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3 Constantes Matemáticas en La Naturaleza

Las tres constantes matemáticas más importantes que aparecen en la naturaleza son el número e, el número áureo φ, y el número pi. El número e se manifiesta en la forma espiral de las conchas de moluscos como el nautilo. El número áureo φ se expresa en la disposición fractal de las hojas y flores de plantas como el romanesco. Y el número pi está presente dondequiera que haya esferas u objetos cercanos a esferas, como los granos de polen.

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3 Constantes Matemáticas en La Naturaleza

Las tres constantes matemáticas más importantes que aparecen en la naturaleza son el número e, el número áureo φ, y el número pi. El número e se manifiesta en la forma espiral de las conchas de moluscos como el nautilo. El número áureo φ se expresa en la disposición fractal de las hojas y flores de plantas como el romanesco. Y el número pi está presente dondequiera que haya esferas u objetos cercanos a esferas, como los granos de polen.

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3 constantes

matemáticas en la
naturaleza.

Las matemáticas han demostrado ser la herramienta más útil para el estudio de


la naturaleza y para el resto de ciencias. La naturaleza está llena de patrones y
proporciones. Desde la disposición de los pétalos en una flor hasta el
crecimiento de la población de una colonia de bacterias, y desde la trayectoria
que toma un halcón al abalanzarse sobre su presa hasta la forma que genera la
nube de tinta de un pulpo, aparecen formas geométricas y ecuaciones que
pueden modelarse matemáticamente. Y en esos modelos surgen ciertos valores
que son constantes matemáticas.
1.
El número e y la espiral del molusco.
La concha del nautilo forma una curiosa espiral que esconde una constante
matemática: el número e.
Hay un tipo de espirales en matemáticas que se denominan logarítmicas.
Parten de un origen y se van separando de forma que una vuelta conserva
una proporción geométrica respecto a la siguiente. Una propiedad de este tipo de
espiral es que, si trazas una circunferencia en torno a su centro, el ángulo que forma
con la espiral en el punto de corte es siempre el mismo, sin importar el tamaño de la
circunferencia. Y ese ángulo se define por un logaritmo, de ahí su nombre.

Las conchas de los moluscos —y de muchos otros animales—, responden


a aproximaciones de logaritmos naturales. Estos son los que emplean como base
el número e, o número de Euler. Se trata de un número irracional, es decir, cuyos
infinitos decimales no se repiten nunca, y su valor es aproximadamente 2,718
281828…

Medidas del desplazamiento angular (en radianes) y el logaritmo natural del radio en la oreja de mar. La
línea recta expresa el resultado de la espiral matemática.

Esto se debe a la manera en la que crece la concha. En un tiempo dado de


crecimiento del molusco, su concha crece aproximadamente en la
misma medida en la que crece el molusco, con una inclinación constante
respecto al eje de simetría, genéticamente determinada. De este modo, el
ángulo de la espiral respecto a la circunferencia se mantiene constante a lo
largo de la vida del animal. La variación que se observa entre las proporciones
reales de las conchas de los moluscos y el modelo matemático que las define es,
en ocasiones, tan reducido, que son necesarias medidas de extrema precisión y
exactitud para hallarla.

2.
El número áureo y el romanesco.

El romanesco forma una inflorescencia de aspecto fractal, que esconde una curiosidad botánica,
sostenida en el número φ

1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21…; esta secuencia tiene una particularidad. Empezando por


el número 1, cada número subsiguiente es el resultado de sumar los
dos números anteriores. Es la secuencia de Fibonacci, y la relación entre cada
número y su anterior define una proporción. Va cambiando en cada eslabón de
la cadena. Si empezamos por el principio, esa proporción es igual a 1; luego 2;
luego 1,5; 1,666…; 1,6; 1,625; pero cada vez se va acotando más y más, hasta
que, al hacerse infinita la secuencia, termina definiendo un número, al que
llamamos áureo o número φ (phi). También es un número irracional y su valor
es aproximadamente de 1,618 033 988…

Vamos a las plantas. En el ápice, el extremo por donde crecen, se distribuyen


unos tejidos llamados meristemos, que van produciendo las ramas, las hojas o
las piezas florales. A la disposición de estas estructuras le llamamos filotaxis, y
sigue siempre patrones regulares en espiral.

En cada especie, los órganos se distribuyen de una forma específica, pero en


todos los casos se conserva un patrón general, que viene definido por dos valores:
el número de vueltas al tallo en cada espiral, partiendo de una pieza y terminando
en la siguiente que se encuentre en la misma posición (m), y el número de piezas
en cada espiral (n). De este modo, con una división, se obtiene la fracción de
vuelta entre una pieza y la siguiente: m/n.

Una particularidad es que el número de vueltas no es aleatorio. Cada espiral


puede dar una vuelta al tallo, dos, tres, cinco, ocho… pero nunca cuatro, seis o
siete. El valor “m” sigue la secuencia de Fibonacci. Del mismo modo, el valor
“n”, también sigue la misma secuencia. No obstante, lo más asombroso es que no
lo hacen de forma independiente. No encontramos en la naturaleza ninguna
planta que tenga, por ejemplo, un ángulo de 5/21, aunque ambos valores se
correspondan con números de Fibonacci. El número “n” es siempre dos números
siguientes al “m” en la secuencia de Fibonacci.

De este modo, encontramos hojas que se distribuyen en 1/2; cada espiral ocupa


una vuelta y lleva dos hojas. O bien, 1/3; cada espiral es de una vuelta y lleva tres
hojas, como en el haya. O 2/5; cada espiral ocupa dos vueltas y lleva cinco hojas,
como el roble. O 3/8 como el girasol. O 5/13 como el almendro…

Pero lo más característico de este tipo de patrones es que, cuando las piezas están
muy juntas, generan espirales claramente visibles. Eso es lo que sucede en el
romanesco, ese brócoli que parece un fractal, y lo hace con buen motivo;
realmente es una aproximación natural a un fractal matemático. Un fractal en
cuyo fondo, gracias a la secuencia de Fibonacci, se esconde a plena vista el
número φ.

 
3.
El omnipresente número pi.

Los granos de polen tienden a ser esféricos, y como cualquier otra cosa que se acerque a
esa forma, esconde la constante matemática más famosa de todas: π.

Su valor aproximado es por todos conocido: 3,141 592 653… Como los anteriores, se
trata de un número irracional, y su definición también está clara: es la relación
existente entre la longitud de una circunferencia y su diámetro. Dado este hecho, el
número π está presente en todas partes donde exista una circunferencia, fragmentos
de una, o cualquier cosa que se obtenga a partir de una circunferencia.

Por ejemplo, una esfera.

La fórmula matemática del volumen de la esfera es 4⁄3 π r3 ; donde “r” es el radio


Así que donde exista una esfera en la naturaleza, se esconde el número π. Desde el
núcleo de las células hasta los granos de polen. Y las formas que se aproximan a la
esfera, como los huevos de las aves, si bien se requieren fórmulas más complejas para
ser modeladas, también tienen el número π en su composición.

¿Y por qué la esfera? Porque una esfera, por definición, es aquel volumen que
presenta todos los puntos de su superficie equidistantes a un punto central, y además,
es la forma en la que se puede encerrar un volumen dado usando la menor superficie,
o usando una superficie dada, encerrar el mayor volumen. Es la forma óptima para
mantener el equilibrio hidrostático y esto la convierte en la más estable, ya sea para
hablar del diminuto núcleo de una célula o de la más grande de las estrellas.

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