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Cuentos de Rilke: Primavera Sagrada

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«Primavera

sagrada y otros cuentos de Bohemia», antología de textos


juveniles de Rainer Maria Rilke, ilustrados bellamente por Aifos Álvarez,
constituye una magnífica puerta de entrada al universo de quien
probablemente sea el mayor lírico en lengua alemana de la centuria pasada.
Tres de los relatos proceden de la recopilación «Al hilo de la vida» y los otros
cuatro son inéditos de nuestra lengua: «Primavera sagrada», así como «La
criada de la señora Blaha», «El fantasma» y «La risa de Pán Mráz». Estos
cuentos nos permiten recrear todo un mundo de personajes desubicados, de
seres en los márgenes de la existencia, auténtico anticipo de futuras
creaciones de Rilke, un autor cuya extrema sensibilidad lo condujo a padecer
severas crisis que se tradujeron en una obra marcada por un fuerte
desarraigo existencial y un melancólico anhelo amoroso de signo fatalista.
Rainer Maria Rilke

Primavera sagrada

y otros cuentos de Bohemia

ePub r1.3

Titivillus 28.07.2020
Título original: Primavera sagrada y otros cuentos de Bohemia

Rainer Maria Rilke, 2006

Traducción: Ramón Alcubierra

Ilustraciones: Aifos Álvarez

Retoque de portada: AlNoah

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1


Primavera sagrada

«¡Nuestro Señor recibe extraños huéspedes!». Tal era la exclamación favorita


del estudiante Vinzenz Viktor Karsky, y la profería en toda ocasión, oportuna
o no, con cierto aire de superioridad, que provenía quizá de que se contaba a
sí mismo en el número de esos «extraños huéspedes». Desde hacía largo
tiempo sus compañeros le tenían, en efecto, por un original. Lo estimaban por
su cordialidad, aunque rayana a menudo en el sentimentalismo, compartían
su humor alegre, y lo dejaban solo cuando estaba triste. Por lo demás,
soportaban y perdonaban gustosamente su «superioridad».

Esta superioridad de Vinzenz Viktor Karsky consistía en que hallaba para


todas sus empresas logradas o abandonadas denominaciones soberbias. Y sin
vanagloria, con la seguridad de hombre maduro, agregaba sus actos unos a
otros, como se construye un muro de piedra sin defecto, capaz de desafiar los
siglos.

Después de una buena comida, hablaba gustosamente de literatura, sin


pronunciar jamás una palabra blasfema o crítica, y se limitaba, por el
contrario, a honrar con una adhesión más o menos íntima las obras que
aceptaba. Profería así sanciones definitivas. En cuanto a los libros que le
parecían malos, no tenía costumbre de leerlos hasta el final, y sencillamente
no hablaba de ellos, aunque gozaran del favor general. Por otra parte, no
afectaba ninguna reserva hacia sus amigos, relataba con una amable
franqueza todo cuanto le acontecía, hasta los hechos más íntimos, y
aguantaba buenamente que lo interrogaran sobre sus tentativas de «elevar
hasta él» a pequeños proletarios. Era éste, en efecto, un rumor que corría
acerca de Vinzenz Viktor Karsky. Sus ojos azules profundos y su voz
acariciadora debían contribuir a sus éxitos. Parecía, en todo caso, decidido a
aumentar sin cesar el número de aquéllos, y convertía con un celo de
fundador de religión a innumerables muchachitas a su teoría de la felicidad.
Ocurría, ciertas noches, que uno de sus camaradas lo encontrase, en el
ejercicio de su sacerdocio, llevando ligeramente por el brazo a una
compañera morena o rubia. Por lo general, la pequeña reía con todo el rostro,
en tanto Karsky hacía un gesto de lo más serio, que parecía significar:
«¡Infatigable al servicio de la humanidad!». Pero cuando se contaba que tal o
cual miembro de la amable pandilla era «atrapado» y se veía obligado a
casarse, nuestro profesor ambulante y aureolado de éxito encogía sus anchos
hombros eslavos y dejaba caer con desdén: «¡Sí, sí! ¡Nuestro Señor tiene
extraños huéspedes!». Pero lo más extraño, en Vinzenz Viktor Karsky, es que
había algo en su vida de lo que ninguno de sus amigos más íntimos sabía
nada. Se lo callaba a sí mismo; porque no había hallado nombre para eso; y
sin embargo, pensaba en ello, en verano, cuando iba a la puesta del sol,
solitario, por un camino blanco; o en invierno, cuando el viento da vueltas en
la chimenea de su salita, y densos montones de copos de nieve asaltaban sus
ventanas, remendadas con papel adherido; o también en la pequeña sala
crepuscular del albergue, en el círculo de amigos. Entonces su vaso
permanecía intacto. Contemplaba fijamente delante de él, como deslumbrado,
o como se mira un fuego lejano, y sus manos blancas se juntaban
involuntariamente. Se hubiera dicho que le había llegado alguna plegaria, por
azar, así como llegan la risa o el bostezo.

Cuando la primavera hace su entrada en una pequeña ciudad, ¡qué fiesta se


organiza! Semejantes a los brotes en su reprimida premura, los niños de
cabezas doradas se empujan fuera de las habitaciones de aire pesado, y se
van remolineando por la campiña, como llevados por el alocado viento tibio
que tironea sus cabellos y sus delantales y arroja sobre ellos las primeras
flores de los cerezos. Gozosos como si volvieran a encontrar, después de una
larga enfermedad, un viejo juguete del que hubieran estado mucho tiempo
privados, reconocen todas las cosas, saludan a cada árbol, a cada breña, y se
hacen contar por los arroyos jubilosos lo acaecido durante todo ese tiempo.
Qué enajenamiento correr a través de la primera ladera verde, que cosquillea
tímida y tiernamente los pequeños pies desnudos, brincar en persecución de
las primeras mariposas que huyen dando grandes zig-zags enloquecidos por
encima de las magras breñas de saúco y se pierden en el infinito azul pálido.
Por todas partes la vida se agita. Bajo el sobradillo, sobre los hilos
telegráficos que rojean, y hasta sobre el campanario, muy cerca de la vieja
campana gruñona, las golondrinas realizan sus citas. Los niños miran con sus
grandes ojos asombrados los pájaros migradores que vuelven a hallar su
amado viejo nido; y el padre retira de los rosales sus esterillas, y la madre las
calientes franelas a sus impacientes pequeños. Los viejos también cruzan su
umbral con paso temeroso, se frotan las manos arrugadas, parpadean en la
luz chorreante. Se llaman el uno al otro: «¡Pequeño viejo!», y no quieren dejar
ver que están conmovidos y dichosos. Pero sus ojos los traicionan, y ambos
agradecen en su corazón: ¡todavía una primavera! En un día semejante,
pasearse sin una flor en la mano es un pecado, pensaba el estudiante Karsky.
Por eso blandía una rama perfumada, como si le hubieran encargado hacer
propaganda a la primavera. Con paso liviano y rápido, como para huir lo más
pronto del aire frío del ancho pórtico oscuro, iba a lo largo de la vieja calle
gris de casas con tejado, saludando al posadero sonriente y obeso que se
hacía el importante delante de la ancha entrada de su establecimiento, y a los
niños que, sobre el mediodía, se lanzaban fuera de la estrecha sala de la
escuela. Iban primero juiciosamente, de a dos, pero a veinte pasos de la salida
el enjambre reventaba en innumerables partículas, y el estudiante pensaba en
esos cohetes que, muy alto en el cielo, se resuelven en estrellas y en bolas de
luces.

Con una sonrisa en los labios y un canto en el alma, se apresuraba hacia ese
barrio exterior de la pequeña ciudad donde convivían casas de apariencia
campesina y confortable y villas nuevas rodeadas de jardincillos. Delante de
una de las últimas casas admiró una olmeda sobre cuyos ramajes corría ya un
estremecimiento de verdor, como un presentimiento del esplendor próximo.
Dos cerezos florecidos hacían de la entrada un arco de triunfo, en honor de la
primavera, y las flores rosa pálido inscribían allí una luminosa bienvenida.

De pronto Karsky se detuvo, como herido de estupor: en medio de la


floración, veía dos ojos azules profundos, que soñaban, perdidos en la lejanía,
con una beatitud tranquila y voluptuosa. Al principio sólo advirtió esos dos
ojos, y fue como si el cielo mismo lo mirara a través de los arboles en flor. Se
acercó, maravillado. Una pálida muchacha rubia estaba acurrucada en un
sillón; sus blancas manos que parecían asir algo invisible se levantaban claras
y transparentes por encima de una manta verde oscuro, que envolvía sus
rodillas y sus pies. Sus labios eran de un rojo tierno de flor apenas
despuntada, y una leve sonrisa los asoleaba. Así sonríe el niño dormido, la
noche de Navidad, con su nuevo juguete apretado entre los brazos. El rostro
pálido y transfigurado era tan bello que el estudiante recordó de pronto viejos
cuentos en los cuales desde hacía mucho, mucho tiempo, no había pensado
más. Y se detuvo, involuntariamente, como se hubiera detenido ante una
madona al borde del camino, invadido por ese sentimiento de gran
reconocimiento solar y de íntima fidelidad que sumerge a veces a aquel que
ha olvidado la plegaria. Entonces su mirada encontró la de la muchacha. Se
contemplaron, los ojos en los ojos, con una comprensión dichosa. Y con un
gesto medio inconsciente, el estudiante arrojó por encima de la cerca la verde
rama florida que tenía en la mano, y que vino a posarse con un dulce
estremecimiento en el regazo de la pálida niña. Las blancas y delgadas manos
asieron con tierna prisa la flecha fragante, y Karsky recibió el luminoso
agradecimiento de los ojos mágicos, no sin una medrosa voluptuosidad. Luego
se fue a través de los campos. Tan pronto volvió a encontrarse en espacio
libre, bajo el alto cielo solemne y silencioso, advirtió que cantaba. Era una
canción antigua, feliz.

A menudo he deseado —pensaba el estudiante Vinzenz Viktor Karsky— haber


estado enfermo durante todo un largo invierno, y regresar lentamente, poco a
poco, a la vida, con la primavera. Estar sentado ante mi puerta, lleno de
asombro en los ojos, conmovido por un agradecimiento infantil hacia el sol y
la existencia. Y todo el mundo, entonces, se muestra muy amable y amistoso,
la madre viene a cada momento para besar la frente del convaleciente, y las
hermanas juegan alrededor y cantan hasta el crepúsculo.

Pensaba en esas cosas porque la imagen de la rubia y enfermiza Elena volvía


sin cesar a su recuerdo, tendida bajo los pesados cerezos en flor y soñando
extraños sueños. A menudo abandonaba bruscamente su trabajo y corría
hacia la silenciosa y pálida muchacha.

Dos seres que viven la misma dicha se encuentran rápidamente. La joven


enferma y Viktor se embriagaban de aire fresco y perfumes primaverales, y
sus almas resonaban con igual júbilo. Él se sentaba al lado de la rubia niña y
le relataba mil historias, con su voz suave y acariciadora. Lo que decía
entonces le parecía extraño y nuevo, y espiaba con arrobado asombro sus
propias palabras puras y perfectas, como una revelación. Debía ser algo
verdaderamente grande lo que anunciaba; porque la madre de Elena —mujer
de cabellos blancos y que debió oír muchas cosas en el mundo— lo escuchaba
con frecuencia, discreta y pensativa, y había dicho cierta vez con una sonrisa
imperceptible: «Deberíais ser poeta, señor Karsky».

Sin embargo, los compañeros meneaban la cabeza con aire cuidadoso.


Vinzenz Viktor Karsky sólo rara vez iba a su círculo; y cuando iba, callaba, no
escuchaba las chanzas ni las preguntas, y se contentaba con sonreír
misteriosamente, al resplandor de la lámpara, como si espiara un canto lejano
y amado. No hablaba ni siquiera de literatura, no leía nada ya, y cuando
intentaban malhadadamente arrancarlo a su ensoñación, rezongaba con
brusquedad: «¡Os lo ruego! ¡El Señor tiene verdaderamente huéspedes
extraños!».

Todos los estudiantes estaban de acuerdo en considerar que el buen Karsky


pertenecía ahora a la especie más extraña de esos «huéspedes». Ya no hacía
sentir su virtuosa superioridad, y privaba a las muchachas de su humanitaria
enseñanza. Era para todos un enigma. Cuando, de noche, se le encontraba
por las calles, estaba solo, no miraba a derecha ni a izquierda, y parecía
preocupado por disminuir el resplandor extrañamente dichoso de sus ojos, e
ir a ocultarlo con la mayor prisa a su pequeña habitación solitaria, lejos del
mundo.

—¡Qué hermoso nombre llevas, Elena! —susurraba Karsky, con voz


circunspecta, como si confiara un misterio a la muchacha.

Elena sonreía:

—Mi tío me lo reprocha siempre. Piensa que sólo princesas o reinas debieran
llamarse así.

—¡Pero tú también eres una reina! ¿No ves que llevas una corona de oro
puro? Tus manos son como lirios, y creo que Dios debió decidirse a romper un
poco de su cielo para hacer tus ojos.

—¡Sentimental! —decía la muchacha, con una mirada agradecida.

—¡Así es como quisiera poder pintarte! —suspiraba el estudiante.

Luego callaban. Sus manos se juntaban involuntariamente, y tenían la


sensación de que una forma descendía sobre ellos, llegada desde el jardín
atento, dios o hada. Una espera dichosa colmaba sus almas. Sus ávidas
miradas se encontraban como dos mariposas enamoradas, y se abrazaban.
Luego Karsky hablaba, y su voz era semejante al rumor lejano de los álamos:

—Todo esto es como un ensueño. Tú me has hechizado. Con esa rama florida,
yo mismo me he dado a ti. Todo está cambiado. Hay tanta luz en mí. Ya no sé
lo que era antes. No siento ya ningún dolor, ninguna inquietud, no, ni siquiera
un deseo en mí. Así imagino siempre la beatitud, lo que está más allá de la
tumba…

—¿Tienes miedo de morir?

—¿De morir? ¡Sí! Pero no de la muerte.

Elena llevó dulcemente su mano pálida a su frente. La sintió muy fría.

—Ven, entremos —aconsejó él con ternura.

—No siento mucho frío, y la primavera es tan bella.

Elena pronunció estas palabras con una íntima nostalgia. Su voz tenía la
resonancia de un canto.
Los cerezos ya no estaban en flor, y Elena se encontraba sentada un poco más
lejos, en la sombra más densa y más fresca de la alameda. Vinzenz Viktor
Karsky había ido a despedirse.

Iba a pasar las vacaciones de verano a orillas de un lago lejano, en el


Salzkammergut, junto a sus viejos padres. Hablaban como siempre de cosas
diversas, de ensueños y de recuerdos. Pero no pensaban en el porvenir. El
rostro menudo de Elena estaba más pálido que de costumbre, sus ojos eran
más grandes y más profundos, y sus manos temblaban a veces, débilmente,
bajo la manta verde oscuro. Y cuando el estudiante se levantó y tomó esas dos
manos entre las suyas, con precaución, como se toma un objeto frágil, Elena
murmuró:

—Bésame…

El joven se inclinó y rozó con sus labios fríos y sin deseo la frente y la boca de
la enferma. Como una bendición, bebió el cálido perfume de esa casta boca, y
en ese instante le volvió un recuerdo de su lejana infancia: su madre
levantándolo hacia una madona milagrosa. Se fue entonces, fortificado, sin
dolor, por la alameda crepuscular. Se dio la vuelta una vez más, hizo una
señal a la niña que lo contemplaba con una sonrisa cansina; luego le arrojó
una tierna rosa por encima de la cerca. Elena tendió la mano para asirla, con
una pasión dichosa.

Pero la flor roja cayó a sus pies. La joven enferma se inclinó con esfuerzo,
tomó la rosa entre sus manos unidas y apretó sus labios sobre sus tiernos
pétalos sedosos. Karsky no había visto nada. Con las manos juntas, marchaba
entre el resplandor veraniego. Cuando estuvo en su habitación silenciosa, se
echó en su viejo sillón y contempló, afuera, el sol. Las moscas bordoneaban
detrás de las cortinas de tul, una tierna yema había brotado en el alféizar de
la ventana. Y de súbito sobrevino en el espíritu del estudiante la idea de que
ella no le había dicho hasta luego.

Quemado por el sol, Vinzenz Viktor Karsky había regresado de sus


vacaciones. Marchaba con paso maquinal por las calles de viejas casas de
tejado, sin ver los frontispicios que la luz otoñal volvía violáceos. Era la
primera vez que tomaba ese camino desde su retorno, y sin embargo se
hubiera dicho que era su trayecto cotidiano. Franqueó la alta verja del
apacible cementerio y, aún allí, prosiguió su camino entre los montículos de
tierra y las bóvedas como si estuviera seguro de su propósito. Se detuvo
delante de una tumba cubierta de césped, y leyó sobre la sencilla cruz: Elena.
Había sentido que allí era donde debía ir para encontrarla nuevamente. Una
sonrisa de dolor tembló en la comisura de sus labios. Repentinamente, pensó:
«¡Qué avara ha sido su madre!». Sobre la tumba de la muchacha, entre
marchitas rosas, no había más que una corona de alambre y de flores de mal
gusto. El estudiante fue a buscar algunas rosas, se arrodilló, y recubrió el
mezquino alambre con frescos pétalos, hasta que no se vio ya el metal. Luego
se fue, con el corazón claro como ese anochecer rojo de precoz otoño,
solemnemente expandido sobre los techos. Una hora más tarde, Karsky
estaba sentado a la mesa del círculo. Sus viejos compañeros se apretaban
alrededor de él, y para responder a su bullanguero deseo, relató su viaje
veraniego. Hablando de sus correrías por los Alpes, volvía a encontrar su
antigua superioridad. Bebían sus palabras.

—Dinos, pues —dijo uno de los amigos—: ¿qué tenías antes de las vacaciones?
Estabas… cómo decirlo… Vamos, anda, ¡sácanos de esto!

Vinzenz Viktor Karsky replicó, con una sonrisa distraída:

—¡Ah! ¡Nuestro Señor…!

—¡… Tiene extraños huéspedes!… —completaron a coro los amigos—. ¡Lo


sabíamos ya!

Después de algunos momentos, como nadie esperaba respuesta, agregó, con


mucha seriedad:

—Creedme, todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una
primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para
transfigurar todos los días venideros.

Todos estaban tendidos hacia él, como si esperaran algo más. Pero Karsky
calló, brillándole los ojos.

Nadie lo había comprendido, y sin embargo sobre todos ellos flotaba como un
encanto misterioso. Hasta que el más joven vació su vaso de un trago,
dejándolo ruidosamente sobre la mesa y exclamó:

—¡Creo que os ponéis sentimentales, amiguitos! ¡De pie! Os invito a todos a


mi casa. Es más confortable que esta sala de albergue, y además tal vez
lleguen algunas muchachas. ¿Vienes tú también? —dijo, vuelto hacia Karsky.

—¡Naturalmente! —dijo alegremente Vinzenz Viktor, y vació con lentitud su


vaso.
La criada de la señora Blaha

Aquel verano, la señora Blaha, que era esposa de un pequeño funcionario de


la compañía del ferrocarril de Turnan llamado Wenceslas Blaha fue a pasar
una semana a su pueblo natal. Era una población pobretona y anónima,
situada en la llanura pantanosa de Bohemia, en la región de Nimburg. Cuando
la señora Blaha, que a pesar de todo se sentía aún muy de ciudad, volvió a ver
todas esas casitas miserables, se creyó capaz de un acto de caridad. Entró en
casa de una campesina a la que conocía y sabía que tenía una hija, para
proponerle llevarse a la muchacha a su casa en la ciudad, y tomarla a su
servicio. Le pagaría un modesto salario y, además, la muchacha tendría la
ventaja de estar en la ciudad y de aprender allí muchas cosas. (La propia
señora Blaha no se daba cuenta muy bien de lo que la joven debía aprender
allá). La campesina habló de la propuesta con su marido, que no dejaba de
fruncir las cejas y que, para empezar, se limitó a escupir por toda respuesta.
Preguntó al fin:

—Dime, pues, ¿sabe acaso la señora que Anna es un poco…?

Y al decirlo, agitó su mano morena y rugosa ante su frente con una hoja de
castaño.

—Imbécil —respondió la campesina—. No creerás que vamos a…

Así es como Anna se fue a la casa de los Blaha. Estaba allí frecuentemente
sola durante todo el día. Su amo, Wenceslas Blaha, estaba en su oficina, y su
ama hacía jornadas de costurera fuera, y no había niños en la casa. Anna
estaba sentada en la pequeña cocina oscura, cuya ventana se abría sobre el
patio, y aguardaba la llegada del organillo.

Esto sucedía cada tarde antes del crepúsculo. Se inclinaba entonces lo más
afuera posible por la pequeña ventana y, mientras el viento agitaba sus
cabellos claros, ella danzaba interiormente hasta el vértigo y hasta que los
muros altos y sucios parecían balancearse uno frente al otro. Cuando
comenzaba a asustarse, recorría toda la casa, bajaba por la escalera oscura y
desaseada hasta los despachos ahumados donde algún hombre cantaba en los
arranques de una borrachera. Por el camino, encontraba siempre a los niños
que vagabundeaban durante horas enteras en el patio, sin que sus padres
advirtieran su ausencia y, cosa extraña, los niños le pedían siempre que les
contara historias.

A veces incluso la seguían a la cocina. Anna se sentaba entonces junto al


horno, ocultaba su cara vacía y pálida entre sus manos y decía: «Reflexionar».
Y los niños aguardaban con paciencia un rato. Pero como Annuchka
continuaba reflexionando hasta que el silencio en la cocina oscura les causaba
miedo, los niños escapaban y no veían que la muchacha se ponía a llorar, con
una quejumbrosa dulzura, y que la melancolía la tornaba menuda y lastimosa.
¿Qué recordaba? No se hubiera podido decir. Quizás hasta los golpes que
recibiera allá lejos. Con frecuencia no sabía qué cosa indefinida, que un día
había existido, a menos de que sólo lo hubiera soñado. A fuerza de reflexionar
cada vez que los niños la invitaban a ello, lo iba recordando poco a poco. Al
principio era rojo, rojo, después había una muchedumbre. Y luego una
campana, un fuerte redoble de campanas, y enseguida: un Rey, un campesino
y una torre. Y ellos hablaban:

«Querido Rey», dice el campesino… «Sí», dice entonces el Rey con una voz
muy altiva. «Lo sé». Y en efecto, ¿cómo un Rey no iba a saber todo lo que un
campesino puede tener que decirle?

Algún tiempo después, la mujer llevó a la muchacha a hacer compras. Como


se aproximaba Navidad y estaba ya cercano el anochecer, las vidrieras
estaban muy bien iluminadas y guarnecidas de abundantes cosas. En un
almacén de juguetes Anna vio de pronto su recuerdo: el Rey, el campesino, la
torre… ¡Oh!, y su corazón latió más fuerte que el ruido de sus pasos. Pero
apartó ligero los ojos y, sin detenerse, continuó siguiendo a la señora Blaha.
Tenía el sentimiento de que no debía ya traicionar nada. Y el teatro de
muñecas quedó atrás, como si no lo hubieran advertido. En efecto, la señora
Blaha, que no tenía hijos, ni siquiera lo había visto.

Un poco más tarde, Anna tuvo su día de salida. No regresó al anochecer. Un


hombre que ya había encontrado abajo, en el café, la acompañó, y ella no se
acordaba exactamente a dónde la había llevado. Le parecía que había estado
ausente durante un año entero. Cuando, fatigada, volvió a encontrarse en su
cocina en la mañana del lunes, ésta le pareció aún más fría y más gris que de
costumbre. Aquel día rompió una sopera, lo que le valió violentas
reprimendas. Su ama ni tan sólo advirtió que no había regresado por la
noche. Con el tiempo, hacia el nuevo año, durmió afuera todavía durante tres
noches. Luego cesó de pronto de pasearse a través de la casa, cerró
temerosamente la vivienda y dejó de aparecer en la ventana aun cuando
tocaba el organillo.

Así se deslizó el invierno y comenzó una pálida y tímida primavera.

Es ésta una estación muy particular en los patios interiores. Las moradas
están negras y húmedas, pero el aire es luminoso como lino frecuentemente
lavado. Las ventanas mal limpiadas arrojan reflejos temblorosas y ligeros
copos de polvo danzan en el viento, descendiendo a lo largo de los pisos. Se
escuchan los ruidos de la casa entera, las cacerolas resuenan de un modo
distinto, su sonido es más claro, más penetrante, y los cuchillos y cucharas
hacen un ruido diferente.

Por aquel entonces, Annuchka tuvo un niño. Fue para ella una gran sorpresa.
Después de sentirse durante largas semanas densa y pesada, aquello se
escapó de ella una buena mañana y llegó al mundo, venido Dios sabe de
dónde. Era domingo y aún dormían en la casa. Contempló un instante a la
criatura sin que su rostro se alterase en lo más mínimo. Apenas si se movía,
pero de pronto una voz aguda brotó de su pequeño pecho. En ese mismo
momento llamó la señora Blaha y los resortes del colchón crujieron en el
dormitorio. Annuchka cogió entonces su delantal azul que estaba todavía
tirado sobre la cama, ató su cintas alrededor del pequeño cuello y depositó el
paquete en el fondo de su maleta. Enseguida pasó a las habitaciones, abrió las
cortinas y se puso a preparar el café.

Uno de los días que siguieron Annuchka hizo la cuenta de los salarios que
había recibido hasta entonces. Eran quince florines. Cerró de inmediato la
puerta, abrió la maleta y colocó el delantal azul, que estaba pesado e inmóvil,
sobre la mesa de la cocina. Lo desanudó lentamente, contempló a la criatura,
la midió desde los pies hasta la cabeza con ayuda de un centímetro.

Enseguida volvió a poner todo en orden y se fue a la ciudad. Pero —¡qué


lástima!— el Rey, el campesino y la torre eran mucho más pequeños. Se los
trajo sin embargo y, con ellos, otros muñecos más: una princesa con rojos y
redondos lunares en las mejillas, un viejo que llevaba una cruz sobre el pecho
y que se asemejaba a San Nicolás a causa de su gran barba, y dos o tres más,
menos bellos y menos importantes. Además, se llevó un teatro cuyo telón
subía y bajaba a voluntad, descubriendo o disimulando el jardín que constituía
el decorado.

Annuchka tenía por fin en qué ocuparse durante sus horas de soledad. ¿Qué
se había hecho de su nostalgia? Levantó el maravilloso teatro (había costado
doce florines) y se puso detrás, como corresponde. Pero a veces, cuando el
telón estaba alzado, corría delante del teatro y miraba los jardines, y entonces
la cocina gris desaparecía detrás de los grandes y magníficos árboles. Luego
retrocedía algunos pasos, tomaba dos o tres muñecas y las hacía hablar según
ella lo entendía. Nunca era una obra verdadera; las muñecas se hablaban y se
respondían; también ocurría a veces que dos muñecas, como espantadas, se
inclinasen súbitamente una delante de la otra. O bien todas hacían una
reverencia al anciano que no podía doblarse, porque era enteramente de
madera. Por eso la emoción en esas ocasiones la hacía caer de espaldas. El
rumor de los juegos a los cuales jugaba Annuchka corrió entre los niños. Y
bien pronto las criaturas del vecindario, prudentes al principio, después más y
más confiados, aparecieron en la cocina de los Blaha, de pie en los rincones
cuando la noche comenzaba a caer y sin perder de vista los bonitos muñecos
que repetían siempre las mismas cosas.

Un día Annuchka, con las mejillas enrojecidas, declaró:

—Tengo todavía una muñeca mucho más grande.

Los niños temblaban de impaciencia. Pero Annuchka parecía haber olvidado


lo que acababa de decir. Dispuso todos sus personajes en el jardín, apoyando
contra los bastidores las muñecas que no podían sostenerse por sí mismas de
pie. En esa ocasión apareció una suerte de arlequín de gran cara redonda que
los niños no recordaban haber visto nunca. Pero su curiosidad se sintió picada
más aún por todo ese esplendor y suplicaron que les mostrara la «¡muy
grande!». ¡Tan sólo una vez la «muy grande»!

¡Tan sólo por un momento la «¡muy grande!»! Annuchka volvió junto a su


maleta. La noche caía. Los niños y las muñecas estaban de pie, cara a cara,
silenciosos y casi parecidos. Pero desde los ojos muy abiertos del arlequín,
que parecía aguardar algún espectáculo espantoso, se expandió de pronto un
miedo tal sobre los niños que, exhalando gritos, huyeron sin excepción.

Llevando un gran objeto azulado en sus manos, reapareció Annuchka. De


súbito sus manos se pusieron a temblar. La cocina, abandonada por los niños,
estaba extrañamente vacía y silenciosa. Annuchka no tenía miedo. Se rió
suavemente y derribó el teatro de un puntapié, después pisoteó y rompió las
delgadas tablitas que hacían las veces de jardín. Y enseguida, cuando la
cocina estuvo sumergida en la noche, dio una vuelta por ella y partió el
cráneo a todas las muñecas, incluso a la grande azul.
El fantasma

El conde Paul pasaba por irritable. Cuando la muerte le arrebató


prematuramente a su joven esposa, lo arrojó todo tras ella: sus propiedades,
su dinero y hasta sus queridas. Servía entonces en los dragones de
Windischgrátz.

El barón Stowitz le dijo un día:

—Posee la boca de la difunta condesa.

Esas palabras conmovieron al viudo. Desde entonces, tenía siempre un vaso


de vino al alcance de la mano. Le parecía que era la única manera que tenía
de ver esa boca amada que iba constantemente a su encuentro. El hecho es
que dos años más tarde ya no le quedaba ni una moneda.

Sin embargo, cuando un día nos encontramos, por azar, en la vecindad de uno
de los dominios de familia de Felderode, el conde nos invitó a acompañarlo.

—Es necesario que os muestre el lugar de mi dicha —declaró y, volviéndose


hacia las damas—: El sitio donde ha transcurrido mi infancia.

Un lindo atardecer de agosto llegamos en gran número a Gran-Rohozec. El


buen humor del conde nos había demorado. Estaba chispeante de ingenio.
Nos sentíamos encantados los unos con los otros y no adelantábamos. Al fin
decidimos, pues la hora de las visitas había pasado, ir al castillo justo al día
siguiente y asistir a la puesta del sol desde lo alto de la ruina.

—¡Mi ruina! —exclamó el conde, y parecía envolver su esbelta silueta en esas


viejas murallas como en una capa de oficial.

Tuvimos la sorpresa de descubrir allí arriba un pequeño albergue, y nuestro


humor se puso más alegre aún.

—Estoy apegado a esas viejas piedras con todas mis fibras —proclamó el
conde Paul, yendo y viniendo detrás de las almenas del torreón.

—¿Te han anunciado para mañana nuestra visita allá abajo?

Y una voz de mujer inquirió:

—¿A quién pertenece ahora Gran-Rohozec?

El conde hubiera hecho, de buen grado, oídos sordos:

—¡Oh, un excelente joven!… Financiero, naturalmente… cónsul, o no sé qué.


—¿Casado? —preguntó otra voz de mujer.

—No, provisionalmente acompañado por su madre —respondió el conde


riendo.

Después encontró excelente el vino, encantadora la compañía, inmejorable la


tertulia, y grandiosa su idea de venir aquí. Entretanto, cantó romanzas
italianas, no sin pasión, y bailó danzas campesinas ejercitándose en hacer los
saltos necesarios.

Cuando al fin dejó de cantar, juzgué bueno dar la señal de partida.

Pretextamos fatiga, lo comprometimos a quedarse una corta hora más en «su


ruina»; en cuanto a nosotros, bajamos al albergue del pueblo.

Nuestro camino pasaba delante del castillo que, aquella noche, desafiaba la
oscuridad por todas sus ventanas. El cónsul ofrecía justamente una recepción.

Era casi media noche cuando los últimos carruajes abandonaron el parque. La
madre del cónsul apagaba las candelas en el vestíbulo entreabierto. Cada
nuevo paño de oscuridad parecía formar cuerpo con ella, que se tornaba de
más en más informe a medida que desabotonaba su vestido de raso de talle
demasiado estrecho.

Parecía ser la oscuridad misma, que no tardaría en colmar el castillo por


entero.

También el hijo iba y venía, puntiagudo y anguloso como un torpedo; se


hubiera dicho que buscaba retener a su madre al borde de las tinieblas. En
realidad se movía a causa de la frescura. La madre y el hijo se cruzaban muy
a menudo delante del fastuoso espejo que tenía prisa por arrojar aquella
madeja de pliegues y de miembros. Estaba halagado por las imágenes que
había reflejado esa noche: dos condes, un barón, numerosas damas y señores
muy presentables. ¿Y ahora querían que se aviniera a ese cónsul negro y
enclenque?

Indignado, el espejo mostraba al nuevo castellano su propio rostro.

Era una figura bastante mezquina. Sin embargo, el interesado la juzgaba muy
nueva e intacta.

Entretanto, también la madre había callado. Estaba como encogida en un


rincón de la pieza, y sólo al cabo de algunos instantes el cónsul se explicó el
entrechocarse que emanaba de ella.

—Mais laissez done, les domestiques… —exclamó él, en francés, de pie ante el
espejo, cuando hubo comprendido.

Luego se olvidó y tradujo él mismo:

—¿Qué va a pensar la gente? ¡Deja pues eso, mamá! Vete a acostar, llamaré a
Friedrich.

Esta última amenaza tuvo un efecto decisivo. Era una suerte haber
conservado al antiguo mayordomo del conde. Si no, ¿cómo se hubiera logrado
organizar esa comida? Nunca se sabía qué vestidos se debía poner, y habían
tantos otros problemas del mismo tipo. En todo caso algo era cierto, en ese
momento: no debe contarse por sí misma la platería, ¿verdad?

—De modo que deja eso, mamá, te lo ruego.

La opulenta matrona en raso negro se retiró. En el fondo, despreciaba un


poco a su Leon. ¿Por qué no había adquirido un título más reluciente y cuyo
brillo se extendiera también sobre ella? «¡Cónsul! ¿Y yo qué?», se decía. Era
vergonzoso. Sin embargo se retiró. Leon descuidó vigilar sus manos y las
encontró de pronto ocupadas en manipular cucharas de plata. «25, 28, 29»,
contaba, como si hubiera recitado versos. Oyó de súbito un grito penetrante.

—¿Qué es lo que pasa? —exclamó con grosería, como si estuviera detrás de


un mostrador de mercader.

«30, 32», contaba maquinalmente.

No habiendo recibido ninguna respuesta, comprendió que sólo podría contar


hasta la tercera docena y, rechazando la 35, atravesó corriendo el salón
amarillo, el salón de juegos y el salón verde.

Ante la puerta acristalada que se abría sobre el dormitorio de su madre,


estaba desplomada una forma negra. Era ella, la mujer sin título. Gemía.
Intentó primero reanimarla; pero de pronto renunció a esa tentativa y,
espantado, miró a través de los cristales de la puerta. Como luchando contra
la penumbra, una alta y blanca forma se adelantaba tanteando a lo largo de la
pared, se inclinaba, se hundía en las tinieblas, luego reaparecía, imprecisa
como un enorme fuego fatuo.

Leon comprendió, no por un razonamiento, sino por el miedo que


experimentó, que aquello era aparentemente algún difunto y lejano abuelo de
los Felderode; después pensó que ese hecho sin precedentes era
particularmente peligroso porque no se había borrado el escudo de armas
condal del techo ni de las sillas. Ese fantasma no podía pues sospechar que el
castillo había sido vendido. De ello se seguirían complicaciones interminables.
A pesar de la rareza del acontecimiento, el cónsul olvidó durante algunos
instantes su propia situación y examinó todas las posibilidades. Una aparición
diabólica, tal fue su conclusión. Lo que dura un segundo pensó en precipitarse
en la capilla del castillo, pero advirtió que era demasiado novicio y muy
inexperto en las cosas del cristianismo para mostrarse a la altura de una
situación tan difícil.

En el mismo instante en que recibió a su pobre madre entre sus brazos, la


decoración cambió en el interior de la pieza. Se oyó pronunciar una suerte de
violenta fórmula mágica, y de inmediato la bujía ardió sobre la mesa de
noche. El fantasma se tendió en el lecho y pareció materializarse
estrepitosamente, porque sus gestos se tornaban más y más humanos y más
comprensibles. Leon se sintió de repente tentado de estallar en una gran risa
y se descubrió una agudeza.

—¡He aquí otra de esas virtudes aristocráticas! Cuando nosotros nos


morimos, estamos bien muertos. Pero esas gentes hacen como si nada
hubiera pasado todavía cinco siglos más tarde.

Llegó hasta demostrar maldad:

—Naturalmente, antaño esos señores sólo estaban vivos a medias; ahora son
sólo muertos a medias…

Juzgó esta observación tan notable que quiso con fines útiles comunicarla a su
madre. Ésta recobró el sentido con el tiempo preciso para ver al fantasma
sacar las sábanas de noche de debajo de la almohada y arrojarlas a lo lejos,
como al mar. Estuvo a punto de desvanecerse otra vez, pero su sentido moral
ganó terreno y exclamó:

—¡Qué individuo grosero! ¡Friedrich, Johanna, August!

Luego asió a su hijo por el brazo, haciéndole atragantar su buen humor, y lo


apremió:

—¡Ve ahí, Leon, agarra la pistola y ve ahí!

Leon sintió doblársele las rodillas.

—Enseguida —gimió con una voz seca, empujando con las dos manos la
puerta que cedió; pero una mano se alzó del lecho, como en un gesto de
advertencia, se elevó, se cernió y volvió a caer sobre la candela que murió
humildemente.

En el mismo instante, el viejo Friedrich apareció en el umbral del salón verde.


Llevaba ante sí un pesado candelabro de plata y permaneció en una posición
de espera absolutamente inmóvil tanto tiempo como la madre del cónsul
continuó rugiendo:

—¡Qué individuo grosero! ¡Qué individuo grosero!

En cambio, Leon demostró oportunidad y coraje. Se expresó más claramente:

—Un extraño, Friedrich, un ladrón seguramente, se esconde en la habitación


de la señora. ¡Ve ahí, Friedrich! Vuelve a poner orden ahí dentro; llama a
gente. Yo no puedo…

El viejo mayordomo se dirigió prestamente hacia la habitación hundida en la


sombra. Marchó, por así decirlo, en pos de las últimas palabras del cónsul.
Los otros le siguieron con los ojos, ansiosos e impacientes.

Friedrich asió el cobertor del lecho e iluminó con un gesto brusco el rostro del
hombre tendido. Sus movimientos eran tan enérgicos que Leon se sintió capaz
de heroísmo y gritó con una voz estridente:

—¡Echa eso afuera… ese miserable… ese holgazán…!

Trataba de excusarse a los ojos de su madre con su cólera. Pero Friedrich


estuvo de pronto ante él, rígido y severo como un tribunal. Tenía puesto un
dedo atento sobre sus labios discretos. Con ese gesto expulsó suavemente a
su amo del dormitorio, volvió a cerrar con cuidado la puerta acristalada, hizo
caer la mampara, y apagó despaciosamente las cuatro bujías del candelabro,
una tras otra. La madre y el hijo acompañaban todos sus gestos con mudas
interrogaciones.

Entonces el viejo servidor se inclinó respetuosamente ante su amo y anunció,


como se anuncia una visita:

—Su Excelencia el conde Paul Felderode, comandante de caballería retirado.

El cónsul quiso hablar, pero le faltó la voz. Se pasó varias veces el pañuelo
por la frente. No se atrevía a mirar a su madre. Pero sintió de pronto que la
anciana le tomaba la mano y la retenía dulcemente en la suya. Esa pequeña
ternura lo conmovió. Esto unía a esos dos seres y los elevaba por encima de la
vida cotidiana, haciéndolos participar un instante del destino de todos
aquellos que están sin hogar.

Friedrich se inclinó otra vez, más profundamente que antes, y dijo:

—¿Puedo hacer aprestar las habitaciones de los amigos?

Enseguida apagó la luz en el salón verde y siguió a sus amos caminando sobre
la punta de los pies.
La risa de Pán Mráz

La historia de Pán Václav Mráz exige este complemento: no ha sido posible


establecer a qué ocupación se dedicó el señor Mráz hasta que cumplió los
cuarenta años de edad. Por otra parte es indiferente. En todo caso no había
derrochado el dinero, porque a dicha edad había comprado el castillo y la
propiedad de Vesin con todas las dependencias a su propietario, el conde de
Bubna-Bubna, que estaba endeudado hasta el cuello.

Las viejas doncellas que acogieron al nuevo castellano con blancos vestidos
de muchacha ante la portada del castillo no os dirán que esto ocurrió hace
veinte años. Pero ellas recuerdan, como si el acontecimiento fuera ayer, que
Pán Mráz escupió delante de él cuando se le tendió un gran ramo de rosas
cortadas en el jardín del presbiterio. Por otra parte, fue por casualidad y sin
malicia. Al día siguiente, el nuevo amo recorrió todas las piezas del antiguo
castillo. No se detuvo en ninguna parte. Sólo una vez se quedó parado
durante algunos momentos ante un rígido y solemne sillón imperio y se echó a
reír. Esos pequeños veladores de patas retorcidas, esas presumidas
chimeneas con sus relojes detenidos y esos cuadros llenos de sombras, todo
aquello parecía divertir mucho al señor Mráz, en tanto alargaba el paso
delante del sofocado intendente.

Pero el salón gris de plata, bañado de una luz descolorida, alteró su humor.
Los ávidos espejos que aguardaban desde hacía tiempo un visitante se
arrojaron el uno al otro la cabeza roja del señor Mráz, como una manzana
gigantesca y excesivamente madura, hasta que Pán Václav salió golpeando la
puerta con cólera y dio orden de clausurar para siempre ese edificio con sus
muebles ridículos y sus habitaciones.

Así se hizo.

El señor Mráz ocupó el antiguo departamento del intendente, amueblado con


sillas macizas y anchas mesas lisas. Allí se le puso asimismo el lecho doble de
encina. Durante algún tiempo Pán Mráz se acostó solo entre las grandes
sábanas; pero una noche se movió hacia la derecha del lecho e hizo sitio a la
honorable Aloisa Mráz, Hanus por nacimiento.

He aquí cómo sucedió la cosa: todo el mundo sabe que las amas os roban; es
por esto que es bueno tener una esposa valiente y vigilante. Y Aloisa Hanus
poseía, al parecer, las cualidades necesarias. Además, un castillo necesita un
heredero. Ahora bien, el inventario no lo incluía. Por consiguiente era
necesario producirlo. Pán Václav pensó entonces que lo mejor sería pedírselo
a Aloisa; porque era rubia, vigorosa como una campesina y de buena salud. Y
era justamente lo que deseaba el señor Mráz.

Pero la excelente Aloisa desempeñó muy mal su tarea. Comenzó por dar a luz
una criatura tan pequeña que Pán Mráz la perdía de vista continuamente,
como si hubiera caído a través de un cedazo, y cuando aún se asombraban de
que ese pequeño ser estuviera verdaderamente vivo, ella se murió sin decir ni
pío. Y de nuevo fue el reino de las amas.

Pán Mráz no ha olvidado esa doble decepción. Se recuesta en los anchos


sillones y no se levanta sino cuando llegan visitas. Lo que es bastante raro.
Hace subir vino y habla de política, con su manera melancólica y cansina,
como si se tratase de un asunto profundamente entristecedor. No concluye
ninguna frase, pero se enfada cada vez que su interlocutor la completa mal. A
veces se levanta y llama:

—¡Václav!

Después de algunos instantes se ve entrar a un joven alto y delgado.

—Ven aquí, hazle una reverencia al señor —vocifera Pán Mráz.

Y luego dice a su visitante:

—Excusadme, es mi hijo. Sí, no debiera confesarlo. ¿Creeríais que tiene


dieciocho años? Me oís bien: ¡dieciocho años! ¡Hablad sin ceremonia! Vais a
decirme que aparenta a lo sumo quince. ¿No tienes vergüenza?

Después despide a su hijo.

—Me causa preocupaciones. No es bueno para nada. Y si mañana yo cerrara


los ojos…

Un visitante respondió un día:

—Pero veamos, querido señor Mráz, si el porvenir os inquieta


verdaderamente… Dios mío, sois joven… Haced una nueva tentativa, casaos…

—¿Cómo? —vociferó el señor Mráz, y el forastero se apresuró a despedirse.

Pero apenas quince días más tarde, Pán Václav se pone su levita negra, y se
va a Skrben.

Los Skrbensky son de muy antigua nobleza y se mueren de hambre en silencio


en su último dominio de familia. Es allí que el señor Mráz va a buscar a la
menor, la condesa Sita. Sus hermanas la envidian, porque Mráz es muy rico.
La boda tiene lugar casi de inmediato, sin ningún fasto.

De regreso a su casa, el señor Mráz descubre cuán delicada y pálida es Sita.


Comienza por tener miedo de quebrar a «esa pequeña condesa». Enseguida
se dice: «Si hay justicia, ella debe darme un verdadero gigante». Y espera.

Pero no hay justicia, por lo visto.

La señora Sita continúa semejante a una criatura. Solamente sus ojos asumen
una expresión de asombro. No sucede nada. Se pasea incesantemente a
través del parque, el patio o la casa. A cada momento hay que ponerse en su
búsqueda. Hasta que un día no acude a comer.

—¡Es como si no tuviera mujer de ninguna manera! —exclama el señor Mráz


jurando.

Por entonces sus cabellos encanecen rápidamente y comienza a caminar con


esfuerzo.

Sin embargo, una tarde él mismo se pone a buscar a la señora Sita.

Un doméstico le señala el ala habitualmente cerrada del castillo.

Deslizándose en sus zapatillas de fieltro, el señor Václav atraviesa la


penumbra perfumada de esas habitaciones decadentes.

Refunfuñando, pasa delante de aquellas chimeneas suntuosas y aquellos


sillones solemnes. No está de humor para reír.

Al fin llega al umbral del salón gris plateado, donde están los innumerables
espejos, y se queda herido de asombro. A pesar del crepúsculo que cae ve
reflejarse en esos espejos a la señora Sita y a su hijo, el pálido Václav. Están
sentados muy lejos el uno del otro, inmóviles, en las sillas de seda clara, y se
miran. No se hablan. Podría creerse que nada se han dicho aún. ¡Extraño! «¿Y
pues?», piensa el señor Mráz, con un punto de interrogación detrás de cada
palabra. «¿Y pues?». Hasta que pierde la paciencia.

—¿En qué puedo serviros? —vocifera—. ¡Os lo suplico, señoras y señores, no


os molestéis!

Su hijo se sobresalta y se vuelve hacia la puerta, pero Pán Mráz le ordena


quedarse. Desde entonces, tiene un entretenimiento, durante las tardes
demasiado largas. Cada vez que se siente muy disgustado, recorre con su
silencioso calzado la sarta de habitaciones dormidas hasta el pequeño salón
de los espejos. A veces los dos jóvenes no están todavía allí. En ese caso los
manda llamar.

—¡Mi mujer y el joven señor! —vocifera al criado.

Y he aquí que ellos deben sentarse frente a frente, en las mismas sillas de
costumbre.

—¡No os aflijáis por mí! —exclama el señor Václav con una voz lánguida, y se
instala cómodamente en el gran sillón central.

A veces parece dormir, o por lo menos respira como si durmiera. Pero tiene,
sin embargo, los ojos entreabiertos y observa a los dos jóvenes. Se ha
habituado poco a poco a la penumbra. Ve mucho mejor que la primera vez.

Ve los ojos del joven y de la joven rehuirse mutuamente y encontrarse, no


obstante, sin cesar en todos los espejos. No se le escapa que temen caer el
uno en los ojos del otro, como en un abismo sin fondo. Y que, a pesar de todo,
se arriesgan hasta el borde de la sima. De pronto los posee un vértigo; y
ambos cierran los ojos al mismo tiempo como si fueran a saltar juntos desde
lo alto de una torre.

Entonces Pan Mráz ríe y ríe. Después de un largo intervalo ha recobrado su


risa. Es buena señal: ciertamente, se hará muy viejo.
El aniversario

Tía Babette respiró hondo de nuevo. El sol de la mañana guiñó, como un niño
caprichoso, a través de las cortinas de tul inundadas de blancos reflejos, cogió
el rayo más largo, rodeó, como con una pluma de oro, el blanco gorro de
dormir y la frente blanda de la anciana, luego se estremeció y vibró sin cesar
alrededor de los ojos, de los labios y de la nariz hasta que la tía realizó esa
profunda inspiración y volvió tímidamente sus ojos enrojecidos y asombrados
hacia la ventana: ¡Ah! Dio un bostezo de bienestar y se estiró. A pesar del
gesto perezoso, había en el sonido de ese bostezo algo de resuelto y
concluyente: se hubiera dicho la raya que se traza al pie de un trabajo
acabado y logrado. ¡Ah…!

Volvió a cerrar los ojos y permaneció tendida con la expresión de alguien que
acaba de tragar una cucharada de café azucarado o de decir una maldad que
ha dado en la diana. La pieza era clara y tranquila. El travieso sol precipitaba
allí más y más rayos, los clavaba como dardos vibrantes en la tarima clara del
piso, en los resplandecientes veladores imperio, y algún trasgo se los
devolvía, desde el fondo del espejo, en plena cara.

Como una lejana música de batalla, una orquesta de moscardones bordoneaba


en las ventanas, acompañando el claro vaivén de ese gallardo lanzador de
dardos; el ligero susurro penetraba en la duermevela de la buena tía, y las
frescas ondas de un reflejo de primavera borraban poco a poco las arrugas
con rasgos sonrientes.

Parecía verdaderamente joven en el momento en que se erguía bastante


enérgicamente en sus almohadas, y miraba a su alrededor en la habitación.
Todas las cosas tenían no se sabía qué de brillante, de nuevo, y se regocijaba
con ello. Un delicado perfume de jacintos se elevaba de las flores, que
guarnecían la ventana y se mezclaba a un relente de lavanda que subía de sus
almohadas. La vieja señorita echó una mirada rápida a la imagen de la virgen
cuyas sombras tenían en pleno día reflejos verdes. Sus manos magras y duras
describieron una rápida señal de la Cruz e, inmediatamente después, regañó
al canario dormido cuya jaula estaba suspendida sobre la ventana y que a
pesar de la hermosa mañana no se decidía a cantar. Regresando de la
ventana, su mirada quedó pegada al sofá. Allí había, alineados
cuidadosamente, un sombrero negro, con un ancho velo de crespón que caía a
lo largo del respaldo como un torrente nocturno, un par de guantes negros,
cada uno de su lado, como separados por alguna irremediable enemistad, un
antiguo libro de plegarias más negro aún, y más lejos dos pañuelos muy
blancos brillaban en medio de todo ese duelo como una pareja de caballos
blancos enganchados a la carroza fúnebre de una doncella.

La tía contempló esos objetos con una mirada sorprendida, y todas las
arrugas reaparecieron, como sombrías orugas, en su viejo rostro.

Calculó: lunes 12, martes 13, miércoles 14, jueves 15, viernes 16. Y con un
meneo de cabeza cansino y resignado comprobó: hoy justamente, 16 de abril,
viernes, es el séptimo aniversario de mi difunto hermano, el inspector de
finanzas Johann August Erdmanner. Él tenía tres años más que ella y al morir
en el rigor de los cincuenta, amparado por los santos sacramentos, había
dejado una viuda inconsolable y dos hijos menores. Había muerto por la tarde,
a las cuatro, en el preciso instante en que todos habían salido para ir a tomar
una taza de café. Y la habitación iluminada por un rayo de sol se desvaneció
en los ojos de la vieja señorita. Recordó al excelente Johann, magro y reseco,
y a la joven viuda que había vivido apenas cinco años a su lado, y al doctor de
cara purpúrea. (¡Y Hermine, la viuda, que osaba pretender que él no bebía!).
¡Y la religiosa, que también entendía de tirar las cartas, por detrás! ¡Sí,
ciertamente, las cartas le enseñaban todo a ésa! ¡Y todo había sido tan
hermoso al día siguiente! Aquellas columnas enteras en los diarios, y las
visitas: todos esos rostros graves y bañados de lágrimas, la mezquina corona
del avaro del propietario, y todas las demás bellas coronas. ¡Sí, había tenido
un magnífico entierro el señor inspector de finanzas Johann August
Erdmanner! Y se conmemoraba dignamente cada año el aniversario de su
muerte. A las diez, toda la familia, con gran duelo, se reunía en la iglesia de la
Asunción, con guantes negros, mejillas pálidas y ojos enrojecidos. Y durante
todo el día, todos hablaban en voz baja y ronca, como ahogada, y se hacían
solemnes signos de cabeza. Cuando penetraban en la cavernosa iglesia,
agradecían a las viejas que tenían las hojas de la puerta, con una voz alterada
por la emoción, y sumergían tan largamente sus guantes negros en el agua
bendita que cada señal de la Cruz dejaba al punto marcas negras sobre sus
rostros sobresaltados y resignados. Los pañuelos blancos bajo los dedos
doblados tenían el aire de acechar el momento de ser llevados a los ojos
desbordantes de lágrimas. Tenían frecuente ocasión para ello. En el fresco
rostro del propio sacerdote se dibujaban algunas arrugas dolorosas alrededor
de los labios hartos, y se hubiera dicho que recogía con lengua recalcitrante
las últimas gotas de un brebaje agrio. Cuando, un poco más tarde, descendía
los escalones del altar oscuro y su silueta se recogía abajo, como un pudding
frustrado, y acompañado por la voz del oficiante pelirrojo, exclamaba con una
voz hueca:

—¡Oremos, hermanos míos!

Por toda compañía sólo quedaba una confusa madeja de crespón y paño
negro. La emoción había pasado como un tren sobre los supervivientes en
duelo; estaban dispersos, entre los bancos lustrosos, como mutilados entre los
rieles.

Todo eso se había repetido seis años seguidos, y la vieja tía, sobre su
almohada perfumada de lavanda, sabía que el hecho se reproduciría por
séptima vez, exactamente igual.

Echó sobre el cuadrante de nácar del pequeño reloj imperio de péndulo una
mirada tan desesperada como si las agujas hubieran marcado su propia hora
final. Quiso levantarse; pero tras un gesto brusco sus manos se deslizaron sin
fuerza a lo largo del blanco edredón, como bajo el peso de un formidable
iceberg. Sintió de nuevo en los riñones y en la espalda los dolores violentos
que se manifestaran pocas semanas antes. Un estremecimiento recorrió su
espalda; su cabeza estaba pesada y floja. Palideció y gimió. Sí, justamente así
era como había muerto su madre; en una hermosa mañana, después de una
mala noche. Y la anciana recordó de pronto que ella tampoco había pegado
ojo durante la última noche. No, no había pegado ojo, estaba bien segura de
ello. Un sudor helado brotó por todos sus poros. Y recordó que la buena
hermana que tiraba tan bien las cartas había tenido que enjugar tantas veces,
al acercarse la agonía, la frente de su pobre hermano difunto. ¿Le había
llegado verdaderamente su turno?

Con un gesto convulsivo, juntó las manos sobre el cobertor blanco.

El canario reanudaba sus trinos incesantes. Los jacintos parecían ya


cansados, y el día claro y puro, se estiraba, ancho y frío, sobre el piso de
madera.

Tía Babette se sentía soñolienta. Se preguntó de pronto: ¿Cómo había muerto


su hermano? El esfuerzo que hacía para recordarlo arrugó su frente. Respiró:
justamente así, lo habían traído a casa. Había caído en síncope en la calle. Y
ella pensó: no obstante es una gracia… así… en su propio lecho… Y no se
movió más.
Kismét

(Escena de la vida zíngara)

Ancho y pesado, Král el fuerte estaba sentado al borde del camino de tierra
surcado de carriles. Tjana se acurrucaba junto a él. Tenía apretado su rostro
de niña entre sus manos morenas y aguardaba, con los ojos muy abiertos,
espiando en silencio. Ambos contemplaban el crepúsculo de otoño. Delante de
ellos, en el prado pálido y desnudo, estaba parado el carromato verde; lanas
multicolores flotaban suavemente sobre su puerta. Un humo liviano y azulado
se elevó de la angosta chimenea de palastro y temblando se disipó en el aire.
Más lejos, sobre las colinas que parecían formar largas ondas rasas, el caballo
de tiro fatigado parecía chapotear y ramoneaba a cortas dentelladas rápidas
el escaso retoño que quedaba. A veces se detenía, alzaba la cabeza y con sus
buenos ojos pacientes miraba el mismo crepúsculo en que se encendían y
saludaban las ventanitas del pueblo.

—Sí —dijo Král, con un aire de salvaje resolución—. Es por tu culpa que él
está allí.

Tjana guardó silencio.

—Si no, ¿qué vendría a hacer aquí Prokopp? —agregó Král, con enojo; Tjana
encogió los hombros, arrancó con un vivo gesto algunas largas briznas de
hierba plateada y, jovial, las tomó entre sus dientes blancos y brillantes.

Siempre silenciosa, parecía contar las luces del pueblo.

Se elevó el Ángelus, allá lejos. La débil campanita precipitaba su movimiento,


como impaciente por terminar. El sonido se detuvo de golpe y se hubiera
dicho que en el aire quedaba suspendida una queja. La joven zíngara echó sus
graciosos brazos hacia atrás y se apoyó contra la cuesta. Cerró los ojos.

Escuchaba el canto vacilante de los grillos y la voz cansina de su hermana que


cantaba una canción de cuna en el interior del carromato.

Ambos prestaron oídos durante algunos momentos. Después el niño se puso a


llorar en el carromato, con largos sollozos desesperados. Tjana volvió la
cabeza hacia el zíngaro y le dijo, burlona:

—¿Qué esperas para ir a ayudar a tu mujer, Král? El niño llora.

Král agarró la mano de la muchacha:

—Es por ti que ha venido Prokopp —refunfuñó a modo de respuesta.

La muchacha meneó la cabeza con un aire sombrío.


—Lo sé.

Entonces Král el fuerte asió su otra mano y la apretó contra la tierra.

Tjana estaba como crucificada. Mordió sus labios hasta sangrarlos para no
gritar. Amenazador, él se había inclinado sobre ella. Tjana nada veía ya del
crepúsculo otoñal. Sólo lo veía a él, con sus hombros anchos y poderosos. Era
tan grande, sobre ella, que le ocultaba el carromato, el pueblo y el cielo
pálido. Cerró un instante los ojos y sintió: «Král significa rey. Sí, en efecto, es
un rey».

Pero al mismo tiempo sintió el dolor quemándole las muñecas como una
humillación. Se sobresaltó desprendiéndose con una violenta sacudida y se
irguió ante Král, con los ojos furiosos y chispeantes.

—¿Qué quieres? —preguntó él con una voz sorda.

Tjana sonrió.

—Bailar.

Levantó sus graciosos brazos de frágil muchacha y lenta y ligeramente los


hizo girar como si sus manos morenas fueran a trocarse en alas. Inclinó la
cabeza hacia atrás, muy atrás, dejando flotar sus cabellos negros y pesados, y
ofreció su extraña sonrisa a la primera estrella que aparecía. Sus pies
desnudos, de tobillos finos, buscaban un ritmo, como a tientas; en su joven
cuerpo había un deseo de mecerse y de caricias, de goce consciente y de
abandono sin voluntad, como deben experimentarlo las flores de tallos
delgados cuando el crepúsculo las roza.

Con las rodillas temblorosas, Král estaba de pie ante ella. Veía el bronce
pálido de los hombros desnudos de la bailarina. Y sentía confusamente: Tjana
baila el amor.

Cada soplo que atravesaba los prados parecía confundirse con sus
movimientos, como una ligera caricia, y todas las flores soñaban en su primer
sueño mecerse e inclinarse de ese modo. Tjana se acercaba más y más a Král
y se inclinó hacia él tan extrañamente que los brazos del hombre parecían
paralizados por su muda contemplación. Estaba de pie como un esclavo y
escuchaba latir su corazón. Tjana lo rozaba como un aliento, y el ardor de su
movimiento muy próximo lo alcanzaba como una onda. Enseguida ella
retrocedió muy atrás, sonrió con una expresión de orgullo vencedor y sintió:
Sin embargo, no es un rey.

El zíngaro recobraba poco a poco sus sentidos y la perseguía como a una


imagen de ensueño, a tientas y secretamente. De pronto se detuvo. Algo se
unía y se mezclaba al movimiento mecedor de Tjana. Un canto ligero y
flotante que parecía desde largo tiempo contenido en su danza y que, como
saliendo de un largo sueño, parecía florecer en cadencias más y más ricas y
pletóricas. La bailarina vacilaba. Todos sus movimientos se hacían más lentos,
más suaves, como si estuviera al acecho. Miró a Král y ambos sintieron ese
canto como un peso que los paralizaba. A su pesar, sus ojos se volvieron en la
misma dirección y vieron a Prokopp que avanzaba. La delgada silueta de su
cuerpo de hombre mozo se dibujaba sobre el crepúsculo gris de plata.
Caminaba, como inconsciente, con paso somnoliento, y sacaba las notas de su
dulce canción de una simple flauta rústica. Lo vieron acercarse. De pronto
Král se lanzó a su encuentro y arrancó la flauta de los labios del joven.
Prokopp, con presencia de ánimo, asió con sus viriles manos los brazos del
agresor, los apretó con fuerza y sostuvo con ojo interrogador la mirada hostil
y ardiente de Král.

Los dos hombres permanecieron así, cara a cara. Alrededor de ellos sólo
había silencio. El carromato verde parecía mirar la comarca, a través de los
resplandores turbios de sus lumbreras, como con ojos tristes que esperasen.

Sin decir palabra, los dos zíngaros se soltaron de pronto. Král con una cólera
terca; el joven frente a él, con una confesión suavemente interrogadora en sus
ojos sombríos. Bajo la mirada de los hombres, Tjana se había desplomado. Le
parecía que debía ir hacia Prokopp, abrazarlo y preguntarle: «¿De dónde
viene esa canción?». Pero ya no tenía fuerzas para ello. Estaba acurrucada al
borde del camino, inerte, como una criatura que tiene frío, y guardaba
silencio. Sus labios callaban. Sus ojos callaban. Los hombres aguardaron un
momento, luego Král echó al otro una mirada hostil y provocadora y tomó la
delantera. Prokopp parecía vacilar. Tjana vio los ojos tristes del joven gitano
despedirse de ella y se estremeció. Después la silueta delgada y ágil se hizo
más y más imprecisa y acabó por desaparecer en la dirección en que Král se
había marchado. Tjana oyó los pasos perderse en los prados. Retuvo el
aliento, escuchando en la noche.

Un soplo recorrió la llanura, cálido y apacible como el aliento de un niño


dormido. Todo estaba claro y silencioso; y de ese vasto silencio se destacaban
los sones ligeros de la joven noche: el zurrido de los viejos tilos, un arroyo en
alguna parte, y la pesada caída de una manzana madura en la hierba otoñal.
La fuga

La iglesia estaba desierta.

Encima del altar mayor, un rayo del sol de poniente irrumpía en la nave
central a través de la vidriera de color, ancho y simple como los antiguos
maestros lo representan en la Anunciación, y reanimaba las tintas palidecidas
del tapiz puesto sobre las gradas. El coro alto, con sus columnas barrocas de
madera esculpida, partía en dos la iglesia; la oscuridad se cerraba y las
pequeñas lámparas eternas parpadeaban, más y más atractivas, delante de
los santos ensombrecidos. Al amparo del último y macizo pilar de piedra
reinaba una dulce penumbra. Allí estaban sentados ellos, y sobre ellos había
un viejo cuadro representando el camino de la Cruz. La pálida muchachita,
vestida con una saya amarilla se apelotonaba en el rincón más sombrío del
negro y macizo banco de encina. La rosa que adornaba su sombrero rozaba la
barbilla del ángel de madera, esculpido en el respaldo, y se hubiera dicho que
lo hacía sonreír. Fritz, el colegial, tenía las dos manos finas de la muchachita,
calzadas con guantes rotos, como se tiene una avecilla, con una dulce firmeza.
Era dichoso y soñaba: «Van a cerrar la iglesia, no advertirán nuestra
presencia y nos quedaremos solos. Seguro que vienen espíritus aquí, durante
la noche». Se apretaban estrechamente el uno contra el otro, y Anna
cuchicheó, inquieta:

—¿No nos hemos demorado?

Ambos tuvieron al punto la misma idea triste: ella se acordó de pronto de su


sitio habitual, en la ventana, donde cosía cada día; desde allí descubría sólo
un negro y horrible muro medianero y jamás recibía el menor rayo de sol. Él,
entretanto, volvía a ver su mesa de trabajo, cubierta de cuadernos de latín, y
en la cima de una pila, abierto, el Symposion de Platón. Ambos miraban
delante de ellos, y sus ojos siguieron la misma mosca que peregrinaba a lo
largo de las ranuras y las runas del reclinatorio.

Se contemplaron en los ojos.

Anna suspiró.

Con un gesto tierno y protector, Fritz la abrazó y dijo:

—¡Ah! ¡Si pudiéramos irnos!

Anna lo interrogó con la mirada y vio la nostalgia brillar en sus ojos. Bajó los
párpados, enrojeció y lo oyó proseguir:

—Por otra parte, en general los detesto, detesto a todos. Me horroriza la


manera como me miran cuando vuelvo de nuestras citas. ¡Nada más que
desconfianza y una alegría mezquina! Ya no soy un niño. Hoy o mañana, tan
pronto como pueda ganarme la vida, nos iremos juntos, muy lejos de aquí. ¡Y
a pesar de ellos!

—¿Me amas?

La pálida criatura prestó oídos.

—De un modo indescriptible.

Y Fritz recogió la pregunta que iba a despuntar en sus labios.

—¿Me llevarás pronto? —inquirió la pequeña, vacilante.

El colegial se calló. Maquinalmente alzó los ojos, siguió con la mirada la arista
de la maciza pilastra de piedra y leyó sobre la vieja estación: «Padre,
perdónalos…».

Indagó con impaciencia:

—¿Dudan de algo, en tu casa?

Apremió a la muchachita:

—Di.

Suavemente, ella dijo que sí con la cabeza.

Él se encolerizó:

—Ya veo. Es justamente lo que pensaba. Al fin eso debía suceder. ¡Todas esas
comadres! ¡Ah, si pudiera!…

Hundió la cabeza entre las manos.

Anna se apoyó en su hombro. Dijo con sencillez:

—No estés triste.

Se quedaron así.

De pronto el jovencito se irguió y dijo:

—¡Ven, marchémonos juntos!

Una sonrisa reprimida apareció en los bellos ojos de Anna, que estaban llenos
de lágrimas. Meneó la cabeza, parecía poseída por una profunda aflicción. Y
el colegial retomó las pequeñas manos calzadas de guantes gastados. Miraba
hacia la nave central. El sol había desaparecido, los vitrales de color eran ya
sólo manchas grises y mortecinas. La iglesia estaba silenciosa.

Luego hubo en la cima de la nave un piar. Ambos alzaron los ojos.


Descubrieron una tierna golondrina extraviada que, revoloteando,
desesperada, buscaba escapar.

Haciendo camino, el colegial se acordó de un deber de latín que había


descuidado. Decidió trabajar a pesar de su repugnancia y su fatiga. Pero sin
quererlo dio una vuelta bastante larga y estuvo a punto de extraviarse
vagando a través de las calles de la ciudad que, sin embargo, conocía muy
bien. Era de noche cuando volvió a su pequeña habitación. Sobre los
cuadernos de latín encontró una carta. La leyó a la luz indecisa de una bujía:

Lo saben todo. Te escribo llorando. Papá me ha pegado. Es terrible. Ahora


nunca más me dejarán salir sola. Tienes razón. Partamos. A América, adonde
tú quieras. Iré mañana, a las seis, a la estación. Hay un tren que papá toma
siempre para ir a cazar. ¿A dónde va? No lo sé. Me detengo, alguien viene.

De modo que espérame. Está decidido, Mañana, a las seis. Tuya hasta la
muerte.

Anna.

Falsa alarma. No era nadie. ¿Adónde crees que podríamos ir? ¿Tienes dinero?
Yo tengo ocho florines. Envío esta carta con nuestra criada a la vuestra.
Ahora, ya no tengo miedo. Creo que es tu tía María la que ha soltado la
lengua. Nos habrá visto, entonces, el domingo pasado.

El colegial iba y venía en su habitación, a largos pasos resueltos. Se sentía


como liberado. Su corazón latía violentamente. Se dijo de pronto: «Ser un
hombre». Ella tiene confianza en mí. Puedo protegerla. Se sentía muy dichoso
y así lo supo: «Ella será toda mía». La sangre se le subía a la cabeza. Tuvo
que volverse a sentar y se preguntó de súbito: ¿pero a dónde ir? Era inútil,
ese interrogante retornaba sin cesar. Intentó alejarlo haciendo los
preparativos para la partida. Lió un poco de ropa blanca, algunos trajes, y
metió sus ahorros en su cartera negra. Estaba pletórico de ardor. Abrió
inútilmente todos los cajones, tomó y volvió a colocar objetos, arrojó sus
cuadernos a un rincón de la pieza y manifestó con un entusiasmo fanfarrón a
las cuatro paredes de su habitación: «Desde aquí, cambio de programa. Ésta
es la partida decisiva».

Había pasado la medianoche cuando él estaba aún sentado en el borde de su


lecho.

No pensaba en dormir. Acabó por tenderse completamente vestido, porque a


fuerza de haberse inclinado, la espalda le causaba daño.

Se preguntó todavía varias veces: «¿Adónde ir?».

Terminó por contestarse a sí mismo, en voz alta: «Cuando se ama de


verdad…».

El péndulo hacía tic-tac. Afuera pasó un carruaje, haciendo vibrar los


cristales. El péndulo, todavía sofocado de haber sonado los doce golpes de
medianoche, dijo con pena: «Una hora». No pudo continuar.

Y Fritz lo escuchó aún desde muy lejos. Se repetía: «Cuando se ama… de


verdad…».

Pero a los primeros resplandores del alba se estremeció, sentado sobre la


almohada, y se dio clara cuenta de que ya no amaba a Anna. Su cabeza estaba
pesada. No amo más a Anna, se decía. ¿Era eso verdaderamente serio?
¿Querer marcharse a causa de unas bofetadas? ¿Y adónde ir? Se puso a
reflexionar como si ella se lo hubiera confiado. ¿Adónde, pues, quería irse
ella? A alguna parte, no importa adonde. Él se indignó: ¿Y yo? Naturalmente,
tendría que abandonarlo todo, mis padres, y… todo. ¿Y después? ¿Y el
porvenir? ¡Qué estúpida era esa Anna, qué feo todo! ¡Merecería ser castigada,
si de verdad fuera capaz de eso! ¡Si ella fuera capaz de eso!

Cuando el claro sol de mayo invadió muy claro y sereno la habitación, él se


dijo: No es posible que ella haya hablado seriamente. Se sintió tranquilizado y
sintió ganas de quedarse en el lecho. Luego resolvió: Voy a ir a la estación
para convencerme de que no vendrá.

Imaginaba ya la alegría que experimentaría si no venía. Temblando con la


frescura de la mañana, fatigadas las rodillas, fue a pie hasta la estación. La
sala de espera estaba vacía. Medio inquieto pero esperanzado, miró a su
alrededor. Ninguna saya amarilla. Fritz respiró. Recorrió todos los pasillos y
las salas.

Viajeros mal despiertos e indiferentes iban y venían; había mozos de cordel


parados junto a las columnas; gentes humildes estaban sentadas entre sus
bultos y sus cestas, en bancos polvorientos, en los nichos de las ventanas. Ni
rastro de la saya.

El portero gritó algunos nombres en una de las salas de espera y agitó una
campanilla de sonido agudo. Luego repitió, más cerca, con una voz gangosa,
los mismos nombres de estaciones, y recomenzó igual ejercicio en el andén,
agitando cada vez su maldita campana. Fritz regresó sobre sus pasos y, con
aire despreocupado, las manos en los bolsillos, volvió al hall central de la
estación. Estaba satisfecho y se decía con un gesto de vencedor: Ninguna
saya amarilla. Bien lo sabía yo.

Como por un exceso de júbilo, se acercó a la columna de los anuncios de


horarios para saber por lo menos adonde iba ese fatal tren de las seis. Leyó
maquinalmente los nombres de las estaciones, con la expresión de alguien
que contemplara una escalera en la que hubiera estado a punto de caer.

De pronto, pasos presurosos resonaron en las losas. Alzando los ojos, Fritz
tuvo apenas el tiempo de ver la saya amarilla y el sombrero adornado con una
rosa desapareciendo tras el portillo que se abría sobre el andén.

Fritz miró con ojos fijos cómo desaparecía la muchacha.

De pronto se sintió poseído por un espantoso miedo hacia esa pálida y frágil
muchachita que quería jugar con la vida. Y como si hubiera temido que
pudiera regresar sobre sus pasos, juntársele y obligarlo a partir con ella por
el mundo desconocido, se echó a correr, huyó, todo lo ligero que pudo, sin
darse vuelta, en dirección a la ciudad.
Postfacio

LAS GAMAS DEL ARTISTA

AS A YOUNG MAN

(postfacio )

Ramón Alcubierra
Parece ser que Rilke tenía nueve años cuando escribió sus primeros cuentos.
Su madre, que había abandonado a la familia marchándose con su amante,
regresó a Praga (sólo un par de años, luego la separación fue definitiva y
Rilke ingresó en la escuela militar), y es verosímil pensar que aprovechó ese
tiempo para proyectar sus ambiciones artísticas en su hijo, al que empujará
en cierto modo a una carrera de escritor. No olvidemos que ella misma
publicaría en 1900 una obrita con reflexiones y apotegmas titulada
Efemérides .

Aquella perspectiva de artista no debió de desagradar al muchacho, que tenía


una facilidad fuera de lo común con la pluma y al que la gloria prometida no
le debía de resultar antipática. Esa facilidad de estilo generará en esos años
de adolescencia textos rápidamente ejecutados, aunque parece que adolecían
de cierta prolijidad, estaban llenos de digresiones, y en los que multiplicaba
los temas y borraba las pistas de inspiración. En su faceta propiamente lírica,
el poeta adolescente no tiene empacho en abusar de las asonancias,
aliteraciones y hasta juegos de palabras. El joven Rilke —por no decir el
muchacho Rilke— es en verdad un escritor algo relamido, centrado en el
propio virtuosismo del idioma; un aprendiz, en definitiva, que ejecuta sus
gamas al teclado de la lengua alemana. Paul de Man en relación con los
primeros escritos de Rilke habló de «fonocentrismo absoluto», esto es, de un
mero juego eufónico-lingüístico. Todo ello, en la faceta poética, abarcaría
pues desde sus escritos de juventud hasta su llegada a París en 1902 y a su
encuentro con el escultor Rodin, momento en que como dice el alter ego de
Rilke, Malte Laurids Brigge: «Ahora aprendo por fin a mirar».

A partir de entonces, según el mismo poeta dejó dicho en su correspondencia,


sale de su ensimismamiento y se asoma a una realidad exterior, a una
multitud de espectáculos crueles, que aprenderá a arrostrar y gracias a los
cuales espera poder alcanzar algún tipo de verdad. El mundo interior revelará
a partir de entonces sus limitaciones. La verdad artística no será sólo ya algo
interiorizado…

Pero justo antes de ese auténtico «renacimiento» artístico, Rilke publicó una
serie de relatos, de los que más tarde renegó, al menos parcialmente, entre
los que se hallan la pequeña antología de cuentos de Bohemia que el lector
acaba de leer.

Tres de ellos proceden de la recopilación Am Leben Hin (que se podría


traducir algo así como Al hilo de la vida ), y los otros cuatro son inéditos en
nuestra lengua: «Primavera sagrada», que da título al volumen, así como «La
criada de la señora Blaha», «El fantasma» y «La risa de Pán Mráz». En todos
ellos se detecta ya la visión profunda de la existencia en Rilke, si no aún la de
Los Cuadernos de Malte y de sus grandes obras poéticas, sí al menos la de
Dos relatos de Praga o bien la de las Historias del buen Dios .

Como una suerte de taller, los relatos de nuestro volumen nos permiten
recrear a través de una sensibilidad única, una ingenuidad encantadora y
conmovedora, no exenta a veces de humor ligero, todo un mundo de
personajes desubicados, de seres en los márgenes de la existencia,
anticipando futuras creaciones del autor; pero sobre todo nos dan el tono de
una extrema sensibilidad propia de quien con el tiempo acabaría
convirtiéndose en uno de los mayores poetas del siglo XX.

Una vez más vemos aquí, en contra de la opinión de cierta crítica tan
respetuosa con las voluntades expresas de los autores, cómo unos escritos de
juventud, unos textos «menores», casi unos ejercicios de estilo —en definitiva
unas gamas al teclado de la lengua— pueden acabar desembocando en gran
arte, pues en el fondo son semillas de todo el caudal creador futuro de quien
los escribió.
RAINER MARIA RILKE. Nacido en Praga, como Kafka y otros grandes
escritores de lengua alemana, en 1875, la vida de Rainer Maria Rilke
transcurrió en los más distintos países, habló y hasta escribió en varias
lenguas, y su muerte ocurrió en Francia, en 1926. Él mismo se consideraba un
escritor europeo, por encima de las nacionalidades. La subordinación del
pensamiento lógico a la intensidad del sentimiento es una de sus
características, junto con su preferencia por ciertos motivos, como la muerte,
el amor, la naturaleza. La virtuosidad de sus ritmos y de sus rimas recuerda a
Heine, pero siempre con un estilo muy personal, que se mantiene a lo largo
de toda su obra. Su segundo período está caracterizado por un profundo
misticismo. A veces, en sus últimas obras, recuerda a Hölderlin. Los
cuadernos de Malte Laurids Brigge es sin duda su libro de prosa más
importante. En él Rilke evoca la figura del escritor noruego Sigbjörn
Obstfelder, prematuramente fallecido.

Por las agudezas introspectivas y por la visión del mundo circundante, este
libro está considerado como una biografía simbólica. Entre las más famosas
obras poéticas de Rilke, citemos El libro de horas , El libro de imágenes , Las
elegías de Duino y Sonetos a Orfeo . Las traducciones que él hizo de diversos
autores son numerosas.

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