Manuel Sanz Benito
ESTUDIOS FILOSÓFICOS
LA PSIQUIS
POR
D. Manuel Sanz Benito
CATEDRÁTICO DE METAFÍSICA
DE LA UNIVERSIDAD DE VALLADOLID
VALLADOLID
IMP. Y LIB. DE JORGE MONTERO,
Acera, 4 y 6 y Cascajares, 2.
1900
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La Psiquis
Edición preparada por SEDE, que contiene el texto de Manuel Sanz Benito,
adaptado al uso ortográfico actual, según la RAE, para su mejor comprensión.
Abril, 2019.
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Manuel Sanz Benito
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
ÍNDICE
Introducción. 7
Capítulo I. La Psiquis 11
Capítulo II. La Psiquis en su actividad originaria 15
Capítulo III. El Yo: su persistencia 21
Capítulo IV. La fuerza psíquica. Los actos materiales
y los actos anímicos 25
Capítulo V. La fuerza psíquica y las fuerzas orgánicas 29
Capítulo VI. La psicofísica 33
Capítulo VII. La conciencia 37
Capítulo VIII. Caracteres del espíritu en sí mismo 41
Capítulo IX. Las facultades anímicas 45
Capítulo X. La razón 49
Capítulo XI. La inmortalidad del alma 53
Capítulo XII. La inteligencia en general y la
inteligencia discursiva 59
Capítulo XIII. La sensación y la idea 63
Capítulo XIV. La energía y el hábito 67
Capítulo XV. El trabajo 73
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La Psiquis
Capítulo XVI. El Positivismo, como verdadero Idealismo 77
Capítulo XVII. El nuevo hipnotismo 83
Capítulo XVIII. La ley moral, como ley universal.
El bien y el mal 87
Capítulo XIX. La Filosofía en su aplicación social 93
Capítulo XX. La fuerza de las ideas 99
Capítulo XXI. La Causa absoluta. Unidad substancial divina 103
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Manuel Sanz Benito
LA PSIQUIS
INTRODUCCIÓN
Asombroso movimiento el de la inteligencia, siempre
investigando un más allá, siempre fijando su mirada en un horizonte
más vasto, más grandioso. La realidad le atrae y le encanta; pero,
como la realidad es infinita, nunca se agota el contenido. Por eso la
inteligencia descubre un más allá en cada verdad conocida.
Pretenden los sabios enlazar el átomo incoercible con la más
poderosa masa, la fuerza invisible del pensamiento con la fuerza
impalpable que mueve mundos y sistemas, el aliento de nuestra vida
con la vida de los seres en creciente progresión. Unos, como Pictet,
quieren hallar el cero de la temperatura, donde las combinaciones y
reacciones de la materia cesan, para sorprender a la naturaleza en
estados que jamás pudieron ser antes imaginados. Otros, como
Roentgen, por medio de los rayos X, logran ver a través de los cuerpos
opacos. Mientras los astrónomos dirigen sus anteojos con afán para
ver de comprobar los canales del planeta Marte, descubiertos por
Schiaparelli, los matemáticos llegan a dar, como Tomson, la fórmula
de la magnitud que puede tener dicho átomo. Y en tanto que por la
balanza se llega a pesar la milésima parte de un grano, por el
espectroscopio se aprecia la ciento ochenta millonésima parte de un
grano de sosa, y a tanto llega la precisión de la Matemática, que se
mide la longitud de la onda luminosa, de 393 millonésima de
milímetro para el color violeta y de 760 para el rojo, y se cuenta por
trillones el número de vibraciones de estas ondas en un segundo de
tiempo.
Ante estos y otros descubrimientos, debemos ser cautos en
materia científica para no dar nunca como firme la última palabra de
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La Psiquis
nada, pues lo imposible, como decía Arago, debe borrarse del
Diccionario, porque aquello mismo que juzgamos como imposible,
llega a ser con el tiempo real y positivo, y la utopía de un siglo es la
realidad del siguiente, como hace ver Víctor Hugo.
Por esto se llevó un mentís Augusto Compte cuando en 1842,
hablando de los cuerpos celestes, afirmaba que nunca podríamos saber
su composición química y su estructura mineralógica, pues algunos
años después, en 1859, se descubrió en Heidelberg el análisis espectral
que dejó mal paradas las afirmaciones del positivista francés.
Descartes fue más prudente cuando exigía la duda metódica al
comienzo de toda investigación científica: quien no duda, no piensa, y
el que todo lo da por averiguado y sabido, está incapacitado para
llevar su grano de arena a la obra común del saber. De aquí que no
debemos admitir ninguna teoría como cerrada, ninguna idea como
cristalizada en determinadas formas, que no sea susceptible de
ulteriores adelantos.
Hegel con su doctrina del devenir, que aplica a la realidad toda,
viene a confirmar esto mismo: que no hay ni puede haber ninguna idea
inmutable. Todas ellas muestran la condensación del pensamiento en
una dirección dada, la síntesis del estado intelectual sobre una materia
científica, a la manera que un Código o una obra de arte decimos que
son la expresión del espíritu de una época. Pero, a medida que el
tiempo avanza y las ideas progresan, el molde dentro del cual éstas se
contienen queda demasiado estrecho, y es preciso uno nuevo que dé
forma y en el cual quepan los nuevos descubrimientos. Esto sucede en
la esfera de la política con todos los partidos, cuyo programa llega a
ser anacrónico después de cierto tiempo; sucede con los
descubrimientos de la industria, que llegan a anularse por otros
posteriores de mejores resultados; y esto acontece, en general, en el
campo de la ciencia.
Hubo un tiempo en que el sistema del mundo de Ptolomeo
formó la teogonía de la Edad Media hasta que Copérnico echó abajo
aquel cielo. En la Medicina, el estudio en que se examinaba la
composición de los órganos como resultado de la combinación de
varios tejidos, ha cedido el paso al estudio de los elementos materiales
partiendo de la investigación de la célula, merced a los trabajos del
microscopio; y en la Cirugía, los procedimientos de la asepsia y
antisepsia han introducido grandes adelantos en el antiguo arte de
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Manuel Sanz Benito
curar. De igual manera, en Literatura, el poema del Fausto, de Goethe,
hace saltar los moldes hasta entonces asignados a esta clase de obras;
y por lo que hace a la Filosofía, varios filósofos han querido
determinar los límites a que puede llegar la inteligencia humana en su
investigación, señalando las leyes que rigen la actividad intelectual,
desde las llamadas categorías del pensamiento por Aristóteles y Kant,
hasta las barreras trazadas al mismo por Spencer en su teoría de lo
incognoscible, o por Hartmann en lo que llama lo inconsciente, y una
y otra vez estos diques se han roto y la inteligencia ha traspasado
todos los obstáculos que se le han opuesto.
Pero, se dirá: ¿Es que lo que hoy es verdad, llega a ser error más
tarde? ¿o todo es un error relativo, y el hombre va de conocimiento en
conocimiento, proclamando ahora un principio, luego otro, sin poseer
nunca la verdad de nada?
Si nosotros creyéramos que no es posible la verdad, caeríamos
en el escepticismo más o menos exagerado, y no podríamos nunca
profesar una Doctrina de afirmaciones; toda ella estaría compuesta de
negaciones y dudas. Tampoco podemos admitir que la verdad, sobre
cualquier materia, implique la absoluta y completa verdad, porque esto
exigiría una inteligencia infinita que comprendiese todo,
absolutamente todo, sin que nada escapase a su conocimiento.
Lo que hay es que, cualquier objeto de la realidad, en cuanto
cognoscible, ya pertenezca a nuestro ser, ya se refiera al mundo
exterior, limitado o infinito, encierra un contenido inagotable de
investigación.
Esto indica que la obra del conocimiento es larga y laboriosa.
Indica más: que hay que acomodar nuestra inteligencia a la realidad de
lo conocido, subordinando lo subjetivo que dicen los filósofos, a lo
objetivo; o sea, nuestras facultades, a la cosa conocida. Por eso lo
objetivo se impone a lo subjetivo; por eso decimos que la necesidad
obliga, que los hechos se imponen. En una palabra, que, a pesar de
nuestra voluntad, la realidad impera sobre nosotros. En vano será
forjar una teoría para explicar un hecho o una serie de hechos, si esta
teoría es desmentida por la experiencia; un solo caso que la niegue y
rectifique, acaba por invalidarla.
La actividad aplicada a la investigación científica descubre
9
La Psiquis
nuevos métodos y procedimientos, con ayuda de los cuales y de
poderosos instrumentos, puede analizar y percibir, lo mismo lo
llamado infinitamente grande, que lo infinitamente pequeño;
determinar sus leyes y realizar provechosas aplicaciones en las
ciencias y artes.
La Filosofía no podía permanecer estacionaria en este periodo
de renovación científica: al antiguo método silogístico ha reemplazado
la observación, escudriñando mejor el fondo de nuestra conciencia,
donde hay abismos como en los mares y grandezas como en los cielos.
Entre los trabajos filosóficos de estos tiempos descuellan los
que tienen por objeto establecer los caracteres, relaciones, analogías y
contrastes entre el elemento físico, corporal, y nuestro ser anímico,
que en sentido amplio se denomina Psiquis.
De ahí el título de esta obra.
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO PRIMERO
La Psiquis
El pueblo griego, con sus admirables facultades para idealizar y
embellecer todas las cosas, dio el nombre de mariposa (psique) a lo
que en lenguaje de todos los tiempos y pueblos significa nuestra alma
o nuestro espíritu; la fuerza interna que en nosotros piensa, siente y
quiere; el ser que concibe y discurre, que goza o sufre, se abate o se
fortalece, que aspira y desea, odia y ama.
Ya adivinó ese pueblo, que si es posible y relativamente fácil,
precisar el peso y magnitud de nuestro cuerpo, la dirección de sus
movimientos y la fuerza y alcance de su actividad, no se puede
precisar de igual manera el movimiento del pensamiento que, en su
versatilidad, va de idea en idea, como la mariposa de flor en flor,
pensando en un momento multitud de cosas diversas, sin apenas
detenerse en ellas; o ya libando, como la misma mariposa, las bellezas
que el alma encuentra en las ideas que acaricia nuestra fantasía y
embargan nuestro corazón.
Los griegos también grabaron en el frontispicio del templo de
Delfos la famosa inscripción: noci seauton (nosce te ipsum)1,
indicando así a la posteridad el camino del verdadero saber que debe
comenzar por el examen y estudio de nuestro propio ser.
Desde entonces acá, el problema relativo a nuestra alma se ha
ido complicando cada vez más por los nuevos datos que la
observación ha ido aportando, y si bien falta todavía por despejar
muchas incógnitas, otras en cambio se han ido eliminando o
resolviendo. Cierto que nunca por completo se ha de agotar el tema,
por muchos siglos que viva la humanidad, pero esto no es exclusivo de
1
Nota de SEDE: Conócete a ti mismo.
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La Psiquis
esta cuestión, sucede igualmente con todas: todas son teoremas que
contienen siempre corolarios.
Proponiéndonos dar a conocer solamente algunas de las
verdades más importantes en lo que se refiere a ese principio y fuerza
interior que impulsa y dirige nuestros actos, indicaremos los puntos
principales de la manera más fácil que nos sea posible.
Hasta hace poco tiempo se siguió únicamente en el examen
psicológico el método de observación interior llamado introspectivo
para ver en nosotros mismos los actos y fenómenos anímicos, método
que, en lo que abraza, es de capital importancia e insustituible por
otro, porque indudablemente que la mejor manera de comprender un
fenómeno o estado especial es mirarlo en uno mismo, pasando por
dicho estado, para darnos así cuenta de cómo y por qué sucede.
Mas no es suficiente; hay estados en el alma humana que es
imposible determinarlos y estudiarlos por el mismo ser en quien se
dan, porque se realizan en momentos en que su conciencia no ha
adquirido la fuerza de reflexión necesaria, o en que, perturbadas sus
facultades, le es imposible analizarlos. Los actos psíquicos verificados
en el estado de infancia o en periodos anormales de locura, delirio,
arrebato, embriaguez y otros, es imposible que el mismo individuo que
los ejecuta, introspectivamente los examine, pues dejaría entonces de
existir en ese estado: ya no sería niño, ni estaría loco, ni ofuscado o
ebrio.
De aquí ha nacido que se haya apelado al método de
observación exterior haciéndose de algunos años a esta parte delicados
trabajos referentes a estas cuestiones, y de la misma manera que los
anatómicos con el escalpelo han mostrado las fibras y tejidos de
nuestro cuerpo, renombrados psicólogos han puesto al descubierto
algunos fenómenos anímicos en los que no había parado mientes la
Psicología tradicional.
Cada uno de ellos, siguiendo sus aficiones, se ha impuesto tarea,
y entre todos se han repartido el trabajo; quienes se han dedicado a
hacer minuciosos estudios sobre la psicología infantil (Egger, Sully y
Mun, Kausmal, Taine, Preyer y B. Pérez); quienes otros se han
consagrado a hacer importantes observaciones sobre la psicología
fisiológica y médica (Lotze, Maudsley, Kraff y Lombroso, Wundt,
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Manuel Sanz Benito
Mata); algunos, estudiando las manifestaciones anímicas en
individuos de diversas razas han dado origen a la Psicología
etnográfica (Waitz, Gerland. Gobineau, Royer); otros, fijándose con
predilección en el estudio de la voluntad, han creado la Etología o
ciencia del carácter (Stuart Mill, Hercen Bain). Y no han parado aquí
las investigaciones, sino que valiéndose de los descubrimientos que la
ciencia prehistórica proporciona, nos han dado a conocer las
manifestaciones de la energía anímica en el hombre prehistórico y
salvaje (Lubbock Tailor), y con los trabajos y observaciones de unos y
otros se ha empezado a formar la Psicología de los pueblos o
Sociología (Stheintal, Lazarus, Spencer).
Por otra parte, se han hecho importantes y delicadas
observaciones acerca de especiales condiciones o estados porque el
hombre algunas veces pasa; por ejemplo, sobre las pasiones
(Letourneau y Descuret), sobre el éxtasis (N. Mayo), enfermedades de
la memoria (Ribot) y sobre el dolor (Richet); y mientras Lemoine y
Darwin, han echado los cimientos de la Fisiognómica o expresión de
las emociones, Joly y Paulhan han intentado descubrir un poco el quid
divinum del genio, y Maury, Yoblot y Mourly han penetrado en lo
profundo del sueño y nos han hecho ver la actividad del espíritu donde
parecía que reposaban sus facultades.
Con todo esto, y los notables experimentos y estudios de psico-
física de los anteriores y otros psicólogos y el caudal de ideas que han
aportado los que, siguiendo la investigación sagaz de Kant, han
sondeado las profundidades del espíritu, se ha ido formando una
literatura psicológica tan abundante y variada, que viene a dar un
solemne mentís a los que creen que hablar del alma es cosa inútil.
Lejos de eso, se ha confirmado una vez más el dicho del Evangelio
«no solo de pan vive el hombre» y los ensayos, investigaciones,
observaciones, experiencias y estudios de toda clase han evidenciado
la realidad del alma, de la Psiquis.
13
La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO II
La Psiquis en su actividad originaria
La vida del hombre es toda ella psicofísica: ni solamente
espiritual, ni enteramente física, sino de mutua relación e influencia
entre el espíritu y el cuerpo. De aquí que los actos que no son
inconscientes, antes de ser realizados han sido precedidos de
intenciones, de ideas, y éstas, si no han de quedar reducidas a un vago
idealismo, a un puro soñar, necesitan encarnarse en la esfera de la
realidad.
Para llegar a implantarse necesitan a veces combatir unas con
otras hasta lograr el triunfo la más fuerte, que es la más verdadera, la
que mejor resiste las pruebas en contrario. Estos combates, mientras
no trascienden de la esfera del pensamiento, no son cruentos, no
causan víctimas; no hay más víctima que el error, inmolado en aras de
la verdad. Famosas han sido, por ejemplo, las luchas entre
nominalistas y realistas en la Edad Media y entre clásicos y
románticos en la moderna.
Combate no menos importante es el que riñen hoy el
materialismo y el espiritualismo. Sostiene el primero como única
realidad la que se palpa por los sentidos, y de ahí deriva su negación
de todo lo que es trascendental y suprasensible, aunque no sea
sobrenatural. Nada de principios permanentes y absolutos; todo es
relativo y las cualidades de los seres son efecto de sus disposiciones
orgánicas. El libre albedrío no existe, la responsabilidad es un
absurdo, y el delito, resultado de una enfermedad, así como el
heroísmo un acto de excitación del sistema nervioso; el genio un poco
más de actividad cerebral debido a mayor abundancia de materia gris
o mayor número de circunvoluciones; no hay espontaneidad en el
obrar, y el hombre es tan solo una máquina en movimiento, siendo sus
15
La Psiquis
actos puramente mecánicos.
Sostiene, por lo contrario, el espiritualismo, la existencia del
alma como realidad que se palpa ante la conciencia, de igual modo
que ante los sentidos se perciben los objetos materiales; y mientras el
materialismo niega la existencia del Yo y de la personalidad humana
idéntica en cada momento del tiempo, el espiritualismo racional hace
de dicha identidad personal el primer principio de prueba para sus
elucubraciones. Afirma además éste, no ya la existencia del alma, la
Psiquis, como entidad no emanada de las fuerzas orgánicas, sino
teniendo caracteres propios de espontaneidad y libertad en su modo de
obrar, y como resultado de todo, la individualidad persistente fuera de
la carne, la trascendencia de la vida del ser.
Aunque parezca una antinomia, quizás por aquello de que los
extremos se tocan, el materialismo y el espiritualismo están próximos
a confundirse en una síntesis superior que comprenda a entrambos.
Efectivamente, el materialismo no niega la fuerza de cualquier
clase que sea, ni menos la fuerza psíquica, más potente que otras,
solamente que explica su actividad como propiedad de la materia
misma. El espiritualismo tampoco niega la materia, sólo que alguna
vez, perdido en vagas idealidades, la ha despreciado como cosa
indigna, y de su exageración ha nacido el sistema contrario; pues la
inteligencia, como el péndulo cuando oscila, va de un extremo a otro,
imposibilitado como está de abarcar de una vez todo el espacio que
debe recorrer.
¿Se ha dicho qué es en sí la materia? ¿Se sabe qué es en sí
misma la fuerza? ¿Es la una transformación de la otra, o son dos
modos de manifestarse la sustancia o incógnita x que origina fuerza y
materia?
¿Dónde comienza también la Psiquis? ¿Cuál es el primer esbozo
de la vida, de la sensibilidad y de la inteligencia? Imposible decirlo en
esta escala relacionada de seres que existen en el Universo.
Pues si no sabemos lo que es la materia, si ignoramos lo que es
la fuerza, si no vemos dónde y cuándo aparece la Psiquis, ¿cómo nos
atrevemos a afirmar que son cosas iguales ni que son cosas diferentes?
¿que la una es más o menos, anterior o superior a la otra? Por
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Manuel Sanz Benito
diferentes que sean sus manifestaciones no estamos más autorizados
para proclamar su distinción esencial, que para afirmar que la nube
majestuosa que se cierne en las alturas se diferencia en su
composición química del agua que brota de un manantial en la
superficie de la tierra.
Pero sea cual fuere la solución del problema, podemos avanzar
ya en el campo de la investigación, porque los descubrimientos en
cierto orden de fenómenos nos permiten marchar con paso
relativamente seguro.
Cuando hace algún tiempo se tomaron con afán los estudios
biológicos, destruyendo rutinarios métodos, se pensó en observar todo
lo más posible las manifestaciones de los seres vivos, comenzando por
aquellos en que apenas se inicia el fenómeno de la vitalidad. Los
organismos más inferiores fueron cuidadosamente inspeccionados, y
como consecuencia de estos estudios se originó la llamada teoría
celular: el sistema de que todo lo vivo es producto de una célula que
procede en sus funciones por asimilación de los medios que a su
alrededor encuentra y que diferenciándose gradualmente da origen a
órganos y aparatos que componen la más sencilla como la más
complicada textura de cualquier vegetal o animal. Entonces se creyó
resuelto el problema del origen de los seres, pretendiéndose haber
dado con la clave que nos explicaba éste y otros misteriosos
fenómenos.
Pero las mismas observaciones han demostrado que, lejos de
haber dado con el quid, la dificultad se presenta más formidable de lo
que al principio se creía. Al querer explicar el alma de los seres por su
organismo, considerando a aquella como el efecto o el resultado del
funcionamiento de todos los órganos, principalmente de los que
componen el sistema cerebro-espinal en los animales superiores, nos
encontramos con que el ser es activo desde la manifestación más
rudimentaria de la célula, y que obra con energía y actividad propia
dentro de las condiciones del medio ambiente que le rodea, energía
que se va acentuando más, a medida que el ser va siendo más perfecto
en la escala de los seres.
La célula, pues, es un elemento, un algo esencialmente activo,
con actividad propia; por consiguiente no depende esta actividad de
las condiciones del medio ni tampoco de los componentes materiales
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La Psiquis
que la forman, sino que hay en ella algo que la constituye en centro
asimilador de fuerzas, en elemento individual y distinto de los demás
de la creación, en ser, si queremos.
Y si esto sucede con el ser más rudimentario ¿qué no ha de
suceder con el hombre? ¿Cómo considerar la inteligencia y la
voluntad, la energía que en él piensa, vive y obra, como síntesis,
producto o funcionamiento de meras fuerzas orgánicas, cuando es
siempre una energía que se dirige a un fin con iniciativa, con
espontaneidad, y por consiguiente, con libertad?
Tenemos, pues, que se ha cumplido el aforismo errando,
errando, deponitur error2; porque los mismos materialistas con sus
observaciones nos han venido a mostrar la espontaneidad, la energía
propia del ser que incrusta el sello de su individualidad, sin que sea
una mera tabula rasa, apta sólo para recibir impresiones del medio
que la rodea.
Haeckel dice que la vida, aún en la materia amorfa, comienza
caracterizándose como un centro atractivo y asimilador de fuerzas;
Delboeuf afirma que en el espíritu no se graban las impresiones como
en blanda cera; Locke, que el alma no puede ser considerada como
una resultante de algo, sino como una unidad, porque los diversos
modos de su actividad propia no pueden ser repartidos entre sujetos
diferentes, y Maudsley declara que el espíritu no es una hoja de papel
blanco; de modo que todos están conformes en admitir la nativa
espontaneidad de la Psiquis.
Si la sensación es, como decía Aristóteles, acto común de lo
sentido con el senciente3, el sujeto pone de sí algo que no es debido a
la simple excitación, no pudiendo medirse la una por la otra, y no
habiendo por tanto tal equivalente mecánico.
No hay en todos los actos psicofísicos una mera contestación a
la impresión recibida. Interviene la actividad psíquica para devolver
aumentada o disminuida la impresión. De todo esto se deduce que los
mismos observadores materialistas han venido a evidenciar la
2
Nota de SEDE: A fuerza de equivocarse, se aprende a acertar.
3
Senciente: vocablo en desuso, participio derivado verbo sentir, que significa lo que siente, o
tiene sensación.
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Manuel Sanz Benito
espontaneidad, la energía propia de la Psiquis.
Si, pues, la función es superior al órgano, la Psiquis, más activa
que las fuerzas orgánicas, no es una resultante de éstas. La inducción
racional, por tanto, nos permite pensar que el organismo es medio o
instrumento de que aquella se sirve para realizar sus actos, pero jamás
el que los engendra y produce.
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO III
El Yo: su persistencia
Hay un hecho incontrovertible, indudable, para todo ser que
puede darse cuenta de sí mismo: este hecho es el de la propia
existencia. En vano será que cierre mis ojos y tape mis oídos para no
ver ni oír nada: me verá interiormente a mí mismo, y me reconoceré
como ser que soy, que vivo y que obro. Este reconocimiento de
nuestro propio ser, de nuestra propia existencia, lo expresamos en la
palabra Yo.
No entraremos, aunque tampoco es preciso, en un minucioso y
largo análisis para desentrañar el verdadero sentido de esta palabra.
Todos estamos conformes en que el Yo no significa ni mi cuerpo, ni
mi alma, ni una propiedad o facultad determinada; sino que, al decir
yo hablo, yo escribo, yo dudo, yo pienso, etc., doy a entender que
estos actos los verifico Yo en mi unidad y totalidad, como hombre. No
es efectivamente mi boca la que habla, pues si bien mediante ella,
como mediante los demás órganos de la locución, yo produzco
sonidos articulados, es preciso la intervención de mi actividad anímica
que determina, que impulsa a los órganos a modular sonidos que, a su
vez, expresan mi pensamiento; no son, de igual manera, mis pies los
que me conducen, soy Yo, quien, mediante el impulso de mi voluntad
y obrando por complicado sistema nervioso-muscular, obligo a mis
miembros a que tomen diferentes posiciones en el espacio. Y así, de
igual manera, en cuantos actos digo que yo los ejecuto, que yo los
hago, doy a entender que me son imputables como siendo yo el ser
que los produce, valiéndome para su realización de todas mis fuerzas
interiores, así como de todos los elementos que, exteriores a mí, yo los
pongo a mi disposición para que me sirvan de instrumentos o de
medios de realizar mis voliciones.
21
La Psiquis
Desde este punto de partida de la evidencia del propio Yo ha
partido la moderna Filosofía para ascender en su investigación, desde
esta primera y elemental verdad, hasta las más altas especulaciones del
saber.
El escepticismo tiene aquí un valladar inexpugnable, pues no
hay nadie que dude de su propia existencia. Podrá dudar de su espíritu
como ser inmortal y distinto del cuerpo, podrá creer que éste es más
bien una apariencia que una realidad, podrá pensar que el mundo
exterior se nos ofrece como una mera ilusión; mas no pondrá en duda
la existencia de su propio ser, pues al dudar, es el propio ser quien
duda.
Reconocida la individualidad de nuestro ser en el sentido que
expresa la palabra Yo, hemos de convenir sin gran esfuerzo en otro
hecho no menos evidente, a saber: la persistencia de esta misma
individualidad, de este mismo ser que somos; es decir, la continuidad
de nuestro Yo, desde el momento en que empezamos a darnos cuenta
de nuestros actos hasta el instante presente.
Efectivamente, yo puedo haber cambiado en muchas cosas: mi
estatura no es hoy la misma que hace años, ni el mismo el peso y
consistencia, agilidad, etc., de mi cuerpo. Reconozco también que se
ha modificado la actividad de ciertas funciones de mi organismo: mi
vista no es tan perspicua como en algún tiempo, mis fuerzas no son las
mismas. En otro sentido, encuentro también que ha habido muchos
cambios en lo que llamo mi espíritu; que he mudado de ideas, de
inclinaciones, de gustos.
Cada uno, a poco que medite, encontrará en sí mismo estas
mudanzas, estos cambios; pero no es menos cierto que en su fuero
interno se considera obligado a admitir, que el mismo ser, el mismo
individuo que ha experimentado tan notables mudanzas y tan diversas
modificaciones, hasta el punto de pensar, sentir y querer de otro modo
que como pensaba, sentía y deseaba hace algunos años, es hoy el
mismo individuo, el mismo ser: no ha habido en él dos seres distintos
ni transformación de un ser en otro con el transcurso del tiempo; él se
reconoce el mismo en medio de esta diversidad; igual, en medio de
esta multiplicidad; uno, en medio de estas modificaciones; invariable,
en medio de esta serie de mudanzas; la misma permanencia de su ser,
de su individualidad; en una palabra, la persistencia de su Yo.
22
Manuel Sanz Benito
Sí; nuestra conciencia, nuestro buen sentido nos da testimonio, a
poco que meditemos, de estas cosas: yo soy, y soy el mismo ser desde
que me reconozco; si ha habido grandes transformaciones en mí, no
obsta para que me reconozca como el mismo individuo, como la
misma personalidad.
No hay materialista que al perseguir a uno que le haya ofendido,
no sea ilógico con sus teorías. Aparte de que la ofensa no es tal, pues
que el individuo no obra, según él, impulsado por su libre albedrío,
sino obligado por las fuerzas naturales que le arrastraron a cometer el
desmán, con la misma fatalidad que la gravedad obliga a caer a la
piedra lanzada al aire, hay una inconsecuencia al perseguir al
individuo de hoy como si persistiera mañana. El materialismo, que
admite que todo es cambio, todo movimiento, todo sucesión y nada
tiene permanencia, se encuentra en continua contradicción con sus
teorías. Bueno que considere al espíritu como una propiedad de su
cuerpo, pero negar la identidad del Yo, la continuidad de su misma
personalidad, es tan absurdo que sólo guiado por el espíritu de sistema
se puede concebir.
Reconozcamos, pues, que tan cierto como yo soy, como yo
existo o vivo, es cierto que yo soy idéntico a mí mismo, que soy el
mismo ser, que persiste en mí la propia individualidad a través de los
cambios y mudanzas que haya experimentado.
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO IV
La fuerza psíquica.
Los actos materiales y los actos anímicos
Todo hecho, todo fenómeno que observamos en cualquier orden
de cosas, no se verifica sin que algo lo determine y produzca. A este
algo lo llamamos su causa, que es siempre de conformidad con la
naturaleza del efecto producido. Si una piedra cae después de haberla
arrojado al aire, no es por efecto de espontaneidad o de cierta
tendencia de la piedra a caer: es a causa de lo que llamamos fuerza de
gravedad. De manera que si suprimimos esta fuerza, suprimimos su
efecto correspondiente; y por analogía, en todos los fenómenos del
mundo, haciendo abstracción de las fuerzas que producen esos hechos,
tendremos que reconocer la no existencia de tales efectos.
De igual suerte, si en nuestro ser se dan actos intelectuales
¿habremos de negar que hay en nosotros fuerzas o causas que
producen la intelectualidad? Tanto valdría decir que los efectos se
producen sin causas. Pero estas causas ¿se originan de las propiedades
mismas del organismo corporal? Nada nos importa por ahora: lo que
precisa es reconocer que por los efectos hemos de venir a parar al
conocimiento de sus causas, que los fenómenos atestiguan la
existencia de fuerzas o actividades que los producen, y que, en
conformidad con la naturaleza y condiciones de estos efectos, han de
ser las fuerzas que los originan.
Para asegurar que tales o cuales actos son propios del espíritu y
que tales otros son originados por el organismo, sería preciso saber
dónde empieza y dónde acaba el espíritu y dónde empieza y dónde
concluye también el cuerpo. Pero yo, de mí sé decir únicamente que al
examinar mis actos encuentro una constante compenetración de todas
25
La Psiquis
mis fuerzas, de todas mis actividades; que no hay acto originado en los
más oscuros limbos del pensamiento que no se refleje y de algún
modo se exteriorice en el organismo físico; y de igual modo, que no
hay fenómeno que en éste se verifique, del cual directa o
indirectamente no reciba la influencia en lo que llamo mi espíritu;
fenómeno que se comprueba más a medida que el acto va siendo más
claro y distinto.
Esta unidad de nuestra naturaleza, que patentiza a todas horas,
según hemos visto, la unidad de nuestro ser, no empece, sin embargo,
para que nos cercioremos de la distinción de los elementos, fuerzas o
funciones que en él se dan.
Hasta hoy habíase tenido por muchos al cuerpo como cosa
despreciable e indigna, y quizá de esta exageración ha nacido la
exageración contraria de suponer que nada más que materia hay en
nosotros, entendiendo, por supuesto, por materia lo que afecta a
nuestros sentidos.
Pero, ¿podemos nunca suponer que un fenómeno como el de la
quilificación, donde intervienen las fuerzas del organismo para
producir la transformación química de los alimentos, sea lo mismo que
la elaboración del pensamiento, que la discusión de un tema?
¿Podremos nunca suponer que la aceleración del ritmo del corazón,
producida por el hecho de correr, es debida a la misma causa que esta
aceleración, cuando es ocasionada por la impaciencia de una noticia
que se ansia? ¿Podremos tampoco confundir la fuerza muscular
empleada para levantar un peso determinado, con la fuerza intelectual
capaz de medir y calcular distancias enormes?
Por mucho que alambiquemos y hagamos distinciones sutiles,
por mucho quo dudemos, nos será forzoso confesar que la actividad o
la fuerza que produce los fenómenos químicos y orgánicos en nuestro
cuerpo, no es la misma actividad o fuerza que da origen a los
fenómenos anímicos; y si bien la observación nos atestigua que no
existe esa separación supuesta entre los actos materiales y los actos
espirituales, que la fuerza psíquica se vale de las demás para realizar
sus fines y cumplir sus propósitos, la observación misma nos muestra
que no hay ni puede haber paridad entre una y otra, que puede haber
un gran desarrollo del organismo cumpliendo este perfectamente sus
funciones, y sin embargo estar atrofiadas las facultades de la
26
Manuel Sanz Benito
inteligencia o de la sensibilidad, que puede uno tener una gran energía
física y ser inútil para cualquier trabajo intelectual que exija algo de
esfuerzo y constancia. Por consiguiente, si en nosotros hay un
organismo que cumple sus funciones con arreglo a las leyes
materiales, hay también una fuerza que anima este organismo, que,
unida a él, constantemente le impulsa, le dirige y determina a obrar, y
esta fuerza es la que produce los actos que estimamos como más
importantes en la vida. Esta es la fuerza psíquica.
Los hombres, efectivamente, no se aprecian por su estatura, por
su fuerza, por su peso, por lo mejor o peor que respiran y por lo bien o
mal que digieren; se estiman más bien por sus actos intelectuales:
entre el que emplea su fuerza muscular para levantar pesos y una
máquina hay similitud de funciones, pero no entre esta misma
máquina y el que mueve su inteligencia para concebir una verdad o el
que siente su corazón dulcemente conmovido por una afección tierna e
íntima que le inclina a realizar el bien en beneficio de sus semejantes.
En medio de este materialismo absorbente que nos envuelve,
fuerza es insistir una vez más en hacer ver cómo atendiendo
simplemente al testimonio de nuestra propia conciencia, vemos que
hasta los mismos que tan positivistas se muestran, dan más
importancia a los actos psíquicos que a los actos de la vida física: a
aquellos en que la fuerza anímica mueve, impulsa y dirige, que a los
otros en que, predominando las leyes materiales, se emplean
solamente las fuerzas mecánicas, sustituibles por otras más poderosas
a su vez. De aquí la gran verdad del aforismo: Mens agitat molem4.
4
Nota de SEDE: “La mente mueve la materia” (Virgílio, Eneida)
27
La Psiquis
28
Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO V
La fuerza psíquica y las fuerzas orgánicas
Lo dicho anteriormente nos pone en camino para ver las
diferencias más notables entre la fuerza, productora de los fenómenos
psíquicos y las funciones orgánicas de nuestro cuerpo. Para esto nada
mejor que poner en parangón las leyes a que ambos obedecen, pues
todos los hechos obedecen siempre a una regla invariable que es su
ley, y buscando las leyes de estos hechos veremos las diferencias que
entre ellos existen.
El organismo humano está sujeto desde su formación a los
procesos dinámico, químico y orgánico, a que están sometidos los
demás cuerpos de la naturaleza. Ningún privilegio vemos en este
punto para nuestro organismo, pues obedece a las mismas leyes que
todos, y en él se dan idénticos fenómenos que en los demás. El calor,
la luz y la electricidad con la variedad de fenómenos a que dan lugar,
influyen y se dan en nuestro cuerpo como en cualquier otro cuerpo
animal. Nuestro organismo, cuando le falta cierto número de grados de
calor que necesita, está aterido e imposibilitado de cumplir sus
funciones; si es la luz la que falta, su influencia se deja sentir
grandemente, y la electricidad influye también sobre él de análoga
manera que sobre cualquier otro organismo, produciendo variedad de
fenómenos. Por lo que hace al proceso químico, los alimentos se
disuelven merced a los jugos de nuestro interior como pudieran
hacerlo en otro cuerpo de un modo análogo, y por lo que hace a la
asimilación y desasimilación, no hay diferencia notable con cualquier
otro organismo parecido. Nuestro origen orgánico, como el de todos
los seres, es una célula, de la que se derivan otras varias, las que a su
vez dan lugar a tejidos, órganos y aparatos. Nuestro cuerpo crece y se
desarrolla en el espacio hasta cierto límite, y después entra en un
29
La Psiquis
periodo de paralización en su movimiento ascendente, hasta que
sobreviene el fenómeno que llamamos muerte.
Hasta aquí no vemos nada de particular respecto de nosotros
que no veamos en ningún otro de tantos seres análogos como pueblan
la tierra. Pero a su vez, lo que llamamos el espíritu, en cuanto fuerza
que anima y vivifica el organismo, no está sujeto a estas leyes físico-
químicas ni orgánicas, aunque repercuten en su ser los efectos de los
actos materiales, por la íntima relación entre el espíritu y el cuerpo.
El espíritu tiene por ley la espontaneidad, la actividad constante
en todos sus actos y determinaciones. No está un momento en reposo,
y esta actividad no sólo es continua, sino progresiva. Nuestro cuerpo,
llega un momento en que no crece más, en que deja de nutrirse y
muere. Nuestro espíritu constantemente se alimenta de nuevas ideas,
de nuevas afecciones, y caben en él nuevas determinaciones de su
voluntad, que a su vez producen movimientos nuevos en su ser, los
cuales sirven para realizar otros actos distintos de los ya verificados.
A lo más que llegan los modernos progresos fisiológicos es a
esta conclusión: el espíritu se desenvuelve paralelamente al
organismo, y aún esto no es verdad en muchos casos, donde quiera
que se da un alma viril y enérgica en un cuerpo enfermizo y débil, y
por el contrario, un espíritu perezoso y apático en un organismo fuerte
y bien desarrollado.
Tenemos, pues, que, por lo que hace al organismo físico, ningún
privilegio tiene respecto de los restantes organismos de este planeta.
Todas las leyes naturales se dan en él de la misma manera, y por esta
razón se ha llamado al hombre microcosmos, porque efectivamente, es
un mundo en pequeño. Y tenemos también, que por los actos
psíquicos venimos en conocimiento de la fuerza análoga que los
produce, siendo esta fuerza el elemento inteligente que nos anima, el
elemento impulsador que mueve y dirige, el que es causa de nuestros
actos, por los que nos decimos seres libres y responsables; el espíritu,
en fin, o alma.
Pero esta fuerza psíquica, este espíritu que reconocemos, ¿se
originará del mismo organismo? ¿será una vibración o un movimiento
más o menos sutil de los nervios o de la masa cerebral? ¿será una
función, al fin, de esta parte del organismo, como las funciones de
30
Manuel Sanz Benito
otros órganos?
Ciertamente que, si los efectos de la fuerza pensante fueran
análogos a los fenómenos físicos, no habría duda ninguna; pero si
vemos que son de muy distinta naturaleza, la razón nos dice que no
tienen su raíz, su principio de origen, en este mismo organismo.
No obstante, se dirá: concedido que el espíritu existe como
fuerza que no debe su existencia al organismo físico, que no es una de
sus funciones, ni la resultante de determinados movimientos; pero esto
no prueba que no pueda vivir sin cuerpo, antes bien, vemos
ordinariamente que si el cuerpo está debilitado por afecciones locales
o generales, el alma se debilita también y pierde poco a poco sus
facultades. Si se interrumpe la vida de un órgano importante, el
espíritu cesa en sus funciones; por ejemplo, si el cerebro está enfermo
o lesionado, el espíritu se halla incapacitado de concebir, de juzgar, de
razonar, de ejercer, en suma, sus actos psíquicos. ¿Qué espíritu, pues,
es éste independiente del cuerpo, al cual no debe su origen, y que, sin
embargo, queda como subyugado; de tal manera, que la interrupción
de su vida suspende también la de aquél? Tal sucede en los casos en
que una lesión cerebral produce los fenómenos de amnesia, afasia y
otros semejantes.
Efectivamente; la objeción no deja de tener fuerza si se afirma
que el espíritu es independiente del organismo, y por consiguiente,
para nada necesita de él: esto es absurdo. Pero una cosa es que el
espíritu necesite, para obrar, del concurso del cuerpo, y otra que éste
no sea más que un instrumento, con objeto y fin determinados, al
servicio del espíritu; conjunto de aparatos que tienen por objeto dos
cosas: recibir impresiones para trasmitirlas a la fuerza psíquica, y que
ésta se dé cuenta de ellas para saber lo que pasa en el mundo externo y
en el propio organismo; y reaccionar sobre el mundo exterior en virtud
del impulso comunicado por el espíritu, para poner en movimiento las
distintas partes del cuerpo y traducir en actos sus voliciones.
Este cuerpo, pues, que tenemos, no es más que un medio, como
la pluma y el papel lo son para escribir, como un instrumento músico
para ejecutar una pieza musical, como un anteojo para ver un objeto a
distancia, un barco para navegar, etc.; medios, y medios, si se quiere,
indispensables; pero ni la pluma es la que escribe, ni el piano el que
toca, ni el aparato telegráfico el que trasmite despachos: es el elemento
31
La Psiquis
inteligente el que dirige, el que impulsa, el que verifica ciertos
fenómenos, porque, valiéndose de las leyes naturales, hace que tales
fenómenos se produzcan. Este es, pues, el cuerpo: un instrumento con
este doble objeto: concentrar impresiones en el espíritu para que,
mediante la sensación, conozca del mundo exterior y de su propio
organismo, y obrar sobre los demás objetos para realizar el espíritu sus
deseos. Sin órganos del lenguaje no hablaremos, pero el lenguaje no es
más que un signo, un medio para hablar; y así los demás signos.
Así, pues, las diferencias entre el espíritu y el cuerpo nos
prueban que el uno no es el otro, que si bien hay trato continuo,
comercio psicofísico, los caracteres del uno no son los caracteres que
vemos en el otro, y que, por deducción, los efectos diversos suponen
diversas causas.
32
Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO VI
La Psicofísica
Si hay alguna verdad comprobada en los estudios
antropológicos es la de que, en el hombre, todo es psicofísico; es
decir, que todos sus actos son de espíritu y cuerpo a la vez; que no hay
fenómeno, que no hay estado, en que no intervengan ambos factores:
el entusiasmo más ideal, el misticismo más espiritualista tienen su
correlación, su correspondencia y traducción en lo externo, en lo
orgánico; y el movimiento de la fibra más insignificante, del órgano o
tejido más pequeño de nuestro cuerpo, ya sea simplemente vibrátil, ya
automático o reflejo, tiene su repercusión en el espíritu: está
compenetrado e influenciado por esa fuerza que impulsa y dirige
constantemente nuestros actos voluntarios, y que anima y regula
inconscia, pero evidentemente, los demás fenómenos de la vida.
Sin el espíritu no hay ser, no hay propulsor, no hay centro de
fuerzas convergentes, y sin el cuerpo, no hay instrumento, no hay
medio, no hay manifestación, y por tanto, no hay traducción de
energías, mientras el hombre es tal.
De aquí han nacido los delicados trabajos acerca de la relación e
influencia mutua del uno y el otro elemento, del espíritu y el cuerpo,
que han dado por resultado conocer algunas de sus diferencias y las
leyes respectivas a que obedecen. Weber y Fechner, Delboeuf, Wundt
y Helmoltz figuran en primera línea entre los que más se han
distinguido en estos trabajos de psicofísica. De ellos se desprende una
verdad muy sencilla e importante, a saber: que todos los fenómenos de
relación entre el espíritu y el cuerpo se reducen simplemente a dos
clases, sensación y movimiento: la inspiración más genial y sublime,
lo mismo que la impresión más tosca, se traducen de estas dos
maneras, como sensación y movimiento, en que lo uno ocasiona lo
33
La Psiquis
otro. Toquemos un objeto candente: la impresión de dicho objeto
sobre nuestra piel, trasmitida por los nervios sensitivos al cerebro,
llega a producir la sensación de dolor, y ésta, el impulso del espíritu,
que comunicado por los nervios motores a los músculos del brazo y de
la mano hace que la retiremos; por donde vemos que la sensación
ocasionó el movimiento.
Mas no es preciso que la sensación de dolor se produzca para
que el movimiento tenga lugar: basta que veamos el objeto para que
apartemos la mano y no le toquemos; no hay entonces sensación de
dolor, pero sí el mismo movimiento: es que se conserva el recuerdo de
sensaciones dolorosas anteriores, y sabemos por experiencia que
aquello produciría dolor. De todos modos, el acto es psicofísico,
debido a una impresión exterior traducida en impulso del espíritu. De
esta manera es cierto que el hombre piensa con el cerebro pero es
erróneo que piense el cerebro: el pensamiento supone los dos factores,
espíritu y cuerpo.
Pero decimos que no hay acto exclusivamente espiritual, ni
solamente corporal, sino que todos los que el hombre ejecuta son
psicofísicos, de espíritu y cuerpo, si bien preponderando el uno o el
otro elemento. Partiendo de esa base se ha pretendido concluir que el
espíritu es no más que resultado de la actividad cerebral, un
movimiento funcional de este órgano. Mas es lo cierto que estas
mismas investigaciones han venido a demostrar lo contrario. La
sensación y el movimiento son las dos formas en que se manifiestan
todos los actos humanos, pero lo uno no es lo otro, ni siquiera están en
relación proporcional muchas veces. El movimiento no es una simple
contestación en cantidad y cualidad a la impresión recibida: es de otro
orden muy superior.
Así, no es el cerebro, según se había supuesto, como estación
telegráfica, destinada a recibir las impresiones que, como, despachos
le comunican los nervios sensitivos, (los cuales se hallan repartidos a
manera de alambres telegráficos por todas las partes de nuestro
cuerpo), para luego trasmitir este mismo despacho por los nervios
motores a la periferia de nuestro cuerpo y reobrar sobre lo exterior,
ocasionando el movimiento de tal o cual parte o de todo el cuerpo;
sino que hay que contar con el telegrafista, el espíritu, que lejos de ser
pasivo, modifica el parte de tal manera que una misma impresión
recibida por individuos distintos o por el mismo en diversas
34
Manuel Sanz Benito
circunstancias, produce diferentes resultados por la parte esencialísima
que en ello toma el espíritu. Si, por ejemplo, estando en un teatro se
oye la palabra fuego, es seguro que la mayor parte de los espectadores
se precipitan de sus asientos y procuran salir con la mayor rapidez. El
movimiento sin embargo, no es a consecuencia de la simple
ondulación material que llegó a nuestros oídos, como el movimiento
de la bola de billar es proporcionado a la fuerza del golpe que recibe,
sino que el movimiento de nuestro cuerpo en aquel caso es debido a la
interpretación que rápidamente hace el espíritu de lo que significa
aquella palabra; de tal manera que los espectadores más distantes
pueden muy bien moverse con más energía y rapidez que aquellos
otros que por estar más próximos han oído la voz con más intensidad;
y de fijo que si entre los asistentes hay alguno que sea extranjero y no
entiende el significado, a pesar de recibir su oído la misma impresión,
no se moverá de su sitio hasta que no comprenda por la agitación de
los demás, que hay peligro.
Esto prueba la realidad del espíritu como ser distinto del cuerpo,
el cual es un medio o instrumento de que aquel se sirve para
comunicarse con el mundo exterior y poder reobrar sobre las
impresiones recibidas.
¿Cuáles son sus facultades? ¿Es una sola o son varias?
35
La Psiquis
36
Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO VII
La conciencia
Dice Víctor Hugo: «Hay una cosa más grande que el mar y es el
cielo; y hay una cosa más grande que el cielo: el interior del alma
humana.»
Efectivamente, en el alma se dan grandezas y maravillas
inefables, como en los espacios estelares, y hay también abismos más
profundos que los abismos de la materia. En el alma irradia la
inteligencia con una luz tan vivísima para la vida del espíritu, como la
luz del sol, que alumbra nuestros pasos materiales; y hay a veces en el
pensamiento tanta oscuridad cuando las ideas nos faltan, como hay
oscuridad para nuestra débil retina cuando los rayos del sol no la
hieren.
¿Quién no ha visto cruzar con ligereza en las noches estivales
esas estrellas fugaces, que un momento brillan a nuestra vista para
luego desvanecerse y desaparecer? ¿Quién no ve también surcar por
nuestra mente ideas y pensamientos que al momento se extinguen, con
mayor rapidez con que aquellas ven apagada su luz?
Cuando la atmósfera está cargada de electricidad y las nubes se
amontonan, y se hace oír el trueno y estalla el rayo, nos sentimos
sobrecogidos; pero las tormentas del espíritu son aún más temibles.
Así como del choque de opuestas electricidades surge el rayo, del
choque de opuestos sentimientos y de encontradas ideas surge la
cólera que se desata en el rayo de la venganza y del odio que hiere o
mata; con la diferencia que las tormentas atmosféricas purifican el
ambiente y las tormentas humanas dejan el alma a veces agobiada por
el peso de un remordimiento.
37
La Psiquis
¿De dónde nace, pues, esa fuerza tan varia que en el alma
humana vemos; que unas veces se arroba en mística plegaria rogando
suplicante al Padre de las misericordias calma y fortaleza para
sobrellevar los combates de la vida y otras veces agitándose furiosa y
despechada prorrumpe en maldiciones y blasfemias? No parece sino
que son dos almas o una misma con propiedades de todo en todo
opuestas.
Por otra parte, cuando vemos en nosotros un estímulo que nos
hace levantar los ojos del espíritu y aspirar a un más allá soñado, pero
no conocido, mientras que las necesidades orgánicas nos sujetan
cuando intentamos sobreponernos a ellas; parece confirmar el dicho de
Pascal de que el hombre es ángel y bestia, que si su inteligencia le
eleva al cielo, sus pies lo encadenan a la tierra; lucha interior
expresada por Espronceda cuando decía:
«Aquí para vivir en santa calma
O sobra la materia o sobra el alma.»
Es preciso, pues, saber si el espíritu cuando obra mal y luego se
arrepiente y llora el desacierto cometido, tiene facultades diversas,
unas que le estimulan al mal, otras que le hacen reconocer y odiar ese
mismo mal; unas que le elevan al ciclo del amor más acendrado y puro
y otras que le atraen y sujetan a ser esclavo de las sensaciones más
groseras.
No hay esa dualidad: el alma es una y la misma siempre, pero
obrando en diferente estado, situación y modo de ser distinto. El
criminal más empedernido puede llegar a convertirse en el hombre
más ejemplar, siendo el mismo ser, el mismo espíritu, que piensa y
siente entonces de diferente manera. Y como los actos son
consecuencia de los pensamientos, necesariamente, al pensar de
diferente modo, obra y se comporta de diverso modo también.
Si arrancamos un diamante de las entrañas carboníferas de la
tierra, al principio ningún fulgor irradia; pero al pulimentarle, cuantas
más facetas se labran más reflejos despide. Sin embargo, el mismo
diamante es cuando ningún brillo presentaba que cuando nos
deslumbra con sus resplandores. ¿Ha cambiado de naturaleza? No;
solamente ha cambiado de estado, de forma, de pulimento.
Lo mismo es el espíritu: cuando apenas la inteligencia retiene
38
Manuel Sanz Benito
unas cuantas sensaciones es el mismo ser que cuando por el esfuerzo y
trabajo combina y discurre sobre multitud de ideas; cuando apenas
alborea tímidamente un afecto más o menos sensualista es el mismo
que cuando en inefable amor se dilata su ser y envuelve a otros seres,
llegando a sacrificarse por ellos, si es preciso; y si primero es débil e
irresoluto, vacilante en sus propósitos, no es después otro, cuando
enérgico y fuerte, sabe dirigir consciente y seguramente sus pasos en
el escabroso camino de la vida.
Mas, no solamente en el mismo ser no cambia nunca su
naturaleza esencial, sino que entre alma y alma no hay diferencia de
naturaleza; solamente hay diferencia de desarrollo en propiedades
idénticas. Un diamante es siempre carbono puro cristalizado, como
cualquier otro, aunque refleje más o menos luz; un espíritu, es siempre
ser racional, que irradia más o menos luz espiritual, según el
desarrollo de su inteligencia, la intensidad y pureza de sus afectos y la
energía de su voluntad. Y así como dos círculos en lo esencial son
siempre iguales, pues las diferencias de posición y magnitud no
impiden que los dos tengan las mismas propiedades fundamentales, las
diferencias de todos los seres racionales no alcanzan a interesar sus
facultades esenciales: entre el más ignorante y el de más talento, como
entre el más malvado y el más santo no hay diferencia esencial, de
cualidad: la hay más o menos grande, de cantidad, en el desarrollo, en
la modalización de sus facultades; mejor dicho, en el grado de
progreso de la única facultad que el espíritu tiene: la conciencia. Todas
las demás (según veremos), son modificaciones de esta, o la
conciencia misma, obrando de diferente manera según los casos, al
modo como los colores son la misma luz modificada.
Entre tanto reconozcamos que el espíritu es idéntico siempre a
sí mismo, en medio de sus mudanzas de estados y fenómenos de sus
cambios de ideas, opiniones y sentimientos, cuya propiedad la
reconocemos porque en nosotros nos lo atestigua nuestra conciencia.
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO VIII
Caracteres del espíritu en sí mismo
La experiencia personal es muy limitada en tiempo y espacio, y
el horizonte sensible que ilumina es de cortísimo alcance. Para auxiliar
más nuestra investigación es preciso un telescopio de mayor potencia:
este telescopio que nos permite ver las cosas hasta los linderos más
apartados de nuestra personalidad, es la razón. Merced a ella sabemos
acerca de lo fundamental, de lo permanente y esencial de un ser, de
una idea, de un principio; y por su cualidad de conocimiento universal
se aplica siempre a toda clase de conocimientos de esta naturaleza.
Partiendo de la naturaleza de las cosas, perceptible por esta facultad,
reconocemos que las paralelas, por ejemplo, no se encuentran nunca
aunque se prolonguen, por más que sea imposible poderlas trazar hasta
lo infinito; sabemos también que todos los círculos son redondos
aunque jamás nos sea posible ver los que se han trazado por todos los
hombres; porque no es una mera inducción que se basa en analogías:
se basa en las propiedades esenciales de su naturaleza,
¿Qué es, pues, el espíritu en sus cualidades permanentes?
Siempre y en todas partes el espíritu es una actividad que
constantemente se mueve, vive y obra: un elemento inteligente que
anima un organismo, que es el medio de expresión de su fuerza interna
y de relación con los demás seres: un ser íntegro, total, completo, en
cualquier momento de su vida.
No hay en el espíritu centro especial de facultades. No tiene
más que una: la cualidad de ser y estar en sí, de darse cuenta de toda
relación exterior y de toda manifestación interna, cualidad que
denominamos Conciencia y que es sucesivamente ampliable en su
desarrollo. Todas las facultades son derivaciones de ésta, o mejor son
41
La Psiquis
la misma conciencia, obrando de modo determinado. No adquiere,
pues, el espíritu, en su perfeccionamiento, cualidades que ya no posea,
ni facultades nuevas; únicamente desenvuelve la actividad de esta sola
facultad, la Conciencia.
Esta condición de ser y de manifestarse el espíritu hace que
siempre obre en unidad, que siempre se manifieste en la totalidad de
su ser. En cualquier acto del espíritu se manifiesta, en efecto, todo el
espíritu; como que es simple, íntegro y total.
Los actos varían, no obstante, al infinito; pero es por la
determinación voluntaria que les acompaña, por el diferente grado de
intención o por la intensidad mayor o menor de sentimiento que les
anima, pues nunca en el espíritu están equilibradas sus fuerzas, que
llamamos facultades, o las determinaciones distintas de su Conciencia
que toman este nombre. A lo más, hay un equilibrio inestable: pero,
por lo mismo, poco duradero.
Los estados o las determinaciones de su actividad que el espíritu
realiza en su vida, los denominamos actos. Estos actos del espíritu son
siempre sucesivos y continuos. No hay dos de ellos que sean
completamente iguales.
Siendo el espíritu un ser permanente y teniendo por cualidad
esencial la Conciencia, es esta cualidad que le acompaña en mayor o
menor grado de desarrollo. Los actos, pues, conscios, son permanentes
para él. De aquí el poder reproducirlos cuantas veces quiera. No es
precisamente que los conserve por su memoria durante más o menos
tiempo, ni que, en realidad, estos actos o estados sean permanentes,
sino que tiene el poder de reproducir los estados conscios porque ha
pasado, siendo en este sentido permanentes en él.
La sucesión de los estados del espíritu engendra su tiempo. El
tiempo, pues, del espíritu no está sometido a las leyes de la naturaleza
física como el cuerpo. Ordinariamente se cuenta nuestra vida por el
desarrollo del organismo carnal, en conformidad con las leyes
naturales, y así decimos, por ejemplo, que tiene treinta años aquel
individuo que, en el periodo transcurrido desde su nacimiento hasta la
fecha, la tierra ha dado treinta vueltas al rededor del sol; y como el
cuerpo está sometido a este proceso de la naturaleza planetaria, como
nace, crece, se nutre y muere como los demás seres naturales, resulta
42
Manuel Sanz Benito
que contamos la edad del hombre por lo que en él es más contingente
y menos importante: por la edad del cuerpo. Pero sucede a veces que
mientras un individuo tiene treinta años, porque ésta es la edad de su
cuerpo, su espíritu inculto, poco desarrollado, tiene menos edad o sea
menos actividad o menos vida que otro individuo que, de menos edad
material, ha experimentado más afecciones, ha tenido más
determinaciones voluntarias y más ideas en su inteligencia. No vive,
por consiguiente, más, aquél que más años tiene, sino aquél que más
desarrolla su espíritu.
El espíritu, no obstante, en su ser, está fuera del tiempo.
Engendra su tiempo al producir actos sucesivos; pero su esencia está
fuera de esta condicionalidad; su vida es continua; su actividad es
permanente, y tan sólo en los estados de esta actividad es donde se
produce su tiempo: tiempo relativo a él y no a otro ser, tiempo que
nada tiene que ver con las mudanzas de los demás seres, ni por
consiguiente con los tiempos de los planetas al recorrer sus órbitas.
Además, cada planeta tiene su tiempo, según la mayor o menor
velocidad con que gira, de donde resulta que, teniendo velocidades
muy desiguales, tienen también diferentes tiempos. De modo, que no
sólo para el espíritu, sino también para los cuerpos hay esta misma
ley: el tiempo es originado por la sucesión de actos, de movimientos, y
cada ser está sometido a sus movimientos propios.
El organismo limita al espíritu como un molde limita la materia
que contiene. Sin embargo, esto no es del todo exacto, porque el
espíritu no está encerrado en el organismo, pues lo inferior no puede
contener a lo superior, sino que irradia a través del mismo, como la luz
no está encerrada dentro del tubo de una lámpara, sino que se extiende
al rededor en un círculo de mayor o menor alcance.
El espíritu, decimos, tiene por única facultad de la cual todas se
derivan en serie diferencial, la Conciencia; y desarrolla la Conciencia
con el cambio de estados, siempre que estos perfeccionen su
naturaleza. Ahora bien; lo que perfecciona nuestra naturaleza, lo que
nos satisface porque conforma con nuestra esencia, eso es el bien. De
modo que el cumplimiento del bien, es la realización de la esencia del
espíritu: es lo que le perfecciona; y como para ello es preciso la
relación con nuestros semejantes y con todos los demás seres, el
espíritu tiene también esta facultad de relación. Es un ser de
43
La Psiquis
universales relaciones, de tal modo, que todos los fenómenos puede
decirse que vienen a él, que en él repercuten. Cada ser, sin embargo,
sólo aprecia lo que en el límite de su desarrollo esencial alcanza; y a
medida que más se perfecciona, más refleja de sí las bellezas que
percibe, del mismo modo que el diamante, a medida que se pulimenta,
refleja mejor los puros destellos de la luz.
De aquí se desprende que no hay ningún ser aislado. Todo ser
está contenido dentro de la esfera de otro y de otros seres. El universo
entero está de este modo compenetrado y animado por la Causa
absoluta.
Así, la fuerza que impulsa a los seres y que los obliga a
progresar depende, no tan sólo de la virtualidad de sus facultades, sino
de que esta esfera de actividad superior que nos compenetra, que nos
anima y vivifica, determina en cierto modo movimientos y actos que,
sin coartar nuestro libre albedrío, tienen por principal objeto hacernos
progresar elevándonos sobre el nivel de adelanto ya adquirido.
Todos los seres sienten en sí aspiraciones a lo perfecto, sienten
en sí mismos esa fuerza que desconocen y que les anima a proseguir
su actividad para alcanzar mayor perfección.
No hay seres desconocidos, no hay seres olvidados, y todos
influidos, todos vivificados por el soplo de la actividad Creadora,
vamos en el Universo infinito realizando nuestros destinos,
identificándonos cada vez mejor, desarrollando con más plenitud
nuestras facultades, sintiendo cada vez más del Universo, de nosotros
mismos y de la Divinidad en proporción del desarrollo alcanzado.
44
Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO IX
Las facultades anímicas
Hemos visto que el espíritu solo tiene una facultad, la
conciencia; pues todas las demás son modalizaciones de esta, o como
dice Paul Janet, «la misma conciencia transformada». Mas no hemos
de restringir el concepto de ésta a la conciencia moral, en que el
hombre, constituido como juez de sus actos, a sí propio se acusa y él
mismo se absuelve o se condena; ni tampoco como hacia la Psicología
tradicional hemos de entender por tal, el simple sentido íntimo, en
virtud del cual el alma se observa y conoce en sus actos interiores.
Pasa con este concepto, como con otros muchos, que a medida
que el hombre va indagando y descubriendo más, más también se
amplían y generalizan: por eso decía Kant que la ciencia se va
formando por la sucesiva reconstrucción del concepto.
La Conciencia en su amplio y verdadero sentido es la intimidad
del alma consigo misma y con todo lo que se pone en relación con
ella; la presencia del alma ante sí y ante toda relación exterior. Es
decir, que si el alma no advierte, no presencia un fenómeno, sea
interno, sea externo, no es anímico; y para el espíritu como si no se
verificara. La conciencia pues, en este sentido, es fuente total de
relación del ser consigo mismo y con los demás.
Pero esta relación puede verificarse de varias maneras. Cabe
que el espíritu, sintiendo una modificación en su yo, en su ser,
experimente placer o dolor y esta modificación de carácter afectivo o
emocional es la sensibilidad. Mas al mismo tiempo que el alma
experimenta esa afección intenta buscar la causa de la impresión
producida, y esta interpretación lo hace mediante la inteligencia. Cabe
por último, que procure, que intente evitar o tener otra vez otras
45
La Psiquis
impresiones análogas, y este esfuerzo lo verifica merced a la voluntad,
en virtud de la cual quiere o no quiere.
No es sin embargo el espíritu una resultante de estas tres
facultades; no es una suma compuesta de varios sumandos; antes bien,
el espíritu es siempre un todo que obra totalmente, aunque de diferente
manera cada vez. Cuando el hombre conoce, es su espíritu uno y todo
quien conoce, no una parte de él; es el espíritu presente a un objeto
dado, distinguiéndose de él; que por eso el conocer es facultad de
relación y de distinción, porque para conocer es preciso que lo
conocido nos sea presente, que esté en relación con nosotros, y que el
sujeto discierna y separe lo homogéneo de lo heterogéneo, y antes
distinga su personalidad del objeto cognoscible; solamente así es la
inteligencia luz de la vida espiritual.
Cuando el hombre siente, es también su alma toda la que se
siente emocionada, conmovida, al recibir una impresión, material o
moral. También hay aquí relación, pero no de distinción, sino de
compenetración entre el que siente y lo sentido; que por eso se dice
que el que ama hace suyas las penas y alegrías del ser amado. De este
modo a la manera que la inteligencia es luz, el sentimiento es calor
que anima y vivifica nuestro ser.
Cuando el hombre, por último desea, intenta, quiere obrar, se
relaciona con aquello querido en relación de finalidad, siendo este
móvil o motivo de obrar, imprescindible para que baya volición, pues
cuando el sujeto quiere, algo quiere; si bien este motivo no determina
la acción, no la obliga, porque puede el alma dejar de querer y de
obrar.
Estas son las tres esferas de la conciencia, los tres poderes
permanentes del espíritu en virtud de los que realiza toda clase de
actos, pues todos ellos son fenómenos intelectuales, sensitivos y
volitivos. En todos ellos se da el mismo ser, el espíritu, que se
relaciona de diferente manera con aquello que está ante él presente:
con relación de sustantividad o distinción (inteligencia) con relación
de compenetración o intimidad (sentimiento) y con relación de
finalidad (volición). Se diferencian pues los diversos actos anímicos
en la cualidad de la relación del ser con el objeto presente ante él. Y
como esta facultad de estar presente ante sí o ante toda relación,
hemos dicho es la Conciencia, vemos ahora confirmado que el espíritu
46
Manuel Sanz Benito
tiene esta sola facultad, que toma diferentes nombres, según la manera
como se comporta y obra.
Estas tres esferas de la vida psíquica, inteligencia, sentimiento y
voluntad, no son solamente propiedades a la manera que la unidad y la
identidad; son además facultades, porque el ser, el espíritu, es director
de ellas, que puede regular su actividad; por cuya condición es
responsable de la dirección que da a su vida. Las tres son coordenadas,
o del mismo orden y jerarquía, sin que valga la una más que la otra, ni
debamos, por consiguiente dar preponderancia a una con perjuicio de
las demás; en cuyo principio se debe basar toda buena educación para
no formar al hombre demasiado abstracto y soñador, a la par que poco
afectivo y enérgico, o muy apasionado y poco razonable y ordenado.
El alma es una armonía y cualquier desequilibrio se hace notar en toda
ella, porque sus actos, consuenan rítmicamente, como dice Platón, a la
manera que las cuerdas de la lira.
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La Psiquis
48
Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO X
La razón
Desde el momento en que al hombre lo consideramos como ser
racional asignamos a esta facultad la cualidad específica que le
distingue de los demás seres a él inferiores. En efecto, todos los
animales tienen espíritu, tienen alma; pero este espíritu no es racional.
Importa, pues, considerar lo que es este atributo con que se ennoblece
el ser humano, y que constituye la característica de su espíritu.
La razón es la facultad de conocer lo universal y permanente de
los objetos; lo necesario, esencial e inmutable. Opuesta al sentido, en
virtud del cual la inteligencia percibe lo particular y variable, la razón
da unidad a la multiplicidad de hechos, investiga sus causas, formula
leyes y principios y constituye las diversas ramas de la ciencia al
ordenar en un todo sistemático, bajo unidad, diversidad de
conocimientos.
Cuánta es la importancia del conocimiento racional no cabe
dudarlo: sin ella sería imposible nada de orden, plan y método, nada
de sistema en la ciencia y en la vida; pero en virtud de ella penetramos
en lo íntimo de las cosas, en sus propiedades fundamentales y vemos
la unidad en lo diferente y heterogéneo. La misma experiencia no
tendría valor sin las ideas racionales: el hombre, por ejemplo, no
podría sin estas saber que la atracción es ley universal porque le es
imposible comprobarlo en todos los puntos del universo; que todo
fenómeno tiene una causa, y que cualquier todo es mayor que una de
las partes, si la verdad de estos conocimientos no traspasara los límites
de la experiencia, hasta el punto de que aunque no los hayamos podido
comprobar más que en algunos casos les damos un valor universal;
porque tenemos la evidencia de que es necesario, imprescindible, que
49
La Psiquis
así sea. Si todos los conocimientos que el hombre posee dimanaran de
la experiencia no podría el hombre saber lo que es infinito y eterno,
pues ni lo primero se forma de la sucesiva adición de unidades, ni lo
segundo es tiempo de mucha duración, sino lo contrario del tiempo.
No obstante, si la experiencia no forma el conocimiento
racional, lo sugiere, y esto hace que las ideas sean a la vez innatas y
adquiridas contra el sentido estrecho de sensualistas y de idealistas que
se fijaban en uno solo de los dos aspectos. Las ideas, como dice
Naville, son como el péndulo de un reloj y la experiencia es el impulso
que pone en movimiento dicho péndulo: las ideas de ser, existencia,
unidad, causa, etc., constituyen el fondo de nuestra inteligencia y estas
mismas ideas las aplicamos cuando alguna sensación nos obliga a ello;
así la idea de que todo efecto tiene una causa, es superior a la
experiencia porque traspasa sus límites; pero existe en nosotros con
ocasión de observar un fenómeno. Por esto es cierto lo que decía
Locke: nihil est in intelectu quod prius non fuerit in sensu,5 y también
es lo que añadió Leibnitz: nisi ipse intelectus.6
Esto nos da la clave para comprender cómo todas las ideas son a
la vez que permanentes bajo un sentido, variables bajo otro sentido. La
idea de justicia, de belleza, de verdad, las tiene todo hombre; pero son
variables según el grado de cultura, no solo entre distintos hombres,
sino en uno mismo, en diferentes épocas. Esto consiste en que el
entendimiento interpreta y aplica cada una de estas ideas generales a
hechos determinados, según su criterio, de donde nace la falibilidad de
la inteligencia humana. Dos jueces al sentenciar un reo (y esto lo
vemos con alguna frecuencia) pueden hacerlo de manera diferente: el
uno absuelve y el otro condena. Los dos tienen la idea de justicia, los
dos también interpretan los mismos hechos, pero lo hacen de diferente
manera; y con arreglo al dictado de su conciencia sentencian el uno lo
contrario del otro. Por donde vemos que el error no está en la idea de
justicia, que es de razón, ni en el hecho que es de observación, sino en
el examen, en la interpretación; es decir, en la aplicación de la idea al
hecho, de lo universal a un caso dado. Y como esta función de
relacionar lo universal con lo particular es propia del entendimiento,
5
Nota de SEDE: «Nada hay en la mente que previamente no estuviera en los sentidos»
6
Nota de SEDE: «a no ser el entendimiento humano»
50
Manuel Sanz Benito
únicamente en el entendimiento es donde cabe error, no en la razón.
En este sentido se dice que la razón no se equívoca; porque la
razón no juzga y donde no hay juicio, no hay error: el error proviene
del ejercicio del entendimiento, que en su variedad, da origen a los
diversos grados de talento; mientras que la razón es igual en todos.
En cuanto al origen de estas ideas hay diversidad de opiniones.
Platón lo atribuye a una especie de reminiscencia anterior, por lo que
dice que el genio recuerda; Aristóteles al intelecto activo; Descartes y
Leibnitz a un innatismo en el espíritu humano. Mallebranche a la
visión en Dios mismo y Kant a formas subjetivas o a priori de la
inteligencia, que esta aplica a todos los objetos.
Sea de ello lo que quiera, es lo cierto que merced a esta facultad
el hombre conoce el orden que reina lo mismo en un pequeño número
de fenómenos que en el universo mundo; investiga las leyes porque se
rige aún más allá de donde el microscopio y el telescopio le muestran
los linderos de la materia perceptible, y remontándose a la causa
primera, conoce, en medio de su pequeñez, la infinita grandeza,
sabiduría y amor del Ser que, dotó a sus criaturas de tan maravillosas
facultades.
51
La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XI
La inmortalidad del alma
Quizá ninguna cuestión ha preocupado tanto a la humanidad
como el fenómeno de la muerte. Todos los pueblos han tenido sus
creencias en este punto, y desde la concepción más grosera de la
inmortalidad que supone la continuidad del hombre en su vida total,
espiritual y corporal, más allá del sepulcro, hasta la concepción más
espiritualista, todos los pueblos nos han dado testimonio de sus ideas
por lo que hace a tan importante asunto.
No hay nadie que al cerrar los ojos de un ser querido que hacía
nuestra felicidad, cuya vida era nuestra vida, no se haya preguntado si
al caer en la fosa perderemos para siempre su cariño, si al dar el
último aliento, la última sonrisa con que parecía expresarnos todo su
amor y todo su anhelo por vernos felices, se habrá extinguido para
siempre el soplo de la existencia que le animaba. Por materialista que
sea, su instinto le hará desear la continuación de la vida más allá de la
tumba; y para, descifrar el insondable porvenir se consultan libros, se
repasan teorías, se reflexiona sobre las creencias religiosas y se
interroga a los cielos y a la tierra, después de haber preguntado a
nuestra conciencia si le es grato la permanencia de aquel ser, a pesar
de haberle visto lanzar el último suspiro. ¡Es que la duda que en este
punto nos asalta indica siempre que, a pesar de todas las negaciones, el
problema, se presenta aún incógnito para nuestra inteligencia, que
desea más luz en tan importante asunto!
Y que el asunto es importante, no hay duda: la mayor parte de
nuestros actos (por más que otra cosa se crea) se ejecutan en esta vida
de conformidad con las creencias que se tienen respecto de la muerte.
Si el virtuoso sufre en el silencio, y en el silencio procura hacerse
fuerte, ante el martirio de su corazón, ya por enfermedad dolorosa, ya
53
La Psiquis
por el abandono en que le dejara la ausencia de seres amados, ya por
injusticias sociales que contristan y hacen desear otra vida donde el
reino de Dios tenga su cumplimiento, es, no lo dudemos, porque allá
en su corazón, allá en su fuero interno, siente la necesidad de otra vida
donde tenga cumplimiento la ley moral, donde tengan sanción los
actos meritorios. La inmortalidad es instinto tan poderoso en el
hombre, que no puede fallar: pocos instintos engañan al animal, y aún
reducido a esa categoría este sentimiento, vemos que no hay hombre
que no deje de tenerle.
Mas, para alzar un poco el velo de la muerte, es
contraproducente que clavemos nuestra vista en la fosa y apliquemos
el oído a la sepultura para percibir un movimiento que nos indique la
animación de los restos orgánicos del ser que decimos ha dejado de
existir. Precisamente porque el alma es inmortal, es invisible e
intangible a los sentidos materiales. Nuestros sentidos no sirven para
apreciar impresiones delicadas aún de la misma materia, y mucho
menos han de servirnos para darnos cuenta de la existencia y de los
actos del ser espiritual, fuera del organismo corpóreo.
Nuestros sentidos no bastan para indicarnos la masa, distancia,
temperatura, movimientos, etc., de los astros, porque están tan
alejados, que la observación sensible tiene que ser auxiliada
poderosamente por la percepción racional. Tampoco nos dan cuenta
del movimiento de la Tierra, y sin embargo nos es imposible negarle.
Apenas si nos ponen en comunicación con unas cuantas fuerzas de la
naturaleza, y, no obstante, las fuerzas de la naturaleza son infinitas y
los fenómenos naturales son igualmente innumerables. Este criterio,
pues, de investigación es muy limitado e insuficiente, y hay que
buscar otra prueba de convencimiento.
Del mismo modo que donde los sentidos nos muestran a las
estrellas como pequeñas luces, la investigación racional ve poderosos
soles. Y donde nos hacen ver aparentemente el reposo de esos astros,
la ciencia prueba su movimiento mucho más rápido que el de la veloz
locomotora. Del mismo modo también donde la vista y el oído sólo
perciben la quietud de un cadáver, la inducción racional nos evidencia
la vida y la actividad del ser que ha dejado de latir con su corazón,
pero que no por eso se han extinguido sus afecciones, como no se ha
apagado su inteligencia.
54
Manuel Sanz Benito
La muerte, pues, no es la terminación de la vida. La muerte no
es más que la destrucción de los elementos materiales orgánicos de
nuestro cuerpo, que pasan al torrente plasmático para nutrir a otros
organismos; pero la entidad inteligente queda íntegra con sus
facultades.
Para cerciorarnos de la del alma, es preciso ver su realidad; pero
verla en nuestra conciencia, con los ojos de la razón, no con los ojos
de la cara; querer buscarla con el microscopio o el escalpelo es como
querer oír por los ojos y ver por los oídos. Si el espíritu o el alma
(empleamos estas palabras indistintamente) tiene realidad, es que ni su
existencia ni su vida depende del cuerpo: su relación será de
condicionalidad, pero no de dependencia necesaria, como la relación
que pueden tener por ejemplo la luna con la tierra. Sin la luna no hay
eclipses de este satélite, pero la tierra puede existir sin ella y no es
necesaria para otra porción de fenómenos. Del mismo modo sin el
cuerpo no hay vida humana, pero puede sin él vivir el espíritu.
Veamos, pues, si es posible atestiguar esta independencia del espíritu
en su vida propia del cuerpo, o por el contrario, si aquel no es más que
una función del cerebro.
Si existiera correlación y dependencia entre la fuerza física o
corporal y la fuerza psíquica o espiritual, pudiera admitirse que esta no
es más que una resultante de las diversas fuerzas combinadas que
actúan en el organismo; pero si, lejos de haber ese paralelismo y
correspondencia, hay muchas veces oposición y siempre la fuerza
mental es de otro orden que la del cuerpo, bien podemos concluir que
no se derivan del mismo origen ni tienen el mismo principio. El
hombre de fuerza más hercúlea, capaz de levantar un gran peso, puede
muy bien ser incapaz de sostener fija la atención para resolver un
problema algo difícil, y el que resiste la fatiga, el hambre, sed y frío
quizá es también débil e irresoluto ante la menor pena que aflige su
ánimo y la más insignificante duda que agita su inteligencia.
Además no solo difieren en el orden, género o cualidad de
manifestación la fuerza psíquica y la física, se diferencian también en
la cantidad, en el alcance de sus funciones. La actividad del espíritu es
indefinida, aunque nunca infinita; es una cantidad que constantemente
se aumenta. Así el cuerpo llega a tener un determinado peso, volumen
y altura, que luego no aumenta, mientras que el espíritu
constantemente aumenta y mejora sus conocimientos, su voluntad, sus
55
La Psiquis
afectos. El gimnasta de musculatura más desarrollada dará un salto de
determinada longitud o un golpe de tal intensidad, pero no pasará de
allí. Mas ¿quién puede negar que el alcance de la inteligencia es
mucho mayor? Mientras al primero le es imposible atravesar un ancho
río o derribar un fuerte muro valiéndose tan solo de su fuerza física, la
inteligencia encontrará medios de conseguir lo uno y lo otro. Es, pues,
superior en cantidad y cualidad la energía o poder espiritual a la
actividad corporal. Y si es superior no puede originarse aquella de
esta, el espíritu del cuerpo, que nunca la suma es superior a los
sumandos ni de distinto género. Y de ser cierto el materialismo,
tendríamos que la materia gris y la materia blanca cerebral,
circunvoluciones y anfractuosidades, nervios, músculos y huesos,
vendrían a dar como resultado de sus funciones una fuerza de mayor
alcance y poder y de distinto orden, cual es la fuerza mental.
Por otra parte, no se compagina el cambio continuo de
moléculas orgánicas con la permanencia del yo, de nuestra
individualidad y conciencia. Aunque nuestro cuerpo, al cabo de algún
tiempo no conserva ni una sola de las moléculas que antes tuvo,
nuestro ser es el mismo, y nuestra conciencia nos atestigua que somos
nosotros el mismo ser de antes y de ahora, a pesar de todos los
cambios del organismo. Por eso tenemos memoria y por eso tenemos
responsabilidad, porque cuando delinquimos somos el mismo ser que
cuando cumplimos la pena que la sociedad o nuestro propio
remordimiento nos impone.
Hay también, según ya hemos indicado, una diferencia esencial
entre el tiempo de la vida corporal y el tiempo del espíritu. Puede uno
tener más años que otro y ser sin embargo más joven en la vida del
espíritu, y a la inversa, contar pocos años de vida y tener más
experiencia de ésta que un anciano. El que apenas salió de la aldea en
que ha nacido conoce muy poco del mundo y de la sociedad por
muchos años que cuente, y el que tuvo una vida dilatada, pero sin
dudas, aspiraciones, tristezas, pasiones y anhelos es un verdadero niño
en la vida del alma, lo que prueba que estas dos vidas no son siempre
paralelas, que un corazón de pocos años puede latir a impulso de
emociones no experimentadas por hombres de edad ya madura, los
cuales aunque durante mucho tiempo vieron la luz del sol, pueden
muy bien estar a oscuras en muchas ideas que su inteligencia no ha
concebido.
56
Manuel Sanz Benito
Pruébanos también la realidad del espíritu y su vida propia
distinta de la del cuerpo, los fenómenos de doble sensación y doble
movimiento que a veces experimentamos hasta en los actos más
sencillos: el niño que roba un dulce experimenta a la par del placer de
la golosina, temor e intranquilidad por si alguien le observa; y la
madre que se desvela por cuidar a su hijo enfermo, experimenta a la
vez que la molestia del insomnio, el placer de cuidar por su hijo. Del
mismo modo puede el cuerpo resistir perfectamente la fatiga y haber
pereza intelectual, mejor de la voluntad (por eso se inculpa al
holgazán); y deseos de trabajar por parte del espíritu y laxitud y
dejadez del cuerpo que lo impida; es decir, movimientos y fuerzas
encontradas.
La aspiración a una vida mejor donde los actos tengan todos su
sanción, lo mismo los meritorios que los culpables no ha de ser una
mera ilusión cuando los hechos patentizan que el espíritu no depende
en su vida del cuerpo, y por tanto, que al disgregarse aquel para
formar nuevos cuerpos, el alma subsistirá con sus propiedades
esenciales para conocer, amar y realizar lo verdadero, bello y bueno.
Hace 23 siglos por defender estas mismas ideas de la
inmortalidad del alma y de la existencia de Dios fue condenado
Sócrates a muerte. Y antes de beber la cicuta dijo a sus discípulos, que
estaban tristes: «Parece que teméis, como los niños, que cuando el
alma sale del cuerpo la arrastran los vientos, sobre todo cuando se
muere en tiempo de borrascas.» «Si hay algo inmortal e imperecible,
nuestras almas deben serlo.»
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XII
La inteligencia en general y la inteligencia discursiva
La inteligencia es la luz espiritual: por ella el espíritu se
distingue como tal de los demás seres. Se define diciendo que es la
facultad de conocer; pero conocer es lo mismo que tener inteligencia
de las cosas o comprender lo que son.
Conocer las cosas es saber lo que son. Esto, sin embargo, es
bastante vago. El saber lo que una cosa es puede tomarse en dos
sentidos o considerarse bajo dos aspectos: puede uno decir, que saber
lo que es una cosa, consiste en conocer algo de ella, y puede uno
considerar el conocimiento de una cosa cualquiera como el
conocimiento en totalidad. En este último sentido es en el que debiera
tomarse, porque realmente no es conocer una cosa, conocer algo de
ella. En el momento en que hay algo de la misma que se nos escapa a
nuestra comprensión, ya no podemos decir que conocemos sino parte
de la misma cosa.
Pero este conocimiento total, es imposible: en cualquier sentido,
bajo cualquier aspecto que se considere un ser, una cosa, una
propiedad, una relación, etc., no cabe considerarla en totalidad, porque
ese ser, no es lo que es por sí mismo tan solo, sino por el resultado de
sus relaciones con los demás; y para precisar sus aptitudes,
propiedades y relaciones, sería menester estudiar todas las fuerzas,
todos los seres y todas las relaciones que con él contribuyen a que
tenga tales propiedades.
Este conocimiento relativo y parcial de los seres que cabe en
nuestra inteligencia limitada, es consecuencia de nuestra percepción.
En la medida que percibimos, podemos conocer. La sensación es la
base de nuestro conocimiento; pero esta sensación está a su vez
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La Psiquis
condicionada por el cuerpo, por los órganos que nos sirven de medio
para recibir impresiones. Tras de la sensación surge la idea; pero la
idea no es ya la sensación, no es la misma sensación transformada,
como la vida no es el juego mecánico de los órganos. Hay algo más: la
idea surge de la sensación y en ella se apoya, pero la traspasa.
Hay que ver luego, cómo siendo la sensación concreta, hay en
nosotros, no sólo ideas relativas, según las impresiones
experimentadas, sino ideas de permanencia, de lo universal, de lo
infinito; es decir, ideas que no son simplemente percepciones ni
generalización de éstas, consecuencia de sensaciones, sino verdaderas
ideas.
También el paso de la sensación al conocimiento que tanto ha
preocupado, está por resolver. Nosotros percibimos las cosas, no tal
como son en sí, sino como son en nuestra inteligencia por los medios
que nuestro organismo nos presta y el desarrollo intelectual adquirido;
pues para ver, por ejemplo, no bastan solamente ojos y luz, sino
inteligencia que perciba, y la inteligencia percibe en razón de su
progreso realizado. Además que las cosas tampoco puede decirse que
son nada en sí, por lo menos nada estable, porque siendo el mudar ley
universal de los seres en medio de su identidad, claro es que nuestra
inteligencia, de percibirlas tales como eran, tendría que ver los
continuos cambios y mudanzas en los seres observados. Y como esto
no se verifica, pues ante nuestra observación se presentan casi siempre
iguales en dos momentos sucesivos de corto intervalo, resulta que
tampoco es posible conocer las causas de las cosas y los seres, tales
como son en sí, sino tales como se nos presentan por nuestros medios
de conocimiento.
A primera vista parece una paradoja decir que el discurrir indica
poca inteligencia, como ya afirmaba el Doctor Angélico; sin embargo,
hay que convenir en que es una verdad. No quiere esto decir en
manera alguna que aquel que discurra o razone más y mejor que otro,
vaya a tener menos inteligencia que éste. Esto sería absurdo, pues
claro es que, entre dos hombres, decimos que tiene entendimiento más
perspicaz e ingenio más profundo aquel que advierte relaciones en las
cosas, halla consecuencias y descubre leyes, que al otro pasan
desapercibidas; es decir, al que discurre con más acierto.
Pero decimos que el hecho de tener que discurrir, de necesitar
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Manuel Sanz Benito
raciocinar, indica escasa inteligencia. En efecto; discurrir o razonar es
ir de una idea a otra, relacionar una cosa con otra, ya directamente, ya
por el intermedio de otra tercera; en el primer caso, al raciocinio le
llamamos inmediato; en el segundo, mediato.
Ahora bien; la mayor parte de las verdades que adquirimos, lo
son por derivación de unas respecto de otras; no por intuición primaria
e inmediata de las mismas. No solo esto, sino que en la mayoría de
nuestras comparaciones tenemos necesidad de apelar a un tercer
término, porque nuestra inteligencia es tan obtusa, que comparando
una cosa con otra, no halla la analogía o la diferencia entre ambas sino
valiéndose de ciertos rodeos. Así, por ejemplo, si todos los
razonamientos consistieran en averiguar si una ciudad es más grande
que una casa, no hay duda que, comparando las dos, inmediatamente
deduciríamos la mayor capacidad de la ciudad. Pero que nos digan
cuántas líneas tiene una página, cuántos hombres hay en una reunión,
y ya habrá que hacer varias comparaciones: ver las veces que la línea
está contenida en la página, o las veces que la unidad hombre está
contenida en la totalidad de la reunión. Aún es mayor la complicación
si tratamos de averiguar, por ejemplo, si una operación de multiplicar
o de dividir está bien hecha; y sube más y más la dificultad cuando se
necesita la aplicación de diversos procedimientos, y una serie de
observaciones y pruebas eslabonadas, como para probar la circulación
de la sangre o el movimiento de la tierra.
Todo esto sucede porque adquirimos el conocimiento por
discurso, no por intuición, y por discurso mediato, en que entran
términos múltiples, no por raciocinio inmediato, en que solamente se
comparan dos ideas para deducir la analogía o la diferencia entre sí.
Pues bien; si nuestra inteligencia procediese por intuición o
percepción directa, inmediatamente de atender a una cosa
percibiríamos la verdad que contiene; y no significa esto que
comprendiéramos toda la verdad, sino que, así como inmediatamente
de atender al sol vemos su luz, sin que por esto abarquemos toda la
luz, podría suceder que instantáneamente de fijarnos en un asunto
cualquiera, descubriésemos parte de la verdad, sin que por esto
notásemos muchas de las infinitas propiedades que en dicho objeto
existiesen.
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XIII
La sensación y la idea
No hay una idea en la mente, ni un hecho en la Naturaleza, de
que el hombre no haya dudado, sobre cuya realidad no haya
cuestionado poco o mucho, dejándose, en ocasiones, llevar del más
desesperante escepticismo y mirando a través del prisma de la
incertidumbre cuanto ha sido objeto de su pensamiento. La existencia
de Dios, del alma, del mundo, ha sido puesta en tela de juicio, y aún
por algunos lo es todavía; y ciertamente que al ver la multitud de
opiniones, el ánimo no puede menos de preocuparse y preguntar:
¿dónde está la verdad? Si la certidumbre existiera, si la seguridad del
conocimiento hubiese, ¿por qué esa variedad de pareceres, origen de
infinidad de disputas?
¿El mundo externo existe tal como lo percibimos, o depende su
percepción de las condiciones de nuestros sentidos, que variando
harían cambiar también las cualidades que a los cuerpos atribuimos?
Désenos un oído mejor conformado, y el estampido y el choque de los
cuerpos nos parecerán, en vez de ruidos instantáneos, sonidos
continuos y perfectamente distintos, y nunca el silencio existirá para
nosotros. Tuviéramos un ojo más perfecto, y no habría oscuridad, ni
color negro o ausencia de color, y percibiríamos mil pabellones de
tintas desconocidas, con multitud de cambiantes de luz. Que nuestros
músculos, nervios, epidermis, etc., fuesen más delicados, y la cera nos
parecería como hoy el hierro, y el aire como la cera, y las sensaciones
de dureza y blandura, suavidad y aspereza, calor o frío, etc., que las
juzgamos por comparación con el estado de nuestro organismo,
estarían completamente cambiadas. Cambiada la sensación, varía la
imagen, concepto o noción que la mente se forma. Y como el hombre,
mientras cuerpo tenga, no puede pensar del mundo externo sin estos
datos que el mundo le ofrece y los sentidos modifican, de aquí que la
63
La Psiquis
inteligencia siempre está condicionada a la esfera de realidad que
siente o percibe y al modo como la ve y toca. Por consiguiente, las
propiedades que a los cuerpos asignamos resultan de nuestra relación
y comparación con los cuerpos mismos, siendo variables, cuando los
medios de percepción varían. Por eso, más allá de las percepciones
que del mundo material tenemos, existe una infinita realidad
desconocida, un infinito número de propiedades incógnitas aún, pero
no incognoscibles, que sucesivamente el hombre irá conociendo según
vayan perfeccionándose sus sentidos y medios de percepción.
Resumen de lo dicho es: que siendo el conocimiento una
relación entre un sujeto pensante y un objeto cognoscible, cuando este
objeto llega a la inteligencia por el intermedio de los sentidos, que lo
modifican siempre, el sujeto o ser que piensa no puede tener certeza
de que el objeto que conoce sea tal como lo conoce. Luego del mundo
y sus múltiples fenómenos, el hombre solamente puede tener un
conocimiento relativo a la esfera de su estado, nunca conocimiento
absoluto ni perfecto.
Pasemos de la esfera del mundo externo a la de nuestro Yo, a lo
más íntimo que en nosotros existe. ¿Es el Yo una serie continua de
sensaciones e ideas producidas por corrientes nerviosas que se chocan,
cruzan y anastomosan, efecto a su vez de impresiones recibidas, o es
un ser subsistente en medio de sus mutaciones, no resumen de
propiedades, actos y fenómenos, sino, a la inversa ens de cuya realidad
se derivan esas mismas propiedades y fenómenos como un efecto de
su causa?
Lo primero afirma la escuela positivista y materialista de todos
tiempos, pues que siendo, según ella, el pensamiento y demás
fenómenos psíquicos, fuerzas que de la materia proceden cuando
determinadas condiciones adquiere, renovándose ésta constantemente
renuévanse sus efectos, y la sucesividad de estados materiales
engendra la sucesión de pensamientos, y el desarrollo corporal, el
desenvolvimiento del espíritu, y la salud del cuerpo, la lozanía de la
inteligencia; y la enfermedad y atrofia de uno o varios órganos
cerebrales, la enfermedad y suspensión de facultades determinadas
(pérdida de la memoria, de la facultad de hablar, etc., demencia,
idiotismo y locura); y la vejez del cuerpo, la declinación de la fuerza
pensante; y la destrucción del organismo, la desaparición de esa fuerza
como resultante del mismo. Por consiguiente, para los que así opinan,
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Manuel Sanz Benito
la idea de Dios y la del alma inmortal no pasan de ser conceptos
puramente subjetivos, sin otra realidad que la que nuestra mente les da
y que desaparecerán cuando desaparezca la última corriente nerviosa
que las engendró.
Lo segundo han sostenido siempre las diferentes escuelas
espiritualistas que se han disputado el dominio del pensamiento y el
dominio de las conciencias en los diferentes siglos.
¿Y qué pruebas han dado de que existe ese Yo, denominado
alma o espíritu, como ser que piensa, siente y quiere, invariable en
medio de sus cambios? En primer lugar, la memoria que supone la
continuidad del mismo ser que reproduce sus conocimientos, y en
segundo lugar, la libertad de las determinaciones en el ser consciente
contra el curso fatal y necesario de los fenómenos de la Naturaleza.
Pero no es esto bastante. Si bien los positivistas no han
conseguido explicar de manera satisfactoria la memoria por el simple
movimiento atómico-cerebral, por la excitabilidad de los órganos que
les hace aptos para recibir impresiones análogas y reproducir las ya
sufridas, ni aún haciendo intervenir para la asociación de las ideas la
llamada química mental, y los deterministas no han logrado inclinar de
su parte la balanza para hacer suprimir del vocabulario científico las
palabras «voluntad» y «libre albedrío», asimilando los actos
conscientes a los inconscientes, siendo la resultante de las fuerzas que
solicitan y motivan la acción; es lo cierto que basta que estas
cuestiones se controviertan, y se susciten dudas y negaciones,
fundándose en las razones o datos que al parecer les prestan
determinadas ramas de los conocimientos humanos (fisiología, física,
química, etc.), para que se comprenda que la verdad plena y evidente,
que la certeza palmaria y completa de la Psiquis no ha sido mostrada
por las diversas escuelas más que por el simple raciocinio.
De ahí la necesidad de apelar al método experimental.
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XIV
La energía y el hábito
Hay en nosotros, como fuera de nosotros, multitud de fuerzas
que nos son desconocidas, y otras que, poco a poco, nos van revelando
sus misterios. Desde hace muchísimos siglos ha existido el ámbar, y
este cuerpo, frotado, siempre ha tenido la propiedad de atraer los
cuerpecillos ligeros; pero sólo al cabo de mucho tiempo se le ocurrió
reparar en esta propiedad al filósofo Thales de Mileto. Y de igual
suerte que el ámbar, otros cuerpos tienen también esta propiedad, que
hasta hace muy poco no ha sido observada en ellos. Esta fuerza que
hemos convenido en llamar electricidad, y que, ya de un modo, ya de
otro, existe en todos los cuerpos, no ha sido reconocida como tal hasta
tiempos bien recientes, sin embargo de producir sus fenómenos con
arreglo a leyes determinadas.
Esto que decimos de la electricidad, pudiera decirse de otras
muchas cosas y fenómenos que no han sido apreciados hasta el día.
Una de estas fuerzas, casi desconocidas para nosotros en su valor,
porque ni hemos reparado bien en sus efectos, ni hemos sistematizado
sus hechos, ni explicado sus causas, es la voluntad humana.
La antigua Psicología reconocía en el hombre tres potencias o
facultades: memoria, entendimiento y voluntad; pero poco, muy poco,:
se ha hablado de la última. La mayor parte de los filósofos han
dedicado sus fuerzas a investigar las leyes por las cuales se rige la
inteligencia. Sin embargo, en nuestros días Stuart Mill, Bain, Ribot y
otros han reconocido la altísima importancia del estudio de la
voluntad, fundando la llamada Etología, o ciencia del carácter. Con
todo, a pesar de ser la voluntad una fuerza poderosa, la más potente de
que el hombre dispone, sus efectos han pasado casi desapercibidos, y
su estudio está todavía en mantillas.
67
La Psiquis
La voluntad, a poco que nos fijemos, vemos que no es la misma
en intensidad y desarrollo en todos los individuos, como no es la
misma la inteligencia, ni las demás facultades de que disponemos.
Manifiéstase en unos individuos lánguida y perezosa, con poca energía
para obrar, mientras en otros es enérgica y poderosa. En unos es
intermitente, aunque fuerte, cesando pronto sus efectos, pero obrando
con gran energía cuando se manifiesta, como un resorte que se
desarrolla y que al momento deja de funcionar. Manifiéstase en otros
perseverante, pero con suavidad, con dulzura; de manera que, ni por el
tiempo en que verifica sus actos, ni por la intensidad con que los
ejecuta, hay igualdad; y hasta en el mismo individuo se observan a
menudo cambios, producidos unas veces por acontecimientos
importantes o inesperados de su vida (enfermedades, disgustos graves,
pérdidas de fortuna, etc.), originados otras veces por el trabajo y la
labor sucesiva de su existencia. Así las expresiones de perezoso y
trabajador, hombre débil y hombre enérgico, hombre perseverante y
hombre inconstante, indican la característica en el modo de
manifestarse la voluntad.
La voluntad, obrando en un momento dado, produce actos de
arrojo, de valor y de heroísmo que nos asombran; o por el contrario,
actos de miedo y cobardía originados por una emoción de espanto y de
terror. Indudablemente que muchos héroes que en un momento de
peligro se han abalanzado sobre sus enemigos para encontrar honrosa
muerte, puede decirse que no han obrado en virtud de madura
reflexión, sino que la mayor parte han ejecutado esos actos de arrojo
obedeciendo a un impulso momentáneo, más o menos inconsciente; y
quizá de haber durado más tiempo, hubiera venido el arrepentimiento
a amenguar en mucho el mérito alcanzado.
Pero, si la voluntad, obrando en un sólo impulso, ha engendrado
rasgos que nos maravillan y nos hacen ver hasta dónde puede llegar su
alcance, la voluntad reflexiva y persistente nos asombra más, porque a
ella se debe la mayor parte de las mejoras y perfeccionamientos
obtenidos por la humanidad.
En efecto; por poderoso que sea un momento de pensamiento
genial, se necesita realizar aquello que en el calor de la imaginación se
prevé, y el trabajo es el encargado únicamente de hacer real y efectivo
lo que el pensamiento concibió. Para esto es preciso el manejo del
material sensible, dominar lo que hoy se llaman las impurezas de la
68
Manuel Sanz Benito
realidad, lo cual sólo se consigue por el hábito, por el ejercicio
continuado. El hábito produce una mayor aptitud para vencer cada vez
mejor las dificultades, y es completamente necesario para toda obra
que haya de encarnar en la realidad, necesitando antes vencer los
obstáculos del orden material. Así el pianista, por talento y disposición
que tenga, se verá imposibilitado para ejecutar una pieza si no tiene el
estudio y manejo anterior que le es necesario. El pintor, de igual
suerte, por mucho que sea su genio, no podrá pintar, por ejemplo, un
buen paisaje, si cierto conocimiento del dibujo, y hábito anteriormente
adquirido, no le facilitan el trabajo. El orador, del mismo modo,
independientemente de sus dotes intelectuales, tendrá más o menos
facilidad para expresarse, según la práctica adquirida. Por
consiguiente, el hábito es completamente necesario, y no se consigue
sin el trabajo continuado.
De todo esto se deduce una gran enseñanza; y es que la facultad
más importante, y que es conveniente cultivar con más esmero, es la
voluntad. Apenas si sabe uno querer, y es tan importante saber querer,
que de ello depende el poder realizar la mayor parte de las cosas que
uno anhela y se propone.
La voluntad determina e impulsa los actos más trascendentales,
y también los más insignificantes de la vida, y según la mayor o menor
energía con que procedemos a su ejecución, así los realizamos con
mayor o menor facilidad. Esta energía interna que desplegamos, hace
que sintamos menos los obstáculos interiores. En cambio, cuando
obramos con laxitud, sentimos más vivamente toda clase de
dificultades.
La historia nos muestra ejemplos múltiples de lo mucho que ha
podido la voluntad humana. Meyerbeer, trabajando quince horas al día
para escribir los Hugonotes; Bernardo de Palisy, empleando más de
veinte años de continua labor hasta descubrir el esmalte de la
porcelana; Guttenberg trabajando más de diez años para fabricar la
primera máquina de imprimir; Stephenson, empleando otros diez años
de continuo trabajo antes de conseguir ver rodar la primera
locomotora; Newton, pensando siempre, como él decía, para descubrir
el misterio de la gravitación universal; éstos, y otros muchos casos que
pudieran añadirse, son prueba de lo que decimos, de que a la voluntad
reflexiva y persistente debe la humanidad sus mayores triunfos y
progresos.
69
La Psiquis
La voluntad, aún persiguiendo objetos completamente
irrealizables, por ejemplo, la utopía del movimiento continuo, no es
del todo infructuosa. No se pierde en el vacío el esfuerzo empleado.
Pues por una parte, en la esfera subjetiva se produce un hábito de
trabajo que facilita en gran manera el ejercicio de nuestra actividad,
cuando la dedicamos luego a empresas mejores; y por otra parte, en la
esfera objetiva se obtienen a veces ventajas y utilidades no previstas,
como el invento del telar mecánico, que ha salido precisamente de esa
utopía del movimiento continuo.
Extraviada la voluntad, movida por impulso de odio y de
venganza, ofrece también ejemplos de su gran fuerza y actividad.
Aníbal, Almanzor, Napoleón, todos los grandes guerreros y tiranos
nos prueban hasta dónde puede llegar una voluntad pervertida.
En cambio la voluntad, inspirada en el amor hacia nuestros
semejantes, nos ofrece el ejemplo de multitud de mártires que
sacrifican su vida con la mayor tranquilidad, dando gracias al cielo por
haberles dispensado tan alto honor. Los héroes que han dado su vida
en holocausto de una idea generosa, todos ellos movidos por un
inmenso amor, impulsados por nobilísimos sentimientos, han
consagrado una voluntad enérgica y decidida al servicio de tan justas
causas. Por eso, mostrándose generosos en medio del egoísmo social,
han aparecido a veces como extraños a la vida de su época, y han sido
rechazados y señalados con el dedo por la imposibilidad de ser
comprendido su caluroso entusiasmo por corazones egoístas, yertos y
petrificados por el positivismo utilitario.
De todo ello se deduce que querer, querer mucho y querer bien,
es el medio para vencer multitud de obstáculos, que de otro modo nos
parecen imposibles de salvar.
El estudio de la voluntad, o mejor el desarrollo de la voluntad,
está sometido a ley. Y así como la Lógica al indicarnos las leyes que
rigen la inteligencia en su desarrollo, puede prestarnos un gran
servicio, la Etología al marcar las leyes que debe seguir la voluntad en
su desenvolvimiento, ha de ser como otra Lógica, la Lógica de la
voluntad, cuyas consecuencias son en extremo importantes. Quizá por
ahora, esas leyes habrán de tener un carácter empírico como inducidas
de la observación de los hechos, pero servirán de dato y motivo para
que en el porvenir se analicen mejor, y se establezcan mejor sus
70
Manuel Sanz Benito
fundamentos: de algo valdrá el poner las primeras piedras del edificio.
De material podrá servir el estudio biográfico, hasta donde sea
posible, de todos esos individuos que han descollado en este ejercicio
de la voluntad, debiendo ver la manera como vencieron los obstáculos
tanto internos como externos, procurando imitarles siguiendo la ley de
lo fácil a lo más difícil.
Esta ley es también el camino que ha de seguir la voluntad. La
voluntad supone esfuerzo, y el caso es medir el esfuerzo por el
obstáculo vencido, o mejor medir el obstáculo por el esfuerzo que hay
que emplear.
También hay otra ley: como la voluntad se determina en virtud
del impulso de la conciencia, para que no se determine en sentido
inconveniente, hay que empezar por matar ese impulso, hay que matar
el deseo cuando este es contraproducente.
71
La Psiquis
72
Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XV
El trabajo
La cuestión de la energía tiene íntima relación con la del
trabajo.
La actividad o el trabajo es una ley de la naturaleza: No hay
nada que no sea activo, no hay nada que no trabaje. Pero entendemos
ordinariamente por trabajo el esfuerzo, lo que causa molestia, lo que
cuesta fatiga, lo que supone actividad forzada, y en este sentido es el
trabajo realizado con una intensidad mayor o menor, según el efecto
producido, equivalente al mayor esfuerzo del sujeto o ser que lo
verifica. Y quizá, quizá los que más se esfuerzan, puede que sea
porque menos facilidad tienen para conseguir el efecto apetecido, en
cuyo caso resultaría que, a mayor esfuerzo, menos cantidad de trabajo;
pero tratándose de un mismo ser, no cabe duda que a mayor esfuerzo,
mayor actividad y mayor efecto producido.
Descartando el trabajo o la actividad elaborada por todos los
seres de una manera inconsciente, nos fijaremos en el trabajo que el
hombre realiza. Este es de varias clases, según el objeto a que se
dirige, y según la forma o el medio ideado para realizarlo. Si
atendemos al objeto al cual encaminamos nuestros esfuerzos, el
trabajo puede ser físico o mental; por la forma, el trabajo puede ser
mecánico e inteligente, material o moral, lo mismo que sea individual,
que sea colectivo.
Prescindiendo del objeto que verificamos durante nuestro
trabajo, tenemos como principal división el trabajo físico y el trabajo
intelectual. Realmente no hay esa separación; todo trabajo es la
aplicación de nuestras facultades, todo nuestro ser, toma parte; pero
pudiendo haber más o menos intensidad o grado de intervención,
73
La Psiquis
resulta que puede ser más o menos mecánico, más o menos
inteligente.
Concepto muy erróneo es el tenido vulgarmente acerca de la
virtualidad y eficacia del trabajo, creyendo muchos que solo el trabajo
del obrero, que solo el trabajo mecánico es el que verdaderamente
debe llevar este nombre. Por el contrario, el trabajo, cuanto más
intelectual, es más poderoso; produce mejores efectos, y por
consiguiente, a lo que debe aspirar el hombre es a que todo su trabajo
sea lo más intelectual posible, haciendo, como decía Aristóteles, que
el huso y la lanzadera trabajen solos.
Todo trabajo es psicofísico, del espíritu y cuerpo, si bien
prepondera uno u otro elemento. Hoy, por desgracia, la mayoría de la
humanidad emplea todavía un trabajo casi mecánico. De ahí las crisis
frecuentes: reducido el hombre a trabajar como una máquina, otra
máquina mejor le puede sustituir; lo que no tiene sustitución es la
inteligencia.
Supongamos un estado de la humanidad más perfecto.
Supongamos que la mayor parte de los obreros que hoy se emplean en
extraer el carbón de las minas, en el laboreo de las tierras y en las
primeras industrias, se dedican a cultivar las ciencias y las artes, y que,
atendidas las primeras necesidades de la vida física, el hombre tiene
mucho más tiempo disponible para poder satisfacer las necesidades
morales, y tendremos entonces una civilización tan poderosa y tan
diferente de la actual, que no nos es posible por el pronto imaginar.
Además, hay que atender, no tan solo al trabajo individual, sino
al trabajo colectivo; porque la asociación multiplica las fuerzas, y si la
ciencia consiguiera dominar las primeras necesidades del hombre, las
facultades de éste se aplicarían a dar solución a otras necesidades del
orden moral, alimentando su espíritu con la verdad, y su corazón y su
fantasía con la belleza.
Si el trabajo, pues, es ley de todo ser de la cual ninguno se
puede eludir, el trabajo inteligente y que al bien se dirige, es el que
más hace progresar y merecer. Tan sólo el holgazán, más aún que el
malvado, puede poner en duda la eficacia del trabajo. Es, se puede
decir, la primera ley que rige el cosmos; pues toda actividad es trabajo,
es decir, fuerza que se contrarresta con otras fuerzas, movimiento que
74
Manuel Sanz Benito
choca, se opone y vence a otros movimientos. Pero el trabajo, cuando
es consciente y persistente, es cuando merece tal nombre. La
inconstancia revela un espíritu débil, pequeño, fugaz en sus
pensamientos y en sus obras, poco progresivo. La constancia y energía
revelan la madurez de un espíritu ya avezado a la fatiga. De aquel que
perseverare más, será el mayor galardón, nunca tan sólo del que mejor
baya pensado; pues el simple pensamiento o intención puede muy bien
no pasar de una idea fugaz, sin fecundidad para la vida real.
Trabajemos, pues, en todo momento, pero con orden, con
método, y con perseverancia, sin violencia y sin fatiga, y jamás
debemos desconfiar del éxito aún cuando nos resulte fallido nuestro
cálculo en el resultado que pensábamos, porque redundará siempre en
beneficios que no habíamos sospechado.
No hay acto insignificante ni pequeño, y no hay esfuerzo inútil.
Procuremos que todos sean para el bien, y no nos cuidemos de sus
alcances; que si una chispa es bastante para inflamar una gran cantidad
de pólvora y hacer volar una fortaleza, una acción es bastante para
poner en conmoción todas las fibras del espíritu.
75
La Psiquis
76
Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XVI
El Positivismo, como verdadero Idealismo
Cansados estamos de oír continuamente: «Nada de filosofías,
nada de hipótesis sin realidad: todas ellas son idealismos del
pensamiento; fantasías de la imaginación que pretende hacer valederas
las abstracciones metafísicas, tales como Dios y el alma. Lo que hace
falta son hechos, no abstracciones, hombres prácticos y no soñadores
filósofos que emplean el tiempo en investigar la esencia de las cosas.
Pues que hemos de vivir aquí abajo, no nos preocupemos de lo que
hay allá arriba; ya que la Naturaleza nos ha colocado en este mundo
material, conduzcámonos como seres materiales, procurando alcanzar
el mayor bienestar posible, sin hacer caso de otros bienes extra-
terrenales, que maldito para lo que sirven en la vida.»
Estas son, poco más o menos, las palabras que se repiten en
todas partes y lo peor del caso no es que se digan, sino que constituyen
el criterio moral de muchas gentes. Para éstas hay dos clases de
hombres: teóricos y prácticos. Los primeros, idealistas, soñadores, que
pierden inútilmente el tiempo dejando vagar la imaginación sobre
cosas muy bonitas, pero que no existen. Los segundos, verdaderos
hombres prácticos, se dedican a emplear su tiempo en algo positivo
que satisfaga las necesidades más o menos perentorias de nuestra
existencia, lo mismo para alimentar y vestir el cuerpo, que para dotarle
de toda clase de confort y comodidades.
Y este criterio se aplica también a la esfera del arte, y se
proscribe todo lo que sea ideal, reduciendo su objeto y finalidad a ser
mera imitación de la Naturaleza. No es esto lo peor, sino que
entendido por algunos espíritus estrechos que en la Naturaleza solo el
mal tiene realidad, y el bien únicamente por excepción, pretenden que
la verdadera realidad es la expresión de lo más grosero y bajo que el
77
La Psiquis
hombre produce en la vida. Así en la novela, en el drama o en el
cuadro no dan a conocer el heroísmo, la abnegación y el sacrificio, ni
siquiera la virtud del que se esfuerza por ayudar a sus semejantes; nos
representan los tipos de la sensualidad y embrutecimiento más atroz,
no entremezclados con otros buenos, tal como en la vida los
distinguimos, antes bien, barajados con los que expresan el egoísmo
más frío, la avaricia más sórdida y la abyección más repugnante.
Urge oponerse a esta corriente avasalladora de positivismo que
nos rodea, y que se refleja en todas las múltiples manifestaciones de la
actividad.
Con efecto, no hay más que fijarnos en ese egoísmo
desconsolador, en esa lucha del más fuerte contra el más débil, en las
ficciones y engaños que emplea la diplomacia, para ver cómo, a pesar
de todos los sofismas, el móvil de sus actos es siempre la ambición, y
con esta mira se pactan tratados, se celebran alianzas y se despoja a
pueblos enteros de su independencia.
En la filosofía se desprecia todo lo más noble y elevado: Dios,
el alma, la virtud, el progreso, no tienen para estos pseudo-positivistas
otra realidad que la que les presta nuestra acalorada fantasía, y así que
descansen nuestros huesos, en cuanto nuestro cerebro deje de estar
caldeado por el fuego de la sangre, ya no habrá pensamientos, ni
afecciones, ni nada; dejaremos de ser para formar parte de una planta
o de una flor.
No nos desanime nada de esto. Antes bien, con los mayores
bríos, procuremos oponernos a esta filosofía de transición, cuyo
criterio consiste en negar la existencia de la filosofía. A este idealismo
al revés, que sólo quiere ver de la realidad el lado bajo y grosero de las
cosas. A este positivismo de lo actual, de lo que se palpa, como si el
hecho, lo del momento, lo que en un punto o en un pueblo puede
constituir la norma de sus actos pudiera erigirse como criterio de
verdad, como ideal humano a través de todos los tiempos y de todos
los siglos.
Con este mismo criterio el cristianismo nunca hubiera triunfado,
porque lo positivo en el mundo romano era la sensualidad más
espantosa: un pueblo envilecido y una corte de magnates más
envilecida aún. Pero la opinión de unos cuantos pudo más que el resto
78
Manuel Sanz Benito
de los demás; porque en su apoyo contaban con la razón y la justicia.
Cuando alguna creencia vacila, se duda de todo, como cuando una
desgracia nos apena nos consideramos los más desgraciados; pero
pasada la impresión, se justiprecia mejor. Del mismo modo debemos
pensar que no debe ser el llamado Positivismo el ideal que informe la
Filosofía, ni que se deba aplicar a la vida.
Tiene esta Escuela por único criterio y fuente de conocimiento
la observación sensible, y como regla o principio general para hallar
sus leyes la inducción que en esta misma observación se apoya; de
manera que todo lo que trasciende o supera a dicha observación
sensible, se niega, se relega a la esfera de lo indiscernible, que dice
Hartmann, o de lo incognoscible, que dice Spencer, como imposible
de percibirse; y, por tanto, imposible de ser comprendido.
Dícese por esto que el Positivismo es un Idealismo al revés.
El idealismo lo mismo de Platón que de Hegel, los más
exaltados, ha menospreciado la experiencia, el dato sensible, y ha
querido explicar la realidad, sin atenerse a lo que la realidad muestra.
Platón desprecia todo conocimiento que no sea el filosófico, es decir el
que tenga carácter de permanencia, y para él las cosas que pasan y
cambian no tienen importancia, y Hegel describe las infinitas
evoluciones de la idea que la identifica con el ser diciendo que
consiste en el mudar continuo, no ateniéndose a lo que la realidad nos
muestra en las transformaciones de todos los seres, sino queriendo
explicar dichas transformaciones por leyes subjetivas, que le han
hecho famoso con sus tricotomías o sus tesis, antítesis y síntesis. De
esta suerte llegó a decir que las cosas se diferencian precisamente
porque son semejantes.
Ahora bien, el Positivismo niega el pensamiento racional, el
conocimiento con carácter universal infinito, y para él no existen más
que generalizaciones más o menos empíricas cuya base y fundamento
es siempre la experiencia. De manera que así como Platón despreciaba
el saber que tenía carácter mudable, el Positivismo desprecia el
conocimiento que tiene el carácter permanente, y esto es un verdadero
idealismo porque es también apreciación errónea: en el hombre por
ejemplo el Positivismo no reconoce nada permanente; de manera que
no hay la identidad del ser; no ve en él más que moléculas que
sucesivamente se cambian, y esto es tan falso como el extremo
79
La Psiquis
contrario, pues tan erróneo es negar que nuestro ser permanece el
mismo en medio de sus cambios, como negar estos mismos cambios.
En lo que decimos espíritu, no ve el Positivismo más que una
sucesión de estados, nunca un ser que produzca estos estados. En el
universo no admite más que antecedentes y consecuentes, jamás
causas y efectos, de manera que no hay inteligencia directora y
ordenatriz. Y en la ciencia en general no ve nada más que un medio
para extender nuestras percepciones, nunca un conocimiento seguro y
racional por fundamentarse en la naturaleza de las cosas, puesto que
esta naturaleza es negada o reducida a unos cuantos fenómenos que la
observación nos muestra.
De manera, que como niega el dato permanente, ya en los seres,
ya en el conocimiento, es un idealismo al revés del idealismo que
niega el dato sensible; y por aquello de que los extremos se tocan, del
Idealismo hegeliano en lo que se ha llamado la izquierda ha nacido el
moderno Positivismo.
Ahora bien, cuando en todas partes existía la esclavitud, ¿en qué
inducción se apoyó todo pensador que la combatió? En ninguna
inducción empírica. El fundamento fue, sin duda, un principio
racional. Y aunque por todas partes la hubiera, bastaba tener idea de la
libertad humana y del deber universal, para comprender la injusticia
de esta institución. ¿En qué experiencia sensible hubo de apoyarse
Pitágoras para afirmar el movimiento de la tierra, y lo mismo todos
aquellos que presintieron la habitabilidad de los planetas, sin más
medios de investigación que los sentidos, cuando les faltaban los datos
de su magnitud, peso, distancia, movimiento y condiciones
fisicoquímicas de su atmósfera y de su suelo? Sin embargo,
pensadores de todas épocas afirmaron resueltamente la pluralidad de
mundos habitados. Del mismo modo, cuantos han pretendido oponer
lo que debe ser a lo que es, no se han basado en hechos, sino
precisamente para combatirlos: prueba evidente de que hay en nuestra
naturaleza humana algo más que el conocimiento que se adquiere por
los sentidos; que hay un conocimiento racional que supera al alcance
de la experiencia, conocimiento racional que existe y se desarrolla,
aunque la observación parezca coartarlo a veces.
La razón, pues, es la facultad que ha de conocer lo que tiene
carácter de universal, y no negar, ni mucho menos contradecir, la
80
Manuel Sanz Benito
esfera de la experiencia: existe como una fuente distinta de
conocimiento. De esta suerte, si a ningún ciego podemos dar a conocer
lo que es la luz, y en general a nadie podemos explicar en qué consiste
una sensación mientras no la experimente, nadie tampoco por muchas
que tenga, podrá explicarnos las causas de estas sensaciones, como no
tenga en su inteligencia esta idea de causa que aplica a todos los
efectos.
El Positivismo, por tanto, es una escuela incompleta: limita la
realidad y las fuentes del conocimiento, y en sus exageraciones es un
verdadero Idealismo al revés, pues que sin percibir el átomo, como el
elemento químico, ni la fuerza, ni el éter, ni la célula, formula sin
embargo conclusiones que sólo se basan en meras inducciones,
después de proscribir todo conocimiento que no se comprueba en la
observación sensible.
Esta tendencia pasará, estas exageraciones tendrán su término, y
entonces podremos descartar los grandes bienes que al examen
positivo debemos. Entre tanto, reconozcamos que el conocimiento.
cualquiera que sea, es un compuesto de la presencia de los objetos
ante la inteligencia, y de la atención que por nuestra parte ponemos.
Por consiguiente, en la observación sensible sin el objeto exterior
presente a nosotros, es imposible el conocimiento. En este sentido,
todo cuanto se refiere a la esfera de los hechos y del conocimiento
fenomenal, ha de ser perfectible para el individuo y para la
humanidad. Pero la realidad infinita, como la realidad sensible,
también es presente a nuestra inteligencia, puesto que la comprende;
sin embargo de tener carácter limitado, finito y concreto. Por
consiguiente, si es legítima la experiencia como fuente de
conocimiento de lo individual, justa y legítima es la razón como fuente
de conocimiento de lo absoluto.
81
La Psiquis
82
Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XVII
El nuevo Hipnotismo
Apenas empezaron a estudiarse los hechos del sonambulismo
magnético, se vio la imposibilidad de que fuesen explicados de un
modo racional por los conocimientos fisiológicos de la ciencia actual,
principalmente los fenómenos que desde antiguo se llamaron de
trasmisión de pensamiento, transposición de sentidos y doble vista;
pues sin admitir la existencia real y positiva del espíritu con facultades
propias y distintas de las fuerzas orgánicas, era imposible dar un paso
en su explicación, pues todos los descubrimientos verificados y todas
las hipótesis admitidas para explicar la visión ocular, por ejemplo, son
insuficientes para demostrarnos cómo un sonámbulo con los ojos
cerrados ve a distancia, y a través de paredes y obstáculos materiales,
lo que otro individuo, y él mismo, despierto es impotente para
percibir.
Pero los soi-disant7 hombres de ciencia, que son a veces tan
fanáticos por sus sistemas y teorías como cualquiera otra clase de
sectarios, antes que admitir los hechos y abordar de frente las
dificultades de su interpretación, han pretendido escapar por la
tangente, negando algunos y admitiendo otros. Y queriendo acomodar
la realidad a sus ideas, no sus ideas a la realidad, han descartado de los
fenómenos del magnetismo, todo aquello que sería absurdo explicarlo
por sus teorías, admitiendo solamente lo que, a su juicio, en nada se
opone a estas.
Así han negado en redondo la existencia del fluido magnético,
cambiando el nombre de magnetismo animal por el de hipnotismo,
abreviación de neuro-hipnotismo (sueño nervioso provocado). Braid
7
Nota de SEDE: soi-disant, del francés: supuestos.
83
La Psiquis
de Manchester, fue el primero que en 1841 le dio este nombre, y desde
entonces ha sido empleado por la mayor parte de los que a este asunto
se han dedicado, entre ellos Liébault. Beannis, Cullérre, Ladame,
Bottey, Liegedis, Bernheim y otros que, si hablan de magnetismo, es
para dar a entender que no existe tal, que no hay más que hipnotismo.
La palabra hipnotismo nos indica ya qué clase de fenómenos
son los admitidos como ciertos. Según Liébault, el sueño ordinario no
difiere en el fondo del sueño magnético; el uno como el otro, es
debido a la inmovilización de la atención y de la fuerza nerviosa sobre
la idea de dormir. El hipnotizado se duerme con la idea fija en relación
con el que le ha dormido; de aquí la posibilidad de sugerirle sueños,
ideas y actos extraños a su voluntad. El olvido al despertar depende de
que toda la fuerza nerviosa acumulada en el cerebro durante el sueño
se difunde de nuevo por todo el organismo. De aquí concluye
Bernheim8 que en los fenómenos de hipnotismo no hay más que pura
sugestión.
«Nosotros, dice (pág. 130), hemos consignado que los
fenómenos determinados en el estado hipnótico y en el de vigilia no
son debidos a un fluido magnético, a una emanación cualquiera que
vaya de un organismo a otro, sino que todo procede de la sugestión, es
decir, de la influencia provocada por una idea sugerida y aceptada por
el cerebro.»
Concuerda con esta idea la expresada por Prosper Despine9, que
dice:
«El sonambulismo está caracterizado fisiológicamente por solo
el ejercicio de la actividad automática del cerebro durante la parálisis
de la actividad consciente que manifiesta el yo.» Y si queremos saber
por qué el sonámbulo ignora al despertar lo que durante el sueño ha
verificado, este mismo autor se encarga de decírnoslo bien pronto sin
que encuentre dificultad: «El que el sonámbulo ignore lo que ha hecho
durante el sonambulismo no depende del olvido, sino de la no
participación del yo en sus actos.» Y claro es que, si él no lo ha hecho,
mal lo puede recordar.
8
N. del autor: De la sugestión y sus aplicaciones a la terapéutica.
9
N. del autor: Estudio sintomatológico sobre el sonambulismo.
84
Manuel Sanz Benito
Ahora bien: queremos saber la causa de las alucinaciones que
pueden sugerirse a los hipnotizados. Oigamos a Lélut: «La alucinación
es la transformación del pensamiento en sensación.» Esto mismo
explica la excitación de la sensibilidad o los fenómenos de
hiperestesia. «Hay, dice Bernheim, exaltación de la excitabilidad ideo-
sensorial, que transforma inconscientemente la idea en sensación o
imagen sensitiva.»
Algo más difícil es explicar el fenómeno contrario, o sea de
anestesia o pérdida de la sensibilidad, pero nuestros sabios no se paran
en barras y todo lo han de dar por sabido. «Entonces, dice este mismo
autor, hay una parálisis refleja de un centro cortical que la idea
sugerida ha producido» Después de esto, no nos debe extrañar que
diga Liébault que «entre el sueño espontáneo y el provocado no hay en
el fondo ninguna diferencia.»
Pero, la verdad se abre paso y cuanto más se procura detenerla,
más se evidencia la ineficacia de nuestros esfuerzos para conseguirlo.
La atención a estos fenómenos con objeto de desprestigiarlos, ha dado
por resultado la demostración de su realidad, y aunque se admitan
solamente los que encajan en ciertas teorías, no puede haber nadie tan
obcecado que diga que todo es farsa o ilusión.
Cuando pretendía haberse dicho la última palabra hablando de
sugestión para explicar los fenómenos de hipnotismo, diciendo que la
simple sugestión era la causa de los tres estados de letargo, catalepsia
y sonambulismo, relegando al dominio de la fábula la existencia del
fluido y de los fenómenos de doble vista, se dan a conocer las
experiencias del Dr. Luys en el Hospital de la Charité, donde el
distinguido anatómico hace ver como a una persona en estado
sonambúlico se le puede producir estados análogos a la embriaguez,
hidrofobia, etc., sin más que aplicar a su cuello tubos herméticamente
cerrados que contenían unos cuantos gramos de coñac o de agua. No
sólo esto, sino que a distancia el hachís contenido en otro tubo hacía
aumentar o disminuir la voz de la persona hipnotizada cuando cantaba.
Ahora bien: la doctrina de la sugestión es insuficiente para
explicar el efecto real de estas sustancias sobre el organismo, mucho
más cuando no hay contacto: hay que reconocer que a través del
cristal, algo emanado o irradiado por estas sustancias llega hasta el
organismo y produce allí sus efectos.
85
La Psiquis
No lo dudemos; a medida que las experiencias avancen,
nuestros mismos contradictores nos han de dar la razón, por muchos
nombres y motes que pongan a estos fenómenos resistiéndose a
reconocer la realidad del espíritu10. También William Crookes,
convencido materialista, nos habla de fuerza psíquica por no hablarnos
de alma. Pero no importa; el nombre no hace a la cosa; continúen los
hipnotizadores haciendo investigaciones, comprueben la realidad de
los fenómenos y éstos se encargarán de probarnos que el alma no es
un efecto resultado del funcionamiento de ciertos órganos, sino que, a
la inversa, el espíritu es el ser causa activa de sus actos, y el organismo
medio, instrumento o elemento del cual se sirve para realizar sus
actos, para desplegar sus facultades.
10
N. del autor: Algunos, como el Dr. Pulido, hablan ya de corrientes
néuricas.
86
Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XVIII
La ley moral, como ley universal.
El bien y el mal
Todos los fenómenos variadísimos del Universo están
sometidos a leyes, en virtud de las cuales se verifican. Estas leyes o
reglas a las que los hechos se ajustan, no son precisamente algo
exterior a las cosas mismas que se impone para su ejecución. La ley no
es más que la manera especial de obrar de los seres, según su
naturaleza; la norma a la cual responden los fenómenos y los actos
todos.
Cuando parcialmente se observa, parece que hay oposición
entre unas y otras leyes, del mismo modo que se nos presentan las
fuerzas en singular combate. Lo que sucede es que unas a otras están
subordinadas según su respectiva importancia. ¿Y cuál será la ley
suprema, de la que partan todas las demás, y a la que estén todas
sometidas? La ley moral que rige y regula todas las leyes del
Universo. Las fuerzas físicas e intelectuales están a ella subordinadas,
y siendo la ley moral la que representa la mayor elevación, por ella se
gradúa el estado de progreso alcanzado. Los seres, pues, no se
diferencian tanto por su inteligencia, como por su pureza, por la
rectitud de su conciencia. El progreso moral es el verdadero progreso:
el progreso intelectual es más bien un antecedente para realizar el
progreso moral.
Esta ley moral, con ser permanente en todos los seres, se da en
cada uno de ellos, según su adelanto, de manera diferente. No obliga
lo mismo al sabio que al ignorante, al niño que al anciano, al fuerte
que al débil, y sin embargo todos están sometidos a su arbitrio. Es,
pues, universal, y rige a cada hombre según su posición, edad, sexo,
87
La Psiquis
etc.
La ley moral siempre se cumple: jamás puede eludirse su
cumplimiento, porque el bien siempre se realiza en mayor o menor
escala.
Por espacio de siglos no se ha comprendido el bien y el mal sino
como dos principios opuestos, llegándose a veces a dar mayor realidad
al segundo. Sin embargo, el mal no existe como tal: no tiene realidad,
poca, ni mucha; es como el frío o como las tinieblas: un no ser.
Mejor podríamos decir que el mal, como todas esas otras cosas,
tiene solamente una existencia subjetiva: reside en la apreciación del
que lo observa y así lo juzga. Del mismo modo que las tinieblas no
existen sino para nuestros sentidos incapaces de ver con escasa luz, el
mal tampoco existe sino para nuestra conciencia, muy imperfecta, que
no acierta a ver cómo todos los actos llevan en sí algún germen de
bien.
Para comprender, pues, qué sea el bien y el mal, hay que
prescindir por completo del criterio de los sentidos y fijarnos en los
datos que la sana razón pueda asignar.
Esta sana razón nos dice que, todo hecho, que todo acto
libremente realizado, se hace siempre en vista de un fin, fin más o
menos noble, más o menos puro, pero siempre en vista de algún bien,
ya particular para el sujeto que lo verifica, ya para los demás seres.
Las facultades que se ponen en juego no son por sí malas, sino por el
mal uso que de ellas se puede hacer; por consiguiente no hay acto que
sea en sí malo en absoluto.
Todo cuanto la fantasía ha podido imaginar como lo peor y más
malo, encierra siempre, en virtud de ese principio anterior, algún bien.
Por tanto el mal como puro mal es un mito, es el no ser, que ni aun
siquiera se puede concebir.
De otro modo, teniendo realidad el mal, habría de ser lo
contrario del bien, no un menos bien; del mismo modo que teniendo
realidad el frío y la oscuridad, habrían de ser cualidades opuestas a lo
positivo y lo real, que es el calor y la luz. Pero en aquellos términos
negativos no hay más que cuestión de apreciación, ya por la
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Manuel Sanz Benito
imperfección de los sentidos, ya por la imperfección de nuestra
inteligencia que no alcanza a comprender cómo todos los actos son
trascendentales para el bien.
Mas, no se crea que al negar la realidad del mal vamos a juzgar
todos los actos como igualmente buenos, y por consiguiente, como
nada reprobables, puesto que ninguno es malo. No. Todo acto tiene su
sanción en conformidad con la intención que le ha producido y el
efecto alcanzado, y los actos que nuestra conciencia juzga como malos
es porque no están conformes con lo que debiéramos hacer, y es
preciso la expiación y resarcimiento para rehabilitarnos por haberlos
ejecutado. Y no tan sólo los actos que trascienden al exterior: todos los
pensamientos, en cuanto estados de nuestra inteligencia, acusan mayor
o menor perfección.
La sanción de los actos no es solo a plazo más o menos largo.
Todo acto produce su efecto inmediatamente. El que obra mal se
encuentra rebajado y ha desmerecido desde el momento en que obró.
Aunque el espíritu puede recapacitar sobre una vida entera, la sanción
del acto o la consecuencia del mismo ha seguido a su ejecución.
Vemos, pues, que la ley superior a la cual se subordinan los
actos todos y que rige todas las demás leyes, es la ley moral.
Difícil es, a primera vista, convencernos de que el bien es la ley
moral suprema. Acostumbrados a juzgar por las impresiones de los
sentidos, vaciamos nuestras ideas en los estrechos moldes del mundo
sensible y no damos a nuestros pensamientos otro alcance que el del
limitado círculo de nuestras sensaciones. Es preciso que a cada
momento la razón se encargue de rectificar los datos de nuestra
percepción para dar validez a los juicios y acertar con la verdadera
causa de los fenómenos.
Así, durante siglos se ha considerado a la Tierra como inmóvil
en el espacio, sin más razón que la de no sentir su movimiento. Y por
el contrario, se ha creído que los astros todos daban vueltas al rededor
de este átomo estelar, sin más fundamento tampoco que el del dato
que nuestra vista nos ofrece. Del mismo modo, se ha creído que un
cuerpo al quemarse desaparecía, y ha sido preciso, para salir del error,
que la química reconstruya otra vez los elementos que entraban en la
combustión, y por medio de la balanza demuestre que no ha habido
89
La Psiquis
pérdida ninguna de la materia que constituía el cuerpo comburente.
Así también, fijándonos en el dato sensible: ¿cómo admitir que
el bien haya de reinar como soberano, cuando tanto egoísmo, tanta
ambición, crimen y desgracia existen por doquier? ¿Sera el amor el
que impulsa al asesino a acometer a su víctima; el que mueve al ladrón
para hacer el robo; el que arma el brazo del guerrero para segar en flor
millares de vidas? Por el contrario, el malestar de las sociedades, las
revoluciones que se suceden, las crisis económicas, las enfermedades
de todo género, los atroces delitos que espantan, y, como si no fueran
bastantes los males y penas individuales, las terribles epidemias y las
no menos terribles guerras que llevan la destrucción y la miseria a
extensos territorios; todo, al parecer, indica que no es el amor el
soberano, sino el egoísmo y la barbarie los que triunfan en este
singular combate de la vida.
Cierto, muy cierto, que la vida actual está llena de dolores, de
quebrantos, de penalidades, y que en este mundo son más los males,
en general, que los bienes; pero estos hechos no invalidan, ni menos
contrarían, esa ley infinita del amor que rige a todas las demás.
Hagamos una aclaración. Si dirigimos nuestra vista sobre la
superficie del globo, notamos multitud de desigualdades: montañas
que suben sobre el nivel ordinario, valles y hondonadas que
descienden considerablemente sobre el nivel de las más altas
montañas. Por una parte el Himalaya con sus elevadas cumbres, por
otra parte el Sahara con sus inmensas planicies. Y mucho más
notamos estas sinuosidades que la Tierra nos presenta, si en vez de
concretarnos a mirarlas las recorremos con nuestros pies. ¿Cómo
negar estas diferencias en su nivel si a cada momento nos hallamos
fatigados y necesitamos tomar aliento para subir cualquier pequeña
cuesta? Cierto es todo esto; pero no lo es menos que nuestros juicios
son por comparación, y que si comparando el nivel de la montaña con
el llano, nos parece grande, comparando la montaña con la costra
terrestre nos parece pequeña. ¿Qué son todas las desigualdades de la
Tierra en proporción de la totalidad de la masa planetaria? Si
representamos la tierra por una naranja, la costra sólida entera estará
figurada por el grueso de un papel de fumar. ¿Qué representarán las
desigualdades que el papel puede tener? Pues así son las sinuosidades
de la Tierra en comparación de la misma.
90
Manuel Sanz Benito
Esto mismo ocurre en cuanto al valor que tienen los actos de
nuestra existencia, pues tenemos que, como todos los actos son medios
de progreso, porque al que obra mal le sirven de acicate para rehacer
su obra, y al que obra bien para estimularle en la empresa comenzada,
resulta que nada hay inútil; que, sin cohibir la libertad de los seres,
todos los actos al fin y al cabo vienen a redundar en beneficio de los
mismos; así de la duda nace el estudio; del desengaño, la experiencia;
del dolor, la apreciación de lo que la salud vale; de las injusticias
sociales, la necesidad de amarnos; de la guerra, el anhelo por el
bienestar de la paz; de las necesidades físicas, la precisión de trabajar
para vencerlas; y en último resultado, de todo lo que decimos malo, la
necesidad de aumentar y perfeccionar nuestra actividad. Y como todos
los seres tienden a una actividad mayor, resulta que los actos se
totalizan todos, que nada se pierde, que todo sirve, así como en el
mundo material nada se anula; todo, en medio de sus cambios,
permanece.
Mas, al progresar todos los seres, lo han de hacer precisamente
por la identificación con sus semejantes, por el amor y el bien.
La creación obedece a un acto de infinito amor y todos los seres
son como un destello. Aumentando su intensidad, este destello se
convierte en luz y luego en sol que vivifica infinidad de seres en la
escala del progreso.
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XIX
La Filosofía en su aplicación social
Es una verdad que ni la riqueza, ni los honores, ni los placeres
bastan para la satisfacción de nuestro espíritu. Las formas de gobierno,
los cambios políticos, y los mejores Códigos tampoco pueden por sí
solos hacer la felicidad de los hombres.
Por espacio de muchos siglos puede haberlo creído la
humanidad, y hemos visto al hombre inspirarse casi siempre en el
móvil del placer para sus actos, aún cuando para ello haya tenido
precisión de sacrificar la vida de sus semejantes, codiciar tesoros y
riquezas, anhelar y pretender puestos en la vida social, aunque muchas
veces tuviera que atropellar honras y vidas y martirizar cruelmente a
sus hermanos. Y hemos visto también ensayar todos los sistemas
políticos, desde el más repugnante despotismo, hasta la más exagerada
demagogia y los más opuestos principios sociales, desde el
comunismo nivelador hasta el individualismo más egoísta.
Por una parte el individuo aislado, por otra parte asociado a sus
semejantes, formando pueblos, tribus y naciones, ha emprendido la
conquista, ha deseado siempre ensanchar su territorio a expensas del
que los demás ocupaban, creyendo equivocadamente que el pueblo
más grande es el que más dominios posee, y el Gobierno más fuerte el
que más duramente castiga; como si la extensión del territorio o la
crueldad del gobernante pudieran ser nunca signos de verdadera
grandeza.
¡Cuánta sangre vertida, cuánta injusticia llevada a cabo, cuántas
exacciones, atropellos y tormentos por que la bandera nacional se
ostentara triunfante, con razón o sin ella, en los más apartados
confines del mundo! Aún hay quien, al historiar nuestra patria,
93
La Psiquis
encuentra, como mérito glorioso, el de aquel imperio hispano-
portugués que llegó a ser, en mucho, mayor que el romano, en cuyo
territorio nunca el sol se ponía, y en que multitud de individuos
pronunciaban con orgullo el nombre de español.
Sin embargo, entonces era cuando permanecían en la esclavitud
millones de indios, a pesar de nuestros excelentes códigos para
protegerlos; cuando sosteníamos guerras cruentas en los Países Bajos
y en otros puntos, pretendiendo imponer por la fuerza de las armas
nuestra política intolerante; cuando la industria estaba casi muerta,
porque el oro que en gran cantidad venía de América nos hacía
despreciar el trabajo. Tomando por oro puro el oropel, nos elevábamos
al cielo con nuestros artistas, pero estábamos sumidos en la espantosa
miseria y la más bárbara ignorancia, preparando así aquella rápida
decadencia de los últimos tiempos de la casa de Austria, en que
España parecía más bien comarca llena de mendigos, que nación
poblada de ciudadanos.
No. Ni el individuo es feliz porque beba alguna vez en la copa
del placer, ni la sociedad está bien dirigida porque se la impulse hacia
el camino de una grande y rápida conquista. La felicidad reside
solamente en el cumplimiento del deber. Y ni el mejor Gobierno ni la
mejor Constitución son capaces de hacer felices a los pueblos en cuyo
seno predomina la ignorancia y la superstición, y por consiguiente, la
miseria de cuerpo y alma.
De ahí que la Ciencia filosófica no pretende regenerar la
sociedad predicando un credo político y social más o menos avanzado.
No cree tan importantes las formas de gobierno que en momentos
dados pueden tener los pueblos, sino que mirando a la conciencia,
procura reformar al hombre como individuo, porque sabe muy bien
que reformado el individuo, la sociedad, que es la resultante, quedará
reformada a su vez; y esas variaciones en la forma política y en la
legislación, serán entonces corolarios suyos.
La misma historia nos demuestra que en vano es pedir y
conceder derechos sin cumplir deberes, y que en vano es regirse en
virtud de leyes muy sabias y previsoras si los encargados de aplicarlas
prevarican a cada momento. En el hecho que antes hemos citado de
nuestro antiguo dominio, cuando íbamos haciéndonos dueños de la
mayor parte de la América del Sur, nuestros monarcas, desde Isabel la
94
Manuel Sanz Benito
Católica hasta Carlos II, dieron muy buenas leyes, que forman el
famoso Código de Indias, pero que no se aplicaron en realidad por los
encargados de cumplirlas, los cuales atendieron más a su particular
interés explotando al pobre indígena, que a los sentimientos de caridad
y a los deberes que la humanidad y la religión impone a todo ser. Esto
mismo sucede siempre que, sin reformar las costumbres individuales,
se pretenda de raíz reformar la sociedad: ningún decreto es capaz de
cerrar la herida, y en cambio, no hay llaga bastante profunda que la
ilustración y moralidad no logre cauterizarla.
Mas, para reformar la Sociedad, hay que cambiar antes las
ideas, pues las ideas rigen el mundo, y éste se gobierna por ideas.
A primera vista parece un contrasentido en estos tiempos decir
que las ideas son los guías de la sociedad, pues por todas partes se
advierte el egoísmo más señalado, y este egoísmo parece ser la
antítesis de un pensamiento director en la vida.
Reflexionando, sin embargo, un poco, debemos convencernos
de que no hay, ni puede haber, excepción respecto de la ley general
enunciada; pues este mismo egoísmo que se traduce por inmoralidad
en toda clase de organismos y de actos particulares y colectivos, es un
efecto, nada más, de la falta de ideal noble y levantado respecto de la
vida.
Se piensa que después de ésta no hay nada; que aquí únicamente
es donde los actos encuentran su sanción, y que, sabiendo sortear el
mundo, consiguiendo burlar la acción de los tribunales de justicia o
evitar que nos hiera el individuo por nosotros ofendido, ya estamos a
salvo de todo evento y nada debemos temer por nuestra parte. Por
donde vemos que se obra en este caso, como en todos los demás,
conforme se piensa; y como egoístamente se juzga, con el propio
egoísmo nos comportamos. Mas, como el hombre es siempre un
eterno descontento, nace en él una aspiración hacia un ideal de vida
mejor, más puro, más humano, más justo, donde no existan tantos
exclusivismos de clase, de intereses y de ideas. De ahí esa aspiración
más o menos ideal, a que muchos poetas y personas de sentimiento
tienden, de llegar a un estado mejor de felicidad, donde una moral más
pura cobije con su manto a todos los desheredados, víctimas hoy del
infortunio y la miseria.
95
La Psiquis
Zola, en un discurso dedicado a la juventud francesa, condenaba
las inclinaciones al misticismo y recomendaba el trabajo y la fe en la
ciencia, como único medio de llegar a la dicha. Dumas publicó a este
propósito una carta en Le Gaulois. En ella, refiriéndose a una época
próxima y mejor, decía, que «mientras mayor sea la creencia de los
hombres en su predicción de que llegará infalible y próximamente la
época en que, animados del amor al prójimo, modificarán por voluntad
propia toda su existencia, más rápido será el advenimiento de esa
época»; y quiere, anunciando la modificación de los sentimientos
humanos, aproximar más ese cambio. Tolstói rechaza la teoría de Zola
de convertir el trabajo en el fin de la vida, considerándolo como una
necesidad. Acepta, con Dumas, el advenimiento de una época mejor
por el desarrollo del amor al prójimo, y hace suyas las palabras de éste
cuando dice que «los hombres, después de haber experimentado todo,
acabarán, y esto muy pronto, por aplicar seriamente a la vida la ley del
amor al prójimo, y serán invadidos por la locura, la rabia del amor.»
La ciencia, hoy día, participa de ese carácter egoísta que hemos
dado en llamar positivo: se ocupa de datos y examina hechos para
aplicar las ventajas de sus investigaciones a necesidades
momentáneas, para tener mejor industria, mayor comercio, más
bienestar físico. Estas son hoy sus aspiraciones: que el vapor vuele,
que la electricidad trabaje, que la luz dibuje y todas las fuerzas
naturales obedezcan sumisas al mandato del hombre; pero todo lo que
decimos trascendente es desechado sobre manera, y sólo lo que mira al
presente y tiene carácter utilitario es lo que hacemos objeto preferente
de nuestras miras y cuidados.
Y sin embargo, esto indica nada más que una época de
transición entre un mundo que se va y un mundo que nace y llega con
nuevas aspiraciones y otros rumbos en las ideas.
Dentro de poco estarán empolvados en las bibliotecas los libros
que hoy tenemos por los mejores. Las contiendas calurosas acerca del
sufragio y del jurado, del sistema parlamentario o representativo, de la
contribución única y directa o de la necesidad de los impuestos
indirectos, y tantas otras que hoy día nos interesan y apasionan, ya en
lo político, ya en lo social, no pasará mucho tiempo sin que queden
relegadas al olvido, para dar plaza a otras cuestiones y otros cuidados
que han de solicitar la atención de futuras inteligencias.
96
Manuel Sanz Benito
Cada generación busca el medio de dar solución a sus
problemas; pero los de una época no son los de la siguiente. Así
vamos comprendiendo que nunca, por terreno que hayamos andado,
deja de haber inmenso campo por explorar en el camino indefinido del
progreso.
Pero hay en lo social también sus tormentas y huracanes: hay la
revolución que aventa en momentos determinados cuanto al paso del
irritado pueblo se opone; hay la reacción que va mermando poco a
poco las conquistas que aquella hiciera; hay guerras asoladoras que
dejan tras de sí, como rastros de imborrable recuerdo, la desolación y
el hambre, y hay pestes y enfermedades que causan terrible estrago y
diezman la humanidad. No es preciso detenerse a pintar los cuadros
que el dolor constantemente produce: quédese esto para el Arte, que
en sus divinos fulgores logra hacer que nuestro espíritu se conmueva y
eleve.
En presencia de tales acontecimientos, deber de la Filosofía es
el dar la explicación racional de tales sucesos.
Aristóteles decía, que donde impera el amor, todas las leyes
sobran; y será cosa de ver cómo el fárrago de códigos y leyes actuales
son, en su mayor pate, inútiles, para una humanidad que tenga por
guía el amor a sus semejantes y el amor a la verdad en todas sus
manifestaciones.
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XX
La fuerza de las ideas
Un distinguido escritor francés, Fouillée, ha propagado con gran
afán la doctrina que llama de las ideas-fuerzas. Consiste en admitir
como ideas todo estado de conciencia que, desde que aparece,
contiene un principio motor con tendencia a realizarse. Así, la idea es
el comienzo del acto; y encuentra similitud entre la fuerza de las ideas
y las fuerzas físicas, por tener unas y otras algunos caracteres
comunes.
Sin llevar muy adelante esta doctrina, es indudable que, así
como en el mundo físico toda fuerza que no encontrase obstáculo
tendería a la expansión infinita, en el mundo moral toda idea necesita
luchar con otras que se oponen a su influjo. En lo físico, las fuerzas,
cuanto más sutiles e incoercibles se manifiestan, más potencia
desarrollan, más energía desenvuelven. En lo moral, cuanto una idea
es más amplía, más generosa, más elevada, más fuerza de impulso y
de resistencia tiene.
Muchos filósofos al querer sondear en lo interior del alma
humana para ver qué fuerzas o facultades tenía, pusieron especial
empeño en analizar las propiedades de la inteligencia creyendo que la
instrucción es lo principal que al hombre interesa. Hoy día, la
Filosofía ha rectificado este juicio y ha encontrado que los actos
humanos obedecen más bien a deseos, impulsos y estímulos que nacen
de la esfera sensible, teniendo el sentimiento un campo tan amplio en
la vida como la misma inteligencia, siendo el ideal de la moderna
Pedagogía, no precisamente la instrucción de las facultades
intelectuales, sino la educación integral y armónica de todas las
fuerzas de nuestro ser. Por donde vemos que la idea crece y se amplía,
abarcando cada vez más grandes esferas, más extensos horizontes.
99
La Psiquis
Cuando una idea llega a ser del dominio del espíritu persiste
siempre en él. ¿Cómo se explica entonces que unos tienen buena
memoria y retienen pronto y fácilmente cuanto aprendieron, mientras
que otros se apuran en vano por retener unos cuantos conocimientos
que trabajosamente adquirieron? Pues si el hombre no olvida, ¿cómo
es que al cabo de cierto tiempo mucho de lo que aprendió, no lo
recuerda? Y si en la esfera del conocimiento pasa esto, por lo que hace
a los afectos sucede lo mismo, pues a menudo se varía de objeto
amado y el abandono, la perfidia y el engaño empleados acusan olvido
del afecto primero. Además que si existe memoria para recordar, es
claro y evidente que esto es porque se puede olvidar; luego el olvido
existe.
Ese olvido, sin embargo, es aparente, no real. Jamás podemos
olvidar lo que una vez se ha hecho nuestro en nuestro espíritu, lo
mismo en la esfera del conocimiento que en la esfera del sentimiento:
cuanto el hombre ha aprendido y ha amado persiste siempre, como
persiste su espíritu.
Lo que sucede es que damos por amor falacia de la imaginación
y damos por conocimiento aprendizaje sin conciencia; pero, ni lo uno
es verdadero sentimiento, ni lo otro es conocimiento verdadero.
Cuando el niño aprende que las paralelas son dos líneas que no se
encuentran por más que se prolonguen, no necesita recordar después
este conocimiento, sino que le está presente en su inteligencia y sin
esfuerzo alguno se le manifiesta y lo ve: no es tal conocimiento
pasado en nuestra mente; está presente y como presente que está, lo
reproduce. De esta manera, lejos de ser la memoria un simple arsenal
donde almacenamos conocimientos adquiridos, es la misma
conciencia en el tiempo, o sea, que todo lo que es consciente dura y
persiste. Es la facultad que tiene el alma de retener y reproducir
siempre lo que una vez su conciencia ha adquirido. Por esto empieza a
notarse el desarrollo de la memoria cuando empieza a desarrollarse la
conciencia, a los tres o cuatro años de edad.
Preguntemos a cualquiera qué hizo cuando tenía dos años, y no
podrá responder, porque no teniendo entonces conciencia de sus actos
le es imposible de recordarlos; de donde se deduce que la memoria no
es otra cosa que la misma conciencia continuada en el tiempo. Esa
memoria rutinaria que repite palabras sin entender el significado está
enlazada de una manera más íntima con el organismo y depende más
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Manuel Sanz Benito
bien de la conformación cerebral que de la facilidad del espíritu para
asimilarse y retener, como lo prueba el hecho de olvidar al poco
tiempo lo que así se aprendió, porque en realidad no hubo verdadero
conocimiento.
En cuanto al sentimiento, el que verdaderamente ama, no puede
jamás olvidar el amor que tuvo. Ni la ingratitud, ni los desengaños, ni
la ausencia, ni la muerte serán bastante para borrar este recuerdo y es
que, como está siempre presente en el espíritu, nunca se borra y nunca
llega a desaparecer. De esta manera lo que llamamos olvido, no es tal:
no es más que la aminoración del recuerdo de un hecho o de una idea
o afecto, que, al ser consciente, se puede reproducir a nuestra
voluntad.
La facultad de pensar en el hombre está siempre como las
demás facultades, en continuo ejercicio, y el hombre no puede por su
propia voluntad dejar de pensar.
Postulado necesario de la vida del alma es la actividad que se
deriva de su misma naturaleza y a priori podemos decir que esta
actividad se ejecuta, aunque no podamos a veces comprobarla, como a
priori sabemos que los radios de un círculo son iguales, aunque no los
hayamos medido. El alma es activa, porque es una energía que tiende
a realizar siempre actos, y como esta actividad se verifica en forma de
conocimiento, de sentimiento y de volición, el alma es siempre una
energía o una actividad que piensa, siente y quiere.
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La Psiquis
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Manuel Sanz Benito
CAPÍTULO XXI
La Causa absoluta. Unidad substancial divina
Todos los pueblos en sus distintas creencias han reconocido
siempre un más allá mejor, algo superior a ellos que podía influir en
sus destinos, al cual debían la vida, y del que podían temer males
cuando no obedecían sus mandatos. De aquí el temor a los fenómenos
naturales que cortaban el hilo de nuestra existencia: el río desbordado,
el terremoto, el volcán, el viento huracanado, el mar tempestuoso, eran
objeto de adoración por el pavor que les infundía. Como contraste, el
campo con sus bellas praderas, el sol con su ardiente resplandor y la
luna con su plácida luz, los árboles y animales que les producían
beneficios, eran objeto de adoración en forma de agradecimiento. De
aquí los dos dioses del bien y del mal en correspondencia con los
fenómenos o seres que les producían bienes o males.
Era natural que, endiosando a los fenómenos y a las cosas
naturales, se endiosara también a las personas. Y los reyes y
emperadores, considerados desde luego como superiores a los demás
mortales, eran representación de la misma Divinidad, como
encarnaciones de la entidad que traspasaba la esfera común de los
humanos. Poco a poco, a medida que la cultura fue aumentando, el
concepto, ya naturalista, ya antropomórfico, de la Divinidad, fue
depurado también.
Los hombres rudos y groseros habían de imaginar un Dios
dotado de las mismas pasiones y de la misma ferocidad. Pero cuando
la razón poco a poco se va sobreponiendo a los sentidos y comprende
las cosas en su verdadera naturaleza, no tal como aparecen a primera
vista, el concepto acerca de Dios se va elevando, como se ha ido
elevando el concepto del mundo, del hombre y del deber, del mismo
modo que los sentimientos se han ido depurando y ennobleciendo,
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La Psiquis
quitándoles mucho de lo particular, egoísta y mezquino que en ellos
había.
De lo dicho se infiere que, puesto que la idea de Dios se ha ido
engrandeciendo cada vez más, los principios que nuestra razón acepta
han de irse también aclarando y perfeccionando, sin que nunca tengan
un carácter absoluto; pues siempre la criatura distará un infinito de la
Divinidad.
Por de pronto, la idea de un dios cruel y vengativo, nos parece
hoy día absurda y contraria a la idea de Dios que debe ser el prototipo
de la bondad y de la misericordia.
Aristóteles, por el movimiento de todas las cosas, llegaba a la
existencia de un motor inmóvil, según lo cual Dios sería el primer
motor inmóvil del Universo. Otros pensadores, reconociendo al
mundo como efecto, han considerado a aquel como Causa primera de
cuanto es, y descartando panteísmos espiritualistas y materialistas que
confunden el mundo con el Ser de Dios, otros filósofos han admitido
una especie de dualidad entre el mundo y su autor.
Pero estos conceptos son muy parciales e insuficientes para
darnos acertada idea del Ser Supremo. La existencia de Dios como
motor no explica los atributos del ser Supremo y la manera cómo obra
en el Universo. Del mismo modo, la existencia de Dios como causa
tan sólo, no explica tampoco basta qué punto el efecto tiene las
propiedades de la causa de quien se deriva y cuáles son estas
propiedades. Por último, el dualismo no explica ni puede explicar la
manera cómo Dios se comunica e influye en el mundo.
Tampoco es posible admitir que la Creación sea un acto de
fuerza o una necesidad del Creador. El Creador no crea por fuerza, el
Creador crea por amor, y en virtud de un rasgo de amor, la Creación
existe, y en virtud de una fuerza infinita de amor la Creación es, la
Creación sigue y la Creación será, porque el milagro de la Creación se
repite todos los días. Dios en este sentido, no ha dejado de crear.
En cuanto a la Providencia, Dios no es Providencia porque
algunas veces interviene en el mundo, principalmente en las grandes
ocasiones, cuando las naciones están en peligro, y lo verifica con
intermitencia, cuando cree que lo necesitan, haciendo grandes
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Manuel Sanz Benito
prodigios, como son el castigar con crueles enfermedades a los que
prevaricaron, viéndose de este modo el castigo de Dios en los azotes y
calamidades humanas.
Dios es eternamente Providencia, porque eternamente crea o
produce y eternamente hace que las cosas se modifiquen y
transformen para ir cumpliendo sus destinos. Por consiguiente, no es
posible que esta providencia se agote jamás, que tanto sería como
agotarse ese raudal infinito de amor divino que nos atrae hacia esferas
superiores, que nos anima y nos fortalece y que hace que nuestros
actos tengan solo trascendencia para el bien.
Dios es uno, el mundo es uno y el espíritu también es uno; pero
Dios es uno por sí, el mundo es uno porque de Dios procede, y Dios
en sus obras se manifiesta de conformidad con su única naturaleza. El
mundo es uno porque es solo: dos mundos serían procedentes de dos
distintos dioses; y el espíritu es uno porque es individual e
individualizado subsiste.
Dios es único, pues le es imposible al hombre concebir dos
Principios, dos Seres, dos manifestaciones infinitas y absolutas: Dios
es, pues, un solo Dios. Dios se manifiesta además en unidad perfecta;
es decir, que en sus actos, en sus manifestaciones todas, obra siempre
de conformidad con su única naturaleza, sin que al hombre, que en lo
finito vive, le sea posible elevarse al completo concepto de la divina
naturaleza. Únicamente el ser inteligente irá conociendo de Dios
cuanto de sí mismo conozca y este conocimiento aún agrandándose,
como nunca en momento alguno de su vida podrá ser infinito, la
naturaleza divina y su infinita, eterna y perfecta manifestación
quedarán incógnitas siempre en toda su integridad al espíritu finito e
imperfecto; y como este se manifiesta en sucesivos e indefinidos
estados, mientras que Dios obra siempre en unidad y perfecta
conformidad con su naturaleza esencial, hay gran dificultad por parte
de la criatura para conocer en el tiempo lo que es eterno, en la
sucesividad lo que es en simple manifestación y en la imperfección y
finitud lo que no podemos menos, de considerar como perfecto e
infinitamente absoluto.
Dios estará siempre más allá del último más allá, de la
inteligencia de todo ser finito.
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