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Cuento

Este cuento de Juan Rulfo narra la trágica historia de Juvencio Nava, un hombre que fue acusado de matar a su compadre hace 35 años durante una disputa por el acceso al pasto. Ahora en su vejez, Juvencio es capturado y llevado para ser ejecutado por este crimen del pasado. Mientras camina atado junto a sus captores, Juvencio recuerda los eventos que lo llevaron al asesinato y su vida posterior huyendo de la persecución. Con miedo a morir justo cuando

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Cuento

Este cuento de Juan Rulfo narra la trágica historia de Juvencio Nava, un hombre que fue acusado de matar a su compadre hace 35 años durante una disputa por el acceso al pasto. Ahora en su vejez, Juvencio es capturado y llevado para ser ejecutado por este crimen del pasado. Mientras camina atado junto a sus captores, Juvencio recuerda los eventos que lo llevaron al asesinato y su vida posterior huyendo de la persecución. Con miedo a morir justo cuando

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¡Diles que no me maten!, un


cuento de Juan Rulfo
Un relato angustioso y dramático. Un destino trágico que difícilmente
se podrá evitar. A continuación puedes leer  ¡Diles que no me maten!,
un cuento de Juan Rulfo.
¡Diles que no me maten!, un cuento de Juan Rulfo
-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por
caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado
bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo


ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos,
acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí
también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso
diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.


Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y
caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién


cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir


allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

"Eso no le había gustado a don Lupe, que mandó


tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le
volviera a abrir otra vez el agujero"
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y
él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía
estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para
apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el
hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien
a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan
grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado.
Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio,
tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo
que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron
hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se
acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas


su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por
ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su
compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la


sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales
hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía
negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a
romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las
paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado
a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio
Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el
agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí,
siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo
que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de


acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen


su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

“Y me mató un novillo.

“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril
andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las
diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la
salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba
nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían.
Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo
tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con
la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para
viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado
todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos
muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también
dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde
unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener
miedo.
“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y
enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que
llegaba alguien al pueblo me avisaban:

“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y


pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a
la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró
toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado


en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus
últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó-
conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.

"Aquel día en que amaneció con la nueva de que su


mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la
cabeza la intención de salir a buscarla"
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le
costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su
vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse
pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por
los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro
pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar
escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel
día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni
siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó
que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con
tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido
todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para
cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía
dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No


necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo,
únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que
no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas
como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a
eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el


estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la
muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la
boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin
querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza
se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las
costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún


quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado.
Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era
él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos.


La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio,
se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines
que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la
tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la
tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de
encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el
sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos,
saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que
sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban
junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera:
“Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se
quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los
veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería
hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado
ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde
seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora
desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los
surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles
que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se
detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con
tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas
por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y
al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de
que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa
comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre


aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que


lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban
o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no
supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió.
Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se
volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido
dormidos.
"Se habían detenido delante del boquete de la
puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto,
esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz"
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que
buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos
y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos
cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el


sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien.
Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la


voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el


sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta
hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:


-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con
alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me


dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la
cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con
nosotros, eso pasó.

“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole


después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró
más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un
arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le
cuidaran a su familia.

“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que


no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo,
alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No
podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que
se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para
acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía
haber nacido nunca”.

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después
ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego


fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en


morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

"Estaba allí, como si lo hubieran golpeado,


sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando"
-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo
quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de
cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito
de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así,
coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates!
¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero


contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que


no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie


del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había
ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para


que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de
un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al
burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de
Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la


cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el
coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto
tiro de gracia como te dieron.

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