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Leyendas Bolivianas Fascinantes

Este documento presenta 10 leyendas bolivianas que expresan la cultura e historia del país. Algunas leyendas explican fenómenos naturales como el origen de la lluvia y la sequía, mientras que otras describen seres mitológicos como el Jichi, un espíritu guardián de las aguas. La mayoría de las leyendas combinan elementos de las culturas indígenas prehispánicas con las creencias católicas introducidas durante la colonización española.
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Leyendas Bolivianas Fascinantes

Este documento presenta 10 leyendas bolivianas que expresan la cultura e historia del país. Algunas leyendas explican fenómenos naturales como el origen de la lluvia y la sequía, mientras que otras describen seres mitológicos como el Jichi, un espíritu guardián de las aguas. La mayoría de las leyendas combinan elementos de las culturas indígenas prehispánicas con las creencias católicas introducidas durante la colonización española.
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Las 10 mejores leyendas bolivianas cortas

Varias leyendas bolivianas que expresan ideas sobre los mitos y el folclore de esta cultura.

Nahum Montagud Rubio

Nahum Montagud Rubio

24 agosto, 2021 - 22:08

Leyendas de Bolivia

Bolivia es un país andino lleno de historia, folclore y creencias de todo tipo. Su cultura es fruto de la
combinación de la de los pueblos prehispánicos con las creencias católicas de los españoles que
conquistaron la región allá por el siglo XVI.

Son muchas las leyendas bolivianas tanto de base indígena como más modernas. Tenemos historias
que nos hablan de los dioses prehispánicos, de la lucha entre el bien y el mal, cristianos contra el
demonio y el origen de la tan conocida coca boliviana. Descubramos varias de estas interesantes
leyendas bolivianas, que expresan las ideas, creencias y valores de la sociedad de este país.

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10 leyendas bolivianas para conocer la cultura y el folclore del país

Bolivia es fruto de la mezcla entre las culturas prehispánicas y las aportaciones de los conquistadores
españoles. En este país podemos encontrar todo tipo de grupos étnicos como quechuas, chiquitanos,
guaraníes y aymaras, además de los criollos descendientes de los conquistadores del siglo XVI,
motivo por el cual el nombre oficial de este país es el de Estado Plurinacional de Bolivia. No hay una
única realidad nacional en el país andino, sino que cada persona de cada cultura tiene su propia
visión de cuál es su país.

Esta diversidad cultural se manifiesta en su rico folclore, que está muy lejos de poder ser considerado
como monolítico y homogéneo. Cada región, ciudad y grupo étnico que habita este precioso país
tiene sus creencias, leyendas e historias contadas de generación en generación que conforman su
cosmovisión. También hay historias más modernas, ocurridas durante el siglo XX y XXI, que hablan de
fantasmas en hospitales y espectros de ultratumba.

Vayamos donde vayamos, cada rincón de Bolivia nos contará historias diferentes. A continuación
presentamos nuestra selección de 10 leyendas bolivianas más interesantes.

1. Chiru Chiru

Muchos bolivianos cuentan la historia del Chiru Chiru, un personaje de la cultura del país andino que
comparte elementos con el Robin Hood inglés, puesto que es conocido por robar a los ricos para
dárselo a los pobres, aunque esta leyenda tiene un final más bien amargo.

Cuentan las gentes de Bolivia que un día, un minero encontró a Chiru Chiru robando y lo mal hirió
antes de que lograra escapar. Nuestro personaje buscó refugió luego del ataque, con tan mala suerte
de que esa sería su última fechoría puesto que, y de acuerdo con esta breve historia, el cadáver del
pobre Chiru Chiru fue encontrado junto a una imagen de la Virgen en el interior de una cueva.

Desde entonces, esa cueva que fue el último lugar donde estuvo nuestro Robin Hood andino se
convirtió en un lugar de culto, símbolo de quienes donan lo que ganan a aquellos que más necesitan.

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2. El Tío
La explotación minera en Bolivia tiene una larga historia. Iniciada en tiempos de la colonia española,
este tipo de actividad ha supuesto muchos beneficios tanto para la antigua metrópolis como para la
actual república andina.

Sin embargo, también es cierto que ha supuesto miles de muertes, incluso hay quienes hablan de
millones. Bajar a la mina es una actividad peligrosa, y quienes lo hacen rinden tributo a un poder
sobrenatural colocando en su honor figurines rodeados por cervezas, cigarros e, incluso, animales
sacrificados a quien tutela la vida de los mineros cuando se encuentran en sus dominios.

En la región del Potosí todos los mineros conocen la leyenda de “El Tío”, aquel que dicen que los
cuida cuando se encuentran bajo tierra. El mundo subterráneo es el dominio de El Tío, que no es más
que un eufemismo para referirse al Diablo. Quienes creen en esta leyenda consideran que el dominio
de Dios no alcanza bajo tierra y, por eso, los mineros se entregan a la tutela del Diablo cuando están
ahí abajo.

Adorando a El Tío, los hombres y, tristemente también, los niños que a día de hoy son explotados en
las minas de Bolivia tienen la esperanza de recibir protección. Mientras El Tío esté contento, podrán
regresar a casa.

3. El Jichi

Los pueblos chiquitano, mojo y chané creen en un genio guardián que puede adoptar varias formas
según quien lo cuenta. Unos dicen que es un sapo, otros que es un tigre, aunque la manifestación
más común en la que aparece este ser mitológico es en forma de serpiente. Su nombre: el Jichi.

En su forma reptil el Jichi tiene apariencia de medio culebra y medio saurio, con cuerpo delgado,
oblongo y chato y color hialino, tan transparente que se confunde con las aguas donde vive. Su cola
es larga, estrecha y flexible que ayuda los ágiles movimientos de sus cortas y regordetas
extremidades, terminadas en unas simples uñas unidas por membranas.

El Jichi es un espíritu que resguarda las aguas de la vida y, por ello, le gusta esconderse en ríos, lagos
y pozos, todo lugar en donde se pueda beber una rica y fresca agua. El agua es un recurso que
siempre debe ser protegido y bien gestionado, un elemento fundamental para la vida que, cuando es
malgastado, pone de muy mal humor al Jichi que huirá de aquellos que hagan un mal uso del agua. Al
irse, el agua también se va con él y deja atrás una fulminante sequía.
Los tres pueblos se aseguran siempre de rendirle el adecuado tributo al Jichi, sabiendo lo que pasa si
no lo tienen contento. No hay que estropear su medio arrancando las plantas acuáticas que decoran
su morada, ni apartar los granículos de pochi que cubren su superficie. Molestar a este guardián del
agua es jugarse los cultivos, la pesca y la supervivencia de los pueblos.

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4. Lluvia y sequía

Una de las leyendas más antiguas de los pueblos indígenas de Bolivia es la que cuenta que
Pachamama, la Madre Tierra, y el dios Huayra Tata, el dios del viento, eran pareja. Huayra Tata vivía
en el tope de los cerros y los abismos y, cada cierto tiempo, bajaba y vaciaba el lago Titicaca para
fecundar a Pachamama, dejando luego caer el agua haciendo llover.

Este dios a veces se quedaba dormido en el lago, lo cual hacía que las aguas se turbaran. A pesar de
ello, siempre regresaba a las cumbres, que era su morada de residencia habitual y, cuando lo
deseaba, volvía a visitar el lago para poder volver a intimar con su pareja. Esta es la historia que
cuentan los grupos de Bolivia para explicar el por qué de las precipitaciones, la riqueza ecológica de
su tierra y los ciclos del agua.

5. Origen del maíz

Hace mucho tiempo, el dios Ñandú Tampa paseaba por los Andes cubiertos de verde cuando se
encontró a unos mellizos jugando solos en el monte, cuyos nombres eran Guaray (Sol) y Yasi (Luna).

El dios, al verlos tan joviales y llenos de vida, consideró que serían una muy buena compañía para su
padre, el dios Ñanderu Tampa, así que antes de que los chiquillos se percataran de su presencia
Ñandú los atrapó y se fue volando para entregárselos a su padre.

La madre de los chiquillos escuchó cómo sus hijos gritaban desesperados mientras el dios sin
escrúpulos lo raptaba. No logró detenerlo y solo le dio tiempo para tomar a sus hijos de los pulgares
del pie, que se quedaron en sus manos mientras el dios Ñandú seguía sin detenerse en su camino
para darle la ofrenda a Ñanderu Tampa.
Pasado un tiempo, el dios padre habló con la madre de Guaray y Yasi en sueños. A través de ellos le
dijo que sus hijos estaban bien, y le ordenó que sembrara los pulgares de sus hijos. La mujer
obedeció a la divinidad y, tras un largo período de sol y lluvia, de los pulgares plantados empezaron a
brotar unas plantas con forma de lanza que dieron frutos llenos de granos de todo tipo de colores:
amarillos, blancos, morados, negros…

Ñanderu Tampa había obsequiado a la madre con la planta de maíz en compensación por haber
perdido a sus hijos.

Folclore de Bolivia

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6. El guajojó

Érase una vez una joven indígena, tan bella como graciosa, hija de un poderoso cacique de una tribu
que vivía en un claro de la selva. La chica, que no pasaba nunca desadvertida, era amada por un
guaje de la misma tribu, amor al que ella también correspondía. El joven era apuesto, valiente, un
guerrero pero, también, un chiquillo de muy tierno corazón.

Al conocer que su hija amaba y era amada por un chaval que él no creía merecedor de su progenie, el
viejo cacique, que también era un poderoso hechicero, decidió acabar con el amor entre los jóvenes
del modo más fácil y eficaz. Un día llamó al amante de su hija y, por medio de sus artes mágicas, lo
llevó a lo más espeso del bosque en donde acabó con su vida sin miramiento alguno.

A medida que pasaba el tiempo la joven empezó a sospechar del odio de su padre hacia su novio y,
harta ya de su ausencia, decidió ir en la búsqueda del hombre que amaba adentrándose en las
profundidades de la selva. Allí descubrió los restos de su amante y, llena de dolor, volvió a su casa
para increpar a su padre, amenazándolo de que iba a contar a todos el vil asesinato que había
perpetrado.

El viejo hechicero, cobarde, decidió acallar a su propia hija transformándole al instante en un ave
nocturna para que no pudiera contar el crimen. Pero aunque consiguió que su hija pasara de humana
a animal emplumado, no consiguió hacer desaparecer su voz y, convertida ahora en pájaro, la joven
emitía con profunda tristeza el lamento por la muerte de su amado.

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Desde entonces, cuando uno se adentra en la selva de Bolivia, puede escuchar un llanto triste y débil,
capaz de enloquecer a algunos hombres. Es el guajojó, el ave que una vez fue una bella joven
enamorada.

7. Leyenda del pueblo guaraní

De acuerdo con la mitología guaraní, tiempo atrás existieron dos hermanos de nombre Tupaete y
Aguará-tunpa, dioses de poderes antagónicos. El primero era la personificación del bien y la creación,
mientras que el segundo lo era del mal y la destrucción.

Aguará-tunpa, celoso de los poderes de creación de su hermano, decidió quemar todos los campos y
bosques en donde habitaban los guaraníes. Para evitar que este pueblo se quedara sin protección,
alimento y morada, el buen dios Tupaete recomendó a esta etnia tupí-guaraní que se mudara a los
ríos, donde creía que encontraría seguridad. Este plan no funcionó, puesto que Aguará-tunpa decidió
hacer que lloviera por toda la región donde vivían los guaraníes a fin de ahogarlos a todos.

Rendido ante el destino que estaban viviendo sus hijos en la tierra, Tupaete les habló francamente:
todos iban a morir. Sin embargo, para salvar la raza, mandó a este pueblo que eligieran de entre
todos ellos a los dos hijos más fuertes y, con tal de salvarlos de la inminente inundación, los colocó
en un mate gigante.

Gracias a esto, los dos hermanos estuvieron protegidos mientras Aguará-tunpa inundó la tierra hasta
que creyó extintos a todos los guaraníes, dejando después que los campos se secaran.

Los niños crecieron y salieron de su escondite, sobreviviendo gracias a que se encontraron con
Cururu, un sapo gigante que les dio fuego para poder calentarse y cocinar los alimentos. Los niños
vivieron protegidos por Tupaete y otros espíritus guaraníes hasta que, una vez adultos, pudieron
reproducirse y recuperar su raza.

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8. Los fantasmas del hospital de clínicas de La Paz

Dicen que el Hospital General de La Paz es un lugar frecuentado por fantasmas, espectros que
abandonan su descanso de ultratumba para darse un volteo por las salas de la casa de enfermos y
malheridos. Son muchas las historias que se cuentan de este lugar que, aunque de día es amigable,
de noche parece que lo envuelve un halo de misterio y tenebrosidad, pero es especialmente
interesante la que le ocurrió a una enfermera de nombre Wilma Huañapaco, encargada de la sala de
Terapia Intensiva en el primer piso del edificio, quien nunca olvidará lo que sucedió un 4 de agosto

Justo cinco minutos antes de que sonaran las dos de la madrugada, Huañapaco transcribía, como
cada noche el reporte del estado de los pacientes. Una tarea realmente delicada, tanto que no
consiente error alguno y requería que quien la realizaba estuviera despejada, despierta a pesar de lo
tarde que era.

Pero, de repente, su cuerpo fue invadido por una pesadez repentina que la paralizó. No podía mover
ni brazos ni piernas, ni siquiera sus párpados. Se había quedado como en estado vegetal,
absolutamente inmóvil pero bien consciente en todo momento. Su desesperación al entrar en
semejante estado la llevó a realizar un gran esfuerzo para poder voltearse. Al lograrlo consiguió ver la
silueta de un hombre alto, contorneado por un aura de color verde oliva y ¡sin cabeza! que se
desvaneció en instantes...

Cuando se lo contó a sus compañeras, algunas se mostraron incrédulas, aunque tampoco tanto. Ese
hospital encierra algo, algo misterioso entre sus muros. De hecho, Wilma no es la única que ha visto
apariciones en ese misterioso lugar, ni tampoco la primera en ver la silueta de un hombre
decapitado.

Tanto algunos pacientes como parte de los médicos más veteranos en el lugar cuentan la historia de
un hombre que cada noche se pasea por los jardines próximos al hospital del Tórax, rumbo a la
morgue. Algunos lo han bautizado con el nombre del Jinete sin Cabeza, aunque no tiene relación
alguna con el famoso relato del escritor estadounidense Washington Irving.

9. La Cueva del Diablo de Potosí


Las buenas gentes residentes en la Villa Imperial de Potosí creen que la mancha oscura que se
encuentra por el lugar es un rastro que dejó el Diablo tras estrellarse sobre la roca.

De acuerdo con la leyenda, antes de la intervención de San Bartolomé, en determinadas horas del día
las personas que oían llamadas procedentes de la cueva se perdían en sus profundidades, para
siempre. Otros cuentan que de ella salía un jinete que, corriendo a toda velocidad, no paraba hasta
conseguir hacer pedazos a un desafortunado transeúnte.

Para remediar tan macabra situación los jesuítas tomaron acción. Colocaron la figura de San
Bartolomé y pusieron una gran cruz en la cueva del Diablo para ahuyentar al maligno cuyos poderes
todavía se encontraban en ella. Desde que se aconteció esta cristiana gesta en tiempos de la colonia,
españoles, criollos e indígenas van cada año a celebrar su fiesta con gran solemnidad.

10. La leyenda de la Coca

Cuenta la leyenda que, durante el reinado del Inca Atahualpa, vivía en el templo del Sol, en la isla de
Titicaca, un viejo sabio y adivino sacerdote llamado Khana Chuyma. Por aquella época llegaron a la
actual Bolivia los conquistadores españoles que, en búsqueda de oro, profanaron templos y
sometieron a los indígenas en algunas regiones.

Con el objetivo de impedir que el oro sagrado del Sol cayera en manos de los invasores, Khana
Chuyma lo escondió en un lugar a orillas del lago y, diariamente, subía a una atalaya para ver si se
acercaban los ejércitos de Pizarro. Fue eso lo que ocurrió un día, viéndolos venir a lo lejos y, sin
perder ni un segundo, el sacerdote arrojó todo el tesoro a lo más profundo de las aguas.

Cuando llegaron los conquistadores y se enteraron de que el sacerdote había ocultado el tesoro, le
prendieron fuego para forzarle a confesar el paradero de tan valioso botín, pero Khana Chuyma
soportó estoicamente el tormento y, como un verdadero santo andino, no soltó palabra alguna para
proteger la valiosa ofrenda para los dioses.

Cansados de torturarle, sus verdugos se rindieron y lo dejaron moribundo en un campo al ver que no
servía de nada continuar el sufrimiento puesto que no iba a confesar. En medio de su dolorosa
agonía, el sacerdote tuvo una visión esa misma noche: el Dios Sol Inti se le apareció, resplandeciendo
detrás de una montaña y le dijo:
Hijo mío, tu heroico sacrificio para salvar las ofrendas sagradas merece ser recompensado. Pídeme lo
que quieras, lo que más te guste, pues sea lo que sea que desees se te será concedido.

Khana Chuyma contestó:

Oh, Dios amado, ¿qué otra cosa puedo pedirte en esta hora de duelo y derrota sino la redención de
mi raza y la expulsión de los invasores?

El Sol le respondió:

Siento decirte que lo que tú me pides es ya imposible. De nada vale ya mi poder contra los intrusos.
Su dios me ha vencido y yo también debo huir para esconderme en el misterio del tiempo. Pero antes
quiero concederte algo que esté dentro de mis facultades.

El sacerdote dijo:

Si ya es imposible devolver la libertad a mi pueblo, padre mío, al irnos te pido algo que lo ayude a
soportar la esclavitud y las penurias que le esperan. No oro, ni riqueza pues sé que el invasor se lo
arrebatará lleno de codicia. Te pido un consuelo secreto que dé a los míos la fuerza de sobrellevar los
trabajos y humillaciones que nos impondrán los conquistadores.

El dios Inti concedió tan noble y generoso deseo del sacerdote contestándole:

Te lo concedo. Mira a tu alrededor. ¿Ves esas plantas de verdes y ovaladas hojas que acaban de
brotar? Di a los tuyos que las cultiven, con sumo cuidado, y que sin lastimar sus tallos arranquen las
hojas, que las sequen y las mastiquen después. Su jugo es el bálsamo de los sufrimientos que están
por venir.

El dios le dijo a Khana Chuyma que esa hoja era el remedio para aliviar el hambre y el frío, las durezas
del camino, las humillaciones del destino. Le dijo que sería la planta de la coca la que les ayudaría a
sobrevivir tan amargos tiempos, y que lanzando un puñado de sus hojas al azar se les revelarían los
misterios del destino.

Estas hojas estaban reservadas para los indígenas para traerles salud, fuerza y vida, y quedaban
totalmente prohibidas para los conquistadores. Si un invasor trataba de morder la hoja, en su boca se
sentiría con tal amargor, de sabor repugnante y pervertido que lo único que conseguiría con ella
serían vicios, dolor y sufrimiento. La planta de la coca es la planta sagrada de los pueblos indígenas
de Bolivia, aquellos que sobrevivieron a la conquist

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