que el nazareno. Estaba sentado junto a los que llevaron a Jesús a
la cárcel, calentándose las manos en el fuego equivocado. Ahora
estaba sentado en reuniones distintas a las que desde hacía tres
años había estado.

El mensaje que oía era diferente, pero no le incomodaba, y si le


incomodaba lo asimilaba con tal de estar sentado entre gente
extraña para ver lo que sucedía. Quería escuchar lo que se decía de
aquel “preso diferente” y saber de la suerte que este corriera. Ahora,
la alabanza no suena bien, incluso no es la misma música la que se
oye. Ya no hay salmos ni cánticos espirituales, las palabras son
disonantes, hay burla, risas; incluso, los que se ríen también se
burlan de su maestro, pero él no intenta irse de ese lugar, y sigue
allí a pesar de saber que no es el sitio donde debe estar.

¿Cómo fue que Pedro llego allí?

¿Por qué el valiente discípulo, no enfrentaba a los que se burlaban


de su señor?

El miedo le llevo a perder su identidad, a despojarse de su


convicción; el miedo le llevo a involucrarse con gente que no debió,
se unió en yugo desigual, ahora estaba con los incrédulos. El Pedro
exitoso, ahora estaba a punto de caer en un oscuro túnel, y no se
percataba de ello; antes, parecía caminar hacia el abismo y no hacía
nada para evitarlo, ¡quizás hasta lo disfrutaba! Esa progresiva
lejanía le llevó a olvidar, ya no tenía autoridad para defender a su
maestro, no tenía como hacerlo, por miedo y porque se encontraba
lejos de quien amaba y de donde un día estuvo.

Le preocupaba ser descubierto, por ello le fue más fácil


disfrazarse de verdugo, unirse a los que apresaron a Jesús. De una
y otra forma buscaba no perder de vista a su mentor, pero, no podía
mostrarse tal cual era, por ello parecer uno más del montón, un
verdugo más no sería problema, ¡estaba tan lejos! Se había aislado
tanto que, solo estaba a unos pasos de llegar a donde jamás creyó
llegar.

Lleno de temor y camuflado entre los impíos, escuchaba las


historias y chistes de doble sentido, las proezas que muchos
lograron conquistando mujeres. ¡Allí, estaba el hermano Pedro!
Aquel que echó fuera demonios con los doce y también con los
setenta, aquel que había recibido la revelación del hijo de Dios,
aquel que fue uno de los íntimos del maestro y quien presenció de
cerca la transfiguración, ese mismo a quien su señor llamó Roca.
Ahora está mezclado con la gente que daría muerte al ser que más
amaba. De nuevo deberíamos preguntarnos:

¿Cómo el hermano Pedro llegó allí?

La respuesta es que, poco a poco empezó a creerse capaz, se


sentía autosuficiente, sin darse cuenta de que la autosuficiencia lo
fue alejando de quien le llamó.

Podríamos preguntarnos en este momento, si acaso hemos caído


de la posición en la que estábamos en nuestra vida cristiana, si
hemos abandonado nuestra vida devocional, si estamos lejos de
nuestra intimidad con Dios, de nuestra sagrada comunión; si no
somos los mismos apasionados por su presencia y llenos de fuego
de ayer, si de ayer solo quedan los recuerdos:

¿Qué cosas estamos haciendo, que nos hacen sospechar que


estamos lejos de Dios?

¿En qué cosas nos llegamos a sentir capaces y autosuficientes?

¿Por qué dejamos de orar, de depender de Dios y hacer lo


necesario por estar en pie?
¿Eres consciente de que la autosuficiencia alimentada por los
títulos, el orgullo o el mismo liderazgo te hizo alejar de Dios?

Si tus respuestas concuerdan con todo lo que he estado


compartiendo hasta el momento, considero que este libro fue escrito
para ti. Si detienes tu camino y vuelves al mismo lugar de donde
nunca debiste salir, si vuelves a hacer las primeras obras, estarás
tomando la misma actitud de Pedro después de su caída, y podrás
volver a los brazos del padre para hallar tu restauración; de lo
contrario, si persistes en continuar como vas, podrías estar
siguiendo el camino de Judas Iscariote.

¿Qué estás esperando para volver, si este libro ha empezado a


dejar en evidencia errores cometidos en nuestra vida cristiana?

Si la autosuficiencia fue lo que te alejó de Dios, el próximo paso es


reconocer que separado de Él nada podemos hacer, aceptar que te
equivocaste, que permitiste el orgullo en ti creyéndote superior a
quienes te advertían, y decían que fallarías, creyendo ser mejor que
Jesús, quien nunca se creyó suficiente y siempre dependió de su
padre aun siendo Dios.

Si deseas regresar a esa comunión, debes soltar tus fortalezas


pedir a Dios que las quiebre; entonces, Él, será tu fuerza, tu
fortaleza y tu torre fuerte. Entonces dependerás total y
absolutamente de Él, para enfrentar los retos que se han de
presentar.

Puedes empezar orando así:

Padre, reconozco que soy una persona orgullosa, creí poder salirme
con las mías y hacer las cosas a mi manera y que todo saldría bien;
pero me equivoqué. Sin darme cuenta, te estaba dando la espalda a
ti, creyendo no necesitarte y me alejé.
Hoy estoy aquí, lejos, tan lejos que nada es igual a ayer.
Perdóname, perdona el pecado de autosuficiencia en mí, el orgullo.
Perdóname por haberte sacado de mis planes y haber seguido mis
propios designios. Restáurame por favor.

Toma el control absoluto de mi vida, y guíame con tu espíritu Santo.


En el nombre de Jesús; amén.

En Dios, siempre hay nuevas oportunidades de regresar al lugar que


un día abandonamos: Vuelve a las primeras obras.

Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las


primeras obras; Apocalipsis 2:5
Las Advertencias Olvidadas

Parecería lógico que nuestras reacciones a las advertencias


fuesen tomadas totalmente en serio, se les diese el valor que
corresponde; pero, lastimosamente muchas veces no ha sido así.

¿Quién decidió alguna vez, ignorar una advertencia y seguir de


largo?

¿Quién no decidió en determinado momento avanzar en su plan,


aunque tales acciones quizás no recibiesen la retribución esperada
para quien a pesar de todo y adrede ignoró tales señales?

Cuando niños, vivimos la adrenalina que implica desobedecer una


advertencia dada por nuestros padres; cuando adolescentes
procuramos de vez en cuanto rebelarnos contra las restricciones de
los adultos, y los estándares que nos colocaban y debíamos seguir.
Cuando jóvenes amamos las aventuras y muchas de ellas implican
romper reglas; y si son reglas, traen advertencias con
consecuencias que ameritan castigo en caso de no acatarlas.

Acaso ¿no sucede igual en la vida cristiana? La biblia está llena de


advertencias, y el propósito de estas, es evitarnos problemas
mayores. Cada advertencia bíblica busca como principal objetivo
mantenernos a salvo, sin embargo; nuestra naturaleza carnal,
emocionalmente egocéntrica siempre está buscando darse algunos
“gustitos” así estos le salgan caros cada vez que le pasan factura.

Si algo hemos experimentado la mayoría de cristianos que vamos


en busca de crecer a la estatura de la plenitud de Cristo, es el
encontrarnos con decisiones a las que debemos decir no o ignorar;
pero, que muchas veces damos tanta importancia, como Eva a la
voz de la serpiente y terminamos tirados, heridos en el piso,
lamentándonos por hacer caso omiso a las advertencias en el
camino.

¿Quién no ha tenido que llorar por decir sí, cuando debió decir no?

¿Quién no ha sentido el rigor de una mala decisión cuando

debió decir sí y prefirió decir no?

¿Cuántas personas usadas por Dios se acercaron para brin- darnos


un consejo y creímos que exageraban?
¿Cuántas veces nos atrevimos a llamar entrometidos a aquellos
hermanos que se acercaron a advertirnos de los propósitos del
enemigo en nuestra contra?

Tal vez debatimos infinidades de veces sobre nuestra condición


espiritual, defendimos a capa y espada nuestra imagen de santidad,
hasta el punto de llamar envidiosos a quienes nos confrontaban. La
razón es que en algún momento nos creímos autosuficientes,
capaces de mantenernos de pie, e incapaces de darle la espalda a
Dios; pero, hoy ¿Qué podemos decir? Muchas personas tenían
razón y fuimos tan soberbios que decidimos ignorarlos.

Pedro, no podía entender, que, quien le hablaba sobre su futuro, era


el mismo que podía ver a un pollino de asna más allá de los límites
de la humanidad, atado y pedir que se lo trajeran, y diciéndoles la
respuesta que debían dar a quien preguntara por qué desataban al
pollino.

Este maravilloso discípulo, estaba tan ensimismado con el éxito que


estaba experimentando; la Compañía de Jesús le daba todas las
garantías y por ello estaba suficientemente confiado. El presente
parecía tan maravilloso que jamás pensó que todo eso cambiaría de
un momento a otro, por lo que decidió ignorar las palabras de Jesús
que contenían un arsenal de amor.
Una cosa es caminar con el maestro, sentirlo cerca, tocarlo, verlo,
escuchar su voz y habar con Él, y otra muy distinta es estar lejos de
Él. Mientras el Cristo, estaba con ellos, Pedro era valiente, osado,
capaz. Todos sabemos sin duda alguna que este discípulo fue quien
más sobresalió entre los demás, incluso, su coraje se mantuvo
cuando su maestro estaba a punto de ser arrestado.

Sí, ¡Pedro, fue capaz de sacar su espada y cortarle la oreja a un


soldado! Al lado de Jesús era un gigante, pero al alejarse y seguirlo
a la distancia fue perdiendo la valentía, el poder, la unción; y el
temor comenzó a apoderarse de su vida. Hasta allí no entendía que
lejos de su maestro, nada podía hacer.

Jesús, en varias ocasiones y de varias maneras advirtió a sus


discípulos sobre el inminente peligro de alejarse de Él; pero, muchas
de esas advertencias no fueron tomadas con seriedad por algunos
de sus seguidores. Juan 15:5 dice:

Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo


en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis
hacer.

¿Cómo Pedro pudo olvidar esto?

¿Cómo se fue alejando de su maestro, hasta el punto de seguirlo a


la distancia?

¿Cuántos Pedros, están leyendo este libro ahora?

Olvidar las advertencias bíblicas, siempre nos traerá drásticas


consecuencias, aunque no las veamos de inmediato, muchas de
ellas suelen ser graduales. Cuando hemos fallado, cuando hemos
caído, si algo hace eco en nuestra cabeza es la verdad de que
fuimos advertidos antes. Es increíble ver, como cada error nos
desnuda, nos muestra lo equivocado que estuvimos al creer que
éramos suficientes.
Con el paso de los años he visto excelentes cristianos caer en este
pecado de autosuficiencia y devolverse luego de un error cometido,
tal como lo hizo el personaje central de este libro; sin embargo, de la
misma manera he visto a muchos preferir hundirse en su error y en
lugar de actuar tal como actuó Pedro —lloró amargamente—
endurecen su cerviz, tal cual lo hiciera Judas Iscariote.

He visto tantos cristianos, incluso, ministros con títulos y cargos


sobresalientes —pastores, evangelistas, maestros, etc.—
empeñarse en demostrar su supuesta inocencia, o tratar de justificar
cosas que no justificarían si otros fuesen los que lo hubiesen hecho.
Tal actitud de soberbia lo que hace es hundir cada vez más en un
camino sin regreso a quien prefiere cuidar más su “buen nombre”
que aceptar que es tan humano como los demás.

La mirada de quien nos ve caer luego de habernos advertido del


peligro, es desafiante, duele, presiona fuerte en nuestro corazón,
nos parte en pedazos, confronta nuestro orgullo; pero es increíble
que nuestra arrogancia sea tan fuerte que seamos capaces de tratar
de justificarnos. Solo un corazón humilde, dependiente y
desconfiado de sí mismo, puede llorar amargamente por haber
fallado a su señor, y regresar al lugar del que nunca debió salir.

Olvidar o ignorar las advertencias, es un error gravísimo, por eso


Dios siempre le insistió al pueblo de Israel a no olvidar, a recordar lo
que Él había hecho por ellos. Cuando se ignora una advertencia es
señal de que nos creemos demasiado listos; esto se evidencia en
adolescentes que conducen ebrios; por mucho que le presenten
razones su autosuficiencia les guiará hasta que lo advertido sucede,
y muchos jamás pudieron salir ilesos de ello.

Si me preguntasen ¿ignoró usted algunas advertencias bíblicas en


algún momento? Con total sinceridad diré que sí, y no dudaré en
argumentar lo triste y doloroso que es cometer este error. Para todo
cristiano que ama a Jesús de todo corazón, que anhela crecer y que
busca cada día ser un mejor discípulo, muchas de estas decisiones
suelen ser traumáticas.

¿Cómo es posible que Pedro hubiese olvidado que separados del


maestro nada podemos hacer? Es tan posible como nosotros
solemos ignorar muchas advertencias similares. Aun así, sin saberlo
prefirió seguir a su señor de lejos.

¿Por qué olvidó lo que días o semanas atrás su gran líder le había
advertido o vaticinado? La respuesta es: lo olvido, así como
nosotros olvidamos en algún momento el consejo del pastor, del
líder, del amigo, del hermano que, aunque no sabía leer, se sentó a
nuestro lado y con mucho amor nos dijo que nos cuidáramos que el
enemigo estaba tendiéndonos una trampa. ¿Y qué paso? Creímos
que ese hermanito deliraba Hoy, después de algún tiempo
recordamos aquella advertencia, pero es demasiado tarde, ya la
trampa fue hecha, no la vimos venir y caímos.

Lo importante de todo esto, es saber que Dios todavía está allí con
sus ojos puestos hacia nosotros, observándonos. Es maravilloso
saber que su gran amor todavía nos busca; y como si fuese poco
aun, a sabiendas de que caeríamos, su decisión de amarnos sigue
intacta. Y si lo advirtió antes, fue porque su mayor anhelo siempre
ha sido que tomemos las precauciones necesarias y no lo hacemos
muchas veces.

Olvidar las advertencias indudablemente será un error que nos


pasará factura y dolerá más de lo que imaginamos, el discípulo
Pedro es la prueba de ello. Es muy fuerte leer estas palabras:

Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente. Lucas 22:62.


Aun Advertidos

Luego de todo lo que he venido escribiendo, me surge una


pregunta más:

¿Cómo explicarnos que una persona que ha conocido a Cristo,


pueda pecar aun, después de ser advertida?

He escuchado a muchos considerados ministros, lideres o simples


feligreses expresar una idea algo peligrosa con respecto a la
esperanza de muchos débiles en la fe. Algunos dicen que, si una
persona luego de ser advertida falla a Dios, ya ésta no tiene ningún
remedio. Otros, afirman que quien peca luego de ser advertido, ha
cometido el pecado imperdonable o deliberado por el cual ya no hay
perdón para quien ha errado. Este tipo de declaraciones generan
caos en la mayoría de cristianos, pues muchos desanimados
pudiesen tomar decisiones aún peores, y de esas hemos visto
resultados desastrosos.

Ciertamente la biblia habla del pecado deliberado, sin embargo, este


no es el caso a tratar. El tema central aquí, es el hecho de que un
discípulo tan cercano a su maestro, amante y seguidor de verdad,
alguien que reconoció que solo Él, tenía palabras de vida eterna,
quien recibió la revelación del hijo de Dios, aun, después de ser
advertido por su señor, falló ¡y, de qué manera!

¿Puede Dios restaurar a alguien que ha caído a pesar de haber sido


advertido una y otra vez?

¿Es posible que alguien que ame a Dios pueda ser advertido del
mal que va a hacer y, aun así, fallarle?

La actitud de Jesús hacia alguien que sabía que le fallaría.


Es muy llamativa la actitud del maestro hacia su discípulo, cuando
éste ha sido advertido de lo que pasaría con su falsa confianza y
autosuficiencia.

¿Puedes acompañarme con la humildad suficiente para que Dios


nos lleve a entender el término gracia, y lo que es recibir algo sin ser
merecido?

Jesús se dirige a Pedro, e informa las intenciones de satanás; por lo


que me detendré aquí tratando de desglosar lo narrado por los
evangelios.

Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido


para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe
no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. Él le dijo:
Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también
a la muerte.
Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que
tú niegues tres veces que me conoces. (Mateo 26.31-35; Marcos
14.27-31; Juan 13.36-38)
El maestro estaba con los doce, su gloria los rodeaba, estaban
seguros con Él y en Él; el enemigo no podía tocarlos, no tenía
acceso a ellos. Era necesario que los discípulos pasaran el último
examen antes de ser llamados apóstoles, experimentarían un
ataque demasiado fuerte a sus convicciones, a su fe a sus
creencias; a su verdadera identidad. Necesitaban una prueba de fe
tan fuerte, capaz de desnudarles, pero que no los mataría.

El anhelo del enemigo sin duda era matarlos, así evitaría que el gran
Pedro y su combo, trastornaran el mundo con un nuevo mensaje y
un poder nunca antes visto. En su primer sermón, esta caña débil
convertida en Roca, ganó más convertidos que lo que un predicador
en estos tiempos podría ganar en una semana de predicación.

Satanás esperaba vengarse de las veces que esos discípulos le


echaron fuera de muchas vidas cuando salieron solo los doce, o
entre los setenta; tal vez el sueño del ladrón, destructor y enemigo
de las almas, era acabar de una vez para siempre con aquellos
obstáculos en sus diabólicos planes; pero no, Dios no le dio tal
permiso, solo le otorgó licencia para zarandearlos, para moverlos y
removerlos como a trigo.

Cual edificio imponente, serian puesto a pruebas por terremotos,


temblores que demostrarían de que estaban hechos, y la noticia de
no creer, es que Pedro, sería de los que más tambalearía. El
hombre de mayor figurar entre los doce, seria quien cumpliría de
manera exacta la profecía: Hiere al pastor, y serán dispersadas las
ovejas; Zacarías 13:7, Mateo 26:31. Aquel que se creía invencible, y
suficiente, estaría casi en el suelo y afectado intensamente.

¿Podemos imaginarnos o hemos visto como se zarandea el trigo?

Esto literalmente sucedió con los discípulos de Jesús, el pastor fue


herido y las ovejas fueron dispersas; huyeron despavoridas, y las
promesas hechas se disolvieron. Los seguidores más fieles del
maestro, o estaban escondidos en sus casas, o camuflados entre
los demás impíos.

Jesús, sabía lo que sucedería con Pedro, y, aun así, no le


descalificó como quizás lo hubiésemos hecho nosotros. Estaba
enterado de que lo iba a traicionar, que bajo maldición le negaría
tres veces, sin embargo, no hubo recriminación. No puedo
imaginarme al salvador diciendo: tu hipocresía va a quedar
demostrada, eres un hablador y quedarás evidenciado.

No encontramos al maestro, intentando evitar que, su discípulo más


eminente cayera, no observamos a un Jesús decepcionado por sus
discípulos; antes, vemos a un amigo, preocupado por lo frágil que
era aquella Roca, la humanidad y flaqueza de los que amaba. Por
esta razón, en la oración por sus amigos en Juan 16, desborda su
clamor hacia el padre por cuidado y protección sobre aquellos que
Él dejaría en la tierra.
¿Cuántos líderes y pastores se resienten con sus liderados, cuando
estos le dan la espalda? Muchos se van en su contra y hasta le
difaman, le amenazan con cerrarles puertas e indisponerlos con
otros ministros.

Ellos se iban a dispersar, lo dejarían solo; uno le iba a traicionar


entregándolo, otro le traicionaría negándolo. Jesús estaría sin
compañía en su más difícil momento; sin embargo, jamás recriminó
a sus discípulos lo que harían en ese instante.

Todos iban a ser dispersados, pero la oración de Jesús fue con


mayor profundidad por Pedro. El maestro lo conocía, sabía el
potencial que había en él y el amor que profesaba por su señor de la
misma manera que conocía lo frágil que este era. Jesús no pierde
su tiempo con aquellos en los que Él trabaja, y con Pedro no estaba
dispuesto a perderlo. No se daría por vencido con respecto a quien
llamó “Roca”, así como no se dará por vencido contigo a pesar de
tus flaquezas y debilidades.

Al leer las palabras de Jesús “Yo he orado por ti Pedro”, percibimos


como si implícitamente el maestro estuviese diciendo:

—El golpe fuerte es para ti, el mayor afectado serás tú. Tu fe va a


estar en peligro; te conozco mi extraordinario discípulo, vas a ser el
más herido en esta batalla porque más grande es mi propósito en ti.

Literalmente le estaba diciendo:

—Vas a fallar, vas a pecar, vas a rendirte o por lo menos desearas


hacerlo; tocaras fondo, te dolerá el alma por haberte alejado de mí,
querrás no haber nacido, batallarás tratando de regresar al templo
en que te reunías con tus hermanos. Quedaras sin fuerzas para
levantarte, aunque lo desees con todo tu ser; regresaras a la vida
antigua, volverás a tus pasadas andanzas, pero recuerda bien
Pedro: tú eres mío, no te dejaré ir, te buscaré a donde tenga que ir
para atraerte de nuevo. Yo he pedido a mi padre por ti para que tu fe
no falte.

Al escribir esto, siento como mi corazón se estremece, mientras esta


historia me lleva a preguntarme:

¿Cómo alguien puede amarnos así?

¿Cómo alguien puede interceder por nosotros a sabiendas de que


vamos a fallar?

¿Cómo alguien podría pedir porque nuestra fe no se desvanezca,


cuando es a esa misma persona a quien le vamos a dar la espalda?

Las respuestas solo podrían hallarse en Jesús, quien con amor


eterno nos ha amado, en Aquel que fue capaz de dar su propia vida
en sacrificio. Es Él, el gran intercesor ante el padre por todos
nosotros, quienes no merecíamos el más mínimo regalo de gracia.

Era como si el maestro le afirmase:

—Vas a fallar Pedro, pero esas fallas te servirán más adelante; lo


que yo hago ahora tú no lo entiendes, he pedido que tu fe se
mantenga firme, porque después que caigas, serás levantado; luego
de haberte alejado y caído, regresaras al lugar donde nunca debiste
salir, y usaras tus experiencias para levantar a otros. Tus hermanos
serán fortalecidos con lo que estarás viviendo en esos días de
desierto.

Pedro, sin duda alguna no lo estaba entendiendo mientras era


advertido. De forma explosiva refuta a Jesús: señor, dispuesto estoy
a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte. Jesús, a
pesar de ello, no alegó con su discípulo, no trató de demostrarle lo
iluso, hablador o prepotente que era.
Jesús entendía el amor de su seguidor y los deseos más profundos
de su corazón, aunque estos serían puestos a prueba y Pedro
perdería el examen. Al maestro le dolía todo lo que a su discípulo le
sucedería. Él, si pudiera haberlo evitado lo hubiese hecho, pero era
necesario para formar el carácter en la vida de aquel que había
recibido las llaves del reino. No era cuestión de demostrar quien
tenía la razón y quien estaba equivocado —como muchos nos
empeñamos en tratar de demostrarlo— era solo cuestión de
formación.

Al final, le advierte lo que va a suceder: “tú me vas a negar tres


veces, luego de eso, el gallo cantará. Pedro, estaba tan empeñado
en evidenciar su fidelidad a su maestro, en mostrarle a los
discípulos cuan capaz era que, ignoró las palabras de Jesús.

Quizás, se molestó pensando que su señor no confiaba lo suficiente


en él; que todo intentó en el tiempo que anduvieron juntos, no había
servido de mucho. En la cabeza de Pedro no cabía la idea de una
traición a su señor, pero ¡cuán engañado estaba! Porque, Engañoso
es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo
conocerá? Jeremías 17:9.

El corazón de este discípulo era perverso, como el de la mayoría de


nosotros los seres humanos —pues con maldición, afirmó no
conocer a su maestro— pero se necesitaba una caída para
desenmascararlo.

“Muchas veces será necesaria la caída en un cristiano, para


darse cuenta lo frágil y perverso que es su corazón”.
Cayendo Por un Precipicio

Jesús fue arrestado, y ese valiente soldado, sin saber cómo se


convirtió en un cobarde seguidor —mirando de lejos lo que sucedía
a aquel a quien juró lealtad— daba pasos cada vez más
apresurados hacia su caída.

Pedro no lo sabía, debería haber sospechado que ya no era el


mismo. Antes, andaba con su maestro para donde quiera que se
dirigía, ahora se encontraba caminando lejos de su lado. Días atrás
se sentía tan fuerte y capaz, hoy estaba aturdido, temeroso y
preocupado por su seguridad. Su junta era con el maestro y los
demás discípulos, sus conversaciones se enfocaban en todo lo que
se tuviese que ver con el reino.

¿Qué había pasado?

Ahora, se encuentra hablando con quienes en días anteriores


gritaban Hosanna al que viene en el nombre del señor, y luego de
ser tomado como reo, se juntarían entre los que vociferarían:
crucifiquen a Jesús y suelten a Barrabás. Estaba entre soldados que
hacían guardia, y salían a tomarse una taza de café en horas de
descanso para burlarse de aquel que se hacía llamar “el hijo de Dios
o mesías salvador”, y de cómo lo habían dejado solo sus
seguidores.

Es increíble, pero Pedro, se encontraba unas veces caminando,


otras sentado con ellos; posiblemente tomando algo para calentarse
en esas noches o madrugadas frías, en las que estuvo preso el
maestro.

Una multitud reunida intentando calmar el frío de la religiosidad,


buscando sitios diferentes para saciar su sed; quizás en la cantina
de la esquina, donde van todos los desesperanzados, desvalidos y
traidores, los infieles y adictos… Habían coincidido personas que no
veían en Jesús la salvación de sus almas. Allí en ese lugar se
escondía un hombre extraño que jamás pensó estar.

Aún lo peor estaba por venir y Pedro no lo sospechaba. Era


imposible estar en ese lugar y evidenciarse tal cual era: un discípulo
y seguidor de aquel que, pagaría con su vida el amor que sentía por
los que durante tres años había estado dedicándole todo su tiempo;
y por los que vendríamos después. No era adecuado seguir
mostrándose como lo que sin darse cuenta estaba dejando de ser.
Ya no había deseos de orar, de leer la biblia, de buscar el rostro de
su señor; quizás muchas veces en esos momentos Pedro luchó con
la idea de si realmente Jesús era quien decía ser.

Estaba siendo bombardeado, él no quería perder nada de lo que


tuviese que ver con su maestro, pero tampoco se decidía a
declararse su más fiel seguidor. La muerte quizás sería su sentencia
y se sentía tan débil que no se creía capaz de cumplir con sus votos
hechos días atrás con el mayor de los fervores.

¿Cuántas veces nos hemos llegado a sentir así?

Nos alejamos poco a poco, hasta que descubrimos que se ha


perdido el fuego, la pasión, la unción, la presencia, la vitalidad; al
punto de negar nuestra realidad sobre la vida cristiana, actuando
como verdaderos impíos. No hay el poder suficiente de regresar al
lugar de donde salimos, porque nos separamos de la vid.

Tal vez, era muy de noche ya, el gran discípulo se encontraba


cansado, luchando con sus ojos para que no se cerraran, o los tenía
bien abiertos mirando todo lo que sucedía a su alrededor. Pedro, tal
vez no estaba tan incómodo en ese lugar. Es triste cuando nos
sentimos cómodos lejos de Dios, que hasta llegamos a hablar y reír
con los enemigos de la cruz.
Pedro, estaba hablando con los demás traidores, había logrado
entablar conversaciones muy amenas con ellos; quizás, tratando de
saber que pasaría con su tutor. Posiblemente logró simpatizar con el
grupo que se calentaba con fuego extraño. Ahora, descansaba
sentado en el patio y una criada lo ve y le recuerda que él era uno
de los de Jesús, pero su respuesta fue un rotundo y decidido no.

Resulta interesante descubrir que una criada, que no tenía el poder


de un soldado, logró amedrentar al “valiente Pedro”. La razón es
que estando lejos de la vid, cualquier voz nos atemoriza. El
evangelio de Mateo 26:69-75 cuenta que fueron dos personas del
mismo sexo las que increparon a este discípulo, es decir dos
mujeres. Allí se narran acciones que parecen sucesivas. Una
primera mujer lo increpa, él responde que no conoce a ese tal
Jesús, pareciese ser que, por temor a ser descubierto, decide mejor
salirse de la reunión donde estaba y busca la manera de escapar.

Saliendo por la puerta, se encuentra a otra mujer quien al verlo le


dice a los demás; También, este estaba con Jesús el nazareno. El
disfraz poco a poco se iba cayendo. Pueda que un impío se vista de
cristiano y logre pasar inadvertido; pero difícilmente un verdadero
cristiano se vestirá de impío sin ser descubierto.

Pedro, no era cualquier persona, él había tenido un encuentro de


verdad con su maestro, estaba en el lugar menos indicado,
haciendo lo que no debía hacer; pero, aun así, y a pesar de todos
sus disfraces tenía un sello, un distintivo que lo diferenciaba de los
demás por mucho que quisiera ocultarse. Le pertenecía a Cristo, y
por mucho que tratase de quitarse esa marca, no sería posible.

Todos los que alguna vez hemos seguido a Jesús de lejos, aquellos
que en determinada circunstancia pudimos haberle traicionado,
negado como este discípulo, sin duda nos encontramos con una
realidad y es que no podemos escapar de aquel que nos amó hasta
el punto de morir por nosotros.
Las palabras del salmista David, se hacen más reales que nunca en
nosotros por lo que exclamamos:

¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?


Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi
estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare
en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu
diestra.

Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; Aun la noche


resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, y
la noche resplandece como el día; Lo mismo te son las tinieblas que
la luz.

Su brazo, es lo suficientemente largo para llegar a donde nos


encontremos, sus ojos nos han visto, estamos pálidos, temerosos,
sentados en aquel rincón oscuro de nuestro mundo; como niños
perdidos y llenos de temor, más allí su mano nos toca para
rescatarnos. El salmista entendió, que por muy lejos que se fuese
de su creador, no podría estar fuera de Él. Todo el salmo 139 es un
poema que nos deja anonadados, maravillados de la hermosa
gracia y soberanía de un Dios poderoso.

En mi adolescencia, leía este pasaje y me producía temor. Pensaba


en pecar y me imaginaba los ojos de Dios por todos lados
persiguiéndome. Con el pasar del tiempo, llegué a amar tanto esta
realidad al descubrir, que, en este capítulo, no se hace una
invitación solamente a temer al creador, sino a amarlo, a desearlo, a
pensar en su infinita bondad y gracia que no nos soltará. Que por
mucho que tratemos de huir de Él, es imposible; ¡no podemos! Sus
manos están en todo lugar para levantarnos; sus ojos por doquier;
aun cuando le fallemos como Pedro, esa bella mirada estará ahí
para mostrarnos su infinito amor.

Pedro sale temeroso, despavorido; las miradas de los que le rodean


parecen acrecentar su crisis luego de que una joven lo acusa de ser
parte del grupo de los de Jesús. Ahora, está casi al descubierto,
sale para escabullirse; pero, en la puerta cuando justo va a saliendo,
otra mujer lo desenmascara frente a la multitud. El camuflado
discípulo fue expuesto.

¿Qué hacer?

La gente escucho a esta dama decir: este es uno de ellos; sin


embargo, el amado y autosuficiente discípulo, insiste en negarse y
refutar a quienes afirman aquella verdad que el negaba.

Jamás pensó estar allí, pero sin darse cuenta estaba cayendo
precipitadamente en el lugar que menos esperaba, pretendía huir,
ya eran suficiente las dos veces que le había negado, no quería
hacerlo de nuevo, no porque se acordara de la advertencia de
Jesús, sino porque amaba a su maestro.

Parecía que lo estaba logrando, ya había alcanzado a pasar la


puerta de salida, buscaría donde esconderse. Ya no quería seguir
más a Jesús de lejos, quizás lo mejor era abandonar su fe, o buscar
a los demás discípulos y reunirse con los suyos, pero faltaba la
última gota que rebosaría la copa. Un poco después, acercándose
los que por allí estaban, dijeron a Pedro: verdaderamente también tú
eres de ellos, porque aún tu manera de hablar te descubre. Mateo
26:73.

¿Qué hacía Pedro allí?

¿Acaso su intención no era huir?

No, al parecer no quería irse y dejar solo a su maestro, él amaba a


Jesús, pero el temor no le permitía ser totalmente abierto a mostrar
ese amor. Él desea estar pendiente de su señor; sin embargo, sus
debilidades no le dejaban. ¡Era demasiado débil como nunca creyó
que lo sería! Era muy peligroso confesarse seguidor de aquel reo.
Es así como cantidad de veces nos sentimos muchos cristianos.
Amamos a Dios, no deseamos dejarlo, no queremos abandonarlo,
pero somos lo suficientemente débiles para permanecer cerca de Él,
lo suficientemente hipócritas como para mirarlo a los ojos.

Luchamos por vencer; sin embargo, nuestras debilidades nos


tumban. Queremos gritar que sí lo conocemos, que es nuestro mejor
amigo, pero tenemos miedo a ser señalados, aborrecidos y
golpeados. Aunque parezca extraño, muchas veces necesitamos
llegar al fondo para darnos cuenta cuan alejados estamos de Dios.
Retumban en el interior las palabras de Jesús, nos sentimos casi
destituidos de la gloria, parece que no hay esperanza; ¡cuán duro es
leer, Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo
también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos. Mateo
10:33!

Lo hemos negado tantas veces con nuestras acciones, le hemos


fallado tanto que el dolor y la ansiedad nos martirizan; aun así, en el
fondo no queremos vivir de ese modo. Judas andaba con Jesús y
los discípulos, pero jamás se identificó como uno de ellos, a
diferencia de Pedro, quien siempre se mostró como un gran
seguidor de su maestro —hasta ese fatídico día—. Nunca planeó
ofenderle, negarlo o fallarle, él lo amaba, y fue ese amor en medio
de sus debilidades, lo que permitió su restauración.

Pedro, quería seguir viendo a su mesías, aunque fuese a la


distancia, estaba interesado en saber qué pasaría con su amigo.
Quizás, se acercó a preguntar a alguien sobre lo que tramaban
hacer con ese hombre y la condena que le darían. Consintió en
quedarse hablando un rato con ellos, y por un momento se metió en
la conversa de tal manera que pareció olvidar la razón por la que se
encontraba allí.

Cuando la gente lo escucha hablar, comienzan a señalarlo; algo ha


pasado, ha quedado al descubierto, estaba disfrazado, pero por sus
poros salía el lenguaje del reino. Sin darse cuenta, por mucho que lo
quiso ocultar, y a pesar de lo alejado que estaba, todavía había un
poco del cielo en él, aún tenía cosas aprendidas de su maestro.

Todos empezaron a decir: este hombre es de ellos, él insistía en que


no; se empeñaba en negar una realidad, que muchas veces
intentamos negar y no nos es posible. Él alegaba diciendo que se
equivocaban, que no era así, hasta que se escucha una voz entre la
multitud:

—Tu eres uno de ellos, porque tu manera de hablar te delata.

No era posible seguir escondiéndose, había evidencias, había sido


acorralado, no le quedaba otra opción que aceptar y decirles a todos
que tenían razón; pero no, él no podía exponer- se a tanto. Olvidó lo
que Jesús dijo tiempo atrás: Porque todo el que quiera salvar su
vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la
hallará. Mateo 16:25.

El gran discípulo seguía olvidando las palabras de su señor; pero es


que, “en realidad hay momentos en que parece que de manera
extraña todo se nos borrara de la cabeza”, hasta que, luego de
haber fallado volvemos a recordar.

Era la tercera vez que enfrenta la misma situación, pero aún no la


capta, está a punto de ver el cumplimiento de lo ad- vertido por
Jesús; sin embargo, no recapacita. Saca un haz debajo de la manga
y se sostiene dispuesto a poner su última carta sobre la mesa. Esta
vez manifiesta un enfado desconocido por hacía los que habían
dicho lo mismo acerca de él.

El prometedor Pedro, comenzó a maldecir, perdió el control y


empezó a actuar entonces, como no actuaria un discípulo de Jesús.
Con esta actitud quizás dejó claro a los demás que no era uno de
ellos, posiblemente los engañó, pero jamás pudo engañarse a sí
mismo. Dentro de él pululaba una innegable realidad; no solo era
uno de ellos, había sido marcado con un destino poderoso, aunque
en ese momento estuviese donde y como estaba.

Ya todos quizás se fueron, posiblemente hasta le pidieron perdón


por juzgarle “incorrectamente”. Algunos le aconsejaron que se
calmara, incluso, la última persona que le acusó, pudo haber sido
acusada de levantar “falso testimonio” porque todo era un “error”
pero él, en el fondo sabía que no era cierto aquello que afirmaba.

Se logró acercar un poco más a su maestro para mirarlo justo


cuando aparece la multitud gritando: él pertenece a ese grupo,
porque incluso habla parecido al resto. Pedro, quita la mirada de
Jesús para defenderse y salvar su vida.
Su mente se nubla y de repente lanza maldiciones, ante la mirada
triste de su tutor. Pedro estaba muy ocupado defendiendo su “buen
nombre” no tenía tiempo para mirar a su señor. Su vida en ese
instante era más importante; quizás al terminar de arreglar ese
asunto lo miraría de nuevo. Sin saber que sería demasiado tarde.

De repente algo extraño sucedió; el gallo no había cantado en toda


la noche, pero justo cuando él termina de discutir con quienes lo
acusaban, Aquel animal cantó. No era la primera vez que Pedro
escuchaba cantar a un gallo. Pero esa vez, aquel canto diferente se
convirtió en su pesadilla. Esta vez, todo fue diferente; se necesitaba
que un gallo cantase, para recordarle a un discípulo que tan lejos
estaba de su maestro, y cuan cobarde había sido negándolo bajo
maldición.
A nosotros quizás no nos ha cantado un gallo para recordar- nos
cuando le hemos fallado a Dios, pero de muchas maneras
descubrimos que echamos todo a perder; que no somos tan buenos
como creíamos, y que hemos herido el corazón del ser que más nos
ha amado.

David actuó de forma similar a Pedro. Se confió, se creyó


autosuficiente, se alejó de la batalla para estar tranquilo, se hizo a
un lado para no ir con el ejército, vio a una mujer desnuda, la mandó
a llamar, la embarazó, mato a su esposo y se la trajo a casa. Con
todo eso, no se sentía mal, el tiempo paso y nada sucedía —
aparentemente—.

Pedro lo negó la primera vez y nada parecía pasar; lo hizo una


segunda vez y todo seguía tranquilo, una tercera vez con mayor
empeño, y tal como si nada estuviese sucediendo; hasta que de
repente el gallo cantó. A David, tuvo que ir “el gallo Natán” a
recordarle que había pecado delante de Dios y entonces, fue
cuando él cae en cuenta de su gran maldad y lloró con amargura del
alma.

Este gran discípulo de Jesús, se había olvidado del maestro, porque


estaba preocupado en camuflarse, en esconder su realidad. Había
olvidado aquellas palabras que luego de haberlas escuchado se
atrevió a refutar. De repente el gallo canta, y entonces Pedro
recuerda.

Él, aún no siente tan fuerte la presión de su falla, en el momento en


que el gallo canta él recuerda y dirige su mirada al maestro, busca
de nuevo los ojos de su señor, tal vez esperando que este,
estuviese mirando a otro lado, pero no. Allí descubre que el maestro
nunca apartó los ojos de su amado discípulo, y entonces, bajo esa
mirada el hombre que se creía capaz, descubre que no hay razón
para seguir huyendo.

Sin duda, acababa de caer cuesta abajo y golpearse contra


el suelo de su propio engaño, su autosuficiencia se vino a tierra,
había sido desnudado y frente a esa mirada no tenía como
defenderse. Se sintió tan decepcionado de sí mismo, que tomó un
camino de regreso distinto, fue tan fuerte el impacto, que pareció
huir y darse por vencido.
Quizás el enemigo le decía:

—No tienes perdón, has negado al único que te podía salvar;


has fallado a quien decías que amabas. Este camino no es para ti,
¿de qué sirven estos tres años al lado del maestro si al final lo
traicionaste cuando más necesitaba de ti? Después de caídas como
estas, el paso que muchos solemos dar, es darnos por vencidos,
desplomarnos, rendirnos y creer que hemos ido demasiado lejos
como para ser alcanzados por su gracia.
Una Mirada Que Parte el Alma

Hay miradas que asustan, otras que enamoran; miradas que


advierten, algunas que solo observan manifestando duda. Existen
miradas de juicio, aprobació o desaprobación, de precaución... Pero,
alguna vez te has preguntado:

¿Qué contenía esa mirada de Jesús, que conmovió las células más
profundas del corazón de Pedro?

¿Era acaso una mirada de condenación?

O ¿la mirada más tierna que jamás había visto?

Sin duda, sus ojos penetraron lo más escondido de su ser, que este
no tuvo otra alternativa que huir. Puedo imaginar el rostro de Jesús,
observando a Pedro y expresando el dolor que sentía en su
corazón, sin decir palabras. Este discípulo había estado tan cerca
de su maestro que entendía perfectamente el lenguaje de sus ojos.
Él vio unos ojos tristes, que le preguntaban ¿por qué lo hiciste? Sin
embargo, esos ojos le decían:
—“A pesar de todo, te sigo amando, eres mi discípulo
extraordinario”.

Una mirada de profunda tristeza, pero a su vez un deseo de


abrazarle y decirle:

—Tranquilo; yo te comprendo.

David vio esa mirada de Dios cuando expresa:

Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de


tus ojos; Para que seas reconocido justo en tu palabra, Y tenido por
puro en tu juicio. Salmos 51:4.

El salmista, al ser exhortado por el profeta Natán, cae en cuenta del


daño que le ha causado no a su reino, no a sus hijos, no a Urías; el
rey miró al cielo y sus palabras demuestran que está arrepentido de
haber herido el corazón de Dios. A él no le importaba dejar de ser
rey, él se dolió porque había contristado al Espíritu, hirió el corazón
de su amado pastor, aquel que maravillosamente describe en
Salmos 23.

La mirada de Jesús desbarató a Pedro, lo desarmó; esta, contenía


un mensaje:

—Te amo, a pesar de que me has negado, te comprendo, aunque


me hayas dado la espalda.

Pedro no tenía fuerzas para correr a sus brazos, se sentía indigno,


había fallado y todo lo que le había prometido eran solo palabras…
con todo, si quisiera salir corriendo para tirarse a sus pies, no podía;
Jesús estaba del otro lado y custodiado por sus verdugos.

No puede soportar lo que está presenciando, y se dirige


apresuradamente afuera; no sabe a dónde huir. Estoy convencido
de que Jesús quiso salir detrás de él y abrazarlo, puedo creer que
lloró al ver a su amigo corriendo desconsolado. Pedro se detiene en
un lugar de la calle, se recuesta a un árbol y suelta un profundo
grito:

—¡Esto no puede ser posible! ¿Por qué? ¿Por qué tuve que fallarle
a quien nunca me falló?

Su grito es tan fuerte que imagino a Jesús escucharlo del otro lado,
pero no puede salir a abrazarlo. Quisiera quitarse las cadenas, pero
era necesario que se cumpliese la profecía.

¿Puedes imaginar esta escena sin sentir deseos de llorar?


El maestro quiere abrazar a su discípulo y restaurarlo, decirle que a
pesar de todo lo ama, que lo perdona, que sin
importar lo sucedido, Él cumplirá su propósito en aquel a quien
llamó Roca, pero su humanidad lo limita y el sacrificio debe ser
consumado.

¿Cuántos mensajes escuchamos, y ya no logran erizar un bello de


nuestra piel?

¿Cuánta perdida de amor por su presencia?

Dejamos de congregarnos, abandonamos nuestro llamado, miramos


con dolor aquel ayer glorioso que hoy se siente ausente. Ya no hay
palabra que nos haga regresar, no hay evento que nos lleve a su
dulce presencia; hemos llegado a estar resecos, tan desérticos que,
los intentos de muchos por restaurarnos son similares a una
pequeña gota de agua que cae a tierra árida.

Pedro seguía cayendo y parecía cada vez volverse más profesional


en mentir, parecía estar casi creyéndose lo que afirmaba, hasta el
punto de mostrar enfado y maldecir. Estaba empezando a actuar
diferente, no como uno que había estado tres años con el maestro.
Algo estaba pasando, y Pedro lo ignoraba.

Siempre van a existir gallos que van a cantar justo después que
hemos fallado. Muchos de nosotros lo hemos escuchado una y otra
vez; pero, el canto del gallo no será suficiente, a veces, hasta los
silenciamos con nuestro razonamiento y terminamos justificando
nuestros desatinos.

Estos gallos, vienen en diferentes presentaciones y algunos de


situaciones inesperadas; gallos que en el mayor de los caos ni
siquiera logran redargüirnos. Pensamos que luego nos
arrepentiremos, y seguimos hundiéndonos. Pedro falló y se percató
del error que había cometido por tercera vez, solo después del
canto; mira al maestro y fue la mirada de Jesús la que le quebranto
por completo.

El canto del gallo recordó a Pedro que se había cumplido la profecía


de su maestro, pero, la mirada del señor quebrantó su corazón en
cuestión de segundos; hasta causar el dolor que produce el
arrepentimiento. Pedro, miró directamente el rostro de Jesús —
quizás, si Jesús no estuviese mirándolo, éste ignoraría la falla
cometida— y fueron los ojos de aquél que días atrás había
reconocido como el hijo del Dios altísimo, los que fulminaron su
orgullo, su autosuficiencia. Más allá de aquel canto, fue esa mirada
la que causó un shock en él.

Las palabras del profeta Natán, impactaron al rey David; sin


embargo, mayormente lo que le estremeció fue despertar de forma
brusca y descubrir que, contra Dios —el pastor, el refugio, la roca
inconmovible, la fuente de sus escritos, el único que jamás le fallaría
— fue que pecó.

Muchos gallos pueden cantar, pero solo la mirada de Jesús logra


quebrantarnos. Los gallos cantan para recordarnos que hemos
pecado, mirar al maestro y observar su mirada nos lleva a sentir
constricción, dolor, pena, y vergüenza por haberle dado la espalda.
Solo la mirada del Cristo puede llevarnos a ser redargüidos y
arrepentirnos de todo corazón.

Cuando Adán pecó, lo primero que hizo fue huir, y esa actitud sigue
repitiéndose una y otra vez cuando le fallamos al creador. Nuestra
primera intención es querer correr, Pedro lo hizo. La diferencia entre
Pedro y Adán, es que el segundo huyo de miedo, el primero huyó de
tristeza y dolor. El primero trató de refugiarse en la mirada de su
maestro, pero no pudo soportar el mensaje que sus ojos contenían.

¿Cuándo fue la última vez que volvimos nuestra mirada a Dios luego
de haberle fallado?
¿Cuándo fue que miramos al maestro después de cometer un gran
error?

Necesitamos sin duda volver a mirar al padre.

Vuelve, oh Israel, a Jehová tu Dios; porque por tu pecado has


caído. Oseas 14:1
Un Lloro Amargo
¡Cuán fuerte es leer con respecto a Pedro y su amargo lloro!
¿Cómo es posible, que alguien que conscientemente estaba
negando a su señor fuese quebrantado de tal manera
que no pudo contenerse solo por una mirada?

Fue tal el dolor que experimentó, el impacto emocional y espiritual


que, salió corriendo afuera a desahogar su llanto, desesperado por
calmar su dolor. ¡Es indescriptible lo que estaba sucediendo en el
interior de este hombre, lo que estaba experimentando! Por lo
menos, en este escrito no podría describirse.

¿Qué produjo un lloro amargo en su vida?

No fue el gallo, no fue el remordimiento, fue la mirada de su maestro


en la que se proyectaba el amor y la gracia que había descendido
del cielo. Cuando vez el amor de quien da- ría todo por ti y le has
fallado, tu corazón se achica de solo preguntarte:
¿Cómo puedes ser tan perverso y malo, en fallarle a alguien que no
lo merece?

Infinidad de cosas pasaban ahora por la mente de Pedro:

—Él me lo advirtió y lo creí exagerado.

¿Con qué cara le digo que tenía razón?

¿Qué van a pensar los discípulos de mí?

Claro que esas preguntas daban vuelta una y otra vez por su
cerebro, pero estoy convencido de que no eran las que más
producían amargura en su corazón. El lloro amargo no es el que
produce la vergüenza por lo que otros puedan pensar de nosotros,
por nuestra imagen que pudiese venirse a tierra, o por lo duro que
nos golpeó el error cometido; el lloro amargo se produce, cuando
has herido el corazón de alguien que no lo merecía.

Puedo creer que empezó a recordar aquella madrugada en que


caminó sobre las aguas y el maestro lo levantó, pareciera oír de
nuevo las palabras: yo te digo que tú eres Pedro, a ti te daré las
llaves del reino. Recordaba a Jesús cuando alimentó a miles, o el
día que lloró por su amigo lázaro; las imágenes de como levantaba
a los enfermos brillaban en su interior, resucitaba muertos, liberaba
endemoniados. Ese Jesús que él había negado era el mismo de la
transfiguración, aquel que a sus discípulos le había bajado el cielo a
la tierra. Lloraba con amargura, porque, falló a alguien que jamás
mereció se le pagara así.
Hace mucho tiempo, leí sobre la historia de Policarpo, un anciano de
Esmirna a quien antes de ser quemado en la hoguera por predicar
de Cristo, en tres ocasiones le dieron la oportunidad de renunciar a
su señor evitando así el sufrimiento; sin embargo, sus palabras
fueron:

—“Durante ochenta y seis años he servido a Dios y durante ese


tiempo nunca me ha fallado ¿Cómo puedo fallarle en es- tos
momentos? Luego de eso fue quemado vivo.

Si el apóstol Pedro, hubiese escuchado estas palabras, de seguro


recordaría con dolor aquel momento en que traiciono a su maestro,
negándolo ante todos muy a sabiendas de que Jesús jamás negaría
a sus discípulos. Era justo y necesario que fallase para darse cuenta
cuan frágil, engañoso y perverso era su corazón; sin embargo, es
inevitable sentir el dolor que esto causa. A Dios gracias, esta
experiencia lo fortaleció para más adelante no cometer el mismo
error, y así dar su vida por aquel a quien amaba.

Muchas veces lloramos luego de una caída, por los peldaños que
descendimos, por la gente que se sintió decepcionada de nosotros,
por los puestos que perdimos, por la imagen que se nos ha venido a
tierra, por los contratos que se nos escaparon; Pero, ¿de qué sirve
llorar por todo eso, si la razón de nuestro lloro debe ser por haber
ofendido a quien jamás lo ha merecido? A David, solo le importaba
no perder al Santo Espíritu, le dolía haber herido el corazón de Dios
con sus acciones.

Estanislao Marino expresa en una canción: ¿porque yo he de


pagarle mal, al que me hizo tanto bien? Este es el verdadero lloro de
quien ha conocido a su señor. No hay motivos para fallarle, no
debimos haberlo hecho… duele y duele profundo en el alma atacar
el corazón de quien solo se ha dedicado a hacernos el bien.

Si alguien puede imaginar aquella oscura noche de Pedro en la calle


llorando, de seguro puede tratar de suponer, cuantas preguntas
llenas de amargura él se hacía.

—¿Por qué?

¿Por qué lo hice?

¡Fui un cobarde!

¿Cómo pude ser tan desleal?

¿Dónde estaban todas aquellas promesas de no fallarle?

Me creí mejor que los demás discípulos y ¿ahora que hago?

¿Dónde estoy?

—Aquellos que guardaron silencio cuando yo emocionado dije a


Jesús que jamás le fallaría, ellos tal vez son mejores que yo porque
no fui capaz de cumplir mi promesa.
Imaginar a Pedro en ese momento, es vernos a nosotros mismos
lamentándonos, llorando, por haberle dado la espalda a quien nos
llamó sin merecerlo y nos puso donde por nuestros méritos no
podríamos estar. Es recordar las veces que nos hemos desanimado
y sentido terriblemente luego de darle la espalda a Dios. Aunque
parezca extraño, ese lloro es el que necesitamos hoy quienes
hemos aprendido a fallar.

Necesitamos volver a llorar y sentir que nuestra alma se parte en


pedazos, que de nosotros se desprenden emociones cargadas de
culpa, para poder pedirle desde lo más profundo de nuestro ser, que
nos perdone.

Si algo hemos aprendido en los últimos tiempos, es a ser


autosuficientes y esto ha endurecido muchos corazones,
conirtiéndonos en personas casi incapaces de llorar de verdad.
Aprendimos con facilidad a justificar nuestras malas decisiones, con
facilidad buscamos la manera de quedar bien ante todos —aunque
eso implique estar mal ante Dios— ¡Necesitamos de nuevo ver la
dulce mirada del padre, partiéndonos el alma en pedazos y
mostrándonos su gracia infinita! ¡Necesitamos sentir el impacto
fulminante de su gracia, partiendo en pedazos nuestro orgullo y la
falsa seguridad de nuestra condición espiritual!

Mucho más grave que alejarnos de Dios, es el gran problema de


haber quitado la mirada de Él. Debemos entender que, por muy
lejos que nos hayamos ido de su lado, su mirada será capaz de
quebrarnos hasta hacernos regresar.
¿A Dónde Vas Pedro?

El impredecible discípulo al ver aquella mirada llena de


mensajes profundos y un amor inigualable, quedó desorientado. Su
semblante decayó, su corazón se consternó de tal manera que
parecía salir del pecho quebrado en partículas.

Correr a los pies de Jesús era lo único que quizás pensó hacer, a
pesar de la vergüenza que esto le provocaba; pero, ¿cómo?, ¿Si su
maestro estaba encadenado, del otro lado rodeado de soldados?
Por mucho que hubiese querido hacerlo, muchas cosas se lo
impedían.

¿A cuántos de nosotros no nos ha sucedido de manera similar?

Le hemos fallado, sabemos que no tenemos a donde ir, por- que


solo Él tiene palabras de vida eterna, pero muchas cosas nos hacen
querer huir. La vergüenza, el sentirnos hipócritas, el miedo, los
sentimientos de decepción, la justificación, el sentimiento de culpa
entre otros, nos perturban hasta invitarnos a huir, tal como lo hiciese
el primer hombre que habitó la tierra.

Existían barreras que separaban a Pedro de su maestro, además


del pecado y la vergüenza como producto del mismo. No sé qué
barreras te limiten, te hayan perturbado o perturben tu vida en el
momento en que has fallado a Dios, hasta el punto de impedirte
acercarte a Él y obtener perdón. Es cierto, el pecado es muerte, nos
aleja de lo más bello, sagrado y maravilloso que podemos tener; es
verdad que Dios y el pecado no congenian, pero, también es cierto
que su misericordia está al alcance de todo aquel que se arrepiente
de corazón y se refugia en sus brazos.

¿Has pensado alguna vez en lo que significa la palabra “todo”?


¿Acaso en el versículo que te sugiero a continuación se con- templa
exclusividad para ciertas personas y casos?
Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le
echo fuera. Juan 6:37.

Sin duda que todo nada excluye, no hay otra opción, y en ese todo
entramos tu y yo si de verdad hemos conocido al maestro. Todo lo
que el padre le da al hijo, ha pasado por un proceso, y debido a ese
proceso que se lleva a cabo, el hijo no desprecia lo que a Él llega.
Son muchos los versículos que muestran el maravilloso despliegue
de la gracia redentora del Dios eterno; entre ellos traigo a colación
algunos.
Ya he visto el camino que siguen, pero a pesar de eso los sanaré y
los consolaré; a ellos y a los que lloran los dirigiré. Is 57:18.

Por eso, así ha dicho el Señor: Si te vuelves a mí, yo te restauraré, y


tú estarás delante de mí. Si entresacas lo precioso de lo vil, serás
como mi boca. ¡Haz que ellos se vuelvan a ti, pero tú no te vuelvas a
ellos! Jeremías 15:19.
Si te volvieres, oh Israel, dice Jehová, vuélvete a mí. Y si qui- tares
de delante de mí tus abominaciones, y no anduvieres de acá para
allá, y jurares: Vive Jehová, en verdad, en juicio y en justicia,
entonces las naciones serán benditas en él, y en él se gloriarán.
Jeremías 4; 1 y 2.

La invitación del enemigo por consecuencia del pecado es hacernos


sentir tan podridamente irreparables, de tal forma que nos demos
por vencidos en la intención de querer agradar a Dios; por ello
nuestra primera opción siempre será huir. La clave está en volverse
a Él, no importa la condición, es urgente regresar a sus pies.

Convertir el pecado en deporte es un peligro mortal, pues la paga


del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en
Cristo Jesús Señor nuestro. Romanos 6:23. Pocos han jugado con
el pecado y han logrado salir con vida para contarlo. Lo que no
puedes permitir, es que el enemigo después de haberte incitado a
fallar y luego de haberle obedecido, te aconseje separarte del único
que tiene la solución para tu error; la medicina para tu enfermedad.

La huida casi siempre es la invitación luego de fallar, y el gran


discípulo no estuvo exento de ello. Él necesitaba llorar,
desahogarse, lamentar su mala decisión, pero tendría que haber
corrido a sus hermanos los discípulos y haberse puesto a su
disposición para hallar apoyo; antes, las decisiones que fue
tomando Pedro, dan entender todo lo contrario.

Salió de la vista de su maestro. ¡Tal fue el impacto que pro- dujo en


él esa mirada que no pudo contenerse y tuvo que salir y alejarse de
todos para poder llorar! Es verdad que los problemas con Dios se
arreglan a solas, que se necesitan momentos para ponernos a
cuentas con Él donde nadie más pueda estar presente; pero, la
tendencia nuestra es alejarnos de su mirada y de los que nos
rodean.
Ahora está afuera, lejos de la vista de Jesús, se encuentra llorando
inconsolablemente, no quiere ver ni escuchar a nadie, solo solloza
preguntas...

—¿Por qué?

¿Porque fallé a mi maestro?

¿Cómo pude ser tan poco inteligente?

¿Por qué pagarle así?

Mil recriminaciones se pueden suponer del dolor que experimenta,


seguido de afirmaciones guiadas por sentimientos de culpa:

—Pensé que de verdad era valiente y soy un cobarde, soy de lo


peor, he actuado como ninguno de los demás discípulos actuó y
solo con Judas me comparo, ¡lo traicioné! ¡Lo he negado!
De la misma forma creo que, desde lo más profundo del corazón,
salían oraciones verdaderas por parte de este discípulo:

—Perdóname señor, perdóname Jesús… te he fallado, te he dado la


espalda, no merezco nada, pero te necesito.
¿Qué más podría uno imaginar que pasaría en la vida de alguien
que amaba tanto a su maestro?

La historia continua, y al parecer Pedro nunca más regresó a ese


lugar donde había experimentado su más grande caída. No se
sentía digno de volver a ver a Jesús y su cautivadora mirada de
amor.

¿A dónde se fue?

La historia relata que cuando María fue a ver la tumba no


encontró a Jesús y les avisó a los discípulos.

O ninguno de los discípulos le recriminó a Pedro por haber negado a


Jesús, o este no le contó a nadie lo que había sucedido —ya que en
la biblia no se registra ninguna reacción de los discípulos con
respecto al caso de la negación—. Yo podría inclinarme más por la
primera opción. En medio de todo, Jesús había dejado entrenado a
un equipo que aprendió a estar en las buenas y malas juntos. La
recriminación no era parte de ese proceso que tenían que pasar
juntos. Sin duda, los discípulos considero que acogieron a Pedro
con el mismo amor que les hubiese gustado que Jesús lo acogiese.

Es interesante percatarse de que este discípulo, aunque logró


reunirse con el resto, no se sentía totalmente dentro; su estado de
ánimo no le permitía verse entre los demás como antes, y esto
mismo lo termino sacando de nuevo.

¿Por qué razón no fue el primero en enterarse de lo sucedido, antes


que las mujeres que trajeron la nueva?
El Pedro que falló, de no haber sido por ese grave error, de seguro
hasta hubiese amanecido en la tumba para ver resucitar a su
maestro; pero no, el pecado le había bajado los ánimos, le había
sacado el gozo de su corazón y la esperanza. El error de haber
negado a su maestro, le llevo a estar de cuerpo presente entre los
discípulos, pero de espíritu ausente.

De la misma manera, los pecados con los que luchamos, nos llevan
a estar quizás por compromiso o reconocimiento dentro de cuatro
paredes, incluso sirviendo y ministrando en las reuniones, pero
nuestro corazón, nuestro espíritu se siente ausente, con ganas de
huir, de dejarlo todo tirado. Nos sentimos hipócritas, el pecado ha
matado la pasión, el amor por el servicio y la casa del Señor.

La odisea apenas empezaba para Pedro; su vida estaba marcada


con un propósito, pero su pecado había tratado de borrar esa
marca, reemplazándola por un aparente fracaso. Si hay algo seguro,
es que cuando una mujer o un hombre ha sido marcado por Dios,
las cicatrices del pecado con las que lucha jamás podrán ocultar la
gracia que reposa sobre quien ha sido llamado para cumplir un
propósito sobre la tierra.

He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que


fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta
que haya hecho lo que te he dicho. Génesis 28:15.

Jehová cumplirá su propósito en mí; Salmos 138:8.

Un sentimiento de soledad, frustración, deseos de rendirse, suele


aparecer tras la caída de alguien que sabe que ha conocido a Dios y
ha sido llamado para desarrollar una labor especifica. En ese
momento es inaceptable ver el error como la oportunidad de
aprender cosas nuevas y que solo serían aprendidas de esa
manera. Pedro no lo vio así, aun, cuando Jesús le dijo que luego de
caer de esa manera regresaría para confirmar a los demás
discípulos.

No creo que un verdadero ministro del señor en medio de una caída


o luego de haber pecado diga con algo de jactancia: señor muchas
gracias porque, aunque acabo de fallar, aunque te he negado,
aunque te acabo de dar la espalda; esto me servirá para ayudar a
otros. En realidad, el dolor es tan profundo, la tristeza tan fuerte que
lo que menos queremos es hallar un propósito en nuestras caídas;
aunque, al pasar del tiempo comenzamos a reconocer todo lo que
hemos aprendido de tal error.
Sentirnos fuera del templo estando dentro, lejos de todo; aunque
estemos cerca de la gente y con ganas de huir, es algo que
difícilmente podrá entender quien no lo ha vivido. Reímos, pero por
dentro lloramos, algunos nos juzgan sin tener idea del mundo de
conmociones que experimentamos. Es tan duro como haber perdido
a un familiar; y es duro porque le hemos fallado a quien es el todo
para nosotros.

¿A dónde va nuestra mente?

¿A dónde va nuestro corazón?

Divagamos de un lado a otro buscando sentirnos vivos, la depresión


suele visitarnos por las noches; sin duda, solo los que han amado
de verdad a Dios, entenderán el dolor que produce haberle fallado a
quien jamás lo ha merecido. La lucha por no dejarnos vencer de
pensamientos condenadores se intensifica, la culpabilidad no da
tregua; mientras en lo profundo de nuestro ser —como caminante
en el desierto— anhelamos escuchar la voz de alguien que nos diga
que aún somos amados por el padre, que todavía podemos beber
de la fuente de agua viva.

Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es


ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de
la mano de Jehová por todos sus pecados. Isaías 40:2
Parece que una luz de esperanza se enciende en Pedro, es- cucha
la noticia de que su maestro no está en la tumba, y sale corriendo
con las mujeres al sepulcro. Tal vez él esperaba ver señales de su
maestro, aquel a quien le falló y no pudo abrazar por las cosas que
lo impedían, ahora quizás lograría lanzarse a sus pies si tan solo
pudiese verlo, intentaría abrazarlo y decirle que le perdone.

La noticia parecía ser buena, el único que podía restaurarlo había


sido muerto y su promesa de resucitar parecía dar señales de su
cumplimiento. Muchos pensamientos quizás corrían por su mente
mientras aceleraba los pasos para llegar al sepulcro.

—¿Y si robaron su cuerpo?

¿Si lo habrán escondido mientras dormíamos para que no sepamos


de Él?

¿Y si en realidad cumplió su promesa?

¡Es el hijo de Dios!

¡Él no miente!

¡Está vivo!

¿Y si lo encontramos en el camino?

¿Qué sucederá cuando lo vea?

¿La muerte borrará de su memoria mi traición?

Tal vez, este era el momento que él estaba esperando; llevaba ya


varios días sin ver a su tutor, era sabido que le habían dado muerte,
había prometido resucitar. No sé qué diría en el ca- mino Pedro o
qué pensaría, tal vez hilvanaba pensamientos como:
—¡Yo sabía, que él no me defraudaría como yo lo hice!

¡De seguro cumplió la palabra de que se levantaría de entre los


muertos!

Le habían dicho que ya no estaba allí, solo sus túnicas, pero él


aguardaba la esperanza de verlo sentado al lado de su tumba. Era
el primer día de la semana, corre desesperadamente, es el primero
en llegar, y entra al sepulcro, la piedra está movida, mira a los lados,
toma las túnicas en sus manos, sale afuera, revisa alrededor… pero,
Jesús no está.

Pedro, no entiende que ha pasado, resucita para desaparecer, él fue


el primero en ir a la reunión cuando lo invitaron, se apresuró para
llegar temprano, el preparó su corazón para verlo, pero no está allí,
él lo sabía, pero insistió en que quizás al llegar a ese lugar lo podría
ver.

¿Cuántas veces luego de una caída, hemos querido experimentar la


presencia de Dios? Queremos hacer las mismas cosas de antes,
tratar de sentir y tocar su presencia; Pero, el maestro no está.

Él está vivo, el evangelio ahora tiene su razón de existir y


propagarse, aquel a quien habían crucificado está vivo y vive para
siempre; aunque Pedro no lo viera ni lo sintiese cerca, Él resucitó y
eso era lo que en realidad importaba para todos aquellos que le
seguían. ¡Si Cristo está vivo, y resucito al tercer día, también nos
resucitará!

Pedro en su interior experimentaba emociones encontradas, su


maestro había resucitado, pero no lo podía ver. Quería estar a solas
con su señor y poder desahogar todo lo que le estaba mermando en
su llamado, pero no estaba allí.

¡Cuánto peligro, o ansiedad nos puede generar esto!


Hemos fallado, corremos al lugar donde creemos que esta el
maestro, pero no lo encontramos. Incertidumbre y gran aflicción nos
cubre. Somos bombardeados por el enemigo, y solo por la gracia
divina podemos llegar a sobreponernos de lo que estamos viviendo.

Anhelamos sentir su presencia, sentir el toque de su Espíritu,


escuchar su preciosa y arrulladora voz; pero, el Sinaí parece arder.
Todo a nuestro alrededor tiembla, pareciese que solo los Moisés
pueden entrar al lugar santísimo, que solo a él puede escucharlo;
mientras nosotros sufrimos los embates de su silencio. Parece no
haber palabra para nosotros, nos sentimos solos, aquel que ha
resucitado parece estar lejos de quienes sentimos morirnos en vida.

Extrañamos su presencia, corremos muy temprano ante la noticia de


que algo poderoso está sucediendo; sin embargo, al llegar allí, no
podemos encontrar lo que fuimos a buscar. No es algo que será de
por vida, pero hace parte del proceso que trae como resultado una
caída.
Cayendo Más a Fondo

Un sinnúmero de preguntas se precipitaron sobre el discípulo


Pedro. Se escuchaban rumores que afirmaban que el cuerpo de
Jesús se lo habían robado, algunos decían que había resucitado,
pero no había señales de Él. Los mismos discípulos no sabían que
había sucedido en realidad.

La fe de los discípulos estaba llegando al clímax de la prueba, Él


había prometido que resucitaría, unos seres extraños que estaban
en el sepulcro le dijeron que había resucitado. Muchas veces se
preguntarían; si resucito ¿dónde está? Si somos sus discípulos con
quienes estuvo por tres años y medio, ¿por qué no nos da señal de
vida?
La fe de Pedro, una vez más entraba en conflicto; y puedo llegar a
creer que este hombre en algún momento fue bombardeado con la
idea de una falsa resurrección de su señor. La verdadera lucha de
nuestra fe, es aquella que se da cuando todo está en contra, cuando
nos toca enfrentarnos a todo tipo de sentimientos e ideas que visitan
nuestra mente buscando hacernos desistir.
¿Podríamos imaginarnos a Pedro decepcionado de haberle fallado a
Jesús?

Sin duda, ya cantar los mismos coros no le revitalizaban,


posiblemente sintiéndose culpable de haber echado a perder todo el
propósito de su maestro con el solo hecho de haberle fallado.

¿Qué más podía hacer él, si ya no tenía razones aparentemente


para vivir con intensidad aquello que había negado?

Ahí está el gran Pedro, soportando la lucha interna que le agobiaba.


Le quedaban pocas fuerzas, sin embargo, se mantiene luchando por
no dejarse vencer. ¡Cuán maravilloso es descubrir que Jesús sabe
que también a nosotros muchas veces nos queda poca fuerza!

Porque, aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no


has negado mi nombre. Apocalipsis 3:8

¡Qué tremendo esto!

Jesús conoce quien tiene poca fuerza, pero también sabe quiénes a
pesar de tener pocas fuerzas se han mantenido, guardan su palabra
y no le niegan. Pedro le había negado, pero el único que conoce el
corazón del hombre no le había juzgado, así como tampoco lo hizo
con David a quien llama “un hombre conforme a su corazón”. Dios
nos conoce más allá de nuestras debilidades y caídas; más allá de
nuestras flaquezas y poca fuerza, y, a pesar de todo, toma una
actitud diferente a la que muchos de los más cercanos a nosotros
podrían tomar.

Pedro estaba en una lucha por no perder su fe, nadie pue- de decir
que él había dejado de amar a su maestro, nadie podría afirmar que
voluntariamente decidió echar todo por la borda y renunciar al único
que le había dado sentido a su vida. Pedro negó a Jesús; incluso,
bajo maldición, pero jamás renunció a Él.

De repente, esa misma noche Jesús se les aparece en casa, hay


regocijo en todos e incredulidad en Tomás. Extrañamente el maestro
se dirige a todos sin excluir a Pedro, pero sin referirse a él o sacar
un espacio para tocar un tema pendiente —la negación— puedo
imaginar a Pedro confundido, no hay recriminación, pero tampoco
hay un momento a solas con Él maestro, o por lo menos no se narra
en la biblia.

Pasaron los días y Pedro llego a sentirse decepcionado de sí


mismo. Estaba confuso, se llegó a sentir incapaz de ser un
verdadero seguidor del rey de los judíos, necesitaba reivindicarse;
pero, con quien debía hacerlo no estaba presente y ahora aparecía
ocasionalmente con cuerpo glorificado. No lo veía cuando quería
verlo mucho menos lo sentía. Una idea quizás se le cruzo por la
mente y empezó a tomar fuerzas:

¿Para qué lo sigo intentando?

Esta misma idea o frase una y otra vez aparece en nuestra vida
cuando nos encontramos librando nuestras batallas:
¿Para qué sigo en esto, si siento que nadie está conmigo?

¿Para qué seguir insistiendo en algo que ya no siento, que ya no es


igual?

¿Para qué seguir yendo a la iglesia o participando en las actividades


si me siento frío?

¿Para qué intentar avanzar si cada día a pesar de mis esfuerzos


parezco estar en el mismo lugar, o muchas veces peor que antes?

Uno de los momentos más tristes sobre la vida de Pedro, junto al


suceso de la negación, lo encontramos en las siguientes palabras:

Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque
se había despojado de ella), y se echó al mar. Juan 21: 7.

Pedro seguía con los discípulos; sin embargo, muchas actitudes en


él empezaron a mostrar el efecto de lo que había sucedido aquella
madrugada cuando el gallo cantó. La frase: porque se había
despojado de ella, trae implícito un mensaje: Pedro estaba
regresando poco a poco a ser el simón vulgar y quizás malhablado
que era antes de conocer a Jesús.

Todos sabemos que las vestiduras en la biblia tienen una con-


notación de carácter espiritual y muy significativo. Muchas veces se
nos exhorta a vestirnos de la nueva naturaleza, a vestirnos de
santidad, de amor, y en otras ocasiones se nos insta a despojarnos
del viejo hombre, de la pasada manera de vivir, de los vicios y cosas
del pasado que todavía nos persiguen.

Bajo el contexto que estamos analizando, y la reacción que tomo


Pedro frente a la noticia de que era Jesús el que le estaba visitando,
nos da a entender que fue sorprendido en algo moralmente
incorrecto; por ello sale corriendo a cubrirse y se lanza al agua.

La ropa los cubría, ellos espiritualmente habían sido vestidos con


nueva ropa, el hecho de que se resalte el que se había despojado
de sus ropas, evidencia que Pedro se había despojado sin saberlo
de la vida que llevaba con Jesús y los demás discípulos. Nótese
que, él estaba con ellos, pero era el único que estaba desnudo,
porque es sobre el único de los discípulos que se dice que se
despojó de sus vestiduras.

Pedro volvió a gran parte de sus viejas andanzas, el que había sido
llamado a ser pescador de hombre, como alguien que no tiene nada
que hacer, está buscando como distraerse, y decide irse a pescar.
Los discípulos sabían del liderazgo que había en este hombre, y
quizás si se animaron a acompañar- lo a pescar, era debido a que
no lo querían dejar solo en su proceso.

Se había despojado de sus ropas para adentrarse al agua a pescar.


La primera vez que Jesús lo llamo fue para hacerle pescador de
hombres junto al mar de galilea; sin embargo, en esta ocasión
encuentra a un Pedro desnudo a orillas de un lago llamado Tiberias.
Nótese que, cuando Jesús apareció a los discípulos, no pareciese
haber tenido un trato directo con algunos de sus discípulos
principalmente con Pedro. Es en Juan capítulo 21, donde se
muestra que Jesús fue expresamente a buscar a quien había
denominado Roca.

Fue a él cuando estaba desnudo, cuando se había despojado de


sus vestiduras, cuando se había dispuesto a renunciar a todo. Allá
donde cualquier “santo de nuestros tiempos” no se hubiese atrevido
a llegar; donde algún hermanito “rebekenda” de la iglesia, hubiese
tomado fotos y vídeos para llevársela de pruebas al pastor, o para
subirlas en las redes y escarnecer a su prójimo; allá fue el maestro a
buscar a aquel por quien había estado orando para que su fe no
faltase.

Una de las cosas que nos muestran el bajo nivel espiritual en el que
había caído Pedro, es que ni siquiera podía darse cuenta que era
Jesús el que le visitaba. La visión de este discípulo no era la misma,
uno de ellos, en este caso Juan, tuvo que decirle que era el maestro
el que estaba entre ellos, y entonces reaccionó vistiéndose de
nuevo y lanzándose al agua.

¡Qué tan bajo pudo caer este discípulo, que no solo negó a su
señor, sino que ya ni le reconocía, parecía no ser oveja o ser una
oveja sorda!

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, Juan 10:27.

Una de las situaciones que nos golpea demasiado fuerte, es cuando


ni siquiera oímos la voz del señor como antes, luego de habernos
alejado, de haber fallado; y quizás si la oímos, no la logramos
diferenciar de entre las demás voces, o se nos dificulta reconocerla.
Tal es nuestra situación como consecuencia de alejarnos de Dios, y
aun así, sin duda, Él nos va a buscar de nuevo al lugar donde
estamos y sin importarle la condición en la que nos encontremos.
¿Dónde Está La Respuesta a La Oración
de Jesús?

El gran discípulo Pedro, había sido advertido de algo que él no


veía venir, quizás nunca lo sospechó; pero había sido programado
en el propósito de formación por el que debía atravesar.

¿Cuántas veces no nos ha sucedido algo similar?

Experiencias vividas que nunca programamos, que jamás se nos


pasó por la mente que sucederían; situaciones que debimos afrontar
y de las cuales muchas veces salimos heridos, sangrando,
moribundos y preguntándonos:

¿Porque Dios permitió que algo así sucediese con nosotros?


Quizás este hombre una y otra vez se preguntaría, si Dios sabía que
esto pasaría, si su maestro ya lo había visto en su omnisciencia
¿Porque lo permitió?

¿Por qué en lugar de advertirle simplemente no se lo evitó?

¿Cuántas veces, en el mejor momento de nuestra vida espiritual,


hicimos pacto de fidelidad a Él y días después terminamos
fallándole? Incluso, colocando nuestra vida como ofrenda y pidiendo
desde lo más profundo, que, si algún día le íbamos a fallar, que
mejor nos llevase consigo, nos quitase la vida antes que darle la
espalda; Pero, aun así, tiempo después, terminamos fallándole y
llorando nuestro dolor.

Creo que Pedro en silencio preguntaba:

—¿Por qué no me lo evitaste Señor?


¿Por qué me permitiste llegar hasta aquí?

¿Quién creería que esto también hace parte de los procesos de


formación en los que debemos ser metidos, hasta ser probados
como el oro y dar nuestro mejor brillo?

Es verdad que Jesús advirtió a Pedro de su caída con anticipación,


sin embargo, este no lo tomó en serio; su sentido de espiritualidad le
falló, la autosuficiencia le jugó una mala pasada, su opinión sobre sí
mismo no pudo ser más errada. Es interesante leer que el maestro,
le estaba advirtiendo a los discípulos de lo que sucedería, pero
afirmó a Pedro que él caería, que fallaría, que le negaría, y que
estaría tambaleando en su fe.

¿Cómo es posible que el maestro no le evitase a su gran discípulo


las lágrimas que este tendría que derramar por algo que de
antemano ya era sabido?

¿Podría alguien decir, por qué Jesús sabiendo que su propio


corazón se dolería de lo que sucedería con Pedro, y a pesar de
todo, no se lo evitó?

Es interesante como muchas veces podemos llegar a cuestionar


nuestras caídas, nuestras fallas; apelando a la pregunta que no
puede fallar: ¿por qué?

¿Por qué Dios permitió esto, si Él sabe cuánto le amaba?


¿Porque, si muchas veces le dije que no me permitiera fallarle, aun
así, no me escuchó?

Estaba determinado que este hombre llegase a fallar, era algo


inevitable, y era inevitable porque hacía parte del proceso de
formación por el que debía pasar. Pedro tenía que aprender sobre
su vana autosuficiencia. Su experiencia marcaría de tal manera su
vida que su testimonio también serviría para restaurar a otros.
Jesús no le evito a sus discípulos ser zarandeados, no le evitó
fallar a quien tuvo la revelación del hijo de Dios y que recibió las
llaves de reino. Es sorprendente, como para muchos podría ser
incoherente creer que muchas veces las caídas son necesarias —
No las caídas que buscamos—; porque si algo podemos decir de
Pedro, es que jamás tuvo en su corazón la intención de traicionar y
negar a su maestro.

Él no quería, como tampoco su maestro lo hubiese querido, pero era


necesario. Esto hacia parte de esas experiencias que no
quisiéramos guardar en nuestra maleta y cargarla con nosotros,
pero que están allí, para que cada vez que sea necesario abrir
nuestro equipaje, recordaremos que también hemos fallado, y
estamos propensos a hacerlo de nuevo, como para juzgar a quien
está pasando por algo similar.

El pastor es herido, las ovejas son dispersas, los discípulos huyen,


se esconden; el maestro está a punto de ser crucificado, se sienten
solos, pero aquel que se creía mejor que los demás discípulos al
expresar, aunque todos se escandalicen de ti, yo jamás lo haré,
tenía que vivir algo que nunca imaginó.

Aquel que había recibido la revelación del hijo de Dios, aquel que
recibió las llaves del reino, aquel que estaba dispuesto a dar la vida
por su maestro, aquel aprendiz más piloso, más motivado; aquel
gran discípulo fue quien recibió los golpes más fuertes y Jesús sabía
que esto sucedería.

Jesús, no oró para que sus discípulos fueran escondidos de la


turbación, no pidió para que le fuesen quitados los tropiezos; su
intercesión no fue para reprender al enemigo y que no tocase a los
que amaba.

¿Cuántas veces quisiéramos evitar pasar por dificultades


como las que atravesamos a diario, incluyendo las caídas? El
evangelio no es para cobardes, ni para personas que consideran
que por ser hijos de Dios el enemigo no puede tocarlos. Jesús en
determinado momento pidió al padre, si era posible pasar la copa
sin beberla, pero no fue posible. El maestro también tenía que ser
perfeccionado por medio de los sufrimientos y situaciones adversas.

Más allá de un evangelio como el que se predica hoy en día en


muchos lugares, donde la gente se emociona escuchando a sus
líderes proclamando bendiciones, dinero, riquezas, fama y buena
vida; el evangelio es poder, y quienes sembraron tan bella semilla
fueron traspasados por muchos dolores, incluso prefiriendo muchos
la muerte antes que negar a aquel que les llamó.

Muchos versículos encontramos en la biblia, advirtiendo que no


sería fácil el camino, aunque si es fácil llevar su yugo. Veamos
algunos de estos versículos antes de avanzar con el tema
propuesto:

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el


mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.
Juan 16:33.

Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; más el que


persevere hasta el fin, éste será salvo. Mateo 10:22.

De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el


mundo se alegrará; pero, aunque vosotros estéis tristes, vuestra
tristeza se convertirá en gozo. San Juan 16:20.

Ser seguidores de Cristo, implica morir a diario, enfrentar


dificultades, tormentas y temores, implica luchas hasta la sangre, y
tener claro que hay cosas que, aunque Dios pudiese evitarlas en
nosotros, no la va a hacer porque son necesarias y parte del plan.
Encontramos en el libro de Isaías 43:2 una maravillosa pro- mesa,
que lleva implícito un mensaje que muchas veces no percibimos en
su totalidad.

Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no
te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama
arderá en ti.

La palabra “cuando”, que es referente al tiempo, no es una


posibilidad, es algo que ha de suceder en determinado momento. La
expresión “Cuando pases”, literalmente se puede leer así: en el
momento que tengas que pasar por las aguas.

¡Esta es una realidad! Dios no nos va a evitar pasar por ello, pero si
prometió estar ahí con nosotros ofreciéndonos su cuidado y
protección. Jamás dijo que los ríos los veríamos a la distancia o que
lo atravesaríamos sin representar peligro; antes, nos dice que
pasaremos por ríos, la mayoría de ellos caudalosos, pero que
debemos estar confiados de que, aunque estemos ahogándonos, al
final no sucumbiremos ante el ahogo. No nos evitará el fuego, pero
si cuidará de que nos quememos.
Los discípulos experimentaron esto, y fueron en cierta forma
afectados, pero si algo les mantuvo de pie a pesar de tambalear, fue
aquella oración de su maestro, el ruego que él dijo haber hecho.
Pedro salió casi chamuscado de aquel fuego de la prueba, casi
ahogado de aquella poderosa creciente, pero la oración de Jesús
fue la que le mantuvo firme a pesar de que sus pies resbalaron.

La oración de Jesús obtuvo una respuesta, y eso lo vemos


claramente en el hecho de que el maestro de antemano en la
oración de Juan expresa que ninguno se perdió, sino el hijo de
perdición —Judas Iscariote— Juan se mantuvo junto a la cruz con
María la madre de su señor, los demás discípulos se escondieron en
su lugar y allí permanecieron juntos, y Pedro quien es el
protagonista de este libro, aunque le siguió de lejos, le negó y se
regresó a su vida de pescador común y corriente, fue alcanzado
por la misericordia de Dios y fue restaurado.

Aquel ministro que sacudiría las puertas del infierno, que arrancaría
miles de almas a satanás de sus garras, tenía que padecer como
padeció, tenía que vivir lo que jamás deseo haber vivido.

Creo de todo corazón, que muchos de los que me leen, nunca


planearon alejarse de Dios como lo han hecho hasta el día de hoy.
Algunos han sido heridos en la lucha encarnada contra las tinieblas,
y se han sentido tan solos que pensaron haber llegado a su final;
tanto en su comunión con Dios como en su vida espiritual. Otros se
han desanimado de no poder regresar al lugar de donde un día se
cayeron, añoran con amargura los tiempos pasados vividos al lado
del maestro; incluso, llegando a creer que todo está perdido.

Pedro, aunque estuvo al borde de volver por completo a su vieja


vida, allá mismo el maestro le fue a buscar, para recordarle que Él
sabía que eso pasaría, que no se lo podía evitar, pero que la lección
había sido aprendida y era el momento de regresar.

¿Existe una prueba de amor mayor que esta?

¿Es acaso este gran discípulo mejor que nosotros?

Considero que, entre más grande es el propósito que tiene Dios con
nosotros más fuerte son los ataques y las heridas que nos serán
causadas. Más fuerte el dolor y mayor las lágrimas que debemos
derramar.

Los demás discípulos sufrieron la temporal perdida de su maestro,


cada uno vivió la zarandeada conforme a su necesidad de
perfeccionamiento, pero el Pedro que vimos llorar, que leemos débil
lamentándose por haber negado a su maestro, fue aquel mismo que
luego se levantó con poder cual nunca antes había visto o
experimentado en sí mismo; para convertirse en uno de los pilares
de nuestro evangelio y la doctrina misma.

El cumplimiento de la oración de Jesús había sido manifestado,


esta no fue por impedir que aquel autosuficiente hombre se
mantuviera firme y fiel a su maestro en el momento en que más
pudiese esperarse; sino para que la fe que le había sido dada, no le
faltase

—Mi querido Pedro, vas a caer, me vas a negar, me vas a fallar, sin
embargo, yo he orado por ti; mi oración ha sido para que no te falte
lo único que puede mantenerte firme y hacerte regresar. Sé que
regresarás, y una vez que eso suceda, mi encomienda es que
confirmes en esa fe a los demás discípulos.

Hoy puedo decirte a ti mi querido lector, no importa si estas en el


suelo lamentando tus caídas o desdichas, no importa si fallaste en el
momento en que menos lo esperabas, Dios sabía que esto
sucedería, Jesús lo sabía; pero era necesario que lo
experimentaras, por ello subió a la diestra de Dios padre a
interceder por ti y por mí.

Él es nuestro gran intercesor, todavía sigue pidiendo a su padre que


nuestra fe no nos falte. Aunque estemos casi sin fuerzas y
parezcamos haberla perdido, las palabras de Jesús siguen siendo
las mismas: yo he rogado para que tu fe no falte.

Lo que has vivido o estás viviendo ahora, servirá para confirmar a


otros en esa fe; ellos también necesitaran de esta palabra como yo
la he necesitado, y con tus experiencias seguirás confirmando la fe
de muchos a quienes Dios traerá a ti para ser restaurados.

Sé que duele, es fatal recordar que le fallamos a quien nunca lo


merecía, y en el momento que menos lo esperábamos, pero su
misericordia aún sigue allí recordándonos que su oración por
nosotros es por aquello mismo que le dijo a Pedro; para que nuestra
fe, a pesar de todo lo que hemos tenido que vivir, no nos falte.
El Lugar Donde Fue A Buscarlo

No siempre los que lamentan su pecado y lloran su condición


los encontraremos en un templo, hincados de rodillas pidiendo
perdón frente al altar. Muchos de ellos los veremos derrotados, con
frustraciones intentando de manera fallida levantarse, en lugares
donde nunca pensaron llegar, y donde no creemos que serían
capaces de estar.

Los encontraremos en una cantina, en un bar o discoteca, en una


casa de apuestas, en sus casas encerrados, o en lugares similares
a aquellos de los que un día salieron. El pecado produce tristeza, y
esa tristeza logra que muchos de quienes le hemos fallado a Dios
entremos en tiempos de depresión, desesperanza, soledad,
frustración y necesitados de una palabra, de alguien que vaya a
buscarnos allá sin juzgarnos.

Alguien que se tenga que meter a esos lugares donde los


“santurrones” no entran, donde los fariseos solo se asoman para
juzgar al caído, y exponerlo públicamente. Es allí donde el amor de
Jesús llega a buscarlos y arrancárselos al enemigo de sus garras.
Son muchos los que cuando alguien ha recaído, y ha vuelto a sus
antiguas andanzas, se levantan para señalar y decir que nunca fue
realmente quien aparentaba ser.

Cualquiera de nosotros pudo haber dicho que Pedro nunca tuvo un


encuentro real con Jesús, sin embargo, fue el único de los
discípulos que recibió la revelación del hijo de Dios. El gran profeta
Elías, fue a encerrarse a una cueva como lo hizo el rey David. Los
hombres y mujeres de propósito divino, quizás deban estar antes de
ser restaurados totalmente, en lugares donde solo el salvador puede
llegar a buscarlos.
¿Quién se atrevería a decir que Pedro realmente nunca tuvo un
encuentro con Jesús y por eso le falló?

El hombre de la revelación y de las llaves del reino cayó, y fue tanta


la tristeza que, esta le termino llevando a lugares similares a los que
frecuentaba antes de su llamado.
Cuando el maestro se va a buscarlo, no lo encuentra oran- do,
hincado de rodillas pidiendo perdón y misericordia, no lo encuentra
cantando con sus discípulos; antes, cuando se les aparece a los que
pescaban, aquel llamado a ser pescador de hombres, aquel que
había dejado las redes para seguirle; ahora, estaba regresando a su
antigua profesión.

Había colgado la red espiritual, para retomar las redes que había
dejado por seguir al maestro. Se había desnudado de sus ropas,
portándose nuevamente como un vulgar simón. Aquel a quien le
había sido cambiado el nombre, estaba de nuevo, entre lagos
buscando peces.

No sé dónde te encuentres, ni el lugar a donde el pecado te haya


llevado después de conocer a Jesús, pero si tienes este libro en tu
mano, es porque allí mismo donde te encuentras, Jesús te ha
venido a buscar.

Pedro era por naturaleza un excelente líder, era un hombre de


influencia; por ello, cuando le dice los demás discípulos me voy a
pescar, aquellos le dicen: nosotros iremos contigo, y allá se fueron
con él.

A pesar de estar caído y haber fallado, su llamado seguía en pie, su


liderazgo permanecía firme, solo necesitaba ser restaurado. Muchos
de los que están en estos momentos luchando con sus errores,
malas decisiones y las caídas que han experimentado, solo
necesitan restauración, porque su llamado sigue siendo el mismo.
Muchos de los caídos, los encontraremos en el lugar de donde un
día salieron, o en sitios similares, y más que juzgarlos, nuestra
oración debe ser por su restauración y que su fe no languidezca.

Anímate hoy, el señor Jesús ha venido por ti, ha venido a rescatarte.


Levántate en el nombre que es sobre todo nombre. No sigas
lamentando tus caídas, levanta tu cabeza porque aquel que es tu
gloria ha pagado un precio demasiado alto por ti, y tú has estado en
su oración al Padre. Él te sigue diciendo:

He rogado por ti, para que tu fe no falte.


Ni Yo Te Condeno

Semanas o quizás meses atrás, Pedro presenció una escena


que tal vez le dejo algo confuso. Una multitud venía gritando:

¡Mátenla!, ¡Violó la ley!, ¡Debe morir!

Ninguno de ellos sabía que estaba sucediendo hasta que algunos


hombres, muy conocidos en el pueblo por ser hombres “pulcros”
traen a una mujer casi arrastrándola, y la lanzan a los pies de Jesús.
Uno de ellos jactanciosamente se dirige al maestro y le dice:

—La hemos hallado culpable de adulterio y según la ley de Moisés,


ella debe morir.

Quizás, en ese momento Pedro consideraba que era justo lo que


estos hombres hacían... Ellos estaban aplicando la ley y por ley
debía morir, era culpable y la ley debía cumplirse.

¿Qué reacción esperaba Pedro de su maestro?

Tal vez ese discípulo no podría anticiparse a la reacción que tomaría


su maestro. Él, era demasiado santo y bueno como para apoyar tal
maldad, Pedro no pensaría que Jesús defendería la vida de alguien
que fue sorprendida en el mismo acto de adulterio; sin embargo, su
maestro era tan compasivo que difícilmente pensaría que daría la
orden de apedrearla. Jesús decide inclinar su rostro, mientras la
turba enfurecida igual se mostraba confusa. Todos esperaban la
orden, pero Él guarda silencio, nadie esperaba que el tomase esa
extraña actitud.

¿Por qué escribía en ese momento?


¿Que escribía?

Antes de escribir y agachar la cabeza solo les dice una frase: “el que
de ustedes esté libre de pecado, lance la primera piedra contra ella”.
Esto, cayó como un balde de agua fría para todos los que buscaban
ocasión de hacerle caer. Poco a poco los pasos de las personas
empiezan a es- cucharse más que los gritos, cada uno fue
abandonan- do su lugar y se marchó a casa, incluso aquellos
hombres “pulcros” a quienes Jesús llamo: sepulcros blanqueados.

Luego de un rato de silencio, Jesús levanta el rostro y se da cuenta


que nadie permanece allí, solo aquella mujer que sollozaba y a
quien el maestro pregunta: “dónde están los que te acusaban, y ella
sin tener idea de lo que estaba pasando, responde al maestro que
ninguno de los que la acusaban se había quedado.

¡Ninguno la condenó!
Las palabras del señor desnudaron el corazón de todos y no les
quedó otra cosa más que huir redargüidos por su conciencia. Él, se
dirige nuevamente a ella y le dice: ni yo te condeno, vete y no
peques más. Podría imaginarme a Pedro paralizado; su maestro se
había salido de nuevo con la suya y ¡de qué manera!

¿Cómo había sido posible que sus palabras hubiesen calmado la


turba embravecida que solo quería ver correr sangre? La respuesta
es sencilla:

El odio despierta rencillas; Pero el amor cubrirá todas las faltas.


Proverbios 10:12.

Esa escena posiblemente para Pedro se convirtió en una de las más


difíciles de entender, era la “Ley contra la Gracia”.

Si él fue capaz de creerse mejor que los once que acompañaban a


Jesús, ¿cuánto más turbado podría estar al darse cuenta que su
maestro acababa de salvar a alguien que legalmente merecía morir?
Si Pedro, hubiese estado en el lugar de Jesús, ¿hubiese dado la
orden de apedrearla? Tal vez se rascó la cabeza, pues no podía
entender lo que estaba observando.

En una ocasión lo vieron hablando con una samaritana que no tenía


muy buena fama, y fue tal el impacto que tuvo esa conversa que no
solo la mujer fue salva sino muchos de los que ella había invitado
para que conocieran al mesías.
Pedro había caminado con Jesús por más de tres años, sabía el
poderoso amor que había en su tutor; sin embargo, jamás pensó
que le llegaría su turno, y de la manera jamás imaginada.

Este amado y admirado discípulo, luego de fallar a su maestro se


siente condenado, incapaz, perdido... Quizás, si los discípulos se
enteraron del caso de la negación, podría el sentirse acusado por la
mirada de ellos. Los que estuvieron allí cuando él se negó, quizás,
le habían visto antes salir con el maestro; ahora, este hombre
estaba fuera de sí, negándolo bajo maldición.

La mirada del maestro lo desnudó, le partió el alma en pedazos,


pulverizó su sentido de suficiencia. Ese discípulo que pretendía
erigirse como el mejor de todos, sin duda se cayó en cuestión de
segundos, ante la vista de todos.
¿Acaso no merecía ser descalificado?

¿Acaso no era necesaria una reprimenda o excomunión?


La bondadosa gracia divina rompe los esquemas del merecimiento
humano y provee lo no merecido a quien nada bueno puede
presentar en defensa propia. Aquellas escenas de restauración que
Pedro vio de Jesús hacia otros perdidos, tarde o temprano tendría
que vivirla y entender que por su fragilidad recibiría el mismo trato
de perdón.

Aquel Jesús que podía condenar a la mujer adultera, a la


samaritana, o a cualquier otra persona de las muchas que merecían
castigo, prefirió ofrecerles el perdón y la salvación. Sin darse cuenta
aquel discípulo, ese mismo Jesús que podía condenarlo le está
diciendo: tranquilo, no te condeno.

Pedro no escribió ninguno de los cuatro evangelios, pero el


evangelio de Juan relata que Jesús les dijo a todos: yo no he venido
para condenar al mundo.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo


unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más
tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para
condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. Juan
3, 16; 17.

Todos estábamos destituidos de la gloria de Dios por causa del


pecado, el propósito de Jesús venir a la tierra fue enseñarnos que,
aunque merecíamos condenación, Él nos ofrece salvación.

Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.


Romanos, 3:23.

Jesús no felicito a la mujer adultera por lo que hacía, no le


alcahueteo su pecado ni le colocó la mano en el hombro diciendo:
tranquila, eres humana, y pues por tu debilidad fallaste, pero eres
muy buena persona. Jesús confrontó a todos, desde el más grande
hasta al más pequeño; y le hizo saber a ella que estaba en pecado,
que la ley afirmaba que ella debía morir, pero que Él la perdonaría
para que no pecara más.

Cualquiera podría decir que ella no era cristiana, no conocía a


Jesús, por lo que pecar era normal, pues no había nacido de nuevo;
Sin embargo, ella era judía, conocía la ley y la ley dice: no
cometerás adulterio. Ella conocía esa verdad y era rea de muerte. El
amor de Jesús la confrontó, pero no la condenó.

Conocer la verdad no implica que estamos exentos de fallar, de


hecho, Pablo dice que él conoció el pecado por causa de la ley, lo
que significa que al conocer la verdad nos hacemos culpable al no
cumplirla, esto no quiere decir que seamos condenados por la
verdad, cuando la verdad lo que busca es abrir nuestros ojos a la luz
de Cristo.

¿Estoy invitando a cada lector a pecar con esto que afirmo


en este libro?

No, y rotundamente no, solo estoy escribiéndole a tanta gente que


se siente sin esperanza porque alguna o muchas veces fallaron, y
en la mente resuenan cientos de veces los pensamientos
acusadores, sintiéndose totalmente perdidos y sin posibilidades de
restauración. Unido a lo anterior, muchos de los llamados
“cristianos”, “hijos de Dios”, le recriminan y condenan por su caída.

En la biblia encontramos cientos de personas que merecían ser


condenadas; pero Jesús no lo hizo. Nosotros igual merecíamos
castigo más Jesús prefirió morir y darnos su amor.

Si Jesús le dijo a esta mujer, ni yo te condeno ¿Crees que te


condenaría a ti, por la falla que tuviste cuando no querías hacerlo?
Si el maestro no condeno a quien bajo maldición le negó tres veces,
a sabiendas de que había prometido jamás hacerlo.

¿Crees que te condenaría a ti, si tu deseo es permanecer cerca de


Él?

Si en tu corazón sientes el dolor de haber caído, de haberle fallado...


¿Crees que te diría “yo te vine a condenar”?

Este libro ha sido escrito para gente que ha caído y no encuentra la


puerta de regreso al camino que dejaron. Para quienes anhelan oír
la voz del pastor que le llama y le dice:

¿Dónde estás? Yo no te condeno, ven y no peques más.


Quizás Pedro en algún momento llegó a pensar que, así como
Jesús no condenó a la adultera, también mostró aquel amor,
dándole una oportunidad más. Aquella Roca, estaba lista para salir
a cumplir el propósito; esa antigua débil caña, había sido fortalecida
como una piedra, lista para enfrentarse a los retos de presentar ante
el mundo a la principal piedra del ángulo a “Jesucristo”.

Había perdido una batalla, pero está perdida le hizo más fuerte, y de
no ser por la oración de Jesús otra hubiese sido la historia. Era
necesario salir herido para poder curar a otros, era crucial caer para
conocer la gracia y levantarse con más fuerza. Sin duda, la caída de
Pedro no era para condenación, sino para la manifestación de la
gloria de Dios.

Aquel Pedro autosuficiente, había desaparecido, ahora podía tomar


como muy suyas, las palabras del apóstol Pablo:

Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia


del poder sea de Dios, y no de nosotros... 2 Corintios 4:7.

Ahora se consideraba una frágil vasija, aunque había sido


convertido en una poderosa roca... Ahora sabía que no dependía de
sus fuerzas sino de la gracia divina. Estaba listo para retomar el
camino que había dejado días atrás.

Para ti que lees “he rogado por ti”, para ti que has caído y quizás no
has podido ni sabes cómo levantarte; para ti que posiblemente has
regresado a la vieja vida, retomando las redes que te mantenían
esclavo en el ayer, hasta el punto de despojarte de aquellas ropas
con las que el padre te vistió.

A ti, te vengo a recordar que el dulce pastor de las almas, todavía


sigue buscándote entre pedregales, caminando montañas y
desiertos por ti, porque tiene un mensaje para darte:

“Ni yo te condeno, levántate y no peques más”.


Restauradle

A medida que he ido avanzando en cada párrafo de este libro,


he tratado de que no pierdas de vista, la necesidad de aprender a
mirar a nuestros hermanos en la fe, de la manera correcta y con el
enfoque que Jesucristo anhela que miremos.

Es necesario entender que, como primera medida debemos


“Gozarnos con los que se gozan y llorar con los que lloran.
Romanos 12:15.

Este versículo, deja en evidencia la imperiosa necesidad como


cristianos de empatizar con el que sufre, con el que cae, con
aquellos que no están pasando por buenos momentos; tanto, como
con aquellos que viven su mejor época; Es un llamado a ponernos
en lugar de los demás, puesto que somos un cuerpo en Cristo, y si
un miembro del cuerpo se duele, el resto del cuerpo lo sufre; la
felicidad de otros debe ser la nuestra alegría y no el motivo para
despertar envidias.

De manera que, si un miembro padece, todos los miembros se


duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con
él se gozan. 1 Corintios 12:26.
No puede ser aceptable que un cristiano se goce en la caída de uno
de sus hermanos en la fe, Así como tampoco es fruto del espíritu
ignorar el sufrimiento de aquel que lucha con sus debilidades, o ha
caído. En el libro de Romanos 12:15, encontramos los verbos
“Gozad y sufrid” conjugados en modo imperativo, no son opcionales;
son ordenes, y como mandato divino deben cumplirse. No podemos
evadirlo, no son posibilidades, son deberes que como cristianos
debemos asumir.
Debemos atender a la obligación de restaurar a aquellos que lo
necesitan como hermanos en la fe. Cuando analizamos con
detenimiento esta petición divina, lo mínimo que deberíamos
experimentar, sería una motivación a tomar consciencia y
preguntarnos si realmente estamos tomando en serio nuestro papel
como parte del cuerpo de Cristo.

Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que


sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre,
considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.
Gálatas 6:1.

Es interesante poder desglosar este versículo, de tal manera que no


nos queden dudas, de que, restaurar no es opción sino orden divina.

Hermanos...

El pasaje fue escrito a una hermandad, a una familia, a gente común


y corriente que practica la fe; no está reservado únicamente a
líderes, pastores o ministros que ocupan un lugar dentro de una
congregación. El mensaje es incluyente, de forma directa y sin
evasivas; todos debemos acatar la orden de restaurar.

Si alguno fuere sorprendido en alguna falta...

La expresión “si alguno” evidencia la posibilidad de que cual- quiera


podría enfrentar una situación en la que sin proponérselo pueda
fallar. Si somos sorprendidos cuando sabemos que lo que estamos
haciendo no está bien, podríamos ponernos a la defensiva, nos
llenamos de vergüenza, buscamos ocultarnos por haber sido
descubiertos; sin embargo, la actitud del que sorprende, debe ser
tan diferente a la actitud que tomaron aquellos que encontraron a la
mujer adultera, en el acto mismo del adulterio.

Nuestra mirada, nuestra actitud no debe ser de jueces, buscando


condenar al caído. La siguiente frase, nos deja claro que, si decimos
ser algo, lo debemos demostrar con nuestros hechos.

Vosotros que sois espirituales...

La espiritualidad verdadera no es la que se presume, sino la que


actúa. Pudiera tomarse este pasaje, como una verdadera muestra
de ser espiritual. Restaurar al caído, habla mejor que hablar en
lenguas, o presumir santidad; cuando en lugar de juzgar y condenar
extendemos la mano, brindamos apoyo, dando de gracia, lo que por
gracia hemos recibido.
Si en verdad alguien se considera espiritual, entonces debe
considerar cuál es su actitud frente a aquel que le ha fallado a Dios;
porque, más de uno de nosotros ha descubierto actitudes
condenadoras, señaladoras y justicieras de aquellos que portando
una biblia debajo del brazo, alardean una espiritualidad de la cual no
gozan.

Restauradle con espíritu de mansedumbre...

Al igual que en versículos anteriores, aquí encontramos un verbo


que esta conjugado en modo imperativo; es una orden:
“Restauradle”. No es una opción ¡debemos restaurar!

Es como si el apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, dijese:


Si tanto hacen alardes de ser espirituales, entonces restauren al que
ha caído. Ustedes que, en realidad han nacido de nuevo, y viven en
el Espíritu, deben saber que su misión es ser restauradores de sus
hermanos en la fe.

El apóstol no nos presenta en este pasaje posibilidades, o requisitos


por parte de los que caen para ser restaurados; no dice que si
alguien merece ser restaurado debemos hacerlo, o que si su pecado
no fue tan grave nos acerquemos y lo hagamos volver.
Independientemente de lo sucedido, el deber restaurador de todo
cristiano debe ser incondicional y obligatorio para aquellos
“espirituales”.
Para ser un restaurador, se necesita mansedumbre, y esta,
indiscutiblemente hace parte del fruto del Espíritu. Cuando la
mansedumbre está ausente, se toma la misma actitud de Pedro,
creyendo que, por tener revelaciones, y ser de los más serviciales,
estaría por encima de los demás discípulos al momento de ser
zarandeados.

Si observamos el trabajo que hacen quienes restauran obras de


artes, nos daremos cuenta que se toman el tiempo que sea
necesario para hacer un excelente trabajo. Ningún restaurador de
arte se toma los trabajos a la ligera; sin embargo, muchos cristianos
queremos acelerar los procesos, y cuando vemos que, nos hemos
tomado más tiempo del que consideramos debería ser, nos
desanimamos muchas veces, hasta el punto de desistir.
La mansedumbre, nos permite tener claro cuál es nuestro trabajo,
cuales nuestros limites, y ante todo cual es nuestra posición con
respecto al que falla y ha caído.

Considerándote a ti mismo...

La verdadera empatía, consiste en ponerse en lugar de otro, y si no


podemos ponernos en lugar de otro, por lo menos interioricemos,
miremos hacia adentro, pensemos en nosotros y lo que sucedería si
estuviésemos nosotros en la misma situación.

Sorprende que mucha gente viva la vida cristiana como si fuesen


infalibles, incapaces de caer. Susurran como Pedro: “Aunque otros
te nieguen o caigan, yo jamás lo haré”.

El libro de Romanos capítulo 12: 3 nos dice:

Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está
entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que
debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida
de fe que Dios repartió a cada uno.
Creo que, el gran error que muchos podemos cometer, es el olvidar
que estamos hecho de una naturaleza carnal, caída y vendida al
pecado y de esto hemos sido advertido muchas veces:

Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. 1 Corintios
10:12.

No sea que tú también seas tentado.

Esto es lo que debería despertar un temor en nosotros para no


levantar la mano y señalar a alguien. Existen dos razones para
pensar antes de juzgar a quienes han caído:

1. Si hoy soy el que señala, mañana podría ser el señalado.


2. Si en lugar de señalar, me acerco para restaurar, quizás mañana
en caso de encontrarme en la misma situación, o peor, alguien se
acercará para levantarme, como lo he hecho con otros.

Lo que sembramos recogeremos, y he visto a personas señaladoras


cuando caen, ser masacrados no solo por los que humilló cuando
cayeron, sino por aquellos que le consideraban una persona íntegra.
Cabe recordar que muchos de los que señalan, son similares a los
fariseos, que por fuera olían bien, pero por dentro hedían. A
aquellos, Jesús les llamó “Sepulcros blanqueados”.

Algunos, con su actitud señaladora, intentan tapar la miserable vida


que viven en su interior. Por ello el consejo de la palabra es: cuando
tu hermano falle, ponte en su lugar, podrías ser tu quien estuviese
allí; sin embargo, has sido protegido(a) por la misericordia divina.
Hoy es esa persona quien está allí, mañana podrías ser tú.

¿Como nos gustaría ser tratados, si algún día por cosas de la vida,
llegásemos a resbalar y caer? Tratemos a los demás como nos
gustaría ser tratados.
Tiempo después, el apóstol Pedro nos aconseja a practicar aquel
amor que pudo ver en su maestro; ese amor que cubre multitud de
faltas.

Y, ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor


cubrirá multitud de pecados. 1 Pedro 4:8.

Según el versículo sobre el cual he basado este tema, podemos


numerar cinco cosas que se necesitan para ser un restaurador de
los hermanos en la fe:

1. Ser perteneciente a la familia de Cristo.


2. Tener conocimiento y veracidad de la caída de quien necesita
restauración. Es común, ver algunos cristianos usando el extraño
“don de la sospecha, o la suposición” para aconsejar a hermanos en
la fe. Se necesita tener seguridad de lo que se está afirmando; salvo
que haya una revelación divina sobre el estado de aquella persona
—y aun así, se necesita estar seguro para actuar—.
3. Ser una persona espiritual.
4. Tener un espíritu manso.
5. Ponernos en el lugar del que ha fallado.

La biblia dice en Romanos 5; 5 que “el amor de Dios ha sido


derramado en nuestros corazones” y es por amor que, podemos
mirar a nuestro alrededor con la humildad suficiente para ver a quien
ha caído y levantarle. Para quienes aman de verdad, cumplir este
mandato se convierte en un placer.

En la parábola de Jesús sobre el buen samaritano podríamos


claramente descubrir algunos detalles que son necesario traer a
colación con respecto a la disposición que debemos tener para ser
restauradores. Esta, se encuentra en Lucas 10; 25 en adelante.

En esta historia, hay un hombre que va de camino desde Jerusalén


hasta Jericó. Este, cayó en mano de ladrones que le despojaron y le
hirieron dejándolo medio muerto. La biblia nos presenta claramente
a satanás como un ladrón. Juan 10;10.

Luego, Jesús en su narrativa, nos presenta tres personajes que


pasaron por el lado del moribundo y la reacción de ellos frente a
quien agonizaba. Un sacerdote le ignoró —actitud típica de los que
se consideran demasiado santos, como para tocar el cuerpo de
alguien herido que está muriendo— un levita también pasaba por el
mismo camino, aquel que tal vez cantaba en la iglesia, el que hacía
llorar a todos de emoción con su canto, o el que más participaba de
las ceremonias religiosas, pasó de largo y le dejó allí en el suelo.

Por último, un samaritano que iba en la misma ruta dice la biblia que
fue movido a misericordia —cualidad indispensable para ser
restaurar— e hizo lo siguiente:

1. Se acercó.
2. Vendó sus heridas.
3. Le ungió con aceite y vino.
4. Lo subió a su medio de transporte.
5. Lo llevó el lugar indicado para su época.
6. Cuidó de él.
7. Al tener que continuar su camino, lo entregó en mano de
personas que tuviesen el conocimiento y el tiempo para cuidarlo.
8. Pagó por su cuidado.
9. Y prometió regresar y pagar lo que costase el cuidado de este
hombre: no le dejó abandonado.

Fue el samaritano —ese que no se daba golpes de pecho ni hacia


alardes de su santidad— al que Jesús utilizó para en- señarnos todo
lo que conlleva restaurar a quien ha caído. Muchos necesitaran más
tiempo y paciencia, quizás nosotros no tengamos las herramientas
adecuadas para hacerlo, pero nuestro deber es mostrar la misma
actitud de aquel que protagoniza esta parábola.
Si todos entendiéramos las verdades que se encuentran en esta
simple orden —Restauradle— tal vez nuestros templos estarían más
llenos de personas rescatadas de las garras del enemigo, que de
feligreses que solo levantan el dedo para señalar a quienes han
fallado.

Esa misma orden se mantiene vigente, y sin duda alguna, nuestro


deber es restaurar. Pidamos a Dios amor para anhelarlo, sabiduría
para entenderlo, y determinación para lograrlo. No olvidemos que, el
amor cubre todas las faltas, y lo que hoy sembramos, mañana lo
recogeremos con creces en nosotros y posiblemente en nuestra
generación.
¡De Nuevo Entre Los Suyos!

El maestro fue a buscar a su discípulo, y todos sabemos lo que


sucedió; “su amigo y salvador vuelve a compartir con ellos”.

¿Cuánto hacia desde que Jesús fue apresado, que no leíamos una
conversación más íntima entre él y Pedro?

Ahora encontramos una comunicación centrada entre el traicionado


y el traicionero; el salvador y el perdido, el pastor y su oveja
descarrilada Lo confronta con tres preguntas, hasta que le hace
recordar que la lección debía haber sido aprendida. El Pedro
autosuficiente, parecía negarse a cooperar en el plan de
perfeccionamiento; aún insistía en creerse capaz de amar lo
suficiente a su señor, sin entender que esa apenas fue una prueba
de las muchas que vendrían. Él tendría que morir como su mentor y
lo haría con gusto, él tendría que pastorear las ovejas que dejaba su
maestro.

Pedro había sido marcado para siempre, aquella experiencia


diariamente le recordaría su fragilidad, le quedaría un doloroso
recuerdo, que le haría volver en sí cada vez que intentase creerse
demasiado bueno. Posiblemente el canto que más incomodaba a
este discípulo era el del gallo. Creo que cada vez que escuchaba a
ese animalito alzar su canto, le recordaba cuan frágil era.

Aquella historia marcó un antes y un después en su corazón.

Jesús no actuó bajo resentimiento ni lleno de orgullo. No se dijo así


mismo: él me falló y tendrá que regresar, le voy a esperar; antes,
puso en práctica aquellas maravillosas parábolas que en Mateo 18
había predicado:
¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de
ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se
perdió, hasta encontrarla?

¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no


enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta
encontrarla?

Es interesante notar que en las dos parábolas citadas anteriormente


una acción determinante sobresale entre las demás, y es el hecho
de que tanto el pastor, como la mujer de la dracma decidieron
buscar aquello que estaba perdido.

Contrario a ello, la siguiente parábola que trata del hijo pro- digo,
muestra a un padre amoroso esperando. Un padre que no salió a
buscar a su hijo, pero anhelaba su regreso con ansias. Aprender a
mirar en contexto estas dos acciones, tanto buscar como esperar,
nos ayudará a entender como Dios re- acciona frente a aquellos que
caen y se alejan.

La oveja se descarriló del camino, no fue por rebeldía, contrario al


hijo prodigo; la moneda se perdió no por voluntad propia —por que
las monedas son inertes, no tienen vida—. La razón por la que las
dos primeras parábolas hablan de buscar lo que se ha perdido, es
porque nadie se pierde por decisión propia, la gente se pierde
porque algo sucedió que les sacó del camino y del propósito.

Nadie que transite por el camino dirá:

—Voy a decidir perderme.

Se pierde quien no conoce el camino. Una cosa es perderse del


camino y otra de la salvación. Los que se pierden del camino son
encaminados nuevamente, los que se alejan por rebeldía tendrán
que soportar el resultado de sus decisiones, hasta humillarse y
regresar. Muchos cristianos hemos llegado a perdernos en el
camino sin darnos cuenta, pero Dios sale a nuestro encuentro y de
nuevo nos coloca donde debemos estar.

Nadie que conozca el camino se pierde, pero si se aleja


voluntariamente de este. En el camino del evangelio no nos la
sabemos toda. Pedro creía salirse con las suyas y por eso la
autosuficiencia le jugó una mala pasada. En este camino la
compañía de Dios es totalmente necesaria, pero el descuido en la
comunión y la falta de cuidado espiritual nos van alejando sin darnos
cuenta hasta que nos encontramos perdidos.

No se puede perder quien nunca ha estado en el camino, Pedro no


se había perdido mientras estaba con Jesús, pero cuando fue
zarandeado, llegó a estar en una condición en la que poco a poco
se estaba alejando. Este discípulo no se alejó por rebeldía, no se
fue tras el mundo a sabiendas que estaba abandonando a su
maestro… este hombre, en un momento de flaqueza y debilidad
negó a su señor. Es por ello que el maestro le fue a buscar, llegó a
donde él estaba y procuró traerle a casa de nuevo.

El hijo prodigo, decidió voluntariamente alejarse, organizo todo el


plan que llevaría a cabo lejos de la casa del padre; decidió por sí
mismo dar la espalda a su progenitor, es por ello que su padre
nunca salió a buscarlo. Si él se alejó voluntariamente debía regresar
arrepentido; solo así, habría garantía de que no se alejaría de
nuevo, y vuelto arrepentido, recibiría misericordia y perdón, porque
su padre lo estaba esperando.

Judas jamás regresó, Pedro jamás quiso alejarse. He ahí la


diferencia entre estos dos personajes que traicionaron a su maestro.
Jesús buscó a su discípulo porque estaba destrozado, la oveja se
alejó del camino y estaba herida, necesitaba ser restaurada y traída
de nuevo a casa.
¿El rebelde puede ser restaurado?
Claro que sí, siempre y cuando decida quebrantarse. El endurecido
de corazón no puede arrepentirse ni ser quebrantado a menos que
Dios lo lleve a vivir experiencias en donde su cerviz tendrá que ser
quebrada; y será entonces bajo esas condiciones que estará
dispuesto a regresar.

Como cristiano y ministro del evangelio, he visto cuantas personas


han regresado arrepentidos luego de haber caído, pero algunos se
alejan sin explicación, y nos ha tocado irlos a buscar, animarlos y
tratar de traerlos de nuevo. Sabemos que hay recompensa para
quien haga volver a un pecador de su pecado.

En el mayor de los casos, las personas que se alejan rebeldes y


deciden darle la espalda a Dios y a todo lo que representa el
evangelio, regresan con la cabeza agacha y reconociendo su error;
piden perdón y son restaurados. De la misma manera, otros como
Judas, jamás regresaron. Por ello, a los rebeldes, se les espera que
regresen, los que se alejan por otros motivos, se deben buscar. Esto
hizo Jesús con el discípulo Pedro.

Los que le hemos fallado a Dios de diferentes formas, hemos


descubierto que nuestro amor por él, nos invita a regresar; y aunque
a veces nos parezca casi imposible, y nuestras fuerzas sean pocas,
nuestro anhelo es volver al lugar de donde un día salimos. Contrario
al rebelde, entre más se aleja menos deseo tiene de volver.

El rebelde busca razones para alejarse más, mientras que el que


ha caído anhela encontrar el camino, que alguien le encuentre y lo
lleve de nuevo al lugar que abandonó. Pedro personalmente estaba
entre los discípulos, salía con ellos y hacia cosas que ellos hacían;
pero, su corazón necesitaba restauración.

Pedro, tenía que ser reivindicado, y esa labor solo la podía hacer
su maestro. Cuando caemos necesitamos el apoyo de las personas
más cercanas en la fe, pero será el Espíritu Santo quien hará el
proceso de reivindicación. Él siempre está dispuesto a buscar a
quien se ha perdido, y hará lo que sea necesario para traerlo de
nuevo.

El propósito restaurador de Dios sigue siendo alcanzable; al altivo lo


mira de lejos, pero un corazón contrito y humillado no lo despreciará
jamás. El rebelde deberá ser quebrantado para que esté dispuesto a
arrepentirse, aquel que ama a Dios y ha caído, solo necesitará
aferrarse a quien murió en la cruz, y pedir socorro.

Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para


alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.
Hebreos 4:16.

No fue hasta que el maestro buscó a su discípulo y lo restaura, que


no inician los mejores momentos para aquel débil ser humano. La
lección había sido aprendida, el bálsamo restaurador había llegado,
era hora de levantarse y emprender de nuevo la carrera.

El maestro se desaparecería tiempo después, pero aquel


descarrilado Pedro, luego de regresar al camino, luego de su
reivindicación, se levantaría con tal poder, que en su primer sermón
como pescador de hombres luego de la partida de su maestro,
lograría atrapar como tres mil peces.

Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se


añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la
doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el
partimiento del pan y en las oraciones. Hechos 2; 41 y 42.

Fue tal el impacto de su restauración, que el diablo recibió el primer


gran golpe evangelistico en los albores de la cristiandad, de manos
de una antigua caña débil. Fue tan poderosa la unción del Espíritu
Santo que, no solo se convirtió ese número de personas, sino que
se mantuvieron perseverando en la doctrina de los apóstoles. Con
tres mil personas ganadas en un solo mensaje, cualquier pastor de
hoy hubiese llenado sus templos y quizás se sentiría satisfecho de
“su gran hazaña”.

Es triste observar el poco amor y sensibilidad de muchos ministros


con respecto a los que caen; incluso a algunos se les escucha decir:

—Él o ella conocen la verdad, no pierdo mi tiempo en ese tipo de


personas; sin embargo, Pedro conocía a Jesús —la verdad— y, aun
así, falló.

Algunos hasta jactanciosamente predican que ellos no irían a buscar


a quienes han caído una y otra vez, y hasta condenan a quienes
han caído esclavos de sus debilidades.
¡Es tan difícil entender por qué muchos no hemos aprendido a
restaurar a los que caen!

A veces preferimos llenar los templos de gente nueva, pero sin dar
seguimientos a aquellos que luchan con su carne, con sus
debilidades. Muchas veces, tenemos congregaciones donde, así
como entra gente también se van; porque no hemos aprendido el
valor de la restauración.
No conocemos el corazón de aquellas ovejas que, como Pedro,
jamás han querido alejarse, pero, hoy están afuera sin poder
encontrar el camino hacia su restauración. Es en estos casos
cuando hace eco la pregunta de Dios a Caín:

¿Dónde está Abel tu hermano?

Y lastimosamente muchas veces respondemos de la misma manera


que lo hizo el primer hijo de Adán y Eva:
No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? Génesis 4:9.
He oído las quejas de muchos que se han alejado del evangelio, y
una gran mayoría concuerda en que luego de haber fallado, la
mayoría de aquellos que decían tener el amor de Dios, le dieron la
espalda. Estos, aunque jamás quisieron alejarse por completo, las
actitudes de quienes deberían manifestar la misericordia de Dios en
sus vidas, terminaron decepcionándolos; dicho comportamiento les
marcó de tal manera que jamás pudieron regresar. Gracias a Dios,
que, por montes, veredas, collados, y las frías calles de este vasto
mundo, el buen pastor aún sigue buscando sus ovejas perdidas.

El diablo sabía el propósito que Dios tenía con los discípulos, y


mucho más, con aquel hombre llamado Pedro. Él no quería que ese
propósito se cumpliera, por ello golpeo tan fuerte al “discípulo de las
revelaciones”, que este, llegó a tambalear. El diablo sabe a qué te
ha llamado Dios, y por eso no ahorrará esfuerzo en golpearte. Si
acaso lo ha hecho, puedes darte cuenta cuan fuerte te golpeó. Las
palabras de Jesús a Pedro, aún siguen vigentes para ti:

Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto,
confirma a tus hermanos. Lucas 22:32.

Pedro se encontraba ahora entre los suyos, disfrutando de su


restauración, de la comunión con sus hermanos, del compromiso
que se le asignaba, de la reivindicación que su maestro le daba. Sin
duda, el escenario más maravilloso que un discípulo caído podía
experimentar.

¿Por qué no soñar, con ver de nuevo a aquellos que por algún
motivo se alejaron de Dios?

¿Por qué no anhelar ser parte de su restauración?

¿Por qué no irlos a buscar?

Aún estamos a tiempo de tener entre nosotros a aquellos que el


diablo zarandeó, es esta la oportunidad para el que ha caí- do, de
regresar a los brazos de aquel que está dispuesto a reivindicarle.

¿Aceptas el reto de restaurar al caído? Y, si has caído ¿aceptas el


reto de regresar a los pies de quien nunca te daría la espalda?
Si oyeres hoy su voz, no endurezcas tu corazón.
Yo También Caí

Todo obra para bien a quienes amamos al señor... ¡Tremenda


lección le toco aprender a Pedro! Nadie jamás sabrá el dolor que
experimentó este discípulo luego de haber fallado a su maestro.
Nadie sabrá las luchas internas que este siervo mantuvo antes de
ser buscado por su mentor. Pero, lo que, si podemos observar, es a
una vasija de barro, portando un tesoro de incalculable valor.

Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia


del poder sea de Dios, y no de nosotros. 2 Corintios 4:7.

Pedro cargaba consigo una realidad antes desconocida: era tan


débil humanamente hablando, que su única fortaleza ve- nía del
cielo. No hacía alarde de la unción que tenía porque sabía que no
era de él. Imagínese si no hubiese pasado por ese proceso, ¿cuál
hubiese sido su actitud frente al cojo? Más Pedro dijo:

No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de


Jesucristo de Nazareth, levántate y anda. Hechos 3:6.
Quizás su autosuficiencia hubiese salido a flote, hubiese hecho todo
un espectáculo antes de sanar a quien le pedía algo. Es bien sabido
que muchos predicadores en los inicios de sus ministerios llegan a
creerse tan suficientes que, son capaces de juzgar y condenar a
todo el que no comulgue con su doctrina y temas de conducta. Se
enfocan más en lo emocional porque la falta de madurez es
reflejada en sus acciones. Ahora, vemos un discípulo más maduro,
diciendo “no tengo nada” por mí no sería posible, pero tengo a
Cristo y de esto te doy.

El Pedro explosivo, el que creía que saldría mejor librado que los
demás discípulos al momento de ser zarandeado, ahora está
reconociendo que no tiene nada. Que él humanamente no tiene que
ofrecer a este ser necesitado. Que no tiene argumentos para darle
esperanza a este hombre desde su visión personal. Lo único que
puede decir es: lo que tengo te doy.

Y ¿que tenía Pedro?

Tenía nada más y nada menos que al Espíritu Santo, ¡eso era
suficiente! No tenía nada de él, nada tenía de que alardear. Solo
tenía a Cristo y era lo único que podía brindarle a la humanidad
necesitada. Aunque el orgullo intentase asomarse, había un suceso
que le marcó y le mostró que sin Jesús nada somos.

Ahora Pedro, puede decirnos a todos:

Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león


rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; 1 Pedro 5:8.

Había salido de una dura prueba en la que no quedó bien librado;


podía decirnos que nos cuidemos de creernos autosuficientes, que
no nos descuidemos en nuestra vida de comunión porque podemos
ser devorados.

El Pedro “engreído” ahora podía tener su cabeza en su lugar y


decirle a los demás: yo caí, yo también estuve allí, lloré, negué a mi
maestro, pero fui restaurado. He experimentado la gracia y la
misericordia, el perdón y la restauración; ustedes también lo pueden
experimentar.

Sabía que tenía que seguir aprendiendo, y ahora, podía aceptar la


exhortación de un apóstol ministerialmente hablando, menor que él:

Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque


era de condenar. Gálatas 2:11.

Era necesario caer, para levantarse y así poder ayudar a otros.


¡No permitas que el enemigo te quiera llevar a malinterpretar el
mensaje! No se trata de querer caer y luego sacar a relucir la
voluntad de Dios como propiciadora de tu caída. No es así, esto solo
se trata de caídas que nadie quiere tener pero que son necesarias.

En el momento en que tu voluntariamente decides buscar una


tentación para ceder a ella, ya estarías actuando como el hijo
prodigo, y no sé si tendrás la suficiente sensibilidad como para
arrepentirte de corazón y hallar misericordia. Pero si tu proceso ha
sido por cosas que jamás quisiste, ni planeaste; si tu amor por Dios
aún sigue vigente a pesar de tus errores, existe una gran posibilidad
de usar dichas experiencias para ayudar a otros.

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan
a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
Romanos 8:28.

Lo que el diablo usó para tu caída y destrucción, Dios lo usará para


manifestar en ti y a través de ti, su gloria. Algún día descubrirás que,
lo que ayer fue tu fracaso, Dios lo ha usado para formar tu carácter.

El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que


podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier
tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos
consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en
nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo
Cristo nuestra consolación.

Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación;


o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la
cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros
también padecemos. Y nuestra esperanza res- pecto de vosotros es
firme, pues sabemos que, así como sois compañeros en las
aflicciones, también lo sois en la consolación. 2 Corintios 1:4-7.
Mañana dirás: fue duro pero necesario, fue difícil, pero conocí el
amor y la gracia restauradora del maestro; aquel mismo que
restauró a Pedro y le delegó responsabilidades mayores, como
muestra de la sobreabundante gracia divina.

Luego de haber fallado tantas veces, y ver como Dios ha obrado en


ti, formando tu carácter y silenciando las voces condenadoras que te
daban por perdido(a), tendrás la oportunidad de sentarte con otros
que estarán en situaciones similares a las que viviste; y les podrás
decir: yo también estuve allí.

Caí, lloré, le falle al maestro, muchos me abandonaron, me


condenaron, pero el me restauró. Sé lo que es querer levantarse y
no tener fuerzas. Muchas veces escuche la voz del enemigo
susurrarme que todo estaba perdido, que ya no había salvación
para mí; pero su voz sobresalió en medio de las demás voces
diciéndome: ni yo te condeno.

Espero, que, al haber llegado hasta aquí, hayas decidido re-


conciliarte con Dios y restaurar así tu comunión con Él; si todavía no
lo has hecho, ¿qué esperas para hacerlo? Hay mu- cho trabajo por
hacer, y Dios te espera para reivindicarte y asignarte funciones que
jamás pensarías que podrías recibir. No se trata de méritos
humanos se trata de gracia y misericordia.

Levántate en el nombre de Jesús... ¡Hay mucho por alcanzar y tanto


por hacer!
El Oportuno Clamor Por Los Nuestros

Jesús, nos enseñó tantas cosas, de las cuales muchas de ellas


no logramos captar el mensaje en su totalidad. Sus palabras de
amor al prójimo van más allá de un simple evitar confrontaciones;
implica una preocupación por los demás, de la misma forma que nos
preocupamos por nosotros mismos.

Él subió a la diestra del padre a interceder por nosotros, pero, nos


encargó el maravilloso don de interceder los unos por los otros; no
solo antes de que alguien ha caído, sino después de que esto
suceda.

En un gran número de citas bíblicas encontramos alusión al tema de


la oración e intercesión. El apóstol Pablo, muchas veces sintió la
necesidad del apoyo en oración por parte de sus hermanos. En
muchas ocasiones pidió que se orase por él y por los proyectos
espirituales que tenía en mente, como lo veremos en los siguientes
versículos:
Orando al mismo tiempo también por nosotros, para que Dios nos
abra una puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de
Cristo, por el cual también he sido encarcelado, Colosenses 4:3.

Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del


Espíritu, que os esforcéis juntamente conmigo en vuestras
oraciones a Dios por mí, Romanos 15:30.

Con toda oración y súplica orad en todo tiempo en el Espíritu, y así,


velad con toda perseverancia y súplica por todos los santos; Efesios
6:18.

Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones,


peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; 1 Ti- moteo
2:1.

Así pues, Pedro era custodiado en la cárcel, pero la iglesia hacía


oración ferviente a Dios por él. Hechos 12:5.

Quizás, una de las ramas en la disciplina de la oración que muchos


cristianos hemos descuidado es el clamor por los demás. Si algo
evidencia la unidad, el amor que tenemos hacia otros, es tanto
preocuparnos por el bienestar del prójimo como pedir a Dios por
ellos.

Muchas veces estamos tan preocupados por nosotros, por nuestras


necesidades y los problemas que nos asedian que, poco nos
acordamos que otros en algún lugar quizás están en peores
condiciones que las nuestras.

¿Tenemos debilidades? Otros las tienen también y quizás peores.

¿Estamos pasando necesidades? Nuestros hermanos en la fe en


todo el mundo también.

El hijo de Dios iba a morir en la cruz, el futuro de los suyos no podía


ser más preocupante para Él; tendría que dejar a aquellos que
amaba y había ministrado por más de tres años. Los fariseos lo
tenían en la mira buscando su caída y el momento preciso para
capturarlo; sin embargo, es maravilloso es leer las palabras “Yo he
rogado para que tu fe no falte”

Jesús, en el Getsemaní, libró una batalla tan fuerte que, su sudor


parecía confundirse con gruesas gotas de sangre, o literalmente por
el estrés y la ansiedad que tuvo que vivir pudo haber llegado a sudar
sangre (hematidrosis).

Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como


grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Lucas 22:44.
La difícil situación que el maestro estaba viviendo, no fue motivo
para justificar algún descuido en cuanto a la intercesión por aquellos
a quienes amaba. Poder interceder por otros en nuestros peores
momentos, es una prueba de que nuestros intereses actúan
conjuntamente con el bienestar de nuestro prójimo.

Orar por aquellos que lo necesitan es de vital importancia dentro del


cuerpo de Cristo. Pedir misericordia por quienes están a punto de
caer o morir espiritualmente, no es una opción; es un deber. Clamar
y levantar en oración esa persona que está en el suelo tratando de
levantarse y luchando por mantener la fe, hace parte de aquella
expresión:

Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho,


vosotros también hagáis. Juan 13:15.

Jesús lo hizo, y lo sigue haciendo. Antes de morir, elevó al padre


una maravillosa oración por todos sus discípulos. En ella
encontramos sentimientos muy profundos, y los deseos de un
amigo, de un pastor por el bienestar y protección para con aquellos
que amaba.

La oración de Juan 17, no solo incluía a los discípulos que


anduvieron con Él durante el tiempo que estuvo en la tierra como su
maestro; sino que, además, incluía a todos aquellos que vendrían
después de estos. En la oración de Jesús, tu vida, la de los demás y
la mía estaban incluidas.
Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de
creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como
tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en
nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. Juan 17:20-
21.

Es maravilloso descubrir, que Jesús intercedió por nosotros aun,


desde antes de nacer. Nosotros a pesar de nuestras debilidades y
caídas, fuimos incluidos entre aquellos que habían de creer. ¡Hemos
creído, le hemos recibido y su oración aún tiene vigencia para los
que faltan por creer!

Si Jesús intercedió e intercede por la humanidad, ¿por qué nosotros


no hemos de hacer lo mismo si Él nos dejó un vivo ejemplo?

Si el maestro se preocupó por aquellos que amaba, ¿Por qué no


nos hemos de preocupar nosotros?

A lo largo de la vida cristiana, hemos oído y leído cientos de


testimonios de personas que fueron restauradas por la oración y
preocupación de otros. Somos un solo cuerpo, y como cuerpo todos
funcionamos en línea con el propósito establecido por Dios; razón
por la cual, la mutua intercesión trae excelentes beneficios a ese
mismo cuerpo. Porque tarde o temprano, cuando hallamos vuelto,
podemos confirmar a otros, e interceder por ellos como alguien en
determinado momento lo hizo por nosotros.

Durante los capítulos anteriores, estuve tratando de mostrarte como


Jesús restauró a un hombre que amaba, y que a pesar de saber que
le fallaría le buscó y lo atrajo de nuevo hacía Él. De igual manera he
estado insistiendo en cual debería ser la actitud de un verdadero
seguidor del maestro con respecto a aquel que ha caído; sin
embargo, ya al final de esta travesía, he tratado de concientizar al
lector con respecto al tema de la intercesión, no solo como justa y
necesaria sino como urgente y oportuna.

Nuestra oración no siempre va a encontrar una respuesta como la


que nosotros esperamos recibir; sin embargo, encontraremos la
respuesta adecuada. Nuestra oración puede servir para evitar
peligros que acechan a los nuestros, o quizás no. La oración de
Jesús no evitó que los discípulos fuesen escandalizados, ni que
Pedro le negase, pero si evitó que la poca fe que aún tenía se
disolviera.
A los que hemos fallado de una u otra forma, y hemos sido
restaurados, nos queda claro que, si aún nos mantenemos firmes a
pesar de las tormentas vividas, es solo por gracia y misericordia.
Estamos aquí, gracias a aquel que subió a la diestra del padre y
constantemente se encuentra intercediendo por nosotros.

¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el


que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el
que también intercede por nosotros. Romanos 8:34.

Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto
en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la
tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este
año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto,
bien; y si no, la cortarás después. Lucas 13:7-9.

Si alguien está a punto de caer, ruega, clama, pide por él o ella, sin
importar que no sea la primera sino una más de las muchas veces
que está por tropezar. Siente el dolor que experimenta aquella
persona que quisiera serle fiel a Dios y por mucho que lo intenta no
logra mantenerse firme.
Nadie sabe el infierno que viven las personas de débil carácter;
nadie conoce el corazón que llora en silencio sintiéndose impotente
por no poder levantarse y ser el cristiano que anhela ser. Algunos de
ellos pierden la esperanza y otros solo confían de que a su tiempo
Dios les sacará en victoria.

Nuestro deber no es juzgar la debilidad o caída de alguien que


quizás podría ser yo. Atacar al caído o alejarnos de su lado es tan
bajo y propio de aquel que no conoce a Jesús. Antes, nuestro deber
como cristianos es tener misericordia porque:

“Juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere


misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio”. Santiago 2:13.
Levantar al soldado herido en combate, llevarlo a un lugar seguro,
curar sus heridas, brindarle sustento y pedir por su pronta
recuperación —restauración— es la actitud de aquel que ha
conocido a Dios.

Querida madre que intercedes por tus hijos, no pares de hacerlo;


padre que lloras en oración por los que más amas, continua firme
sin moverte del suelo en espera de respuestas. Pastor que has
perdido a una de tus ovejas, no le dejes sola, ve a buscarla, llámala.
Dirígete a los collados gritando su nombre hasta encontrarla,
cárgala en tus brazos y tráela de nuevo al redil.

Nuestras congregaciones han sido abandonadas por ovejas que


cayeron heridas y se sintieron solas, y muchas de ellas han muerto.
¡Por favor! Vayamos a buscarlas, pidamos misericordia por ellas, y
no demos tregua hasta encontrarlas. Se necesita con urgencia una
iglesia que no solo ora, sino que también intercede. Una iglesia que
ama, pero que lo demuestra con sus hechos.

Jesús oró por los suyos, presentes y futuros, intercedió no solo


porque la fe de aquellos que amaba no menguase, sino que también
oró por que fuesen cuidados del maligno; conservados en amor y en
unidad. El capítulo 17 del evangelio de Juan nos evidencia el
corazón de un verdadero pastor preocupado por su rebaño.

Es oportuno el clamor por los nuestros, es urgente la intercesión; es


una necesidad de vida o muerte, es un deber que como cristianos
nos compete cumplir.

¿Lo estamos haciendo?

¿Cuál es nuestra actitud frente a aquellos que luchan con sus


debilidades, pero aman a Dios de corazón?

Más allá de la respuesta que podamos tener para estas preguntas,


lo importante es saber que aún estamos a tiempo de tomar la actitud
correcta, con respecto al estado espiritual de aquellos por quien
Cristo murió.

Atrévete a hacerlo, sé capaz de pedir por aquellos que ya no


tienen fuerza. ¡Qué bonito se puede leer, “Yo he rogado por ti”! De
seguro alguien en estos momentos necesita escucharla de tus
labios.
¿Recomienda la biblia pedir incluso, por aquellos que pecan?

La respuesta para esta pregunta es sí. Y lo leemos en el siguiente


versículo:

Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de


muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen
pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo
no digo que se pida. 1 Juan 5:16.

El apóstol Juan, pide a los cristianos, que si en algún momento, ven


a un hermano cometer pecado, intercedan por el pidiendo
misericordia. Independientemente de que aquí se hable del pecado
de muerte, hay que orar por aquellos que caen.

Ahora, ¿qué podemos decir de lo que el apóstol llama pecado de


muerte?

La biblia dice: El que en él cree, no es condenado; pero el que no


cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del
unigénito Hijo de Dios. Juan 3:18.

La muerte es la ausencia de la vida, quien cree en Jesús y le recibe


como salvador recibe la vida eterna, quien rechaza a Jesús está
rechazando la vida y aceptando la muerte.

El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no


tiene la vida. 1 Juan 5:12
Personalmente, podría decir que, Juan, hace referencia al hecho de
pecar y no ser capaz de reconocer que estamos fallando; cuando no
estamos dispuestos a arrepentirnos, excluyéndonos directamente de
la vida eterna. Si una persona en medio de su pecado, no es capaz
de reconocer que está actuando mal, y no desea disponer su
corazón para arrepentirse ¿cómo podría ser perdonado?

En el versículo 18, se hace una interesante alusión al tema que


viene tratando:

Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el


pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el
maligno no le toca.

Aquí, hace referencia a la práctica del pecado, lo que da a entender


que el pecado de muerte tiene que ver con aquel pecado en el que
un cristiano se deleita y no está dispuesto a renunciar; se convierte
en practicante y hasta lo disfruta. Si la paga del pecado es la
muerte, esta terminará matándole.

El profeta Natán, fue al rey David, lo reconvino y este se arrepintió


de corazón. Pedro, como lo he venido escribiendo desde el
principio, jamás quiso fallarle a su maestro, y al hacerlo, su reacción
no fue otra que mostrar un arrepentimiento y a pesar de todo, se
mantuvo esperando por su restauración. En el versículo citado
anteriormente, el Apóstol Juan recomienda a todos los cristianos a
orar por quien ha caído.

Ahora, ¿Prohíbe Juan, que se ore por quien comete pecado de


muerte? Según el versículo en cuestión, se puede leer claramente lo
siguiente: “Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se
pida”. Es una opinión personal del siervo del señor; si lo
parafraseamos podríamos leerlo de esta manera: hay pecado de
muerte, y por esos pecados “Yo” no estoy pidiendo que ustedes
oren.
Entonces ¿Se puede orar o no?

En realidad, no podría afirmar que, si se debe hacer, pero el apóstol


tampoco prohíbe que se haga —solo da una sugerencia—. Y creo,
que es tan fuerte el amor y la pasión de alguien que ama a Dios,
que muchas veces a sabiendas de que aquel que ha caído sigue
revolcándose en el pecado sin mostrar intenciones de volver,
derrama lágrimas día y noche; pidiendo por su regreso. Considero
que algo puede suceder, cuando Dios ve el corazón de aquel que
clama intensamente.

El problema de quien peca y se deleita en hacerlo, no es que no


merezca perdón; el problema radica en que, si no es capaz de sentir
la necesidad de arrepentimiento y rechaza la oportunidad de
hacerlo, Dios no podrá obligarle, ni nuestra oración logrará algo
más. Dios respeta el libre albedrío, y el que peca, rompe su
comunión con Dios. Si alguien rechaza volver a Él, rechaza la vida;
en otras palabras, rechaza lo único que puede salvarle. Sin
embargo: la oración del justo puede mucho.

Independientemente del caso de que alguien esté cometiendo


pecado de muerte, nuestro deber es orar por los que caen, y mucho
más, por aquellos que aman a Dios, y luchan día a día por serle fiel;
aunque no lo consigan con total libertad.

La petición de orar los unos por los otros, sigue vigente; el


interceder es un deber y no una opción. El pedir por quienes están a
punto de caer o han caído, sigue siendo parte de la disciplina de
nosotros como cristianos y una muestra de cuanto amor tenemos
por los demás.

Felicitaciones por llegar hasta aquí en la lectura de este libro, pídele


a Dios de todo corazón, que esa llama, esa pasión por los
necesitados, arda tanto en ti, que no puedas ver a alguien fallarle y
no hacer lo posible por restaurarle, interceder, gemir por aquel por
quien Cristo murió.
Recuerda, que, si el ruega por nosotros constantemente, debemos
dar de gracia lo que de gracia recibimos. Restaurar e interceder por
los demás hermanos en la fe, es necesario, urgente y determinante
para todo aquel que ha nacido de nuevo.

Que Dios te bendiga y restaure tu vida... Y esta, sea usada para


ayudar a otros que lo necesitan.
Nota final.

¡Qué bonitas lecciones nos dejó el maestro en cada expe- riencia


para con sus discípulos! He aquí una maravillosa obra: “yo he
rogado por ti, para que tu fe no falte, y una vez vuelto confirma a tus
hermanos”.

Para ti que has caído, el buen pastor aún anda caminando las calles
de tu ciudad, de tu barrio, de aquella vereda, de aquel lugar donde
una vez le conociste; todavía busca entre los encumbrados
caminos, como también en aquellas oscuras veredas. Entre rocas y
cuevas, en sitios inhóspitos y desiertos.

Su amor por ti no le permite darse tiempo para descansar, Él no


necesita descanso… va por las calles repitiendo una y otra vez: yo
les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de
mi mano. Juan 10:28.

No importa cuanto hayas sido zarandeado(a) por el mal, él conoce


tus luchas; y aunque no aprueba tus fallas, las utilizará para seguir
forjando tu carácter; pues somos vasijas en manos del alfarero.

Espero de corazón que la maravillosa historia de Pedro, haya


logrado en ti, ver cuanta misericordia y amor tiene el padre para con
nosotros, y puedas regresar de nuevo a su lado. Quizás has negado
a Dios con tus acciones, con tu manera de vivir producto de aquellos
pecados cometidos; pero, su amor aún espera por ti.

Vuelve a los pies del maestro.

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