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Asia

China ha experimentado un rápido crecimiento económico en las últimas décadas tras décadas de inestabilidad política y social bajo diferentes dinastías y regímenes. Tras la fundación de la República Popular China en 1949, el país adoptó reformas económicas que impulsaron su desarrollo, convirtiéndose en la segunda mayor economía mundial. No obstante, China aún enfrenta desafíos como la transición a un modelo económico menos dependiente de la manufactura y la deuda social acumulada.
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Asia

China ha experimentado un rápido crecimiento económico en las últimas décadas tras décadas de inestabilidad política y social bajo diferentes dinastías y regímenes. Tras la fundación de la República Popular China en 1949, el país adoptó reformas económicas que impulsaron su desarrollo, convirtiéndose en la segunda mayor economía mundial. No obstante, China aún enfrenta desafíos como la transición a un modelo económico menos dependiente de la manufactura y la deuda social acumulada.
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UNIVERSID

AD
ALFRED
NOBEL

CHINA POTENCIA ECONOMICA

ALUMNA

DANNA PAOLA REAL ANDRADE

LICENCIATURA EN COMERCIO

INTERNACIONAL
INDICE

1. HISTORIA DE UNA POTENCIA EN ASENSO

2. SOCIEDAD ARMONIOSA Y EL SUEÑO CHINO

3. UBICACIÓN GEOPOLÍTICA DE CHINA

4. PODERÍO ECONÓMICO DE CHINA

5. LA DEUDA SOCIAL

6. LAS INTERACCIONES REGIONALES DE CHINA

7. GOBIERNO

8. COMPOSICION MILITAR

9. PRINCIPALES PRODUCTOS DEL COMERCIO EXTERIOR CHINO

10. EXPORTACIONES DE MAQUINARIA Y PRODUCTOS DE ALTA

TECNOLOGÍA

11. PIB REAL PER CÁPITA Y CRECIMIENTO DEL PIB EN CHINA

12. ORIGEN DE IMPORTACIONES CHINAS DE PETRÓLEO

13. AGOTAMIENTO DEL MODELO ECONÓMICO INTENSIVO EN MANO DE

OBRA Y RECURSOS

14. PERSPECTIVAS DE CHINA COMO POTENCIA GLOBAL

15. EL ASCENSO DE CHINA COMO GRAN POTENCIA: ALGUNOS

DESAFÍOS REGIONALES

16. DESAFIOS DEL MODELO ECONOMICO CHINO


17. LOS PROYECTO DE MODERNIZACIÓN DE CHINA

INTRODUCCIÓN

El propósito de este proyecto es el entender y analizar a una potencia económica


como lo es China, a lo largo de su historia esta nación se ha conformado y
fortalecido a pesar de sucesos históricos en los que se vio envuelta a lo largo de
los años, sin embargo y a pesar de ello nos encontramos ahora con una china
actual fuerte e innovadora en el entorno internacional, en la competencia
comercial y en un enfoque económico actual.

Como menciona Eugenio Anguiano (2011) En El estudio de China desde cuatro


enfoques: histórico, político, internacionalista y económico Cuando uno se enfrenta
a la tarea de entender China, aparecen de inmediato dos elementos que la
caracterizan: China es un país enorme y sumamente poblado, heredero de una
grande y antigua civilización, a su vez poseedora de la más prolongada y
continuada historia política del mundo, y la historia de la República Popular China
es distinta de aquella prolongada experiencia lineal.

Para entender el avance y como prospero la economía china es necesario


identificar y tener presente que es una nación que paso por varias dinastías y que
esta conformada así mismo por un sinfín de tradiciones que practican en la
actualidad y sus bases culturales son sólidas.

Es por eso que China ha construido un crecimiento económico de ritmo


indiscutible y hasta hoy en día se ha convertido en la segunda mayor economía
mundial.

China, fue fundada el día 1 de octubre del año 1949. Después de la fundación de
la República Popular de China, China se ha convertido en uno de los países
económicamente más prometedores del mundo a través de la construcción
planificada y a gran escala. La vida de las personas en general ha alcanzado un
nivel cómodo. El nivel acomodado se refiere a la medida en que se satisfacen
mejor las necesidades básicas de la vida material y cultural de las personas. (He
Shengming, 1990, Financial Dictionary: China Financial and Economic Publishing
House)

El avance de esta economía se encuentra en crecimiento a tal nivel que como nos
muestran los indicadores Desde la década de 1980 hasta e l año 2015, la
velocidad de crecimiento económico de China es la más rápida en comparación
con otros países, con un promedio de crecimiento anual cerca de 10% en los
últimos 38 años. (FMI, 2015, Report for Selected Countries and Subjects)

Es por estas cuestiones que hablar de China en conjunto como una potencia es
fundamental ya que todo lo que una nación tiene puede verse en declive
económico en momentos inesperados, pero es mas sorprendente una nación que
se mantiene y sobre todo que tiene un crecimiento de tal magnitud.

HISTORIA DE UNA POTENCIA EN ASENSO

En los inicios del nuevo Estado comunista, la sociedad fue impulsada hacia
nuevas formas de propiedad de la tierra, industria y comercio; y en un principio
parecía que el sistema trabajaría extraordinariamente bien.

Pero Mao Zedong era impaciente y quería que China sobrepasara en unos pocos
años a la Unión Soviética y a Estados Unidos. Por eso impuso, a finales de la
década de 1950, la política del “Gran Salto Adelante” (GSA), lo que condujo a una
desastrosa hambruna a principios de la década de 1960. Entre 1959 y 1961 la
población china se redujo en 13 millones de personas, y si se suma a esa pérdida
el crecimiento natural de la población, que en ese entonces era cercano al 2 por
ciento anual, resulta que habrían muerto de hambre y enfermedades relacionadas
alrededor de 28 millones de personas.

La hambruna hizo perder totalmente la fe en el sistema socialista a muchos


camaradas de Mao, en tanto otros trabajaban discretamente en reinstalar
incentivos materiales a la producción y en contener en lo posible la colectivización
extrema; pero solamente un miembro del buró político, Peng Dehuai, se atrevió a
criticar frontalmente los errores del GSA, a lo que Mao respondió forzando su
renuncia y defenestración política.

A fin de “enderezar las espaldas” de sus camaradas escépticos y recuperar su


hegemonía en cuanto a la línea política que seguiría posteriormente el país, Mao
lanzó un segundo desastre masivo del periodo comunista chino: la Gran
Revolución Cultural Proletaria.

En un intento por radicalizar a su partido y salvaguardar así sus ideas sobre la


necesidad de socialización continua de la producción, Mao desató a los guardias
rojos animándolos a humillar, denunciar e incluso matar a los “altos y poderosos
de la tierra”.

Después de la muerte de Mao se libró una corta, pero determinante, lucha política
entre facciones, de la que resultó el ascenso de Deng Xiaoping, quien sería el
centro de un liderazgo colegiado vigente entre 1980 y 1992. Deng nunca ocupó la
presidencia de la república ni la jefatura del partido comunista, pero desde su
posición de presidente de la Comisión Militar Central fue la cabeza del sistema
político.

Convencionalmente se considera al siglo XIX y a la primera mitad del XX como el


periodo de historia moderna de China. De la segunda mitad del siglo pasado a la
actualidad se trataría de historia contemporánea de ese país.

En todo caso, son la parte moderna y la contemporánea las que sirven de marco
referencial esencial para el estudio y entendimiento de la China actual,
cualesquiera que sean los enfoques disciplinarios de ciencias sociales que se
apliquen a ese propósito.

El imperialismo extranjero penetró en China durante el siglo XIX, en momentos en


que allí comenzaba una fase de decadencia, después de más de un siglo de
expansión económica, demográfica y de dominación de territorios vecinos por
parte de la monarquía Qing. El “choque con Occidente” precipitó, entre otras
cosas, grandes rebeliones campesinas internas, un fenómeno recurrente en el
ciclo dinástico chino. También hubo otros efectos, derivados de la imposición de
tratados portuarios que obligaron al “reino del centro”6 a abrirse al exterior, e
implicaron cambios profundos en la organización social e intentos de
modernización en lo económico, tecnológico, militar y, en menor medida, en lo
político.

Las humillaciones que potencias extranjeras infligieron a China y la penetración de


sus intereses en el territorio chino, precipitaron la caída de la última dinastía
imperial pero sin que pudiera consolidarse una república proclamada por
reformistas civiles chinos. En su lugar, caudillos militares de todo tipo llenaron el
vacío dinástico, aunque no de manera unitaria; el país quedó fraccionado en cotos
de poder, justamente cuando en el entorno mundial se libraba una gran guerra, un
gran reajuste geopolítico y revoluciones inspiradas, en gran medida, por la
bolchevique de Rusia.

En su búsqueda del modernismo, de la reunificación del país bajo un solo mando y


del republicanismo, grupos de chinos ilustrados, una naciente burguesía, políticos
y grupos detentadores del poder en diversas regiones del país, terminaron por
abrazar, como común denominador, un tipo de nacionalismo que era novedoso en
China. No fue mera coincidencia ni un capricho de nomenclatura el que las dos
fuerzas políticas más sólidas y que acabarían venciendo a los caudillos militares,
fueran el Partido Nacionalista (Guomindang) y el Partido Comunista
(Gongchandang). Los fenómenos más importantes en el primer tercio del siglo XX
fueron precisamente la guerra de 1914-1918; el reparto geopolítico entre las
potencias victoriosas; un renovado colonialismo por parte de los países
occidentales, a los que se sumó Japón, y sus fenómenos opuestos: el
nacionalismo y las revoluciones socialistas.

La República de China, proclamada en 1912 por el doctor Sun Yat-sen7 y sus


colaboradores cercanos, logró finalmente consolidarse en 1927 y gobernar
prácticamente en todo el país durante una década, desde Nanjing (“capital del
sur”), su capital oficial. La invasión japonesa puso fin a ese periodo de
gobernabilidad del país y de desarrollo relativamente importante, para dar paso a
un nuevo ciclo de caos y fraccionamiento del mismo. La guerra sino- japonesa de
1937-1945 trajo la ocupación de las ciudades de la costa china y otras del interior
por los japoneses, quienes impusieron un gobierno títere, mientras que el gobierno
nacionalista, encabezado por Chiang Kaishek (Jiang Jieshi), resistía con la
formación forzada de un precario frente unido entre comunistas y nacionalistas.
Cuando Japón atacó a Estados Unidos y a sus aliados en Asia, en diciembre de
1941, el conflicto con China se engarzó al global y ésta pasó a formar parte del
grupo de los “cinco grandes” aliados,8 los que habrían de definir un nuevo orden
mundial al término de la Segunda Guerra Mundial.

La guerra civil china de 1946-1949 se produjo en la etapa de transición de una


alianza de ocasión entre las potencias capitalistas y la Rusia comunista al inicio de
la Guerra Fría. De hecho, el triunfo de los comunistas chinos y la creación de la
República Popular hicieron que el conflicto bipolar se extendiera a Asia. Veinte y
dos años más tarde, el régimen comunista chino recuperaba el asiento de China
en las Naciones Unidas, poniendo fin así a su aislamiento internacional, prohijado
por Estados Unidos, país que había hecho de “China roja” su principal adversario
en Asia.

Estos tres años de historia china (1946-1949) son pletóricos de acontecimientos


políticos en los que Estados Unidos y la Unión Soviética, que comenzaban a
confrontarse por la división de zonas de influencia en Europa y el Medio Oriente,
intervinieron repetidamente en los asuntos de China; Washington de manera más
directa, aunque errática, y Moscú de forma calculadamente discreta, a fin de evitar
que el triunfo de sus camaradas chinos arrastrara a los soviéticos a un
enfrentamiento directo con Estados Unidos.

En septiembre de 1949 Mao convocó en Beijing, ciudad que en enero de ese año
había caído en manos del Ejército Popular de Liberación (EPL), una Conferencia
Consultiva Política del Pueblo Chino (CCPPCh), la que aprobó el Programa
Común para el régimen político que se instauraría oficialmente pocos días
después (1° de octubre). Este programa postulaba la creación gradual de una
nueva democracia popular y no mencionaba explícitamente, como metas últimas,
el socialismo o el comunismo; se adoptaba la táctica clásica del frente unido para
cambiar el sistema político vigente y se definía como enemigos del nuevo régimen
al “imperialismo, feudalismo y capitalismo democrático”, además de a los
colaboradores del anterior gobierno nacionalista.

Antes de aquella reunión, con motivo del 28 aniversario del Partido Comunista
chino Mao había publicado un ensayo intitulado “Sobre la dictadura democrática
popular” (Mao, IV-1969: 425-439), en donde exponía sucintamente las ideas en las
que se fundamentaba el nuevo régimen, el cual se definía como un frente unido
interno dirigido por la clase trabajadora (cuyo representante de vanguardia era el
Partido Comunista), lo que incluía al campesinado, a la pequeña burguesía urbana
y a la burguesía nacionalista, así como a los obreros. Este frente unido ejercería
una “dictadura popular democrática” como forma de gobernar a China. En lo
internacional, el régimen naciente se colocaba en el bando de los países
socialistas, encabezado por la Unión Soviética.

En los primeros cinco años de vida de la República Popular China, la estructura


del gobierno y la del Estado tuvieron carácter provisional, basadas teóricamente
en el Programa Común aprobado por la CCPPCh el 29 de septiembre de 1949.
Dicho programa constaba de 60 artículos distribuidos en siete capítulos, en los
que se establecían nombre y naturaleza de la nueva

China y la Guerra Fría

El surgimiento de la República Popular China trastocó el sistema mundial de


mediados del siglo XX. Más que al peso de ese país oriental en las relaciones
internacionales, tal efecto se debió a la percepción de Estados Unidos sobre la
aparición de un régimen comunista en el país más poblado de la tierra, al que
consideraba un mero peón de la Unión Soviética, en la estrategia de ésta para
expandir su influencia en Asia.

Aunque a finales de la década de 1940 el fenómeno de la llamada Guerra Fría


todavía no alcanzaba toda su complejidad internacional, los tres grandes aliados
de ocasión, Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, victoriosos en la
Segunda Guerra Mundial, se hallaban en plena disputa político-diplomática por el
reparto geopolítico, principalmente en Europa.

En la penúltima de la serie de conferencias de la guerra —Yalta, febrero de 1945


— los tres grandes no alcanzaron un compromiso firme en cuanto al marco de
referencia para el reordenamiento de Europa cuando terminara la guerra mundial.
Se avanzó en otros acuerdos, tales como el de aprobar la idea de un consejo de
seguridad, con cinco miembros permanentes que tendrían

derecho virtual de veto en la organización internacional que había sido delineada


en la conferencia de Dumbarton Oaks, Washington D. C. (agosto- octubre de
1944), por los tres grandes más China (Francia se adheriría posteriormente a lo
acordado allí). También se concertó, en cláusula secreta, que la Unión Soviética le
declararía la guerra al Japón tan pronto se rindiera Alemania, o a más tardar seis
meses después de concluida la conferencia. Asimismo, Moscú se comprometió a
negociar un tratado de cooperación con el régimen nacionalista chino de Chiang
Kaishek.

Moscú cumpliría ambos compromisos, pero la declaración de guerra a Japón la


haría apenas el 8 de agosto de 1945, una fecha intermedia entre las dos en que
Estados Unidos arrojara sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Después de la rendición de Alemania en mayo de ese año, se había efectuado la


conferencia de Potsdam (finales de julio), en la que surgieron serias diferencias
entre los tres grandes aliados, sobre el futuro de Alemania y de Europa oriental. A
este cónclave ya no asistieron los que habían sido los interlocutores de Stalin en
las pasadas conferencias: Winston Churchill, quien había perdido las elecciones
en su país y su lugar había sido ocupado por Clement Atllee, el premier laborista, y
Franklin D. Roosevelt, quien había fallecido y fuera sucedido por el vicepresidente
Harry S. Truman.

El primero en poner el término “guerra fría” en letra impresa fue George Orwell
(“You and the Atomic Bomb”, Tribune, 19 de octubre de 1945), pero quien le dio
una dimensión política más amplia fue el financiero estadounidense y asesor
presidencial Bernard Baruch, en un discurso pronunciado el 16 de abril de 1947 en
Carolina del Sur. En todo caso, las fisuras entre los aliados anglosajones y
soviéticos ya estaban presentes en Yalta y en Potsdam, pero se habían
profundizado en 1947 con el anuncio de la llamada “doctrina Truman”, de apoyo a
las democracias y de contención de los regímenes totalitarios, y con la
introducción del Plan Marshall, para agravarse todavía más en 1948, con el golpe
de Estado en Checoslovaquia, auspiciado por Moscú, y la primera crisis de Berlín.

En ese periodo, que va del fin de la Segunda Guerra Mundial, con la rendición de
Japón en agosto de 1945, a octubre de 1949, con la proclamación de la República
Popular China, la Guerra Fría se extendió a Asia oriental. Dos factores
contribuirían a la desestabilización de países y territorios de esta región: la
restauración de los dominios coloniales de Gran Bretaña, Holanda y Francia en el
sudeste de Asia, donde estaban en marcha movimientos independentistas14 y de
liberación nacional, y la ruptura del frente unido entre nacionalistas y comunistas
en China, seguido del estallido de la guerra

civil.

Antes de eso, Estados Unidos había intervenido diplomática, política y


militarmente en China, para defenderla de la agresión japonesa. Washington, en
1940-1941, impuso un embargo económico y de suministro de materiales
estratégicos a Japón, y lo presionaba para que saliera de los territorios chinos
ocupados directamente por sus soldados, así como de la Indochina francesa, que
el gobierno de Vichy le había entregado a esa nación. Japón, al atacar Pearl
Harbour en diciembre de 1941, y simultáneamente los territorios británicos y
holandeses en el sudeste de Asia, provocó que Estados Unidos le declarara la
guerra y que las otras potencias del Eje hicieran lo mismo contra los
estadounidenses, permitiendo así el engarce del conflicto sino-japonés en la
confrontación militar global.
Los aliados anglosajones abrirían un frente en Asia —el llamado “Teatro de Guerra
del Lejano Oriente”—, que terminó con la derrota de Japón en 1945. Parte de ese
Teatro cubrió la campaña en China continental, la que fundamentalmente consistió
en abrir una ruta aérea y luego una terrestre desde Birmania y a través de los
Himalayas, de abastecimiento al sitiado gobierno nacionalista chino en la ciudad
de Chongqing, al oeste-sur de China, en la parte alta del Yangtze o Changjiang
(Río Largo).

Durante toda la guerra, la capital de la República de China estuvo en la ciudad y


puerto fluvial de Chongqing, y allí fue donde Washington destacó a sus
representantes diplomáticos y al “comandante del área de combate del norte, del
teatro China-Birmania-India”, el general Joseph W. Stilwell, alias “Vinegar Joe”.
Este hombre fue el responsable de vigilar de cerca la entrega de ayuda material y
monetaria al gobierno de Chiang Kaishek, y de que ésta se utilizara
adecuadamente, lo que en repetidas ocasiones confrontó a dicho militar con una
administración donde reinaba la corrupción (Tuchman, 1971).

Como formalmente los comunistas chinos habían establecido una alianza con el
gobierno de Chongqing, Washington envió a la base guerrilla de Yan’an, en el
norte de China, un “grupo de observación del ejército de Estados Unidos”,
conocida como la Dixie Mission, en la que además de militares participaron civiles
expertos en China y con amplio dominio de la lengua. Esta misión estuvo con los
comunistas chinos desde el 23 de julio de 1944 hasta el

11 de marzo de 1947, cuando ya había estallado la guerra civil entre comunistas y


nacionalistas. De los informes de esta misión sobre los comunistas chinos, sus
ideales, sus líderes y su participación en la lucha antijaponesa saldría la materia
prima para un extenso informe15 que prepararía el Departamento de Estado de
Estados Unidos en 1949, para el comité de relaciones exteriores del Senado,
donde en esos momentos se

debatía sobre la inminente caída del gobierno nacionalista chino.


Antes de eso, en noviembre de 1944, Washington había comisionado al general
Patrick Hurley, quien había sido designado como enlace entre Chiang Kaishek y el
propio presidente Roosevelt, para que se saltara a Stilwell, quien tenía una pésima
relación con el “generalísimo”, y mediara entre comunistas y nacionalistas con
miras a un arreglo político definitivo, al momento en que se avizoraba la derrota
japonesa. La misión de Hurley fracasó —más tarde él culparía a los diplomáticos
John Service, John Paton Davies y otros de la misión Dixie de ese resultado—,
como también fracasarían las misiones de los generales George C. Marshall y
Albert Wedemeyer, en cuanto a que no pudieron evitar la guerra civil china.

Hacia finales de 1949, Estados Unidos sufriría dos fuertes reveses en su creciente
confrontación política con la Unión Soviética. Uno fue la pérdida del monopolio
nuclear, con el primer experimento exitoso de los soviéticos de esta arma de
destrucción en masa, y el otro la pérdida de China continental del bando
estadounidense. Esto último provocaría fuertes críticas en el Congreso y, en
febrero de 1950, el senador por Wisconsin, Joseph McCarthy, presentaría una lista
de 205 personas sospechosas de comunistas y colaboradoras de espías
soviéticos, que se decía se habían infiltrado en el Departamento de Estado y el
ejército. A la pregunta de “¿por qué perdimos china?” el macartismo respondería
con la hipótesis de la conspiración y durante más de cinco años se acusó, se
persiguió y se destruyó la carrera de muchos ciudadanos estadounidenses, entre
ellos los miembros más connotados de la misión Dixie, que en sus informes
habían dejado claro lo inevitable del triunfo de los comunistas en China y la
conveniencia de que Estados Unidos intentara entenderse con ellos, en vez de
con el corrupto e ineficiente gobierno nacionalista.

En realidad, el Departamento de Estado había instruido a su embajador en


Nanjing, Leighton Stuart, a que mantuviera contactos informales con los agentes
comunistas chinos, en particular con uno de sus ex alumnos, quien luego habría
de ser un destacado miembro de la diplomacia de la República Popular: Huang
Hua. Pero en junio de 1949, Washington ordenó la suspensión de todo contacto
con ellos.
Luego de instaurada la República Popular China, el gobierno de Estados Unidos
bloqueó el posible reconocimiento de representantes de ella en la Asamblea
General de la ONU, organización de la que China había sido artífice, fundadora y
miembro permanente de su Consejo de Seguridad. Mao Zedong, presidente de la
República y líder del Partido Comunista chino, viajó por tren a Moscú a finales de
1949, para participar en el 70 aniversario del natalicio de Stalin y, muy importante,
para negociar la relación bilateral; de este viaje — el primero de dos que Mao
haría al extranjero a lo largo de su vida— resultó un tratado de amistad y ayuda
mutua entre China y la URSS, suscrito en febrero de 1950.

No obstante esa clara señal de alineación de China a la órbita soviética, la


reacción de Washington fue cautelosa. Tanto el secretario de Estado como el
presidente Truman habían establecido en enero y febrero de 1950, ante la opinión
pública nacional e internacional, que los intereses estratégicos de su país en el
“Lejano Oriente” (sic) pasaban por una línea imaginaría que partía de las islas
Aleutianas, al extremo norte del Pacífico occidental y bajaba hasta las Filipinas,
dejando dentro el archipiélago japonés. La Península de Corea y Taiwán, más las
islas aledañas, quedaban fuera de esa “línea de defensa.”

La invasión de Corea del Sur por tropas del Norte en junio de 1950, de la que Mao
tuvo conocimiento solamente unas horas antes (Goncharov et al., 1993), cambió
radicalmente la ya de por sí difícil situación en Asia oriental. Estados Unidos
desplegó, con éxito, una diplomacia multilateral para que se condenara de agresor
al gobierno de Pyongyang y se aplicaran las disposiciones del Capítulo VII de la
Carta, que incluyen el uso de la fuerza.16 Con esto, tropas estadounidenses y de
algunos otros países intervinieron bélicamente en la península coreana, bajo la
bandera de la ONU, provocando la entrada al conflicto, a finales de 1950, de los
llamados “voluntarios chinos”. Al mismo tiempo, Washington interpuso la 7ª flota
en el estrecho de Taiwán, para impedir un ataque del Ejército Popular de
Liberación a la isla, que parecía inminente.

La guerra de Corea se prolongó hasta junio de 1953, y China enfrentó a la mayor


potencia militar a un costo humano y material enorme, viéndose obligada a reducir
su programa de desarrollo económico, y a posponer sine die sus planes de ocupar
Taiwán. No obstante, el liderazgo chino aprovechó el conflicto en Corea para
magnificar el prestigio de haber confrontado militarmente a las fuerzas
estadounidenses, con el resultado de un empate.

En lo internacional, Taiwán y Corea del Sur pasaron a formar parte de la línea de


defensa estadounidense en Asia y en el Pacífico occidental, haciendo con ello
posible la supervivencia de la República de China, cuya existencia, sin duda,
hubiera sido muy breve de no haber mediado la guerra de Corea.

Además, “China roja” pasó a ser considerada como la principal amenaza en Asia,
obviamente desde la perspectiva estratégica de Estados Unidos, quien puso en
práctica la táctica del roll over y del brinkmanship para evitar la expansión
comunista en esa parte del mundo. El régimen comunista chino fue sometido a
embargo económico por parte de Estados Unidos y de muchos de sus aliados, y
fue rodeado por pactos político-militares que incluyeron el rearme convencional
japonés; tratados bilaterales de defensa entre Estados Unidos y otros países del
área (Japón, la República de China en Taiwán, Corea del Sur y Filipinas), y la
creación en 1954 de la Organización del Tratado del

Sudeste de Asia (SEATO), una réplica de la OTAN de Europa, la que tuvo poco
éxito y desapareció sin pena ni gloria en la década de 1970.

En los restantes años de la década de 1950, la diplomacia de China comunista


mostraría que, contrariamente a la idea de los estadounidenses y muchos de sus
aliados europeos, de que el gobierno de Beijing actuaría como un peón de la
política exterior soviética, éste mostraría una gran independencia de criterio, sin
dejar de militar en el bloque socialista que encabezaba la URSS. En la lucha por la
sucesión de Stalin, el liderazgo chino daría su apoyo a Nikita Krushchev.

Al mismo tiempo, a Beijing se le abrieron foros internacionales inesperados, como


la conferencia de Ginebra de abril-junio de 1954, convocada para negociar la paz
de Corea, pero al fracasar esta negociación, China participó en la solución de la
crisis de Indochina, alcanzada con la salida de Francia de Vietnam y la neutralidad
de Camboya y de Laos, proceso en el que participó activamente China, a pesar de
la oposición de Washington, siendo un actor central en el logro de los acuerdos
finales (que Washington solamente inicialaría) a través de su primer ministro Zhou
Enlai. Otro foro fue la conferencia de países afroasiáticos de Bandung, Indonesia
en abril de 1955, donde China estuvo representada por el gobierno de Beijing, y
no como era de esperarse por el de Taipei, gracias al intenso cabildeo de líderes
asiáticos como Nerhu y Sukarno.17

La tesis inicial de Mao Zedong, de que en la nueva China no cabrían posiciones


neutrales, ni un tercer camino en la confrontación global entre socialismo y
capitalismo, se modificó con la variante conocida como la “línea de Bandung”, de
solidaridad con un concepto de “tercer mundo”, formado por los países recién
independizados o que, siéndolo formalmente, luchaban contra el “imperialismo” y
el “neocolonialismo”, pero no necesariamente por el socialismo.

El XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) se celebró


en Moscú en febrero de 1956, y fue ahí donde Krushchev hizo la famosa denuncia
de los excesos de Stalin, la cual fue recibida fríamente por el liderazgo chino. En
Europa oriental la des-stalinización tuvo el impacto de una bomba política que
estimuló revueltas en 1957 en Polonia y, sobre todo, en Hungría, donde se derrocó
al gobierno puesto por Moscú; ambas rebeliones fueron aplastadas con apoyo o
intervención directa soviética. Beijing respaldó la acción soviética en Polonia, cuya
revuelta calificó de contrarrevolucionaria, y vitoreó la entrada de tanques rusos en
Budapest, aunque subrayó el peligro del “chovinismo de gran país”.

En noviembre de ese mismo año se celebró el 40 aniversario del triunfo de la


revolución bolchevique, con una gran reunión de partidos comunistas en Moscú,
tanto de aquellos que estaban en el poder como de los que actuaban

en la oposición política abierta. Mao asistió —el segundo viaje al extranjero de su


vida— y sostuvo tesis contrarias a las que Krushchev presentaba como las
convenientes para el comunismo internacional. Concretamente, Mao rechazaba la
necesidad de una distensión en el enfrentamiento bipolar, la que se haría por
temor al avance armamentista atómico que ponía en peligro la existencia misma
de la humanidad, en caso de una tercera guerra mundial; como parte de su
oposición a la tesis de Kruschev, Mao calificaba a los estadounidenses y a sus
aliados como auténticos “tigres de papel”; en tanto enaltecía los avances
tecnológicos de la URSS, que el 4 de octubre había puesto en órbita el primer
satélite artificial de la historia, asombrando a los propios estadounidenses y
demostrando la superioridad tecnológica y militar soviética. “En estos momentos”
decía Mao, la situación internacional nos es propicia y el viento del Este domina al
del Oeste, consecuentemente, no caben vacilaciones, ni tampoco es aceptable la
idea de que en ciertos países avanzados (como Italia y Francia), el comunismo
pueda triunfar por medios electorales y sin que medie una revolución armada.

Esas diferencias de opinión entre Mao y Krushchev, quien obviamente recibió el


apoyo casi unánime de los demás partidos comunistas, con excepción del
albanés, sería el inicio de una disputa ideológico-política entre Beijing y Moscú,
que terminaría con la separación de los dos gigantes comunistas del mundo. Este
distanciamiento se mantendría casi en secreto hasta que, después de la crisis del
estrecho de Taiwán (1958), provocada por Beijing, Moscú decidió interrumpir la
ayuda a China para que ella desarrollara una bomba atómica, y luego todo tipo de
cooperación técnica y económica con la República Popular.

Durante la Guerra Fría que, como señala un notable historiador británico, terminó
para todo propósito práctico con las reuniones cumbre Reagan- Gorbachov de
Reikiavik (1986) y Washington (1987),18 la política exterior de China fue
beligerante, por lo menos hasta principios de la década de 1970, frente a dos
adversarios simultáneos: el imperialismo estadounidense y el “social imperialismo”
soviético. Las armas que desplegó contra esos enemigos fueron, por un lado, el
fomentar movimientos comunistas en el tercer mundo, que encabezaran
revoluciones nacionales contra regímenes burgueses- liberales, o frentes de
liberación nacional contra la dominación extranjera, y por el otro, el arrebatarle a
Moscú el liderazgo ideológico y el control del comunismo internacional por medio
del apoyo a aquellos “partidos marxista- leninistas” (maoístas) que rechazaran la
línea estratégica y táctica del PCUS.

La diplomacia de “guerra popular prolongada” —una analogía de la doctrina de


Mao de los años treinta para la conquista del poder en su país— llevó a la
República Popular China al mayor aislamiento de su historia. Se distanció de la
India y libró con ella una guerra fronteriza; fue rechazada por

el movimiento de países no alineados, sobre todo a partir de su disputa con Cuba


por el derrotero que siguió la crisis del Caribe de 1962; rompió relaciones con
Indonesia luego del golpe de Estado contra Sukarno en 1965; varios gobiernos
africanos suspendieron relaciones con los chinos, por considerar que sus arengas
de guerra popular prolongada eran claramente intervencionistas, etcétera.

En América Latina el maoísmo tuvo una fuerte influencia ideológica,


particularmente en movimientos campesino-guerrilleros, lo que se tradujo en que
ningún gobierno de la región, salvo Cuba a partir de 1961, intentó entablar
relaciones diplomáticas con China roja. México y Brasil, durante los gobiernos de
López Mateos y Juscelino Kubitschek fueron excepcionales en cuanto a que
abrieron vínculos comerciales con China. El movimiento revolución cultural hizo
aún más temido, para muchos gobiernos del mundo, cualquier acercamiento a
China, país en el que incluso el ministerio de relaciones exteriores fue tomado por
diplomáticos convertidos en guardias rojos, quienes giraron instrucciones a las
pocas embajadas de su país en el extranjero, de que alentaran revoluciones o
guerrillas locales. Durante esa época, todos los embajadores de la República
Popular China en el extranjero, excepto Huang Hua, quien estaba al frente de la
embajada china en Egipto, fueron retirados y llamados a Beijing a participar en la
revolución cultural.

La idea de que el enemigo de mi enemigo puede ser mi amigo comenzó a dar


resultados en China y en Estados Unidos. Entre 1970 y 1971 se dieron pasos
importantes para el acercamiento sino-estadounidense: desde la presencia del
veterano periodista Edgar Snow al lado de Mao en Beijing el primero de octubre
de 1970, pasando por la invitación de un equipo de tenis de mesa estadounidense
a Beijing y de viajes secretos a esta ciudad de Henry Kissinger, asesor de
seguridad nacional del presidente Nixon, hasta el anuncio de éste, a mediados de
1971, de que al año siguiente visitaría la República Popular (Ya no la llamó “China
roja”).

En octubre de 1971, se produjo el cambio en la ONU, esperado por los chinos


continentales a lo largo de 22 años: la República Popular ocupaba el asiento de
China en la organización, incluido el de miembro permanente del Consejo de
Seguridad, y Taiwán era expulsado. Aunque Washington estaba ya dispuesto a
aceptar la entrada de China continental a la ONU, dio la batalla diplomática para
evitar, sin éxito, la expulsión de su protegida: la República de China.

A partir de allí y durante los últimos años de Mao, quien hasta el día de su muerte
(9 de septiembre de 1976) mantuvo la prerrogativa de decir siempre la última
palabra en los asuntos importantes de China, se produjo una amplia apertura
política de este país, en la forma de un cambio explícito de su práctica diplomática:
a partir de entonces, el régimen comunista basaría su diplomacia en las relaciones
de Estado a Estado, en vez de en las relaciones de pueblo a pueblo, como había
hecho anteriormente.

Beijing desenterró los llamados cinco principios de coexistencia pacífica, que le


habían servido para negociar un amplio entendimiento con la India en 1954, y los
que la Conferencia de Bandung había hecho suyos en 1955, a fin de establecer,
con base en ellos, relaciones diplomáticas con cualquier otro Estado-nación del
mundo, sin importar diferencias de sistema político o ideológicas, y teniendo como
única condición el que se aceptara plenamente el principio de la existencia de una
sola China en el concierto mundial de naciones. Entre octubre de 1971 y octubre
de 1976, China Popular estableció relaciones diplomáticas con la mayoría de los
países miembros de la ONU. Con México lo hizo en febrero de 1972, después de
Cuba (1961) y Chile (1971),
Pero lo más significativo de la política exterior china de estos últimos años de la
Guerra Fría, por sus connotaciones de seguridad nacional y las geopolíticas, fue la
diplomacia triangular que se estableció entre Estados Unidos-China-URSS. Beijing
jugó con frecuencia la “carta estadounidense” a fin de contrarrestar la amenaza
soviética, real o imaginaria, contra su seguridad y supervivencia misma. Por su
parte, Estados Unidos utilizó la “carta china” para contener la expansión de la
influencia soviética después de terminada la guerra de Vietnam (abril de 1975), y
en sus negociaciones de distensión con Washington, los soviéticos recurrirían a la
denuncia de la peligrosa política china, provocadora de conflictos.

Los dirigentes chinos solían decir a cuanto extranjero llegara en esos años a su
país, en visita oficial, académica o periodística, que de las dos superpotencias
mundiales la más peligrosa era la Unión Soviética, porque estaba en proceso de
expansión, mientras Estados Unidos era una potencia en repliegue. Y a principios
de 1979, poco después del muy publicitado viaje a Estados Unidos de Deng
Xiaoping, formalmente segundo en la jerarquía dirigente china, este país lanzó un
ataque militar masivo contra Vietnam, en territorio cercano a la frontera común,
para frenar lo que ellos suponían era una maniobra soviética de envolvimiento
estratégico de China, en la que el régimen victorioso de Hanoi era un subrogado.

1. EL ASCENSO DE CHINA COMO GRAN POTENCIA: ALGUNOS

DESAFÍOS REGIONALES

A partir de mediados de la década de 1980, cuando la era del liderazgo de Deng


Xiaoping ya estaba sólidamente establecida, aunque no exenta de pugnas
internas entre facciones, el conflicto con la Unión Soviética fue cediendo y se abrió
el camino para una reconciliación. En paralelo, Washington y Moscú avanzaban
hacía algo más que una distensión; el fin de la Guerra Fría y, algo no previsto, el
derrumbe del “socialismo real” en Europa.

Gorbachev llegó de visita oficial a Beijing pocos días antes de que el gobierno
chino reprimiera las manifestaciones de protesta en Tiananmen, en junio de 1989.
La última visita de un líder soviético antes de ésta había ocurrido casi 31 años
atrás. Gorbachev fue aplaudido por los manifestantes, recibido con cortesía por
sus camaradas chinos, sin contar con que durante esa visita se acordó la plena
normalización de las relaciones sino-soviéticas. En las pláticas bilaterales, los
dirigentes chinos expresaron preocupación sobre la determinación de Gorbachev
de retirar tropas soviéticas de Europa

oriental, de aceptar el virtual triunfo de Solidaridad en Polonia y de permitir el


éxodo masivo de alemanes orientales a la República Federal Alemana. Gorbachev
tranquilizó a sus anfitriones, en el sentido de que la flexibilización dentro del
bloque comunista europeo era parte de acuerdos concertados con Estados Unidos
y Europa Occidental para poner fin a la confrontación bipolar e ir adecuando las
relaciones entre Este y Oeste a la nueva realidad mundial, de coexistencia pacífica
plena.

El 9 de noviembre de 1989 la gente derrumbaría el muro de Berlín, abriéndose el


camino para la reunificación alemana y la desaparición de los regímenes
socialistas europeos hasta culminar, a finales de 1991, con la desaparición de la
propia Unión Soviética, la formación de una Federación Rusa —ya no dirigida por
un partido comunista— y la creación de una imprecisa Comunidad de Estados
Independientes que, después de algunos contratiempos, aglutinó a 12 de las 15
repúblicas que formaban parte de la URSS.

La posición de China se vio vulnerada por la desaparición de los regímenes


comunistas en Europa y por el bloqueo parcial que Estados Unidos,
principalmente, y otros miembros de la OTAN, más Japón, le habían impuesto a
China como respuesta por la represión gubernamental habida en este país a
mediados de 1989.

Deng Xiaoping y el liderazgo colegiado —purgado ya de dirigentes proclives a la


liberalización política interna— revisaron la política exterior. El PCCh no caería en
los mismos errores de Gorbachev y del desaparecido PCUS, de intentar
simultáneamente una Perestroika y un Glasnost. Los comunistas chinos
continuarían con la reforma económica y con la apertura al exterior, pero
mantendrían firmemente su autoridad para dirigir y gobernar al país, rechazando
las propuestas externas de democracia tipo occidental, juego político
multipartidista y alternancia en el poder de los partidos políticos.

La profundización de la reforma económica interna permitió que el crecimiento de


China fuera más rápido, lo mismo que sus intercambios económicos con el
exterior. Ningún país extranjero, y menos las potencias económicas, quiso quedar
excluido de las oportunidades que brindaba el dinamismo de China, por lo que
muy pronto se abandonarían las medidas de embargo contra esta nación (las que
nunca alcanzaron las dimensiones que tuvo el boicot económico de la era de la
Guerra Fría).

Las más de tres décadas de alto crecimiento sostenido y de una clara


trasformación de la estructura económica y social de China han ido acompañadas
de una consolidada diplomacia basada en intereses de Estado y que cubre
prácticamente todas las regiones y países del mundo, así como todos los temas
internacionales significativos.

De los 192 Estados que integran actualmente la ONU, únicamente 23 no tienen


relaciones diplomáticas formales con la República Popular China, por preferir
mantenerlas con Taiwán. La existencia de la República de China en la

isla citada, la cual no está reconocida por la ONU, no es actualmente un tema de


preocupación central de Beijing, por el enorme relajamiento de las tensiones entre
los gobiernos de Beijing y de Taipei, formado este último por el GMD desde 2008,
el que ha abandonado las aspiraciones independentistas de su antecesor, el
gobierno del Partido Democrático Progresista.

Ninguno de los conflictos fronterizos que China tuvo con anterioridad a la década
de 1980 está hoy vivo. El diferendo con Rusia quedó relegado, por acuerdo de
ambas partes, a futuras negociaciones especializadas; con la República de
Mongolia (Mongolia Exterior) no hay reclamos bilaterales pendientes de
importancia, ni tampoco con las repúblicas independientes de Asia central que
tienen frontera con el noroeste de China. Quedó establecida la Organización de
Cooperación de Shanghai entre cinco de las seis repúblicas centro-asiáticas, más
Rusia y China, lo que inyecta estabilidad y seguridad en esa región.21

El problema fronterizo con la India, tanto en el flanco oriental, incluida la porción


de Cachemira que figura en los mapas chinos como territorio de ellos, así como la
frontera sur que pasa por los Himalayas, ha quedado en stand by, y ya no hay
tensiones latentes en esos extensos territorios. Beijing y Hanoi han cerrado el
capítulo de la guerra fronteriza y normalizado plenamente sus relaciones, aunque
no al nivel de la alianza político-ideológica que tuvieran en los sesenta y principios
de los setenta.

Con Japón, Corea del Sur y el Sudeste de Asia, las relaciones de China son muy
intensas y no existen motivos de fricción, más allá de los diferendos jurídicos por
islas y arrecifes en el Mar Amarillo y Mar del Sur de China, también en espera de
ventilarse jurídicamente, cuando las partes estén políticamente listas a hacerlo.

Sigue latente la tensión en la península de Corea y China mantiene una estrecha


relación con el régimen de Pyongyang, pero no por ello ejerce, como algunos
creen, preponderancia suficiente sobre el mismo como para inducirlo a una
negociación definitiva con la parte sur de la península, con Japón o con Estados
Unidos. No obstante, el gobierno chino ha desempeñado un importante papel de
mediador.

Con Estados Unidos y Europa las relaciones de China son normales y aun
amistosas, no obstante rivalidades comerciales y diferencias sobre temas como
los derechos humanos y los vínculos de China con países como Sudán y otros. Y
ha perdido credibilidad la tesis de que China y Estados Unidos chocarán en la
primera mitad del actual siglo, por la hegemonía en el Pacífico, como ocurriera
entre Estados Unidos y Japón durante la primera mitad del siglo XX (Bernstein &
Munro, 1997).

A medida que China avanza en su desarrollo interno y en su propósito de


convertirse en una potencia mundial, se presenta, cada vez con mayor
frecuencia, la interrogante de qué tipo de potencia será este país y si realmente lo
será a nivel global, o solamente a nivel regional.

Hasta hace algún tiempo, los dirigentes chinos y sus medios de comunicación
enfatizaban que su país era un caso de ascenso pacífico a nivel de potencia.
Historiadores, politólogos y otros científicos sociales chinos destacaban los casos
de potencias en ascenso en los siglos XIX y XX, que en su ambición por lograr la
hegemonía optaron por retar frontalmente a las potencias establecidas y
terminaron por perder. Le sucedió eso —dicen estos académicos— a la Alemania
Guillermina, derrotada en la guerra de 1914-1918, y luego al militarismo japonés,
al fascismo italiano y al nacional socialismo alemán, regímenes que desataron la
Segunda Guerra Mundial y fueron finamente destruidos.

El régimen chino ha aprendido la lección histórica dejada por las experiencias


mencionadas, además de que China —subrayan sus dirigentes e ideólogos— está
muy lejos de apetitos imperialistas. Más recientemente, el establishment chino ha
dejado de manejar la tesis del ascenso pacífico de China, y el discurso ha vuelto a
sus términos originales, los establecidos a partir de octubre de 1971 y de la
apertura económica de los ochenta.22

Según este discurso, China es un país en desarrollo y lo será por largo tiempo,
dados el tamaño de su población y territorio. Para transformarse en desarrollada,
esta nación requiere de paz y estabilidad política internacional, por lo que desde
su posición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, China
propugna por el mantenimiento de esa paz y seguridad colectivas. En lo bilateral,
ella seguirá una política de respeto a la soberanía de los demás países, no
intervención en sus asuntos internos y amplia interdependencia con todos los que
acepten la reciprocidad de trato y el beneficio mutuo.

Con frecuencia se critica a China por ser una potencia en ciernes que no parece
plenamente dispuesta a asumir las responsabilidades de tal posición. Por ejemplo,
no se compromete suficientemente con el objetivo de detener el calentamiento de
la Tierra, igual que la India, a pesar de que China es ya el primer emisor de gases
invernadero del planeta. Y lo mismo puede decirse con los temas de respeto a los
derechos humanos, no proliferación de armas nucleares, etcétera.

Pero China no es todavía una potencia global, a pesar de que cuenta con algunos
de los elementos para serlo: alcance diplomático y político global, y tamaño
económico y dinámica de crecimiento de escala también global. Aún así, en
materia de tecnología y poderío bélico nuclear y convencional, todavía está por
debajo de las potencias europeas, de Japón y, desde luego, de Estados Unidos.
Sin olvidar que en cuanto a nivel de desarrollo económico y nivel de vida, China
ocupa un lugar medio en la escala que establecen los

índices internacionales convencionales para unos 177 países (como es el caso del
índice de desarrollo humano del PNUD).

La experiencia de la República Popular China en el ámbito de la economía puede


ser estudiada desde diferentes enfoques: uno de ellos el de la teoría económica
y/o de las teorías del desarrollo; otro el relativo al estudio de los sectores
económicos o las ramas de actividad y, en fin, desde el punto de vista de las
políticas económicas y los resultados que de ellas se derivan. Para despertar el
interés de economistas, internacionalistas o politólogos sobre el análisis de la
economía china se presenta el siguiente ensayo, de carácter descriptivo sobre la
evolución macroeconómica de China, con ejemplos tales como el del cambio
demográfico y sus efectos sobre el desarrollo de la economía; a la descripción se
añaden algunos datos estadísticos cuyo objetivo, además de informativo, es el
resaltar la diversidad de fuentes disponibles para estudiar los fenómenos
económicos en China.

En el siglo X China era la economía más avanzada del mundo, al menos en


términos de ingreso por persona, y ese liderazgo duró hasta el siglo XV. China
superaba a Europa en cuanto a nivel tecnológico, a la intensidad con la que
explotaba los recursos naturales y a la capacidad para administrar un extenso
imperio. Pero en los subsiguientes tres siglos, Europa rebasó gradualmente a
China en niveles de ingreso real y capacidad científica y tecnológica. En el siglo
XIX y la primera mitad del XX, la economía china declinó, en un mundo de rápido
progreso económico.

A lo largo de 400 años el sistema agrícola chino soportó el crecimiento continuado


de la población a una tasa media anual de 0.4 de aumento, mucho más rápido que
el de otras poblaciones premodernas del mundo. Entre 1400 y 1820, la población
de China se quintuplicó: de una estimada en 72 millones en 1400, al comienzo de
la dinastía Ming (1368-1644), pasó a cerca de 381 millones de personas en 1820
(en plena dinastía Qing, 1644-1912). En el año 1820, la población de China
representaba 36% de la mundial, y su producto cerca de un tercio del PIB mundial
(Maddison, 1998: 24-25, 28).

La mayoría piensa que durante la época maoísta prácticamente no hubo


crecimiento, y que el dirigismo económico llevó a enormes desperdicios, así como
a un esfuerzo productivo desproporcionado con relación a los resultados
obtenidos. La realidad es que, entre 1952-1978, el PIB de China, a precios
constantes de 1978, creció a una tasa media anual de 5.88%, (SELA, 2009: 15
cuadro 1), y el incremento medio anual del PIB por persona fue de 3.8%. Es difícil
aventurar si en ausencia de los experimentos maoístas se hubieran logrado
mejores resultados del esfuerzo social para la producción.

Claro, durante la vigencia de las reformas económicas la economía china ha


crecido a tasas mucho más elevadas; entre 1978-2008, a una tasa media anual de
10.67% para el PIB total, y de 9.47% el PIB por persona (calculado con base en
datos de SELA, 2009: 15 cuadro 1). Si bien es cierto que Mao dejó una economía
caótica y un sector industrial pesado e ineficiente, también lo es que heredó a sus
descendientes una mano de obra disciplinada y diestra, así como una sociedad
con distribución de la riqueza muy igualitaria, acostumbrada a la austeridad y
consecuentemente al ahorro, lo que se tradujo en formación de capital fijo a un
ritmo muy rápido. Ambos ingredientes —mano de obra e inversión— en buena
parte explican el rápido crecimiento de los últimos 29 años.

La estrategia económica seguida durante la era maoísta fue de industrialización


acelerada, sostenida por medio de elevadas tasas de acumulación de capital físico
(inversión), particularmente en la industria pesada, y financiada principalmente con
excedentes del sector rural. Entre 1952-1959, China no solamente imitó los planes
quinquenales de desarrollo tipo soviético, sino que recibió préstamos y ayuda
técnica de la URSS y de otros países del bloque europeo socialista. Con la ruptura
político-ideológica se interrumpió el apoyo externo, y los dirigentes chinos se
volcaron a un crecimiento técnicamente autárquico: compraban al exterior
únicamente lo que podían pagar con sus exportaciones y no recibían inversión
extranjera alguna, ni créditos externos. Sería apenas a principios de la década de
1980 cuando China se insertaría al comercio y a los flujos financieros globales.

El rápido crecimiento de China durante los últimos casi 30 años ha sido objeto de
estudio y análisis por parte de economistas de todo el mundo, además de por los
propios ciudadanos chinos. El común denominador de los trabajos resultantes de
ese interés es el de acreditar ese crecimiento a la existencia de una oferta casi
ilimitada de mano de obra (ver cuadros 3 y 4) y a fuertes inversiones, compuestas
tanto por el elevado coeficiente de ahorro interno, como por la entrada masiva de
inversiones extranjeras directas (IED) a partir, principalmente, de la década de
1990 del siglo pasado.

Pero ha habido también un incremento de la productividad del trabajo y, en menor


medida, del capital, como lo comprueban ejercicios empíricos efectuados por
varias instituciones internacionales, entre otras el Banco Mundial, el Fondo
Monetario Internacional, el Banco Asiático de Desarrollo y la Organización para la
Cooperación Económica y el Desarrollo.

No obstante que por su tamaño y composición (ver algunos indicadores en el


cuadro 6), la economía china se clasifica como en desarrollo o emergente, su
impacto en el mundo es similar o incluso mayor al de muchas economías
avanzadas. Contribuye con una elevada proporción del crecimiento mundial y
ahora que hay crisis económica, se piensa que el exitoso programa
gubernamental anticrisis de China coadyuvará a estimular la recuperación global.
La demanda de China por hidrocarburos y otras materias primas estratégicas
impulsó un asombroso crecimiento de los precios internacionales de estos bienes,
que se sostuvo hasta mediados de 2008. China posee la mayor reserva de divisas
internacionales del mundo y ocupa el tercer lugar mundial por sus exportaciones.

Aun así, China enfrenta enormes problemas estructurales que podrían


obstaculizar su desarrollo económico futuro, y que tienen que ver con el rápido
crecimiento de su economía durante el último quinto del siglo XX y los primeros
años del XXI. Los más serios son la creciente desigualdad en la distribución del
ingreso entre la población; de acuerdo con el PNUD, en 2004 10% de la población
más rica de China absorbía 34.9% del PIB, y 10% de la población más pobre
apenas 1.6%. Los más ricos tenían 21.6 veces más ingreso que los más pobres, y
el índice de Gini era de 46.9, ligeramente mayor que el de México (46.1).23 El
deterioro del medio ambiente chino y la emisión de gases invernadero, que ya es
la mayor del mundo en términos absolutos, son otros factores de potencial
estancamiento. El consumo de energía excesivo e ineficaz y las desigualdades
regionales al interior de China (véanse los cuadros 7, 8 y 9, y el mapa) son un
ejemplo más de esos factores disruptivos.

A mayor abundamiento, China enfrenta el reto de cuatro grandes transiciones


socioeconómicas por las que ha transitado en las últimas tres décadas, las que,
por estar estrechamente vinculadas una con otra, se retroalimentan:

de una economía socialista a una economía de mercado;

de una economía predominantemente primaria a una crecientemente industrial y


de servicios;

de una economía rural a una crecientemente urbana, y


la transición demográfica, reflejada en un cambio muy rápido de la estructura de la
población por edades.

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