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Ryu Murakami: Obsesiones Oscuras

Kawashima está casado y tiene una hija de 4 meses. Últimamente ha estado observando a su bebé dormir por las noches mientras sostiene un punzón para hielo, luchando contra las pulsiones de apuñalarla. Su esposa lo descubre una noche y él miente sobre estar trabajando.
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Ryu Murakami: Obsesiones Oscuras

Kawashima está casado y tiene una hija de 4 meses. Últimamente ha estado observando a su bebé dormir por las noches mientras sostiene un punzón para hielo, luchando contra las pulsiones de apuñalarla. Su esposa lo descubre una noche y él miente sobre estar trabajando.
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Con cuidado de no

pincharse el dedo, sacó el


punzón para
hielo del bolsillo. Cerró la
mano derecha alrededor
del mango
y con la izquierda retiró
cuidadosamente la manta
del bebé.

Kawashima Masayuki está


casado con Yoko. Están
enamorados, tienen una
hija de cuatro meses,
trabajos estables, pan
cocinado en casa: felices.
Pero éste es un libro de
Ryu Murakami, escritor
experto en exponer las
inmundicias del
considerado el mejor de
los mundos posibles.
Kawashima contempla
dormir a su bebé todas las
noches. Y todas las
noches se convence de
que no la apuñalará. No a
su hija.
Tras las pulsiones
asesinas, tras los
desdoblamientos de
personalidad, la sed de
inflingir(se) dolor, existe
una carencia, un daño
infantil, la huella marcada
a fuego de la alienación.
Murakami, elegante y
sinuoso, traslada al lector
al otro lado del paraíso, al
que denuncia sin
estridencias y sin piedad.

Lejos de ser un mero


festín gore, Piercing
aborda la violencia con
controlado aplomo,
retratándola como una
consecuencia genuina del
dominio de los poderes
económicos sobre Tokio.
El resultado es esta breve
y convincente narración
sobre el crimen y sus
motivaciones. La novela
apunta desde todos los
ángulos posibles a un
único lapso del horror.
ED KING
TIME OUT BOOK REVIEW
Una aterradora versión
japonesa de las peores
pesadillas de David Lynch.
CHRIS PETIT
GUARDIAN BOOK REVIEW
Ryu Murakami

Piercing
ePub r1.1
GONZALEZ 21.02.14
Título original:
Ryu Murakami, 1994
Traducción: Ana Lima Lima
Diseño de portada: Daniel
Orviz

Editor digital: GONZALEZ


Digitalización: orhi
Corrección de erratas: orhi &
ojocigarro
ePub base r1.0
I
1
Una pequeña criatura
viviente durmiendo en su
cuna. Como un animal de
laboratorio en una jaula,
pensó Kawashima Masayuki.
Con la palma de la mano tapó
la lamparilla de manera que
sólo iluminara la forma del
bebé, dejando el resto de la
habitación en penumbra.
Acercándose un poco, dibujó
con los labios las palabras
Profundamente dormida.
Según avanzaba el embarazo
de Yoko y el hecho de que
iba a ser padre empezó a
calarle, le había preocupado
que el bebé tuviera dificultad
para dormir. Kawashima
había padecido insomnio
desde que estaba en primaria
y, al fin y al cabo, su sangre
correría por las venas del
bebé. Había oído que era
normal que un recién nacido
durmiera prácticamente todo
el día; de hecho, creía
recordar a algún experto en
niños describiendo el sueño
como el «trabajo» de un
bebé. Entonces, ¿podía haber
algo más trágico que un bebé
con insomnio?
Se giró delicadamente
para mirar a Yoko, que
estaba en la cama de
matrimonio detrás de él.
Respiraba con regularidad,
por lo que se convenció de
que seguía durmiendo.
Últimamente, Kawashima
había estado haciendo esto
todas las noches: estar ahí, de
pie, mirando al bebé mientras
su mujer dormía. Diez
noches seguidas, para ser
exactos. Eran más de las doce
y como Yoko se levantaba
temprano todas las mañanas
para preparase para el
trabajo, no era probable que
se despertara. Veintinueve
años, experta en cocina, sana
y fuerte, Yoko desconocía lo
que era tener insomnio.
Cuando se casaron había
dejado el trabajo en una
importante empresa de
productos cocidos y había
empezado a dar clases a la
gente del barrio aquí mismo,
en su apartamento de una
habitación. Las clases de
panadería y pastelería de
Yoko resultaron ser un éxito
y ahora tenía docenas de
estudiantes, desde amas de
casa y chicas de instituto a
viudas mayores, incluso
hombres de mediana edad.
Daba clases casi todos los
días y sólo cogía dos días
libres fijos al mes. Todo el
apartamento, incluida esta
habitación, estaba
impregnado de un olor a
mantequilla que para
Kawashima se había
convertido en símbolo de
felicidad. La pequeña Rie (la
madre de Yoko había
sugerido el nombre) ya tenía
cuatro meses y Yoko se las
apañaba para cuidarla y
seguir con las clases a
jornada completa. Por
supuesto, era una ventaja que
la mayoría de los estudiantes
fueran mujeres, siempre
dispuestas a ayudar con el
bebé.
Apagó la lamparilla un
momento y estudió el pálido
rayo de luna que penetraba a
través de una abertura en las
cortinas. La estrecha franja
de luz llegaba hasta mitad de
la cuna, rasgando la manta
rosa de la niña y el bolsillo
del pijama de pana de
Kawashima. Cuando era
pequeño, muchas veces se
sentaba en su habitación con
la luna como única fuente de
luz, y dibujaba carreteras
largas y estrechas que se
perdían en la distancia.
Recordando aquellos
tiempos, y con cuidado de no
pincharse el dedo, sacó el
punzón para hielo del
bolsillo. Cerró la mano
derecha alrededor del mango
y con la izquierda retiró
cuidadosamente la manta del
bebé. Quedó a la vista su
cuello y la parte superior del
pecho, más blanco y más
suave que el pan que hacía
Yoko. Volvió a encender la
lamparilla y la dirigió a las
mejillas y el cuello de la
niña. Le pareció que la
fragancia de pan recién
horneado se hacía de repente
más intensa, mezclada con
otro olor que no reconoció.
No se percató de las gotas de
sudor que tenía en la frente y
en las sienes hasta que una
cayó sobre la manta del bebé.
El radiador que estaba contra
la pared había subido la
temperatura de la habitación,
pero no hacía calor. El
extremo del punzón temblaba
ligeramente. Otra gota se
deslizó de la ceja saturada de
Kawashima al rabillo del ojo.
Esto da asco, pensó, y
cerró los ojos con fuerza. Ni
siquiera me había dado
cuenta de que estaba
sudando. Como si el sudor no
cayera de mí, sino de una
figura de cera o de algún
extraño que fuera igual a mí.
Maldita sea.
Al abrir los ojos se
encontró con que sus sentidos
de la vista, el oído y el olfato
se estaban mezclando, y le
vino una sensación brusca y
crepitante de algo orgánico
ardiendo. Hilo o uñas, algo
así.
Se quejó entre dientes:
Otra vez no.
Siempre empezaba con el
sudor, después venía este
olor a tejido chamuscado. A
continuación, una repentina
sensación de agotamiento
total y, por último, ese dolor
indescriptible. Era como si
las partículas del aire se
convirtieran en agujas y lo
pincharan por todos lados.
Un dolor punzante que se
extendía como la carne de
gallina por toda su piel hasta
darle ganas de gritar. A
veces, una neblina blanca le
nublaba la vista y realmente
veía las partículas de aire
convirtiéndose en agujas.
Cálmate, se dijo.
Relájate, estás bien; ya has
decidido que jamás vas a
apuñalarla. Todo va a ir bien.
Cogiendo el punzón
ligeramente para temblar lo
menos posible, colocó la
punta junto a la mejilla de la
niña. Cada vez que estudiaba
este instrumento, con su fina
y reluciente varilla de acero
que se adelgazaba hasta ese
filo, similar a una aguja, se
preguntaba por qué era
necesario tener cosas así en
el mundo. Si en realidad sólo
era para picar hielo, cabría
pensar que un diseño
totalmente diferente serviría.
Los que producen y venden
estas cosas no entienden,
pensó. No entienden que a
algunos nos entra un sudor
frío con sólo ver ese extremo
reluciente y puntiagudo.
Los labios del bebé se
movieron apenas. Unos
labios tan pequeños que ni
siquiera parecían labios. Más
bien larvas o una crisálida
que pudiera convertirse en un
insecto con bellas alas.
Diminutas células sanguíneas
coloreaban la piel de sus
mejillas por debajo de la
pelusa. Kawashima acarició
la superficie de esa delicada
capa de vello, primero con la
punta de un dedo y después
con la punta del instrumento.
De verdad que no va a
pasar nada, no voy a apuñalar
a la niña.
Justo cuando pensaba
esto, la voz suave de Yoko
rompió el silencio.
—¿Qué haces?
Todo su cuerpo se tensó y
la punta del punzón rozó la
mejilla del bebé. Apagó la
lamparilla y soltó un lento
suspiro. Al girarse hacia su
mujer, palmeó el punzón y lo
dejó caer en el bolsillo,
primero el mango. Ella
estaba medio incorporada en
la cama, descansando sobre
un hombro.
—¿Te he despertado? Lo
siento.
Se acercó a ella de
puntillas y se inclinó para
besarle la mejilla.
—¿Qué hora es? —
preguntó ella.
—Un poco más de la una.
—¿Estabas mirando a
Rie?
—Sí. No quería
despertarte. Estás cansada.
Duérmete otra vez.
—¿Todavía estás
trabajando?
—Casi toda la
composición está terminada.
Sólo me queda elegir las
diapositivas. Hará que la
presentación sea mucho más
fácil.
Yoko se acostó de nuevo
y se quedó dormida antes de
que él hubiera terminado de
susurrarle esto. Menos mal.
No le habría hecho gracia si
hubiera encendido la luz para
ir al baño o a beber agua.
Habría visto que sudaba, y
podría haberse dado cuenta
de que el extremo del punzón
le abultaba en el bolsillo.
2
Kawashima guardó el punzón
en un cajón de la cocina, se
lavó la cara en el lavamanos
y fue a la sala. Se sentó a la
mesa y esperó en vano a que
su ritmo cardíaco bajara.
Tenía la garganta reseca
debido a la tensión y pensó
en tomar algo, pero desechó
la idea de inmediato. No se
permitía tomar alcohol en
momentos como éste porque
sabía que terminaría con algo
fuerte, un procedimiento que
le ayudaba a relajarse durante
un rato pero en el que
acababa perdiendo el control.
Bebía hasta quedar sin
conocimiento, y al día
siguiente no se acordaba
prácticamente de nada.
Contempló la habitación
intentando respirar profunda
y pausadamente. Seguían
refiriéndose a ella como la
sala, pero la habían
convertido en espacio de
trabajo para los dos. No había
sofás o butacas, sino una
pesada mesa de madera sin
tratar y en forma de ele que
ocupaba más de la mitad del
suelo. Este monstruo,
importado de Suecia y con el
tamaño suficiente para
acomodar a ocho o diez
estudiantes amasando al
mismo tiempo, era la
posesión más querida de
Yoko. Kawashima se la había
dado como regalo de boda,
dejando limpia su cuenta
bancaria para pagarla.
Seguía sintiendo lo
mismo por Yoko que
entonces: no podía creer que
hubiera logrado conocer,
enamorarse y, de hecho,
casarse con una mujer como
ella.
Los dos tenían la misma
edad. Se habían conocido seis
años atrás, al principio del
verano, en una galería de arte
en Ginza. Fue en la
inauguración de una
exposición de un artista
francés nacido en Rusia
llamado Nicolás de Stáel, un
pintor de cuadros abstractos
y sombríos.
No era muy conocido en
Japón, así que aunque era
sábado por la tarde, ellos
fueron los únicos asistentes.
Yoko fue la primera en
hablar.
—¿Eres pintor? —
preguntó.
Kawashima llevaba un
cuaderno de bocetos bajo el
brazo.
—Dibujo un poco, sí —le
dijo.
Ella llevaba puestas unas
gafas de montura color crema
que le quedaban bien, pero él
no pudo evitar pensar que
estaría incluso más guapa sin
ellas. Salieron de la galería y
fueron a un café con paredes
acristaladas que daban al
cruce de Ginza. Él pidió un
expreso doble y ella el
famoso pastel de requesón de
la casa y un té de manzana.
El sol de principios de verano
entraba suavemente a través
de las persianas, y en cada
mesa había un jarroncillo de
cristal con una sola orquídea.
Yoko olía bien. Mezclada
con su perfume, Kawashima
creyó percibir otra fragancia,
aunque no le pareció que
fuera olor a pan recién hecho.
Sólo sabía que le parecía
agradable, probablemente
porque ella le gustaba y se
sentía relajado en su
compañía. (Por el contrario,
cuando se sentía estresado o
atrapado en compañía de
alguien que no le interesaba,
hasta los olores del ambiente
le resultaban repugnantes).
Yoko comía su tarta de
requesón despacio y,
mientras, pasaba las hojas del
cuaderno de bocetos. En un
momento dado, una miga
diminuta cayó sobre uno de
los dibujos, y la quitó
cuidadosamente con la punta
de la servilleta. Algo en su
forma de hacerlo hizo que él
se sintiera muy feliz.
Empezaron a verse una
vez a la semana, más o
menos, para cenar, ir a un
museo o ver una película
juntos. Kawashima trabajaba
para una empresa de diseño
gráfico y dibujaba en su
tiempo libre. Todos sus
dibujos eran carreteras
estrechas bajo la luz de la
luna; ningún otro tema le
había interesado jamás. Pero
un día, cerca del final del
verano, dibujó a lápiz la cara
de Yoko de memoria. Cuando
le enseñó el dibujo en la
siguiente cita, ella le invitó a
su apartamento por primera
vez. Y allí le hizo una
confesión titubeante y
dolorosa. Hasta hacía cosa de
un año, había estado saliendo
con un hombre mayor de su
empresa, y el día que
rompieron se había tomado
un puñado de pastillas para
dormir y la habían llevado al
hospital. ¿Qué pensaba él de
una mujer capaz de hacer
algo así? Kawashima dijo
que no le parecía importante,
y estaba siendo sincero.
—¿Quién no ha querido
morirse en algún momento?
—dijo.
Poco después se fueron a
vivir juntos. Llevaban
compartiendo piso unos seis
meses cuando una fría noche
de invierno Kawashima se
despertó y saltó de la cama,
empapado en un sudor que
había mojado hasta la colcha.
Sobresaltada por el sueño,
Yoko preguntaba
frenéticamente qué pasaba,
pero él sólo decía que tenía
que dar una vuelta. Se vistió
y salió del apartamento.
Cuando volvió, unas dos
horas más tarde, le contó
algo que nunca le había dicho
a nadie antes.
—A veces me pongo así
—dijo—. Me pasa desde que
era pequeño pero no supe lo
que era hasta que crecí y lo
encontré en un libro de
psicología. Se llama pavor
nocturnas, miedos nocturnos.
Cuando era pequeño
resultaba aún peor. Me
despertaba asustado y saltaba
de la cama, como hice hoy,
sólo que me ponía a chillar a
grito pelado. A veces me
ponía a correr en círculos por
la habitación durante unos
dos o tres minutos. Después,
nunca me acordaba de nada,
sólo que algo me había
asustado tanto que yo no
sabía quién era ni reconocía a
la gente que me rodeaba. Era
como si se hubieran
mezclado en mi sueño, como
si se hubieran convertido en
personajes de esa pesadilla.
Me daba tanto miedo. Tanto
miedo. Ahora que soy mayor
no es tan malo. Me refiero a
que ya no me olvido de quién
soy y, como esta noche, supe
que eras tú la que me hablaba
y me preguntaba qué me
pasaba.
—Entonces, ¿por qué —
preguntó Yoko— saliste solo
a toda prisa? ¿Por qué no me
dejaste abrazarte?
Kawashima negó con la
cabeza.
—Siempre he pensado
que cuando pierdo el control
así, es mejor no estar cerca
de nadie. Es mejor estar solo
y caminar hasta que se me
pase, respirar hondo y
calmarme.
En ese mismo momento
decidió contarle a Yoko todo
lo que había mantenido en
secreto tanto tiempo, cuando,
con diecinueve años, le clavó
un punzón a una mujer. No
quería meterse en eso, en
parte porque lo recordaba de
forma vaga y confusa, y en
parte, también, porque temía
que ella lo abandonara por
miedo. No quería perderla.
—Creo que lo que los
provoca, lo que provoca el
miedo nocturno es que, tras
la muerte de mi padre,
cuando yo tenía cuatro años,
mi madre empezó a pegarme.
Me daba unas palizas
tremendas. No tengo ningún
recuerdo de mi padre, sólo
que solía llevarnos de paseo
en coche. Y sé que tenía uno,
al menos durante un tiempo,
porque mi madre siempre
decía que él era el tipo de
imbécil que pagaba una suma
inicial por un coche que no
podría permitirse. Hace años
que no veo a mi madre, pero
la última vez que
coincidimos, cuando me
gradué en el instituto, me
dijo que me había tratado así
porque yo le recordaba a él,
refiriéndose a mi padre, el
imbécil. Me daban miedo las
palizas porque dolían
muchísimo, pero siempre
pensé que ella me las daba
porque yo era un niño muy
malo. Lo raro es que
aprendes a soportarlo, ese
tipo de abuso. Simplemente
te dices a ti mismo que no es
a ti a quien están pegando. Si
te concentras bien, puedes
llegar a un estado en el que
ya no te duele. Muchas veces
me pegaba sin previo aviso, y
eso me daba mucho miedo,
así que intentaba estar
siempre preparado. Me
recordaba a mí mismo todo
el rato: Madre me va a pegar,
madre me va a pegar…
»Pero lo que más me
preocupaba era que sólo me
pegaba a mí. Nunca le puso
la mano encima a mi
hermano pequeño. Como
sabes, vivíamos en esa
ciudad pequeña en el quinto
pino, y la ciudad grande más
cercana era Odawara. En
Odawara había unos grandes
almacenes con una zona de
juegos para niños en la planta
alta. Los tres fuimos varias
veces, pero cuando yo tenía
cinco o seis años mi madre
empezó a dejarme encerrado
en casa y sólo llevaba a mi
hermano. Una vez salí por la
ventana y corrí tras ellos; mi
madre me arrastró de nuevo a
la casa y me ató a las tuberías
del baño. Me acuerdo de eso
perfectamente, como si fuera
ayer. Me dormí allí mismo,
sobre las baldosas, y cuando
desperté ya era de noche y lo
único que veía por la ventana
era la carretera estrecha y
vacía…
»Poco después de esto, un
profesor de enseñanzas
medias me encontró plaza en
una casa para niños
maltratados; fue ahí donde
empecé a dibujar. Desde el
principio, lo único que
dibujaba era carreteras
estrechas de noche. —
Kawashima agachó la cabeza
—. Nunca le he contado esto
a nadie —dijo, y Yoko le
tomó la mano y se la
estrechó.
Se casaron un año y ocho
meses después de conocerse
en Ginza. Yoko dijo a sus
padres que de acuerdo a los
valores que ella y su
prometido compartían, no
querían celebrar una boda;
ellos aceptaron a
regañadientes. Pero
realmente no se trataba de
valores. Ella sabía que
Kawashima no había
perdonado a su madre y a su
hermano pequeño, y no
quería ponerle en una
situación incómoda.
—Estuve en el Hogar
poco más de dos años —le
dijo— y después me fui a
vivir con mi abuela paterna.
En la graduación del
instituto, no sé por qué, pero
mi madre se disculpó
conmigo. Fue una disculpa
egoísta, pero disculpa al fin y
al cabo. Después, al final, me
dijo: «Me perdonas, ¿verdad?
¿Perdonas a tu madre?».
Asentí con la cabeza, sin
pensar, y después algo pasó y
le di una bofetada, fuerte.
Fue la única vez que le
pegué.
Kawashima no se opuso a
que Yoko dejara su trabajo.
Desde el principio, había
decidido que la apoyaría en
cualquier decisión que
tomara. Tampoco expresó
reserva alguna cuando ella le
dijo que quería tener un niño.
Los compañeros de la oficina
siempre le tomaban el pelo
sobre cuánto había cambiado
desde que se había casado, lo
alegre que estaba. «¿Qué es
exactamente lo que pone
Yoko-chan en ese pan?», y
cosas así. El mismo no estaba
seguro de si había cambiado
o no. Pero desde que la
conoció, y en particular
desde el día en que, por
sugerencia de Yoko, habían
decidido casarse, sus brotes
de auto-repulsa habían
desaparecido. No había
sucumbido al pánico ni al
miedo de antes ni en una sola
ocasión, ni siquiera cuando
nació Rie y la tomó en brazos
por primera vez. No hasta
hace diez días.
La tormenta mental y
emocional del viejo ciclo de
ansiedad —incapacidad para
soportar la soledad, querer
compañía pero ponerse
nervioso cuando alguien se
aproxima; el miedo a que si
se acercan un poco más no
sabe qué va a ocurrir, hasta
que el propio miedo se
vuelve insoportable y la
soledad parece ser la única
solución— parecía estarse
convirtiendo en algo del
pasado.
Hasta hace diez noches,
musitó Kawashima para sí,
pulsando el interruptor de la
lámpara de su escritorio.
Sobre la tapa de cristal
colocó algunas de las
diapositivas en treinta y
cinco milímetros que había
cogido de los archivos de la
empresa. Eran fotos que
estaba pensando usar para un
póster del Festival de Jazz de
Yokohama, aunque ninguna
de ellas estaba relacionada
con el jazz. Elegir elementos
gráficos sin conexión directa
con el producto era algo así
como una especialidad suya.
Cuando se iban a inaugurar
las primeras pistas de esquí
bajo techo en Kyushu, su
presentación —con una
leyenda que decía HAY UNA
PRIMERA VEZ PARA TODO
escrita sobre una foto de dos
niños caucásicos besándose
— había ganado a todas las
demás agencias y lo había
convertido en un pequeño
héroe en la oficina. Las fotos
que había reunido para el
festival de jazz eran de
modelos de los años 40 en
blanco y negro. Todas las
chicas lucían saludables y
exhibían generosas sonrisas,
estaban tumbadas en playas
de arena, o a punto de
lanzarse a la piscina,
paseando bajo parasoles o
tomando un cóctel en una
terraza…
Pero era imposible
ocuparse de esto ahora
mismo.
Hace diez noches. Estaba
en la bañera con la niña,
acababa de bañarla. Se la dio
a Yoko, que esperaba con una
mullida toalla, y se recostó
otra vez en la bañera, dejando
la mampara entornada. Yoko
murmuraba algo a la niña
mientras la secaba y él tenía
consciencia de que les estaba
sonriendo. Y entonces, sin
previo aviso, se le coló una
idea en la cabeza y sintió que
los músculos de las mejillas
se le contrajeron y
paralizaron.
No le clavaría el punzón a
la niña, ¿verdad?
Por un momento dudó de
quién estaba sentado en la
bañera llena de vapor. Yoko
abrió la puerta del baño para
salir, miró hacia atrás para
decirle algo, pero él no se dio
c u e n t a . ¿Masayuki?
¿Masayuki, qué pasa? ¿Qué
sucede? Lo llamó varias
veces antes de que saliera del
trance.
—¿Seguís ahí? Supongo
que estaba soñando despierto
—dijo, y las miró, con la
carne de gallina, a pesar del
agua caliente.
La punta afilada y
reluciente de un punzón;
desde ese momento no podía
quitarse esa imagen de la
cabeza. No harías algo así,
nunca se lo clavarías a la
niña, se dijo a sí mismo
cientos de veces, pero una
voz en su interior no paraba
de responder: tal vez sí. Y
cada noche a partir de
entonces, era incapaz de
acostarse hasta que se ponía
junto a la cuna con el punzón
en la mano para confirmar
que no pasaba nada, que él no
iba a clavárselo.
Kawashima apagó la caja
de luz. Sacó la chaqueta de
cuero del ropero, se la puso
sobre el jersey y se dirigió a
la puerta.
3
El apartamento estaba en el
segundo piso de un edificio
de cuatro plantas. Cerró la
puerta sin hacer ruido,
comprobó varias veces que
estaba cerrada y bajó por las
escaleras. No había guarda ni
vigilante en el zaguán: para
entrar por las puertas de
cristal había que introducir
un código o que alguien
abriera por el interfono. Para
salir, por supuesto, sólo había
que pulsar la placa con
sensor que ponía ABRIR, pero
el casero había hecho
hincapié en la importancia de
tomar precauciones para
evitar que algún extraño se
colara. No hacía mucho que
alguien, vestido de
repartidor, había robado en
uno de los apartamentos;
algunos niños habían hecho
grafiti con spray en las
paredes del zaguán; y una
vez, un imbécil derritió la
placa del interfono con un
mechero.
En el exterior,
Kawashima se subió la
cremallera de la chaqueta,
levantó el cuello forrado de
borreguillo, y pensó cuánto le
gustaba frío. En habitaciones
calurosas muchas veces
sentía que los contornos de
su cuerpo, la frontera entre él
y el mundo exterior, se
volvía de forma perturbadora
cada vez más borrosa.
Yoko se había
despertado, pero parecía no
haberse dado cuenta de nada.
De momento, estar en la calle
desierta de su barrio en
Kokubunji, alejado de la
habitación donde dormía la
niña, le proporcionó cierto
alivio.
Sólo es mi neurosis,
razonó consigo mismo. Me
entra el pánico al imaginar
que pueda apuñalar al bebé.
No es que realmente quiera
apuñalarla. ¿Quién no
imagina cosas que le causan
ansiedad? Tal vez sin llegar a
estos extremos, como tener
que dar un discurso en una
boda, por ejemplo, a mucha
gente le da pánico cagarla o
que les ridiculicen o se rían
de ellos. O accidentalmente
puedes tomar contacto visual
con un psicópata en el tren y
pensar ¿Y si se baja detrás de
mí y me sigue a casa?
Gracias a la imaginación, hay
un sinfín de cosas en el
mundo que pueden
desencadenar ansiedad.
Normalmente, claro, te
puedes liberar de esos
miedos enfrentándote a ellos
o contándoselos a alguien.
Normalmente.
En la planta baja del
edificio de al lado había un
vídeo-club. Al final de una
jornada larga, después de
cenar y darse un baño, a
Yoko le gustaba sentarse con
una copa de vino o una
cerveza y ver una película.
Una noche, en su último mes
de embarazo, habían visto
j u n t o s Instinto básico.
Kawashima quiso salir
huyendo del cuarto en cuanto
vio la primera escena: un
asesinato con punzón; pero
Yoko dijo «No creo que sea
buena para el bebé, pero es
una historia interesante,
¿verdad?». Fue esa actitud
suya, de entretenimiento
indiferente, lo que le ayudó a
calmarse y a permanecer
sentado hasta que acabó la
película.
Muchas veces, en los
últimos diez días, se había
preguntado por qué sólo
temía apuñalar al bebé y no a
Yoko. El recuerdo de la vez
que vieron Instinto básico
juntos le dio la respuesta:
porque Yoko podía hablarle.
Hablar con alguien ayuda a
neutralizar el poder de la
imaginación. Y Yoko tenía
una manera delicada y hábil
de lidiar con las heridas que
él llevaba dentro. Su actitud
no era ni insensible ni
indulgente ni ¿Por qué no lo
superas ya? ni Ay,
¡pobrecito! Nunca hacía
ningún esfuerzo para evitar el
tema y, cuando salía a
relucir, sus comentarios
siempre eran clarividentes y
amables.
—Cuando tienes una
enfermedad crónica —le
decía ella— frustrarte o
impacientarte lo único que
hace es empeorar las cosas,
¿no? ¿No es eso lo que dicen,
que tienes que vivir en
armonía con una enfermedad;
que pienses en ella como en
un viejo amigo?
O: —¿Por qué cuando la
gente crece se olvida por
completo de lo vulnerable e
indefensos que eran de
niños?
O: —Hasta que nació Rie
no sabía lo estresante que
puede resultar tener niños.
Estoy segura de que incluso
tu madre debe de preguntarse
en qué estaría pensando
entonces.
La forma en la que ella
decía esas cosas siempre le
aliviaba y confortaba. La
primera escena de Instinto
básico fue una sacudida para
él pero cuando el punzón
volvió a aparecer en la
película, ya estaba
disfrutando mucho de la
historia.
En el siguiente edificio,
después del vídeo-club, había
una librería. Algo se movió
en el hueco entre los dos
edificios y él se paró para ver
qué era. El hueco, con el
ancho justo para permitir a
un hombre caminar por él,
terminaba en el muro de otro
edificio. Estaba muy oscuro
pero tenía la certeza de haber
visto dos o tres figuras
moviéndose. Tan pequeñas
que tenían que ser niños, no
mayores de nueve o diez
años. Ahora no se movían,
probablemente porque
Kawashima se había parado y
miraba en la dirección donde
ellos estaban, pero no iba a
llamarlos o a acercarse para
mirar en el hueco. Sabía que
hasta un niño de diez años
puede ser peligroso. Antes de
seguir caminando, vio un
punto rojo pequeño. Podría
haber sido un cigarrillo
encendido, sólo que ni vio ni
olió humo. El ojo de un
animal pequeño, tal vez,
reflejando la luz de la calle.
Entre los dos edificios,
recordó, había bidones de
basura y el agua se
acumulaba alrededor del
desagüe. Lo más probable es
que los niños estuvieran
matando ratas, en esa
estrecha oscuridad, para
divertirse.
En el Hogar para niños en
peligro, Kawashima había
tenido un amigo de su edad
que se llamaba Taku-chan.
En un momento dado, el
Hogar adquirió una pareja de
conejos y encomendaron el
cuidado de una de las crías a
Taku-chan. Taku-chan quería
a su conejito más que a nada
en el mundo, y hasta se
empeñó en dormir con él en
brazos. Pero un día, delante
de Kawashima y sin motivo
aparente, cogió al animal por
las orejas aún sin desarrollar,
se puso en pie y lo tiró contra
el suelo de hormigón. Sonó a
porcelana cuando se rompe,
pero el conejito no estaba
muerto e intentó alejarse con
movimientos espasmódicos,
como un juguete al que se le
está acabando la cuerda.
Taku-chan, con la misma
expresión apagada que tenía
cuando acariciaba el pelo del
conejo, pisoteó su cabeza
varias veces con el tacón del
zapato. Después, sin hacer
caso del cuerpo aplastado y
sin vida del animal, se fue a
buscar otro que lo
reemplazara.
A veces, Kawashima y
Taku-chan dibujaban juntos y
Taku-chan siempre hacía lo
mismo. Manchaba toda la
hoja de negro, azul oscuro o
violeta, y en el medio pintaba
un niño pequeño desnudo
cuyo cuerpo estaba
atravesado con flechas de los
pies a la cabeza, docenas de
ellas que salían en todas las
direcciones, como púas.
«¿Quién es éste?», le
preguntó una vez un
terapeuta y Taku-chan
contestó: «Yo». El terapeuta
dijo: «Bueno, y si no fueras
tú, Taku-chan, ¿quién
sería?». Si no soy yo, dijo
Taku-chan, no me importa
quién es.
Kawashima decidió ir a la
tienda que había calle abajo.
Caminaba despacio para
calmarse pero sus
pulsaciones aún no habían
vuelto a la normalidad. El
frío se le colaba por las
suelas de los zapatos, y cada
exhalación salía en forma de
nubecilla blanca, un
recordatorio visible de lo
irregular y rápida que era su
respiración. Al otro lado de
la calle había un edificio de
apartamentos de hormigón
armado y en una ventana, en
la esquina del tercer piso, una
mujer de pelo corto fumaba
un cigarrillo. Limpió con la
manga el vaho del cristal y
miró a la calle. En ese
edificio, recordó Kawashima,
sólo había estudios para
mujeres solteras. La luz
estaba detrás de ella y no
pudo ver su cara, pero a
juzgar por el corte de pelo y
la manera de fumar, dedujo
que ya no era joven. Treinta y
largos, tal vez.
La imagen de una mano
con la piel seca y arrugada y
venas protuberantes se formó
en su cabeza. Una mujer de
treinta y largos, sosteniendo
un cigarrillo mentolado,
delgado y oscuro, en la mano
como si fuera una hoja de
otoño.
La había conocido cuando
él tenía diecisiete años y
vivieron juntos casi dos años.
Ella era diecinueve años
mayor que él, así que muchas
veces los tomaban por madre
e hijo. Cuando esto ocurría,
la mujer forzaba una sonrisa
y mostraba una fría
indiferencia; pero después,
cuando ella y Kawashima
estaban solos, despotricaba
amargamente contra la
persona que había cometido
e l fauxpas, a veces durante
horas. Era artista de
striptease y trabajaba en
Gotanda cuando se
conocieron, aunque en los
dos años que estuvieron
juntos cambió de local una
docena de veces.
Con frecuencia, la mujer
llevaba al apartamento
hombres que había conocido
en el club de striptease y
coqueteaba con ellos delante
de Kawashima. Si
preguntaban, ella les decía
entre dientes, con voz de
borracha, que él era su
hermano pequeño. E
invariablemente, una vez los
hombres se iban, se ponía
furiosísima con Kawashima y
le agredía con los puños y
chillaba: «¡Si de verdad me
quisieras! ¡No te quedarías
ahí sentado! ¡Y dejarías que
otro hombre! ¡Me hiciera
esas cosas! ¡Le darías una
buena paliza! ¡O lo
matarías!». Terminó
pegándole a alguno, tras lo
cual ella empezaba a
golpearlo a él de todos
modos, gritando que le iba a
hacer perder el trabajo. La
histeria no paraba hasta que
ella se quedaba sin fuerzas y
caía rendida. Qué perra tan
odiosa, pensaba Kawashima,
¿cómo puede una persona
llegar a ser tan despreciable?
Estaba seguro de ser el único
en el mundo que podía
ocuparse de ella. Por ello,
pensaba que ella nunca le
dejaría.
La noche que le clavó el
punzón siempre había estado
poco clara en su memoria.
Había vuelto al apartamento
tarde, por la noche, después
de haber estado esnifando
disolvente con un amigo; así
que, para empezar, no estaba
en un estado muy lúcido. En
el medio de la habitación
había una estufa de keroseno
encendida, con un caldero
rebosando agua. La mujer
acababa de volver del trabajo
y estaba sentada delante del
espejo quitándose el
maquillaje. Intentó abrazarla
por la espalda pero ella no le
dejó. Lo único que dijo fue
«No me toques» pero de una
manera tan fría y cortante
que a él le dio pánico. La
rodeó con los brazos otra vez
y ella volvió a rechazarlo,
abriéndole los dedos a la
fuerza y sacudiéndoselo de
encima. «¡Deja ya de
echarme encima tu aliento a
disolvente!» gruñó ella.
Kawashima estaba
destrozado. Lo único que
podía pensar era: necesito
que me castiguen. Está muy
enfadada conmigo. Está muy
enfadada pero no va a
pegarme, así que tengo que
castigarme a mí mismo. Si
no lo hago, puede que ella se
marche. Fue hasta la estufa y
metió la mano derecha en el
caldero de agua hirviendo.
Cuando sacó la mano roja
y quemada del caldero para
enseñársela, la mujer le
llamó idiota y se metió en el
baño, quitándose la ropa
mientras caminaba. Él estaba
convencido de que después
de la ducha, ella abandonaría
el apartamento. Para no
volver. ¿Cuánto tiempo
tendría él que estar ahí
sentado, medio muerto de
miedo, esperando a que ella
volviera? No podía dejarla
marchar. Se estaba
devanando los sesos,
pensando que tenía que hacer
algo antes de que ella
terminara de ducharse
cuando, de repente, hubo
unas pequeñas explosiones en
las que sus sentidos de la
vista, el olfato y el oído
colisionaron. Algo parecido
al olor a hilo quemado o a
uñas chamuscadas le llenó la
nariz, y lo siguiente fue que
había abierto la cortina de la
ducha y estaba perforando en
silencio el estómago de ella
con el punzón, que no
encontró mayor resistencia
que la que encontraría un
imperdible hundiéndose en
una esponja. Se introdujo sin
esfuerzo en su barriga blanca
y flácida, y cuando lo sacó,
vio sangre espesa y de color
rojo oscuro manando del
pequeño agujero redondo que
había hecho.
El punzón debió caérsele
de la mano quemada en ese
instante, pero en su memoria
hay un espacio en blanco a
partir de ese momento. Ni
siquiera podía recordar si la
policía había venido o no.
Cientos de veces, en sueños,
había visto el punzón caer
sobre las baldosas del baño y
rodar bajo la bañera. En los
sueños, él se arrodilla y
apoyándose en los codos
intenta alcanzarlo, pero se
quema la mano otra vez con
la luz piloto del termo. A
veces se despertaba tras esta
pesadilla, convencido de que
su mano derecha estaba
ardiendo. Si la policía había
venido, la mujer no debía de
haberles dicho la verdad
porque no se llevaron a
Kawashima para interrogarlo.
Ni tampoco ella le mencionó
nunca el incidente, ni
siquiera al salir del hospital y
volver a casa. Él se marchó
sin que se lo pidiera. Aunque
volvió al apartamento varias
veces en las siguientes
semanas, la mujer siempre se
negó a verlo y finalmente,
ella se mudó. Kawashima
creía que seguramente el
punzón seguía estando en ese
apartamento, debajo de la
bañera. Y de algún modo,
pensaba que llegaría el día en
el que volvería para echar un
vistazo.
Ya había alcanzado la
puerta de la tienda cuando
notó algo curioso. Su ritmo
cardíaco había vuelto a la
normalidad. Preguntándose si
esto tendría algo que ver con
sus recuerdos de la artista de
striptease, entró en el local,
donde el aire caliente lo
envolvió y sintió que el
contorno de su cuerpo
empezaba a desdibujarse.
Se acercó al montón de
cestas y acababa de coger una
cuando el empleado que
estaba detrás del mostrador
—que había permanecido
callado hasta entonces—
g r i t ó ¡Irasshaimase! a los
clientes que entraban detrás
de él, una pareja joven
abrazada, jadeantes ambos
por el frío. La pareja se
dirigió a las estanterías de las
revistas y el empleado volvió
a mirar su caja. Eso fue todo,
pero suficiente para
desencadenar en Kawashima
la horrible sensación de que
él no estaba realmente allí.
No como si estuviera muerto
o fuera un fantasma, o un
espíritu o algo, sino como si
se hubiera separado de su
propio cuerpo y estuviera
esperando a cierta distancia.
Cuando era niño, había
eludido el dolor y el miedo a
las palizas de su madre
concentrándose en la idea de
que la persona a la que
estaban zurrando no era él en
realidad. Se había entrenado
concienzuda y
metódicamente para pensar
así. Su madre, rabiosa con el
niño que no lloraba y ni
siquiera gritaba, le pegaba
más fuerte; pero cuanto más
le pegaba, más se
concentraba él en
convencerse de que no era a
él a quien golpeaba, hasta
que, de hecho, logró
separarse del dolor.
Temiendo, sin embargo, que
si llegaba muy lejos no sabría
volver, se prometió a sí
mismo quedarse cerca y
volver en cuanto las
circunstancias lo permitieran.
Lo que siento ahora, se
dijo, es un recuerdo de
aquella época, es sólo un eco
del pasado. Miró los paquetes
de pañales desechables en la
estantería más alta de la
pared del fondo y recordó
que Yoko decía que comprara
los pañales, que nunca serían
suficientes. Decidió
comprarlos y fue en ese
momento en el que, de
repente, se convenció de que
realmente se había separado
y estaba esperándose a sí
mismo allí, entre los pañales.
Maldita sea, murmuró y
amagó una sonrisa mientras
el miedo le encogía el
corazón. ¿Qué diablos pasa?
Realmente podía ver su
otro yo de pie junto a las
estanterías, dos o tres pasos
por delante de él, con un
paquete de pañales
desechables en las manos.
Este otro yo señalaba la foto
de un bebé en el paquete y
sonreía a Kawashima;
después le llamó.
Ven aquí, hay algo muy
importante que necesito
decirte.
Kawashima avanzó hacia
las estanterías como si
tiraran de él.
Piénsalo, dijo el otro.
¿Por qué crees que pudiste
ver Instinto básico tan
tranquilamente? Estabas
pensando en eso cuando
venías aquí, ¿verdad?
También te acordaste de
Taku-chan, ¿no? Taku-chan
diciendo «Si no soy yo, me da
igual quién es». Y después
recordaste cuando
apuñalaste a la mujer, lo
cual te calmó el ritmo
cardíaco del todo. Te disipó
la preocupación de apuñalar
a ésta, ¿verdad? El otro
golpeó la foto, después
asintió con la cabeza y
pellizcó el vinilo para
distorsionar la cara del bebé
y convertirla en una máscara
grot esca. Date prisa, ven
aquí conmigo. Kawashima
intentó decir Por favor no
hagas esto, pero tenía la
garganta tan seca que no
podía hablar. Justo antes de
que los dos se fusionaran, el
otro dijo con voz clara e
inconfundible: Sólo hay una
forma de superar el miedo.
Kawashima permaneció
sumido en una especie de
estupor, como alguien que ha
recibido una revelación de
Dios. Incluso después de
haberse unido a su otro yo, la
voz siguió reverberando en
su interior. Sólo hay una
forma de superar el miedo:
tienes que clavarle el punzón
a otra persona.
4
«Masayuki» dijo Yoko. La
mañana siguiente, mientras
iba y venía preparándose para
sus clases.
—¿Has ganado la lotería
o algo así? Estás
resplandeciente.
Entre mordiscos a su
croissant, Kawashima le
explicó que había dormido
como un muerto, lo cual era
verdad. También había vuelto
a tener apetito, para su
sorpresa.
No había forma de estar
seguro al cien por cien de que
no lo cogerían —éste había
sido su primer pensamiento
al despertar— pero sólo herir
a alguna mujer estaba
totalmente descartado. Si ella
sobrevivía, lo más probable
es que fuera a la policía y
sería su fin. Le daba vueltas a
estos problemas mientras se
cepillaba los dientes y se
lavaba la cara.
—¿Sabes qué? —le dijo a
Yoko mientras se vestía para
ir a trabajar—. Nuestra
empresa ha adoptado el
sistema de vacaciones
obligatorias, como hacen
muchas de las empresas
grandes.
—¿Te refieres a que
tienes que coger unos días
libres quieras o no?
—Exactamente. En
algunas de las empresas
grandes es un mes entero,
incluso dos, pero para
nosotros es una semana o
diez días.
Era cierto que la empresa
de Kawashima tenía ese
sistema: vacaciones
obligatorias para todos los
empleados una vez cada tres
o cinco años. Se había
apartado un fondo con este
propósito y había dinero en
efectivo disponible para
gastos, dependiendo de cómo
planearas pasar las
vacaciones.
—Tengo una idea en la
que quiero trabajar —dijo—,
así que estaba pensando
coger mis vacaciones pronto.
—¿Cuándo?
—Como a partir de
pasado mañana o algo así.
—Sí que es pronto. Pero
no habrás pensado en
quedarte en casa y ya está,
¿no?
—No, y tampoco debes
aparecer por la oficina.
Tienes que presentar algún
tipo de objetivo, algo a lo que
vas a dedicar el tiempo. No
hace falta que tenga que ser
algo serio. Un tipo viajó a la
India y otro se fue a Nueva
York para ver musicales. Una
de las chicas se fue a
Okinawa para sacar la
licencia de buceo.
—¿Piensas ir al
extranjero?
—Te cuento lo que estoy
pensando. Me gustaría
quedarme en uno de los
hoteles principales del
centro. No tienes la
oportunidad de hacerlo
cuando vives en la ciudad,
¿verdad? Me gustaría
quedarme en el tipo de sitio
en el que se hospeda el
empleado medio de ciudades
pequeñas cuando viene a
Tokio.
—¿Qué vas a hacer en un
sitio así?
—Puede que parezca una
tontería, pero quiero entender
mejor al auténtico empleado.
Como cuando tengo una
reunión en una cafetería o en
un bar en uno de esos hoteles.
Siempre me fascina oír lo
que están hablando los
empleados a mi alrededor. Te
sorprendería, muchas veces
se oyen comentarios bastante
profundos, sentidos. Me
gustaría hacer, sabes, un
estudio serio sobre ese tipo
de cosas, porque a principios
de año vamos a estar a cargo
de todo el material gráfico de
una nueva campaña. Es para
un coche de importación, un
modelo dirigido a empleados
de treinta y algo. Y la verdad
es que no sé gran cosa del
empleado medio.
Necesitaba un buen
periodo de tiempo para
perfilar y ejecutar su plan.
Pero si se inventaba alguna
historia de que tenía que
quedarse cerca de la empresa
unos días para cumplir un
plazo, por ejemplo, una
llamada de Yoko a la oficina
lo pondría al descubierto. Era
poco probable que alguien
asociara esa mentira con un
crimen cometido en algún
lugar de la ciudad, pero no
hacía falta complicar las
cosas dándole a Yoko o a la
compañía motivos para
pensar que estaba metido en
algo sospechoso. Por
supuesto, quedarse en un
hotel en la ciudad para
«investigar» normalmente se
interpretaría como una
aventura o un problema con
el juego. Pero sabía que Yoko
nunca dudaría de él. Para
empezar, no era celosa o
suspicaz, y en los seis años
que llevaban juntos, aunque
se había reservado algunas
cosas, él nunca le había
mentido. No porque se
adhiriera a algún principio
moral abstracto, sino
simplemente porque no
quería ser deshonesto con
alguien que significaba tanto
para él. Además, si ella
sospechara que él tenía una
aventura… bueno, ¿y qué?
Todos los utensilios que
Yoko necesitaba para sus
clases del día estaban
perfectamente ordenados
sobre la mesa en forma de ele
que dominaba la habitación.
—Entonces tendremos
que prepararte la maleta —
dijo con una sonrisa natural,
nada forzada—. Sólo te digo
que no pierdas el contacto.
Me refiero, no te olvides de
llamar.
—No me voy a olvidar —
dijo Kawashima, asintiendo.
Entró en la habitación y se
inclinó sobre la cuna para
mirar al bebé. Acarició con
suavidad la pelusa de su
mejilla. Y susurró bajito,
para que Yoko no le oyera:
Todo va a salir bien.
5
Cuatro días más tarde,
Kawashima se registraba en
el hotel Príncipe Akasaka.
Usó su tarjeta JCB y dio su
nombre real. Era una
habitación doble desde la que
se veía la Torre de Tokio en
la distancia, y la reservó para
una semana. Nunca antes se
había tomado unas
vacaciones de verdad, y por
ese motivo —y como
reconocimiento por haber
ganado la cuenta del festival
de jazz— la compañía había
accedido de inmediato a su
petición, dándole incluso casi
novecientos mil yenes en
efectivo para gastos. Su jefe
había bromeado, con el típico
mal gusto, diciendo que la
idea de observar empleados
era brillante, pero que no se
enamorara de ninguno y
terminara cogiendo el sida.
Kawashima llegó poco
después del mediodía y lo
primero que hizo fue llamar a
Yoko. De fondo, oía el
parloteo de mujeres de
mediana edad y casi olía el
pan recién hecho. Ni Yoko ni
nadie en la oficina parecía
haber tenido la menor
sospecha sobre sus motivos.
Pensándolo bien, reflexionó
arrellanado en el sofá y
mirando el centro de la
ciudad sobre el que caía el
crepúsculo… pensándolo
bien, en algún momento me
convertí en un hombre que
jamás hace algo que los
demás puedan considerar
sospechoso. Tal vez algo
fundamental había cambiado
desde los viejos tiempos,
desde que dejó a la artista de
striptease. Había vuelto a la
escuela, retomado el dibujo,
encontrado un trabajo y
conocido a Yoko, y muchas
veces tenía la sensación de
que ni siquiera era la misma
persona que había sido de
adolescente. Pero si ahora
era alguien diferente, ¿cuál
de los dos era su auténtico
yo? Los dos son el auténtico
tú, susurró una parte de él;
pero la otra parte no lo tenía
tan claro. A veces el antiguo
y el nuevo yo parecían no
tener relación alguna.
Inspirado por un artículo
que había leído en una revista
y fotocopiado en la
biblioteca, Kawashima había
decidido comprar un
cuchillo, además del punzón.
El artículo era sobre una
furcia de treinta y dos años
que habían encontrado
muerta en una habitación de
hotel, con el tendón de
Aquiles cortado. Un detective
anónimo había propuesto esta
explicación: «Cuando cortas
el tendón de Aquiles, el
sonido que hace es tan alto y
agudo como el de un disparo.
Puede que el asesino lo
supiera y le gustara».
Kawashima decidió que antes
de perforar el estómago de la
víctima con el punzón —o
después, si era preciso— le
cortaría el tendón de Aquiles.
Tenía curiosidad por cómo
sonaría exactamente. Y
quería ver la expresión en la
cara de la mujer cuando esto
sucediera.
Pensar en estas cosas no
le aceleraba el pulso ni le
hacía mirar fijo al vacío,
sonriendo y babeando. Le
producía más bien una
especie de calma creativa,
similar a su estado mental
cuando meditaba sobre qué
foto usar en un póster. Su
ritmo cardíaco había sido un
problema los diez días que
había vivido con el temor de
apuñalar al bebé, pero dejó
de serlo desde la noche de la
tienda. Entre el hombre frío
que estaba decidiendo cómo
cortar el tendón de Aquiles
de su víctima, y el hombre
que esa misma mañana había
sonreído a su esposa en una
habitación saturada del
aroma a pan recién hecho,
había una clara distancia. No
sabría decir en qué consistía,
pero sí que la había.
Se levantó y cerró las
cortinas. Sacó el artículo de
la revista de su maletín así
como una revista de
sadomasoquismo, una guía
semanal de la industria del
sexo y una libreta. Se sentó al
escritorio y empezó a escribir
notas en un intento de
ordenar sus pensamientos.
Antes que nada, la
víctima debía ser una
prostituta. Era la única
elección lógica. ¿Pero qué
tipo de prostituta debería
elegir? Era importante, igual
que el lugar donde cometería
el asesinato. Una vez la
policía lo detuvo por esnifar
disolvente pero no habían
tomado sus huellas
dactilares. La policía estaba
en desventaja cuando el
asesino no conocía a la
víctima y no tenía
antecedentes. Ya había
decidido que no podía
apuñalarla solamente: tenía
que asegurarse de que la
mataba. Naturalmente, lo
mejor sería que no se
encontrara el cuerpo, pero
intentar deshacerse del
cadáver implicaba correr
riesgos inaceptables. Ella
tendría que trabajar por libre,
sin chulo ni oficina ni banda
a los que rendir cuentas.
¿Apuñalarla en algún
callejón oscuro y desierto, tal
vez? Atraer a una prostituta
que hace la calle a un
callejón con el pretexto de
negociar un precio sería
bastante sencillo, pero en un
lugar tan mal iluminado no
podría ver bien cómo el
punzón penetraba el
estómago y probablemente
no tuviera tiempo de cortarle
el tendón de Aquiles.
Hacía dos noches,
mientras caminaba por el
distrito Kabuki-cho de
Shinjuku, había confirmado
que la mayoría de las que
hacían la calle por libre eran
extranjeras, especialmente
del sudeste asiático. Entre las
ventajas de elegir a una de
ellas estaba que su búsqueda
sería, a lo sumo, practicada a
medias, ya que era probable
que ni siquiera estuviera en
Japón legalmente. Pero era
esencial que la carne que
traspasara el punzón fuera lo
más blanca posible. Y ahora
que lo pensaba, ni siquiera
una extranjera de piel clara le
serviría. Si la víctima no
hablaba bien japonés, sería
difícil organizar las cosas
como es debido y, además,
era un imperativo que sus
expresiones de horror y
angustia fueran pronunciadas
en japonés. ¿Por qué? Lo
pensó un rato, pero dejó de
hacerlo cuando una imagen
de su madre empezó a
formarse en su mente. Sólo
debía concentrarse en el
asunto en cuestión.
No, sería una locura
hacerlo en un callejón, un
parque, un solar o cualquier
lugar al aire libre. Tendría
que coger otra habitación en
algún sitio. Las empresas que
enviaban chicas a la
habitación de hotel del
cliente se limitaban a los
servicios de prostitutas,
operaciones de masajes
eróticos y clubes de
sadomasoquismo. En cuanto
el punzón apareciera, lo más
probable es que la mujer
intentara huir. Y chillara.
Tendría que reprimirla; y
durante un rato, ya que no
moriría de inmediato;
después de todo, no iba a
clavárselo en el corazón.
Sería mejor verla expirar
despacio, debido a la pérdida
de sangre; pero claro, de las
heridas causadas por un
punzón no saldría mucha
sangre. Se puede causar la
muerte por hemorragias
internas, al pinchar ciertos
órganos, pero, ¿de qué servía
eso si no se podía ver?
En cualquier caso, lo
primero sería atar y
amordazar a la mujer. Eso
significa sadomasoquismo.
Por lo visto, la mayoría de
los clubes de sado no envían
a sus chicas a los «hoteles de
amor». La ventaja de un hotel
de amor era la persiana en
recepción que impide al
recepcionista verte la cara.
Pero era comprensible que el
personal de esos lugares
estuviera siempre vigilante
por si surgía un problema, y
Kawashima había leído en
algún sitio que si la oficina
de una chica se extrañaba por
alguna circunstancia,
llamaban al hotel y alguien
subía a la habitación para
comprobar cómo estaba la
chica. Además, si algo salía
mal, la estrechez de la
entrada y zona de recepción
dificultarían la huida. Y los
hoteles de amor solían estar
en calles tranquilas donde
sólo había parejas aquí y allá
paseando discretamente, así
que no era posible correr y
fundirse en la multitud sin
dejar rastro.
En un hotel normal, por
otro lado, le verían la cara en
recepción y tendría que
escribir en una tarjeta de
registro. Pero podría reservar
una habitación con un
nombre y número de teléfono
falsos y nunca lo
averiguarían, siempre y
cuando fuera puntual. Hoy lo
había confirmado, aquí, en el
Príncipe Akasaka. Cuando
hizo la reserva, les dio su
teléfono del trabajo y una
hora de llegada de las dos de
la tarde, y aunque esperó en
la oficina hasta las dos
menos cuarto, no llamaron
del hotel. Tampoco le
pidieron el carné de
identidad. Su caligrafía
habitual era tan corriente que
no sería un problema,
siempre y cuando no
cometiera algún error tonto
como dejarse olvidado su
carné de conducir, tarjeta de
visita, agenda o un sobre o
papel con el membrete de su
compañía.
Un detalle pequeño pero
importante: ¿debería permitir
que el botones le ayudara con
lo que llevara de equipaje? El
botones se ofrecería a llevar
cualquier tipo de bolsa,
incluso un maletín. Hoy
observó que a los huéspedes
japoneses les gustaba que el
botones les llevara las bolsas,
mientras que los extranjeros,
tal vez porque están
acostumbrados a tener que
dar propina a todo el mundo,
solían rechazar la ayuda si
podían arreglárselas solos
con el equipaje. Bueno, el
asunto del botones podía
resolverlo más tarde.
Kawashima escribió Asunto
del botones, pendiente y pasó
la hoja. Ya había llenado
varias con letra apretada y
densa.
Pero ¿qué tipo de
equipaje debería llevar? Un
bolso de viaje pequeño sería
suficiente. Podría salir del
Príncipe con una bolsa de
papel llena de todo lo que iba
a necesitar y comprar un
bolso de viaje de camino al
segundo hotel, donde iba a
tener lugar el ritual. Pararía
en una de las principales
estaciones de tren, o en el
aeropuerto de Haneda, y
compraría el bolso más
corriente posible en una de
las tiendas o puestos.
Preferentemente algo barato
producido en masa, aunque
incluso un bolso de diseño de
uso común —un Louis
Vuitton, digamos— serviría
perfectamente. Teniendo
todo en cuenta, lo mejor sería
uno de los hoteles grandes. Y
llegado el momento de hablar
en recepción, podría ser
necesario usar un disfraz
sencillo. Pero la palabra era
«sencillo», no debía ser nada
que pudiera servir para
hacerle destacar de alguna
manera. Unas gafas de sol,
por ejemplo, pueden ser
efectivas, pero se había dado
cuenta aquí, en el Príncipe,
que los que llevaban gafas de
sol cuando se registraban
sólo conseguían llamar la
atención. Daban la impresión
de estar intentando ocultar su
identidad. Una vez se
descubriera el cadáver de la
mujer, lo más probable es
que la policía sólo tuviera un
esbozo del asesino con el que
trabajar. Eso no representaba
una gran amenaza, a menos
que se tropezara con algún
conocido o le vieran en el
hotel. ¿Cuál era la mejor
manera de minimizar el
riesgo de que eso ocurriera?
Antes que nada, una regla de
oro: si al registrarse se
encontrara con un compañero
de trabajo, o incluso tan sólo
lo viera o, digamos, viera a
una de las estudiantes de
Yoko —cualquiera a quien
fuera imposible engañar con
un simple disfraz— entonces
se cancelaría toda la
operación.
Pero, ¿en qué iba a
consistir concretamente un
disfraz sencillo? Hacerse la
raya en el pelo de otra
manera y llevar puestas gafas
de cristal grueso sería
suficiente de cuello para
arriba. Pero también debía
pensar en la ropa. Después de
ver a alguien varias veces,
normalmente puedes
reconocerlo incluso de
espaldas, sólo por su lenguaje
corporal y su estilo en el
vestir. Lo mejor sería
comprar el traje típico del
empleado de color azul
marino o gris, del estilo que
él nunca usaba. Y tal vez un
abrigo barato. Tendría que
darse prisa con el traje,
tardarían un tiempo en
subirle el vuelto. Unos
zapatos con alzas interiores
estarían bien, le harían unos
centímetros más alto.
Por supuesto,
necesitaremos una muda de
ropa también, escribió, ya
que habrá una buena
cantidad de sangre.
Quitarnos toda nuestra ropa
es una posibilidad, pero es
arriesgado en el caso de que
hubiera algún tipo de
resistencia activa por parte
de la mujer. Además,
desnudarse cuando el ritual
estaba llegando al clímax
podría interpretarse como si
tuviera algún tipo de
significado sexual. No
queremos que la mujer piense
que le estamos cortando el
tendón de Aquiles sólo para
satisfacer alguna perversión
sexual. Ella debe quedar en
la incertidumbre respecto a
qué significado tienen su
derramamiento de sangre y
su agonía. Es vital que
aquellos que se encuentran
en el lado receptor de la
violencia se pregunten sobre
su motivo. Una verdad triste
y amarga, pero importante.
Kawashima anotaba las
ideas según se le iban
ocurriendo, pero entonces se
detuvo. Retrocedió y borró
todo después de «necesito
una muda de ropa también».
Con letra de molde grande
escribió: ¡¡LAS IDEAS QUE NO
SON RELEVANTES A LA
PLANIFICACIÓN NO HAN DE
INCLUIRSE EN ESTE
CUADERNO!!
Hacía rato que el sol se
había puesto, y miró el reloj:
ya eran las ocho. Han pasado
horas, pensó, y parecen
minutos. ¿Había estado tan
absorto en algo antes? Sacó
una cola del mini-bar, la
abrió y tomó un sorbo.
Estaba empezando a sentir
que cualquier cosa que
hubiese hecho o
experimentado en el pasado,
le había ayudado a prepararse
para esta misión. Y de hecho,
a preguntarse si no era éste el
fin al que lo habían dirigido
todos los sucesos de su vida.
Ya estaba empezando a
olvidar, en otras palabras, el
motivo original detrás del
plan: aliviar su miedo a
apuñalar al bebé.
Unos tejanos y una
sudadera para el cambio de
ropa. Eso sí, nada que sea
demasiado holgado o
voluminoso. Elegir una
sudadera de tela fina. Lo
mismo con los tejanos. Dos
pares de guantes de piel
ajustados. Hay que tener
sumo cuidado en el uso de los
guantes. Lo más natural es
quitarse el guante de la mano
derecha al registrarse.
Afortunadamente no
quedaron cicatrices de
cuando se había quemado la
mano diez años atrás.
Tampoco había que
preocuparse por las huellas
dactilares al registrarse. No
era probable que alguien
recordara en qué mostrador o
qué bolígrafo había usado, y
en cualquier caso, estarán
todos llenos de huellas.
Dejarse el guante puesto —
especialmente al escribir
algo— sólo llamaría la
atención, igual que las gafas
de sol. La experiencia de
Kawashima le decía que
siempre que intentas ocultar
algo, los demás se dan cuenta
de alguna manera y seguro
que el recepcionista se fijaría
en alguien que llevara
guantes al rellenar la tarjeta
de inscripción. Los
trabajadores de los hoteles
sabían observar con
disimulo.
Dando por hecho que iba
a rechazar la ayuda del
botones, debería coger la
llave con la mano enguantada
y llevar puestos ambos
guantes cuando abriera la
habitación, así como todo el
tiempo después de entrar en
ella. No debería dejar
ninguna huella dactilar en el
lugar, aunque sólo fuera para
que pareciera el trabajo de un
hombre con mucha
experiencia. La policía se
decantaría por buscar a
alguien con antecedentes y
haría listas de pervertidos y
delincuentes sexuales
conocidos.
Pero claro, no podía
llevar los guantes puestos
desde el momento en que
llegase la mujer hasta que la
tuviera inmovilizada por
temor a levantar sus
sospechas. Después de atarla,
se los volvería a poner. Con
cara impasible, con
naturalidad, se ajustaría los
dedos de piel, uno a uno.
Después la pelota mordaza.
No una que le tapara la boca
por completo; deberá
permitírsele vocalizar de
manera limitada. Pondría los
guantes ensangrentados, los
tejanos y la sudadera en
bolsas de vinilo separadas,
acordándose de ponerse el
par de guantes extra primero.
Lo mejor sería que usara
bolsas dobles o triples, lo
cual implicaba que tendría
que coger unas cuantas
bolsas de las tiendas. Cinta
americana. Cartón y papel
grueso con el que envolver la
punta del punzón y la hoja
del cuchillo. Y necesitaba
algo pesado para cuando
tirara las bolsas al río, unos
plomos de buceador serían
ideales. Añadirlos a los
paquetes con el punzón y el
cuchillo. Una vez que se
hubiera deshecho de todo, lo
más seguro sería abandonar
el bolso de viaje cerca de un
grupo de vagabundos en
algún parque. En cuyo caso,
un Louis Vuitton quedaba,
por supuesto, descartado.
Compraría el cuchillo y
el punzón en distintos
supermercados de barrio.
Preferiblemente un sábado
por la tarde o un domingo,
cuando más gente hay. ¿Era
necesario hacer un ensayo,
pedir una mujer de otro club
de sadomasoquismo antes
que la de la gran noche, para
familiarizarse con el
proceso? ¿Qué pasaría si la
primera mujer y la que iba a
ser sacrificada resultaban ser
amigas, por ejemplo? Algo
descabellado, tal vez, pero
¿por qué correr riesgos?
Después de todo, si surgiera
algún problema por su falta
de conocimiento del juego
sado, siempre podía abortar
el plan.
Se había saltado la cena
pero no tenía nada de
hambre, y se preguntaba por
qué cuando sonó el teléfono.
Era el servicio de
habitaciones para asegurarse
de que no quería que le
desdoblaran la colcha aunque
tuviese la señal de NO
MOLESTAR en la puerta. Dijo
que estaba trabajando y que
él mismo se encargaría de la
cama; a lo que el empleado
respondió, en un tono de lo
más cortés, que el servicio de
cama estaba disponible las
veinticuatro horas y que
podía solicitarlo en cualquier
momento. Kawashima se
encontró dando sinceramente
las gracias al hombre por su
amabilidad. Era como si la
gente que no estaba
involucrada de ninguna
manera en su misión, le
estuviera animando.
Volviendo a su cuaderno,
e s c r i b i ó : Además de un
disfraz sencillo, algo que
despiste también vendría
bien. Para los empleados del
hotel con los que trate, algo
básico, como masticar chicle
ruidosamente. Hablar con
acento de Kansai, toser con
frecuencia, cojear
ligeramente, pero nada que
termine siendo
contraproducente por causar
demasiada impresión. Esto
tendría que planearlo con
mucho cuidado. El despiste
era un asunto importante y
tampoco había que pasarlo
por alto cuando llegaran los
últimos pasos del ritual.
Todavía no había decidido
cuál sería la causa de la
muerte. El método más
ortodoxo sería estrangularla.
Esto no le hacía mucha
gracia; pero si había que
hacerlo, preferiría usar un
cable fino de acero
inoxidable. Cortarle las
muñecas o la garganta sería
un problema por la cantidad
de sangre que se derramaría
pero, por otro lado, un
crimen sangriento ayudaría
en el despiste, ya que la
policía buscaría a un
drogadicto, a un consumidor
de anfetaminas o a un
enfermo mental. Podría
reforzarlo dejando una nota
con algún mensaje
incoherente. Según un
artículo que había leído sobre
estos asuntos, sabía que tales
mensajes empleaban palabras
como Dios, Voluntad divina,
ondas de radio, control,
órdenes, mandatos, Cielo.
Combinaría algunas en una
nota corta. Debo hacer lo que
Ellos me ordenan o lo que
ordenan las transmisiones de
radio. Mirad la Divina
Voluntad o Dios me habló o
No oso desobedecer mis
órdenes o He abierto las
puertas del Cielo de par en
par. Una de estas frases, o
una combinación de ellas,
estaría bien. Podría usar la
papelería y el bolígrafo del
hotel. No era necesario que
escribiera con la mano
izquierda o que disimulara la
caligrafía de otra manera.
Simplemente tenía que
estrujar la nota y dejarla en
un rincón de la habitación.
Tal vez fuera buena idea
recoger impresos de carreras
abandonados en los trenes —
carreras de caballos, de
bicicletas, de barcos— y
dejarlos en la habitación.
Especialmente si los
encontraba de Osaka o Kobe,
o un folleto anunciando un
usurero o algo de allí, y usar
un acento de Kansai al
registrarse. No le daba
tiempo de hacer un viaje al
distrito de Kansai, pero
cuando comprara el bolso en
la estación Tokio o en el
aeropuerto de Haneda, podría
estar pendiente de tales
elementos desechados por los
viajeros. En lo concerniente
al despiste, no obstante, era
importante prestar atención
hasta al más mínimo detalle.
Si quedara claro que había
habido engaño, la policía
inmediatamente empezaría a
buscar a alguien racional y
astuto, en lugar de a un loco
o a un desesperado.
Elegiría uno de los
hoteles de Shinjuku oeste,
donde no era raro que los
huéspedes llegaran
caminando en lugar de en
taxi. El Park Hyatt, el
Century Hyatt, el
Washington, el Hilton, el
Keio Plaza; reservaría en
todos ellos con nombres
diferentes. Después, tan
pronto como fuera posible,
iría a comprobarlos todos. El
que tuviera la recepción más
atareada y el peor servicio de
habitaciones sería el
apropiado. Un mal servicio,
a n o t ó , significa menor
atención a los huéspedes.
Dejó el lápiz y miró el
reloj. Eran más de las once.
Yoko se acostaría dentro de
poco. Pensó llamarla otra
vez, pero decidió que dos
veces en un día podría
parecer poco natural. Seguía
sin hambre. La pequeña
nevera estaba llena de whisky
y cerveza, y se sentía tan
satisfecho de su trabajo que
decidió permitirse una copa.
Cogió una mini botella de
whisky nacional barato del
bar, la vertió en un vaso y
tomó un sorbo. Era lo más
delicioso que había probado
jamás.
Leyó sus siete páginas de
notas, añadió algunas cosas,
y después metió la libreta en
su maletín y lo cerró con la
combinación. Abrió las
ventanas y miró la Torre de
Tokio, cuyas luces estaban
ahora apagadas, y mientras
tomaba otro sorbo de whisky
era consciente de que el calor
de su garganta y estómago
irradiaba olas de deseo
sexual a todo su cuerpo.
Después del segundo vaso,
decidió no seguir bebiendo
porque temía que cediera a la
tentación de llamar a un club
de sado para que le enviaran
una chica.
Aún no había decidido
qué edad debía tener la
víctima. La idea de una de
treinta y pico largos le atraía,
pero de algún modo pensaba
que esta vez sería más
satisfactorio clavar el punzón
en una barriga joven y firme,
y no en una que estuviera
suave y fofa. Una mujer
joven, sí, con piel resistente y
blanca como la nieve.
En cuanto Kawashima se
decidió sobre este extremo,
le entraron unos deseos
terribles por una mujer
mayor. La revelación
alimentada por el whisky de
que la víctima debía ser
joven, después de la
excitación de escribir todas
esas notas, le había dejado
sumido en el deseo. Dándose
cuenta de que a menos que
hiciera algo no iba a poder
dormir, lo que disminuiría su
capacidad para empezar los
preparativos al día siguiente,
le echó un vistazo a la guía
del sexo y llamó al teléfono
de un anuncio que decía
Señoras maduras dan Masaje
Erótico.
—Buenas noches, Clínica
Essence.
Era la voz de un hombre.
—Me hospedo en un
hotel en el centro. ¿Es muy
tarde para pedir un masaje?
Nunca había llamado a un
sitio de estos y le sorprendió
lo tranquilo que sonó.
—¿Qué hotel, caballero?
—El Príncipe Akasaka.
—Gracias. Si es tan
amable de darme su número
de habitación, le devolvemos
la llamada enseguida para
confirmar.
Unos diez segundos
después de colgar, sonó el
teléfono.
—Disculpe por hacerle
esperar. —El hombre hablaba
con una entonación rara—.
Tenemos a una viuda de
treinta y ocho años con
disponibilidad inmediata.
La voz era tranquila y
mecánica y no daba una idea
de la persona que la emitía.
Resultaba imposible
imaginar qué cara tenía el
hombre. Kawashima tardó en
contestar y la voz continuó.
—Sin embargo, si no le
importa esperar una hora o
algo así, podemos enviarle
una mujer de cuarenta y
pocos.
—No, envíe a la que
puede venir enseguida, por
favor.
—El masaje básico
cuesta 7.000 yenes y el
erótico 17.000. ¿Cuál
prefiere?
Sonaba como si el
hombre tuviera un bebé en
brazos mientras hablaba. O
como si estuviera sentado en
la cama de un moribundo.
Kawashima imaginó un
anciano apergaminado y en
coma conectado a un goteo
intravenoso.
—Erótico.
—Estará en su habitación
dentro de aproximadamente
media hora. Por supuesto, el
taxi de ida y vuelta también
corre de su cuenta.
Antes de colgar,
Kawashima se atrevió a
preguntar si había muchos
hombres jóvenes que
pidieran mujeres maduras.
«Unos cuantos» dijo la suave
voz, y colgó tan
silenciosamente que apenas
se oyó el clic.
¿Y si resultara ser ella?
Hacía justo diez años, así que
tendría cuarenta y ocho. La
voz había dicho que la mujer
era una década más joven,
pero no era raro que las
mujeres dedicadas al sexo
mintieran sobre su edad. De
hecho, en los clubes de
striptease en los que
trabajaba por aquel entonces,
ella le decía a la gente que
tenía veintiocho. ¿Cuántos
hombres eran capaces de
distinguir diez años más o
menos, después de todo? Si
al final fuera ella, ¿qué
debería decir él? ¿Seguiría
habiendo una cicatriz
pequeña y redonda o se
habría curado por completo?
Habían hablado muy poco
después de que ella saliera
del hospital, pero todavía
recordaba con claridad que
había comentado lo difícil y
lento que era el tratamiento
de una herida por punzón.
«Un coñazo increíble», para
usar sus palabras exactas.
Bueno, él no le guardaba
rencor. Si resultaba ser ella,
lo único que él tendría que
decir sería tanto tiempo. Y tal
vez preguntarle por la
cicatriz.
Decidió permitirse un
poco más de whisky. Después
de todo, el deseo de llamar a
un club de sado había
desaparecido ahora que la
mujer de treinta y ocho años
estaba de camino. Abrió la
tercera botella en miniatura y
la vertió en el vaso, su mente
reproduciendo las últimas
palabras de la suave voz:
Unos cuantos. Detrás de la
ventana, cubierta por la
condensación, se extendía el
refulgente Tokio nocturno.
Desde aquí arriba, la gente de
la calle parecía pequeños
puntos en movimiento. Hacía
poco había visto un programa
televisivo que trataba el
tema: Jóvenes que sólo son
capaces de amar a mujeres
de la edad de sus madres.
Un psicólogo, que llevaba
puesta una pajarita, había
expuesto que «es una especie
de perversión, una
elaboración del llamado
síndrome de Peter Pan y,
aunque los síntomas son
diferentes, la patología es
básicamente la misma que la
de los jóvenes que abusan de
niñas pequeñas; ninguno de
los tipos tiene la capacidad
de crear o mantener una
relación normal y sana». En
otras palabras, los hombres
que se sentían atraídos por
mujeres mucho mayores eran
enfermos y anormales. Si
cumplo con mi misión, pensó
Kawashima para sí, lo
siguiente que haré será ir a
por ese psicólogo, por decir
tantas boberías.
Los niños del Hogar rara
vez hablaban entre sí. Él
había compartido habitación
con Taku-chan durante dos
años pero fue sólo un poco
antes de que lo dejaran salir
de aquel lugar, que habían
tenido una conversación más
o menos larga. Y ni siquiera
entonces hablaron de cosas
muy personales.
Kawashima intentó
recordar a los niños del
Hogar, verlos con sus ojos de
hombre de veintinueve años.
La sala de juegos, la caja
llena de arena blanca, todas
las muñecas, peluches y
marionetas, los tanques y
coches de juguete, los
teléfonos infantiles, los
bloques de construcción, el
pequeño trampolín, las
pinturas, los niños. Consiguió
recrear la escena de manera
viva: era como si su yo
adulto estuviera allí, mirando
a los niños. Todos los rasgos
imaginables que podrían
hacer que un adulto
despreciara a un niño podían
encontrarse en alguien de
aquella habitación. Cien de
cien adultos, si estuvieran
cerca de aquellos niños,
terminarían con el mismo
p e n s a m i e n t o : ¡Qué
monstruito tan insufrible!
Estos niños no saludaban
ni contestaban cuando les
hablaban. Llama varias veces
a un niño y terminará por
girarse, mirarte fijamente de
arriba abajo diciendo algo
como «Cállate, gilipollas, ya
te oí la primera vez».
Llámale la atención a otro, y
se pondrá como una fiera a
tirar cosas y romper juguetes,
e intentar morderte la mano.
Muchos comían como
animales, quitándole incluso
la comida a los otros.
Algunos se hacían un ovillo
en un rincón y miraban
fijamente al vacío para,
después, echarse a llorar si
alguien se les acercaba;
otros, tan obsequiosos como
los esclavos o los perros,
miraban ansiosamente la cara
de los cuidadores a la espera
de una orden. Había algunas
niñas que se acercaban a
cualquier hombre mayor e
intentaban llevarle la mano
por debajo de su ropa
interior, y había niños que se
mordían su propia mano de
forma compulsiva. Niños que
de repente empezaban a
moverse espasmódicamente
y a golpearse la cabeza
contra la pared, y ni siquiera
paraban cuando la sangre les
corría por la cara. Niños que
deambulaban por ahí como
patos, sin darse cuenta de la
porquería apestosa que
llevaban en los pantalones.
Al mirar a niños como estos,
era fácil entender por qué sus
padres les pegaban. Lo más
natural era odiar a niños así,
ignorarlos y colmar de amor
solamente a tus otros hijos.
¿Quién no lo haría?
Pero claro, realmente no
funcionaba así. Esos
comportamientos no eran el
motivo por el que los padres
maltrataban a sus hijos sino
que eran el resultado del
maltrato. Los niños están
indefensos, murmuró
Kawashima para sí. Se
sorprendió con lágrimas que
corrían por sus mejillas, y se
acabó el vaso de whisky de
un trago. Independientemente
de cómo los maltrataran, los
niños no podían hacer nada.
Incluso si su madre les
pegaba con un calzador o el
tubo de la aspiradora, o el
mango de un cuchillo de
cocina, o los estrangulaba, o
les tiraba agua hirviendo por
encima, no podían escapar de
ella; ni siquiera podían
odiarla de verdad. Los niños
luchaban con desesperación
por amar a sus padres. De
hecho, antes que odiar a un
padre, elegían odiarse a sí
mismos. El amor y la
violencia se volvían tan
indisolubles en ellos que
cuando crecían y entablaban
una relación, sólo la histeria
les tranquilizaba. La
amabilidad, la suavidad —
cualquier cosa en esa línea—
sólo causaba tensión, ya que
no había forma de saber
cuándo se convertiría en
hostilidad. Era mejor cortar
por lo sano inspirando asco y
rabia constantemente en los
demás. El gilipollas de la
pajarita había llamado
pervertidos a las víctimas de
este tipo de educación y los
había despachado como
patológicos.
Fijándose
alternativamente en su propio
reflejo en la ventana
empañada y en el paisaje
nocturno de Tokio que se
extendía a sus pies,
Kawashima empezó a
sentirse un representante. Un
representante de todos los
niños que se habían
convertido en puntos
insignificantes en el oscuro
diorama; un mártir armado
únicamente con un punzón
enfrentándose a las hordas
enemigas. Imbuido de una
sensación de omnipotencia,
convocó las caras de los
niños del Hogar una a una y
les dijo: Esperad y veréis.
Sus labios rozaron la ventana
y algunas gotas de agua
corrieron por el cristal como
bichitos que se dispersan. Los
mataré a todos por vosotros,
murmuró Kawashima para sí
una y otra vez.
6
—Me recuerdas a alguien —
dijo la masajista—. No me
viene ahora el nombre pero
es un actor. ¿Sabes a quién
me refiero?
Era una mujer de
osamenta grande que hablaba
un montón. Se parecía tan
poco a la mujer a la que
había apuñalado hacía diez
años, que Kawashima no
pudo disimular una sonrisa
torcida cuando la vio.
Llevaba puestos unos
pantalones de una tela
brillante y fina, un jersey de
color chillón y un chaquetón
de zorro plateado. En
realidad a Kawashima ya le
habían dicho antes que se
parecía a algún actor o
cantante. Pero estaba seguro
de que su parecido con algún
famoso era demasiado débil
como para que fuera
peligroso, especialmente si
alteraba el peinado y se ponía
gafas. Ofreció a la mujer algo
de beber. Ella pidió una
cerveza y él cogió una para
ella y otra para él. Mientras
se tomaba la cerveza,
Kawashima le preguntó si no
era peligroso ir a
habitaciones de hotel de
hombres a los que no
conocía.
—Normalmente sabes si
un tipo es legal con sólo
mirarle a los ojos, yo no he
tenido ningún problema
serio, pero algunas chicas sí
que han tenido malas
experiencias. No me refiero a
algo que realmente dé miedo,
sino a cosas como dejar que
el tipo le meta los dedos ahí
para sacarse un poco de
dinero extra, y terminar con
una infección o lo que sea.
Ese tipo de cosas son las que
se oyen.
Kawashima se desnudó,
bajó las luces y se echó boca
abajo sobre la colcha. La
mujer se sentó en el borde de
la cama y suavemente deslizó
las uñas por su espalda,
nalgas y corvas, trazando
círculos lentos sobre la
superficie de su piel. Él se
sentía como un paciente
mimado por una enfermera.
Mientras lo ayudaba a girarse
sobre la espalda, la mujer le
hablaba del hombre con el
que vivía, y le explicaba que
era él quien le había
comprado el abrigo de pieles.
Colocó una caja de pañuelos
de papel junto a ella, sobre la
cama, y untó aceite en la
palma de su mano izquierda,
después empezó a acariciarle
el pene, que ya estaba en
erección. Él levantó la cabeza
de la almohada y le preguntó
si ella no iba a desnudarse
también. Sin dejar de mover
la mano, le dijo que eso le
costaría diez mil más.
—Lo pago —dijo él, y
ella se limpió la mano con un
pañuelo, le recordó que no
debía tocarla y, meneándose,
se quitó la ropa.
Con el deseo de ver mejor
su vientre suave y las marcas
que le habían hecho las
medias, él encendió la
lámpara de la mesilla de
noche. La mujer no intentó
ocultar su cuerpo. Era un
cuerpo que le removía
sentimientos nostálgicos: una
piel en la que los dedos
podían hundirse; unos pechos
con venas visibles y unos
pezones oscuros y caídos;
unos brazos, cintura y muslos
que temblaban al menor
movimiento; el patetismo del
vello púbico; la uña
amarillenta y estallada del
dedo gordo del pie. Había
estado tan acostumbrado a
este tipo de cuerpo que la
primera vez que durmió con
Yoko, la firmeza de su
cuerpo le había resultado
extraña. Yoko tenía ahora
veintinueve años y había
dado a luz a un niño, pero
cuando le tocaba el cuello o
el brazo o el culo, la carne
seguía firme. Mirando el culo
de, supuestamente, treinta y
ocho años aplastado contra la
colcha, Kawashima pensó:
hay algo que no resulta
amenazante en este tipo de
piel. Suave como un
bizcocho que hubiera sobrado
de Navidad; una piel que
cedía al tacto en lugar de
resistirse desafiante. Era
como si las propias células
fueran conscientes de su edad
y hubiesen dejado de
imponerse.
Estaba bebiéndose este
cuerpo con los ojos cuando se
corrió. La mujer lo limpió
con una toalla húmeda y
caliente.
Después de entregarle
30.000 yenes y decirle que se
fuera, se echó sobre la
colcha, aún desnudo. Estaba
envuelto por una especie de
tranquilidad ligera que no se
parecía a nada que hubiera
sentido antes. Lejos del
peligro de que su sistema
nervioso se tensara.
Kawashima nunca había
entendido el cómo ni el por
qué de esos episodios suyos
—las explosiones de shock,
terror y rabia, la pérdida total
de control— pero siempre le
dejaban sintiéndose fatal. Se
preguntaba si no podría
prepararse para desarrollar
unos nervios que no
estallaran así. Pero la
realidad es que, pensó con la
vista puesta en el techo, lo
más probable es que tenga
que pasar por estas cosas
toda mi vida. Acababa de
soltar una gran cantidad de
semen, y aunque no le había
proporcionado una excitación
mayor que un buen
estornudo, disfrutaba de los
efectos posteriores. Se sentía
bien, ahí echado, mirando al
techo. Era consciente de que
el bienestar convivía con una
especie de escalofriante
soledad, pero incluso eso no
estaba tan mal. Estaba
recreando los enormes
muslos de la masajista
cuando se le ocurrió algo
importante y se incorporó en
la cama para coger su
maletín. Lo abrió, sacó las
notas y añadió un par de
líneas:
La mujer debe ser
pequeña además de joven.
Una mujer grande será más
difícil de controlar en caso
de que ocurra algún fallo
técnico.
7
Sanada Chiaki estaba
despierta, pero necesitaba
quedarse en la cama un rato
más. La temperatura de la
manta eléctrica estaba alta,
aunque debido al Halcion se
sentía pesada y estaba
congelada de pies a cabeza.
El teléfono dejó de sonar y
después del pitido agudo del
contestador se oyó por el
altavoz la voz baja de un
hombre.
—Aya-san, ¿vas a venir
hoy a la oficina? Hagas lo
que hagas, llámanos, ¿vale?
Si no te encuentras bien,
puedes tomarte la noche
libre, claro, pero necesitamos
que vengas. Tenemos una
cita para ti esta tarde a las
seis, en el Keio Plaza,
habitación 2902, un tal señor
Yokoyama. Es un cliente
nuevo pero parece joven y
suena como un caballero. Lo
más probable es que tengas
que ir allí directamente, en
vista de la hora, pero pasa
por la oficina cuando
termines, sea la hora que sea,
¿vale? Y por favor no
apagues el…
Un pitido indicó el final
del tiempo para el mensaje.
Un momento después el
teléfono volvió a sonar.
—Se cortó. Como te
decía, necesitamos que dejes
encendido tu localizador. Si
recoges este mensaje desde
fuera y no llevas los juguetes,
tendrás que pasar primero
por la oficina o por tu
apartamento. Hagas lo que
hagas, no vayas a la cita sin
el equipo, ¿vale? Bueno,
esperamos tus noticias. Si
vas corta de tiempo, puedes
llamar cuando llegues al
Keio Plaza. No te ha venido
la regla, ¿no? Si ya…
El contestador volvió a
cortarse y esta vez el hombre
no llamó otra vez. Chiaki
decidió que lo mejor sería
levantarse y comer algo.
Miró el reloj y vio que ya
eran las tres de la tarde. El
Keio Plaza sólo estaba a doce
o trece minutos en taxi pero
después de dormir bajo el
efecto de tres Halcion, iba a
necesitar tiempo para hacer
que le circulara la sangre otra
vez. En los últimos tiempos
había aumentado la dosis, y
sabía que tenía que tener
cuidado con eso. Las pastillas
no eran baratas y alguien le
había dicho que estaban
investigando la tienda donde
las compraba en Shibuya.
Se puso de lado y cogió el
control remoto del
reproductor de CD. Le dio a
POWER, vio la lucecita verde
encenderse y apretó PLAY.
No era el CD que esperaba.
Le gustaba la cuerda nada
más despertarse y podría
jurar que había puesto un
disco de Mozart antes de
dormirse, pero lo que salía
ahora de los altavoces era la
banda sonora de Corazón
salvaje, con un saxo tenor
que goteaba como melaza
sobre sus nervios. Le gustaba
oír esta música cuando se
masturbaba. Qué raro que no
me acuerde, pensó mientras
apagaba la música, ¿y si no
es sólo por las pastillas para
dormir? La idea desencadenó
una ola de ansiedad y decidió
intentar recordar qué había
hecho exactamente antes de
acostarse. Según el reloj era
viernes, lo cual quería decir
que había dormido unas
cincuenta horas seguidas.
Había tomado el Halcion a
última hora de la mañana del
miércoles, después de un
trabajo de toda la noche por
el que le habían pagado
150.000 yenes. Todavía no
había llevado el dinero a la
oficina, lo que explicaba por
qué el encargado insistía
tanto en que pasara por allí.
El cliente era un hombre
apacible, de mediana edad,
que tras atarla con poca
convicción y meterle el
vibrador, la había tomado de
la mano y le había pedido
que durmiera junto a él. Ella
no tenía sueño y debido a que
estaba preocupada porque su
libido había desparecido
durante todo el mes pasado, y
a que no era el tipo de
hombre que ella encontraba
repulsivo, había estado
dispuesta a tener relaciones
normales con él, siempre y
cuando usara un condón. Así
que, naturalmente, esta vez el
cliente sólo quería dormir
junto a ella. Él se durmió
enseguida con la boca abierta
y ella ni siquiera soportaba
mirarlo. No era fumador pero
tenía mal aliento, olía un
poco a alcohol y enseguida se
puso a roncar fuerte sin dejar
de aferrarle la mano. Aún no
le había pagado, así que de
todos modos ella no podía
marcharse, pero se le
tensaban los músculos
cuando intentaba quedarse
quieta y cuanto más se decía
que tenía que dormir, más le
parecía que hubieran
encendido un foco sobre su
cabeza.
No me digas que va a
empezar otra vez recuerda
haber pensado, y la idea la
había aterrorizado y hecho
creer que realmente estaba
empezando otra vez. En
cualquier momento se daría
cuenta de que Como-se-llame
estaba agazapado en un
rincón del techo, mirándoles
fijamente.
Como-se-llame había
aparecido por primera vez
cuando Chiaki estaba en
secundaria. Al principio, ella
le había rogado que no
mirara, pero Como-se-llame
se limitaba a soltar una risita,
en un tono que por lo visto
sólo Chiaki podía oír.
Esta vez, resultó que
Como-se-llame no llegó a
materializarse, pero no
llegaba al bolso y no pudo
coger las pastillas de
Halcion, así que tuvo que
quedarse ahí echada
completamente despierta
hasta el amanecer. Para
entonces, tenía los músculos
tan rígidos que le dolían y
tenía miedo. Pero lo que más
le atormentaba era que no
podía detectar ni cero coma
un miligramo de deseo
sexual en todo su cuerpo. Si
esto hubiese ocurrido en los
viejos tiempos, antes de que
cambiara su personalidad,
probablemente hubiese
despertado al hombre y le
habría exigido sexo.
Pero ya no era así. Había
transformado su personalidad
el día ciento veinticuatro
después de su décimo octavo
cumpleaños, el día que se
graduó en el instituto y entró
en el primer ciclo
universitario. En la
universidad sólo tenía una
amiga, con la que salía a
merendar y compartía los
apuntes de clase; y cuando se
lo comentó, la chica dijo:
«¡Imposible! ¿Es posible
cambiar de personalidad de
la noche a la mañana?».
Yo lo hice, se dijo Chiaki.
Cambié mi personalidad así
como así. Me volví modesta
y reservada, incluso un tanto
tímida, y después de eso un
montón de gente quería ser
mi amiga. No es que
mantuviéramos la amistad
mucho tiempo pero bueno,
cambié porque me di cuenta
de una cosa: que la relación
sexual con un hombre por
sugerencia propia no es
nunca tan buena. Después de
todo, si tienes que pedirlo,
significa que el hombre no
está tan interesado, ¿no? Y
los chicos nunca son
cariñosos o amables o
considerados en la cama si
realmente no están
interesados. Tampoco es que
estén muy monos cuando se
corren, y terminas por
preguntarte de qué sirve
frotarse las pieles y los
órganos y tener esa cosa
agitándose en tu interior. Te
hace sentir incluso más sola
que si estuvieras sola. Y
entonces, después de
correrse, el hombre pone una
cara aún peor. ¿Qué estoy
haciendo con una puta como
ésta? Eso es lo que dice la
expresión de su cara.
Una puta como ésta,
murmuró Chiaki, poniendo
voz masculina y bronca
mientras con esfuerzo se
incorporaba sobre los codos.
¿Hasta dónde se puede caer?
Al mirarse la camiseta ve
la silueta del aro en el pezón.
Hacía setenta y dos días ella
misma se había hecho el
piercing. Le había dolido
cuando se traspasó con la
aguja, y también cuando tiró
de ella hacia afuera, pero
había resultado todo un éxito.
Tras una semana más o
menos ya no le dolía. Y
treinta y tres días después no
quedaba ni rastro de costras o
cicatriz. Chiaki estaba
orgullosa de sí misma. Y los
chicos de la tienda de arte
corporal en Shibuya, a ciento
sesenta y tres pasos de la
entrada a Tokyu Hands,
habían sido muy amables y
de gran ayuda. Lo siguiente
era hacerse un tatuaje. Poder
elegir tu propio dolor; da un
poco de miedo, pensó, pero
también es maravilloso. Tiró
del cuello de la camiseta y
miró el aro.
Últimamente sus clientes
habían sido de la peor clase,
hombres a los que no les
interesaban los tipos de
juegos más emocionantes,
sino que querían correrse lo
antes posible. En su vida
privada había estado saliendo
con tres tipos distintos, pero
todos habían dejado de
llamarla hacía poco, por
distintos motivos, como la
manera en la que solía
reaccionar cuando
desordenaban su habitación.
A juzgar por el CD de
Corazón salvaje y el hecho
de que no llevaba bragas,
debió de haberse estado
masturbando antes de dormir,
probablemente un buen rato.
Le parecía recordarlo
vagamente: espoleada por su
deseo de sentir deseo cuando
ahí no había nada,
buscándolo, hasta que sus
propios gemidos le sonaron
falsos y empezó a temer que
se convirtieran en la voz de
otra persona, pero salvándose
al fin cuando la tercera
pastilla de Halcion hizo
efecto y la arrastró a un
torbellino de sueño.
Las cosas no estaban
yendo bien. Se acarició el aro
plateado con el dedo índice y
pensó: Esto es lo único en lo
que puedo creer ahora
mismo. Incluso cuando ella
misma se lo acariciaba
parecía ser el tacto de otra
persona. Era un aro cerrado
de acero inoxidable
quirúrgico del calibre
catorce, con un diámetro
interior de doce coma siete
milímetros. «¿Estás loca, o
qué?» le preguntaban los
clientes con frecuencia.
«¿Por qué te haces eso a ti
misma?». Los piercing les
daban miedo, como los
tatuajes en los matones
yakuta, y para sus adentros
Chiaki se mofaba de estos
hombres: Porque me gusta
ver revolverse a los gusanos
como tú.
Estaba pensando en que
pronto tenía que hacerse un
piercing en el otro pezón
cuando la sangre empezó a
correrle por el cuerpo
congelado por el Halcion.
Había que ser valiente para
hacerse un piercing. Primero
tenía que recuperar su
impulso sexual. No es que
estar cachonda te hiciera
valiente, pero la ausencia
total de lujuria le asustaba
porque siempre había sido la
primera fase de ese ciclo
horrible, ese que nunca había
podido contarle a nadie. El
ciclo de terror que empezaba
con la súbita toma de
conciencia de que ella era la
única culpable de todo lo que
iba mal a su alrededor. Una
vez que empezaba la
Pesadilla, ya no era ella la
que elegía el dolor —éste la
elegía a ella— y lo menos
que tenía era valor.
Salió de la cama y se
quedó de pie sobre la
alfombra un momento,
comprobando si estaba
mareada o tenía náuseas. Las
dos cosas, claro, además de
un escalofrío que le vibraba
en los huesos. Lo que
necesitaba era vitamina C y
un medicamento para el
estómago. Dio un paso hacia
la nevera, midiendo la
zancada de forma que llegara
en exactamente cinco pasos.
Podría verter agua mineral
Vittel en el vaso Baccarat de
8.935 yenes que había
comprado hacía ciento
dieciocho días y después
echarle una aspirina con
sabor a cereza y dos Alka-
Seltzers. Puede que sólo con
mirar los millones de
burbujas diminutas se
calmase un poco, pensaba,
cuando llegó a la nevera y
vio su navaja suiza de un rojo
reluciente en un cuenco de
mimbre sobre la mesa del
comedor. Cuchillo, tijeras,
abrelatas, abrebotellas,
sacacorchos, lima; tenía de
todo. Tengo que acordarme
de llevármela, pensó. Había
olvidado lo que el cliente que
tuvo ciento setenta y un días
atrás le había enseñado. Con
precisión quirúrgica, usó
unas tijeras para extraer el
elástico de un gorro de
ducha. Colocó el elástico
entre las piernas de ella y
pasó una cuerda por los
agujeros, por delante y por
detrás, después le ató la
cuerda a la cintura, haciendo
una especie de correa abierta
por la entrepierna. Lo hizo de
forma que sólo el clítoris le
sobresalía de las tiras de
elástico. Era excitante. Tal
vez si lo volviera a hacer, su
libido no tendría más
remedio que volver a toda
prisa. Antes de abrir la
nevera, Chiaki metió la
navaja en su bolso.
8
Kawashima miró su reloj de
pulsera por enésima vez,
comparándolo con el reloj
digital incrustado en la
mesilla de noche, pero sólo
pasaban dos minutos de las
seis. No había motivos para
esperar que una mujer que se
dedicaba a estos asuntos
fuera puntual, claro. Ella
venía en taxi y un atasco de
tráfico inesperado podía
fácilmente retrasarla media
hora. Después de todo,
incluso la masajista que
había llamado la otra noche
se había retrasado casi
cuarenta minutos. Se decía
cosas así todo el tiempo pero
no servían de mucho.
Hacía un rato que había
apagado la calefacción, y
ahora la habitación estaba
más fresca pero las manos
seguían sudándole. Los
guantes de cuero nuevos
quedaban un poco ridículos
con el sudor empapándole la
palma de las manos. Decidió
repasar las notas para
asegurarse de que no se había
olvidado de nada de vital
importancia.
Hasta ahora todo había
funcionado como un reloj.
Había tomado un autobús del
hotel en la salida oeste de la
estación Shinjuku y llegado a
la entrada del Keio Plaza
según el plan, a las dos
cincuenta y cinco. Era
viernes por la tarde y un día
de buen auspicio según el
calendario lunar, lo cual
significaba muchas bodas. El
vestíbulo estaba repleto de
invitados a las bodas, y como
el hotel también acogía una
reunión de contables del
distrito de Shinjuku y una
conferencia para fabricantes
de ordenadores, los
mostradores de recepción
estaban atestados. El
recepcionista, un tanto
gruñón, apenas se fijó en
Kawashima y ninguno de los
botones se le acercó. Echó un
vistazo a la gente en el
vestíbulo pero no vio a nadie
conocido.
La habitación, en el piso
veintinueve, daba al Tocho,
el elevado complejo de
oficinas municipales. El
punzón, el cuchillo y la muda
de ropa estaban en bolsas de
papel dentro del bolso de
viaje que había comprado en
el aeropuerto de Haneda, un
bolso de piel sintética de
color marrón oscuro que
podría verse en cualquier
sitio. Se había puesto el traje
nuevo barato y las gafas en
un cubículo del baño del
aeropuerto, y también había
logrado encontrar un diario
deportivo desechado del
distrito de Kansai. Debido al
ajetreo en el vestíbulo, sólo
había cruzado unas palabras
con el empleado cuando se
registró, y aunque usó un
acento de Kansai no era
probable que el empleado ni
siquiera se acordara de eso.
Continuar o no con el plan de
despiste dejando el diario
deportivo en la habitación era
algo que podía decidir más
adelante, cuando todo
hubiera terminado.
Revisar las notas le
ayudó, en cierto modo, a
calmarse. Miró afuera, hacia
el Tocho, con sus cientos de
ventanas iluminadas. Abajo,
en la calle, había un autobús
turístico del que se habían
bajado grupos de familias
para sacarse fotos y vídeos
con ese edificio futurista de
fondo. A través de los
cristales llegaba un sonido
que amenazaba tormenta. El
solsticio de invierno estaba
cerca y hacía un frío
increíble ahí fuera, pero a
estos turistas del interior no
parecía importarles. Veía los
flashes de sus cámaras aquí y
allá, igual que los últimos
estallidos de vida de las
chispas de fuegos artificiales
de su infancia. Desde que
estaba con Yoko la sensación
no era tan pronunciada, pero
incluso ahora, cuando veía
familias juntas, una ola fría
le recorría el cuerpo. Esta ola
estaba ahora bañando los
márgenes de su memoria,
descubriendo una imagen del
pasado. Madre sonriendo al
poner al amado hijo pequeño
para sacarle fotos delante de
la casa. Es un día soleado
pero ella usa flash. El amado
pequeño me hace señas para
que pose con él. Digo que no
con la cabeza y la sonrisa de
Madre desaparece. Cogiendo
la cámara con las dos manos,
se vuelve para mirarme con
ojos vacíos. Enfádate, pienso.
Date prisa y pégame. Se
queda ahí de pie con esa
expresión dura. Venga, hazlo.
Su mirada me traspasa como
si yo fuera un mueble, o una
roca, o un bicho, en lugar de
un ser humano.
Para borrar esta imagen
de su cabeza, Kawashima
intentó imaginar el abdomen
firme y blanco de la joven
que supuestamente estaba de
camino a la habitación. Por
teléfono, el hombre del club
de sado le dijo que era
menuda, de piel clara y un
poco tímida. La voz y la
manera de hablar de este
hombre eran muy parecidas a
las del servicio de masajes.
Como si estuviera sentado a
la cama de un moribundo. Si
una voz así te dijera que no
había nada de qué
preocuparse, pensó
Kawashima, lo más probable
es que te entrara el pánico.
Miró su reloj. Pasaban más
de veinte minutos de las seis.
Pensó en Yoko, pero sabía
que no podía llamarla porque
el ordenador del hotel
registraría todas sus
llamadas. De todos modos,
era mejor olvidarse de Yoko
hasta que el ritual hubiese
terminado. La persona que se
quedaba en esta habitación
no era Kawashima Masayuki
sino Yokoyama Toru.
Mientras repetía entre
dientes este nombre
inventado, casi comenzó a
creer que era ése el que
realmente era: una persona
diferente con una historia
diferente.
Estaba empezando a
pensar en llamar al club de
sado cuando sonó el timbre.
De camino a la puerta,
Kawashima se detuvo ante el
termostato para encender la
calefacción. Era necesario
que la habitación estuviera lo
suficientemente caliente para
que ella se sintiera cómoda al
desnudarse. Se quitó los
guantes, los metió en el
bolsillo y sacó un pañuelo
para cubrir la palma de su
mano derecha.
9
Es como si hiciera un siglo
desde que estuve en uno de
los hoteles grandes, pensaba
Sanada Chiaki mientras
levantaba la vista al grupo de
rascacielos en Shinjuku
oeste. Los hoteles de
sadomasoquismo, con el
suelo salpicado de
endurecidos globos del
esperma de las velas, le
quitaban todo el
romanticismo a las cosas.
Para el cliente de esta noche,
al que el encargado había
descrito como un caballero,
llevaba puesto su mini de una
pieza Junko Shimada con
medias negras y un abrigo
beis de cachemir, y se había
esmerado con el maquillaje.
Para no llegar tarde, se subió
a un taxi a la puerta de su
edificio en Shin-Okubo a las
seis menos veinte. El tráfico
estaba un poco congestionado
en el gran paso elevado, pero
aun así llegaría a la entrada
del Keio Plaza con cinco
minutos de adelanto.
Había una cola de gente
en la entrada esperando taxis
y, por suerte, el portero
estaba ocupado en
conducirles a los taxis y no
se dirigió a ella. A Chiaki
siempre le ponía nerviosa
que un portero grande con
galones sobre los hombros se
le acercara y le dijera
«Bienvenida al hotel Tal y
tal, ¿me permite la bolsa?».
Le había quitado las pilas al
vibrador y todos sus juguetes
estaban metidos en bolsas de
vinilo opacas por si acaso
alguien miraba en su bolso,
pero así y todo… Era algo en
la forma de mirarte que
tenían los porteros.
El vestíbulo estaba
atestado de gente que salía de
un banquete de boda.
Llevaban puestos trajes
formales, vestidos y
kimonos, y en la mano tenían
bolsas con el nombre del
hotel; sus voces reverberaban
de tal forma en el techo y las
paredes, que Chiaki ni
siquiera podía oír sus propios
pasos. Se dirigió a los
teléfonos públicos para
llamar a su oficina, habiendo
decidido que si el cliente era
un novato, como le había
dicho el encargado, hacer esa
llamada delante de él podría
desalentarlo. «He llegado a la
habitación del caballero»,
sonaba tan frío y mercenario.
Las cuatro cabinas verdes
estaban ocupadas. Al
acercarse, cogió su cartera y
sacó una tarjeta de teléfono,
la del conejo de dibujos
animados. Se paró a poca
distancia de los teléfonos y
estaba intentando adivinar
quién terminaría primero,
cuando se dio cuenta de que
el hombre del segundo
teléfono le sonreía
impúdicamente. Tenía treinta
y pico largos o cuarenta y
pocos, llevaba puesto un
abrigo visiblemente
manchado y la miraba de
arriba abajo mientras sonreía.
Apenas se fijó en él, y de
improviso empezó a chillar
al auricular, tan alto que los
que estaban a ambos lados se
encogieron de miedo y se
volvieron para mirar.
«¡Cállate y encárgate de eso,
puta!» gritó, y colgó de un
golpe como si quisiera
romper el auricular.
Chiaki se quedó allí de
pie pasmada, petrificada por
la transformación instantánea
de sonrisa impúdica a rabia
violenta y cara roja. Cuando
el hombre giró sobre sus
talones y avanzó hacia ella,
sólo tensando todos los
músculos de su cuerpo logró
no gritar. No se dio cuenta de
que la tarjeta telefónica se le
había resbalado de los dedos
hasta que el hombre se
inclinó delante de ella para
recogerla. Cuando él se
agachó, ella se dio la vuelta y
se alejó tambaleante con el
cuerpo rígido debido a la
tensión.
No es alguien que
conozca, nunca lo he visto
antes, no hay nada de qué
preocuparse, se decía a sí
misma, reprimiendo el ansia
de correr. ¿A dónde ir? Ya no
sabía en qué hotel estaba ni
por qué estaba allí. Tras
veintiún pasos se paró y miró
hacia atrás. Estaba rodeada
de gente vestida con trajes y
vestidos y tuvo que ponerse
de puntillas para buscar por
toda la sala al hombre del
abrigo. Al no verlo por
ningún sitio, empezó a
respirar otra vez y buscó los
aseos. Quería estar sola, en
algún sitio donde calmar las
palpitaciones del corazón.
Se metió en un cubículo
de los aseos y, sin quitarse el
abrigo, se sentó sobre la tapa
cerrada del inodoro. No
entendía qué ocurría. Una y
otra vez se recordaba a sí
misma que no conocía al
hombre del abrigo, que nunca
lo había visto. Pero su
estallido la había llevado al
borde de algún recuerdo. Era
como si todos los pequeños
grupos de recuerdos
dormidos, ocultos en
distintas partes de su cuerpo,
hubiesen cobrado vida al
mismo tiempo.
El pulso no se le calmaba.
Se puso de pie y se quitó el
abrigo de cachemir,
colgándolo de un gancho en
la puerta. Cerró los ojos e
intentó deshacerse de la
imagen del hombre del
teléfono tocándose el traje en
la zona que cubría el aro del
pezón. La tela de Junko
Shimada era demasiado
gruesa para coger el aro con
los dedos, pero logró
constatar su sensación dura y
metálica, un débil recuerdo
del dolor que había sentido la
noche en que se hizo el
pi e r c i ng. Ayúdame, gimió
Chiaki, acariciando el
contorno del aro. Esto es lo
que pasaba siempre cuando
perdía su impulso sexual
durante un tiempo: algo hacía
que esos recuerdos dormidos
despertaran y ponía en
marcha una secuencia
terrible de sucesos. Seguía
acariciándose el aro y pensó:
Quiero estar en otro lado. Y
en el momento en que pensó
esto, recordó dónde estaba.
Es el Hotel Keio Plaza y
hay un caballero
esperándome en el piso
veintinueve.
Miró el reloj. Eran casi
las seis y veinte. Tal vez,
pensó, el joven la ayudaría a
recuperar su impulso sexual
y todos esos recuerdos se
dormirían otra vez.
10
—Soy Aya —dijo la chica
cuando Kawashima abrió la
puerta. Se fijó que ella había
girado la cabeza para mirar al
pasillo antes de entrar.
—Hola. —Cerró la puerta
y le puso la cadenilla usando
el pañuelo. Ya había colgado
el cartel de NO MOLESTEN en
el pomo exterior. La chica se
disculpó por llegar tarde y
preguntó de corrido si podía
usar el teléfono.
Chiaki le echó un vistazo
a la habitación mientras
llamaba a la oficina para
comunicar su llegada. Era
una doble, y
sorprendentemente amplia.
Usar un traje barato como ése
y quedarse en una habitación
cara como ésta, pensó, raro.
Pero su cara no estaba mal; la
verdad es que más o menos
era su tipo. No era gordo ni
dejado. ¿Pero por qué llevaba
ese estúpido pañuelo en la
mano?
—¿Puedo tomar algo? —
dijo después de colgar.
A Kawashima le
incomodaba que la chica
mirara todo el rato hacia la
puerta. Con la cabeza llena
de ideas angustiosas, usó el
pañuelo para abrir el minibar
y sacar una delgada lata de
cola. ¿Y si alguien estuviera
esperándola fuera? ¿Y si un
guardia de seguridad la había
parado y le había hecho todo
tipo de preguntas?
Al darle la espalda señaló
con la cabeza hacia la puerta
y dijo: ¿Pasa algo?
—¿Si pasa algo? —dijo
Chiaki pensando: ¿Por qué no
se mete en sus asuntos,
señor? Dio un sorbo largo,
vaciando media lata.
—Pareces estar vigilando
la puerta —dijo él—. ¿Te ha
pasado algo ahí fuera?
Desde luego que era
bastante menuda y la piel no
podía ser más blanca.
—No. Sólo… —Chiaki
no quería arriesgarse a
recordar al hombre del abrigo
así que decidió inventarse
algo—. Fui a los aseos. En la
planta baja. Había dos
señoras hablando en lenguaje
de signos y siempre he
pensado que es muy bonito
ver el lenguaje de signos, así
que me puse a mirarlas y
después subimos juntas en el
ascensor y seguían hablando,
es decir, haciéndose señas.
Impresiona mucho, ¿no
crees?, cuando ves gente
hablando sin la voz. Así que
no sé, supongo que seguía
pensando en ellas ahí fuera,
charlando sin decir nada.
Se sentía orgullosa de sí
misma por salir con esta
mentira sobre la marcha.
Estaba basada en un
incidente real. Dieciocho días
atrás, había estado mirando a
dos mujeres comunicándose
en lenguaje de signos en el
supermercado de su barrio y
de verdad le había
impresionado. El
supermercado estaba lleno de
gente y de ruido, pero una
pacífica pompa de silencio
parecía rodear a las dos
mujeres. Una mentira
hermosa, pensó, tal vez
incluso demasiado buena
para un hombre que lleva un
traje barato y zapatos a
juego.
—Lenguaje de signos,
¿eh? —murmuró
Kawashima. Miró a la chica
y se preguntó por qué
inventaría una historia tan
ridícula.
Al menos estaba bien
arreglada, tenía un pelo
bonito y buen gusto
vistiendo. Menuda pero bien
proporcionada. Cara pequeña,
facciones simétricas. De voz
suave y educada. Pero tenía
los ojos inquietos y un poco
vidriosos. ¿Miope, tal vez?
No es que ella evitara su
mirada, pero sus ojos no
parecían enfocarse en nada
en particular. Como si
estuvieran desconectados de
su conciencia. Podría estar
perfectamente en una
habitación ella sola hablando
con una silla.
Tiene miedo, decidió
Kawashima de pronto. Pero,
¿de qué tiene miedo? ¿Y por
qué tuvo que mentir? En
cualquier caso lo mejor será
inmovilizarla lo antes
posible.
—Nunca he probado el
sado —dijo—, así que no
tengo claro qué es
exactamente lo que tengo que
hacer, pero… puedo pedirte
que te desnudes y que me
dejes atarte, ¿verdad?
Chiaki estaba aliviada
porque su cara no estaba mal
pero ahora se puso en
guardia. Por lo que ella sabía,
podía resultar ser de la peor
clase de tipos posible. ¿Y si
en lugar de estimularle la
libido terminaba por
despertar esos recuerdos,
como el hombre del abrigo?
La idea la asustó. ¿Y por qué
ese pañuelo? Quitando eso,
parecía masculino pero ¿por
qué llevaba un pañuelo en la
mano como una vieja en un
funeral?
—Es buena idea que nos
sentemos y hablemos un
poco antes —dijo ella. ¿Para
romper el hielo?—. Y
enterarnos, sabes, de qué nos
gusta a cada uno y todo eso.
—Bien. ¿De qué
hablamos?
Kawashima miró su reloj
con impaciencia. Eran casi
las siete. Teniendo en cuenta
todas las cosas que habría
que hacer cuando acabara el
ritual, estaba ansioso por
poner las cosas en marcha
cuanto antes. Pero tenía que
evitar hacerla sentir
incómoda o levantar sus
sospechas.
—De cualquier cosa, la
verdad. Dime qué es lo que te
gusta. O por ejemplo, ¿qué es
la peor cosa que has hecho?
Tendría que enseñarle al
hombre del traje barato cómo
ponerla caliente y lo
excitante que sería para los
dos si usaran un elástico allí
abajo que sólo dejara su
clítoris por fuera para que él
pudiera mirarlo, lamerlo y
acariciarlo.
La peor cosa que has
hecho. Kawashima se sintió
mal sólo de oír las palabras,
que inmediatamente
evocaron la imagen de la
mujer a la que le había
clavado el punzón. Darse de
hostias hasta la extenuación
para después llorar y suplicar
el perdón del otro,
acariciándose y besándose
los arañazos, chichones y
golpes mientras se quitaban
la ropa el uno al otro; así le
gustaba a ella. A veces,
cuando ella le daba un buen
puñetazo, él pensaba: en un
momento estará lamiendo
justo este sitio. Miró las
manos suaves y sin arrugas
de la chica. Estaba ansioso
por cortarle el tendón de
Aquiles.
—¿Has mirado alguna
vez a una mujer
masturbándose?
Chiaki sonrió al decir
esto y después se pasó la
lengua por los labios. Se
imaginaba que el traje barato
nunca había hecho nada malo
aparte de ir a un club de
striptease o al barrio rojo o
algo así. Lo primero que
tenía que hacer era ponerlo a
tono. Mirándole fijo a la
cara, se movió en el sofá y se
levantó la falda de Junko
Shimada, colgando una
pierna por encima del
reposabrazos del sillón y
enseñándole las bragas
violetas que llevaba debajo
de las medias negras. Se
llevó un dedo a la lengua,
como para lubricarlo con
saliva, y después se acarició
suavemente la parte interior
de los muslos. Lo más
probable es que nunca haya
visto algo así, pensó. Te voy
a calentar tanto, señor, que el
jugo se te va a salir por la
pollita y va a manchar tus
calzoncillos baratos.
Después, nos daremos una
ducha juntos y te enseñaré lo
del elástico del gorro de
ducha.
Zapatos extraños, pensó
Kawashima. Botines con
cordones que le cubren el
hueso del tobillo. Negros con
tacón de aguja. Antes de atar
a la chica, le diré que vuelva
a ponérselos. Tirar de los
tacones para que se le estire
el tendón de Aquiles y
después presionar fuerte la
hoja del cuchillo y rebanar
despacio. Se preguntó qué le
pasaría a los zapatos.
¿Caerían hacia delante o el
repliegue de los tendones los
lanzaría por los aires?
La chica cerró los ojos y
empezó a gemir. Con esas
medias negras, las piernas le
lucían increíblemente
delicadas y delgadas. No
había mucha carne en sus
muslos ni en el culo, anotó
él. Cuando ella acabó, él le
pidió en un tono muy amable
y paciente que se desvistiera.
Pero qué actuación más
lamentable, pensó, y se rió
para sí. Alguien debe de
haberle dicho que los fulanos
se calientan al ver cosas así.
Chiaki se estaba pasando
el dedo por la arruga de las
bragas cuando oyó al hombre
reírse. Abrió los ojos y allí
estaba él, sentado con su traje
barato, con el pañuelo en la
boca y riéndose.
—Ya está bien —dijo él.
Humillada,
inmediatamente bajó la
pierna del reposabrazos y al
hacerlo, el tacón golpeó la
mesa de centro y tiró la lata
de cola. En un acto reflejo,
Kawashima cogió la lata con
su mano izquierda
descubierta.
—¡Idiota! —gritó,
mirando con los ojos fuera de
las órbitas la lata que tenía en
la mano y sintiendo que las
sienes le ardían—. ¡Mira lo
que haces!
El corazón de Chiaki
golpeó fuerte y empezó a
palpitar. Una pálida nube
emborronaba su campo de
visión. Había estado
intentando excitarlo pero
sólo había conseguido
enfadarlo. Todo era culpa de
ella y fue incapaz de luchar
contra el pánico que se
arremolinaba. Como las luces
que se apagan una a una, las
palabras se alejaban en
torbellino, apartándose de su
a l c a n c e , EXCITAR,
MASTURBAR, SEXO y después
TRAJE BARATO, HUMILLADA,
LENGUAJE DE SIGNOS,
ASEOS… Era como si unas
señales de neón con la forma
de estas palabras estuvieran
deslizándose hacia la
oscuridad y los recuerdos se
elevaran para sustituirlas.
Ésta era la parte que más
miedo daba, la súbita
anticipación de la Pesadilla
que se avecinaba. Una vez
que empezaba la Pesadilla,
claro, ni siquiera había algo
que uno reconociera como
miedo.
Mi maquillaje, pensó.
Tengo que arreglarme el
maquillaje.
Kawashima no sabía qué
le pasaba a la chica, pero
algo era, y le desconcertaba
verlo. ¿La había hecho
enfadar al reírse de su
actuación masturbatoria y
gritarle después? Su cara era
una máscara en blanco y sus
ojos parecían sacudirse
libremente en las cuencas,
sin fijarse en nada. Estaba a
punto de decirle algo cuando
de repente ella cogió el bolso
que estaba a sus pies, se lo
puso sobre las piernas,
rebuscó en su interior y sacó
una barra de labios. Después,
procedió a aplicársela
tranquilamente sobre los
labios, mirando a un espejito
que sostenía con la mano
izquierda. Así que no está
enfadada, pensó él, sintiendo
cierto alivio. No se fijó en
que la punta de la barra de
labios temblaba y que la
línea resultante estaba
levemente torcida.
Volvió a meter en el
bolso la barra de labios y el
espejito y se puso de pie.
—Voy a ducharme —
dijo.
Ahora también había algo
diferente en su voz.
—¿Me dejarás atarte
después?
—¡Lo que quieras! —dijo
ella y soltó una risita.
Poniéndose el bolso bajo el
brazo, se dirigió al baño,
entró y cerró la puerta.

¿Qué estaba haciendo ahí


dentro? Habían pasado
treinta minutos desde que la
chica se había pintado los
labios de rojo y metido en el
baño. Kawashima había
limpiado la lata de cola
cuidadosamente y en
repetidas ocasiones para
eliminar cualquier huella
dactilar, y todos los
instrumentos necesarios para
el ritual estaban en su sitio.
Ya se había puesto un nuevo
par de guantes de piel y había
desenvuelto el cuchillo y el
punzón, imaginándose las
piernas delgadas de la chica
al hacerlo. Su cintura
también sería delgada y
tendría un vientre plano.
Había comprado el punzón
más largo que encontró —la
parte metálica medía unos
quince o dieciséis
centímetros— y pudiera ser
que la perforara de parte a
parte. Había tenido la
intención de atarla al sofá,
pero eso tenía que pensarlo
mejor, porque así no podría
ver la punta del punzón
saliéndole por la espalda.
Suspenderla del techo, de
forma que sólo tocara el
suelo con la punta de los
pies, eso sería ideal, pero en
esta habitación era
imposible. No había dónde
sujetar la cuerda.
Se le aceleraba el pulso
con estas ideas pasándole por
la cabeza. Ahora estaba
apoyado en la pared de la
entrada por fuera del baño,
quitándose y poniéndose los
guantes y agitándose cada
vez más. ¿Qué diablos estaba
haciendo ahí dentro?
¿Poniéndose champú, tal
vez?
Lo que más le preocupaba
era la mirada perdida que
había visto en los ojos de la
chica. Esos ojos inquietos,
desconectados y
extrañamente vidriosos. A
Kawashima le parecía que
había conocido a otra mujer
con esos ojos anteriormente,
pero no intentó recordar
quién. Sólo tenía recuerdos
desagradables de todas las
mujeres del pasado, con la
única excepción de Yoko.
—¿Estás bien? —dijo,
tocando en la puerta del
baño.
—¡Estupendamente! —
oyó como respuesta—. ¡Sólo
tardo un poco más! —La voz
era aguda y la entonación
extrañamente deformada,
como una cinta de casete que
se desenrolla. Seguía
oyéndose la ducha.
Mi pintura de labios está
torcida, había pensado Chiaki
cuando se miró al espejo del
baño. Tienes que tener
especial cuidado con la
pintura de labios. Se frotó el
error violentamente con
papel, presionando con tanta
fuerza como para lastimarse
los labios, pero estos ya
habían perdido la capacidad
de sentir algo. Se quitó el
vestido, lo dobló, lo sacudió
y lo volvió a doblar varias
veces antes de colocarlo en la
encimera junto al lavabo,
después siguió la misma
rutina con la combinación.
Abrió la ducha y lentamente
giró el mando de F a C hasta
que el aire se llenó de vapor,
después comprobó el agua
con la mano y soltó un
gritito. Estaba hirviendo.
Volvió a girar el mando
lentamente hacia F y
comprobó la temperatura otra
vez, formando un cuenco con
la otra mano debajo del agua.
Fue de C a F otra docena de
veces, alternando las manos,
y después volvió al espejo,
dejando que el agua corriera
y el vapor llenara la
habitación.
Cuando se estaba
quitando el sujetador,
recordó que estaba en
secundaria la primera vez
que le pasó la Pesadilla. Sólo
en este tipo de momentos,
cuando empezaba otra vez,
podía realmente recordar
cómo era.
Su segundo año en el
instituto. Ella y algunos
compañeros de clase se
habían reunido en la casa de
uno cuyos padres no estaban,
y habían terminado viendo
una película pornográfica. No
habían rebobinado la cinta y
empezó por una escena de
sexo duro. No sabía cuánto
tiempo estuvo viéndola, pero
recordaba que en un
momento dado le había
empezado a doler el
estómago y, de repente, un
terror indecible la consumió.
Era como si alguien estuviera
dirigiendo una luz
estroboscópica a su cara y
una escena totalmente
diferente se desarrollara ante
sus ojos.
Ése fue el primer
episodio, pero desde entonces
la Pesadilla la había visitado
hasta siete veces. Siempre
empezaba con que perdía el
deseo sexual. Sabía que tenía
problemas cuando era capaz
de mirar a un tío bueno sin
pensar dónde le gustaría
lamerlo, o dónde le gustaría
sentir su lengua. Los
capilares, o los nervios, o lo
que fuera, se cerraban, y toda
el ansia hambrienta que ya no
podía llegar a la superficie o
conectar con su libido,
empezaba a acumularse en su
interior, aunque era incapaz
de decir dónde, exactamente.
Y esta condición se
prolongaba un largo periodo.
Una vez había durado
novecientos treinta y ocho
días. Para poder soportar la
ansiedad, a veces intentaba
acostarse con alguien
—cualquiera— pero siempre
le parecía que el pene del
hombre no estaba dentro de
su vagina o de su ano, sino en
un tipo de agujero totalmente
diferente. No llegaba al
orgasmo ni por asomo y
había veces en las que
incluso terminaba por no
saber dónde estaba o qué
estaba haciendo. O, peor aún,
tenía la sensación
espeluznante de que Como-
se-llame estaba en el techo,
mirando.
Claro que, pensó Chiaki
mientras se bajaba las bragas,
sé perfectamente quién es
Como-se-llame. Como-se-
llame soy yo misma,
mirándome follar. Al
principio le pedía que no me
mirara pero lo único que ella
hacía era reírse con disimulo,
así que dejé de pedírselo.
Además, temía que si
hablaba demasiado con ella
pudiera dividirme en dos
personas.
Pensó en el hombre
vestido con el traje barato y
se preguntó si era un
maniático de la limpieza.
Nunca soltaba aquel pañuelo,
pensó, ni siquiera un
momento. Los hombres así
son unos enfermos. Lo que
realmente les gusta son las
guarradas y hacer cosas
asquerosas. Tú-sabes-quién
también era así. ¿Tú-sabes-
quién? Un momento. ¿En
quién estoy pensando?
Siempre vestía una camisa
blanca limpia y almidonada y
la raya del pantalón perfecta
y, fuera donde fuera, llevaba
su pañuelo blanco. Una vez le
tomaron el pelo por eso, le
dijeron que parecía una vieja
en un funeral, pero él dijo
que una camisa blanca
almidonada y un pañuelo
blanco, siempre le hacían
sentir que hasta su corazón
era tan puro y limpio como la
nieve recién caída.
Era mi padre. Le gustaba
hacer cosas asquerosas.
Cuando yo iba a primaria
llegó a decirme que no me
bañara. Te quiero de verdad,
Chiaki. Así que quiero
lamerte yo mismo toda la
suciedad. A lo mejor te gusta
mucho y no hay nada que
temer. No le cuentes nada a
nadie sobre esto. Es nuestro
secreto. Ni siquiera a Mamá.
Si alguien se entera, te
alejarán de Mamá y de mí,
así que nunca, nunca, lo
digas, ¿vale?
Pero al final lo conté. En
la escuela se lo conté a mi
amiga y después se lo dije a
mamá. Mamá habló con él y
él estaba allí de pie,
retorciendo su pañuelo
blanco y escuchando todo lo
que ella decía cuando de
repente empezó a gritarme.
¡Cómo te atreves a inventar
una mentira tan asquerosa!
Ésa fue la primera vez que le
oí levantar la voz, pero desde
luego no fue la última.
Después de eso se convirtió
en otra persona, en alguien
que gritaba por
absolutamente todo. Mi
corazón es tan puro y limpio
como la nieve recién caída.
Puro y limpio como la nieve
recién caída. Puro y limpio
como la nieve recién caída.
No me hagas reír.
—Se acabaron las
palabras —murmuró Chiaki
para sí, y justo entonces le
habló una voz desde el otro
lado de la puerta.
—¿Estás bien?
—Muy bien —dijo ella
—. Estoy bien. ¡Sólo tardo un
poquito más!
Sólo un poquito más y
todas las palabras habrán
desaparecido. Sólo cuando de
verdad veías las palabras
desaparecer, te dabas cuenta
de lo secas y muertas que
estaban, como hojas
marchitas o dinero viejo y
desechado. Podías pasar
horas aplanando todas las
arrugas y pliegues, pero
cuando intentabas comprar
algo con esos billetes, nadie
los aceptaba. Ni siquiera te
tomaban en serio. Cerrabas el
puño con rabia y los billetes
crujían y se deshacían en la
mano.
Justo antes de
desaparecer, las palabras
adquieren un olor
nauseabundo y pulposo,
como manojos de hierba
muerta que el viento
arremolina, formando
pequeñas esferas secas, y se
derraman del cerebro y de las
cuerdas vocales, bajando por
las células sanguíneas y los
nervios hasta los rincones
más remotos del cuerpo.
Palabras del tamaño de bolas
de Pachinko o de Tic-Tac,
desapareciendo mientras
ruedan hasta las grietas
ocultas, donde chocan con
estas otras cosas y las
despiertan. Estos recuerdos.
Los recuerdos no son
como las palabras; son
suaves y viscosos. Están
cubiertos de un limo
pegajoso, igual que un pene
tras el acto sexual, o la
vagina durante la
menstruación, y tienen la
forma de renacuajos o
culebrillas de agua. Cuando
estos recuerdos durmientes
despiertan, empiezan por
retorcerse, después nadan,
primero despacio, poco a
poco más rápido, hasta la
superficie. Y una vez que
llegan ahí, tus sentidos se
cierran. La primera oleada te
da en los labios, después en
la palma de las manos, en los
dedos del pie, en las axilas.
Algunos recuerdos se
escapan por los poros de la
piel y merodean por tu
cuerpo como una niebla,
esperando a que lleguen los
demás y se les unan. Cuando
ya están todos ahí, se juntan
para formar una imagen, y es
como si se encendiera una
pantalla de televisor ante tus
ojos.
Su cara mientras me lame
allá abajo. Su cara. Una cara
como un manojo de verduras
podridas envueltas en un saco
v i e j o . Te quiero , susurra.
Susurra esto todo el tiempo
mientras lame y lame y lame.
Te quiero. Te quiero. Te
quiero, te quiero. Te quiero.
Te quiero. Te quiero. Te
quiero. Después otra voz, que
se mezcla con la suya. La voz
de una niña. Mi voz.
Chiaki tiró del aro en el
pezón. No sintió nada, ningún
dolor en absoluto. Tiró más
fuerte, hasta que el pecho se
irguió como un pequeño tipi
y un poco de sangre empezó
a manar del agujero que
perforaba horizontalmente el
pezón.
El sonido de la ducha era
como el que hace el siseo
estático de una radio.
Kawashima empezaba a
pasar de la irritación a la
ansiedad. Se paró delante de
la puerta del baño y miró su
reloj: ya llevaba ahí dentro
más de cincuenta minutos. La
había llamado varias veces
en los últimos minutos, pero
ella no había respondido.
Incapaz de seguir ignorando
la sensación de que algo que
iba muy mal, tocó el tirador
de la puerta con una mano
enguantada y le sorprendió
comprobar que no estaba
cerrada. Abrió la puerta un
poco. Por la abertura salió
vapor y el ruido de la ducha
se oyó mucho más fuerte.
—¡Oye! ¿Qué pasa aquí?
¡Estoy abriendo la puerta!
No hubo respuesta. Abrió
la puerta del todo y entró en
el baño. Como el vapor
empezaba a desaparecer, vio
a la chica sentada en el borde
de la bañera. Estaba allí
completamente desnuda,
clavándose las tijeras de la
navaja suiza en el muslo
derecho. Cuando vio a
Kawashima le dirigió una
débil sonrisa y extendió las
piernas como si quisiera
mostrarle los trozos de carne
ensangrentada que se le
habían trabado en el vello
púbico. Las heridas no eran
muy profundas, pero se había
sacado bastante carne del
muslo y había un charco de
sangre en las baldosas del
suelo a sus pies.
Instintivamente, él se
movió para detenerla pero al
dar el primer paso, la chica
abrió la boca, cogió aire y
soltó un grito que hizo vibrar
el espejo y a él lo escalofrió
hasta la médula. Después de
un grito como ése, seguro
que alguien empezaría a
tocar a la puerta en cualquier
momento. Tenía que
demostrarle a la chica que no
pensaba acercarse más.
Volvió a la puerta y ella
inmediatamente recuperó su
sonrisita vacía.
Si alguien le registrara la
bolsa, encontraría el cuchillo
y el punzón. Tal vez debiera
llamar a la oficina de la
chica. Había un teléfono en la
pared justo al lado de él, pero
sólo era para llamadas
entrantes. Él dio otro paso
atrás y la expresión en la cara
de ella cambió de inmediato.
Había terror en sus ojos y
cejas, abrió mucho la boca y
volvió a tomar aire. Iba a
gritar otra vez.
—¡No me voy a ningún
sitio! —dijo rápidamente
Kawashima—. ¿Vale? —Se
apoyó en el marco de la
puerta—. ¿Lo entiendes?
Ella asintió con la cabeza
muy despacio y de forma
apenas perceptible.
Maldita sea, pensó él.
Está muerta de miedo. Igual
que los niños del Hogar.
Quiere que me quede aquí
pero que no me acerque
demasiado. Le entra el
pánico si me acerco y
también si intento irme. Se
hiere de esa manera porque
no conoce otra forma de
pedir ayuda.
La chica había bajado la
navaja y la sostenía a un lado
desde que él apareció, pero
ahora la había levantado y
volvía a hundir las tijeras en
la carne del muslo, cubierta
de sangre oscura. Sonaba
como cuando se pisa el barro:
splat. Ella no miraba ni a las
tijeras ni a la herida, sino que
tenía la vista puesta sobre
Kawashima. Y justo entonces
sonó el teléfono, haciendo
que él se sobresaltara de tal
forma que su hombro perdió
el apoyo del marco de la
puerta y a punto estuvo de
caerse. La chica arrugó la
cara y soltó una risa húmeda
y gutural.
—¿Señor Yokoyama?
¿Va todo bien, señor?
Llamaban de recepción.
Sin duda, alguien de las
habitaciones vecinas, o tal
vez un guardia de seguridad,
había avisado del grito. Todo
bien, dijo Kawashima por
encima de su corazón
palpitante, intentando
desesperadamente parecer
tranquilo.
—Tal vez sepa, señor,
que todas nuestras
habitaciones están ocupadas
y algunos de los huéspedes
ya están durmiendo, por lo
que le rogamos
encarecidamente que
mantenga el volumen de la
televisión o de la música lo
más bajo posible.
El hombre a continuación
le agradeció su cooperación y
le deseó buenas noches de
manera formal y cortés.
Qué manera más
indirecta de quejarse, pensó
Kawashima. En algún sitio a
algún niño le estaban
haciendo la cabeza papilla
porque se había hecho pis en
la cama; en algún sitio, una
mujer que se había saltado
alguna norma arbitraria era
llevada a una habitación
donde le harían cosas
horribles a resguardo de ojos
fisgones; y mientras tanto:
¿va todo bien, señor?
Muchas gracias por su
cooperación, señor. Una
queja que más bien parecía
una disculpa.
—¿Quién eres tú? —
rugió la chica con su voz
húmeda. Él se apoyó contra
el marco de la puerta y no
contestó—. ¡Quién eres!
No debo decir nada. Diga
lo que diga, ella simplemente
gritará y se negará a
escuchar. Era como un
animal herido. Intenta
acercarte y te enseñará los
colmillos; intenta marcharte
y gritará pidiendo ayuda.
Kawashima se puso el
dedo índice sobre los labios
haciendo un Shhh silencioso.
Recordaba cómo se había
sentido la primera vez que
ingresó en el Hogar,
convencido de que cualquier
adulto que se le acercara
sonriendo y con palabras
amables era el enemigo.
Ahora mismo se hacen los
buenos, se decía a sí mismo,
pero tarde o temprano me
van a golpear por motivos
que ni siquiera entenderé.
Cuando era niño, Kawashima
jamás pudo averiguar qué era
lo que él tenía que hacía que
los adultos se enfadaran
tanto, pero la idea de que le
dejaran totalmente
abandonado le daba más
miedo aún que los ataques
imprevistos. Lo único que
había aprendido con certeza
durante sus pocos años de
vida era que estaba
indefenso, que era incapaz de
sobrevivir solo y que toda la
gente con la que trataba
parecía despreciarle. Sabía
por experiencia propia que no
debía acercarse a la chica
pero que tampoco debía
dejarla, y que no debía hablar
directamente con ella, ni
siquiera contestar a sus
preguntas. Quiere que la
ayuden, pensó, pero no puede
bajar la guardia. Por eso me
mira fijo y vigila todos mis
movimientos.
Cuando se llevó el dedo a
los labios, la chica estudió el
gesto con curiosidad y volvió
a poner la navaja a un lado.
Lentamente, Kawashima se
quitó los guantes y los dejó
caer en la papelera que estaba
junto a la puerta. Le enseñó
la palma de sus manos
desnudas, como si dijera:
Cálmate. Cálmate. No voy a
hacerte daño. Mientras hacía
esto y sin girar la cabeza,
echó un vistazo al bolso de
ella que estaba abierto junto
al lavamanos. Vio que
contenía cosméticos, una
libreta y un sobre pequeño
como los que usan los
hospitales para dispensar
medicinas. Escrito a mano
con tinta y debajo de la letra
de estilo gótico que decía
Clínica Shiroyama - Dr.
Shiroyama Yasuhiro,
Director venía el nombre de
Sanada Chiaki.
No debía dirigirse a ella
directamente, ni siquiera para
contestar una pregunta, así
que necesitaba una especie de
intermediario. Descolgó el
auricular del teléfono de
pared y se lo llevó a la oreja,
colocando la mano libre
debajo para mantener el
teléfono desconectado
disimuladamente. Lo que
faltaba era que se conectara a
un operador de emergencias
mientras que simulaba hablar
por teléfono.
—¿Diga? —dijo él—. Sí,
eso es. Sanada Chiaki está
aquí conmigo.
Miró por encima del
hombro a la chica. La mano
que sostenía la navaja seguía
baja y ella lo miraba
atentamente, intentando
entender qué sucedía. Lo
primero era conseguir
quitarle esa navaja.
—Todavía no confía en
mí del todo. Yo estoy
totalmente de su parte y
nunca haría nada para hacerle
daño pero aún no lo entiende.
La primera vez que el
hombre entró en el baño,
Chiaki había sentido que su
cara se iluminaba con una
sonrisa. Este debe de ser él,
pensó, el que siempre me
lleva al hospital. Cuando
empezó a clavarse la tijera en
el muslo, no tenía ni idea de
quién era ella ni de dónde
estaba, como de costumbre, y
naturalmente no sentía
ningún dolor. Recuerda que,
mientras sacaba las tijeritas,
quería hacer algo divertido
con ellas, pero no recuerda
qué. Sin embargo, ella sabía
lo que iba a hacer. Era lo que
siempre tenía que hacer
cuando esa cara aparecía ante
sus ojos, la cara de Tú-sabes-
quién con su camisa blanca y
resplandeciente. Ella no sabía
quién era ella misma. Pero sí
sabía cuál era su nombre
porque Tú-sabes-quién no
paraba de susurrárselo en la
c a r a . Chiaki. Me llamo
Chiaki. Soy alguien a quien
llaman Chiaki. Él me llama
así, me está lamiendo allí
abajo así que no hay duda:
Chiaki soy yo.
¿Pero quién era ella? Y
¿dónde estaba? Ésa era la
cuestión, pero la respuesta no
tenía importancia. Lo que
importaba era que debía ser
castigada. Y la que sabía que
ella debía ser castigada era su
verdadero yo. Chiaki sólo era
un nombre. No había nada en
é l . Chi-a-ki, tres pequeñas
sílabas vacías. Muérete, dijo
una voz. Y era ella, su
verdadero yo, moviendo sus
labios y usando su voz para
decir la palabra. Era ella la
que se decía a sí misma que
muriera; eso era de lo único
que podía estar segura ahora
mismo. Muérete, ¿por qué no
te mueres? ¿Por qué no te
mueres ya de una vez Chiaki?
Qué orgullosa estaría si
pudiera matarla, pensó ella.
Herirla en el muslo y oír
cómo la piel se abre, como
cuando cortas una salchicha
con un cuchillo. Pero
entonces las cosas se vuelven
cada vez más borrosas y al
final te despiertas en un
hospital. Alguien siempre me
lleva allí. Kazuki dijo que
había sido él quien llamó a la
ambulancia la última vez,
pero era mentira. Es alguien
que no conozco y desde luego
no es Tú-sabes-quién. Lo
único que Tú-sabes-quién ha
hecho es lamerme allí abajo
y de repente gritarle a todo el
mundo. Siempre he querido
conocer al que me lleva al
hospital. Siempre he tenido
la esperanza de ver su cara al
menos una vez, pero nunca
pensé que eso ocurriría. Es
alguien especial, una persona
muy importante. No es tan
fácil conocer a gente así.
Pero puede que este
hombre sea él. Eso es lo que
ella pensó cuando él abrió la
puerta del baño, pero claro,
no había forma de estar
segura. A lo mejor es alguien
totalmente diferente, pensó
cautelosa. Una mala persona.
Alguien que me odia y quiere
quitarme de en medio. Pero
le había preguntado quién era
y él no había respondido. Eso
era una buena señal. Un
hombre malo se habría
inventado una mentira. Al
menos sabía que él no era un
mentiroso. Y ahora él decía
su nombre a alguien al
teléfono. ¿Con quién estaba
hablando? ¿Con el hospital?
—Sí, Chiaki está aquí.
Está herida. Quiero ayudarla
pero aún no confía en mí.
¿Qué? ¿Ah sí? Bien, entonces
la pongo al teléfono.
El hombre le tendió el
auricular. ¿Quién sería? Se
puso en pie vacilante y toda
la sangre que se había
acumulado en las heridas le
corrió por la pierna.
En el momento en que la
chica estaba al alcance del
auricular, Kawashima entró
en acción. Le agarró la
muñeca derecha con una
mano y le mantuvo los dedos
abiertos con la otra. La
navaja suiza golpeó contra el
suelo. La chica se quedó
mirando fijamente la mano
que sujetaba su muñeca unos
instantes, como si fuera
incapaz de procesar lo que
había ocurrido y entonces, de
repente, se dobló y se puso a
dar golpes y patadas. Con un
movimiento del zapato,
Kawashima lanzó la navaja
hasta el rincón más alejado
del baño. Después se puso
detrás de la chica y colocó el
brazo alrededor de su cuerpo
mojado, apretándole los
delgados brazos contra los
costados. Ella lo observó por
encima del hombro con los
ojos muy abiertos y una
mirada perdida, abrió la boca
y tomó una profunda
bocanada de aire.
Kawashima le puso la
mano izquierda sobre la boca
antes de que ella tuviera
tiempo de gritar. Era tan
menuda que a él le bastaba su
brazo derecho para tenerla
más o menos inmovilizada.
Ella le daba patadas en las
canillas con sus talones
desnudos, pero débilmente y
él apenas las sentía. El
problema era la mano que
tenía tapándole la boca.
Levantando el labio como un
perro acorralado, la chica
mordió la base de su dedo
corazón, donde se encontraba
con la palma de la mano.
Mordía todo lo fuerte que
podía, cerrando los ojos y
arrugando la cara hasta que
los dientes rompieron la
carne y partieron un nervio.
Un escalofrío nauseabundo
recorrió el cuerpo de
Kawashima pero luchó contra
el impulso de retirar la mano
y empezó a susurrarle al
oído:
—Tranquila, tranquila,
tranquila, nunca te haría
daño, nunca te haría daño.
¡Este dolor no es mío!,
gritaba para sus adentros. No
te enfades. No te enfades,
todo va bien. Todo bien, ¿no?
Todo va bien. No tienes que
tener miedo. No hay nada que
temer.
La voz del hombre era
profunda, suave y agradable,
pero la tenía agarrada desde
atrás y lo único que Chiaki
pensaba era que alguien
intentaba controlarla. Tenía
un sabor cobrizo y la textura
pegajosa de la sangre en la
boca. La voz que le decía al
oído «No te enfades» nunca
variaba el tono ni el
volumen. No te enfades, no te
enfades. No tienes que tener
miedo. No tienes que tener
miedo. No hay nada que
temer. Y lentamente, al ir
repitiendo las palabras una y
otra vez, empezaron a surtir
efecto. Era verdad: estaba
enfadada y tenía miedo de
algo. Nunca nadie se lo había
dicho antes. Decidió que
podía bajar la guardia y
enseguida se abandonó en los
brazos del hombre.
Kawashima llevó a la
chica al sofá y colocó su
cuerpo lánguido sobre él.
Tenía los ojos medio
cerrados y legañosos, la boca
abierta, los labios y los
dientes manchados de sangre
y la respiración tenue y lenta.
La secó con una toalla del
baño y le miró las heridas de
la tijera. La piel del muslo
tenía heridas en más de diez
lugares diferentes pero los
cortes no eran profundos y
algunos ya no sangraban. No
es demasiado tarde para
matarla, pensó. Ella estaba
tendida ante él, totalmente
inmóvil y el cuchillo y el
punzón estaban ahí mismo,
debajo de la sudadera en la
bolsa abierta. Tocó
ligeramente una de las
heridas, pero ella no
reaccionó en absoluto. Está
como anestesiada, pensó.
Apuñalar a alguien en este
estado es como apuñalar un
maniquí. Probablemente ni
siquiera intente gritar si le
corto el tendón de Aquiles; lo
más probable es que salude a
la muerte con esta misma
expresión ausente en la cara.
Y además, rumió, haciendo
una bola de papel con la
mano izquierda para detener
su propia sangre…
Ella es uno de los
nuestros. Un espíritu afín.
¿Vas a apuñalar a una mujer
que se ha hecho papilla su
propia pierna y que está ahí
echada como una muerta? Lo
mejor es olvidarse por
completo de la idea. Todo el
plan se había torcido. Tenía
el traje mojado y había
sangre en el vuelto de su
pantalón. Se había quitado
los guantes, sus huellas
dactilares estaban por todos
lados, y tenía la mano
izquierda perforada y
sangrando. Sería imposible
ocultar la herida y debía de
haber trozos de su carne
pegados en los dientes de
ella. No, tenía que abortar el
plan y empezar todo desde
cero.
Se quitó la camisa y usó
el cuchillo para cortar un
trozo largo de tela. Dobló una
toalla de tocador limpia y la
colocó sobre las heridas en el
muslo de la chica
cubriéndola a continuación
con el trozo de tela de su
camisa. Estaba bastante
seguro de que esto detendría
la sangre. Mientras se
cambiaba y se ponía los
tejanos y la sudadera, agitó la
cabeza lamentándose: había
comprado un cuchillo de
combate con una hoja tan
larga como su antebrazo y
terminó usándolo para cortar
una camisa barata en lugar de
un par de tendones de
Aquiles. La chica ahora tenía
los ojos cerrados, y su pecho
desnudo se elevaba
lentamente con su
respiración, pero él no sabría
decir si dormía o no. Sacó
una manta del armario y la
cubrió con ella.
Tras procurarse un
vendaje más pequeño para su
mano izquierda, Kawashima
envolvió de nuevo el cuchillo
y el punzón. Los bultos
ocupaban bastante espacio
debido a todas las capas de
cartón y papel y la cinta
americana, y resultaban
sorprendentemente pesados.
Tenía que deshacerse de ellos
en algún sitio, cuanto más
lejos mejor, pero éstas no
eran las circunstancias
idóneas. Tal vez pudiera
tirarlos en algún contenedor
de basura cerca del ascensor,
aunque en otro piso, claro.
Después, llamaría al club de
sado y les haría venir a
buscar a la chica. Lo más
probable es que no
informaran al hotel ni a la
policía. Pero como no había
manera de estar seguro de
ello o de qué clase de tipos
podrían enviar para
recogerla, sería una estupidez
tener armas en la habitación.
Pero no quería tirar las notas.
Le habían costado mucho
tiempo y esfuerzo y la idea
de empezar todo otra vez le
abrumaba. De todos modos,
no era un delito tener notas.
Estaría a salvo siempre y
cuando no encontraran el
cuchillo y el punzón en la
habitación.
Comprobó que la chica
seguía con los ojos cerrados,
cogió la bolsa de vinilo que
contenía los dos bultos,
deslizó la llave de la
habitación en su bolsillo y
salió al pasillo. Cerró la
puerta tras de sí y se quedó
quieto un momento, para
orientarse. La habitación
2902 estaba en un extremo
del piso veintinueve. El largo
pasillo tenía un cierto aire
surrealista y le llevó un
tiempo darse cuenta de que el
ligero zumbido en los oídos
era en realidad el sonido de
un televisor que estaba en
algún sitio. Pero el mero
hecho de salir de la
habitación, alejándose de la
chica, le había ayudado a
disipar algo de tensión, lo
cual tal vez explicara por qué
volvía a dolerle tanto el dedo.
La herida era profunda y el
papel y la camisa no eran de
gran ayuda para restañar la
sangre.
Iba caminando despacio
por el pasillo cuando se abrió
una puerta un poco más
adelante y salió una pareja
mayor. Hablaban en inglés y
vestían como si acabaran de
volver de jugar al golf.
Kawashima estaba pasando a
su lado con la cabeza baja
cuando la mujer le asustó con
una amplia sonrisa diciendo
«¡Disculpe, señor!».
Le pareció que tanto ella
como el hombre miraban la
bolsa de vinilo y el vendaje
de la mano, pero por lo visto
ella le preguntaba por los
restaurantes. Kawashima,
como mucho, chapurreaba
inglés, pero ella parecía
decirle que los restaurantes
de los hoteles de Tokio eran
tremendamente caros.
¿Podría él recomendar algún
sitio cercano, agradable, a ser
posible un italiano o un
continental? El marido se
quejó diciendo que ella
debería preguntar en
recepción, que era de mala
educación molestar a un
extraño con algo así y le hizo
un gesto a Kawashima para
que siguiera adelante y no le
hiciera caso, sonriendo
también de oreja a oreja. A
Kawashima le recordaron a
esas parejas mayores que
salen en películas americanas
antiguas. Se excusó, bajando
la cabeza a modo de disculpa
y siguió caminando hacia el
ascensor, pero claro, la pareja
mayor iba en la misma
dirección y caminaba detrás
de él hablando en voz baja.
No es buena idea meterme en
el ascensor con estos dos,
pensó. Les parecería raro que
me bajara en cualquier piso
que no sea el vestíbulo o los
restaurantes y podrían
incluso recordar en qué piso
me había bajado. Si llamar al
club de sado diera pie a
alguna complicación, no
podía arriesgarse a que se
descubriera el cuchillo y el
punzón y los vincularan con
él.
Se detuvo e hizo como si
buscara algo en los bolsillos
que hubiera olvidado.
Cuando la pareja pasó, les
deseó buenas noches y se dio
la vuelta para dirigirse a su
habitación. Y apenas había
girado sobre sus talones, vio
que la puerta de la habitación
2902 se abría y Sanada
Chiaki salía a trompicones al
pasillo, totalmente desnuda.
Kawashima se quedó de
piedra y la bolsa de vinilo
casi se le cae de la mano. Si
empezaba a correr, la pareja
mayor podría oír sus pasos y
volverse para mirar. Y lo que
verían era como una escena
de pesadilla: una chica
japonesa delgada, desnuda y
cubierta de sangre con un
rudo vendaje alrededor del
muslo, dando traspiés por el
pasillo de su hotel. Miró
hacia ellos, y vio que no se
habían dado cuenta de nada
todavía y estaban a punto de
doblar la esquina hacia los
ascensores. La chica estaba
apoyada contra la pared,
mirando a su alrededor con
asombro, como si estuviera
preguntándose dónde estaba
y hacia dónde debía correr.
Cuando la pareja
desapareció tras doblar la
esquina, Kawashima empezó
a correr. Rezaba para que
ninguna otra puerta se abriera
antes de que llegara a la
chica.
Cuando vio al hombre
que corría hacia ella, Chiaki
dio un pequeño grito. Se
volvió para salir huyendo
pero se dio contra la pared,
arañándose la rodilla con el
yeso y cayendo sobre sus
posaderas. Cuando
Kawashima llegó a su altura,
ella intentaba escapar a
cuatro patas. Él se agachó
para cogerla por las axilas y
la arrastró a la habitación,
pero no era nada fácil mover
a una mujer que se resistía —
menuda o no— aunque fuese
unos metros. Sujetándola con
el brazo izquierdo, con la
bolsa de vinilo aún colgando
de esa mano, buscó la llave
en su bolsillo derecho. Como
la chica no paraba de
moverse, el tambaleo de la
bolsa le zafó el vendaje, y la
herida en la base del dedo
empezó a sangrar otra vez.
De alguna forma, consiguió
introducir la llave en la
cerradura y abrir la puerta y
justo cuando entraba a
trompicones con la chica,
soltándola sobre la alfombra
como si la derribara, oyó que
una puerta se cerraba en
algún lugar del pasillo. El
dolor de la mano izquierda
era intenso, y el corazón
parecía que iba a explotarle.
¿Les había visto alguien?
En cualquier caso, ya no
podía llamar al club de sado.
Ni siquiera se había deshecho
de las armas. La chica estaba
tendida en la entrada,
quejándose.
—¡Aaay! ¡Me duele!
Unos minutos antes, al
despertarse de una siesta muy
corta, Chiaki había recobrado
sus cinco sentidos, y el dolor
había sido insoportable.
Tenía el muslo torpemente
envuelto con un vendaje
chapucero y cuando se
levantó, un riachuelo de
sangre le corrió pierna abajo
hasta la parte superior del
pie. Estaba asustada. Tendría
que ir al hospital otra vez. El
hombre que siempre la
llevaba había estado a su lado
hacía un momento, aún podía
sentir la calidez de sus brazos
rodeándola. Tenía los dientes
cubiertos de una sustancia
pegajosa y, con la lengua,
descubrió algo parecido a un
trozo de goma pegado en la
encía superior. Se lo sacó y
lo miró. Tenía unas pequeñas
hendiduras y cuando cayó en
la cuenta de que era un trozo
de piel humana, recordó
haber mordido el dedo del
hombre. Aún podía oír la
manera en la que él le
susurraba al oído: Todo va
bien, no te enfades, no hay
nada que temer. Y pensar que
mientras él le susurraba esas
cosas al oído, ella le
arrancaba la piel con los
dientes… Fue cojeando hasta
el baño, aullando a cada paso,
pero el hombre tampoco
estaba allí. Cogió el traje
azul marino que él llevaba
puesto y lo agitó, ondeándolo
en el aire y gritando «¿Dónde
estás?». Al ver su bolsa junto
al escritorio, la agarró y la
lanzó contra la pared y
después cojeó hacia la puerta.
Sólo cuando ya estaba en el
pasillo, cayó en la cuenta de
que no llevaba ropa. La
puerta se cerró despacio
detrás de ella, y acababa de
darse cuenta de que no podía
entrar otra vez cuando vio al
hombre que corría hacia ella
desde el otro extremo del
pasillo. Pero espera. Éste no
podía ser el mismo hombre,
llevaba puesta otra ropa.
Horrorizada ante esta
evidencia, había intentado
escapar, pero el hombre la
había cogido y arrastrado de
vuelta a la habitación. Una
vez dentro, había visto la
herida que tenía en la mano y
pensó: después de todo, es él.
—¡Escúchame! —dijo
Kawashima, intentando
recuperar la respiración—.
¿Entiendes lo que te digo?
Chiaki asintió con la
cabeza, mirándole fijamente
a la cara e intentando
grabarla en su memoria.
Claro que entiendo lo que
dices, pensó. Quieres
llevarme al hospital, ¿no?
—Antes que nada,
¿puedes, por favor, ponerte la
ropa?
Tenía que salir de este
hotel cuanto antes. Alguien
podría verles ahora y él aún
tenía el cuchillo y el punzón
en su poder. Debería llevarla
a un hospital. Acompañarla a
urgencias, que le dieran un
tratamiento y el club de sado
no tendría ningún motivo de
queja. Después de todo, era él
el que sufría los
inconvenientes. Seguramente
se quedarían satisfechos si
explicaba bien las cosas y
pagaba seis horas de servicio.
—Por favor. Por favor,
vístete.
Metería todo en la bolsa y
saldría del hotel
inmediatamente. El hecho de
que lo acompañara una mujer
tendría su efecto sobre el
recepcionista, pero ahora no
era el momento de
preocuparse por eso. De
todos modos, realmente no
he hecho nada, se dijo a sí
mismo. Cojo un taxi, la llevo
al hospital más cercano y me
lavo las manos de todo el
asunto.
—Vamos al hospital. No
puedes ir desnuda, ¿no?
Chiaki estaba
maravillada. Así que era él.
El que la había agarrado por
detrás y susurrado en el oído,
y le había hecho darse cuenta
de lo furiosa y asustada que
estaba, era el mismo que
siempre se encargaba de que
ella fuera al hospital. Es él de
verdad, pensó. Por fin he
conocido al hombre
misterioso.
—De acuerdo —dijo,
mirándole a la cara y
asintiendo con la cabeza—.
Pero deja que llame primero
a mi oficina, ¿vale?
Fue cojeando hasta el
teléfono que estaba sobre la
mesa y Kawashima entró en
el baño para recoger las cosas
de ella. La navaja suiza
estaba en el suelo. Usó un
pañuelo de papel para
recogerla, limpió la sangre de
las tijeras, las metió en el
mango y dejó caer la navaja
en el bolso de ella. Había
dejado la puerta abierta así
que podía oírla hablando por
teléfono.
—Eso es. No me
encuentro bien, así que voy a
terminar ya, pero no importa
si no paso por la oficina,
¿verdad? Son, a ver, las diez
pasadas, así que… cuatro
horas, ¿vale? No te
preocupes, iré al hospital si
me siento peor.
Kawashima la oyó colgar
y abrió la ducha para lavar
los restos de sangre de la
bañera y el suelo. Incluso la
sangre que ya estaba seca
salía sin dificultad con la
ayuda de una toalla húmeda.
No me encuentro bien y
puede que tenga que ir al
hospital, yo mismo no me
habría inventado una historia
mejor, pensó con alivio.
Llevó el bolso de la chica y
su ropa interior y vestido a la
habitación. Ella estaba
sentada en el sofá, sin nada
encima a excepción del aro
plateado en el pezón.
—¿Me ayudas con las
bragas? —Levantó las
piernas de forma que los
dedos de los pies apuntaban
hacia él—. Me da miedo
hacerme daño en la pierna.
Se arrodilló delante de
ella sosteniendo las bragas
enrolladas con las dos manos,
las deslizó por los pies y las
subió hasta las rodillas,
después paró y le dijo que se
pusiera de pie. Ella se apoyó
con una mano sobre el
hombro de él y se puso en pie
insegura, el fino vello púbico
casi rozando la cara de él.
Estirando el elástico todo lo
posible, él consiguió subir las
bragas sin tocar el vendaje y
después desenrolló la tela
violeta y traslúcida para que
cubriera la entrepierna y las
nalgas de la chica.
—No hace falta que me
ponga las medias, ¿verdad?
Me las van a hacer quitar,
¿no?
Kawashima asintió con
un gruñido y se levantó. Fue
en ese momento que se dio
cuenta de que su bolsa estaba
ladeada contra la pared de
enfrente, y la libreta abierta
estaba junto a ella. Se le heló
la sangre. Ella debe de haber
leído las notas, pensó, y un
escalofrío que salió del dedo
mordido le recorrió cada
célula del cuerpo. Sintió un
amago de náusea y miró a la
chica, que le había dado la
espalda y se estaba poniendo
la combinación. Ahora no
tengo otra salida, pensó, y el
escalofrío y la náusea se
mezclaron con una excitación
peculiar y rebosante. No me
queda más remedio que
matarla. Si ha leído las notas
y la dejo vivir, no puede
haber una próxima vez.
Seguro que le diría a alguien:
una vez tuve un cliente así.
Después de todo, estaba
bien no haberse desecho del
punzón y el cuchillo de
combate.

Tenía que caminar despacio


para no adelantar a la chica,
que avanzaba cojeando a su
lado y cogida de su brazo. El
viento silbaba entre los
cañones creados por los
rascacielos y en la calle vacía
el frío parecía meterse en
cada poro. Por un momento,
hasta olvidó que le dolía el
dedo.
— Q u é frío —dijo la
chica, subiéndose el cuello
del abrigo y encorvándose
mientras se aferraba aún más
a su brazo.
Qué mujer tan rara, pensó
él, ¿por qué estará tan
contenta de ir al hospital?
Bueno, al menos no le había
causado ningún problema
mientras firmaba la salida
del hotel. Se le había
agarrado al brazo de la
misma manera también en el
ascensor pero, cuando
llegaron al vestíbulo, se soltó
y se dirigió directamente a la
salida sin ni siquiera mirar
atrás, como si no tuvieran
nada que ver el uno con el
otro. Tal vez fuera de lo más
natural para una chica de su
profesión, pero le aliviaba
que no lo hubieran visto
saliendo del hotel con ella.
Chiaki no quería soltarle
el brazo en el vestíbulo, pero
supuso que a él no le haría
gracia que estuvieran
abrazados delante de un
montón de gente. A nadie le
gusta que le vean conmigo en
público, pensó. Incluso
mamá, después de que le
dijera lo que hacía Tú-sabes-
quién, empezó a caminar
unos pasos por delante
cuando salíamos juntas. Esa
soy yo: la gente se
avergüenza de que la vean
con una mujer como yo.
Mientras esperaba en el
mostrador a que le entregaran
la factura, Kawashima había
mirado por encima de las
gafas para verla atravesar el
vestíbulo. Ella avanzaba con
pesadez, la cabeza gacha y
los hombros caídos, con la
gran bolsa de juguetes
colgándole de una mano y el
bolso de la otra.

—A Urgencias del hospital


más cercano, por favor —
dijo Kawashima, y el taxista
preguntó si les convenía el
Hospital Sogo en Yoyogi.
Tanto a Kawashima como a
la chica les daba igual a qué
hospital ir. Hacía calor en el
taxi pero ella se acurrucó
contra él igualmente,
doblando el torso para
enterrar la cara en su pecho.
Había habido chicas como
ésta en el Hogar, recordó
Kawashima. Sabía que ella
no lo hacía porque él le
gustase, que su actitud podía
cambiar completamente en
cualquier momento. Nunca se
sabía qué podía hacer alguien
así. Podía reírse como una
histérica de puro terror para
terminar sollozando y
dándote puñetazos. Podía
darte toda su atención en un
momento dado para acto
seguido comportarse como si
no existieras.
En otras palabras, que se
le aferrara del brazo de esta
forma de ninguna manera
significaba que no hubiera
leído las notas. Tendría que
pasar más tiempo con ella
antes de saberlo a ciencia
cierta.
—A Urgencias, ¿eh? —
dijo el taxista mirando por el
espejo retrovisor—. ¿Pasa
algo?
La chica se rió con un
tono raro —una voz que se
parecía mucho al pitido de un
cajero automático— y dijo:
Voy a tener un niño.
Kawashima negó con la
cabeza. Qué estupidez se le
ocurre decir. El taxista la
había visto en la acera y
seguro que se había dado
cuenta de lo delgada que era.
Se le podía rodear la cintura
con las dos manos.
—¿Verdad? —dijo ella,
levantando la mirada hacia
Kawashima.
Él no se molestó en
contestar. Miró a los ojos
húmedos de ella un instante
sin que la expresión de su
cara le dijera nada.
—Te quedan bien esas
gafas —dijo ella.
Él miraba fijamente hacia
adelante y pensaba: Dese
prisa y llévenos al hospital.
—Tus ojos son muy
bonitos a través de los
cristales.
Chiaki había empezado a
pensar que este hombre, su
hombre misterioso, era en
realidad muy rico. Era tan
tranquilo y digno, y
realmente atractivo visto de
cerca. Y, de alguna manera,
sabía que podía confiar en él
totalmente. Por lo general,
cuando ella decía algo que de
verdad creía, algo que le salía
directamente del corazón, o
decía algún chiste gracioso,
lo único que obtenía de la
gente eran reacciones falsas.
Pero este hombre ni decía
nada ni reaccionaba, así que
ella sabía que no era falso ni
mentiroso. Primero llevaba
puesto aquel traje barato y lo
que llevaba ahora —el
abrigo, la sudadera y los
vaqueros, los zapatos, incluso
las gafas— también eran
baratos, pero tal vez
estuviera disfrazado. A lo
mejor se había disfrazado
porque la idea del sado le
avergonzaba. La había
reservado para seis horas
pero ni siquiera la había
tocado de una manera sexual.
Y le había pagado las seis
horas a pesar de que ella le
dijo que sólo le cobraría
cuatro. No se parecía nada a
los demás clientes. Date
prisa y quítatelas; date prisa
y enséñamelo; date prisa y
lámelo; date prisa y
chúpamela; él era diferente
en todos los sentidos. Y a
pesar de que le dolía mucho
la pierna, se había mojado
cuando él le puso las bragas.
Debe de haber ido a ese hotel
de incógnito para divertirse
una noche, pensó, para probar
algo nuevo. Apuesto a que es
de Kyoto o de Kobe, o de
algún sitio así. Y apuesto a
que incluso tiene una
habitación en otro hotel,
probablemente una suite
increíblemente lujosa.
—Oye —dijo con
suavidad, sonriéndole—. ¿En
qué hotel te estás quedando
realmente?
El cuerpo de Kawashima
se puso tenso.
Lo sabía, se dijo Chiaki,
es un hombre rico de
incógnito.
Lo que me temía, pensó
Kawashima, ha leído las
notas.

La mayoría de las ventanas


del hospital estaban a
oscuras. El taxista les dejó en
la entrada lateral y los
observó moverse con
lentitud, del brazo, por el
acceso hacia la puerta.
—Mira, te espero aquí —
le dijo Kawashima a la chica
—. No quiero entrar pero no
me voy a mover de aquí. No
me gustan los hospitales,
nunca me han gustado.
Bueno, la verdad es que me
dan miedo. Los hospitales me
asustan.
Al hablar, su aliento
formaba unas nubecillas. Se
encontraban delante de una
señal luminosa que decía
RECEPCIÓN DE PACIENTES
EXTERNOS DE URGENCIAS. La
sala de recepción debía de
estar muy bien iluminada y él
no podía arriesgarse a que lo
vieran con una chica en un
sitio así, especialmente los
médicos y los enfermeros.
—Vale —dijo Chiaki,
pensando: Así que por eso
nunca está cuando me
despierto, no le gustan los
hospitales—. ¿Pero no
deberían verte la mano?
—Estoy bien —dijo
Kawashima. Sacó diez
billetes de 10.000 yenes del
bolsillo y se los dio a la chica
—. Paga con esto.
—No hace falta —dijo la
chica, negando con la cabeza
—. Ya me has pagado extra y
todo. —Dio un paso hacia la
puerta debajo de la señal, se
detuvo y miró atrás en
dirección a él—. Estarás bien
aquí, ¿no?
—Te lo prometo.
—Y vas a quedarte
conmigo esta noche,
¿verdad?
—Por supuesto. No voy a
dejarte sola.
Tengo que cargármela lo
antes posible y acabar con
todo esto, pensó Kawashima,
mientras la miraba entrar en
el edificio. Cuanto más lo
aplace, mayor es el riesgo de
que alguien se fije en
nosotros.

Chiaki negó con la cabeza


cuando el enfermero le
preguntó si tenía la tarjeta
del seguro, y tuvo que
presentar su carné de
conducir y escribir su
nombre y su dirección en
varios impresos. Cuando
entró en la consulta, le dijo al
médico que se había caído de
una bicicleta. Él estudió las
heridas en el muslo y dijo
que una de ellas era bastante
profunda y habría que
ponerle puntos. No cuestionó
su historia ni le hizo
preguntas sobre el vendaje
hecho con la camisa y,
aunque debió de ver las
cicatrices de los incidentes
anteriores, tampoco dijo nada
al respecto. Le inyectó un
anestésico local en tres
puntos diferentes, desinfectó
el arañazo de la rodilla y las
heridas, y cosió el corte más
profundo, cubriéndolos con
un montón de gasa. Parecía
tener prisa por terminar.
Había otras diez personas
en la sala de espera. Un
hombre con la cabeza rapada
sentado en una silla de ruedas
con los ojos medio cerrados y
la boca abierta, y que sólo
llevaba puesto una bata ligera
de algodón; una mujer de
mediana edad con mucho
maquillaje cuyo dedo gordo
del pie y el tobillo estaban
grotescamente hinchados, y a
la que sujetaban dos jóvenes
delgados sentados a ambos
lados de ella; un grupo de
cuatro hombres vestidos para
trabajar en la construcción
que olían a sudor, sentados
con las cabezas juntas y
hablando de algo en voz baja;
un anciano con las venas de
las manos protuberantes y de
color púrpura que leía un
periódico; un hombre
arrullando un bebé, junto a
una mujer que tenía en las
manos una ardilla de peluche
y se llevaba un pañuelo a los
ojos.
La anestesia le había
hecho efecto en unos
minutos, pero Chiaki seguía
sintiendo un poco de dolor
cuando la aguja de sutura le
atravesaba la carne, y le
salieron gotitas de sudor en
el labio superior y en el
tabique nasal. Cada vez que
el brazo del médico rozaba su
bragas translúcidas de color
violeta, ella pensaba en el
hombre de las gafas, en cómo
eran sus ojos tras esos
cristales.
—¿Puedo tener
relaciones sexuales? —
preguntó cuando salía de la
sala de consulta. Sin ni
siquiera levantar la vista de
la tabla en la que estaba
escribiendo algo, el médico
murmuró:
—Con cuidado de que no
se te caiga el vendaje.
Kawashima se había
refugiado en la acera frente a
la entrada, en una parada de
autobús con marquesina que
lo protegía del viento helado.
Había decidido que
deambular por fuera de
Urgencias a las once en una
noche fría como ésa, con dos
bolsas grandes en las manos,
no causaba muy buena
impresión. Si un policía de
servicio se le acercase y le
interrogara y después
quisiera mirar el interior de
las bolsas, encontraría los
juguetes sado de la chica en
una de ellas, y el punzón y el
cuchillo de combate en la
otra. Por otro lado, en una
parada de autobús no había
nada sospechoso en llevar
equipaje del tamaño que
fuese. Desde ahí, veía
claramente la puerta del
hospital y si venía un autobús
sólo tenía que hacer como
que esperaba otro.
Su atuendo —camiseta,
sudadera y téjanos bajo un
abrigo ligero— no era el más
apropiado para este tiempo.
Por fin había dejado de
sangrar, pero tenía los dedos
congelados y se había abierto
la herida otra vez al volver a
ponerse los guantes de piel.
Se preguntaba si no podría
separarse del frío y del dolor
usando la técnica que había
desarrollado de niño. Había
muchas cosas en las que
meditar ahora mismo,
mientras atendían a la chica,
pero estas condiciones le
quitaban a uno las ganas de
procesar información. La
técnica…
Había sido una noche fría
de invierno, como ésta,
cuando la descubrió. Había
salido corriendo de casa
dándole un golpe a la puerta
corredera al cerrar. Ahora
que lo pensaba, aquella noche
también le dolía la palma de
la mano izquierda. Su madre
se la había cubierto con
amoniaco industrial, del que
se diluye en una proporción
de diez a uno para usar como
insecticida. Al poco rato,
había empezado a oler fatal y
le ardía la piel de la palma de
la mano. Cuando había
intentado lavarse la mano,
ella lo apartó del fregadero
de un empujón y él había
salido corriendo. ¡No te
molestes en volver!, gritó ella
a través del cristal.
Y cerró la puerta con
llave, girándola despacio,
deliberadamente. Clac. Su
silueta en el cristal
escarchado era terrorífica, el
contorno borroso y más
grande que el real, y él estaba
congelado y sentía tanto
dolor que pensó que iba a
perder la cabeza. Debo de
haber usado eso, pensó, esa
sensación de que me estaba
volviendo loco. Algo me
inundó, lo recuerdo, y algo
salió de mi interior y de
repente logré separarme del
dolor, del frío y del miedo.
El que está aquí ahora
mismo no soy yo. Este dolor
no es mío. Ésa era la idea
general, pero claro, no lo
había verbalizado en ese
momento. Todas las palabras
habían desaparecido junto
con los sentimientos. Había
utilizado esta técnica más
adelante en su vida, cuando
vivía con la artista de
striptease. Recuerda que
cambiaba ligeramente el
enfoque de los ojos, como se
hace con una de esas
ilustraciones en 3D, pero
ahora mismo no había forma
de mantener ese tipo de
concentración.
Y de nada serviría
intentar analizar cómo lo
había logrado. Desde el
momento que pones algo así
en palabras, lo pierdes. Las
palabras y las combinaciones
de palabras: cuanto más
dependieras de ellas, menor
era tu poder real.
A unos doscientos metros
de la parada del autobús,
había una cabina telefónica.
Si estuviera allí metido.
Estaría totalmente protegido
del viento y podría incluso
llamar a Yoko y oír su voz, si
quisiera. Estaba recobrando
el sonido de esa voz
tranquilizante que ella tiene
cuando, de manera absurda,
empezó a imaginar que le
pedía consejo.
—Así que bueno, ha leído
las notas. No me queda más
remedio que matarla, ¿no?
¿Qué otra cosa puedo hacer?
—¿Dónde está la chica
ahora mismo?
—Está en Urgencias de
este hospital. Yo estoy
esperándola fuera.
—¿No le dirá algo al
médico o a uno de los
enfermeros?
—No creo.
—¿Por qué no?
—Bueno, si fuera a hacer
eso, podría haber hablado con
cualquiera en el vestíbulo del
hotel, ¿no? Con el guardia de
seguridad o con quien fuera.
—Sí, eso es verdad. Pero
si leyó las notas, ¿por qué no
intenta escapar?
—Yo tampoco lo
entiendo, pero no es que sea
una mujer con control de sí
misma, o que actúe de
manera racional. Estoy
bastante seguro de que es un
alma gemela.
—¿Alma gemela?
—Creo que le pasó algo
cuando era pequeña.
—¿Cómo qué?
—No lo sé y no quiero
saberlo, pero se nota que
tiene miedo y que tiene
mucha necesidad de algo.
—Entonces, ¿qué vas a
hacer ahora?
Una figura delgada salió
por la puerta de Urgencias.
Iba saltando sobre una pierna
y mirando a su alrededor con
ans i edad. Una cosa está
clara, murmuró Kawashima
entre dientes mientras corría
hacia la chica. No puedo
volver con ella al hotel de
Akasaka.
Sí que me esperó, pensó
Chiaki cuando vio al hombre
salir corriendo hacia ella
desde la gélida oscuridad. Se
le ocurrió que parecía una
locomotora de vapor en unos
dibujos animados antiguos,
arrastrando esas dos bolsas
grandes y soltando nubes de
humo blanco. Y la forma en
la que le colgaba del codo su
bolsa Lancet resultaba
cómica, parecía una señora.
Claro que no puede llevarla
en la mano por el dedo,
pensó, pero míralo, corriendo
así con todas sus fuerzas.
¡Qué monada!
Sin querer esperar ni un
solo segundo más para sentir
su brazo rodeándole los
hombros, dándole apoyo,
Chiaki empezó a correr hacia
el hombre, arrastrando la
pierna derecha dormida por
la anestesia.

—Ven a mi casa —le dijo


cuando se metieron en un
taxi—. Vienes y te quedas
conmigo, ¿vale?
Los labios y las mejillas
de Kawashima estaban
congelados y apenas asintió
con la cabeza, en lugar de
intentar hablar. La casa de
ella desde luego que le
serviría. No podía llevarla al
hotel de Akasaka, donde se
había inscrito con su nombre
real, y había estado pensando
que tal vez tuviera que
conformarse con un hotel de
citas después de todo.
Chiaki nunca se cuestionó
los motivos que tendría el
hombre para acompañarla al
hospital. O para esperarla
fuera, en todo caso. Hacía
tiempo que había olvidado el
hecho de que era un cliente
que había llamado a su club y
pedido que le enviaran una
chica a su habitación de
hotel. Lo único que ella veía
era los esfuerzos
desinteresados que él hacía
por ella que, al menos en su
cabeza, estaban empezando a
tomar proporciones épicas.
Se quedó allí fuera con
este frío, esperándome,
pensó. Su brazo parecía de
hielo, no sabía que un cuerpo
se pudiera enfriar tanto. Me
daba miedo que realmente no
me esperara, y al no verlo
justo en la puerta casi me
desmayo, pero entonces allí
estaba, atravesando la calle a
toda mecha, soltando nubes
de vapor. Era como estar en
una película, como ser la
actriz protagonista en una
gran escena romántica.
Hacía calor dentro del
taxi pero el hombre seguía
temblando. La cara, justo por
encima de la de ella y a su
derecha, estaba
distorsionada, las facciones
desequilibradas. Era como si
sólo algunos músculos
faciales se hubieran
descongelado y el resto
estuviera aún totalmente
congelado. El pelo, que había
estado expuesto todo ese
tiempo al viento frío, estaba
seco y despeinado, los
dientes le castañeaban y tenía
agüilla en la nariz. Los ojos
también estaban húmedos y
no paraba de pestañear. De
hecho, la cara era un
auténtico desastre y sin
embargo era la cosa más
adorable que había visto ella
en su vida. Sintió un impulso
repentino de golpear esa cara.
No darle simplemente una
cachetada, sino un golpe tan
fuerte como le fuera posible,
con el puño o una botella o
una llave inglesa o algo, en
todo el ojo. Él se pondría a
sangrar y a rogarle que parara
y ella sólo se reiría. Estaría
aún más mono llorando y
pidiéndole perdón, pensó. Y
después de eso, él se quedaría
con ella para siempre, pasara
lo que pasara.
Chiaki quería
comunicarle estos
sentimientos. Qué bueno
sería si pudiera decirle todo,
incluso lo malo. Podía verse
a sí misma tirándole de la
manga y diciéndole: Oye,
oye, ya sé que seguramente
no te gusta oír estas cosas.
Pero de verdad que odio a mi
padre. Le odio. Todo el
mundo piensa que es un
hombre bueno, un caballero
respetable y amable, y era el
jefe de contabilidad de la
mayor empresa de nuestra
ciudad y ni siquiera tenía
aficiones o hobbies aparte
del trabajo, a excepción de
pasar una hora al día
dándole de comer a los
peces, pero más o menos
desde que yo empecé
primaria, siempre que mi
madre no estaba, o cuando
ella ya se había acostado, me
hacía cosas malas. Sí que las
hacía. Por eso siempre he
querido que se diera prisa y
se muriera y él me ha dicho
que me muera yo también,
muchas veces. De verdad que
me gustaría que se muriera,
pero cuando estaba en
secundaria, las amígdalas se
me inflamaban
continuamente y al final me
dio una fiebre muy alta y
decidieron extirparlas. Y
vivíamos en esta ciudad
pequeña en las afueras de
Nagoya, que ni siquiera tenía
un hospital de verdad, así
que el médico local iba a
operarme y a la hora de la
cena sentados para comer, mi
madre mostraba su
preocupación, preguntándose
si el médico realmente sabía
lo que iba a hacer, y mi
padre dijo: «Si a Chiaki le
pasa algo, yo mato a ese hijo
de perra» y después rompió a
llorar. Quiero decir, yo
estaba sorprendida. En ese
momento mi familia era un
desastre, porque por fin yo le
había contado a mi madre lo
que él me hacía y después de
eso él se había vuelto
mezquino y colérico y
siempre estaba gritando,
pero que dijera eso sobre el
médico y que llorara, es lo
que mejor recuerdo. No es
muy habitual ver a un
hombre llorar, ¿verdad? Yo
también cambié mi
personalidad, nada más
entrar en el instituto, pero lo
hice adrede, y después de eso
empecé a gustar más a los
chicos y ahora mismo tengo
tres novios, algo así, pero no
te pongas celoso, ¿vale? No
hay nada de lo que tengas
que estar celoso. Todos son
unos fracasados, la verdad.
Uno se llama Kazuki: va al
instituto pero en la escuela
secundaria chocó con la
moto y tiene el hombro y la
rodilla hechos un desastre y
siempre está diciendo que
quiere morirse. Me gusta
mirar a los chicos mientras
duermen profundamente. Así
que hace cosa de seis meses,
machaqué tres pastillas de
Halcion y las mezclé con el
Campari naranja de Kazuki,
y desde entonces no quiere
comer o beber nada que yo le
ofrezca. Todos son así.
Yoshiaki es el que se puso
histérico cuando intenté
apuñalarme la pierna y
después, cuando le di una
pequeña puntada con el
cuchillo, salió huyendo.
Ahora tiene veintiocho años
pero sigue trabajando como
empleado en una tienda de
vídeos. Atsushi es joven, es
de mi edad, y acaba de
hacerse peluquero, y es
medio blanco y miope y no
tiene padres. Es huérfano.
Siempre está hablando de su
infancia y cuando se
emborracha, lo mismo me
dice que va a matarme que
empieza a berrear como un
bebé, y a veces me llama
Mami. Atsushi es el que me
enseñó lo de los piercings.
Tiene cinco en la oreja, del
calibre 18 al 10, pero cuando
le dije que se hiciera uno
como el mío en el pezón y que
se hiciera un tatuaje de
SailorMoon —me gusta
SailorMoon— o si no, una
calavera, dejó de llamarme.
Yo tenía dieciocho años
cuando cambié de
personalidad y en los tres
años que han pasado desde
entonces, he tenido unos
veinte novios pero todos eran
más o menos así. ¡Así que
comprenderás lo contenta
que estoy de haber conocido
a alguien como tú!

—¿Tienes hambre? —
preguntó ella.
El hombre asintió sin
quitar la vista de la carretera
que tenía delante y sin
cambiar la expresión de su
cara. Por todos lados se
levantaban edificios altos y
las luces de las ventanas —de
tantos colores y tonos
distintos— parecían bailar
alrededor de ellos,
envolviéndoles en un cálido
capullo.
No puedo comunicarle lo
que siento por él, pensó ella,
pero lo más probable es que
tampoco lo necesite. No va a
hacerme un montón de
preguntas y tampoco me va a
hablar de sí mismo. Se nota
que no le gusta oír ni hacer
confesiones. ¿Pero quién iba
a decir que seguía habiendo
gente así en el mundo? Todos
quieren hablar de sí mismos
y todos quieren conocer la
historia de los demás, así que
se turnan para hacer de
periodista y famoso. Debe de
haberte puesto muy triste que
tu propio padre te violara,
¿puedes describir lo que
sentiste en ese momento? Sí,
no paré de llorar y me
preguntaba por qué tenía que
pasarme algo así a mí. Así
es. Todos van por ahí
comparando las heridas,
como culturistas luciendo
músculos. Y lo más increíble
es que realmente piensan que
pueden curarse las heridas
así, poniéndolas al
descubierto.
Este hombre era
diferente. Pero ella tenía que
preguntarse: ¿Era él
realmente el que ella había
estado esperando? Y sus
varios yos, el yo cuyo padre
le lame ahí abajo, el yo que
le susurra Te quiero mientras
él le lame sus partes íntimas,
el yo que observa desde un
rincón en el techo, el yo que
le ordena que muera, el yo
que despliega las tijeras del
mango de la navaja suiza,
todos le dieron la misma
r e s p u e s t a : ¿Quién sabe?
¿Cómo iba alguien a saber el
tipo de hombre que ella
realmente esperaba? Hasta
ahora, se había limitado a
aceptar a cualquiera que
mostrara interés en ella, la
aguantara, se sacrificara por
ella y quisiera su cuerpo.
Bueno, da lo mismo si es
o no es, pensó Chiaki, y miró
al hombre, que ni siquiera se
molestaba en limpiarse los
cristales de las gafas, llenos
de vaho. Cuando estemos en
mi habitación, le haré
derramar lágrimas de alegría
y gratitud.
—Ya casi hemos llegado
—dijo ella—. Te voy a
preparar sopa caliente, o un
estofado o algo, ¿vale?
—Ah —dijo Kawashima
en un susurro áspero. ¿Podría
llegar a su habitación sin que
nadie lo viera? Lo único que
sabía con seguridad era que
necesitaba descansar un rato.
Primero descansaría y
después planearía el
siguiente paso.
—Pruébate estas
zapatillas; son más de
verano, la verdad, pero están
bien, ¿no? Son de Marruecos.
También tengo muchas de
otros estilos. ¿Ves éstas? Una
antigüedad china, ¿verdad
que la seda es preciosa?
Claro que eran para pies
vendados, así que sólo
podemos mirarlas, no
podemos usarlas. Las
marroquíes son un poco
ásperas si las usas sin
calcetines, pero con
calcetines son comodísimas,
¿no crees?
Era un estudio amplio,
con moqueta gruesa en todos
lados excepto en la entrada y
en la cocina. Un gran sistema
de control climático
empotrado en una de las
paredes emitía calor con un
zumbido bajo, casi inaudible.
Había una puerta corredera
de cristal que daba a una
terraza con hamacas. En la
distancia se veían los
rascacielos de Shinjuku
oeste.
El taxi les había dejado
aquí, una pequeña
urbanización de
apartamentos nueva, a medio
camino entre los distritos
residenciales y comerciales
de Shin-Okubo. No había
guardia de seguridad en el
vestíbulo. El edificio tenía
forma de U y en el centro
había un estrecho jardincillo
con macetas de plantas y la
estatua de un ángel. Las
paredes del ascensor eran de
cristal, así que veías al ángel
disminuir mientras te
elevabas.
Se bajaron en el sexto
piso. En el pasillo, se
cruzaron con un señor mayor
que llevaba un perrito, pero
la chica no le dijo nada y el
hombre apenas pareció darse
cuenta de que ellos estaban
allí. El pasillo era bastante
oscuro, con una suave
iluminación indirecta y
Kawashima estaba seguro de
que el anciano no había
reparado en él.
La chica introdujo una
llave electrónica en una
ranura para abrir la puerta,
después encendió un foco de
luz tenue y le presentó la
colección de zapatillas, que
guardaba en una repisa en la
entrada. Él se puso las
marroquíes que ella le había
dado. Eran amarillas y
parecían sandalias.
—¿Quieres un expreso?
—preguntó—. ¿O prefieres
una cerveza o un gin-tonic o
algo así?
Kawashima optó por la
cafeína y la chica señaló su
cafetera expreso («¡Es de
Alemania!») y sacó una
tacita Gironi del armario. La
cafetera era un modelo
profesional del tamaño de un
microondas grande, su
carcasa de acero inoxidable
relucía de limpia. Ella la
accionó y después atravesó la
habitación para ir al armario
junto a su cama, donde colgó
el abrigo de Kawashima y
empezó a desvestirse. Estaba
de cara a él cuando se quitó
la combinación y la dejó caer
al suelo. Él la observaba, allí
de pie con sus bragas violeta,
y se maravillaba de qué
distinta podía parecer una
mujer dependiendo del
entorno. Había mirado y
agarrado el cuerpo desnudo
de la chica en la habitación
del hotel, en el baño y en el
pasillo, pero ahora, de alguna
manera, su piel parecía
incluso más blanca, casi
luminosa. Y cuando la había
ayudado a ponerse las bragas,
se había fijado en el vello
que subía hacia su ombligo.
Qué barriga tan bonita,
pensó.
Ella se puso una camiseta
gris y una falda amplia de
terciopelo marrón para que
no le apretara la herida
vendada. Mientras se ponía la
falda, miró a Kawashima y
pronunció las palabras ¡Sólo
por ahora! Queriendo decir,
entendió él, que más tarde se
la quitaría otra vez.
—Bonito estudio —dijo
él.
Un café espeso y oscuro
empezó a caer de la cafetera
expreso a la tacita.
—No gasto mucho dinero
en ninguna otra cosa —dijo
la chica de camino a la
cocina. Cogió la taza, la puso
en la mesa de centro y se
sentó en el sofá junto a él—.
A muchas chicas les gusta
salir a beber o a clubes
nocturnos o lo que sea. Pero a
mí no, y tampoco me compro
mucha ropa. Prefiero
hacerme con un vestuario
poco a poco, ¿sabes lo que
digo? Sólo compro las cosas
que de verdad me gustan.
En la pared enfrente del
sofá con forma de ele, había
una repisa con CDs y DVDs y
una estantería con libros.
Había novelas en rústica de
misterio y de terror, juegos
completos de varios
volúmenes de manga para
chicas y una colección de
fotografía titulada Cadáveres
mezclados con unos cuantos
libros de gran formato sobre
menaje y mobiliario. Sólo
tenía un conocimiento
superficial de cine y música:
tres películas animadas
nacionales que habían sido
grandes éxitos, unos cuantos
CDs del tipo de «Las mejores
melodías clásicas» y otros
diez o doce con bandas
sonoras de películas o
colecciones de «lo mejor de»
de estrellas del pop
japonesas. La pantalla de
televisión era más bien
pequeña y el estéreo era la
típica mini cadena.
—Después de que
descansemos un ratito haré
sopa —dijo Chiaki—.
¿Quieres oír música?
El hombre asintió y ella
p u s o Clásicos vespertinos,
volumen III en el reproductor
de CD. Era el de los
Nocturnos de Chopin,
Escenas de la infancia de
Schumann y Momentos
musicales de Schubert. Puso
el volumen bajo y se sentó
más cerca del hombre, que ya
se había terminado su
expreso. Estaba a punto de
decir ¿Verdad que el piano
suena como la lluvia?, pero
él habló primero.
—Antes hacía tanto frío
que no se podía ni hablar —
dijo Kawashima. Según se le
iba calentando el cuerpo en la
habitación caldeada, esa
visión del vientre blanco de
la chica se repetía en su
cabeza y de repente volvía a
estar excitado y nervioso—.
Bueno, ¿cómo te fue en el
hospital?
Ella levantó el borde de
su falda de terciopelo y le
enseñó el nuevo vendaje
limpio que tenía en el muslo.
Kawashima deseaba saber de
qué había hablado con el
médico. No había ninguna
garantía de que ella no
hubiese mencionado las
notas. Por lo que él sabía, la
policía, alertada por el
médico, podría estar
rodeando el edificio y
apostando hombres en la
puerta, listos para entrar en
cuanto apareciera el punzón.
Pero no había visto ningún
coche siguiendo al taxi, ni
nada que indicara que les
estaban vigilando, ni fuera ni
dentro del edificio. Bueno,
ahora tenía tiempo para
esperar y ver cómo iban las
cosas. Desde luego que no
podían detenerlo por el
simple hecho de llevar un
punzón, un cuchillo y unas
notas sobre cómo cometer un
asesinato. Y si la chica
mintiera y dijera que había
sido él quien le apuñaló el
muslo, la policía sólo tendría
que inspeccionar las heridas
para ver que no se habían
hecho con un punzón o con
un cuchillo de combate, sino
con la hoja diminuta de unas
tijeras de navaja suiza. Y la
profundidad y ángulo de los
cortes probarían que habían
sido autoinfligidas.
Seguía mirando el nuevo
vendaje de la chica cuando se
percató de una voz que
reverberaba en su interior, y
un escalofrío le sacudió
desde lo más profundo. ¿A
quién vas a engañar? decía la
voz. Lo único que te interesa
es clavarle el punzón. Era la
misma voz que había oído
hacía unos días, cerca de la
estantería de pañales en la
tienda. Sigues sin entender,
¿no? ¿No ves que no se trata
de si ella vio las notas o de
que tal vez se lo haya dicho a
alguien? ¿Y que ni siquiera
tiene nada que ver con tu
miedo a apuñalar al bebé?
En el fondo, a ti no te
importa nada de eso. Hazte
la siguiente pregunta: ¿Por
qué has venido detrás de esta
mujer? ¿Para acurrucarte en
el sofá y beber café? No creo.
Lo hiciste porque te daba
miedo perderla. ¿Por qué?
Sabes perfectamente bien por
qué. Te quedaste mirando fijo
su barriguita blanca cuando
se cambió de ropa, ¿verdad?
Esa bonita barriguita con esa
suave pelusilla. Y pensaste
cómo te gustaría abrir
lentamente un agujerito en
esa barriga con la punta del
punzón. Eso es lo único que
te importa. Está por encima
de todo lo demás. Sacar el
punzón y mirar cómo la
sangre espesa y roja sale por
el agujerito. Toda tu vida ha
estado dirigida a este
momento, en el que revelas al
mundo el tipo de ser humano
que eres. Éste es el debut de
tu yo real. ¿Adivinas a quién
tienes que agradecer esta
oportunidad?
¿Madre? Kawashima
detectó un olor a pelo o a
uñas quemadas. Se le estaba
calentando la zona entre las
sienes. Le saltaban chispas en
el lugar donde sus nervios
olfativos, ópticos y auditivos
se cruzaban y hacían
cortocircuito y le temblaban
los labios. Se tocó la nuca.
Estaba mojada de sudor y
sentía cómo sus cuerdas
vocales, por cuenta propia, se
preparaban para gritar. ¿Un
grito de horror o de
exaltación? No estaba seguro.
Se mordió el labio, cerró los
ojos, los apretó y se quitó los
guantes que había llevado
puestos todo este tiempo,
empezando por el izquierdo.
La nueva costra que se le
había formado estaba pegada
al forro del guante; se
desprendió y sintió cómo la
sangre nueva y caliente
volvía a manar. Bajó la
cabeza y apretó el puño en un
intento de usar el dolor para
controlarse.
—¡Ah, me había
olvidado! —dijo la chica—.
¡Tenemos que ponerle algo a
ese dedo!
Kawashima negó con la
cabeza.
—¡Pero tienes que
desinfectarlo! Tengo una
medicina que me dio el
doctor, te pongo un poco,
¿vale?
Él volvió a negar con la
cabeza. Seguía con los ojos
cerrados. Apenas escuchaba
lo que decía la chica, pero
algo en el tono de su voz
estaba trayéndole a la
memoria un recuerdo. Era
igual a una voz que solía oír
en el Hogar siempre que
sufría algún ataque. Había
perdido la cabeza, ya no tenía
control de sí mismo, estaba
aterrorizado por la sensación
dominante de que algo estaba
a punto de estallar o rasgarse,
con el calor subiéndole entre
las sienes, con chispas que
volaban donde las visiones,
los sonidos y los olores
hacían cortocircuito, y
entonces oía esa voz, una voz
real que no venía de su
interior, sino de algún lugar
fuera de él. No era una voz
que amonestaba o calmaba o
tranquilizaba, era una voz
neutral y real. Masayuki, oye,
es la hora de la cena. Hoy
tenemos el plato favorito de
todo el mundo:
¡hamburguesas! Es hora de
lavarse. Vamos a lavarnos
las manos. Ya sé que el agua
está fría, pero ¡estas manos
tienen que estar limpísimas!
Todo el mundo está contento
porque vamos a comer
hamburguesas. ¿Ves? ¿Ves lo
contentos que están todos?
Esa voz apagaba las chispas
una a una y lentamente hacía
bajar la fiebre. Saca los
dedos de las orejas y abre los
ojos. Mira alrededor, oye a
todos los niños hablando y
riéndose. Todo está igual que
siempre. No ha cambiado
nada y nadie va a hacerte
daño.
Kawashima exhaló
profundamente, relajando la
mano izquierda y abriendo
los ojos. Tenerlos cerrados
no era mayor defensa contra
las imágenes que
acompañaban las chispas que
taponarse los oídos contra la
voz interior, la voz que oía
reverberando desde las
paredes interiores de su piel.
Sólo las voces y las imágenes
del mundo exterior eran
capaces de neutralizar las del
interior. Era por eso que el
mayor temor de Kawashima
—mucho mayor que el miedo
a la muerte— era perder la
vista o el oído debido a
alguna enfermedad o
accidente. Desconectado de
visiones y sonidos reales, con
el terror descontrolado
creciendo en su interior,
sabía que le faltaría tiempo
para volverse loco. Miró a la
chica con la esperanza de que
siguiera hablando.
—Ah, claro —dijo ella—.
Tienes hambre, ¿verdad?
Hago una sopa buenísima.
Bueno, es sopa instantánea,
pero puede quedar muy rica
si sabes qué añadirle.
Chiaki se preguntaba qué
le pasaba al hombre. ¿Le
había ofendido? No se le
ocurría cómo. Lo único que
había hecho era enseñarle el
nuevo vendaje, pero de
repente se había puesto todo
tenso, había cerrado los ojos
y se había quedado pálido. El
sistema de control climático
mantenía la habitación a una
temperatura agradable, pero
él estaba temblando. Y no
parecía darse cuenta de que
se había estado mordiendo el
labio con tanta fuerza que se
había hecho una marca e
incluso sangraba un poco.
—Como esta noche, por
ejemplo. Estoy pensando usar
un paquete de consomé.
Knorr hace uno bueno, pero
en una noche helada como
ésta, cuando el frío te ha
calado hasta los huesos, un
potaje es mejor que un
consomé, ¿no crees?
Necesitas algo espeso y
contundente, ¿no? Así que lo
que hago es que le añado un
poco de curry en polvo, y
leche, claro, leche normal y
también condensada, porque
complementa la dulzura del
maíz. Y además, así es más
nutritiva, ¿verdad?
Chiaki estaba encantada
de ver que mientras ella
parloteaba, el hombre parecía
escucharla con atención,
aunque había algo
extrañamente vacuo en la
manera en la que movía la
cabeza asintiendo, fijándose
ora en el muslo vendado, ora
en los labios de la chica. El
vendaje debe de recordarle a
algo, pensó. Lo más probable
es que esté pensando sobre lo
que hice en el baño de su
hotel.
Claro. ¿Qué otra cosa
podría ser?
Ella sabía que había sido
mala pero ¿qué es
exactamente lo que había
hecho? Chiaki nunca sentía
ningún dolor cuando se
estaba hiriendo a sí misma y,
después, nunca recordaba
gran cosa del incidente. Lo
único que recordaba del
incidente de esta noche eran
imágenes fragmentarias, pero
decidió intentar unirlas.
Nunca había intentado hacer
eso antes y realmente
tampoco quería saberlo, pero
estaba dispuesta a hacerlo
por él. Recordaba el aspecto
que tenía su muslo, todo
cortado y cubierto de sangre.
Ahora tenía que recuperar la
imagen del hombre
reaccionando ante eso. Se
concentró en enfocar la
imagen, y unos puntitos de
luces de colores se separaban
y arremolinaban y volvían a
juntarse hasta que lentamente
cuajaban, como la gelatina.
La primera imagen que
apareció fue la del hombre,
de pie, junto a la puerta del
baño.
La puerta se abre. La
puerta se abre. La puerta del
baño se abre y este hombre
está ahí. Está ahí de pie.
Simplemente ahí de pie. ¿Y
su cara? En su cara hay…
miedo. Parece tan
sorprendido, de hecho tan
aterrorizado, que apenas
puedo evitar reírme. Eso es.
Me pilló portándome mal en
el baño y se asustó tanto que
con sólo pensarlo ahora se le
va la sangre de la cara.
—Tengo dos cuencos
para sopa que acabo de
comprar —dijo—. Son
Wedgewood y ni siquiera los
he estrenado. No te
preocupes, no tardo nada en
hacerla. O sea, tengo que
hervir el agua, abrir un
paquete y echarlo dentro, y
después mezclar y revolver el
curry y la leche.
Se asustó. Es lógico, si lo
piensas un poco. Después de
todo, había estado clavándose
las tijeras en la pierna
delante de él. ¿Pero cómo
podía haberse olvidado de
esa cara de terror que tenía?
Debe de ser porque no salió
huyendo, decidió. Yoshiaki
había salido huyendo, y el
chico con el que salía en el
instituto, Yutaka, se fue
diciendo que iba a llamar una
ambulancia y nunca volvió.
Hisao había intentado
detenerla y se había cortado
la mano y, por supuesto,
también se marchó. Todos
salían huyendo. Por eso
siempre que se despertaba en
el hospital, fantaseaba con el
hombre misterioso que la
había llevado allí.
Sabía que sólo era una
fantasía, una invención de su
mente. Ese hombre no había
existido jamás, no de verdad.
En su lugar, había muchos
hombres diferentes, hombres
vestidos de blanco, con
cascos blancos que la cogían
y le ponían una inyección en
el brazo y después la metían
en una furgoneta blanca. Ésa
era la verdad. Ella sabía que
el hombre misterioso no era
real… pero ahora no podía
evitar tener sus sospechas.
Tal vez fuera él, pensó.
Porque él no había salido
huyendo, a pesar de estar
aterrorizado. Y a pesar de
que le mordí la mano, siguió
susurrándome palabras
amables al oído.
Nadie la había tratado así
nunca.
También había otra cosa,
algo importante que no
recordaba bien. Otro motivo
que le hacía pensar que él era
el hombre misterioso. ¿Qué
era? Revisó las imágenes del
baño una a una: la cara
aterrorizada del hombre, sus
gestos, sus manos, sus
brazos. ¿De qué se olvidaba?
Era algo en el baño. Toallas
de baño, jabón, champú,
sangre en el suelo, papelera,
caja de kleenex, bidet,
inodoro, papel higiénico…
Ya está. El teléfono.
—Añadir curry en polvo
a la sopa es una idea
diferente, ¿no crees? ¿Sabías
que el curry y la leche van
muy bien juntos? Y a veces
ponen maíz al curry, ¿no? No
hay que poner carne ni nada.
Pero si le echas un poco de
curry en polvo —sólo un
poquito— acentúa la dulzura
del maíz y de la leche. ¡A que
no sabías eso!
Él había usado el teléfono
del baño. Pero la imagen de
él, ahí de pie, con los brazos
cruzados, con el teléfono en
la mano, no era lo
importante. Lo importante
era lo que decía. Y cuando
recordó lo que era, sintió
cómo se le ponía la carne de
gallina en la parte interior de
los brazos.
Dijo mi nombre. Ahora
mismo estoy con Chiaki, eso
es lo que había dicho, mi
nombre real. Eso es lo que
me hizo pensar que sabía
todo de mí. Al fin y al cabo,
debe de ser él. Y lo más
probable es que sepa todo de
mí, además. Apuesto a que
me ha estado vigilando de
lejos. No sabía cómo
acercarse a mí, así que se
hizo pasar por un cliente, y le
pidió a la oficina que me
enviaran y después pasó todo
aquello, y él se asustó, pero
así y todo no salió huyendo,
sino que se quedó y me
ayudó. Por eso no se puso
caliente cuando me masturbé
delante de él. No le gusta que
yo haga esas cosas. No me
hizo ninguna gracia cuando
al principio me preguntó si
yo me quitaría toda la ropa y
dejaría que él me atara, pero
no lo decía en serio, no me
iba a hacer una cosa así. Si
fuera otro loco del sado, no
me habría llevado al hospital,
ni me habría esperado por
fuera con este frío.
—Di la verdad —dijo ella
sonriéndole.
El pulso de Kawashima
se aceleró por el repentino
cambio de tono en la voz de
ella.
—¿Qué? —preguntó él.
—Por qué me llamaste a
mí. No era realmente para un
juego sado, ¿verdad?
Él era consciente de que
la cara se le estaba
paralizando con una extraña
expresión ladeada. Chiaki
también se dio cuenta y
pensó: le da vergüenza. Está
tan sorprendido de que haya
adivinado su secreto que no
puede ni hablar.
Por qué diablos iba ella a
decir una cosa así, pensaba
Kawashima. ¿Por qué,
después de todo ese rollo de
la sopa con sabor a curry, iba
ella a dejar caer de repente
que ha leído las notas y lo
sabe todo? ¿Le daba placer
observar su reacción? ¿Cómo
puedes ser capaz de disfrutar
de la reacción de alguien
cuando sabes que puede
acabar en tu propia muerte?
¿Entonces, le había dicho
todo al médico? ¿Había el
médico llamado a la policía y
estaba la policía vigilándoles
en este mismo momento?
—Sobre el hospital… —
le temblaba un poco la voz.
Chiaki pensó: le da
vergüenza, así que está
intentando cambiar de
conversación. Qué persona
tan tímida. Es callado y no le
gusta hablar de sí mismo, o
hacer preguntas a la gente, y
es tan tímido y vergonzoso
que no se atrevía a acercarse
a mí, así que se hizo pasar
por un cliente.
—¿El médico no dijo
nada? —preguntó él.
—¿Sobre qué?
—Ya sabes, ¿cómo te
hiciste la herida, o…?
—Le dije que me había
caído de la bicicleta.
—¿La bicicleta?
—Ajá. Las bicicletas
modernas tienen todo tipo de
accesorios que sobresalen por
todos lados. Que si una cosa
para la botella de agua, la
palanca de cambios, cosas
así. Bueno, yo no soy ciclista
ni nada parecido, pero lo he
leído en una de esas revistas
sobre deportes al aire libre.
Un montón de gente se hace
cortes en las piernas cuando
se cae.
—Así que le dijiste que te
habías caído de una bicicleta.
—No creo que me
creyera, pero me da que
tampoco le importaba.
—¿Qué quieres decir?
—Había un montón de
pacientes esperando y parecía
estar muy ocupado, así que
aunque lo más seguro es que
supiera que no era un
accidente de bicicleta por las
otras cicatrices, supongo que
le daba igual.
—¿Las otras cicatrices?
—dijo el hombre, y Chiaki le
enseñó cuatro líneas largas
en la parte interior de su
muñeca izquierda.
—Tengo un montón más
en la pierna, pero no las
puedes ver por la venda.
Debería haberlo supuesto,
pensó Kawashima. Es un
caso de suicida crónico. ¿Por
qué no se había dado cuenta
antes? Las cicatrices de la
muñeca estaban justo donde
se pliega la piel, y la sangre
le había cubierto el muslo,
pero así y todo, debería haber
reconocido las señales. Un
caso crónico, con una
voluntad poderosa de
destruirse a sí misma. A lo
mejor ella quiere que yo la
mate, pensó, mirando
fijamente las cicatrices de la
muñeca y sintiendo que se le
aceleraba el pulso otra vez.
Tal vez sólo esté esperando a
que yo saque el cuchillo.
La chica lo cogió de la
mano y se levantó. Le dio a
entender con los ojos y una
inclinación de la cabeza que
quería que él la siguiera, y lo
llevó al otro lado de la
habitación, al rincón donde
estaba la cama de cuerpo y
medio. Le hizo sentar en el
borde de la cama y se sentó
junto a él, aún cogiéndole la
mano. Los ojos húmedos de
ella miraban las cicatrices y
las comisuras de los labios se
levantaban formando una
sonrisa.
Debe de haber sido un
shock muy grande para él,
pensó Chiaki. Alargó la mano
y acarició el pelo del hombre
con suavidad. Todavía no lo
ha superado. Y además, es
súper tímido, así que tendré
que empezar yo. Tengo que
dejarle claro, incluso antes de
hacer la sopa, que puede
tocarme, besarme y acostarse
conmigo si quiere.
Ella sentía que su libido
despertaba a la vida en lo
profundo de sus entrañas.
—¿No hay nada que
quieras hacerme? —dijo ella.
La pregunta hizo que
Kawashima se mareara—. No
tienes que tener miedo.
Así que es verdad, pensó
él. Leyó las notas y decidió
que había encontrado a la
persona perfecta para
ayudarla a morir. Por eso
estaba tan pendiente de él,
aferrándose a él como una
chiquilla asustada y
atrayéndolo a su habitación;
y ahora que lo tenía allí, sólo
esperaba que ocurriera. Pero
a los suicidas les gusta dejar
constancia de su acto. Por lo
que él sabía, podría haber una
cámara de vídeo escondida
en algún lugar de la
habitación, grabándoles. O
tal vez ella se había puesto en
contacto con un amigo, un
cómplice, que estaba
probando una lente
telescópica sobre esas
puertas de cristal en este
mismo momento. Lo cual
explicaría por qué no ha
cerrado las cortinas.
—¿Te molesta que las
cortinas estén abiertas? —
dijo Chiaki al ver al hombre
mirando fijamente las
puertas de cristal—. Entiendo
que quieras que las cierre,
pero yo no quiero, ¿vale? Me
gusta mirar los edificios
altos. ¿Ves las luces rojas
que parpadean en la parte
alta? Es para que los aviones
y eso no choquen contra ellos
pero, ¿no te parece que hacen
que los edificios parezcan
estar vivos? Como si
respiraran o algo.
Desviando la mirada del
grupo de rascacielos en la
distancia para dirigirla a la
chica, Kawashima empezó a
sentirse un poco mal del
estómago. Ella sonreía y sus
ojos líquidos brillaban con el
reflejo de la lamparilla. Lo
más probable es que se
muera con esa misma sonrisa
boba en la cara, pensó con
asco. Se la imaginaba
cubierta de sangre, gimiendo
e x t a s i a d a ¡Más, más!
mientras él le rajaba cuello,
muñecas y barriga. Él no
sería más que una
herramienta para ella.
Qué le pasará a este tipo,
pensaba Chiaki. Estaba
haciendo todo lo posible por
ayudarle a relajarse y lo
único que hacía era ponerse
cada vez más tenso. ¿Pensaba
hacerle trabajar mucho? A lo
mejor nunca se había
acostado con una mujer. A lo
mejor, si le pongo la mano
allí abajo, se emociona tanto
que le sale sangre por la
nariz. Tengo que tener
paciencia y llevarlo con
suavidad. Primero le voy a
hablar sobre mi impulso
sexual. A los tíos siempre
parece gustarles cuando lo
hago.
—Soy de ese tipo de
personas que a veces pierde
el impulso sexual, entonces
me siento realmente insegura
—dijo. Dobló la esquina del
edredón y puso la mano de
Kawashima sobre la sábana
—. Tócalo. Sabes lo que es,
¿no? Seda. Compré estas
sábanas hace dos semanas.
Pásales la mano por encima.
No se parece nada a la seda
de Corea o Taiwán que se
vende en los grandes
almacenes, ¿verdad? Incluso
la seda barata resulta suave al
tacto, pero esto es diferente.
Parece leche o algo, sólo que
seca. Imagínate que me echo
aquí y tú me miras y las
sábanas se humedecen con,
bueno, con todo tipo de
cosas. Piensa cómo sería eso.
Sabes, nunca he dejado a
nadie ni siquiera dormir en
estas sábanas.
Mientras escuchaba a la
chica hablar y estudiaba su
cara, Kawashima empezó a
sentir un antiguo miedo muy
específico. El miedo a ser
manipulado por fuerzas
externas. Recordó la
terrorífica historia que su
madre le contaba después de
una paliza. No tendría más de
cuatro o cinco años la
primera vez, apenas lo
suficientemente mayor como
para entender las palabras.
Pero ella le contó la historia
muchas veces en los años
siguientes, siempre que la
paliza no producía las
deseadas lágrimas.
Eres un niño raro, decía,
y cuando crezcas va a ser un
loco, un chiflado. Lo sé
porque tuve un compañero de
clase así cuando era
pequeña, y una vez lo visité
en el manicomio. Estaba en
una habitación pequeña y
estrecha sin ventanas, y lo
único que hacía en todo el
día era apoyarse con la oreja
pegada contra la pared,
escuchando una voz que sólo
él podía oír, y se reía y
lloraba. Cuando estaba en mi
clase, siempre que le pedías
a este lunático que hiciera
algo, hacía justo lo
contrario. Si le decías que se
callara, empezaba a farfullar
sin parar; y si le decías que
comiera, cerraba la boca y
hacía rechinar los dientes y
no la abría por nada del
mundo. Obstinado y terco,
exactamente como tú. Espera
y verás, algún día acabarás
en una celda pequeña sin
ventanas, escuchando la voz
de la pared igual que ese
compañero mío. Doblaba el
cuello a un lado para poder
apretar la cabera contra la
pared, y al final se puso tan
mal, que no podía enderezar
el cuello y tenía que caminar
con la barbilla pegada al
hombro y la oreja mirando de
frente.
Años después,
Kawashima había leído sobre
enfermedades mentales. La
gente como la que su madre
había descrito se llamaban
esquizofrénicos. Y uno de los
síntomas de una crisis
esquizofrénica era la ilusión
de que algo, o alguien, estaba
manipulándote, obligándote a
decir o a hacer cosas en
contra de tu voluntad.
Yo no tenía intenciones
de matarla, oficial. Se escapó
de mi control. La chica
empezó a apuñalarse la
pierna y después me suplicó
que la matara. Estaba echada
desnuda sobre la cama y
cuando le clavé el cuchillo,
se puso muy contenta y murió
sonriendo.
Imagina decir algo así,
pensó Kawashima. Me
meterían en el manicomio
segurísimo. Si hay alguien
manipulándome, no es esta
chica. Ella sólo es un
sirviente, una esclava. Una
erotómana suicida
cualquiera, que ha enviado
alguien que quiere que me
vuelva loco. Necesito que
chille y llore y suplique por
su vida, y mírala: ahí sentada
con la mirada empañada,
sonriendo como una máscara
de comedia mientras se
imagina que la apuñalo hasta
matarla. Está mojada hasta la
coronilla de deseo, y
charlando como si éste fuera
el momento más feliz de su
vida.
—Piénsalo —dijo ella
moviendo la mano de él—.
Primero tocas las sábanas así
y después de eso, me tocas la
piel. —Puso la mano de él
sobre su muslo izquierdo, el
que tenía el vendaje—. Nadie
me ha hecho esto antes.
Y eso es verdad, pensó
ella. Nadie ha tocado estas
sábanas, ni Yoshiaki, ni
Yutaka, ni Atsushi, ni Hisao,
ni Kazuki ni nadie. Poder
disfrutar de su tacto y
después del de mi cuerpo, eso
sí es especial. Y básicamente
lo que te digo, señor mío, es
que puedes eyacular sobre
mis sábanas nuevas.
Eyacular, pensó, y sintió
cómo su sonrisa se apagaba.
Qué cara pondrá cuando se
corra. ¿Será diferente de los
demás? ¿Cómo? Póntela en
la boca. Eso es lo que Tú-
sabes-quién me decía. ¿Pero
por qué tendré que acordarme
d e él ahora? Me obligaba a
metérmela en la boca. No
puedes quedarte embarazada,
Chiaki. Tú-sabes-quién me
hacía metérmela en la boca y
enseguida salía la cosa esa.
Pero este hombre es distinto.
¿Verdad? Me ayudó en el
baño y me esperó en la
intemperie. Por eso pensé
que haría lo que él quisiera,
que hiciera conmigo lo que le
apeteciera, incluso lamerme
ahí abajo si quiere. Él me
lame y después yo me la
meto en la boca. Me la meto
en la boca. Después sale la
cosa esa. A lo mejor me
estoy enamorando. Porque
incluso cuando le mordí el
dedo no hizo nada, siguió
susurrándome al oído y
porque se quedó allí fuera,
esperándome en la
intemperie. Me estoy
enamorando. Porque no hizo
nada. No hizo nada. No
intentó hacer nada. Es
diferente de Tú-sabes-quién,
completamente diferente. Tú-
sabes-quién. Póntela en la
boca. Póntela en la boca,
Chiaki, póntela en la boca.
Póntela en la boca.
La chica seguía cogiendo
la mano de Kawashima pero
había dejado de pasársela por
el muslo. Estaba a punto de
decir algo pero apretó la
mandíbula y se tragó las
palabras. Mirando la mano
que sujetaba la de él,
destrabó los dedos y la retiró.
Se llevó los dedos al labio
superior, como si los oliera, y
cerró los ojos. Sus labios se
movieron, como si estuviera
susurrándole a su propia
mano. Cuando Kawashima
quitó suavemente la mano
del muslo de la chica, ella
abrió los ojos y lo miró
furiosa.
Chiaki sabía que estaba a
punto de estallar otra vez.
Mirando el muslo que el
hombre acababa de rechazar,
sintió que le crecía la rabia.
Después de todo, es como los
demás, se dijo. ¿Pero como
ellos en qué sentido? ¿Y a
quién se refería ella con «los
demás»? Se le ocurrieron
estas preguntas pero no tenía
la energía ni la voluntad para
pensar en ellas en ese
momento. Era casi como si
pudiera ver la rabia, la única
cosa sin la cual no podría
sobrevivir, sin la cual estaría
desvalida. Como si pudiera
ver la rabia espumosa
subiéndole por el cuerpo
desde los dedos de las manos
y los pies hasta el corazón y
la cabeza. ¿Pero por qué
necesito esto?, se preguntaba,
y las lágrimas se le
acumulaban en los ojos. ¿Por
qué necesito esta rabia
estúpida? Había veces en las
que, habiendo lentamente
llegado al límite, saltaba
como una tira de goma, y
otras veces, como ahora,
cuando ocurría sin previo
aviso, era como si hubieran
cortado algo con la hoja de
un cuchillo para soltar la
rabia.
Siempre pasa algo
horrible cuando me pongo
así, pensó. Y cuando haya
acabado, me voy a sentir tan
mal que tendré ganas de
morirme. Lo detesto. Lo
detesto pero nunca tengo el
poder de detenerlo, así que
debe de ser algo que
realmente necesito. Esta
rabia que hace que quiera
destruir todo lo que veo, toda
la gente y todas las cosas, y
también a mí misma, quemar
todo por completo. Debe de
hacerme falta. ¿Pero por qué
una persona iba a necesitar
algo así? En la escuela
primaria aquella vez, sola en
la sala de equipajes con el
joven profesor de gimnasia.
Me levanté la falda, le cogí la
mano e intenté meterla
debajo de mi ropa interior.
Pensaba que eso era lo que
les gustaba a los hombres
mayores, y quería que
estuviera contento. Pero él
retiró la mano. La rabia se
apoderó de mí y empecé a
gritar como si hubiera
empezado a arder, y el
profesor de gimnasia me
cogió de la mano y dijo Ya
veo, sólo querías que
fuéramos amigos, ¿no? Y yo
le mordí la mano hasta
hacerla sangrar. Igual que a
este hombre, pensó Chiaki, y
volvió a mirarlo con rabia. Sé
que me va a hacer enfadar.
Tarde o temprano va a hacer
o decir algo que me hará
perder los nervios. Ya sea
que intente besarme, salir
huyendo, lamerme ahí abajo,
pegarme o ponerse a cuatro
patas y suplicar perdón, yo
terminaré estando furiosa,
como siempre ha pasado,
antes o después, con todos
los demás.
Lo detesto, pensó, detesto
que siempre tenga que pasar
eso.
Volvió a cerrar los ojos,
recordando cómo caminaba
del brazo con este hombre,
cómo iba sentada a su lado en
el taxi, rodeados por las luces
de los rascacielos. Recordaba
lo frío que estaba su brazo al
tocarlo, y este recuerdo la
animó un poco. Quiero hacer
eso otra vez pensó, moviendo
los labios sin emitir ningún
sonido. Quiero caminar con
él de la misma manera otra
vez.
—Voy a preparar la sopa
—anunció. Se levantó y fue
cojeando hasta la cocina.
Podía sentir los ojos del
hombre sobre ella mientras
se alejaba de la cama. Lo más
probable es que esté
realmente decepcionado,
pensó. Después de todo, no le
he dejado hacer nada, así que
estará todo desanimado.
¿Qué hago si me dice que se
marcha?
La idea la asustó, así que
decidió añadir un poco de
Halcion en la sopa.
—Puse demasiado curry,
¿no? ¡Lo siento! ¿Estaba
demasiado picante?
No, estaba bien, le dijo
Kawashima, limpiándose la
boca con una servilleta.
Había devorado dos bollitos
y se había tomado hasta la
última gota de la cremosa
sopa amarilla. Ahora que lo
pensaba, no había comido
nada desde aquel sándwich
en el aeropuerto de Haneda,
cuando compró la bolsa de
viaje. Podía sentir el cuerpo
calentándose de dentro a
fuera, diluyendo la tensión.
Chiaki miró satisfecha el
cuenco de sopa vacío y se lo
llevó al fregadero. Abrió el
agua caliente, se tomó un
momento para comprobar el
contenido del bote de
especias McCormick, que
estaba en el armario. Todavía
le quedaba la mitad. La
etiqueta decía TOMILLO, pero
en el interior del vidrio
oscuro había un polvo azul
pálido compuesto por
pastillas de Halcion
machacadas. El tratante de la
estación Shibuya le había
sugerido este método para
esconderlas. Había metido el
equivalente a dos pastillas en
la sopa del hombre. El
motivo por el que había
añadido más curry era, claro,
para que él no se diera
cuenta, pero el Halcion era
tan amargo que pensó que de
todas formas, tal vez, lo
notaría. Sin embargo, el
hombre lo había engullido
todo, junto con dos bollitos
con mantequilla y no había
sospechado nada. Tiene que
haber tenido un hambre
tremenda. Había comido en
silencio, mientras el sudor se
le acumulaba en el tabique
nasal.
Ella había metido media
cucharilla —unas tres
pastillas— en la comida de
Kazuki la otra vez, pero
Kazuki era consumidor
habitual de Halcion. Sin
embargo, no podía imaginar
que este hombre fuera
consumidor habitual. Sentiría
el efecto de las dos pastillas
en cuestión de treinta
minutos y caería como un
elefante sedado, muerto para
el mundo, en algo así como
una hora. Una pastilla habría
sido suficiente, la verdad,
pero muchas veces el Halcion
estimulaba el impulso sexual
de un hombre antes de
dejarlo fuera de juego. Se lo
imaginó poniéndose todo
salido y cachondo con ella y
pensó: si intenta saltar
encima de mí, lo único que
va a pasar es que me traerá
esos recuerdos horribles.
Pero una vez que se
durmiera, sería todo suyo. No
se despertaría ni cortándole
un dedo.
Kawashima estaba
cansado. Mirando la espalda
de la chica mientras fregaba
el cuenco, se preguntó por
qué había cambiado de
actitud tan repentinamente.
¿Intentaría seducirlo otra vez
después de fregar? ¿O la idea
de que la matara a puñaladas
había empezado a asustarla?
Pero la verdad era que lo
había mirado muy mal antes
de levantarse a hacer la sopa.
¿Qué había causado eso?
Estaba cansado de
devanarse los sesos y pensó
con anhelo en la cama de su
habitación del hotel Akasaka.
Podría llamar a la masajista
erótica de treinta y largos y
dejar todo esto atrás. Era la
una de la mañana. Según su
plan, ya debería haber
terminado de deshacerse de
todas las pruebas y estar de
vuelta en esa habitación. Se
preguntaba qué sensación le
habría dado y deseaba poder
leer las notas. Estaban en el
fondo de su bolsa.
La chica lavaba el cuenco
meticulosamente, usando
sólo agua muy caliente —sin
jabón— para quitar la grasa y
los residuos. Levantaba el
cuenco hacia la luz como si
lo atravesara con la mirada y
cuando veía la menor
mancha, empezaba todo otra
vez. Cuando por fin terminó
con el cuenco, se dedicó a
aplicar el mismo
procedimiento al caldero
esmaltado de la sopa.
Kawashima echó un vistazo a
la habitación y se dio cuenta
de que ni siquiera había un
trozo de papel tirado por ahí.
No había revistas o
periódicos a medio leer, ni
bolsas de patatas fritas
abiertas o cajas de bombones,
ni pañuelos de papel
estrujados, ni cáscaras de
fruta. Los cosméticos sobre
el tocador estaban ordenados
con la precisión de las piezas
de un tablero de ajedrez, los
frasquitos y botitos
agrupados según su tamaño y
forma. El sofá en forma de
ele y la estantería del equipo
de música eran equidistantes
—al centímetro, calculó él—
a la mesa de centro que los
separaba, y ni la estantería
del equipo de música ni la de
libros, tenían nada que no
estuviera relacionado con sus
funciones. Las estanterías no
estaban atestadas de cartas o
postales o pastillas o carteras
o blocs de notas o tarjetas de
visita o clips o monedas.
Todo ese batiburrillo estaba
colocado a la entrada de la
cocina, en una pila de cajas
de almacenaje traslúcidas. Él
estaba sentado a la mesa de
comedor para dos, cuya
madera clara estaba pulida al
extremo de que podía verse a
sí mismo en la superficie. El
sitio era como el apartamento
modelo de un agente de la
propiedad inmobiliaria,
pensó. Inmaculado y sin vida.
La única excepción era la
esquina de la cama sobre la
que habían estado sentados.
El edredón estaba plegado y
dejaba ver las sábanas
arrugadas, y las sombras de
las arrugas formaban un
dibujo irregular de líneas
curvas sobre la lustrosa seda.
Como colinas ondulantes de
algún país desconocido, o
cicatrices de violencia sobre
suaves hombros o pechos.
Kawashima recordó la
ansiedad sofocante que había
sentido cuando estaba
sentado allí junto a la chica,
y retiró la mirada pensando:
pero debe de llevar un
montón de trabajo mantener
una habitación así de limpia.
Se estaba imaginando a la
chica trabajando durante
horas para erradicar hasta la
última mota de polvo cuando,
de repente, la habitación
tembló con tanta fuerza que
tuvo que agarrarse al borde
de la mesa del comedor.
Miró a su alrededor
frenéticamente y se dio
cuenta de que no se había
caído nada y que la chica,
que estaba secando el caldero
de sopa en la cocina, no se
había dado cuenta. Entonces
no ha sido un terremoto,
pensó con ansiedad,
frotándose los ojos y
sacudiendo la cabeza. Se
quedó quieto, a la espera de
que pasara algo más, pero no
sucedió nada. Sólo estaba
cansado, eso era todo.
Sus pensamientos
volvieron a las notas. ¡Si
pudiera estar echado en la
cama leyéndolas! Se le
ocurrió que ya había olvidado
mucho de lo que había
escrito, tal vez se debiera a
que las cosas habían tomado
un giro del todo inesperado.
Sabía que había llenado siete
páginas con letra pequeña y
apretada pero no recordaba,
por ejemplo, qué era lo
primero que había escrito.
Creía que tenía que ver con
qué tipo de prostituta debía
escoger o qué hotel, pero no
estaba seguro. Había escrito
dejando fluir las ideas, sin un
plan ni organización. Ojalá la
chica se fuera a dormir,
pensó. Entonces podría leer
las notas ahí mismo.
Había terminado de
fregar y estaba en la cocina
con los brazos cruzados,
observándole. Él se dio
cuenta de que ella
comprobaba la hora y miró
su reloj de pulsera. Habían
pasado veinticinco minutos
desde que se había llevado el
cuenco. Observando en
silencio cómo ella lo miraba
desde la cocina, él se
preguntaba cómo era posible
que hubiese logrado adivinar
su plan. ¿Qué parte de las
notas había leído? Él había
salido de la habitación del
hotel sólo unos minutos, tal
vez dos o tres. ¿Qué cantidad
de su escritura apretada
podría ella haber descifrado
en ese tiempo? Sería
imposible entender de qué
iba todo aquello con sólo leer
una página cualquiera.
¿Verdad? Y no es que
estuviera exactamente en un
estado mental lúcido. Pero de
alguna manera, lo había
descifrado todo. Sabe cosas
que no podría saber sin haber
leído las notas, pensó. El
hecho de que me estaba
quedando en otro hotel. El
hecho de que no la había
llamado para el juego sado.
¿Qué más?
Había algo más, pensaba,
cuando otro temblor agitó la
habitación. Una vez más, se
agarró a la mesa. La chica
seguía allí de pie con los
brazos cruzados,
observándolo. Parecía
sonreír. La habitación volvió
a temblar. Y otra vez. La
gravedad se duplicó, o
triplicó, tuvo que agarrarse a
la mesa o arriesgarse a
desplomarse. ¿Qué es esto?,
pensaba, y le dio pánico
encontrarse con que algo
oscuro y enorme lo estaba
succionando. Era como si una
enorme puerta de hierro con
forma de diafragma se
estuviera cerrando ante sus
ojos. Si no salgo de aquí,
pensó, me quedaré atrapado.
Se le apareció su madre,
sonriente, en la menguante
ventana de luz. ¿O era la
chica suicida? Su voz sonó en
sus oídos:
¡Te lo dije! Mírate.
¡Encerrado en una celda
pequeña sin ventanas!
—¡Para! —gritó, e
intentó levantarse, pero era
como si se hubiera
convertido en una piedra.
¿No te dije que ibas a
terminar todo el día sentado
con la oreja pegada a la
pared, escuchando voces que
sólo tú puedes oír? ¿Con el
cuello doblado
permanentemente a un lado?
¡Te dije siempre que esto te
iba a pasar cuando
crecieras! ¡Te dije que ibas a
volverte loco!
Era Madre, claro. La
abertura seguía
encogiéndose. Pronto no
habría luz. Alguien reía. No.
No era alguien. Todos. Un
inmenso mar de gente reía. O
animaba. El rugir de la
multitud en un gran coliseo.
Debajo del coliseo, en una
pequeña mazmorra sin
ventana, una puerta de hierro
estaba apunto de dejarlo
encerrado.
Miró hacia abajo. Era
como si su propio
inconsciente se le hubiera
hecho visible en la forma de
una marea que sube. Las olas
le lamían los pies, después
los tobillos, las canillas, las
rodillas. Una marea de agua
pantanosa, pesada y lenta,
llena de vómito y desechos:
objetos abandonados hacía
tiempo, todos rotos, en
jirones, oxidados,
pudriéndose, fermentando,
llenos de bacterias y de
cualquier horror imaginable.
Ahora todo esto le llegaba a
la barbilla, y el miedo se
fundía con un repulsivo
insecto gigantesco que
emergía del pantano para
arrastrársele por la cara y
enredarle sus patas y antenas
en el pelo. Las patas estaban
llenas de espinas picudas, y
las antenas terminaban en
puntas afiladas que le
picaban en la frente y la
cabeza. Kawashima soltó la
mesa y levantó los brazos
para arrancarse esa cosa,
después, se desplomó. Las
rodillas golpearon el suelo.
El pantano le pasó por
encima de la cabeza y gritó el
nombre de Yoko lo más alto
que pudo.
Al principio Chiaki no
entendía lo que el hombre
estaba murmurando. Sí que
habían hecho efecto esas dos
pastillas, pensó, está claro
que era la primera vez que
tomaba Halcion. Ella había
sido incapaz de contener una
sonrisa cuando él intentaba
seguir agarrado a la mesa,
pero cuando se tiró del pelo y
cayó de rodillas con una cara
de total agonía, sintió algo de
compasión. La primera vez
que tomó Halcion, ella
también había tenido una
mala experiencia. Una
sensación de pánico ante el
ataque feroz del sueño.
Atsushi o Kazuki, no
recordaba cuál de ellos,
estaba con ella y se había
quedado dormida aferrada a
su mano. ¿Pero qué es lo que
masculla el hombre? A lo
mejor me está llamando,
pensó, escuchando con
atención, pero no. Era el
nombre de otra mujer. Yoko.
Se le heló la sangre en las
venas. Dio un pequeño
resoplido de desprecio, como
para deshacerse de sus
propias emociones, y un
escalofrío le recorrió el
cuerpo. Y entonces, así como
así, algo hizo clic y la rabia
se apoderó de ella.
Chiaki fue al cajón de la
cocina, tiró de él con
demasiada fuerza y salió
completamente. Hubo un
gran estruendo cuando su
contenido cayó al suelo, y
otro más cuando el propio
cajón cayó. Acuclillada,
rebuscó entre los utensilios
desperdigados hasta que
encontró un abrelatas
manual. Lo sopesó y cerró el
puño alrededor del mango.
Fue mientras se acercaba
al hombre, que luchaba con
la silla volcada intentando
ponerse en pie, que Chiaki
recordó por qué esta rabia
incontrolada le era tan
necesaria. La necesitaba para
enfrentarse a todos los
insultos. Los insultos eran las
tarjetas de visita de la
hostilidad.
Y solamente la rabia
violenta le daba el valor para
enfrentarse a toda la
hostilidad que le rodeaba.
Sólo la rabia podía mostrarte
el camino a la acción.
—Yoko, Yoko —
balbuceaba el hombre—.
Ayúdame, Yoko.
Chiaki apuntó a los ojos
de párpados caídos y arrojó
el abrelatas. No me llamo
Yoko. Oyó cómo el acero
inoxidable chocaba contra el
hueso de la cuenca del ojo,
un sonido parecido al de una
azada rompiendo la tierra
congelada. El hombre se
cubrió la cabeza e intentó
alejarse a rastras, pero Chiaki
le siguió, gimiendo y
golpeándole los hombros, los
brazos, la boca, las mejillas y
las orejas.
El primer golpe rescató a
Kawashima del pantano de la
inconsciencia. El shock y el
dolor agudo que siguieron
despertaron sus sentidos
adormecidos y la puerta de
hierro se rompió en pedazos
antes de cerrarse
completamente. Lo bañó una
repentina luz cegadora que
advertía peligro, e intentó
protegerse la cara y la
cabeza. Era como despertarse
de un sueño largo aunque
intermitente, y parecía que
todas las ventanas del
apartamento se hubieran
hecho añicos y el viento
aullara en la habitación.
Oyó la voz con toda
claridad.
No digas que lo sientes,
te duela lo que te duela. Si te
disculpas sólo conseguirás
que te golpeen más fuerte.
Era la misma voz que había
oído junto a la estantería de
pañales desechables y cuando
miró el nuevo vendaje en la
pierna de la chica, pero a
Kawashima le daba la
impresión de que la estaba
oyendo por primera vez en
años. Ésta era la voz, ahora lo
recordaba claramente, que
siempre le había protegido
cuando era un niño. No pidas
perdón. El ataque acabará
pronto. Cuando estés seguro
de que ha acabado, mírala a
los ojos. Si eres capaz de
hacer eso, no será una
derrota. No habrás perdido si
eres capaz de mirarla
directamente a los ojos.
El momento en el que
Chiaki se dio cuenta de que
estaba sollozando, el brazo y
el hombro sucumbieron al
agotamiento y se encontró
buscando aire. Las lágrimas
que caían por sus mejillas se
escurrían de la punta de la
barbilla a la alfombra. Estaba
mirando una sola lágrima que
descansaba sobre las lanudas
hebras, como si fuera una
gota de rocío, cuando toda la
fuerza se le fue del cuerpo.
He usado toda la rabia, pensó
mientras el abrelatas caía a la
alfombra, he usado toda la
rabia. El hombre, ahora se
daba cuenta, la miraba a
través de unos dedos
cubiertos de sangre. Había
algo que daba miedo en su
mirada. ¿Estaba enfadado?
¿Y si se levantaba y se iba?
No sabía si rodearlo con los
brazos, disculparse y rogarle
que se quedara; pero, de
todos modos no habría tenido
la fuerza para hacerlo.
La chica estaba ahí de
pie, con la cara contraída y
los hombros y la barbilla
agitándose por sus
silenciosos sollozos. Mírala,
dijo la voz. Está llorando.
Tiene miedo. ¿Ves? Ahora
puedes bajar la guardia, está
llorando y ya no tiene el
arma en la mano. Kawashima
bajó las manos lentamente.
Las mangas de su camiseta
estaban empapadas de sangre
y no podía ver por el ojo
izquierdo debido a la sangre
y la herida. El dorso de su
mano izquierda también
estaba cortado y sangraba,
pero apenas lo sentía. ¿Por
qué iba desapareciendo el
dolor, si ni siquiera había
usado la técnica? Debe de ser
el poder de la voz, pensó. La
voz que venía de algún sitio
dentro de su piel y
reverberaba en sus oídos. Esa
voz le había enseñado tantas
cosas. No la había oído
mucho desde que conoció a
Yoko, pero lo había ayudado
durante toda su infancia. Esa
voz era la única de la que se
podía fiar.
Chiaki observó al hombre
bajando los brazos y pensó lo
ridículo que era su aspecto.
Le recordaba al perezoso que
había visto una vez en una
película de Disney. El
perezoso que se caía de un
árbol. Los perezosos se pasan
la vida colgados de las
ramas, decía el narrador, y
estar en el suelo supone una
auténtica amenaza para su
seguridad porque no tienen
los músculos preparados para
ello. El perezoso intentaba
con desespero volver a subir
al árbol, pero sus
movimientos eran lentos,
raros y cómicos: agarrado al
suelo, movía torpemente un
brazo o una pata cada vez y
apenas avanzaba. Este
hombre era exacto a aquel
perezoso. Sus movimientos
eran totalmente primitivos y
retardados, pero Chiaki era
incapaz de apreciar el lado
cómico en ese momento. La
parte izquierda de la cara
parecía una máscara de
sangre espesa y oscura, pero
no era eso; era la forma en la
que su ojo derecho la miraba
fijamente. Nadie la había
mirado de esa manera jamás.
Era una mirada incitante y
distraída y al mismo tiempo
parpadeaba de pena, odio y
desafío. Volvía a intentar
ponerse en pie. Y le decía
algo con una voz apenas
audible.
—¿Encontraste el punzón
debajo de la bañera? El
punzón. ¿Estaba debajo de la
bañera? Tienes que haber
mirado debajo de la bañera,
¿no? ¿Cuándo te mudaste?
Ella no entendía de qué
estaba hablando, pero su
mirada le daba miedo y negó
con la cabeza.
—Lo necesito. ¿No
miraste debajo de la bañera
cuando te mudaste?
Ella volvió a negar con la
cabeza.
—Qué raro —murmuró
Kawashima. El olor a tejido
quemado no sólo estaba
pegado en el fondo de sus
fosas nasales, sino que se
arremolinaba en cada célula
de su cuerpo. Una lluvia de
chispas saltaba en la
intersección de sus sentidos,
pero él no era consciente de
ellas de un modo objetivo, ni
de la fiebre que saturaba el
espacio entre sus sienes. Ya
era uno con el olor a proteína
quemada, las chispas y la
fiebre. La voz ya no
reverberaba en su interior,
pero no importaba. La voz
me ayudó antes por primera
vez en mucho tiempo,
pensaba, pero a partir de
ahora me encargo yo.
Y entonces recordó de
quién era la voz. Es mía,
pensó. Soy yo de pequeño. Es
decir, la voz que creé cuando
era pequeño. Sabía que mi
propia voz sería demasiado
débil, demasiado infantil y
vulnerable, así que escogí la
voz de un adulto. Una voz de
adulto normal y corriente,
como la de un locutor de
noticias. Pero ahora he
crecido. Puedo hablar por mí
mismo y actuar por mí
mismo. Mira a esa mujer allí
de pie. Mira cómo me teme.
El mundo entero aprenderá a
temerme.
Recordaba haberse
sentido así en una ocasión
anterior. Ahora la sensación
era incluso más intensa, pero
la primera vez fue cuando
golpeó a su madre. Al verla
después de tantos años, no
podía sobreponerse a lo
pequeña que parecía. Como
si hubiese encogido. Igual
que el monstruo de juguete
que vendían, se agrandaba en
el agua y se encogía cuando
se secaba. Ésa era ella, toda
seca y encogida. Sólo con
verla así había sido más que
suficiente para él, pero
encima tuvo que comportarse
tímidamente y con miedo.
«Perdonas a tu madre,
¿verdad?». Fue ahí cuando la
golpeó, en el momento que
vio lo asustada que estaba. Le
resultaba insoportable que
ella tuviera miedo y pidiera
ayuda. Pedir ayuda no está
bien. Porque una cosa como
la ayuda no existe en este
mundo.
Como la mujer que está
aquí de pie, pensó, muerta de
miedo y suplicándome que la
ayude. Tendré que aclararle
las cosas. Tengo que hacerle
saber que llore lo que llore,
nadie vendrá a rescatarla.
Dice que no sabe dónde está
el punzón. Entonces tal vez el
punzón no haya estado
debajo de la bañera todo este
tiempo. A lo mejor la policía
se lo llevó, como prueba. La
policía. Espera un momento.
¿No se suponía que la poli
tenía este apartamento
vigilado? Ah, bueno. No
importa. Sólo tengo que
hacerlo allí, en el rincón,
donde no pueden vernos.
Pero ¿y el punzón? ¿Cómo
controlo a esta mujer sin el
punzón? Tengo que darme
prisa. Antes de que las manos
y las piernas me pesen
demasiado. Ya no me duele
nada. No hay dolor. No debo
dormirme hasta que le haya
enseñado esta lección. Es
muy importante. Me
pregunto si intentará correr.
Tengo que demostrarle que
no podrá escapar. Eso es
fácil.
—Ven aquí un momento
—dijo él.
Chiaki negó con la cabeza
otra vez y retrocedió un poco.
El hombre se lanzó hacia
delante y la cogió por el
brazo, apretándolo tanto que
ella gritó, o intentó gritar. Lo
único que salió de su
garganta reseca fue un sonido
rasposo y sibilante, como si
fuera vapor. Respirando
pesadamente, con el aliento
apestándole a curry y el
sudor corriéndole por la cara
cubierta de sangre, el hombre
la arrastró hasta la cocina, al
mostrador donde estaba la
cafetera expreso. Sacó de un
tirón el cable de la cafetera
del enchufe y lo usó para
atarle las muñecas. Ella
intentó escapar, pero él era
demasiado fuerte y ni
siquiera parecía notar que le
daba patadas, a pesar de que
las patadas hicieron que le
volviera a doler el muslo. Le
pasó el cable alrededor de las
muñecas tres o cuatro veces,
tirando con todas sus fuerzas,
y terminó por pasarlo por el
otro lado, entre sus manos y
antebrazos. Lo aseguró con
un nudo fuerte y la zona de la
piel apretada por el cable, se
puso de un blanco
descolorido y fantasmal.
—Sólo di para ti misma
—le dijo mientras le
colocaba en la boca un paño
de cocina enrollado como
una pelota—: no duele. —
Ahora arrastraba las palabras
—. Ahí está el truco. Tienes
que creer. Si piensas siquiera
que te puede doler, aunque
sea un poco, no te saldrá
bien. No debes dudar, ni
siquiera un segundo, que todo
el dolor desaparecerá.
Mírame. Mírame a mí.
Le dio un tirón a las
muñecas atadas, acercándola
tanto que sus narices casi se
tocaban. La herida que tenía
sobre el ojo izquierdo no se
había cerrado y seguía
sangrando. El Halcion debe
de estar quitándole el dolor,
pensó Chiaki. El ojo seguía
abierto a pesar de que estaba
inundado de sangre. Cubierto
de una película roja, se
movía de un lado a otro como
si tuviera ideas propias.
Buscando algo dentro de su
propio mundo carmesí. Como
el ojo de un androide roto,
pensó ella, en una película de
ciencia ficción. Le dolían las
muñecas, y el paño de cocina
que tenía embutido en la
boca le dificultaba la
respiración, pero era incapaz
de dejar de mirar ese ojo.
Tengo que enseñarle que
no hay necesidad de huir,
pensó Kawashima. No paraba
de hablar, pero tenía
dificultad para articular
algunas palabras. Se mordió
la lengua accidentalmente
dos veces, e intentó estimular
la sensibilidad en la boca
frotándose las encías con las
uñas.
—Nunca, te mentiría,
quiero que, me mires, pero,
enfoca, la vista, en algún
sitio, detrás de mí, como en
esas, imágenes en 3D, hazlo,
ése es, el secreto, mi madre,
me puso, amoniaco, en la
mano, y una vez, me dijo,
quieres, un tatuaje, y afiló el
lápiz, uno duro, 4H, o 5H, lo
afiló, mucho, y me lo clavó
en los brazos, las piernas, y
me golpeó, con una botella
de leche, y me ató las orejas,
y los dedos, con una cuerda,
le daba igual, me sujetaba los
párpados, con los dedos, y
me acercaba la punta, de un
cigarro encendido, o una
aguja, justo hasta el ojo, le
daba lo mismo, así que,
¿entiendes el secreto?
Chiaki no tenía ni idea de
lo que significaban los
desvaríos del hombre, pero
mientras miraba el globo
ocular giratorio, sus oídos
captaban las palabras
amoníaco y tatuaje y botella
de leche y aguja, y cuando él
le preguntó si había
comprendido, asintió con la
cabeza. La esquina del paño
de cocina que salía de la
boca, se agitó arriba y abajo
cuando movió la cabeza.
—Ahora te voy a cortar el
tendón, el tendón de Aquiles,
así que recuerda, recuerda
hacer lo que te he dicho.
Era tan difícil encontrarle
sentido a lo que decía, que
Chiaki volvió a asentir como
ausente, pero cuando vio que
el hombre se acuclillaba y
rebuscaba entre los
tenedores, cucharas, tijeras
de cocina y otros utensilios
tirados por el suelo, las
palabras cortarte el tendón
de Aquiles se repitieron en su
cabeza, y soltó un chillido
sofocado e intentó escapar.
El hombre tenía sujeto el
cable con una mano y ella
logró que lo soltara, pero al
hacerlo la cafetera cayó al
suelo. El impacto hizo que
ella cayera hacia atrás y
quedara sentada junto a la
cafetera.
Dónde metí el cuchillo,
mascullaba Kawashima,
cuando puso la vista sobre la
bolsa que había dejado junto
al sofá.
—Espera, un momento,
voy a coger, mi cuchillo.
Mientras él se
tambaleaba hacia el sofá,
Chiaki intentó soltar el cable
de la cafetera, que estaba a su
lado soltando un líquido
marrón. Era lo único que se
le ocurrió hacer, pero sólo
consiguió apretar aún más el
cable que le rodeaba las
muñecas, que ya estaban
hinchadas y poniéndose
moradas. Podía ver al
hombre reflejado en la
superficie de acero
inoxidable de la cafetera.
Estaba revolviendo en su
bolsa. Haciendo rechinar los
dientes, empezó a arrastrar la
cafetera por el suelo poco a
poco, con la esperanza de
llegar a la puerta de alguna
manera, pero a cada tirón el
cable se le hundía más.
Respiraba rápidamente por
los orificios nasales, y el
pecho empezó a dolerle. El
paño de cocina le molestaba
e intentó escupirlo, pero
estaba tan apretado dentro de
la boca que no había forma
de moverlo. Tenía que llegar
de alguna manera a la puerta,
y darle patadas o golpes con
la esperanza de que alguien
respondiera. Recordó el
aspecto del hombre en el
baño del hotel, mientras le
susurraba al oído y ella le
mordía el dedo, y se lo
imaginó con esa misma
expresión suave mientras le
cortaba el tendón de Aquiles.
Matándola con la misma cara
impasible que tenía cuando la
estaba esperando a la
intemperie.
Nunca he conocido a otro
hombre como éste, pensó. No
es como Tú-sabes-quién,
claro, pero tampoco es como
ninguno de los otros. Cuando
dice que va a hacer algo, lo
hace, pase lo que pase. Y no
es sólo por el parloteo del
Halcion. El Halcion te
confunde la mente pero no
cambia tu personalidad. Ésta
es una clase de hombre
totalmente nueva.
Moviendo la cafetera de
centímetro en centímetro,
haciendo muecas por el dolor
de las muñecas y del muslo,
había conseguido arrastrarla
fuera de la cocina hasta la
alfombra cuando miró hacia
arriba y se encontró con que
el hombre había vuelto.
Llevaba en la mano un
paquete pequeño envuelto en
cinta americana. Aún le
quedaban unos buenos dos
metros para llegar a la
puerta, y cuando cayó en la
cuenta de que no iba a lograr
alcanzarla, la fuerza le
abandonó el cuerpo una vez
más. Cayó rendida sobre la
alfombra y el hombre se
agachó y le cogió el tobillo
izquierdo.
Aprovechando que la
tenía sujeta por el tobillo,
Kawashima hizo rotar a la
chica sobre su espalda y tiró
de ella hacía sí, y después se
sentó pesadamente sobre la
cafetera volcada. Hizo un
ruido fuerte y ella levantó la
cabeza para mirar. El hombre
tenía la pierna izquierda bien
sujeta entre sus rodillas. Le
estaba quitando la cinta
americana al paquete, pero se
detuvo para limpiarse el ojo
sangriento con la manga de
su sudadera. Chiaki apenas
podía respirar. Dejó caer la
cabeza otra vez sobre la
alfombra. El paño de cocina
estaba empapado con su
saliva y la baba le caía por la
comisura de los labios.
Mirando al techo y oyendo el
sonido que hacía la cinta,
intentó recordar lo que el
hombre había estado
diciendo hacía un rato, El
secreto. Repítete que no
duele. Enfoca los ojos como
en una imagen en 3D. Cree.
No dudes de que eres capaz
de detener el dolor. Algo así.
Miraba fijamente al techo,
intentando hacer lo que él
había dicho; pero el techo era
un campo blanco insondable
y no parecía posible enfocar
un punto más allá de él.
Un pensamiento
irrelevante intentaba tomar
forma en su cabeza —algo
que ver con que el hombre no
era dos personas diferentes—
pero hizo un esfuerzo para
bloquearlo. Tenía que
concentrarse en decirse a sí
misma que no iba a sentir
ningún dolor.
La parte de abajo de los
pies de esta mujer es bastante
rara, pensó Kawashima,
mientras quitaba la cinta
americana del cartón. Cada
pocos segundos cabeceaba, y
el sueño pasaba aleteando a
través de él como una brisa
cálida. Ya casi hemos
terminado, se dijo con
severidad. Estamos a punto
de oír cómo suena el tendón
de Aquiles cuando se corta.
Miró la figura inmóvil que
estaba tendida en el suelo
sobre la espalda y pensó:
¿Pero quién es esta mujer?
Su falda holgada estaba
levantada hasta las costillas
dejando a la vista sus bragas
violetas y el blanco vientre
que subía y bajaba como la
marea. Seguía mirando
fijamente esa barriguita
blanca, con su remolinillo de
vello, cuando arrancó el
último trozo de cinta del
paquete. Metió la mano
dentro del cartón doblado y
éste se abrió para revelar una
delgada varilla de acero de
punta afilada. Después de
todo no era el cuchillo.
Cuando se dio cuenta de
lo que tenía en la mano, la
imagen del bebé metido en su
cuna le cruzó por la mente y
soltó un gritito. La mujer
volvió a levantar la cabeza al
oírlo y cuando vio el punzón,
abrió mucho los ojos por el
miedo. Su grito ahogado hizo
que las venas del cuello se le
hincharan y agitó la cabeza
con violencia. La punta del
paño de cocina blanco se
agitaba lánguidamente de un
lado a otro con los
movimientos de ella, y la
baba le caía por la mandíbula
hasta llegar al cuello.
Kawashima miraba el punzón
y el estómago de la mujer y
pensaba: Parece ser que se lo
voy a clavar a otra. Le soltó
la pierna y se deslizó hacia
delante sobre la rodilla,
quedando a horcajadas. Llevó
el extremo del punzón a un
punto justo por debajo del
ombligo de la mujer, que
contuvo el aliento, parando
así la cremosa marea de su
estómago. Él acarició con
suavidad la pelusilla con la
punta del punzón, y estaba a
punto de clavarlo con fuerza
cuando otra brisa cálida le
atravesó, y tomó conciencia
de una sombra enorme que
penetraba su cuerpo. Después
le llegó el olor a amoníaco.
Una voz alta y aguda que
d i c e ¡No te molestes en
volver! El sonido de un
cerrojo que se cierra. Una
silueta borrosa en el cristal
escarchado. Es Madre, pensó.
Está dentro de mí.
El sentimiento de unidad
con su madre le daba
náuseas. Era como si ella
hubiera secuestrado su
cuerpo y lo tuviera prisionero
en un fuerte abrazo. Estaba
intentando gritar ¡Te odio!
cuando perdió el
conocimiento.
II
Sanada Chiaki logró alcanzar
las tijeras de cocina y cortó
el cable que le aprisionaba
las manos. Se sacó el trapo
de la boca y se quedó
mirando la cara del hombre
un buen rato. No tenía
ninguna intención de llamar a
la policía. Lo único que
conseguiría sería pasar horas
y horas —si no días— en la
comisaría. En la bolsa de
viaje del hombre, encontró
un cuaderno y otro paquete
envuelto en cinta. En el
interior del paquete había un
cuchillo grande con aspecto
de peligroso. Estaba cansada
y le dolía la garganta, el
pecho, las muñecas y el
muslo, pero se leyó la libreta
de cabo a rabo. Incluso
después de haber terminado,
no sabía si lo que había leído
era un plan para cometer un
crimen de verdad, o
solamente las fantasías de
una mente enferma. Pero una
cosa quedaba clara: el
hombre que dormía sobre la
alfombra no era ningún
príncipe que la adoraba en la
distancia y venía galopando a
rescatarla. Tal vez fuera un
asesino, o tal vez fuera sólo
un pervertido que se divertía
haciéndose pasar por uno,
pero fuera lo que fuera, ella
no era otra cosa para él que
un cuerpo de alquiler. Se
metió en la cama y se hundió
bajo la colcha, pero no podía
dormir. No le daba miedo
que el hombre se despertara
—el Halcion lo dejaría fuera
de juego durante horas—
pero tenía muchas cosas en la
cabeza.
Recordó el punzón
apretándose contra su
estómago y cayó en la cuenta
de que no había sentido
ningún miedo en ese
momento. ¿Era porque se
había resignado a morir? ¿O
porque estaba agotada de
luchar por sentir algo? ¿O
había en realidad sentido
curiosidad de ver cómo sería
que este hombre la
apuñalara?
Mirando fijamente al
techo, repitiéndose que no
habría dolor, mientras el
hombre estaba sentado en la
cafetera batallando con la
cinta americana, le había
venido a la cabeza una idea
de lo más extraña, una idea
que en ese momento le había
parecido del todo irrelevante.
El hombre que le había
susurrado suavemente al oído
mientras ella le mordía el
dedo, el hombre que la había
esperado por fuera del
hospital en la cruda
intemperie, y el hombre que
le había atado las muñecas
tan fuerte y quería cortarle el
tendón de Aquiles, eran todos
la misma persona. Ésa era la
idea que se le había ocurrido,
y ahora la estaba asimilando.
No daba la sensación de que
este hombre fuera dos o más
personas diferentes. Y eso lo
hacía único. Diferente de
cualquier otro hombre que
ella hubiese conocido. No se
parecía en nada a su padre,
desde luego, pero tampoco se
parecía a Kazuki, ni a
Atsushi, ni a Hisao, ni a
Yoshiaki, ni a Yutaka. Todos
ellos eran capaces de pasar
de ser el hombre ideal a ser
la peor clase de hombre en
nada de tiempo. Siempre que
el lado oscuro de un hombre
se revelaba, Chiaki sentía que
era como si se hubiese
convertido en otra persona
por completo, y sólo el sexo
parecía proporcionar un
equilibrio a la desilusión y
desesperación. Éste era uno
de los motivos por los que se
preocupaba tanto cuando
perdía el impulso sexual.
Diciéndose que era para
ayudarla a dormir, recreó el
momento en el que ella y el
hombre paseaban del brazo, y
aquél cuando iban en el taxi y
las luces de los rascacielos
les rodeaban. Nunca antes se
había sentido tan saturada de
bellos sentimientos. De eso
estaba segura.
El teléfono despertó a Chiaki
a primera hora de la mañana.
Era el encargado del club.
Aya-san, dijo al contestador
aut om át i co, no dejes de
pasar hoy por la oficina.
Se levantó de la cama y
fue a mirar al hombre.
Llevaba durmiendo más de
diez horas, echado sobre el
costado izquierdo, de
espaldas a la pared. La herida
sobre el ojo izquierdo estaba
cerrada y la sangre había
formado una costra y era de
color negro rojizo. Si dibujo
una línea a su alrededor con
tiza, pensó, pasaría por ser la
víctima de un asesinato.
Guardó las tijeras de cocina y
los otros utensilios que
estaban tirados por el suelo, y
tiró el cable partido. El
abrelatas manual, que estaba
cubierto de sangre seca, fue a
parar al fregadero para
lavarlo después, junto con el
paño que había tenido en la
boca. La cafetera estaba
totalmente destrozada.
Quería usar la aspiradora,
pero no lo hizo porque podría
despertarlo. Había manchas
de café y de sangre en la
alfombra. Tendrá que
enviarla a limpiar.
La cartera del hombre
estaba cerca de la cafetera.
Su nombre era Kawashima
Masayuki. Encontró una foto
detrás de su carnet de
conducir. Una foto de él y
una mujer con gafas que
tenía en brazos a un bebé
recién nacido. Así que ésa es
Yoko, pensó. La mujer de las
gafas sonreía, pero
Kawashima Masayuki no
tenía expresión alguna,
excepto una arruga severa en
el entrecejo. Mirando la foto,
se alegró de que él sólo fuera
un cliente, un asunto de una
noche. Si viera esta foto
después de caminar del brazo
con él dos o tres veces, lo
más probable es que la
quemara, pensó; diez veces y
lo más probable es que
buscara a esta mujer y la
matara. Abrió la nevera con
cuidado, sacó una botella de
Vittel y se tomó una aspirina
y Alka-Seltzer. Recogió el
punzón que él había lanzado
a la alfombra cerca de la
entrada antes de quedar
inconsciente, y lo colocó,
junto con la cartera, el
cuchillo y la libreta, sobre la
bolsa de viaje.
Sanada Chiaki vertió dos
centímetros de alcohol
isopropilo en uno de sus
cuencos de sopa Wedgewood
y sumergió la aguja de
calibre catorce y el aro con
cierre de bola. Se lavó el
pezón izquierdo con jabón
antibacteriano y se enfundó
un par de guantes
quirúrgicos.
Fue mientras pensaba qué
pasaría cuando el hombre se
despertara que tomó la
decisión de perforarse el otro
pezón. Estaba segura de que
volvería al lugar donde lo
esperaba la mujer de las
gafas. Podrías pegarle con el
abrelatas otra vez o amenazar
con denunciarlo a la policía,
pensó, pero si este hombre
decide que quiere irse a casa,
se irá a casa.
Chiaki creía que si
elegías algo doloroso,
aceptabas el dolor y algo
bonito quedaba en tu cuerpo
como resultado, te hacías
más fuerte. Tenía que hacerse
al menos un poco más fuerte
de lo que era ahora, o no
sería capaz de soportar la
soledad que iba a sentir
cuando Kawashima
Masayuki se marchara.
Sentada en su tocador, dejaba
caer unas gotas de enjuague
bucal medicinal sin diluir en
una bola de algodón
absorbente, usándolo para
esterilizarse el pezón. Se hizo
dos marcas pequeñas a
ambos lados del pezón con
un rotulador, comprobando
en el espejo para asegurarse
de que la línea entre ambos
era perfectamente horizontal.
Volvió al sofá y se sentó,
cogió la aguja del cuenco
sopero y miró la punta. Tenía
exactamente la misma forma
que una hipodérmica, sólo
que esta aguja no se
introducía sino que te
atravesaba, abriendo un
pequeño túnel entre las
células. Cogió el tubo
pequeño de ungüento de
terramicina y exprimió unos
cuatro centímetros sobre el
borde del cuenco sopero.
Estaba cubriendo la punta de
la aguja con el ungüento
cuando se dio cuenta de que
el hombre se había
incorporado y la observaba.
Kawashima se había
despertado con la sensación
de que el lado izquierdo de su
cara estaba ardiendo, y
estuvo un rato sin ver
absolutamente nada. Según
se le fueron aclarando la
vista y la cabeza, recordó
poco a poco lo que había
pasado la noche anterior. Se
incorporó despacio al tiempo
que la chica, desnuda de
cintura para arriba y con
guantes quirúrgicos, se
acomodaba en el sofá. Tenía
puesta toda su atención en su
propio pezón. Lo pellizcó con
la punta de los dedos de la
mano izquierda, mientras en
la mano derecha tenía un
objeto metálico afilado y
muy fino. Las imágenes de la
noche anterior aún se
sucedían en la cabeza del
hombre. Así que al final no le
clavé el punzón, pensó. Su
bolsa estaba al lado justo del
sofá, donde él la había
dejado. Su abrigo estaba
doblado sobre ella, y sobre el
abrigo, estaban el punzón, el
cuchillo y su cartera. En
cuanto salga de aquí, pensó,
tiraré el cuchillo y el punzón.
No hace falta que me deshaga
de las notas. Escribirlas ha
sido emocionante. Había algo
en esas notas, algo misterioso
y vital. Era por eso por lo que
había estado tan obsesionado
por si ella las habría leído o
no.
Después de sostener la
mirada de Kawashima
Masayuki unos instantes,
Chiaki volvió la vista a su
pezón. Lo mantuvo quieto
con el enguantado pulgar
izquierdo, y lentamente hizo
pasar la aguja. Cuando retiró
el pulgar, parecía como si de
ambos lados del pezón
hubiera brotado una espina
de plata.
—¿Qué estás haciendo?
—preguntó Kawashima
tranquilamente.
—Un piercing —
respondió ella, sin levantar la
vista de su trabajo.

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