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Formas de Volver A Casa Parte 1

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ALEJANDRO ZAMBRA Formas de volver a casa Formas de volver a casa habla de la generacion de quienes, como dice el narrador, aprendian a leer o a dibujar mientras sus padres se convertian en complices o victimas de la dictadura de Augusto Pinochet. La esperada tercera novela de Alejandro Zambra muestra el Chile de mediados de los afios ochenta a partir de la vida de un nifio de nueve afios. El autor apunta a la necesidad de una literatura de los hijos, de una mirada que haga frente a las versiones oficiales. Pero no se trata solo de matar al padre, sino también de entender realmente lo que sucedia en esos afios. Por eso la novela desnuda su propia construcci6n, a través de un diario en que el escritor registra sus dudas, sus propésitos y también cémo influye, en su trabajo, la inquietante presencia de una mujer. Con precision y melancolia, Zambra reflexiona sobre el pasado y el presente de Chile. Formas de volver a casa es |a novela mas personal de uno de los mejores narradores de las nuevas generaciones. ebookelo.com - Pagina 2 YC epublibre Alejandro Zambra Formas de volver a casa ePub 11.0 Titivillus 29.11.15 ebookelo.com - Pagina 3 Titulo original: Formas de volver a casa Alejandro Zambra, 2011 Disefio de cubierta: Julio Vivas y Estudio A Fotografia de cubierta: Javier Godoy Editor digital: Titivillus ePub base r1.2 ebookelo.com - Pagina 4 Para Andrea ebookelo.com - Pagina 5 Ahora sé caminar; no podré aprender nunca més. W. BENJAMIN En lugar de gritar, escribo libros. R. Gary ebookelo.com - Pagina 6 I. Personajes secundarios Una vez me perdi. A los seis o siete afios. Venia distrafdo y de repente ya no vi a mis padres. Me asusté, pero enseguida retomé el camino y Ilegué a casa antes que ellos — seguian buscandome, desesperados, pero esa tarde pensé que se habian perdido. Que yo sabia regresar a casa y ellos no. Tomaste otro camino, decia mi madre, después, con los ojos todavia llorosos. Son ustedes los que tomaron otro camino, pensaba yo, pero no lo decia. Mi papa miraba tranquilamente desde el sillén. A veces creo que siempre estuvo echado ahi, pensando. Pero tal vez no pensaba en nada. Tal vez solo cerraba los ojos y recibja el presente con calma o resignacién. Esa noche hablé, sin embargo —esto es bueno, me dijo, superaste la adversidad. Mi madre lo miraba con recelo pero él seguia hilvanando un confuso discurso sobre la adversidad. Me recosté en el sill6n de enfrente y me hice el dormido. Los escuché pelear, al estilo de siempre. Ella decia cinco frases y él respondia con una sola palabra. A veces decia, cortante: no. A veces decia, al borde de un grito: mentira. Y a veces, incluso, como los poli: negativo. Esa noche mi madre me cargé hasta la cama y me dijo, tal vez sabiendo que fingia dormir, que la escuchaba con atencién, con curiosidad: tu papa tiene raz6n. Ahora sabemos que no te perderas. Que sabes andar solo por las calles. Pero deberias concentrarte mas en el camino. Deberias caminar mas rapido. Le hice caso. Desde entonces caminé mas rapido. De hecho, un par de afios mas tarde, la primera vez que hablé con Claudia, ella me pregunté por qué caminaba tan rapido. Llevaba dias siguiéndome, espiandome. Nos habiamos conocido hacia poco, la noche del terremoto, el 3 de marzo de 1985, pero entonces no habiamos hablado. Claudia tenia doce afios y yo nueve, por lo que nuestra amistad era imposible. Pero fuimos amigos 0 algo asi. Conversabamos mucho. A veces pienso que escribo este libro solamente para recordar esas conversaciones. ebookelo.com - Pagina 7 La noche del terremoto tenia miedo pero también me gustaba, de alguna forma, lo que estaba sucediendo. En el antejardin de una de las casas los adultos montaron dos carpas para que durmiéramos los nifios. Al comienzo fue un Ifo, porque todos queriamos dormir en la de estilo igli, que entonces era una novedad, pero se la dieron a las nifias. Nos encerramos a pelear en silencio, que era lo que haciamos cuando estabamos solo: golpearnos alegre y furiosamente. Pero al pelirrojo le sangré la nariz cuando recién habiamos comenzado y tuvimos que buscar otro juego. A alguien se le ocurrié hacer testamentos y en principio nos parecié una buena idea, pero al rato descubrimos que no tenia sentido, pues si venia un terremoto mas fuerte el mundo se acabarfa y no habria nadie a quien dejar nuestras cosas. Luego imaginamos que la Tierra era como un perro sacudiéndose y que las personas cafan como pulgas al espacio y pensamos tanto en esa imagen que nos dio risa y también nos dio suefio. Pero yo no queria dormir. Estaba, como nunca, cansado, pero era un cansancio nuevo que enardecia los ojos. Decidi que pasaria la noche en vela y traté de colarme en el ight para seguir conversando con las nifias, pero la hija del carabinero me ech diciendo que queria violarlas. Entonces yo no sabia bien lo que era un violador y sin embargo prometi que no queria violarlas, que solo queria mirarlas, y ella rio burlonamente y respondié que eso era lo que siempre decian los violadores, Tuve que quedarme fuera, escuchandolas jugar a que las mufiecas eran las tnicas sobrevivientes —remecian a sus duefias y rompian en Ilanto al comprobar que estaban muertas, aunque una de ellas pensaba que era mejor porque la raza humana siempre le habia parecido apestosa. Al final se disputaban el poder y aunque la discusién parecia larga la resolvieron rapidamente, pues de todas las mufiecas solo habia una barbie original. Esa gané. Encontré una silla de playa entre los escombros y me acerqué con timidez a la fogata de los adultos. Me parecia extrafio ver a los vecinos, acaso por primera vez, reunidos. Pasaban el miedo con unos tragos de vino y miradas largas de complicidad. Alguien trajo una vieja mesa de madera y la puso al fuego, como si nada —si quieres echo también la guitarra, dijo mi padre, y todos rieron, incluso yo, que estaba un poco desconcertado, porque no era habitual que mi papa dijera bromas. En eso volvid Ratil, el vecino, con Magali y Claudia. Ellas son mi hermana y mi sobrina, dijo. Después del terremoto habia ido a buscarlas y regresaba ahora, visiblemente aliviado. ebookelo.com - Pagina 8 Rail era el nico en la villa que vivia solo. A mi me costaba entender que alguien viviera solo. Pensaba que estar solo era una especie de castigo o de enfermedad. La mafiana en que llegé con un colchén amarrado al techo de su Fiat 500, le pregunté a mi mama cuando vendria el resto de la familia y ella me respondid, dulcemente, que no todo el mundo tenia familia. Entonces pensé que debiamos ayudarlo, pero al tiempo entendi, con sorpresa, que a mis padres no les interesaba ayudar a Rail, que no crefan que fuera necesario, que incluso sentian una cierta reticencia por ese hombre delgado y silencioso. Eramos vecinos, compartiamos un muro y una hilera de ligustrinas, pero nos separaba una distancia enorme. En la villa se decia que Ratil era democratacristiano y eso me parecia interesante. Es dificil explicar ahora por qué a un nifio de nueve afios podia entonces parecerle interesante que alguien fuera democratacristiano. Tal vez creia que habia alguna conexién entre el hecho de ser democratacristiano y la situacidn triste de vivir solo. Nunca habia visto a mi papa hablar con Ratil, por eso me impresioné que esa noche compartieran unos cigarros. Pensé que hablaban sobre la soledad, que mi padre le daba al vecino consejos para superar la soledad, aunque debia saber mas bien poco sobre la soledad. Magali, en tanto, abrazaba a Claudia en un rinc6n alejado del grupo. Parecian incémodas. Por cortesia pero tal vez. con algo de insidia una vecina le pregunté a Magali a qué se dedicaba y ella respondié de inmediato, como si esperara la pregunta, que era profesora de inglés. Era ya muy tarde y me mandaron a acostar. Tuve que hacerme un espacio, a desgana, en la carpa. Temia quedarme dormido, pero me distraje escuchando esas voces perdidas en la noche. Entendf que Ratil habia ido a dejar a las mujeres, porque empezaron a hablar de ellas. Alguien dijo que la nifia era rara. A mi no me habia parecido rara. Me habia parecido bella. Y la mujer, dijo mi madre, no tenia cara de profesora de inglés —tenia cara de duefia de casa noms, agregé otro vecino, y alargaron el chiste por un rato. ‘Yo pensé en la cara de una profesora de inglés, en como debia ser la cara de una profesora de inglés. Pensé en mi madre, en mi padre. Pensé: de qué tienen cara mis padres. Pero nuestros padres nunca tienen cara realmente. Nunca aprendemos a mirarlos bien. ebookelo.com - Pagina 9 Crefa que pasariamos semanas e incluso meses a la intemperie, a la espera de algiin lejano camién con alimentos y frazadas, y hasta me imaginaba hablando por television, agradeciendo la ayuda a todos los chilenos, como en los temporales — pensaba en esas Iluvias terribles de otros afios, cuando no podia salir y era casi obligatorio quedarse frente a la pantalla mirando a la gente que lo habia perdido todo. Pero no fue asi. La calma volvis casi de inmediato. En ese rincén perdido al oeste de Santiago el terremoto habja sido nada mas que un enorme susto. Se derrumbaron unas cuantas panderetas, pero no hubo grandes dafios ni heridos ni muertos. La tele mostraba el puerto de San Antonio destruido y algunas calles que yo habia visto o creja haber visto en los escasos viajes al centro de Santiago. Confusamente intuia que ese era el dolor verdadero. Si habia algo que aprender, no lo aprendimos. Ahora pienso que es bueno perder la confianza en el suelo, que es necesario saber que de un momento a otro todo puede venirse abajo. Pero entonces volvimos, sin més, a la vida de siempre. Papa comprobé, satisfecho, que los dafios eran pocos: nada més que algunas grietas en las paredes y un ventanal trizado. Mi mama solamente lamenté la pérdida de los vasos zodiacales. Se quebraron ocho, incluidos el de ella (piscis), el de mi papa (leo) y el que usaba la abuela cuando venia a vernos (escorpién) —no hay problema, tenemos otros vasos, no necesitamos mas, dijo mi padre, y ella le respondié sin mirarlo, mirandome a mi: solo el tuyo se salv6. Enseguida fue a buscar el vaso del signo libra, me lo dio con un gesto solemne y pasé los dias siguientes un poco deprimida, pensando en regalar los demas vasos a gente géminis, a gente virgo, a gente acuario. La buena noticia era que no volveriamos pronto al colegio. El antiguo edificio habia sufrido dafios importantes y quienes lo habian visto decian que era un montén de ruinas. Me costaba imaginar el colegio destruido, aunque no era tristeza lo que sentia. Sentia simplemente curiosidad. Recordaba, en especial, el sitio baldio al final del terreno donde jugabamos en las horas libres y el muro que rayaban los alumnos de la media. Pensaba en todos esos mensajes volando en pedazos, esparcidos en la ceniza del suelo —recados burlescos, frases a favor o en contra de Colo-Colo 0 a favor o en contra de Pinochet. Me divertia mucho una frase en especial: A Pinochet le gusta el pico. Entonces yo estaba y siempre he estado y siempre estaré a favor de Colo-Colo. En cuanto a Pinochet, para mf era un personaje de la television que conducia un programa sin horario fijo, y lo odiaba por eso, por las aburridas cadenas nacionales que interrumpian la programacién en las mejores partes. Tiempo después lo odié por hijo de puta, por asesino, pero entonces lo odiaba solamente por esos intempestivos shows que mi papa miraba sin decir palabra, sin regalar mas gestos que una piteada ms intensa al cigarro que Ievaba siempre cosido a la boca. ebookelo.com - Pagina 10 El padre del pelirrojo viajé, por entonces, a Miami, y regres6 con un bate y un guante de béisbol para su hijo. El regalo produjo un inesperado quiebre en nuestras costumbres. Durante unos dias cambiamos el fiitbol por ese deporte lento y un poco esttipido que sin embargo hipnotizaba a mis amigos. La nuestra debia ser la tinica plaza en el pais donde los nifios jugaban béisbol en vez de futbol. Me costaba mucho darle a la bola o lanzarla bien, por lo que répidamente pasé a la reserva. El pelirrojo se volvié popular y fue asi como, por culpa del béisbol, me quedé sin amigos. Por las tardes, resignado a la soledad, salia, como se dice, a cansarme: caminaba ensayando trayectos cada vez mas largos, aunque casi siempre respetaba una cierta geometria de circulos. Apuraba los trazos, las cuadras, apuntando nuevos paisajes, a pesar de que el mundo no variaba demasiado: las mismas casas nuevas, construidas de repente, como obedeciendo a una urgencia, y sin embargo sélidas, resistentes. En pocas semanas la mayorfa de los muros habian sido restaurados y reforzados. Era dificil sospechar que acababa de ocurrir un terremoto. Ahora no entiendo bien la libertad de que entonces gozébamos. Viviamos en una dictadura, se hablaba de crimenes y atentados, de estado de sitio y toque de queda, y sin embargo nada me impedia pasar el dia vagando lejos de casa. ¢Las calles de Maipii no eran, entonces, peligrosas? De noche si, y de dia también, pero con arrogancia 0 con inocencia, 0 con una mezcla de arrogancia e inocencia, los adultos jugaban a ignorar el peligro: jugaban a pensar que el descontento era cosa de pobres y el poder asunto de ricos, y nadie era pobre ni era rico, al menos no todavia, en esas calles, entonces. Una de esas tardes me encontré con la sobrina de Ratil, pero no supe si debia saludarla, y volvi a verla los dias siguientes. No me di cuenta de que ella, en verdad, me seguia —es que me gusta caminar rapido, respondi cuando me hablé, y luego vino un silencio largo que ella rompié preguntandome si estaba perdido. Le respondi que no, que sabia perfectamente regresar a casa. Era una broma, quiero hablar contigo, juntémonos el préximo lunes, a las cinco, en la pasteleria del supermercado —lo dijo asi, en una sola frase, y se fue. ebookelo.com - Pagina 11 Al dia siguiente me despertaron temprano porque pasariamos el fin de semana en el tranque Lo Ovalle. Mi mama no queria ir y demoraba los preparativos confiando en que llegara pronto la hora del almuerzo y hubiera que cambiar de plan. Mi papa decidié, sin embargo, que almorzariamos en un restoran, y partimos de inmediato. Entonces comer afuera era un verdadero lujo. Me fui pensando, en el asiento trasero del Peugeot, en lo que ordenarfa, y al final pedi un bistec a lo pobre —mi papa me advirtié que era un plato muy grande, que no seria capaz de comerlo, pero en esas escasas salidas estaba permitido pedir sin limitaciones. De pronto primé ese clima pesado en que solo es posible conversar sobre la tardanza de la comida. La orden se demoraba tanto que mi papa decidié que nos marchariamos en cuanto llegaran los platos. Protesté o quise protestar 0 ahora pienso que deberia haber protestado. Si vamos a imos vamonos al tiro, dijo mi mam con resignacidn, pero mi padre nos explicé que de ese modo los duefios del restoran perderfan la comida, que era un acto de justicia, de venganza. Seguimos el viaje malhumorados y hambrientos. A mi no me gustaba, en realidad, ir al tranque. No me permitian alejarme demasiado y me aburria montones, pero igual intentaba entretenerme nadando un rato, huyendo de los ratones que vivian entre las rocas, mirando a los gusanos comerse el aserrin y a los peces agonizar en la orilla, Mi papé se instalaba todo el dia a pescar y mi mamé pasaba el dia mirandolo y yo veia a mi padre pescar y a mi madre mirarlo y me costaba muchisimo entender que eso fuera para ellos divertido. La mafiana del domingo me hice el resfriado porque queria dormir un poco mas. Se fueron a las rocas después de darme innumerables recomendaciones. Al poco tiempo me levanté y puse el equipo para escuchar a Raphael mientras preparaba el desayuno. Era un cassette con sus mejores canciones que mi mama habia grabado de la radio. Desgraciadamente en un descuido apreté Rec durante unos segundos. Arruiné la cinta justo en el estribillo de la cancion «Qué sabe nadie». Me desesperé. Después de pensarlo un poco, crei que la tinica solucién era cantar encima del coro, y me puse a practicar la frase impostando la voz de forma que me parecié convincente. Finalmente me decidi a grabar y escuché la cinta varias veces, creyendo, con indulgencia, que el resultado era adecuado, aunque me preocupaba la falta de musica en esos segundos. Mi padre retaba pero no golpeaba. Nunca me pegé, no era su estilo, preferia la grandilocuencia de algunas frases que al comienzo impresionaban, pues las decia con absoluta seriedad, como actuando en el capitulo final de una teleserie: me has decepcionado como hijo, nunca te voy a perdonar lo que acabas de hacer, tu comportamiento es inaceptable, etcétera. Yo alimentaba, sin embargo, la ilusién de que alguna vez me golpearia hasta casi matarme. Un recuerdo habitual de infancia es la inminencia de esa paliza que nunca llegé. El viaje de vuelta fue, por eso, angustioso. Apenas partimos de regreso a Santiago dije que estaba cansado de Raphael, que mejor escuchdramos a Adamo 0 a ebookelo.com - Pagina 12 José Luis Rodriguez. Pensé que Raphael te gustaba, respondié mi mama. Son mejores las letras de Adamo, dije, pero el resultado se me fue de las manos, pues involuntariamente di lugar a una discusion sobre si Adamo era mejor que Raphael, en la que incluso se mencioné a Julio Iglesias, lo que era a todas luces absurdo, porque a nadie en la familia le gustaba Julio Iglesias. Para demostrar la calidad vocal de Raphael, mi padre decidié poner la cinta y al Hegar a «Qué sabe nadie» tuve que improvisar un desesperado plan B que consistia en cantar muy fuerte desde el comienzo de la cancién, calculando que al llegar al estribillo mi voz sonaria mas fuerte. Me retaron porque cantaba a gritos, pero no descubrieron la adulteracién de la cinta. Una vez en casa, sin embargo, cuando cavaba una pequeiia fosa junto al rosal para enterrar el cassette, me descubrieron. No tuve mas remedio que contarles toda la historia. Se rieron mucho y escucharon la canciGn varias veces. Por la noche, sin embargo, aparecieron en mi pieza para decirme que me castigarian con una semana sin salir. Por qué me castigan si se rieron tanto, pregunté, enojado. Porque mentiste, dijo mi padre. ebookelo.com - Pagina 13 No pude, entonces, ir a la cita con Claudia, pero al final fue mejor, porque cuando le conté esta historia le dio tanta risa que pude mirarla sin complejos, olvidando, de algtin modo, el vinculo extrafio que comenzaba a unirnos. Me cuesta recordar, sin embargo, las circunstancias en que volvimos a vernos. Segtin Claudia fue ella quien me buscé, pero yo recuerdo también haber vagado largas horas esperando verla. Como sea, de pronto estuvimos caminando juntos de nuevo y me pidié que la acompafiara a su casa. Doblamos en varias esquinas e incluso ella, en mitad de un pasaje, me dijo que nos devolviéramos, como si no supiera dénde vivia. Llegamos, finalmente, a una villa de solo dos calles, el pasaje Neftali Reyes Basoalto y el pasaje Lucila Godoy Alcayaga. Suena a broma, pero es verdad. Buena parte de las calles de Maipii tenfan, tienen esos nombres absurdos: mis primos, por ejemplo, vivian en el pasaje Primera Sinfonia, contiguo al Segunda y al Tercera Sinfonia, perpendiculares a la calle El Concierto, y cercanos a los pasajes Opus Uno, Opus Dos, Opus Tres, etcétera. O el mismo pasaje donde yo vivia, Aladino, que daba a Odin y Ramayana y era paralelo a Lemuria —se ve que a fines de los setenta habia gente que se divertia mucho eligiendo los nombres de los pasajes donde luego viviriamos las nuevas familias, las familias sin historia, dispuestas o tal vez resignadas a habitar ese mundo de fantasia. Vivo en la villa de los nombres reales, dijo Claudia esa tarde del reencuentro, mirandome a los ojos seriamente. Vivo en la villa de los nombres reales, dijo de nuevo, como si necesitara recomenzar la frase para continuarla: Lucila Godoy Alcayaga es el verdadero nombre de Gabriela Mistral, explicé, y Neftali Reyes Basoalto el nombre real de Pablo Neruda. Sobrevino un silencio largo que rompi diciéndole lo primero que se me ocurri6: vivir aqui debe ser mucho mejor que vivir en el pasaje Aladino. Mientras decia esa frase tonta con lentitud, pude ver sus espinillas, su cara blanca y rojiza, sus hombros puntudos, el lugar donde debian estar los pechos pero de momento no habia nada, y su pelo que no iba a la moda pues no era corto, ondulado y castaiio sino largo, liso y negro. ebookelo.com - Pagina 14 Llevabamos un rato conversando junto a la reja cuando ella me invit6 a pasar, No me lo esperaba, porque entonces nadie esperaba eso. Cada casa era una especie de fortaleza en miniatura, un reducto inexpugnable. Yo mismo no podia invitar a amigos, porque mi mama siempre decfa que estaba todo sucio. No era verdad, porque la casa relucia, pero yo pensaba que tal vez habia cierto tipo de suciedad que simplemente yo no distinguia, que cuando grande quizas veria capas de polvo donde ahora no veia mas que el piso encerado y maderas lustrosas. La casa de Claudia se parecia bastante a la mia: los mismos horrendos cisnes de rafia, dos o tres sombremos mexicanos, varias mintisculas vasijas de greda y pafios tejidos a crochet. Lo primero que hice fue pedirle el bafio y descubri, con asombro, que en esa casa habia dos bajios. Nunca antes habia estado en una casa donde hubiera dos bafios. Mi idea de la riqueza era justamente esa: imaginaba que los millonarios tenfan casas con tres bafios, con cinco bafios, incluso. Claudia me dijo que no estaba segura de que a su madre le agradara verme alli y le pregunté si era por el polvo. Ella al comienzo no entendié pero escuché mi explicacién y entonces prefirié responderme que si, que a su madre tampoco le gustaba que invitara a sus amigos porque pensaba que la casa estaba siempre sucia. Le pregunté, entonces, sin pensarlo demasiado, por su padre. Mi pap no vive con nosotras, dijo, Estan separados, él vive en otra ciudad. Le pregunté si lo echaba de menos. Claro que si, me dijo. Es mi papa. En mi curso habia solamente un hijo de padres separados, lo que para mi era un estigma, la situacion mas triste imaginable. Tal vez vuelven a vivir juntos alguna vez, le dije, para consolarla. Puede ser, dijo ella. Pero no tengo ganas de hablar de eso. Quiero que hablemos de otra cosa. Se quité las sandalias, fue a la cocina y volvid con una fuente con racimos de uva negra, verde y rosada, lo que me parecié extrafio, pues en casa nunca compraban uva de tantas variedades. Aproveché para probarlas todas y mientras comparaba los sabores Claudia matizaba el silencio con preguntas muy generales de cortesia. Necesito pedirte algo, dijo al fin, pero almorcemos primero. Si quieres te ayudo a preparar la comida, le ofreci, aunque en mi vida habia cocinado o ayudado a cocinar. Ya estamos almorzando, dijo Claudia, muy seria: estas uvas son el almuerzo. Le costaba llegar al punto. De pronto parecia hablar con soltura, con naturalidad, pero también habia en sus palabras un balbuceo que hacia dificil entenderla. Realmente queria quedarse callada. Ahora pienso que maldecia que hubiera que hablar para que yo entendiera lo que queria pedirme. ebookelo.com - Pagina 15 Necesito que lo cuides, dijo de repente, olvidando toda estrategia. gAquién? Ami tio. Necesito que lo cuides —ya, respondi de inmediato, muy solvente, y en una décima de segundo imaginé que Rail padecia una enfermedad gravisima, una enfermedad tal vez mas grave que la soledad, y que yo debia ser una especie de enfermero. Me vi paseando por la villa, ayudandolo con la silla de ruedas, bendecido por esa conducta solidaria. Pero no era eso lo que me pedia Claudia. Largé la historia de una vez, mirandome fijo, y yo asenti rapido pero a destiempo —asenti demasiado répido, como confiando en que més tarde comprenderfa realmente lo que Claudia me habia pedido. Lo que al cabo entendi fue que Claudia y su madre no podian o no debian visitar a Ratil, al menos no con frecuencia. Es ahf donde entraba yo: tenia que vigilar a Ratil —no cuidarlo sino estar pendiente de sus actividades y anotar cada cosa que me pareciera sospechosa en un cuaderno. Nos juntariamos todos los jueves, a las cinco de la tarde, en el caprichoso punto de encuentro que ella habia decidido, la pasteleria del supermercado, para entregarle a Claudia el informe y conversar un rato también de cualquier cosa, pues a mi me interesa mucho saber cémo estés, me dijo, y yo sonrei con una satisfacci6n en la que también respiraban el miedo y el deseo. ebookelo.com - Pagina 16 Empecé de inmediato a espiar a Ratil. Era un trabajo facil y aburrido, o tal vez muy dificil, porque buscaba a ciegas. A partir de mis conversaciones con Claudia yo esperaba vagamente que aparecieran silenciosos hombres con lentes oscuros, movilizandose en autos extrafios, a medianoche, pero nada de eso sucedia en casa de Rail. Su rutina no habia cambiado: salia y regresaba a horas fijas, ateniéndose a los horarios de oficina, y saludaba con un rigido y amable gesto de cabeza que excluia toda posibilidad de didlogo. Yo no queria, en todo caso, hablarle. Solamente esperaba que hiciera algo anormal, algo que pudiera contarle a su sobrina. Llegaba a tiempo e incluso adelantado a las citas con Claudia, pero ella siempre estaba ahi, frente a la vitrina de los pasteles. Era como si pasara todo el dia mirando esos pasteles. Parecia preocuparle que nos vieran juntos y por eso fingia cada vez que el encuentro era casual. Caminaébamos por el supermercado mirando los productos con atencién, como si realmente anduviéramos de compras, y saliamos apenas con un par de yogures que abriamos al final de una ruta zigzagueante que empezaba en la plaza y seguia por calles interiores hasta el Templo de Maipti. Solo cuando nos sentébamos en las largas escaleras del Templo ella se sentia segura. Los pocos fieles que a esa hora aparecian pasaban con la cabeza gacha, como adelanténdose a los rezos 0 a las confesiones. Mas de una vez quise saber por qué teniamos que escondernos y Claudia se limitaba a decirme que debiamos ser cuidadosos, que las cosas podian estropearse. Desde luego yo no sabia qué era aquello que podia estropearse, pero a esas alturas ya estaba acostumbrado a las respuestas imprecisas. Una tarde, sin embargo, llevado por un impulso, le dije que sabia la verdad: que sabia que los problemas de Ratil estaban relacionados con el hecho de que era democratacristiano, y a ella le salié una carcajada larguisima, excesiva. Se arrepinti enseguida. Se acercd, puso sus manos ceremoniosamente sobre mis hombros e incluso pensé que iba a besarme, pero no era eso, por supuesto —mi tio no es democratacristiano, me dijo, con voz tranquila y lenta. Entonces le pregunté si era comunista y ella guard6 un silencio pesado. No puedo decirte mas, respondié al fin. No tiene importancia. No necesitas saberlo todo para hacer bien tu trabajo —decidié, de pronto, seguir por esa linea, y hablé mucho y muy rApido: dijo que ella entenderia si no queria ayudarla y que era mejor que dejéramos de vernos. Como le rogué que siguiéramos, ella me pidié que en adelante simplemente me concentrara en observar a Rati. ebookelo.com - Pagina 17 Para mi un comunista era alguien que leja el diario y recibia en silencio las burlas de los demas —pensaba en mi abuelo, el padre de mi padre, que siempre estaba leyendo el diario. Una vez le pregunté si lo lefa entero y el viejo respondié que si, que el diario habia que leerlo entero. Tenia también una escena violenta en la memoria, un didlogo, para las fiestas patrias, en casa de mis abuelos. Estaban ellos y sus cinco hijos en la mesa principal y yo con mis primos en la mesa que llamaban del pellejo, cuando mi papa le dijo a mi abuelo, al final de una discusién, casi gritando, callate wi, viejo comunista, y al principio todos guardaron silencio pero de a poco empezaron a reir. Incluso la abuela y mi mama, y hasta uno de mis primos, que de seguro no entendia la situacién, también rieron. No reian solamente sino que también repetian, en franco tono de burla: viejo comunista. Pensé que el abuelo también reiria; que era uno de esos momentos liberadores en que todo el mundo se entregaba a las carcajadas. Pero el viejo se mantuvo muy serio, en silencio. No dijo una palabra. Lo trataban mal y entonces yo no estaba seguro de que lo mereciera. Ajios més tarde supe que no habia sido un buen padre. Se pasé la vida jugdndose completo su sueldo de obrero y vivia del trabajo de su mujer, que vendia verduras y lavaba y cosia. Mi papa crecié con la obligacién de ir a buscarlo a los tugurios, de preguntar por él sabiendo que, en el mejor de los casos, lo encontraria abrazando el concho de una botella. ebookelo.com - Pagina 18 Volvimos a clases y nos cambiaron a la profesora jefe, la sefiorita Carmen, lo que agradeci de todo corazon. Llevabamos tres afios con ella, y ahora pienso que no era una mala persona, pero me odiaba. Me odiaba debido a la palabra aguja, que para ella no existia. Para ella la palabra correcta era ahuja. No sé muy bien por qué un dia me acerqué con el diccionario y le demostré que estaba equivocada. Me miré con panico, tragé saliva y asintié, pero a partir de entonces dejé de quererme y yo también a ella. No deberiamos odiar a la persona que nos ensefié, bien o mal, a leer. Pero yo la odiaba o mas bien odiaba el hecho de que ella me odiara. El profesor Morales, en cambio, me quiso desde un comienzo, y yo confié en él lo suficiente como para preguntarle una mafiana, mientras camindbamos hacia el gimnasio para la clase de Educacién Fisica, si era muy grave ser comunista. Por qué me preguntas eso, me dijo. Crees que yo soy comunista? No, le dije. Estoy seguro de que usted no es comunista.

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