Alquimia
Alquimia
En el plano espiritual de la alquimia, los alquimistas debían transmutar su propia alma antes de transmutar
los metales. Esto quiere decir que debían purificarse, prepararse mediante la oración y el ayuno.1
Índice
Visión general
La alquimia como investigación de la naturaleza
La alquimia como disciplina espiritual y filosófica
Alquimia y astrología
La alquimia en la época científica
La alquimia como objeto de investigación histórica
Etimología
La alquimia en la historia
La alquimia en el Antiguo Egipto
La alquimia china
La alquimia india
La alquimia en el mundo griego
La alquimia en el Imperio romano
La alquimia en el mundo islámico
La alquimia en la Europa medieval
La alquimia en la era moderna y el Renacimiento
El declive de la alquimia occidental
Alquimia en la época moderna
Transmutación nuclear
Afirmaciones de transmutación no verificadas
Psicología analítica
Obras clásicas de alquimia
La alquimia en la cultura popular
Véase también
Otros artículos relacionados con la alquimia
Filosofías relacionadas
Conexiones científicas
Sustancias de los alquimistas
Referencias
Bibliografía
Bibliografía citada
Bibliografía recomendada
Enlaces externos
Visión general
La percepción popular y de los últimos siglos sobre los alquimistas, es que eran charlatanes que intentaban
convertir plomo en oro, y que empleaban la mayor parte de su tiempo elaborando remedios milagrosos,
venenos y pociones mágicas.
Fundaban su ciencia en que el universo estaba compuesto de cuatro elementos clásicos a los que llamaban
por el nombre vulgar de las sustancias que los representan, a saber: tierra, aire, fuego y agua, y con ellos
pretendían preparar un quinto elemento que contendría la potencia de los cuatro en su máxima exaltación y
equilibrio.
La mayoría eran investigadores cultos, inteligentes y bien intencionados, e incluso distinguidos científicos,
como Isaac Newton y Robert Boyle. Estos innovadores intentaron explorar e investigar la naturaleza
misma. La base es un conocimiento del régimen del fuego y de las sustancias elementales del que tras
profundas meditaciones se pasa a la práctica, comenzando por
construir un atanor u horno alquímico. A menudo las carencias
debían suplirse con la experimentación, las tradiciones y muchas
especulaciones para profundizar en su arte.
Para diferenciar las sustancias vulgares de aquellas fabricadas por su arte, los alquimistas, las designaban
por el mismo nombre de acuerdo a alguna de sus propiedades, si bien procedían a añadirle el apelativo de
«filosófico» o «nuestro». Así, se hablaba de «nuestra agua» para diferenciarla del agua corriente. No
obstante, a lo largo de los textos alquímicos se asume que el aprendiz ya sabe diferenciar una de otra y, en
ocasiones, explícitamente no se usa, ya que de acuerdo al arte hermético «no se debe dar perlas a los
cerdos», razón por la que muchos fracasaban al seguir al pie de la letra las diferentes recetas. La
«iluminación» solo se alcanzaba tras arduos años de riguroso estudio y experimentación. Una vez que el
aprendiz lograba controlar el fuego, el tiempo de los procesos y los procesos mismos en el reino vegetal,
estaba listo para acceder a los arcanos mayores, esto es, los mismos trabajos en el reino animal y mineral.
Sostenían que la potencia de los remedios era proporcional a cada naturaleza.
Los trabajos de los alquimistas se basaban en las naturalezas, por lo que a cada reino le correspondía una
meta: al reino mineral la transmutación de metales vulgares en oro o plata, al reino animal la creación de
una «panacea», un remedio que supuestamente curaría todas las enfermedades y prolongaría la vida
indefinidamente. Todas ellas eran el resultado de las mismas operaciones. Lo que cambiaba era la materia
prima, la duración de los procesos y la vigilancia y fuerza del fuego. Una meta intermedia era crear lo que
se conocía como menstruo y lo que ofrecía era una multiplicación de sí mismo por inmersión de otras
substancias semejantes en fusión/disolución (según su naturaleza) con estas. De modo que se conseguía
tanto la generación como la regeneración de las substancias elementales. Estos no son los únicos usos de
esta ciencia, aunque sí son los más conocidos y mejor documentados. Desde la Edad Media, los alquimistas
europeos invirtieron mucho esfuerzo y dinero en la búsqueda de la piedra filosofal.
Los alquimistas nunca tuvieron voluntad para separar los aspectos físicos de las interpretaciones metafísicas
de su arte. La falta de vocabulario común para procesos y conceptos químicos, así como también la
necesidad de secretismo, llevaba a los alquimistas a tomar prestados términos y símbolos de la mitología
bíblica y pagana, la astrología, la cábala y otros campos místicos y esotéricos, de forma que incluso la
receta química más simple terminaba pareciendo un obtuso conjuro mágico. Más aún, los alquimistas
buscaron en esos campos los marcos de referencia teóricos dentro de los cuales podrían encajar su creciente
colección de hechos experimentales inconexos.
A partir de la Edad Media, algunos alquimistas empezaron a ver cada vez más estos aspectos metafísicos
como los auténticos cimientos de la alquimia y a las sustancias químicas, estados físicos y procesos
materiales como meras metáforas de entidades, estados y transformaciones espirituales. De esta forma, tanto
la transmutación de metales corrientes en oro como la panacea universal simbolizaban la evolución desde
un estado imperfecto, enfermo, corruptible y efímero hacia un estado perfecto, sano, incorruptible y eterno;
y la piedra filosofal representaba entonces alguna clave mística que haría esta evolución posible. Aplicadas
al propio alquimista, esta meta gemela simbolizaba su evolución desde la ignorancia hasta la iluminación y
la piedra representaba alguna verdad o poder espiritual oculto que llevaría hasta esa meta. En los textos
escritos según este punto de vista, los crípticos símbolos alquímicos, diagramas e imaginería textual de las
obras alquímicas tardías, contienen típicamente múltiples capas de significados, alegorías y referencias a
otras obras igualmente crípticas; y deben ser laboriosamente «descodificadas» para poder descubrir su
auténtico significado.
Alquimia y astrología
La alquimia en Occidente y otros lugares donde fue ampliamente practicada estaba (y en muchos casos aún
está) íntimamente relacionada y entrelazada con la astrología tradicional al estilo griego-babilónico. En
muchos sentidos fueron desarrolladas para complementarse una a la otra en la búsqueda del conocimiento
oculto. Tradicionalmente, cada uno de los siete cuerpos celestes del sistema solar que conocían los antiguos
estaba asociado, ejercía el dominio sobre, y gobernaba un determinado metal. En el hermetismo está
relacionada tanto con la astrología como con la teúrgia.
De la alquimia occidental surge la ciencia moderna. Los alquimistas utilizaron muchas de las herramientas
que se usan hoy. Estas herramientas eran a menudo fabricadas por ellos mismos y podían estar en buen
estado, especialmente durante la Alta Edad Media. Muchos intentos de transmutación fallaban cuando los
aprendices de alquimia elaboraban sin conocer compuestos
inestables, lo que se veía empeorado por las precarias condiciones
de seguridad.
Tal es el caso, por ejemplo, del barón Carl Reichenbach, un conocido químico de la primera mitad del
siglo xix, que trabajó sobre conceptos parecidos a la antigua alquimia, tales como la fuerza ódica, pero su
trabajo no entró en la corriente dominante de la discusión científica.
La transmutación de la materia, disfrutó de un momento dulce en el siglo xx, cuando los físicos lograron
transformar átomos de plomo en átomos de oro mediante reacciones nucleares. Sin embargo, los nuevos
átomos de oro, al ser isótopos muy inestables, resistían menos de cinco segundos antes de desintegrarse.
Más recientemente, informes de transmutación de elementos pesados —mediante electrólisis o cavitación
sónica— fueron el origen de la controversia sobre fusión fría en 1989. Ninguno de estos hallazgos ha
podido ser aún reproducido con fiabilidad.
El simbolismo alquímico ha sido usado ocasionalmente en el siglo xx por psicólogos y filósofos. Carl Jung
revisó el simbolismo y teoría alquímicos y empezó a concebir el significado profundo del trabajo alquimista
como una senda espiritual. La filosofía, los símbolos y los métodos alquímicos han gozado de un cierto
renacimiento en contextos postmodernos tales como el movimiento Nueva era.
Etimología
La palabra alquimia procede del árabe al-khīmiyaˀ ()الخيمياء, que
podría estar formada por el artículo al- y la palabra griega khumeia
(χυμεία), que significa «echar juntos», «verter juntos», «soldar»,
«alear», etc. (de khumatos, «lo que se vierte», «lingote», o del
persa kimia, «oro»). Un decreto de Diocleciano, escrito en griego
sobre el año 300, ordenaba quemar «los antiguos escritos de los
egipcios, que trataban sobre el arte de fabricar oro y plata»3 la
khēmia transmutación. La palabra árabe kīmiyaˀ, sin el artículo, ha
Réplica del filósofo, médico y
dado lugar a «química» en castellano y otras lenguas, y al-kīmiyaˀ
químico Andreas Libavius en la
significa, en árabe moderno, «la química».
bóveda histórica del ayuntamiento de
Se ha sugerido que la palabra árabe al-kīmiyaˀ significaba en
Rothenburg ob der Tauber.
realidad, originariamente, «la ciencia egipcia», tomando prestada
del copto la palabra kēme, «Egipto», así alquimia era el «arte de
Keme» (o su equivalente en el dialecto medieval bohaírico del copto, khēme). La palabra copta deriva del
demótico kmỉ, y este a su vez del egipcio antiguo kmt. Esta última palabra designaba tanto al país como al
color ‘negro’ (Egipto era la ‘tierra negra’, en contraste con la «tierra roja», el desierto circundante), por lo
que esta etimología podría también explicar el apodo de «magia negra egipcia». Sin embargo, esta teoría
puede ser solo un ejemplo de etimología popular.
En la Edad Media se solía usar la expresión ars chimica para aludir a la alquimia.
A veces, se considera a la palabra crisopeya sinónimo de alquimia, pero esta es mucho más que la mera
búsqueda del método para fabricar oro. La palabra crisopeya viene del griego χρυσoσ, «oro», y πoιεω,
«hacer». El prefijo criso entra en la formación de palabras en que interviene el oro, como crisoterapia
(tratamiento de ciertas enfermedades por medio de sales de oro).
La alquimia en la historia
La alquimia comprende varias tradiciones filosóficas abarcando cerca de cuatro milenios y tres continentes.
La general predilección de estas tradiciones por el lenguaje críptico y simbólico hace que resulte difícil
trazar sus mutuas influencias y relaciones «genéticas».
Pueden distinguirse al menos dos tendencias principales, que parecen ser ampliamente independientes, al
menos en sus primeras etapas: la alquimia china, centrada en China y su zona de influencia cultural, y la
alquimia occidental, cuyo centro se desplazó a lo largo del tiempo entre Egipto, Grecia y Roma, el mundo
islámico, y finalmente de nuevo Europa. La alquimia china estaba íntimamente relacionada con el taoísmo,
mientras que la alquimia occidental desarrolló su propio sistema filosófico, con relaciones solo superficiales
con las principales religiones occidentales. Aún está abierta la cuestión de si estas dos ramas comparten un
origen común o hasta qué extremo se influyeron una a la otra.
La leyenda cuenta que el fundador de la alquimia egipcia fue el dios Tot, llamado Hermes-Tot o Hermes
Trismegisto («Tres veces grande») por los griegos. Según la leyenda, escribió los llamados cuarenta y dos
Libros del Saber, abarcando todos los campos del conocimiento, alquimia incluida. El símbolo de Hermes
era el caduceo o vara con serpientes, que llegó a ser uno de los muchos símbolos principales de la alquimia.
La Tabla de Esmeralda o Hermética de Hermes Trismegisto, conocida solo por traducciones griegas y
árabes, es normalmente considerada[cita requerida] la base de la filosofía y práctica alquímicas occidentales,
llamada filosofía hermética por sus primeros seguidores.
En el segundo precepto de la Tabla de Esmeralda cuenta el propósito de la ciencia hermética: «en verdad
ciertamente y sin duda, todo lo que está abajo es como lo que está arriba, y todo lo que está arriba es como
lo que está abajo, para realizar los milagros de una cosa» 8 . Esta es la creencia macrocosmos-microcosmos
principal para la filosofía hermética. En otras palabras, el cuerpo humano (el microcosmos) se ve afectado
por el mundo exterior (el macrocosmos), que incluye los cielos a través de la astrología y la tierra a través
de los elementos, aunque cuando uno logra el dominio sobre el mundo interior, comienza a ser capaz de
controlar el mundo exterior de formas poco convencionales 9 .
Se ha especulado[cita requerida] con que un acertijo de la Tabla de Esmeralda («fue llevado en el vientre por
el viento») alude a la destilación de oxígeno a partir de salitre, un proceso que era desconocido en Europa
hasta su (re) descubrimiento por Sendivogius en el siglo xvii.
La alquimia china
La alquimia china está relacionada con el taoísmo,
consecuentemente, sus practicantes utilizan conceptos tales como:
los cinco elementos; el Tao, la relación entre el Yin y el Yang; el
Qì; el I Ching; la astrología china; los principios del Feng Shui, la
Medicina Tradicional China, etc. Mientras la alquimia occidental
terminó centrándose en la transmutación de metales corrientes en
otros nobles, la alquimia china tuvo una conexión más obvia con la
medicina. La piedra filosofal de los alquimistas europeos puede ser
comparada con el gran elixir de la inmortalidad perseguido por los
alquimistas chinos. Sin embargo, en la visión hermética, estas dos
metas no estaban desconectadas y la piedra filosofal era con
frecuencia equiparada a la panacea universal. Por tanto, las dos
tradiciones pueden haber tenido más en común de lo que
inicialmente parece.
La alquimia india
Poco se conoce en Occidente sobre el carácter y la historia de la alquimia india. Un alquimista persa del
siglo xi llamado al-Biruni informó que «tienen una ciencia parecida a la alquimia que es bastante
característica de ellos, a la que llaman Rasayāna, en persa Rasavātam. Significa el arte de obtener y
manipular Rasa, néctar, mercurio, zumo. Este arte está restringido a ciertas operaciones, metales, drogas,
compuestos y medicinas, la mayoría de los cuales tienen mercurio como ingrediente principal. Sus
principios devuelven la salud a aquellos enfermos que estaban desahuciados y la juventud a los marchitos
ancianos». Sin embargo, sí es seguro que la alquimia india, como toda su ciencia, se centra en lograr el
mokṣa: la perfección, la inmortalidad, la liberación. Así, concentra sus esfuerzos en hacer inmortal el
cuerpo humano. Son muchas las historias tradicionales de alquimistas aún vivos desde tiempo inmemorial
gracias a los efectos de sus experimentos.
Los textos de medicina aiurvédica tienen aspectos relacionados con la alquimia, como tener curas para
todas las enfermedades conocidas y métodos para tratar a los enfermos mediante la unción de aceites. El
mejor ejemplo de texto basado en esta ciencia es el Vaisheshika de Kanada (entre el 200 a. C. y el
200 d. C.), quien describe una teoría atómica parecida a la del griego Demócrito.
Dado que la alquimia terminaría integrada en el vasto campo de la erudición india, las influencias de otras
doctrinas metafísicas como el samkhya, el yoga, el vaisheshika y el ayurveda fueron inevitables. Sin
embargo, la mayoría de los textos Rasayāna tienen sus raíces en las escuelas tántricas Kaula relacionadas
con las enseñanzas de la personalidad de Matsyendranath.
El Rasayāna era entendido por muy poca gente en aquella época. Dos famosos ejemplos eran
Nagarjunacharya y Nityanadhiya. El primero era un monje budista que, en tiempos antiguos, dirigía la gran
universidad de Nagarjuna Sagar. Su conocido libro, Rasaratanakaram, es un famoso ejemplo de la antigua
medicina india.
En la terminología médica tradicional india rasa se traduce como «mercurio», y se decía que
Nagarjunacharya había desarrollado un método para convertirlo en oro. La mayoría de sus obras originales
se han perdido, pero sus enseñanzas tienen aún una fuerte influencia en la medicina tradicional india
(Āyurveda).
La ciudad griega de Alejandría en Egipto era un centro de saber alquímico que retuvo su preeminencia
durante la mayor parte de las eras griega y romana. Los griegos se apropiaron de las creencias herméticas
egipcias y las unieron con las filosofías pitagórica, jonista y gnóstica. La filosofía pitagórica es,
esencialmente, la creencia en que los números gobiernan el universo, surgida de las observaciones del
sonido, las estrellas y formas geométricas como los triángulos o cualquiera de la que pueda derivarse una
razón. El pensamiento jonista se basaba en la creencia en que el universo podía ser explicado mediante la
concentración en los fenómenos naturales; se cree que esta filosofía fue iniciada por Tales de Mileto y su
pupilo Anaximandro y posteriormente desarrollada por Platón y Aristóteles, cuyas obras llegaron a ser una
parte integral de la alquimia. Según esta creencia, el universo puede ser descrito por unas pocas leyes
unificadas que pueden determinarse solo mediante cuidadosas, minuciosas y arduas exploraciones
filosóficas. El tercer componente introducido a la filosofía hermética por los griegos fue el gnosticismo, una
creencia, extendida en el Imperio romano cristiano, en que el mundo es imperfecto porque fue creado de
manera imperfecta y que el aprendizaje sobre la naturaleza de la sustancia espiritual llevaría a la salvación.
Incluso creían que Dios no «creó» el universo en el sentido clásico, sino que el universo fue creado «de» él
pero se corrompió en el proceso (en lugar de corromperse por las transgresiones de Adán y Eva, es decir,
por el pecado original). Según las creencias gnósticas, al adorar el cosmos, la naturaleza o las criaturas del
mundo, uno adora al Dios Verdadero. Muchas sectas gnósticas sostenían incluso que la deidad bíblica sería
mala y debía ser vista como una emanación caída del Elevado Dios a quien buscaban adorar y unirse. Sin
embargo, el aspecto del dios abrahámico como ser malvado no jugó en realidad papel alguno en la
alquimia, pero el aspecto del ascenso al Elevado Dios probablemente tuvo mucha influencia. Las teorías
platónicas y neoplatónicas sobre los universales y la omnipotencia de Dios también fueron absorbidas (sus
principales creencias ven el aspecto físico del mundo como imperfecto y creen en Dios como una mente
cósmica trascendente).
Un concepto muy importante introducido en esta época, concebido por Empédocles y desarrollado por
Aristóteles, fue que todas las cosas del universo estaban formadas por solo cuatro elementos: tierra, aire,
agua y fuego. Según Aristóteles, cada elemento tenía una esfera a la que pertenecía y a la que regresaría si
se le dejaba intacto.10
Los cuatro elementos de los griegos eran aspectos mayoritariamente
cualitativos de la materia y no cuantitativos como lo son nuestros
elementos modernos. «... La auténtica alquimia nunca trató la tierra,
el aire, el agua y el fuego como sustancias corpóreas o químicas en
el sentido actual de la palabra. Los cuatro elementos era
simplemente las cualidades primarias y más generales por medio de
las cuales la sustancia amorfa y puramente cuantitativa de todos los
cuerpos se presentaba primero en una forma diferenciada». 11
Alquimistas posteriores desarrollaron extensivamente los aspectos
místicos de este concepto.
Los romanos adoptaron la alquimia y la metafísica griegas, al igual que adoptaron gran parte de su
conocimiento y filosofía. Al final del Imperio romano la filosofía alquímica se había unido a las filosofías
de los egipcios creando el culto del hermetismo.13
Sin embargo, el desarrollo del cristianismo en el Imperio trajo una línea opuesta de pensamiento,
proveniente de Agustín de Hipona (354-430), un filósofo cristiano temprano que escribió sobre sus
creencias poco antes de la caída del Imperio romano. En esencia, Agustín sentía que la razón y la fe podían
ser usadas para entender a Dios, pero que la filosofía experimental era nociva: «Hay también presente en el
alma, por los medios de estos mismos sentidos corporales, una especie de vacío anhelo y curiosidad que
pretende no conseguir el placer de la carne sino adquirir experiencia a través de esta, y esta vacía curiosidad
se dignifica con los nombres de conocimiento y ciencia».14
Las ideas agustinianas eran decididamente antiexperimentales, si bien las técnicas experimentales
aristotélicas no fueron rechazadas cuando estuvieron disponibles en Occidente. Aun así, el pensamiento
agustiniano tuvo fuerte arraigo en la sociedad medieval y se usó para mostrar la alquimia como contraria a
Dios.
Buena parte del saber alquímico romano, como el de los griegos y los egipcios, se ha perdido. En
Alejandría, el centro de los estudios alquímicos en el Imperio romano, el arte era principalmente oral y en
interés del secreto poco se confiaba al papel. (De ahí el uso de «hermético» para indicar «reservado»)15 Es
posible que alguna obra fuese escrita en Alejandría y que subsecuentemente se perdiese o quemase en los
turbulentos periodos siguientes.
Los filósofos islámicos también hicieron grandes contribuciones al hermetismo alquímico. El autor más
influyente en este aspecto posiblemente fuera Abu Musa Jabir ibn Hayyan (en árabe جابر إبن حيان, en latín
Geberus, normalmente escrito en castellano como Geber). El objetivo primordial de Jabir era la takwin, la
creación artificial de vida en el laboratorio alquímico, hasta e incluyendo la vida humana. Jabir analizó cada
elemento aristotélico en términos de las cuatro cualidades básicas de calor, frío, sequedad y humedad.17
De acuerdo con él, en cada metal dos de estas cualidades eran interiores y dos exteriores. Por ejemplo, el
plomo era externamente frío y seco, mientras que el oro era caliente y húmedo. De esta forma, teorizaba
Jabir, reordenando las cualidades de un metal, podía obtenerse uno diferente.17 Con este razonamiento, la
búsqueda de la piedra filosofal fue introducida en la alquimia occidental. Jabir desarrolló una elaborada
numerología mediante la que las iniciales del nombre de una sustancia en árabe, cuando se les aplicaban
varias transformaciones, mantenían correspondencias con las propiedades físicas del elemento.
Debido a sus fuertes conexiones con las culturas griega y romana, la alquimia fue bastante fácilmente
aceptada por la filosofía cristiana y los alquimistas medievales europeos absorbieron extensivamente el
conocimiento alquímico islámico. Gerberto de Aurillac (fallecido en 1003), quien más tarde se convertiría
en el papa Silvestre II, fue uno de los primeros en llevar la ciencia islámica a Europa desde España. Más
tarde, hombres como Adelardo de Bath, quien vivió en el siglo xii, trajeron enseñanzas adicionales. Pero
hasta el siglo xiii los movimientos fueron principalmente asimilativos.18
En este periodo aparecieron algunas desviaciones de los principios agustinianos de los primeros pensadores
cristianos. San Anselmo (1033-1109) fue un benedictino que creía que la fe debe preceder a la razón, como
Agustín y la mayoría de los teólogos anteriores a él había creído, aunque él añadió la opinión de que la fe y
la razón eran compatibles y fomentó este último en un contexto cristiano. Sus puntos de vista sentaron las
bases para la explosión filosófica que habría de ocurrir. Pedro Abelardo continuó el trabajo de Anselmo,
preparando los cimientos para la aceptación del pensamiento aristotélico antes de que las primeras obras de
Aristóteles alcanzasen Occidente. Su principal influencia en la alquimia fue su creencia en que los
universales platónicos no tenían una existencia separada fuera de la consciencia del hombre. Abelardo
también sistematizó el análisis de las contradicciones filosóficas.19
Robert Grosseteste (1170-1253) fue un pionero de la teoría
científica que posteriormente sería usada y refinada por los
alquimistas. Grosseteste tomó los métodos de análisis de Abelardo
y añadió el uso de observaciones, experimentación y conclusiones
al realizar evaluaciones científicas. También trabajó mucho para
tender un puente entre el pensamiento platónico y el aristotélico.20
El primer alquimista auténtico en la Europa medieval fue Roger Bacon. Su obra supuso tanto para la
alquimia como la de Robert Boyle para la química y la de Galileo Galilei para la astronomía y la física.
Bacon (1214-1294) era un franciscano de Oxford que estudió la óptica y los lenguajes además de la
alquimia. Los ideales franciscanos de conquistar el mundo en lugar de rechazarlo le llevaron a su
convicción de que la experimentación era más importante que el razonamiento: «De las tres formas en las
que los hombres piensan que adquieren conocimiento de las cosas: autoridad, razonamiento y experiencia,
solo la última es efectiva y capaz de llevar de paz al intelecto».22 «La ciencia experimental controla las
conclusiones de todas las otras ciencias. Revela verdades que el razonamiento de los principios generales
nunca habrían descubierto».20 A Roger Bacon también se le ha atribuido el inicio de la búsqueda de la
piedra filosofal y del elixir de la vida: «Esa medicina que eliminará todas las impurezas y corrupciones de
los metales menores también, en opinión de los sabios, quitará tanto de la corruptibilidad del cuerpo que la
vida humana podrá ser prolongada durante muchos siglos». La idea de la inmortalidad fue reemplazada por
la noción de la longevidad: después de todo, el tiempo que el hombre pasa en la Tierra era simplemente
para esperar y prepararse para la inmortalidad en el mundo de Dios. La inmortalidad en la Tierra no
encajaba con la teología cristiana.23
Bacon no fue el único alquimista de esta época pero sí el más importante. Sus obras fueron usadas por
incontables alquimistas entre los siglos xv y xix. Otros alquimistas de su misma época compartieron
diversos rasgos. Primero, y más obviamente, casi todos fueron miembros del clero. Esto se debía
simplemente a que poca gente fuera de las escuelas parroquiales tenía la educación necesaria para examinar
las obras derivadas del árabe. Además, la alquimia en esta época era autorizada por la iglesia como un buen
método de explorar y desarrollar la teología. La alquimia era interesante para la amplia variedad de clérigos
porque ofrecía una visión racionalista del universo donde los hombres apenas estaban empezando a
aprender sobre el racionalismo.24
Así que hacia finales del siglo xiii, la alquimia se había desarrollado hasta un sistema de creencias bastante
estructurado. Los adeptos creían en las teorías de Hermes sobre el macrocosmos-microcosmos, es decir,
creían que los procesos que afectan a los minerales y otras sustancias podían tener un efecto en el cuerpo
humano (por ejemplo, si uno aprendiese el secreto de purificar oro, podría usar la misma técnica para
purificar el alma humana). Creían en los cuatro elementos y las cuatro cualidades anteriormente descritas y
tenían una fuerte tradición de esconder sus ideas escritas en un laberinto de jerga codificada lleno de
trampas para despistar a los no iniciados. Por último, los alquimistas
practicaban su arte: experimentaban activamente con sustancias
químicas y hacían observaciones y teorías sobre cómo funcionaba
el universo. Toda su filosofía giraba en torno a su creencia en que
el alma del hombre estaba dividida dentro de él tras la caída de
Adán. Purificando las dos parte del alma del hombre, este podría
reunirse con Dios.25
Uno de estos hombres que surgió a principios del siglo xvi se llamaba Heinrich Cornelius Agrippa. Este
alquimista creía ser un mago y poder invocar espíritus. Su influencia fue insignificante pero, como Flamel,
elaboró escritos a los que se refirieron alquimistas de años posteriores. De nuevo como Flamel, hizo
bastante por cambiar la alquimia de una filosofía mística a una magia ocultista. Mantuvo vivas las filosofías
de alquimistas anteriores, incluyendo la ciencia experimental, la numerología, etc., pero añadió la teoría
mágica, lo que reforzó la idea de la alquimia como creencia ocultista. A pesar de todo esto, Agrippa se
consideraba a sí mismo cristiano, si bien sus opiniones entraron con frecuencia en conflicto con la Iglesia,
en afirmaciones de Edwardes (1977, p. 56-9) y Wilson (1971, p. 23-9).
La alquimia europea continuó por esta misma senda hasta los albores del Renacimiento. Esta época vio
también un florecimiento de los estafadores que usaban trucos químicos y juegos de manos para
«demostrar» la transmutación de metales comunes en oro o que afirmaban poseer el conocimiento del
secreto que (con una «pequeña» inversión inicial) llevaría con toda seguridad a ello.
En Inglaterra la alquimia en esta época se asocia frecuentemente con John Dee (1527-1608), más conocido
por sus facetas de astrólogo, criptógrafo y «consultor científico» general de la reina Isabel I. Dee era
considerado una autoridad en la obra de Roger Bacon y estuvo lo suficientemente interesado en la alquimia
como para escribir un libro sobre ella (Monas Hieroglyphica, 1564), influenciado por la cábala. El socio de
Dee, Edward Kelley —quien afirmaba conversar con ángeles a través de una bola de cristal y poseer un
polvo que transformaría el mercurio en oro—, puede haber sido la fuente de la imagen popular del
alquimista-charlatán.
Un alquimista menos conocido de esta época es Miguel Sendivogius (1566-1636), filósofo, médico y
pionero de la química polaco. Según algunas fuentes, destiló oxígeno en el laboratorio sobre 1600, 170
años antes que Scheele y Priestley, calentando salitre. Pensaba que el gas resultante era «el elixir de la
vida». Poco después de descubrir este método, se cree
que Sendivogius enseñó su técnica a Cornelius
Drebbel, quien en 1621 le daría aplicación práctica en
un submarino.
La desaparición de la
alquimia occidental se
debió al auge de la ciencia
moderna con su énfasis en
la rigurosa experimentación
cuantitativa y su desdén
hacia la «sabiduría
antigua». Aunque las
semillas de estos sucesos
fueron plantadas ya en el
siglo xvii, la alquimia aún
prosperó durante unos
doscientos años, y de hecho
puede que alcanzase su
Atalanta fugiens, 1617.
apogeo en el siglo xviii.
Tan tarde como en 1781
El alquimista en busca de la piedra
James Price afirmó haber producido un polvo que podía transmutar
filosofal (1771) de Joseph Wright of
el mercurio en plata u oro. Igualmente otro alquimista conocido era
Derby (Derby Museum and Art
el arzobispo húngaro Jorge Lippay (1600-1666), quien realizó
Gallery, Derby, Reino Unido).
varias investigaciones para el emperador germánico Leopoldo I de
Habsburgo, entusiasta creyente de la teoría de la creación del oro.
Robert Boyle (1627-1691), conocido por sus estudios sobre los gases (véase la ley de Boyle), fue uno de
los pioneros del método científico en las investigaciones químicas. Boyle no asumía nada en sus
experimentos y recopilaba todos los datos relevantes: en un experimento típico anotaba el lugar en el que se
efectuaba, las características del viento, las posiciones del sol y la luna y la lectura barométrica, por si luego
resultasen ser relevantes.35 Este enfoque terminó llevando a la fundación de la química moderna en los
siglos xviii y xix, basada en los revolucionarios descubrimientos de Lavoisier y John Dalton, que
finalmente proporcionaron un marco de trabajo lógico, cuantitativo y fiable para entender las
transmutaciones de la materia, revelando la futilidad de las tradicionales metas alquímicas tales como la
piedra filosofal.
Mientras tanto, la alquimia paracélsica llevó al desarrollo de la medicina moderna. Los experimentalistas
descubrieron gradualmente los mecanismos del cuerpo humano, tales como la circulación de la sangre
(Harvey, 1616), y finalmente localizaron el origen de muchas enfermedades en las infecciones con
gérmenes (Koch y Pasteur, siglo xix) o la falta de nutrientes y vitaminas naturales (Lind, Eijkman, Funk et
al.). Apoyada en el desarrollo paralelo de la química orgánica, la nueva ciencia desplazó fácilmente a la
alquimia en sus aplicaciones médicas, interpretativas y prescriptivas, mientras apagaba sus esperanzas en
elixires milagrosos y mostraba la inefectividad e incluso toxicidad de sus remedios.
De esta forma, a medida que la ciencia siguió descubriendo y racionalizando continuamente los
mecanismos del universo, fundada en su propia metafísica materialista, la alquimia fue quedando despojada
de sus conexiones química y médica, pero incurablemente sujeta a ellas. Reducida a un sistema filosófico
arcano, pobremente relacionada con el mundo material, la alquimia sufrió el destino común a otras
disciplinas esotéricas tales como la astrología y la cábala: excluida de los estudios universitarios, rechazada
por sus antiguos mecenas, relegada al ostracismo por los científicos y considerada habitualmente como el
epítome de la charlatanería y la superstición. Sin embargo, los rosacruces y francmasones siempre han
estado interesados en la alquimia y su simbolismo. Una gran colección de libros sobre alquimia se guarda
en la Bibliotheca Philosophica Hermetica de Ámsterdam.
Estos avances podrían ser interpretados como parte de una reacción más amplia del intelectualismo europeo
contra el movimiento romántico del siglo anterior.
Podría decirse que el objetivo de la investigación en inteligencia artificial es precisamente crear una vida
desde cero,[cita requerida] y los filosóficamente opuestos a la posibilidad de la IA la han comparado con la
alquimia, como Herbert y Stuart Dreyfus en su ensayo de 1960 Alquimia e IA (Alchemy and AI). Sin
embargo, debido a que el objetivo específico de la alquimia es la transmutación humana más que la
creación de vida desde cero, la investigación genética, especialmente el ayuste, estaría más cerca de la
misma.[cita requerida]
Transmutación nuclear
En 1919 Ernest Rutherford usó la desintegración artificial para convertir nitrógeno en oxígeno, aunque
usando métodos de bombardeo nuclear. Este proceso o transmutación ha sido posteriormente realizado a
escala comercial mediante el bombardeo de núcleos atómicos con partículas de alta energía en aceleradores
de partículas y reactores nucleares.[cita requerida]
La idea de convertir plomo en oro no es del todo incorrecta ya que, teóricamente, bastaría extraer 3
protones de un átomo de plomo (82 protones) para obtener otro pero de oro (79 protones).36 De hecho, en
1980 Glenn T. Seaborg transmutó plomo en oro, solo que el oro resultante apenas dura unos segundos por
su inestabilidad atómica y la cantidad obtenida es tan microscópica que hace impensable su rentabilidad.
En 1964 George Ohsawa y Michio Kushi, basándose en una de las primeras afirmaciones de Corentin
Louis Kervran, informaron haber logrado transmutar sodio en potasio usando un arco eléctrico, y más tarde
carbono y oxígeno en hierro[cita requerida]. En 1994, R. Sundaresan y J. Bockris informaron haber
observado reacciones de fusión en descargas eléctricas entre barras de carbono sumergidas en agua. Sin
embargo, ninguna de estas afirmaciones ha sido reproducida por otros científicos y la idea está en la
actualidad ampliamente desacreditada.
Psicología analítica
Jung sostiene en su obra Psicología y alquimia (1944) que los fenómenos observables de lo inconsciente,
tales como los sueños, contienen elementos simbólicos que también se pueden hallar en la simbología
alquímica. Además, dedica un análisis al paralelismo entre los conceptos de la llamada piedra filosofal, por
un lado, y la figura de Cristo, por otro.
Ilustró a través de las figuras del Rosarium philosophorum incluidas en su trabajo La psicología de la
transferencia (1946) aquellos fenómenos transferenciales acaecidos en el proceso de individuación.37 38
Restaría aún una importante obra inédita que Jung dedicó a la alquimia y que la Philemon Foundation hará
pública en 2022.40
Geoffrey Chaucer, The Canon's Yeoman's Prologue and Tale (c. 1380). El protagonista, un
alquimista de camino a Canterbury, afirma que «lo enlosará entero de plata y oro».
Ben Jonson, El alquimista (c. 1610). En esta obra de
cinco actos, los personajes montan un taller de alquimia
para estafar a la gente.
Véase también
Filosofías relacionadas
Acupuntura, moxibustión, Ayurveda, homeopatía
Antroposofía
Astrología
Escritura asémica
Esoterismo, rosacrucismo, Iluminados de Baviera
Kayakujutsu
Nigromancia, magia
Nueva era
Taoísmo y los cinco elementos
Tradición esotérica occidental
Conexiones científicas
Química • Física
Método científico • Protociencia
Historicismo
Pseudociencia • Anticiencia
Teorías científicas obsoletas
Referencias
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Enlaces externos
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