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Emilia Pardo Bazan - La Risa

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La Risa

Emilia Pardo Bazán

[Link]
Libros gratis - biblioteca digital abierta

1
Texto núm. 6661

Título: La Risa
Autor: Emilia Pardo Bazán
Etiquetas: Cuento

Editor: Edu Robsy


Fecha de creación: 10 de mayo de 2021
Fecha de modificación: 10 de mayo de 2021

Edita [Link]

Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España

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La Risa
Conocí en París a la marquesa de Roa, con motivo de encontrarnos
frecuentemente en la antesala del célebre especialista en enfermedades
nerviosas doctor Dinard. Yo iba allí por encargo de una madre que no
tenía valor para llevar en persona a su hija, atacada de uno de esos males
complicados, mitad del alma, mitad del cuerpo que la ciencia olfatea, pero
no discierne aún, y la marquesa iba por cuenta propia, porque era víctima
de un padecimiento también muy singular.

La marquesa sufría accesos de risa sin fin, en que las carcajadas se


empalmaban con las carcajadas, y de los cuales salía despedazada,
exánime, oscilando entre la locura y la muerte.

Uno tuvo ocasión de presenciar en la misma salita de espera del doctor,


de vulgar mobiliario elegante, adornada con cuadros y bustos que
atestiguaban el reconocimiento de una clase muy expuesta a la neurosis:
los artistas. Y aseguro que ponía grima y espanto el aspecto de aquella
mujer retorciéndose convulsa, hecha una ménade, sin una lágrima en los
ojos, sin una inflexión tierna en la voz, escupiendo la risa sardónica y cruel,
como si se mofase, no sólo de la humanidad, sino de sí misma, de su
destino, de lo más secreto y hondo de su propio ser…

Fue el especialista, que se hizo un poco amigo mío y a quien invitamos a


almorzar en nuestro hotel varias veces, quien me enteró de la causa del
achaque, que no acertó a curar, sino solamente a aliviar algo,
consiguiendo que las crisis crónicas se presentasen con menos
frecuencia. Él me refirió la historia, justificando así su aparente indiscreción:

—Se trata de cosa muy pública en la ciudad española donde ocurrió, y me


sorprende que usted no esté enterada. Pregunte a cualquiera de allí y se
lo referirá punto por punto. Yo tengo que confesar a mis clientes, pues
dada mi especialidad, el conocimiento de los antecedentes psicológicos
me sirve de guía. ¡Camino por una selva tan oscura! ¡Es un misterio tan
profundo éste de la neurosis! Y no crea usted que ha sido negocio fácil la

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confesión, porque, al acordarse no más de la causa de su risa, la
marquesa se siente acometida de nuevas crisis furiosas, y ríe, ríe, ríe
inextinguiblemente…

Parece que esta señora, joven y bella entonces (hoy horrible mal la ha
desfigurado), estaba enamoradísima de su marido, con el cual se había
casado contra toda la voluntad de su madre. Ella era rica, poderosa:
dehesas, cortijos, olivares y el título hereditario. Él no poseía capital, a
menos que por capital se cuente lo agradable de la figura, lo simpático del
trato, un encanto especial que le atraía corazones. Manolito —así le
llamaban sus amigos— se contaba en el número de esas personas
imprescindibles en toda fiesta y jarana; y a pesar de su casamiento
continuó, en parte, haciendo vida de soltero alegre, consintiéndolo la
marquesa. «No me parece mal —decía ésta— que te diviertas con los
muchachos jóvenes. Lo que no habré de tolerar será que estas diversiones
sirvan de pretexto a devaneos con mujeres. Si quieres a otra, si otra te
atrae más que yo, me lo dices: podré habituarme a vivir sin tu amor, pero
nunca, ¿entiendes?, soportaré en ti, amándote como te amo, la mentira.
Acuérdate de esto, Manolo… Mira que yo creo en ti, y que para existir
necesito creer. No me mientas, ¡eso nunca! No podría resistirlo…».

Debió él de prometer y aun jurar —todo eso que se hace en análogas


situaciones—, y ella, con la confianza propia de las almas nobles, de la
gente incapaz de vileza, se fió sin recelo alguno en promesas y
juramentos. Por la maldad de la naturaleza humana, a los confiados es a
quienes más se engaña, hasta sin escrúpulos. Manolo sabía que Dolores
Roa era incapaz de espionaje, y que si llegasen a traerle chismes y
delaciones, antes prestaría fe a las palabras del hombre amado que a las
de los extraños; así es que, no mucho después de la boda, comenzó a
enredarse en aventurillas galantes, y acabó por establecer relación íntima
con una de las amigas de Dolores, señora de la mejor sociedad, esposa
de un banquero que hacía continuos viajes a París, Londres y Hamburgo,
lo cual daba a los amantes facilidad para verse y pasar reunidos largas
horas.

Explicaba Manolo las ausencias con cacerías, comidas, expediciones y


giras en compañía de sus amigos, y Dolores, fiel a su sistema de
tolerancia cariñosa, llegaba hasta animarle para que no faltase, y
celebraba a la vuelta las anécdotas y lances de la función, referidos por
Manolo con humorística gracia porque el hábil engañador tenía cuidado de

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no mentir siempre y de concurrir no pocas veces, en efecto, a las
distracciones adonde decía que concurría, por tener —si su mujer
preguntaba o hacía indagaciones— más elementos para justificarse en
cualquier caso.

Una noche acostose Dolores nerviosamente intranquila, sin saber el


motivo. Mejor dicho: lo sabía, o se figuraba saberlo. Manolo formaba parte
de numerosa expedición por el río abajo a caza de patos silvestres; iban
en un vaporcillo viejo, comprado de desechos y que se alquilaba para
estos casos, y Dolores, noticiosa del mal estado del vapor, sentía una
angustia profética y vaga, en que el corazón parecía reducírsele de
tamaño —son sus palabras— y convertirse en una bolita microscópica.
Española, de raza, saltó de la cama, encendió dos velas a una Virgen de
los Dolores traspasada con los siete puñales y rezó largas oraciones antes
de volver a recogerse. Su sueño fue agitado, lleno de terribles pesadillas:
veía a Manolo con la cara negra, el pelo pegado a las sienes, chorreante y
despertó gritando, llamando a su esposo con infinita ansiedad.

Era la hora del amanecer, tan poética en los países del Mediodía. Los
azahares perfumaban el aire, y el sol salía claro y puro, como si acabase
de bañarse en las aguas del río. La marquesa, reanimada, se arregló el
pelo y se puso una mantilla para ir a misa a la iglesia próxima. Al primer
grupo de gente madrugadora que encontró, se detuvo, hecha la estatua
del espanto. Hablaban de una catástrofe, de la pérdida de un vapor en que
iban gente conocida, de fiesta y broma, a una cacería de patos en el río…
Se habían salvado pocos, pereciendo ahogados los más.

Blanca como la pared, castañeteando los dientes, Dolores apenas tuvo


fuerzas para volver a su casa, tambaleándose. Loca y paralizada a la vez,
ni sabía qué hacer ni a quién llamar; lo inmenso del horror la trastornaba.
Sólo acertaba a repetir: «¡Manolo! ¡Manolo!», con el acento del que llama
a un ser sobrenatural… Y cuando repetía con más dolor y extravío:
«¡Manolo!…», he aquí que aparece en la puerta Manolo en persona,
sonriente, alegre, tendiéndole los brazos… No se sabe qué instinto de
lucidez, qué extraña astucia vital se desarrolla en momentos supremos. Lo
cierto es que Dolores, encarándose con su esposo, en vez de referirse a la
catástrofe, hizo una extraña pregunta:

—Os habéis divertido mucho, ¿eh? ¿No ha ocurrido nada desagradable?

—¿Qué iba a ocurrir? Una excursión deliciosa… bonitísima…

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Y ella, entonces, después de mirarle fijamente, rompió a reír a
carcajadas… ¡Su risa llenaba la casa de ecos fúnebremente burlones; reía
sin tasa y sin tregua; abofeteaba, escupía su risa al rostro del descarado
engañador, que llegaba en derechura de pasar su noche amorosa, y no
sabía palabra de la catástrofe…!

Y desde entonces, Dolores rió, rió intensamente, retorciendo sus nervios,


gastando su vigor en la convulsión de aquella risa, escarnio de su ilusión
destrozada de su alma generosa en ridículo…

Riendo se separó del embustero; riendo arrastró su amargura por tierras


lejanas…

Ahí tiene usted la explicación de la enfermedad extraordinaria de la


marquesa de Roa.

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Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851-Madrid, 12 de


mayo de 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una noble y aristócrata
novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poeta, dramaturga,
traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del
naturalismo en España. Fue una precursora en sus ideas acerca de los
derechos de las mujeres y el feminismo. Reivindicó la instrucción de las
mujeres como algo fundamental y dedicó una parte importante de su
actuación pública a defenderlo. Entre su obra literaria una de las más

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conocidas es la novela Los Pazos de Ulloa (1886).

Pardo Bazán fue una abanderada de los derechos de las mujeres y dedicó
su vida a defenderlos tanto en su trayectoria vital como en su obra literaria.
En todas sus obras incorporó sus ideas acerca de la modernización de la
sociedad española, sobre la necesidad de la educación femenina y sobre
el acceso de las mujeres a todos los derechos y oportunidades que tenían
los hombres.

Su cuidada educación y sus viajes por Europa le facilitaron el desarrollo de


su interés por la cuestión femenina. En 1882 participó en un congreso
pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza celebrado en Madrid
criticando abiertamente en su intervención la educación que las españolas
recibían considerándola una "doma" a través de la cual se les transmitían
los valores de pasividad, obediencia y sumisión a sus maridos. También
reclamó para las mujeres el derecho a acceder a todos los niveles
educativos, a ejercer cualquier profesión, a su felicidad y a su dignidad.

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