RAZÓN
INTELIGENCIA, PENSAMIENTO, OPINIÓN
A. ¿Quieres conocer y aprender unos mínimos sobre el tema...?
1. La razón es como una luz tenue vertida sobre la oscuridad de las cosas, un afán de
claridad necesaria para que el hombre sea hombre. Razón es solamente una capacidad
que no solo se tiene, sino que se usa. Cuando, por ejemplo, un centenar de jóvenes
destruyen el mobiliario urbano para festejar una copa de Europa, tienen «la razón», pero
no «razón». Muchas veces se la ha tenido en la boca, identificándola con deseos
particulares.
Pero la relación del hombre con la razón no consiste primariamente en poseerla, sino
en esforzarse por su conquista y ejercicio, tenerla y usarla. Una razón, la de cualquier
persona, es algo que justifica el contenido de una afirmación ante otra que considere el
tema con detenimiento, imparcialidad y sabiendo valorar las distintas evidencias. El lado
triste de la razón es que ha sido llevada de altar en altar: razón cósmica (presocráticos),
razón como ideal (Platón, Aristóteles), razón metódica (Descartes), razón ilustrada o
endiosada (Kant), razón agotada o débil (posmodernidad)... ¡Y se nos abre el siglo XXI
con la ilusión de que la razón ha de ser desbancada, porque asoma un nuevo tipo de
hombre: el emocional o sentimental!
2. Te prevengo de que hay muchos significados de «razón». Acaso no exista una
palabra con mayor número de significados que el de razón. Los filósofos griegos
empleaban tres términos:
– frónesis, que subraya la acción misma de pensar;
– nous, facultad pensante de la que se elimina cuanto sea irracional: con la nous
alcanzamos la comprensión de una realidad en cuanto portadora de un
significado;
– logos, decir inteligible formulado en un concepto o voz significativa.
La lengua española tiene, entre otros, los siguientes significados:
– Razón como facultad o condición del hombre; por ejemplo, «estar en su razón» o
«perder la razón».
– Razón como seguridad de estar en lo cierto; por ejemplo, «tener razón» por
encima de cualesquiera deseos particulares.
– Razón como motivo; por ejemplo, «he hecho esto por tal razón».
– Razón como fundamento; por ejemplo, «la razón de que la madera flote es su
densidad».
– Razón como explicación o justificación de algo: «dar razón de algo»; por
ejemplo, «se vende piso, razón en portería», «la calidad, nuestra razón de ser».
– Razón como relación matemática; por ejemplo, «razón de cantidades».
– Razón como raciocinio o razonamiento; por ejemplo, dado que los seres humanos
ansían la verdad, yo y tú, que somos seres humanos, tendremos que buscarla.
– La razón se puede considerar también como el conocimiento natural frente al
sobrenatural, el de la fe.
3. Nuestro significado preferido reúne tres notas características de la razón:
– Referencia a una instancia ajena a nosotros que se llama realidad. «Estar en
razón» es estar en la realidad; perder la razón es estar fuera de la realidad.
Mientras la realidad nos es dada, la verdad es construida por nuestro esfuerzo de
acoplar «lo que es», «lo que el hombre ha visto y lo que el hombre dice haber
visto» 1.
– Conexiones causales, motivacionales y justificativas entre el sujeto de la razón y
la realidad como contexto.
– Posesión de uno mismo («estar en su razón» es «estar en sus cabales»: se opone
al «estar fuera de sí») y posesión de la realidad, que es comprendida, aprehendida
en sus motivos y fundamentos: ahí entra en juego el «raciocinar» o razonar,
porque en el pensamiento discursivo y en el decir se toma posesión de lo dicho.
4. Para Descartes, «la razón es la cosa mejor repartida del mundo» 2, «el poder de
juzgar bien y distinguir lo verdadero de lo falso», «la única cosa que nos hace hombres y
nos distingue de los animales», «el sentido común» y «la luz natural de la razón», es
decir, capacidad adecuada y suficiente «para descubrir las verdades, incluso las más
difíciles, pero siempre que sea bien dirigida, bien gobernada», y de ahí que «no sea
suficiente tener buen espíritu, lo principal es aplicarlo bien» 3.
Así pues, la luz natural que es la razón se ha de acrecentar «no para resolver esta o
aquella dificultad de escuela, sino para que en cada circunstancia de la vida el
entendimiento muestre a la voluntad qué se ha de elegir». De donde se deduce que el
carácter práctico de la filosofía es el perfeccionamiento del hombre. Descartes escribía a
la princesa Isabel: «Yo creo que, como no hay ningún bien en el mundo, exceptuando el
buen sentido (sentido común), que pueda llamarse absolutamente bien, no hay tampoco
ningún mal del que no se pueda sacar ningún provecho teniendo buen sentido» (junio de
1645). «Los cuerpos no son conocidos propiamente por los sentidos o por la facultad de
imaginar, sino por el entendimiento solo, y que no son conocidos porque los vemos y los
tocamos, sino porque los entendemos o comprendemos por el pensamiento» 4.
Cuando el hombre yerra es debido al juicio, no a las ideas. Porque en el juicio por el
que afirmamos o negamos se da la «precipitación» y la «prevención». Razonamos para
encontrar la verdad de la oscura realidad en la que andamos y que se nos escabulle como
agua entre los dedos. No cabe vivir en la realidad si la razón no nos rinde cuentas de
aquella: en eso consistirá la verdad.
5. La razón es puerta de libertad de desear o de preferir: pues somos libres de desear
lo que nos acontece (libertad negativa), si bien la libertad para perseguir nuestros deseos
no implica siempre un final feliz por haberlos conseguido; y también para desear lo que
debemos desear a la luz de un criterio razonable (libertad positiva), donde lo importante
de la voluntad no son las preferencias, sino las personas que tienen preferencias.
6. Diríase que el único sentido controlable de la expresión «no tener uso de razón» es
este: «necesitar la razón y no poseerla». El animal no la tiene, pero no la necesita; el niño
tiene que razonar, pero no puede. Un animal necesitado de razón será desconcertante,
pero eso es el hombre.
7. «Ser razonable» y «razonar», uno y otro constituyen el armazón de la razón, cuya
«facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que
llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres» 5. Y añade
Descartes: «la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unas sean más
razonables que otras, sino tan solo de que dirigimos nuestros pensamientos por
derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas». Sí, tenemos derecho a
nuestras propias opiniones, pero no siempre a nuestros propios hechos. De un mal uso de
la razón no se puede concluir que su tenencia sea perversa.
8. Y no, no basta la sola razón para crear la convivencia, sino que es necesaria también
la comunión cordial. «El arte de razonar no es la razón, con frecuencia es su abuso. La
razón es la facultad de ordenar las potencias de nuestra alma convenientemente a la
naturaleza de las cosas y sus relaciones con nosotros. El razonamiento es el arte de
comparar las verdades conocidas para construir otras verdades que se ignoraban y que
este arte nos hace descubrir. Pero no nos enseña a descubrir esas verdades primitivas que
sirven de sustento a otras, y cuando, en su lugar, situamos muestras opiniones, nuestras
pasiones, nuestros prejuicios, lejos de iluminar nos ciegan. No eleva el alma, sino que la
debilita y corrompe el juicio que debería perfeccionar» 6.
9. Entonces, ¿en qué consiste esa facultad que es la razón? La razón es la capacidad
específicamente humana de construir conceptos, juicios y proposiciones, coordinándolos
en forma de razonamientos; es el intento de hacer el mundo habitable, rebajando el
delirio de las esperanzas humanas, para lograr, en cambio, aquello que es posible. Es
decir, lo que llega después de la ilusión desenfrenada. La razón como facultad es común
a todos los humanos, pero, entendida como motivo, puede ser diferente. De ahí que, para
ponernos de acuerdo, busquemos siempre unos principios o referencias en que apoyarnos
y válidas para todos.
10. ¿Y cuáles son esos principios o referentes invariables y directivos del
conocimiento en los que se basa y por los que comienza a operar la razón, y que son
indemostrables? 7 Estos son dos:
– el de identidad (A es A); de ahí proviene el principio colateral de no
contradicción, que es una forma negativa del principio de identidad, así como el
de tercero excluido, es decir, de dos proposiciones contradictorias, una verdadera
y otra falsa, no cabe deducir una tercera;
– el de razón suficiente o determinante: nada sucede sin que haya una causa o al
menos una razón que la determina. Sobre el origen de los principios racionales,
los filósofos se han dividido y opuesto sin cesar (para los empiristas no son
universales y necesarios; para los racionalistas, sí), si bien unos y otros han
admitido que son indispensables para poder conocer.
11. Pero, ¿podemos decir que la razón es una facultad presente en todos los hombres?
Si respondemos afirmativamente, ¿habría que defender que es innata? Si respondemos
negativamente, ¿procede de la experiencia? La discusión que en los siglos XVII-XVIII se
planteaba principalmente en términos metafísicos, se plantea desde hace un siglo en
términos psicológicos: organización infantil de los principios de la razón 8; afirmación de
una mentalidad primitiva 9.
12. Enseguida asoman las dificultades. Primera, puede haber realidades perfectamente
irracionales y, junto a una práctica científica o metafísica del conocimiento racional,
habrá que colocar una definición del conocimiento existencial que pretende aclarar lo
indefinible. Segunda, si un conocimiento es verdaderamente racional, también puede
acabar a veces en una racionalización abusiva de la realidad –como si el mundo fuera
solo lo pensado por nosotros o nuestros deseos crearan la realidad–, pero jamás podrá
lograr su pretensión de penetrar la racionalidad de las cosas –como si todo fuera
explicable o comprensible–: todo conocimiento se convierte entonces en relativo y el
intento de la filosofía termina en fracaso.
13. El problema filosófico del conocimiento racional se plantea hoy con no pocos
interrogantes. Por ejemplo:
a) ¿Cual es la diferencia entre visión filosófica y visión científica del mundo?
b) ¿Cuáles son sus respectivas características esenciales?
c) ¿Hasta qué punto el conocimiento racional da cuenta exacta del objeto que
contempla?
d) ¿Qué relación existe, según la razón, entre conocimiento no científico y alienación
del hombre, de suerte que sea posible y necesario elaborar un sistema global del
universo?
e) En fin, ¿hay algo irracional y qué estatuto le confiere la ciencia de suerte que pueda
a un tiempo captarlo y así construir un mundo en el que la tragedia de la ignorancia sea
finalmente abolida? Me guardaré la recomendación de Séneca: «Ande la sana razón por
la senda iniciada por los sentidos, y tome allí sus principios, que no tiene otro punto en
que apoyarse para lanzarse a la conquista del bien, pero vuelva luego a su centro» 10.
14. Pero si volvemos la mirada a «cuanto es y a cuanto hay» como objeto de la razón,
ni quedaría contento el mismo Kant, muñidor de imperativos y voluntades, legislador de
todo a priori, llamando a voces al mandato puro del deber ser. No será el ser el que
determine el sentido del hombre, sino el hombre ético quien determina el sentido del ser;
el sentido de la ortopraxis prevalece sobre la ortodoxia. Kant une dos corrientes
opuestas: racionalismo y empirismo, sobrepasándolas. La razón puede pensar ideas, pero
no puede conocerlas, porque no respeta las reglas de un conocimiento válido. La
legalidad de la naturaleza no es sino el espejo de la legalidad de nuestro espíritu: la
racionalidad del mundo es el fruto de la actividad proyectiva del hombre. La razón pura
es el entendimiento que, insatisfecho de no conocer nada más que fenómenos físicos
condicionados, y venciendo al viento como la paloma, parte a la búsqueda de lo
incondicionado, del absoluto, aunque sea aboliendo el saber fundado por la fe –¡Kant
sabrá por qué!– añorada, dejándose llevar en alas de la metafísica. Así afirmaba con el
corazón lo que con la cabeza había negado. Poetizaba Machado con sorna a los
propósitos de Kant 11:
Dicen que el ave divina,
trocada en pobre gallina
por obra de las tijeras
de aquel sabio profesor
(fue Kant un esquilador
de las aves altaneras;
toda su filosofía,
un sport de cetrería),
dicen que quiere saltar
las tapias del corralón, y volar
otra vez, hacia Platón.
¡Hurra! ¡Sea!
¡Feliz será quien lo vea!
15. El pensamiento oriental –religioso o secular–, queriendo ver (theorein), haciendo
gala de su nombre, se pertrecha de la ilusión, que Occidente ha seccionado en demasía
con el bisturí de la triple sospecha (Marx, Nietzsche, Freud). Empecinado el Occidente
por sentir o experimentar, haciendo gala de su nombre, va a volver y revolver sobre sus
pasos vacilantes de manera que la filosofía, amante de un saber más que del sabor del
saber, renuncie a respuestas contentándose con plantear problemas (Russell, Piaget,
Jaspers). Pero, ¿cómo renunciar al sentido del corazón (excepto Agustín, Scoto, Pascal,
Stendhal, Kierkegaard o Unamuno) o a la misma intuición, hija del corazón y melliza de
las ideas innatas, o a las ideas hipostáticas de Platón?
Olvidando que bondad-verdad-belleza-unidad no son menos hechura de la ilusión o
del mythos transmutado en ideología que criatura del Logos; olvidando que el
hiperuranio es el corazón del hombre. El hinduismo y el budismo tienen una concepción
radicalmente diferente del mundo del hombre y del hombre en el mundo y, por tanto, de
la ilusión. Occidente piensa que el mundo exterior tiene una consistencia real y una
realidad objetiva: que lo que vemos o tocamos es verdadero, que no es una ilusión de los
sentidos. El Oriente no judío, ni islámico, ni cristiano piensa lo contrario: todo es maya,
todo es anatma, todo es fenómeno y hay que liberarlo por la identificación con el
brahman y el atman con vistas a la ascensión o al nirvana. Erwin Schrödinger, uno de
los grandes fundadores de la física del siglo XX, fue filósofo idealista. Y además su
idealismo desemboca en una metafísica como la de los Vedas; lo que prueba a las claras,
cualquiera que sea el camino que se tome, que es difícil sostener la idea de una
depuración de la ciencia incontaminada de todo idealismo. Todo se pasa –al contrario de
la filosofía occidental– como si «lo real» dominara sobre la realidad. ¿Qué es la pasión
sino la invasión de la realidad en alguien que se deja anegar por ella por falta de
autocontrol?
En fin, el camino de la filosofía no está solo en Grecia o en Roma, sino también en
Alejandría y el Tíbet. ¿No nos sugiere que el paso de la polaridad a la unidad, o las dos
fuerzas universales (yang y yin) o la unión de sol y luna que domina toda la filosofía
oriental, están presentes –con todas las reservas– en los presocráticos, con sendos
«elementos»: en Pitágoras, con los números; en Parménides, con el ser; en Platón, con
las ideas; en los estoicos, con la naturaleza; en el evangelio de Juan, con el Logos-Verbo;
en Plotino, con el uno; en Descartes, con la intuición, etc.?
16. El ejercicio o uso ordenado del pensamiento se llama razón. Aristóteles
consideraba el pensamiento como una marcha progresiva del hombre hacia sí mismo.
Cuando uno cierra los ojos es como si retrocediera hacia el interior de sí mismo. En ese
interior se guardan el pasado (memoria), el presente (realidad) y el futuro (ilusión,
proyecto).
Nada hay más personal en el hombre que el pensamiento: inteligencia interiorizada,
cuna y muralla protectora, «dos en uno» (Sócrates) «callado diálogo interior del alma
consigo misma y con los demás en busca de la verdad» 12, revisión de las creencias
propias, reconsideración de las opiniones para cercenarlas y transformar la circunstancia
personal en horizonte de posibilidades. Por eso, quienquiera que piense es como un
mendigo. Hasta la evidencia le resulta insatisfactoria, como si el pensamiento la
adelgazara: pensamiento que no aporta el saber como hacen las ciencias, ni aporta la
sabiduría práctica, ni nos da directamente el poder de obrar sin más. El pensamiento, es
decir, el sopesar las cosas desde dentro, conduce a salir fuera de sí, porque ningún saber
se alimenta de sí mismo: hay que hermanarlo con la realidad. Elaborar conceptos,
proposiciones, problemas y órdenes son ejemplos de pensamientos; también lo son
comparar y transformar conceptos, proposiciones, problemas y órdenes 13. El
pensamiento puede ser visual (utiliza imágenes), verbal (utiliza palabras) y abstracto
(utiliza fórmulas). Puede ser caótico u ordenado, creativo o rutinario.
Sí, el pensamiento hace una función de cortafuegos de la marcha infinita del progreso
científico, o de rosario de verdades parciales, o de infinitamente respondón e
interrogador: «enamorado de los interrogantes», según Sócrates. A la postre, el
pensamiento es un trayecto personal que nadie puede recorrer por mí: ni el padre, ni el
maestro, ni el libro, ni el jefe, ni el amante, ni el director espiritual, ni el psicólogo:
aunque todo eso estuviera al alcance de mi bolsillo, nada resolvería sin mi riesgo y
desgaste. El pensamiento, caricia que el hombre hace a la realidad, es intento de
encontrarse con el mundo, todo cuanto el hombre hace para orientarse y saber a qué
atenerse. «Es manera de amor que vive de palabra, de sociedad, de compañía entre
hombres» 14. Es la representación de una idea y su empalme con otra en forma de juicio o
de raciocinio. Y también un garante de la felicidad dado que esta es conformidad de lo
que cada uno es con lo que pretende ser de suyo, del ser con el deber ser.
Cuando el hombre piensa, intenta sopesar la realidad en la que está, que a menudo le
es adversa. Es la eterna lucha entre el conocer y el comprender. Conocer, en sentido
bíblico, es entrar en relación con alguien; comprender es adentrarse a través del diálogo
en el misterio de una persona, encontrarse con ella. Ver y mirar, apariencia y
transparencia, luz y tinieblas, carne y corazón, parecer y ser, pensamiento y realidad.
Aunque, cada vez más en nuestro tiempo, el pensamiento habita en el descampado, no es
bastante usado –mírese la escuela, la familia, la calle–, solo él puede ayudarnos a que
nuestra vida tenga peso y espesor.
17. En cuanto a la opinión, se la considera como adhesión a una proposición o
enunciado inseguro que no excluye que sea falsa. Las limitaciones humanas, inevitables,
del conocimiento y de la libertad hacen que a veces nos recluyamos en la opinión cuando
no logramos alcanzar la verdad. La razón no es opinión ni parecer. El individualismo de
la opinión termina en el cosmopolitismo de la sinrazón. Decía Heráclito: «Las opiniones
de la mayor parte de la gente pueden compararse con los juegos infantiles»; y Platón:
«La opiniones verdaderas, mientras duran, son una cosa bonita y todo lo hacen bueno;
pero no gustan de permanecer mucho tiempo, sino que se escapan del alma del hombre,
y así no valen gran cosa hasta que se las encadena con la consideración del fundamento
[...] Y, una vez que están encadenadas, en primer lugar se convierten en ciencias y
después se hacen permanentes; y por eso precisamente es más venerada la ciencia que la
opinión exacta, y en la atadura difiere la ciencia de la opinión exacta» 15.
El caso es que sin opinión sería imposible la ciencia, la experiencia e incluso el
mantenimiento de la vida. La diferencia entre opinión y conocimiento estriba en que el
conocimiento es la opinión verificada. Los hombres estamos obligados individual y
colectivamente a usar también de opiniones que se sustraen por principio a su
comprobación. La opinión es consecuencia de no poseer satisfactoriamente la realidad.
Mientras que la verdad se justifica por la razón o por la fe, la opinión es un punto de
vista no justificado suficientemente. Sin embargo, vivimos más apoyados en opiniones
que en razones. El caso es que, remitiéndonos a las opiniones de los demás, cada uno
termina por confiar en todo el mundo, y la opinión pública, hija de la cultura estadística
o de sondeos de opinión, deviene regidora del mundo. Si damos a cualquier afirmación
el mismo valor que a otra, ¿qué sucederá? Que el principio de autoridad es sustituido por
el de las mayorías. Sin embargo, hay que incitar a todos, aunque sea una pedagogía
ardua, a imaginar la realidad al margen de los esquemas recibidos. Pero cuando una
sociedad no quiere interrogarse sobre sus fines, raíces y métodos, es normal que se
desinterese por la filosofía, que tamiza ideas, creencias u opiniones que tenemos o que
nos sostienen. En efecto, nadie se interroga sobre el qué, el porqué, el para qué y el
cómo, cuando predominan el engreimiento y el fanatismo. A la postre, siempre asoma un
doble extremo: excluir la razón y no admitir nada más que la razón.