Pr Morillo facilitador: introduccion a la psicologia 5 t° Semestre teologia SETAVEN.
“Los verdaderos principios de psicología se encuentran en las Sagradas
Escrituras.”
Elena G. de White (1990, t1, 10)
I. MISIÓN
Las carreras de psicología de las universidades adventistas tienen la misión de
formar profesionales psicólogos comprometidos con el mejoramiento de la calidad
de vida de los individuos desde su nacimiento hasta la vejez, la familia y la
comunidad, a partir de una educación integral, sustentada en principios éticos y
una cosmovisión bíblica, que le permita evaluar, planear, intervenir e investigar, en
la promoción, prevención, orientación y rehabilitación de la salud mental con una
actitud de esperanza trascendente.
II. VISIÓN
Las carreras de psicología de las universidades adventistas forman profesionales
de la psicología con alta calidad académica, comprometidos con la investigación
científica, el servicio abnegado a sus semejantes, un quehacer identificado con la
ética cristiana, que sean capaces de generar un ambiente de innovación,
creatividad y de resultados óptimos en el área de su desempeño laboral para
incrementar el bienestar total de la gente en esta vida y la salvación eterna.
III. LA COSMOVISIÓN BÍBLICA APLICADA A LA PSICOLOGÍA
Cada cosmovisión es una meta-narrativa que hilvana múltiples disciplinas
filosóficas en un ordenamiento singular que le es único y característico. Para
entender la cosmovisión bíblica-cristiana forzosamente hay que describir su
original enfoque de la realidad, de cómo entiende la producción del conocimiento,
de qué manera concibe la naturaleza humana y cuáles son los ejes de
significados que organizan el entramado principal de su visión particular del
mundo. Nos interesa abordar estos temas en sus aplicaciones a la Psicología,
buscando los postulados básicos que fundamenten una psicología de base
bíblica.
Si bien existen múltiples dimensiones que pueden abordarse en la
consideración de la cosmovisión a fines de constituir una psicología con un enfoque
bíblico, como hace otros autores (v.gr., Miller, 2005; Fayard, 2006), a nuestro criterio
es posible compendiar los análisis realizados distinguiendo ocho
principios primordiales. Ellos son:
(1) LA PRESENCIA ACTIVA DEL SER DIVINO.
En los textos bíblicos, Dios o Jesucristo es un personaje central, constituyendo en un
eje articulador de la vida humana; siendo un principio básico de la visión distintiva
del pensamiento bíblico. Todas las dimensiones de la realidad están sustentadas y
aseguradas por la presencia divina, ya que Él es el creador, sustentador, como el
dador de la sanidad. Así, pues, la ontología, la epistemología, la antropología y la
psicología estarían vaciadas de significados si se prescindiera de Dios. Las
cosmovisiones de las diferentes escuelas de psicología al dejar fuera la presencia de
Dios constituyen cosmovisiones incompletas, insuficientes, amputadas o mutiladas
de lo esencial, ya que soslayan lo absoluto, el motor activo del cosmos y la
naturaleza humana. Igualmente como sucedía en la época de Jesús, cuando la
gente creía en cristologías que desconocían la trascendencia de Cristo y su misión
divina (ver Mat.16:13-20), hoy también asistimos a una psicología con una
cosmovisión secular (naturalismo), proveniente del pensamiento moderno, que ha
desechado lo divino, matando a Dios (Hegel, Nietzsche) o considerándolo como una
“hipótesis innecesaria” (Laplace). Aseguraba William R. Miller (Miller and Delany,
2005, 19): "Toda comprensión de la naturaleza humana es incompleta si no toma
en cuenta la espiritualidad". Por lo tanto, una psicología bíblica debe ubicar a Dios
en el centro de la reflexión y en el quehacer del profesional.
(2) LA RELIGIOSIDAD HUMANA O LA INTERRELACIÓN CON EL SER DIVINO.
En la Biblia los personajes interactuaban todo el tiempo con Dios, como si fuera otro
ser humano. Aunque no siempre aparece una respuesta audible de la Divinidad,
siempre hay diálogo y la comunicación es continua. En los evangelios esa
comunicación es personal y directa, donde el Ser Divino encarnado en la persona de
Jesús, no sólo interactúa con la gente, a través de la palabra (psicoterapia), también
aparece el toque físico u otras acciones orientadas a la cura o la rehabilitación física
del enfermo o doliente (ej., Juan 9). La Psicología progresivamente ha venido
reconociendo la importancia de la espiritualidad y la religiosidad en la vida humana
ya que múltiples investigaciones han encontrado que favorece la salud mental o la
protege de eventos traumáticos (Seirmarco et al., 2011), sin embargo, a veces
queda la impresión de no diferenciar claramente estos conceptos, confundiéndolos.
El planteamiento bíblico descubre la importancia de la religiosidad en la vida
humana, esto es, mantener una relación activa, vigorosa y permanente con el Ser
Divino.
(3) EL CONFLICTO.
La idea bíblica es que no es posible obviar el mal, es parte constitutiva de la realidad
y la naturaleza humana. El apóstol Pablo lo expresó en estos términos: “Porque no
estamos luchando contra gente de carne y hueso, sino contra malignas fuerzas
espirituales del cielo, las cuales tienen mando, autoridad, y dominio sobre este
mundo oscuro” (Efesios 6:12, VP). El conflicto abarca todas las dimensiones de la
realidad, desde lo cósmico, lo socio-político, económico como todos los demás
aspectos de la vida extra como intrapsíquica. Hay que entender, pues, la psicología
humana como inserta dentro de este entramado de fuerzas antagónicas en
permanente batalla. A diferencias de otras teorías del conflicto (v.gr., freudiana,
eriksoniana) en el pensamiento bíblico el conflicto está personalizado en poderes
malignos liderados por Satanás y Dios, quien está interesado en nuestro bienestar y
felicidad en esta tierra y en la vida eterna. La idea bíblica es que no solo somos
víctimas o meros observadores del conflicto, sino podemos tomar parte activa en la
lucha contra el mal, en nuestra vida personal como profesional, al constituirnos en
agentes de salud mental y espiritual favoreciendo o promoviendo condiciones de
mejor salubridad o asistiendo a los dolientes.
(4) AUTOGESTIÓN.
Si bien es cierto que existe una suerte de programación genética de la vida,
realizada aún antes de nacer (Salmo 139:16: todo estaba ya escrito en tu libro;
todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos) , la
cosmovisión bíblica no es determinista ni mecanicista, sino abre amplios espacios a
la libertad humana, para que cada uno pueda gestionar su comportamiento y vida
social. Los estudios neuropsicológicos y de imagen han identificado en la corteza
prefrontal (prefrontal cortex; PFC) la sede de las “funciones ejecutivas del
cerebro”, responsables de la regulación del comportamiento y el pensamiento. “El
PFC está masivamente conectada con la corteza motora y sensorial, y con
estructuras subcorticales como el núcleo caudado y el cerebelo. Estos circuitos
regulan la atención y la acción, inhibiendo apropiadamente pensamientos y
conductas, y coordinando las acciones dirigidas a metas” (Arnsten y Li, 2005,
1377). De modo que existen en el cerebro humano las funciones cognitivas de
auto-regulación, auto-determinación, auto-control, autogestión y auto-dirección,
que operan bajo los mandatos de la voluntad. Afirma E.G. de White (1959, 189):
“Ejercitando la fuerza de voluntad para ponerse en armonía con las leyes de la
vida, los pacientes pueden cooperar en gran manera con los esfuerzos del médico
para su restablecimiento.” Precisamente, uno de los grandes desafíos clínicos es
alinear las funciones cognitivas ejecutivas de los pacientes con los objetivos
sanitarios de la terapia, porque hay que entender los esfuerzos humanos dentro
del contexto del conflicto, donde los resultados no son tanto “gracias a” (las
fuerzas del bien), sino “a pesar de” (los poderes del mal).
(5) TRANSFORMACIÓN.
Como resultado de los procesos de autogestión, en el contexto del conflicto, es
posible el cambio, la cura y las mejoras en la calidad de vida de la gente. La teoría
bíblica del cambio la expresó adecuadamente el apóstol Pablo cuando exhortó a los
creyentes a que: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados
mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de
Dios, buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:2; NVI). El término griego del
original es “metamorfoo”, que significa “cambio”, “transfiguración”,
“transformación”, o buscar una nueva forma de vida. Ahora, bien, ¿cuál es el fin
de la transformación? ¿A dónde apunta el cambio? ¿Cuál es el ideal bíblico de la
salud o el bienestar al cual se aspira? Para el pensamiento bíblico la solución está
en el proyecto de Dios para cada persona, que “en su libro” está inscrito, el ideal o
lo máximo que puede llegar a ser. Un texto de Pablo lo explica: “Por lo tanto,
todos nosotros, que miramos la gloria del Señor a cara descubierta, como en un
espejo, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el
Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). Esa imagen de sí mismo se va descubriendo
paulatinamente, gracias a los destellos de las revelaciones divinas, que no
solamente descubre la plenitud a conseguir sino además proporciona los recursos
para alcanzarla, por medio de la asistencia del Espíritu Santo. En ese magno
objetivo, el psicólogo cristiano se convierte en auxiliar del Espíritu. Es importante
puntualizar que los psicólogos no podemos “transformar” a nadie, ya que esta es
una operación del Espíritu Santo, sólo podemos ayudar a la gente a cambiar para
mejorar su calidad de vida.
(6) ESPERANZA.
Es otro principio esencial de la Psicología Cristiana. Es importante entender el
concepto bíblico de esperanza que difiere de otras ideas que provienen de
diferentes cosmovisiones. La psicología americana ha investigado profusamente la
esperanza, entendiéndola como la "percepción de que las metas podían ser
alcanzadas" (Herth, 1991, 40) o las expectativas o deseos (Lynch, 1965; Stotland,
1969) de alcanzar una meta. Se trata de "una medida del optimismo con que una
persona espera resultados favorables, no solamente en las propias actividades
terrenas, sino también en fenómenos cósmicos y aún en sucesos espirituales o
imaginarios" (Gottschalk, 1974; Larraguibel y Lolas, 1991). Igualmente se ha
definido el optimismo como la "inclinación a anticipar los mejores resultados
posibles" o "las expectativas generalizadas de resultados" (Scheier y Carver,
1987, 169-170). Para la Biblia la esperanza no es el cumplimiento de sueños,
ilusiones o deseos que se depositan en el futuro, ni otras "proyecciones que el
hombre se forma de su futuro" (Bultmann, 1964, 521), sino algo interrelacional, un
vínculo de confianza en Dios. Por eso, el salmista afirma: “Porque tú, oh Señor
Dios, eres mi esperanza, mi confianza desde mi juventud” (Sal.71:5). La
esperanza cristiana no espera “algo”, espera “alguien”, no espera cosas espera
una persona que vendrá, el regreso de Cristo. Mientras que la esperanza humana
es confiar en las propias expectativas, lo que significa confiar en uno mismo, la
esperanza bíblica es confiar en Cristo, quien es “la esperanza de la gloria”
(Col.1:27 BJ). Según Bultmann (1964, 521-523) la idea bíblica de esperanza
incluye las siguientes ideas: 1) esperar un bien; 2) tener un futuro fundado en la
promesa; 3) está centrada en la confianza; 4) el objeto principal es Dios; 5)
contiene las ideas de aguantar, resistir, perseverar (Ver, Job 6:11; 13:15; 14:14;
30:26; Sal:71:14.); 6) abre la posibilidad de cambio en medio de la crisis; 7)
aparece en un estado de tensión dialéctica con respecto a la desesperanza. “En
ese vínculo religioso se desarrolla el temple de la esperanza, que implica coraje,
fortaleza, paciencia y paz. Entre las sombras del presente y el mañana que
ilumina la esperanza se instala el "todavía no", que diseña el espacio de la espera.
Es una orientación prospectiva de vida, fundante de un nuevo futuro, que emerge
del campo de lo posible y lo nuevo abierto por la fe. Se centra precisamente en la
confianza de la espera en Dios, sin que esto inhiba el esfuerzo personal. Surge
del entramado vital y dramático de la vida cotidiana, cuando la tentación al abati-
miento y la melancolía nos invade, para despertar la conciencia de lo divino y
nuestro destino glorioso, en un acto de ejercicio de libertad, que proporciona
fortaleza moral, un espíritu de desafío y afrontamiento, diseñando un sentido
productivo de vida, movido por el amor” (Pereyra, 1997, 119).
(7) DIFICULTADES PARA CONOCER EL PENSAMIENTO HUMANO.
Dice la Biblia: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso;
¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Esa interrogante desafiante que la
Psicología trata de responder a través de métodos de evaluación y diagnóstico
cada vez más perfeccionados, tiene una respuesta definida, identificando el
“quién”: “Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a
cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jeremías 17: 10).
Asimismo, el apóstol Pablo, comentando que el conocimiento humano va
progresando a lo largo de la vida —“Cuando yo era niño, hablaba como niño,
pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás
las cosas de niño”—, declara enfáticamente: “Ahora vemos de manera indirecta y
velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco
de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido” (1
Corintios 13:12; NVI). Da a entender que el conocimiento psicológico es
“indirecto”, parcial (dicen otras versiones), “velado”, borroso o impreciso, y, por lo
tanto, “imperfecto”. Sólo Dios nos conoce en forma plena, precisa y profunda. La
Psicología Profunda ha logrado avances significativos en el conocimiento del
pensamiento humano, especialmente en el nivel inconsciente, al descubrir los
laberintos y procesos complejos que recorren los conflictos e identificar los
mecanismos de defensa del Yo (A. Freud, 1966), que el cognitivismo desde otra
perspectiva, llama las “estrategias de afrontamiento” (Lazarus y Folkman, 1986).
Las escuelas guestálticas, el análisis existencial, la logoterapia, el enfoque
sistémico, la psicología experimental y el cognitivismo-comportamental, por citar
las más importantes, han realizado aportes muy importantes en el conocimiento
del psiquismo, tanto en lo individual como en el contexto familiar, social y cultural.
Sin embargo, todavía el conocimiento psicológico es probabilístico y el método
científico en Psicología tiene muchas limitaciones (ver, por ej., Yela, 1996).
8) LA PREMINENCIA DEL PENSAMIENTO EN LA FORMACION Y EL DESTINO
HUMANO
Afirma categóricamente Proverbios 23.7: "Porque cuál es su pensamiento en su
corazón (mente) tal es él." Este postulado que privilegia las funciones cognitivas
se reitera en otros textos. Por ejemplo, los antediluvianos fueron destruidos
porque "todo designio de los pensamientos del corazón (mente) de ellos era de
continuo al mal" (Gen.6:5), igualmente los habitantes de Judá y Jerusalén de la
época de Jeremías, se resistían al arrepentimiento ya que “cada uno cometerá la
maldad que le dicte su obstinado corazón” (Jer.18:12; NVI), a diferencia de los
justos que “solo piensan en la justicia” (Prov.12:5; RVC). En Jeremías 6:19 se
anuncia que el pueblo será castigado debido a "el fruto (o consecuencia) de sus
pensamiento", pero también a que “no escucharon mis palabras, y aborrecieron mi
ley”, es decir, a su mal comportamiento. Asimismo, Moisés advirtió que “si tu
corazón (mente) se apartare y no oyere” “de cierto pereceréis” (Deut. 30:17-18),
en el contexto de la elección entre la vida y la muerte (vs.15-20), que instituye a la
voluntad el rol decisivo de definir el destino actual y eterno. Jesucristo también
puso de relevancia las funciones cognitiva al declarar que "cualquiera que mira a
una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón (mente)" (Mat.5:28),
aun cuando no llegue al acto. Aunque al joven rico le pidió: "vende todo lo que
tienes,, y dalo a los pobres, y tendrás tesoros en el cielo" (Lc.18:22) hay que
entender que su problema no era del hacer sino del sentir ya que amaba más sus
posesiones que a Dios. Hay que reconocer que el concepto bíblico no es
exclusivamente cognitivista ya que reconoce la presencia y la acción de otras
variables en la formación del carácter y la personalidad, de tipo conductual,
emocional, motivacional y aun circunstancial, como el caso del “prodigo” de la
parábola que “volvió en si” cuando la adversidad y la cruda realidad lo hicieron
sufrir el desamparo y la orfandad (Lc.15:14-20). No alcanza con saber o conocer
sino es necesario llevar a la práctica la palabra (Mat.7:24; Lc.6:46-47), ser
“hacedores de la palabra y no tan solamente oidores”(Stgo.1:22), especialmente
haciendo la voluntad del Padre si se pretende entrar al “reino de los
cielos”(Mat.7:21; 7:50) siguiendo el ejemplo del mismo Jesucristo (Jn.5:30).
También es indispensable el amor para conocer a Dios (1 Jn.4:7-8; Ef.5:2), ya que
sin amor nada somos ni servimos para nada (1 Cor.13:1-3). También la Biblia
enfatiza la importancia de otras virtudes como la mansedumbre (Mat.5:5), el ser
“limpio corazón” (vs.8) y las que constituyen el “fruto del Espíritu”, el gozo, la paz,
la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe y la templanza (Gal.5:22-23).
IV. ORIENTACIONES PARA LA ENSEÑANZA DE LA PSICOLOGÍA EN
UNIVERSIDADES ADVENTISTAS
1) Formar psicólogos con una cosmovisión bíblica y con los principios que
emanan de los escritos de Elena G. de White, que sean capaces de discernir
las diferencias de otros marcos teóricos y puedan desarrollar su profesión en
armonía con esos fundamentos trascendentes.
2) Incorporar a los currículos de las Escuelas de Psicología una o más
asignaturas de Cosmovisión Bíblica o de Filosofía de la Psicología para
estudiar los principios del comportamiento humano que se encuentran
implícitos en las Sagradas Escrituras o en los escritos inspirados de EGW.
3) Constituir un equipo docente con especialistas fuertemente identificados con
las enseñanzas bíblicas y del Espíritu de profecía no sólo para dictar las
asignaturas de cosmovisión sino para todas las disciplinas del plan de estudio a
fin de realizar una plena integración de las enseñanzas psicológicas con la fe
cristiana.
4) Promover la investigación de los docentes y estudiantes, especialmente de
temas de psicología cristiana, como el perdón, la esperanza, la compasión, la
gratitud, la práctica religiosa, la psicología de los adventistas, entre otros.
5) Elaborar modelos teóricos y operativos, como estrategias y técnicas de
intervención de base o de inspiración bíblica.
6) Promover las publicaciones de revistas científicas, académicas o de
divulgación, identificadas con la psicología cristiana, para difundir los
descubrimientos de la investigación o la publicación de ensayos que brinden
los aportes de la psicología cristiana.
7) Proveer conocimientos, herramientas (tests, cuestionarios u otros) o estudios
de campo (de preferencias, de mercado, descubrimiento de tendencias u otros)
que puedan ser útiles para la evangelización u otros programas que desarrolle
la iglesia en el cumplimiento de su misión.
8) Realizar programas específicos de atención comunitaria o dirigir centros
universitarios encargados de la promoción, la prevención y la asistencia de la
salud mental, tanto para la gente de la iglesia como para la población en
general.
9) Promover el pensamiento crítico capaz de identificar los fundamentos
ideológicos (antropológicos, epistemológicos y metafísicos) de las diversas
escuelas o enfoques de la psicología para compararlos con los derivados de la
cosmovisión bíblica.
V. EL SIGLO XXI Y EL ROL DE LA PSICOLOGÍA ADVENTISTA
“y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y
de las olas. Los hombres quedarán sin aliento por el temor y la expectación de las
cosas que sobrevendrán en la tierra, porque las potencias de los cielos serán
conmovidas”.
Lucas 21:25-26
Probablemente el siglo XXI sea el último de la historia humana. Vivimos en
tiempos inéditos, cuando la historia se ha acelerado, moviéndose rápidamente
debajo de nuestros pies, en cambios rápidos en todos los órdenes, precipitándose
hacia el fin. Algunos filósofos de la cultura denominan la etapa actual con el
nombre de “hipermodernidad” (Aubert, 2004; Ascher, 2005; Lipovetsky 2006) y
piensan que la misma es irreversible, que difícilmente dará lugar a otra nueva o
diferente. Las manifestaciones del mundo actual tienen características que se
equiparan al mismo tiempo con los días de Noé, los tiempos de Sodoma y
Gomorra, y las descripciones escatológicas de los evangelios y el Apocalipsis.
A grandes rasgos podríamos decir que la sociedad hipermoderna esta
movida por una escalada de excesos, de lo superlativo, de ir más a prisa; “la
escalada paroxística del ‘siempre más’ se ha introducido en todos los ámbitos del
conjunto colectivo” (Lipovetsky, 2006, 58). Un escenario caracterizado por los
extremos y el descontrol, por “compras compulsivas, endeudamiento,
ciberdependencias, toxicomanías, prácticas aditivas de todo tipo, anarquía de los
comportamientos alimentarios, individualismo desbocado y caótico” (Lipovetsky,
2008, 119). Esos procesos de exacerbación sin límites se observa en el
capitalismo y el consumismo, en el marco de la hegemonía de los mercados,
además en la ultraviolencia, el terrorismo y el hiperindividualismo.
Desde la década de los 90 se ha instalado “el fenómeno de la inseguridad
personal, expresado en el aumento de los delitos violentos, y que aparece con la
crisis del Estado de bienestar y en el marco de la aplicación de políticas
económicas neoliberales” (Pegoraro, 2000, 114). Ese fenómeno ha ido creciendo
paulatinamente como puede apreciarse, por ejemplo, en el aumento de las
compañías de vigilancia y los servicios de guardaespaldas, igual que la industria
de fabricación de chalecos antibalas, artefactos para defensa personal, blindaje de
automóviles, instalación de alambrados eléctricos o sistemas de rastreo. La
inseguridad se relaciona con el incremento del consumo de drogas y el
narcotráfico, la desconfianza de las instituciones policiales y de justicia, la
polarización y profundización de quienes tienen más y los marginados
económicos, la incertidumbre del futuro, entre otras razones.
La sociedad hipermoderna promueve el valor de la realización personal, el
culto a la autonomía personal y el respeto a la singularidad subjetiva. Se impuso
un nuevo tipo de individuo, cada vez más independiente y narcisista, interesado
en su propio bienestar que en los demás, replegado sobre sí mismo, con sus
auriculares escuchando el MP4 o enviando mensajes en el celular, insensibilizado
a la presencia de los demás. El hiperindividualismo ha sido posible gracias a la
atomización social, la desintegración de la cosa pública, la cultura de la
decepción, la falta de normas o de coacción social, ya que el deber es más
opcional que obligación. Es cierto que se trata de un individuo hedonista,
consumista, que gasta mucho dinero en diversiones y vacaciones, que le encanta
las modas y las canciones de éxito. La obsesión por uno mismo “no se manifiesta
tanto en la fiebre del goce como en el miedo a la enfermedad; se trata de un
individuo “angustiado por la edad y las arrugas, obsesionado por la línea, por la
higiene, por los tratamientos terapéuticos: el cuerpo adquiere rango de verdadero
objeto de culto” (Norvión, 2010, 17).
En estos últimos tiempos, la necesidad de afirmación individual, el deber de
obtener resultados rápidos, incluso la exigencia de éxito, han propagado una
epidemia generalizada de estrés y burn-out. Sigue en aumento, en forma
alarmante, las depresiones, los trastornos de la ansiedad y del sueño, entre otras
disfunciones emocionales o del comportamiento. Es que se exige del individuo
que sea emprendedor, hiperactivo, respondiendo a las exigencias del tiempo, en
una vida agobiante, insegura, con un futuro incierto.
La desconfianza es la enfermedad de la época, que se manifiesta, en dudas,
incertidumbre, recelos, temores, medidas precautorias y aún ataques preventivos.
USA invadió Irak por la desconfianza que podría tener armas nucleares que
podrían usarse en su contra. La desconfianza es el origen de las falsas
interpretaciones, del imperio de la "mala fe" y la raíz del descontento. En el ámbito
individual, la desconfianza lleva a levantar muros, evitar la gente, aislarse o huir,
generando trastornos de la identidad y delirios paranoides. En la vida social, la
cultura de la desconfianza es un virus que infecciona la credibilidad de las
instituciones, de la política, de la policía y de la sociedad toda. Ataca la economía
y las buenas relaciones sociales. Está relacionada con la vigilancia, la inseguridad
y el estrés permanente.
En una sociedad seducida por lo frívolo y lo superfluo, como la moda, los
espectáculos de las grandes estrellas de la música y del deporte, corroída por la
desconfianza, dominada por un estado de inquietud e incertidumbre ante el
porvenir, se ha despertado la necesidades espirituales y la gente busca como
nunca antes a Dios. Asistimos a un auge de la espiritualidad y las religiones,
porque ellas dan sentido a la vida, construye identidades y proporciona la
convicción de la realización personal. La modernidad rechazaba las creencias
religiosas, la posmodernidad las toleraba, en tanto, la hipermodernidad las busca.
Algunos han llamado la “Victoria de Dios” a esa revitalización de las religiones, al
“renovado interés por las enseñanzas de la Iglesia, como una necesidad de las
verdades últimas, como un deseo de reencontrar la propia identidad, también y
sobre todo con respecto a lo trascendente” (Vattimo, 1998, 109), aunque hay que
reconocer que en la época de la desconfianza, muchos se han alejado de las
religiones institucionalizadas y de las prácticas formales. El auge espiritualista a
llegado a las sectas, el espiritismo y quienes hacen curas milagrosas, el
orientalismo, la astrología, las llamadas “medicinas alternativas”, el yoga, el
Control Mental, la Meditación Trascendental, brujería, reencarnaciones,
esoterismos y misticismos diversos de todo tipo. Se trata, pues, de un nuevo
espiritualismo.
Estas realidades del mundo resulta un gran desafío para los psicólogos, ya
que las necesidades principales de la gente durante el siglo XXI son y serán
mayormente de demanda psicológica. Precisamente, la oficina de estadísticas
laborales de los Estados Unidos (bls, 2008), estima que la psicología será una de
las tres profesiones más importantes en crecimiento de la demanda del mercado
en los próximos quince años. El extraordinario crecimiento que ha experimentado
el estudio de esta disciplina en las dos últimas décadas y la realidad de un mundo
cada día más complejo y con dificultades crecientes, explican y auguran a la
psicología la asunción de un rol protagónico en la sociedad del mañana. En medio
de la catarata de acontecimientos que impactan nuestra cultura, el ser humano
actual —y en mayor proporción, el del futuro— sufre los embates de los cambios,
en una búsqueda infructuosa de un sentido individual y un soporte que
fundamente la identidad personal. El desarrollo notable de los medios de
comunicación de masa, los procesos de globalización, fragmentación, la desinte-
gración de la familia y los nuevos paradigmas de la cultura narcisista, entre otras
variables, han menoscabado la integración y unidad del sujeto, promoviendo una
crisis de identidad sin parangón. Así, el hombre hipermoderno plantea desafíos
insoslayables para el quehacer psicológico actual y futuro.
Hay que reconocer que no sólo el mundo ha cambiado en forma
descomunal, también la iglesia adventista ha revelado transformaciones
importantes en relación a la Psicología. Hace 20 años, en 1991, se fundó la
primera carrera universitaria de licenciatura en Psicología en América Latina, en
Argentina, para posteriormente ir apareciendo otras carreras en el área en
diferentes países para totalizar actualmente once universidades (ellas son: la
Universidad Peruana Unión, en Perú, tanto en Ñaña, donde está la sede central
como en sus dos anexos de Juliaca y Tarapoto, la Universidad Adventista de
Centro América, en Costa Rica, la Universidad de Montemorelos, en México, la
Universidad Adventista Dominicana, en Santo Domingo, el Centro Universitario de
San Pablo, Brasil, la Universidad Adventista de Chile, la Universidad Adventista de
Las Antillas, en Puerto Rico, la Universidad de Linda Vista, en Chiapas, México, y
las Facultades Adventistas de Bahía, Brasil) que ofrecen la licenciatura de
Psicología, además del grado de Maestrías y doctorado en familia (en
Montemorelos). En Estados Unidos prácticamente casi todas las universidades y
la mayoría de los colegios tienen carreras de Psicología, totalizando doce
instituciones académicas (Washington Adventist University Andrews University,
Atlantic Union College, Canadian University College, La Sierra University, Loma
Linda University, Pacific Union College, Southern Adventist Universit
Southwestern Adventist Universit, Union College Walla Walla University
Washington Adventist University), que ofrecen carreras de psicología, en nivel de
pregrado y de posgrado, con varias ofertas de doctorado que tiene Loma Linda
University.
En este escenario de un mundo cambiante que avanza aceleradamente
hacia el fin y miles de estudiantes adventistas de psicología que egresan de estas
veintitrés carreras de las Américas, para ofrecer sus conocimientos y asistencia
terapéutica a la sociedad, ¿qué espera la Iglesia de los graduados, los docentes y
los dirigentes de las carreras adventistas en estos tiempos finales de la historia?
¿Cuál debe ser el rol que juegue en el futuro la psicología adventista en el
mundo?
Creemos que la Iglesia espera de los profesionales adventistas del área de
la Psicología que se identifiquen plenamente con la predicación del evangelio,
invirtiendo sus conocimientos, habilidades y tiempo en el cumplimiento de la
misión, que vivan las creencias y las practiquen, en su vida personal como
profesional, pero especialmente que ejerzan su trabajo de expertos con
responsabilidad y eficiencia, desarrollando programas asistenciales, en todos los
niveles (primario, secundario y terciario), con estrategias y técnicas de
intervención que sean inspiradas en la cosmovisión bíblica, que no sólo provean a
la población de salud mental, sino también puedan ofertar los beneficios de la
salud espiritual, para aquellos que buscan un sentido trascendente de vida, que
les permita construir un nuevo futuro bajo el signo de la promesa.
Se ha dicho que la “tarea principal de la psicoterapia es transformar las
historias de desesperanza en historias de esperanza” (Frank, 1987), cambiar el
discurso pesimista o fatalista del paciente por un discurso que abra nuevas
posibilidades, que brinde soluciones a los problemas, que de confianza y
seguridad, esto es, que trasmita la esperanza de un futuro mejor. Los psicólogos
son “embajadores de la esperanza” han declarado Beavers y Kaslow (1981), ya
que deben suscitar destinos más promisorios, que mejore la calidad de vida de los
clientes y puedan adquirir la dignidad de una vida satisfactoria y plena. La Iglesia
también espera que los psicólogos adventistas puedan desempeñar ese rol de
trasmitir la esperanza, no sólo para los límites de la experiencia terrenal de los
clientes sino una esperanza más amplia y consumada, la esperanza trascendente,
“bienaventurada” (Tito 2:13), que alcance los espacios ilimitados de la eternidad.