Desmanicomialización, modelo para armar
Memorias para el futuro 27
Por Alejandro Vainer - Publicado en Marzo 2006
Publicado en Clepios, una revista de residentes de Salud Mental, Número 39, marzo de
2006.
Es un verano caliente en la ciudad de Buenos Aires. No sé bien cuándo y en qué
circunstancias usted, lector/a, pasará por estas líneas. Tal vez en un otoño fresco o en un
invierno prometedor en alguna ciudad. Pero para los porteños de nuestro campo el verano
es caliente.
Los hechos porteños: a fines de 2005 fue intervenido el Hospital Moyano. Se nombró un
nuevo Director General de Salud Mental de la ciudad de Buenos Aires, Pablo Berretoni,
médico del mismo Hospital, que también asumió como Director interino del Moyano, luego
de días de resistencia del anterior director con apoyo de algunos sectores del Hospital. El
Secretario de Salud hizo declaraciones donde tenía la voluntad política de la
“desmanicomialización”.
Esto no es otra cosa que lo que manda la Ley de Salud Mental 448 de la ciudad de Buenos
Aires. Una ley de avanzada para nuestro campo. Pero que no fue implementada. Los datos
sobre la situación y los obstáculos para la implementación de la ley aprobada en febrero de
2000 fueron señalados por Ángel Barraco en su artículo “Desmanicomialización: los
límites de la ley” (en Topía Revista Nº45, noviembre 2005). Allí Barraco señalaba los
alcances de la ley y los distintos factores que se oponían a su implementación: desde los
políticos-institucionales, los asistenciales, económicos, jurídicos y corporativos. Pero la ley
es clara en apuntar a la desmanicomialización como uno de los ejes centrales.
La ley no se cumple debido a los diferentes intereses en juego. Por ello debemos considerar
todas estas dificultades que obstaculizan un avance que ya estaba esbozado en la
instauración del campo de la Salud Mental hace más de 50 años. La complejidad de la tarea
para llegar a la desmanicomialización está sintetizada en una cita que Barraco hace de un
texto de mi querida ex compañera de la RISaM, Marcela Giménez. Ella afirma que
“desmanicomializar es más que la abolición del manicomio, supone acciones de liquidación
de sus modelos de relación humana, de poder disciplinario. La ideología asilar, la que
segrega, encierra y custodia al enfermo mental, no es sólo la del psiquiatra alienista, forma
parte de la conciencia y el comportamiento social, y requiere para su abolición definitiva
actuar sobre los conjuntos humanos y las configuraciones de poder. Esto es clave ya que
cualquier política de Salud Mental que se proponga alternativas a la institución manicomial,
debe actuar simultáneamente sobre el aparato estatal, la conciencia social espontánea y su
producción imaginaria, y el dispositivo psiquiátrico-profesional...”
Por todo esto el cumplimiento de la ley, llevando adelante la desmanicomialización, no es
un camino fácil. Implica una voluntad política sumada a una tarea sobre la sociedad, los
propios profesionales y el resto del personal, quienes muchas veces son los opositores más
férreos. Algunos con un enjambre de pseudoteorizaciones que terminan justificando al
manicomio como un “mal necesario” para las problemáticas de Salud Mental; otros con el
argumento de la defensa de los puestos de trabajo.
Las tareas necesarias para la “desmanicomialización” son muchas y nos conducen mucho
más allá de lo concreto, lo edilicio. Se puede trabajar manicomialmente en un Hospital
General, un Centro de Salud o simulando hacer prevención en la comunidad.
En el estrecho marco de esta columna, creo que es necesario recuperar distintas
experiencias sobre el tema. Sin lo que se hizo y lo que se está haciendo en este momento,
quedamos huérfanos de modelos y de herencias de las cuales apropiarnos. Y allí es donde
triunfa el actual estado de las cosas: la manicomialización. Estos modelos que no son para
traspolar mecánicamente, sino para que podamos pensar a partir de hechos. Sería necesario
hacer una lectura crítica de las reformas en Italia, Gran Bretaña, España, Chile y Brasil.
Pero también de lo que sucede en nuestro país en San Luis y Río Negro.
Pero… ¿podremos ir más cerca? Porque creo que también debemos recuperar algunas
experiencias truncas y olvidadas por las hegemonías actuales. Experiencias que están en los
propios lugares, pero que no se consideran, aunque ellas nos muestran, como en el trabajo
clínico, los obstáculos que se presentaron y no se pudieron solucionar. Y nos enseñan
porque nos permiten pensar cómo hemos llegado a esta situación en la cual contamos con
una ley de avanzada que no puede ser puesta en marcha.
Tomemos lo sucedido en la ciudad de Buenos Aires. Iré rápidamente, porque mucho de
esto fue relatado en otras columnas. Mauricio Goldenberg fue quien promovió instalar la
mayoría de los Servicios de Psicopatología y Centros de Salud Mental en la ciudad a finales
de la década del ‘60. Aunque ya existían en algunos lugares, la mayoría fueron creados en
dicho momento. La reforma nunca podía tocar a los manicomios, ya que hasta principio de
la década del ‘90 fueron dependientes del Instituto Nacional de Salud Mental, un organismo
nacional y no de la Municipalidad de la ciudad.
Durante todo este tiempo hubo muchísimas “Experiencias Piloto” que demostraron que se
podía trabajar de otra manera. Para empezar la del Centro Piloto del Hospital Esteves,
relatada en la anterior columna. Allí vemos cómo constituir un dispositivo de trabajo
alternativo al manicomio no pudo continuar por falta de apoyo político, una de las claves de
la transformación. Entonces los psiquiatras manicomiales contaban con el apoyo del
Instituto Nacional de Salud Mental y las autoridades de la dictadura de entonces. Pero la
experiencia dejó como saldo el hecho de que era posible trabajar de otra forma y reducir los
tiempos de internación con dispositivos de trabajos de hace 35 años con el trabajo en
comunidades terapéuticas, las cuales fueron también experiencias puntuales que no
lograron organizar un sistema, pero fueron intentos de trabajar de otra manera en un lugar
acotado. Estas experiencias nos muestran las limitaciones de aplicar la transformación en
un solo punto, dejando que el sistema manicomial siga funcionando.
Algo parecido sucedió mucho más cerca de los manicomios de la ciudad. En el recuento
podré ser injusto con los olvidos, pero es necesario mencionar el trabajo de Alfredo Moffatt
con la Peña “Carlos Gardel” en los ‘70 y luego todo el trabajo que viene haciendo el Frente
de Artistas del Borda.
Pero creo que debemos rescatar la historia del “Plan Piloto de Salud Mental y Social La
Boca-Barracas” que se desarrolló entre 1984 y 1989. Este proyecto fue impulsado por la
Dirección Nacional de Salud Mental. En los fundamentos de su creación se afirmaba que
era necesario agregar a la estructura existente en Salud Mental en la zona de Boca-Barracas
una organización que fuera “un espacio diferente y diferenciado entre la comunidad y los
centros de Salud Mental”, para tomar la prevención y la asistencia con el objetivo de que se
resuelvan a nivel comunitario. Trabajaban en dos niveles. Por un lado, en un primer nivel
de atención, con tareas de prevención y promoción de la salud. Por otro, en un segundo
nivel de atención, con un equipo de crisis y psicosis que abordaba estas situaciones a nivel
comunitario. Miguel Vayo –quien había participado en la experiencia del Esteves-, era el
coordinador general del proyecto y trabajaron Enrique Carpintero –quien coordinaba el
equipo de crisis y psicosis dentro de la comunidad-, Graciela Cohen y Mónica Alegre, entre
otros.
Durante 1986 se atendieron 500 demandas comunitarias y 80 situaciones de crisis. En 1987,
más de 1500 demandas comunitarias y 117 situaciones de crisis, el 90% de éstas
consideradas graves, sin tener que realizar ninguna internación psiquiátrica.
¿Qué sucedió luego? 1989: el menemismo y una tradición nefasta de nuestro país: querer
empezar todo de cero como si no hubiera una larga historia. Pero pretender ser el que crea
todo es una de las trampas de narciso para decir “todo empieza conmigo”. En 1989
cambiaron las autoridades y los que llegaron borraron de un plumazo el Plan Piloto y otros
tantos proyectos. A pesar de eso el equipo de crisis y psicosis prosiguió unos años más su
trabajo conformando una Organización No Gubernamental (el Servicio de Atención para la
Salud). Es necesario retomar estos trabajos porque fueron dispositivos exitosos que
demuestran que se puede trabajar de una forma no manicomial. Por todo esto, y contra la
ley del olvido, -que no es más que la repetición-, es necesario hacer un rescate de estas
experiencias. No para repetirlas, sino que su rescate crítico puedan ayudar a armar otro
modelo.
La ley 448 existe y es un ejemplo. Pero hay muchos poderes en juego para que no se
cumpla. El olvido de las hegemonías reaccionarias de nuestro campo y la falta de
información son algunas sus tácticas para seguir con este sistema obsoleto del cual pocos
sacan rédito y muchos padecen.
Es un verano caliente. No sé cómo vendrán las próximas estaciones de la Salud Mental
cuando usted lea estas líneas. Pero creo que sin estas memorias será difícil avanzar.
Y ya es hora de volver al futuro.
Para poder ver los límites y alcances de las experiencias de las comunidades terapéuticas
hay bastante bibliografía que he ido citando a lo largo de estas columnas. También este año
se estrenará el documental “Comunidades Terapéuticas” dirigido por Ana Cutuli en el cual
se muestran la experiencia del Esteves (Lomas de Zamora) y de Colonia Federal (Entre
Ríos).
Para profundizar sobre el Plan Piloto se puede consultar Carpintero, Enrique, Registros de
lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos
dispositivos psicoanalíticos, Editorial Topía, Bs. As., 1999.