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Crónica - Hamilton

El documento resume el duelo de 1804 entre Alexander Hamilton y Aaron Burr en Weehawken, Nueva Jersey. Burr disparó y hirió a Hamilton, quien falleció al día siguiente. A pesar de ser un líder federalista, Hamilton participó en numerosos duelos antes. El duelo marcó el fin de la carrera política de Burr y el partido federalista nunca se recuperó de la pérdida de Hamilton.

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Crónica - Hamilton

El documento resume el duelo de 1804 entre Alexander Hamilton y Aaron Burr en Weehawken, Nueva Jersey. Burr disparó y hirió a Hamilton, quien falleció al día siguiente. A pesar de ser un líder federalista, Hamilton participó en numerosos duelos antes. El duelo marcó el fin de la carrera política de Burr y el partido federalista nunca se recuperó de la pérdida de Hamilton.

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El idiota que disparó a

Alexander Hamilton
Por Ingrid Goche

★ ★ ★

“ Podría indicar cosas todavía más despreciables que Hamilton ha dicho del
señor Burr “

Era una mañana calurosa de 1804, 11 de julio para ser más exactos.
Una barca que transporta al vicepresidente y su padrino, atraviesa el río
Hudson, con destino a Weehawken. El lugar acordado para batirse en
duelo con “la joven estrella del movimiento de independencia”: Alexander
Hamilton. Aquel inmigrante que, sin ápice de duda, aceptó el
enfrentamiento. Ese que despotricó contra su nombre y ni siquiera tuvo la
decencia de hacerlo en su cara. Este día tendría que retractarse o estar
dispuesto a pagar por las calumnias.

Burr fue el primero en llegar, el caribeño lo hizo después. A Hamilton


le acompañaba igualmente su padrino, Nathaniel Pendleton. Sin darle
vueltas al asunto, ambos eligen su arma, con una sola bala, algo que, se
asume, fue por acuerdo mutuo. De repente, Alexander interrumpe el
protocolo para escoger meticulosamente la posición que tomará.
Comprueba el ángulo del sol, analiza distintas ubicaciones desde donde
su tiro pueda ser lo más efectivo posible.

En la cultura popular actual, todos aclaman al ex-secretario del


tesoro de Estados Unidos. Minimizan y justifican sus errores, como si ser
uno de los padres fundadores otorgara inmunidad al pecado y
absolución total de represalias por sus malas decisiones. Los
historiadores más románticos cuentan que Hamilton nunca tuvo la
intención de disparar. Él planeaba fallar, o al menos eso es lo que él
expresó en la carta que dejó a Eliza, su esposa, pero esto no se trataba de
otra cosa más que de un muy astuto hombre preparando la posible
derrota. Porque, ¿Qué otro motivo tendría Alexander para pedir la
autorización de Burr para colocarse las gafas? Si no es el tener un
disparo mortal.
El duelo exige satisfacción, si la persona que ha realizado la ofensa
pide disculpas, entonces todo ha acabado. La segunda oportunidad de
paz, se da cuando ambas partes mandan a sus padrinos a negociar una
solución diferente, que no sea atravesar al otro con una bala. Pero, por lo
que sabemos, esta última fue directamente omitida por ambas figuras
políticas.

Una vez colocados a la distancia acordada, apuntaron sus pistolas


al contrario y abrieron fuego. Los dos participaron en duelos
anteriormente, Burr solamente en uno, Hamilton se había enfrentado a
veinticuatro. Ninguno estaba en terreno desconocido, sin embargo,
podemos ver reflejada una parte fundamental de la personalidad de cada
uno en tan solo dos cifras. Los números no mienten.

En la dichosa carta de despedida, Alexander alegó ser un hombre


reticente a los duelos, pero que, habiendo conocido su activa
participación en estos, podemos encontrar otra discordancia con la
palabra del inmigrante.

Algo que no sabían, o que decidieron ignorar, es que ese momento,


en que ambos jalaron el gatillo, quedaría grabado en los libros, pinturas y
hasta estatuas. La historia tenía los ojos puestos en ambos, en ese duelo.
En el instante exacto en que la bala, perteneciente a Burr, impactó contra
las costillas de Hamilton, costado izquierdo, alojándose en su espina
dorsal. El representante, y líder, del partido federalista: falló.

Al día siguiente, Alexander Hamilton finalmente falleció. Aaron Burr


se había convertido en el “villano” de su historia.

La verdad innegable es que ambos sufrieron consecuencias fatales.


Hamilton perdió la vida y junto a él, murió el partido federalista, siendo
incapaz de encontrar a un ideologista que tuviera comparación con su
antiguo líder. Y por parte de Burr, a pesar de haber disfrutado de
veintidós largos años más, su carrera política no se pudo recuperar de tal
acto con el que cargaría hasta doscientos dieciséis años después, y
probablemente siempre lo haga.

¿Qué si alguna vez se arrepintió de haber hecho lo que hizo? La


novelista Gore Vidal pone en boca de un anciano Aaron Burr, a partir de
una conversación con el periodista William Legget, sus palabras, años
después del duelo:

“La diferencia entre el coronel Hamilton y yo, es que en el instante


decisivo, la mano de Hamilton falló; la mía nunca lo hace ”

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