La
carta entera, última obra poética de Luis Rosales, es un magnífico exponente de
su concepto de «Poesía total», destacando los orígenes autobiográficos del poema y
su compleja estructura, así como su autonomía poética y sus intrínsecos valores
artísticos. Escrita entre 1980 y 1984, La carta entera bastaría para consagrar a
Rosales no sólo como el poeta más representativo de la Generación del 36, sino como
un escritor absolutamente actual, vigente, que ha escrito gran parte de su obra en la
segunda mitad del siglo XX.
La carta entera es una metáfora de la vida, un alegato y una denuncia de los
problemas que afectan al hombre de hoy. Simbolismo, existencialismo y surrealismo
se funden en un ambicioso poema, síntesis de todas las artes de nuestro tiempo.
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Luis Rosales
La carta entera
ePub r1.0
Titivillus 03.06.2022
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Luis Rosales, 1984
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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Índice de contenido
Cubierta
La carta entera
Prólogo
Episodio primero. La almadraba
Primera parte
Segunda parte
Episodio segundo. Un rostro en cada ola
Primera parte
Primera hipótesis de muerto
Una lluvia llamada adolescencia
La señorumbre
Da comienzo la ronda de los amigos muertos
Y ahora conviene hacer el diagnóstico de nuestro tiempo
Madrid en su tempranería
Segunda parte
Cuando tenemos una hormiga en la lengua deletreamos las palabras
Un hueso sigue siendo el mejor testimonio
Testamento de errores
La guerra sigue hablándonos en presente de subjuntivo
Los muertos fueron mi enseñanza libre
Sigue siendo actual como una profecía
En el mundo actual la oficina es la guerra santa
Retrato de un funcionario
Hazle la cama al miedo
Una visita para nada
El miedo es vertical
Al parecer todos estamos predestinados a que nos hagan la puñeta
Nadie sabe hasta dónde puede llevarle la obediencia
Episodio tercero. Oigo el silencio universal del miedo
Capitulo primero
La mirada de nunca acabar
Para eso están los ojos
De cómo y por que causas cuando un amigo se enamora nos parece un columpio
descompuesto
Despacio, muy despacio, despacísimo
Luego queda la espuma
Capítulo segundo. La mirada antagónica
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Oigo el silencio universal del miedo
La memoria total
Los medios seres
El mundo sideral es la esperanza
Tanto en la vida como en la muerte: amen
En la espalda del mundo
La frontera invisible
Una escena de paz imprevisible
La muerte deseada
Sobre el autor
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A Juan Carlos Onetti
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Soy uno más entre los millones de hombres que nadie sabe quiénes son,
y si supieran quién soy, ¿qué es lo que sabrían?
FERNANDO PESSOA
El propósito de las palabras es trasmitir ideas.
Cuando las ideas se han comprendido, las palabras se olvidan.
¿Dónde puedo encontrar un hombre que haya olvidado las palabras?
Con ese hombre me gustaría hablar.
CHUANG-TZU
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PRÓLOGO
LA EXTRAÑEZA ES UNA ASIGNACIÓN QUE NOS VA A ACOMPAÑAR DURANTE TODA
NUESTRA VIDA,
y sólo algunas veces se convierte en asombro;
generalmente es una quemazón,
mejor dicho: una llama,
y la llama está hueca,
¿no la ves?
un hueco revestido de furor igual que el hombre.
Detrás de la oquedad comienza el cuerpo de la luz que va del negro al gris,
luego se alegra con diversos colores: morado, rojo y oro,
finalmente
el azul establece su frontera.
La verticalidad es el carácter propio del hombre y de la llama,
su determinación,
y persiste más allá de la muerte pues donde acaba el cuerpo empieza el humo.
No hay que saber filosofía para ver que la llama tiene un centro,
y es curioso que el pabilo no se queme al arder,
no se puede quemar,
se encuentra aislado,
y en torno suyo queda un foso donde puede dormir un niño.
Nadie debe olvidar que el nacimiento de la vida empieza en ese foso,
en ese abrazo hueco en el cual se completan sin unirse el pabilo y la llama,
ya que somos el fruto de un vacío
y la llama descansa en su alveolo lo mismo que el corozo está en la fruta,
pero partida en dos mitades:
es como si tuviera cuerpo y alma,
y al verla es fácil comprender que hayamos conseguido la verticalidad
al encontrar la justa proporción entre el encendimiento, el cuerpo y el vacío.
ME REFIERO A LA LLAMA DE LA VIDA,
mas apenas acabo de escribir esta expresión ya estoy reconcomiéndome
puesto que está en descrédito,
ningún poeta actual se atrevería a escribirla,
cosa que importa poco
para que siga siendo una verdad inmediata y originaria.
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Así pues y atendiendo a esta relación entre la llama, la extrañeza y la vida del
hombre,
su interior debe ser habitable,
yo quisiera estar en su interior con su calor de madre en torno mío,
quedarme en su regazo para no regresar,
ni volver a vivir,
así vivimos todos,
como si te acostaras en verano en una cama ya recalentada.
Pongo en pie las palabras en su cuna,
(la cuna es una mano o un crepúsculo interno)
y en cada pliegue de mi cuerpo estoy sintiendo el roce de un pétalo de llama,
ya que vivir no es otra cosa que mantener ese calor primigenio y vestibular,
y el desarrancamiento prematuro
en el que duermen las palabras con los ojos abiertos.
En fin,
las consideraciones anteriores no son siquiera una Opinión,
mi esta opinión es mía,
y sólo constituyen el humo de un invierno
o una memoria prenatal,
ya que la vida es la otra cosa
y aunque la olvides no te apartas de ella,
siempre está administrándonos su santo sacramento,
su corte de navaja en las entrañas,
y a veces no sabemos si la vida es tan corta que no ha empezado aún,
y a veces no se sabe dónde empieza su herida,
Pero sientes su espanto y su incisión
como una hucha
que sólo muy lejanamente nos puede recordar al sexo femenino,
un sexo sin mujer pero no obstante.
VIVIMOS ARROJADOS EN EL MUNDO Y NUESTRA PIEL SE ENCUENTRA ARDIENDO;
pon en orden tus llagas y disponte a escribir,
ésta es tu rebeldía,
no tienes otra cosa que llevarte a la boca;
desde hace muchos años nadie puede vivir y nadie vive,
pero la vida continúa,
la noria sigue andando con el caballo muerto.
Esto es lo que nos pasa,
hablar sinceramente es una forma de castración pero tienes que hablar,
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tienes que hablar sinceramente hasta la extenuación y has de hacerlo con
humildad,
en rigor basta ser minucioso para ser objetivo
y yo pretendo hacer un libro minucioso y absurdo sobre el hombre actual
y su creciente desamparo.
He empezado a escribirlo sin darle ningún orden porque la desesperación lo
ordenará,
pero no te preocupes,
un minuto es tan grande como un ciego,
y ya sabes que un ciego llena completamente la calle donde está,
llorar en cambio es muy pequeño: siempre se queda corto.
Por lo tanto no es preciso elegir,
no tengo que elegir la desesperación, mi las palabras, mi los temas del libro
pues quien elige empieza a suicidarse,
no es preciso elegir:
Basta atender.
Hay que prestarle al mundo una atención distribuida,
esa atención que une a los hombres en la dialéctica de la objetividad,
y me está haciendo ver con vuestros ojos y amar con vuestras manos,
pues lo vivo es lo junto,
y en cada uno de nosotros hay tantos hombres diferentes
que siempre que te espejas en el mar ves un rostro distinto en cada ola.
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EPISODIO PRIMERO
LA ALMADRABA
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PRIMERA PARTE
VIVO DE SOPETÓN PUES NO ME EXPLICO CÓMO HE LLEGADO A ESTA CIUDAD,
y es indudable
que en el momento mismo de nacer comienza la extrañeza
y cada vez es más difunta,
más penetrante
y más huida,
ya que los vivos salen de los muertos y yo no sé de dónde salgo,
no sé de dónde vengo,
aunque un parto es distinto de una supuración
y un muerto puede tramitar un niño.
Como no entiendo nada y quisiera encontrar un asidero miro el rótulo de la
calle,
es un rótulo de cerámica y su nombre parece una alusión:
Calle de los Desamparados,
aunque para ayudar no empieza bien: está cerrada a cal y canto
—la he examinado atentamente—,
no hay una puerta abierta;
barandas y azoteas que de noche brillarán con la luna,
y el mar, ¿dónde está el mar?
su resumen se advierte en todas partes
pero sólo al trasluz:
la claridad del aire es un examen de conciencia.
NO SÉ POR QUÉ RAZÓN ESTOY MIRANDO DE UNA MANERA INÚTIL,
como si la visión se acabara en los ojos
y sólo puedo ver la realidad de una manera inarticulada:
tropiezo con el mundo y no lo veo.
En el cielo los cúmulos son puntos suspensivos,
y la calle no sólo está desierta, se encuentra detenida igual que una sentencia se
prorroga.
Tan sólo pasa el tiempo,
¿Cuánto tiempo?
lo que no pasa nunca es la extrañeza
pues no consigo recordar cuándo he llegado a esta ciudad,
ni sé tampoco en qué consiste la palabra cuándo,
aunque es un poco parecida a mí,
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tiene la misma suspensión en el modo de andar,
y se queda en el aire igual que un paso en vilo,
un paso tartamudo que sólo toca el suelo con un pie.
Hablar es un desagüe y ahora tengo que hablar,
lo necesito,
no entiendo lo que tengo ante los ojos
pues sólo veo paredes y paredes de una ciudad que parece también recién
llegada,
una ciudad desierta,
trasmitida,
y esperando vivir.
¿Es posible vivir en este desamparo?
Me contestan los ojos,
y al mirarla estoy viendo su misma soledad convertida en espera.
NO SÉ SI ACABO DE LLEGAR O NO HE LLEGADO TODAVÍA,
me extraña mucho este silencio que en modo alguno está vacío,
pero no tiene altura,
es un silencio subsistente,
un silencio anterior,
y he pensado que nada va a cambiarlo:
está viviendo ya su crecimiento.
Tendría que hablar con alguien para saber, al menos, en qué consiste una
pregunta,
pero no voy a conseguirlo,
no sé si estoy andando de la vida a la muerte o al revés,
ya que todo lo extraño se parece entre sí
y nadie sabe al caminar si le llevan sus pasos o le llevan sus huellas.
En el fondo es lo mismo,
no es necesario andar para sentir cansancio,
pues también la extrañeza nos cansa,
nos fatiga,
nos deshereda,
es como un gota a gota que va cayendo en nuestra sangre hasta cambiarla por
completo.
SI RECORDARA ALGO PODRÍA SENTIRME ACOMPAÑADO,
pero no puedo recordar,
se me ha perdido la memoria y estoy encarcelado en lo que veo.
Miro las calles abandonadas donde el silencio se acumula y no crece,
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las casas en la acera sólo dejan sus sombras,
las ventanas tiritan,
y en toda la demarcación no he visto un cementerio porque indudablemente no
lo hay.
«Quizás haya un hotel para los muertos; un gran hotel de lujo»
y se me mubla el rostro al sonreír cuando pienso y traspienso:
«Tal vez en este pueblo no se haya muerto nadie todavía, pues la muerte es
viuda y anduvo aquí sin encontrar marido.»
Unamuno decía:
«Verdadero es aquello que nos hace vivir»
así pues,
aunque lo tengo ante los ojos este pueblo no es verdadero,
pues nadie vive en él, sólo este viento confinado que choca en las paredes,
golpeándolas,
pero no desemboca en parte alguna;
no levanta un papel,
ni un desperdicio;
alguna vez se arremolina el viento y ciega el pueblo;
cuando llega ese instante la soledad se disuelve en el polvo.
VIVO EMPUJADO POR LOS OJOS Y NO COMPRENDO LO QUE VEO,
no comprendo cómo puede existir una ciudad deshabitada,
una ciudad al mismo tiempo viva y muerta,
cerrada, inmiscuida y en espera de algo,
¿en espera de qué?,
ni me puedo explicar cómo he venido aquí para arrastrarme
en esta unánime soledad,
en esta angustia que ya es un vencimiento a plazo fijo.
Las palabras son pájaros y su vuelo es su juego;
entenderlas suele ser lo peor
ya que si me pregunto:
—«¿Qué tiempo llevo aquí?»—
siento una rigidez que me empala por dentro
como si el cuerpo entero quisiera contestar y no pudiera.
Se me ha acabado el nombre. No lo encuentro. Tal vez debiera renovarlo.
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En su lugar queda un vacío y no me voy a acostumbrar a él,
no puedo acostumbrarme,
si alguna vez me duermo,
si alguna vez dejo de vigilarme lo voy a pasar mal
nadie puede tener un corazón desconocido,
un corazón sin nombre propio,
escuchar su latido sería una pesadilla.
Ahora tengo un mareo
—debo llevar andando varios días: lo noto en la cintura—,
y las nubes tropiezan en las Casas,
las aceras sin nadie se están balanceando,
—no
puedo
más—
y el banco es un columpio
cuando me siento en él para quedarme quieto,
quieto y horizontal y extenuado,
pues ya no puedo andar,
no quiero andar de un sitio a otro,
tal vez de un tiempo a otro cuando ya sólo quedan en el mundo
la araña y su titiritaña.
No
me
tengo
en
los
pies…
quie…
ro…
dor…
mir…
LENTA, MUY LENTAMENTE, LA CABEZA COMIENZA A LLENARSE DE SOMBRA,
¿dónde están las paredes desplomándose?,
tendría que tener sueño, un sueño vegetal, para dormir la muerte,
y sentirla crecer dentro de mí,
como el silencio a veces nos transmite la comunicación de las estrellas.
Pero el sueño que tengo es diferente,
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el sueño no es un vicio,
y me enciende la boca como un fósforo,
sin protestar de nada porque no vale protestar.
—Sí, sí, quiero dormir—
y el cansancio es un sapo que tiene el corazón en la garganta, al corazón de
bulto que se ensancha y empuja y dilata la piel,
y su latir consiste en esa distensión que estoy viendo crecer siempre en el
mismo punto:
cloc, cloc, cloc,
y no es más que un vacío que le da forma al corazón y cada vez se hace mayor,
hasta que ya no puede más y queda quieto.
HAY SOLAMENTE UNA PIZARRA NEGRA
y en su encerado que parece tocarme porque lo negro siempre se adelanta en
los ojos,
las palabras se mueven y van formando un número.
Tengo un sueño violento, tan violento que me impide dormir;
necesito descanso y me pregunto:
—¿No he llevado este número en la espalda?
Necesito dormir, pero muy poco,
dormir no es descansar es devolverse,
y el sueño es una deuda que hay que pagar a largo plazo.
Sería mejor pagar ahora puesto que al fin y al cabo el sueño es un ajuste
y no puedes dormirte hasta que la memoria se convierte en un péndulo
que
cada
vez
se
hace
más
lento,
y
es
cuestión
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de
compás…
He llegado a una plaza.
Tiene un jardín central con una verja,
álamos salicíneos de hojas verdes y blancas que platean cuando el viento las
mueve,
jazmines trepadores
y las alas de ángel que parecen volar —¿no lo estás viendo?— y más tarde he
sabido que se llaman acantos.
Hay una acera en torno de la verja,
una verja de hierro de ese color verde municipal que he visto tantas veces en
la infancia,
y hay un niño en la acera:
—medias negras caídas,
corbata azul,
cartera, pizarrín
y estupor en los ojos—
hay también en la acera dos hombres persiguiéndose;
no les basta vivir;
cuando se lucha a muerte nadie habla.
Corren uno tras otro y es igual porque ninguno huye,
el de atrás marcha ciego con la navaja presta y empalmada,
el que corre delante, sin armas y al acecho.
La gente que los mira tiene miedo y un pasmo parecido a la alegría;
y ellos siguen corriendo sin apartarse de la verja,
el correr los agota y los decide
pero no pueden alcanzarse hasta que llega el fin:
siempre es el mismo:
hay un momento en que la cólera sólo deja en dos hombres una vida;
nadie puede saber a quién le toca,
y hay un segundo en que la suerte se decide por alguien
que ha degollado al otro, con su misma navaja, al lado mío.
Vi el cuerpo desatarse;
recuerdo su desplome tras apoyarse sobre un olmo,
su apagón en el suelo
con la sangre brotando de la herida.
Y recuerdo el color de la sangre que se iba oscureciendo al avanzar,
que se iba oscureciendo con el polvo y llegaba a las botas del niño para
buscar asilo,
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a las botas del niño que no podía moverse porque el terror lo ataba con el
muerto,
como si aquella sangre fuera un cordón umbilical.
Y recuerdo también que la sangre me bordeaba
dibujando las plantas de mis pies como si fuera una Premonición;
y no podía apartar los ojos de ella,
y no podía apartar los ojos de su abrazo tan lento y tan pequeño,
quedándome más quieto cada vez por temor a pisarla:
No se puede pisar. Está prohibido.
Pero la prohibición no me valía porque mis pies pisaban ya la sangre para
imprimir mis huellas en la muerte.
DE SÚBITO HE SENTIDO QUE ALGUIEN ME TOCA Y ME DESPIERTA;
me restriego los ojos y de modo borroso empiezo a ver:
es un hombre muy alto, tan alto que se debe aburrir,
pero no lo parece
porque su rostro se entreabre sobre mí de manera contagiosa y lentísima.
Cuando alguien nos inspira confianza, ¿no recordáis que cualquier gesto suyo
es igual que una mano que nos tocara el rostro,
para cicatrizarnos la hemorragia vital?
Ésta es la situación en la que me encontraba,
y comencé a reír para decirle algo,
sintiendo junto a mí su solidaridad.
—Estaba usted hablando como si andara en un andamio y al
tiempo de caer dijera amén.
—Es cierto, me caía.
—Entonces he llegado en punto, si se duerme del todo en ese
banco a lo mejor despierta en la otra vida
No supe contestarle, era moreno,
como es morena una aproximación;
llevaba un traje presuroso
que no ocultaba el cuerpo, pues ya sabéis que a veces a través del vestido se ve
la desnudez
y en el lóbulo de la oreja tenía un lunar tranquilizado y mayestático que
demostraba su inocencia.
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—¿Quiere venir a casa?
—Desde luego.
Y empezamos a andar,
marchaba alegremente con un paso cojitranco y alado igual que una perdiz,
un paso acompañante y adhesivo que me daba seguridad.
—Debe apoyarse en mí, puede caerse
Había cesado el viento. Era de noche. Me apoyaba en su brazo,
y al desandar las calles
aquel pueblo desierto empezó a parecerme convincente.
Fue mi primer contacto con el mundo local y una estrella fugaz había caído.
«Mañana tendré estigmas en la mano», pensaba sonrojándome de gratitud
mientras que le miraba de hito en hito comenzando a aprendérmelo.
Sólo quería saber cómo era un hombre
y ya lo estaba viendo. No sé cómo explicarlo.
Las aguas que cubrieron alguna vez el mundo comenzaron de pronto a
separarse
con un solo latido de urgencia divergente,
divergente y vital, y allí en el cauce abierto estaba él,
incólume,
y absuelto,
y acercándose,
acercándose siempre con aquel movimiento mañanero porque andaba para
nacer,
y las aguas estantes le abrían paso,
y todo estaba en su principio,
y él era el primer hombre que pisaba la tierra.
Comprendí que vivir era su oficio,
que había vivido mucho y lo hacía bien,
y era tan parecido a una revelación
que bastaba mirar el movimiento de sus manos para saber que no mentía.
Tenía la barba negra,
los ojos claros y aventurados,
aquella inolvidable juventud sin edad,
y la cojera desenvuelta y quebrándose como un rayo de sol que penetra en el
agua.
Así lo estuve viendo adentrarse en la sombra,
y así llegó al portal,
un portal con geranios, cilantros, no me olvides
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y no recuerdo más.
Entré dormido.
NO CREO QUE NADIE SE HAYA MUERTO POR DORMIR VEINTICUATRO HORAS
y como a causa del cansancio yo tenía el sexo un poco distraído
—¿no recordáis que cuando estamos en esa venturosa disposición se duerme a
maravilla?—
por lo cual, como si el sueño fuera una buena inversión,
dormí como una morsa cuarenta y ocho horas,
y desperté recién nacido.
Descansar es vivir,
y en cuanto abrí los ojos sentí el mar,
¿cómo ayer no escuché su palabra?
su llamada apremiante que me llevó al balcón para mostrarme que el mar cabe
en los ojos,
y estaba allí real, establecido, santihablando,
el mar que es como un rito de iniciación en torno nuestro
y al contemplarle me sentí iniciado,
y salí a comprobarme con el mar,
casi en un santiamén,
puesto que aquella noche no me había desvestido,
y sentí que la vida me empujaba como si ya me hubiera hecho su transfusión
de sangre,
y vi la playa enteramente abierta,
y el mar, el mar inmémore,
su extensión donde el mundo puede dormir la siesta,
su olor que dice:
—Ven—
y la espuma discípula y prestada sobre un torso creciendo al respirar,
sobre un torso creciendo que nunca ha sido azul marino,
y las tollinas que jugaban saltando,
mientras las gaviotas comenzaban a patinar en la primera comunión de las
olas.
DE REPENTE SENTÍ EN LA ESPALDA UN TIEMBLO Y AL VOLVER LA CABEZA VI UN
TURBIÓN
de gentes que llegaban:
hombres, viejas y niños con fardos y macetas y colchones que parecían venir
andando solos,
y velones, y trébedes, y sillas que llevaban en la mano y en alto,
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y las jarras de vidrio con el aceite de alacrán curalotodo,
y un rebullicio de sartenes tintineantes,
orzas despatarradas alguna de las cuales debe haber enviudado tres veces,
y hasta una cómoda que parecía venir en procesión
con mantas y floreros y Anunciaciones en sus fanales con el pie de la Virgen
aplastando el pecado,
un pecado de barro,
pero ¿dígame usted cómo es posible que todo este aluvión
haya llegado al mismo tiempo?,
haya llegado con canarios y jaulas y almohadas donde el sueño y el llanto
siguen andando a pie,
claveles permitidos en el pelo de mujeres que miran con un grito silencioso y
caliente
que les llega de no se sabe dónde hasta los ojos,
y voces, muchas voces, encaramadas las unas en las otras,
y un derrame en los labios de vino peleón,
y una tortuga que alguien llevaba en la cabeza,
y gatos y canciones y tocamientos a mansalva aprovechando el ajetreo,
y una mujer diciendo:
—Gracias, ¿no le parece que ya está bien?
y un jolgorio espesísimo de risa gratuita.
ERA UNA VIDA IMPERSONAL, IMPETUOSA, ACALAMBRADA Y BULLANGUERA,
los hombres se fundían en el gentío,
y yo los vi formar un solo cuerpo entre las olas y la playa,
y me dio un vuelco el corazón
porque me pareció que el mundo estaba variando,
quiero decir que estaba haciendo su mudanza,
la mudanza del mundo,
la mudanza que todos esperamos desde hace tantos siglos,
y al fin se realizaba en este pueblo
donde se oía un estambre de ruido y todas las palabras tenían la misma
magnitud,
y hasta los gritos parecían descalzos y pintaban el aire,
para alegrarlo un poco,
como si aquel tumulto fuera una exposición inaugural con el recinto lleno y los
últimos cuadros llegando todavía.
Era la puesta en marcha,
y la renovación universal pues la gente venía de diversos países,
pero también era la hora sobreviviente y puntualísima,
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y al comprenderlo así me acerqué a ellos
para identificarme con los hombres y asumir su pasado,
y me sentí feliz inicialmente, pues quien abre los ojos, quien los abre de veras,
ve un asombro,
un asombro sin límites:
La vida.
LA VIDA, SÍ, QUE ME ARRASTRABA EN SU RIADA,
con bultos sostenidos de manera imposible,
con espejos a cuestas donde brillaba el sol,
y al mezclarme con ellos los niños me zarandeaban con su alegría testicular,
sonaba una guitarra compasiva,
y vi mozos y mozas que llevaban el viento en la cintura,
y una niña que ya empezaba a tristear con las manos cosidas sobre el traje,
—tal vez era la única que en aquel alboroto estaba sola—
y un viejo con su cara de nutria sonriente diciendo despropósitos sobre el
pecado original;
y dominando aquel bullicio,
como al llegar el tren a la estación dejan de oírse los demás ruidos,
sólo quedó en el aire una averiguación acumulada que iba corriendo de boca en
boca,
pues todas las mujeres decían al mismo tiempo:
—¿En dónde está mi casa?
y buscaban un número que llevaban escrito en un papel, y aquel papel era la
absolución.
—No puede haber desorden en un número
pensaba yo, y en el momento de pensarlo todo se puso en claro
la juventud del mundo tiene que comenzar por su mudanza,
y como nadie sabe cuándo puede empezar,
debes acostumbrarte a llevar en los brazos cuanto tienes
igual que aquellas gentes lo llevaban consigo para hacer la mudanza,
la mudanza del mundo,
que ya empezaba a realizarse, imprevisiblemente, en aquella ciudad
donde tu propia suerte entraba en el sorteo.
Abre los ojos bien;
lo puedes ver tú mismo porque has llegado en hora,
sólo es preciso atestiguarlo,
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tienes que atestiguar que allí todos tenían su asignación de vida,
su casa, su mujer y sus enseres,
su botella de vino,
—costaba entonces tres pesetas, tres pesetas inacabables—
tienes que atestiguar que en el tantarantán aquel
lo necesario estaba ya convertido en preciso,
tan preciso que el mundo cambiaba de postura, bruscamente, como si le picase
una mosca en la oreja,
y la comunidad se establecía sin que nadie tuviera antecedentes más o menos
políticos,
pues bastaba enseñar sólo un papel sellado con un número
para participar en aquella alegría que se podía vivir en distintos idiomas,
y era ininteligible pero cierta,
como un sello,
o una calcomanía que había firmado su adhesión en el rostro de todos.
ANTES DE QUE SALIERA DEL ASOMBRO VI LLEGAR A MI AMIGO,
mi amigo universal,
con aquel gesto suyo gigantón y la cojera al hombro,
que de madera ritual dijo algunas palabras impartidas,
y yo las vi verificarse
pues el gentío se iba abriendo a su paso como un cauce en el mar,
un cauce seco,
¿imagináis las olas, verticales y quietas, esperando?,
así lo vi pasar entre la muchedumbre
y así llegó hasta mí para decirme
¿Qué?
Una pregunta es igual que una piedra y cuando cae en el agua
se ensancha en círculos concéntricos más amplios cada vez;
por mucho que se alejen siguen teniendo el mismo origen,
y la palabra
Qué
no se acababa nunca entre sus labios como si fuera un expediente
que incluía con igual proporción lo deseado y lo temido,
y como en ella estaba cuanto podía esperarse no era preciso contestarla,
y su sonido se convirtió en calor.
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La concisión de su pregunta me hizo gracia y pensé, en cierto modo para
justificarme,
—Tal vez cojea para inspirarme confianza,
pues todas las personas que nos gustan deben tener una debilidad, que nos
pueda permitir ayudarles.
Aunque esto era un pretexto,
pues él no parecía tener debilidad alguna,
y era completamente así,
ya que hay personas favorables
que llegan a nosotros para mostrarnos en qué consiste nuestra autenticidad,
y hacernos comprender que somos semejantes.
Me preguntó mi nombre y yo le dije:
—No puedo recordarlo desde hace varios días.
No pareció extrañarse
como si ya esperara una respuesta mía que no aclarara nada, y con aquella
certidumbre tan palpable y tan suya
creo que me contestó:
—Vaya con tiento,
tal vez lo que ha olvidado no es su nombre, sino su identidad,
y siguió su camino
apoyándose en la cojera,
mientras la gente le abría paso, no sé por qué razón, con agradecimiento.
VIVIMOS EXPROPIÁNDONOS EN ESTE CARNAVAL DONDE LOS HOMBRES PIDEN
PRESTADO UN ALFILER
o un palillo de dientes que va de boca en boca,
aunque esté consignado a nuestro nombre,
pero es notorio que esta consignación suele llegar al humo de las velas,
cuando el palillo está en las últimas y al entrar en la boca se convierte en
lagarto.
La expropiación tiene sentido porque acabo de despertar
y no recuerdo mi pasado,
no sé cuál es mi nombre,
no encuentro mi carnet de identidad,
no sé cuándo he vivido mi última primavera
y estas cosas me sobresaltan:
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como carezco de recuerdos mi corazón no es mío,
y escucho su latido igual que suena un despertador aunque no hay nada en mí
que pueda despertar,
ni costumbres, ni deudas, ni amistades,
¿para qué sirven las pasiones si no he olvidado nada, lo he perdido?
Tic tac, tic tac, tic tac.
Estoy oyendo un corazón que no late por nadie, ni siquiera por mí, me hace
vivir en blanco y eso es todo.
NUESTRA FRONTERA EMPIEZA A REVELARSE CON LA ANGUSTIA,
y sólo nos podemos conocer haciendo nuestro este latido:
tic tac, tic tac,
que me despierta aunque no me acompaña, y en cada pausa hay un retomo de
algo que nunca llegará,
tic, tac,
pero siento de pronto una alegría,
al pensar que he perdido la memoria y ya no puedo recordarme,
y aunque esta situación es tan inútilmente dolorosa,
tiene también una ventaja:
con mi nombre he perdido mi disfraz;
el carnaval ha terminado;
y es como si la máscara se sumiera en el rostro.
—Nacer. ¡Voy a nacer!—
dije con entusiasmo y en voz alta
sin darme cuenta de que hablaba solo aunque mi amigo universal había llegado
vestido de uniforme, en ese mismo instante;
—un chaquetón de paño azul con botones de plata,
bocamanga, galones y gorra de visera—
y me estaba mirando con un cierto interés proteccionista,
y esa tranquilizada compasión de quien decide persignarse al ver pasar un
féretro.
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—No tendrá tiempo de nacer porque voy a ofrecerle algo más distraído.
Me llamo Antonio Zaragoza. Capitán de Marina y Arráez.
Me gustaría que viese cómo se monta una almadraba;
es un secreto que muy pocos conocen y usted lo va a saber.
Podrá escribirlo. Gracias.
El asombro me hizo que contestara mamullando:
—¿Cómo puede decir que soy un escritor
si nunca se lo he dicho, ni estoy seguro de ello?
—No es difícil. Le he venido observando
y a un escritor se le conoce en la manera de actuar:
no es un protagonista, es un testigo,
y por esta razón puede ayudarnos.
Me quedé turulato y tardé mucho en contestar
con una cierta deglución de saliva,
y cuando aquella deglución estaba a punto de hacerse inteligible,
me interrumpió,
con gran acierto desde luego.
—No tiene que esforzarse. Hable despacio. Hoy tengo tiempo libre.
COMO ESTABA EN SU CASA MIRÉ LA HABITACIÓN PARA SABER A QUÉ ATENERME,
era una sala ordenadísima aunque un poco destartalada,
tal vez por la desproporción con el tamaño
puesto que el orden siempre empequeñece.
Tenía un balcón que daba al mar,
discos muy numerosos de incontenible música,
un esqueleto de cuerpo entero con la mano derecha levantada por un alambre,
y una mesa en el centro con un globo terráqueo iluminado.
En las paredes dos amates populares y funerales,
en el suelo un baúl algo desemejante que parecía capaz de movimiento propio,
y una alfombra gastada, muy gastada,
que a lo mejor era una alfombra persa.
Yo ocupaba un sofá recipiendísimo que estaba al fondo de la habitación
y había sido mi lecho aquella noche;
tenía cuatro cojines abullonados y un color muy suave de fresa machacada.
Junto al sofá donde estaba acostado todavía, dictaba un azulejo su leyenda:
—Si vives con arreglo a lo que piensas, nadie te lo perdonará,
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nadie perdona que le den lecciones.
Y no deja de ser curioso
que lo hubiese mirado tantas veces y ahora por vez primera lo entendía.
La habitación era de paso y orden,
lenta e interminable,
con cierto aire catedralicio donde la luz quedaba impune.
Después de verlo todo muy despacio y situarlo mentalmente,
me repuse:
—Le ruego me perdone pero desde el momento en que le vi no dejo de
pensar que tiene una cojera tan extraña que no parece suya.
Tal vez ya estaba de su parte
pues encontré cierta correspondencia entre su voz y su estatura,
cuando me contestó:
—Me gustaría cambiarla y darle gusto, pero no tengo otra,
aunque no es propiamente una cojera sino un modo de andar;
en fin de cuentas
es una fórmula de confraternidad que suelo utilizar cuando estoy en el
pueblo.
SIEMPRE LLEGA UN MOMENTO EN QUE HAY QUE CONFIAR EN QUIEN ESTÁ A TU LADO,
y el momento era aquél,
¿no recordáis que a veces suena en nuestra voz el acompañamiento de unos
pasos
que pueden ser ajenos o ser nuestros, pues aún la identidad tiene su
contrapunto?
No basta dialogar para saber que no estás solo,
ya que tu propia voz es la pregunta y la respuesta,
aunque éste no era el caso,
ya que se había sentado frente a mí, le estaba viendo, y la cabeza era su
credencial,
con aquel gesto suyo y apersonado,
y esa expresión de seguridad que nos parece siempre inevitablemente
sonsacadora.
Tenía una arruga como un acento circunflejo junto al ojo,
y esa contaduría de la atención,
que a quien la tiene
le hace estar siempre disponible.
Me miraba despacio y sin embargo,
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cuando de pronto levantó la cabeza
y me volvió a mirar con la mirada de anteayer,
para darme facilidades,
y hacerlo todo originario.
Comprendí que empezaban a nacerme recuerdos,
que el mundo se aclaraba poco a poco dándome un remusguillo de destemple,
como si aquel cansancio que hasta ahora había tenido me estuviera esperando
en otra parte,
y sentí el movimiento de mis labios aunque estaba callado,
y sentí que empezaba a vivir
pero muy poco todavía como quien ha vendido sangre y empieza a reanimarse,
Entonces volvió a hablar:
—Estoy pensando hacerle una proposición.
Es muy sencilla:
A mí me gustaría que se escribiese algo sobre el faenar de la almadraba,
y usted debe escribir para encontrarse consigo mismo.
¿Quiere hacerlo?
A PARTIR DE ESE INSTANTE CAMBIÓ TODO,
y aunque no sé quién soy me he convertido en una deuda pública.
¿Nunca habéis observado que al bordear un precipicio
suele sentirse vértigo,
y el vértigo consiste en su atracción:
esa atracción a muerte que en un momento dado es lo más tuyo?
En todo ocurre igual,
los apegos que tejen nuestra vida no se eligen apenas,
se aceptan simplemente,
ya sabéis que aceptar y elegir son cosas muy distintas
pero igualmente necesarias en la realización de la libertad.
Sin embargo, en alguna ocasión, la vida es quien decide por nosotros,
para suplir nuestra poquedad,
y nos pone a los pies de los caballos,
martirizada y alegrante,
y si miras entonces hacia dentro de ti tu fondo es el abismo,
y todo lo demás se queda distanciado:
la voluntad de poderío, el dinero y el sexo,
las costumbres,
la voluntad de justificación,
la piedad que nos hace vivir en usufructo de la vida del prójimo;
el amor, los viajes y los árboles,
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el vicio
¿qué es el vicio?
tal vez son simplemente tenedurías,
y nunca alcanzan en nosotros su concentrada intensidad,
su plenilunio,
que en un instante dado nos puede arrebatar pero hacia abajo,
ya que la perdición es nuestra ley,
la ley de gravedad que nos hace caer continuamente a tierra.
EN ALGUNA OCASIÓN SE PUEDE COMPORTAR MATERNALMENTE CON NOSOTROS,
y en otras puede aterrorizarnos,
pero siempre es ultimadora,
pues ella solamente nos permite jugar a cara o cruz,
todo lo que no tienes y todo lo que tienes,
ya es bastante.
Si recuerdo mis lecturas de Freud pienso que el sexo está detrás de cualquier
cosa,
por ejemplo:
detrás de un cinturón de castidad,
pero esto sólo ocurre si vivimos en préstamo y arriendo;
más allá del vivir quedan dos cosas:
la perdición
y Dios.
Tal vez recuerdo a Dios porque estoy solo;
esto es posible pero no probable,
y me disgustaría que algún lector pueda pensar que me estoy
trascendentalizando,
lo que pienso es sencillo:
sé que todos los hombres no pueden ser iguales pero son semejantes,
y que su semejanza les acerca a Dios,
gracias a ella puedes saber dónde empieza tu sombra,
y todo lo demás es agonía.
AUNQUE NO LO HAYA DICHO YA PODÉIS SUPONER QUE ACEPTÉ LA PROPOSICIÓN DEL
CAPITÁN,
así pues llevo varias semanas viviendo en este pueblo,
y aprendí muchas cosas, entre otras
he aprendido a empezar:
ésta es la nueva ley.
Para entender el mundo me he incorporado a su mudanza,
y yo también he variado,
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soy un hombre que vive sin recuerdos pero esto ya no me preocupa:
lo importante es nacer.
Vivo de lo que veo
pues esta situación me devuelve a la infancia,
y como, al fin y al cabo, mi nacimiento ha sido un compromiso,
trataré de cumplirlo.
LA ALMADRABA ES UNA CIUDAD,
una ciudad que se hace simplemente de cáñamo y esparto,
una ciudad desierta y submarina
con una larga cola —puede tener varios kilómetros—
que se apoya en la costa y se interna en el mar,
y su función consiste en orientar la pesca hacia su perdición
que está compuesta por tres compartimentos sucesivos:
el copo, el bordonal y la cámara de la muerte.
Por su carácter de estación terminal en el viaje sin retorno,
tiene forma de laberinto,
y,
en efecto,
debo decir que la almadraba
es una perdición matemáticamente construida.
NADIE DEBE OLVIDAR QUE EL LABERINTO CONSISTE JUSTAMENTE EN LA PERDICIÓN,
y la almadraba es un laberinto,
bastante grande,
hecho con redes tensas endurecidas por el agua,
cuyas paredes pueden tener de altura casi cincuenta metros.
Debieran ser inermes, no lo son;
las corrientes internas las empujan pero no las abaten;
se mantienen a flote con corchos y se afirman en el suelo con anclas
—la chaveta es la cuña que sostiene la posición horizontal del copo—
y se van ordenando de tal modo que pueden sostenerse mutuamente
ya que su contrastada tirantez les da estabilidad.
La perdición es su secreto,
y el secreto inicial es siempre un laberinto,
pues cuanto más te adentras en la vida más te pierdes en ella.
Por lo cual
al llegar los atunes costeando en busca de aguas claras,
sedantes
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y tranquilas,
donde hacer el desove,
se levantan las puertas de los compartimentos para dejarles paso.
Es cosa bien sabida que la atracción suele engañar,
y al entrar los atunes en la cámara de la muerte,
la última puerta cae.
Quien se adentra en el gozo está perdido,
la alegría sólo tiene una puerta que es la puerta de entrada,
cuando ya la han pasado
nunca vuelven a encontrar la salida y el círculo se cierra detrás de ellos.
EL MOVIMIENTO DE LAS PUERTAS SE HACE DESDE UNOS BOTES LIGERÍSIMOS
que acechando la entrada del atún
están continuamente dentro del campo de la almadraba,
y el cierre de las puertas va a producir un hecho extraordinario,
pues la red terminal,
la última red,
ejerce en los atunes que se enfrentan a ella una especie de sortilegio, .
un sortilegio paralizante:
si se lanzaran contra la red tal vez pudieran escapar,
pero nunca lo intentan,
durante varios días parecen observarla con atención,
murientes,
extrañados,
manteniéndose siempre a cuarenta centímetros de la red,
sin que puedan salvar esa distancia mágica;
se mueven poco y hacia atrás, igual que si estuvieran hechizados,
y esto es lo misterioso
pues su propia extrañeza les mantiene en prisión:
parecen hombres.
Tal vez a causa de ello es preciso añadir que su conducta es muy poco
instintiva,
ya que no toman decisión alguna,
por lo cual nos enseñan la opción inevitable:
la perdición tiene un señuelo
y aunque no siempre caes cuando resbalas,
todos hacemos nuestra suerte cada cual a su modo.
PARA PONER LAS COSAS EN SU SITIO DEBO DECIR QUE LA CIUDAD HABÍA CAMBIADO
MUCHO,
sus calles y sus plazas rebullían con la prisa y la gente
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como el agua se apretuja en la aceña,
por lo cual quise llamarla
Santisiempre
llegué a vivirla tanto que desde entonces la llamo así,
desde entonces la llamo igual que la recuerdo.
Su población la componía una colonia de pescadores
que cambiaba muy poco de año en año;
era una población temporera y estacionaria
pues el trabajo de la almadraba duro, constante y peligroso,
precisa un lento aprendizaje internacional
—tienen que aprovechar para adiestrarse todas las ocasiones—
y a causa de ello está compuesta por italianos, andaluces y portugueses,
algunos vascos que tiraban de pluma en las labores administrativas,
y en fin,
grupos allegadizos cumpliendo obligaciones secundarias.
Se solían entender en una lengua franca, salpicada y salaz, llena de
interjecciones manuales,
muecas que les cubrían desde el rostro a los hombros,
y esa clase de giros sincopados que son como un atajo,
y ellos utilizaban despeñándose.
EL TRABAJO SUELE DURAR DE MAYO A JUNIO Y EN ESE TIEMPO SE REALIZAN SUS
DISTINTAS OPERACIONES
a saber:
el montaje y el desmontaje de la almadraba,
la pesca del atún
y el aprovechamiento de su carne en la fábrica de conservas.
Creo conveniente puntualizar que esta almadraba es la mejor de España para el
atún de ida,
como la de Barbate es la mejor para el atún de vuelta,
pero además debo añadir que ahora este mundo ha terminado,
ya nada sigue en pie,
de tan alegre vida sólo van a quedar estas palabras como un nivel testigo.
En aquellos dos meses hice amistad con varios marineros,
puesto que el vino suele suplir las faltas
y yo he bebido —a veces mucho— para suplir las mías.
No sé si vivirán, siguen conmigo,
me prestaron ayuda,
y su confirmación me hizo salir del desmemoriamiento y el cansancio.
No les puedo dejar en el desván de la memoria,
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y voy a hacer por ellos lo que hicieron por mí,
tengo que sostenerlos,
tengo que presentároslos,
pues su presentación es una deuda que les voy a pagar uno por uno.
Estos son sus poderes:
Juan parecía un obispo circunstancial;
hablaba siempre entrecomillado,
y terminaba sus parrafadas con un silencio adentrado y respiratorio
como el ruido que hace el vacío al terminarse el agua en la bañera.
Miguel Ángel Santiguador,
un hombre junto,
con los pequeños ojos punteados por un calambre rapidísimo,
que era el jaque de la almadraba
y me solía decir:
—Siempre hay que adelantarse
nunca le vi llegar porque sus pies andaban solos.
Otro era Rafael, con aquel cuerpo largo y acabándose,
que siempre estaba enamorado de una mujer distinta,
y todo lo hacía fácil porque tenía las manos jugadoras,
prestísimas,
y daba a cada cual su propia carta.
Después le toca el turno a Desiderio, que era el pan nuestro de cada día,
un portugués tartajoso y famélico como San Juan de Dios,
que le pagaba el vino a todos,
y era un hombre tan corto que no podía decir su propio nombre.
Y finalmente Sebastián,
abstemio, ahilado y calafate,
que había crecido mucho en busca de la luz en la miseria húmeda de su casa
natal,
y era delgado, tan delgado como pellejo de saliva,
y astuto, tan astuto que parecía que hablaba borrando las palabras.
Tal vez debiera dedicarle un capítulo aparte en este libro,
lo merece.
Ellos fueron mis manos;
los recuerdo,
y estuvieron conmigo lo mismo que el oxígeno esclarece la sangre.
TODOS FUERON AMIGOS DE TRABAJO Y TABERNA
y por ello me gusta recordarlos de manera conjunta,
mas Sebastián era distinto,
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Sebastián era amigo de trabajo y paseo,
¡cuántas noches hablamos interminablemente cuando la bajamar hace la arena
silenciosa,
y el son de las pisadas concierta las palabras!:
—Lo necesario es anterior a lo real
y es curioso que nadie vea en el mundo sino lo que Precisa ver,
sólo tu crecimiento te acompaña—
—No hay que ser generosos ya que la generosidad desequilibra la
convivencia;
quien se acostumbra a recibir piensa que lo merece
y se convierte en tu acreedor—
—Lo malo del político es que llega a creer en lo que dice y eso es una
putada—
—Tendríamos que abandonar de cuando en cuando nuestras costumbres
para vivir de las raíces,
pero nunca lo hacemos.
En verdad somos hombres estampillados,
—Tengo en Madrid una sobrina que es lo único que quiero.
Se llama Blanca y ha estudiado filosofía.
Te extrañará lo que voy a decirte: quiero que tenga un hijo y que lo tenga
pronto. Lo preciso.
Creo que cuando ella venga —ya la estoy esperando— llegarás a vivir.
Sus opiniones eran terminantes
y cuando al fin nos despedíamos sin acabar la conversación, me llevaba hasta
casa.
Hoy al quedarme solo y sentirme desnudo
he resbalado de su palabra al sueño repitiendo:
Llegarás a vivir.
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SEGUNDA PARTE
Todo cambia en esta vida menos la vanguardia.
PAUL VALÉRY
EN EL SUEÑO, CREEMOS,
y en lo oscuro del cuarto siento una voz que dice:
La libertad nos junta, la independencia nos aísla,
y ahora estoy viendo un patio,
el patio de un colegio que a la hora del recreo
es lo más parecido a la realización de la libertad que hay en el mundo,
yo estoy en el centro del milagro:
la alegría puede hacer que un niño vuele,
¿pero no lo estás viendo?
¿no ves que cambian de estatura porque crecen jugando?
Saltan, queman, principian y nada puede detenerlos,
se adelantan al tiempo pero no se equivocan
pues un niño que juega es un viajero en el confín del mundo.
Brillan, arden conjuntos, solidarios,
y las paredes se repliegan, se derrumban, terminan
mientras siguen jugando,
mientras siguen corriendo con un grito en la boca como el equilibrista lleva en
la mano un paraguas abierto.
Parecen encenderse unos con otros, y a su lado,
pero en otra constelación,
las niñas se sumergen en el aire
y empiezan ya a vivir su adentramiento.
Los miras jugar juntos y está claro
que aunque tengan la misma edad las niñas siempre son mayores.
De pronto me establezco,
siento un retortijón y me voy al retrete;
al ponerme en cuclillas todo se acaba en torno mío.
Ahora bien,
¿ese niño soy yo?
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ese niño que empieza a comprender que el mundo cabe en una grieta,
mientras el tiempo se hace largo pues tengo el culo entontecido,
y el esfuerzo resulta insoportable,
¡sería mejor morir que hacer de cuerpo!
hasta que la tenacidad se acumula en un punto,
—«esto no te lo enseñan»,
y poco a poco ¡ya! todo sucede.
AL salir del retrete se ha acabado el recreo y los alumnos están en clase,
¡vaya complicación!,
no quedan ni las moscas,
y el patio está tan solo que me da la impresión de que se ha ido.
Mis seis años y yo comenzamos a andar muy despacito lo mismo que una
lágrima se desprende del ojo,
y de pronto una mano me sujeta,
me paraliza,
siento todo mi cuerpo reducirse al tamaño de esa mano.
—¿Puede decirme, caballerete, si juega todavía?—
La áspera voz me hizo volver el rostro para quedarme lelo al ver a Sor Inés,
pues Sor Inés, francesa, paralela y hasta un poquito esdrájula,
era la enfermedad de aquel colegio.
Cuando me atragantaba sin poder contestar
ella deletreó:
—¿Puede seguirme?—
Y estas palabras supuradas acabaron conmigo.
ALGUIEN LLEGA DEL MUNDO Y ME DESPIERTA,
si despiertas de súbito, tus pupilas se agrandan hasta llenar el ojo por completo,
como llena el vacío la mirada del búho:
¿no recordáis esas pupilas que se mueven sin ver, atirantadas?
No hay en la vida una extrañeza igual,
pues en esos momentos la vista palpa o adivina,
nuestros ojos tropiezan en la luz
ya que mirar y ver no son acciones simultáneas,
y entre el mirar y el ver se queda al despertar la mirada vacía.
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Al venir de otro mundo ¿desde cuándo hasta dónde llega el miedo?
No lo puedes saber pero lo sientes,
lo empiezas a vivir cuando despiertas.
La claridad del alba entra en la habitación porque anoche no cerré las ventanas
para dejar la vida transitable,
y ahora dice la luz sus primeras palabras:
—Desmemoriado, buenos días.
El capitán está conmigo y su voz baila como un trompo.
Me esfuerzo en contestarle. No es preciso.
Hay personas tan claras que las escuchas antes de verlas,
se hacen patentes sin hablar,
y su rostro parece contar algo,
contar algo tan tuyo que no se acaba de entender, igual que no se entiende una
alegría,
¡hay personas tan claras!
y además hay personas tan vivas que siempre que nos hablan nos despiertan.
—La extrañeza es lo único que no se puede compartir,
y cuando vengo a verle siempre me deja confundido
pues usted no recuerda nada pero nunca está solo.
Cuando he llegado aquí movía los labios
como sólo se mueven involuntariamente con los hilos del sueño.
Perdone el madrugón. Venga conmigo. Hoy estrena su vida.
«No es pretencioso, es suficiente», pensé yo comenzando a vestirme,
y mientras me vestía miré continuamente a la ventana para que su presencia no
me siguiera convenciendo.
En el espacio abierto el mar espejeaba con una luz interna e irradiante
que me cegaba un poco.
Entonces contesté:
—Le he sentido y al verle vi pasar un ovillo debajo de la puerta,
el ovillo rodaba dejando atrás un hilo tirante y misterioso
y se agrandaba al devanarse hasta llenar la habitación
de amarillo con miedo, de amarillo palor.
Es extraño, ¿verdad?
—De ningún modo,
si lo ha mirado es cierto, si lo ha sentido es verdadero
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—Pero es que yo estoy dentro del ovillo, tiene que comprenderme,
usted parece un hombre que puede decir siempre lo primero que se le
ocurre,
y yo me quiero esclarecer,
tengo que confirmarme en sus palabras;
nada preciso tanto como saber lo que piensa de mí.
Y tras decirle este exabrupto me quedé tan tranquilo y miré a las paredes para
reconcentrarme.
El mar se había borrado. Era un espejo,
un espejo de cielo que empezaba a brillar.
—No me gusta pensar, no pienso nunca,
si pensara me podría distraer y yo no puedo distraerme;
desde que el mundo es mundo vivo de lo que hago.
Y yo quería quedarme a solas, aunque fuera un instante, con su voz,
ya estaba todo claro y éste era su secreto:
sucedía.
LA CALLE ES UN MILAGRO Y TÚ PERCIBES SU PROPAGACIÓN
ya que la vida se transmite
como el ahogado se reanima cuando le das tu aliento boca a boca.
Me bastaba mirar para sentirme vivo cuando salimos juntos
mirando en torno nuestro.
Sí,
Veía:
los ojos incesantes,
las gaviotas que pasaban volando entre la gente con las alas plegadas,
las mujeres de azogue —parece que te tocan si te miran—
y aquel olor de sal recién creada penetrando en mis huesos,
aquel olor de sal y de pescado, de pimienta y orina,
de jengibre y de sol que pone el mundo en hora,
y el viento como un ciego que tocara el violín,
y algo vivo, ancestral, que llegaba a nosotros propagándose:
todo estaba al alcance de la mano
y bastaba mirar para creer porque tenía los ojos persuadidos,
sólo tenía que abrirlos y
Veía
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allí estaban las tiendas con los brazos abiertos, las paredes de cal hospitalaria,
las paredes de cal con ese blanco que parece tocarnos en el rostro,
la ingravidez,
los niños,
y las ventanas apremiantes,
y antes que nada las aceras que son un poco transeúntes
puesto que en este pueblo sólo ha pasado un coche cuando vino el Gobernador,
y ahora todo se sabe,
no sé cómo,
no sé,
pero en este paseo todos llevan el paso compartido,
y siento que la sangre se columpia en los cuerpos,
que se van tropezando,
que se van conviviendo
imaginados, vivos, principiantes.
Veía
las redes en los hombros,
las redes que acababan de entrevistar al mar,
los vencejos que vuelan mientras chían
y suben de repente como si se estuvieran encaramando sobre su propio grito,
las puertas de rodillas,
las macetas riendo,
las campanas que juegan a la comba,
y un buey meditativo y secundario,
y una vieja, revieja, que se acerca a nosotros para decirnos:
—¡Hola!
y se queda mirándonos definitivamente
con su cara de piedra santiguada. No hay nada más que esta consagración.
¡Veía!
Me dejaba empujar por la mirada,
me dejaba vivir,
me dejaba invadir por ese escalofrío que hace que cuando miras se nos queden
los ojos consanguíneos.
LA VIDA QUE SE QUEMA EN UN INSTANTE TIENE UNA EVOLUCIÓN LENTA Y
ACUMULADA
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de carbón mineral que se va haciendo
en su continua dormición, ya que siempre se encuentra en el principio,
y en efecto,
en el hombre lo interno es mineral,
compacto,
insuficiente,
su virtud es arder,
siempre está a punto,
nunca sabemos cuándo, pero ardemos.
Yo estaba, simplemente, habilitado,
y eran las doce en punto cuando llegamos a la torre de la almadraba,
llegamos sin hablar para no interrumpirnos,
para no interrumpir nuestro contacto silencioso, participante y hacedor.
La luz del mediodía deslumbraba los ojos
cuando él señaló un punto
—¿Quiere mirar allí?
¿No ve un mantel de agua que se mueve de manera distinta?
Concentré la atención y empecé a ver:
en la extensión del mar en calma
había un cuadrado, muy preciso, que parecía borbotear
con relieves pequeños y continuos
como los borbollones que hace el agua cuando comienza a hervir.
Mirar no sirve para nada
porque yo lo veía pero no lo entendía
como en el sueño se ve a veces, clarísimo, que la planta del pie se convierte en
paloma, y no puedes andar para no lastimarla.
—¿Nota las diferencias de relieve que amontonan el agua?
Es la cámara de la muerte y en ella debe haber cuarenta atunes.
Los estuve contando.
—¿Cómo puede contar lo que está bajo el agua?
—Se tarda en aprender pero se aprende,
ya que de cuando en cuando los atunes se inquietan,
y al moverse producen la alteración del mar,
basta contar sus movimientos para saber su número.
—¿No teme equivocarse?
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—No puedo equivocarme. Éste es mi oficio.
Mañana haré la levantada y podrá confirmarlo.
Mañana es el gran día.
«No será para mí», pensaba yo,
y una sonrisa extraviada se me quedó en la boca,
desfrunciéndola,
como doblamos un pañuelo exactamente por el sitio justo.
«NADA ME HA ENGAÑADO TANTO COMO MI SINCERIDAD»;
si eres sincero, mientes, pero eso importa poco,
la mentira es tan tuya;
nos pertenece de otro modo;
quiero decir que la verdad es de las cosas y la mentira es sólo nuestra,
pues aunque nunca es necesaria, siempre es necesitada.
Lo importante es la vida que nos engaña siempre,
y su verdad nunca coincide con la nuestra,
lo primero es vivir y mientes siempre cuando amas,
generalmente por piedad,
mentira sin pecado concebida que deja tu esqueleto al descubierto.
Como estas reflexiones eran muy propias de Sebastián me tropecé con él que
iba buscándome.
Primero lo vi a él enteramente,
luego sentí un ahogo,
porque le estaba viendo demasiado, le estaba viendo más,
le estaba viendo interrumpido y siempre,
y luego le escuché, pero no a él: sólo pude atender a sus palabras.
—Desmemoriado, te presento a Blanca.
Y entonces, de repente, se juntaron las olas en una proporción indivisible,
en una internación promocionada,
deslizante,
y me sentí vivir porque caía,
porque seguía cayendo más y más,
casi infinitamente, pero en cada centímetro de mi cuerpo
que temblaba, juntándose, para volver a abrirse,
distendiéndose y distendiéndome,
como una máquina sólo se pone en movimiento hacia su módulo de
convergencia.
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COMPRENDÍ QUE MIS OJOS COMENZABAN A ANDAR PARA ACERCARSE A ELLA,
comprendí que mis ojos comenzaban a andar porque no pude contenerlos;
andaban poco a poco con ese asombro líquido,
con ese asombro móvil que tiene una vertiente de terror y otra vertiente de
placer,
como un arrancamiento,
y sentí su dolor en la córnea,
pues mis ojos la miraban andando hasta dejar mis órbitas vacías.
El principio es el fin;
la primera impresión nunca se acaba,
nunca puede acabar: es un trasplante.
¿Desde dónde hasta dónde la veía?
¿Desde dónde hasta cuándo la miraba?
No era un deslumbramiento, era un dominio
razonado y total,
que había llegado a Santisiempre desde un tiempo de pájaros,
y estaba ardiendo allí, pero muy poco, con un color desvariante de liquen bajo
el agua,
un color resultante que cambiaba su rostro móvil y adolescente,
y unos ojos muy claros,
vivideros,
unos ojos aprendiendo a bailar, aprendiendo a mirar,
y aprendiendo a sentir;
la boca equivocante y comulgada,
la saliva en la lengua,
la ternura,
y aquella certidumbre de tierra prometida;
y un sombrero legítimo,
y un traje,
y un cuerpo transmisible,
y unos labios tranquilos y previstos que me estaban hablando.
—Me gusta que te llamen Desmemoriado,
me gusta que lo seas y no recuerdes nada,
pero no te preocupes, no debes preocuparte,
el recuerdo es un traje que se nos queda siempre corto.
No pude contestarle. Se me habían acabado las palabras.
Tenía que ser así porque la voz es lo más pronto,
la voz es lo más propio,
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y yo la estaba oyendo como si ya viviera solamente para poder adelantarme a
su proximidad,
a la proximidad de aquella voz,
y sentir su juntura de miel invariante,
y su repercusión dentro de mí
igual a ese vahído que nos comprime el vientre cuando desciende el avión.
No pude decir nada,
era imposible romper aquel silencio de cristal arañado y deseante.
—Voy a seguir hablando sola hasta que me recuerdes.
Comprendí que era cierto lo que estaba diciendo,
comprendí que era cierto y escuchaba su voz como si fuera una profecía,
que sólo está presente en su vislumbre,
y vuela, pajarea, y está en el aire aún,
quieta pero viniendo,
quieta pero llegando,
mientras yo la escuchaba,
mientras yo la miraba con los ojos abiertos como un puente
donde pasan las aguas y no paran,
es decir, con los ojos abiertos,
y la mirada ciega y circuncisa.
—Hablar no es necesario, lo necesario es asentir,
sólo he venido a verte, pero no soy una mujer. Soy una cita.
¿Quieres venir conmigo mañana por la noche?
La turbación nos habla con los labios cerrados
y nos deja la sangre como un juguete descompuesto, y entonces
nos sentimos parásitos,
interrumpidos,
incorruptos,
y sin poder llegar a luego.
Yo estaba tan turbado que no sentí extrañeza alguna;
lo sencillo es vivir y había llegado al fin lo que esperaba,
lo que estaba esperando desde mi nacimiento:
no precisaba más.
A LAS CUATRO DE LA MAÑANA LLEGÓ EL SERENO EN BUSCA MÍA
con un farol al hombro y el bastón repicando en la puerta.
Cuando salí a la calle había en el aire una penumbra testamentaria,
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y llegué hasta la playa en el momento en que los marineros empujaban sus
barcas en la arena,
y las hacían cabecear mientras saltaban rápidamente por la borda,
y las equilibraban con su peso cuando ya se adentraban en el mar.
Nada hay tan silencioso como un remo penetrando en el agua,
nada tan sensual,
y tan nocturno
como un remo que se adentra en el agua y penetra en su hondón,
y nos hace sentir ese latido hondísimo que vibra únicamente en el extremo de
la pala,
hasta que el ritmo se convierte en caricia y hace el esfuerzo estimulante,
uniforme y unísono.
La voz lleva el compás de la remada
y poco a poco se convierte en canto.
Yo no digo mi canción
sino a quien conmigo va.
Y yo no sé quién va conmigo,
mientras cantan los marineros el romance de Gerineldos
—el paje está durmiendo sobre el mar con la espada al costado—
y el romance monótono tiene interpolaciones andrajosas,
y las palabras suenan a veces como labios y a veces como harapos,
pero todas están cosidas por una sola aguja que mantiene las voces a la misma
distancia,
y comprendo que el ritmo es anterior al mar y lo unifica,
y comprendo que el ritmo es anterior al hombre y lo procrea,
y en efecto es así porque estoy viendo
las olas y las barcas y las voces en la mutualidad de una frontera,
de una frontera que se adentra en el mar y se espacía.
YA ERAN LAS DIEZ DE LA MAÑANA CUANDO ME TRASLADARON DE EMBARCACIÓN,
entré en un barco de tres palos parecido a una urca
y por tanto sin puente con todo el interior destinado a bodega.
El capitán Antonio Zaragoza
—ya he dicho que era un poco gigantón—
daba órdenes tajantes
que misteriosa e inmediatamente se transmitían en la distancia.
Durante toda la mañana estuvimos oyendo las voces marineras y el jalar de las
redes,
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era un son apagado que se mezclaba con las olas que batían los costados del
barco,
las voces y las olas,
la mañana despierta y un sol fuerte que picaba alegrándonos.
En la costa el deslumbramiento de las salinas,
y en el mar el rumor de las voces que iba creciendo poco a poco,
iba creciendo lentamente
en la medida en que la escuadra se acercaba a nosotros;
jalá,
jalá,
jalá,
y era un esfuerzo unido que iba de mano en mano y boca en boca.
Al final de una larga y precisa maniobra se unieron todas las embarcaciones,
emparedando el mar
como si el agua se vistiera de luto
en el anillo que formaban las naves;
eran catorce, las conté,
catorce sombras sobre la cámara de la muerte,
y entre las voces amarillas
jalá,
jalá,
jalá,
dio comienzo la levantada.
Éste era el gran momento;
de los costados de los barcos pendían las redes extendidas
de la amura al codaste,
cuando de pronto se hizo un silencio tan alto como el mundo;
la expectación crecía,
los marineros se preparaban a lo más duro de la brega,
y mis ojos miraban no sé dónde cuando sonó una voz;
todo cambió al momento;
quien nunca oyó dar órdenes al capitán en la levantada no puede comprender
lo que es el mando.
CRECIENDO HASTA FORMAR UN MURO SÚBITO SE VOLVIÓ A OÍR EL MISMO GRITO:
jalá,
jalá,
jalá,
y en un impulso colectivo y unánime
las redes comenzaron a recogerse y a caer detrás de la amurada.
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Todo era exacto, acorde, puntual y sin embargo precipitado,
parecía que las voces empujaban las manos
y la faena se apresuraba por momentos,
—el sol estaba en el cenit—
y el griterío
se iba espesando más endureciéndose como los misericos bajo el agua.
(Se llaman misericos los cordeles de esparto que tienen la función de unir las
redes.)
Se iniciaba el final y, de repente, desde el agua somera, saltó el primer atún,
y luego, rapidísimos y entrecruzados, saltaron los restantes,
quedando suspendidos entre el cielo y el mar,
Durante unos segundos todo lo vi confuso,
deslumbrado,
pues mis ojos trataban de ver inútilmente
los movimientos sesgos, raudos y enloquecidos de los atunes
que volaban saltando,
saltando sobre el mar,
que en este instante ha desaparecido,
y en el anillo en donde estuvo circunscrito
sólo ha quedado el copo al descubierto como un metal incandescente,
como una masa móvil y muy quieta,
muy compacta y muy quieta pero abajo,
y en el haz de las aguas,
incensantes,
bruñidos,
y atollándose los unos con los otros,
siguen saltando los atunes una vez y otra vez
sobre las redes fijas como un plano inclinado
que les sirve de apoyo y les orienta hacia su perdición,
pues los atunes, que se agolpan crujientes en el copo,
saltan hacia las redes buscando el agua que les falta,
saltan centelleantes,
desasidos,
irradiando vigor,
mientras yo los vivía,
mientras yo los veía buscar el agua y encontrar la muerte.
YA HABÍA CESADO EL CANTO DE LAS TRIPULACIONES Y TODAS LAS MIRADAS
CONVERGÍAN EN UN PUNTO,
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igual que las pupilas, si miran fijamente, se contraen.
Desde las naves circundantes todos miraban hacia los arponeros
que estaban inclinados para alcanzar su presa
con los pies en la red y todo el cuerpo fuera de la borda,
sosteniéndose en los estays con una sola mano
y la otra, la derecha, enguantada con el bichero.
(Un guante gris, de felpa, con un garfio entre el índice y el pulgar,
no demasiado grande pues sólo tiene seis centímetros,
que bastan.)
Los arponeros tienen que concentrar la vida en esa sola mano,
y esperar que el atún en alguno de sus veloces y dispares giros
pase casi rozándoles,
y entonces
hacer un movimiento diestro y rapidísimo
—un zarpazo—
y engarfiar a su presa por la gola.
Tiene que ser allí,
precisamente,
y yo lo estaba viendo,
y cada atún puede pesar, muy bien, más de trescientos kilos,
y en un momento único lo sostiene en el aire una mano pequeña y enguantada.
Es imposible y sencillísimo,
cuando el atún se siente herido vuelve a tomar impulso,
para embestir el aire,
y el arponero entonces aprovecha su salto
para hacerle cambiar de dirección y dejarle caer en la sentina.
Hay algo de torero en su ademán
pues gira el cuerpo lenta y hábilmente hasta dejar la pieza en el vacío,
y yo lo estaba viendo,
y está el atún tan vivo en el momento de caer que el afán de vivir hace más
brusca su caída,
luego queda cabeceando en la bodega
en una muerte coloquial,
en una muerte hablada
con ese movimiento del cuerpo al extinguirse.
El sol, el aire, el ritmo de aquel rito viril y despiadado,
heroico y bello, misterioso y triste,
hasta que el agua del anillo se volvió a despejar,
y se quedó tirante como un grito,
levemente coloreada por la sangre de los atunes.
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Y yo me quedé solo entre la gente y la mañana, no sé por qué razón, frente a
aquel grito,
y comencé a sentir el aire entre mis vértebras,
el aire entre mis huesos separándolos;
era un aire sin luz, un entrefrío que avanzaba en mi adentro,
y esto es todo,
no puedo decir más,
como un papel mojado mi cuerpo se doblaba penúltimo y caído,
nada dentro de mí me sostenía.
Y AHORA VOY A DECIR, SIN ACABARLO DE ENTENDER,
que la premonición en modo alguno es un presentimiento,
ya que el presentimiento consiste en convivir algo que está muy lejos de
nosotros,
algo que puede suceder en el confín del mundo,
mas la premonición está a tu lado,
se sienta junto a ti,
y es una espera realizada,
una espera configurante,
y la puedes tocar, la estás tocando,
y la puedes mirar, y la estás viendo, y no hay asombro alguno en su presencia,
es como un empujón,
y ahora estoy a la puerta de su casa,
no me atrevo a llamar,
la espera hace más tensa la alegría
y sientes poco a poco su transfiguración,
pues se espera con otra sangre y otra luz y otro cuerpo
que está dentro del tuyo, pero te envuelve desde dentro,
te comulga,
te resuelve de pronto,
y es sabido
que el corazón entonces nos empieza a latir como un reloj que oyes en el
cuarto de al lado.
CUANDO LLAMO A LA PUERTA TENGO LA MANO ALETEANTE,
implicada
y constitucional;
al apoyarme en ella la puerta se entreabre
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y hay una comunión de fuera a dentro,
y una continuidad cada vez más veraz,
y una mano en la sombra que me acoge,
y no sé si es la mano o es la sombra pero me siento inmerso y conjugado
porque mis pasos son sus mismos pasos repercutidos y anhelantes
como si entráramos en un agua común
que nos detiene un poco, sólo un poco, en un naufragio alegre,
en un naufragio conducido
cuyas olas al fin nos depositan en el lecho.
Como viene el verano llegó hasta mí su cercanía,
su emanación primigenia,
circundante,
vital,
su adelantada desnudez ya que sólo fue un roce,
un roce nada más,
y sentí su encendido,
su simultaneidad,
y la infinitación del contacto en un punto donde la carne ardía,
estaba ardiendo ya,
cuando sentí un sofoco
pues la piel al tensarse de súbito se cierra y puede ahogarte
como a veces sucede al entrar de cabeza en la piscina.
¿CUÁNTO TIEMPO ESTUVIMOS INMÓVILES EL UNO JUNTO AL OTRO?
¿cuánto tiempo estuvimos sin vernos y acercándonos mentalmente
como ascuas prematuras,
inextinguibles
porque la sombra estaba uniéndonos?
La sombra ya es caricia
y tiene un solo pétalo con un tacto distinto y anterior
que yo estaba viviendo,
que yo estaba sintiendo inacabablemente
hasta que me incliné para quedarme a un centímetro de ella.
Es la distancia justa,
la distancia en que sientes que la transpiración del ser amado te domina,
te envuelve,
y tu cuerpo se adelanta a tu piel puesto que el tacto viene desde lejos,
viene desde tan lejos que nadie sabe sus fronteras.
Basta tocar el dulcenombre de la amada para caer desde un balcón abierto,
basta tocarle el rostro o una mano
para sentir su estupor minucioso,
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para seguir cayendo sin llegar nunca hasta tu propia hondura,
y te sientes vivir desde el origen,
y el tacto es como un sol dificultado,
como un sol sin salida,
y sientes su calor,
y estás cayendo siempre pero dentro de ti sin poder alcanzar tu propio cuerpo,
mientras tocas el cuenco de un pecho pequeñísimo
con ese mismo tiemblo con que nos adentramos en un túnel.
Así pues he sentido en el tacto primero una expansión,
luego un encendimiento
y después un desplome, una caída,
pues sólo algunas veces
se vive este proceso de manera conjunta,
únicamente algunas veces: la carne no da más.
—Voy a encender la luz para que me recuerdes—
dijo Blanca.
Y se hizo el mundo con la luz,
y la luz era un límite en la noche,
y el cuarto resbalaba como un astro en su órbita pero más lentamente,
pues sin querer mirarla la veía,
y sin querer tocarla, me tocaba,
me tocaba en los ojos con el cuerpo desnudo.
EL TIEMPO SE ADHERÍA, Y EN LA MESA DE NOCHE HABÍA UN RETRATO
que comenzó a llamarme la atención,
un retrato de niño,
¿no era un retrato mío?, ¿no era un retrato sucesivo como un trasplante
de corazón, que estaba intercambiándose conmigo?
Y sólo fue un momento en el cual me quedé reducido a mirar,
reducido a mirar con los ojos antiguos,
con los ojos de entonces.
Y la luz hizo el mundo al separarse el agua de la tierra,
y en el lecho, extendido, vi su cuerpo
lento y universal
como la lluvia,
como una lluvia refrescante,
y sentí sus pestañas moverse pero dentro de mí,
y el cuerpo ya sabéis que se empieza a avivar y se estremece,
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Pero muy poco todavía,
con el cosquillear de un hormiguero debajo de la piel,
y cada vez lo sientes más adentro
en una internación que no se acaba,
que no puede acabar,
pues el mar se levanta hasta donde puede alzarse la ola,
y el mar estaba allí, y era absolutamente mar en las pupilas que me estaban
mirando,
que me estaban buscando con aquel pestañeo tiritante y aún.
EN LA VENTANA ABIERTA LOS VISILLOS TEMBLABAN LEVEMENTE
cuando sentí su voz
—Recuerda, Luis, que hace ya más de un año hemos vivido juntos,
¡tienes que recordar!
El tiempo estaba cada vez más quieto
porque yo la veía desde el arranque de vivir
y no podía atender a su anterioridad,
me cegaba su cuerpo para verla,
me cegaban sus pechos principiantes,
su entresí,
sus palabras,
y su repartición de miel y agua bendita,
el musgo de su vientre
desde
luego
y su cintura descreída.
El tiempo detenido. La ventana entreabierta. Vi volar en el aire una mano
cortada.
Hicimos el amor toda la noche y yo tuve su cuerpo como el pan en la mesa,
su levadura de estupor,
y a medida que nos amábamos su carne se iba haciendo más coincidente y
venidera.
Ahora puedo mirar en torno mío:
la alcoba es como un párpado
vibrátil,
íntimo,
protector,
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en virtud de lo cual puedes estar desnudo en ella igual que la pupila salva su
inermidad dentro del ojo
—cama baja, muy baja; edredón amarillo; cortinas de
cretona haciendo juego, y una lámpara
que pregunta por alguien en mi mesa de noche—
y las paredes que se intercambian discretamente para que la ventana pueda
estar en cualquier parte adonde mires
—nunca he vuelto a encontrar una alcoba que diera tantas facilidades—
y había un olor a lilas húmedas y unos grabados pompeyanos, —en el suelo
quedaban unos pasos de ayer, unos pasos acercándose al lecho todavía—
y tras de los cristales el aire alegre y mañanero tenía color de telegrama.
Cuando todo pasó
y ya estaba su cuerpo enteramente trasmitido,
me miró divirtiéndose un poco al preguntarme:
—¿En qué momento de la noche me has empezado a recordar?
Me pareció que el mundo se iba acercando a mí con aquellas palabras
como el aliento de una boca nos da su vivimiento.
Así fue. Ya sabéis. Sólo queda la espuma, pero queda.
La espuma y su conjuro,
y al ver sus ojos vivideros con aquel parteluz de la alegría
se hizo una grieta en mi memoria:
—Te he recordado al verte sonreír en un momento determinado—
Y mi vida anterior se puso en pie conmigo;
años, cielos y noches cayeron de repente,
cayeron despertándome,
y entonces contesté:
—La vida al recordar se hace tan corta.
Cabe en unas palabras.
Nos amamos. Hemos vivido juntos. Me llamo Luis Rosales, soy poeta y he
nacido en Granada.
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EPISODIO SEGUNDO
UN ROSTRO EN CADA OLA
La verdad es retrospectiva.
NIETZSCHE
O poeta é um fingidor,
finge táo completamente
que chega a fingir que é dor a dor que de veras sente.
F. PESSOA
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PRIMERA PARTE
PRIMERA HIPÓTESIS DE MUERTO
CINCELARON LA LOSA CON PALABRAS;
el muerto estaba dentro,
y era inútil tratar de amordazarlo con su nombre.
No basta que callemos y además no es posible callar,
si el silencio representa la inocencia perdida, la palabra representa la inocencia
culpable,
para hacernos callar tienen que amortizarnos.
Sin embargo nunca se puede estar seguro de esta amortización
pues los muertos difieren en su capacidad de permanencia,
algunos son demasiado veloces,
y hay que decirlo sin tapujos:
algunos muertos son efímeros, otros son pesimistas y otros son muertos
diferidos,
Todos sabéis que en nuestros días nos negocian a bajo precio, aunque tal vez
no baste negociarnos,
pues yo vi un día de sol levantarse las letras que formaban mi nombre en una
lápida,
levantarse y volar en torno mío,
y el aire se iba haciendo más relativo cada vez,
y las letras volaban igual que las abejas,
quiero decir que parecían volar con bastante dificultad como si se arrastraran
en el aire,
luego volvieron a reunirse sobre el mármol para formar mi nombre en una
lengua nueva,
así se distraían,
y el vuelo aquel, al parecer inútil, fue mi licenciatura como aprendiz de
muerto.
ESTO DEBIÓ OCURRIR EN MAYO QUE ES UN MES CONVINCENTE PUES ME HA ENSEÑADO
MUCHAS COSAS,
y con arreglo a ellas voy a reconstruir la memoria perdida,
como se montan las imágenes de una secuencia cinematográfica.
La precisión tiene carácter visual,
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y debiéramos escribir en imágenes para que las palabras no se entiendan, se
vean,
pues una imagen es una idea encarnada,
una palabra corporal,
o más exactamente: una palabra-personaje,
y no basta leerlas,
es necesario interpretarlas lo mismo que un actor interpreta un papel.
El mirar nos aúna ya que todos los ojos hablan la misma lengua,
y como el cine es el lenguaje de nuestro tiempo es preciso escribir con
imágenes cinematográficas,
pues en rigor todos los elementos de un estilo que no pueden reducirse a visión
es necesario traducirlos.
Lo que tiene un estilo de cinematográfico es lo que tiene de actual,
ésta es la ley de nuestro tiempo,
las palabras son nuestras,
las palabras sólo tienen la vida que nosotros les damos,
las imágenes tienen vida propia.
Es preciso escoger,
si no eliges te quedas paralítico,
y una vez hecha la elección
con la luz apagándose en el mundo va a proseguir la proyección del libro
UNA LLUVIA LLAMADA ADOLESCENCIA
¿CUÁNDO SE ACABA NUESTRA INFANCIA?
Creo que suele acabarse en un momento de compenetración con el silencio,
nada borra esa imagen y el tiempo la modela
como al frotar el papel por detrás aparece la imagen de la calcomanía.
Quisiera rastrear su investidura de dolor,
y al hacer el rastreo aparece una calle de Granada recoleta y pequeña,
casi la estatua de una calle,
y después aparecen el patio, el toldo y el sombrío,
el sarampión con su traje de fiebre cuyos flecos son gusanos de seda,
el restablecimiento con sus pasos menudos, escrupulosos y vitelinos,
el cenador un poco injusto porque divide el patio en sol y sombra,
las labores de casa,
y a mi vera la voz de Encarnación,
aquella voz de miel doméstica que no parecía hablar y estaba de visita en la
garganta,
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estaba de visita y nos hablaba sin llegar a nosotros,
de una manera lenta y oracionera,
ya que hablaba muy bajo para no tropezar, para no lastimarse, para no dividirse
en palabras,
y seguir manteniendo su unidad.
Supongo que sabéis, por experiencia propia,
que en el verano hay una hora en que el aire recobra su esplendor,
y todo lo que estaba envejecido se vuelve a hacer originario.
Pues bien, fue en ese instante, lo tengo muy presente,
cuando al dejar de hablar Encarnación se hizo un silencio repentino,
y lo sentí crecer como la luz de agosto veranea,
y era un silencio nuevo,
un silencio uterino,
un silencio interior que me cerraba a cal y canto.
HAY EN LA VIDA UN CAMBIO DE RASANTE,
un desmigajamiento que nos ciega igual que si de pronto comenzara a llover,
pero dentro del ojo,
y esta lluvia se llama adolescencia.
Sueles llegar a ella como un muerto que llueve,
como un niño que ha muerto al descubrir la soledad,
y ahora podrías volver a desclavarte,
sólo sería preciso vivir de nuevo aquel momento en que dejó de hablar
Encarnación,
aquel momento único de compenetración con el silencio,
mientras la adolescencia me invadía sin dejarme un minuto habitable,
sin dejarme vivir, ni dejarme morir,
pero doliendo,
doliéndome a mí mismo con el primer dolor de sentirme distinto y excluido,
sentirme opuesto a todo,
y no poder reír porque has dejado de ser niño y ahora la risa te avergüenza,
y no poder besar ya que en la boca te queda aún el primer beso y hay que
guardarle luto,
y no poder hablar pues te has quedado sordomudo y la palabra es un zapato
inútil,
un zapato que, de pronto, se ha quedado pequeño,
tan pequeño que sólo puede andar pisándote la lengua.
AHORA SIENTO SU PISADA EN LA BOCA AL COMPRENDER DE QUÉ MANERA RADICAL LA
ADOLESCENCIA ES LA PRIMERA CÁRCEL,
ya que estar dentro es estar preso,
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y yo ya estaba opuesto al mundo y dentro de mí mismo,
ya estaba dentro para siempre.
Eso es todo. ¿Sabéis? Sólo es preciso que recordemos juntos,
sólo es preciso que recordéis conmigo,
que a partir del instante en el que se descubre la soledad todos llevamos puesto
el traje de una misma penitenciaría,
y nada puede liberarnos,
vivimos para siempre recluidos en el segundo nacimiento.
Pero ¿queréis decirme a qué viene ese asombro?
¿No sabéis que la losa del sepulcro sigue siendo una mesa de oficina donde al
quedarse quietas se nos pudren las manos?
¿No sabéis que los besos que en su día nos parecieron inseparables de los
labios se quedaron en su ataúd,
y el ataúd estaba hecho con los zapatos que tuvimos de niño?
En fin,
¿no lo estáis viendo?,
¿hasta cuándo será preciso repetir que las palabras que decimos son sólo un
epitafio de saliva,
un epitafio escrito sobre el viento,
un muerto prorrogado,
un muerto prorrogado igual que tu semblante?
¿No veis que nuestros rostros fueron tan variados como un censo municipal,
ya que todos los rostros que tuvimos siguen permaneciendo en nuestro rostro,
y al mirarte al espejo se desvaen?
DE MODO MÁS O MENOS APROXIMADO TODOS LOS HOMBRES SOMOS JÓVENES,
y seguimos viviendo en esa extraña situación de quien se pierde en La
Almudena,
porque se ha equivocado de muerto,
y de repente se encuentra inmiscuido en un cortejo fúnebre,
y ve llorar por alguien a unas personas desconocidas.
De modo más o menos aproximado todas las situaciones que vivimos se
resuelven andando a gatas,
todas las situaciones que vivimos suelen tener un planteamiento equivocado y
se terminan antes de empezar,
sin embargo, nos hacen decidirnos y asumir su verdad o asumir su mentira:
lo hacemos siempre equivocándonos,
y esto no es un decir,
hay quien come faisán sin quitarle las plumas para dar al faisán la importancia
debida,
y hay quien tiene una dieta de alimentos regurgitados,
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pero estas diferencias no se contabilizan pues toda dieta es contumaz,
quiero decir: necesaria y culpable.
LA SEÑORUMBRE
CREO QUE LLEGUÉ A MADRID EN EL MES DE SEPTIEMBRE,
y ya entonces me empujaron los huesos a una fonda que era un poco viuda
pues estaba regida por una dama joven llamada Berenguela
que llevaba su señorumbre con una vaga distinción,
y completaba su viudedad con aquellos ingresos.
Era una fonda desdentada,
con sus grandes vacíos distribuidos entre los ataúdes, las mesas y las camas de
modo irregular,
por ejemplo: había un perchero en el comedor,
un sofá vagabundo que nunca estaba en el mismo sitio;
la alcoba conyugal de la cual doña Berenguela solía decir suspirativa, honesta
y rencorosa:
—Mi lecho es un ataúd
y unos muebles penúltimos, ilegítimos, provisionales,
como si fueran alquilados
y no pudieran aclimatarse porque tenían que regresar a no se sabe dónde,
en cuanto algún cliente se quedaba parásito en el pago.
RECUERDO QUE LA FONDA SE LLAMABA ALPEGRAN,
y al preguntarle a doña Berenguela la razón de aquel nombre,
comenzó a sonreír de modo climatérico y marsupial,
quiero decir: llevando a cuestas mi ignorancia, para explicarme con
parsimonia,
que aquel nombre: Alpegran, era un nombre civilizado y nemotécnico,
y ella era la inventora de la sigla:
—Divida la palabra y piense un poco:
Al, de Alcalá; pe, de Peligros, y gran, naturalmente, de Gran Vía;
la fonda está en la calle de Peligros,
y Peligros se encuentra entre Alcalá y Gran Vía;
el asunto es sencillo
¿se da cuenta?
sólo tiene que recordar el nombre para saber la dirección.
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La mayoría de mis clientes son estudiantes de vicio único,
y yo trato de suplir sus defectos,
pues recordar el nombre de la fonda es como si llevaran la llave en el bolsillo.
¿Me entiende?
¿Me comprende?:
al llegar a la puerta basta tocar el timbre y le abrirá el sereno que también es
viudo,
yo estoy en todo, amigo,
desde hace varios años sólo pienso para vosotros.
EL DESTARTALAMIENTO DE LA FONDA HACÍA QUE LAS PAREDES NOS PARECIERAN
MÓVILES
y así empecé a sentirme abandonado al llegar a Madrid:
el abandono es un presidio abierto,
nadie regresa de él.
Ésta fue mi primera impresión y puede fácilmente mejorarse,
pero a pesar de todo mi estancia allí me enseñó algo:
las paredes no nos pueden encarcelar, lo que nos aprisiona es el espacio,
ya que no constituye un horizonte sino un límite,
y el límite nos dice:
No hay salida.
PARA PONER LAS COSAS EN SU SITIO JUSTO SERÁ AÑADIR QUE ESTA PRIMERA
IMPRESIÓN DE ENCARCELAMIENTO,
esta impresión que tuve, hace ya tantos años, carece de asidero,
ya que la realidad cambia de sitio constantemente,
y tiene una fijeza provisional lo mismo que un sombrero que se cuelga de un
clavo,
aunque el clavo sujeta y le da al mundo su sostén.
Al llegar a este punto me gustaría decir sin demasiada convicción que la vida
descansa sobre tres raíces:
la contumacia, la culpabilidad y la extrañeza;
si alguien no está conforme puede cambiar o suprimir cualquiera de estos
nombres,
el resultado es siempre el mismo ya que la vida continúa,
y brilla a veces en la noche lo mismo que un disparo.
¿Quién aprieta el gatillo?
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No podemos saberlo.
No perdamos el tiempo en preguntar:
La pregunta se apoca en la respuesta,
sin embargo,
y por si acaso es cierto que vivimos, mejor será vendarse que callar,
LA VENDA ES NUESTRA HERENCIA,
nadie puede mirar con ojos nuevos,
nadie estrena los ojos que tienen ya su muerto hereditario,
y no hay que preguntar cosas inútiles,
miramos siempre un punto situado entre dos sueños incompatibles:
lo que se quiere y lo que se teme,
y aunque no lo sepamos la mirada nos hace delinquir gracias a ese estrabismo
general que todo lo falsea.
No lo pongas en duda,
los ojos cuando miran ya están encarcelados,
ya están extraviados,
y a los hombres de mi generación nos persigue la guerra como una mula coja
que tropieza y se sostiene cojeando,
aunque nos queda una convicción que otras generaciones no han logrado
encontrar,
conocemos el valor de la vida, y los que no hemos muerto viviremos por todos.
ES PRECISO NACER,
es preciso poner en pie la oscuridad igual que una pantalla en donde se dibuja
nuestro esqueleto,
y puedes ver tus huesos de estiércol al trasluz,
lo mismo que se ven los fuegos fatuos porque su pudrición los ilumina,
y en la noche se les ve caminar de un sitio a otro:
los fuegos fatuos y los hombres,
transitorios,
intercambiados,
contumaces;
y parecen vivir,
y parece que empujan en la noche su materia solar,
pero todo se queda en un vislumbre,
y es su despavorida iluminación quien nos revela el pudridero.
DA COMIENZO LA RONDA DE LOS AMIGOS MUERTOS
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CUANDO LLEGA LA NOCHE ES FÁCIL RECORTAR NUESTRA SOMBRA DEL SUELO PARA
PEGARLA EN LA PARED,
y aún es más fácil recordar que la mayoría de las cosas que hacemos son más
exageradas todavía,
¿no ves aquellos novios de merengue hegemónico
que están intercambiándose los ojos para encender un cigarrillo?
Exageran un poco, la verdad, pero al fin lo consiguen.
Todo sucede así,
de modo imprevisible,
y al pronunciar la palabra imprevisible siempre llegaba él:
se llamaba Joaquín,
y era mi amigo, mi pundonor y mi maestro,
con aquella alegría tan natural y perdiguera de ventear cualquier rastro en el
aire,
y aquel mirar de tiro rápido cuya atención era tan concentrada,
que al atender a cualquier cosa los ojos se le empezaban a graduar,
y al mirarla ya estaban graduados.
VIVÍA LA VIDA IMPROVISÁNDOLA,
y tenía un modo alegre de morir recibiendo
que practicaba todos los días antes del desayuno.
Era a veces tan joven que me dolían los ojos al mirarle,
porque tenía un asombro sin extrañeza alguna,
un asombro genético,
y unos ojos tranquilizados por aquel entusiasmo inteligente,
quiero decir: por aquel entusiasmo siempre retrospectivo.
Y recuerdo muy bien que al regresar de sus andanzas,
nos contaba su vida como si en vez de hablarnos estuviera raptándonos,
y las pequeñas cosas se acrecían en su boca,
el mundo volvía a hacerse hospitalario,
y el hombre recobraba su estatura.
Por ejemplo decía:
—Hoy he visto en la calle una mujer entera y verdadera
que saltaba a la comba con mis ojos,
y sus pies al andar parecían un rebote de granizo,
y su cuerpo venía lanzando coñigramas que llegaban a mí deletreados.
Al mirarla pasar sentí su contoneo como una donación con escritura y todo,
y sin embargo la miré de una manera hipócrita,
sin expresarle la plenitud que había sentido al contemplarla.
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Ésta es mi confesión:
la he mirado mintiendo,
y mis ojos abiertos han cometido la injusticia de dejarla cesante,
cesante de mujer
pues lo imposible alguna vez sucede.
LA GRACIA DEL ASUNTO ESTRIBA EN QUE JOAQUÍN ERA TAN GENEROSO QUE TUVO
FIEBRE ALGUNA VEZ MIRANDO AL MAR,
y yo quisiera describirlo con aquel pelo fulvo, enmarañado y sortijón,
la cabeza rampante,
la nariz de tabique,
y aquel desmadre suyo de encontrarle sentido a todo, pues tenía don de
intimidad,
y a veces parecía que te hablaba por dentro,
despacio, muy despacio,
con un arrancamiento de vida tan profundo,
que sólo podía hablar vendando sus palabras.
No olvidaré a Joaquín. Fue mi vendaje,
pero no voy a recordarlo.
No es preciso.
Sigue siendo ese muro de carga que me sostiene todavía.
Tal vez le debo tanto porque quisiera parecerme a él,
tener su audacia y su espontaneidad,
y aquella extremaunción que siempre le tenía en vigilia de sábado,
y el franqueo concertado de decir solamente la porción de verdad que cada
hombre es capaz de soportar,
y finalmente aquella inteligencia que no dejaba pasar una y era igual que un
fielato,
y estaba entreverada de humildad,
una humildad recién pisada,
como un beso que se empezara a dar en la planta del pie y acabara besando la
acera de la calle.
Y AHORA CONVIENE HACER EL DIAGNÓSTICO DE NUESTRO
TIEMPO
DESPUÉS DE RECORDARLO VUELVO A INGRESAR EN LA DESOLACIÓN,
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y empiezo a comprender que en el mundo actual no hay otra forma de diálogo
que escuchar a los muertos,
éste ha llegado a ser mi diálogo interior,
aunque a decir verdad no estoy muerto ni vivo, estoy alegre,
lo cual es un absurdo dada mi situación ya que me encuentro interferido,
y esta palabra es un diagnóstico.
No pienses más de lo debido.
Escucha y no preguntes.
No debes preguntar,
ya han escrito tu nombre en las paredes,
y hasta en mi propia voz escucho interferencias:
son arañazos de ruido que producen un corte en la expresión,
y la garabatean sintonizándola pero no sé con quién,
no lo puedo saber,
nunca se sabe en qué lugar del mundo se produce la interferencia,
pero siempre la escuchas.
No preguntes,
estás interferido y al hablar sientes como un raspado en la garganta:
ras, ras, ras,
y todas tus palabras son como limaduras que van cayendo
al suelo,
y mientras hablas te das cuenta de que hay en el diálogo un elemento
intersticial,
infinitésimo,
es lo único que importa:
sólo se atiende a lo que no se oye,
sólo sientes caer las limaduras con un rumor pequeño,
con un rumor que zumba lo mismo que un mosquito:
ras, ras, ras,
igual que si estuvieras toda la vida hablando por un teléfono intervenido.
¿QUIÉN CALLA EN TU SILENCIO?
Estás interferido y hasta en tu misma alcoba alguien que no conoces te ha
infundido las palabras que dices,
y las ha masticado previamente,
y sólo estás diciendo una palabra clueca.
Sin embargo, no te hagas ilusiones,
no hay salida,
no te basta callar,
no te sirve de nada,
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que entonces también estás callando una palabra clueca,
quiero decir que estás callando una palabra empollada por otros,
y aún la palabra que no dices también es repetida.
No conoces su origen,
no lo puedes saber,
no lo sabrás,
te bastará sentir ese contacto frío,
ese escupido que alguien bautiza con tu nombre,
y esa arañaduría
que nos toca por detrás de la lengua con su mano recién desenterrada.
EN RIGOR NO ESTÁS MUERTO NI VIVO: CONTINÚAS,
vives con cierta intermitencia,
y es curioso,
me ha bastado encontrar una palabra que me parece mía
para sentirme alegre,
ésta es la dura brega del escritor: tener de cuando en cuando algún hallazgo,
que cada vez es más pequeño como una caja de cartón llovido,
como una caja de cartón llorado,
y yo estoy dentro de la caja pero las flores son de trapo
tal vez por un error ya que la caja crece,
no para de crecer cuando el cartón está distraído,
y entonces todo el mundo cabe en ella.
¿No recordáis que hay cosas que mueren varias veces?:
el espejo de la noche nupcial,
los pañuelos de encaje donde quedaron juntos la lágrima y el ojo,
mantones de Manila,
y un antifaz de seda negra sobre un culo desnudo,
escrituras,
hijuelas,
camafeos,
y después, como un silbo,
llora un grano de trigo junto a la rosa bisabuela.
Son amontonamientos, ya se sabe, y cada cosa vive por su lado,
cuando llegas a muerto te crecen más las uñas,
aunque yo no consigo crecer porque no puedo preguntar,
desde hace varios años las preguntas se hielan en la boca,
se sumen en la lengua,
y no sé si la caja de cartón es una cárcel,
o empieza a ser una oficina,
aunque sería más justo considerarla un sanatorio:
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todo es uno y lo mismo.
MÁS TARDE O MÁS TEMPRANO LA BÚSQUEDA DE PRECISIÓN DE UN ESCRITOR SE
CONVIERTE EN DOLENCIA,
que se va haciendo irreparable porque ahora junto a mí
hay una bata blanca arrepentida y su arrepentimiento se convierte en cristal
y hay una cama con jardín,
una pantalla, un perro y un diploma.
El diploma me lo debieron conceder porque he contribuido a un nuevo ensayo
de moribundia,
y aunque me encuentro con las manos cruzadas sobre el pecho con ese gesto
sobrecogedor de la obediencia póstuma,
ahora todo es distinto:
alguien ha muerto al lado mío y su cadáver llena el sanatorio,
lo llena por completo ya que un muerto nunca se acaba de enterrar,
y éste es un muerto irredimible que acaba de ingresar en la postergación,
un muerto paralelo,
por eso estamos en la misma caja.
Cuando lo extienden junto a mí tiene un silencio endógeno que lo rodea como
una transparencia,
y se reduce un poco de tamaño para hacerse simpático,
pero me comunica tanta quietud, y tanto frío, que al tropezar con él vuelvo a
enfermar,
vuelvo a sentirme inacabado,
inacabadamente suyo:
me estoy ahormando a él como el cuerpo y el traje terminan por ahormarse.
A MEDIDA QUE PASA EL TIEMPO ESTE PROCESO DE PARALELIZACIÓN SE VA HACIENDO
MÁS RÁPIDO,
el abrazo del muerto se me queda en la piel,
la piel nos aprisiona y al mismo tiempo nos da forma,
y yo no sé por qué razón tengo que estar tan quieto,
tengo que estar tan paralelo,
tengo que estar tan dentro de esta piel, tan dentro de esta caja,
tan dentro de este abrazo,
y sentir cómo llega la gangrena a una herida que yo debo tener en algún sitio,
en algún hombre que yo fui,
en algún hombre que para no enfrentarse a la verdad estuvo siempre atado a un
muerto,
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repartiendo con él todas las noches su escrupulosa cobardía.
Y ahora empiezo a entender por qué me encuentro en esta habitación,
en esta cárcel que tiene al parecer quinientos diez millones de kilómetros más
o menos cuadrados,
y siento su estrechumbre como un esparadrapo sobre el rostro,
su mudez planetaria en torno mío,
su envoltura letal disminuyéndome,
y no se acaba nunca esta disminución
porque también la Tierra se encuentra interferida.
MADRID EN SU TEMPRANERÍA
DE PRIMERA IMPRESIÓN LA CALLE DE ALCALÁ PARECE QUE SE ACABA VARIAS VECES,
pero esto es un error,
ya que su vida es tan intensa y proliferativa que no termina nunca.
Y he dicho que su vida es proliferativa
porque la mayoría de los errores urbanísticos de Madrid, que son
innumerables,
creo que han nacido de ella.
Era en el mes de octubre,
yo era joven,
y es sabido que el joven tiene que conquistar el mundo como el despertador
tiene que dar la hora,
por lo cual yo iba dando la hora casi a la altura de Manuel Becerra,
y entre lo espeso de la gente me movía como un buzo sumergido en el mar,
EN AQUELLA MAÑANA DE COMIENZOS DE OTOÑO
yo seguía siendo un granadino que acababa de llegar a Madrid
y estaba todavía con el pelo de la dehesa,
por lo cual siempre que paseaba vivía de una manera simultánea,
es decir: asombrada,
ya que cualquier rincón me parecía un reloj de cuco,
es decir: me parecía un rincón donde de cuando en cuando podía ocurrir algo
increíble:
así vi un gorrión que traspasaba las paredes volando,
y una silla en la acera que acababa de asistir a una boda y no había regresado a
casa todavía,
o una mujer que se acercaba a mí para decirme que la siguiera
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ya que tenía mi vida, no sé por qué razón, entre sus manos.
Todo era imprevisible y natural,
la juventud está esperando siempre una llamada que nadie le va a hacer,
y yo estaba aprendiendo a ser joven,
y lo estaba aprendiendo como todo se aprende: en compañía,
ya que no estaba solo y empezaba a vivir mi vida madrileña con Ernesto.
ERNESTO ERA UN RUBIALES MUY ALTO Y ALONGADO,
debía tener mi edad;
me lo había presentado Federico y acababa de conocerlo.
Le debí parecer muy poca cosa,
pues a partir de la presentación me miraba midiéndome,
con un gesto desaprensivo y bastante simpático.
En cuanto Federico nos dejó, que fue enseguida,
debió pensar que iba a perder el tiempo que estuviera conmigo,
porque yo hablaba sin ton ni son,
mientras él me miraba con socarronería como si me estuviera viendo subir una
escalera.
Estaba claro que no sabía qué hacer conmigo,
estaba claro que no sabía qué hacer con el aburrimiento que le desposeía
cuando me preguntó
—¿Tú conoces Acuarium?
—Yo no conozco nada, ni siquiera a ti,
le dije recortando las palabras para legitimarme.
—No te empieces a hacer desilusiones;
a lo mejor podemos entendernos.
SEGUIMOS EL PASEO PORQUE LA LUZ DEL SOL ALIGERABA EL PASO;
pasó junto a nosotros una mujer tan embarazada que parecía que andaba ya
sobre los pies del niño;
el aire estaba en celo,
y después de aspirarlo igual que si husmeara,
se volvió a mí para dictarme clase:
—Acuarium es el sitio donde van las señoras y los burgueses a tomar el
aperitivo,
y por eso está lleno de sombreros legitimados,
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y yo me paso el día pensando que en el sombrero empieza la pudrición del
cuerpo,
y acaba donde sabes.
Voy allí algunas veces como si fuera al hospital,
y para liberarme de la putrefacción,
suelo orinar sobre una mesa que tengo reservada para este fin;
puesto que estamos aburridos ¿podríamos ir a Acuarium?
Así conoces algo nuevo.
UN CUADRO DE CÉZANNE PUEDE LLEGAR A SER EL PRIMER DÍA DE LA CREACIÓN
y liberarnos de los hombres,
pero este cuadro era distinto, pues Acuarium estaba intransitable,
y apenas traspasada la puerta giratoria empecé a comprender el terror al vacío.
En el salón iba creciendo de minuto en minuto un rumor visitante,
niquelado,
circulatorio,
que chocaba en los muros para multiplicarse y convertir las palabras en ecos,
y como el eco es duradero y además uniforme,
con toda aquella barahúnda se iba formando una palabra
que contestaban todos y ninguno entendía.
La primera impresión, la novedad y el humo no me dejaban ver con claridad,
pero inmediatamente comprendí la razón de aquel nombre:
Los acuarios
pues en efecto, todos los acuarios imaginables se encontraban en las paredes,
diminutivos,
encristalados
y dominando la situación
para constituir un decorado lleno de plantas submarinas, hipocampos, burbujas
acrobáticas,
y el agua, el agua, el agua
que le daba un aspecto siniestro, alegre y prófugo ya que sus muros respiraban
y parecían huir,
y el inmenso salón quedaba sostenido por aquellas columnas de cristal
babeante,
que formaban la rosa de los vientos,
para no decir más.
LOS ACIERTOS POÉTICOS DE UNA GENERACIÓN LOS DESTRUYEN LOS PERIODISTAS
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como si incineraran un cadáver,
y por aquel entonces la rosa de los vientos ya estaba incinerada,
por eso la utilizo,
para que cuadre la descripción con el ambiente del café;
y como quien saluda contrae deudas que nunca va a pagar,
nos sentamos donde pudimos de una manera turulativa y displicente.
Las mesas apiñadas; las voces gurruminas; la gente derramándose,
y en el agua los peces que se fosilizaban ante el cristal,
que se fosilizaban ante el cristal mirando al prójimo,
—a este fenómeno le llama monsieur Sartre la cosificación y así será cuando él
lo dice—.
Estaba claro, sin embargo, que estos comportamientos podían intercambiarse,
pues en la mesa que se encontraba al lado nuestro,
precisamente a mano izquierda,
vi un caballero pequeñito que se apoyaba sobre la cola como un pez
pusilánime,
quiero decir que el caballero no parecía un cliente sino un pez inactivo,
que fumaba poniendo la boquita redonda,
para abrirla y cerrarla con ese parpadeo bucal que hacen los peces cuando
respiran.
Era un pez ermitaño con un resto de calor en el cuerpo,
un resto muy escaso y muy despacio,
que entretenía su soledad con aquella vedija
bilabial, impoluta y exacta.
Me gustaba mirarlo, pues de algún modo me sentía su cómplice.
AHORA BIEN, EN LA MESA DE LA DERECHA QUE SE ENCONTRABA MÁS CERCANA AÚN,
dando diente con diente con nosotros,
estaba una pareja de ésas de tiempo corto y alquilón,
que se encontraban juntos
(esto es un modo de decir);
él la estaba mirando sin hablar para no interrumpir el futuro de la entrepierna
en que estaba pensando,
y ella esperaba para hacer su número.
Nunca he visto una espera más minuciosamente intransitiva,
ya que los ojos de él estaban fuera de las órbitas,
balbuceantes y pepináceos,
mirándole los muslos,
pues ella iba subiéndose la falda de manera escolar y progresiva,
igual que si estuviera practicando la tabla de multiplicar.
Él era lo que entonces llamábamos un viejo,
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esto es: un cincuentón,
de traje ancho y voz inapelable.
Llevaba una leontina en el bolsillo como una procesión que dobla siempre por
la misma calle,
en realidad estaba solo,
y como no sabía qué hacer para llenar el tiempo,
llamó a la niña del tabaco
y pidió un puro Montecristo para ejercer de hombre ante nosotros.
Ella, la bien mirada, estaba calladita y sin quitarnos ojo;
era muy rubia pero a corto plazo;
creo que miraba a Ernesto que era inmediato y deslumbrón,
y no podía dejarlo de mirar como un labio se pega a otro cuando tenemos sed,
y estaba quietecita pero puta,
mientras los muslos se le reían de una manera cada vez más clara.
ERNESTO QUE ERA REPENTINO NO PRECISABA MÁS PARA SALIR EN LOS PAPELES,
y se adueñó de la situación:
hablaba para ella con los ojos en punto muerto,
y la miraba por encima del hombro para ningunearla y seguirla manteniendo en
agra:
—Las mujeres son como helados,
si tardas en comértelos se licúan y sólo encuentras en la cama las sábanas
mojadas;
esto es cosa segura y siempre puede sucederle a alguien.
Al decir esto miraba al cincuentón con una risa desfruncida
que llegaba a su rostro, sin rozarlo, igual que el vuelo de un murciélago:
—Esta noche te espero. Vivo en Ayala, 33. Para ti 5º izquierda.
Sólo te espero hasta las doce. No te digo «amor mío» para que nadie se
moleste.
No lo podía creer,
tuve un supitipango y una risa dentalizada y contagiosa al ver aquella
aceleración:
la falda que ya andaba por la cintura,
la contraprestación,
los ojos empezando a hacer pespunte,
los labios ya en después,
y el cincuentón tan cabreado que echaba chiribitas,
y apenas comenzado el puro
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—un Montecristo banda azul que daba gloria—
le dio tres golpes apagándolo al ponerse de pie diciendo:
—Elvira, vente.
Hoy este sitio está tan aburrido como el anuncio de un dentífrico.
Mas la cuestión estaba en fárfara,
pues las cosas son lo que son y nadie debe creer que hace milagros,
ya que Elvirita contestó sin despegar la voz del cielo de la boca:
—Espera un poco. Nada más que un poco.
Hoy es el primer día que encuentro Acuarium conveniente.
Y como las palabras suelen ser un tejado a dos aguas,
ella se estaba descosiendo,
y el cincuentón sólo pensaba en que Elvirita tenía que madurar un poco tiempo
aún para darle la gloria prometida.
Es muy difícil coincidir:
éstos son los milagros que produce el aburrimiento,
y como yo me llamo Luis y me gusta aprender,
y como estaba viendo realizarse eso que los filósofos llaman
un hecho
inter
indi
vidual,
le recordé su compromiso a Ernesto:
—Creo llegada la hora de orinarse en la mesa.
Nadie está libre de pecado y yo estaba diciendo una imbecilidad,
y la estaba diciendo para no parecerle un provinciano,
y él, que estaba en lo suyo, me tiró de las riendas:
—Eso estaba pensando, pero se me ha ocurrido algo mejor.
Eran las dos y media de la tarde;
las estrellas diurnas se convirtieron en estrellas nocturnas,
los peces se sentaron en las mesas a conversar con los clientes
y todo estaba en levitación
cuando Ernesto se puso en pie,
saludó al cincuentón con una lenta inclinación de cabeza,
y montó para mí, considerándome su amigo,
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una escena de película muda que yo quisiera descomponer en sus imágenes
principales:
recogió de manera ceremonial el puro habano que se encontraba en el cenicero
con tres chupadas y apagón celoso,
se sentó en la butaca para cruzar las piernas como quien cruza un río,
volvió a encender el Montecristo lo mismo que se enciende en las tormentas la
vela de San Apapucio,
y comenzó a aspirar degustativamente el puro mientras miraba a Elvira
entrecruzándola con el humo,
igual que si la noche se hubiera anticipado y ya estuvieran cuerpo a cuerpo,
y para terminar se volvió a mí,
con el demonio de segunda mano que tiene siempre a punto un inspector de
Hacienda,
para darme la última broma:
—Menos mal.
Mientras llega la noche, algo he sacado en limpio.
Aquel suceso fue mi habilitación y me hizo entrar en Madrid por la puerta
grande,
comprendiéndolo todo,
pues la actitud de Ernesto me gustó,
sólo mucho después he comprendido que era un rito de juventud perteneciente
al grupo de experiencias martiriciales,
que Ernesto repetía de manera ancestral,
y hoy ensangrienta todas las paredes del mundo.
En fin, nada se sabe:
quizá para ser justos mejor hubiera sido que se hubiera orinado.
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SEGUNDA PARTE
Una jaula fue en busca de un pájaro.
KAFKA
Falta la vida, asiste lo vivido.
QUEVEDO
Toda tu fuerza vuelve a ser origen.
NERUDA
CUANDO TENEMOS UNA HORMIGA EN LA LENGUA
DELETREAMOS LAS PALABRAS
LO PRIMERO ES TEMBLAR,
para escribir hay que temblar despacio, y
estoy una vez más en el arranque del verano intentando escribir;
es imposible
las palabras no se tienen de pie,
sólo las junta el miedo,
y empiezo a darme cuenta de que el miedo es un prólogo,
y tiene tal principalidad que puede hablar sustituyéndonos,
y ahora ha empezado a sustituirme:
es como si me encontrara resbalando inacabablemente dentro de otra persona,
y resbalara sin caer, hasta que no quedaran en el mundo sino el papel y el
miedo de escribir.
EL TEMBLOR NOS DEVUELVE AL ORIGEN;
siempre que tiemblas eres otro, y
en esa sepultura que es el arranque de un capítulo,
el miedo es quien nos dicta las primeras palabras que son el don de las
hormigas,
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después crece el silencio y los encuentros con tu propia expresión son escasos
y fortuitos,
a veces pasan días sin haber conseguido escribir una sola palabra,
hasta que, de repente, rompes aguas y te sientes repentizado,
quiero decir que asumes el terror de sentirte nacer,
y las palabras que descansaban en sus nichos comienzan a bailar,
y rompes a escribir con todo el cuerpo,
y el cuerpo se hace voz
pues arte, sexo y miedo son ventrílocuos.
EL ARTE ES UN MILAGRO NECESARIO Y EL VERSO ES UN MILAGRO GRATUITO,
por eso al escribir tiembla la mano,
pues sólo algunas veces la plenitud se convierte en llenura,
y la llenura llega cuando el tono da origen a la voz,
y la voz origina las palabras,
y empieza a realizarse sobre el papel lo necesario inexistente.
Lo primero es la acción,
pero la acción poética es la que restablece el primer orden que las cosas
tuvieron,
en la revolución permanente de la palabra,
en la revolución donde la imagen representativa se funde con la imagen
reveladora.
Así puedes llegar a descubrir la hermandad de las cosas creadas,
su secreto común,
la degeneración de los relojes blandos
y la influencia de las hormigas en la pronunciación de los ingleses.
Me gustaría que meditarais sobre todo en el último ejemplo
pues la pronunciación tiene carácter comunitario y personal,
y yo no quiero ser subjetivista.
Muchas gracias.
SI PRETENDÉIS MEDRAR EN VUESTRO OFICIO DE ESCRITORES
conviene repetir de cuando en cuando algún dislate,
y siendo así que uno de los mayores que conozco es el que dijo Paul Éluard:
«La poesía personal ya ha cumplido su cometido»
creo conveniente repetirlo como si confundiera lo estrictamente humano, lo
personal y lo individual,
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pues estos tres niveles constituyen al hombre
y para ser buen extremista sólo es preciso simplificar un poquito las cosas.
Cada cual a lo suyo,
y en el cinco de agosto de mil novecientos ochenta he comenzado este
capítulo,
este veneno esdrújulo,
para escribir en la vejez sobre mis años de juventud,
al fin y al cabo hacerlo es un error infructuoso,
quiero decir que es un error que no equivoca a nadie.
Y ya que estoy ochentaytantamente hablando se me ocurre pensar que hay
cosas adventicias,
cosas nimias,
que cambian por completo nuestra vida como las borraduras van haciendo el
poema.
Esto parece claro
y pudieran traerse a colación numerosos ejemplos:
el esqueleto comenzó siendo una prohibición,
la dentadura juega a tener hambre,
hay días en que los ojos se nos empiezan a caer y prefieres pisarlos a mirar,
pues ya sabéis que en cuanto el hombre se impacienta mirar es una lucha,
y por esta razón cuando llega la hora de besar una boca puedes estar cansado
de mirarla:
hay algo irreparable en la guerra civil de los sentidos.
Pensando en estas cosas lo más seguro sería decir:
Tal vez,
pues lo real lo estamos viendo,
nos parece que lo tocamos,
pero lo necesario inexistente tiene más fuerza que lo real,
y así suele sumarse una mujer con el hueco de amor que ha dejado en nosotros.
En fin, si lo maravilloso de ser hombre es que puedes pensar en lo que quieras,
basta pensar en nada para quedarse interrumpido,
«la muerte empieza siendo un desperdicio», creo que ha dicho Pessoa,
y la cuestión no va a quitarme el sueño,
ya que pensar en nada es una cosa tan subversiva que sólo puede hacerse con
licencia ministerial.
UN HUESO SIGUE SIENDO EL MEJOR TESTIMONIO
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EL PERFIL ES INJUSTO,
tan injusto que no debemos enjuiciar a nadie,
puesto que en todo juicio estás mirando siempre desde el mismo perfil,
y aun el elogio tiene su pequeño esqueleto de calumnia.
Ahora bien, cuando escribes enjuicias y la escritura hace más rígida la
expresión,
la maniata,
sin embargo, es preciso escribir para tratar de defender nuestro oficio de
hombres,
y para no volver a equivocarme
estoy pensando que la poesía debe escribirse con un hueso en la mano.
Un hueso no es un hombre, pero indudablemente es algo más que una opinión,
por muy mayúscula que sea,
en vista de lo cual he comenzado a comprender que el hueso que nos sirva de
testimonio,
tiene siempre porvenir de reliquia,
y nos puede absolver,
¿no recordáis que la lectura de un poema siempre nos da la absolución de
algo?;
en fin de cuentas la poesía no es más que ese ejercicio donde el lenguaje, a
veces, recupera la inocencia perdida.
HECHA ESTA SALVEDAD QUE COMO TODA SALVEDAD ERA BASTANTE INNECESARIA,
voy a deciros que conocí en la vida a un hombre libre y conocí también a un
inocente:
el hombre en libertad se llamaba Manuel y el inocente Serafín.
No deja de ser raro que tuviera este nombre brújulo y emisor,
pues Serafín era gallego y tan semántico
que en cuanto le veías se empezaba a desdibujar,
parecía indefinirse,
como el retrato que hace un buen pintor siempre está originándose.
Esta originación parte siempre de un centro que en Serafín eran los ojos,
aquellos ojos negros,
habitables
y demostrados,
tan demostrados que al mirar lo que fuera,
daba igual: un traje, un gorrión, una corbata de color muy rápido,
se llenaban de música,
con aquella lagrimación tintineante que le empañaba a veces las pupilas.
Probablemente Serafín debió participar en la creación del mundo,
pues nunca he conocido a nadie que mirara con aquella orfandad,
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y lo más raro era que al verle podías adivinar si había perdido algo,
quiero decir que adivinabas si le faltaba cualquier cosa: amor, un pañuelo o un
duro,
ya que la pérdida más trivial le dejaba el mirar tropezón,
como un telón de fondo despintado donde los ojos se le acababan.
CONVIENE QUE SEPÁIS QUE SERAFÍN ERA TAN INDECISO QUE HABLABA SIEMPRE DE
OTRO MODO,
no penséis que esto es fácil,
pues solía utilizar un síncope de lengua para acabar más pronto,
y lamía un poco las palabras para seguirlas reteniendo en la boca,
y las secreteaba para hacerlas más íntimas,
y las vestía de un dolor primordial que mojaba su voz,
y le daba al silencio acento propio.
En rigor, Serafín, hablaba y no decía,
le encantaba jugar a estar hablando:
—Qué quiere decir qué
desde mañana los ojos no volverán a darnos un saldo favorable
y cuando voy a hablar la inconsutilidad se presenta en mi casa
cuando voy de viaje el tren se acuesta en la estación
desde hace muchos años tengo fiebre pero sólo en la planta de los pies
aunque no voy a despedirme
ya que decir adiós es tan interminablemente corto
que puede estrangular a quien lo dice.
A MÍ ME GUSTA QUE LAS PALABRAS JUEGUEN Y CAMBIEN DE OPINIÓN Y SE
DESTRUYAN UN POQUITO Y VUELVAN A NACER,
mas Serafín hablaba de otro modo,
implicativamente,
y decía las palabras de costado
simultáneas y acalambradas.
No le podías seguir,
era un niñón
que llegaba a trasmano y hablaba poco y pajarito,
para poner de acuerdo, por ejemplo, la dignidad y una miga de pan.
Y quisiera deciros,
finalmente,
que como a las orquídeas se les nota que les duele la piel,
a él se le reflejaba la dislaceración en su modo de hablar,
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llevaba en brazos las palabras,
y no podía decirlas por completo,
y no sabía decirlas de una vez,
así hablaba tan bajo y tan capítulo,
pues todas sus palabras tenían que ser preliminares,
y no acababan nunca de empezar
y era tanto su esfuerzo para unirlas que hablaba lastimándose.
Cuando los ojos vuelven nos reúnen:
Ernesto que nació para mandar, Serafín inocente,
y yo tratando de ponerme a tono.
TESTAMENTO DE ERRORES
EL AGRADECIMIENTO ES CAMASTRÓN Y LLEGA A MISA TARDE,
esto se entiende fácilmente si tenemos en cuenta que el agradecimiento es una
forma de opresión,
tal vez la única de la que suele el hombre liberarse con bastante facilidad.
Pero respira que algo queda,
y hay que empezar por el principio,
pues la vida moderna es tan congénita y burocrática,
que en las naciones más adelantadas se ha conseguido ya que la totalidad de
los ciudadanos,
estén encarcelados progresivamente,
y puedan ascender después de muertos:
Quien no muere no asciende.
JUSTO SERÁ DECIR QUE SEGUIMOS HABLANDO DE MINUCIAS,
pues el estado de incapacitación constitutiva en que se encuentra el hombre
actual,
comienza al advertir que en las listas de embarque
la mayoría de los viajeros se encuentran omitidos.
Habría que investigar a qué se debe la existencia de estas listas de embarque
cuya función es omitirnos en la lista de seres vivos,
pero no puedes reclamar,
ya que no te despiden,
no te acusan de nada,
te omiten simplemente,
y en cualquier tribunal a donde acudas te dirán:
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No ha lugar
y esta expresión lo abarca todo:
el seguro de enfermedad, el pasaporte, la carta de trabajo,
los atributos sexuales,
la bendición episcopal,
y el queso.
No te hagas ilusiones,
cuando en el Tribunal Supremo te confirman el fallo:
No ha lugar
el brazo se te queda interrumpido,
el cuerpo se te queda anacoluto,
y como tienes tiempo para todo puedes andar a la recancanilla y columpiarte
en una sola pierna.
NADIE SE PUEDE CONTRAER DE TAL MANERA QUE EL CUERPO PESE MENOS QUE SU
SOMBRA,
la contracción no llega a tanto;
no te canses;
esta cuestión no tiene arreglo:
si estuvieras tachado podrías reivindicar tu situación de desempleo,
y si estuvieras muerto te darían de baja,
pero tú no has entrado en el escalafón,
no has ingresado aún ni en la nómina de los muertos ni en la nómina de los
vivos,
pero no puedes reclamar:
sólo te omiten,
como una frase pierde su sentido cuando cambias el lugar de una coma.
Piénsalo bien y no interrumpas nada.
No te conviene protestar,
pues la depuración política es la invención moderna que sustituye con ventaja
al antiguo expediente de limpieza de sangre,
y en virtud del progreso
y la bendita depuración ya eres un hombre sucedáneo,
ya eres un hombre convertido en nadie,
y este sistema administrativo es el milagro más sencillo del mundo,
el milagro actual:
se cambia únicamente el lugar de una coma y ya no existes.
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EL MILAGRO SE PUDO PRODUCIR POR UN ERROR DE IMPRENTA,
da lo mismo,
pues aunque sea un error no puedes hacer nada,
ni siquiera encolerizarte,
ni siquiera luchar,
ni siquiera vivir,
ya que tendrías que hacerlo a medias si encuentras quien te ayude,
puesto que vives sobre un pie,
y eres un muerto hambriento que va por el espanto a pata coja.
La angustia suele ser una palabra ciega,
una palabra que sólo tiene sexo,
y lo que más suele angustiarnos es añadir al dolor del castigo el suplemento de
tu inocencia,
pues la inocencia entonces nos embija la cara,
como el negro se tiñe la piel con un corcho quemado.
No le imites.
No sufras.
Sufrir un poco más no te sirve de nada,
la injusticia no crece,
la injusticia no necesita añadiduras,
sin embargo no te preocupes demasiado pues lo peor suele venir después:
la injusticia es correspondiente,
y la mayor es recordar las omisiones que cometimos con el prójimo:
Cada omisión fue una condena.
EMPIEZA A PERSIGNARTE;
si te llaman a juicio llevarás la cabeza en la mano,
hay que estar prevenido para hacer testamento vital,
es decir: testamento de errores.
Así te irás quedando más dentro cada vez;
los huesos y los vicios te saldrán a la cara,
bastará ver tu rostro para hacer inventario de polvo.
Es hermoso vivir pero la sociedad es siempre injusta.
Vamos a llorar juntos.
Ven conmigo.
Sosténme con tu odio pero ayúdame;
las deudas que pagamos con la vida generalmente son las mismas:
La nómina de llagas,
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las cosas que se quedaron por hacer como hay sangre que queda sin latir en ese
corazón imperdonable que tiene cada hombre,
cada uno de nosotros,
y aunque lo llamo imperdonable, y pienso que lo es,
quizá fue solamente un corazón ajusticiado,
un corazón de carne momia,
como esos que se ven todos los días con su suicidio a cuestas,
en el depósito judicial de cadáveres.
LA GUERRA SIGUE HABLÁNDONOS EN PRESENTE DE
SUBJUNTIVO
CUANDO ÉRAMOS PEQUEÑOS SE CANTABA JUGANDO AL CORRO:
Mambrú se fue a la guerra,
qué dolor, qué dolor, qué pena.
Ahora esta pena se ha acabado,
ya no es preciso ir a la guerra porque la guerra nos persigue,
hasta dejar expuesto al sol
un muerto repartido entre dos bocas que se lo vienen disputando desde hace
muchos años.
El terrorismo ha demostrado que hay algo intranquilizador en la justicia
reivindicativa,
la violencia es contraproducente,
pero es un sucedáneo tan económico de la guerra civil,
que su interés por muy alto que sea siempre es amortizable.
Debe tenerse en cuenta que una paz sin victoria es imposible,
la paz no es anterior a la victoria,
y como el terrorismo es una consecuencia de la guerra fría,
sólo se puede mantener,
y se mantiene,
como una forma de sabotaje sumamente tecnificada contra el poder político
enemigo.
YA SE SABE QUE HAY GUERRAS QUE FINALIZAN SIN TERMINAR,
creo que el mejor ejemplo fue la Segunda Guerra Mundial que sigue siendo
aún la guerra interminable,
pues como estaba abierta al acabar nos dejó una secuela:
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la escarcha del terror,
la guerra fría,
y el progresivo encharcamiento de las raíces del vivir.
Hace ya muchos años que en el mundo hay una guerra derramada,
y en cualquier parte a donde vayas siempre verás lo mismo:
una guerra indistinta, un odio casual y una cárcel sin muros.
Esto es todo.
No hay más.
Cruza las manos sobre el pecho.
No puedes hacer nada,
pues a partir de su terminación la guerra está domiciliada en todas partes;
si abres de par en par los ojos en la noche tal vez no vuelvas a cerrarlos,
ya que la guerra nos persigue,
nos acosa,
nos muerde,
y nos agujerea,
nos busca de uno en uno,
parece que nos va deletreando.
EL ÁNGEL EXTERMINADOR SEÑALIZA LAS PUERTAS CON TU SANGRE,
y en ese asesinato proporcional,
en ese asesinato a escala reducida en que consiste la guerra fría,
nuestra muerte no es más que un porcentaje,
un número sin voz,
pero no salgas a su encuentro.
Es inútil buscarla.
Llegará cuando menos lo esperes pues ya está iluminando nuestro espejo final.
Escribo estas palabras padeciéndolas,
y al pronunciarlas siento que la lengua se me pudre en la boca,
un poco nada más,
lo suficiente,
porque la pudrición no cicatriza nunca.
Esto no nos pasaba cuando éramos pequeños y había guerras de entonces,
y las niñas cantaban en las plazas:
Mambrú se fue a la guerra,
qué dolor, qué dolor, qué pena.
Y ya todo ha cambiado porque Mambrú no sale a guerrear,
se queda en casa quieto,
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muertecito,
y mediada la noche se acerca a la ventana para temblar mirando a las estrellas.
COMO TODAS LAS NOCHES AGONIZA LA TIERRA ANTES DE AMANECER,
la quietud es suicida,
si te quedas inmóvil algún tiempo serás un muerto propiciado,
un telegrama escrito en música,
un envite de huesos,
pero no vayas a la guerra.
No es preciso que vayas.
Va contigo,
nos tiene encarcelados;
y en un momento dado va a encadenarte con tus huesos,
va a hacer que tu cerebro se convierta en un campo de concentración,
donde tu misma sangre se vuelve en contra tuya y te persigue,
y no lo puedes comprender,
y no lo puedes evitar:
serás persecutor y perseguido hasta el fin de tus días.
Ya lo sabes, hermano,
donde quiera que vayas irás encarcelado pues la guerra persigue personalmente
a cada hombre,
tiene un cupo de muertos arrendables,
por eso sale al mundo con los ojos cerrados,
con los ojos columpios,
y su presencia es tan activa que al sentirla llegar se nos quema el periódico en
las manos.
TAMPOCO SÉ POR QUÉ RAZÓN LA GUERRA SIGUE HABLANDO EN PRESENTE DE
SUBJUNTIVO,
se dirige a nosotros pidiéndonos ayuda,
mas vuelvo a recordarte que ella es nuestra frontera,
se equivoca de diente, se equivoca de muerto, se equivoca de odio,
y sólo acierta encadenando huesos.
Ya lo sabes, hermano,
dada la variedad de su sistema conjugatorio y sus disfraces de ocasión,
nadie suele pensar que estamos siempre ante la misma guerra,
nuestras propias razones nos engañan,
siempre sucede así:
También el muerto quiere ser viudo,
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y en los lugares más distantes del mundo siempre hay hombres que luchan por
una causa justa.
Esto es incuestionable e imposible,
ya no hay guerras distintas, inherentes, fraternas,
nuestras guerras no las promueven los que luchan y son guerras civiles de
arrendamiento tolerado,
y todos los enfrentamientos que conocemos son episodios de la guerra fría,
y todos los que mueren, en guerras tan distintas, están dando su vida en una
guerra ajena.
LOS MUERTOS FUERON MI ENSEÑANZA LIBRE
SEGÚN HE COMPROBADO EN DIFERENTES OCASIONES,
las ciudades sitiadas se abandonan de noche y se ocupan con las claras del día:
esto lo confirmamos una vez más en la toma de Alhama,
y también observé que el temor se concentra en un lugar vacío,
y el abandono de la ciudad en vez de darnos confianza nos siguió pareciendo
una forma de acoso,
cada ventana abierta era un peligro,
y recuerdo muy bien que en la ciudad abandonada
entramos de manera gloriosa y sigilosa con la primera celestía.
Paseábase el rey moro
por la ciudad de Granada,
desde la puerta de Elvira
hasta la de Bibarrambla.
¡Ay de mi Alhama!
Asentada en un alto, Alhama era la base que nuestro ejército necesitaba para
emprender la campaña de Málaga,
y conseguir un puerto de valor estratégico en el Mediterráneo.
Cuando se pierde alguna posición siempre se intenta recobrar
y la conquista suele promocionarse en los partes de guerra,
pero esta promoción es sumamente cara:
Cada cambio de mano de una misma trinchera es como un cheque en blanco,
nunca se sabe lo que va a costar.
Cartas le fueron venidas
de que Alhama era tomada,
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las cartas echó en el fuego
y al mensajero matara.
¡Ay de mi Alhama!
La victoria siempre es barata,
pues nuestras propias bajas no nos producen, al parecer, la debida inseguridad:
Basta cerrar las filas y los huecos no existen,
pero en cambio los muertos enemigos son muertos preventivos,
casi inmunizadores,
la guerra tiene hambre y esto es todo.
Sin embargo me duelen.
No los sé conjugar en voz pasiva.
Descabalga de una mula
y en un caballo cabalga,
por el Zacatín arriba
subido se había al Alhambra.
¡Ay de mi Alhama!
Llevamos los heridos a la ciudad y no pudimos enterrar los muertos,
porque no hay tiempo para todo.
Mañana será otro día.
No me puedo quejar, al fin y al cabo tengo suerte:
Estoy de centinela en el primer turno de guardia que suele ser el más tranquilo,
y al mirar el trigal recuerdo unas imágenes que alucinaron mi niñez:
Cuando las mozas siegan y el calor del verano las empuja,
se inclinan sobre el suelo para dejar la hoz,
y ya en esta postura se levantan la falda y la remueven varias veces por el
centro del mundo,
la levantan, la mueven, la promueven,
para descalentarse,
y alegrar un poquito la oficina de recepción.
Como en el Alhambra estuvo,
al mismo tiempo mandaba
que se toquen sus trompetas,
sus añafiles de plata.
¡Ay de mi Alhama!
Siempre que estás de centinela el corazón se llena de hojas secas y cruje,
son recuerdos pisoteados por el temor,
presentimientos que nunca ocurrirán,
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cada minuto que vivimos es un huérfano tuyo.
Mientras dura la guardia cada minuto es progresivo,
(se espera el contraataque con el alba)
y cuando sientes miedo la sangre toma una pendiente y comienza a ligerear,
y sólo se detiene descansando, tal vez descansa por vez última,
para hacernos saber que el placer sexual, el infarto y el miedo tienen el mismo
grado de precipitación sanguínea.
Y que las cajas de guerra
apriesa toquen al arma
porque las oigan sus moros
de la Vega y de Granada.
¡Ay de mi Alhama!
El miedo dura poco y ahora mis ojos, de repente, se convierten en llagas;
la muerte está conmigo,
no es la muerte civil visitadora de los pobres, es la muerte real ya que los
muertos me circundan,
ponen franjas de luto sobre el campo,
y comienzan a hablarme en voz muy baja porque los muertos son
pundonorosos;
pensad un poco en ello:
Un muerto nos da siempre la impresión de estar cumpliendo su palabra.
Los moros que el son oyeron
que al sangriento Marte llama,
uno a uno y dos a dos,
juntado se ha gran batalla.
¡Ay de mi Alhama!
Los soldados que mueren se cuentan como bajas en los partes de guerra,
y ahora las bajas definitivas del combate de ayer,
los muertos de ambos bandos me acompañan,
me sostienen,
me duelen,
me llaman por mi nombre con los brazos más o menos en cruz:
no sé por qué razón los muertos sobre el campo de batalla se encuentran casi
siempre con los brazos abiertos.
No es preciso entender lo que estoy viendo.
No necesito más:
a partir de aquel día los muertos fueron mi enseñanza libre.
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Allí habló un moro viejo,
de esta manera hablara:
—¿Para qué nos llamas, rey,
para qué es esta llamada?
¡Ay de mi Alhama!
Se nota que murieron porque tienen una vida distinta,
y yo los estoy viendo sin querer,
y no puedo apartar los ojos de ellos porque los miro inextinguiblemente,
los miro sin querer, pero los miro,
y empiezo a descubrir el otro lado de la verdad:
Los muertos sobre el campo de batalla pertenecen al mismo bando,
Allí habló un Alfaquí
de barba crecida y cana:
—Bien se te emplea, buen rey,
buen rey bien se te empleara.
¡Ay de mi Alhama!
Comprendo que los muertos ya están neutralizados,
y su neutralidad les concede el derecho de sostenerse mutuamente:
un muerto sólo vota por la totalidad,
y ahora las bajas definitivas del combate de ayer son lo único que habla,
todos dicen lo mismo,
todos están diciendo que ya no pueden dividirse,
que ya no pueden negociarse,
que ya no pueden sustraerse en ningún bando y sólo muestran su identidad,
pues las sangres que fueron enemigas se han comenzado a unir al desangrarse:
Si se pueden unir es porque se buscaban.
Mataste los Bencerrajes
que eran la flor de Granada,
cogiste los tornadizos
de Córdoba la nombrada.
¡Ay de mi Alhama!
Escribo lo que he visto:
al salir de la herida la sangre recobraba la libertad para seguir su propia
inclinación,
y ellos podían vivir a ciegas muertas lo que yo empiezo a ver a ciegas vivas.
Esto es todo.
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No hay más.
De mañana y de noche, de manera continua y dirimente,
sigo viendo esta escena.
No la puedo olvidar.
Cada vez se va haciendo más clara,
se va haciendo más mía,
porque la sangre colectiva se ha convertido en una lágrima que está mojando el
párpado,
y una lágrima basta para cegar el ojo.
Por eso mereces, rey,
una pena muy doblada,
que te pierdas tú y el reino
y aquí se pierda Granada.
¡Ay de mi Alhama!
ABRE LOS OJOS BIEN: HAY UN PÁJARO QUIETO SOBRE EL MUNDO,
hay un pájaro muerto que se sostiene aún con las alas abiertas en el aire,
y su inmovilidad viene a decirnos que todas las batallas venideras volverán a
perderse
en el mismo lugar, en el mismo lugar sacrilegiado,
pues seguimos luchando en una guerra sin victoria posible,
y no sentimos extrañeza alguna.
No podemos sentirla.
Abre los ojos bien y ven conmigo. No preguntes por qué.
No es necesario.
Llora por ti, por mí.
Llora por todos.
Desempeña las lágrimas;
no pierdas un minuto porque lloramos con retraso;
lleva contigo un hijo que te pueda ayudar en estas preces;
y abre los ojos bien:
Desde que se firmaron los tratados de paz en el año mil novecientos cuarenta y
cinco se estableció la guerra fría.
No olvides esa fecha.
No la olvides:
Es la hora interminable,
a partir de esa hora el mundo no ha tenido un minuto de paz,
a partir de ese día todos los años son un mismo año,
todos los muertos son un mismo muerto,
todas las guerras son la misma guerra ajena,
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el mismo plato que nos sirven frío,
y todas las heridas siguen sangrando aún,
y sangrarán continuamente noche y día hasta que su simiente de identidad
fertilice la tierra.
SIGUE SIENDO ACTUAL COMO UNA PROFECÍA
LUIS FELIPE HA LLEGADO, LUIS FELIPE ESTÁ AQUÍ, LUIS FELIPE ARQUITECTO Y
DISCONFORME,
filósofo y creyente,
hombre de pan llevar que vive en el futuro,
miliciano de pronto y liberal de fondo,
que un día de suerte para mí me puso un telegrama desde Roma para que fuese
a recogerlo,
en vista de lo cual volvimos a encontrarnos en Sevilla,
y lleva unas semanas haciendo entre nosotros con entusiasmo y abnegación su
bautismo de fuego.
Tiene un gran atractivo,
es igual que un torero que está siempre ante el toro y no lo sabe,
no sabe que torea,
y desde su llegada al campamento ha suscitado asombro:
cuanto menos le entienden más le admiran:
debo decir que yo también tengo esta admiración y en cuanto miro al campo
pienso en él.
Así ha empezado a difundirse de boca en boca, como un secreto testamentario,
que Luis Felipe sigue su propia ley y no vino a esta guerra como vinimos todos
para morir luchando,
ha venido a morir con el capote puesto cuando le llegue el turno,
quiere morir por libre y vive ya su muerte adelantada,
tiene a veces las cejas circunflejas y atónitas,
es indeleble y silencioso;
se le nota el asombro únicamente en la aceleración del parpadeo
pero sus párpados no bailan: persianean con la luz,
y sin temor a equivocarme puedo afirmar que Luis Felipe es el único ejemplo
democrático de no beligerancia en esta guerra.
HACE VERSOS NO COMPROBABLES EN FRANCÉS Y EN LATÍN,
es tan tímido que tiene siempre un parapeto ante su corazón
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y el parapeto se lo han llevado las hormigas;
alguna vez me ha dicho en confesión homologada
que es romántico en todo,
no lo puede evitar,
y para cada muslo de una misma mujer tiene un silencio entrecruzado,
un silencio perplejo,
y los puede mirar la vida entera sin tomar decisiones,
Ayer recibió carta de la madre que enhebraba sus ojos por la noche tocándole
al piano el Carnaval de Schumann,
ahora en cambio sus ojos andadores caminan todo el día,
no descansan,
no duermen,
Luis Felipe se ha atornillado un beso al cielo de la boca,
y es tan legal, tan inconsútil, tan incontaminado,
que después de morir seguirá siendo contribuyente:
Le ha tocado pagar en esta vida,
le ha tocado pagar y pagó siempre sin la menor contraprestación,
no le han devuelto nada,
¿quién le iba a devolver su amor al prójimo, su integridad y su pagaduría?
AL TERMINAR LA TARDE LE GUSTA PASEAR,
cordial, delgado y exabrupto recorre el campo a grandes pasos,
con la cabeza bien peinada,
mientras todos le miran y nadie le interrumpe.
Ante cada persona su silencio es distinto,
cambia de intensidad,
en alguna ocasión le he sentido callar con un silencio tartamudo.
Su relación con la milicia no es una relación de enamorados,
y para dar constancia de ello creo que basta contar una anécdota suya:
Siempre que está de centinela se descuelga del cinto las granadas de mano;
las esconde en el campo lo más lejos posible para darles la absolución,
a la víbora víbora del amor
y al acabar la guardia tiene que recogerlas para ponérselas en el cinto
apresuradamente,
cuando el cabo le viene a relevar.
El cabo es trompicón;
habla culpable, poco y esquizogenital,
con las palabras en el primer hervor:
va a quemarse la boca con algún palabrajo si alguna vez se entera del desarme.
Como en esto, y en todo, estoy predestinado a ser su cómplice,
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se lo recuerdo hoy y ¡todo sea por Dios! Luis Felipe me dice con su
humildísima suficiencia:
—Mira, Luis, para hacer lo que debes basta tomar una decisión,
ya que la decisión es un parto instantáneo,
un parto sin dolor que te convierte en un ser vivo,
te hace nacer de nuevo, así he nacido yo,
así vuelvo a nacer todos los días, siempre a la misma hora.
¡Qué te voy a decir!
No me gustan las granadas de mano,
No las sé manejar,
no las soporto y en mis manos no sirven para nada,
siempre que estoy de guardia las oculto en el campo,
tenerlas a distancia es algo para mí tranquilizante,
pero, además, lo hago para justificarme ante mí mismo de estar en esta
guerra,
me duele estar en ella
y aunque nadie se entere,
si estoy de centinela quiero estar desarmado,
sin defensa posible,
y hacerlo cada noche es una forma martirizada de pedir el desarme y la paz.
MIENTRAS DURÓ LA GUERRA ÉSTA FUE SU ALEGRÍA,
ésta fue su lección,
mas también era un modo de decirnos que la esperanza no necesita armas,
su conducta ya estaba decidida,
y en trance de matar él estaba decidido a morir.
Todas las noches tuvo que reiterar esta actitud para dormir tranquilo.
Lo hizo todas las noches.
Aún me dura el asombro.
No eran sólo palabras.
EN EL MUNDO ACTUAL LA OFICINA ES LA GUERRA SANTA
EL DICTADOR SE MUERE SIN RESOLVER EL ÚNICO PROBLEMA QUE LE INTERESA
RESOLVER,
que es ser al mismo tiempo testador y heredero;
las guerras se terminan, quiero decir que se convierten en otras guerras,
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y los gobiernos insepultos se suceden,
o mejor dicho se amontonan ya que siguen mandando para siempre jamás,
y todos son imprevisibles,
y nadie debe protestar,
pues todo el mundo sabe que en aquellos lugares donde ha pasado una riada
suelen quedar sobre los árboles del paseo,
varios objetos desconcertantes,
por ejemplo: un sombrero de copa, un bacín y un paraguas,
que desde entonces administran España simplemente porque allí los dejó la
riada.
Así pasan las cosas,
y mientras la imaginación llega al poder, la política estriba en el escalafón,
pues no hay más cera que la que arde,
y como yo pequé tengo un ascenso,
ya que la caja de cartón se ha convertido en ataúd,
el ataúd es lo más parecido a una oficina y ya sabéis que en la administración
nadie muere de balde:
para ascender hay que empujar a un muerto,
y ahora se asciende rápido porque hay plazas vacantes.
EL ATAÚD PUEDE SER LA OFICINA, Y LA OFICINA ES LA GUERRA SANTA,
los viejos y los muertos sostienen la armazón administrativa,
—el archivo de huesos y el archivo de números—
y aunque los muertos están quietos,
no hay que llamarse a engaño pues son como los viejos que para subsistir
necesitan mandar.
Mientras no se le buscan las cosquillas al mando es subsistente por sí mismo,
tiene carácter instituyente,
y en cualquier oficina del mundo pequeñito,
no falta nunca un muerto que viva entre dos aguas,
ni falta un viejo inflacionable.
Lo cual, si piensas bien, no es demasiado,
—ni demasiado poco, ni demasiado mucho—
por lo cual es preciso decir que la experiencia es buena, pero incómoda,
pues como suele desagradar a todos,
tiendes tú mismo a abandonarla y su iluminación es tan inútil como un testigo
muerto.
DESCANSAR PARA LLORAR,
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comprenderéis que me refiero al muerto que enterraron conmigo,
al muerto postergado,
que ahora sigue estrechándome en la caja pues su carrera no ha terminado aún,
no puede terminar:
A más postergación más obediencia,
los muertos saben muchas cosas
y ésta es la ley de la postergación inacabable del funcionario público.
A causa de esta ley la caja de cartón sigue ascendiéndome,
me ha llevado a una cárcel mutualista,
y en cada celda puede verse un preso,
centinela y alerta que está dictando cartas:
—Tenemos programado todo el año. Nada puede cambiarse.
Su conferencia queda fijada definitivamente para el martes 25 de enero.
Veinticinco de nunca. Da lo mismo. Mañana será igual. Mañana habrá en la
mesa otro empujón de cartas pidiendo algún favor,
y desde luego algún cambio de fecha. Nunca se enterarán de que si es buena la
conferencia la fecha importa poco.
RETRATO DE UN FUNCIONARIO
MANUEL SIEMPRE ES UN HOMBRE DIFERENTE,
y un hombre deferente que nunca deja de atendernos porque es caritativamente
despectivo;
tiene los ojos náufragos,
o mejor dicho tiene unos ojos tan bondadosos que han naufragado varias veces,
y quizás son azules porque Manuel nunca ha pisado tierra firme,
y continúa jugando con la vida a la gallina ciega.
Le gusta mucho el mar y a causa de ello lleva el traje muy ancho,
un traje ancho siempre parece el mismo,
y todo el mundo sabe que Manuel quiere darnos la democrática impresión de
que no tiene más que un traje,
aunque
indudablemente,
un traje equivocándose de cuerpo,
y un cuerpo siempre en su lugar descanso.
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HABLA MUY DESPACIOSAMENTE CON UNA VOZ CREPUSCULAR, INSONDABLE Y
ASMÁTICA,
y hace buen uso de ella,
tan buen uso que a veces tiene un orgasmo hablando,
un orgasmo verbal,
si dice, por ejemplo, con la intención de ponerte a raya:
—Comer es una injusticia.
Lo cual no deja de ser verdad,
y me causó tanta impresión al escucharlo que estuve una semana con la lengua
estorbándome en la boca.
De igual modo nos dice con esa irreprochable falta de convicción que le da
tanta simpatía:
Los tiempos han cambiado
y hoy un analfabeto es cualquier hombre que no sabe escribir a máquina.
Siempre tiene en la boca una sentencia
para que nadie ponga en duda que él es un hombre práctico:
—Quien no aprenda a nadar llegará antes que nadie al Reino de los
Cielos.
SU RASGO MÁS CARACTERÍSTICO ES QUE MANUEL LO HACE TODO PERFECTAMENTE,
PERO NADA LE SALE BIEN;
es prestamista de palabras, contradictor y fraseólogo,
y como jefe superior de administración llevó el Departamento de Ceremonial,
Etiquetaje y Asentamiento del Gobierno Continuo,
y ya sabéis que lo llevaba con alegría
para poner de cuando en cuando una etiqueta en la boca de alguien.
Aún debo recordar un rasgo suyo tan insólito que no lo he visto repetido,
y es que a Manuel no le gustaba llevar razón:
—Llevar razón es agobiante.
Así pues sólo hablaba para entrenarse y estar en buena forma,
aunque no en forma física sino en forma moral,
esto es lo que importaba,
ya que Manuel creía que estar en forma física era un dislate de los griegos.
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Algo había en él muy delicado y muy cotufo,
pues para estar a punto tenía su propia dieta,
una dieta preagónica de leche prostituta y boquerones en vinagre,
que él acortaba cada vez más con los triunfos de Franco.
Así pues era una dieta justiciera que le hacía estar en paz consigo mismo,
una forma de pago,
y una cabalidad
ya que todos prevaricábamos en la comida,
sólo Manuel llegó a tener en Burgos la estatura del hambre.
A CONSECUENCIA DE LA DIETA LOGRÓ UNA DIETA TAN PORMENORIZADA Y
APREMIANTE,
que solía darnos la impresión de que llevaba el cuerpo de prestado,
aunque este endeudamiento con la carne mortal,
en vez de limitarlo
le daba aquella prudentísima agresividad que siempre tuvo.
Recuerdo que Manuel vive su vida como un juego y su juego es mandar,
y se divierte con el mando
porque vive el poder, que no tiene, de una manera tan analítica y deductiva,
que le ves divertirse de manera distinta en cada ojo siempre que oye una orden.
Ya por aquel entonces andaba de soslayo con un ligero escoramiento,
y también con aquella elegancia natural,
con aquella elegancia de movimiento y actitud,
que le permite, a quien la tiene, desnudarse en el tren a la vista de todos,
sin que lo note nadie.
EN VERDAD DE VERDAD SÓLO TENÍA UN COMPLEJO:
le quedaba el regazo campesino de ser hombre pudiente,
por lo cual sólo le conocías cuando estabas con él en el despacho,
pues se fajaba entonces con la administración,
y hablaba por teléfono durante doce horas seguidas sin desperdicio alguno.
Sólo en ese momento se sacaba del pecho lo mejor que tenía:
su voz más incunable,
su impremeditación siempre tan inspirada y tan paráclita,
y aquel adiestramiento de prestidigitador administrativo gracias al cual hablaba
por seis teléfonos a la vez,
y aún le quedaba tiempo para hacer una carantoña y volverse a nosotros
diciendo:
—Hay que dejar a los teléfonos en libertad,
para que digan lo que quieran.
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Él los dejaba en libertad y contando con ellos era omnímodo,
pues cambiaba de puesto a los ministros en la misa del jefe de gobierno,
organizaba los entierros célebres,
y disfrazaba la calle con banderitas muy parecidas a banderillas en los actos
conmemorativos;
en fin,
alguna vez quiso llevar una trinchera al hombro y cambiarla de bando.
Tal era su virtud.
Tal su eficacia,
y recuerdo también que estando emancipado dijo un día:
Ya es hora de convertir la guerra en un museo,
y puso tal empeño en conseguirlo
que organizó con sumo acierto la gran exposición universal de teléfonos
patrióticos,
que todos recordáis.
YA SÓLO VA QUEDÁNDONOS LA LUZ DE RECORDAR.
Y a la luz del recuerdo,
creo que Manuel ha sido un buen ejemplo de rebelde continuo,
y también de exiliado interior:
primero en el partido comunista,
después en el glorioso movimiento,
más tarde en el banquillo de la administración,
pues recuerdo muy bien que cuando estábamos en campaña
era tan suficiente y manifiesto
que se podía acercar al cabo con un gesto sinónimo;
después,
estando en Burgos
despachaba con el ministro con el mayor respeto,
pero también con la mayor distancia que permite la ley;
ahora que hemos llegado a la madurez y vivimos las sobras de la vida,
consiguió la victoria mayor que un hombre puede conseguir:
se ha emancipado de su cuerpo.
En rigor nada tiene de extraño,
pues postergó durante tanto tiempo su vida corporal
que al fin su propio cuerpo se le ha quedado ajeno,
descansa de él a todas horas:
ya es solamente inteligencia pura.
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Hay que acabar este retrato y no me gusta la palabra adiós;
sólo voy a decir que amó tanto la libertad
que con esta liberación ha conseguido, al fin, cuanto quería.
HAZLE LA CAMA AL MIEDO
NO TODOS SOMOS COMO ÉL, PERO EN ALGO NOS PARECEMOS
cualquier oficinista llora siempre que cobra
puesto que el sueldo es tan pequeño que parece un recuerdo.
Hay, sin embargo, algo peor y es la inseguridad;
la mesa de nogal que me acompaña, desde hace tantos años, se encuentra un
poco intranquilizada,
porque he sentido una premonición y tengo la pupila contraída:
Hazle la cama al miedo y dormirás con los pies mojados.
Más allá del despacho mis ojos miran al pasillo esperando que llegue la
notificación,
desde el paseo de los olmos enamorados entra la luz un poco tamizada por la
ventana izquierda,
¿he dicho tamizada o he dicho traducida?
Es lo mismo.
Da igual.
Lo que importa es la luz,
que ahora se mueve con un largo proceso de disimulación,
hasta que sólo deja en la pared, donde tengo el retrato de Vallejo, un rectángulo
negro y carcelario.
LA CENIZA EN LA FRENTE,
siempre que estoy en la oficina pienso que el aire se puede estar equivocando,
pero
¿quién se equivoca, el ojo, el aire, el jefe?
Este efecto un poquito teatral de estar viendo el despacho convertirse en cárcel,
¿es sólo una advertencia de la luz?,
en todo caso da lo mismo,
¿no recuerdas, hermano, que cuando llega la cesantía sólo puedes notarla en
que una misma risa cambia de un rostro a otro?
No le des importancia.
No la tiene:
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desde el punto de vista objetivo la cesantía sólo consiste e un trasplante de
sonrisa.
Para tranquilizarme estoy pensando que cuando cambia la perspectiva cambia
la realidad,
pero apenas lo pienso,
siento un temblor que recorre mi cuerpo con sus patas de alambre,
siento un temblor que me escarabajea:
algo va a suceder
y los pasos que escucho llegarán,
y los pasos que escucho ya están sonando en el pasillo,
y los pasos que escucho se han parado en mi puerta.
AL CAMBIAR LA DISTANCIA CAMBIA TODO,
el temor se convierte en una rata vieja que se hace más pequeña al acercarse,
ahora la busco y no la veo porque me he vuelto a serenar;
ya no suenan los pasos vomitorios y uniformados,
pero quedan las huellas en el aire:
Son migajas de miedo todavía.
Luego la puerta runrunea
y deja paso a una mujer que se empieza a entreabrir
—así pasan las cosas—
y avanza con la cara levantada,
y huele cada vez más transitivamente,
¿no recordáis que en el olor de una mujer comienza su diálogo con nosotros?
TENGO QUE PREGUNTAR A QUIEN LO SEPA SI CUANDO ESPERAS A LA AMADA EL OLOR
SE ADELANTA A SU IMAGEN,
la respuesta no es tan sencilla como parece,
pues como la verdad es retrospectiva,
tienes que andarla y desandarla hasta cerrar el círculo.
Yo estoy dentro del círculo,
y empezaré diciendo que la primera impresión que nos da una mujer es la
única total,
los ojos organizan la distancia,
y lo que estás mirando se acerca hacia nosotros,
pero puede acercarse sin moverse,
ya que en rigor basta mirar el mundo para ponerlo en movimiento.
En principio el olor se adelanta a los ojos,
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pero téngase en cuenta que si reconocemos un olor como suyo ya no es sólo un
olor pues se encuentra acuñado en una imagen previa.
Dile que la recuerdo porque mirar es un milagro y lo que estoy mirando ahora
es un olor,
un olor de mujer,
un olor que anda a tientas porque está distraído.
UNA VISITA PARA NADA
UNA MUJER EMPIEZA SIENDO NIÑA Y ACABA COMO PUEDE;
ésta era aún de azúcar reintegrable,
y sin lugar a dudas promovía la saliva con bastante eficacia,
pues como toda promoción tiene efectos acumulativos,
la miré tres minutos,
y me quedé toda la noche promoviendo saliva.
Para hacerla real no bastaban mis ojos
que como son arancelarios y cicateros no saben lo que ven,
y ésta era la cuestión:
aprendérmelo todo al mismo tiempo:
la luz que se entornaba en la ventana,
la piel que se entornaba con la luz,
los ojos grises, idos, sin acercarse mucho,
y la entrevista general que estaba yo teniendo con su cuerpo,
como si la atracción fuera más grande que el temor
y el arancel no estuviera diciéndome que aquella gracia de la niña,
su dengue y su merengue,
se acababan mirándola.
A PESAR DE LO CUAL NO LA HABÍA VISTO BIEN,
pues me encontraba en ese estado de certidumbre sin fijeza que produce la
primera impresión,
una certeza primordial y profética
ya que sólo participan en ella el sexo, la imaginación y la memoria
generalizada,
que dicho sea de paso no es la memoria funcional,
es la memoria generativa.
Aún no me había mirado cuando dijo:
—Vengo a coserme los ojos
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y sus palabras me extrañaron tanto que habría querido sostenerla creyendo que
dormía
pero no lo necesitaba,
estaba despiertísima de ademán, acomodo y desplante.
Luego se fijó en mí,
con una displicencia tal que estaba viendo que los ojos se le marchaban de la
cara,
y como ocurre siempre que tiene prisa una mujer
no tardó dos segundos en empezar a reprenderme:
—No me siga mirando de ese modo narcotizado y tolondrón.
No se lo voy a agradecer. No tengo tiempo para agradecimientos.
He venido a la clínica porque duermo tan mal que quisiera coserme los ojos.
La cosa me hizo gracia y entonces fue cuando la vi pues lo anterior sólo habían
sido adivinaciones:
Licenciada en Derecho, morena, estimulante y ayudándose sola,
todo estaba a la vista,
el refunfuño le encendía los labios;
la encontré suficiente, hormiguita y bailable.
Ya era inútil hablar y no le dije una palabra,
toqué el timbre y el tiempo,
cuando el tiempo llegó me encontraba despidiéndola en pie:
—La señorita tiene prisa en llegar a la clínica,
y como tiene prisa se ha perdido.
¿Tiene usted la bondad de acompañarla?
EL MIEDO ES VERTICAL
NO SÉ DÓNDE ME ENCUENTRO Y YA EMPIEZO A NOTAR QUE EN UN LUGAR CERRADO LA
INOCENCIA ES IRRESPIRABLE,
cuando eres inocente hueles a extremaunción,
y la licenciadita del derecho a dormir ya había dejado impresas sus huellas en
el aire.
Si me atrevo a pensar, mis ideas se convierten en sensaciones,
la luz de una pantalla ilumina mi cuerpo y sólo mi cabeza queda en sombra;
la sombra es una forma de anestesia y todo lo que siento es muy borroso,
por ejemplo: no sé si tengo manos,
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no las puedo pensar,
no llego a ellas,
me estoy quedando corto,
me estoy quedando visceral,
nieva dentro de mí, nieva dentro de mí,
no soy más que un montón de nieve apelmazada.
MIENTRAS QUE PASA UN SIGLO EN TORNO MÍO MIRO UNA BATA VERDE QUE ANDA
SOLA,
y veo una bata blanca que se acerca a mí,
me hace una seña con la mano,
y me pone el termómetro en la boca.
El toque del cristal me despierta los labios,
adiós amor adiós y estoy detrás del frío,
y me siento vivir liminarmente,
y empiezo a comprender que estoy tendido sobre la mesa de Operaciones,
donde me acaban de operar,
tal vez hace dos horas,
pues me empieza a doler el vientre abierto.
¿Cómo no me han cosido todavía?
El miedo empuja al ojo y el ojo se adelanta hasta tocar la herida,
y la estoy viendo dilatarse,
se cierra y se entreabre con la respiración
—el interior del cuerpo todo es sexo—,
en su fondo se mueve el intestino y puedo ver sus contracciones que son
involuntarias,
y no las sé contar,
se me ha olvidado,
si las contara moriría.
Mirar puede doler físicamente,
y a mí me duele tanto ver la herida entreabrirse que no me atrevo a respirar,
y me digo a mí mismo: no respires,
puedes dejar de respirar durante mucho tiempo.
Ahora empiezo a lograrlo,
es como si naciera todavía,
y el silencio es tan alto que se convierte en frío,
pero no quiero interrumpirlo aunque no puedo soportarlo.
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EL MIEDO ES ALGO ASÍ COMO UNA CAJA
en donde puedes encontrar tu cabeza cortada al buscar el sombrero;
ya lo sabes, hermano, el miedo es un error,
el miedo es vertical y puede dividirnos en dos hombres distintos:
¿quién está en el quirófano?
¿quién está en el despacho esperando la cesantía mientras que todo sigue
igual?
el tresillo, los retratos, los libros y las plantas,
la multiplicación de los papeles,
y esa impostura que nos hace que hablemos detrás de nuestra mesa de una
manera sustituyente.
Sin embargo es preciso decir que el ambiente ha cambiado igual que cambia tu
grafía cuando estás nervioso:
la mesa de trabajo termina siendo una ambulancia,
un expediente retrasado es igual que un enfermo,
el aire se ha quedado tiritón,
y las paredes crecen sin cesar,
siguen creciendo, continuamente, para disminuirme, como si se nutrieran con
la cal de mis huesos.
TAL VEZ LA RELACIÓN DEL DESPACHO CONMIGO ES LO QUE ESTÁ CAMBIANDO,
y por esta razón me mira de otro modo,
¿no recordáis que una ventana abierta da la impresión de irse?;
pues bien,
hoy tiene la ventana un gesto de excedencia que se transmite a todo el cuarto.
¿Cómo no he visto antes esa segregación que está en cualquier lugar donde
pongo los ojos?
Hay en todas las cosas un ademán de despedida,
y un hedor,
y un olor que andan huyendo.
Pero también hay algo más
en la moldura de la mesa hay un gusano esterilizado y siempre que lo miro
tiene una convulsión,
luego se empieza a contraer,
la humillación vermicular consiste en que un gusano tiene que contraerse para
avanzar un paso,
luego comienza a andar,
y tiene que seguirse contrayendo para seguir andando,
así ha llegado al centro de la mesa,
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se detiene,
me saluda,
me mira,
y ya todo es distinto,
cuando se queda quieto no lo entiendo,
no lo quiero entender: está cesante,
y ya no sé lo que pretende conviviendo conmigo pediluvio y letal,
pero todo está en claro,
al tenerle en la mano me parece segregado de mí,
tal vez sólo ha querido demostrarme la involución genética a la que llega el
hombre en la oficina.
AL PARECER TODOS ESTAMOS PREDESTINADOS A QUE NOS
HAGAN LA PUÑETA
LA INFORMÁTICA NOS ENSEÑA QUE HAY MÁS PREDESTINADOS AL FRACASO QUE AL
ÉXITO,
así en la rebatiña de la administración no dura mucho la alegría,
pues la política funciona con corriente alterna,
y mutatis mutandis cuando te dan de baja,
tus compañeros piensan que cuanto más cesante más culpable.
Al terminar la guerra sólo quedaba en el escalafón un inocente que no se
rebullía ni para tiritar,
andaba por el aire medio muerto
sin atreverse a hablar en el despacho ya que todo se sabe,
y a fuerza de callar le salieron heridas en el rostro,
pues la saliva hiere:
quien no lo sabe es porque lo ha olvidado.
POR HABER COMETIDO LA IMPRUDENCIA DE TENER LA MEMORIA PUESTA AL DÍA,
sigo viviendo muchas cosas que no se acaban nunca de enterrar:
¡Cuánto se puede odiar a un inocente!
Cuánto se puede odiar a una persona que prefiere callar para saldar su cuenta
sin cobrarla,
y por esta razón nadie le deja en paz,
y la saliva puta,
la saliva calumniadora,
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les alegra la lengua a los vendimiadores de lo ajeno,
cuando repiten una vez y otra vez:
¡Y cómo puede ser inocente y callar!
Tal vez no dicen lo que piensan, pero dicen lo que imaginan,
tal vez no dicen lo que creen pero dicen lo que quieren creer,
tal vez no son injustos, ni desagradecidos, puesto que al fin y al cabo al
inocente no le deben nada,
el inocente estorba y nada más como a veces estorba el mirar en el ojo,
pues nos hace elegir interminablemente entre cegar y recordar.
EL TESTIMONIO DEL INOCENTE NO LE INTERESA A NADIE,
su carácter insólito le da un cierto sentido de insolidaridad y pretenden borrarlo
a toda costa,
al borrarlo se equivocan de nuevo y se equivocan inútilmente,
puesto que al fin y al cabo no es necesario ser injustos cuando basta esperar;
con el paso del tiempo la corrupción y la inocencia tienden a confundirse,
con el paso del tiempo la memoria pierde el pulso vital,
y toda la riqueza del pasado vivido se reduce a unas cuantas palabras.
Ya lo sabes, hermano, tranquilízate,
el lenguaje es compendiador y por eso consigue lo que quiere,
compendiar es mentir,
y una sola palabra, generalmente una mentira, suele llenar de sombra el
mundo.
Por consiguiente olvida cuanto sabes,
la historia universal de la mentira se funda en el olvido,
y siempre llega un día en que la propia voz empieza a repugnarnos,
pues tu voz contribuye también a ese divorcio general entre la vida y la
palabra,
a esa mentira deseante,
a ese compendio inútil
a esa desproporción que por sí misma está diciendo que es inútil hablar y es
inútil callar,
nunca se miente menos.
No lo olvides, hermano, no lo olvides: si callas lo que callas, te calumnias, si
dices lo que piensas, te falseas.
DE MANERA VAGAMENTE APROXIMATIVA TODOS SABEMOS CUÁNDO ECHA A ANDAR
UNA CALUMNIA PERO NADIE LA HA VISTO TERMINAR,
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en estos casos lo que interesa al respetable público es decir:
nadie por nadie.
Ya lo sabes, hermano, tranquilízate,
todo vale lo mismo,
ésta es la ley,
la inocencia es aislante y deja en tenguerengue el fundamento de la vida social;
no refresca el cemento por la noche y hay que acabar con ella,
puesto que suele considerarse como una acusación,
o una denuncia de menor cuantía que nadie quiere oír y todos oyen.
Sin llegar a un acuerdo, el silencio de todos se convierte en sentencia,
el silencio de todos se convierte en un foso ante los pies del inocente,
mientras los unos y los otros,
quiero decir los otros y los hunos,
sólo están esperando la ocasión de darle cuerda a tu cadáver.
«Tan tan, ¿preguntan si
se ahorca a un inocente
en esta casa? Aquí
se ahorca simplemente».
SI EN LA HORA DE MEDRAR RENUNCIASTE AL PODER NADIE VA A PERDONÁRTELO,
nadie perdona que le den lecciones,
pero la vida es larga y contraproducente.
No des un paso atrás.
La inocencia no cede,
sólo se puede mutilar y mutilarla es lo peor,
pues aunque disminuyas tu conducta te seguirán comiendo las hormigas,
y cuando estén comiéndote vivirás para ellas,
y sentirás su dentelleo más dentro de los ojos cada vez,
más internado y acreedor,
hasta que llega ese momento en que por la extensión de tu ceguera podrás
saber el número de hormigas que están alimentándose de ti,
y sabrás la función de cada diente y su grado de adiestramiento,
y lo tendrás que acreditar:
es justo,
tienes que darle su valor a ese hormiguero negro que está comiéndose tus ojos,
para hacerte saber que el odio es la otra forma radical de inocencia.
Ya lo sabes, hermano,
y cuando llegue el día que nunca pasará,
podrás atestiguar que el odio climatiza al hombre,
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pues lo respiras mientras vives,
y es tan tuyo
que lo podrás desatender pero nunca dejarás de sentirlo.
AÚN QUEDA, FINALMENTE, AQUEL SUBSIDIO DE SUS FORMAS PEDUNCULARES Y YA
SOCIALIZADAS,
por ejemplo: la envidia,
la envidia amiga y compañera que sólo mata en vida para no darle a nadie
fama póstuma.
Lo malo es que la envidia nos necesite tanto,
pues es parasitaria y si acabara de una vez con nosotros se descapitalizaría,
por lo cual suele hablar de una manera sibilante,
y es circunspecta, minigésima, y hasta un poco funicular pues sólo quiere
vernos pequeñitos,
y siempre lo consigue:
nadie puede medrar sino apoyándose en la envidia que nos empequeñece un
poco a todos.
En segundo lugar pienso en el miedo que es asesino adelantado.
El miedo mata más que el odio,
según afirman todas las estadísticas conocidas y aun las desconocidas,
pero además el miedo es tan contiguo que vive amenazándose a sí mismo,
hasta que ya no puede más,
y relativamente hablando: mata por no morir.
Ésta es su trampa,
mata en defensa propia y es asesino reincidente,
adiós, amor, adiós y ten cuidado:
quien no tiene defensa acaba por matar.
LA VANIDAD NOS DICE QUE NUESTROS ENEMIGOS SON ENEMIGOS JUSTAMENTE
PORQUE NOS DESCONOCEN
y entre nuestros innumerables enemigos desconocidos,
hay que tener en cuenta al delator;
la delación es incansable porque tiene la vida asegurada,
prospera en todas partes,
y es notorio que con un ejercicio muy pequeño y relativamente higiénico,
por ejemplo: hacer limpieza funeral,
puede ocupar todos los cargos públicos;
en fin, a estas distintas características añade las que quieras;
ponlas en fila india para atenderlas una a una,
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porque tú tienes que ser justo,
ésa es tu obligación:
tienes que inventariar todos los muertos que ha causado en el mundo la mirada
antagónica,
tienes que comprender que el delator hace su oficio y tiene su razón,
me la estoy repitiendo a mí mismo desde hace muchos años:
—Nadie debe vivir siendo inocente.
Es imposible y además injusto.
NADIE SABE HASTA DÓNDE PUEDE LLEVARLE LA OBEDIENCIA
ME GUSTA RECORDAR QUE HE NACIDO EN GRANADA:
Libreros, una calle tan pequeña que iba a dar clase por la noche;
la cerraba, a la izquierda, una pared arzobispal, una pared muy digna y casi sin
ventanas;
generalmente la cubría una pizca de cielo desconchado.
Sí, señor, así fue, no necesita,
que le diga mi nombre,
no es preciso,
no lo va a recordar.
Con cinco años
me llevaron al colegio de Calderón
que estaba en el final de la calle de Puentezuelas;
más allá del colegio estaba el campo.
Allí las monjas con las tocas blancas,
y la primera miel de ver las niñas
tropezonas y alegres;
no lo crea,
no las notaba entonces al rozarlas,
las notaba después.
Hasta que un día,
sentí un retortijón en el recreo,
¡maldita sea mi suerte!
con la prisa
tardé en hacer de cuerpo,
me esforzaba
en resolver aquel asunto pronto
y era peor, pues cuando tienes prisa
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lo haces todo al revés, tal vez por esto,
se me pasmó la cosa en el momento justo.
DESDE LUEGO, SEÑOR, LA CULPA ES MÍA,
y al salir del retrete ya era tarde:
la soledad del patio me dio en el rostro un golpe
igual que la ventisca;
yo estaba tiritón y era por algo:
quedarse frío es el anuncio de un castigo.
Sí, señor, así fue, no miento aún,
lo puede preguntar
y todos le dirán que en el momento de acabarse el recreo
el patio del colegio se convierte en un patio clandestino,
se extraña de sí mismo, se prohíbe.
A mí me pasó igual.
No sé por qué razón,
al sentirme culpable en el centro del patio,
sin mirar, sin andar, sin hablar, sin reír,
me fui quedando cada vez más corto, más clandestino y monosílabo.
LUEGO RECUERDO UN CHANCLETEO Y UNA APRESURACIÓN
que llegaba hasta mí bisbiseando:
—Venga conmigo, caballerete.
Y Sor Inés tenía una voz nabucodonorosa y atiplada,
tan inmediatamente ejecutiva,
que mi inocencia comenzó a funcionar porque su voz me puso en movimiento:
un movimiento tren y pequeñito como un furgón de cola que marchaba tras
ella.
Nadie sabe hasta dónde puede llevarle la obediencia,
y atravesando el patio llegamos hasta el cuarto que hay en el hueco de escalera
contiguo al rectoral,
un cuarto excomulgado que nunca vimos sino en alguna pesadilla,
y al entreabrir la puerta se volvió a mí para decirme:
—No rechiste,
entre en el cuarto de las conejas y vístase de niña.
Chitón y punto en boca.
Sí, señor, así fue,
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sentí un sonrojo,
en cuanto la escuché se me quedó el oído pegado a sus palabras,
y entonces vi que aquella habitación con el techo inclinado era el ropero de las
niñas,
y se encontraba dividida en sectores igual que en el termómetro ya está
señalizada la ascensión de la fiebre.
Cada sector tenía un fiebre concomitante y unas prendas distintas:
uniformes, sombreros, cuellos almidonados,
medias de esas llamadas conejeras,
enaguas estantiguas y es curioso,
había un montón de bragas que ya entonces me parecieron demasiado
preliminares;
había también otras fosforescencias.
SÍ, SEÑOR, ASÍ FUE, NO ME PREGUNTE NADA,
cuando se sufre tanto sólo se quiere vivir menos,
es lo único que importa,
pero no lo consigues,
nadie lo puede conseguir,
porque el dolor es una instantánea que totaliza nuestra vida
y lo sientes llegar de una manera tan despiadadamente concentrada que su
empujón arrastra migajas y verdades.
Sí, señor, así supe que el dolor destituye al pasado,
que el dolor totaliza la vida y por eso es injusto,
y por eso es inexplicable,
mas se asemeja tanto a cualquier otro sufrimiento,
que en una misma sensación de dolor pueden establecerse de segundo en
segundo correspondencias imposibles.
Esto es lo que sentí.
No cabe vivir más,
sólo quiero decirle que esa vestiduría,
me causó un sufrimiento tan intenso que recorrió mi cuerpo hasta llegar a hoy,
no sé cómo,
no sé,
pero con él vino hasta mí la despreguntación
y viví en un dolor la vida entera:
Al ponerme la enagua tuve la sensación de entrar por vez primera en la oficina,
al ponerme las medias sentí un dolor de parto,
al ponerme las bragas se me cayó una mano en el infierno,
y vi la mano arder,
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y yo seguía vistiéndome sin manos.
Sí, señor, así fue,
aún me dura la humillación,
el uniforme era tan largo en mi cuerpo de niño como si me vistiera con la
guerra civil,
y cuando todo estaba terminado me puse en la cabeza un sombrero de niña y
aquel sombrero era la muerte de mis padres.
Cercedilla, agosto de 1980
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EPISODIO TERCERO
OIGO EL SILENCIO UNIVERSAL DEL MIEDO
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CAPITULO PRIMERO
La mirada de nunca acabar
Murió mi eternidad y estoy velándola.
CÉSAR VALLEJO
La mer, la mer, toujours recommencée!
PAUL VALÉRY
LA MIRADA DE NUNCA ACABAR
EL MAR ES EL ESPEJO DONDE HE VISTO TANTAS VECES A DIOS,
y ahora se extiende en torno mío,
ahora estoy contemplando su inmémore grandeza.
Mientras miras las olas no dejas de nacer,
pues el mar nos libera al contemplarlo y no le pide pasaporte a nadie:
en realidad sólo te sientes libre cuando la vida vuelve a comenzar,
y la nuestra comienza ahora:
la libertad del mar nos devuelve al origen.
LA PRIMERA IMPRESIÓN QUE NOS CAUSA UN VIAJE ES LA DE ESTAR VIVIENDO DENTRO
DE UN ÉXTASIS DEL TIEMPO,
la vida ha mañanado,
como si todas las paredes infinitesimales que constituyen el ayer,
con su cupón de ciegos,
y su lista de números que no han tocado nunca,
cayeran de repente,
y su uterino impedimento se convirtiera en un espacio libre.
Mientras dura el crucero siempre estás situado en el centro del mar,
un centro sucesivo y primogénito,
que se desplaza hacia el amor pues buscamos el mito más hermoso del mundo:
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el mito de la tierra prometida.
MIRAR NUNCA SE ACABA Y VAMOS HACIA AMÉRICA EN UNA CÁSCARA DE NUEZ,
un barco habilitado para carga y pasaje,
un barco tan pequeño que nos da la impresión de que lo hubieran estirado,
y cuando el agua se agiganta nos parece tan frágil,
que moderamos nuestro entusiasmo y hablamos en voz baja para no zozobrar.
La vida compartida suele hacerse en cubierta pues parece que se acorta el viaje
estando al aire libre,
y miramos el mar noches y días,
y miramos el mar con silenciosa fascinación,
porque lo inmensurable es lo sencillo,
y el mar empieza siendo el agua que nos mira,
la mirada del mundo puesta en pie,
y recuerdo que en el momento de zarpar estaba tan tranquilo que parecía un
espejo:
el espejo del cielo y de la tierra.
LA CUBIERTA ES UN CIRCO,
todo lo que hay en ella son atracciones diferentes:
el carcamán,
el cielo,
el horizonte,
la obra viva que cruje para encontrar una mayor estabilidad,
ese niño que juega a la pelota y como tiene cuatro años está empezando a ser
un niño innumerable,
y el acrostolio, que es una lástima, pues como tiene estilo modernista va
envejeciendo de hora en hora.
Mientras viene o no viene el doctor va cundiendo el mareo,
pues la escora es tan fuerte que hay que agarrarse a lo que puedas,
y una vez mateados,
los cuerpos unisexos se equivocan de abrazo,
y se ve que el mareo termina siendo exhibicionista,
pues suprime el pudor,
y una mujer muy meritoria, tendida en una hamaca, nos enseña como dice
Rubén «la rosa y la cicuta del reposo».
EL MAR, EL MAR, EL MAR DICIÉNDOSE A SÍ MISMO TODAVÍA;
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la brisa que parece una bandera,
un fraile capuchino entrevera la barba en el misal y da grandes paseos,
y no puedo explicarme quien extiende la lona para que hagan su número las
nubes acrobáticas,
puesto que el humo es tan escaso que no puede convertirse en trapecio,
la pintura del barco es roja y negra,
y, en fin, el tiempo es oro,
ya que sólo la gente en vacaciones cumple su obligación a todas horas.
EL MAR, EL MAR, EL MAR DANDO LA VUELTA AL MUNDO,
y nosotros mirándolo y naciendo,
y volverlo a mirar sigue siendo nacer.
En busca de una tregua con el agua, nuestros ojos recortan la mirada y se
empiezan a divertir:
hay razón suficiente de alegría,
pues hace una semana los pasajeros de segunda se pasean en la cubierta
superior,
y el escándalo que esta medida ha ocasionado es una menstruación que está
infestando el aire cuando oímos:
—Pero esto es imposible.
A pesar de lo cual, los manipuladores de lo imposible se equivocan de manera
evidente,
puesto que en este pudridero,
la indiscriminación resulta estimulante.
LA SITUACIÓN DE LOS PASAJEROS QUE, COMO FEDERICO HUBIERA DICHO, VA
HACIÉNDOSE ELEPÉNTICA,
podría expresarse de este modo:
en la circulación social han entrado de golpe todos los anticuerpos necesarios:
hay pasajeros teledirigidos que han perdido la orientación y van a la deriva,
mas los que suben del sollado saben a dónde van,
y nunca se equivocan preguntando;
por ejemplo:
¿hay algo más cabal que esa negrita que me mira asomándose a la boca,
y huele a miel de caña cuando habla,
y de cintura a abajo tiene un cuerpo distinto cada día?
Pero no todo el mundo nace en el mismo año,
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no todo el mundo puede aislar en la cubierta de un transatlántico el aliento de
una mujer,
pues la atención universal sigue centrada en la piscina,
que por así decirlo ha logrado el consenso.
Y COMO A MÍ ME GUSTA VER,
y como a mí me gusta ver que en cuanto que los hombres se descuidan
aprenden a mirar con todo el cuerpo,
en el anonimato general de ser hombres;
y como a mí me gusta comprender,
y como a mí me gusta comprender que las miradas deben seguir su propia
inclinación,
y despeñarse juntas, calientes y catárticas hacia el lugar
en donde están las Sister Braun,
que son gemelas, muy gemelas, y además, son un poco bailarinas,
y cuando están en bañador tienen los cuerpos tan perfectos,
que los puedes mirar durante todo el día sin repetirte nunca,
ni volver a mirar al mismo sitio;
y como a mí me gusta hablar,
y como a mí me gusta hablar para darle facilidades a la alegría del prójimo,
me entretengo en decir, como un feriante, al respetable público:
—Miren, señores, miren y no lo dejen para luego;
deben mirar con atención sin mantener el ojo de cúbito supino,
sólo quisiera desearles una mirada próspera;
miren, señores, miren y lo agradecerán,
pues la mirada tiene entrada libre en la programación del Paraíso.
EN LOS PRIMEROS DÍAS REPARTIMOS NUESTRA ATENCIÓN ENTRE LAS BRAUN SISTER
Y EL MAR ESTIMULANTE Y GRANDULLÓN,
el reparto es equilibrado:
por la mañana el baño de las ninfas,
y por la tarde, el baño de las olas.
Durante todo el día —mañana, tarde y noche— el misterio del agua que cierra
el horizonte dentro de un círculo perfecto,
y la visión del mar «siempre recomenzado» según ha dicho Valéry
(creo que lo dijo para siempre dándole al mar el agua del bautismo,
y quiero aprovechar esta ocasión para darle las gracias).
Debe tenerse en cuenta que hay aciertos artísticos y hay aciertos genéticos,
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los aciertos artísticos parten de la hermandad de lo creado,
y establecen un hecho siempre nuevo:
como todas las cosas son semejantes, su semejanza puede hacerlas participar
unas en otras,
pues la misión del arte, desde esta perspectiva,
consiste en descubrir esas relaciones que son al mismo tiempo misteriosas,
imposibles y exactas.
Ahora bien, el acierto genético es creador,
y no transforma la relación entre las cosas sino las cosas mismas,
puede ensanchar el mundo o volver a crearlo,
pues la función del arte, desde esta nueva perspectiva, consiste en la creación
de la tercera realidad.
Al llegar a este punto, sólo voy a añadir que el arte es la creación de una
mirada nueva,
de una nueva mirada que nos permite ver directamente sin tratar de entender lo
que vemos,
ni corromper la relación vital que une al artista con el mundo.
QUIERO HACER ESTAS DISTINCIONES EN HOMENAJE A VALERY,
pues su acierto expresivo es indudablemente un acierto genético,
y quien recuerde sus palabras verá el mar inventándolo y al mismo tiempo
conociéndolo.
Pero, además, es preciso insistir en la intuición sobre la cual el arte funda su
nueva realidad,
pues pensar nos produce un enfriamiento y hay que tener cuidado con el frío,
tenemos una vida solamente
una vida tan sólo que es nuestra y es de todos,
nadie la debe corromper ya que pensar es distraerse:
cuando piensas en alguien lo suprimes,
o dicho de manera más exacta y un poquito refrigerada:
cuando piensas en alguien lo distancias de la vida real,
en cambio, si recuerdas algo suyo, tal vez lo estás salvando.
PARA ESO ESTÁN LOS OJOS
UN HOMBRE CIRCUNSPECTO CASI NUNCA ES ALEGRE,
Antonio es circunspecto,
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por lo cual he podido ver que en varias ocasiones se jugaba la vida de una
manera minuciosa,
su valor no precisa que le empujen, pues no es tensivo sino frío,
por eso es buen ejemplo de milimetración cuando llega la hora,
y está tan bien milimetrado,
que lleva siempre en el bolsillo un termómetro vaginal y una gramática
alemana.
Se sienta junto a mí seguro, fuerte y quieto como un árbol miope,
y su circunspección es tan devota con el prójimo que cuando piensa que no le
entiendes bien,
se paquiduerme un poco y lo repite muy despacio,
despacio, muy despacio, despacísimo,
y es tal su paquidermia y su ceremoniosa demostración,
que te hace equivocarte de otro modo,
pues nunca acabas de entender si lo importante es lo que dice o la manera de
callar lo que calla.
ANTONIO ES TROPEZÓN;
mira muy fijamente con unos ojos palpebrales que precisan tocar para creer en
lo que ven,
y su atención es tan meticulosa que parece que tiene la mirada bilingüe,
ya que, de cuando en cuando, nos mira en alemán:
—Wie das Gestirn, obne Hast, aber ohne Rast.
He dicho que nos mira en alemán porque fija en nosotros la mirada con tal
demoración hacia la exactitud,
que algunas veces, pocas, resulta impertinente.
Habla bien, porque sabe que se homologan sus palabras,
y habla con ritmo alterno,
unas veces con sorna y otras con establecimiento y dignidad,
y para compartir con los lectores esa especie de empréstito vital que me hace a
todas horas,
voy a poner un solo ejemplo,
voy a poner un solo ejemplo de las cosas que dice cuando toma la extraña
decisión de hablar en nombre tuyo:
—Para vivir no pidas garantías,
sólo tendrás la certidumbre de ser feliz cuando vivas más lentamente que
viven los
demás,
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pues
para
que
la vida no se nos vaya de las manos,
basta que administremos bien la despaciosidad.
No te engañes apresurándote.
No adelantes la hora;
ya estás en la estación de despedida,
la vida es sólo una advertencia.
EN SU CABEZA NAPOLEÓNICA EL PELO SE ENTRECRUZA Y SE ENTRECALVA
con un mechón cerril
—el pelo que le queda tira un poquito a rojo—;
sus manos son pequeñas, casi impunes, en relación al torso,
igual que esas figuras de donantes que aparecen, escondidas y diminutas, en
los retablos medievales;
tiene un gesto de mando en todo el cuerpo y se le ve que mira porque puede
mirar,
sin embargo, su mirada equilibra la entereza del gesto,
para eso están los ojos,
los ojos que nos miran con la dulzura angélica y borrosa que a veces tienen los
miopes.
NO HAY QUE FIJARSE MUCHO PARA VER QUE LE GUSTAN LAS MUJERES:
cuando está con alguna se pone tierno y boquerón,
y las palabras se le acurrucan en la boca,
y se le calambrean,
y se le olvida su famoso discurso sobre la peligrosidad de la premura,
y se le olvida así, sin más ni más,
pues se enamora a primera vista y siempre se enamora mortalmente.
DE CÓMO Y POR QUE CAUSAS CUANDO UN AMIGO SE
ENAMORA NOS PARECE UN COLUMPIO DESCOMPUESTO
ANTONIO SE HA ENAMORADO EN ESTOS DÍAS Y CUANDO ME LO DICE ME CAUSA UN
CIERTO RECONCOMIO,
no lo puedo entender,
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¿no recordáis, amigos, que el amor de los otros nos parece distinto al nuestro,
nos parece distinto, pues la determinante del amor es obviamente la donación,
y por ser gratuitos, todos los elementos de un amor que conocemos solamente
de oídas nos parecen innecesarios,
hasta hacer el amor,
ya que dicho en voz baja sólo es preciso amar para llevar el mundo en el
bolsillo.
¿NO RECORDÁIS, AMIGOS, QUE EL AMOR DE LOS OTROS NO NOS PARECE RAZONABLE?,
pues lo consideramos casi siempre como un amor apresurado que no han
tenido tiempo de hacer a la medida,
y lo queremos enmendar para dejarlo a nuestro gusto,
y nunca comprendemos ese raro equilibrio que lo mantiene sin caer,
ese equilibrio de columpio descompuesto en la altura que deja a los amantes
encielados,
cuando todos sabemos que están en el vacío.
¿NO RECORDÁIS, AMIGOS, QUE EL AMOR DE LOS OTROS ES BASTANTE PRETÉRITO
IMPERFECTO?,
pero ellos no lo saben,
no lo pueden saber,
tienen que conquistar su desmesura de corazón,
y todo lo que hacen nos parece prefabricado,
nos parece un cohete que culebrea en el suelo echando chiribitas,
y quienes lo están viendo alegrear entre la muchedumbre,
saben que está quemándose
y sólo va a dejarnos como herencia una varilla chamuscada.
Ahora ya es un negrón que ha iluminado el cielo y ha caído,
y tú lo has visto arder,
y tú has sufrido al verlo,
pues su vivacidad, su fuerza y su belleza te parecen un desperdicio.
¿NO RECORDÁIS, AMIGOS, QUE POR ALGUNA PERVERTIDA INCLINACIÓN DEL HOMBRE
EL AMOR DE LOS OTROS NOS PARECE UN DESAHUCIO?
la admiración que los amantes suelen manifestarse la juzgamos desprovista de
fundamento,
y nos reímos de esa lujosa encuadernación en pergamino que les hace pensar
que no hay amor mejor que el suyo,
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ni siquiera podemos compartir esa lágrima que ellos siguen planchando cuatro
veces al día.
Siempre que vemos juntos a dos amantes sonreímos con esa risa que es como
un sello seco en nuestros labios,
con esa risa estampillada
ya que lo más incompatible que encontramos nosotros en el amor ajeno es esa
inercia hacia la indignidad,
que constituye, como todos sabéis, el seguro de vida del amor,
su pago anticipado,
y, sin embargo, la vanidad que ponemos en nuestro amor es una forma de
onanismo,
un retrato en el agua y nada más,
ya que todas las formas de la vida amorosa tienen al mismo tiempo su valor y
su precio que son inseparables.
Así pues ya lo sabes.
No los separes nunca.
Nunca,
tienes que actualizar mañana y tarde el costo de tu amor,
quien lo deja de hacer lo pierde todo,
quien lo deja de hacer es porque ya ha empezado a andar con pies ajenos,
y entonces,
ay,
entonces,
nada puede salvarle,
nada puede salvarte porque empiezas a ver tu propio amor como si lo estuviera
envileciendo la mirada de otro.
CUANDO LLEGA EL ANOCHECER Y EL MUNDO SE HACE CONFIDENTE,
hay en el aire un movimiento previo,
y por así decirlo, un movimiento compaginado que mueve nuestros labios de
una maneta prenatal;
aquella noche, al acercarse a mí, tenía los ojos asombrados,
tenía un asombro llamado Antonio,
y ya sabéis, amigos, que el asombro nos deja en la mirada un
desmoronamiento sin orillas.
Yo me encontraba ya tan de su parte
que comencé a sentir recorriéndome el cuerpo, un temblor dialogado,
ya que tal vez el punto de partida de toda confidencia,
sea ese momento en que la sangre escucha y en la sangre se acuñan las
palabras,
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esa tensión interna,
o mejor dicho, esa tensión abierta que hace que todo lo que sientes se convierta
en pregunta,
y los labios entonces se mueven sin saberlo,
se mueven sin hablar,
se mueven replegándose,
en torno a una palabra que nadie ha dicho todavía,
y, sin embargo, la escuchamos,
nos la dice una voz que empieza siendo nuestra y acaba siendo unánime.
DESPACIO, MUY DESPACIO, DESPACÍSIMO
ME GUSTARÍA SABER EL PUNTO JUSTO DONDE EL SUEÑO DE DOS COMIENZA A
HACERSE EL MISMO SUEÑO
pues sólo en ese instante se produce la confidencia,
que es un temblor de tierra ligeramente trasformado en un temblor de sangre.
Pues bien, antes de que termine este temblor, debo aclarar que estamos en
cubierta y nos sentimos sumamente confidenciados,
la noche nos emplaza,
y el silencio es un émbolo que aunque se mueve únicamente en el cuerpo de
Antonio oxigena su sangre con la mía,
y mi sangre se «alondra de verdad»
y el destino se cumple en una hazaña inútil.
LE ESTOY OYENDO HABLAR Y SE LE VE EN EL ROSTRO EL HEROÍSMO,
pues los ojos le llevan en volandas,
le mueven,
le promueven,
y en efecto ha llegado al momento en que su vida empieza a crecer tanto
que el corazón heroico se le queda impotente.
Tal vez el heroísmo debe ser algo así,
ese heroísmo de adrenalina, lava y piedra pómez que estriba en darse cuenta de
que llega de pronto a nuestras manos lo mejor de la vida,
y te convierte en un «igloo» dentro del hielo circundante.
PERO NO TE EQUIVOQUES DEMASIADO: LA PLENITUD TE LLENA PERO NO TE
ACOMPAÑA,
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porque se está acabando a todas horas y un día se olvida de nacer,
cuando llega esa hora «el mundo cabe en un olvido»
y un solo olvido es como el mar:
te aísla,
sin embargo amor ven, vuelve a venir amor, vuelve a decirnos,
que lo que más calienta el corazón tenemos que vivirlo terminándose,
la plenitud carece de mañana,
no nos puede extrañar,
donde empieza el asombro está el peligro.
Por consiguiente, mientras sigas enamorado no vas a descansar,
el paraíso es necesario volver a hacerlo cada día,
pues cuando el corazón llega a la cumbre se queda a la intemperie.
AHORA ESTOY CON ANTONIO Y LE REFRESCA EL ROSTRO LA ALEGRÍA,
es como un resplandor,
no debes olvidar que un rostro alegre siempre te está enseñando algo,
y siempre nos enseña una certeza.
Esa noche aprendí que es justamente en el arranque del amor cuando da un
hombre su medida,
y después de mirarme hasta no poder más,
y después de mirarme como si se cayera,
ha comenzado a hablar conmigo;
habla para vivir;
para creerle basta oírle.
COMIENZA POR DECIRME QUE NO LE VOY A COMPRENDER PORQUE SU AMOR
COMIENZA EN LUNES,
y como cada amante tiene su cielo aparte,
él daba por seguro que sus cielos particulares sólo podían unirse en ese día,
en ese arranque de semana,
y en la sintética y nocturna contemplación del mar,
el abrazo del mar que en torno de sus cuerpos fue su anillo de boda.
Nombrar es poseer,
y como el nombre nos configura,
me dice que hay personas que llevan puesto el nombre como se lleva puesto el
cuerpo,
y esto le ocurre a ella,
su nombre es su carnet de identidad,
pues desde la mañana hasta la noche la ves configurándose en su nombre,
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y siempre que la miras tiene una nueva configuración
porque se llama Dorothy,
¿comprendes?
Dorothy perfectísima, Dorothy sacratísima, Dorothy veneranda,
y pronuncia su nombre de una manera tan efusiva y
dialogada que al decirlo parece que estuviera emigrando.
AHORA BAJA LA VOZ PARA DECIRME EN LA MÁS ABSOLUTA INTIMIDAD:
—Dorothy es la menor de las Braun Sister,
y cuando estoy con ella tengo la sensación de adentrarme en el agua,
de internarme en lo oscuro del mar,
y lo oscuro me envuelve,
me deja en suspensión,
y la miro volviéndome a caer,
volviéndome a adentrar entre lo oscuro pues tiene un cuerpo tan perfecto,
y tan correspondiente,
y tan profético
que delimita exactamente la frontera entre el oráculo y el abrazo,
y es tan exacta la delimitación que «en ella hay la sagrada frecuencia del
altar».
No sé por qué razón pronuncia estas palabras con puntos suspensivos,
como si las quisiera abanicar,
como si las quisiera abanicar con el aliento para aumentar esa pequeña claridad
que separa una letra de otra letra.
MIENTRAS HABLA DE DOROTHY TIENE EN LOS OJOS UN RESCOLDO SUYO,
y en sus labios orantes sigue creciendo el nombre para expresar mejor todas
sus cualidades:
Dorothy prudentísima, Dorothy cielicísima, Dorothy predicanda,
pues ya sabéis, amigos, que el nombre de la amada es una isla que no se acaba
nunca de bojar,
y él lo sigue diciendo con los ojos cerrados,
añadiéndole ese estribillo con el cual los amantes quieren ponerle al tiempo un
cinturón de castidad:
Dorothy no es mi amor, es mi destino,
y el destino no tiene aleación de clavel.
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Mientras le sigo oyendo considero que la aleación es lo importante,
el amor es eterno mientras dura,
y a veces dura tanto
que el cuerpo de la amada que está ante ti desnuda es igual a la sombra que
proyecta en el suelo.
Elegir es nacer pero el nacer y el elegir se acaban,
hay que empezar continuamente para seguir naciendo,
la opción siempre es distinta y es la misma,
nadie la olvidará:
cuando el amor termina aún nos queda escoger entre el humo y la sombra,
cuando el amor se acaba aún tienes que elegir entre una forma y otra de
quedarte sin nada,
porque la herencia no prescribe,
y a todo enamorado le hacen andar después de muerto.
AL QUEDARSE UN MOMENTO CALLADO VI EN EL CIELO UNA ESTRELLA FUGAZ,
una estrella cesante,
y al seguir su caída volví a encontrarme con sus ojos,
volví a encontrarme con sus ojos que la estaban mirando confirmándose en
ella,
como si ya la vida se hubiera puesto de su parte,
y con aquella demostración el cielo le estuviera acompañando.
No era más que un azar,
pero el azar está incluido en el soplo asistólico de todo corazón enamorado
y a mí que no lo estaba me asaltó una duda.
Era una duda lógica en su más impudente desnudez,
que lo dejaba todo en fárfara,
y rastrillaba sus palabras hasta dejarlas huecas,
ilegítimas
y esparcidas
lo mismo que los sacos en cuanto se vacían ya no se pueden sostener en pie.
LA DUDA ES UNA QUEMAZÓN QUE CAUSA EL HUMO Y NO LA LLAMA,
y quien duda se quema sin arder,
por consiguiente ahora debo aclarar que la duda que ha comenzado a
atormentarme,
es que no entiendo cómo se pueden entender hablando únicamente en idiomas
distintos,
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tan distintos que su conversación desde el principio tuvo que ser más bien un
poco paralela,
incluso minusválida,
y no puedo explicarme cómo ha saltado Antonio sobre el muro de la vergüenza
que constituye para todo español milimetrado un idioma extranjero,
Desde luego era un hecho que se entendían a las mil maravillas,
y lo habían conseguido gracias a ese momento en que el amor está obligado a
hacer las cosas bien,
y para convencer a los amantes hace el milagro mutuo,
irrepetiblemente mutuo,
de conseguir que dos personas puedan comunicarse sin entenderse,
como si hicieran un trasvase,
sin dar a sus palabras la menor: contaminación de sentido lógico.
ESTO INDUDABLEMENTE LO HABÍAN HECHO MUY BIEN,
en virtud de lo cual mejor hubiera sido que me hubiera callado.
Mejor hubiera sido,
puesto que al escuchar la minimalidad de mi pregunta, no pudo Antonio
contener la risa,
y se me vino el mundo abajo al mirarlo reír,
con esa risa franca que parece levantarse la falda,
para enseñarlo todo,
esa risa encefálica, caliente y palpitante
que dice la verdad y nada más que la verdad, porque no tiene vacilaciones
y es una risa que lo arrastra todo lo mismo que la noche borra el mundo.
COMO NADIE ES TAN HOMBRE QUE PUEDA SOSTENER DURANTE MUCHO TIEMPO UNA
PREGUNTA,
pues la pregunta al fin termina abandonándonos,
me callé por lo bajo y por lo pronto,
ya que un silencio a tiempo endereza una vida.
La noche autodidacta seguía deletreando sus estrellas,
su niña antigüedad,
su plenilunio,
yo me sentí indefenso igual que si su risa me hubiera desnudado,
y no pude decir palabra alguna,
en vista de lo cual mi rostro se encendió para hacerme encontrar otra forma de
expresión: el rubor,
el rubor que tal vez sólo sea una venganza corporal,
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quiero decir una venganza que toma contra ti tu propio cuerpo,
dejando al descubierto tus raíces,
pues la vergüenza nos atora,
y cuando las palabras que es preciso decir se quedan atoradas,
sólo tienen un modo de expresarse: salir al rostro en forma de secreción
interna.
CUANDO ANTONIO ME VIO AZORADO COMENZÓ A HABLAR DE NUEVO
y debo confesar que hablarme entonces era una forma eficacísima de venir en
mi ayuda,
—Pero Luis, por favor,
lo que importa es vivir las palabras,
no es preciso decirlas,
puedo callar estando junto a Dorothy para darle al silencio su
principiante inmediatez;
ya que cuando se miran dos amantes,
necesitan callar y callan desnudándose de alma;
sólo entonces consiguen su verdadera plenitud
pues el silencio tiene don de lenguas.
UN NIÑO MIRA AL CIELO PARA JUGAR AL ARO CON LA LUNA,
y una vez comenzado el juego, Antonio sigue empeñado en demostrarme que
el movimiento se demuestra andando,
y como al dialogar es el oído quien da el paso adelante,
se hizo la luz en mí,
(cosa que no es tan fácil)
y vi con toda claridad que el silencio se ahonda cuando se calla en dos idiomas,
exactamente igual que la unión de dos mares de niveles distintos produce una
tensión interna bajo el agua.
El silencio no cambia de sentido pero cambia de intensidad,
en esto como en todo tenía razón Antonio,
que me solía decir centésimo y suave:
—Lo que hay de entrega en el amor se dice con palabras,
mas lo que tiene de inherencia pertenece al silencio,
éstas son las orillas del amor: la entrega y la inherencia,
solamente el silencio puede unirlas,
solamente el silencio puede hacerlas comunicantes.
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LLEGA EL AMOR HACIÉNDONOS, LLEGA EL AMOR NACIÉNDONOS, LLEGA EL AMOR SIN
SABER COMO,
y con él llega la unidad del mundo,
la plenitud que él sólo puede darnos porque el amor no miente nunca:
se le nota que ha muerto cuando miente.
Mirándose a los ojos los amantes pueden sentir la desertización,
pues el amor es un desierto,
un desierto que tiene la estatura de un pie,
y para ser más tuyo lleva tus huesos como un traje,
lleva tus huesos puestos,
y los puede esparcir entre el cielo y la tierra solamente con quedarse desnudo.
CUANDO LLEGA EL AMOR SIENTES QUE UN PIE LLENA TU VIDA,
sólo dependes de ese pie,
y en realidad sólo sigues viviendo mientras sigue pisándote,
pero no vayas en su busca,
no adelantes la cita,
el amor siempre llega cuando tienes una lágrima a punto y no la puedes llorar
solo,
pero además es una forma de silabización interminable,
un dios que de repente queda en paro,
y un peligro total,
el peligro absoluto porque llega quitándote todo cuanto tenías,
sin dejarte más vida que la suya,
sin dejarte más vida que la que va a quitarte al día siguiente.
PUEDE LLEGAR A CUALQUIER HORA Y SIEMPRE LLEGA A TIEMPO,
pues el amor es la única plenitud que no precisa madurez,
y como a todo amante le gusta examinarse de ventrílocuo,
me comenzó a explicar con toda clase de puntualizaciones,
cómo se había acercado a ella
utilizando lo que él solía llamar la técnica de avance hacia el oído.
Debo decir que era una técnica modernísima pues completaba las lecciones
orales
con una serie de ejercicios prácticos, que por aquel entonces,
empezaron a ponerse de moda en los estudios universitarios,
como todos sabéis.
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Por ejemplo: al lado de las sister,
siempre andaba una niña que era un poquito dulce, era un poquito gorda y era
un poquito cuadrilátera.
Dorothy madrecísima, Dorothy maternísima, Dorothy matriarcanda,
y Antonio, Antonio el Grande, Antonio el Bueno que ya estaba espermatizado,
y sólo deseaba hacer servicio activo
y adentrarse en el clan,
pidió permiso a Dorothy para hablar con la niña en horas varias,
aunque fuese cuadriláteramente,
y enseñarle español.
COMO ERA CONCIENZUDO SIEMPRE EMPEZABA SUS LECCIONES HABLANDO
ÚNICAMENTE DE LO QUE ESTABAN VIENDO:
El sol que nos saluda quitándose el sombrero cuando pasa una nube ocasional,
los marineros que son las alas del amor, según dice Cernuda,
y él lo debe saber cuando lo dice,
las semisintonías que llegaban del bar,
los cordajes,
las gavias,
un bote salvavidas que es demasiado poco para hacernos creer en nuestra
salvación,
y esa inválida y blanca crestería que hace la espuma sobre el mar,
un zapato viudo que está en el suelo con la boca abierta,
la circunvalación,
el humo siempre recientísimo,
y sin alzar la vista, para no molestar a nadie,
la barba capuchina que sigue ejercitándose todo el día en la lectura del misal.
PARA NO PERDER TIEMPO, DESDE EL SEGUNDO DÍA TAMBIÉN LE DABA CLASE A
DOROTHY,
le hablaba en nuestra lengua sin conmiseración,
con arreglo a un programa,
haciendo algún injerto de palabras anglosajonas,
—el alemán era su fuerte—
y manteniendo siempre una actitud tan resumida como si no estuviera
hablando:
—Tal vez lo que te digo no va a servirte para nada, pero escáchame,
Luis,
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desde hace muchos años he llegado a una conclusión:
si quieres conquistar la confianza de una mujer todo consiste en adoptar
un método,
el método es igual,
el método establece esa mentira equidistante que es un acuerdo tácito,
Hay que metodizarse alegremente
y yo tengo un sistema ni mejor ni peor, pero seguro;
apúntalo en tu cuenta:
El tono, la actitud y la distancia son los tres mandamientos del respeto al
prójimo
y hay que saber utilizarlos,
hay que saber utilizar una actitud distante pero o
un tono ruiseñor pero dejativo,
y una distancia que es conveniente apostolizar,
si pretendes hablarle a una mujer que no tiene interés en hablar contigo,
Esta es la clave del asunto:
es preciso dejarla que ella piense en sus cosas,
mientras tú le hablas bajo, muy bajo y muy suai, cada vez más suai,
para aplicar correctamente la técnica de avance
hacia el oído.
EL MÉTODO SUPONE LA INSISTENCIA,
una insistencia sin pretensiones de orientar a la persona con quien hablas,
y así para empezar debo decirte que el día que te enamoras es preferible no
dormir,
ni siquiera intentarlo,
pues para compensar la dormición,
tuve que estar toda la noche preparando los ejercicios de acercamiento,
que al día siguiente me sirvieron para poder
hablarle en un tono anterior, apostólico y sedativo,
Lo importante es el tono,
hay que tener en cuenta que el tono impersonal ayuda mucho,
y yo le hablaba exactamente como un corresponsal de prensa dicta su crónica
por télex,
quiero decir que no trataba de decirle cosas interesantes
no es preciso,
basta con informar,
la mujer siempre escucha porque tiene un
teléfono en el oído que atiende todas las llamadas,
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EN RELACIÓN CON LA ACTITUD CONVIENE ESTAR ALEGRE Y UN POCO PUSILÁNIME,
y yo bajé la voz para acercarme más a ella,
más cerquísima,
y dictarle la crónica del día de una manera irrelevante
y tan gramática,
y tan debilitada,
que llevaba la voz en parihuelas para hablarle en el tono adecuado,
un tono impersonal, inalámbrico y mismibundo,
sin inflexión alguna,
pues en rigor no es necesario decir nada,
basta con devanar la voz igual que se devana una madeja.
ENTRE TODAS LAS COSAS IMPORTANTES QUE SE PUEDEN HACER EN ESTA VIDA,
la primera es seguir,
seguir haciendo algo,
por lo cual una vez realizadas las secuencias del tono y la actitud queda el
meollo de la cuestión
y tienes que acortar la distancia al oído.
Esta aproximación tienes que hacerla de manera sistemáticamente progresiva
igual que un ejercicio de gimnasia:
un, dos,
tres,
cuatro,
lo que importa es el ritmo:
un, dos, tres, cuatro, cinco, seis,
lo que importa es el ritmo progresivo.
Puedes reírte lo que quieras,
pero todo consiste en eso:
la progresión de acercarse a su oído un centímetro más,
el centímetro justo,
pues todo el mundo sabe que un centímetro más en el sitio indicado justifica
una vida.
EL TONO, LA ACTITUD, LA MERITANCIA
quiero decir la coba fina, y el mimo con la niña cuadrilátera,
hicieron el milagro,
pues con la aplicación de estas medidas
conseguí que aumentara mi coeficiente de aproximación.
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En amor sólo existe una ley:
las verdades las fijan las distancias,
y el método consiste en irlas acortando de modo paulatino y sin pérdida de su
luz,
esto es indispensable,
¿te das cuenta?
mientras baya entre dos personas una distancia mínima la luz las sigue
uniendo,
y esto me pasó a mí,
en el momento en que te acercas al último centímetro que te separa de su oído,
ya es tuya la mujer,
y esto no es un milagro, es un acierto técnico:
la intimidad supone una distancia nueva y al mismo tiempo una distancia
suprimida,
«lo demás es silencio», dijo Shakespeare.
LUEGO QUEDA LA ESPUMA
EN CUANTO LLEGA EL MEDIODÍA APARECEN LOS CUERPOS CONSIGUIENTES EN EL FILO
DEL TRAMPOLÍN,
¿no recuerdas, Antonio, que la contemplación de un cuerpo de mujer nos hace
hablar bajísimo,
para no despertar de estarla viendo?
Tienes que recordar que cuando las gemelas se colgaban del cielo y se
quedaban solas frente al mar,
seguían correspondiéndose con él,
y nos hacían mirar alternativamente al origen del hombre y al origen del
mundo.
Desde hace varios días me he convertido en un alumno, las olas siguen
escribiendo un texto que sólo encuentra su concordancia en la sangre del
hombre,
luego queda la espuma,
la espuma es un silencio conversado.
MIENTRAS SIGO EN LA BORDA PIENSO QUE EL MAR ES ANTERIOR AL TIEMPO,
y siempre que lo miras sigue anteriorizándose,
tal vez a causa de ello el mar nos anticipa su vivir,
esto es: nos anticipa esa juntura disyuntiva que tiene el hombre con su cuerpo.
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Siempre que miro el mar soy su aborigen,
y me siento arrastrado por su demostración,
no puedo defenderme,
basta mirar el agua fijamente para saber que pertenezco a ella.
Ahora le pertenezco de tal modo que grito,
estoy gritando:
el mar,
¡el mar!
¡el mar!,
soy natural del mar donde nació la vida en el principio de los tiempos,
soy natural del mar que me hace libre,
y como me hace libre voy a nacer de nuevo:
las olas me desatan de los años,
me crecen, me recrean en su incesante procreación:
basta mirar el mar y lo siento en la sangre,
basta mirar el mar y lo siento en los huesos,
y la boca se me llena de espuma mientras lo sigo viendo:
el mar,
el mar,
el mar donde la fuerza de la vida se convierte en origen.
No es posible ver más,
no cabe mirar más:
todo está originándose,
miro para vivir y me despeño de ola en ola,
miro para nacer y estoy naciendo,
mis ojos establecen la frontera de mi primera patria y me naturalizan en el mar.
LA UNIDAD ES LA FORMA DEL AGUA Y LA UNIDAD DEL MAR CABE EN UNA MIRADA,
todo me constituye en lo que soy,
el agua, el horizonte y esta milésima infinitud del cuerpo mío,
todo está siendo lo que es,
tengo tanta ilusión por pisar tierra americana que siento el corazón
desembarcado,
mi sangre se adelanta,
las olas me detienen,
las olas y la sangre tienen distinto ritmo mientras dura el viaje.
He llegado a pensar en qué medida es nuestra la vida que vivimos,
generalmente suele vivirse retrasada,
o bien se sienta a nuestro lado y es paralelizante:
mi corazón está en el Trocadero,
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mis ojos están fijos en las olas,
y yo estoy en el mar porque la espuma lava los pecados.
AL BORRARSE EL PASADO ME QUEDO EN MI PRIMER DESNACIMIENTO,
puedo mirar el mar noches y días,
lo estoy mirando apresuradamente,
con premura vital,
quiero vivirlo todo en un instante que comienza ahora.
No necesito nada,
nada,
nada,
sólo estoy escuchando la voz del agua que me dice:
—Vivir para nacer y nunca más para seguir viviendo—
y empiezo a comprender que ante el mar no se puede mentir,
ya no puedo mentir,
se me ha olvidado,
se ha quedado pequeña la mentira,
se ha quedado imposible,
pertenece a otro tiempo,
pues la mirada que tengo ahora se extiende tanto viendo
el mar que he llegado a tener la edad del mundo.
«EL MAR RECUERDA EL NOMBRE DE TODOS SUS AHOGADOS»
y yo recuerdo de repente todas las muertes que he tenido,
necesito juntarlas para librarme de ellas,
y repito de nuevo:
Necesito nacer.
Un nuevo nacimiento es un nuevo perdón
y para librarme de mis muertes reunidas estoy mirando el mar,
y lo miro con tanta intensidad que las olas me presionan los ojos,
los mismo que los niños se aprietan con los dedos los párpados cerrados,
y esa presión es suficiente para que puedan ver el arco iris,
la sombra del espacio,
las estrellas,
y todos recordáis que el dolor se hace luz en los ojos
del niño y lo convierte en un pequeño dios,
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y en un relámpago instantáneo ve la eclosión del mundo sideral,
ve la creación del mundo, pero dentro del ojo.
A mí me pasa igual que al niño porque la vida milagrea,
lo que parece juego es un prodigio,
y al presionarme el párpado sobre el ojo cerrado puedo inventar la luz,
la luz,
la luz,
la luz que fue anterior al sol,
y esta pequeña sombra intermediaria y circundante que sigue siendo aún la
tierra prometida.
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CAPÍTULO SEGUNDO
La mirada antagónica
La memoria como un remordimiento.
LUIS CERNUDA
No hay que ser imbécil demasiado pronto.
HENRI MICHAUX
Tanto morir antes de tiempo para
no saber nada de mi propia muerte.
RAFAEL ALBERTI
OIGO EL SILENCIO UNIVERSAL DEL MIEDO
LA VIDA NO SE ACABA EN UN ABRIR Y CERRAR DE OJOS,
y ahora debo decir que un grupo de viajeros del sollado me había llamado la
atención,
se encontraban generalmente en el extremo del castillo de proa,
y solían estar juntos y desde luego sustraídos,
porque decían de cuando en cuando unas palabras retenidas,
retenidas y respiradas,
aunque no parecían hablar
más bien amontonaban las palabras para llenar un hueco,
ese hueco que ha dejado en el mundo actual el gran silencio colectivo,
el gran silencio universal del miedo.
Y recuerdo muy bien que la primera impresión que tuve al conocerles fue una
impresión de sobresalto,
ya que todos tenían en el rostro una concentración despavorida,
que terminaba en un gesto final,
muy semejante:
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apenas terminaban de decir cualquier cosa sus labios se quedaban humeando.
Ya sabéis que hay quien anda quemándose los pies y hay quien habla
quemándose los labios,
ellos hablaban con recelo,
y después de callarse mortalmente,
les quedaba en la boca unos segundos todavía el humo ceniciento del terror.
CON AQUEL GRUPO DE EMIGRANTES CUYO SOLO EQUIPAJE ERAN SUS MANOS,
comprendí que el dolor no necesita aprendizaje,
el dolor no se aprende,
y cada amanecer en el exilio lleva consigo un dolor nuevo.
Todos tenían la misma amputación en la mirada,
y hablaban de través,
para quien vive huyendo hablar es una forma de esconderse en sí mismo,
y ellos estaban ya tan enterrados,
que prestar atención a sus palabras era darles la absolución,
quien nos escucha nos indulta,
basta escuchar a un hombre para desenterrarlo.
AHORA VUELVO A VIVIR ARREBUJÁNDOME CON ELLOS
y envolviéndome en su dolor,
ahora vuelvo a vivir aquellos gestos suyos de miedo evaporándose,
su cadena perpetua y su despatriamiento progresivo,
su escalón de repente,
quiero decir: ese escalón que les bajaba desde la lengua al vientre
en cuanto terminaban de decir lo que estaban pensando,
y aquélla despintada manumisión en la nostalgia patria:
«Soledad tengo de ti,
oh tierra donde nací»
y desde luego
esa ceguera de nación que les hacía juntarse sobre el puente,
que les hacía juntarse para morir un poco menos.
A CAUSA DE LAS AFINIDADES ELECTIVAS HICE MÁS AMISTAD CON UN POETA
que era un poco grandón y se llamaba Juan,
solía hablar como un ciego con los ojos en alto.
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No sé por qué razón siempre que escucho a un hombre que dice la verdad me
parece sonámbulo,
(esto me hace pensar que la verdad no anda desnuda, anda en paños menores
por el mundo)
y recuerdo que Juan me dijo un día de una manera alegremente misteriosa:
—La mudez va igualando poco a poco a los hombres,
y a mí me gusta hablar,
la muerte sólo me preocupa porque no sé la lengua que se habla en el
infierno.
LA MEMORIA TOTAL
NADA ME GUSTA MÁS QUE OÍR ESE DIÁLOGO QUE SE ESTABLECE ENTRE HISPANO
HABLANTES DE DIFERENTES LATITUDES,
nada me gusta más,
pues en ese momento no les oyes hablar únicamente a ellos,
es la lengua quien habla,
y la lengua es la patria,
y la lengua es la patria común de todas las naciones que crecieron hablándola,
la memoria total de los hablantes que le dieron su hechura,
la memoria total que se sigue tejiendo entre los vivos y los muertos.
LA ACTIVIDAD ARTÍSTICA NOS LA DA ÚNICAMENTE LA MEMORIA GENÉTICA,
me refiero al poder de gestación que tienen las palabras para ensanchar el
horizonte de la creación verbal,
y también para dar un horizonte siempre nuevo a la creación artística,
En virtud de este poder de gestación se ensancha el mundo al escribir,
y la nueva expresión vuelve a inventar al hombre que la inventa,
pues ambos nacen en el mismo acto,
y nacen de manera tan recíprocamente sustantiva,
que la expresión creada y su creador tienen la misma consistencia,
y en cierto modo la misma realidad:
son hermanos mellizos.
LOS MEDIOS SERES
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HAY PERSONAS QUE SE DEFINEN POR LO QUE TIENEN Y HAY PERSONAS QUE SE
DEFINEN POR ALGO QUE LES FALTA,
el exilio interior es una forma de sentirse extranjero en tu propio país,
el exilio exterior es una forma de sentirse extranjero en el mundo,
y en esta extranjería miras pata cegar,
miras en torno tuyo pero no entiendes lo que ves porque tienes la vida lista
para sentencia,
hasta los muebles de tu alcoba pueden hacerte juicio sumarísimo,
y ante cualquier contacto con el medio exterior
sientes el cuerpo tan susceptiblemente doloroso como un molusco fuera de su
concha.
Ya lo sabes, hermano,
a quienes han perdido su nacionalidad tendría el mundo que darles carta de
extranjería.
LA MUDEZ NOS IGUALA SÓLO HASTA CIERTO PUNTO
pero tú no estás mudo,
estás en el exilio,
y la lengua que hablas no te conduce hasta tu origen,
ni le da a tus palabras calor de nacimiento.
Nada de lo que puedas conseguir puede ser tuyo enteramente,
porque el exilio es escisor,
y cualquier exiliado se encuentra dividido en dos mitades,
es decir, se divide en dos mártires cada uno de los cuales lleva distinta cruz;
por ejemplo:
nos desdobla en un cuerpo que descansa en la cama,
y en otro cuerpo nuestro que parece sonámbulo y va desnudo por la calle.
ESTO PUEDE OCURRIR PORQUE EL EXILIO SE ACERCA TANTO A LA VERDAD QUE ESTA
AFECTADO POR UN CIERTO SONAMBULISMO,
dislacerante y dislacerador,
que nos hace vivir en torno a esos dos cuerpos que son incompatibles,
y se convierten en nuestra cruz,
una cruz hecha de nosotros mismos,
pero no puedes rechazarla,
nadie elige su cruz,
más tarde o más temprano la tendrás que asumir
cuando llegue tu hora y el exilio te llame por tu nombre,
y empieces a vivir con un ritmo contrapuesto y exánime:
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el ritmo del recuerdo que cada vez es más veloz,
y el ritmo de la vida que cada vez se hace más lento y desmutualizado.
EN EL MOMENTO EN QUE TE EXILIAS YA EMPIEZAS A VIVIR SIN AIRE LIBRE,
tu vida se convierte en un viaje,
en un largo viaje interminablemente sucesivo donde el mar y la tierra te
parecen sinónimos,
y el ojo del viajero es un copo de nieve que mira deshaciéndose,
un extraño viaje en que tus pies caminan sobre ti,
la nieve de tus ojos va dejando su rastro por el mundo,
y sospechas del frío que presenta sus credenciales en todos los países que
visitas,
ya que todo se vuelve contra ti,
pues tus mismas sospechas hacen que vivas velozmente porque no tienes nada
que te permita descansar.
MIENTRAS DURA EL VIAJE,
tu inhabilitación sólo te enseña que estás viviendo siempre a la misma
distancia de la vida,
y estás dejando de vivir a la misma velocidad paralizante que tienen tus raíces,
y nunca se termina ese extraño viaje en el cual ni siquiera es preciso viajar,
ya que sólo te impulsa una velocidad sin dinamismo,
una velocidad que no es posible modificar pues nos hace vivir empujados por
el vacío,
y aún en el caso imprevisible de que pudiéramos conseguir la quietud,
sólo podríamos conseguirla de una manera velocísima.
(Piétinement sur place que dicen los franceses)
EL MUNDO SIDERAL ES LA ESPERANZA
SÓLO SE OYE EN EL MUNDO UN GRAN SILENCIO COLECTIVO,
y este silencio es justamente el esqueleto que sigue sosteniendo la vida
universal,
nuestros huesos rechinan contraídos,
y ocupando el vacío que dejaron los tratados de paz en el año 1945 una sola
mentira llena el mundo,
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una mentira dialogada:
La guerra es inminente
y esa inminencia de la guerra es la única mentira que engaña a quien la dice,
es la única mentira que se miente entre dos y que se miente por igual,
una mentira dialogada que sólo pueden hacer verdad los países que la
promueven,
y se repite tanto que en el momento de morir nos van a hacer con ella el boca a
boca,
y tendremos que escucharla muriendo,
y tendremos que repetirla,
y la repetiremos sin mentir,
pues como llena el mundo parece verdadera.
DESDE HACE MUCHO TIEMPO NO ES POSIBLE ELEGIR, SÓLO SE PUEDE OPTAR,
la situación en que vivimos nos la han fijado anteriormente,
nos la han fijado con matemática exactitud,
por consiguiente sólo nos queda optar entre los términos de la opción,
y hagamos lo que hagamos siempre tendremos que comer yerba de muerto.
Nadie puede elegir.
No pueden elegir ni aún los culpables de esta situación,
vivimos emplazados,
a pesar de lo cual quien vive en el exilio puede elegirlo todo y volverlo a elegir
continuamente,
siempre hay compensaciones,
cada vez elegimos mejor nuestras necesidades,
cada vez elegimos mejor lo que nunca tendremos.
UNA SOLA PALABRA PUEDE BASTAR PARA ENTERRAR A UN HOMBRE,
una palabra o una tumba,
pero la vida nos arrastra porque los ojos lloran mutuamente,
y en ese ambulatorio que es el mundo actual
queda en nosotros la esperanza de empezar a vivir en situación de urgencia
médica,
desvinculados,
previos y progresivamente muertos aunque con hambre en los bolsillos.
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DE REPENTE EN EL MUNDO HA EMPEZADO A LLOVER Y LLUEVE AL MISMO TIEMPO EN
TODAS PARTES,
el exilio se convierte en diluvio,
las aguas se acrecientan de hora en hora,
y arrastran los ganados,
las casas,
los enseres,
penetran por los ojos de los vivos y desentierran a los muertos,
y todo el mundo huye aunque no sabe donde ir,
mientras sigue lloviendo,
mientras llueve continuamente porque el exilio se ha convertido en el nuevo
diluvio universal,
y todo está desierto,
tan desierto que hasta las aguas se han quedado huérfanas,
y no queda en la tierra ningún punto en donde el hombre pueda refugiarse,
y no queda ningún lugar que ya no esté cubierto por el agua.
POR SU TENDENCIA PROPIA TODO PODER POLÍTICO SE ALEJA DE SU ORIGEN Y TIENDE A
CONVERTIRSE EN UN PODER DESNATURALIZADO,
que vive a costa de sí mismo,
entonces,
ay,
entonces
la vida histórica se interrumpe,
la voluntad de permanencia conduce inexorablemente hacia la dictadura,
que como todo el mundo sabe puede ser inorgánica u orgánica:
son las distintas caras de una misma parálisis.
Cuando un país decide suicidarse a quien no está conforme lo suicidan,
innumerables ciudadanos quedan en situación de exiliados políticos,
pierden su identidad,
y al convertirse en extranjeros tienen que abandonar cuanto les constituye
como hombres,
cuanto les constituye en lo que son,
su patria y su vivienda, su vocación y sus amores,
su familia, sus libros y sus hijos,
y lo tienen que hacer sin mirar hacia atrás cuando llega la hora,
cuando llega la hora en una de esas noches interminables que se acercan hacia
nosotros del lado de morir,
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en una de esas noches en que te acuestas para soñar en lo que temes,
y al despertar te encuentras con que es cierto.
EL EXILIO INTERIOR ES UN NAUFRAGIO EN TIERRA FIRME,
cuando estás con el agua hasta el pecho es muy difícil asentar el pie,
no puedes asentarlo,
y por esta razón cuanto más necesitas la patria más enfermamos de ella.
«Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios,
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón»
En cualquier caso no lo dudes:
la patria nos bendice y el patriotismo nos condena,
siempre se ama a la patria con amor posesivo y el amor posesivo es una
enfermedad,
con la arterioesclerosis patriótica el amor a la patria se nos convierte en lepra,
lepra destituyente y usuraria,
pero no mires lejos si buscas compañía,
lo que vuela en la playa no es la sombra de un pájaro,
y hay que seguir su vuelo,
hay que seguir su vuelo mientras siga girando la tierra en el vacío,
hay que seguir su vuelo hasta que llegue el día de la victoria,
diminutiva y consiguiente,
y descienda del cielo algún satélite puesto en órbita
para ensanchar la cárcel en que todos vivimos y trasladar tu exilio a otro
planeta.
Ya lo sabes, amigo, cuando llegue la noche y establezca la unidad de la sombra
en el mundo,
cuando llegue la noche,
y veas el esplendor parpadeante del mundo sideral,
no debes alegrarte demasiado:
en virtud del progreso indefinido
ya es hora de empezar a considerarlo como una cárcel preventiva.
TANTO EN LA VIDA COMO EN LA MUERTE: AMEN
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LA HISTORIA SIEMPRE ES FUTURA Y EL FUTURO LE DA SU CARÁCTER REAL,
su unidad de sentido,
que sólo puede computarse si el cambio histórico acontece en la forma
prevista.
Una vez hechas estas afirmaciones testamentarias,
hay que sacar sus consecuencias a la chita callando,
por lo cual
necesito
decir
que gracias a la benéfica y obstinada labor de los medios de información el
hombre está politizado,
y no puede entender el signo de los tiempos pues le han dejado fuera de la
historia.
HOY TODO EL MUNDO SABE QUE UNA SOLA PALABRA DE MÁS TE PUEDE CONVERTIR EN
UN HOMBRE DE MENOS,
sin embargo callar es también un peligro:
hagamos lo que hagamos nada puede romper este encadenamiento alternativo
que ha comenzado con la guerra fría.
La tierra está llenándose de hombres provisionales,
porque la situación en que vivimos ya no depende de nosotros,
nada la va a cambiar.
nada la cambia, pues nuestra vida sólo se puede realizar en una historia ajena.
No es necesario preguntar qué corazón nos duele y podemos dolernos mas no
podemos extrañarnos,
el camino más corto para saberlo todo es la ignorancia,
y la ignorancia nos ha traído la politización que es el pecado original de
nuestro tiempo,
el único pecado que no pide perdón y el único pecado que nadie quiere
perdonar.
Si pierdes la conciencia del pecado y consideras enemigo a quien no piensa
como tú,
ya estás politizado,
ya eres un hombre provisional porque careces de futuro,
ya eres un hombre puesto a renta fija,
un hombre escrito con minúscula
que sólo va a vivir y sólo vive la externidad del cambio histórico.
ESTAMOS VIENDO EL MUNDO CON LOS OJOS VENDADOS,
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mientras está en el aire la ceniza parece huir,
pero tu obligación es fijarte bien:
la ceniza en el aire sólo se junta huyendo.
Sabemos que la verdad es retrospectiva
y la verdad originaria es que no estamos bien constituidos,
no crecemos para el futuro,
pero no intentes elegir porque ya han decidido tu lugar en el mundo,
todos tenemos miedo,
nuestro miedo es total y nuestro miedo tiene el mismo origen:
—No estamos hechos para crecer,
somos hijos de nadie en el futuro,
y pase lo que pase estamos ya sustituidos,
no sabemos por quien.
EN LA ESPALDA DEL MUNDO
ESTACIÓN TERMINAL: HA LLEGADO EL MOMENTO EN QUE NO SABES LO QUE QUIERES,
o algo más grave aún:
no quieres lo que sabes;
el que llega a esta situación y sigue vivo todavía sólo tiene una mano,
esa mano le conduce al exilio,
y al ingresar en él tu inhabilitación es tan extrema que aunque llegues al puerto
debes seguir huyendo,
quien está en el exilio interior huye buscando patria,
quien está en el exilio exterior huye buscando asilo,
nadie lo va a encontrar,
no pueden encontrarlo porque viven en la espalda del mundo.
Mientras dura el viaje sólo ven estaciones de tránsito,
donde las gentes que se agolpan generalmente no los miran: los incluyen en la
mirada,
generalmente los conocen, pero nadie los reconoce,
tal vez porque su rostro sigue borrándose cada vez más,
tal vez porque su sombra es delatora y hasta sus mismas huellas dejan sombra,
y en esta situación no tienen más defensa que seguir el viaje,
generalmente sin moverse,
puesto que todo exilio suele ser el deslinde imposible entre dos actitudes
contrapuestas
la dignidad y el odio.
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EL EXILIADO TIENDE A CONSIDERAR LA DIGNIDAD DE SU SITUACIÓN COMO UNA
FORMA DE HEROÍSMO,
esta es su situación
y éste su error porque no hay héroes permanentes,
ni hay heroísmos transitorios.
La dignidad fija todas tus cualidades en su valor más alto,
te da la altura de ser hombre y aun la de ser quien eres,
por lo tanto:
vive con dignidad y con cautela,
ya que las dignidades son peligrosas y suelen inducirnos al desprecio del
prójimo,
y el desprecio es tan contagioso,
que en fin de cuentas te confina en la dignidad como en un lazareto.
No extremes ni siquiera tus virtudes,
quien marcha por la vida sin apearse del caballo va quedándose solo,
y entonces le sucede lo peor:
quien se queda en la vida completamente solo termina convirtiéndose en su
cómplice.
NO TIENES QUE ANDAR MUCHO PARA LLEGAR A LA OTRA ORILLA,
no es necesario apresurarse:
siempre se llega a tiempo,
y al llegar donde menos te esperas te encuentras de repente con el odio,
pues la injusticia existe y el odio es una forma de injusticia contigo mismo:
mira dentro de ti,
a quien sufre constantemente, su propio sufrimiento le hace injusto.
No es preciso que busques lo que tienes, no es preciso que busques lo que
llevas contigo:
el odio siempre está empezado,
y sólo voy a recordarte que empieza siendo admirativo y acaba siendo
fratricida,
basta continuarlo,
como quien siente odio no puede suicidarse termina siempre suicidando a otro.
ESTACIÓN TERMINAL: SI LLEGAS A ENTENDER QUE AUN EL PODER POLÍTICO ES
TAMBIÉN UNA FORMA DE EXILIO,
serás mayor de edad,
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pues sólo llegarás a comprenderlo si consigues establecer la justa proporción
entre el desprecio y la dignidad, la admiración y el odio,
que son inseparables,
si los separas te mutilas,
tienes que andar con los dos pies,
si te dejas vencer por cualquiera de estas inclinaciones
te quedarás sintigo mismo y no podrás saber lo que has perdido:
Estación terminal:
Sintigo mismo.
LA FRONTERA INVISIBLE
EN AQUEL GRUPO DE EMIGRANTES SE DESTACABA JUAN,
se destacaba entonces,
y ahora sigue creciendo en mi recuerdo:
—Nada se aprende hablando, todo se aprende cuando escuchas,
el que sabe escuchar siente los pasos de la muerte,
me dijo alguna vez,
yo le admiraba tanto que cerraba los ojos escuchándolo para quedarme a solas
con su voz,
la admiración puede llegar a ser una hemorragia interna.
UN POQUITO URUGUAYO, GRANDÓN, DELGADO Y PERSEGUIDO, NECESITABA HABLAR,
y su conversación era un paso de baile,
te llevaba en los labios con el cuerpo bailado,
y cuando se reía le quedaba una cicatriz en cada lado de la cara.
Las palabras son aire respirado que a veces se convierten en aire respirable,
y por esta razón pensaba Juan que reír era una pérdida
de tiempo,
pues la risa tropieza en las palabras y nos impide pronunciarlas,
y a él le gustaba hablar, hablar, apontocado sobre la borda,
con los ojos bañándose en el mar,
y hablaba de una vez,
quiero decir que hablaba tan velozmente en línea recta,
que era difícil escucharlo y no perder el equilibrio
en ese alambre resbaladizo que es siempre la atención,
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hasta que poco a poco y a fuerza de entusiasmo vigilante,
mi oído se fue haciendo equilibrista y no volví a perderme una palabra suya.
TENÍA LA EDAD DEL HOMBRE,
quiero decir que había cumplido ya sesenta años,
con un pelo tenaz y sarmentoso,
una frente muy ancha en donde campeaban los ojos avizores,
unos labios muy finos, casi de refilón, unos labios que acaso no habían rezado
nunca,
y la nariz muy grande, equivocada y promontoria que dividía su rostro en dos
mitades,
una mitad alegre y otra triste.
Estaba siempre alerta,
pero con ese orgullo sin suficiencia alguna que parece pedir perdón cuando
está convenciéndote,
unos ojos tranquilos,
o mejor dicho tranquilizados,
y una mirada tan corpórea que la veías vestirse y desnudarse siempre que le
mirabas con atención.
Recuerdo que llevaba el bigote a la tártara,
y recuerdo también
esa inmediata convalidación entre dos hombres que era su forma de saludo,
y
en fin,
aquellos gestos suyos tan lentos y profundos que le araban la cara.
LO HUMANO ES SIEMPRE SUPERIOR AL HOMBRE Y ÉL ERA TAN HUMANO QUE DOLÍA,
«hay personas que convencen con su presencia»
y él no intentaba convencernos, se internaba en nosotros hablando,
su voz,
aquella voz sin prisa entre indeleble y campanita,
era una internación,
porque lo suyo era doler,
lo suyo era dolernos cuando hablaba.
Hoy le he vuelto a querer de tal manera que debo administrar su sacramento,
y voy a repetir unas palabras suyas para que no se pierda su dolor,
porque el dolor no se degrada al trasmitirse, y en cualquier parte de la tierra
ves el mismo dolor,
un dolor que ya está legalizado,
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por eso quiero repetir estas palabras sin acabarlas de entender:
sé que rezuman sangre todavía:
—NO DEBES OLVIDAR LA MIRADA ANTAGÓNICA,
tienes que haberla visto muchas veces aunque generalmente no se suele
identificar,
precisa tus recuerdos y ten en cuenta, Luis,
que hasta un ciego te mira queriéndote enterrar en su ceguera.
Al despuntar la aurora vivimos un momento en las manos del sol
y luego vives todo el día en las manos del hombre,
nadie puede partir la diferencia:
vivimos en dos manos que no se juntan nunca.
Este es nuestro dualismo.
Nadie puede salvarlo.
Nos lo impide la ley de nuestro tiempo que ha dividido al ojo en dos
mitades:
una que mira al mundo creyendo en lo que ve,
y otra que mira internamente y nos hace adentrarnos en el odio.
LA MIRADA ANTAGÓNICA NOS REVELA ESA ALTERIDAD QUE EMPIEZA A CONVERTIRSE EN
DISIDENCIA,
sólo crece agravándose, necesita vivir de sangre ajena,
y por esta razón la frontera entre los hombres sigue siendo la mirada
antagónica,
nadie puede pasar esta frontera, ya lo sabes, hermano,
llevas tu antagonismo en la mirada y lo verás a todas horas:
en los libros de texto,
en los periódicos
en la pálida luna que tiene luz de despedida y ya la convirtieron en mazapán
político,
y hasta en la mano con que se parte el pan.
Ahora bien, la mirada antagónica hace invisible el cuerpo humano,
y deja el esqueleto al descubierto,
—me refiero a tu prójimo esqueleto—
y en cuanto se establece la frontera interior entre el miedo y el odio,
nadie descansa en paz,
la mirada antagónica nos mira necrosándonos.
COMO EL MUNDO HA LLEGADO A LA CUMBRE DEL PROGRESO POLÍTICO,
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la mirada antagónica es la mirada universal
y ha repartido equitativamente entre todos los hombres la frontera del odio,
pero no te equivoques más de lo preciso:
no odiarás a quien quieras,
sólo tendrás un odio numerado dentro de un orden establecido.
Hoy día puede escribirse el nombre de una nación cualquiera
en la pizarra de un despacho pequeño,
la pizarra sombría,
mañana habrá otro nombre en la misma pizarra,
mañana habrá otro nombre que alguien tal vez ha escrito con los ojos
cerrados.
SIN EMBARGO NO LO ESCRIBEN A CIEGAS:
la escritura es la misma,
la escritura no cambia,
con el paso del tiempo tu nombre se convierte en tu sentencia.
Ya lo sabes, hermano,
una nación pequeña se puede manejar mejor que un hombre
en el sistema métrico decimal de la guerra fría,
y la manera de manejarla es hacerle elegir su propia muerte,
entonces
ay, entonces
el patriotismo ayuda a equivocarse y escoge la elección que nos destruye,
y la revolución que todos deseamos se convierte en suicidio.
COMO ESTOY A LA ORILLA DE LA MUERTE TENGO QUE SER SINCERO,
y decirte que el correr de los tiempos tampoco ha sido inútil,
la mirada antagónica sigue siendo la frontera mortal,
y ha logrado inventar un odio diferente,
un odio puesto al día,
para inventar un odio nuevo siempre hay tiempo.
Más que en la novedad consiste su virtud en recoger la herencia del pasado,
para que no se pierda ningún odio,
no se puede perder,
ya no bastan las guerras enconómicas pues sus motivaciones están pasando a
segundo plano,
el progreso ha resucitado la responsabilidad universal de las naciones, las
religiones y las razas,
y desde luego el siempresísimo imperialismo
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que ningún adversario reconoce porque lo llevan a la espalda
y es la mentira dialogada de la vida actual.
A mí me gustaría decirle a esa mentira:
En paz descanse.
Bien sé que será inútil. Bien sé que estas palabras no sirven para nada,
pero las tengo que decir,
si las callo y las llevo a la tumba con mi carta de extranjería,
me injustificarán después de muerto.
UNA ESCENA DE PAZ IMPREVISIBLE
HAY PALABRAS QUE NO SE ACABAN NUNCA,
hay palabras inagotables que siguen internándose en nosotros
y después de escuchadas dejan en nuestro corazón su onda expansiva.
Las palabras de Juan me conmovieron tanto,
que al terminar la conversación nos quedamos atados por un hilo,
ya sabéis que el pasado se vuelve a presentar ante nosotros de manera
premonitoria,
y no lo puedes evitar,
es como si estuvieras cayendo en el vacío:
mientras dura el recuerdo que no quisieras recordar, vives dislacerándote.
A veces el dolor es tan intenso que puede hacer que el cuerpo se separe del
alma,
sólo en ese momento se deja de sufrir,
y el cuerpo abandonado se queda inconsistente.
HAY UNA EXTREMAUNCIÓN PARA LA VIDA Y HAY OTRA EXTREMAUNCIÓN PARA LA
MUERTE,
y para conseguir la que yo necesito tengo que recordar aquel momento en que
tuve ante mí la mirada antagónica
fue una penetración no sé hasta dónde,
y ahora tendré que masmorir recordando la escena.
Entre el Morrón de la Cuna y el Pico de la Umbría,
el pueblo aquel: Ventas de Zafarraya era la clave terminal del avance hacia
Málaga,
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ante el pueblo blanquísimo hay una inmensa hoya que es como un mar
desertizado,
pues nos da la impresión de que las aguas se acaban de marchar,
se están marchando todavía,
por la gran hendidura que parte el contrafuerte montañoso en donde el pueblo
se resguarda.
Le dimos vista hacia las nueve de la mañana pero el fuego enemigo nos
impidió el avance,
no será inoportuno aclarar que el avance consiste en esperar en todo el frente
mientras se ataca en varios puntos,
a las seis de la tarde algunas unidades atacaron,
y el combate empezó por el ala derecha,
nosotros esperamos,
la muerte no se elige y aquel día nos tocaba esperarla.
DURANTE DOCE HORAS SIEMPRE ESTUVO BATIDA LA LLANURA,
era imposible dar un paso,
pues los disparos que se quedaban cortos al chocar en la arena levantaban el
polvo,
formando una barrera baja y tenue,
continua y rapidísima,
y la llanura daba la impresión de una playa con las olas llegando hasta
nosotros;
en la linde batida por el fuego se formaba una espuma de polvo,
no una espuma de agua.
A LA DISTANCIA EN QUE NOS ENCONTRÁBAMOS,
había de cuando en cuando un gran silencio convertible en miedo,
las ametralladoras no se oían pero sus balas festoneaban las posiciones en que
nos encontrábamos,
y como la barrera de polvo estaba cerca y no cesaba nunca,
la muerte era un collar en torno nuestro.
Si levantabas la cabeza era bastante fácil que el destino te pusiera el collar,
pero nadie la levantaba,
durante muchas horas estuvimos inmóviles,
casi impúdicamente guarecidos
detrás de aquellas rocas.
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Y DE PRONTO, YA MEDIADA LA TARDE, VIMOS ALGO TAN IMPOSIBLEMENTE NATURAL,
que lo veíamos pero no lo entendíamos:
tal vez todo el ejército se había quedado ciego.
En el terreno raso, amplísimo y descubierto que formaba aquel mar,
un soldado de regulares iba reuniendo ovejas,
quiero decir que recogía todo el ganado espantadizo de los vecinos lugareños.
y lo pastoreaba entre las balas,
con silbidos de variada musicalidad que parecían tener efecto mágico.
La música, la muerte encontradiza, y la destreza profesional de muchos siglos
de pastoreo,
hacían posible aquella imagen de paz inverosímil ante el fuego enemigo,
que nosotros mirábamos asombrados,
puesto que aquel inválido heroísmo sólo podía tener un fin:
la mayor parte del ganado reunido se iba a vender por unas perras a sus
legítimos propietarios,
la menor parte estaba destinada a reforzar el rancho;
justo será decirlo:
durante aquella guerra innecesaria siempre estábamos en cuaresma.
LA MUERTE DESEADA
NUESTRA MISIÓN ERA DEFENDER LA SECCIÓN DE AMETRALLADORAS DEL TABOR;
durante la campaña unas veces nos fue mejor y otras peor,
pero en esta ocasión no asaltamos el pueblo y cuando entramos al día siguiente
en él,
se había rendido:
sólo llegaba hasta nosotros algún tiro desventanado.
Mandaba la columna el comandante Baturone,
cetrino y ceceante,
que tenía gran capacidad de improvisación;
mandar no es cosa fácil y al soldado le gusta estar mandado,
por eso lo recuerdo con agradecimiento.
COMPLETANDO LA CRÓNICA DE GUERRA DIRÉ QUE EL ALA IZQUIERDA
compuesta solamente de italianos,
avanzó por la crestería que dominaba el pueblo,
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venció algunas dificultades y tuvo numerosas bajas,
aunque sólo dos muertos,
que fueron los primeros italianos que murieron en nuestra guerra;
creo recordar que los mandaba un general llamado Rossi de cara congestiva y
pelo blanco.
La acción más ardua fue emprendida por el ala derecha
para desmantelar las posiciones defensivas:
dos líneas de trincheras
alguna de las cuales fue defendida heroicamente.
Ya sabéis que el valor es costoso,
hacía calor heroico aquella tarde,
y el asalto de una sola trinchera costó veintiséis muertos.
AUNQUE NADIE LO CREA LA GUERRA ENSEÑA MUCHO,
y a los tres meses ya empezaba a sentirme en campaña igual que si estuviera en
la universidad,
pues sin que nadie te dé lecciones,
aprendes a vivir ese desmadre que es una enfermedad de crecimiento,
y al mismo tiempo esa indefensión que es necesario superar a todas horas,
para que no termine convirtiéndose en un desprendimiento de retina.
La guerra es tu vivienda;
aunque se duerma al raso todos se sienten juntos,
solidarios,
bastantes;
la noche en torno nuestro es una habitación con la ventana abierta.
SIN EMBARGO NUESTRO COMPAÑERISMO ES MUY DISTINTO DEL UNIVERSITARIO,
no admite particiones:
en el compañerismo de la guerra sólo cabemos todos.
Pero en esta pizarra donde todos están se destacan algunos:
Agustín era alegre,
nos daba esa alegría que ante cualquier dificultad puede hacer trasparente una
pared;
Luis Felipe sólo tenía una tentación: la dignidad,
era tan tímido y tan digno que cuando se ruborizaba alguna vez se quedaba
encendido;
José Antonio asentía,
tenía la vocación del suma y sigue,
y un entusiasmo tan silencioso que le duraba todavía cuando estaba durmiendo
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y, finalmente, Alberto era culón,
había estudiado veterinaria y nos miraba ardilleando,
con una especie de inocencia animal,
pues le salía de cuando en cuando una ardilla en la cara,
una ardilla completamente suya,
que saltaba de palabra en palabra mientras hablaba,
y todo el mundo le quería por el asunto de la ardilla,
y todo el mundo le gastaba bromas,
porque en sus largas y esplendorosas noches tenía espermatorrea,
y pringaba las mantas sin enterarse del asunto:
¡Alberto, vaya vida que te pegas!—
—Alberto, Alberto, desengáñate, no sirves para amante,
no sirves más que para héroe—
—Alberto, Alberto, Alberto, ¡ya está bien!,
todas las noches adulteras contigo mismo,
así la cosa es fácil—
Y Alberto siempre nos oía con inocente animalidad, y estaba todas las mañanas
pálido y renqueante por el negocio de la espermatorrea.
AL DÍA SIGUIENTE ENTRAMOS EN EL PUEBLO DE MAÑANITA,
y sucedió lo acostumbrado:
algún tiro, algún llanto, y algún moro llevándose una máquina de coser.
Nos concentramos en la plaza de una manera escasamente representativa,
puesto que en torno del alcalde sólo quedaron los heridos y el sol que hacía
justicia sobre todos.
El heroísmo siempre se presta a comentario y en aquella ocasión todos
hablábamos de lo mismo:
los soldados de una trinchera habían luchado heroicamente desde la tarde a la
mañana.
cuando se les pidió que se rindieran, pues ya era inútil su resistencia, el
sargento que los mandaba contestó muy lacónicamente:
—No podemos rendirnos: cumplimos una orden
y lo hicieron verdad: no se rindieron,
se ocupó la trinchera cuando de sus cuarenta defensores sólo quedaban seis que
se pudieran mantener en pie,
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entre ellos el lacónico sargento que estaba herido gravemente.
YA SABÉIS QUE EL VALOR EN UNOS CASOS SE SUPONE Y EN OTROS SE DEMUESTRA;
allí estaba presente:
seis soldados heridos en el centro de la pequeña plaza,
y nosotros mirándolos sin poder apartar los ojos de ellos,
nosotros admirándolos
irrestañablemente:
cuando la admiración y la piedad se juntan, los ojos miran desangrándose.
Entonces vimos que el comandante se acercó al grupo para decirles algo:
—Si lo podéis hacer, me gustaría que desfilarais ante nosotros,
y procurar hacerlo bien,
tenéis que seguir dando buen ejemplo.
PRIMERO SE MIRARON A LOS OJOS Y DESPUÉS SE ORDENARON DE DOS EN DOS,
y empezaron a desfilar:
parecía que llenaban la plaza,
erguidos,
públicos,
manifiestos,
sin poder sostenerse a sí mismos.
Cuando se estaban acercando a nosotros el sargento empezó a retrasarse
porque la pierna izquierda no le llevaba, la pierna izquierda le seguía,
y marchaba tras él.
Pasó muy cerca de nosotros y al pasar ocurrió lo que voy a deciros,
no lo quiero olvidar,
porque entonces Alberto, el inocente Alberto que se encontraba junto a mí,
se electrizó instantáneamente:
era un hombre distinto y sarpullido,
irradiante de indignidad,
y vi como la ira estaba hirviéndole en la cara
cuando la levantó para gritarle al mutilado;
—Antonio, Antonio, Antonio, así teníamos que volver a vernos, cabrón,
y no te llamo hijo de puta porque aún somos hermanos.
ESTÁBAMOS TAN CONSTERNADOS QUE NOS MIRÁBAMOS DESCONOCIÉNDONOS,
ni todos somos hombres de la misma manera,
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ni yo era el hombre que había sido antes de oír estas palabras.
Toda fraternidad puede ser fratricida,
sigue diciendo en nuestra patria la sombra de Caín,
la sombra de Caín que es el mito más antiguo del mundo,
y el sargento debió reconocer la voz,
sólo la voz cainita,
se incorporó sobre su cuerpo, volviéndose hacia él,
no consiguió mirarlo,
tal vez lo estaba viendo de otro modo,
y siguió su desfile de una manera desgobernada y persuasiva,
que para todos los presentes no era un modo de andar, era un modo de hablar,
ya iba empujado por la muerte,
la muerte inoculada,
la muerte que le estaba inoculando la mirada antagónica.
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LUÍS ROSALES (Granada, 1910-Madrid, 1992) comenzó a escribir influido por la
hondura metafísica de los poetas clásicos españoles del Siglo de Oro, aportando un
intimismo muy personal basado en el recuerdo de los años pasados, en la memoria,
en sus propias vivencias, con una sensibilidad extraordinaria y con cierta amargura y
angustia. Su magistral combinación del clasicismo más tradicional con los ecos
vanguardistas, su insuperable técnica, sus exigencias en la depuración de los textos le
han llevado a estar considerado como uno de los grandes creadores del siglo XX.
A Luís Rosales, miembro de la Real Academia de la Lengua, le concedieron el
Premio Cervantes en 1982.
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