Araucanos en las Pampas: Etnología y Cambio
Araucanos en las Pampas: Etnología y Cambio
Raúl J. Mandrini
(Universidad Nacional del Centro, Tandil)
[email protected]
Sara Ortelli
(Universidad Nacional del Centro/El Colegio de México)
Para la etnología clásica argentina, y particularmente para los etnólogos de la Escuela Histórico-Cultural
que dominaron casi sin discusión ese campo, el problema de la identificación de las distintas etnias y de sus
niveles culturales se convirtió en el eje principal de las investigaciones sobre los grupos nativos de la región
pampeana en el período posterior al contacto con los europeos. Imbuidos esos etnólogos de una concepción
estática y esencialista de la etnicidad, los grupos étnicos se convirtieron en poco más que "objetos" a los que, a
partir de algunos datos aislados, se asignaban rótulos y rasgos culturales predeterminados que coincidían con los
supuestos "ciclos culturales" a los que se pretendía asignarlos. Tal concepción llevó a largas y engorrosas
discusiones sin salida en las que se perdieron de vista las realidades sociales a las que, supuestamente, se
referían. Y particularmente, esa concepción ocultó la rica historia de esas sociedades y las profundas
transformaciones que habían sufrido a lo largo del período1.
En efecto, los grupos indios de la región pampeana, la Patagonia septentrional y la precor-
1
Aunque haya marcado un paso importante para modificar tal concepción, que pareció inicialmente prometedor,
el intento de Nacuzzi (1998) no resulta tampoco muy convincente. Su análisis queda limitado a un caso muy puntual y
acotado y la solución de descalificar las denominaciones étnicas y la misma existencia de esos grupos étnicos como
tales por considerarlos meros rótulos aplicados por los europeos resulta algo simplista y tampoco da respuestas al
problema.
dillera andina sufrieron profundos cambios durante el período que siguió al asentamiento hispano en las costas
del Río de la Plata y en el interior del actual territorio argentino durante el siglo XVI. Los grandes cacicatos que
se constituyeron en el siglo XIX, verdaderas "jefaturas" 2, que poco tenían en común con las bandas de
cazadores-recolectores que los primeros europeos encontraron a su arribo a la región, fueron el resultado de un
largo y complejo proceso histórico. Las transformaciones que se operaron en el desarrollo de tal proceso se
vincularon, por una parte, con el impacto que tuvo el con- tacto con los españoles y, por otra, con los cambios
derivados de las relaciones con las poblaciones de la Araucanía transandina y la instalación de grupos de ese
origen en las pampas, proceso que historiadores y antropólogos convinieron en llamar "araucanización" y que es
el que ahora nos interesa3.
La presencia de elementos de origen transandino en las pampas - advertida ya por
2
La caracterización de tales unidades políticas como jefaturas ("chiefdoms") nos parece la más adecuada
conforme la información brindada por nuestras fuentes. La incorporación de la categoría de jefatura al campo de la
antropología política es relativamente reciente y falta aún avanzar en la definición del concepto, en la precisión de sus
rasgos fundamentales y, sobre todo, en la determinación de los factores causales que determinan su surgimiento. En
buena medida, los problemas para una definición precisa derivan de la variedad y multiplicidad de sus formas históricas y
los debates más recientes se han orientado justamente hacia el tema de la variabilidad más que a la discusión de
problemas evolutivos (Earle 1987; 1991). Las jefaturas son, ante todo, formas sociopolíticas y, en tanto tales, se
diferencian de las sociedades estatales. La definición mínima propuesta por Carneiro (1981: 45) es un punto de partida
útil. Tiene en cuenta dos elementos que implican niveles distintos de decisión política: a. una unidad política autónoma
multicomunitaria, esto es, un agregado de comunidades, villas o aldeas cuyos jefes representan el nivel inferior de
decisión; y b. la presencia de una jefatura permanente ejercida por el jefe de la comunidad dominante, sobreimpuesta a
las otras, y que marca el nivel superior de decisión. A estos elementos fundamentales se añaden otros, como ser: c. la
presencia de una jerarquía de rangos tanto entre comunidades como entre individuos, determinada — o justificada —
por la distancia genealógica respecto del jefe principal y que se manifiesta, políticamente, en los distintos grados del
ejercicio del poder; y d. el poder se apoya esencialmente en la figura del jefe — de allí el conjunto de normas llamadas
suntuarias de que se lo rodea — y carece de mecanismos formales de coacción y del uso legítimo de la fuerza, elementos
característicos del Estado. Otros elementos que a menudo se involucran — dimensiones de la jefatura, grados de
cohesión interna, formas y mecanismos concretos de ejercicio del poder — dependen de condiciones y situaciones
específicas que deben ser estudiadas en cada caso particular. La explicación del origen de las jefaturas, vinculada a la
aceptación de un modelo evolucionista de las formas políticas, se ha orientado a establecer su lugar en ese modelo y a
determinar el motor de tal proceso, considerado el factor determinante del surgimiento de las jefaturas. Como
historiadores, consideramos que la explicación del surgimiento de sociedades de jefatura en la región pampeana debe
partir del análisis de las condiciones históricas concretas en que el proceso tuvo lugar. Sólo así la investigación servirá para
poner a prueba algunas hipótesis formuladas y, eventualmente, contribuir a formular nuevas hipótesis específicas.
3
Sobre los cambios operados como consecuencia del contacto con los españoles, véase Mandrini 1994a;
Palermo 1989. Se mantiene en este trabajo el uso del término "araucano", cuyo empleo ha sido cuestionado por
estudiosos chilenos así como por los mismos indígenas, prefiriendo el término "mapuche". Véase, por ejemplo, Aldunate
del S. 1989: 333-334, nota 14. Sin embargo, el término se sigue empleando en la Argentina, justamente por su generalidad.
Designa tanto a los grupos de origen transandino que se trasladan a las llanura pampeana como a los distintos elementos
culturales, incluida la lengua, asociados a las poblaciones de la Araucanía y, en muchos casos, rápidamente adoptados por
las poblaciones locales. El uso de la lengua
- el mapudungun - , de nombres o de otros elementos culturales de ese origen, no supone, por lo tanto, la presencia
de población transandina. Además, aun cuando se puedan reconocer grupos de ese origen, resulta a menudo difícil, sino
imposible, realizar una adscripción étnica más precisa (mapuches, pehuenches o huilliches) de los mismos. De hecho, una
parte muy importante de los grupos que pasan a las pampas parecen haber sido huilliches aunque, repetimos, las fuentes
son muy poco confiables sobre tales adscripciones étnicas, y el término huilliche es usado para designar distintas
poblaciones, incluidos los grupos patagónicos, genéricamente conocidos como tehuelches.
observadores y viajeros que conocieron la región - fue puesta de relieve desde temprano por historiadores y
antropólogos argentinos. Sin embargo, poco interesados los historiadores en la sociedad indígena y dedicados a
estudiar especialmente la guerra fronteriza con el indio, se limitaron a consignar la presencia de esos araucanos
o aucas, como los denominaban comúnmente los documentos de época, asociando esa presencia en las pampas
con el incremento de la actividad bélica que se registró en la "frontera interior", nombre dado a la frontera con el
territorio indio, a partir del siglo XVIII y, especialmente, en el XIX.
El tema no corrió mejor suerte entre los antropólogos: los arqueólogos, salvo excepciones, centraron su
interés en los períodos más antiguos y en problemas vinculados al poblamiento temprano de la región, en tanto
etnógrafos y antropólogos sociales volcaron sus esfuerzos al estudio de las comunidades indígenas actuales,
dejando virtualmente en blanco casi tres siglos de historia; los etnólogos, especialmente aquellos vinculados a la
escuela Histórico-Cultural, manifestaron, en cambio, algún interés por el análisis histórico, pero su esfuerzo,
congruente con sus posturas teórico-metodo- lógicas, se orientó, como señalamos, hacia la identificación de las
distintas etnias y sus niveles culturales así como a la asociación de las mismas con las distintas corrientes de
poblamiento en América (por ejemplo, Canals Frau 1950; 1973).
En este análisis tenían particular valor las fuentes históricas, especialmente aquéllas que reflejaban la
situación de la región antes, justamente, de lo que se convenía en llamar "araucanización". Pero la interpretación
del proceso histórico por parte de estos etnólogos, enmarcada en una postura ultradifusionista, fue superficial y
simplista. Aunque variando en los matices, la idea de una población de cazadores y recolectores pedestres
convertidos luego en cazadores ecuestres por la incorporación del caballo, que combinaban la caza con el saqueo
y el pillaje en las fronteras, se impuso contundentemente, aunque estas conclusiones contradecían a las propias
fuentes de las que se habían nutrido.
La expansión araucana en las pampas fue encajada en tal esquema. Estanislao Zeballos4, uno de los
mentores intelectuales de la denominada "Conquista del Desierto", reconoció el fenómeno considerando que los
grupos que ocupaban la región que se extendía de la cordillera al Plata, al sur de la línea de frontera, eran un
desmembramiento de los araucanos de Chile, a los que denominó aucas (alzados, bravos). Al asentarse en las
vastas llanuras situadas al este de los Andes, esos grupos abandonaron sus anteriores patrones de vida -
agricultores aldeanos - para adoptar los hábitos "salvajes" de las llanuras5.
Esa imagen - un vasto territorio reducido a la categoría de desierto, una organización política
4
Al destacar la "barbarie" indígena y contraponerla a la "civilización" Zeballos (1986: 284-87) justificaba la
empresa conquistadora que aparecía como empresa "civilizadora". Al mismo tiempo, su insistencia en el origen chileno
de tales indios - responsables de la violencia en la frontera - tampoco era gratuita. La solución del problema de las
"fronteras interiores" que el naciente estado nacional argentino reclamaba y Zeballos justificaba, no podía separarse
del conflicto latente con Chile por la definición de los ámbitos de soberanía de cada uno de esos estados en los
territorios que se proponían conquistar. Por tal motivo, hablar de "indios argentinos" o de "indios chilenos" antes de la
incorporación de los territorios meridionales a ambos estados nacionales a fines del siglo pasado es, en el mejor de los
casos, un anacronismo histórico. Por cierto que algunos caciques solían esgrimir desde antes su condición de
"argentinos" o "chilenos" en tratativas con autoridades de ambos países, pero parecería más lógico ver en ello motivos
de conveniencia política, o necesidad de diferenciarse de otros caciques o grupos a la hora de convenir acuerdos o
alianzas.
5
Paradójicamente, este esquema se sigue reproduciendo de manera acrítica hasta la actualidad y aparece en
trabajos de relativamente nuevos. Véase, por ejemplo, Martínez Sarasola 1992: 125-32. Esta obra, aunque claramente
reinvindicatoria del pasado indígena, editada con motivo de la conmemoración del Quinto Centenario de la llegada de
los españoles a América, constituye un buen ejemplo de la persistencia de esta visión del mundo pampeano, aunque no
el único caso.
y social limitada a la de bandas nómades y una economía basada en el saqueo y la depredación - es una
construcción del siglo XIX que contribuyó a justificar el avance de la sociedad blanca sobre la indígena y la
desestructuración y desaparición de la última. Respondió a las necesidades de un proyecto político-económico
que presuponía la pacificación del país, la consolidación del Estado y la construcción de la Nación; en tal
contexto, el indio debía ser "domesticado" e integrado o, de lo contrario, exterminado (Quijada 1999: 685-690).
En realidad, las discusiones que desde entonces se dieron entre los etnólogos acerca de la llamada
"araucanización" no cuestionaron esa interpretación general del proceso sino que giraron más bien en torno a
algunos problemas particulares, como el de su antigüedad y, no desvinculado de éste, el del carácter que tal
proceso asumió. Hay aquí dos tendencias bastante definidas: por un lado, quienes sostenían que la
araucanización se desarrolló desde momentos muy tempranos6 y se completó en el siglo XVIII; por otro,
aquéllos que se inclinaban por una tardía araucanización, cuyas evidencias recién aparecían a fines del siglo
XVIII.
Dentro de la primera línea podemos ubicar a etnólogos vinculados a la Escuela Histórico- Cultural,
como Salvador Canals Frau (Canals Frau 1935, 1946, 1950, 1973), que veía ya a principios del siglo XVIII una
presencia significativa de población de origen transandino en la región pampeana. Efectivamente, para estos
etnólogos la presencia de nuevos elementos culturales no podía desvincu- larse de la llegada de nuevos estratos
de población. En sus trabajos desarrollaron la idea de una sustitución étnica de la antigua población pampeana
por los grupos originarios de la Araucanía que se establecieron al este de los Andes (Canals Frau 1946: 762;
1973: 534-535).
Desde el otro extremo se planteó que, más allá de la incorporación de algunos elementos culturales, la
antigua población cazadora local mantuvo con fuerza su presencia hasta una época relativamente reciente
(Casamiquela 1982: 25; 1992: 26-27)7. Las evidencias de esta tardía "araucanización" de las Pampas
comenzarían a aparecer recién durante la segunda mitad del siglo XVIII (Cabrera 1934: 101; Martínez Sarasola
1992: 125-132). La discusión llevó a los investigadores interesados a una minuciosa búsqueda de argumentos de
tipo lingüístico, cultural y racial, a un rastreo cuidadoso de la presencia o ausencia de determinados elementos
culturales, o a un afanoso registro de menciones en las fuentes que sirvieran para probar una u otra posición.
Desde ambas partes pudieron recogerse argumentos en contra y en favor de cada tesis. Esto era posible
porque la expansión araucana en las pampas fue larga y compleja y esa complejidad fue, justamente, lo que se
perdió de vista. En realidad, bajo el término de "araucanización" se suelen englobar distintos procesos
estrechamente vinculados, pero que no se deben confundir y que van desde la incorporación elementos culturales
transandinos por las poblaciones de la región hasta el asentamiento masivo en ella de grupos mapuches.
6
Por ejemplo, Vignati (1965), quien recoge indicios de difusión de elementos de la lengua y la cultura
araucanas en el actual territorio argentino al menos desde mediados del siglo XVI. El proceso, que habrían comenzado
en el actual Neuquén, podría remontarse a tiempos prehispánicos. Agrupa esos indicios en cinco items: vocablos, toponimia
y onomástica, relaciones comerciales y alianzas guerreras, relaciones de servicio personal y asimilación de costumbres.
7
Casamiquela llama "tehuelchización" al proceso de expansión hacia el norte de grupos patagónicos
(tehuelches), en parte inmediatamente anterior y en parte sincrónico al de "araucanización". Según su esquema, los
pampas del siglo XVII eran los descendientes `tehuelchizados' de los querandíes, en tanto los ranqueles eran pampas
"araucanizados" durante el XVIII. Empero, los tehuelches habrían conservado su hegemonía hasta fines de este siglo y
el asentamiento estable de importantes núcleos araucanos se habría producido a principios del XIX.
A fines del siglo XVI, la región que analizamos estaba poblada por bandas de cazadores- recolectores
sobre los que tenemos escasa información escrita (los europeos no penetraron por entonces en el territorio y su
contacto con los indígenas fue periférico). Gracias al trabajo de los arqueólogos sabemos que esas bandas
basaban su subsistencia en la caza de guanacos y venados, a los que se agregaban especies menores como
vizcachas, mulitas, y ñandúes, así como en la recolección de los huevos de este último y de semillas y raíces.
De un modo general, y más allá de variantes tecnológicas y estilísticas, estos cazadores- recolectores
representaban un modo de vida generalizado en el territorio pampeano-patagónico. Organizados en pequeñas
bandas, se desplazaban a pie y establecían sus campamentos junto a lagunas y cursos de ríos y arroyos de la
región siguiendo itinerarios más o menos fijos determinados por la distribución de los recursos. Sin embargo, las
investigaciones arqueológicas recientes parecen indicar que, al menos en algunas áreas, como en los valles de los
grandes ríos patagónicos, algunos grupos pudieron alcanzar en el período tardío una relativamente alta densidad
poblacional y un mayor nivel de complejidad socio-política8. Estas poblaciones, establecieron además extensas
redes de inter- cambio, que incluían a los indígenas de la Araucanía, allende la cordillera andina9. Los pasos
cordilleranos de la región, fáciles de atravesar, actuaron como vías de comunicación que posibilitaron contactos
e intercambios informales cuya naturaleza exacta aún no podemos definir.
En efecto, los grupos que habitaban a ambos lados de la cordillera de los Andes mantuvieron relaciones
- quizá no permanentes ni estables - desde tiempos prehispánicos. Elementos culturales vinculados a culturas del
actual territorio chileno - piezas de cerámica y pipas de tipo T invertida con doble boquilla, hachas y silbatos- ,
que se remontan a comienzos del segundo milenio y están vinculados al complejo Pitrén, fueron hallados en la
zona cordillerana de Neuquén (Hajduk 1981-82: 7- 8; 1986: 25-26; Hajduk y Cúneo 1997-98)10. La existencia de
tales contactos explicaría que Juan de Garay viera en 1582, en las cercanías de Cabo Corrientes, actual ciudad de
Mar del Plata, indios con mantas tejidas que, según le informaron, provenían de Chile (Garay 1915: 87-88).
Es probable que los grupos de allende la cordillera estuvieran interesados en obtener sal, productos de la caza del
guanaco y del avestruz y piñones de araucaria.
8
Así al menos parecen indicarlo los enterratorios hallados en Rawson, en el valle inferior del río Chubut, donde
parece haberse operado un proceso de concentración de población - el valle habría constituido un lugar favorecido - y,
simultáneamente, el desarrollo de formas más complejas de organización social (Gómez Otero y Dahinten 1999a: 108-110
y 115).
9
Esos contactos parecen haber alcanzado a regiones muy distantes y haber sido más intensos de lo que se
suponía. Alonso de Ovalle se refiere al consumo de cebil - alucinógeno proveniente del Noroeste argen- tino o del Chaco
- entre las poblaciones de la llanura pampeana (Pérez Gollán y Gordillo 1993: 56).
Disponemos de evidencia arqueológica de la circulación de conchas o valvas para uso ornamental o ceremonial (Martínez
Soler 1958-1959: 267-322; Nimo 1946: 12, 14). Julieta Gómez Otero halló en un enterratorio en Rawson (provincia de
Chubut) un hacha ceremonial de bronce del período tardío del Noroeste argentino (Gómez Otero y Dahinten 1999a: 109;
1999b). Un hallazgo así obliga a revisar las ideas aceptadas sobre la organización de la sociedad india de esa región en
torno a la época del contacto inicial con los europeos o inmediatamente anterior.
10
Una síntesis para la región centro-sur chilena en Aldunate del S. 1989. Estas relaciones se mantuvieron
hasta bastante más tarde, en pleno período de contacto hispano-indígena. Cerámicas de tipo Valdivia, vinculadas con el
complejo cerámico Mapuche en Chile, se hallan en muchos sitios al este de los Andes, donde se las fecha, habitualmente,
entre los siglos XVI y XVIII. Ver, por ejemplo, Berón y Migale 1991 y, particularmente, Berón 1999, que insiste
correctamente en el cambio del carácter de las relaciones durante la etapa posterior al contacto con los europeos. Tales
influencias parecen extenderse hasta el extremo oriental de las pampas. Diana Mazzanti halló en la localidad arqueológica
Amalia importante cantidad de cerámica asociada a ganado y otros objetos europeos (chaquiras, loza, cerámica
vidriada) vinculada con las vasijas del tipo "challas" del sur de Chile, que aparece en el complejo El Vergel y se
mantiene hasta época posthispana (Mazzanti 1999).
2. La presencia europea y los cambios
El carácter de estos intercambios informales varió profundamente a partir de principios del siglo XVII,
cuando quedaron enmarcados en un contexto histórico y económico diferente, producto de las relaciones que
comenzaban a establecerse con los españoles asentados en el Río de la Plata. Como resultado de ellas, los indios
de la región modificaron profundamente su economía, su estructura sociopolítica y sus patrones culturales.
En el aspecto económico, el impacto se manifestó en la adopción de bienes de origen europeo por parte
de los indígenas y, fundamentalmente, en una nueva organización de su economía. El caballo, como se ha
destacado con frecuencia, fue quizá el más importante de esos bienes y los indígenas modificaron muchos
aspectos de su vida y su cultura para adaptarlas a la actividad ecuestre. El caballo tuvo amplia aceptación entre
los indígenas que pronto - quizá ya a comienzos del siglo XVII - lograron su completo dominio y lo utilizaban
con habilidad y destreza (Palermo 1989: 49- 58). Los equinos ampliaron la posibilidad de desplazamientos y de
carga, modificaron las formas de obtener el alimento permitiendo la realización de grandes cacerías - las
"boleadas" - en las que la boleadora y la lanza larga reemplazaron al arco y la flecha, difíciles de usar desde un
caballo al galo- pe. Enriquecieron la dieta y proporcionaron importantes materias primas a los artesanos, como el
cuero, las cerdas y crines, los nervios y tendones y los huesos. El caballo se convirtió además en preciado
artículo de trueque y fue usado como medida de valor en los intercambios (Gotta 1993)11.
Pero es engañoso y erróneo reducir la influencia europea al caballo. Ovejas y vacas, mulas y cabras
llegaron a tener gran importancia económica (Palermo 1989: 58-71) y las primeras se convirtieron en un recurso
esencial que proveía lana a las tejedoras indias. También se incorporaron a la vida indígena las harinas obtenidas
de cereales europeos, los instrumentos de hierro, los licores y aguardientes, el azúcar, la yerba mate, el tabaco,
muchos adornos y prendas de vestir europeas.
Muchos de los nuevos bienes adquirieron pronto un alto valor simbólico. El caballo se incorporó a las
costumbres y ceremonias indígenas: formaba parte importante de las compras de esposas y en las
compensaciones por homicidio y ocupaba un lugar destacado en ofrendas y sacrifi- cios funerarios, ceremonias
rituales y diversiones. Los licores y aguardientes europeos desplazaron a la chicha nativa. Las chaquiras (cuentas
de vidrio), ciertas prendas europeas (como las chupas y los sombreros) y las espadas y bastones alcanzaron gran
valor como elementos de prestigio.
Empero, este proceso tuvo una consecuencia más importante que la simple incorporación de bienes. Su
utilización por parte de los indígenas se incrementó con rapidez pasando a convertirse en elementos esenciales
de la vida cotidiana, generando una creciente demanda. Tal situación planteaba a los grupos indios un serio
desafío puesto que muchos de esos artículos eran imposibles de conseguir o fabricar en territorio indio y debían
obtenerse mediante intercambios con los cristianos o, para los grupos situados lejos de las fronteras, por trueque
con otros indios que actuaban de intermediarios.
Como resultado, y aprovechando seguramente antiguas vías de comunicación, una extensa red de
circulación comenzó a vincular las distintas regiones del territorio indígena y a éste en su conjunto con las áreas
controladas por los europeos, acentuando la dependencia de cada grupo respecto de los otros y de la sociedad
blanca. La situación estimuló entre los indígenas la obtención o producción de bienes estimados por los
cristianos a fin de canjearlos en las fronteras. El ganado constituyó, en este sentido, un recurso fundamental para
el mantenimiento de esa red de intercambios
11
La importancia del caballo llevó a historiadores y etnólogos a aplicar en forma acrítica la categoría de "complejo
ecuestre", elaborada por los antropólogos estadounidenses para explicar el proceso operado entre los grupos de las
llanuras centrales de América del Norte. El avance de nuestro conocimiento sobre el área obliga a desechar hoy tal
categoría, cuyo uso fue objeto de una severa crítica (Palermo 1986).
y a él se sumaron muy pronto los textiles provenientes de la Araucanía, cuya presencia en las pampas debió ser
antigua, como lo sugiere la mencionada carta de Juan de Garay.
Inicialmente, a lo largo del siglo XVII, la incorporación del caballo y el uso de ganados europeos por
los indígenas se basó en el aprovechamiento del numeroso ganado cimarrón y, siendo la población india
relativamente poco numerosa, su presión sobre tales recursos no debió ser muy fuerte. La mayor demanda venía
entonces desde la Araucanía, donde los mapuches requerían cada vez más caballos - y también hombres - en su
enfrentamiento con la sociedad colonial chilena (León Solís 1991: 22-24).
Sin embargo, a fines de ese mismo siglo y durante las primeras décadas del siguiente, junto al
crecimiento de lademanda de animales tanto en la sociedad colonial como en la indígena, se manifes- taron
indicios muy claros de extinción del ganado cima rrón, proceso que, pese a algunas épocas de recuperación, se
agravó, como tendencia general, a lo largo del siglo, obligando a modificar los patrones de actividad económica
(Mandrini 1988: 74; León Solías 1991: 27-31). Al mismo tiempo, la paz entre mapuches y españoles que por
entonces se afirmaba en Chile aumentó aún más las deman- das de ganado con destino a ese mercado - tanto la
sociedad colonial como los propios grupos indios
- y los grandes circuitos ganaderos quedaron pronto establecidos creciendo la competencia con los blancos en la
llanura bonaerense a medida que se acentuaba la extinción del ganado cimarrón provocada, entre otros motivos,
por las matanzas indiscriminadas efectuadas por los vecinos de Buenos Aires y otras ciudades del interior para
obtener cueros.
El robo de ganados en las fronteras fue una respuesta a la situación. Se produjeron frecuentemente
ataques e invasiones violentas e irregulares contra los poblados, en las que participaban "conas" de diferentes
parcialidades de ambos lados de la cordillera. Estas actividades, ya iniciadas a fines del siglo XVII, alcanzaron
particular virulencia a mediados del XVIII, siendo numerosos los testimonios de tales incursiones en las
fronteras de Buenos Aires, Mendoza y Córdoba que, además de ganado, se llevaban cautivos - especialmente
cautivas - y cuantos bienes quedaran a su alcance. El indio, hasta entonces "cazador de ganados", se convirtió -
como señala León Solís (1991)
- en "guerrero y maloquero".
Empero, con el tiempo algunos grupos desarrollaron una estrategia distinta frente a la desaparición del
ganado cimarrón, cuyos resultados se vieron a más largo plazo. Tal estrategia consistió, allí donde las
condiciones del medio lo posibilitaban, en el desarrollo de un modelo económico volcado a la cría especializada
de ganados: fue el caso de las tierras del sur-suroeste bonaerense, específicamente las comprendidas entre las
sierras de Tandil y Ventana, quizá la zona más rica en pastos de toda la región, donde se desarrolló una
economía de carácter pastoril, altamente especializada para la época, y vinculada al vasto circuito mercantil
ganadero con Chile (Mandrini 1988; 1991; 1994a; Mazzanti 1994). Un segundo núcleo de economía pastoril se
desarrolló entre los pehuenches cordilleranos: las fuentes atestiguan la importancia de los ganados para esas
poblaciones, el carácter de tal actividad y los intercambios regulares que mantenían con las poblaciones chilenas
(Biset&Varela 1990; 1991; Mandrini 1991:120-121; Villalobos 1989: 78-79)
Ahora bien, una consecuencia fundamental de las relaciones cada vez más estrechas entre la sociedad
indígena y el mundo colonial fue, como señalamos, la creciente interdependencia entre los distintos grupos
indios y la sociedad blanca así como la formación simultánea de una extensa red de intercambios que pronto
adquirieron un definido carácter mercantil. Esta red de circulación tuvo como fundamento la consolidación de un
vasto circuito vinculado al movimiento de ganados que conectaba a la región pampeana con el mercado chileno
a través de los pasos andinos.
Ese comercio comenzó a desarrollarse a lo largo del siglo XVII - usando rutas de contacto más antiguas
- y se consolidó en el XVIII, cuando las grandes rutas mercantiles quedaron sólidamente establecidas. Al mismo
tiempo, el comercio fronterizo en Buenos Aires se afianzaba definitivamente a lo largo del siglo. Pequeñas
partidas de indios cruzaban regularmente la frontera para ir a intercambiar sus productos en la ciudad y
mercachifles blancos se aventuraban hasta las tolderías para realizar sus negocios (Mandrini 1991: 124-128;
1994a: 63-72; Palermo 1994b). En suma, el indio se convirtió también en "pastor y comerciante", aunque sin
dejar de ser "guerrero y maloquero" si las circunstancias lo requerían.
Estos cambios económicos que se operaron entre los indígenas pampeanos se reflejaron en una paulatina
complejización a nivel sociopolítico, que determinó procesos de diferenciación social, de acumulación de
riqueza y concentración de poder y, si bien estos desarrollos alcanzaron su máxima expresión con la formación
de los grandes cacicatos de mediados del siglo XIX, las evidencias de su génesis aparecen ya en las fuentes de
mediados del XVIII (Mandrini 1994a: 72-73; 1997a; 2000; Ortelli 1996: 208-212).
En esta etapa - que se extendió hasta las primeras décadas del siglo XIX - el interés de los mapuches se
centró, fundamentalmente, en la riqueza ganadera de la región pampeana, consolidándose el flujo, más o menos
estructurado en un circuito ganadero, de animales hacia Chile. En el marco de esta transformación del carácter
de los contactos - transformación de la circulación informal de bienes en verdaderos intercambios mercantiles- ,
los desplazamientos de indígenas de la Araucanía hacia las pampas pueden explicarse a partir de su interés por
obtener ganados y, más tarde, por controlar de manera cada vez más directa los circuitos que se iban
consolidando. En este marco, comienzan a evidenciarse los efectos de aquel proceso que se llamó
"araucanización".
Los contactos con la Araucanía, como vimos, se remontan a tiempos prehispánicos aunque su carácter
cambió a partir del siglo XVII, cuando el interés de los mapuches se centró en la riqueza ganadera de las
pampas. Fue ésta la base sobre la que se conformaron y consolidaron los grandes circuitos ganaderos de la
pampa y se fueron estrecharon los vínculos y contactos entre esas poblaciones.
En efecto, si la arqueología aporta testimonios de esas relaciones, la documentación escrita testimonia
durante el siglo XVII la presencia creciente de indios de allende la cordillera en las pampas, así como las
comunicaciones que mantenían con los grupos pampeanos. Estos hechos no dejaron de preocupar a las
autoridades coloniales y a los vecinos de Buenos Aires y de la campaña circundante, aun cuando las relaciones
con los grupos indios vecinos transcurrieran por un período de relativa paz. Tal preocupación se relacionaba más
bien con el efecto que tales contactos podrían t ener al oeste de la cordillera (Mandrini 1994a: 49; 1997b: 25-26).
La presencia de estos indios al oriente de los Andes comenzó a adquirir regularidad a partir de comienzos del
siglo XVIII y, aunque por lo general obtenían los animales deseados de los indios de la pampa, principalmente a
cambio de tejidos, armas y objetos de metal, no desdeñaban realizar incursiones de caza de ganado cimarrón - a
veces incluso robarlo en la frontera - retornando luego a sus tierras.
Como consecuencia de la intensificación de los contactos, se fueron operando procesos de cambio
cultural, cuyo aspecto más evidente fue la incorporación de una serie de elementos culturales araucanos por los
grupos ubicados al este de los Andes. El proceso, al acentuarse, determinó que los grupos involucrados
comenzaran a presentar, en general, una imagen bastante homogénea, diluyéndose paulatinamente los límites
culturales que permitían diferenciarlos. Los primeros grupos que, posiblemente, sufrieron estas influencias
fueron los pehuenches cordilleranos, los que luego jugaron a su vez un papel importante en su paulatina
extensión hacia las pampas y norpatagonia.
Se trataba de una serie de elementos, sin duda conocidos en la región desde antaño, que
pronto fueron muy apreciados por los indígenas pampeanos. El caso más notorio fue, en esa época, el de los
ponchos y mantas de origen araucano, que adquirieron un alto valor. Su presencia - en muchas oportunidades los
indígenas los llevaban a vender en Buenos Aires - alertaba a las autoridades sobre los contactos entre las
distintas etnias y constituía una prueba de las intensas relaciones de los grupos bonaerenses con los indios "de
tierra adentro"12.
Este proceso de influencia cultural se fue generando a través de los contactos con grupos que
incursionaban en las pampas pero retornaban a Chile, o de intermediarios - como los pehuenches cordilleranos -
cuya ubicación estratégica sobre las laderas de los Andes, les permitía una activa participación en el comercio a
distancia. Pero, conforme las fuentes disponibles, nada indica que se produjeran durante esta etapa asentamientos
permanentes importantes de grupos transandinos en el actual territorio argentino.
Esos movimientos tempranos, en efecto, involucraron sólo a pequeños grupos que se asentaban en las
áreas cercanas a la cordillera, generalmente en forma temporal. Otras veces, algunos linajes se infiltraban
lentamente por los ríos Negro, Colorado, Neuquén y Limay, instalándose en el camino de los maloqueros para
ejercer un control más directo sobre puntos estratégicos, aquéllos donde había aguadas o buenos pastos. La
consolidación de las rutas debió incidir, sin duda, en el desarrollo de núcleos de población estable en algunos de
esos puntos, donde debieron convivir linajes e individuos de distinto origen (Berón y Migale 1991; Berón
1999).
La presencia de estos linajes al este de los Andes contribuyó además a conformar una extensa red de
vínculos, generados a partir de las relaciones de parentesco que fueron uniendo a etnias asentadas a ambos lados
de la cordillera, de la conformación de matrimonios interétnicos y de los intensos procesos de mestizaje entre la
población existente y los grupos llegados posteriormente (Ortelli 1996: 206-207). Estos mecanismos debieron
jugar un papel fundamental en la "araucanización" de la región.
El carácter de las relaciones entre las poblaciones de ambos lados de la cordillera cambió, sin embargo,
a partir de fines de la década de 1810, cuando grupos más numerosos atravesaron la cordillera y se asentaron, en
forma más estable, al este de los Andes. Los determinantes de esta migración deben buscarse, principalmente, en
el rompimiento del equilibrio mantenido durante más de un siglo entre las autoridades coloniales chilenas y los
indígenas. Tal ruptura era el resultado directo del proceso revolucionario iniciado en 1810.
En efecto, si al principio los grupos nativos de la Araucanía permanecieron en paz, después de la batalla
de Maipú, en 1818, y de la persecución llevada por las fuerzas revolucionarias contra los restos del ejército
realista que se retiraba en desbande hacia Concepción, mapuches y pehuenches comenzaron a alterarse. Para
fortalecer sus posiciones, tanto los jefes realistas como los revolucionarios buscaron atraerlos, incorporando
contingentes indígenas a sus tropas. Se inició así la llamada "guerra a muerte" que se extendió por tres años con
todo tipo de brutales crueldades (Varela y Manara 2001).
En tales circunstancia, algunos caciques que permanecieron neutrales y grupos vencidos que buscaban
escapar a las represalias emigraron hacia las pampas. Importantes contingentes - varios caciques con sus
guerreros y familias - se establecieron entonces en esta región. La presencia de estos grupos en las llanuras alteró
el equilibrio político entre las comunidades de la región estimulando la competencia por el control de tierras y
recursos e impulsando un crecimiento de la violencia intertribal, estimulada además por las autoridades criollas
(Ratto 1998; Villar 1998; Villar y Jiménez 1996; 1997 y 2001).
Este momento, alrededor de 1820, no sólo marcó el comienzo de un período diferente en las relaciones
entre los indígenas de la Araucanía y los de las pampas, sino también entre la sociedad
12
Véase, por ejemplo, la detallada Información elevada a Rey por el Cabildo de Buenos Aires en octubre de 1752,
referida a la situación de la reducción establecida por los jesuitas entre los indios pampas, en Archivo General de Indias
(Sevilla, España), Audiencia de Charcas, leg. 221.
indígena y la criolla en el Río de la Plata. En efecto, las transformaciones de la política económica de la elite
porteña, volcada ahora a una ganadería extensiva vinculada al comercio internacional, dieron lugar a la
expansión territorial de la provincia de Buenos Aires a expensas de las tierras indias y a una competencia cada
vez más acentuada entre ambas sociedades por el control de tierras y ganados que se tradujo en un aumento
de la guerra y la violencia fronterizas.
A partir de este momento, y hasta mediados del siglo, se consolidó el proceso de cambio cultural que
venía operándose en el mundo indígena desde tiempo atrás. La incorporación de elementos culturales mapuches
por las poblaciones pampeanas - incluida la generalización del uso de la lengua araucana - había creado un
marco cultural propicio para el establecimiento de linajes de allende la cordillera, ya que los grupos que
migraron encontraron una pampa culturalmente araucana y un complejo entramado de relaciones. La presencia
permanente de grupos cordilleranos y transandinos desde las primeras décadas del siglo XIX profundizó y
generalizó esa "araucanización". El proceso culminó a mediados de ese siglo con la formación de una vasta
unidad lingüística y cultural al sur de la línea de fronteras, que se prolongaba hasta el Pacífico en la Araucanía.
En el desarrollo del proceso histórico que hemos reseñado, y vinculado al carácter de las relaciones
entre las poblaciones de ambos lados de la cordillera, el período que abarca centralmente todo el siglo XVIII
resulta crucial para la comprensión global del proceso. En esa etapa, el rasgo dominante no fue la migración,
sino la incorporación por parte de las poblaciones pampeanas de un conjunto de elementos foráneos, araucanos
pero también europeos. Y los indios de las pampas no fueron, como suelen presentarlos los enfoques
difusionistas, sólo pasivos receptores.
La sociedad indígena pampeana sufría, como vimos, un profundo y rápido proceso de transformaciones
de su estructura económica y social que llevó, por un lado, a una creciente interdependencia entre los grupos
ubicados a ambos lados de la cordillera y, por otro, a una diferenciación y complejización de la estructura
sociopolítica de los grupos locales. Así, el proceso de cambio cultural y la incorporación de bienes de origen
araucano al este de los Andes no puede ser explicado fuera del contexto de tales transformaciones.
Además del mapudungun, cuyo uso - inicialmente como "lengua franca" - se generalizó con bastante
rapidez, fueron incorporados por las poblaciones ubicadas al este de los Andes una serie de elementos culturales
de origen mapuche, tanto materiales como simbólicos. Entre los materiales, se encuentran elementos y técnicas
de carácter más bien utilitario y práctico que, como las del cultivo, introducidas desde la Araucanía, tuvieron una
amplia difusión en la región y contribuyeron a transformar algunos aspectos de las formas de producción de
estas sociedades (Mandrini 1987).
La incorporación de bienes simbólicos - como objetos de plata y tejidos- , o de las técnicas para
producirlos, contribuyó, en cambio, a consolidar y legitimar el proceso de diferenciación social. A estos bienes
araucanos, se sumaron otros de origen español que jugaron el mismo papel13 y, al mismo tiempo, se fueron
configurando una serie de ceremoniales que expresaban el prestigio de
13
A lo largo del siglo XVIII, particularmente en su segunda mitad, las autoridades coloniales tendieron a fortalecer
la autoridad de algunos jefes indios a los que consideraban proclives a una política pacífica y complaciente con los
intereses imperiales mediante la entrega de regalos - los bastones con empuñadura de plata, las espadas, piezas del arreo
confeccionadas en plata y algunas prendas de vestir eran particularmente apreciados - y el reconocimiento público en
recepciones y ceremonias. Con variantes regionales, tal política se aplicó en todas las fronteras indias del Imperio. Para
la frontera mapuche de Chile, véase Boccara 1999.
algunos jefes y grupos - por ejemplo, las reglas protocolares, los entierros diferenciales, la práctica del sutee o la
posición que fueron adquiriendo los caciques en las ceremonias religiosas (González 1981; Mandrini 1992;
1997a; 2000).
Así, hasta principios del siglo XIX, la incorporación de elementos culturales araucanos aparece ligada,
fundamentalmente, al proceso de diferenciación de las sociedades pampeanas y se opera a través de mecanismos
diferentes de la migración, entre los que podemos mencionar la intensificación de las relaciones de intercambio
entre los grupos, el establecimiento de redes de parentesco y las necesidades derivada de la transición hacia la
conformación de sociedades de jefatura.
Las transformaciones que se operaron, los rasgos culturales novedosos que aparecieron y la adopción de
una serie de elementos de origen araucano y español - en la medida en que adquirieron el estatus de elementos
simbólicos que contribuían a reforzar los procesos sociopolíticos en marcha - sugieren que el período que
comprende la segunda mitad del siglo XVIII y las tres primeras décadas del XIX, puede ser definido como aquél
en que surgieron y se consolidaron los rasgos básicos de las sociedades de jefatura. Es este justamente, el
momento en que se intensifica y acelera la incorporación de elementos culturales araucanos en las llanuras.
Aunque la información disponible sobre esta primera etapa es escasa, los testigos no dejan de señalar
muchos de los rasgos más destacados del proceso. Uno de sus aspectos más evidentes era la exhibición de
determinados adornos en el vestuario que reflejaban el estatus de los individuos más importantes. La presencia
de objetos de metal y plumas en la vestimenta o en los atavíos de los caballos de los caciques y caciquillos era un
símbolo de prestigio y de riqueza, como así también, el uso de ponchos y mantas tejidas, que se fueron
imponiendo paulatinamente a las pieles. A mediados del siglo XVIII, estas manifestaciones ya eran visibles entre
los indígenas pampeanos. La información que aportan los misioneros jesuitas Tomas Falkner (1774) y José
Sánchez Labrador (1936), entre otros, no deja lugar a dudas.
La exhibición de objetos de metal y, en especial, su profusión en el vestuario de los caciques, era la más
clara demostración de su riqueza y prestigio. Al parecer, hacia mediados del siglo XVIII casi todos los metales
llevaban implícita la idea de prestigio, aunque algunos eran más valiosos que otros: el bronce, por ejemplo, era
más valioso que el hierro; también aparece regularmente el uso de latón o lata y, eventualmente, de plata. Sin
embargo fue este último el que luego fue adquiriendo una importancia fundamental, imponiéndose a los demás
metales. Así, quienes a comienzos del siglo siguiente visitaban las distintas tolderías se referían con insistencia a
lugar destacado que tenían los objetos de plata.
Las prendas tejidas, además de su valor económico como bienes de uso y de cambio, también
comenzaron entonces a funcionar como elementos simbólicos de prestigio. Contamos con dos testimonios - uno
muy temprano, de 1714 y otro de 1786 - sobre el intercambio ritual de piezas textiles entre blancos e indios
como una manera de comenzar negociaciones o "abrir el trato" (Garavaglia 1987: 57). Paulatinamente, las
prendas textiles fueron reemplazando a las confeccionadas con pieles o cueros. Así, Falkner parece asombrarse
del valor que los indígenas otorgaban en los intercambios a los paños europeos en relación con las pieles.
Estos elementos se incorporaron también al universo religioso y ceremonial pampeano. Por ello, no
extraña que muy pronto pasaran a formar parte de las ofrendas funerarias, marcando el prestigio diferencial de
ciertos individuos: las tumbas de los caciques comenzaron a ostentar ricas ofrendas que incluían textiles y
objetos de metal además de un importante número de animales
sacrificados - caballos y perros - y, más tarde, incluso personas14.
No es fácil determinar el momento en que comenzó en las tolderías pampeanas la producción de textiles
y platería usando técnicas de origen araucano. La platería se convirtió quizá en la actividad más prestigiosa, y en
el siglo XIX era practicada incluso por algunos caciques que tomaron, con orgullo, el apodo de "platero". La
belleza del diseño y la calidad de ejecución de las piezas de plata es todavía visible en ejemplares que se
conservan en los museos (Mandrini 1994b: 18-19; Ortelli 1996: 212-213).
Pero, fue la actividad textil la de mayor impacto y significación15. El tejido aparece claramente ligado al
proceso de influencia araucana sobre las pampas y la presencia de prendas provenientes de allende los Andes al
oriente de la cordillera es, como señalamos, muy temprana. Sin embargo, al menos hasta mediados del siglo
XVIII, la práctica del tejido no parece estar desarrollada entre los grupos de las pampas. Los ponchos o
"camisetas" - como se mencionan en algunas fuentes - provenían en su mayor parte de la Araucanía, de donde
los traían los serranos y pehuenches o los mismos araucanos que incursionaban en las pampas para
intercambiar ponchos por ganados, sal, aguardiente y otros objetos.
De todos modos, la actividad textil era ya importante para los indios a comienzos del siglo XIX, y
seguramente se acrecentó a partir de la llegada masiva de contingentes mapuches luego de 1820. La producción
textil no sólo permitía satisfacer las necesidades de subsistencia sino que dejaba excedentes que eran
comercializados en las fronteras, ya que por su excelente calidad los ponchos pampas eran muy apreciados por
los españoles (Garavaglia y Wentzel 1990: 218). La importancia de la tejeduría explica la cantidad y calidad de
los rebaños de ovinos que pastaban en torno a los toldos indios (Mandrini 1988: 76-78).
En síntesis, la presencia al este de la cordillera de prendas tejidas y de objetos de plata - dos elementos
fundamentales en el proceso de "araucanización" - aparece estrechamente ligada a procesos locales de
transformación y complejización económica y sociopolítica. La incorporación de estos bienes culturales
contribuyó a consolidar los procesos de diferenciación social y concentración de riqueza y poder que se estaban
operando entre los grupos indígenas de la región.
La acumulación de riqueza - representada en la posesión de objetos de plata y de tejidos, de ganados y
mujeres - se vinculaba a la concentración del poder, en la medida en que permitía a los caciques tener a su cargo
un séquito de "mantenidos", "agregados" o "arrimados", que representaban un importante apoyo político en las
juntas y parlamentos. Esta concentración permitía, además, incrementar la capacidad de redistribuir, función que
redundaba en un mayor prestigio y era utilizada para asegurar lealtades y consolidar jerarquías16.
14
Aunque las referencias son pocas, documentan con claridad la práctica del sutee, esto es, la costumbre de
inmolar en la tumba del señor a esposas y/oservidores, en el área pampeano patagónica desde el siglo XVIII (González
1979; Mandrini 1997a). El testimonio más antiguo parece constituirlo la referencia a la sepultura hallada en San Julián
por Cardiel durante el viaje de exploración realizado en 1746 por la fragata San Antonio. La tumba albergaba a tres
individuos, un hombre y dos mujeres, y contenía tejidos y algunas piezas de metal. Alrededor se podían ver banderas de
lana en astas de madera y cueros de caballos enteros, rellenos de paja y armados sobre estacas (Mandrini 2000).
15
Ortelli 1996: 212-213, y, especialmente, Palermo 1994a. Las referencias documentales son numerosas para
el siglo XIX (Mandrini 1994b: 18), pero se las encuentra al menos desde mediados del siglo anterior. La cantidad de
tejidos presentes en la referida tumba de San Julián, muy al sur y lejos de los circuitos pampeanos, testimonia su
importancia. La significación del tejido no nos es conocida en su totalidad, pero sospechamos que excedía su valor
utilitario. Recuérdese el caso del poncho regalado a Lucio V. Mansilla por Mariano Rosas (Mansilla 1967: II, 131), o el que
Bernardo Namuncurá entregó al padre Jorge Salvaire (Salvaire 1979: 81). En ambos casos, su posesión otorgaba especial
protección al poseedor. Para el caso de los mapuche de la Araucanía véase Boccara 1998.
Estos procesos nos son conocidos para los grandes cacicatos pampeanos del siglo XIX (Mandrini
16
Diferentes mecanismos permitían a los indígenas - en especial a jefes y caciques- acceder a la posesión
de tales bienes. Uno de los más importantes derivaba directamente de los intercambios realizados con los grupos
indígenas cordilleranos y transandinos a los que proveían de ganados. No menos desdeñables eran, en el caso de
los caciques, los regalos que les entregaban las autoridades coloniales y criollas a cambio de su lealtad y amistad,
así como los rescates entregados por los blancos a cambio de la liberación de cautivos. Por último, especialmente
en tiempo de guerra, la apropiación de tales bienes durante los malones se convertía en el medio más
generalizado de obtenerlos.
A lo largo del siglo XVIII, las nuevas condiciones económicas, al hacer cada vez más fluidos los
contactos entre grupos, generando relaciones más profundas de interdependencia, favorecieron la incorporación
de bienes culturales y la generalización de su utilización. Al mismo tiempo, la creciente presencia de individuos
y linajes mapuches en la región y el aumento de los matrimonios interétnicos generaron la formación de amplias
redes de parentesco que relacionaban a los grupos de ambos lados de los Andes. De este modo, los linajes que
migraron huyendo de la guerra de la independencia en Chile - recién entonces podemos hablar de la llegada de
grupos numerosos - encontraron una pampa culturalmente araucana.
7. Conclusión
Las interpretaciones tradicionales del proceso de araucanización, parecían estar de acuerdo en que la
expansión de los araucanos en las pampas, más allá de las diferencias en cuanto a su antigüedad o su carácter,
había tenido efectos significativos sobre las poblaciones involucradas. Por una parte, se reconocía el aporte
araucano a la región, ante todo su lengua, pero también costum- bres, elementos culturales, creencias y
ceremonias religiosas, cuyo inventario realizaron distintos autores (Zapater Equioz 1982). Pero, al mismo
tiempo, se afirmaba que esos indios, sedentarios y agricultores en su país de origen, se convirtieron, bajo el
influjo del medio pampeano y en contacto con las antiguas poblaciones, en cazadores, criadores de ganado y
depredadores nómades.
Esta interpretación tiene sus consecuencias. Por un lado, el "difusor" termina convertido en "difundido"
pues, en última instancia, los araucanos habrían sido influidos por el modo de vida de las pampas. De esta
contradicción, unida a la pérdida de vista del proceso en general, surge el marcado acento que - explícita o
implícitamente - se pone sobre el aspecto racial y lingüístico: el aporte más relevante de los araucanos a los
pueblos de las pampas sería el sanguíneo o racial, acompañado por el uso generalizado de la lengua.
Por otra parte, se desvincula casi totalmente a la base económica de la superestructura
simbólica y de las formas de representación ideológica. Si se acepta que los araucanos modificaron
sustancialmente su base económica y sus medios de subsistencia pero mantuvieron costumbres,
rituales, indicadores de estatus, creencias y prácticas funerarias y religiosas, se pierde de vista que
estas manifestaciones superestructurales surgen y están interrelacionadas con la estructura o base
material (Godelier 1989). [Este párrafo fue suprimido por el editor del volumen]
Sin embargo, un análisis más cuidadoso revela que los hechos fueron más complejos. El análisis más
profundo de la economía indígena obliga a abandonar viejas ideas, dejando de lado definitivamente la
calificación de "depredatoria" que se le ha adjudicado (Mandrini 1994b). Por el contrario, abarcaba un amplio
espectro de actividades (pastoreo en diversas escalas, caza, agricultura, recolección, producción artesanal)
combinables en diferentes grados y formas lo que le
1992), aunque están ya presentes desde mediados del XVIII. Sobre los caciques meridionales Cangapol y Cacapol,
Falkner menciona diferencias en vestuario, vivienda y número de esposas y destaca su autoridad sobre otros caciques
subordinados. El desconocido cacique enterrado en San Julián poseía sin duda una gran riqueza en caballos y tejidos.
otorgaba una excepcional adaptabilidad. También debe ser abandonada la idea del nomadismo de los indígenas
de las llanuras argentinas. La población india estaba asentada en parajes bien determina- dos donde la presencia
de pastos, agua y leña hacía posible su supervivencia y algunos lugares - las tierras vecinas a las sierras del sur
bonaerense, los valles del oriente de la actual provincia de La Pampa, el monte de caldén y los valles
cordilleranos - fueron centros de asentamiento de importantes núcleos estables de población. Incluso se han
reconocido diferentes tipos de asentamientos (Nacuzzi 1998: 199-204) Así, la alta movilidad de los indígenas,
determinada principalmente por la circulación de los ganados, no debe confundirse con nomadismo.
En suma, el proceso de “araucanización” se desarrolló por mecanismos mucho más profundos y
complejos de lo que tradicionalmente se ha reconocido. La tesis dema siado simple de la sustitución étnica, o la
idea de una transformación de la base económica de los araucanos emigrados a las pampas no parecen
corresponder a la realidad etnográfica, tal como ella emerge de la documentación existente. Al mismo tiempo,
aquellos análisis que se sitúen fuera de un marco más general que contemple e intente explicar el conjunto de
transformaciones sociales y culturales que sufrió la región a partir del siglo XVI, no podrán superar el nivel de la
descripción y enumeración de rasgos, sin explicar de qué manera se insertaron y cómo se integraron en las
poblaciones pampeanas.
Tenemos hoy en claro que las estructuras sociales y políticas del mundo indígena eran muy complejas.
Procesos de diferenciación social, de acumulación de riqueza, de formación de grandes unidades políticas (los
cacicatos), de concentración de autoridad en los grandes caciques (como Calfucurá, Mariano Rosas o
Shayhueque, por ejemplo) se operaron entre los siglos XVIII y XIX; aunque algunos aspectos de este desarrollo
no nos son aún bien conocidos, el proceso es, en sus líneas generales, indiscutible (Mandrini 1992).
Este reconocimiento, incompleto aún, de las realidades etnográficas, constituye un paso fundamental
para separar y distinguir de ellas a los componentes ideológicos que participaron en la construcción de las
imágenes que se forjaron del mundo indígena. La idea frecuentemente expresada de una población indígena
pampeana como esencialmente diferente de la de la Araucanía chilena no parece corresponder - como bien
planteaba Martha Bechis hace ya algunos años - a las realidades etnográficas sino que está estrechamente ligada
al proceso histórico de constitución de los estados nacionales en la Argentina y Chile y al lugar que cada uno
asignó a la población indígena (Bechis 1984: 53-54). En Chile, el indígena, más allá de su inserción real, pasó a
formar parte de la identidad nacional; en la Argentina, la población indígena fue exterminada y marginada, e
incluso su recuerdo fue borrado de la historia.
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