«LABOR IMPROBUS»
ACTAS DEL X CONGRESO INTERNACIONAL
JÓVENES INVESTIGADORES SIGLO DE ORO
(JISO 2020)
Carlos Mata Induráin y Miren Usunáriz Iribertegui (eds.)
BIADIG | BIBLIOTECA ÁUREA DIGITAL DEL GRISO | 65
EXTIRPACIÓN DE LA IDOLATRÍA DEL PIRÚ (1621):
UN ACERCAMIENTO A LA MONUMENTAL
OBRA DE PABLO JOSÉ DE ARRIAGA, S. J.
Álvaro Cubas Musto
Universidad de Navarra, GRISO
Entonces Dios pronunció todas estas palabras di-
ciendo: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado
del país de Egipto, de la casa de la esclavitud. No
tendrás otro dios fuera de mí. No te harás escultura ni
imagen, ni de lo que está arriba en el cielo, ni de lo que
hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas por
debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos ni les darás
culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios ce-
loso que castigo la culpa de los padres en los hijos
hasta la tercera y la cuarta generación de aquellos
que me odian; pero tengo misericordia por mil ge-
neraciones con los que me aman y guardan mis
mandamientos» 1.
En 1621 el sacerdote jesuita Pablo José de Arriaga publicaba en la
ciudad de Lima Extirpación de la idolatría del Pirú, obra que habría sido
escrita entre 1617 y 1618; tardó en ver la luz debido a la amplia con-
sulta sobre la misma, tanto dentro de la propia Compañía de Jesús
1 Éxodo, 20, 1-6.
Publicado en: Carlos Mata Induráin y Miren Usunáriz Iribertegui (eds.), «Labor improbus».
Actas del X Congreso Internacional Jóvenes Investigadores Siglo de Oro (JISO 2020), Pamplona,
Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2021, pp. 55-68. Colección
BIADIG (Biblioteca Áurea Digital), 65 / Publicaciones Digitales del GRISO. ISBN: 978-
84-8081-713-4.
56 ÁLVARO CUBAS MUSTO
como del arzobispo y el virrey 2. En este tratado, Arriaga recogía su
experiencia en la visita contra los ritos idolátricos del Perú, labor que
desarrolló durante los años 1617-1622, encabezada por el llamado
visitador general de idolatría, también miembro de la Compañía de
Jesús, Fernando de Avendaño.
Esta no era la primera campaña. De hecho, la alarma contra la
idolatría en el Perú la había iniciado Francisco de Ávila (1573-
1647) 3, párroco desde 1597 en la doctrina de San Damián, en la
provincia de Huarochirí. Como tal párroco estuvo dedicado a la
formación de la población indígena, gracias a su gran conocimiento
del quechua, y puso un especial empeño en acabar con la idolatría de
sus habitantes. Preocupado por la magnitud del fenómeno, cuando
en octubre de 1609 Bartolomé Lobo Guerrero ocupó la sede del
arzobispado de Lima, Ávila se presentó ante él con multitud de
pruebas que atestiguaban la práctica de la idolatría por los indios,
como mostró en el discurso pronunciado en honor del arzobispo el
13 de diciembre de ese mismo año: «Una gran muchedumbre de
ídolos, algunos cadáveres secos a quienes adoraban, rostros y manos
de carne de momia que los habían conservado más de ochocientos
años pasando de padre a hijos» 4. Como consecuencia de ello se creó
un «cuerpo de visitadores de la idolatría» y Ávila fue nombrado co-
mo primer «juez visitador de la idolatría» 5. Este es el contexto previo
que debemos tener en cuenta para explicar la labor de nuestro prota-
gonista, el jesuita Pablo José de Arriaga.
1. EL PADRE ARRIAGA
Aunque habitualmente se resalta la labor de Arriaga como extir-
pador de los cultos andinos y como gran conocedor del mundo indí-
gena, poco se habla de sus primeros años; al respecto me gustaría
mencionar que nació en Vergara, la fecha de su nacimiento es incier-
ta, pudo ser entre 1562 y 1564 6. Ingresó a la Compañía de Jesús en
1579 al noviciado de Ocoña (Toledo), cinco años más tarde, en
1584, se embarcó al Perú; a su llegada se dedicó básicamente a la
2Sobre el tiempo transcurrido hasta la publicación de la obra, ver también Tri-
go, 1992, pp. 149-150.
3 Sobre Ávila, ver también Marzal, 1998, pp. 361-376.
4 Ver Falque Rey, 1989, pp. 127-128.
5 García, 2011, p. 168.
6 Ver Chávez Hualpa, 2007, p. 173.
EXTIRPACIÓN DE LA IDOLATRÍA DEL PIRÚ (1621): UN ACERCAMIENTO 57
labor pastoral y académica. En 1588 se le nombró rector del colegio
de San Martín, dónde se formaba a la élite criolla de Lima, entre
ellos a futuros extirpadores de la idolatría; su cargo en esta institución
duró muchos años y fue alternado con el rectorado del colegio de
Arequipa (1609-1612) 7.
Su participación en las visitas para la extirpación de las idolatrías
en el arzobispado de Lima inicio en 1617 y este trabajo de campo fue
lo que le sirvió para escribir su obra Extirpación de la idolatría del Pirú.
Hacia el final de su vida, dedicó gran parte de su tiempo a la crea-
ción y fundación del Colegio de Caciques, para la educación de la
élite nativa y la Casa de la Santa Cruz, para la conversión (y el casti-
go) de los hechiceros y hechiceras. La muerte le llegó súbitamente en
1622, en un viaje hacia Roma, causado por un naufragio cerca a las
costas de La Habana.
Sobre el carácter de Arriaga y su vida personal se conoce poco.
Sin embargo, me gustaría resaltar lo siguiente:
[…] que una de sus ordinarias ocupaciones era componer tratados bre-
ves y espirituales que eran luego impresos —como, por ejemplo, el Di-
rectorio espiritual—, y que entre sus numerosas expresiones de humildad
estaba la costumbre de recoger, cada Jueves Santo, a doce indios, a quie-
nes lavaba los pies y luego les daba de comer 8.
Contamos también con una descripción de 1630 en el Catálogo de
algunos varones en santidad:
[…] hombre provechosísimo a las repúblicas eclesiástica y secular. Tu-
vo particular espíritu de encaminar a la juventud en el estudio de letras
[…] con sus palabras, escritos y obras apostólicas […]. Viéronle muchas
veces con rayos de luz y resplandor, levantado del suelo, enajenado de
los sentidos […]. Varón de profunda humildad y rigurosa penitencia […]
muy ilustrado de Nuestro Señor con hablas intelectuales, y visitas inte-
riores […] dio su alma a su criador a los 60 años […] dejando opinión de
varón santo y perfecto religioso 9.
7 Sobre los primeros años de Arriaga y su trabajo como rector del colegio de
Arequipa, ver también Martínez Céspedes, 2019, pp. 104-106.
8 Chávez Hualpa, 2007, p. 174.
9 Vargas-Hidalgo, 1996, pp. 406-407.
58 ÁLVARO CUBAS MUSTO
2. LA EXTIRPACIÓN DE LA IDOLATRÍA DEL PIRÚ DEL PADRE
ARRIAGA
La obra, dividida en 20 capítulos, realiza una descripción detallada
de las creencias de los indios, de quiénes eran sus principales minis-
tros, sus sacrificios, fiestas, supersticiones, etc. Y los medios para ex-
tirpar todo ello 10.
El tratado de Arriaga es una guía fundamental para la labor de los
visitadores en su objetivo de cristianizar y erradicar la pervivencia de
las creencias previas a la conquista y para conocer la visión del “otro”
y de la política impulsada en Lima como consecuencia de las accio-
nes “confesionalizadoras”, promulgadas por el Concilio de Trento.
De hecho, su obra venía a ser una defensa de la necesidad de los
visitadores y de su labor, frente a las dudas de quienes, incluso como
responsables del gobierno del virreinato, consideraban exageradas las
acusaciones de la extensión de la idolatría en el Perú y, por tanto, de
la debilidad, cuando no del fracaso, del proceso evangelizador:
Servirá este tratado para que las personas a quien de oficio les toca ha-
gan concepto del mal que pide grandes remedios, y de los remedios con-
venientes a tanto mal. Para que los curas estén advertidos del cuidado
que deben tener de los que están a su cargo, y de quien Dios Nuestro
Señor les ha de pedir estrecha cuenta. Los confesores, cómo han de con-
fesar. Los predicadores, las verdades que han de enseñar y los errores que
les han de refutar, y los visitadores, cómo han de cumplir con su obliga-
ción. Y lo que más importa, se satisfará a personas graves y doctas que no
solo han dudado de lo que aquí verán claramente, sino contradicho en
muchas ocasiones que hay idolatrías entre los indios diciendo que todos
son buenos cristianos 11.
El mismo Arriaga considera que los 20 capítulos de su obra pue-
den ser divididos en tres partes:
Aunque no va esta relación dividida en partes, se podrá reducir a tres.
La primera, qué ídolos y huacas tienen los indios, qué sacrificios y fiestas
las hacen, qué ministros y sacerdotes, abusos y supersticiones tienen de su
gentilidad e idolatría el día de hoy. La segunda, las causas de no haberse
10 Respecto de la división de la obra y los temas que aborda, ver también Trigo,
1992, pp. 150-160.
11 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, Prólogo.
EXTIRPACIÓN DE LA IDOLATRÍA DEL PIRÚ (1621): UN ACERCAMIENTO 59
desarraigado entre los indios, pues son cristianos y hijos y aun nietos de
padres cristianos, y los remedios para extirpar las raíces de este mal. La
tercera, la práctica muy en particular de cómo se ha de hacer la visita pa-
ra la extirpación de estas idolatrías 12.
El primer capítulo se ocupa de descubrir la idolatría en el arzobis-
pado de Lima; inicia entendiendo que no es una sorpresa que queda-
ran aún rastros en las diversas provincias del Perú, en vista de que es
un mal muy antiguo y connaturalizado entre los indios. Incluso des-
de el prólogo ya se señala que, si bien se había difundido la doctrina
cristiana desde hacía noventa años, era poco en comparación con los
seiscientos años que llevaban en España peleando contra este mal y
predicando el evangelio, lo que había costado la vida de santos y
mártires y a pesar de eso se seguían encontrando brotes de idolatría.
Una segunda reflexión importante es que el autor considera que no
está el mal tan encancerado en los indios; de hecho, menciona que es
fácil el remedio al mal, ya que los mismos indios desean “curarse”
cuando les descubren su mal. Sostiene que el error estuvo en los
curas que no entendieron la extensión del mal y que incluso en ese
momento hay quienes dudan o no creen que exista.
En este capítulo, se introduce ya a Francisco de Ávila, recono-
ciendo que fue el primero en descubrir qué tan encubierta se encon-
traba la idolatría. Menciona además que Dios le había dado el talento
de ser un buen predicador (predicaba en quechua perfectamente) y
nos cuenta cómo en sus sermones enseñaba y a la vez reprehendía a
los indios e incluso los castigaba. Su compromiso era tal que desente-
rraba cadáveres que adoraban y los enterraba en la iglesia. Incluso en
una ocasión, llevó a Lima a seiscientos ídolos, muchos de ellos con
sus vestiduras de cumbi y demás ornamentos, los cuales fueron que-
mados en un auto público en la plaza de la ciudad con la presencia
del virrey Montes-Claros. Luego de esto, ya todos se terminaron de
convencer de la pervivencia de la idolatría en el virreinato y así, por
orden del virrey del arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero, se otorgó
a Francisco de Ávila la autoridad necesaria para iniciar las visitas,
comenzando con la provincia de Huarochirí. Asimismo, se envió a
sacerdotes de la Compañía de Jesús para que catequizaran y confesa-
ran en los pueblos que se iban visitando.
12 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, Prólogo.
60 ÁLVARO CUBAS MUSTO
Se hace referencia también al cura Diego Ramírez y su invaluable
trabajo en la misión, recorriendo doce pueblos de la provincia de
Huarochirí e informando de lo encontrado al virrey y al arzobispo,
se le dio autoridad para visitar las provincias de Tarama y Chincha-
cocha en compañía de algunos jesuitas. Luego, entra en escena el
doctor Hernando de Avendaño, quien manejaba la doctrina de San
Pedro de Casta, también en Huarochirí y siendo cura en la provincia
de Checras y visitando diversos pueblos por encomienda del arzobis-
po, encontró el cuerpo del curaca Liviacancharco que era reveren-
ciado por gran parte de los indios:
[…] se halló en un monte muy áspero, como una legua del pueblo de
San Cristóbal de Rapaz, en una cueva, debajo de un pabellón, con su
huama o diadema de oro en la cabeza, vestido con siete camisetas muy
finas de cumbi, que dicen los indios se las enviaron presentadas los reyes
ingas antiguos. Este cuerpo como se halló, y otro de un mayordomo su-
yo llamado Chuchu Michuy que estaba en diferente lugar y era también
muy reverenciado de los indios, se llevaron a Lima para que los viese el
señor virrey y el señor arzobispo, y volviéndolos a los andajes se hizo un
solemne auto convocando todos los pueblos de la provincia y se quema-
ron estos cuerpos con otras muchas huacas con grande admiración y es-
panto de los indios, que si no fue entonces, nunca habían visto a Libra-
cancharco y le reverenciaban, adoraban y temían por solo el nombre y
tradición de sus antepasados 13.
Así las cosas, dejó su cargo el virrey Montes-Claros y asumió el
señor príncipe de Esquilache, quien tuvo como prioridad, desde un
primer momento, contar con remedios más eficaces para desarraigar
la idolatría. Así, mando la construcción de la casa de Santa Cruz, para
que albergase a los principales ministros de la idolatría. Construyó
también un colegio para que se criase a los hijos de los caciques con
la esperanza de que su educación sirviera para la desaparición de las
viejas prácticas. Finalmente, mandó enviar a visitadores que fueran
acompañados por religiosos por todo el arzobispado, dándoles todos
los recursos necesarios para su misión. Para este efecto nombró a
Francisco de Ávila, Diego Ramírez y Hernando de Avendaño que
en ese momento era vicario en la Collana de Lampas y con él tres
religiosos más, entre los que se encuentra nuestro autor, Pablo José
13 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, p. 6.
EXTIRPACIÓN DE LA IDOLATRÍA DEL PIRÚ (1621): UN ACERCAMIENTO 61
de Arriaga quien lo acompañó por año y medio, e iniciaron la visita
en el Pueblo de San Bartolomé de Huacho.
El resto del capítulo primero, es una narración de lo que van des-
cubriendo en cada pueblo, que en esencia es casi siempre lo mismo:
Para hacer concepto del miserable estado en que están, y de la necesi-
dad extrema que tienen de remedio, y la facilidad y gusto con que le
admiten, no es menester otro testimonio más que ver un día de las exhi-
biciones, que es cuando todos juntos traen todos los instrumentos de su
idolatría. Parece un día de juicio; están repartidos en la plaza por aíllos y
parcialidades, tienen consigo los cuerpos secos y enteros de sus antepasa-
dos, que en los llanos llaman munaos, y en la sierra malquis, y los cuer-
pos que han sacado de la iglesia, que parece que los vivos y los muertos
vienen a juicio; traen todas sus huacas particulares y los ministros mayo-
res las huacas comunes a quien servían los unos y los otros con las ofren-
das que tenían para ellas, los vestidos con que hacían las fiestas, los plu-
majes con que se adornaban, las ollas, cántaros y vasos de diversas
maneras para hacer la chicha y para bebella y ofrecella a las huacas, las
trompetas de ordinario de cobre y algunas veces de plata, y caracoles
muy grandes y otros instrumentos con que convocaban a las fiestas,
grande suma de tamborinos muy bien hechos, que apenas hay mujer que
no traiga el suyo para los taquies y bailes, pues la multitud de cunas muy
bien labradas de los pueblos de los llanos y de cuernos de ciervos y de ta-
rugas, pellejos de zorras y de leones de la sierra, y otras muchas cosas des-
ta suerte, es menester vello para creello 14.
El segundo capítulo constituye una detallada recopilación de todas
las cosas que adoran los indios y de las cuales proviene su idolatría.
Se cuenta cómo adoran al sol, la luna, a algunas estrellas (en especial
a las «siete cabrillas» o Pléyades), los rayos, el mar, la tierra, los ríos,
los manantiales y fuentes, cerros, montes, piedras, sierras nevadas, las
pacarinas (que es de donde dicen que descienden), etc. Para los indí-
genas todas estas cosas son consideradas huacas, las cuales puedes ser
inmóviles o fijas, como Inti (el sol), Quilla (la luna), Libiac (el rayo),
Mamapacha (la tierra), entre otros. Entre las móviles, se trata de al-
gunas piedras con o sin figuras definidas, entre las primeras tenemos
formas de hombres, mujeres y animales y todas ellas tienes sus nom-
bres particulares. En un segundo lugar tienen a los llamados malquis
en la sierra o munaos en la costa, que son los huesos o cuerpos ente-
14 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, p. 8.
62 ÁLVARO CUBAS MUSTO
ros de sus progenitores; estos malquis tienen sus sacerdotes y minis-
tros y se les ofrecen fiestas y sacrificios. Finalmente, se encuentran las
conopas que son los ídolos familiares y sirven como protección a sus
casas y chacras (tierras de cultivo).
En el capítulo tercero, se enumeran a los diversos ministros de su
religión o los ministros de la idolatría, como Arriaga los llama. Te-
nemos a Huacapvillac, quien es el principal por guardar la huaca,
hablar con ella y luego transmitirle al pueblo lo que supuestamente
dice. Malquipvillac cumple una función similar, pero con los mal-
quis. Libiacpvillac que habla con el rayo, Punchaupvillac habla con el
sol. Macsa que es curandero. Socyac, Rapiac y Pacharicuc que son
adivinos; entre otros.
Hay una cosa que llama mucho la atención en este capítulo y es la
frialdad y hasta “normalidad” con la que los indios matan y se comen
entre sí, especialmente a los hijos de sus adversarios:
Es común frase y modo decir, cuando hacen estas juntas, «Esta noche
hemos de comer el alma de tal o tal persona». Preguntándole yo a uno
que de qué manera era aquella carne y a qué sabía, dijo haciendo muchos
ascos con el rostro que era muy mala y desabrida y parecía cecina de va-
ca. En estas juntas, se les aparece el demonio, unas veces en figura de
león, otras veces en figura de tigre y poniéndose asentado y estribando
sobre los brazos muy furioso, le adoran. De las tres cosas que son ordina-
rias en los brujos, que son: crueldades, idolatrías y torpezas; de las dos
primeras descubrieron mucho, de la tercera poco y sin mucho empacho
ni temor decía uno: «Yo he muerto tres muchachos» y otro: «Yo he co-
mido tantos». Careando a unos de estos el visitador, para averiguar no sé
qué cosa, dijo uno de ellos: «Sí, que tú me comistes mi hijo». «Así es
verdad —respondió—, y ya yo lo he dicho al visitador, pero comile
porque tú me quitaste mi chácara». Y es cosa cierta que, en teniendo
cualquier enojo, le vengan en comerse unos a otros los hijos 15.
En el capítulo cuarto, se enumeran las ofrendas y sacrificios que
realizan. Haciendo principal énfasis en el uso de la chicha, que es una
bebida ceremonial (la cual perdura hasta hoy) y que puede hacer de
jora con maíz mascado y polvos de espingo o con los primeros cho-
clos que comienzan a madurar y son mascadas por mujeres doncellas
que ayunan y se abstienen de dormir con sus maridos para tal efecto.
15 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, p. 22.
EXTIRPACIÓN DE LA IDOLATRÍA DEL PIRÚ (1621): UN ACERCAMIENTO 63
Con la chicha comienzan y terminan sus fiestas y la ofrecen a sus
huacas para que beban en diversos tipos de vasijas ceremoniales y
cuentan con especiales ministros para este efecto.
También se ofrecen sacrificios de llamas en las que son abiertas, se
les saca el corazón, lo comen crudo y luego echan la sangre entre los
participantes de la fiesta. Se sacrifican además cuyes (conejillos de
indias), que además son usados para adivinación y curar enfermeda-
des.
Existen también ofrendas de hojas de coca, maíz, espingo y aut,
que son frutillas secas, plumas de aves, mullu (conchas marinas), bira
(sebo de llama), plata en reales, polvos de diversos colores que ofre-
cen soplando y señalando las conopas y huacas.
El capítulo quinto, está dedicado a las fiestas que se hacen a las
huacas; los ritos, cantos, danzas, sacrificios, ayunos (de cinco o más
días dependiendo de la importancia de la fiesta) y confesiones masivas
con los ministros que tienen para tal efecto:
No confiesan pecados interiores, sino de haber hurtado, de haber mal-
tratado a otros y de tener más que una mujer (porque tener una, aunque
sea estando amancebado, no lo tienen por pecado); acúsanse también de
los adulterios, pero la simple fornicación de ninguna manera la tienen
por pecado; acúsanse de no haber acudido a las huacas, el hechicero les
dice que se enmiende, etc. 16
El sexto capítulo es un listado sumamente detallado de las supers-
ticiones que tienen los indios para diversos momentos de su vida y
situaciones cotidianas; de manera que daré algunos breves ejemplos:
Por el mes de diciembre, que empiezan a madurar las paltas, hacían
una fiesta que llaman acatay mita, que duraba seis días con sus noches,
para que madurase la fruta. Juntábanse hombres y muchachos en una pla-
ceta entre unas huertas, desnudos en cueros, y dende allá corrían a un ce-
rro que había muy gran trecho, y con la mujer que alcanzaban en la ca-
rrera, tenían exceso. Precedían a esta fiesta, por vigilia, cinco días de
ayuno no comiendo sal, ni ají, ni llegando a mujeres.
Las mujeres, especialmente, tenían otro abuso y es cuando desean tener
hijos, toman unas piedras pequeñas cualesquier que sean y las envuelvan
16 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, p. 28.
64 ÁLVARO CUBAS MUSTO
y fajan con hilos de lana y las ofrecen y dejan junto a alguna piedra gran-
de 17.
El capítulo séptimo trata sobre las raíces y causas de la idolatría y
lo podemos reducir en las tres primeras líneas del mismo:
La principal causa y raíz de todo este daño tan común en este arzobis-
pado y a lo que se puede temer universal de todo el reino y que, si sola
ella se remediase, las demás causas y raíces cesarían y se secarían, es falta
de enseñanza y doctrina 18.
Es aquí donde Arriaga distingue claramente un problema princi-
pal, de carácter educativo: la falta de enseñanza y doctrina. Aquí
tienen responsabilidad todos, desde los indios hasta los sacerdotes
(algunos ni siquiera conocían la lengua de los indios), la administra-
ción, etc. y se hace mucho énfasis en el tema de los sacramentos y en
especial de las confesiones, intuyo que por la influencia del Concilio
de Trento que comenté al inicio 19.
Lo que queda muy claro en la postura de nuestro autor es que ve
mucho mayor la culpa en los curas:
Tienen menos culpa los indios que quien no les ha enseñado, como
tiene excusa de no saber matemáticas quien nunca las ha oído, y así a ca-
da paso dicen los indios: «Nunca me han enseñado esto, nunca me han
dicho esto». No hay muchacho, por pequeño que sea, que no sepa el
nombre de la huaca de su aíllo y aunque por solo hacer esta experiencia
lo he preguntado a muchos, no me acuerdo que ninguno, por muchacho
que fuese, me haya dejado de decir su huaca, y son bien pocos los que
preguntados quién es Dios y quién Jesucristo, lo sepan 20.
Incluso encuentra a curas que a sabiendas no instruyen a los in-
dios:
[…] y diciéndole yo al cura por qué no ponía una escuela, pues había
tanta comodidad para ella, para que aprendiesen a leer y cantar, pues
también resultaría en provecho suyo el decir misas cantadas, me respon-
17 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, pp. 36-37.
18 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, p. 38.
19 Pedros, 1983.
20 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, p. 40
EXTIRPACIÓN DE LA IDOLATRÍA DEL PIRÚ (1621): UN ACERCAMIENTO 65
dió que no convenía que los indios supiesen leer, ni escribir, porque el
sabello no servía sino de poner capítulos a sus curas 21.
Aquí hubo criterios contrapuestos. El arzobispo Pedro de Vi-
llagómez (1588-1671) 22, expuso años más tarde una postura diferente
sobre el problema, tal y como expuso en su obra Carta pastoral de
exhortación e instrucción contra las idolatrías de los indios del arzobispado de
Lima (1649), el mismo año en que inició su propia campaña contra la
idolatría. Para Villagómez, el problema de la pervivencia de la idola-
tría radica en la falta de fe de la población indígena; ciertamente,
concuerda con Arriaga en que han pasado pocos años para desarrai-
gar el mal y que efectivamente hay curas que no realizan bien su
trabajo. Sin embargo, la principal diferencia es que considera que la
falta de fe de los indios es obra directa del mismo diablo y de la em-
briaguez constante de los indios, tema no abordado por Arriaga:
Las dos causas principales eran, en primer lugar, la gran astucia del de-
monio, quien se aprovecha de la rudeza y corta capacidad de los indios,
y el hecho de que ellos eran hijos ab initio de idólatras. En segundo lugar,
la gran reverencia que sentían por sus antepasados y su arraigada embria-
guez. Entre las causas secundarias menciona el arzobispo la existencia y
gran actividad de los especialistas religiosos o ministros de la idolatría y el
hecho de tener ante sí continuamente las cosas que suelen idolatrar, tales
como cerros, lagunas, astros, etcétera. Entre las causas secundarias men-
ciona también el prelado la disposición de los pueblos, la difícil geografía
y la falta de doctrina, los malos sacerdotes y el mal ejemplo que reciben
de los españoles que los explotan 23.
Esta diferenciación de enfoques es de capital importancia para que
Villagómez pueda justificar su nueva campaña, ya que deja de lado el
tema educativo para transformarlo en una suerte de “cacería de bru-
jas”, extremando las medidas de vigilancia ante posibles prácticas
idolátricas de los indios y así restaurar la fe.
Ahora bien, prosiguiendo con la obra, los capítulos octavo al dé-
cimo son una descripción de otras causas que se encuentran para la
pervivencia de la idolatría, como son no haber descubierto y destrui-
do las huacas móviles, la cantidad de ministros y hechiceros que hay
21 Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú, p. 42
22 Para los datos biográficos de Villagómez, ver García, 2017, pp. 10-11.
23 García, 2017, p. 13.
66 ÁLVARO CUBAS MUSTO
en cada aíllo. Luego tenemos un diagnóstico sobre cómo se encuen-
tran las provincias que no habían sido visitadas y cómo aún en las ya
visitadas quedan muchas raíces de idolatría.
Del capítulo décimo primero hasta el décimo sexto, se trata bási-
camente de una guía práctica, con un asombroso nivel de detalle
sobre todas las acciones que se deben ejecutar para desarraigar la ido-
latría, las características que deben tener los visitadores, cómo deben
actuar, que errores no deben cometer, qué deben hacer al llegar a un
pueblo, cómo deben distribuir su tiempo, cómo deben ser los ser-
mones (se nombran 12 temas específicos para cada día), cómo se
debe examinar a los hechiceros (con 36 preguntas preestablecidas),
etc.
El capítulo décimo séptimo es un resumen de todos los anterio-
res. El décimo octavo y décimo noveno son una narración del estado
en que se encuentra hacia 1621 la cristiandad tanto dentro como
fuera del arzobispado de Lima; y, finalmente, el capítulo vigésimo es
una reflexión del autor sobre la importancia de las misiones para
cumplir con la obra de Dios, tanto de la suya, la Compañía de Jesús,
como de las demás congregaciones.
A manera de conclusión, he presentado únicamente el inicio de
una edición modernizada de la obra del padre Arriaga, la cual no solo
es importante por sí misma, como diagnóstico de la situación (aporta
un valiosísimo marco histórico que facilita la comprensión actual de
lo acontecido), y la detallada guía para su solución o “cura”. Sino
también porque tiene relación directa con la implantación del Con-
cilio de Trento en América, lo cual se ve también reflejado en los
Concilios Limenses; dicha implantación tenía como último fin no
perder la unidad religiosa. En este sentido, no pueden existir las he-
rejías, ni se puede permitir un regreso al paganismo, por lo cual se
debe erradicar cualquier signo de pervivencia de las supersticiones
entre la población. Me gustaría resaltar que, para este propósito, se
dio especial énfasis en el sacramento de la confesión o penitencia 24.
Intuyo que esto se debió no solo a la importancia que se le da en el
Concilio de Trento, sino porque los indígenas ya practicaban la con-
fesión dentro de sus comunidades o ayllus, antes de la llegada de los
españoles, se podría decir que con formas algo similares, pero con
fondos totalmente diferentes.
24 Ver Pedros, 1983.
EXTIRPACIÓN DE LA IDOLATRÍA DEL PIRÚ (1621): UN ACERCAMIENTO 67
En cualquier caso, estamos solo ante una primera aproximación,
pero que promete profundizar en todos los campos que haga falta
para llegar a comprender el alcance completo no solo de la obra de
Arriaga, sino del impacto que tiene hasta el día de hoy, así como los
intereses reales que existen detrás de esta monumental acción evan-
gelizadora y, en consecuencia, extirpadora de idolatrías, que se lleva-
ra a cabo mediante las visitas.
BIBLIOGRAFÍA
ARRIAGA, Pablo Josef de, Extirpación de la idolatría del Pirú, Lima, por
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