Título original: Conan the Fearless
Steve Perry, 1986
Traducción: Joan Josep Musarra
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
Dedicado, como siempre, a Dianne;
y también a Cari, Ruth, Ken y Ella.
Agradecimientos
Varias personas me han ayudado a escribir esta
novela; algunas de ellas con sus palabras u obras,
y otras, simplemente, con su presencia.
Difícilmente podría nombrarlos a todos, pero me
mostraría ingrato si no mencionara a los más
significativos. Así pues, les doy las gracias a: L.
Sprague y Catherine de Camp, a los que bien
podríamos llamar padres adoptivos de Conan,
nadie conoce mejor que ellos al cimmerio; por
supuesto, a Harriet McDougal y a su marido, Jim
Rigney; y finalmente, a Michael Reaves por su
lectura del libro y sus comentarios, que
contribuyeron a dar mucho sabor a este relato de
fantasía.
Prólogo
La cámara exudaba frío, pero un frío mucho
más hondo que el de las grises paredes de piedra,
húmedas y mohosas. Se trataba de una gelidez
antinatural, que no afectaba solo al aire, sino
también al alma; una frigidez de huesos viejos,
sepultados en el corazón de un glaciar ya antiguo
en los tiempos en que Atlantis aún cabalgaba los
océanos. En el centro de esta frialdad se hallaba su
causa y su foco: Sovartus, Mago del Cuadrilátero
Negro, que estaba hurgando en un hechizo arcano
forjado con deformes y mancilladas esencias de
maldad.
El cuerpo del mago se estaba meciendo al
ritmo de las fuerzas que le recorrían y, cuando
habló, lo hizo con voz profunda y poderosa.
—Ven, hijo de las tierras grises. Ven, retoño de
los abismos. ¡Ven, por mi orden!
Entonces, Sovartus recitó las Siete Palabras
del Pergamino de Slicreves, cuidando de
pronunciarlas con exactitud. Si no lo hacía así,
moriría al instante… una palabra mal pronunciada
habría bastado para que el demonio al que estaba
conjurando se librara del diagrama que él mismo
había dibujado con precisión sobre las baldosas.
Se oyó un terrible chillido en lo más hondo del
castillo, como si alguien hubiera estado
sumergiendo poco a poco a una bestia ultraterrena
en plomo hirviente.
En el centro del pentagrama, salía humo de un
pequeño punto vibrátil, y se expandía en todas
direcciones, en malignas volutas de oscuro color
purpúreo, mezcladas con otras de intenso amarillo,
como una magulladura reciente en el mismo aire
de la estancia. Entonces hubo un estallido de luz
infernal, que dolía en los ojos, y el olor a sulfuro
quemado se adueñó de la habitación. De súbito,
apareció un demonio dentro del pentagrama, que
chorreaba negro lodo y exudaba por cada uno de
sus poros el hedor de la Gehanna. Era tan alto
como dos hombres, y tenía la piel del color de la
sangre fresca; estaba desnudo, y no tenía vello, y
solo un ciego no habría visto su terrible virilidad.
—¿Quién osa? —gritó el demonio. Se arrojó
contra Sovartus, en un intento de aferrar con sus
garras la garganta del hombre de cabellos negros y
barba puntiaguda que le sonreía; pero el diablo se
estrelló contra el muro de fuerza que circundaba el
pentagrama. Al golpear la invisible barrera con
los puños, los músculos se marcaron en los
gigantescos brazos del monstruo. La bestia gritó,
con un sonido que arrastraba consigo la rabia del
infierno, y le enseñó al hombre sus largos
colmillos de marfil—. ¡Vas a pasar mil días
suplicándome la muerte! —La voz le rechinaba
como la lámina de bronce al ser aserrada.
Sovartus negó con la cabeza.
—No, vástago del infierno. Te he evocado, y
tienes que servirme. —El mago sonrió, y rio—. Sí,
me vas a servir, Djavul.
El demonio retrocedió, cubriéndose con sus
garras. Había horror en su rostro.
—¡Sabes mi nombre!
—Sí. Y por ello, tendrás que cumplir mis
órdenes, o quedar atrapado en ese pentagrama
hasta el fin de los tiempos.
El cuerpo de Djavul rezumaba cieno negro,
que caía al suelo gota a gota. En todo lugar que
mojaba, se desprendían espirales de humo de las
baldosas. Se formaron charcos de lodo, pero
ninguno de estos sobrepasaba los contornos del
diagrama mágico que había dibujado Sovartus.
Djavul le miró fijamente.
—¿Eres uno de los brujos del Anillo Negro?
—preguntó el demonio.
—No, del Anillo no, hijo de la noche. Yo soy
Sovartus, del Cuadrilátero Negro, adepto, y pronto
señor, de las Cuatro Vías. No me engaño a mí
mismo con los purpúreos sueños del loto negro, ni
me enfango en la vil nigromancia, como esos
ineptos impostores estigios. No es el Anillo, sino
el más poderoso Cuadrilátero el que te ha
capturado y ahora te somete, Djavul. ¿Conocéis al
Cuadrilátero en los abismos?
Los colmillos de Djavul rechinaron.
—Sí, lo conocemos.
—Ajá. ¿Y me servirás en lo que te ordene?
—Sí, te serviré —dijo. Una vez más, le enseñó
los dientes a Sovartus—. ¡Pero ten cuidado,
porque, si cometes el más mínimo error…!
—No me amenaces, demonio. ¡Si yo quisiera,
podría aprisionarte dentro de una roca, y hacer que
te llevaran en una carreta hasta el Mar de Vilayet y
te arrojaran allí, para que contemplaras los lodos
del fondo!
Los ojos de Djavul brillaron con roja llama,
pero el demonio nada dijo.
Sovartus se volvió, y observó la pared que
tenía más cerca. Languidecían allí tres niños —dos
muchachos y una chica—, aprisionados como el
demonio, pero por medios más terrenales: estaban
encadenados a la pared gris. Los tres se veían
alelados de terror; estaban de pie, o sentados,
mirando al vacío, como si los hubieran drogado.
Eran tres… solo tres.
Sovartus se volvió de nuevo hacia el demonio.
—Mira esos niños —le ordenó.
El demonio los contempló a los tres. Asintió.
—Los veo.
—¿Los conoces?
—Sí, los conozco —dijo Djavul—. Son Tres
de los Cuatro. La muchacha es Agua, los chicos
son Tierra y Aire.
—Muy bien. Si vieras a la Cuarta, ¿la
reconocerías?
—Sí, la conocería.
Sovartus asintió. Sonrió, y sus propios dientes
centellearon con blanca luz entre el negro bigote y
la barba.
—Ya lo imaginaba. Entonces, esta será tu
tarea, demonio. Al sudeste se encuentra la ciudad
de Mornstadinos; la Hija del Fuego mora dentro de
esa ciudad, pero está oculta. Tienes que
encontrarla y traérmela sana y salva.
Djavul miró con odio al brujo.
—¿Y luego?
—Luego te liberaré, para que vuelvas a gozar
de tus placeres en la Gehanna.
—Esperaré con gran alegría a que bajes allí,
humano.
Sovartus rio.
—De eso, no tengo ninguna duda; pero
tampoco me cabe duda de que, cuando esté en el
infierno, seré tu amo, demonio. Es más, quiero que
me ayudes a lograrlo; así pues, más te vale no
ofenderme entre tanto.
Djavul hizo rechinar los dientes, y empezó a
hablar con su voz de sierra de metal.
—Veo… —Calló.
Los ojos negros de Sovartus centellearon a la
luz de las lámparas alineadas en la pared.
—¿Sí? Habla.
Aun mostrando evidente reluctancia, el
demonio asintió y dijo:
—De la misma manera que vi la Esencia de
los tres niños, también he visto la tuya, hechicero.
Eres poderoso, muy poderoso, y la promesa de
obtener fuerzas aún mayores pesa sobre ti como
una maligna mortaja.
—Ah —dijo Sovartus, asintiendo a su vez—,
eres perspicaz, aunque nacieras en los abismos.
Entonces, ¿te das cuenta de que no te conviene
oponerte a mí?
—Sí. Los de Alma Negra admiten muchas
cosas en su trato con los hombres. Tal vez puedas
cumplir tus amenazas. Voy a servirte, humano. No
querría pasarme diez mil años enterrado en los
negros lodos del fondo del Vilayet.
—Aun siendo un simple demonio, eres sabio
—dijo Sovartus—. Cuando llegue al infierno,
dentro de unos pocos miles de años, y gobierne,
cuando me haya hartado de gobernar aquí, tal vez
necesite un ayudante sabio como tú. Date por
nombrado, en tanto que cumplas mis órdenes y me
sirvas bien. —Se acarició la puntiaguda barba con
su esbelta mano—. Ahora, te ordeno que partas.
Cumple con tu misión, y regresa con rapidez.
El demonio se cuadró.
—Te oigo, oh, amo —dijo—, y obedezco.
Al agacharse y prepararse para saltar, la
gigantesca criatura flexionó y tensó los músculos.
Saltó, y otro magullado centelleo iluminó la
lóbrega estancia; cuando el fulgor perdió su fuerza,
Djavul ya se había ido, y solo había dejado tras de
sí los charcos de cieno que mancillaban el suelo.
Sovartus rio una vez más, y miró a los tres
niños. No tardaría en tener a la Cuarta; pronto
reuniría todas sus energías. Y entonces, ah,
entonces controlaría los Cuatro Elementos, y no
meramente las ondinas y demonios del viento; no
meramente las salamandras y las llamas; no
meramente los semigüelfos. No, cuando por fin los
tuviera a los Cuatro, sería capaz de crear y
desencadenar las fuerzas de la Criatura de Poder,
una fuerza tan pasmosa que incluso Set, el del
Alma Negra, se vería obligado a tener en cuenta.
Sovartus se marchó, y su túnica de negra seda
se meció en torno a su cuerpo. Él era el más
poderoso del Cuadrilátero Negro y, dejando aparte
a Hogistum, siempre lo había sido.
Hogistum había tratado de negarle el poder a
fuerza de ocultarlo. Aquel viejo había hechizado a
una doncella, y luego la había preñado. La
doncella había dado a luz a cuatro niños a la vez, a
cuatrillizos, y cada uno de estos albergaba las
líneas de poder de uno de los elementos. Al nacer,
los había separado y dispersado, para que
Sovartus no pudiera encontrarlos.
Los había buscado durante años, durante trece
largos años, y, mientras iba en su busca, había
estudiado las artes arcanas para mejorar sus
habilidades. Había viajado a los extremos del
mundo en pos de los niños y del saber. En las
lejanas junglas orientales de Khitai había tratado
con magos de rostro impasible y piel amarilla; en
los ruinosos templos de Estigia había conocido las
habilidades del Anillo Negro. Asimismo, el mago
había visto con sus propios ojos al monstruo
extraterrestre de piel esmeralda y deforme cabeza
elefantina encerrado en la torre de Yara, en
Arenjun, la ciudad zamoria de los ladrones. Sí,
había aprendido bien sus malvadas lecciones; aun
sin el poder de los Cuatro, la fuerza de Sovartus
era digna de respeto, y ningún otro hechicero lo
igualaba en toda Corinthia. Por supuesto, no le
bastaba con ese poder, puesto que podía hacerse
con la supremacía sobre todo el mundo.
Sovartus sonrió al salir de la estancia y anduvo
por el sombrío corredor hasta el salón principal
del Castillo Slott. Las ratas chillaban y huían a su
paso y, cada vez que se acercaba, las arañas
trepaban a lo más alto de sus telas.
Hogistum había muerto, envenenado por la
mano de Sovartus, y el plan del mago muerto ya
era poco más que un recuerdo que se esfumaba.
Había reunido a todos los niños salvo a uno, y los
tenía en su poder. Sovartus se había gastado
fortunas para conseguir a los primeros tres. Sus
esbirros los habían encontrado en Turan; en Ofir;
en Poitain; ¡qué ironía que el último tuviera que
hallarse en Corinthia, prácticamente al lado de su
puerta! Ya tenía a tres, y los cadáveres de los
mortales que le habían ayudado a buscarlos, o
habían tenido conocimiento de ello, estaban siendo
devorados por los peces o por criaturas acuáticas
más difíciles de nombrar, o se pudrían en lugares
donde ningún ojo humano podía verlos. Cuando el
demonio le trajera al último, habría triunfado.
Lástima que el viejo hubiera muerto; Sovartus
habría querido que contemplara su victoria. Tal
vez pudiera resucitar a Hogistum. Pronto tendría
poder para hacerlo. Sí, aquella sería una buena
chanza: resucitar al mago, solo durante el tiempo
necesario para que saboreara su fracaso y la
victoria de Sovartus. Rio con fuerza al pensarlo.
Lo haría, por Set que lo haría. No todos los
hombres pueden hacer volver de las tierras grises
a su padre asesinado.
1
En una aldea sin nombre, al pie de un puerto de
montaña que atravesaba los Montes Karpashios
desde Zamora hasta Corinthia, un mesón
destartalado se agazapaba en su abandono. A esta
casa desvencijada y ruinosa llegó un musculoso
joven, montado en un excelente caballo de lustroso
pellejo, que no parecía apropiado para él. Este
caballo de robusto costillar estaba enjaezado con
una excelente silla, y exóticas mantas de seda, y
tenía piezas de plata, en forma de grullas y ranas,
en las bridas; obviamente, el animal pertenecía a
un hombre rico.
Su jinete, sin embargo, vestía un peto de cuero
viejo y agrietado, sin cota de malla ni bacinete, y
calzones cortos que parecían finos, pero
desgastados por el tiempo y el sudor. Llevaba una
capa de bordes raídos, aunque bien tejida. Del
antebrazo le colgaba, metida en una vaina, una
daga larga y de aspecto temible; y, del costado, un
gran sable cuya empuñadura estaba forrada con
sencillez, dentro de una vaina de cuero aún menos
adornada. Los vientos del anochecer habían
revuelto los negros cabellos del gigante en
desordenada melena, y sus profundos ojos le
devolvían la mirada al ardiente fulgor del
crepúsculo, casi como si hubieran tenido su propia
luz azul. Era Conan de Cimmeria y, aunque quizás
algún hombre advirtiera el contraste entre hombre
y jinete cuando se acercaron al mesón, ninguno
tuvo coraje suficiente como para decirlo.
Un niño de diez años estaba cerca de la puerta
de la posada, donde, al igual que sucedía con el
pueblo, no había ningún rótulo que indicara el
nombre. Conan descabalgó y miró al muchacho.
—Eh, niño, ¿tenéis establos en este lugar?
—Sí. —Observó el atuendo de Conan—. Para
quienes puedan pagarlo.
La mirada del muchacho divirtió a Conan. Rio
y, tras buscar en la bolsa que le colgaba del
cinturón, sacó una pequeña moneda de plata y se la
arrojó.
Diestramente, el niño cazó la moneda al vuelo.
Sonrió abiertamente al forastero.
—¡Por Mitra! ¡Con esto, casi podrías comprar
el establo!
—Me bastará con que me des de comer y
beber, y limpies el caballo —dijo Conan—. Y
puede que te dé otra moneda si, mañana por la
mañana, me encuentro con que los jaeces de mi
montura relucen.
—¡Brillarán más que el alba! —prometió el
muchacho, y fue corriendo a tomar la brida que el
otro le tendía.
—Espera un momento —ordenó Conan.
Descargó un par de pesados sacos del caballo,
cuidando de impedir que las monedas de oro de
que estos iban llenos tintinearan. Más valía que
aquellos sacos pasaran la noche a su lado, y no en
un establo; Conan conocía a los ladrones, porque
él mismo lo era. Observó cómo el muchacho se
llevaba el caballo, y luego se volvió para entrar en
el mesón.
Su interior no se contradecía con la fachada; la
taberna estaba sucia y llena del humo de un fuego
chisporroteante que ardía en el hogar, al otro
extremo. No había ventanas; la única otra luz
procedía de las grietas del techo bajo, y de unas
pocas y grasientas lámparas de aceite que
reposaban sobre varias de las toscas mesas de
madera.
Un hombre gordo con el delantal manchado se
acercó a Conan, enseñándole sus dientes negros y
podridos en ancha sonrisa.
—Ah, buenas noches, mi señor. ¿En qué puedo
serviros?
Conan miró en derredor. Había diez personas
en la taberna, y todos los que vio parecían igual de
mugrientos que la casa. Había morenos zamorios,
por supuesto; dos hombres bajos y de ojos
rasgados, que por su apariencia podían ser
hyrkanios; un par de mujeres de ojos tristes y
aspecto fatigado, vestidas con pantalones rotos,
que solo podían dedicarse al más antiguo de los
oficios; finalmente, apoltronado en un taburete,
había un hombre bajito y rechoncho de cabellos
grises, que miraba al cimmerio igual que un halcón
habría mirado a una serpiente.
Conan se volvió hacia el mesonero.
—¿Hay algo para cenar en esta casa miserable,
aparte de pan mohoso? ¿Y vino que no sea
vinagre?
—Por supuesto, mi señor…
—También quiero un cuarto para pasar la
noche —dijo Conan, interrumpiéndole—. Un
cuarto con puerta y cerrojo.
—Mitra ha bendecido mi establecimiento con
todo eso que buscáis —dijo el gordo mesonero,
enseñándole de nuevo sus dientes negros.
Conan gruñó.
—Entonces, tráeme comida, y veremos si las
bendiciones de Mitra también han llegado a la
cocina. Y vino, del mejor que tengas.
Pareció que el hombre midiera a Conan con
astucia; pero, antes de que pudiera hablar, el
corpulento joven le echó una moneda. Los ojos del
gordo mesonero se agrandaron al distinguir un
reflejo amarillo a la pálida luz de las lámparas, ya
cuando el disco de metal surcaba el aire. Cazó la
moneda al vuelo, en menos tiempo del que tarda el
halcón en matar a un zorzal, y abrió la mano con
cautela, para mantenerla oculta a las miradas de
curiosidad de los demás que se hallaban en la
húmeda taberna. Pero no pudo esconder el brillo
del oro.
—¡Oro!
El susurro del gordinflón entrañaba a la vez
codicia y deseo, y reverencia. Hizo como si fuera
a morder la moneda para asegurarse de su pureza,
pero, al parecer, pensó en el mal estado de sus
dientes, y al final solo la sopesó con la palma de
la mano. Cerró el puño con fuerza en torno al
brillante redondel y miró en derredor, a sus
clientes, que en aquel instante se asemejaban, igual
que el propio mesonero, a un taimado roedor.
Conan eligió ese momento para desentumecer
su poderoso cuerpo. Los tendones y las
articulaciones le crujieron, pues estaba haciendo
girar los grandes hombros, y flexionaba los
gruesos brazos. Los sonidos y el movimiento
parecieron sacar al mesonero de su codicioso
trance. Este se inclinó, murmuró algo y se marchó
a toda prisa. Regresó en seguida con un odre de
vino y una copa, que colocó servilmente sobre la
mesa más cercana a Conan.
—Ahora mismo os será preparada la comida,
mi señor.
Conan sonrió, consciente de que toda la
escoria de la posada lo estaba mirando a él.
Desdeñando la copa, agarró el odre de vino y
empinó el codo. El chorro de tinto aguado le supo
algo amargo; pero estaba suficientemente fresco.
Se llenó la boca tres veces, y tragó, antes de bajar
el odre para tomar aliento. Volvió a
desentumecerse, y los músculos le bailaron como
mansas bestias bajo la piel morena, y luego se
sentó sobre el tosco banco que se hallaba al lado
de la mesa.
Los clientes de la posada se volvieron para
seguir con sus propios asuntos… con la única
excepción del hombre obeso, que seguía vigilando
al joven gigante por el rabillo de su pálido ojo. El
mesonero volvió poco después con una bandeja de
madera, donde llevaba un humeante tajo de
vacuno. La carne era tan gruesa como la mano de
Conan y rezumaba sangre, y apenas si estaba
asada, pero el cimmerio se puso a comer,
empleando su daga karpashia de agudo filo para
cortar grandes trozos de bistec. Masticó con
avidez, y se ayudó a tragar la carne medio cruda
con generosos sorbos de vino aguado. Aquella no
era la mejor comida de su vida, pero le bastaría.
Cuando hubo terminado la carne y casi todo el
vino, Conan buscó con los ojos al mesonero. Antes
de que hubiera podido siquiera mirar en derredor,
el obsequioso sujeto de dientes negros apareció a
su lado.
—¿Mi señor?
—Yo no soy el señor de nadie —dijo Conan,
ahíto de carne y de vino—. Pero estoy fatigado, y
querría ver el cuarto con el que le plugo a Mitra
bendecir este… establecimiento.
—Ahora mismo.
El mesonero acompañó a Conan desde la
taberna de cargado aire por un angosto corredor,
hasta unas escaleras empinadas. Los escalones
crujían cuando Conan los pisaba, de tal manera
que el ascenso le hizo pensar en una bandada de
pajarillos gorjeantes. El cimmerio sonrió. Bien.
Ningún ladrón podría subir por aquellas escaleras
y pillar desprevenido a un hombre en la noche.
El cuarto no era mucho mejor que la taberna,
salvo en que estaba vacío, con la excepción de un
lecho de paja limpia y una manta de basta lana. En
la pared correspondiente a la fachada había un
agujero redondo, ventana suficiente para dar
entrada al aire y a la luz de la luna, pero
demasiado pequeño para un hombre. La puerta
parecía sólida, y tenía una cerradura de latón bien
engrasada con la que, introduciendo fácilmente el
pestillo en el cerradero, se podía impedir la
entrada. Qué extraño. La cerradura era lo mejor
cuidado de todo el cuarto. Conan le indicó al
mesonero que se marchase, cerró, y arrojó sus
sacos de cuero llenos de botín al rincón, cerca del
montón de heno.
Algo salió corriendo antes de que lo alcanzara
el peso del oro y la plata, y chilló en la oscuridad
sin ser visto. Conan empuñó su daga y se acercó al
tosco lecho, con sus ojos azules muy abiertos.
Cuando estuvo listo, hizo crujir un extremo del
montón de heno.
La rata salió disparada, corrió, pero no fue lo
bastante rápida. Conan atacó con notable
velocidad y atravesó al roedor de pardo pelambre
con su daga.
El cimmerio sonrió. Una que no iba a
mordisquearle aquella noche. Se puso en pie y
golpeó el arma en la pequeña ventana, hasta que el
roedor muerto cayó de la hoja y se perdió de vista
en la oscuridad de la noche. Limpió la daga en el
heno, la envainó y se acomodó para dormir.
Oyó un susurro en las horas que precedieron al
despuntar de la aurora. Era tan débil, que tal vez
los oídos ordinarios no habrían sabido distinguirlo
de los crujidos nocturnos del envejecido mesón.
Conan despertó al instante, con todos sus sentidos
alertados.
Scrich. Scrich. Era pequeño, aquel intruso
acústico que había irrumpido en su sueño; pero le
presagiaba males, porque Conan reconocía el roce
del metal contra el metal. Solo los hombres
emplean instrumentos de hierro o de bronce, y un
hombre, en aquella hora, representaba un peligro.
Un tenue rayo de luna tardía y de luz de
estrellas entraba en el cuarto por el agujero de la
pared. Por allí apenas habría podido pasar un gato,
pero la visión del cimmerio era más aguda que la
de los demás hombres, y peligros pasados la
habían afinado. Escudriñó todo el cuarto hasta
encontrar la causa del sonido nocturno.
A la pálida luz, Conan vio un fino alambre que
se había deslizado por entre el batiente y el dintel,
un gancho de cobre que tiraba del bien engrasado
pestillo.
Por un momento, Conan sintió el escozor del
miedo en la nuca. Ningún hombre nacido de mujer
había subido por las mismas escaleras que él;
habría apostado por ello. Empuñó la espada.
De pronto, el aceitoso pestillo salió de su
sitio, y la puerta se abrió violentamente hacia
dentro. Tres hombres irrumpieron en la habitación,
cada uno con una daga lista para apuñalar.
Conan se levantó de un salto, desenvainó el
sable y cargó contra los asesinos. Si estos habían
esperado matar a un hombre dormido, erraron
tristemente, porque el cimmerio los atacó.
El primero fue atravesado antes de que llegara
a ver el peligro de muerte. Conan le arrancó la
espada, y el hombre cayó gorgoteando entre
espasmos de muerte. Al instante, el cimmerio
blandió la pesada arma con una fuerza que solo
pertenece a los hombres más vigorosos. El
segundo asesino se volvió a medias, y logró alzar
la daga para defenderse, pero su esfuerzo no le
valió para nada. Saltaron chispas cuando su daga
se cruzó con el sable, y este la apartó a un lado
como si no hubiese sido más que una pluma. El
acero de Conan se clavó hondo en el costado del
villano, destrozó costillas y órganos a la vez, y el
hombre, al caer, chilló agonizante, y quedó tendido
sobre el sucio piso de madera.
El tercero huyó corriendo al angosto pasillo; el
miedo le teñía el rostro.
La pared del corredor besó las espaldas del
aspirante a asesino. Este miró, frenético, a derecha
e izquierda, pero parecía saber que, si se volvía
para huir, el sanguinario gigante le daría alcance
enseguida. Le dio la vuelta a la daga, la empuñó
como una espada, y trató de apuñalar a Conan.
Justo entonces se oyó una cacofonía de pisadas
que hacían chirriar las escaleras. Las velas
chisporroteantes arrojaron espectrales sombras de
luz amarilla ante quienes las llevaban. Conan no
dejó de prestar atención al ladrón de la daga; sin
embargo, este debió de creerlo. Arremetió contra
el cimmerio, tratando de hundirle la punta del arma
en la ingle. Conan se apartó de un ágil salto, veloz
a pesar de su corpulencia y, con todas sus fuerzas,
asestó un mandoble hacia abajo. El aguzado filo
chocó con la cabeza del villano y la partió por la
mitad, igual que un cocinero habría partido un
melón. La sangre salpicó las paredes del corredor,
ahora mejor iluminadas por el mesonero y por el
hombre rechoncho al que Conan había visto en la
taberna. El cimmerio se volvió hacia estos dos,
apuntando con su sangrienta espada al corazón del
posadero, un corazón oculto por un mugriento
camisón de noche.
El mesonero se quedó pálido como la muerte,
y empezó a sudar en abundancia.
—¡P-p-por favor, señor, tengo una familia!
Conan le miraba fijamente sin parpadear, con
ojos que le ardían como dos refulgentes carbones
azules. Finalmente, se volvió a un lado, hacia los
restos mortales de aquellos hombres que podrían
haberlo asesinado si su vigilancia hubiese sido
menor.
—¿Quiénes eran estos canallas? —preguntó,
señalando con su acero al cadáver más cercano.
—N-n-no les conozco, mi señor —logró
balbucir el mesonero. El sudor le resbalaba por la
piel en gotas gruesas y aceitosas, que mojaban el
suelo en torno a sus pies desnudos.
El hombre bajo y obeso habló.
—Ladronzuelos zamorios, diría yo. Habían
llegado al mesón hoy mismo.
Conan le miró.
—Yo me llamo Conan de Cimmeria, pero
últimamente he vivido en Shadizar. ¿Quién eres tú?
—Yo soy Loganaro, amigo, mercader de
Mornstadinos, en Corinthia. Regreso de una visita
a Koth, donde tengo… ah… intereses comerciales.
Conan asintió y se volvió una vez más hacia el
mesonero.
—Dime, dueño de esta perrera maldita por
Mitra, ¿cómo llegaron estos carroñeros hasta mi
cuarto? No sería por esas escaleras.
—M-mi s-señor, hay otra escalera al otro
extremo del corredor. E-está m-mejor c-
construida.
—Sí. Y ahora, perro, explícame por qué el
cerrojo estaba engrasado.
—¿E-e-el cerrojo? Lo… lo instalamos hace
poco tempo, señor. El artesano debió de
engrasarlo. —El mesonero tragó saliva y asintió,
como una marioneta con un hilo suelto—. Sí, será
eso, lo debió de hacer el artesano.
Conan sacudió la cabeza.
—Es una historia creíble. Estoy dispuesto a
visitar a ese artesano y hacerle preguntas.
La tez del mesonero quedó de color ceniciento.
—P-p-pero es que ya no vive en nuestra aldea.
Se… ah… se fue… a Turan.
Conan escupió en el suelo. Se agachó y
aprovechó la raída capa del bandido muerto para
limpiar su espada, y luego buscó posibles muescas
en el metal. No encontró marcas recientes en el
arma; la daga del ladrón debía de estar hecha con
mal acero.
Ágilmente, Conan se irguió cual torreón ante el
tembloroso mesonero.
—Saca estos detritus de mi cuarto —le ordenó
—. Quiero reanudar el sueño que me han
interrumpido.
—¿D-d-dormir? —El gordo parecía
horrorizado ante la idea.
—Si no, ¿qué voy a hacer? Aún no ha cantado
el gallo, y estoy cansado. Si no te entretienes,
pasaré por alto ese pestillo engrasado.
Conan sonrió ante las raciones de desayuno
que el mesonero le había traído. La carne estaba
caliente, y bien guisada. Cada vez que eructaba, el
propietario de aquella perrera que pasaba por
mesón acudía corriendo para preguntarle si podía
servirlo en algo.
Mientras estaba allí sentado, el mercader de
poca estatura se le acercó. Se dirigió al cimmerio.
—¿Por casualidad viajas hacia el oeste?
—Sí. A Nemedia.
—Entonces, seguirás la bifurcación
septentrional del camino de Corinthia por el Paso
Embrujado.
—¿El Paso Embrujado?
El mercader sonrió.
—Sin duda, es un nombre para asustar a los
niños. El viento canta extrañas canciones al pasar
por entre las rocas. Hay cavidades, y estas
producen sonidos que algunos hombres hallan
enervantes.
Conan rio, y cortó un último mendrugo de pan
fresco de la tercera barra que le había traído el
mesonero. Acabó de tragarlo con un sorbo de vino.
—En la tierra donde nací ya conocemos esas
flautas de viento —dijo Conan—. Ni siquiera los
niños pequeños de Cimmeria temen a tales
sonidos, y mucho menos un hombre de dieciocho
inviernos.
Loganaro se encogió de hombros bajo su
oscura túnica marrón.
—También existe un lago encantado, llamado
Spokesjo, cerca de la cima del paso.
—¿Y los peces arrojan burbujas a los incautos
viajeros desde ese lago mágico? —Conan volvió a
reír, divirtiéndose con su propio chiste.
El mercader le miró con el rostro aún más
serio.
—No, no hay peces en ese lago. Es mejor no
mencionar a las cosas que viven allí, salvo para
decir que hay que evitar las orillas donde moran.
Conan se encogió de hombros.
—Yo estoy atravesando Corinthia para ir a
Nemedia, y este paso es la ruta que sigo, a pesar
de los ruidos que haga el viento y de los cuentos
de las abuelas.
Loganaro sonrió.
—Ah, eres valiente. Resulta que yo también
regreso a mi país por esa ruta. ¿Querrías ser mi
compañero?
Conan negó con la cabeza.
—No, mercader. Viajo mejor cuando voy solo.
El comerciante se encogió de hombros.
—Como tú quieras. De todos modos, te
precederé o te seguiré de cerca. No querría
sobresaltarte si me encuentras en tu camino.
—No me voy a sobresaltar por un mercader
que me encuentra en el camino, Loganaro.
El hombre de poca estatura asintió y no dijo
más, pero parecía estar divirtiéndose a costa de
Conan, y este le ignoró. Era como si le ocultara
algún grave y oscuro secreto al joven cimmerio.
2
La nieve cubría como una gruesa y sólida
manta las rocas que ceñían el paso. El aliento de
Conan y el de su caballo de lustrosa piel se iban
materializando como vapor en el gélido aire, a lo
largo del camino. El cimmerio no prestaba
atención a la temperatura, salvo para envolverse
todavía más con la capa de pieles.
Su montura de lustroso pellejo iba avanzando
por el rocoso sendero. Apenas si soplaba viento,
pero Conan oía el lejano aullido del aire en alguna
cavidad. Sonrió. Las flautas de viento podían
atemorizar a los pusilánimes, pero no a un
cimmerio. El lento clop-clop que hacía su caballo
con los cascos acompañaba al suave eco del
viento en sus fantasmales melodías.
Algo más adelante, Conan divisó la superficie
del pequeño lago del que le habían hablado.
Sacudió la cabeza, y sus negros cabellos, cortados
a modo de melena cuadrada, se agitaron
rígidamente en el frío. El lago estaba helado de
orilla a orilla, y Conan habría apostado la mitad
del oro que llevaba a sus espaldas a que el hielo
era tan grueso como su bien musculada pierna. No
parecía nada probable que emergieran malos
espíritus de aquel lago.
El camino pasaba a pocas yardas de la helada
orilla. El caballo avanzaba con pereza, y
adormecía a Conan con la monotonía de su
movimiento.
A la mitad del sendero que bordeaba el lago,
el caballo se detuvo de pronto, y volvió la cabeza
para contemplar la gran extensión de hielo.
Conan miró, pero no vio nada. Hundió los
talones en el costillar de la bestia.
—Camina —dijo. El caballo relinchó y meneó
la cabeza, casi como para responderle. El animal
resopló, y trató de alejarse del lago.
—¡Estúpido, sesos de mosquito! —dijo Conan.
Espoleó con más fuerza todavía a la bestia—.
¡Cómo no te muevas, esta noche cenaré carne de
caballo!
Entonces se oyó un crujido, que se hizo notar
en el silencio; Conan se distrajo del tozudo
caballo y miró al lago. Una fractura larga, mellada,
había aparecido en la superficie de hielo; en
seguida se abrió otra, y luego una tercera. Casi
parecía como si algo empujara desde debajo del
hielo.
La superficie del lago helado se quebró, y
trozos de hielo, del tamaño de grandes perros,
salieron volando por el aire y volvieron a caer.
Ante los ojos de Conan, unos seres salieron
torpemente a la superficie del lago por la fisura.
¡Y qué seres! Cada uno tenía el tamaño de un
hombre, pero forma de gran simio. Eran blancos
por completo, sin rasgos faciales, con el cuerpo
liso como cristal pulido. Una docena de criaturas
subieron trepando desde los hielos y echaron a
correr. Por un instante, Conan pensó que algo les
perseguía, y que no estaban interesados en él,
porque corrían en ángulos que les alejaban de
donde él estaba. Entonces, se dio cuenta de lo que
hacían: ¡Le estaban rodeando!
Conan le dio con fuerza al caballo en los
flancos, y le golpeó los cuartos traseros con la
mano, tratando de obligarlo a huir. El caballo, sin
embargo, había caído presa de pánico cerval; se
encabritaba y corcoveaba, y trataba de
descabalgar a su jinete. Conan se aferró con las
rodillas a los flancos de la aterrorizada bestia, y
solo la fuerza de sus descomunales músculos pudo
sostenerle. El caballo cesó de corcovear, pero
entonces pareció quedarse paralizado de terror,
como una estatua en el aire frío.
Los monstruos blancos se le acercaron,
arrastrando los pies, con los brazos tendidos,
tratando de cogerlo.
¡A la Gehanna con el caballo! Conan saltó de
su montura, y desenvainó el sable en pleno salto.
Cayó bien, y, sin detenerse, arremetió contra el
más cercano de los monstruos blancos. Cuando lo
tuvo a su alcance, asestó un fuerte mandoble.
El acero le cortó a la bestia de hielo una de las
manos, que cayó al suelo con sordo ruido. ¡Pero
ninguna sangre circulaba por aquel gélido cuerpo;
del muñón del brazo de hielo manó, en cambio, un
chorro de líquido claro, tan claro como el agua!
Conan sintió unos dedos fríos que se le
clavaban en el hombro, y se volvió para plantar
cara a otra de las bestias de lisa piel. Su espada
cantó, cuando la desesperación le azuzó en su
acometida. La suerte guio a su tino: el acero
seccionó todo el cuello del monstruo del agua. La
criatura tuvo espasmos y, al mismo tiempo que
caía, le soltó. Otra fuente de cristalino fluido brotó
a chorro del cuerpo caído.
¡Por Crom, aquellas abominaciones morían
con facilidad! Pero tenía que hacer frente a más de
diez; Conan lo tenía difícil, y no era necio.
¡Necesitaba un camino de huida, y tendría que
abrírselo con rapidez!
Sus músculos de estriada carne se tensaron y
endurecieron, y empujaron el afilado acero contra
los moradores de aquel sitio. Tres manos frías
llegaron a tocarle; en las tres ocasiones, Conan
cortó las manos ofensoras. Hería, rajaba,
apuñalaba y pateaba, arrojaba miembros y
mojados pedazos de los monstruos sin rostro al
gélido suelo. Estos eran muchos, pero torpes en
comparación con el hombre que saltaba y se
debatía. Conan se arrojó contra ellos, y destruyó a
otros tres. El fluido de sus cuerpos echaba vapor y
se congelaba en el intenso frío, y Conan seguía
tejiendo su patrón de muerte de encajes de acero.
Sabía que, si se quedaba allí y trataba de
acabar con todos ellos, aquel enfrentamiento solo
tendría un posible final. Estaba fatigado; la espada
le pesaba en las manos, y ocho de aquellos
monstruos que arrastraban los pies todavía estaban
tratando de matarlo. Tenía que huir.
Conan se volvió, y corrió en la misma
dirección por la que había venido. Las bestias sin
ojos le persiguieron en distendida hilera. Aún
exhausto, Conan logró sonreír. Bien. Aparte de
torpes, no entendían de táctica.
Se detuvo abruptamente y se volvió, y corrió
hacia los monstruos. Estos se habían separado
tanto que no pudieron hacerle frente todos juntos;
el cimmerio atacó a una sola criatura, la más
grande del grupo. Conan se agachó para esquivar
el salvaje puñetazo del monstruo. Alzó la espada,
y asestó un hábil mandoble. El viejo acero le
atravesó la pierna a la criatura, y se la cortó. El
monstruo del agua cayó en silencio, bloqueándole
el camino a Conan. El cimmerio echó a correr en
la misma dirección por la que había venido. ¡Si
hubiese podido encontrar a su maldito caballo!
Un relincho agudo hizo que Conan se volviera
a mitad de su carrera. Se giró, y vio que varias
criaturas como las que le estaban acosando
arrastraban a su montura hacia la grieta en el hielo.
Otros retoños de la misma maligna estirpe salieron
del lago para ayudar a sujetar el caballo. Ya
debían de ser veinte por lo menos. La mitad de
ellos se dedicaron a sujetar al animal, mientras
que los otros fueron hacia Conan. ¡El caballo, la
comida y el saco de oro robado iban a desaparecer
bajo las aguas del lago Spokesjo! Por un instante,
Conan les persiguió, blandiendo la espada en alto,
ofuscado por la rabia. Se detuvo. No valía la pena
morir por un caballo. Había miles de caballos en
el mundo, y muchos hombres ricos cuyo oro podría
robar si sobrevivía.
—¡Crom se os lleve a todos! —gritó a los
monstruos sin sangre, claros como el cristal, antes
de volverse y huir a grandes zancadas.
Por el camino que descendía del paso, Conan
divisó una figura montada en la lejanía. Aunque
echó a andar con mayor rapidez, y acabó
corriendo, no parecía acercarse a ella. Gritó un
saludo, pero no obtuvo respuesta; el jinete no se
detenía. ¿Podía tratarse del comerciante que había
conocido en aquella perrera que pasaba por
mesón? Si así era, ¿por qué se le veía tan ansioso
de poner tierra entre ambos? Maldiciendo a los
atacantes llenos de agua que le habían ahogado el
caballo, Conan siguió adelante.
Al cabo de un día de fatigosa caminata, Conan
avistó la ciudad de Mornstadinos, la primera
ciudad corinthia que veía. Ciertamente, no tenía
torres ni altos chapiteles como la agraciada
Shadizar o Arenjun, pero podía jactarse de un
elevado muro y de muchos edificios, aunque todos
le parecieran más bajos que los de la mayoría de
ciudades que había conocido. Le bastaría. Si
quería seguir hasta Nemedia, tenía que hacerse con
otro caballo y con más oro, o plata, y, por
necesidad, tendría que encontrarlos allí.
A medida que sus botas iban devorando
terreno, Conan comprendió que, por lo menos,
tendría que pasar otro día caminando. Desde la
elevación de unas estribaciones, vio un extenso
bosque al otro lado de la ciudad y, aún más allá,
algo parecido a una gran llanura. Por desgracia, no
vio viajeros que vinieran desde la ciudad. Sin
duda, cualquier gordo mercader habría acarreado
manjares exóticos y objetos de valor de los que
Conan habría podido apoderarse. Aparte de la
espada, la daga karpashia y las ropas, el cimmerio
solo tenía unas pocas monedas de cobre en una
bolsa, con las que quizá pudiera pagarse una
comida y unas pocas copas de mal vino. Sus
perspectivas eran malas, pero entraban dentro de
lo que había aprendido a aceptar; no era la
primera vez que tenía que pasar hambre.
Bien. La ciudad quedaba más adelante, y su
estómago tendría que pasar con raíces y agua de
arroyos hasta llegar al portalón. Conan siguió
caminando con estoicismo.
Loganaro juzgó que debía de llevarle una hora
de ventaja al bárbaro, gracias a que había forzado
a su caballo a lanzarse al galope. La bestia estaba
empapada se sudor, pero poco le importaba: lo
que contaba era que Loganaro tendría tiempo de
contactar con sus clientes. O, en aquel caso, con
una cliente.
Mientras su caballo paseaba y ramoneaba
tallos de junco, empezó con los preparativos para
comunicarse a distancia, con recursos mágicos de
poder no pequeño, por los que había pagado bien.
Con todo, aún tenía que pagar otro precio cada vez
que empleaba aquel talento. Loganaro se sacó una
daga corta, de hoja plana, de debajo de la túnica, y
la aferró fuertemente con la diestra. Se arremangó
el brazo izquierdo, y dejó al descubierto el
antebrazo, cubierto de finas cicatrices. Algunas
eran antiguas, y estaban desdibujadas por el sol y
la edad; otras, recientes, y sus colores variaban
desde el rojo sangriento hasta el pálido rosado.
Loganaro encontró un sitio entre dos de las más
nuevas y apoyó allí la punta de la daga. Apretando
los dientes, se clavó la punta, fina como un alfiler,
en la carne.
Cuando extrajo la daga, la sangre manó, y
marcó su piel morena con una fina línea de líquido
de vivo color rubí. Sufrió algún dolor, necesario
para el hechizo; todavía era más importante el
salado fluido, el ingrediente principal. Como la
daga ya había cumplido con su tarea, Loganaro la
dejó a un lado, y sustituyó el acero con el dedo
medio. Dejó que la sangre le resbalara por la yema
del dedo hasta que lo tuvo bien empapado;
entonces, alzándolo hacia el cielo, recitó una frase
que le habían enseñado: «Hematus cephil
augmentum sichtus».
Inmediatamente después de decir estas
palabras, Loganaro trazó sobre su propia frente los
tres símbolos arcanos que completaron el hechizo:
la costra de la adulación, su propio trazo personal,
y la doble curva que representaba a su cliente.
Entonces, aguardó.
Cinco minutos pasaron, y se reunieron con los
muchos otros tiempos que los habían precedido.
Al nacer el sexto, Loganaro oyó una voz… una voz
de mujer. Esta voz, que apenas si era más fuerte
que un susurro, estaba preñada de poder y fuerza.
—¿Por qué me has llamado?
Loganaro habló al aire vespertino.
—Mi señora, creo haber encontrado lo que
buscáis.
—Yo busco muchas cosas, insectus minor.
¿Qué es eso que pretendes haber descubierto?
—Lo que completará el Encantamiento de
Animación de vuestro simulacro de ébano, el
Príncipe de la Lanza.
—Han sido muchos los que me han ofrecido
ese último ingrediente, siervo. Ninguno de ellos
me ha satisfecho.
—Creo que esta vez será distinto, señora mía.
He visto cómo ese hombre mataba a tres curtidos
bandoleros tan fácilmente como si se hubiera
secado el vino de los labios. Todavía más: ha
pasado por el Paso Embrujado sin la ayuda de
ningún conjuro ni hechizo.
—Tuvo la suerte de pasar mientras las
ondinas dormían.
—No, mi señora, esas criaturas no estaban
dormitando bajo los hielos del lago encantado.
Salieron en gran número y trataron de arrastrar al
mortal a sus acuosas mansiones. Aquel mató a
muchos de los monstruos. Capturaron su caballo, y
por unos momentos pensé que los seguiría bajo el
agua para recobrar a la bestia.
—¿Ha hecho esto sin ninguna ayuda?
—Así es. Pensé que era mejor no dejarme ver.
—Sin duda. Nunca he pensado que tú puedas
contribuir a la creación de mi príncipe. Ese
hombre, sin embargo, me interesa. Sigue
observándole. Te comunicaré mis instrucciones
cuando lo juzgue necesario.
—¿Y mi recompensa…?
—No temas, ruin; tendrás el oro que tanto
valoras, si el corazón de ese hombre se muestra
suficientemente valeroso. Djuvula la Bruja no
falta jamás a su palabra.
—No se me habría ocurrido dudarlo, señora
mía.
—Ese individuo, ¿tiene algún nombre?
—Se llama Conan, mi señora. Es un bárbaro
de Cimmeria.
En su mansión de Mornstadinos, Djuvula cortó
el enlace mágico con Loganaro y se apartó del
espejo de acero pulido donde convergía su foco de
energías místicas. Contempló su propia imagen:
una mujer de cabellos de fuego, de treinta años,
cuyo rostro parecía tener veinte, le devolvía la
sonrisa. La ligera túnica de seda cruda apenas
ocultaba su cuerpo bien formado, de caderas y
pechos exuberantes, y muy experto en los negocios
de la carne. La imagen capturada por el espejo
reflejaba la perversa sonrisa de la bella bruja;
parecía reflejar también sus pensamientos y
sentimientos. Djuvula sabía que ningún hombre era
capaz de igualarla en las artes de hacer el amor.
Muchos lo habían intentado; todos habían
fracasado.
Al comprender que ningún mortal sería capaz
de satisfacerla, Djuvula había decidido emprender
la creación de un golem, de un simulacro que
pudiera subyugarla a perpetuidad, que satisficiera
todos sus caprichos. El comienzo de su creación
había sido muy fácil. Su magia era especialmente
poderosa en tales asuntos. Por desgracia, algunos
de los componentes del montaje no eran fáciles de
obtener. Su negro Príncipe de la Lanza yacía en
toda su perfección en la alcoba de Djuvula, pero
aún no podía funcionar sin el último ingrediente
requerido por la brujería: el corazón fresco de un
hombre con verdadero coraje. Había probado
docenas de órganos; ninguno había logrado animar
a su amante. Los sedicentes corazones valerosos
no le habían servido para nada. Djuvula sentía
profunda indignación.
A pesar del servilismo de Loganaro, solía
poder fiarse de él en sus negocios; quizás, solo
quizás, había encontrado finalmente lo que Djuvula
necesitaba. Un tal pensamiento era digno de la
sonrisa que compartió con el espejo. Por si acaso,
empezaría a preparar sus pociones.
Un hombre alto estaba de pie al lado de un
leño lleno de muescas, este último recostado
contra una pared de granito. Se hallaba en un
remoto extremo de las quintas de Lemparius, Verga
Central del Triple Flagelo del Senado, y no era
sino el dueño de la gran hacienda. En sus manos de
largos dedos, Lemparius sostenía un artefacto de
bronce y oro, que tenía la forma de una bola
inserta dentro de un cubo, pero desfigurada de
algún perverso modo que era fácil de ver, pero
difícil de describir. Del artefacto salía una voz, la
del agente libre Loganaro hablando con Djuvula.
Lemparius no habría tenido que escuchar la
conversación, pero el senador no sentía gran
respeto por la intimidad de los demás. Escuchaba
cada vez que podía, valiéndose de la storora, el
«oído mágico», construida por un anónimo artífice
estigio que llevaba cien años muerto.
—… Conan, mi señora. Es un bárbaro de
Cimmeria.
Lemparius rio —y su risa pareció un gruñido
— al ajustar una pequeña subdivisión del artefacto
que estaba sosteniendo. Las voces del rollizo
agente y de la bruja perdieron fuerza, y acabaron
por desaparecer. Cuidadosamente, el senador se
agachó y colocó su mecánica maravilla tras el leño
que, grueso como un hombre, reposaba en ángulo
oblicuo contra el gran muro de granito. Había allí,
en la piedra, un nicho especialmente calculado
para la storora. El senador no quería que nada le
ocurriese a la caja mágica estigia; era muy útil y,
por lo menos dentro de lo que él conocía, única.
Habiendo ocultado satisfactoriamente su
arcano artefacto, el senador se volvió. Un viento
cálido le agitó la larga melena rubia, casi como si
su cabeza hubiera tenido un aura de color leonado.
Mientras andaba, el sol le centelleaba en los ojos,
y los centelleos hacían resaltar sus pupilas de
extraña forma, más propias de un predador de los
cielos que de un hombre. Metódicamente,
Lemparius se fue despojando de sus ropajes. Se
quitó primero la túnica y los calzones de seda,
luego las sandalias, y finalmente quedó desnudo
sobre el terreno arenoso que terminaba en aquel
muro, tan alto como tres hombres. Como estaba
solo en el extenso claro, nadie podía contemplar
su desnudez.
Nadie vio lo que ocurría después.
Lemparius empezó a transformarse. Sus
contornos se alteraron, la piel y los músculos
cambiaron de forma como la arcilla fresca de un
alfarero. Los huesos le crujieron; los cartílagos se
rasgaron; su cabello rubio de hombre se volvió
más frondoso y se convirtió en el pellejo leonado
de un animal, el pelo le creció como las malas
hierbas de algún jardín del infierno. El rostro de
Lemparius pareció hundirse. La nariz se le aplanó,
y se le ensanchó por debajo; la boca se le alargó, y
los dientes se le fusionaron y crecieron hasta que
los caninos devinieron en colmillos.
Aquello, que había sido un hombre, gruñó, y
cayó sobre sus cuatro patas. Las garras
reemplazaron a las uñas, tomaron forma a partir de
los dedos de manos y pies. La silueta del hombre
se encogió por algunas partes, se ensanchó en
otras, y cuando, por fin, la metamorfosis fue
completa, la esténica figura ya no se parecía en
nada a un simio.
La criatura que merodeaba por las quintas de
Lemparius, una de las Tres Vergas del Flagelo del
Senado, pertenecía a la raza felina: este era
Lemparius, la pantera, uno de los hombres que se
transforman en animales.
Y la bestia felina estaba hambrienta.
3
Haría poco que el sol se había elevado sobre
el horizonte cuando Conan entró en la ciudad de
Mornstadinos. Desde la lejanía, el cimmerio no
había podido seguir las sinuosidades de sus
angostas calles. Ahora transitaba por un millar de
callejas, callejones sin salida y vías empedradas
que parecían obra de un maniático, un ciego o un
loco. Tal vez existiera algún plan en aquel
laberinto, pero Conan se veía incapaz de
comprenderlo. Primero, un establo lleno de
caballos que apestaba a estiércol; luego, un templo
repleto de monjes encapuchados; después de este,
un mercado en plaza donde se vendía fruta y
alimentos cocidos.
El estómago del bárbaro protestaba, insistente
en su hambruna. Conan se acercó al mercado,
atrayendo no pocas miradas con su musculoso
cuerpo. Sacó una barra de pan negro, ya seco, de
un canasto tejido. Hurgó en la barra con el dedo, y
luego se la enseñó a una anciana.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó.
La mujer le dijo un precio.
—Cuatro monedas de cobre.
Conan negó con la cabeza.
—No, vieja. No quiero comprarte la casa y los
nietos, solo esta barra de pan seco.
La anciana rio.
—Como es obvio que eres extranjero, te haré
una rebaja. Tres monedas de cobre.
—Te lo repito, no pienso comprarme todo el
canasto donde tienes esas rocas que vendes como
pan; solo quiero esto.
Conan le agitó la barra delante de los ojos y
frunció el ceño.
—Ah, ¿quieres estafar a una anciana en su dura
labor? De acuerdo, acepto dos monedas de cobre,
y pierdo en el cambio, para que veas lo
hospitalarios que somos en la Joya de Corinthia.
—¿Dónde tienes la daga, vieja? Porque si un
bandido quiere mi dinero, tendrá que ir armado.
Aunque admito que tu lengua y tu ingenio están
bastante afilados.
La anciana rio de nuevo.
—Ah, eres un guapo muchacho; me recuerdas a
mi hijo. No quiero que pases hambre por una
moneda de cobre que te falte. Con una sola
moneda, comprarás el mejor pan de esta calle.
—Trato hecho, abuela.
Conan buscó en su bolsa y sacó una de sus
pocas monedas. Se la entregó a la anciana, quien
asintió sonriente.
—Hazme otro favor —le dijo Conan—. Tienes
razón al llamarme extranjero. ¿Dónde podría yo
encontrar un mesón, y vino que me ayude a digerir
el mejor pan de la calle?
—Un hombre con medios podría encontrar
muchos sitios. Pero tengo la impresión de que uno
que regatea con una anciana por unas pocas
monedas de cobre tiene poco donde elegir.
Siguiendo por esta calle, tras girar dos veces a la
izquierda y una a la derecha, un hombre de tu
condición puede encontrar el mesón Leche de
Lobos. Y si el hombre en cuestión fuera extranjero,
y no supiese leer nuestras escrituras civilizadas,
podría buscar el dibujo de un lobo rampante sobre
la puerta.
—¿Un lobo qué?
—Que se sostiene sobre las patas posteriores,
a punto para saltar —dijo la anciana, riendo de
nuevo.
—Muchas gracias, entonces, maestra panadera.
Y que te vaya bien.
Conan encontró el mesón Leche de Lobos sin
dificultad alguna, y entró con su barra de pan negro
en la mano. La hora temprana no parecía haber
disuadido a la ingente muchedumbre, que estaba de
pie, o sentada en las largas mesas de madera por
toda la taberna. La mayoría de los hombres
parecía ser de allí, a juzgar por su apariencia y su
vestido; varias mujeres estaban sirviendo cuencos
humeantes, y otras ofrecían atisbos de placeres que
nada tenían que ver con la comida y la bebida.
Conan había estado en muchos lugares como aquel,
que en su mayoría eran pasables y baratos.
El cimmerio encontró un sitio vacío a un
extremo de una mesa y se sentó. Miró en derredor
por la taberna, estudiando a los clientes. Los
hombres parecían en su mayoría pobres, pero
dedicados a algún oficio honesto: toneleros,
herreros, comerciantes, y otros del mismo estilo. A
su izquierda, Conan vio a un grupo de aspecto
perverso, probablemente bandidos o salteadores.
El más corpulento de los cuatro solo alcanzaba una
estatura media, pero tenía las espaldas anchas, y
fuerte musculatura, ojos oscuros y cabello negro y
lustroso; además, también lucía una enorme nariz
aguileña, semejante al pico de un ave. Conan ya
había visto en otras ocasiones a hombres de
aspecto similar, hombres en quienes se mezclaban
las sangres shemita y estigia. Este individuo de
rostro aguileño parecía peligroso, y no animaba a
volverle la espalda.
Cerca de estos cuatro se sentaba una extraña
pareja: un viejo con los cabellos blancos, que
acarreaba el peso de unos sesenta o setenta
inviernos sobre sus encorvadas espaldas, y una
muchacha, una niña de doce o trece años. El
anciano se cubría con una túnica de manga larga.
La muchacha, que era pelirroja, vestía pantalones
azules y botas, y un justillo corto de cuero ligero.
Además, llevaba una espada corta colgando del
holgado cinturón, al estilo turanio.
—¿Qué deseáis, señor?
Conan se volvió hacia quien le había hablado,
una moza rechoncha cubierta con un vestido tosco,
lleno de manchas de comida y bebida. El bárbaro
sacó una de sus últimas tres monedas de cobre y se
la enseñó.
—¿Puedo pagarme una copa de vino decente
con esto?
—Os bastará para una copa de vino. Pero vos
mismo tendréis que juzgar la decencia de la
bebida.
—¿Tan malo es? Bueno, tampoco puedo pedir
mucho. Correré el riesgo.
La muchacha tomó la moneda de Conan y se
marchó. El cimmerio se volvió a medias para
poder observar al anciano y a la niña pelirroja.
Conan se dio cuenta en seguida de que no
estaba solo contemplando a la pareja. Los cuatro
que había identificado como salteadores también
se tomaban un interés fuera de lo común en ellos.
El cimmerio supuso que esto no les presagiaba
ningún bien. Pero no era su problema. Se volvió
hacia la camarera, que se le acercaba con una jarra
de loza llena a rebosar de líquido rojo y oscuro.
Al dejarla sobre la mesa, algo de vino se derramó
por sus bordes. Sin decir nada, la muchacha fue a
atender a otros clientes.
Conan probó el vino. En verdad, no era malo;
ciertamente, los había bebido mejores y peores. Le
ayudaría a digerir el pan, y a llenarse el estómago.
Ya se preocuparía luego por la siguiente comida.
Separó un mendrugo del pan negro y tomó un
bocado con sus fuertes dientes. El pan también
estaba pasable. Lo masticó lentamente,
saboreándolo.
Cerca de donde él estaba, el hombre de nariz
aguileña señaló al viejo y a la muchacha con un
breve movimiento de cabeza. Dos de sus
compañeros se levantaron de la mesa y se fueron
acercando furtivamente a la pareja. Uno de ellos
jugaba con el puño de su daga; el otro,
simplemente, se rascaba la escasa barba.
Conan enarcó las cejas y observó con interés.
Tomó otro bocado de pan.
Cuando los dos hombres se hallaron a pocos
pasos del anciano, algunos de los que estaban
sentados, o de pie al lado de la entrada del mesón,
sofocaron un grito. Conan miró hacia la puerta y
vio hombres que trataban de apartarse del paso de
algo. No pudo ver lo que causaba la conmoción,
pero parecía como si un viento hubiera abierto un
camino en un campo de altas espigas. Cuando la
muchedumbre se hubo apartado, pudo verlo
finalmente.
Una araña correteaba por el suelo cubierto de
serrín. Esta criatura no se parecía a ninguna otra
que hubiese visto el cimmerio. Era tan grande
como su puño, estaba cubierta de fino vello, y
brillaba cual linterna con incrustaciones de rubí:
sí, aquello latía, como un corazón palpitante.
Sin vacilar, la araña corrió hacia la mesa
donde se sentaba el anciano; en un abrir y cerrar
de ojos, subió por una de las patas del mueble;
entonces, el refulgente arácnido se metió de un
salto dentro de la jarra de vino que el viejo
sostenía con su sarmentosa mano. El vino crepitó
con fuerza, hizo un ruido seco, y exhaló de súbito
una pequeña nube de vapor que quedó flotando
sobre los bordes de la copa.
El anciano, que se había convertido en el
centro de todas las miradas, sonrió tranquilamente,
se llevó la copa a los labios y bebió.
Dos sicarios del sujeto de nariz aguileña
recordaron de pronto que tenían algo que hacer en
otra parte, que se habían entretenido allí en
demasía, y que si persistían en su demora los
efectos serían desastrosos. Esa fue la impresión
que tuvo Conan, porque los dos hombres
tropezaron uno con el otro en su competición por
llegar a la puerta.
Alguien profirió un juramento a espaldas de
Conan, y dijo:
—¡Magia!
En aquel momento, la muchacha que estaba
sentada con el anciano se levantó de un salto.
Arrojó al aire un fruto ya mohoso. Conan vio cómo
se aprestaba, y adivinó lo que iba a hacer. Al
instante, la niña desenvainó la espada corta con
ligereza y asestó mandobles, en una dirección y
otra, a la fruta que caía. Al principio, pudo parecer
que había errado el golpe, pero los agudos ojos de
Conan descubrieron la verdad, y el cimmerio
sonrió al ver que la fruta terminaba su caída…
dividida en cuatro trozos.
El cimmerio masticó otra hogaza de pan.
Aquello era un mensaje para todos los que
hubieran decidido ir a desayunar al mesón Leche
de Lobos: el anciano y la niña no estaban tan
indefensos como parecía; era mejor buscar presas
en otra parte.
El hombre de nariz aguileña no lo encontró
divertido. Miró con ceño al anciano, agarrando su
propia copa de vino con tal fuerza que los nudillos
le quedaron blancos como la tiza.
Se oyó otro grito sofocado en la puerta. Una
segunda araña apareció, y en esta ocasión anduvo
hasta la mesa donde estaba sentado el hombre de
nariz aguileña. Sin más preámbulos, el peludo
arácnido trepó por la basta madera y saltó dentro
de su vino.
Conan rio. ¡Era un reto! ¿Quién habría osado
beberse aquello?
Profiriendo un grito inarticulado de rabia, el
hombre de nariz aguileña se levantó de un salto y
apartó bruscamente la jarra con el dorso de la
mano. La jarra y su contenido volaron hacia el
rostro de Conan.
El cimmerio sabía que no corría peligro
alguno. Levantó uno de sus musculosos brazos
para detener la jarra; por desgracia, el mismo
brazo que sostenía el pan, que en su mayor parte
aún no había comido. Cuando la jarra le golpeó, el
vino empapó el pan, y el desayuno de Conan cayó
a la mugre del pisoteado serrín del suelo. El
cimmerio vio cómo el pan daba tres vueltas y
quedaba cubierto de porquería.
En momentos mejores, aquello le habría
divertido, especialmente si le ocurría a algún otro;
pero, en aquella coyuntura, no supo tomárselo con
humor. Primero, había perdido el caballo y todo el
oro; ahora, la comida. El cimmerio respiró hondo
y el aire inflamó su pronta rabia, del mismo modo
que el viento inflama un fuego ardiente.
El hombre de nariz aguileña había echado
mano de su propia espada, y estaba avanzando
hacia sus pretendidas víctimas. La niña desenvainó
con bravura la espada corta y se puso delante del
anciano de cabellos blancos, quien trató de
apartarla para que no corriera peligro. El sable de
Conan susurró al rozarse con la vaina de cuero. El
cimmerio alzó el arma, y aferró su empuñadura
con ambas manos.
—¡Tú… escoria! —rugió.
El hombre se volvió, sorprendido. Debió de
alarmarse ante lo que veía, porque se giró y
aprestó la espada para bloquear o parar. Al mismo
tiempo, trató de retroceder. No logró hacer ninguna
de las dos cosas. Conan le hirió a mitad del
esternón con su espada, le clavó un palmo de
afilado acero y le abrió como un taxidermista,
desde el pecho hasta la entrepierna. El rostro del
hombre se retorció en asombro, mientras las
entrañas se le desparramaban por el gran tajo que
tenía en el cuerpo. Cayó de espaldas; el espíritu ya
se le había ido con sus ancestros.
La rabia de Conan no se había calmado por
completo. Escudriñó en derredor, en busca del
cuarto miembro de la banda. Este último, sin
embargo, había desaparecido. El cimmerio miró
con ferocidad a los clientes de la posada, que se
encogieron todos ante el corpulento joven de la
espada ensangrentada. Todos, con una única
excepción.
La muchachita se acercó a Conan, sonriente.
Había envainado la espada y, al tenerla cerca, el
cimmerio se percató de que apenas si le llegaba al
pecho. Con gran reluctancia, bajó el sable. Miró
fijamente a la niña.
—¿Y bien?
—Gracias, señor, por habernos salvado. —Su
voz era cálida.
Ciertamente, el mismo aire parecía volverse
más cálido desde que ella estaba allí, mirando al
cimmerio.
—No me des las gracias —dijo Conan, con
voz todavía áspera y furiosa—. Esa escoria me
había dejado sin desayuno. Ojalá ese hombre
hubiese luchado mejor, para que yo hubiera podido
hacerlo sufrir más.
Mientras Conan hablaba, los labios de la
muchacha se transformaron en una «O», y su rostro
se llenó de sorpresa y perplejidad.
Los murmullos empezaron a oírse con más
fuerza, hasta que llegaron a todo el mesón.
—¿… has visto ese golpe? ¡Qué fuerza!
—… lo ha destripado como a un pollo…
—… extranjero de alguna tierra salvaje…
Un hombre delgado, con una irregular cicatriz
que le retorcía el labio y la fosa nasal izquierda,
se acercó, observando con cautela la espada
desenvainada del cimmerio. Vestía un delantal
manchado que debía de haber sido blanco en otro
tiempo, pero ahora conservaba los restos de
demasiadas copas de vino derramadas y comida
como para no teñirse de sucio gris. Conan supuso
que debía de ser el propietario del mesón.
El mesonero echó una ojeada al muerto. Su
perenne sonrisa de burla pareció ensancharse.
—Así, finalmente, Arsheva de Khemi ha
atacado a quien no debía. —Miró a Conan—.
Pocos hombres merecían abandonar esta vida con
mayor motivo que él; no lo añoraremos, y con
razón. —Se sacó un trapo del bolsillo del delantal,
y se lo ofreció al cimmerio—. Toma, límpiate el
arma, señor, para que la sangre de Arsheva no
muerda su acero con los dientes del orín.
Conan aceptó el grasiento trapo y se puso a
limpiar metódicamente la espada.
—Con todo —dijo el hombre—, la Guardia
del Senado vendrá para investigar el fallecimiento
de Arsheva. ¿Confío en que tendrías buenas
razones para mandarlo al otro mundo?
Conan envainó la espada en su vaina de cuero.
—Sí —empezó a decir—, mis razones eran
justas. Esta basura…
—… trató de atacarnos a mí y a mi ayudante
—dijo el anciano de cabellos blancos—. Este
hombre es nuestra salvaguardia; simplemente,
cumplió con su obligación de protegernos.
Conan le miró sorprendido. ¿Qué pretendía?
Quiso decir algo, pero el anciano le interrumpió
de nuevo.
—Acabaremos de desayunar mientras
aguardamos a los guardianes. Si le traes una
bandeja a mi amigo con comida que reemplace a la
que se le ha estropeado, así como una botella de tu
mejor vino, te estaré muy agradecido. —Entonces,
el anciano levantó la mano, arrugada y deforme
por la edad, y mostró una pequeña moneda de
plata—. Esta es la compensación por las molestias
que has sufrido.
El hombre de la cicatriz tomó la moneda, y
asintió.
—Sí. Indudablemente, un gentilhombre con
tantos medios como vos no tendrá problemas para
convencer a la Guardia del Senado de su
inocencia. —Le acercó la silla a Conan para que
se sentara a la mesa del anciano—. Ahora os
traigo la comida, señor.
Una vez se hubo sentado con el viejo y la
muchacha, Conan aguardó respuestas a sus
preguntas sin formular. Había refrenado la lengua
hasta aquel momento, suponiendo que el anciano
habría tenido alguna razón oculta para ayudarle.
Quizá solo le estaba agradecido por haber
destripado al bergante que iba a atacar a la niña.
Ciertamente, Conan les había hecho un gran favor,
aun sin quererlo. Pero el bárbaro sospechaba que
no le iban a decir tan solo palabras de
agradecimiento.
El anciano aguardó a que los clientes de la
posada dejaran de fijarse en ellos para hablarle:
—Me llamo Vitarius, y esta —señaló a la niña
con el brazo, embutido en una holgada manga—,
esta es Eldia, mi ayudante. Soy un ilusionista de
escaso talento, un artista, por así decirlo.
Queríamos agradecerte que te hubieras puesto de
nuestra parte. —Conan asintió, y siguió
escuchando—. Me pareció que ibas a decir el
verdadero motivo por el que habías matado a ese
que quería asesinarnos: que él había dado muerte a
tu barra de pan; y por eso te he ayudado con mis
afirmaciones.
Conan asintió de nuevo. Ni los ojos ni el
ingenio del anciano carecían de agudeza.
—Los guardias que vendrán a interrogarnos
son corruptos en su mayoría. Unas pocas monedas
de plata les harán decidirse en nuestro favor, sin
duda; aun así, matar a un hombre por haber hecho
caer al suelo una barra de pan les parecería un
castigo excesivo a los próceres del Senado
mornstadinosio. En cambio, proteger a un cliente
del ataque de un bandolero constituye motivo
suficiente para desenvainar el acero.
El joven gigante asintió.
—Yo soy Conan de Cimmeria. Os he hecho un
favor, y vosotros me lo habéis devuelto;
consideremos, pues, que los platos de la balanza
han quedado equilibrados.
—Así sea —dijo Vitarius—. Pero antes
desayuna.
—Sí, eso lo acepto.
Vino una camarera, con una bandeja cargada
de bollos duros, fruta y un tajo grasiento de carne
de cerdo, junto con otra copa de vino, de una
cosecha mejor que la anterior. Conan comió con
avidez, y echó la comida abajo con tragos de la
roja bebida.
Vitarius miraba a Conan con interés. Cuando el
cimmerio hubo terminado con su comida, el
ilusionista habló.
—Ya no nos debemos nada; sin embargo, tengo
que hacerte una proposición, que tal vez te
interese. Eldia y yo exhibimos nuestras sencillas
ilusiones en ferias callejeras y mercados, y un
hombre como tú nos vendría bien.
Conan sacudió la cabeza.
—No suelo andar con magos.
—¿Magos? ¿No habrás creído que mis
ilusiones son mágicas? No, yo trabajo con la más
simple de las artes, nada más. ¿Crees que si fuera
un mago de verdad estaría aquí?
Conan reflexionó. Lo que decía el anciano era
cierto.
—Pero ¿en qué puedo servir yo a un
ilusionista?
Vitarius miró a Eldia, y se volvió de nuevo
hacia Conan.
—Manejando esa espada, por ejemplo.
También con tu fuerza. Eldia y yo apenas somos
capaces de protegernos de individuos como ese al
que has matado. La muchacha sabe demostrar su
rapidez y destreza con la espada, pero no podría
hacer frente en duelo a un hombre adulto. Mis
ilusiones asustan a los supersticiosos, pero, en
definitiva, no puedo hacer nada contra un asesino
resuelto, como acabas de ver.
Conan se mordió el labio inferior.
—Me dirigía a Nemedia.
—Sin duda, ese largo viaje sería más fácil si
tuvieras un caballo y provisiones en abundancia.
—¿Y qué te hace pensar que no tengo nada de
lo que dices?
Vitarius miró en derredor, y se volvió una vez
más hacia Conan.
—¿Acaso un hombre rico vendría a pasar el
tiempo en este lugar?
El razonamiento era bueno, pero Conan le dio
otra vuelta de tuerca.
—Entonces, mi buen prestidigitador, ¿qué
haces tú aquí?
Vitarius rio, y se dio una palmada en el muslo.
—Ah, perdona que te haya subestimado, Conan
de Cimmeria. Un bárbaro también puede tener
seso. Resulta que estamos ahorrando para
comprarnos nuestras propias provisiones; también
queremos marcharnos de esta bella ciudad y viajar
hacia el oeste. Nosotros iremos más hacia el sur,
hacia Argos. Querríamos… bueno… viajar con
cierta comodidad, en una caravana armada, y así
nos protegeríamos de posibles encuentros con los
bandidos del camino de Ofir.
—Ah.
Conan observó con detenimiento a Vitarius y a
Eldia. Él mismo era ladrón, pero no tenía
inconveniente en dedicarse durante algún tiempo a
trabajos honestos. Además, tampoco tenía mucha
prisa por llegar a Nemedia. En todo caso, viajaría
mucho mejor montado a caballo que a pie.
—Una moneda de plata por día —dijo Vitarius
—. Creo que estaremos listos para partir antes de
que termine el mes, y, sin duda, no tendrás
inconveniente en tomarte un breve reposo.
Conan consideró el triste estado de su
economía. Ciertamente, habría necesitado veinte o
treinta monedas de plata para comprar un buen
caballo y provisiones. Y la tarea de pasarse una o
dos lunas protegiendo a un ilusionista y a su
ayudante de los rateros no sería muy pesada.
Conan le sonrió a Vitarius.
—Señor de las arañas brillantes, acabas de
contratar a un guardián.
Oculto por un capuchón de sacerdote,
Loganaro observó cómo el cimmerio charlaba con
el anciano y la niña. El agente de Djuvula sonrió
para sí. El veloz e intrépido ataque del bárbaro
contra el asesino había sido impresionante.
Aquello le había convencido de haber descubierto
al hombre que necesitaba para completar el
hechizo de la bruja. Era valeroso, no cabía duda
alguna. Apoyado en el muro de la pared,
bebiéndose a sorbos su vino, Loganaro soñó
visiones doradas. Faltaba poco para que el
corazón de aquel gigantesco bárbaro de ojos
azules animara al simulacro de la bruja, y este la
satisficiera en sus necesidades carnales.
4
El joven cimmerio y la ayudante del ilusionista
siguieron a Vitarius por entre una muchedumbre de
gentes de vestido brillante, llegadas allí para
tomar parte en la celebración de la mayoría de
edad de la hija de un vinatero del barrio. Conan
llegó a la conclusión de que el ilusionista, que se
estaba abriendo camino entre el gentío, le ocultaba
algo. Había visto en tantas ocasiones que un viejo
burlaba a un joven, que no le parecía que un
anciano pudiera sentirse indefenso; cuando un
hombre carece de músculo, a veces puede valerse
de su sabiduría.
—Tendríamos que tratar de encontrar un sitio
cerca del puesto del vinatero —le dijo Eldia a
Conan—. Allí se reunirán los amigos más ricos de
la hija del vinatero, y ganaremos más dinero por
nuestra actuación.
Conan no dijo nada. Se fijó en un muchacho
robusto que llevaba de la rienda a tres caballos,
uno de los cuales se parecía mucho al que le
habían arrebatado tan solo unos días antes aquellas
criaturas de las aguas. Al verlo, las llamas de la
furia se avivaron en sus ojos con más fuerza
todavía.
Vitarius eligió ese momento para volverse
hacia el cimmerio.
—Pareces preocupado, Conan —dijo el
ilusionista.
—No, Vitarius, solo se trata de un mal
recuerdo que me ha venido a la cabeza. Yo tenía un
caballo idéntico a uno de esos que acaban de
pasar. Me lo quitaron.
—Me cuesta entenderlo. No sería yo tan necio
como para tratar de robarte alguna de tus
propiedades, y todavía menos un caballo de buena
raza.
Conan sonrió con amargura.
—No fue un hombre. Cabalgué por un paso
nevado, en las montañas del este. Al hacerlo, me
atacaron una especie de bestias que vivían en el
agua, y no se parecían en nada a ninguna otra que
hubiese visto. Eran blancas, y no tenían rostro, y su
sangre era tan clara como la más pura de las aguas.
—¡Ondinas! —Vitarius habló con sorpresa, y
con algún miedo.
—¿Conoces a esos monstruos?
—Sí. Son espíritus del agua.
Vitarius y Eldia se miraron, y algo importante
medió entre ambos. Entonces, el viejo ilusionista
se volvió hacia Conan, y pareció que estuviera
juzgando y estimando la perspicacia con que el
bárbaro les contemplaba. Cuando Eldia se puso al
lado del cimmerio, este volvió a sentir la peculiar
calidez que había notado antes; sí, el mismo aire
parecía arder. El sol brillaba en lo alto y sus rayos
hacían sudar a casi todo el mundo, pero esta
calidez era todavía más abrasadora.
Finalmente, Vitarius dijo:
—Se dice que Sovartus, Mago del
Cuadrilátero Negro, controla ahora a las ondinas.
Es un brujo malvado que, según se rumorea, está
buscando algo, o a alguien, en la ciudad de
Mornstadinos. Con este fin, Sovartus trata de
aislar la ciudad. Aparte de las ondinas, existen
otras criaturas inhumanas sometidas a ese villano,
que lo ayudan en sus propósitos.
—Sovartus, ¿eh? —Conan se puso el nombre
en la lengua y trató de retenerle» en la mente—.
Bien, si este mago controla a esas cosas que me
robaron el caballo, tendrá que devolvérmelo.
—Intentarlo no sería inteligente, Conan.
Sovartus es un hombre sin escrúpulos, y posee
grandes poderes mágicos. Mata sin pena ni
remordimiento.
—Sea como fuere, no olvido nunca una deuda,
tanto si soy el deudor como el acreedor.
—A veces es mejor olvidar —murmuró
Vitarius, y siguió abriéndose camino entre el
gentío.
Loganaro aguardaba incómodamente ante la
elevada tribuna y la silla del senador Lemparius,
el político más influyente de Mornstadinos, tal vez
de toda Corinthia. Su incomodidad no menguaba al
verse flanqueado por dos guardias senatoriales,
cada uno con una daga que le apuntaba a la
garganta.
—Tiene que haber alguna equivocación,
Honorable Senador. No he hecho nada que
contraviniera las leyes de la Joya de Corinthia…
Lemparius rio, mostrando sus blanquísimos
dientes.
—Debes de estar bromeando, Loganaro. Si tus
crímenes se dividieran equitativamente entre los
habitantes de la ciudad, nuestras mazmorras
reventarían. Solo con los que yo conozco, ya
podríamos condenarte un centenar de veces, y tres
veces más si pudiera probar la mitad de lo que
sospecho.
Loganaro tragó saliva; tenía la garganta seca.
Al imaginarse a sí mismo colgando del patíbulo,
se le derritieron los huesos. No había previsto
aquel obstáculo, y tampoco parecía que pudiese
eludirlo con vida. ¿Qué había hecho para enfurecer
de aquel modo al Flagelo del Senado? Tenía una
pregunta más importante todavía: ¿Cómo le habían
descubierto haciendo lo que fuera?
Lemparius hizo un lánguido gesto con la mano.
—Marchaos.
Los dos guardias se inclinaron levemente y
envainaron las dagas. Dieron media vuelta y,
marcando el paso, salieron de la estancia.
Loganaro sintió las gotas de sudor que le
resbalaban por el espinazo, pero trató de mantener
una apariencia de calma.
—Aunque podría hacer que te fustigaran y te
hirvieran en agua salada, no llevo esa intención…
de momento, al menos.
Lemparius se levantó con ágil garbo. Jugó con
el puño de la daga que colgaba envainada de su
cadera derecha.
Loganaro se fijó en que los largos dedos del
senador acariciaban el arma; aquel hombre bajo y
rechoncho se sentía como atrapado por un hechizo,
porque no podía apartar los ojos de las casi
sensuales caricias.
Lemparius volvió a reír.
—Mi colmillo de acero te causa admiración,
¿en?
El hombre alto y rubio extrajo el cuchillo de su
vaina de cuero, y lo alzó hasta la altura del pecho.
Su hoja estaba curvada de principio a fin, como un
arco. Conjuraba feas imágenes: pinturas adornadas
con colmillos y garras, prestos a destripar. La
empuñadura estaba hecha de una madera oscura
parecida al ébano, de fibra fuerte, muy pulida.
Loganaro alcanzó a ver que el puñal tenía espiga
completa, con remaches de bronce que mantenían
sujetos la madera y el acero. Había una protección
de bronce al comienzo de la hoja, no tanto una
guarda como un adorno donde el color negro se
volvía plateado. La hoja en sí era corta, quizás el
doble de larga que el meñique de un hombre, pero
su cruel acero estaba afilado hasta la aguzada
punta. El borde exterior era grueso, y estaba
dentado en una cuarta parte de su longitud; el
interior consistía, sin más, en un agudo filo.
—¿Has visto alguna vez un gran tigre dientes
de sable? —le preguntó Lemparius—. ¿No? Qué
lástima; son bestias magníficas, aunque su número
se vaya reduciendo. Cada uno de esos felinos tiene
un par de enormes colmillos, con esta misma
forma —el senador movió de un lado para otro su
arma—, de tal manera que pueden matar a
prácticamente cualquier bestia de las que caminan
o se arrastran. Empleé una de esas maravillas de
marfil como modelo para mi propio colmillo de
acero. Me permite sentir cierto… parentesco con
esos grandes felinos.
Loganaro asintió estúpidamente.
—Ah, pero querrías que te hiciese una
demostración, ¿verdad?
—M-muy Honorable Senador, no es
necesario…
—Pues claro que es necesario, Loganaro.
Sígueme.
Lemparius guio al hombre más bajo por un
angosto corredor, en cuyas paredes se alineaban
velas chisporroteantes, y luego descendió por una
empinada escalera de piedra hasta la antesala de
lo que claramente era una mazmorra. Loganaro
imploró en silencio por su vida a todos los dioses
que pudo recordar.
En una mugrienta celda, poco más grande que
un ataúd, estaba aprisionado un hombre andrajoso
de edad indeterminada. Tenía el cabello sucio y
desarreglado, la barba descuidada, y la locura
brillaba en sus ojos salvajes.
De pie enfrente de la celda, Lemparius se
volvió hacia Loganaro y sonrió.
—Tienes una daga. Dámela.
Loganaro le obedeció al instante, y ofreció al
senador su arma de hoja plana. Entonces, el
Flagelo del Senado arrojó el arma dentro de la
celda, por entre los barrotes de hierro
herrumbroso. El prisionero la recogió y trató de
apuñalar por entre los barrotes a los dos hombres
que estaban fuera, pero no logró alcanzarlos.
Loganaro retrocedió de un salto ante su ataque.
Lemparius no movió ni un cabello.
—Este hombre está condenado a morir —dijo
el senador— por crímenes demasiado aburridos
como para enumerarlos. Tiene una cita con el
verdugo por la mañana, pero creo que tal vez no
pueda acudir al encuentro.
Mientras decía esto, Lemparius hirió la
muñeca del preso con la punta de su daga.
Loganaro pensó que lo había hecho con un gesto
engañosamente fácil, pero tan rápido que la
criatura que estaba dentro de la celda no tuvo
tiempo de apartarse. Cuando pudo protegerse la
mano tras los barrotes, la sangre ya le manaba por
un corte, largo como el dedo pulgar, que tenía en la
muñeca. Profirió gritos inarticulados.
Entonces, Lemparius descorrió el cerrojo de la
puerta y abrió la celda. Retrocedió dos pasos
hacia Loganaro. Este también dio otros dos torpes
pasos hacia atrás. ¿Acaso el senador había
enloquecido? ¡El condenado no podía perder nada
con atacarlos y matarlos a ambos! El prisionero
saltó afuera de la celda, sonriendo como un
esqueleto viviente. Se detuvo un momento para
succionarse la sangre de la muñeca, y luego la
escupió a las sucias baldosas. Aulló de nuevo, y
atacó a Lemparius, sosteniendo la daga corta hacia
abajo para destripar al senador.
En todos sus viajes, Loganaro no había visto
nunca a nadie que se moviera con tanta rapidez
como entonces se movió el senador. Con
velocidad sobrenatural, se arrojó sobre el preso,
como un felino. Con la mano derecha, Lemparius
blandía el colmillo de acero como una hoz. El
puñal, tan rápido que era imposible verlo con
nitidez, se le clavó al condenado en un costado del
cuello. Antes de que el hombre pudiera reaccionar,
aquella daga basada en el colmillo de un predador
retrocedió y volvió a atacarle, clavándose esta vez
en el costado opuesto de su cuello ya gravemente
herido. Lemparius se apartó de su víctima dando
un salto.
Loganaro tenía cierta experiencia en observar,
e incluso en infligir heridas mortales, pero nunca
había visto nada igual que aquello. Las grandes
venas que transportan la sangre del cuerpo a la
cabeza estaban claramente seccionadas; con cada
latido del corazón, las arterias expulsaban gotas de
color rojo. El moribundo se sostuvo en pie por
unos instantes, como si le hubieran crecido raíces,
incapaz de moverse. Luego cayó repentinamente.
En pocos segundos, la tez se le puso de tétrico
color azul, pues seguía perdiendo sangre. Había
muerto.
Lemparius quitó la sangre del puñal con el
pulgar y el índice de la mano izquierda, y luego se
la sacudió de los dedos. Le sonrió a Loganaro.
—¿Sabes que si empuño al revés a mi bella —
arrojó la daga al aire, la cazó al vuelo a media
vuelta, y la sostuvo con el puño apuntando al techo
y la punta hacia abajo— puedo clavarla entre las
piernas de un hombre de la misma manera que le
he cortado el cuello a ese? La herida no matará a
ese hombre, solo le hará… menos hombre.
Loganaro tragó saliva, como si de repente
hubiera tenido la garganta repleta de arena del
desierto.
—Estás muy callado, agente libre. ¿El gato se
te ha comido la lengua?
Loganaro se lamió los labios, que tenía tan
secos como huesos blanqueados.
—¿Qu-qué queréis de mí, Honorable Senador?
Lemparius envainó su puñal y le rodeó las
espaldas con el brazo.
—Estás al servicio de Djuvula la Bruja.
¿Sabes que tiene un demonio por hermano? Ah, no
importa. En el momento presente, estás siguiendo a
un bárbaro que se llama Conan. Sí, ese es su
nombre. Nuestra bruja querría su corazón para dar
vida al simulacro que se ha construido.
—¿C-cómo es posible que lo sepáis?
—No carezco de recursos. Me basta con
decirte que lo sé. Yo también estoy interesado en
ese bárbaro. Cuando llegue el momento, te
agradecería mucho que me ayudaras a capturarlo.
Lemparius sonrió abiertamente.
—N-no puedo. —La voz de Loganaro era más
bien un susurro.
—Disculpa, amigo Loganaro, creo que te he
oído mal. Por un momento, me ha parecido
escuchar que no ibas a ayudarme en este asunto.
—¡Honorable Senador, Djuvula sería capaz de
clavar mi cabeza en una estaca y exponerla ante su
casa!
—Si te niegas a obedecerme, hombrecillo,
acabarás por rogar tal destino. Te protegeré de la
ira de Djuvula, te lo aseguro.
Loganaro tragó saliva una vez más.
—¿Puedo saber para qué lo queréis?
—No tengo inconveniente en contártelo, ahora
que trabajas para mí. Djuvula, como bien sabes, ya
no acepta hombres como amantes. Yo querría que
tuviera uno más antes de que logre animar el
simulacro.
—¿Vos, Honorable Senador? Pero… pero yo
creía… —Loganaro calló, confuso, al darse cuenta
de lo que había estado a punto de decir.
Lemparius rio con aparente tranquilidad.
Acabó de expresar el pensamiento que Loganaro
había dejado a medias.
—¿Creías que yo ya había gozado de ese
dudoso honor, y que, como todos los demás, le
había parecido deficiente?
—Os ruego vuestro perdón, senador…
—No, tu suposición es correcta. Así sucedió;
sin embargo, ya ha pasado algún tiempo. Entre
tanto, me he imbuido del vigor de, digamos, un
poder animal. Con esta nueva energía, estoy
confiado en que mi… ah… actuación en esa arena
de la que Djuvula, y con razón, se proclama
campeona, mejorará mucho.
—Pero si es así, ¿por qué no vais a decírselo?
—Da la impresión de que no conoces a las
mujeres. Ella se ha formado una opinión, y tendré
que esforzarme con denuedo para que cambie. Si
de entrada no logro convencerla, habrá que
negociar con algo. Al capturar a ese bárbaro,
podré hacerle pagar un precio por él. Y si
fracasara en mis atenciones, entonces Djuvula
podría tener su simulacro. He de admitir que esto
último me parece improbable; con todo, un pacto
como este debería gustarle; al fin y al cabo, no
puede perder nada con ello. —Ya veo. Y entonces,
¿os aseguraréis de proteger a cualquiera de
vuestros agentes que haya podido disgustarla en
relación con este asunto?
—Por supuesto.
Loganaro sopesó las opciones que se le
presentaban. En verdad, no tenía otra elección que
acceder a los deseos del senador. Si el plan de
Lemparius fracasaba por algún motivo, Djuvula
trataría igualmente de vengarse del hombre que la
había traicionado; por otra parte, si rechazaba la
oferta del senador, podía darse por muerto. Mejor
arriesgarse a morir en el futuro que morir en el
presente.
—Está claro que, ahora que me habéis
explicado vuestras razones, no puedo sino
ofreceros mis servicios enteramente a vos,
Honorable Senador.
—Sabía que acabarías por verlo así,
Loganaro. Mis instrucciones son simples: Sigue
espiando al bárbaro. No le cuentes nada de esto a
Djuvula, pero tampoco pierdas el contacto con
ella. Cuando la bruja ordene la captura de ese tal
Conan, infórmame y te daré instrucciones.
—Como queráis, Honorable Senador.
—A partir de ahora, llámame Lemparius,
agente libre. Al fin y al cabo, eres un empleado
respetable, y vas a cobrar bien por tus servicios.
Cuando Loganaro se hubo marchado,
Lemparius se acercó de nuevo al cadáver y lo
contempló pensativamente. Sonrió. Sin duda
alguna, Djuvula le perdonaría cuando él justificase
sus alardes de acrecentada vitalidad; era
improbable que perdonase a Loganaro su cambio
de alianzas. Qué lástima; aquella pequeña
comadreja era hábil en el espionaje, y en otras
actividades criminales. Le habría sido útil, si no
tuviera que morir para aplacar la cólera de la
bruja. «Mejor él que yo», pensó Lemparius.
El senador contempló el cadáver tendido en el
suelo, y sintió que algo se le agitaba en el vientre.
Bien. No tenía sentido desperdiciar aquella carne
fresca.
Nadie vio en qué se convertía el senador
Lemparius, ni lo que hizo. Los guardias tendrían
menos trabajo en enterrar la carroña que de otro
modo les hubiera confiado el verdugo. Y la
pantera dormiría con el vientre lleno aquella
noche.
Cuando las sombras del ocaso ya jugueteaban
con el gentío cada vez más menguado, Conan se
puso a ver los trucos que hacía Vitarius en la fiesta
del vinatero. El cimmerio comprobó que el
anciano era bueno. Sacaba pájaros vivos del
vestido de una dama, convertía un vaso de vino en
vinagre, hallaba cintas de seda brillante en una
botella vacía. Eldia iba de un lado para otro,
recogía las monedas que le daba la risueña
muchedumbre, y de vez en cuando hacía sus
propios trucos con la espada. Cortaba un botón de
una túnica, rebanaba una barra de pan en
caprichosas formas, e incluso sujetaba la hoja con
ambas manos y saltaba repetidamente por encima.
El espectáculo era bueno, y las monedas de cobre
se amontonaron en seguida en el cuenco donde
Eldia las hacía repicar.
Conan no tenía nada que hacer, salvo vigilar.
No vio bandidos que amenazaran al dúo, aunque sí
había bastantes rateros. En tanto que no molestaran
a sus protegidos, Conan no tenía nada contra ellos.
Como él mismo era ladrón, se mostraba indulgente
con este género de cosas; al fin y al cabo, todos
tenemos que comer, y aquella gente no iba a echar
de menos las pocas monedas que les quitaran.
Como la mayoría de los prestidigitadores
callejeros, Vitarius parecía reservar sus mejores
trucos para el final. Conan pensó que le convenía
terminar en seguida, antes de que todos volvieran a
casa con su dinero.
Se oyeron chitones entre la gente que veía a
Vitarius, porque el anciano se había detenido, y
estaba preparándose para el truco final. Algunos
de los que estaban entre la muchedumbre sonreían
y asentían, Conan oyó que una mujer, cerca de
donde estaba él, decía:
—Lo último es lo mejor; espera a verlo.
El anciano gesticuló, murmuró encantamientos,
y saltó sobre uno y otro pie, como en una especie
de danza. Los espectadores rieron, y Conan sonrió
con ellos.
Finalmente, Vitarius estuvo a punto. Indicó a
quienes le rodeaban que retrocedieran, y, haciendo
un último y dramático gesto con los brazos, dijo:
—¡Ahora!
Hubo un estallido de luz brillante, y una nube
de humo blanco y denso lo llenó todo; cuando
empezó a aclarar, Conan distinguió una silueta.
Una figura alta y oscura, que se erguía
amenazadoramente.
La multitud gritó al unísono cuando el humo
desapareció… ¡y reveló a un demonio! Era el
doble de grande que un hombre corpulento, y
Conan estimó que, si hubiese sido real, habría
duplicado el ya considerable peso del cimmerio.
Este demonio era de color rojo brillante, su
virilidad era descomunal, y al sonreír enseñaba
unos dientes de pesadilla. Conan sintió un
escalofrío en las espaldas. Las otras ilusiones de
Vitarius no eran nada al lado de aquella; el
cimmerio estaba impresionado. Al mirar de reojo
a Eldia, que estaba a su lado, y apartó los ojos del
demonio y para volverse hacia él, Conan sintió un
sobresalto. Porque la niña le dijo, en voz baja
pero clara:
—Esto no es una de sus ilusiones, Conan. ¡Es
real!
El demonio dio un paso hacia Vitarius. Le
habló con una voz que recordaba al metal que se
quiebra.
—¿Dónde está, Cabellosblancos?
Al no responderle Vitarius, el demonio
observó a la multitud; sus ojos refulgían con luz
infernal. Detuvo su mirada escudriñadora en Eldia,
y sonrió abiertamente. Rezumando lodo, el
demonio se apartó del ilusionista y se arrojó sobre
la niña.
Eldia desenvainó la espada y le hizo frente.
El gentío, presintiendo que había habido algún
error en aquella aparición, se dispersó cual hojas
ante la tormenta.
—¡Detente! —gritó Conan.
El demonio miró al cimmerio.
—¿Me estás hablando, mosquito?
—Sí, demonio. Pero este mosquito es una
avispa, y tiene aguijón.
Conan desenvainó el sable y lo empuñó
fácilmente con ambas manos, apuntando al vientre
de la bestia.
—Yo no tengo nada contra ti, avispa —
masculló el demonio—. Solo estoy interesado en
esta niña humana, en algo que no te concierne.
—Te equivocas, criatura infernal. La tengo
bajo mi protección; si la amenazas, correrás
peligro.
—¿Dices que correré peligro? Me diviertes,
avispa, pero me estoy hartando de ti. Márchate
volando para que no te aplaste.
Conan alzó el sable hasta el rostro y, tras los
bordes de su acero, vio el maléfico rostro del
demonio.
—Conan de Cimmeria no huye de criaturas
como tú, bestia.
—Entonces, reza a tus dioses, insecto, porque
ha llegado tu hora.
El demonio tendió sus negras garras hacia
Conan, y el crujido de sus gigantescos músculos
rasgó el aire cuando se agazapó y saltó.
5
Por muy rápido que fuese el demonio, Conan
lo era más. El cimmerio saltó, igual que el
bermejo retoño de los abismos, pero para
apartarse a un lado; el demonio se vio arrastrado
por su inercia. Conan empuñó la espada; las
tortuosas venas se le hincharon en los fornidos
brazos; apuntó al cuello del demonio. La fuerza de
su acometida rasgó el mismo aire; se movió con tal
rapidez, que la hoja cantó una melodía que se
hallaba a medio camino entre un» gemido y un
susurro.
El demonio, sin embargo, no permaneció
ocioso, ni aguardó la decapitación; al contrario,
saltó a gran altura y recogió su cuerpo en una
compacta bola, y ejecutó el salto mortal con la
pericia de un acróbata. Antes de que Conan
pudiera recobrarse, y volver a aprestar el arma
para un nuevo mandoble, el demonio cayó de pie y
dio un ágil salto hacia atrás.
—¿Dónde tienes el aguijón, avispa? —El
demonio rio a su chirriante manera.
Conan no le respondió, sino que arremetió
contra él; tenía tensas las poderosas piernas, y la
espada lista para otro mandoble.
El demonio retrocedió con rapidez, y destrozó
el puesto de un frutero como si hubiera pasado a
través de telarañas. Aunque riera, también eludía
con ligereza el frío acero de Conan.
Por el rabillo del ojo, el cimmerio vio que
Eldia se acercaba corriendo con la espada en alto,
y que solo la mano de Vitarius la detenía.
—¡Así no! —gritaba el anciano
prestidigitador.
Conan sabía que no tenía tiempo para
distraerse. Aunque el demonio temiera el acero,
era corpulento, fuerte e infernalmente rápido; sus
garras podían destripar a un hombre con la misma
facilidad que un puñado de dagas, y Conan no
llevaba ninguna intención de permitir que la
inhumana criatura le pusiera las garras sobre el
pellejo. El cimmerio golpeaba con la espada a uno
y otro lado, en una suerte de mortífero abanico que
buscaba la roja carne. La criatura siguió
retrocediendo sobre los restos del puesto de fruta,
y Conan la siguió, plenamente concentrado en el
diablo.
Esa concentración resultó ser un error. Conan
fue a pisar una fruta pulposa aplastada, y el pie le
resbaló hacia adelante. Solo su propia rapidez le
salvó, porque el demonio reaccionó con mayor
celeridad que la mayoría de hombres, y trató de
coger a su atacante con su gigantesca garra
derecha, presta a desgarrar la garganta de Conan.
Aun cuando cayera sobre una rodilla, Conan
trazó con el acero un breve arco hacia arriba, con
una sola mano, pues necesitaba la otra para
conservar en la medida de lo posible el equilibrio.
El acero hecho por el hombre se clavó en
inhumana carne, y en negro hueso, y… el antiguo
sable seccionó la muñeca del demonio. Su
diabólica mano derecha cayó al suelo, humeante,
supurando ácido icor. Los dedos de la extremidad
cortada se movieron espasmódicamente y se
detuvieron varias veces, como si, de algún modo,
aún hubieran estado conectados a los demoníacos
músculos que los habían controlado hasta
entonces.
El demonio rugió, con un terrible son que
quebró las cercanas botellas de vino y expulsó
todo otro sonido de los oídos de Conan. Mientras
el cimmerio trataba de salir de su aturdimiento, la
enloquecida criatura pareció arrojarse a la acción:
Su brazo, ahora sin mano, trató de alcanzar a
Conan, y el muñón le salpicó de sangre al
arrebatarle de un golpe la espada que blandía. El
bárbaro se echó al suelo para esquivar la
embestida del monstruo, y se levantó abriendo sus
fuertes brazos, dispuesto a luchar a brazo partido
con su manco oponente. Conan sintió en el rostro
el repugnante aliento de la perdición; sabía que, a
manos desnudas, no podría con el demonio, pero
tampoco iba a huir. ¡Por Crom, que hallaría la
muerte de cara, y peleando!
Cuando el demonio se aprestó para
abalanzarse finalmente sobre Conan, un reguero de
fuego azul le salpicó de pronto la espalda y los
hombros, y se mezcló con su roja piel para formar
una neblina purpúrea. El vástago de los abismos
rugió una vez más, pero el sobrenatural brillo se
intensificó a su alrededor y, al mismo tiempo que
su piel empezaba a chamuscarse, empezaron a
desprenderse de él volutas de humo que ascendían
a los cielos. Conan se esforzó por descubrir el
origen de aquel fuego azul, y vio a Vitarius, que
tendía una mano hacia el demonio, y apoyaba la
otra en la cabeza de Eldia, la cual refulgía también
con la esencia de la llama azul.
—¡No! —gritó el torturado demonio. Hubo una
explosión amarilla, que hería los ojos, y una
sombra purpúrea de tonos más apagados, y el
demonio desapareció tan repentinamente como
había aparecido.
Solo quedó su diestra, que se retorcía
intermitentemente sobre el empedrado, cerca de
Conan, como si todavía hubiera intentado dar
alcance al responsable de su destrucción.
Vitarius se acercó a donde estaba Conan para
observar la mano del demonio. Durante un rato,
ninguno de los dos habló. Tuvo que ser Conan
quien, finalmente, rompiera el silencio.
—Vitarius, creo que me mentiste al decir que
eras un simple ilusionista. No fue un hechizo
menor el que trajo a esa criatura, ni una ilusión lo
que la hizo desaparecer.
—Cierto —le respondió el anciano, que
parecía fatigado—. Te debo una explicación, y te
la daré. De no ser por ti, Eldia habría caído en
manos del siervo de Sovartus, y las consecuencias
hubieran sido tan espantosas que no me atrevo a
ponderarlas.
—Estoy esperando tu relato.
—Sí, te lo voy a contar todo. Como ya has
supuesto, Eldia y yo no somos exactamente lo que
te dijimos al conocernos en el mesón Leche de
Lobos. Yo… —El anciano calló, y miró alrededor.
Aparte de Conan y de él mismo, la calle y los
puestos de venta estaban vacíos—. ¡Eldia! ¡Ha
desaparecido!
Conan miró rápidamente en derredor, buscando
a la niña. No la vio por ningún lado.
—El demonio… —empezó a decir.
—No. ¡Se fue solo! ¡Tenemos que encontrarla!
Si se la llevan a Sovartus, está condenada, y
también muchos otros. Te juro que te lo explicaré
todo con detalle, pero primero tenemos que
encontrar a la niña. Debes confiar en mí.
Tras la más breve de las pausas, Conan asintió.
No tenía razón alguna para creer a Vitarius, puesto
que el anciano le había mentido anteriormente; sin
embargo, Conan era un hombre de acción, y, por
ello, confió en sus instintos más que en su
raciocinio. No sentía ningún hedor a maldad en
Vitarius y Eldia, y además, de no ser por la
intervención del anciano, el demonio le habría
matado. Recogió la espada y la empleó para
señalar en uno de los sentidos de la calle.
—Yo iré por allí; tú, en la dirección opuesta.
Vitarius asintió, y Conan se puso en marcha.
Miró hacia atrás, y vio cómo el anciano se paraba
a recoger la mano del demonio y la metía en la
bolsa que le colgaba del cinturón.
El dormitorio de Djuvula la Bruja se llenó de
una magullada nube de color púrpura y amarillo, y
Djavul apareció entre los vapores, aferrándose el
muñón del brazo derecho con la mano que le
quedaba. La puerta que daba a la estancia se abrió,
y la bruja entró, alarmada por el súbito
allanamiento de su gabinete.
—¡Demonio hermano! ¿Qué te ha ocurrido?
Djavul maldijo con palabras que albergaban el
poder del infierno. Sobre el lecho de la bruja, la
oscura forma del inanimado simulacro retembló
ante la fuerza de sus imprecaciones. Entonces, el
demonio herido dijo:
—¡Mi mano!
Djuvula pareció tranquilizarse.
—Hermano mío, ¿por qué estás tan agitado?
Otra mano crecerá en su lugar…
—¡Necia mujer! ¡No es la mano lo que me
preocupa, sino la manera como me la han
arrebatado! Sovartus, un Mago del Cuadrilátero
Negro, me ha reducido a servidumbre…
Djuvula dio un respingo, sobresaltada.
—Así pues, lo conoces —dijo Djavul,
mirando fijamente a su hermana.
—Sí. Un hombre que no carece de poder.
—Eso ya lo sé, hija de mi maldito padre,
puesto que he quedado sometido a su yugo. Y he
fracasado en mi intento de cumplir sus órdenes. Un
hombre de habilidades sobrenaturales protegía a
mi presa. ¡En vez de matarlo yo, ha sido él quien
me ha arrebatado la mano!
—¿Qué quieres que haga, hermano mío?
—Tengo que volver con Sovartus, para
explicarle este… percance. No le va a gustar.
Querría poder decirle que en el futuro contaré con
algún tipo de ayuda, quizá, incluso, que cuento con
otro plan para apoderarme de lo que él quiere.
—Estamos unidos por la sangre —dijo
Djuvula—, y, por supuesto, te ayudaré en lo que
pueda.
—Bien. Sovartus desea capturar a una niña
llamada Eldia… esa muchacha es uno de los
Cuatro, como sin duda advertirás en cuanto la
veas. Ya se ha apoderado de los otros Tres. La
niña viaja en compañía de uno de los Magos
Blancos, que tal vez pertenezca al Cuadrilátero
Blanco, aunque no lo sé con certeza. Y también
estaba con ellos un hombre cuyo origen
desconozco. Ha sido él quien me ha hecho esto. —
Djavul agitó el muñón. La herida ya se había
sellado, y aparecía negra y lisa como el cristal.
Djuvula asintió, pero no se le escapaban las
implicaciones de lo que le estaba pidiendo su
hermano, el demonio. Si Sovartus lograba
apoderarse de los Cuatro niños imbuidos con el
poder de las Cuatro Vías, se convertiría en la
fuerza mágica más poderosa de la Tierra. Si de
algún modo lograba cerrar un pacto con Sovartus
por la entrega de lo que le faltaba para completar
su hechizo mágico —aquella niña, Eldia—, tal vez
pudiese participar de los poderes que el brujo
adquiriera. Y en cuanto al hombre que había sido
capaz de cortarle la mano a Djavul, le pareció muy
apropiado para otro hechizo. Contempló la forma
durmiente de su simulacro, el Príncipe de la Lanza.
Todo esto se le ocurrió en unos pocos latidos
de corazón, y entonces le sonrió a Djavul.
—Voy a ayudarte a capturar a esa niña —le
dijo—. Cuéntame, ¿dónde la dejaste?
Loganaro estaba agazapado bajo un toldo
caído, y observaba la carrera del bárbaro por una
calle casi vacía. El agente había llegado justo a
tiempo para presenciar el final de la actuación de
Vitarius. Más que nunca, Loganaro estaba
convencido de que Conan era el hombre más
apropiado para dar vida al amante ideal de
Djuvula. Ciertamente, aquel bárbaro de la lejana
Cimmeria le valdría al senador Lemparius el
acceso al lecho de la bruja, siempre y cuando lo
capturara. Esto último, sin embargo, no sería fácil.
Loganaro pensó que la operación sería costosa, y
que, sin duda alguna, su bolsa tendría que correr
con una parte de los gastos.
El bárbaro era tan rápido que él no podía
seguirlo, especialmente si nada le cubría de una
casual mirada hacia atrás, así que Loganaro
prefirió pegarse al anciano mago. Se sentía seguro
de que Conan no tardaría en reunirse con el
hombre de cabellos blancos.
Las pisadas del bárbaro resonaban con fuerza
en el tosco empedrado de la calle. Estaba
oscureciendo, y el ocaso se presentó furtivamente,
arrojando su nocturna red. Los agudos ojos azules
de Conan escudriñaban cada uno de los callejones
por donde iba pasando; con una única mirada,
recorría los pasajes de un extremo a otro. No vio a
Eldia.
Al pasar corriendo por delante de otro de
aquellos caminos entre edificios, cubiertos de
detritus de la vida urbana, Conan parpadeó y se
detuvo bruscamente. En la oscura bocacalle no se
movía nada; de eso estaba seguro. Solo había un
montón de basura —andrajos, jirones de piel de
animal, piezas de cerámica rotas—, y, algo más
allá, una pila de madera. El callejón no difería en
nada de los muchos otros que había ido dejando
atrás y, sin embargo, notaba algo distinto. Algo
pequeño que se introducía en sus sentidos, algo
impalpable, y, sin embargo, anómalo.
¡Allí! ¡Un reflejo de blancura en la negra
madera apilada! Al instante, Conan supo que se
trataba del ojo de un hombre, que reflejaba el
suave fulgor de la Luna que acababa de salir.
Desenvainó la espada y entró en el callejón,
señalando con la pesada arma al oculto dueño de
los ojos que había visto.
Cuando la aguda visión del bárbaro se
acostumbró a la mayor oscuridad que reinaba en el
callejón, descubrió una silueta agachada al lado de
una pila de menuda leña. La silueta se levantó, y el
fulgor de la Luna se reflejó en el acero; una hoja
corta se había vuelto hacia Conan.
—¡Espera! —dijo una voz infantil. Eldia—. Es
Conan, un amigo.
A ojos de Conan, la silueta se agrandó y se vio
con mayor claridad: una joven, que con su cuerpo
casi ocultaba al de Eldia; la niña de pie detrás de
ella. Sostenía un puñal —una daga de hoja
ondulada—, que apuntaba hacia el hombre.
—Eldia, sal a la luz —le dijo Conan.
—No —le replicó una voz de mujer. Esta voz
tenía el sonido de la miel y del acero, suave, y sin
embargo dura.
Conan aguardó por unos momentos, inmóvil, y
llegó a la conclusión de que no corría ningún
peligro. Envainó el arma y tendió ambas manos
para mostrarlas vacías.
La joven dio un paso adelante, y la pálida luz
de luna la acarició con gentileza. Conan le supuso
unos dieciocho años; el cabello, negro como el
azabache, le llegaba hasta la cintura. Se cubría el
cuerpo con una camisa de seda y calzones de fino
cuero, y calzaba sandalias, sujetas con correas, de
elegante factura. El cuerpo que todas estas prendas
cubrían era de factura aún más elegante que las
sandalias. La joven era generosa de caderas y
piernas, y bajo la fina seda azul de su camisa se
apreciaban los pechos firmes y turgentes. Había
algo en su rostro, en cuyos rasgos no se hallaba un
solo defecto, que le resultaba familiar a Conan. El
cimmerio sabía que, si la hubiera visto con
anterioridad, difícilmente podría haberla olvidado,
pero estaba seguro de conocer aquella cara…
Eldia se dejó ver, y Conan supo entonces de
qué conocía aquella belleza de negros cabellos:
era la misma Eldia, llegada a la madurez. Como
era demasiado joven para ser su madre, debía de
tratarse de…
—Eres su hermana —dijo Conan, revelando su
pensamiento en el mismo instante en que se le
ocurrió.
—Sí —dijo la joven—. Y he venido a
reclamársela a los villanos que se la llevaron de
nuestra casa.
Conan se encogió de hombros, sacudió
despreocupadamente sus anchas espaldas, y tuvo
el humor de sonreírle a la joven.
—Yo no me he llevado a nadie de ningún sitio
—dijo—. Y me parece que Eldia viaja con
Vitarius por su propia voluntad.
La joven miró a la entrada del callejón, y se
volvió de nuevo hacia Conan. Levantó un poco
más la daga, sujetándola con más fuerza todavía.
—Se la llevaron a rastras, de noche, mientras
chillaba —dijo la joven—. Mataron a mi padre, y
también a mi madre. Antes de morir, mi madre me
dijo que Eldia era especial, que tenía hermanos y
una hermana, para mí, hermanastros y una
hermanastra, de quienes no nos había hablado
nunca. Y que, en cualquier caso, tenía que
encontrar a Eldia y ocultarla de los malvados que
la querrían para sus viles propósitos.
Conan miró a Eldia, que parecía estar de
acuerdo con lo que decía su hermana.
—¿Y Vitarius es uno de esos malvados?
Eldia negó con la cabeza.
—N-no, pero…
—No te preocupes, Eldia —le dijo su hermana
—. No tienes por qué explicarle nada a este…
este… bárbaro.
—Alguien tendrá que explicármelo —dijo
Conan llanamente—. Estoy harto de que me
manejen en esos juegos que Vitarius y vosotras dos
habéis organizado. Vamos a buscar a ese
«prestidigitador», y quiero escuchar de principio a
fin esa historia de la que me habláis.
—No —dijo la joven—. ¡Nos vamos a casa!
—Lo haréis en cuanto alguien me haya
explicado satisfactoriamente cómo es que un
demonio me ha atacado en una plaza pública —
dijo Conan, con voz cada vez más airada.
—Nos vamos ya —dijo la hermana de Eldia,
acercando el puñal a Conan—. Ahora, si no
quieres que te ensarte y que deje tu cadáver para
las ratas…
Sin decir más, Conan saltó sobre la joven. La
agarró por la muñeca en el momento en que
aquella trataba de clavarle el cuchillo en la
garganta; le retorció el brazo con fuerza, y ella
gritó y soltó el puñal.
De pronto, el callejón pareció cobrar vida.
Pequeños cuerpos corrieron sobre la basura y la
pila de leña; el correteo de centenares de
diminutas patas se oía junto con el suave roce de
las pequeñas cosas que se movían por todas
partes. Conan vio que las mismas paredes y el
suelo parecían ondular en pequeñas olas.
—¡Crom!
Soltó a la joven y dio un paso hacia atrás,
desenvainando la espada con fluido y bien
aprendido movimiento. Pero no había un enemigo
al que enfrentarse. Algo le tocó la bota a Conan, y
este volvió sus ardientes ojos azules para
contemplar a la criatura.
Era una salamandra. No mediría más que el
dedo medio de Conan, pero le subió por el calzado
con gran resolución. Al cimmerio le costaba
creerlo. Aquellas cosas parecidas a lagartos solían
huir del hombre, pero, a juzgar por lo que oía,
debían de contarse por cientos en el callejón.
¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Por qué iban
hacia él?
—¡Quietas! —dijo Eldia.
El roce de pequeñas patas se detuvo al
instante. La salamandra que había trepado por la
bota de Conan se quedó quieta, como si se hubiera
convertido en piedra.
Eldia miró a su hermana.
—Me ha salvado la vida en dos ocasiones —
dijo—. Y Vitarius solo quiere ayudarme. Tenemos
que darle las explicaciones que nos pide. —Hizo
un gesto con la cabeza, señalando a Conan—. Y
tienes que oír lo que te cuente Vitarius antes de
irnos a casa, hermana. Antes estaba asustada del
demonio; si no, te habría hecho quedar allí.
Eldia miró a la salamandra que estaba en la
bota de Conan.
—Márchate —dijo.
Obedientemente, la criatura se volvió y huyó
con precipitación. En torno a ellos, se oyeron en el
aire nocturno los sonidos de otras bestezuelas que
se escabullían; al cabo de un momento, volvió a
reinar el silencio.
El bárbaro miraba a Eldia.
—¿Vamos ya? —dijo ella.
Conan y la hermana de Eldia se miraron, y
asintieron. Pero aquello no le gustaba a Conan. En
absoluto.
Pese a toda su fuerza y su destreza. Tendrás
que hacer frente a un mago del Blanco, Sovartus.
—¡Vitarais! —La voz de Sovartus se había
llenado de ira.
—No sé su nombre, pero concentró en mí el
poder del fuego, y yo no pude soportar tanto calor.
—¡Te maldigo!
—Para eso llegas tarde, mago. Pero no está
todo perdido. Soy hermano de una humana que
goza de no poca influencia en la ciudad que oculta
a tu presa. Tendrás a tu niña; y yo al hombre que
me ha hecho esto.
Djavul alzó el brazo derecho y contempló el
muñón que tenía en el lugar de la mano.
En lo más recóndito del Castillo Slott, algo
gritó con horribles esperanzas.
—¡Estúpido! —gritaba Sovartus—. ¡Te ha
derrotado un hombre ordinario!
Djavul se hallaba dentro de los límites del
pentagrama del mago negro, erguido en toda su
estatura.
—No, mago humano, ese no era un hombre
ordinario. A lo largo de mil años, he hecho frente a
centenares de hombres en combate mortal. Sus
huesos se están pudriendo en sepulcros esparcidos
por todo el mundo. Nunca he perdido una lucha a
muerte ante otro hombre. Este era más grande que
la grandeza; además, tuvo ayuda mágica, porque, si
no, lo habría derrotado.
6
Los clientes del mesón Leche de Lobos daban
un amplio rodeo, para evitar a las cuatro personas
sentadas a la mesa que estaba más cerca del ruego
del hogar. Conan sospechaba que algunos, si no
todos, de los que fingían estar mirando a todas
partes menos a él y a sus compañeros habían
asistido a los juegos de prestidigitación. El
cimmerio no les culpaba por estar nerviosos; él
mismo no se sentía cómodo en presencia de los
iniciados en la magia. Mientras escuchaba el
relato de Vitarius, la llama letal de sus ojos ardió
con poca fuerza, pero ardió.
—… Eldia era uno de los cuatro niños. Su
madre, que también era la tuya —Vitarius señaló
con la nariz a la joven que estaba sentada enfrente
de Conan—, fue hechizada por un poderoso brujo,
que engendró en ella.
—¿Me estás diciendo que mi padre no es el
que he conocido toda mi vida? —La mirada de
Eldia era aguda, y mucho más dura de lo que es
habitual en los niños de su edad.
—Sí. Cuando naciste, a tu madre solo se le
permitió retener a uno de los niños. Tu padre,
Hogistum del Cuadrilátero Gris, se llevó a los
otros y los dispersó por el mundo.
—¿Por qué? —Conan, Eldia y la joven, que se
llamaba Kinna, habían hablado al unísono.
Vitarius suspiró, y sacudió la cabeza.
—Comprenderlo no es fácil. Hogistum
descubrió una antigua brujería, runas desgastadas
que procedían de una era primordial. Logró
descifrar esas escrituras, y así descubrió cómo
ligar cada uno de los Cuatro Elementos a un alma
humana. Este Hogistum no era un mal hombre, pero
padecía de curiosidad. Como miembro del Gris,
podía ejecutar magia con fines tanto blancos como
negros, y, en general, tendía más bien hacia el
Blanco. El Hechizo de Vinculación no era bueno ni
malo de por sí; dependía del uso que se le diera
una vez invocado. Hogistum no tenía ningún interés
en invocarlo; solo quería comprobar si era capaz
de llevar a término el conjuro. Por lo menos, eso
es lo que decía.
—¿Cómo sabes todo eso? —La voz de Kinna
no parecía menos sedosa de lo que le había
parecido antes a Conan.
El anciano vaciló un momento, e hizo una
pausa para humedecerse los labios con la copa de
vino que tenía enfrente, sobre la tosca mesa.
—Hogistum había tomado dos estudiantes —
empezó a decir—. Uno era su hijo natural, el otro
un pupilo que se había mostrado apto para la
magia, pero pertenecía a una casta inferior. —
Vitarius les fue mirando a la cara de uno en uno—.
Yo era el pupilo de casta inferior.
Conan asintió. Aquello no le sorprendía. Así
quedaba explicado el ataque de Vitarius al
demonio.
Vitarius prosiguió.
—Dado que su propia mujer había muerto,
Hogistum eligió a una joven entre su servidumbre,
la hija de un viejo criado, como nueva esposa.
Hogistum arrojó su hechizo sobre esta muchacha
cuando yacían en el lecho de nupcias.
—¡Qué… vil! —dijo Kinna.
—Entiendo que lo veas así —dijo Vitarius—.
En su momento, nacieron los cuatro niños. Cada
uno de los cuatro bebés estaba repleto de poder.
—Todo esto me resulta difícil de creer —dijo
Kinna.
El anciano mago miró a la joven, y parpadeó
como una lechuza de los tiempos antiguos.
—¿De verdad? ¿En toda la vida que has vivido
con tu hermana, no le has descubierto ciertas…
habilidades? ¿Sabes de alguien que pueda
permanecer frío en su presencia? ¿Acaso su lecho
no está siempre cálido, aun en las más frías noches
de invierno? Y por supuesto, también tienes que
pensar en las salamandras.
Al oír esta última afirmación, el fuego que
ardía en los ojos de Conan se avivó un tanto. Sí, la
niña tenía algún tipo de trato con aquellas
criaturas. Conan miró a Kinna, y vio que asentía, a
pesar de su evidente repugnancia a creer en lo que
le estaban contando.
—Eldia es una de las esquinas del
Cuadrilátero —dijo Vitarius—. Es la Hija del
Fuego, tejedora de llamas y Señora de las bestias
del fuego, las salamandras. Su hermana, Atena, es
la Hija del Agua, y la sirven las ondinas; sus
hermanos son Luft, Hijo del Aire y de los
demonios del viento, y diaspar, Hijo de la Tierra,
Señor de los semigüelfos y los trolls. Esto no se
hizo por decisión mía, solo cuento lo que ocurrió.
Algo había estado royendo por dentro a Conan
como una rata, algo que Vitarius había dicho antes.
El joven se lo preguntó.
—Has hablado de otro estudiante, del hijo
natural de Hogistum. ¿Quién es? ¿Qué se hizo de
él?
Vitarius asintió, como si hubiera estado
aguardando la pregunta.
—Me hablas de alguien con quien ya has
tenido contacto, aunque indirecto. Te debe un
caballo.
—¿Sovartus?
—Sí. Envenenó a su propio padre, y ha pasado
los años buscando y recobrando los niños que
Hogistum escondió con tanto cuidado. Ya los tiene
a todos, salvo a Eldia.
—Parece que Hogistum no era nada cuidadoso.
—Conan iba jugando con su propia copa de vino
—. Él está muerto, y su hijo está a punto de
conseguir lo que quiere.
—Sí, yo desbaraté sus planes al salvar a Eldia
de sus esbirros antes de que pudieran entregársela.
Llegué demasiado tarde para los demás. Gracias a
ellos, ya tiene influencia sobre tres de las Cuatro
Esquinas del Cuadrilátero: Tierra, Aire y Agua. Si
logra completar el Cuadrilátero, entonces
dispondría de una bestia más grande que la suma
de sus partes, una fuerza sinergística a la que
Hogistum llamó Criatura de Poder. Sería un suceso
asombroso, del que incluso los dioses apartarían
el rostro.
Conan se revolvía en el banco, súbitamente
incómodo. Siempre se sentía igual cuando se
hablaba de magia; de aquellos asuntos a los que el
hombre no debía acercarse.
Kinna se inclinó sobre la mesa y, al moverse,
uno de sus turgentes senos acarició el dorso de la
mano de Conan.
—Entonces, ¿qué intenciones llevas, Vitarius?
El anciano mago suspiró de nuevo.
—Debo proteger a Eldia, y alejarla de las
garras de Sovartus; aún más, tengo que encontrar
la manera de liberar a los tres niños que ya tiene.
—¿Puedes hacerlo? —dijo Eldia con voz
suave—. ¿Puedes salvar a mis hermanos y a mi
hermana de mi… mi… hermanastro?
Vitarius negó con la cabeza.
—No lo sé. Ese mago pertenece al Negro, y
por tanto tiene poderes de los que carezco;
además, gobierna las fuerzas de Tres Esquinas, y
yo solo de Una. Me temo que es más fuerte que yo.
Se dice que Sovartus, en su magia, se atreve a
practicar incluso la infame nigromancia, y que
invoca a las legiones de muertos para que le sirvan
en ciertos hechizos. Yo solo soy capaz de
intentarlo, no puedo hacer más, ni haré menos.
Kinna se arrellanó en el asiento, y asintió.
—Muy bien. Te ayudaré en todo lo que pueda.
Mientras Sovartus viva, Eldia correrá peligro.
Tenemos que destruirlo. —Kinna miró a Conan—.
¿Qué vas a hacer tú?
Conan cruzó delante del pecho sus grandes
brazos, y miró a la joven. Era bella, pero el
cimmerio no quería implicarse en aquello.
—Yo iba a Nemedia —dijo—. Y me detuve
tan solo durante el tiempo necesario para ganar
algún dinero para el viaje. Me equivoqué. No me
gustan los mentirosos, y aún menos los que ponen
en peligro mi pellejo sin avisarme, y menos
todavía los practicantes de la magia. Os deseo
éxito en vuestra empresa, pero a partir de ahora no
contéis conmigo.
Kinna miró con rabia a Conan, pero Eldia
asintió sin más, así como Vitarius. El mago dijo:
—No puedo culparte, Conan. Te comportaste
con bravura, y nosotros te recompensamos con
falsedades. Te damos las gracias por tu ayuda, y te
deseamos suerte en tu viaje.
Conan asintió y se levantó.
—Pero espera un momento —dijo Vitarius—.
Te debemos algo por los problemas que has
tenido. Toma estas monedas de plata por el trabajo
de hoy, y también algunas otras, porque te las has
ganado. Y, como ya he pagado dos habitaciones
para pasar esta noche, serás bienvenido en una de
ellas, también en muestra de gratitud.
Conan tomó las monedas y se las guardó en la
bolsa.
—Sí, me quedaré en la habitación por esta
noche, lo merezco.
El joven cimmerio se volvió y se fue hacia la
puerta por donde se accedía a las escaleras, y a las
habitaciones del piso de arriba. Había sido un
largo día, y estaba fatigado.
El cuarto estaba algo mejor que aquel último
en donde había dormido Conan, pero la diferencia
no era notable. Había un jergón relleno de paja
sobre una alfombra raída y mugrienta, y una
ventana cerrada por la que, abriéndola, el
ocupante del cuarto podía contemplar el laberinto
de calles, tres pisos más abajo. Un cabo de vela
ardía en un rincón y pringaba el techo con los
restos de humeante sebo, pero daba poca lumbre.
Conan vio que, por lo menos, no había ratas en la
cama. Pellizcó la mecha de la vela y extinguió la
pequeña llama, y luego se tendió sobre el jergón,
con la espada al lado. El sueño le cubrió como una
capa.
Como una capa que alguien aparta de un tirón,
el sueño abandonó, dos horas escasas más tarde, el
cuerpo tendido boca abajo de Conan. Sus ojos
azules miraron en derredor, centelleantes, pero no
pudo ver nada, pues la negrura era demasiado
opaca, aun para la aguda vista del cimmerio.
Contuvo el aliento para poder escuchar mejor,
pero no oyó otro sonido que el del viento que se
colaba por el marco de la ventana cerrada, y los
crujidos de las envejecidas maderas del edificio.
Y el latido de su propio corazón, que le resonaba
en los oídos. No parecía haber peligro alguno,
pero Conan confiaba demasiado en sus instintos
como para ignorar que había despertado a
destiempo. Agarró la espada, y se sintió mejor en
cuanto el puño forrado en sucio cuero estuvo en su
mano. Allí tendido, pensó que, después de todo, tal
vez se tratara solo del tiempo. Como durante largo
rato no se movió nada, Conan se durmió de nuevo,
aferrando todavía el puño de la espada.
La oscuridad que reinaba en el Castillo Slott
era completa, con la excepción del mortecino
fulgor amarillo que arrojaba una única lámpara en
una de las habitaciones. Esta parpadeante luz
revelaba a Sovartus, cuyas manos de finos dedos
se estaban clavando cruelmente en los hombros de
uno de los tres niños encadenados a la húmeda y
mohosa pared. En aquel momento, un tenue fulgor
empezaba a rodear los cuerpos del mago y de su
cautivo. Al principio, solo brillaba débilmente;
pero, poco después, el aura de pálida luz amarilla
empezó a rivalizar con la lámpara de la pared. En
escasos momentos, muchacho y mago produjeron
una fuente de luz demasiado brillante para
contemplarla sin entornar los ojos. Al sentir que
las energías del niño le inundaban, el mago rio.
¡Sí!
Guarecida en la oscuridad, enfrente del mesón
Leche de Lobos, Djuvula la Bruja sentía que el
viento le tiraba de las puntas de su velo de seda
negra, y le agitaba con suavidad las vestiduras.
Había llegado a la conclusión de que la niña que
estaba buscando se hallaba allí dentro, así como el
miembro del Cuadrilátero Blanco que esta tenía
por protector. Todo ello le había costado poco
dinero; a menudo, unas pocas monedas de plata
podían obrar más milagros que la magia. Aparte
de la niña, Djuvula también buscaba alguna traza
del bárbaro que había herido a su hermano, el
demonio. Sin duda, debía de tratarse de un hombre
de espíritu fuerte. Y de corazón fuerte.
El viento que se levantaba estaba acariciando
también el pequeño cuerpo de Loganaro, oculto al
abrigo de una dependencia cercana al mesón
donde dormía Conan el Cimmerio. Loganaro
estaba aguardando con impaciencia la llegada de
los seis sicarios que había contratado, y pagado
con el oro de la generosa bolsa del senador
Lemparius. Indudablemente, seis hombres podrían
capturar al corpulento joven, aunque alguno
muriera en el empeño. Tal había sido la decisión
de Lemparius cuando Loganaro informó de que
Conan parecía estar a punto de abandonar al
anciano, la niña y la recién llegada joven. Lo había
dispuesto todo con rapidez; Loganaro habría
preferido contar con más tiempo para seleccionar
a su cuadrilla, pero uno tiene que conformarse con
lo que tiene. No le preocupaba la captura de
Conan, sino el enfado de Djuvula cuando esta se
enterara de su cambio de bando, pues de nada
serviría que Loganaro no hubiese tenido otro
remedio. Este miedo reinaba sobre todos sus
temores, y él se preguntaba dónde podía estar
Djuvula en aquellos momentos. Y dónde se habrían
entretenido los necios sicarios.
Por una oscura calle, a la sombra de los
apiñados edificios, que no besaba la luz de la
Luna, ni la de ninguna lámpara, andaba una rubia
figura. Los perros ladraban amilanados a su paso,
sorprendidos tal vez por el tamaño de algo que era
demasiado grande para ser un felino de la calle,
aunque, sin duda alguna, se tratara de un felino. El
hombre pantera se reía por dentro, pero, al salirle
por entre los blancos y agudos colmillos, la risa se
le convertía en otra cosa. Los perros de
Mornstadinos callaban al oírlo, como si hubieran
temido llamarle la atención a la criatura.
Los perros no tenían por qué preocuparse; el
felino-que-también-era-un-hombre buscaba una
presa que no tenía nada de perruna. Le había
entrado hambre de un animal de dos piernas. La
ciudad andaba repleta de estos. Seis de los
peculiares animales pasaron por delante del felino
en la oscuridad, ciegos a su presencia. El hombre-
pantera consintió que estos seis pasaran de largo
sin molestarlos, porque, dentro del cerebro del
felino, la mente de un hombre sabía que trabajaban
para él. Y sus servicios habían de procurarle un
placer muy distinto del de la comida.
El sueño habitualmente pacífico de Conan de
Cimmeria estaba agitado aquella noche, y el
robusto cuerpo del bárbaro daba vueltas sin cesar
sobre el jergón de paja en el que yacía. Despertó
de nuevo, pero, una vez más, no supo identificar
ninguna amenaza. Pensó que un sueño debía de
haberse infiltrado en su cerebro. Mientras se
dormía por tercera vez en aquella noche, solo el
sonido del viento le llegó al oído. Afuera, parecía
como si empezase una tormenta.
7
El viento aullaba por las calles de
Mornstadinos, en busca de cualquier hueco que
pudiera anunciar su paso. Soplos de aire húmedo
hacían traquetear todo lo que colgaba y arrastraban
delante de sí la basura de la calle. La lluvia, al
empezar a precipitarse, cayó sobre el empedrado
en gruesas gotas, que empapaban de inmediato a
cualquier persona o cosa que no estuviera a
cubierto. El rayo transformó la noche en día en
varios momentos; el trueno se hacía oír, de nuevo
en la oscuridad, resonando como los murmullos de
ira de un dios colérico. La tormenta, que el reuma
de los aficionados a predecir el tiempo no había
sido capaz de prever, arrojó sus aguas sobre la
ciudad, con rara furia tropical, habitualmente
desconocida en la región.
—¡Mitra maldiga la lluvia! —dijo uno de los
sicarios, que se guarecía en el escaso refugio
ofrecido por el alero de un tejado, enfrente del
mesón Leche de Lobos.
Tres o cuatro de sus compañeros fueron
repitiendo el comentario hasta que Loganaro los
hizo callar con una mirada homicida.
—¿Qué sois, pastelillos de especias quizá, que
os disolvéis bajo la lluvia? —dijo Loganaro.
—No —respondió el sicario—, pero la lluvia
no es pequeña, patrón. Esta noche se ahogan las
ratas.
—No te preocupes por las ratas —dijo
Loganaro—. No os he pagado para que os
preocupéis por ellas, sino para que me traigáis al
hombre que duerme allí. —Loganaro señaló al
mesón.
El sicario, un hombre moreno de ascendencia
zamoria, que se cubría un ojo ciego con un parche
de cuero, asintió.
—Sí, verdad es —dijo Parche—. Pero los
camaradas y yo hablaríamos contigo de… nuestro
acuerdo.
El hombre hablaba con fuerte acento
extranjero, adornado con un patués políglota.
Loganaro le miró.
—¿Eh? ¿De qué queréis hablar?
—Dicen que ese hombre a capturar es el
mismo que luchó a espadazos con el monstruo rojo
que vieron en la plaza por la fiesta del vinatero.
—¿Y qué más da eso? ¿Es que vosotros seis
tenéis miedo de un solo hombre?
—No, nada de miedo; sino respeto. Dijeron
que el hombre es rápido y fuerte como el oso. Si
así es la cosa, mis amigos y yo no lo capturamos
fácil. Así que tal vez nos pagas un poco más.
Los dientes le rechinaron a Loganaro.
—¿Cuánto más?
Parche sonrió, mostrando sus propios dientes
amarillentos y carcomidos.
—Ah, con una moneda de oro por barba nos
vale.
—Eso no lo dudo. Hemos acordado doce
solones de oro por el trabajo.
—Eso está decidido de antes. Ahora,
dieciocho.
—Imposible. Podría daros dos monedas más
de plata a cada uno.
Parche se encogió de hombros.
—La lluvia viene fría; ya nos harta. —Se
volvió para marcharse.
—Dos monedas más —dijo Loganaro, furioso
con él.
—Cinco —le respondió Parche.
Loganaro se acordó del hombre que había
visto matar en la mazmorra, bajo el Senado, y
tragó saliva. Una fuerte racha de viento le azotó
las espaldas; el agua fría le entraba por el cuello.
Pensó en seguir regateando, porque le asqueaba el
tener que darle dinero a aquella escoria, pero al
fin se decidió por dejarlo. De nada le valdría todo
el oro de Corinthia, si no vivía para disfrutarlo.
Respiró hondo.
—De acuerdo. Cinco solones más. Cuando
entreguéis al cimmerio.
Parche volvió a enseñarle sus dientes
podridos.
—De acuerdo.
La furia de la tormenta pareció apaciguarse
por unos momentos. Loganaro señaló el mesón.
—Hacedlo, pues. Ahora mismo.
Los seis hombres salieron de debajo del alero
y corrieron hacia la posada, chapoteando en los
charcos, grandes como pequeños estanques.
Djuvula corría hacia su mansión, maldiciendo
el agua. No quería abandonar la vigilancia de la
posada, pero tampoco podía soportar la lluvia. De
todos modos, con aquella noche, no era posible
que el anciano y la muchacha salieran. Ya volvería
allí por la mañana.
La pantera gruñó, pero el estruendo de la
tormenta ocultó el sonido. La lluvia había quitado
lustre a su piel, y el felino estaba disgustado.
Aquella lluvia hacía que las presas se quedaran en
casa y cerraran todo, protegiéndose contra las
intrusiones. Los que no tenían dinero para pagarse
mesones o casas también eran mucho más difíciles
de encontrar, porque la lluvia torrencial eliminaba
buena parte de su olor. Merodeando bajo la
precipitación, se enfangaba y no hallaba ningún
placer.
La pantera abandonó la cacería y se marchó a
uno de los muchos lugares especialmente
preparados para sus vagabundeos nocturnos. Se
trataba tan solo de un cobertizo para el almacenaje
de lana, pero le ofrecía refugio, y un lugar secreto
donde podía hallar ropas apropiadas para un
senador que deseara ir de incógnito.
Oculta en el cobertizo, la felina criatura gruñó
y empezó a estirar de forma no natural las
articulaciones y ligamentos, y dejó de ser una
bestia de cuatro patas, para transformarse en uno
de los que, momentos antes, habían sido su presa.
Conan no temía a las tormentas, pero, una vez
más, yacía despierto, y aferraba con fuerza la
espada. Esta vez, un sonido que oyó en el
corredor, delante del cuarto, se hizo oír aun a
pesar de la tormenta que rugía fuera del mesón.
Una suave pisada sobre una tabla suelta.
El bárbaro se puso en pie ágilmente y se
acercó a la puerta con rapidez. Descorrió el
simple pestillo, abrió de un tirón y salió de un
salto al corredor, con la espada presta para el
ataque.
Conan se encontró frente a una única persona,
envuelta en una manta no muy gruesa. Kinna.
El cimmerio bajó la espada, y contempló a la
joven mujer. La manta la cubría en buena parte,
pero también exponía otra buena parte de sus
piernas al aire nocturno. Unas piernas muy bien
proporcionadas, según Conan vio, cuyos músculos
marcaban contornos que el cimmerio halló
atractivos al instante.
Kinna pareció notar el interés de Conan, y trató
de cubrirse mejor los miembros con la manta; sin
embargo, al hacerlo destapó una parte del torso, e
incluso algo de los turgentes pechos, y se los
volvió a cubrir presurosamente.
Conan sonrió.
—¿Qué haces paseándote a estas horas?
—He… he oído un sonido extraño en mi
ventana. Un sonido extraño.
—Estamos a tres pisos del suelo —dijo Conan
—. No parece probable que algo haya golpeado
tus postigos. Sin duda, se trataba del viento.
Kinna asintió, agitando el largo cabello negro.
—Ya lo había pensado. Una vez despierta, no
he podido volver a dormirme. Así que he venido
a… —Calló, y pareció sentirse avergonzada.
—¿A qué? —le preguntó Conan, con
curiosidad.
Kinna volvió los ojos hacia el dormitorio, se
puso colorada, pero no abrió la boca.
Conan siguió su mirada, y entonces
comprendió. Ah, las mujeres. Jamás había
comprendido cómo alguien podía avergonzarse
por una visita nocturna. Todos tenemos la misma
necesidad natural; ¿por qué tiene que
perturbarnos?
El silencio que se interponía entre ambos se
alargó, hasta causarles incomodidad. Conan no
creyó necesario llenar de palabras el silencio; con
todo, estaba despierto, y completamente lúcido.
Así que dijo:
—¿Ese ruido no ha despertado a tu hermana y
a Vitarius?
—No. Ella duerme el sueño de los inocentes, y
él, parece que esté practicando para el reposo
eterno.
—Ah. Como ya estoy levantado, ¿quieres que
busque el origen de ese ruido que has oído en la
ventana?
Conan vio repentino alivio en los ojos de la
joven, pero un destello de cinismo lo reemplazó al
instante.
—No. No te preocupes por nosotros. No
quiero retrasarte en tu viaje hacia Nemedia. —
Parecía molesta.
Conan se encogió de hombros.
—Como desees —y se volvió para entrar en el
cuarto.
—Aguarda —dijo Kinna, y le tocó en el
hombro con una mano.
El cimmerio sintió en la piel su calidez.
—Perdóname. Me comporto con grosería sin
que lo merezcas. Eldia me ha contado cómo la
salvaste aquí del asesino, y yo misma te he visto
interponerte entre el demonio y ella. No puedo
culparte por querer seguir con tu propia vida en
vez de arriesgarla por nuestro bien.
Conan la miró. Era una mujer muy atractiva; y
ella no le soltaba el brazo.
—Después de todo, sí querría que
inspeccionaras mi ventana —le dijo, sonriente—.
Y luego, quizá, también podríamos mirar los
postigos de… tu cuarto.
Por un instante, Conan no la entendió. Estuvo a
punto de replicarle que no les pasaba nada a sus
postigos. Entonces vio la sonrisa de Kinna, y lo
comprendió. Sonrió a su vez.
—Sí —dijo.
Conan pasó con cuidado por encima del
tendido cuerpo de Eldia, y sorteó el de Vitarais,
alumbrándose con la vela que sostenía Kinna.
Llegó hasta la ventana y examinó los cerrados
postigos. No vio nada raro. Se volvió hacia Kinna,
deseoso ya de llevarla a su cuarto.
—Cubre la llama —le ordenó con un susurro.
Entonces Conan abrió los postigos y contempló
la lluviosa noche.
Dos rayos centellearon en veloz sucesión;
iluminaron la penumbra y le dieron al bárbaro una
buena vista de los muros y tejados más bajos de
los alrededores. Dejando aparte la tormenta, la
noche parecía tranquila. Empezó a cerrar las
tablas de listones clavados.
Comenzaron a oírse ruidos por el mesón, como
si un grupo de muchachos hubiera arrojado piedras
contra una pared; Conan sintió golpes en las manos
y los brazos, y murmuró un breve juramento.
Sobresaltada, Kinna dijo:
—¿Qué…?
—Granizo —le respondió Conan—. Grande
como uvas.
El golpeteo se hizo más fuerte, y una súbita y
violenta ráfaga de viento y de hielo logró que el
desprevenido Conan soltara los postigos.
—¡Por los ojos de Bel!
El cimmerio se asomó y trató de agarrarlos, y
sufrió una salva de granizo por su preocupación.
Logró sujetar uno de los postigos, y estaba
intentándolo con el otro cuando el viento perdió
ímpetu y dejó de granizar. La lluvia aún caía en
pesado chaparrón, y se oyó un sonido, que pareció
más fuerte a causa del relativo silencio que había
sucedido al granizo. Al principio, Conan lo tomó
por un trueno, pero en seguida descartó aquella
posibilidad; el ruido no cesaba.
Kinna se acercó también a la ventana.
—¿Qué es eso?
Conan negó con la cabeza.
—No sé… —empezó a decir.
Entonces, el relámpago brilló de nuevo y
reveló el origen del estruendo; un tornado se
acercaba, serpenteaba por la ciudad, lo destruía
todo a su paso. El salvaje embudo parecía
dirigirse hacia el mesón.
Alguien se movió detrás de Conan. La voz de
Vitarius se hizo oír a pesar del viento y la lluvia.
—¿Qué estáis mirando ahí fuera?
Conan señaló con el dedo, sin decir palabra.
El relampagueo parecía haber cesado por unos
instantes, pero ya no era necesario; dentro del
tornado, las descargas eran casi continuas, y daban
a sus remolinos su propio fulgor amarillo azulado,
su luminiscencia espectral, horripilante, que en
nada se parecía a todo lo que Conan había visto
hasta entonces.
—Por Crom —dijo Conan en voz baja—, un
tornado.
Vitarius lo contempló también.
—Es eso, ciertamente, pero no se trata de un
fenómeno natural. Mira cómo se mueve en línea
recta; los tornados ordinarios no avanzan así. Lo
que tus ojos contemplan es obra de Sovartus. Ha
desatado el poder del Aire contra nosotros. El
Fuego no lo detendrá. ¡Debemos marcharnos,
porque, si no, seremos arrastrados con la tormenta!
Kinna corrió a despertar a Eldia, mientras
Vitarius liaba el fardo donde solía llevar los
instrumentos mágicos. Conan seguía contemplando
el tornado, que estaba avanzando como una flecha
hacia el mesón.
—Tenemos que encontrar un sótano, o una
cloaca —dijo Conan.
—De nada serviría ante esa tempestad —dijo
Vitarius, cargando a hombros con el fardo—. Nos
perseguiría bajo tierra, como si fuésemos topos.
Nuestra única esperanza es ponernos detrás del
torbellino; ni siquiera Sovartus, ni su control del
aire, pueden invertir fácilmente la dirección que
sigue una tormenta. Tendremos que ir rodeando ese
viento y pasar al otro lado antes de que el embudo
nos capture.
Los cuatro bajaron por las escaleras a oscuras
hasta la taberna del mesón. Un par de lámparas de
sebo goteantes arrojaban su luz a las húmedas
paredes, alumbrando lo suficiente para que Conan
viera la salida.
—Por aquí —ordenó.
En ese mismo instante, la puerta se abrió, y
media docena de hombres entraron en la taberna.
Todos iban armados con espada o daga larga;
algunos miembros de la ruda cuadrilla también
llevaban cuerdas. El que iba al frente se cubría
uno de los ojos con un parche, pero el otro ojo
estaba perfecto, porque el hombre se detuvo
bruscamente y señaló a Conan.
—El de ahí, mozos. Digo yo que ha bajado
para que no tengamos que subir. Los aceros
centellearon a la pálida luz de las lámparas cuando
los seis se separaron y avanzaron hacia Conan. El
cimmerio no se detuvo a pensar en la causa de
aquel nuevo peligro; desenvainó el sable sin más y
les hizo frente.
—¡Conan, no tenemos tiempo! —Vitarius
agitaba confusamente las manos en el aire.
El cimmerio sonrió sardónicamente, pero no
apartó los ojos de sus adversarios.
—Iré tan rápido como pueda.
Dos de los hombres bloquearon la salida; los
otros se separaron en un intento de rodear a Conan.
El bárbaro sonrió. Le gustaban las peleas como
aquella, con acero y músculos, no con magia.
Eligió una víctima, un hombre de rostro lobuno
que blandía espada corta. Conan no vaciló ni un
instante, sino que se arrojó sobre él con fiera
agilidad y, sosteniendo el sable con ambas manos,
trazó un arco hacia su cuerpo. El hombre de cara
de lobo alzó su arma, pero demasiado tarde; el
ataque de Conan le había abierto un surco en la
garganta, que le dejó al descubierto el occipucio.
Gorgoteó y cayó de espaldas.
Un segundo hombre atacó a Conan por detrás,
le asestó un mandoble por arriba que pudo partirle
el cuerpo por la mitad. Conan se volvió y paró, y
las dos hojas entrechocaron estrepitosamente; el
brazo de Conan no cedió, y su enemigo perdió el
equilibrio al retraerse del fallido mandoble. El
bárbaro avanzó con la punta del arma por delante,
y atravesó al atacante justo por debajo del
esternón. Levantó una pierna y, con la bota,
desclavó el cadáver. Se volvió para hacer frente a
otros dos atacantes que le acometían a la vez. Se
dispuso a saltar; más valía atacarlos antes de que
fueran capaces de coordinarse, pues sus oponentes
se contaban por el peligroso número de cuatro.
Entonces, el mesón retembló, como si lo
hubiera golpeado una mano gigantesca.
—¡Conan! ¡El tornado! —Era la voz de Kinna.
—¡Ahh, me han herido! —Uno de los hombres
que guardaban la puerta chilló con dolor, y atrajo
la atención de los dos que se disponían a atacar a
Conan.
El cimmerio también se volvió hacia allí, y vio
que Eldia estaba hostigándolo con su arma. La
niña se movía con cegadora rapidez, y su enemigo
solo blandía una daga larga, con la que trataba
infructuosamente de protegerse las piernas. Ante
los ojos de Conan, la muchacha se abalanzó y le
hizo un nuevo corte en la pierna.
—¡Mocosa! —gritaba el hombre, pero se
apartó de la puerta, y casi tropezó con su
compañero.
Conan vio que Vitarius estaba tratando de
formular algún tipo de conjuro, que murmuraba y
agitaba los brazos; no produjo ningún efecto
visible para el fornido cimmerio. Este se volvió
hacia los dos hombres que le estaban haciendo
frente y los atacó, trazando mortíferas figuras en el
aire con los afilados bordes de su espada.
Parche trató de dar vueltas en torno a Conan
sin ponerse a su alcance, pero el cimmerio lo
siguió, evitando al otro sicario, que estaba
demasiado gordo para moverse con rapidez. Este
gordo respiraba con dificultad, y trataba de
acometer con su espada el costado de Conan.
El mesón retembló una vez más, y al sonido
del viento y de la pelea se añadió el de las voces
que gritaban desde las escaleras. Aullando de
gozo, Conan saltó sobre el tuerto, espada en mano.
Loganaro contempló cómo se acercaba la
destrucción, con los pies paralizados por el
pasmo. Jamás había visto, en todos sus viajes, una
tormenta como aquella; parecía muy evidente que
su origen no era natural. Se le ocurrió fugazmente
quién había enviado el terrible torbellino, y por
qué, pero este pensamiento desapareció
rápidamente ante el miedo de morir aplastado bajo
una avalancha de escombros. Que los sicarios
cuidaran de su propia salvación; el bárbaro no era
tan importante como seguir viviendo durante un
rato. Loganaro se volvió, y huyó corriendo del
desastre que se aproximaba. Ya pensaría luego qué
decirle a Lemparius.
Djuvula estaba a punto de llegar a su casa
cuando vio el monstruoso viento creado por la
magia, que avanzaba por el laberinto de callejas
de Mornstadinos como un hurón que hubiera
buscado a una determinada rata. Su ojo oculto
descubrió al momento la verdadera naturaleza de
aquella tempestad, y tardó solo un segundo en
comprender también quién la había enviado. La
bruja se volvió y corrió a toda prisa hacia el
mesón, chapoteando en los charcos y empapándose
de lluvia. Si el torbellino siervo de Sovartus se
llevaba a la muchacha, Djuvula habría perdido una
oportunidad de acrecentar sus poderes. Aún más,
tenía que pensar en el bárbaro de valeroso
corazón. Por supuesto, este era menos importante;
Loganaro había encontrado otro candidato para
ella, pero, en opinión de la bruja, este último era
menos seguro. Un hombre capaz de cortarle la
mano a un demonio y sobrevivir tenía que salirse
de lo ordinario. Pero lo que más le interesaba era
la muchacha. Por la estela de destrucción
caminaba una figura gigantesca, invisible a los
ojos de los hombres. Era roja, y tenía una sola
mano. Andando, murmuraba para sí, y el estruendo
de su voz se mezclaba con el del trueno.
—Te equivocas, mago, si crees que podrás
dejarme sin venganza empleando otros medios
para tus malvados fines. ¡Ese hombre es mío!
Los muros del mesón Leche de Lobos
empezaron a gemir, como si hubieran presentido su
destrucción. La puerta de salida se abrió con
violencia, y estuvo a punto de soltarse de sus
herrumbrosos goznes de bronce; el cartel que
indicaba el nombre del establecimiento cayó al
suelo, y rodó, empujado por el viento, hasta dentro
de la posada. El lobo rampante había saltado por
fin; quedó reposando contra una mesa.
Conan había acorralado al tuerto en una
esquina, y este peleaba por seguir viviendo. Los
dos matones con dagas habían tenido que apartarse
de la puerta ante la pequeña pero mortífera espada
de Eldia, auxiliada por la daga de su hermana;
finalmente, Vitarius debía de haber conseguido
efectuar algún tipo de magia, porque el más obeso
de los sicarios empezó a chillar, al mismo tiempo
que refulgía con roja luz, y quedó flotando a un
palmo del suelo.
Vitarius gritó, y se hizo oír pese al potente
trueno originado por el torbellino que ya tenían
cerca.
—¡Conan! ¡Tenemos que irnos! ¡Ahora mismo!
El cimmerio no le respondió, sino que
arremetió contra el tuerto. Este logró pararle la
espada, pero, al hacerlo, dejó su propia cabeza al
descubierto. Conan cerró su enorme puño derecho
y le golpeó en la mandíbula. El hueso se quebró, y
el mismo golpe arrojó al hombre a un paso de allí,
contra la ya vibrante pared. El tuerto resbaló hasta
el suelo, inconsciente. Conan se volvió.
—¡Venga! ¡Todos fuera!
Vitarius le obedeció, y dejó al gordo flotando y
chillando. Eldia y Kinna se alejaron de los dos
sicarios armados con dagas, que no parecieron
interesados en perseguirlas cuando Conan corrió
hacia la puerta esgrimiendo su espada sucia de
sangre.
Una vez afuera, el viento azotó a los cuatro con
tal fuerza que, por un momento, no pudieron
avanzar. Solo Conan era capaz de hacer frente a
los vientos de tempestad, pero ni siquiera su gran
fuerza le bastaría para tirar del anciano y de las
dos hermanas en la tormenta.
Vitarius gesticulaba furiosamente, pero el
fragor no permitía que su voz se oyera. Conan
comprendió lo que quería: tenían que caminar
arrimados al edificio, apoyándose en este.
Los cuatro parecían moscas pegadas a la
pared, pero consiguieron avanzar hasta la esquina.
Conan les guio hasta el otro lado, sujetando a
Kinna por el brazo. Esta, a su vez, agarraba a su
hermana, que iba aferrando la huesuda muñeca de
Vitarius. El viento arrastró por la calle a la cadena
humana, como si se hubiera tratado de otras tantas
hojas. Corrieron tan rápido, que Conan estuvo a
punto de perder el equilibrio. Entonces recordó,
sin embargo, lo que le había dicho Vitarius: tenían
que rodear el tornado y ponerse detrás de este.
Tras caminar un pequeño trecho por la calle,
Conan se agachó, al abrigo de un templo, y
arrastró consigo a los otros tres. Aguardó el
tiempo necesario para que todos recobraran el
aliento.
Un trozo de pared cayó a la calle; se había
desprendido de un edificio. Conan señaló con la
mano y gritó:
—¡Por allí!
Corrieron, y tuvieron que sacar fuerzas de
flaqueza al abandonar la protección de los
edificios, arrojándose contra el viento.
Más atrás, el huracán cambió de dirección, de
tal modo que solo sus bordes alcanzaron el mesón
Leche de Lobos. Conan se volvió para contemplar
el salvaje monstruo negro, que todavía reflejaba su
propia y fantasmagórica luz. Vio cómo los cuerpos
de los sicarios volaban por los aires, y daban
vueltas en la garganta del tornado. Primero uno
que él ya había matado; luego, el más gordo. No
vio a Parche. Sí vio, en cambio, que la tempestad
trataba de perseguirles, y redobló sus esfuerzos.
Con todo, Conan no sentía verdadero miedo; le
empujaba, más bien, el desafío que suponía
aquella tormenta. ¡Por Crom, no podía existir
ningún torbellino más ágil que un cimmerio!
El viento trató de cambiar de dirección, pero
las nubes de las que salía su cono succionador no
podían virar tan fácilmente. La tormenta giraba
hacia ellos, pero con lentitud. Cuando juzgó que ya
se hallaban suficientemente lejos, Conan se volvió
de nuevo, y se acercó más al viento. Los
escombros le golpearon, pero él retenía con fuerza
a la mujer que le seguía, y hundía las botas en los
revueltos lodos del suelo. En un momento dado,
Vitarius resbaló; tan fuerte era el viento, que por
unos instantes flotó como una bandera, agarrado al
brazo tirante de Eldia. Por fortuna para él, la niña
lo sujetó con fuerza, porque, si no, habría salido
volando.
El tornado arreció, destrozó las casas, establos
y templos, desmenuzó tablones como si hubieran
estado hechos de paja y arrastró sus astillas como
lanzas, para traspasar a quienquiera que
encontrara. Enfrente de él, un palo de madera se
clavó en un grueso poste de valla, como si el palo
hubiera sido hierro y el poste mantequilla. El
torbellino parecía alargarse, parecía que tratara de
alcanzar a su presa, e iba apartando los obstáculos
con la misma facilidad con que un hombre aparta
las migas de una mesa. Una fuerza tal parecía
imparable; ciertamente, nada de lo creado por el
hombre habría podido resistírsele. Al cabo de un
tiempo que pareció el de varias vidas, el cimmerio
bordeó el demonio de viento; y varias vidas más
tarde, lo dejó atrás… a sus espaldas.
El tornado pareció detenerse; trató de volver
sobre sus huellas. Conan contuvo el aliento y lo
observó. Al cabo de un momento, de un largo
momento, el embudo volvió a moverse, alejándose
del joven cimmerio y de los demás.
La tormenta había sido derrotada. Al cabo de
un momento, las arremolinadas nubes del cielo
recogieron su irresistible cola de destrucción, y el
torbellino se amansó. Desapareció.
8
Conan fue el primero en ver al demonio. El
viento se fue apaciguando lentamente después de
que las nubes succionaran hacia el cielo el cono
giratorio; el tornado ya no existía, pero la lluvia y
los vientos ordinarios de la tempestad
permanecieron. El cimmerio guio a Vitarius, Eldia
y Kinna por el camino que había dejado abierto la
bestia-viento, un camino que parecía un sendero
abierto en el bosque. Mientras seguía el rastro del
torbellino, el demonio rojo vio a Conan al mismo
tiempo que este lo veía a él. A pesar de la atroz
lluvia, el cimmerio vio que el rostro del demonio
se retorcía de odio. Desenvainó la espada, pues el
monstruo se había vuelto y corría hacia él.
—¡Vitarius! —Era la voz de Eldia, que señaló
al monstruo que se acercaba.
El anciano mago se volvió y contempló la
escena. Al instante, le puso la mano sobre la
cabeza a la niña; alzó la otra, y señaló al monstruo
que velozmente se acercaba.
El demonio se detuvo bruscamente a veinte
pasos de ellos.
—No —dijo con fuerza—. No me vuelvas a
fustigar con tu lengua de Fuego.
Vitarius vaciló. Miró a Conan.
El cimmerio negó con la cabeza.
—No —dijo—. Creo que va a hablar. Deja
que lo haga.
El demonio se incorporó en toda su
impresionante estatura.
—Te voy a decir mi nombre —dijo—.
Perteneces al Blanco, y no podrías usar mi nombre
contra mí aunque no estuviera ya esclavizado por
otro. Me llamo Djavul.
Conan no bajó el arma en lo más mínimo.
—¿Y a nosotros qué nos importa eso,
demonio? —Reguerillos de agua de lluvia le
resbalaban por el acero hasta las manos.
—Me veo constreñido a luchar con vosotros,
avispa, pero, aunque no fuera así, tu vida está
igualmente perdida. Tienes que pagar por esto. —
Djavul levantó el brazo y tendió el muñón hacia
Conan—. Puesto que, al herirme así, has osado
hacer lo que ningún otro hombre había hecho hasta
ahora, te diré el nombre del que quiere mandarte a
la tierra de los muertos. Ah, pero cuan lentamente
bajarás hasta allí, avispa.
Vitarius alzó la mano y apuntó al demonio,
pero Conan movió negativamente la cabeza.
—No, mago, te lo digo una vez más. Yo ya
tengo mi arma; no necesito de tu protección.
Déjale que se acerque. —El joven gigante se
aprestó, plantó las piernas a horcajadas para
sostenerse con mejor equilibrio, y aferró con
mayor fuerza el puño forrado en húmedo cuero de
su sable—. Ya te he aguijoneado en una ocasión,
Djavul del Infierno; ven, lo haré una vez más. —El
bárbaro se limpió la lluvia de los ojos.
Djavul miró a Conan, y luego a Vitarius y a
Eldia, y una vez más al cimmerio.
—Eso no lo creo, avispa.
—El mago no intervendrá —dijo Conan,
avanzando una pulgada. El barro chapoteó bajo sus
botas.
Djavul rio.
—Más de uno de los hijos de la noche ha
caído en la necedad por escuchar las palabras de
los hombres. Este no es el momento ni el lugar.
Pero nos veremos de nuevo, avispa. —Djavul
volvió hacia Vitarius sus ojos rojos—. Y tú
también me verás, mago blanco.
Abruptamente, se oyó un estallido que rivalizó
con los truenos de la tempestad, y Djavul
desapareció.
Mientras la lluvia seguía cayendo sobre ellos,
Conan se volvió y miró gravemente a Vitarius.
—Parece que me he ganado un enemigo
propio.
—La culpa es mía —dijo el anciano.
—Parece que te has ganado más de un
enemigo, Conan.
Esto lo había dicho Kinna, que le contemplaba
desde el mismo sitio donde Djavul había
desaparecido.
El cimmerio se volvió hacia ella.
—¿Cómo es eso?
—Lo digo por esos hombres que nos atacaron
al salir del mesón. Venían a buscarte a ti, no a
nosotros. ¿Recuerdas lo que dijo el del parche?
Conan hizo un esfuerzo por recordar: El de
ahí, mozos. Digo yo que ha bajado para que no
tengamos que subir. Kinna tenía razón. Pero ¿por
qué habían ido a buscarle? No tenía enemigos en
aquella ciudad, salvo el engendro del infierno,
Djavul. El diablo quería su pellejo, sin duda
alguna, pero no parecía probable que le hubiese
mandado sicarios humanos. Entonces, ¿quién los
había enviado? Aquello era un enigma, un
misterio, y a Conan no le gustaban tales cosas.
—Tal vez nos convendría guarecernos de la
lluvia —dijo Vitarius—. Aclararemos igualmente
estas cuestiones estando secos.
—Sí —dijo Conan, pero su inquietud no se
apaciguó.
Djuvula contempló la furia que sentía su
hermano ante el apuesto espadachín, y sonrió. Ah,
sí, aquel debía de ser el que buscaba. Miró
cariñosamente al bárbaro, pese a la lluvia y las
tinieblas. Qué músculos voluminosos y lisos, qué
maravillosa cólera había ardido en sus brillantes
ojos azules al hacer frente a Djavul, solo con una
espada. Su corazón movería al Príncipe como
ningún otro habría podido hacerlo. Sí.
Djavul se desvaneció y regresó a la Gehanna.
Djuvula volvió a cobijarse entre las pacas de heno
empapadas, apiladas hasta la altura de la cabeza.
No le convenía que ellos la vieran todavía. Por un
momento, el ánimo de Djuvula guerreó consigo
mismo: ¡Había tanto por ganar! Allí estaba la
muchacha, la esencia del Fuego: este brillaba en
ella como el faro que se enciende para guiar los
barcos entre las brumas… así lo veía, por lo
menos, la persona capaz de ver tales cosas, como
por ejemplo una poderosa bruja. ¡Y el bárbaro de
hermoso cuerpo, ah, cómo le deseaba!
Se le ensanchó la sonrisa. Tal vez debiera
permitirle a aquel hombre lo mismo que a otros
hombres, antes de extraerle el potente corazón.
¿Quién sabía? Las energías vitales del bárbaro
debían de sobrepasar los límites ordinarios.
Podía… aprovecharse de él durante un tiempo
antes de dar vida a su Príncipe. Ciertamente,
parecía capaz…
Djuvula sacudió la cabeza, como para expulsar
sus fantasías. Tenía que pensar primero en la
chica. Entonces, rio suavemente para sí. ¿Por qué
no matar dos pájaros de una pedrada? Si actuaba
con cautela, podría apoderarse a la vez de la niña
y del hombre. No sería fácil; el Mago Blanco ya le
había demostrado anteriormente su poder a Djavul,
y la bruja había descubierto el miedo en los ojos
de su hermano cuando este hacía frente de nuevo al
anciano. No, tendría que obrar con cuidado,
empleando la astucia en vez de la fuerza. Mientras
pensaba en esto, Djuvula comenzó a trazar un plan.
Sí, un plan que le permitiría emplear sus muy
especiales talentos… El senador Lemparius se
despojó de las ropas húmedas y entró directamente
en el baño caliente que siempre mantenía a la
misma temperatura, aguardando para su placer. Al
hundirse en las aguas, los cálidos vapores se
arremolinaron en torno a su cabeza, y le llenaron
la nariz del aroma a menta picada. Ah…
Uno de los guardias entró en la sala, e hizo una
reverencia.
—Mi señor senador —dijo el hombre—, una
terrible tormenta ha producido grandes daños en la
ciudad, y ha matado a docenas de ciudadanos.
Lemparius se encogió de hombros,
resguardado en aquel seno de bendita calidez.
—¿Y qué? Lo hecho, hecho está; ¿por qué
interrumpes mi baño con estas cosas?
El guardia no pareció alterarse por la falta de
interés del senador.
—El hombre que ha traído estas noticias
aguarda fuera, y quiere hablar con vos acerca de
algo relacionado con este desastre.
—Dile que se vaya.
Lemparius alzó lánguidamente la mano para
indicarle lo propio con un gesto; el vapor se
desprendió de su piel en el aire más frío de la
cámara de baño.
—Como queráis, mi señor. De todos modos, el
visitante querría que os hiciese saber su nombre.
Dice llamarse Loganaro.
El senador Lemparius sonrió.
—Ah, esa es una bestia de otro pelaje. Hazlo
pasar.
Al salir el guardia, Lemparius se dejó hundir
aún más en las aguas perfumadas, hasta tener la
nariz sumergida casi por completo. Qué lástima
que los gatos odiaran el agua.
Loganaro entró en la estancia. Estaba cubierto
de fango y empapado, y en su rostro se reflejaba
una mezcla de miedo y de astucia de rata.
El senador se incorporó levemente, y vació la
boca.
—¿Adónde has llevado a mi bárbaro? ¿Ya lo
has capturado?
—Honorable Senador, ha surgido una
complicación…
—¿Una complicación? ¡No me vengas con
esas! Para los que están a mi servicio, las
complicaciones suelen terminar en la más
definitiva simplificación, ¿entiendes lo que te
digo?
El hombre más gordo tragó saliva. El agua
todavía le goteaba del cabello cano.
—¡Yo… yo no podía prever esto, señor! Se
alzó una tormenta en el mismo momento en que mis
esbirros capturaban al bárbaro. ¡El mesón dónde
se hallaban ha quedado demolido, aplastado, sus
restos desparramados; no se podía hacer nada!
Lemparius se sentó dentro del baño y señaló a
su agente con una afilada uña.
—Espero que no me estés diciendo que mi
presa murió en la tempestad.
—N-no, Honorable Senador. Mis… hombres
sí; de algún modo, el cimmerio y sus amigos
escaparon.
—Entonces ¿dónde están?
—Mi agente los está siguiendo; me informará
en cuanto se detengan en algún sitio.
Lemparius se relajó, y se dejó hundir en la
gran bañera.
—Entonces no veo en ello complicación
alguna. Solo un retraso. En cuanto ese hombre pare
en algún sitio, tú simplemente lo… capturarás,
¿eh? Preocúpate tan solo de que ese cimmerio
quede siempre a tu alcance, Loganaro mío. Si no lo
haces, sufrirás esa simplificación de que te he
hablado. Pasarás a un estado mucho más simple
que el actual, en el que, por ejemplo, vives y
respiras.
Loganaro tragó saliva y asintió, y su rostro
húmedo y pálido palideció todavía más.
Cuando el agente hubo salido, Lemparius
sonrió. Tomó aliento y se sumergió durante el
tiempo necesario para que el agua cálida le
acariciara los ojos cerrados y le empapase el
cabello. Al salir a respirar, aún sonreía.
En el Castillo Slott, resonaban los chillidos
del dueño.
—¡Que os maldigan a todos! ¡Por los fuegos
eternos, quiero que sea capturada!
Los tres niños que estaban encadenados a la
fría pared se encogieron, como si hubieran querido
fundirse con la piedra para escapar de la ira de
Sovartus.
Este los miró con una mueca de odio, y muy
especialmente a Luft, el muchacho del Aire.
—Te resistes a mí de algún modo —dijo el
mago—. Si no, el viento habría capturado a mi
presa y me la habría traído. No temas, voy a
acordarme de esta.
Entonces, Sovartus se marchó enfurecido; la
mente le hervía de planes para la consecución de
sus metas. En su camino, iba murmurando para sí.
—¿Dónde reposa mi demonio? ¡Aunque no
pueda apoderarse de la muchacha, sí podrá
encontrarla y mantenerla vigilada! ¿Y qué he
hecho de mi esfera de conjuros? ¡Ah, ojalá los de
Negra Alma se los lleven a todos! La casa era un
cobertizo destinado al almacenaje de carne seca y
de pescado, donde apenas si tenían lugar para
ponerse; sin embargo, el sólido techo la mantenía
seca. Cuando se hubieron agolpado en un espacio
libre que quedaba entre los estantes de filetes de
pescado ahumados, Conan miró con ira a Vitarius.
El anciano habló.
—Yo no sé quién envió a los asesinos, si es
que querían asesinarte. A juzgar por las cuerdas
que llevaban, sospecho que esos infortunados
querían llevarte preso.
Conan sacudió la cabeza, apartándose del
rostro los húmedos cabellos negros.
—Eso no tiene ningún sentido —dijo—. Nadie
me conoce en esta región; nadie tiene razón alguna
para capturarme.
—¿Y si se trata de un viejo enemigo? —dijo
Kinna, que estaba tratando de encender un cabo de
vela con eslabón y pedernal.
Las centellas brillaron en el cobertizo, y
cayeron como estrellas fugaces.
—La mayoría de mis enemigos están muertos
—dijo Conan—. Y ninguno de los que viven se
habría molestado en hacerme capturar en un lugar
tan alejado de donde gané su enemistad.
Una de las centellas tocó la grasienta mecha de
la vela, por un momento pareció que la encendiera,
pero luego se apagó. Conan creyó que la muchacha
había soltado una maldición, pero hablaba en voz
tan baja que sus oídos no podían entenderla.
Como ausente, Eldia levantó el dedo y señaló
a la vela. El cabo de mecha y cera se encendió
como por voluntad propia, y arrojó sombras a las
paredes y al techo del cobertizo.
—Así —dijo Kinna, volviéndose hacia Conan
—, ¿qué vas a hacer ahora?
El cimmerio sopesó las alternativas. Los
practicantes de las artes mágicas seguían sin
gustarle, fuera magia blanca, negra o de algún otro
color; le convenía abandonar rápidamente aquella
ciudad. Quería marcharse a Numalia, y de nada le
serviría quedarse allí luchando con demonios y
magos, por no hablar del desconocido patrón de
los sicarios que habían hallado su destino en el
viento y en la espada.
Por otra parte, Conan sentía en su interior una
terca tozudez, un sentimiento de rabia ante las
amenazas. No importaba que aquel demonio del
infierno tuviera motivos para encolerizarse, ni que
el patrón de los sicarios pudiese tener razones
similares… de sus esbirros ya solo quedaban
cadáveres desparramados. Conan había ido por
sus propios asuntos, y lo habían provocado; tal
provocación no merecía otra respuesta. Sin duda,
un hombre prudente habría interpretado tales
ataques como una señal de sus dioses protectores
para que se marchara a buen ritmo a otro lugar. Sin
embargo, los cimmerios no eran siempre
prudentes. La furia de Conan ante los que le habían
causado aquellos problemas era grande; quienes
tenían a Crom por dios no podían mostrarse
apocados. Crom era un dios severo, que ofrecía
poco a sus seguidores; era salvaje, sombrío, y
administraba muerte; aún más, Crom odiaba por
encima de todo a los débiles y cobardes. Crom
dispensaba coraje y voluntad al hombre en su
primer aliento de vida, después de abandonar el
útero materno. El hombre que huía de un peligro,
por grande que este fuera, no honraba a Crom.
Conan contempló al trío que se había apiñado
en torno a la luz de la única vela. Ciertamente,
estaba decidido a ir a Nemedia, y no le gustaban
los magos, pero no quería dejar asuntos pendientes
en Mornstadinos.
Los demás aguardaron a que Conan hablara.
Finalmente, habló.
—Como parece que vamos a ser aliados por
un tiempo —dijo el cimmerio, casi con un gruñido.
Aquello le gustaba bien poco, pero no podía
cambiar nada. Miraba especialmente a Vitarius—,
confío en que tengas algún plan para derrotar a
nuestro enemigo común.
El anciano mago sonrió.
—En cierto modo lo tengo, Conan. En cierto
modo.
9
Loganaro tenía que hacer frente a un gran
problema: ¿Dónde se hallaba el bárbaro? No le
importaba una pizca el haberle mentido a
Lemparius; efectivamente, había visto cómo
Conan escapaba del mesón derruido, mientras él
mismo huía. Por desgracia, ningún agente suyo
había seguido al cimmerio en la tempestad.
Mentiras como aquella eran precauciones
elementales que Loganaro se había acostumbrado a
emplear desde hacía tiempo en el trato con los
poderosos. Conan había logrado escapar y aún
vivía; en consecuencia, acabaría por localizarlo.
Pero, si Lemparius sospechaba que Loganaro
había perdido la pista del bárbaro, los eventos
podían tomar un decidido giro hacia la…
simplificación, un término cuyo significado no le
planteaba dudas a Loganaro.
El hombrecillo corrió por la tierra húmeda de
la primera mañana, que empezaba a secarse bajo
los rayos del primer sol. La tormenta había
transformado calles enteras y callejones; Loganaro
buscó el camino hacia lo que había sido el mesón
Leche de Lobos.
Aunque el torbellino se había abstenido de
golpear la posada con su pleno poder, nada
quedaba que lo atestiguara. Las vigas de madera
yacían esparcidas; seguía en pie una única pared,
que se erguía a un lado del montón de escombros.
Loganaro se sintió atraído hacia ella, aun cuando
al mismo tiempo se preguntase por qué había
vuelto a aquel sitio. Disponía de una red de
informantes superior a la de cualquier otro agente
libre de Mornstadinos; tendría que haber mandado
algunos mensajeros que dieran noticia del bárbaro,
que pusieran a sus espías a buscarlo. Sin embargo,
por algún motivo, había ido hasta allí en persona.
Unos pocos hombres y mujeres aturdidos
vagabundeaban por entre las ruinas, buscando
sobrevivientes y, tal vez, posesiones perdidas.
Loganaro los observó por unos breves instantes, y
llegó a la conclusión de que él mismo estaba
perdiendo el tiempo. Se volvió para marcharse.
Los escombros gimieron. O más bien gimió
alguien que se encontraba bajo los escombros. Con
ligera curiosidad, Loganaro se acercó al origen del
sonido. Al pasar por el lado de una mesa volcada,
el agente libre vio una mano que arañaba y
escarbaba en los restos de lo que había sido una
pared.
Aunque Loganaro raramente obraba sin tener
en cuenta su propio provecho, esta vez lo hizo. Se
agachó y tiró del mueble que tenía atrapado al
propietario de aquella mano. Al poco, el rostro del
hombre que había quedado atrapado bajo los
escombros quedó a la vista: era Parche, uno de los
sicarios de Loganaro. Este lo ayudó a liberarse, y
se fijó en que el zamorio no parecía haber sufrido
ningún daño, aparte de la mandíbula hinchada.
—¿Qué es lo ocurrido? —murmuró Parche,
dolorido.
—¿No lo sabes?
—No recuerdo, salvo a ese gigante. Desde
luego que enemigo formidable lo es. ¿Qué hay de
los demás?
—Un tornado acabó con ellos. También ha
sido la causa de esto. —Loganaro señaló la
posada en ruinas con uno de sus rechonchos
brazos.
—¿El torbellino acabó así con el bárbaro?
—No. Ha escapado con sus amigos.
Parche asintió, y se frotó suavemente la
mandíbula hinchada.
—Entonces, buscas en esto mismo al gigante.
—No era una pregunta.
—Sí. Y he subido la recompensa. —Loganaro
no había pensado en ello antes de decirlo, pero
tampoco tenía ningún interés en morir. Había
acumulado gran cantidad de riquezas mal
adquiridas, y en aquella aventura ya no tenía tan en
cuenta su propio provecho como el miedo a
reunirse prematuramente con sus ancestros—.
Treinta monedas de oro.
Parche asintió, y se encogió.
—Sí, buena suma, pero quien la quiera se la
ganará. El gigante mató a dos, quizá tres de míos
antes de tumbarme. El torbellino levantó a más
muertos que vivos. El que buscáis me debe algo.
—Lo quiero vivo —dijo Loganaro—. Hay que
capturarlo vivo.
—Sí, vivo, pero magullado quizás.
Loganaro asintió. Se decía que Parche era uno
de los mejores de Mornstadinos en cualquier tipo
de trabajo; en nada le perjudicaría el tomarse un
interés personal en capturar a Conan.
—Tráemelo antes de que pasen dos días y
habrá un suplemento de cincuenta solones para ti
solo —dijo Loganaro.
Parche trató de sonreír, y parece que desistió
de hacerlo, pues al instante tuvo que cubrirse la
hinchada mandíbula con la mano.
—Sí, patrón, yo te traigo a tu bárbaro. Vivo.
—Como parece que hay otros que nos buscan,
aparte de Sovartus y de su demoníaco esclavo, nos
convendría ocultarnos la mayor parte de tiempo
posible hasta que podamos poner en práctica el
plan —dijo Vitarius.
Conan se acercó a un estante de pescado seco
y masticó un pedazo de filete sin ningún
entusiasmo. Estaba salado y seco; habría querido
tener algo de vino que le ayudara a tragarlo. Pensó
que lo mismo habría podido desear un palacete en
Shadizar. Dijo en voz alta:
—Creo que tu plan tiene defectos, anciano.
Kinna tomó un tajo de pescado seco de la
punta del arma de su hermana y lo contempló con
cierta prevención. Dijo:
—¿Qué defectos?
—Nuestro maestro hechicero sugiere que nos
vayamos de la ciudad cuanto antes, a caballo y con
buenos suministros, y vayamos a tirarle de las
barbas al león en su cubil. A mí me gustan los
asaltos directos, pero me pregunto de dónde
sacaremos el dinero para financiar ese viaje.
¿Tenemos oro o plata de los que yo no esté al
corriente?
Conan fue mirando al rostro a los otros tres, y
vio cómo, en respuesta, negaban con la cabeza y
enarcaban las cejas.
—Ya me parecía que no. Entonces, ¿cómo
propones que obtengamos buenos caballos, sillas
de montar y las provisiones necesarias? ¿Vas a
crear todo eso con tu magia?
—Ay —dijo Vitarius—, por desgracia, no. Los
hechizos blancos no suelen procurar ganancias
materiales a su autor.
—Qué lástima. Tener que tratar con la magia, y
ni siquiera poder obtener algún beneficio. —
Conan enseñó los dientes y se los limpió con la
punta de la espada, quitándose trocitos de carne—.
Creo que hemos topado con un problema que cae
dentro de mi área de conocimientos.
Eldia ensartó un tajo de pescado seco con la
espada, lo arrojó al aire y lo atrapó con los
dientes. Masticó de buena gana, disfrutando
visiblemente del bocado.
—¿Qué quieres decir, Conan?
Sin responderle, el cimmerio abrió la puerta
del cobertizo, que ya se estaba secando, y permitió
que la luz del sol entrara en la lóbrega habitación.
El sol brillaba con fuerza en el cielo despejado, de
gélido color azul. Entonces, se volvió hacia los
otros tres.
—Decidme, ¿quiénes son los dos o tres
hombres más ricos de la ciudad?
Vitarius se rascó la mejilla, pensativo.
—Bueno, Tonore, el mercader de alfombras,
sería uno de ellos; otro podría ser Stephanos de
Punt, el terrateniente, o Lemparius el Azote, me
imagino. ¿Por qué?
Conan ignoró la pregunta, y le interrogó de
nuevo.
—¿En qué consiste la riqueza de esos
hombres? ¿Oro? ¿Joyas?
—El dinero de Tonore se encuentra sobre todo
en sus mercancías. Posee una colección de
alfombras provenientes de lugares tan alejados
como Iranistán y Zembabwei. También colecciona
obras de arte, principalmente estatuas y pinturas.
Stephanos es terrateniente, y diría que la mayor
parte de sus riquezas se hallan en sus posadas,
burdeles y propiedades semejantes. Sin duda, han
resultado mermadas tras esa demoníaca tormenta
de anoche.
—¿Qué me cuentas de Lemparius el Azote? Y,
¿qué significa ese título?
—Es la Verga Central del Flagelo del Senado,
y el más poderoso de todos los senadores. En las
ciudades-estado de Corinthia hay algunos reyes,
pero en Mornstadinos el pueblo es gobernado por
un Senado. Muchos de los senadores son ricos, y
Lemparius debe de ser el que más.
—¿Y en qué consiste su riqueza?
—Según tengo entendido, posee un palacio
muy opulento. Y es aficionado a los artefactos
mágicos y mecánicos, en los que se gasta no poco
dinero; con todo, creo que todavía conserva
bastantes sacos de oro y plata en su casa.
La sonrisa de Conan se ensanchó.
—Ah, bien.
Kinna escupió una espina de pescado al sucio
suelo.
—Pero… ¿por qué te interesa todo esto,
Conan?
El cimmerio se volvió hacia la joven,
cautivado de nuevo por su belleza, aunque se
hallaran en un lugar desagradable.
—Porque necesitamos caballos y provisiones,
Kinna, y no podemos permitirnos el tiempo ni los
esfuerzos necesarios para ganárnoslos
honestamente.
Eldia le comprendió más rápidamente que su
hermana. Le dijo:
—¿Quieres decir que vamos a…
—… desvalijar al senador? —dijo Conan para
terminar la frase—. Sí, Niña de Fuego, eso es lo
que vamos a hacer.
Uno de los típicos componentes del arsenal de
una bruja era un simple hechizo capaz de crear un
hilo mágico e invisible de gran longitud y
resistencia. Tras ver que el apuesto bárbaro y sus
amigos entraban en el desvencijado cobertizo,
Djuvula creó un hilo de ese tipo. Moviéndose con
todo su sigilo, lo tendió de un extremo a otro de la
puerta, y lo fijó sin mucha firmeza a ambos lados
del dintel. Cuando salieran del cobertizo, el hilo
se enredaría en uno o en varios de ellos, y los
seguiría adondequiera que fuesen. La autora del
hechizo solo tendría que seguir el hilo de luz, un
hilo invisible para quienes no tuvieran visión
mágica. Cabía la posibilidad de que el anciano
mago lo descubriese, pero no le parecía probable
que esto ocurriera: el encantamiento era tan simple
e inofensivo que normalmente solo lo advertía
quien ya lo estuviera buscando.
Una vez hubo arrojado el hechizo, Djuvula
regresó a toda prisa a su mansión. Para la magia
que planeaba, no le bastaría con los simples
ingredientes que solía llevar sobre su persona.
Cuando el conjuro estuviese terminado, Djuvula
podría volver allí y aguardar la oportunidad de
encontrar solo al apuesto bárbaro. Entonces, sería
él quien le entregara la niña a Djuvula. La bruja
sonrió pensando en ello.
El hechizo entrañaba algunos riesgos —habría
que alejar de algún modo a la mujer que estaba
con el bárbaro—, pero eran pequeños en
comparación con las posibles ganancias.
Ya en su gabinete mágico, Djuvula se despojó
con rapidez de sus vestidos, y quedó desnuda
delante del espejo de proyección. Los más de sus
hechizos mayores le exigían la desnudez, pero
hacía tiempo que Djuvula no se sentía molesta por
ello. De hecho, le gustaba la caricia del aire en su
cuerpo desnudo; era una parte sensual de la
brujería, que la complacía mucho más que
cualquier vestido que los hombres pudieran tejer.
Vitarius conocía otra posada a cierta distancia
de allí; guio a Conan y a las dos hermanas desde el
cobertizo hasta aquel sitio. Al salir del almacén de
carne y pescado secos, Conan creyó sentir una
hebra de telaraña que se le enredaba en el brazo.
Trató de quitársela pero no vio nada, y al cabo de
poco la olvidó.
Aun en medio del desastre, las gentes se
reunían y se afanaban en reparar los destrozos. Ya
había parejas de caballos y bueyes aplicadas a la
faena; arrastraban los escombros fuera de los
pasajes, y se llevaban las maderas caídas y los
ladrillos de adobe de las callejas. En su camino,
los cuatro se encontraron con un nuevo desastre.
Siete u ocho hombres se habían atado con cuerdas
a una viga de techo caída, tan gruesa como un
hombre obeso; la viga se sostenía precariamente,
apoyada en una pared medio derruida. Conan
pensó que los hombres solo querían dejar el
madero en el suelo, para luego poder derribar el
trozo de pared que quedaba. Veía bien claro que
eran inexpertos en la labor; dos de ellos, por lo
menos, se habían puesto debajo de la pesada viga.
Si caía…
Mientras miraba, la viga perdió todo sostén y
cayó estrepitosamente. Uno de los hombres se
apartó de un salto, con gran agilidad, pero el otro
no fue lo bastante veloz. La viga lo atrapó contra
el suelo, igual que un hombre calzado con
sandalias atrapa una serpiente. Chilló cuando el
madero le hundió ambas piernas en la mugre. Los
hombres que quedaban trataron de inmediato de
levantar la viga, y maldijeron al darse cuenta de
que no tenían fuerzas suficientes. Parecía que no
hubiese esperanza. Conan se adelantó sin pensar.
Se movió con tanta rapidez, que los hombres que
sujetaban la viga retrocedieron, como temiendo un
ataque.
El cimmerio los ignoró. Agarró uno de los
extremos de la viga con sus grandes brazos, y se
agachó, de tal modo que el madero le quedó a la
altura del pecho. Separó un poco los pies y trató
de levantarse. Los músculos de los muslos se
marcaron en su piel como un manojo de gruesas
cuerdas; la recia carne de sus brazos desnudos se
contorsionó, como si pequeños animales le
hubieran corrido bajo el pellejo. La viga no se
movió.
Conan agarró mejor el madero, respiró hondo,
y profirió un grito inarticulado, gutural, que les
erizó el cabello de la nuca a varios de los
espectadores. Con un impulso que hizo vibrar a
sus tendones duros como la roca, el joven gigante
se levantó, con la espalda rígida y las piernas a
horcajadas. Por unos momentos, sostuvo sin
moverse la enorme viga, y sus grandes venas se le
dibujaron sobre la piel como pequeñas serpientes.
Entonces, haciendo fuerza con las caderas, el
bárbaro alejó de sí el madero. La pesada viga
cayó estrepitosamente al lado de los pies del
hombre que había estado atrapado. Conan sintió un
estremecimiento por todo el cuerpo, y sacudió los
hombros.
—Tendréis que ir con más cuidado —dijo—.
Puede que no vuelva a pasar por aquí. —Se
volvió, y regresó con sus amigos, que tenían la
mirada fija en él.
Kinna fue la primera en hablar.
—¡Por Mitra! ¡Es imposible que exista un
hombre tan fuerte!
Conan sonrió.
—¿Por qué? ¿Por haber levantado esa ramilla?
¿Es que no hay hombres en tu país?
Kinna habló con voz suave, y llena de
admiración.
—No como tú.
La sonrisa de Conan se ensanchó; el bárbaro
estaba satisfecho consigo mismo. Estas eran las
tareas de un hombre, las que requerían reflejos
rápidos y fuerza… e impresionaban a mujeres y
hombres por igual.
Entonces, el cimmerio sintió un levísimo roce
en la pierna, allí donde el calzón de cuero se metía
bajo la bota, pero, al mirar, no vio nada.
El mesón del Gato Humeante parecía haber
sido construido con los mismos planos que el
Leche de Lobos. Los mismos bancos, las mismas
mesas, e incluso los mismos camareros. Sin
embargo, no hallaron mucha gente, probablemente
porque afuera había mucho trabajo por hacer.
Conan y los demás encontraron fácilmente una
mesa, y pidieron vino y desayuno.
—Podemos gastarnos todo lo que tenemos —
dijo el cimmerio—, porque dentro de poco
tendremos mucho más.
—Robarle a un hombre rico puede ser muy
peligroso —dijo Eldia.
Conan sonrió a la niña.
—Sí. Pero yo tengo alguna… experiencia en
estos menesteres.
—Un muro elevado circunda la propiedad de
Lemparius —dijo Vitarius.
—Aún no se ha construido ningún muro por el
que un cimmerio no pueda trepar —dijo Conan.
Apuró una copa de vino de un solo trago.
Kinna le miraba con la curiosidad en los ojos.
Finalmente, habló.
—¿Cómo es que eres tan fuerte y hábil, Conan?
Él se encogió de hombros.
—Cimmeria es una tierra rocosa; a menudo,
las rocas se hallan en lugares donde le impiden el
paso al hombre. Hay que moverlas; algunas son
pesadas. Y en cuanto a mis habilidades… bueno,
cada uno aprende lo que necesita para sobrevivir.
—¿Cómo vamos a acometer esta… ah…
liberación de propiedades? —dijo Vitarius.
—Vosotros no haréis nada, mago; dejádmelo
todo a mí. Trabajo mejor cuando estoy solo. Hoy
iréis a buscar las provisiones; por la mañana,
vendré con riquezas suficientes para pagarlas. Así
de sencillo.
Conan se acercó a los labios otra copa de
vino, y sonrió de nuevo. Esto le gustaba más, y era
el camino que tendría que haber seguido desde el
principio; así habría evitado enredarse en las
redes de la magia que tanto le asqueaban.
Djuvula la Bruja sonreía al seguir el refulgente
hilo que la conduciría hasta su presa. ¡No tardaría
en capturarla!
Parche, el sicario, sonrió malévolamente
mientras contemplaba cómo el bárbaro se bebía la
tercera copa de vino. Bien. Y si se emborrachaba,
tanto mejor. Había querido reunir un grupo de
ayudantes, pero, al ver al bárbaro, Parche había
sentido tal rabia que había abandonado sus planes
iniciales. No. Atacaría cuando el gigante no
estuviese preparado; lo dejaría sin conocimiento, y
entonces torturaría su cuerpo inconsciente con
manos desnudas y pies calzados, hasta
convencerse de que en cierta medida se había
cumplido su venganza. Sí, lo haría de esta manera,
lo haría él solo, para aliviarse la herida y el
orgullo. Nadie podía derrotar a Parche y escapar
sin sufrir ningún daño. ¡Nadie!
10
Conan se decidió a dormir durante algunas
horas, para luego poder estar descansado y fresco
en sus quehaceres nocturnos. Mientras los otros
salían a buscar provisiones para el viaje, el
bárbaro subió por las escaleras hasta los cuartos
que el grupo había pagado. Las dos habitaciones
parecían gemelas de las que habían ocupado en el
destruido mesón Leche de Lobos. Conan eligió una
y entró, y una vez dentro cerró con pestillo. Se
echó sobre el terliz, y al cabo de poco durmió
profundamente.
Djuvula subió por las escaleras del mesón,
siguiendo la mágica hebra. La refulgente línea
terminaba delante de la puerta de uno de los
dormitorios. Una o más de las personas que
buscaba debían de estar dentro. Era importante, sin
embargo, que encontrara solo al apuesto bárbaro.
De poco le serviría el hechizo si había alguna otra
mujer cerca de él. ¿Cómo podía averiguar si
estaba solo?
Al cabo de unos momentos, se le ocurrió una
idea. Djuvula bajó ágilmente por las escaleras y
encontró un mozo que estaba quitando las mesas.
—Chico, ¿querrías ganarte algunas monedas?
—Sí, mi señora. ¿A quién queréis que mate?
—No te pido algo tan difícil, muchacho. Solo
tienes que llamar a la puerta del cuarto que te
indicaré y, cuando te abran, ver cuánta gente hay
dentro. Di que has ido a hacer la cama.
Djuvula le dio algunas monedas de cobre al
joven, y luego lo siguió escaleras arriba. Señaló la
puerta y luego bajó un tramo de escalera para no
ser vista.
Al cabo de unos momentos, el muchacho
volvió.
—¿Y bien?
—Solo hay un hombre en el cuarto, señora, y
parece que tiene mal genio. Ha dicho que me
ensartaría si le molestaba de nuevo por una
estupidez semejante.
—¿Qué aspecto tenía?
—Es como un gigante, señora. Un bárbaro.
Djuvula sonrió, y le dio un puñado de monedas
de cobre al joven.
—No le hables a nadie de esto.
—Pues claro que no —dijo él—. Ese culo
seboso de propietario me quitaría el dinero más
rápido que las moscas al ir al estiércol.
Cuando se vio sola de nuevo en el pasillo,
Djuvula se sacó de la túnica de seda un frasco
cerrado con corcho y cera; el traslúcido botellín
contenía un líquido que refulgía levemente, como
fósforo. Arrancó el tapón de corcho y,
agachándose, derramó un reguerillo a lo largo de
la base de la puerta. Surgió vapor en forma de
densa nube amarilla, y la hechicera se apresuró a
apartarse.
Conan despertó de pronto. Algo andaba mal.
Un extraño olor había invadido sus sueños… Se
sentó bruscamente, y buscó con la mirada. A la luz
que dejaban pasar los postigos mal puestos, vio
una tenue neblina de vapor amarillo que entraba en
el cuarto. Respiró hondo, y entonces tosió, porque
los vapores irritantes le habían llenado la nariz.
¿Habría fuego en el mesón? No, aquel olor no se
parecía a ningún otro que conociera de antes;
ninguna madera exhalaba aquel vapor nocivo…
De pronto, se sintió bañado en una emoción
muy distinta de la curiosidad. Su cuerpo parecía ir
a estallar… de lujuria.
Se oyó que alguien llamaba a la puerta. Una
voz femenina lo llamó.
—Abre, mi apuesto bárbaro.
Conan se sintió confuso. La voz era seductora,
y tenía acentos de cálida miel, transportaba
promesas de desconocidas satisfacciones. Su
lujuria creció. Se acercó a la puerta, descorrió el
pestillo y abrió bruscamente.
La mujer que vio iba cubierta de la cabeza a
los pies con una túnica de excelente seda, color
azul marino. Cuando Conan la miró, la mujer alzó
sus pálidas manos para quitarse la capucha que le
cubría rostro y cabeza. ¡Por los dioses, qué bella
era! Su rostro era fuego; su piel, blancura sin
mácula; sus labios, rubí y sonrisa.
—¿Quieres que siga aguantando las corrientes
de aire del pasillo? —dijo ella.
Conan dio dos pasos vacilantes hacia atrás, y
la mujer lo siguió, como deslizándose suavemente
sobre el suelo. Entrecerró la puerta a sus espaldas
y le sonrió. Por unos momentos, aguardó sin
moverse, y luego, lentamente, se sujetó con ambas
manos la pechera de la túnica. Con rápidos
movimientos, la desabrochó, y dejó que cayera al
suelo.
Bajo las sedas azules, estaba desnuda.
Conan empezó a lamerse los resecos labios.
¡Por Mitra, qué mujer! ¡Era gloriosa! ¡Sus piernas,
sus pechos… todo su cuerpo era perfecto!
La misteriosa mujer le tendió ambas manos.
El deseo de Conan no encontró límites. Dio un
paso adelante y la estrujó entre sus robustos
brazos, la abrazó contra su cuerpo, la levantó del
suelo. Sintió el filo de sus uñas, pero no le
importó. ¡Nada le importaba en el mundo entero,
salvo gozar de aquella mujer!
El muchacho señaló con el dedo la puerta del
dormitorio.
—Ese es el cuarto que buscáis, señor.
Parche le echó una moneda al chico, una de
plata, y sin lamentarlo en absoluto. Faltaba poco
para que Parche se enriqueciera en treinta y cinco
solones de oro… ¿qué importaba una moneda de
plata? Aguardó hasta que el muchacho se hubo
marchado, y se quedó solo en el pasillo; entonces,
Parche se acercó a hurtadillas a la puerta de la
habitación del bárbaro. Tenía que proceder con
cautela, a pesar de sus deseos de venganza.
Cuando Parche apoyó la oreja en la puerta de
madera, esta se entreabrió. ¡Por la mano negra de
Set, no había echado el pestillo! Sonrió. El
bárbaro había sido necio al no cerrar la puerta;
¡había sellado su destino! Moviéndose aún
lentamente, el tuerto desenvainó su espada.
Se oyó un suave gemido dentro de la
habitación. Parche se detuvo, y apartó la cabeza a
un lado. ¿Qué era aquello? Diablos, parecía…
La sonrisa del sicario se ensanchó. ¡Ah,
claramente le acompañaba una racha de buena
fortuna! Asura le sonreía, porque el bárbaro, sin
duda, no advertiría su entrada, al estar ocupado
en… otros quehaceres. Parche respiró hondo,
levantó el arma, presta para herir, y empujó la
puerta.
Conan no comprendía la razón de su repentina
lujuria, ni la aparición de la mujer, que parecía
empeñada en apaciguarla; tenemos que decir que
tampoco hizo grandes esfuerzos de comprensión.
Pero cuando la puerta del cuarto se abrió
ruidosamente, y entró un hombre esgrimiendo una
espada, Conan lo entendió todo muy bien. El
hechizo que lo subyugaba se rompió.
La mujer que el cimmerio tenía en brazos se
apartó al ver su mirada.
—¿Qué…?
Se volvió para ver en la misma dirección que
Conan, y descubrió al asesino.
Conan, gruñendo, empujó a un lado a la
desnuda mujer.
—¡Así, perra, querías distraerme para ayudar
a tu carnicero!
—¡No! —gritó ella.
Conan sabía que no tenían tiempo para discutir.
Cuando el arma del atacante descendió, él la
esquivó rodando por el suelo. La espada se clavó
en el lecho, y no en Conan. El cimmerio aferró su
propio acero y se puso en pie de un salto para
hacer frente al sicario. ¡Por Crom, era el mismo
hombre del parche con el que había luchado en la
posada antes de la tormenta!
Detrás de los dos hombres, la mujer maldecía,
con un dominio de la invectiva que Conan no había
conocido hasta entonces, ni siquiera en soldados y
marineros. El cimmerio le sonrió como un lobo a
Parche, y dio media zancada hacia él.
—¿Has vuelto a por más de lo mismo, tuerto?
—Las campanas repiquen en tu funeral,
bárbaro —masculló Parche—. ¡Que te quieran
vivo, pero ningún hombre hace burla de mí y luego
vive! Eres muerto.
Conan no dejó de sonreír.
—La última vez que peleamos, sobreviví… ya
veremos a quién le hacen el funeral, asesino.
Parche acometió, hizo una finta con la espada y
trazó un arco con el arma, dirigido a decapitar a
Conan. Este, sin embargo, no retrocedía, y sujetaba
su propia arma con mano de acero. La espada del
bandido tuerto chocó con la de Conan y rebotó.
Parche profirió una maldición.
El cimmerio esgrimió su espada en alto,
queriendo abrir en canal a su oponente; sin
embargo, antes de que pudiese golpear, Parche se
sacó una daga corta del cinturón con la mano que
tenía libre, y trató de herir a Conan. Este
retrocedió de un salto, pero la daga le abrió un
surco en el muslo; la sangre empezó a brotar y a
manar.
Conan se cubrió la herida con la mano
izquierda y tocó la roja sangre con las yemas de
los dedos. Se acercó el salado líquido a los
labios, lo probó, y rio al ver el súbito miedo que
aparecía en el rostro de Parche. De repente,
salpicó al sicario con la sangre que le quedaba en
los dedos, tratando de alcanzarle en los ojos.
Parche maldijo y retrocedió de un salto. Conan
se puso a su izquierda, luego saltó, y su espada
bailó una danza de acero. El tuerto le iba
acometiendo con la daga al mismo tiempo que se
protegía con su propio y afilado acero, pero de
poco le servían al bandido sus defensas. Parche
dejó un camino abierto; Conan aceptó lo que le
ofrecían. Aullando, el cimmerio hundió su sable en
el cuerpo de Parche, como si se hubiera tratado de
una lanza. La punta le entró al fracasado asesino
por debajo del esternón, le atravesó el corazón y
le salió por la espalda, entre dos vértebras.
—¡M-m-maldito seas! —logró decir Parche
mientras caía.
Con una fuerte contracción de hombros, y de la
región superior de la espalda, Conan extrajo su
acero del cuerpo del moribundo. Dejando de
prestarle atención a Parche, se volvió, buscando a
la mujer que lo había embrujado.
Esta había desaparecido.
El posadero había retirado el cadáver y había
reemplazado el ensangrentado lecho sobre el que
el cuerpo había terminado por caer, procurando
mirar con respeto cada vez que sus ojos se
cruzaban con los del cimmerio. Conan le ofreció
una moneda de plata por sus esfuerzos —la última
de plata que le quedaba—, y le dio instrucciones
de que entretuviera durante algunas horas a la
Guardia del Senado. Luego ya se habría ido y, si le
querían, que lo llamaran silbando.
Después de limpiar la espada y de afilar las
muescas que habían quedado en la hoja, Conan
pensó en aquel ataque. Qué desgracia que él y la
mujer no hubiesen podido consumar el acto antes
de que el tuerto los interrumpiera. Ciertamente, la
aparición de aquel hombre había sido una
sorpresa; es más, la mujer también había parecido
sorprendida. Si esto último era cierto, tal vez el
sicario muerto no había estado compinchado con
ella, después de todo. Qué extraño.
Por supuesto, la mujer le había hechizado de
alguna manera. Pero, si no había tomado parte en
una intriga para asesinarlo, entonces… ¿quién era
ella? Más y más extraño. Su nariz aún retenía algo
del hedor, y sentía que aquel olor no provenía solo
de los vapores, sino que estaba mezclado con el
olor a magia que tanto detestaba. Todo aquello no
era digno de un hombre honorable; se veía
atrapado en una suerte de telaraña mística,
poblada de magos, demonios y brujas. Cuanto
antes abandonara aquello, mejor. Por la mañana, si
todo resultaba como habían planeado, saldría a
caballo por el portalón occidental de
Mornstadinos. Entonces, ya solo tendría que
preocuparse por un brujo maligno que vivía
cómodamente instalado en su castillo.
Conan sacudió la cabeza, y siguió limpiando la
espada.
Djuvula estaba sentada en su habitación,
repleta de negra rabia. ¿Quién era aquel necio
tuerto? Había hablado de capturar vivo al bárbaro
y, por tanto, debía de trabajar para algún otro.
¿Quién? ¿Quién había osado molestarla de aquella
manera? El responsable sufriría desgracias cuando
Djuvula lo encontrara. Grandes desgracias.
Loganaro sacudió la cabeza al contemplar el
cadáver de Parche. Aquel necio había pagado por
la arrogancia de creer que podría capturar él solo
al bárbaro. ¿Qué iba a hacer ahora?
Sovartus agitó la mano ante Djavul.
—Ve y encuentra a la muchacha, y a ese
hombre tan notable que la protege —dijo—.
Contactaré contigo cuando esté preparado.
—Allá voy con vuestra licencia —dijo Djavul
entre dientes. Y desapareció.
En el comedor de su palacio, Lemparius
apenas si prestaba atención a los platos. Pensó,
con una sonrisa, que ya comería algo por la noche.
Algo… o a alguien…
11
Mornstadinos yacía en el abrazo de la noche
cuando, finalmente, Conan se acercó al muro que
circundaba la hacienda de Lemparius, Verga
Central del Triple Azote del Senado. El cimmerio
se movía ágilmente, a pesar de la herida del
muslo. Esta herida era superficial, y apenas si le
preocupaba; había sobrevivido después de
sufrirlas mucho peores. El hombre que se la había
infligido ya no caminaba por la tierra de los vivos,
y el ligero dolor que Conan sentía en sus carnes
era un precio escaso por aquel privilegio.
El muro estaba hecho de piedras lisas, hechas
con mortero de adobe, y cubiertas del mismo fango
parecido a arcilla; su altura debía de triplicar la
de Conan. El talludo joven sonrió. Al ver las
grietas en el adobe, pensó que sería un juego de
niños. A un hombre ordinario, aquel muro podía
parecerle liso; para un cimmerio, era lo mismo que
si hubiera tenido una escalerilla apoyada en el
costado. Si Lemparius dependía de aquel muro
para su protección, se había preparado mal contra
los visitantes nocturnos no deseados.
Conan solo necesitó unos momentos para
trepar por la pared. Encontró fragmentos de loza y
lascas de piedra dispuestos en lo alto. Si algún
intruso era lo bastante necio como para tocar sus
afiladas aristas, podía herirse. Conan rio
suavemente. Cualquiera que fuese capaz de trepar
por la pared, sabría también cómo pasar por
encima de las aguzadas puntas. Él lo hizo con
facilidad, desdeñando las pequeñas precauciones
que había tomado el constructor. Descendió por el
otro lado del muro hasta hallarse a una distancia
del suelo equivalente a su propia estatura, luego se
dejó caer, y aterrizó con mucha ligereza para
tratarse de un hombre tan corpulento. Todo había
sido fácil.
El palacio se hallaba a cien pasos. Conan
pensó que palacio tal vez fuera una palabra
demasiado pretenciosa. Ciertamente, la mansión
era grande, pero no parecía muy impresionante en
comparación con los edificios que había visto en
Shadizar. No podía compararse con la ya destruida
Torre del Elefante de Arenjun, ciertamente; con
todo, si encontraba lo que había ido a buscar, se
daría por satisfecho.
La mansión también estaba hecha de piedra
recubierta de adobe, con grietas en las que el
recubrimiento se había desprendido, y había
dejado la roca al descubierto. Conan vio que no
tenía foso; tampoco parecía que hubiese animales
guardianes; ni perros ni aves. Pensó que esto
último era algo raro; había ido preparado para
ambos, con carne y grano drogados en un pequeño
zurrón que llevaba atado al cinturón.
Se acercó atrevidamente a la casa, con la
esperanza de confundir a cualesquiera guardias
que pudieran verlo. Si le veían, trataría de dar
alcance al guardia con rapidez suficiente como
para dejarlo sin sentido antes de que pudiera dar
la alarma.
Sin embargo, no salió ningún vigilante de los
rincones en penumbra. Conan tampoco vio traza
alguna de casetas o puestos de vigilancia. Sacudió
la cabeza, y la luz de las estrellas relució en sus
ojos azules. Pensó que el tal Lemparius era un
regalo de Bel a los ladrones. Se maravilló de que
no tuviese ningún cartel que los invitara a robar.
Aunque hasta entonces todo hubiese sido fácil,
no perdió la cautela. Se sintió tentado de acercarse
a la entrada principal e introducirse en la mansión
por allí, pero acabó por renunciar a tal audacia.
Más le valía no tentar a la suerte; una ventana le
prestaría el mismo servicio.
Por la facilidad con que había llegado hasta
allí, Conan supuso que las ventanas no estarían
cerradas; y no se equivocó. Los postigos se
abrieron con facilidad, y así pudo colarse sin
problemas en el edificio. Una vez dentro, se
encontró con una despensa mal iluminada por la
luz que llegaba de las velas del pasillo, donde
aves muertas, colgadas del techo, aguardaban
futuros banquetes. Pasó hábilmente por entre los
cuerpos colgados, evitando todo contacto con la
carne de olor acre. Se asomó al pasillo.
Una vez más, el cimmerio sonrió abiertamente.
Estaba vacío. Aquello era demasiado fácil.
Comenzó a relajarse. El propietario de aquella
casa merecía ser robado; debía de nadar en su
propio engreimiento.
Anduvo por el corredor, procurando caminar
con los bordes de las suelas. Esta precaución era
automática, y no podía prescindir de ella, por muy
fácil que fuera el robo. El pasillo conducía a una
gran sala, en cuyo centro había un baño cubierto de
vapores, hundido en el piso. Las volutas de vapor
iban a condensarse en las paredes, y las gotas de
humedad resbalaban hasta formar charcos en el
suelo. Pero ¿dónde estaban los habitantes de aquel
lugar? ¿Podía ser que todos durmieran, sin apostar
un solo guardia? ¡Qué locura!
Pasó por varias salas que tenían las puertas
entreabiertas. En algunas vio muebles y alfombras
de gran precio; en otras, pinturas y estatuas; en
otras encontró artefactos mecánicos, cuya utilidad
no alcanzó a comprender.
Finalmente, el cimmerio se encontró con una
puerta cerrada. Sonrió. Ya era hora. Se agachó
para examinar la cerradura, y su sonrisa se
ensanchó. Aquel obstáculo no habría detenido a un
niño resuelto a entrar en la habitación. Y Conan no
era ningún niño. Desenvainó la daga e introdujo su
punta entre el dintel y el batiente. Solo con hacer
girar la daga, desalojó el cerrojo; la puerta se
abrió hacia dentro sin más problemas.
Cogió una vela del pasillo y entró con ella en
la habitación. Se detuvo de pronto, y bruscamente
tomó aliento. ¡Crom!
La luz de la parpadeante vela le reveló una
sala del tesoro. Allí había estatuillas de oro,
felinas en su mayoría, guarnecidas con piedras
preciosas; colmillos de marfil, incrustados con
espirales de oro y recubiertos de plata, apilados
en un montón; había bandejas y sacos de cuero
suave —seguramente repletos de moneda—
esparcidos por toda la estancia.
Así pues, aquel era su objetivo. Conan cerró
suavemente la puerta a sus espaldas y sostuvo la
vela en alto. Sus robos pasados le habían
enseñado que debía tomar los objetos que pudiese
cambiar más fácilmente por moneda, y, como
parecía que en aquella estancia hubiera
principalmente sacos de monedas, decidió
apoderarse de estos. Por supuesto, algunos de los
sacos de cuero estaban llenos de joyas, y habría
sido estúpido el ignorarlas. Sin embargo, no valía
la pena mostrarse codicioso. Unos pocos cientos
de monedas de oro, y el rescate de una reina en
piedras preciosas, habían de bastarle para sus
necesidades. Reprimió una carcajada. Qué lástima
que no hubiera ido con una carretilla; la seguridad
era tan pobre, que estaba seguro de haber podido
cargarla y llevársela sin ser visto.
El cimmerio se agachó para empezar a
examinar su posible botín. Aquí, encontraba una
bolsa de solones de oro, grande y repleta; más
allá, un pequeño saco de excelentes esmeraldas,
cortadas en forma rectangular. Se metió las
preciosas gemas verdes en su propia bolsa. El
siguiente saco contenía tal vez sesenta monedas de
plata; de mala gana, las dejó. Eran demasiado
pesadas, y la plata no tenía mucho valor al lado de
todo lo demás.
Cogió una gran bolsa de cuero y la llenó de
monedas de oro, hasta que el cuero, triplemente
recosido, amenazó con romperse a causa del peso.
Esto era todo lo que podía hacer el cimmerio para
no echarse a reír. No solo viajaría hasta Nemedia
con todas las comodidades, sino que, cuando
llegase allí, viviría como un rico. Oh, podría
contratar un ejército para asediar al mago que
retenía a la hermana de Eldia. O pagarse sus
propios magos.
Al ir a marcharse, Conan se detuvo. Vio un
artefacto puesto sobre un pedestal de marfil
labrado, cerca de la puerta; no lo había visto al
entrar. Se detuvo para mirar aquel objeto. Estaba
hecho de oro, o tal vez de bronce, y parecía una
esfera puesta dentro de un cubo. Sin embargo,
había algún tipo de distorsión en aquel constructo;
algo que no podía acabar de definir le resultaba
extraño. Como el artefacto reposaba sobre un
soporte, supuso que debía de tener gran valor. Se
le ocurrió llevárselo, pero al instante se encogió
de hombros. No, ya tenía suficiente. Un buen
ladrón sabe cuándo retirarse. Se volvió.
—Sabia elección —dijo una voz de hombre—.
Porque es evidente que no sabes lo que es la
storora, ni cómo funciona. La echarías a perder.
Antes de que la voz callara, Conan ya había
reaccionado. Se volvió hacia el origen del sonido
y desenvainó la espada con la diestra, aun cuando
siguiera sujetando el saco lleno de oro con la
izquierda. Su vela cayó al suelo y se apagó. La
estancia quedó a oscuras, cubierta por una mortaja
de tinieblas en la que el cimmerio no podía ver.
Bien. Si él tenía que moverse a ciegas, le ocurriría
lo mismo a su enemigo.
La otra voz, cuando volvió a hablar, lo hizo en
tono burlón.
—Si crees que me confundirás tan fácilmente,
te equivocas. Puedo verte, sentenciado ladrón.
«Eso parece improbable», pensó Conan, al
tiempo que localizaba la voz. Avanzó hacia su
oponente, blandiendo de frente la espada.
—No, no me encontrarás con tanta facilidad,
extranjero. Esta vez, la voz se oyó por otra parte
de la estancia, a la izquierda de Conan. El
cimmerio se volvió para hacerle frente. Sus ojos
se habían acostumbrado en cierta medida a la
penumbra; le parecía ver una silueta algo más
oscura en las tinieblas, aunque sin estar seguro. La
única luz entraba por debajo de la puerta cerrada,
y era solo un tenue fulgor.
—Debes de ser extranjero —dijo el hombre—,
porque no hay residente tan necio en Mornstadinos
como para tratar de robar en la casa de Lemparius.
—Se había movido de nuevo.
Conan sopesó sus opciones. Se enfrentaba a un
hombre que parecía moverse en la oscuridad
mucho mejor de lo que se le supondría; es más,
había logrado eludirle sin que él le oyera. El joven
cimmerio ya tenía su botín y, gracias al resquicio
por el que entraba la luz, sabía dónde se
encontraba la puerta. Un ladrón exitoso es el que
escapa con el producto de su robo, y eso era lo
que quería hacer. Tenía que marcharse.
Conan saltó hacia la puerta.
En su mismo salto, vio que algo se ponía
delante de la luz, formando dos gruesas líneas
oscuras. Le pareció que se trataba de los pies de
un hombre. Y, si pertenecían al mismo que había
hablado, este debía de tener una velocidad
sobrenatural, porque se había movido hasta allí,
desde su anterior posición, en demasiado poco
tiempo. Pensando esto, arremetió con la espada,
para cortar por la mitad a la todavía invisible
figura.
—Eres rápido, para ser tan estúpido —dijo la
voz—. Aunque eso no va a salvarte.
Conan no malgastó aliento en responder. En
cambio, atacaba con la espada en una y otra
dirección, y al mismo tiempo iba retrocediendo
hacia la puerta, manejando el acero con tal fuerza
que este silbaba en la oscuridad. ¡Que la voz
oculta tratara de atravesar aquella barrera!
Conan llegó a la puerta, sintió su pomo en la
espalda y meditó el siguiente movimiento. Aquello
podía ser peligroso. No se atrevía a volverse y a
exponerle la espalda descubierta al hombre que se
escondía en la negrura. Abrir la puerta con la
mano entorpecida por el saco de oro sería difícil,
pero no imposible. Y tenía que contar con que su
enemigo tuviera cómplices en el corredor,
aguardando su salida.
Sacudió la cabeza. Tenía que pensar en
demasiadas cosas. ¡Si un hombre se pone a pensar
en todas las posibilidades que se le ofrecen, puede
seguir pensando hasta hacerse viejo! Cogió el
pestillo, lo descorrió, y fue abriendo la puerta al
mismo tiempo que salía. Entonces, el cimmerio se
volvió y saltó afuera, al corredor.
Y al verse solo, Conan rio, y echó a correr por
el pasillo iluminado con velas. Oyó un ruido a sus
espaldas y se volvió para mirar, pero no vio nada.
Solo tenía que doblar una esquina del corredor, y
ya estaría cerca del almacén por el que había
entrado en la casa. Una vez afuera, iría a la puerta;
sería más rápido que trepar por el muro. Ya se
veía casi libre.
Dobló la esquina del pasillo, vio lo que tenía
delante, y profirió una maldición. Se detuvo
bruscamente, y su poderoso pecho trabajó por
llenarle los pulmones.
Al extremo del corredor, cerrándole la salida,
había una docena de hombres armados con picas y
espadas. No podría salir por allí. Se volvió y se
fue corriendo por donde había venido. Supuso que
sería mejor enfrentarse al hombre que le había
hablado en la penumbra que a doce soldados
armados. Especialmente si podía contar con la luz
del pasillo. Al doblar de nuevo la esquina, el
joven cimmerio advirtió que aquellos hombres no
le habían seguido. Por alguna razón, esto le
inquietó más que si lo hubieran hecho.
De pie, treinta pasos más adelante, había una
figura solitaria. Era un hombre alto y rubio, de piel
clara. Sostenía en la mano, tan solo, una daga
curva, no una espada, y su tranquilidad parecía
excesiva en alguien que se disponía a luchar.
Brevemente, Conan consideró la posibilidad
de abatirlo, de no detenerse, de emplear la espada
para apartarle a un lado. Sin embargo, había algo
en su porte que hizo que el cimmerio se frenara en
su carrera, y finalmente siguiera adelante
caminando. Al fin, se detuvo a tres pasos de él, y
miró al sujeto que le cerraba la salida. Allí había
algún peligro, algo no natural, y Conan sintió que,
al contemplar a aquel individuo, el cabello de la
nuca le cosquilleaba y se le erizaba.
—Así pues, eres menos estúpido de lo que
pareces —dijo el hombre—. No mucho menos,
quizás, solo un poco. Permíteme que me presente:
soy Lemparius, senador, y dueño de esta casa
donde querías robar. ¿Qué me dices a eso, ladrón?
—Apártate —dijo Conan, y su voz era casi un
gruñido—. No querría matarte.
Lemparius rio, con aguda risilla.
—Oh, qué delicioso es esto. —Arrojó al aire
su daga en forma de colmillo, y la cazó
limpiamente al vuelo. Miró con desdén la espada
del corpulento joven—. Anda, ven, y pasa de largo
por delante de mí, necio extranjero. Si puedes
hacerlo, vivirás; si no, las moscas se congregaran
en torno a tu cuerpo antes de que llegue el alba.
Conan actuó. Se arrojó sobre Lemparius,
asestándole un fuerte mandoble con su afilado
sable. Al manejar el acero, los músculos se le
marcaron en los brazos. Si hubiera acertado, su
arma habría abierto en canal al senador… si
hubiera acertado. El senador saltó como un felino,
y el ataque de Conan fracasó claramente.
Demasiado rápido para que el bárbaro pudiera
seguirlo, Lemparius atacó, y alcanzó con su puñal
curvo el antebrazo del hombre más corpulento. El
contacto fue casi suave, pero abrió un corte, una
fina línea tan larga como el dedo medio de Conan.
El senador rio a la par que le hería con el cuchillo.
El cimmerio volteó con fuerza el pesado saco
de oro. El senador no había esperado esta
reacción, y las pesadas monedas le dieron con
fuerza en las costillas, golpeándolo en el costado.
Lemparius gruñó y casi se tambaleó, pero logró
recobrar el equilibrio. Una vez más, le cerró la
salida a Conan.
—Buen movimiento —dijo Lemparius—. Eres
más rápido de lo que creía. —Entonces, respiró
hondo y lanzó un penetrante silbido.
Se oyó rumor de sandalias sobre las baldosas,
cada vez más fuerte^ a espaldas de Conan; los
piqueros se acercaban.
—Si tienes dioses, más te vale reconciliarte
con ellos —dijo Lemparius—. Y tan pronto como
puedas.
El cimmerio soltó el saco de oro y juntó la
mano izquierda a la diestra, para empuñar el sable
con ambas. Tal vez Lemparius fuera veloz, pero
aún no se sabía si podría parar con su extraño
cuchillo el mandoble que Conan le asestara con
toda la fuerza de ambos brazos. El cimmerio
arremetió y trató de herir al otro hombre,
moviendo la espada a tal velocidad que de esta
solo quedó un borrón brillante.
Lemparius cedió terreno. Retrocedió
apresuradamente y, una vez que Conan hubo errado
el golpe, trató de contraatacar. Pero el propio
bárbaro se recobraba con excesiva rapidez, y
Lemparius tuvo que echarse atrás de nuevo. Se le
ocurrió al cimmerio que tendría que hacer
retroceder a aquel hombre a velocidad suficiente
para poder escapar él mismo de los piqueros que
venían por detrás a toda prisa. Atacó como si
hubiera querido segar trigo, asestando mandobles
breves y veloces para ir empujando a su oponente.
Mientras daba otro de sus ágiles pasos hacia
atrás, Lemparius resbaló. Los pies del senador
perdieron todo apoyo, y el enemigo de Conan, de
súbito, quedó tendido en el suelo cuan largo era,
de espaldas. El bárbaro habría dado el saco de oro
por ver la que entonces fue su mirada de sorpresa.
Levantó la espada.
Entonces, su esperanza de escapar sufrió un
mortal revés. Por el pasillo, detrás de Lemparius,
aparecieron por lo menos otros doce piqueros y
espadachines, que corrieron hacia el cimmerio.
¡Estaba atrapado!
Conan se volvió. La puerta de la sala del
tesoro se interponía entre él y el primer grupo de
soldados. Si llegaba hasta allí, tal vez pudiese
cerrarla desde dentro; quizá hubiera otra salida.
Quizá no, pero tampoco tenía otra elección. Si no
había otra puerta, por lo menos tendría más
espacio para manejar la espada. Se llevaría por
delante a tantos enemigos como pudiese; Crom le
apreciaría más, a su entrada en las tierras grises, si
le precedía una docena de sus oponentes, enviados
allí por su propia mano.
—¡Ríndete! —le gritó uno de los piqueros.
—Yo soy Conan de Cimmeria. ¡No me rindo
ante ningún hombre!
Conan vio por el rabillo del ojo que Lemparius
se estaba incorporando torpemente. «¿Conan?»,
dijo el senador. Su pregunta tuvo como efecto que
el cimmerio se detuviera sorprendido, solo por un
instante. Ese instante bastó para que el primer
hombre del primer grupo de piqueros se le
acercara hasta herirle. Cuando la punta de cuatro
aristas se dirigió a su rostro, Conan desvió el astil
con la espada, y asestó un mandoble hacia abajo.
El piquero chilló, pues el acero le había
alcanzado. Sus compañeros se detenían el tiempo
suficiente para que Conan pudiera saltar hasta la
puerta. El cimmerio se dispuso a saltar.
—¡Conan! ¡Qué maravilla!
Perplejo, Conan se volvió a medias y miró
atónito a Lemparius. Así pudo ver que el senador
había cogido el saco de oro que el bárbaro había
soltado un momento antes, y que le golpeaba en la
cabeza con el pesado costal.
Se hizo la negrura.
12
Conan subió nadando desde las honduras de
una bruma roja y palpitante; a medida que las
brumas se fueron enrareciendo, también se aclaró
su cerebro. Al abrir los ojos, el cimmerio ya había
recobrado todos sus sentidos: yacía en completa
negrura, en malsana humedad y repugnante hedor.
Por un momento, no supo imaginar cómo había
llegado a aquel sitio; sin embargo, fue recobrando
la memoria, y el recuerdo de cómo Lemparius le
arrojó el pesado saco de oro.
Recuperó fuerzas. Sentía punzadas en la
cabeza, pero esto no le impidió sentarse; tenía un
pequeño corte en el brazo, y nada más de lo que se
debiera preocupar; su pierna aún estaba algo
resentida. Cuidadosamente, bajó del duro banco en
el que estaba sentado, y se puso de pie, con los
pies desnudos, sobre el frío suelo. Le habían
quitado la espada, así como la mayor parte de sus
ropas. Vestía unos calzones cortos, y sobre estos el
cinturón y la bolsa; nada más. Conan abrió la bolsa
y metió la mano en ella. Estaba vacía… no, un
momento, había algo… parecía como una piedra,
atrapada en uno de sus pliegues. Sacó la piedra y
la acercó a sus ojos. Ningún destello de luz
iluminaba sus contornos, pero, por su forma,
Conan supo lo que era: una de las esmeraldas se
había quedado allí. Quienquiera que le hubiese
encerrado en aquella fosa estigia, no había visto la
oculta gema al vaciar la bolsa de Conan.
Volvió a dejar la esmeralda en el mismo sitio y
ató de nuevo el cuello de la bolsa. Si escapaba, la
joya le sería útil; hasta que lo lograra, una espada,
una daga o incluso un palo tendrían más valor.
Solo tardó unos momentos en explorar la
habitación donde se encontraba. De tosca planta
cuadrada, no medía más de tres brazos en
cualquier dirección. A uno de sus extremos había
una gran puerta de madera, reforzada con láminas
de hierro herrumbroso y, según le reveló el tacto,
bien cerrada. No encontró los goznes; en
consecuencia, la puerta debía de abrirse hacia
afuera. Asentó los pies desnudos sobre las
húmedas baldosas, tan firmemente como pudo, y
apoyó sus grandes manos en la tosca madera.
Empleando todas sus fuerzas, el poderoso
cimmerio empujó.
A juzgar por su resistencia, aquella puerta
podría haber sido una ladera de montaña. Conan
retrocedió hasta tocarla solamente con las yemas
de los dedos. Reunió energías y saltó, golpeando
el obstáculo de madera con el hombro tenso, no
más blando en el choque que el mismo batiente. La
puerta aguantaba.
Conan respiró hondo, y cerró los puños con
fuerza, como martillos. Estaba fuera de sí de
verdad. Quería montar en cólera, y aporrear la
puerta para calmarse, pero contuvo su propio
temperamento. Habría sido una acción necia, y un
derroche de energías.
En cambio, el corpulento cimmerio volvió
hasta el banco sobre el que había despertado.
Ahora se movía fácilmente en la oscuridad, porque
toda la celda estaba ya dibujada en su cerebro. Se
sentó sobre el banco y apoyó las espaldas en la
pared, dispuesto a esperar.
El tiempo que Conan tuvo que pasar en la
espera fue breve, no más de una hora. Unas
pisadas frenéticas resonaron por el corredor al que
se salía desde la celda del cimmerio; momentos
después de que las hubiera oído, la puerta se abrió
bruscamente. Conan se mantuvo donde estaba, con
los ojos entrecerrados para protegerse de la luz de
antorchas que de pronto había inundado la pequeña
cámara. Vio por lo menos una docena de teas,
sostenidas por muchos hombres bien armados.
Habría sido necio pensar en atacarlos con las
manos desnudas.
Lemparius el Senador entró en la celda.
—Vaya —dijo—, así que por fin has
despertado de tu desmayo. Bien. Se me ocurrió
que tal vez te hubiese golpeado con demasiada
fuerza. Tampoco es que me importe… no te quiero
por tu cerebro, Conan de No-sé-dónde. —
Lemparius sonrió—. ¿Verdad que la vida es
extraña? Yo quería capturarte, pero tú me evitabas
como una dama coqueta; y ahora, vienes por tus
propios medios. ¿No te parece divertido?
Conan no dijo nada.
—Oh, querido. Espero no haberte dejado mudo
con mi garrote de oro. Conan le miró con odio.
—Así, fuiste tú quien me mandó esa jauría de
sicarios durante la tempestad. —No era una
pregunta.
—Ciertamente. —Lemparius no dejó de
sonreír en ningún momento.
—Tendrías que buscarte mejor a tus hombres;
no elegiste bien a esos necios.
—No importa, porque te tengo aquí, y estás en
mi poder. Lo que importa es el desenlace, bárbaro.
Conan asintió. Aquello era verdad. Él aún
respiraba, aún se oía el apagado sonido de aire y
cuerpo; aún no había llegado el desenlace.
—Seguramente, querrás saber cómo es que me
he esforzado tanto por gozar de tu compañía. —
Lemparius enarcó una ceja.
—No me importa mucho. —No quería darle a
su torturador la satisfacción de mostrarse curioso.
La sonrisa del senador se ensombreció
ligeramente.
—¿No? ¿No quieres conocer tu destino, Conan
de Barbaria? ¿No quieres saber cómo pasarás los
últimos momentos de tu existencia?
Conan, con ojo experto, midió la distancia que
le separaba de Lemparius. Pensó que podría
alcanzarlo antes de que la cohorte le alanceara.
Pero aquel hombre era rápido como el diablo; si
lograba que el senador diera un paso hacia
adelante, lo tendría más fácil.
Conan dijo:
—Solo me importa que el hedor de mi establo
se ha multiplicado por diez al entrar tú, perro.
Quizá sea tu dieta de estiércol lo que me molesta.
La sonrisa de Lemparius se desvaneció, y el
ceño ocupó su lugar. Hizo como que iba a dar un
paso hacia Conan. El cimmerio desplazó
ligeramente su propio peso sobre el banco, y se
aprestó para actuar con rapidez.
Lemparius se detuvo, y sonrió de nuevo.
—Ah, ¿crees que soy tan duro de mollera
como para dejarme engañar por un truco tan
simple? Piensa de nuevo, bárbaro. Y observa.
Lemparius hizo un gesto con la mano. Un
hombre se adelantó, y se quedó al lado del
senador. Conan no lo había visto hasta entonces,
porque el brillo de las antorchas se lo ocultaba.
Llevaba una ballesta amartillada, y su punta con
aristas apuntaba directamente al corazón de Conan.
Lemparius hizo otro gesto, y un segundo hombre,
armado igual que el primero, se puso en el lado
opuesto. Conan pensó que la celda empezaba a
estar abarrotada.
—Dalius, el de mi izquierda, es un maestro de
la ballesta, campeón de toda Corinthia. Puede
clavar en la pared una mariposa al vuelo, desde
una distancia de diez pasos. Desde donde está
ahora, basta con que le diga «izquierdo» o
«derecho», y su cuadrillo te atravesará el ojo
correspondiente, y de paso clavará tu cabeza a la
pared.
Lemparius aguardó un momento para que
aquello calara en Conan, y luego señaló con un
gesto de la cabeza al segundo ballestero.
—Karlinos vino de Brithunia, donde era el
mejor con su arma. Aunque no sea un campeón de
la talla de Dalius, no hay nadie que le supere… su
cuadrillo te atravesaría el otro ojo antes de que el
primero te saliera por detrás.
Conan se relajó contra la pared. Entonces, rio
ruidosamente.
Era obvio que Lemparius había invertido
grandes esfuerzos en capturarlo vivo. Aunque no
supiese qué planes tenía el senador para él, estaba
seguro de que no quería matarlo. Por lo menos,
aún no.
Se oyó una voz de mujer detrás de las filas de
los hombres.
—Es él.
Junto con la voz, también le llegó un aroma de
perfume exótico. El olor y la voz despertaron el
recuerdo del lugar donde Conan los había
conocido… ¡en su cuarto de la posada! Era la
mujer que lo había embrujado. Por Crom, ¿qué era
lo que ocurría?
Lemparius se volvió a medias hacia la mujer
que había hablado; Conan vio que tenía una
oportunidad. Jugó con que los ballesteros no
tirarían sin recibir una orden directa. Forzando
violentamente su poderoso cuerpo, Conan atacó.
No tenía ninguna esperanza de poder matar a
Lemparius con las manos desnudas antes de que lo
abatieran a garrotazos, pero la satisfacción de
arrearle algún golpe le valdría el esfuerzo. Así,
Conan le dio una patada, y el empeine de su pie
desnudo voló entre las piernas de Lemparius y le
golpeó con fuerza en la ingle. El senador gruñó y
se quedó pálido como un muerto; Conan no pudo
ver nada más antes de que volvieran a mandarlo al
país de las dolorosas brumas.
—¡… yo mismo le arrancaré el corazón!
—No, ahora es mío; tú me lo has dado.
Conan aún no había recobrado la vista, pero
podía oír bien. Habría querido ponerse en pie de
un salto, pero advirtió varias circunstancias. Ya no
estaba sentado en el banco de su hedionda celda,
sino encima de un blando cojín. Tal vez, si le
creían inconsciente, oyera algo de lo que luego
pudiese sacar partido. Además, le habían atado de
manos y pies con correas suaves al tacto, pero
resistentes. Así pues, el cimmerio fingió dormir y
escuchó.
—¿… y ha venido él solo? —Esta era la voz
de la mujer; el senador la había llamado Djuvula.
—Ah, yo… un agente libre, un tramposo
llamado Loganaro, acudió a mí. Se ofreció a
entregarme el bárbaro por una buena suma.
Esto lo estaba diciendo Lemparius. Y aquel
nombre… ¿dónde lo había oído? Loganaro… ah,
sí, el gordo aquel que había conocido en el mesón
sin nombre, al otro lado de los montes Karpashios.
Djuvula dijo:
—¿Por qué querías que hiciera eso? ¿Qué
utilidad puede tener un bárbaro para ti?
Conan no podía ver el rostro de la mujer, pero
el suyo rezumaba cólera.
—Oh, habitualmente no tendría ninguno; sin
embargo, Loganaro me dijo que tú sentías cierto
interés por ese hombre. Yo solo he querido
aprehenderlo para ti. A modo de favor.
—A modo de favor. Ya veo. ¿Y qué esperas de
mí a cambio de ese… favor?
—Querida Djuvula, no hablemos de cambiar
esto por aquello como si fuésemos mercaderes. No
me debes nada por esa escoria bárbara,
absolutamente nada.
Se hizo una pausa, en la que Conan pensó si
debía abrir ligeramente los ojos. Decidió hacerlo,
pero solo se encontró con un cojín de seda rosa
que le impedía ver a los conversadores. Habría
tenido que moverse, y en aquel momento no lo
juzgaba oportuno. Forcejeó con sus ataduras, pero
estas aguantaron con firmeza.
Lemparius seguía hablando.
—Querría que reanudáramos nuestro trato
anterior, mi querida señora.
—Sabes que eso es imposible. Yo ya no
mantengo ese… tipo de relación con hombres
ordinarios.
—Ah, pero yo he cambiado, Djuvula. Soy más
de lo que era antes.
La mujer rio.
—No debes creer que mi mantología es tan
pobre como para no notar esa… transformación
adicional.
—Cierto, en ningún momento he querido
despreciar tus poderes de adivinación, querida. Yo
solo quería decir que, con mis nuevas energías,
tengo una… vitalidad de la que antes carecía.
Djuvula rio de nuevo.
—Apuesto a que no tienes tanta como mi
príncipe.
—Tal vez. Por otra parte, también tenemos que
valorar la técnica al lado del simple vigor, ¿no te
parece? —Lemparius habló entonces con voz más
baja—. Yo podría satisfacerte, señora, sé que
podría, si me das la oportunidad.
—Ya he conocido otros hombres que también
habían sufrido esa transformación, Lemparius.
Estoy sospechando que alardeas de lo que no
tienes.
—Entonces, dame una oportunidad. Sin duda,
no perderás nada con darme una oportunidad de
demostrarte mis… capacidades. Si fracaso, podrás
llevarte a ese saco de músculos para tu simulacro.
Y si yo tengo éxito, o, mejor dicho, cuando yo
tenga éxito, ya no necesitarás a tu príncipe.
Se hizo otra pausa, esta vez más larga. Conan
trató de mover el cuerpo, siempre muy levemente,
para poder verlos, pero el cojín debía de ser tan
grande como un caballo; ¡aún le bloqueaba la
visión con su color de rosa!
—Llevas alguna razón en lo que me dices,
Lemparius —dijo Djuvula—. Muy bien.
Demuéstrame tus nuevas destrezas.
—¿Aquí? ¿Ahora?
—¿Por qué no? Tus hombres le han pegado tal
paliza al bárbaro que dormirá durante un día; si
finalmente despierta, tampoco me importa que nos
vea. A menos que esas cosas te den escrúpulo.
Lemparius rio, pero Conan pensó que su
carcajada parecía forzada.
—De ninguna manera —dijo—. Muy bien,
pues.
El agudo oído de Conan oyó un roce de telas;
aprovechó la oportunidad para moverse todavía un
poco más sobre los cojines. Ya podía ver algo del
elevado techo, y un poste de madera;
probablemente, el poste formaba parte de algún
lecho de fantasía sobre el que Conan yacía
maniatado. Bien, por lo menos tenía las manos
atadas delante del cuerpo, y podría morder las
correas. Acercó las manos al rostro, muy lenta y
cuidadosamente, hasta tener los lazos de seda en
los labios. Empezó a mordisquearlos, y sintió el
sabor del tinte. Sabía que tardaría cierto tiempo en
cortarlos.
—¡Que Set se lleve a ese maldito bárbaro! —
gritó el senador.
—¿Tienes algún problema, Lemparius? —La
voz de Djuvula estaba llena de la dulzura de una
colmena en primavera.
—¡Puedes ver muy bien que sí! ¡Estoy lisiado!
¡Ese zoquete me dio una patada! Siento… siento un
terrible dolor cuando trato de…
—Qué lástima —le interrumpió Djuvula—.
Pues vaya con tu vitalidad… —¡Esto no es una
prueba justa, Djuvula! ¡Debes concederme cierto
tiempo para que me recobre de mi lesión!
—¿Debo concedértelo? —La mujer rio—.
Bueno, supongo que puedo aguardar algunos días
más antes de dar vida a mi Príncipe de la Lanza.
Te concedo tres noches, Lemparius. Tal vez el
bárbaro me tenga entretenida hasta entonces. —¡Te
burlas de mí!
—No, Lemparius. No me molestaría en
hacerlo. Solo me complazco a mí misma. Ese
bárbaro es un hombre valeroso, ciertamente, y voy
a quedarme con su corazón, que vivirá en el pecho
de mi príncipe. Hasta entonces, mi generosidad os
concede tres días a ti y a él.
Conan ya había oído bastante. ¡Iban a
sacrificarlo en algún repugnante rito mágico! Se
incorporó abruptamente, y se encontró con que
estaba sentado sobre una cama, al lado de un
hombre de piel negra, muerto o inconsciente, de
proporciones heroicas.
Lemparius y Djuvula yacían sobre cojines,
cerca de la cama. Ambos estaban desnudos. Se
volvieron y clavaron la mirada en Conan.
El cimmerio se cubrió el rostro con las manos.
Respiró hondo, y expulsó el aliento en un profundo
grito gutural. Al mismo tiempo, el joven gigante
luchaba con los lazos a medio cortar de sus
muñecas. Los músculos se le marcaban en los
hombros y la espalda; los tendones le crujieron y
se le tensaron en los brazos, pues estaba
concentrando todo su ser en las correas que lo
retenían. De pronto, estas cedieron. Se oyó un
sordo chasquido, y sus manos quedaron libres.
Lemparius profirió una maldición, se levantó
de un salto y buscó la daga entre sus ropas. Halló
el arma curva, la extrajo de su vaina y se volvió
hacia el cimmerio.
Conan agarró el cojín de seda que tenía más a
mano y se lo arrojó a Lemparius. Era suave al
tacto, pero igualmente sólido y grueso. Lemparius
no pudo detener el almohadón con su sorprendido
mandoble, y acusó el golpe. Se tambaleó y cayó, y
aterrizó duramente sobre su espalda desnuda.
Sin perder tiempo, Conan se agachó y se
arrancó las correas de los tobillos. Cuando hubo
terminado, levantó los ojos, y vio que Lemparius
se había recobrado de la caída, que estaba de pie y
caminaba.
Conan saltó al encuentro de la acometida de
Lemparius. Aquel hombre podía ser rápido, pero
Conan no era lento; en un abrir y cerrar de ojos, el
cimmerio agarró las muñecas del senador con sus
poderosas manos. Conan paró con la cadera un
rodillazo dirigido a su entrepierna, y el senador
hizo lo mismo cuando el cimmerio trató de golpear
con su propia rodilla las ya delicadas partes
escrotales de Lemparius. Ambos cayeron, aún
agarrados. Conan sabía que él era el más fuerte, y
que solo tardaría unos pocos momentos en someter
al otro.
El fino vello de las muñecas de Lemparius
empezó a retorcerse bajo las palmas de las manos
de Conan. Y algún raro engaño de la luz hizo que
las facciones del forcejeante senador parecieran
estar cambiando de pronto; su rostro parecía
hundirse…
¡Crom! ¡Aquel hombre ya no era un hombre,
sino una gran bestia! ¡Le salían colmillos de la
boca, le crecían garras en vez de manos, y lo que
había sido el senador Lemparius gruñía ahora y
trataba de hundir los dientes en la cara de Conan!
Este maldijo, y alejó de sí, con un empujón, al
semihombre semifelino, valiéndose al máximo de
los fuertes músculos de su pecho y de los brazos.
La bestia voló por la estancia y se estrelló contra
la pared.
¡Un hombre pantera! Conan había oído hablar
de hombres que se transformaban del mismo modo
en lobos, pero nunca había oído hablar de que
alguien se convirtiera en felino. No quería tener
que luchar a manos desnudas con una criatura
sobrenatural como aquella. Además, se decía que
las armas humanas no podían dañar a un hombre
animal. De nada le habría servido una espada, que
de hecho no tenía.
La pantera rebotó contra la pared y cayó a sus
pies. Se volvió y gruñó, rugió guturalmente,
haciéndose oír con mucha fuerza en la estancia
cerrada. Lentamente, la bestia se fue acercando a
Conan. Este habría podido jurar que el felino le
estaba sonriendo.
¡Un arma, necesitaba un arma! Conan miró
velozmente en derredor, pero no había… ¡ah, sí!
La daga curva de Lemparius estaba cerca de su pie
desnudo. Se agachó, y recogió el puñal. Armado,
se sentía mejor.
—¡No puedes matarlo! —le gritó Djuvula.
Conan se volvió, y vio que estaba hablándole a
la pantera, no a él. El felino ignoró la orden de la
mujer. Pero, cuando el cimmerio le acercó el
maligno acero curvo de la daga, el hombre pantera
se detuvo en su silencioso avance y gruñó.
Conan se fijó en que la bestia estaba mirando
el puñal. Tal vez aquel cuchillo fuese más de lo
que parecía, puesto que su dueño era Lemparius.
Tal vez pudiese hacer daño a la bestia.
En Conan, era habitual que el pensamiento se
convirtiera en acción; saltó sobre el hombre
pantera, tratando de herirlo. La bestia fue cediendo
terreno al mismo tiempo que le atacaba con sus
agudas garras sin lograr alcanzarlo. El corpulento
cimmerio se vio a tan solo unos pasos de la puerta
de la alcoba. Era el momento de marcharse.
Asestó cuchilladas al aire con la curva daga para
mantener la pantera a raya mientras retrocedía
hasta la salida. La bestia gruñó, pero no se acercó
lo bastante como para tocarle.
Conan llegó a la puerta, la abrió bruscamente y
salió corriendo. Entonces, el felino hizo una
carrera desesperada, y le arañó la pierna al
cimmerio con la garra derecha. Conan le golpeó
fuertemente con la punta de aquel arma parecida a
una hoz, y se la clavó en la pata delantera. La
sobrenatural criatura chilló y contrajo
violentamente la pata; tenía una herida sangrante
en el leonado pellejo. La pantera se retiró sin
dejar de chillar, y Conan cerró violentamente la
puerta para perderla de vista. En el corredor
adonde había salido, nada le obstaculizó el paso, y
corrió, como un hombre perseguido por demonios.
No miró hacia atrás.
13
Lemparius había ido a reunir a sus esbirros.
Djuvula estaba sentada en su alcoba, ella sola, y
contemplaba el cuerpo inerte de su Príncipe. Con
decir que estaba furiosa, no acertaríamos a
describir su negra rabia. Lemparius tenía que ser
un necio para creer que aquella apariencia de
hombre bestia había de mejorar en proporciones
mayúsculas su anatomía, o su actuación; ¡aún peor,
había permitido que el apuesto bárbaro escapara!
Iba a pagar por ello.
También tenía que ocuparse del asunto de
Loganaro, agente libre y traidor. El bárbaro de
quien este le había hablado era Conan y, además,
el gordo sapo la había traicionado por el hombre
que la pretendía. Iba a pagar por su necia
estupidez, y también lo pagaría retorciéndose
morosamente. El hombre que le había cortado la
mano a su hermano demonio se hallaba fuera de su
alcance, y Djuvula apenas si necesitaba pretextos
para buscar una víctima en quien descargar su ira.
Una bruma purpúrea asaltó el aire de su
estancia, junto con un resplandor amarillo de
polucionada luz. Bien, bien. Mira quién había
elegido aquel momento para presentarse.
Djavul se agachó para no tocar el techo con la
cabeza.
—Hermana —masculló—, presiento que has
capturado a mi presa.
Djuvula rio.
—Oh, más vale que hayas llegado tarde que
nunca, hermanastro.
—¡Habla con claridad, hermana!
—Ese bárbaro que te cortó la mano ha
escapado. Por culpa de un senador inepto que se
cree un magnífico espadachín. —¡Quiero hacerme
un tazón para los caldos con su cráneo!
—No, hermano, me pertenece a mí. Y no me
será difícil encontrar a nuestra presa común,
porque tengo sus ropas y su espada en mis manos.
Te voy a arrojar los hechizos adecuados para que
lo puedas localizar con exactitud… con la
condición de que me lo traigas antes de llevar a
término tu venganza.
—¿Quieres regatear conmigo, hermana?
—Te digo que no. Después harás lo que
quieras con ese hombre, con tal de que yo le haya
podido arrancar el corazón de su cuerpo vivo.
Djavul rio.
—Así, ¿persistes en querer construirte un
juguete nuevo? —El demonio señaló con la cabeza
la figura que reposaba sobre el lecho de Djuvula
—. Podría traerte fácilmente de los abismos a uno
mejor, hermana. De hecho, yo mismo podría
encargarme de tus placeres.
—No, gracias —dijo Djuvula—. No quiero
someterme a un amante demonio, no me importa su
aptitud. No estoy dispuesta a pagar el precio por
ello.
Djavul rio entre dientes.
—Ah, yo en tu lugar también rechazaría la
oferta; pero no se pierde nada por intentarlo,
¿verdad?
—No esperaba menos de ti, hermano. Pero
espera un momento; tengo que realizar ciertos
conjuros…
Vitarius levantó los ojos, sobresaltado, cuando
Conan irrumpió en su cuarto.
—¿Dónde has estado? —le preguntó el viejo
brujo—. Te esperábamos esta mañana…
—No importa, ya os lo contaré luego.
¿Tenemos provisiones? ¿Estamos listos para
viajar?
—Sí. Eldia y su hermana están aguardando
donde el proveedor; yo pensé que sería
conveniente esperarte aquí…
—Entonces, marchémonos, Vitarius. Ahora
mismo.
—¿Has conseguido dinero suficiente…?
—Hemos de ponernos en camino, anciano. No
tenemos tiempo para charlar. He sufrido algunos…
contratiempos en mi aventura. Más nos vale
trasponer cuanto antes los portalones de la ciudad.
Había cuatro caballos, sillas de montar de
excelente calidad para cada uno de los animales, y
una acémila amarrada a un poste en uno de los
tortuosos callejones que Conan había llegado a
odiar. Eldia y Kinna estaban allí cerca. La
hermana mayor había conseguido un grueso y
sólido bastón, tan largo como alta era ella. Kinna
fue la primera en hablar cuando vio que se le
acercaban el cimmerio y el Mago Blanco.
—¡Conan! ¿Dónde están tus ropas?
—Tenía calor —replicó él.
La mujer pareció querer seguir preguntando,
pero sin duda cambió de opinión, porque no dijo
nada más. Conan pasó de largo y entró en la tienda
del proveedor.
El propietario del establecimiento era un
hombre pequeño, de tez morena, con un diente de
oro donde se reflejaban los rayos del sol de la
tarde, que se colaban adentro por una gran ventana.
Dubitativo, no ocultó el diente al gigante que se le
acercaba.
—Necesito una espada —dijo Conan—, que
tenga peso y longitud. Y también una capa.
—Tengo reservas de ambas cosas —le
respondió Diente-de-oro—. Y calzones, túnicas,
botas…
—Sí, botas.
El propietario guio a Conan hasta una segunda
habitación repleta de suministros. El cimmerio
probó varios pares de botas, pero no encontró
ningunas suficientemente grandes para él. Se
decidió por unas sandalias de suela gruesa, sujetas
a la pierna con correas entrecruzadas; le bastarían,
porque iba a viajar a caballo, no a pie. Se echó
sobre los hombros una capa bien tejida, teñida de
color índigo, y asintió. Ya tenía suficiente con
aquello. Finalmente, buscó una espada. Encontró
una, con hoja de dos filos, tan larga como su
propio brazo, desde las yemas de los dedos
extendidos hasta el pecho. El puño tenía más
adornos de los que le gustaban, pero el acero
parecía bueno, y sus bordes estaban tan afilados
que podrían haber cortado vello del dorso de una
mano. Habría preferido su propio sable, pero
tendría que contentarse con aquel.
—Sabia elección —dijo Diente-de-oro—. Es
acero de varias capas, traído desde Turan…
—¿Entiendes de gemas? —preguntó Conan.
—Oh, ciertamente. Tengo cierta familiaridad
con…
—Entonces, examíname esta.
Conan buscó en la bolsa que le colgaba del
cinturón y sacó su única esmeralda, lo que le
quedaba del botín que había tratado de llevarse de
la casa de Lemparius. La arrojó al aire ante la
misma cara del comerciante.
Diente-de-oro la cazó hábilmente al vuelo. La
acercó a la lumbre, y la observó con un solo ojo.
Se sacó una lente de la chaqueta y empleó este
instrumento para examinar la piedra. Conan vio
cómo los ojos del comerciante se agrandaban al
contemplar la esmeralda.
—¿Y bien?
—Tiene… ah… tiene algún valor —dijo
Diente-de-oro. Por la manera como hablaba,
Conan pensó que debía de tener la boca seca.
—¿Bastará para pagarlo todo?
El mercader inició una sonrisa, la abandonó, y
entonces frunció el ceño.
—Esto… ah… podría valer hasta cierta
medida como pago. Quizá… sí, creo que pagaría
la mitad.
Conan ya había tratado con hombres como
Diente-de-oro; eran capaces de mentirle a su
madre sin mala conciencia, especialmente cuando
había asuntos de dinero de por medio.
—En Zamora —empezó a decir Conan—, una
piedra preciosa como esta bastaría para comprar
doce caballos, y cinco veces los suministros que
nos has vendido.
Diente-de-oro le miró aviesamente, pero
siguió hablando con voz suave.
—Es posible; de todos modos, esto no es
Zamora. Quizá os pueda perdonar tres cuartos de
la deuda por esta… ah… chuchería.
Conan negó con la cabeza, y sus ojos azules
lanzaron una mirada penetrante al hombrecillo.
—No tengo tiempo para jugar a regatear
contigo. Te quedarás la joya a cambio de todos los
suministros; no hablemos más de este asunto.
—¿Eh? Me parece que soy yo quien decide,
extranjero. Puede que prefiera no venderos nada.
A pesar de sus palabras, no soltaba la
esmeralda, y había codicia en su rostro.
Conan desenvainó su nueva espada de la rígida
vaina de cuero y acercó la punta de su hoja a la
garganta de Diente-de-oro.
—¡Acaba ya con tu untuosa charlatanería,
mercader! Si aceptas este precio, vivirás. ¡Si no,
corres peligro!
—¡Yo, ah, tengo, ah, hombres, y puedo
llamarlos! —A Diente-de-oro le temblaba la voz.
Se lamió los labios, y Conan vio cómo su diente
centelleaba.
—Hazlo —le dijo Conan—. Me sentiría feliz.
Sin duda, una buena capa de sangre mejorará el
aspecto de tus mercancías. Llama a tus hombres.
Diente-de-oro tragó saliva y se lamió una vez
más los labios.
—Creo que, ah, voy a aceptar tener pérdidas
en esta venta, ah, como tú sugieres… por el interés
de mantener, ah, buenas relaciones comerciales.
Conan sonrió.
—Ya sabía que acabarías por verlo igual que
yo.
Se volvió y se marchó a toda prisa de la
habitación, con la capa flotando en torno a su
cuerpo. Se encontró con que Vitarius y las dos
hermanas lo estaban aguardando.
—Montad —ordenó Conan—. Es hora de
partir de esta madriguera de conejos.
Lemparius gesticulaba ante los hombres con el
brazo izquierdo y gritaba con fuerza en su ira.
—¡Cincuenta solones para el hombre que me
traiga a ese bárbaro! Vivo. Y si alguien lo mata
antes de que yo pueda verlo, sufrirá lentas torturas.
Un centenar de hombres miraba al senador y
asentía. Ninguno dijo nada.
—Id. ¡No quiero que escape!
Los guardias salieron del patio desfilando a
ritmo rápido, perseguidos por las maldiciones de
Lemparius. Este cerraba con fuerza el puño
izquierdo, pero no el derecho… el derecho lo
tenía fuertemente vendado y sujeto al cuerpo, a
modo de protección para la herida que le llegaba
desde el codo a la muñeca, y le penetraba hasta el
hueso. Si esta herida se la hubiese infligido un
arma ordinaria, ya habría sanado; pero, como el
corte había sido obra de su propio puñal diente-
de-sable, que albergaba un embrujo felino,
tardaría en cerrarse como una operación de cirugía
en un hombre normal.
¡Maldito bárbaro! En cuanto se lo trajesen,
aprendería lo que era el dolor. Djuvula no iba a
necesitar su corazón, Lemparius estaba seguro de
ello… sería él quien satisficiera sus necesidades.
Pero Conan tenía que pagar por aquella herida.
Loganaro estaba a punto de caer presa del
pánico. El bárbaro y su partida se marchaban,
hasta un idiota habría podido verlo. ¿Cómo podía
detenerlos? Al pensar en que tendría que
enfrentarse a Lemparius, el rechoncho agente
sentía estremecimientos. Por otra parte, la idea de
luchar con el violento bárbaro tampoco le seducía.
Los cuatro montaron en sus caballos ante la
mirada de Loganaro. ¡Por Yania, no podía permitir
que se marchasen así como así! Debía retrasarlos
de algún modo, tenía que inventar alguna excusa
que retuviese al bárbaro en Mornstadinos hasta
que el agente pudiera encontrar ayuda.
Con este propósito, Loganaro los persiguió
corriendo, al mismo tiempo que su cerebro
trabajaba frenéticamente.
—¡Señor —gritó—, aguardad un momento! Me
recordáis, ¿verdad? Soy Loganaro, nos conocimos
en aquel pueblo… —Se detuvo, y miró a Conan,
boquiabierto; el bárbaro estaba desenvainando su
espada, que parecía nueva… ¡y al lado de esta,
sujeto en el cinturón, sin vaina alguna, llevaba el
puñal curvo de Lemparius!
Conan contempló al obeso espía con la
intención de decapitarlo. Pero había gente cerca de
allí; podía ser que alguien llamara a los guardias,
y no quería añadir más problemas a los que ya
tenía. De pronto, se le ocurrió una idea, y sonrió.
Envainó la espada, recordando la conversación
que había oído mientras se fingía inconsciente en
la estancia de la bruja.
—No, gordinflón —le dijo—. No voy a
ensartar tu cadáver en mi acero nuevo. Eso sería
demasiada misericordia.
—M-mi joven señor, ¿qué queréis decir con
eso? Yo no os he hecho ningún daño…
—No por falta de voluntad, apostaría por ello.
Veo que reconoces la daga que llevo.
—N-n-no, nunca la he visto…
—Pertenecía a tu dueño, canalla. Estoy
hablando de Lemparius, senador y hombre pantera.
—¿Hombre pantera?
—Sí, ¿no lo sabías? Da igual. Eso no es
problema tuyo, hombre condenado. Hay una mujer,
una bruja…
—¡Djuvula!
Conan sonrió.
—Sí, también la conoces. Y bien que debes de
conocerla, porque está deseosa de arrancarte las
tripas.
—Pero… pero… ¿por qué?
—Tu antiguo amo te ha entregado a ella, perro.
Parece que tu manera de cambiar de alianzas no
gusta a esa dama. Al tratar de servir a dos, ambos
te han abandonado.
—¡No!
Conan rio de nuevo.
—Yo, en tu lugar, me buscaría la vida en otra
ciudad, gordinflón. O en otro país. Lo más pronto
que pudiera.
Loganaro se volvió y huyó corriendo,
murmurando juramentos en su carrera. Aquello era
de lo más divertido que Conan había visto en su
vida, y el cimmerio soltó tales carcajadas que
estuvo a punto de caerse del caballo.
Vitarius dijo:
—Conan, no sabía que conocieses a una
comadreja tan artera como Loganaro.
La risa de Conan se convirtió en risilla.
—Solo por casualidad —dijo.
Vitarius les guio por los callejones y callejas
hasta el portalón occidental de Mornstadinos.
Eldia y Kinna le seguían de cerca, y Conan iba en
retaguardia, poniendo gran cuidado en que nadie
les fuera detrás. En una ocasión, vio una patrulla
de cinco guardias, pero estos se estaban alejando
perpendicularmente de la calle por donde andaban
ellos. Bien.
En la puerta occidental no había guardia, salvo
un único hombre. Estaba apoyado en su pica, y
sostenía una conversación obscena con una ramera
de cabello corto y oscuro que llevaba el rostro
muy pintado. Cuando Conan pasó por el lado del
centinela, este, concentrado en discutir el precio
que la mujer le pedía por sus favores, ni siquiera
se volvió.
Ya habría pasado la media tarde cuando los
cuatro abandonaron Mornstadinos sin topar con
obstáculo alguno. Conan apenas si podía recordar
ningún sitio de donde se hubiera marchado con
tanta alegría. En comparación con la doblez y las
intrigas de los ciudadanos que había encontrado en
Mornstadinos, el ataque a un mago que se
refugiaba en un castillo con fortificaciones
mágicas le parecía una tarea insignificante.
14
A varias horas de Mornstadinos, la partida de
cuatro se detuvo para dejar reposar a los caballos.
Conan no había visto a otros viajeros, aparte de
ellos mismos: el camino de Corinthia estaba vacío.
Vitarías bebía de un odre de piel de cabra, y se
empapó la boca de vino hasta que le goteó por la
barbilla. Le pasó el odre a Conan, que llenó varias
veces su propia boca, tragando ruidosamente.
Eldia y Kinna se acercaron a una densa fronda
de arbustos. Conan les gritó:
—Tened cuidado.
Kinna esgrimió en alto el bastón que llevaba.
—No te preocupes, con esto puedo defenderme
de los conejos y las comadrejas.
Vitarius dijo:
—Ibas a contarnos una historia.
—Cierto.
Conan empezó a explicarle sus más recientes
aventuras. Las mujeres volvieron casi al instante.
Cuando hubo acabado, Kinna negó con la
cabeza.
—Parece que los dioses te mantienen con vida,
Conan.
—Tal vez. En todo caso, yo no me confío a los
dioses. —Acarició su espada con la mano callosa
—. El acero es mucho mejor. La buena espada
hace lo que el hombre le exige, y es tan buena
como el hombre que la blande. Los dioses actúan
por razones propias, y no son dignos de confianza
en los momentos de peligro.
—¿Crees que el senador hará que nos
persigan? —preguntó Eldia.
El cimmerio se encogió de hombros.
—Es posible. No me tiene ningún aprecio. Si
ese putañero del portalón recuerda que hemos
salido por allí, Lemparius podría enviar a sus
secuaces tras nosotros. En la cima del último
cerro, he mirado hacia atrás, pero no he visto
polvareda en el camino. En el caso de que nos
persigan, les sacamos varias horas de ventaja.
Kinna asintió.
—Creo que eso es lo que menos debe
preocuparnos —dijo Vitarius—. Sovartus ha
puesto varios obstáculos en los caminos que se
alejan de Mornstadinos. Cabalgando, llegaremos
en cinco días a la planicie Dodligia, en la que se
yergue su aborrecible castillo. Antes, tendremos
que ir sorteando a los guardianes que haya
apostado… por no hablar del bosque Bloddolk.
—¿El bosque Bloddolk? —repitió el joven
cimmerio.
—Sí. Un lugar con extraña fauna y flora
todavía más extraña. Está lejos del camino de
Corinthia, hacia el norte, a lo largo de un sendero.
Tendremos que ir por allí para llegar a los
dominios de Sovartus. No hay muchos hombres
que traten de ir por ese sendero; de quienes lo
hacen, pocos regresan.
Conan se encogió de hombros. Aquel bosque
se hallaba en el futuro, y no tenía por qué empezar
a preocuparse.
—Será mejor que sigamos adelante —dijo—.
Si alguien nos sigue, pondremos más tierra de por
medio.
Los cuatro montaron en sus caballos y se
marcharon.
Djuvula se mecía, y el sudor le empapaba el
desnudo cuerpo. Gimió, y aferró con más fuerza
todavía las ropas que tenía en las manos. Las
ropas de Conan.
Djavul la contemplaba con interés, pero sin
sentir ninguna pasión carnal por la mujer desnuda.
No tenía otro interés que el de encontrar al salvaje
que lo había herido.
Djuvula se desplomó. Al cabo de un momento,
volvió a incorporarse, respirando trabajosamente.
Fue hacia el lugar donde tenía colgada la ropa, se
puso su atuendo y se volvió hacia su demoníaco
hermanastro.
—Está cabalgando por el camino de Corinthia
—dijo—. Con la niña y los otros. A medio día de
distancia.
Djavul asintió.
—Bien. Voy a buscarlos.
—Ten cuidado, hermano. Sus fuerzas no han
menguado desde la última vez que os enfrentasteis.
Djavul alzó el brazo herido. Ya se advertía un
rebrote en el muñón, los contornos de unos
pequeños dedos.
—He aprendido a tener cierta prudencia
cuando trate con la niña de Fuego. Aguardaré hasta
que se presente el momento oportuno.
—Procura que así sea. Y recuerda, quiero que
me traigas vivo el corazón del bárbaro… no me
importa lo que hagas con el resto de su cuerpo.
Djavul sonrió; le rezumaba fango de los
colmillos.
—Te lo traeré, querida hermana. Tampoco le
servirá de mucho en cuanto haya terminado con él.
Djavul se desvaneció con su estrepitoso
estallido de color.
Tres días después de que el bárbaro escapara
de su estancia, Djuvula recibió a un visitante, o,
mejor dicho, dos visitantes. Uno era Lemparius; el
otro, Loganaro.
El senador hizo entrar primero al gordo espía
en la habitación. Loganaro tenía las manos atadas,
y su pastosa cara estaba manchada de sudor y de
miedo.
—Te traigo un regalo, querida —dijo
Lemparius.
Djuvula sonrió con toda su blanca hilera de
dientes.
—¡Oh, Lemparius, qué encantador eres! Justo
lo que quería.
—Ah, bien. Ya me lo imaginaba. Y hay otra
cosa que quiero yo, señora mía.
La sonrisa de Djuvula se ensanchó.
—Ya lo recuerdo. ¿Cómo están tus… heridas?
—La… primera se ha curado. El corte casi
está… me lo hice suturar con pelo de tigre dientes
de sable.
—Entonces, ven a mi alcoba. Loganaro nos
esperará aquí, ¿verdad que lo harás?
Loganaro tenía demasiado miedo para poder
hablar; se limitó a asentir estúpidamente.
Djuvula cogió del brazo a Lemparius y lo guio
a su habitación.
Pasó largo tiempo; así le pareció a Loganaro.
Ocasionalmente se oían grititos en la alcoba, pero
el agente sabía que no eran de dolor.
Después de lo que le pareció varios años —
ciertamente, habían pasado horas—, la puerta de
la alcoba se abrió, y Lemparius salió
tambaleándose; tenía el rostro sonrojado, y el
desnudo cuerpo cubierto de sudor, y caminaba
como si hubiese tenido el doble de edad. Al cabo
de un momento, Djuvula salió a la antecámara en
pos del senador. También estaba desnuda.
—Ven, Lemparius —le dijo—. Acabamos de
empezar.
Lemparius negó con la cabeza.
—No, mujer. Yo ya he terminado. No puedo
hacer más.
—¿Y esas mejoras que habías experimentado?
—Hablaba con voz tan dulce como la de una joven
monja virgen. Loganaro tragó saliva. No quería
verse implicado en aquello.
—¡No te burles de mí, mujer! ¡Ningún hombre
podría haberlo hecho mejor!
—Te engañas a ti mismo. Muchos lo han hecho
mejor —dijo Djuvula. Su voz se endureció un
poco. Apoyó un puño cerrado en la desnuda
pierna.
Lemparius gruñó. El sonido sobresaltó a
Loganaro con su regusto animal.
—De hecho —siguió diciendo Djuvula—, creo
que un típico eunuco habría hecho casi lo mismo.
El senador masculló:
—¡Bruja! ¡Te vas a arrepentir por esto!
Loganaro miró con horror mientras el hombre
al que conocía cambiaba de forma, y se
transformaba en un gran felino de color leonado
que meneaba rápidamente la cola. La bestia se
enfrentó rugiendo a la mujer.
Loganaro se acercó a la salida de la
antecámara. El corazón le palpitaba como si lo
hubiera estado tocando un tamborilero loco.
—Así —dijo Djuvula—, quieres arrojarte
sobre mí como una bestia, ¿verdad?
La pantera dio un paso hacia ella.
Loganaro siguió acercándose furtivamente a la
puerta. Parecía que no le vieran. ¡Por Mitra, Yama
y Set, si escapaba de aquella se reformaría, se
haría sacerdote, no cometería ningún otro acto
deshonesto mientras viviese!
Djuvula alzó el puño, prieto, delante del
rostro.
—No sabes perder, senador. Vuélvete y
márchate ahora mismo, y te perdonaré tu mal
hacer.
El felino dio otro paso hacia la bruja, y meneó
la cola con más fuerza todavía. Empezó a
agazaparse, dispuesto a saltar.
Loganaro llegó a la puerta. Con las manos que
tenía atadas, logró coger el picaporte y abrir.
Djuvula golpeó a la pantera con el dorso del
puño y, al hacerlo, abrió la mano; un fino polvo
blanco se derramó desde su palma sobre la cara
del animal.
El felino estornudó: una vez; dos; tres. Dio un
paso hacia atrás y se acarició el rostro con una
garra.
—Lo único que ocurre es que te acabo de
arrojar un hechizo, felino-que-fuiste-senador —
dijo Djuvula, riendo—. Ya me imaginaba que
intentarías algo así. Desde ahora, hay tres cosas
que no puedes hacer: no puedes atacarme, no
puedes recobrar tu forma anterior y no puedes
gozar de la compañía de panteras hembra, en el
caso de que encuentres alguna.
La bruja rio de nuevo, con carcajada profunda,
gutural, de completo regocijo.
La pantera gruñó y saltó sobre la mujer, pero
pareció encontrar un muro invisible a dos pasos de
ella. Rebotó, retrocedió, saltó de nuevo, y se
encontró una vez más con el mismo muro.
Djuvula apoyó ambas manos en las caderas y
siguió riéndose del animal.
Loganaro no aguardó más. Abrió bruscamente
la puerta y salió corriendo. A pesar de su
corpulencia, corrió más deprisa de lo que hubiera
parecido posible. No paró de correr hasta que
estuvo a mitad de camino del portalón occidental.
Entonces, se detuvo tan solo para tomar aliento
antes de echar a correr de nuevo.
—Acamparemos aquí para pasar la noche —
dijo Conan.
Más adelante, alcanzaba a distinguir los
confines del bosque que Vitarius parecía temer
tanto. Pese a su apariencia despreocupada, el
cimmerio tampoco sentía ningún deseo de acampar
allí.
Mientras las tinieblas de la noche progresaban,
Conan fue recogiendo leña para la hoguera. Tenía
la sensación de que lo estaban mirando, aunque él
no pudiera ver quién, ni volverse con rapidez
suficiente para descubrirlo. Había aprendido a
confiar en sus instintos, y decidió permanecer
alerta.
Cuando le explicó esta sensación a Vitarius, el
anciano asintió.
—Sí —dijo—. Yo, igual que tú, siento el
aguijón de una mirada fija. Tal vez no sea nada,
quizás un animal, pero estamos cerca del bosque, y
deberíamos tomar precauciones. Crearé un hechizo
menor, un encantamiento de advertencia, que
rodeará el campamento. Si algo más grande que
una rata trata de acercarse, lo sabremos.
Conan asintió de mala gana. Si de él hubiese
dependido, habría pasado sin ningún tipo de
taumaturgia; con todo, si alguien —o algo— les
estaba observando, y él no podía verlo con sus
agudos ojos, era probable que se tratara de un
monstruo, y no de una criatura natural. Ya le
bastaba con un brujo; que el mago formulara su
hechizo… Conan, por su parte, dormiría con sueño
ligero, espada en mano.
Una vez la hoguera estuvo encendida, se sintió
mejor. Ningún animal osaría acercarse al fuego y,
además, las llamas danzarinas alejaban la
oscuridad.
Tras una cena fría de carne de cerdo seca y
legumbres, Vitarius se arrastró hasta sus mantas y
se durmió enseguida. Eldia no tardó en dormirse
también, envuelta en sus ropas y mantas, cerca del
fuego. Al cernirse las sombras parpadeantes sobre
su rostro, parecía mucho más joven.
Kinna se sentó al lado de Conan. Durante un
rato, contemplaron el fuego en silencio, sin hablar
ninguno de los dos. El bárbaro sentía el calor de la
cercanía de la muchacha como algo muy distinto
de la calidez del fuego.
Finalmente, Kinna habló.
—Todo esto es muy extraño para mí. Tú eres
un hombre de mundo, has pasado por muchas
aventuras, y yo, por mi parte, durante la mayor
parte de mi vida, solo he sido la hija de un
campesino, y nunca me había aventurado a
alejarme de casa. Hasta ahora.
Conan miró a la joven mujer, pero no dijo
nada.
—Jamás había conocido a un hombre tan
valeroso y fuerte como tú, Conan. Arriesgas la
vida por algo que apenas si te concierne.
—Sovartus me debe un caballo —dijo él—. Y
me ha acosado, y ha hecho que me atacaran brujas
y hombres bestia. Todo hombre tiene que saldar
sus deudas.
Kinna le tocó suavemente en el hombro de
recios músculos.
—La noche de la tempestad, en el mesón…
¿recuerdas que íbamos a inspeccionar tu ventana
cuando nos despertaron?
Conan sonrió.
—Sí, lo recuerdo.
Ella le acarició las espaldas desnudas bajo la
capa.
—¿Quieres que la inspeccionemos ahora?
Conan alargó el brazo, envolvió a Kinna entre
los pliegues de su capa y la volvió hacia él.
—Sí —le dijo—. Creo que está lista para tu
inspección.
A veinte pasos del anaranjado brillo de la
hoguera, Djavul gruñó suavemente, para sí, al
observar al bárbaro y a la mujer. Los bordes
exteriores del hechizo del Mago Blanco refulgían,
casi invisibles, tan cercanos que el demonio habría
podido tocarlos. Si tocaba el encantado aire,
provocaría estruendo y luz suficientes para
despertar a los demonios del lugar. Djavul hacía
rechinar sus colmillos semejantes a dagas, y
miraba con odio a la pareja humana.
—Antes de que mueras, tendrás que verme
violándola, humano bárbaro. Y antes de que
termine contigo, suplicarás que te dé muerte. Se
acerca tu hora. La luna de la medianoche brillaba
con poca luz sobre un par de guardias
adormilados, que estaban vigilando a ambos lados
del portalón oriental de Mornstadinos. El cielo
claro alumbraba este sitio con sus estrellas,
acompañado por la humeante llama de cuatro
antorchas puestas en la cercana pared. Había
suficiente luz para que los dos hombres vieran
claramente el leonado cuerpo de una pantera que
corría hacia ellos por la calle. Tan rápido era este
animal, que los hombres apenas si tuvieron tiempo
de hacer nada —aparte de murmurar breves
juramentos— antes de que el felino saltara entre
ellos y traspusiera la puerta terminada en arco por
la que se salía a las tinieblas.
Luego, ambos juraban no haber estado
bebiendo ni fumando cáñamo en el momento de
ver la pantera. Una bestia como aquella era muy
rara en la región, aunque no desconocida por
completo, y nadie podría culparlos por no haber
sabido detenerla, por lo desconocida que era. Lo
que ninguno de los dos hombres no quiso explicar
fue un largo corte que tenía la bestia en una de las
patas delanteras, una herida que parecía casi
curada, y cerrada con suturas. Tras deliberación
sincera, los centinelas habían decidido que les
convendría ignorarlo en su relación.
En la noche corinthia, bajo las estrellas y la
apagada luna, corría la pantera que había sido un
hombre, con un porte que podríamos haber
llamado perruno, si no se hubiera tratado de un
felino. Esta pantera tenía un objetivo, y andaba por
su elemento, la penumbra, con un solo pensamiento
en su felina mente: vengarse de Conan de
Cimmeria dándole muerte.
15
Conan despertó, y vio la cara de Vitarius que
le sonreía. O, más bien, les sonreía, porque Kinna
aún estaba envuelta entre los pliegues de la capa
de Conan, y dormía a su lado.
—Ha amanecido —dijo el anciano mago—.
Mejor que nos marchemos temprano, para que ya
hayamos salido del bosque cuando llegue la noche.
Aun en las mejores condiciones, se necesita una
dura jornada de viaje para ello.
Conan sacudió ligeramente a Kinna, que
sonreía en su sueño.
—Luego —le dijo ella—. Estoy cansada.
Eldia, que estaba detrás de Vitarius, la miró y
se rio.
Conan se encontró algo incómodo al ver que la
niña observaba a su hermana dormida. No era
vergüenza lo que sentía, pero sí algo muy
parecido.
—Despierta, Kinna —dijo bruscamente.
Kinna se frotó los ojos, le sonrió a Conan, y
entonces vio que el mago y su hermana la estaban
contemplando. Parpadeó, y abandonó por
completo la tierra de los sueños.
—¿Qué es lo que estáis mirando? —dijo—. Tú
ya eres lo bastante viejo como para haber visto
hombres y mujeres durmiendo juntos, Vitarius. Y
en cuanto a ti, hermana, no hace falta que se lo
explique a una niña crecida en una granja,
¿verdad?
—No, Kinna —dijo Eldia, entre risillas—. No
hace falta para nada.
—¡Entonces marchaos, y dejad que me vista!
Eldia soltó otra risilla, pero se marchó a
atender a su caballo. Vitarius empezó a enrollar
sus mantas.
Conan y Kinna se miraron brevemente, y
rieron. La espesura del bosque tenía una cualidad
lóbrega, un aroma a moho y a vegetación que
parecía llevar mil años pudriéndose. Los abetos
que predominaban eran altos, y estaban recubiertos
por ásperas tiras de corteza, parecidas a ripias de
tejado; gruesas alfombras de agujas marrones
adornaban el pie de estos gigantes, impidiendo que
crecieran allí los matojos. Los sitios más soleados
estaban cubiertos de zarzales, aunque hubiera
pocas áreas adonde el sol llegara directamente. En
vez de la frescura que Conan asociaba
habitualmente con el verdor, reinaba una pesada
podredumbre. No cantaba ningún pájaro; no
zumbaba ningún insecto; ningún animalillo pasaba
corriendo. Conan entendía bien por qué aquel
lugar no le gustaba a Vitarius, y lo dijo.
—Ah, solo estamos en los aledaños —dijo
Vitarius—. En lo más profundo del bosque, todo es
repugnante de verdad.
Conan reprimió un estremecimiento. Parecía
que, en los últimos tiempos, su vida estuviese
plagada de seres sobrenaturales. No le gustaba.
Solo se oían los cascos de los caballos sobre
el camino cubierto de humus, y aun este sonido
parecía medio ahogado por la vegetación cada vez
más frondosa. A medida que los árboles se
cerraban sobre el sendero, había menos luz.
Conan pensó que había visto un destello rojizo
entre los árboles, como si algo hubiera salido
corriendo de entre ellos y se hubiera escondido,
treinta pasos más allá, detrás de un enorme tronco.
Miró atentamente, pero no vio nada más. ¿Había
sido su imaginación? Estuvo tentado de cabalgar
por entre los árboles para verlo, pero al fin
desistió. Para cuando llegara el anochecer, quería
estar en el otro extremo del bosque.
Se detuvieron a mediodía para dar reposo a
los caballos, comer y estirar el cuerpo, que ya
tenían fatigado de tanto cabalgar. El callado aire
estaba oscuro, el toldo de gruesas ramas impedía
que la luz del sol llegara al suelo. Qué
espeluznante sensación, que el sol refulgiera con
toda su luz en su cénit, y que, con todo, no pudiera
atravesar el denso follaje.
Conan aún se sentía observado.
—Quedaos cerca —ordenó a los otros.
—Si la memoria no me falla —dijo Vitarius—,
algo más adelante encontraremos un riachuelo.
Tendremos que vadearlo, porque se interpone en
nuestro camino. En esta época del año, no debería
ser difícil. En época más temprana, en primavera,
baja como un verdadero torrente, y cruzarlo es
imposible.
Conan no dijo nada. Había visto otro borrón
rojo que corría entre los árboles. «Basta ya»,
resolvió. Desenvainó la espada.
—¿Qué vas a hacer, Conan? —dijo Kinna, que
estaba arañando a su caballo detrás de la oreja.
—Alguien nos está siguiendo —dijo él—.
Ahora mismo está oculto en el bosque. Quiero
saber quién es, y por qué nos sigue.
Vitarius levantó su mano sarmentosa.
—Depón tu arma, Conan. Sin duda, verás
muchas formas extrañas danzando por estos
bosques. Sus moradores, en su mayor parte, no
atacan, solo sienten curiosidad. Sin embargo, es
mejor que evitemos todo enfrentamiento con ellos.
Conan bajó el arma. Tal vez el anciano tuviese
razón. No le importaba que los habitantes del
bosque le mirasen, siempre y cuando no se
acercaran. De todos modos, iban a llegar a la
planicie cuando anocheciera.
En menos de una hora, arribaron al arroyo que
Vitarius recordaba. Sin embargo, vadear el
riachuelo no iba a ser fácil. Un gran árbol había
caído en el sendero que conducía hasta allí,
prácticamente atravesado en la orilla. Un hombre
podía pasar trepando fácilmente por encima del
grueso tronco, pero un caballo no. Hubieran
podido rodear el tronco, por supuesto, pero
entonces habrían tropezado con otros problemas.
—Este es el único lugar en dos millas por
donde habríamos podido vadear fácilmente —dijo
Vitarius—, porque el recodo del riachuelo hace
que aquí se acumulen aluviones. A una docena de
pies en cualquier dirección, se vuelve
repentinamente profundo. Si nos desviamos,
perderemos tiempo.
—¿No podríamos cortar el árbol? —dijo
Eldia.
Conan rio.
—Sí, hermanita, podríamos hacerlo… si
tuviésemos hachas o sierras largas. Con todo,
harían falta dos hombres, que trabajaran durante
casi todo un día, para que pudiera pasar un
caballo. Con mi espada, lo lograría en un mes.
—Yo podría quemarlo —dijo Eldia.
Conan miró a la muchacha, y luego al anciano
brujo.
El viejo negó con la cabeza.
—No. Un fuego natural tardaría días en quemar
tanta madera. Y si empleáramos el Poder en
medida suficiente para hacerlo más rápido,
llamaríamos demasiado la atención. Las energías
fuertes atraen a ciertas criaturas, criaturas que no
querría encontrarme en este bosque.
—¿Qué vamos a hacer, entonces?
—Dar un rodeo —dijo Conan—. A menos que
te fíes de que estos caballos sepan nadar; yo no te
lo recomiendo. Si solo estamos a una milla de otro
vado, podremos llegar a la continuación de este
camino, a la otra orilla del río, en una o dos horas,
aunque la espesura nos obligue a andar más
despacio.
—Eso significa que tendremos que pasar la
noche en el bosque —dijo Vitarius. Conan se
encogió de hombros. No se podía hacer nada.
Pero, al pasar cerca del árbol caído, notó que la
tierra que quedaba en sus raíces aún estaba
húmeda. El gigantesco árbol había caído muy
recientemente. Esto último resultaba algo extraño,
porque no había habido ninguna tempestad desde
que abandonaran Mornstadinos.
Al cabo de treinta minutos, todo el grupo llegó
a un lugar donde se distinguía claramente un banco
de arena que atravesaba el arroyo. El lecho del río
era ancho, pero el agua no corría a mayor
velocidad que en el vado donde había caído el
árbol.
—Por aquí —dijo Conan.
Encaminó a su caballo hacia el límite del agua.
—Conan, espera —dijo Vitarius.
Señaló al otro lado del riachuelo, a un árbol
que crecía cerca de la orilla.
Conan lo vio. Tenía forma extraña; se parecía
más a un espino que a un árbol, aunque
decuplicaba la estatura de un hombre. Y sus
espinas también eran grandes. Había algún tipo de
desechos en el suelo, a su alrededor. El cimmerio
entornó los ojos, y vio lo que eran estos desechos:
huesos. Los esqueletos de, por lo menos, seis
animales, que variaban en tamaño desde la rata
almizcleña hasta algo que podía compararse a un
perro grande. ¿Qué…?
Vitarius desmontó y tomó un odre de vino
vacío de sus alforjas. Anadeó hasta la orilla y
sumergió el odre en el arroyo. Ascendieron
burbujas a la superficie.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Conan.
Vitarius se incorporó y tiró del odre. Tuvo
problemas para levantar todo su peso.
—¿Puedes arrojar esto al otro lado del arroyo,
al pie de ese árbol?
El cimmerio desmontó, y levantó el odre lleno
de agua.
—Creo que sí —dijo Conan—. ¿Por qué?
—Hazlo, y ya verás.
Conan miró al anciano brujo. ¿Acaso aquel
hombre había perdido la razón? El cimmerio
sacudió la cabeza, pero, al mismo tiempo, le
indicó con un gesto a Vitarius que le dejara sitio
para arrojar el odre. ¿Qué quería lograr el viejo?
Probablemente, el odre reventaría del golpe, y el
espino se regaría más de la cuenta; nada más.
Conan debía de hallarse, más o menos, a
quince pasos del árbol. Volteó el tosco odre de
pellejo de cabra sobre su cabeza, flexionó los
tendones del brazo y del hombro. Dando un último
y fuerte impulso, arrojó el recipiente de agua.
El odre pareció volar lentamente, casi como
una hoja caída.
Fue a parar a pocos pies del árbol, y rodó
hasta su tronco. La cosedora que había hecho el
odre tenía su mérito, porque este no se había roto.
Lo que sucedió entonces no tuvo nada de lento.
Tres ramas del árbol se inclinaron hacia abajo,
como flagelos de cuero de novillo trenzados. Una
docena de púas, largas como dedos, perforaron el
odre como diminutas lanzas, y empezó a manar el
agua en pequeñas fuentes. Cuando, momentos
después, el odre quedó vacío de todo contenido,
las tres ramas volvieron a alzarse de la misma
manera que habían descendido.
Conan se volvió hacia Vitarius. Eldia y Kinna
ponían cara de sobresalto; el cimmerio esperaba
que su propio rostro no lo expresara tan
claramente.
—Ya os dije que la flora de estos bosques era
extraña. Mirad al árbol Beso-de-lanza… no
querríais pasar confiadamente por su lado, ¿eh?
—Ya veo cómo llegaron allí esos huesos —
dijo Conan.
—Al producirse un movimiento sobre su
sistema de raíces, las ramas atacan. El árbol se
alimenta de sangre y de otros fluidos de sus
víctimas, absorbidos por las mismas raíces.
Cuanto más grande es la presa, más ramas emplea
para retener a la víctima.
Kinna se estremeció.
—¿Cómo vamos a evitarlo? —preguntó Conan.
Vitarius se volvió hacia Eldia.
—¿Niña?
La muchacha asintió. Espoleó al caballo y
galopó hacia el banco de arena.
Conan la asió por las riendas de su montura, y
Kinna dijo:
—¡No!
Vitarius dijo:
—¡No corre ningún peligro! Dejadla ir.
Conan miró a la niña. Esta asintió.
—Tiene razón. No me va a pasar nada.
El cimmerio soltó las riendas del animal.
—¡Conan! ¡No! —Kinna espoleó a su propia
montura, pero Vitarius le cerró el paso. Tuvo que
refrenar al caballo para no arrollar al viejo—. ¡Es
una niña! ¡Ya habéis visto lo que esa… esa… cosa
hizo con el odre…!
El trío se volvió para contemplar cómo Eldia
llegaba a la otra orilla. En cuanto los cascos del
animal tocaron el suelo, las ramas del árbol
temblaron…
¡… y estallaron en llamas! Aquellas ramas
semejantes a flagelos, erizadas de largas púas, se
agitaron con frenesí, pero con esto solo lograron
alimentar el fuego. La madera quemada crepitó,
como grasa arrojada a un fuego de cocina. Vitarius
montó en su caballo.
—Es una hoguera pequeña, sin mucha energía.
No creo que nos delate.
El rodeo les costó casi dos horas. Cuando
estuvo tan oscuro que ya no pudieron ver el
camino, Conan detuvo a la partida. Se volvió hacia
Vitarius, que negó con la cabeza.
—Nos queda más de una hora para llegar a los
confines del bosque. De noche, es demasiado
peligroso.
—Entonces, acamparemos aquí —dijo Conan.
Djavul estaba agazapado detrás del tronco de
un árbol, observando. No dudaba de que el Mago
Blanco plantaría de nuevo sus protecciones
mágicas. Evitar que el hechizo le detectara era
muy sencillo; tenía que estar dentro del perímetro
antes de que el mago lo formulara. En el camino
que habían seguido, o en las planicies que les
aguardaban, habría sido imposible lograrlo sin ser
visto. Pero, en aquel frondoso bosque, podría
conseguirlo si obraba con cautela. Por eso había
abatido el árbol. Sus presas, la niña y el bárbaro,
se habían demorado el tiempo necesario para que
la noche los sorprendiera en el bosque.
Moviéndose con un sigilo al que no estaba
habituado, Djavul se acercó al sendero. Se sabía
casi invisible en la oscuridad, pero, con todo,
procuraba moverse tan silenciosamente como le
fuera posible. Era difícil; los demonios no solían
tener motivos para aprender a arrastrarse. En esta
ocasión, sin embargo, era importante que no lo
detectaran. Procedió con cautela. No rompió
ramillas con sus grandes y encallecidos pies; las
ramas no se agitaron ruidosamente a su paso. Le
llevó casi una hora el dar unas pocas zancadas. Al
cabo, Djavul se encontró a dos saltos del hombre
al que había jurado matar.
—Ya he arrojado el hechizo —dijo Vitarius—.
Ahora, podremos reposar sin miedo.
Conan asintió, pero aún desconfiaba de todas
las formas de magia. Dejó su arma desnuda cerca
del lugar en donde Kinna había puesto sus mantas.
Sin embargo, cuando la joven acudió a su abrazo
al abrigo de la lana, el cimmerio olvidó los
peligros del bosque.
Fue el olor, no la imagen ni el sonido, lo que le
despertó. Un hedor a criatura infernal le abrumó el
aguzado olfato. Al instante, se dio cuenta de que el
demonio con el que se enfrentara los había
encontrado. Conan abrió los ojos súbitamente, y
trató de coger la espada.
—¿Buscas algo? —El metálico chirrido de la
voz del demonio sonaba cerca, casi encima de
Conan.
Este salió rodando de entre las mantas y se
incorporó, y vio al gigantesco y rojo demonio a
menos de dos pasos. Le había quitado la espada.
A sus espaldas, Kinna salió de su sueño.
—¿Conan? ¿Qué ocurre?
Djavul le sonrió al cimmerio. Parodió a la
mujer con su voz profunda y áspera: «¿Conan?
¿Qué ocurre?». El demonio arrojó la espada de
Conan a las tinieblas de la noche. La hoguera ya se
había extinguido en parte, pero quedaba suficiente
luz para que el bárbaro viera bien a su enemigo.
—Yo soy la muerte, Conan, y voy a llevarte
conmigo. Por supuesto, no de inmediato. Primero,
te tengo preparados unos pocos entretenimientos.
Kinna se incorporó de medio cuerpo. Conan
solo le concedía la más leve traza de su atención.
No tenía espada, pero la daga curva de Lemparius
había quedado cerca de sus mantas. Si pudiera
agarrarla…
—¡Conan! ¿Dónde está Eldia?
Conan echó una ojeada a las mantas de la niña.
No había nadie allí.
La colmilluda sonrisa de Djavul se ensanchó.
—Me la he llevado. No querría que ella y el
anciano Mago Blanco me arrojaran encima el
Fuego de la niña antes de que pueda dar término a
mis asuntos.
Vitarius se despertó.
—¿Qué…? ¡Oh!
—Ven, avispa —decía Djavul—. ¡Pelea
conmigo, a ver si así puedo arrancarte un brazo o
una pierna para el desayuno!
Conan se arrojó sobre sus mantas y sacó la
daga. Se puso en pie de una voltereta, blandiendo
el colmillo de acero, para hacer frente a Djavul.
—Se te ha encogido el aguijón, avispa. —
Djavul rio—. Ven, mídete con mi única mano.
Las uñas de Djavul se agitaban de un lado para
otro a la luz de la hoguera, como pequeñas dagas.
Conan se adelantó.
Djavul pegó un salto. Aferró la mano armada
de Conan con la que a él le quedaba, y pasó el
resto del brazo por detrás de la espalda del
bárbaro. El cimmerio sintió cómo el muñón que el
demonio tenía por muñeca le golpeaba la columna.
Le dio un rodillazo en el bajo vientre al monstruo,
pero solo halló la carne, sólida como la roca, del
robusto muslo rojo. Los dos cayeron al suelo, y se
enzarzaron como luchadores profesionales.
A pesar de toda su fuerza, Conan se sentía
como un niño ante el abrazo de Djavul. El
demonio le arrebató la daga, y la arrojó a las
tinieblas de la noche. Entonces, Djavul tiró a un
lado al corpulento joven, de la misma manera que
un hombre desecharía una rebanada de pan
mohoso. El cimmerio aterrizó violentamente, sin
resuello.
Djavul dio un salto adelante y se irguió sobre
Conan.
—¡Me lo has puesto demasiado fácil, avispa!
—Se agachó delante de él y lo agarró.
Entonces, el cimmerio vio a Kinna
esgrimiendo su bastón. La pesada madera, tan
gruesa como su muñeca, silbaba en el aire
nocturno. Golpeó por la espalda a Djavul a la
altura de los riñones. La sólida vara se astilló y se
partió, tanta era la fuerza con que Kinna había
golpeado. Al sentir el impacto, Djavul gruñó, pero
no hizo más que tambalearse. Se volvió, agitando
su mano abierta. Pegó a Kinna en el hombro, y la
hizo caer.
Conan logró volver a ponerse en pie. En el
mismo instante, oyó que Vitarius gritaba:
—¡Conan! ¡Coge esto!
El brujo de cabellos blancos le arrojó algo al
hombre más joven.
Conan se volvió, esperando ver un puñal a la
luz de la hoguera. Lo que cazó al vuelo, sin
embargo, no era un arma. Al tacto, parecía grasa
sobre pergamino reseco, extendidos ambos sobre
madera. En uno de sus extremos tenía varias
puntas, a modo de pequeñas dagas. Conan
reconoció al instante lo que había cogido: ¡La
mano cortada de Djavul!
Entonces, el demonio se volvió para hacer
frente a Conan. La luz de la hoguera se reflejaba en
sus colmillos blancos y, al alargar el brazo para
atrapar al hombre, rezumaba cieno por la boca
abierta. Debió de esperar que el cimmerio huyera,
pero este le hizo frente. Arremetió contra el
monstruo. Tenía una oportunidad, y la aprovechó.
Empuñó la mano cortada como si se hubiese
tratado de una espada y, con todas sus fuerzas,
clavó sus uñas en el rostro de su antiguo
propietario.
Los dedos a medio momificar estaban
extendidos. El índice y el medio se clavaron en los
ojos de Djavul y se hundieron hasta su tercera
articulación.
El demonio chilló, y este sonido sacudió el
aire nocturno. Los oídos le zumbaron a Conan,
quedaron ensordecidos, mientras Djavul
retrocedía tambaleándose, y se aferraba la mano
muerta con la que aún le vivía. Tiraba del
instrumento de su tortura, pero este parecía ya una
parte de su rostro, inamovible. El demonio cayó de
rodillas, chillando todavía. Una extraña luz
anaranjada y chisporroteante apareció en torno a
su cara. Ante los ojos de Conan, la luz se expandió
hasta cubrir el entero cuerpo de Djavul. Cuando la
luz ya bañaba al demonio desde la cabeza hasta
los pies, se desvaneció de pronto, como con un
parpadeo. Djavul cayó de espaldas. Su cuerpo se
disolvió como cera fundida, perdió forma, y
burbujeó, convertido en un rojo charco, sobre las
agujas de pino, hasta que, al fin, no quedó nada de
él, salvo humedad en el suelo.
En el Castillo Slott, un pentagrama trazado con
precisión sobre las baldosas de cierta estancia se
encendió de pronto con llamas anaranjadas.
Cuando las llamas desaparecieron, también se
desvaneció el pentagrama.
En Mornstadinos, en su alcoba, Djuvula la
Bruja despertó violentamente de un sueño sin
sueños, con los ojos desorbitados. Chilló, pero de
nada le sirvió aquel esfuerzo. Su hermano había
muerto.
16
A la luz de la hoguera que encendieron de
nuevo, Conan se sentó junto con Vitarius, Kinna y
Eldia, que había vuelto. El demonio solo se había
llevado a la niña a un breve trecho del lugar en
donde había dormido, sin atravesar el hechizo de
protección del anciano mago.
—Debía de estar muy cerca de nosotros
cuando arrojé el encantamiento —dijo Vitarius—.
La magia no se ha visto alterada.
Conan no podía hablar igual de sí mismo.
—¿Qué le ha ocurrido? —Echó una ojeada a la
humedad que era el único resto de Djavul.
—Como pertenezco al Blanco, el demonio
sabía que no podría usar su nombre contra él. Pero
resultó que su propia carne era una arma todavía
más potente.
Kinna dijo:
—¿Cómo sabías que le ocurriría eso?
Vitarius negó con la cabeza.
—No lo sabía. El Cuadrilátero Blanco no
enseña tales cosas. Pero había oído rumores; si
uno vive el tiempo suficiente, acaba por saber
cosas del enemigo. Hace algunos años encontré un
viejo pergamino, una página de alguna obra más
grande que algún alma noble debió de quemar en
su mayor parte. En esa página estaba escrito que la
carne tomada de un demonio se reunirá con su
propietario si se les vuelve a poner en contacto.
Sospecho que, si Conan le hubiera puesto la mano
muerta en la muñeca, la mutilación habría
desaparecido. Parece, sin embargo, que la carne
de demonio no hace muchos distingos… la mano
se adhirió a la primera porción del diablo que
tocó.
Kinna sintió un estremecimiento.
—¿Quieres decir que la mano se arraigó en la
misma faz del demonio?
—Eso parece. Y como los ojos no eran un
lugar apropiado para ella, la antigua mano lo mató.
—Ha tenido una muerte digna de él —dijo
Conan—. Ahora dormiré mejor, sabiendo que ya
no hay engendros del infierno que me acosen.
Cerca de los márgenes del camino de
Corinthia, Loganaro, el agente libre, dormía con
inquietud. El frío lo abrumaba, le calaba hasta los
huesos, a pesar de su gruesa capa de grasa. No
tenía manta; tampoco tenía provisiones, porque
había huido a toda prisa de Mornstadinos. Había
logrado cortar a mordiscos las cuerdas que le
sujetaban las muñecas, pero, aparte de la ropa que
llevaba en aquel momento, no tenía nada.
Algo invisible despertó al gordo agente.
Escuchó con atención y escudriñó en la penumbra,
pero solo oyó una lejana ave nocturna que llamaba
a su compañero. Los sonidos de la noche, y nada
más. Tan lejos de Mornstadinos, no había nada por
lo que preocuparse. Estaba a salvo.
Se relajó un poco. No había nada que temer.
Cierto, estaba acostumbrado a gozar de mejor
acomodación en sus viajes, pero, en el peor de los
casos, aquel contratiempo solo era temporal. Tenía
contactos en muchas de las ciudades-estado
corinthias, e incluso en algunos de los pequeños
reinos del sur. No tardaría en convencer a alguien
de que lo proveyera de montura y suministros.
Después, podría llegar rápidamente a uno de los
escondrijos donde guardaba riquezas, de los
cuales había un gran número, y por muchos sitios.
Aunque Mornstadinos fuera la Joya de
Corinthia, no era su única ciudad. Podía viajar
hasta Nemedia, u Ofir, e incluso hasta Koth. Tenía
buenos contactos en todos estos lugares.
Loganaro ya no pensaba en su precipitada
promesa de volverse honesto e incluso de adoptar
un estilo de vida sacerdotal, salvo para sonreírse
de una tal necedad. El hombre solo invoca a los
dioses en momentos de gran necesidad. Si los
dioses responden a esa necesidad, eso es
problema solamente de los dioses. Había hecho
votos semejantes en una docena de ocasiones, y
siempre los había quebrantado en seguida. Según
la experiencia de Loganaro, los dioses se
mostraban indulgentes, o no sentían interés por los
perjuros. Que el hombre haga lo que deba hacer en
cada momento. Bueno, al fin y al cabo, todo
cambia como el viento. Solo importaba que estaba
vivo, y libre para volver a sus hábitos nada
honestos ni honorables. Al diablo con los dioses.
La menuda sonrisa fue desapareciendo lentamente
del rostro de Loganaro a medida que este se
dormía, arrullado por el lejano canto de las aves.
Una criatura de color leonado corría por el
camino a la luz de las estrellas. Se acercaba el
alba, presagiada por su falso hermano, y la
oscuridad reinaba en el camino occidental de
Mornstadinos. Solo se podía oír el aliento de fa
pantera, y con este su fatiga.
Además, estaba hambrienta. Había estado
corriendo desde que saliera de la ciudad, y se
había detenido tan solo para descansar algunos
ratos, y para cazar, primero un conejo, y luego una
pequeña. Apenas nada para un felino salvaje, y
mucho menos para una pantera tan grande como
aquella. La venganza la empujaba, pero no podía
alimentarla igual que la cálida carne y la sangre
caliente.
Como si algún dios benévolo hubiera atendido
su deseo, la pantera olió de repente el aroma de la
carne viva. Allí, algo más adelante, recostada
contra aquel árbol. El felino frenó su marcha y
empezó a recechar, arrastrando la panza más cerca
del suelo, moviéndose con mayor cálculo.
La carne dormía. Bien. Esto se lo pondría más
fácil. Podía ir directo al cuello y sofocar a la
presa. Si el hombre trataba de resistirse, la pantera
podría rajarle el vientre a la víctima con las patas
posteriores, y destriparlo.
El felino se acercó con todo su sigilo,
silencioso como un espectro, pero algo sobresaltó
a la carne. Algún sentido interior, tal vez, la
advirtió de su muerte inminente. Abrió los ojos de
súbito y trató de ponerse torpemente en pie. Gritó.
—¡No! ¡Tú no! Dioses, perdonadme, voy a
cumplir mi juramento, lo cumpliré, ¡os lo juro!
El felino que había sido hombre sonrió,
enseñándole los largos colmillos. Bien, bien. ¡Qué
conveniente era aquello! Que su cena debiera ser
aquel gordo y traicionero necio. «Muy
conveniente», pensó, mientras se aprestaba para
saltar.
En la noche, el ave que había llamado a su
compañero calló de pronto.
Una vez más, se hizo el silencio.
El silencio, roto tan solo por un gran felino
hambriento que despedazaba a su presa.
Cuando hubo dejado atrás los árboles del
bosque Bloddolk, Conan se sintió mucho mejor.
Tenía ante sí una extensa llanura, interrumpida aquí
y allá por prominencias y elevaciones rocosas,
pero llana y desnuda en su mayor parte. Esto le
gustaba más; podía ver venir los peligros desde
lejos, podía prepararse para hacerles frente. Era
imposible que algo se le acercara a pocos pasos,
ocultándose entre aquellos árboles malditos por
los dioses y la maleza.
Más adelante, Vitarius y Eldia cabalgaban
juntos, y hablaban en voz baja. El caballo de
Kinna los seguía de cerca. Ocasionalmente, la
joven mujer se volvía y sonreía a Conan. A él no
le importaba, porque Kinna era una mujer bella, y
de temperamento no poco fogoso. La tensión que
había torturado a Conan desde el primer encuentro
con la bruja ya no lo angustiaba. Sonrió, y
apresuró al caballo para dar alcance a los demás.
—En, Vitarius —dijo Conan—, tal vez nos
convendría hacer una parada para el desayuno.
Ahora que hemos salido de ese maldito bosque.
—Deberíamos considerarnos agraciados por
la buena fortuna —dijo Vitarius—. Hemos
sobrevivido a nuestro paso por allí sin sufrir
ningún daño.
—¿Buena fortuna? ¿Llamas así a que una
planta aberrante haya estado a punto de
ensartarnos, y a que ese gigantesco demonio rojo
no nos engullera por poco?
—Nuestro viaje ha sido tranquilo, comparado
con algunos otros. Por lo menos, hemos
sobrevivido para contarlo.
Conan asintió. El anciano mago tenía razón a
su manera.
Los cuatro tiraron de las riendas para hacer
una pausa, y desenvolvieron carne seca y resecos
tajos de fruta, con los que se desayunaron. Entre
mordiscos, Conan le comentó a Vitarius en qué
gran medida prefería aquel terreno al que
acababan de abandonar.
Vitarius asintió, al tiempo que masticaba
pensativamente la pulpa marrón de una fruta
secada.
—Sí, en la mayor parte de los casos estaría de
acuerdo contigo. Pero esta es la planicie Dodligia,
y no es tan segura como ahora te parece. Si
cabalgamos durante la mitad de un día,
avistaremos el Castillo Slott… se encuentra a un
día de aquí. Y en las llanuras que rodean ese
malvado lugar, hallaremos obstáculos. Sospecho
que el único motivo por el que todavía no hemos
hallado vigilantes como esos que encontraste al
llegar a Corinthia es que estamos viajando hacia
Sovartus. No esperará que las moscas vayan
directas a su red.
El anciano tomó un nuevo bocado de fruta.
—Pero puedes estar seguro de que Sovartus no
dejará su castillo sin vigilancia, aunque no nos
espere a nosotros en particular. Se ha creado
algunos enemigos: más de un hombre querría ver a
Sovartus colgando del patíbulo. Y la cola para
escupir sobre su cadáver llegaría hasta el
horizonte.
—Yo sería la primera en esa cola —dijo
Eldia, que parecía demasiado cruel para sus pocos
años.
—¡Sí —dijo Conan—, y yo estaría tan cerca
del principio que luego tendría tiempo para
encontrar mi caballo antes de que terminara el
saqueo! —Rio.
Vitarius frunció el ceño.
—Será mejor que te guardes tus bromas hasta
después de que tengamos éxito en nuestra misión.
Por lo que yo sé, Sovartus no se distrae fácilmente
y, una vez avistemos el castillo, habremos de
contar con que la misma tierra tendrá oídos.
Conan apartó su rostro del de Vitarius e hizo
bocina con ambas manos.
—¡Tenme el caballo listo para cuando llegue!
—gritó.
Se volvió hacia el trío que le miraba y sonrió,
con los ojos llenos de fuego.
Nadie le devolvió la sonrisa.
Cuando el sol dejó atrás su cénit, de camino
hacia la noche, los cuatro avistaron un lejano pico.
Conan pensó que se trataba de una montaña rara,
porque estaba aislada, como un cono puesto sobre
una mesa, sin estribaciones ni prominencias en
derredor. Y el pico de la montaña tenía una forma
aún más rara, porque se erguía de tal forma que
aparecía algo más ancho sobre un soporte más
estrecho, como un deforme reloj de arena.
—El Castillo Slott —dijo Vitarius.
Conan parpadeó con incredulidad.
—¿Esa montaña?
—Buena parte de ella. Las rocas están
atravesadas por cuevas, muchas de las cuales se
entrelazan. Ese ensanchamiento que ves en lo alto
no es natural; fue hecho por los hombres y por la
magia. Desde aquí, parece pequeño; de más cerca,
podrás ver que la cumbre del Castillo Slott es diez
veces más grande que el mayor palacio de
Mornstadinos. Y la parte superior está conectada
con las galerías que surcan la montaña por abajo.
Si tuviera provisiones suficientes, un hombre
podría pasarse años vagando por dentro de esa
montaña-castillo sin ser capaz de volver a hallar
la entrada.
»Desde aquí —siguió diciendo Vitarius—,
tenemos que estar en guardia.
Conan miró hacia el castillo. Su anterior
entusiasmo se desvaneció rápidamente al
contemplar la pasmosa construcción.
Djuvula estaba supervisando la carga de su
Príncipe de la Lanza en el carro. Dicho carro
estaba construido sobre una sólida armazón de
madera, con un toldo de pesada lona, puesto sobre
aros de robusta madera ablandada al vapor y
doblada.
—¡Tú, bufón, ten cuidado! ¡Si sueltas esa caja,
haré que se te marchiten las partes!
Los ojos del obrero parecieron ir a salirse de
sus órbitas; se puso a trabajar con mayor afán.
Djuvula se volvió, y se fue a acabar de llenar
su baúl de pociones y polvos.
Cuando envolvía con gran cuidado ciertas
frágiles bolas de cristal, llenas de productos
químicos de brillante color, la hechicera sacudió
la cabeza una vez más. No quería hacer aquel
viaje, pero no había manera de evitarlo. Djavul
había muerto; y, aparte de que hubiera muchas
razones para creerlo, Djuvula sabía en su alma que
su hermano demonio debía de haber perecido a
manos del bárbaro, el viejo brujo y la niña de
Fuego. Así, la venganza se añadía a todos los
motivos que pudiera tener para capturar al hombre
y a la muchacha. Con todo, la venganza no era su
motivo más importante. Su relación con Djavul se
había basado más en la complacencia mutua que en
verdaderos sentimientos; aun así, habían
pertenecido a la misma familia. Un motivo para
odiar a su presa.
Tras el esperado fracaso de Lemparius como
maestro espadachín en la alcoba, daba mayor
importancia a capturar a Conan para su príncipe.
Y, por supuesto, quedaba el asunto de aquella niña,
cuya posesión le compraría la amistad de
Sovartus. Ahora que Djavul había muerto, aún le
sería más necesario encontrar un patrono. Por
todas estas razones, Djuvula sabía que debía
seguir al bárbaro y a la muchacha que este
protegía.
Sonrió. Por suerte, no tendría que hacer un
largo viaje por el camino de Corinthia. Disponía
de un poderoso embrujo que le había enseñado
Djavul, el cual permitía viajar por las tierras
intermedias a su dueño. Unas pocas horas de
tránsito por aquel mundo infernal le valdrían por
muchos días de camino en cualquier vía de
Corinthia.
Cierto, el viaje no carecía de peligros, aun
para una bruja de considerable poder; algunas de
las criaturas de las tierras intermedias habrían
hecho aparecer el terror en los ojos de un
demonio, y mucho más en los de una mujer mortal.
Los viajeros que se descuidaban bajo el sol gris
podían morir de un millar de muertes, de mil
horribles maneras. Sin embargo, Djuvula había
emprendido otros viajes por aquella ruta. Era
prudente; y, a causa de la ventaja que le llevaba su
presa, tenía que ir por allí para darle alcance.
Sonrió al pensarlo, y siguió empaquetando sus
artefactos mágicos.
Poco antes del ocaso, Conan vio una nueva
amenaza. Al principio, la llanura que quedaba a la
izquierda del cimmerio parecía estar vacía.
Entonces, apareció una criatura a menos de veinte
pasos de distancia. Era un pie más alta que Conan,
y a nada se parecía tanto como a un perro muy
grande sentado sobre sus cuartos traseros. La
forma de las patas traseras no se correspondía con
la de un perro o un lobo, parecía más humana, y
las garras delanteras recordaban más a las de un
simio que a las de un canino, pero, de todos
modos, se asemejaba a un perro. Tenía las orejas
puntiagudas, el hocico alargado y la boca llena de
aguzados dientes, y el morro era negro, con
gemelas fosas.
Conan apenas si había tenido tiempo de
volverse hacia Vitarius y proferir una maldición,
cuando la bestia se desvaneció. Estaba allí, pero
no estaba… se había desmaterializado en el aire
del ocaso.
Vitarius se giró. Conan le describió la
aparición en pocas palabras.
El anciano mago asintió.
—Un semigüelfo —dijo—. Una bestia de
Tierra, controlada en consecuencia por Sovartus…
a través del hermano de Eldia.
—¿Cómo pueden desaparecer así? ¿Son
mágicos?
—No. Viven bajo tierra, en galerías. El que
has visto solo tuvo que meterse por una entrada
oculta para desaparecer.
—Ah.
Esto último hizo que Conan se sintiera mejor.
Las bestias, aunque estuvieran controladas por
brujos, podían combatirse con acero.
—No dudes de que Sovartus pronto sabrá que
estamos aquí —dijo Vitarius—. Más vale que no
nos paremos; nos guste o no, el subsuelo de este
terreno está plagado de galerías de güelfos.
El cimmerio asintió.
—¿Qué crees que harán?
Vitarius se encogió de hombros; la flaqueza de
estos se hacía ver en la forma que daban a la
túnica.
—Sin duda, contactarán de algún modo con su
señor. Le mandarán un mensajero; eso, si no se
comunican por medios mágicos. Aunque los
semigüelfos no tengan muy buena vista, ese estaba
suficientemente cerca para observarnos y dar una
descripción. Estoy convencido de que, ahora
mismo, Sovartus ya está al corriente de nuestra
presencia.
—¿Y qué hará entonces? —preguntó Kinna.
El anciano negó con la cabeza.
—No lo sé. Sigamos hasta su guarida. Puede
atacarnos ahora, o tal vez solo aguarde nuestra
llegada.
—Entonces, perderemos la ventaja de la
sorpresa —dijo Conan.
—Yo ya no contaba mucho con eso —le
respondió Vitarius.
—Entonces, mago, quizá deberías revelarnos
tu plan. —Conan no se había turbado ante la
aparición del semigüelfo.
—Cuando estemos en la vecindad del castillo,
crearé una distracción mágica con poder y
agitación suficientes para que Sovartus deba
intervenir. Cuando esté ocupado con esto, tú solo
tendrás que entrar en el castillo, encontrar a los
niños y liberarlos.
—¿Ese es tu plan? —Conan sacudió la cabeza
—. ¿Tengo que escalar una gigantesca montaña,
entrar en un castillo, tal vez registrar miles de
habitaciones hasta encontrar nuestro objetivo,
derrotar a las fuerzas que un poderoso mago puede
poner a hacer guardia, y regresar con tres niños?
—Ese es mi plan, sí.
—Ah. Y yo que había pensado que esta
empresa podía presentarse difícil. ¡Qué necio he
sido! ¡Va a ser fácil!
—El sarcasmo no te va, Conan. Estoy abierto a
mejores sugerencias.
El cimmerio sacudió la cabeza de nuevo.
—No, tu plan me parece muy bueno. —Tocó la
empuñadura de su espada—. En cualquier caso,
prefiero depender de mi espada que de esas
complicadas gesticulaciones.
—Yo voy a ir contigo —le dijo Kinna.
Conan rio entre dientes.
—No. Ya te he dicho antes que trabajo mejor
solo.
Kinna se irritó.
—¡Si fuese un hombre, me llevarías contigo!
—No te llevaría ni que fueras un dragón
amaestrado y vomitaras fuego a mi orden. Trabajo
mejor cuando estoy solo; siempre lo he hecho así.
Y estoy muy contento de que seas una mujer,
Kinna. No querría que fueses otra cosa.
Conan vio que la ira pugnaba con otra emoción
en el rostro de la joven. Al cabo de un momento,
esta sonrió.
—Sí, yo también estoy contenta de ser mujer,
Conan.
Las tierras intermedias nunca estaban en paz,
por lo menos en los momentos en que Djuvula las
atravesaba. En dos direcciones —al sur y al este
—, rugían las tormentas, vomitando rayos y
truenos; en el sitio donde ella se encontraba, la
atmósfera parecía estar cargada de alguna fuerza
elemental, de tal modo que el aire estaba plagado
de pequeñas e incontables motas, todas las cuales
danzaban frenéticamente. Las tierras intermedias
deformaban las líneas rectas en curvas y
ondulaciones, reducían los ángulos rectos de las
esquinas, y rodeaban cada objeto con un borrón de
su propia luz… una ilusión total, que lo abarcaba
todo.
Mientras Djuvula azuzaba a sus asustados
caballos, algo oscuro pasó volando por el sendero,
farfullando con fuerza. Las bestias se
sobresaltaron, y se habrían vuelto si la bruja no
hubiese empleado su látigo. A pesar de las
anteojeras, y de un hechizo calmante cuyos efectos
sufrían, los caballos siempre se ponían nerviosos.
Quizá sintieran de algún modo el peligro que había
acabado con uno de ellos en una ocasión en que
tiraban del carro de Djuvula. Aquella vez, solo
Djavul había impedido que la bruja siguiera el
mismo camino que el caballo: llenar la hinchada
panza de una criatura monstruosa.
Djuvula se estremeció. Deseaba de verdad que
Djavul hubiera estado vivo, sentado a su lado.
Según sus cálculos, solo tendría que viajar por
aquel camino infernal durante otros diez minutos
para volver a emerger luego en su propio mundo.
Y adelantarse a su presa. Ya tenía planes para
manejar al brujo y al bárbaro. Si nada le salía de
mala manera.
Cuando estaba pensando en esto, Djuvula vio
una ondulación en el paisaje, más adelante. El
suelo se combaba hacia arriba en la forma de un
vibrante montículo, del mismo modo que las olas
se levantan en la tormenta. La tierra se partió con
gran estrépito, como si alguien hubiera estado
arrancando gigantescos clavos de una sólida
madera. Una cueva, repleta de puntiagudos dientes
de piedra, se abrió de súbito delante de la
hechicera. Djuvula no dudaba de que el demonio
de piedra la devoraría a ella, los caballos, el
carro, y todo lo demás.
Los animales que tiraban del carro no tuvieron
que recibir ninguna orden para apartarse. Djuvula
les permitió que arrastraran el carro lejos del
monstruo, y entonces, en seguida, los obligó a
detenerse. Viajar prescindiendo de la seguridad
que daba el camino habría sido una locura de
primer orden. Pese a su deseo de adelantarse en el
mundo real al grupo que estaba buscando, decidió
abandonar las tierras intermedias. Al ver que el
monstruo se acercaba a ella, avanzando por el
camino como una ola en el agua, acabó de
decidirse. Recitó las palabras del hechizo, rápida
pero cuidadosamente. El agitado aire pareció
danzar con mayor rapidez, y un resplandor aclínico
iluminó toda la escena.
Apareció en un pequeño camino, en los
confines de un bosque de aspecto malsano. Al
instante, vio que había llegado al límite
septentrional del bosque Bloddolk; una
investigación posterior con el hechizo de
localización, en la que empleó las ropas de Conan,
descubrió que el bárbaro se encontraba más
adelante, por lo menos a medio día de viaje.
¡Maldición! Tendría que embrujar a los caballos
para que pudieran correr durante toda la noche y
darles alcance. A menos que quisiese arriesgarse a
entrar de nuevo en las tierras intermedias. El
recuerdo de aquel monstruo de cavernosas fauces
le hizo desechar al instante la idea.
La bruja le dio un latigazo en la oreja al primer
caballo, como un «¡zas!», y las bestias caminaron.
Hubo una que resopló y meneó la cabeza, y dio
muestras de nerviosismo. Djuvula miró hacia el
mismo lugar que el animal.
Una pantera yacía dormida, bajo el retorcido
tronco de un árbol deforme de recia madera.
Djuvula maldijo al caballo.
—Estúpido animal, después de lo que has
visto por el camino del infierno, ¿te asustas por
una bestia dormida?
Lo azotó en la grupa con el látigo, y el animal
volvió a hacer bien su trabajo. El carro se alejó
del árbol deforme y del felino dormido.
Djuvula no pensó más en la pantera, que se
había perdido de vista.
17
Habían acampado, habían encendido la
hoguera, y Vitarius plantó una vez más sus
defensas mágicas. Conan solo había dormido un
sueño ligero, al lado de Kinna, cuando la terrible
cacofonía que sonaba a su alrededor lo despertó.
Aquello le pareció al cimmerio como si el
mundo se hubiera estado acabando; un martillazo
de sonido le golpeó en la oreja, más fuerte todavía
que los chillidos del demonio al que había matado,
Djavul. Junto con el chillido se produjo también un
explosión de luz, multicolor y cegadoramente
brillante. Solo tardó un momento en comprender lo
que ocurría: algo había tropezado con el hechizo
de Vitarius.
Conan salió rodando de entre sus mantas,
empuñó la espada y se puso en pie, todo en un solo
movimiento. El cielo nocturno estaba nublado,
pero las manchas de luz producidas por el hechizo
le bastaban para verlo todo perfectamente bien:
los semigüelfos estaban atacándoles.
Vitarius se desembarazó de sus mantas y fue
por Eldia, que se estaba levantando con la espada
corta en mano. Kinna tenía la daga curva del
cimmerio, y ya estaba en pie cuando Conan salió
corriendo a enfrentarse con el primer güelfo que
entrara en el campamento. Al arremeter contra
Conan, los músculos de la bestia se le marcaron en
el oscuro pellejo; sus colmillos estaban listos para
desgarrarle la garganta.
Esos mismos colmillos se cerraron con un seco
golpe, a modo de horror final, cuando Conan
atravesó la cabeza que los sostenía, desde el
extremo del cuello del güelfo, con un solo
mandoble de su acero enfriado por la noche. Sin
detenerse, el cimmerio se volvió sobre sus plantas
para hacer frente a otro lobo que saltaba sobre él.
Este quedó ensartado en la espada de Conan, y
aulló salvajemente al caer.
Por desgracia, el semigüelfo moribundo
arrastró la espada en su caída, y se revolvió con
tanta fuerza que el puño escapó de la poderosa
mano del cimmerio. Conan gritó una maldición, y
se agachó para arrancar la espada clavada;
mientras lo hacía, un tercer güelfo, atacando por
detrás, fracasó en su intento de saltar sobre el
cuello de Conan y morderle. En cambio, sus flacas
patas chocaron con el hombre, tropezó en el aire, y
pasó por encima del bárbaro con una incontrolada
voltereta; finalmente, su lomo golpeó el duro
suelo.
Conan tiró de su espada, pero el peso del
güelfo muerto retenía con fuerza el acero cálido de
sangre. La bestia que se había estrellado contra el
suelo empezó a levantarse.
El cimmerio abandonó el intento, y se volvió
para hacer frente al tercero de sus enemigos.
Gruñó con voz parecida a la del semigüelfo. La
bestia, sin embargo, se distrajo de súbito al
disponerse a saltar. Tuvo dos motivos para dejar
de concentrarse en Conan: la pequeña espada de
Eldia le había atravesado la grupa, y Kinna, al
mismo tiempo, le había herido la otra pata hasta el
hueso. La bestia aulló.
Conan saltó, y golpeó con un puño semejante a
un martillo entre los sorprendidos ojos del güelfo.
La criatura se derrumbó como un saco de grano, y
perdió toda consciencia.
El bárbaro no se detuvo, sino que, con otro
salto, fue a recobrar su espada. Apoyando un pie
sobre el güelfo muerto, logró arrancar la hoja.
En ese momento, Vitarius logró acercarse a
Eldia. El viejo mago le puso una mano sobre la
cabeza a la niña, y las palabras de algún cántico
mágico se alzaron contra el estrépito del hechizo
de protección.
Entonces, Conan ya no pudo mirar más, porque
una falange de güelfos irrumpió de súbito en el
perímetro del campo y cargó contra sus ocupantes
humanos. El cimmerio sonrió y corrió a hacer
frente a la nueva amenaza, sacudiendo de la
espada, ante los recién llegados, la sangre de sus
camaradas muertos.
La prieta formación de güelfos se dispersó
ante el siseo y la vista del arma de Conan. Las
bestias eran rápidas, pero tropezaban unas con
otras en su afán por reagruparse; había demasiadas
para un espacio tan pequeño. Una no corrió lo
suficiente para alejarse del cimmerio, y así quedó
hermanada por su mutilación con el destruido
demonio, Djavul.
Entonces se produjo un estallido de luz azul
ultraterrena, en forma de apretado rayo, que
atravesó primero a un güelfo, y luego a un segundo
y un tercero. Cuando la luz las tocaba, las bestias
lupiformes arrojaban densa humareda y vapores; el
rayo se movía como una lanza sobrenatural. Eldia.
Los güelfos restantes se dispersaron, aullando
de miedo. Conan se volvió a tiempo para ver que
una forma sombría se les acercaba por detrás a
Vitarius y a Eldia. El cimmerio gritó y corrió hacia
ellos, pero ni siquiera él fue lo bastante veloz. Un
puño cerrado, como de simio, golpeó en el oído al
anciano, y este se desplomó. Así, se rompió el
contacto entre mago y niña de Fuego, la llama azul
desapareció de pronto, se extinguió como una vela.
Su resplandor todavía cegó a Conan en su carrera
contra el atacante, que se había agachado para
coger a Eldia. La niña había alzado su pequeña
espada, y el güelfo dio un paso hacia atrás.
Este breve retraso bastó; Conan se lanzó como
un trueno, y no se molestó en frenarse cuando se
arrojó sobre el güelfo. El hombro del corpulento
bárbaro se estrelló contra el pecho de la bestia, y
la hizo caer. El cimmerio la siguió, levantó su
espada y asestó un fuerte mandoble. Aquella
criatura ya no había de molestarlos más.
Conan se volvió, y vio que Vitarius estaba
tratando de levantarse. Al instante, fue a ayudar al
anciano a ponerse en pie.
El mago estaba aturdido.
—¿Qué… qué ha pasado?
—Te golpearon por la espalda. Ya he matado a
la bestia.
Vitarius sacudió la cabeza.
—¿Los güelfos…?
—Muertos en su mayoría, o huidos. No veo
ninguno que se mueva.
El anciano asintió, y entonces miró en
derredor, con súbito miedo.
—¡Eldia! ¡Y Kinna! ¿Dónde están?
Conan se apresuró a mirar alrededor. No había
quedado ningún rastro de las dos hermanas.
En lo más alto del Castillo Slott, Sovartus, del
Cuadrilátero Negro, reía como un loco ante su
triunfo. ¡Ya la tenía! ¡Sus esclavos güelfos la
habían capturado! Hacía solo unos momentos,
había llegado un cuervo con el mensaje del jefe de
los semigüelfos. La niña de Fuego ya estaba en
camino, estaba en la red subterránea de galerías
construida por mil generaciones de los lupinos que
moraban en la tierra.
Sovartus estaba de pie en una desnuda
habitación de la torre, engalanada con lazos de
polvorienta seda de araña. Hacía años que nadie
utilizaba aquella cámara, pero las manchas oscuras
que habían quedado en los listones de madera del
suelo daban fe del atroz uso que había tenido. Era
el espacio cerrado más elevado del castillo, una
habitación circular con ventanas en las cuatro
direcciones. Sería allí donde Sovartus compusiera
los Elementos y creara la magia más potente
habida desde la desaparición de Atlantis bajo las
aguas.
Iba paseando lentamente por el perímetro de la
torre, deteniéndose para mirar por cada una de las
ventanas, todas ellas terminadas en arco. Sonrió
abiertamente. Pronto, cada una de las ventanas le
ofrecería la vista de uno de los Elementos: al este
danzarían grandes vientos; al oeste, la misma tierra
herviría; al norte, las tormentas causarían un
diluvio; y al sur… ah, finalmente, al sur, se
inflamaría un pilar de fuego, tan ardiente como
para abrasar a los moradores del Infierno. Cuando
los Elementos estuviesen en su lugar, entonces él,
Sovartus del Cuadrilátero Negro, les ordenaría
que se unieran; entonces, nacería la Criatura de
Poder.
Ah, sí, entonces los cuatro se fundirían y
mezclarían para devenir en algo más grande. La
idea, elforestallning, equivaldría a la concepción
y nacimiento, el befruktning. Y el mundo temblaría
ante aquello… y ante el hombre que lo dominaría.
Sovartus rio de nuevo y dio una palmada.
Inmediatamente, dos figuras vestidas con túnicas
negras y encapuchadas entraron en la habitación e
hicieron una profunda reverencia. La sombra de
sus capuchones les ocultaba el rostro, y no
hablaron, sino que volvieron a inclinarse ante el
mago.
—Traed a los Tres —ordenó Sovartus—. Y
que también traigan aquí mi mesa talismán y mis
instrumentos. Así como mi túnica de cabellos de
virgen.
Las figuras vestidas de negro hicieron una
nueva reverencia y se marcharon, dejando solo a
Sovartus. Cuando hubieron salido, el mago
contempló las manchas del suelo. Pensó que
pronto, muy pronto, las ciudades de los hombres se
parecerían a aquellas manchas si no le brindaban
completa sumisión. Pronto, el nombre de Sovartus
infundiría miedo y respeto en cualquier hombre o
mujer que lo escuchara; pronto. Muy pronto.
Conan encontró el sangriento puñal
abandonado cerca de un hoyo. Lo levantó y lo
sopesó. Era la misma daga que le había arrebatado
a Lemparius, el hombre bestia, y que había visto
blandir a Kinna contra los semigüelfos. Contempló
el agujero, que era lo bastante ancho como para
que un hombre pudiera entrar por él.
Vitarius le dio alcance.
—Es una de las entradas que dan a las galerías
de los güelfos. Se han llevado bajo tierra a las dos
hermanas.
Conan asintió, e hizo como que iba a entrar en
el hoyo.
Vitarius tocó al joven en el hombro con su
flaca mano.
—No, Conan. Puede que Crom viva dentro de
una montaña, pero este paraje pertenece a los
güelfos. Bajo tierra, en la penumbra, no los
encontrarías. Además, ya deben de estar lejos de
aquí; irán hacia el castillo.
Conan se apartó de la entrada al dominio de
los semigüelfos.
—Entonces, tendremos que cabalgar hasta el
castillo. Ellos han de cubrir la misma distancia,
con o sin galerías, y, si nos damos prisa, tal vez
lleguemos antes de que se reúnan con Sovartus.
—Está oscuro —dijo Vitarius—. Por la
mañana…
—No temo a la oscuridad —dijo el cimmerio
—. Si esas bestias subterráneas van hacia el
castillo, nosotros también tendremos que ir. Si
prefieres quedarte atrás, iré yo solo…
—No —dijo Vitarius—. Voy a acompañarte.
Los dos hombres se apresuraron a montar.
El carro de Djuvula la Bruja quedaba oculto
por un velo de negrura mágicamente inducida,
invisible para los ojos normales si estos no se
acercaban a unos pocos pies. La mujer de cabellos
de fuego estaba a su lado, observando cómo Conan
y el mago del Cuadrilátero Blanco montaban en
sus caballos. Maldijo en voz baja al ver que se
alejaban cabalgando, airada con el destino por
haberla retrasado en su tránsito.
Lo que había sucedido estaba demasiado claro,
vistos los cadáveres de los semigüelfos que yacían
por allí. Había tenido lugar un ataque, y la niña de
Fuego se hallaba en poder de las bestias del
subsuelo, y, en consecuencia, pronto la tendría
Sovartus. ¡Ah, acercarse tanto para que todo
terminara en fracaso!
Djuvula sopesó las opciones que se le
ofrecían. Aún podía hacerse con el corazón del
bárbaro, y esto sería un buen consuelo. Y quizá
todavía pudiera sacar algún provecho de la
victoria de Sovartus; este, al fin y al cabo, era un
hombre, víctima de los mismos deseos que sufren
todos los hombres libres de enfermedades y
perversiones. Se sabían muchas cosas de Sovartus,
pero no que fuera aficionado a los efebos; eso era
lo que había oído Djuvula. Y la bruja no dudaba
de sus propias habilidades en aquella arena.
Sí. Lo mejor sería seguir adelante. Volvió al
carro y se encaramó al banco del conductor.
En la penumbra, oculta por arbustos resecos y
escasos, que no habían de tardar en convertirse en
plantas rodadoras, la pantera que había sido
hombre contemplaba a la mujer que era bruja en el
acto de subir a su oculto carro y marcharse. Los
ojos de un felino normal eran agudos en la noche, y
aquel felino en particular, aparte de su mente
humana, tenía una visión muy superior a lo normal.
Cierto, su mente se volvía salvaje, de tal manera
que, con el tiempo, la pantera tan solo sería una
bestia; con todo, aún conservaba un destello de
inteligencia humana que gobernaba al animal. Y
esa inteligencia acababa de ver cómo se
marchaban sus dos mayores enemigos.
Parecía que no tuviese otra opción, aparte de
seguirlos. No podía atacar de frente a la bruja,
pero tal vez hallara algún medio de causar su
perdición. El bárbaro solo era un hombre y,
aunque tuviera una daga mágica, podría
sorprenderlo y acabar con él.
Por primera vez desde que le habían
convertido en pantera de por vida, Lemparius
sintió para sus adentros un estallido de alegría.
El plato frío de la venganza empezaba a
calentarse.
En la más elevada torre del Castillo Slott, los
preparativos estaban en marcha. Figuras con túnica
negra y capuchón daban vueltas por la estancia,
atendiendo a los deseos de Sovartus. Habían
encadenado a los dos hijos y a una de las hijas de
Hogistum bajo tres de las cuatro ventanas de la
habitación. Tres de los Cuatro Elementos ya
estaban presentes, y el último no se haría esperar.
Sovartus se alejó de la cuarta ventana, desde
donde había estado contemplando la tranquila
planicie Dodligia. Los Elementos, anteriormente
agitados, permanecían en calma, como para
anticipar la victoria final del brujo. No soplaba
ninguna brisa; el suelo no temblaba; no llovía.
La mesa talismán se hallaba en el centro de la
habitación; era cuadrada y estaba cubierta de
símbolos, y reposaba sobre cuatro patas de
gárgola. Al extremo de cada una de estas, una
garra de cuatro dedos sujetaba una gema cuadrada:
un ónice negro, una perla negra, un jade negro y un
ópalo negro. En el centro de la mesa mágica había
un libro forrado en cuero, también del color de
pechuga de cuervo, y de forma cuadrada. La
habitación tenía el color de la medianoche, y su
propósito era todavía más oscuro. A Sovartus le
gustaba aquello, y su sonrisa permanecía
inalterable. Muy pronto, sus esfuerzos podrían
finalizar; y, entonces, un nuevo comienzo sacudiría
el mundo.
18
Antes de que Conan y Vitarius hubieran
recorrido un largo trecho a caballo hasta el
Castillo Slott, el anciano tiró de las riendas para
hacer una parada y le indicó por señas al bárbaro
que hiciese lo mismo.
—¿Por qué te detienes? El viaje acaba de
empezar…
—¡Silencio!
Vitarius habló con un tono de autoridad que
Conan no había oído hasta entonces. La fuerza de
aquella única palabra sobresaltó al cimmerio.
El anciano mago desmontó, y dio varios pasos
en la misma dirección en la que habían estado
viajando. Tendió la mano, y pareció buscar algo en
el aire nocturno. Conan no veía nada. Al cabo de
un momento, Vitarius asintió. Dio un paso hacia
atrás.
—Sovartus ha puesto un hechizo de protección;
nos hallamos en su límite.
Conan miró a la oscuridad.
—Todavía estamos algo lejos de su castillo.
Vitarius asintió. Murmuró algo que Conan no
entendió bien, y trazó extrañas figuras con las
manos. Un tenue fulgor rojizo apareció en el aire,
delante de los dos hombres, y se expandió con
rapidez.
—Como puedes ver, cubre una gran área. Una
vez atravesemos el hechizo, sabrá que estamos
aquí. Y yo, con mis poderes mágicos, le llamaré
más la atención que un viajero ordinario. Antes de
que entremos en su reino, debo prepararme.
Encontraremos vigilantes destinados a luchar
contra hombres, porque Sovartus no es necio, pero
probablemente también habrá guardias para los
enemigos del Cuadrilátero Negro que tengan
poderes mágicos. He de estar preparado.
Conan desmontó y dio una vuelta,
desentumeciéndose las articulaciones, mientras
Vitarius se sentaba en el suelo, con las piernas
cruzadas, y cantaba en voz baja para sí. El
cimmerio estaba impaciente, ansioso por empezar
a usar su espada. Harto de aquellas necedades
mágicas. Conan habría apostado a que Sovartus
perdería humos en cuanto un acero frío y agudo lo
traspasara. Todos aquellos fulgores nocturnos y
gesticulaciones desagradaban al corpulento joven.
Quería terminar lo antes posible con aquel tipo de
trabajo; estaba más que ansioso por acabar a
mandobles con aquello.
Pasó el tiempo, y Conan se puso todavía más
impaciente. ¿Qué estaba haciendo el anciano?
Crom, ¿acaso tenían que esperar allí hasta el
siguiente cambio de estación?
—Estoy listo —dijo Vitarius.
Una vez más, la voz del mago sorprendió a
Conan. En primer lugar, por la nota de autoridad
que ya había advertido antes, pero también por
alguna otra cosa. Parecía como si hubiese hablado
un hombre joven. Y, aunque Conan no notó ningún
cambio al que pudiera dar nombre, Vitarius
parecía moverse de manera distinta. De alguna
manera, parecía actuar con mayor seguridad.
Volvieron a montar y se acercaron al aire
refulgente.
Conan no sintió nada cuando entraron en el
hechizo de protección; no centelleó ninguna luz, no
se oyó ningún chillido en el aire nocturno. Vitarius,
sin embargo, dijo:
—Sabe que hemos llegado. Tienes que estar en
guardia. No podrá volver toda su atención hacia
nosotros, porque se está preparando para su
abominable experimento. Con todo, controla un
gran poder… y nos aguarda un gran peligro.
El cimmerio sacó la espada de su vaina de
cuero, y la sostuvo cruzada delante de la silla de
montar.
—Bien —dijo.
Empezó a soplar viento, que llenó de arena el
rostro de Conan. Su caballo relinchó, y trató de
huir de la polvareda, pero el cimmerio obligó a la
bestia a seguir su camino.
—Sovartus —dijo Vitarius—. Quiere probar
nuestras agallas.
Conan asintió.
—Una brisa no nos detendrá.
Repentinamente, el viento sopló con más
fuerza, y una de sus rachas hizo que Conan se
tambaleara sobre la silla de montar. El bárbaro
entrecerró los ojos y agachó la cabeza ante la
polvareda. Con la mano que tenía libre, trató de
protegerle los ojos al caballo.
Entonces, el anciano mago recitó las palabras
de algún hechizo. Abruptamente, el viento murió.
—Aire —dijo Vitarius—. Pero no ha sido un
gran ataque. Parece que nos considera una
amenaza pequeña.
—Querría poder corregir su error —dijo
Conan.
—Espero que tu optimismo esté bien fundado.
Djuvula se ajustó aún más el pañuelo en torno
al rostro, para impedir que se le metiera polvo en
los ojos. La bruja no se habría opuesto a Sovartus
con su propia magia, que, como la del mago,
provenía del Negro; por ello, no parecía probable
que él se dignara a atacarla directamente. Djuvula
no temía a los guardias mortales que pudieran
estar apostados por el camino Dodligio hasta el
Castillo Slott.
Sintió que la fuerza del anciano brujo
relampagueaba más adelante, y el viento moría.
Aquel hombre tenía más poder del que ella había
creído. Un momento antes, cuando Vitarius se
había detenido para concentrar las energías del
Blanco, la había sorprendido. Acababa de echar a
perder el viento nocturno de Sovartus, de la misma
manera que un hombre habría podido aplastar un
molesto insecto. Interesante.
Por supuesto, su mayor preocupación radicaba
en que el mago pudiera emplear sus fuerzas contra
ella si descubría que los estaba siguiendo con
tanto empeño. Le pareció que tendría que aguardar
hasta que Conan y el mago del Cuadrilátero
Blanco se separaran lo bastante antes de atacar al
bárbaro. El castillo estaba cada vez más cerca, y
también tendría que meditar sus tratos con
Sovartus; con todo, aún tenía tiempo para hacer
sus negocios. Todo el tiempo del mundo.
La pantera andaba al abrigo del carro, y así se
protegía contra el viento, pero no por completo;
una parte de la gravilla del camino le iba a la cara,
y tenía que parpadear para quitársela. Caminaba
con cuidado, para no exponerse al mágico velo
que ocultaba el vehículo de la bruja. No creía que
Djuvula supiera de su presencia, ni hubiera
advertido que la estaba siguiendo; tampoco quería
que lo supiese… de momento. Ya le había
humillado en una ocasión con su magia repugnante,
y no quería que le volviese a ocurrir lo mismo.
Mientras caminaba detrás del carro, Lemparius
pensó por centésima vez cómo llevaría a término
la destrucción de Djuvula. La bruja le había
dejado incapaz de hacerle daño directamente, pero
tenía que encontrar otro modo de atacarla. Algo
indirecto. Pero… ¿qué?
Por un momento, la bestia se hizo con el
mando. Lemparius debió resistirse al impulso de
gruñir: tuvo que contenerse para no salir corriendo
delante del caballo, ni arañar a las bestias, ni
beberse su sangre para saltar luego sobre Djuvula
y quitarle la vida.
El momento pasó, y la mente del hombre
volvió a controlar plenamente el cuerpo del
animal. Habría sido estúpido el dejarse llevar por
tales pasiones felinas, un esfuerzo malgastado,
condenado desde el principio.
El hombre-felino sacudió la cabeza. Tendría
que hacer algo sin tardanza; tenía que hacer algo,
antes de que perdiera su cordura humana, y se
convirtiese en pantera, tanto en espíritu como en
forma. En cuanto a esto último, tenía una sola
esperanza: si Djuvula moría, tal vez el
encantamiento que le había arrojado también
muriera. Entonces, podría recobrar su forma
humana. Sabía que esta esperanza era frágil, pero
no tenía nada más.
Por supuesto, quedaba la cuestión de Conan,
que debía morir en cualquier caso. Pero poco le
importaba que el bárbaro fuera asesinado por la
pantera o por el hombre que esta había sido.
Moriría; aún más, tenía que morir de tal manera
que Djuvula —si seguía viva— no pudiese
quedarse con su corazón para el simulacro. Debía
negarle ese placer, aun cuando apenas
sobreviviera el cimmerio por unos momentos.
Lemparius veía que la venganza es un plato
que debe saborearse lentamente, en toda su sazón,
antes de ser consumido por completo.
Entonces, el viento y la polvareda se
apaciguaron, pero el aire nocturno transportó hasta
el sensible hocico del gato el olor de lo que menos
le gustaba: lluvia, que no se haría esperar.
Lemparius acalló la voz del felino, pero su
gruñido y su sordo rugido sonaron en su mente,
aunque no se oyeran.
La lluvia se precipitaba sobre la llanura con
oblicua fuerza, presagiada por el rayo y el
estrepitoso trueno. A la luz de las crepitantes
descargas, Conan vio las primeras, gruesas y
pesadas gotas salpicando en el suelo, levantando
polvo al dar en tierra. En un momento, el muro de
agua se acercó, su manto gris cubrió a los dos
jinetes.
A pesar del aire húmedo, el vello que Conan
tenía en los brazos y la nuca se erizó, como a
veces le ocurría al quitarse una pesada capa de
lana en un día de invierno. Su caballo parecía ir a
desbocarse, y Conan lo sujetó con firmeza, aunque
dificultosamente.
Vitarius, de pronto, levantó los brazos hacia el
firmamento, los tendió hasta donde pudo, y separó
los dedos. Gritó una breve frase.
Un quebrado rayo cayó de los cielos, directo
hacia los dos hombres y sus caballos. Conan vio
que el rayo se desviaba de algún modo a varios
palmos sobre su cabeza. El trueno que seguía a la
frustrada descarga también enmudeció, de tal
manera que lo sintieron más que lo oyeron.
Ahora, Vitarius brillaba con pálida luz, no muy
distinta de la producida por las centellas del rayo.
La lluvia que tenía que haber caído sobre ellos,
caía más adelante, más atrás y a ambos lados,
como si una invisible tienda hubiese sido erigida
encima de hombres y monturas. La tormenta rugía
sobre este escudo; el rayo crepitaba en él, encima
de él resonaba el trueno, granizo del tamaño de los
puños de Conan se rompía contra el claro aire.
Alrededor de ellos, el suelo estaba seco; fuera de
la protección de Vitarius, se asemejaba a un
pantano; con todo, Conan podía oler el polvo que
levantaba su asustado caballo con las pezuñas, al
piafar.
El cimmerio sabía que la tormenta era
sobrenatural. Si nada le hubiese protegido de la
tempestad, habría pagado, sin duda, un elevado
precio, tal vez su propia vida. A pesar de la
desconfianza y el desagrado que sentía ante
cualquier forma de magia, Conan se sentía muy
alegre de tener a su lado a Vitarius. Sumamente
alegre.
El agua de la torrencial lluvia entró por la lona
que cubría el carro de Djuvula, a pesar de que esta
era gruesa. La bruja no se atrevió a utilizar su
magia para acrecentar la resistencia natural de la
lona, por miedo de llamar la atención a Vitarius o
a Sovartus. Se había arriesgado a erigir un refugio
para los caballos, acelerando el proceso con un
encantamiento, para que el granizo, por lo menos,
no los dejara inconscientes. Este mismo granizo
azotaba su propio toldo, lo dejaba maltrecho en
algunos puntos y hacía un terrible estrépito cuando
el hielo golpeaba uno de los aros de madera.
Djuvula yacía en el fondo, al lado de la caja
donde llevaba a su Príncipe. Acariciaba
ociosamente la lisa madera, y hablaba a la estatua
como si hubiera estado viva.
—No temas, mi amor. Tal vez quedemos
empapados, pero no por mucho tiempo. No
permitas que el estrépito turbe tu sueño…
Agazapada debajo del carro de la bruja, la
pantera estaba muy quieta, e incluso respiraba
suavemente y con gran cuidado. No creía que
Djuvula pudiera oírle en la tormenta, pero sabía
que no debía descuidarse.
Habría buscado otro refugio, si lo hubiese
habido; sin embargo, por aquella parte de la
planicie era imposible hallar cobijo frente a una
lluvia normal, y mucho menos contra la que era
producto de la brujería. Pese a su capacidad de
resistir los peligros ordinarios, la pantera no
podría defenderse de una magia como la que
Sovartus dominaba. Un granizo tan pesado como
para abrir hoyos en el suelo habría destrozado
fácilmente un cráneo, incluso el suyo.
Se formó un arroyo a un lado del carro, y trató
de pasar por debajo del vehículo hacia el lado
opuesto. Lemparius habría querido moverse, pero
el granizo dejó de caer en ese mismo momento, y
la relativa calma habría permitido que la bruja le
oyera. Así, la pantera se mantuvo inmóvil mientras
el frío dedo del agua le tocaba el vientre y
empezaba a mojárselo, recorriéndolo de un
extremo a otro.
Se le hincharon las narices, y la pantera,
airada, volvió hacia atrás las orejas. Otra
indignidad por la que Djuvula tendría que pagar.
Maldijo para sus adentros, pero aguantó como una
estatua de piedra mientras el agua fría y fangosa le
empapaba el pellejo.
Tan rápidamente como había comenzado, la
lluvia cesó. Las estrellas aparecieron entre las
nubes en desbandada, junto con un atisbo de Luna
serena. Del mismo modo que la tormenta, también
desapareció el fulgor que circundaba a Vitarius.
Por un momento, el brujo pareció cansado.
Entonces, respiró hondo y se enderezó,
sacudiéndose el cansancio de la misma manera
como los perros se sacuden el agua.
—Ha pasado demasiado tiempo desde que
jugaba a estos juegos —dijo Vitarius—. He
perdido práctica.
De mala gana, porque a pesar de todo no le
gustaba la brujería, Conan dijo:
—Lo has hecho muy bien.
—Sí, pero estas pruebas han sido pequeñas.
Cuando Sovartus nos ataque con verdadera fuerza,
tendré que hacerlo mejor.
El cimmerio asintió.
—Así pues, cuanto antes entremos en ese
castillo, antes podremos marcharnos de esta
llanura maldita.
—Sí, Conan. Sigamos adelante.
Ambos azuzaron a sus caballos. En lo alto de
su castillo, Sovartus advirtió una irritación, una
anomalía en la red mística de poderes con que se
rodeaba. En la planicie Dodligia había un leve
fulgor de fuerzas antitéticas donde no debería
haberlo habido, del mismo modo que aparece una
verruga en una piel que por lo demás está sana.
Bueno, no tenía tiempo para tales cosas. Mandó un
viento para se llevara aquello.
Sovartus reanudó sus preparativos para la
llegada de la niña de Fuego. Se había puesto su
túnica de pelo de virgen, y sintió el poder
contenido en ella. Se hizo servir una botella de su
vino más añejo y mejor, y fue sorbiendo el líquido
a la par que meditaba su nuevo puesto en el plan
cósmico. ¡Ah, qué poder iba a ser suyo!
Entonces, sintió una picazón en el costado,
pero una picazón metafísica, que no se manifestó
en su propia carne. Expandió su consciencia,
buscando el origen del molesto prurito…
¡Infiernos! El tenue fulgor de la planicie seguía
allí, pese a su escoba de viento nocturno. Bueno,
podía dedicarle algún otro de los momentos que
pasaría aguardando la gloria. Dentro de su propia
esfera de influencia, Sovartus no se veía obligado
a recurrir a uno de los Tres que había capturado.
No carecía de poderes propios, especialmente
cuando se hallaba tan cerca de su guarida. Invocó
una tormenta, y envió fuerzas infernales a los
cielos, para que moldearan la tormenta a su
voluntad. Entonces, como el niño que arroja una
pelota, Sovartus envió su céfiro tropical hacia la
molesta mancha. ¡Haz frente a esto, insecto!
La picazón seguía empeorando. Después de
haberse sorprendido de que persistiera, Sovartus
reconoció su origen: ¡Vitarius, del Blanco, estaba
avanzando contra él!
Verdaderamente asombroso. ¿Acaso el viejo
no era consciente de lo que hacía? Ni siquiera
había empleado su magia para mantenerse joven
—los del Blanco apenas si empleaban sus poderes
para obtener ganancias o provecho personal— y,
aun cuando hubiera estado senil, tendría que haber
sabido cuan necio era enfrentarse a un hombre del
Negro dentro de su propio Cuadrilátero de poder.
Después de secuestrar a la niña de Fuego,
Sovartus no había pensado más en Vitarius; si no
estaba loco, aquel hombre se habría marchado sin
más, porque no podía comparar sus débiles
poderes con los de Sovartus. Una confrontación
habría sido suicida —Vitarius tenía que saberlo—,
aun cuando Sovartus no hubiera controlado la
Criatura de Poder, para lo que ya le faltaba poco.
El Cuadrilátero Blanco apenas si podía hacer nada
allí, pues la cuasiomnipotencia del Negro estaba
proyectada sobre la planicie. Hogistum les había
enseñado a ambos que el Blanco y el Negro tenían
su sitio; y aquel lugar pertenecía al Negro, con la
misma seguridad con que la noche seguía al día.
Vitarius había sido mejor estudiante, tenía que
saberlo.
A menos que… a menos que Vitarius tuviese
algún recurso oculto. Algún truco que escondía,
para lanzarlo contra un oponente desprevenido.
Sovartus se frotó la cara con una mano. Sí. Eso
debía de ser. El anciano tenía alguna carta oculta;
debía de tenerla. «Mejor que descubra de qué se
trata, antes de hacer algo que pueda volverse
contra mí mismo», pensó Sovartus. Una sonda,
para ver cómo reaccionaba Vitarius.
Sovartus sonrió, complacido con la agudeza de
su ingenio. Y tenía lo necesario para hostigar a su
antiguo compañero de aprendizaje. Justo lo
necesario…
Se acercaba el alba, pero todavía reinaba la
penumbra cuando, una vez más, Vitarius le indicó
por señas a Conan que se detuviera. Solo les
quedaba un corto trecho para llegar a la base del
castillo-montaña de Sovartus, y Conan había
tenido la esperanza de poder hacerlo sin más
incidentes. Se equivocaba.
Vitarius dijo:
—Nuestro enemigo quiere probarnos. Y esta
vez no se tratará de algo pequeño. Creo que será
mejor que nos separemos, Conan. Tú debes
cabalgar hacia el castillo; yo trataré de distraer a
Sovartus mientras tú buscas a los niños. Y a Kinna.
Que el Blanco te proteja, Conan de Cimmeria.
Conan dio una palmada en el puño de su arma.
—Yo no pongo ahí mi fe, anciano. Pero te
deseo buena suerte. Volveré con los niños, y con
Kinna, tan pronto como pueda.
El anciano mago asintió, y agitó en el aire su
mano envejecida. Desmontó del caballo y se sentó
en el suelo con las piernas cruzadas.
Conan le dirigió una última mirada antes de
volver de nuevo su atención —y su caballo—
hacia el Castillo Slott.
Djuvula sintió un cosquilleo en la piel al
acercarse al viejo mago. El aire estaba cargado de
un flujo anticipatorio, que presagiaba alguna
producción mágica. Aun tras su velo de penumbra,
sintió que algo frío la tocaba.
Casi había dejado atrás al anciano, que estaba
sentado sobre el desnudo suelo, con los ojos
cerrados, cuando este gritó. Djuvula se sobresaltó
al oír sus palabras.
—Eh, bruja; es mejor que te marches ahora
mismo de este sitio. Es probable que mi
confrontación con Sovartus provoque destrozos.
Djuvula estuvo a punto de hablar, pero se
refrenó. ¿El anciano podía verla de verdad?
Vitarius respondió a su pensamiento no
formulado.
—Sí, ya sabía que llevabas algún tiempo
siguiéndonos, bruja. Y también sé qué es lo que te
sigue a ti. No importa el propósito que lleves, te
convendría darte la vuelta y huir. Mi sentido del
futuro, en su mayor parte, es muy turbio; pero, en
este caso, preveo la ruina de muchos de los que se
acerquen a estos acontecimientos.
Djuvula miró fijamente al Mago Blanco. ¿Qué
quería decir con «lo que te sigue a ti»? ¿Y cómo
debía tomarse su mal augurio? Djuvula sintió aún
más frío, y miró en derredor del carro, buscando a
alguien que la siguiese. No vio a nadie.
Ya no valía la pena mantener el hechizo de
ocultamiento. Permitió que el velo se disipara. Por
un momento, meditó lo que le había dicho el
anciano. Se decidió a ignorarlo. Estaba a punto de
sufrir las descargas de la mágica ira de Sovartus;
no representaba una amenaza para ella. Y, aún más
importante, ya no había un Blanco que protegiera
al bárbaro.
La bruja sonrió. Conan se había adelantado
hacia el castillo. Djuvula aún no sabía por qué,
pero tendría que buscarlo allí. Fustigó a los
caballos.
El mago blanco no abrió los ojos en ningún
momento, pero dijo tres palabras cuando pasaba
Djuvula, tres palabras que la turbaron como un
hierro al rojo sobre la carne:
—Te he advertido.
19
Los primeros reflejos de la luz del alba
sorprendieron a Conan contemplando la entrada de
una larga cueva, al pie de la montaña del Castillo
Slott. El agujero abierto en la roca era tan grande
que permitía el paso a un nombre a caballo; una
perfecta y oportuna invitación, al extremo del
camino que conducía al hogar del brujo.
Conan sonrió. La cueva, de hecho, era
demasiado perfecta y demasiado oportuna. Su
experiencia como ladrón le había enseñado
muchas lecciones, y no contaba entre las menos
importantes la de no fiarse de lo que le pareciera
demasiado bueno para ser cierto. El recuerdo de
su fácil paseo por la casa del senador Lemparius
estaba demasiado fresco en su memoria; solo un
necio se niega a aprender de sus fracasos. Conan
de Cimmeria no pensaba meterse en lo que debía
de ser una trampa.
Entonces, ¿cómo podría entrar en la montaña?
Sonrió, y alzó la vista hacia el muro de escarpada
roca. Al fin y al cabo, Conan era un cimmerio; aún
no existían montañas que no pudieran ser
escaladas, especialmente por aquella norteña
estirpe de la que había nacido él. Subiría, y
encontraría una entrada.
Sin embargo, antes de comenzar, Conan sintió
curiosidad por algo que sus sentidos habían
detectado en un bosquecillo, no muy lejos de
donde él estaba montado en su caballo. Se oía
ruido de animales encerrados, y el olor de las
bestias contaminaba el aire de la mañana.
Bajó de su montura y se valió de una gran roca
para sujetar las riendas del animal en el suelo.
Moviéndose con gracia felina, el corpulento
bárbaro fue a ver lo que se ocultaba tras los
árboles. Caballos: un cercado por el que daban
vueltas varias bestias, vigiladas por un solo
hombre, que vestía una larga túnica negra con
capuchón y sostenía una larga vara. A un extremo
del redil había un cobertizo hecho con zarzos y
fango, y, dentro de este, pilas de heno y de grano.
La sonrisa de Conan, oculto tras un arbusto de
follaje frondoso, se ensanchó hasta donde pudo.
Bien, bien, bien.
El cimmerio se alejó del cercado. Sin duda
alguna, volvería allí cuando hubiese terminado con
Sovartus; primero, sin embargo, aún tenía que
acabar con el brujo.
Conan le quitó la brida y la silla de montar a
su caballo, y permitió que el animal ramoneara
entre los juncos. No sabía cuánto tiempo le
llevaría su misión, y no tenía sentido permitir que
el caballo sufriera sin su amo. Ocultó
cuidadosamente el equipo de su montura, y se
llevó tan solo, a modo de provisión, un odre de
vino y alguna carne seca. Se aseguró de que su
espada y el puñal de Lemparius estuvieran bien
sujetos en su sitio, y entonces se aproximó a las
estribaciones de la montaña. Tras detenerse para
quitarse las sandalias, inició la escalada.
Sovartus estaba sentado cerca de su mesa
talismán, trabajando en el complicado hechizo de
la Lluvia de Fuego Cósmico, con el impío libro
llamado Zilbermankarikatur, cuyo empleo casi
siempre acababa causando la ruina de su objeto.
Su poderosa y maldita energía, una lluvia de
aniquilación que raramente fallaba, se dirigía
ahora contra Vitarius del Cuadrilátero Blanco.
¡A ver si logras escapar esta vez, viejo
compañero de estudios!
Entonces entró uno de sus siervos de negro
capuchón, e interrumpió las refocilaciones de
Sovartus. La cubierta figura hizo una profunda
reverencia, y señaló sin decir nada. Sovartus se
volvió para mirar lo que el encapuchado siervo
quería mostrarle.
Vio a dos semigüelfos, aparentemente
nerviosos por encontrarse dentro del Castillo
Slott. Lo más importante, sin embargo, era la niña
que llevaban entre ambos: ¡Era ella! ¡La Niña de
Fuego era suya por fin!
Sovartus quedó tan absorto con aquella visión,
que al principio no se dio cuenta de que había una
mujer joven de pie al lado de la niña. Al verla, le
preguntó:
—¿Y quién eres tú?
La joven irguió el cuerpo rígidamente.
—¡Yo soy Kinna, media hermana de esos niños
que has robado!
Sovartus sonrió, y enseñó sus dientes tan
blancos como huesos resecos.
—Ah —dijo—, entonces también eres hermana
mía.
—¡No, hechicero de alma negra, no lo soy!
Quizá tu hermanastra, y no de buen grado.
Sovartus recorrió con los ojos el bello cuerpo
de la joven.
—No importa —le dijo—. Sé que te podré
encontrar un buen uso, querida. Pero ya
hablaremos luego de placeres comunes; por ahora,
tengo que atender a otros asuntos. —El mago dio
una palmada, y aparecieron más figuras
encapuchadas. Sovartus señaló a la niña—:
Vosotros dos, llevaos a Eldia con sus hermanos y
su hermana. —A Eldia le dijo—: Te he estado
esperando desde que naciste, muchacha. Sin duda,
estarás contenta de reunirte con los hermanos que
perdiste hace tiempo… aunque solo sea por unos
pocos momentos.
Kinna dijo:
—¿Qué les vas a hacer?
Sovartus se encogió de hombros.
—Después de haberles extraído las esencias
que necesito, ya no los querré para nada. Por lo
menos, para nada mágico. Supongo que esas
tiernas criaturas me darán pie a que invente alguna
diversión. —Hizo un gesto a los otros
encapuchados—. Llevadla a una celda; procurad
que esté bien alimentada y cómoda, en preparación
para el uso que voy a darle. —A los dos
semigüelfos, Sovartus les dijo—: Podéis
marcharos. Y cuidad de avisar a los güelfos que,
durante cierto tiempo, os convendría descender a
las galerías más profundas; durante algunas horas,
la superficie de la llanura Dodligia no será un
lugar seguro.
Sovartus se volvió, y su holgada túnica ondeó
en el aire mientras iba hacia la torre. ¡Por fin! ¡Por
fin!
El sol de la mañana estaba resplandeciente,
pero no tanto como el incendio que se abatía sobre
la planicie Dodligia desde los cielos. La pantera
tuvo que dar amplias vueltas para evitar los
fuegos. Si hubiera tenido el cuerpo de un hombre,
el felino habría proferido maldiciones; aquello le
retrasaría, y ya había cometido una estupidez al
quedarse dormido a destiempo. Con ello, había
permitido que la bruja se alejara. No había sido
capaz de evitarlo; aun sus poderes sobrenaturales
como pantera tenían límites, y llevaba días
forzándolos al máximo, descansando y comiendo
poco. Estaba pensando en darse prisa y alcanzar a
Djuvula, y aquel ataque mágico contra la desierta
llanura volvía a detenerle…
Espera. La llanura no estaba desierta.
Entornando los ojos para protegerlos de las
manchas de brillante color bermejo y anaranjado,
la pantera vio una figura sentada, resguardada del
aire incandescente por un trémulo fulgor blanco.
¿El anciano mago? Podía ser, aunque los ojos del
felino no eran capaces de discernir tales detalles
en el fulgor circundante.
Pero, cuando la pantera-que-había-sido-un-
hombre miró, el hombre sentado logró ponerse en
pie. Alzó el brazo, y la mano pareció quemársele
con una llama más fría, más azul que roja. La
llama creció hasta convertirse en una esfera del
mismo tamaño que el hombre, y luego en un rayo
de color índigo que se disparó hacia arriba, sin
que el ardiente diluvio lo rebajara ni lo
entorpeciera. La línea de refulgente energía se
desvió en arco a partir de su generador y se
estrelló contra la montaña en cuya cumbre se
hallaba el castillo; en el lugar donde golpeó, creó
una fontana de destellos azules.
La pantera se volvió y huyó corriendo. No
quería tomar parte en aquello, aun sin saber de qué
se trataba. Tenía que atender a sus propios
problemas, y no contaba entre estos el ser
abrasado por un mago furioso.
Djuvula se hallaba delante de la cueva, y
contemplaba la penumbra. Estaba segura de que
hallaría vigilancia; también estaba decidida a no
tratar de pasar entre los guardias sin ayuda alguna.
La entrada suponía un riesgo, porque Sovartus
defendía su intimidad aun frente a los otros que,
como él mismo, seguían el Sendero Negro. Las
fuerzas de Djuvula apenas significaban nada ante
un hombre tan versado en la taumaturgia como
Sovartus. Sus astucias femeninas no le valdrían
ante los encapuchados que servían al maestro del
Cuadrilátero Negro, porque estos no habían nacido
de mujer, ni poseían los mismos atributos que los
hombres que desean a las mujeres. Pero sabía un
modo de lograrlo: los encapuchados tenían mentes
débiles, y un hechizo de complejidad media le
bastaría para dominarlos. Podía hacerlo, aunque a
Sovartus no le iba a gustar. Con todo, el modo más
rápido y seguro de entrar en el Castillo Slott era
llevar un escolta elegido entre los mismos que lo
guardaban. Y una de esas criaturas estaba
vigilando en un cercado con caballos, a poca
distancia de allí.
Djuvula fue hacia su carro para preparar el
siguiente hechizo.
Conan estaba agarrado a un muro de lisa roca;
sus dedos y pies desnudos se aferraban a las más
pequeñas grietas, como los de una mosca humana.
Más arriba, a una distancia comparable a la
longitud de su cuerpo, se abría una angosta entrada
a lo que parecía ser una pequeña cueva. Pensó que
se parecía a lo que estaba buscando.
El cimmerio había trepado a una buena altura,
equivalente, por lo menos, a la estatura de treinta
hombres altos, y una caída lo habría matado. No
sentía miedo, porque nunca había temido caerse en
una escalada. Había escalado ya poco después de
aprender a caminar, y los cimmerios adultos rara
vez se caían de sus frías montañas.
Sin embargo, cuando Conan llegó al nuevo
asidero, una repentina sacudida conmovió la
montaña, como si la hubiese golpeado el puño de
un gigante. El cimmerio solo captó algún atisbo
del fuego azul que se estrellaba contra las rocas,
una docena de brazos más arriba; estaba
demasiado ocupado pugnando por mantener su
difícil asidero en la pared de la montaña. Una
mano resbaló, y la vibración de las rocas hizo que
se soltaran también sus pies. Por unos momentos,
Conan colgó de las yemas de cuatro dedos, y solo
su gran fuerza lo salvó de una caída mortal. No
malgastó energías en maldecir, sino que apoyó los
pies en la roca, y buscó agarres con los dedos de
estos. En seguida logró meterlos en una grieta; su
mano izquierda halló un afloramiento de roca y lo
aferró. Volvía a estar a salvo, al menos de
momento.
Conan empezó a trepar con rapidez, porque su
fatiga había desaparecido. No sabía qué había sido
aquella luz azul, ni le importaba; solo quería llegar
pronto a algún lugar seguro. Lo que había ocurrido
una vez, podía ocurrir de nuevo y, para entonces,
el fuego azul podía caer más cerca, o tener más
fuerza.
Espoleándose con este pensamiento, Conan
llegó al reborde del saliente que había ante la
cueva. Se arrastró hasta el saliente propiamente
dicho, y se detuvo para respirar hondo varias
veces. Luego, se desató las sandalias del cinturón
y se las puso.
Iba a ver adonde llegaba aquella cueva.
Desenvainó la espada y desapareció en la
oscuridad.
Sovartus se sobresaltó, porque el suelo que
tenía debajo de los pies retembló súbitamente.
Miró a los cuatro niños, cada uno de los cuales
estaba encadenado bajo una ventana diferente en la
estancia de la torre. Ningún verdadero poder fluía
desde ellos hasta el mago, aunque la niña nueva
estaba tratando de reducirlo a cenizas con el
pensamiento. La habilidad del mago lo impedía;
además, aquella fuerza estaba asaltando su castillo
desde fuera…
¡Vitarius! En su alegría por haber conseguido a
la niña, había olvidado al mago del Cuadrilátero
Blanco. Sovartus empleó su percepción para
buscar al anciano.
Sí, había sido Vitarius quien había arrojado
una lengua de magia Blanca al Slott. Desde luego,
era mucho más fuerte de lo que había creído
Sovartus. El Fuego Cósmico había caído sobre él
y, con todo, guardaba fuerzas suficientes para
atacar. Era asombroso.
Brevemente, Sovartus meditó su respuesta. El
ataque contra su fortaleza lo enfurecía. Por otra
parte, el castillo podía aguantarlas mucho peores
sin sufrir un gran daño; y, por supuesto, el brujo
tenía cosas más importantes por hacer. Sí, desde
luego, no tenía tiempo que perder con Vitarius.
Que Vitarius le hostigara; al cabo de poco,
dejaría de tener importancia. Una vez la Criatura
de Poder tuviera existencia efectiva, ni siquiera el
Cuadrilátero Blanco al completo podría hacerle
frente. Pensaba ignorar al anciano mago. Cuando
terminara con lo que quería hacer, aplastaría a
Vitarius con menos esfuerzo del que un hombre
invierte en aplastar un mosquito.
Sovartus se acercó a su mesa talismán y puso
las manos sobre ella. Recitó la primera parte de la
frase que había memorizado una década antes. La
mesa empezó a brillar con un fulgor rojizo.
Cuando dijo la segunda parte de la frase, los
cuatro niños gimieron suavemente, circundados
por el mismo fulgor infernal. Sovartus sonrió, y
tuvo que esforzarse para no reír.
Conan sintió que la montaña temblaba de
nuevo, pero le pareció que las sacudidas ya no
eran tan fuertes. Quizá porque se hallaba en su
interior.
Tras andar en la oscuridad por una angosta
galería, buscando el camino a tientas, encontró un
pasadizo iluminado, excavado en la roca. Cada
doce pasos, una antorcha ardía en su
correspondiente soporte; el nuevo pasaje se
alargaba hasta una gran distancia en ambos
sentidos, y nada le indicaba en qué dirección debía
ir. Decidió tomar el camino de la izquierda,
porque parecía ascender ligeramente y, por tanto,
habría de llevarle hacia arriba, donde se
encontraba su objetivo.
Pasó por delante de varios corredores más
pequeños que partían del principal. Esto le
confirmó en su creencia de estar siguiendo el
camino correcto, porque aquel pasillo parecía una
arteria mayor, mucho más grande que las demás.
Una y otra vez, el suelo vibraba, como
sacudido por un suave temblor de tierra, pero el
efecto era pequeño, y Conan no tuvo problemas
para mantenerse en pie.
Al cabo de un rato, llegó a un ensanchamiento
de la galería. El corredor se abría a una amplia
estancia excavada en sólida roca, una estancia con
el techo tan alto que la luz de las parpadeantes teas
no lo alcanzaba; una estancia con las paredes tan
anchas, que las antorchas puestas en ellas parecían
menudas velas.
Conan no quiso atravesar aquella gran caverna
en práctica oscuridad. Retrocedió algunos pasos, y
trató de coger una de las antorchas puestas en la
pared. Pero, al mismo tiempo que tocaba la lisa
madera de la tea, el cimmerio vio otra antorcha
parecida, parpadeante, que avanzaba hacia él por
el mismo camino que había seguido antes. Dejó la
antorcha en su sitio y volvió a adentrarse en la
caverna hasta quedar oculto por las negras
sombras. Tenía la espada a punto.
Una figura en túnica negra, con el rostro oculto
por el capuchón, avanzaba lentamente por el
pasillo, deteniéndose de vez en cuando. Conan vio
cómo el hombre —si se trataba de un hombre—
estaba reemplazando las antorchas ya extinguidas
con nuevas teas, que iba sacando, antes, de
encenderlas, de un gran canasto que llevaba a la
espalda. El hombre —¿hombre?— se detenía solo
durante el tiempo necesario para encender una
nueva antorcha, y luego seguía caminando
lentamente hacia adelante.
Como primera reacción, Conan sintió un fuerte
deseo de decapitar a aquella figura, porque ahora
se creía seguro de que quienquiera que se cubriese
con la negra túnica no era un verdadero hombre.
Había algo en la manera como se movía, que
delataba una repugnante anomalía al cimmerio de
agudos ojos. Sí, los esbirros del mago eran
probablemente meros constructos.
El joven cimmerio se adentró todavía más en
el oscuro abrazo de la caverna. Habría podido
matar a la criatura de la túnica. Por otra parte,
podía dejarla viva y seguirla; sin duda, acabaría
por quedarse sin antorchas, y entonces iría a
buscar más en algún centro de abastecimiento, si
es que no se dirigía ya a un lugar de ese tipo. Sí,
este era un plan mejor: tener un guía.
En la oscuridad, la criatura de la túnica
atravesó lentamente la gigantesca estancia.
Silencioso como una sombra, Conan la siguió.
Conducida por su subyugado guía, Djuvula
subió con ligereza por un corredor suavemente
inclinado, y se fue adentrando en las entrañas del
Castillo Slott. Aparte del hechizo con que
dominaba al encapuchado que la estaba guiando, la
bruja no osaba emplear su magia, por miedo a que
Sovartus la detectara. La encapuchada criatura
había sido atraída hasta fuera de la montaña, y allí
se había llevado a cabo la verdadera obra del
diablo, con rapidez, para que Sovartus no se diese
cuenta. Aunque le hubiera gustado poder emplear
en un hechizo de localización la espada y los
ropajes que ahora la criatura llevaba atados con
correas a la espalda, no se atrevía a hacerlo. Solo
sabía que el bárbaro estaba merodeando por
dentro del Castillo Slott. Lo encontraría del algún
modo.
El hedor de las criaturas ataviadas con túnicas
negras ofendía a las fosas nasales de la pantera, la
cual se escabullía por el rocoso terreno, oculta por
la coloración y las sombras. Eran no-humanos, y
repugnantes, y no muy cautos. Una docena de
criaturas vestidas con túnicas hacía guardia a la
entrada de la cueva, cada una de ellas armada con
una pica, cuya hoja, de doble filo, era tan larga
como el brazo de un hombre. Y estas picas, sin
duda, estaban bañadas en alguna suerte de
encantamiento, que las haría efectivas contra el
mágico hombre-pantera. Con todo, no podrían
hacer daño a lo que no veían. Una bestia con
habilidades de gran felino y astucia de hombre les
aventajaba. Lemparius, en otro tiempo senador,
pasó por entre los guardias sin ser visto, sin ser
oído, sin que advirtieran su presencia.
Una vez hubo dejado atrás el hedor de las
criaturas encapuchadas, la pantera detectó el
aroma de su presa, la perfumada bruja. Y dado que
Djuvula estaba buscando al bárbaro, este también
debía de encontrarse por allí. La pantera pensó
que su hora le llegaría pronto, muy pronto.
20
La criatura encapuchada se movía con método,
y Conan no tardó en comprender que era difícil
que aquel ser le descubriera: nunca miraba hacia
atrás.
Por su parte, el bárbaro se sentía apabullado al
pensar en el hombre —o en la criatura— que había
construido el vasto conjunto de galerías y
estancias, las cuales parecían extenderse sin fin en
derredor. Debía de haber costado cientos de años;
o si no, alguna magia muy potente. Conan no quería
pensar mucho en esta última posibilidad.
Mientras seguía el tortuoso camino del
encargado de las antorchas, Conan no dudaba de
que, efectivamente, estaban ascendiendo. El pétreo
suelo de la galería por donde caminaban estaba
claramente inclinado. Bien. Solo esperaba poder
encontrar a Kinna y a Eldia, junto con los
hermanastros, antes de que fuera demasiado tarde.
Una luz más fuerte apareció más adelante, y
Conan se retrasó respecto al encapuchado.
Prefería no perder a su guía, pero aún no estaba
listo para dejarse ver; todavía no.
Otra gran estancia había sido excavada en el
granito, y se hallaba bien iluminada, con antorchas
en las paredes y gruesas velas negras dispuestas en
candelabros de bronce, altos como un hombre, por
toda la sala.
El encargado de las antorchas se detuvo cerca
del centro de la cámara. Allí había otros dos
idénticos a él, salvo en que, en vez de acarrear
teas sin encender, llevaban sendas picas de hoja
larga. Pareció que los tres se ponían a conversar,
pero ni siquiera el agudo oído de Conan pudo
captar sus voces. Se presentaba un problema: para
continuar siguiendo a aquel perro, tendría que
pasar entre los guardias armados. Como mínimo,
provocaría cierta agitación, y estaba claro que su
guía se daría cuenta.
Conan contempló la estancia desde detrás del
dintel. A la izquierda, a lo largo de una pared,
había una hilera de puertas con barrotes; al otro
extremo de la pared en cuestión se hallaba la
entrada iluminada de una galería. Más adelante,
vio una gran tapicería de ribetes vitruvianos, de
tejido oscuramente coloreado, que mostraba
alguna escena infernal, donde los demonios
perseguían a hombres y mujeres desnudos y
aterrorizados.
Levantó el arma, y aferró con más fuerza
todavía su puño forrado de cuero. Conan era
hombre de acción, de hechos; hasta aquel
momento, en su colaboración con el anciano mago
y las hermanas había habido demasiada magia y
muy poca pelea honesta. Los demonios, los brujos
y las criaturas encapuchadas no eran de su agrado.
Le gustaban los problemas que podía resolver con
acero y músculo, no con oscuras brujerías.
El reflejo de algo pálido llamó la atención al
cimmerio. ¿Un rostro? ¿Tras una de las puertas con
barrotes? Vaya, debía de tratarse de algún tipo de
mazmorra, algo que, ciertamente, tampoco le
inspiraba ninguna simpatía. Y, aunque el enemigo
de su enemigo no tenía por qué ser su amigo, tal
vez le fuera útil…
¡Kinna! Conan reconoció a la muchacha en el
mismo momento en que ella descubrió su rostro. El
bárbaro le indicó por señas que guardara silencio,
pero ya era demasiado tarde para impedir que la
joven diera un respingo.
Las tres criaturas encapuchadas se volvieron a
la vez y contemplaron a la capturada mujer.
Entonces, también a la vez, se giraron para
descubrir la causa de su sorpresa. Conan pensó en
ocultarse, pero se decidió a no hacerlo. ¡Ya basta
de moverse sigilosamente como un gato! Saltó
adentro de la estancia, agarrando con fuerza el
arma.
Los tres que le hacían frente se desplegaron al
instante, como si los hubiera controlado una única
mente. Los piqueros se pusieron a ambos lados, y
la punta de sus armas descendió para apuntar al
intruso. Delante mismo del bárbaro, el encargado
de las antorchas sacó dos de las teas de su canasto
y las sostuvo al lado de la que ya estaba
encendida. Las nuevas antorchas se encendieron.
Por primera vez, Conan vio con claridad las
manos y muñecas de las criaturas: la carne
brillaba con cierto color a la luz del fuego; era
verde, y escamosa como el vientre de una
serpiente.
El cimmerio sacudió la cabeza. ¿Qué clase de
hombre podía tener criaturas como aquellas por
sirvientes? Sovartus no se merecía ni el desprecio.
El piquero que estaba a la derecha de Conan se le
acercó una pizca más que su compañero del lado
opuesto.
El cimmerio dio tres rápidos pasos hacia
adelante, y manejó la espada con una fuerza que
habría partido en dos a un hombre ordinario. La
figura encapuchada paró el golpe con su propia
arma. El impacto del acero con el acero hizo saltar
chispas, y el choque sacudió las manos y los
brazos de Conan hasta los hombros. El otro le
había parado el mandoble, y, dado el ángulo de la
pica, solo habría podido hacerlo alguien muy
fuerte. ¡Fueran lo que fuesen aquellas criaturas, no
eran débiles…!
—¡Conan! ¡Detrás de ti!
El cimmerio se recobró de su sorpresa justo a
tiempo. Se apartó de un salto; la segunda pica
surcó el aire que un momento antes había ocupado
él. Se volvió y asestó un mandoble hacia abajo con
la espada, igual que un nombre habría manejado un
hacha para cortar leña. La hoja dio en la pica y,
pese a la sobrenatural fuerza del hombre-lagarto,
logró arrancar el arma de las manos de su dueño.
Cuando la criatura retrocedió para evitar el
siguiente mandoble de Conan, se oyó un enfurecido
siseo bajo su capuchón.
El hombre-lagarto que llevaba las antorchas
llameantes también dio un paso hacia atrás, y
quedó fuera del alcance del cimmerio.
Conan sonrió. Bien. Le habían probado, y
habían decidido tenerle un mínimo de respeto.
El primero de los hombres-lagarto aprestó su
pica, como para acometer a Conan por la espalda.
El cimmerio lo vio por el rabillo del ojo, y
comprendió que su posición le permitía un único
movimiento seguro. Dobló las rodillas y saltó…
hacia arriba.
La pica pasó justo por debajo de los pies de
Conan y, cuando el hombre-bestia cayó
inevitablemente hacia adelante, el cimmerio
aterrizó sobre sus hombros. Antes de que la
criatura-lagarto pudiera levantarse, Conan le
atravesó el cuello con la espada. Fue como cortar
un árbol. La criatura chilló, y un líquido verde
manó por la herida y se derramó por el suelo de
desnuda piedra.
Conan no tuvo tiempo de detenerse y admirar
su propia destreza. Dejando al caído lagarto, saltó
hacia el segundo, que todavía estaba tratando de
recobrar su arma. Este debió de comprender que
seguir buscando la pica le costaría la vida, porque
entonces saltó sobre el bárbaro, y le aferró las
muñecas con sus manos escamosas.
Conan sintió la rudeza de las poderosas manos
mientras trataba de emplear la espada. No podía
moverla; el otro le sujetaba el brazo con
demasiada fuerza. El cimmerio soltó el arma, y
esta cayó, y abrió una herida en el desnudo brazo
verde que ahora asomaba de la oscura manga. La
criatura-lagarto siseó, exhalando hedor a carroña
en el rostro de Conan. Al sentir que algo se movía
a sus espaldas, el bárbaro dio media vuelta,
tensando sus robustas piernas y sus espaldas, y
arrastró consigo al hombre-lagarto. Justo a tiempo,
porque así el encargado de las antorchas apretó
sus dos teas contra la espalda de su camarada, y no
contra la de Conan.
Entonces, el cimmerio levantó la rodilla y
golpeó a la criatura en la ingle. Al chocar con la
entrepierna de la criatura-lagarto, sus fuertes
músculos solo hallaron una superficie lisa. No iba
a detenerlos de aquella manera.
Conan danzó con el lagarto, intentando evitar
las antorchas con que la otra criatura trataba de
fustigarlo. Sabía que aquello no podía durar. La
abominación era, por lo menos, tan fuerte como él,
y contaba con ayuda.
¡Basta ya! Al cimmerio se le encendió la rabia,
y gritó su ira al rostro del lagarto. Sacando todas
las fuerzas que pudo de su cólera, arrojó contra
uno de los grandes candelabros de bronce a la
criatura que estaba sosteniendo. El poste se
agrietó, y el soporte metálico de las velas se
tumbó; cayó sobre la criatura-lagarto; la túnica de
esta se encendió en seguida y, en un instante, el
monstruo se convirtió en antorcha viviente. Se
puso en pie de un salto y corrió, se estrelló contra
la pared opuesta a las celdas, y cayó, ya llameante
cadáver.
Entonces, el encargado de las antorchas soltó
sus armas y se volvió para huir. Corrió hacia la
salida que Conan había visto antes. Sin
reflexionar, el cimmerio saltó sobre una de las
picas caídas. Levantó al arma y la arrojó, todo con
un único movimiento. La punta de la espada se le
clavó al fugitivo lagarto entre las clavículas. Por
unos momentos, la criatura se tuvo en pie,
traspasada, y luego cayó de bruces. La pica se
había clavado tan hondo, que quedó sobresaliendo
del atravesado cuerpo como un árbol sin copa.
Conan recobró su espada y se acercó a la
puerta de la celda donde estaba Kinna. Un simple
pestillo cerraba la mazmorra, a la altura adecuada
para que el preso no pudiera alcanzarla. Conan lo
descorrió, y Kinna salió afuera y se arrojó a sus
brazos.
—¡Oh, Conan, había creído que jamás volvería
a verte!
El cimmerio acarició a la muchacha con la
mano que tenía Ubre.
—Conan, creo que ha encerrado a Eldia y a los
demás en una especie de torre. ¿Dónde está
Vitarius?
Conan dijo:
—Sigue en la planicie. Antes he presentido su
intervención, cuando la montaña ha temblado.
—Tenemos que encontrar a Sovartus antes de
que termine su horrible creación —dijo Kinna—.
Pero no estoy segura de recordar el camino.
Conan señaló con su arma.
—Por allí. Esa criatura-lagarto corría hacia
allí antes de que la detuviese. Si él creía que la
ayuda se hallaba en esa dirección, tendremos que
ir por allí. A menos que prefieras quedarte aquí
mientras yo sigo adelante.
Como respuesta, Kinna se zafó del abrazo de
Conan y recogió la pica que quedaba. Los ojos le
centellearon.
—Voy a acompañarte. ¡Voy a acompañarte, o,
si no, iré sola!
Conan soltó una breve carcajada.
—No puedo hacerte reproches por falta de
valor, Kinna. Muy bien. ¡Vamos a buscar a ese
mago, y mandémosle con sus ancestros!
El guía de Djuvula caminó en silencio, con
firmeza, sin vacilar, hasta que llegaron a la cámara
donde estaban las celdas. Allí, la subyugada
criatura se detuvo repentinamente. La bruja,
sorprendida, miró en torno de su reptilesco
acompañante para ver qué le había hecho pararse.
Tres de los lagartos encapuchados yacían
muertos en la cámara, uno de ellos apenas
reconocible, porque había sido quemado; aún
ardía, apoyado en la pared.
Djuvula asintió para sí. Aquello debía de ser
obra del bárbaro. Por el aspecto de la sangre
verde que se estaba coagulando en el suelo, no
debía de hallarse muy lejos.
Sonriendo, Djuvula azuzó a su acompañante
con su afilada uña. La criatura siguió adelante, y la
bruja la siguió.
La pantera se habría detenido a comer, en caso
de que los no hombres recién matados hubiesen
sido comestibles. Sin embargo, los aguzados
sentidos del felino le permitieron descubrir la
verdad. Aquella carne era venenosa para cualquier
criatura natural, y ni siquiera a un hombre-animal
podía servirle de sustento. Pero no importaba; el
aroma de la bruja permeaba el aire; se hallaba a
tan solo unos pasos más adelante, por aquel
corredor.
Ya comería más tarde; si no la carne de
Djuvula, devoraría la del bárbaro… si para
entonces Lemparius aún estaba atrapado en su
forma de pantera. El felino anduvo sigilosamente
sobre el suelo de piedra, y entró en el corredor
después que su presa.
Desde la más elevada torre del Castillo Slott,
Sovartus alcanzaba a contemplar los inicios de
vida de la Criatura de Poder. Las esencias de los
niños habían quedado absorbidas en el hechizo
que él estaba controlando; la misma llanura
parecía estar viva, porque fuertes vientos,
acompañados por lluvias torrenciales y truenos,
aullaban en el devastado suelo, y subían de la
tierra a los cielos y volvían a descender. Una
grieta hendió la llanura, y las entrañas de la Tierra
vomitaron llamas para que se unieran a los otros
Elementos.
Los cuatro niños parecían dormir, sin ver ni oír
las energías que se estaban desatando en la
llanura, pero Sovartus sentía sus fuerzas mágicas,
que tiraban de la misma esencia del brujo. Solo su
destreza le salvaba de que la locura de elementos
lo destrozase.
Los encapuchados que estaban al lado de su
puerta se encogían de miedo, pero Sovartus tan
solo reía al verlos. ¡Ahora, tras todos estos años,
tras todo el estudio y la espera, ahora, ahora,
AHORA!
Dos torbellinos gemelos empezaron a girar
sobre la convulsa llanura, gigantescos tornados de
aire negro, que daban vueltas con velocidades
jamás vistas en vientos similares. Ante los ojos de
Sovartus, sus embudos se desprendieron de las
tormentas que los habían creado, y avanzaron
libremente contra los vientos, arrastrando las
nubes. Los tornados se desplazaron hasta quedar
juntos, y entonces, como dos gigantescos taladros,
empezaron a cavar la tierra, arrojándola hacia
arriba.
¡Sí, si! Sovartus temblaba con aquella fuerza.
El suelo se rompía en pedazos grandes como
casas, como castillos, y entonces ocurrió que los
tornados le dieron la forma de un cuerpo, un torso
como jamás había visto nadie.
Sovartus rio una vez más, y tendió ambos
brazos hacia los cielos. Otro par de tornados, algo
más pequeños que los primeros, salieron aullando
de las tormentas que los habían alumbrado y se
unieron, a modo de brazos, a la figura que se
estaba construyendo sobre la planicie.
Entonces, el castillo retembló, sacudido por un
rayo de luz azul que había saltado desde un punto
lejano de la llanura. Demasiado tarde, viejo
compañero de estudios.
El señor del Cuadrilátero Negro agitó los
brazos una vez más, y señaló las tempestades con
sus rígidos dedos. Una única nube se apartó del
cuerpo principal de la tormenta. Vomitando rayos,
la nube se desplazó hasta quedar flotando sobre el
gigantesco cuerpo de tierra, y se posó sobre él.
Tres agujeros se abrieron en la nube, semejantes a
unos ojos y una boca; los rayos hicieron las veces
de dientes mellados y centelleantes en sus abiertas
mandíbulas.
Sovartus aulló en su júbilo, un aullido
semejante al rugido que se oía afuera.
El mago negro corrió hacia la ventana, y se
asomó bajo la lluvia para contemplar el suelo. La
resquebrajada tierra seguía escupiendo fuego y, en
tanto que la llama chocaba con las precipitaciones,
blanqueaba el pie de la montaña con vapor.
Sovartus volvió hacia arriba las palmas de ambas
manos y las levantó. Las llamas rugieron hasta
mayor altitud, y un par de bolas de fuego se
desprendieron de la fosa y se elevaron. Cual
demoníacas luciérnagas, estos globos de llama
volaron, subieron hasta ir a posarse en la frente de
la cabeza-nube que presidía el gran cuerpo de
tierra, el cual, a su vez, caminaba sobre piernas de
huracán. Las bolas de fuego se introdujeron con un
siseo en las vacías cuencas…
¡Sí! ¡Sí! ¡SÍ! Sovartus respiró hondo y gritó la
última palabra, la última palabra del más
poderoso hechizo que él o cualquier otro mago
hubieran creado.
La tormenta cesó. La tierra se selló, no arrojó
más fuego. La llanura quedó casi en calma, salvo
por los sonidos procedentes del constructo, que
ahora, erguido, era tan alto como la montaña del
Castillo Slott. Aquel ser compuesto por los Cuatro
Elementos se volvió, y se encaró con Sovartus.
Parpadeó, ocultando los ojos de fuego vivo con
párpados de nube que no se resentían del calor.
Cuando la criatura volvió a abrirlos, Sovartus
comprobó que le estaba mirando; había tenido
éxito. Lenta y pesadamente, el gigante se inclinó
ante Sovartus.
La Criatura de Poder vivía.
Y Sovartus era su señor.
21
Kinna le guio, porque recordaba el camino
hasta el corazón de la guarida del mago mucho
mejor de lo que había creído al principio. En poco
tiempo, ella y Conan dejaron atrás la base rocosa y
entraron en el castillo propiamente dicho. Las
piedras de la parte edificada del Slott parecían tan
viejas como la propia montaña. Allí, los muros
tenían manchas de hollín de muchos años de velas
y antorchas; un laberinto de tortuosas galerías
recorría la construcción, igual que en la roca. Sin
embargo, la penumbra era interrumpida por
escasas ventanas, que permitían que la luz entrara
a guerrear con las tinieblas del interior. Al pasar
por delante de una de aquellas aberturas
artificiales del muro externo, Conan se volvió de
pronto, y observó algo que estaba tomando forma
sobre la desnuda llanura.
—¿Qué ocurre? —exclamó Kinna.
Conan señaló sin decir nada.
La joven mujer dio dos pasos hacia atrás para
poder ver adonde le señalaba Conan. Sofocó un
grito.
—Sí —dijo Conan—, de entre todos los males
que hemos encontrado en esta aventura, ese es el
peor.
Siguió observando los tornados y la
resquebrajada tierra, la formación de una cabeza a
partir de la tormenta, y de los ojos que eran bolas
de fuego. Entonces, la criatura parpadeó, y pareció
mirar directamente a Conan; se inclinó.
Conan se volvió.
—Tenemos que darnos prisa —dijo—. ¡No sé
lo que es esa cosa, pero pertenece a Sovartus… no
se estaba inclinando ante nosotros!
Corrieron. Treparon con tanto apresuramiento
por el inclinado suelo que estuvieron a punto de
resbalar fatalmente. El fino olfato de Conan fue el
primero en detectar el olor de los lagartos con
túnicas, y agarró a Kinna por el brazo y le cubrió
la boca para evitar su grito de sorpresa.
—Chist. Hay más criaturas encapuchadas
como aquellas al otro lado de esa esquina.
Kinna tiró de la mano de Conan, y este le
apartó la palma de los labios.
—¿Cómo lo sabes? —susurró la joven.
—Por su hedor. Espérame aquí.
Conan dejó a Kinna de pie en las sombras, y
avanzó lentamente por el corredor hasta la
esquina. Se agachó, y miró cautamente lo que
había al otro lado, sin separar el rostro de la
húmeda piedra.
El pasillo terminaba en otra estancia, esta vez
no mucho más grande que la alcoba de un hombre
rico. A lo largo de la pared, vio a nueve de los
reptiles encapuchados, cada uno de ellos armado
con una pica como la de Kinna. Por sus
posiciones, parecía como si estuvieran guardando
la puerta de cola del fondo. En lo más profundo de
sus entrañas, el bárbaro tuvo un presentimiento: al
otro lado de aquella puerta debía de encontrarse
Sovartus, y con él estaría Eldia.
Conan retrocedió antes de que pudieran verlo.
Aquel era el camino que buscaban; pero pasar por
delante de nueve de aquellas criaturas-lagarto,
diabólicamente rápidas y fuertes, sería peligroso.
Se incorporó y volvió silenciosamente con Kinna
para contarle lo que había visto.
Djuvula tuvo una premonición, y se detuvo
antes de que su guía le hiciera doblar la siguiente
esquina del pasillo. Ordenó al hechizado reptil que
se detuviese, y se adelantó para atisbar lo que
pudiera haber más adelante.
¡A la luz de las velas, que arrojaban espirales
de negro humo al techo del corredor, vio al
bárbaro, hablando con una mujer joven! ¡Por fin!
¡Era el momento de apoderarse de él, por Set!
Djuvula sacó dos objetos del paquete que
había hecho llevar al reptil: el primero era una
curiosa vasija de mágico diseño, con la que podía
mantener vivo durante tanto tiempo como quisiera
el órgano que guardara en ella. El segundo
consistía en una esfera de fina porcelana. Djuvula
le quitó con gran cuidado su envoltorio de lana de
cordero, grueso pero suave al tacto. El recipiente
contenía un polvillo hecho con pétalos secos de
loto negro. Djuvula había entregado un hechizo
mágico a uno de los sacerdotes de Yun a cambio
del mortífero polvillo, en previsión de que algún
día tuviera que matar instantáneamente a cualquier
criatura que respirase. Inhalar la más pequeña
cantidad significaba la muerte; eso le había dicho
el sacerdote de amarillo rostro. Su demostración
con un perro había satisfecho a Djuvula. La bruja
levantó la esfera de porcelana con la mano
izquierda y tomó una pequeña y afilada daga de su
cinto. Tenía cierta destreza quirúrgica en extraer
los corazones de hombres recién muertos o
moribundos; todos los intentos fallidos al servicio
de su Príncipe. Pero el bárbaro no debía huir antes
de que la flor del loto negro hiciera su efecto.
Djuvula pinchó con su daga a la encapuchada
criatura.
—Ve —le dijo—, y tráeme al hombre que ves
allí delante.
La encapuchada figura se marchó, y Djuvula
sonrió a sus espaldas. No le importaba que Conan
pudiera matarlo, porque le bastaba con que
retrasara al bárbaro durante el tiempo necesario
para arrojarle el mortífero obsequio. Entonces,
todos los que estuvieran en el corredor morirían, y
en poco tiempo…
La mente de la pantera cambiaba ahora sin
cesar de hombre a bestia. Lemparius necesitaba la
mayor de las concentraciones para retener algo de
su humanidad dentro de la criatura en la que se
había convertido. El miedo le hacía apresurarse en
su persecución de la bruja. Si no la capturaba
pronto, sin duda la perdería, y él quedaría
condenado a vivir el resto de sus días en forma de
felino; aún peor, ni siquiera tendría conciencia de
su estado, porque su mente se desvanecería,
sumergida en la de la bestia. Sería menos que la
chispa de una única centella en una interminable
noche estigia.
Con el miedo cabalgando sobre su esbelto
cuerpo, la pantera corría. Y así, al doblar una
esquina en aquel castillo húmedo y plagado de
ratas, se encontró con las espaldas de Djuvula.
El hombre que moraba en su interior sabía que
tenía prohibido atacar a la mujer de cabellos de
fuego, pero la bestia se impuso y se hizo con el
dominio del cuerpo del felino. Lemparius,
antiguamente senador, antiguamente hombre, rugió
su rabia con la voz de una pantera enloquecida.
El sonido sobresaltó a la mujer; esta saltó y
profirió un juramento, antes de darse cuenta de que
no tenía nada que temer del animal.
Cuando la pantera se dispuso a saltar,
Lemparius aún luchaba por recobrar el control.
Casi lo logró. Casi.
El hombre-pantera saltó sobre la bruja.
Conan se volvió al oír roce de pies sobre las
baldosas. Entonces ocurrieron varias cosas, con
aquella peculiar lentitud que suele darse en
momentos de gran peligro. Fue como si el aire
hubiera devenido en jarabe congelado por el frío,
y hubiese detenido los movimientos de los
participantes en aquel súbito drama.
Uno de los lagartos encapuchados salió de la
penumbra y corrió hacia él. Casi de inmediato,
detrás de la criatura apareció una mujer —la
bruja, Djuvula— a la que Conan reconoció. Luego,
una figura del color de la arena pareció flotar en el
aire… era la pantera, que saltaba sobre la garganta
de la bruja. Conan creyó conocer a aquella bestia.
Vio la marca de un corte en la pata del animal,
y así confirmó sus suposiciones. Lemparius. Pero
¿por qué estaba atacando a la bruja? Justo
entonces, una barrera invisible detuvo a la pantera
ante su presa. ¡Más brujería!
No había tiempo para preguntarse cómo habían
llegado hasta allí. Conan alzó la espada al mismo
tiempo que el hombre-lagarto vestido de negro
saltaba sobre él. Estaba seguro de que el rugido
del felino atraería nueva compañía, y no tenía
ningún plan, ni tiempo para elaborarlo. ¡El
momento de pensar había terminado; ahora, solo
podía pasar a la acción!
Conan se apartó y asestó un mandoble hacia
abajo, al mismo tiempo que la criatura
encapuchada arremetía. Esta no pudo detenerse, y
el agudo acero se hundió en su escamosa espalda y
devino en parte de esta. La criatura cayó como un
leño, con la espada de Conan clavada. El bárbaro
profirió un juramento, y se agachó para arrancar el
arma.
El sonido del roce de muchos pies llegó a
oídos de Conan. El bárbaro se volvió hacia el
ruido, y vio cómo el primero de los guardias
aparecía por la esquina. Este no habría tenido que
hacerlo, porque Kinna saltó sobre él con la pica
por delante y lo ensartó como a un cerdo para asar
en la fogata.
La pantera rugió de nuevo, y una vez más se
estrelló contra el escudo que protegía a la bruja de
sus ataques. Gruñendo y bramando con incoherente
rabia, la bestia se volvió y miró a Conan. Avanzó
hacia él.
Cuatro o cinco hombres-lagarto doblaron la
esquina con las picas en ristre. Kinna ya no podía
emplear la suya, porque seguía clavada en las
entrañas del que había matado.
—¡Kinna! ¡Ven conmigo!
Conan vislumbró otro movimiento: la bruja
estaba manoseando algo. Lo soltó, pero logró
cogerlo antes de que llegara al suelo. Djuvula
profirió una maldición.
Conan se volvió para hacer frente a la pantera,
comprendiendo demasiado tarde que su espada le
serviría de poco frente al ataque del hombre-
bestia.
El felino saltó sobre la garganta de Conan, y el
corpulento cimmerio asestó un mandoble sin
pensarlo. El acero se hundió en el costado de la
bestia, rompió costillas, y derribó a la pantera a un
lado. Pero Conan vio que, en el mismo momento
en que caía, la sangre cesó de manar y la herida se
le cerró sola.
El cimmerio se volvió con presteza hacia
Kinna y le arrojó su espada.
—¡Toma! —gritó.
Entonces, se sacó del cinturón la daga curva de
Lemparius, en el mismo momento en que el animal
saltaba de nuevo. Conan se agachó, y atacó hacia
arriba con el diente de acero. Su punta hirió a la
pantera debajo de la garganta; tan potente había
sido el salto del felino, que pasó por encima del
agachado Conan, y el acero mágico lo rajó desde
la garganta hasta la grupa. Se derramaron sus
húmedas entrañas, y la pantera que había sido un
hombre cayó al suelo, dio una vuelta sobre sí
misma y murió.
—¡Conan!
Era Kinna, que agitaba salvajemente la pesada
arma de Conan, y sin producir un gran efecto en la
cuadrilla de hombres-lagarto encapuchados,
quienes estaban tratando de rodearla y capturarla.
Conan le quitó la espada de las manos y atacó.
La punta del arma se clavó bajo el mentón de uno
de los lagartos. Este cayó de espaldas,
mortalmente herido.
—¡Ahora ya te tengo! —dijo una voz a sus
espaldas.
Conan se apartó de los piqueros y se arriesgó a
echar una rápida mirada al corredor.
Djuvula la Bruja estaba de pie, inmóvil, y
sostenía una pequeña esfera sobre su cabeza.
—¡Ha llegado tu hora, Conan, y la de todos los
que están contigo!
El castillo tembló, las paredes resplandecieron
brevemente con azulada luz. ¡Vitarius! ¡Todavía
estaba luchando contra Sovartus! «Bien», pensó
Conan, porque, ciertamente, él y Kinna estaban
condenados…
Djuvula chilló y perdió el equilibrio a causa
de las sacudidas. La esfera se le escapó de los
dedos, y la bruja chilló de nuevo:
—¡No!
La esfera se estrelló en el suelo, y la luz azul
desapareció. De la rota esfera salió una densa
nube de polvo, como una neblina verdiamarilla
que se extendió hasta llenar el corredor.
Al instante, Conan supo lo que era aquella
nube: la había visto utilizar a un ladrón nemedio al
escalar ambos la Torre del Elefante de Arenjun. El
ladrón llevaba tiempo muerto, pero el recuerdo de
sus palabras seguía vivo en la memoria de Conan.
¡Aquello era polvillo de loto negro, e inhalarlo
significaba la muerte!
Los instintos de Conan tomaron el mando.
Agarró a Kinna de la mano.
—¡Contén el aliento, muchacha…! ¡No
respires! ¡Y corre, por tu vida!
Después de decir esto, guio a Kinna hacia la
mortífera nube.
Aun sin respirar, Conan sintió la polución de
un olor repugnantemente dulce y empalagoso
cuando la neblina lo envolvió. Tropezó con el
cuerpo de la bruja, estuvo a punto de caer, pero
recobró el equilibrio, y obligó a Kinna a seguirle.
A sus espaldas, Conan oyó lo que había
esperado oír: las pisadas de los encapuchados
hombres-lagarto que los perseguían.
El hombre y la mujer salieron de la nube, pero
Conan siguió corriendo, para que las motas de
polvo que se habían adherido a ambos fueran
desprendiéndose. Cuando se detuvo, no respiró
todavía, sino que antes sacudió lo que quedaba de
la vaporosa sustancia en sus ropas y su cuerpo, así
como en los de Kinna. Se alejó de aquel sitio antes
de dejar salir el aire que llevaba en los pulmones.
Volvió a tomar aliento con precaución, pero ya no
quedaba ningún resto del polvillo de muerte. Le
hizo un gesto de asentimiento a Kinna.
—Respira —le dijo.
Kinna jadeó ruidosamente, y añadió una
pregunta a su inhalación:
—¿Qué les ocurrirá a los encapuchados?
—Escucha —le ordenó Conan.
El sonido de pesados cuerpos cayendo sobre
las baldosas llegaba a oídos del bárbaro.
—Yo no oigo nada… —empezó a decir Kinna.
—Aguarda.
Al cabo de un tiempo, la nube de polvo
empezó a asentarse y a disiparse; cuando esto
ocurrió, los silenciosos cuerpos de los lagartos
encapuchados quedaron a la vista sobre el suelo.
Entre ellos yacían también los cadáveres de
Djuvula la Bruja, la que había querido el corazón
de Conan para algún hechizo repugnante, y, cerca
de ella, un hombre desnudo, tendido de espaldas,
destripado.
—¿Qué…?
—Un veneno —explicó Conan—. Ya he visto
otras veces cómo actúa. Vitarius ha sacudido la
montaña, y la bruja ha soltado el frasco, con lo que
se ha destruido a sí misma.
—¿Quién era ese hombre?
—Lemparius. Y también fue una pantera.
Ahora no es ni lo uno ni lo otro. Ven, tenemos que
rescatar a tu hermana, y a sus hermanos. Y tenemos
que detener a Sovartus, porque, si no, esa cosa de
la llanura va a reinar sobre todos nosotros.
22
El rayo azul se quebró contra el castillo y,
cuando la edificación acusó el impacto, Sovartus
estuvo a punto de caerse por la ventana. Se agarró
al alféizar y logró volver a poner los pies dentro
de la torre. El mago buscó con ojos airados a la
invisible figura que se hallaba en la planicie
Dodligia, y el rostro se le iluminó con su odio. De
no haberse movido con rapidez, habría podido
morir en la caída. Ciertamente, controlar algo
como la Criatura de Poder, y morir luego por tan
baja estupidez, habría sido una ironía cruel.
Sovartus irguió todo el cuerpo y sonrió. Había
llegado la hora de terminar aquella farsa con su
antiguo compañero de estudios. El maestro del
Cuadrilátero Negro contempló su creación, la cual,
a su vez, le devolvió la mirada con imperturbables
ojos de fuego.
—¡Ve —le ordenó Sovartus—, y aplástame a
ese molesto insecto! —El mago hizo un brusco
gesto con la mano.
La Criatura de Poder, construida con los
Cuatro Elementos, se alejó del Castillo Slott,
moviéndose con mayor rapidez de la que hubiera
parecido posible. Caminando sobre pies hechos de
tornado, daba gigantescas zancadas por la llanura.
Una línea de color azul salió disparada desde
la aparentemente desierta planicie, hacia la
Criatura de Poder, y una pequeña zona de su
cuerpo hecho de tierra ennegreció y humeó, pero la
criatura no se detuvo.
Sovartus sonrió abiertamente, y se volvió para
ver si alguno de los niños lo estaba viendo. No era
así, porque todos los cautivos habían caído en una
letargia, tenían los ojos cerrados, y respiraban con
lentitud.
«¡No importa —pensó el mago—, basta con
que yo lo vea!».
Otra línea de fuego azul tocó a la Criatura de
Poder, pero esta vez su luz fue más débil, y el rayo
pasó sin hacer daño a través de uno de los brazos
de viento arremolinado.
En pocos momentos, la Criatura de Poder se
había alejado tanto que no parecía más grande que
un hombre visto en la otra acera de una calle
ancha. Una tercera llama azul salió volando del
suelo y golpeó a la criatura, que ya casi había
llegado al origen de los ataques.
Ante los ojos de Sovartus, la terrible Criatura
de Poder se arrodilló y levantó un brazo. El brazo
se abatió violentamente, y la fuerza de su golpe
sacudió el suelo, aun dentro del castillo, de tal
modo que Sovartus sintió el impacto bajo las
suelas de sus botas.
Aquel golpe había significado mucho para
Sovartus, ah, sí. El brujo sabía que Vitarius, pupilo
de Hogistum y enemigo suyo, había dejado de
existir. Había sido suprimido con el solo esfuerzo
de ordenar su desaparición.
Nada podría interponerse ya en su camino —
Sovartus estaba convencido de ello—, porque no
existía un poder capaz de resistir a la criatura que
él había creado y gobernaba, ningún poder en toda
la Tierra. Desde antes del hundimiento de Atlantis,
no había habido fuerzas como aquellas al servicio
de un hombre; el triunfo del mago era tan pasmoso
como la misma Criatura de Poder. ¡El monstruo
viviría mientras él mismo viviese, y él podría
vivir para siempre!
Sovartus siguió contemplando la Criatura de
Poder mientras esta se le acercaba. Pronto, las
naciones del mundo se inclinarían ante él y le
ofrecerían toda suerte de tributos. Pronto,
destruiría ciudades, devastaría campos enteros,
masacraría ejércitos, si no cumplían todos con su
voluntad. Pronto gobernaría el mundo, y este
marcharía a su capricho… ¡o no marcharía en
absoluto!
La idea llenó a Sovartus de negro gozo.
El corredor terminaba en una antecámara. Al
entrar en ella, Conan vio las espaldas de otros dos
hombres-lagarto encapuchados. Estaban atentos a
algo, y el bárbaro, mirando más allá, descubrió
qué era lo que observaban: un hombre delgado, de
cabello negro y barba puntiaguda, vestido con una
túnica de cabello, que oteaba por una ventana.
—Sovartus —le susurró Kinna a Conan.
—Por fin —dijo el bárbaro. Alzó su espada.
Algo debió de alertar a los dos hombres-lagarto,
porque se volvieron a la vez hacia Conan y Kinna.
Alzaron las picas.
—¡Yo me encargo del de la izquierda! —dijo
Kinna.
Conan no vaciló, sino que saltó a pelear con
las encapuchadas figuras. Sovartus los vio, y al
instante se volvió para seguir contemplando lo que
había delante de la ventana, como si aquello no le
hubiera preocupado en lo más mínimo.
Conan tenía la ventaja de conocer la velocidad
y la fuerza de los hombres-lagarto; no trató de
luchar, sino que eludió la pica que le acometía. Un
simple mandoble asestado con ambas manos, con
la espada bien sujeta para el golpe, y Conan
derribó a su enemigo. Se volvió al mismo tiempo
que Kinna clavaba su pica bajo el capuchón de su
oponente, y arrancaba un militante siseo a la
reptilesca criatura. Conan se abalanzó con su
espada, y la hundió en la cabeza del monstruo; este
cayó en silencio.
Eldia yacía encadenada bajo una ventana; sí, y
había allí otros tres aprisionados de la misma
manera, y todos parecían hallarse en profundo
sueño, o en los brazos de la muerte. Conan
masculló su ira y dio dos pasos hacia Sovartus.
El mago se apartó de la ventana y señaló a
Conan con una mano, al mismo tiempo que movía
los dedos.
De pronto, la empuñadura de la espada de
Conan se puso muy caliente, demasiado como para
seguir sosteniéndola, a pesar del grueso forro de
cuero del puño. El bárbaro empuñó la espada con
la otra mano, pero su temperatura seguía subiendo;
el cuero empezó a humear, y finalmente se
encendió. Conan soltó la espada. La hoja de acero
se puso de color rojo, y luego blanquiazul, y tan
brillante que el cimmerio tuvo que apartar la vista.
Se oyó como un trueno y, cuando el bárbaro volvió
a mirar, la hoja había desaparecido, y solo había
dejado una marca negra en el suelo.
Detrás del bárbaro, Kinna chilló, y al instante
se oyó el ¡clunk! de su pica que había caído al
suelo, y hubo otro resplandor y otro trueno, y
Conan dio por sentado que aquel arma tampoco
existía ya.
Sin caer en el desaliento, Conan arremetió de
nuevo, blandiendo la daga curva que había matado
a Lemparius. Estaba hechizada, y tal vez le
sirviera contra Sovartus…
El puñal escapó de la mano de Conan y giró en
el aire para clavarse en una mesa cercana.
¡Hechicería!
Conan rugió de rabia. ¡Por Crom, todavía le
quedaban las manos! El corpulento cimmerio se
abalanzó, y trató de aplastar a la delgada figura
con sus puños semejantes a martillos.
Un invisible pie golpeó a Conan en el vientre.
Su recio estómago lo resistió, pero el impacto lo
hizo retroceder y caer de espaldas.
Sovartus sonrió y levantó la mano. Conan
sintió otro golpe, esta vez en el costado. Agitó los
brazos en alto, buscando un enemigo con el que
pelear; no había ninguno, y un tercer golpe se
estrelló contra su cabeza, dejándolo aturdido.
Kinna trató de llegar adonde estaba Conan,
pero también la atacó algún tipo de magia, porque
cayó de espaldas al suelo, jadeante. Conan logró
incorporarse sobre manos y rodillas y, finalmente,
se puso en pie.
Sovartus rio y volvió a levantar la mano.
—¡Necio! ¡No puedes luchar conmigo! ¡Yo soy
tu nuevo dios! ¡Arrodíllate ante mí, y te dejaré con
vida, porque habrás sido mi primer adorador!
—¡Nunca! —dijo Conan.
La invisible bota le golpeó debajo del mentón
y lo tumbó de espaldas. El bárbaro gimió
involuntariamente, se sentó, y negó con la cabeza
en sus esfuerzos por incorporarse.
Sovartus lo contemplaba con evidente
regocijo.
Detrás de Sovartus, encadenada a la pared,
Eldia despertó. Abrió los ojos. Parpadeó, y miró a
Conan, y luego a Sovartus.
Conan volvió a negar con la cabeza, esta vez
para advertir a Eldia que no se moviera. El
cimmerio logró levantarse sobre una rodilla y un
pie.
Eldia miró fijamente a Sovartus. Levantó una
mano, y trató de tocar la extraña túnica del mago.
Sovartus debió de oír algo, porque se volvió
bruscamente hacia la niña.
Conan tomó aliento y le escupió al brujo.
Entonces, este se volvió de nuevo hacia el
bárbaro.
—¡Vas a morir por esto, necio! —Empezó a
bajar la mano…
De pronto, la espalda de la túnica de Sovartus
estalló en llamas. El brujo se dio la vuelta.
—¿Qué…?
Pero la túnica se encendió aún más, y las
llamas se extendieron. Sovartus profirió una
maldición, y se arrancó los ropajes. Dejó de
prestar atención al corpulento joven.
Conan logró ponerse en pie de nuevo. Reunió
todas sus fuerzas en las piernas y saltó. Esta vez
logró su objetivo: sus manos se cerraron como
cepos sobre la garganta de Sovartus. Los dos
hombres cayeron, y rodaron por el suelo junto con
la túnica en llamas. Sovartus estrujó la garganta de
Conan con sus propias manos. Aunque flaco, el
brujo era muy fuerte, y le impulsaba la
desesperación. Conan sintió que unos dedos se le
hundían como barras de acero en la carne. Tensó
los músculos de su cuello, oprimió con más fuerza
el de su enemigo, y gritó con salvaje rabia.
Las manos de Sovartus fueron perdiendo
fuerza. El rostro del mago se estaba tiñendo de
color rojo oscuro, y pasó luego al púrpura; sus
ojos parecían ir a saltarle de las cuencas, y le
manaba sangre de la nariz; sus labios dejaron al
descubierto los dientes demasiado blancos.
Al cabo de un tiempo que pareció tan largo
como la vida de un dios, las manos de Sovartus
soltaron la garganta de Conan, y el brujo quedó
inerte.
Se oyó un terrible sonido en el castillo, un
grito inarticulado de rabia y agonía que sacudió a
Conan hasta las entrañas. El cimmerio aguantó, y
miró por la ventana.
El gigantesco monstruo de la planicie se
agitaba violentamente y movía los brazos. Chilló
de nuevo, y un corrimiento de tierras retumbó por
todo su cuerpo; una lluvia de tierra cayó de su
torso. Sus ojos llameaban con fuego vivo y, cuando
gritó por tercera vez, un rayo surgió de su boca. El
monstruo empezó a caminar hacia el castillo.
Conan encontró una pica. Introdujo el arma
entre los eslabones de metal que sujetaban a Eldia
a la pared. Respirando hondo, arrancó la cadena
de su base. Se volvió hacia Kinna.
—¡Ayúdala, y despierta a los demás, si
puedes! ¡El monstruo de la planicie se está
acercando!
Conan se movió con rapidez por la cámara,
rompiendo las cadenas que sujetaban a los niños,
sacudiéndolos en un intento por despertarlos. Los
tres acabaron por recobrar la consciencia, pero
aún estaban aturdidos.
A medida que el monstruo se acercaba, el
suelo empezó a retemblar. Conan se arriesgó a
contemplar la planicie. La criatura temblaba y
daba vueltas, y parecía estar a punto de
desmoronarse; grandes fragmentos de su cuerpo se
desprendían y caían; sus ojos de fuego se
confundían con los rayos, y los vientos que tenía
por miembros crecían y menguaban.
—¡Arriba! —gritó Conan. Agarró a una niña
con los ojos aún cansinos y señaló la salida de la
estancia—. ¡Afuera, rápido! ¡Tenemos que
marcharnos de aquí antes de que llegue esa cosa!
Kinna salió la primera, arrastrando a uno de
los chicos. Eldia la siguió, porque era la que
estaba más despierta, y Conan tiró de los otros dos
niños. Corrieron como si los hubiera estado
persiguiendo una bestia del infierno; de hecho, así
era.
Cuando se acercaron al sitio donde la bruja y
el hombre-pantera habían muerto, Conan les
ordenó que se detuvieran.
—Quietos —ordenó—, no vaya a ser que
levantemos ese mortífero polvo.
Conan avanzó el primero. Al pasar por encima
del cuerpo de uno de los hombres-lagarto, se
detuvo. Este llevaba un gran paquete atado a la
espalda con correas, y por uno de sus extremos
asomaba la punta de una espada. Conan se agachó
y lo abrió cuidadosamente. Dentro, encontró sus
ropas ¡sus ropas!, así como su sable. Sonrió
levemente. Adivinó que aquella criatura había sido
sierva de la bruja. Cogió la espada y las ropas,
con gran cuidado para no levantar polvo.
—Adelante —dijo Conan cuando hubo
recobrado sus propiedades.
Todo el grupo recorrió los tortuosos pasillos
que llevaban abajo, y de vez en cuando pasó por el
lado de cadáveres inertes de hombres-lagarto. No
había heridas en sus cuerpos, pero Conan supuso
que la muerte de su amo debía de haberlos
destruido a todos.
El cimmerio guio a Kinna y a los niños desde
la parte edificada del castillo hasta las entrañas
del monte. Un violento estremecimiento sacudió
las rocas, tan fuerte que toda la cuadrilla de
fugitivos cayó al suelo.
—El monstruo ha llegado —dijo Conan—.
Creo que quiere destruir el castillo antes de morir.
Los seis se pusieron en pie y echaron a correr.
La carrera les pareció eterna. En varias
ocasiones, el suelo tembló con tal fuerza que les
fue imposible tenerse en pie. En un momento dado,
una gran sección del techo de piedra se desprendió
y cayó, y chocó atronadoramente contra el suelo;
por poco no mató a los corredores.
Finalmente, llegaron al pie de la montaña y a
la salida de la galería.
—Por aquí —gritó Conan, a pesar de los
retumbos de la tierra—. Encontraremos caballos,
si es que siguen vivos.
Como el monstruo, mientras golpeaba el
castillo, se mantenía al lado de la montaña, los
vientos creados por los tornados que eran sus
miembros alzaron polvareda y hojarasca en torno a
Conan. Detrás de la arboleda, el bárbaro encontró
los caballos, presa del pánico, pero todavía
encerrados. Bajo el estruendo con que la criatura
destruía la montaña, Conan logró que los niños y
Kinna montaran antes de subirse él mismo a una de
las bestias.
—¡Arre, venga! —ordenó Conan.
Cabalgaron, y con gran velocidad.
Conan les ordenó que se detuvieran. Todo el
grupo se volvió para contemplar el castillo-
montaña del que habían salido poco antes. El
monstruo elemental estaba destrozando la montaña;
la parte alta del castillo ya había desaparecido.
Grandes fragmentos de granito volaban por el aire,
y otros más pequeños llegaban incluso hasta donde
Conan y los demás aguardaban montados a
caballo.
—¡Mirad! —dijo Kinna.
El monstruo levantó ambos brazos y se
desplomó. Se estrelló contra sólida roca. La mayor
parte de la montaña quedó destrozada. El monstruo
desapareció junto con ella; se disolvió en una
gigantesca nube de polvareda y de lluvia de
piedras.
Durante algún tiempo, nadie dijo nada. Al fin,
Conan rompió el silencio.
—Esto ha terminado. Ha terminado.
Mientras volvían por el camino Dodligio,
Conan avistó una figura que gesticulaba en la
lejanía. Desenvainó la espada. Pero, al acercarse
más, sonrió y volvió a envainarla. Allí, en aquella
familiar figura, no se presagiaba ninguna amenaza.
Entonces, Eldia lo reconoció y le llamó:
—¡Vitarius!
—Sí, Vitarius —dijo el anciano cuando se le
acercaron los jinetes—. Nadie ha pensado en traer
un caballo para mí, ¿eh? Bueno, no importa,
supongo que puedo cabalgar con Eldia.
—Habíamos pensado que estarías… —empezó
a decir Kinna.
—¿Muerto? Sí, eso es lo que quería Sovartus.
Envió a la Criatura de Poder para aplastarme. Yo
la alanceé unas cuantas veces, pero me veía como
un mosquito contra un novillo. Cuando se me
acercó demasiado, decidí marcharme.
Conan miró en derredor por la desnuda
planicie.
—Debes de haber empleado algún truco.
—Ya me gustaría a mí —dijo Vitarius—, pero
no he hecho nada de lo que pueda jactarme. Me he
metido por la entrada de una de las galerías de los
güelfos, y he huido hasta lo más hondo que he
encontrado. Ese monstruo solo ha aplastado una
ilusión. Lo que se me da mejor son las ilusiones.
—Recuerdo que ya lo habías dicho —le
respondió Conan, secamente.
23
—Y bien —dijo Vitarius—, ¿me vais a contar
lo que os ha sucedido, o no?
Conan sonrió, y le relató las aventuras que
todos habían corrido desde la última vez que
vieran al anciano mago. Al tiempo que le
escuchaba, Vitarius asentía e intervenía con
apropiadas exclamaciones. De vez en cuando, le
interrumpía con preguntas.
—Pero… ¿cómo es que se ha pegado fuego en
la túnica de Sovartus?
Conan señaló a Eldia.
—Qué raro. Yo creía que los niños habrían
perdido toda su fuerza al crearse la Criatura de
Poder.
Eldia asintió.
—Así fue. Cuando Sovartus me hechizó, dejé
de sentir el fuego dentro de mí. Mis fuegos pasaron
a la Criatura. Pero cuando he despertado, y he
visto que Conan estaba herido, he descubierto que,
de algún modo, aún retenía una centella. Así que
he enviado mi último destello de calor a la túnica
de Sovartus.
—Estoy contento de lo que ha hecho —dijo
Conan.
Mientras hablaba, deshizo el fardo de ropas
que había sacado del paquete del hombre-lagarto
muerto. Entonces, inesperadamente, se derramaron
fulgores verdosos de los calzones que estaba
desenrollando.
—¿Qué es esto? —dijo Kinna.
Conan rio.
—¡Las esmeraldas! ¡Lemparius debió de
dejarlas aquí, pensando en recobrarlas luego!
¡Pude comprar todos nuestros suministros con solo
una de estas bellezas, y aquí debe de haber
cincuenta!
—Eres rico —le dijo Kinna.
Conan negó con la cabeza.
—No, di más bien que somos ricos. Nos las
repartiremos equitativamente, porque, desde luego,
todos nos las hemos ganado.
Dividió las piedras y, cuando hubo terminado,
todos tenían siete, más dos que sobraban. Se las
entregó a Kinna.
—Seguramente, podrás darles mejor uso que
yo —le dijo—. Ahora tendrás que alimentar a tres
bocas más.
—Sí —dijo ella—. Volveré a nuestra tierra y
haré construir una buena casa para todos nosotros;
no seremos pobres. ¿Quieres venir con nosotros,
Vitarius?
El anciano asintió.
—Sí. Un fuego para calentarme mis viejos
huesos y una compañía tan agradable me vendrán
bien. Y podría enseñarles algunos conjuros a los
niños, solo para que se divirtieran, por supuesto.
Kinna se volvió hacia Conan.
—¿Y qué hay de ti, Conan? Serías bienvenido
en nuestra casa. Y en mi lecho.
Conan negó con la cabeza.
—Mi camino me lleva por otros lugares,
Kinna. Cuando nos encontramos, me hallaba de
viaje hacia Nemedia, y pienso seguir hasta allí.
—Lo comprendo. No quieres hacerte granjero,
ni terrateniente, y yo tampoco te imagino en esa
situación. Jamás te olvidaremos.
—Yo tampoco te olvidaré a ti —dijo el
bárbaro.
Conan contempló cómo el grupo se marchaba,
y luego se volvió con su propia montura hacia el
oeste, hacia Numalia. Tenía un nuevo caballo,
cortesía de Sovartus del Cuadrilátero Negro, y
esmeraldas que valían el doble que el oro que
había perdido al entrar en Corinthia. Al fin y al
cabo, no había hecho un mal negocio, si tenía en
cuenta que seguía vivo y sano para disfrutar de lo
uno y lo otro.
Sonrió, y cabalgó hacia el sol poniente.
STEVE PERRY (1947) es un guionista de
televisión y escritor de ciencia ficción americano.
Perry es un nativo del Sur profundo. Ha vivido en
Luisiana, California, Washington y Oregon. Antes
de trabajar a tiempo completo como escritor
independiente, trabajó como instructor de natación,
socorrista, ensamblador de los juguetes, empleado
en una tienda de regalos, en una agencia de
alquiler de coches, como instructor de artes
marciales, detective privado, y enfermero. Uno de
sus hijos, es el autor de ciencia ficción S. D. Perry.
Perry ha escrito más de cincuenta novelas y
numerosos relatos cortos, que han aparecido en
diversas revistas y antologías. Es sobre todo
conocido por la serie Matador. Ha escrito libros
de las series Star Wars, Alien y Conan. Colaboró
en toda la serie Net Force de Tom Clancy, siete de
las cuales han aparecido en la lista de más
vendidos del New York Times. Dos de sus
novelizaciones, Star Wars: Shadows of the Empire
y Men in Black también han sido best-sellers.
Otros de sus créditos como autor incluyen
artículos, reseñas y ensayos, teleplays animados, y
algunos guiones de cine no producidos. Uno de sus
guiones para Batman: The Animated Series fue
nominado al Mejor Guión en los Emmy Award.
Perry es miembro de Science Fiction and Fantasy
Writers of America, The Animation Guild, y la
Writers Guild of America, West.